Documents
Resources
Learning Center
Upload
Plans & pricing Sign in
Sign Out

cabezas

VIEWS: 1,140 PAGES: 9

									CABEZAS CORTADAS Manuel Velasco

Cuando los guerreros celtas regresaban de una guerra victoriosa, llevaban consigo una tétrica colección de cabezas de enemigos adornando los carros, ensartadas en las lanzas o colgando de la montura de sus caballos. Después, los cráneos pasaban a formar parte de la decoración de la casa o del poblado. Pero, ¿qué sentido tenía tan macabra tradición? Este ritual de guerra, recogido por numerosos autores clásicos, estuvo muy extendido por toda la Céltica. Pero no era una simple “cosecha de cabezas”; al ser considerada esta parte del cuerpo como la residencia del espíritu, eran cortadas antes de que abandonase el cuerpo. Según sus creencias, eso suponía poseer el espíritu del enemigo vencido, al que por un lado se le impedía proseguir su camino al más allá y por otro se le obligaba a proteger, al modo de un talismán, a su dueño, al que también traspasaba su coraje y valor.

1

Las casas, las puertas del poblado, los recintos sagrados estaban adornados con cráneos, normalmente bien limpios y pulidos, pero en algunas familias celtas especialmente ricas tenían en sus hogares cabezas momificadas con un carísimo aceite de cedro (árbol endémico del Líbano). Estas eran cabezas especiales, que pertenecieron a grandes guerreros o a reyes a los que le llegó su hora. Contra más fama de valeroso hubiese tenido aquella persona, más valioso era después su cráneo y más el poder el que se le atribuía como amuleto. Su valor era incalculable y formaban parte del patrimonio familiar. Pero no siempre eran enemigos caídos en combate. En ocasiones se trataba de cabezas de antepasados (y las almas que supuestamente aun las habitaban), que por sus especiales méritos o por propia petición con el plano espiritual. Varios autores latinos citan en sus escritos casos de alguien que rehusó vender una de estas cabezas por su peso en oro. No siempre era así, y los “buenos coleccionistas” llegaban a pagar enormes cantidades por las cabezas de guerreros de gran prestigio. De algún modo quedaban encargados de velar por los suyos a través de ese vínculo

2

podría considerarse esta práctica como un reconocimiento a la importancia del guerrero, un homenaje que no merecía otro tipo de personas. En algunos lugares de la Céltica, los jóvenes tenían como prueba iniciática final el salir de “cosecha”, regresando con la consabida cabeza, con la ingresaba con pleno derecho en el estrato social de la casta guerrera dominante. Algunas familias también podían optar por pagar un buen rescate por la cabeza de alguno de los suyos. En tales casos, correspondía a un druida realizar el ritual correspondiente para liberar la espíritu, agujereando el cráneo y seguramente indicándole el camino a seguir en su ruta por el más allá. Tal podría ser el caso de los cráneos encontrados en Puig Castellar (Barcelona) o el que se encuentra en el museo numantino de Soria. Todos ellos atravesados por un clavo. También hay que tener en cuenta que muchos de los cráneos taladrados que se encuentran en museos de toda Europa responden a trepanaciones practicadas por los druidas médicos relacionadas con problemas de presión craneal. Estos druidas no estaban exentos del uso de las cabezas para sus propios fines, ya que para ellos también

3

poseían un poder oracular. Algunos cráneos eran adornados con las típicas orlas célticas, al modo de tatuajes, y engastadas en oro. Algunas cabezas famosas Los guerreros celtas aprovechaban los banquetes para mostrar con todo el orgullo y la jactancia de que eran capaces su trofeo favorito, sin ahorrarse detalles de cómo lo consiguieron. En la leyenda irlandesa de Cu Chulainn se narra cómo durante uno de estos banquetes, celebrado en Emain, la entonces capital del Ulster, un tal Cet increpa a Connall, que se considera así mismo el mejor de los presentes, diciéndole que si estuviera allí su amigo Aulan, sería quien ocupase el “puesto del campeón”. Y entonces Connall lo corrige: Aulan está presente; su cabeza, aun chorreante de sangre, cuelga de su cinto. Al final de esta leyenda, cuando el héroe protagonista, Cu Chulainn, muere, uno de los guerreros del bando contrario le corta la cabeza con todo el respeto con que es capaz hacia el hombre más valeroso de Irlanda, que además es hijo espiritual del dios Lugh. No hay en toda Irlanda un trofeo más valioso que ese; pero no durará mucho en su poder,

4

pues poco después este guerrero caerá bajo la espada de Connall, a quien, por ser el mejor amigo de Cu Chulainn, le corresponde la misión de vengarlo y recuperar la prestigiosa cabeza para entregársela a su viuda. La cabeza del joven irlandés Donn Bo, famoso por su hermosa voz, fue encontrada en el campo de batalla y llevada a la tienda del rey vencedor, donde cantó una canción tan melancólica que todos los presentes se pusieron a llorar. La leyenda galesa del Mabinogion recoge el relato del rey Bran el Bendito (Gwynn Vrynn), un héroe que, al ser vencido por sus irlandeses en aplastante mayoría, ordena a los suyos que le corten la cabeza para evitar que la tomen los enemigos. Más tarde les sirve para salvar el país de una invasión. Para ello tienen que enterrarla en una colina cercana a Llunedin (Londres) con la cara “mirando” hacia Francia. El viaje hasta allí es largo, pero la cabeza de Bran sigue tan locuaz como cuando estaba sobre su cuerpo y entretiene gratamente a la comitiva, haciendo varias predicciones que se cumplen. Esta leyenda ha perdurado en el tiempo, hasta el punto en que se asegura que tal cabeza aun sigue enterrada en la antigua Gwynfrynn,

5

actual Torre de Londres, protegiendo al país. Famosos son sus cuervos (Bran, en gaélico, significa cuervo), alimentados con dinero público por el “maestre de los pájaros”, y que, según la tradición, mientras se mantengan allí, la monarquía británica estará a salvo. Y tan fuerte es la creencia que, ante el peligro que supuso la pasada epidemia de gripe aviar, estos cuervos fueron encerrados en jaulas especiales dentro de la Torre, permaneciendo así fuera del alcance de los virus. Las cabezas cortadas pasaron al arte como esculturas que adornaban dinteles, muros, joyas, monedas. Algunas, como las del santuario galo-celta de Entremont, en el sur de Francia, (considerada tradicionalmente como una puerta al infierno), tienen un inquietante aspecto al no tener marcadas las órbitas de los ojos, lo que podría indicar que fueron hechas tras la muerte de las personas que representan. Algunos autores creen que se trataría no ya de enemigos vencidos en combate, sino de víctimas sacrificadas dentro de algún ritual propiciatorio (quien sabe si de miembros escogidos por sus cualidades entre la propia comunidad), que servirían como intermediarios para contactar con algún dios no muy dispuesto a

6

beneficiar a los humanos, en épocas de especial necesidad. En cualquier caso, este lugar fue uno de los muchos que fueron visitados por los arqueólogos esotéricos nazis, de donde supuestamente se llevaron numerosas cajas llenas de estas cabezas de piedra. El Caldero de Gundestrup, actualmente en el Museo Nacional, de Copenhague, es considerado como el objeto celta más valioso encontrado hasta la fecha. Está formado por doce placas de plata dorada con imágenes en relieve representando escenas que, sin conocer el exacto contexto, no resultan fáciles de interpretar. Es de destacar los diferentes rostros que aparecen en cada placa; teniendo en cuenta que los celtas no eran muy proclives a representar a sus dioses, y menos con pormenorizada forma humana, podría ser que se tratase de reyes o héroes de la antigüedad, y que, como homenaje a sus vidas y obras, sus cabezas quedaron reflejadas en un objeto hecho para que perdurase en el tiempo. No sería muy descabellado pensar que este lujoso caldero sería usado en ceremonias druídicas; y ¿por qué no?, como oráculo en algún santuario, con el oficiante haciendo las labores de médium entre los hombres y los espíritus de esos héroes que habían

7

renunciado (voluntariamente o no) a continuar con el transcurso habitual de la muerte y la vida (para los celtas, la muerte precedía a la vida de la misma manera que la noche precede al día). Incluso en los tiempos en que los celtas ya están cristianizados, la cosecha de cabezas seguía siendo una costumbre de guerra, como cuando el rey irlandés Aed Finnliath ordenó que se cortasen y amontonasen las cabezas de los vikingos derrotados, o cuando la cabeza del rey Cormac, ya en el siglo X, fue entregada por quien se la cortó a su enemigo, el rey Flann, que, en contra de lo habitual, se apiadó de los familiares del difunto y se la devolvió. El carácter espiritual que los celtas daban a las cabezas no pasó desapercibido a los monjes cristianos, que no dudaron en incluirlas en la decoración de los nuevos templos, facilitando así la conversión a la nueva fe con los elementos familiares. Así llegaron a convertirse en un elemento recurrente del arte medieval, hasta que poco a poco llegó a perderse el recuerdo de su uso originario. Y aun hoy en día, aunque pocos sean conscientes de ello, el ritual se repite de manera simbólica en la noche de

8

Todos los Santos, “renacida” por el marketing americano como Halloween y que reproduce de una manera bastante patética la parafernalia del Samhain celta, la noche en que las puertas que separaban el mundo de los muertos y los vivos permanecían abiertas, con la posibilidad de que los ancestros visitasen a los de su estirpe, tanto para felicitarlos como para castigarlos en caso de no haber cumplido con las expectativas. Esa noche, los cráneos servían como lámparas, posiblemente con la idea simbólica de iluminar el camino de los espíritus en su viaje entre los dos planos. Ahora, las calabazas americanas, con agujeros que forman grotescas calaveras, son las que iluminan esa noche mágica, donde los espíritus han sido sustituidos por zombies, dráculas y monstruos varios, transformada así en un esperpento consumista más.

9


								
To top