EL AMOR VERDADERO AMOR VERDADERO by cometjunkie50

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									EL AMOR VERDADERO

Dios, que es Amor, asegura, por boca de su Verbo encarnado, no ser Dios de muertos sino de vivos, porque todos vivimos para Él, incluso después de la muerte. El amor humano es imagen del Amor divino y así como este es eterno, así, también, se puede asegurar que todo noble amor de hombre que se ejerce con el alma en gracia, transciende la existencia de este mundo y permanece eternamente, más allá del tiempo tal y como lo entendemos. El amor se manifiesta en el amante cuando este se goza en una inmensa complacencia de su alma que susurra: “Qué bueno es, amor mío, que Dios te dio la existencia para que yo te amara”. Para Dios todo es posible y en su divino beneplácito, permitió la existencia de un hombre y una mujer, en espacio y tiempo determinados, que se amaron, para asombro de los ángeles, más allá de los sentidos y pasiones, que se amaron en la dulce y suprema entrega de todo lo que se es y se tiene, sin concurso de la más mínima sombra de inclinación carnal, pero con toda la inmensa hondura del que bien ama hasta el extremo. Esta mujer es María y este hombre es José. En la reflexión que expongo a continuación, me atrevo a relatar, con todo cariño y respeto, la hermosa historia del:

AMOR VERDADERO
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María y José, posiblemente, eran parientes, no en un primer grado, pero si de familias cercanas, quizá con un árbol genealógico común en precedentes y próximas generaciones, que desarrollarían sus vivencias relativamente juntas, es decir, debió de existir un contacto colateral, cercano y asiduo. Con no mucha diferencia de edad crecieron en un afectuoso y cordial ambiente familiar. A buen seguro que se estableció una corriente de leal amistad entre dos almas purísimas como las suyas. Una amistad familiarmente experimentada, en virtud de la cual se intercambiarían pensamientos y reflexiones en íntima y sincera confidencia. Hablaban de su Dios, del Dios de Abrahán, de Moisés, de David… Hablarían del Mesías invocándole para que viniera pronto a su pueblo, el pueblo judío que tanto tiempo lo esperaba. Con afable agrado, en sus respectivas almas, se van forjando unas compartidas ilusiones no comunes en la juventud de su tiempo, de ningún tiempo. El cariño, la ternura, el afecto y respeto que ambos se manifestaban era un regalo para sus purísimos corazones. En el ordinario vivir de sus días era para ellos una delicia encontrarse en cualquier evento familiar o simplemente caminar juntos hacia la sinagoga el día de Sábado, o encontrarse a la salida y experimentar el mutuo encanto con el que ambos se sorprendían con tan solo un cruce de purísimas miradas. Las dos familias son descendientes del rey David. A los mayores de la casa, nos les pasó desapercibida la afinidad armoniosa que contemplaban entre María y José. Toman la iniciativa, sin previa consulta a los jóvenes, tan bien avenidos, determinando, como era costumbre en ese tiempo, los desposorios, es decir, acuerdan que María y José sean finalmente marido y mujer y con ello engrandecer la familia davídica de la que nacerá, según los profetas anunciaron, el Mesías esperado. Los destinos de estos dos jóvenes se van a unir sin concurso previo de su libre consentimiento. Ni María ni José tenían proyectos matrimoniales. Ambos se habían revelado, en sus más íntimas confidencias, la firme promesa de entregar a Dios sus respectivos cuerpos y almas, con un deseo inmarcesible de mantener su virginidad perpetuamente. No obstante, Dios dispone dirigir los acontecimientos y voluntades de aquellos a quienes corresponde, según la costumbre de la raza judía de la época, tomar la decisión para que la unión de estas dos personas, se consume en el tiempo predeterminado desde la eternidad. Hasta ahora, María y José experimentan un torrente de afectuosa amistad que no sabría describir, sin embargo las pretensiones esponsales de aquellos que tanto les aman van a propiciar una nueva y arrebatadora vivencia en sus inmaculados corazones. En algún momento determinado, lo que era una atractiva y cordial amistad, se va a convertir en un sublime chispazo de entrañable y
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singular amor que les fascina y en una sublime afinidad de almas quedan mutuamente seducidos por este amor sagrado, un amor verdadero, supremo y de predilección. Jamás se dio ni se dará amor más noble y acabado. María y José, reflexionan sobre estos acontecimientos. La doncella virgen encuentra en el joven José toda la comprensión que su purísima alma le demandaba. Al principio, ambos jóvenes se oponen con una amable resistencia a la voluntad de sus padres, pero la insistencia de sus respectivos progenitores hace, inicialmente, inviable la sublime pretensión de permanecer virgen de por vida. “El hombre propone y Dios dispone”. Dios acepta la entrega virginal de su Hija predilecta y pone en su camino a un hombre como José al que se le concede el sagrado privilegio de adueñarse del Corazón de esta Virgen que, aún profundamente enamorada, pretendía preservar su inmaculada castidad. Así como suena, este castísimo varón ha conquistado el alma de la más pura hija de mujer, el alma de la Virgen María. José, entiende y suscribe el proyecto virginal de su amada amiga, lo asume sin esfuerzo porque ha sido dotado de un espíritu que le vive en la armonía de quien nunca experimentó la concupiscencia. Con suma naturalidad, sin dramático esfuerzo, ambos jóvenes pactan su virginal secreto y en esta intimidad, de la que solo es testigo el cielo, acuerdan una común estrategia para consumar su perpetua castidad. Los bellísimos ojos de María se posan en las impecables retinas de José, único varón que jamás ha conocido el desorden en sus sentimientos, ojos de un hombre justo, cabal e íntegro como nunca ha habido otro ni lo habrá. Estos descendientes de David entrelazan sus manos y sellan, para siempre, en un abrazo colmado de supremo afecto, de cariño, de ternura, de amor y devoción mutua, el compromiso de su eterna virginidad. José no es un hombre introvertido que evita, con enfermiza timidez, la cercanía con las muchachas de su tiempo. José trata a otras jóvenes, en su vivir de cada día, con suma naturalidad, con un corazón tan limpio como la brisa fresca de un día soleado y sereno. No se perturbó por inclinaciones de atractivo concupiscente porque fue dotado de un célibe e inmaculado corazón de hombre, de una suprema integridad moral por la que se puede asegurar que jamás cometió desorden alguno. José, con fino y delicadísimo espíritu, al relacionarse con María, descubre en ella unas cualidades fuera de lo común, descubre una inocencia y dulzura desconocida para él. Aunque, ahora, fuera difusamente, entendió, con meridiana inteligencia, que la razón fundamental de sus existir no era otra que la preservar a esta bellísima criatura de las amenazas de este mundo.

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A su vez, la confianza que este hombre, de sumo bien, generó en el Corazón de María, propició una cuidada y asidua comunicación, por la cual ambos llegaron a un recíproco y perfecto conocimiento de sus más íntimos y sagrados deseos y sentimientos. Compartían un mismo ideal: la virginidad, perpetuamente guardada como tributo de un inmarcesible amor de adoración a su Dios: el Dios de Abrahán, el Dios de Jacob, el Dios de Moisés, el Dios de David… Dios inspira las voluntades de sus criaturas, dispone los acontecimientos en el entorno familiar de María y José para que, justo en el tiempo predeterminado por su Providencia, estos purísimos jóvenes tomaran la libre decisión de su entrega mutua. Se dará cumplida significación a estas palabras en boca de José y de María:

“María, siempre tuyo” “José, siempre tuya”
En estos dos jóvenes se ha despertado una profundísima necesidad de afecto y atención que supera todo lo que hasta ahora habían experimentado en sus inmaculados corazones. Un amor interminable y sagrado, el amor verdadero, ha comenzado. Jamás una mujer ha sido tan bien amada y respetada por corazón de hombre más noble y limpio. Jamás hombre alguno ha podido experimentar más sublime e inocente amor de mujer que la que esta Virgen profesó a su también inocente y casto marido. Solo Dios tiene pleno conocimiento de este amor de predilección y venebolencia con el que María y José se amaron hasta el extremo. José amó y se dejó amar por la que vendría a ser la Madre del mismo Amor. María, captó en la intimidad de su alma, el felicísimo gozo de ser amada por el varón más puro nacido de mujer. María, percibió en todas las fibras de su ser femenino el amor verdadero, el amor de un hombre singular que la amó más que nadie. Desandemos el tiempo y volvamos a ser estupefactos espectadores de esta irrepetible historia de amor en la que Dios se gozó infinitamente. Contemplo a María y José radiantes de felicidad. Sus manos están entrelazadas, sus miradas fijas. El más sencillo e inocente de los hombres será la custodia de la Pureza por definición. Él asiente, ella también y un matrimonio virginal se pacta y se consuma con un enamorado y pudoroso beso que sella para siempre el más grande amor que jamás se haya dado entre un hombre y una mujer. Dios sonríe desde el cielo, los ángeles se maravillan, como tú y yo, hermana mía, hermano mío. José era portador de unas sublimes cualidades de varón para hacer posible el más bello amor que una mujer pueda imaginar. Volcó sobre su Virgen María, todas y cada una de las mejores vivencias posibles del amado a su amada, todas
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aquellas que nacen y crecen de la suma integridad de un espíritu dotado de una gracia inmaculada inaccesible para el resto de los hombres. Su corazón no experimentó ninguna inclinación sensual. Llevó a su estado más excelente el verdadero amor, lo que se entiende por amar y ser amado en grado sumo. La cristalina mirada de María, Mujer nacida sin mancha de pecado alguno, captó la singular finura del corazón del hombre a la que estaba destinada como esposa. La que vendría a ser la Madre de Dios, entendió y gustó del amor purísimo de su José. La entereza, el cariño, el respeto y la ternura con la que este hombre la adoraba como Reina de toda su persona, le cautivó el espíritu y para siempre se unió a él infinita y eternamente enamorada como jamás otra mujer lo haya sido. Felicísima, aceptó a su José como el hombre justo que habría de ser el custodio de su maternidad virginal. Escudriñar la razón por la que estos dos jóvenes obraron y sintieron de esta manera no queda al alcance de la lógica y esquemas filosóficos del mundo de hoy, de ayer y de mañana. Dos singulares corazones de hombre y mujer se unen para siempre con suprema humildad y abandono en las manos de su Dios, de este Dios tuyo y mío en el que nos movemos y existimos, al que adoran en amor tratando de ser causa de su complacencia. En el Amor divino se injerta un amor humano, desconocido, que se ejerce entre un esposo y una esposa sin concurso de la carne, el único y verdadero amor conyugal que se ha consumado en este mundo sin el más mínimo atisbo de sensualidad. Este es el amor que generaron María y José, este es el amor verdadero por antonomasia. Las familias de José y María se encuentran en un precioso día, la boda ya se ha celebrado, hay una gran alegría y el cielo se regocija eternamente. La paz se hace en el lugar, la ceremonia, en un plácido ambiente, ha sido admirable. Dios sonríe y los ángeles, embelesados, contemplan como José, en sus puros y varoniles brazos, lleva a su María al hogar que van a compartir. La esposa, María, toma serena posesión de su esposo, José. El esposo, José, toma serena posesión de su esposa, María. Ambos, toman gozosa posesión de su común y humilde morada. María está radiante, bellísima y desde su inmaculado corazón va susurrando estas palabras: “Dios de mi alma, me abandono en tus manos y en las benditas manos de este hombre justo y bueno al que tantísimo me haces amar. Gracias, Dios Amor, por la inmensa felicidad de saberme tan bien amada por este esposo mío que va a proteger la perpetua virginidad que te hemos ofrecido”. Este matrimonio ejerce sus vivencias con suma naturalidad a los ojos de sus familias, amigos, conocidos, vecinos…Ocupan sus días con las tareas que a cada cual les corresponde y en este ordinario vivir van incrementando su gracia ante

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los hombres y ante Dios, que es permanente Testigo de un bendito e inocente amor conyugal que no tiene precedentes. La leal y noble hombría de bien de José contribuyó y en cierto modo predispuso la consumación de la ya muy cercana maternidad divina de María, la Encarnación virginal del Verbo, por obra del Espíritu Santo, en el seno de su esposa. María tenía plena conciencia de su estado matrimonial, conocía, perfectamente, sus deberes y derechos de esposa de este hombre, José, que era objeto de su amor más insondable. El Corazón de esta Mujer vibraba, virginalmente enamorada, cuando el amado de su alma le expresaba el amor con el que la adoraba, con sus purísimas miradas, sus cordiales palabras, sus inocentes caricias, sus besos de varón tocado por Dios para amar a la Pureza en la más limpia pureza de sus entrañas. José, era dueño de sus actos, dotado de suprema gracia, de todas las perfecciones posibles en un hombre, para ser, como estaba dispuesto desde la eternidad, digno marido de la Madre de Dios. Así como la Virgen María fue, la única Mujer, preservada de los efectos del pecado original, así, también, José fue, el único hombre, preservado de todo instinto carnal o tendencia concupiscente que no fuera posible dominar con el ejercicio soberano de una castísima voluntad, un privilegio solo a él concedido. Ahora toca contemplar a este joven marido y a esta joven esposa ejerciendo sus obligaciones. Veremos a José ganándose la vida como un independiente profesional de la madera, un material que jugaba un papel predominante en la construcción de los elementos de labranza y complementos para la ejecución de las sencillas edificaciones de la época. No era un artesano tal y como lo entendemos ahora. Su trabajo más bien se entendería como la de un conocedor de las cualidades resistentes de la madera que le exigía una lógica técnica adquirida en la experiencia de sus maestros de oficio y en su propia experiencia. María, cumplía, a la perfección, con sus deberes de ama de casa. Convivía con sus amigas, con la familia y vecinos. Iría al río a lavar, a la tienda a comprar, al pozo o a la fuente a sacar agua..etc. Al mediodía tendría preparada la comida para su José y para ella. José, de vuelta de sus ocupaciones, la ayudaría, comerían juntos después de bendecir y hablarían, en amable coloquio, de las mutuas vivencias de cada día, de las anécdotas y sucesos de la familia y vecinos del entorno. Al atardecer se repetiría la misma escena y, ya, cuando la noche es cerrada y el cansancio cierra los ojitos de ambos, se retiran a descansar, juntos, a su lecho matrimonial, en el cual descansa solo el amor verdadero, un sereno y virginal amor que el mundo jamás comprenderá. No podría entenderlo de otra manera. Contemplo a la esposa amada junto al esposo amado. José es un regalo de Dios a María, un regalo para todos los hombres de buena voluntad, un maestro de vida espiritual, de limpio amor. La Virgen reclina su cabeza sobre el varonil y digno pecho del hombre que Dios le ha
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dado por marido. Paz en el alma y el corazón de estos dos jóvenes, de este singular matrimonio, paz en la tierra, paz en el cielo, solo cariño y ternura en este gozar del puro amor verdadero. Se consumaron los siglos, llegó el día, determinado antes de la creación del mundo. El cielo, expectante, fija su mirada en esta humilde casa de Nazaret. Allí, una jovencita judía terminaba su faena. Serían sobre las doce de la mañana cuando, tomando costura, se acomodó, junto a la ventana, sobre una butaquita de madera que le había regalado su marido. Por el tragaluz penetraban los rayos de un sol esplendoroso…¡qué hermoso día! De manera súbita e inesperada se llegó a su presencia una refulgente figura que la sobresaltó. Era un bellísimo ángel que se dirige a su atención en actitud reverente, que la interpela con estas palabras: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres”. Con sereno dominio de sí misma, María, no obstante, queda turbada por las palabras con las que el mensajero celestial la elogia. La sublime humildad de María propicia un conocimiento excelso de sí misma y de Dios, divinidad que ella había captado como ningún otro ser creado. Con repentina reflexión discurría qué debía entender de este saludo: “¿..llena de Gracia?” “¿..Bendita entre todas las mujeres…?” ...Dijo Gabriel: “No temas María, pues hallaste gracia a los ojos de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien darás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob eternamente y su reinado no tendrá fin.” Se hace un breve silencio, la escena es maravillosa, María entiende el mensaje. Un Rey se va a engendrar en sus entrañas…¡El Hijo de Dios!...¡El Mesías! Bien conoce esta Virgen que lo manifestado por el ángel es el sueño glorioso de cualquier mujer judía. Este supremo y privilegiado honor le ha correspondido a ella. Esta bellísima joven entiende que lo que se le anuncia es inminente, si ella así lo acepta, se siente inundada del amor de Dios. El Espíritu Santo está a punto de consumar su mejor obra. El Universo parece que se hubiera detenido. Esta esposa reflexiona en segundos y ahora la figura de su José se le hace meridianamente patente en su bendito corazón, como así mismo el sagrado compromiso adquirido por ambos…¡la virginidad!... Contesta la joven: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”

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María, en su interior, ya ha asentido a las palabras del ángel, da por hecho que se cumplirán, sin ninguna duda, pero quiere saber el modo, puesto que, en este presente, tiene determinado no conocer varón, ni tampoco tiene voluntad de conocerlo en el futuro. Cualquier espectador de esta escena que no estuviera enterado de lo que a continuación sucede, se diría para sí: “Ahora, sin duda, el ángel, manifestará que es voluntad de Dios que los dos jóvenes esposos rompan con su promesa de virginidad”. Esto es lo que esperaríamos cualquiera de los hombres de este mundo. Sin embargo, María, no deduce de igual manera y por la objetiva interpretación de sus palabras, se puede asegurar que da por hecho que el ángel conoce su estado virginal aún estando casada y que además sabe del incuestionable compromiso de virginidad que tiene pactado con su marido, José. Gabriel le contesta: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ella ha concebido en su vejez, y este es el sexto mes para ella la que llamaban estéril; porque nada es imposible para Dios.” La Virgen ha comprendido, no habrá concurso de varón. Su virginidad y la de su esposo quedan intactas. Para Dios todo es posible. Su Fe es inmensa, acepta el mensaje sin perder un instante de su pensamiento la noble figura del dueño de su persona, José, su amadísimo marido. Con el alma, arrobada, está a punto de asumir la Maternidad divina, pero a su vez, de su bendito Corazón le llegan, enternecedoras, las palabras de su promesa al hombre de su vida: “José, toda tuya”, escucha la voz de su José: “María, todo tuyo”. La Creación, ilusionada, está pendiente de la respuesta de esta jovencita judía al arcángel Gabriel. Todos los seres creados suspenden la respiración, la suprema expectación inmoviliza el Universo. Dios espera…y dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Dios viene a engendrarse en el seno de su Madre, María. La Creación exclamó un grito de alegría, un Aleluya infinito y eterno. El fino espíritu de María, su sagrado cuerpo, experimentó, como un soplo divino, la acción del Espíritu Santo, que le produjo un glorioso y felicísimo sentimiento desconocido para ella. Percibió la incipiente gestación del mismísimo Dios que la había creado, la concepción del Mesías, tan esperado por el pueblo judío. Esta grandiosa Gracia no la enajenó, al contrario, con mucha mayor lucidez su pensamiento era portador de la imagen indeleble de su José. El Corazón de esta Mujer acogía entrañablemente, la presencia de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo y a su vez, con una ternura sin medida, la figura del dueño de su Corazón, la figura de su José, el bien amado. Para este hombre, de perfecta y
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acabada virtud, guardó María su más agradecido amor con estas supuestas palabras: “José, toda tuya, toda tuya con lo que en mí se ha engendrado. José, tú eres mío, con todo lo que eres y todo lo que tienes. Yo soy tuya con todo lo que soy y todo lo que tengo. Amado marido, sin tu virginal y desprendido amor nunca hubiera sido Madre de este Hijo de Dios que llevo en mis entrañas. Ahora que lo soy por el Amor de Dios, sé tú, esposo mío, el padre de mi Hijo, porque todo lo mío es tuyo. Bendito seas José, amado mío”. La joven esposa queda recogida en sus pensamientos. Gabriel, se retira de su presencia y Dios, el Verbo de Dios, sin dejar de ser Dios, comienza a ser Hombre, formándose de la naturaleza humana de María. La carne de Dios se hace con la carne de una Mujer judía, esposa de un joven israelita que preservó su virginidad para siempre. María, reflexiona y medita los acontecimientos y ahora pronta a encontrarse con su marido, el amable José, ¿qué le dirá?, ¿cómo le dirá?, ¿cuándo le dirá? Ya es mediodía y el esposo ha terminado su faena, está a la puerta del hogar y se oye: -María, ya estoy aquí. José lava sus manos, se acerca a su esposa, la besa y percibe que hoy, su mujer, está más bella que nunca. Le dice: -María, hoy estás preciosa. María sonríe, pone la mesa, le ayuda él, hablan de cosas de aquí y de allá, bendicen y comienza el almuerzo. Han terminado y José ayuda a María y mientras ésta se ocupa de los últimos detalles, el joven marido se sienta junto a la ventana. Hace fresquito y da gusto tomar el sol que entra iluminando la limpia y alegre salita. Viene María, se sienta junto a José, le coge de la mano y fijando sus bellísimos ojos sobre los de su marido, le dice: -José, esta mañanita he recibido la inesperada visita de un mensajero que me ha manifestado algo sublime y extraordinario, de gran trascendencia para nuestras vidas. El esposo, fija sus ojos atónitos, pero con inmensa serenidad y ternura, en los de su esposa. Y pregunta: -¿Un mensajero?, ¿qué ha pasado, vida mía? María, junta sus manitas con las varoniles manos de José, las acaricia y prosigue: -José, mi amado José, un ángel del cielo, a eso de las doce, se presentó aquí mismo, me saludó y felicitó por haber sido portentosamente escogida, entre todas las mujeres, para concebir en mi seno al esperado Mesías, al Hijo de Dios.

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José, se incorpora hacia ella, su mirada se hace más penetrante y vuelve a preguntar: -María, ¿cómo puede ser eso sin quebrantar nuestra sagrada promesa? La Virgen, acercó su preciosa mano al rostro de su amado y le dice: -José, el Espíritu Santo ha descendido sobre mí, el Poder del Altísimo me ha cobijado en su sombra y lo que en mí se ha engendrado será llamado Hijo de Dios. Para siempre quedó grabada en la mente de esta Mujer la dulce y serena expresión del rostro de su marido, el purísimo e inocente brillo de los ojos de su José. María continuó: -Amado mío, somos esclavitos del Señor, todo es posible para Dios. Acepto su Voluntad quedando rendida para que se haga en mí según la palabra de Gabriel, que así se llama el ángel que me lo ha anunciado. Amado mío, también soy esclavita tuya y si bien es cierto que el Niño que llevo en mis entrañas es Hijo de Dios, no es menos cierto que por ser Hijo mío y yo a su vez toda tuya, Este, también será Hijo tuyo, porque todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. José, queda pensativo pero con el gesto sumamente sereno. En silencio, discurre: ¿Quién es esta Mujer que Dios me dio por esposa? ¿Quién soy yo para merecerla? María, se acerca a su José, lo besa, lo acaricia, le sonríe y le dice: -No temas, José, Dios lo puede todo. Has de saber, también, que nuestra prima Isabel ha concebido en su vejez y está ya en el sexto mes la que era estéril; porque nada es imposible para Dios. José, con la armonía de su espíritu dibujado en una sonrisa, abrazó a su esposa, la besó, la acarició y la cobijó en su varonil y virginal pecho. Los dos corazones se unieron en uno solo que impulsaba la hermosa sangre de María hacia la carne creciente del Hijo de Dios. …Hay que volver al hilo de la vida ordinaria, a trabajar cada cual en su tarea. Todo transcurre con suma naturalidad y así, en un hermoso coloquio de amor y respeto, María convence a José de la necesidad de ir a ayudar a Isabel. José dispone lo necesario para el viaje hasta Ain Karin, la montañosa ciudad de Judá donde su anciana prima vivía. Ya marchan la Reina y Señora y su esclavo José que lleva el corazón rendido y el pensamiento difuso. Van camino de la casa de Zacarías, allí les espera el Precursor, Juan, que saltará de gozo en el vientre de su madre cuando oiga la voz de la Virgen María.

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José, contempló el abrazo de una joven Virgen y una anciana embarazadas. ¡Qué misterio! Oirá la voz de Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y de dónde a mí esta gracia, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Porque así que sonó tu voz en mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído tendrán cumplimiento las cosas que te han sido dichas de parte del Señor.” …Vuelve José a su tarea, a su trabajo. Día y noche va meditando los hechos y las palabras de su dulcísima María. A su enamorado corazón llegan sentimientos encontrados de felicidad y amargura. ¿Qué hacer? María ha engendrado al Mesías. ¿Qué hará este hombre que contempla a su mujer sumamente gloriosa? Quizás reflexionaba de la siguiente manera: “Ayer, mi mujer era la Reina y Señora de mi alma. Ayer, era la esposa de este humilde carpintero. Ayer, mis ojos se posaban en los suyos, radiantes de pureza. Ayer, me servía y la servía. Ayer, era la mujer de José. Hoy, María, es la Reina y Señora del cielo y de la tierra. Hoy, se manifiesta ante mí su bendición sobre todo el género humano. Hoy, en ella está engendrado la Esperanza de Israel. Hoy, es toda de Dios más que mía. Hoy, la Madre de mi Señor no debe ser esposa de este indigno hombre”. Otro día y otro día transcurre. María atiende a su prima Isabel, José trabaja y la espera entre luces y sombras. Mañana vuelve la Virgen. José, que está probado por el Señor, se dispone a inmolar su bendito amor. Con el corazón roto, resuelve abandonar a María. No puede ser obstáculo al Espíritu Santo que engendró en la carne de su esposa al mismo Hijo de Dios Padre. Lo ha de hacer con prudencia y momento oportuno, de forma tal que su preciosa María quede protegida del “qué dirán” de sus allegados y conocidos. La repudiará en secreto y desaparecerá, marchando a otro lejano lugar. Este es el calvario de José que siente tronchada el alma, pero acepta, serenamente, lo que cree ser Voluntad del Padre Dios. Llegó María. Ya se evidencian signos del divino embarazo. Una sonrisa celestial se dibuja en su precioso rostro. Ella, no conoce la intención de su esposo pero intuye una sutil tristeza en el semblante de su marido. Le dirá: -Estás preocupado, José. ¿Qué te pasa? José la abraza y le susurra: -No es nada, cielo mío, un asuntillo de trabajo. Vamos a descansar que ya es tarde, amada mía. Mañana, Dios dirá, mañana el corazón de este hombre, justo y bueno, se romperá de pena… El sueño y la tristeza cierran los ojos de José. En su bendito pecho descansa la cabecita de su María en profunda paz. Dos corazones y otro de Dios laten
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henchidos de amor verdadero. Ya despunta el alba, por la ventana se ven, todavía, la luz de los luceros. José, entreabre los ojos pero un pesado sopor lo inmoviliza y en esta desconocida sensación oye una voz: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de sus pecados.” Súbitamente, José abre los ojos, mira, tratando de descubrir a su alrededor al ángel que le ha hablado y ha oído meridianamente. No ve al mensajero pero con inmensa paz y ternura fija la mirada en el cielo de su mujer que duerme profundamente. Ya el día enseña la luz de la aurora y una brisa limpia y fresca le despeja y rebosante de felicidad, en el silencio de un nuevo y precioso día que comienza, oye un tímido trinar de un jilguerillo que quizás haya visto al ángel que el esposo solo ha oído. José le reza al Dios de sus padres, a su Dios: Gracias, mi bendito Dios, gracias por haberme elegido. Ahora, contemplo la razón de mi existencia. Ahora, viviré solo para mi Señora, la Reina que reposa junto a su esclavo. La cuidaré y la amaré como nadie pueda amarla, seré el prudente guardián de su virginidad y pureza. Mi mujer, cuando se digne mirarme, solo verá la inocencia de un corazón que la adora. Gracias, Padre eterno, porque me has hecho de tu imagen para ejercer la paternidad humana sobre Aquel que siendo tu Hijo e Hijo de María, mi mujer, también lo será mío. Bendita seas, María, tú que eres toda mía, porque me haces dueño de lo que llevas en tus entrañas, del Autor de la vida y del amor verdadero. Si ayer te amaba como esposa, hoy te amo como esposa y como Reina. En mi pecho vibra el corazón de tu marido y de tu esclavo. Bendita seas, esposa mía.
NOTA: Jesucristo es Dios y es Hombre, Hombre como el hombre menos en el pecado. María y José son consortes que ejercieron su estado marital sin el concurso de actos concupiscentes, de los cuales fueron preservados por designio divino. Ahora bien, esta gracia privilegiada no impidió que este matrimonio viviera con absoluta naturalidad el cotidiano vivir de un esposo y una esposa en inmaculada castidad. Deseo dejar constancia pública, que lo escrito se corresponde con lo que se denomina “materia de opinión”. Son reflexiones subjetivas de un hijo de la Iglesia Católica, sin que por ello el Magisterio, en principio, tenga que suscribirlas. Si por mi ignorancia, algo de lo escrito no se ajustara a la verdad preceptuada por la Iglesia, pido perdón y ruego que se me rectifique.

Rafael García Ramos (Ingeniero Técnico) www.hijodedios.org 12


								
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