Concierto Chiqui Plaza Duque

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11/6/2009
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Los preliminares ejercen de termómetro, indican con exactitud la seriedad de los planteamientos, el grado de entrega en el empeño de llenar de color -con la voz y los instrumentos- un escenario diseñado en blanco y negro. Un buen concierto se inicia en la soledad de las butacas vacías, unas horas antes de abrir el teatro sus puertas, cuando la intención de dar la cara se palpa en el silencio de la sala: los músicos se concentran en el sonido, después de colgar los problemas de la vida en el perchero de la entrada. Se cuidan los detalles, se extienden los cables; se coloca una cuña de madera bajo un monitor, se eliminan los soplos de los altavoces en los agudos, se chequean los canales. Se atiende a los males de la guitarra que padece un sonido metálico carente de brillo. El acople mete la pata. El pitido del micrófono jode la marrana. El piano eléctrico aguarda su diagnóstico. El bajo está demasiado alto. El bombo de la batería se oculta dentro su funda. Se deben tocar todas las teclas hasta dar con la clave, perseguir el sonido hasta conseguir la armonía. Me bajo yo y canta tú, le dice Chiqui a Joaquín; quiero escuchar cómo suena. Eso no sirve para nada: no tenemos el mismo timbre, le contesta el hermano. ¿Cómo vais a tener el mismo timbre, si vivís en casas distintas?, suelta Ismael mientras trastea por el mástil con la eléctrica desenchufada. El sentido del humor ayuda a pasar el tiempo. Importa el hecho de entenderse con el compañero, de ir a una allí a donde todos desean llegar. Confabularse con la acústica del local, tomarse las cosas en serio entre cuatro paredes desnudas, calentar el espectáculo en ciernes. Mejorar las condiciones siempre ha sido postura de sabios. Hay actitudes que son de apreciar, más allá de otras consideraciones. El tiempo pasa, pero no se va en balde. El grupo toca el primer tema al completo y sus desvelos le dan la razón: aquello empieza a sonar bien a falta de pequeños retoques. El público merodea por la taquilla, como si oliera la tostada. Internet hace furor hoy en día y sus conexiones son más rápidas que nuestros pasos por la calle: cuando se acerca uno a sacar la entrada comprueba que otro ha llegado antes sin salir de su casa. El papel empieza a escasear a falta un buen rato. El personal aguarda con la entrada en el bolsillo, se aproxima el momento de agotar los tickets. Las caras de desencanto están a punto de aparecer: no quedan asientos y no se permite a nadie permanecer en la sala de pie. Jaque mate a los deseos de los rezagados: la dicha se resiste a ser completa. En los camerinos se apuran los últimos momentos cuando llegan noticias del revuelo: los padres del encartado no pueden entrar; la novia, tampoco. La situación echa leña al fuego de los nervios, se muestran a cara descubierta los inconvenientes que suelen alterar los momentos de tranquilidad. La vida viene a ser eso, un continuo discurrir mientras se sortean problemas. Hay que resolver al paso, y se resuelve. Es difícil perder cuando no se está predispuesto al descalabro. Ha llegado la hora, la sala está llena. Se apagan los cigarros en el camerino, se apuran los últimos instantes. Se aguarda la presencia de los artistas. Los ojos de los asistentes se distraen con los focos que aún no alumbran, con los micrófonos huérfanos, con la batería montada, con esto y aquello. Se habla con el vecino, los comentarios en voz baja rellenan los compases de espera. Es el momento de salir entre las bambalinas. Chiqui aparece acompañado por la guitarra de Ismael Sánchez. Hay quien tiene la facultad de meterse al público en el bolsillo y quien lucha toda su vida por alcanzar esa entelequia. El silbido de un espontáneo manda callar a los charlatanes de la parroquia. Inician el primero de los dieciocho temas que obsequiarán al respetable. Alguien definió esta música como pop andaluz. El pop llenó unos años y sienta sus reales desde entonces en el panorama musical mundial; viene a tener la grandeza de ser lo que es, la abreviatura de la palabra inglesa popular. Pop. Lo otro no hay que ir a buscarlo tan lejos: se respira en el ambiente. Sea lo que sea, se agradece: pronto se corean las canciones en el patio de butacas. Las palmas a compás revisten los asientos. La gente está entregada. Hay entendimiento, se habla el mismo idioma. Parece muy sencillo hablar la misma lengua en el mismo país, pero a veces no resulta tan fácil. “Deja que me pierda un tiempo”, baja la voz del escenario. Funciona la base musical: el bajo y la batería se llevan bien. Rafael Torres y Álvaro García son los culpables de sustentar el sonido con su ritmo. El grupo tiene las espaldas bien cubiertas, la tranquilidad de construir acordes sobre buenos cimientos. La variedad se impone. Muestran delicadeza en las partes melódicas o se vuelven compactos como martillos en los momentos intensos. Economía de notas, precisión. Compases medidos. Se busca el significado de cada corchea y no se renuncia al valor de dar la sorpresa con una nota. En el marchamo del artista va impresa la negación de la música machacona. Un abanico de posibilidades espanta el aburrimiento. Hay maneras que convencen. Tiene tablas el muchacho. “Quién soy yo para dar consejos”, canta delante del micrófono, como si hablara con un amigo. “Si las emociones se viven más que los hechos concretos”. La intimidad se abrió paso, cuando el artista se sentó en un taburete, a solas con su guitarra. “Me ha dado tiempo a que mi alma tenga deudas”. Voces femeninas lo acompañaban en un susurro, como si llevasen toda la vida ensayando juntos. El milagro de la comunicación atrae a los buenos vientos que soplan en la sala. Con la banda o solo. O con la compañía de Joaquín Calderón. Palabras mayores. Cuando él aparece, la guitarra, el busuki griego o los teclados, corren prestos a esconder sus secretos, cansados de su rapiña sistemática. A qué negarlo, los dos forman un buen dúo y arrancan aplausos a manojos. “Desde aquí, el mundo empieza al final de mi nariz”. No hay tiempo para el reposo, el concierto continua y Chiqui ya está sentado sobre el cajón. “Siempre hay deudas que pagar, si te descuidas. Dentro de las ciudades hay caníbales hambrientos”. Canta temas de su disco ni frío ni calor; al parecer, ningún fenómeno atmosférico lo detiene. La entrega en el escenario se veía venir desde el primer momento, el hecho de tener vergüenza torera ayuda mucho; quizás por eso, hubo cierta decepción en el público cuando se anunció lo inevitable: el concierto cogía la cuesta abajo, caminito del final. Todo aquello que comienza está destinado a acabarse. El problema se agudiza cuando una hora y tres cuartos se van en un suspiro. Peticiones de otra. Bises. Un último tanguito de regalo. La banda abrazada, hecha una piña. El público en pie. Una morena de buen ver deseaba que fuesen las nueve otra vez; pero no, eran las once y el tiempo no pensaba dar marcha atrás: el público salía contento por la puerta. En el camerino, sólo una pregunta alteró un momento la alegría; una fundamental, inherente a la existencia: ¿dónde está la botella de ron? Resuelto el caso, las aguas volvieron a su cauce. Nunca ha sido mala idea esconder la tentación detrás de una papelera. En la calle, el recuerdo de quien se quedó en la puerta. Al final, de vuelta al principio, acude a la memoria la primera canción del concierto; la única que no es de cosecha propia; una parida por el talento de los maestros Quintero, León y Quiroga. Ay, pena, penita, pena. Pena de mi corazón. Todo se acaba, para bien del porvenir. Desde que sueño, no duermo; que diría el otro.

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