DANIEL PICCOLO, BATERISTA DE “LOS ENANITOS VERDES” by warwar123

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									DANIEL PICCOLO, BATERISTA DE “LOS ENANITOS VERDES”

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{mosimage}Si bien no es asiduo concurrente a la Catedral, por su actividad que lo mantiene
permanentemente fuera de Argentina, no es menos cierto que es un leproso reconocido. Al
menos este dato lo recabé hace algún tiempo, de parte de uno de sus primos de la 6ta.
Leprosa (con quien compartí hace unas décadas horas felices en la secundaria). Hoy le
dedicamos este espacio al famoso batero de Los Enanitos Verde, Daniel Piccolo.

 




Varios datos biográficos de Daniel, contados por él mismo, dejan en claro su afición leprosa.
Nací el 15 de abril de 1959 en el Hospital Español de Godoy Cruz, Provincia de Mendoza,
Argentina. Pesé 4,600 kgr. Me llamaban "el gordo de la 48". Hijo de Josefina Alicia
Pitella (ama de casa) y Francisco Piccolo (carpintero). Tengo tres hermanas: Cecilia, mayor
que yo; Alejandra y Andrea menores a mí.
Tuve una niñez feliz con fiestas de cumpleaños y grandes regalos de Reyes Magos.
Vivíamos en una casa con un gran pasillo donde adelante vivían mis abuelos, al medio la
hermana de mi madres y su familia y atrás nosotros. Eran tres buenas casas en un gran
terreno, aunque cariñosamente las llamábamos "el conventillo".
Fuimos criados "a la italiana", donde lo primero es la familia, con las infaltables
pastas amasadas por mi abuela (la nonita) los domingos en una mesa de madera encabezada
por mi abuelo, don José, un inmigrante italiano de principios de siglo (para nosotros, el nonito).
Fui a la escuela primaria del barrio, una pequeña casa de los curas Josefinos (hoy casi una
manzana): "Nadino". Fueron años tranquilos hasta que empecé la secundaria. Fui al
Colegio Nacional Agustín Álvarez. Después de rendir mal en las escuelas donde terminabas
con alguna especialidad. Era bastante malo para el estudio. Pasaba los veranos estudiando
para recuperar lo que no hacía en el año. No por bruto, sino por haragán. Varias veces repetí el
año a pesar de los esfuerzos económicos que hacían mis padres pagando profesores con el
dinero destinado a las vacaciones. La escuela no me despertaba el interés que si lo hacía
desde unos años atrás la música.
Tendría diez años cuando mi hermana mayor compraba discos compilados con artistas de
"música comercial" o románticos. En esos discos, por alguna extraña razón siempre
había un tema de Los Gatos, Almendra y Vox Dei entre otros y eran justamente los que
llamaban mi atención. Como también las fotos de esos tipos con sus pelos largos y sus ojos de
sueño. Quería ser como ellos y odiaba a mi peluquero que tan amablemente venía a casa
todos los meses con su odiosa máquina rasuradora.
Todo se redondeó cuando compre mi primer disco de Yes: "FRAGILE". No podía
creer lo que estaba escuchando... Después vino Deep Purple, Genesis, Crimson, Zepelin, etc.
etc. Y vino todo el rock Argentino con toda su rebeldía en épocas de represión. Entonces
empecé a pedirles a mis padres que me compraran una batería. Al no contar con recursos
económicos para hacerlo, me fabricó algo parecido de madera, y prometió que si era buen
alumno me compraría una de verdad. Nunca lo fui y nunca me la compró.
Todos los sábados iba a mi vieja escuela primaria a jugar al fútbol con mis amigos y al tiempo
me incorporé a un movimiento de jóvenes cristianos que hacían retiros espirituales, obras de
caridad, cantaban en las misas, etc. Ese movimiento creó una comisión de música y se armó
un conjunto musical, donde por supuesto caí yo. Pero no tenía instrumento ni sabía tocar.



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DANIEL PICCOLO, BATERISTA DE “LOS ENANITOS VERDES”

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Entonces fui nombrado sonidista, tiracables, cargador, encargado de mantenimiento, armador,
desarmador y amigo. Éramos los más organizados de todos nuestros colegas de otras
parroquias.
Un sábado llegó un integrante nuevo, un "morocho bajito", con una guitarra mas
grande que él y en un descanso del grupo me pidió que enchufara su guitarrón. "Mi
nombre es Felipe Staiti", dijo. Tocaba clarísimo y "a tempo" el solo de guitarra
del tema de moda del rock nacional.
Pero el cupo de guitarristas para el conjunto estaba "completo" y al tiempo
desapareció. Cierto día se realizó en un teatro de Mendoza -organizado por nuestro grupo- un
encuentro de grupos de distintas parroquias.
Se hicieron ensayos previos en nuestra parroquia. Uno de los grupos, el más rockero quizás,
de buenas armonías vocales y buenas guitarras fuertes llegó una tarde. Su bajista, de look
espectacularmente particular, era Marciano. Quedé boquiabierto cuando observé su actitud
frente al micrófono: probaba sonido cantando, en vez del tradicional: "hola; hola;
1,2,3". Tengo que ser su amigo, pensé. Al terminar el Festival nuestro grupo se quedó sin
bajista y no tardamos en invitar a Marciano, que seducido por nuestra buena organización vino
enseguida.
Terminado el primer ensayo me invitó a comer una pizza y hasta cargué su flamante bajo rojo
por las céntricas calles mendocinas, con mis mejores y más "rotos" jeans.
Mis conflictos con mis padres por la escuela iban viento en popa. Pasaba mucho tiempo
castigado. Quedó atrás el rugby, el remo, la bici, el fútbol (era un buen arquero), las salidas
nocturnas, etc.. Pero gracias a Dios podía seguir yendo a la parroquia los sábados. En eso
coincidíamos con mis padres, ya que siempre fueron muy católicos. Y, como todos los
sábados, después de las charlas, resúmenes de actividades y avisos, venía EL ENSAYO.
Una noche, tarde, volvió Felipe. Ya no era el chiquitín con su gran guitarra, sino un tipo alto con
el pelo larguísimo, camisa de seda y pantalones de terciopelo negro con tiradores. Y lo más
impresionante: su Fender blanca (una excelente falsificación -made in "Milton"- con
un espectacular sonido). Sólo quedamos Marciano y yo anonadados escuchando "al
negro" interpretar a Blackmore como los dioses. Pero era muy rockero y no tenía cabida
en la llamada "música mensaje". Y así como apareció se fue. Y al mismo tiempo,
por el mismo motivo, desapareció Marciano... y después yo.
De todas maneras nos veíamos de vez en cuando. Yo los seguía en las distintas bandas que
alguna vez integraron. Y hasta alguna vez tocamos juntos... yo de mirar, algo había aprendido.
A mediados del 79’ conseguí un "laburo" estable y mi intención de comprar una
moto se desvaneció cuando observé en un negocio una vieja batería... Estaba casi arruinada,
pero me gustó y la compré en 12 cuotas. La restauré lo mejor que pude. Marciano me prestó
unos platillos que no se por qué tenía. El soporte de uno de ellos era un pino navideño
despojado de sus ramas y al finalizar cada sesión tenía que enderezarlo, ya que se doblaba
por los golpes.
Tocaba en casa en los ratos libres y hasta formé un grupo con un amigo guitarrista, pero no
prosperó, ya que nunca conseguimos más músicos.
Un día alguien me dijo que Marciano y Felipe estaban tocando juntos. Inmediatamente llamé a
Marciano sin otra intención que la ofrecerme como sonidista o "plomo", ya que con
ellos me sentía muy bien. Pero todo tomó un giro inesperado cuando le comenté que cambiaría
mi vieja batería por una importada. No tardó en invitarme a tocar con ellos. Yo me morí!!!
No podía creerlo. A los días pasó Marciano por mi casa en el Taunus de su padre, cargamos



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todo y partimos hacia la casa de Felipe. Fue uno de los días más felices de mi vida. No había
podido ni comer por la emoción. Tocamos toda la tarde sin parar y desde ese día no pudimos
parar.
Mi vida cambió por completo. Laburaba a la mañana con mi viejo. A la tarde terminé como
pude la escuela y a la noche tocábamos. El día de nuestro primer concierto fui a despedirme de
mi abuelo que estaba enfermo y al salir de la habitación él dijo: "A este le tengo fe con la
música"... y la palabra de Don José era sagrada.
Y la cosa en casa empezó a cambiar. Mis viejos se transformaron en fans de Los Enanos. No
perdían ni un concierto y su apoyo fue incondicional. Quedaron atrás años de desencuentros y
me ayudaron moral y económicamente durante los duros años de nuestros comienzos y
nuestros primeros viajes a Buenos Aires.
Antes de esos primeros viajes, trabajamos con Marciano en un negocio de venta de
instrumentos musicales pero casi no cobrábamos un peso debido a que todo lo sacábamos en
mercadería y así nos pudimos equipar bien. Por su parte Felipe hacía lo mismo desde su otro
trabajo (compraba instrumentos y los stereos que le robaban del auto).
En esa época empecé a salir con Analía. Una mujer que conocí a fines del 78’. Fue un sábado
de sol en la parroquia. Ella también cantaba y tenía una canción que servía para los fines de
nuestro grupo. Llegó con su pelo suelto, rubio, hasta la cintura, sus ojos celestes, su piel
bronceada y su manera pausada de hablar. Me voló la cabeza. Pero sólo fuimos amigos y al
tiempo, por distintos motivos no nos volvimos a ver.
Corría el 81’ cuando nos reencontramos, pero esta vez fue como un flechazo para ambos. Sin
dudas es el "gran amor de mi vida". Estuvimos 6 años de novios. Ella también me
apoyó incondicionalmente, así como su familia. Me bancó todos los viajes y todos los proyectos
casi imposibles, pero al fin se nos dio. A principios del 87’ nos casamos y nos fuimos a vivir a
Buenos Aires. En el 89’, cuando paramos con Los Enanos, nos volvimos a Mendoza.
Fue un buen momento para pensar en los hijos. Entonces vinieron Agustín (6); Gastón (5) y
Leandra (3). Son lo más importante en mi vida. Son por los que sufro en mis largos viajes. Pero
también son los protagonistas de los increíbles encuentros.
En una nota publicada por un mendocino, se le preguntó a Daniel y Felipe Staiti, también
integrante de Los Enanitos Verdes:

¿Van a la cancha?

Felipe: Yo no.

Daniel: Yo voy a la popu a ver a La Lepra, cuando me llevan mis hijos. Esa pasión no termina
nunca.

Como no podía ser de otra manera, uno de nuestros músicos autóctonos y de renombre
internacional es leproso…!! Ojala que, si alguna vez, Daniel recala definitivamente en nuestra
ciudad, lo veamos a menudo siguiendo a los gloriosos colores azules…!!!!
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