ERIK
EL
ROJO
Manuel
Velasco
Su
nombre
auténtico
fue
Eirik
Thorvaldson
y
nació
en
el
sudoeste
de
Noruega
en
torno
al
950.
El
apodo
por
el
que
fue
conocido
se
debió
al
intenso
color
rojizo
de
su
pelo
y
barba.
En
la
saga
vikinga
que
lleva
su
nombre,
transcrita
por
los
islandeses
en
la
Edad
Media,
apenas
muestra
nada
de
su
juventud
en
la
región
de
Jaerden,
excepto
cuando
su
padre,
Thorvald
Asvaldsson,
se
ve
en
la
necesidad
de
abandonar
su
granja
y
su
país
por
culpa
de
un
asunto
de
sangre.
Dentro
de
la
comunidad
vikinga
no
existía
la
pena
de
muerte,
siendo
el
exilio
la
más
grave
de
las
sentencias.
Este
podía
ser
de
tres
años
o
definitivo.
Durante
ese
tiempo,
el
condenado
no
podía
mantener
ningún
tipo
de
contacto
con
la
comunidad
de
la
que
procedía,
manteniendo
durante
el
periodo
de
exilio
el
estatus
de
utlaginn
(forajido
o
fuera
de
la
ley).
Al
no
estar
protegido
por
las
leyes
humanas
ni
pertenecer
a
ninguna
comunidad,
cualquiera
podría
incluso
matarlo
sin
incurrir
en
pena
alguna.
Así,
padre
e
hijo
embarcaron
a
Islandia,
que
por
aquel
entonces
ya
no
era
esa
especie
de
“tierra
prometida”
donde
acudieron
a
refugiarse
y
a
prosperar
aquellos
noruegos
que
huyeron
del
despotismo
del
rey
noruego
Harald
el
de
Hermosos
Cabellos,
que
puso
todo
su
empeño,
poder
y
fortuna
en
acabar
con
la
forma
de
vida
habitual
de
su
pueblo.
Se
decía
que
este
rey
convirtió
a
los
noruegos
en
dos
clases:
súbditos
y
exiliados.
Pero
las
buenas
tierras
costeras
de
la
lejana
Islandia
llevaban
mucho
tiempo
ocupadas.
La
familia
se
estableció
en
la
región
de
Drangar.
Allí
Erik
se
casó
con
Thjonhild
y,
a
la
muerte
de
su
padre,
ambos
se
trasladaron
al
valle
de
Hauka.
Como
si
los
problemas
familiares
le
persiguiesen,
hubo
otro
problema
de
sangre
con
unos
vecinos,
por
el
cual
Erik
fue
condenado
por
la
Asamblea
de
Thorness
a
un
exilio
“menor”,
o
sea
de
tres
años
(o
inviernos,
según
las
cuentas
de
los
vikingos).
Así
que,
Erik,
con
un
grupo
de
seguidores
que
quisieron
acompañarlo,
se
embarcó
rumbo
oeste,
intentando
encontrar
una
posible
tierra
de
la
que
se
hablaba
desde
que
un
tal
Gunnbjorn
Ulf‐Krakuson
fuese
desviado
por
una
tormenta.
No
era
Erik
el
primero
en
intentar
alcanzar
aquella
tierra
medio
irreal,
ya
que
antes
lo
habían
hecho
Hrolf
Thorbjarnanrsson
y
Saebjorn
Holmsteinsson,
con
doce
hombres
cada
uno.
Pero
las
cosas
fueron
mal
y,
tras
sufrir
todo
tipo
de
penalidades,
acabaron
matándose
entre
ellos.
Los
pocos
supervivientes
no
debieron
contar
nada
que
hiciese
deseable
otro
intento.
Pero
algo
impulsó
a
Erik
a
seguir
su
instinto
y
llevar
a
cabo
un
nuevo
intento.
Y
llegaron
a
aquella
isla,
que
por
entonces
no
era
tan
extremadamente
fría
como
ahora
(los
arquéologos
se
refieren
a
aquella
época
como
de
“periodo
cálido
medieval”)
y
bordearon
los
fiordos
y
las
ensenadas
de
la
costa
oriental,
estableciendo
puestos
desde
donde
continuar
las
exploraciones
por
el
interior.
Así
pasaron
el
primer
invierno.
Finalmente,
encontraron
la
tierra
más
idónea
para
establecer
el
primer
asentamiento.
Erik
y
los
suyos
se
hicieron
el
reparto,
quedándose
él
lo
que
sería
llamado
Brattahlid,
donde
estaría
después
su
granja
familiar.
Pasaron
aquellos
tres
inviernos
de
exilio
y
Erik
regresó
a
Islandia
a
llevar
la
noticia:
Al
oeste
había
una
nueva
tierra
deshabitada
donde
comenzar
una
nueva
vidad,
Grenland,
la
Tierra
Verde.
Aquella
era
una
noticia
muy
esperada
por
muchos
islandeses
asentados
en
tierras
no
muy
buenas
o
por
hijos
segundones
que
no
tenían
derecho
a
ninguna
herencia.
En
el
verano
del
986,
veinticinco
barcos
zarparon
rumbo
oeste,
cargados
de
hombres,
mujeres
y
niños.
Y
animales,
semillas,
herramientas,
madera.
Se
iniciaba
una
colonización
en
toda
regla.
No
todos
llegaron.
Algunos
barcos
se
perdieron
en
la
travesía
con
toda
su
carga
de
ilusiones
en
un
futuro
más
prometedor,
como
si
el
viejo
dios
marino
Aegir
también
exigiese
allí
su
habitual
tributo
humano
a
cambio
de
dejarlos
transitar
a
través
de
sus
dominios
acuáticos.
En
Brattahlid
crecieron
los
hijos
de
Erik,
Leif,
Thorvald
y
Thorstein,
nacidos
de
Thjonhild,
y
Freydis,
hija
natural
nacida
tras
la
negativa
de
su
esposa
de
vivir
bajo
el
mismo
techo
que
un
pagano
cuando
ella
se
convirtió
al
cristianismo
y
él
persistió
en
mantener
las
creencias
de
su
pueblo
y
sus
antepasados.
A
pesar
de
esto,
Erik
mandó
construir
una
capilla
de
madera
para
su
esposa.
Y
no
impidió
en
lo
más
mínimo
que
los
religiosos
llegados
de
Islandia
estableciesen
iglesias
y
monasterios.
Su
hijo
Leif
sería
el
primero
en
viajar
a
las
costas
de
Norteamérica,
que
él
llamó
Vinland,
siendo
seguido
en
posteriores
viajes
por
sus
otros
hermanos.
Así,
Erik
el
Rojo
pasó
a
las
sagas
y
su
figura
ha
persistido
en
el
tiempo
y
la
memoria
de
los
hombres.
Y
no
de
la
forma
en
que
otros
vikingos
“famosos”
lo
hicieron,
ya
que
la
mayoría
de
estos
debieron
su
fama
a
innumerables
hechos
guerreros
y
de
piratería,
como
ocurre
con
Egil
Skallagrimsson,
protagonista
de
la
que
posiblemente
sea
la
saga
islandesa
más
conocida.
El
hombre
que
pudo
reinar.
Bien
podría
decirse
que
Erik
el
Rojo
fue
el
hombre
que
pudo
reinar.
Desde
Brattahlid
gobernó
Groenlandia
sin
dificultades
y
todos
le
reconocían
como
el
líder
indiscutible.
Durante
el
primer
viaje
largo
que
realizó
su
hijo
Leif
a
Noruega
fue
recibido
con
todos
los
honores
por
el
rey
Olaf
Trygvasson
y
el
obispo
de
Trodheim.
Ambos
le
confiaron
la
misión
de
convertir
a
su
padre
al
cristianismo
y,
es
posible,
de
que
se
convirtiese
en
rey,
ya
que
aquella
actitud
“republicana”
(única
en
la
Edad
Media
europea,
junto
a
Islandia)
resultaba
poco
menos
que
ofensiva
para
la
institución
monárquica.
Sin
duda,
los
noruegos
pensaron
que
si
Erik
se
convertía
en
un
rey
cristiano,
todos
sus
súbditos
lo
harían
inmediatamente.
Pero
la
expansión
del
“Cristo
Blanco”,
como
era
llamado
por
los
vikingos,
en
Groenlandia
tuvo
que
transcurrir
por
otros
derroteros.
Con
el
tiempo
y
la
continua
llegada
de
colonos
procedentes
sobre
todo
de
Islandia,
fue
necesario
establecer
una
nueva
colonia,
al
sur
de
la
gran
isla.
Había
poca
tierra
apta
para
la
agricultura,
pero
la
abundancia
de
focas,
ballenas,
osos,
que
proporcionaban
las
principales
fuentes
de
alimentación,
y
halcones,
que
eran
(y
son)
muy
apreciados
para
la
cetrería
de
los
países
árabes,
hicieron
prósperos
los
dos
asentamientos
a
los
que
simplemente
llamaron
Eystribyggo
(Oriental)
y
Vestribyggo
(Occidental).
Llegó
a
haber
unas
5000
personas.
Los
nombres
actuales
de
estos
lugares
son
Julianehaab
y
Godthaab.
Durante
unos
500
años,
estos
asentamientos
funcionaron
como
una
comunidad
independiente
sin
tener
demasiados
contactos
con
las
otras
comunidades
vikingas,
siendo
su
principal
problema,
al
igual
que
en
Islandia,
la
falta
de
árboles;
este
déficit
llegó
al
extremo
de
no
poder
construirse
nuevos
barcos,
habiendo
quedado
ya
los
viejos
en
condiciones
precarias,
con
lo
que
el
efecto
de
insularidad
quedó
reforzado
por
la
casi
imposibilidad
de
comunicación
con
el
exterior.
El
posterior
dominio
danés
y
su
peculiar
punto
de
vista
sobre
cómo
tratar
a
aquellas
lejanas
islas
dificultó
aun
más
la
vida.
Las
condiciones
climáticas
cambiaron
hasta
el
punto
en
que
la
comunidad
nórdica
allí
asentada
llegó
a
extinguirse,
quedando
la
isla
en
manos
de
los
innuit
(esquimales),
mejor
adaptados
para
los
fríos
extremos.
Se
han
llegado
a
descubrir
restos
arqueológicos
pertenecientes
a
unas
300
granjas,
además
de
17
iglesias
y
dos
conventos.
Entre
ellos
se
encuentra
aquella
Brattahlid
(Granja
sobre
la
colina)
de
Erik
el
Rojo,
en
Narsarsuaq,
que
tenía
paredes
de
piedra
de
3
metros
de
espesor
y
un
canal
subterráneo
que
llevaba
agua
al
interior
de
la
vivienda.