El Chispeante epitafista don Ludovico dDi Betto

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CAPITULO I

Sea como sea y sin ninguna duda, la trama de esta historia es tan real y cierta como
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resultó ser la existencia de su singular héroe, un joven minero que, apabullado por la

nívea blancura de la mina, un día cualquiera de su monótona existencia, abandonó su

tradición laboral de más de trescientos años subsumidos por sus antepasados desde los

tiempos remotos de sus quintirrequetatarabuelos, de un modo tan natural y silencioso

que, cuando Vitruvio se ausentó de su nativa Carrara nadie vio su actitud con extrañeza

alguna, pues su viaje apenas alcanzó a ser pasto de comidillas de vecindario, durante la
primera semana de su desaparición cuando el muchacho rompió, inesperadamente, con

las pautas de su tradición. Todo pasó casi en silencio porque su gesto a muy pocos

interesó. Los habitantes de Carrara no se dieron cuenta de su alejamiento de las calles

de su barrio ni sus compañeros en el trabajo se apercibieron de su falta ni sus padres le

dieron al hecho mayor importancia, pese a que casi todos habían deseado poner pies en

polvorosa e irse a realizar el sueño que Vitruvio emprendía, pues migrar había sido para

la mayoría de los habitantes de la población una obsesión tan deseada como imposible

de realizar ya que quienes la habían intentado solo habían alcanzado a llegar hasta el

puertecillo de Marina di Carrara sobre el mar Tirreno, en donde algunos habían ido para

ayudar a embarcar los monumentales bloques de mármol que, incluso inanimados y sin
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vida partían desde allí hacia los más remotos lugares del mundo mucho más fácilmente

que los hombres, ya bajo los auspicios de la fama o de la gloria venidera de algunos sin-

gularísimos escultores, émulos de Praxiteles, cosa que ninguno de los naturales había

podido lograr, pues, los más osados se habían limitado a poner sus pies sobre la plaza

de los Milagros en Pisa, en donde vieron y comprobaron la inclinación de la torre, y los

más andarines, sobre los puentes, las calles, las plazas, los palacios y las iglesias de la
inalcanzable Florencia, siendo este corto viaje su más larga aventura. Desde luego que

lo más recóndito y trivial de tan “petite histoire” no estaba en la inercia geológica de los

pobladores de Carrara sino, más bien, en su manera de ser, reposada y tranquila, pues

como nada tenían que esconder ni de sus vidas ni de sus hechos ni de sus familias ni de

sus costumbres y todo lo revelaban sin afeites, cada vez que algún curioso se acercó a la

casa y preguntó por el viajero, sus padres y sus hermanos, mirándolo a los ojos, le

contestaron con una verdad tan escueta que desembarazaba al fisgón para siempre:

“Vitruvio se fue en busca de otros cielos” por lo que, ante tan obvia razón, limpia de

esguinces, aseada de fábulas y curada de aventuras, surgía la verdad tan monda y

lironda que, sin necesidad de invocaciones a los dioses, quedaba demostrada como los
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axiomas, cosa que jamás ocurrió con la llamada “grandeur” de la historia imperial tan

soldada a la mentira de los mamotretos que unas veces por pasión, otras por paga, y las

más por encargo, les hacían exclamar a sus héroes lo que jamás dijeron, o suponer

acciones que nunca realizaron, o inventar gestos que no se dieron para zurcir con

remiendos los descalabros de unos hombres sin gloria para los cuales solo las palabras

pudieron ser desenvoltura del olvido, pues que casi siempre lo magnífico se hiló con
predicamentos falsos y lo sencillo con hilos verdaderos. Vitruvio Rossi, que así se

llamaba el pequeño héroe, se había ido en medio del silencio mudo de su pensamiento

de la mina y alejado de sus vecinos, bajo el latido de su joven corazón, en busca de una

nueva vida y había encaminado los pasos hacia la imperial, soberana y egregia Roma,

provisto tan solo de una pequeña valija de cartón orgullosa de sus roturas, más llena de

ilusiones que de ropas; con los bolsillos bastante vacíos, repletos eso sí, con la decisión

que enseñaban sus diez y nueve años; su cuerpo atlético y su rostro sano, pletóricos de

vida, como se veía sobre su frente limpia de años, su nariz heroica y atractiva,

completamente resuelta; su mentón hendido y mandón, suavemente cuadrado, y en su

sonrisa amplia, con menos comida que mordedura, y tan repleta de marfil que, bien
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podía servir hasta para espantar ladridos. Desde luego y sin que él se lo propusiera, su

porte y estampa fueron primero cebo y ambición de mujeres; después apetito de

casquivanas y putas, y con el discurrir del tiempo, todos estos atractivos unidos a su

rostro ingenuo como de niño recién bañado, le abrieron el camino al cachorro que

dormía dentro de él, pues como ya lo había intuido y hasta establecido, las mujeres de

Roma que lo vieron le insinuaron con sus ojos y sonrisas la decisión de estar prestas
para ir a proteger al mozo desamparado que sin proponérselo, hacía suspirar a las

castas, desearlo a las más bellas, y ambicionarlo a las más putas como si con esos gestos

y signos de artera ternura quisieran remediar su falta de amor, puesto que ninguna

adivinó en la tristeza de sus ojos la nostalgia de sus pesares sino que comprendieron que

si lograban romper el espejo ustorio de tan asombrosa vitalidad, encontrarían en él no

solo su maravillosa hermosura sino su inocencia, pues él, ignorante de los perversos

sentimientos que su paso suscitaba, había ido a parar sobre el piso, los andenes y las

lozas, de la gran ciudad no como un peatón más, que flotaba a la deriva en busca de la

liberación de su destino sino como un amorcillo que cansado de esperar y hecho adulto

se había escapado del rincón de un cuadro renacentista con el venablo del amor como
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emblema y la casta paloma de la pureza, como un mensaje blanco sobre el hombro.



CAPITULO II

Los primeros días de Vitruvio en Roma fueron de perplejidad porque estando allí, ni el

mundo estaba al alcance de su mano como lo había soñado ni Roma se le había

entregado a su embate. La mina blanca o azul de su nativa Carrara estaba pegada a su
corazón y adherida a su alma de modo que cada vez que miraba hacia alguna paite, sus

ojos, indefectiblemente, iban a dar sobre los formidables bloques de mármol, esculpidos

por los más grandes artistas, aquellos que desde hacía más de tres mil quinientos años

habían erigido en la ciudad el testimonio insuperable de su magnificencia. Roma era

una revelación fantasmal de inigualable y mítica belleza en donde la realidad marmórea

era mucho más vital que la vida de sus grandes emperadores y mucho más eterna que la

historia, y esta impresión lo hizo añorar la remota mina de su nativa Carrara. En esos

momentos de frustración como si viviera en un sueño, deseaba haber venido desde

mucho antes, pero eso sí, no en cuerpo y en vida sino como un bloque de mármol más,

y haber sido cincelado dentro de esa eternidad artística que se esparcía por todas partes,
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y que pese a yacer y estar abatida le insuflaba a esas ruinas, mediante el soplo genial de

la creación, una historia descomunal que con sus pesadas moles lo apabullaba,

haciéndole comprender la inutilidad de su medianía. Pero eso sí, estaba seguro que con

el paso de los días, esa sensación de fracaso le pasaría porque ese mundo que lo

humillaba con su monumentalidad era tan irreal como la mismísima historia de la

ciudad: una fábula de unos niños que él no había creído pero que ese mismo día tuvo
que soportar, pues sin buscarlo ni quererlo oyó de la boca de un sabio sexagenario que

sentaba cátedra en la fuente de Trevi toda la leyenda sobre el mito de Rómulo y Remo y

sobre la intervención de estos en la fundación de la ciudad. Ese día, interesado en la

voz, en los ojos azules y en el rostro caprino y barbudo del expositor, se detuvo ante el

anciano y lo oyó con atención. Por las palabras del sabio oloroso a chivo viejo o cabrón

se enteró de como un grupo de sobrevivientes de la guerra de Troya comandados por el

heroico Eneas había desembarcado en el Lacio siendo bien acogido por el Rey, quien

desposó al héroe con su hija Lavinia, de cuya unión había venido al mundo Ascanio a

quien la leyenda consideraba como al verdadero fundador de Alba Longa la cual vino a

convertirse con el tiempo en capital del reino del Lacio.
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  Vitruvio se empapó por las palabras del rebeco y longevo erudito de que Ascanio

había sido un buen gobernante y que sus doce sucesores en el poder habían sido justos

mandatarios, pero que como la historia siempre ha estado salpicada con sangre,

Amulio, después de asesinar a Numitor, había obligado a la hija de este, a Rea Silvia, a

ser vestal del templo y por ende a conservar su virginidad en aras de los celosísimos

dioses. Sin embargo Rea Silvia, querida por el Dios Marte había parido dos gemelos a
los cuales había llamado Rómulo y Remo, los cuales al ser descubiertos por Amulio,

habían sido arrojados a las aguas del Tíbar dentro de un cesto que la corriente enzarzó

cerca al monte Palatino de donde habían sido rescatados por una loba que los

amamantó hasta el momento en que unos pastores los salvaron y se hicieron cargo de

ellos, por lo cual, estos, al conocer su historia decidieron, siendo adultos, levantar una

ciudad para consagrar en el sitio su ventura. Pero que, con todo, venido el desacuerdo

entre los hermanos y surgida una feroz riña entre ambos, Rómulo había matado a Remo

y fundado a Roma. Esa era la fábula del sapientísimo profesor que dogmatizaba entre

sus oyentes, afirmando para más certezas que la fundación había ocurrido el día 21 de

abril del año de 753 a J. C. según los cálculos de Varrón o en la misma fecha pero del
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año anterior según los cómputos hechos por Catón. Pero que había que tener en cuenta

que la verdad cuando se trataba de la verdad histórica casi siempre era mentirosa

porque la certeza sobre la fundación de Roma estaba según él en otra parte y se debía a

un aventurero que acaudillaba un grupo de fugitivos que había visto en la colina el

lugar de su destino. Que el anónimo fundador había abierto con un arado de rejón de

cobre, tirado por un buey y una vaca blancos un surco para marcar el “pomoerium”, y
levantado la reja en los sitios en que quedarían las puertas. Así fue marcando el

llamado “mundus” o lugar sagrado terminó afirmando ante Vitruvio Rossi el

incansable y dogmático historiador que satisfecho con su mejor audiente le sonreía con

su mueca y dientes de chivo barbudo mientras que Vitruvio lo felicitaba sinceramente

por sus interesantes leyendas y con quien simpatizó, mucho más, cuando vino y se le

acercó al letrado una mujer con voz de ensueño que, él tuvo en un principio por hija del

docto, la cual lo dejó alelado cuando lo saludó cortésmente, no tanto por su voz de

soprano coloratura sino por su porte de diosa vestal que lo retribuía con guiños y

melindres, más que todo, por haber sido el más constante oyente de quien creyó ser el

padre de la bella pero que a su presentación resultó ser don Ludovico di Betto, el
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esposo de Lucia Lippi, la Venus que lo miraba agradecida desde el fondo de sus ojos

marinos y con la flauta de su voz lo invitaba para que en compañía de su esposo fueran

hasta un restaurante en donde pudieran tomar una limonada o una copa de vino que les

calmara la sed producida por el ardoroso verano. Una vez instalados, Vitruvio observó

detenidamente la enigmática belleza de la mujer y por un mal pensamiento que cruzó

como un rayo por su mente, consideró que con ella le había llegado el recado de su
fortuna, pero arrepentido por su falta y dominado por el embeleso, inclinó

reverentemente su cabeza ante ella sin que pudiera, desde luego, alejar de su cavilación

la idea de que él si no iba a ser alimentado por una loba broncínea y etrusca de ocho

tetas como la capitolina que el sabio del Ludovico acababa de describirle en la fuente

de Trevi, sino que él iba a llegar a ser un protegido de Lucia como se lo sugerían sus

rebosantes y esplendorosos senos totalmente erguidos y capaces por sí solos de sacarlo

de su abatimiento.

Y   como lo creyó sin saber ni el cómo ni el por qué, comenzó a sospechar que los

fantasmas legendarios podían llegar a ser en algunas ocasiones como las verdades de a

puño, puesto que a las pocas horas de haber escuchado la historia de la fundación de la
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ciudad eterna, la suerte como con un sortilegio lo fue llevando de su mano hacia su

inescapable aventura: Vitruvio Rossi, el aventurero en busca de trabajo, según la docta

y profunda intención del erudito Ludovico seria bajo su protección y compromiso, “alia

tanga”, y, “con un palito” el más famoso marmolista de la muy noble y legendaria

Roma: el lapidario más prolífico y creativo de Europa: el más filosófico y sintético

escritor de epitafios, porque si ya se había dicho por algún pensador, que los muertos
gobernaban a los vivos, no lo era menos, que los breves pensamientos de las frases

lapidarias, que con sumo gozo él le enseñaría, podían expresar en un renglón los hechos

más meritorios de las gloriosas vidas y los más altos raciocinios de la sabiduría: y fue

exactamente, en ese momento impensado, inesperado y definitivo cuando Vitruvio

reentendió con el rostro totalmente iluminado que su destino estaba cifrado y que por lo

tanto era más que ineludible, pues pese a haber huido de la mina de Carrara. acaba de

caer con su asentimiento mental, bajo la docta autoridad, disciplina y enseñanza del

genial docto. Ludovico di Betto. el artesano marmolista v filósofo epitafista que había

construido los mausoleos más bellos de los cementerios romanos; las preclaras tumbas

de los genios latinos: los sarcófagos de los más valientes héroes: los sepulcros de los
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infalibles papas: las cofradías más esplendorosas de los ricos banqueros florentinos: los

cenotafios más extraordinarios de los filósofos incomprensibles: los columbarios

singulares de los políticos derrocados, y. en fin. los hipogeos, huesas y nichos con que

los humanos veneraban a sus muertos. Sí. Su destino era inescapable como la muerte

que al final de la vida recoge el salario pactado a partir del nacimiento: cobro al que

nadie escaparía pero al que resignándose ante su invulnerabilidad. con la ayuda de
Lucia y bajo la dirección de Ludovico lograría redimir durante su vida, convirtiéndose,

en el taller del marmolista, ubicado en la calle de la iglesia de Santa María, en el más

digno sucesor de su maestro y en el más reputado escritor de epitafios. El, en una

página en blanco, en uno o cuando más en dos renglones, escribiría la esencia apretada

de una vida meritoria, las acciones, las dudas y los pensamientos más valiosos del

género humano, para que la muerte no borrara el prodigioso pasado de las existencias

vitales. El en esa página insuperable, mucho más apretada y clara que los textos de los

exhumados epítimos, pues tan solo le bastaban dos fechas para cobijar temporalmente

una vida, así esta hubiera sido matusalénica, para ir desde el nacimiento del río vital

hasta la finitud temporal que era el morir, y el nombre del caído en cumplimiento del
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pacto para identificarlo, y un solo pensamiento para eternizar la existencia tal como se

lo explicó por dos veces el ingenioso don, y se lo ratificó Lucia, quien llena de ansiedad

esperaba impaciente, como en los matrimonios el sí de la aceptación por parte de

Vitruvio para vaticinar el futuro del aprendiz de la “Marmolería La Romana de

Ludovico di Betto”. Por eso cuando Vitruvio dijo, sí, esa sílaba explotó con alegría en

el rostro del sapiente marmolista y en la sonrisa de su esposa quien no veía la hora para
que ese rostro varonil con el cual siempre había soñado pudiera llegar a ser suyo no

sempiternamente, como en los juramentos de amor olvidados sino hasta más allá de la

imperecedera eternidad del tiempo y las promesas. Un nuevo brindis celebró la

aceptación dada por Vitruvio quien en el fondo de todo se había visto forzado a aceptar

el ofrecimiento no solo por sus reales circunstancias personales, sino más que todo,

porque la oferta del maestro epitafista era su tabla de salvación.

CAPITULO III

La llegada de Vitruvio a la “Marmolería La Romana” fue aprovechada por Ludovico

para hacer su presentación ante el maestro del taller, un tal Pascuale, lo mismo que ante

los demás trabajadores quienes dándole muestras de afabilidad lo recibieron
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amistosamente, ocasión que le sirvió de pretexto al asombroso epitafista para dictar

cátedra sobre sus conocimientos lapidarios, afirmando que, como muchas veces se lo

habían oído decir, pero Vitruvio lo ignoraba, les repetía para que el nuevo operario lo

supiera que los marmolistas vivían de los muertos por una razón bastante sencilla, pero

que eso no los debía de preocupar: porque la vida era el único pacto sellado a muerte,

pero que como ya lo había sostenido lord Palmerston, el hecho de tener que morir, así
uno no lo quisiera, sería la última cosa que todos haríamos y que como él estaba

convencido de que la mayor parte del tiempo la pasaríamos muertos, lo mejor era con-

tinuar viviendo entre los vivos, por los muertos, de los muertos, y para los muertos,

porque en el mundo como en las democracias todo estaba hecho al revés como lo

sugería el hecho de que se podía incluso estar muerto en vida y vivo en muerte, como

sucedía con la fama que en vida nada era y con la llegada de la muerte presurosa

apostaba una carrera contra el tiempo, una especie de contra reloj como si no es-

tuviéramos fuera de marca, cosa que no pasaba ni ocurría con la fama, que era

exactamente como le había sucedido a los famosos dinosaurios que la mayoría

describíamos sin haberlos conocido, pues que una vértebra de fama como la de todo
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animal antediluviano podía llegar a ser más importante que un inmenso dinosaurio

entero y completo. Estas maravillosas fiases a las que estaban acostumbrados los

trabajadores, excepción hecha del aprendiz Vitruvio, provocaron en el ánimo de este

una gran admiración y un inmenso respeto por su salvador, quien tan pronto como

terminó de hablar fue y le entregó una bata blanca que por una rara coincidencia era de

uso común tanto entre médicos cirujanos como entre marmolistas, y que tan pronto
como se la puso lo hizo sentirse dentro de la mina, pues no solo había recaído dentro de

ella sino que estaba atrapado por la generosidad del chive rudo genial, y porque además,

las palabras de Pascuale y su amabilidad al enseñarle el taller, el depósito de mármol, la

bellísima sala de exhibición de lápidas y tumbas, el cuarto de máquinas y el de las

herramientas tales como buriles, mazos, cinceles, escoplos, rimas y limas y los demás

instrumentos de cantería, de los cuales tenía algún conocimiento, le demostraron que

pese a todo, le iba a ser imposible apartarse de su ineludible destino. Sin embargo los

días pasaron tan rápidamente que el viernes, un viernes que jamás olvidaría, cuando ya

se sentía un poco hecho al patio, al momento de ir a salir, una voz le hizo detener los

pasos y al oír a su espalda la dicción de Lucia quien lo llamaba por su nombre en ese
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tono tan agudo que solo las sopranos pueden dar, cuando volvió la espalda para mirar,

se quedó maravillado al ver a la bellísima mujer que hecha unas pascuas le brindaba su

mano, ante lo cual no tuvo otro remedio que estirar la suya y estrechar la mano blanca y

enjoyada que abandonada, como una paloma muerta, entre su tímida y temblorosa mano

cautiva, le hada desconfiar de la fidelidad de sus oídos y de la sinceridad de sus ojos,

pues pese a ver su rostro, a oír su aguda voz, a ver su cara angelical y a oler la mágica
fragancia que la envolvía, no podía creer en la secreta cita a que lo invitaba, de ir esa

tarde a la fuente de Trevi, en donde le diría algunas cosas importantes, pues la ausencia

de Ludovico de Roma quien había tenido que partir hacia Florencia así se lo facilitaba.

Vitruvio le prometió ir y con el corazón hecho una maraña de enigmas, con la mente

enturbiada de titubeos y el pensamiento repleto de ideas estrafalarias y sublimes, en

todo caso bastante encontradas, le prometió seguir directamente hacia allá. A paso

ligero anduvo sin fatiga por las calles estrechas hasta ir a lograr la amplitud del Corso,

para después de columbrar y recorrer la calle Sabili y deambular por la vía Crociferi,

fue a parar como un autómata a una de las callejas del famoso palacio de los Ducas de

Poli, en donde en el sitio más inesperado de Roma se trompicó con la fuente marmórea
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que apoyada a uno de los lados del palacio estaba a esa hora colmada de turistas y en

donde sin poder contener su emoción, para matar el tiempo, contempló largamente las

tres estatuas metidas entre sus nichos y oyó el rumor de las aguas cristalinas que

chorreaban junto a los caballos blancos, y miró de soslayo las esculturas del ático y vio

en lo alto del frontispicio el magnífico blasón de los heráldicos Corsini. Allí

embriagado ante tanta belleza se extasió leyendo el nombre del Pontifex Máximo
Clemente XII, y así sin ver ni darse cuenta de la gente que allí se agolpaba,

desapercibido del tiempo, del espacio y de las personas, continuó así, hasta el momento

en que la vio venir, como en un sueño, delicada, y luminosa como una hermosa joya, y

quien al estar a su lado, en un gesto que no pudo precisar si era de ternura o de pasión lo

abrazó y lo besó con la más ingenua dulzura como si se tratara del mimo casual con que

una madre acaricia a uno de sus hijos. Entonces, Lucia, dejando ver, claramente, la

natural elegancia de sus acciones y de sus gestos le ofreció el brazo y zigzagueando por

entre la abigarrada multitud dejaron la placita y se alejaron por una de las callejas en

busca de un lugar más discreto, con menos luz y tal vez con mayor resguardo, como lo

sospechó inicialmente Vitruvio, lo decidió después Lucia y lo comprobó éste, más
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tarde, cuando al detenerse, mirar y entrar al vestíbulo de un elegante restaurante, luego

de que superaron algunas dificultades, un ceremonioso maestresala vestido de esmoquin

y corbatín negro sobre pechera blanca los llevó hasta un pequeño reservado del segundo

piso cuyo ambiente silencioso y casi secreto estaba dominado por la lobreguez de unos

pesados coitinones cardenalicios, guarnecido, alfombrado, y amoblado, regiamente, con

una mesa imperial, unas sillas clásicas y un sofá Luis XV, adamasquinado con figuras,
y en donde brillaban únicamente los apliques broncíneos de las paredes sobre cuyas

garras de león se reflectaban las luciérnagas de unas lágrimas de cristal que parecían

mirar con disimulo a los recién llegados, puesto que al guiñar permanentemente sus

ojos cristalinos a la manera como lo hacen las coquetas, parecían considerarlos como a

unos osados intrusos. Vitruvio admirado por las finas atenciones, venias y explicaciones

dadas por el jefe del comedor y por los meseros, sospechó que Lucia debía de ser

conocida allí desde tiempos remotos, pero su apreciación inicial tan solo logró

comprobarla con el tiempo, cuando un día cualquiera uno de los trabajadores del taller

le contó que a Lucia la conocían más en algunos lugares de Roma como en la vía

Veneto por su apodo de “Lammermoor” que por su propio nombre, puesto que quienes
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guardaban algún recuerdo de ella durante su vida de soprano, cuando en aras del “cante

bel” prometía a sus innumerables admiradores con sus famosos trinos de coloratura que

su destino irrevocable e inexorable estaba en ir a cantar al teatro de la Scala en Milán, si

habían olvidado su nombre aún conservaban su alias de diva.

  Unos minutos más tarde surgió como de las manos de un prestidigitador un balde de

plata martillada con una botella de champaña sin degollar y dos copas de cristal opalino
que tintinearon en los oídos de Vitruvio, sacándolo de su dudoso soliloquio y pasmado

por tanta sugestión oyó y vio saltar por el aire el corcho de la botella negra que vestida

con una servilleta blanca, salió despedido por el golpe alegre y sonoro de su mismo

estruendo y lo vio caer, quizás con los mismos ojos con que los espectadores y

revolucionarios vieron saltar, envueltas en sábanas, las cabezas de los reyes de Francia,

entre el estallido de los artificios populares cosa que el histriónico maitre acababa de

realizar ante sus incrédulos ojos, y ya con el deseo metido en su garganta miró surtir

embelesado entre las copas de cristal la clara y burbujeante palidez de un chorro de

ópalo que hecho más con luz, como con oro casi líquido, fluía hasta ir a rebosar las

copas embrujadas y alterado por semejante magnificencia quiso “alzar la copa y
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brindar por ella”, pero un leve gesto de Lucia lo detuvo, obligándolo a esperar, hasta el

momento en que, puestos de pie, entrelazaron los brazos, las manos y las copas, y en un

tácito acuerdo, chocaron los cristales y luego del tintín y la alegría, libaron plácidos por

su felicidad en un acto tan último que, sin decir una sola palabra quedó, como los

pactos sagrados, vedado a las ligerezas de la lengua y a las confidencias del corazón, y

que ambos tuvieron por tan oculto, que a partir de ese momento empezaron a
considerar como la parte más sacra de sus vidas. Entonces, como si el universo mundo

no existiera ni nada fuera, siguieron de pie, frente a frente, y abandonando las copas

vacías sobre la mesa se abrazaron estrechamente, y convertidos en una argolla se

fueron prodigando sus caricias y con los rostros cuajados de emoción dieron lugar al

nacimiento y a la eclosión de los besos más ardientes y más ignorados, y envueltos por

ese marasmo de acciones confesadas y por el surgimiento de nuevos hechos cada vez

más audaces y atrevidos al fin llegaron al momento en que Vitruvio se dio cabal cuenta

de que su naturaleza antes calma y dormida entre su carne había despertado

incontinenti y furiosa, puesto que su sexo dándole trallazos chocaba y lo golpeaba por

encima del ombligo mientras que, Lucia pegada a él, oscilaba entre la levedad del
                Í8                                                 19

deseo y entre las sombras bamboleantes y largas que confundidas ya en una sola

sombra larga como la eternidad erguían mucho más su falo prieto con el vigor juvenil

de su vida, y con la dureza con que la piedra soporta la altura de la torre hasta lo

imposible, mientras que el aroma casi casto emanado del cuello y de los senos duros de

Lucia lo envolvía con su real ambrosía. Entonces unas manos angelicales colocaron y

metieron su cabeza entre la carne fascinada por el pecado y que luego con la
voluptuosidad contenida dentro del inmenso deseo, al posar sus labios en los suyos,

luego de besar sus ojos se quedó como hipnotizada, mirándolo hasta el propio fondo de

la lujuria como si con sus ojos quisiera devorarlo antes de tiempo y del momento

acendrado de la pasión cuando aferrándose a él, hizo que este se sentara en el sofá y

mostrando en su rostro una mueca como de loca, desencadenó una serie de acciones

cada vez más osadas y dijo un sartal de palabras cada vez más incomprensibles, y

liberó unos espantos cada vez más grandes que le hicieron presentir a Vitruvio la

inminencia de su desfloramiento, pues, suavemente, le hizo saltar* uno a uno los

botones de su portañuela para luego liberar y acariciarle el seguidísimo sexo hasta el

momento en que su sabiduría milenaria la hizo comprender que estaba ante un hallazgo
                Í8                                                   19

descomunal y al contemplar semejante caudal se fue inclinando reverentemente como

si estuviera cumpliendo un rito, palpándole la piel suave y tersa lo contempló tal como

se contempla a un niño recién nacido, besándolo y bautizándolo como “al cambio de

oro”, dentro de una coitolalia sin temores ni cercos, pues que ya estaba Convencida

hasta la dura madre y la píamater de que el tímido Vitruvio no solo era el varón más

hermoso de la tierra sino que para el tiempo de su edad y exposición, era el único varón
virgen del mundo como lo constató con sus ojos de lince, sus manos de antiseda y sus

labios ardientes, al mirar a ojos vistas, sopesar lo mirado y besar ardientemente el

capuchón encolado que se adhería al sexo con la misma fuerza con que la vaina vegetal

de algunos frutos dorados se adhiere a ellos para protegerlos. Lucia, pese a su pasado

puteril lloró tiernamente de solo alegría y se conmovió musitando y balbuceando ante

su nuevo amor y su corazón mil cosas que Vitruvio no captó, pues preocupado por las

lágrimas que rodaban por las mejillas de su enamorada y luego caían sobre sus senos,

trató de consolarla pero tan solo unos años después se vino a dar cuenta que en la vida

era mucho más fácil llorar de alegría que de pena. El inocente en medio de su

ingenuidad, trató de consolarla y le prometió ser fiel a su amor y a sus juramentos, pero
                Í8                                                    19

solo más tarde, cuando ella se sintió menos arrebatada y un tanto más compuesta, llamó

al camarero y le ordenó que les sirviera la cena, porque ella que se conocía a sí misma

mucho más que a los demás, sabía que la noche y las oportunidades de su enamorado

podían esperar cuanto fuera menester pero las de ella no, porque su sangre impetuosa y

exigente le había ordenado salir cuanto antes de ese lugar para irse a un sitio más

seguro y adecuado donde poder demostrarle en secreto a su cautivo no solo la gama
colorida de sus iluminaciones eróticas, el tremendo alboroto de su sangre voluptuosa, la

omnisciente carnalidad de sus experiencias, el descocado arrebato de sus increíbles

atrevimientos y la impetuosidad de sus instintos perversos, sino algo mucho más

peligroso y conmovedor que estaba locamente enamorada. Después de una cena de

ostiones, calamares y langostas salpicada con vinos blancos y espumosos, decidieron

salir.

CAPITULO IV

En la calle amparados por las sombras, caminaron en silencio como los conspiradores,

quedamente, atrapados por la cintura y solo se detuvieron momentáneamente para

mirarse a los ojos y para besarse largamente, pues Vitruvio que era quien la ceñía por la
                 Í8                                                   19

cintura cada vez que Lucia se detenía, para besarlo delicadamente, la impulsaba

empujando su monumental cadera con la elegancia de un caballero, hacia un mundo

ignoto donde creía que flotaban los mayores conjuros pasionales y los ardores sensuales

más secretos. Cuando al fin llegaron al portón del edificio en donde Ludovico tenía su

habitación, Lucía giró la llave, abrió la puerta y una vez dentro, la cerró suavemente. En

un santiamén superaron las gradas hasta ir a desembocar en el obscuro vestíbulo del
segundo piso, en donde poseída de salvaje ardentía, antes de franquearle la puerta del

apartamiento lo besó intensamente. Una vez dentro cerró la puerta y segura de si

misma, encendió las luces, lo abrazó sensualmente y se le adhirió a su cuerpo,

sitiándolo con sus brazos y sus piernas largas como si fuera una planta trepadora,

rodeándolo como el agua rodea a los peces y permaneció así, hasta el momento en que

desprendiéndose de él fue y sirvió dos copas de un vino rutilante que como dos ojos

mirones parecían aspirar a ser testigos de la naciente e imprevisible noche romana. El

apartamiento tenía la añeja sobriedad de las cosas pasadas y sus muebles, alfombras y

cortinas le daban el aspecto de un recuerdo a monarquía destronada sin que revelara ser

el hogar de un marmolista, conjeturaba Vitruvio, observando el lugar, mientras lleno de

                  en
nervios esperaba 29 la sala. Entonces el ruido producido por el agua que saltaba hasta la
                                                                      29




tina, las luces encendidas del baño, y las suaves y delicadas arias y romanzas que Lucia

cantaba lo fueron alejando de tan pasiva actitud y empinando la copa, entre sorbo y

sorbo, se la imaginó desnuda, flotando en la tina entre las espumas blancas orlada de

esencias femeninas y alterado, intentó salir corriendo, solo que la presencia de la

“prima donna’\ fresca como el aire y pura como el viento, transparente como el espejo
cristalino de su bata, exhibiendo el esplendor de su belleza casi desnuda, sin ningún

temor ni engaño lo recuperó de su derrota llamándolo por su nombre y haciéndole mil

mimos y mil gestos se lo llevó para que fuera a compartir con ella las delicias del baño.

Entonces, lleno de pánico y de temblor quiso saltar desde el ventanal a la calle pero los

besos, y las manos ágiles de la “donna” ya habían realizado los prodigios de

desnudarlo, de meterlo entre la tina y de acostarlo sobre el fondo cálido y aromado del

agua como si se tratara de un bebé, por lo cual Vitruvio como si repitiera un calco se

dedicó a hacer exactamente lo mismo que ella le hacía estirada, elásticamente, junto a

él, y asumiendo un aire más audaz la acarició y la enjabonó sin malicia alguna, hasta el

momento en que una sensación intrigante lo sobrecogió cuando ya sin disimulo la vio

                 risueña, sin velos ni amarguras, blanca como el nácar, rubia como un
plena, erguida y 30                                                 29




ángel, hecha una Venus de caderas voluptuosas, con el pelo leonado, pegado a sus

duros senos y con el pubis como un arco iris de luz ineludible y esclavizadora y al no

poder resistir más la increíble escena, como pudo se sacó el jabón, saltó fuera de la tina

y seguido por ella comenzó a sentir la suavidad de las toallas con que le secaba el

cuerpo, como si fuera algún indefenso crio, para luego en medio de las palabras y
mimos llevarlo de la mano hasta la alcoba nupcial, dorada con imperios de anticuario

que pletórica de bronces, esplendorosa de baldaquinos y lujuriosa de almohadones y

cojines lo invitaba con sus arañas sensuales a dejar que la mujer enardecida y casi

descocada cantara entre murmullos las arias más galantes de antiguos repertorios

románticos, para desde allí correr y saltar por un despeñadero de besos que iban de los

labios a los pies aún humedecidos, deteniéndose o saltando sobre sus rodillas, para ir a

caer sobre sus muslos o a flechar su rostro, saltando de una parte a otra con la seguridad

pasmosa de las notas de las cavatinas bien compuestas y mejor cantadas mientras que

Vitruvio escasamente atinaba a poner sus ojos sobre el cuerpo ensoñador de la Venus

que al escapar de sus manos y de sus ingenuas caricias, saltaba de un lado a otro de su

cuerpo hasta desembocar en el momento en que los besos y sus caricias ascendieron o
                31                                                29




bajaron, se concentraron en la boca o en su vientre tatuándolo por todas partes con

sellos imborrables hechos con caricias hasta el momento en que ya no pudo contenerse

por más tiempo y un fuerte latigazo de sangre le empingorotó como nunca el sexo

virgen que desafiante como una torre encubertada quería torpemente ajusticiar la

desafiante grupa y una vez más las manos, los besos y las suaves notas de una olvidada
y sorprendente canción de cuna arrullaban con una musical coitolalia al “bambino de

oro”, a su “bambino de Lucca” sin que él pudiera comprender a qué se refería e ir a caer

y pasar por el momento del más osado atrevimiento, cuando luego de atravesarlo sobre

la cama, poniendo los pies a los costados de su cuerpo y flexionando sus rodillas,

embocándose, se fue clavando lenta y seguramente hasta el zahondar del

estremecimiento cuando dándole un coletazo furioso con todo el poderío de su cadera

lo estremeció, para continuar con un jadeo rítmico, mezcla de palpitaciones entrañables

y de palabras ignotas, de ascensos y descensos, de avances fuertes y de suaves

retrocesos, de medios giros y de revueltas, y tocando y besando sin dar tregua alguna ni

enseñar inquietud, le resbaló sobre el pecho sus senos erguidos como lanzas

                                                                      tras
combatientes para proseguir incansable, una y otra y otra vez, minuto 29 minuto, y por
                32




endiablados ciclos su acción concupiscente, como si un reloj sincronizado le ordenara

los movimientos sensuales, los ritmos, los avances o las retiradas y hasta el imposible

entuercamiento de tamaño desprepuciamiento, que de manera invisible había

desprendido y desaparecido el embozo del pene, y lo deshollejaba con el arrasamiento

de su total desfloramiento sin que los repetidos orgasmos apocaran su fuerza o pudieran
frenar el goce intenso que la hacía gritar agitada: “Oh mi bambino”, “bambino di

Lucca” y hasta “oro in vergue”, una y otra vez, en un eco sin límites, hasta el final del

rendimiento cuando la humedad y el hallazgo de un cuarto orgasmo coincidió con el

primer estremecimiento de Vitruvio quien animado y vigoroso sentía arder sobre su piel

los más extraños besos pues ella en un acto de sinceridad confesional, doblándose sobre

“il bambino de oro”, contemplándolo cariñosamente, lo palpó y lo lamió a lo largo de

su extensión y después de que lo secó como si fuera a arrullar a un niño puto, entonó

algunas canciones y tonadas demenciales que le hicieron comprender, en ese instante,

por qué no había podido gozar la totalidad desmesurada de ese pene que relamía,

amorosa y cálida sin dejar entrever rubores ni vergüenzas. Fue quizás en ese momento

                  cuando Vitruvio, entendió por segunda vez que era29mucho más fácil
fugaz de la vida 33

llorar de alegría que de dolor o de pena y en dónde era que estaba su destino, porque si

bien era cierto que él había huido de Carrara, “en busca de otros cielos”, las

complicaciones que le había deparado, seguramente, ya le iba a resultar más que

imposible escapar a la marmórea realidad de su existencia, mucho menos, ahora,

cuando el placer del amor se erigía como un talismán encantado que aprisionándolo
desde el fondo del corazón le hacía prometer a Lucia una y otra vez que la adoraba, que

la quería y que nunca la abandonaría. Entonces la atrajo hacía él con sus brazos para

hacerla repetir la hazaña y luego de tomar unas copas más y de llegar al final del goce,

fueron a parar hasta el nacimiento del somnoliento amanecer romano cuando bajo la luz

cantó la nueva alondra llena de inmensa felicidad, confiando en la fatalidad y a la

espera de que Ludovico, el chispeante erudito, magistral sabio y filosófico epitafista no

regresara jamás de su amada Florencia porque para ella esa corta semana de liberación

de su quemante corazón era tan mezquina e inútil ansiedad amorosa que tal vez solo un

milenio de semanas podía llegar a regodear la gula y hambre de su entraña. El mundo

se había volcado y todo había cambiado para Vitruvio quien ya no era el mismo. Del

mismo modo todo había cambiado para Lucia quien ya no era la misma. “II pube de la
              34                                                29




donna” se había fijado con más fuerza en la mente de Vitruvio que su inolvidable

Carrara.

solo que el arrasamiento de su virginidad los llevó a buscar entre las sombras de su piel

la túnica evaporada de su sexo, y al no hallarla terminó por aceptar el dulce

desmantelamiento, como si se tratara de algo mágico, mientras que su amada, con el
nuevo anhelo clavado hasta la cruz, como un puñal bandolero, en medio de su ánimo

obstinado, aún deseaba con todas las fuerzas de su alma, de su corazón y de su entraña

con poder borrar de la faz de la tierra a Ludovico quien según su pervertido

pensamiento debía de morir, rápidamente, sin recursos ni apelaciones sentimentales,

como los condenados a muerte.

CAPITULO V

Ludovico solo merecía una tumba y tal vez un epitafio y esas dos cosas le parecieron

más que suficientes para redimir su vida. En ese instante, recapacitando sobre la mortal

idea ni rechazó el impulso inicial hacia el crimen ni semejante noción le pareció

inmoral ni mucho menos imposible. El amor que anhelaba era irrealizable sin la muerte

                por
del sentenciado 35 su ardiente corazón y ni su sexualidad ni el goce de su cuerpo
                                                                 29




podían ser obstaculizados por las conveniencias ni por las normas sociales. Mucho

menos cuando Ludovico por aparecer ante ella como un hombre superprevisivo, al cual

ni la parca lo iba a sorprender, en un acto ligero, un día que en ese momento recordaba

le había afirmado que: “il calzolaio ha le escarpe logore o il sarto poita il vestito

estracciatto”, (en casa de herrero cuchillo de palo o en casa de herrero azadón de palo),
había cincelado y labrado en secreto, tal como se lo confesó, su tumba y su lápida, no

fuera que la muerte lo fuera a pillar desapercibido. Si. Años atrás así se lo dijo, cuando

en medio de una gran confidencia la llevó hasta el cementerio para que conociera su

cripta y luego a su taller, en donde le mostró la hermosísima lápida que ella recordaba,

claramente, junto con las palabras grabadas por él quien ese mismo día le confesó lleno

de orgullo que había elaborado su estela luego de consultar tercamente su monumental

obra el Libro secreto y el Manual ilustrado sobre construcción de tumbas, sarcófagos,

cenotafios, cofradías y columbarios, luego de repasar en su Texto de epitafios algo más

de tres mil leyendas sepulcrales que, él, pacientemente había compilado durante su

vida, tomándolos directamente de las miles de lápidas de los cementerios florentinos y
                 32

romanos, así como de las tumbas del Pere- Lachaise, Montpamasse, Montmartre y de

las almacabras más importantes de las ciudades de Europa. Según lo recordaba, él

consultando esos libros con sus manos de artista, sin temor alguno, había elaborado la

lápida más hermosa del orbe porque deseaba dormir sereno el sueño sin ensueños.
Lo recordó, fotográficamente, y como el sapiente lapidario había cincelado sobre un

hermoso rectángulo de finísimo mármol blanco, en bajo, en alto y en medio relieve, es

decir, combinando armónicamente los tres órdenes del resalte lapidario, había realizado

el milagro de unir las arpas, las trompetas, las águilas, las guadañas, las cruces y tos

astros al famoso arquero bíblico que, con su carcaj sin flechas, acechaba entre la noche

con su red como un ángel asolador de vidas. A esos símbolos había agregado su nombre

y el lugar y la fecha de su nacimiento y había dejado un espacio en blanco para que

alguna mano amiga esculpiera el lugar y la fecha de su deceso. En ese rectángulo estaba

la frase, esa sí, evidentemente lapidaria, compuesta por él con el pícaro humor que le

inspirara su más fiel cliente, pues en ella había escrito con rarísima ironía: “Del tempo
                60                                                   61

vissuto rimaría ii mió orologio di teschio pero come e molto difficile insegnare qual

cosa stando morto, rimanete fermi per intendere perche i morti somo tanto tesi” (Del

tiempo pasado solo quedará mi reloj de calavera pero como es tan difícil enseñar algo

estando uno muerto, quedaos quieto, para que entendáis por qué los muertos somos tan

estirados.) De suerte que lo único que allí faltaba era lo inesperado, la fecha de la

muerte. Todo lo demás había sido previsto por él, para que no le aconteciera lo del
herrero que por imprevisivo y falto de azadón de hierro había tenido que recurrir a un

instrumento de palo. Hasta los cuatro clavos de bronce que agarrarían la lápida a la

huesa los había alistado y recordaba que ella los había visto y cómo ese día atemorizada

y aturdida por tan mortal confesión, le había preguntado por el significado de las

pequeñísimas letras mayúsculas que tímidamente sobresalían al final del epitafio pues

quería saber qué significaban esas letritas, S. U. Q.

_Son un homenaje a nuestro amor matrimonia! y a la felicidad que me has deparado y

quieren decir: Sin Una Querella —le había respondido acariciándose la barba y lleno de

sinceridad. Cavilando en todas estas cosas se le había hecho un poco tarde para salir,

pero la nueva vida que saltaba de sus venas jubilosas con reminiscencias lapidarias
                62                                                     63
olorosas a muerte, la hicieron recordar que el tiempo era corto para ir a continuar con su

aventura sentimental con su amado quien por instrucciones suyas había salido del

apartamiento desde el amanecer. Pese a todo la estela mortal que la embargaba flotaba

aún en el aire, en su mente y en su corazón y una lápida y una tumba eran la única

solución para sus devaneos, impulsos y locuras eróticas pues, muerte y sexo, y vida y

sexo, se aferraban a su destino tercamente. Lo cierto y lo patente de todo era que esa
mañana no sabía lo que le pasaba porque incluso ya había olvidado quién era ella. Los

romanos tan dados a las clasificaciones legales, tres mil años atrás, habían dividido a las

mujeres públicas en meretricias, prostibulicias, “famosae” y en las “bustuarie” creyendo

al hacerlo haber clasificado a la generalidad puteril. Pero ella, sin embargo, era una

mujer diferente, pues estando comprendida de algún modo, y en algún algo dentro de

esas rigurosas clasificaciones sin embargo, no cabía en ninguna y no cabía porque ella

era una mujer distinta. Ella juzgándola bien estaba por fuera de esa clasificación. Sí.

Hasta ella misma se había olvidado de cómo era. Se parecía un poco a las “bustuarie”

puesto que ella había ejercido su oficio en los cementerios romanos y mucho más

porque estaba casada con el más prominente lapidario y constructor de tumbas y porque
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además, durante la época de sus amores atrevidos, el inquietante marmolista, no solo la

había llevado a los cementerios de Roma sino hasta su propia cripta en donde como

todo enamorado de la pureza de su virtuosismo manual y de la limpia dignidad de su

arte epitafial, para los cuales nada hay impuro ni vergonzoso, por urgencias de su

erotismo apasionado y ardiente, en más de treinta ocasiones le había besado la vulva a

quien primero fuera su novia y después su amante, pero eso sí, jamás, a la que más tarde
sería su esposa. Estas cavilaciones unidas a sus disquisiciones arrebatadoras siguieron

trabajando dentro de su pensamiento, y no la abandonaron jamás a partir del

desfloramiento y del sacrificio de Vitruvio, pero siendo tan persistentes y fuertes ni

minaron su corazón ni destruyeron su juicio. Vivir la vida intensamente era lo único

importante para ella y como estaba a su mano ir a vivirla, rápidamente se arregló, pues

tenía que ir a entrevistarse en las horas de la mañana con su vieja amiga Paola y para

cumplirle a Vitruvio, a las seis de la tarde, la cita que habían convenido. Para ganar

tiempo tomó un taxi que la llevó hasta cerca de la casa de su amiga y de allí continuó a

pie hasta la morada de esta.

  Era Paola una mujer ducha en tratos de amor, bastante rica, gracias a su oficio, y si
                64                                                   63
bien era notorio a primera vista que ya había perdido gran parte de su belleza e incluso

de sus dientes, la verdad era, como la de la loba vieja pues aún conservaba sus

perversos instintos pues no solo vivía como las antiguas matronas romanas sino que a

ratos gozaba ejercitando las artes de su milenario oficio, disfrutando de sus gajes de

celestina, pues su casa, era el tálamo de los amores secretos; el lecho de los quereres

fraudulentos, y la cama de los goces paganos, consagrados por la traición, el poder y la
gloria, así se tratara de los actos ocultos de los senadores, los artistas, los ministros, los

generales o los burgueses, ayunos de caricias sensuales, a quienes trataba, conocía,

auspiciaba y explotaba a su antojo. La verdad es que Paola la encandiladora, para

remediar los males que Lucia le confesó, le prometió arrendarle un pequeño gabinete

privado, por el tiempo que esta considerara menester el cual juzgó sabiamente como el

más apropiado para satisfacer las necesidades de su amiga, pues fuera de estar dotado

con las más exigentes comodidades, tenía una hermosa tina romana labrada en mármol

blanco de Carrara la cual estaba adornada con una monumental Venus erótica,

posiblemente, hija anónima de algún frustrado escultor a quien Paola se la había

comprado. Lucia miró, detenidamente, la pequeña estancia y se fascinó con la belleza
                 65                                                       63
de la tina y con el lujoso ajuar de que estaba dotado el pequeño camarín así como por la

clásica simplicidad de las líneas de la monumental cama, las luces y los muebles

auxiliares pero de todos modos le pareció reducido, por lo que Paola, al rechazar la

objeción, reuniendo en un gesto toda la sabiduría sentimental acumulada durante su

larga vida, se quedó extrañada con la tacha, y poniendo sus ojos y el rostro como quien

no puede creer lo que acaba de oír, ahuecando la voz. para imprimirle ese tono único de
los magistrados y de las putas en uso de sus atribuciones especiales, llena de teatralidad

le dijo:

_Lucia del alma. ¿Cómo me extraña que a tus años y grandes experiencias aún no sepas

que los cuartos pequeños, que los gabinetes reducidos como éste, tengan la virtud casi

mágica de concentrar el placer y que los grandes lo dispersen? ¿Qué es lo que en

realidad quieres? ¿Qué es lo que pretendes?

_Uno más grande Paola. ¡Eso es todo! —le respondió.

_Uno más grande como tu dices, es este mismo, porque este gabinete puede crecer a la

medida de tu deseo e incluso duplicarse. No sé cómo es que aún no sepas que los

espejos tienen la virtud de duplicar el ambiente. Lucia si lo quieres ver más amplio el
                66                                                     63
remedio esta en tus ojos porque si miras a la pared cubierta con los vidrios azogados,

cuanto mires lo veras más grande. En fin como los argumentos de la sabiduría humana

se entienden mucho más cuando se trata de cosas útiles, Lucia salió feliz de la casa de

Paola con la llave del gabinete en su mano. Una vez en la calle, segura de sus pasos,

lanzó la llave al aire, la atrapó cuando caía y luego la besó, guardándola en su bolso.

Estaba segura de que su Vitruvio del alma, una vez entrara en la pequeña habitación,
recibiría la sorpresa más agradable de su vida.

CAPITULO VI

La sensacional semana que Vitruvio y Lucia compartieron en el gabinete se convirtió

para ambos en el máximo placer y no hubo día en que no se encontraran allí para gozar

de sus cuerpos con sus besos y abrazos en un calderón interminable de enseñanzas y

exploraciones que le hicieron revivir a Lucia no solamente la agudeza de sus trinos y

gorgoritos operáticos sino toda la gama de una escala sensual y sexual que ella

consideraba superior a la musical, pues de un movimiento sin pauta, “tranquilo e

legato” pasaba sin proponérselo ni darse cuenta a un “andante expressivo” que en su

sabiduría despampanante se iba transformando en un “allegro” cada vez más “vivace” o
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“molto vivace” buscando en el fondo de su ser el verdadero “agitato” que luego de un

largo e interminable “andante sostenuto” la llevara ebria de posesión y de felicidad al

“staccatto” o al “allegro appassio- nato” o al “brioso” que ya en la visión final del

interminable orgasmo de Vitruvio la hacía superior a todas las dificultades y

rendiciones sexuales en busca de su “larguetto quasi andantino” para lo cual recurría

por naturaleza a ejecutar un “pizzicato” de besos de marca, revueltos con canciones y
gestos dramáticos, que le hacían creer al invencible Vitruvio que la vida ya iba a

terminar porque el placer y el amor, por ser temporales, carecían de la eternidad que él

anhelaba para gozar y besar el cuerpo de Lucia. Durante esa corta semana de largas y

reiteradas veladas, Vitruvio descubrió en el pequeño gabinete el mundo de la carne y

del placer y fuera de tener entre sus manos el cuerpo adorado de Lucia, también tuvo en

sus manos el Texto de epitafios, pues esta, por una exigencia suya lo había llevado

hasta allí para que su amante lo leyera. En realidad se trataba de un libro tan

monumental como la misma Roma, en donde su autor el ingenioso Ludovico se había

tomado el trabajo de ir anotando, durante más de treinta años, con su letra segura y bien

definida, sobre las páginas alfabéticas, cuanto epitafio pasó por sus ojos, cuantos
                68                                                    63
descubrió en los cementerios romanos y europeos, y cuantos conoció en razón de su

impresionante erudición. Su Texto era la suma epitafial del universo puesto que allí en

ese crecido mamotreto alfabético y contable, él había clasificado por números, temas y

por nombres la literatura epitafial hasta entonces conocida, de suerte que su lectura se

fue convirtiendo, desde entonces, tanto para Vitruvio como para Lucia en paso obligado

y descanso de casi todas sus vigilias. Allí, permanentemente desnudos, Vitruvio cono-
ció hasta el fondo de la carnadura la brevedad del diminuto sexo con que Lucia lo

fascinó y ella el desmesurado pene de Vitruvio y como ella no era filósofa y el fuerte de

su amante no estaba en el razonamiento puro, gustosa se quedó con el hombre ese al

que le sobraba lo que a ella por haberle faltado ambicionaba con locura. Esa semana

fuera de pasar y de alternar el goce sensual y la sexualidad mataron el tiempo, “illa sub,

Ule super; ille sub et illa super” y leyendo y buscando al azar o saltando páginas los

epitafios más famosos, como el de Pisón que Lucia encontró en la P y que a la letra

decía: “Aquí yace Pisón que nada fue, ni académico llegó a ser”. El del famoso

caballero de Eon, que leyó Vitruvio:

           “Desnudo del cielo descendí y desnudo estoy bajo esta piedra, por
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           haber vivido en esta tierra ni gané, por tanto, ni perdí”.

El famoso de Ausone de Chaucel:

“Se entra, se grita, es la vida. Se sale, se grita, es la muerte”

   El famosísimo que ideó el doctor Pawl Rybicki para Nicolás Copérnico:

"Detuvo el sol, movió la tierra ”
  El príapico epitafio que descubrió Lucia y que esta le exigió leer a Vitruvio muerta

de risa:

 “Margot, mira mi verga, ama, todo convida, que mañana la juerga acaba con la vida.

Cuando mañana la muerte nos encierre, una vez nos entierre en el foso profundo, adiós

  los amorosos arrebatos que nunca la escritura diera datos acerca del joder en otro

                                      mundo ”

  Y   encontraron y leyeron otros muchos más que lentamente fueron modelando el

pensamiento de los amantes, asustándolos algunas veces, o haciéndolos cavilar otras,

pero que Vitruvio entendió siempre como un mensaje reiterado y perenne de la mina

blanca de la cual había deseado liberarse. Esa semana, como ocurre con la dicha, voló
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más que rauda. Sus días y horas no habían sido más que un relámpago fugaz entre la

obscuridad, algo que se desvanecía con el regreso de Ludovico a Roma y así se lo

confió Lucia:

_Ludovico llega mañana y su retomo es la muerte de mi dicha y de mi felicidad.

-Si me quieres nada importa porque nada morirá, —le respondió Vitruvio, viéndola
llorar compungida y llena de tristeza. Mas como no hay dicha eterna, ese lunes

desgraciado llegó Ludovico, de suerte que cuando Vitruvio entró al taller un poco

doblegado y un tanto desasosegado por cierto remordimiento y culpabilidad que le

imputaban el haber traicionado a su protector lo hizo un poco temeroso. Pero cuando

Ludovico, al verlo, lo saludó con suma afabilidad en presencia de Lucia, esta para no

presenciar la escena, haciéndose la desentendida, simuló que estaba leyendo el Texto de

epitafios y se limitó a responder el saludo cortés del aprendiz levantando la cabeza e

inclinándola, pues estaba más que segura de que si hablaba le iba a ser imposible

esconder a los ojos de su esposo el amor que sentía por Vitruvio. En todo caso el ánimo

y la afabilidad de Ludovico fueron suficientes para que Vitruvio menguara su falta y en
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unos cuantos segundos se sintió completamente liberado de su culpa, casi desde el

mismo momento en que el recién llegado de pie y haciendo un gesto cabruno muy

característico en él, luego de acariciarse la barba y de mover la testa comenzó a decir

que durante su permanencia en la bella Florencia solo le había dejado unos cortos

momentos para ir a recoger en los cementerios y en las iglesias algunos epitafios que

irían a engrosar su Texto y al mirar hacia el escritorio y ver que allí en el sitio
acostumbrado se encontraba su más preciado tesoro literario encima de su famoso Libro

secreto, sacó del bolsillo de su saco una hoja de papel que desdobló con cuidado y puso

sobre la tapa de mármol del escritorio, mientras los ojos de Lucia y Pascuale se

clavaban sobre las letras y palabras de la hoja, continuó diciendo: _Traigo una sola

decepción de mi entrañable y adorada Florencia, y es que fracasé en mi intento de hallar

en el “palazzo des Uffizis”, los bocetos y planos elaborados por el genial Miguel Ángel

para las tumbas de Julián duque de Nemours, y de Lorenzo duque de Urbino, —

agregando con amargura— que la burocracia que manejaba el palacio y los archivos era

como todo lo oficinesco del mundo, desordenada e ineficiente, puesto que ni los

bibliotecarios ni archiveros ni los directores habían encontrado un solo documento para
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vincularlo a su importante obra. Entonces, mirando en redondo a quienes allí se

encontraban, en especial a Lucia y a Vitruvio, en un tono más bajo y confidencial

agregó:

_Ojalá que a mí no me vaya a ocurrir con mi lápida lo que al gran Miguel Ángel con su

famosa escultura la Piedad que, habiéndola esculpido para que fuera colocada sobre su

tumba, por los azares de un destino adverso, fue a parar, sin motivo alguno y contra su
voluntad al interior de Santa María del Fiore, traicionando el deseo y la disposición de

su autor. Como se había emocionado con el lema les contó que traía además unos

preciosos bocetos y algunas fotografías de! monumento esculpido por Vasari para

meter los restos del genial Miguel Ángel y otros más relativos al NORATE L,

ALTISSIMO POETA DANTE AL1GHIERI, obra del famoso Ricci, y que tal vez lo

que le había sucedido a Miguel Ángel con su famosa Piedad había ocurrido,

sencillamente, porque el acuerdo pactado entre la vida y la muerte no tenía nada de

bilateral ni era un negocio taz a taz, sino al contrario, el más leonino de todos los

contratos porque lo evidente del caso era que tanto el nacimiento como la muerte eran

dos de las pocas cosas democráticas que él había podido inventariar sin que los
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hombres tuvieran ante ellas otra opción. Lucia le preguntó en el momento en que

Ludovico tomó un poco de aire que si la muerte no era como una especie de segundo

nacimiento, pero el erudito sin darle tregua le replicó al instante que con la muerte lo

que ocurría era que abría la puerta de la fama y cerraba la de la envidia y que eso era

todo. Entonces Vitruvio que estaba loco por decir algo, dirigiéndose a su protector le

dijo:
_En alguna ocasión le oí decir a mi padre que él había leído en la Divina Comedia que

la muerte era puerto y naufragio. ¿Ud. maestro que opinión tiene?

_No, Vitruvio. La muerte es solo naufragio y no es puerto ni de embarque ni de

desembarque. Entonces viendo que Lucia seguía embebida en la lectura de los nuevos

epitafios, estando al pie de Pascuale y de Vitruvio, la miró, amorosamente, y sacando

de uno de sus bolsillos un pequeño estuche, lo abrió de modo que todos vieran el anillo

de oro que contenía y acercándose al escritorio dirigiéndose a su esposa, continuó:

_Te traje algo maravilloso e increíble, una joya quizás única en su especie y género la

cual le compré a un orfebre de Florencia en el Puente de los joyeros, —dijo lleno de or-

gullo,— pero no creo que sea una joya auténtica sino más bien una réplica, —agregó—
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y mostrando el ónice ovalado del anillo sobre el cual resaltaba una L. mayúscula y

monográfica atribuida por el vendedor como de Lorenzo Médicis, dejando ver el

rarísimo anillo, amorosamente fue y se lo colocó en el dedo índice de la mano derecha a

Lucia y continuó —se trata de un anillo famoso capaz de contener bajo su ónice cien

dosis de veneno suficientes para matar a cien hombres esforzados o a tres elefantes

según el tósigo empleado— y no había terminado de hablar cuando Lucia lo abrazó y se
le colgó al cuello llena de felicidad, pero más que todo para poder mirar desde allí por

encima de su hombro a Vitruvio a quien con guiños y gestos de cabeza le quería decir

que era un milagro que el hombre que los estorbaba en su amor, pudiera haber traído en

sus manos la solución que sus apasionados corazones anhelaban. Vitmvio maravillado

por el anillo le preguntó que en dónde estaba el sitio que ocultaba el veneno y Ludovico

sin sacar el anillo del dedo de Lucía, levantó el ónice que hada de tapa hermética y le

mostró debajo del engaste la cajita para la pócima y le explicó que si alguien quería

envenenar o suministrar a otra persona una dosis letal lo único que tenía que hacer era

sacar hacia un lado una de las uñas del engaste, darle media vuelta, para que el

dosificador se llenara con el tósigo, girarla una vez más, y hundirla a su posición
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normal, que de ese modo el veneno salía por un huequito similar al resto de aberturas

de la montura: de modo que si se quería cargar el dispensador con una nueva dosis,

bastaba con sacar una vez más la uña para que el tósigo llenara de nuevo el

dispensador. Todo esto se hace “in un, occhiata, in un scatto, in un súbito, in un baleno”

terminó diciendo el erudito que sabiéndolo casi todo ignoraba lo que la gente sabía, que
Jaime ._AIyare Gutiérrez                            B1 ChUpcante Epitafista Don Ludovico di Betto

“los regalos de anillos con el tiempo se convierten en cuchillos”.

CAPITULO VII

Los volcamientos y peligros amorosos suscitados por el regreso de Ludovico a Roma

habían refrenado bastante las citas de los enamorados en casa de Paola, pero las

ingeniosidades de Lucia le hicieron encontrar cada vez más argucias y tretas para poder

verse con su amante y para superar con creces en cada reunión su inagotable

sexualidad. Lo cierto fue que en los seis meses siguientes al regreso de Ludovico los

encuentros de los enamorados se redujeron sin que mermara su pasión, pues en cada

ocasión que se les presentaba paca ir al gabinete en casa de Paola superaban

sobradamente su anterior encaprichamiento, puesto que el impedimento lo que hacía en
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el fondo era aumentar la voluptuosidad de Lucia y la fortaleza de Vitruvio. Durante

esos meses de escuela amorosa y de aprendizaje sexual Vitrubio abrió sus ojos a la

sensualidad y aprendió gran parte del arte lapidario, desde cantear a dovelar, y desde

desbastar a pulir, y desde labrar hasta grabar con toda clase de letras y géneros de

escritura, lápidas y sepulcros. Sus manos fuertes y ágiles habían asimilado los secretos
de todo tipo de cinceles, los golpes de la maceta, los ángulos de corte y “del tutto” y no

solo las técnicas de los tres relieves sino que además había dado muestras de una

ingeniosidad natural para trabajar el mármol todo lo cual terminó por convencerlo de

que ya nunca más se liberaría de esa fuerza geológica impuesta desde la mina que,

indefectible, encarrilaba su vida entre las paralelas trazadas por su origen y por la

fuerza telúrica de su indescartable destino. En ese lapso de amores y de ensueños

irrepetibles, el peligro, de una parte, y la impotencia de Ludovico, de la otra, se

constituyeron, a medida del discurrir del tiempo en los más grandes alicientes para la

incitación al crimen y la aventura por parte de Lucia quien casi permanentemente le

pedía a su amante que la ayudara a eliminar a su esposo a tal término y descaro que en
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un momento dado llegaron a hacerle creer a Vitruvio que el obstáculo que se oponía a

su felicidad y a la de Lucia si no era removido por él, sería, inexorable y trágicamente

removido por Lucia. Esta era a su juicio una mujer tremendamente apasionada,

dispuesta en todo momento incluso a jugar su corazón en paro contra el destino y por lo

tanto capaz en un acto vil y despreciable de envenenar a su marido. Sin embargo y pese

a juzgar ese acto como reprobable, su decisión la hizo ver ante sus ojos como un ser
maravilloso hasta hacerle entender que era él quien debía correr los riesgos mortales,

pues ya se había convencido hasta la saciedad que solo él encontraría la solución que,

dándole gusto a la abominable propuesta, redimiera a Lucia del monstruoso crimen,

salvándola para su corazón enamorado, pues ya eran varias las ocasiones en que sus

palabras y sus hechos, sus acciones y sus manos, habían logrado detener la muerte de

Ludovico, su protector y su padre putativo, y por quien sentía una inmensa estimación.

Ese tiempo precioso e irrepetible había sido propicio para que fuera de gozar su

juventud se enterara de muchas cosas más y para que se estableciera en casa del

maestro Pascuale en cuyo hogar vivía. Hasta allí llegaban ocasionalmente, algunos de

los operarios del taller, generalmente los días de descanso, bien para celebrar algún
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pequeño acontecimiento social, departir amigablemente o para tomarse algunos vinos.

Desde luego y sin que nadie se lo propusiera cada vez que allí se reunían, la

conversación, inevitablemente, caía de un momento a otro sobre las vidas de Ludovico

y Lucia, de tal modo, que a las pocas palabras y a los menos vinos la salacidad con que

algunos solían hacerlo saltaba sorpresivamente sobre el tema propuesto. De ese modo

Vitruvio se enteró casualmente de algunos aspectos de la vida de Lucia, precisamente
cuando Pascuale que hablaba poco pero que movía y accionaba sus manos para decir

muchas más cosas que con su boca, como suelen hacerlo los italianos, dijo más con sus

gestos y manos que con sus palabras, pues estando ya bajo el efecto del vino, dejó que

saltara la verdad sobre su rostro coloreto de suyo convincente y como si quisiera dar

cumplimiento al aforismo romano de “in vino veritas” al ir a hacer el elogio de la vida

de la naturaleza y del sexo, de un momento a otro, alzó la copa para brindar pero antes

de hacerlo canturreó con entonación redonda casi de barítono una coplilla cazorria hasta

el cuatrotanto que no tuvo ningún reparo en ir acompañando farsadamente con su

accionar de manos y echando en la copa un poco de agua, entonó:

_“Acqua fresca”, y después, escanciando en otra un poco de vino, vocalizó: “e vino
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puro”, y uniendo sus dedos índices y pulgares por las yemas, armando un pubis, cantó:

“fica stretta”, y finalmente, golpeando fuertemente con la palma de su mano izquierda

contra la articulación interna del codo de su brazo derecho, con la mano empuñada,

entonó: “et cazzo duro”, lo cual resultó más que eficiente para que bajo su mando

musical y gestual, los contertulios ebrios, corearan por dos o tres veces más tan absurda

improvisación, repitiendo obscenos y al unísono las palabras y acciones de Pascuale.
Así, de ese modo y de esa manera, Vitruvio, poco a poco, fue penetrando en un mundo

que por no ser suyo rechazaba interiormente, puesto que sin ser partidario de

francachelas ni amigo de la vulgaridad de sus compañeros de trabajo, sí sacó de ellas

algunas verdades que hasta entonces no había podido descifrar en razón a la inex-

periencia de sus años mozos, pero más que todo, porque Lucia en su intento de

marearlo le había simulado ser dueña y poseer algunas riquezas hijas más que todo de

su imaginación desbordada que la hacía ingeniar fábulas sobre opulencias, dignidades,

patronatos familiares, y patriciados, pues ella sabía que de esa manera atraería mucho

más a su amado, y a todo su corazón. Fue después de una de esas reuniones cuando al

indagar sobre las supuestas fortunas de la “Lammermoor”, un compañero de trabajo, un
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tal Inocenzo Cipolleta, de una manera vulgarísima y más bestial que categórica, para

referirse a los bienes de la cantante frustrada, le dijo que Lucia siempre había sido una

mujer pobre ya que solo había sacado la pata del barro luego de casarse con Ludovico

quien si era un hombre bastante rico y que era claro, que, para lograr esa unión, se había

valido de su única riqueza natural que no había sido la de su voz, pero que como ese

tesoro natural había sido tan bien administrado, tan inmejorablemente explotado y tan
maravillosamente conservado por ella, esa riqueza, la había llevado mucho más alto y

lejos que el mismo oro. Fue en ese brutal instante cuando el ingenuo del Vitruvio, que

además estaba loco por saber cuál era esa riqueza natural, dirigiéndose al ebrio le

preguntó qué cuál era ese tesoro, y el palurdo con su desvergüenza habitual, luego de

mirarlo al rostro y sin mostrar el más pequeño inconveniente le respondió:

_La única riqueza que Lucia ha tenido no sé sí heredada o no, ha sido la de su culo. Lo

que sí sé es que la ha administrado tan bien, desde sus tiempos de cantante/ hasta el pre-

sente, que, dilapidando como todo botarate su riqueza inicial en aventuras de todo

lance, en cambio de mermarla o de perderla lo que ha hecho es aumentarla, pues era

evidente que entre más años pasaban, su ostentoso trasero se había hecho más notorio,
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más firme, más retador y mucho más prominente. Es cuanto sé, —agregó—, y lo sé

porque sin saber una sola palabra griega en más de tres ocasiones le he oído decir a

Ludovico, dirigiéndose a ella, “Proktopenteris” en circunstancias que confirman mi

apreciación y porque, además, la intuición me dice cuando él la llama así, Ludo- vico se

refiere como todos los sabios no a algún principio de la ciencia pura sino al trasero de

su amada.
_ ¡No puede ser! No lo puedo creer, y es absurdo cuanto dices. Estás borracho porque

Lucia es una mujer casta. ¡Ella es una señora respetable!

_Claro que lo es, porque castas son todas las mujeres que uno no ha conocido ni

gozado. Por eso es que Lucia es casta tanto para Ud. como para mí.

CAPITULO VIII

Los seis meses de refrenado amor habían hecho palpitar el corazón de Vitruvio

intensamente y atormentado su pensamiento de manera permanente, pues la pavorosa

idea de Lucia de eliminar a Ludovico crecía y crecía de tal modo que llegó un momento

de tan grave desesperación que estuvo a punto de compartir el designio criminal. Solo

que su recio fondo moral le hizo superar la idea que embargaba a Lucia, a quien como
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él quería y adoraba se sentía obligado a liberar de tan desalmado descabello.

  Sin embargo, como Lucia era una mujer bastante obstinada, reiteradamente, le

propuso envenenar a Ludovico. Solo que el temor reverencial que sentía por don

Ludovico lo llevó a buscar y a encontrar no solo argumentos valederos para rechazar el

delito sino para frenarla en la ejecución de esa torpeza. Sin embargo, su testaruda

enamorada volvía, como en tantas otras ocasiones lo había hecho, a enseñarle el anillo
ovalado que Ludovico le había regalado, y que un día que Vitruvio recordaría durante

toda su vida, Lucia, exhibiendo su destreza le enseñó como era de fácil maniobrarlo y le

exigió, además, que si en verdad la amaba le consiguiera un tósigo, “cianuro, arsénico o

algo mucho más tóxico para envenenar a su rival”, le dijo sin temores, por lo que

Vitruvio que no había hecho más que devanarse los sesos sin poder hallar una solución

que lo liberara y lo exonerara de tan nefasto propósito y de tan amargos sufrimientos,

lapso durante el cual nunca supo por quién era que sentía amor o aprecio, si por la

obcecada Lucia a quien consideraba como a una novia o si por el chiverudo filósofo a

quien estimaba casi como a su padre, por lo cual lleno de confusión, al final del día, y

con el ánimo de ahuyentarla de esa fatalidad, tuvo el valor de rechazar semejante
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desafío, como otras veces lo había logrado. Por eso, para poner punto final a la

temeridad y a las absurdas pretensiones de su, amante, para asustarla le dijo:

_Cuidado Lucia con ir a cometer semejante locura. ¿Es que acaso tú no sabes que el

envenenamiento con cianuro es tan notorio que salta a la cara del muerto y deja más

huellas que las que deja un criminal inexperto?

_ ¡Y qué importa si muere! ¿Es que acaso esa muerte no te libera y me libera?, —le
respondió, por lo cual ante tan terca insistencia, arriesgándolo casi todo, en un gesto de

valor que nunca había tenido, puso sobre un plato de la balanza sus sentimientos y su

amor por ella, y en otro, su admiración y reconocimiento por Ludovico, y con

vehemencia la increpó: _ ¡Si Ludovico llega a morir envenenado ten presente que no

vacilaré en denunciarte! ¡Tenlo por más que seguro!

_ Entonces la verdad es que tú no me quieres, y que por cobardía me condenas a vivir

una farsa matrimonial junto a un hombre impotente. ¿Es esa tu manera de adorarme?

_Te adoro. Y tú eres mi todo, mi vida y mi alma. Pero jamás asesinaré a tu esposo.

Óyeme bien, ¡jamás! ¡Nunca!

_Son mentiras. Lo que pasa es que tú no me quieres y por el contrario me desprecias.
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¿No te das cuenta que me quieres compartir con otro hombre?

_ ¡Te quiero con toda el alma! ¡Esa es mi verdad!

_ ¡Pues si es verdad que tú me quieres tu deber es matarlo! ¿Es que no puedes

comprender que ambos tenemos necesidad de envenenarlo?

_ Matarlo es el funesto error de corazón que anubla tu cerebro.

_¡Matarlo no es una equivocación! ¡Es nuestro derecho y es nuestro deber!
_Estás loca Lucia porque matarlo seria nuestra peor equivocación.

_Lo he pensado y repensado y no tenemos ni existe una alternativa distinta a la de

envenenarlo bien sea con cianuro o con agua tofana —le había respondido

categóricamente, sosteniendo como mujer terca una pasión que ella consideraba normal

pero que Vitruvio estimaba no solo anormal sino antisocial, pues como siempre, cada

vez que se enredaban con ese tema lo que él ganaba en razón lo iba perdiendo ella en

cordura, pues llena de sentimientos egoístas y pasionales estaba a punto de perder hasta

la razón. Pero algo inesperado ocurrió, precisamente, en el instante, cuando Vitruvio

que la amaba con el alma le pareció ver flotando una luz sobre la ejecución del crimen

y al vislumbrarla tomó la decisión de salvarla, más que todo, porque después de tantas y
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numerosas reflexiones estaba convencido hasta la misma saciedad de que si él no lo

hacía o no asumía la responsabilidad del crimen, ella, insensatamente lo haría, caso en

el cual la perdería para siempre. Su bella y muy apasionada Lucia siendo un ser

excepcional y una ardorosa amante era además un criatura peligrosa a la cual tenía que

proteger para que no llegara al crimen pasional. En efecto, sin llegar a ser una mujer

abominable, tal vez por ganarse el tiempo que estimaba indispensable disfrutar o
anticipar para su vida, quería brindarle cuanto a ella le sobraba en deseos, puesto que

había entendido que en la futura fuga de su vitalidad, en la atormentadora conciencia de

sus años, en la decrepitud de Ludovico, y por la impetuosa vitalidad de su adorada

amante, este se alejaría, luego la abandonaría a su soledad, y ante semejante angustia y

temor, que cada día la dominaba más y más, había llegado el crucial momento en que si

él no la detenía, ella en cualquier oportunidad desencadenaría la tragedia y en medio del

delirio envenenaría a Ludovico. En efecto su obnubilación había aumentado no solo en

el número de incitaciones sino en la cantidad de propuestas y de sugerencias. Lucia ya

no actuaba para poder gozar su amor libremente, sino estimulada por una especie de

avaricia sexual, la cual la poseía de tal modo, que la había convertido de rosa aromada
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en una flor salvaje y sin aroma, llena por todas partes de punzantes espinas y de púas

montaraces y lacerantes a tal término que si las cosas continuaban así no tendría otro

remedio que el de los sepultureros ebrios de ir a brindar sobre el cráneo vacío de un

hombre bueno como Ludovico, por quien en ese momento no sentía celos ni odios sino

una inmensa compasión. Se revelaba Vitruvio como un ser razonador y como un

analítico nato pues penetrando en su problema, por estar totalmente enamorado de
Lucia sin embargo, loco de amor ni padecía de un amor de loco, sino lo contrario, un

amor racional como sus compromisos y sus juramentos mediante los cuales no solo le

iba a ser fiel sino a salvarla para poder adorarla hasta la muerte y acompañarla hasta la

tumba si era menester, pero más que todo, para impedir por todos los medios que ella,

en un momento de ofuscación pudiera desatar la tragedia. Tal vez Lucia vivía el rapto

ansioso de una obsesión total por avidez sexual, pues teniendo mucho más que todas las

amantes, sin embargo, desde el hondón de su alma, quería que no solo a “su hombre”,

como le decía, sino que su “bambino de oro”, fuera para ella por todo el tiempo y toda

la vida, pues sus exagerados impulsos sentimentales, obnubilándola, ya no le permitían

distinguir ni entre la bondad del amor puro y la impiedad descabellada e inicua del
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absurdo asesinato.

  Sería él, únicamente él, quien en medio del letal desconcierto debía encontrar la

manera de sofocar hasta el fondo, así fuera con el uso del fuego o con cenizas, los

ardores de tan insana pasión y esperar a que el tiempo con su curso normal cancelara la

vida del sabio protector, Ludovico di Betto, un hombre al que él amaba pero de otra

manera. De suerte que la luz que ese día se filtró en su mente como un relámpago que
iluminó su infortunio, pese a constituir un riesgo mayor, resultó ser a la postre la

solución encontrada en su cogitación como la vía ideal para escapar, superar y perder

para siempre la realidad señalada por la fatalidad de su destino. Pensando así, y luego

de darle muchas vueltas al asunto decidió aceptar y seguir ese camino y al encuentro

siguiente, en el momento en que Lucia menos lo podía esperar, ya que acababan de

hacer el amor, es decir, estando aún bajo el peso de la cuarta felicidad orgásmica,

actuando como quien no quiere la cosa, pero eso sí de manera ostensible para que ella

lo viera con toda claridad, tomó en sus manos el anillo que ella había dejado junto con

sus otras joyas, sobre la mesa de noche, como era su costumbre, y luego de examinar,

detenidamente, el ónice, el monograma y el engaste, en su presencia, pacientemente,
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sacó la uñita del anillo, la giró y luego de alzar la tapita, examinó curiosamente, cómo

era que funcionaba el dosificador por lo cual Lucia, al verlo, no dudó en preguntarle

cuál era la causa de su intrigante y curioso planteamiento y él que había estudiado

detenidamente cuál debía ser su comportamiento y que sabía cuál iba a ser el efecto de

su respuesta, de manera natural, y sin mirarla le respondió, serenamente:

_Realmente la única solución que tenemos para poder amarnos libremente y encontrar
nuestra felicidad es la de envenenar a Ludovico.

_ ¿Pero cómo puede ser posible, que de la noche a la mañana suceda un cambio tan

radical en tu manera de pensar? ¿Qué te sucede? —le preguntó llena de intriga

levantándose desnuda y llena de ansiedad.

_No es un cambio infundado sino un cambio racional. La muerte de Ludovico es la

única solución que tenemos para encontrar nuestra felicidad. Eso es todo Lucia.

_Pues si es así consígueme el veneno que yo se lo daré gustosa, en la primera

oportunidad que se me presente, para que se resbale por su sangre y lo mate, —dijo

exaltada para luego besarlo con ternura.

_No te preocupes; el veneno ya lo conseguí. Lo que me pasaba Lucia es que no podía
                89                                                   63
aceptar de ninguna manera, que tú fueras y lo envenenaras con algún tósigo que te

delatara o con algún sublimado de esos tan comunes que dejan trazas notorias, y no con

un filtro o pócima lento pero de todos modos letal.

_ ¿Y qué clase de veneno es ese que tú ni mencionas? ¿De qué veneno se trata?, —le

preguntó intrigada.

__Es un veneno medioeval que suministrado en tres dosis diarias de un milímetro
cúbico, cada una, es capaz de despachar de este mundo al hombre más fuerte, sin dejar

una sola huella ni un solo rastro de su empleo.

_ ¿Y por qué no matarlo de una vez, para qué tanta espera si los hay de efectos

inmediatos?

_Porque con su uso, pase lo que pasé, hágase lo que se haga, e investíguese lo que se

investigue ni la policía ni los científicos encontrarán una sola pista del crimen. —Sé

que de su buen uso depende la efectividad de esta “sentencia di norte”, —terminó por

decir, con la misma frialdad conque suelen hablar de sus crímenes los más avezados

asesinos y los jueces que los juzgan.

  Entonces Lucia que no había cesado de besar a Ludovico contagiada de alegría,
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rebozó las copas de vino y dijo que juraba por los dioses que le suministraría tres veces

al día el tósigo a la víctima, y alzando la copa para brindar le pidió a Vitruvio que le

jurara “soto pena di norte” que cumpliría el pacto criminal, y una vez que este lo juró,

entrelazándose a la desnudez de su amante, ebria de felicidad, como posesa erotómana,

le besó el desmesurado sexo, reclamándole con sus ojos y gestos un orgasmo más, que

completara su felicidad sin sombras. Con los sentidos embotados de placer y de vino,
Vitruvio, antes de entregarle el anillo, parsimoniosamente, le levantó la tapita de ónice

y quitándole el corchito a un frasquito que tenía por etiqueta una calavera y unas tibias

entrecruzadas, suavemente lo golpeó con los dedos en la boca, y tan pronto como cargó

el depósito con el veneno lo tapó, y colocándolo en el dedo índice de Lucia, ahora sí,

“como anillo al dedo”, le pidió que al día siguiente debía empezar a darle las tres dosis

a Ludovico, y le exigió guardar silencio, y callar para siempre. Vitruvio, luego de

abrazarla y de llorar sobre el hombro de modo que comprendiera la gravedad de su

empresa, le agregó que el contenido del anillo hacia cien milímetros cúbicos y que si

por algún motivo el veneno se llegaba a agotar él se lo recargaría de modo que jamás

fuera a faltar en el dosificador. Que tuviera mucho cuidado y no fuera a entrar en
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contacto con el veneno y que nunca se fuera a lavar las manos con el anillo puesto.

^Pierda cuidado mi amor porque ni siquiera a un mudo le contaría nuestro secreto. Sé

los peligros que acarrea el tener que callar lo oculto porque conozco el afán que, por

revelarlo, desata en las mentes lo enigmático. Sé que un mudo puede incluso recuperar

su voz para revelar un íntimo, pero también sé que si mi madre muda me pidiera que se

lo contara, jamás se lo diría así la condenara a seguir siendo muda para siempre y que
no lo haría porque si lo hiciera, ella, indefectiblemente, me traicionaría.

CAPITULO IX

Hacía más de una semana que la muerte caminaba en pandillas en el apartamiento de

Ludovico, pues Lucía, a partir del domingo, con el sigilo natural, le había suministrado

a la victima, sin mancar un solo día, tanto en las bebidas como en los alimentos, los tres

milímetros de “apostolicon” bajo la irrevocable decisión de salir de su esposo a la

mayor brevedad. Durante esa infinita semana, la atosigadora, observó a Ludovico tanto

física como espiritualmente y en su comportamiento habitual. Fue por eso que el

miércoles, cuando ella caminaba desnuda por la alcoba se pudo dar cuenta con toda

claridad que su esposo la miraba con los Ojos arrobados como en los tiempos de
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enamorado, es decir, intensa y apasionadamente. Por el fuego de los ojos satánicos y

por sus vehementes palabras, recordó sus años mozos cuando el ingenioso barbudo,

convertido en un auténtico macho cabrío, con el sexo erecto, la acosaba por las

habitaciones, incitándola y retándola a hacer el amor. Pero las situaciones eróticas no

terminaron ahí, y por el contrario, aumentaron, como en un crescendo, de suerte que al

amanecer del jueves Ludovico la abrazó y llenándose de una intensa pasión le besó la
vulva, interminablemente, hasta dar con su longa y carnosa “alectryana”, y al remontar

la sima pasional, deseando con ardentía “fare 1e amore” y juntarse poro a poro a ella,

eyaculó rematadamente, diciéndole y repitiéndole “proktopemteperis”, como no lo

decía desde hacía cinco años, por lo cual, alarmada con la nueva situación corrió y le

contó a Vitruvio cuanto hasta ese instante le había sucedido; mas como este solo se

interesara por el Significado de las palabras griegas empleadas por el erudito, Una vez

que Lucia le explicó que “alectryana” era el “gallo femenino” o clítoris, y que la otra

palabra lo que quería significar era, “un culo de esos que no se ven sino cada cinco

años” sonriente y sin darle mayor importancia a lo sucedido se limitó a responderle:

_No se preocupe y esté tranquila porque el anticuario que me vendió el veneno
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elaborado con las doce pócimas, llamado por las males artes ponzoñosas con el nombre

de “apostolicon”, me aseguró que el primer efecto que se notaba con el uso del tóxico

era el de que su empleo estimulaba sexualmente a la víctima durante los primeros días,

porque además de matar, tenía resultados príapicos no solo durante la vida de la víctima

sino sobre el interfecto, pero que esas señales previas al desenlace letal no la debían

preocupar sino alegrar porque eran el más claro indicio de la eficacia del “apostolicon”.
Vitruvio, le habló con la seguridad de quien está en la posesión de la verdad, y así,

luego de felicitarla por el éxito inminente de su confabulación, —le agregó—, tenemos

y debemos esperar tranquilamente.

  Pero a la semana siguiente como los efectos amatorios del “apostolicon” no solo

habían aumentado en cantidad hasta por cuatro, y en calidad hasta por tres ya que los

impulsos libidinosos habían crecido cuantitativamente en deseos y cualitativamente en

el temple del arma, volvió alarmadísima ante Vitruvio y le dijo:

_Ludovico ha recuperado totalmente su capacidad sexual y eso me tiene enojada. Ya no

me deja dormir, y aun cuando “la barba non fa il viro, la barba di becco si fa il hombre”

(la barba no hace al varón pero la barba del cabrón si hace al hombre) le cuento que me
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acosa por todas partes para que hagamos el amor hora tras hora, y a cada rato me repite

el famoso verbo inventado por Aristófanes “kalatriakontoutisai” o sea clavar el venablo

tres veces mas como me niego a hacerlo hasta me insulta llamándome:

“argomoniatiquo” o sea llamándome culo inútil. Es como si la inminencia de la muerte

le hubiera devuelto el vigor de la juventud —le confesó— por lo cual Vitruvio que

sabía que era exactamente lo que le pasaba a Ludovico, dejando ver el arco canino de
su risa le respondió, que esa era la manera de poder saber si el “apostolicon” obraba. La

verdad es que a la tercera semana de haber comenzado el envenenamiento, Lucia vino

presurosa a la casa de Paola, y allí en el gabinete de la celestina le contó que el docto le

había dicho con alguna alarma que no entendía ni podía comprender cómo ni por qué,

había podido recuperar su remota capacidad amatoria puesto que, sexualmente, se

sentía como cuando tenía veinte años.

_ “Ese hombre es capaz de todos los excesos y está fascinado con su reciente e

inagotable virilidad. El cree que, como la llama en extinción tal vez está dando el

último y el más intenso fulgor”, oído lo cual, Vitruvio no tuvo inconveniente en

contestarle que, eso era así y que debía esperar porque la escabechina era inminente.
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Lucia al oír la fría respuesta, entendió que Vitruvio no tenía en cuenta para nada su

situación, y llena de furia le dijo que, ella no iba a soportar por más tiempo la satiriasis

de su marido y que a partir de la cuarta semana ni le atendería sus requerimientos

amorosos ni dormiría más con él, por lo que Vitruvio trató de disuadirla de semejante

actitud, pero a la semana siguiente, cuando Ludovico hecho un sátiro la quiso abrazar,

agriamente lo retó, diciéndole que si era que se sentía muy viripotente fuera y se
consiguiera otra mujer porque ella estaba decidida a no acostarse jamás con él.

Entonces, colérica, le gritó al sonriente Vitruvio que si era que él estaba de parte de

Ludovico lo que le faltaba era algún tomillo porque ella, a quien realmente amaba era a

él, y que si él tenía un poco de sensatez debía comprender que su amor no era una rifa

con dos boletos o un sorteo a cara o cruz sino con un solo signo y que como ella no

estaba dispuesta a jugar su corazón a cara y sello, le quería decir que en tratándose de

amores no podía amar sino a un solo hombre porque ella como las buenas amantes no

tenía más que un corazón. Estas negativas de parte de Lucia y los requerimientos amo-

rosos y rijosos por parte del esposo la exasperaron tanto que, en un momento de cólera

llegó a decirle a Vitruvio que si Ludovico no moría rápidamente ella prefería esperar,
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para que este “moriré di morte naturale” y que si Vitruvio lo que quería era “salvar la

pelle” los que tenían que ponerse de acuerdo eran ellos y nadie más. Pese a todo, al

final, como siempre ocurría, Vitruvio terminó por convencerla de la inutilidad de su

repudio hacia el esposo, y fue así, como a los días de volver a aceptarlo y de compartir

con él el tálamo nupcial, exactamente, al amanecer dominical siguiente, cuando nadie

lo sospechaba ni mucho menos lo podía esperar, el rijoso docto, luego de exhibirse
desnudo y de pasearse orgullosamente por la habitación con el sexo empinado como

nunca antes lo había logrado; luego de abrazarse a su “prima donna”, con los ojos

electrizados de lubricidad, y con el corazón encabritado, listo “per amare alia follia”,

como se lo dijo, y dispuesto a “moriré di felicita” luego de acoplarse a su endiablada

esposa quien al no poder resistir por más tiempo tan magistral tentación erótica, &e le

entregó con tal ardor, de tal manera y con tanta pasión que, cuando Ludovico quiso

hablarle emocionado, dejó escapar un chorro de palabras inconexas y sin sentido

alguno, agitado por el más copioso orgasmo que desaguó en su vida, y ya en el

momento final del interminable goce, fulminantemente, de un momento a otro, se

desapercibió del acto, y por algunos segundos se quedó casi quieto; después se reclinó
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sobre un almohadón, se tentó la barba a su manera, es decir, sacudiendo la testa y ya

con el rostro pintado por una palidez mortalmente hermosa, casi un cadáver, haciendo

un esfuerzo mortal, exclamó:

_ “Grazie Lucia per questa felice morte con la seguridad de todo el mundo retocando la

verdad de su rostro y enseñando en la santidad de sus ojos las delicias del pecado, y en

sus labios trémulos las vacilantes palabras de su despedida, y antes de que sus ojos se
cerraran haciendo un esfuerzo final dijo:

_Lucia “e morto molto felice” y ya en un adiós postrero, cerrando los ojos, unos

segundos antes de “andaré all, altro mondo”, en el “ultimo momenti di vita” se llevó la

mano al corazón y lleno de reconocimiento, repitió como un santo moribundo:

_Queriendo “moriré di felicita e morto molto felice” y dando un pequeño tumbo sobre

la cama, rodó al suelo, lleno de santa unción, convertido en cadáver. Ludovico había

muerto, exactamente, treinta días después de que Lucia comenzó a dosificarle el

famoso “apostolicon” tal como Vitruvio lo pronosticó y fue a partir de ese instante

cuando ante las posibles sospechas sobre el crimen, los sentimientos de pesar y las

manifestaciones de dolor que mostraron tanto entre amigos como ante extraños
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sirvieron para venir a propiciar entre las autoridades médicas y judiciales un gran

respeto por su duelo, especialmente por el acongojamiento de Lucia, pues ella, llena de

franqueza en cambio de negar o de tratar de ocultar las circunstancias íntimas de la

muerte del esposo, las afirmó severamente ante el médico personal de Ludo- vico, las

ratificó ante las autoridades, las confesó de igual manera ante el médico forense, dando

tantos visos de verdad a su palabra y a los hechos que nadie llegó, a sospechar ab-
solutamente nada sobre las causas de la muerte, a tal término que, según lo certificó el

médico, Ludovico había muerto de un infarto múltiple como lo aseveró su galeno, lo

confirmó el legista en su experticia, cuando afirmó que el corazón del finado más feliz,

presentaba doce lesiones auriculares y ventriculares que le habían reventado las paredes

de su débil corazón hasta el pericardio como si una granada hubiera sido deflagrada en

su interior. Las pompas fúnebres espantaron mucho más a los enamorados que la

muerte y durante las exequias la conducta observada por la viuda así como el ale-

jamiento de Vitruvio de su lado conformaron tal visión, para Pascuale, los operarios del

taller, los dolientes y los amigos, quienes, compungidos con el deceso del magistral

epitafista dejaron que sus lágrimas rodaran a torrentes y que con sus frases afirmaran
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que el sabio epitafista, el finado Ludovico, no solo había sido el más glorioso

marmolista del orbe sino el mejor y el más justo patrón. Vestidos de luto riguroso y a

pie marcharon unidos tras la carroza fúnebre apesadumbrados y llorosos, acompañados

por los repiqueteantes cascos de los cuatro caballos negros que con su ruido monótono

y sus sombrías estampas solo dejaron de conmover a los asistentes cuando el carruaje

se detuvo a la entrada del camposanto. Allí los trabajadores izaron el ataúd sobre sus
hombros y a paso lento lo llevaron hasta la cripta, pues teman el presentimiento y la

sabiduría del aforismo italiano de que como el viaje de Ludovico era bastante largo,

“chi va piano va lontano”. Con todo, una pequeña fatalidad estuvo a punto de dar al

traste con la ceremonia final, pues luego que metieron la caja negra entre la fosa,

Pascuale, que había sido el encargado de fijar la lápida con los famosos cuatro clavos

de bronce, al momento de ir a hacerlo, por circunstancias imprevisibles, dio un traspié,

y al rodar por tierra con todo y lápida, la convirtió en añicos dejándola inutilizada para

siempre. Superado el incidente, Lucia le ordenó de una vez a Pascuale y a uno de los

trabajadores que emprendieran de inmediato la elaboración de una nueva lápida que

eternizara la memoria de su difunto esposo. Un día demoraron Vitruvio, Pascuale y
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algunos trabajadores en tener lista en el camposanto la nueva lápida y al día siguiente

fueron y la colocaron en su sitio descollando entre todas por la albura nívea de su

pulimento, y más que todo porque el ingenio lapidario de Vitruvio, asesorado por

Pascuale había logrado repetir lo irrepetible y aunar y mejorar en un solo cuerpo los

elementos exomativos de la antigua lápida, dejándolos en su sitio y mejorando la

escritura, pues el larguísimo epitafio redactado en vida por el sapiente Ludovico había
sido sustituido por uno mucho más breve que a la letra decía:

“E posibili moriré di felicita”

   “Quigiace Ludovico di Betto il degno marmistan lapidario e erudito uomo che disse

firase: sono morto felice”

   Al regreso del cementerio Lucia se lamentó ante Vitruvio de que se hubiera reído al

momento de ir a sujetar la lápida, pero la explicación que este le dio de que lo había

hecho porque tanto él como ella eran las únicas personas que sabían las verdaderas

circunstancias del deceso, satisfizo su protesta y más tarde se olvidó por completo de

ella cuando por la noche vio entrar a su amante a su apartamiento sin los temores ni las

restricciones de antaño, como si fuera el amo de la situación. Esa noche Lucia vio a
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Vitruvio como un Adonis lleno de vitalidad, con la apostura de sus escasos veinte años,

enseñándole su amplia sonrisa y su hermosa dentadura de perro hambriento, como si

con su gesto quisiera pronosticar que la noche romana no se iba a esconder bajo sus

párpados tratando de tapar con ellos el resplandor de sus ojos apasionados, y al verlo

tan esplendorosamente desnudo y bello, se juró, a sí misma, que por ningún motivo iba
a permitir que la inmensa riqueza que estaba al alcance de su mano se le esmuciara y

como si quisiera hacer grandes méritos ante su amante por la importante participación

en la muerte de Ludovico y con tal de que Vitruvio ni la olvidara ni la dejara de amar,

concienzudamente le dijo:

_ ¿Cómo te adoraré Vitruvio que con tal de tenerte a mi lado para siempre, fui capaz de

mandar a Ludovico al otro mundo? “II mondo di la”

_ ¿Y cómo te adoraré yo a ti Lucia, que para no perderte, discretamente, evité que

asesinaras a tu esposo?

_ ¿Qué impediste, si tú fuiste mi cómplice en la compra del “apostolicon”, mi maestro

en el uso del anillo, en el llenado del depósito y en el accionar del dosificador? ¡Para
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qué mientes si tú mejor que nadie conoces la verdad!

_No te miento. Lo que pasa es que tú sabes tu verdad a medias y yo sé la mía, completa.

Tu verdad es que tú lo envenenaste y la mía que yo te salvé de que tú lo envenenaras.

Que te salvé del crimen.

-¿Por qué y para qué tú quieres engañarme? ¿Acaso no fui yo quien lo envenené día a

día, suministrándole con mis manos la dosis mortal?
-Pues ni te engaño, ni tú lo envenenaste porque nunca le diste algo ponzoñoso.

Simplemente le diste el “apostolicon”

« ¿Y qué hay con eso? Si se trata de un tósigo probado y eficaz.

Algo bastante sencillo Lucia. Que el “apostolicon”, para que lo sepas, no es un tósigo

sino un afrodisíaco. El más famoso excitante conocido. Nada más ni nada menos que un

compuesto de cantáridas en polvo, altincar, cacao sabanero, ging seng, testosterona,

cuerno de rinoceronte, hueso de guache y cinco substancias más a cual más de

afrodisíacas. Míralo, conócelo —le agregó— y vaciando el “apostolicón” que aún

quedaba dentro del frasquito en el depósito del anillo monogramático, le pidió a Lucia

que le diera una dosis para que ella comprobara que no era venenoso y cuando esta lo
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dosificó sobre la palma de la mano, Vitruvio se lo pasó con un poco de vino y

trayéndola hacía él, la abrazó y le hizo el amor desde el anochecer del sábado hasta el

amanecer del domingo y desde ese amanecer hasta el amanecer del lunes, sin parar ni

darle tiempo para que cargara con más culpas, puesto que liberada de la culpabilidad en

el crimen, por las experiencias que vivió esa noche, supo que Vitruvio no solo la amaba

sino que había sido el único hombre de talento que la había querido de verdad. Con el
deceso de Ludovico el mundo antes reducido de Lucia y el de Vitruvio se amplió y se

diversificó de tal modo que ella pasó de una vez a ocupar la dirección de la

“Marmolería La Romana”, por una parte, mientras que él, por la otra, llegó a ser el

administrador y contador general de la empresa. Entonces una racha incontenible de

prosperidad comenzó a atraparlos, solo que el reciente embarazo de Lucia y la inde-

terminación que ella sufría de no saber, exactamente, quién era el padre de su hijo, sí

Ludovico o Vitruvio, la llenó de desesperanza, mucho más cuando su abogado le pidió

que no fuera a abortar por ningún motivo, advirtiéndole que si surgía alguna acción

legal en contra de sus intereses, el hijo de su esposo, seguramente no sería el heredero

de éste, por lo que le aconsejaba esperar al nacimiento del póstumo, para entonces sí
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poder colegir, de la fecha del nacimiento la de la concepción, pues que si el crío nacía

nueve meses y un día de la fecha del deceso de Ludovico el niño no sería, legalmente

hijo de Ludovico sino de otra persona y que en dicho evento si alguien tenía algún

interés jurídico en el asunto podía con base en ese hecho impugnar la paternidad del

niño. Todo ese discurso ininteligible y farragoso para ella sin embargo la hizo

resignarse a esperar el desarrollo normal de su embarazo. Vitruvio, asumió entonces, la
totalidad de las funciones que antes ejercía Ludovico y aun cuando se sentía en

posesión de la riqueza, de la belleza, de su estrella y de su aventura, sin embargo, cada

día se convencía más y más de que ya le iba a ser casi imposible huir del influjo de la

nívea mina. El mármol estaba irrevocablemente unido a su destino y lo marmóreo se

pegaba a su hado y lo asediaba por todas partes. El Libro secreto y el Texto de epitafios

se habían convertido en los goznes espirituales sobre los cuales giraba su curiosidad y

su formación intelectual. Era cierto, en todo y por todo que los muertos gobernaban a

los vivos en esta tierra en donde los nacidos de mujer no éramos más que unos recién

aparecidos le dijo esa noche a Lucia, y esta que había leído mucho más que él los libros

con una sonrisa más amplia que una puerta de iglesia, le replicó:
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_No te preocupes por los muertos, preocúpate por los vivos, dejemos en santa paz al

pobre del Ludovico y esperemos el nacimiento de mi hijo.

_Dices con toda la razón y lo dices muy bien que debemos esperar el nacimiento de tu

hijo, porque solo tú sabes la verdad. Tengo fe de que tu hijo sea mi hijo y no el hijo de

Ludovico.

_Así es. Porque que el niño es mi hijo, es verdad; que su padre sea Ludovico o que lo
seas tú es cuestión de fe, máxime cuando de la fecha de su nacimiento se puede llegar a

colegir la de su concepción.

CAPITULO X

El nacimiento del infante despejó enteramente el arcano que pendía sobre su

paternidad, pero no en los términos en que la ley lo presumía, porque como este mundo

es un tesoro de trampas y de armadijos aún mucho más raros, si por el aspecto legal era

evidente que de la fecha del nacimiento se colegía la de la concepción, tal como se lo

dijo el abogado a Lucia, el niño, por haber nacido siete meses y medio contados a partir

del deceso de Ludovico, legalmente, era y tenía que ser considerado como hijo de éste,

pero no, materialmente, puesto que sus padres vinieron a comprobar sin presunciones
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sino por hechos mucho más notorios que, el niñito era hijo de Vitruvio.

  El asunto y los hechos fueron más claros y contundentes que toda la monserga

abogadil porque cuando Vitruvio examinó al niño, al verlo desnudo, de una vez por

todas, comprendió, sin duda alguna que él era el padre del nene y porque un poco más

tarde cuando seguido por una de las enfermeras de la clínica fue y se lo llevó a la

habitación en donde estaba hospitalizada Lucia, ésta, al ver al bebé vestido de rosado y
envuelto en pañales del mismo color, se emocionó intensamente, pues de una vez supo

que se trataba de un varón, y estuvo a punto de morir de dicha, cuando al de-

senvolverlo, rápidamente, de los pañales, se quedó como hipnotizada, quieta, lela y

muda, ante el formidable sexo, mientras que Vitruvio, con su risa marfileña, amplia y

semicircular como una herradura, sin decir una sola palabra, la besaba agradecido pues

los presentimientos que él había tenido de ser el padre, se habían hecho evidentes por el

sexo, “verdad sabida”, y “mala fe guardada”, que, por la presunción legal sobre la cual

descansaban la jurisprudencia y las tinterilladas de este mundo. Lucia, entonces, más

serena, observó el rostro del niño y llena de ternura lo arrulló, y luego, agradecida le

besó el falo, como si su feliz gloso- manía fuera algo incurable mientras que totalmente

desvariada canturreaba llena de felicidad: “Mi bambino de oro”, “Mi bambino de
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Lucca” y “Mi oro in verghe”, luego de lo cual convino en unión de su enamorado de

que tenían que bautizar al niño cuanto antes con el nombre de Luciano, en recuerdo de

la inmensa sabiduría de Ludovico, de una parte, y en reconocimiento a la verdad, de la

otra, porque según sus palabras había sido el famoso epitafista quien más se había

preocupado por su formación cultural y porque él había sido quien le había enseñado,
cómo el famoso escritor Apuleyo con la escritura de El asno de oro, fue quien difundió

la leyenda núlesia según la cual había hombres transformados en asnos, pero que ella,

pese a saber al igual que las mujeres de Mileto, el secreto para tomarlos en seres nor-

males, prefería que su Lucianito de las entretelas y de los entresijos del corazón,

siguiera siendo tal y como vino al mundo, porque ni loca que estuviera le iba a dar a

mascar rosas ni al hijo ni al padre ni al espíritu santo en persona. Que esa leyenda que

le había enseñado Ludovico, tenía más verdad que los archivos de la historia universal,

porque como lo había escrito Apuleyo, era cierto que había hombres convertidos en

asnos, pero que pese a que ella sabía como tomarlos a humanos, jamás lo haría, y que

por lo tanto no le daría el remedio que el docto le enseñó ni a Luciano ni a Vitruvio.

  Estirada en la cama recordó llena de dicha las explicaciones que le dio el
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desaparecido ingenio sobre el tema de El asno de oro y consideró el magistral relato

como una historia familiar por lo cual debían bautizar al infante con el nombre de

Luciano porque Lukios según el entendido erudito, quería decir en griego asno, pero

más que todo, porque ella, al igual que las mujeres milesias, por ser, incontinentis

habían tenido que recurrir a las bondades extremas de los onagros para poder saciar su
libido, agregándole, que cuanto le mencionaba se lo decía con las mismas palabras que

al enseñárselo empleó el agudo entendido, añadiéndole que, como ella estaba dispuesta

a cuidar personalmente el bebé, este no corría peligro de que alguna solterona o alguna

nodriza puta ¿pudiera llegar a perjudicarlo. Vitruvio la oyó hablar con tanto respeto y

emoción que no se atrevió a interrumpirla. Sé consideraba el hombre más feliz del

universo y lo único ensombreció un poco su alegría fue su inseparable sino {¡tú

mármol que todos los días le recordaba con la blanca o azul hermosura la antigua mina

de Carrara!. Sin embargo Como su sed de aventuras y su deseo de “ir en busca de Otros

cielos” aún permanecía indeleble en su imaginación, en «se mismo instante presintió

que posiblemente él en unión 4e Lucia y de Lucianito iría a conocer no solo otras

ciudades y oíros países de Europa sino hasta los continentes más remotos.
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  Y como   hasta el momento actual nadie había podido trancar el curso del tiempo,

razonablemente, sino con bíblicas y absurdas detenciones del sol, este, ante semejante

imposibilidad científica y astronómica había corrido raudo y casi inadvertido para

todos. Vitruvio era ahora el gerente general de la “Marmolería La Romana” y sé había

convertido en el más reputado marmolista de Europa, un buen escultor, que además se
había liberado de su anterior pobreza pero eso sí, en ningún momento de la

avasalladora presencia marmórea como les había sucedido a los epitafistas. En efecto,

el mármol, por ser casi eterno era el material elegido por los per- soneros de los

muertos y por eso adherido ,al epitafista seguía infalible tras su sino. Durante esos

cinco años de intensa actividad artística e intelectual, Vitruvio, no solo había

enriquecido el famoso Libro secreto heredado de su autor Ludovico sino que el Texto

de epitafios había logrado acrecerlo con algo más de seiscientas frases lapidarias fuera

de que lo había adicionado por su cuenta y riesgo con una sección denominada por él,

De los epicedios, que eran unas composiciones poéticas que se recitaban por algún

doliente o poeta en presencia de los cadáveres de los amados difuntos. Fuera de eso,

Vitruvio, se había aprendido en igual tiempo y de memoria gran parte de los ciento
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cincuenta lientos manuales en los cuales el estudioso del Ludovico había anotado de su

puño y letra una especie de extractos
Del vastísimo saber humano y de sus conocimientos, a la manera de un vademécum

del cual él no podía ni quería separarse. Sin embargo, la rutina fatal que acompaña a

los artesanos había dominado su vida, dejando casi frustradas sus ansias de aventuras o

al menos soltándolas en suspenso y como dominándolo con la quietud que envuelve

toda espera. Esas circunstancias lo habían situado en una especie de apatía intelectual

por otros temas, puesto que sus sueños de “ir en busca de otros cielos” habían sido

recortados por el amor y por la paternidad. Pese a todo, esos largos años habían

servido para muchas cosas: para que Lucia y Lucianito fueran declarados herederos y

asignatarios de los bienes de Ludovico di Betto por parte de los tribunales romanos.

  El esplendor de una vida bastante regalada no solo se había constituido en una
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                  106


invitación al disfrute de la fortuna sino en la posibilidad de hacerlo y en un acicate, para

que Lucia, temerosa de la posible pérdida de su adorado, comenzara a imaginar, a soñar

y a buscar un refugio seguro donde mantener a buen recaudo su amor, su corazón y al

inseparable Vitruvio. Las mujeres romanas, por respeto a ella, y de eso estaba segura,

no se iban a detener por nada del mundo ante las tentaciones que suscitaba en ellas el

hermoso Vitruvio y por tal motivo ella podía ser lanzada fácilmente de su corazón.
Además, Lucia, entre el secreto y el silencio, había tenido que callar algunas

aventurillas de su amante, de tal modo, que sin protestar ni escandalizar por su

comportamiento, prefirió hacer revivir en él, el deseo de “ir en busca de otros cielos”,

de donde surgió que pasados siete años del deceso de Ludovico, después de agotar

numerosos trámites y de licencias para enajenar algunos bienes del menor, un día

inesperado, terminó por convencer a Vitruvio de la necesidad de venirse a los Estados

Unidos y en especial a Latinoamérica a hacer eso que los toreros españoles llamaban

“hacer la América” dentro de un argot de triquiñuelas. Algo que consistía en venir al

Nuevo Mundo que Amerito logró bautizar con su nombre, a lucir sus trajes ajustados de

seda y de oro; de plata y de zafiro; de azul y de nieve; de obispo y diamante, ante unos

cornúpetos sin casta ni bravura ni trapío ni sangre ni casta, mansos de entraña, que les
                 108                                               109




permitían torear de salón y mostrar el mismo temple que ya habían mostrado los

llamados conquistadores y colonizadores, ante una población indígena inerme, con el

propósito de arrebatarles el oro en medio del más horroroso desprecio por la vida de los

nativos y “del respetable público” sin que los falsificados capotes como las viejas

cruces, espadas, biblias y palabras engañosas les pudieran significar algún peligro.
Durante la madurez y la sistematización de su plan, Lucia se enteró por parte de la

antigua cantante de ópera, Amábilis Montalto, que había sido su profesora del “cante

bel”, de la increíble y real historia que esta le narró, sobre la existencia de una nación

Suramericana con algo más de ocho naciones dentro de sus linderos y en donde

gobernaba el reino, la más venturosa ambigüedad, puesto que para los gobernantes y

habitantes de ese reinado lo mismo les daba decir que sí o que no, ya que cuando

alguno de sus ciudadanos oía decir que sí, lo cual aparentemente era la afirmación de

algo, o no, que era la negación a ese algo, de antemano sabía que con el tiempo ese no y

ese sí podían convertirse en el sí más rotundo y positivo y el sí en la negación más

contundente. La fabulosa nación estaba ubicada en la esquina norte de Suramérica y se

                                                                   propio caletre nada
llamaba Colombia en honor a su hipotético descubridor que para su109
               109




descubrió, un tal Cristóbal Colón, que ni patria encontró. Su capital estaba encaramada

en uno de los espinazos andinos, y se llamaba Santafé de Bogotá, haciendo un esguince,

por temor a nombrarla como Bacará, tal como la llamaban los indígenas chibchas, no

fuera que a sus pequeños próceres les pudiera venir algún juicio de limpieza de sangre

en razón de correr por sus venas una gota de sangre nativa.
  La población estaba ubicada en parte sobre la ladera de unos montes y en parte sobre

la planicie de una sabana fosca y fría, vigilada por dos cerros que se perdían entre unos

páramos sombríos, cubiertos siempre de bruma, y en donde por haber vivido durante

más de cuatro años de privaciones

  y de infortunios, pese a haberlo hecho siendo aún bastante bella, y a haber mostrado

siempre una sonrisa generosa, amplia y dispuesta, ningún hombre se atrevió ni le

correspondió ni le dirigió un piropo ni le guiñó un ojo ni le obsequió una flor ni la

enamoró, porque los hombres tan singulares de tan singular reino, cuando la sombra de

algún pecado rozaba su pensamiento, inmediatamente, iban y se flagelaban para re-

chazar las tentaciones del cuerpo ya fuera vistiendo los hábitos de San Francisco o

imponiéndose, en secreto, cilicios monacales que arrancaban de tajo y desde la cepa
               110                                              109




íntima de su engendramiento, la raíz torpe del vicio, unas veces por atavismos sociales,

otras, por conveniencias económicas y políticas de igual o de mayor amenaza, o bien

por la presencia del enemigo activo durante todos los momentos de la vida y que al

estar representado por “el demonio, el mundo y la carne” armaban entre sí una especie

de “trío diaboli”, sumamente periculoso, omnisciente de las flaquezas y debilidades
humanas al que había que combatir persignándose muchas veces al día: al salir de casa,

al comer, al entrar o al dormir si era que se quería lograr la Gloria Eterna del Señor. En

esa ciudad a la que algunos intelectuales supuestos llamaban pomposamente como “La

Atenas Suramericana”, los hombres y mujeres blancos descendientes de los españoles

peninsulares, es decir, los criollos, y los mestizos vestían de negro riguroso como si

hombres y mujeres acabaran de sufrir la muerte de sus mayores o de sus seres más

queridos. Vestían las mujeres sus haldas hasta los pies, y su pecho sin cuellos amplios

ni escotes; sin brazos ni piernas a la vista; iban encostaladas entre sus ropones amplios

y negros, modelados únicamente por la curva de algunas armazones de alambre que

bajaban de la cintura al calcañar. De la cintura hacia arriba se apretaban el cuerpo con

el corsé y el chupetín prendas más íntimas que el sexo y que ayudaban a englobar el
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cuerpo junto con las crinolinas, las faldas, las entrefaldas y las sobre faldas, prendas

que a más de borrar el talle hacían desaparecer los senos, para evitar tentaciones, esas

sí, evidentes tentaciones del cuerpo y corruptoras de las almas. La cabeza tocada por

cofias y mantillas, de blondas y encajes negros le imprimía al paisaje un aire de

funeraria tan marcado en los ojos contritos que, su rostro no era otra cosa que la
imagen más clara y perceptible de su dolorosa sumisión. Los hombres de igual

categoría social siempre de negro vestidos iban armados con un paraguas, algunos con

las manos enguantadas, los pantalones de fantasía, con chaleco y futraque, saco o

levitín, coronados con sombreros de hongo, de copa y canotier no fuera que

deslucieran el luto natural de sus zapatos y botines negros, y en donde llovía, “como

Dios manda”, por entre un cielo roto, un tenue cernidillo frío que, en el momento

menos pensado se podía convertir en aguacero. En ese proyecto de ciudad ningún hom-

bre se había atrevido a enviarle una sola rosa a la cantante y actriz encelada, mucho

menos a las viejas cantantes que habían tenido que pasar sus días y sus noches en

medio del onirismo de una masturbación que consideraron injusta y quienes

desesperadas cuando salían a recorrer las calles solo se encontraban con curas y
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monjas, con políticos en trance de discurso o de aspirantes a hombres de estado,

nacidos y criados en el mismo barrio de sus progenitores en “La Candelaria”, un

enclave, un refugio de los criollos que, había dominado a la nación desde antes de la

mal llamada independencia hasta la época actual, el cual estaba poblado por una gente

que vivía en unas casas inmensas y heredadas, llenas de soledad, de frío y de espantos,
que se acurrucaban ante la catedral para oír mejor, durante todas las horas del día, las

campanas previsivas que nunca se dejaban opacar por los carillones de las iglesias de

Las Cruces, Santa Bárbara, San Agustín, Santo Domingo, La Concepción, San

Francisco, La Tercera, Las Nieves, San Diego, Las Aguas, Santa Bárbara, la de Egipto,

y por las más pequeñas, sentadas en su mayoría sobre los ejes de La Calle Real o en

sus vecindades, dominando con su aparato y con sus púlpitos las sesenta escasas

hectáreas de la antigua Bogotá, en medio de una competencia que a pesar de ser sorda,

en medio de tanto ruido, hacía que Dios derrotara de mañana a tarde y de tarde a

mañana a Satanás, puesto que los feligreses de esas casas carentes de blasón y de

heráldica, repletas solo de apellidos y de nombres estancos, momificados y

                   su                                              que aún había que
petrificados, por 113 propia fama, cada vez que querían demostrar109

contar con ellos, salían, ocasionalmente, de esas especies de ultratumbas para ir a

demostrar ante su pequeño mundo, ya fuera por boca de algún gramático de verdad; de

algún poeta que tuvo que dedicarse a escribir versos porque no lo pudo hacer en prosa;

de algún historiador y descubridor de partidas de bautismo; de un sabio cargado con

cartapacios de mentiras; de un clérigo con solo afanes por la blanca; de un jurista fiel a
los incisos y parágrafos santanderistas; de un magistrado para el que la jurisprudencia

no era una lógica intelectual sino un cartabón lexical explicativo de mil necedades; de

unos médicos con fórmulas magistrales para matar con sus preclaras licencias a sus

pacientes; de un notario y un golilla listos a defraudar viudas y menores con la

venalidad compuesta de sus escritos y la belleza formal de sus sentencias; de veinte

oficios más, casi todos mentirosos, y de cien dómines que impedían que la verdadera

vida de la sociedad pudiera escapar de esa madriguera en donde la casta parasitaria la

mantenía prisionera y enjaulada en nombre del poder y de las leyes de su república,

mientras mostraba ufana y dejaba entrever cómo ni el centralismo político ni

administrativo hubieran sido un defecto de orden institucional, tal como lo había creído

                                                              ingenió la fórmula
Rafael Núñez, cuando para combatir el enclave oligárquico se 109
               114




constitucional de la centralización política y la descentralización administrativa, puesto

que la casta, pese a la vigencia de esa enmienda, por la fuerza de su poder económico,

social y familiar y por la razón de sus privilegios, sin alterabilidad ni cambio posible,

había hecho que todo continuara igual y en pie, estático e indestronable, mostrando a

sus hombres y sus vidas como ejemplo para las generaciones futuras, integérrimos y
con la mirada adormecida de su grato saber, puesta en las fojas de algún texto medieval

o en las del famoso trivium, integrado por la gramática, la historia y la dialéctica

enseñada en los colegios de las tres universidades católicas, apostólicas y romanas o a

las del cuadrivium, compuesto por la aritmética, la música, la geometría y la astrología

o astronomía, que eran como el despertar de un sueño jurásico sin futuro ni presente,

pero que de todos modos habilitaba a sus moradores para ir a las tertulias a decir que,

en lo maravilloso que ,tenían proyectado estaba lo venturo de la vida para que no

existiera lo malo, puesto que los integrantes de esa casta lo tilico que habían hecho era

memorizar o copiar un tratado o una idea que siendo buenos y útiles en otro países

resultaban desacertados o inconvenientes en Colombia, pero que repetidos hasta la

saciedad los hacía salir ufanos de sus cuevas como comadrejas preñadas, a demostrar
                 115                                            109




su embarazo en ternillas caseras, en la Calle Real, o en el cafetín para que la población

rasa supiera que la mayéutica de su poder consistía, en el disfrute de los bienes de la

sociedad por considerarse como depositarios natos del poder, abrumando de paso a sus

contertulios con dos o tres frases de relumbrón, pergeñadas durante meses de

trasnocho, veda y silencio, o para exhibir bajo el sobaco un texto en francés, o decir
bajo el efecto de los tragos, algún chascarrillo que automáticamente hacía pasar por

repentista prodigioso o su autor, cuando no era más que desvelo de noches, o

imitaciones de los más valiosos escritos; simples mutaciones de un anecdotario extraño

o variaciones y empeoramientos de un pensamiento ajeno con todo lo cual superaban

su falta de historia.

  En charlas o discursos sin límites ni compasión hacia la culta parla, exprimidos y

trabajados en sus laboratorios secretos y alquímicos de palabras, ideaban sus mallas

conceptuales para cazar ingenuos y hacer de sus faltas de ideas un exorcismo de gestos

y de poses, de voces graves y miradas cavilantes, adornadas por el brillo de sus

esmeraldas, el reloj de leontina, el chaleco importado o el pantalón de fantasía, sin que

nunca permitieran que alguien viera el óvalo de sus cabezas no fuera que algún resfrío
                116                                              109




se los llevara del mundo, por lo cual se tocaban con sus sombreros “Borsalinos” y

“Stettson” o algún extrañísimo “Lock” de alas orladas en artiseda y cinta ceremonial

con los cuales protegían su sabiduría togada, letrada, politizada, poetizada, filosofada o

ingeniada, puesto que la rectitud de la vida y del saber de las acciones humanas

quedaban más impresas por las marcas de esos adminículos, y por los pliegues de sus
pantalones de paño, si de un hombre se trataba, porque si además de esto, se trataba de

algún político debía llevar y usar corbata “Tremblet”, paraguas “Brigg” y sombrero

“Lock” y vestido de paño inglés que eran las únicas prendas que abrían la vía del poder.

Para apreciar a una mujer lo que había que mirar eran sus cadenas, sus anillos y sus

zarcillos, sus pesados vestidos, sus mantones y guantes, sus mitones y sus sombreros,

sus rebozos, y sus formidables peinetas de nácar y sus espaciosas crinolinas que

ocultando la forma real de sus cuerpos las hacían ver como boliches. Para la caterva

mestizada y pobre, para los de abajo, lleno de doñas y deñas como ña Polonia y ña

María lo que les valía era su pañolón de flecos, sus alpargatas blancas con sus sinojiles

negros y para los hombres sus pantalones y sacos de manta, sus camisas de liencillo,

sus sombreros negros y sus ruanas grises, invento genial, este último, atribuido por el
                117                                                109




ingenuo ingenio de don Tomás Rueda Vargas a la sabiduría de Bochica, sin dejarle

nada al telar primitivo ni al fuego sino casi todo al humo porque le resultaba imposible

creer que donde había fuego había humo.

  CAPITULO XI

En esa ciudad del águila negra y rampante, orlada por nueve granadas rojas, símbolos
de la firmeza, el valor y la intrepidez, dominada por el frío, la llovizna, los políticos, los

abogados, los comerciantes, los curas y los burócratas, la compañía de ópera del

maestro Minotti había fracasado porque a la segunda presentación de La Boheme de

Giacomo Puccini, el teatro Colón quedó tan vacío como estuvieron el tiempo y el

espacio antes de la creación ya que los asistentes a la primera función operática al no

entender, por no poder decir ni pio en italiano, luego de hacer muchos esfuerzos para no

cerrar los ojos, tratando de oír y de entender se quedaron no solo turulatos sino

dormidos, y fastidiados por semejante chasco salieron a desacreditar el espectáculo,

pero más que todo porque la tercera función se quedó en veremos debido a que el

barítono, Tita Ruffo, juzgó de pésimo gusto y de muy mal agüero el hecho de haber

recibido en su camarín tres hermosos ramos de rosas y tres tarjetas de admiración
                118                                           109




escritas en letras góticas por un hombre que sin confundirlo con alguna mujer,

románticamente, le confesaba su loco enamoramiento, pero más que todo, porque

Justina, y cuatro cantantes más habían huido y un “castrad’’ de agudísima voz se había

sumado a todos ellos por considerar, que, sí había perdido los testículos en aras de la

ópera, mal podía ^nesgarse a perder el pene en aras del frío envilecedor, que ara cierto,
achicaba el sexo de los varones hasta hacerlo desaparecer. Así, se había frustrado para

siempre una gira artística del “cante bel” preparada al detalle por la compañía operática

durante más de tres años de ensayos y de representaciones, dejando sumidos en la

miseria y en el abandono al director y al maravilloso elenco, el cual se fue

desintegrando lentamente, hasta desaparecer por completo. La Montalto había podido

sobrevivir al desastre gracias a la enajenación de sus joyas y al alquiler ocasional de

algunos indumentos pues por haber sido encargada por el director de cuidar el

vestuario, para poder cumplir con su guardarropía se había alojado en la pensión Lucky,

ubicada en la carrera séptima, frente al Palacio de la Carrera o casa presidencial. Allí en

una amplísima habitación había vivido y depositado los setenta y seis baúles negros que

                                                                  en
contenían el formidable indumento para representar tres óperas y 109 donde gracias al
                 119




alquiler ocasional de parte de él pudo sobrevivir prestando algunos de los mil

quinientos trajes y todos los accesorios tales como pelucas, botas, espadas, dagas,

puñales, capas, mantillas, cúbilos, tricornios, trajes de novia, zapatos, vestidos de

ceremonia y de gala, coronas, collares, joyas falsas, guarniciones, trajes de disfraz,

ropas para baile, diademas, crucifijos, joyas de fantasía y monóculos, para coronaciones
de reinas, comedias, cuadros alegóricos del arte, de la independencia en fin ropa para

toda clase y laya de ostentaciones y de actos sociales. Con la enajenación de algunos de

ellos había podido regresar a su adorada Europa. Le contó que ella inútilmente había

esperado a que alguien, en todo caso un hombre así fuera de estado, burgués, político,

comerciante o petimetre le insinuara o le propusiera alguna aventura la cual hubiera

aceptado gustosa si con ello hubiera podido salir de afujías y embarcarse rumbo a Italia,

pero que eso no había ocurrido porque la gélida ciudad de Bogotá no era más que un

pueblo grande poblado por gente frígida, seguramente, la más casta y pobre del orbe, en

donde la crudeza hacía estragos por falta de calefacción y en donde a los hombres no

solo se les achicaba el sexo sino en donde este desaparecía por completo viéndose los

                                                                  tener que recurrir a
hombres forzados en tales casos, y en su afán por recuperarlo, a 109
               120




ejercicios masturba torios de ingrata recordación debido a que la magia del hielo en

verdad, achicaba los falos hasta borrarlos y lo más grave hasta hacerlos desaparecer.

"Yo pude salir de esa especie de infierno al revés por las locuras del Señor Conde de

Cuchicute y Marqués de Majavita. un excéntrico de apelativo Rueda y nominativo de

José María que había comprado su título nobiliario en España a unos aristócratas
venidos a menos y bastante arruinados y quien vestía como en los tiempos

aristocráticos, es decir, ridículamente» como si se tratara de un antiguo Virrey, a quien

por haber sido despojado de su equipaje y con él de su vestimenta le pude vender, a

buen precio, distintos indumentos: varias mudas de pantalones de fantasía, cinco calías,

seis fraques, cuatro levitines, dos bastones, tres dagas de empuñadura dorada, unas

camisas de gorguera, dos espadas, m alfange, cinco camisas de pechera, veinte

corbatines, dos Mandas, y un crucifijo engastado en diamantes falsos que fascinó

porque quería lucirlo en la procesión del viernes unto en la población de San Gil para

que el obispo de esa diócesis de palio, candelero y estúpida dignidad, aprendiera que los

condes sin tonsura, por la sola virtud de la nobleza de su sangre azul, tenían más

poderes y más riquezas que las de los dignatarios de la iglesia, y quien una vez cenamos
                 121                                                 109




el trato, al pedirme el bellaco una gabela o rebaja más, descaradamente, se hizo invitar a

una copa de vino, luego de lo cual, me dijo desfachatadamente, en presencia de su

auxiliar y honrado testimoniante, un tal Luis Farolón Lumbreras que él había sido un

hombre tan perfecto y tan hermoso como solo lo serían los condes de su progenie y los

locos narcisos de su descendencia y que por esa circunstancia y para no parecerlo, había
tenido que recurrir al sacrificio de sacarse Un ojo con la punta de la espada, y a

continuación para demostrármelo se llevó la mano al ojo de vidrio, se lo sacó, y con la

órbita vacía, me miró sin verme para causarme honor y luego lo depósito en mi copa

que estaba llena invitándome a libar por la posible rebaja, más como no accedí a su pre-

tenso reclamo, tranquilamente levantó una vez más la copa, se metió el ojo en la boca,

lo saboreó con vino y lo chupó para quitarle las trazas de licor que pudiera tener y al

final se lo acomodó en la órbita. Luego de pagarme se despidió en unos términos

parecidos a los que el manchego usaba ante la bella Dulcinea. Luis Farolón Lumbreras

que ni alumbraba ni tenía lumbres pero quien sí era honrado y de buen decir, un chusco

filipichín bogotano de pantalón rayado, con el pelo cortado de un sablazo y de corbatín,

habilísimo recitador de consumidos poetas y experto en las habilidades de
                  122                                              109




Caco, por compasión me hizo caer en la cuenta de que el señor Conde de Cuchicute, sin

lucir la prenda más costosa la llevaba invisible a mis ojos ya que la había ocultado

mágicamente bajo la capa con el ánimo de sofaldársela, y me quiso decir como

advertencia para ratas “ojo que el Cristo es de plata”, más como la expresión no

conmoviera al conde, opté por revelarlo. Entonces, convencido de que ya se la iba a
hurtar, para refrescarle la memoria al supuesto cervantista le despepité, “Oh dulces

prendas, por mi mal halladas” para ver si no se hacía el distraído, pero Luis Farolón

Lumbreras para que el Conde lo entendiera a manera de réplica me dijo, que era norma

de la locura de su señor arrebatarse alguna prenda ajena, cosa que jamás hizo el

manchego, mas como yo insistiera en que el loco lo supiera cuando le pregunté a

Farolón “¿qué es este caballero que vuesa merced nos ha traído a casa?”, el mismo

respondió: __“la honradez del oro en el crisol, pues sin ser un entreverado loco sé que

llevo la prenda que no lució el Caballero del Verde Gabán y que ya os satisfaré”

Durante el transcurso del tiempo Amábilis Montalto se había dado cuenta de casi todas

las cosas de Bogotá. La ciudad era según ella una especie de reclusorio, un convento sin

dirección ni anclaje espiritual. La capital estaba edificada a lo largo y a los lados de la
                  123                                                 109




carrera séptima y hasta esa dudad solo se habían atrevido a llegar en el pasado sus

paisanos, el geógrafo e ingeniero militar Agostino Codazzi, un matemático italiano

oriundo de Lugo que, había levantado el Atlas de Venezuela y el plano de Bogotá, y

unos años después, una vez que se creó por parte del gobierno la comisión corográfica

había celebrado un contrato para el levantamiento de un Atlas con cincuenta y dos
mapas de las treinta y seis provincias que integraban a la Nueva Granada. Que esa

información le servía para que se enterara cómo ninguno de los hombres llamados

pomposamente estadistas y políticos y sabios conocía a su nación ni a su país, ni sus

ríos, ni sus costas, ni sus cordilleras, ni sus mares, porque jamás viajaban ni salían de su

enclave de “La Candelaria” si no era para ir a alguna

Rienda o casa sabanera a rumiar antoñanzas con los ojos grados ante el resto del

mundo como le sucedió a la cumbre de la intelectualidad sabanera Don Tomás Rueda

Vargas quien solo viajó en tren hasta Girardot, se embarcó allí y ’48¿ tarde en Puerto

Berrio tomó el convoy del Ferrocarril 4e Antioquia para ir a conocer a Medellín y

quien sin embargo se sintió autorizado para escribir un plan, el más Utópico de todos

sobre cómo adelantar la colonización del Magdalena, lamentándose como “orejón
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sabanero” desde .luego, el no haber podido fechar su candoroso proyecto en una capital

europea, “porque yo sé que el paso del mar «prestigia enormemente las ideas”. Entre

risa y risa le contó que otro connacional suyo un tal Orestes Síndici, organista {fe

parroquia pobre, mal aporreador de teclados, y peor cantante de motetes que solía

acompañar con toda clase de órganos música fúnebre, cantante, bailante o moliente,
para matar el tiempo y darle gusto a su amigo José Domingo Torres quien deseaba

echarse entre el bolsillo al ex-presidente de la República Rafael Núñez, le puso música

a unos versos malísimos, compuestos por su pésimo numen y que hasta el momento

nadie ha podido entender, como unos que dicen: “la patria así se forma termopilas

brotando; constelación de cíclopes su noche iluminó”, “la virgen sus cabellos arranca

en agonía y de su amor viuda los cuelga de un ciprés” y que esta clase de versos, con el

tiempo, como vino en odre curado, con su música, se habían convertido en el himno

nacional de la República de Colombia, sencillamente, porque en una nación así de

ambigua, irracional, insólita, inauténtica y descomedida la ley era al igual que Dios,

creadora del mundo y del humano linaje, puesto que la palabra del presidente, los

                    burócratas no solo daban lugar al sonido de los fonemas sino que al
legisladores y los125                                               109




igual que el verbo que se hizo carne podían originar el universo, los colegios, las

universidades, los observatorios astronómicos, las calles, las plazas, las carreteras, los

sabios, y hasta los ferrocarriles. Allí, como todo era creado por una ley, las cosas y

todo lo demás, eran eternas pues como nada se hacía y nada se terminaba, las obras y

las cosas no tenían principio ni fin. “Para no perder contacto ni con mi lengua, ni con
mis paisanos solía visitar a unos comerciantes dueños de una casa comercial destinada

a la venta de ultramarinos denominada “Ricardi y Ambrosi”, y además, cada vez que

podía me reunía con Ferruccio Benincore y con el maestro Pietro Mascaroni, dos de los

sobrevivientes del elenco operático que había fracasado en la ciudad, los cuales poco a

poco se habían arraigado a la capital y con quienes en algunos casos se asociaba bien

fuera para cantar o tocar una aria, un tedéum o en algún matrimonio. En todo caso si lo

que quieres es conservar para siempre el amor de Vitruvio lo único que tienes que

hacer es irte a vivir en Bogotá” le había dicho. Y no fueron vanas esas palabras ni

cayeron en oídos sordos porque a los pocos meses, antes del estallido de la guerra

mundial, Vitruvio, Lucia y Lucianito, luego de dejar en fiducia los bienes del menor,

de vender el apartamiento y de celebrar algunos acuerdos de tipo económico con
               126                                           109




Pascuale, un día cualquiera se embarcaron en el famoso Santa Mónica una nave de La

Grace Line rumbo a América. “Roma princeps urbium” había quedado atrás. “Roma

caput mundi” yacía en el pasado y “Roma aetema” vivía en el recuerdo. Nueva York

que fue su primer destino no impresionó a Lucia pero sí le pareció demasiado peligroso

para su unión y desde luego para su corazón y pese a la numerosa colonia italiana que
allí residía los instaba a instalarse y a permanecer en la gran metrópoli ni se dejaron

convencer de sus connacionales ni estos lograron hacerlos desistir de su viaje. Allí

gozaron de lo lindo y como nunca y en tres oportunidades oyeron con deleite, arrobo y

emoción, en el Metropolitan House, a un formidable elenco operático italiano que por

una extraña coincidencia se hospedó en el mismo hotel: Century Paramount en donde

Vitruvio, Lucia y Lucianito se habían alojado, el cual, por estar ubicado en la calle

cuarenta y seis, “In the heart of New York’s Theatrical District” les facilitó su pronto

desplazamiento por el centro de la urbe. Pese a haber visto y oído en tres ocasiones a la

Compañía operática italiana representar del adorado Verdi, su Lucia de Lammeimoor,

no pudo hacerlo por cuarta vez, porque las ansias operáticas que habían renacido en su

corazón al. final se frustraron para siempre, porque fue en ese teatro, -II* donde luego
                  127                                               109




de asistir a tres funciones se vino a percatar por qué ella no había podido lograr el

estrellato de “prima donna”, pues en las tres ocasiones en que oyó cantar a la actriz que

hacía el papel de Lucía interpretando la cavatina de la locura, en todas tres le aconteció

lo que a ella le había sucedido, pues o le faltó aire, le falló el fraseo, no tuvo gorjeo o

no dio el formidable timbre requerido. Pese a desear Asistir por cuarta vez al teatro no
pudo hacerlo porque Vitruvio la persuadió de que fueran a una función de vaudeville

porque él no quería oír por cuarta vez la famosa aria de las tumbas porque su canto le

hacía recordar su oficio, la mina y a su inseparable Carrara.

  Lo cierto es que después de una permanencia de tres semanas en una de las

setecientas diez habitaciones que tenía el hotel al fin se embarcaron para Cartagena,

una ciudad hispánica a la que Lucia consideraba en su pensamiento como la más

segura puerta de entrada a su venturoso y seguro porvenir. El mar caribe no era un mar

sino una alucinación tropical, cálida, azul o verde, una especie de misteriosa humedad

techada por un manto de lapizlázuli y de transparencias policromas orladas de

algodones blancos, ocres, amarillos, opalinos o violáceos que navegaban sobre la

                                                              los
profundidad enigmática de las aguas mientras los fantasmas de 109 piratas bogaban
                128




olorosos a ron cubano, maldiciendo a los dioses con palabras ebrias y con un puñal en

la mano listo a pinchar, por haber permitido que sus enemigos les mocharan un brazo,

les hirieran la otra mano con algún pistoletazo, les cercenaran de raíz una pierna con

algún cañonazo, o les sacaran un ojo de un pinchazo como le había sucedido a don

Blas de Lezo el teso. Esos fantasmas la raptaban para ir a despertarla en los brazos de
Vitruvio quien de inmediato la tranquilizaba cada vez que despertaba de sus tremendas

pesadillas. La primera impresión de Vitrubio al pisar tierra en Cartagena fue la de que

el mármol ya no se iba a adherir por más tiempo a su destino. Fue esta la primera vez

que se sintió libre de la opresión de la mina. Nueva York quedaba en el pasado y aún

cuando la ciudad lo había sobrexcitado, esta y Norteamérica no eran más, según su

eruditísima interpretación que una sólida y altísima construcción hecha con hierro y

con cemento portland, un invento del inglés Joseph Aspdin quien le había dado ese

nombre por su parecido con la piedra de Portland, extraída en Dorset, la cual, mediante

el aporte y la inversión de capital acumulado por los protestantes ingleses, por los

judíos y por los irlandeses había servido junto al capital de base técnica para la

construcción de sus edificaciones y rascacielos.
                 129                                               109




  CAPITULO XII

Ahora frente a los bastiones de piedra negra de la “ciudad heroica” que defendían la

localidad y la precintaban con sus murallas se encontraba ante algo bastante diferente y

su imaginación nunca pudo crear algo tan tremendamente impensado como esa pétrea

certeza. La ciudad había sido amurallada por todos sus costados por los esclavistas, por
los indígenas americanos y por los negros que encadenados y forzados habían cargado

la piedra, tallado y colocado, canto a canto, cara a cara, roca a roca, y calicanto tras

calicanto el imponente recinto de los fuertes de San Lorenzo, Bocachica, San Felipe, La

Popa, y las murallas con sus minaretes y los baluartes, las baterías y los castillos, para

proteger la bahía, las casas, los edificios, las aduanas, las iglesias, los cuarteles, los

conventos y a la burocracia de una ciudad más española que las de España, pegando

con cal, arena, sangre, sudor y lágrimas la más vasta y colosal obra de mampostería

imaginada, para alojar una población blanca de tapias y paredones, verde de puertas

ventanas y esmeralda de balcones. La ciudad estaba poblada por blancos, negros, zam-

bos, mulatos y mestizos, pero negros, zambos y mulatos habían sido condenados a vivir

extramurallas en unos poblados totalmente africanos como el de Chambacú y en otros
                 130                                            109




sitios. En Cartagena Vitruvio y Lucia, acosados por el trópico habían hecho el amor

incansablemente y se habían dedicado además, a conocer la ciudad y a la lectura del

Texto de epitafios y de los epicedios. La estancia había sido bastante larga pues el tren

que los debía llevar de Cartagena a Calamar estaba varado en mitad del camino sin que

pudiera reanudar la marcha debido a algunos desperfectos que se habían presentado en
la vía y en la locomotora. Esta larga espera sin embargo les sirvió para enterarse por

boca de un aprendiz de pintor de muchas cosas más y para presenciar las fiestas

novembrinas. Según el pinta monas había algunas gentes que por ocupar alguna

posición en la cultura o aspirar a tenerla se consideraban caribes por sus cuatro

costados pero que eso lo hacían por pura ignorancia porque sin constituir etnia alguna

sino ser revoltijo de muchas sangres ignoraban paladinamente que los mentados caribes

fuera de ser antropófagos y bastante sodomitas, por una extraña singularidad al haber

destruido a los tahinos que sí la tenían, habían frustrado la posibilidad de asimilarse a

ellos y en su utopía destructiva de esa cultura habían edificado el sueño más que

imposible de una cultura puramente folclórica sin contenido étnico ni propósito social y

               podrían llegar a ser como tantas otras republiquetas caribeñas, una
que cuando más 131                                             109




ilusa pretensión imbuida por la irrealidad. En esos días novembrinos e inolvidables

paseando por las murallas a tarde y a noche o desde los balcones del hotel, Vitruvio,

Lucia y Lucianito gozaron de lo lindo al oír y ver las inmensas catervas de negros

danzantes disfrazados de indígenas que agrupados por cuadrillas bailaron en su

presencia un mapalé más epiléptico y rápido que el son de las gaitas, la flauta de millo,
el pito, las maracas y los tambores y se preocuparon un poco en el momento preciso

cuando al a coso los bailarines giraron como si fueran trompos locos. Lucianito le

preguntó a su madre que si era que los bailarines padecían alguna enfermedad que les

hacía saltar el cuerpo y temblar los glúteos y los senos e hizo reír mucho a su padre

cuando le dijo que si era que se habían pintado de negro o que si estaban locos o que si

al bañarse perderían el color. De tan fuerte impresión solo salieron cuando se oyó a lo

lejos en la calle el estruendo de una comparsa más grande que la anterior y una cumbia

dasapacible y lánguida, bien marcada y mejor percutida por el rigor de los cueros y los

clarinetes, como si se tratara de algún rito vudú o de un culto a Orixá o a Oriba en

donde se ritualizara alguna oración secreta, de santería y de embrujo, pues las bailarinas

traían a ritmo y en sus manos unos atados de velas encendidas que le hicieron creer que
                  132                                             109




la ciudad iba a ser incendiada por los cumbiamberos en lo cual solo dejó de pensar

cuando comenzó a llegar a sus oídos un son mucho más extraño y raro que primero se

presintió en la distancia, y después escucharon y oyeron pasar, cuando al asordinado y

lejano currucuteo de un bombardino tocado por un tal compae José, director de la

banda de Aijona, que a ratos daba la sensación de qué se estaba ahogando por falta de
aire en los carrillos del músico, cuando lo evidente era que el estrépito de la tambora, la

caja, y los platillos lo silenciaban y trataban de ocultar como si estuvieran de acuerdo

con los clarinetistas y los trompetistas de los demás cobres para que el porro

fandangueado que tocaban al oído el “mamaburras de la Boquilla” que hacía un

trombón con la auténtica onomatopeya del rebuzno erótico que da un onagro negro en

celo, eran el bestial acompañamiento que hacía danzar en el aire a la hermosa María

Tapia, como les explicó el pintor Alejandro Obregón, viendo danzar a María Varilla a

la que algunos llamaban, cuando hablaban rápido, Marivarilla, por no decir maravilla

quien hecha una mariposa de cabeza y alas negras flotaba en el aire abriendo los brazos

a merced de la brisa como si fueran las alas de un ángel lanzado a las tinieblas, tostado

                                                                      el
por el sol, dejando que sus senos gozaran saltando entre el salitre y109 yodo y grajo y el
                  133




olor a hembra y el olor a sexo. Por la noche Vitruvio tuvo que explicarle a Lucianito

que la ciudad estaba más poblada de negros, mulatos y mestizos que de blancos desde

tiempos inmemoriales, porque había sido asiento de un depósito de esclavos africanos

cuya enajenación se hacía en la plaza en almoneda pública. La continuación del viaje

hacia Bogotá estuvo tan llena de retrasos, peripecias, impresiones y aventuras que un
día cualquiera en vista de la tardanza en la reparación de la derrumbada ferro- vía,

Vitruvio aconsejado por el pintor Obregón y por el dueño del hotel, decidió hacer el

viaje por la vía acuática del Canal del Dique, pues la fuerza del trópico pese a todo su

poder enervante, a su laxitud corporal, a su eclosión vegetal irracional y morigeradora,

a la plenitud de la luz enceguece- dora, y a su calor y humedad embotadoras, aún no

había podido doblegar el propósito que tenía de llegar cuanto antes a Calamar desde

donde emprendería la aventura del gran Río, del famoso Yuma. Todo este vasto

cinerama de colores los llenaron de impresiones que los agobiaron incesantemente con

unas imágenes de una exuberancia límite y con el hallazgo de un reino animal que les

enseñaba una fauna desconocida, numerosa, cambiante, intimidante, y migratoria,

                                                                  luces increíbles del
dentro de una zoología doblegada también como el hombre bajo las109
                 134




día que enmarcadas por un verde total podían negar hasta el azul del cielo y por la brisa

que entraba por la piel cálida, húmeda y sensual llenando a gritos solitarios los

fogonazos de color del pintor que con su palabra les iba haciendo acumular

observaciones y notas sobre el viaje hasta llegar a anotar en el Libro de epitafios con la

hermosa letra de Vitruvio aquella frase de “Aquí entierra la pintura su más cálida
paleta” la que hizo cambiar por la palabra “Siempre” que Vitruvio latinizó como

“Semper” y a regañadientes por considerar que los leopardos cuando morían, morían

con sus colores, cosa que el artista ebrio rechazó afirmando que sus colores eran los de

él y de nadie más, palabra que sesenta años después por una extraña comunicación

telepática entre Luciano que leía el Libro de epitafios en Bogotá, y la hija del pintor de

nombre Siluana quien luchaba por redactar un epitafio para la tumba de su padre,

seguramente por intervención del pensamiento del pintor castellanizó como él lo había

deseado vertiendo del latín al español la palabra: “Siempre”.

  El canal por donde navegaban no era un hijo cabal y completo de la mano del

hombre sino un hijo a parches. Era un canal que había unido diferentes ciénagas, las

cuales al ser interconectadas entre sí, por el esfuerzo humano habían venido a formar
                  135                                             109




una vía acuática corta y expedita para unir a Cartagena con el Río Grande de La

Magdalena, o río Yuma. Este recorrido por el canal lo hicieron en una lancha de casco

de acero y muy poco calado llamada “La Paloma de Soplaviento”, un armatoste con

techo de latón, escueta de paredes, incómoda de bancas y muy estrepitosa, pues fuera

de los gritos del capitán, de las voces del práctico y de la tripulación vociferante,
estaba movida por una caldera de cobre bastante roncadora que cuando avanzaba

sobre las aguas mansas de alguna ciénaga remolcando el pequeño planchón que iba en

punta, cargado de mercadería, rugía más que diez leones heridos de muerte. Lo

maravilloso de este mundo en conflicto con el mundo europeo, desde luego, no estaba

en el increíble medio de navegación sino en el paisaje que, empreñado de un verde

total, lleno de aves exóticas de todos los coloridos y de gritos repentinos y salvajes que

cada vez que la lancha se acercaba a un grupo, estas rayaban con sus alas el aire y

alzaban vuelo al mismo tiempo graznando y chillando entre el cielo líquido,

asordinando el gañir de las loras que parloteaban entre sí en un lenguaje mucho más

comprensivo para Vitruvio y Lucia que el propio lenguaje que hablaban el capitán, los

                   cartageneros, puesto que al suprimir las eres y mutarlas por ges
tripulantes y los136                                             109




convencionales le daban al idioma español una tonalidad extraña ya que ninguno decía

Cartagena sino Cagtagena, ni mejor sino mejó, ni mucho menos hombre sino hombe,

ni compadre sino compae y que cuando se comían las eses de las palabras y la letra d,

amortiguaban el sonido diciendo clarida por claridad, ejte por este y que en las coplas

es más que todo rima que economía de fonemas o variación de estos como cuando el
poeta dijo:

                     “El pájaro chavarrío tiene loj piej colorao,

                    Si tu mujé ej bonita Abre el ojo y pon cuidao "

  En síntesis, que la mal denominada cultura caribe que había destruido tantas lenguas

nativas en el pasado entre otras la tahina, continuaba con la misma glotofagia ancestral

luchando sin conciencia por destruir la lengua inglesa con el spanglish y la lengua

francesa con el patois, como lo confirmaba la voz de un marinero que cantaba en toda

clase de lenguas sin entender ninguna. Eso era todo, pensaba Vitruvio al contemplar a

un lado del puente férreo que sobrepasaba el Canal del Dique en Turbaco, el tren que

tanto había anhelado abordar en Cartagena. El ferrocarril con algo más de veinticinco

vagones estaba estirado como un lagarto mitológico sobre los yerbajos que invadían la
                137                                              109




carrilera y una enredadera de flores trepaba incontenible con ansias de alcanzar la

campana de la locomotora, mientras que una iguana se asoleaba sobre uno de los

parales de la cabina del maquinista. Perplejo, al contemplar cómo ese gigante de fierro

se oxidaba, con la caldera apagada, bajo el inclemente sol, vio como algunos
somnolientos obreros, perezosamente, trataban de apuntalar una viga, pues parte del

puente se había caído y se maravilló mucho más que Lucia y que todos y que aquel

crítico pintor que si estuviera allí, le habría dicho la verdad de cuanto había pasado.

“El tren está por venir”, “El tren ya casi llega”, “El tren puede llegar de un momento a

otro” y “El tren tarde o temprano llegará”, fueron las respuestas que le dieron los

empleados de uniforme del ferrocarril en las oficinas de la estación de Cartagena en

cada uno de las ocho ocasiones en que dando un paso de una vara, de riel a riel, es

decir, de ochenta centímetros, cruzó la vía antes de entrar en la estación para indagar

por el arribo del tren, cuando la verdad era que el gigante se moría aferrado a la

carrilera para que pudiera vivir bajo techo la iguana mimetizada en el sitio del

                                                                 orín
maquinista. Se moría de óxido como mueren los metales, lleno de 109 y lo único que
                138




esperaba para hacerlo era que alguna mano piadosa le aplicara la eutanasia legal del

remate, lo enterrara y le pusiera una lápida, divagó lleno de desesperación y de calor.

Entonces comprendió con meridiana nitidez por qué ese alegre pintor que pintaba

esqueletos de peces no creía en la reencarnación y por qué cuando pintaba gestos de

gallinazos, picos de cuervos y garras de chulos que todos tenían por gestos, picos, y
garras de águilas caudales no solo se reía de sí mismo sino que se burlaba de todos y

con ese humor se le adentró la idea de que ese tren estirado que se moría, en cambio

de quedar en descampado valía la pena remitírselo al joven pintor para que entonces sí

comprendiera como le acababa de suceder a él, que la pintura era una poesía a la vista

y no una “mamadera de gallo” como solía decir a paletazos el artista de la luz sin sol.

El encuentro de los viajeros con el Rio Grande de la Magdalena, llamado por los

indígenas como Yuma los dejó totalmente desconcertados. El trópico, era algo tan

irreal como imprevisible que cuando alcanzaron a Calamar ya habían sido sor-

prendidos por la marcha casi fúnebre del caudal amarillento de un gigante que con

todo y su esplendor somnoliento lo único que podía hacer era fluir y descender para ir

en busca del destino a sepultarse dentro de la mar, transportando sobre su espejo y
                139                                             109




lomos sucios una vegetación inagotable que, al mirarla en lontananza hacía creer a

Vitruvio que era él quien descendía o que el río marchaba al revés, de abajo hacia

arriba o que posiblemente el río ascendía o que estaba quieto e inmóvil y que lo que se

movía eran las riberas con su vegetación engañosa que flotaba sobre su lomo o que tal

vez, absolutamente, nada se movía, ni el agua, ni la vegetación, ni el barco, ni las
riberas sino el alto cielo que impulsado por el aire cálido era el que se corría pues las

aves que volaban habían sido clavadas sobre el espejo azul o amarillo, como las

estrellas inmóviles a la quietud, porque habían sido pintadas sobre la detención de la

tela puesto que, seguramente, habían sido pintadas sobre un inmenso lienzo o telón

que escondiendo la verdad del gigante líquido sobre el cual viajaba la ilusión de una

naturaleza vegetal desbordada, para no salirse del cortejo silente en que solo se oían

los coletazos de los sábalos que huían de los caimanes y cazaban bagres, de los bagres

que huían de los sábalos y comían blanquillos, de los blanquillos que huían de los ba-

gres y cazaban picúas, de las picúas que huían de los blanquillos y comían doradas, de

las doradas que huían de las picúas y cazaban lampreas, de las lampreas que huían de

las babillas y comían pacoras, de las pacoras que huían de los capitanes y cazaban
                 140                                            109




mojarras, de las mojamas que huían de las pacoras y comían bocachicos, de los

bocachicos que huían de los nicuros y comían sardinatas, de las sardinatas que huían

de los bocachicos y cazaban sardinas, de las sardinas que huían de de las sardinatas y

comían hojitas, de las hojitas que huían de las tortugas y cazaban cupis y de los cupis

que por huir de todos desde la inmemorialidad del tiempo dentro de un festín de
muerte infinita para dar alimento a la vida lo hacían con el mismo desprendimiento y

con la misma lógica, según la regla animal más sabia de la naturaleza, conforme a la

cual el pez grande tiene el privilegio y la boca para tragarse al pez chico sin más ra-

zonamiento que el de la fuerza bruta de sus mandíbulas. Sobre el azogue de vida y

muerte, sobre el piélago inmóvil se veían flotar en lontananza las canoas de los

pescadores y de los colonos, algunas tan grandes como almadías con velas o sin ellas,

unos champanes con techo de paja, reminiscentes de la navegación antigua y algunos

bongóes atestados con plátanos y movidos a remo y vara de puya, algunas lanchas de

motor y uno que otro remolcador a motor Diesel con tres o cuatro planchones capaces

de llevar dos mil toneladas y barcos de pasajeros movidos por calderas, en fin toda una

colección de embarcaciones alemanas, norteamericanas e inglesas que valían más
               141                                           109




como piezas de museo, pues todas estaban desuetas. Unos impulsados por dos ruedas

verticales laterales y otros por una rueda adosada a la popa, llena de aspas horizontales

al agua y hechas con maderas fuertes que impulsadas por unas bielas en lucha abierta

y firme contra la corriente mientras lanzaban bocanadas de humo blanco, cada vez que

el capitán enloquecido, haciendo sonar una campana de mando les pedía a los
maquinistas más fuerza, mayor velocidad, o más presión, marcha hacia adelante o

marcha hacia atrás con la aplicación de un código hecho a golpes de campana del cual

se servía para dirigir los movimientos y la presión de esa especie de pelton que era la

que impulsaba la nave.

  Vitruvio «vio pasar todo ese mundo como quien ve pasar unos fantasmas mitológicos

sobre un mar sin riberas y sin fronteras. Una vez en Calamar y con el ánimo de

continuar el periplo abordaron el vapor Santander, una nave de tres pisos y que era

como una especie de reliquia o chatarra de la antigua navegación del Mississippi,

probablemente construido cuando Noé aún no era marinero, es decir, en tiempos de

Maricastaña, en el tiempo en que el ombligo comenzó a arrugarse. La embarcación

tenía unidos a proa dos planchones cargados con bultos de cemento cubiertos por unas
                 142                                            109




carpas de lona desflecadas y mugrientas de tanto trajín. El primer piso de la nave estaba

ocupado en la parte delantera por una especie de recinto lleno de cables de acero y por

varias cornamusas en forma de yunque y se distinguía en e! centro de la proa una

especie de trompo metálico al que 11aítnaban cabrestante y que al girar servía para

templar y Asegurar los cables con los que se adosaba la nave al primer planchón. Un
poco más atrás se veían unas hamacas coligadas en donde dormitaban algunos

pasajeros de tercera Clase. Unas gradas de metal ascendían hacia el segundo piso y a

sus lados había un espacio enmallado dedicado a depósito de los equipajes y otro sector

destinado a almacén de provisiones y comestibles. Allí se veían numerosas jaulas re-

pletas de gallinas y pavos y junto a estas algunos cabros y camuros junto a un chivo

nostálgico reminiscente de los ojos y la barba del ingenioso don Ludovico di Betto que

parecía decirle adiós a este mundo balando al pie de una vaca negra destinada

seguramente al sacrificio y a ser tasajeada para darle de comer a los pasajeros y a la

tripulación. Sobra decir que este primer piso era escueto pues sus paredes laterales

estaban hechas por montones y pilas de leña bien arrumada que hacía las veces de

muro de protección y que estaban destinadas a la alimentación del fuego que
              143                                         109




alumbraba en la caldera. El segundo piso estaba circunscrito por una baranda de hierro

con un pasamano que impedía la caída de los pasajeros al agua. Allí dormían los

pasajeros de segunda clase sobre unos catres de lona y en la parte de popa funcionaban

la cocina, una especie de comedor y la cantina. En el tercer piso a los lados había dos

hileras de camarotes al final de estos estaba el comedor, y una especie de bar en donde
vendían cervezas, gaseosas y refrescos. Para fortuna de Vitruvio el barco o el vapor

Santander estaba al cuidado del capitán Rafael Bustillo y Sacco, un curtido navegante

de agua dulce que sentía respirar el río en sus borbotones, en las hebras de agua, y

adivinar por la placidez de esta los cauces profundos, y los fondos azarosos, pues de un

solo vistazo descubría los peligros de la corriente, las traicioneras empalizadas y los

perjuros bancos de arena pues en los veinte años de experiencia jamás había dejado

encallar su nave y quien por ser descendiente de madre italiana, al enterarse de la

nacionalidad de Vitruvio y de su familia los instaló lo mejor que pudo, le hizo subir el

equipaje al camarote y permanentemente los entretuvo con su conversación amena, le

enseñó a pescar y a matar caimanes y a cazar patos a! vuelo pues cada ve?, que una

nube de aves aparecía en el horizonte y luego sobrevolaba la nave la detonación del
                144                                             109




arma confirmaba su buena puntería pues no menos de tres o cuatro animalejos plumes

iban a caer directamente sobre el techo del barco o al río para convertirse luego en el

aderezo de la mesa y en una delicia para los paladares. Durante casi todo el tiempo que

duró el viaje Lucia se dedicó a cuidar a Lucianito y en sus ratos libres se entretuvo

repasando una y otra vez el Texto de epitafios, matando moscas, mosquitos y zancudos
y oyendo en un gramófono de mesa R. C. A. Víctor cuantas romanzas, polkas, valses,

pasillos y bambucos encontró y haciendo sonar hasta casi molerlo el atrevidísimo son:

                         “Te lo vi te lo vi colorado como un ají.

 Dile al muchacho que te sacó que baile un poco más con cuidado que no te mire más

                       de ese lado porque el vestido se te rompió


                         Te lo vi te lo vi colorado como un ají”.

  Y   el no menos temerario Buchipluma:

“buchipluma no má éres tú buchipluma no má buchipluna no má eres tú buchipluma

no má

Una niña en la playa me invitó a que fuera a bailá y después que bailamo resultó,
                 145                                              109



buchipluma no má”.

CAPITULO XIII

El barco se detuvo en cuanto puerto encontró en su acuoso camino para descargar y

cargar o para dejar y embarcar algunos pasajeros. En Magangué subió al barco el

senador Pedro Castro Monsalvo, un cacique político del departamento del Magdalena,
representativo del latifundio y quien se jactaba de repetir período tras período en el

senado de la República, cada cuatro años, pues según el capitán Rafael Bustillo y

Sacco, con el voto de sus catorce mil compadres y de sus siete mil ahijados de pila

bautismal copaba la votación del partido liberal en su departamento y con la influencia

de sus treinta mil vacas y el poder de sus millares de toros era el amo de su invaluable

posición.

  La espera más larga, desde luego ocurrió en el puerto de Gamarra en donde debía

embarcarse el famoso senador Bustos del departamento de Norte de Santander quien

desde allí continuaría su viaje hacia la capital de la república para asistir, como el

senador Castro, a una convocatoria extraordinaria del congreso.

               presentó por una fatalidad irreparable pues la canasta o vagón del
  La demora se 146                                             109




cable aéreo Ocaña-Gamarra, que cubría una distancia de algo más de cien kilómetros

por encima de la selva y en la cual venía el honorable senador, por algunos

desperfectos de carácter mecánico en los motores, se había quedado atorada a

quinientos metros de distancia de la estación terminal en dicho puerto, a veinte metros

de distancia de la antepenúltima torre y a cuarenta metros de altura, desde donde
vociferaba pidiendo auxilio y se lamentaba por la noche de perros que allí había

pasado, encanastado como un peligroso delincuente y dado de ración y pasto de mos-

quitos y zancudos sin que nadie pudiera poner remedio a su tribulación y alegando

bajo los efectos del brandy que había ingerido, que toda esa patraña eran trucos de los

godos que manejaban el cable para que él no pudiera llegar a tiempo a las sesiones

extraordinarias del Senado en donde debía sustentar la ley de honores al glorioso

caudillo liberal Rafael Uribe Uribe. Vitruvio, por este motivo tuvo la oportunidad de

conocer la estación del cable aéreo hasta donde fue en compañía del Senador Castro y

del capitán Bustillo y de ir a ver y oír al senador enjaulado insultando a todo el mundo.

  La realidad era que el cable aéreo agonizaba económicamente por falta de carga y de

pasajeros y mecánicamente por falta de revisión y mantenimiento,109pero más que todo
                147




porque la maquinaría política que lo administraba y a los burócratas que uniformados

asistían puntualmente a las oficinas y que simulaban desempeñar sus funciones, por

tener origen y respaldo políticos, ni les interesaba la eficiencia del cable ni mucho

menos el cumplimiento de los itinerarios.

  “El se está quejando a sí mismo” —le dijo el capitán Bustillo a Vitruvio: “porque el
cable sin ser de él es como si fuera de él”. Después de tan angustiosa e infructuosa es-

pera, sin que el vagón se moviera ni el senador pudiera ser rescatado, ante las

exigencias del pasaje, el capitán Bustillo tomó la determinación de reanudar el viaje, de

suerte que cuando al fin luego de los más arduos e intensos días de navegación el vapor

Santander atracó en Puerto Berrío. Vitruvio convencido de que en dicho puerto

terminaría la navegación sintió un gran alivio al ver en la ribera la locomotora

resoplante de un tren que maniobraba en la estación enganchando vagones y furgones

antes de partir, pues tenía la ilusión de llegar en él a Bogotá, pero su ilusión fue corta

porque cuando luego de traspasar la carrilera, dando un brinco de riel a riel, su tranco se

quedó corto para salvar el trecho, pues la anchura de la trocha no era de una vara como

la de la ferrovía que había salvado en Cartagena sino de una yarda, y ante la
                148                                        109




información que le dieron de que ese tren no iba para Bogotá sino para la ciudad de

Medellín porque era propiedad del Ferrocarril de Antioquia se resignó a volver al barco

a explicarle a Lucia que el viaje solo concluiría, dos días después, en La Dorada.

  El arribo a la Dorada fue recibido con varias muestras de alegría por los pasajeros

quienes jubilosos se embarcaron en el tren al siguiente día. El tren estaba en la estación
con sus máquinas brillantes, pulidas y aceitadas y tenía adosados a su locomotora y

tándem siete vagones de carga, dos vagones de tercera clase, dos de segunda clase y

tres de primera detrás de los cuales estaba un coche restaurante de tal modo que ni el

humo ni el hollín lanzado por la chimenea pudieran ir a incomodar a los pasajeros. El

tren bruñido como una joya reluciente de acero y de cobre, más limpio que hábito de

monja, estaba tripulado por un maquinista rubio de ojos azules y piel como de leche, y

era dirigido por un conductor de uniforme azul kepis del mismo color y corbata negra,

prendas iguales a las del maquinista y aun desde lejos se veía que eran ingleses. '

  El resto de mozos de la tripulación estaban en lo que estaban pues habían sido

formados dentro de una escuela de cumplimiento y eficiencia en los itinerarios

                                                                      veces la carrilera y
prometidos. Vitruvio al ir a hacer entrega del equipaje atravesó dos109
                 149




en las dos ocasiones al ir a dar el tranco para pasar de riel a riel se dio cuenta de que su

paso de una vara que había dado en Cartagena, y que su paso de una yarda que había

dado en Puerto Berrio, se había quedado corto porque la carrilera se había ampliado en

diez o veinte centímetros más porque la distancia de riel a riel ya no era ni de ochenta

ni de noventa centímetros sino de un metro, y sin tratar de encontrar por el momento
alguna explicación subió al vagón a ocupar la silla junto a Lucia y Lucianito. Tres ve-

ces sonó la sirena anunciando la partida y de un momento a otro el tren marchó

rápidamente de modo que luego de algunas horas de trepidación y rodamiento de

rechinamientos férreos al igual de los de una fiera encadenada hizo su entrada rugiente

coronado de humo en la estación de la población de Honda en donde por una seria

indisposición de Lucia tuvieron que pernoctar para no exponerla a los rigores del

interminable viaje. Honda era una pequeña población ribereña en donde se podía

cocinar sin leña pues el calor ambiental era tal que hacía saltar o estallar las piedrecillas

expuestas al sol y en donde el sudor era el bálsamo para poder soportar semejante

inclemencia. Allí luego de que el médico examinó detenidamente a Lucia y la formuló,

Vitruvio aprovechó parte del tiempo libre para ir hasta el cementerio de donde se llevó
                150                                                109




anotada en su libreta la más intrigante y sorpresiva frase la cual lo puso en contacto con

el primer epitafio escrito en una tumba colombiana, y con la emoción de todo

coleccionista la repitió lleno de emoción. El epitafio había sido pintado en una modesta

piedra amarilla y decía: “Aquí bajo esta triste piedra yace el finado Enriquito López. Su

vida fue ejemplo de las más sanas virtudes. Honda, febrero 5 de 1.906 y Honda, febrero
6 de 1.906”. De regreso al Hotel Americano donde se habían alojado, con todo cuidado

transcribí la frase en el Texto de epitafios y sonriente se preguntó el porqué de esa

leyenda, pues no podía entender cómo una vida tan efímera como corta, pudiera ser

ejemplo de todas las virtudes ya que aquel que solo había sobrevivido veinticuatro

horas no había tenido la posibilidad ni la oportunidad de transgredir ni las leyes ni los

preceptos morales. Todos los mortales éramos ejemplo de virtudes hasta la infancia. Al

día siguiente a las siete de la mañana al ir a abordar el tren, Vitruvio se dio cuenta de

que el tren pertenecía a una compañía inglesa que lo administraba y explotaba en

concesión pues en el tándem y en otros sitios y en los vagones se leía: ‘The Dorada

Railway Company Limited”. Instalados en sus confortables sillas y ya el tren en

movimiento Vitruvio, que había estado intrigado por la diferente anchura de pasos que
               151                                                109




había tenido que dar de riel a riel tanto en Cartagena, como en Puerto Berrio y en La

Dorada se quedó mirando al vecino de silla, el senador eterno del Tolima Parga Cortés,

quien para sacarlo de su perplejidad se limitó a decirle: “Lo que pasa es que el

ferrocarril de Cartagena a Calamar tiene una trocha de ochenta centímetros y un piquito

o sea exactamente una vara; el ferrocarril de Antioquia o sea el que va de puerto Berrio
a Medellín por ser una tren distinto tiene una trocha propia de noventa centímetros y un

piquito o sea de una yarda, y la trocha del ferrocarril de La Dorada por ser de propiedad

de una compañía inglesa tiene una trocha de un metro. O sea que lid hasta el momento

ha montado en tres trenes con trochas diferentes. Eso es todo” Entonces, Vitruvio que

aún mostraba cara de perplejidad se quedó pensando cómo había podido suceder

semejante irracionalidad pero el senador Parga que le conoció su incredulidad le

reiteró:

_“el primer tren era de propiedad de la “Cartagena-Magdalena Railroad Company”, una

compañía norteamericana; el segundo del departamento de Antioquia y el tercero de los

ingleses; por eso es que todos tienen trochas diferentes de modo que como son trenes y

estos no se hicieron para injertarlos por eso tienen trochas distintas. Me entiende. Lo
                  152                                               109




mismo pasaba con el tren de Girardot a Bogotá pues cuando yo fui por primera vez al

senado tuve que hacer un trasbordo en la población de Facatativá pues dichas líneas

solo se unificaron a partir del año de 1.925. Lo mismo ocurría en Girardot pues el

puente solo se inauguró en el año de 1.927”. Todo era irracional pero todo era evidente.

Era imposible que un tren de trocha de ochenta centímetros pudiera marchar sobre unos
carriles de noventa centímetros de anchura y viceversa. Es un problema de locos le dijo

a Lucia, pero esta que había aprendido con Ludovico a endulzar con ironía algunas de

sus respuestas, ingenuamente se quedó mirándolo y con cierta sonrisa le dijo:

_Hay muchas cosas distintas a los trenes que no caben en otras: “per non potersi

contenere o non capire nelle pelle dalla gioia” (por no poderse contener o no caber en la

piel de tanta dicha)

  El tren que debieron abordar en Girardot ya no era explotado por los ingleses sino por

los Ferrocarriles Nacionales de Colombia, una pomposa empresa que usaba un

logotipo: FF. NN. CC. que con el tiempo convenció a Vitrubio de que se trataba de un

invento hecho por algunos políticos para que sus amigos y correligionarios se hicieran

ricos mediante los contratos; un dinosaurio antediluviano de fierro que sacaría de la
                 153                                             109




pobreza a sus administradores mediante la aplicación de la santa fórmula de la

“centralización política y la descentralización administrativa” que permitía privatizar

los fondos del Estado mediante las gabelas contractuales, empleaba a la clientela y le

rendía opimos frutos al grupo de privilegiados de “La Candelaria”, un barrio de la

capital de la república que elegía en nombre de la democracia a la mayoría del
congreso, designaba la Corte Suprema de Justicia, El Consejo de Estado, y le daba al

presidente electo la lista de los ministros. Desde luego que si todas estas inexplicables

peripecias acababan de suceder en tan corto tiempo algo aún mucho más inexplicable

estaba por ocurrir, algo tan descomedido y brutal que cuando Vitruvio lo vio, lo soportó

y lo vivió, lo hizo echarse como un ido sobre la plataforma del vagón, agarrarse la

cabeza con sus dos manos y reír como un loco de remate hasta el momento en que

Lucia que no entendía ni sabía lo que había pasado, con la ayuda de los senadores

Castro y Parga lo izaron del piso hasta sentarlo sobre la silla.

  Todo sucedió en una pequeña estación innominada, en donde había una modesta

caseta, con un teléfono de manubrio y un guardavía, sitio en que nadie subió ni bajó del

                    el                                               que
tren. En ese lugar154 tren llegó lentamente y ascendió por un ramal109 escalaba por la

escarpa de la montaña y se estiró como un gusano hecho de fierro y de ruidos a lo largo

de la ladera húmeda durante algo más de diez minutos, hasta ir a dar con su locomotora

al borde de un abismo insondable donde luego de resquebrajar con su frenada los

vagones entrechocados empezó a descender suavemente por la misma ferrovía hasta

alcanzar por el vagón de cola una pequeña plataforma en donde un cambiavía lo
encarriló sobre una nueva carrilera que hacía ascender el tren por el costado opuesto de

la montaña hasta su final en donde luego de frenar comenzó a marchar de frente hasta

enrutarse siempre en descenso hasta ir a encontrar otro cambiavía desde donde siempre

en ascenso siguió hasta ir a parar en la Estación de La Esperanza en donde un tren

resoplante esperaba sobre la vía paralela para continuar su viaje hacia Girardot. Esta

maniobra desacostumbrada e insólita de marchas hacia adelante, hacia atrás y hacia

adelante, rodeada de sirenazos, campanazos y pitazos, tal vez única en el mundo

ferrocarrilero, impresionó de tal modo a Vitruvio quien anonadado por la realidad de

cuanto sucedía no pudo soportar la tranquila explicación del senador Castro mucho

menos la que le dio el conductor del tren:

_Se trata del switch de la Esperanza un entronque de vías y una de las soluciones más
                  155                                            109




ingeniosas de la ingeniería colombiana, tal vez la única fórmula práctica para resolver

el pequeño error de cálculo que se cometió al momento de construir la vía, pues como

esta se emprendió en dos frentes diferentes que según los planos debían encontrarse en

el mismo sitio y a la misma altura, es decir, en La Esperanza, y esto no ocurrió, puesto

que ambas líneas llegaron a la misma montaña pero con una diferencia de doscientos
metros de altura, al ir a buscar la solución el único hombre que la pudo dar fue el

ingeniero Laureano Gómez Castro, quien estando comisionado por el presidente de la

república, doctor Pedro Nel Ospina para hacer la defensa ante el congreso del

monumental error cometido bajo el gobierno conservador del general Rafael Reyes y

por los sucesivos gobiernos conservadores durante la ejecución de dicha obra, demostró

con su palabra la bondad del famoso “switch” sino que además en pleno debate esbozó

la teoría de un político ecuatoriano que había afirmado ante las críticas por la

insignificante anchura de una carretera que estas como los ferrocarriles no debían ser

anchas sino largas dándole aplicación a la defensa de la empresa ferrocarrilera y a la

existencia de trochas distintas. “Los trenes no deben ser de un ancho de un metro sino

de setenta centímetros para que puedan ser más largos” Vitruvio, acababa de llegar a un
                 156                                               109




país de maravillas insólitas pero tan reales que en el momento de su mayor confusión,

mientras que el maquinista hacía sonar la sirena con un dejo inmenso de tristeza creyó

que la vía por la cual se desplazaba el armatoste de fierro rechinante, subiendo, avan-

zando y retrocediendo no había sido hecho por los hombres puesto que no existía, sino

que ella era obra de algún mágico ingeniero que anticipándose a la locomotora y los
vagones iba poniendo polines y rieles para obedecer las órdenes del mago que invisible

le ordenaba al maquinista que rompiera a pitazos la montaña. El mundo que se abría

ante sus incrédulos ojos era tan extraño que en un momento dado creyó que iba

montado en un gusano chirreante y que sus ojos no eran dos sino uno solo y que no le

pertenecían porque eran el fanal que despejaba la neblina para no ir a tientas en medio

de la noche fría que congelaba su corazón, y solo se dio cuenta de que si era y de que

existía cuando bajo el resplandor de las estrellas vio la desmelenada y chispeante

locomotora rugiendo en la curva final que daba a la planicie en donde se 'quedó

dormido sin saber nada de la entrada del tren en la estación de la Sabana cuando el

reclamo de los tiquetes y la voz de Lucia lo despertaron en medio de la avasallante

crudeza. El intenso frío como un cuchillo de carnicero le cortó el rostro y una vez que
                 157                                                109




recibieron el equipaje, tomaron un taxi rojo y se dirigieron al Hotel Atlántico.

CAPITULO XIV

Bogotá, la ciudad del Águila Negra, denominada por el diplomático y humorista

argentino, don Miguel Cané, como "La Atenas Suramericana” había dejado de ser la

ficción narrada por la actriz Amarilis Montalvo y se había constituido, tanto para
Vitruvio como para Lucia e incluso para Lucianito en una realidad abrumadora y

desconcertante, sin llegar, desde luego, a erigirse como la cituma mágica descrita por la

cantante, capaz por si sola de hacer desaparecer por la fuerza de encantamiento el sexo

de los hombres, como la roperista se lo había anticipado a su amiga, pero sin

exageración alguna, si era tal y en mucho, como esta se la había descrito: gris, luctuosa,

lluviosa, fría, y vigilada, sempiternamente, por dos cerros brumosos, el uno asaz

afrancesado denominado de Monserrate y el otro con su patronímico de Guadalupe,

ambos a cual más brumosos y por qué no decirlo, encapotados, tristes y melancólicos.

La ciudad a más de ser húmeda y gélida era bastante pequeña y había sido construida

sobre el eje de la famosa Calle Real o carrera séptima por donde corrían los tranvías de

                    cuales era fácil ver o tomar de la Plaza de Bolívar a la calle veintiséis
todas las rutas los158                                                109




que eran los dos puntos o sitios en donde se bifurcaban las líneas que iban a San

Cristóbal, al barrio Restrepo y al barrio Santander, ubicados al sur de la ciudad, y las

que iban por la parte norte, a Chapinero, San Femando, el Cementerio Central y la

Universidad. La Calle Real o carrera séptima fuera del flujo natural de los tranvías

soportaba el desplazamiento de los taxis Negros y de los taxis Rojos y de uno que otro
coche de punto o encapotado, ostentoso de sus ruinas, pues, pese a haberse convertido

en carricoche, por ser o considerarse el postrer representante de las famosas victorias o

el personero de una época de atildamiento y señorío cuando los Fliers, los Middle

Brocks y los Liza Special, luego de erigirse en el más notorio signo del poder y de la

riqueza, no solo habían venido a menos sino que se hundían, irreparablemente, bajo la

estridencia de las bocinas y los pitos desapacibles de los veloces automóviles, del

mismo modo como se habían hundido antes, el coche del Virrey, el del señor arzobispo,

el del marqués de San Jorge, el de don Pantaleón Gutiérrez y el de la familia Vergara,

así como por las “inteligentísimas y muy sabias y prudentes disposiciones del honorable

Alcalde Mayor de la ciudad y de los insignes ediles” que, desde hacía algunos meses

habían ordenado encubertar el trasero de los caballos de tiro con unos costales de fique,
                159                                                 109




colocados según el artículo quinto de la disposición en comento, de tal modo que a

medida que “los caballos hubieran descomido o fueran descomiendo por las calles, a la

vez fueran recogiendo al instante los cagajones expelidos por las bestias que, con su

sola presencia afean el contorno y las calles, viciándolas con su natural suciedad”.

Disposiciones edilicias y gubernamentales que suscitaron el mayor debate promovido
en la Academia de la Lengua durante toda su historia cuando solo gracias a la

intervención humorística del eterno miembro de número don Eduardo Guzmán

Esponda, pues, al precisársele en memorable ocasión, para que dijera cuál era la

diferencia existente entre el uso del participio pasado “descomido”, y los gerundios,

“descomiendo” y “recogiendo”, usados en la aludida disposición, paladinamente, y sin

titubeo alguno dijo que los gerundios por traer la significación de los verbos, comer y

recoger, que rigen casos, y tienen casos, eran como los participios y que por lo tanto

tirios y troyanos deberían saber que la diferencia en cuestión era según su leal saber,

raciocinar y conocer, idéntica, o misma de mismidad, que, la que había entre estar

jodido y estar jodiendo con lo cual puso punto final al interesante debate. Un mes fue

                                                                 parte de la urbe en
más que suficiente para que nuestros personajes conocieran gran 109
                160




ciernes, en especial, el denominado centro en donde rentaron un apartamiento en la

carrera séptima con la calle veintidós y en donde una vez instalados comenzaron a darse

cuenta de que en la polis, en la famosa “Atenas Suramericana”, no había una sola

persona que hablara en griego, de donde, con el tiempo concluyeron que, la tal Atenas

no era otra cosa que una invención hecha en sus tiempos libres por el ocioso de don
Miguel Cané, un diplomático argentino, quien para poder sobrevivir y dominar a los

veinte o treinta dones e intelectualices que la habitaban y pontificaban sobre la cultura

universal, nacional y citadina, comenzó a llamarlos unas veces como ‘'doctores”, y

otras, como “atenienses ilustres”, sin excluir a quienes presumían saber más de treinta

raíces Riegas o latinas de su habitual “mamadera de gallo”, pues Juera de corcharlos en

griego, no hacía más que incitarlos con sus eglógicas obras literarias a que escribieran

como él, «entrándolos en lo que conocían, en la descripción de la sabana, unas veces,

leyéndoles, y otras, dedicándoles su inmortal obra, El salto del Tequendama como si

quisiera hacer con semejantes dones lo que los ratones suelen hacer masivamente y

motu proprio cuando salidos de los límites posibles de su multiplicación natural,

sobrados de ansias roedoras y de hambre, salen desorbitados y totalmente locos de Sus
                 161                                              109




obscuras ratoneras y convencidos de la inutilidad de su destino y futuro ratonescos, van

y se precipitan afanados y magistralmente en brazos de la impiadosa muerte en medio

de un suicidio colectivo. Fue, precisamente, por causa de la estulticia y por la

ignorancia de tantos e infinitos dones: don Diego, don Ernesto, don Rafael, don

Manuel, don Lino, don Manuel, don Antonio, don Alfonso, don Alberto, don Rafael,
don Tomás, don Baldomero, don Carlos, don Germán y don Antonio, a quienes una y

otra vez, el gracioso “mamador de gallo” les había preguntado reiteradamente por el

significado de la palabra “estuca” que según él había proferido el guerrero Cinesias al

entrar al cuartel, confundiéndolos, con su tomadura de pelo, igual número de veces, sin

que ninguno hubiera podido encontrar la solución de semejante cuestionamiento ni

entender de qué se trataba, circunstancia especial que lo llevó a ponerles el remoquete

de “Atenienses” o el aún más meritorio de “Ilustres Atenienses", cada vez que se

encontraba con alguno de ellos y a denominar la pequeña urbe como a la auténtica

polis, “La Atenas Suramericana \ cosa que los ingenuos dones creyeron a pie juntillas

cuando en realidad aquello que había gritado Ginesias, era lo mismo que solo cuarenta

años después revelaría ante los ojos estupefactos de Lucia el109ilustre lexicólogo,
               162




humanista, poligloto y supérstite don Rafael Cabanillas quien para poder absolver la

misma pregunta que le formuló. Lucia, su alumna de español, en presencia de Vitruvio

o sea la misma que Cané le formuló a los señores, el argentino para determinar si los

dones de su época eran ignorantes, y la italiana para comprobar si era cierto que su

profesor de lengua española dominaba más de diez y ocho idiomas como decían los
amigos de tal maestro, entre estos el griego, cuestionamiento investigación y resultas

que concluyeron penosamente en un auténtico fiasco y en una superchería pues el

famoso poligloto, una vez requerido por el impaciente Vitruvio. tan solo después de tres

meses largos de estudios, indagaciones semiológicas y cavilaciones, al fin y al postre,

un día cualquiera halló casual y materialmente la solución, pues luego de ver y observar

al través del biombo de vidrieras a la hermosa Lucia ceñida por su tenue camisa de

dormir, de un momento a otro, entró precipitadamente en la sala en donde les dictaba

las clases de español a sus alumnos, y sin chistar nada ni saludar ni exclamar nada ni

traducir gritando “se me empinó" que era lo dicho por Ginesias con la palabra “estuca”

y que era lo que acababa de descubrir por andar mirando a través del bastidor a su enlo-

quecedora alumna. la cual, asustada por la erótica situación lo miró fijamente a las
               163                                              109




bragas y como a la espera de las solución pues al tenerla entre las manos y las piernas

gritara con Ginesias ''estuca" o al menos algo que justificara su conducta, mas como no

lo hiciera. Lucia que había aprendido mucho más griego por boca del chispeante

Ludovico di Betto quien luego de culturizarla, solfa leerle en griego y en voz alta

diversos pasajes de Lisístrata de Aristófanes que español por boca de Cabanillas. y que
se sabía de memoria aquel pasaje famoso y prohibitivo le dijo a Vitruvio en griego

aquello de que “ ningún hombre, ni amante ni marido se me acercará en erección” y

luego de mirarse inteligentemente y de reírse decidieron dar por terminado el

aprendizaje de español no solo por la pena referida sino porque ambos, como se dice, a

mata caballo, sabían tanto español como cualquier bogotano, cosa que habían aprendido

leyendo diariamente los periódicos, El Tiempo y El Espectador, en sus conversaciones

con sus paisanos Ricardi y Ambrossi de quienes se habían hecho socios y escuchando

El Repórter Esso, las Ultimas Noticias de Rómulo Betancur y los demás noticieros. Era

la primera vez en la vida en que se sentían libres y aun cuando el destino no tiene

heraldos, respectivamente, sabían que la presencia marmórea de la mina se había

                  de
agotado y dejado 164 ser una intrusa en el destino y vida de Vitruvio y que la seguridad
                                                                    109




afectiva de Lucia no tendría en el futuro un solo ensombrecimiento. La vida había sido

hasta ese instante un raudal de felicidad. Sin embargo, para sorpresa suya y de sus pen-

samientos el primero de septiembre de 1.939 la radio tronó y los noticieros esparcieron

por el orbe y por la ciudad una temblé noticia: Las famosas tropas alemanas con sus

divisiones “panzer” a la cabeza acababan de cruzar la frontera polaca sin ningún
problema y transcurridos dos días del sorpresivo ataque informarían sobre el

desencadenamiento del letal conflicto: Francia y la Gran Bretaña acababan de

declararle la guerra a Alemania. El pacifismo como política había salido más que

maltrecho porque desconocía e ignoraba hasta donde iban las ambiciones de Alemania

y porque Italia quedaba vinculada a la guerra según el “pacto de acero’ suscrito por el

Duce con Hitler. La segunda guerra mundial se había desencadenado. La blitzkrieg, de

amenaza se había convertido en hecho potencial debido al pacifismo que pacientemente

había aceptado la ocupación de Renania, la ocupación de Checoeslovaquia por parte de

Alemania y la atribución de Albania por parte de Italia. La guerra de posiciones

estáticas y la lucha entre las líneas Maginot y Sigfried dan el preludio de la nueva

                 cuando la guerra estaba distante y remota, sin embargo preocupaba
hecatombe y aun 165                                              109




tanto a Vitruvio como a Lucia, pues sus familias hacían parte de un mundo en plena

hostilidad. América y en especial Bogotá estaban tan lejos del escenario bélico que, tan

solo los periódicos y los noticieros importantes parecían tener algún interés en el

conflicto. Lo único que aplacó y desdibujó un poco en la mente de Vitruvio el horror

que sentía por la guerra fue, precisamente, la distancia, pero a pesar de todo presentía
que Italia, a su regreso, si era que este ocurría, ni estaría ni ocuparía el mismo lugar en

el mundo en que él la dejó ni en las mismas condiciones, porque el oficio de guerrero

no era bueno sino para los emperadores, para los mandatarios en crisis y para los

profetas armados porque los inermes habían perecido en el sacrificio. Hitler y Musolini

ganaban la guerra con la vertiginosidad de la famosa blitzkrieg porque esta había sido

preparada lentamente. Era un sueño de Sigfrido calculado con hierro y con sangre pero

era ese un sueño que con el tiempo se iría desvaneciendo a medida en que más se

extendía la conflagración. Esas preocupaciones, desde luego, se fueron olvidando un

poco con la eclosión espiritual producida en sus almas y en sus conciencias por el

nuevo mundo que, liberándolos de la tragedia de la guerra los vinculaba al mundo

americano, desenfrenándolos en el amor mutuo y en el cariño que sentían por
                166                                       109




Lucianito. El texto de epitafios había resucitado entre sus manos y el taumaturgo de la

resurrección había sido Don Miguel de Cervantes Saavedra. Ya estaba copiado allí el

epitafio de Ambrosio para la tumba de Crisóstomo que decía:

 “Yace aquí un amador el mísero cuerpo helado que fue pastor de ganado perdido por

                                        desamor.
 Murió a manos del rigor de una esquiva moza ingrata, con quien su imperio dilata la

                                   tiranía de amor”

      El "DEL CACHIDIABLO, ACADEMICO DE ARGAMASALA, EN LA

                         SEPULTURA DE DON QUUOTE:

“Aquí yace el caballero bien molido y mal andante, a quien llevó Rocinante por uno y

                                    otro sendero.

Sancho Panza el majadero yace también junto a él, escudero el más fiel que vio el trato

                                    de escudero”.

EL DEL TIQUITOT, ACADEMICO DE ARGAMASÍLLA, EN LA SEPULTURA DE

                            DULCINEA DEL TOBOSO:
                 167                                              109
             "Reposa aquí Dulcinea, y aunque de carnes rolliza, la volvió

           en polvo y ceniza la muerte espantable y fea: fue de castiza

           ralea, y tuvo asomo de dama; del gran Quijote fue llama, y fue

           gloria de su aldea.

EL QUE EL BACHILLER SANSON CARRASCO PUSO EN LA SEPULTURA DE
 D. QUUOTE:

“ Yace aquí el hidalgo fuerte, que a tanto extremo llegó de valiente, que se

advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte, tuvo a todo el

mundo en poco; fue el espantajo y el coco del mundo en tal coyuntura,




                   168                                                109
                  que acreditó su aventura, morir cuerdo y vivir loco”

Y EL DEL MONICONGO, ACADEMICO DE ARGAMAS1LLA A LA SEPULTURA

DE D. QUIJOTE.

EPITAFIO.

El calvatrueno que adornó a la Mancha De mas depojos que Jason de Creta:

El juicio que tuvo ia veleta Aguda, donde fuera mejor ancha:

El brazo que su fuerza tanto ensancha Que llegó del Catay hasta Gaeta:

La musa mas horrenda y mas discreta Que grabó versos en broncínea plancha

El que á cola dejó los Amadises,

Y   en muy poquito a Galaores tuvo,
                    118                                             119



Estribando en su amor y bizarría:

Aquel que en Rocinante errando anduvo,

Yace debajo de esta losa fría.

CAPITULO XV

“La Candelaria” y la calle Real habían sido los teatros naturales sobre los cuales había
discurrido la vida política, social, económica, religiosa, educativa y cultural del país

desde la fundación de la ciudad y durante la Conquista, la Colonia, la Patria Boba, la

Independencia y la República, y Vitruvio, por saberlo, le había tomado tanto interés a

ese barrio que ya no había un rincón de él, por distante u oculto que estuviera que no

hubiera visitado ni le fuera familiar. Ese pequeño vecindario comprendido entre de la

carrera cuarta a la carrera octava y de la calle séptima a la calle quince había disfrutado

después de la fundación el privilegio haber sido el asiento de los primeros pobladores

porque aun cuando allí no se habían levantado las doce chozas y el remedo de iglesia

que para formalizar la fundación hizo construir el Adelantado Jiménez de Quesada sino

en el sitio de Teusaquillo, sí se había originado allí, materialmente, el nacimiento y el
                  120                                               121



desarrollo de la vida política, social, y económica de la ciudad. La fundación quijotesca

de Santafé había ocurrido en Teusaquillo en tierras que hacían parte del Cercado del

Zipa y del famoso señor de Bacatá. Quesada la había denominado como Santa Fe en

recuerdo del lugar en donde los reyes católicos habían fundado la Santa Fe española

cerca de Granada. En Teusaquillo había hecho construir doce chozas en honor de los

doce apóstoles y una iglesia pajiza y haciéndose presente allí, el día 6 de agosto del año
de 1.538, revestido con su cota, su armadura quijotesca, y su yelmo de barbero que ya

no era bacinica de sueños, calzando espuelas, llegó al lugar sobre su rocín antes

venturoso Clavijeño y ahora caballo veloz, fiera ignota, y enfrenando en seco el

tascante animal, con dificultad se bajó de la montura, echando pie en tierra, ante los

soldados y capitanes y en especial ante sus escribanos enseñando que venía dispuesto a

jurar “Por mi Dios, por mi dama y por mi Rey” y transformado en el corto rapto, como

si fuera el mismo caballero andante alzó su mano al morrión, subió la visera y bajó la

babera para hablar fuerte y por no morir como hasta entonces había sido con su don.

quiso hacerlo como Alonso Quijano el Bueno, pues este que si era auténtico Quexada,

Quezada, Quijano o Quijada como si no quisiera serlo el día de sus mayores glorias al
                 121                                             121



tomar posesión material del sueño, arrancó unos yerbajos en nombre de su Señor

Emperador Carlos Quinto, y trabándose en singular y descomedida batalla contra los

espíritus que siempre combatió el noble caballero Don Quijote de la Mancha,

desenvainó la pesadísima espada y de manera que todos lo oyeran y lo vieran retó a los

presentes para que si trataban de contradecirle o de oponerse se dieran por vencidos de

todo lo cual se hizo atestación de varones y documento cartulario, a la usanza del
famoso Caballero Andante que había recorrido con su adarga embrazada los caminos de

Montiel y diciendo “voto a Dios”, juró por su ida causa, mas como nadie dijera nada,

consumó la fundación invocando a la dueña de sus sueños a España, que era la

Dulcinea de sus amores, de sus luchas, de sus mayores locuras y de sus altas

ambiciones. Desventuradamente no fue allí en Teusaquillo donde posteriormente se le-

vantarían las casas y los edificios porque una “cosa piensa el burro y otra el que lo está

enjalmando” y además, porque “no hay que ensillar antes de traer las bestias”, sino más

hacia el sur y el oriente porque desde entonces se ha considerado por todos nuestros

hombres su aptitud innata y casi prodigiosa para asumir resoluciones fundamentales

que sin tener fundamentos, desfumentalizan lo hecho y porque desde ese momento
                  122                                              121



comenzaron los vecinos de “La Candelaria”, es decir, nuestros mentores a confiar más

en la intuición que en el estudio, a creer mucho más en el entusiasmo que en el

conocimiento, a confiar más en el sino que en la ciencia, y en la ligereza que en el

racionamiento como se demostró más tarde cuando la ciudad desgobernada, y sostenida

solo con los juramentos se fue a crecer bajo el abrigo de los cerros de Guadalupe,

primero y luego de Monserrate, laderas y pendientes que evacuaban mucho más que
cagaleras las heces inmundas de sus habitantes. De modo que la fundación no había

sido más que una insigne precipitud para cumplir formalidades legalistas gratas para el

señor Adelantado y buenas tan solo para su codicioso coleto. Santafé, pues, empezó a

crecer en otra parte en donde lentamente se fueron instalando los peninsulares, sus

capitanes y sus soldados, los Adelantados, los Visitadores, los Comisionados Generales,

la Real Audiencia, los Alcaldes, los Cabildantes, los Regidores, los Oidores, los

Virreyes, los Presidentes, los burócratas, los sacerdotes y los obispos con sus capillas e

Iglesias, en fin con el asentamiento, allí, de todos aquellos personajes, civiles, militares

y religiosos que lenta e imperceptiblemente, con la extinción y muerte de los indígenas

y la pérdida de sus genes mediante el mestizaje, pues este, como aluvión de grandes
                  123                                                121



aguas había venido sin sus mujeres, se había mezclado con las mujeres indígenas, gene-

rando los mestizos y con el criollismo se habían apoderado del pequeño barrio de “La

Candelaria” y con él de la pequeña urbe y con ella del poder colonial, y con él de la

fronda directora y burocrática, de la fronda militar, de la fronda religiosa, de la fronda

social que se agazapaba detrás de los visillos de sus ventanas patricias hasta ir a

confluir en su pseudoaspiración independentista para poder considerarse herederos del
virreinato, dueños de la historia, porque ya lo eran de los bienes, de las prerrogativas

monárquicas y herederos del sello de la futura república. Vitruvio que pacientemente,

había estudiado y desentrañado de los textos y archivos históricos la verdad, solía en

algunas ocasiones conversar con ciertas y determinadas personas de significación e

importancia política o social y en esas oportunidades le gustaba confrontar sus

conclusiones con las ajenas. Para poder hacerlo recorría ese pequeño sector capitalino

de escasas treinta hectáreas cuadradas sobre las cuales “La Candelaria” destacaba su

privilegio y su influjo. Se fascinaba allí con los balcones verdes; los amplios zaguanes

enladrillados y con contraportón de visillos; los patios cuadrados o rectangulares

claustreados con arcos, columnas de piedra o pilares de madera, llenos de geranios,
                 124                                              121



pensamientos y helechos, las pilas húmedas y goteantes; los jardines risueños, y los her-

barios del patio olorosos a albahaca; el blanco encalado de las paredes armadas con

tapial y por su observación sabía que dentro de ese sobrio encanto natural,

aparentemente familiar, allí no solo había estado avecindado el poder sino que allí aún

subyacía aposentado, tranquilo, poderoso, soberano, absoluto, inalienable, inmutable e

imprescriptible por algo más de trescientos años pasados y por muchos años futuros el
dominio, la riqueza, el comercio, el crimen, el amor, la ostentación, el qué dirán y hasta

los ocios. Y así era y así había sido porque aun cuando muchos de los pequeños mo-

narcas del pequeño imperio se habían ido a vivir a sus quintas un poco más al norte, allí

seguía y allí estaba el enclave mental forjado por los chapetones, y heredado por los

criollos no solo material sino espiritualmente puesto que habían logrado desde esas

casonas, darle un tinte un signo un remedo de nación a un país anhelante, que solo

muchos años después, lograría borrar los trazos impresos en cuatrocientos años de una

miserable y pobre dirección política, social, cultural, y religiosa, puesto que las gentes

que mentalmente hacían parte de ese enclave colonial, viviesen donde viviesen,

estuviesen donde estuviesen, y fuesen donde fuesen, orgullosísimos de sus nombres y
                  125                                              121



de sus apellidos, de sus estirpes y de sus nacimientos, sin menoscabo alguno de sus

caracteres, inmodificables aún dentro de sus aparentes discordias partidistas, mantenían

bajo la intimidad secreta, un misterio de sangre, un inviolable olor de naftalina, un

misterioso aliento, y una impronta inextinguible que era notoria en el summum y el

retrato de su comportamiento, visible en sus personajes llenos de ambigüedades, en

algo que presidía su manera de ser reticente, en algo que acampaba en sus ojos
soslayados, en un otro que residía en su diplomacia conceptual, en un tris que gozaba

con su disimulo, en una innata disposición a la suplantación, en la facilidad para echar

mano del plagio cultural, en una borona ajena que revelaba ser copia de un modelo

extraño, en un molde que subyacía dentro de sus pensamientos, en sus palabras secas

bien moduladas pero exigentes y casi santas, en sus discursos de aire virreinal, en sus

miradas y en sus gestos patricios, en sus dolores por la patria, en sus ademanes

principescos, en mil cosas más con las que suplían su falta de sangre noble y sus peores

abolengos, en la reminiscencia de árboles genealógicos peninsulares y en otros in-

gredientes a cual más mentirosos que unidos o entremezclados a la religión católica, al

pensamiento aristotélico y tomista, a la formación universitaria obscurantista, a la
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educación medieval, a la propagación de un mundo dogmático, a los poderes

omnímodos, a la política sin ideología, a la oratoria vacía, a la turbamulta irracional, a

4a gramática reaccionaria, a la poesía rimada, y a la filosofía fraudulenta, les insuflaban

aspectos mayores ya que cada vez que recorría ese espacio para volar de allí a consultar

al médico de Lucia, el sociólogo natural y psiquiatra, Luis López de Mesa, quien

cuando lograba aterrizar del carro ígneo de Elíseo en el cual siempre viajaba y pensaba,
dejaba al pobre del Vitruvio metido entre la profundidad de sus cavilaciones y en

aquella perplejidad que suele acometer a los iniciados en el saber.

  Ese día, casualmente, el famoso médico, luego de visitar a Lucia y de formularle

algunos calmantes invitó a Vitruvio para que fueran hasta la plaza de Bolívar y al

hacerlo llegaron hasta el Capitolio Nacional, la Alcaldía, la Catedral, y la famosa Casa

del Florero. Bajo sus ideas, el profesor poco a poco y paso a paso, dejó que su inmensa

sabiduría, resumiendo tantas eruditas minucias, evocara, mediante su prodigiosa

memoria, la imagen culta del chispeante y primer maestro, don Ludovico di Betto

quien no solo le había enseñado todo cuanto sabía, sino quien al obligarlo a repetir las

cosas y los hechos famosos de los hombres, le complementó, toda esa dispersa
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sabiduría que había comenzado a digerir en, El texto de epitafios, en los demás libros

de su maestro, en la biblioteca de este y en cuanto libro había caído en sus manos y en

su pensamiento ávido e inquieto. Fue así como Vitruvio, ese día que jamás olvidaría,

estando frente a la estatua de Bolívar, oyó la voz cauta y reposada del alto y flaco,

blanco y canoso, del espigado galeno y psiquiatra quien en voz confidencial y con su

imborrable dejo de antioqueño raizal le dijo:
_Esta es quizás Vitruvio, la escultura más grandiosa del que fuera insuperable discípulo

del gran Canova, su paisano el maravilloso Pietro Tenerani, pues aun cuando muchos

sabios y profanos hablan bellezas de su Cupido, de su Venus y de su Psiquis, yo que sé

mucho más de las almas de los hombres que de sus cuerpos, por mis estudios y por mi

especialidad y por lo que conozco de estatuaria, comprendo de modo claro y obvio que

en este Bolívar, el pensamiento del genio de la actividad, de la tenacidad y de la

intuición, de su mando, de su resolución, puesto que en ella se condensan sus ansias

justas de libertad, su ideario político, el propósito libertario de sus guerras, su acción

emancipadora, su visión de América, y sus sacrificios sin límites, se reflejan y se ven y

se sienten, en su rostro y en su gesto y en muchos más testimonios del espíritu
                  128                                              121



plasmados e incrustados en el bronce que en la ejecución, que, él artista hizo con su

Psiquis que según mi oficio, ha debido ser el “Magnificat” de toda su obra. Sin embargo

no fue así, porque esta obra es la más representativa de Tenerani porque tiene aquello

que en la pintura se llama “esbatimento” y porque además, tiene, la justa proporción de

sus medidas, los ecos apagados de la voz libertadora, la dimensión anchurosa de su

pensamiento, la comedida resolución de heroísmo y el apasionamiento libérrimo de su
gloriosa e intrépida gesta. Esta estatua la inauguró el general Mosquera el 20 de julio

del año de 1.848 es decir hace casi un siglo. Ya iba a proseguir el profesor su

disquisición sobre el capitolio, la catedral, la casa del florero y la alcaldía cuando un

intruso conocido del profesor al cual llamaban o se hacía nombrar como Bienvenido

Lumbreras, recitador impenitente de chascarrillos y contador de anécdotas

centenaristas, llegó, saludó, se introdujo, y tomando la palabra sin más preámbulos,

como viera la sonrisa amplia y tranca del profesor dibujada en su rostro y el gesto

acogedor de Vitruvio, serenamente y para entrometerse en la conversación de una vez

dijo:

_Profesor, con gran respeto le digo que a este Bolívar que Ud. tanto admira ni siendo
                 129                                              121



bronce lo han dejado quieto. ¿Recuerda Ud., mi eminente profesor como los alcaldes y

los ediles lo han subido y bajado de su glorioso pedestal para hacerlo mirar a uno o al

otro costado de esta plaza?

__Sí me acuerdo y sé que en alguna ocasión miraba hacia el costado opuesto al que hoy

mira.

_Allá quería que llegara profesor, —le respondió el chusco quien atildando la voz
comenzó a recitar el corto chascarrillo con el cual se ironizó ese cambio:

              “Bolívar con disimulo, y sin faltarle al respeto resolvió

              voltearle el culo al indio Gutiérrez Nieto.

  “Y ante el esbozo de sonrisa que estuvo a punto de aflorar en la boca del profesor el

atrevido heredero de las pequeñas glorias de los calamburistas del centenario, y ante el

rostro frío y distante de Vitruvio, sin importarle un comino su gesto, continuó: espere lo

mejor del chascarrillo o sea el retruécano:

“Bolívar con disipeto y sin faltarle al resimulo resolvió voltearle el Nieto

al indio Gutiérrez culo”

Esta circunstancia, desde luego, ni impidió que el famoso profesor, sincerándose con
                  130                                                121



Vitruvio, le explicara en la peripatética clase muchas historias de la ciudad y ante la

pregunta de Vitruvio de que él no entendía por qué una ciudad tan pequeña tenía tres

estaciones de ferrocarril y no una sola como todas las ciudades famosas del mundo, el

profesor, le respondió: En verdad Vitruvio que tenemos tres estaciones, la de la Sabana,

la del Norte y la del ferrocarril del Nordeste, por la razón de que no hemos tenido un

sentido unificador sobre nada. Esas tres estaciones están dispersas por la ciudad,
primero, porque los trenes tuvieron diversos orígenes empresariales o fueron objeto de

diversas concesiones, cuando no capricho de los mandatarios de tumo. Por esa falta de

un sentido unitario perdimos a Panamá y hemos perdido millones de kilómetros

cuadrados de tierra a manos de nuestros vecinos. Pero volvamos al tema. Considero que

el mayor error ferroviario fue el que se cometió en la construcción de la primera vía

férrea, Bogotá-Fontibón.

  ¿Se imagina el esfuerzo y la torpeza que implica subir un tren desde la altura del mar,

es decir desde la costa, y desde el Magdalena, prácticamente a lomo de muía, hasta esta

ciudad situada a dos mil setecientos metros de altura, para tratar sobre esa base, de

articular un sistema férreo que friera de ir del centro del país hacia la periferia no tema
                  131                                               121



nada que transportar? ¡Por qué no se inició en la periferia y avanzó hacia el centro del

país llevando sobre sus vagones los materiales es cosa que hasta ahora nadie ha

entendido!

_ ¿Y quién pudo motivar semejante error, el presidente, el congreso, los ministros, los

políticos, los contratistas, quién fue el responsable?

_Todos, más el centralismo y la posibilidad económica de construirlos. La lluvia de
dólares que vivió la nación a raíz de la indemnización económica que los Estados

Unidos le pagaron a Colombia como compensación por la pérdida y el despojo de

Panamá sirvió para dos cosas, para inundar este país de vitrolas Víctor y para construir

algunos ferrocarriles. Esa indemnización que corrió a rodos enloqueció a un mandatario

corrupto, que desenfrenó a unos contratistas perversos, que enajenaron a unos

proveedores inmorales, que guillaron a unos almacenistas torcidos, que demenciaron a

unos trabajadores inficionados, que remataron a unos ministros contaminados. Era tal el

afán de construir un tren, cualquier tren, que hay uno que es ejemplo del más alto

disparate ferroviario. Un presidente, cuyo nombre no quiero recordar decidió hacer

llegar el tren a Girardot y para lograrlo contrató los trabajos e inició la obra con la
                 132                                              121



construcción de la línea Bogotá-Soacha, pero solo en el momento en que la vía

continuó de Soacha hacia su destino final, los ingenieros encargados de su realización

cayeron en la cuenta de que su ejecución era imposible de realizar por ese sector de la

sabana de Bogotá pues no había cómo hacer que la línea descendiera normalmente del

Salto de Tequendama a Mesitas del Colegio. Los ferrocarriles se hacen y los hombres

venimos al mundo por causas distintas a los antojos. De suerte que los embarazos de
los políticos no se deben al empreñamiento de sus cerebros sino de sus faltriqueras del

mismo modo que los hijos de las parturientas no los causan sus antojos sino sus amores

y sus deslices. Estas repetidas e interminables conversaciones entre el sabio y el

erudito, así como las investigaciones de este llevaron a Vitruvio a formarse un juicio

imponderable sobre la nacionalidad y sobre el país que, sin pretender refutar o

contradecir a su maestro y guía, así tuviera algún disenso ocultaba gracias a la admi-

ración y al respeto que sentía por él. Por eso en sus momentos de meditación Vitruvio

hilvanaba la trama de una historia distinta o si se quiere vista de otra manera, mucho

más clara, puesto que se sentía lejos de la idea de patriotismo que tantas veces había

sido equívoca y algunas veces maligna. Vitruvio creía que las ciudades y los barrios
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nacían de la edificación de su primer casa y de ese modo concluía que antes que

iglesias “La Candelaria” nació por haber principiado en una casa. Seguramente, era una

casa con algo más de cuatrocientos años a techos y esa casa no debía de ser otra que la

llamada Casa del Florero. Una casa de esquina sobre la plaza de mercado, de dos

plantas, rodeada de balcones y con columnas interiores de piedra que delimitaban el

cuadrado del patio enclaustrado. Esa casa bien pudo ser la de González Llorente, un
español franco quien mandó a comer física mierda a los criollos que con motivo de la

visita de Don Andrés de Villavicencio querían rendirle algún homenaje, luego de haber

planeado la noche anterior en una reunión en el Observatorio Astronómico, como si

fueran comediantes, el desarrollo, “la mise en escene” y los papeles para representar

por los más conspicuos actores. Ese día los comisionados se presentaron ante el

comerciante chapetón González Llorente, para que les prestase un florero que adornaría

la mesa regia de don Andrés, más como este se negara, algunos de los comisionados

entre los cuales estaba Pantaleón Santamaría y los hermanos Morales, al rechazar

airadamente la grosería del español decidieron aporrearlo y golpearlo. Con el escándalo

promovido, González Llorente huyó, la gente lo persiguió y al final quedó preso. Fue
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allí desde esa casa y desde esos balcones, desde donde José Acevedo y Gómez, se

dirigió en medio de la efervescencia y del calor, al pueblo, siendo considerado a partir

de su intervención “El Tribuno del Pueblo”, al dar rienda suelta a su elocuencia

veintejuliera con la cual empezó a precipitar los hechos para que se formara una Junta

de Gobierno y para que al día siguiente, al amanecer del veintiuno se suscribiera el

Acta de Independencia, puesto que las provincias distantes se habían anticipado a
hacerlo de tal manera que la capital ni se podía quedar atrás ni se podía negar a respirar

el aire libertario que insuflaba los corazones de los granadinos. En efecto, Cartagena ya

había establecido desde el 23 de mayo de 1.810 un gobierno provisorio. Pamplona el

día 4 de julio de 1.810 y Bogotá el 20 de julio, casi a remolque de las circunstancias

que ya habían hecho cauce en el resto de las provincias del reino. Esa declaración de

independencia era un modelo de la ambigüedad, la reserva, el no compromiso, la

reticencia, la diplomacia y la manera de ser de los vecinos de “La Candelaria”: “que se

deposite en toda la Junta el gobierno supremo de este Reino interinamente, mientras la

misma junta forma la constitución que afiance la felicidad pública, contando con las

nobles provincias, a las que en el instante se les pedirán sus diputados, formando el
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reglamento para las elecciones en dicha provincias, y tanto este como la constitución de

gobierno deberán formarse sobre las bases de libertad e independencia respectiva de

ellas, ligadas únicamente por un sistema federativo, cuya representación deberá residir

en esta capital para que vele por la seguridad de la Nueva Granada, que protesta no

abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la

de su augusto y desgraciado monarca don Femando VII siempre que venga a reinar
entre nosotros, quedando sujeto este nuevo gobierno a la superior Junta de Regencia,

ínterin exista en la península y sobre la constitución que le dé el pueblo”. Esa

declaración que era un fiel modelo de ambigüedad, reticencia, escapismo, diplomacia,

soslayamiento y cálculo revela como las casas de”La Candelaria”, la manera de ser de

ese enclave colonial a la perfección.

  Todo se hace interinamente pero la misma junta se reserva el derecho de expedir la

constitución, sobre la base de la libertad e independencia de las provincias, ligadas eso

sí a un sistema federativo cuya residencia estará en la capital o sea en la misma

"Candelaria” y anuncia que solo abdicará cuando don Femando VII venga a reinar entre

nosotros quedando todo sometido a la junta superior de la Regencia.
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  El espíritu del enclave del barrio estaba ya metido en la felicidad prometida y nunca

alcanzada y era como esas casas, como la casa del florero supuesto que según la

leyenda histórica había sido allí y por un hecho tan baladí, en donde nació nuestra

independencia. Esa casa con su balcón fue con otras, modelo para perpetuar en todas las

viviendas que integraron el barrio “La Candelaria” pues quienes edificaron sus moradas

con posterioridad a ella guardaron siempre la disposición de sus zaguanes y de sus
patios, sus balcones, sus claustros, sus alcobas, sus comedores y sus techumbres

arábigas como la divisa de esa estipe. Era natural que todos los habitantes de ese barrio

siguieran ese modelo pues todos ellos aspiraban a vivir así, a continuar siendo con su

sangre criolla o mestiza no solo los nuevos blancos americanos sino los mestizos

independentistas los herederos del pasado, los señores del país político que surgía como

por ensalmo de las voces de los oradores y de los tribunos que ya le habían hecho tanto

mal a la nación con su retórica mentirosa.

  Aquellos que siempre han cubierto con manteles de palabras la falta de hechos,

porque en su tiempo ni los cumplieron ni permitieron que otros los hicieran, pensó en

medio del aparte leído. Claro que su ilustre profesor estaba más que equivocado en
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muchos de sus juicios políticos. Casi al despedirse le había dicho a Vitruvio “peregieta”

con bastante impropiedad, mas como eso no era así, puesto que él no era un viajero

arqueológico extraviado en los Andes ni un turista en busca de paisajes, de inmediato lo

corrigió por semejante delgadez diciéndole seriamente que él lo que era, era un

investigador crítico sin ataduras ni compromisos patrióticos ni políticos. Que él lo que

era un buceador del alma de un pueblo mestizo dominado por los descendientes de los
blancos peninsulares, es decir, por los criollos quienes se habían hecho dueños y

señores del círculo aristocrático de “La Candelaria”. En efecto todos los hombres

importantes que habían participado en el cabildo abierto eran vecinos de ese barrio,

excepción hecha del único revolucionario don José María Carbonell. Vitruvio sabía que

sobre el pie o cepa español que no había pasado de unas cuarenta mil almas, casi todas

de hombre, puesto que las mujeres españolas que vinieron a estas tierras podían

contarse con los dedos de las manos, de esa cepa masculina, habían nacido a la época

independentista casi dos millones de mestizos, sin padre conocido, sin hogar, sin

familia, sin bienes, y sin educación, simples prestatarios de servicios personales,

carentes de religión y de una ética, formando una basta y sumisa clientela al servicio de
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la fronda y sometida por los gamonales de lo políticos, que eran los intermediarios de

los nuevos blancos o criollos, gentes sin formación ni escuela ni modo de alcanzarla y

quienes no participaron en la riqueza de sus ignotos padres sino en una cuota de su

sangre, mucho menos de su linaje supuesto y olvidado ya, ni de su especie ancestral

harto difusa pues que ni entendían su realidad ni tenían sentido económico de la vida y

de la producción de los bienes y cosas, seres sin vida independiente, sin recursos ni
capacidad para dirigirse ni administrarse mucho menos para culturizarse. Mestizos en

fin para los que la independencia y la constitución prometida no eran otra cosa que un

papel lleno de garabatos y unos cuantos mal emborronados, iguales a los del famoso

edicto del Rey de España que los indígenas ni leyeron ni deletrearon ni mucho menos

entendieron. Esa chica y corta casta de “La Candelaria”, ese pequeño club de

aristócratas sin títulos que bien cabían allí con algunas extensiones en las ciudades

importantes del reino como Pamplona, Pasto, Popayán, Cartagena, Tunja, Cali o Girón

y algunas más, era pese a su pequeñez el amo absoluto de todo, y por qué no decirlo sin

mentiras, la heredera del Rey, solo que si este decidía venir a gobernarlos ella abdicaría

gustosa con tal de tenerlo en su seno. En síntesis que el gran misterio de todo lo
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ocurrido estaba en que se había conseguido la independencia de los mestizos sin que

estos supieran ni el por qué ni para qué, pues los criollos que sí lo sabían deseaban no

solo heredar sino perpetuarse en el poder.

  “La Candelaria” solo daría a conocer cuál era su deseo con la expedición de la

constitución monárquica de 1.811 la cual contenía su proyecto político. Dicha

constitución decía en su artículo primero: “La provincia de Cundinamarca se erige en
monarquía constitucional para que el Rey gobierne según las leyes moderando su

autoridad por la representación nacional que en esta constitución se expresa y

determina”

  Artículo Tercero. “No será lícito al Rey renunciar en favor de un tercero” y, Artículo

9o. “No podrá contraer matrimonio sin el conocimiento de la representación nacional”.

Lo que se anhelaba era el poder para “La Candelaria” mediante la conservación de la

monarquía católica y española dentro de la tradición cultural heredada de Roma.




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CAPITULO XVI

Vitruvio, Lucia y Luciano, vivían felices, pero en el fondo de su destino había algo

inquietante. Era absurdo que hasta entonces todo les hubiera salido bien y que en nada

hubieran fallado, incluyendo el crimen, pero hasta ese momento así les había sucedido.

Si lo habían logrado se debía a que en su familiar aventura, mientras Vitruvio lograba el

éxito comercial e industrial en unión de sus paisanos y socios comerciales, ella se había

limitado a gozar y vivir la dicha de tener un amante de guilladura, a cuidar un hijo bello

y excepcional, y a disfrutar de una hermosa casa de dos plantas, cargada de arañas y de

tapetes, cuando no de mármoles, de cortinas, de muebles y de todas las comodidades,

ubicada en un vecindario único. La casa estaba adosada por sus costados a las casas del
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ex-presidente, Alfonso López Pumarejo y a la del político, Roberto (Urdaneta Arbeláez,

un conservador representativo de “La Candelaria”, más terco y sordo que una tapia al

que los bogotanos llamaban con ironía, “el sordo Urdaneta”, pues estaban seguros de

que no solo escuchaba cuanto le convenía sino que sin afinar sus orejas: “oía la yerba

crecer”. Vitruvio que era un hombre rico, era en razón de su fortuna libre de hacer su

voluntad sin ninguna atadura y solo se preocupaba por Lucianito quien a sus pocos años
de edad era no solo el mejor alumno del colegio y el más hábil y el mejor parlador

familiar en español sino el más fluente conversador en italiano y en inglés. Eran muy

felices pero sin embargo Vitruvio intuía algo fatal. Algo que él presentía como el mayor

mal posible, pero que no podía ni conjeturar ni adivinar, pues la salud de Lucia que

últimamente se había convertido en su mayor preocupación había dejado de ser un

problema puesto que ella se había restablecido totalmente de sus dolencias y de su

anterior stress. Sin embargo, sin retar las advertencias que famoso rey de Egipto

Amasís le hizo a Polícrates, en una misiva en donde se espantaba de sus infinitas

bonanzas, adviniéndole que, según él, la vida era una mezcla de bienes y de males, y

que por lo tanto debía procurarse una serie de reveses para oponerlos a los múltiples
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favores de la fortuna, Vitruvio. sin Legar a la temeraria acción de lanzar al mar su

sortija para perder algo, sin creer jamás que los hados y su suerte bruja se la

devolverían como a Polícrates cuando días después el pez que se la había devorado le

fue servido entre una de las viandas, pero eso sí, pensando en que su eterno destino

sería marmóreo, y desde luego que sin desafiar ni retar a la fortuna buscando una pena

como lo había hecho Polícrates puesto que no quería ser colgado de la horca, sí sabía
que había algo que en silencio y a la zapa podía algún día desatar su desdicha, es decir,

su dolor y su pena. Ese dolor y esa pena comenzaron a llegar diariamente y sin afán con

los fracasos de Italia en la guerra porque sin que el fuera un político siempre sintió por

su nación un entusiasmo nacionalista natural en todos sus connacionales, pero más que

todo porque la inminente derrota militar de su país sería un fardo que pesaría

irremediablemente sobre el porvenir de su patria y por ende sobre su futuro. La historia

secreta, la irreparable historia, no los zurcidos históricos ni los espurios escritos que nos

entregan los vendidos epígonos sino la real historia, la que acontece y pasa, esa cruel

historia que acabaría por derrotar a su país dentro del marco de la gran conflagración,

parecía un hecho innegable. Fue en medio de todas esas desventuras cuando en medio
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del cúmulo de tantos malogros al fin llegó un día la voz gorda del fracaso bélico

italiano el cual con las noticias y los informes adversos envenenó el cebo trágico que

había estado escondido bajo su fatal sino. En efecto los periódicos del 28 de abril del

año de 1945 llegaron desde el amanecer a ennegrecer su suerte: traían la foto de Benito

Mussolini y de su amante Clareta Petacci y de las demás personas que integraban la

guardia y el séquito del Duce y todos ellos, colgados por los pies, mostraban en la
fotografía sus cadáveres, bamboleándose bajo el aire de la Piazzale Loreto. Vitruvio no

lo podía creer pero aterrado por la realidad estuvo a punto de llorar, no así Lucia que

desatada en lágrimas empapó las fajos y el titular de tan cruel como dramática noticia.

Todo era «vidente porque era verdadero y al llorar, lacerada de dolor, so lloraron sus

ojos sino su corazón. El sueño más que imposible de una Italia imperial dueña del

mundo; la gran ensoñación de quien se hizo llamar Duce; la quimera del hombre audaz,

del agresivo creador del fascismo que había hallado en la frase napoleónica de que: “La

revolución es una idea que ha encontrado sus bayonetas”, y que él tuvo como la

diadema imperial para coronar los fascios, acababa de fracasar. Mussolini que había

bebido en los escritos de ílos traductores de Lois Auguste Blanqui: "Chi ha il ferro, ha
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ilpane”, cautivado por este había llegado a la creación y organización paramilitar de los

“fasci italiani di combattimento”, nuncios de su cruel y azaroso destino y eso unido a su

falta de miedo más el aparato fascista lo llevaron a caminar tal vez sin saberlo sobre el

filo de la navaja del anti comunismo hitleriano y al extremo del nacionalismo hasta

colocarlo en el trágico final de su negro y horrible destino. El permanente reto al azar

había concluido como lo enseñaba la fotografía: colgado por los pies, como un cerdo
cebado listo para tasajear, e irrespetado por unos milicianos 'ebrios que escupían sobre

su rostro y befado por unos partisanos rencorosos que encaramados sobre el techo de

una bomba de gasolina se meaban sobre su boca y su rostro en medio del más sarcástico

vilipendio. Un destino incierto, había sido el que había permitido que los milicianos

escupieran sobre el rostro cesáreo la indignidad de sus gargajos y que sus escupitajos

babosos profanaran su gesto imperial,

Y   para que el odio de los partisanos que se habían encismado sobre el techo de una

gasolinera de Milán vaciaran mis vejigas y descansaran el albañal de los riñones sobre

su cara tumefacta, meándolo hasta más no decir, en el torvo episodio de la Piazzale

Loreto. Ese había sido su dramático final y la última caída del telón trágico de su vida.
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Claro que todo estaba preparado desde antes y como inmerso entre los pliegues del

tiempo. Las milicias populares del Comité de Liberación Nacional, lo habían buscado

y perseguido por todas partes, con tal de encontrar su rastro, e Italia entera de sur a

norte, había sido esculcada, pues la invasión de los aliados a la península la cual había

comenzado por el sur había avanzado vertiginosamente rumbo al norte en procura de

su caza. Al final, como en todo final, el hombre de la suerte ilímite y la radiante
Clareta Petacci habían sido colgados. El hombre que bajo la luz de su estrella como

Polícrates había desafiado al mundo tembloroso, el tímido ex alumno de los salesianos,

el antiguo y pobre maestro de escuela, el incisivo periodista de el “Popolo d’ Italia” y

de “Avanti”, convertido en intransigente revolucionario había organizado teóricamente

el pensamiento fascista y ordenado la marcha sobre una Roma sin gansos guardianes

que previeran la avalancha de las sesenta mil camisas negras. El, el violento creador de

las milicias del partido, el indubitable amo de Libia, el mayor aliado de Franco y de

Hitler, el político poderoso que había soñado con un nuevo orden no solo para el mar

mediterráneo sino para el orbe, había sido colgado porque su destino no consintió más

con sus flaquezas. El mismo destino que lo había protegido lo había abandonado para
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siempre. Ya lo había salvado de caer en manos de los ingleses en su lucha en África y

ese mismo sino le había permitido imponerse ante el conde Ciano y le había facilitado

igualmente superar sus fracasos en Etiopía, en Libia y en Tripolitania, y en medio de

tantos fracasos sin embargo esa luz lo mantuvo enhiesto y en el momento de mayor

crisis lo llevó casualmente a ocupar cinco ministerios. El en esa mezcolanza entre sino

y abandono llegó hasta proponer como salida un gobierno nacional que, al no tener eco
ni funcionar, luego de su renuncia, lo dejó cautivo y prisionero en Ponza en donde se

creyó que iba a caer el telón del último drama cuando la diosa suerte lo rescató

valiéndose de los brazos y la metralla de los arrojados paracaidistas alemanes que lo

salvaron. Entonces sin miedos ni temores comenzó a organizar sobre los escombros de

su lucha y de su vida la fracasada utopía final: La República Sociale Italiana hasta

cuando al final con el retiro de las tropas alemanas de Italia sus sueños y glorias

imperiales se fueron rezagando con la negra opacidad de su apagada estrella. Así fue

como supo por su sino que su garganta ya no podría volver a perorar ante los dos

millones de fanáticos soldados que, lo habían escuchado emocionados, con las

bayonetas caladas, reiterarle al mundo sus amenazas. Según la crónica eso no había
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sido lo más importante de su muerte, porque lo fundamental no había sido ni el

recuerdo ni la historia de esos momentos. Lo fundamental de todo había sido la bru-

talidad del drama vivido, padecido y sentido en los minutos previos a su muerte. Ese

teatro había sido más hiriente que sus dos millones de bayonetas desnudas y que todos

los millones de lanzas de los fascios puesto que, acobardado por ¿su propio

pensamiento, el fierro estaba en manos extrañas y al presentirlo así no solo trepidó de
físico miedo sino que huyó disparado como cualquier ratón tembleco, disfrazado

soldado alemán, rumbo al norte y acompañado en su malandanza solo por el leal

corazón, la serena mirada y el evidente amor de su amante Clareta Petacci. Desde

luego que los hados ya le habían sido adversos pues los milicianos y partisanos al

descubrirlo lo hicieron prisionero y como tal fueron y se lo entregaron al alcalde de la

ciudad de Dongo, quien al enterarse de quién era el prisionero y cuál su compañera,

casi que mentalmente, en el proceso penal y militar Quizás más breve en toda la

historia del mundo, los sentenció y los condenó a muerte, confiando la secreta

imposición de las penas y su ejecución inmediata a los respetuosos pero vengativos

partisanos italianos que llenos de malicia, cómo no supieran de quiénes se trataba ni
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mucho menos cuál fuera el valor de su formidable presa, le permitieron a la pareja

continuar hacia Como. En una humilde casa de campo le permitieron pasar la noche y

allí evocó y revivió sus tiempos peón juvenil en Suiza. Esa noche solo tuvo a su lado la

belleza sin afeites y el amor de Clareta. Pero la noche había interminable. Los

partisanos lejos de allí habían confluido el proceso verbal que los condenaba a muerte

y allí mismo habían confiado la ejecución de las víctimas a las manos ensangrentadas
del famoso coronel Valerio, un nombre que le recordaría a Mussolini el asesinato del

famoso César romano, de suerte que cuando al amanecer los soldados los llamaron

anunciándoles que habían venido a salvarlos el iluso confiado quien aún creía en su

maravilloso destino sin una sola vacilación les ofreció a sus redentores un imperio

como recompensa, pero luego al ver de frente los rostros vengativos de los soldados

cayó en la cuenta de que vivía la última farsa y que esos torvos seres que lo miraban

profundamente, hacia donde lo querían arrojar era en los brazos de la muerte.

Entonces, derrotado, tembló como un niño empavorecido. Solo Clareta tuvo valor para

mantenerse firme, serena, amorosa, heroica y llena de convicción. Valerio habló y de

manera anticipada dijo algo sobre una sentencia. Luego se oyeron algunas órdenes y
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embarcados en un automóvil partieron rápidamente en compañía del coronel Valerio y

de algunos militares más encargados de su custodia. El tiempo en medio del silencio

letal se hizo una ficción más que, ni existía ni se estancaba ni desaparecía y en ese

instante el curtido coronel anticipándose al tiempo, al llegar a un recodo del camino

decidió precipitar la ejecución, detuvo la marcha, se bajó, abrió las puertas del

vehículo y les ordenó descender. Clareta lo miró a los ojos y al leer en ellos la orden de
ejecución le gritó que él no podía hacer eso y abrazándose a Mussolini escuchó a

Valerio decir que se trataba de una sentencia y al ver que este empuñaba la

ametralladora y trataba de tirar se arrojó a la muerte y le frustró la acción. Entonces, en

medio del forcejeo Valerio sacó una pistola y certeramente les disparó. Clereta rodó en

silencio pero los estertores del Duce estremecieron al coronel y para no oírlos,

actuando como un cirujano, le auscultó el corazón con el cañón de la pistola y le

disparó. Después los cadáveres fueron trasportados a Milán, y allí, en una bomba de

gasolina los colgaron por los pies hasta que se bambolearon como dos reses muertas.

Todos se mofaron del Duce pero respetaron la tranquila serenidad del rostro de Clareta

quien burlona se reía de la muerte. Entonces el toro del fascio osciló como un buey con
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la boca hinchada, amoratada y babosa. Lucia no había hecho más que llorar y desde

entonces una tristeza impredecible comenzó a saltar sobre su tez. Vitruvio trató de

animarla pero ya nadie la separaría de su pena. Ese había sido el capítulo más amargo

de su vida. Entonces Vitruvio se olvidó de sus estudios y de sus investigaciones y se

dedicó por entero a ver de Lucia, a cuidarla y a tratar de que el profesor y amigo la

curara de sus insufribles llantos y nervios. Sin embargo todo fue inútil y los fardos
colgados del Duce y Clareta, mecidos en la plazuela Loreto la conmovieron más. Lucia

no resistía el gesto de buscadora de la muerte, ni el mohín burlón de Clareta, que un

día cualquiera, mucho antes de sus amores con el Duce, captó, cuando la escuchó decir

tranquilamente a algunos de sus contertulios que, “para poder vivir peligrosamente, lo

primero que había que aprender era a sorberse la muerte serenamente” Su amiga

juvenil se había sorbido la muerte con la misma tranquilidad de quien se toma Un vaso

de agua y esa realidad la había comenzado a matar porque ella jamás había podido

aceptar en medio de su felicidad ser deudora de la muerte como sí lo había aceptado

Qareta. La enfermedad de Lucia, más peligrosa que un médico en busca de remedios

hizo que Vitruvio se convirtiera en guardián permanente de sus constantes crisis, de
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sus Santos sin razón, y de su aislamiento y no se separó de ella fino al momento de su

fallecimiento, cuando luego de meses 4e vigilia y de tratamiento el doctor López de

Mesa certificó w causa de su fallecimiento. Durante ese tiempo había Vivido bajo el

crepúsculo de las drogas tranquilizadoras sin que el científico hubiera podido descubrir

un solo trastorno somático en la paciente, ni un solo conflicto síquico que hubiera

podido alterar el sistema nervioso de Lucia. Los médicos creían, desde los sabios
tiempos de Aristóteles, que, una Vez se encontraba la causa de una enfermedad su

curación Estaba asegurada, puesto que bastaba con atacar su génesis que la dolencia

desapareciera pero que tal vez por haber estado inmersos en ese error al no encontrar

huellas de la causalidad recurrían a cambiar de receta, sin atinar en nada y sometidos

en medio de la abrumadora perplejidad de tantos fármacos para casi encontrar al azar

la droga que mitigara el sufrimiento de Lucia que, indefectible y segura caminaba

hacia el final, en medio del dolor, de la angustia de Vitruvio y de la tristeza de

Luciano. La igualdad entre nacimiento y vida, de una parte, y entre enfermedad y

muerte solo sería demostrada por esta.

  La vida en resumen era una enfermedad sin alivio ni remedio ni cura y la bella Lucia
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no había sido sino su espectro. Tal vez él había vivido un cuento de hadas en el cual su

principado no había sido sino una sombra en la que la vida lo había engañado sin

dejarle ver la inminencia del final. Sus amores eternos entraban en el ocaso de la

convivencia feliz en que había vivido junto a Lucia porque todas las vidas eran un viaje

eterno hacia la muerte dentro de un cortejo de locos en el cual el recién nacido sin ser

sabio, lloraba de antemano por sus seguras desventuras, y el moribundo en cambio de
reír ante su descanso, sollozaba de tristeza porque el mundo le había trabucado al

hombre la dicha en desdicha, y esta en dicha. El hombre hacía parte de una especie

única que lloraba cuando había que reír y reía cuando había que llorar. A una especie

que se apesadumbraba en medio de la alegría y gemía y se llenaba de tristeza en

primavera porque era una especie sin destino cierto ni conocido que, cuando estaba ante

el féretro del padre, del hijo, del amigo o de la novia, lanzaba sus famosas y locas

expresiones: “Siquiera se murió, no había nada qué hacer o al fin descansó” para satis-

facer su egoísmo y mostrar la insinceridad de su torpe villanía

  CAPITULO XVII

Su vida y la de todos había trocado la felicidad en desasosiego y su única actividad
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durante todo ese tiempo se había limitado a esperar el desenlace fatal no porque el pro-

fesor López se lo hubiera confiado sino porque así lo presentía. Lucia no había vuelto a

ver la luz gris de la calle pues se había encerrado en su cuarto como una condenada a

muerte, sin más compromiso que el de llorar y gimotear, sin saber ni poder precisar por

qué. Añoraba la tarde en que fueron por última vez al teatro Colón, cuando Lucia al

referirse al antiguo Coliseo Ramírez le dijo que el teatro era una copia minúscula de la
Opera de París, reducida a la tercera parte del Teatro de la Scala en Milán y que, Pietro

Cantini, el arquitecto y constructor, se había esmerado tanto en la ejecución de esa obra

que había traído de Italia a dos menestrales para que se encargaran de la decoración,

apellidados: Ramelli y Sighinolfi, habilísimos decoradores en yesería quienes se habían

interesado en su misión, pero que el teatro tenía una falla que algún día podía terminar

en tragedia porque las cubiertas y su techumbre habían sido hechas por Eugenio López,

un albañil bogotano en busca de ascenso social y de fortuna que, de miserable había

saltado a dispensar desde su mesa de nuevo Epulón algunas boronas para silenciar a sus

adversarios y socaliñar a muchos para lograr sus contratos. Este tema que había

preocupado tanto a Vitruvio desde cuando se enteró de la corrupción y de la necedad
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reinantes en la construcción de los ferrocarriles se había constituido en una obsesión

investigativa tal que lo llevaron a organizar sus apuntes, papeles, notas y documentos

Para poder rastrear mejor y hasta donde fuera posible, por Qué esa vergüenza y lacra

nacional que se daba silvestre había sido el origen de las fortunas de tantos vecinos de

“La Candelaria”, y releyendo historias se maravilló no solo de Que así hubiera sido

sino de que así fuera y no encontró más soporte que el ocasional, el mismo que muchos
años atrás había encontrado el Presidente de ese entonces, Antonio Manso y

Maldonado, cuando se dio cuenta de que el reino era rico pero el país muy pobre

porque tan formidable riqueza sufría el extravío de su natural finalidad cuando sin falta

había ido a parar, primero al bolso de los chapetones, después al de los criollos y por

último a las arcas de los vecinos de “La Candelaria”. Durante esos días y meses de

angustia revisó casi todos los papeles sobre el tema desde el amanecer hasta el

anochecer y leyó muchas veces la biografía de su paisano Pietro Cantini por quien

sentía gran admiración y quien tanto había tenido que ver con el desarrollo

arquitectónico de !a capital y hasta gozó con el repaso de los documentos, de las cartas

y de los contratos que el hijo de Ramelli, Bertoldo Ramelli, le había confiado. La
                                                                    259

historia era risueña porque estaba llena de humor. Todo había comenzado treinta años

después de la independencia cuando los utópicos teorizantes de una nación de sueños y

de un país de locos se apuntaron con gran entusiasmo a la necedad del valeroso general

Tomás Cipriano de Mosquera, de erigir en la capital de la república una obra de

magnitudes casi piramidales que pudiera albergar bajo sus paredes y techos a la

pequeña burocracia nacional en sus ramas, ejecutiva, legislativa y judicial, pensamiento
que pudiendo llegar a ser feliz, nunca se cumplió, porque una cosa es decir y ordenar, y

otra hacer y realizar, y porque mientras se ejecutaba el edificio, como siempre ha sido

mucho más grato y fácil nombrar empleados que botarlos, cuando la obra al fin luego

de pasados noventa años contados desde la iniciación al fin mostró techos ya era

pequeña e inadecuada para acomodar tantos empleados, puesto que según cómputos de

buenos actuarios, era menester a la sazón construir diez edificaciones de igual magnitud

para poder alojar a la Sacrosanta e ineficaz burocracia nacional residente en la capital.

Como por esas calendas no había en el país una persona con conocimientos para

ejecutar la obra de manera responsable, sueño y regia locura comenzaron a

desmoronarse, mas como estos siempre han sido superiores a la triste realidad y el
                                                                    259

general Mosquera se consideraba superior a todos, inclusive a la menuda historia, ya

que él era en el fondo la historia y además el amo del poder entre los granadinos, no

porque estos lo hubieran decidido así o lo hubieran designado sino porque él lo había

adquirido e impuesto a base de valor o de crueldad, circunstancias estas que le hacían

fácil imponer su recia voluntad y porque como además, él no solo era el cuarto

Presidente de la Nueva Granada sino el único heredero del estado y de la espada de
Bolívar, misma con la que se acababa de imponer en la batalla de Tescua, y porque

fuera de su título caudillesco sumado a su valor, su acción era más que suficiente para

ordenar lo que quisiera, empezó la obra, pues ni la dimensión ni el costo del colosal

monumento lo arredraron. El con su poder omnímodo ordenó la obra imponiéndose a

los bolivarianos por acomodo, a los santanderistas de interés compuesto, a los liberales

de boca que querían dejar la mendicidad, a los conservadores por conveniencia, a los

masones con grado clerical, y a los ateos por figuración, puesto que todos fueron y se

convirtieron en sus marionetas ministeriales y porteriles sin que se presentara una sola

exclusión. De suerte que como en Colombia no había una persona capaz y hábil para

levantar la pétrea mole, el gobierno optó por traer al país al inglés Tomás Reed quien
                                                                    259

vivía en la isla de Santa Cruz y quien tan pronto como conoció y mensuró el terreno

dispuesto para la obra, o sea la parte sur de la Plaza de Bolívar, procedió a elaborar el

formidable proyecto de columnatas, áticos, fachadas, patios, del atrio que mira a la

plaza, y de la formidable cúpula capitolina que le daba severidad romana a la

edificación pero que nunca se ejecutó por causas económicas puesto que el general no

era hombre para sentarse a hacer cuentas menudas sobre el valor de la inversión sino
para mandar y porque ningún cómputo ni alta suma, en su omnipotencia, lo desanimó

ni lo disuadió. Sin embargo como la traicionera realidad estaba metida cabalmente ahí,

puesto que el costo de la obra era mayor que la capacidad económica del país, el sueño

solo se diluyó cuando la muerte lo sorprendió en su hacienda de Coconucos el 7 de

octubre del año de 1.878 y solo vino a cristalizarse después de haber transcurrido un

siglo desde la fecha de su iniciación. De todos modos, ordenada por Mosquera su

ejecución y apropiado el dinero para empezar su realización, comenzó a surgir por

todas partes un ingrediente que trancaría mucho más que todos la feliz culminación: la

corrupción. Fue entonces cuando los políticos, los dibujantes, los albañiles, los

comerciantes, los empresarios, los maestros de obra, los abogados, todos a una
                                                                   259

quisieron apoderarse de los contratos no tanto para cumplirlos sino más que todo para

enriquecerse, para eludirlos, o para introducirles algunas reformas sustanciales que les

dieran figuración y algún rango y que les reportaran grandes y generosas utilidades.

Claro está que, en ese forcejeo, sucedió lo inesperado para muchos y casi para todos y

lo esperado para don Juan Manuel Anubla, un rico burgués que dominaba

económicamente en “La Candelaria”, quien resultó ser el proponente favorecido con la
ejecución de la obra y quien como es obvio sin llegar a ser albañil, para fortuna de la

nación, no empezó la construcción de la obra como algunas obras chinas, por las

cubiertas, los techos y las cúpulas sino como las hacía el común de la gente que

aturdidas empiezan por los cimientos, porque de haberlo hecho al contrario aún estarían

los colombianos poniéndole puntales, y bregando a que tan solo cayera sobre la nación

una avalancha de leyes y no todo el peso de la cúpula. Este contratista que no era tan

siquiera modesto alarife pero sí un experto en finca raíz, fuera de ser vecino de “La

Candelaria”, había logrado desplazar, como antiguo marginado social, a algunos

criollos empobrecidos, y como carecía de escrúpulos lo primero que hizo en desarrollo

de la obra fue invadir la actual plaza de Bolívar con los materiales y recuas,
                                                                    259

picapedreros, oficiales y trabajadores, desplazando de ella a los vivanderos y

comerciantes para los cuales construyó unas galerías destinadas al mercado público sin

importarle que el predio escogido para hacerlo o sea el costado occidental de la plaza

no era suyo sino ajeno y sin dársele un ápice de vergüenza por el empleo de los

materiales adquiridos para la construcción del capitolio en la otra obra. Era natural que

ese costal sin fondo agotara año tras año los presupuestos asignados y que por esta
causa la obra se parara en el año de 1.851. Mientras el contratista Arrubla se había

enriquecido desmesuradamente el señor Reed, tratando de paliar el hambre y la miseria

en que vivía, se dedicó de lleno a la elaboración y dibujo de los planos para el

panóptico de la capital y sin pretender como ahora edificar una cárcel de alta seguridad,

lo logró, puesto que de ella ningún reo se fugó hasta el momento en que por intrigas de

algunas señoras pasó a ser museo, para tranquilidad de los avezados delincuentes que

allí pagaban sus penas. Reed en vista de su extremada pobreza se ausentó del país sin

alcanzar a ver completa la altura de la formidable muralla que rodeaba el penal en

donde cómo era obvio y lo demostró sobre los planos, desde un solo punto, desde La

Rotonda, y sin las actuales cámaras de televisión se podían ver sin una sola exclusión
                                                                    259

los puntos internos de la edificación; cárcel superior, según Vitruvio a todas las

construidas en el país en toda su historia, incluyendo a la famosa Catedral, confirmada

así por el sacerdote, Rafael García Herreros, un clérigo de más olla que oración, sin

parroquia pero de ansias papales; un santo que para ganarse la paz, a falta de lobos, de

pajarillos y de vocación, decidió en el colmo de la exaltación llamar hermano al amigo

Pablo y oficiarle unas misas en busca de la salvación. Corría ya el año de 1.871 y como
las arcas del tesoro público se hallaban repletas y la corrupción rampante rondaba por

los ministerios y en las tratativas secretas de los políticos, algunos de estos en asocio de

un nuevo y más inescrupuloso albañil, se unieron y a base de triquiñuelas y de trampas

consiguieron que se le adjudicara la continuación y la terminación de la obra al señor

Francisco Olaya.

  Este empírico alarife que había aprendido algunos rudimentos de construcción bajo

la dirección de Tomás Reed, aceptó el encargo, y pese a su notoria inexperiencia sin

ningún temor a su ejecución del mismo modo como sin ningún empacho se hubiera

hecho cargo de la construcción del hipódromo romano. . La verdad de todo fue que a

los pocos años según la opinión seudo técnica del por entonces Jefe de Obras, señor,
                                                                      259

Antonio Klopatofsky, cuanto había hecho el señor Olaya había necesidad de demolerlo.

Es en esta grave situación cuando los caza fortunas unidos a los señores y a los dones

de “La Candelaria” comienzan a presionar la terminación del capitolio por boca de

Gallardos, Gómez, Caicedos, Acostas, Ricaurtes, Ortices, Bohórquez, Guarines,

Lozanos, Galavís, Omañas, Arellanos, Alvarez, Nariños, Ayalas, Vergaras, Ugartes,

Urquinaonas, Trujillos, Calderones, Andrades, Pardos, Zamoras, Manriques, Grillos,
Tañeos, Vanegas, Oíanos, Acevedos, Rosas, Valenzuelas, Gutiérrez, Garcías,

Santamarías, Arrublas, Núñez, Marro- quines, Semas, Rizos, Jiménez y tantos otros

más, que unidos a los amos del poder decidieron traer un nuevo constructor para que

terminara la obra. Así fue como en el año de 1.879, llegó a Bogotá el escultor italiano

Mario Lombardi, quien como era natural propuso embellecer la obra del capitolio con

algunas esculturas hijas de su especialidad y así lo hizo maquillando la obra sin que

esta llegara a feliz término. En su reemplazo trajeron al famoso Pietro Cantini, otro

escultor italiano con bastantes conocimientos arquitectónicos quien continuó la

edificación, previa demolición de lo ejecutado por Lombardi y quien trabajó de tiempo

continuo hasta el año de 1.885 cuando se agotaron los fondos y no se arbitraron
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recursos para continuarla. Esa situación económica le permitió a Cantini dedicar su

tiempo a la edificación del teatro de Colón, obra que culminó en el año de 1.895 con la

decoración interior del coliseo para lo cual trajo al país a los hábiles artesanos italianos

Ramelli y Sighinolfi. Pietro Cantini realizó esta importante obra en el lote del Coliseo

Ramírez. Según palabras de Lucia, Vitruvio supo que el teatro era una copia reducida

de la Opera de París y que los adornos hechos por sus paisanos eran copia de los del
teatro la Scala de Milán. Nuevamente los políticos asociados al antes pobre albañil

Eugenio López, consiguieron para este y para sí la ejecución de los techos y de las

cubiertas del teatro y ante la bonanza renaciente y el dinero mal habido este se pasó a

vivir a “La Candelaria”, convirtiéndose por arte de encantamento y por las manos de

los artesanos italianos en el constructor de cuanta casa importante se edificó, de ahí en

adelante en Bogotá. Sin embargo como no era un profesional de la arquitectura sino

que tenía fama de serlo, un día, Vitruvio se enteró de la verdad cuando al encontrarse a

boca de jarro con Bienvenido Lumbreras, el eterno contador de chistes y de anécdotas y

recitador de versos en las reuniones de café se atrevió a preguntarle por el entonces

amo de la construcción capitalina, y éste, que tenía un repertorio inagotable de
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anécdotas y una memoria de elefante de una vez le contó que, la obra mayor del albañil

la habían llamado en su tiempo “La Morada del Altísimo” por dos razones: porque las

fachadas y paredes las había enjabelgado y pintado de morado y porque su propietario

era un verdadero gigante. Una tímida sonrisa recordaba Vitruvio había sido el signo

externo de su manifestación y ese signo se repetía ahora cuando esa pequeña brizna de

alegría lo alejó por unos segundos de sus papeles y del lecho de Lucia. No supo por
qué, pero recordó la anécdota y luego la frase de Amold Toynmbee, de que no existía

una línea divisoria entre la imaginación y la realidad, autor a quien leía y releía a diario,

y al hacerlo cobró vida en sus documentos y papeles la obra detenida del capitolio

cuando el mundo vegetal la asedió, la invadió de malezas destructoras y trató de

ahogarla con todas sus fuerzas, de devorarla o de echarla por tierra, momento crucial en

que don Carlos Arturo Torres, ministro de hacienda en el año de 1.904, abrió un nuevo

concurso para su terminación. Una vez más, las triquiñuelas y trampas de los

contratistas estuvieron al acecho pero los italianos ya habían aprendido algo de

tramoya, y, Eugenio López, el prepotente ricacho de “La Candelaria” participó en la

licitación con un proyecto sugerido por el humorista y artesano italiano Sighinolfi
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quien en secreto le redibujó en la parte esencial del proyecto: la hermosa cúpula central

que le daría remate jubiloso al edificio, dentro de la cual le diseñó varios pisos en

donde albergar a la alta burocracia estatal. De paso y para cautivarlo, le hizo un

pequeño esbozo sobre el organicismo estatal, adelantándose en muchas décadas y años

a la concepción teorética de Oliveira Salazar, pues le explicó además, que dentro de esa

cúpula quedaría ubicado el cerebro de la nación y sin haber oído nada sobre la famosa
alegoría del arcángel San Gabriel, según la cual la humanidad forma un cuerpo místico

cuya cabeza es Cristo y su vicario general el papa, y una sola cabeza y un solo cerebro

que piensan, dirigen y organizan el cuerpo místico, así el estado había menester de una

sola cabeza que piense y oriente y dirija y rija a la nación, ya que esta no es más que,

un organismo integrado por seres diversos, con intereses opuestos pero jerarquizados,

con aspiraciones encontradas que han de ser limitadas para que esa sociedad no solo

camine dentro de un orden y obedezca dentro de la ley, puesto que así como en el

humano cuerpo no cabe sino una sola cabeza así debía de ser en el cuerpo místico, y en

el cuerpo de la nación. Bajo esa formidable cúpula como en la cabeza humana le había

explicado e! lúcido farsante, estaría como su cerebro el Presidente de la nación quien
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señalaría el camino, la luz, la verdad, el futuro y la vida. Los ministros que serían sus

ojos. Los detectives que serían sus oídos. Los contratistas que serían sus manos. Los

políticos que serían sus pies, su fortaleza y su movilidad. Los sabios legisladores que

serían su voz legal. Los jueces incorruptos que serían su justicia. Los policías que

serían su tacto. Los militares que serían su defensa sublime. Los contralores que serían

los celadores de las arcas, y toda la infinita parafernalia de atizadores y alzafuelles que
como plaga administraba y en la cual pensaba Vitruvio al releer los papeles con tanta

gracia e ingenuidad como sabiduría, en donde “el Señor Ministro en su sabiduría o la

Corte de sabios con su sabiduría nos dirán” Desde ese centro único saldrían las órdenes

justas para que el resto del cuerpo social las cumpliera: los trabajadores con sus brazos

ejecutarían las obras públicas. Las masas populares y los partidos sostendrían el aparato

social, haciéndolo caminar en la dirección señalada porque solo así de ese modo, el

Estado, como cualquier otro organismo podría realizar la felicidad de la nación, cosa

que era en síntesis no solo una tomadura de pelo a la italiana sino un truco para que el

famoso albañil don Eugenio López, al proponerla, fuera descartado de la adjudicación y

para que esta recayera en manos de los arquitectos Lelarge y Santamaría. Corría ya el
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año de 1.906 y Pietro Cantini aceptó continuar la obra pero basado en el proyecto de

Gastón Lelarge y de Santamaría. Enfermo Cantini se retiró en el año de 1.908 siendo

reemplazado por Lelarge y Santamaría quienes lograron diseñar el patio sur con su

correspondiente escalinata y sus columnatas armónicas a las del patio norte, obras en

las que trabajaron hasta el año de 1924. Sin embargo Lelarge había sido fascinado con

la idea de la famosa cúpula cerebral sugerida por el chusco del Ramelli quien no solo la
dibujó para despistar al casi albañil López, y atraído por la idea la propuso, una vez

más. porque en su tiempo mal podía saber él lo que ahora Vitruvio sabía y había

indagado: que la cúpula por hermosa y posible que fuera pese a que el sabio profesor

López de Mesa le había afirmado que "si imposible era la incapacidad de hacer algo o

de ejecutarlo” cosa que Vitruvio le corrigió diciéndole que en su contrario estaba la

verdad "porque la posibilidad era simplemente la capacidad de ser antes de existir o de

existir siendo” su refutación no solo alarmó ese día al profesor, cuando Vitruvio le

agregó que la cúpula sobraba en su opinión porque ya los habitantes de "La Cande-

laria”, sin planos, ni medidas, pensaban por la nación desde los balcones verdes de sus

pequeñas cúpulas caseras, desde donde dirigían el país, puesto que ellos se habían

reservado la exclusividad de pensar cómo debía ser la nación. La obra está en su mente
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en sus documentos y sus papeles hasta cuando por fin se concluye durante el año de

1.916, cuando don Alberto Manrique construyó la cubierta provisional de la obra que es

e! momento en que se desechó la idea de alagar allí a la burocracia nacional pues ya se

sabía de buena tinta que el majestuoso y fantasmagórico edificio del capitolio apenas

podía alojar en su seno la vigésima parte de los empleados de la nación por lo cual se
determinó que allí solo funcionara el congreso y algunos ministerios. En el poder el

general Rafael Reyes cuando corren ya las calendas del año de 1.904, ante la avalancha

de dólares que irrigaron la economía del país a causa de la indemnización del canal de

Panamá los políticos decidieron echarle mano a ese capital y es entonces, cuando el

mandatario acordándose de la carpintería versallesca que tanto había disfrutado en

París, trajo unos carpinteros para que renovaran puertas y ventanas y para que de paso

le dieran una mano y un toque de buen gusto a su amado Palacio de San Carlos. Todo

ha terminado y mientras Vitruvio ojea y lee papeles en medio de su tristeza y

desconsuelo por la enfermedad de Lucia, sin embargo, ríe en la intimidad no solo por el

cúmulo de disparates y de sueños, sino por la grave corrupción que durante ochenta
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años había enriquecido a tantos caballeros de alcurnia, residentes de “La Candelaria”, y

ríe porque sabe que contra ellos nada se podía hacer. Esa nación de sueños de

Mosquera “como es natural”, no necesitará de Capitolio ni de cuerpos colegiados donde

formular la ley nacional, por miles de razones que no es el caso mencionar.

  La independencia se había hecho contra los chapetones y no contra España por los

vecinos y habitantes de “La Candelaria” y a ellos les bastaba con las leyes peninsulares
pues cuando don Lino de Pombo le dio por editar su recopilación Granadina aún regían

Las Siete Partidas, La Recopilación de Indias, La Nueva Recopilación, puesto que

código civil no tuvo la nación sino a partir de 1863, cuando entró a regir el que don

Andrés Bello tradujo y redactó para Chile, el cual había sido tomado literalmente del

código de Napoleón con algunas falsas incrustaciones que a más de desarticularlo un

poco y demeritarlo lo hicieron oscuro en muchas partes y un tanto incomprensible. Lo

que si había tenido Colombia y a porrillo eran constituciones. Tantas como copistas,

políticos y traductores, pero estas habían sido obras de uno o de cuando más dos

personas o capricho de muy pocos en busca de notoriedad, quienes aislados en sus

bibliotecas lograron pulir y armonizar sus mamotretos. Esos afanes habían sido los de
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Luis Eduardo Azuola, Pedro Groot, Simón Bolívar y Francisco Antonio Zea, Estanislao

Vergara, Bemardino Tovar y Juan de la Cruz Gómez, José Rafael Mosquera, Florentino

González, Justo Arosemena y Carlos Holguín, Salvador Camacho Roldán y Francisco

de J Zaldúa, Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, Nicolás Esguerra, Alfonso López,

Eduardo Santos, Alberto Lleras Camargo, (y la última la de año 91 cuando en un solo

platillo metieron las patas ochenta felinos y por eso todo el país “olió a mierda de
gato”) En resumen que la independencia obtenida en 1.810 había sorprendido más a los

criollos que a España pues estos carentes de formación cultural y de estudios solo

habían podido heredar los empleos públicos pero sin poder ni ejercitar ni emprender

bajo su libertad la constitución de un nuevo estado. Mucho menos los mestizos

mayoritarios que sin ningún conocimiento improvisaban en todo género de temas,

dominados por su ignorancia invencible, sin acertar en ninguno, mientras que en el

pequeño enclave de “La Candelaria”, cada familia guardaba celosamente cuando menos

un boceto de constitución, cuando poco un himno nacional y cuando nada un modelo de

bandera o algún escudo nacional porque la felicidad de los hombres no era un bien

tangible y real sino una utopía en la que todos podían trajinar. Los neogranadinos eran
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libres pero estaban o seguían sometidos al coloniaje de cuantos lo quisieron y lograron

imponerse en política, cultura, técnica y economía. No tuvieron un solo modelo a seguir

y hasta el año de 1.920 el país fue una colonia cultural de Europa y económicamente

continuaba siendo una colonia de los Estados Unidos. Los intelectuales habían mirado

solo por un rato a Francia. De- Pendieron de todos, de Inglaterra en economía y en

materia legislativa, de los Estados Unidos en institucionalidad, en técnica y en
economía, y de los imperialismos modernos, Porque fueron muy pocos los ciudadanos

que supieron hacia dónde iban y de dónde provenían y porque ni los hombres ni sus

falsas sectas habían tenido diferencias reales y ciertas ya que el andamiaje del

favoritismo había sido y era para “La Candelaria” algo sin límites ni fronteras, un coto

de caza comunal de las preeminencias políticas. Era totalmente falso lo que afirmaba el

político Alfonso López Pumarejo de que las fronteras ideológicas de los partidos se

habían borrado. No tuvieron fronteras políticas ni centralistas ni federalistas, ni carracos

ni pateadores, ni bolivarianos ni santanderistas ni gólgotas ni republicanos ni liberales

ni conservadores y ningún colombiano se había sorprendido al caer en la cuenta de que

él era ideológicamente lo mismo que era su contrario y su enemigo. Porque esa
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diferencia nunca había existido ni era real sino aparente y porque la felicidad ofrecida

por los dos partidos era la misma ya que no se averiguaba de donde provenían sus

hombres pues se sabía que todos pertenecían a ese enclave citadino material, espiritual,

económico y social de "La Candelaria", porque unidos o separados en los bandos lo

mismo les daba fueran a donde fuesen y estuvieran donde estuviesen ser liberales o

conservadores. Lo importante era ser o descender de “La Candelaria*', pues los
moradores del enclave poco a poco habían abandonado sus casas y solares y se habían

ido a vivir al norte en sus quintas de la carrera trece o de la carrera séptima no solo para

valorizar los predios de las antiguas encomiendas sino porque ya sabían que llevaban en

sus frentes el ostensible imprimatur de su apabullante categoría.

CAPITULO XVIII

Lucia no había vuelto a reír y resultaba bastante inescrutable y peligroso que su rostro

marchito, como una rosa en descomposición, solo humedeciera con lágrimas salobres la

piel reseca de su cara triste sin que una soja gota de rocío refrescara la agostada corola

de su moribundo corazón. El eminente psiquiatra y profesor, Luis López de Mesa,

quien a diario llegaba hasta la casa de Vitruvio para examinar a su paciente aún no tenía
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ni la más lejana idea sobre las causas que minaban la salud de la enferma, y, por

ignorarlas, no había encontrado ni un lenitivo ni un medicamento ni una droga que

mitigara en parte, curara o restableciera el estado depresivo de Lucia. Y la situación se

había agravado mucho más porque la naturaleza, por otra parte, se había negado a

ayudarla, al término, que lágrimas y penas se habían adueñado fatalmente de sus ojos y

de su lacerado rostro. Vitruvio, dominado por la impotencia, permanecía cada vez más
tiempo cercano a ella, y para estarlo se había refugiado en la lectura y en la búsqueda

histórica, motivos por los que no resultaba extraño que al atardecer, luego de averiguar

al galeno por la salud de su amada, lo retuviera en el estudio para cuestionarlo sobre sus

notas y observaciones acerca de la vida y la obra de los llamados próceres. Ese día,

casualmente, al momento de ir a despedirse, fue el profesor quien adelantándose a

Vitruvio le preguntó sobre sus investigaciones y cuando este le respondió que ya había

concluido con el estudio de las vidas y obras de Nariño, del general Santander y de don

Francisco Antonio Zea, el galeno, para referirse al “precursor”, de manera insólita lo

calificó, tildándolo, de “cachaco pobre”, usando un modismo que Vitruvio desconocía y

que de inmediato le solicitó al profesor que se lo explicara y quien asumiendo un aire
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doctoral y profesoral de una vez le respondió;

- Cachaco pobre”, Vitruvio, así, entrecomillado, es aquel Personaje que a más de

lechuguino, gomoso, o petimetre, suele ser decidor, retruecanista, anecdótico y

simulador de riquezas, es decir, el que aparenta tener una opulencia que solo existe en

su imaginación. Claro está que el “precursor” no fue fanfarrón sino por el contrario,

hombre valiente. Lo que sí no tenía era estrella. Recuerde Vitruvio con Lucanor “que
unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”. Ese fue su caso porque cuando quiso

pasar por pudiente paró en prisión; cuando se animó a triunfar con las armas, cayó cau-

tivo y fue a caer con sus huesos a Cádiz, y cuando aspiró a ser Presidente de la Nueva

Granada el senado lo enjuició. Iba Vitruvio a corregir al médico pero la presencia de

Luciano que acababa de regresar del colegio se lo impidió, por lo cual, solo pudo

decirle al momento en que este salía, que esa opinión a más de benévola era patriótica.

La verdad verdadera que es muy distinta de la verdad histórica era que tanto chapetones

como criollos por haber sido casi todos díezmeros y encomenderos, es decir, gente rica,

fuera de haber luchado para irse a vivir a “La Candelaria”, por lo único que habían

competido con ardoroso denuedo había sido por ser o continuar siendo recaudadores,
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colectores, agentes y aduaneros, en fin burócratas de algún pelaje y más que todo

tesoreros de diezmos, lid en la cual nunca habían dudado en hacerle carantoñas al

cabildo eclesiástico, al señor Oidor, al mayestático Virrey, al engolado magistrado y al

mitrado, que para eso sus familiares, sus vecinos, y sus relacionados eran socios de ese

pequeño club de la ilustración que tenía su sede en “La Candelaria”, y era mucho más

cerrado que un círculo o que un rectángulo para así, poder encerrar dentro de él, el
llamado poder, hasta el término de haber llegado a convertir el pequeño y delicioso

enclave, en la más poderosa, la más intrigante y la más próspera fronda de la nación.

Don Antonio Nariño con mucha sindéresis y buena lógica aspiró desde el fondo de su

ambicioso corazón a alcanzar el cargo de Tesorero de Diezmos y tanto él como su

familia, sus amigos y su círculo consideraron que al vástago de don Vicente le sobraban

condiciones no solo para serlo sino para entrar a ocupar cualquier cargo por alto que

este fuera. Vicente Nariño, su padre había venido al Nuevo Reyno como contador de las

arcas reales, y de su matrimonio con la hermana del Tesorero, Manuel Bernardo

Aovares, de nombre Catalina Álvarez, había nacido Antonio, quien hecho hombre, por

tradición, por parentelas, por amistades, por conveniencias económicas y sociales se
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dedicó al mundo de los negocios pero quien más tarde, en busca del éxito combinó

hábilmente con la burocracia, el nepotismo, la intriga menor y hasta con el tejemaneje

palaciego. Su padre don Vicente no había sido ricohombre ni hombre rico y su acervo

sucesoral se había limitado a la casa de “La Candelaria”, sita en la calle de La Carrera,

la cual hace hoy en día parte del Palacio de Nariño, de suerte que fue su madre con su

dinero quien lo impulsó hacia el comercio, donándole en un principio mil pesos y
prestándole dos mil más, que, sumados a la dote de su esposa Magdalena Ortega,

integraron su capital. Es en esta situación económica cuando para acercarse a “La

Candelaria” le compró la casa al famoso don José Antonio ligarte, la cual a su vez

hipotecó para ayudarle a su hermano en los negocios y para dotar a su hermana Benita

en su matrimonio con José Ortega. Los vecinos de “La Candelaria” que todo lo prevén,

lo avizoran, lo otean y luego lo consiguen ya habían visto en la precaria salud y la su-

perada senectud del señor Tesorero, Juan Agustín Ricaurte, la posibilidad de su

inminente retiro o la vacancia del cargo a causa de su esperada muerte y al preverlo el

clan se movilizó como un solo hombre, y “La Candelaria” se agitó y susurró para que

fuera don Antonio el indeclinable sucesor del Tesorero de Diezmos. Entonces a medida
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que avanzó la intriga la fronda solidaria se electrizó, se dinamizó y actuó desde la

sombra espesa de las reuniones, tertulias y veladas, pues Nariño no solo era a la sazón

Alcalde de Segundo voto, sino que tenía trato, vista y comunicación con el Virrey y la

Oidora, y con tal relación y desde esa posición intrigó el cargo ante el Virrey Gil y

Lemos quien burlando las normas y usurpando competencias lo designó,

“interinamente” Tesorero de Diezmos, birlando de paso con la interinidad las llamadas
disposiciones de ley y usurpando de paso la competencia exclusiva del cabildo. Ante la

sorprendente determinación del Virrey, el cabildo, fuera de protestar, demandó la

decisión de Gil y Lemos quien para completar el juego escondido en su triquiñuela se

dirigió al cabildo, exactamente, el día anterior al vencimiento de su encargo virreinal, y

en términos paliatorios sin reconocer ni satisfacer al cabildo en nada, le comunicó que

al siguiente día tomaría posesión con la solemnidades del caso el nuevo Virrey don José

de Espeleta. El círculo se había movido como pez en el agua y ya le había hecho venia

y rendido honores y agasajos costosos al nuevo gobernante, comprometiéndolo con su

cortesanía y esplendor en la refrendación del cargo para don Antonio de tal modo que,

cuando este asumió la dignidad, en un único acto aceptó la renuncia del titular del
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cargo. Juan Agustín Ricaurte, y en el mismo confirmó a don Antonio como Tesorero de

Diezmos. Las maniobras del círculo familiar, de la ilustración y del club de “La

Candelaria’" habían triunfado, de suerte y modo que cuando llegó el fallo del soberano

reconociendo la competencia del Cabildo sobre la provisión del cargo del Tesorero de

Diezmos y sobre el nombramiento irregular hecho por Gil y Lemos, surgieron una vez

más, desde la sombra, las conveniencias políticas, las intrigas y los colegiados
paralizaron el cabildo, pues no quisieron enfrentarse al nuevo Virrey, y desvaneciendo

su victoria legal se limitaron a pedirle a don Antonio que se sirviera rendir cuentas de

su gestión. Don Antonio rindió sus cuentas al cabildo y este al confrontarlas con los

libros y encontrarlas correctas lo confirmó en el desempeño del cargo, exigiéndole eso

sí, un mayor afianzamiento. Para eso están sus amigos y socios: los hermanos Caicedo

y Flórez don Andrés Otero, don Pedro Ugarte, don José Tomás Ramírez, don Antonio

Cajigas, don Primo Groot don José Santamaría y don Silvestre Trillo, quienes por

salirle al quite, fueron y lo afianzaron. ¡La Candelaria unida jamás será vencida! El

círculo ha contestado a lista y ha presentado sus bienes y es a partir de la solemnidad

notarial cuando en realidad comienza el torcido uso de los fondos. Primero se tuercen y
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toman los denominados “fondos sobrantes”, y poco a poco, todos los fondos. Entonces

los negocios privados de los del círculo prosperan y crecen sin límite alguno pero llegan

a ser tantos, tan variados y tan valiosos que, como el monto de ellos exige cada nuevo

día mayores cantidades de numerario se presenta o llega un momento en que es casi

imposible recabar, proveer y mantener la liquidez, satisfactoriamente, para antes de la

inminente fecha del examen anual del Libro de Diezmos. Es ese el momento en que los
amigos, socios y diezmeros decidieron irrigar las arcas agotadas con algo más de

setenta y dos mil pesos, y es gracias a semejante inclusión monetaria que, los canónigos

al examinar la anualidad correspondiente encuentran que su manejo ha sido correcto en

cuyo reconocimiento proceden a cerrar el Libro, el mes de diciembre de 1.793. Sin

embargo, como la podredumbre por el manejo fraudulento de las arcas avanza, y los

rumores sobre su engañosa manipulación se expandían sin producir efecto alguno, sin

embargo, algo distinto se filtró y se coló, ante la Real Audiencia, y esta que no era ni

sorda ni lerda, en tratándose de asuntos institucionales y políticos, al enterarse por

algunos velados informes sobre la existencia de una presunta conspiración, entró en

acción, preocupada, desde luego, no tanto, por los rumores del desfalco como por la
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aparición en Santafé de unos pasquines sediciosos fijados en algunos lugares públicos

el 19 de agosto de 1.794. Joaquín Mosquera y Figueroa el Oidor ros arista resultó ser el

encargado de la investigación sobre los llamados, “papeles sediciosos tocantes al actual

sistema de la Francia” El Oidor entró en acción investigativa el día 29 pero en cambio

de ir a la Imprenta Patriótica de don Antonio Nariño en busca de las pruebas sobre la

impresión de esos "papeles sediciosos”, corrió a la casa de este y lo puso preso, selló
los cuartos y lo mantuvo allí bajo la vigilancia de vista de sus hombres. Es a partir de

este momento de la rápida investigación del oidor cuando surgió una especie de

correlato entre el complot y el manejo de los fondos de diezmos. Nariño había

traducido y hecho girar el tórculo de la Imprenta Patriótica para imprimir los Derechos

del Hombre el día 13 de diciembre de 1.793. Él había hecho la traducción de los diez y

siete artículos del tercer tomo del libro del libro Historia de la revolución de 1.789 obra

de Kerveseau y Clavelin el cual le facilitó, Cayetano Ramírez de Arellano uno de los

guardias del Virrey y no alcanzó a editar cien ejemplares, y es más, solo vendió uno y

obsequió otro, pero al ser advertido por uno de sus leales amigos de que su decomiso

podría acarrearle graves e inúmeros perjuicios, trató de recoger esos ejemplares y
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quemó el resto. Sin embargo fue a raíz de este hecho cuando surgieron los rumores

sobre corrupción en la Tesorería de Diezmos y la denuncia por conspiración y fue por

esas mismas calendas cuando su ayudante en los negocios de quina Luis de Rieux,

luego de ir a la casa de putas de “La culebra”, resultó acusado por Pedro Rangel de ser

conspirador. La Gamba y su cabrón de putería fueron citados a declarar. Luego, Joaquín

Umaña, depuso sobre virtualidad de la conjuración. Después, Manuel Benítez denunció
que Sinforoso Mutis le ha dicho que Antonio Nariño hacía parte de la confabulación.

Más tarde, José Arellano afirmó que había sido en la casa de Nariño en donde se había

urdido la traición. Y con estas pocas probanzas se nombró al Oidor, Mosquera y

Figueroa, como investigador quien luego de dejar preso a Nariño en su casa voló a la

Imprenta Patriótica para buscar allí los documentos y pruebas de la existencia y de las

circunstancias del delito político, y luego de instruir allí mismo al contador de cajas

reales Martín Urdaneta, le ordenó proceder para que con su presencia adelantara “las

diligencias respectivas a la entrega de la Tesorería de Diezmos” con el concurso del

Arzobispo. El metropolitano evadió el compromiso y envió a algunos canónigos en

quienes delegó su representación. En la diligencia Nariño hizo entrega del Libro de
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Distribuciones junto con la suma de quinientos treinta y tres pesos en monedas.

Entonces se ordenó el cierre del cuarto donde están los libros y el despacho de diezmos.

Todavía no se conocía la cuantía del fraude. Con todo, se embargaron preventivamente

los bienes de Nariño y en el acto se designó como depositario de ellos a su fiador

Antonio Cajigas. Al anochecer, Nariño fue llevado preso al cuartel de caballería.

Posteriormente, el seis de septiembre, al establecer los canónigos que el faltante
alcanzaba a millares de pesos, pidieron que se les entregaran los bienes de Nariño y el

dinero existente. Los fiadores entraron en la disputa y los reclamaron y el Virrey,

lavándose las manos dispuso que se los entregaran al Cabildo Eclesiástico para que ante

este se dilucide la petición hecha por los fiadores. Entre tanto el proceso que se adelantó

por “el detestable papel que contiene las execrables máximas de los franceses” marchó

a todo vapor pues se trataba de hechos y actos políticos, y aun cuando no se había

aportado al sumario ninguna de las publicaciones y solo aparecieron en él unos testigos

que declararon haberlos visto; con tan deleznables pruebas, calificadas como suficientes

entró la Real Audiencia a decidir y en providencia del 28 de noviembre de 1.193,

condenó a Don Antonio Nariño, “a diez años de presidio en uno de los de África, al
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extrañamiento perpetuo de América y a la confiscación de todos sus bienes”. Es en

estos momentos históricos cuando Vitruvio establece que hasta el momento anterior a la

publicación de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, “La Candelaria” ni mostraba

ni había presentado una sola fisura social ni mucho menos política, puesto que sus

anteriores querellas se habían limitado al fraccionamiento entre “godos” que

representaban la tradición dogmática, de una parte, y entre “muticitos” o humboltistas,
de la otra, sin que tales denominaciones llegaran a constituir partido alguno o que los

así nominados lucharan por la defensa o la implantación de nuevas instituciones. “La

Candelaria” era un monolito sin partidos porque toda ella estaba integrada por los

socios de un club sin fronteras ni oposición Posible; por un equipo humano cuyo único

deseo era estar y ser el gobierno. Precisamente, fue por eso que Nariño a la hora de

enfrentar el proceso no encontró un solo defensor ni un solo golilla que se apersonara

de su causa pues quienes podían serlo: los abogados y cagatintas a más de ser

profesionales eran vecinos de ese enclave, y por consiguiente, ninguno de ellos, así se

tratara del más insignificante, le convenía entrar en tropiezos o tener fricciones con las

autoridades. La verdad sea dicha: la corrupción jamás había estado al alcance de la
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mano del pueblo iletrado sino de los privilegiados quienes se repartían entre sí las

posiciones virreinales.

CAPITULO XIX

Bolívar a la cabeza de López Méndez y de don Andrés Bello fue hasta Inglaterra

animado por el propósito de conseguir dineros y armas para la causa de la

independencia, pero al final, para cumplir con ese proyecto, solo permanecieron en
Londres los señores López Méndez, don Rafael Ravenga y el representante de la Nueva

Granada José María del Real. Desgraciadamente, éstos, por algunos incumplimientos

en su gestión emprestilladora fueron a parar a la cárcel. Zea, fue el único que logró

esfumarse y escapar de ir a parar a chirona. Se trataba de Don Francisco Antonio Zea

quien para no dejarse echar el guante de las autoridades, hábilmente, escapó de las

garras de la policía. Era don Francisco, un antioqueño de “todo el maíz”, encepado a

España por padre y por madre. Había terminado sus estudios en la universidad de

Popayán y ya en la capital ingresó a San Bartolomé en el año de 1.876, animado del

deseo de estudiar abogacía. Fue allí en esos claustros en medio de ese ambiente y en ese

vecindario en donde logró captar las más puras esencias de “La Candelaria”, un
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delicioso enclave colonial, del cual deseaba ser con alma y corazón su más refinada

fragancia. Audaz hasta el delirio, maravilloso conversador, como muy pocos, ameno

expositor y amparado por la intriga, había alcanzado a ser profesor de confianza de los

hijos del Virrey Ezpeleta pero al ser encartado en la “conspiración de los pasquines”

resultó expulsado de América en compañía de don Antonio Nariño por lo cual fue a

parar a la prisión de Cádiz, en donde estando purgando su pena las autoridades le
concedieron el beneficio de la libertad condicional por allá por el año de 1.799. Limpio

de polvo y de Paja logró que el poderoso ministro, Manuel de Godoy Álvarez de Fabia

lo designara como enviado científico de España en Francia y fue allí en donde conoció

y entró en trato y relación con Miranda el representante de Venezuela. Una vez de

regreso a España y ambientado a Europa avanzó en sus conquistas sentimentales y

burocráticas, y al contraer nupcias en el año de 1.803 con Felipa Meilhon y

Montemayor pasó a ser director en el año de 1.805 del Jardín Botánico de Madrid. Más

tarde y bajo el imperio de la invasión napoleónica, para no perder sus privilegios ni la

mesada burocrática, sin sentir el más mínimo reato ni escrúpulo, suscribió la

constitución de Bayona traicionando de paso a la nación española que lo había
                                                                   259

mantenido en cargos de bastante importancia, y sostenido, ricamente, es decir, con hol-

gura y dignidad. Se sabe y se siente traidor, y por lo tanto al momento de ser

expulsados los franceses de España, como todo sabueso oliscó el peligro y para no tener

que salir con el rabo entre piernas, huyó a París acompañado de su esposa y de su hijita

pues sabía que los españoles lo buscaban para ajusticiarlo por pérfido. Don Francisco a

quien nada lo amarra ni detiene ni inmuta, trotó por el ancho mundo en frenética
aventura y como una liebre saltó de Francia a Inglaterra y de allí en un brinco más

largo, voló hasta América, y cayó en Kingston, en donde su pilla estrella lo puso en

contacto con Bolívar bajo cuya sombra, amparo y promoción sembró, vio nacer, cultivó

y cosechó su anhelado retomo a Europa. Bolívar lo hizo secretario de su campaña y Zea

permaneció a su lado a la espera de los venturosos gajes. Así es como el 23 de

septiembre del año de 1.817, un mes antes de ordenarse la repartición entre los militares

de los bienes confiscados a los españoles, Bolívar lo designó miembro del Tribunal de

Secuestros. Por serlo, necesariamente entró en la comisión de repartos, mas como para

los maquinadores el todo es poca parte, a los veinte días, al momento de ir a designar el

Libertador, el primer Consejo de Estado, lo incluyó en él, nada más ni nada menos que,
                                                                    259

como Presidente de la sección de Estado y Hacienda. Ubicado en tan importante

posición comenzó desde allí a dar muestras de su innata disposición para malversar los

fondos públicos pues con el tiempo resultó ser un hombre bastante botarate. Su alma de

secretario se fascinó de regusto al oler los fétidos aromas y regüeldos que escapaban de

los entresijos del poder, y sus estudios y sus conocimientos lo llevaron a ser el seguro

amanuense constitucional del Libertador. Bajo su soporte y dirección redactó la Carta, y
aprobada ésta, resultó exaltado a la posición de Vicepresidente de la República que en

el fondo, por la ausencia del Libertador de Venezuela, resultó ser la virtual Presidencia.

Sin embargo, alejado el Libertador, su ausencia del poder, le abrió paso a las audacias y

codicias de los militares arismendistas quienes para desplazar al incómodo letrado

hicieron correr el rumor de la derrota de Bolívar por parte de los realistas, y acto

seguido libertaron a Arismendi quien estaba a la espera de que lo juzgara el

correspondiente Tribunal. El golpe fue perfecto y con él los coroneles y generales se

adueñaron del poder. Zea que no era hombre de armas ni de batallas sino redactor de

enredados incisos, y además, bastante pusilánime ni se atrevió ni tuvo valor para

combatir a los golpistas y para eludir la situación presentó su famosa renuncia. El texto
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de esta deja trascender el aroma y la esencia espiritual que respiró su vida en el

ambiente de “La Candelaria”. Hay en ella un modelo de falsa dignidad, y de una

arrogancia ostensible, encubiertos por una supuesta modestia, pero eso sí, con el

reclamo palabrero por más grandes privilegios y canonjías, pues está dispuesto como

los grandes farsantes de nuestra pequeña historia a marchar al sacrificio en aras de la

república, algo que los políticos de América Latina llaman como "caer de para arriba”.
En ese texto el pérfido Zea dice: “Renuncio del modo más solemne una, dos y tres

veces a la dignidad de Vicepresidente de la República y suplico a V. M. se sirva

concederme licencia por algunos días para pasar a misiones pero no en su territorio sino

en París en donde puedo ser más útil a mi patria”. Quería regresar a la embrujadora

Europa para disfrutar allí “de los placeres inocentes de la amistad de los sabios”.

Mientras esto sucedía en ausencia de Bolívar, y este entraba victorioso a Santafé, Zea,

sin presentar una sola queja ni crítica ante los militares, permaneció callado como una

ostra, pues ya había calculado que con el regreso a Venezuela del Libertador triunfante,

la oportunidad pondría en sus manos las llaves doradas que le franquearían las puertas

para irse a Europa a disfrutar de su dorado y anhelado exilio diplomático.
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  Y   como lo previó así sucedió, pues al regreso del Libertador, este lo designó como

Agente Extraordinario en Washington y en Europa. Claro está que un hombre tan pre-

visivo no podía irse a viajar dejando a su familia en el desamparo, así porque sí. y

entonces, para protegerla de todo mal y peligro, consiguió que el congreso le otorgara a

él. a su esposa, y a su hija, una recompensa por sus servicios y sacrificios, consistente

en una propiedad de cincuenta mil pesos y de otras adehalas que existían para los
capitanes generales del ejército.

  Como era obvio que un hombre de tan excelsa importancia mal podía irse a la

aventura de cruzar la mar con las manos vacías ni sin los poderes generales del

Libertador que lo facultaran para el desempeño de su misión, de una vez se rapiñó el

dinero de la caja de Angosturas y se enfardeló cuatro poderes en blanco que Bolívar le

suscribió y Revenga refrendó. A su paso por la isla de Saint Thomas, al enterarse de

que allí había algo de blanca, se reaprovisionó con ella, tomando cuanto tenía en su

poder el gobernador Hamilton, y con los bolsillos un poco llenos, en cambio de ir a

Washington extravió la ruta y siguió para Londres a donde arribó el 16 de junio del año

de 1.820. Allí estaba López Méndez a quien debió marginar del conocimiento y del
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desempeño de su misión puesto que no quería un solo estorbo en su cumplimiento y

como ya le había hecho saber al Libertador con bastante antelación que “se proponía

gastar mucho dinero puesto que estaba empeñado en que ella tuviera total éxito”,

empezó a moverse con las manos llenas. Para desplazar a López Méndez, publicó unos

avisos en la prensa londinense en que anunciaba ser el singular representante de la

República ante Europa y para demostrarlo llenó uno de los poderes que le rubricó el
libertador en blanco, pues ya sabía que ese poder era un auténtico manjar servido que,

si no se utilizaba se perdía o quedaba expuesto a fenecer con la revocatoria. Su misión

está allanada y se emocionó al saber que los créditos anteriores eran inexistentes puesto

que esas operaciones crediticias eran de carácter nulo, y echando mano a tan propicia

situación jurídica, y para abrirle el apetito a los prestamistas, incluyó en su gestión de lo

que él llamó “un verdadero empréstito”, los préstamos nulos que los agiotistas le habían

otorgado a López Méndez, y claro está, ante tan desmesurados halagos logró suscribir

el día 1o de agosto del año 1.820 con los agencieros ingleses, Herring, Graham, Powells

la primera acta de un préstamo unificado de las deudas de Colombia y de Venezuela

mediante el cual se emitieron bonos en libras esterlinas por la suma de 547.783.112-3.
                                                                       259

Esa importantísima suma se aplicará según su indecisa teoría económica a los

siguientes rubros: al pago de las deudas que los prestamistas le habían otorgado a López

Méndez; a la constitución de una reserva de 66.666.-13^ libras esterlinas suma que

quedará en poder del señor Zea, y el resto para pagar algunas asignaciones militares

hasta entonces insolutas así como para la adquisición de equipos militares y de auxilios

para la campaña libertadora. Su misión había sido tan impenetrable que nadie sabía
nada de ella ni en Venezuela ni en la Nueva Granada. Entonces con la bolsa llena de

dinero contante y sonante repasa las instrucciones que recibió y recuerda que debe de

obtener el reconocimiento de la independencia por parte de España, pero antes de ir a

este país se dirige a París en donde manda construir un fastuoso coche de estribos, con

su caja imperial tapizada en ricas pieles, y su parte externa y sus puertas llenas de

blasones, de hipotéticos escudos de amias, de festones imperiales, con tiro para cuatro

caballos, con su pescante para dos lacayos de librea dorada y de tricornio, y bajo

semejante boato y esplendor entra a Madrid cl día 6 de junio de 1.821. Ya el gobierno

de Colombia ante e) fracaso de la misión Zea había designado como sus negociadores

de paz con el gobierno de España a don José Rafael Ravenga y a don José T. Echavarría
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a quienes les había dado instrucciones para acordar un tratado de paz sin condiciones,

distinto del que Zea pretendía, y este ante el malogro de su misión, luego de cuatro

meses de negociaciones infructuosas, decide abandonar a España y partir rumbo a París

en el lujoso carruaje imperial, aderezado de nuevos festones y piafante de renovados

corceles. Sale de allí con el esplendor y la magnificencia de un emperador sin poder,

pero con más perifollos, adornos, despedidas y venias que las que le correspondían a un
soberano. Salió afanado, pues quería llegar a París en donde lo esperaban sus amigos

fraternos, “para disfrutar de los placeres inocentes de los sabios’': Humbolt, del abate

De Pradt, de Cortés Campomanes y de la inefable Fanny de Villars. Sin embargo, ¿qué

hacer se pregunta si, una vez más, los plazos habían corrido raudos y los prestamistas:

'Herring, Graham y Powells lo acosaban pues ellos solo sabían hacer cuentas de los

intereses del valor de los cupones a amortizar, en fin de la rentabilidad contractual del

dinero? Sencillamente lo que le indicó su laxa moral pragmática y su sentido utilitarista

de la realidad, hacer lo obvio, contratar un nuevo empréstito por la suma de 2.000.000

de libras esterlinas que fue el que logró y suscribió principescamente en París en un

banquete regio al cual invitó a sus amigos los sabios y desde luego a los prestamistas
                                                                    259

para que disfrutaran a su lado de los placeres inocentes de la mesa, del vino y del

espumoso y embriagador champán. De una de esas francachelas regias saldría

fortalecida su amistad con los sabios naturalistas y la misión Boussingault y su relación

con Goudot y con Cuvier y con el médico Roulin, y de todo eso solo quedaría el trabajo

de Roulfn y de Bousingault quienes determinaron la posición astronómica de la

confluencia del río Meta en el Orinoco. El dinero se escurriría entre sus manos y
correría febril empujado por su mentalidad irreflexiva. De todo ese disparate no

quedaría sino la anécdota risueña que lo pinta de cuerpo entero y que afirma que

cuando iba a salir de algún teatro, banquete, cena, o gran espectáculo, siempre se hacía

el olvidadizo de la fina capa de corte inglés para que los ujieres encargados del vestier

corrieran presurosos con el ánimo de colocársela sobre sus ligeros hombros y ya cuando

le anunciaban, que se le había olvidado el rico atuendo, se quedaba mirándolos lleno de

sorpresa y de perplejidad y en presencia de los circunstantes exclamaba: “¡A mí no se

me ha olvidado nada déjela, y recuerde, ahora y para siempre que ningún

plenipotenciario de la República de Colombia se pone dos veces la misma capa!". Mas

como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, por fin el gobierno se dio
                                                                    259

cuenta de los disparatados manejos del señor Zea y ante las críticas que surgieron de su

gestión en el Congreso de Cúcuta se optó el día 12 de octubre de 1821 por nombrar una

comisión liquidadora y con base en esos resultados, al fin el gobierno le hizo saber por

intermedio de su secretario don Pedro Gual la decisión y nota de la cancelación de sus

poderes. Sobra decir que, Bollman cuando se hizo presente para reclamar las cuarenta

mil libras de platino, se quedó de una sola pieza cuando don Pedro Gual le hizo saber
que la obligación suscrita por Zea era de carácter personal y que, además, el platino no

era de propiedad de éste. Pero para Zea no había pasado nada y fue así como el señor

Gual se vio precisado a decirle en el año de 1.822 que sus poderes le habían sido

revocados. Lo hizo porque Zea ya tenía en mente un nuevo empréstito por la bicoca de

tres millones de libras esterlinas. Pero ya se encuentra hidrópico y con esa enfermedad

se va a Bath a casa de la duquesa de Somerset en donde fallece el día 22 de noviembre

de 1.822. “E1 señor Zea es la mayor calamidad de Colombia” escribirá el libertador.

Para entonces Nariño aspiraba a ser el sucesor de Zea y es con tal motivo como el

Libertador le dice al general Santander: "Si Ud. quiere la segunda edición del saqueo de

Zea, mande Ud. a Nariño a Inglaterra”. Y era natural que el héroe así se lo dijera pues
                                                                   259

sobre una deuda de 1.500.000 liaras esterlinas su servicio y pago demandaban la suma

de 5.000. 000 sin que el gobierno supiera en qué se había invertido tan crecida suma.

Quería anotar más detalles de semejantes manejos pero se preguntó, para qué más

pormenores sobre la corrupción. Zea, a su juicio, había sido estafador por todos sus

costados. ¿Quién sabe qué opinión íntima tendría sobre él profesor Luis López quien

no lo menciona ni en bien ni en contra en su Escrutinio Sociológico? Se lo preguntaría
en la primera oportunidad que tuviera. Lo evidente había sido que muchos de esos

hombres con mácula ni midieron ni calcularon cuáles eran sus deberes para con su país,

ni apreciaron cuáles eran sus derechos y que por no haberlo hecho se habían visto

forzados a zanjar con un discurso patriotero la autoría de sus crímenes. El miligramo de

honradez que habían aparentado tener se había convertido en el sol de un cielo

inmundo. Quizás los ladrones políticos habían cometido el error craso de no haberse

robado todo, pues que de haberlo hecho habrían sido coronados como emperadores. No

triunfaron porque no alcanzaron a robarse el reino entero sino a pedacitos y ese había

sido su gran error. Estaba claro que de dos modos diferentes los mal llamados próceres

habían asaltado los bienes públicos y privados, convencidos de que la gloria de sus
                                                                   259

luchas les borraría el vergonzoso inri de su afán por lo ajeno. No quería continuar,

estaba cansado del examen documental de su trabajo, pero creía que debía perseverar en

él.

  CAPITULO XX

Ei general Santander no había escapado al escrutinio adelantado por Vitruvio, puesto

que este prócer dándole algunos manotazos a la incipiente legalidad se había quedado
con Hato Grande, la finca del cura doctrinero de Cajicá, el sacerdote realista Pedro

Martínez Bujanda. El cura era español y había venido acompañando a su pariente el

arzobispo Martínez Compañón quien para establecerse con mayor holgura y comodidad

en “La Candelaria” lo primero que hizo fue comprarle la casa contigua al Arzobispado

al terrateniente Luis Caycedo y Flórez, archipotente vecino y miembro feliz del círculo

gobernante. El clérigo Martínez Bujanda había adquirido a Hato Grande de manos de

su tradente, el también chapetón, Estanislao Gutiérrez, quien a su vez se la había

comprado a su antecesor en la titularidad del predio, señor Francisco Rodríguez de la

Sema. Por algunas circunstancias económicas Hato Grande había sido arrendada por

Gutiérrez en el año de 1804 a don Lorenzo Marroquín, y por los mismos motivos,
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Gutiérrez, había recibido de Martínez Bujanda distintas sumas de dinero en calidad de

préstamo, sin que dentro de los plazos convenidos las hubiera podido satisfacer todo lo

cual motivó que, el cura doctrinero se quedara con la finca. Sin embargo, como la

situación política que se vivía por ese entonces, a más, de inestable era riesgosa, el

sacerdote, para curarse en salud, le otorgó poder general a uno de los procuradores de

número de la Real Audiencia para que lo representara en toda clase de acciones. Claro
está que siendo hombre zahori sus previsiones jamás pudieron prever ni mucho menos

llegar a vaticinar la caída del régimen virreinal tal como ocurrió el 20 de Julio de 1810

ni mucho menos la ulterior lucha entre federalistas y centralistas, los cuales al trabarse

en las primeras «tallas no solo hicieron caso omiso de los derechos de los Propietarios

de los predios ubicados en el escenario de la guerra sino que entrambos comenzaron a

ocuparlos, a disponer del ganado existente en ellos y a saquearlo, unas veces para

alimentar la tropa y otras para sostener los gastos de las campañas. Era por tales

calendas, Primo Groot, subpresidente realista de Cajicá, y Bujanda que era asaz

avisado, sin pensarlo dos veces, le confirió poder pues al hacerlo calculó, que solo con

su influencia y su poder podría salvar su valiosa finca. Pero del mismo modo como
                                                                     259

nadie previó la independencia, ni la caída del Virrey, de esa misma manera nadie creyó

que pudiera surgir una segunda y real fisura entre los vecinos de “La Candelaria”, es

decir, que estos se fueran a dividir entre centralistas y federalistas, los unos para

consolidarse en el poder en Cundinamarca y los otros por avasallarlo, y mucho menos

que la guerra en ascuas llegara a las goteras de Santafé. Unos querían mantener el poder

central que estaba en manos de Manuel Bernardo Alvarez, y los otros, derrocarlo, para
llenar el vado de poder dejado por el virrey Amar. Entonces se motejaron diciéndose

“carracos” o “pateadores”. Ante el avance de Bolívar y de Urdaneta sobre Santafé los

federalistas nombraron al ‘Tribuno del pueblo” José Acevedo y Gómez como sub-

presidente de Zipaquirá pero ya Hato Grande había sido saqueado y solo pastaban en

sus potreros algunas pocas reses. La incipiente legalidad se basaba en simples órdenes y

fue de ese modo como el general Urdaneta ordenó verbalmente el embargo de los

bienes de los realistas. En ejercicio de esa orden, Acevedo y Gómez fue y secuestró

algunos cameros y algunas yuntas que aún pastaban en Hato Grande. Entonces Bujanda

que había sido hecho prisionero le confirió desde la población de Honda a Primo Groot

una especie de renovación de sus poderes, y éste, en ejercicio de ese mandato, le
                                                                   259

solicitó, con fecha 7 de abril de 1.815, al Gobernador de Cundinamarca, Ignacio

Vargas, el desembargo de los bienes de Bujanda, y el sumiso y obsecuente gobernador

ni corto ni perezoso, solo demoró siete días en decretar el levantamiento del embargo.

Regresó, pues, Martínez Bujanda a Hato Grande a rehacer su hacienda y lo logró pero

por muy corto tiempo, porque la independencia de España, que tendría por hito mayor

la Batalla de Boyacá, dada el 7 de agosto de 1.819, traería como consecuencias: la
derrota de Barreiro y la huida del Virrey Sámano de Santafé, bajo el grito de “¡Sálvese

quien pueda|”. Bajo el terror todos los españoles y los realistas huyeron en medio de la

más grande confusión y el Virrey, como todos los derrotados, salió acompañado por

algunos funcionarios de escasa categoría y sin condición social alguna. Entre tanto, el

sacerdote Martínez Bujanda quien ya había sido hecho preso en el norte, fue traído a

Santafé y encarcelado en uno de los conventos de la ciudad. Sus bienes fueron

entonces, una vez más, secuestrados, mientras emergía del fondo de los hechos el amo

de la situación y de la nueva legalidad, el general Santander, quien de una vez y con el

propósito de acelerar los procesos en contra de los bienes de los españoles de un solo

plumazo creó la llamada comisión de secuestros bajo la dirección de Vicente Azuero,
                                                                   259

quien de hecho y de derecho pasó a ser el dueño de los bienes de los realistas. Mientras

todas estas cosas se sucedían, “La Candelaria”, que había sido abnegada realista y fiel

monarquista hasta el 20 de Julio .     , por la fuerza inherente a los extraños mutantes

que cohabitaban dentro de su ser, a partir de esa fecha, pasaría a ser independentista y

democrática e incluso a revolucionaria, pero no para quedarse ahí, sino para convertirse
en regentista y centralista con don Manuel Bernardo Alvarez a su cabeza. Claro que

desde allí saltaría a monarquista con don Pablo Morillo para regresar luego a

independentista con la derrota $el general Barreiro y retomar una vez más a mutarse en

democrática y revolucionaria. “La Candelaria” como fenómeno folftico y social podía

estar en todas partes o en dos o en partes pues tenía el poder de bilocación y de

trilocación altamente desarrollado. Y era cierto porque había sido monarquista bajo el

Virrey, pacificadora bajo el pacificador, libertadora con el libertador, democrática el 20

de julio, dictatorial y centralista con Manuel Bernardo Álvarez, y federalista con los

federalistas. Su origen y génesis venía de una rehibridación diferente a la de la mula a

la cual no se conocía descendencia alguna, pues ella constituía un cruzado de prolífica
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descendencia con una naturaleza camaleónica en cierto modo indestructible. Pero

mientras los hombres se acomodaban a sus circunstancias: Hato Grande había pasado a

manos del depositario de bienes Rafael González, pero de un momento a otro surgió

desde la sombra inconfesable del poder la mano enguantada del civilismo, orientadora

diaria de la naciente administración, y de una vez ordenó: que se depositara la famosa

hacienda en manos de otra persona para que no sufriera perjuicios, y bajo el nuevo
rubro, un tal Vergara fue el encargado de los embargos por parte de Azuero, quien se

convirtió en el ejecutor de las órdenes esotéricas que le impartía el alter ego de su

excelencia pues para la fecha ya sabía que era este último quien decía, opinaba,

mandaba y decretaba. Vergara se mueve en el tinglado como una marioneta que oye,

acepta, obedece, acata y cumple con el inexorable destino final que está previsto para

los ambicionados bienes de Bujanda. Es entonces cuando el general Santander con la

intención de que la historia proclame la buena fe de su propósito fue y le confió al

general, Briceño Méndez, que él como cualquier otro militar deseaba tener algunos

bienes para poder atender no solo a su subsistencia sino a la de su familia y porque

además no quería que en el futuro fuera excluido de algún empleo en razón de no tener-
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los. Así, parapetado sobre semejante consulta se dirigió a Bolívar y con modestia

rayana en la pobreza le solicitó al Libertador que se le adjudicara la casita del español

Vicente Córdoba. Entonces el Libertador, sin que ese fuera su propósito pero sí con el

ánimo de sacarlo de la triste situación económica, al darle respuesta, y como si quisiera

abrirle los ojos, le manifestó que le podía ayudar eficazmente si le pedía, “una cosa que

valga la pena: las fechas nada cuestan; servir a los amigos menos” Pero fue solamente
al final del lastimoso carteo cuando Bolívar, le preguntó: “Lo que yo quiero saber es

cuáles son las propiedades que Ud. quiere que se le adjudiquen” y al concretarle cuáles

eran esos bienes, en la posdata a la carta del 11 de julio le dice: “P. D. Sobre Hato

Grande mandaré el decreto” Entonces el Libertador expidió el decreto y mediante él

adjudicó: “La casa que pertenecía en esta ciudad al español emigrado Vicente Córdoba,

sita en la Calle Real y la hacienda conocida con el nombre de Hato Grande, que

pertenecía al español Pedro Martínez Bujanda sita en jurisdicción de Zipaquirá”, y

exenta de la carga de diez mil pesos, que reconocía a don Francisco Rodríguez. La

fecha del decreto es la del 12 de septiembre de 1819 pero desde luego esta fecha es

falsa porque en septiembre del año de 1.819 Bujanda vivía en Hato Grande, no había
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emigrado ni había sido hecho prisionero, ni se había cumplido el falso juicio, ni la

confiscación de sus bienes. Cuando el decreto se produjo, Bujanda ya había muerto y

Santander tenía conocimiento de esa muerte puesto que la falsedad se cometió en julio

del año de 1.820, lo que sí es cierto es que dos días después el 14 de septiembre de

1.819, Santander asumió sin ningún rubor ni memoria la Vicepresidencia de la

República, dando nacimiento al conocido santanderismo, una grandiosa innovación
acerca del poder estanco de “La Candelaria”, que, resume y atrae su esencia en otros

términos, en otro estilo y en otro idioma. En los términos de una legalidad aparente, en

un estilo más ambiguo y más reticente y en un idioma mucho más suave, pues ya no se

trata de hacer del poder un coto comunal para “La Candelaria” sino limitado a muy

pocos, mediante la creación de una facción secreta y casi masónica que, al frente de

Azuero, Diego Femando Gómez y otros cofrades, luchará contra Antonio Nariño, pues,

ausente Bolívar ni intuyeron ni vieron dentro del mundo político otro enemigo que

pudiera disputarles el poder. Se había comento a cambiar en un tris el estado larvado en

el enclave capitalino del partido único a través de un nuevo instrumento denominado la

ley, y el sistema gubernamental anterior comenzaba a ser sustituido por la legalidad de
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hechos y cosas, algo aún mucho más ambiguo, más reticente, más encubridor, más

abstracto, más obrepticio y más subrepticio que el régimen depuesto. Se permutaba el

mundo anterior por “la ley es la solución”, “expidamos una ley”, “consultemos la ley”,

“interpretemos la ley”, “apliquemos la ley’ “deroguemos la ley”, dentro de un proceso

ad infinitum en el que confundiendo remedio con dolencia y el interés personal con el

gremialista o partidista, y dándole un tinte rosa lo irremediable se aferra a esa especie
de verdad revelada que hay en la ley hasta convertir sus disposiciones en e monstruoso

tabú y en la razón misma y suficiente de la vida esa manera de actuar y de ser del

llamado santanderismo había dado nacimiento a un estado sui generis, sin cuerpo ni

sexo conocidos, una especie de puritanismo legal que residía más en la antelación casi

calculada de unos fingidos escrúpulos que, so pretexto de cumplir la ley convertía lo

antes inmoral en lo moral, presente y futuro, y la ilegalidad de los hechos prexistentes

en la legalidad histórica de todos los tiempos. Legalismo que confiaba más en la

interpretación amañada del texto que en las palabras de éste, que había hecho de la

exégesis constitucional y legal, la torcedura de la legislación. exactamente, para

violarla, enmendarla, remedarla, y caricaturizarla a la medida o copia que indicara la
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fortuita u ocasional conveniencia: citarla y hasta entrecomillarla cuando no era

aplicable ni lógica ni naturalmente; desconocerla en su intangibilidad en medio de la

solemnidad afirmando que se había obedecido y en fin saqueándola cuando era

menester, ya bien fuera para ocultar una cobardía, esconder un pecado, desdibujar una

ambición personal, amparándose en el casuismo. más que todo por que existía una

desviación de poder que en el fondo no era más que un estilo más que secreto, pues sin
decir no a nada ni sí a todo era el reflejo o la manera de ser del prócer a quien si se le

concretaba no dejaba conocer su deseo y si se le satisfacía se declaraba inconforme. Por

eso es que cuando Montebrune lo encierra y concreta para que no escape con la

pregunta: “¿Creé usted que la existencia política de Colombia está identificada con la

vida de S. E.?” el prócer y general Santander, inexorable le responde: "En parte sí y en

parte no”. Y ese era en realidad el problema mental del general porque para no aparecer

como riguroso legalista sabía crear sus derechos sin contar con la norma, y luego, para

legalizar sus flaquezas sobre la norma anhelada para los hechos consumados, ascendía

al poder emergiendo de entre las sombras como si por allí nunca hubiera pasado.

Porque la verdad es que eran los hechos los generadores de sus derechos y no al revés.
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La guerra y sus riesgos fijarían el valor de la indemnización en un juicio que el mismo

fallaría en medio de sus milites. “La Candelaria” ese resabio nacional que tantas veces

había frustrado el destino de Colombia había cambiado un poco de colorines, de in-

dumentaria y un tris de retórica, puesto que sin haber aspirado nunca a acogerse o

adoptar un sistema filosófico o político, vestía ahora el indumento marcial para

contrastarlo a su tono mayor de civilista. Hablaba suavemente y con persuasión y
dictaba severos decretos para legalizar situaciones pasadas con miras a convalidar en el

tiempo, hacia atrás o hacia adelante, no importaba hacia donde, el nuevo orden llamado

de la legalidad el cual podía destruir cuando se trataba de quedar bien ante el juicio con

la historia. Claro que ‘La Candelaria” con toda su caterva de historiadores oficiales por

necesidad y pago ocioso, por estar siempre dispuestos a gozar con el poder estaban y

estarían dispuestos a escribir toda la historia. Desde luego lo que les pasaba era que

cómo no podían refutar al general Santander, éste, sin darse cuenta, quizás urgido por

los meandros de su conciencia los sorprendió al hacer colocar un letrero a la entrada de

Hato Grande que decía: “Del general Santander y de sus amigos”, con el cual quiso

revelar su manera de ser, puesto que compartía con sus favorecedores el despojo y el
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robo que veladamente se le imputaba y porque con tal letrero al hacer copropietarios a

sus amigos y auxiliadores los halagaba con su rara largueza. Pero hay más, algo que

rebosa la copa y es la expedición de la ley de 28 de julio de 1828, ^rogatoria de la ley

de 9 de octubre de 1821 que concedía facultades extraordinarias al Libertador en los

departamentos teatro de la guerra. Allí se lee con vergüenza: “se declara que el

Libertador-Presidente ha cesado en el ejercicio de las facultades extraordinarias que le
concede la ley de 9 de octubre del año undécimo desde el momento en que salió del

territorio de la república” La locura legislativa había llegado al tope de la

irresponsabilidad y Vitruvio se desespera sin remedio pero se solaza al pescar en el

ingenio del doctor Miguel Tovar una auténtica joya que enriquecerá el Texto de

epitafios:

  “Aquí yace la difunta Colombia, que dio en el tema De adorar tanto el

sistema Que al fin se quedó consunta.

Cayó en manos de una junta De aprendices de Solón Que por mera

  imitación Le aplicaron la leyenda;

Soy la dejó sin hacienda Benthan sin legislación'’
                                                                   259

CAPITULO XXI

Vitruvio creía que el mal que afectaba la imagen de los próceres era herencia directa de

la escuela española de inmoralidad que por tantos años había dictado cátedra en

Colombia, desde el mismo momento en que pisó Tierra Firme en Santa Marta don

Pedro Fernández de Lugo, y su tropa compuesta por los más obscuros criminales y

aventureros, hijos finiseculares de una España que los había aleccionado bajo la
violencia de setecientos años de guerras contra el moro y que los había educado en la

usurpación y el despojo de los bienes de árabes y de judíos. Y como en todo hay un

principio, ese primer crimen contra los bienes de la corona y los de su padre, lo cometió

en Tierra Firme, Luis Fernández, quien deslumbrado por el pequeño éxito de su primera

expedición contra los indígenas taironas, luego de lograr arrebatarle a estos, a sangre y

fuego, algunas cargas de maíz y quince mil castellanos de oro, no tuvo ningún in-

conveniente en robar a la corona y a su padre, huyendo hacia España con el fruto de su

pillaje. Más tarde el Adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, puesto al frente de

la expedición que habría de descubrir el nacimiento del río Grande de la Magdalena

tuvo que contener con muerte el robo de los caballos y de los demás bienes porque
                                                                    259

como para el peninsular todo era propio y todo le pertenecía, por su desliz, no pudo

escapar, y ser juzgado mediante un juicio de residencia tan distante, como el juicio de

Dios, para la mentalidad delincuencial de unos seres que se decían cristianos. Al pensar

en todo esto Vitruvio escarba en ese pasado y al contrastarlo con el presente se da

cuenta de que todo absolutamente todo es lo mismo y sigue igual, pues los periódicos

del día denuncian las malversaciones, los prevaricatos, la corrupción ministerial de unos
funcionarios públicos y lo único que encuentra concorde con el presente y con el futuro

es e1 gracioso divertimiento que suscita en su imaginación el robo de las arcas de la

Casa de Moneda de Popayán durante el año de 1.811. Está risueño y hasta travieso

porque sabe que en esos tiempos los protagonistas del robo militaban casi que por

partes iguales entre los dos bandos existentes en ese entonces: el de los realistas, de una

parte, y el de los independentistas, de la otra. Recuerda que los realistas comandados

por el español don Miguel Tacón luego de enterar al Virrey Abascal del Perú y al de la

Nueva Granada, Benito Pérez, sobre la ingeniosa operación: “¿de cómo salvar la causa

del Rey?”, decidió con tan maravillosa fórmula en la mente, ir a echarle mano a los

cuantiosos y no despreciables bienes y dineros existentes en la Casa de Moneda de
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Popayán, bajo pretexto y razón de invertir su monto y suma en la dotación de armas

para los bravos y leales realistas y una vez con el ejército bien apertrechado, mantener

separados y sin posibilidad de unión a los quiteños sublevados con los alzados en armas

del norte de la Nueva Granada. Bajo la esplendorosa luz de tal idea, Tacón se sacrificó

en aras de la invulnerabilidad de la monarquía y fue y le echó la mano a la no

despreciable suma de quinientos mil pesos representados en numerario y en pasta de oro
y de plata y para proteger ese tesoro de la voracidad de los independentistas lo trasladó

de Popayán, una ciudad un tanto patriotera, a una menos conflictiva y más segura, y se

lo llevó para Pasto con el ánimo de invertirlo en los quehaceres de la guerra y de remitir

buena parte de él a las leales ciudades de Lima y de Guayaquil, lugares en donde se

adquirirían las armas y pertrechos y en donde se enrolarían las tropas leales que

frenarían la independencia de la Nueva Granada. Sin embargo, tan combativos y leales

propósitos comenzarían a frustrarse desde el momento en que los pastusos se dieron

cuenta de que, esa arca tan dorada y repleta de doblones podía cambiar la más recta

intención del hombre más justo, y como los vecinos del lugar aún no habían tomado

partido político alguno pero sí temían el robo del tesoro por parte de Tacón, fueron y
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movieron al Procurador General de Pasto, don José Vivanco, para que con los tantos

poderes que tenía metiera basa en el asunto, y éste, pesando la posible pérdida de tan

valioso contenido, vino y ordenó como todo Procurador talentoso, pobre y deshonesto,

las sabias medidas de aseguramiento que su genio y razón le indicaron, para emplear

más eficazmente el oro que todas aquellas que le aconsejaban su seguridad e

invulnerabilidad, y ante la inminencia del mal avisado por la mayoría de los vecinos,
sabiamente ordenó que las barras de oro y de plata se depositaran para tranquilidad de

él, de sus custodios y de su Majestad, en el fondo de un arca triclave, de tal modo que

nadie pudiera disponer, por sí solo, ni pública ni ocultamente, sin la mediación, el

concurso, y la complicidad de los honrados claveros en quienes depositó las tres llaves.

Fue tanta la sed de seguridad del honesto Tacón que luego de hacer el inventario

minucioso y el depósito de los bienes en el fondo del arcón, antes de cerrarlo con las

tres fallebas en voz firme preguntó a los pastusos presentes que si daban por pertinentes

las medidas de seguridad por él tomadas, y fue en ese mismo momento cuando el

gracioso Procurador en nombre de los presentes le respondió que estaban tan confiados

en la prudencia de la medidas que no había nada más que agregar. Entonces, luego de
                                                                    259

guardar los bienes y de cenado el arcón, el Procurador asumiendo su papel central y

para descargar la pesada solemnidad del acto y como si quisiera amenizarlo, les contó a

los circunstantes que en alguna ocasión cuando un pastuso se enteró de que su mujer se

la jugaba con uno de sus vecinos, decidió no solo cogerlo en tan “punible y dañado

ayuntamiento” sino que, cuando lo logró, en cambio de matarlo, salió a la calle

desesperado por la traición e infidelidad conyugal, en donde al ver a un amigo le relató
su pena, y cómo este después de oírlo y de compadecerse de la situación, sencillamente

le preguntó: qué clase de medidas había tomado, a lo cual el pastuso le respondió: “¿Y

qué clase de medidas iba a poder tomar si cuando la sorprendí él se lo tenía todo

adentro?”, y así que la gente se rio todos estuvieron de acuerdo en que como el tesoro

había quedado, todo adentro, como lo dijeron los claveros, dio por terminada la famosa

reunión.

  El imperturbable Tacón se había fijado en los rostros confiados y alegres de los

  vecinos de Pasto al ver que el tesoro quedaba más que seguro en el fondo del arca, y

  que se sosegaron porque la ingenua concurrencia ignoraba que, las arcas no habían

  sido hechas para asegurar los bienes muebles allí depositados ni para garantizar la
                                                                     259

  inviolabilidad de sus cerraduras, sino para exponerlos al peligro pues como era obvio,

  ¿De qué servía un arca triclave cuando ya era manifiesto e incontenible en todos el

  deseo de robarse el tesoro? Pero fue tal el celo del general y gobernador realista y tal

  su destreza que, sin que nadie lo supiera ni cómo ni cuándo ni dónde, logró sacar del

  arca una partidita de cincuenta mil pesos en monedas acuñadas que según su falsa

  confesión envió en sigilo a la costa pacífica, con el fin de favorecer la causa con él
cambio de oro que estaba silvestre en la región. Pero cuando se sintió, tentado, una

vez más, y aguzando su ingenio decidió salir en expedición, nadie logró saber si con

el arcón o sin él, ni cómo, al regreso a Pasto, sin que se pudiera determinar cuándo, ya

que según él se trató de un real encantamiento, se quebrantaron por segunda vez las

fallebas oficiales de la famosa triple clave gubernamental y por arte de birlibirloque

logró sacar del arca sagrada una segunda cuotica de treinta mil pesitos, en pasta de oro

y en pasta de plata, claro está que con la sana intención de protegerse y de cubrirse de

cualquier evento ingrato que debido la guerra le pudiera sobrevenir. Mas como el

conocimiento de los tesoros secretos que contiene el arca se expandió con la

velocidad de un rayo luminoso y sus brillos ardieron como pólvora en las mentes de
                                                                   259

los patriotas, éstos, atraídos por tan formidable botín, con Baraya y Caicedo, a la

cabeza, volaron cual épicos centauros pues deseaban morir en gloria con tal de lograr

la oculta presea. Entre tanto las tropas de Popayán, ciudad de donde procedía el arcón,

avanzaron belicosas con miras de acosar a Pasto y fue tanta la furia y el celo que

anunciaron que la ciudad quedó sola, prácticamente vacía, no solo por la amenaza

letal que se cernía sobre los pobladores sino porque los realistas comisionados por el
valeroso Tacón para la defensa de la ciudad prefirieron irse a sacrificar en otra parte y

como gamos locos Se fueron tras el arcón, pues ya sabían que este era más

munificante que el más desprendido corazón. Pero pese a que casi lo alcanzan a que

casi lo toman y a que lo persiguieron con saña, a que lo rodearon, y a que lo cercaron,

tuvieron que ciar y ante semejante descalabro, perdido el rastro, no tuvieron más

remedio que dejar el formidable arcón a su triste suerte, puesto que los vasallos muy

leales del Rey en medio de la desesperación saquearon y escondieron el arca tan

secretamente que con Tacón a la cabeza lograron salvar de semejantes manos la suma

de treinta mil pesitos más, como remedio para que los bandidos no medraran ni se

fueran a vivir con los caudales y tesoros del Rey. La franca declaración de Tacón
                                                                   259

había echo reír a Vitruvio, quien bien sabía que en materia de honradez en el manejo

de los bienes públicos todo había sido así y seguiría siendo así porque nunca había

existido entre los colombianos una clara distinción entre los bienes privados y los

bienes públicos sino que siempre había imperado la más inmoral y desafiante

confusión. Tacón, general español, realista hasta los tuétanos, aspiró en medio del

delirio y en mitad de la persecución con ir a hacerse fuerte en la isla de Tumaco y dejó
atrás el asedio, mas como el resto del tesoro iba en el arca secreta ideada por el

procurador de Pasto don José Vivanco, o así lo creyeron los perseguidores, arreciaron

la marcha con tal de alcanzarlo, y llevó a sus enemigos hasta la población de

Mercaderes en donde comprobada la imposibilidad de atraparlo decidieron regresar.

Los quiteños que tenían buen olfato sobre el sitio en donde estaba la mejor parte del

tocino marcharon sobre Pasto, pero los osados pastusos se hicieron ver, no solo en la

defensa citadina sino en la del arca triclave, y trabados en batalla con las tropas de

don Pedro Montúfar, luego de ser derrotados vieron como los invasores se apropiaron

a sus anchas de cuatrocientas trece libras de oro en barras que aún cuidaban los

cerrojos y que hacían parte del que Tacón había sacado de la Casa de Moneda de
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Popayán, barras que los pastusos no permitieron enviar a Lima y que hicieron

depositar dentro del arcón, las cuales equivalían a cien mil pesos. Entre tanto Caicedo

que ya estaba enterado de la derrota de los pastusos voló en su auxilio y una vez al

tanto de los sucesos exigió que la junta le otorgara un poder para trasladarse a Quito a

reclamar los cien mil pesos oro cogidos por los quiteños por pertenecer dicha suma al

cantón de Pasto y a la jurisdicción del nuevo Gobierno de la ciudad de Popayán pero
 don Luis Quijano, comisionado por la Junta de Quito y don Pedro Montúfar, para

 salvar sus partes, rechazaron valerosamente la petición diciéndole como si se tratara

 de agudos jurisperitos que esas barras de oro por razones de peso, verdaderamente

 áureas y desde luego con mucho más peso que las de Caicedo, constituían un botín de

 guerra. De suerte que las barras de oro se quedaron en Quito a disposición de la junta.

 Es esta una de las pocas ocasiones en que Vitruvio sonríe y se burla de las riquezas

 públicas pues ya sabe como el arcón sin arder y sin abrir sus cerraduras ha permitido

 que todo se vuelva humo y que las barras de oro se volatilicen tan fácilmente. Es en

 este momento cuando decide levantarse de la mesa de trabajo para ir a atender a Lucia

 que gime y llora sin saber por qué. Sin embargo luego regresa sobre sus documentos y
                                                                   259

 anota en la carpeta de ellos: “en realidad la única carta fundamental que aceptaron los

 próceres y la más expedita de todas consistió en su afán por el dinero ajeno. “Virtus

 post nummos”. Si. La virtud después del dinero era el signo y como el becerro dorado

 era de oro, ¿entonces, para qué más quejas y lamentos?”.

 CAPITULO XXII

Lucia languidecía sin quejas ni palabras ni estupores en medio de una realidad
perpleja, cuajada de sombras albas e inciertas y de inasibles e incoloros interrogantes,

sin que su eminencia, el profesor Luis López de Mesa, pese a su sabiduría y

conocimiento, hubiera podido entender aún, la inutilidad de su saber médico ni mucho

menos darse cuenta de la inepcia en que se debatían los estudios siquiátricos y

neurológicos de su asombrosa especialidad. Definitivamente, la ciencia médica no era

otra cosa que un tratado de necedades fundado sobre la ilusoria pretensión de obviar la

muerte, y un código discorde de absurdas razones sobre cómo aplazar la hora del

finamiento. Era por tanto, una ciencia sin leyes y una compilación sin plan ni armonía,

en fin dos monstruosas pretensiones que, por venir desde tiempos inmemoriales,

habían simulado luchar e incluso vencer, a la estremecedora verdad con que terminaba
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la existencia humana: ¡a la muerte! A esa verdad que ha elevado al más clásico acierto

escénico del devenir humano, ese magnífico teatro en donde sin falta los nacidos de

mujer representamos, la postrera escena de la farsa vital, de tal modo, que, los pocos o

muchos espectadores que nos lleguen a juzgar, luego de haber oído nuestro pequeño o

gran papel, conocida la parafernalia de nuestra existencia, al ir a calificar nuestras

pequeñas o grandes dotes histriónicas, nos digan que lo irrefutable de ese juzgamiento
es que a partir de nuestro nacimiento ya estábamos amenazados por la imprevisible

muerte. En efecto, así había sido y sería, porque vida y muerte como hermanas

siamesas, a más de proceder de la misma naturaleza, contenían desde su germen el

inmancable ingrediente de su inevitabilidad. Nadie que se supiera con alguna claridad

había pedido que lo trajeran a este mundo ni evitado su venida, del mismo modo que

nadie había impedido ni eludido que se lo llevaran al Hades. En toda existencia

siempre había un momento en que nadie estaba y otro en que jamás volvería a estar.

Siendo o no siendo, la vida y la nada seguían idéntico itinerario: de la nada a la vida y

de la vida a la nada, eran los únicos dos pasos que había que dar, y ni a uno ni a otro le

convenían diagnósticos ni fórmulas ni curas de reposo ni ensueños provocados ni
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torpes ataraxias ni nirvanas empastillados, hijos de drogas paradisíacas, puesto que

toda esa sapiencia de tabletas salvadoras, cura y vida, antes que mejorar, lo que habían

hecho era empeorar la salud de Lucia a tal grado que el médico por la decepción

sufrida sobre su balbuciente profesión, al fin y al postre, dándose por vencido, había

tomado la decisión de regresar la paciente a su casa, tal como ella se lo había pedido,

primero, cuando con voz moribunda, trasparentada de certeza no solo por la mancha
cárdena de sus ojeras sino por la somnolencia de sus párpados abatidos, le hizo saber al

galeno que él ya nada tenía qué hacer y segundo, cuando dejó ver en su rostro, en su

mirada y en su voz, que sobre ella se había posado ese rubro triste y silencioso que por

in- comprendido llamamos: ¡muerte!. Esa semana de sueño que la aisló del medio

ambiente sin que ni ella ni el mundo desaparecieran, puesto que dormida y todo, estaba

aquí y seguía ahí, dentro del cuarto aséptico y blanco, lleno de batas y de uniformes

claros, rodeada de muebles latescentes, revestido de cortinas perlinas, cabezas albinas

y palabras canas, en donde su permanencia en ese mundo blanquizo había sido tan

estremecedora que aun cuando la veían borrosa ninguno la olvidaría, mucho menos

cuando al abrir los ojos durante su intemamiento lo primero que siempre y cada día vio
                                                                    259

fueron las rosas rojas que Vitruvio invariablemente ubicó sobre la mesita de noche de

la Clínica Marly, a la espera del momento anhelado de su diaria resurrección, cuando

sus ojos se abrían completamente para irse a devorar el manchón de sangre florecida

del ramo de rosas. Entonces, al ver que las aletas de su nariz se ampliaban hasta aspirar

el aroma embriagador, tomándola desde ese mundo blanco con una sonrisa para

Vitruvio y Lucianito quienes como dos centinelas agradecidos, habían esperado
ansiosos el momento de su despertar. Gracias a la vida y a sus exigencias esa semana

de ensueño artificial había terminado, no tanto por la decisión médica sino porque la

incertidumbre que rodeaba su existencia así lo exigía. Quizás el universo estaba

somnoliento. Tal vez el cansancio que a todos dominaba: al médico, las enfermeras, al

fuerte del Vitruvio y al juvenil Luciano reclamaban una tregua puesto que sin

equivocación alguna deseaban el regreso de Lucia a la casa. Allí, sin ninguna duda

estarían unidos en tomo a ella a la espera del segundo paso: la escena final de su vida.

Con su vuelta al hogar el aire gris de la casa mudó un poco su sombría apariencia y las

voces de las enfermeras, las palabras del médico, la presencia de los amigos, y el

timbre del teléfono, repoblaron el antiguo eco con nuevas resonancias y una luz de
                                                                   259

esperanza recubrió el imponente rosedal del amplísimo jardín que exhuberante y

perfumado llenaba los salones, las alcobas y el cuarto de Lucia, pues esta un poco más

animada, al abrir los ojos al amanecer como si saliera a la realidad, y ver a su amado

como en un sueño, y luego a Luciano entraba cual una alondra risueña a la cuotidiana

realidad del nuevo y esplendente día. Entonces su palabra alada revoloteaba feliz en

medio de la vida. Después, cuando ellos se retiraban de la alcoba se vestía y se
arreglaba y luego de maquillarse un poco, salía hacia el comedor en donde desayunaba

en compañía de Vitruvio y de Luciano. Claro está que su mejoría era más social que

vital. Tal vez deseaba compartir sus últimos días con su amado. Quizás “quería arder

como una llama al viento” y hasta consumirse como una mariposa entre las ascuas de

su enamoramiento. En todo caso la verdad es que esos días fueron de gloria y que las

noches se poblaron de canciones, cada vez que la voz del tenor que cantaba bambucos

y boleros en “La Puerta del Sol” asaltaba la alcoba acompañado por los bordones de la

guitarra del “negro” Romero y por el rasgueo del tiple de su acompañante quienes

emparrandados rompían el hielo de la noche con sus cantares y acordinaban el

tamborileo de la lluvia con sus voces llenas de alegría. Otras noches y otras veces,
                                                                    259

barzoneando, entraban hasta la alcoba los ecos mucho más alejados y remotos

emanados en el bar de “La Peña Taurina”, cuando entremetidas las voces de los

maletillas, banderilleros y aficionados, emitidas en el café, se entremezclaban revueltas

con las voces de los bohemios y con la de los seguidores de Manolete o de Conchita

Cintrón, sosteniendo unos y otros a voz en cuello, los méritos de los lidiadores de la

corrida verificada en la Plaza de Santamaría. Tampoco era extraño que al amanecer se
oyeran plenamente las voces de los gamines que voceaban El Tiempo o el Siglo en la

esquina de la carrera séptima con la calle veinticinco. En todo caso, cada día que Lucia

abrió sus ojos siempre encontró las rosas rojas colocadas en su sitio, y las gozó plena y

largamente, contemplando el quebrantamiento de esa luz opalina del amanecer por la

cruel e intrusa puñalada que sangraba un rojizo encanto sobre la mesita de noche. Fue

en ese tiempo, uno de esos días cuando Lucia, la fiel enamorada de Vitruvio decidió

corresponderle a este su saludo floral, utilizando para retribuirlo el mismo lenguaje que

él hasta entonces había usado en sus simbólicos requiebros. Para hacerlo le ordenó a la

enfermera que todos los días debía ir a la floristería, El pensil, de la Terraza Pasteur,

para que le comprara allí la orquídea más hermosa que encontrara, la cual una vez
                                                                    259

depositada en su cajita transparente debía colocar al atardecer, sobre el escritorio de

Vitruvio. Fue así como esa tarde Vitruvio encontró la más sensacional y extraña

orquídea metida entre una caja plástica y al verla se quedó ensimismado

contemplándola, con la misma curiosidad romántica y simbólica que los verdaderos

enamorados suelen encontrar en los actos más sencillos, y hasta captó en ella la pista

que suscitaron dentro de su ser y de sus recuerdos los pétalos cárdenos, hasta el
momento en que las cálidas evocaciones de su corazón lo llevaron a encontrar en dicha

flor la más fiel representación del templo y del arcano sensual ante el cual como un

pecador impenitente había caído prosternado, tentado por los más fervorosos y asom-

brosos ofrecimientos pero sin llegar a ser un “pecador arrepentido”, sí “implorar a los

pies perdón y olvido”. La realidad escueta era que la amaba y la quería con un amor

algo demente y que ella lo quería y lo adoraba con un amor loco. Ella era “el amor de

sus amores y la sangre de su alma”; él je pedía que le regalara las “flores de la

esperanza” y ella le ponía “toda la dulce verdad que encierran los amores”, como tosía

la voz entrecortada del más romántico y más alto poeta del mundo, Agustín Lara, en la

radiola cálida y profana que embrujaba la noche y la distancia. Fue bajo esas noches
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“de niño y cierzo invernal”, cuando rosas y orquídeas como si algún sortilegio las

quisiera entrelazar, continuaron brotando y apareciendo, a mañana y a tarde, las

primeras desde el alba y las últimas desde el atardecer cuando luego de entrecruzar sus

mensajes y sus aromas eróticos, recreaban con sus efluvios la fantasía de unos sueños

más que encontrados, pues Lucia dominada por la quimera se iba hasta la alcoba de

Vitruvio a darle los restos insepultos pero ilusionados de un amor que se esparcía por
el aire embriagador, repletando la casa con ese soplo divino que aromado en la

ambrosía y en la intimidad de los corazones, se erigía en la razón de ser del máximo

olfateo, y que luego, apoderándose de la totalidad del ambiente, se quedaba atascado

hasta el momento en que la luz matinal, asesinando el ensueño de las sombras que se

habían unido deliciosamente hasta la muerte y en medio de la vida, se alejaban silentes

sin que nadie pudiera evitar que rodara la última gota de ese amor, pues lo que ella an-

siaba desde el hondón de su alma enamorada y desde su abisal ser era llegar hasta los

bordes de la muerte y aún más, tratar de alcanzarlos errando por la vida, no tanto para

amar y ser amada sino porque quería saber si era posible amar y seguir amando

después de muerta. Fue durante el día cuando el profesor López de Mesa y el vendedor
                                                                   259

de libros de la librería de Casimiro Eiger, el exiliado venezolano Raúl Leoni, entraron

casi furtivamente por el amplio portalón a la casa, el médico para ver una vez más a la

paciente y el vendedor para hacerle entrega a Vitruvio de un paquete con libros re-

cientemente llegados de Italia. Uno y otro visitante se extrañaron al ver a Lucia

departiendo en la sala y maravillados de encontrarla tan repuesta se alegraron de que

así fuera. El profesor escudriñó por un momento la rara belleza de Lucia y su hermoso
semblante y abandonando durante algunos instantes su seriedad de agelasta nato,

sonrió brevemente, tal como lo hacen los creyentes cuando al ver un rayo de luz

extraño, adivinan, intuyen, confían y creen que ya se va a revelar y a descubrir ante su

fe la fementida posibilidad del salvador milagro y con el rostro iluminado de ilusiones

antes de despedirse, llamó a Vitruvio aparte, y llevándose la mano a uno de los

bolsillos, sacó un pliego de papel de oficio que le entregó a éste, diciéndole que se

trataba de dos epitafios: el primero referente a El Mosaico, una tertulia bogotana no tan

vieja como la monazita de Manitoba pero sí de los tiempos del Rey Femando VII,

advirtiéndole, además, que ese epitafio se lo había entregado a él su amigo y

colaborador, el inefable Bienvenido Lumbreras para que lo incorporara en el Libro de
                                                                    259

epitafios y que el segundo de ellos era el del Gran Sogamoso, que él había copiado en

el mismo pliego de papel oficio por considerarlo de sumo valor ya que estaba escrito

en lengua chibcha. Vitruvio agradeció al profesor su amabilidad y en su presencia los

leyó:

                                 Epitafio del Mosaico:
     Pensáis viajero que bajo esta losa se oculta humana carne, humano hueso

   Pues te engañas, lo que hay es otra cosa, habas, chicha, ají, turmas y queso”

Epitafio d el Gran Sogamoso:

“¿Agái quandóla iu! Assy quaháia su cuhumá Sugamuxi, psihipqua Pabá blysysúca ti

qué bizqúa: suz ihó muysca ti Cunturmarca: bié puyquy es chié ti quica: sux mágue ti

chutas Sués, me cta muysa aelnezeqúsqua chiéz vey Suá piquihiza. Agadi Zegázqua bi

fíhizca” “(¡Oh grave dolor! Aquí yace el gran Sogamoso compasivo y amante pastor de

su rebaño: el mejor hombre de Cundinamarca: la corona y honra de la nación: el

amigo de los hijos del sol, y que al fin adoró las luces del sol eterno. Roguemos por su

alma.)”.
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   Esa noche Vitrubio incorporó los nuevos epitafios al Texto y por algunos instantes

consideró que su nuevo colaborador, el profesor, Luis López de Mesa, tenía algunos

rasgos físicos bastante comunes con los de su anterior maestro, Ludovico di Betto,

observando de paso, eso sí, que su más asombrosa similitud residía en su erudición la

cual los hacía muy parecidos. Y mientras transcribía los epitafios, creyó estar viendo al
profesor dando vueltas y vueltas de revueltas sobre el andén de la Biblioteca Nacional

en compañía de su eterna amiga, lleno de circunspección, con sus manos anudadas a la

espalda para no tener tentaciones, vagando como un peripatético extraviado no solo del

destino sino incluso, de la razón, hasta el momento en que la enfermera entró a su

estudio con la cajita plástica en cuyo interior como si se tratara de un ave multicolor

revoloteaba la más sensual de las flores sexuales: una orquídea hermosa como el

prenuncio de una virginidad vegetal, camirojiza, que abría y extendía la voluptuosidad

de sus pétalos alados como los labios rosados y concupiscentes de un sexo femenino

irredento, y tomándola en sus manos la observó pacientemente, y luego sí la destapó,

hasta aspirar la postrera esencia de ese sueño hermoso, inagotable, presente y repetitivo
                                                                     259

cuando Lucia, alada como los amores y los ángeles, venía hasta su alcoba para vivir allí

y sentir junto a él, y con él, y para él, y por él, el estremecedor orgasmo de los primeros

días, cuando en la casa de la encandiladora de la Paola, en Roma, el tiempo y el espacio

y las cosas desaparecían de la memoria, borrados por el poderoso embrujo de una

pasión insaciable, y a pesar de que era bastante tarde, trató de seguir insomne para

poder leer y repasar algunos de los cinco mil y más epitafios del colosal Texto, fijando
su atención, especialmente en aquellos que, invariablemente, comenzaban con las

palabras “Sta viator”: “detente espectador”, porque según él, esos eran los epigramas

que de una vez establecían un vínculo con la vida, puesto que los caminantes que

pasaran ante ellos, al verlos y leerlos, mental o en voz alta, con la sola evocación del

nombre del difunto, del “viajero que se ha ido al Hades", o del que "ha abandonado la

luz del sol", o del que “se ha ido a la laguna de Lete", o al que "esta tierra oculta", o al

que *'las Moiras se han llevado de la luz a la muerte” siempre establecían entre el

finado y el mundo una relación tan íntima que seguramente esta era la única manera de

comunicación posible entre los vestigios de esa sombra y su borroso orbe. Esa noche,

después de hojear y ojear y consultar las famosas antologías: Palatina y Planudea.
                                                                      259

decidió hacer una nueva clasificación de los epitafios y epigramas y sin darse cuenta se

dijo con la frase final de Lord Byron: “Ahora voy a dormir", y con la de Keats: “siento

crecer flores sobre mi‘ y como estaba cansado, seguramente, que se quedó dormido en

un sueño sin otros cercos que los que limitaban su vida cuotidiana pues cuando creyó

despertar en un mar de felicidad y de fantasía lo que primero vio fue a su Lucia del

alma que lo miraba con sus ojos más que agradecidos para luego posarlos sobre el
hermoso ramo de rosas sangrientas que pintaban de rojo la tapa de la mesita de noche.

Y al concebirlo así, se maravilló de su real quimera sin distinguir aún, si era que el

sueño de su vida verdadera era la realidad ilusoria de su falsa vida o si era que en medio

de las zozobras de su amor, la fuerza de su imaginación, había sido capaz de hilvanarle

un mundo, totalmente irreal hecho mucho más con anhelos y deseos, o si era que como

se lo había afirmado su contertulio. Paul Eiger, la realidad tema misterios que la

fantasía no podía conocer o como le gritaba su pensamiento, al decirle que su ensueño

había sido tan real que había sido capaz de esfumarse, de perderse y de dejar de ser sin

que por eso lo pudiera llamar prodigio. Lo evidente era que no había ni existía un

marco ni un dintel para sus sueños entre espejos, y que él estaba allí como siempre
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metido entre la única realidad verdadera: entre la creadora realidad mental que lo

llevaba de su mano y en donde en compañía de Luciano esperaba el momento feliz para

poder ver a su adorada en el momento en que abría sus ojos al neblinoso amanecer. Ese

era el verdadero instante genitor del mundo cuando al ser recreado por la luz le hacía

revivir al enamorado sus sueños, y cuando los ensueños de su amada al concretarse en

el albor matinal en voces, gestos y en sonrisas compartidos, le hacían sentir la vida, a
no ser que entrambos: estando el uno dormido y el otro despierto hubieran podido vivir

el mismísimo sueño. Sí. Posible y seguramente, las abejas del jardín atraídas por el

casto aroma de las rosas habían podido hacer un panal con sus vellos rojizos sobre el

pubis críptico; sí, tal vez sus labios aún dulces habían saboreado el néctar melificado

dentro de su cerebro por su pensamiento; posiblemente, ella había surgido de la misma

nada y le había hablado amorosamente, como si las cosas acabaran de pasar, o como si

la noche entera concebida como los laberintos de su corazón prendado se negaran a

morir bajo la asfixiante luz del nuevo día. Fue por eso que al pasar frente al espejo de la

sala, al mirar y al ver en él la copia de su imagen y de su temo azul y la gótica de sangre

que había escapado de su mejilla se enteró y se dio cuenta de que su figura y su atuendo
                                                                     259

eran los de él, y que era él quien había posado frente a esa luna de cristal, y como si su

noche se le hubiera perdido o extraviado entre el albor de la luz, comprendió que la

verdad verdadera era que estando él dormido vio a su amada cuando esta se le entregó o

que estando ella dormida, vino, lo despertó, lo besó y lo amó dentro del más enma-

rañado ensueño. Preocupado por los reflejos vagos de ese cristal incierto que le había

permitido conocer la verdad sin un solo engaño, salió de su cuarto en compañía de
Lucianito y al hacerlo Lucia los miró como si ellos fueran lo fantasmas de sus amores,

como si no existieran o como si fueran dos rompecabezas armados en medio de tan

incierta invención. La vida a plenitud se le atoraba en mitad de la incertidumbre

reinante y los demás días le abrieron paso a una semana feliz en que el optimismo brotó

a torrentes de la boca de Lucia pues en un momento cuando Vitruvio menos lo esperó al

ir a responderle algo sobre su sueño, plagiando a Machado Lucia, le dijo: Yo siempre

supe, amado, que eras tú el fantasma de mi sueño.

Y   al oiría y sentirla tan segura de sí misma ya no le quedó una sola duda sobre su

presencia en la alcoba ni mucho menos sobre sus amores secretos, tan secretos que ni el

mismo los comprendía, a la espera de que los reales fantasmas de la nueva noche no lo
                                                                    259

asustaran ni lo fueran a sorprender entre un sueño sin límites y sin bordes. Al atardecer

de ese día se extasió contemplando la sensacional orquídea que la enfermera había

dejado encima de su escritorio, olorosa a secretos íntimos, y que, como si fuera un

testimonio más de su amor le agradeció en silencio. Luego fue y entró en su alcoba y

habló con ella para reconocerle su prodigioso envío y continuó allí junto a ella hasta el

momento en que Lucia se quedó profundamente dormida. Luego que la besó, salió de
allí y fue y se acostó, pensando en que al día siguiente debía madrugar. Sin embargo

como algo rutinario se le había olvidado, salió y recorrió la casa, pasó por la alcoba de

Luciano, bajó al jardín en donde cerró la puerta del antejardín y antes de entrar en su

cuarto miró la alcoba de su amada y vio a la enfermera que cabeceaba somnolienta en el

sofá auxiliar. En el cuarto se desvistió y se enfundó en su pijama y se dedicó a leer a

Spengler y a subrayar algunos pensamientos del autor hasta altas horas de la noche,

cuando la lluvia arreció y un relámpago hendió el aire y un trueno salvaje explotó

dentro de sus orejas, entre el tamborileo del aguacero que golpeaba con fuerza en el

tejado. Entonces la presintió y creyó percibir sus pasos hasta el momento en que Lucia

apareció. Después la sintió estirarse a su lado y la oyó susurrar su nombre varias veces
                                                                    259

en su oído. Agradecido la olió y al confirmar su olfato que era ella, la abrazó y la besó

con cariño y al comprobar que se trataba de ella, no solo por el efluvio de su cuerpo

sino porque lo cotejó con cien razones más: porque la oyó hablar y habló con ella:

porque sus ojos lo miraron y él se miró largamente en los ojos de ella: porque la apretó

entre sus brazos fuertes y ella lo abrazó estrechamente: porque sus manos al acariciarla

se encontraron con los senos de ella; porque después la amó y ella lo amó como nunca,
y más que todo porque el escriño de la orquídea abierta ante su mirada lela le había

deparado la gloria de su muda fantasía y dos muslos cual diademas amorosas le ciñeron

las sienes, pero más que todo porque el dulce sabor a panal y a su insaciada fuente

estaba todavía ahí atravesado en medio de los suspiros noctámbulos, y porque esos dos

senos duros como colinas romanas y milenarias aún se erguían irrespetuosos y

capitolinos, sensuales como las altas torres del deseo sobre el cuerpo, hundiendo y bo-

rrando hasta el mismo olvido el boscoso paraje que había desafiado su amor y su

lujuria, condenándolo a morir en un edén lleno de dichas, sin que ningún Dios de los

castigos lo hubiera expulsado de su lecho ni ella se hubiera atrevido a dejarlo ir pues

estaba tan hermosa que lo ilusorio del sueño no existía ni mucho menos que algo
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subliminal hubiera ocurrido sino que todo, absolutamente todo, había sido tan real y

verídico y ella tan ella, que no había una sola razón para negarlo pero sí cien y más para

confirmarlo: porque Vitruvio la había poseído como nunca por entre la misma realidad

del sueño y del insomnio, cuando él aún la esperaba para tratar de revivir un nuevo

ensueño: el ensueño en que la oyó musitar amorosamente, cuando ella aceptó las

caricias de sus cálidas manos sin impedir que estas se escaparan como dos peces
tránsfugas hasta ir a palpar su amoroso nido y a hundirse entre su carne florecida, hasta

el momento culminante en que sus senos y su sexo emanaron la madurez aromada de

un pétalo sombrío y la corola majestuosa y el cáliz rojo y el agudo pistilo se empaparon

del suave néctar del negro nenúfar y sintió rodar por su pendiente, la prodigiosa

inundación del semen potencial lleno de vida y de reclamos de más amor, hasta el áureo

final de los encantos plenos cuando ella satisfecha se retiró del lugar hasta el amanecer

del sueño más intenso y bajo la luz del alba la miró y la vio esfumarse hasta los

preludios del tempranero rito cuando al ir hasta el jardín a cortar las rosas cayó y se dio

cuenta de que las tijeras de cortar y podar las flores no estaban en el sitio en que

siempre las había dejado; que el dedo del corazón de su mano derecha le dolía y le
                                                                     259

sangraba y preocupado fue hasta e! baño y se lavó las manos y la pequeña herida, y al

posar frente al espejo se dio cuenta con cierto afán que aún no se había afeitado y corrió

a su alcoba y allí encontró que tanto su camisa de dormir como su bata estaban

empapadas, como pan en vino, por el agua de la incesante torrentera, y con alarma

suma descubrió que sus zapatones estaban anegados de barro. Entonces en medio de la

confusión que lo embargaba observó la camisa de su pijama estaba rota y desflecada y
en una exhalación corrió hasta el jardín en donde vio las tijeras en el suelo y algunas

trazas de sangre y atemorizado entró en el rosedal y halló que las huellas de sus

zapatones habían quedado marcadas sobre el lodo como relieve sobre cera blanda y que

en una púa de la pequeña verja colgaban engarzadas las partes de tela que faltaban en su

pijama y como un alucinado se orientó por las gotas de sangre que salían del jardín

hasta el recibidor, equidistantes como estrellas rojas, y las rastreó en el empinado

ascenso de las gradas sincrónicas y en el descanso del viejo maderamen hasta

desembocar en el segundo piso, y luego de cruzar el estar de las alcobas, asomarse a la

puerta y entrar a la alcoba de Lucia. Agitado por el temor, que lo abatió, con el corazón

como un fuelle de herrero, lleno de angustia y azogado, abrió la puerta y desde allí entre
                                                                     259

el claroscuro contempló cómo las gotas de sangre arribaban hasta el mismo lecho de su

amada y totalmente apabullado la observó con el rostro tan sereno y plácido como si

estuviera a la espera de las rosas matinales, tan imperturbable y tan suavemente

reclinada sobre los almohadones, tan pura y alba como la nieve mañanera, más rubia

que el oro y que el sol, “toda vestida de negro almibarada y contenta”, con las manos

apareadas y sus dedos largos enclavijados sobre el vientre, enseñando en el dedo índice
el anillo de ónice bruñido por la rutilante L monogramática de su nombre, como un

secreto denunciado e iluminando el hermoso ramo de rosas que descansaba sobre su

pecho. Al verla y encontrarla así, sin saber ni entender en ese instante lo que acababa de

pasar, totalmente conmovido, y azorado por tantas cosas inauditas recogió el Texto de

epitafios que había rodado al suelo y al abrirlo en la página señalada por su estilógrafo

dorado, el olor fresco de la tinta lo llevó hasta leer las letras escritas por Lucia que

menuditas y bien redondeadas lo asombraron hasta el mismo acoso y convertido en un

loco leyó el corto texto: “He morto Felice”. Sin entender el drama que lo acosaba la

abrazó y la lloró enternecido mientras que las lágrimas de Lucianito caían sobre su me-

jilla. Entonces la casa se llenó como un harmonio olvidado de notas tristes de ayes y
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lamentos de duelos y quebrantos, y el espacio se hizo un caos de pesar hasta el

momento en que el profesor, al que habían llamado, entró inesperadamente y lleno de

circunspección la examinó y al saberla más que muerta, como si sospechara algo fatal,

le solicitó a la enfermera que le trajera las medicinas, y ésta, al no encontrarlas en su

sitio habitual fue y abrió el cajón de la mesita de noche y allí topó un frasquito vacío

que le entregó al profesor y unos segundos más tarde recogió entre los pliegues de las
sábanas y del cobertor dos pastillitas sueltas que el médico observó atentamente sobre

la palma de la mano y quien ya sin una sola duda sobre el envenenamiento por parte de

Lucia, abrazó a Luciano, y serenándolo con sus palabras se dirigió al estudio, seguido

por éste, en donde se cruzaron algunas palabras sobre la muerte fatal de Lucia.

Entonces, cuando las palabras condolidas sobraron, el profesor, serenamente

imperturbable, comenzó a escribir en una de las hojas de su recetario, como si se tratara

de un notario solemne, una certificación sobre la muerte de Lucia que constituyó el

momento más trascendental y más serio de su vida, puesto que acababa de consignar en

esa hojita de papel una de las mentiras más colosales que dijo durante su vida: Lucia

había muerto a causa de un infarto, escribió. A partir de su firma la casa empezó a
                                                                    259

llenarse de voces suaves y blandas, de silencios, de abrazos y sollozos en medio del do-

lor que dominaba y pesaba sobre el ambiente. Entonces las voces se apagaron y las

miradas se abajaron mientras que Vitruvio lleno de sentimiento y dominado por la

conmoción, en su desesperación, se acordó del sensitivo Samuel Taylor Coleridge y al

recordarlo se persuadió de que la dosis de opio que el autor de Notebooks tenía que

inhalar para tratar de conciliar sus sueños con su realidad era para él más que
innecesaria. Vitruvio, lo había logrado sin drogarse en sus sueños con Lucia con quien

sus realidades habían pasado a hacer parte de la telaraña onírica que los había atrapado

desde su primer encuentro en Roma, y sabiéndolo así, pero sin tener como demostrarlo,

pensaba que acababa de vivir junto a su amada inmortal no solo la realidad de sentirla

sino la de advertirla viva a sabiendas de que yacía muerta. El sueño romántico no solo

se había apoderado de la intimidad de su ser y de él mismo sino que audazmente, había

habitado dentro del ensueño de su sueño, o mucho más seguramente él había sido quien

se había instalado en el ensueño del sueño de Lucia como si dentro de ese ensueño

estuviera lo real. En efecto, si él había soñado que había llevado las rosas y el ramo rojo

estaba sobre el pecho de Lucia así ella no pudiera abrir sus ojos y verlo para luego
                                                                     259

mirar a Vitruvio y a Luciano puestos de pie a la espera de que despertara, por haber

sucedido todo así, él dentro de su reflexión consideró que eso no solo había sido lo

verdadero sino lo real y que del mismo modo que por haber sido eso lo verdadero eso

había sido lo real. ¿Y si la ilusión matinal de Lucia había sido la de ver el ramo, y este

estaba sobre su pecho y entre las manos de la muerte, por qué no creer que Lucía lo

había podido ver y que lo vio estando dormida en el sueño del deceso o en la muerte de
su sueño? Más si los sueños de los vivos eran distintos de los sueños de los muertos ya

que en el Hades nada se podía ver, entonces, ¿cómo había podido suceder que él lo

hubiera visto puesto que para él eso había sido lo verdadero y lo real y absolutamente

nada había sido mito o fantasía? Las bellísimas rosas rojas del jardín habían sido

cortadas por sus manos; la espina de una rosa lo había herido y el dedo del corazón le

había sangrado: las tijeras de podar se habían coloreado con su sangre, y su bata y su

pijama se habían engarzado y destrozado; las gotas de sangre habían caído al suelo y

sus chispas habían ido desde el jardín hasta la cama de su amada; Luciano lo había sen-

tido y luego visto en el jardín, cortando las rosas y como siempre al final había estado

parado junto a él a la espera de que Lucia abriera sus ojos, ¿y si esa era la verdad y mil
                                                                     259

indicios más la confirmaban, entonces, lo que él tenía que preguntarse no era cuál era la

realidad sino por qué él o ella, o entrambos a la vez podían no solo habitar sino vivir

dentro del sueño de un ensueño ajeno? Los interrogantes surgían vertiginosos e

imperiosos en su imaginación puesto que si Lucia era mucho más hermosa que la

ilusión del sueño, ¿entonces por qué, además y fuera de besarla la había poseído y

entonces por qué al esperarla, por fuera del sueño, con la intención de que ella lo viera
al pie de su hijo al no despertar Lucia ni salir del sueño puesto que para ella no hubo

amanecer, qué podía pensar él sobre la irrealidad de la realidad si él la vio llegar y

entrar a su alcoba? ¿Y si al sentido de la vista se sumaba la realidad de las palabras

oídas y si en el ensueño él oyó que lo llamaba por su nombre y que luego lo acarició,

entonces lo que tenía qué preguntarse era, quién era el que había estado ahí? ¿Y si

seguramente, ese había sido el último deseo de Lucia, qué más podía agregar él, sí fue

cierto que estuvo con ella y si la sintió respirar hondo y profundo y si además él le vio

el anillo de ónice en su dedo y si palpó la humedad de su sexo y la fuga de su semen y

si la acarició y la besó y si la sintió trepidar de gozo, entonces qué? ¿Podía sentarse a

creer que lo real de tan certera realidad contenía misterios que su fantasía no le permitía
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ver? Vitruvio fue quien estuvo con ella, quien le habló, quien la acarició, quien la besó,

quien la poseyó, quien la sintió vibrar de placer, gozosamente, aterrada a él. Colocado

así, en medio de esa situación sin explicaciones racionales, suficientes para enloquecer

o desquiciar al más cuerdo, puesto que él era el único mortal que las había podido

entrever, de tal modo que el ensueño de su sueño encantado había sido tan real que sin

ser había sido lo verdadero. Sí, porque, además, era irrebatible que la había poseído y
que su fuerza y su ser se habían disuelto, en tanto que ella, superando como en un alado

vuelo los caminos desconocidos y la misteriosa irrealidad de lo desconocido estas lo

habían llevado hasta enredar el sueño de sus sensaciones y las de ella con su sueño y si

todo había ocurrido de esa manera y sin más troneras ni escapes, ¿entonces en dónde

estaba la realidad y en dónde el sueño? Lucia su eterna adorada, había ido de la realidad

y de su ser a la irrealización de lo verdadero, que no se había constituido en sueño para

él, en tanto que ella seguramente había alcanzado su no ser y sin poder ser alcanzó la

sombra para ir a mirarse en la otra cara del espejo, en la cara sin imágenes, mientras

que para él ese doble espejismo no había sido más que un espejo doblado en el cual por

estar involucrado y metido en medio de la realidad podía soñar sus verdaderos sueños.
                                                                    259

Sin embargo así como era una verdad de a puño que uno se podía leer con sus muecas y

arrugas ante un espejo, así, del mismo modo, era una verdad incontrastable, que,

tampoco se podía leer ningún texto escrito sino con otro espejo, tal vez él había sido el

único mortal que había podido hacerlo, pues su existencia estaba metida dentro de un

espejo doblado en donde se podía ver a sí mismo. Por eso su sueño había sido no solo

real sino que esa misma realidad y la desrealización del sueño había sido mentira ya
que no hubiera sido posible lo vivido sin que él estuviera allí. Allí había estado y por

estarlo le había sucedido que la cúpula misteriosa de sus sueños se había colmado con

los trazos de letras redondeadas con que ella había escrito: “he morto felice” que según

su razón y su lógica debió ser escrito antes del sueño, en el sueño o incluso después de

muerta. ¿En donde estaba entonces el cristal de la verdad? ¿En la realidad que era como

un espejo sin engaños o en el fantasma de unos amores hechos con solo ensueños? No.

Su sueño había sido mucho más real que una pintura de esas que casi hablan, en las

cuales el bosque engaña al olfato, los trinos de las aves al oído, las cascadas a los ojos,

y en donde la nevada se burla hasta del mismo tacto. Pero no. Su sueño era con creces

superior a esas pinturas puesto que él entró y salió del sueño oyendo, viendo, sintiendo,
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palpando, gustando, olfateando, besando y amando. Además ella caminó dentro del

sueño y le habló y le entregó su amor en el sueño, de tal modo que cuando él despertó

habló con ella de su sueño, y oyó su bella voz, la besó y la abrazó porque esa era la ver-

dad pese a haberse mirado parte de la noche en un espejo que no tenía nada ilusorio

pues él se consideraba en este momento como el único mortal que había alcanzado

mirar un poco más allá de lo normal, sencillamente, porque el espejo no era un espejo
plano y de una sola faz como aquel en que se miran los amantes, los lunáticos y los

poetas shakesperianos sino porque sus evidencias no tenían una sola contradicción y su

Lucia estaba ahí en toda la mitad de la sala, metida entre las paredes laterales de su

ataúd negro, vestida de negro, con el ramo de rosas sobre su pecho, con las manos

enclavijadas y el ónice brillando bajo la luz de los cuatro cirios y más que todo por que

su corazón de amante aún no había podido sacar ni de la ilusión de su cadáver ni de su

imaginación su muerte. Su mente torturada, desde luego, por tan cruel realidad le había

dado fuerzas a su corazón para explicarle la realidad, puesto que él sabía que ni sus ojos

lo habían engañado ni mucho menos que sus palabras ni que los hechos hubiesen sido

una superchería. Todo había sido racional y claro porque él no había dormido un solo
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instante durante la noche de sus sueños y lo evidente era que su fantasía había sido tan

real que desempañándose así misma se había desvanecido por sí, y que Lucia había

dejado de ser estando entre sus brazos y que ella como una virgen renacentista y

rafaelina estaba ahí metida en el ataúd sin tapa y casi viva en medio de la sala, él se

había podido explicar su realidad y así sus ojos no la hubieran oído, ni sus orejas visto,

ni su mano gustado, ni su gusto tentado, ni su sinrazón negado, ni su corazón abordado,
y las cosas quedaron tan claras tan explícitas y tan totales que él había estado con ella y

ella con él como lo afirmaban los latines de su inútil y a veces estúpida erudición: “illa

sub, elle super, ille sub et ille supei*'. Además él no era un sensitivo a la manera de don

Jorge Manrique y sus famosos versos:

"Recuerde el alma dormida, abive el seso y despierte contemplando cómo

se pasa la vida cómo se viene la muerte tan callando, cuan presto se va el

plazer, cómo después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer,

cualquier tiempo pasado fue mejor ”

  Pero ni estaba loco ni era un poeta ni había vivido el reflejo de una ilusión que se

asomaba a un espejo y por lo tanto ni él se había partido por dos en medio del sueño, él
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solo había sido el inquilino de su realidad, el perseguido por el sino marmóreo de su

lejana Carrara, el artífice futuro de la tumba más hermosa del mundo, un reo condenado

a morir al igual que Lucia y Luciano porque habían nacido hijos de mujer. Un hombre

al que la vida y las rosas y el destino le habían propuesto la increíble aventura de tener

que vivir su vida al que no le valían pinchaduras de rosal como al famoso Rainer María
Rilke, el poeta en alemán, el famosísimo autor de Les fenetres y Les roses quien en el

colmo de la adivinación logró escribir antes del 29 de diciembre de 1926, es decir con

antelación al día de su muerte y tal vez ofuscado por haberse pinchado como él uno de

sus dedos con la espina de un rosal su famoso epitafio:

 Rose, o puré contradiction, volupté de n’étre le somneil de personna sous tant de

 paupiéres Rosa, oh pura contradicción, voluptuosidad

De no ser bajo tantos párpados el ensueño de nadie.

 Repetía en su memoria sin sosiego alguno pues recordaba como si lo estuviera

leyendo que Rilke había pedido en una de sus obras: “¡Ser por un día contemporáneo de

las rosas!”
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 CAPITULO XXIII

Ei mármol esa caliza metamórfica, cristalina y compacta bajo la cual se había forjado el

alma y sino de Vitruvio continuaba invencible dentro de su mente y dentro de su co-

razón puesto que a partir del momento de la muerte de Lucia sin darse ni darle un solo

segundo de tregua a su imaginación y a su espíritu, había dedicado la mayoría del

tiempo a darle forma, color, estilo, y dimensión a las tablas y bloques serpentinos sobre
los cuales cincelaría, a golpes de entraña, la que sería la tumba más hermosa del mundo.

En electo, desde el entierro de Lucia al cual habían asistido sus socios y amigos y

algunos colombianos, su vida se había rutnizado. Madrugador como era, se levantaba

temprano, se bañaba, se afeitaba y se vestía y de una vez se iba al jardín a cortar las

rosas. Allí mismo armonizaba un hermoso ramo de flores rojas y de inmediato,

enfundado en su trinchera o en su abrigo, paraguas en mano, salía a la calle húmeda y

fría, y se iba a pie hasta el Cementerio Central en donde como si se tratara de una

caricia, lo depositaba sobre el túmulo cubierto aún de rocío bajo el cual yacía silente la

señora y dueña de sus sueños, de sus amores y de sus propósitos, y luego de hablar

mentalmente algunos minutos con la muerta, regresaba a la casa en donde lo esperada
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Luciano para desayunar en su compañía pues solo cuando este partía hacia el colegio

volvía a salir a la calle. Entonces se iba hasta un pequeño local ubicado sobre la carrera

séptima, entre La Puerta del Sol y el café de la Peña Taurina, el cual acababa de tomar

en arrendamiento, y allí, en el incipiente y casi privado taller de su recién llamada

“Marmolería La Romana”, se dedicaba a concebir, dibujar, a hacer algunos bocetos y a

estudiar las proporciones geométricas, y aritméticas de la tumba que, según su deseo,
cubriría los despojos mortales de la imborrable mujer que fuera su única y eterna ena-

morada, Lucia Lippi. El Libro secreto y el Manual ilustrado fueron sus principales

auxiliares y basado en ellos y en su fértil imaginación, poco a poco, lenta y

cuidadosamente, diseñó la capilleta renacentista que tres meses después erigiría con sus

románticas manos sobre el túmulo que provisionalmente había cubierto los restos de su

adorada. Durante esos tres meses no tuvo necesidad alguna de mirar el Texto de

epitafios pues Lucia, al igual que Ludovico di Betto, había escrito en una de esas

páginas su epitafio y esa inscripción constituía para él una sentencia irrevocable que

debía respetar salvo su muerte, la destrucción u el olvido. En ese tiempo, un

marmolista, bajo su mando trabajó de la mañana a la tarde en la ejecución de la tumba
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pero Vitruvio solo lo hizo en las horas de la mañana, tiempo durante el cual esculpió

amorosamente los ángeles, los querubines, las estelas, los amores y las cariátides de las

cinceladas columnatas, porque las tardes, para variar el ritmo de su vida, las dedicó a la

lectura y la investigación, o a ir a las librerías Latina, la Gran Colombia, la Lemer, la

Salvador Camacho Roldán, las de viejo, ocasionalmente, o a la de su amigo Paul Eiger,

bien para comprar un libro o para charlar brevemente con los libreros Miguel Angel
Gaitán, Andonoff, Carlos H. Pareja, Raúl Leoni, ora para tratar algún tema especial con

el sabio Paul Eiger o con alguno de los pocos dones que frecuentaban esos oasis

culturales:   donpereciendo,   donignorando,    donsinsabiendo,    o         con   el   famoso

donaprendiendo que a su juicio eran la luz, el genio y la base de toda doctrina, arte,

filosofía, ciencia, escritura, conocimiento y movimiento intelectual o político porque de

atrevidos gestos y frases estaba sobrado no solo el mundillo fatuo de las letras bogo-

tanas sino ese paraíso increíble de sofistería en que los famosos dones habían

convertido a Santafé de Bogotá. Al atardecer de algunos días, en especial los viernes, se

quedaba en casa en donde recibía algunas visitas o intercambiaba y confrontaba sus

ideas especialmente con las del profesor Luis López de Mesa, costumbre que
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contribuyó más que ninguna otra a la rutinización de su vida. Fue por esa triste época

de grave desventura cuando sus socios comerciales “Ricardi y Ambrossi” le hicieron

una oferta o propuesta comercial sobre la posible enajenación de su aporte social en

dicha firma mercantil y que Vitruvio por ser un lince para los negocios, luego de

meditar cuidadosamente, acabó por aceptar y solemnizar, no tanto por separarse de sus

desconsiderados socios comerciales sino porque con el dinero contante y sonante de su
importe adquiriría algunos inmuebles, cercanos a su casa, fáciles de administrar, bien

rentados y ubicados en la carrera séptima con la calle 25 en uno de cuyos locales

funcionaba casi que clandestina o como en privado, la “Marmolería La Romana”.

Según su saber con dicha adquisición quedaba asegurada su vida y su futuro

económicos y el futuro de Luciano, y libre de cargas y de preocupaciones de esa índole,

podría dedicar la totalidad de su tiempo a la investigación histórica y a la lectura de sus

amados e inseparables libros. Tal vez con el paso de los años acumularía más libros que

los que heredó de su ingenioso maestro, el famoso erudito y chispeante epitafista

italiano don Ludovico di Betto. Quizás esos libros escritos amorosamente y manuscritos

por él, con el tiempo serían apetito y pasto de polillas como tantas obras que siendo
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fama de áureos lomos, pastas repujadas, fojas encalabrinadas, casi incunables y de

glorias imperecederas, les sucedería lo mismo que hasta el momento le había sucedido a

los libros respetados por famosos que, sin haber sido lambidos por los ojos humanos,

por el solo hecho de ser considerados cumbre y cima de monumentos literarios, casi

todos los humanos citaban, desde luego que sin conocer ni entender su meollo, porque

eran dogmas de fe, y porque por estar a diario y en boca de zafios insulsos, con el paso
de los años se habían mutado y convertido en receta para cura de iletrados, en depósito

de graves errores, y en catedralicias falsedades literarias, como cuando quienes nunca

prendieron lumbre ni abrieron su mente a ella ni descansaron sus ojos leyendo el texto

del Ingenioso Hidalgo, lo citaron torpemente, tal y como lo oyeron y hasta exclamaron:

¡ladran, luego cabalgamos!, frasecilla, verbi gratia, que hasta esta hora nadie ha podido

ver ni encontrar en la maravillosa y munífica urdimbre del famoso Quijote ni podido

leer en la aguda obra del gran Cervantes. ¿Era posible que sus amadas obras corrieran

peor suerte, y que ni aun los más necios las leyeran, pero entonces en qué ocupar su

tiempo y su ocio y su vida, si el imperativo que lo hacia vivir, muerta Lucia, no era otro

que el de sentarse a leer y a escribir? Hasta ese momento el único que había leído sus
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apuntaciones criticas sobre la vida de los próceres granadinos había sido el profesor

Luis López de Mesa y aun cuando este no había compartido sus juicios ni sus

pensamientos, sin refutarlo ni tratar de disuadirlo, se había limitado a devolverle los

legajos de su trabajo y a lanzar alguna pequeña ironía al momento de hacerle entrega de

su escrito, así como a encimarle los cinco discursos que hacía poco tiempo había

pronunciado en nombre y representación de Colombia, como Ministro de Relaciones
Exteriores del país, en algunas de las capitales de los países suramericanos visitados por

él sobre la vida, y obra del general Francisco de Paula Santander, en los cuales había

exaltado la imagen de quien se llamaba, “el fundador de la civilidad”. Vitruvio leyó los

seis discursos y cuando se dio cuenta, que en esencia eran iguales al que los bogotanos

le oyeron en el Cementerio Central el 6 de mayo del año de 1940 con motivo del

centenario de la muerte del prócer, pues solo contenían pequeñas variaciones atinentes

al lugar donde había sido releídos, o a la diversa escena citadina de las inauguraciones

de igual número de bustos o de estatuas del prócer, se desilusionó pero los guardó no

tanto porque los considerara valiosos sino como monumentos del culteranismo esópico,

abstracto e ido y por estimarlos como retablitos o extractos del kilométrico original que
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Vitruvio tenía en su poder y el cual se resumía en la frase de, “Aquí ninguna hoja del

árbol de la patria se mueve sin Santander” cuando a su juicio lo contrario era lo

evidente, puesto que todas la hojas del árbol de la patria se habían movido pese a

Santander, idea esta que en ese momento de su vida estuvo a punto de precipitar a

contrapelo la discusión solo que la amistad y el respeto mutuos aplazaron por algún

tiempo la inevitable confrontación. Pese a todo, un viernes cualquiera la lid surgió de
manera imprevista para sorpresa de los asistentes a la casa de Vitruvio cuando este para

referirse a la obra de don Tomás Rueda Vargas, concretamente a Lentus et Umbra,

paladinamente le preguntó al profesor Luis López de Mesa, ¿que si no era un

despropósito luego de la confesión hecha por ese autor, de que no sabía nada de latín, el

titular en dicho idioma su obra?

_No, Vitruvio, no es un despropósito porque el ignorar o desconocer algo no impide ni

niega su aprendizaje ni su conocimiento y además porque la farsanta sabiduría tiene

más de aproximación con lo supuesto que con lo verdadero —le replicó, envuelto en el

manto imperial y abstracto y con la mirada airada y casi desafiante.

_Se lo pregunté, profesor, sin querer o tratar de lastimarlo, porque quien confesó como
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don Tomás que sus conocimientos en general eran caóticos, "en el caos de mis

conocimientos” fue la expresión que el usó en su libro sobre La Sabana, estimó, por otra

parte, que a su juicio había sido más importante el 20 de julio de 1810 pese al episodio

del florero que Ud. tanto me explicó, que la toma de La Bastilla y como esa

comparación no me parece ni justa ni aceptable entonces, vuelvo y le pregunto a mi

eximio profesor: ¿Cuál es la verdad y qué es históricamente más importante, el 20 de
julio o la toma de La Bastilla? En otras palabras: ¿el cabildo de Santafé o la revolución

francesa?

_Las dos cosas Vitruvio, el 20 de julio para don Tomás, y la Bastilla para los franceses

y para Ud. Vitruvio —soltó el sabio— en medio de la perplejidad de los circunstantes

quienes extrañados por la respuesta se miraron unos a otros con cierta preocupación.

_Las dos cosas son una ambigüedad inaceptable y mucho más, una anfibología que

nada aclara —le replicó Vitruvio un tanto molesto.

_Perdóneme, Vitruvio, que desfleque un poco los polos del desdoblamiento de mi

pensar porque ellos serán hermanos inseparables hasta la dilucidación de ¿qué es lo uno

y de qué es lo otro y más que todo de cuál es Primo valor de su orden o importancia y
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cuál Secundus?

__Pero entonces si entre la revolución francesa y el 20 de julio según su juicio continúa

siendo este tan importante como la toma de La Bastilla, mientras no se desflequen los

polos de ese desdoblamiento, ¿será posible que en razón de su sola autoridad y palabra

tengamos que tener esa presunta igualdad por un axioma?

__Así ha de ser Vitruvio —dijo el profesor puesto de pie y asumiendo un aire más de
tribuno que de amigable conversador, agregó— hasta tanto no se demuestre lo contrario

de manera sutil, heurística y dialéctica.

_“¡Coño de la madre! —alcanzó a decir lleno de sorpresa Raúl Leoni porque Vitruvio,

implacable y en voz alta le replicó: Profesor siempre ha sido más grande el elefante que

la hormiga y Ud., no puede de ningún modo, comparar el 20 de julio con la Revolución

francesa. No son comparables ni equiparables, de ninguna manera: la Asamblea

Nacional francesa con el cabildo abierto de Santafé, ni el gran miedo con los insultos y

vejámenes al Virrey y a la Virreina ni la famosa Declaración de los derechos del

hombre y del ciudadano con el Acta de Independencia ni el encarcelamiento de

González Llorente con la abolición de la nobleza ni la fuga del Rey de Varennes con la
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fuga de Sámano ni los tribunales revolucionarios ni el comité de salud pública ni la

ejecución de María Antonieta con la fuga de los jueces ni la reunión previa del

observatorio astronómico con la Convención ni los discursos de Robespierre con los del

Tribuno del Pueblo don José Acevedo y Gómez ni el texto de la constitución francesa

con la de Cundinamarca ni las gloriosas ejecutorias del pueblo parisino con las de los

santafereños ni mucho menos las glorias de Napoleón con la de los capitanes Baraya o
Moledo. Unas y otras son acciones diferentes y su eminencia profesoral no puede

confundir de ninguna manera ni con autoridad “la historia de la aldea” con la historia

universal ya que aquí y en todas partes siempre se ha tenido por más el todo que la parte

y no se le olvide mi eminente señor que lo poético del paisaje no tiene nada que ver con

la poesía. El paisaje es el objeto y diga Jo que diga debo decir que fue Baudelaire el

poeta que muchos años después cantaría a Theroigne de Méricourt: la clásica

encamación del poder de la masa esas famosas estrofas que aún resuenan en el mundo y

que dicen:

“A vez vous vu Théroigne, amante de camage Habéis visto a Theroigne, la que ama la

masacre Excitan a l'assaut un peuple sans souliers convocando al asalto a su pueblo
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descalzo Le jove et l’oeil en feu, jovant son personnage, la mejilla y los ojos encendidos

representando su papel Et montant, sabré a poing, les royaux escaliers, y ascendiendo,

con el sable en la mano, la escalinata real.

^Entonces yo le preguntó: ¿Cuál fue la poesía del 20 de Julio? —terminó por decir, en

medio de la sorpresa del profesor quien molesto por la andanada dejaba ver en su gesto

agrio de disgusto como el de los alarmados circunstantes y quien recomponiendo su
figura replicó:

_Vitruvio, sé que desafinas porque si la palabra ardida es confesión del alma, sus

comparaciones me revelan que algo grave atiza el fogón de su pensamiento

desenjalmado ensañándose contra don Tomás quien tan solo cometió el pecado de ser

paladín de la Sabana, escritor atildado y castizo, conocedor de su habitat y hasta de la

hacienda “Yerbabuena”; del sabor del agua lluvia de “Aposentos”; del blanco de las

nubes de “El Tintal”; sociólogo del hombre sabanero por haber tratado con “orejones”,

con peones, con mayordomos y con patronos, y por ser el clasificador de los ganaderos

entre “orejones de cabotaje” y de “alta sabana” para poder distinguir de algún modo a

los pequeños de los grandes ganaderos, es decir a los dueños de unas pocas reses con
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los dueños de más de cien reses, reflexiones estas en apariencia triviales, es decir sin la

ecuménica grandeza de las gestas humanas, pero que demuestran su profundo juicio, y

además porque fuera de ser sociólogo de la vida sabanera escribió un famoso libro. “El

ejército nacional”, que entiendo es solo para los llamados “compatriotas” como llamara

el autor del Quijote con alguna ironía de doble masculinidad a los varones que jamás

entendieron que cuando se pisa en suelo extraño ha de seguirse a juntillas la lección del
aforismo que aconseja que "a la tierra que fueres haz lo que vieres”. —terminó por decir

con suficiencia y con mirada retadora, pero Vitruvio que no aceptaba desvíos, le

respondió: __Voy a pasar como dicen los tahúres antioqueños de agache en lo atinente a

sus compatriotas" pero ha de saber que a este país se lo devoraron los señoritos de "La

Candelaria” con sus gramatiquerías sus santanderistas y sus dones como don Tomás,

quienes por no haber encontrado para ejemplo de sus vidas otro modelo que el del

ambiente sabanero, el del santanderismo. ni otras reminiscencias más grandiosas, se

limitaron a la bondad gentilicia esa de que su abuelo hubiera sido el médico del general,

o esa otra de que don Manuel Antonio Rueda hubiera nacido en la misma alcoba en que

muriera Santander y en algo más trivial profesor, que si no es idiocia, por lo menos fue
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alarmante locura por publicar un libro, porque la obra que acaba de citar es una simple

compilación de artículos periodísticos publicados en El Tiempo que si lo quiere saber

para que lo guarde dentro de su coleto brotaron y nacieron de una caja de esas con que

los niños de su época jugaron a dar batallas de soldaditos de plomo, importada desde

Francia, y compuesta por algo más de cien soldaditos de los llamados de infantería,

algunos artilleros con sus cañones y obuses, otros más de caballería, un abanderado y
algún utilaje de guerra y de bandería que don Manuel Antonio recibió como regalo para

entretención de su niñez y que ya adulto, cansado de formar, alinear, repartir y

enfrentar, desdibujó e incluso mutiló con tantas batallas por lo que forzado a reparar

tuvo que recomponer, repintar, y retocar en sus ratos de ocio, con los colores de la

patria bandera y con los de los uniformes usados por el ejército nacional para que con

los años fuera la entretención bélica de la aburridísima vida de sus nietos. Le reconozco

que lo que sí logró y llegó a ser don Tomás, fue un buen profesor de gramática pero no

un gran gramático, como sucedió con tantos hombres de importancia en este extraño

país donde los gobernantes del estado siempre han confundido “la gimnasia con la

magnesia”, y excúseme la ruda expresión, “los cantones del ciego con las cantoneras del
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sieso” tal como lo digo porque en materia de gramáticas y de escritos fue Tomas con su

don ‘'ave de corto y lugareño vuelo” pues sin ]a audacia inicial ni la posterior altura y

sabiduría de un Caro o de un Cuervo, de un Marroquín o un Suárez, de un Abadía o de

diez más que los tengo contados en los dedos de mis manos, hijos dilectos de “La

Candelaria” y quienes junto a los demás dones cometieron el inmenso desacierto de

confundir la gramática y su retórica con las ciencias políticas, porque ignorando a cual
más las leyes y reglas del gobierno y del arte social y del manejo del estado sin embargo

hablaron y escribieron tanto sobre lo que sí sabían, que las gentes, confundidas de

conjugaciones y declinaciones latinas, los declararon no solo como sabios sino que

además los hicieron presidentes, motivo por el cual hasta el mismo general Rafael

Uribe, quien se había apuntado con arrojo a veinte y más batallas cruentas, que

emprendió sin alcanzar una sola victoria militar o política, al fin, en un solo momento

de claridez por fin entendió que era mejor para su causa y sus ansias sentarse a escribir

una buena o pésima gramática que a preparar un golpe de mano, una batalla o un

proyecto de constitución, cosa con la cual afinó y le sonó la flauta puesto que fue ese

libro el que le dio el mérito suficiente para asistir al congreso y para politiquear. Desde
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luego que no quiero ni voy a confundir la gramática con la política como lo han hecho

los señoritos y los ricos varones de “La Candelaria” y perdóname que lo diga con

vehemencia, porque sabiéndolo como lo sabe el profesor que al menos tres de los

presentes pisamos suelo extraño, ese hecho ni invalida el pensamiento ni el franco decir

ni la manera de expresarlo —dijo retador— en medio de la tensión pese a que ninguno

había oído de sus labios una palabra desobligante. Entonces el profesor que estaba
ardido y lleno de santa ira amagó con su mirada de felino como si quisiera devorar a

Vitruvio y sobreponiéndose a las palabras de Leoni, _“este Vitruvio sabe más que unos

cuantos libros abiertos” y a las de los Lumbreras de: _“Sabe más, muchas cosas más

que nuestro sabio” y ... _“Vitruvio se cagó en el profesor y le sobró mierda”, dichas,

sotovoce y respectivamente, por el padre y por el hijo, empezó, a decir: Se enardece

Vitruvio, sin cortejo de sindéresis ni razonamiento orbitado, porque ignora a nuestros

hombres públicos con desmedramiento que es lo mismo que deterioro del juicio cuando

se refiere no solo a don Tomás sino a nuestro gran prócer y fautor de glorias el general

Santander, a imitación de los conservadores que, reniegan de la gloria y lo hacen tal vez

porque los fascistas por ser enemigos de la república, del liberalismo, de la democracia,
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y del pueblo suelen ser los mismos en todas partes, y porque desesperados con la

derrota militar, convertidos en orates y casi idos, solo encuentran en la injuria un

consuelo para sus males. Aquí, serenamente, y para ver de parir una idea de mayéutica

quiero cuestionar a Vitruvio para si es que ya no tiene efervescencia de ánimo me

responda sinceramente a la manera socrática algunas preguntas que junto con sus

respuestas nos amojonen posiciones tan discrepantes, —dijo— y asumiendo un aire
inquisidor y casi prejudicial mirando severamente a Vitruvio le preguntó:

_Vitruvio. ¿Eres italiano?

_Sí, por la gracia de Dios y por la unión legal y amorosa de papá con mamá —

respondió, produciendo manifiesta hilaridad.

_¿Vítruvio, pero a más de italiano eres fascista?

_No. No lo soy. Lo que sí sé es que mi maestro Ludovico di Betto fue un gran fascista,

un organizador y un pensador del fascio. El, mi maestro ha sido la única persona que

me ha hablado claramente sobre política. Sé que él era fascista porque he leído sus

apuntaciones políticas y filosóficas y en ellas así lo confiesa.

_ ¿Entonces quieres decir que no eres demócrata y que por lo tanto no crees en la
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democracia?

Mi maestro, el chispeante don Ludovico, me dijo que aristodemos, óigame bien

aristodemos que no Aristodemo el rey legendario, quería decir en griego culo, óigame

bien, culo, porque aristos en la clásica lengua quiere decir, patricio, noble, y que demos,

significa pueblo, plebe, de donde concluía, que la democracia únicamente existía

material y realmente en ese sentido igualitario, es decir, en cuanto a que los humanos,
hombres o mujeres, ricos o pobres, blancos o negros, inteligentes o estúpidos, patricios

o plebeyos teníamos un solo culo, un culo igual, idéntico y exacto al de los demás,

porque ya en tratándose de los sexos, la especie humana era bipartidista y

antiigualitaria, pues que el pene y los testículos, es decir la llamada masculinidad tenía

signos distintos de la vulva, las tetas y de los ovarios que eran los signos de la

femineidad. Me enseñó, además mi agudo ingenio que los ojos eran democráticos junto

con las orejas, porque hombres y mujeres teníamos de a dos junto con la nariz porque

unos y otras solo teníamos una, cosa que no acontecía con los testículos que eran

exclusivamente masculinos, pero que la igualdad democrática no solo había muerto por

eso sino porque cuando cada una de esas dos mitades excluyó a la otra como había
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acontecido desde tiempo inmemorial cuando las mujeres, muerto el matriarcado,

enterraron para siempre su mayor valía. Se sabe que la mujer no solo fue lanzada del

paraíso terrenal por tentadora del hombre sino porque al tener que recurrir el mítico

creador a una falsa costilla adánica para que esta pudiera ser, de una vez y para siempre,

la gravó con una deuda incancelable que desde entonces la ha mantenido por debajo del

hombre, subordinada a sus caprichos e irredenta por falta de solución. .Disciernes como
ninguno en entelequias que siendo de mi agrado alteran sin embargo el orden judiciario

convenido con antelada precisión porque la democracia que es como el signo mayor de

la humana racionalidad da a la cifra mayor la razón y la verdad, confiando al número

menor la obediencia a ese fallo de obligatoria aceptación y sometimiento del pueblo por

ser el elemento que siempre ha estado vinculado, óigame bien, Vitruvio desde el albor

de nuestra vida política e institucional por lo cual y de eso tiene que estar seguro ya que

próximamente mayoría y minoría le demostrarán en los comicios cómo los

colombianos, divididos entre liberales y conservadores, matemática y racionalmente,

demostraremos a quién corresponderá el poder. Igualmente verá como los liberales

debatiremos democráticamente entre turbayistas y gaitanistas de manera cordial y en el
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duelo comicial de quién es la razón, pese a que el partido se encuentra actualmente

inficionado de elementos extraños a su destino pero que de todos modos nos dirá quién

ganó y quién perdió y quien tiene y quién no tiene la razón. Esa es la democracia,

Vitruvio, que Ud. tanto ignora.

.Permítame que vuelva atrás profesor, pero debo aclararle porque lo estudié de buena

tinta y manera que el problema gramatical sobre cómo alcanzar el poder, se ha vuelto
en Colombia más semántico que sintáctico, porque en el duelo entre turbayistas de

espíritu candelario y gaitanistas de aire popular, los primeros por ser socios naturales de

“La Candelaria” creen y saben que el quebrantamiento de “la fila liberal” es obra del

“negro” Gaitán, y que por lo tanto su aspiración presidencial es de tipo fascista, pero en

mi opinión esa es una solemne estupidez, pues, quienes la dicen no entienden nada,

absolutamente nada de fascismo. El profesor como un inquisidor me ha preguntado por

mi fascismo y ya se lo voy a contestar para que no le pase aquello que afirma

Bienvenido Lumbreras, cuando dice que no hay que confundir a “Santo Tomás de

Aquino con aquí no más no lo tomamos”, o como en el receso anterior lo dijo el hijo de

éste, quien me ha asegurado que el profesor confunde a "don Esacario don Emeterio,
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don Secundino y don Guardario con sacarlo, sacudirlo, meterlo y guardarlo" y para que

no siga confundiendo a “tubérculo” con “ver tu culo”, ya se lo voy a explicar. El hecho

de que Gaitán con su política perturbe el sueño secular de “La Candelaria” al imponer

con una antelación de doce o diez y seis años la fila única y exclusiva de las personas

elegibles a la presidencia de esta república, ha sido quebrantado y roto por su aspiración

presidencial al hacer añicos con su movimiento el futuro de los herederos, de los
herederos del país, a quienes él tilda y califica de "oligarcas”, identificando

económicamente a los de arriba o privilegiados, a quienes llama “enemigos del pueblo

mío”, es decir a los liberales y a los conservadores para poder señalar de algún modo

distinto a los de abajo, dentro de una dimensión política con la cual le plantea al pueblo

que así como la oligarquía no tiene sino una sola parcialidad, escindida en dos ramas

supuestas: la liberal y la conservadora, así los de abajo han de unificar sus fuerzas

llámense liberales o conservadoras para poder oponerse a los de arriba. Lo nuevo en

todo esto, mi estimado profesor, es que Gaitán tiene un poco de nacionalismo y lo

demuestra en público cuando para criticar al candidato del liberalismo oligárquico a la

presidencia, al señor Gabriel Turbay Avinader, lo tacha de libanés y le dice “turco” y lo
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llama “agente vendido al país político” que quiere arrebatarle al “país nacional”, es

decir, al pueblo, al que llama “pueblo mío” y a las madres colombianas, “el derecho que

constitucionalmente siempre les ha pertenecido de parir a los presidentes de la

república” A Gaitán le dicen fascista por las formas de lucha y nada más: porque no

procede de “La Candelaria” y porque ha rechazado la “fila libetel”; por sus marchas

simbólicas con teas, por sus viernes culturales; por su aparato político nuevo y por su
invocación tumultuaria al “Pueblo mío” y no al partido liberal, exclusivamente. Pero

para hacer más claridad en lo que he dicho y siguiendo a mi gran maestro don Ludovico

di Betto, el ingenioso ingenio entre los geniales genios, le diré a mi profesor que la

única similitud existente entre el fascisno y el liberalismo es que ambos nacieron sin

ideología pero eso sí contra otras ideologías. El fascismo porque no necesita de una

ideología para nada y el liberalismo porque por su esencia independentista de las

creencias espirituales y con su laissez faire y laissez passer, dejó en manos del

individuo su relación religiosa y su actividad social y económica en manos del libre

albedrío, es decir, de su libre voluntad. El fascismo y se lo voy a explicar a mi ilustre

amigo y profesor y a los presentes es en lo personal el valor, la intrepidez, el amor al
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peligro, al odio al ventripotentismo y al cobarde pacifismo. El fascista es con relación a

su nación y a su patria, una moral, una tradición, la supresión del goce individual de la

vida, y de la riqueza, y la implantación de un régimen de vida superior. El fascismo se

concibe como una lucha y no como una concesión ni como una dádiva, es un combate.

Uno de sus propugnadores Giovanni Gentile, el maestro de mi maestro Ludovico di

Betto, rechazó la racionalidad del Estado y del individuo pues según él no es el espíritu
humano el que crea y sostiene el Estado sino “El espíritu como acto puro” el que lo

consigue y lo logra. El fascismo se opone por lo tanto a la desigualdad social, al

desorden económico liberal que sacrifica la colectividad en aras del individualismo

hasta hacer del estado un enfermo anémico sin poder y sin voluntad de poder. Nació

como una reacción contra el Estado demoliberal.

Dentro del fascismo nada vale ni nada puede ser por fuera del Estado ya que este ha de

ser “el alma de su alma”. La fórmula de la mitad más uno, síntesis matemática del

racionalismo, es rechazada por el fascismo porque cree que lo que hay en el fondo de la

aparente discrepancia democrática no es otra cosa que la unanimidad. Rensi fue quien

advirtió por sugestión del chispeante epitafista que cuando la minoría era vencida elec-
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toralmente, nada podía hacer porque lo racional se había impuesto con la mayoría y

porque esa minoría era la que hacía que lo racional se impusiera y mandara, y que al

aceptarlo así, coincidía y estaba de acuerdo con lo que la mayoría había impuesto

puesto que lo que reinaba en el fondo del racionalismo democrático era el imperio de la

unanimidad» Fue Rensi quien le dio al Estado fascista el derecho de hace| todo aquello

que tema la fuerza de hacer, y quien únicamente le negó al Estado la fuerza para
imponer convicciones, como lo cree el profesor López de Mesa incluso en el campo

histórico —dijo mirándolo dominador y continuó— los principios del fascismo son

pues una crítica y una réplica a la debilidad liberal. En lo económico el fascismo con su

neo capitalismo no es otra cosa que un capitalismo de Estado que agregado al territorio,

al pueblo, al gobierno, hace e integra la estructura económica del Estado fascista. La

nación fascista entonces ha de ser considerada como un organismo superior a los

individuos aislados y es la unidad política, moral y económica realizada por el Estado y

no por los individuos, es decir por la nación, que es desde luego un organismo con fines

superiores a los del individuo y se realiza en el Estado. Como lo dijo Mussolini “Todo

en el Estado, todo por el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado” quien
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agregó, “El pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo”. El partido para el fascista es

una agitación, después una idea, y ya en el poder su fin es el de forjar e introducir el

partido dentro del Estado. El partido es el germen del Estado, de su unificación y de su

conquista. Su régimen económico es el del corporativismo de asociación y el del

Estado. Las corporaciones son la organización de las fuerzas de producción y estas por

lo tanto vienen a ser como órganos del Estado. Ese es en síntesis el fascismo del cual el
profesor acusa a Gaitán y a mí por ser italiano, sencillamente, porque Gaitán con su

candidatura a la presidencia quebranta el orden de “La Candelaria” al cual llama de otra

manera como “oligarquía”. Pero le advierto al Profesor que Vitruvio Rossi no es

fascista por ninguno de sus costados y que si admiro a Gaitán es simplemente porque sé

que él está en la ruta cierta. Solo que como los socios “La Candelaria” se han

convertido en amos y señores de tierra, de la industria, de la banca y de la riqueza

nacional Gaitán los identifica de otra manera llamándolos con justicia oligarcas” y

como miembros del “país político” por oposición al pueblo raso, liberal o conservador

al que llama “país Nacional. No le voy a hablar sobre los antecedentes sociológicos del

fascismo tan gratos al profesor Luis López como las tesis de Vilfredo Pareto ni sobre
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las Reflexiones sobre la violencia de Sorel y su vitalismo que hicieron del fascismo

italiano un partido violento y paramilitar, cosa que haré en otra oportunidad, mas como

veo que el cansancio mina el diálogo y algunos de los presentes se ven cansados, quiero

invitarlos a una nueva reunión para que continuemos o abandonemos los temas que

hemos tratado con alguna pasión.

-Me encantaría Vitruvio que concretara en síntesis apretada y en próxima reunión
algunas cosas que sorprenden mis engendramientos conceptuales, como eso de que

nuestros más grandes gramáticos, Caro y Cuervo, hubieran podido cometer alguna

indelicadeza o audacia en su afán de ser gramáticos o como eso otro que veladamente

ha insinuado de que la independencia se hizo pese al general Santander.

Ya habrá oportunidad de confrontarlo le respondió Vitruvio mientras el profesor se

despedía de los circunstantes. Afuera el frío y la llovizna dominaban la noche y a lo

lejos algunos gritos vivaban al caudillo Gaitán y lanzaban abajos contra la oligarquía.

Entonces, en medio de los gritos que se oían en la calle proferidos por algunos de los

asistentes a los viernes culturales de Gaitán en el Teatro Municipal de Bogotá, Paul

Eiger, el inteligente librero judío, para referirse a las ininteligibles palabras de López
                                                                     259

de Mesa dejó casi que en suspenso y como flotando en el aire frío una frase que tal vez

nadie entendió: “Que él meta su lengua en su cabeza para que no sepamos lo que él es

y oculte lo que siempre guarda de sí o presenta obscuro no está bien ya que lodo eso es

peor por mil y más veces a lo que él piensa y creé ser” y antes de salir como ninguno lo

entendiera dirigiéndose a Vitruvio, agregó, “lástima que los eruditos sepan tantas cosas

que no nos importan y que tengan que guardarlas como si fueran tesoros de necedad
dentro de sus cabezas cuando sólo son ocultos racistas y viles exterminadores de mi

pueblo judío” palabras que al ser escuchadas por Leoni le hicieron responder: el señor

profesor es un erudito pero no es un pensador ni un demócrata y entre Vitruvio y él hay

la misma diferencia que existe entre el contenido de un libro y su índice, entre lo en él

escrito y su lomo, entre su filosofía y sus costuras, entre los que está escrito y lo que

está en blanco.

CAPITULO XXIV

_Vitruvio, como no soy hombre de palabra descomedida mal puedo “plantarle una

fresca al lucero del alba”, ni mucho menos dar ejemplo de hideputas voquibles por

esencia rústicos, bien sea por respeto a los demás o por el culto y recato que debo
                                                                    259

guardar a mi ministerio, pues como resulta y es evidente que en dos ocasiones he

ocupado mis carteras, mal puedo hablar ni contestar en términos descompuestos, así

Sancho haya dicho que “no es deshonroso llamar hijo de puta a nadie cuando cae bajo

el entendimiento de alabarle”, mucho menos, cuando en mi última misión

plenipotenciaria suscribí con el canciller venezolano, el ese sí, hijo de puta tratado

denominado, Luis López de Mesa-Gil Borges, mediante el cual consignamos jubilosos
que todas las diferencias de límites entre Venezuela y Colombia quedaban terminadas

“per semper”, pero debes saber que sí me amohínan sus dichos que por ser revulsivos

del intelecto son cosa aparte, mucho más, cuando has insinuado al desliz, un juicio

sobre los dos colosos de esta patria, Caro y Cuervo, sin que el confuso audiente

entienda, ¿hasta dónde procederás con tan imbursada socaliña si es que no pones

remedio de su parte? Entonces Vitruvio que cada día se parecía más a su apreciado

maestro don Ludovico di Betto y quien ya tenía motas de lo pegado que era como

vender miel a colmenero, asumiendo el aire, el vuelo doctoral y la críptica y secreta

ocultación de su pensamiento, risueño, pero imitando profesor en sus ademanes, en su

voz y en sus gestos, con seriedad que el caso requería, dijo:
                                                                  259

-Protoseñor, protomédico, protoministro, protoplenipotenciario y protosabio, de ahora

en adelante la enmienda del decir será pasto y amasijo de mis angustias, máxime en

tratándose de las cumbres intelectuales de Caro y de Cuervo, Astros de vuestra lengua,

pero ha de saber la lega concupiscencia que aquel binomio juvenil de genios, que con

el paso de los años maduró tan magna grandeza, tuvo por aficion el Método para

estudiar la lengua latina, de Bomoff y de Key, que siendo ajeno, al paso de su
fusilamiento, como todo lo castrado en este mundo, se convirtió por arte encantorio de

texto rateado a propio, hasta mutarse de Método a Gramática de la lengua latina para el

uso de los que hablan castellano que, es la misma jeringa con otro bitoque, es decir,

otra tonada del mismo cantar, porque con tal obra, los dos insuperables portentos de la

lingüística, sin que los delatara ni los tumbara el traspié, toparon amplio sendero y

entraron pisando duro y de lleno en las cátedras gramaticales del Colegio Mayor de

Nuestra Señora del Rosario, hasta cuando poco después con la ganzúa de la

gramatiquería, abrieron la cerradura de la amplia, ancha, alta y famosa puerta de “La

Candelaria”, y cuando vieron y se enteraron que el susodicho texto no incluía como

letras latinas ni a la z (zeta) ni a la fea, épsilon, y, (ye o y griega), y descubrieron como
                                                                       259

el maravilloso Epeo, el genial descubridor del humo, a quien tanto miro, admiro y

nunca veo, para no arder como arde el fuego, que no se debía escribir en español con y

griega sino no la i latina, ni cortos ni perezosos, hábilmente llevaron ese conflicto del

campo de la gramática al de la política, pues que esa era la ciencia de ese tiempo y con

esa carta de presentación, lograron ser catedráticos y sabios de pluma, y que los

sectarios radicales y los fanáticos gólgotas de “La Candelaria” se partieran irre-
conciliablemente entre sí, pues los unos usaron la i, y los otros la y, y si no llegaron al

campo de las armas para definir la contienda, fue porque como en tantas ocasiones

sucedió en cambio de llamarse liberales o conservadores como si fueran partidos, se

apodaron de hispánicos o de afrancesados tal como en época anterior se llamaron

masones o anticatólicos y católicos o como se motejan hoy de chulavitas o chulavos y

de cachiporros o de collarejos, dijo Vitruvio en medio de la sorpresa del profesor que

atarugado por oír en boca de su contrincante su estilo, sin saber qué pensar ni decir, si

era que él era el otro, o si era que el otro era él, como lo sostuvo Raúl Leoni quien al

ver el insuceso llamó a Vitruvio, Luis López de Mesa y a este como Vitruvio hasta el

momento en que alguien exclamó en medio del desconcierto, “¡Oh confusión o caos!”
                                                                      259

hasta cuando vueltos a su ser, luego que ya se identificaron a derechas, Vitruvio —

agregó— ha de quedar claro profesor que esa obra cumbre de Caro, el ecuménico señor

que nunca salió de la Sabana y del cual pretendió ser copia don Tomás Rueda Vargas,

así como la gigantesca del señor Cuervo hicieron más por sus presidencias que sus

ideas políticas porque en Colombia aún en estos tiempos la gramática da más gajes

políticos que el arte de gobernar a los pueblos y ya lo verá cuando al hijo de mi vecino,
los escritores a soldada y paga lo hagan Presidente. Entonces comprobará cómo, el

proyecto de la novela, “Los Elegidos” de la cual tan solo tiene escrito el título, una vez

escrita y publicada, le abrirá más vías hacia el poder que al agua de regadera el rasero;

mucho más que sus discursos inaudibles y que sus propuestas mudas.

.Buscaré Vitruvio, en la Biblioteca Nacional que es mi fuente de saber la confrontación

de sus hechos y palabras pero debo decir que tanto Caro como Cuervo no tienen par en

nuestras letras. Caro fue fautor con Ospina del programa conservador en donde

demostró ser filósofo. Pero Caro mucho más que Núñez, nos dio luces y la constitución

política que nos rige, y Cuervo su Diccionario de construcción y régimen de la lengua

castellana. Ellos han hecho más por Colombia que cincuenta Presidentes. Entonces
                                                                     259

Raúl Leoni, que tenía ganas de enfrentarse al profesor porque se sentía bastante

entripado con su preñez bolivariana, centrándose en el tema, dijo;

^Profesor, hay actos en la vida de Santander que lo desmitifican y lo hacen ver como

era, mendaz, hipócrita mezquino, casuista, traidor y tiránico y lo digo porque él, cuando

no mintió, siempre estuvo listo a jurar por su fingida santidad; porque por temor a caer

en la pobreza siempre vivió en compañía de la miseria; porque hizo de la libertad y de
la república un problema de solo incisos; porque su odio contra Bolívar lo contaminó;

porque quien no impide el crimen, Sabiéndolo, se hace cómplice del mismo y porque

con los asesinatos de Infante de Malpica y de diez y ocho crímenes más dejó ver el

cobre de su despotismo. El Libertador que se conocía y conocía a los hombres con

certidumbre se llamó así mismo “el hombre de las dificultades”, y llamó a Santander,

“el hombre de las leyes”, y no “el hombre de la ley” y a Sucre “el hombre de la guerra”,

estaba en lo cierto porque el hombre de las leyes es distinto del hombre de la ley. El

hombre de las leyes fue el que le negó al Padre de la Patria los auxilios económicos

para adelantar con éxito la guerra de la independencia y el mismo que le sometió al

senado, cuando Bolívar adelantaba su heroica campaña, las siguientes dudas que lo
                                                                   259

pintan mejor que todos sus retratos:

  1a. “Si ausente el Libertador y ejerciendo el mando supremo de otro estado, habrá

por el mismo hecho cesado en el ejercicio de las facultades extraordinarias que le

confirió la ley 9 de octubre del año 11.

  2a. Si continuará ejerciéndolas la persona a quien las delegó antes de su partida,

respecto de los departamentos de Quito y Guayaquil quedando sujeta al poder ejecutivo
de la república.

  3a. Si podrá el Libertador-Presidente comunicar órdenes desde el Perú que deban

cumplirse en el territorio de Colombia”. Y a estas aparentes dudas seudolegales la cáfila

y los amanuenses en el senada del general Santander, para no malquistarse con este

contestaron con un proyecto de ley que es más vergüenza de prostibularios que

dignidad senatorial mediante el cual propusieron: “se declara que el Libertador-

Presidente ha cesado en el ejercicio de las facultades extraordinarias que le concede la

ley 9 de octubre del año undécimo desde el momento en que salió del territorio de la

república”. Esta es doctor López la envidia, una pasión muy santanderina que, al

permitirle ver la gloria ajena lo descontentaba con la imposibilidad de la suya, y que lo
                                                                    259

arrojó en los brazos del crimen septembrista, no solo por haber estado al tanto del

atentado sino porque no lo impidió y antes por el contrario, con la mudez y reserva,

estimuló. Pero hay algo más y es que Santander era monárquico hasta morir. Para

demostrarlo voy a leer la carta del Libertador en que le dice: “VMD, me habla con

alguna seriedad sobre la monarquía: yo no he cambiado jamás. Yo espero que Vmd se

acordará de mis principios y de mis palabras cuando Vmd, brindó porque yo
despotizara a Colombia más bien que otro, si alguno la hubiera de despotizar. Por

consiguiente me admira que Vmd me hable como de una cosa cuestionable para mí.

Libertador o muerto es mi divisa antigua. Libertador es más que todo; y por lo tanto yo

no me degradaré hasta un trono. Respondo a esto porque me ha picado la carta en

cuestión; carta que ha navegado en el Norte y en el Pacífico y pudo perderse y

comprometerse de algún modo; pues no todos me creen con esas ideas. Si quieren que

me vaya de Colombia que me hablen de trono”.

  Pero, desde luego hay algo más sustancial sobre lo que en esencia es el

santanderismo, un vertedor en que el historial de su pensamiento y su dirección

presidencial sepultan entre las heces su falsa fachada en un antro de indignidad. Se trata
                                                                     259

nada más ni nada menos que del manejo que él como Presidente y bajo su estricta

dirección le imprimió junto con su Secretario de Relaciones, Lino Pombo, al caso

Russell. El caso es una radiografía de la postura legal y moral del santanderismo y deja

ver casi que sin comentarios semejante alifafe nacional. Los hechos son los siguientes:

el 20 de enero de 1.836 el procónsul Russell fue atacado en una calle de Panamá por el

señor Justo Paredes y por sus secuaces. El para defender su vida sacó una daga y con
ella hirió levemente a su principal atacante. La policía desarmó al procónsul pero

entonces vino Juan Antonio Diez y atacó, por la espalda con un garrote a Russell,

privándolo del golpe y destrozándole la arteria femoral. Russell fue privado de su

libertad en su propia casa y vigilado por cinco guardias mientras su contendiente y su

atacante permanecían libres. Por la salud de Russell el gobierno británico hubo de nom-

brar en su remplazo al señor Thomas Tumer quien encontró el consulado en poder de la

fuerza militar y al señor Russell muy delicado. Como Diez o Díaz era magistrado,

concretamente alcalde, astutamente junto con Paredes acusaron a Russell de tentativa

de asesinato. Tumer ya había dado cuenta a Su Majestad del ultraje que se estaba

cometiendo con su bandera al colocar el consulado en poder de una fuerza armada pero
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que tenía la promesa del gobernador de devolverle los archivos. Entretanto el Foreign

Office al evaluar las denuncias de Russell conceptuó en nota a Tumer que este tema

perfecto derecho a demandar una vigorosa intervención del gobierno de Su Majestad o

de que exigiera más firmemente una reparación. Sin embargo un arreglo resultaba bien

remoto y distante. Entretanto la denuncia contra Russell formulada por Paredes había

subido en apelación ante el Tribunal del Magdalena y este, sin mayor investigación,
había absuelto al alcalde Diez, de una parte, mientras que de la otra, el cónsul Tumer se

había negado a recibir los archivos del consulado hasta tanto no se retirara la guardia y

se diera una explicación satisfactoria de por qué la fuerza militar había tomado

posesión del consulado. Tal era la situación cuando el gobierno en nota de fecha lo de

junio de 1.836, al fijar su posición controversial y tinterillesca la respondió a Tumer,

que fue el señor Russell quien esperó a Paredes para atacarlo con un verduguillo “que

es arma de uso prohibido por las leyes de la República”; “que el juez cantonal Juan

Antonio Diez le descargó un garrotazo en la cabeza”; “que sin demora se inició juicio

contra los señores Russell y Diez, reduciendo a este a prisión dejando confinado a aquel

en su propia casa bajo custodia militar”; “que iniciada la causa contra Russell este
                                                                    259

acudió a la gobernación pretendiendo que se suspendiese el auto judicial de prisión”.

“Que para que Russell atendiese mejor a su salud y al archivo consular se le mantenía

en calidad de preso en su propio alojamiento”; “que el señor Tumer le pidió al

gobernador cortar el procedimiento contra Russell pero que el Gobernador no accedió

porque las autoridades judiciales de provincia obraron con entera independencia y que

en materia criminal no cabían transacciones.” “Que Russell fue el agresor en Panamá
contra la persona de Justo Paredes”, que por este hecho fue reducido a prisión”; "que

fue un acto de consideración no llevarlo inmediatamente a la cárcel sino dejarlo en su

propio alojamiento y que la causa contra Russell no se podía cortar por ninguna

autoridad de la República”. El mismo don Lino Pombo en plena demostración de su

mano y espíritu santanderista con fecha 11 de junio de

1.836.   dejó traslucir más claramente el pensamiento y la orientación leguleya del

General, cuando al responder los reclamos de Tumer. imperturbable le alegó; "que el

ejecutivo no ha encontrado motivos reales de queja contra las autoridades judiciales y

políticas de Panamá; "que si se puso fuerza armada para que custodiase a Russell fue

porque era indispensable asegurarlo de acuerdo con el artículo 186 de la constitución a
                                                                   259

consecuencia del crimen que acababa de cometer”; "que no se cometió ningún insulto

contra el pabellón inglés, porque el gobierno ignora con qué derecho pudiera habérsele

enarbolado en aquel lugar”; "que el gobierno no reconoce derecho al procónsul Russell

para izar el pabellón de su nación en la puerta de su casa en donde estaba alojado: no

reconoce el principio de que ese pabellón haga inmune la habitación de la persona que

la enarbola indebidamente”; "y tampoco reconoce que aún enarbolado en la residencia
consular un cónsul británico asegure el derecho de asilo a la misma residencia, si esto

no se hubiese convenido por un tratado expresamente”; "que a Russell no se le puede

excarcelar ni aún bajo fianza”; “que no cree ni reconoce el gobierno granadino que el

archivo y el sello de un consulado puedan servir de paladión de este país a un agente o

empleado extranjero para violar las leyes, eludir su acción y burlar a las autoridades

públicas”. Necesariamente estos malabarismos de leguleyo redomado generaron la

inmediata comunicación del Vizconde Palmerston al cónsul Kelly en la cual le dijo

que "el gobierno de Su Majestad considera este caso como un ejemplo de arbitraria

afrenta y opresión, que exige reparación inmediata y que en consecuencia ha ordenado

al ministro de su majestad en Bogotá demandar satisfacción por el insulto que se ha
                                                                    259

ofrecido a la nación británica y reparación al señor Russell”. Así las cosas, el Vizconde

Palmerston le remitió a Tumer las instrucciones para demandar al gobierno de la

Nueva Granada por el insulto que se ha proferido a la Gran Bretaña, y reparación al

señor Russell y para que exigiera lo siguiente:

1. La   inmediata liberación de Russell.
2. La   remoción de las autoridades locales que se han excedido en este incidente.

3. La   restitución de la oficina consular británica, junto con los archivos y sellos

 pertenecientes al cónsul de su majestad con la debida solemnidad y de la manera más

 pública y respetuosa.

4. Que   se pague la suma de mil libras al señor Russell. Se instruirá además al Almirante

 a cargo de la Estación de las Indias Occidentales para que traslade a mi despacho al

 cónsul Tumer por uno de los buques de guerra de Su Majestad y se instruyó a Sir

 Petter Halkett para que los buques del Pacífico cooperaran en la acción. El 10 de

 diciembre de 1836, Tumer informó a Palmerston que desde el 28 de noviembre

 dirigió a Lino Pombo las demandas del gobierno británico y que está seguro de que el
                                                                      259


 gobierno colombiano “embrollaría las negociaciones con disertaciones sobre la

 libertad de los tribunales y la inviolabilidad de la constitución”. Con todo el señor

 Tumer se dirigió una vez más a Pombo preguntándole “si el gobierno no consentiría

 en poner en mis manos una orden para la inmediata liberación del señor Russell”, y al

 día siguiente Pombo le contestó describiéndole una vez más los actos de los
 tribunales. Entonces Tumer le informó al Vizconde Palmerston que el propio general

 Santander había declarado que “antes rendiría la república nuevamente a los

 españoles que permitir a los ingleses establecerse allí”. En ese estado como Tumer

 supiera que el gobierno iba a contestar a su nota con una decidida negativa, para

 evitarla, visitó una vez más a Pombo y le sugirió que como el gobierno no podía

 aceptar en razón de la disposición que prohibía al gobierno interferir, a menos que

 hubiera una sanción del congreso, con los poderes judiciales, y Je impedía remover

 las autoridades culpables, le insinuó que le entregara una orden con la inmediata

 liberación de Russell y que además convocara el congreso para el 10 de enero con el

 objeto de considerar las demandas de la Gran Bretaña. Pombo de una vez le
                                                                    259

 respondió: “que una convocatoria de esa naturaleza era ilegal de conformidad con la

 constitución nacional”.

  En este estado Tumer, siguiendo las instrucciones de su gobierno se dirigió con fecha

28 de noviembre a don Lino Pombo dándole información de que “ha sido autorizado

para demandar satisfacción del gobierno de la Nueva Granada por el insulto que se ha

inferido a la Gran Bretaña, y reparación al señor Russell por los agravios sufridos y que
se ha instruido aJ infrascrito para exigir:

1. La   inmediata liberación del señor Russell.

2.   La remoción de las autoridades locales que se han excedido en el incidente.

3.   La restitución de la oficina consular Británica, junto con los archivos y sellos del

     consulado. Dicha restitución debe hacerse al cónsul de Su Majestad con la debida

     solemnidad y de la manera más pública y respetuosa, ofreciéndose al mismo tiempo a

     su Majestad la más completa y amplia disculpa.

4.   Que se pague la suma de 1.000 libras al señor Russell por las crueles ofensas que le

     han infligido. Le anunció en la misma nota que se ha instruido al almirante a cargo de

     la Estación de las Indias Occidentales y que en igual sentido se ha instruido a Sir
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     Petter Halkett almirante británico dela flota del Pacífico y terminó diciéndole que él

     está con el deseo de impedir que se llegue a estos extremos.

     Ante la gravedad de la situación, don Lino, inspirado por el general rábula le

respondió en nota de fecha 2 de diciembre de 1.836: “que no tiene nada qué decir

porque aún el Consejo de Estado al cual se pasó el negocio en consulta, no ha
alcanzado a evacuar el dictamen”, pero mostrando el espíritu legalista de la

chupatintesca orden santanderista se permitió informarle:

1. que   el Tribunal del Magdalena ordenó reponer el proceso seguido contra José

  Russell, la sentencia condenatoria que había recaído ha quedado nula y sin efecto.

2. Que   el Tribunal le ha ordenado al juez al rehacer el proceso decidir primero sobre su

  competencia y jurisdicción, por lo cual no es extraño que si el juez se declaró

  incompetente el señor Russell haya sido puesto en libertad.

3. Que   es incierto que Diez esté hoy en día absuelto. Que está pendiente de que

  comparezca ante el juez de Cartagena, en Cartagena, pero que habiendo acreditado

  hallarse enfermo se encomendó la actuación al juez de Panamá y
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4. De   manera que la condenación de Russell a presidio por seis años, y la absolución de

  Diez, que se han presentado como los principales motivos para las determinaciones

  que el Lord Vizconde Palmerston, comunicó a su excelencia el señor Tumer, en 31

  de agosto, ha dejado ya de subsistir, como tales motivos para llevar a efecto dichas

  resoluciones.
  En la misma fecha el señor Turner le contestó y recordó a don Lino cuál era la

esencia del problema y le dijo:

   1.    “Que el gobierno granadino ha equivocado enteramente la naturaleza y estado

 de la cuestión que se ventila entre los dos gobiernos y que el cumplimiento de los

 puntos de la demanda no pueden depender de una contingencia”. Con todo como en

 la diplomacia el suaviter in modo debe ir acompañado muchas veces del fortiter in re,

 al enterarse el gobierno Granadino sobre los desplazamientos y movimientos de

 algunas unidades de la flota británica sobre Cartagena las cuales obrarían sobre

 Panamá y que estas liberarían por la fuerza al señor Russell, el secretario don Lino

 Pombo se dirigió al señor Tumer en el tono ampuloso, ambiguo y rabulesco de
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 siempre, como si se tratara de una batalla de palabras y como los tahúres volvió a

 barajar el naipe de sus necedades santanderistas para ver si la providencia le enviaba

 el as salvador y le dijo lo siguiente:

1. Que   aunque el gobierno británico exige el cumplimiento de lo demandado el gobierno

 está dispuesto a sostener vigorosamente hasta donde fuere posible la dignidad de la

 República, la majestad de las leyes, y la libertad obtenida a costa de tantos sacrificios.
2. Que   confía en que, cualquiera que fuere el resultado, la honra y el oprobio serán en

  definitiva de quien merezca, según el fallo severo e irrecusable de la opinión, que es

  la señora del mundo, y letras adelante se lamenta de que no nos deje partido qué

  elegir entre la humillación degradante, y las deplorables aunque gloriosas

  consecuencias de la firme y tenaz resistencia contra una agresión súbita, improvocada

  y poderosa.

3. Así   es que, si en aquella aparecía haber sido sentenciado Russell a presidio por el juez

  cantonal de primera instancia de Panamá, a quien la ley atribuyó su juzgamiento sin

  que la contradiga ningún principio de derecho internacional          aparece ahora que en

  auto del Tribunal del distrito del Magdalena de fecha 31 de octubre, comunicado por
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  el infrascrito a su excelencia el señor Tumer en 26 de noviembre, la causa de dicho

  Russell se mandó a reponer al estado de sumario, disponiéndose además que el juez

  empezase por examinar y declarar si era o no competente para conocer de ella; lo

  cual equivale a declarar nulo sin efecto todo lo actuado, incluso la sentencia

  condenatoria del Juzgado.
     Y   le pide a Tumer examinar rápidamente las tres siguientes cuestiones:

1.   Si por los procedimientos judiciales contra el señor Russell. ... se ha ofendido al

     gobierno de su nación, siendo además de tal naturaleza la ofensa que haya de apelarse

     inmediatamente a la fuerza.

2.   Si el gobierno de la Nueva Granada se ha denegado o deniega a poner el asunto en

     claro por los términos regulares, y que están sobre todo dentro de los límites de su

     esfera legal, para satisfacer al de su Majestad Británica en cuanto haya lugar y

3.   Si en el caso presente no queda ya otro partido al gobierno de su Majestad Británica

     que apelar a las armas, abriendo contra la Nueva Granada hostilidades que rompan y

     anulen todas las relaciones amistosas establecidas por el tratado de 1.825 y sigue
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     alegando que, el procónsul no tenía letras patentes o de provisión expedidas por un

     soberano, ni el exequátur de la autoridad competentes. . . según la doctrina de

     Martens Que entre la Nueva Granada y la Gran Bretaña no existe tratado alguno que

     designe por sí o con referencia a los tratados las inmunidades y prerrogativas de los

     cónsules. Que de ninguna manera el procónsul Russell de Panamá está exento de la
  jurisdicción del país en materia criminal Que un individuo acusado de un delito debe

  ser reducido a prisión; que ninguna potencia extranjera tiene derecho: para obligamos

  a quebrantar, que sin embargo todo es( desaparecería en la revisión y anulamiento del

  proceso por el tribunal de segunda instancia, que no aparece en los archivos del

  gobierno, si el juez que sentenció en primera instancia la causa de Russell era

  pariente de Paredes; que siendo independiente dicho juzgado de la autoridad

  gubernativa en el ejercicio de sus funciones propias, y responsable del mal

  desempeño de estas ante el tribunal superior, el del Magdalena era el competente para

  hacer efectiva la responsabilidad; que es prohibido al presidente de la República

  detener el curso de los procedimientos judiciales; que visto todo lo anterior el señor
                                                                   259

  Presidente de la República, de acuerdo con el voto unánime de su consejo y del

  consejo de Estado, ha ordenado en consecuencia al infrascrito comunicar a su

  excelencia el señor Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciaro de Su

  Majestad Británica:

1. Que   no mandará poner en libertad a José Russell porque no puede prevenirlo sin

 quebrantar el artículo 107 f 2 de la constitución de la Nueva Granada. Que a la fecha
 el Juzgado de Panamá debe haberse declarado competente o incompetente para

 conocer del proceso Russell; si lo primero, ha habido lugar a recurso ante el Tribunal

 Superior, para la confirmación o reforma; si lo segundo, no es improbable que se haya

 puesto inmediatamente en libertad a Russell.

2. Que   no decretará la remoción o destitución de las autoridades locales a las cuales se

 atribuyó mala conducta en el negocio de José Russell; porque todas las que han tenido

 intervención en dicho negocio son del orden judicial y están fuera del Poder Ejecutivo

 para su remoción o destitución.

3. Que   el archivo del consulado Británico en Panamá, siempre ha estado a disposición

 del cónsul, que repetidas veces se le ha instado para que lo reciba.
                                                                        259

4. Que   por ahora no se halla en el caso de mandar abonar indemnización alguna a favor

 de Russell. No esta probado que este individuo haya sufrido perjuicio ni padecimiento

 alguno por culpa de las autoridades granadinas. El poder ejecutivo tampoco puede

 disponer de ninguna suma del tesoro para otros usos que los determinados en la ley de

 modo que no decreta ningún abono sino cuando la partida ha sido comprendida

 expresamente en la ley de gastos, o cuando el que ocurre es por su naturaleza
extraordinaria y urgente y que se va a defender de la agresión. Con todo, para

patentizar cuál era la forma velada como se manejaba la situación, haciéndola

depender de fuerzas casi extrañas al gobierno, el día 7 de diciembre de 1.836 don

Lino se dirigió al gobernador de Panamá de manera reveladora cuando le dijo a

manera de circular: “que los extranjeros conforme al artículo 209 de nuestra

constitución gozan en la Nueva Granada en sus personas y en sus propiedades de la

misma seguridad que los granadinos siempre que respeten las leyes de la república.

Que por los artículos 183 y 184 de la misma ningún granadino, y por consiguiente

ningún extranjero, puede ser preso sino en los casos allí previstos, y cuando merezca

pena corporal por el delito que se le acusa. . . y le aclara y le explica que, ”todas estas
                                                                     259

disposiciones constitucionales comprenden al súbdito británico José Russell” En su

respuesta de fecha 8 de diciembre Tumer le aseguró al señor Pombo que, él no tiene

instrucciones distintas a las ya comunicadas pero que como la nota contiene

aserciones gratuitas y de raciocinio inconsecuente se ve forzado a refutarlas, y luego

de triturarlas una tras de otra y para darle fuerzas a sus demandas con fecha 10 de

diciembre se dirigió al almirante Sir Petter Halket comunicándole francamente que
habiendo hecho de su parte todo cuanto estaba en su poder, tanto verbalmente como

por escrito, “para inducir al consentimiento, creo que no me queda otro camino que

remitirla a su excelencia para que pueda usted actuar, ya sea de acuerdo con las

instrucciones que le hayan dirigido, o por la discreción que se le ha conferido”.

Como todo estuviera entrabado y no se presentara solución alguna, Tumer se dirigió

el 11 de diciembre al almirante Sir Petter Halkett, abogando por la seguridad de los

súbditos británicos residentes en Colombia y porque no se tomara medidas de abierta

hostilidad y le insinuó que tal vez un bloqueo sobre la plaza de Cartagena sería la

medida más oportuna a tomar. El 20 de diciembre de 1836, Tumer le informó al

Vizconde Palmerston sobre la solicitud del gobierno granadino al Consejo de Estado
                                                                   259

para reclutar tropas y le dio noticia de las publicaciones aparecidas en la Gaceta de

Bogotá y en el Constitucional sobre la proclama del general Santander y que él a su

juicio considera por sus palabras como una declaratoria de guerra y además le dio

cuenta del nombramiento por parte del gobierno del general José Hilario López como

Jefe militar de Cartagena. Rotas prácticamente las negociaciones don Lino se dirigió a

Tumer para precisar y dejar un modelo más de la mendacidad santanderista en los
 siguientes términos:

1. Que   estando ya en incapacidad la misión Británica de impedir que el almirante inglés

 ejecute las instrucciones que tiene, declara:

2. Que   las autoridades de la Nueva Granada no han dado motivo, directo ni indirecto,

 próximo o remoto, para acto alguno de hostilidad por parte de la Gran Bretaña.

3. Que   el poder ejecutivo protesta desde ahora solemnemente a la faz de las naciones y

 que serán de cargo del gobierno británico todas las calamidades consiguientes fatales

 actos de hostilidad y que cita todas las disposiciones conducentes a la excitación del

 entusiasmo nacional.

 Sin embargo, como la mano oculta tenía que dar la cara
                                                                     259

y salir al frente, el General Santander lanzó su proclama y ella estimó; “que el poderoso

gobierno de la Gran Bretaña nos sorprende reclamando contra ofensas imaginarias,

pidiendo satisfacciones desmedidas apoyadas por la fuerza y cerrando los oídos a toda

discusión", y agregó, “grande es el poder británico y pequeño el de la Nueva Granada

pero que la justicia que nos asiste es evidente e inmensa, y en el colmo de la perplejidad

se pregunta: ¿Por qué no hemos de poder resistir con éxito glorioso a la injusta e
inesperada agresión de las fuerzas navales británicas? Hay que salvar la dignidad

nacional. En cada uno de los hijos de la Nueva Granada veo la resolución patriótica de

morir con gloria" y volvió a sostener "No hemos ofendido a la Gran Bretaña: el

gobierno no se ha denegado que por los trámites legales se examine la conducta de los

funcionarios del orden judicial contra quienes se muestra quejoso el gobierno británico"

El de diciembre de 1836 el Consejo de Estado le concedió al ejecutivo las facultades

primera y segunda del artículo 108 “en el presente caso de grave peligro de ataque

exterior" Tumer que era un buen analista le dijo al Vizconde Palmerston en 26 de enero

de 1837 “si la contienda fuera a decidirse con palabras, nuestras posibilidades de éxito

no serian más que leves: la ampulosidad de esta gente es considerada por ellos como
                                                                     259

heroísmo" y le anexó una circular del gobierno a los gobernadores de las provincias del

litoral mediante la cual les ordena interponer en el futuro su autoridad para asegurar que

los cónsules sean tratados con consideración debida y anota, “si se hubiera escrito en un

momento menos critico, habría estado señalada por un loable carácter de cautela

anticipada, pero ahora presenta el de la cortesía arrancada por el miedo".

_Voy a leerles, ¡cono!, algo sensacional y es la nota mediante la cual Tumer con fecha
17 de febrero de 1837 le da cuenta al Vizconde Palmerston de la situación y de la nota

que el día 4 le dirigió don Lino Pombo. A la nota le acompañó don Lino una carta suya

al Gobernador de Panamá y una sentencia del Juez de primera instancia de esa ciudad,

donde este último declara su incompetencia para juzgar al señor Russell, y decreta que

se le deje inmediatamente en libertad. En ella le comenta que con la sentencia se

demuestra la injusticia de los doce meses de prisión que ha sufrido Russell pero le

agrega que “el señor Pombo me ha hecho saber que la sentencia de liberación requiere

la confirmación de otro tribunal de modo que si luego de su partida, la sentencia fuere

revocada, la decisión que la revoca sería anulada por su ausencia y Russell presentaría

el aspecto no de un hombre inocente liberado, sino de un convicto que huye”. Le
                                                                     259

observa además que el gobierno para privar a la sentencia aún de una apariencia de

reparación, en una orden al gobernador, declaró la decisión anterior contraria a las leyes

y lo instruyó para disponer el enjuiciamiento del juez y del asesor que la pronunciaron.

Todo esto es tanto más inconsecuente cuanto que es imposible dudar que la sentencia

fuera intrigada por la autoridad del propio gobierno. “Por estas razones considero que

me parece imposible de admitir que la manera en que el señor Russell fue liberado dé
satisfacción aceptable a la primera demanda del gobierno de Su Majestad. Pombo me

ha hecho llegar con fecha primero una nota con una sentencia del tribunal del

Magdalena en la cual se condena a Diez a dos meses de prisión, inhabilidades por

cuatro años para ser designado en algún destino judicial y al pago de costos y daños.

Estos documentos cumplen con la segunda exigencia del Gobierno de Su majestad. He

considerado de mi deber sufrir pacientemente, el indecoroso lenguaje proferido por el

gobierno en los primeros momentos de irritación pero no por ello debo sentirme

justificado en consentir un arreglo final del negocio (si me correspondiera) sin recibir

alguna disculpa por dicho lenguaje”. Le informa además, que ha recibido algunas

comunicaciones del comodoro Peyton en las que le describe sus operaciones frente a
                                                                   259

Cartagena y los detalles de la conferencia que tuvo con el general López, “por ella se

dará cuenta que el Gobierno autorizó al general López a ofrecer la liberación por

indulto”.

¿Qué surge de todo esto? , nada más ni nada menos que la famosa sentencia que con

fecha 3 de febrero de 1.837 pronunció a instancias e intrigas del gobierno el Juzgado

Can- de Panamá, sentencia que Pombo le hizo llegar a Tumer diciéndole además, “que
por ella se dará cuenta de que habiendo decidido el juzgado no ser competentes para

fallar la causa Russell, se llevó a cabo la excarcelación inmediata de este. Para entender

un poco mejor la conducta, las acomodaciones, las interpretaciones y el santanderismo

en general debo mencionar algunos de los considerandos de dicha sentencia:

lo

2o Que el Superior Tribunal de Apelación del distrito judicial ha declarado la nulidad

     de lo obrado -----------------------------------.

3o.Que se ha probado, como probar debía, que Russell obtuvo del gobierno inglés la

     ratificación del nombramiento que hizo el ministro de su Majestad

4o.Que como tal funcionario de la nación inglesa Russell recibía una asignación del
                                                                     259

     tesoro de aquel reino, y estaba investido de los privilegios y franquicias que gozan

     los cónsules y vicecónsules—- - ———


5o.Que el gobierno de la Nueva Granada le había reconocido como tal y se hallaba en

     la fecha de la agresión en ejercicio de sus funciones

     -----------
6o Que los publicistas de más nota, entre ellos Martens, conceden inmunidad a los

  cónsules. Y luego de un sinnúmero de consideraciones, declara:

1. Que este Juzgado de primera instancia, primero cantonal, no está en el caso de

  ejercer su jurisdicción ni adelantar procedimientos contra el ex-procónsul José

  Russell.

  Hay una nota del señor Tumer a sir Peter Halket de 9 de febrero de 1.837 que

considero deben conocer y que dice: Recibí nota de Sir John Peyton sobre estricto

bloqueo de las costas de la Nueva Granada. Le remito copia de la decisión del Juez de

Panamá que declara su propia incompetencia para Juzgar al señor Russell con la cual se

prueba que fue puesto en prisión incorrectamente y lo declara en completa libertad. No
                                                                   259


se debe acceder al rechazo de los actos de reparación porque estas decisiones no han

sido el resultado de órdenes directas del gobierno “en realidad todo el asunto parece

haber sido una intriga del general Santander para librarse de la acusación de haber

sancionado una violación de las leyes”. ¡Cono!, pero hay algo que quiero leerles y es

una copia de un despacho del comodoro Peyton al Señor Tumer ministro de su
majestad en Bogotá en la cual le da cuenta que el 20 de enero se reunió con su

excelencia el general José Hilario López, los cónsules británico y americano, el capitan

del puerto de Cartagena, el maestro comandante del Wasp, y mi comandante Sir W. H.

Pierson. Que antes de la reunión el recibió al general saludándolo con 15 cañonazos.

Y   le anuncia que López no tiene poderes pero que le expresó que su gobierno jamás

pretendió cometer ninguna ofensa hacia la nación británica y le dice que le concedió un

porte a una goleta con el propósito de que el general López remita sus despachos a

Panamá. Debo leerles además el acta de la conferencia del Comodoro Peyton y el

general López efectuada en el buque Madagascar, el 20 de enero de 1.837. ‘Luego del

intercambio de poderes el comodoro Peyton formuló al general López las siguientes
                                                                    259

preguntas:

1. ¿Está Ud, autorizado para negociar con el vicealmirante Sir Peter Halkett para la

    satisfacción entera y completa de las justas reclamaciones del gobierno británico

    sobre el de la Nueva Granada, en cuanto conciernen a los asuntos del señor procónsul

    Russell?.
 El general López respondió “Si Entonces el comodoro formuló la segunda pregunta:

2- ¿Enviará usted una orden a las autoridades de Panamá para la liberación instantánea

 del señor Joseph Russell, procónsul de su Majestad Británica allí, y garantizará a

 nombre de su gobierno su completa e inmediata ejecución? A lo cual replicó que de

 acuerdo con sus instrucciones solo podía ofrecer, como ofrecía el perdón del señor

 Russell, aunque ello le presumiría como criminal, mientras que, si se esperaba el

 resultado del proceso judicial, podría tal vez ser declarado inocente. . . pero que el no

 podía de ninguna manera en absoluto enviar una orden para la liberación del Señor

 Russell por tales y tales razones (las legales) El comodoro replicó que como esa

 condición, a saber, la liberación del señor Russell, era el sine qua non de las
                                                                     259

 preguntas, no podía por tanto continuar la presente negociación, y que este rechazo lo

 obligaba a notificar que los puertos de la Nueva Granada debían considerarse

 bloqueados externamente, y que muy pronto experimentarían los rigores de un

 bloqueo general por el refuerzo de las poderosas fuerzas navales de su Estación, y

 que esperaba divisar sus mástiles en cualquier momento sobre el Pacífico y que

 confiaba que los súbditos ingleses residentes en Cartagena recibieran total protección
 para resguardarlos de los insultos de la plebe.

  El general López replicó que siempre ha estado acostumbrado a respetar

profundamente las leyes de las naciones, así como las de su propio país. . etc, etc. Debo

leerles el despacho de Sir John Peyton al señor Tumer de fecha 2 de febrero de 1.837

que a la letra dice: “Anclé a Barlovento en esta ciudad el 21, y a la mañana siguiente

previne la entrada de dos buques al puerto. De acuerdo con las órdenes que había

impartido desde antes de dejar Jamaica, se me reunieron pronto El Forte, el Wanderer,

el Ninrod, el Champion, el Racehorse y el Serpent y pusimos sitio a la costa desde la

boca del río Hacha hasta Portobello y Chagres.

  En la noche del 31 el Ninrod regresó de Chagres trayendo a la persona del procónsul
                                                                    259

Russell, quien había sido liberado el 4 último por un decreto del Tribunal de Panamá

que declaraba la incompetencia del juez que lo había procesado y pasado sentencia

contra él. El 1 recibí una nota del cónsul

Kelli pidiéndome una entrevista, pero juzgando la inteligencia que había de

comunicarme en relación con lo que ya me había enterado yo por el Ninrod, le rogué

que antes de que embarcara, hiciera saber al general López que el señor Russell estaba
a Bordo del Madagascar, y que habiendo eliminado su liberación el obstáculo a

nuestras discusiones del 2o último, yo estaba listo para continuar la negociación. La

primera demanda se ha cumplido totalmente, habiéndose liberado al señor Russell. He

dejado que la segunda demanda se satisfaga de un modo que pueda ser del agrado de su

excelencia. Parece que las personas que Juzgaron al señor Russell no se encuentran ya

en sus cargos, pero que el señor Diez ha sido castigado severamente. La cuarta

demanda se ha retribuido de la manera más completa. El General López solicitó treinta

días de gracia para obtener el dinero de Bogotá, pero yo le declaré que haría cumplir el

bloqueo hasta que el dinero estuviera a bordo del buque; pero al comprometer el

general su palabra de honor de que el dinero se entregará mañana en la mañana, fui
                                                                   259

inducido a levantar el bloqueo”. Esta es la copia de la convención entre el general

López y Sir John Peyton.

(Cartagena 2 de febrero de 1.837)

El general José Hilario López y el comodoro Sir John S. Peyton.

Primero. ¿Garantizará su excelencia, a nombre de su gobierno, que la liberación del

señor Russell no deja mancha a su reputación?
Respuesta: que no vacilaba en declarar que esta decisión del juez de Panamá no deja

mancha en la reputación del señor Russell.

Segunda. [Garantizará el General López la restitución de la oficina consular británica,

junto con los archivos y sellos pertenecientes a la misma, a la persona que su majestad

designe para recibirlos con la debida solemnidad y de la manera más pública y

respetuosa, ofreciendo al mismo tiempo una total y amplia disculpa a su Majestad el

rey de la Gran Bretaña? El general respondió que los jueces del circuito y el notario

asistirán al acto de restitución de la oficina consular británica de Panamá y asistirán a la

entrega de los archivos y los sellos pertenecientes al consulado y que se ofrecerá una

disculpa a su Majestad Británica por las autoridades que cumplieran la ceremonia. El
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comodoro aceptó esta respuesta pero exigió que debía de estar presente en la ceremonia

el Gobernador de Panamá. A lo cual el general López contestó que él no podía decidir

en este punto y que lo dejaba a la decisión final y arreglo entre su gobierno y el

Ministro de su Majestad en Bogotá

Tercera. La remoción de las autoridades locales que han obrado mal en este negocio. A

lo cual el general López respondió que los jueces eran independientes del Poder Ejecu-
tivo, y que sí se hacía alguna acusación en su contra serian juzgados, como se ha

efectuado con el señor Diez: pero que aún asumiendo que fueran dependientes de los

poderes ejecutivos, su funciones habían cesado el 31 de diciembre de

1.836, y

Cuarta. Que el señor Russell sea indemnizado con la suma de mil libras esterlinas por

los ultrajes recibidos durante su encarcelación. El general accedió a esta demanda, por

las razones contenidas en ella. Como epílogo no podía faltar el mensaje al congreso y

el General Santander para dejar un muestrario claro de su personalidad, el día 27 de

marzo de 1837 se dirigió a la alta corporación, en los siguientes términos: “Sumo

cuidado ha puesto el gobierno en cuidar dichas relaciones, mereciendo por nuestra
                                                                   259

buena fe y exacto cumplimiento de los tratados existentes, la amistad y consideraciones

de los gobiernos y los pueblos amigos".

 Que solo en dos ocasiones se han suscitado problemas por falta de tratados sobre

inmunidades de los agentes consulares, pero que ha sido por culpa de los países que no

han comparecido a acordar tales tratados. “Vosotros conocéis que la independencia de

la Nueva Granada es nominal desde que cualquiera potencia puede dictamos órdenes”.
Que el gobierno británico exigió satisfacciones enteramente opuestas al honor nacional.

Que el gobierno Granadino que en todo tiempo ha sabido estimar la amistad de una

nación tan ilustre, no pudo esta vez acceder a las pretensiones de aquel gobierno. Yo

debo declarar. . . que ni en este documento, ni en ninguno otro oficial, ha habido

designio de interrogar el menor agravio. Que fue el Tribunal del Magdalena, en

providencia de 31 de octubre último el que anuló la sentencia impuesta en Panamá a

Russell, mandando que aquel juzgado empezase por declararse o no competente en la

causa” y que el fue el que puso en libertad a Russell. Que el 2 de febrero, cerciorado el

comandante del bloqueo que Russell estaba en libertad, abrió nuevamente negociación

con el general López, comisionado del gobierno... y que en virtud de un arreglo se
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levantó el bloqueo y se restablecieron las relaciones al pie anterior. “El poder judicial

no ha sido defraudado en el ejercicio de sus funciones, el Poder Ejecutivo ha obrado

dentro de su esfera constitucional, y el general López, a falta de autorización del go-

bierno, consultó sus deseos de aliviar los males que se experimentaban, y convino en

acceder a la indemnización de mil libras esterlinas, de suerte que después de un

vigoroso bloqueo de doce días y de la justa irritación difundida en la Nueva Granada, el
resultado ha sido el mismo que se habría obtenido sin estos males, como lo había

indicado el Poder Ejecutivo en su correspondencia con el enviado Británico”. Para qué

más frescura. Queda la parte final cuando la naturaleza que no admite argucias ni

engaños, muchísimo menos cuando uno mismo se las inventa, sancionó a uno de los

protagonistas, a don Lino Pombo con la furia malhadada aquella que sanciona más una

pequeña venganza natural que toda la farsa de los documentos y de los tribunales del

mundo. Menos mal que todo sucedió por obra y venganza de la insustituible naturaleza,

porque don Lino de Pombo, amanuense perpetuo de la Nueva Granada, debiendo ser

retribuido de algún modo por sus invaluables oficios cancillerescos fue nombrado

embajador ante el Gobierno de España. El exilio cancilleresco y los alamares de
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enviado serían la moneda dorada y la mayor presea de su larga vida burocrática. Como

embajador viajó a España ante cuyo gobierno presentaría las cartas credenciales. La

ceremonia aburrida y jarta del repetido protocolo estaba más que dispuesta. El

magnífico salón de las presentaciones estaba hermoso, listo y exornado con el decoro

natural de los palacios imperiales y don Lino instruido por el maestro de ceremonias

lucía como nunca. La audiencia y los invitados estaban a la espera. De suerte que todo
era risueño y alegre. Los cortejos imperiales en su lugar y don Lino a la vela de poder

presentar sus documentos. Era el momento esplendoroso y consagratorio de toda su

vida de burócrata insaciable pero la demora sumada a la traición vital se habían

agazapado ya bajo el trono regio sin la menor sospecha. Entonces la esperada y amada

Reina entró y saludó en redondo haciendo una venia a los presentes. Sonriente se

inclinó levemente antes de ocupar su solio áureo sin tener el más remoto indicio de que

la muerte rondara por la magnífica estancia. Hasta que al fin vino el momento de la

ingrata verdad, cuando don Lino Pombo, cargado con los alamares diplomáticos que lo

ennoblecían, con el atuendo de los virreyes, ungido de esencias, orlado de oro y de en-

cajes, avanzó lentamente como en la primera escena de un ballet hacia el centro del
                                                                  259

salón para quedar frente a los poderes y la alta potestad de la soberana. Estaba

emocionadísimo y ya iba a presentar sus credenciales cuando el corazón como un

cascarón náutico sometido a la tormenta trepidó lastimosamente y luego de oír su vos,

seguido de “serenísima señora de España y del mundo doña [Isabel II.]” vino lo

inesperado, y el pequeño traspié de la memoria le hizo equivocar el nombre de la Reina

y la llamó Mana Cristina, a secas, como si los Borbones pudieran ser confundidos con
los rasgos de su estirpe y ante el grave murmullo desaprobatorio que llenó el salón, al

tratar de enmendar la escena quiso repetirla y al ir a hacer una grave venia introductoria

de respeto a la soberana, rojo de pudor, se quiso doblar un poco más, y en ese momento

fatal y culminante, sin poder contenerlo, se le salió un pedo tan rústico, tan notorio y

rotundo que luego del estremecimiento general de la cristalería de las lámparas y

candelabros del salón, puso a la corte en un aprieto tan follado que al murmullo general

del mentado descontento se sumaron los gestos agrios de los rostros palaciegos,

apabullando y anonadando a don Lino, quien no tuvo otro remedio para sus males que

salir de allí disparado con la cara cortada, e ir a morirse a otra parte por la vergüenza

mayúscula como realmente esa misma noche murió en medio de los comentarios y
                                                                     259

risas de los más chuscos, quienes al saberlo, de una vez afirmaron que a don Lino no lo

había matado su monumental pedo sino la horca de unos calzones estrechos que no

daban su talla, o que lo que más lo había matado habían sido sus alegres entresijos.

Pero quien más gozó la muerte de Lino fue el famoso conde Ruiseñor Canor Regio de

La Palumba por haber asistido a la ceremonia, tan pronto se enteró de la muerte del

embajador Lino Pombo, estando reunido con sus amigos dijo que el embajador Lino
había muerto de una legítima intestigación tal como lo había dicho Aristófanes en Las

Nubes cuando Sócrates le pregunta a Estrepsiades: ¿No será natural que el Aire que

hay por aquí, carente de límites, truene terriblemente? Y este le responde: Será, pues,

por esto que las palabras “bronté” y “pordé” (*) se parecen. *Palabras griegas, la

primera de las cuales significa trueno; la otra, ventosidad ruidosa.

  Donde se da cuenta y se hace relación de los apuntamientos leídos y presentados por

Vitruvio y por Leoni para desenmascarar la figura del general Santander: Santander

como militar: Santander, por otra parte, no fue un hombre avezado en las armas sino en

los incisos:

a) trató de impedir la campaña de 1.813, tan decisiva para la independencia y se negó a
                                                                       259

  ir a ella alegando estar enfermo y la desacreditó por todos los medios,

b) Lizón el general realista lo desalojó del valle de Cúcuta y lo persiguió por el llano de

  Carrillo en donde abandonó los bagajes y las armas sin hacer frente “Siete solo

  escapamos por el camino real abriéndonos paso por entre el enemigo” fue su falso

  testimonio,
 c) Custodio García Rovira a raíz del insuceso de las acciones militares en que tomó

     parte Santander se dirigió al congreso de Santafé pidiendo que fuese llamado a

     juicio; y

d) El cónsul Sutherlan en carta fechada el 5 de julio de 1.824 dirigida al primer Ministro

     inglés Canning le escribió: “se me dice que en la batalla de Boyacá se ocultó detrás

     de una casa”. “He had himself behind a house”.

     Documentos fehacientes de su ruindad:

a)   Las manifestaciones de complacencia por la insurrección de las tropas del Perú.

     Bolívar en carta del 14 de mayo le dice a Urdaneta: “Santander es un pérfido, según

     se ve por la carta que ha escrito a usted y yo no puedo seguir más con él; no tengo
                                                                     259

     confianza ni en su moral ni en su corazón”

b)   Cuando Bolívar supo que Santander asistió a una fiesta para manifestar la

     complacencia por la insurrección de las tropas del Perú le escribió a Soublette,

     diciéndole: “Ya no pudiendo soportar más la pérfida ingratitud de Santander, le he

     escrito hoy que no me escriba más porque no quiero responderle ni darle el título de
  amigo. Sepa Ud. esto para que lo diga a quien corresponda. Los impresos de Bogotá

  tiran contra mí, mientras yo mando callar los que tiran contra Santander. ¡Ingrato mil

  veces!”

  Sobre La Candelaria:

  La Candelaria es una maquinaria política robustecida por Santander y sus adláteres

Azuero, Soto, Gómez y Osorio y ellos son como él: mediocres, ambiciosos, hipócritas,

envidiosos y burócratas. “Yo estoy aquí porque no quise entregar la república al

Colegio de San Bartolomé” le confesó Bolívar ai historiador Posada Gutiérrez cuando

forzado por los hechos se retiró hacia la costa.

  Fusilamiento de los realistas:
                                                                    259

  "Propongo un canje de prisioneros para libertad al general Barreiro y a todos sus

oficiales" pidió Simón Bolívar.

  Barreiro quiso hablar con Santander pero este no le aceptó. Entonces le envió sus

condecoraciones masónicas y luego de verlas estimó que la patria estaba por encima de

la masonería. Carta de Santander sobre su decisión personal de fusilar a los prisioneros:

  Santafé. Octubre 11 de 1.819.
  “Habiéndose denegado el Virrey a entrar en contestaciones con el gobierno, siendo

continuos los clamores del pueblo contra los prisioneros y siendo justo tomar con ellos

el partido que acostumbraban tomar con los nuestros, prevengo a Usía que en el día

pase por las amias a todos los oficiales prisioneros del ejército del Rey. Dios Guarde a

Usía muchos años”. Firmado: Francisco de Paula Santander.

  Fusilamiento de los realistas:

  Santander presenció el fusilamiento desde las vidrieras de su gabinete y cuando supo

que el realista Malpica luego de ver la masacre dijo: "atrás viene quien la endereza" en

un nuevo auto de fe como el del anterior fusilamiento ordenó su ejecución.

  Asesinato de Bolívar:
                                                                   259

  El atentado contra Bolívar en Soacha fue planeado por Carujo. Arganil. Florentino

González, Azuero y los demás conjurados, “sin estar ausentes de la ciudad más de tres

lloras eligiendo la noche podrían quedar a cubierto siempre autores, y nunca habría

necesidad de matar más de ocho leonas que había en la casa”. El atentado de Soacha no

se realizó y Santander se opuso a su ejecución no porque no compartiera el crimen sino

porque se oponía a que este se realizase estando él en el país. Entonces los conjurados
Vargas Tejada, Florentino González, Ezequiel Rojas, Agustín Ponnent. Joaquín

Acevedo, José Ignacio López. Rudesindo Silva. Juan Hinestrosa; Rafael Mendoza,

Pedro Carujo, Teodoro Galindo, Emidgio Briceño, Mariano Ospina Rodríguez,

Wenceaslao Zulaibar; Pedro Celestino Azuero y Juan Miguel Acevedo acordaron la

fecha del 28 de octubre cuando se estimaba que Santander ya estaría rumbo a los

Estados Unidos en donde había sido designado ministro plenipotenciario. El atentado

del 25 de septiembre llamado de “la nefanda noche septembrina fracasó” porque los

conjurados no pusieron ninguna guardia en la calle, de suerte que el Libertador pudo

saltar por una de las ventanas y huir en medio de la oscuridad. Catorce de los

conjurados fueron pasados por las armas. Los Acevedos, Juan Miguel y Joaquín,
                                                                  259

Emidgio Briceño, Teodoro Galindo, Florentino González, Rafael Mendoza, y Francisco

de Paula Santander fueron condenado, a muerte pero a todos ellos les fue conmutada la

pena.

  El asesinato y la política:

  “La Candelaria” en reunión celebrada en la esquina de la plaza de la catedral acordó

la muerte de Sucre, tarea que debía de ser cumplida en el camino hacia el Sur que el
Mariscal iba a emprender en cuyo trayecto contaba con López residente en Neiva y con

José Mana Obando residente en Popayán. Cuando los conjurados salieron de la reunión

vieron a Sucre que estaba paseando por el atrio de la catedral, en vísperas de su viaje, es

decir, que todos pudieron ver a su víctima.




  CAPITULO XXV

DECIR O NO DECIR ALGO NO ERA LA CUESTIÓN PRIMORDIAL, del mismo modo que, ser

o no ser, así fuera a la manera shakespireana, tampoco era el meollo del asunto

discutido, OBSERVO EL GALENO CON LA MIRADA ARCHIDISTANTE Y CASI
                                                                     259

VACUA, sino probar con fuerza lo afirmado, declaró, en tono enfático Luis López de

Mesa, A NO SER, AGREGO, QUE ESE NO FUERA EL QUID NI EL BUSILIS DE

LA HISTORICA CONTIENDA DEJANDO VER EN EL TONO AGUZADO DE VOZ

SU EXALTADO SANTANDERISMO, al presentarse ese viernes a la reunión semanal

en casa de Vitruvio, sin alegar falsedad ni dar razón de lo por él tapado, o sea hablando

en plata más clara y sin entuertos, olvidando lo escondido, pese a ser inmoral, ES
DECIR, ECHANDO MANO, FUERA DE COMEDIAS, A LA AHISTORICA

RECEPTACION, O SEA AL OCULTAMIENTO DE LAS LACRAS MORALES QUE

AQUEJARON LA VIDA DEL GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER,

móvil por demás invaledero, y a contrario sensu acoquinador para cualquier defensor de

oficio, ante los cargos fundados, el cacumen de- postrado y las conclusiones

descamadas que, de su falso adalid, habían hecho en su orden, el avisado del Vitruvio y

del “coño de tu madre”, del "vale”, del “cónchale vale” del Raúl Leoni, PERO CLARO

QUE SU TRETA NO HABIA ¡PO LO MAS TRASCENDENTAL DEL DEBATE

SINO «A EXTREMA PALIDEZ QUE EN UN MOMENTO POSTRO SU

DESVAIDA, DEMUDADA Y DERRO- PU>A FAZ, TAN DICIENTE, QUE TAN
                                                                    259

PRONTO PMO LEONI TERMINO CON LA LECTURA FIDEDIGNA DE LOS

DOCUMENTOS, SU ROSTRO, DE SUYO PLACIDO Y SERENO, SE MUTO POR

EL DE MOMIA SACRA NO FUERA QUE UNA SOLA PALABRA DE SU BOCA

PUDIERA TRASLUCIR SU VERGUNZA O EL RASTRO DE UN SOFOCO, ya que

para el como siquiatra y persona habituada a esconder la realidad de las cosas humanas

o divinas, acababa de ocurrírsele el expediente de tapar la trápala valiéndose del espeso
y hosco manto de su indiscutida autoridad, REFLEXION POR LA CUAL SE QUEDO

POR PESO Y DISCERNIMIENTO COMO PIEDRA MILENARIA O COMO OSTRA

MARINA SUMERGIDO DENTRO DE SU PAUSA INANE, pero, eso sí, dejando

entrever con su reserva y su serena actitud la sabiduría refranera que dice: “que el que

no revira a tiempo tiene la batalla mucho más que perdida”, RATIFICANDO EL

FAMOSO Y CLARO AXIOMA DE QUE “EL QUE CALLA OTORGA”, pues, para

su coleto inmóvil, undívago y sombrío, la acusación histórica de Vitruvio al igual que la

de Leoni al no ser aceptadas de su parte quedaban como verdades a medias y no como

pruebas confirmadas cosa que a él le convenía, NO TANTO POR GUARDAR SU

SILENCIO SINO MAS QUE TODO PORQUE CREIA QUE SU DISCURSO SOBRE
                                                                    259

SANTANDER AL ESCONDER COMO EN UN SECRETO SUS FETIDECES MAS

PODRIDAS QUEDABA INTANGIBLE, YA QUE NINGUNA DE LAS TESIS

CONTRARIAS PODIAN DERRUMBAR LA MITICA FIGURA SANTANDERINA

NI LA DE LA PROCERA GENTE, y porque pese a que la fábula santanderista, por las

innúmeras escrófulas materiales y morales denunciadas, olía carroñesca y malamente en

el ámbito nacional, él con su severo gesto impedía que alguien viera el icor de sus
heridas y hacía que su risa imbele lo sostuviera en sus catorce ante los ataques de

Vitruvio y de Leoni: PUES LOS CRITICOS COMO PICHONES INEXPERTOS, POR

HABERLE DICHO: SICOFANTE, EN MITAD DE SU BARBA Y DE SU PERLADO

ROSTRO, PRETENDIENDO CONFUNDIRLO O QUE MOSTRARA EL FUROR DE

SU DESDICHA, pues tal vez estos nunca pensaron, ni por pienso maliciaron el camino

que el sabio tomaría para enmendarles la plana NI ENTREVIERON NI

SOSPECHARON NI MUCHO MENOS COGITARON QUE AQUEL RECURRIRIA

COMO SUELEN HACERLO LOS SABIOS MENTIROSOS, A LA PUBLICIDAD»

PARA BORRAR CON RUIDOS DE OTRA PARTE, PAPEL PERIODICO BARATO,

TINTA NEGRA DE ENTINTAR PASQUINES, Y GOLPES DE PRENSA SU CRU-
                                                                  259

CIAL DESCALABRO, porque no vieron cómo el galeno a la larga les iba a cambiar el

veredicto y la sentencia del juicio como tantas veces lo había hecho, por algo aún más

injusto y mentiroso, CLARO QUE SIN DEJAR ENTREVER NI POR UNA RENDUA

QUE ESTE HUBIERA SIDO SU MAYOR FRACASO HISTORICO NI SU MAYOR

MENTIRA COMO EN SEGUIDA LO DEMOSTRO EL MISMO CUANDO

HABLANDO DE OTRAS COSAS MAS AMENAS, MAS FELICES Y MAS
PROFANAS: DE SUS RISUEÑOS PUESTOS, DE SUS HERMOSAS CANONJIAS,

DE SUS GENEROSAS MESADAS MINISTERIALES Y DE SU MUY FAMOSO

PRIMER EMPLEO ALLA EN SU MONTAÑERO PUEBLO NATAL, como cuando

sin que nadie se lo hubiera pedido pero tratando como siempre de voltear la torta, un

día con gran locuacidad contó cómo audazmente sin saber ni ser telegrafista se había

posesionado y fungido como tal en su nativo Donmatías, EL LUGAR MAS AMENO

DE   TODA     LA    TIERRA     EN    DONDE      DESEMPEÑO        EL    CARGO     DE

TELEGRAFISTA PUES UN TIO DE MUCHA BARBA EN PECHO, POR TITULO,

NOMBRE

Y     APELATIVOS, A SABER: DON DIAFANO MARCONI BETANCURT Y
                                                                 259

MORSE, AFANADO POR SALIR EN VOLANDAS DEL POBLADO, EN UN

SANTIAMEN LO       DOCTORO EN EL MISTERIOSO OFICIO DE GRAN MANIPULADOR,         pues

debiendo salir el titular del cargo, don Diáfano, de su telegráfica parroquia, “como

burro al trote en un abrir y cerrar de ojos le enseñó a su interino sucesor cómo

desempeñar el cargo y cómo sostenerse en el mejor empleo del mundo: en el bellísimo

arte de ingeniar mucho mas que novelas y que canciones, telegramas de amor y
mensajes placenteros, PARA LO CUAL LUEGO DE ENSEÑARLE EL ARCHIVO

OFICINESCO DE LOS PLEGRAMAS RECIBIDOS Y TRASMITIDOS LE

MOSTRO LO VITAL DE LO COMUNICADO, adviniéndole picarescamente,

guiñándole los ojos, al novel sabio en una sola clase, que releyera, recopiara,

reescribiera, remejorara y reentregara idénticos mensajes a las mismas personas y

exactos destinatarios que antaño u hogaño los recibieron, PORQUE PARA LOS

VECINOS RESIDENTES DEL LUGAR TODOS ERAN MENSAJES RUTINARIOS

LLENOS DE COSAS MUY BANALES Y LE ABRIO LA CLAVE Y LOS OJOS

SOBRE EL COMO EL CUANDO EL PORQUE Y EL DONDE EN ESPECIAL

SOBRE AQUELLOS TELEGRAMAS Y MENSAJES QUE CASI SIEMPRE
                                                                259

DECIAN: “Le mego esperar un poco porque lo más ya pasó y muy pronto recibirá su

giro urgente”, “PESE A NO VERTE NI PODER ESTAR JUNTO A TI MI

CORAZON PALPITA ALEGREMENTE JUNTO AL TUYO”, “Orando al cielo y al

Señor de los Milagros le estoy pidiendo a mi Dios por la salud de su adorada madre”,

“QUE LA CLARA LUZ DEL DIA QUE TE VIO NACER PARA LLAMARTE

AURORA NO FUE UN ERROR DEL CURA NI DEL TIEMPO LO COMPRUEBA
LA SERENA LUMINOSIDAD DE TU BLANCA HERMOSURA", “Se lo juro una y

mil veces por la eternidad y pese a la distancia que, tan pronto como se enderece bien

el negocio pendiente o      una vez consiga empleo iré a casarme continuo, contiguo,

contigo”, “LE RUEGO ESPERARME UNOS DIITAS CORTICOS PORQUE AUN

NO ME HAN PAGADO” y otros aún más largos e imbéciles como los oficiales: “GO-

BIERNO ESPERA CUMPLIMIENTO INMEDIATO ORDENES DE CAPTURA

DICTARONSE        HACE     OCHO        AÑOS      CONTRA        ASESINOS   EMILIANO

LONDOÑO HANSE VISTO COMO SI NADA ESE MUNICIPIO”, u “Oficina

estadística departamental reitérale urgencia tiene datos sociológicos número

matrimonios, nacimientos, defunciones, presentáronse ese municipio. Ausencia
                                                                   259

párroco   no   impídele    consultar    libros   parroquia”,    “LLEGAMOS      AYER

DIVINAMENTE JUEVES SABREMOS RESULTADOS; EXAMENES ALICITA SE

VE MUY BIEN Y TISIS TIENE CURA LES RUEGO ESPERAR”, “El arriero

Diofanor Quiroga debe entregarle esa, doce muías aperadas y nueve pesos”,

“GOBIERNO        NACIONAL        GARANTIZA          VIDA       SUFRAGANTES       ESA

POBLACION PUES DEMOCRACIA DEBE MANTENERSE VIGENTE SOBRE
TODA BARBARIE”, “Mi vida pende del sí de tus padres y de tu amor y si es que me

lo dan ante el altar moriré de hinojos”.

  Y ASI DE ESE MODO CONFESO Y DIJO: LOS HICE MAS FELICES CON LOS

MENSAJES INGENIADOS QUE CON LA LECTURA DE LOS VERDADEROS Y

AUTENTICOS, por aquello de que el hombre tiene por mejor sabido, por ser un

animal tan lleno de costumbres, estas cosas, Y PORQUE EN TELEGRAMAS DE

AMORES ASI ESTOS NO DIGAN SINO CLASICAS MENTIRAS ILUSIONAN

MAS QUE CUANTO EN ESTE MUNDO ES VERDADERO, como lo sabemos los

siquiatras que, estudiamos las tesis ensoñadoras del ensueño, dijo: YA QUE SIEMPRE

ES MAS LO SOÑADO QUE LO REAL QUE LO CIERTO Y QUE LO
                                                              259

VERDADERO, de suerte mis caros amigos que una dosis de olvido de lo malo o una

sola gota de clemencia, Y PORQUE LE VIENE MEJOR AL PROCERATO QUE LA

INJUSTA ACRIMONIA CON QUE DON VITRUVIO Y DON LEONI EMPLAZAN

AL GENERAL O ME LO RETAN, le sirve más a la memoria historial santanderina

que una verdad descomedida, DE SUERTE Y MODO QUE SI NO LES IMPORTA UN
PITO   o   BLEDO HACED CON SUS ESTUDIOS Y APUNTES ' LO MISMO QUE HICE


YO CUANDO NADA SABIA .CON LOS MENSAJES MAS URGENTES Y MENOS

TRANSMISIBLES:

I   ENVIADLOS POR EL CORREO NACIONAL PARA QUE SI POR UN SI

ACASO LLEGAN NADA NOS IMPORTEN.

    Bienvenido Lumbreras que había presenciado como una estatua yacente los debates

y escuchado leer a Leoni los innumerables documentos, mareado por tantas citas,

puesto de pie y con el rostro maquillado de fina ironía, sacudiéndose al caminar la

húmeda y fría morriña, dijo:

_Mis queridos Vitruvio y Leoni y mí estimado profesor. Los felicito por tantos datos
                                                                    259



pero les ruego, en especial al distinguido profesor, y al contagiado del Vitruvio que no

me hablen a la manera y estilo en que solía hablar mi amiga Teodolinda Estrella, una

intelectual bastante creída, a quien tuve la dicha de conocer allende el Chicamocha, en

la ciudad de Bucaramanga, la cual, cada vez que iba a decir algo, por sencillo que fuera,

complicaba, enrevesaba y adobaba con sus confusos aliños las palabras rasas, que, el
pobre de su esposo, el famoso coronel liberal de cuatro guerras civiles y un mil noventa

y cinco soles de verdaderos combates, Parmenio Quijano, pese a tan inmenso estrellato,

siempre se vio a gatas para entender aquello que su enamorada le decía.

Y valga el siguiente ejemplo —agregó Lumbreras tosiendo para aclarar la voz— porque

cuando Teodolinda salía a la calle en compañía del coronel deseosa de comprar algunas

cuerdas para su famoso “violín de Cremona”, una vez se hacía presente el dueño del

almacén, su vendedor o su dependiente no preguntaba directamente por las famosas

cuerdas, como solemos hacerlo los demás mortales, preguntando: “¿Tienen cuerdas

para violín?”, sino que dirigiéndose al dueño o al empleado en un despabilar le decía:

“¿Tiene cuerdas retorcidas de tripilla del siete vidas y digitígrado animal que una vez
                                                                     259

templadas al sentir el arco que las hiere y las eriza con las crines del galopador centauro

o buen trochen) hacen que el músico instrumento al cual dieron eco los Amati y mucho

más el genial Stradivarius produzca, mediante la digitación artística, sin caer en un

traste ni en trastada alguna, sensaciones auditivas agradables al oído”. De modo que tan

pronto como se apagó la ultima risa, continuó: _De suerte pues mi regio profesor Luis

López de Mesa, qu® no me hable más en ese estilo porque aún cuando entiendo
bastante de Góngoras y Argotes me acomodo mucho más al estilo directo de la tal

Engracia, la criada malcriada que estaba al servicio de Teodolinda quien el recibir el

encargo fe su ama de: “Engra, vaya a la alcoba do furtivamente manó mi doncellesca

sangre pintando de rojo la liberal bandera de la almohada placentera, y la faz y el envés

blancos de la sábana que sirvió a la consumación de mi connubio en el dichoso tálamo

que compartí con mi leal Parmenio, y díle, prontamente, al famoso varón de Palonegro,

a aquel que supo quebrantar con su erguida apostura la pequeña abertura himenal do

descansan desde hace muchos siglos los humanos honores que aquella mujer que le

entregó la frágil, casta y delicada herida, dejándose arrebatar el amoroso velo de su

mayor encanto; que esa que le juró eterno amor en los altares por tener que evacuar su
                                                                    259

dolorido vientre, ha menester que le mande cuanto antes el porcelanizado y áureo vaso

nocturno en donde poder aliviar su cuerpo u exonerar sus peristálticos deseos”, una vez

en presencia del coronel, simplemente le dijo: “¡Mi coronel!: Que doña Teodolinda le

manda decir que le mande la bacinilla de porcelana porque está que se caga”, y así

luego que se desternillaron de risa como la noche era inclemente y aún llovía, sin soltar

la palabra, continuó:
-A propósito de telegramas voy a contarles dos cuentos de carácter oficial que, por ser

risueños vale la pena que los oigan:

  El primero es el de un ministro novato de Minas que recién posesionado envió una

circular telegráfica a los alcaldes de los pueblos andinos en la cual les decía: “

Gobierno y personal especializado este ministerio tienen conocimiento ese municipio

podría presentarse súbitamente movimiento sísmico o telúrico de consecuencias

impredecibles sus habitantes. Por tanto le ruego informar mayor brevedad posible

movimiento ocurra esa población fin localizar epicentro sísmico preservar seguridad

moradores esa importante región”, mensaje este que al ser recibido por algún alcalde

bastante “ejecutivo se permitió contestar así: “Ante gravísima circular posible
                                                                  259

movimiento sísmico, inmediatamente movilicé policía fin conjurar peligro. Infórmole

que en acción no solo se localizó a Epicentro sino a Sísmico, Telúrico y otros cuatro

sujetos acompañábanlos. Todos perecieron en acción. Aquí reina completa calma’.

  Entonces el hijo de Lumbreras que conocía y se sabía más cuentos que su padre

cuando las risas se sosegaron, dijo:

_Pero es mejor por ser más breve la historia de un cura tacaño que había en Zapatoca y
quien luego de haber educado a su corista en la esquiva ciencia de la economía y en las

claves de su ministerio, recibió con gran alegría un día un telegrama en el que su corista

le anunciaba, en una sola palabra y en clave el viaje de su adorada sobrina, diciéndole

en su telegrama, simplemente, “báculo” como si se tratara de su inminente obispado. A

lo cual el tacaño le contestó también en clave y en una sola palabra el arribo de su

sobrina, diciéndole simplemente al corista en su respuesta: “Binóculo" A propósito de

telegramas, hay uno. que debo de contar, dijo Leoni. Se trata del telegrama que una

niña de colegio le dirigió a su padre luego de haberle exigido a este la suma de treinta

pesos para comprar una bicicleta cosa de la cual luego desistió, pues prefirió comprar

un hermoso mico que se constituyó en la mascota de las alumnas internas y que a causa
                                                                     259

de maltratos y baños continuos perdió el pelo. La agraciada que había olvidado

comunicar a su padre la compra del mico, le dijo a este en un telegrama: “Pelóseme

mico” y el padre que de una vez malició cuál era la causa, con otro telegrama le

respondió: “Venda bicicleta’'

CAPITULO XXVI

Vitruvio acababa de regresar del cementerio en donde había depositado las rosas
mañaneras y rojas del ritual rutinario de su vida y por entre el gotear incesante de la fría

llovizna como un fantasma metido entre la neblina o como una sombra más entre los

muertos había deambulado por entre los borrosos túmulos sin darse cuenta del tiempo

ni de sus pasos ni de la inclemencia reinante pero eso sí sintiendo la presencia

tentacular con que el pasado lo ataba saturándolo con mil sospechas indubitables que

eran como una antelación o prepóstera afirmación de esa certidumbre por todos

comprobada hasta ese momento de que él como los demás mortales no iría a poder ver

su túmulo ni las flores en su almacabra, ni su cuerpo poseído por la temible muerte

mencionada in illo tempore con las tres palabras reales de la frase “caro data vermis” o

carne dada a los gusanos expresión u oración que por ser tan larga con el tiempo al uni-
                                                                      259

ficarse en sigla silábica tomando de cada una de esas tres palabras y en su orden la

primera sílaba de cada una de ellas con los siglos y el uso se convirtió en el actual

trisílabo cadáver no por glosonimia como inri ya que no contenía las iniciales de un

enunciado sino la trisilábica unión en uno solo de tres conceptos a no ser que ella al

otro lado de la vida eterna sin haber sido festín de gusanos, sin polvo, siempre

incorrupta e impoluta compadecida de su suerte le hablara como lo hizo antes y en
presente, cuando los días risueños por el ritmo de su alocado corazón de leal enamorado

lo llevaran al instante en que al reiterarle el ofrecimiento diario y casi increíble como lo

había hecho todos los días, ella le contestara agradecida por el tributo de mantener la

intangibilidad de su sexo es decir nada más ni nada menos que la castración espiritual

del deseo convirtiéndolo un auténtico eunuco más pero no a la manera como lo hizo en

su mocedad el alejandrino Orígenes para seguir al pie de la letra los evangelios

inculcados por su maestro Ammonius Saccas pues Vitruvio comprendió a tiempo que

sin necesidad de cirugía alguna se podían jugar, apostar y perder las pelotas del mismo

modo que se perdía con algún dolor pero sin efusión alguna el dinero, porque él sabía

desde los tiempos de su maestro Ludovico di Betto que en este mundo incomprensible y
                                                                      259

divertido había unas cosas que no se conocían nunca otras que se comprendían tarde y

muchas que se ignoraban siempre y porque el sexo y su castración por más palabras

benevolentes que sobre uno y otra se dijeran seguirían siendo como el mismo verbo

irredimido puesto que lo cortado o capado jamás volvería a ser carne y mucho menos

carne de la carne o entraña de esa carne a no ser que la emasculación se hiciera como la

hizo Vitruvio es decir sin recurrir a la ablación, al sacrificio y al dolor ofreciendo por
piedad la pureza de sus intenciones y la fidelidad de sus cojones como lo acababa de

reafirmar ese día ante la tumba pese a la maligna tentación que desde ese amanecer

como un imperativo erguido y desafiante le había aconsejado con voces diabólicas el

envilecimiento de su juramento es decir que no estaba mal que se pajeara cuantas veces

quisiera para que su promesa de abstinente se convirtiera en un presumido y fallido

intento la mañana, mucho más fría que los metales, como bloque de hielo humeante,

como nieve caída, sobre la llanura de su vida polar, como cielo ártico, humedecido, casi

como la blanca locura, extendía sobre el limitadísimo horizonte, su helada albura, y, las

notorias ausencias, del aire, del sol, del calor, de la vida, y por lo tanto, no había en el

confín del triste mundo, ni espacio, ni tiempo, mensurables pues, allí, sin alfa, sin
                                                                      259

omega, sin asombro, certeza, sin espanto, serenidad, sin caos, orden, sin vórtice,

quietud, sin antes, después, sin noche, día, solo en la expansión, interminable, si-

lenciosa, solo, en la falsa nada, la pretendida creación venida, de la nada, dueña, de la

nada, metida, entre la nada, es decir, ubicada en su nadiedad, sólo, constituía una noción,

o sea, por decir mucho, una sencilla intelección que, desde luego, seguía ahí, ahí

mismo, inasible, inaprensible, incaico- lada, inexplicada, e indescifrada, sepultando, en
su pensamiento, su mente, su raciocinio, y su esperanza, entre la letárgica indiferencia,

muerto, en su inmovilidad, puesto que su pensamiento, emasculado, desvencijado, roto,

al dejarle, como dentro de un filtro lo esencial de sus teorías, ideas, estudios, temas,

investigaciones, libros, y decisiones, lo confundía, inertemente, y, lo extraviaba,

turbando el escenario real, de la vida, tal como si él hubiese sido el tamiz, o el caricato

equivocado, de acentos o el incipiente actor, aquel que, por deslices de su corto

parlamento, por una coma, o por sustos a los acentos, no dijo lo que debía decir, pues,

cuando, debía de decir, siguiendo las reglas ortográficas, del diálogo exclamativo,

“¡Muerto está!; tarde llegamos”, malamente, dijo, “Muerto esta tarde llegamos” o como

sucedió, con el telegrama de marras, “Llegamos bien, pronto muías, enfermas de
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muerte, María preocupada”, o eso otro de “Ella toca el violín y él la viola”, ya que por

no atreverse, por algo mucho más pequeño que una coma, a romper con el loco

profesor, de tantas cosas, mucho más pequeñas, sin embargo, con ellas, le había

tapuciado tanto su cerebro de basura, mentiras, ilusiones, mitos, filosofías ininteligibles,

garabaturas jeroglíficas, hechos mendaces, postulados falsos, sirenas genéticas

enanizadas en sardinas, ideas y conceptos venidos del pertrecho mayor de la bazofia
cultural, sistemáticamente, sin tregua y arbitrariamente, ya que en seis años, había

vaciado su mayor idea, en su cerebro, pues al querer distinguir, entre la esquiva cultura,

de una parte, y la subsumida civilización, de la otra, cuanto había visto, y leído, en

incipiente almácigo de la literatura, la pintura, la escultura, la historiografía, la

arquitectura y la música nacionales, Calores que, como los gigantescos molinos de

viento, el sabio juzgaba, más que arbóreos, cuando apenas alcanzaban pequeñas raíces,

y no, como él lo creía, ceibas gigantomaquias, debido, especialmente, a la óptica del

corazón que cuando encontraba algo, culturalmente pequeño, de una vez lo atribuía, a la

pobreza de sus creadores, como en buen romance, él lo creía, en el colmo de su peor

desvarío, puesto que a la sazón había ubicado, ya en el orbe, un nuevo continente, el
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iberoamericano, como si la geografía, y sus accidentes mayores, los continentales,

fueran un capricho apurado, de la mente, y no el objetivo, recio, duro, macizo, y

contundente golpe, de un mundo, real, cierto, concreto, ceñido, especificado,

determinado, delimitado y evidente que, desde luego, pese a su ponderabilidad, y a su

vastedad, poseía la debilidad, de ser menos fuerte, que la idea, que el concepto, que la

cosicidad, ya que todas estas, por ser resúmenes dialécticos, de contenidos ideológicos
pasados, y sopesados, pervivían, incluso más allá de la muerte, pensó riendo,

burlándose del genio ese que, con bastante impudicia, otro día, le afirmó, seriamente,

que, la cultura era, el conjunto de hipótesis, con que un pueblo, en determinado estado,

de desarrollo mental, interpretaba al mundo, del mismo modo, que la civilización era, el

conjunto de recursos con que, ese mismo pueblo vivía, en esas mismas circunstancias,

solo para que existiera la llamada americanidad, pregonada por el sabio que, como todo

concepto superficial, y sin ninguna maduración, era y existía, por sí solo, inde-

pendientemente, del hallazgo que se topó, sin saberlo Colón, y por otras razones más,

de la misma laya, porque para la historia irreflexiva, escrita, e interpretada, en hechos

desdibujados por las palabras, esta existía, per se, por sí sola, porque el historiógrafo y
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ella lo podían forjar, con la impunidad que tanto anhelaban, los criminales, para no

entrar en prisión, pero sí en la historia; porque el tiempo y la vida pasados a pesar de

dejar huellas las dejaban tan borrosas que siempre el presente podía rebasar su mensaje;

porque esa misma historia casi arqueológica podía encubrir la realidad o negarla o

superarla; porque así lo había sostenido en sus escritos y en sus obras ya que sin haberla

visto ni conocido por el forro ni aceptado su definición cultural esta consistía para él
mucho más en la borradura que en los miles de trazos que hicieron posible el

aprendizaje de la letra; porque los humos del genio sociológico y siquiátrico ignoraban

que el tris de huella o rudimento literario que el clarión acumuló sobre la negritud de la

pizarra, subsumido entre palotes y perfiles borrados y re- borrados, llevaba a la primera

letra sabida y porque borrada esta por la almohadilla y gastado el gis ya nada estaba ahí

sino en la mente y en las letras que no alcanzaron a palabras; porque el famoso profesor

creía, como las almas llamadas tominonas, que la cultura no era un bien presupuesto e

impuesto y asimilable sino puesto; concepción esta, por demás acultural ya que

prescindía del cultivo acumulativo y continuo de los llamados conocimientos humanos

y de la indispensable afinación intelectual que toda cultura deja; porque a título de una
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americanidad vacía que no era otra cosa que una impuesta entelequia, podían surgir

tantas e inanes americanidades como centroamericanidades; como suramericanidades y

hasta caribeñoamericanidades fuera de las imnumeras isloamericanidades; conjunto

divisible ad infinitum de absurdos desequilibrados pero que para él, sin liceos ni

academias ni jardines, habían aparecido sobre América sin Sócrates ni Platones ni

Aristóteles y funcionando en el avance espiritual del hombre tanto o mejor que en
Grecia; decía esto porque en este continente todo era posible y coexistente en el tiempo;

espíritu y materia podían ir juntos; porque la razón de ser así era más clara puesto que

primero estaban las palabras y los nombres de las cosas y después su comprensión;

porque en el reparto de las boronas culturales este había sido no solo mezquino sino

intrascendente; y porque se repetía como el eco de un calco pasado para que todos

continuaran con sus cerebros y sus manos vacías; era que estos pueblos estaban llenos

de palabras moribundas que se calculaban como vivas; lo afirmaba por que él nunca

pudo rechazar la tentación ni las ataduras del poder y cayó en ellas como Cuervo como

Caro como Lleras como Echandía como Marroquín; del mismo modo que cayó «ancho

pese a las dudas del bachiller de que “ gobiernito Pernos; ” porque no quiso hacer uso
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del derecho natural de los intelectuales de ser oposición sino que prefirió amachinarse

con el poder a la manera de los antiguos vecinos de “La Candelaria”; porque su cultura

siendo inmensa era una cultura sin ideología y más que todo emocional; era que estos

pueblos estaban repletos de palabras convalecientes o muertas que los sabios creían

vivas.
Recordaba Vitruvio que ese día quiso refutar a su maestro en razón de que el país

nunca había tenido una seria y duradera preocupación cultural. Ni siquiera la más

pequeña.


Y hasta le hubiera mentado lleno de rabia como dijo Lumbreras la puta de la madre

porque lo vio más hijo de puta que la puta madre que lo malparió. Pues se vanagloriaba

de la educación teórica que había sido el mayor mal. De la teología y los cánones

síntomas de la mayor desgracia cultural. Del latín escolar causante de la opresora

muralla cultural. Cosa que solo Mutis comprendió, como ninguno, de un solo vistazo.

La Expedición Botánica fue la única empresa cultural seria y fundamentada. Antonio

Moreno y Escandón su programador. Caballero y Góngora su planificador. Y Humboldt
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y Caldas los precursores culturales. La ignorancia peleó contra Codazzi y contra la

expedición corográfica de don Manuel Ancízar. Y vino el desierto cultural y los

utópicos academicismos propuestos por Santander como el aborto ese de la “Academia

Colombiana” que ni siquiera encontró ámbito para oír las palabras de José Manuel

Restrepo, Vicente Azuero, José María Castillo y Rada y Pedro Gual. Que sus sabios
nunca se reunieron. Y que murió. Para que Santander echara mano de su truco favorito

y legal. Crear una Academia más grande con las letras de un decreto. “La Granadina”

que como es obvio tampoco funcionó. Entonces el modesto aparato cultural se privatizó

mediante las famosas tertulias. “El Ateneo” de doña Josefa Soffía y de Quijano Wallis.

“La Eutropélica” con don Manuel del Socorro Rodríguez. “El Buen Gusto” con doña

Manuela Santamaría de Rodríguez. “La Sociedad filológica”.

“El Mosaico”. Solo en 1.842 se conoció el primer plan de estudios elaborado por

Mariano Ospina Rodríguez. Y ocho años después se acabaron los llamados grados

universitarios. En el año de 1.870 Salgar los quiso restaurar. No había conductores.

Felipe y Damazo Zapata hicieron renacer la educación. En 1.914 el inspector de
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educación publica, Agustín Nieto Caballero, asociado a los seis hermanos Samper, en

especial a don José María Samper, quien donó diez hectáreas de una de sus fincas,

fundó hacia el norte en la calle 74 el Gimnasio Moderno para culturizar a los hijos de

los ex vecinos de “La Candelaria” para que estos continuaran y siguieran siendo los

personeros de la llamada clase dirigente luego de abrevar en el europeísmo dentro del

contacto con la naturaleza y la “escuela activa” campestre. Pues todos a una vivían al
norte sobre las carreras trece o séptima en donde habían construido sus quintas y

algunos palacetes urbanizando de paso los terrenos de sus fincas y encomiendas. Quería

el promotor don Tomás Rueda Vargas, “formar hombres que supieran ejercer sus

derechos políticos militando en cualquier partido” y lo quería así porque su espíritu de

gramático solo admitía una europeización a través de España en donde sin haber

cruzado la mar estaban sus sueños. Surgieron entonces por ensalmo universidades

distintas al Rosario, la Javeriana, la Santo Tomás y la Universidad Nacional, El

Externado, La Republicana, La Libre. Se fundaron y se establecieron las academias, la

de la lengua, la de medicina, la de geografía, la de historia, la de jurisprudencia, la de

bellas artes. Pero pese a todo el inmenso vacío cultural siguió: nada importaba que
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existieran algunos pocos o muchos literatos, a saben Rufino José Cuervo: Jorge Isaacs:

Rafael Pombo: ni un Miguel Antonio Caro: ni mucho filenos que faltaran o sobraran

escritores, como: José Manuel Marroquín: Santiago y Felipe Pérez: José Antonio Ortiz:

José María Vergara y Vergara: Rafael Núñez: José María Samper: Manuel Murillo

Toro: Manuel Ancízar Diego Fallón: Gregorio Gutiérrez González: Epifanio Mejía:

Ezequiel Rojas: Eugenio Díaz: Sergio Arboleda; Rivera y Garrido: Salvador Camacho:
Miguel Samper: si nadie los leía ni mucho menos si nadie los contradecía, y si en teoría

y como en botica había de todo y para todos: pintores: literatos : músicos: arquitectos: e

historiadores. En el arte de la pintura se había alcanzado la cumbre con Gregorio

Vásquez y Ceballos: Gregorio Guiral: Miguel de Acuña: y claro está que con otros

muchos más: Francisco del Pozo: Alonso Narváez : Antonio Acero de la Cruz:

Jerónimo y Juan de Dios Acero: Salvador León Castellanos: Nicolás Gracia y cómo no

mencionar a: Bartolomé: Gaspar y Baltasar Figueroa: y cómo no incluir a los

imitadores de un cristianismo más sentimental que técnico o de escuela como a :

Francisco Páramo: Francisco Sandoval: Padilla : Gutiérrez : Posada: Miguel Martínez:

Nicolás Banderas: y a Fray Pedro Bedón: y por qué no señalar a los arquitectos de la
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Catedral Fray Domingo de Petrés y de San Francisco Domingo Esquiaqui así como a

los escultores: Pedro Laboria: Juan Cabrera y al maestro Lugo: y cómo olvidar a los

dibujantes de la Expedición Botánica: Mariano Hinojosa: José María Triana: Antonio

García y Francisco Javier Mutis: y qué y porqué no se mencionaban los músicos: Julio

Quevedo: Manuel M. Párraga: Eugenio Salas. José María Ponce de León y hasta a don

Diego Fallón: autor no solo de la poesía a la luna sino de un sistema alunado de
notación musical; y a otros más: Joaquín Guarín: José Caicedo Rojas: Daniel Figueroa :

Teresa y Pepa Tanco : y otros más recientes: Antonio María Valencia, José Roso

Contreras: Gustavo Escobar: Emilio Murillo: y porqué no referirse a los lindas de

plectro en barba tales como: José Eusebio Caro: José Joaquín Ortiz: Jorge Isaacs:

Gregorio Gutiérrez González: Diego Fallón: Rafael Pombo: Julio Arboleda : Rafael

Núñez: Miguel Antonio Caro: José Asunción Silva : Julio Flórez : Guillermo Valencia:

Víctor M. Londoño : Ismael Enrique Arciniegas: Eduardo Castillo: Porfirio Barba

Jacob: Rafael Maya: José Joaquín Casas : Antonio Gómez Restrepo: Luis María Mora:

Luis Carlos López: Germán Pardo García: José Umaña Bemal: Juan Lozano: Aurelio

Arturo: José Eustasio Rivera: Miguel Rasch Isla: Ricardo Nieto: Angel María
                                                                  259

Céspedes: Aurelio Martínez Mutis: Delio Saraville: Federico Martínez Rivas: Antonio

J. Cano: León de Greiff: Alberto Ángel Montoya: Enrique Álvarez Henao: más cómo y

de qué modo enmochilar la historiografía de Gonzalo Jiménez de Quesada: del obispo

Piedrahita: Alonso Garzón de Tahuste. Fray Alonso de Zamora: Manuel Rodríguez:

Basilio Vicente de Oviedo: Pedro Simón. Pedro de Aguado: Juán Flórez de Ocariz: José

Casiani: José Gumilla: Pedro Cieza de León: José Nicolás de la Rosa, y desde luego,
cómo pasar por alto a los periodistas que habían difundido desde siempre la obra, hija

de la genialidad de tanta gente: Francisco de Paula Santander: José Eusebio Caro:

Florentino González: Mariano Ospina Rodríguez: Manuel Murillo Toro: Miguel

Antonio Caro: José Joaquín Ortiz: Fidel Cano: Carlos Martínez Silva: Salvador

Camacho Roldán: Rafael Núñez: Felipe Zapata: Carlos Holguín: Miguel Samper: Juan

de Dios Uribe: Antonio José Restrepo: Carlos Arturo Torres: José Vicente Concha:

Uribe Uribe: Luis Cano: Eduardo Santos: Baldomero Sanín Cano: Armando Solano:

Laureano Gómez: Luis Eduardo Nieto Caballero: Silvio Villegas: Germán Arciniegas:

José Mar: Enrique Santos: Jaime Barrera Parra: Aquilino Villegas, y cómo olvidar la

robusta galería de los cientifistas: Ezequiel Uricoechea: lingüista y naturalista: de
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Sinforoso Mutis y de sus colegas los botánicos: Caldas: Zea: Valenzuela: Camacho y

Pombo: de los zoólogos: Jorge Tadeo Lozano: José Angel Manrique: de los químicos y

físicos como José María Cabal: de los astrónomos: Francisco José de Caldas: Félix

Restrepo y Alejandro Vásquez: de los geógrafos: José Camblor: Pedro Fermín de

Vargas: José Manuel Restrepo y Nicolás Manuel Tanco: de w arqueólogos: José

Domingo Duquesne: del arquitecto José Ruig (Fray Domingo Petrés): de los
minerálogos: José gj- Elhuyar: Jerónimo Torres: José Ruiz y Enrique Umaña: de los

dibujantes: Salvador Rizo : Antonio Hinojosa: Francisco Hinojosa: José María Triana:

Francisco Javier Matiz: Antonio y Pablo García: Javier Cortés: Nicolás Cortés: Pablo

Caballero: Bernardo Rodríguez: Manuel Martínez: José Martínez: Vicente Sánchez:

Antonio Velasco: Juan de Herrera: José Dadey: Gonzalo García Zorro: Martín Callejas:

Julio Quevedo: Manuel M. Párraga: Eugenio Salas: José María Ponce de León: Joaquín

Guarín: José Caicedo Rojas: Daniel Figueroa: Teresa Tanco: Pepa Tanco: Federico Co-

rrales : Antonio María Valencia: José Roso Contreras: Gustavo Escobar: Emilio

Murillo : de los biógrafos: José Manuel Groot: Pedro Martínez Ibañez: Joaquín Posada

Gutiérrez y José María Cordoves Moure. De los historiógrafos José Manuel Restrepo:
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Raimundo Rivas y Enrique Otero D’Acosta: de los escultores: Pedro Liboria, Juan de

Cabrera y del maestro Lugo: y porqué dejar en el olvido a la filósofa y teóloga:

Francisca Josefa del Castillo y Guevara: claro que nos faltaba mencionar a los amenos

fabulistas: Marroquín: y don Rafael Pombo: de los novelistas: José María Cordoves

Moure: Eugenio Díaz : José Manuel Marroquín : Eustaquio Palacios: Jorge Isaacs:

Lorenzo Marroquín: Tomás Carrasquilla: Daniel Samper : José Eustasio Rivera
Sí, debía confesar que en el inventario faltaba lo más importante. . . pero no era urgente

precisarlo a menos que. . . Porque si esos eran los inventarios de la cultura. . . Peor que

le hiciera caso a su. . . Para qué semejante contabilización. . Para qué esa

patrimonialización de la desesperanza. . . o era que ahí en esas listas de genios. . . se

plasmaba la realidad. . . él no lo creía así mucho menos cuando su maestro había dicho

que. . . La cultura mustiada de. . . era localista. . . de campanario y. . . esto me ha

obligado a escribir en mi lengua. . . por eso es que no escribo en español como lo hacen

nuestros escritores sino en. . . Sobraban y faltaban en esas largas clasificaciones

muchos nombres. . . No estaban en el repertorio novelístico ni Isaac ni Barba, ni. . . y

en cambio sobraban cuantos. . . como. . . como. . . como. . . como.. como. . . como. . .
                                                                        259

como. . . Y qué decir de la pintura. . . toda retablesca. y de los cuadros de capilla. . . y

sombría como los de las Aguas. Definitivamente. . . si ahí estaba contenido todo el

maravilloso. . . acervo de la cultura. . . es claro que faltaba su mejor parte. . . La parte. .

¿¿ ¿? ¿¿¿ ??? ¿¿¿¿ ?????

¿ era esa la verdad? pero pese a tanto legado del pasado Vitruvio seguía preguntándose,

¿qué era lo que quería y pretendía el profesor? Dudaba en extremo. ¿Quién podría
venir después de tanta grandeza? ¿Acaso había sido un error de su parte confiar su

investigación a los ojos de tan implacable cancerbero? ¿Cómo superar lo insuperable?

¿Por qué ruta alcanzar la altura del águila sin desdorar la gracia de sus locuras? ¿Y si

todo estaba dicho y patrimonializado culturalmente en tantas obras citadas para que

escarbar más en su mente inconforme? ¿Cuál era de todas esas obras culturales la más

importante? ¿La Expedición Botánica o los hombres que allí se forjaron? ¿El

pensamiento o los dibujos y las láminas de los cuatro artesanos que pintaron con sus

uñas flora y fauna y plantas y animales? ¿Cuál era la mayor muestra de arquitectura, la

catedral, las murallas de Cartagena o la casa santafereña con tanto de alquería,

portalón, ventanas de visillos, tres o más patios, huerto y troje, balcones de sombradillo
                                                                     259

y pesebrera? ¿Quién tenía más vuelo? ¿Fray Domingo Petrés con la catedral o

Domingo Esquiaqui con la iglesia de San Francisco? ¿Porqué en materia de pintura no

le quedaba una sola duda y la palma se la llevaba con creces y sobras Gregorio

Vásquez de Arce y Ceballos? ¿Por qué, cómo, cuándo y dónde elaboró su técnica?

¿Simplemente porque tenía ante tus ojos el autorretrato su Cristo y la Familia de Lot?

¿Y por Qué en cambio en literatura surgían tantos interrogantes como autores, Juán
Rodríguez Freyle con El Carnero? ¿Eustaquio Palacios con el Alférez Real? ¿Jorge

Isaacs con La María? ¿Lorenzo Marroquín con Pax? ¿Tomás Carrasquilla con la

Marquesa de Yolombó? ¿José Manuel Marroquín con El Moro? ¿Daniel Samper con

Soraya y el valioso José Eustasio Rivera con La Vorágine? ¿Y cómo dejar por fuera a

los fabulistas Pombo y Marroquín? ¿O era que existía el compromiso de mencionarlos

a todos no fuera que se disgustaran los socios de “La Candelaria"? ¿Qué hacer con

tanto patrimonio cultural y más que todo cómo poder satisfacer a los dos mil poetas si

con Álvarez Lleras y La abeja?, ¿con José Asunción Silva y el Nocturno?, ¿con Barba

Jacob y su Canción de la vida profunda?, ¿los demás, por buenos sobraban? ¿El

profesor don Luis López de Mesa nació en Titiribí o en Donmatías y en qué año? ¿En
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el año de (1.884)? ¿Será verdad que la realidad como él lo dijo era una mutación del

destino? ¿Por favor no me joda más con su preguntadera cómo es que no sabe que

nació en Donmatías? ¿Y quién fue el que le cagó la cara y lo llenó de desengaños?

¿Femando González o Carrasquilla? ¿No lo sabes? ¿Necesita que se lo diga sin

adivinanzas? ¿No recuerdas que había un novelista que por parroquial y vivir bajo el

golpe sonoro de un campanario no escribió en español sino en antioqueño? ¿Sabe a
quién le puede preguntar sin ruborizarse? ¿Nada más ni nada menos que a

Carrasquilla? ¡¡ !! ¡¡¡ !!! ¡¡¡¡ !!!! ¡¡¡¡¡¡ !!!!! i i i i ¡ i¡¡¡¡¡'!!!!¡¡ ¡¡¡¡¡¡!! ¡Hasta dónde

llegaría con sus cavilaciones y estudios! ¡Hasta desentrañar el meollo de tanta mierda!

¡de tanta impudicia! ¡de tanta ruindad y de tanta miseria! ¡Estas catalogaciones eran

obra de más altos altares! ¡Ven Lucia del alma no me dejes. . . ven Lucia no tardes

tanto! ¡Fíjate en mi dolor de mortal y Hora! ¡Qué magnificencia en el estilo! ¡Qué

sorpresa de palabras! ¡Cómo ir a dudar de los valores preclaros de autores tan queridos!

¡Si esas eran soberbias pinceladas llenas de beatitudes con sombra de capilla! ¡“La

Candelaria’’ unida o desunida jamás será vencida! ¡Esta que llega el salvador del

liberalismo Alfonso López Pumarejo! ¡Que nos importa! ¡Ay de mí que solo sombras
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veo! ¡Oigame Ud. señor don Luis si es que acaso no está muerto! ¡Estoy que me muero

y que me cago de la risa! ¡Todo no son más que cabronadas de mala madre! ¡Aquí

cómo en toda tierra de garbanzos ninguno pesa la libra! ¡Aquí solo hay torceduras del

alma y flaquezas del culo! ¡Ahí están esos son los que venden la nación!¡De qué polvos

vinieron esos lodos!¡Do están los virgos pontificales de tantas Marichuelas! ¡Dónde los

polvos de la madre Celestina y de Doña Inés de Hinojosa!¡Qué fue de la invención
mayor de Manuelita Sáenz la Libertadora del Libertador! ¡Que de doña Soledad! ¡Se

acabaron las agallas que se comieron a Jonás!¡Sí aún eres fuerte Vitruvio por qué te

tiemblan las pelotas! ¡Oh! ¡No es nada! ¡Anda! ¡Atízale el trasero! ¡Ha de las sombras

que nada dijeron! ¡Dime diablo con quien andas y te diré quién eres! ¡Poeta, di paso,

los furtivos versos! ¡Poeta, di paso, los íntimos besos! ¡Poeta, di paso, el último beso!

¡Oh, Colombia que lates como un corazón inmenso, vibras como una lira y cantas

como alondra anunciadora del día en que como un sol se levante la Gran Patria que

soñó Bolívar! ¡Cáscaras! ¡Recórcholis! ¡Anda! ¡Sóplatelo! ¡Soplaviento! ¡Oh gloria

inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal! ¡Cuán hermoso es vivir petrificado como cuarzo

entre el tiempo hexagonal de unos cristales! ¡No es el embarazo producido por las
                                                                    259

letras el que mata sino su desprecio! ¡Oh envidia tope de todo tropiezo! ¡Oxte, reputa

de caderas, moste de pubis flojo, reducto de hideputas incunables! ¡Ciegos sois pues

nada veis por entre la blusa entretejida! ¡Colombia es menos ancha que ajena!

  A. (A) L. (LA) G. (GLORIA) D. (DE) E. (EL) G. (GRAN) A. (ARQUITECTO) D.

(DE) E. (EL) U. (UNIVERSO) S. (SALUD) F. (FUERZA) U. (UNION) QQ.

(QUERIDOS) HH. (HERMANOS) (Sobre el andén encharcado el agua se empoza y los
pies humedecidos del maestro se encogen clamando protección para sus callos y sin

alcanzar   aún las tres gradas salomónicas que dan acceso a la M. (MUY) R.

(RESPETABLE) L. (LOGIA) F. (FILANTROPIA) llama a la puerta del templo

nerviosamente pues desea cuanto antes escapar del chubasco. (Su abrigo está empajado

y tiembla de frío)

  Si pronto le abrieren (como debe suceder) y bajo el techo pudiese resguardar sus

  males terminarían. E. (EL) V.(VENERABLE) M. (MAESTRO) D. (DE) L. (LA) L.

  (LOGIA) F. (FILANTROPIA) N. (NUMERO) 3. (TRES) dirigiéndose al M.

  (MAESTRO) D. (DE) CC. (CEREMONIAS) (impostando la voz declama): En la

  puerta del templo llaman con golpes profanos, averiguad de quién se trata. (Se oyen
                                                                 259

  algunos pasos en la sala de los pasos perdidos y algunos hermanos empuñan las

  espadas) V. (VIGILANTE) N. (NUMERO) U. (UNO), mirad de quién se trata. (Sale

  el vigilante número uno y cuando regresa puesto entre columnas dice:) Es el H.

  (HERMANO) LUIS LOPEZ DE MESA, E. (EL) P. (PODEROSISIMO) S. (SEÑOR)

  D. (DE) E. (ESTE) G. (GRAN) O: (ORIENTE). Que pase el poderosísimo Señor.

  (Entra bajo el embozo de su capa con su regio mandil y parado entre columnas el V.
M. (VENERABLE MAESTRO) lo invitó a seguir al O. (ORIENTE) y a ocupar su

sitio de O. (ORADOR). Sus ojos fulguran como dos estrellas, tose un poco y aclara la

voz y todos lo ven más poderoso que el propio Carlos V. (aquel que fue mucho más

conocido como don Juán de Austria, aquel señor bajo cuyos dominios el sol jamás se

ocultó: Au (gusto), IMP. (eratori), Caes, (ari), P. (ontifici) M. (áxftno). Entonces,

habló como nunca pero no se curó de su mal gongorista y a fe (que fuera mejor que

lo hubiese hecho porque fuera de curarse de su tos) de carbonero carraspeó hasta

llorar, (sin poder sacar la pegajosa flema con lo cual la tenida se interrumpió hasta el

momento en que el profesor expeliendo un gargajo casi seco continuó hablando de

cultura que era su tema predilecto y luego de varios intentos definitorios pontificó.
                                                                   259

(La cultura es el conjunto hipostático, perdón. . . de hipótesis (Porque no estamos

hablando de la Santísima Trinidad) sino de la suposición de ese bien, sea posible o

imposible, para sacar de ella una consecuencia) con que un pueblo en determinado

estado de desarrollo mental interpreta al mundo y que una civilización es el equipo de

recursos con que vive ese mismo pueblo en esas circunstancias.): Fiat Lux. Entonces

un rayo de luz hendió el aire y despertó con sus lenguas de fuego al V. M. (Venerable
Maestro), al M. de C. (Maestro de Ceremonias), al HH. (Hermano Hospitalario), al P.

V. (Primer Vigilante), al S. V. (Segundo Vigilante), al T. (Tesorero) mientras que los

AA. (Aprendices), CC. (Compañeros), MM. (Maestros) y HH. VV. (Hermanos

Visitantes) iluminados pero roncando trataban de escuchar de boca del P. H.

(Poderosísimo Hermano) la parte final de su diserta pero viciosa digresión (Solo sé

que no hay sino cuatro culturas, epistemológicamente hablando, cuatro homínidos u

hombres, y cuatro símbolos de esas cuatro culturas a saber: la primitiva,

(representado por el hombre de Cromañón con su símbolo, (el talismán); la espiritual,

(representada por Cristo (cuyo símbolo es el cero); la técnica representada por New-

ton (cuyo símbolo es la lente), y la cuarta representada por Einstein pero sin símbolo
                                                                 259

relativo pese a su relatividad por ser época de transición. Fue en ese momento cuando

Vitruvio se despertó bajo la severa voz del V. M. (VENERABLE MAESTRO) que

en medio del sueño acaba de despertar también a los HH. MM. (HERMANOS

MASONES) ordenándoles que se podían retirar en P. (PAZ) O. (ORDEN) A.

(ARMONIA). (Gracias señor por los favores recibidos). Cuando don Gonzalo

Jiménez de Quesada [el licenciado] n. en [Córdoba o en Granada] del año de 11496-
1550], luego de [ocho meses] largos de marcha y de navegación al fin llegó a [La

Tora o Latora] en donde al ver unos altos barrancales [de color bermejo] y algunas

chozas y plantíos, decidió acampar en ese lugar, al cual algún español llamó

[Barrancabermejas]. Fue allí en donde un día encontró solaz y cierta alegría al leer

algunos versos que de esto propio memorizó para no tener que recurrir una vez a su

capellán el padre Fray Domingo de las Casas [que si no estoy mal era su dueño y que

se llamaba [Suceso, que aunque parece de consejo fue verdadero (pese a ser como la

famosa viejecita sin nadita que comer) y que a la letra dice]:

Erase que se era
(Y es cuento gracioso)

                                                                 259
[De tiempos de Moros]
Una viejecita.
Pasa en lo arrugado
Del anciano rostro, [Higo en lo redondo.]
uva en lo borracho.
Cucharon por barba,
Por sombrero un hongo, [Por báculo un tronco.]
Por toca un pañal,
Coja de una pierna,
Bisca de un ojo,
[De bolas de bolos,]
Un rosario al cuello
Gran mujer del Malo,   420                       421



Yde los Dimoños,
[Para niñas coco.]
Para niños bruja.
Gruñidora en tiple,
Rezadora en tono,
[Con sus silvos roncos]
Calcetera ha sido,
De virgos, y polvos;
[Calcas echa a otros.]
Puntos toma a unos;
No era Celestina,
Que es para ella poco;
[Donde cabe todo. ]
Erase ella misma,
Cárcel de traviesos.
Jaula para locos,
[Trampa para lobos.]
Liga para aves,
Grande aficionada
                       422   423
Al peón, y al trompo,
[A saca de corro. ]
Solo por jugar
Tratóla un mancebo
Con fondo en tonto,
[Hízolo el demonio.]
Recién heredado,
Pues yendo, y viniendo
Unos días, y otros,
[De vieja y de piojos.]
Como una culebra
Médica de emplastos,
Y de lavatorios,
[Algebrista propio.]
Y en hacer conciertos;
En echar ayudas
Fue su pulso solo,
[Y de costa a mozos.]
De botica a viejos,
Se halló comido,
Que una avestruz trague
                       423                                            423
Las ascuas de un homo,
[Ratones y topos]
Yque coman mierda,
Porque autor que robó
Con su plumero
[Yo me cagué en todos].
Nunca podrá decir,
***********************************************

  El profesor, sociólogo, siquiatra y bastante destornillado X***, nacido en el pueblo de
Z***, del departamento de Y*** creía con fe de carbonero en la universalidad de la

obra la Marquesa de N*** más por regionalismo que por evaluación pero su amigo

V*** nunca intentó decepcionarlo y por tanto jamás polemizó con él al respecto. En lo

que si nunca estuvo de acuerdo con él fue en la incompleta definición de cultura menos

cuando el gongorista establecía alocadamente una distinción entre esta y civilización,

inaceptable por mil modos como lo precisaba entre otros autores (M. M. ***) (*). Para

Vitruvio la Coltura; coltivazione, instruzione, educacione era otra cosa bastante distinta.

Menos mal que al sociólogo al cuajar su definición no le dio Por recurrir al pozo

manierista y gongorista tan lleno de arcanos abortos y cultivado por sus antecesores don
                      424                                                423
(J. de C.), (**) y por su inspirador el jesuita (H. D. C.), (***) autor del (P. H.) (****) en

donde narra con bastante estupidez la vida de (S. I. de L.) (****) desformándola con su

parla cultista y sus metáforas de mala madre. De allí le venía el siquiatra (L. L. de M.)

(*** *) su falsa parla.

  *   [María Moliner en su diccionario de Uso del español//

  6. Se ha propuesto, sin que haya llegado a cuajar la idea, una distinción entre cultura

y civilización, aplicando la primera al grado de perfeccionamiento social o de las
relaciones humanas y reservando la segunda para el progreso científico y material.

** [Se trata de don Joan de Castellanos autor de Elegía de varones ilustres, antecesor en

el curato que luego disfrutó tanto en Tocancipá como en Paipa.

*** [Hernando Domínguez Camargo n. en Santa Fe, ingresó a la Compañía de Jesús

siendo muy joven en donde el hermano Salvador lo enseñó a pajearse y practicar

algunos vicios nefandos que lo obligaron a dimitir. **** [Se trata del famoso Poema

Heroico el cual no terminó en razón de su muerte pero del cual dejó cinco libros con la

bobadita de (1116) octavas.

***** [ La obra en comentos está dedicada a la vida de San Ignacio de Loyola. ******
                    425                                               423
[Se refiere al médico, siquiatra y sociólogo Luis López de Mesa, autor entre otras obras

de la novela Isolda, De cómo se ha formado la nación colombiana, de Disertación

sociológica, Escrutinio sociológico de la historia colombiana y otra más

  La cultura “es una fase del desarrollo personal o social de los conocimientos

generales y de conducta social generada en el progreso continuo de la sociedad que se

acompaña de un aumento de los conocimientos y de la evolución de las costumbres”,

había dicho el más elemental diccionario de sicología. Y un aprendiz de antropología de
la época había afirmado que la cultura era las “costumbres, actos, creencias, y formas

sociales integradas que practica un grupo o tribu determinados; por ejemplo: la cultura

de los indígenas motilones”. Sí, porque para un inglés, Culture, o para un alemán

Kultur, bilding, etc, era algo más preciso. Para el inglés culture era: 1 The Quality in en

person or society that araises from an interest in and acquaitance with what is generally

ragarded as excelence in arts, leters manners, scholarly pur- suits, etc, etc. 2. a

particular form or stage of civilization: Creeck culture”. Pero había algo más grave y

era que el profesor confundía la cultura con algunas otras cosas por eje: con la

ilustración y con la erudición, “Para ilustrarse, para vivir informado y al tanto de lo que
                     426                                                423
necesita saber, le basta al hombre leer. . .; lo hace erudito una memoria feliz y oportuna

que le conserve como en un depósito el fruto de útiles y copiosas lecturas. El ilustrado

es hombre noticioso; el erudito lo es de consejo y de consulta (erudit, enseña)” Pero eso

no basta porque la cultura implica “una verdadera digestión de los conocimientos

adquiridos, un asimilación a través del propio temperamento, que ubica cada cosa en su

sitio y tamiza por medio de la propia sensibilidad”. El profesor estaba indigesto y mal

podía concebir algo tan elemental como el que la cultura fuera “El mejoramiento de las
facultades, intelectuales, físicas y morales de los hombres” y no la hipótesis de dicho

mejoramiento. La definición de Luis López de Mesa olvidada entre otras cosas que “la

cultura es fruto y semilla” y que “no había sido en este continente una forma de libertad

sino de opresión” y además, que lo que el llamaba como civilización tratando de

diferenciarla de la cultura era algo más sencillo, “algo que los alemanes llamaban

cultura material”. El profesor podía opinar como quisiera porque pertenecía a la elite de

personas refinadas a las cuales el Estado les ha cedido para su solaz el terreno libre de

la media cultura, pero no entendió claramente lo ocurrido, que “Tuvimos desde hace

quinientos años una inmensa trascontinentalización de la cultura sin defensa posible
                    427                                               423
alguna del patrimonio vernáculo, y sin acceso a la nueva cultura de los sectores

indígenas y luego populares, puesto que no existieron los canales culturales que

hicieran posible sino la imposición impresa con el herrete de la violencia” Y más, pues,

“La desmemoria de todo ese pasado sepultado por la cultura impuesta fue lo que con el

tiempo permitió lo que, por la imposición de la religión católica se perdieran en el

pasado millares de creencias; que por la implantación del Klioma español se

desmemoriaran seiscientos idiomas vernáculos; que por la imposición de la norma
jurídica se borrara la propiedad social; que por la propiedad naciente se condenara a los

indígenas al despojo de sus bienes, pues la transculturización no era de algo propuesto

sino de algo impuesto, sin coexistencia alguna con el pasado aborigen y sin enlace con

él, pues para desgracia mayor, de golpe y porrazo, caímos en la unión con otras culturas

cruzando el inmenso puente de la tradición occidental pésimamente tendido por

España”. “Entonces desapareció por la fuerza y por la violencia, por manipulación e

imposición la incipiente cultura aborigen hasta llegar a arqueologizar todo el pasado

ignoto y damos de esa manera la sensación de que aún continuamos por fuera del

tiempo, mirando al sol y a la luna clandestinos en las pinturas decorativas que los
                    428                                               423
nostálgicos mestizos descendientes de los chibchas lograron pintar o introducir en las

iglesias y capillas donde mimetizaron sus tunjos milagrosos que los irían a hacer

dichosos y felices después de muertos”. “Con el tiempo solo existió una cultura

hegemónica para el sector criollo que al azar se topó con la construcción de una nación

mestizada para su heredad de elite”. “La Candelaria” oyó libros, vio obras de arte, oyó

música, absorbió lengua, adoptó modas, acogió religión, heredó la propiedad y se hizo a

costumbres que difundidas estructuraron una clase especial pequeño burguesa la cual en
uso del poder material, espiritual y político, alcanzó un modo de vida que se tradujo en

la disposición de sus casas y antiguas encomiendas y en las reivindicaciones criollistas

como forma política, hegemónica y económica del estado”. “Ni el pueblo mestizo ni la

pobrería tuvieron acceso a la ilustración ni al conocimiento de las artes”. “La cultura no

fue un problema ya que este nunca existió y no existió porque no fue visto como algo

general sino como algo individual”. “Solo ellos pudieron desde el pequeño espacio

geográfico de “La Candelaria”, asimilar a derechas, la nueva lengua, la nueva religión,

las nuevas costumbres, su monarquismo político y su concepción estatal porque fueron

una disidencia casi secreta de lo que hasta entonces era la nación” “Ni buscaron ni
                     429                                               423
vieron nada en el pueblo pues todo lo encontraron en su sangre originalmente española

y luego mestizada y en sus virtudes”. “Se pudieron identificar con el nuevo estado

porque venían de ese estado y del disfrute de ese poder”. “La verdadera estructura

partido estado la cohesionaron en su barrio y si se llamaron conservadores o liberales

no fue por sostener principios ideológicos opuestos sino por sectarismos ocasionales

que en algunos momentos lograban superar los de su ideal de nación o del ejercicio del

poder pero siempre sostuvieron y defendieron la continuidad e identidad nacional”. “La
oposición inicial entre colonos e indígenas, las diferencias, las desigualdades y los

contrastes ya estaba más que en extinción; nadie se oponía mediante resistencia a la

expropiación; nadie pretendía innovar ante la imposición y solo ”La Candelaria” se

quería quedar con la absoluta dominación. La violencia había mutado religión, lengua,

forma de gobierno, indumentaria, costumbres y legislación” “La cultura de ”La

Candelaria” había nacido desvinculada del pueblo no podía ser extensa ni colectiva sino

individual, por eso nunca cambió de contenido era un simple repertorio de recursos y de

compromisos sociales o económicos sin vínculos con la comunidad ni con el pueblo”.

“Ni el pueblo ni los grupos étnicos cuentan para ellos porque ellos son un privilegio:
                     430                                               423
son hijos de españoles nacidos en América o mestizos asimilados a su clan: los

indígenas como etnias no tenían ni cultura ni idioma ni religión sino costumbres sal-

vajes, dialectos bárbaros, paganismo idolátrico, y esto era así porque sus antecesores los

españoles los habían juzgado como seres irracionales, carentes de inteligencia, sin alma,

dueños tan solo de sus instintos y por lo tanto condenados a SJJ primitivismo”. “La

máscara social de esa oligarquía ha sido reforzada permanentemente con el ingrediente

embauca- torio de su “praestigium”, es decir, mediante la bribonada y ^ artificio que los
convierte en genios al través de la publicidad”. “Ellos son honrados, gozan de buen

nombre, buena fama y una gran reputación”. “Estos seres nunca se Peguntaron cuándo,

cómo, dónde ni porqué pensar o no Pensar porque esa no es ni ha sido una cuestión

fundamental para ellos sino poder responder en todo caso, coyuntural u oportunidad:

ya, así, y aquí y porque como yo soy, y no tengo más tiempo, y este es mi momento mi

respuesta os doy: “¡Seguidme!” “Yo soy la luz y el camino”. “Yo soy el porvenir que

no tiene pasado porque no tiene tiempo”. “La cultura colombiana se refiere casi

exclusivamente a las obras de los hombres identificados de algún modo a ese grupo so-

cial”. “Su concepto espiritual de la cultura, sus ideas, sus valores, sus pensamientos y su
                     431                                                423
concepción del mundo han hecho caso omiso de la ideología, pues como hombres saben

que pueden vivir sin tener una cultura política mediante el bipartidismo como entidad

supraorgánica y por encima del pacto social”. “No están radicalmente divididos por

factores tecnológicos ni ideológicos. Lo que si los divide son los factores sociológicos,

es decir, por sus grados de parentesco, sus empresas económicas, sus clubes sociales,

sus instituciones políticas, su ejército, su religión y sus asociaciones profesionales”.

“No era esa cultura un conjunto de obras excelsas sino una cultura media de una elite
sin ideología válida o que al menos procediera del pensamiento filosófico sino de

mentalidades recicladas por historiadores y más que todo sin cierto sentido

antropológico que no se enfrentaba a una cultura del pueblo sino que la subsumía en

cuanto la hacía suya como sucedía con los aforismos que naciendo en la boca del

pueblo pasaban a ser patrimonio de la elite”. “En el pueblo existía alguna oralidad

propia relacionada con el juego y la diversión, con el folclore y la indumentaria”. “La

iglesia impuso su cultura oral con el pulpito y las misiones y se valió de la imagen

mediante las vitelas y los retablos y con el teatro incomprensible de la liturgia en latín”.

“La clase dominante rechazó la cultura popular mediante la urbanidad y las reglas de
                     432                                                423
Carreño que impugnaban la vulgaridad, (dichos y cachos del vulgo), el comportamiento

social y los tabúes sobre las ganas de cagar o de mear o el deseo de tirar”. “De la

cultura oral de las chicherías o clubes populares no quedaron ni las totumas y pese a

que es el pueblo el que consagra sus héroes a nadie consagró a no ser al buen hijo de

Julio Flórez”. “De la cultura de la violencia que impuso idioma, religión, usos y

costumbres lo que más asimilaron tanto criollos como mestizos fueron: el lenguaje, la

religión, la monarquía, la indumentaria, el dominio de la espada y de otras armas, todo
dentro de la bifronte división entre cultura elitista y cultura popular”. “La cultura

erudita se quedó con la lengua, su semántica y su gramática, como símbolos del poder,

y el pueblo con su incomprensión y con algunos aforismos; los primeros con la gloria

eterna y el ritual y un tris de misticismo y los segundos con los retablos, las vitelas, las

alegorías, las camándulas y el espectáculo de los santos oficios; los grandes con el

atuendo europeizante y el pueblo con su pata al suelo, sus alpargates, sus ruanas y sus

pañolones; los presuntos nobles con sus vinos, champañas, brandis y whiskis; los de en

medio con sus polas, sus cervezas, y los de abajo con sus aguardientes, sus guarapos y

chichas; los criollos asimilaron el caballo y la muía y el ejército y la espada y el
                     433                                                423
trabuco, el cañón y la pólvora, y la ralea, el asno, la azada, los voladores y las

estrepitosas y lúdicas mechas del turmequé como un conjuro ante el temor a la

violencia detenrente”. - - — — — —


  La cultura semánticamente procedía de dos significaciones afines: de cultivo y de

culto, es decir, de la recreación humana con la naturaleza y con lo sagrado. La palabra

cultura venía de “colo”, es decir, de habitar y cultivar. Porque fue en tiempos de los
romanos cuando se amplió “colo” para designar el refinamiento humano. “Cultur-

cultrix designan al habitante o cultivador en sentido físico como moral o espiritual. El

profesor había tomado de Spengler la contraposición entre la cultura como un orden

ético-estético fundamentado en el orden ético-económico. Porque para Hegel, el

llamado Bildung” que se vierte sin duda de la raíz latina formatio, aproximadamente, se

identifica con la significación de “Kultur” por comprender no solo el concepto

producción sino el dominación, así como los valores éticos y estéticos de la sociedad.

Pero la definición profesoral era un atentado imperdonable contra la lógica, el

racionalismo, el sociologismo e incluso el siquiatrismo demostrado con orgullo por el
                     434                                                423
profesor. Su definición basada en la tesis spengleriana de la contraposición entre cultura

y civilización rechazaba o ignoraba sin razón que la civilización estuviera contenida en

la cultura así como que entre estas existía una unidad de carácter indisoluble. Su

definición no precisaba la esencia de los objetos definidos ni los distinguía de todos lo

que se le parecen. No era una operación lógica concretizadora de los rasgos esenciales

del objeto definido, y al tratar de diferenciarlo del objeto parecido (civilización) lo que

hacía era romper la unidad unívoca del concepto cultura. El profesor, creía como
idealista que mediante la definición se podían crear los objetos definidos como

nociones distintas y ese era uno solo de sus errores. Por otra parte mezclaba en la

definición dividiendo lo indivisible, es decir, la esencia objetal por modo atrabiliario. El

concepto determinado tenía dos conceptos determinantes: (cultura y civilización).

Existía un círculo vicioso y era tautológica por que había separado cultura y

civilización como conceptos diferentes. Era una definición desproporcionada entre el

concepto determinante y el determinado. Le faltaba claridad y era ambigua. De suerte

que no valía un carajo.       .

_¿Qué pasa que no encuentro mi sombrero? —dijo el profesor enfundado ya en su
                     435                                                423
abrigo, calándose sus guantes.

 ¿Será este su “borsalino”? —le preguntó Bienvenido

Lumbreras, entregándoselo—, pero es mejor que se espere a que pase el chubasco.

_No tanto por la lluvia como por los gritos de algunos entusiastas que en la calle retan a

los partidarios de Carlos Lleras Restrepo quien habló esta tarde en el teatro Municipal

—dijo Luciano que acababa de llegar de la calle.

_Espere un minuto profesor a que le pare un taxi en la esquina, —dijo Bienvenido—
mientras que en la “Puerta del Sol” y en la sifonería de “Las Alemanas” los contertulios

ebrios gritaban: ¡Viva Jorge Eliécer Gaitán el tribuno del pueblo!¡Abajo Carlos Lleras

Restrepo! ¡Abajo los oligarcas! ¡Que viva el caudillo del pueblo Jorge Eliécer Gaitán!

CAPITULO XXVII

"El trompo sáquenlo en la uña para ver si tataratea, las gallinas toman agua yo no sé

por qué no mean”

Gritó la voz hiriente del truhan, cortando el aire frío de la mañana, mientras recogía las

monedas que los jugadores habían apostado y colocado encima de las figuras

perdedoras en el lance, y quien al subir el gallo, se quedó como entre incrédulo y
                     436                                               423

sospechoso, mirando fijamente, para ver bien, la extraña figura de Vitruvio quien con

los ojos clavados sobre las figuras pintadas sobre la carpeta de hule que cubría la tapa

de la mesa, continuaba oyendo el vozarrón del tahúr invitando a la clientela: “a ir fuerte

y a apostar duro para ganar, porque el que quiere besar ha de buscar la boca” y quien

luego de hacer una pequeña pausa y tomar aire, agregó:

^¡Cárguenle señores! ¡Cárguenle mis amigos y marchantes! ¡Cárguenle sin temores,
porque con la plata del gringo es con la que trabaja el pingo, y si la maneja bien, no

come paja y hasta puede lograr la locura de tenerlo en rica mano, como la diosa fortuna,

que endereza la pija muerta para romper la apretura de la virga rajadura! ¡Cárguenle sin

miedo mientras me limpio este crespo! —dijo una vez más, y lanzando los dados sobre

la mesa, en un tono más grave anunció en desparpajada rima el triunfo de la estrella

como la figura ganadora diciendo:

“Estrellita matutina que del cielo sube y baja si no me presta la raja tendré que

hacerme la paja en tu presencia divina”

Este hábil trapacero los está robando de lo lindo. Pobres peregrinos y feligreses —dijo
                     437                                              423

Bienvenido al oído de Vitruvio.

_Lo mismo les sucede en Roma a los fieles y peregrinos, que hasta allí llegan —le

respondió—, pero con una diferencia: que aquí los roban solo los domingos y allá todos

los días.

_ ¿En plena calle y a la luz del día como está sucediendo aquí?

_En plena calle y a la luz del día.
_ ¡No se lo puedo creer Vitruvio!

_En plena calle y en el propio Vaticano —le contestó, mientras el desaforado alarido

del trapacero anunciaba el triunfo del sapo:

“El sapo estaba subido encima de un canalete, la sapa que se descuida y

el sapo que se lo mete”

  Entonces cuando Vitruvio salía hacia la calle se detuvo sobre el andén para escuchar

bien al tramposo que proclamaba al millo como a la figura ganadora:

     "Mi intimidísimo millo es hombre de pelo en pecho de porte noble y arrecho.

Es para ti el estribillo, que con decencia formulo sin pena ni disimulo,
                        438                                           423


porque eres mi gran amigo con pelos en el ombligo y remolino en el culo”

_De manera Vitruvio que en todas partes se cuecen habas. _En todas partes, lo mismo

aquí que en Roma o en Cafarnaúm o en Lourdes —le respondió cuando se alejaba de

allí, mientras los gruesos voquibles del tramposo acuchillaban el ámbito gris, frío y

lluvioso de la calle:

“El conejo de su hermana tan chiquito y lo que gana porque anoche se lo
conocí cuando se subió a mi cama "

  Cuando desembocaron en la plaza una multitud casi incontenible compuesta de fieles,

devotos y peregrinos, esperaban impacientes a que terminara la cuarta misa dominical y

dando muestras de alguna tembleca inquietud, eludían, bajo el ala de sus sombreros

negros o grises, de sus ruanas grises o negras o de sus pañolones y rebozos negros y de

uno que otro paraguas, las góticas del cernidillo que les caían, de tal modo, que la

inmensa ala bajo la cual se protegían daba la sensación de que la plaza hubiera sido cu-

bierta por la carpa de un colosal circo que con su inmensa cobija endrina ocultaba el

rostro anónimo de los millares de mestizos que habían llegado hasta allí en busca de su
                    439                                               423

sanación, en procura de la salvación de sus almas o a pedir algún milagro. Entonces, a

medida que los peregrinos fueron saliendo por la boca negra del amplio portalón de la

iglesia se fue armando una especie de remolino centrífugo y negro que al girar sobre la

superficie de la plaza, pareció pugnar consigo mismo, por unos instantes, tratando de

avanzar sobre la explanada pero que, luego, impulsado por la fuerza rotatoria del

vórtice humano de rostros lústrales y benditos, al rotar sobre el eje central, hizo mover

tanto a los que luchaban por entrar al templo en busca del milagro o de la protección del
Divino Niño Jesús como a los que llenos de unción, benditos, y ya rebozantes de gloria,

trataban de salir. A lo lejos de la plaza se oía, cada vez más cercano, el ronroneo de un

tranvía cuyo estruendo fue creciendo no solo por el rodamiento de sus fierros viejos

sobre los ferrados fieles, sino por los gruñidos desesperados del motor eléctrico por los

campanazos de cobre fuertemente tañidos, y por el impetuoso y silbante aire de los

frenos, tal como si en medio de la tronitosa locura demandase el urgente despeje de la

vía. Sin embargo tan brutal alboroto resultó vano pues nadie conmovió ni a ninguno

movió de su sitio hasta el momento en que “El Bobo del Tranvía”, haciéndose presente,

a la manera de los grandes triunfadores, compareció para poner orden. Estaba
                    440                                               423
engalanado el soso como un general el día de la proclamación. Vestía sus más

apreciados y gloriosos atuendos y agitando los guantes blancos, avanzó severamente

sobre un taxista que con su vehículo había taponado la vía, e inflando los carrillos hizo

sonar amenazadoramente un silbato de latón. Estaba protegido de la inclemente llovizna

por la visera goteante de un quepis azul y con sus gestos y ademanes conminó al taxista

al despeje de la vía, ordenándole, seriamente, que la desocupara. Entonces cuando el

taxi partió dio la orden al motorista para que avanzara un poco. Vitruvio lo vio mucho
más grande que un general romano el día del triunfo o de su entrada en Roma y tan

grande como Nerón. Tenía las mejillas pintadas con un sospechoso carmín; vestía,

pantalones de paño verde; calzaba unas botas de montar relucientes y negras, y su

gloriosa casaca de paño azul y de corte militar estaba cargada de innúmeras,

magníficas, y supuestas preseas, títulos, grados, condecoraciones ignotas y por unos

emblemas indescifrables que, sin embargo se perdían modestamente ante la tempestad

apabullante de incruentos alamares. Las increíbles charreteras, otrora bordadas en

retorcidos hilos de oro, sobre fondo de seda granate se veían un tanto desflecadas y

como faltas de orden pero la venera, visible, armoniosa y compuesta, llevaba por
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insignia mayor una hermosa tapa de radiador niquelada con el apellido Ford metido

dentro de un óvalo esmaltado en azur que hacía esfuerzos inauditos para no pasar

desapercibido ante el enigmático F 500 que tanto sobresaltaba, gracias a las proezas del

prodigioso buril que allí las labró. Mostraba su anchísimo pecho de maratonista,

cruzado por una fornitura de cuero grisáceo, que luego de armar un por con sus conreas,

terminaba engaitado sobre un cinturón del mismo material que se aferraba a su cintura.

Mientras la escena sucedía ante la presencia de Vitruvio, uno de los tres hombres
uniformados que integraban la tripulación del tranvía obrero, ya había volteado los

espaldares de las bancas pues estos eran reversibles; el cobrador había desengarzado el

trole de la línea eléctrica y luego de haberlo hecho girar ciento ochenta grados lo había

vuelto a conectar poniendo la polea en que remataba la pértiga, en contacto con la línea

eléctrica mientras que el maquinista se aprestaba en la cabina de mando para partir. Los

pasajeros en el ínterin, como si se tratara de un verdadero asalto cometido por piratas,

luego de luchar entre sí se habían tomado una a una las bancas o se habían ido a

arracimar sobre los estribos laterales del tranvía mientras que el tripulante encargado

del control de pasajeros hacía sonar la campana del contador mecánico, halando de una
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correa de cuero que atada a una palanca, movía y hacía saltar, de tirón en tirón, el meca-

nismo que anotaba uno a uno el número de pasajeros que hasta el momento habían

subido a la plataforma o a los estribos y quienes ansiosos esperaban casi con angustia la

orden del “Bobo del Tranvía” que autorizara al operador para iniciar el nuevo recorrido.

Solo cuando el bobo vio totalmente repleto de pasajeros el vehículo, dejó ver su gesto y

aire de supuesto patrón, y bastante ceremonioso pero con parsimonia se hizo a un lado

de la vía y estirando sus brazos le dio al motorista la partida, y calentándose los
músculos como suelen hacerlo los atletas, antes de competir, empezó a correr detrás del

aparato no fuera que por algún desaliño, omisión, incompetencia o descuido suyos, algo

malo le pudiera suceder al pasaje, a la tripulación o al tranvía. Cuando el aparato Partió

en medio del estrépito producido por los fierros que rodaban sobre el brillante raíl y la

plaza se desocupó un Poco, Vitruvio se percató de que casi todos los peregrinos se

habían tenido que orinar a lo largo de la pared occidental de la plaza, convirtiéndola en

un gran mingitorio que corría impetuoso a manera de arroyuelo y que en parte se

empozaba vagando la atmósfera de urea y de olores amoniacales, e invitado por

Bienvenido, tapándose la nariz, salió tras de este para escapar de tan fuertes
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emanaciones. Caminando a la deriva yendo de tiento en tiento, una cuadra abajo de la

dieron con una plazuela, donde entre el estruendo de platos, cucharas, palanganas,

calderos y voces, funcionaban no menos de cincuenta ventorrillos de fritanga bajo

casetas de latón y de toldos que bien se veía no eran capaces de dar abasto ni de atender

a la numerosísima clientela que muerta de hambre y de sed, luchaba por matar a una y

otra comprando una presa de gallina, una dulce, una amarga o una morcilla. Fue en ese

exacto momento cuando Bienvenido, haciendo de cicerone le dijo:
_ Aquí si fue donde se juntaron el hambre con las ganas de comer, —y mostrándole los

arrumes de morcillas negras, los enrollados y trenzados lazos de chorizos rojos, las

pirámides amarillas de papas criollas, los montones de hígado sonrosado, las telas de

buche blanco, los arrumes de corazón purpurino, las pilas de bofe seco, las cuerdas de

tripas blancas y de chunchullo, el maduro frito dorado, y mil viandas más que,

colocadas sin orden ni concierto alguno, lanzadas sobre grandes bandejas de latón

invitaban con su recio olor a ser devoradas junto al espantado hervidero de moscas ne-

gras y revoloteantes que pese a ser permanentemente espantadas sobrevolaban de un

sitio a otro sin temor a morir bajo los abanicazos que caían sobre los calderos cargados
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de orejas de cerdo o de pezuñas que hasta allá alcanzaba su osadía. Cuatro inmensas

cabezas de cerdo totalmente lampiñas por haber sido recién afeitadas, con los ojos

cerrados, tal vez por el pánico de su degollamiento, hervían en una gran palangana de

cobre y borbotaban tratando de levantar la tapa de metal para asomarse, por última vez,

por entre los espumarajos blancos tal como si quisieran escapar ante la inminente

amenaza de ser deglutidas por el pueblo hambreado que en medio de su intransigente

gula pedía y quería a rodo más linduras de tripa y cagalera, de riñones y de criadillas,
de ubres blancas y libros mordientes, de amargas, de polas, de pitas, de chichas, y de

dulces que, Vitruvio hábilmente rechazó, diciéndole a Bienvenido que aún no tenía

hambre. _Pruebe al menos una morcillita, mire que morcilla cular a muchos le ofrecen

y pocos le dan, —le repitió frente al “Palacio del Colesterol”— que, así se llamaba el

humeante toldo, mas como Vitruvio rehusara hacerlo, empezó a decir en tono casi

declamatorio un elogio a la comida típica que comenzó así:

_Donde no hay sangre no hay morcillas y dígame si come o no porque gallo que no

canta algo tiene en la garganta, y cómase alguito que en el comer y el rascar todo es

empezar y dirigiendo los ojos hacia lo alto invocó: “Salve señora morcilla y señor don
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chorizo; salve mi suerte negra y salve hasta el manumiso, porque esta hambre que nos

mata sin sacamos la sangre puede ser más cruel que la hachuela de Galarza el del negro

compromiso” y como si fuera poco en tono amable le dijo:

_Yo sé mi querido Vitruvio, que no le gusta la fritanga bogotana por lo negra y porque

de seguro Ud. es de los que creen en el refrán de que “como come el mulo caga el culo”

pero ese es quizás el único aforismo falso.

_No, no es por eso —le respondió— sino porque, acuérdese que ayer lo invité a que
almorzaramos hoy en el Hotel Granada. Al salir del lugar, ya en la calle, Vitruvio se

detuvo y al sentirse atraído por los gritos cantados que salían de una tienda contigua,

entró en ella. Una treintena de parroquianos anotaban con granos de maíz sobre unos

cuadros grasientos los números que iba cantando, a medida que los iba insaculando de

un bolso de percal, un socarrón y gracioso cantor de fichas de lotería. Entonces

Vitruvio que no entendía de qué se trataba le pidió a Bienvenido alguna explicación y

este que era un lince para todo, comenzó a dársela diciéndole : —"Mire lo que sucede

es que el voceador no canta los números nombrándolos tal y como son sino por sus

apodos o por sus interpretaciones folclóricas”,— y para que Vitruvio lo entendiera
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cabalmente, a medida que el cantante fue diciendo las frases, dichos, o cachos atinentes

al número Insaculado, se los fue traduciendo: De suerte que cuando el juego se reanudó

y el cantor dijo:

Los dos paticos, Bienvenido le dijo el 22; La edad de Cristo, era pues el 33; Dosías la

mujer de Pilato era el dos; El medio siglo era el cincuenta; Para arriba para abajo yuca

y dame perro y gato y hombre con mujer, era el 69; Carrancancán, era el cuarenta y

cuatro; la docena del fraile, era el 13; el noventa y seis al revés era el 69; el seisán
cutipán y mucura, era el seis; Mis canillas, era el 11; el catuerce la puerca el rabo era el

14; el sesentaron a llorar su triste suerte era el 60; el hacha era el 7; la niña bonita era el

15; el bizcocho era el 8; el rebizcocho el 88; Novedades trajo el correo era el 9; la

reglita de María o el vampiro chupador era el 31; chóquelos o sin cola mueren los sapos

era el cinco y así sucesivamente hasta el momento en que uno de los apostadores gritó:

¡Lotería! Pasos adelante, sobre el marco de la encharcada plaza, un grupo de

pordioseros andrajosos sentados sobre unos costales llenos de harapos, imploraban por

[Dios Santo! una limosnita siguiendo con la mano y sus gestos casi moribundos a los

posibles limosneros para que estos, conmovidos por tan grave y triste situación, de
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paso, lanzaran una que otra moneda en los bacines de latón que agitaban, pero muy

pocos sones metálicos se oyeron en ellos porque la gente era poco dadivosa. Solo uno

de ellos impresionó a Vitruvio pues en cambio de agitar un bacín para que sonaran las

escasas monedas hizo resonar unas extrañas tablillas de San Lázaro con tal estrépito y

destreza que Vitruvio atraído por el ruido, luego de observar detenidamente las tres

tablillas, le dio un billete de a peso. El pordiosero de las tablillas estaba como los

demás, sentado sobre un costal y dejaba ver a los estupefactos peregrinos una especie
de eventración hinchada, tumefacta y casi desbordada, del tamaño de una patilla de

color morado, pero casi traslúcida, y al parecer repleta de un materia líquida y cárdena

que parecía palpitar postreramente como si de un momento a otro se fuera a reventar

por el pitón del ombligo que, infecto y solferino, rodeado por una areola verde como la

pus, inflaba bajo la luz de un rubí su punto crítico, listo a estallar. Pasos adelante un

hombre desgreñado, sucio y sin afeitar exhibía a la luz pública sobre su pierna una

colosal llaga regocijada de purulencias y de moscas pero cuando Vitruvio quiso darle

algún dinero, Bienvenido que sabía mucho más cosas del mundo real por haberlas

vivido que por las lecturas un sabio, como un gran entrometido lo detuvo diciéndole al
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oído:

_No le dé nada es un explotador, un artista que deja ver su llaga para que las moscas se

deleiten a su libre albedrío comiendo sobre el pedazo de hígado que hábilmente se

colocó sobre su pierna, y no me vaya a salir con el cuento de que lo mismo es en Roma

que aquí porque no se lo voy a creer.

_Lo mismo que en Roma, Bienvenido, en donde los pordioseros visten unos trajes o

disfraces según su edad, su porte, sus gestos, sus palabras, y ensayan y entonan sus vo-
ces para luego si recitar sus parlamentos lastimeros como si fueran grandes actores.

¿Entonces Vitruvio, qué es lo que resulta diferente al comparar a Roma con Bogotá; al

cotejar esta plaza con la de Bemini y al carear la Basílica de San Pedro con esta iglesia

del Veinte de Julio? ¿Son lo mismo?

_E1 tamaño de las cosas y nada más.

__ ¿Cómo así?

_Verás, Bienvenido, que Roma es veinte veces más grande que Bogotá; que esta placita

cabe más de cincuenta veces en la de Bemini; que este diminuto santuario puede estar

con todo y torres más de ochenta veces en la basílica de San Pedro; que la gente que
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aquí viene durante un mes es inferior en número a la que en dos o tres días van a la

plaza de Bemini; que la basílica romana está edificada sobre la tumba de San Pedro el

apóstol, y esta iglesita sobre unos antiguos chircales como lo habéis dicho; que la

basílica se construyó en el siglo cuarto y esta parroquia hará cosa de treinta años. Eso

es todo remató.

-¿Pero no me irá a salir ahora con el cuentico ese de que en Roma también le jalan al

jueguito ese de la bolita tal como lo oímos y lo vimos hace apenas unos cuantos pasos?
-También le jalan al jueguito de la bolita, solo que allá el estafador que maneja las tres

tapitas no les pregunta a los incautos, que ¿dónde está la bolita?, al momento de

permitir que su compinche la devele ante sus víctimas sino que les dice : “¿in che luogo

si trova la cacata dell elefante?” _¿Cómo dices Vitruvio, que no te entiendo?

.Exactamente lo mismo que le preguntaron los trapaceros a las víctimas, aquí atrás,

hace unos instantes: ¿qué en dónde está la cagada del elefante?

_¡Que mundo tan pelotudo! —Pensó Bienvenido al momento de entrar en la tibia y

lóbrega nave central y zigzagueando por entre los fieles, avanzó al frente, abriéndole

paso a Vitruvio. Los peregrinos llenos de santísima unción ponían sus ojos en el altar y
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los clavaban sobre la imagen del Divino Niño Jesús; ora contra la chisporroteante

llamarada de veladoras, cirios, y lámparas votivas que, diamantando el ambiente

oloroso a esperma y sebo derretidos, con sus ardorosas lumbres mataban las sombras;

bien frente a la escena alba, púrpura, abigarrada de amitos, casullas, sotanas, capas,

bonetes, esclavinas, trábeas barrocas y clámides refulgentes que al moverse sobre el

proscenio del presbiterio con singular destreza y precisión parecían superar con su in-

dumentaria y con la fe de sus gestos el escaso ritmo y la falta de acción de un alto
prebendado con pectoral de Cristo de oro y anillo, puesto que los mostraba, y quien sin

emoción alguna, a manera de simple testigo, espichado bajo la púrpura, apenas

despegaba los labios secos para elevar al cielo una muda oración mientras que las altas

preces y las oraciones trémulas de los tres padres revestidos, dejando ver y oír la

maravilla de sus genuflexas y entonadas invocaciones, y haciendo la maravilla de sus

misteriosas jaculatorias, parecían anunciar que el virtual milagro estaba presente allí, en

medio de los romeros, y que solo faltaba su inminente manifestación para redimir a

quienes padecían el mal, el dolor, la sed, el hambre, la injusticia, el eterno sufrimiento o

mostraban los signos de la inminente peste, pero más que todo, el horrible calvario de
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una espantosa pobreza. Vitruvio exploró la imagen seráfica del Divino Niño Jesús que

flotaba y volaba libremente sobre una nubecita blanca, pisando descalzo con sus castos

pies por encima de un promisorio “Yo Remaré” y al curiosearlo se percató de su rara e

inigualable belleza. La Imagen correspondía a la de un niño verdadero, cercano a la

infancia, es decir, a la de un menor de siete años. Vestía una túnica rosada de mangas

cortas que dejaban ver sus antebrazos levantados a la altura de la cabeza; tenía las

palmas de sus manos expuestas hacia el frente, como si quisiera decir a los fieles, que
su intercesión era un juego de caballeros, un juego limpio y cierto y sin trampas,

mediante el cual el pecado y el mal que agobiaba a lo fieles cesaría. El rostro más que

hermoso era ovalado y lucía unos ojos hermosamente azules; la frente era alta, y

embarazada tan solo por un mechón de pelo rubio; las mejillas sonrosadas, y el pelo

abundante, rubio y ensortijado, todo lo cual permitía ver tras su magnífica testa una

corona de oro dentada y rutilante con cuatro radios dorados, aparentando en todo su

conjunto que él era la más clara invitación para que hasta el más sordo y el más

blasfemo, oyeran la muda oración que casi todos los fieles leían o simulaban leer en el

dorso de su estampita, la cual mirándolos a los ojos de sus almas los sumergía en el
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suave deliquio a medida que alguien iba leyendo sus palabras:

“Niño amable de mi vida, consuelo de los cristianos, la gracia que necesito pongo en

tus benditas manos”.

  Padre Nuestro. . . era la oración general que sin ser dicha resonaba por todas partes

como si estuviera esculpida sobre los labios quietos de la multitud ensimismada.

  Entonces Vitruvio, recordó entre gallos y media noche, la imagen bendita del Santo
Niño de Atocha, “gloriosa advocación revelada por Dios” y al recordarlo sentado en su

silla, ricamente vestido, bien calzado, con su áureo cayado en la roano izquierda y un

cesto en la mano derecha, con falda azul hasta los pies vestido, de capa pesada de pana

roja, con el cuello blanco, rostriovalado, el pelo enrulado y rubio, y el sombrero

burgués, lo recordó con más edad que la de un adulto y mientras lo comparaba con el

Divino Niño Jesús le pareció oír por todas las naves la continuación de la Novena de la

Confianza al Divino Niño:

"Tú que sabes mis pesares Pues todos se los confío Da la paz a los

turbados Y alivio al corazón mío ”
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  Dios te salve María. . . parecían gritar las baldosas del templo en medio del silencio

cuando la memoria le presentó como si se tratara de su fotografía, la imagen del Niño

Jesús de Praga, “Señor y Dios mío, que habéis querido haceros Niño por amor... y lo

vio más imperial que todos los niños hasta entonces santificados. Vestía el de Praga un

sayón blanco cuajado en bordados; llevaba un manto rojo recamado en filigranas y un

regio collar con cruz de oro que parecía respirar al ritmo de su abdomen; tenía los
  brazos ocultos, pero las manos si estaban a la vista, la derecha un tanto más avanzada,

  mientras que la izquierda sostenía un mundo coronado por una cruz; de rostro en óvalo,

  con la tez blanca y hermosa, hacía resaltar sus ojos azules, y sin mentira alguna

  aparecía coronado con una tiara falsa que al mirarla en detalle más parecía de juguete

  que de santo compromiso. Una aureola refulgía en tomo a su cabeza y al verlo de esa

  manera, pensó que no era un niño confiable ni auténtico sino más bien como la vera

  imagen de un púber mentirosito. Fue en ese momento cuando sorpresivamente volvió a

  oír las voces que casi calladas decían:

“Y aunque tu amor no merezco No recurriré a tí en vano Pues eres hijo de
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 Dios y auxilio de los cristianos”.

 Gloria al Padre y. . . y el coro de voces despertaron la iglesia, mientras los oficiantes y

  acólitos aceleraban la celebración del Santo Oficio y Vitruvio se convencía de que la fe

  cegaba no solo los ojos de la razón con la promesa ilógica de la llegada de un algo que

  por improbable que fuera, sin embargo, podía suceder más tarde, lo cual estimó más

  que justo, en razón a que los creyentes que allí estaban reunidos no eran unos filósofos

  a la búsqueda de una posibilidad, sino unos seres sin mayor educación, cuya excesiva
pobreza no les había brindado otra oportunidad que, la de confiar en su tris o en su

montaña de fe ya que ese grano o esa montaña de esperanza constituía su única riqueza.

Al salir del templo lo hicieron con calma y para mayor comodidad caminaron tras una

señora de edad avanzada, que fuera de verse un tanto renca y maltrecha, después de

haber echado rodilla en tierra, iba haciendo una especie de viacrucis, yendo de columna

en columna y que a medida que iba avanzando iba diciendo en alto de modo que la

oyeran:

“Acuérdate oh Niño Santo Que jamás se oyó decir Que alguno te haya implorado Sin tu

auxilio recibir Por eso con fe y confianza Humilde y arrepentido Lleno de amor y
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esperanza Este favor yo te pido”.

Entonces Vitruvio la vio pedir en secreto su manda por siete veces y ya al salir sobre el

pequeño altozano la oyó repetir siete veces:

“DIVINO NIÑO JESUS BENDECIDNOS”

   Unas hermanitas de la caridad envueltas en las vestiduras blancas que hacían el ajuar

de sus hábitos con el rostro cubierto por sus cometas parecían picotear las palabras
como si fueran palomas hambreadas que estuvieran comiendo maíz sobre la cobija

negra de la plaza mientras que unas golondrinas devoraban al vuelo los insectos

condenados a morir, y dichosas y gordas lanzaban al aire los detritus blanquecinos de

mierda aérea sobre los pañolones, los sombreros y los rebozos negros de la cobija

negra que aún aposentada seguía allí, arremolinada y en silencio, a la espera de una

felicidad que por imposible se veía más que remota. La plaza continuaba como antes,

repleta de gente, y dos tranvías listos a partir pregonaban la inminencia de su salida.

Vitruvio y Bienvenido se acomodaron como bien pudieron en la segunda Nemesia y

encaramados sobre los férreos ruidos partieron hacia el centro de la ciudad. Por el
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camino Bienvenido ilustró a Vitruvio sobre cuanto sabía acerca de los tranvías y ante la

preocupación que este mostró por la suerte de los pasajeros que viajaban acosados en

las bancas y arracimados sobre los estribos laterales le anotó:

_Estas Nemesias que así era como las llamaban, en un principio sustituyeron a los

tranvías de tracción animal y fueron traídas en la época del alcalde Nemesió Camacho,

por eso la gente para recordarlo las llamó “Nemesias”. Nuestro más grande alcalde,

Jorge Eliécer Gaitán, quiso evitar el exceso de pasajeros dentro del espacio señalado
para las bancas y el peligro de viajar sobre los estribos y ordenó colocar dos listones de

madera pintados de rojo y movibles de modo que cuando la gente los fuera a abordar lo

hiciera siempre por la derecha y para que cuando las bancas estuvieran llenas limitaran

el acceso de pasajeros pero de nada sirvieron, porque la gente sin comprender el peligro

siguió encaramándose por cualquier parte y arracimándose sobre los estribos laterales,

colgándose como fuera . Para burlarse del señor Alcalde, con ese humor gris de los

bogotanos comenzaron a llamar los tales listones como “reglas de Amparo”, porque ese

era el nombre de la esposa de nuestro caudillo. Vitruvio sonrió un momento y cuando

iban llegando al batallón de Artillería, Bienvenido se quedó mirándolo fijamente en los
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ojos y le dijo:

_Este es un sistema eléctrico de transporte socializado, a la bogotana con el nombre de

tranvía obrero.

_Por el municipio de Bogotá me imagino:

_No, Vitruvio. Por el pueblo de Bogotá, por los bogotanos. _No lo puedo creer

Bienvenido-, le respondió.

.Socializado a la colombiana. Dése cuenta mi estimado amigo que el que quiere pagar
paga los cinco centavos que vale el pasaje y que el que no los quiere pagar no los paga.

Mire al cobrador cómo va saltando cual mico de barrote en barrote, le va poniendo una

mano sobre el hombro a cada pasajero, y al cobrarle le dice: “El Señor*’ a quien estima

que no le ha pagado, y como éste, tranquilamente le responde: “Ya le di” sin que el no

pago afecte el genio ni las relaciones entre el cobrador y los pasajeros que no tienen o

no quieren pagar porque de buen o mal grado han aceptado la socialización.

_Poco le entiendo la tal socialización.

_Es muy sencilla. Observe que el empleado del control cuando suben diez pasajeros tan

solo marca seis; cuando suben cinco, marca tres, y que cuando sube uno no anota
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ninguno, única forma de poder hacer que la función social de la propiedad cumpla con

su cometido. Por esta razón es que el cobrador no discute con quien no le ha pagado y

porque por ese método, al final de cada recorrido, el cobrador les reparte tanto al

motorista como al control, las monedas o los pesos que exceden por su valor el número

de pasajeros no registrados por los campanazos del control.

_Pues podrán ser ladrones pero nunca socialistas, —le dijo Vitruvio— al descender del

vehículo en la plaza de Bolívar, puesto que quería desentumirse un poco caminando
hasta el hotel Nueva Granada en donde tenía invitado a almorzar a Bienvenido. Por el

camino Bienvenido se detuvo frente a la iglesia de San Francisco en donde un tranvía

cerrado, pintado de rojo, y con el capacete rubio esperaba el momento de partir y al

verlo allí dijo: Vitruvio estas son las llamadas “Lorencitas” el pueblo bogotano en parte

los llama como tranvías cerrados pero la mayoría las llama “Lorencitas” en honor de la

señora del presidente Eduardo Santos, doña Lorenza, quien como tal, a más de liberal o

roja, tiene el pelo más blanco que la nieve. Por ella les dicen Lorencitas. Claro que

como los bogotamos somos guasones o irónicos cuando van a burlarse del presidente

Santos llegan y le preguntan a su contertulio que si sabe cuál es el colmo del Presidente
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y cuando este le responde que no, que no lo sabe, le dice: dejar que monten a Lorencita

por míseros diez centavos. A la hora del almuerzo Vitruvio le comentó a Bienvenido la

fascinación que el sentía cuando viajaba en tren a Nemocón, a Zipaquirá, a Tunja o al

Salto pero que se había visto forzado a abandonar esa práctica ya que durante los

últimos cinco viajes los trenes se habían descarrilado o varado.

_Lo que pasa con esa empresa es que ya ni puede ni tiene cómo funcionar. Las

locomotoras están requeteviejas, las líneas férreas sin conservación alguna ni polines
buenos, la burocracia es excesiva y la nómina tan alta que no hay como sostenerla.

_Puede ser por lo último Bienvenido, porque hasta este momento ninguna burocracia,

por numerosa que sea y que se sepa ha logrado con su fuerza o con su voluntad mover

un tren un milímetro.

_Es cierto, dijo Bienvenido, poniéndose de pie al ver el cortejo compacto de señorones

que vestidos de gris o de negro salieron al encuentro del doctor Gabriel Turbay

Avinader, el candidato de “La Candelaria” a la presidencia de la república quien en

compañía de algunos amigos se dirigía al Jockey Club, para almorzar en su grata

compañía.
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CAPITULO XXVIII

Ei profesor Luis López de Mesa que tenía el privilegio de vivir las utopías mesteñas

como si fueran propias y el don de existir entre sus quimeras como si estas fuesen

verdaderas, desde el momento mismo en que asumió las funciones de Rector de la

Universidad Nacional, quiso dar pábulo y paso a su ambiciosa desmesura, y para poder

soñar con la mesmedad de su locura, de un solo golpe puso punto final y canceló en

seco todas sus anteriores actividades privadas. Entonces, acuciado por su afán
pedagógico, llegó incluso a suprimir el ostugo de tiempo que, a su juicio y pesar, había

dilapidado “in illo tempore” al concurrir a las reuniones en casa de Vitruvio, y

avariento hasta de sus minutos se dedicó a forjar con alma, vida y corazón el personal

requerido no solo para el desempeño de las funciones estatales sino de aquel que, a su

juicio necesitaba la nación para el avance de la ciencia, así como el que él consideraba

indispensable para el desarrollo de la investigación. Había sido ministro de educación

de López Pumarejo en el año de 1.935 y desde allí había impulsado la educación

universitaria, sin que la democratización de la enseñanza ni la crítica social iniciada e

impulsada por Gerardo Molina en la universidad nacional le interesaran gran cosa, y fue
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tal su dedicación y el riguroso hermetismo que dio a su nueva función que solo un día

llamó por teléfono a Vitruvio, pero no como solía hacerlo antes sino para excusarse, de

una vez y por todas, de asistir en lo sucesivo a las reuniones de los viernes. La plática

además de corta resultó hueca no solo por el tono doctoral empleado en ella sino por su

frialdad. En realidad lo único que en tal ocasión le relevó a su amigo fue su nuevo afán,

pues según su pensamiento iba a forjar en la Universidad “El equipo de hombres que

pudiera llevar a Colombia a la formación de un estado mayor cultural”.
¿Cómo dice profesor, que no lo escuché muy bien? —Le pudo preguntar Vitruvio,—

sin dejar traslucir una sola pizca de escepticismo.

_Como se lo dije pero con mayúsculas, Vitruvio: a la formación de “Un Estado Mayor

Cultural”.

¿_Y cómo lo haría? —lo contrainterrogó, al sesgo y casi que arrebatándole la palabra.

_¡Muy fácil Vitruvio! Los genios se rastrearían por los rectores de los colegios de

bachillerato en sus semilleros naturales y una vez hecha la selección, la Universidad les

costearía su formación por lo menos durante diez años. Al final de esos estudios se les

conferiría un grado especial, digamos A., que los acreditaría como profesionales
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culturales en las distintas ramas del saber. El grado B., sería para aquellos que hubieran

terminado alguna carrera profesional ordinaria.

_¿Pero qué se obtendría con ese cambio, es decir, con la especialización? —fue el

interrogante final que le pudo formular.

_Pues fuera de una gran formación, lograríamos mantener lo que Colombia siempre ha

sido: “una potencia moral que, con los años no solo nos convertiría en la reciedumbre

espiritual del continente americano sino en la nervatura científica de América y en su
avanzada cultural”. Hasta ahí había llegado la conversación. Pero si por una parte, esa

amistad se había enfriado bastante, por la otra, su camaradería con Bienvenido se había

incrementado mucho más y a tal modo que el hijo de este había pasado a ser el

administrador de la “Marmolería La Romana” y aquel en su simpático relacionista,

pues fuera de acompañarlo a todas partes, lo había llevado en varias ocasiones a lo que

él llamaba “los altares y mecas de la intelectualidad bogotana”: a los cafés, esa especie

de invención prodigiosa hija del ocio de los pobres y de la revolución francesa que, aún

permitía que las más altas cabezas pasaran del oscuro anonimato a la más clara exal-

tación política, literaria, oratoria, filosófica y social, o que en medio de su indiferencia
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rodaran entre cestas las hasta ese momento incólumes testas de los privilegiados; ese

lugar siempre lleno de voces, de risas y de humo, de calor y de ideas, de ingeniosas

ironías, y de graves maldiciones en donde toda inquietud encontraba su albergue y en

donde era posible, jugueteando al inasible futuro, aportar en paro el mayor capital de

todo hombre, es decir su presente, sin que ninguno lamentara el malbarato y la

botaratada ni llorara su derroche, y en donde, tras de una que otra libación o de un

sorbo de café, los cerebros, desembarazados de sus miedos, dejaban escapar sus sueños
y nostalgias en santa comunión de fratres sin llegar a sentir un solo temor ni ante el

ayer, ni ante el hoy ni ante el mañana, mucho menos ante la avasalladora desesperanza.

La fría y lluviosa Bogotá era en proporción a su población, de apenas cuatrocientos mil

habitantes, la ciudad del mundo con el mayor número de metros cuadrados de su área

urbana dedicados al funcionamiento de los cafés y las ex-modistillas que los atendían,

las “coperas”, su más atractivo elenco y promoción. Era tan notorio y manifiesto el

auge del café que, solo en una chica manzana del centro de la ciudad, con una área un

poco menor de una fanegada funcionaban, entre otros, los cafés: El Molino, El Gato, El

Colombia, El Asturias, El Adanson, El Alster, El Bacardí, El Pasaje, La Romana, El
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Martiñón, El Victoria, El Sótano, El Estrella, La Cabaña, El Silver Moon, El Night

Moon, El Estella, y El Paéz, y en una secuencia casi cinematográfica que rodaba la

filmación por las calles y carreras adyacentes a estos, estaban : El Centro Social, El

París, El Windsor, El Luis XV, El Niza, El Europa, El Suizo, El Santo Domingo, El

Plaza, El Félix Erre, El Partenón, El Palacio y cien más. Pero era claro que la crema del

creer cultural solo se reunía en El Café Automático lugar hasta donde por una especie

de pacto secreto llegaban los lapidados poetas de piedra y cielo; los dramaturgos sin
teatro Pero con drama vital; los actores de la más increíble ficción; los historiadores del

tiempo de los relojes de arena y juicio venal; los novelistas de vanidades casi todos

ellos aún en obra negra, es decir, en pañetes, sin idea, sin papel, y sin tinta ni editor; los

fachosos periodistas negados de noticias y sin una sola información; los políticos de

malabares circenses y torrentes de palabras; los pintores de frases tan viejas que ya

estaban desteñidas; los escultores de moles de ideas; los músicos sin instrumento ni

partitura cargados de dólares que soñaban con poder tocar un bambuco calentano en un

clavicímbalo nuevecito; los inauditos e ininteligibles autores de desarmonías

matrimoniales y muchos seres más que, en su inmensa complejidad, llegaban hasta allí
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para conversar o debatir sus ideas sobre arte, la vida cultural citadina, las lecturas o

sobre la situación política del momento. Allí, conoció Vitruvio y estrechó la mano a los

treinta o cuarenta genios que hacían parte de la crema intelectual, quienes a más de

padecer la incomprensión popular sufrían el rechazo social de su misma nata, por el

hecho de haber dedicado sus vidas a aguantar hambres y necesidades, únicamente para

legar el testimonio de una actividad que nadie había aceptado ni aprobado; para vivir

una pequeña bohemia entre pobres, bajo el sorbo espumoso de un sifón, una cerveza,
una taza de café negro o de un lechoso y bien aromatizado “capuchino”. Allí por boca

de muchos Vitruvio conoció la historia que ya había sido hecha, la que se estaba

haciendo, y la que aún estaba por hacer y le fue tomando tanto cariño a ese lugar que ya

no hubo viernes en que allí no estuviera, acompañado siempre por Bienvenido quien era

su gentil introductor. Habló con casi todos, con Alipio Jaramillo, Jorge Zalamea, León

de Greiff, Luis Carlos Pérez, Agustín Nieto Caballero, Carlos Castro Saavedra. Luis

Vidales, Hernando Téllez, José Mar, Moisés Prieto y hasta con el caudillo del pueblo

Jorge Eliécer Gaitán. Por todos ellos sintió una especial admiración, pero mucho más

por el genio poético de León de Greiff en uno de cuyos versos encontró la fibra
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gongorista y conceptual hecha canción, la cual, por el aislamiento del profesor López,

le hacía falta a su coleto, y además, porque el poeta de tantos mamotretos un viernes le

obsequió de su propio puño y letra una poesía que había compuesto desde el año de

1.920, que Vitruvio guardó como un tesoro entre un álbum de tapas doradas por

considerarla como la gota más diamantina del género y que a la fidelidad de la letra

decía:

¡Oh tropical ferrocarril, fruto del mal ingenieril! A mi senil gusto
ancestral, (o juvenil posé trivial) aporta tedio y atroz neurosis tu

maquinaria! Un buen remedio! La ferroviaria desear rilosis!

  Versos que le hicieron recordar, incluso las sucias huellas del tizne en el cuello de su

camisa blanca, los ruidos, el traqueteo, el bamboleo, los pitazos y las varadas de los

trenes que de tanto desbaratarse en su presencia le hicieron poner fin a sus paseos en el

ferrocarril de la sabana. Entonces la asistencia del día viernes al café se le fue

convirtiendo al igual que sus visitas diarias al cementerio, para hablar con Lucia, en un

ritual más que obligatorio, y en misión fija para Bienvenido, quien no demoró en

presentarle, paso a paso y uno tras otro, a los integrantes de la exótica clientela que
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bacía aquel variado pero escaso círculo de la fauna culta de la ciudad. Claro que allí,

según Bienvenido, ni estaban encamados todos los géneros culturales con sus

características propias ni las razas doctas pero sí lo que el llamaba, la grey, sea, la grata

cofradía dentro de la cual había necesidad de descubrir las más valiosas

individualidades Las paredes llenas de caricaturas hechas a trazos de tinta china por el

caricaturista Chápete, pese a ridiculizar las facciones de los intelectuales, habían sido

desde el mismo momento de su inauguración, ocasión para festejantes de tiempos
bohemios, y esas exaltaciones murales le habían hecho creer y hasta inflar el pecho a

uno que otro inepto, quien, convencido de su inmortalidad guardaba celosamente en un

laberíntico desván y en gran secreto los escritos de sus grandiosas obras, los cuales,

precisamente por esa ocultación negaban los trazos caricaturescos, erigiéndose en la

más segura consagración del anonimato, puesto que al no exponerlas ni aventurarlas al

conocimiento público, si era que en realidad existían; al escapar de la fe y del juicio

públicos, únicos jueces capaces de discernir en una sola instancia las sabias preseas de

su recatado juicio, se hundían en el ignoto secreto, burlonas y críticas, como si no

merecieran ser vistas o indignas de imitar. En el café, Vitruvio pudo comprobar
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ampliamente sus juicios y dictámenes sobre Colombia, oyendo en medio del barullo, a

aquellos que se dejaban oír, y otras, discutiendo sus ideas y sus opiniones con las de los

estudiosos de los hechos, las vidas y juicios, acerca de las obras artísticas, culturales,

científicas e incluso de las ideas políticas de los aspirantes al poder. Allí también

escrutó y estudió la vida y la obra de muchos valores humanos que, por diversas causas,

no participaron ni hicieron vida de café como sucedió y lo comprobó con la vida y obra

del ensayista y critico don Baldomero Sanín Cano, un aventajadísimo y estudioso
preceptista literario que, a manera de zar cultural dictaminaba con aspavientos de frío

ucase sobre la literatura universal, ocupándose mucho menos de la propia, y quien

como buen trotamundos de chancillerías, hablaba en italiano; leía y escribía en

portugués; conversaba en francés; pensaba en alemán; había olvidado su antioqueño

vernáculo que, era su verdadera lengua, y se releía en español, bien, para limar sus en-

sayos críticos, ora para dirigir el suplemento literario del periódico, El Tiempo, cátedra

inapelable, desde donde consagraba los pocos genios que por obra de sus juicios hasta

ayer habían sido y que hoy no son porque nunca fueron. Tampoco hizo vida de café

Gilberto Vieira, el hermético secretario perpetuo del partido comunista colombiano,
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quien se cuidaba de no ir allí para no ser irrespetado por alguno de los borrachitos que

apenas se habían tomado una que otra copa de aguardiente ya se sentían dueños del

mundo, cantantes de verdades pontificias o se transmutaban primero en altos oráculos y

luego en malas sibilas de alguna respetable pestilencia moral o intelectual.

  Tampoco concurrieron al Automático ni el jurisconsulto Jorge Soto del Corral, ni el

eminente magistrado Darío Echandía ni otros muchos más, que de las letras habían po-

dido, saltar a la política o a la diplomacia, pese a no ser consumados saltimbanquis,
tales como el señor Alberto Lleras y Carlos Lozano, quienes para darle un poco de

lucimiento a la opacidad cultural de algunos presidentes les prepararon sus escritos, les

encausaron sus ideas, les retocaron sus opiniones y les prepararon sus discursos cuando

no fueron llamados directamente por el gobierno para abanderarlos de alguna enmienda

constitucional. Ellos, los más puros intelectuales, como Abelardo Forero Benavides,

una vez fueron llamados al ejercicio de ese brutal encargo jamás volvieron a marchar a

contrapelo de la corriente de ideas reinantes sino que encaramados sobre el lomo de

ellas se sometieron inexorablemente a la voluntad de quienes sin poder pensar

lúcidamente los mantenían en sus gabinetes, del mismo modo que protegían en sus
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estuches las botonaduras áureas de sus pecheras ceremoniales, como si fuesen

artilugios dorados, cuando no cómplices mancuernas de un imperio hecho a base de

falsificaciones democráticas y morales, en donde mimados y protegidos, después de

perder el pudor y de renunciar a sus escrúpulos, aprendían a cantar como juglares

entrometidos, gordos y ebrios, las alabanzas a las beatíficas dentelladas de las fieras

acuarteladas, de modo : que, nadie pudiera ver ni juzgar las manchas de sangre de los

crímenes políticos del estado ni oír los alaridos de un pueblo crucificado y miserable
sino la dulce clave de las lipas y cantos neronianos, sus magníficos y ciceronianos

discursos, y los sabios parágrafos de sus inviolables leyes y constituciones. Un viernes

cualquiera, luego de haber cumplido con su inalterable presencia matinal, ante la tumba

de Luda, cuando Vitruvio regresaba del cementerio, decidió entrar en la marmolería

para conversar con el hijo de Bienvenido, y a los pocos minutos de estar allí vio entrar

al padre de este quien en compañía de un hombre desmirriado, al parecer uno de esos

seres desamparados por Dios y por la fortuna el cual, humillado, abajaba el rostro y la

mirada gachos, y a quien Bienvenido le había prometido darle la mano ante su amigo

Vitruvio, para ver que este le concediera un favor que estimaba muy importante para él.
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Se trataba de un antiquísimo estudiante fracasado en leyes, rémora mayor de muchos

incisos, al cual, quienes lo conocían llamaban como “el doctor Jaramillo” y quien por

ser, sablista cum laudem, es decir, estudiado, aprobado y realabado, jamás dejó que

ninguna de sus víctimas escapara a sus inventivas, pues disparando, inicialmente, muy

alto y con cuento largo, a la primera negativa de su marrado blanco, automáticamente,

no solo bajaba el monto del sablazo sino que mermándole al afán y al requerimiento

del problema, lo reducía con astucia a tal término y ciencia económica que al final del
postrer lancetazo terminaba consolándose con alguna monedita ya para tomar el tranvía

o bien para llamar por teléfono, pues que esta era la última tarifa de su otrora

gigantesca y ahora enana y muriente aspiración. Bienvenido se lo presentó ese día a

Vitruvio, diciéndole quién era por su nombre y cuál su afán por conocerlo, luego de lo

cual, el doctor Jaramillo yendo al grano, dirigiéndose a Vitruvio tranquilamente le

escopeteó.

_No sé cuándo ni cómo ni dónde voy a morir, pero como sí sé por ser mortal que algún

día moriré, ya que de tan seguro mal nadie se ha podido salvar, vengo a pedirle un

monumental favor: una ayuda magistral que ahora, a la mano de Dios le pido con toda
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la humildad de mi corazón y es que me obsequie una de sus famosas lápidas para poder

escribir ná epitafio —le dijo, arrodillado y conmovido, con las manos ensortijadas de

angustia, pues, como todo hábil parchista, ante la inminente decisión, no quería irse con

las manos vacías y luego extrayendo del bolsillo un papel comedidamente se lo entregó,

—agregando—, yo sé que en ese bus mortal algún día nos embarcaremos todos los

humanos pero necesito que mañana cuando alguien lea mi epitafio, sepa lo que a mí,

con mi vida me pasó. Entonces Vitruvio recorrió sus ojos sobre el papel en donde leyó:
Epitafio de. . . El paisa Jaramillo:

“Entierro un grano de trigo

Y       el grano produce granos.

Entierro un hombre y el hombre Solo produce gusanos”

    Entonces lo releyó varias veces y entregándole el texto al hijo de Bienvenido le

ordenó que le hiciera la lápida gratuitamente y que tan pronto como estuviera se la

entregar^ al doctor Jaramillo, y en ese instante, mirándolo a los ojos y dejando traslucir

cierta ironía le dijo:

_ ¿Me imagino que no tendrá Ud., mi doctor Jaramillo ninguna urgencia?
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-No señor, ninguna —le respondió—, porque aún cuando en esta vida me ha ido mal,

seguramente por allá, si es cierto que hay otra, podría irme peor, caso en el cual lo más

prudente es tener un poco de paciencia. Este hecho al parecer trivial hizo que Vitruvio

tomara a partir de esa noche sobre El texto de epitafios en donde sin más demora copió

la inscripción epitafial del gorrón, y luego que lo hizo, releyó sobre la misma página un

epitafio que le llamó la atención ya que en la penúltima anotación que allí había, antes
que rememorar o referirse a algún perecimiento triste y luctuoso se Sedeaba con algo

siempre dichoso como era la feliz asunción del poder en la ínsula de Barataría por parte

de Sancho Panza y al estimarlo así, de esa manera, se maravilló leyendo y releyendo:

“En tanto el mayordomo decía esto a Sancho estaba él mirando unas grandes y muchas

letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas, y como él no sabia leer

preguntó que qué eran aquellas pinturas que en            aquella pared estaban. Fuele

respondido: señor, allí está escrito y notado el día en que V. S. tomó posesión de esta

ínsula y dice el epitafio: hoy día a tantos de tal mes y de tal año tomó posesión de esta

ínsula el señor D. Sancho Panza, que muchos años la goce” Y así como terminó la
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relectura se deslumbró de que tanta Barataría estuviese regada por el mundo gracias a

que los letrados barateros les escribían casi de barato a los ignorantes gobernantes los

textos más memorables en las más grandes ocasiones, fastos y fechas de sus vidas, y

por lo leído se dio perfecta cuenta de que los tales gobiernos rebajados a la larga salían

caros, y de que si los zafios mandaban a sus anchas y a tan luengos años, por períodos

repetidos y con los mismos e inventados fastos, todo esto sucedía porque los doctos no

solo les acolitaban, disimulaban y suplían su falta de sesos sino que de saldo se fletaban
para apontocar hasta el más insulso y caído de los gobiernos, del mismo modo que para

no sufrir hambres tenían y les sobraban tripas y agallas para cagarse en sus venerandos

muertos, en el santísimo rostro, en la teta materna que los crio, en la de la nodriza que

los amamantó y por qué no, hasta en la reputa madre que los parió. Y así por estar

pensando en esas cosas se sintió un poco mohíno y desconfiado de la sabiduría humana,

y a partir de ese día y de esos pensamientos lenta e imperceptiblemente se fue de-

sacotando de tan apreciada querencia, desamarrándose del susodicho café Automático,

y desaccediendo de tal parte; y cual tortuga silenciosa, se marchó sin que nadie lo

notara de la tan famosa cueva de abundantes zafios, a la cual, con gran tino apodaba el
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irónico historiador del Bienvenido, certeramente, como “Dentistería de Leones” porque

según él, sus miembros más rugidores, al emplearse, perdían con la primera paga los

colmillos y después los instintos; al engordar se convertían en verdaderos pancistas, así

hubiesen sido togados con su panza de burro, pues casi todos ellos luego de cumplir una

u otra misión terminaban siendo vividores de pesada digestión, ministros de crisis, o

auténticos bribones» cosa que Vitruvio, por ser hombre muy honrado, no podía hacer,

decir, ni contradecir, máxime cuando hablando uno de esos días con Bienvenido este le
advirtió que según los vientos políticos que corrían el aguacero iba a ser de mierda y

porque como además se lo advirtió no estaba el palo como para hacer cucharas. Y así

era. En efecto, los amos de “La Candelaria” que siempre habían hecho la fila india que

llevaba a la Presidencia de la República, la de los seguros ministros, la de los

gobernadores, la de los Secretarios, la de los amanuenses, incluso la de sus escritores y

hasta la de los porteros, ya había señalado con su dedo índice a Gabriel Turbay para el

desempeño de la presidencia, solo que el desasosiego producido por la candidatura

popular de Jorge Eliécer Gaitán les perturbaba un poco el empeño hegemónico. Pero

fue gracias a ese cambio de café como Vitruvio pudo conocer a alguien a quien su
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amigo llamaba como Minchus Letratus et Escritorem Sampuesensi Pago, puesto que

éste, siempre firmaba sus diarias producciones, escritas unas veces en latín clásico y

otras en griego antiguo, con una M., una L., una E., una S, y una P., que eso era lo que

abreviaban esas letras mayúsculas en tan importantes lenguas y que nuestro personaje

dominaba a la perfección no solo por haberse graduado en lenguas muertas en las

universidades pontificias romanas sino de doctor en teología, ciencia esta, en la cual

descolló y en la Academia Pontificia alcanzó una docta e inmensa nombradía que casi
olvida a su regreso a Colombia, pues un poco tocado del cerbelo por causa y matriz de

su basta erudición ascética, escolástica, dogmática, mística, positiva y pastoral,

transitoriamente, hubo de abandonar y de dejar casi al garete, por lo cual tuvo que ir a

acogerse discretamente bajo la sombra tutelar del seminario de Zipaquirá en donde pasó

al servicio de la iglesia como profesor de latín y de griego y en donde fuera de enseñar

a sus privilegiados seminaristas, dictó cátedra en el Liceo Nacional de esa ciudad a los

alumnos estudiantes de bachillerato y a sus nunca bien ponderados ni bien alabados

alumnos de raíces griegas y latinas, Ramiro Cárdela Alvaro Baquero, Jaime Montoya,

Gabriel García Márquez, literatos geniales, así como al gran José Fortich de Santa
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Marta, a quienes insufló la esencia y el summum vital de su inagotable tesoro

masturbatorio tanto en prosa galana como en verso; a regar por doquier y a toda hora

semilleros hechos con semen verdadero si es que la tal palabreja como bien les explicó

tenía una raíz cierta y verdadera, como para que cuarenta o cincuenta años después sus

insípidos alumnos, aprendices de muy cortas lecciones pudieran sorprender al mundo

con sus escritos y sus canciones del Upar, pero más que todo para difundir las cábalas y

los ensueños del loco aquel que envolvió a Bogotá con sus enrollados papeles escritos
en lenguas muertas como si esas minutas pudieran ser el prenuncio o la anunciación de

la venida del gran autor que el mundo boquiabierto esperaba para desespero de calcos,

consternación de calcomanías, copias e imitaciones del arte de escribir que, solo

entonces comenzó a aparecer como maravilloso y real o como real maravilloso a los

ojos de los hombres ya que nunca más supieron porqué motivo los humanos habían

perdido sin darse cuenta los más remotos rudimentos y rastros del arte fenicio ni por

qué habían olvidado hasta esa ocasión los más distantes esbozos escriturarios. Vitruvio

conoció a tan inmenso y grave autor gracias a Bienvenido, quien una fría mañana se lo

presentó en la carrera séptima, cuando anudado a las cintas de un escapulario llevaba
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colgado sobre el pecho un tintero bien corchado que era como el Cristo de su

crucifixión; sobre la oreja gacha un plumero de madera con una pluma de acero que

esplendía más que la espada del caballero andante, y cabe el brazo siniestro de la

siniestra mano, un rollo de deshechos de papel periódico, que religiosamente le

regalaban sus colegas de hermandad sus geniales discípulos, sus cofrades y los

maquinistas de El Espectador, para que el tocado de Dios soltara en la mesa del café

escogido, las letras gordas del Libro de don Angel María, que así era el hermoso título
con que siempre comenzaba la diaria tarea de revolcar en su cerebelo su sabiduría

lingüística. Cuando lo hacía una aureola santa se posaba sobre su cabeza poética al

parecer ya desapertrechada de su anterior belleza no solo por la pérdida de sus cabellos

sino por la color desvaída del negro fasta el blanquecino así como por las greñas que

presionadas por la falta de jabón y por el rapto íntimo de las numerosas lenguas que

ardorosas y alborotadas bajo el severo aspecto de su frente encubridora del lenguaraz

fuego crujían desde el fondo de su magín, como si las ideas quisieran arder antes de

tiempo.

  Entonces, pacientemente desenrollaba uno de sus pliegos y luego sí comenzaba a
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escribir sería y casi que beatíficamente, titulando la obra en la parte superior de la

esquina izquierda del documento, en donde, en menos de medio centímetro cuadrado de

papel, hallaba y le sobraba campo para hacer caber el encabezado, el cual, desde luego

que quedaba medio oculto, no solo por lo pequeño del espacio sino por que estaba

escrito en letras casi imperceptibles, negadas incluso para los ojos más agudos, pues a

más de ser diminutas no dejaban de ser un tanto engarabatadas. Entonces leía

mentalmente las letras del título y lanzándoles una vaharada con la boca, las secaba y
lentamente se daba el lujo de leer allí: Libro de don Angel María. Después consultaba

en un minutario bastante estropeado por el uso, el número que le correspondía a la foja

el cual tenía anotado en un orden cartulario y aparecía escrito en números griegos y

procedía a enumerar la página del mamotreto, tachando luego el número invalidado

para poder mantener así el orden sucesivo de su escrito. Solo entonces comenzaba a

escribir en letras casi heroicas de por lo menos dos centímetros de altura las cuales iba

dibujando fácilmente a mano alzada y casi que detenida para ir regustando de trecho en

trecho lo escrito y gozar casi que frescamente, de renglón en renglón, sus ideas y sus

pensamientos que raudos cual centellas, fluían imparables como si fueran sangre de
                    480                                               423
arteria cercenada k garganta, pintando de rojo sobre el papel blanco sus Vislumbres

geniales o sus colosales atisbos. Vitruvio lo vio y lo contempló tantas veces en lo más

agudo del trance, que de tanto verlo le tomó una honda estima no porque sintiera

compasión alguna hacia él sino por la elegante dignidad con que asumía su trabajo

diario de escritor y le dio orden y dinero a Rosita García que asi se llamaba la “copera”

del Café París, para que cada vez que pidiera un café o algo se lo diera, por su cuenta y

riesgo, y como ella así lo hiciera, un día impensado cuando ella menos lo esperaba el
escritor le habló, después lo hizo con Bienvenido y al final con Vitruvio, quienes poco a

poco lograron sacarle los monosílabos sí y no con algo de tirabuzón; las primeras

palabras con algo de ganzúa, y las frases inaugurales con sacatapón hasta cuando

lograron su plena confianza. Fue así como un viernes, cuando Vitruvio estaba sentado

en una mesa cercana a la suya y cuando este menos lo esperaba comenzó a escribir de

manera por demás ostensible algunas frases para que si en verdad este las quería ver las

viera y si las quería leer las leyera. Se trataba nada más ni nada menos que de una

página en lengua italiana sobre la obra de Carducci en la cual y en riguroso orden anotó

una serie de consideraciones sobre la obra del poeta que a medida que Vitruvio las fue
                    481                                               423
leyendo las tuvo por más sensatas que todas la palabras que del sabio Salomón

quedaron escritas en la Biblia; mucho más ilustradas que todas las páginas del Alcorán

y tan eruditas como las del mismo Ramayana, puesto que en ellas Minchus trascribió

directamente de la cabeza al papel unos apartes y unas estrofas del soneto al asno, en

las cuales el poeta italiano al referirse al joven, filosófico y alegre pollino que

despreocupado del mundo veía pasar, sin darle importancia alguna la sombra y los

ruidos del infernal ferrocarril, para continuar absorto e imperturbable ramoneando, es-
trofas de las cuales leyó:

Tutto quel chiasso ei non degnó d' un guardo E a brucar serio e lento seguitó.

(Todo aquel barullo tan indigno de su mirada que lo hacía pacer, serio y pausado y

continuado),

pagina única que el escritor terminó y luego le obsequió, Vitruvio leyó y releyó

sobrecogiendolo no solo por el claro acierto de los juicios sobre Carducci sino por la

claridad de la interpretación dada a la poesía carduciana sino porque al final de ella

escribió algunos apartes de “Congedo” que humillado leyó:

Capo ha fier eolio robusto Nudo il busto Duro il braccio e le, occhio gaio.
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(Cabeza de hierro cuello robusto desnudo el busto duro el brazo y el ojo alegre)

Ese día Vitruvio sin poder ocultar su teatralidad italiana, plenamente convencido de que

Minchus L. et., E. S. P. era un genio perdido en los Andes en medio de la orfandad de

la vida, no solo le agradeció el obsequio de esos renglones precursores de la

inmortalidad, estampándole un beso en la mejilla, que era tanto como decirle hermano y

desde entonces le encomendó a Bienvenido que cada vez que le fuera posible recogiera
de manos del inédito autor cuantas páginas pudiera, porque a su juicio, esos

pensamientos no eran escritos de loco sino genialidades de iluminado que muy

contados memorialistas podían legarle al mundo de las letras y Bienvenido no solo así

se lo prometió y se lo juró, sino que más tarde lo cumplió para bien y gloria de la

literatura universal.

CAPITULO XXIX

Así como los relojes de sol nunca pudieron señalar con precisión una sola hora de vida

ni las clepsidras marcar un exacto tictac de existencia ni los de arena registrar un mi-

nuto puntual de tiempo, así también, los ambiguos vecinos de “La Candelaria”,
                        483                                            423
ignorantes del mundo real y de su existencia, jamás lograron definir ni cómo debía de

ser la nación de sus sueños ni cuál la actitud que tenían que asumir para merecerla ni

mucho menos qué vía debían de seguir para alcanzarla. Los vecinos y los más

eminentes habitantes solo tuvieron conciencia de que por haber nacido allí, por sus

nexos de familia, por su posición social y económica, y por sus otras relaciones, hacían

parte de un círculo constituido por un clan de católicos criollos o mestizados, de propie-

tarios urbanos, de latifundistas, y de comerciantes, pero nunca, en ningún momento de
su existencia, ni de buena ni de mala fe, barruntaron o recelaron, que la gente del

enclave natural del cual hacían parte, hubieran sido, fueran o pudieran ser una

conspiración supraorgánica en contra del país, es decir, en contra de Colombia. Al

contrario, cómo nunca entendieron quiénes eran ni cómo eran, inalterablemente,

consideraron que su misión era la del rescate y la de la conducción de la nación hasta

un lugar marino que, ostentosamente y sin conocerlo, llamaban en sus discursos como

“la rada y el puerto más seguro”. Y cómo ni el más perspicaz de sus vecinos se percató,

en ningún tiempo, del raro fenómeno social que, fuera de darles una formación rocosa,

tos había aunado, agrupado y estratificado, ni ninguno de ellos se preocupó por
                    484                                             423
averiguarlo, por esa misma razón, nadie encontró ni un motivo real ni una rendija por

donde romper o dividir a tan natural como inadvertida “encarnación”. Es obvio y propio

que muchos de los allí avecinados, tomaron causa, fueron a las guerras, y que se

alistaron bajo las filas de algún caudillo o de un general, pero a más cierto que nunca

lograron cuajar alguna parcialidad una opinión distinta al íntimo inmerso en tan

impensada agrupación. Los partidos políticos organizados que habían dividido a las

naciones y los pueblos del mundo, en su caso, solo labraron pequeñas marcas
personales, generadoras de pequeños fulanismos y de efímeros zutanismos que por cha-

tos no alcanzaron a llegar a ser conjeturas ni a ser partidos políticos, sino, apenas,

romas fracciones sectarizadas, pues, pese a sus fuertes desavenencias y a su odio ni

rompieron la unidad monolítica del barrio ni llegaron a ser ni a constituir verdaderas

hipótesis partidistas. Y otro tanto les aconteció con sus fanáticos distanciamientos

pedagógicos y religiosos, puesto que siendo todos, católicos, apostólicos y romanos,

confesos, más no confesionales, se limitaron a hacer de sus creencias un catálogo lleno

de dogmas, un decálogo de mandamientos y un cartelón negro de sacramentos que los

saciaban con la sola religiosidad de sus anuncios ya que ninguno de ellos, ni estando
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prosternado y orando al Creador, logró a derechas, comunicarse espiritualmente con

Dios. Y esta falta real de partidos políticos fue la que convirtió a los vecinos y

miembros de “La Candelaria” antes que en conservadores o en liberales en intolerantes

o tolerantes. De suerte que los llamados “godos” por el Libertador Simón Bolívar o por

el General Francisco de Paula Santander, unas veces, para ofenderlos, otras, para

repudiarlos y las más de las veces para combatirlos, lo fueron por “realistas”, porque

fueron el régimen de patronato y el sectarismo católico, los que más tarde trataron de
convertirlos en conservadores en razón de haber adido al programa político secular

rediseñado tardíamente por Mariano Ospina Rodríguez y por don Miguel Antonio Caro,

quienes basados en la libertad y el orden intentaron constituir: primero un partido

“católico” y después uno conservador, lo cual era tan milagroso como hacer de las es-

carapelas idearios; o formarlo adicionando oraciones con misas, vitelas y avemarias, o

ensartando juicios como cuentas de rosario, o lo que es lo mismo, acumulándole una

crucecita con color a la enseña de algún escapulario. Los motejados de liberales, si es

que en algún tiempo existieron lo fueron por la posición que asumieron frente a la

libertad de educación y por el franco rechazo que hicieron de la enseñanza confesional.
                    486                                               423
Pero las diferencias partidistas de “La Candelaria” no surgieron de ese modo de pensar

ya que allí no se presentó ningún enfrentamiento entre religiones opuestas ni entre

creencias contrarias, pues siendo “todos a una”, “católicos”, mal podían tener

antagonismos doctrinarios que pudieran dar ocasión a la formación de bandos opuestos.

La diferencia que existió fue sobre el control de la educación, pero este mutante, por su

azogada movilidad social y su dispersa celeridad, tampoco logró formar partido alguno,

máxime cuando, héroes y caudillos; próceres y generales; mártires y oradores; guerras y
constituciones, y golillas y gramáticos, se robaron a la sazón, la palma de la fama: unos

por su evidente arrojo y carisma; otros por su valor y grandeza; los más por su sacrificio

y altura; aquellos por su sabiduría y estrategia, y los últimos por sus trampas y su

purismo, condiciones que los alabaron hasta encaramarlos en la cima gloriosa de su

histórica exaltación. Conspiraron, por otra parte, en contra de la indispensable

formación de los partidos los enlaces matrimoniales, los vínculos familiares y las

entendederas económicas de “La Candelaria” que, para dar un solo y tímido ejemplo,

con las relaciones del general Francisco de Paula Santander y de su familia nos sobra y

basta, puesto que, a la fecha de asentar estos hechos sus familiares y parientes ya habían
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realizado alianzas con las familias de los ex-presidentes: Manuel María Mallarino,

Presidente a partir del año de 1.855; con la familia del señor Leonardo Canal,

Presidente a partir del año de 1.862; con la familia de don Aquileo Parra, Presidente a

partir del año de 1.876; con la familia de Manuel Antonio Sanclemente, Presidente a

partir del año de 1.898 y con la familia del doctor Enrique Olaya Herrera, Presidente a

partir del año de 1.930. ¿Qué no inferir, entonces de los doce años de entronques

económicos del gobierno del general Santander?; ¿de los Vínculos matrimoniales y de
las relaciones económicas y sociales surgidos durante los diez años de gobierno del

doctor Rafael Núñez?; ¿de los nueve años de gobierno del señor general don Tomás

Cipriano de Mosquera?; ¿de los ocho años de gobierno de don José Ignacio de

Márquez?; ¿de los seis de presidencia de mi vecino don Alfonso López Pumarejo?; ¿de

los cinco de don Domingo Caicedo y de los cinco del general José Hilario López,

períodos presidenciales que, de ser adicionados, completaban sesenta y seis años de

gobierno o sea la mitad de la vida institucional de la República? ¿Para qué anotarlo,

discutirlo y meditarlo más, si él, en compañía de Bienvenido, se había impuesto el

trabajo de trazar un gran gráfico circular sobre cuya circunferencia fue colocando los
                    488                                               423
nombres de todos y de cada uno de los gobernantes a partir de la independencia y sobre

él fue trazando líneas que al unir los nombres de los gobernantes le fueron revelando

los vínculos económicos, sociales y matrimoniales existentes entre unos y otros tal

como habían sido, y cuál era la maraña de tan honda como increíble correlación? ¿Para

qué más pruebas de esa defraudación cuando aún sin haber terminado la pesquisa, la

parte céntrica del círculo, había quedado cubierta de líneas sobre líneas de tal modo que

ya no encontró cómo seguirlas puesto que el diagrama, convertido en un manchón
entintado y negro, le impedía rastrear o seguir la dirección de ellas, pues que allí a-

penas se intuía, se sospechaba y se presentía un gran amasijo de arreglos maritales, de

nudos económicos, sociales e incluso culturales. Por lo tanto no investigaría un solo

nexo más, pues luego de haber consultado la obra genealógica de Flórez de Ocaris y las

Genealogías de Santafé de Bogotá de don José María Retrepo supo, de muy clara tinta,

que no menos de cuatro mil descendientes de los hasta entonces ochenta ex-presidentes

de la República hacían cola de méritos y acopio de prosapias para reclamar el poder

político, el encargo económico, la plenipotencia diplomática o la cima social, lo cual

quería decir, en plata blanca, que sin que allí existieran partidos, se trataba de una
                     489                                                423
disputa entre los mismos con las mismas; de un pleito singular entre los mismos

mastines con las mismas, que atados con los mismos collares, desgañitados con sus

mutuas alabanzas, lanzaban a una idéntica luna los mismos ladridos, pero a los cuales,

para tratar de hacerlos pasar por distintos, se les había enseñado a alzar la misma pata al

aire para fijar con sus desvergonzadas meadas el infranqueable hábitat de su reservado

dominio, el lindero imborrable de sus celos sociales, y la prevalencia intocable de la

augusta familia que bien se podía llamar, sin eufemismo alguno, por sus raigambres,
ataduras y méritos: “familia presidencial”, como lo demostraban las infalibles uniones,

ya por linajes o bien por estirpes de las familias de don Jorge Holguín y de don Julio

Arboleda, emparentados con el vecino Roberto Urdaneta Arbeláez, con las estirpes de

Joaquín Mosquera, José Ignacio de Márquez, Rufino Cuervo, y José Manuel

Marroquín, también ligadas entre sí con las alianzas entre las familias de Tomás Cipria-

no de Mosquera, Pedro Alcántara Herrán, José Ignacio de Márquez y Rufino José

Cuervo . Por la pesquisa supo que Caro, don Miguel Antonio Caro, era cuñado de don

Carlos Holguín, ambos Presidentes de la República en nombre del llamado

nacionalismo, y que el hermano de éste, don Jorge Holguín, alcanzó la designatura y la
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ejerció para lo cual le bastó, con ser nieto como su hermano del presidente Mallarino. Y

supo algo más inaudito pero más veraz: que el país había escapado de tener de

Presidente a Hernando Holguín y Caro ya que fuera de ser éste, en su tiempo, cabeza de

la fila presidencial, por sus méritos, contaba con la anuencia plena de “La Candelaria”,

lo cual hacía su presidencia ineludible a no ser por un azaroso ciclista que montado en

un velocípedo, irracional, endemoniado y sin frenos, como dicen los juristas, “por

ignorancia invencible”, al no saber quién era y de quién se trataba, sin disculpa válida
alguna, se precipitó sobre él y lo mató. De haber sobrevivido a tan letal destino, la

infalible presidencia, no tenía un solo pierde ni escapatoria alguna en razón a que Caro

era cuñado Carlos Holguín, que uno y otro habían sido Presidentes PJJ nombre del

nacionalismo y a que don Jorge, hermano de Don Carlos, se había sentado en el sillón

presidencial en dos Pasiones como designado. Por otra parte, los Holguín eran nietos de

Manuel María Mallarino y don Jorge Holguín, por enlace, había emparentado con

Arboleda, uniones más que suficientes para imponer no solo uno sino hasta cuatro

presidentes. “La Candelaria” era una estirpe y un solo linaje que a ratos daba la

sensación de estar dividida pero cuando este fenómeno se presentaba no ocurría por
                    491                                               423
consideraciones políticas sino más que todo por razones económicas o sociales, y,

especialmente, por problemas educacionales y religiosos pero nunca por nada más. “La

Candelaria” era si se quiere una sola familia, un solo círculo y una sola unión. Claro

está que los percances del clan fueron recurrentes pero desde luego cada vez más

distanciados y que ocurrieron en 1.821, en 1.832, en 1.849 y en 1.934 pero por ser todos

de origen educacional ni alteraron la unidad monolítica del barrio ni la de la oligarquía

dominante” Cansado como estaba, no quiso leer más apuntes y rápidamente se quedó
dormido.

CAPITULO XXX

Cuando despertó estaba lloviznando pero ni la lluvia ni el frío de la neblinosa mañana

lo hicieron renunciar al sacrosanto deber de ir hasta la tumba de Lucia para depositar en

ella el aroma de las rosas, de suerte que, rápidamente se arregló y luego que se

desayunó salió a cumplir con su in- cancelable juramento. Cuando regresó a la casa en

la esquina de la carrera séptima se encontró con Bienvenido y con Rosita García

quienes habían venido para hacerle entrega personal de un inmenso rollo de pliegos que

Minchus le había entregado el día anterior a Rosita como una retribución a sus dádivas
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y atenciones y luego que se saludaron fueron y se instalaron en la sala de la casa bajo el

abrigo de la cálida chimenea, en donde Vitruvio, poseído por una intensa emoción

desenrolló los fabulosos pliegos y en unión de sus amigos se dedicó a examinar, casi

que a vuelo de pájaro, los oficios cifrados del Libro de Don Angel María los cuales

foliados con números romanos llegaban en orden hasta el número CXCIV, que

Bienvenido calculó que eran equivalentes, más o menos, a ciento ochenta páginas

escritas a máquina, a doble espacio y en papel tamaño carta. Embebecido
absolutamente en el examen del escrito saltó de uno al otro folio durante algo más de

una hora y sin decir una sola palabra, con el rostro maravillado por una inmensa y rara

interrogación, permaneció caviloso y absorto con los labios trincados, moviendo la

cabeza lleno de incredulidad y de profunda admiración. Entonces sin escuchar la voz de

Rosita que lo llamaba para que se tomara el café, cautivado y poseído por la escritura,

en medio del más sagrado delirio, cuidadosamente, organizó y enrolló los pliegos y se

dirigió a la biblioteca en donde lleno de avaricia los guardó, echándole llave a las

vidrieras, como si esos papeles fuesen oro batido, pues, por la corta lectura que hizo de

algunos renglones, bien sabía que, oro es lo que oro vale, y que si realidad no los podía
                     493                                               423
poner como chupa de dómine debido a su ingravidez, era por que ese cúmulo de

sabiduría y de ideas allí escritas pesaban menos que las resmas de más asno que

emborronaban grandes escritores, pues según su opinión, valía más, pero muchísimo

más, un pliego escrito por Minchus que un tomo de cuanto los cuerdos hasta ese

momento habían dicho o escrito. Cuando regresó a la sala el corazón le saltaba de dicha

y en señal de agradecimiento vino y besó a Rosita y luego se abrazó a Bienvenido, y

estos, al verlo tan feliz, de una vez quisieron conocer su opinión sobre lo escrito en los
pliegos y para desembarazarse de sus preocupaciones le preguntaron al tiempo:

_¿Cómo le pareció lo escrito por Minchus en los pliegos del Libro de don Ángel María?

_Es algo más que fabuloso. Los cortos apartes que pude traducir son mucho más que

geniales —les dijo y luego de reflexionar, agregó:

_ Minchus no es un loco como la gente piensa. Podrá ser un loco por lo sabio ya que

como ninguno lo ha podido leer nadie lo ha entendido y porque como nadie lo ha

comprendido lo han desentendido, pero a mi juicio él es el más alto escritor y el único

genio nacido en esta tierra. ¡Es un genio a lo largo y a lo ancho de los Andes y nada

más! —Y mirando con cierta ternura a Rosita le pidió por Dios que no fuera a
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desamparar al escritor y le entregó cincuenta pesos para que con su importe le diera

cuanto este le pidiera. Entonces Rosita que estaba afanada por llegar a tiempo a su

trabajo se despidió un tanto conmovida por la largueza y generosidad de Vitruvio, y ya

en el recibidor, al momento de ir a salir, lo besó en la mejilla dejándole marcados en

ella sus labios rojos. Cuando quedaron solos Vitruvio se dirigió junto con Bienvenido al

estudio y arrellanándose en la silla del escritorio abrió la gaveta central y sacó de allí un

abultado legajo de papeles y de fichas y mirando a su amigo que estaba de pie le dijo:
_No sé qué opinión le pueda merecer este pequeño ensayo pero como este es hasta

ahora un día lleno de sorpresas le voy a dejar que se pasme por algo muy especial.

Desde hace tiempos estoy escribiendo un poco de historia pero     no   a la manera como lo

han hecho los cronistas sino a mi modo, es decir, en forma experimental. Le voy a leer

un poco para que después o al momento me vaya dando su opinión. _ ¿Con tu perdón

Vitruvio pero antes de todo debes de decirme, qué es eso que llamas prosa

experimental?

_Desde luego que toda prosa es experimental, sin embargo esto es algo en que a la

manera del teatro, el diálogo se sucede entre personajes reales o irreales los cuales
                     495                                                 423
pueden comparecer ante el lector, el oidor o el espectador, o estar ausentes de las tablas,

visibles o invisibles ante el inmenso espejo que iluminando los retablos presenta la

tramoya frente a un telón, ante el cual van asomándose o compareciendo de espaldas

ante los espectadores, y hablan de frente con su propia voz o sin ella dentro de un gran

apuro o “pasticcio” que llamamos los italianos puesto que el desvelado autor los ha

unido a otros seres abstractos o concretos los cuales nos van historiando o haciéndonos

vivir o ver los hechos representados, las pasiones, las bondades y los intereses que los
dominaron hasta lograr desnudarlos tal como eran, sin que el escritor les impute sus

errores o los sindique de sus faltas ni mucho menos sea quien esconda su ruindad,

asordine sus miseria o calle su grandeza. ¡Que sean lo hechos, los testigos y los

cómplices de los hechos y no las palabras vendidas las que nos dejen percibir las

miserias de sus corazones y los crímenes que hicieron posibles sus falsas grandezas!

.¿Entonces lo que tiene escrito o lo que trata de escribir es un drama? ¿No es así,

Vitruvio?

-¡No lo sé!. También puede ser una comedia en cuanto a las confesiones, vicios, rarezas

y extravagancias de los hombres. Pero no lo será por el desenlace ya que este jamás
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podrá ser festivo. En todo caso mí estimado Bienvenido este país ha sido teatro de tanta

violencia, de tanta sangre, de tanto crinen y de tanta frustración, ¿qué no sé cómo ni de

qué manera expresarlo? _ Déjeme ver cómo lo ha hecho —dijo Bienvenido, tratando de

tomar en sus manos el legajo para leerlo.

_Ya se lo voy a decir y a explicar —le respondió Vitruvio, impidiendo con sus manos

que lo cogiera.

_Quiero verlo ya, permítame revisarlo con mis ojos para calmar mi impaciencia.
_No, Bienvenido, permítame hacerlo a mí porque de pronto Ud. no entiende mi letra,

—le respondió, y tomando en sus manos la carpeta comenzó a leer en la primera página

el llamado: “Epígrafe del Libro de Vitruvio”, que a la letra decía:

EPIGRAFE LIBRO PRIMERO DE VITRUVIO

COMUNMENTE LLAMADO AMERICA CAPITULO 1

  “Desde antes de que el primer hombre blanco y con barbas venido por la mar, pisara

Tierra Firme, aquí ya teníamos agua que caía del cielo y luego corría limpia y pura por

los nos hacia las lagunas, las ciénagas y la mar; también teníamos día y noche porque

desde hacía millones de años ya había sol y luna y estrellas y luz que adorábamos
                     497                                              423

porque eran las lumbreras que nos redimían de la obscuridad. La tierra ya estaba aparte

de la mar y sobre ella vivíamos los hombres y los animales y las plantas y todos los

seres nacíamos, crecíamos, nos multiplicábamos y nos moríamos por orden y resultas

de la misma vida que era grata como el mismo sol. Nuestras mujeres felices, amadas,

adoradas y dispuestas parían nuestros hijos y todos poblábamos la tierra que no tenía ni

dueños ni señores pues como arcadia idílica y feliz, sin que lo supiéramos, era un un

reino de paz y de amor. Aquí vivíamos desnudos, Ubres y sin vergüenza alguna
vestíamos la invisible ropa del pudor.

2   Todo absolutamente había sido creado por nuestro padre el sol, por nuestra madre la

tierra y por nuestros otros dioses, pero los blancos una vez que lo supieron, ensober-

becidos, llenos de ira y mesándose las barbas nos dijeron que no, que eso era falso:

¡Que estábamos en el error y que ellos como viracochas habían venido de los altos

cielos para damos a conocer al verdadero y único Dios! ¡Que la tierra había estado

desnuda y vacía hasta cuando su Dios la creó! ¡Palabra que esa fue la primera vez que

nos mintieron en nombre de su Dios! ¡Pero nos engañaron porque los desnudos éramos

nosotros, hombres y mujeres cosa que a muchos de esos sátiros salaces les gustó!.
                       498                                               423
3   Pero solo cuando el oro del collar esplendió en los senos en la garganta y en las orejas

de la mujer y el barbado lleno de ensimismamiento lo vio, lleno de loca emoción fue y

se lo arrancó, después lo mordió, como se muerde una fruta para saber sí está buena y

así que lo supo, con los ojos lujuriosos, al encontrarla harto hermosa, fingiendo que la

amaba, la acarició y con maña y con astucia, como pudo, la forzó. Desde ese momento

la fuerza que los viracochas llamaban maña comenzó. ¡Palabra que es verdadera y

mentira a la vez porque así sucedió y porque este no es el cielo ni la paz eterna que en
nombre de su Dios el viracocha nos prometió!.

4   Después cuando a espada desnuda la sangre indígena como agua de cántaro roto se

vertió, terminó la idílica paz y nació la barbarie, pero solo cuando el asesino montó

sobre su caballo infernal, caló la cota, embrazó la lanza, alertó los perros, cargó con

pólvora negra el mosquete, y como si fuera un cruzado, gritando a muerte nos

arremetió, solo hasta entonces comenzó la expansión sobre la tierra del régimen del

terror. ¡Palabra más sana y verdadera que esta no existe ni existirá porque ella contiene

y ha sido escrita con la certeza de la sangre vertida por la guadaña mortal!

5 Pero   solo cuando la espada y la cruz se unieron en aras de la evangelización nació el
                      499                                              423
fanatismo que era como el ímpetu por la guerra y el afán por la muerte. Desde entonces

pusimos en duda la promesa de nuestra salvación porque fue gracias a la sabiduría

teologal que nos negó el alma degradándonos a seres irracionales, cuando los caballos

desbocados del ensayo apocalíptico corrieron sobre esta tierra y se oyó el ruido de las

trompetas cuando en realidad comenzó el genocidio sin fin de esta nación Palabra que

sí, ha dicho la revelación de la historia por ser memoria del pueblo al que vinieron a

hablarle de su Dios cuando solo eran los profetas del desastre más grande que registra la
historia de la humanidad!.

6   Pero fue con el perdón y olvido del crimen y con la loa y el premio al genocidio como

la injusta muerte se entronizó aquí, y en medio de nosotros se quedó. ¡Esta no era ni

sombra de la justicia que con cinismo nos habían prometido! ¡Pero esta era la única

verdad que había en esa injusticia!.

7 Más    allá de tantas muertes, cuando los hijos de los blancos unidos a los mestizos

combatieron a los blancos esclavizadores para alcanzar la libertad, tuvimos que

empezar a matar para quitamos la muerte de encima y es desde entonces como matando

y violentando se instauró el terror, pero es más verdad que, solo cuando los blancos
                      500                                              423
peninsulares huyeron despavoridos la violencia heredada en definitiva sentó plaza, y

aquí, como sombra de muerte para siempre se estableció. ¡Palabra de Dios, para Dios y

por Dios que esa palabra por ser mentirosa desde entonces nos mató!.

8   Cuando con la reconquista volvieron los blancos en cruzada y tocaron sus miedosas

cometas y se rompieron los sellos de los caballos y la muerte enrojeció la tierra y tra-

jeron las horcas y armaron los patíbulos y se procesaron los hombres y se leyeron sus

inicuas sentencias solo hasta entonces quedó reconfirmado el imperio del reino del
terror. ¡Desde esos tiempos sabemos cómo es de infame su justicia!

Ynos preguntamos. ¿Cómo podéis llamar justicia a la que siendo injusticia es solo

abominación?

9   Desde luego que esa no era la justicia ni el cielo ni la paz que su Dios nos ofreció sino

el infierno con el cual se nos conminó. ¡Fue cuando el demonio de ellos y nuestro

Busiraco lloraron aterrorizados temblando de pavor!

10   Pero solo cuando ellos se marcharon o murieron por causa de las luchas libertarias,

criollos y mestizos, negros y mulatos comprendimos, que al heredar y dejamos sus

genes, su idioma su religión y su justicia, pese a haberse ido y a estar muertos, se
                       501                                                423
habían quedado aquí entre nosotros mismos en nuestro corazones y en esta nación, para

que presidiéramos como ellos el cetro de la violencia y de la muerte. ¡Desde cuando

desaparecieron se quedaron acá en nuestra sangre y aquí están, somos nosotros mismos,

gracias a la supervivencia de las diez y seis degeneraciones étnicas en las cuales nuestra

sangre aborigen por la fuerza y gracia del Señor se mezcló.

11   Desde entonces vivimos sin ser lo que éramos y sin lograr una sola hora de paz bajo

el reino de la muerte, bajo el gobierno de una nación que por engaño o ilusión
llamamos democrática, cuando en realidad vivimos en una democracia de la muerte,

por la muerte y para la muerte, sentenciados y condenados a morir, injusta, aleve y

cruelmente.

12   Condenados por la sangre ajena y por nuestra propia sangre, por las obras ajenas y

por nuestras obras, por el pensamiento ajeno y por nuestro pensamiento solo nos queda

el milagro de la vida ya que ella pese a todo seguirá y continuará aquí entre nosotros

para que vivamos entre los brazos y las garras de la muerte, entre la negación de cuanto

se nos dijo, se nos ha dicho y nos tienen prometido. ¡Cómo podemos seguir bajo tus

pasos si nos has engañado y no se ve ni hay sombra de paz y si todo es como atrás,
                      502                                            423
antes y después del futuro, antes y después de ser, antes y después der nacer, y si

nuestra tierra y vida son solo tinieblas, caos y obscuridad!”

-Me gusta mucho el epígrafe porque a más de ser teatral es real. Es como el telón de

boca de un gran teatro del terror dijo Bienvenido— ¡Pero no entiendo de dónde sacó

ese estilo versicular?.

_De aquello que ya le dije —le respondió— y saltando a la pagina siguiente leyó: “En

uno de los escenarios más grandes que pueda concebir el sueño humano: en un
continente Heno de ríos, selvas, llanuras, montañas, cordilleras, Ovados, volcanes,

mares y riquezas, el genio concibió la libertad de cinco naciones de España, y luego de

dar cien batallas y de enterrar millares y millares de héroes por fin la logró. Este es el

teatro geográfico, el foro ecuménico del Libertador, Simón Bolívar, la cuna de su

grandeza inmortal y el proscenio libertario de la tierra americana.

El coro masculino de los pueblos canta:

_¡Queremos la libertad, queremos la independencia!. .¡Queremos constituciones! Que

sean Centralistas. Que sean Federalistas. Que sean Monarquistas. Que sean populistas.

Que sean dictatoriales. Que sean bolivarianas, bolivianas o que sean santanderistas. No
                     503                                               423


importa lo que sean pero que sean. Entonces los Andes se estremecieron y retumbaron

por el recorrer de las grafías sobre los pliegos aún inéditos atiborrados de cláusulas

triunfales y por el ruido de los cálamos acerados que templados en tintas negras, azules

o rojas, durante millares de vigilias, redactaron sin límite alguno, centenares de

constituciones que evitaran las guerras pero más que todo para que cayera sobre la faz

de esta tierra el maná de la paz, la dicha y la ventura.
De la alquimia, la piedra filosofal y la panacea:

Venid alquimistas, magos, taumaturgos, ocultistas nigromantes, y charlatanes políticos,

venid todos unidos hacia mí porque no hay más oro ni más felicidad que la que brilla y

se goza en la utopía constitucional aprobada, escrita, histórica y siempre eficaz. Venid

todos, sin atanor, sin flogisto y sin carbón ya que solo con papeles y con plumas, con

ideas y con pensamientos le es posible al hombre edificar su utópica felicidad. Venid y

escribamos con letras de oro la fórmula sacra que nos lleve a la piedra filosofal y a la

panacea que acabe para siempre nuestro mal.

El coro polifónico de los pueblos entona:
                     504                                             423



_ ¡Qué viva la constitución del 26 de octubre de 1.810!. ¡Que Viva la constitución de

Cundinamarca del año de 1.811, gritan como un solo hombre Luis Eduardo Azuola,

José María del Castillo y Rada, y Jorge Tadeo Lozano. _ ¡Que vivan las guerras de

independencia!, —imposta el barítono que lleva la voz de la comparsa.

_¡No lloréis por los muertos!. ¡Llorad por los vivos que quieren morir y van a morir,

para damos la paz y para que esta no sea como un sepulcro blanqueado!, dice el eco a
medida que la tierra estremecida se abre para enterrar a los muertos.

_¡Que vivan las batallas que daremos aún después de muertos! —responden en una sola

voz quinientos esqueletos.

El coro inarmónico de los pueblos canta:

_¡Que viva la constitución del Estado Soberano de Antioquia! del 3 de mayo de 1.812.

El barítono y secretario del Serenísimo Colegio Constituyente coloca su voz en la

tesitura y deja que se escuche: “Para su perpetua constancia os doy copia”, habla:

Andrés Avelino de Uruburu quien firma como si fuera el dueño del futuro.

_¡Que vivan las guerras de independencia!, —se oyó.
                     505                                                423


_¡No lloréis por mi patria adorada, llorad tan solo por sus muertos! —dejó oír un canto

a capella.

El coro solidario de los pueblos interpreta:

_¡Que viva la constitución de la República de Cundinamarca del 17 de abril de 1.812

expedida por el serenísimo colegio Revisor y Electoral!. Entonces se levanta la voz

heroica: “veis aquí al americano por la primera vez en el ejercicio de los derechos que
la naturaleza, la razón y la religión le conceden, y de que los abusos de la tiranía le

habían privado por espacio de tres siglos; leedla, estudiadla, meditadla, insinúan todos

para que gocéis el don que con esta constitución hemos adquirido y hacer a los hombre

sensibles a los intereses de la libertad y felicidad de la patria”. El bachiller José Ignacio

de Vargas canta junto a Fray Antonio de Buenaventura y Castillo, Jorge Tadeo Lozano,

Luis Eduardo de Azuola, Enrique Umaña, Frutos Joaquín Gutiérrez, Camilo Torres,

Manuel Francisco Samper y treinta y nueve constituyentes más. Pero no cantan un

himno patriótico sino un canto gregoriano sacado de un escondite, oloroso a cosa

guardada o sepulta entre un ataúd entre un aire ajado como huelen las letanías mayores
                     506                                                 423
y los cantos litúrgicos de los muertos.

  ¡Que vivan las guerras libertarias! ¡Que vivan nuestros sacrosantos muertos!.

El coro de los pueblos a dos voces salmodia:

_¡Que viva la constitución de Estado Soberano de Cartagena de Indias del 14 de junio

de 1.812, Ay hombe!. jQue viva pogque la consti de Cagtagena no solo es la primera

sino la mejó! gritan las murallas. ¡Lo demá es miegda e borracho! —se oye en la plaza
de los esclavos.

El coro arrebatado de los pueblos modula:

_ ¡Que viva la constitución del Estado de Mariquita del 10 de julio de 1.818!, gritan los

convencionistas un tanto afónicos por tanto debate.

El iluso corifeo los pueblos alaba:

_¡Que viva la constitución Provisional de la provincia de Antioquia del 20 de julio de

1.818!

  “Habrá un gran sello del Estado cuyo tipo determinará la Legislatura; estará a cargo

del secretario del Poder Ejecutivo”. Se ha previsto que un diputado423viaje a Santa Fe
                     507




para que mande a hacer el sello de tanta dicha. Habrá un guardián del sello. El diputado

tendrá viáticos.

_Como soy la voz de la experiencia dice la voz cascada del Tiempo, dirigiéndose a los

jóvenes: “poned en sus manos este pequeño volumen para que conociendo desde su

niñez los imprescriptibles derechos del hombre sepan defender la invaluable libertad

que les habéis conquistado” La constitución ha sido suscrita por tres secretarios
alfabetos y en ella aparecen como testimonios de gran sabiduría menos firmas que

rúbricas.

_Que los que no sepan fumar rubriquen el texto, —ordenó— la voz presidencial. Falta

papel para montar una fábrica de constituciones, medita un industrial de ilusiones pero

el político que lleva por dentro lo recrimina: Tumbaremos los árboles de los Andes para

producir el papel necesario porque si fuere menester sembraremos la nación de

constituciones que nos garanticen la vida y la libertad.

_Nada ni nadie detendrá la felicidad del pueblo vocifera un clientelista: ¡tendremos

constituciones para niños, adultos, mayores, ancianos y viejos! Que las haya para todos,
                     508                                               423
y incluso para los mudos, los sordos, los locos, los ciegos y los mentecatos.

_E1 papel que a mí me hace falta es el que necesito para limpiarme el culo, —anotó

Bienvenido, hablando con su caletre, — desgraciadamente, el poco que había lo

dañaron emparrafándolo de artículos e incisos como si alguien pudiera sentirse dichoso

al poder leer algo con el ojo del culo.

El coro inmarcesible del pueblo tararea:
_¡Que mueran la opresión y la esclavitud!. La guerra es el precio de la libertad. ¡Lo

vamos a pagar con nuestras vidas! «¡Que viva la constitución de la Gran Colombia del

18 de febrero de 1.819 convocada por el Libertador Simón Bolívar, Jefe Supremo de la

República de Venezuela y Capitán General de sus ejércitos, y los de la Nueva Granada,

etc., etc.,! grita el desaforado del Francisco Antonio Zea en Angosturas. “Y el padre de

la patria descendiendo desde la altura dice: “hasta entonces, por la necesidad imperiosa

de la defensa contra los enemigos, solo ha existido una verdadera dictadura, único y

formidable poder capaz de haber salvado a los patriotas de ser degollados por los realis-

tas”; “he vivido desesperado en tanto que he visto a mi patria sin constitución, sin leyes,
                     509                                                423
sin tribunales, regida por el solo arbitrio de los mandatarios, sin más guías que sus ban-

deras, sin más principios que la destrucción de los tiranos, y sin más sistema que el de

la independencia y de la libertad”. Puesto de pie Francisco Antonio Zea anuncia:

“Señores: La República de Colombia queda constituida. ¡Viva la República de

Colombia!” “Falta un músico como Beethoven que componga una sinfonía Heroica. . .

para conmemorar el recuerdo de un grande hombre, no el de un arribista, o el de “un

trepador” como Napoleón que no la mereció” es el estigma que dicen los truenos que
estallan en contra de las tiranías.

_A este maricón del Zea tenemos que cambiarlo, susurran los militares. Al cabrón del

Zea tenemos que remplazado, iteran los coroneles insubordinados. Al malparido del

Zea tenemos que destituirlo, reiteran los capitanes. A este grandísimo hijo de puta

tenemos que exportarlo, machacan los sargentos.

_ ¡Que Viva Arismendi! gritan los coroneles endiosados por las áureas y blancas latas

que brillan sobre sus charreteras (El Libertador hace mutis por el foro pues sueña con la

independencia del continente y porque cómo sus sueños no caben en la cabeza de

ningún milite no ve otro camino)
                      510                                             423
_Los coroneles actuamos porque nunca nos hemos dedicado como los demás a estudiar

para no cometer pleonasmos ni a pensar pensamientos. ¡Por eso actuamos sin pensar y

porque así muy bien nos va!

Habla la historia: (Madre de la verdad)

“Para llegar hasta aquí nos ha antecedido el régimen del terror instaurado por Pablo

Morillo, tinto en sangre patricia, derramada por los ejecutores de las crueles sentencias
expedidas por el Consejo Permanente de Guerra que ha juzgado a los insurgentes como

traidores al Rey con su Tribunal de Purificación y con sus Juntas de Secuestros” (La

nación entra en escena y los esqueletos de los muertos se levantan de los ataúdes

envueltos en sayones negros) _¡Miserere¡, Salmo 50 Salmo de Asaph, ¡Miserere!

_Yo soy noble, soy el Marqués de San Jorge dice la voz meliflua y como si fuese un

regente español, hace una venia ante el invisible trono dejando caer su peluca. Está

perfumado cual un lirio y como se siente atractivo y hermoso quisiera poder mostrarle

el trasero a la cohorte de Morillo. _Vosotros lo sabéis dice con gracia: soy de “La

Candelaria”, tengo mi augusto palacio y allí le daremos un magnífico baile al glorioso
                     511                                              423

general don Pablo Morillo para que nos permita seguir cabroneando, se apiade de nos,

los poderosos, y ablandado de atenciones y de gentiles regocijos nos deje vivir en paz.

Soldado número uno:

  Por la puta de la madre que lo parió os advierto que son más rápidas las ejecuciones

en la horca que las sentencias de los cagatintas en el estrado.

Soldado número dos:
  Estos hijos de puta vienen al patíbulo no solo con la bolsa flaca sino con los

testículos vacíos y cagados del miedo. _¿Y quién ha podido cerrar con cerrojo el culo

cuando tiene miedo —se pregunta Bienvenido, azucarando su taza de café?. ¿Será

cierto que el ahorcado templa el sexo y se derrama al morir?

Obispo con su gran pectoral de oro:

-Don Pablo, a estos herejes hay que traerles la Santa Inquisición para que confiesen a

torniquete y bayoneta entre el culo, sus crímenes contra Dios, contra Cristo y contra

España. Son: ¡enemigos de Dios, son liberales!

Canta el coro de los pueblos:
                    512                                             423


-¡Que viva la constitución de la República de Colombia del seis de octubre de 1.821!

(En el nombre de Dios, Autor y Legislador del Universo) dice el preámbulo obispal. El

cura Valenzuela. “In nomine pater et fili et espiritus Santus”, pedía, pero nadie lo

escuchó.

_ ¿Le pregunto que sí hay quorum, Señor Secretario?

_Con la venia del señor Presidente me permito informarle que no hay quorum, le
respondió tres veces el Secretario General, don Antonio José Caro, y ese mismo número

de veces el Presidente ordenó:

_Que vaya uno o más corchetes a la casa de María Ocarina y llame a los

convencionistas ausentes. Entonces el señor Secretario a la tercera vez, cómo no sabía

donde vivía ni quién era la tal María Ocarina pero sí lo presumía, se fue hasta la tarima

presidencial y le pidió al señor Restrepo casi en secreto que le dijera, quién era y en

dónde quedaba la casa de la señora María Ocarina a lo cual este con discreción le

respondió:

_María Ocarina es María de apelativo y Ocarina de apodo, es la dueña de la casa del
                     513                                              423
trato, pero no sé por qué le dicen Ocarina. Entonces el capitán de los corchetes

descaradamente dijo: “¡Coño! la llaman Ocarina porque además de tocar la flauta

travesera, suena más que una ocarina, por que fuera de sonar por los ocho rotos que

tiene una ocarina suena por uno más. Al final los convencionistas emocionados cantan

gloria: son cincuenta y siete gargantas que llenan el recinto como tratando de apagar las

voces impostadas de Vicente Azuero, Diego Femando Gómez, Salvador Camacho, y

Sinforoso Mutis quienes comandados por la batuta del secretario Caro tratan de
sobreponerse al coro. “Sellado con el sello provisional de la República” “Hay un sello”.

Antonio José Caro. Secretario. Item más: El congreso soberano dice: “que deja al

arbitrio del Libertador Presidente marchar al Perú a dirigir personalmente la guerra en

defensa de la libertad e independencia de aquel estado. ¡Siquiera se va!, dicen en

secreto los partidarios de Santander. Item más “Por el cual se autoriza al poder ejecutivo

para contratar ufl empréstito u operación de cambio, hasta treinta millones, pesos

destinados a invertirlos. . .” No está presente pero se oyen los aplausos de Zea quien

sueña con un coche, una capa de pana negra, una cena en Londres o en París con sus

“amigos los sabios europeos”, con los bolsillos llenos de escudos y de luises, de libras
                     514                                               423
esterlinas y con mil cosas más. _Como que era más ladrón que un río crecido, más que

una avalancha, más que una rata hambrienta, más que Caco- anotó Bienvenido.

_“Guardatové dai borsaiuoli” —le respondió Bienvenido, y luego le tradujo: ¡cuidado

con los rateros!

_En este mundo puñetero quien no es ladrillo es ladrón y por tanto de carbonero

mudarás pero de ladrón no saldrás, —remató su amigo.

  (Unos bonetes y el obispo de Popayán traen el eco de su pasado, cuando negándose a
obedecer el nuevo orden de libertad e independencia de España exclamaron por boca de

Salvador Jiménez: “Somos realistas” exclamó airado en el proscenio. Entonces el

gobierno, que todo lo hace con decretos, ordenó la vacancia de la silla del

metropolitano y nombró en su remplazo al doctor Manuel Urrutia.

_Bien hecho, porque cuando fue cura se le olvidó que había sido sacristán y cuando fue

sacristán se le olvidó que había sido monaguillo y porque cuando fue obispo: nuevos

curas en danza —comentó. Una patriótica mujer con los senos muníficos recorre el

tablado y con aire de promesa deja ver un cartelón que solo dice 1.821. Pero de allí, y

de esas deliberaciones no salen partidos políticos sino odios, animadversiones y agudos
                    515                                                423
sectarismos.

-¿Es ese el santanderismo, es esa la legalidad, preguntó Bienvenido?

  El salón está cuajado de negras casacas y de fraques cuando al fin se aprueba en

Cúcuta la constitución que había anunciado la mujer del cartel. Es el momento más

solemne, pero cuando va a ser suscrita por los legatarios se oye muy segura y firme la

voz del doctor Manuel Peña quien al legarse a firmar exclama: “Me niego a firmar la

constitución aprobada el treinta de agosto de 1.821, porque aún no se ha hecho la
declaración de que la religión católica será la del Estado”. Se escuchan muchas voces

en contra pero el olor esparcido por los turiferarios y la nube de incienso que rodea al

cura apagan los murmullos de Azueros y de Sotos. Pero de allí no salen partidos sino

sectarismos bolivarianos o santanderistas. Allí solo nacen sectarismos.

_Pero Santander estaba que se cagaba en la gloria de Bolívar, anota Bienvenido, del

mismo modo que Bolívar estaba que se cagaba en “La Candelaria”.

_No, Bienvenido Lumbreras, miremos bien y leamos la nota aclaratoria: “la libertad ya

estaba hecha pero fue precisamente en el mismo año de 1.821 cuando el obispo de

Popayán Salvador Jiménez de Enciso se negó a acatar el nuevo orden independiente de
                    516                                               423
España y ofreció morir por la causa del Rey, motivo por el cual el general Santander se

vio forzado a decretar la vacancia del cargo de la silla y a nombrar en su remplazo al

doctor Manuel Urrutia, pero este hecho ni dividió a “La Candelaria” ni generó partido

alguno fuera de unos cuantos odiosos sectarismos. Lo que sí separó a los miembros de

“La Candelaria” fue la reacción europea contra la enseñanza de la iglesia, reacción que

aquí en Colombia se tradujo en la ley del 6 de agosto de 1.821 sobre establecimientos

de colegios y casas de educación la cual uniformó los estudios y estableció el
funcionamiento de normales provinciales bajo el método de enseñanza lancasteriano, es

decir mutua, iniciado y puesto en práctica en Inglaterra por el pedagogo Joseph

Lancaster, la cual fue borrada de nuestra legalidad casi que de inmediato, es decir, por

el congreso de 1.824, cuando este cuerpo, mediante ley declaró: “que la enseñanza

debía continuar bajo el Patronato Eclesiástico”, dividiendo a parte de la sociedad entre

amigos de la educación confesional o de la educación laica. “La República de Colombia

debe continuar en el ejercicio del derecho de Patronato que los Reyes de España

tuvieron en las iglesias metropolitanas, catedrales y parroquiales en esta parte de

América”, se dispuso, pero este ordenamiento legal no dio origen a partido alguno.
                    517                                              423
Tampoco generó partido político alguno el alejamiento y la enemistad surgidos entre

Bolívar y Santander así hubiesen nacido odios sectarios de uno y otro como el de

Manuelita que gozaba haciendo fusilar monigotes que representaban la figura de

Santander. Tampoco se generó partido alguno por el plan de estudios del general

Santander ni por la imposición de textos por parte del gobierno ni por el seguimiento de

las filosofías de Benthan ni de Tracy. Testut de Tracy llamó a su obra como Elements

de Ideologie la dividió en tres partes, a saber Ideología, Gramática y Lógica y su
estudio fue incluso recomendado por el congreso de 1.870 para su adopción por parte

de la Universidad Nacional pero la enseñanza de tal ideología pese a sostener que ella

constituía la ciencia generatriz de la cual derivaban todos los conocimientos, ni fundó

partido ni alteró el suprapartidismo de “La Candelaria”. Otro tanto se puede decir del

utilitarismo de Benthan quien pese a sostener que siendo el interés general el único

móvil de nuestras acciones, por lo que el legislador debía tener en cuenta ese interés,

sin embargo tal aviso ni fundó partido ni lo logró por la razón elemental, si se quiere, de

que por no ser la ideología una ciencia exacta, en el sentido de que no obedece a leyes

generales, le ocurrió lo mismo que a la sociología de la cual hacía parte, que por no
                     518                                                423
poder establecer leyes que se cumplieran en todas partes y en todos los pueblos como sí

ocurrió con las leyes de la física, le sucedió algo bastante ruinoso, anticientífico y

disparatado y fue que en la medida en que las leyes ideológicas, sociológicas y políticas

se refirieron a la realidad dejaron de ser ciertas y en la medida en que parecieron como

irrefutables dejaron de asemejarse a lo real. (Las luces de los cirios que chisporrotean

junto a los féretros invisibles desparraman el olor putrefacto que sale del cuerpo de los

muertos y hay un llanto de silencios lejanos). Una tempestad de guadañas heladas agita
el aire mientras dice: “¡Que nadie llore más, Porque todos están muertos!”

Canta el coro plañidero de los pueblos:

_¡Que viva la constitución de la República de Colombia de 5 de mayo del año de

1.830!, pregonan a dúo diavoli el Presidente y el Vicepresidente, José Ignacio de

Márquez y Francisco Soto. (En el nombre de Dios, Supremo Legislador del Universo).

“La nación colombiana es la reunión de todos los colombianos bajo un mismo pacto

político”. Cuarenta y seis legisladores la aprueban y la suscriben por ante los secre-

tarios, Simón Burgos y don Rafael Caro. Se escucha un tremor y todo como que se

desvencija. ¡Unión y solo Unión, gritan algunos pero es tarde!. Los Caros son los únicos
                     519                                                423
que saben redactar constituciones, confirma quien la firma mientras el jabonado

secretario sonríe lleno de santa hinchazón.

La historia canta el falsete de una elegía:

“¡Dichosos los que van a morir porque de ellos será el reino de la gloria!’. ¡Aleluya!

¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! Con todo la constitución nació muerta desde el primer

escrutinio cuando al elegir Presidente, la votación recayó en Eusebio María Canabal.
Páez estaba a la sazón haciendo constituciones y pedía el ostracismo de Bolívar. Flórez

quería una República del Ecuador para su mando. En Berruecos sonaron las balas y

Sucre cayó asesinado por los leguleyos, los políticos y los héroes que unidos en un solo

haz le negaban el derecho a ejercer la presidencia en razón a que aún no había cumplido

los cuarenta años; según los otros, porque como él era el más digno general, para lograr

ellos el poder, tenían que sacrificarlo y según los últimos porque ellos se juzgaban

mucho más gloriosos. El asesinato vil es el recurso de los incapaces y su más poderosa

razón. Lo miraron como a un disidente peligroso. “La Candelaria” hará lo mismo con el

héroe. Bolívar sale de Bogotá. “No queremos héroes que nos arrebaten nuestros
                    520                                               423
derechos a gobernar”. Pero Urdaneta les arrebata la fila, el tumo y trono. Entonces los

ambiguos están en las dos partes, y con una faz le rinden honores a Bolívar y con la otra

le quitan la pensión y este sale lleno de dolor camino a la muerte. Los odios y el

sectarismo han llegado al máximo: Nadie lo quiere pero de ese odio casi total no nace

un solo partido. Más tarde al pie de la fosa descubrirá que sí los había cuando en medio

del drama de la muerte por ante el Notario José Catalino Noguera, “en uso de su entero

y cabal juicio”, dispone, siguiendo el impulso de su generoso corazón: devolver sus
condecoraciones, entregar a la Universidad de Caracas los libros, El Contrato Social, de

Rousseau y El Arte Militar de Montecucoli que antes fueron de la biblioteca de

Napoleón y en su proclama testamentaria dirá: “ Colombianos: habéis presenciado mis

últimos esfuerzos por implantar la libertad donde reinaba antes la tiranía y . . .

Colombianos: mis últimos votos son por la felicidad de la patria: si mi muerte con-

tribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al

sepulcro”

  (Un esqueleto filosófico sentado sobre una piedra se lleva la mano a la frente y asume

la posición del pensador de Rodin y habla y habla pero nadie le entiende por lo cual se
                    521                                              423
levanta y sale de escena seguido por el ruido de sus rótulas. ¡Aquí no hay más reino que

el de la muerte! ¡Ni más paz que la de los sepulcros!, —dice. En el ostracismo el

esqueleto del hombre más grande de esta parte del mundo espera cumplir la sentencia

de hacerse polvo en su tierra. Pero nadie lo quiere allá y el esqueleto, exiliado de su

nación, permanecerá en Colombia para no estorbar a los politiqueros de su adorada

patria.

-¡Que se pudra en Colombia en Santa Marta y no nos joda más!, —gritan sus enemigos
en Venezuela.

Loa el coro populachero de los pueblos:

-¡Que viva la constitución del Estado de la Nueva Granada! Invoca el tonsurado José

María, obispo de Santa Marta, en medio de la alianza sempiterna entre cruces y

espadas, quien dice a los convencionistas: “Al presentaros el libro santo”. Pero

separadas las secciones del Norte y del Sur de la República de Colombia la grandeza

del escenario mutilado como la piel de zapa se había encogido, lo que sí había

aumentado había sido el número de convencionistas, sesenta y ocho en total y claro, allí

estaban los de siempre: don Vicente Azuero, don Andrés Marroquín, L. F. de Rieux,
                    522                                              423


don Francisco Soto, don Salvador Camacho y don Florentino González como

secretario. El espinazo de los Andes no había soportado el peso de la grandeza

bolivariana ni el de las ambiciones parroquiales. La disolución de la Nueva Granada

quedaba consumada y Ecuador y Venezuela se habían desligado de la unión. El

Santanderismo quería ser un partido autónomo y se dijo liberal y a los contrarios los

llamó serviles pero en el juego de los apodos que parecen partidos terminó siendo
llamado instruccionista por los antiguos serviles a quienes para diferenciarse de ellos

los calificó entonces de retrógrados. El intento de hacer un partido dejó muchos alias.

Loa el coro de los pueblos:

  ¡Que viva la constitución de la República de la Nueva Granada reformada por el

congreso en su sesiones de 1.842 y 1.843! (En el nombre del Padre, Hijo y Espíritu

Santo dice como un salmista el cura Valenzuela abochornado ya que tan solo veinte

años después los convencionistas tendrían como una revelación de Dios el preámbulo).

¡Deroguemos! ¡Que quede vigente lo vigente! La suscribieron el Presidente de la

Cámara José Ignacio de Márquez, Juan Clímaco Ordóñez y Vicente Cárdenas.
                     523                                               423


Tampoco creó partido político alguno el regreso de los jesuitas, tal como lo dispuso el

gobierno en el año de 1.842, cuando taxativamente dispuso que los miembros de la

compañía de Jesús debían regresar al país para que se encargasen de dirigir la

educación, ni mucho menos formó partido la libertad absoluta de enseñanza

preconizada por José Hilario López, mediante la expedición de la ley 15 de 1.850. Las

diferencias existentes no eran entre partidos sino entre métodos educativos opuestos
como es buenísima demostración la conducta del enemigo número uno del Libertador

don Lorenzo María Lleras y amicísimo del general Santander quien para ejemplo de

actuaciones in- doctrinarias presentó la suya, pues pese a ser amigo de la educación

laica fundó su colegio con el nombre de Espíritu Santo, comprobando de manera

ambigua que “La Candelaria”, era unívocamente un partido oligárquico de católicos,

unidos en tomo al gobierno, a sus bienes, a su seudo aristocracia y a la monarquía pero

no un partido político en sí ni por sí, por lo cual sus enemigos tuvieron que recurrir al

maestro doctrinal don Rafael Carrasquilla quien para mostrar cuál era en realidad la

diferencia llamó a su instituto como Colegio Católico, es decir universalista, e
                     524                                               423
involucrando sin mutilación alguna a la Santísima Trinidad del Padre del Hijo y del

Espíritu Santo y no como lo había hecho don Lorenzo quien al solo mencionar al

espíritu Santo le estaba abriendo un boquete a la intolerancia y al dogma de la

Santísima Trinidad lo cual era muy peligroso. Lo evidente de todo fue que en medio de

tanta teología y sutileza, “La Candelaria”, ni se dividió por esta causa ni con motivo del

decreto de tuición del general Mosquera y de su secretario de Relaciones José María

Rojas Garrido, expedido con el respaldo de los radicales, Azuero y Álvarez, ni mucho
menos por la disolución de La Compañía de Jesús ni por la ocupación de sus bienes ni

por la pena de destierro decretada para quienes no se sometieran a la tuición de cultos y

al control por parte del poder ejecutivo para los ministros de la religión. La verdad es

que las divergencias educativas mal podían dividir a los miembros de “La Candelaria”

ya que todos ellos por ser católicos tenían una religión que los unía, y a más de eso

estaban atados por vínculos más poderosos, ya sanguíneos, económicos, sociales y

culturales que los liaban a una política supraorgánica que no era otra que la del Seguro

disfrute de sus inmensos privilegios. No se armó partido alguno en tomo al remate de

los bienes de los curas, pues “La Candelaria” remató los mejores de entre ellos para
                    525                                               423
pagarlos por cómodas cuotas ni mucho menos cuando aunados en el congreso

exoneraron a los rematantes de los pagos insolutos de esas acreencias.

  _¡La Candelaria unida o desunida jamás será vencida! _ ¡Que viva el maravilloso

futuro que espera a nuestros hijos!- se alcanza a oír todavía para ocultar el coro de los

esqueletos: ¡Que viva la paz de los sepulcros!

Vocea el Coro de los Pueblos:
¡Que viva la constitución política de la Nueva Granada del 20 de mayo de 1.853!. (En

el nombre de Dios, Legislador del Universo, y por autoridad del pueblo) Está suscrita

por Tomás Herrera, Vicente Lombana, Jorge Gutiérrez Lara y Rafael Núñez. Está

firmada por noventa y dos representantes provinciales del Senado y de la cámara y

entre los cuales están, Florentino González, Santos Gutiérrez y Santos Acosta quienes

se han quemado las pestañas redactando constituciones. Cuenta la historia de las

palabras: “Nada retrata con mayor fidelidad la fisonomía política de un país que su pro-

pia constitución” “El desorden engendra desorden, —declaró don Miguel Antonio

Caro, — la provocación produce el conflicto, la Constitución de 1.853 fue el verdadero
                    526                                              423
autor intelectual del conflicto del 17 de abril” “¡Exasperó a Obando! ¿Qué más

queréis?”

Cuenta el coro de los pueblos:

_¡Que viva la constitución política para la Confederación Granadina del 22 de mayo de

1.858!. (Bajo la protección de Dios Omnipotente, Autor y Supremo Legislador del Uni-

verso). La suscribió el caudillo Tomás Cipriano de Mosquera y los senadores y
representantes en número de setenta. Ahí están los convencionistas entre otros, Gregorio

Gutiérrez González, Joaquín Posada Gutiérrez, Dionisio Facio y los demás

representantes de los estados soberanos “Hoy termina la revolución iniciada el 20 de

julio de 1.810: han triunfado por fin vuestras virtudes cívicas” y firma, Tomás Cipriano

de Mosquera; la alocución enseña que, que es caudillo difícilmente pierde los

colmillos” (Lo esqueletos de todas las guerras intentan un himno patriótico pero sus

voces no se escuchan y burlonamente dejan oír la risa fúnebre que escapa de sus

tumbas).

Brama, se encrespa y se agiganta el Coro de los Pueblos:
                    527                                              423


_¡Que viva la Constitución de los Estados Unidos de Colombia del 8 de mayo de

1.863!. (En nombre y por autorización del pueblo y de los Estados Unidos colombianos

que representa, ha venido en decretar la siguiente, Constitución Política) Firman los

convencionistas, entre otros, José Rojas Garrido, José Araujo, Ramón Santo- domingo

Villa, Santos Gutiérrez, Santos Acosta, Santiago Izquierdo, Tomás Cipriano de

Mosquera, Francisco J. Zaldúa, Manuel Ancizar, Foción Soto, Aquileo Parra, José
Hilario López, Lorenzo María Lleras, Salvador Camacho Roldán y 58 convencionistas

más. Son los radicales, pero los hay de varias clases: Independientes con Aquileo Pan-a

y Oligarcas con Núñez como los habrá también Gólgotas y Draconianos. Francisco J.

Zaldúa era Gólgota y llamaba junto con los radicales como retrógrados y obscurantistas

a los partidarios de la educación confesional. A su vez los retrógrados u obscurantistas

llamaban como instruccionistas a los partidarios de Benthan. Y los oligarcas de Núñez

se denominarán, históricos y nacionalistas. Pero semejante escisión es tan solo

educativa, es decir, por el control de la enseñanza en las escuelas.

-No tanto mí estimado amigo porque si hubo una gran división, los nacionalistas
                     528                                               423
estaban con Caro y los históricos los que se oponían a su gobierno.

-.No, Bienvenido, porque un histórico era un nacionalista sin sueldo y un nacionalista

era un histórico con sueldo. Esa era su famosa división, el plato de lentejas. Cuando

Víctor Hugo romántico autor de Odas y baladas y de Nuestra señora de París la leyó y

se dio cuenta que los legatarios habían consagrado en ella la libertad individual ilímite

de enseñanza, de imprenta, de tener y portar armas y municiones; que la pena de muerte

no se podía imponer; que no había pena mayor de diez años y que no podía haber
confiscaciones dijo que se trataba de una constitución para ángeles y era verdad, porque

los constituyentes creían de buena fe que los tigres se amarran con telarañas y los

perros con longanizas.

(Un inefable poeta o rimador colombiano entra en escena y luego de enseñar la púa toca

en el arpa una desarmonía religiosa)

“Que el manto de paz del sacerdote formó un sucio pendón de tiranía;

Que forjó un Dios de bandería Poniendo charreteras a Jesús”

Habla la Historia: (Emula del tiempo)

Para contener la locura de los revolucionarios del norte entreguémosle la dirección de
                     529                                               423


nuestros ejércitos al Cristo de San Agustín.

_¡Que viva el invencible general Jesucristo! -gritó el pueblo. _No me crean tan

pelotudo —se dijo Bienvenido. Pero aun cuando él no lo crea hay milagros y los hay

para todo así sucedan al revés: en los Chancos de nada valieron las escarapelas: como

aquella de: “Detente que el Corazón de Jesús está conmigo” porque el ejército redujo a

los revolucionarios y los dominó. ¿De qué sirvieron las escarapelas?
La voz del radicalismo es como una tempestad de muerte y se oye por todas las

oquedades:

_Triunfamos en Los Chancos y Garrapata, en Mutiscua y en la Donjuana, en la Cabaña

y en Manizales, afirma el vocerío de los muertos, y queremos pelear así ya estemos

muertos; Pelearemos con Dios, con el diablo o sin el diablo, pero pelearemos con El,

“La Grandeza de este muerto proscribe de aquí la religión” “Duerme en paz. . . lejos de

aquel imperio monacal que nos deshonra;. . . “los chacales místicos no rondarán tu

fosa”... “Los muertos como tú no se despiertan; ni escuchan la trompeta del Arcángel;

ni acuden a la cita final, en Palestina” ha resumido el duelista de Dios, Vargas
                     530                                               423

Vila, ante la tumba de Diógenes Arrieta sin que de semejante duelo surgiera algún

partido que quebrantara el partido único de “La Candelaria”.

_ ¿Peleaban contra Dios los radicales o contra los católicos? _Peleaban contra Dios y

contra los católicos. Contra Dios por haber hecho tan mal el puto mundo y contra los

católicos porque le habían creído semejante estupidez.

_Un momento, barájemela más despacio Vitruvio.
_Pues primero contra Dios porque si no fue El, ¿entonces quién fue el que se cagó en el

mundo?

_Carajo y pueden tener razón porque en siete días no se fabrica ni una banqueta.

El partido de La Candelaria habla en el escenario del colegio del Espíritu Santo:

  La voz que se oye es la del perilustre Carlos Martínez Silva quien aboga por la

constitución de un partido que sin que el lo sepa ya existe: “Por más que declamen los

demócratas, en toda sociedad se forma y debe formarse una aristocracia, ya sea esta la

de la sangre, ya la del saber, ya la del dinero. Nosotros hemos proscrito las dos

primeras, que son las más nobles y benéficas y las que menos ofenden el sentimiento
                     531                                                423


popular, pero por lo mismo hemos venido a aceptar forzosamente la última. Si este es

un hecho inevitable, la prudencia aconseja que se pongan todos los medios para que esa

aristocracia monetaria, en vez de ser un elemento de trastorno y fuente perenne de

rivalidades, sea una fuerza moderadora y una garantía de orden”. Es la voz autorizada

del enclave que como el minutero del reloj por andar adherido al eje de la historia se

olvida hasta de sí mismo y se niega a salir de allí, porque al salir del tiempo que sale de
la historia.

Ulula el orfeón de los Pueblos:

¡Que viva la constitución de la República de Colombia! del siete de Agosto de 1.886.

(En el nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad) Firman entre otros los

convencionistas: José Domingo Ospina Camacho. José María Samper, Rafael Reyes,

Miguel Antonio Caro y diez convencionistas. más. La prueba definitiva de que no había

partidos políticos en Colombia distintos del partido único u oligarquía de “La

Candelaria” la mostró la historia cuando dispuesto unos a imponer a sus enemigos los

radicales, su victoria, aupados por el catolicismo de Caro, y por las ansias de poder de
                       532                                              423

Núñez, entrambos prepararon el entierro de la constitución de 1. 863.

I   Parte:

Primera parte de la otra parte:

Habla la historia: (depósito de las acciones)

     (Sobre las alegorías de ese tiempo y los sainetes de la historia no quedan sino estos

borrosos retablos en donde las cosas representan a otras por ser símbolos de ideas
abstractas). Eso fue lo que dijo el escritor Minchus cuando antes de escribir pintó un

bosque tétrico poblado de ominosas guadañas.

Primer Retablo:

  El primer retablo que descubre el telón es más largo que ancho y está bien pintado:

  (Un Zaratustra criollo se hace oír con la voz del regenerador Rafael Núñez, pero su

gesto intelectual solo se intuye en el espejo adosado a la pared ante el cual habla:

_“como los hombres, los pueblos náufragos no tienen otra vía de salud que la del

sentimiento religioso”, dijo, y luego agregó, —“En la hora que marca el cuadrante de la

humanidad, el desarrollo y fortificación del sentimiento religioso vuelve a ser el arca de
                     533                                                423


la civilización” “O regeneración fundamental o catástrofe”, augura la voz catastrófica

que declara inexistente la constitución de 1.863, después de la derrota de los radicales

en 1.885.

_Yo soy Miguel Antonio Caro dice la otra voz interponiéndose entre la imagen estañada

de Núñez y el espejo y asomando más su retrato espiritual tapa a este y habla:

_“E1 papa es infalible. El partido católico no discute formas de gobierno. Roma es de
los papas. En países eminentemente católicos los gobiernos deben ser eminentemente

católicos. La pluralidad de cultos y la divulgación del error por medio de la palabra y

de la escritura son males sociales que deben precaverse. El que no cree no tiene

derecho a quitar ni a imponer creencias. En los cuerpos legislativos ha de estar el clero

y las clases ilustradas. He traducido el Syllabus y las sabias encíclicas y los autores de

ellas gozan del dogma de la infalibilidad”, y como esa es la verdad, esta es mi verdad:

“No he podido crear el partido católico que es lo único digno de conservar entre

nosotros y que esta nación tanto necesita. ¡Escuchad, oíd!, dice feliz: ”La voz libera-

lismo no significa libertad, sino aprobación de la libertad para el mal".
                     534                                                423

Segundo Retablo:

  (Se abre un poco más el telón de boca y se van ordenando y apareciendo los otros

signos de la alegoría) La representación es muy basta y las calles inclinadas que se ven

son las de “La Candelaria”. Al lado de la calleja se ve la casa de Caro y el Camarín del

Carmen y unas beatas fisgonas se santiguan ante el Camarín, pues recelan que allí aún

están escondidos haciendo el amor el Virrey Solís y la Marichuela. Refutación: la
ciudad es fría y encoge la piel y el sexo, pero es mentira, una mentira que este se pierda

o se borre. En el ínterin, tres curas salen de la casa y uno de los idos que acaban de

llegar golpea el portón con el aldabón cobrizo del leonado llamador y enfundados en

sus hábitos negros, amplios, y ceñidos por anchas correas, cubren sus frías viejas con

los pliegues de sus altos capuchones a la espera de que se abra el verdoso portón. Son

dos de los agustinos que se acaban de instalar en “La Candelaria” en el antiguo barrio

de “El Príncipe” y a ambos por ser expertos con- flores de gobernantes les fascina el

poder. Cuando la puerta se abre en el umbral se topan con tres jesuitas que al dar con

ellos los miran con cierta desconfianza.
                    535                                                423

Tercer Retablo:

  Cuando el telón de boca es corrido por el tramoyista la alegoría se amplía y el retablo

cambia: la casa es grande, alta y fría pero la biblioteca en donde Caro los recibe es

cálida. El director de los padres agustinos le presenta a Caro al padre Fabo pero lo hace

en latín y en la misma lengua le contesta éste, quien presumido de su latina sabiduría

les sugiere que hablen en latín. Fabo nada responde y es más, enmudece, maravillado
de ver tanto libro en los escaparates, y de ese modo, casi ausente, escapa al reto

idiomático. Dos horas dura la visita y en ese tiempo Fabo se ha limitado a oír, sonreír,

espiar el rostro y escarbar en la mente de Caro como si quisiera desnudar el intríngulis

de algún secreto y solo después de haber visto al gramático arrodillado para recibir la

bendición del Director, al momento de despedirse habla:

  Señor Presidente, Ud. que domina tanto el latín como la historia, la gramática y la

filosofía, sí me va a decir de dónde viene mi apellido Fabo, porque hasta este momento

nadie me lo ha podido decir? —le preguntó con humildad. _Estudiaré el punto, —le

respondió el Presidente y a los cuatro días le remitió a la portería de La Candelaria su
                      536                                              423

enjundioso estudio. Fabo abrió el sobre, y cuando leyó la nota en la cual Caro le dice

que Fabo viene de Fabio y que los Fabos son de casta romana, se desilusionó y se rio, y

a la siguiente visita, cuando intervino en la conversación lleno de convicción le dijo:

_Señor Presidente, voy a decirle algo, y es que Ud. está equivocado no en cuanto

hemos hablado sobre las encíclicas sino en cuanto a que los Fabo de Navarra, de donde

soy, somos gitanos.
Las noches frígidas de un solitario:

  Caro ríe pues sabe que no puede engañar al cura. Afuera hace frío y llueve pero solo

en las noches Caro escucha los maullidos lúbricos de la Marichuela la cual gateando

sobre los tejados en medio de la obscuridad va hasta la alcoba virreinal, dejando sobre

las tejas una estela erótica que absorbe el olor a incienso con que el dueño de casa

zahuma las tentaciones que rondan su dormitorio. Algunas noches oye los suspiros y

jadeos de la pareja libertina que en amoroso deliquio solo cree en un Dios esparcido por

todas partes, que mora en las criaturas, y que el pecado no es más que una simple

opinión. Son condurmientes y como sabe que hicieron el amor desnudos, adamitas,
                     537                                                 423
piensa el latinista. En la tercera parte del retablo las dos beatas al regresar, se santiguan

ante el balcón y una de ellas lanza su escapulario que colgado en el aire y

bamboleándose exorciza el ardoroso amor de la romántica pareja.

Cuarto Retablo:

  Al correrse una vez más el telón mortecino desnudando un cuadro más del inmenso

retablo, se ve en su centro un amplio salón y la tarima presidencial. En tomo a la
tribuna, en una semiherradura, aparecen los rostros opacos de los quince delegatarios

que silenciosos, vestidos de luto riguroso, esperan como en un velorio la llegada del

gran catafalco nacional. Caro es el delegado de Panamá. A su lado están y se ven más

notorios: Guillermo Quintero Calderón. José María Samper, Rafael Reyes y Luis M.

Robles. La escena se impregna del silencio expectante de las piedras de los muros,

cuando Caro se incorpora solemne, como un toro hispano seguro de su casta y de su

poderío, mira, desdeñosamente, hacia la vacada endrina, levanta la testa amplia y

desmesurada, fija los óvalos de oro de sus anteojos, clava el magnetismo de sus ojos en

el rostro de los cinrcunstantes y como si se tratara de una eminencia cardenalicia, luego
                    538                                               423
de ordenar su barba, se dirige a la obscura grey en el tono más grave que registran los

armonios, cautivándolos con los cambios graves de voz y dominándolos con su

estampa y gestos cargados de sabiduría. Es en ese momento cuando las figuras de los

legatarios las ve como congeladas bajo el caprichoso cincel monódico que las corta y

talla con su pensamiento y con el conjuro de su palabra. Entonces sabe que habla ante

un mostrario de estatuitas tal vez organizadas por el diligente vendedor de un experto

anticuario y cuando los siente atentos y especiantes por oír sus palabras y gozar con su
tono gregoriano, de una vez comprende que ya es el dueño sin subasta alguna de tan

curiosa colección. Su gesto de gran actor y su mirada perdida en el aire parecen lamen-

tarse de no poder hablarles en latín puesto que él tiene el convencimiento de que

domina más esta lengua muerta que el español. Entonces les dice:

_“E1 catolicismo es la religión de Colombia, no solo porque los colombianos la

profesan, sino por ser una religión benemérita de la patria y elemento histórico de la

nacionalidad, y también porque no puede ser sustituida por otra. La religión católica

fue la que trajo la civilización a nuestro suelo, educó a la raza criolla y acompañó a

nuestro pueblo como maestra y amiga en todos tiempos, en próspera o adversa fortuna.
                     539                                               423
.. La religión católica fue la religión de nuestros padres, es la nuestra, y será la única

posible religión de nuestros hijos. O ella o ninguna” —dijo el sofista ultra católico, no

para enunciar el antecedente ni sacar el consiguiente de algún entínenla sino para

aparentar con el falso dilema que tan solo hay una verdad, una sola religión y que esa

tiene que ser la católica. Lo dijo a propósito de la discusión del artículo 38 de la

constitución de 1.886. Habla en un tono más duro y al conjuro de su voz, a lo lejos, en

el rincón del retablo, las figuras de rostros esfumados de los radicales salen de la
escena dejando ver tan solo sus espaldas. Los bigotes rubios del guerrero mozalbete,

Rafael Uribe Uribe que odia a los civilistas, al asomarse, al salir, parecen decir del

descubrimiento militar que a su juicio constituyó su más filosófico saber: “La guerra no

se pierde si se hace infinita”.

_Cien años de guerra y no un día de batalla deseaba el estratego y lo mismo me sucede

a mí quien por tener solo mujer parlera apenas intervengo en contiendas callejeras.

Caro el humanista más caro de Colombia:

  La constitución del 86 es su obra política más importante y la demostración de que su

gramática no fue la más pura ni la más literaria. Hay en ella veinte errores garrafales de
                      540                                              423
sintaxis quizás debidos a la premura en la corrección del texto final pero esto qué

importa si la gramática no es una materia avezada al pico de los políticos. En todo caso

lo cierto es que el Syllabus era para don Miguel la palabra divina, el protocolo dictado

por Dios, el cual por el solo hecho de estar aprobado por el Papa gozaba del magnífico

don de la infalibilidad y como en él se ha condenado el fatídico error liberal ahí estaba

concentrada la verdad católica que era la única y la fundamental. Ignoraba que El Papa

Pío IX, para engañarse a sí mismo más que a los demás, había aliado a dogma el
prodigio de la pontificia infalibilidad, de suerte que él, que sabía más encíclicas en latín

que el Padre Eterno pero que había fracasado organizando el partido “católico” no

estaba dispuesto a que ahora abortara en sus manos y bajo su intervención la idea que

lo sobrecogía sobre la aprobación de una norma constitucional que acabara para

siempre con el régimen de separación entre la iglesia y el estado, primero porque así se

lo había jurado a Dios; segundo, porque así se lo había prometido a su confesor, y

tercero, porque esa había sido en su vida su más grande aspiración.

 Caro, que era el escritor católico por antonomasia tanto en el orden filosófico,

jurídico, periodístico, poético, histórico y religioso, es decir, una especie de cardenal
                     541                                                423
sin capelo, pese a su importancia no pudo establecer un verdadero partido a no ser el

supuesto liberal, mas no por determinación de los radicales sino por que él como

triunfador absoluto con la expedición de la constitución de 1.886, al fin Comprendió

que la única manera de determinar a sus enemigos era siguiendo el Syllabus y el

sectarismo que al lograr identificar alguna vocación social dentro de ese pensamiento

los pudiera tildar de ateos, de masones y de libeles, reservándose para su causa y la de

sus amigos la denominación de conservadores porque como el mismo lo decía: aquí,
“No hay nada más qué conservar que el catolicismo”: Entonces para reparar el desafío

que los antiguos radicales le habían hecho a su Dios en unión de los curas los motejó de

liberales es decir de rivales de la religión universal, como lo había dicho el Syllabus,

dentro de un grado de intolerancia que lo hacía aparecer como el puritano aquel famoso

que un día lunes madrugó a ahorcar su gato por haber matado el domingo una rata. Su

amistad con jesuitas y candelarios fue tal que no es mentira alguna lo que de él se dice,

que en uno de los momentos en que se retiró de la presidencia encargó de ella al

general Guillermo Quintero y se fue para la hacienda Casablanca en Sopó, no para

descansar del cargo sino para poder entrevistarse allí con el obispo Ezequiel Moreno
                    542                                               423
que venía enfermo de Támara, durante los días del 5 al 17 de marzo, de suerte que

cuando Caro reasumió el poder en Bogotá al reintegrar su gabinete nombró como

Secretario de Educación a Rafael María Carrasquilla el recomendado del beato

Ezequiel. Caro logró mantener gran amistad con el padre Fabo y luego con el llamado

Pastor de Almas, el más tarde obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, espíritu intransigente

cual ninguno que se convirtió en su mano derecha y en su asesor político al hacerle ver

la imposibilidad moral de conciliación entre el catolicismo y el liberalismo ya que o
bien se estaba con Cristo o en contra de Cristo tomando el país a la situación del año de

1.858, cuando Mariano Ospina Rodríguez propuso la creación del partido “católico”

para que surgiera el partido anticatólico a lo cual los radicales habían contestado con la

tesis de “La Iglesia Libre en el Estado Libre”, que los amigos del sistema confesional

en la educación llamaron como la tesis de “la iglesia liebre dentro del estado galgo”.

Así Caro, más ardido de celos religiosos qué políticos no dudo en proponer, a raíz de su

descubrimiento qué, “No hay más que conservar entre nosotros que el catolicismo”, la

increíble creación de un partido de católicos para formar un solo cuerpo “con unidad de

principios, unidad de miras y unidad de acción”, “porque muchos conservadores se han
                    543                                                423
contaminado de ideas liberales, ya por la educación que recibieron en las aulas de

ciencias políticas enseñadas en sentido liberal”, “cosa que solo tendría solución con el

partido católico, uno mismo en todo el mundo”.

Quinta Parte del Retablo:

  (Cuando se corre el telón y deja ver la escena final, solo están en el suceso: el padre

Fabo, el señor Obispo Ezequiel, y Caro, que está situado en medio cínicamente les

dice):
_E1 liberalismo es el peor error contra el catolicismo y nosotros porque podemos,

debemos vencerlo. ¡Así de fácil! _E1 liberalismo ha sido derrotado pero no ha sido

vencido y es menester extirparlo —se oyó a Fabo en un monocordio. — ¡Luego no es

tan fácil vencerlo!

_La Iglesia triunfará, definitivamente, sobre él y el Syllabus que inventó el error liberal

nos redimirá de ese pecado de la misma manera como la creación del diablo hizo

posible que la gente se salvara, sostuvo el Obispo Ezequiel signando una gran cruz.

_“E1 que no está conmigo está contra mí nos ha enseñado San Mateo, Evangelio, X, 36

—leyó el padre Fabo en el texto bíblico y agregó: claro que al enemigo hay que saber
                      544                                               423
escogerlo si es que se quiere vencer. ¡Qué mejor enemigo para derrotar que el

liberalismo!”

_“Inimicitia ira ulciscendi tempus observans” remató el latinista— con los dedos

enclavijados sobre el abdomen.

_Sí —tradujeron los curas: “la enemistad es una ira que espía la ocasión de vengarse”

“Debemos vengamos”. .¿Entonces el liberalismo es una invención del cura Ezequiel?,

le preguntó Bienvenido.
«Pues él fue quien hizo escribir sobre su tumba su epitafio de que “El liberalismo es

pecado” —le contestó.

La ocasión la pintan calva:

  Pero el enviado de Dios la agarra al vuelo y él, que había Malbaratado el tiempo

escribiendo y verificando con cánones o dogmas en la mano que, los escritos del

presbítero Balizar Vélez, dirigidos a Carlos Martínez Silva, en su calidad de Director

del Repertorio Colombiano, cabeza de los históricos, amigo y contradictor de Caro,

eran fuente de pecado y de error, escribió su famoso opúsculo: O Catolicismo O

Liberalismo. No es Posible la Conciliación. Y desde el pulpito diría: El liberalismo es
                     545                                               423


pecado lo cual escribió siendo obispo de Pasto, desde donde incitó a la guerra y a la

muerte de los herejes liberales, pero de tan sectario ardor no salió partido alguno

católico ni cosa parecida pues los partidarios de la libertad de enseñanza se limitaron

con el general Uribe Uribe a la cabeza a escribir un réplica al tratadista para demostrar,

a contrario sensu que, el Liberalismo no era pecado, como lo sostuvo con los mismos

argumentos teológicos el distinguido general, en su monumental obra: De cómo el
liberalismo no es pecado, obra esta, que al no surtir ni tener un solo efecto curativo para

el sectarismo clerical sí le sirvió de base y de fe a sus bélicos esfuerzos al recurrir a la

guerra como único elixir contra el acoso desatado por los gobiernos y el clero en busca

de los herejes, ateos y liberales estigmatizados por el Syllabus. Caro expulsó del país

por conspiradores a Santiago Pérez y a Luis Modesto Garcés y enjuició a Luis A.

Robles, Francisco Eustaquio Álvarez, Santos Acosta y a Eustasio de la Torre Narváez

todos ellos educadores.

_E1 obispo Ezequiel no dijo que el liberalismo fuera pecado,

Lo que él dijo fue que matar liberales no era pecado —anotó Bienvenido.
                     546                                                423
Esta es la Segunda Parte de la otra parte:

Habla el guerrero:

“La desobediencia civil y la guerra nos señalaran el camino para obtener nuestros

derechos”

Habla la historia: (Testigo de los hechos)

Después de mil días de guerra la batalla final debía de librarse en los cerros de

Palonegro y después de diez y ocho días de combate y de quince mil muertos la guerra
civil más loca y violenta de Colombia al fin terminaría.

La Novela es más cierta que la historia:

  “Pido un minuto de silencio en honor de los mártires caídos en la lucha y en memoria

de los siete mil trescientos cuarenta y tres liberales que perecieron en la revolución” —

dijo Aquitania en la novela Las putas también van al cielo.

Dijo el pueblo por boca de Ulises Marmolejo:

  Esta enorme pirámide de calaveras que desde este yermo campo os contemplan fue

obra de las manos pías de los campesinos de esta región. Ellos, asustados, fueron

quienes reunieron en este macabro monumento los restos de esta al- macabra
                     547                                              423

desgraciada hija de tan increíble locura militar. Quien contó las calaveras e hizo el

tétrico inventario fue el coronel Gutiérrez. El, día a día, fue anotando el número de

calaveras que se recogían en cada jomada, el cual, luego de dos años de recolección,

alcanzó a la suma de siete mil trescientas cuarenta y tres cráneos que son los mismos

que cubren con sus órbitas vacías las cuatro caras de los ángulos que se juntan en la

cúspide para miedo y espanto de la guerra. Los huesos que reposan debajo de las
calaveras son los fémures, tibias, costillas, pelvis y esternones, en fin, la miedosa

osamenta de los cuerpos.

Habla el destino y pregunta:

  __ ¿Y qué nos queda como ganancia después de tanta muerte?

  Pero nadie responde ni se escucha en el aire ni en la tierra una sola salmodia

gregoriana que cante el arrepentimiento. Al contrario suenan voces y algún tan, tan, tan,

del nuevo tambor que llama a la guerra.

Entonces la masa coral confiesa:

- Necesitamos una verdadera constitución política porque carecemos de un instrumento
                     548                                              423


político que nos permita entrar en el futuro de nuestra patria.

_ Como la amnesia es la peor enfermedad de este pueblo la propuso nadie más ni nada

menos que el Presidente don José Manuel Cayetano Marroquín Ricaurte Moreno y

Nariño, pariente por todos sus costados de la oligarquía de “La Candelaria”, fabulista

de la Perrilla en la cual dijo: “Es flaca sobre manera toda humana previsión / pues en

más de una ocasión sale lo que no se espera”, un clásico literato, expositor de liturgia,
un profesor de urbanidad, un probador de dogmas, un gramático recio y un hombre

blando y pelotudo, más inactual y muerto que un frío cadáver en el centro de un velorio,

perfumado de coronas luctuosas, siempre de negro vestido, con el rostro melancólico, la

frente indecisa y la pasión ausente, en fin la pusilanimidad vivificada, de un clásico don

nadie y claro que, por ser así, a Caro le bastó un ademán para dar al traste con su

proyecto constitucional que si en algún tiempo rozó o nació en su mente allí mismo

entre ese catafalco se murió. Como se murió Panamá en la inactividad de sus brazos por

obra y gracias de la imperialista segregación. Cosa que nada le importaba ni le importó

como así lo confesó porque cuando el toro bravo del Theodoro Roossesvelt, dijo, hizo y
                     549                                               423
luego pensó: “I took Panamá”, nada lo estremeció y a su único hijo vivo le manifestó:

“Lloré tanto la muerte de tus hermanos que no me queda una sola lágrima para llorar

por Panamá”, o como lo manifestó en otra ocasión diciendo: “A qué tanta queja si me

entregaron un solo país y les devolví dos”. Vera y clara efigie de “La Candelaria” que

sabe que todo está ahí a la espera del tiempo y que por nada se conmueve porque nada

le importa como lo demuestra el hecho de que siendo Presidente y cuando los

revolucionarios se tomaban a tiros La Calera un amigo que lo visitó y que creía ir a
encontrarlo lleno de preocupaciones bélicas para ver de evitar la toma de Bogotá, al

verlo llegar a su casa, simplemente lo invitó a seguir diciéndole: “Siga que estamos

haciendo anagramas y nos ha salido uno muy bueno el de Leopoldo Cajiao: “Ajiaco de

Pollo”

_Le daba lo mismo un abrazo que un porrazo porque el que no carga bien las bragas las

costuras le hacen llagas. Era un traidor que parecía leal, un gramático godo y putrefacto

pero ya no jodamos más con él, Vitruvio, porque a barba muerta obligación cubierta y

como él nunca supo decir nones pero yo sí, por favor no lea más que me estoy

cansando, lo interrumpió Bienvenido.
                     550                                              423
_Espere un poco que ya casi termino esta parte.

Esta es la Segunda parte de la otra parte de la misma parte.

.¡Adelante Vitruvio!, pero primero tómese el café.

_Claro que sí pero vaya mirando el siguiente cartel:

Teatro Municipal de Bogotá Anuncia para hoy: Viernes Cultural:

La presentación de la conferencia del general Rafael Uribe Uribe Tema: el socialismo
democrático Lugar: Teatro Municipal, Hora: 5 P. M. Entrada: gratuita Teatro

Municipal:

   (El teatro está repleto de espías, de agentes secretos de la escuela de Arístides

Fernández, de gente del pueblo, de algunos artesanos y de unos veteranos de la guerra

de los mil días que esperan su jubilación) El general Rafael Uribe quien como todo

buen garrochista había saltado fácilmente del vivac del combate al campo del debate

teológico y demostrado con su obra: De como el liberalismo colombiano Do es pecado,

el error manifiesto cometido por el sectario obispo Ezequiel Moreno en su libro: O

catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación, estaba a tiro de empuñar de
                    551                                                423

nuevo la garrocha para saltar de la guerra a la paz, gracias a que el reposo y la

meditación sobre sus fracasos militares lo habían llevado a darse cuenta, que él, al igual

que el resto de mortales, incluyendo a sus enemigos los llamados conservadores, habían

ido a la guerra por algo bastante irreal, por unos partidos que ni habían sido ni eran por

falta de contenido ideológico de suerte que cuando él comprendió que la camisa de

fuerza de la desastrosa batalla de Palonegro le había atado las manos más no el cerebro
le resultó claro y obvio que había que dejar atrás su fracaso bélico hasta lograr olvidarlo

y luego de pensar en su destino en uno de sus momentos febriles llegó a la conclusión

de que había que hacer un partido, una especie de asociación democrática o bandería

del pueblo para poder enfrentar a los presuntos miembros del partido “católico” y a los

felices militantes del partido de “La Candelaria”. Y por extraño que parezca fue esa una

de la pocas ocasiones en que estuvo entre la certeza y la verdad. El mundo en su

incesante rotación no había hecho más que cambiar y los problemas de ayer eran

diferentes y no eran los de hoy. Entonces, con el teatro lleno hasta las banderas, repleto

de artesanos enruanados, de uno que otro filipichín de fraque, de un grupo de veteranos
                     552                                                423
de la última guerra que querían pelear por su jubilación, y de parte del pueblo, una vez

se apagaron los vivas sesudamente les expresó:

_Estamos a la zaga del mundo ideológico y necesitamos construir un partido político

que sea democrático, socialista, y del pueblo. Ni debemos fosilizamos mirando hacia el

pasado enaltecido por Azuero, Ezequiel Rojas y por Manuel Murillo Toro, ni quedamos

en el presente sino conquistar el futuro, por eso es que hoy les voy a presentar la

plataforma que hará posible un Nuevo Liberalismo. Estamos ante la necesidad de
implantar un socialismo de estado, es decir: un intervencionismo que busque ante todo

la justicia social, una mayor equidad en el reparto de la riqueza, y por ende, un mayor

bienestar para las clases oprimidas; debemos convertir el senado en una “Cámara de

Trabajo”, elegida por las asociaciones gremiales, vale decir, los industriales, comer-

ciantes, artesanos, universidades, en fin todas las fuerzas vivas de la patria. La reforma

agraria es indispensable y es necesario que el Estado intervenga para reglamentar el

régimen del trabajo para brindar protección a la industria y dar participación a los

obreros en las ganancias de los capitalistas. Estoy totalmente seguro les dijo que “Con

fragmentos de clásicos, retazos latinos, áridas reglas de gramática y sutilezas
                     553                                               423
metafísicas no se va hoy día a la conquista del pan. Como se ve todas las

reivindicaciones están situadas en el terreno económico. Lo haremos sin cataclismos.

”E1 paso del presente al porvenir ha de verificarse por transición suave, bienhechora y

regular”. “El Estado debería dictar una ley limitando las herencias per capita hasta

cierta suma”, “El único pilar de la propiedad debe ser el trabajo”, “En fin que el partido

ha de renovarse en las canteras del socialismo y esbozó cien cuestiones más que luego

estallarían como una bomba de tiempo en “La Candelaria” que asustada y sintiéndose
acorralada comenzaría a devolver golpe por golpe con la difusión de chismes, consejas,

chascarrillos, anónimos, versitos, pasquines y volantes en los cuales se le dieron a Uribe

Uribe los calificativos de volteado, traidor, vendido, clerical, conservador, godo,

apátrida, traficante, responsable de la derrota de la revolución, sostenedor de la

dictadura, demagogo, corruptor y mil prédicas más llenas de odio que incitaban al

asesinato del caudillo: “Mientras viva el partido estará desunido y anarquizado, para

que el partido logre la unión es necesario que muera”, nadie sabía de donde venía tan

calamitoso odio pues este como una ola quebrantada saltaba de un lugar a otro de un

barrio a otro, de una calle a otra, de una chichería a otra, mientras los asesinos armados
                     554                                               423
de rencor, convocados por el llamado Comité Caldas se reunían en “La Alhambra”, en

“Puente Arrubla”, en “Puerto Colombia” y en “Puente Núñez” para inficionar el

ambiente hasta hacerlo aparecer en los mercados y en las plazas de la ciudad como el

directo responsable de la carestía, de la Pésima situación económica de la población y

del estado de Pobreza de los artesanos que al fin de cuentas asumieron por ks manos de

Galarza y de Carvajal el encargo político de asesinar al general como lo hicieron el día

15 de octubre de 1.914 cuando luego de afilar sus hachuelas esperaron a que este saliera
de su casa de habitación sita en la calle novena no 111 desde donde lo siguieron

sigilosamente en su ruta hacia el capitolio nacional en donde Leovigildo Galarza ade-

lantándose al caudillo y volviéndose de frente hacia él lo atacó descargándole sobre el

rostro la hachuela que antes llevaba oculta bajo la ruana. Era la una y media de la tarde

y el día 16 de octubre a las dos de la mañana se murió. El crimen político fue el recurso

final que utilizaron sus enemigos para acallarlo. “La Candelaria unida jamás sería

vencida”. La oligarquía le había cerrado el paso al socialismo amenazante de sus

intereses y prebendas. Los mestizos Galarza y Carvajal habían cumplido a cabalidad

sus compromisos mortales y el crimen en su autoría intelectual jamás se esclarecería
                     555                                               423
pese a las declaraciones ampulosas del gobierno sobre la iniciación de la más amplia y

exhaustiva investigación criminal.

Donde se dice quiénes eran y de dónde descendían los hombres que querían legislar

para ir a la guerra o cambiar el vivac para redactar nuevas constituciones.

Libro Segundo de Vitruvio Llamado Éxodo Capítulo 1

Estos son los nombres de los hijos de España, que entraron en Tierra Firme por Santa

Marta, bajo el mando del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada en busca de El
Dorado, cada uno entró sin su familia pues ninguno trajo a su mujer.

2   Hernán Pérez de Quesada su hermano, Juan del Junco, Juan Lescames y Domingo o

Alonso de las Casas;

3   Gonzalo Suárez Rendón, Juan de Céspedes, Hernando de Prado, Pedro de Valenzuela

y un tal Albarracín;

4   Antonio Díaz Cardoso, Juan de Sanmartín, Juan Tafur, Martín Galeano y Antonio de

Lebrija;

5   Lázaro Fonte, Gómez del Corral, Hernando Venegas, Antonio de Olalla, Gonzalo

García Zoiro, Juan de Montalvo y Jerónimo de Insar,
                       556                                             423
6   Baltasar Maldonado, Juan de Madrid, Juan de Olmos, Juan de Ortega, Pedro de

Colmenares, Francisco Gómez de la Cruz, Francisco de Tordehumos, Antonio

Bermúdez y Cristóbal Arias Monroy;

7   Cristóbal Bemal, Andrés Vásquez de Molina, Hernando Gómez Castillejo, Diego

Romero, Juan Gómez Portillo, Pedro Marín, Francisco Salguero, Miguel Sánchez,

Paredes Calderón, Pedro Gómez de Orozco, Diego Montañez, Pedro Ruiz Camón,

Francisco Ruiz y Juan de Torres;
8   Cristóbal de Roa, Juan Suárez de Toledo, Miguel López Portearroyo, Francisco

Núñez Pedroso, Juan López, Juan Rodríguez Camón, Cristóbal Ruiz Clavijo, Pedro

Bravo de Rivera, Pedro Luis Herrezuelo, Juan de Quincoces, Martín Ropero, Pedro

Yáñez, Alonso Gómez Sequillo, Miguel Secomoyano, el tal Villalobos y otro, el

Bravo;

9   Juan de Quemes, Alonso Rodríguez Beltrán, Miguel de Oñate, Pedro de Acebo

Sotelo, Gil López, Juan Gordo, Pedio Núñez Cabrera, Mateo Sánchez Cogolludo,

Francisco de Monsalve, Juan de Chinesilla, Juan Rodríguez Gil, y el otro tal del

Mestanza.
                    557                                         423
10   Pedro Sánchez Sobaelbarro, Cristóbal Méndez, Simón Díaz, Juan de Puelles,

Medrano Mimpujol, Hernando Navarro, Juan Ramírez, Fracisco Yestes, Aguine Alpar-

gatero, Luis Gallegos Higueras, Francisco Valenciano, Pedro Calvache, Alonso

Machado, Pedro de Salazar, Juan de Mundeinuesta, Diego Martín, Baltasar Moratín,

Antonio Pérez Macías, Francisco Gómez de Mercado, Gonzalo Macías, Alonso

Novillero, Pedro Briceño, Pedro Gironda, Manuel Paniagua, Benito Caro, y Juan de

Penilla,
U Vinieron también con estos o arrimados a estos Bartolomé Camacho, Alonso

Mincobo Trujillo y un tal Valenzuela, Pedro Corredor, Diego Bravo, Alonso Martín,

Bartolomé Suárez, Francisco Ruiz, Pedro Vásquez de Leiva, Juan de Frías, y Francisco

Díaz.

12   De estos ciento catorce y de entre los muslos de las indígenas vinieron muchos más

a los que llamaron mestizos, pero es natural que con los otros conquistadores vinieron

muchos más:

13   Entre estos están los que trajo bajo su mando Juan de Montalvo a saber Martín

Yáñez Tafur, Juan de Rivera, Gregorio de Vega, Francisco Maldonado del Hienro,
                      558                                            423
Domingo de Guevara, Diego Samchéz Castiblanco, Juan de Castro, Juan de

Villanueva, Antonio de Digarte y Antonio García;

14   Francisco Aldarete, Pedro de Ponras, Pedro Hernández, Gaspar de Santa Fe, Hernán

Gallegos, Juan Gascón, Juan Peronegro, Juan Mateos, Cristóbal de Angulo, Diego

Ortiz, Diego de Guete, Juan Hincapié, Jerónimo Hetes, Diego de Espinosa, Diego

Franco, Cristóbal de Oro, Francisco Álvarez, García Calvete de Haro, Francisco de

Anuida, Francisco de Murcia, Juan Cabezón, Francisco Ortiz y Antón Núñez;
15   Con el alemán Federman vinieron: Cristóbal de Sanmiguel, Alonso de Olalla, Pedro

de Anarcha, Mateo de Reym, Juan Avellaneda, Cristóbal Gómez, Hernando de Al-

cocer, Andrés de Piedrola, Pedro de Miranda, Juan Fuertes, Cristóbal de Toro, Melchor

Ramírez Figueredo, Juan de Contreras, Hernando de Santa y Juan Trujillo;

16   Sebastián de Porras, Alonso Marín, Alonso Moreno, Miguel Solguín, Luis

Lancheros, Domingo Lozano, Miguel de la Puerta, los tales, Zamora y Villaspasas,

Antón Flamenco, Maestre Juan, Nicolás de Troya y uno que no podía faltar el bachiller

Juan Verdejo que son veintiocho en total.

17   Con Sebastián de Belalcazar llegaron: Melchor de Valdés, Francisco Arias
                      559                                           423
Maldonado, Juan de Avendaño, Fernando de Rojas, Pedro de Arévalo, un tal Orozco,

Cristóbal Rodríguez, Juan Burgueño, Francisco Arias, Antón Luján, Francisco de

Céspedes, un tal Valdez y Juan de Cuellar;

18   Todos ellos vinieron y luego muchos más hasta el tiempo de Jerónimo Lebrón en que

bajo el maestro de escuela Pedro

García de Matamoros llegaron Hernando Velasco, Luis Manjarrés, Jerónimo Aguayo,

Diego Rincón, Diego García Pacheco, Gonzalo de León, Lorenzo Martín, Pedro Niño,
Diego de Paredes Calvo, un tal Mellán y un tal Morán y Alonso Martín;

19   Francisco Arias, Blasco Martín, Iñigo López, Francisco Melgarejo, Pedro Carrasco,

Juan Gamboa, Francisco Álvarez Acevedo, Sancho Vizcaíno, Pedro Teves, Antón

Paredes de Lara, Antón Paredes, Pedro de Miranda, Pedro Mateos, Álvaro Vicente,

Juan de Tolosa y Francisco Gutiérrez de Murcia.

20   Con Alonso Luis de Lugo vino al reino Lope Montalvo de Lugo y luego Miguel

Diez de Armendáriz y con él Pedro de Ursúa e incluso Juan Ruiz de Orejuela;

21   Femando Suárez de Villalobos, Gonzalo Montero, Francisco Manrique de Velandia,

Juan de Riquelme, Juan de Sandoval, Francisco de Vargas, Cabrera de Sosa, Antonio
                      560                                           423
Fernández, Femando Velasco, Juan Penagos, Melchor Álvarez, Juan de Mayorga,

Martín de Vergara, un tal Mejía y otro tal por cual un Figueroa.

22. Desde luego que vinieron también Spira y Ambrosio Alfinger tudescos de verdad.

23   Quesada murió sin hijos y sin casarse pero es cierto que engendró y que murió en

Mariquita en 1.583, y Juan de Junco dejó sus hijos a su paso por Santo Domingo, Juan

de Lescames los tuvo pero los negó por ser capellán. Suárez Rendón dejó hijos nobles,

Juan de Céspedes dejó hijos; Hernando de Prado tuvo descendientes, el capitán
Albarracín dejó hijos en Tunja; Antonio Díaz Cardoso dejó hijos y larga posteridad,

Juan Tafur tuvo una hija natural que casó con Luis de Ávila, Hernando de Venegas

caso con Juana Ponce de León, dejó ocho hijos legítimos; Antonio de Olalla casó con

doña María de Urrego con la que tuvo nobles hijos, Baltasar Maldonado tuvo por hijos

a Alfonso Maldonado Carvajal a doña María y a doña Ana Maldonado, Juan de Olmos

dejó hijos, Juan de Ortega tuvo un hijo natural, Francisco Gómez de la Cruz tuvo hijos,

Cristóbal Bernal tuvo un hijo, Juan Gómez Portillo tuvo una hija que casó con Nicolás

Gutiérrez, Pedro Martín fue casado con Catalina Barrionuevo; Cristóbal de San Miguel

casó con Ana Francisca de Silva, Alonso de Olalla fue su hijo Antonio de Olalla,
                    561                                              423
Mateo de Rey tuvo dos hijas, Cristóbal Gómez casó con Leonor Silva, hija de Juan de

Collantes, Hernández de Alcocer casó con una Sotomayor, y cuando esta se murió se

casó con la hija de Isabel Galiano quien luego de convivir con él murió siendo señorita,

testó a favor de su sobrino Andrés Piedrola y le mandó a este que se casase con Isabel

cosa que cumplió dejándola señorita pues por artes del destino también murió, casó

esta señorita por tercera vez con Alonso González quien tampoco la empreñó y murió

siendo señorita;
_ ¿De ahí vendrá el dicho aquel de que a culo que no le conviene no le vale correr

riesgos?

_ El que viene de ahí es aquel de que a culo que le conviene no le vale jugar a las

gambetas; Juan Fuertes casó con la Palla una india principal del Perú, Cristóbal de

Toro, Melchor Ramírez Figueredo, Juan de Contreras, Hernando de Santa, Juan

Trujillo, Sebastián de Porras, Alonso Martín, Alonso Moreno, Miguel Soldín, dejó

unos hijos, Luis Lancheros, de noble linaje, Jerónimo Ortal, Domingo Lozano tuvo por

hijo a su homónimo quien murió, Nicolás de Troya tuvo una hija natural, Femando de

Rojas tuvo hijos, Martín Yáñez Tafúr, dejó hijos legítimos, Francisco Maldonado dejó
                      562                                            423
un hijo que lo heredó, Francisco Ortiz tuvo hijos legítimos;

24   Las primeras mujeres que vinieron de España a Santa Fe fueron: Isabel Romero,

esposa de Francisco Lorenzo, Elvira Gutiérrez, esposa de Juan Montalvo, Catalina de

Quintanilla, esposa de Francisco Gómez de la Feria; Leonor Gómez, esposa de Alfonso

Díaz, María Lorenzo, hija de la primera que luego se casó con Lope de Rioja y María

Díaz y la de muchas campanillas María de Orrego;

25   Juan Ruiz de Orejuela, fue casado y tuvo siete hijos varones;
26   De todos estos varones la mayoría de ellos sacados de las cárceles españolas donde

purgaban sus asesinatos, homicidios, asaltos, robos, hurtos, estafas, estupros y

violaciones legales con la promesa de tomar ricos a España nacieron millares y

millares de hijos naturales ya que sus padres tomaron por centenas y como suyas a las

indígenas de sus encomiendas suscitando un caos genital o mestizaje increíble y que

desorbita toda posibilidad de rapacidad y de salacidad, y de este mestizo con el negro,

surgió el vociferante mulato dentro de un cuadro interminable que se indica para

comprobar tanta declinación, ruina, perversión, corrupción y envilecimiento étnico

general,
                       563                                           423
27 De   español e india: nació el mestizo.

28 De   mestizo y española: el castizo.

29 De   castiza y español: el español.

30 De   española y negro: el mulato.

31 De   español y mulata: el morisco.

32 De   español y albina: el toma atrás.

33 De   indio y toma atrás: el lobo.
34 De   lobo e india: el sambayo.

35 De   sambayo e india: el cambujo.

36 De   cambujo y mulata: el albarazado.

37 De   albarazado y mulata: el barcino.

38 De   barcino y mulata: el coyote.

39De coyote e indio: el chamizo.

40 De   chamizo y mestiza: el coyote mestizo.

41 De   coyote y mestizo: el ahí te estás.

42   Estos son los grados o hitos de generación de la Población indígena,
                       564                                          423
salpicón de todo, que salvan los mestizos por fórmula democrática y nada más.

43   ¿Cuál fue pues tan monstruosa de generación? _ ¿Cuántos de estos fueron

encomenderos?

_ ¿Y cuántos indígenas hacían una encomienda?

_Más de cien, desde luego mucho más. -¿Y cuántos españoles vinieron a América?

_Unos cien mil o algo más.

_¿Cuántos coitos y qué preñazón tan brutal?
_Y todo en nombre de la iglesia y por la razón de la espada.

Tercera Parte:

En donde empieza la tercera parte de la otra parte Canta el coro de los pueblos:

Soplan aires reformistas:

_Que vivan los actos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, y 10 de 1.905, reformatorios de la

constitución de 1.886; que vivan los actos 1 y 2 de 1.907, reformatorios de la

constitución de 1.886; que vivan los actos 1, 2, y 3 de 1.908, reformatorios de la

constitución de 1.886; que vivan los actos 1, 2, 3, 4, y 5 de 1.909, reformatorios de la

constitución; que vivan los actos 1, 2, y 3 de 1.910 reformatorios de la constitución de
                    565                                               423
1886.

La escuela laica dentro del estado obscurantista:

  De los escombros del radicalismo lo único que quedó fue el refugio de la enseñanza

privada, es decir, que de la fundación de establecimientos privados de educación y por

lo tanto no sometida a la supervigilancia de la iglesia dependía el futuro político del

liberalismo. Así nacieron las universidades el Externado, la Republicana, la Libre, el
Liceo Mercantil y otros establecimientos más. No tanto por la permisibilidad de ellos

sino por que el gobierno sin autorizarlos los permitió. Pero es obvio que de tanta

preocupación y afán pedagógico no nació partido político alguno del mismo modo que

tampoco lo logró el Presidente, Marco Fidel Suárez cuando durante el trienio

presidencial (1.918 a 1.921) por causa del tresillo, de los agiotistas, de su misma hon-

radez y de los ímpetus sectarios de Laureano Gómez Castro no pudo terminar su

período presidencial ni dejar fundado el partido católico que era su delirio ni terminar

su período el cual tuvo que ser terminado por Jorge Holguín _Dicen que siempre estuvo

en las manos de los agiotistas del diez por ciento mensual.
                     566                                               423
_Así fue como lo comprueban estos vales escritos y suscritos por él:

_Lo más grave e inconsecuente del caso es que Laureano Gómez Castro que fue quien

lo tumbó del cargo de Presidente era hijo de un artesano de Ocaña que fuera de ser sas-

tre, para pillar su fortuna prestaba dinero al diez por ciento mensual, por lo cual se vio

forzado a abandonar esa población por causa de su oficio ya que al no poder devolver a

uno de sus clientes una máquina de escribir que este le había empeñado, por sus

amenazas, tuvo que salir de esa ciudad.
La pedagogía del general Benjamín Herrera:

El general Herrera, un auténtico militar y un guerrero por vocación y defensa de la vida

y de la libertad, después del desastre militar de Palonegro y de la pérdida de Panamá

exclamó con razón su famosa frase de “La patria por encima de los partidos” y apegado

a ella un día cualquiera de su existencia, lejos del vivac y de la contienda comprendió

que debía tomar a la enseñanza e instrucción pública si era que en realidad soñaba con

constituir un partido liberal que no fuese una montonera inorgánica de odios para

enfrentarlos a sus enemigos sino una ideología para renovar el país y lograr su

engrandecimiento moral y material y fue así como en el año de 1.923, interpretando el
                    567                                              423
mandato de la convención de Ibagué, fundó la Universidad Libre, “la cual no debía ser

un foco de sectarismo ni una fuente perturbadora de k conciencia individual; ese

moderno establecimiento debe Ser una escuela universal sin restricciones ni

imposiciones; ese hogar espiritual debe ser amplísimo templo abierto a todas las

orientaciones del magisterio civilizador, y a todas las sanas ideas en materia de

educación; nada que ate la inteligencia a los prejuicios, y a las preocupaciones; pero

nada tampoco que atente contra la libertad ni la conciencia del individuo. No vamos a
fundar una cátedra liberal, sino una amplísima aula en que se agiten y se muevan, con

noble libertad, los temas científicos y los principios filosóficos aceptados por la

moderna civilización. Otra cosa estaría en pugna con la ideología del partido que se

propone dotar a la Nación de algo que ella con urgencia necesita”. Pero de semejante

preocupación y sueño no nació partido liberal alguno sino que bajo la cátedra Ubre se

llegó a la conclusión de que la educación debía ser científica y democrática. __¿Pero de

dónde han sacado los pedagogos que es su ciencia en donde reside el gobierno futuro

de la sociedad?

_De la política sin ideología que conoce que del mismo modo que una generación joven
                    568                                              423
remplaza a la generación caduca sabe que con un grado mayor de educación a la ju-

ventud existe la posibilidad de lograr en el futuro mandatarios superiores a sus

antecesores por pertenecer a una elite superior en conocimientos y en sabiduría como lo

creyeron tantos griegos que tuvieron que tomar la cicuta de manos de sus discípulos.

_Pero el pasado político de Colombia no puede ser considerado como unos simples

juegos inventados por “La Candelaria”

_Aun cuando no lo creas Bienvenido, de eso se trata de unos juegos bastante sencillos
que ya te los voy a mencionar y a explicar:

Donde se trata del tute y del emplumado:

_ ¿Con qué y cómo se juegan?

_Con la baraja española de cuatro palos y cuarenta cartas y entre dos y hasta cuatro

jugadores, entre los cuales una vez barajado el naipe se reparten de a ocho cartas por

jugador dejando el resto sobre la mesa dentro de las cuales se saca una que es el triunfo.

Quien es mano lanza la primera carta que por obligación ha de ser del mismo palo del

triunfo, si no tiene triunfo debe robar en el mazo hasta encontrarla y así sucesivamente.

La ciencia del juego consiste en dejar emplumado al contrario es decir con el mayor
                     569                                               423


número de cartas y el arte de emplumarlas es la destreza del juego de tal modo que el

contrincante no tenga manera de salir de las suyas y se quede con ellas, es decir,

emplumado.

_ ¿Pero aún no veo como es que “La Candelaria” ha jugado al emplumado y al tute

políticos sin perder nunca un juego? _Pues si no lo ve es porque no lo ha querido ver

porque con los ojos nos sucede a los humanos lo mismo que nos acontece con lo oídos
porque así como no hay peor sordo que el no quiere oír así sucede con los ojos porque

no hay peor ciego que el que no quiere ver. Jugando al emplumado “La Candelaria” ha

hecho la runfla política en la presidencia durante cuarenta y cinco años, desde Núñez y

pasando por Caro, Sanclemente, Marroquín, Reyes, González, Restrepo, Concha,

Suárez y Ospina hasta Abadía todos muy buenos gramáticos.

  ¿Pero en el año treinta se les jodió el jueguito con el triunfo de Olaya Herrera, no le

parece?

_No lo crea de a mucho. Olaya venía de “La Candelaria” y era de “La Candelaria”.

Había sido colaborador del gobierno desde el año de 1.905 en la Cancillería, titular de
                     570                                                423
la misma en 1.910, y embajador de Colombia en Estados Unidos, desde 1.922 hasta

1.930 y cuando asumió la Presidencia de la República lo hizo bajo la política de

“Concordia Nacional” que, era lo mismo que apuntarse al continuo público poique a

tiempo comprendió que no había llegado al poder en representación de un partido

distinto al del dueño del Poder gubernamental, y ajeno a “La Candelaria”, sino como

encamación de una oligarquía soldada por mil ataduras invisibles, dispuesta a ejercer el

mando y unida en su momento mucho más en la defensa de la unidad territorial
amenazada por el conflicto bélico suscitado por el Perú. Olaya Herrera llegó al poder

gracias al rompimiento político suscitado por las candidaturas del general Vásquez

Cobo y del poeta Guillermo Valencia. Fue un tercero en medio de la división y como

tercero ganó el poder. El relance político por la Presidencia se hizo con la candidatura

de Alfonso López Pumarejo quien ganó las elecciones sin tener partido liberal alguno

que lo respaldara y orientara en la ejecución de su mandato, hecho este, que al ser

comprendido por él, lo llevó por acomodación a decir que por desgaste las antiguas

fronteras existentes entre los partidos habían desaparecido, se habían borrado y

extinguido, cuando en realidad lo cierto era que nunca habían existido salvo en lo
                     571                                               423
tocante al control educacional. López acorazado por su teoría y acordándose de sus

antecesores los pedagogos radicales se dedicó a dibujar de nuevo esas fronteras

mediante la implantación de las reformas laboral, agraria y educacional. Bajo su

mandato llamado de “la revolución en marcha” sobre el régimen prestacional de los

trabajadores (vacaciones, cesantías, dominicales, jomada laboral, sindicatos, huelgas,

jubilaciones, etc. etc.). Dispuso mediante la expedición de la Ley 200 de 1.936 sobre

tenencia y posesión de tierras la vigencia de las prescripciones extintivas y adquisitivas
del dominio con lo cual amenazó a los latifundistas que mantenían sus predios ociosos,

pero ante la reacción de estos, como siempre, dejó entre el tintero la creación de los

jueces de tierra que eran los encargados de decretar tales prescripciones. Es decir, que

al hambriento se le mostró la comida pero se le quitaron los dientes no fuera que la

pudiera morder, de suerte que, a los campesinos colombianos la única tierra que les

correspondió fue la que siempre a hurtadillas y por desaseo les había pertenecido: la

que en razón de sus faenas agrícolas de más de doce horas de trabajo diario se les

quedaba entre las uñas. Fue en la educación en donde López, roto el régimen de

concordia y de convivencia nacional, denunció ante el congreso el concordato de 1.888
                    572                                               423
y en ese mismo terreno, como luego de interminables discusiones con la Santa Sede, se

logró al fin clarificar que “ Corresponde al Presidente de la República como suprema

autoridad administrativa: reglamentar, dirigir, e inspeccionar la instrucción pública na-

cional” Los fautores de la enmienda fueron Echandía quien había actuado como

Enviado Extraordinario de Colombia ante la Santa Sede y discutido y acordado la

reforma, y mi amigo de ayer, Luis López de Mesa, quien actuó como Ministro de

Educación del gobierno de López. Laureano Gómez Castro fue el opositor nato a esta
reforma, y se enfrentó a ella junto con algunos obispos y clérigos sectarios

desconociendo incluso la autoridad papal y del nuncio con lo cual desató bajo la

promesa de “hacer invivible la república” la campaña más feroz emprendida por el

velado partido “católico” en contra del presunto liberalismo. “La acción intrépida” sería

el combustible con el cual se iba a apagar el panorama de violencia y muerte que crecía

en la nación. Su aliado natural fue el obispo Builes un sectario que se desayunaba

comiéndose un liberal y quien instigaba al asesinato de los enemigos de su fe puesto

que esos crímenes serían perdonados por Dios. El tema secular del control de la

enseñanza dividía una vez más a los colombianos y la guerra y la muerte no se harían
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esperar. La Universidad Nacional, la llamada ciudad blanca con su libertad de en-

señanza y con su democratización era algo que había que extirpar. Solo que la

administración de Eduardo Santos amortiguaría un tanto la situación desatada por los

resurrectos miembros del partido “católico” pero si les mostraría sus dientes nombrando

como ministro de educación a Jorge Eliécer Gaitán quien como líder de la juventud

izquierdista abogó por la democratización de la enseñanza.

Todo esto lo sé mejor que Ud. y no es necesario que me lo cuente Vitruvio. Mire que
todo eso lo he vivido. Yo voté Por Olaya, hice relancina con López Pumarejo, la volví a

hacer con Eduardo Santos y terminé reeligiendo a López Pumarejo, y desde luego, que,

aún cuando, solo una vez se dice la misa y segundas partes nunca fueron buenas y al

que marró el primer tiro no le queda nada en la culata no sé ni como ni porqué lo reelegí

con mi voto ni por qué a su causa ofrecí entrañas y arquetas lo cierto de todo es que por

animal ya que viniendo de la huesa no se pregunta por la huerta o lo que es lo mismo

que aprendí de San Ginés que el que tiene cara de bruto, lo es, como los postes y los

pozos que ni siquiera echan bozos y por todo eso en estas andamos, con los estallidos a

cada amanecer de la corrupción administrativa, con la mácula mayor del asesinato de
                    574                                               423
“Mamatoco” a todas horas, con el escándalo de las acciones de los alemanes confinados

en Fusagasugá, con el negociado de la Handel repetido a cada momento, con la división

del pueblo y de sobremesa y postre con el golpe militar de Pasto del 10 de julio de

1.944 dado por el coronel Diógenes Gil, un mestizo sin juicio ni valor, golpe del cual

solo sobrevivirán las anécdotas, con la renuncia del Presidente López, con las bombas

del chiquito Velásquez escondidas entre el armonio de la catedral, con la división entre

los candidatos: Turbay apoyado por la oligarquía y Gaitán el candidato de la izquierda
popular y con la inminencia del triunfo que buscan las “camisas negras” con su

candidato Mariano Ospina Pérez. De suerte que con todo esto y Echandia de Presidente

para qué más.

_Cuénteme lo que sepa del golpe las anécdotas y nada más para saber si con el tiempo

quedan como si fueran la verdad. _Pues por lo que sé la conjura se urdió con el pretexto

de que el gobierno favorecía a la policía y la ocasión que la pintaban calva la empezó el

propio Presidente quien viajó a Pasto para presenciar las maniobras militares que allí se

iban a realizar. López se hospedó con uno de sus hijos en el hotel Niza hasta donde

llegaron los complotados al amanecer del 10 de junio para notificarle que debía
                    575                                               423
renunciar, circunstancia esta que supo aprovechar diciéndoles que lo haría pero que le

trajeran una hoja de papel sellado para que la dimisión fuese válida, mas como a esa

hora no se encontrara el papel decidieron trasladarlo preso hasta la finca de Consacá.

Mientras tanto las fuerza leales se movilizaron y la voz clara del ministro Alberto

Lleras, ministro de gobierno, movilizó al país en defensa de la democracia por lo cual el

golpe fracasó y terminó con el enjuiciamiento y condenación de los militares golpistas.

Era tan ingenuo el coronel Diógenes Gil que cuando él en compañía de uno de sus
seguidores se presentó en el Banco en Pasto a sacar dinero para sostener el movimiento

ante el allanamiento que le hizo el gerente de entregarle lo que fuera si giraba un

cheque del gobierno, desistió de echarle mano a la plata pues no supo como superar esa

dificultad. Eso es lo que sé de suerte que el golpe se paró por falta de una hoja de papel

sellado y de una chequera de una cuenta oficial.

_Todo eso aun cuando lo sepas por haberlo vivido ha de quedar escrito en alguna parte

ya que en esta nación todo se olvida, todo se tapa y todo se encubre por la historia que

es fronda de solo mentiras benéficas.

_Lo único que a mi juicio vale la pena son las anécdotas de esta pequeña historia: y
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vaya como primera la del coronel Luis Agudelo cuando luego de golpear a la puerta del

cuarto que ocupaba López con su hijo en el Hotel Niza de Pasto a eso de las cinco de la

mañana, al ver al Presidente se le cuadró militarmente como lo hacen los hombres con

mentalidad subalterna y le dijo:

“Le aviso que ha estallado un movimiento militar que se ha apoderado de Pasto, y de

Bogotá y que se ha encargado del gobierno. Tiene dos horas para resolver qué quiere

hacer. Se le darán completas garantías”, palabras con las que reveló a López la falta de
determinación de los golpistas, y quien escondiendo el bulto se limitó a poner unos

centinelas en la habitación presidencial y en el Hotel. Pero es más chusca la siguiente,

porque luego de transcurrido algún tiempo volvió el golpista y le pidió a los coroneles

Londoño, Pinzón y a tos aviadores del presidente Tavera y Dueñas que se retiraran de la

sala pues necesitaba hablar en privado con el Presidente y cuando ya quedaron solos le

presentó a este una hoja de papel, con una declaración escrita a máquina para que la

suscribiera: “Ante los graves problemas que afronta el país, he decidido renunciar

voluntariamente a la Presidenta de la República y encargar del mando al coronel

Diógenes Gil”. Fue en este momento cuando López que era más zorro por viejo que por
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astuto y que necesitaba ganar tiempo le dijo al coronel que su renuncia solo era válida si

estaba escrita en papel sellado y que él no iba afirmar un acto administrativo que más

tarde resultara nulo de nulidad absoluta por falta de tal formalidad cosa que dilató hasta

por más de dos horas la situación puesto que a esas horas estaba cerrado el expendio

oficial y porque una vez que se consiguió el papel y se escribió el texto de la renuncia,

López luego de leer lo escrito se quedó mirando al coronel y seguro de su poder se lo

devolvió mientras le decía: _Coronel Agudelo, yo no puedo firmar ese papel porque
para qué quiere Ud. que yo diga una mentira si todos sabemos que un Presidente no

puede mentir. Yo lo que estoy es preso y a sus órdenes.

_“Pues si no la quiere firmar no la firme, en todo caso los carros están listos para partir,

de suerte que bajemos ya. Entonces lo cierto de todo es que lo llevaron a una hacienda

llamada “Consacá” en donde pasó la noche y gran parte del día siguiente, hasta las

cinco de la tarde cuando fue llevado a una entrevista secreta con el coronel Pinzón

quien para asustar al presidente le manifestó que, tanto él como el Presidente eran unos

rehenes en manos de no se sabía quién porque el coronel Gil no tenía el control de la

situación.-Gil cree que la solución es que Ud. lo nombre por un mes como ministro de
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guerra y que los oficiales comprometidos no sean sancionados: Entonces Pinzón le

propuso que lo mejor era que hablara directamente con Gil. El diálogo resultó mucho

más eficaz, pues López haciéndose el que no sabía que las tropas leales al gobierno

estaban listas para enfrentar a los golpistas y a los revoltosos en el río Guaitara y que el

choque era inminente le dijo:

_ ¿Cómo es la cosa Coronel?

_Que he ordenado regresar las tropas para evitar un choque, pues mis compañeros
quieren ir hasta el final si es que no hay una transacción satisfactoria y le advierto que

yo no he tenido otra preocupación sino la de cuidar su vida —lo cual le reveló a López

que los golpistas estaban vencidos y crecido por lo dicho le increpó:

_A Ud. se le ha olvidado que yo soy el Presidente y que Ud. no es más que un

irresponsable coronel.

_Pero falta consignar la verdad esencial: quien ganó la partida fue el ministro de

Gobierno Alberto Lleras quien utilizando el poder informativo de la radiodifusión,

utilizando en cadena la Emisora Nacional su desconocida afición por la locución y la

clara modulación de la palabra se dirigió al país serena, firme, y conceptuosamente
                     579                                                423
sobre el dominio total del gobierno de la situación dando seguridad al gobierno, a la

democracia y a sus instituciones. Fue esta la primera oportunidad que Colombia tuvo de

conocer el poder comunicativo del primer locutor oficial, envidia de los Sepúlvedas,

Zalameas y de otras plagas más.

Postre de natas: ñapa y algo más:

_A este país se lo va a cargar no el patas sino el putas de Arabia como suele decir el
pueblo

_Es verdad la situación política es muy confusa, la social grave, la económica

insoportable, la violencia incontenible, y los judíos que todo lo saben están que se van.

_¿Cómo lo sabe?

_Porque Paul Eigher está haciendo que los comerciantes judíos lleven sus mercancías

valiosas a sus casas, saquen los dólares, y mantengan en sus cuentas solo centavos y

nada más, y porque el librero Hans Ungar quien me llamó antier opina lo mismo que el

sabio Eigher cosa que me preocupa de verdad.


                     580                                               423
CAPITULO XXXI

Imposible era una palabra que solo debía figurar en un diccionario para necios, porque

cada vez que la absurda ocurrencia de lo irrealizable era negada, por difícil o por en-

fadosa, su acaecimiento, es decir, el indeseado suceso, con la desvergüenza objetiva del

escueto hecho, trituraba a todos lo que por haber cerrado los ojos al acaecer tenían que

pagar con dolor, rabia y lágrimas, la maldad que aparejaba la presencia del absurdo. Por

eso cuando el viejo reloj de la torre de la iglesia de San Francisco señaló con sus agujas
la una y cuarto de la tarde, cuando la ciudad estaba desierta y vacía y solo los vagos

iban de café en café en busca de alguien con quien matar el tiempo hablando de “la

vaca lechera”, “la huerta casera”, y de “las palas de cabo largo”, últimas ofertas

presidenciales para mitigar la pobreza de los trabajadores del agro y de la ciudad, nadie,

ni aun el más sagaz de los habitantes hubiera podido sospechar que la explosión de

unos disparos pudiera hacer viable lo inimaginable por improbable, cuando las balas del

asesino, desbocadas como rayos mortales, penetraron el cuerpo del “caudillo del

pueblo”, Jorge Eliécer Gaitán, quien protegiendo su rostro con sus manos, retrocedió,

agazapándose entre sus acompañantes, y luego vacilando dio una voltereta que lo
                     581                                               423
precipitó sobre el andén en medio de la sorpresa, angustia, desconcierto y perplejidad

de los amigos y de la gente que se arremolinó desesperada alrededor de su cuerpo a

maldecir y llorar de impotencia.

-¡Un taxi, por favor un taxi, rápidamente, un taxi!, gritaron tos hombres! —mientras

pasos adelante un agente secreto que allí esperaba, siguió, detuvo y desarmó a un

hombrecillo delgado y menudito, cuyos aspectos más singulares eran: su inocultable

mestizaje y su indubitable pobreza, y a quien una vez desarmado entregó a algunos
agentes de policía que extrañamente estaban en el lugar. Uno de ellos Ruándolo del

brazo lo llevó hasta la Droguería Monserrate en cuyo interior trató de que le confesara

su participación en el crimen. Un taxi negro, frenó junto al círculo de hombres y

algunos de ellos ayudaron a subir en él al caudillo quien en compañía de alguno de sus

amigos fue llevado a la Clínica Central.

  Mientras esto sucedía dos centenares de personas vociferantes se habían agolpado a

la puerta de la droguería en donde el policía había hecho bajar la reja de hierro y en

donde pugnaban por derribarla no solo para echarle mano al asesino sino para matarlo.

Entre tanto, los más, maldecían e insultaban a Mariano, Laureano, Álvaro, Luis
                    582                                              423
Ignacio, “el cojo Montalvo”, a Niño y otros más a quienes tildaban de “godos gran

hijueputas” pues guiados por la sabiduría popular de los instintos, estos, sin duda

alguna, habían sido los autores intelectuales del crimen. Algunos acurrucados frente a

la sangre del caudillo empapaban en ella sus pañuelos e incorporándose juraban vengar

el magnicidio cometido por “la gran hijo de puta godarria”. Por eso, cuando ante el bru-

tal empuje popular la puerta cedió, y el asesino, agitado como un pelele, cayó entre los

brazos del pueblo y vio los rostros llenos de ira, y sintió los puños airados quedó su-
mido en la más intensa perplejidad pues en medio del grave desconcierto comenzó a

sentir lo que era la furia de un poder inesperado. Entonces en semejante confusión,

estremecido por la horda, lleno de zozobra, quedó atónito ante la revelación de esa

rabia que lo sacudía como a un muñeco inerme hecho con trapos, sin vocación ni

destino, lanzándolo de un brazo vengador a uno más vindicativo; de unos ojos furibun-

dos a otros más coléricos; de un grito tribal a un alarido más rotundo; de un bofetón

airado a un patadón profundo, y de un sucio escupitajo sobre el rostro, al más ruin y vil

gargajo, hasta el momento de tener que caer descoyuntado entre los poderosos brazos

del oscuro populacho. Entonces una caja de embolar negra se vio surcar el aire y al
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despedazarse contra su cabeza, astillándose, saltó hecha añicos y con su certero golpe

lo precipitó en tierra, de donde al ser rescatado por los brazos ultrajados volvió a ser

izado, zarandeado y vapuleado, hasta dejar su cabeza convertida en una masa,

sanguinolenta, cárdena, amorfa y sin vida. Entre tanto la jauría humana, sumergida en

la irracionalidad colectiva, ya había diluido el carácter y la moralidad de los hombres

entre la masa vociferante y con la ulterior desaparición de los principios morales,

hundidos todos en el más espeso gregarismo, el individuo acababa de periclitar ante el
poder de una fuerza hecha de violencia y de gritos que igual a un diluvio comenzaba a

inundar el horizonte humano con aguas mucho más turbias, mientras que el flagelado

oía las voces de la vindicta pública que al saberlo autor del crimen político gritaban:

_ ¡A palacio! ¡Vamos a Palacio! ¡Vamos con él a Palacio!, para que el “asesino del

Mariano y el doble hijo de puta del Laureano sepan la que les espera”. Entonces el

abatido pelele, arrastrado del faldón del saco y de la corbata azul, hecho un guiñapo de

huesos y de vértebras quebrantados y rotos, tinto en sangre, emprendió el viaje secular

del odio que escondido por siglos dentro del espíritu de los mestizos que lo arrastraban,

acababa de reventar, ese viernes, a la una y cuarto de la tarde, los eslabones que lo
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habían mantenido alejado de la escena terrible por donde libre y suelta discurriría la

venganza. Por ningún motivo ni jamás de los jamases creyó la criminal cabeza que

inexorable pendía de la cuerda azul de la corbata y con la cual lo arrastraban, que el

famoso pacto diabólico por él celebrado ni mucho menos que su protector, el “mohán”,

del cual tantas veces se le había hablado, le pudieran negar en el momento concluyente

de su vida, la protección de sus potestades, ni la gloria que había anhelado para su

humillado y desgraciado corazón, ni mucho menos que lo hubieran hecho por burla o
por desprecio hacia él, sino que él mismo se atribuyó el fracaso inculpándolo a su

indecisa y deficiente preparación, o sea que antes de morir, como si fuera un buen

católico se imputó sin quejas ni dolor la responsabilidad de su desgracia, achacándosela

a sus naturales limitaciones y a su pobrísima inteligencia. Sí. Sus deficiencias

intelectuales lo habían llevado a cometer el grave error de haberle extraído, media hora

antes de la indicada, el corazón a un gato medio negro, cuando como muy bien se lo

había dicho su guía espiritual, Unlad, ha debido hacerlo a las doce en punto y a un gato

absolutamente negro. Todo lo había hecho mal porque el gato que él encostaló y

sacrificó tenía unas manchitas blancas en las orejas. Y además, había cometido otros
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errores, porque la noche tormentosa en que emprendió el ascenso al cerro de

Monserrate, invocando en medio de los rayos, truenos y caídas la presencia del diablo,

aún no estaba en posesión del anillo blanco del conjuro, hecho con los siete metales

sagrados y con la crucial calavera esculpida dentro del sortilegio de la herradura, del

famoso anillo ése, que según el poderosísimo San Ciríaco lo alejaría de la muerte como

por ensalmo; le depararía la riqueza prometida, y lo protegería de todo mal y peligro, y

ese craso error había sido su mayor equivocación. Según sus últimos pensamientos todo
io había hecho mal hasta la invocación al Sanctum Regnum de la Gran Clavícula del

Sabio Salomón, puesto que esta en cambio de protegerlo haciéndolo invisible, antes del

crimen, en el momento del crimen y después del crimen, había permitido su visibilidad

y sin hacerle perder la corporeidad, había permitido que un estúpido detective, alertado

por algún acusón no solo lo viera y lo desarmara sino que lo capturara. Si, había osado

cometer el magnicidio había sido porque estaba perfectamente convencido de la segura

indemnidad atribuida por Unlad a sus mágicos poderes. Por experiencias personales

sabía con certeza que la fuerza de su espíritu y su poder mental concentrados podían

realizar multitud de prodigios. Así era como había visto su rostro, de suyo
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insignificante, trocarse ante un espejo desempañado, gracias a la fuerza de su voluntad,

nada menos que en la vera efigie del general Francisco de Paula Santander, pilar de la

nación, según los radicales y civilistas, y rábula y ladrón según los utópicos adherentes

del partido “católico”. Todas esas experiencias comprobadas, multitud de veces, fueron

las que como un grande augurio le señalaron que ese día viernes, nueve de abril, su

acción y sus poderes, a partir del momento del crimen, es decir, a partir de la una y

cuarto de la tarde, lo conducirían junto con el paso del tiempo a su gloriosa exaltación
política e incluso al mando de la República que con tanto ahínco y decisivo corazón

anhelaba. Antes de expirar recordó como, un día cualquiera, en medio de la

concentración mental de sus fuerzas había podido incendiarle las alas a un moscón

negro hasta hacerlo caer abatido y calcinado al suelo, y como en otras ocasiones vio a

las más vigorosas flores caer desgonzadas, dobladas y tronchadas por sus tallos y

corolas bajo el influjo de su poderosa mirada, sin que hubiera fallado una sola vez en la

repetición de esas experiencias, y claro está, todo ese inmenso saber y esos dones

especiales, al abandonarlo a su perra suerte, traicionándolo, le hicieron entender en el

fatal instante que el poder que lo estremecía en medio de su dolorida muerte se debía a
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que su cuerpo vivo aún podía sentir el castigo de los golpes, los puños y las recias

patadas. Nunca, jamás, llegó a pensar el iluso e incauto asesino en su loca creencia ni

incluso en medio de su fantástica obnubilación que hubiera podido ser marioneta o

juguete de las poderosas y obscuras fuerzas políticas que querían la muerte del caudillo,

ni que él hubiera podido ser el ejecutor material de una conjura, ni mucho menos que

esta hubiera podido ser urdida desde el fondo más sombrío de las almas de “La

Candelaria” ni que el ario del Unlad, el mago que hacía de jardinero de la embajada de
Alemania, se hubiera prestado a alguna maniobra engañosa, ni que el floricultor fuera

el más importante eslabón en la cadena del crimen. Por eso cuando la caja negra de

embolar se estrelló contra su visible cabeza, pese al dolor que lo estremeció, aún tuvo

conciencia para concluir que sus graves errores y las lecciones mal aprendidas eran las

que le habían abortado no solo el alcance y la posesión del tesoro prometido sino su

ascenso al deseado Poder. La ilusión se había desvanecido ante la realidad. Tal vez

Unlad había errado por primera vez la predicción, porque él en cambio de ser

conducido como gobernante del pueblo hacia el poder, tal como Unlad se lo aseguró,

era arrastrado hacia el Palacio Presidencial convertido en un montón de tripas y
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visceras desgarradas, de huesos rotos y de nervios reventados, en medio de una gritería

que solo lo abandonaría cuando hecho cadáver fuera arrojado a las puertas de la Casa

del Presidente.

  Bienvenido, el hijo de éste, y el doctor Jaramillo aún conversaban parados sobre el

quicio de la “Marmolería La Romana” pero luego de que estos le hicieron entrega de la

lápida ordenada por Vitruvio, y en el momento en que este les estaba dando los

agradecimientos “por los favores recibidos”, cabalmente, a la una y diez y ocho
minutos de la tarde, vieron correr, como si estuviera loco a un mocetón, quien histérico

les gritó la infausta noticia del asesinato del caudillo del pueblo por parte de los godos

al tiempo que una oleada humana marchaba veloz, tensa y llorosa hacia el centro de la

ciudad. Entonces tan pronto como el hijo de Bienvenido cerró con llave el local, cada

uno, y en previsión de cuanto pudiera suceder, tomó su camino. Bienvenido se fue a la

casa de Vitruvio para enterarlo del repudiable crimen. El doctor Jaramillo siguió por la

carrera séptima, llevando bajo el brazo el pesado envoltorio con la lápida, mientras que

el hijo de Bienvenido puesto al frente de los seis trabajadores de la marmolería, corrió

vociferante y energúmeno, sumándose a la protesta popular que copaba la carrera sép-
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tima. La frenética corriente humana, bravucona y acrecida, se desbordaba ya, incluso

sobre los andenes, dejando ver en los rostros amargados y apesadumbrados la imagen

impredecible de una soberbia que, cumplidamente a esa hora, emprendía el viaje

secular de una justicia aún incomprendida, pero que luego, en medio del asfixiante

humo de los incendios erigiría, en medio de los escombros, y de las cenizas, el

dictamen del ‘Tribunal Superior de la Venganza” que más tarde, en medio del caos

general, decretaría sin causa ni jueces ni veredicto ni apelación alguna los primeros y
más estremulosos fusilamientos, pero eso sí, de ejecución inmediata, como lo

confirmaban las detonaciones que al dar en el blanco escogido convertían a sus

víctimas en cadáveres y a sus propiedades en pasto de la violencia, tal como si todos

quisieran en medio del cruel alumbramiento que naciera el nuevo mundo que

presintieron en el crepitar de la primera chispa del incendio para alumbrar luego en la

total deflagración, en tanto que en medio de los saqueos, robos, despojos, lubricidades,

atracos y asesinatos, afloró sobre la superficie, amarillenta y tenebrosa la faz de un

alma colectiva que escondida bajo los reductos de las almas pervertidas, dejaba ver

vagamente una tez obscena que gritaba la realidad de la muerte. Cuando el hijo de
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Bienvenido por fin llegó a la Avenida Jiménez un horizonte impenetrable de machetes

espejeaba en el aire y se agitaba sobre un mar de sombreros negros y grises, mientras

que los gritos y las voces, los vivas y los mueras, sumados a los abajos y a las

detonaciones se expandían como ecos de malísimos presagios en todas direcciones.

Cuando por fin logró penetrar la masa humana e ingresar en el más alto oleaje de tan

singular bravura, al caer allí, en el vórtice de la tormenta, como una paja más, fue

llevado casi que en vilo, hasta el periódico El Tiempo, sobre una de cuyas ventanas, un
orador de barba quijotesca, un tal Felipe Lleras, trataba de hacerse oír y quien en medio

de semejante mare mágnum izaba los brazos y abría la boca inútilmente, puesto que la

algarabía, los estentóreos gritos y los disparos que hendían el aire hacían inaudibles sus

palabras. Impulsado por la maraña humana de insultos, de voces, de disparos, de

cuchilladas, y de alaridos selváticos, al fin llegó hasta el pequeño altozano de la iglesia

de San Francisco de Asís en donde vio cómo la gente que se había tomado el edificio

de la gobernación, lanzaba por las vendas hacia la calle escritorios, máquinas de

escribir, mesas, Sillas, lámparas y papeles oficiales, tal como si un afán por destruir

todo se hubiera apoderado de los asaltantes que por oleadas continuaban precipitando
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hacia la calle bibliotecas, Juinas, retratos, poltronas y sofás. Entonces conmovido por

«realidad violenta de los disparos que a quemarropa cobraban sus víctimas en medio de

la ebriedad general, se enrutó hacia Palacio en donde el empuje popular crecía como

una marejada que luego de ser diezmada, retrocedía disminuida por los certeros balazos

y disparos de los soldados que, bien atrincherados, defendían a muerte su posición. En

medio del caos fue y se sumó al cabrilleo popular que sin orden ni mando alguno

aspiraba a tomarse el poder y tuvo que saltar sobre una tendalada de muertos
descoyuntados que como sedas sueltas habían quedado tirados en el piso y parapetado

tras ellos escapó milagrosamente de ser cernido por la metralla que a cada nueva ráfaga

cribaba la trinchera hecha con muertos. Cuando luego de reptar llegó a la carrera sexta

se sintió más seguro y por esta regresó a la Avenida Jiménez pero en la calle once tuvo

que presenciar el fusilamiento de un hombre cuando un vocero del “Tribunal Superior

de la Venganza”, con una palabra, bajo la voz de “¡Fuego!”, decretó la muerte de un

hombrón acusado de ser detective. Todo ocurrió de manera tan sumaria, que la

brevedad de la palabra, “¡Fuego!” dada por el vocero de los verdugos resultó mucho

más larga y lenta que la cortísima sentencia, que confiada a la razón de los gatillos hizo
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que las cuatro balas disparadas estallaran certeramente en el corazón de la víctima. Un

código de guerra a muerte, aún no escrito había nacido en medio de la hecatombe.

Cuando regresó a la Avenida Jiménez un locutor de la emisora Metropolitana, irres-

ponsable y ebrio, lo interrogó sobre “cómo veía y cómo sentía los sucesos” y le

contestó algo que nunca más pudo recordar porque pese a haber hablado “en vivo y en

directo”, como dijo el gran inventor de “su noticiero metropolitano para el cual más

valía una gota de verdad que un mar de mentiras”, “acababa de confirmar que no solo
se había insubordinado la Quinta División de Policía sino toda la policía, la cual estaba

al frente de la lucha”; “que el cojo Montalvo pendía de un farol de la Plaza de Bolívar”;

“que el autor intelectual del asesinato del caudillo, Laureano Gómez Castro, había sido

ahorcado junto con sus hijos Rafael, Enrique y Álvaro por haber sido estos los autores

intelectuales del delito” y mil cosas más, que una vez oídas lo hicieron volar y tomar a

la Plaza de Bolívar. Por entre la fusilería anarquizada y borracha llegó hasta la Casa del

Florero en donde se guareció bajo la tibieza y el calor de la tea en que se estaba

convirtiendo el caserón de cuatro pisos del Café Europa que trataba de alzar sus llamas

por entre un cielo lloviznoso. Desde allí vio una mujer solitaria que avanzaba sobre la
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plaza con el tricolor nacional a manera de pañolón, y la cual instaba a los hombres a

que la siguieran, embrazando con su mano izquierda un crucifijo, y amenazando con

disparar el revólver que empuñaba con la diestra. Después la vio caminar cerca a un

tranvía que se retorcía entre las llamas y dar un mal paso, vacilar por unos instantes, y

luego si rodar con Cristo y todo, por la pendiente de la muerte, dejando caer su Ecce

Homo, de tal modo, que hecho añicos, se había desintegrado en medio de sus in-

crédulos ojos. Entonces se dio cuenta que la habían matado desde la catedral de cuyas
torres partían los disparos que hendían el aire y, a la vez, sintió el golpe producido por

el cuerpo de un hombre que al caer a su lado, tiroteado en el pecho, agonizaba con los

ojos abiertos llenos de estupor mientras dejaba escapar por los labios un hilito de

sangre. Cuando lo vio morir y doblar la cabeza le arrebató el fusil que portaba, le quitó

las cartucheras y por el boquete de una de las ventanas, con calma, apuntó hacia la torre

y disparó, pero para su mayor sorpresa el tiro ni tronó ni salió. Entonces un hombre

bastante fornido, que acababa de llegar, mostraba unas patillas de sargento, llevaba un

bigote de sargento, hablaba con voz de sargento, exhibía ademanes de sargento y al

cual quienes lo seguían le decían “mi sargento”, se quedó mirándolo y le dijo:
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_Mire recluta como es que se maneja un fusil —y dándole un corta lección lo puso al

tanto del manejo del arma, luego de lo cual le ordenó: ¡Ud. queda incorporado como

soldado a la escuadra de la calle setenta y cinco!— mas como en ese momento la lluvia

de disparos arreciara sobre la edificación, dirigiéndose a sus acompañantes, dijo:

-Sería una locura pretender, por ahora, llegar a Palacio. Pero más tarde lo haremos.

Volvamos a la empresa de Teléfonos para saber qué ha pasado. Iremos en fila junto a la

pared y distanciados pero en la calle doce nos reagruparemos para ir incorporando
sobre la marcha a quienes encontremos armados con fusil. ¿Entendido?

.¡Entendido mi sargento!

  Bienvenido Lumbreras, segundos antes de entrar en casa de Vitruvio, vio cuando los

dos policías que cuidaban la mansión de Urdaneta Arbélaez, enterados del fatídico

insuceso, en un santiamén, se quitaron las chaquetas y gorras militares y como,

cubriéndose con sus ruanas grises, pero sin ton ni son, por solo causar alarma,

dispararon dos tiros sobre las ventanas de la casa que custodiaban luego de lo cual

corrieron hacia la carrera séptima en donde se sumaron a la corriente demudada que

más tarde convertida en tromba arrasaría sin dejar piedra sobre piedra ni albarda sobre
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al- barda la mayoría de edificios del centro de la ciudad. Vitruvio que a esa hora

ignoraba los sucesos puesto que acababa de hacer la siesta se alarmó en extremo con la

infausta noticia y se le arrasaron los ojos de inmenso dolor pero prevenido por

Bienvenido para que cerrara bien puertas y ventanas, en asocio de este y de Ifigenia, el

ama de llaves, se dedicaron a correr visillos, cerrar ventanas y a bajar las persianas en

previsión de cuanto pudiera suceder. Bienvenido aduciendo que tenía que ir al centro de

la ciudad para buscar a su hijo y palpar la situación se despidió dejando a Vitruvio en su
estudio moviendo de un extremo al otro la aguja del radio pues ansiaba escuchar alguna

información. Bienvenido tan pronto estuvo en la calle marchó hacia el centro pero en

cambio de hacerlo por la carrera séptima lo hizo por la carrera sexta en donde un golpe

de gente iracunda, vestida con ruanas, pañolones y sombreros, avanzaba energúmena

hacia el centro de la ciudad. Entretanto de los cerros orientales bajaba la multitud

vivando al caudillo e insultando a Mariano y a Laureano a quienes atribuían el crimen.

Cuando al fin llegó al Parque Santander se quedó maravillado del poder destructor de la

turbamulta y luego de buscar a su hijo, decidió continuar por la carrera sexta rumbo a la

Plaza de Bolívar Cuando llegó frente al Palacio de Justicia vio con temor como más de
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trescientos ex presidiarios de los cuatro mil y más que había sido liberados por los

guardianes de las cárceles, Modelo y La Picota, como una plaga hambrienta en busca

del sustento, llegaron y se tomaron la edificación de cinco pisos, ubicada en la calle

doce, en donde funcionaba el Palacio de Justicia y sin pensarlo dos veces, comenzaron

a lanzar sobre el patio central los procesos penales y civiles, los muebles y enseres de

los despachos judiciales para que sirvieran de pasto a la ilegal combustión que ordenada

en ese momento por el populacho, y por “El Tribunal Instantáneo de la Venganza”
acababa de decretar en favor de los delincuentes la amnistía general de sus delitos, y

quienes para colaborar con el colonial remedo de justicia, querían acelerar

vertiginosamente los procesos detenidos durante más de cien años de pereza judicial y

de rémora jurisperita puesto que algunos de ellos ya retorcían sus hojas bajo el fuego y

prescribían las causas bajo las llamas que, en dos horas más de diligencia extrajudicial,

terminarían por convertir la pirámide de papel en un homo que luego abrasaría las

gradas de madera, y que más tarde, se tomaría con sus llamas las puertas y las ventanas,

los pisos, las soleras, las vigas y las tablas hasta hacer venir a tierra el alto techo de la

edificación. Bienvenido se dio cuenta de 'la conflagración y alarmado vio cómo solo,
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las dos inmensas cariátides labradas en piedra que hacían de marco lateral del inmenso

portalón, chamuscadas por el fuego, como promeseras de San Benito, y casi negras,

eran las únicas figuras que permanecían y continuaban leales al régimen con sus

inmensas espadas avergonzadas clavadas en tierra y como ellas aún fieles, trataban de

sobrevivir, callando su dolor por ser mudas y falsas como los testigos que por algo más

de un siglo de pereza, ineficiencia, y prevaricación habían perjurado en presencia de

una justicia molondra de solo ritual y sustanciación que a esa hora agonizaba en aras de
sus pequeñas y ostentosas sentencias que no habían hecho más que repetir como

memorísticas loras la más remota, extravagante e ininteligible jurisprudencia proferida

hacía por lo menos un siglo por la más vana y vacua jurisdicción. En ese momento

quiso volver a la casa pero las dantescas escenas de los asaltos a las joyerías y platerías

de la carrera sexta, precipitados por los ex presidiarios, lo obligaron a buscar refugio

dentro de una sastrería sacerdotal que sus dueños no habían podido cerrar a tiempo, y

allí tuvo que ver como las sotanas, casullas, capas, bonetes, manteos, balandranes y bi-

rretes desaparecieron de las vitrinas, de las estanterías y hasta de los maniquíes, pues

los ladrones, fuera de robar piezas de paño y rollos de seda como era lo normal, se re-
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vistieron con sotanas y bonetes, cosa que pudo ver cuando alguno de ellos, tal vez el de

más edad, una especie de maestro en malas artes, salió de allí como si fuera el más

eminente prelado, pues llevando en sus manos un dorado cáliz litúrgico y un copón,

marchaba al pie de una puta ebria que no solo lo seguía por su sacrosanta profesión sino

como toda una Hermanita Terciaria, ya que ese era el hábito que enseñaba el puteril

soriato, desde luego más falso que cuanto dice el dicho ese no solo inventado para

hábitos monjiles sino para costuras de graves lacras y putas de ecuménica profesión. En
la calle doce unos saqueadores con más tiento en el olfato la emprendieron contra las

joyerías, Bauer y Kling, que venían siendo los bocados más apetitosos y áureos del

monumental fiambre y solo pasado del primer intento, al segundo, diamantes y

esmeraldas salieron a brillar en los dedos, y en los cuellos de cuantos por imprudencia

quisieron hacer ostentación y gala de ellos pero solo lo lograron por breves momentos,

porque cuando los rapiñadores los vieron no vivieron ni para contarlo ni por más

tiempo pues una vez que fueron atrapados, fueron muertos por la turba que, sintiéndose

ama no reconocía ni a rateros ni a nuevos dueños ningún título de propiedad. Entre

tanto los hombres, las mujeres, los viejos, los jóvenes, y los gamines habían roto las
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vitrinas de los almacenes, derribado las puertas y poseídos por una fiebre galopante de

codicia y de expoliación por poseer todo lo ajeno, agitaba, en medio del miedo, de la

sangre y de los disparos a los delincuentes que como amos de la situación se hacían al

botín nacido de la violencia y como cualquier heredero universal, sacaban a la calle

como si fueran suyos, sedas, sombreros, joyas y paños; fantasías, dulces, relojes y

camisas ; zapatos, heladeras, radiolas y vinos blancos; abrigos, lociones, máquinas de

escribir y botellas de Brandy; vinos espumosos, generosos, tintos y blancos; porcelanas,
ceniceros, diamantes y audífonos; pipas y flautas, roñes y manzanas; aguardientes,

peras, quesos y triciclos; salchichas, tocadiscos, fuentes de soda y pianolas;

mantequilla, bordadoras, quesos rojos y tarrajas; pasteles, clarinetes, vestidos y

calculadoras; telas, pianos de cola, cortinas y maracas; cajas fuertes, violones,

carambolas y cigarrillos; arenques ahumados, copones, aceitunas y rosarios; salmones,

capones, encurtidos y libros; acordeones, tafetanes, cruces y edredones; espadas, bagres

secos, caviares y grecas; trompetas, martillos, muebles y lámparas, muñecas, sierras,

colchones y hachuelas; balones, estufas, ponqués y raquetas; cizallas, sopletes,

instrumentos de cirugía y palos de golf; en fin todas las cosas muebles conocidas y
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hasta las más ignotas como la cabeza disecada de un rinoceronte con un cuerno cargado

de reminiscencias eróticas, iban en medio de la gran confusión y caos, como si la gente

esclavizada por siglos de privaciones y de pobreza hubieran aceptado, sin que se

supiera de quién, y a esa hora, la orden, dada por un dios recién nacido y eficaz, de no

dejar nada en su lugar ni en manos de su dueño; de cambiarlas de sitio y de poder, y de

apropiarse de todos los objetos sin que para ello interesaran o se tuvieran en cuenta, los

peligros de los disparos que silbaban en el aire, ni el fuego de los incendios que nacían,
crecían, se multiplicaban

o morían, ni las puñaladas, ni lo crueles tajos que surgían de las disputas, ni mucho

menos los machetazos decapitadores, ni los increíbles fusilamientos que, por sorpresa,

con bando, pero sin puja pública, retumbaban por todos los recovecos, rincones, calles

y plazas. En abrigos, en manteles, en costales, en cajas, en carretillas, en carretas, en

automóviles, en volquetas y en camiones: cargadas, remolcadas, rodadas, empujadas,

alzadas, acarreadas y trasportadas, iban sin que se supiera a dónde: lámparas de cristal

de cien bujías y quinientas lágrimas; mobiliarios antiguos y modernos; puertas y

ventanas; sanitarios y juguetes; teléfonos de colores y marimbas, revueltos con las
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cruces altas de los monaguillos y las cadenas doradas de los incensarios. En un carro

funerario iban los libros de lomo dorado, la capa de una virgen y los rellenos de las

flacas. Todo se movía y todo marchaba en medio del estrépito de los disparos hechos a

quemarropa mientras que los borrachos daban gritos, pataleaban, se patinaban sobre los

excrementos y el barro negro de un piso lodoso, se meaban entre la boca de los muertos

y encontrándose con algún presunto enemigo, sin sentir misericordia por él, lo

despachaban de este pícaro mundo, en medio del aplauso, el vocerío y el respeto de los
canallescos circunstantes. Iban envueltos los criminales ocasionales o reincidentes

entre las tufaradas grises que lanzaban más de trescientos incendios con la piel untada

de odio y de furia, recalentada por las fuertes llamas que venían a tierra llevándose de

paso las vigas, las cumbreras y las soleras de las edificaciones coloniales; amarillos de

peste, confundidos y revueltos con los cinco mil y más asesinos, homicidas, es-

tupradores, asaltantes, homosexuales, chantajistas, insolventes y ladrones que liberados

apenas hacía unas dos horas de las cárceles por sus mismos guardianes, santos de ira,

asaltaban y se revolcaban con las mujeres sobre los arrumes de mercancías, saciando en

presencia de todo el mundo los años de forzosa infornicación mientras que a lo lejos las
                    602                                               423
altas llamas de la Nunciatura Apostólica se elevaban negras y llenas de malos presagios

para crepitar y arder al unísono con las edificaciones de La Prefectura Nacional de

Seguridad y la División Central de la Policía que, insubordinada, y vestida de civil,

asaltaba, a esa hora, como cualquier bandolero, la totalidad de los comercios. En los

grandes almacenes de ropa femenina las putas y las señoras mezcladas con las

modistillas y las vivanderas dentro de un mundo bastante complejo de gustos, senos y

tallas, intercambiaban a la vista, corsés de copa alta por de copa baja; perfumes por
pantale- tas; ligueros de raso y de encaje por fajas de caucho; camisolas de dormir por

túnicas de liencillo; chupetines de senos por ajustadores de cadera; guantes de cabritilla

por collares y abrigos de fino astracán por quimonos orientales. Una mujer de pelo

platinado, apestosa a ron cubano y a mistela, sin pizca de pudor, se desnudó en plena

calle, y en medio del aplauso total del irrespetable público, o sea, exactamente al

contrario de cuanto dicen y pregonan los avisos de las corridas, es decir, “sin permiso

de las autoridades y sin que el tiempo lo permitiera” por razón de la anarquía del frío y

de la lluvia, fue y se empelotó encima de una vitrina rota y luego de desvestir el

maniquí que lucía un bello traje de novia, del manto, de los azahares, de los albos
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zapatos de raso, de sus guantes y del ramo blanco, una vez que se vistió con tan notoria

albura, saltó a la calle en donde con su contoneo y sus lúbricos mimos y gestos, dejó

que se notara el esplendor de sus senos y le propuso matrimonio a un galán de zarzuela

que venía en sentido contrario vestido con pantalón de fantasía, fraque negro, cúbilo

negro, camisa blanca de piqué, zapatos negros, corbatín también negro y guantes de

seda de color blanco, quien esgrimía un bastón caoba de fina empuñadura y quien al

detenerse y besarla para aceptar el casorio, desgolletó con estampido y todo una fina
botella de champaña que se bebieron, “a pico de jarro”, no solo para matar la cólera

sino para comenzar a celebrar la incasta boda con el más emputecido amor. Los

maricos y los cabrones de puta pobre, las lesbianas, los proletarios, los doctores de la

ley, los analfabetos y los intelectuales, los vagos y los pianistas, los siquiatras y los

amos de la moral, los blasfemos y los devotos, absolutamente todos, iban estrenando

americanas y pantalones, chamarretas y zapatos, corbatas y cinturones, o gabardinas y

habían dejado tiradas en el suelo sus viejas prendas de vestir, los zapatos rotos y las

pequeñas cosas: los dedales y las mostacillas y los talonarios de las letras de cambio.

Se permutaban sin pensarlo y sin regateo y a la carrera, relojes de pared suizos por
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llaves inglesas; ciruelas pasas por salchichones alemanes; pantaloncillos por cúbilos

ingleses; libros con tapas de cuero y lomo dorado por textos de magia; paraguas por

sombreros; coñac francés por filmadoras; sanitarios de porcelana blanca por rever-

beros; y tabacos cubanos por quesos holandeses, dentro de una feria carnavalesca en la

cual todos iban disfrazados de otro pues hasta los cacos tenían aire de doctores; las

putas, de señoronas; los choferes, de tenores; lo lustrabotas, de millonarios y los poetas

de industriales. A lo lejos, El Siglo, el periódico de secta que bajo la dirección de
Laureano Gómez Castro había predicado el triunfo del fascismo esgrimiendo como

armas ideológicas de semejante engendro: “La acción intrépida”, “el atentado

personal” y “la república invivible” ardía, expurgando como una tea infernal su

doctrina hecho un gran ascua. La ebriedad dominaba las mentes y al subir de grado y

punto había estupidizado la noción de justicia de tal modo que hasta el más inaudito

despropósito terminaba por ser bien visto, como el de la mujer que arengando a los

hombres para meterlos en el combate, inesperadamente, se levantaba un finísimo

abrigo de cibellina, se subía la falda, y agarrándose el pubis enmarañado y negro con la

mano, impúdicamente gritaba: “¡yo también tengo güevas gran maricas!” permitiendo
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que todos vieran como lo afirmaba con tanto desacato que, pese a carecer de ellas, con

el gesto comprobaba ser más valiente que los hombres. Bienvenido había observado sin

chistar una sola palabra, pero con cólera disimulada, el inmenso saqueo, los quinientos

y mas incendios que consumían el centro de la ciudad y los numerosos muertos

tendidos en las calles y por algunos instantes se conmovió hasta soltar una lágrima

cuando un cura de aspecto respetable y la hermana terciaria que lo acompañaba fueron

asediados y al huir del peligro corrieron despavoridos de la turbamulta y por el boquete
de una puerta se zamparon entre el humo las llamas y los escombros de un almacén ya

destruido, y se asustó de que allí, arrinconados hubieran sido hechos prisioneros por

parte de los bandidos. Quiso decir algo en favor de la pareja, pero cerró los labios y

desistió de hacerlo cuando se dio cuenta de que la yunta de religiosos estaba formada

por el cincuentón que una hora antes había visto, en la carrera sexta, revestirse con la

negra sotana que allí se exhibía, escoger un bonete a la medida y colgarse un hermoso

crucifijo, y al saber que quienes los perseguían eran los ex presidiarios del patio dos de

la cárcel Modelo que querían tomar venganza contra el antiguo amo de dicho patio de

chirona, se quedó quieto viendo como lo atraparon, lo sacaron a la calle y a madrazo
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limpio comenzaron entre todos a rodearlo, y acosarlo con sus armas, sus blasfemias y

sus salivazos, hasta el momento llamado de la verdad cuando inesperadamente ingresó

al pequeño ruedo un bien apuesto y aficionado torerillo que, sin saberse dónde ni cómo

se había robado y puesto su primer traje de luces. Lucía el aprendiz de matador su traje

de luces color obispo y era de ver la elegancia de su chaquetilla y el hermoso brillo de

su pantalón, su montera oscura, las zapatillas negras con hebillas de plata, sus blancas

medias, sus gestos de alarde, y la maestría con que llevaba un capote que daba más
visos al cielo que un farol español.

  Avanzaba como un bailarín clásico portando en el hombro la capa torera y en la su

mano derecha una pañosa más roja que la sangre derramada por mil mártires y

deteniéndose en seco, frente al madrigado, bayuno y zaino ex presidiario, como si fuera

a cobrarle todos sus pecados de prisión y sus crímenes de galera, irónicamente lo

alegró, citándolo como Cuchares para capotearlo, mientras que la turba le reclamaba

que matara cuanto antes al “grandísimo hijo de puta ése” que, manso y sin casta,

oliscaba el redondel en busca del boquete propicio por donde poder escapar de la

inminente muerte y de la derrota. Entonces el ahormado queriendo desbandarse aceptó
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la lidia, y el feliz torerillo lo recibió y lo aguantó a pie firme, dándole un capotazo largo

y tendido; después le dio otro pase de la misma marca y luego lo aguantó con tres

verónicas majestuosas y una media.

  En seguida le hizo una manoletina y al final remató el tercio con un impresionante

farol. Un ebrio que hacia las veces de monosabio le pasó una bota con manzanilla y el

torerillo en un gran gesto la alzó hasta el largo del brazo, abrió la boca y sin dejar caer

una sola gota fuera de los labios, acaparó el chorro, hasta cuando por caer de tanta al-
tura chispeó su mejilla. Entonces los coléricos enemigos le entregaron la pañosa y el

más osado de ellos sacó a relucir de entre el estuche una soberbia y miedosa espada que

Bienvenido había visto días antes en exhibición en el almacén de Ricardi y Ambrossi,

la cual era una réplica del famoso acero con que en Vida combatió en Cartagena de

Indias, el famoso Don Blas de Leso el Teso, especie de regalo conmemorativo que por

aquellas calendas había hecho el gobierno español a la Armada Colombiana y la cual

horas antes estaba en exhibición en el precitado almacén. Entonces el torerillo, en-

sayando el arma la montó sobre la pañosa y luego, cuadrándose ante el incomúpeta,

dobló la rodilla y animándose con un paso de baile clásico avanzó sobre el morro del
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acobardado y supuesto sacerdote, y dando la sensación de ir a vacilar, sobre el

momento de la verdad, ya sin dudas, comenzó a torearlo por trincherazos y a llenarle

los oídos de madres y de hijueputazos, hasta lograr mantenerlo pegado al percal

mientras giraba ebrio con ojos de torero loco.

  Bienvenido sintió pánico y se quiso salir del círculo pero el cerco de gente se lo

impidió, de suerte que tuvo que ver cuando el torerillo con los ojos prendidos de

delirio, con los pies clavados en la tierra, le dio seis muletazos de cruel antología de
esos que llaman estatuarios, y luego cuando montando el formidable acero como un

descomunal tizona, por no querer oír más reclamos de venganzas ni más avisos de la

multitud de hideputas que le pedían que lo matara, sin poder hormarle la cabeza,

rápidamente se perfiló frente al morrillo negro de la reluciente sotana y con las ansias

de entrar a despacharlo, furiosamente se revolcó sobre el falso prelado hundiéndole la

espada hasta donde mandan los cánones y lo permite la cruz, es decir, hasta los

gavilanes. Entonces cuando el bayuno y berrendo rodó a tierra, el coro de borrachos

gritó, ¡dé, olé, olé! mientras que el espada limpiando el arma con el percal empinaba

luego el codo escurriendo hasta la última gota de licor mientras que la hermana
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terciaria cambiando de tercio gritaba histérica:

_¡Abajo los gran hijo de putas curas!

_¡Que vivan las mujeres bonitas que quieren a los hombres I —remató el lidiador.

 Conmovido por la muerte a espada del ex presidiario Bienvenido avanzó en dirección

a la casa de Vitruvio pero pasos adelante, en la calle veintitrés, tuvo que ver a un es-

trambótico aprendiz de piano taconeando un aire, de marica flamenco, sobre la tapa

negra de un piano de cola que, acababan de descansar sobre el andén seis forzudos que
lo habían traído en hombros desde el almacén de J. Glottman a precio y paga del

bailarín que a golpes de tacón deslustraba con su taconeo la fina tapa echando a perder

el instrumento. Después bajó a tierra y el mismo se anunció diciendo que iba a tocar

algo que sirviera para testicular a los deshormonados revoltosos, y luego de descubrir

el teclado de blanco marfil y negro ébano, aporreándolo, tocó algunas notas de la

polonesa. A las seis al fin llegó a la casa y de inmediato enteró Vitruvio de todo cuanto

había visto así como de la grave situación en que se debatía la ciudad. Todo estaba en

manos de la anárquica ebriedad mientras las detonaciones y silbidos de las balas

rompían el aire frío de una noche que se presentía, interminable y lluviosa. El ejército
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no tenía fuerzas sino para defender el Palacio Presidencial, el caos reinaba en medio de

la muerte y el único futuro anhelable era el del amanecer. En la sala hablaron toda la

noche hasta el momento en que fatigados y estando a duermevela fueron despertados

por los campanazos del reloj de péndulo del salón y como desde la noche anterior

Bienvenido le había prometido a Vitruvio que al amanecer lo acompañaría hasta el

cementerio para llevarle las rosas a Lucia y además, porque presumía que su adorado

hijo podía estar allí, como un cadáver más, en medio de los muertos, se decidieron a
partir. Por eso cuando Ifigenia, la casera, vino y les sirvió una humeante taza de café

negro y le entregó a Vitruvio el ramo de rosas, envueltos en los abrigos y protegidos

por sus paraguas se aventuraron a salir. Iban llenos de temor, pues aún se oían las

detonaciones. Las calles y avenidas estaban solas y desiertas. Quisieron bajar por el

Parque de la Independencia pero la vecindad del caserón del Ministerio de Guerra y los

disparos de las armas los obligaron a extraviar la ruta directa de suerte que solo

después de muchas peripecias y rodeos al fin pudieron entrar al cementerio por la

puerta de atrás. El dantesco espectáculo que allí se comenzaba a vivir era más que

macabro pues los muertos traídos hasta allí, aún insepultos, habían sido alineados sobre
                    611                                               423
las baldosas de las galerías a la espera de ser identificados. Algunos de ellos mostraban

sobre el pecho los documentos de identificación que habían sido encontrados en sus

bolsillos. Unos volquetes cargados con cadáveres acababan de vaciar la macabra carga

de cuerpos que habían podido recoger desde la media noche en calles y plazas. En-

tonces mientras que Vitruvio cumplía con la visita a la tumba de Lucia y depositaba allí

el ramo de rosas, y hablaba con ella, Bienvenido ya había indagado a celadores,

porteros y sepultureros por su hijo, a quien estos en razón de su oficio conocían de
sobra y luego fue y lo buscó por todas partes sin que lo hubiera podido encontrar.

Entonces a petición de Vitruvio salieron por puerta principal, es decir, por la calle

veintiséis y se dirigieron a la casa. Cerca a la Emisora Nacional de Colombia fueron

detenidos por unos soldados que los requisaron y luego los dejaron continuar el camino

pero cuando estaban llegando a la carrera trece el fuego cruzado entre quienes

disparaban desde el Café Brasilia hacia el Ministerio de Guerra con la réplica de los

que la soldadesca descargaba contra estos, los obligó a refutarse en una de las casas del

vecindario. Solo al cabo de una hora de angustioso rifirrafe y zozobra al fin pudieron

llegar a la morada en donde aterrados por la inenarrable violencia de los hechos,
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confundidos por la barbarie de la matazón, por la cruel realidad de los rostros sin vida,

y por la visión indescriptible de los cuerpos mutilados sin que pudieran llegar a dormir

los forzaron a velar una noche más a la espera del nuevo amanecer cuando ya sin las

sombras de la noche se aventuraron a tomar al cementerio para que Vitruvio depositara

su ramo de rosas, y para que Bienvenido pudiera hallar el cadáver de su hijo puesto que

al darlo por muerto, deseaba, cuanto antes, estar allí y a tiempo, pues no quería que lo

       fueran a enterrar en una de las fosas comunes excavadas de urgencia. A las seis
entraron al cementerio y una vez que Vitruvio depositó el ramo y le contó a Lucia la

pavorosa situación de la ciudad, en asocio de Bienvenido se dedicaron a buscar el

cuerpo del hijo de éste. Los muertos estaban rígidos de frío y de muerte, tirados sobre

el piso de las galerías. Habían sido trasportados en los volquetes oficiales, desde cuyos

cajones habían sido lanzados al piso durante la noche hasta formar arrumes con los

cuerpos de los insepultos.

  Desde allí eran llevados hasta las galerías en donde colocados en posición decúbito o

supina, dejaran ver su rostro y señas naturales que facilitaran su identificación. Fue pre-

cisamente en una de esas pilas en donde Vitruvio, del modo más fortuito encontró el
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cuerpo de la bella Rosita García, el cual seguramente había sido lanzado al piso desde

algún camión, puesto que apenas sacaba la cabeza ensangrentada por fuera de la pila de

cadáveres. En un principio dudó que pudiera ser ella pero cuando comprobó que el

rostro que asomaba la faz era el de Rosita, como pudo, lo fue apartando del racimo de

piernas, de brazos entretejidos y de gestos consternados y luego de retirar de encima de

su cuerpo, cadáver tras cadáver, después de liberarla de la macabra carga, al fin pudo

hacerla a un lado, para luego, en asocio de uno de los encargados de identificar a los
muertos, suministrarle los datos que conocía acerca de, seguramente, la más hermosa

de todas las mujeres muertas:

  Según Vitruvio el cuerpo era el de Estrellita Rosa María Consuelo García Cruz,

natural de Pereira, de diez y ocho años de edad, mesera del Café París, una preciosa

mujer a quien todos conocían no solo en razón de su subyugante hermosura sino por su

impetuosa capacidad amatoria y por la avasalladora fuerza de su generoso corazón, y a

la cual, en razón de su larguísimo nombre todos los clientes y amigos del café llamaban

como: Rosita García. Su rostro estaba lleno de hematomas, el vestido totalmente

destrozado y sangrado, y dejaba ver sobre su brazo derecho una ostentosa herida. Una
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vez que la reseñaron Vitruvio salió corriendo en busca de Bienvenido, quien al verla en

las penosas circunstancias en que se encontraba, lloró preso de tristeza y quien

conmovido por el insuceso se abrazó a ella llorando y gimoteando sobre su

ensangrentado rostro. Cuando al fin dejó de llorar se quedó mirándola profundamente y

agarrándola por las muñecas, lentamente la arrastró hasta dejarla sobre el piso de la

galería en donde Vitruvio fue y le colocó sobre el pecho una hoja de papel que a la letra

decía: “Esta es la bella Rosita García”. Solo al atardecer de ese día vino uno de los
legistas a dictaminar sobre su deceso y cuál no sería su extrañeza cuando al ir a

auscultarle el pulso sintió un fuerte golpe de sangre sobre la yema del dedo pulgar, y

perplejo, lleno de sorpresa, llevó su mano sobre el corazón en donde los pálpitos

armónicos, rotundos le confirmaron la inicial sospecha de que estaba viva, ante lo cual,

luego de mirar a Vitruvio y lleno de una indefinible emoción exclamó: -¡Esta mujer está

viva! ¡Rosita García esta más viva que nosotros!, —afirmó, mientras que inclinado

sobre el pecho con la oreja puesta encima de su corazón sentía una vez más el palpitar

de un corazón que latía con toda la energía de la vida. Una mujer que presenció la

escena al enterarse del suceso fue y trajo agua y le dio a beber una gota, le limpió el
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rostro ensangrentado, y como si estuviera a la espera de la resurrección, cuando la vio

plenamente, miró a Vitruvio y a Bienvenido y les dijo:

_ ¡Parece mentira, pero es verdad!: “la muerte no come bellas, las matará cuando estén

viejas, pero estando jóvenes y hermosas como Rosita las despreciará. La muerte solo se

sacia y regodea con nosotras las viejas y feas” —y luego agregó complacida de su

sincera fealdad— que tan estúpida y absurda es la mal concebida y absurda fealdad.

  A las seis de la tarde Rosita García abrió los ojos y trató de decir algo cuando vio los
rostros de Vitruvio y de Bienvenido y como en un vahído lanzó una tufarada olorosa a

aguardiente y volvió y se quedó dormida porque aún siendo joven no había sido amada

por los Dioses sino por los hombres y porque su muerte a la edad de diez y ocho años

no era otra cosa que un sueño que respiraba hondo en su pecho, y porque, además,

cuando de tiempo en tiempo abría los párpados de sus inmensos ojos y reconocía a

Vitruvio y a Bienvenido les sonreía pese a estar adolorida pues tenía la comisura de los

labios tumefacta. Entonces Bienvenido que acababa de ver centenares de tétricos

muertos, contemplando la miedosa almacabra literalmente cubierta de muertos, dijo:

_A mí los refranes nunca me han fallado pero hoy sí, se me ha caído y despatarrado
                    616                                              423
uno que tenía por verdadero. Es aquel que afirma que “donde hay muerte no hay

suerte” y sabe Vitruvio por qué más, porque hay otro que es el verdadero ya que “nadie

se muere hasta que Dios no quiere” y si no dése cuenta de cuánto nos ha sucedido en

estos aciagos días y consolándose un poco se fue a buscar a su hijo entre las renovadas

pilas de muertos pese a que en el instante tenía la convicción de hallarlo con vida pues

como pensaba mientras caminaba: “Yerba mala nunca muere”. Al fin, a las siete de la

noche Rosita García se despertó y al reconocer a Vitruvio y comprender el lugar en que
se encontraba, con palabras entrecortadas y llorosas le agradeció cuanto había hecho

por ella, y sentándose en una grada de la galería como si estuviera hipnotizada quiso

salir de allí, cuanto antes, Pero la señora que la cuidaba junto con Vitruvio quien le

había humedecido permanentemente los labios con agua, se 1° impidió diciéndole que,

esperara un poco más, hasta cuando Bienvenido regresara y pudiera ayudar a

movilizarla. Cuando Bienvenido volvió eran las siete Lo hizo trayendo bajo el brazo un

envoltorio y sin disimulo alguno le dijo a Vitruvio que en ese atadijo estaba la lápida

que Vitruvio le había ordenado a su hijo que hiciera para la tumba del doctor Jaramillo.

Que el cadáver del doctor estaba cribado de metralla y que él lo había encontrado con
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la lápida colgada al cuello y una vez que este la vio le dijo que la iba a dejar en la

portería para después, con más calma, colocarla en la boca de la cripta número mil

novecientos cuarenta y ocho en donde lo habían sepultado. Entonces por intriga de

Bienvenido y por paga de Vitruvio, lograron embarcarse en un carro fúnebre que había

llegado hasta el cementerio con un muerto, y en el cual salieron rumbo a la casa.. Por el

camino Rosita sonrió ampliamente ante las patrullas de soldados quienes al ver el

Cadillac negro avanzar lentamente le abrían paso para que tomara la avenida o calle
veintiséis.

  CAPITULO XXXII

Ei miércoles la ciudad amaneció bajo los rayos de un sol espléndido y de un cielo

transparente. Todo era claridad y como el trascurso del tiempo y la luz siempre han sido

los delatores de cuanto está escondido, a esa hora del miércoles, los habitantes de la

capital ensangrentada ya sabían, entre otras, varias cosas: era vox populi que el asesino

de Gaitán había sido un tal Juan Roa Sierra; que por lo menos dos mil personas

víctimas de la violencia habían sido muertas y sepultadas en los distintos cementerios

metropolitanos pero que los muertos podían llegar a ser muchísimos más, puesto que
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cerca de un millar de personas habían desaparecido de sus hogares y sus familiares y

amigos, inútilmente, los buscaban por los rincones de la capital, puesto que el centro de

la ciudad había sido destruido. Pero ese miércoles de luz, un suceso mucho más

indefinible y vital flotaba en la claridad, algo que en medio del discurrir matinal,

inesperadamente, les revelaría, tanto a Vitruvio como a Bienvenido que, aún en medio

de la desesperanza, la casualidad podía darles la Felicidad. Y fue que al regreso del

cementerio, a las nueve de la mañana, cuando ambos miraron en dirección a la “Mar-
molería la Romana” se quedaron en suspenso, extrañados y a punto de zozobrar, pues

cuando vieron la puerta abierta de par en par, impulsados por la curiosidad quisieron

atravesar la calle, en medio de la estupefacción, vieron salir a su encuentro al hijo de

Bienvenido quien, hecho unas pascuas, alegre, ufano y risueño, avanzaba con tanta

naturalidad, como si desde el momento de su desaparición nada hubiera Pasado, puesto

que eso era lo que daba a entender al dejar abierto el tajo blanco de una sonrisa que a

manera de herradura parecía entresalírsele de la boca, excusa con la cual suelen los

valientes, sin decir una sola palabra, evidenciar sus aventuras cuando estas han sido

vividas dentro de una serena realidad. Entonces padre e hijo se confundieron en la sola
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emoción y en un abrazo interminable, mientras que Vitruvio, rodeándolos con los

brazos les palmoteaba las espaldas, y sin parar de hablar los colmaba de merecidas fe-

licitaciones. Entonces como todos tenían interés en saber, cuánto a este le había

ocurrido, por petición de Vitruvio cerraron la marmolería y se fueron a la casa de éste,

en donde una vez que se instalaron cómodamente, luego de ser atendidos por Rosita

García con una taza de humeante café, el recién aparecido, sin parar ni dar tregua, les

contó, una tras otra, las inacabables peripecias por las que pasó, y las aventuras que en
medio de tanta escaramuza padeció y vivió a partir de la tarde de ese viernes tan trágico

y mortal. Según él, ese día, a las cuatro de la tarde, vio avanzar por la carrera séptima

una poderosa y ruidosa fila india de cinco tanques de guerra a la cabeza de los cuales

iba un capitán de la escuela de caballería quien alzando los brazos desde la torreta

descubierta del primer tanque, invitaba con gesto decidido y con ademanes bastante

belicosos a la gente para que lo siguieran y quien como un gran actor demostraba por su

ánimo y estampa no solo estar resuelto a vengar la sangre de Gaitán sino a tomarse a

cañonazos y metralla el Palacio Presidencial. Según el fiel narrador, los tanques traían

para más señas, enastadas sus antenas, con las divisas del arma y con unas escarapelas
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rojas que al ondear hacían vivar a la gente por la intrépida bravura del capitán rebelde,

pues, fuera de eso, a su paso, corría la voz de que los motorizados una vez

insubordinados habían salido desde la Escuela de Caballería en Usaquén para sumarse

al pueblo en su airada protesta por el crimen y que iban a destruir el pequeño bastión de

Palacio en donde caería el último rastro del gobierno que a esa hora se debatía

estremecido en medio del caos general. Entonces en asocio del curtido ex-sargento de la

escuadra de la calle setenta y cinco, de común acuerdo decidieron encaramarse sobre
las acorazadas espaldas de dos tanques desde donde se cuidarían y actuarían

mutuamente. El comandante lo hizo sobre el costillar del segundo tanque de guerra y el

hijo de Bienvenido sobre las espaldas del cuarto blindado y desde tan privilegiadas

posiciones vieron con emoción como la gente apasionada, protegida por las fortalezas

aceradas que les servían de escudos, corrían a la misma velocidad de las motorizadas

armas ansiosas por participar en la rendición y toma del Palacio. Las cosas iban

alegremente casi que sobre ruedas y el hijo de Bienvenido estaba tan convencido de la

inminente toma y de la rendición del gobierno que, por tener los ojos puestos en la edi-

ficación palaciega no se dio cuenta del momento crucial de la traición desembozada,
                    621                                               423
cuando el quinto tanque al ir avanzando sobre la Plaza de Bolívar, luego de virar en

redondo, sin detenerse, sobre la rechinante marcha, arremetió de frente a la población

que corría antes detrás y comenzó a vomitar ráfagas de ametralladora sobre la perdida y

desesperada gente que despavorida huía a la carrera en todas direcciones no tanto para

protegerse de los disparos sino para tratar en vano que el monstruo de ferradas zapatas e

infernales cremalleras, los machacara, los moliera, los triturara y los licuara en su

propia sangre, bajo el destripador peso de tan traicioneras armas. Mientras esto sucedía
en la retaguardia, en la avanzada, el comandante, aún por fuera de la torreta, daba

órdenes a los motoristas y a los artilleros mediante el uso de un micrófono que pendía

cerca a su boca para que enfrentaran y masacraran a la población civil insurreccionada,

mas como el comandante de la calle setenta y cinco se diera perfecta cuenta de la

desbandada general que dominaba a la gente cerca a la plaza, en un lampo de lucidez,

comprendió el trágico y pérfido engaño, y en el mismo instante se lanzó a tierra y

seguido por el hijo de Bienvenido no solo se salvó de la inmancable muerte sino que

desde el suelo, apuntando al pecho del traidor, le descerrajó al marrullero capitán un

disparo tan certero, que al ir y hacer diana en el centro del corazón hizo que el cuerpo
                     622                                                423
del vendido se escurriera por entre la torreta del tanque y que ya, exánime, se

zambullera, definitivamente, por la tronera acorazada. Entonces se persignó como

creyente y pareció darle gracias al cielo por su maravillosa puntería y lo pareció más,

cuando besando el manubrio del fusil se fue llenando de una extraña satisfacción.

Luego vieron abrirse la torreta, y el momento crítico en que desde allí, en medio de la

tronitosa balacera los tripulantes del tanque arrojaron al asfalto el cadáver del traidor el

cual quedó descoyuntado sobre la acera, frente a la puerta del Palacio. Solo después de
muchas horas de espera pudieron regresar, a las Nieves, al edificio de la empresa de

teléfonos, en donde al entrar el comandante se quedó mirando al hijo de Bienvenido y

como si quisiera borrar ante este, algunas dudas y culpas le dijo:

_¡De todos modos tema que morir!¡Tenía que morir porque de todos modos era un

hombre doble, era un traidor! Sí, un traidor al gobierno y un traidor al pueblo...un

doble...

_Las noticias han dicho que el capitán de caballería se llamaba Mario Serpa, dijo

Bienvenido, pero que quienes lo habían matado habían sido los defensores de Palacio.

__Así pudo ser porque él era un traidor —dijo el hijo de Bienvenido.
                     623                                               423
  Entonces el hijo de Bienvenido continuó con su relato diciéndoles que habían librado

numerosas escaramuzas pero que al final de una fatal refriega, con un pelotón de la ma-

rina, su comandante había sido herido tan gravemente que de resultas de las heridas,

prácticamente, había muerto en sus brazos, legándole algunos documentos en donde

según él estaba clara y ostensible la prueba plena sobre quiénes habían sido los asesinos

de Gaitán.

_ ¿De qué se trata?, le preguntó Bienvenido.
_Se trata, respondió, de la reconstrucción de muchas de las llamadas telefónicas que se

hicieron desde la mañana del nueve de abril hasta el día de ayer.

_ ¿Pero cómo pudo hacer semejante reconstrucción?

_Mi comandante por conducto de un sindicalista de la empresa de teléfonos, luego de la

toma de la edificación por parte de la tropilla, no solo ordenó el control de todas las

llamadas sino que hizo que las telefonistas reconstruyeran las charlas sospechosas que

hubieran podido oír desde antes del asesinato de Gaitán. Según él en estas hojas de

papel de oficio está la prueba de quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato.

“Yo no soy un gran detective me dijo antes de morir, pero cualquiera que lea estos
                     624                                               423
documentos descubrirá a los autores del asesinato”. Entonces, llevando la mano al

bolsillo de pecho del abrigo, sacó de allí unas hojas escritas a mano y las dejó caer

sobre la mesa de centro de donde Rosita las cogió y como según opinión de los presen-

tes ella era la voz dulce del encuentro y se encontraba bastante repuesta, gracias a

Tabasile el sabio médico que había salvado tantas vidas con su profundo conocimiento

sobre el arte de curar heridas y a quien Vitruvio pidió la salvación de Rosita, agradecida

por tanta confianza comenzó a leer: “Claves para dar con los autores intelectuales del
asesinato político del doctor Jorge Eliécer Gaitán. Señor Comandante de la Escuadra de

la calle setenta y cinco. Esta es una síntesis de las llamadas telefónicas de alguna

trascendencia. Ellas están ordenadas por el día y la hora en que se hicieron, por el

número de los teléfonos interconectados y por los nombres de las personas

comunicadas. Desde el momento en que recibí sus órdenes desconecté el servicio del

conmutador de Palacio y únicamente dejé en operación el teléfono número 9250, o sea

el teléfono directo del Presidente.

Abril 9 de 1.948:

  11   y 30 A.M. -La voz de un hombre se comunicó con el Café Colombia, preguntó por
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alguien quien a una pregunta suya le contestó: “La cosa está bien. ¿Se acuerda del

canario rojo que el otro día quisimos comprar? Ya lo vendieron. Ahora está en su jaula

pero estoy seguro que si hoy le cortan las alas dejará de cantar. Todo ha sido previsto

correctamente y por más niño arrepentido, niño muerto o prefecto corrido, el plan

funcionará”

_ ¿En qué será la lotería?
_ Mi billete es el número 0146.

  1 y 20 P.M. -El ministro de Relaciones Laureano Gómez llamó desde su casa a

  Palacio. Habló con el coronel Berrio a quien le solicitó que le hiciera pasar al Señor

  Presidente Ospina Pérez. —Su excelencia aún no ha llegado se fue a mirar unas

  vacas en una exposición y estamos muy preocupados por él.

^Seguramente que acaba de llegar porque oigo que le están rindiendo honores.

_Si es él. Un momento que ya se lo pasó. _Es el doctor Gómez que quiere hablarle. (La

llamada se cortó).

  1 y 27 P.M. -El ministro de Obras Públicas, Luis Ignacio Andrade, conferenció con
                     626                                             423

  el presidente a quien le dijo: “Es muy grave y peligroso que el doctor Lozano

  desempeñe a estas horas el Ministerio de Guerra. Hay que tomar una medida urgente

  y radical. —”Ya veremos qué se hará'’. “Yo estoy incondicionalmente a sus órdenes

  y su excelencia lo sabe”

  1 y 32 P.M. -El general Sánchez llamó a la casa del Ministro de Guerra doctor

  Lozano y lo enteró del atentado en contra de Gaitán. Quedó totalmente sorprendido,

  “Yo no lo puedo creer, estaba en la biblioteca, totalmente abstraído, leyendo a
Tácito, que no sé qué es lo que debo hacer” Pero hay que hacer algo. Lo mejor es

mantener alguna tropa disponible en el sitio que más convenga. “¿Sí me entiende

bien mi general?” Perfectamente Ministro y así se hará.

1 y 35 P.M. -La Presidenta doña Berta llamó al colegio de los hermanos Cristianos.

Habló con el padre Arango a quien le pidió que su hijo Gonzalito fuera llevado de

inmediato a la Embajada de los Estados Unidos. “Así se hará. Dos hermanos

cristianos vestidos de civiles debidamente armados lo llevarán a la embajada”

1 y 38 P.M. -El Presidente Ospina se comunicó con el señor Warner, Secretario de la

Embajada de Estados Unidos y le solicitó que le dieran asilo político a su hijo
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Gonzalo quien había salido del colegio e iba hacia allá. “Tan pronto llegue será

recibido. Pasando a otra cosa el señor Embajador, Villar Beulac, me acaba de decir

que el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán ha sido obra de los comunistas, y que por lo

tanto el Gobierno de su excelencia debe romper inmediatamente relaciones con La

Unión Soviética”. Esa es una de las versiones que yo tengo, oportunamente

resolveré. “Señor Presidente le pido un refuerzo para la protección de la casa del

señor Pawley, pues en ella se encuentra a esta hora el General Marshall” Ya lo
haremos pues en este momento es más que imposible.

1 y 42 P.M. -El General Bayona llamó al Presidente a quien le prometió su entera

lealtad y el presidente le preguntó: “Y los demás generales en qué tónica están”. No

hay nada en claro . “Allá en un tanque de guerra ha de llegar el ministro de Obras

Luis Ignacio Andrade. El es el hombre más leal. ¿Me entiende lo que le quiero decir

y lo que su presencia, allá, significa para mí?” Claro que sí, excelencia, le entiendo

bien y tal vez mucho más.

1 y 45 P. M. -El Agente de seguridad 321 llamó al Doctor Niño, Prefecto Nacional de

Seguridad, y le dijo que aún no había sido expedida la declaratoria de que el
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asesinato había sido obra del comunismo y que cuando reinara la calma le echarían

mano a Rafael del Pino, a Ovares y a Fidel Castro, de acuerdo al informe que en

prevención del plan de seguridad le pasó. Yo le pasé esa información. “Esos papeles

están en la prefectura pero como es seguro que ella arderá, redáctelos nuevamente, y

llámeme o vaya hasta donde 2XX donde voy a estar. Llame a Azula para que él saque

la declaración”.

1 y 55 P.M. -El Coronel Barco, director de la Policía llamó a su casa pero nadie
contestó.

2 y 01 P.M. -El Ministro de Gobierno, doctor Zuleta, llamó al coronel Barco y le

exigió que sacara la policía para que restableciera el orden. Le dijo que la canalla no

puede dominar la ciudad. “Yo no tengo a mi servicio sino sesenta hombres y todos

ellos están llenos de miedo y terror. La policía, casi en su totalidad se ha

insubordinado y se ha concentrado en la Quinta División que es en donde está locali-

zado el cuartel general de los amotinados”. ¿Entonces cómo ve Ud. la situación?

¿Incierta? “Ese sería el pico, pero si nos sostenemos hoy, mañana nos

consolidaremos y pasado mañana...
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2 y 10 P.M. -El general Bayona llamó e informó al doctor Azula en Palacio que el

general San Juan y el ministro de Guerra doctor Lozano habían salido para la Clínica

Central en donde habían operado a Gaitán y que de allí seguirían para Palacio. “Eso

es inteligente me parece que el Ministro debe permanecer al lado del Presidente”.

2 y 13 P.M. -El Ministro de Gobierno doctor Zuleta se comunicó en Palacio con el

Secretario de la presidencia doctor Azula y le dijo que se había tenido que volar del

ministerio, y que estaba escondido en una casa que se comunicaba con el Palacio
Arzobispal y que acababa de llegar Monseñor de Brigard. “Urja al Presidente para

que se haga la declaración de que el crimen y el alzamiento son obra del comunismo

internacional. Dígale que Niño tiene la prueba y que me la va a suministrar. La

Conferencia Panamericana debe de continuar en algún sitio seguro para que allí se

haga la declaración de que tanto el crimen y la conjura son obra directa del

comunismo internacional.

2 y 20 P.M. -El prefecto nacional de Seguridad habló con el secretario de la

presidencia Azula y le comunicó que tenía las pruebas de que tanto el plan del

asesinato como su ejecución eran obra de los comunistas y que tanto Rafael del Pino,
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Ovares y Fidel Castro estaban implicados en el asunto. El agente secreto 321 está

preparando los informes del caso los cuales serán enviados a Palacio porque los

originales que tenía se quedaron en la Prefectura. “¡Qué vaina!. ¡Qué maluco! —Eso

nada importa, porque todo se puede reduplicar.

2 y 30 P.M. -El Señor Secretario de la Embajada norteamericana señor Warner se

comunicó con un tal Rey y le dijo que aún no habían llegado los agentes secretos que

se necesitaban con urgencia tanto en la casa de Beulac como en la del señor
Rubotton. “Le comunico Señor Warner que el señor Cárter, míster Cárter, está

desaparecido de su sitio y que era de suma urgencia localizarlo porque él era el único

que conocía las misiones secretas y los planes sobre protección del señor embajador”.

2 y 35 P. M. -Míster Beulac, el embajador, llamó a Palacio al Ministro Zuleta para

que este enviara unas tropas de refuerzo a la embajada y otras para proteger la vida

del General Marshall. “Es imposible complacerlo por ahora”. Entonces, páseme al

señor Presidente para comunicarle una determinación. “Ahí se lo paso”. Señor

Presidente debo comunicarle que mi gobierno ya dio ordenes al Teniente General

Milar S. Harmon y al Almirante Osbome Hardison para que asuman y respondan por
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nuestra protección y defensa. Nosotros no podemos aceptar que se vulneren nuestros

derechos. Lo entero de que unas dos mil unidades militares trasportadas desde

Panamá, llegarán a Techo y que por lo menos cuarenta mil marines se están alistando

en Panamá y en otras bases para mantener y defender nuestra libertad. “Permítame

embajador, pero esa puede ser una violación a la soberanía nacional”. No. Los

aviones vendrán en tránsito y las fuerzas que traen vienen precisamente a respaldar la

soberanía. A la ciudad cuando más entrarán o están para entrar unos seiscientos
marines vestidos de civil que no despertarán ninguna sospecha pues hablan español.

El resto quedará en Techo para lo que pueda pasar. “Embajador a mí lo que más me

preocupa es la protección de la vida del general Marshall” No excelencia no se

preocupe que la casa está suficientemente defendida.

2 y 45 P. M. -La presidenta habló con el señor secretario de la embajada señor

Warner y le preguntó que si era verdad que estaban por llegar algunos aviones

norteamericanos al aeropuerto con tropas americanas. “Así es —le respondió”.

Entonces le pido que en uno de esos aviones y a su regreso lleven a mi hijo Gonzalo a

Panamá y que de allí lo manden a Washington. “Muy bien así se hará”.
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2 y 50 P.M. -El Ministro de Guerra doctor Lozano llamó al general Vanegas y le dijo

que por ser él su general de más confianza, lo enterara sobre los generales que habían

llegado ya. “Sí como no, también está el general Ocampo. Sí... Sí...ellos están. Se

sabe que en el resto de guarniciones la situación es normal”.

3 y 05 P.M. -Alguien llamó al Prefecto de Seguridad Dr. Niño y le dijo que de la

Prefectura no quedaba ni el recuerdo de sus cenizas. El edificio del periódico el Siglo

está ardiendo. Entonces la situación está muy grave en el centro de la ciudad. Sí pero
lo demás está muy bien porque de la pareja de cómicos Stanley, el flaco y menudito,

se fue al cielo, y el gordo, se acuerda de Lauren Hardy, ese también ya salió, de

suerte que la mancorna desapareció. Se lo digo porque me lo informó el jefe del

antigrupo. “No me hable más y Cayetano como decimos por acá”. Yo siempre he

afirmado que Ud., mi estimado doctor es un genio.

3 y 10 P.M. -De la clínica Marly llamaron para decir que en una ambulancia y

disfrazados de médicos acaban de salir rumbo al Ministerio de Guerra los señores

Gómez. Que van para allá.

3 y 12 P.M. El Ministro Andrade se comunicó con el Presidente Ospina y le dijo:
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“Alfonso Hurtado y Carlos Sinisterra, saben en donde se encuentra oculto el doctor

Laureano Gómez. El desea ir a Palacio para correr la misma suerte, pero que no tiene

cómo hacerlo”. Dr. Andrade, yo no deseo que él venga aquí a nada y Ud. sabe más

que yo porqué. Aquí, en Palacio no cabe sino un jefe y ese soy yo, quien preside un

gobierno a la luz pública, a los ojos de todos, y sin tinieblas. “Entonces lo hago ir

hasta el Ministerio de Guerra”. Ese es otro cantar y allá puede quedar a buen recaudo

hasta cuando se sepa qué es lo que conviene hacer con él.
3 y 25 P.M. -El general Sánchez habló con el coronel Berrio en Palacio y le preguntó

si el mando de los tanques era, en ese momento, de él o del capitán Serpa.

3 y 27 P.M. -El general Berrio habló con el ministro Andrade y le dijo que el mando

de los tanques mientras no llegaran a Palacio era del capitán Serpa pero que una vez

allí el mando sería de él.

3 y 32 P.M. -Por numerosas llamadas se sabe que se está organizando una reunión de

Jefes liberales para nombrar una dirección política provisional.

3 y 40 P.M. -Un tal William King llamó a míster Warner y le dijo que ochenta

hombres más estaban cuidando la casa del embajador. Tengo treinta más en
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disponibilidad para cubrir alguna emergencia. Son gente de confianza de la misma

que adiestra Robert Píate. El manager me llamó para que le haga saber que los

informes tácticos ya se abrieron paso en el gobierno porque Urdaneta los introdujo.

“Más tarde hablaremos de eso. Ud. comprende. Urdaneta es informante y servidor

especial de nuestro servicio desde los tiempos del embajador Spruille Braden. Él es el

único que puede trabajar en la pronta expedición de la declaratoria de condena al

comunismo”.
3 y 45 P.M. -El director del Tiempo, Roberto García Peña, llamó a Nueva York al

dueño del periódico el doctor Eduardo Santos y lo enteró de los graves sucesos y del

caos que reina en la ciudad, del peligro de la democracia, la civilidad y que lo más

grave era que desaparecido Gaitán no había una dirección política. “Que se autoelija

alguna que asuma la dirección”

4 y 01 P.M. -Luis Ignacio Andrade habló con el Presidente Ospina a quien dijo:

acabo de llegar al Ministerio de Guerra en compañía de Felio, de Hurtado, de Anzola

y Sinisterra. Anzola pasó por médico, Hurtado por enfermero, Felio de ayudante y

Sinisterra de Chofer. “¿Y cuál era el paciente, porque como me lo imagino no puede
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ser el mismo que nos llevó y dejó en la estacada? En todo caso es desde su despacho

interino desde donde podemos trancar” Cierto. La situación es desesperada pero no

empeorará más. No puedo hablarle por más tiempo. Pero óigame. “Qué generales

están ahí a su lado “Aquí están conmigo los generales, Matamoros, Vanegas,

Ocampo, Sánchez, Mora y Londoño. Ya prácticamente estoy reunido con ellos pero

estoy esperando la llegada del tanque en el cual seguramente vendrá Laureano

Gómez”. Eso no es tan importante. Hable con los generales porque ellos son los
únicos que con sus bastones y palitroques de mando nos pueden desahuciar de esta

casa política. Averigüe, si piensan, en qué piensan. Si es que están pensando algo. Si

no hágalos pensar en sus deberes, en sus juramentos, y en cuanto juraron cumplir en

bien de Colombia. Despreocúpese que el señor Ministro de Guerra estará aquí”. Su

excelencia debe saber que ya están hechos los contactos para realizar una reunión con

los jefes políticos que él representa. “Mucho cuidado con eso” Lo sé. A propósito qué

motiva ese ruidajo infernal que se oye en la línea. “Es una tremenda balacera que

acaba de estallar aquí casi que en la puerta de Palacio.” ¡Alo!.

4 y 20 P.M. -El Ministro Zuleta llamó a míster Warner y le leyó el texto de la
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declaración anticomunista que se debe de aprobar en el seno de la plenaria de la

Conferencia Panamericana. “Se la trasmitiré al general Marshal para que la lea, la

corrija, la adicione, y la apruebe. Lo llamaré. Pero le cuento que ya están en camino

las tropas que vienen de Panamá para cubrir cualquier mala situación”. Es una grata

noticia para un patriota como yo. Lo felicito míster Warner. “Pero su excelencia

Ospina parece tener algunos reparos a mi gestión”. Eso es temporal porque eso es lo

conveniente y es urgente que vengan no solo esos sino muchos más. Además se debe
dar la orden para que actúen de una vez. Esta noche. Si los comunistas nos atacan,

nosotros no podemos cruzarmos de brazos en aras de una soberanía que en medio del

caos nadie palpa ni ve.

4 y 25 P.M. -El Jefe político, Alberto Galindo, trató de comunicarse con el general

Ocampo pero no lo dejaron hablar. La comunicación fue bloqueada.

4 y 30 P.M. -Andrade habló con palacio y le dijo al Presidente: “Un estudiante se

saltó como pudo las paredes del Ministerio de Guerra y me dijo que Laureano cambió

de refugio. Yo sé, desde luego, en donde está y estoy esperando la llegada de un

tanque de guerra para movilizarlo. Hay algo más, tengo la impresión de que se está
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demorando mucho la declaración oficial sobre los hechos así como el subsiguiente

rompimento de relaciones diplomáticas con la URSS. “Calma, paciencia y tino en la

acción nuestra”

4 y 35 P.M. -El doctor Lozano, Ministro de Guerra habló con el Presidente Ospina.

“Iré hasta Palacio con los comisionados Echandía, Lleras, Salazar, Arango Mendoza,

Herrera, Tavera y Esguerra”. “Muy bien ministro aquí los espero a la mayor

brevedad, Ud. dispone de los medios para hacerlos venir sin riesgo alguno”.
4 y 37 P.M. -De Palacio llamaron a Usaquén al capitán Sánchez. “¿Recuerda cuál es

su deber y a quién es que debe obediencia?” Yo lo sé muy bien. “Entonces actúe en

consecuencia”. La máquina está en movimiento y en el momento propició nuestro

hombre actuará.

4 y 40 P.M. -El coronel Berrío llamó al general Bayona al Ministerio de Guerra y le

dijo que los comisionados y el Ministro había salido para Palacio. “Dios es grande

nos han servido un buen postrecito” Así lo creo. “Espere le cuento al doctor Andrade

para saber qué opina”. Un minutico y no cuelgue. “Que son rehenes, que hay que

darles el tratamiento de rehenes y que eso es todo y nada más”. Muy bien, claro son
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rehenes.

5 y 08 P.M. -El general Bayona habló con el coronel Berrio en Palacio y le dijo sin

dudarlo que el tal capitán había sido desleal a la causa y al gobierno y Berrio le

contestó: “No hay ningún problema mi general, porque el asunto ese ya fue resuelto

aquí frente a la puerta del Palacio Presidencial”

5 y 15 P.M. -El coronel Berrio llamó al general Bayona y le dijo: “si surgen

soluciones distintas a la de la continuidad democrática del gobierno, la primera ha de
ser la nuestra, la militar. ¿No le parece?”. “Puede ser pero puede haber otra más.”

Imagínese que de Tunja llamó el Gobernador Villarreal para comunicar que ya vienen

cuatrocientos hombres de refuerzo. No se lo diga al Ministro sino un poco más tarde.

5 y 25 P.M. -Berrio habló una vez más con Bayona. “El capitán Serpa era desleal pero

ya pagó su deslealtad, cayó muerto a la puerta de Palacio. De allí lo arrastró un

soldado hacia el interior. Ahora está en el cuarto de entrada en donde un soldado

enardecido, sin mando ni orden, lleno de ira, lo degradó, arrancándole las presillas

con sus insignias.” Alguien tuvo que dar esa orden tan humillante. ¿Quién lo degradó,

el Presidente o la Presidenta?”. No lo sé. Solo vi al soldado hacerlo”. Esta noche irá
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un tanque al ministerio y sé que dentro de él van a llevar a Laureano para allá.

“¿Seguro que va a ser un estorbo aquí, no le parece?”. No lo creo será algo temporal

pues tengo entendido que va para más lejos tal vez irá a Medellín o tal vez más lejos.

Estoy tratando de averiguarlo. “Ya nos hablaremos”

5 y 38 P.M. -“Los comisionados pedirán su dimisión señor Presidente, le dijo

Andrade a Ospina, lo prevengo porque lo sé. Laureano es bueno que esté aquí a mi

lado pues de pronto, así haya hecho tantas cosas mal, una sola le salga bien. El desea
ir a Palacio y estar a su lado. “Eso no tiene sentido político alguno, menos ahora, pero

como en este momento no puedo destituirlo lo mejor es que Ud. lo traslade mañana.

Es lo único que podemos hacer. Yo respondo como Presidente por él, pase lo que

pase. “Sin embargo permítame, señor Presidente, pues debo decirle que los

comisionados y el Ministro de Guerra no tienen ni mandato ni representación política

alguna. Lo que son, son rehenes, conforme al derecho de gentes. Ellos no pueden

dejar organizado el motín y la revuelta en las calles y a la vez presentarse en palacio

como si fueran la solución de la crisis.” Así lo entiendo. ¿Pero de los generales qué?

“Ellos sostienen que aún no pueden dar órdenes radicales porque el número de
                   640                                               423
soldados de que disponen es muy limitado y que no se pueden exponer a un fracaso”.

Averigüe a fondo y avíseme cualquier cosa.

9 y 50 P.M. -Laureano Gómez habló con Azula y le exigió que le pasara al

presidente: “Presidente, es preferible entregarle el poder a los militares antes que

darles participación a los comisionados. De los militares es fácil recuperar el poder,

de los comisionados no porque ellos insisten en que son la mayoría política. Estimo

que la Conferencia Panamericana ha de continuar con sus deliberaciones para aprobar
  una declaración anticomunista. Los militares lo que deben es salir a las calles a barrer

  a los facciosos y francotiradores”. Pues créame que no comparto su pensamiento sino

  en cuanto a la continuación de la Conferencia Panamericana por todos los medios. Ya

  tenemos el Gimnasio Moderno para continuar allí las deliberaciones. Además como

  yo no tengo agua en la boca y siempre hablo con sinceridad creo que ha llegado la

  ocasión para que Ud. tome una decisión en cuanto a su participación en el gobierno.

  Yo como Presidente he dispuesto que Ud. viaje cuanto antes a Medellín por ser este

  el único lugar en donde puedo responder plenamente por su vida. “¿Qué locura es esa

  que a estas horas me dice? ¿Cómo es posible semejante exabrupto?” Se lo digo con
                     641                                               423
  toda seguridad. Hable con Luis Ignacio y él se lo explicará. ( se cortó la

  comunicación)

_Mil gracias Rosita por su amable lectura —dijo Vitruvio y dirigiéndose a el hijo de

Bienvenido, continuó— ¿según su leal saber y entender quiénes hicieron matar a

Gaitán?

__No tengo una sola duda. Fueron los fascistas, los laureanistas, los que armaron el

brazo de Juan Roa Sierra. Ellos mismos fueron los que eliminaron a la pareja.
_ ¿Y Rosita qué piensa al respecto?

 Estoy segura de que fue la godarria porque solo ellos sabían y veían cada día más

claro que Gaitán, por tener la mayoría del electorado, los derrotaría en las próximas

elecciones.

-¿Y Bienvenido qué piensa?

^Exactamente lo mismo que ellos pero de otra manera.

 ¿Entonces preguntémonos, a quiénes convenía la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y

respondámonos. ¿Al pueblo colombiano? No, de ninguna manera. ¿A la oligarquía

política? Sí, a “La Candelaria”, porque únicamente a ellos les convenía. Ellos lo
                     642                                              423
mandaron asesinar.

 _Permítame Bienvenido que lo auxilie un poco —dijo Vitruvio— Usted está en lo

cierto. Concédame que le ayude a redondear su idea de este modo: los romanos ante la

presencia de un crimen de esta naturaleza, es decir, ante un crimen de carácter político,

solían preguntarse: “quid prodest”, es decir, a quién convenía ese crimen y no se

equivocaban al responderse “is fecit cui prodest”, es decir, lo hizo el que en ello tenía

interés. Prosum es aprovechar, ser útil, provechoso, ventajoso, de ahí que Virgilio
escribiese “Quid prodest?, es decir, ¿De qué sirve? El caudillo del pueblo Jorge Eliécer

Gaitán hubiera sido Presidente por encima de los intereses del gobierno, por encima de

los intereses de “La Candelaria”, y por encima de los intereses de la oligarquía. Gaitán

representaba al pueblo sin distinciones de ninguna naturaleza o color y en unas

elecciones libres hubiera podido recuperar al poder no para ningún partido, mucho

menos para el partido de “La Candelaria”, sino para el poder popular. En la

investigación de un crimen político el llamado “cui bono” es el primer planteamiento

que se debe hacer para saber a quién benefician los hechos, quiénes sacan provecho de

él y en el asesinato de Gaitán los beneficios eran para los fascistas y para el club de “La
                     643                                                423
Candelaria”. Para qué leer más documentos si el papel de la violencia ya no cesará. Tal

vez otro día continuarían con la lectura del famoso documento. Por el momento era

mejor caer sobre el famoso Texto de epitafios e incorporar en él algunos de los que

hacía tiempo esperaban ser incorporados allí, por cuenta de algunos miembros de La

Gruta Simbólica y así lo hizo:

Epitafio de Jiménez López:
Jiménez López, Doctor ilustre y conservador, en esta fosa sencilla duerme

su sueño mejor: murió de fiebre amarilla, que es un bonito color.

Epitafio del poeta Rafael Maya:

Dentro de esta tumba escueta su noble imagen recata

Rafael Maya, un gran poeta que al fin estiró la pata.

Epitafio de Edmundo Merchán:

Edmundo Merchán, genial Gerente Municipal del acueducto, aquí rota ve

su envoltura mortal pues por ironía fatal fallecieron: el de gota, y de sed

la capital.          644                                              423




Epitafio de Jorge Max Rohde:

Yace aquí Jorge Max Rohde

yazga en pax, así no xode Max.

Epitafio de Romeo y Julieta:

Guardia 1...aquí yacen en el sueño de los muertos, el conde de París, que ha sido
asesinado, Romeo, que ha muerto, y Julieta, enterrada hace dos días, y que ahora

aparece caliente aún como si acabara de morir.

Pero había uno que lo había impresionado sobremanera y el cual había pasado por

desapercibido ante sus ojos, por muchos años, sin que lo hubiera visto. Era el más largo

de todos, el más aterrador, el más visible y sin embargo nunca lo había visto. Ese

epitafio solo lo descubrió en el cementerio el día en que se dedicó a buscar entre los

muertos al hijo de Bienvenido. Entonces sintió la necesidad de trascribirlo y al día

siguiente luego de visitar la tumba de Lucia fue hasta la tumba en donde lo había visto

y de regresó a casa, de un plumazo lo incorporó:
                    645                                              423


Grandeza Humana ¡Qué ha quedado de Homero de Cicerón.

De Sócrates de Alcibíades y Protágoras.

De Rótnulo de Remo y de Nerón.

De Tucídides, Jenofonte y Anaxágoras!

¡De Epicuro de Horacio y de Trajano.

De Numa, Tulio, Hostilio y de Virato De Pompeyo, Servio Tulio y Dioclesiano De
Augusto, Tito Livio y Liberato!

¡Y Anco Marcio y Tarquino qué se han>hecho! ¡Dónde está Tamerlán, dónde está

Galval Dónde se halla Gomper con su derecho y dónde aquel a las Espartas

salva!

¡Dónde ha ido Alejandro y Tertuliano

Y César,   Constantino y Marco Aurelio

Temístocles, Otón y Justiniano Galo, Majencio, Jerjes y Tiberio!

¡Dónde están las mujeres y’ los hombres,

Dónde el genio que todo iluminó!
                      646                                              423
Pirámides de libros y de nombres... de su grandeza fue lo que quedó.

Este es el hombre y toda la grandeza al creer en sí mismo, que cual Rey encierra.

El hombre vivo. Cuño de tristeza...

Y luego   muerto...podredumbre y tierra.

Juan C. Calderón

Facatativá Enero 27 de 1.886.
Bogotá Enero 1 de 1.931.

El de Margot:

Ci git Margott la gentille demoiselle deux fois mañeé et morte pucelle. (Aquí yace

Margot, la gentil damisela dos veces casada y muerta doncella)

CAPITULO XXXIII

Tabasile el médico que había salvado tantas vidas gracias a su sabiduría, en el arte de

curar heridas, había realizado hasta ese día, tantas e increíbles curaciones, que no solo

la remediada de Rosita estaba lista a contar los cuentos del rescate y de su sanación,

sino que un centenar de personas más, que confiaron en su ciencia, por encontrarse
                    647                                               423

sanos y salvos, deseaban relatarlos. Pero así como el inverosímil Tabasile le había

ganado tantas vidas a la muerte, al igual, Paul Eigher, el librero judío, no solo había

salvado de la ruina a sus hermanos de circuncisión sino que, anticipándose en mucho, al

tiempo y a los hechos, basando en su manera de analizar las situaciones y las cosas,

había salvaguardado los bienes de todos aquellos que siguiendo sus consejos, sacaron a

tiempo de sus almacenes la mayor parte de sus mercaderías; tomaron seguros contra
toda clase de riesgo; abrieron cuentas en dólares en la banca extranjera; recogieron sus

acreencias; se obligaron en moneda nacional hasta el máximo; reexportaron las joyas,

las pieles valiosas y las mercancías finas, y algunos de ellos, los más previsivos,

abandonaron el país. Claro que, así como había remedios para las heridas y las

dolencias del cuerpo y previsiones para las crisis económicas, también los había para

las secuelas dejadas por el desastre, pero a su juicio, solo dos parecían recomendables:

el paso del tiempo y el silencio. Y esos dos potingues serían en su caso los únicos

capaces por sí mismos de remediar la tragedia que acababa de vivir y la angustia febril

que abrumaba su corazón. ¿Pero cómo podría tapar, con sus débiles manos, la cruda
                    648                                              423
revelación que le había presentado la crueldad de los sucesos? ¿Cómo ocultarle a la

vida la dimensión catastrófica de la tragedia? Tal vez, cuanto pensaba, eran solo

mercedes para sí mismo. Pensamientos y frases de consolación, apenas buenos para

sedar, momentáneamente, su suerte negra y paliar los asesinatos y los crímenes

cometidos, en fin, opiniones sin razón, que tratando de atraparlo, querían que él

también, como el avestruz, hundiera la cabeza entre la arena ensangrentada, para que

no viera ni el brazo exterminador de la muerte ni el rostro ensoberbecido de los
asesinos. Pero, ¡oh!, tristes miserias históricas, cuando al volar el tiempo solo quedaría

como testimonio pírrico de los sucesos, el plagio estéril a la frase dicha ese día por el

Presidente, Mariano Ospina Pérez, quien al ser urgido por el sectario delegado Carlos

Lleras Restrepo, para que depusiera el poder en manos del designado, recurriendo a las

frases de un juez de gallos, y mirándolo con cierta burla, le respondió:

_Yo no me retiro del poder porque sé que en los gallos como en la política: “más vale

un gallo muerdo que un gallo vivo, pero corrido”, —agregándole,— “es que entre

galleros es ley, que si el gallo matador no viene y pica a su contrincante después de

matarlo, pierde la pelea, así esté vivo, de suerte doctor Carlos Lleras que, ni se lo
                     649                                                423
imagine ni lo sueñe, porque yo no me voy a retirar de la Presidencia ni por sueños que

tuviera”. Respuesta que oída, aprovechada y transformada, más tarde, por el Ministro

de Educación, doctor, Joaquín Estrada Monsalve, se convertiría en la adocenada y

académica de “más vale un Presidente muerto que un presidente fugitivo” para contento

del protagonista, del maquillador y de la falsa historia. Esa frase, así como el regreso en

política a la Unión Nacional habían sido las dos cosas que había dejado el cataclismo

político del nueve de abril, ya que ni el poder cayó en manos de los militares como lo
quería Laureano Gómez ni en manos del designado Eduardo Santos como lo quería

Carlos Lleras Restrepo, quien de esa manera pretendía restaurar el desvencijado poder

de “La Candelaria”. La Unión Nacional, como el Ave Fénix, había renacido de sus

cenizas, entre el polvo de los cien mil hombres y mujeres asesinados hasta el momento

por los nazi fascistas y el brutal apocalipsis solo había servido para que los periodistas y

escritores de la llamada “prensa amarilla” y de la “gran prensa” forjaran y le dieran

paso en compañía de algunos intelectuales a la más ambigua, exótica, irracional, e

inexplicable invención sociológica, fruto de la silvestre estupidez humana, pues al

querer esconder con ella como tahúres, los inenarrables crímenes políticos, los doctos
                     650                                                423
autores recurrieron, de ahí en adelante, al cómodo expediente de atribuir a ese

eufemismo, o seudónimo de “la violencia”, las ordalías cometidas por los asesinos.

  Y   en sutil esfuerzo engañoso sobre la obra del cura Guzmán referente a la violencia

decidieron adicionar las prosas del sociologismo y del rabulismo desmesurado de los

dudosos profesores, Orlando Falls Borda y Umaña Luna. De ese modo evitaron tener

que nombrar a los protagonistas del cruel exterminio como a grandes genocidas

políticos: protegiéndolos de tal modo y manera que ni se abrieran los procesos penales
del caso, ni se les buscara como a responsables o sujetos activos del delito ni se les

impusieran las sanciones penales que como a criminales de guerra les correspondían. Y

así ocurrió, como si detrás de tan diabólica y perversa invención: “la violencia” no

yacieran las víctimas de esa locura ni los criminales de carne hueso, o como si hasta

entonces no fuera manifiesto que cualquier palabra por contenidos que tuviera no había

podido matar a persona alguna. La verdad es que los políticos escudados tras “la vio-

lencia”, mal podían ser considerados como criminales de guerra, pese a que

continuaban parapetados tras los montones de muertos, listos a quebrantar en su favor

todo sistema de gobierno. Tal vez las únicas cosas buenas que había dejado la masacre
                    651                                               423
habían sido: el hallazgo de Rosita entre los muertos del cementerio por parte de

Vitruvio; la recuperación de su salud y la aceptación por parte de esta del encargo de

ama de llaves en la casa de éste. Gracias a su presencia y a sus manos, la casa había

comenzado a cambiar, pues con su juventud, rápidamente, renovó y aromó con

novísimas esencias el aire estanco en ella. Evidentemente, ella, sin ayuda de nadie,

había logrado remplazar el rosedal con nuevas y extrañas rosas, y sembrado geranios,

claveles y pensamientos, pero... ¿quién lo cambiaría a él si el olvido de los asesinatos,
achacándolos a “la violencia” era algo tan irracional que por no poder entenderlo ni

mucho menos llegar a admitirlo, sin embargo, no se atrevía a excluir? Tenía y sentía

rigurosos temores, pero, desde luego, ni dejaría la casa ni abandonaría la tumba de

Lucia. Se quedaría rodeado por la soledad de las paredes, envuelto en el narcótico de

los libros, el paraíso de las traducciones del griego, la bienaventuranza de sus

investigaciones históricas, con Luciano quien estaba por regresar de los Estados Unidos

de Norteamérica, con el amor y la devoción por Lucia, con la alegre amistad de

Bienvenido Lumbreras, con la belleza juvenil de Rosita García y con la blanca y fría

alma- cabra bogotana la cual, pese a su aparente vastedad, había sido insuficiente para
                     652                                                 423
cubrir con su tierra la totalidad de los muertos. Por sus estudios había llegado a la triste

conclusión de que el asesinato, desde hacía siglos, había sustituido las formas de lucha

entre los partidos; el crimen a la administración de justicia, y la corrupción a la

conducción pública, y que los tres, hermanados, se habían quedado incrustados para

siempre en el pensamiento y en el corazón de los colombianos. Históricamente así era

porque el magnicidio había sido la solución hallada para curar los fracasos políticos:

Francisco de Paula Santander el prócer y Mariano Ospina Rodríguez, habían recurrido
al asesinato del Libertador, Simón Bolívar, no solo para remplazarlo en el ejercicio del

poder sino para minar y destruir su gloria. Y ese mismo e innoble regicidio había dado

en tierra en las montañas de Berruecos con la vida del dignísimo sucesor del

Libertador, el general José Antonio Sucre. Y ese mismo fratricidio, como lo confirmó

el espeluznante asesinato del general Rafael Uribe Uribe, había sido el método que

confiado por el partido único de “La Candelaria” a las manos de Galarza y Carvajal le

había cerrado el paso a las ideas socialistas en Colombia. Ahora, una vez más, con el

asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, se acababa de reiterar ante una nación

perpleja y llena de pavura, que era mediante el recurso al homicidio como se clausuraba
                    653                                              423
el posible ascenso del pueblo al poder. Cien mil vidas había cobrado hasta ese día la

imposición del fascismo en Colombia por parte de Laureano Gómez, y uno de esos

muertos anónimos había sido Minchus quien sin duda había sido sepultado en una fosa

común, ya que los esfuerzos de Rosita, de Bienvenido y Vitruvio, por hallarlo habían

sido infructuosos. El escritor no tendría más salvación que la de la versión y

publicación de su obra pero solo Vitruvio estaba en capacidad de descifrar los difíciles

y preciosos rollos del Libro de don Ángel María. Sin embargo los hechos conspiraban
en contra de la traducción ya que la ola enceguecida de odios crecía y crecía sin darle

tregua ni tranquilidad alguna al espíritu del infalible traductor. Por otra parte, las

guerrillas que en un principio habían florecido como defensa de la vida por parte de al-

gunos ciudadanos, especialmente, entre los campesinos, habían asumido un aire menos

político pero más militar, mientras que el gobierno, redoblaba las fuerzas policivas,

pero ya no para prevenir el delito y servir a la convivencia social sino para disponer de

un organismo o fuerza paramilitar lista a reprimir sin límite ni cortapisa a los enemigos

políticos. Era simplemente un instrumento paramilitar al servicio exclusivo del

fascismo criollo y naturalmente que un aparato de esa naturaleza había principiado a
                    654                                               423
convertir al Presidente Ospina Pérez, en el titular de un poder que no podía ejercer

porque el mando real de esa fuerza había escapado de sus manos e ido a parar en las de

los fascistas que reclamaban en coro el regreso al país del “caudillo”, Laureano Gómez,

para colocarlo como Presidente. Claro está que como lo dijo Bienvenido, que, no hay

dos sin tres, la mala racha no pararía ahí, el regreso de Luciano de los EE.UU. sirvió

para comprobarlo, ya que una vez aquí, con su “High School” dentro de la mollera y

con el deseo de ingresar a estudiar medicina en la Universidad Nacional de Colombia le
reservarían a Vitruvio la más tremenda decepción de toda la vida. Su amigo, maestro y

contertulio de tantas veladas literarias, el doctor Luis López de Mesa, a la sazón Rector

de la Universidad Nacional de Colombia, y el Director de la Facultad de Medicina,

apoyados en teorías más legalistas que santanderistas, sobre la sutilísima diferencia

existente entre el título de bachiller y el “High School darían pie a los rábulas para

decir que el uno era distinto del otro, porque no eran equivalentes, razón por la cual,

Luciano no era, ni elegible ni admisible, como alumno de la Universidad. La decepción

de Vitruvio acerca de la amistad con Luis López de Mesa, fue grande, pese a que él no

había trabado relación amistosa con este por interés alguno, máxime cuando nunca
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había podido adorar al santo por la peana. Sin embargo su desencanto fue breve, ya que

movido por el deseo de hallar la solución para que Luciano pudiera estudiar medicina,

se le ocurrió llamar por teléfono a Caracas a Raúl Leoni, quien, en un dos por tres, le

consiguió a Luciano cupo y matrícula en la Universidad Central de Venezuela, cuyos

directivos estimaron que un alumno que tenía su “high school” y que además hablaba,

italiano, español e inglés era mucho más elegible y admisible que cualquiera otro.

  Los contados días que permaneció Luciano en la casa fueron inolvidables para todos
pero mucho más para Rosita, ya que esta, desde el momento en que lo conoció y lo

trató, cayó rápidamente entre los lazos del más súbito amartelamiento, despertando, a

su vez, en el corazón de Luciano tan sincero grado de admiración hacia ella que los

flechados no demoraron más de doce horas en subir y bajar las gradas y en toparse allí,

en medio del más insólito e inesperado escalamiento, hasta llegar a hacerlos

comprender el más fabuloso, simultáneo y grandioso hallazgo: el de un amor repentino,

desaforado y con mutuo encarnizamiento, nacido de un vigoroso y duro

empenecinamiento, sí, sin ningún error, empenecinamiento, como lo calculó, lo sopesó

y lo estimó Rosita desde el primer día en que vio a Luciano, ya que ella, por ser por
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destino, pasión y experiencia, más entendida en virgos varoniles que en parvas

abstinencias, y muy antes que puta por presunción, sagaz olfateadora de virginidades,

desde ese primer momento se dio cuenta de que Luciano no conocía mujer. Para

saberlo, le bastó con mirarlo al rostro en donde releyó los mismos trazos de rubor que le

mostró el día de la llegada y con la timidez que le demostró ese día, cuando al momento

de ir a salir hacia la calle se lo encontró en las gradas de madera de la escalera cuando

ella regresaba del jardín con el ramo de rosas para la inolvidable Lucia. Sucedió todo
tan rápido e inopinadamente que al encontrarlo y verlo, sin saludarlo, le ofreció su

amplia sonrisa y le permitió que observara desde la altura de una grada, la arisca y

rebelde redondez de sus senos, confesándole con la picardía de sus ojos, los misterios

de su íntimo deseo, y luego de besarlo lo abrazó tan fuertemente que lo enredó con

tanto entrampamiento que llegó hasta hacerle sentir el ímpetu de la sangre cuando

mudándose en sonrojo con el pálpito del corazón ruborizó su piel, abrillantándole los

ojos, mientras que Rosita para no delatarse se negaba a ver el bulto que consideraba

vital para ver de tasarlo al simple roce, a ojo de buen cubero y no a ojos vistas, porque

según sus principios, para considerar las cosas: las sensaciones del cuerpo humano no
                    657                                               423
eran una invención profesoral que viniera desde el tacto a la mente sino algo más real,

tangible, algo tan opimo en exquisiteces que estas solo podían ser juzgadas por mujeres

relamidas como ella, y además, porque Luciano, semienquistado en ella, sin quererlo,

no había tenido pudor para impedir que saliera a flote su ostensible condición de macho

cabrío. Si la había podido ocultar hasta ese día todo se había debido a la falta del

magnetismo de Rosita, porque al momento, encabritada, daba visos de querer saltar el

corral de la pretina para que la bella viera, si lo quería, tan novísima maravilla: el
prodigio de un mundo desconocido que desde luego a ella ni la espantaba ni la aturdía

pues que en su hermética tradición de iniciadora y desfloradora de hombres, no solo se

tenía a sí misma como timbre de la más preciosa y natural sabiduría, sino que por estar

frente a un desafío, entre hallazgos rebuscados, tenía la absoluta seguridad de que como

su saber ni se aprendía ni se brindaba en planas ni en cartillas, ni mucho menos por

azar, o entre los antros de la putería, por lo tanto, ni debía darle gracias al sino o al

acaso sino primero y antes que todo, dedicarse con alma y corazón al disfrute y al goce

de la vida. Entonces se dio cuenta que Luciano, por no ser dádiva del cielo, debía ser

hijo del tiento y de las trampas, nieto de misiá ventura y sin parentesco alguno con lo
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que los tontos llamaban “la diosa Fortuna”. De suerte que cuando lo consideró tan

indefenso y rendido como un venado herido, y acosado por la jauría, no tuvo ni un tris

de mientes para sofrenarse en intenciones malsanas sino que avanzando la mano sin

ningún titubeo, le sacó los botones de los ojales de la portañuela y del faldón de la

camisa, para explorar la singular grandeza, y vencida ya, y sin poder contenerse, se

arrodilló beatífica y le besó el sexo, con la misma unción sensual que sugieren los

amores de los pintores renacentistas, hasta que cayó cautiva en el diabólico
atrapamiento. Entonces cazada y aprisionada, como si tratara de revivir el culto fálico

tan común en los pueblos primitivos, se dejó escurrir hasta ir a parar en la más extraña

adoración tribal, tal vez más humana que mítica, hasta el tronitoso e infeliz momento en

que reventaron como balazos, los aldabonazos dados por Bienvenido en el portón,

anunciando su presencia y disposición, para acompañar a Vitruvio y a Luciano hasta la

tumba de Lucia, disturbio y aldabonazos que los forzaron a separarse con un furtivo

beso. Seis días, más que inolvidables, con sus horas y sus noches, sus gratas

oportunidades, sus lances, sus maniobras y sus deslices, fueron necesarios para la

consumación del doloroso aparejamiento, pero solo tres noches, demoró el ingenioso y
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puntual aireamiento o mondadura del fruto a la sazón o tiempo convenidos. Pero el rito

y la ofrenda sucedieron en medio del más singular, extraño y feliz desprepuciamiento,

pues sin dejar mondarajas le dejó el sexo tan mondo y lirondo, que casi era faz de

capuchino recién afeitado y descapuchado, pues ni le quedó ni se vio un solo tris, ni

asomo o ruina, ni indicio de tan raro desvirgamiento. Todo sucedió cuando la ingeniosa

Rosita, acicateada por el deseo tuvo que recurrir durante esas tres primeras noches a

toda clase de trucos y de trampas no tanto para aplacar sus ansias de redomada
desvirgadora sino, más que todo, para despejar las dudas que tenía pues solo al final se

dio cabal cuenta, de que una cosa era el amor y otra muy distinta las ciencias exactas, es

decir, las matemáticas. Su razón al dudar estaba en que si ella debía y tenía que ir a

partir por dos la longitud de su deseo ya que hasta ese momento estaba probado que lo

uno no cabía en la otra, según su sueño y su saber, ella no tenía por qué ir a dividir su

ambición recurriendo a reglas aritméticas, porque como era claro, no estaba frente al

caso en que el divisor no cupiera en el dividendo y hubiera que acudir a bajar la cifra

siguiente, sino frente a un caso distinto, o mejor ante otra ciencia, materia del

conocimiento. Fue en medio de semejante entelequia y en ese mismo instante, cuando
                     660                                               423
en medio de la más grata fascinación, luego de rebuscar en su memoria, se percató de

algo extraño, cuando al evocar sus años juveniles en su Pereira del alma, entendió, con

halo áureo, ¿cuál era su problema y en dónde era que se le había extraviado la solución?

Lo logró al evocar y ver a los amados mozuelos, a los cuales había hecho tan felices en

las fiestas decembrinas. Entonces en medio del recuerdo los vio luchando a brazo

partido para subir al pináculo de la vara de premios y al recordarlos y comprender que

su deseo era matemáticamente absurdo, puesto que una cosa no cabía en la otra,
aprendió, que lo que le acontecía era que estaba metida entre la exactitud de un juego

aritmético, por demás ilógico, y decidida a jugar con la razón, al encontrar y ver la

solución, de una vez, se encaramó en el premio mayor y sin acaballarse, enhebrándose,

se fue ensartando hasta cuando se le arrasaron los ojos de sana alegría por tan afianzado

sufrimiento, e izándose cual bandera en asta, súbitamente, y sin pensarlo se dejó caer a

lo largo de la extensión reclamada, desbaratándose, desmantelándose y desen-

trañándose, hasta el cruel momento en que sintió que la vida se le escapaba por entre el

dolor refocilado por algo que juzgó imposible, puesto que anticipándose en cincuenta

años a la literatura, sin embargo, consideró la proeza como un acto tan real y a la vez
                    661                                               423
tan imposible que, de una vez lo llamó: “realismo mágico”. Y no era para menos

porque no había tenido necesidad de ingeniar lo “real maravilloso” sacándolo del cubilo

tramposo como si se tratara de un conejo o de un par de palabras sino que por

inventarlo y vivirlo, había podido sentir no solo su segundo, sino su real y verdadero

desvirgamiento. Sin duda que los sabios mentían más que los necios porque en la tierra

y para todos los mortales no solo había una sola oportunidad, sino una segunda, una

tercera, una cuarta y una quinta, sino más que todo, porque a partir de ese entonces
también supo que las reales ocasiones que bendecían a los humanos solo surgían

cuando ellos empezaban a considerarlas imposibles. Como lo dijo un día Bienvenido en

la sala en presencia de Vitruvio y de ella, cuando lleno de una rara lucidez al referirse a

la negativa del cupo para que Luciano entrara a estudiar medicina les dijo: _ Yo, mis

estimados amigos en materia de imposibles en el único en que creo, es en el que dice

que al perro no lo capan más de cuatro veces. Tal y como en verdad ocurrió, porque en

menos de lo que canta un gallo, Luciano, por intermedio de Raúl Leoni, le llegó la

oportunidad para irse a estudiar medicina en la Universidad Central de Venezuela. Su

partida no dejó de ser conmovedora, especialmente para Rosita quien enamorada no se
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quería resignar ante la realidad de la partida. Claro que como los juramentos siempre

han sido el elixir de los amores secretos, estos aliviaron en parte su desazón, de suerte

que cuando el avión decoló en el aeropuerto de Techo, llevándose a Luciano, lo único

que se oyó fue el suspiro de su amada, la cual solo se curaría al mes, cuando dejando a

Vitruvio en manos de Ifigenia voló a Caracas. Ese día al regreso del aeropuerto

Vitruvio se dio cuenta de que la ciudad del águila negra era otra. Claro que el cielo lo

vio como siempre: gris, y estañado con la capucha de nubes plúmbeas y era obvio que
el día, era el mismo de hacía cuatrocientos años: húmedo, lúgubre y, frío y que el aire

titiritante de siempre se volcaba sobre la sabana de Bogotá por la tronera invisible de

los cerros de Monserrate y de Guadalupe y como una cuchilla se adentraba entre la

carne hasta ir a recalar en el fondo de lo huesos. Al recorrer la ciudad se lamentó al ver

cómo los buses lanzaban al aire las vomitadas grises de humo y cómo de los románticos

tranvías solo quedaban los brillantes rieles sepultados bajo la capa de asfalto y

añorando su ciudad no quiso ir ni pasar por “La Candelaria”, tal como lo sugirió

Bienvenido, pues en el fondo de su corazón no quería saber nada de la suerte de las

casonas, ni de la extinción y muerte del barrio ni de la salida de ese enclave de los
                     663                                                423
rancios habitantes que desde otrora, fieles a la tradición santafereña, habían acampado

cerca de allí, desde el día de la fundación de la ciudad y vivido allí por más de

cuatrocientos años. Según Bienvenido casi todos los moradores habíán huido del

enclave en busca de un lugar más seguro para sus vidas y sus bienes, menos expuesto al

evento de un nuevo vendaval político, es decir, de un segundo Bogotazo. Los

inquilinatos, cuadra a cuadra, se habían ido apoderando poco a poco de “La Candelaria”

pero la diáspora no le arrancaría el poder político a los integrantes del disperso club, por
el contrario, los afianzaría cada vez más. Ya en el centro los transeúntes, vestidos

ceremoniosamente: de negro, gris o de azul, iban como para asistir a un funeral,

entumidos y cabizbajos, debajo de sus paraguas negros, mientras que el frío cernidillo

al esparcirse por el aire, empapaba las ropas, mojaba las baldosas y se empozaba entre

las grietas de las aceras. Iban casi todos con los rostros severos, lúgubres, encorvados y

silenciosos como si además de sus pesares cargaran sobre sus espaldas el fardo de una

increíble tragedia. Vitruvio casi sin verlos los imaginó avanzando a lo largo de la

carrera séptima como si quisieran darle alcance a la carroza del imaginario funeral que

los apesadumbraba por igual, y como si quisieran estirar mucho más el largo y negro
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cortejo que cada vez más distante les impedía alcanzar el presunto féretro y al

hipotético cadáver que los movía sin estupor, pero eso sí conmovidos cada vez más a

cada fúnebre paso. Otra cosa que extrañó Vitruvio, sobre manera, fue la falta de

elegancia en el atuendo antes ceremonioso y elegante de las mujeres, puesto que las que

caminaban por la calle o hacían fila en los teatros iban sin las adoradas pieles: martas,

armiños, zorros, nutrias, visones, chinchillas y martas cibellinas, que antes habían sido

símbolos de poder y de riqueza habían desaparecido de los hombros de las doñas, y al
pedirle esa misma tarde una explicación al sabio Paul Eigher por la ocurrencia del

fenómeno, este, le respondió:

_Las pieles, Vitruvio, hoy en día no valen nada. Se de valuaron con el saqueo de las

peleterías porque desde el asalto pasaron de los hombros de las esposas y de las aman-

tes de los ricos y poderosos a los de las sirvientas, perdiendo de ese modo su signo

social y su valor comercial hasta convertirse en emblemas del robo. Claro que en medio

del luto general que se veía en la calle era manifiesto que este se había incrementado

por los numerosos crímenes políticos que ocurrían, puesto que a cada nuevo amanecer

el cuajaron de sangre derramada e inútilmente vertida por los dos bandos aumentaba la
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torpeza de los enemigos que se disputaban en medio de la brutal guerra el poder para

sus intereses de grupo y para sus familias. Lo que corría era una ola de sangre entre dos

sistemas sectarios de odios enfrentados a muerte, dirigidos por dos animales

sanguinarios listos en todo momento a matar con tal de lograr el poder. Se vivía, pues,

en medio de una guerra sin alternativas, y de carácter divergente, en medio del silencio

cómplice de los llamados intelectuales que, cada vez que se creían lúcidos, resultaban

hablando de una paz entre arenques ahumados, cuando no conservados, al menos si
disecados en barriles con salmuera, posiblemente, porque los eruditos como los peces

en cecina al no oler la podredura de su cadaverina, ignoraban que ya habían muerto, y

que como los necios los leían, aún estaban vivos, listos a velar las armas para que el

pueblo se hiciera matar ya que las clases altas al estimular la guerra sin comprometerse,

como siempre lo habían hecho, no solo rehuirían su presencia en el conflicto sino que

por ser esta una norma de su sabiduría, estaban preparadas para ganar sin perecer;

hostigar sin morir; disfrutar sin exponerse; gozar sin placer;

figurar sin estar, y enriquecerse sin trabajar. Método perspicaz que les permitía al

hablar desde el campo del gobierno de una pacificación que no era otra cosa que la
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entrega de la conducción de la guerra no declarada a la policía y a los organismos

paramilitares estimulados dentro de su seno. Pero esta no era la única sombra que

amenazaba la vida, porque fueron el rompimiento de la política de unión nacional y el

sectarismo auspiciado por la policía “chulavita” y por los llamados “pájaros” los que

hicieron crecer las cifras mortales, de suerte que la nación entera, al rodar por el declive

trágico, de muerte en muerte, y de zozobra en zozobra, se fue inclinando cada día más y

más, hasta ir a parar en el mar de sangre de su insalvable naufragio. Fue durante todo
ese tiempo cuando Vitruvio que se había sumergido entre los libros para escapar de la

muerte, sin embargo, un día cualquiera se enteró de la pretensión de la Cámara de

juzgar a Mariano Ospina Pérez y tiempo después, de cómo este en cambio de someterse

al juicio le ordenó a los genízaros que cerraran el congreso, como aconteció, por no

mencionar días nefastos el 9 de noviembre del año de 1.949. Tiempo después, Vitruvio

se enteraría de que había llegado de su retiro en España, Laureano Gómez Castro, y del

encuentro y diálogo de este con su testaferro el Ministro de Gobierno, Luis Ignacio

Andrade.

_ ¿Cómo va mi Presidencia?, —le había preguntado.
                    667                                              423
__ Su Presidencia es un hecho —le había respondido.

_ ¿Y cómo va la campaña para acabar con los restos del llamado basilisco, es decir, del

liberalismo?

_Mejor que nunca porque ahora sí todos los ministros comprenden que el tal basilisco

del partido liberal es como su excelencia lo ha dicho un partido con pies de ingenuidad;

estómago oligárquico; pecho de ira; brazos masónicos y cabeza comunista. Y era un

hecho porque al haber sido diezmada la mayoría liberal contraria al gobierno, el resto,
es decir, lo que quedaba del basilisco, para salvarse, había tenido que decretar la

abstención electoral, medida con la cual le quedaba allanado el camino a la minoría

fascista que de ese modo aseguraba la elección en la presidencia del per- sonero del

fascismo criollo, mientras que la población perseguida en municipios y veredas había

tenido que ir a refugiarse en las barriadas de las ciudades. Tal vez lo único agradable

que Vitruvio escuchó, en medio de la noche y por aquellos tiempos fueron las notas

tímidas de la rockola del Café Taurino que algunas veces le arrimaron la voz del can-

tante del famoso vals, El plebeyo, de Felipe Pinglo, “mi sangre de plebeyo también

pinta de rojo” que era por aquellos días el disco de moda. Mas como los hechos no
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daban espera, un día, precipitaron la elección de Laureano Gómez Castro, quien una

vez electo, por obvias razones, no pudo tomar posesión de la Presidencia ante el

Congreso sino que lo tuvo que hacer ante la Corte Suprema de Justicia. Como en efecto

sucedió, para aumento de la ola sectaria, pues al magistrado y Presidente de la Corte

Suprema de Justicia, Agustín Gómez Prada, un poco docto profesor de filosofía, que

fue quien tuvo que darle posesión, y al cual un escribidor por haberlo hecho le endilgó

que “al darle posesión a Laureano Gómez Castro lo único que había hecho era que
había cambiado la toga de armiño del magistrado por el costal del carbonero”, frase que

Vitruvio no supo a quién atribuir pero que no le gustó, en razón a la inverosímil con-

tienda literaria que “a sangre y fuego y a cristazos” se libraba sobre el cuerpo de los

inocentes muertos que a diario espantaban al país. Fueron tiempos de terribles muertes

entre la desbocada guerra entre los sectarismos laureanista y llerista, durante los cuales

cualquier cosa por inaudita que fuera podía suceder. Vitruvio, pues, había sido

condenado a vivir en medio de la muerte y por qué no decirlo, entre dos enemigos algo

más que mortales. La guerrilla del llano, comandada por un campesino, por Guadalupe

Salcedo, no solo se crecía en el combate sino que se multiplicaba por toda la geografía
                     669                                               423
nacional mientras que el prematuro delfinazgo ejercido por Alvaro Gómez Hurtado,

jefe de las camisas azules, metía su mano en lo hondo y hasta el propio fondo de la

persecución. Claro que como el tiempo todo lo vence lo masca y lo arrasa,

sucesivamente, vendrían cual lluvia cosas aún más graves y delicadas. A “su

excelencia”, seguramente, se le había olvidado que pertenecía a la raza de los mortales

y de lo vencidos, pero su cuerpo, más exigente que su conciencia, cargado de achaques,

sería el encargado de recordarle que si quería vivir unos días más, debía abandonar el
ajetreo del poder. Y en la encrucijada por la cual pasa toda vida, así sucedió, puesto que

su vecino, el doctor Roberto Urdaneta Arbélaez, al poco tiempo pasó a ocupar el sillón

presidencial a la espera de la recuperación de la salud por parte del titular. Entonces,

para sorpresa de Vitruvio quien evidentemente comenzó a mandar no fue su vecino

sino “el delfín”, Álvaro Gómez Hurtado, una especie de sociólogo de baraturas, según

Bienvenido: hecho con sobras de sobijos políticos, desechos de idearios fascistas,

envuelto en gestos sin razón, expositor de revoluciones montadas sobre palabras

resbalosas y quien desde hacía años venía jugando con el poder pues soñaba con

desposarse con la República, a la cual, por razones de crianza, consideraba como si
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fuera un bien mostrenco, expuesto al deseo de su familiar aspiración. Y tal vez tenía

razón, pensaba Vitruvio, porque en una nación como Colombia, un delfín, como

cualquier príncipe, por el solo hecho de nacer, ya tenía derecho a la corona, pues desde

su llegada al mundo se les recibía como en las dinastías de una manera por demás,

singular se les cortaba el ombligo con la espada de Bolívar o de Santander; se les fajaba

con la bandera nacional o con la banda presidencial; los cristianaban en la catedral ante

el señor Nuncio o el Cardenal; les enseñaban a gatear en el salón de los Espejos;
aprendían a mearse sobre los tapices oficiales, y a mamar en las generosas tetas del

erario, hasta el momento en que tenían fuerzas para hacer el “pechipalomo” en la silla

presidencial. Después, se distraían jugando con los ministros, especialmente con el

canciller, a pares o nones o a la burra muda o al tenis lo cual hacía creer a los más

avisados constitucionalistas que la única enmienda que había que hacerle la carta

política de la nación sería aquella que, sesudamente, dispusiera que: “Para ser

Presidente se necesitaba ser hijo legítimo de un ex-Presidente”. Claro que con el paso

de los días habían ocurrido muchas cosas más. Vitruvio había visto cómo la crisis

motivada por el estado de salud del Presidente, había sido superada por su hijo Álvaro
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Gómez de una manera fácil, pues echando el cuento de que su padre quería ver a

Urdaneta elegido como su designado, había logrado que los alzatistas, es decir los

enemigos de su candidato, se fruncieran, se arrugaran y vivieran del cuento de que al

respaldar con sus votos a Urdaneta lo habían hecho “pensando únicamente en el bien

del país” cuando en realidad lo que había pasado había sido que el ventripotente

“mariscal”, Gilberto Alzate Avendaño, solo tenía dienttes, colmillos y molares para

masticar y tragar aldabones ya que nunca había podido apreciar ni el sabor ni la sazón
de la comida. Lo único esperanzador que Vitruvió columbró por esas calendas fue el

hecho de que la constitución fascista de Laureano Gómez, se había quedado atorada

entre la fiebre de su enfermedad. Para colmo de insatisfacciones se enteró, además, que

por esos días aciagos que el célebre profesor de Donmatías, su eminente amigo, Luis

López de Mesa, había sido remplazado en la rectoría de la Universidad Nacional por un

nuevo rector, partidario del confesionalismo puesto que los fascistas necesitaban con

urgencia, según Laureano Gómez: “dominar las aulas universitarias en donde el anal-

fabetismo semiletrado de ciertos dómines intelectuales izquierdistas que aspiran a

rectificar los seis días de la creación divina desde el libertinaje de sus cátedras
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babélicas”, había editorializado en El Siglo, que era el periódico fascista, desde la

iniciación de la campaña y lo había logrado:

  López de Mesa había hecho mutis por el foro y en su remplazo había sido nombrado

Julio Carrizosa Valenzuela. Para Vitruvio era claro que el   s   clero aliado a Laureano

Gómez, incluso en el crimen político, había sido el mayor beneficiado con el

restablecimiento de la educación confesional mientras que en medio de la locura

nacional reinante nacían y se aprobaban las más aberrantes y despiadadas formas de
lucha como la que Bienvenido Lumbreras le acababa de contar con cierta ironía: algo

tan típicamente tropical, mestizo y desconcertante que de seguro nunca tendría par en

los anales de la estupidez humana. Se trataba de la organización de una cadena,

espiritista, mística, masónica, política y secreta que sus seguidores llamaban: “la

cadena del pensamiento tenaz”, la cual estaba dirigida por el gran gurú, Mario Galán

Gómez; por un amigo de Bienvenido, bastante ido, Aristóbulo Forero, y por los

hermanos, adherentes e impulsadores. La membrecía o comunidad asumía el

compromiso de concentrarse en una meditación por tres veces, a determinadas horas

del día. Entonces aunados por los impulsadores se encadenaban espiritualmente
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durante quince minutos, invocando los espíritus de los caudillos, Rafael Uribe Uribe o

Benjamín Herrera, para que los confirmaran en su doctrina, los orientaran, los

respaldaran desde el más allá y les concedieran una de dos cosas: que Laureano se

muriera o que el “Sordo” Urdaneta se convirtiera en Santo. También se enteró Vitruvio

por ese tiempo de que el delfín estaba adelantando la llamada operación K., un sistema

especial de financiar, mediante el erario, la propaganda fascista.

  Sin duda alguna la ciudad era otra. Bogotá había caído bajo el poder del miedo y
nadie se atrevía a salir por la noche fuera de casa porque los “chulavitas” iban de sitio

en sitio en busca de víctimas para cortarles las corbatas de color rojo, convencidos de

que con ese ultraje a la dignidad de los parroquianos harían prevalecer el color azul que

era considerado por ellos como el depósito de la ideología. A quienes protestaban, los

hacían arrodillar y pedir perdón por el pecado, pero antes de darles la absolución y el

perdón los obligaban a tragarse un pedazo de la corbata roja o a besar el retrato de

Laureano Gómez Castro que portaban en el dorso de un espejito luego de lo cual le

concedían la graciosa indulgencia de continuar con vida. A pesar de todo, Vitruvio se

sintió más seguro que nunca en su casa ya que por estar adosada a la mansión privada
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del designado Urdaneta y estar contigua a la del ex-presidente Alfonso López Pumarejo

permanecía más resguardada que nunca ya que gozaba por reflejo de la tranquilidad

que irradiaba la numerosa custodia del lugar por parte de la policía. Con todo, los

crímenes eran tantos y ocurrían en tantas partes que ya no había quien no se enterara de

ellos pues volaban de boca en boca, haciéndolos aparecer en algunas ocasiones con el

humor negro que solían tener los chistes bogotanos. Ese día Bienvenido le acaba de

contar a Vitruvio algunos de ellos, entre otros, el del famoso Antonio Alférez, un
tablajero de Pereira que terna bajo su cuidado el encargo de capar a todos aquellos

ciudadanos que por ser tenidos como enemigos del gobierno, guerrilleros u hombres

peligrosos, habían sido señalados a sufrir la emasculación. Entonces luego del

cumplimiento de tan bestial sanción, el castrador del tablajero recogía los testículos de

las víctimas como si fueran trofeos, los guardaba en uno de sus bolsillos, salía a la calle

y cuando veía venir algún perro, se le acercaba, metía la mano en el bolsillo, sacaba el

bocado sexual del mutilado y en presencia de la gente se los lanzaba al can mientras

exclamaba: ¡Trágate perro malparido este hijo de puta cachiporro!- mientras que los

policías que lo acompañaban se reían. Era tan bárbaro el sectarismo y tan profunda la
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ignorancia de los bandos que hacía pocos días había sucedido algo que con pelos y

señales marcaba un hito, a la bestialidad espeluznante. Y fue que cuando los

integrantes de la masa coral del Conservatorio del Tolima, salieron en gira artística

hacia la ciudad de Manizales, cuando iban en un bus y se encontraban en la mitad del

camino fueron interceptados en el lugar por un grupo de guerrilleros quienes luego de

interrogarlos tomaron la decisión de fusilar en presencia de todo el mundo al director.

La escena fue breve y sumaria y no despertó en los guerrilleros la más mínima
compasión, pues cuando el Director del coro les dijo a los captores que él era el

Director del Conservatorio del Tolima, los guerrilleros dándolo por confeso jefe del

Directorio del Conservatismo del Tolima, sin apelación alguna, lo fusilaron frente a un

barranco del carreteable. “¡Mátenlo, godo tenía que ser el grandísimo hijodeputa para

que confesara que era el director del conservatorio!”. Y no acababa Vitruvio de anotar

en su libreta estos crímenes cuando vino Bienvenido un tanto preocupado para

enterarlo de que desde la noche anterior los policías habían estado visitando los

cadáveres mutilados de algunos de sus compañeros que habían sido asesinados por los

guerrilleros en las poblaciones cundinamarquesas de La Palma y de Yacopí y que la
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situación era bastante delicada. Los poíicías masacrados habían sido velados en una

división de policía que estaba situada cerca de Palacio y que como al siguiente día iban

a ser los funerales podían suceder muchísimas cosas. La noticia preocupó un poco a

Vitruvio pero al amanecer siguiente cuando seguido por Bienvenido salió hacia el

cementerio y vio los guardias de la casa del Presidente Urdaneta se calmó y mucho más

cuando a su regreso saludó con una venia a “su Excelencia”, el Señor Presidente de la

República quien, extrañamente, risueño y en compañía de uno de sus hijos, de
numerosos amigos y de su guardia personal, salía llevando sus palos de golf, posible-

mente con rumbo al San Andrés Golf Club de Bogotá. Este hecho le produjo

momentáneamente una gran confianza pero al rato, cuando Bienvenido regresó y le

contó que los policías que hacían de guardianes de la casa del Presidente Urdaneta

habían desaparecido del lugar como por ensalmo, cosa que jamás había ocurrido, se

comenzó a preocupar por tan extraña situación. Entonces, sin saber a qué atribuir lo

ocurrido entró al estudio y se dedicó a traducir algunos renglones del Libro de don

Angel María pero las numerosas dificultades que encontró le comieron el tiempo de

suerte que cuando Bienvenido retomó alarmado, su actitud lo sobrecogió de miedo.
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Según este las hordas ebrias de policías en traje de calle comandadas por un capitán

uniformado acababan de incendiar y de destruir las instalaciones de los periódicos El

Tiempo y El Espectador situados en el centro de la ciudad. Asustado en extremo por la

súbita noticia en compañía de Bienvenido se asomó a la calle para cerciorarse si ya

habían regresado los guardianes de la casa del Presidente y al no verlos se llenó de

confusión pues resultaba incomprensible que la casa continuara totalmente des-

guarnecida. Entonces se oyeron algunos gritos y abajos y al momento desembocó con
ellos en la esquina de la carrera séptima una turbamulta furiosa que sin dar espera

alguna llegó hasta la casa contigua y comenzó a violentar y destruir las puertas y

ventanas de la residencia del ex-presidente Alfonso López Pumarejo, quien para su

fortuna y la de los suyos había salido de allí junto con su familia. Impotente vio parte

de la destrucción, y el principio del saqueo de los bienes y enseres que hacían parte del

ajuar de la casa y de su incendio hasta el momento en que Bienvenido lo obligó a

encerrarse entre las paredes de la casa, desde donde vio ese 1 de septiembre del año de

1.952 que jamás olvidaría, como un grupo uniformado de policías hacía disparos al aire

para ahuyentar a los transeúntes no fuera que pudieran ser testigos de los criminales
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hechos y cómo otro, sin uniforme, vestidos de civiles, destruían la casa y saqueaba y se

robaban los objetos de algún valor. Mientras todo esto sucedía ante sus incrédulos ojos

las noticias de la radio anunciaban que algo similar estaba ocurriendo en la casa del

doctor Carlos Lleras Restrepo quien luego de defender su vida y casa a tiros, tan pronto

como pudo salir de allí, fue y se asiló en la embajada de México. Igual camino según

las noticias había tenido que coger el ex-presidente Alfonso López Pumarejo para

salvar la vida. ¿Qué era lo que en realidad había pasado? Algo muy grave y
peligroso:que el fascismo había enseñado su brazo armado a la luz del sol y algunos de

sus miembros, antes que mostrar sus camisas negras o cantar de Cara al sol. lo que

habían revelado era una mueca asesina. ¿Quién iba a creer que en tales hecho hubieran

participado luciendo sus uniformes los oficiales Pinilla, Novoa, y Barberi, feroces

enemigos del basilisco liberal? ¿Quién iba a poder concebir y creer en semejantes

hechos? ¿Cuándo entre vecinos, ambos políticos, ambos magnificados con la

Presidencia de la República, ambos miembros del enclave de “La Candelaria”, ambos

socios del club de golf, ambos católicos, y ambos oligarcas podían surgir semejante

clase de relaciones de carácter puramente criminal?. Vivía, Vitruvio más que en carne
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viva la encrucijada de un mundo ajeno a la razón y aterrado se preguntaba: ¿Qué clase

de locura o equivocación era esa que él había cometido cuando gracias a que el

vendedor le explicó la importancia política de los vecinos de la casa, se decidió a

comprarla?

Y   mientras la interrogación crecía y crecía no encontraba una respuesta valedera.

¿Hasta dónde podía llegar el odio satanizado por hombres mestizos como Urdaneta y

hasta dónde irían las ansias fascistas de seres como Laureano Gómez y sus seguidores?
Hasta ese día nada había quedado en pie ni del orden legal ni del orden moral mucho

menos de la amistad. Como se lo dijo Bienvenido sin ocultar su natural gracejo:

_Esta casa hay que venderla Vitruvio y para poder venderla debes poner un aviso en un

periódico, ojalá en El Tiempo, que diga: “motivo vecino vendo amplísima casa” —y

hágalo Vitruvio, ojalá a partir del martes pues como lo sabes, y aquí de nuevo se lo

repito, es por las malas vecindades que se pierden las mejores heredades. Hágalo no sea

que, por haber tenido que presenciar los hechos caigas en la mira del bando fascista.



CAPITULO XXXIV
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Y dicho y hecho, a santo tapado, y para santo remedio, porque, como lo dijo

Bienvenido, tres meses después de consumado el asalto policial, promovido por los

fascistas a las casas del ex-presidente López Pumarejo y de Carlos Lleras Restrepo y a

los periódicos capitalinos El Tiempo y El Espectador, Vitruvio, asesorado por su amigo

Bienvenido, vendió la casa de la calle 24 y compró otra, mucho más amplia y a su

juicio más cómoda ya que estaba situada a menos de doscientos metros de distancia de

la tumba de Lucia. Una vez que se mudó a ella lo que más extrañó, fue la falta del

rosedal que por tantos años le dio la satisfacción de llevarle a su amada, día tras día, su

ramo de rosas. Pero ya tendría la ocasión de enmendar la falta, pues al predio sobre el

cual se había edificado la nueva morada le pertenecía un solar o patio trasero en donde
                   681                                                  447



sembraría sus rosas del alma. Por el momento las compraría a una cualquiera de las

floristas que las expendían a la entrada del cementerio. Sin embargo, como toda casa

que se habita, por primera vez, se convierte para su avecindado en un espacio extraño,

al cual, es menester adaptarse o modificar, Vitruvio, guiado por su imaginación

comenzó a introducir en su mansión los cambios que estimó pertinentes, pues deseaba

no solo ser rey en su casa sino alcanzar en ella la sabiduría que bullía en el mundo de
sus librescas intenciones. De suerte que, rápidamente, emprendió las reparaciones que a

su juicio debía realizar. Entonces, después de tres meses de febril jardinería pudo ver el

primer botón del rosedal, a partir de cuyo brote, la casa empezó a respirar el aire que su

dueño, con el correr del tiempo, le habría de insuflar. La casa, construida en sillería de

soga, tenía dos plantas y un desván o buhardilla cuyo fino maderamen guardaba aún el

lejano olor que se respiró en el bosque originario desde donde vino a olorizar el ámbito

enmaderado de la biblioteca. En la primera planta lo primero que se veía al acercarse a

la morada era la verja, y luego un amplio y bien cuidado antejardín, tapizado por un

cesped verdísimo, el cual estaba protegido por una reja maravillosa, llena de arabescos

y grecas señoriales, con una puerta central y dos laterales que, a manera de salutación,
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recomendaban el acceso a un pórtico amplio y ceremonial, cuyo techo estaba sostenido

por ocho columnas ostentosas de su inmaculada castidad, puesto que estas, desde su

base hasta el fuste y desde allí hasta el capitel, fuera de ser acanaladas, se veían

escayoladas en el más puro e hiperbóreo blanco. A uno de los lados del soportal se veía

el portón del garaje, ensamblado en tabla alcaceña corrida, y asegurado con clavos

combinados de roseta o de cabeza piramidal, y en el otro, su hermano gemelo, el cual
cercaba o daba acceso a la ronda.

  De suerte pues, que al mirarla desde el frente los ojos se topaban en su orden: con la

acera, la reja, el antejardín, las columnas, seis ventanas en cada una de sus plantas, y en

la primera de ellas y en el centro con un grande y pesado portalón cuajado de nobleza

en el cual solo era de extrañar sobre su cimacio, la grave ausencia del escudo nobiliario

ya que por ser obra de carpintería real, parecía soñar con ir a reclamar algún blasón

extraviado en el olvido. Por este se adentraba al recibidor enmaderado, y artesonado y a

dos cuarticos laterales que hacían, el uno de tocador y baño y el otro de guardarropía.

Al fondo de este se veía la sala imperial; más atrás, se columbraba el comedor, y como

a mitad de la sala y a sus lados surgían dos enceguecedoras escaleras en forma de
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herradura fundidas en cobre y en bronce, con aderezos dorados seguramente hechos con

chapas repujadas por las cuales como por entre una corona fugaz se alcanzaba el

corredor de la recámara principal, y a las dos alas del segundo piso en donde quedaban:

en una, el conjunto de alcobas, y en la otra, el recibidor, el estudio y la biblioteca en

cuyo fondo se veía una escalera de caracol que iba a morir al piso del desván. Cinco

meses pasaron hasta el momento en que Vitruvio se sintió cómodo en la residencia, ya
que este fue el tiempo requerido, por Bienvenido, los contratistas y los trabajadores

para introducirle las modificaciones deseadas, desempacar y poner en los anaqueles de

los armarios los libros, colgar los cuadros, los espejos y las lámparas, ubicar los

muebles en el lugar adecuado, encortinar las habitaciones, y en fin darle a la casa la

comodidad, el orden y la funcionalidad que Vitruvio había concebido. Los libros como

alcancías del pensamiento humano, rodeados de su espíritu inmortal, frieron colocados

sin orden, catalogación ni concierto especial alguno, pero eso sí, siguiendo, sin

quererlo, el caos en que habían sido adquiridos, comprados o leídos por Vitruvio por

considerar éste, que esa era la manera más sencilla de hallarlos, rápidamente, cuando

los necesitaba. La única innovación seria que Vitruvio introdujo en el cuerpo de los
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armarios de la biblioteca que rodeaba el inmenso salón fue la de un mueble de estilo

colonial que Vitruvio diseñó y encargó fabricar a un carpintero, el cual hizo adosar a la

pared de modo que ocupara el centro de la anaquelería. Estaba el caprichoso mueble

dividido en dos alas, cada una de ellas con cinco anaqueles, subdivididos a su vez, en

diez casillas, mueble que a partir del día de su colocación Vitruvio comenzó a llamar

“el ábaco”, sin que ni Bienvenido ni el carpintero que lo hizo ni los amigos que lo
vieron llegasen a saber, ni el por qué de su extraño nombre ni mucho menos el del

“cielo” que venía a ser como el capacete y en donde se veían diez casilleros más, con

los cuales a manera de almete remataba el enserido cielo. En todo caso fue visible para

Bienvenido que los únicos libros que por ese entonces tuvieron acceso en “el ábaco”

fueron: El libro secreto, El manual ilustrado, El texto de epitafios, El asno de oro, los

rollos del Libro de don Ángel María, y no menos de veinte diccionarios entre los cuales

estaba el de Autoridades de la Real Academia de la Lengua Española. Las

enciclopedias las hizo colocar a los lados de “el ábaco” y su escritorio lo ubicó en el

centro matemático del salón, lugar desde el cual fácilmente podía descubrir el sitio en

donde estaba cualquiera de sus incontables e indispensables amigos. Los libros no eran
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como muchas personas creían, seres desleales, envidiosos o peligrosos, ni sumas de

odios, ni témpanos de sangre, sino fieles y leales amigos y compañeros, porque cuanto

sabían o tenían, lo entregaban de balde, pues por ser maestros de sabiduría, para

gozarlos, bastaba escuetamente con abrirlos, y leerlos. Creía Vitruvio, y no sin razón,

que había libros que incluso podían engañar pero eso sí, que ninguno podría traicionarlo

como lo acababa de hacer su vecino el mestizo Urdaneta con Alfonso López.
Y   es más: que había libros que eran más leales que los amigos y que los perros, ya que

cuando el pensamiento no veía con claridad alguna cosa, venían y sin ladrar su lealtad,

le ofrecían llanamente las ideas que su dueño había puesto en duda, peligro u olvido,

alertándolo, para que los releyera y comprobara en ellos cuál era y en dónde estaba la

verdad. Allí en esa casa, con su amor por Lucia, con sus cinco mil libros, con su música

y su Caruso, con sus cuadros, con su amor por Luciano, con la amistad de Bienvenido,

y desde ese momento con su fiel compañía, con su estimación por la casera Ifigenia,

viviría hasta el final de sus días a la espera del despeje del interrogante final que con un

sorpresivo hallazgo coronaría su vida. Tal vez. fue por este cúmulo de emociones que,

el día en que terminó de acomodar los libros, al ver a Bienvenido curioseando a través
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de la vidriera que protegía “el ábaco” como si pretendiera encontrar allí la explicación

del centenar de gavetas, casi todas vacías o como si quisiera alejar de su mente la

preocupación que parecía embargarlo, al verlo así, se quedó mirándolo con cierta

compasión hacia él y acercándosele le dijo: _Estimado Bienvenido: yo nunca he creído,

como creen los editores que hay libros del momento sino que hay libros para todos los

momentos. Ni mucho menos como piensan algunos moralistas que hay libros morales y
libros inmorales. Lo que sí sé es que hay diferentes libros porque sus autores piensan el

mundo y lo ven de distinta manera.

_Así lo entiendo —le respondió-^, al contemplar estas obras que yo llamo testimonios

de los hombres o santuarios del pensamiento humano, todos tan distintos entre sí, que,

no habrá dos que sean pares. Lo que me pasa es que como y° sé que libro cerrado nunca

saca letrado me preocupa que aquellos que van a vivir en sueños tras las rejas vidriadas

de este bargueño sean como los exiliados políticos, es decir, condenados por ahora a la

prisión de un mudo y triste cautiverio.

_No Bienvenido. En esta biblioteca que con los años seguramente llegará a ser suya,

todos los libros están como si aparentemente fueran mis prisioneros pero en el fondo no
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hay tal, y puede ser mucha más verdad, la contraria, es decir, que el carcelero esté

mucho más preso por los libros, que estos por su dueño.

_¡Pero en “el ábaco”, según veo, solo guardas, bajo llave, los tres libros que le legó su

maestro don Ludovico di Betto, los diccionarios, y los rollos del Libro de don Ángel

María! ¿Por qué tanto celo con ellos si son los más amados?

_Así es Bienvenido porque son como oro en polvo. Pero no se preocupe porque luego
sabrás, si es que de algún modo me sobrevives que, para lograr lo que algunos libros

han hecho contra la conjura del tiempo hasta llegar a ignorarlo, y a vencer las lenguas y

el espacio hasta hacer de sus autores seres inmortales es cosa tan imposible que solo

unos cuantos se llevarán tal presea. Pero eso que han logrado unos pocos libros es un

algo tan imposible que cuando mucho diez de ellos lograrán la inmortalidad. ¡Creámelo,

Bienvenido, solo diez!.

  Se lo había contestado con tanta convicción y sabiduría que al día siguiente luego que

regresaron del cementerio y se desayunaron cuando Bienvenido entró a la biblioteca

para despedirse y lo vio presidiendo desde su escritorio la indescifrable soledad de la

existencia lo consideró más valioso que todos los sabios, y conmovido, lleno de respeto,
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para no interrumpirlo simplemente alzó la mano, la agitó en el aire y en medio de la

pausa salió rumbo a la marmolería. El mundo de Vitruvio sin duda que había

comenzado a ser otro, mas como el tiempo de la rutina continuaría siendo el mismo de

siempre, y entre el día y la noche la vida seguiría inmutable, entre la luz y la sombra,

pese a todo, su vida interior, es decir, su verdadera vida se fue alargando tanto que en el

momento más importante de tan extraño estiramiento su existencia ensoñadora solo
pudo sacarlo de allí, cuando vinieron y lo sacudieron los más grandes y graves acon-

tecimientos y con su remezón removieron en su pensamiento los amargos recuerdos que

guardaba en su corazón hasta lograr sobrecogerlo con la cruel realidad de las híspidas

noticias. Casualmente, ese día, estando inmerso en la fosa más profunda de su mar

literario, leyendo su amado Ulises de James Joyce, cuando acababa de encontrar en su

texto algo más que excepcional, como era la confirmación de que sí había sido un hecho

cierto el viaje de don .Ángel María a Dublín, y que por lo tanto no era una fábula la

amistad que este había trabado allí con Joyce a quien por una deferencia especial, una

noche de gaitas y de putas don Ángel le regaló un disco y la partitura del famoso porro

“La vaca vieja”, himno popular de Cartagena, y que después, en una nueva velada
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musical, entre cantantes, gorrones y danzantes satánicos, en medio de la más fenomenal

curda entre cagados cocheros, un viejo tocó para que los bailarines se sacudieran el

polvo y brillaran la hebilla, tal como él lo acababa de traducir en la página 15 del Libro

de Don Ángel María.

 ¿Entonces cómo poder explicar que Minchus hubiera escrito en griego exactamente la

misma frase escrita por el famoso Joyce? Es decir: ¿Cómo pudo el aludido autor en
comentos concebir y escribir la misma frase que concibió y escribió Minchus?: “Y

entonces un viejo empieza a soplar en su gaita y todos los poligrillos sacándole viruta al

piso al son de que se les murió “la vaca vieja”. Sin duda que la frase lo que estaba era

confirmando lo escrito por Minchus en griego en el Libro de Don Ángel María, puesto

que él acababa de traducir lo relacionado con el viaje de don Ángel y con la visita y la

estada de este en Irlanda, así como lo relativo al regalo que el viajero le hizo en Dublín

a Joyce del porro “La vaca vieja”. Muchas vueltas y revueltas le dio ese día al hallazgo

y para señalarlo y no perderlo ni olvidarlo, lo subrayó con un lápiz rojo, y luego anotó

al margen de la página del Ulises la fecha del 13 de junio de 1.953, y terminó de

hacerlo, exactamente, en el momento en que entró Ifigenia a traerle el café, que solía
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tomar a las nueve de la noche y quien de una vez le dijo que algo raro había sucedido

porque la Radio Nacional acababa de avisar que el General Gustavo Rojas Pinilla se iba

a dirigir al país y que si se quería enterar que encendiera la radiola. Cuando lo hizo se

recreó oyendo música de cámara, pero unos minutos más tarde escuchó el himno

nacional de Colombia y luego del anuncio de la alocución del señor Presidente de la

República, la voz del General Rojas, a quien con perplejidad le oyó decir:
  “Ante la tremenda crisis política del país, la situación de orden público, el

desasosiego nacional y otros hechos de serias implicaciones morales...las fuerzas

armadas de la República fieles a las supremas consignas que desde la historia les da el

Libertador Simón Bolívar...con el fin de encausar a... por las vías de la dignidad...de la

auténtica justicia para todos...de la paz ennoblecedora y munificante, todo según los

cánones...de Cristo Nuestro Señor y del Libertador Simón Bolívar, han determinado

hacerse cargo del gobierno del país...No más sangre, no más depredaciones a nombre

de ningún partido...Paz, Derecho, Libertad, Justicia...La patria no puede vivir tranquila

mientras tenga hijos con hambre y desnudos...Envío un saludo emocionado a las

valientes tropas colombianas que luchan en Corea.” Luego se oyó el himno nacional y
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bajo esos compases entró Bienvenido risueño y eufórico y quien para expresar su

alegría al dirigirse a Vitruvio le dijo:

_Quise ser el portador de la noticia sobre la caída del Gobierno de Laureano Gómez, y,

ahora, me doy cuenta de que he llegado tarde.

-Así es. El general acaba de leer su sorpresiva proclama. El golpe de estado se veía

venir desde hace tiempo y solo podía darlo el ejército. Eso era lo lógico porque en las
sociedades en crisis el poder siempre le cae a quienes tienen alguna organización,

mantienen una disciplina, cumplen una orden, ejecutan un mandato, y obedecen a una

jerarquía mediante la orden superior, y el conducto regular, así el mandato no los exima

de responsabilidad. Por esos factores y por su fuerza le cayó el poder a los militares. La

fuerza militar y para militar que sostenía a Laureano y a su testaferro Urdaneta, acaba

de asumir el poder, pero no se le vaya olvidar Bienvenido, que el remedio puede

resultar peor que la enfermedad.

_No. Vitruvio eso no ocurrirá. El pueblo mañana se volcará a las calles para respaldar

el golpe de palacio porque tiene que recibir a Rojas Pinilla como a un redentor y ese

hecho lo llevará a hacer un gobierno democrático.,
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_En todo caso Bienvenido, Colombia se ha librado de la constitución fascista que,

Laureano, los falangistas y los lentejos, querían imponerle al pueblo en la Asamblea

Nacional Constituyente, y ese sí es un motivo efusivo para que muestres tanta alegría,

—le dijo cuando se tomaron un Martini antes de irse a dormir.

  Para Vitruvio era claro que el golpe imprevisto para muchos, había madurado como

una fruta tropical y que su incubación se había originado en las contradicciones existen-
tes dentro del estado, las cuales por ser antitéticas enervaban o. anulaban la acción del

poder. Sin embargo horas después, Vitruvio se alarmaría cuando el más alto

constitucionalista del país, el copete dialéctico de “La Candelaria” y de la nación,

cínicamente y lleno de gran emoción, declaró que no había habido un golpe de estado,

ni de palacio ni de cuartel, sino algo mucho más innovador: según él, a Laureano

Gómez no lo había tumbado el General Gustavo Rojas Pinilla al frente de las Fuerzas

Armadas sino, “un golpe de opinión”. Con todo, Vitruvio no lo creyó así, mucho menos

cuando a los dos días, es decir el 15 de junio, la Asamblea Nacional Constituyente,

misma que había sido convocada por Laureano Gómez, sumándose al poder constituido

declaró: “que el 13 de junio del presente año quedó vacante el cargo de Presidente de la
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República, y que es legítimo el título del actual Presidente de la República, Teniente

General Gustavo Rojas Pinilla quien ejercerá el cargo por el resto del período

presidencial en curso”; y fuera de eso, lo avaló, para seguir en el cargo una vez vencido

el período si a juicio del propio gobierno, no existían las condiciones para celebrar di-

chas elecciones en la fecha prevista, caso en el cual gozaría de dos opciones más: o

señalar una nueva fecha, o convocar dentro del año siguiente a la Asamblea Nacional
Constituyente para que esta lo eligiera. La felicidad política no podía tener más límites

que los de esta especie de arcadia venturosa, eterna y feliz. Pero la “petite histoire”, la

intrahistoria y los entresijos del golpe como con el tiempo lo dilucidó Vitruvio habían

sido diferentes: el trío central de la organización criminal más pavorosa que había

soportado el pueblo colombiano, integrado por Ospina Pérez, por Laureano Gómez, por

el designado Urdaneta, y por los seguidores de estos, se había caído del soportal de la

felicidad, entre otras razones: porque ni el fascismo ni el falangismo criollos habían

logrado algún ascendiente popular ni mucho menos forjar un partido fascista; porque el

paramilitarismo insuflado dentro de una policía política había sido derrotado por la

población civil y por la guerrilla; porque el propio ejército del cual Rojas Pinilla era su
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Comandante General no tuvo ni el poderío militar ni la mística para derrotar a la

guerrilla; porque la presión fascista de Gómez y sus adláteres para que el ejército saliera

de sus cuarteles a acabar con los revolucionarios acababa de fracasar como política y

como táctica castrense; porque el mestizo Urdaneta, pese a haber captado a tiempo, el

alejamiento existente entre el ejército y el Presidente titular, en cambio de quitar en el

momento oportuno al General Rojas, llamándolo a calificar servicios, como desde
tiempo atrás se lo había pedido Laureano, por intermedio de sus emisarios naturales,

sus hijos Álvaro y Enrique, actuando como un insuperado mestizo, prefirió coquetear

con el ejército y su General Rojas, hasta llegar a enterarlo de su real situación, pues

como espejo de traidores y muestra de “La Candelaria”, aspiraba desde el fondo per-

verso del corazón a seguir haciendo malabares políticos, y en cambio de destituirlo, le

asignó una misión especial en el exterior ; porque los militares en un rarísimo y estelar

momento de alumbramiento, y de plena lucidez, entendieron, que era y les quedaba más

fácil destronar a Laureano y a su camarilla facistoide que derrotar al pueblo en armas;

porque el general sumiso al desempeño de su misión antes de partir hacia ella, fue

salvado de la treta urdida por Urdaneta, por sus compañeros, quienes lo obligaron a
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descender del avión que debía llevarlo a los EE.UU.; porque Laureano, en un clásico

acto de locura o de suicidio político, solo, sin que mediara aviso alguno, fue y se

presentó en Palacio y le exigió a Urdaneta la inmediata destitución del General; porque

Laureano, como el designado se negara a hacerlo, se lleno de furia y se posesionó como

Presidente, en la sala de los Virreyes en donde convocó a consejo a los ministros que

habían acompañado a Urdaneta, es decir, a Azuero, Escobar, Uribe Holguín, Albornoz,
Alvarez, Pabón, Leiva, Tarazona y Rueda; porque Laureano olvidando la política,

conmovido tal vez por la tortura sufrida por Felipe Echavarría a quien las Fuerzas

Armadas habían sentado en un bloque de hielo para que desvelara una conjura y

confesara su participación en ella, una vez reunido el Consejo de Ministros, reiteró ante

este organismo que había asumido la Presidencia de la República porque el designado

Urdaneta Arbeláez se había negado a retirar del servicio activo militar al General Rojas

y que consecuencialmente el Ministro de Guerra, Pabón Núñez, debía de proceder a

redactar el decreto pertinente; porque Pabón Núñez se negó a hacerlo ya que él estaba

jugando su propio partido aliado a Urdaneta; porque Laureano en cambio de afianzarse

en el poder, para luego sí salir del General Rojas, al contrario, actuó imperiosamente;
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porque ante la negativa de Lucio Pabón Núñez de destituirlo, Laureano se la jugó en

paro y sin más vueltas, de una vez aceptó la oferta que le había hecho su promitente

oferente, Jorge Leiva, de suscribir el decreto del caso, motivo por el cual Laureano lo

encargó del Ministerio de Guerra; porque el desaforado del Laureano una vez firmado

el decreto del retiro, dio por cumplida la separación del General Rojas del ejército, y

muy orondo, sin tomar una sola medida ni previsión, salió de Palacio y se fue
directamente a la casa de su amigo Julio Escobar, en donde se dedicó, en compañía de

este, a amasar y tostar pandeyucas; porque Leiva, confiando en su amistad con el

Coronel Rafael Navas Pardo y en la compañía de los generales Berrio Muñoz, Ospina

Rodríguez y Régulo Gaitán, candorosamente, fue y se presentó en el Batallón Caldas

para recibir su reconocimiento como Ministro de Guerra y como era natural en cambio

de recibirlo resultó hecho prisionero por un piquete de soldados que lo llevaron ante la

presencia del General, quien ignorándolo, anunció ante el séquito de sus generales que

había asumido la dirección general del ejército y de las guarniciones; porque Jorge

Leiva, la mancuerna política de Álvaro Gómez y los fascistas, quedó preso en el

batallón; porque Urdaneta el más sombrío prototipo de traidor, permaneció impasible
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en Palacio a la espera de que la crisis, de una parte, la conjura, de la otra, y la acefalía

del poder, precipitaran a conjurados y a políticos a restaurarlo en el poder, como estuvo

a punto de suceder; porque Rojas, mientras se consolidaba el golpe, astutamente le

ofreció el poder al designado Urdaneta; porque en la escena alguien le hizo comprender

“al Sordo” que, sí aceptaba, no tendría cómo justificar su felonía ya que luego tendría

que exiliar o encarcelar a quien, generosamente, lo había llevado a ocupar la
designatura; porque cuando Rojas llegó al caer de la tarde a Palacio, Urdaneta ya había

ordenado abrir de par en par la puerta principal; porque ante la demora en llegar a una

solución, los militares decidieron que si no se posesionaba Rojas, posesionarían a otro

militar; porque del sanedrín celebrado en palacio entre Ospina Pérez y Urdaneta con los

demás políticos y militares, no surgió una fórmula unificadora; porque Lucio Pabón

Núñez irrumpió abruptamente en el salón en donde conferenciaban Ospina y Urdaneta,

y mintiendo, les dijo que el General se acababa de hacer cargo del poder, porque acto

seguido, Rojas anunció la voluntad de asumir la Presidencia; porque Urdaneta, fuera del

juego sucio, se sumó de una vez al aplauso general y fue y abrazó al General

felicitándolo por su arrojo y valor y acto seguido se fotografió con él sin transparentar
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el menor rubor; porque Mariano Ospina Pérez, impotente y sin una sola carta qué jugar,

tan solo pudo oponerse a la designación de Alzate Avendaño como Ministro de Obras:

porque la Radiodifusora Nacional, manipulada por Lucio Pabón Núñez, sin estar aún

convenida, anunció a las diez de la noche la proclamación del General Rojas Pinilla;

porque ante este anuncio “el loco” Alfonso Palacio Rudas, un bibliófilo que poseía

cuarenta mil libros vírgenes a sus ojos y a su mente, en un resquicio de cordura, gritó en
la casa de Julio César Turbay Ayala, “se cayeron los...godos, se cayeron los...godos”;

porque el ungido general habló lo ya dicho, de : “No más sangre, no más depredaciones

en nombre de ningún partido” y de “la paz ennoblecedora y munificante”; porque a

Laureano fuera de su ingestión de pandeyucas no le quedó sino la amistad de Alberto

Casas; porque la conciencia jurídica de la nación habló, abiertamente del “golpe de

opinión”; porque Enrique Gómez Hurtado fue expuesto el día siguiente, es decir, el

catorce de junio ante el pueblo que desfiló frente al Palacio, por orden del general Luis

Ordóñez sin que los desfilantes se dieran cuenta de que el enfenestrado había sido

arrojado a la jaula de los leones para que se lo devoraran; porque los socios lentejos de

Lucio Pabón Núñez, Abelardo Forero Benavides, Jorge Padilla y José Umaña Bemal se
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quedaron con los crespos hechos; porque así había sido la coyuntura; porque así se

había presentado la oportunidad y así se había sazonado el golpe; porque lo demás

serían mentiras historiales según el testimonio escrito en vivo y en directo por Vitruvio

Rossi en una de sus libretas, durante todos esos días, antes, de zambullirse una vez más,

en el remanso de su amada biblioteca, desde donde con el tiempo columbró como nota

final que había sido mucho más fácil para el ejército remover de su silla al Presidente y
su pandilla, que acabar con la guerrilla, puesto que era más sencillo celebrar un acuerdo

de paz con los combatientes que con el barrenado de Laureano Gómez y su ridícula

falange de fascistas y de asesinos criollos. Porque al trío de traidores compuesto por

Laureano, Urdaneta y Juan Uribe Holguín, expertos en hacer entregas como buenos

Marroquines del país habían dispuesto que fuera el último de los nombrados quien

canjeara al guerrillero “Cheíto” Velásquez por los islotes de los Monjes mediante la

firma de una simple carta. De ese modo y no de otro había caído en ruinas la pomposa

“Casa Gómez”. De esa manera el golpe de estado había acabado con el “caudillo” quien

desde el exilio se reprocharía, por toda la vida el tremendo fracaso de no haber podido

constituir un partido falangista tal y como lo había hecho su admirado e insuperable
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maestro, el español, José Antonio Primo de Rivera, para luego sí poder enfrentarse al

llamado Frente Popular. Claro que las diferencias entre los dos protagonistas eran tan

grandes que de ningún modo podía existir entre ellos punto alguno de comparación ya

que el famoso José Antonio, atrapado por los republicanos, había sido fusilado al

comienzo de la guerra civil española, en tanto que Laureano una vez derrocado había

sido exiliado en España para que tuviera allí la oportunidad de reexaminar las lecciones,
mal aprendidas de su maestro el Generalísimo Franco, quien después de derrotar

militarmente a los republicanos con el respaldo de la falange y de los requetés, con el

apoyo del nazismo hitleriano y con el del fascismo musoliniano no solo había

consolidado su poder sino el respeto a su real caudillaje. Porque una cosa era un

caudillo y otra un seudo caudillo y porque en medio de las transacciones usuales entre

las gentes de “La Candelaria”, Laureano había ido al exilio dorado por sugestión de

Pabón Núñez, quien le dijo a Rojas que para apartarlo del país era menester resolverle

la situación económica, pues por ser hombre pobre, carecía de los medios para vivir con

decoro en el exterior y le sugirió que debía firmar un decreto mejorando la pensión a los

expresidentes. En el primer consejo de ministros se mejoró sustancialmente la pensión
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de estos pues .se dispuso que cuando residieran en el exterior esta pensión se les

pagaría en dólares y no en pesos.

_Deo Gradas, dijo Bienvenido el día en que terminó de leer la libreta con las

anotaciones y gracias, Vitruvio por haber dejado el fiel testimonio de esos hechos.

_No hay de qué Bienvenido. Creo que era mi deber de hombre imparcial consignar mis

juicios por escrito.
_ ¿Lo que sí no entiendo es cómo, a un hombre como Laureano le digas criminal de

guerra y algo más grave aún, que lo llames loco?

_Son cosas de los sabios. Por acá en algún anaquel debe de estar un librito que me libra

de toda explicación —le respondió, e incorporándose fue y sacó del anaquel un libro y

al entregárselo le dijo: en este libro titulado Laureano Gómez, psicoanálisis de un

resentido, escrito en el año de 1.942, por el psicoanalista, José Francisco Socarrás,

encontrará el único estudio serio que se ha hecho sobre la personalidad de Laureano

Gómez. Es decir, que este libro apareció en el momento en que todavía se le podía

poner una camisa de fuerza a su locura. Sin embargo no sucedió de esa manera sino al

contrario como ha pasado con tantos locos políticos que han llenado el mundo de
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desastres. A quien le pusieron la camisa de fuerza fue a su autor quien para salvarse de

la muerte tuvo que exiliarse, pues los validos del loco, ofendidos por el autor, lo

sentenciaron a muerte. Estas son las horas Bienvenido en que aún no ha podido volver

a su patria.

_ ¡No jodamos más!

_Un poquito nada más, porque por ahora bástele saber que nuestro personaje fue un
hombre impulsivo, decidido, activo, desconfiado, maledicente, suspicaz, intolerante,

tímido, egolátrico, cruel, histriónico, miedoso, insensible, audaz, violento, obsesivo,

orador y simulador. Todas esas características de su personalidad las estudió Socarrás.

Pero omitió algo que a mi entender es importante y fue su ascendiente espiritual.

Laureano Gómez era el vástago de don José Gómez quien residió en la ciudad de

Ocaña en donde vivía de las ganancias que le reportaba un negocio de abarrotes y de

los proventos y réditos secundarios de un montepío o casa de empeño en donde

ejercitaba el agio como actividad subsidiaria. Era don José Laureano, al que todos lla-

maban don Pepe, si se quiete un hombre acomodado más no rico, circunstancia, que le

permitía vestir a la moda y usanza de las personas consideradas importantes, es decir,
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de pantalón de paño o de fantasía, camisa blanca de piqué con cuello de pajarita,

corbata negra o azul, chaleco con leontina, levita y botas de cordobán con ojetes y

trencillas, casaca o levitín y cubilo. Por azares de la vida un día cualquiera un periodista

le empeñó en su prendería su máquina de escribir, mas como éste, vencido el plazo, no

la pudiera rescatar en tiempo y don José dispusiera de ella, montó en cólera, y esperó la

oportunidad para vengarse de su esquilmador. Así fue como con ocasión de unas
carnestolendas fue y se disfrazó de don José, es decir, de cubilo y levita, pantalón de

paño, camisa de piqué con cuello de pajarita, corbata azul, y botas con ojetes y ni coito

ni perezoso salió a las calles llevando un cartelón con una máquina de escribir pintada

en él y un letrero en que se leía: “Yo soy don José Laureano Gómez: todo lo doy, todo

lo presto, todo lo compró, todo lo vendo” abochornando a su prestamista de tal modo

que viéndolo bien, este no tuvo más remedio que el de irse a vivir en Bogotá para huir

del sarcasmo y de la burla a que lo sometió el periodista vengador. Aquí en Bogotá don

José vivió de su prendería y este hecho que forma, curte y consagra a los avaros resultó

fundido en la estirpe egoísta de Laureano hasta hacerlo aparecer como desconfiado,

ambicioso, cruel y maledicente, y más tarde, como enemigo de los pobres y
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necesitados, de los desposeídos, de los esquilmados por los agiotistas pues que de no

ser por ellos como causa del agio mal habría en su pasado vergüenza alguna. Por eso

fue que odió con todas las fuerzas de su murmuración y demagogia al santo ese de don

Marco Fidel Suárez. __ ¿Pero entonces Vitruvio qué fue lo que evidentemente sucedió

entre Laureano, el orador, y don Marco Fidel, el gramático; entre Laureano el censor de

vidas y don Marco el censor de escritores?
_Eran irreconciliables por naturaleza y el primer roce entre ellos surgió por la

corrección gramatical que don Marco Fidel le hizo a raíz de que Laureano dijo en el

congreso que el partido no era un rebaño de ovejos por lo que don Marcos hubo de

corregirlo diciéndole que no se decía ovejos. Entonces Laureano que era un orador nato

le replicó que cómo no se iba a poder decir ovejos en plural si estos eran los machos de

las ovejas, lo que provocó la inmediata respuesta del gramático quien avergonzándolo

ante el parlamento le replicó que el macho de la oveja no era el ovejo sino el camero.

No se le olvide que don Marco, como cancerbero del idioma, glosó en la novela Pax de

don Lorenzo Marroquín, más de quinientos errores ya que como gramático no

perdonaba el más pequeño error ni en los escritores ni en los oradores. Otra de las
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circunstancias que los enfrentó fue la negativa de don Marco Fidel Suárez a designar a

algún recomendado de Gómez para un empleo ministerial. La prepotencia de Gómez,

sus ansias de poderío político lo llevaron a enfrentarse al Presidente Suárez. Laureano,

el miedoso, se quiso imponer por el temor a la manera de los terroristas morales pero

entre los dos había muchas diferencias: para el uno el altar era la plaza pública, su ara

sagrada, la tribuna, en tanto que para el otro su tribuna era la gramática y su rito
preferido, cazar gazapos. El uno dominaba el hipnotismo oratorio: voz, gesto, ademán,

grito, mansedumbre, soberbia e histrionismo porque era un actor. El otro el

conocimiento, la ciencia, el orden y la lógica porque era un sabio gramático y un gran

escritor. El uno pasaba por sabio cuando era apenas un hábil hablador, el otro por necio

por ser inmenso sabidor. Eran diferentes y por ser distintos tenían que encontrarse para

que el uno sometiera el otro.

_ ¿Pero entonces qué fue lo que en realidad se demostró? ¿Fue don Marco Fidel

corrupto, sí o no?

_Don Marco puso en claro en uno de sus Sueños que “Toda la máquina de sinrazones y

sinjusticias sobre la cual se armaron los preparativos de la acusación estribó sobre los
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descuentos de una obligación hipotecaria y de unos sueldos, ajustados por mí con dos

personas extranjeras, en mi condición particular, mediante las formalidades legales, y

sin la menor intervención del erario” y aquí adelante en su obra se pregunta, sostiene y

si quiere léalo: “¿Cuándo fue delito, crimen, falta, indignidad o indelicadeza el tomar

dinero prestado con la prenda de unos sueldos o con la hipoteca de una casa?”. Nunca

Bienvenido y si esa es la falta, yo lo absuelvo.
_Y yo también, porque eso no es un peculado ni un prevaricato.

_Me parece que viene como anillo al dedo la salida del académico Guzmán Esponda

cuando para salirle al paso a la distinción gramatical entre estar dormido y estar

durmiendo, sin acordarse de don Marco Fidel, que sí la hizo cuando con pericia dijo

que: “aunque parece que dormido indica mejor el sueño transitorio y menos voluntario

y durmiendo el sueño del descuido” yo me quedo, con Guzmán Esponda cuando dijo

que la diferencia era la misma que había entre estar jodido y estar jodiendo “porque

Laureano quiso joder a don Marco pero tengo la idea de que de tanto joder salió

jodido”

_ ¿Entonces a quiénes creerle, a quiénes dicen que era un jugador, una especie de
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vicioso jugador de cartas o a quiénes sostienen que era una especie de santo?

_No sé Bienvenido, si jugaba o no jugaba. Lo cierto es que a él nadie lo tumbó de la

Presidencia y al afirmarlo me atengo a la carta del Arzobispo Primado en la cual le dice

a Suárez: “mas ya que V.E. ha llegado a dar un paso que decide la situación de un

modo para mí inesperado, cumplo con el deber de expresar a V.E. la vehemente

admiración que es debida por un acto tan poco común de abnegación y de sacrificio,
realizado en aras de la patria y con el objeto de llevar al ánimo de todos, aun de los más

prevenidos, una prueba tangible del deseo que V.E. abriga de procurar la conciliación y

la paz” Y oiga lo que agrega el arzobispo; “La propia conciencia, no menos que el

veredicto de la historia, condenará severa e inapelablemente a quienes se han dejado

guiar por indignas y violentas pasiones;