Capítulo 1 Silva-Gómez by xiaopangnv

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									EL CORAZON DEL POETA                                        ENRIQUE SANTOS MOLANO


Tercera Parte
La Herencia

       “... y aquí están las ingeniosas bromas a lo Mascarille, que cierto artículo del
       Código de Comercio autoriza, y cuya explicación os demostrará cuántas
       atrocidades se esconden bajo esta terrible palabra: ¡la legalidad!”.

                                                                     Honorato de Balzac


Capítulo 1

Silva-Gómez
1865

Con el crimen de Hatogrande la Iglesia se sacó el mayor de la lotería, sin haberla
comprado. Las palabras de El Conservador sobre esta tragedia no eran retórica vana,
comentarios de ocasión. “Lamentamos mui profundamente este acontecimiento, fruto de
las doctrinas liberales que han tratado de hacer nulas las dos más poderosas sanciones
que obran sobre los pueblos, la legal i la moral; la una dictando leyes sin efecto
represivo para el crimen, la otra destruyendo y mofándose de la religión que es el más
poderoso de los incentivos humanos, que es la fuerza moral de más influencia sobre las
pasiones, i la que hace al hombre aceptar las prescripciones de la virtud, sin que influya
en ello otro poder que su conciencia”. Reflexiones repetidas y mejoradas en los
púlpitos, en los confesionarios, en las reuniones familiares. Los Silva habían llevado
una vida licenciosa, los Silva habían incurrido en el sacrilegio de comerciar con las
propiedades materiales que Dios le entregó a la Iglesia para su mayor gloria y servicio.
La tragedia de los Silva era castigo justo del cielo por sus pecados abominables, y
anuncio de los males que azotarían a los depravados que siguieran persiguiendo a la
religión y atrayéndose la ira de Dios. La vasta campaña de terror psicológico adelantada
por la prensa conservadora, y por los sacerdotes en los púlpitos y en la intimidad de los
hogares, surtió los efectos buscados. El 29 de mayo de 1864, a mes y medio del
asesinato de José Asunción Silva en Hatogrande, y de la posesión de Murillo Toro como
Presidente de los Estados Unidos de Colombia, incontables señoras de las mejores
familias liberales y conservadoras, agrupadas en amalgama precursora del movimiento
político que veinte años más tarde gobernaría con el nombre de La Regeneración , le
enviaron al Presidente Murillo Toro una demanda, redactada en el palacio Arzobispal,
para solicitarle que protegiera con decisión los derechos de la Iglesia Católica y la
libertad religiosa de sus fieles. Firmante del documento es la liberal intrépida de 1848,
la que por negarse a desaprobar la expulsión de los jesuitas se expuso a las calumnias de
la prensa conservadora, doña Mercedes Diago de Gómez, a quien el castigo divino
aplicado en Hatogrande al padre y al tío de su futuro yerno, transfiguró en devota
temerosa.
La mayoría de las señoras bogotanas firmaron el documento1 sin lectura previa y sin
saber de que se trataba, movidas por el deseo místico de complacer a su Ilustrísima el
señor Arzobispo y de ganar indulgencias fáciles.
Uno de los ejemplos que muestra hasta dónde la alta clase social colombiana se alineó
con la Iglesia Católica, es el del matrimonio. La mayoría mosquerista, que dominaba en
las dos cámaras, aprobó la ley de 30 de agosto de 1864, adicional y reformatoria del
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Código Civil, por la cual el matrimonio eclesiástico no producía efectos legales. Los
que, casados por el rito católico, excluían la ceremonia civil, era como si no lo
estuvieran. Que los conservadores, cuya materia prima política consiste en la defensa de
los principios y doctrinas de la Iglesia Católica, para demostrar su rechazo a la ley que
demeritaba el matrimonio católico, se casaran por la Iglesia y pospusieran por años el
matrimonio civil, como asunto de intrascendencia, es comprensible y explicable. Que
los liberales, promotores de las reformas de avanzada, caminen detrás de los
conservadores, se casen primero por la Iglesia Católica, y dos o tres años después
legalicen su situación contrayendo ante notario el matrimonio civil, es incomprensible e
inexplicable. Un modelo de esta inconsecuencia nos lo proporcionan los matrimonios de
los liberales Ricardo Silva con Vicenta Gómez, Salustiano Villar con Ursula Gómez, y
Angel María Galán con María Luisa Gómez.
Igual ocurre con el bautizo. Los liberales denominan a sus hijos por la Iglesia, y a
posteriori llenan el requisito legal del Registro Civil. ¿Y el divorcio? En este acto se
admira la prueba desgarradora de la lealtad de las clases dominantes con la Iglesia
Católica. En veinte años, hasta que La Regeneración declara abolido el divorcio y
restablecida la legalidad del matrimonio católico, no se conoce en Colombia sino un
caso de católico divorciado: el de Rafael Núñez, ¡padre de La Regeneración! Nadie más
se divorcia. La magia de la hipocresía crea la ilusión social de que, en los Estados
Unidos de Colombia, ha cuajado una armonía familiar envidiable. La verdad es que
pareja alguna quiere exponerse al escándalo y al escarnio, como le sucedió a Rafael
Núñez, a quien el divorcio de su esposa católica y su matrimonio civil con la
archicatólica Soledad Román, le acarrearon el desprecio... ¿de los conservadores?... Ni
pensarlo... Sino el de sus copartidarios los liberales, que sindicaron a Núñez de bígamo
y a Soledad Román de prostituta.
El moralismo de fachada invadió el ambiente de Bogotá. Las uniones libres, los hijos
naturales, mirados como productos de Satanás, sufrieron el anatema y el estigma,
rechazo que no cobijaba a los hijos naturales que ya gozaban de una posición sólida en
la alta burguesía. En ningún caso se hubiera molestado a Ricardo Silva o a Guillermo
Uribe por ser hijos naturales de José Asunción Silva o de Miguel Saturnino Uribe. ¿Y
cómo, si eran herederos de fortunas respetables? Pero la atmósfera se puso pesada e
incómoda para los que no marcharan parejo con los mandamientos y enseñanzas de la
Santa Madre Iglesia. A Ricardo Silva le aterraba que su mamá pudiera ser víctima de
chismes, de habladurías o de censuras. Todo lo soportaría, menos que se dañara, ni con
un rumor, al ser que más amaba.
Ricardo Silva y Vicenta Gómez contrajeron matrimonio católico el 8 de enero de 1865.
Tan pronto se recuperó de sus heridas, Antonio María Silva dispuso que Ricardo
asumiera la dirección de los negocios de la familia y le anunció que le traspasaría la
propiedad de la hacienda de Hatogrande. Los Suárez Fortoul se alarmaron. En su
calidad de tíos solícitos de Ricardo Silva no podían conciliar el sueño de pensar en los
peligros conocidos y desconocidos que Ricardo correría si lo sorprendiere en
Hatogrande otra banda de asaltantes. Diego Suárez Fortoul habló con Antonio María y
le puso de presente el riesgo a que exponía a su sobrino. Antonio María no necesitó
recordar la escena trágica del 12 de abril de 1864. No había podido olvidarla un segundo
y se estremeció al imaginar a un tercer Silva inmolado en la hacienda temible. Diego
Suárez Fortoul tuvo un gesto sublime. Dispuesto al sacrificio por el bienestar de su
sobrino, ofreció encargarse de la administración de Hatogrande. Antonio María aceptó
agradecido la oferta abnegada de su hermano y le comunicó a Ricardo el cambio de idea
y la resolución de darle un capital en dinero. No quería exponerlo a morir asesinado,
como José Asunción, “la noche que otra partida de salteadores resolviera volver a
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Hatogrande”. A Ricardo le pareció bien que su tío Diego Suárez administrara la
hacienda. Ricardo no sentía cariño por Hatogrande, donde moraban sus dos recuerdos
más dolorosos.
Antonio María Silva Fortoul apadrinó el matrimonio de Ricardo y de Vicenta, e hizo las
veces de padre de la novia, conduciéndola a la Iglesia, “y derramó lágrimas de
enternecimiento cuando el sacerdote bendijo” los votos.

        “En el curato de La Catedral de Bogotá, a ocho de enero de mil ochocientos
       sesenta i cinco, practicadas las informaciones, dispensadas las tres canónicas
       admoniciones por el ilustrísimo señor Arzobispo, i no resultando impedimento,
       el señor doctor Domingo Vargas, con licencia del infrascrito cura rector más
       antiguo, presenció i autorizó el matrimonio que in facie eclesiae contrajeron los
       señores Ricardo Bartolomé Silva y María Josefa Feliciana Amelia Gómez i les
       dio las bendiciones nupciales i se velaron en el altar portátil de la casa de la
       contrayente, con licencia del señor Arzobispo. Padrinos i testigos los señores
       doctor Antonio María Silva i Mercedes Diago, Francisco Valenzuela, Marcos
       Gómez i otros.
       Nota al margen: Se hace constar que el nombre con que la contrayente de que
       habla esta partida ha sido conocida siempre es el de Vicenta junio 23 de 1887".2

Alberto Miramón, biógrafo de José Asunción Silva, dice que “el 6 de enero de 1865
contrajo matrimonio don Ricardo Silva con doña Vicenta Gómez”.3 Como se ve en la
partida de matrimonio, la fecha no es el seis sino el ocho. Los lectores pensarán que dos
días de diferencia no son para ponerse quisquillosos, ni menos para desconocer las
excelencias de la biografía escrita por el doctor Alberto Miramón, académico, “con
documentos inéditos”; pero ¿cómo puede una persona copiar seis de donde con claridad
se lee ocho? Los lectores volverán a refutar que no hay problema: con borrar seis y
poner ocho se soluciona el asunto. Yo me rendiría ante esta lógica impecable, de no
suceder que en el curso de su estudio biográfico, como tendremos oportunidad de
apreciarlo, el doctor Miramón sigue cambiando fechas, ora sin malicia, ora para ajustar
algunas cuentas que no le salen, y de cambiar fechas salta a inventar hechos para
acomodar a sus conclusiones y deducciones la vida de su biografiado.4 De suerte que al
José Asunción Silva que Miramón nos ofrece no lo reconocería Vicenta como el primer
hijo que tuvo de su amor con Ricardo Silva.
Pronto quedó Vicenta embarazada. A los diez meses y diez y nueve días de la boda dio
a luz un niño, al que bautizaron, a los cuarenta y tres días de nacido, como José
Asunción Salustiano Facundo.

       “En la casa de habitación del señor Ricardo Silva, a ocho de enero de mil
       ochocientos sesenta i seis, el presbítero Trino de la C. Martínez, con licencia del
       ilustrísimo señor Arzobispo, bautizó solemnemente a un niño de cuarenta i un
       días, hijo lejítimo de los señores Ricardo Silva i Vicenta Gómez Diago i lo llamó
       José Asunción Salustiano Facundo; abuelos paternos los señores Asunción Silva
       Fortoul i María de Jesús Frade; maternos los señores Vicente Antonio Gómez
       Restrepo i Mercedes Diago; fueron padrinos los señores Salustiano Villar de la
       Torre i Mercedes Diago de Gómez, advertidos de lo necesario. Doi fe - Ignacio
       Castañeda”.5

Parece que don Alberto Miramón, historiador y académico minucioso, efectuó
averiguaciones profundas y operaciones matemáticas complicadas para establecer el día
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exacto del nacimiento de José Asunción Salustiano Facundo Silva Gómez. “¿Qué día
nació José Asunción Silva?”, pregunta y cita a dos autoridades que dan fechas
equivocadas: Don Miguel de Unamuno anticipa en cinco años el nacimiento de Silva
{1861}, y Baldomero Sanín Cano no yerra sino en un mes {27 de octubre de 1865}.

       “No deja de ser curioso —comenta Miramón— que, a su vez, errara el maestro
       Sanín Cano, y con él la generalidad de los que han escrito acerca del autor del
       Nocturno, en un mes justo que le aumentan a su edad. Silva no nació el 27 de
       octubre, sino el 27 de noviembre del mismo año. Hay un documento
       incontrovertible que enseguida se transcribe y que es la base de nuestra
       afirmación. Se trata de la partida de bautismo de Silva que logramos descubrir
       en los libros parroquiales de la Iglesia de las Nieves, y que a la letra dice: “En la
       casa de habitación del señor Ricardo Silva, a seis de enero de mil ochocientos
       sesenta y seis...”, etc. ... El problema es de simple aritmética elemental. Si el seis
       de enero de 1866 José Asunción Salustiano Facundo contaba cuarenta y un días
       de edad, es, hecha la cuenta, físicamente imposible que hubiera nacido otro día
       distinto al 27 de noviembre de 1865”.6

O Miramón no contaba más allá de seis o padecía cierta fijación con ese número. Ya
vimos cómo en la partida de matrimonio de Ricardo Silva con Vicenta Gómez, pone
seis donde dice ocho. Y repite la operación en la del nacimiento del primogénito de los
Silva Gómez. En la partida original está escrito sin tachones, ni enmendaduras que
dejen lugar a dudas: “En la casa de habitación del señor Ricardo Silva, a ocho de enero
de mil ochocientos sesenta i seis...”. Es posible que don Ricardo Silva se hubiera
equivocado por dos días, y en lugar de suministrarle al presbítero Trino de la Cruz
Martínez el dato correcto —que su hijo llevaba cuarenta y tres días de nacido— le dijo
que eran cuarenta y uno, o el presbítero de atolondrado puso cuarenta y uno por
cuarenta y tres. En este caso, si nos atuviéramos a la partida de José Asunción como
“documento incontrovertible” para establecer el día de su nacimiento, José Asunción
habría nacido el 29 y no el 27 de noviembre. Sin embargo el día correcto es el 27, y
Miramón debió obtenerlo de boca de doña Julia Silva de Brigard, la hermana menor de
José Asunción, que le sobrevivió cerca de cuarenta y cinco años. Como a Miramón no
le cuadraba el día ocho del bautismo con la fecha de nacimiento del 27 de noviembre,
en cambio de advertir que había un error de dos días en la fe de bautismo, decidió
machetear la fecha y poner 6 donde dice 8, y felices son mis cuentas. ¿Qué confianza se
podrá tener en un historiador que, leve o grave, modifica un documento para justificar
una aseveración?
Los “amigos íntimos” de José Asunción Silva no andaban enterados de la fecha de su
nacimiento. Sanín Cano, que durante diez años trató a José de cerca, muy de cerca, le
adelanta el natalicio en un mes. Emilio Cuervo Márquez, que reclamaba la exclusividad
“del conocimiento íntimo de Silva”, afirma que “fruto de linajuda estirpe, José
Asunción nació en Bogotá el 27 de octubre de 1863”. Diferencia de dos años y un mes
con la fecha real. Sanín Cano y Cuervo Márquez se preciaban de conocer a fondo los
menores detalles, los detalles más insignificantes, de la vida de Silva.
Si Alberto Miramón hubiera dedicado a investigar un poco más de los cinco minutos
impacientes que hurgó en la parroquia de Las Nieves, habría encontrado que la fe de
bautismo no era el “documento incontrovertible” para establecer el día preciso del
nacimiento de José Asunción Silva; habría encontrado que en la Notaría segunda de
Bogotá, el 17 de septiembre de 1867,
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       “compareció ante mí, el Notario Segundo de este circuito, el señor Ricardo
       Silva, y expuso: que el día veintisiete de noviembre de 1865 nació un niño a
       quien pusieron por nombre José Asunción”,7

partida correspondiente al registro civil de José Asunción Silva Gómez, sin el cual su
bautismo católico carecía de efectos legales. También habría encontrado Miramón, en el
Tomo II del Parnaso Colombiano (1887), esta nota:

       “José Asunción Silva. Nació el 27 de noviembre de 1865 en esta capital: es hijo
       del distinguido escritor de costumbres don Ricardo Silva”.8

José Asunción Silva Gómez nació en una casa situada en la Plaza de San Francisco,9
que lindaba por el Oriente con el solar de la casa del señor Manuel A. Contreras, por el
Norte con la casa del señor Celestino Castro, por el Sur con la casa del señor Bartolomé
Gutiérrez y por el Occidente con la Plaza de San Francisco, y marcada en el catastro de
Bogotá con el número 1.396,10 propiedad de su abuelita, Mercedes Diago de Gómez.
José Asunción Salustiano Facundo fue bautizado con los nombres de José Asunción, en
memoria de su abuelo, José Asunción Silva Fortoul; de Salustiano, por su padrino,
Salustiano Villar de la Torre, esposo de Ursula, la hermana gemela de Vicenta; y de
Facundo, porque el 27 de noviembre era el día de San Facundo.



1 Diario Oficial, jun. 9, 1864, No. 35, p. 1.

2 Parroquia de La Catedral. Matrimonios de 1858 a 1876. Libro 15, fl. 71.

3 Alberto Miramón, op. cit, p. 10.

4 Como de todos modos resultaría fastidioso recalcar las cincuenta y cuatro
inexactitudes flagrantes que contiene la biografía escrita por Miramón, y las otras tantas
que se encuentran en los estudios psicológicos sobre el poeta, realizados por sus
“amigos íntimos”, y que van en la escala de lo venial a lo mortal, me limitaré a
señalarlas cuando lo considere necesario.

5 Parroquia de las Nieves. José Asunción Salustiano Facundo Silva Gómez. Libro 14 de
bautismos, 1a. parte, fl. 11 v. (Destacados de ESM).


6 Alberto Miramón, op. cit, pp. 4-5. (Destacado de ESM).

7 Archivo Nacional, Notaría Segunda, esc. 927, fol. 568.

8 Julio Añez (comp.): Parnaso Colombiano. Colección de poesías escogidas por Julio
Añez. Estudio preliminar de D. José Rivas Groot. Tomo II, Bogotá, 1887. Librería
Colombiana- Camacho Roldán y Tamayo.

9 Parque de Santander, desde 1876.

10 Al presente este predio lo ocupa el edificio del Banco Central Hipotecario.
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