Resumen - La Primera Guerra Mundial

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					La Primera Guerra Mundial. La Primera Guerra Mundial fue uno de los eventos claves del Siglo XX y marcó el desarrollo histórico. Un dato solamente es ilustrativo para reflejar el profundo impacto de esta guerra: el total de bajas que sufrieron todos los países que participaron se aproxima a 37 millones y medio de muertos y heridos. Tanto en la época como en la historiografía inmediatamente posterior las opiniones en torno a los orígenes de la misma se dividían básicamente en dos: 1. aquellos que entendían la guerra como un subproducto del militarismo austro-germánico y por ende planteaban variaciones en torno a autoritarismo-democracia por el cuál la culpa recaía casi enteramente en las potencias centrales. Así, los límites planteados al militarismo alemán junto con la opresión nacional ejercida por el imperio multiétnico austrohúngaro serían la base de la guerra. 2. la interpretación diplomática por la cual el crecimiento de los imperios, y los conflictos que de ellos surgieron en las últimas décadas del siglo XIX dieron pie a la conformación de una serie de pactos militares secretos. Esto dio sensación de fuerza a las distintas potencias impulsando la confrontación y no la negociación. Y también hizo que naciones secundarias o relativamente débiles (Serbia) pudieran general conflictos mayores a través de sus alianzas.[1] Así una situación bélica local, al disparar estos tratados, rápidamente escaló en un conflicto mundial. A esto se le agregó el hecho de que la desconfianza generalizada implicaba que los sectores dirigentes consideraban que la guerra era inevitable y por ende actuaban de forma que generaba una espiral belicista. Esta es la hipótesis por la cual un evento secundario, como la muerte del Archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de Gavrilo Princip, terminó en una conflagración mundial. Que esta última hipótesis tuvo muchos adherentes lo demuestra tanto los 14 Puntos de Woodrow Wilson como los bolcheviques llamaron a poner fin a los pactos secretos.[2] Sub hipótesis de esta son las que plantean que las tensiones generan aumentos en el gasto militar fomentando las tensiones. Y también, otra que hace énfasis en la calidad del liderazgo europeo después de la muerte de Bismarck; o sea, que la mediocridad del liderazgo hizo imposible el resolver situaciones complejas. A partir de allí surgieron distintas interpretaciones intentando llegar a explicaciones más profundas. Las principales fueron: 1. La vinculada sobre todo con el historiador liberal francés Elie Halévy, planteada en 1938, por la cual la discusión en torno a las acciones de tal o cual ministro eran meras “píldoras para curar un terremoto. El objetivo es estudiar el terremoto mismo”.[3] Su interpretación partía del concepto de que el siglo XIX podía ser entendido en términos del fracaso del liberalismo. Por esto Halévy entendía que en Europa el liberalismo no había logrado difundirse y consolidarse fuera de Gran Bretaña y Francia. En esta última, después de una serie de contratiempos la tradición liberal había triunfado con el gobierno de la Tercera República. En su visión Rusia era un país autocrático; Italia y España, a pesar de la retórica liberal de sus gobiernos, no aplicaban sus preceptos; Europa oriental, a

su vez, se caracterizaba por negar el liberalismo. Al mismo tiempo, lo que sí se había desarrollado con fuerza era un tipo de nacionalismo caracterizado por el “irredentismo”, o sea por la ambición de recuperar aquellos territorios considerados parte de la nación pero perdidos ya sea por la historia (las guerras) o la diplomacia. Asimismo, el fuerte desarrollo de una economía industrial –que enriquecía a algunos, empobrecía a muchos, y desestructuraba a las sociedades tradicionales– implicó el surgimiento de un “irredentismo social” para el cual la legislación de bienestar social, del tipo como la promovida por Bismarck, no era suficiente y daba pie a movimientos revolucionarios de todo tipo. A principios del siglo XX las tensiones y frustraciones derivadas de esta situación se agudizaron mientras que el liberalismo, como idea y como instituciones, se demostró incapaz de contener y canalizar el conflicto por vía pacífica. Así la dinámica de la diplomacia y el nacionalismo, en un contexto de la insuficiencia de los preceptos liberales, determinó que la crisis europea se resolvería en una guerra, y no en una revolución. En última instancia, para Halévy, la Gran Guerra fue producto, no de los pactos y alianzas, sino de la incapacidad de las instituciones liberales para resolver los conflictos en un marco pacífico. En cierto sentido Halévy –cuya idea distaba mucho de descartar el liberalismo como ideología y como objetivo– coincide con los planteos del presidente norteamericano Woodrow Wilson (que era también un historiador) y que dieron pie a la Liga de las Naciones como mecanismo de arbitraje de posguerra. 2. Un derivado de lo anterior es la postura por la cual las tensiones derivadas de las nacionalidades oprimidas, particularmente en Rusia y en Austria-Hungría, se resuelven militarmente. En esta postura, Austria sólo puede responder militarmente a los nacionalistas de los Balcanes ante el peligro que otro tipo respuesta fomente mayores separatismos y su disolución como estado multiénico.[4] A su vez, Rusia que se constituye como defensor del paneslavismo debe proteger a los eslavos del sur ante el peligro que otra respuesta agudice sus propios conflictos internos.[5] En general esta postura se combina con la dos planteadas originalmente para tener como resultado una interpretación por la cual la rigidez de los pactos impide lidiar adecuadamente con los desafíos nacionalistas. El principal exponente de esta postura fue el historiador inglés AJP Taylor.[6] 3. La otra postura influyente es la que se deriva del debate sobre el imperialismo en la Segunda Internacional. Muy sintéticamente, la Gran Guerra es el producto lógico del surgimiento del capitalismo monopólico y del reparto del mundo. La lógica del capital plantea una necesidad de expansión permanente en función de mantener una tasa de ganancia siempre creciente y como forma de lidiar con la ley de rendimientos decrecientes. Por ende, aquellas potencias imperialistas que fueron postergadas (ya sea impedidas o porque llegaron tardíamente) en el reparto del mundo, no tienen otra opción que intentar forzar un nuevo reparto ante el peligro de que postergar el enfrentamiento implique una renuncia de hecho a su papel como potencia. Esta postura tuvo numerosas variaciones incluyendo la más esquemática de la Academia de Ciencias de la URSS; la más interesante de Trotsky; y la de Arthur

Rosenberg cuyo eje central es que la guerra significó que la democracia liberal no era capaz de derrocar al imperialismo.[7] Los hechos A partir de la década de 1880 las potencias europeas se enfrentaron a una gran serie de conflictos en torno a las colonias (Agadir, Marruecos). Si bien el período es presentado por los historiadores como uno de paz (denominado “la paz bismarckiana”) la realidad es muy distinta. A partir de 1878 hubo numerosas guerras entre las cuales las más destacables fueron: La guerra Ruso-turca sobre el control del estrecho del Bósforo; la guerra de Rumelia entre Serbia y Bulgaria en 1885; la guerra Ruso-japonesa de 1904; la guerra de Tripolitania de 1912 entre Italia y Turquía; la guerra de los Balcanes entre Turquía y una coalición de Grecia, Serbia, Montenegro y Bulgaria. En síntesis, existían toda una serie de conflictos europeos relativamente localizados y contenidos pero con tendencia a involucrar al conjunto. El contexto diplomático revela que existía un sistema de alianzas en torno a dos principales: · La Triple Alianza: Alemania, Austria-Hungría e Italia. · La Entente Cordiale: Gran Bretaña, Francia y Rusia. Más allá había una serie de pactos bilaterales como por ejemplo la alianza de Serbia con Rusia, o Gran Bretaña que había acordado garantizar la independencia de Bélgica (se independizó de Holanda en 1830). La Gran Guerra se desató a raíz de la muerte del Archiduque austriaco en Sarajevo a manos de Princip, un nacionalista bosnio. Austria-Hungría utilizó este hecho para lanzar un ultimátum a Serbia que fue apoyada por Rusia. A su vez Alemania apoyó a Austria declarando la guerra a Rusia que demandó el apoyo de sus aliados en la Entente Cordiale: Francia y Gran Bretaña. En agosto de 1914 comenzó el conflicto, quedando al margen inicialmente Italia (parte de la Triple Alianza) que entraría en guerra del lado de los aliados recién en 1915. Eventualmente de la Guerra participaría Turquía y Bulgaria (del lado de la Alianza) y, del lado de la Entente, Rumania, Grecia y Estados Unidos (en 1916). El comienzo de la guerra puso fin a la Segunda Internacional. Esta se había basado en el principio internacionalista por el cual los trabajadores no debían proveer los soldados para las guerra interburguesas (de hecho matándose entre sí). Ante las presiones nacionalistas y belicistas los socialistas alemanes votaron los fondos requeridos por el Kaiser; mientras que los franceses (luego del asesinado de Jean Jaurés) integraron el gobierno de guerra con el dirigente Millerand; los socialistas italianos se dividieron con el sector dirigido por Benito Mussolini apoyando la entrada en guerra. Sólo los socialistas rusos, una exigua minoría de alemanes (Rosa Luxemburgo), y el partido socialista norteamericano[8] se opusieron a la misma a pesar de la represión (muchos de sus dirigentes fueron encarcelados).

Si bien la Guerra comenzó con esperanzas de que esta fuera rápida (Alemania invadió Bélgica para tomar por el flanco a los franceses y fue frenada en la Batalla del Marne –los taxis de Paris– cercano a la capital francesa) a fines de 1914 había degenerado en una guerra de trincheras. Japón apoyó a la Entente tomando las colonias alemanas en Asia, mientras que franceses e ingleses movilizaron a las poblaciones de sus colonias para participar en la guerra europea. Si bien hubo algunos enfrentamientos en las colonias (particularmente en África oriental alemana) los principales campos de batalla fueron Francia y la zona que va de Prusia oriental a los montes Cárpatos. La guerra se caracterizó por el uso de la tecnología (la ametralladora) frente a tácticas del siglo XIX (el asalto de infantería). La resultante fue una sangría sin precedentes. Rusia perdió (entre muertos y heridos) al 76% de los 12 millones de hombres movilizados; Francia perdió el 73% sobre 8,4 millones; Alemania el 64,9% de once millones; mientras que Austria perdió el 90% de los 7,8 millones de hombres que envió al frente de combate. Uno de los aspectos claves de la guerra, y escasamente estudiado, es que esta generó una importantísima demanda de bienes industriales por lo que colaboró en forma importante a la concentración de capitales y al crecimiento de aquellas empresas vinculadas al suministro bélico, pensemos que la guerra movilizó cerca de 65 millones de soldados. Claramente el país que más se benefició en lo económico fue Estados Unidos. Su entrada tardía implicó que sufrió menos bajas. Al mismo tiempo, la guerra no se peleó en su territorio, y durante dos años suministró millones de dólares en alimentos y armamentos en calidad de préstamos ayuda a la Entente. De hecho, un resultado puntual de la Guerra es que Estados Unidos comenzó su desplazamiento de Gran Bretaña en el continente americano como potencia dominante. La matanza impactó fuertemente a toda una generación y se tradujo en expresiones artísticas como las novelas de Erich Maria Remarque (Sin Novedad en el Frente), Fiodor Gladkov (Cemento) y Maurice Rostand (El hombre que yo maté) y el expresionismo alemán (por ejemplo Edouard Munch “El grito”). La derrota de la Triple Alianza generó una reorganización europea y colonial. Por un lado Alemania perdió sus colonias de ultramar a manos de Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos. Por otro, el imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano perdieron gran parte de su territorio (surgieron Yugoslavia, Hungría, Checoslovaquia; Rumania duplicó su territorio; Francia adquirió Alsacia y Lorena, e Italia el Trentino). Asimismo, Rusia y su colapso a raíz de la Revolución bolchevique dieron surgimiento a Polonia, estonia, Latvia, Lituania y Finlandia. Este reparto fue estipulado por la paz del Tratado de Versalles, que a su vez estableció fuertes pagos en reparaciones de postguerra por los vencidos y dio pie a la conformación de la Liga de las Naciones. El Tratado también limitó a Alemania a un ejército de no más de 100.000 hombres y desmilitarizó la zona del Rhin bajo ocupación francesa. El debilitamiento de los estados europeos dio pie al surgimiento de fuertes tendencias revolucionarias a través de Europa. Además de la Revolución Rusa, a fines de 1917 el ejército francés fue sacudido por toda una serie de motines de soldados influenciados por la gesta bolchevique y de carácter pacifista. En 1920 en Turquía un movimiento republicano nacionalista liderado por Kemal Ataturk

estableció la república. En Alemania el Kaiser abdicó y fue establecida la República de Weimar. Mientras que en Hungría se desarrolló una guerra civil entre los conservadores y los comunistas liderados por Bela Jun. [1] Por ejemplo, la obra de Joachim Remak. The Originas of World War I, 18711914. New York: Holt, Rinehart and Winston, 1971. [2] El principal de esta postura es Raymond Sontag. European Diplomatic History, 1871-1932. New York: 1933. [3] Elie Halévy. The Era of Tyrannies (1938), p. 210. [4] La principal prueba que demostraría esta hipótesis es la que hace referencia al resentimiento francés por haber perdido Alsacia y Lorena en 1871; a Gabriele D’Annunzio y la propaganda en torno a Italia “irredetta” (el trentino); y al hecho de que Gavrilo Princip era miembro del movimiento nacionalista eslavo “Mano Negra”, dirigido por el jefe de la inteligencia del Ejército serbio cuya intención era desetabilizar Austria en función de generar condiciones para la creación de un estado de los eslavos del sur. Este último conflicto se remontaría a la absorción por parte de Austria-Hungría de Bosnia-Herzegovina en 1878. [5] De hecho Rusia tenía fuertes conflictos con nacionalistas polacos y ucranianos, amen de la herencia del populismo paneslavo de Narodnye Volya.. [6] AJP Taylor. The Struggle for Mastery in Europe. New York: Oxford University Press, 1954. Taylor fue uno de los grandes historiadores liberales de Oxford. Hombre sumamente polémico y brillante con una fuerte tendencia antigermánica. [7] Arthur Rosenberg. Democracia y socialismo. México: Cuadernos de Pasado y Presente 86, 1981 (orig. 1938), p. 311.. Rosenberg fue uno de los grandes historiadores alemanes, militante del KPD se alineó con los ultraizquierdistas de Karl Korsch en 1928 para terminar sus días en 1943 cercano a la socialdemocracia. [8] Un aspecto notable es que Trotsky, en su paso por Estados Unidos, calificó a los socialistas de ese país como “un partido de denstistas”, a pesar de que demostró tener más apego al clasismo internacionalista que muchos de sus correligionarios europeos.


				
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