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Resumen - Halperin Donghi, T.: UNA NACIÓN PARA EL DESIERTO ARGENTINO

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Resumen - Halperin Donghi, T.: UNA NACIÓN PARA EL DESIERTO ARGENTINO Powered By Docstoc
					Tulio Halperin Donghi (1982) UNA NACIÓN PARA EL DESIERTO ARGENTINO Desde Sarmiento en 1883 hasta Pedro Henríquez Ureña en 1938 afirmaban la excepcionalidad del proceso histórico argentino. La Argentina vivió en la segunda mitad del siglo XIX una etapa de progreso muy rápido. La excepcionalidad argentina radica en que sólo allí iba a parecer realizada una aspiración muy compartida y muy constantemente frustrada en el resto de Hispanoamérica: el progreso argentino es la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única arma política era su clarividencia. El problema radica en que esa etapa no tiene nada de la serena y tenaz industriocidad que se esperaba de una cuyo cometido es construir una nación de acuerdo con planes preciso en torno a los cuales se ha reunido ya un consenso sustancial. [La hipótesis central de Halperin en este trabajo es que Caseros no inició una etapa de paz, ni tampoco marcó el surgimiento de un Estado ni una nación sino que por el contrario abre la etapa final de su construcción. Al contrario de lo sostenido por otros autores, tanto Estado como nación, en 1853, luego de promulgada la Constitución, son tareas aún por realizar. Es decir la caída de Rosas no soluciona a priori nada] Esta etapa –iniciada después de Caseros– se abre con la conquista de Buenos Aires como desenlace de una guerra civil, se cierra casi treinta años después con otra conquista de Buenos Aires; en ese tiempo caben otros dos choques armados entre el país y su primera provincia, dos alzamientos de importancia en el Interior, algunos esbozos adicionales de guerra civil y la más larga y costosa guerra internacional nunca afrontada por el país. Entre quienes comenzaron la exploración retrospectiva de esa etapa, la tendencia que primero dominó, fue la de achacar todas esas discordias a causas frívolas y anecdóticas. En otra versión menos frecuente se lo tendía a explicar a partir de rivalidades personales y de grupo. Otra sostuvo que el supuesto consenso nunca existió y las luchas que llenaron esos años de historia expresaron enfrentamientos radicales en la definición del futuro nacional. Esta es la interpretación revisionista. Aunque su trabajo está afectado por el deseo de llegar rápidamente a conclusiones preestablecidas, el punto de vista revisionista presenta la ventaja de llamar la atención sobre el hecho obvio de que, esa definición de un proyecto para una Argentina futura, se daba en un contexto ideológico marcado por la crisis del liberalismo que sigue a 1848 y en uno internacional caracterizado por una expansión del centro capitalista hacia la periferia. [Esta afirmación podría ser cuestionada ya que algunos autores sostienen que el proceso de expansión del capitalismo en términos de centro y periferia, se da recién a partir de la Segunda Revolución Industrial, en torno a 1870] Si la acción de Rosas en la consolidación de la personalidad internacional del nuevo país deja un legado permanente, su afirmación de la unidad interna basada en la hegemonía porteña no sobrevive a su derrota en 1852. Quienes creían poder recibir en herencia un Estado central al que era preciso dotar de una definición institucional, pero que podía ser

utilizado para construir una nueva nación, van a tener que aprender que antes que ésta –o junto con ella– es preciso construir el Estado. En 1880 recién, esta etapa de creación de una realidad nueva, puede considerarse cerrada. La herencia de la generación de 1837

Su concepción del progreso nacional será el punto de llegada de un largo examen de conciencia sobre la posición de la elite letrada posrevolucionaria, emprendido en una hora crítica del desarrollo político del país. En 1837 hace dos años que Rosas ha llegado al poder por segunda vez, ahora como indisputado jefe de la provincia de Buenos Aires y de la facción federal. Es entonces cuando un grupo de jóvenes provenientes de las elites letradas de Buenos Aires y el Interior se proclaman destinados a tomar el relevo de la clase política que ha guiado al país desde la revolución de Independencia hasta la catastrófica tentativa de organización unitaria de 1824-1827. Que esa clase política ha fracasado parece evidente; la medida de ese fracaso está dada por el triunfo de los toscos jefes federales. Frente a ese grupo unitario raleado por la derrota, el que ha tomado a su cargo el reemplazo se autodefine como la Nueva Generación. Esa Nueva Generación en esta primera etapa de actuación política, parece considerar la hegemonía de la clase letrada como el elemento básico del orden político al que aspira. El fracaso de los unitarios es, en suma, el de un grupo cuya inspiración proviene de las fatigadas supervivencias del Iluminismo. La Nueva Generación, colocada bajo el Romanticismo, –según ellos creen– está por eso mismo, mejor preparada para asumir la función directiva. Esta generación recoge de Cousin el principio de la soberanía de la razón y es esa convicción la que subtiende el Credo de la Joven Generación redactado por Esteban Echeverría en 1838. Esa misma convicción colorea la discusión sobre el papel del sufragio en el orden político que la Nueva Generación propone y caracteriza como democrático. Que el sufragio restringido sea preferido al universal es menos significativo que el hecho de que, a juicio de Echeverría, el problema de la extensión del sufragio, debe resolverse por un debate interno a la elite letrada. [Parece un contrasentido que postulen democracia y al mismo tiempo sufragio restringido. Halperin no llama la atención sobre esto en este trabajo, pero me parece importante subrayar que sostener ambas cosas como no excluyentes no es otra cosa que seguir lo postulado por los primeros y más importantes teóricos del liberalismo clásico que sostenían que la democracia sólo era viable como un sistema impuesto de arriba hacia abajo, por una elite política, la única preparada para ocuparse de los problemas de la dinámica social, demasiado elevados para que el pueblo en general pudiese tratarlos. Obviamente, lo sagrado para ellos era la propiedad y –mi marxismo aparte– esas bases materiales, eran las únicas que otorgaban la preparación, sino la responsabilidad necesaria, al momento de decidir mediante el voto, los destinos de un país. Esta tendencia se puede encontrar en los pensamientos de Rousseau, de Descartes, de Mill o incluso en una primera etapa de Spencer, antes de que este último llegara a postular la eliminación del Estado pero con

economía de mercado. Todos ellos liberales, aunque de distintas corrientes. Puuuaaaaa!, después de esta muestra de erudición, el Jorge se deja de joder y vuelve al Tulio] El modo en que esa elite ha de articularse con otras fuerzas sociales no es considerado relevante ya que no hay en la perspectiva de la Nueva Generación, otras fuerzas que puedan contarse legítimamente entre los actores del proceso político; aunque esto no implica que la Nueva Generación no haya buscado integrarse. Los más entre sus miembros pertenecían a familias de la elite porteña o provinciana que ha apoyado a la facción federal o han hecho con ella las paces. Es la inesperada agudización de los conflictos políticos a partir de 1838, con el entrelazamiento de la crisis uruguaya y la argentina y los comienzos de la intervención francesa, la que lanza a una acción más militante a este grupo que se había creído hasta entonces desprovisto de la posibilidad de influir de modo directo en un desarrollo político, sólidamente estabilizado. Juan Bautista Alberdi se marcha a la Montevideo antirrosista; un par de años más y Vicente Fidel López, participará del alzamiento antirrosista en Córdoba; y Marco Avellaneda, llegado a gobernador de Tucumán, contribuirá a volcar a todo el Norte al mismo alzamiento. Pero los prosélitos que la Nueva Generación ha conquistado y lanzado a la acción, son sólo una pequeña fracción del impresionante conjunto d fuerzas que se gloria de haber desencadenado contra Rosas. Como resultado de esa acción, la Nueva Generación, sólo podrá exhibir un impresionante censo de mártires. De esa crisis la hegemonía rosista ha salido fortalecida y la represión que sigue a su victoria, fue aún más eficaz que ésta para persuadir al personal político provinciano, de las ventajas de una disciplina más estricta. El problema de la coherencia política de ese frente antirrosista que se había formado, ni siquiera se plantea. Para la generación sólo puede hallarse en la mente de quienes dirigen el proceso, es decir en la elite ilustrada. Esto crea una relación entre ésta y aquellos a quienes aspira dirigir, una actitud manipuladora, ya que los ve como meros instrumentos y no como aliados. Para ellos, la noción de unidad de creencia ocupa un lugar central. Esa exigencia de unidad se traduce en la postulación coherente de un sistema de principios básicos en torno a los cuales la unidad ha de forjarse; y que deben servir de soporte no sólo para la elaboración de propuestas precisas para la trasformación nacional, sino para otorgar la necesaria firmeza a los lazos sociales. Este sistema de principios es postulado en la Ojeada Retrospectiva, también de Echeverría. Esta convicción, parece no obstante, escasamente justificada por los hechos mismos, ya que el eclecticismo sistemático de la Nueva Generación tiene por precio cierto grado de incoherencia. En la producción de sus integrantes, se hallarán análisis de problemas y aspectos de la realidad nacional y de las alternativas políticas abiertas para encararlos, los cuales están destinados a alcanzar largo eco durante la segunda mitad del siglo.

De la pretensión de constituirse en guías del nuevo país es heredera la noción de que la acción política, para justificarse, debe ser un esfuerzo por imponer a una Argentina que en cuarenta años de revolución, no ha podido alcanzar su forma, una estructura que debe ser, antes que el resultado de la experiencia histórica, el de implantar un modelo previamente definido por quienes toman la tarea de conducción política. La Generación del ’37, no dudaba que bastaba una rectificación en la inspiración ideológica para lograrlo. Tal conclusión era dudosa [yo diría errada] ya que si el político ilustrado deseaba influir en la vida del país, debía buscar modos de inserción en ella, en un campo de fuerzas con las que no puede establecer una relación puramente manipulativa y unilateral, sino alianzas que reconocen a esas fuerzas como interlocutores y no como puros instrumentos. [Grande Halperin! Se le escapó aquí su lado leninista. “a partir del momento en que se tiene claridad sobre cuál es el enemigo último, se debe concluir en que todo el resto, son aliados tácticos”] Las transformaciones de la realidad argentina En 1847 Alberdi publica desde Chile, un breve escrito destinado a provocar escándalo. En “La República Argentina, 37 años después de su Revolución de Mayo” traza un retrato favorable del país que le está vedado. A su juicio, la estabilidad política alcanzada gracias a la victoria de Rosas, no sólo ha hecho posible una prosperidad que desmiente los pronósticos adelantados por sus enemigos, sino –al enseñar a los argentinos a obedecer– ha puesto finalmente las bases indispensables para cualquier institucionalización del orden político. Más preciso es el cuadro que dos años antes que Alberdi, traza Sarmiento en la tercera parte de su Facundo. En 1845, éste, ha surgido entre la masa de emigrados arrojados a Chile por la derrota de los alzamientos antirrosistas del Interior. Comienza a advertir en 1845 que la Argentina surgida del triunfo de Rosas de 1838-1842, es ya irrevocablemente distinta. Si Sarmiento excluye la posibilidad de que Rosas tome a su cargo la instauración de un orden basado precisamente en esos cambios de manera más explícita que Alberdi, convoca a colaborar en esa tarea a quienes han crecido en prosperidad e influencia gracias a la paz de Rosas. La diferencia capital entre el Sarmiento de 1845 y el Alberdi de 1847 debe buscarse en la imagen que uno y otro se forman de la etapa posrosista. Para Sarmiento, ésta debe aportar algo más que institucionalización; lo más urgente es acelerar el ritmo del progreso. El legado más importante del rosismo, no le parece consistir en la creación de hábitos de obediencia resaltados por Alberdi, sino en una red de intereses consolidados por la prosperidad alcanzada gracias a la dura paz rosista. En Sarmiento, Rosas representa para entonces, el último obstáculo para el definitivo advenimiento de esa etapa de paz y progreso; aparece simplemente como un estorbo. Es la misma imagen que propone de Rosas Hilario Ascasubi. En Ascasubi, como en sarmiento, la presencia de grupos cada vez más amplios que ansían consolidar lo alcanzado durante la etapa rosista mediante una rápida superación de esa etapa, es vigorosamente subrayada. Falta sin embargo en ambos, definir con precisión de qué grupos se trata. Sarmiento espera aún en el general Paz. Ascasubi, ni siquiera se preocupa por definirlo. Correspondió a un veterano unitario, Florencio Varela, sugerir una estrategia política basada en la utilización de lo que él creía, era la más flagrante contradicción del orden

interno de Rosas. Descubre esa fisura en la oposición entre Buenos Aires y las provincias del Litoral, las que encontrarían sus aliados naturales en Paraguay y Brasil en la futura coalición antirrosista. El tema clave era la apertura de los ríos interiores, que ya había sido reclamada por los bloqueadores anglo–franceses en 1845. Varela parte de un examen más preciso de las modalidades que la rehabilitación económica lograda adquiere en un contexto de distribución muy desigual de poder político. Así, en Alberdi, Sarmiento, Ascasubi, pero aún más en Varela, se dibuja una imagen más precisa de la Argentina, que en la Generación del ’37. Ello no se debe sólo a su superior sagacidad, es sobre todo trasunto de los cambios que el país ha vivido en esta etapa. La Argentina es un mundo que se transforma Los cambios cada vez más acelerados de la economía mundial ofrecen oportunidades nuevas para la Argentina; suponen también riesgos más agudos. No es sorprendente hallar esa conclusión en la pluma de un agudo colaborador de Rosas, José María Rojas y Patrón, para quien la manifestación de esa acrecida presión externa ha de ser una incontenible inmigración europea. Espera mucho de bueno de esa conmoción que será la inmigración para la sociedad rioplatense, pero por otra parte teme que esa marea humana arrase con las instituciones. A primera vista, es sorprendente ver que Sarmiento coincide con esa lectura, aunque para él, sólo un Estado más activo puede esquivar los peligros. En los años finales de la década del 40 el área de actividad por excelencia que Sarmiento le asigna a ese Estado es la educación popular. Sólo mediante ella podrá la masa de hijos del país salvarse de una paulatina marginación económica y social. Si en Sarmiento se busca en vano cualquier recusación a la teoría de división internacional del trabajo, es indiscutible que sus alarmas no tendrían sentido si creyese que ella garantiza el triunfo de la solución económica más favorable para todas y cada una de las áreas en proceso de incorporación al mercado mundial. La agudización constante de las tensiones sociales y políticas no debe introducirse en un área en que ni siquiera una indisputada estabilidad social ha permitido alcanzar la estabilidad política. El temor frente al espectro del comunismo comienza a afectar la línea de pensamiento de algunos de los que se resuelven a planear un futuro para el país. [Si Sarmiento le hubiese prestado mayor atención al Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte se hubiese dado cuenta de que las contradicciones sociales no bastan para generar revoluciones, pero no podemos pedirle a Sarmiento algo que ni siquiera los cuadros políticos de izquierda de hoy caen en cuenta] Si la Nueva Generación hacia 1850 se ve –distinto que antes– como uno de los interlocutores cuyo diálogo fijará el destino futuro de la nación, y reconoce otro sector en la elite económico–social, se debe a que las convulsiones de la sociedad europea han revelado en las clases populares potencialidades temibles. El proyecto nacional en el período rosista

La caída de Rosas en febrero de 1852, no introdujo ninguna modificación sustancial en la reflexión en curso sobre el presente y el futuro de la Argentina, pero inclinó a acelerar propuestas más precisas. Así en menos de un año a partir de Caseros, iba a completarse un abanico de proyectos alternativos. 1) La alternativa reaccionaria: Debido a Félix Frías, sus términos de referencia son los que proporciona la Europa convulsionada por las revoluciones de 1848. La lección que de ella deriva es que la rebelión social que agitó a Europa es el desenlace lógico de la tentativa de constituir un orden político al margen de los principios católicos. Frías aspira al orden, al que concibe como aquel régimen que asegure el ejercicio incontrastado y pacífico de la autoridad política por parte de “los mejores”. Ello será posible cuando las masas populares hayan sido devueltas a una espontánea obediencia por el acatamiento universal a un código moral apoyado en las creencias religiosas compartidas por esas masas y sus gobernantes. Si el orden debe aun apoyarse en Hispanoamérica en fuertes restricciones a la libertad política, ello se debe sólo al general atraso de la región. Este atraso sólo podrá ser superado si el progreso económico y cultural consolida y no resquebraja esa base religiosa. Piensa en Estados Unidos, pero sostiene que Hispanoamérica no está preparada para aplicar un sistema como ese. La plena democracia, sólo alcanzable en el futuro, significaría la consolidación más que la superación, de un orden oligárquico, que para Frías es el único conforme a naturaleza. En su visión, la desigualdad se da también en la distribución de los recursos económicos e igualmente aquí es conforme a naturaleza. [Dios lo ha querido así hijos míos... jódanse! Y no chillen!] Para él, la utilización del poder represivo del Estado significa sólo una solución de emergencia. La solución definitiva se alcanzará únicamente cuando la religión haya coronado su tarea moralizadora y lo haya librado al pobre de la tentación de codiciar las riquezas del rico. [Me juego la cabeza a que Frías no era pobre] Para Frías, en relación al desarrollo de economía y sociedad que Hispanoamérica necesita, no se trata de traer de Europa ideologías potencialmente disociadoras, sino hombres que enseñen con el ejemplo a practicar “los deberes de la familia” y a cultivar. La prédica de Frías será recusada sobre todo por irrelevante y nadie lo hará más desdeñosamente que Sarmiento. 2) La alternativa revolucionaria: A diferencia de Frías, Echeverría saludó en las jornadas de febrero, el nacimiento de una nueva era. [En febrero de 1848 estalló Paris en una revolución, que será destrozada por Napoleón III... leer El 18 Brumario de Luis Bonaparte ahhh... y acá tenés el carnet de afiliación] Fue más allá al señalar como legado de la revolución el “fin del proletarismo, forma postrera de

esclavitud del hombre por la propiedad” El programa social de algunos sectores revolucionarios es condenado por irrelevante en el contexto hispanoamericano. Para Sarmiento, la guerra del rico contra el pobre es una idea que lanzada a la sociedad, puede un día estallar. Es la educación para él, quien hará ineficaz cualquier prédica disolvente. 3) Una nueva sociedad ordenada conforme a razón. En estos años no podrá encontrarse entre los miembros de la elite letrada del Río de la Plata, muchos que sean capaces de conservar esa concepción del cambio social. Es comprensible entonces que la obra de mariano Fragueiro se nos presente en un aislamiento que sus contemporáneos atribuían a su irrelevancia. Fragueiro publicó en 1850 su Organización del Crédito. Él hallaba ese legado de concentración del poder político, digno de ser atesorado porque ese poder debía tomar a cargo un vasto conjunto de tareas a realizar. Toca al Estado monopolizar el crédito público. La transferencia del crédito a la esfera estatal es justificada por una distinción entre los medios de producción sobre los cuales los derechos de propiedad privada –según él– deben continuar ejerciéndose; y la moneda que “no es producto de la industria privada ni es capital” [Obviamente Fragueiro no pudo haber leído de Marx esta distinción porque eso fue planteado por Marx en El Capital, publicado después del libro de Fragueiro. Es genial, ya que hasta entonces nadie había caído en esa diferencia crucial para la economía política. Hasta entonces se hablaba de capitales en general y de capital financiero para referirse a la moneda, pero como se ve, ambos eran tomados por capitales, cuando la segunda, es en realidad una mercancía, no capital] Así, moneda y crédito no integran por su naturaleza misma la esfera privada. La estatización del crédito, debe hacer posible al Estado “la realización de empresas y trabajos públicos” [En otros términos, lo que pensaba Fragueiro es que monopolizando el crédito el Estado, podría desarrollar la infraestructura necesaria que el progreso argentino requiere, lo cual es de por sí, una función del Estado. Se podría plantear que Fragueiro sí pudo haber leído la Historia de la Riqueza de las Naciones u otros trabajos de Adam Smith, que sí eran conocidos en el Río de la Plata, por lo menos a partir de traducciones de Mill, donde se postula la existencia de ámbitos económicos cuyo desarrollo –por su costo y rentabilidad– no serán atrayentes para la economía privada y que no obstante son necesarios para el desarrollo y crecimiento económico, que por tanto, deben ser tomados por el Estado] 4) El autoritarismo progresista de Juan bautista Alberdi. El programa ofrecido en las Bases había sido desarrollado a partir del trabajo de Fragueiro de 1850. La solución propugnada por Alberdi, combina rigor político y activismo económico, pero rehúsa ver en la presión acrecida de las clases desposeídas el estímulo principal para esa modificación en el estilo de gobierno. Por el contrario, él aparece como un instrumento necesario para mantener la disciplina de la elite, cuya tendencia a las querellas intestinas, sigue pareciendo la más peligrosa fuente de inestabilidad política.

Para Alberdi, el bienestar que el avance de la economía hace posible, no sólo está destinado a compensar las limitaciones impuestas a la libertad política, sino también a atenuar las tensiones sociales. Para Alberdi, una sociedad más compleja y una nueva economía serán forjadas bajo la férrea dirección de una elite política y económica consolidada en su prosperidad por la paz de Rosas. Mientras se edifica la base económica de una nueva nación, quienes no pertenecen a esas elites, no recibirían ningún aliciente que haga menos penoso ese periodo de rápidos cambios. Su pasiva subordinación es un aspecto esencial del legado rosista que Alberdi invita a atesorar. Crecimiento económico significa para Alberdi, crecimiento acelerado de la producción, sin elemento redistributivo [Es decir, significaba lo mismo que significa hoy. Hay dos conceptos importantes en economía política, que significan cosas muy distintas y que no obstante suelen ser utilizados alegremente como sinónimos. Uno es el de crecimiento económico, que como pensaba Alberdi, se refiere al aumento de la productividad –cantidad de producto por unidad de recurso– y por lo tanto de la producción. El otro es el de desarrollo económico, que se refiere a la distribución social del producto, es decir, unidad de producto apropiada per cápita, lo cual no es lo mismo que producción per cápita. Me parece que esta distinción es importante tenerla en cuenta al momento de comparar lo que plantea Alberdi y lo que plantea Sarmiento, ya que uno estaría fundando su programa en el crecimiento económico –Alberdi– mientras el otro –Sarmiento– en desarrollo económico] El autoritarismo, preservado en su nueva envoltura constitucional, es por hipótesis suficiente para afrontar el desafío de los desfavorecidos por el proceso. Alberdi no cree siquiera necesario examinar si habría razones económicas que hiciesen preciso alguna redistribución y su indiferencia por este aspecto es entendible, ya que el mercado para la producción argentina, ha de encontrarse en el extranjero. [Es decir que tiene una clara conciencia de la división internacional del trabajo y concuerda con lo que esta teoría plantea sobre los beneficios de la especialización en función de las ventajas comparativas] Ese proyecto de cambio económico, a la vez acelerado y unilateral, requiere un contexto político preciso, que Alberdi describe bajo el nombre de república posible. La complicada estructura institucional que para ella se propone en las Bases, busca impedir que el régimen autoritario sea también un régimen arbitrario. La eliminación de la arbitrariedad, es vista por Alberdi como el requisito ineludible para lograr el ritmo de crecimiento económico que juzga deseable. La apelación al trabajo y capital extranjero constituye el mejor instrumento para el cambio económico acelerado. El país necesita población, pero además, Alberdi no separa la inmigración de trabajo de la de capital, ya que ve la inmigración como fundamentalmente de capitalistas. Para esa inmigración destinada a traer todos los factores de la producción salvo la tierra, se prepara el aparato político que Alberdi propone.

La justificación de la república posible, es que está destinada a dejar paso a la república verdadera, la cual se realizará sólo cuando el país haya adquirido una estructura económica y social comparable a la de las naciones que han creado y son capaces de conservar ese sistema institucional. De modo implícito postula una igual provisionalidad para el orden social marcado por acentuadas desigualdades y la pasividad forzada de quienes sufren las desigualdades. Alberdi hace de los avances de la instrucción un instrumento importante de progreso económico y social. No es necesaria una instrucción formal muy completa para poder participar como fuerza de trabajo en la nueva economía; la mejor instrucción la ofrece el ejemplo de destreza que aportarían los inmigrantes europeos. Por otra parte, una difusión excesiva de la instrucción, corre el riesgo de propagar en la población, nuevas aspiraciones. Puede ser más directamente peligrosa si al enseñarles a leer, pone a su alcance toda una literatura que trata de persuadirlos de que tienen, también ellos derechos a participar del goce de los bienes producidos. Un Exceso de instrucción, atenta contra la disciplina necesaria en los pobres. Encontramos la misma reticencia frente al elemento que ha servido para justificar la pretensión de la elite letrada a la dirección de los asuntos nacionales: su comercio exclusivo con el mundo de las ideas que la constituiría en el único sector nacional que sabe qué hacer con el poder, es ahora recusado por Alberdi. Para él, el ideólogo renovador, no es sino el heredero del letrado colonial, a través de transformaciones que sólo han servido para hacer aún más peligroso su influjo. El cambio que Alberdi propone, no sólo choca con ciertas convicciones antes compartidas con su grupo; se apoya además en una simplificación tan extrema del proceso a través del cual el cambio económico influye en el social y político, que su utilidad para dar orientación a un proceso histórico real, puede ser puesta en duda. Aún así las Bases resumen con nitidez cruel, el programa adecuado a un frente antirrosista. Ofrece a más de un proyecto de país nuevo, indicaciones precisas sobre cómo recoger los frutos de su victoria a quienes han sido convocados a decidir un conflicto definido como de intereses. 5) Progreso sociocultural como requisito del progreso económico. Sarmiento elaboró una imagen del nuevo camino que la Argentina debía tomar, que rivaliza con el de Alberdi, al que además supera en riqueza de perspectivas y contenido. Mueve a Sarmiento a recusar el proyecto alberdiano, su convicción de que conoce mejor los requisitos y consecuencias de un cambio económico– social como el que la Argentina posrosista debe afrontar. Esa imagen del cambio posible y deseable, sarmiento la elaboró bajo el influjo de la crisis europea de 1848. Como Alberdi, Sarmiento deduce de ella justificaciones para la toma de distancia, no sólo frente a los ideólogos del socialismo sino ante una entera tradición política que nunca aprendió a conciliar el orden con la libertad. Su modelo era Estados Unidos. No le preocupa primordialmente examinar de qué modo se ha alcanzado una solución al problema político del siglo XIX –la conciliación de la libertad y la igualdad– [Este es un problema teórico que se planteó en términos de cómo conciliar democracia plena y capitalismo. Teóricos de distintas corrientes concluyeron que eran incompatibles, entre

ellos, hombres como Tocqueville y muchos de la corriente liberal] sino rastrear el surgimiento de una nueva sociedad y una nueva civilización basada en la plena integración del nuevo mercado nacional. La importancia de la palabra escrita se le aparece a Sarmiento como decisiva. Ese mercado sólo podría estructurarse mediante la comunicación escrita con un público potencial muy vasto y disperso. Si esa sociedad requiere una masa letrada es porque requiere una vasta masa de consumidores; para crearla no basta la difusión del alfabeto, es necesaria la del bienestar y de las aspiraciones a la mejora económica a partes cada vez más amplias de la población nacional. Para esa distribución del bienestar a sectores más amplio, debe ofrecer una base sólida: la de la propiedad de la tierra. Sarmiento no dejará de condenar la concentración de la propiedad. Para asegurar la expansión de las aspiraciones, sería preciso hallar una solución intermedia entre una difusión masiva y prematura de ideologías igualitarias y ese mantenimiento de la plebe en la feliz ignorancia de Alberdi. Veía en la educación un instrumento de conservación social, no porque pudiese disuadir al pobre de cualquier ambición de mejorar su lote, sino porque debía ser capaz, a la vez que de sugerirle esa ambición, de indicarle los modos de satisfacerlas en el marco social existente. El ejemplo de los Estados Unidos, persuadió a Sarmiento de que la pobreza del pobre no tenía nada de necesario. Lo persuadió también de que la capacidad de distribuir bienestar a sectores cada vez más amplios no era solamente una consecuencia positiva del orden económico, sino una condición necesaria para la viabilidad económica de ese orden. La imagen del progreso económico que madura en Sarmiento postula un cambio de la sociedad en su conjunto, no como resultado, sino como precondición del orden. El ejemplo de Estados Unidos, a la vez que incita a Sarmiento a prestar atención al contexto sociocultural dentro del cual ha de darse el progreso económico, hace para él innecesario definir los requisitos políticos para ese progreso. Luego, de vuelta en Chile, se dedicará a escudriñar los primeros anticipos de ese futuro que intenta planear, rastreando los efectos de la nueva prosperidad creada por la apertura del mercado californiano a las exportaciones chilenas. [Para esa época se había descubierto oro en California. Es la época de la “fiebre del oro” que motiva migraciones masivas hacia el Pacífico, pero que no cuenta –dentro de Estados Unidos– con un mercado proveedor suficiente de alimentos para esos pioneros] Él ya advertía en 1849 su impacto en los avances del nivel de vida en Santiago y su plebe urbana. Era la ampliación del mercado, a través de la del consumo, lo que subtendía esos avances y dotaba de un nuevo dinamismo a la economía chilena. Chile, no obstante, creyó eterno ese mercado nuevo que pronto fue borrado por el desarrollo de un proveedor dentro de Estados Unidos. De esa falta de cálculo y previsión, Sarmiento culpaba a los terratenientes chilenos, fruto en definitiva de la ignorancia, y encontraba así un nuevo justificativo para la educación popular.

Otra lección que Sarmiento atesora del Chile dominado por terratenientes, es que la igualdad social no podría allí lograrse por la difusión de la propiedad de las tierras. Como respuesta trata de esbozar una línea alternativa de desarrollo por medio de la modernización de la agricultura chilena. Esto sólo podría hacerse en el marco de la gran explotación capitalista. Ello exige una masa de asalariados rurales instruidos y bien remunerados, pero poco numerosos; complemento de ese cambio debe ser el crecimiento de las ciudades, único desemboque a la población expulsada de la tierra. Será en la ciudad donde surja una sociedad más compleja y móvil, y para que esto ocurra, es otra vez la difusión de la educación popular imprescindible. Más tarde, el retornar a Buenos Aires confirma las seguridades –Estados Unidos– y perplejidades –Chile– inspiradas en los ejemplos que había tomado. La indefinición de los aspectos propiamente políticos de su programa se continúa en una indefinición por lo menos igualmente marcada acerca de la articulación del grupo políticamente dirigente. Respecto a esto Alberdi había planteado que la Argentina sería renovada por la fuerza del capitalismo en avance; había en el país grupos dotados ya de poderío político y económico, que estaban destinados a recoger los provechos de esa renovación y el servicio de la elite letrada sería revelarles dónde estaban sus propios intereses, para luego prepararse a morir. Sarmiento no cree con la misma fe que las consecuencias del avance de la nueva fuerza económica sobre las áreas marginales sean siempre benéficas. Postula un poder político con suficiente independencia de ese grupo dominante para imponer por sí rumbos y límites a ese aluvión de energías económicas. ¿Quiénes han de ejercer ese poderío político y en qué se apoyarán para ello? Nunca se planteó la respuesta a la segunda pregunta; en cuanto a la primera, es desde luego la elite letrada, de la que se declara orgulloso integrante. No descubre ningún otro sector habilitado para asumir esa tarea y desde entonces se resigna a que su carrera política se transforme en una aventura estrictamente personal, aunque no sea esa una solución que Sarmiento encuentre admirable. Treinta años de discordia Alberdi había postulado que el sistema de poder creado por Rosas sería capaz de sobrevivir a su caída para dar base al orden posrosista. Varela por su parte, que el lugar de Buenos Aires en el país no sería afectado por la victoria de una coalición antirrosista. Ambos postulados eran de muy poco probable realización. Luego de 1852 el problema urgente no fue cómo utilizar el poder legado por Rosas a sus enemigos, sino cómo erigir un sistema de poder en reemplazo del que fue barrido en Caseros. A Juicio de Sarmiento, Urquiza no está dispuesto a poner su poder al servicio de una política de rápido progreso como las que él y Alberdi proponen. La convicción de así estaban las cosas habían llevado a Sarmiento de nuevo a Chile y a marginarse de la política argentina. Lo que lo devuelve a ella es el descubrimiento de que Urquiza no ha sabido hacerse el heredero de Rosas; no hay en Argentina una autoridad irrecusable.

Para Alberdi, la creación en Buenos Aires de un centro de poder rival del que reconocía por jefe al general Urquiza, podía sólo tener consecuencias calamitosas. Los partidos que se proclamaron muertos en Caseros resucitan para retomar su carrera de sangre, y esa tragedia fútil e interminable, será la obra de quienes como sarmiento, se jactan de haber frustrado una ocasión quizá irrepetible, en nombre de una política de principios. 1) Las facciones resurrectas. Ya que Caseros no ha creado ese sólido centro de autoridad puesto al servicio del progreso –viene a decir Alberdi– ha dejado en sustancia las cosas como estaban. Toda una literatura facciosa parece sugerir que el nuevo país vive prisionero de sus viejos dilemas. Como temía Alberdi, un periodismo formado en el clima de guerra civil que acompañó la etapa rosista, se esfuerza por mantenerse vivo. Pero no es fácil creer que las facciones deban su inesperada vitalidad tan sólo al influjo de unas cuantas plumas. El problema es que se adaptan mal a las nuevas líneas de clivaje político: la tentación de tomar distancia frente a esas identificaciones facciosas está constantemente presente, aunque esconde una exhortación alarmada a preservar una lealtad facciosa en que la sangre derramada parece excluir la posibilidad de una solución al conflicto político, más conciliatoria que no sea la eliminación del adversario. Hernández no tiene sino expresiones de respeto por el general Urquiza; aún así le profetiza que la muerte bajo el puñal unitario será el desenlace de su carrera, si no abandona el camino de las concesiones frente a un enemigo incapaz de controlar su propia tendencia asesina. La apelación apasionada a una tradición facciosa refleja la convicción de que esta tradición está perdiendo su imperio. Si esas tradiciones facciosas agonizan es porque –como había declarado Alberdi– se están haciendo irrelevantes y lo que las hace tales son los cambios que a pesar de todo trajo Caseros. ¿Qué ha cambiado? No las situaciones provinciales consolidadas en la etapa de hegemonía porteña, que ahora se apresuran a cobijarse bajo la de su vencedor. Tampoco el equilibrio interno de las facciones políticas uruguayas. Caseros ha puesto en entredicho la hegemonía de Buenos Aires y ha impuesto la búsqueda de un nuevo modo de articulación entre esta provincia, el resto del país y los vecinos. También se ha destruido en Caseros el sistema de poder creado por Rosas. Ese sistema construido a partir de 1828-29, había sido despojado por su creador de toda capacidad de reacción espontánea que hace posible –bajo la apariencia de una rabiosa politización– una despolitización creciente de la sociedad entera. La caída de Rosas deja un vacío que llenan mal los sobrevivientes de la política prerrosista, como por ejemplo Vicente López y Planes, designado por Urquiza, gobernador de Buenos Aires.

Ese vacío será llenado entre junio y diciembre de 1852; un nuevo sistema de poder será creado; habrá surgido una nueva dirección política con una nueva base urbana y un sostén militar improvisado, pero suficiente para jaquear la hegemonía que Entre Ríos creyó ganar en Caseros. El 11 de setiembre de 1852, marca l fecha de una de las pocas revoluciones argentinas que marcan un punto de inflexión en su vida política. 2) Nace el Partido de la Libertad. A fines de junio de 1852, la recién elegida Legislatura de la Provincia de Buenos Aires rechaza los términos del Acuerdo de San Nicolás, por el que las provincias otorgan a Urquiza la dirección de los asuntos nacionales durante el periodo constituyente. El héroe de la jornada es Bartolomé Mitre. Quiere ser portavoz de una ciudad y una provincia que no ha renunciado a defender la causa de la libertad. Está renaciendo algo que faltaba en la ciudad desde hacía veinte años: una vida política. En el diálogo entre un grupo dirigente político–económico y una elite letrada –que según Alberdi debía determinar el futuro político de la Argentina– se entremezclaba otro turbulento interlocutor. Esto parecía anunciar una recaída en el estilo político que había provocado la reacción federal y rosista. La trayectoria de Mitre no era más tranquilizadora, pero su éxito parlamentario de junio fue contrarrestado por un golpe de estado de Urquiza, dispuesto a volver a la obediencia a Buenos Aires. La ocupación militar entrerriano–correntina se hace pronto insostenible y el 11 de setiembre se asiste a un alzamiento exitoso. Esos hombres nuevos a quienes las jornadas de junio han dotado de un séquito urbano [en la Legislatura] transforman su base política en militar. Pero esos advenedizos no están solos; junto con ellos se levantan los titulares del aparato militar creado por Rosas. Unos y otros reciben el inmediato apoyo de las clases propietarias de ciudad y campaña. La causa de la libertad que Mitre evoca, no es otra que la oculta causa de Buenos Aires, la cual no es idéntica para los jefes de frontera, para las clases propietarias o para la nueva opinión urbana movilizada en junio. Esta última identifica la causa de Buenos Aires con la de la libertad impuesta a las demás provincias con violencia. Para las clases propietarias significa la resistencia a incorporarse a un sistema fiscal que los intereses porteños no manejan. Para el aparato militar ex–rosista, la negativa a aceptar la hegemonía entrerriana. Cuando vencedor el movimiento en Buenos Aires busca expandirse al Interior, amenazando así inaugurar un nuevo ciclo de guerras civiles, ese aparato militar se alza. No logra derrocar al gobierno de la ciudad y Urquiza decide darle su apoyo bloqueando navalmente Buenos Aires. La provincia pasa la prueba, Urquiza se retira una vez más y la organización militar de la campaña es cuidadosamente reestructurada para que no pueda volver a ser un contrapeso de la Guardia Nacional de Infantería que es ahora la expresión armada de la facción dominante en la ciudad.

La prueba atravesada ha enseñado a los dirigentes políticos urbanos los límites de su libertad de acción; su victoria se debe en parte importante a que el arbitraje de las clases propietarias le ha sido favorable. Éstas seguirán apoyándolos debido a sus prevenciones a la incorporación a la Confederación urquicista, pero no tolerarían una política interprovincial de conflicto. El éxito de la empresa política inaugurada en junio de 1852 se da en un contexto muy diferente del previsto por quienes pretendían predecir antes de 1852 el rumbo de la Argentina posrosista. No se mide en cambios sociales, en un nuevo ritmo de progreso económico estimulado por la acción estatal o en avances institucionales. Es un éxito estrechamente político que comienza a borrar las consecuencias de la derrota de Buenos Aires en Caseros, que otorga a una tradición antirrosista una sólida base popular. En ese contexto, tanto el pensamiento político como su expresión adquieren modalidades nuevas. Los políticos de Buenos Aires se dirigen a un público distinto y más vasto que los grupos dominantes que Alberdi había reconocido como únicos interlocutores. He aquí todo un mundo de problemas que Alberdi había ignorado sistemáticamente, que Sarmiento sólo atendió episódicamente, pero cuya significación no se podía seguir ignorando. Ese esfuerzo de definición de una política que surge, inspira los artículos con que Mitre llena Los Debates En ellos encontramos en el lugar de honor al personaje que Alberdi habría querido desterrar para siempre de la política argentina: el partido. [Cuidado con esto: cuando Halperin caracteriza aquí al partido, lo hace de manera muy similar a los partidos políticos moderno lo cual puede conducir a un anacronismo. Lo correcto aquí, es hablar de facciones más que de partidos, porque aun no cuentan con la estructura orgánica con la que los conocemos, y que no surgirán hasta después de 1880] El partido impone una conexión nueva entre dirigente y séquito político. El énfasis en el partido, lleva a los políticos a un esfuerzo por buscar un pasado para ese partido, pasado además cuidadosamente depurado. En este marco, el retorno de los restos de Rivadavia –sobre cuya acción política la generación de 1837 había dado un juicio muy duro– lejos de marcar una vuelta al conflicto interno, viene a coronar un largo esfuerzo integrador en que Buenos Aires se reconcilia consigo misma. La resurrección de una tradición política que a partir de 1837 había sido declarada muerta, renace de la identificación entre la tradición unitaria y la causa de Buenos Aires. Esa tradición se adecua a las necesidades de una Buenos Aires que luego de su derrota en Caseros, debe reivindicar más explícitamente que nunca, su condición de escuela y guía política de la entera nación. Por su parte, al mantener su identificación intransigente con la causa del progreso –viene a afirmarnos Mitre– el Partido de la Libertad que ha nacido, no hará sino reflejar la que la sociedad porteña mantiene desde su origen. Pero Mitre hace urgente separar la causa del liberalismo [que está resurgiendo en toda Europa] de la de un radicalismo que se declara condenado de antemano al fracaso. Lo que Mitre quiere es tener a sus enemigos a la izquierda y no se limita a ofrecer una alternativa preferible a la conservadora o radical, sino que toma de ellas todos los motivos válidos en ambas posiciones extremas, y al hacerlo, las

despoja de cualquier validez. A pesar de su planteo político, menos fácil es dotar a esa orientación renovadora de un contenido preciso, de un programa. Mitre definió sus posiciones programáticas sobre puntos tan variados como el impuesto al capital, la convertibilidad del papel moneda y la creación de un sistema de asistencia pública desde la cuna hasta la tumba. Pero no hay duda de que esas definiciones programáticas no podrían ser las de un partido que pretendiese representar armoniosamente todas las aspiraciones que se agitan en la sociedad. [Bien Halperin... otra vez no pudo zafar bien de expresar su pensamiento político. Esto es así, por la sencilla razón de que no existe partido político que pueda expresar los intereses de todos los sectores sociales, ya que muchos de ellos son contrapuestos. Lo que Halperin está diciendo, es que los partidos o facciones políticas, son necesariamente clasistas aunque no lo digan, o al menos facciosos en términos de grupos de intereses] Esas indefiniciones de 1852, quedarán hasta tal punto incorporadas a la tradición política argentina que seguirán gravitando hasta nuestros días. La movilización política urbana en Buenos Aires no tuvo efectos duraderos; sería agotada por una desmesurada victoria: a partir de 1861 el Partido de la Libertad, intenta la conquista del país y no sólo fracasa sino que destruye las bases mismas desde las que ha podido lanzar su ofensiva. 3) El Partido de la Libertad a la conquista del país. Buenos Aires va a mantener dos conflictos armados con la Confederación. Derrotada en 1859 admite integrarse a su rival, pero obtiene de éste el reconocimiento del papel director dentro de la provincia de quienes la han mantenido disidente. Obtiene también una forma constitucional que, a más de disminuir el predominio del Estado federal sobre los provinciales, asegura una integración financiera sólo gradual de Buenos Aires en la nación. Vencedora en 1861, su victoria provoca el derrumbe del gobierno de la Confederación, presidido por Derqui y sólo tibiamente sostenido por Urquiza. Mitre, gobernador de Buenos Aires, advierte muy bien los límites de su victoria, que pone a su cargo la reconstitución del Estado federal, pero no lo exime de reconocer a Urquiza un lugar en la constelación política que surge. Admite que los avances del partido de la Libertad no podrían alcanzar a las provincias mesopotámicas que quedan bajo la influencia de Urquiza y parece dispuesto a admitir también que en algunas de las provincias interiores la base local para establecer el predominio liberal es tan exigua, que no debe siquiera intentarse. El vencedor de Pavón, admite en cambio la remoción de los gobiernos provinciales de signo federal en el Interior, hecha posible por la presencia de destacamentos militares de Buenos Aires, y en el Norte, por los ejércitos de santiago del estero y los hermanos Taboada. Esa empresa afronta la resistencia de La Rioja, aparentemente doblegada cuando su máximo caudillo –el Chacho Peñalosa– es vencido y ejecutado. No obstante, la escisión del liberalismo porteño, no pudo ser evitada luego de Pavón. Mitre, sacudida ya su base provincial, busca consolidarla mediante la supresión de la autonomía de Buenos Aires, que una ley nacional dispone colocar bajo la

administración directa del gobierno federal. La Legislatura rehusa su asentimiento; Mitre se inclina ante la decisión pero no logra evitar que la erosión de su base porteña quede institucionalizada en la formación de una facción liberal antimitrista: la autonomista, que en pocos años se hará del control de la provincia. La división del liberalismo porteño va a gravitar en la ampliación de la crisis política cuya intensidad Mitre había buscado paliar mediante su acercamiento a Urquiza. Pero lo que sobre todo va a agravarla es su internacionalización. La victoria liberal de 1861 sólo puede consolidarse a través de conflictos externos. Es el entrelazamiento entre las luchas facciosas argentinas y uruguayas lo que conduce a ese desenlace. El predominio blanco asegurado en Quinteros, va a afrontar el desafío de espadas veteranas del coloradismo que han encontrado en Buenos Aires, lugar en el ejército disidente y para la cual han organizado una caballería. La Cruzada Libertadora que el general Flores lanza sobre su país, cuenta con el apoyo de Buenos Aires. A su vez, el cruzado colorado contará con otro apoyo externo aún más abierto: el imperio del Brasil. Si la pasividad de Urquiza despierta reprobación entre los federales, los liberales autonomistas hallan posible acusar de pasividad a Mitre. Esos reproches se harán más vivos cuando el joven presidente de Paraguay, Francisco Solano López, juzgando oportuno el momento, entre en la liza en defensa del equilibrio rioplatense que proclama amenazado por la intervención del imperio en el Uruguay. [Cuando la Cruzada Libertadora avanza sobre Uruguay, no tiene asegurado un dominio sobre la campaña oriental; son las tropas brasileñas las que se lo facilitan invadiendo el territorio uruguayo por el norte] López espera contar con el apoyo de Urquiza a más del que obviamente tiene derecho a esperar del gobierno blanco. Los autonomistas urgen a Mitre a que lleve a Argentina a la guerra del lado del Brasil. Por su parte Mitre busca evitar que la guerra llegue como una decisión independiente de su gobierno. Cuando López decide atacar a Corrientes luego de que le ha sido denegado el paso con sus tropas por Misiones, logra hacer de la entrada de la Argentina en el conflicto, la respuesta a una agresión externa. Así la participación argentina adquiere una dimensión nacional y Urquiza se apresura a declarar su solidaridad con la nación y su gobierno. Pero en la medida en que la guerra no ha de servir para la definitiva limpieza de los últimos reductos federales, ella pierde buena parte del interés para la facción autonomista. Si el proceso que conduce a la guerra marca el punto más alto del estilo político de Mitre, la guerra va a poner fin a su eficacia. Las pruebas que impone son demasiado duras, las tensiones que introduce en el cuerpo social demasiado poderosas en la conciencia de las limitaciones severas que afectan a un poder sólo nominalmente supremo. Es aislamiento político del Presidente se acentúa y a él contribuye la creciente resistencia federal de participar en el conflicto bélico. Contribuye también de modo más decisivo la toma de distancia frente a la empresa de un autonomismo que antes que nadie, la había proclamado necesaria.

La movilización política urbana, que ha sobrevivido mal a la escisión liberal, se hace presente por última vez en el momento de declaración de guerra. Desde entonces, en ciudad y campaña, la vida política de Buenos Aires será cada vez más protagonizada por dos máquinas electorales. El esfuerzo que la guerra impone acelera la agonía del Partido de la Libertad. Urquiza ha visto reconocida en el nuevo orden una influencia que espera poder ampliar apenas dejen de hacerse sentir los efectos inmediatos de la victoria de Buenos Aires en un Interior en que el federalismo sigue siendo la facción más fuerte. Asistirá así como espectador dispuesto sólo a comentarios ambiguos al gran alzamiento federal de 1866-67, que desde Mendoza a Salta convulsiona todo el Interior andino, pero esta línea política que adopta se revelará suicida. Como se ve, no es sólo la erosión de su base política porteña la que ocasiona la decadencia del mitrismo; es también el hecho –de que en el contexto institucional adoptado por la nación– esa base no bastaría para asegurar un predominio nacional no disputado. [Esto es así por el problema de las representaciones provinciales; para lograrlo, debiera contar con mayoría de las representaciones provinciales y ya sabemos que el mitrismo no está consolidado en el país] Ante la guerra, el ejército nacional necesita ampliar su cuerpo de oficiales y esto permite el retorno a posiciones de responsabilidad e influencia, a figuras políticamente poco seguras. Al mismo tiempo, las poco afortunadas vicisitudes de la guerra debilitan el vínculo entre ese cuerpo de oficiales y su jefe supremo, es decir, Mitre. Curupaytí, revela a la nación que la guerra ha de ser mucho más larga y cruenta de lo que se esperaba, e inspira entre los oficiales dudas sobre su dirección. Ese cuerpo de oficiales es solicitado en 1867 por el coronel Lucio Mansilla para apoyar la candidatura presidencial de sarmiento. Aun los jefes de la más vieja lealtad mitrista se sienten cada vez menos ligados a ella y así el general Arredondo, feroz pacificador del Interior tras Pavón, entrega los electores de varias provincias a ese candidato. Puede hacerlo, gracias a la guerra civil de 1866-67, en que el ejército nacional ha alcanzado gravitación en el Interior. El Partido de la Libertad ya no existe, Mitre lo ha destruido. Esto es el resultado de una acción más interesada en los resultados que en principios. Mitre traicionó los de su partido cuando proclamó la espectabilidad del caudillo Urquiza, cuando aceptó como sus aliados en el Interior a los Taboada, cuando favoreció en el Uruguay la causa de ese otro traidor a sus principios Flores, la traicionó aun más cuando desencadenada la guerra con el Paraguay pactó con el Imperio brasileño, alianza contraria al republicanismo de su partido. A esa bancarrota moral, siguió la bancarrota política. ¿Puede el federalismo sobrevivir a ese retorno debido más que a sus victorias al agotamiento de su adversario? Y de ser así ¿qué sobrevivirá de ese federalismo? 4) De la reafirmación del federalismo a la definición de una alternativa a las tradiciones facciosas.

La caída de Rosas había significado un punto de inflexión en la trayectoria del federalismo. La solidaridad del partido encontraba a su vez una nueva base en la identificación con la Constitución Nacional de 1853. La secesión de Buenos Aires devolverá a primer plano motivos antiporteños a los que había puesto sordina la hegemonía rosista. Ese federalismo constitucionalista y antiporteño es el que debe hallar modo de sobrevivir a Pavón. El jefe nacional del federalismo, Urquiza, no ha sido despojado por Pavón de un lugar legítimo en la vida política argentina. La constitución que el vencedor de Pavón ha jurado, y da base jurídica al poder nacional, es la que se proclamó en cumplimiento de los pactos que los jefes históricos del federalismo establecieron treinta años atrás. Esa seguridad de que el federalismo no ha perdido en la derrota su función central está aun viva en la proclama con que el Chacho Peñalosa anuncia su levantamiento. La proclam no llama a los riojanos a imponer una nueva solución política, sino el retorno a la línea de mayo y de Caseros; pero ese optimismo quizá forzado deberá ser abandonado por parte de los federales. Una interpretación cada vez más popular de Pavón deriva de la última etapa de la polémica antirrosista, que denunciaba en Buenos Aires a un poder votado al monopolio mercantil y la explotación fiscal del resto del país. Tras la victoria de Mitre y Buenos Aires, Alberdi prefiere insistir en el elemento fiscal. En diez años se había hecho evidente lo que en 1852 había vaticinado el representante británico en el Río de la Plata –Parish– respecto de que la libre navegación era incapaz de afectar sensiblemente la hegemonía mercantil de Buenos Aires. Más que eliminar las restricciones, se trataba de hallar un modo de que el país entero participe de manera menos desigual en sus beneficios. Ello sólo podría lograrse, según Alberdi, mediante la creación de un auténtico Estado nacional, dueño de las rentas nacionales. [Halperin no lo ha nombrado ni una sola vez a lo largo de este trabajo, pero cuando habla de rentas nacionales, hay que recordar que lo más saneado del fisco eran los ingresos de la Aduana y que Buenos Aires los tiene] La integración del motivo alberdiano y una tradición federal depurada de cualquier memoria de la etapa rosista, encuentra expresión en la proclama con que el coronel Felipe Varela se pone al frente del gran alzamiento del Interior andino en diciembre de 1866. La causa que invoca es la misma de 1863. Ante todo esto, ese federalismo que debe resurgir, desenvuelve los esfuerzos por hacer de Urquiza un candidato a la sucesión constitucional de Mitre. Constitucionalismo y sobre todo antiporteñismo, ofrecen entonces una renovada base al federalismo. Sarmiento es presidente en 1868 contra los deseos de Mitre y no se limita a afrontar en estilo desgarradamente polémico el hostigamiento de un mitrismo enconado por la pérdida del poder. Falto de apoyo partidario propio, Sarmiento se acerca a Urquiza dándose así la posibilidad de una nueva alineación en que el federalismo puede aspirar a ganar gravitación decisiva.

A nivel internacional, la trayectoria del segundo Imperio [la Francia de Napoleón III] subraya el agotamiento de la solución autoritaria en la que Alberdi confiaba. Los éxitos del régimen imperial lo mismo que sus fracasos, parecen reflejar la perduración de esas fuerzas revolucionarias que son la democracia y el nacionalismo. El liberalismo mitrista aparece así como contrario a las tendencias de nuevo dominantes en Europa. No sólo los voceros del federalismo comienzan a golpear ese flanco débil [su tibieza política] del mitrismo. También desde el liberalismo se proclamará una creciente decepción hacia él. Pocos meses después de recibir la visita de sarmiento, Urquiza es asesinado por los participantes en la revolución provincial que ponen en el poder a Ricardo López Jordán, el más importante de sus segundones. José Hernández, político federal, quiere creer que aun es posible salvar el frágil entendimiento entre el gobierno nacional y el federalismo entrerriano y se declara seguro de que López Jordán condenará ese crimen. No obstante, Jordán ni quiere ni puede hacerlo. Sarmiento se dispone a lanzar todo el ejército sobre la provincia y Hernández pasa a apoyar la causa de la rebelión entrerriana, pero advierte mejor que el jefe de ésta, hasta qué punto el nuevo contexto político nacional condena de antemano cualquier movimiento que no supere el ámbito provincial. Las alternativas que quedan abiertas son: trasformar el alzamiento entrerriano en punto de partida de uno nacional capaz de abatir al gobierno federal; ganar para él el apoyo armado del imperio brasileño que le permita reconstruir en su provecho la confederación urquicista; y ninguna de estas dos opciones son fáciles; y una tercera, lograr el avenimiento con el gobierno nacional que no suponga una derrota total de la causa rebelde. Ese avenimiento sólo será posible si el gobierno debe afrontar una crisis más urgente que la de Entre Ríos. Se comprende entonces con qué alborozo festeja Hernández desterrado en Montevideo luego de la derrota del jordanismo, a la crisis abierta con la candidatura de Avellaneda para suceder a Sarmiento, y su culminación en la infortunada rebelión militar encabezada por Mitre en 1874. Hernández intenta de nuevo hacerse vocero de un consenso destinada a abarcar fuerzas más vastas que esa fracción del federalismo que ha venido sobreviviendo. Tiene confianza en la progresiva afirmación de ese Estado nacional que Mitre organizó como agente de una facción, Sarmiento quiso independiente de las facciones y Avellaneda se apresta a redefinir como árbitro entre ellas. [Recordemos que la mayor aspiración política de Avellaneda fue declarada por él mismo cuando expresó que deseaba que no hubiese en la nación, nada más grande que la nación misma] El consenso después de la discordia 1) Los instrumentos del cambio. Los testimonios de la época no muestran ningún deseo por revisar de modo sistemático los distintos proyectos de creación de una nación formulados a mediados de siglo. Con ello se corre el riesgo de perder de vista que ese legado renovador al que se rinde constante homenaje no propone un rumbo único sino varias alternativas. Lo que había separado a Alberdi de Sarmiento o de Frías no era una diferencia de opinión sobre la necesidad de acudir a la inmigración o la

inversión extranjera o la de fomentar el desarrollo del transporte sino el modo en que esos factores debían ser integrados en proyectos de transformación global, cada vez más perdidos de vista a medida que esa transformación avanza. De esos elementos por ejemplo, la educación popular no será nunca uno en torno al cual la controversia arrecie; tampoco recibirá mucho más que el homenaje ya que ni el propio Sarmiento le concederá en los años que van de 1862 a 1880 la atención que le otorgó en etapas anteriores y volverá a consagrarle en sus años finales. [Cuidado con esto, primero porque Norma Simetría y Brillo, si alguna vez se masturba, lo hace pensando en Sarmiento; segundo porque es cierto que durante la presidencia de Sarmiento, el presupuesto para educación fue tan alto que nunca más se repitió en la historia argentina. Después de todo, como Halperin presentía con quien íbamos a rendir, continúa diciendo:] Su gobierno impone sin duda una reorientación seria a la educación primaria y popular. La inmigración despierta reacciones más matizadas que sin embargo tampoco alcanzan a poner en duda la validez de esa meta. La confrontación entre las propuestas renovadoras y los resultados de su aplicación, es menos fácil de esquivar en el área económica. Sólo ocasional y tardíamente se discutirá la apertura sistemática al capital y la iniciativa económica extranjeros; con mayor frecuencia se oirán protestas contra la supuesta timidez con que se las implementa. En Buenos Aires el hecho de que el primer ferrocarril, creado por iniciativa de capitalistas locales, pase luego a propiedad de la provincia, es visto por muchos como una anomalía. En 1857 Sarmiento ha subrayado que el único modo de acelerar la creación de la red ferroviaria es dejarla a cargo de la iniciativa extranjera que debe ser atraída mediante generosas concesiones en tierras, condenadas éstas a ser insuficientemente explotadas mientras falten medios de comunicación. [una cosa que Halperin parece no tener en cuenta aquí es justamente el modelo de Sarmiento basado en Estados Unidos, donde la construcción de ferrocarriles se hacía justamente por la concesión de determinada cantidad de tierras por el lugar donde pasaban las vías, que sirvieron para capitalización de las empresas constructoras mediante el usufructo de las mismas como tierra privada por la cual debían pasar las carretas que quisieran cargar algo en el tren, algo así como un peaje que al productor costaba más caro pasar esa legua de ancho que transportar su producto desde 100 kilómetros de distancia a las vías, aunque tuviese que pagar por ello] En la década siguiente El Nacional propondrá directamente la transferencia del Ferrocarril Oeste a manos británicas; es ésta una de las propuestas oficiosas del gobierno de Sarmiento. El papel del capital extranjero en la expansión argentina, no es entonces objeto de controversia, y aún menos la despierta la apelación ilimitada al crédito externo. Hernández es uno de los entusiastas partidarios del endeudamiento. El consenso se hará mucho más reticente en torno a la liberalización del comercio exterior. Por una larga etapa el librecambismo va a ser reconocido como un principio doctrinario irrecusable, sin embargo la necesidad de proteger ciertos sectores, va a ser vigorosamente subrayada. Un sólido consenso va a

afirmarse en torno a los principios básicos de la renovación económica. Sólo en la década del setenta, algo parecido a un debate sobre principios económicos, comienza a desarrollarse en torno al proteccionismo, que adquiere una nueva respetabilidad al ser presentado como alternativa válida a un librecambismo a veces recusado en los hechos. Pero las tomas de posición a favor del proteccionismo alcanzan eco reducido y están lejos de suponer una recusación global de los supuestos a partir de los cuales fue emprendida la construcción de un nuevo país. Otra razón para que la disidencia que el proteccionismo implica permanezca en límites estrechos, es que en su versión más extrema, el proteccionismo, recusa la teoría de división internacional del trabajo, sobre lo cual hay general consenso en aprobar. Lo que no se examina, es si, al margen de la política económica del gobierno argentino, la nueva inclusión en la economía mundial no está consolidando un lazo de desigualdad de intercambio difícil de modificar. Lo que ocurre es que hay una fe en que está abierto a la Argentina el camino que la colocará en un nivel de civilización, poderío económico y político, comparable al alcanzado por las potencias europeas. ¿Significa esto que no es advertido el hecho obvio de que la Argentina es un área marginal del mercado mundial? Es evidente que existe conciencia de los peligros que esa marginalidad implica, pero ella se da sobre todo en el plano político, por lo cual la soberanía política es la que va a ser defendida. Al sugerir remedios a la situación de atraso argentino, que es comparable con el del resto de naciones de Hispanoamérica, no se busca la causa principal de ese atraso en la condición marginal del continente. Además quienes están atentos a esos riesgos, están sostenidos por la seguridad de que las naciones hispanoamericanas cuentan con los medios de superarlos, si se deciden a usar de ellos. Si Alberdi juzga que la inmigración de hombres y capitales, en un marco de autoritarismo político e inmovilismo social, hará de la Argentina una réplica y no un satélite de Europa, Sarmiento por su parte no duda de que una política diferente, permitirá repetir el milagro norteamericano. Mitre incluso era más optimista: “en menos de doscientos años la Argentina habrá alcanzado y quizá sobrepasado a Inglaterra” Ni una disidencia política, ni un proyecto alternativo de cambio económico– social, vienen a debilitar la segura fe en que la edad de oro de la Argentina, como creía Alberdi, estaba en el futuro, y que desde mediados de siglo había quedado abierto el camino para ello. Pero esa seguridad era vulnerable al testimonio que la realidad inmediata ofrecía. La campaña y sus problemas En 1873, José Manuel Estrada ofrece un cuadro de lo que según él ha llegado a ser la imagen dominante de la campaña y su lugar en la nación. Repite la que la España conquistadora signó a las sociedades indígenas sobre cuya explotación afirmó su dominio. La campaña existe para la ciudad.

En 1845, sarmiento había contrapuesto una campaña sumida en la edad oscura a ciudades que vivían la vida del siglo XIX. En la primera provincia el contraste entre progreso urbano y primitivismo campesino es más evidente, y ello no sólo porque su capital es a la vez el primer puerto ultramarino, sino también porque es en buenos Aires donde la presencia indígena toca de cerca de las zonas rurales dinamizadas por la expansión de la economía exportadora. La arbitrariedad administrativa, conoce menos atenuantes en la ciudad que en la campaña. La supuesta defensa contra el indio ha sido organizada con una ineficacia calculada para aumentar los lucros de quienes controlan la frontera. No es sorprendente que un sistema de defensa que se basa en la arbitrariedad administrativa para movilizar los recursos humanos que requiere, acentúe el imperio de ésta sobre las zonas en que recluta sus víctimas. Hernández va a poner el acento sobre esta conexión necesaria. Otra función esencial de esta arbitrariedad administrativa es que ella se ha trasformado en instrumento indispensable de las facciones provinciales en lucha. Hay a juicio de Hernández una manera fácil de corregir esto: instituir el enganche, que hará posible defender la frontera con voluntarios a sueldo y reemplazar a los jueces de paz de campaña por municipalidades electivas. “Esos males que conocen todos” como dice Martín Fierro, son esencialmente políticos. La imagen que proponen coincide sorprendentemente, con la que hacen suya los voceros de la clase terrateniente porteña, que quieren también ellos hablar por toda la población campesina. [Resulta que el gaucho pobre que es Martín Fierro, según Halperin, no es tan pobre, sino al menos un mediano propietario. Si alguien leyó el Martín Fierro debe recordar que dice en La Vuelta, que perdió “tierra, hacienda y mujer y del rancho sólo encontró la tapera”. Al gaucho le pasa de todo, le violan la china, le roban sus hijos, le chupan la bombilla, le escupen el asado, le dan vuelta la taba... pero resulta que lo que Halperin dice es que Martín Fierro no es sólo un gaucho sino parte de los sectores acomodados del campo, el nivel más bajo, que el reclutamiento militar por ejemplo, está empezando a afectar y que lo que a través del personaje se defienden, no es la población campesina llana, sino más bien, los Intereses de los propietarios] Hay que recordar que la campaña es el núcleo y secreto del poder de la provincia. El interés por una clara definición de la propiedad de la tierra y del ganado es predominante. Aun la denuncia del reclutamiento arbitrario que declara defender a la entera población de la campaña, presenta un carácter selectivo que revela hasta qué punto esa campaña no es vista desde la perspectiva de los más desfavorecidos. Estos problemas de reclutamiento se ven luego agravados por la guerra del Paraguay y sectores cada vez más altos de la sociedad ganadera se ven afectados. Los testimonios más conocidos entonces, no son otra cosa que un alegato contra un estilo de gobierno que frena las perspectivas de ganancia de la clase terrateniente. ¿Por qué una clase que cuenta con los recursos de los terratenientes porteños no es capaz de defender más eficazmente sus intereses? El problema no lo encararon ni Barros, ni Estrada ni Hernández, sino Sarmiento. Para él la clave se encuentra en que la clase terrateniente porteña está formada por propietarios ausentistas, que hacen sentir su gravitación sobre las masas

rurales a través de agentes económicos, que han establecido vínculos directos con el personal que controla la administración provincial; como consecuencia la clase terrateniente ha abdicado de antemano cualquier influjo sobre la vida política de la campaña. Pero esa abdicación no se ha traducido en una auténtica emancipación política de las masas ya que el arcaísmo que sigue caracterizando a la campaña lo hace imposible. No obstante, de esta imagen, no deduce ningún programa de cambios drásticos. Durante la etapa de separación de Buenos Aires, una coyuntura especialísima hizo posible una formulación del proyecto de transformación social que Sarmiento había declarado esencial para la creación de una nueva nación. En nombre del gaucho errante, estigmatiza un sistema que expulsa a los hombres para dar más ancho lugar a los ganados y Chivilcoy se le presenta como la perspectiva de trasformación. Pero esa perspectiva se revela ilusoria y a falta de un sector suficientemente amplio de las clases populares resuelto a identificarse con los cambios que Sarmiento propone, éste vuelve a un público más habitual: las clases ilustradas. Su propuesta se plasmó en el proyecto de reforma agraria que presentó en 1860 como ministro de Mitre, que propone para el área destinada a ser servida por la continuación del Ferrocarril Oeste –justificada por la necesidad de asegurar rentabilidad a la línea– y que permite a los terratenientes conservar sólo la mitad de la tierra que poseen. Una perspectiva como esta ya dominaba en economistas ilustrados como Vieytes. La idea que lo domina es que la eliminación del primitivismo socio–cultural de la campaña, exige la eliminación del predominio ganadero. El tránsito de una economía ganadera a una agrícola es visto como el elemento básico del ascenso de una entera civilización una etapa superior, idea que es compartida también por los federales. En esa noción se apoya también el vasto consenso que propone la colonización agrícola de la campaña como solución para el atraso y los problemas socio–políticos de la entera nación. El programa de cambio rural mediante la colonización agraria está representado por la propuesta de formación de colonias con hijos del país, incluida por José Hernández en sus Instrucciones de Estanciero, de 1881. Se trata de un programa de renovación rural definido en diálogo exclusivo con los grupos dominantes, por lo cual no puede sino aceptar de antemano la necesidad de adecuar sus alcances a las perspectivas de esos grupos. Sería absurdo reprochar a Hernández su aceptación de un contexto sociopolítico que ni podía, ni deseaba cuestionar. El programa de sarmiento, por su parte, es claro: desea hacer cien Chivilcoy en seis años de gobierno, con tierra para cada padre de familia, con escuela para sus hijos. Mitre a su vez, va a ofrecer un entero cuadro de la evolución histórica rioplatense y a proclamar la total racionalidad del proceso. Desde la conquista española hasta 1868, la “barbarie” pastora hizo posible la ocupación del territorio; los ganados lo conquistaron más seguramente que los escasos

hombres. Es erróneo creer sin embargo que el único mérito de la etapa pastoril es haber creado las condiciones para su futura superación. Cuatrocientos mil habitantes en la pastoril Buenos Aires “producen casi tanto y consumen más” que cuatro veces esa población en un Chile agrícola y minero. Era cierto, la rápida conquista del territorio hecha posible por la actividad ganadera, ofreció la mejor solución para un equilibrio de recursos en que la tierra era superabundante y el hombre escaso. Es la justeza de la teoría de la división internacional del trabajo la que es confirmada por el éxito que la Argentina ha alcanzado. Ésta es también, aunque en un contexto ideológico distinto, la conclusión de José Hernández. Se ha completado aquí la redefinición del problema de la campaña; no ha de ser definido como político o como socio–cultural, sino como económico. Su solución ha de provenir, como había querido Alberdi, de la apertura sin reticencias de ese campo a las fuerzas económicas desencadenadas por el rápido desarrollo de Europa y los Estados Unidos. El énfasis alberdiano no incitaba a planear ningún futuro en este aspecto. Al proclamar la racionalidad económica de la realidad presente, hace más fácil aceptarla tal como es: y esa lección de conformidad con el statu quo, va también a integrar el consenso. La creciente distancia con ese momento inaugural que es Caseros y la percepción cada vez más viva de que a partir de ese instante se vienen acumulando trasformaciones irreversibles e irreductibles a las que se habían propuesto en cualquiera de los modelos entonces definidos, no van a estimular la formulación de ningún otro. Balances de una época En 1879 fue conquistado el territorio indio; al año siguiente el conquistador del desierto era presidente tras doblegar la resistencia armada de buenos Aires, que veía así perdido el último resto de su pasada hegemonía. La victoria hizo posible separar de la provincia a la capital. Nada quedaba en la nación que fuese superior a la nación misma. El triunfo de Roca era el del Estado central. La Argentina es al fin una, porque ese Estado nacional, lanzado desde Buenos Aires a la conquista del país, en diecinueve años ha coronado esa conquista con la de Buenos Aires. En 1883 Sarmiento señala en la hazaña política realizada por Roca la prueba mejor de que la Argentina no es de veras un país nuevo. Lo que sarmiento viene a decir es que Alberdi había tenido razón: los cambios vividos en la Argentina son, más que el resultado de as sabias decisiones de sus gobernantes posrosistas, el del avance del ciego y avasallador de un orden capitalista que se apresta a dominar todo el planeta. Y ese progreso material necesariamente marcado por desigualdades y contradicciones es menos problemático que la situación política. Lo que queda atrás es más que una etapa de construcción cuyas obras requieren ser justipreciadas. La nueva etapa de la historia argentina no ha comenzado en 1852, está sólo comenzando en 1880. En ella dominará el lema de “paz y administración”.

El primer objetivo del nuevo presidente es la creación de un ejército moderno; el segundo el rápido desarrollo de las comunicaciones; el tercero, acelerar el poblamiento de los territorios. No todos los defectos de la vida social provienen del Estado. La opinión pública nacional y extranjera tiende a identificar a la Argentina con sus ciudades, pero en más de sus dos terceras partes la población es aún campesina. Si en 1880 como quiere Sarmiento, “nada se tiene estable ni seguro”, ello no se debe tan sólo a lo que del proyecto trasformador se ha frustrado; se debe también a lo que de él no se ha frustrado. Se acerca la hora en que los dilemas que la realidad del siglo XIX había planteado a Tocqueville [Recordemos que era la compatibilidad entre democracia plena y capitalismo, planteado también como compatibilidad entre igualdad y libertad], se anuncien en el horizonte argentino. La república verdadera que debe ser capaz de asegurar a la vez libertad e igualdad y ponerlas en la base de una fórmula política duradera y eficaz, es el desafío. [Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982]


				
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