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paganismo nordico

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					MUERTE
Y
RESURRECCIÓN

 DEL
PAGANISMO
NÓRDICO
 Manuel
Velasco
 
 
 Puede
 decirse
 que
 los
 vikingos
 fueron
 el
 último
 gran
 pueblo
 de
 la
 Europa
 occidental
 en
 ser
 cristianizado.
 Los
 primeros
 misioneros
 cristianos
 llegaron
 a
 las
 más
 prósperas
 ciudades
 comerciales
 de
 Escandinavia
 a
 comienzos
 del
 siglo
 IX,
 aunque
 con
 irregular
 fortuna.
 La
 conversión
 fue
 más
 rápida
 en
 las
 zonas
 donde
 los
 vikingos
 convivían
 con
 otros
 pueblos
 ya
convertidos,
como
eran
los
francos,
los
irlandeses
o
 los
anglosajones.

 
 
 Las
 conversiones
 vikingas
 solían
 partir
 de
 los
 jarls
 (jefes
 territoriales)
 y
 reyes,
 a
 quienes
 se
 dirigían
 especialmente
los
misioneros,
y
que,
como
líderes,
eran
 fácilmente
 imitados
 por
 los
 suyos,
 llegando
 a
 casos
 de
 bautismos
masivos
en
los
ríos.
En
Noruega
y
Dinamarca
 se
 hizo
 por
 decreto
 real
 en
 920
 bajo
 los
 mandatos
 de
 Hakon
 y
 Harald
 Dienteazul
 respectivamente.
 Aunque
 esa
 hermandad
 religiosa
 de
 los
 dos
 reyes
 no
 impidió


que
algunos
años
más
tarde
Harald
invadiera
Noruega
y
 matara
 a
 Hakon,
 o
 que
 Noruega
 tuviera
 que
 ser
 recristianizada
 posteriormente
 por
 dos
 reyes
 de
 nombre
Olaf
(Tryggvason
y
Haraldsson).
 
 En
el
año
1000
le
tocó
a
Islandia,
siendo
decretada
 su
 conversión
 en
 la
 Asamblea
 (Altihing).
 Suecia
 fue
 la
 última,
 al
 no
 tener
 rey
 único
 hasta
 finales
 de
 la
 era
 vikinga,
retrasándose
hasta
el
año
1050
y
de
manera
tan
 lenta
 y
 poco
 uniforme
 que
 los
 nórdicos
 cristianizados
 llamaban
 a
 los
 suecos
 “paganos
 comedores
 de
 caballos”,
 por
 ser
 este
 animal
 parte
 de
 los
 sacrificios
 y
 banquetes
en
honor
a
Odín.
 
 En
 lo
 que
 respecta
 a
 oriente,
 en
 el
 extremo
 derecho
del
mapa
vikingo
estaba
el
reino
Rus,
formado
 a
 partir
 de
 las
 uniones
 de
 las
 ciudades
 de
 Novgorod
 y
 Kiev
 (originadoras
 del
 imperio
 ruso),
 que
 eran
 dos
 importantes
 escalas
 en
 el
 viaje
 de
 los
 nórdicos
 hacia
 Constantinopla.
Allí
fue
el
rey
Vladimir
el
encargado
de
 la
conversión
al
cristianismo
ortodoxo
en
el
989,
con
lo
 que
 consiguió,
 entre
 otras
 cosas,
 emparentar
 con
 el
 emperador
 de
 Bizancio,
 al
 casarse
 con
 su
 hermana.


Después
mandó
a
todos
sus
súbditos
al
río
Dnieper
para
 que
 fuesen
 bautizados
 en
 masa,
 perdiéndose
 para
 siempre
en
esa
región
los
cultos
a
los
dioses
del
trueno,
 como
 eran
 el
 vikingo
 Thor,
 por
 un
 lado,
 y
 el
 eslavo
 Perennu,
por
otro.
 
 Cruces
 y
 martillos.
 Durante
 siglos
 los
 dos
 cultos
 coexistieron
 sin
 muchos
 problemas.
 Son
 significativos
 los
moldes
de
artesanos
que
se
han
encontrado,
donde
 podían
 fundirse
 al
 mismo
 tiempo
 dos
 amuletos:
 el
 martillo
 de
 Thor
 y
 la
 cruz
 de
 Cristo;
 también
 se
 ha
 encontrado
 en
 excavaciones
 de
 cementerios
 escandinavos
 posteriores
 a
 la
 era
 vikinga
 tumbas
 de
 hombres
 enterrados
 con
 sus
 armas
 y
 su
 esclava,
 tal
 como
 era
 costumbre
 en
 tiempos
 paganos.
 Y
 en
 la
 ciudad
 de
 Jorvik
 (actual
 York,
 Inglaterra)
 se
 acuñaron
 monedas
con
la
imagen
de
San
Pedro,
santo
patrón
de
 su
catedral,
junto
al
popular
martillo
de
Thor.
 
 También
 es
 significativo
 el
 comportamiento
 del
 duque
Rollon
de
Normandía
cuando
veía
llegar
el
fin
de
 sus
 días.
 Este
 fue
 un
 vikingo,
 llamado
 originariamente


Hrolf,
 con
 quien
 el
 rey
 Carlos
 el
 Simple
 de
 Francia
 acordó
la
entrega
del
territorio
que
desde
entonces
se
 llamaría
Normandía.
Como
parte
del
tratado,
Hrolf
tuvo
 que
 bautizarse
 y
 cambiar
 su
 nombre
 por
 otro
 más
 cristiano.
A
todo
esto,
el
duque
añadió
por
su
cuenta
la
 restauración
 de
 las
 iglesias
 y
 monasterios
 que
 los
 hombres
 de
 su
 expedición
 y
 otras
 anteriores
 habían
 destruido.
Pero
cuando
vio
que
le
llegaba
el
final
de
su
 vida,
 por
 un
 lado
 entregó
 cantidades
 de
 oro
 a
 las
 iglesias
de
su
territorio,
y
por
otro
ordenó
sacrificios
en
 honor
 a
 los
 dioses
 paganos.
 Era
 una
 manera
 de
 asegurarse
una
buena
estancia
en
el
otro
mundo,
fuese
 cual
fuese.
 
 También
había
muchos
nórdicos
creyentes
que
no
 dudaban
en
ponerse
bajo
la
protección
de
Thor
cuando
 realizaban
un
viaje
por
mar.
Al
fin
y
al
cabo,
un
pueblo
 tradicionalmente
 pagano
 y
 politeísta
 (y
 por
 lo
 tanto,
 tolerante
 en
 materias
 religiosas)
 no
 debía
 tener
 demasiados
 problemas
 en
 incluir
 un
 dios
 más
 en
 su
 considerable
 panteón.
 También
 ocurría
 que,
 en
 períodos
 previos
 a
 las
 conversiones
 masivas,
 muchos


mercaderes
se
bautizaban,
o
al
menos
hacían
la
llamada
 prima
 signatio
 (una
 especie
 de
 compromiso
 previo),
 para
acceder
más
fácilmente
a
ciertos
mercados
donde
 se
negaba
la
entrada
a
los
paganos.

 
 Se
 hizo
 muy
 popular
 la
 anécdota
 de
 las
 conversiones
 presididas
 por
 el
 rey
 franco
 Luis
 el
 Piadoso,
en
las
que
se
regalaba
una
bonita
túnica
blanca
 de
 buen
 paño
 frisón
 a
 aquellos
 que
 se
 bautizaban
 voluntariamente.
 Tras
 haber
 abandonado
 sus
 viejas
 ropas
 y
 sumergirse
 en
 el
 agua,
 se
 la
 ponían
 como
 símbolo
 de
 comienzo
 de
 una
 nueva
 etapa
 de
 sus
 vidas
 bajo
 la
 advocación
 de
 la
 auténtica
 fe.
 Ante
 tal
 recompensa,
muchos
no
dudaron
en
repetir
el
ritual
las
 veces
 que
 creyeron
 conveniente.
 Y
 tan
 masivo
 llegó
 a
 ser
que
en
cierta
ocasión,
cuando
vieron
que
las
túnicas
 eran
 a
 todas
 luces
 insuficientes
 para
 tanto
 supuesto
 infiel
 buscando
 el
 buen
 camino,
 el
 rey
 decidió
 que
 se
 cortasen
 por
 la
 mitad.
 Entonces,
 un
 viejo,
 tras
 salir
 del
 agua
 y
 vestir
 la
 minúscula
 túnica,
 dijo
 indignado
 que
 aquella
era
la
vigésima
vez
que
se
bautizaba
y
siempre
 le
 habían
 dado
 un
 buena
 túnica
 y
 no
 aquella
 cosa
 sólo


digna
 para
 un
 vaquerizo,
 y
 que
 si
 no
 fuera
 porque
 le
 avergonzaba
desnudarse
ante
todos,
se
la
devolvería
de
 inmediato
a
Cristo.
 
 Pero
 el
 cristianismo
 fue
 recogiendo
 sus
 frutos
 y
 la
 conversión
supuso
el
declive
paulatino
de
la
era
vikinga:
 la
moral
cristiana,
con
su
noción
sobre
el
bien
y
del
mal,
 fue
 arraigando
 lenta
 pero
 inexorablemente,
 aunque
 algunos
 conceptos,
 como
 la
 compasión
 o
 el
 arrepentimiento,
 les
 costase
 más
 trabajo
 afianzarse,
 más
 que
 nada
 porque
 para
 muchos
 cristianos
 viejos
 también
eran
conceptos
demasiado
abstractos
a
la
hora
 de
poner
en
práctica.

 
 Además,
 la
 Iglesia
 supo
jugar
 muy
 bien
 sus
 cartas,
 tal
 como
 ya
 había
 hecho
 por
 el
 resto
 de
 Europa
 con
 otros
 pueblos
 paganos:
 Se
 construyeron
 iglesias
 en
 antiguos
 lugares
 de
 culto,
 con
 muchos
 elementos
 que
 recordaban
 a
 los
 anteriores
 templos,
 se
 cristianizaron
 las
 fiestas
 y
 ceremonias
 más
 importantes,
 cambiando
 sólo
 algunos
 nombres,
 se
 santificó
 rápidamente
 al
 rey
 noruego
 Olaf,
 muerto
 en
 1030,
 que
 había
 sido
 el
 prototipo
de
guerrero
vikingo
–incluso
para
imponer
el


cristianismo
 a
 la
 fuerza–,
 al
 cual
 se
 atribuyeron
 rápidamente
la
realización
de
ciertos
milagros;
incluso
a
 las
 grandes
 familias
 se
 les
 aseguró
 una
 especie
 de
 bautismo
 con
 efecto
 retroactivo,
 por
 lo
 cual
 sus
 gloriosos
 antepasados
 también
 salían
 beneficiados,
 aprovechando
 esta
 circunstancia
 para
 ser
 nuevamente
 enterrados
en
campo
santo.

 
 A
pesar
de
todo,
el
culto
a
los
dioses
paganos
tardó
 en
 desaparecer,
 manteniéndose
 en
 algunos
 lugares,
 más
o
menos
sumergido,
hasta
el
siglo
XVIII,
sobre
todo
 en
 Suecia,
 donde
 el
 arraigo
 del
 cristianismo
 tuvo
 más
 problemas
 a
 pesar
 de
 que
 hasta
 allí
 no
 sólo
 llegaron
 misioneros
católicos
alemanes
o
anglosajones,
como
en
 los
 otros
 países
 nórdicos,
 sino
 también
 desde
 el
 área
 ortodoxa
rusa.
Si
bien
los
reyes
y
nobles
no
dudaban
en
 bautizarse,
 los
 campesinos
 suecos
 no
 siguieron
 la
 costumbre
 de
 otros
 lugares
 de
 imitar
 a
 los
 que
 mandaban.
 Incluso
 llegaron
 a
 expulsar
 al
 rey
 Olaf
 Skotkonung,
 poco
 después
 del
 año
 mil,
 debido
 a
 su
 pretensión
de
destruir
el
templo
de
Uppsala.
Más
tarde,


mandaron
 al
 exilio
 al
 rey
 Inge
 por
 negarse
 a
 hacer
 sacrificios.

 
 Ya
 en
 el
 siglo
 XII,
 cuando
 la
 conversión
 se
 podía
 considerar
generalizada,
algunos
cronistas
cristianos
se
 quejaban
 de
 que
 cada
 vez
 que
 los
 svear
 (vikingos
 que
 darían
lugar
al
nombre
de
Suecia,
Sverige)
sufrían
algún
 tipo
 de
 infortunio,
 como
 esterilidad
 o
 malas
 cosechas,
 acudían
 a
 los
 viejos
 dioses,
 lo
 cual
 llegó
 a
 suponer
 en
 alguna
 ocasión
 la
 expulsión
 de
 los
 sacerdotes,
 que
 no
 habían
sabido
evitar
aquellos
infortunios.
 
 Pero,
tras
la
implantación
general
del
cristianismo,
 la
 inicial
 tolerancia
 hacia
 quienes
 pretendieron
 mantener
 las
 antiguas
 creencias
 fue
 nula,
 agravándose
 más
 tarde
 con
 la
 llegada
 del
 luteranismo.
 La
 palabra
 mártir
 se
 aplica
 normalmente
 a
 los
 cristianos
 que
 mueren
 violentamente
 por
 su
 fe,
 pero
 con
 ese
 mismo
 concepto
 murieron
 muchos
 nórdicos
 acusados
 de
 brujería,
 herejía
 o
 blasfemia,
 hasta
 el
 punto
 de
 que
 las
 tradiciones
vikingas,
incluso
las
que
poco
a
nada
tenían
 que
 ver
 con
 asuntos
 religiosos,
 llegaron
 a
 perderse,


como
si
la
era
vikinga
hubiese
sido
un
agujero
negro
en
 la
historia
de
Escandinavia.
 
 Mirando
hacia
atrás
sin
ira.
La
mayoría
de
los
nórdicos
 llegaron
 a
 olvidar
 a
 sus
 ancestros
 vikingos,
 que
 quedaron
 relegados
 a
 un
 pasado
 vergonzoso
 manchado
 de
 barbarie.
 Y
 así
 continuaron
 las
 cosas
 hasta
 el
 siglo
 XVII,
 cuando
 los
 distintos
 pueblos
 escandinavos
 comenzaron
 a
 mirar
 su
 pasado
 sin
 prejuicios,
 descubriendo
 que
 sus
 antepasados
 fueron
 mucho
 más
 que
 un
 puñado
 de
 salvajes
 sanguinarios,
 como
les
había
hecho
creer.

 
 El
 movimiento
 romántico,
 que
 hizo
 volver
 la
 vista
 atrás
 a
 los
 europeos
 buscando
 unas
 raíces
 con
 las
 que
 sentirse
 identificados,
 equilibró
 la
 historia
 nórdica,
 aunque,
en
ocasiones
movió
la
balanza
al
otro
extremo,
 llegando
 a
 una
 idealización
 tan
 irreal
 como
 la
 previa
 condena.
 La
 recuperación
 de
 las
 sagas
 islandesas
 por
 parte
de
los
daneses
o
el
descubrimiento
de
los
barcos
 noruegos
 de
 Gokstad
 y
 Oseberg,
 a
 lo
 que
 siguió
 toda
 una
serie
de
hallazgos
arqueológicos
a
lo
largo
y
ancho


de
 Escandinavia,
 fue
 esencial
 para
 completar
 el
 vacío
 histórico.
 
 El
 renacimiento
 de
 Asatrú.
 En
 Islandia,
 cerca
 de
 mil
 años
 después
 de
 que
 comenzase
 la
 erradicación
 del
 paganismo,
 el
 gobierno
 reconoció
 oficialmente
 a
 la
 religión
 Asatrú.
 Tal
 renacimiento
 de
 la
 vieja
 religión
 pagana
 se
 debió
 sobre
 todo
 al
 islandés
 Sveinnbjorn
 Beinteinsson.
 Además
 de
 granjero,
 en
 la
 más
 absoluta
 tradición
islandesa,
fue
poeta,
experto
en
la
métrica
de
 la
antigua
poesía
escáldica,
y
finalmente
allsherjargodi
o
 cabeza
suprema
de
la
Asatruafelaigid
(asociación
Asatru
 islandesa).
Fue
muy
querido
y
respetado,
incluso
por
los
 jóvenes
(en
los
años
80
llegó
a
intervenir
con
sus
rimur
 o
 cánticos
 a
 la
 vieja
 usanza
 en
 festivales
 de
 música,
 al
 lado
 de
 grupos
 punkis).
 Tras
 liderar
 el
 grupo
 a
 lo
 largo
 de
 veinte
 años,
 murió
 en
 1993
 y
 su
 entierro
 fue
 transmitido
por
la
televisión
islandesa.

 
 Aunque
 ya
 existía
 el
 precedente
 de
 la
 Anglecyn
 Church
of
Odín
(Iglesia
Anglicana
de
Odín),
fundada
por
 australiano
 Alexander
 Rud
 Mills
 en
 1930,
 la
 chispa
 que


se
 prendió
 en
 Islandia
 ha
 hecho
 que
 surjan
 numerosos
 grupos
 de
 asatruar
 por
 todo
 el
 mundo,
 sobre
 todo
 en
 Escandinavia
(los
gobiernos
de
los
cuatro
países
la
han
 reconocido
 oficialmente
 como
 religión)
 y
 Estados
 Unidos
 (donde
 hay
 una
 considerable
 descendencia
 de
 emigrantes
 de
 nórdicos);
 aunque
 también
 los
 hay
 en
 países
 tan
 aparentemente
 poco
 vikingos
 como
 España
 o
 Argentina,
 ya
 que
 esta
 religión
 no
 es
 discriminatoria
 (tanto
los
vikingos
como
los
propios
dioses
nórdicos
no
 tenían
 problemas
 a
 la
 hora
 de
 mezclarse
 con
 los
 demás),
 es
 decir,
 el
 sentimiento
 de
 pertenencia
 espiritual
es
más
importante
que
la
identidad
étnica.
 
 Los
 asatruar,
 que
 no
 tienen
 libro
 sagrado
 ni
 dogmatismos
 o
 normas
 estrictas;
 afirman
 que
 la
 mejor
 manera
 de
 honrar
 a
 los
 dioses
 no
 es
 mostrándoles
 sumisión
 ni
 haciéndoles
 ruegos
 o
 confesiones,
 sino
 manteniendo
 hacia
 ellos
 una
 actitud
 de
 veneración,
 admiración
 y
 respeto,
 como
 a
 hermanos,
 amigos
 y
 antepasados,
y
llevando
un
estilo
de
vida
acorde
con
el
 código
de
honor
basado
en
las
"nueve
nobles
virtudes"
 tradicionales.





Debido
 a
 la
 interrupción
 de
 las
 tradiciones


religiosas
 vikingas,
 muchos
 rituales
 han
 tenido
 que
 ser
 reinventados,
 basándose
 en
 lo
 poco
 que
 ha
 quedado
 reflejado
 en
 los
 antiguos
 textos,
 como
 sagas
 y
 eddas
 transcritas
 en
 la
 Islandia
 medieval,
 o
 en
 los
 rituales
 de
 pueblos
 con
 los
 que
 hay
 cierta
 similitud,
 e
 incluso
 creando
 totalmente
 algunos
 elementos,
 como
 los
 poemas
 y
 las
 canciones
 que
 compuso
 Sveinnbjorn
 Beinteinsson
para
algunas
ceremonias.

 
 Los
 sacrificios
 a
 los
 dioses
 siempre
 fueron
 una
 práctica
 común
 en
 el
 mundo
 antiguo.
 Aunque
 algunos
 grupos
 asatruar
 continúan
 haciendo
 sacrificios
 (blots)
 de
 animales,
 la
 mayoría
 lo
 hacen
 en
 forma
 simbólica
 u
 ofreciendo
 a
 los
 dioses
 una
 bebida
 o
 un
 poco
 de
 miel;
 hay
que
reseñar
que
en
los
casos
en
que
se
sacrifica
un
 animal,
 este
 será
 asado
 y
 comido
 inmediatamente
 después,
por
lo
que
algunos
llaman
a
este
ritual,
no
sin
 cierto
sentido
del
humor,
la
santa
barbacoa.
 


©
Manuel
Velasco



				
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