Docstoc

ROMA

Document Sample
ROMA Powered By Docstoc
					ROMA, 22 de julio del 2011 – "¿Obispos o mandarines? El dilema de la Iglesia china". Es el título de
un servicio de www.chiesa de hace 40 días.

Desde entonces, en China, los "mandarines" han aumentado al menos en 2. Y están por llegar otros
más.

Por "mandarines" se entienden aquellos obispos que en vez de estar unidos al sucesor de Pedro
nacen y actúan como funcionarios del imperio. Ordenados por decisión de las autoridades chinas,
sin el mandato del Papa.

Desde el 2006 que en China no se registraban ordenaciones episcopales ilícitas y cada nuevo
obispo era consagrado con doble aprobación, sea de las autoridades chinas como de la Santa Sede.

No sólo. Paso a paso también aquellos obispos que antes se habían convertido en tales sin el
mandato del Papa hacían acto de obediencia y obtenían la aprobación de Roma.

En el verano del 2010 la reunificación de las dos ramas de la Iglesia china – la de timbre estatal y la
clandestina – parecía que estaba cerca de su culminación. Los obispos que todavía estaban
separados de Roma se contaban con los dedos de una mano.

Pero al improviso, en el otoño del 2010, la música cambió para peor. Las autoridades del régimen
han vuelto a dar fuerza a las dos instituciones con las cuales tienen sujetada a la Iglesia, la
Asociación patriótica y el Consejo de obispos chinos. Han puesto como cabeza a sus dominados,
entre los cuales también hay algunos formalmente en comunión con Roma. Y gracias a estos han
vuelto a colocar nuevos obispos sin mandato papal.

Las nuevas ordenaciones ilícitas ocurrieron la primera el 20 de noviembre del 2010 en Chengde, la
segunda el 29 de junio del 2011 en Leshan y la tercera el 14 de julio pasado en Shantou.

Seguirán otras. Los portavoces del régimen hablan de unas cuarenta diócesis en espera de nuevos
obispos escogidos por las autoridades, sin importar si tienen o no mandato papal.

Los que se mancharán con estos actos de grave ruptura con la Iglesia de Roma no son solamente
los nuevos ordenados, sino también los obispos que los consagrarán.

El código de derecho canónico, en el canon 1382, castiga actos semejantes con la excomunión
"latae sententiae", la que opera automáticamente en el momento mismo en el que se cumple el acto
ilícito.

Y es lo que la autoridad vaticana ha confirmado, en dos comunicados emitidos a continuación de las
dos últimas ordenaciones.

Pero con prudencia, las autoridades vaticanas han indicado que inevitablemente han incurrido en
excomunión solamente los recién ordenados. Para los consagrantes se reservan el aceptar si han
actuado libremente o bajo constricción.

Pero también en estos últimos, en espera de que la reserva sea disuelta, las sanciones son severas.

En un blog en chino y en inglés creado con ese fin el 12 de julio, la agencia on line "Fides" de la
congregación vaticana para la evangelización de los pueblos – de la que dependen las diócesis de
China – ha recordado que los obispos excomulgados no pueden celebrar la misa, ni administrar y
recibir los sacramentos, ni gobernar las respectivas diócesis. También si acaso se arrepienten y la
excomunión es revocada, no podrán ejercitar el ministerio episcopal si antes Roma no los autoriza a
hacerlo.
En cuanto a los obispos consagrantes, hasta que no hayan demostrado que actuaron bajo
constricción se encontrarán igual en el estado de "presunta imputabilidad". Por lo tanto ni siquiera
ellos podrán ejercer su ministerio episcopal y los sacerdotes y los fieles deberán evitar recibir los
sacramentos que ellos administran.

Si a los que de todos modos están excomulgados se suman los "presuntos imputados" y los obispos
sin reconocimiento papal, entonces ya son unos veinte los obispos chinos hoy en estado de cisma
con Roma.

El sacramento que ha ordenado obispos a estos "mandarines" es válido. Sacramentalmente válidas
son también las misas que estos celebren. Lo que les falta es la comunión jerárquica con la sede de
Pedro. Y es esto lo que los priva de autoridad en sus respectivas diócesis, sobre el clero y sobre los
fieles.

Obispos sí, pero privados de la potestad de gobierno que sólo el Papa puede dar. Sobre esto
insisten las declaraciones y las instrucciones que la Santa Sede ha emitido a continuación de las
últimas ordenaciones episcopales ilícitas en China.

Este es un punto que en el Concilio Vaticano II tuvo un enfrentamiento fortísimo entre dos
posiciones.

Había quien sostenía la tesis según la cual es suficiente la ordenación sacramental para conferir al
nuevo obispo la plenitud de sus poderes, incluido el de gobierno, sin necesidad de un ulterior
mandato del Papa: es decir precisamente la tesis que tanto le gusta a las autoridades chinas hoy.

En ese enfrentamiento en el Concilio tomó parte activa también un joven teólogo de nombre Joseph
Ratzinger.

¿De qué parte estaba?

*

Para responder a esta pregunta es necesario volver a mediados de noviembre de 1964, a la que ha
sido llamada la "semana negra" del Concilio Vaticano II.

La semana comenzó el lunes 16 de noviembre, con la inesperada lectura en la basílica de San
Pedro, por parte del secretario general del Concilio, el arzobispo Pericle Felici, de una "Nota
aclaratoria previa" querida por la "autoridad superior", es decir por el Papa Pablo VI.

Por voluntad del Papa, la nota debía ser acogida como "explicación e interpretación" del capítulo
tercero de la constitución sobre la Iglesia "Lumen gentium": el capítulo dedicado al rol del obispo,
sometido a votación por aquellos mismos días.

En su punto 2, la nota afirmaba que uno se convierte en obispo en virtud de la consagración
episcopal. Pero para que un obispo pueda ejercer la "potestad" que les ha sido conferida con los
sagrados órdenes debe intervenir la "iuridica determinatio" por parte de la suprema autoridad de la
Iglesia.

La nota suscitó las protestas de los progresistas. Incluso el teólogo que la había redactada, el belga
Gérard Philips, hasta dos años después lamentó su exceso de "legalismo", que terminaba por
"sofocar y apagar la comunión de la caridad".

Entre los peritos conciliares, uno de los más decisivos en criticar la nota fue el joven Ratzinger, que
era el teólogo de confianza del cardenal alemán Josef Frings.
En un ensayo que saldrá dentro de poco en los tipos de la Librería Editorial Vaticana y que ha sido
anticipado en estos días en el número 61 del Noticiero del Instituto Pablo VI, el autor, el canónico
belga Leo Declerck, reconstruye la posición de Ratzinger en aquella situación difícil, sobre la base
de los diarios de otros protagonistas del Concilio

Para bloquear el camino a la nota y a su interpretación de los poderes de los obispos, Ratzinger se
reunió con el profesor Giuseppe Alberigo, emisario de don Giuseppe Dossetti que era el cabeza de
serie de los progresistas. Juntos redactaron el borrador de un discurso con el cual el cardenal Frings
habría degradado la nota a un simple texto de comisión y habría solicitado que fuese sometida a
discusión en aula. Simultáneamente, grupos de obispos, entre ellos un centenar de africanos, habría
firmado peticiones al Papa. El objetivo era la desaprobación de todo el tercer capítulo de la "Lumen
gentium".

Pero luego las cosas no sucedieron así. El capítulo tercero fue aprobado por una larga mayoría y la
nota fue considerada entre los documentos conciliares relacionados a la "Lumen gentium".

Ratzinger reconoció a continuación que la nota había tenido el mérito de derrotar el "maximalismo"
de los progresistas y de tranquilizar a la minoría conciliar tradicionalista, obteniendo que la "Lumen
gentium" fuera aprobada casi por unanimidad.

Pero consideró necesario hacer notar que la nota no llevaba ni la firma del Papa ni la de los padres
conciliares, sino sólo la de monseñor Felici.

Y escribió, cuando el Concilio había terminado hace poco, que la nota dejaba de todos modos "un
gusto amargo", por el modo como había sido impuesta y por su contenido, expresión "de un
pensamiento jurídico-sistemático que tiene como medida la figura jurídica actual de la Iglesia", en
contraste con "una aproximación histórica que parta de toda la amplitud de la revelación cristiana".

Hoy, algunas décadas después, convertido en Papa, Joseph Ratzinger tiene una mirada muy más
crítica sobre la convicción de que "la Iglesia no deba ser una Iglesia del derecho, sino una Iglesia del
amor", libre de vínculo jurídicos.

Ha criticado esta posición en varias ocasiones. Y con una serie importante de disposiciones
normativas ha mostrado que considera esencial el rol de la ley canónica en el gobierno de la Iglesia.

Si hoy Benedicto XVI no reconoce autoridad a los obispos chinos ordenados sin su mandato y si
gracias también a esta regla "confirma la fe" de los católicos de la China, se lo debe precisamente a
aquella "Nota aclaratoria previa" que cuando fue promulgada le pareció tan difícil de digerir.

__________


El ensayo de Leo Declerck adelantado en el n. 61 del Noticiero del Instituto Pablo VI tiene por título:
"Les réactions de quelques 'periti' du Concile Vatican II à la 'Nota explicativa praevia' (G. Philips, J,
Ratzinger. H. De Lubac, H. Schauf)".

Saldrá dentro de poco en el volumen de E. Ehret, "Papstlicher Primat und Episkopat", en imprenta
en la Libreria Editorial Vaticana.

__________

				
DOCUMENT INFO
Shared By:
Categories:
Tags:
Stats:
views:22
posted:9/17/2012
language:Unknown
pages:3