Seguir_a_Jesus

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					El evangelio de Marcos 8,27-35 lo podemos dividir
en dos partes:

-En la primera, narra la confesión mesiánica
 de Pedro, Jesús se revela a sí mismo y nos dice
quién es él y cómo debemos pensarlo y concebirlo,
pero Pedro no logra comprender.

-En la segunda, él mismo indica quiénes somos
nosotros en cuanto seguidores suyos,
qué implica seguirlo y cuándo alguien puede
llamarse su discípulo.

Esta segunda parte se refiere al verdadero rostro
del cristiano.
    Jesús se dirigía hacia la ciudad de Cesarea
  de Filipo, ciudad construida en el nacimiento
del Jordán como homenaje del rey Filipo al César
        romano, al pie del monte Hermón.

    Desde tiempos antiguos se le rendía culto
     al Dios Baal, hasta que con la conquista
  de los griegos se empezó a adorar al dios Pan.

 Por eso la ciudad adoptó el nombre de Paneas
      y a su santuario se le llamó Panión.

           El Rey seléucida Antíoco III
 (de cultura helénica) libró y ganó allí la batalla
    definitiva contra los Tolomeos y se quedó
   con el poder de Palestina, en el año 200 a.C.
Allí Jesús, creyó oportuno hacerles a los discípulos la gran pregunta:
                        Qué pensaban de él.
            Y Pedro pronuncia aquella palabra casi tabú:
                  «Mesías» «Tu eres el Mesías»
Mesías significa el Ungido, el Guía enviado
por Dios para conducir a su pueblo
hacia el Reino del bienestar y de la paz.

Y esto puede entenderse de muchos modos.

Y el más normal, el más "humano", es el que
seguramente estaba en la mentalidad de Pedro
 y sus contemporáneos: alguien que victoriosamente
resolvería todas las contradicciones de los hombres,
y haría que de repente las cosas fueran bien.

Quizás es también el modo de entenderlo
de mucha gente de nuestro tiempo que dicen que,
si Dios existe, no tendría que permitir que hubiera
hambre o guerras o que los niños mueran,
o que nosotros tengamos que experimentar
tantas incertidumbres y problemas.

Y en cambio, resulta que el mesianismo de Jesús
no es éste.
       Jesús es Mesías desde la impotencia
      del ser hombre, porque ha demostrado
         que se puede ser hombre a fondo,
          hombre plenamente realizado,
hombre plenamente abierto a todo lo que es amor,
   libertad, transparencia de corazón, lealtad.

       Aunque sea desde esta impotencia.

   Esta impotencia que lo condujo a la muerte,
          porque el mundo tiene poder
           y no acepta estos valores.

   Pero una impotencia que, al fin y al cabo,
   ha resultado la definitivamente victoriosa.
  Jesús comenzó a recordar lo que estaba escrito
sobre el Mesías en los cánticos del Siervo de Yavé
             (Isaías 52,13-15; 53, 1-12).

  Era un hombre que debería asumir en el dolo
    r la tarea de redimir el orgullo humano:

   «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
    la mejilla a los que mesaban mi barba.
   No oculté el rostro a insultos y salivazos».

    Y aun a riesgo de perder su popularidad
    y hasta esa fe vacilante de los apóstoles
 comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre
              debía sufrir mucho.

Debía sufrir y ser rechazado por las autoridades,
porque éste es el destino de los que proclaman la
             verdad entre nosotros.



  Debía ir voluntariamente a la muerte, porque el sacrificio de sí mismo libremente aceptado
                           es el único medio para salvar al mundo.
 Jesús acepta el título, en cierto sentido reconoce
        como válida la respuesta de Pedro.

     Este título revelará la propia verdad sólo
          con la pasión y la resurrección.

    Pero impone categóricamente no divulgar
              tal descubrimiento.

  Es la famosa cuestión del "secreto mesiánico".

Habrá que esperar a la pascua para que encuentre
             su pleno significado.

Será necesario que Jesús pase a través de la muerte
       para que su identidad se manifieste.

Cuatro verbos resumen ese futuro camino: padecer,
  ser condenado, ser ejecutado, volver a la vida.
 Después de unos siglos de opresión y dominación
extranjera, el pueblo de Israel había puesto todas sus
esperanzas en el Mesías anunciado por los profetas.

     Se explica que la expectación fuera grande
     y que la gran mayoría esperara a un Mesías
   que librara a Israel de la dominación extranjera.

Nadie, al parecer, pensaba en un Salvador que librara
  a todos los hombres de la esclavitud del pecado
y de la muerte, aunque sí se esperaba la destrucción
          de los pecados por la ira de Dios.

 Mucho menos se esperaba que el Mesías cumpliera
  su misión padeciendo y muriendo en una cruz.

Es comprensible, pues, que las gentes no reconocieran
      a Jesús como Mesías, ya que su doctrina
          y su comportamiento no encajaba
           con sus prejuicios nacionalistas.
                 Pedro cree que sabe quién es Jesús pero no quiere que él sufra.
     La respuesta segura de Pedro (y de los demás a los que él representa) escandaliza a Jesús
por lo que le responde con el apelativo más duro que encontramos en todo el evangelio -Satanás-,
                       le desbarata literalmente su llamada al discipulado.
    Jesús condena a Pedro con los mismos términos con que condenó a Satanás en la tentación
   del desierto. Se trata realmente de la misma tentación: una oposición mesiánica que descarta
 los caminos de Dios para imponer los caminos humanos. Lo que podría haber sido un encuentro
de apoyo, reconfortante para ambos, termina siendo un desencuentro duro y doloroso para los dos.
   Jesús rechazada su insinuación para que asumiera su mesianismo como una forma de poder.
      El poder es un «pensamiento de los hombres, no de Dios», es la fuerza que esclaviza.
Pedro, al confesar decididamente que Jesús es el Mesías, se eleva por encima de la opinión general
        de la gente; pero su fe es todavía imperfecta: sólo después de la experiencia pascual
  creerá que Jesús es el Hijo de Dios. Sólo teniendo en cuenta la imperfección de la fe de Pedro
              en este momento, se entiende que, acto seguido, trate de disuadir a Jesús
                           de que cumpla su misión muriendo en la cruz.
     Inmediatamente reformaría la llamada, haciéndola más inclusiva:
        «Si alguno quiere seguirme, que tome su cruz y me siga.»
Pero nadie, sabe todavía qué significa la cruz; por eso hay que esperar al final.
                                       Estamos acostumbrados a conocer las explicaciones
                                              de las cosas, pero hay muchas cosas
                                           que su "explicación" va por otros caminos.

                                       Los del dolor y la muerte son dos buenos ejemplos
                                            de ello: desde que el hombre es hombre,
                                           anda buscando una respuesta que le ayude
                                       a encontrar su sentido; pero la respuesta se resiste,
                                          porque la respuesta tiene mucho de misterio,
                                                y el misterio es más para acogerlo
                                                     que para desentrañarlo.

                                            Por eso encontramos, día a día, personas
                                           maravillosas que ante el dolor -sobre todo
                                         por enfermedad- se hunden, se desmoronan,
                                         pierden sus condiciones humanas y religiosas,
                                         se revuelven contra Dios, no entienden nada
                                           y quieren entender por qué les pasa a ellos
                                                        lo que les pasa.


El cristiano no busca el dolor, sería un absurdo. Cristo mismo no lo buscó, como resalta
                                en la oración de Getsemaní.
        Pero el cristiano sí que busca un sentido al dolor, un sentido a la ascesis.
Gran parte del dolor humano no tiene solución, pero sí que puede encontrar un nuevo sentido:
 el dolor humano no es natural, pero tampoco puede quedarse en simplemente antinatural,
     necesita sobre naturalizarse, y esto sucede cuando se injerta en la Pasión de Cristo,
                              que es quien le da sentido y fruto.
                  Es verdad que, aun así, cuesta aceptar, duele y escuece el dolor.
     "Lo que para un no creyente es problema, para nosotros no es solución, pero sí misterio".
La cruz será siempre, sobre todo, misterio de la cruz. Misterio y, también, condición para el fruto:
           por eso Jesús en las bienaventuranzas proclama "dichosos" a los que sufren.
El cristiano tiene la oportunidad de encontrar una respuesta al sufrimiento y al dolor
                                  en tres elementos:
-La fe en Jesús de Nazaret, Dios y hombre,
que comparte nuestra suerte, que experimenta
el dolor y la muerte: no se ve libre de ellos,
no acepta privilegios, no elude el problema
porque viene a superarlo.

La superación no está en eliminar nuestra cruz,
acaso como a todos nos habría gustado,
sino en darle un sentido,
iluminarlo con una nueva luz,
uniéndose a Dios que sufrió el dolor y la muerte
en carne propia para poder enfrentarlo sostenido
y auxiliado por los dones de su Espíritu de Amor.
-La promesa de Dios de que también nosotros
resucitaremos, con Jesús, y como El,
triunfando así sobre todo dolor y toda muerte,
y de que entonces encontraremos el sentido
a nuestros quebrantos presentes;
pero esa promesa está relegada a un futuro,
a esa otra vida en la que el hombre, al fin,
habrá desarrollado todas sus capacidades,
será plenamente Hombre y podrá comprender
lo que ahora le desborda porque está más allá
 de nuestro entendimiento.
-La confianza en Dios,
que cumple sus promesas
y no deja defraudado a quien confía en El.

No es, en absoluto, una respuesta de laboratorio;
no es una respuesta contundente:
se mueve en el plano de la fe y hace referencia
a una realidad que desborda nuestra capacidad
de comprensión; pero es una respuesta válida
para quien quiera acogerla.
San Agustín: «¿Qué significa: Tome su cruz? Equivale a decir: soportar todo lo molesto;
 así podrá seguirme. Pues así que empiece a seguirme en mis ejemplos y mandamientos,
       hallará muchos contradictores, muchos que querrán impedírselo, disuadirlo,
                 y ello entre los mismos que parecen acompañar a Cristo
   Dios no nos impone la solución: la ofrece generosamente; la ofrece, sobre todo,
              no en teoría sino en la carne y la sangre de su propio Hijo.
      Pero siempre queda respetada nuestra libertad para aceptarla o rechazarla.
 El ejemplo está entre los que lo acompañaban, el buen ladrón se une a él y se salva,
mientras que el otro lo rechaza y escogiendo su destino de espaldas al Dios del amor.
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