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28_Doctrina Social de la Iglesia

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					I. INTRODUCCI�N

              n
La preocupaci� social de la Iglesia

                    n
1. La preocupaci� social de la Iglesia, orientada al desarrollo aut�     ntico del hombre y de la sociedad,
                                                  n
que respete y promueva en toda su dimensi� la persona humana, se ha expresado siempre de modo muy
diverso. Uno de los medios destacados de intervenci� ha sido, en los �
                                                            n                  ltimos tiempos, el Magisterio de
los Romanos Pont�     fices, que, a partir de la Enc�                                  n
                                                       clica Rerum Novarum de Le� XIII como punto de
                                                    n,
referencia, ha tratado frecuentemente la cuesti� haciendo coincidir a veces las fechas de publicaci� de     n
los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel primer documento. Los Sumos Pont�           fices
                                                                         n
no han dejado de iluminar con tales intervenciones aspectos tambi� nuevos de la doctrina social de la
                                                     n
Iglesia. Por consiguiente, a partir de la aportaci� valios�                  n
                                                                sima de Le� XIII, enriquecida por las
sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un "corpus" doctrinal renovado, que se va
articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la
                     ritu                                                             n
asistencia del Esp� Santo (cf. Jn. 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos seg� se desenvuelven en el
curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres para que ellos mismos den una respuesta,
                          n                                           n
con la ayuda de la raz� y de las ciencias humanas, a su vocaci� de constructores responsables de la
sociedad terrena.

20 Aniversario de la "Populorum Progressio"

2. En este notable cuerpo de ense�anza social se encuadra y distingue la Enc�clica Populorum
Progressio, que mi venerado Predecesor Pablo VI public�el 26 de marzo de 1967.

La constante actualidad de esta Enc�   clica se reconoce f�  cilmente, si se tiene en cuenta las
                                                                o,
conmemoraciones que han tenido lugar a lo largo de este a� de distinto modo y en muchos ambientes
del mundo eclesi�                                                                   n
                   stico y civil. Con esta misma finalidad la Pontificia Comisi� Iustitia et Pax envi�el
   o
a� pasado una carta circular a los S�    nodos de la Iglesias cat�  licas Orientales as�como a las
Conferencias Episcopales, pidiendo opiniones y propuestas sobre el mejor modo de celebrar el
aniversario de esta Enc�  clica, enriquecer asimismo sus ense�     anzas y eventualmente actualizarlas. La
                 n            ,
misma Comisi� promovi� a la conclusi� del vig� n          simo aniversario, una solemne conmemoraci� a   n
                                                                n
la cual yo mismo cre� oportuno tomar parte con la alocuci� final. Y ahora, tomando en consideraci�         n
        n
tambi� el contenido de las respuestas dadas a la mencionada carta circular, creo conveniente, al
t� rmino de 1987, dedicar una Enc�    clica al tema de la Populorum Progressio.

                       n
Continuidad y renovaci� de la Doctrina Social de la Iglesia

3. Con esto me propongo alcanzar principalmente dos objetivos de no poca importancia: por un lado,
rendir homenaje a este hist�rico documento de Pablo VI y a la importancia de su ense�   anza; por el otro,
manteni�                 nea
          ndome en la l� trazada por mis venerados Predecesores en la C�      tedra de Pedro, afirmar una
        s                                                                     n.
vez m� la continuidad de la doctrina social junto con su constante renovaci� En efecto, continuidad y
          n
renovaci� son una prueba de la perenne validez de la ense�  anza de la Iglesia.

Esta doble coronaci� es caracter�
                       n              stica de su ense� anza en el � mbito social. Por un lado, es constante
porque se mantiene id�                          n                                          n",
                         ntica en su inspiraci� de fondo, en sus "principios de reflexi� en sus
                                      n"                           n
fundamentales "directrices de acci� y, sobre todo, en su uni� vital con el Evangelio del Se� Por el  or.
otro, es a la vez siempre nueva, dado que est�sometida a las necesarias y oportunas adaptaciones
                          n
sugeridas por la variaci� de las condiciones hist�    ricas as� como por el constante flujo de los
acontecimientos en que se mueve la vida de los hombres y de las sociedades.

Momento hist�rico dram�tico

4. Convencido de que las ense�    anzas de la Enc� clica Populorum Progressio, dirigidas a los hombres y a
la sociedad de la d�  cada de los sesenta, conservan toda su fuerza de llamado a la conciencia, ahora, en la
recta final de los ochenta, en un esfuerzo por trazar las l�neas maestras del mundo actual -siempre bajo la
�                                                                                a
  ptica del motivo inspirador, "el desarrollo de los pueblos", bien lejos todav� de haberse alcanzado- me
propongo prolongar su eco, uni�    ndolo con las posibles aplicaciones al actual momento hist�  rico, tan
dram�   tico como el de hace veinte a�  os.
                                                                                                   n
El tiempo -lo sabemos bien- tiene siempre la misma cadencia; hoy, sin embargo, se tiene la impresi� de
                                                           n,        n
que est� sometido a un movimiento de continua aceleraci� en raz� sobre todo de la multiplicaci� y    n
complejidad de los fen�                                                             n
                         menos que nos tocan vivir. En consecuencia, la configuraci� del mundo, en el
curso de los �                 os,
               ltimos veinte a� aun manteniendo algunas constantes fundamentales, ha sufrido
notables cambios y presenta aspectos totalmente nuevos.

Este per� odo de tiempo, caracterizado a la vigilia del tercer milenio cristiano por una extendida espera,
como si se tratara de un nuevo "adviento", que en cierto modo concierne a todos los hombre, ofrece la
       n
ocasi� de profundizar la ense�   anza de la Enc�                                 n
                                                  clica, para ver juntos tambi� sus perspectivas.

                     n                                                                    n
La presente reflexi� tiene la finalidad de subrayar, mediante la ayuda de la investigaci� teol�  gica
sobre las realidades contempor�                                        n    s
                                 neas, la necesidad de una concepci� m� rica y diferenciada del
                 n
desarrollo, seg� las propuestas de la Enc�   clica, y de indicar asimismo algunas formas de actuaci�n.




II. NOVEDAD DE LA ENC�CLICA ''POPULORUM PROGRESSIO ''

                    n,                                                   n
5. Ya en su aparici� el documento del Papa Pablo VI llam�la atenci� de la opini� p�      n    blica por su
novedad. Se tuvo la posibilidad de verificar concretamente, con gran claridad, dichas caracter�  sticas de
                            n,
continuidad y de renovaci� dentro de la doctrina social de la Iglesia. Por tanto, el tentativo de volver a
descubrir numerosos aspectos de esta ense�                s
                                             anza, a trav� de una lectura atenta de la Enc�  clica,
constituir�el hilo conductor de la presente reflexi�  n.

                                                        n:      o
Pero antes deseo detenerme sobre la fecha de publicaci� el a� 1967. El hecho mismo de que el Papa
                        n
Pablo VI toma la decisi� de publicar su Enc�                        o,
                                              clica social aquel a� nos lleva a considerar el
                      n
documento en relaci� al Concilio Ecum�                                 a
                                          nico Vaticano II, que se hab� clausurado el 8 de diciembre
de 1965.

         n
Aplicaci� de las ense�anzas del Concilio

                                   s                      a
6. En este hecho debemos ver m� de una simple cercan� cronol�        gica. La enc�  clica Populorum
                                                                          n
Progressio se presente, en cierto modo, como un documento de aplicaci� de las ense�       anzas del
                       lo
Concilio. Y esto no s� porque la Enc�    clica haga continuas referencias a los textos conciliares, sino
                                n
porque nace de la preocupaci� de la Iglesia, que inspir�todo el trabajo conciliar -de modo particular la
            n
Constituci� pastoral Gaudium et spes- en la labor de coordinar y desarrollar algunos temas de su
ense� anza social.

Por consiguiente, se puede afirmar que la Enc�     clica Populorum Progressio es como la respuesta a la
                                                             n
llamada del Concilio, con la que comienza la Constituci� Gaudium et spes: "Los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos
sufren, son a la vez gozos y tristezas, tristezas y angustias de los disc�pulos de Cristo. Nada hay
                                                                n".
verdaderamente humano que no encuentre eco en su coraz� Estas palabras expresan el motivo
                                                                                            n
fundamental que inspir�el gran documento del Concilio, el cual parte de la constataci� de la situaci�   n
de miseria y de subdesarrollo, en las que viven tantos millones de seres humanos.

Esta miseria y el subdesarrollo son, bajo otro nombre, "las tristezas y las angustias" de hoy, sobre todo de
los pobres"; ante este vasto panorama de dolor y sufrimiento, el Concilio quiere indicar horizontes de
"gozo y esperanza". Al mismo objetivo apunta la Enc�    clica de Pablo VI, plenamente fiel a la inspiraci� n
conciliar.

                 n
7. Pero tambi� en el orden tem�    tico, la Enc�                                  n
                                                clica, siguiente la gran tradici� de la ense�   anza social
                                                         n
de la Iglesia, propone directamente, la nueva exposici� y la rica s�   ntesis, que el Concilio ha elaborado
                                      n
de modo particular en la Constituci� Gaudium et spes.

Respecto al contenido y los temas, nuevamente propuestos por la Enc�     clica, cabe subrayar: la conciencia
del deber que tiene la Iglesia, "experta en humanidad", de "escrutar los signos de los tiempos y de
                                                                                          n
interpretarlos a la luz del Evangelio"; la conciencia, igualmente profunda de su misi� de "servicio",
                      n
distinta de la funci� del Estado, aun cuando se preocupa de la suerte de las personas en concreto; la
                                                         n
referencia a las diferencias clamorosas en la situaci� de estas mismas personas; la confirmaci� de la n
ense�                                                  n
       anza conciliar, eco fiel de la secular tradici� de la Iglesia, respecto al "destino universal de los
                                                    n cnica que contribuyen a la liberaci� del hombre,
bienes"; el aprecio por la cultura y la civilizaci� t�                                       n
sin dejar de reconocer sus l�  mites; y finalmente, sobre el tema del desarrollo, propio de la Enc�   clica, la
insistencia sobre el "deber grav�                    e                   s
                                    simo", que ata� a las naciones m� desarrolladas. El mismo concepto
de desarrollo, propuesto en la Enc�                                                n
                                       clica, surge directamente de la impostaci� que la Constituci�     n
pastoral da a este problema.

Estas y otras referencias expl�                      n                                n
                               citas a la Constituci� pastoral llevan a la conclusi� de que la Enc� clica
                                n
se presenta como una aplicaci� de la ense�    anza conciliar en material social respecto a problema
espec� fico del desarrollo as� como del subdesarrollo de los pueblos.

Desarrollo de los pueblos

8. El breve an�  lisis efectuado nos ayuda a valorar mejor la novedad de la Enc�clica, que se puede
articular en tres puntos.

El primero est�constituido por el hecho mismo de un documento emanado por la m�          xima autoridad de
                 lica
la Iglesia cat� y destinado a la vez a la misma Iglesia y "a todos los hombres de buena voluntad",
                                             lo
sobre una materia que a primera vista es s� econ�     mica y social: el desarrollo de los pueblos. Aqu�el
vocablo "desarrollo" provienen del vocabulario de las ciencias sociales y econ�   micas. Bajo este aspecto,
la Enc�                                                                  nea
         clica Populorum Progressio se coloca inmediatamente en la l� de la Rerum Novarum, que
                        n                                                                 an
trata de la "situaci� de los obreros". Vistas superficialmente, ambas cuestiones podr� parecer
        as
extra� a la leg�                      n                                           n                s n
                      tima preocupaci� de la Iglesia considerada como instituci� religiosa. M� a� el
                                n
"desarrollo" que la "condici� obrera".

           a
En sinton� con la Enc�                 n
                         clica de Le� XIII, al documento de Pablo VI hay que reconocer el m� de rito
haber se� alado el car�cter �                               tica
                              tico y cultural de la problem� relativa al desarrollo y, asimismo a la
                                           n
legitimidad y necesidad de la intervenci� de la Iglesia en este campo.

                                                                 s
Con esto, la doctrina social cristiana ha reivindicado una vez m� su car�                   n
                                                                          cter de aplicaci� de la Palabra
de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad as� como a las realidades terrenas, que con ellas se
                                             n",                                          n",
enlazas, ofreciendo "principios de reflexi� "criterios de juicio" y "directrices de acci� pues bien, en
                                                                                 n
el documento de Pablo VI se encuentran estos tres elementos con una orientaci� eminentemente
pr� ctica, o sea, orientada a la conducta moral.

Por eso, cuando la Iglesia se ocupa del "desarrollo de los pueblos" no puede ser acusada de sobrepasar su
campo espec�  fico de competencia y, mucho menos, el mandato recibido del Se�      or.

                           n
Universalidad de la cuesti� social

9. El segundo es la novedada Populorum Progressio se manifiesta por la amplitud de horizonteerto a lo
que com�                                             n
          nmente se conoce bajo el nombre de "cuesti� social"

En realidad, la Enc�                                              a
                      clica Mater et Magistra Papa Juan XXIII hab� entrado ya en este horizonte m� s
                                        n                               a
amplio y el Concilio, en la Constituci� Pastoral Gaudium et spes, hab� hecho eco de ello. Sin
                                                   a                       a
embargo el magisterio social de la Iglesia no hab� llegado a afirmar todav� con toda claridad que la
        n                                   n                  a                                n
cuesti� social ha adquirido una dimensi� mundial , ni hab� llegado a hacer de esta afirmaci� y de
su an�                              n",
       lisis una "directriz de acci� como hace el Papa Pablo VI en su Enc�   clica.

                         n         cita
Semejante toma de posici� tan expl� ofrece una gran riqueza de contenidos, que es oportuno
indicar.

Ante todo, es menester eliminar un posible equ�                                              n
                                               voco. El reconocimiento de que la "cuesti� social"
                           n
haya tomado una dimensi� mundial, no significa de hecho que haya disminuido su fuerza de incidencia
o haya perdido su importancia en el �mbito nacional o local. Significa, por el contrario, que la
          tica
problem� en los lugares de trabajo o en el movimiento obrero y sindical de un determinado pa� nos
                                                   n,
debe considerarse como algo aislado, sin conexi� sino que depende de modo creciente del influjo de
factores existentes por encima de los confines regionales o de las fronteras nacionales.

Por desgracia bajo el aspecto econ�              ses       as
                                   mico, los pa� en v� de desarrollo son muchos m� que los   s
desarrollados las multitudes humanas que carecen de los bienes y de los servicios ofrecidos por el
                             s
desarrollo, son bastantes m� numerosas de las que disfrutan de ellos.

                                                                       n
Nos encontramos, por tanto, frente a un grave problema de distribuci� desigual de los medios de
                                                                        n
subsistencia, destinados originariamente a todos los hombres, y tambi� de los beneficios detivantes. Y
esto sucede no por responsabilidad de las poblaciones indigentes, ni mucho menos por una especie de
fatalidad dependiente de las condiciones naturales o del conjunto de las circunstancias.

La Enc�                                              n                                     n
        clica de Pablo VI, al declarar que la cuesti� social ha adquirido una dimensi� mundial, se
propone ante todo se� alar un hecho moral, que tiene su fundamento en el an�   lisis objetivo de la realidad.
      n
Seg� las palabras mismas de la Enc�    clica, "cada uno debe tomar conciencia" de este hecho,
precisamente porque interpela directamente a la conciencia, que es fuente de las decisiones morales.

En este marco, la novedad de la Enc�                                           n,
                                       clica, no consiste tanto en la afirmaci� de car�   cter hist�rico,
                                    n                                   n
sobre la universalidad de la cuesti� social cuanto en la valorizaci� moral de esa realidad. Por
                                            n blica, los ciudadanos de los pa� ricos, individualmente
consiguiente, los responsables de la gesti� p�                                    ses
                                                                    n             n
considerados, especialmente si son cristianos, tienen la obligaci� moral -seg� el correspondiente
                                                     n,
grado de responsabilidad- de tomar en consideraci� en las decisiones personales y de gobierno, esta
        n
relaci� de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su forma de comportarse y la miseria
                                                                      n
y el subdesarrollo de tantos miles de hombres. Con mayor precisi� en la Enc�      clica de Pablo VI traduce
             n                                                              n,
la obligaci� moral como "deber de solidaridad", y semejante afirmaci� aunque muchas cosas han
cambiado en el mundo, tiene ahora la misma fuerza y validez de cuando se escribi�     .

                                    nea               n
Por otro lado, sin abandonar la l� de esta visi� moral, la novedad de la Enc�        clica consiste tambi�n
                                       n                    n
en el planteamiento de fondo, seg� el cual la concepci� misma del desarrollo, se le considera en la
perspectiva de la interdependencia universal, cambia notablemente. El verdadero desarrollo no puede
                                     n
consistir en una mera acumulaci� de riquezas o en la mayor disponibilidad de los bienes y de los
                                                                                               n
servicios, si esto se obtiene a costa del subdesarrollo de mucho, y sin la debida consideraci� por la
           n
dimensi� social, cultural y espiritual del ser humano.

"El desarrollo es el nuevo nombre de la Paz"

10. Como tercer punto la Enc�    clica de un considerable aporte de novedad a la doctrina social de la
                                                  n
Iglesia en su conjunto y a la misma concepci� de desarrollo. Esta novedad se halla en una frase que se
lee en el p� rrafo final del documento, y que puede ser considerada como su f�     rmula recapituladora,
        s
adem� de su importancia hist�      rica: "el desarrollo es el nombre nuevo de la paz".

                          n                             n
De hecho, si la cuesti� social ha adquirido dimensi� mundial, es porque la exigencia de justicia puede
ser satisfecha �                                                                       a
                  nicamente en este mismo plano. No atender a dicha exigencia podr� favorecer el surgir
                  n
de una tentaci� de respuesta violenta por parte de las v�  ctimas de la injusticia, como acontece al origen
                                                                n
de muchas guerras. Las poblaciones excluidas de la distribuci� equitativa de los bienes, destinados en
origen a todos, podr� preguntarse: � qu� no responder con la violencia a los que, en primer lugar,
                         an                 por
                                           n                                n
nos tratan con violencia? Si la situaci� se considera a la luz de la divisi� del mundo en bloques
l� gicos -ya existentes en 1967- y de las conscientes repercusiones y dependencias econ�   micas y
pol�  ticas, el peligro resulta harto significativo.

                             n
A esta primera consideraci� sobre el dram�   tico contenido de la f� rmula de la Enc�            ade
                                                                                     clica se a� otra,
al que el mismo documento alude: � mo justificar el hecho de que grandes cantidades de dinero, que
                                    c�
       an         an
podr� y deber� destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el contrario utilizadas
para el enriquecimiento de individuos o grupos, o bien asignadas al aumento de arsenales, tanto en los
    ses                                      as
pa� desarrollados como en aquellos en v� de desarrollo, trastoncando de este modo las verdaderas
prioridades?.
          n     s
Esto es a� m� grave vistas las dificultades que a menudo obstaculizan el paso directo de los capitales
                             ses
destinados a ayudar a los pa� necesitados.

Si "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz" , la guerra y los preparativos militares son el mayor
enemigo del desarrollo integral de los pueblos.

                                          n
Desde este modo, a la luz de la expresi� del Papa Pablo VI, somos invitados a revisar el concepto de
desarrollo, que no coincide ciertamente con el que se limita a satisfacer los deseos materiales mediante el
                                              n
crecimiento de los bienes, sin prestar atenci� al sufrimiento de tantos y haciendo del ego�   smo de las
personas y de las naciones la principal raz� n.

Como acertadamente nos recuerda la carta de Santiago: el ego�   smo es la fuente de donde tantas guerras y
                                                                                     is          is
contiendas... de vuestras voluptuosidades que luchas en vuestros miembros. Codici� y no ten� (Sant.
4, 1 s).

                                                                                  n
Por el contrario, en un mundo distinto, dominado por la solicitud por el bien com� de toda la
                                    n
humanidad, o se por la preocupaci� por el "desarrollo espiritual y humano de todos", en lugar de la
b�                                            a                                       s
   squeda del provecho particular, la paz ser� posible como fruto de una "justicia m� perfecta entre
los hombres".

Esta novedad de la Enc�                     s
                          clica tiene adem� un valor permanente y actual, considerada la mentalidad
actual que es tan sensible al � ntimo v�                                                                  n
                                         nculo que existe entre el respeto de la justicia y la instauraci� de
la paz verdadera.




III. PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPR�NEO

11. La ense� anza fundamental de la Enc�                                            a
                                           clica Populorum Progressio tuvo en su d� un gran eco por su
novedad. El contexto social en que vivimos en la actualidad no se puede decir que sea exactamente igual
                     os.                                                    s
al que hace veinte a� Es, por esto, por lo que quiero detenerme, a trav� de una breve exposici�    n,
sobre algunas caracter�sticas del mundo actual, con el fin de profundizar la ense�anza de la Enc�clica
de Pablo VI, siempre bajo el punto de vista del "desarrollo de los pueblos".

La esperanza de desarrollo, muy lejana de la realidad

12. El primer aspecto a destacar es que la esperanza de desarrollo, entonces tan viva, aparece en la
actualidad muy lejana de la realidad.

A este prop�   sito, la Enc�                  a      n
                            clica no se hac� ilusi� alguna. Su lenguaje grave, a veces dram�      tico, se
                                            n                                                   n
limitaba a subrayar el peso de la situaci� y a proponer a la conciencia de todos la obligaci� urgente de
                                         os           a
contribuir a resolverla. En aquellos a� prevalec� un cierto optimismo sobre la posibilidad de colmar,
sin esfuerzos excesivos el retraso econ�   mico de los pueblos pobres, de proveerlos de infraestructuras y
de asistirlos en el proceso de industrializaci� n.

En aquel contexto hist�                                                 s,                n
                          rico, por encima de los esfuerzos de cada pa� la Organizaci� de las Naciones
Unidas promovi�consecutivamente dos decenios de desarrollo. Se tomaron, en efecto, algunas medias,
bilaterales y multilaterales, con el fin de ayudar a muchas naciones, algunas de ellas independientes desde
      a                            a-                            z
hac� tiempo, otras -la mayor� nacidas como Estados a ra� del proceso de descolonizaci� Por su    n.
                                                                                               n,
parte, la Iglesia sinti�el deber de profundizar los problemas planteados por la nueva situaci� pensando
                             n
sostener con su inspiraci� religiosas y humana estos esfuerzos para darles un alma y un empuje eficaz.

13. No se puede afirmar que estas diversas iniciativas religiosas, humanas, econ� micas y t�cnicas, hayan
                                                                              nea
sido superfluas, dado que han podido alcanzar algunos resultados. Pero en l� general, teniendo en
                                                                      n
cuenta los diversos factores, no se puede negar que la actual situaci� del mundo, bajo el aspecto de
                                  n    s
desarrollo, ofrezca una impresi� m� bien negativa.
                                  n
Por ello, deseo llamar la atenci� sobre algunos indicadores gen�      ricos, sin excluir otros m�  s
espec�  ficos. Dejando a un lado el an�  lisis de cifras y estad�sticas, es suficiente mirar la realidad de una
                                              os,
multitud ingente de hombre y mujeres, ni� adultos y ancianos en una palabra, de personas humanas
concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria. Son muchos millones los que carecen
                                                                                     n
de esperanza debido al hecho de que, en muchos lugares de la tierra, su situaci� se ha agravado
sensiblemente. Ante estos dramas de total indigencia y necesidad, en que viven muchos de nuestros
                                          or       s
hermanos y hermanas, es el mismo Se� Jes� quien viene a interpelarnos (cf. Ar. 25, 31-461).

Alargamiento de abismo entre Norte y Sur

                             n
14. La primera constataci� negativa que se debe hacer es la persistencia y a veces el alargamiento del
abismo entre las �                                                          as
                    reas del llamado Norte desarrollado y la del Sur en v� de desarrollo. Esta
             a
terminolog� geogr�                lo
                       fica es s� indicativa, pues no se puede ignorar que las fronteras de la riqueza y de
la pobreza atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto desarrolladas como en v� de as
desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta llegar a los niveles de miseria en los
    ses                n,                              ses
pa� ricos, tambi� de forma paralela, en los pa� menos desarrollados se ven a menudo
manifestaciones de ego�                     n
                           smo y ostentaci� desconcertantes y escandalosas.

A la abundancia de bienes y servicios disponibles en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte
desarrollado, corresponde en el Sur un inadmisible retraso y es precisamente en esta zona geopol�tica
donde vive la mayor parte de la humanidad.

                                                       n              n
Al mirar la gama de los diversos sectores: producci� y distribuci� de alimentos, higiene, salud y
                                                                                                    n
vivienda, disponibilidad de agua potable, condiciones de trabajo, en especial el femenino, duraci� de la
vida y otros indicadores econ�  micos y sociales, el cuadro general resulta desolador, bien consider� ndolo
                              n                                          ses    s
en s� mismo, bien en relaci� a los datos correspondientes de los pa� m� desarrollados del mundo.
La palabra "abismo" vuelve a los labios espont�   neamente.

Tal vez no es � el vocablo adecuado para indicar la verdadera realidad, y que puede dar la impresi�
               ste                                                                                 n
de un fen�                                            .                      ses
           meno estacionario. Sin embargo, no es as� En el camino de los pa� desarrollados y en
   as                                                   os                                   n,
v� de desarrollo se ha verificado a lo largo de estos a� una velocidad diversa de aceleraci� que
                                               ses      as                                   s
impulsa a aumentar las distancias. As�los pa� en v� de desarrollo, especialmente los m� pobres,
                             n
se encuentran en una situaci� de grav�  simo retraso.

A lo dicho hay que a�              a
                       adir todav� las diferencias de cultura y de los sistemas de valores entre los
                              n,
distintos grupos de poblaci� que no coinciden siempre con el grado de desarrollo econ�     mico, sino que
                                                                                             s
contribuyen a crear distancias. Son estos los elementos y los aspectos que hacen mucho m� compleja la
        n                                                n
cuesti� social, debido a que ha asumido una dimensi� mundial.

Al observar las diversas partes del mundo separadas por la distancia creciente de este abismo, al advertir
que cada una de ellas parece seguir una determinada ruta, con sus realizaciones, se comprende por qu�en
el lenguaje corriente se hable de mundos distintos dentro de nuestro �  nico mundo. Primer Mundo,
Segundo Mundo, Tercer Mundo y alguna vez, Cuarto Mundo. Estas expresiones, que no pretenden
                                                              ses,
obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los pa� son muy significativas. Son el signo de
               n
una percepci� difundida de que la unidad del mundo, en otras palabras, la unidad del g�    nero humano,
                                                   a                             s
est�seriamente comprometida. Esta terminolog� por encima de su valor m� o menos objetivo,
esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente al cual la Iglesia, que es "sacramento o signo e
instrumento... de la unidad de todo el g�nero humano", no puede permanecer indiferente.

Indicadores del Subdesarrollo

                                            a
15. El cuadro trazado precedentemente ser� sin embargo incompleto, si a los "indicadores econ� micos
y sociales" del subdesarrollo no se a�                                      s
                                      adieran otros igualmente negativos, m� preocupantes todav�a,
comenzando por el plano cultural. Estos

                                                                                                      n,
son: el analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los niveles superiores de instrucci� la
                                            n                    n,
incapacidad de participar en la construcci� de la propia naci� las diversas formas de explotaci� y de n
         n
opresi� econ�                       tica          n
                 mica, social, pol� y tambi� religiosas de la persona humana y de sus derechos, las
                                                         s
discriminaciones de todo tipo, de modo especial la m� odiosa basada en las diferencia racial. Si alguna
de estas plagas se halla en algunas zonas del Norte m� desarrollado, sin lugar a duda �
                                                         s                             stas son m�  s
                s
frecuentes, m� duradera y m� dif�s                                 ses     as
                                       ciles de extirpar en los pa� en v� de desarrollo y menos
avanzados.

Es menester indicar que en el mundo actual, entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de
iniciativa econ�                                                                  lo
                  mica. No obstante eso, se trata de un derecho importante no s� para el individuo en
                        s                    n.
particular, sino adem� para el bien com� La experiencia nos demuestra que la negaci� de tal n
                        n
derecho o su limitaci� en nombre de una pretendida "igualdad" de todos en la sociedad, reduce o, sin
    s,                            ritu
m� destruye de hecho el esp� de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En
                                           lo                                             n
consecuencia, surge, de este modo, no s� una verdadera igualdad, sino una "nivelaci� descendente".
                                                                                   n
En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisi� al aparato burocr�  tico
que, como �   nico � rgano que "dispone" y "decide" -aunque no sea "poseedor"- de la totalidad de los
                               n,                              n
bienes y medios de producci� pone a todos en una posici� de dependencia casi absoluta, similar a la
tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un sentido de
           n                 n                                   n
frustraci� o desesperaci� y predispone a la despreocupaci� de la vida nacional, empujando a mucho
                n                                                  n
a la emigraci� y favoreciendo, a la vez, una forma de emigraci� "psicol�       gica".

             n                                         n
Una situaci� semejante tiene sus consecuencias tambi� desde el punto de vista de los "derechos de
           n".                                           n
cada naci� En efecto, acontece a menudo que una naci� es privada de su subjetividad, o sea, de la
          a"
"soberan� que le compete, en el significado econ�  mico as�como en el pol�    tico-social y en cierto
                                                                                             n
modo en el cultura, ya que en una comunidad nacional todas estas dimensiones de la vida est� unidas
entre s�.

                             s,            n
Es necesario recalcar, adem� que ning� grupo social, por ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar
el papel de �          a                                  n
             nico gu� porque ello supone la destrucci� de la verdadera subjetividad de la sociedad y
                                                                                 n,
de las personas-ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. En esta situaci� el hombre, el pueblo se
convierten en "objeto", no obstante todas las declaraciones contrarias y las promesas verbales.

Llegados a este punto conviene a�   adir que en el mundo actual se dan otras muchas formas de pobreza.
                                                                                   n             n
En efecto, ciertas carencias o privaciones merecen tal vez este nombre. La negaci� o limitaci� de los
derechos humanos -como, por ejemplo, el derecho a la libertad religiosas, el derecho a participar en la
            n                                         n
construcci� de la sociedad, la libertad de asociaci� o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en
materia econ�  mica, � empobrecen tal vez a la persona humana igual o m� que la privaci� de los
                        no                                                     s                n
bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena afirmaci� de estos derechos �
                                                                              n                     es
verdaderamente desarrollo humano?.

                                                  as            lo
En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros d� no es s� econ�                            n
                                                                          mico, sino tambi� cultural,
pol�                                                                 os
     tico y simplemente humano, como ya indicaba hace veinte a� la Enc�          clica Populorum
Progressio. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea, al manos en
                                     n
parte, el resultado de una concepci� demasiado limitada, es decir, prevalentemente econ�       mica, del
desarrollo.

Causas de este empeoramiento

16. Hay que notar que, a pesar de los notables esfuerzos realizados en los dos �ltimos decenios por parte
                     s                      as
de las naciones m� desarrolladas o en v� de desarrollo, y de las Organizaciones internaciones, con el
                                      n,
fin de hallar una salida a la situaci� o al menos poner remedio a alguno de sus s�  ntomas, las
condiciones se han agravado notablemente.

La responsabilidad de este empeoramiento tiene causas diversas. Hay que indicar las indudables graves
                                                  as
omisiones por parte de las mismas naciones en v� de desarrollo, y especialmente por parte de los que
detentan su poder econ�  mico y pol�tico. Pero tampoco podemos soslayar la responsabilidad de las
naciones desarrolladas, que no siempre, al menos en la debida medida, han sentido el deber de ayudar a
             ses                            s
aquellos pa� que se separan cada vez m� del mundo del bienestar al que pertenecen.

No obstante, es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos econ�   micos, financieros y
sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi
autom�  tico, haciendo m� r�s gida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros. Estos
                                        ses     s
mecanismos, maniobrados por los pa� m� desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen a
causa de su mismo funcionamiento los intereses de los que los maniobran, aunque terminan por sofocar o
                           as            ses
condicionar las econom� de los pa� menos desarrollados. Es necesario someter en el futuro estos
mecanismos a un an�   lisis atento bajo el aspecto �tico-moral.

                                a                                           a
La Populorum Progressio prev� ya que con semejantes sistemas aumentar� la riqueza de los ricos,
manteni�                                                            n                        n
         ndose la miseria de los pobres. Una prueba de esta previsi� se tiene con la aparici� del
llamado Cuarto Mundo.

Crisis de la vivienda

17. A pesar de que la sociedad mundial ofrezca aspectos fragmentarios expresados con los nombres
                                                           n
convencionales de Primero, Segundo, Tercero y tambi� Cuarto mundo, permanece m� profunda su  s
interdependencia la cual, cuando se separa de las exigencias �   ticas, tiene unas consecuencias funestas
             s
para los m� d�              s n,
                  biles. M� a� esta interdependencia, por una especie de din�        mica interior y bajo el
empuje de mecanismos que no puedan dejar de ser calificados como perversos, provoca efectos negativos
                 ses                                           ses
hasta en los pa� ricos. Precisamente dentro de estos pa� se encuentra, aunque en menor medida,
                         s
las manifestaciones m� espec�                                                     a
                                  ficas del subdesarrollo. De suerte que deber� ser una cosa sabida que el
                                              n
desarrollo o se convierte en un hecho com� a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de
retroceso aun en las zonas marcadas por un constante progreso. Fen�       meno este particularmente indicador
de la naturaleza del aut� ntico desarrollo: o participan de � todas las naciones del mundo o no ser�tal
                                                             l
ciertamente.

Entre los indicadores espec�                                                                 n
                              ficos del subdesarrollo, que afectan de modo creciente tambi� a los pa�     ses
                                                                     n
desarrollados, hay dos particularmente reveladores de una situaci� dram�     tica. En primer lugar, la crisis
                         o                                                                     n
de la vivienda. En el A� Internacional de las personas sin techo, querido por la Organizaci� de las
                             n           a
Naciones Unidas, la atenci� se dirig� a los millones de seres humanos carentes de una vivienda
adecuada o hasta sin vivienda alguna, con el fin de despertar la conciencia de todos y de encontrar una
        n
soluci� a este grave problema, que comporta consecuencias negativas a nivel individual, familiar y
social.

La falta de viviendas se verifica a nivel universal y se debe, en parte, al fen�meno siempre creciente de
                n.                                 s
las urbanizaci� Hasta los mismos pueblos m� desarrollados presentan el triste espect�       culo de
individuos y familias que se esfuerzan literalmente por sobrevivir, sin techo o con uno tan precario que es
como si no se tuviera.

La falta de vivienda, que es un problema en s� mismo bastante grave, es digno de ser considerado como
signo o s� ntesis de toda una serie de insuficiencias econ�micas, sociales, culturales o simplemente
                                             n
humanas; y, teniendo en cuenta la extensi� del fen�                     a          cil
                                                        meno, no deber� ser dif� convencerse de cu�   n
lejos estamos del aut� ntico desarrollo de los pueblos.

Desempleo y subdesempleo

                        n
18. Otro indicador, com� a gran parte de las naciones, es el fen�meno del desempleo y del
subdesempleo.

No hay persona que no se de cuenta de la actualidad y de la creciente gravedad de semejante fen�meno
en los pa� industrializados. Si � aparece de modo alarmante en los pa� en v� de desarrollo,
           ses                      ste                                       ses        a
con su alto �ndice de crecimiento demogr�  fico y el n�                                n
                                                       mero tan elevado de poblaci� juvenil, en los
    ses
pa� de gran desarrollo econ�                                                               ,
                                 mico parece que se contraen las fuentes de trabajo, y as� las
posibilidades de empleo, en vez de aumentar, disminuyen.

        n
Tambi� este triste fen� meno, con su secuela de efectos negativos a nivel individual y social, desde la
            n
degradaci� hasta la p� rdida del respeto que todo hombre y mejor se debe a s� mismo, nos lleva a
preguntarnos seriamente sobre el tipo de desarrollo, que se ha perseguido en el curso de los �ltimos
veinte a� os.
              sito
A este prop� viene muy oportunamente la consideraci� de la Enc�n              clica Laborem exercens: "Es
                                                                             n      s
necesario subrayar que el elemento constitutivo y a su vez la verificaci� m� adecuada de este progreso
           ritu
en el esp� de justicia y paz, que la Iglesia proclama y por el que no cesa de orar (...), es precisamente
                            n
la continua revalorizaci� del trabajo humano, tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo
el aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo, que es el hombre". Antes bien, "no se puede menos de
quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes proporciones", es decir, que "existen ...
grupos enteros de desocupados y subocupados (...): un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las
comunidades pol�     ticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial -en lo
                               n
concerniente a la organizaci� del trabajo y del empleo- hay algo que no funciona y concretamente en los
            s
puntos m� cr�     ticos y de mayor relieve social".

                             n
Como el precedente, tambi� este fen�      meno, por su car�cter universal y en cierto sentido multiplicador,
representa un signo sumamente indicativo, por su incidencia negativa, del estado y de la calidad del
desarrollo de los pueblos, ante el cual nos encontramos hoy.

La deuda internacional

19. Otro fen�               n pico del �
              meno, tambi� t�               ltimo per�odo -si bien no se encuentra en todos los lugares-,
                                                                                 ses
es sin duda igualmente indicador de la interdependencia existente entre los pa� desarrollados y menos
                            n                                                          n
desarrollados. Es la cuesti� de la deuda internacional, a la que la Pontificia Comisi� Iustitia et Pax ha
dedicado un documento.

No se puede aqu�silenciar el profundo v� nculo que existe entre este problema, cuya creciente gravedad
     a                                                         n
hab� sido ya prevista por la Populorum Progressio, y la cuesti� del desarrollo de los pueblos.

        n                       ses       as
La raz� que movi�a los pa� en v� de desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales
disponibles fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la
disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a t�tulo de pr�stamo puede considerarse una
            n
contribuci� al desarrollo mismo, cosa deseable y leg�                                     s
                                                          tima en s� misma, aunque quiz� imprudente y
                  n
en alguna ocasi� apresurada.

                                                        ses
Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los pa� endeudados como en el mercado internacional
financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo
                                                 ses
contraproducente. Y esto ya sea porque los pa� endeudados, para satisfacer los compromisos de la
                                                          an
deuda, se van obligados a exportar los capitales que ser� necesarios para aumentar o, incluso, para
                                                             n,
mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma raz� no pueden obtener nuevas fuentes de
            n
financiaci� indispensables igualmente.

Por este mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no
                                                 n
hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuaci� del subdesarrollo.

Estas circunstancias nos mueven a reflexionar -como afirma un reciente Documento de la Pontificia
Comisi� Iustitia et Pax - sobre el car�
          n                              cter �tico de la interdependencia de los pueblos; y, para
                      nea                             n,
mantenernos en la l� de la presente consideraci� sobre las exigencias y las condiciones, inspiradas
igualmente en los principios �                         n
                              ticos, de la cooperaci� al desarrollo.

Dos bloques contrapuestos: Capitalismo liberal y Colectivismo Marxista

20. Si examinamos ahora las causas de este grave retraso en el proceso del desarrollo, verificado en
sentido opuesto a las indicaciones de la Enc�                                       a
                                             clica Populorum Progressio que hab� suscitado tantas
                            n
esperanzas, nuestra atenci� se centra de modo particular en las causas pol�                      n
                                                                             ticas de la situaci� actual.

Encontr�   ndonos ante un conjunto de factores indudablemente complejos, no es posible hacer aqu�un
an� lisis completo. Pero no se puede silenciar un hecho sobresaliente del cuadro pol�  tico que caracteriza
el per� odo hist� rico posterior al segundo conflicto mundial y es un factor que no se puede omitir en el
tema del desarrollo de los pueblos.
Nos referimos a la existencia de dos bloques contrapuestos, designados com�  nmente con los nombres
                                                                        n                  n
convencionales de Este y Oeste, o bien de Oriente y Occidente. La raz� de esta connotaci� no es
meramente pol�                     n,
                 tica, sino tambi� como se dice, geopol�   tica. Cada uno de ambos bloques tiende a
                                      ,                              n              n,
asimilar y a agregar alrededor de s� con diversos grados de adhesi� y participaci� a otros Pa� o  ses
grupos de Pa�  ses.

                 n
La contraposici� es ante todo pol�  tica, en cuanto cada bloque encuentra su identidad en un sistema de
             n                             n
organizaci� de la sociedad y de la gesti� del poder, que intenta ser alternativo al otro; a su vez, la
               n   tica                                      n     s
contraposici� pol� tiene su origen en una contraposici� m� profunda que es de orden
ideol� gico.

En Occidente existe, en efecto, un sistema inspirado hist�ricamente en el capitalismo liberal, tal como se
desarroll�en el siglo pasado; en Oriente se da un sistema inspirado en el colectivismo marxista, que
                         n                n
naci�de la interpretaci� de la condici� de la clase proletaria, realizada a la luz de una peculiar lectura
de la historia.

                                as,
Cada una de estas dos ideolog� al hacer referencia a dos visiones tan diversas del hombre, de su
libertad y de su cometido social, ha propuesto y promueve, bajo el aspecto econ�  mico, unas formas
antit�                     n
       ticas de organizaci� del trabajo y de estructuras de la propiedad, especialmente en lo referente a
los llamados medios de producci�    n.

                                  n
Es inevitable que la contraposici� ideol� gica, al desarrollar sistemas y centros antag�nicos de poder,
                                                                                          n
con sus formas de propaganda y de doctrina, se convirtiera en una creciente contraposici� militar, cada
uno desconfiado y temeroso del prevalecer ajeno.

                                                 an
A su vez, las relaciones internacionales no pod� dejar de resentir los efectos de esta "l� gica de los
bloques" y de sus respectivas "esferas de influencia". Nacida al final de la Segunda Guerra mundial, la
       n                                                   os
tensi� entre ambos bloques ha dominado los cuarenta a� sucesivos, asumiendo unas veces el
car�                     a",                                                           n
     cter de "guerra fr� otras de "guerra por poder" mediante la instrumentalizaci� de conflictos
locales, o bien teniendo el � nimo angustiado y en suspenso ante la amenaza de una guerra abierta y total.

                                                     s
Si en el momento actual tal peligro parece que es m� remoto, aun sin haber desaparecido
                                                                          n
completamente, y si se ha llegado a un primer acuerdo sobre las destrucci� de cierto tipo de armamento
                                         n                                a
nuclear, la existencia y la contraposici� de bloques no deja de ser todav� un hecho real y preocupante,
que sigue condicionando el panorama mundial.

Actitud cr�tica de la Iglesia

21. Esto se verifica con un efecto particularmente negativo en las relaciones internacionales, que miran a
         ses       as                                                    n
los Pa� en v� de desarrollo. En efecto, como es sabido, la tensi� entre Oriente y Occidente no
                                n                                                  s
refleja de por s�una oposici� entre dos diversos grados de desarrollo, sino m� bien entre dos
concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de los pueblos, de tal modo imperfectas que exigen
               n                         n                                         ses,
una correcci� radical. Dicha oposici� se refleja en el interior de aquellos pa� contribuyendo as�a
ensanchar el abismo que ya existe a nivel econ�  mico entre Norte y Sur, y que es consecuencia de la
                                    s
distancia entre los dos mundos m� desarrollados y los menos desarrollados.

                                                                                             tica
Esta es una de las razones por las que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud cr� tanto ante
el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista. En efecto, desde el punto de vista del desarrollo
surge espont� la pregunta: � qu� manera o en qu� medida estos dos sistemas son susceptibles de
               nea                de
                                              a,
transformaciones y capaces de ponerse al d� de modo que favorezcan o promuevan un desarrollo
verdadero e integral del hombre y de los pueblos en la sociedad actual? De hecho, estas transformaciones
                a                                                                      n
y puestas al d� son urgentes e indispensables para la causa de un desarrollo com� a todos.

          ses
Los Pa� independizados recientemente, que esforz�        ndose en conseguir su propia identidad cultural y
     tica            an              n                                 ses     s
pol� necesitar� la aportaci� eficaz y desinteresada de los pa� m� ricos y desarrollados, en
encuentran comprometidos - y a veces incluso desbordados- en conflictos ideol�    gicos que producen
inevitables divisiones internas, llegando incluso a provocar en algunos casos verdaderas guerras civiles.
Esto sucede porque las inversiones y las ayudas para el desarrollo a menudo son desviadas de su propio
fin e instrumentalizadas para alimentar los contrastes, por encima y en contra de los intereses de los
     ses            an                                                          s
pa� que deber� beneficiarse de ello. Muchos de ellos son cada vez m� conscientes del peligro de
caer v�  ctimas de un neocolonialismo y tratan de librarse. Esta conciencia es tal que ha dado origen,
aunque con dificultades, oscilaciones y a veces contradicciones, al Movimiento internacional de los
     ses
Pa� No Alineados, el cual, en lo que constituye su aspecto positivo, quisiera afirmar efectivamente el
derecho de cada pueblo a su propia identidad, a su propia independencia y seguridad, as�como a la
             n,                                                                         n
participaci� sobre la base de la igualdad y de la solidaridad, de los bienes que est� destinados a todos
los hombres.

Tendencia al imperialismo

22. Hechas estas consideraciones es m� f� tener una visi� m� clara del cuadro de los �
                                       s cil                   n    s                        ltimos
          os
veinte a� y comprender mejor los contrastes existentes en la parte Norte del mundo, es decir, entre
Oriente y Occidente, como causa no � ltima del retraso o del estancamiento del Sur.

         ses
Los Pa� subdesarrollados, en vez de transformarse en Naciones aut�       nomas, preocupadas de su propia
                                  n
marcha hacia la justa participaci� en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten en piezas
de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de
              n
comunicaci� social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte Norte del mundo,
                                             n
no siempre tienen en la debida consideraci� las prioridades y los problemas propios de estos pa� ni ses,
                      a                                        n
respetan su fisonom� cultural; a menudo, imponen una visi� desviada de la vida y del hombre y as�
no responden a las exigencias del verdadero desarrollo.

Cada uno de los dos bloques lleva oculta internamente, a su manera, la tendencia al imperialismo, como
se dice com�                                                  n          cil
             nmente, o a formas de neocolonialismo: tentaci� nada f� en la que se cae muchas
                  a
veces, como ense� la historia incluso reciente.

               n                                                           n                s
Esta situaci� anormal -consecuencia de una guerra y de una preocupaci� exagerada, m� all�de lo
l�                                                                            n
   cito, por razones de la propia seguridad- impide radicalmente la cooperaci� solidaria de todos por el
            n
bien com� del g�     nero humano, con perjuicio sobre todo de los pueblos pac� ficos, privados de su
derecho de acceso a los bienes destinados a todos los hombres.

                                            n
Desde este punto de vista, la actual divisi� del mundo es un obst� culo directo para la verdadera
               n                                               ses      as
transformaci� de las condiciones de subdesarrollo en los pa� en v� de desarrollo y en aquellos
                                                                                        s,
menos avanzados. Sin embargo, los pueblos no siempre se resignan a su suerte. Adem� la misma
                            a
necesidad de una econom� sofocada por los gastos militares, as�como por la burocracia y su
ineficiencia intr�                                                      n
                  nseca, parece favorecer ahora unos procesos que podr� hacer menos r�     gida la
contraposici� y m� f� el comienzo de un di�
               n      s cil                        logo � y de una verdadera colaboraci� para la
                                                          til                                n
paz.

         n
Producci� y comercio de armas

                n
23. La afirmaci� de la Enc�   clica Populorum Progressio, de que los recursos destinados a la producci�n
                                                                                           s
de armas deben ser empleados en aliviar la miseria de las poblaciones necesitadas, hace m� urgente el
                                   n
llamado a superar la contraposici� entre los dos bloques.

Hoy, en la pr�  ctica, tales recursos sirven para asegurar que cada uno de los dos bloques pueda prevalecer
                                                                    n,
sobre el otro, y garantizar as� la propia seguridad. Esta distorsi� que es un vicio de origen, dificulta a
aquellas Naciones que, desde un punto de vista hist�    rico, econ� mico y pol� tico tienen la posibilidad de
ejercer un liderazgo, al cumplir adecuadamente su deber de solidaridad en favor de los pueblos que
aspiran a su pleno desarrollo.

                                                                   n-
Es oportuno afirmar aqu�-y no debe parecer esto una exageraci� que un papel de liderazgo entre las
Naciones se puede justificar solamente con la posibilidad y la voluntad de contribuir, de manera m�s
                                 n
amplia y generosa, al bien com� de todos.

          n                  s                                         n
Una naci� que cediese, m� o menos conscientemente, a la tentaci� de cerrarse en s� misma,
olvidando la responsabilidad que le confiere una cierta superioridad en el concierto de las Naciones,
faltar� gravemente a un preciso deber �
        a                                   tico. Esto es f�cilmente reconocible en la contingencia
hist� rica, en la que los creyentes entreven las disposiciones de la divina Providencia que se sirve de las
                             n                                 n
naciones para la realizaci� de sus planes, pero que tambi� "hace vanos los proyectos de los pueblos"
(cf. Sal 33 (32), 10).

                                                                                   sta,
Cuando Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y ego� y Oriente, a su
                                                                   n
vez, parece ignorar por motivos discutibles su deber de cooperaci� para aliviar la miseria de los
                                lo                 n
pueblos, uno se encuentra no s� ante una traici� de las leg�    timas esperanzas de la humanidad con
                                                     n
consecuencias imprevisibles, sino ante una defecci� verdadera y propia respecto de una obligaci�  n
moral.

                    n
24. Si la producci� de armas es un grave desorden que reina en el mundo actual respecto a las
verdaderas necesidades de los hombre y al uso de los medios adecuados para satisfacerlas, no lo es menos
                                 s n,           sito
el comercio de las mismas. M� a� a prop� de esto, es preciso a�            adir que el juicio moral es
        a     s
todav� m� severo. Como se sabe, se trata de un comercio sin fronteras capaz de sobrepasar incluso las
                                  n
de los bloques. Supera la divisi� entre Oriente y Occidente y, sobre todo, la que hay entre Norte y Sur,
llegando hasta los diversos componentes de la parte meridional del mundo. Nos hallamos as�ante un
fen�               o:
     meno extra� mientras las ayudas econ�       micas y los planes de desarrollo tropiezan con el
obst� culo de barreras ideol� gicas insuperables, arancelarias y de mercado, las armas de cualquier
procedencia circulan con libertad casi absoluta en las diversas partes del mundo. Y nadie ignora -como
                                                         n
destaca el reciente documento de la Pontificia Comisi� Justitia et Pax sobre la deuda internacional - que
en algunos casos, los capitales prestados por el mundo desarrollado han servido para comprar armamentos
en el mundo subdesarrollado.

                    ade
Si a todo esto se a� el peligro tremendo, conocido por todos, que representan las armas at�  micas
acumuladas hasta lo incre�                   n gica es la siguiente: el panorama del mundo actual,
                            ble, la conclusi� l�
incluso el econ�                                    n
                  mico, en vez de causar preocupaci� por un verdadero desarrollo que conduzca a todos
                    s
hacia una vida "m� humana" -como deseaba la Enc�      clica Populorum Progressio -parece destinado a
encaminarnos m� r� s pidamente hacia la muerte.

Las consecuencias de este estado de cosas se manifiestan en el acentuarse de una plaga t�       pica y
reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contempor�      neo: los millones de refugiados, a
quienes las guerras, calamidades naturales, persecuciones y discriminaciones de todo tipo han hecho
perder casa, trabajo, familia y patria. La tragedia de estas multitudes se refleja en el rostro descompuesto
                            os
de hombres, mujeres y ni� que, en el mundo dividido e inh�         spito, no consiguen encontrar ya un hogar.

Ni se pueden cerrar los ojos a otro dolorosa plaga del mundo actual: el fen�     meno del terrorismo,
                        sito
entendido como prop� de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un
clima de terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como
           n                   n                                a              n
motivaci� de esta actuaci� inhumana cualquier ideolog� o la creaci� de una sociedad mejor, los
actos de terrorismo nunca son justificables. Pero mucho menos lo son cuando, como sucede hoy, tales
decisiones y actos, que a veces llegan a verdaderas mortandades, ciertos secuestros de personas inocentes
y ajenas a los conflictos, se proponen un fin propagand�    stico en favor de la propia causa; o, pero a�n,
                                                              lo
cuando son un fin en s� mismos, de forma que se mata s� por matar. Ante tanto horror y tanto
sufrimiento siguen siendo siempre v�                                                        os
                                        lidas las palabras que pronunci�hace algunos a� y que quisiera
                    s:                          be                      as
repetir una vez m� "El cristianismo proh� ... el recurso a las v� del odio, al asesinato de personas
indefensas y a los m�  todos del terrorismo".

El problema demogr�fico

25. A este respecto conviene hacer una referencia al problema demogr�                        mo
                                                                        fico y a la manera c� se trata
hoy, siguiente lo que Pablo VI indic�en su Enc�                             s
                                                  clica y lo que expuse m� extensamente en la
            n         lica
Exhortaci� Apost� familiaris consortio.

No se puede negar la existencia -sobre todo en la parte Sur de nuestro planeta- de una problema
demogr�  fico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso afirmar enseguida que en la parte Norte este
                                                                 da
problema es de signo inverso: aqu�lo que preocupa es la ca� de la tasa de natalidad, con
                                                    n,
repercusiones en el envejecimiento de la poblaci� incapaz incluso de renovarse biol�      gicamente.
Fen� meno � capaz de obstaculizar de por s�el desarrollo. Como tampoco es exacto afirmar que tales
             ste
dificultades provengan solamente del crecimiento demogr� fico; no est�demostrado siquiera que
cualquier crecimiento demogr� fico sea incompatible con un desarrollo ordenado.

                                                                   ses
Por otra parte, resulta muy alarmante constatar en muchos pa� el lanzamiento de campa�            as
sistem�                                                                                  lo
         ticas contra la natalidad, por iniciativa de sus Gobiernos, en contraste no s� con la identidad
cultural y religiosas de los mismos pa�                     n
                                            ses, sino tambi� con la naturaleza del verdadero desarrollo.
                                       as                                n
Sucede a menudo que tales campa� son debidas a presiones y est� financiadas por capitales
                                          n             n
provenientes del extranjero y, en alg� caso, est� subordinadas a las mismas y a ala asistencia
econ�  mico-financiera. En todo caso, se trata de una falta absoluta de respeto por la libertad de decisi�  n
de las personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a intolerables presiones, incluso
econ�                                                           n.                          s
       micas para someterlas a esta nueva forma de opresi� Son las poblaciones m� pobres las que
sufren los atropellos, y ello llega a originar en ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece la
           n
aplicaci� de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas.

        n                                   s
Tambi� este hecho, que reclama la condena m� en�                                 n
                                                rgica, es inicio de una concepci� errada y
perversa del verdadero desarrollo humano.

Aspectos positivos

                                                                 n
26. Este panorama, predominantemente negativo, sobre la situaci� real del desarrollo en el mundo
contempor�              a
            neo, no ser� completo si no se�alara la existencia de aspectos positivos.

El primero es la plena conciencia, en much� simos hombres y mujeres, de su propia dignidad y de la de
                                                                                  n
cada ser humano. Esta conciencia se expresa, por ejemplo, en una viva preocupaci� por el respeto de los
                              s
derechos humanos y en el m� decidido rechazo de sus violaciones. De esto es un signo revelador el
n�                                                                               n,
   mero de asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de reciente creaci� y casi todas
comprometidas en seguir con extremo cuidado y loable objetividad los acontecimientos internaciones en
un campo tan delicado.

                                                                           n
En este sentido haya que reconocer la influencia ejercida por la Declaraci� de los Derechos Humanos,
                                  os                     n
promulgada hace casi cuarenta a� por la Organizaci� de la Naciones Unidas. Su misma existencia y
             n
su aceptaci� progresiva por la comunidad internacional son ya testimonio de una mayor conciencia que
se est�imponiendo. Los mismo cabe decir -siempre en el campo de los derechos humanos- sobre los
otros instrumentos jur�                                 n
                       dicos de la misma Organizaci� de las Naciones Unidas o de otros Organismos
internacionales.

                                                                                        n
La conciencia de la que hablamos no se refiere solamente a los individuos, sino tambi� a las Naciones y
a los pueblos, los cuales, como entidades son una determinada identidad cultural, son particularmente
                            n,           n             n
sensibles a la conservaci� libre gesti� y promoci� de su preciso patrimonio.

Al mismo tiempo, en este mundo dividido y turbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicci�       n
de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca
                                     s
en el plano moral. Hoy quiz� m� que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino com� que      n
construir juntos, si se quiere evitar la cat�strofe para todos. Desde el fondo de la angustia, del miedo y de
los fen�                    n
          menos de evasi� como la droga, t�      picos del mundo contempor�   neo, emerge la idea de que el
bien, al cual estamos llamados todos, y la felicidad a la que aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el
        o                        n,
empe� de todos sin excepci� con la consiguiente renuncia al propio ego�          smo.

                          n,
Aqu�se inserta tambi� como signo de respeto por la vida -no obstante todas las tentaciones por
                                                             n
destruirla, desde el aborto a la eutanasia- la preocupaci� concomitante por la paz; y, una vez m� se ess,
consciente de que � es indivisible: o es de todos, o de nadie. Una paz que exige, cada vez m� el
                      sta                                                                            s,
                                                                    n
respeto riguroso de la justicia, y, por consiguiente, la distribuci� equitativa de los frutos del verdadero
desarrollo.

Entre las se� ales positivas del presente, hay que se� alar igualmente la mayor conciencia de la limitaci�n
de los recursos disponibles, la necesidad de respetar la integridad y los ritmos de la naturaleza y de
                                       n
tenerlos en cuenta en la programaci� del desarrollo, en lugar de sacrificarlo a ciertas concepciones
demag�                                                             n
         gicas del mismo. Es lo que hoy se llama la preocupaci� ecol�       gica.
                           n          o
Es justo reconocer tambi� el empe� de gobernantes, pol�      ticos, economistas, sindicalistas, hombres de
ciencia y funcionarios internaciones -muchos de ellos inspirados por su fe religiosas- por resolver
generosamente con no pocos sacrificios personales, los males del mundo y procurar por todos los medios
que un n�  mero cada vez mayor de hombres y mujeres disfruten del beneficios de la paz y de una calidad
de vida digna de este nombre.

A ello contribuyen en gran medida las grandes Organizaciones internaciones y algunas Organizaciones
regionales, cuyos esfuerzos conjuntos permiten intervenciones de mayor eficacia.

                                          ses
Gracias a estas aportaciones, algunos pa� del Tercer Mundo, no obstante el peso de numerosos
condicionamientos negativos, han logrado alcanzar una cierta autosuficiencia alimentaria, o un grado de
                 n
industrializaci� que les permite subsistir dignamente y garantizar fuentes de trabajo a la poblaci�n
activa.

                                                               neo             a
Por consiguiente, no todo es negativo en el mundo contempor� -y no pod� ser de otra manera-
                                                                n
porque la Providencia del Padre celestial vigila con amor tambi� sobre nuestras preocupaciones diarias
                                                        s,
(cf. Mar 6, 25-32; 10, 23-31: Lc 12, 6-7; 22, 20); es m� los valores positivos se�alados revelan una
                     n
nueva preocupaci� moral, sobre todo en orden a los grandes problemas humanos, como son el
desarrollo y la paz.

Esta realidad me mueve a reflexionar sobre la verdadera naturaleza del desarrollo de los pueblos, de
acuerdo con la Enc�clica cuyo aniversario celebramos, y como homenaje a su ense�      anza.




IV. EL AUT�NTICO DESARROLLO

La mirada que la Enc�                                                  neo
                        clica invita a dar sobre el mundo contempor� nos hace constatar, ante todo,
que el desarrollo no es un proceso rectil�  neo, casi autom�tico y de por s�ilimitado, como si, en ciertas
condiciones, el g�                                                                n
                   nero humano marchar�seguro hacia una especie de perfecci� indefinida.

                n                     n
Esta concepci� -unida a una noci� de "progreso" de connotaciones filos�        ficas de tipo iluminista, m�s
bien que a la de "desarrollo" (50), usada en sentido espec� ficamente econ�  mico-social- parece puesta
                                               s
ahora seriamente en duda, sobre todo despu� de la tr�    gica experiencia de las dos guerras mundiales, de
              n
la destrucci� planeada y en parte realizada de poblaciones enteras y del peligro at�   mico que amenaza.
A un ingenuo optimismo mecanicista le reemplaza una fundada inquietud por el destino de la humanidad.

                  n
La mera acumulaci� de bienes no proporciona la felicidad humana

28. Pero al mismo tiempo ha entrado en crisis la misma concepci� "econ�  n       mica" o "economicista"
                                                                                                   n
vinculada a la palabra desarrollo. En efecto, hoy se comprende mejor que la mera acumulaci� de bienes
                                                 a,
y servicios, incluso en favor de una mayor� no basta para proporcionar la felicidad humana. Ni, por
consiguiente, la disponibilidad de m�    ltiples beneficios reales, aportados en los tiempos recientes por la
ciencia y la t� cnica, incluida la inform�                                   n
                                             tica, traen consigo la liberaci� de cualquier forma de
esclavitud. Al contrario, la experiencia de los �              os
                                                     ltimos a� demuestra que si toda esta considerable masa
                                                        n
de recursos y potencialidades, puesta a disposici� del hombre, no es regida por un objetivo moral y por
una orientaci� que vaya dirigida al verdadero bien del g�
                n                                                nero humano, se vuelve f� cilmente contra �  l
para oprimirlo.

         a                                            n
Deber� ser altamente instructiva una constataci� desconcertante de este per�                 s
                                                                                     odo m� reciente: junto
a las miserias del subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie de
superdesarrollo, igualmente inaceptable porque, como el primero, es contrario al bien y a la felicidad
aut�  ntica. En efecto, este superdesarrollo, consistente en la excesiva disponibilidad de toda clase de
                                           as
bienes materiales para algunas categor� sociales, f�      cilmente hace a los hombres esclavos de la
           n"                                                                n
"posesi� y del goce inmediato, sin otro horizonte que la multiplicaci� o la continua sustituci� de     n
                                              a    s                                     n
los objetos que se poseen por otros todav� m� perfectos. Es la llamada civilizaci� del "consumo" o
                                                                               do,
consumismo, que comporta tantos "desechos" o "basuras". Un objeto pose� y ya superado por otro
   s
m� perfecto, es descartado simplemente, sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno
                                s
mismo o para otro ser humano m� pobre.

                                                                  n
Todos somos testigos de los tristes efectos de esta ciega sumisi� al mero consumo: en primer t�rmino,
                                                                             n,
una forma de materialismo craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacci� porque se comprende
r�                                                              n
   pidamente que -si no se est�prevenido contra la inundaci� de mensajes publicitarios y la oferta
                                                s             s
incesante y tentadora de productos- cuanto m� se posee m� se desea, mientras las aspiraciones m�   s
profundas quedan sin satisfacer, y quiz�incluso sofocadas.

La Enc�   clica del Papa Pablo VI se�  alaba esta diferencia, hoy tan frecuentemente acentuada, entre el
                                                      a
"tener" y el "ser", que el Concilio Vaticano II hab� expresado con palabras precisas "Tener" objetos y
                                                                             n
bienes no perfecciona de por s�al sujeto, si no contribuye a la maduraci� y enriquecimiento de su
                                n              n
"ser", es decir, a la realizaci� de la vocaci� humana como tal.

                                                                                                 n
Ciertamente, la diferencia entre "ser" y "tener", y el peligro inherente a una mera multiplicaci� o
           n                 das
sustituci� de cosas pose� respecto al valor del "ser", no debe transformarse necesariamente en una
                                                                     neo
antinomia. Una de las mayores injusticias del mundo contempor� consiste precisamente en esto: en
que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. En la
                                 n
injusticia de la mala distribuci� de los bienes y servicios destinados originariamente a todos.

                              n     llos
Este es, pues, el cuadro: est� aqu� -los pocos que poseen mucho- que no llegan verdaderamente a
                                n             a
"ser", porque, por una inversi� de la jerarqu� de los valores, se encuentran impedidos por el culto del
                n
"tener"; y est� los otros -los muchos que poseen poco o nada -los cuales no consiguen realizar su
         n
vocaci� humana fundamental al carecer de los bienes indispensables.

El mal no consiste en el "tener" como tal, sino en el poseer que no respeta la calidad y la ordenada
         a                                                 a                                  n
jerarqu� de los bienes que se tienen. Calidad y jerarqu� que derivan de la subordinaci� de los bienes
y de su disponibilidad al "ser" del hombre y a su verdadera vocaci�  n.

                                                                          n
Con esto se demuestra que si el desarrollo tienen una necesaria dimensi� econ�    mica, puesto que debe
procurar al mayor n�   mero posible de habitantes del mundo la disponibilidad de bienes indispensables
para "ser", sin embargo no se agota con esta dimensi� En cambio, si se limita a � el desarrollo se
                                                       n.                           sta,
                    llos
vuelve contra aqu� mismos a quienes se desea beneficiar.

Las caracter�                                     s
              sticas de un desarrollo pleno "m� humano", el cual -sin negar las necesidades
econ�  micas- procure estar a la altura de la aut�             n
                                                  ntica vocaci� del hombre y de la mujer, han sido
descritas por Pablo VI.

Realidad trascendente del hombre

29. Por eso, un desarrollo no solamente econ�                                   n
                                                 mico se mide y se orienta seg� esta realidad y vocaci�   n
                                               n
del hombre visto globalmente, es decir, seg� un propio par�     metro interior. Este, ciertamente, necesita
de los bienes creados y de los productos de la industria, enriquecida constantemente por el progreso
cient� fico y tecnol� gico. Y la disponibilidad siempre nueva de los bienes materiales, mientras satisface
las necesidades, abre nuevos horizontes. El peligro del abuso consum�                          n
                                                                         stico y de la aparici� de
                                                                                   n
necesidades artificiales, de ninguna manera deben impedir la estima y utilizaci� de los nuevos bienes y
                                      n.
recursos puestos a nuestra disposici� Al contrario, en ello debemos ver un don de Dios y una respuesta
             n
a la vocaci� del hombre, que se realiza plenamente en Cristo.

Mas para alcanzar el verdadero desarrollo es necesario no perder de vista dicho par�   metro, que est�en
la naturaleza espec�  fica del hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gen. 1,26).
                                                                                 n
Naturaleza corporal y espiritual, simbolizada en el segundo relato de la creaci� por dos elementos: la
tierra, con la que Dios modela al hombre y el h�  bito de vida infundido en su rostro (cf. Gen 2, 7).

                                                       s
El hombre tiene as� una cierta afinidad con las dem� creaturas: est�llamado a utilizarlas a ocuparse de
                      n            n
ellas y -siempre seg� la narraci� del G�                                          n
                                            nesis (2, 15)- es colocado en el jard� para cultivarlo y
                                          s
custodiarlo, por encima de todos los dem� seres puestos por Dios bajo su dominio (cf. ibid. 1, 15 s.).
Pero al mismo tiempo, el hombre debe someterse a la voluntad de Dios, que le pone l�   mites en el uso y
dominio de las cosas (cf. ibid. 2, 16 s.), a la par que le promete la inmortalidad (cf. ibid. 2, 9, Sab 2, 23).
El hombre, pues, al ser imagen de Dios, tiene una verdadera afinidad con El.

      n
Seg� esta ense�   anza, el desarrollo no puede consistir solamente en el uso, dominio y posesi�   n
                                                                                         s
indiscriminada de las cosas creadas y de los productos de la industria humana, sino m� bien en
                      n,
subordinar la posesi� el dominio y el uso a la semejanza divina del hombre y a su vocaci� a la n
inmortalidad. Esta es la realidad trascendente del ser humano, la cual desde el principio aparece
participada por una pareja hombre y mujer (cf. Gen 1, 27), y es por consiguiente fundamentalmente
social.

Cooperar al desarrollo de todo hombre y de todos los hombres

         n                                   n
30. Seg� la Sagrada Escritura, pues, la noci� de desarrollo no es solamente "laica" o "profana", sino
                  n,                                 n
que aparece tambi� aunque con una fuerte acentuaci� socio-econ�                             n
                                                                     mica, como la expresi� moderna
                n                       n
de una dimensi� esencial de la vocaci� del hombre.

                                                              vil
En efecto, el hombre no ha sido creado, por as�decir, inm� y est�                                    n
                                                                         tico. La primera presentaci� que
de � ofrece la Biblia, lo describe ciertamente como creatura y como imagen, determinada en su realidad
      l
profunda por el origen y el parentesco que lo constituye. Pero esto mismo pone en el ser humano, hombre
y mujer, el germen y la exigencia de una tarea originaria a realizar, cada uno por separado y tambi�  n
                                              s                               n";
como pareja. La tarea es "dominar" las dem� creaturas, "cultivar el jard� pero hay que hacerlo en el
marco de obediencia a la ley divina y, por consiguiente, en el respeto de la imagen recibida, fundamento
claro del poder del dominio, concedido en orden a su perfeccionamiento (cf. Gen 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9,
2 s.).

Cuando el hombre desobedece a Dios y se niega a someterse a su potestad, entonces la naturaleza se le
                                     or,                ado
rebela y ya no le reconoce como se� porque ha empe� en s� mismo la imagen divina. La llamada
a poseer y usar lo creado permanece siempre v�                 s
                                              lido, pero despu� del pecado su ejercicio ser�arduo y
lleno de sufrimientos (cf. Gen 3, 17-19).

En efecto, el cap�tulo siguiente del G�                                            n,
                                       nesis nos presenta la descendencia de Ca� la cual construye
                                    a,
una ciudad, se dedica a la ganader� a las artes (la m� sica) y a la t�cnica (la metalurgia), y al mismo
                                                or"
tiempo se empez�a "invocar el nombre del Se� (cf. ibid 4, 17-26).

La historia del g�                                                               s           da
                   nero humano, descrita en la Sagrada Escritura, incluso despu� de la ca� en el
pecado, es una historia de continuas realizaciones que, aunque puestas siempre en crisis y en peligro por
                                                                             n
el pecado, se repiten, enriquecen y se difunden como respuesta a la vocaci� divina se�   alada desde el
principio al hombre y a la mujer (cf. Gen 1, 26-28) y grabada en la imagen recibida por ellos.

Es l� gico concluir, al menos para quienes creen en la Palabra de Dios, que el "desarrollo" actual debe ser
                                                                      n
considerado como un momento de la historia iniciada en la creaci� y constantemente puesta en peligro
                                                                        n              a,
por la infidelidad a la voluntad del Creador, sobre todo por la tentaci� de la idolatr� pero que
corresponde

                                                                                     cil
fundamentalmente a las premisas iniciales. Quien quisiera renunciar a la tarea, dif� pero exaltante, de
elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombres, bajo el pretexto del peso de la lucha y del
                                n,
esfuerzo incesante de superaci� o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de
                a
partida, faltar� a la voluntad de Dios Creador. Bajo este aspecto en la Enc�  clica Laborem exercens me
he referido a la vocaci� del hombre al trabajo, para subrayar el concepto de que siempre es � el
                         n                                                                       l
protagonista del desarrollo.

    s n,                  or     s,
M� a� el mismo Se� Jes� en la par�            bola de los talentos pone de relieve el trato severo reservado
                                                                        as
al que os�esconder el talento recibido: "Siervo malo y perezoso, sab� que yo cosecho donde no
                                    ...
sembr� y recojo donde no esparc� Quitadle, por tanto, su talento y d�     dselo al que tiene los diez
talentos" (Mt 25, 26-28). A nosotros, que recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca
"sembrar" y "recoger". Si no lo hacemos, se nos quitar�incluso lo que tenemos.
                                                                       s
Meditar sobre estas severas palabras nos ayudar�a comprometernos m� resueltamente en el deber, hoy
                                                                       s:
urgentemente para todos, de cooperar en el desarrollo pleno de los dem� "desarrollo de todo el hombre
y de todos los hombres".

Los adornos superfluos de los templos y los objetos preciosos del culto, al servicio de los pobres

                                                                                              a
31. La fe en Cristo Redentor, mientras ilumina interiormente la naturaleza del desarrollo, gu� tambi�   n
                            n.
en la tarea de colaboraci� En la Carta de San Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es "el
primog�                          n"
          nito de toda la creaci� y que "todo fue creado por El y para El" (1, 15-16). En efecto, "todo
tiene en � su consistencia" porque "Dios tuvo a bien hacer residir en � toda la plenitud y reconciliar por
           l                                                            l
� y para � todas las cosas" (Ibid. 1, 20).
  l          l

En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, "Imagen" perfecta del Padre, y culmina
en El, "primog�  nito de entre los muertos" (Ibid, 1, 15, 18), se inserta nuestra historia, marcada por
                                                               n
nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la condici� humana, vencer los obst�        culos que surgen
siempre en nuestro camino, disponi�   ndonos as�a participar en la plenitud que "reside en el Se� y   or"
que El comunica " a su Cuerpo, la Iglesia" (Ibid., 1, 18; cf. Ef 1, 22-23), mientras el pecado, que siempre
nos acecha y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la "reconciliaci�        n"
obrada por Cristo (cf. Col. 1, 20).

                                          o
Aqu�se abren las perspectivas. El sue� de una "progreso indefinido" se verifica, transformado
radicalmente por la nueva �  ptica que abre la fe cristiana, asegur�ndonos que este progreso es posible
solamente porque Dios Padre ha decidido desde el principio hacer al hombre part�    cipe de su gloria en
                                                                               n
Jesucristo resucitado, porque " en El tenemos por medio de su sangre el perd� de los delitos" (Ef 1, 7), y
                                                                         s
en El ha querido vencer al pecado y hacerlo servir para nuestro bien m� grande, que supera
                                        a
infinitamente lo que el progreso podr� realizar.

Podemos decir, pues -mientras nos debatimos en medio de las oscuridades y carencias del subdesarrollo y
                                 a,
del superdesarrollo- que un d� cuando "este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser
                                                                  or
mortal se revista de inmortalidad" (1 Cor 15, 54), cuando el Se� "entregue a Dios Padre el Reino"
                                                                   s
(Ibid. 15, 24), todas las obras y acciones, dignas del hombre, ser� rescatadas.

         s,               n
Adem� esta concepci� de la fe explica claramente por qu�la Iglesia se preocupa de la problem�           tica
del desarrollo, lo considera un deber de su ministerio pastoral, y ayuda a todos a reflexionar sobre la
naturaleza y las caracter� sticas del aut�ntico desarrollo humano. Al hacerlo, desea por una parte, servir
al plan divino que ordena todas las cosas hacia la plenitud que reside en Cristo (cf. Col 1, 19) y que �l
                                                           n
comunic�a su Cuerpo, y por otra, responde a la vocaci� fundamental de "sacramento; o sea, signo e
instrumento de la �              n
                     ntima uni� con Dios y de la unidad de todo el g�    nero humano".

                                                            n
Algunos Padres de la Iglesia se han inspirado en esta visi� para elaborar, de forma original, su
           n
concepci� del sentido de la historia y del trabajo humano, como encaminado a un fin que lo supera y
                                 n
definido siempre por su relaci� con la obra de Cristo. En otras palabras, es posible encontrar en la
ense� anza patr�                 n
                  stica una visi� optimista de la historia y del trabajo, o sea, del valor perenne de las
aut� nticas realizaciones humanas, en cuanto rescatadas por Cristo y destinadas al Reino prometido.

     ,
As� pertenece a la ense�                          s                                  n
                           anza y a la praxis m� antigua de la Iglesia la convicci� de que ella misma,
                                                  n
sus ministros y cada uno de sus miembros, est� llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o
            lo
lejos, no s� con lo "superfluo", sino con lo "necesario". Ante los casos de necesidad, no se debe dar
preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario,
       a
podr� ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, debida, vestido y casa a quien carece de ello.
                                                            a
Como ya se ha dicho, se nos presenta aqu�una "jerarqu� de valores" -en el marco del derecho de
propiedad- entre el "tener" y el "ser", sobre todo cuando el "tener" de algunos puede ser a expensas del
"ser" de tantos otros.

El Papa Pablo VI, en su Enc�   clica, sigue esta ense� anza, inspir�                       n
                                                                    ndose en la Constituci� pastoral
                                                       n
Gaudium et spes. Por mi parte, deseo insistir tambi� sobre su gravedad y urgencia, pidiendo al Se�   or
fuerza para todos los cristianos a fin de poder pasar fi�                      n
                                                         lmente a su aplicaci� pr�  ctica.
Un imperativo com�n

                   n
32. La obligaci� de empe�    arse por el desarrollo de los pueblos no es un deber solamente individual, ni
mucho menos individualista, como si se pudiera conseguir con los esfuerzos aislados de cada uno. En un
imperativo para todos y cada uno. Es un imperativo para todos y cada uno de los hombre y mujeres, para
                                                                 lica
las sociedades y las naciones, en particular para la Iglesia cat� y para las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales, con las que estamos plenamente dispuestos a colaborar en este campo. En este
sentido, as�como nosotros los cat�    licos invitamos a los hermanos separados a participar en nuestras
iniciativas, del mismo modo nos declaramos dispuestos a colaborar en las suyas, aceptando las
invitaciones que nos han dirigido. En esta b�  squeda del desarrollo integral del hombre podemos hacer
                 n
mucho tambi� con los creyentes de las otras religiones, como en realidad ya se est�haciendo en
diversos lugares.

                          n
En efecto, la cooperaci� al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para
                                             n
con todos y, al mismo tiempo, debe ser com� a las cuatro partes del mundo: Este y Oeste, Norte y Sur;
o, a los diversos "mundos", como suele decirse hoy. De lo contrario, si trata de realizarlo en una sola
parte, o en un solo mundo, se hace a expensas de los otros; y all�donde comienza, se hipertrofia y se
pervierte el no tener en cuanta a los dem�s.

                                    n
Los pueblos y las naciones tambi� tienen derecho a su desarrollo pleno, que, si bien implica -como se
ha dicho- los aspectos econ�                                              n
                              micos y sociales, debe comprender tambi� su identidad cultural y la
apertura a lo trascendente. Ni siquiera la necesidad del desarrollo puede tomarse como pretexto para
                     s
imponer a los dem� el propio modo de vivir o la propia fe religiosa.

Car�cter moral del desarrollo

           a
33. No ser� verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los
derechos humanos, personales y sociales, econ�micos y pol�ticos, incluidos los derechos de las
Naciones y de los pueblos.

                s                                                        n
Hoy, quiz� m� que antes, se percibe con mayor claridad la contradicci� intr�    nseca de un desarrollo
que fuera solamente econ�  mico. Este subordina f�cilmente la persona humana y sus necesidades m�    s
                                             n
profundas a las exigencias de la planificaci� econ� mica o de la ganancia exclusiva.

            n
La conexi� intr�   nseca entre desarrollo aut�ntico y respeto de los derechos del hombre, demuestra una
        s
vez m� su car�                                    n                                    n
                 cter moral: la verdadera elevaci� del hombre, conforme a la vocaci� natural e
hist�rica de cada uno, no se alcanza explotando solamen- te la abundancia de bienes y servicios, o
disponiendo de infraestructuras perfectas.

Cuando los individuos y las comunidades no ven rigurosamente respetadas las exigencias morales,
culturales y espirituales fundadas sobre la dignidad de la persona y sobre la identidad propia de cada
                                                                                     s
comunidad, comenzando por la familia y las sociedades religiosas, todo lo dem� -disponibilidad de
bienes, abundancia de recursos t�   cnicos aplicados a la vida diaria, un cierto nivel de bienestar material-
                                                                                  or
resultar�insatisfactorio y, a la larga, despreciable. Lo dice claramente el Se� en el Evangelio,
                     n                                       a                 De
llamando la atenci� de todos sobre la verdadera jerarqu� de valores: "� qu� le servir�al hombre
ganar el mundo entero, si arruina su vida?" (Mt 16, 26).

                              n                                                              o,
El verdadero desarrollo, seg� las exigencias propias del ser humano, hombre o mujer, ni� adulto o
anciano, implica sobre todo por parte de cuantos intervienen activamente en ese proceso y son sus
                                                                                                  n
responsables, una viva conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno a la utilizaci� plena
de los beneficios ofrecidos por la ciencia y la t�cnica.

                                  n,
En el orden interno de cada naci� es muy importante que sean respetados todos los derechos:
especialmente el derecho a la vida en todas las fases de la existencia; los derechos de la familia, como
comunidad social b�   sica o "c�dula de la sociedad"; la justicia en las relaciones laborales; los derechos
                                               tica
concernientes a la vida de la comunidad pol� en cuanto tal, as�como los basados en la vocaci�            n
trascendente del ser humano, empezando por el derecho a la libertad de profesar y practicar el propio
credo religioso.
                                                                               n
En el orden internacional, o sea, en las relaciones entre los Estados o, seg� el lenguaje corriente, entre
los diversos "mundos" es necesario el pleno respeto de la identidad de cada pueblo, con sus
caracter�  sticas hist�                                             s,              a
                       ricas y culturales. Es indispensable adem� como ya ped� la Enc�        clica
Populorum progressio, que se reconozca a cada pueblo igual derecho a "sentarse a la mesa del banquete
       n",
com� en lugar de yacer a la puerta como L�         zaro, mientras "los perros vienen y lamen las llagas" (cf.
Lc 16, 21). Tanto los pueblos como las personas individualmente deben disfrutar de una igualdad
                                                                              n
fundamental sobre la que se basa, por ejemplo, la Carta de la Organizaci� de las Naciones Unidas :
                                                                       n
igualdad que es el fundamento del derecho a todos a la participaci� en el proceso de desarrollo pleno.

Para ser tal, el desarrollo debe realizarse en el marco de la solidaridad y de la libertad, sin sacrificar nunca
                              n
la una a la otra bajo ning� pretexto. El car�    cter moral del desarrollo y la necesidad de promoverlo son
exaltados cuando se respetan rigurosamente todas las exigencias derivadas del orden de la verdad y del
                                                            s,
bien propios de la creatura humana. El Cristiano, adem� educado a ver en el hombre la imagen de Dios,
                            n
llamado a la participaci� de la verdad y del bien que es Dios mismo, no comprende un empe� por el      o
desarrollo y su realizaci� sin la observancia y el respeto de la dignidad �
                            n                                                   nica de esta "imagen". En otras
palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor a Dios y al pr�     jimo, y favorecer las relaciones
                                                               n
entre los individuos y las sociedades. Esta es la "civilizaci� del amor", de la que hablaba con frecuencia
el Papa Pablo VI.

           n
Conservaci� de la naturaleza

34. El car�cter moral del desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que
constituyen la naturaleza visible y que los griegos, aludiendo precisamente al orden que lo distingue,
                                                        n
llamaban el "cosmos". Estas realidades exigen tambi� respeto, en virtud de una triple consideraci�     n
que merece atenta reflexi�  n.

La primera consiste en la conveniencia de tomar mayor conciencia de que no se pueden utilizar
                                    as
impunemente las diversas categor� de seres, vivos o inanimados -animales, plantas, elementos
                                       n
naturales- como mejor apetezca, seg� las propias exigencias econ�  micas. Al contrario, conviene tener
                                                      n
en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexi� en un sistema ordenado, que es precisamente el
cosmos.

                         n                                      n,
La segunda consideraci� se funda, en cambio, en la convicci� cada vez mayor tambi� de la  n,
         n
limitaci� de los recursos naturales, algunos de los cuales no son, como suele decirse, renovables.
Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura
                     lo                  n
disponibilidad, no s� para la generaci� presente, sino sobre todo para las futuras.

                         n
La tercera consideraci� se refiere directamente a las consecuencias de un cierto tipo de desarrollo sobre
la calidad de vida en las zonas industrializadas. Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la
                 n                 s,                 n
industrializaci� es, cada vez m� la contaminaci� del ambiente, con graves consecuencias para la
salud de la poblaci� n.

              s,                                                                       n
Una vez m� es evidente que el desarrollo, as�como la voluntad de planificaci� que lo dirige, el uso
de los recursos y el modo de utilizarlos no est� exentos de respetar las exigencias morales. Una de �
                                                  n                                                        stas
impone sin duda l�   mites al uso de la naturaleza visible. El dominio confiado al hombre por el Creador no
es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de disponer de las cosas como
                              n
mejor parezca. La limitaci� impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada
simb�  licamente con la prohibici� de "comer del fruto del �
                                     n                           rbol" (cf. Gen. 2, 16 s.), muestra claramente
                                                                   lo
que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no s� biol�                         n
                                                                            gicas sino tambi� morales, cuya
            n
transgresi� no queda impune.

                      n
Una justa concepci� del desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones -relativas al uso de los
elementos de la naturaleza, a la renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una
                 n                                                                     n
industrializaci� desordenada-, las cuales ponen ante nuestra conciencia la dimensi� moral, que debe
distinguir el desarrollo.
V. UNA LECTURA TEOL�GICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS

35. A la luz del mismo car�                                                                        n
                              cter esencial moral, propio del desarrollo, hay que considerar tambi� los
obst� culos que se oponen a � Si durante los a� transcurridos desde la publicaci� de la Enc�
                                l.                  os                                   n           clica
no se ha dado este desarrollo -o se ha dado de manera escasa, irregular, cuando no contradictoria-, las
razones no pueden ser solamente econ�                                mo                     n
                                          micas. Hemos visto ya c� intervienen tambi� motivaciones
pol� ticas. Las decisiones que aceleran o frenan el desarrollo de los pueblos, son ciertamente de car� cter
pol� tico. Y para superar los mecanismos perversos que se�                   s
                                                               alabamos m� arriba y sustituirlos con otros
             s                                   n
nuevos, m� justos y conformes al bien com� de la humanidad, es necesaria una voluntad pol�         tica
                                                        n,                             lla
eficaz. Por desgracia, tras haber analizado la situaci� hemos de concluir que aqu� ha sido
insuficiente.

En un documento pastoral como el presente, un an�     lisis limitado �nicamente a las causas econ� mica y
pol�                                                                                        a
     ticas del subdesarrollo y con las debidas referencias al llamado superdesarrollo, ser� incompleto.
Es, pues, necesario individuar las causas de orden moral que, en el plano de la conducta de los hombres,
                                                                                                 n
considerados como personas responsables, ponen un freno al desarrollo e impiden su realizaci� plena.

Igualmente, cuando se disponga de recursos cient�    ficos y t�cnicos que mediante las necesarias y
concretas decisiones pol�  ticas deben contribuir a encaminar finalmente los pueblos hacia un verdadero
                         n
desarrollo, la superaci� de los obst�                     lo
                                        culos mayores s� se obtendr�gracias a decisiones esencialmente
                                                                                    n
morales, las cuales, para los creyentes y especialmente los cristianos, se inspirar� en los principios de la
fe, con la ayuda de la gracia divina.

Un mundo sometido a estructuras de pecado

36. Por tanto, hay que destacar que un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideolog�as
r� gidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan diferentes formas de
                        s
imperialismo, no es m� que un mundo sometido a estructuras de pecado. La suma de factores negativos,
          an                                                           n
que act� contrariamente a una verdadera conciencia del bien com� universal y de la exigencia de
favorecerlo, parece crear, en las personas e instituciones, un obst�         cil
                                                                    culo dif� de superar.

Si la situaci� actual hay que atribuirla a dificultades de diversa �
              n                                                     ndole, se debe hablar de "estructuras
                                                            n        lica
de pecado", las cuales -como ya he dicho en la Exhortaci� Apost� Reconciliatio et paenitentia- se
                                                        n
fundan en el pecado personal y, por consiguiente, est� unidas siempre a actos concretos de las personas,
                                cil                n.
que las introducen, y hacen dif� su eliminaci� Y as�estas mismas estructuras se refuerzan, se
difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres.

                                                  as                                             n
"Pecado" y "estructuras de pecado", son categor� que no se aplican frecuentemente a la situaci� del
mundo contempor�    neo. Sin embargo, no se puede llegar f�                           n
                                                            cilmente a una comprensi� profunda de la
                                                                   z
realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la ra� de los males que nos aquejan.

Se puede hablar ciertamente de "ego�                                                            n
                                        smo" y de "estrechez de miras". Se puede hablar tambi� de
"c�  lculos pol� ticos errados" y de "decisiones econ�  micas imprudentes". Y en cada una de estas
calificaciones se percibe una resonancia de car�  cter �                                   n
                                                         tico-moral. En efecto, la condici� del hombre es
                     cil
tal que resulta dif� analizar profundamente las acciones y omisiones de las personas sin que implique
de una u otra forma juicios o referencias de orden �  tico.

               n
Esta valoraci� es de por s�positiva, sobre todo si llega a ser plenamente coherente y si se funda en la fe
                                               be
en Dios y en su ley, que ordena el bien y proh� el mal.

En esto est�la diferencia entre la clase de an�  lisis socio-pol�tico y la referencia formal al "pecado" y a
las "estructuras del pecado". Seg� esta �
                                    n                     n,
                                            ltima versi� se hace presente la voluntad de Dios tres veces
Santo, su plan sobre los hombres, su justicia y su misericordia. Dios "rico en misericordia", "Redentor del
                or
hombre", "Se� y dador de vida", exige de los hombres actitudes precisas que se expresan tambi� en      n
acciones u omisiones ante el pr�  jimo. Aqu�hay una referencia a la llamada "segunda tabla" de los diez
Mandamientos (cf. Ex 20, 12-17; Dt 5, 16-21). Cuando no se cumplen �        stos se ofende a Dios y se
perjudica al pr� jimo, introduciendo en el mundo condicionamientos y obst�       culos que van mucho m�   s
all�de las acciones y de la breve vida del individuo. Afectan asimismo al desarrollo de los pueblos, cuya
                n                                         n
aparente dilaci� o lenta marcha debe ser juzgada tambi� bajo esta luz.

   n
Af� de ganancia exclusiva y sed de poder

37. A este an� lisis gen�  rico de orden religioso se pueden a� adir algunas consideraciones particulares,
para indicar que entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del pr�jimo y las
                                                       s
"estructuras" que conllevan, dos parecen ser las m� caracter�                   n
                                                                  sticas: el af� de ganancia exclusiva, por
                                                      sito                        s
una parte; y por otra, la sed de poder, con el prop� de imponer a los dem� la propia voluntad. A
cada una de estas actitudes podr� a�                                    n                   n:
                                    a adirse, para caracterizarlas a� mejor, la expresi� "a cualquier
                                                                n
precio". En otras palabras, nos hallamos ante la absolutizaci� de actitudes humanas, con todas sus
posibles consecuencias.

Ambas actitudes, aunque sean de por s�separables y cada una pueda darse sin la otra, se encuentran -en
el panorama que tenemos ante nuestros ojos- indisolublemente unidas, tanto si predomina la una como la
otra.

Y como es obvio, no son solamente los individuos quienes pueden ser v�       ctimas de estas dos actitudes de
                              n
pecado; pueden serlo tambi� las naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducci�         n
de las "estructuras d pecado", de las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de "imperialismo"
                         n                                                    a
moderno se considerar� a la luz de estos criterios morales, se descubrir� que bajo ciertas decisiones,
                                                      a
aparentemente inspiradas solamente por la econom� o la pol�       tica, se ocultan verdaderas formas de
         a:                 a,
idolatr� dinero, ideolog� clase social y tecnolog�      a.

         do
He cre� oportuno se�    alar este tipo de an�                                 l
                                             lisis, ante todo para mostrar cu� es la naturaleza real del
                                         n
mal al que nos enfrentamos en la cuesti� del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de
muchos pecados que llevan a "estructuras de pecado". Diagnosticar el mal de esta manera es tambi�    n
identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo.

Creciente interdependencia entre los hombres y entre naciones

                                               s
38. Este camino es largo y complejo y adem� est� amenazado constantemente tanto por la intr�      nseca
fragilidad de los prop�sitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las circunstancias
externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente y en donde se hayan dado
ya algunos pasos, o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final.

                              n                    n
En el pleno de la consideraci� presente, la decisi� de emprender ese camino o seguir avanzando
implica ante todo un valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como requerido por la
voluntad de Dios, � nico fundamento verdadero de una � absolutamente vinculante.
                                                        tica

                          n                                         cita
Es de desear que tambi� los hombres y mujeres sin una fe expl� se convenzan de que los
obst� culos opuestos al plano desarrollo no son solamente de orden econ�    mico, sino que dependen de
              s
actitudes m� profundas que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos. En este sentido, es de
                        llos                                                               s
esperar que todos aqu� que, en una u otra medida, son responsables de una "vida m� humana" para
                     n
sus semejantes -est� inspirados o no por una fe religiosa- se den cuenta plenamente de la necesidad
urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo
mismo, con el pr�                                                        s
                   jimo, con las comunidades humanas, incluso las m� lejanas y con la naturaleza, y ello
          n                                                 n,
en funci� de unos valores superiores, como el bien com� o el pleno desarrollo "de todo el hombre y
                             n                  n
de todos los hombres", seg� la feliz expresi� de la Enc�     clica Populorum Progressio.

Para los cristianos, as� como para quienes la palabra "pecado" tiene un significado teol� gico preciso,
este cambio de actitud o de mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje b� blico: "conversi� n"
                                                    n                             n
(cf. Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta conversi� indica especialmente relaci� a Dios, al pecado
cometido, a sus consecuencias y, por tanto, al pr� jimo, individuo o comunidad. Es Dios, en "cuyas
             n                                                                        n
manos est� los corazones de los poderosos" (67), y los de todos, quien puede, seg� su promesa,
                                 ritu
transformar la obra de su Esp� los "corazones de piedra", en "corazones de carne" (cf. Ez 36, 26).
                                          n,                      n
En el camino hacia esta deseada conversi� hacia la superaci� de los obst�       culos morales para el
desarrollo, se puede se�alar ya, como un valor positivo y moral, la conciencia creciente de la
interdependencia entre los hombres y entre naciones. El hecho de que los hombres y mujeres, en muchas
partes del mundo, sientan como propias las injusticias y las violaciones de los derechos humanos
                  ses                                           n,                 s
cometidas en pa� lejanos, que posiblemente nunca visitar� es un signo m� que de esta realidad es
                                                                n
transformada en conciencia, que adquiere as� una connotaci� moral.

Ante todo se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo
actual, en sus aspectos econ�    micos, cultural, pol�                                            a
                                                       tico y religioso, y sumida como categor� moral.
                                                   ,
Cuando la interdependencia es reconocida as� su correspondiente respuesta, como actitud moral y
social, y como "virtud", es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de
                                                                          n
tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinaci� firme y perseverante de empe�      arse
                    n;
por el bien com� es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente
                                             n                                 n
responsables de todos. Esta determinaci� se funda en la firme convicci� de que lo que frena el pleno
                          n
desarrollo es aquel af� de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales "actitudes y
estructuras de pecado" solamente se vencen -con la ayuda de la gracia divina- mediante una actitud
diametralmente opuesta: la entrega por el bien del pr�     jimo que est�dispuesto a "perderse", en sentido
evang�   lico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en lugar de oprimirlo para el propio
provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).

La solidaridad, un camino hacia la paz y hacia el desarrollo

39. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es v�          lo
                                                                  lido s� cuando sus miembros se
                                                               s,
reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan m� al disponer de una porci� mayor de  n
bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los m� d�  s    biles, dispuestos a compartir con
                                                          nea
ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma l� de solidaridad, no deben adoptar una actitud
meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus leg�      timos derechos, han de
realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de
insistir ego� sticamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los dem�  s.

                                           neo
Signos positivos del mundo contempor� son la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre
   ,                   n
s� as�como tambi� sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmaci� p�        n blica en el escenario social, no
recurriendo a la violencia, sino presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a la
           n
corrupci� de los poderes p�    blicos. La Iglesia, en virtud de su compromiso evang�    lico, se siente
llamada a estar junto a estas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a
                                                                       n
hacerlas realidad sin perder de vista al bien de los grupos en funci� del bien com�     n.

                                         a,
El mismo criterio se aplica, por analog� en las relaciones internacionales. La interdependencia debe
                                                                                   n    n
convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creaci� est� destinados a
                                                                n
todos. Y lo que la industria humana produce con la elaboraci� de las materias primas y con la
          n
aportaci� del trabajo, debe servir igualmente al bien de todos.

Superando los imperialismos de todo tipo y los prop�                                           a,
                                                       sitos por mantener la propia hegemon� las
              s              s
naciones m� fuertes y m� dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de
instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el
debido respeto de sus leg�                            ses
                            timas diferencias. Los pa� econ�     micamente m� d�s                     n
                                                                                     biles, o que est� en
el l�                                                 s
     mite de la supervivencia, asistidos por los dem� pueblos y por la comunidad internacional, deben
                                              n
ser capaces de aportar a su vez al bien com� sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se
        an
perder� para siempre.

                                                                  n-,
La solidaridad nos ayuda a ver al "otro" -persona, pueblo o naci� no como un instrumento cualquiera
para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia f�sica, abandon� ndolo cuando ya no
sirve, sino como un "semejante" nuestro, una "ayuda" (cf. Gen 2, 18, 20), para hacerlo part�cipe como
nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De aqu�la
importancia de despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los pueblos.

                             n,           n             n               s.
Se excluyen as�la explotaci� la opresi� y la anulaci� de los dem� Tales hechos, en la presente
       n
divisi� del mundo en bloques contrapuestos, van a confluir en el peligro de guerra y en la excesiva
            n                                                                    a,
preocupaci� por la propia seguridad, frecuentemente a expensas de la autonom� de la libre decisi�   n
                                                       s
y de la misma integridad territorial de las naciones m� d�biles, que se encuentran en las llamadas
"zonas de influencia" o en los "cinturones de seguridad".

Las "estructuras de pecado", y los pecados que conducen a ellas, se oponen con igual radicalidad a la paz
                                         n                    n
y al desarrollo, pues el desarrollo, seg� la conocida expresi� de la Enc�  clica de Pablo VI, es "el
nuevo nombre de la paz".

De esta manera, la solidaridad que proponemos es un camino hacia la paz y hacia el desarrollo. En efecto,
la paz del mundo es inconcebible si no se logra reconocer, por parte de los responsables, que la
                                                n            tica
interdependencia exige de por s�la superaci� de la pol� de los bloques, la renuncia a toda forma de
imperialismo econ�  mico, militar o pol�                          n
                                         tico, y la transformaci� de la mutua desconfianza en
            n.
colaboraci� Esto es, precisamente, el acto propio de la solidaridad entre los individuos y entre las
naciones.

                                                        o
El lema del pontificado de mi venerado predecesor P� XII era Opus iustitiae pax, la paz como fruto de
                         a
la justicia. Hoy se podr� decir, con la misma exactitud y an�                             n
                                                                 loga fuerza de inspiraci� b�blica (cf. Is
32, 17; Sant 32, 17), Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad.

                                                   lo                               n
El objetivo de la paz, tan deseada por todos, s� se alcanzar�con la realizaci� de la justicia social e
                         s
internacional, y adem� con la pr�                                                                   an
                                      ctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos ense� a
vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad y un mundo mejor.

Solidaridad humana y cristiana

                                                                       n                    an
40. La solidaridad es sin duda una virtud cristiana. Ya en la exposici� precedente se pod� vislumbrar
numerosos puntos de contacto entre ella y la caridad, que es signo distintivo de los disc�pulos de Cristo
(cf. Jn 13, 35).

A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a s� mima, al revestirse de las dimensiones
espec�                                                  n                n.
         ficamente cristianas de gratuidad total, perd� y reconciliaci� Entonces el pr�     jimo no es
solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en
                                                                                             n
la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acci� permanente
           ritu
del Esp� Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama
el Se� y por � se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo: "dar la vida por los hermanos"
        or,         l
(cf. 1 Jn 3, 16).

                                                  n
Entonces la conciencia de la paternidad com� de Dios, de la hermandad de todos los hombres de Cristo,
                                             n                       ritu
"hijos en el Hijo", de la presencia y acci� vivificadora del Esp� Santo, conferir�a nuestra mirada
sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por encima de los v�  nculos humanos y naturales, tan
fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad del g�  nero humano, en el
cual debe inspirarse en �  ltima instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida
� ntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra "comuni�     n",
               n,
Esta comuni� espec�       ficamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y enriquecida con la
               or,                           n
ayuda del Se� es el alma de la vocaci� de la Iglesia a ser "sacramento", en el sentido ya indicado.

                                                      n
Por eso, la solidaridad debe cooperar en la realizaci� de este designio divino, tanto a nivel individual,
como a nivel nacional e internacional. Los "mecanismos perversos" y las "estructuras de pecado", de que
                     lo       n
hemos hablado, s� podr� ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la
                                                          lo                    as
que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. S� as�tantas energ� positivas podr� ser       n
dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz.

Muchos santos canonizados por la Iglesia dan admirable testimonio de esta solidaridad y sirven de
empleo en las dif�  ciles circunstancias actuales. Entre ellos deseo recordar a San Pedro Claver, con su
                                                                             a
servicio a los esclavos de Cartagena de Indias, y a San Maximiliano Mar� Kolbe, dando su vida por un
                                                       n
prisionero desconocido en el campo de concentraci� de Auschwitz-Oswiecim.
VI. ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES

La Iglesia no tiene t�cnicas

41. La Iglesia no tiene soluciones t� cnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal, como
ya afirm�el Papa Pablo VI, en su Enc�     clica. En efecto, no propone sistemas o programas econ�   micos y
pol� ticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea
debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el
mundo.

Pero La Iglesia es "experta en humanidad", y esto la mueve a extender necesariamente su misi�   n
religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la
felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas.

Siguiente a mis predecesores, he de repetir que el desarrollo para que sea aut� ntico, es decir, conforme a
la dignidad del hombre y de los pueblos, no puede ser reducido solamente a un problema "t�      cnico", Si se
le reduce a esto, se le despoja de su verdadero contenido y se traiciona al hombre y a los pueblos, a cuyo
servicio debe ponerse.

                                                                              os,
Por eso la Iglesia tiene una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte a� as�como en el futuro,
sobre la naturaleza, condiciones, exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obst�culos
que se oponen a � Al hacerlo as� cumple su misi� evangelizadora, ya que da su primera
                    l.               ,                  n
             n             n
contribuci� a la soluci� del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo,
sobre s� misma y sobre el hombre, aplic�                         n
                                            ndola a una situaci� concreta.

                                                                             cil
A este fin la Iglesia utiliza como instrumento su doctrina social. En la dif� coyuntura actual, para
favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como sus soluciones mejores, podr�ayudar
                               s                    n     s
mucho un conocimiento m� exacto y una difusi� m� amplia del "conjunto de principios de
         n,                                                 n"
reflexi� de criterios de juicios y de directrices de acci� propuestos por su ense�  anza.

Se observar�as�inmediatamente, que las cuestiones que afrontamos son ante todo morales; y que ni el
an� lisis del problema del desarrollo como tal, ni los medios para superar las presentes dificultades
                                     n
pueden prescindir de esta dimensi� esencial.

                                                               a"
La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una "tercera v� entre el capitalismo liberal y el
colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas
                                             a                                      a,
radicalmente, sino que tiene una categor� propia. No es tampoco una ideolog� sino la cuidadosa
            n                                       n
formulaci� del resultado de una atenta reflexi� sobre las complejas realidades de la vida del hombre
                                                                                 n
en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradici� eclesial. Su objetivo
principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio
       a                                   n
ense� acerca del hombre y su vocaci� terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia
la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al �                         a,
                                                     mbito de la ideolog� sino al de la teolog� y a
                              a
especialmente de la teolog� moral.

La ense�                  n                                                n
        anza y la difusi� de esta doctrina social forma parte de la misi� evangelizadora de la Iglesia.
Y como se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas, tiene como consecuencia el
                                  n          n,         n
"compromiso por la justicia" seg� la funci� vocaci� y circunstancias de cada uno.

                                                n
Al ejercicio de este ministerio de evangelizaci� en el campo social, que es un aspecto de la funci�n
       tica                               n
prof� de la Iglesia, pertenece tambi� la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene
aclarar que el anuncio es siempre m� importante que la denuncia, y que � no puede prescindir de
                                       s                                   sta
      l,                                                                  n     s
aqu� que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivaci� m� alta.

     n
Opci� preferencial por los pobres

                                             s
42.- La doctrina social de la Iglesia, hoy m� que nunca tiene el deber de abrirse a una perspectiva
                      nea
internacional en la l� del Concilio Vaticano II, de las recientes Enc�  clicas y, en particular de la que
                         ,
conmemoramos. No ser� pues, superfluo examinar de nuevo y profundizar bajo esta luz los temas y las
orientaciones caracter�sticas, tratados por el Magisterio en estos a�os.

Entre dichos temas quiero se�             ,          n
                                alar aqu� la opci� o amor preferencial por los pobres. Esta es una
      n                                     a
opci� o una forma especial de primac� en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio
                n
toda la tradici� de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de
Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro
modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los
bienes.

                             n                                        n
Pero hoy, vista la dimensi� mundial que ha adquirido la cuesti� social, este amor preferencial, con las
decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos,
mendigos, sin techo, sin cuidados m�     dicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede
                                                               a                          n"
olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significar� parecernos al "rico Epul� que fingi� no
conocer al mendigo L�    zaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16, 19-31).

Nuestra vida cotidiana, as�como nuestras decisiones en el campo pol�    tico y econ� mico deben estar
marcadas por estas realidades. Igualmente los responsables de las naciones y los mismos Organismos
internacionales, mientras han de tener siempre presente como prioritaria en sus planes la verdadera
          n
dimensi� humana, no han de olvidar dar la precedencia al fen�     meno de la creciente pobreza. Por
                                                               lo           ses
desgracia, los pobres, lejos de disminuir, se multiplican no s� en los pa� menos desarrollados sino
        n           s
tambi� en los m� desarrollados, lo cual resulta no menos escandaloso.

                                    s
Es necesario recordar una vez m� aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este
             n
mundo est� originariamente destinados todos. El derecho a la propiedad privada es v�        lido y necesario,
pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava "una hipoteca social", es decir, posee,
como cualidad intr�                      n
                      nseca, una funci� social fundada y justificada precisamente sobre el principio del
                                                 o
destino universal de los bienes. En este empe� por los pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial
                               n
de pobreza que es la privaci� de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la
                                         n,
libertad religiosa y el derecho, tambi� a la iniciativa econ�    mica.

Algunas reformas necesarias

                      n                                       n
43. Esta preocupaci� acuciante por los pobres -que, seg� la significativa f�    rmula, son "los pobres del
     or"
Se� - debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas
                                                n                         s
reformas necesarias. Depende de cada situaci� local determinar las m� urgentes y los modos para
                                                                  n
realizarlas; pero no conviene olvidar las exigidas por la situaci� de desequilibrio internacional que
hemos descrito.

A este respecto, deseo recordar particularmente: la reforma del sistema internacional de comercio,
hipotecado por el proteccionismo y el creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y
                                                                   n
financiero mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuesti� de los intercambios de tecnolog� yas
                                                 n
de su uso adecuado; la necesidad de una revisi� de la estructura de las Organizaciones internacionales
existentes, en el marco de un orden jur� dico internacional.

El sistema internacional de comercio hoy discrimina frecuentemente los productos de las industrias
                        ses       as
incipientes de los pa� en v� de desarrollo, mientras desalienta a los productores de materias primas.
                s,                    n
Existe, adem� una cierta divisi� internacional del trabajo por la cual los productos a bajo coste de
algunos pa�   ses, carentes de leyes laborales eficaces o demasiado d�biles en aplicarlas, se venden en
otras partes del mundo con considerables beneficios para las empresas dedicadas a este tipo de
           n,
producci� que no conoce fronteras.

                                                                                   n
El sistema monetario y financiero mundial se caracteriza por la excesiva fluctuaci� de los m�todos de
                       s,                                                       n
intercambio y de inter� en detrimento de la balanza de pagos y de la situaci� de endeudamiento de los
     ses
pa� pobres.
               as
Las tecnolog� y sus transferencias constituyen hoy uno de los problemas principales del intercambio
                                   os                                                       ses
internacional y de los graves da� que se derivan de ellos. No son raros los casos de los pa� en v�  as
                                               as                        an
de desarrollo a los que se niegan las tecnolog� necesarias o se les env� las in�   tiles.

                                              n                   an
Las Organizaciones internacionales, en opini� de muchos, habr� llegado a un momento de su
existencia, en el que sus mecanismos de funcionamiento, los costes operativos y su eficacia requieren un
examen atento y eventuales correcciones. Evidentemente no se conseguir�tan delicado proceso sin la
             n                                  n                        tica
colaboraci� de todos. Esto supone la superaci� de las rivalidades pol� y la renuncia a la voluntad
de instrumentalizar dichas Organizaciones, cuya raz� �
                                                    n nica de ser es el bien com�    n.

Las instituciones y las Organizaciones existentes han actuado bien en favor de los pueblos. Sin embargo,
                                                   s     cil
la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y m� dif� de su aut�        ntico desarrollo, necesita hoy un
                                                                                              as
grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las econom� y de las
culturas del mundo entero.

                                            ritu                                        ses
44. El desarrollo requiere sobre todo esp� de iniciativa por parte de los mismos pa� que lo
                                                 n
necesitan. Cada uno de ellos ha de actuar seg� sus propias responsabilidades, sin esperarlo todo de los
    ses     s                                         n
pa� m� favorecidos y actuando en colaboraci� con los que se encuentran en la misma situaci�          n.
Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad. Cada uno
        a
deber� llegar a ser capaz de iniciativas que respondan a las propias exigencias de la sociedad. Cada uno
        a                      n
deber� darse cuenta tambi� de las necesidades reales, as�como de los derechos y deberes a que
                                                                                        n     s
tienen que hacer frente. El desarrollo de los pueblos comienza y encuentra su realizaci� m� adecuada
                                                                    n
en el compromiso de cada pueblo para su desarrollo, en colaboraci� con todos los dem�      s.

                      s,                               as
Es importante, adem� que las mismas naciones en v� de desarrollo favorezcan la autoafirmaci� de   n
                                                                                          n
cada uno de sus ciudadanos mediante el acceso a una mayor cultura y a una libre circulaci� de las
                                                     n              n
informaciones. Todo lo que favorezca la alfabetizaci� y la educaci� de base, que la profundice y
                         a
complete, como propon� la Enc�                                               a
                                   clica Populorum Progressio -metas todav� lejos de ser realidad en
                                           n
tantas partes del mundo- es una contribuci� directa al verdadero desarrollo.

                              n,
Para caminar en esta direcci� las mismas naciones han de individuar sus prioridades y detectar bien las
                            n                                       n,
propias necesidades seg� las particulares condiciones de su poblaci� de su ambiente geogr�    fico y de
sus tradiciones culturales.

                          n                          n
Algunas naciones deber� incrementar la producci� alimentaria para tener siempre a su disposici� lo   n
                          n                                     neo
necesario para la nutrici� y la vida. En el mundo contempor� -en el que el hambre causa tantas
v�                                     os
   ctimas, especialmente entre los ni� -existen algunas naciones particularmente no desarrolladas que
han conseguido el objetivo de la autosuficiencia alimentaria y que se han convertido en exportadoras de
alimentos.

Otras naciones necesitan reformar algunas estructuras y, en particular, sus instituciones pol�  ticas, para
sustituir reg� menes corrompidos, dictatoriales o autoritarios, por otros democr�  ticos y participativos. Es
un proceso que, es de esperar, se extienda y consolide, porque la "salud" de una comunidad pol� -en  tica
                                                  n
cuanto se expresa mediante la libre participaci� y responsabilidad de todos los ciudadanos en la gesti�     n
p�                                                           n
   blica, la seguridad del derecho, el respeto y la promoci� de los derechos humanos -es condici�       n
                     a
necesaria y garant� segura para el desarrollo de "todo el hombre y de todos los hombres".

           n
Colaboraci� internacional

                                                               n
45. Cuanto se ha dicho no se podr�realizar sin la colaboraci� de todos, especialmente de la comunidad
                                                                                        s
internacional, en el marco de una solidaridad que abarque a todos, empezando por los m� marginados.
                                as
Pero las mismas naciones en v� de desarrollo tienen el deber de practicar la solidaridad entre s� y con
        ses     s
los pa� m� marginados del mundo.

Es de desear, por ejemplo, que naciones de una misma � geogr�
                                                       rea        fica establezcan formas de
           n                                                     s
cooperaci� que las hagan menos dependientes de productores m� poderosos; que abran sus fronteras a
los productos de esa zona; que examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se asocien
               n                                              a
para la dotaci� de servicios que cada una por separado no ser� capaz de proveer; que extiendan esa
            n
cooperaci� al sector monetario y financiero.

La interdependencia es ya una realidad en muchos de estos pa�    ses. Reconocerla, de manera que sea m�  s
                                                                     ses   s
activa, representa una alternativa a la excesiva dependencia de pa� m� ricos y poderosos, en el orden
mismo del desarrollo deseado, sin oponerse a nadie, sino descubriendo y valorizando al m�   ximo las
propias responsabilidades. Los pa� en v� de desarrollo de una misma � geogr�
                                      ses      as                             rea        fica, sobre todo
los comprendidos en la zona "Sur", pueden y deben constituir -como ya se comienza a hacer con
resultados prometedores- nuevas organizaciones regionales inspiradas en criterios de igualdad, libertad y
             n
participaci� en el concierto de las naciones.

                                                    n                         a
La solidaridad universal requiere, como condici� indispensable, su autonom� y libre disponibilidad,
incluso dentro de asociaciones como las indicadas. pero, al mismo tiempo, requiere disponibilidad para
aceptar los sacrificos necesarios por el bien de la comunidad mundial.




VII. CONCLUSI�N

                                                         n:
46.- Los pueblos y los individuos aspiran a su liberaci� la b�  squeda del pleno desarrollo es el signo de
su deseo de superar los m�  ltiples obst�                                            s
                                         culos que les impiden gozar de una "vida m� humana".

Recientemente, en el per�                                 n
                            odo siguiente a la publicaci� de la Enc�   clica Populorum Progressio, en
algunas � reas de la Iglesia cat� lica, particularmente en Am�  rica Latina, se ha difundido un nuevo modo
                                                                                       n
de afrontar los problemas de la miseria y del subdesarrollo, que hace de la liberaci� su categor�   a
                                               n.                                   n
fundamental y su primer principio de acci� Los valores positivos, pero tambi� las desviaciones y los
                       n,                                 n
peligros de desviaci� unidos a esta forma de reflexi� y de elaboraci� teol� n       gica, han sido
convenientemente se�    alados por el Magisterio de la Iglesia.

Convienen a�                         n              n
               adir que la aspiraci� a la liberaci� de toda forma de esclavitud, relativa al hombre y a la
sociedad, es algo noble y v�  lido. A esto mira propiamente el desarrollo y la liberaci� dada la �
                                                                                        n,        ntima
        n
conexi� existente entre estas dos realidades.

Un desarrollo solamente econ�   mico no es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todav�a
    s.                                           n
m� Un desarrollo que no abarque la dimensi� cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la
sociedad, en la medida en que no reconoce la existencia de tales dimensiones, no orienta en funci� den
                                                   a n                                     n.
las mismas sus objetivos y prioridades, contribuir� a� menos a la verdadera liberaci� El ser humano
es totalmente libre s� cuando es � mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes; y lo mismo cabe
                       lo            l
decir de toda la sociedad.

El principal obst�                               n
                  culo que la verdadera liberaci� debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan
al mismo, a medida que se multiplican y se extienden.

                                                      l
La libertad con la cual Cristo nos ha liberado (cf. G� 5, 1) nos mueve a convertirnos en siervos de todos.
                                                           n
De esta manera el proceso del desarrollo y de la liberaci� se concreta en el ejercicio de la solidaridad, es
decir, del amor y servicio al pr�                                s
                                 jimo, particularmente a los m� pobres. "Porque donde faltan la verdad y
                                 n                                           a
el amor, el proceso de liberaci� lleva a la muerte de una libertad que habr� perdido todo apoyo".

47. En el marco de las tristes experiencias de estos �            os
                                                        ltimos a� y del panorama prevalentemente
                                                                                                     n
negativo del momento presente, la Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad de la superaci� de las
trabas que por exceso o por defecto, se interponen al desarrollo, y la confianza en una verdadera
liberaci� Confianza y posibilidad fundadas, en �
          n.                                          ltima instancia, en la conciencia que la Iglesia tiene de
la promesa divina, en virtud de la cual la historia presente no est�cerrada en s� misma sino abierta al
Reino de Dios.

                        n
La Iglesia tiene tambi� confianza en el hombre, aun conociendo la maldad de que es capaz, porque sabe
bien -no obstante el pecado heredado y el que cada uno puede cometer- que hay en la persona humana
                                 as,
suficientes cualidades y energ� y hay una "bondad" fundamental (cf. Gen 1, 31), porque es imagen de
                                                                                                 n
su Creador, puesta bajo el influjo redentor de Cristo, "cercano a todo hombre", y porque la acci� eficaz
          ritu
del Esp� Santo "llena la tierra" (Sab 1, 7).

                                               n,
Por tanto, no se justifican ni la desesperaci� ni el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza,
conviene decir que, as� como se puede pecar por ego�                  n
                                                         smo, por af� de ganancia exagerada y de poder,
                         n
se puede faltar tambi� -ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el
                                      n                           a.
subdesarrollo- por temor, indecisi� y, en el fondo, por cobard� Todos estamos llamados, m� a�     s n
obligados, a afrontar este tremendo desaf� de la �
                                             o       ltima d� cada del segundo milenio.

Y ello, porque unos peligros ineludibles nos amenazan a todos: una crisis econ� mica mundial, una guerra
                                                                               n
sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante amenaza, la distinci� entre personas y pa�ses
                            ses
ricos, entre personas y pa� pobres, contar�poco, salvo por la mayor responsabilidad de los que tienen
    s
m� y pueden m�      s.

Pero � no es el �
        ste          nico ni el principal motivo. Lo que est� en juego es la dignidad de la persona
                                    n
humana, cuya defensa y promoci� nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosas y
responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. El panorama actual -
                                s
como muchos ya perciben m� o menos claramente-, no parece responder a esta dignidad. Cada uno est�
                                                   a
llamado a ocupar su propio lugar en esta campa� pac�      fica que hay que realizar con medios pac�  ficos,
para conseguir el desarrollo de la paz, para salvaguardar la misma naturaleza y el mundo que nos
circunda. Tambi� la Iglesia se siente profundamente implicada en este camino, en cuyo �
                  n                                                                          xito final
espera.

Por eso, siguiendo la Enc�  clica Populorum Progressio del Papa Pablo VI, con sencillez y humildad
                                                            n,
quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepci� para que, convencidos de la gravedad del
momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra -con el estilo
                                                                           n
personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participaci� como ciudadanos, con la
             n
colaboraci� en la decisiones econ�    micas y pol�                                n
                                                    ticas y con la propia actuaci� a nivel nacional e
internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres. As�lo
requiere el momento, as�lo exige sobre todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructibles
de Dios Creador, id�  ntica en cada uno de nosotros.

                o,                         a                                          n
En este empe� deben ser ejemplo y gu� los hijos de la Iglesia, llamados, seg� el programa
                              s
enunciado por el mismo Jes� en la sinagoga de Nazaret, a "anunciar a los pobres la Buena Nueva... a
                        n
proclamar la liberaci� de los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y
                  o                  or"
proclamar un a� de gracia del Se� (Lc 4, 18-19). Y en esto conviene subrayar el papel
preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres, como se ha dicho varias veces durante la reciente
Asamblea sinodal. A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas,
procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia.

                                                                                       n
Quiero dirigirme especialmente a quienes, por el sacramento del Bautismo y la profesi� de un mismo
                                                         n,
Credo, comparten con nosotros una verdadera comuni� aunque imperfecta. Estoy seguro de que tanto
                n
la preocupaci� que esta Enc�   clica transmite, como las motivaciones que la animan, les ser� n
                       n
familiares, porque est� inspiradas en el Evangelio de Jesucristo. Podemos encontrar aqu�una nueva
         n
invitaci� a dar un testimonio un�  nime de nuestras comunes convicciones sobre la dignidad del hombre,
creado por Dios, redimido por Cristo, santificado por el Esp�ritu, y llamado en este mundo a vivir una
vida conforme a esta dignidad.

                                                           n,
A quienes comparten con nosotros la herencia de Abrah� "nuestro padre en la fe" (cf. Rom 4, 11 s), y
           n                                             os;
la tradici� del Antiguo Testamento, es decir, los jud� y a quienes, como nosotros, creen en Dios
justo y misericordioso, es decir, los musulmanes, dirijo igualmente, este llamado, que hago extensivo,
        n,
tambi� a todos los seguidores de las grandes religiones del mundo.

                                        o                s,
El encuentro del 27 de septiembre del a� pasado en As� ciudad de San Francisco, para orar y
                                                                     n
comprometernos por la paz -cada uno en fidelidad a la propia profesi� religiosa- nos ha revelado a todos
                                              n,
hasta qu�punto la paz y, su necesaria condici� el desarrollo de "todo el hombre y de todos los
                           n      n               mo                   n
hombres", son una cuesti� tambi� religiosa, y c� la plena realizaci� de ambos depende de la
                           n
fidelidad a nuestra vocaci� de hombres y mujeres creyentes. Porque depende ante todo de Dios.

                                               n
48. La Iglesia sabe bien que ninguna realizaci� temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que
                          s
todas ellas no hacen m� que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al
                                   or
final de la historia, cuando el Se� vuelva. Pero la espera no podr�ser nunca una excusa para
                                            n
desenterderse de los hombres en su situaci� personal concreta y en su vida social, nacional e
internacional, en la medida en que � -sobre todo ahora- condiciona a aqu�
                                      sta                                     lla.

Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario
                                                                                  s
de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer "m� humana" la vida de los
                                                               a
hombres, se habr�perdido ni habr�sido vano. Esto ense� el Concilio Vaticano II en un texto luminoso
                   n                                                                              n
de la Constituci� pastoral Gaudium et spes: "Pues los bienes de la dignidad humana, la uni� fraterna y
                                                                                                       s
la libertad, en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, despu� de
                                              ritu        or
haberlos propagado por la tierra en el Esp� del Se� y de acuerdo con su mandato, volveremos a
encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el
reino eterno y universal...; reino que est� ya misteriosamente presente en nuestra tierra".

                                                                           n
El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre todo en la celebraci� del Sacramento de la
          a,                            or.                    n
Eucarist� que es el Sacrificio del Se� En esta celebraci� los frutos de la tierra y del trabajo
humano -el pan y el vino- son transformados misteriosa, aunque real y substancialmente, por obra del
     ritu                                                                    or
Esp� Santo y de las palabras del ministro, en el Cuerpo y Sangre del Se� Jesucristo, Hijo de Dios e
             a,
Hijo de Mar� por el cual el Reino del Padre se ha hecho presente en medio de nosotros.

Los bienes de este mundo y la obra de nuestras manos -el pan y el vino- sirven para la venida del Reino
                         or,
definitivo, ya que el Se� mediante su Esp�    ritu, los asume en s� mismo para ofrecerse al Padre y
ofrecernos a nosotros con � en la renovaci� de su �
                             l              n           nico sacrificio, que anticipa el Reino de Dios y
anuncia su venida final.

            or,                        a,
As�el Se� mediante la Eucarist� sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotros
con el v�           s                        n                            a
          nculo m� perfecto que toda uni� natural; y unidos nos env� al mundo entero para dar
testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando la venida de su Reino y anticip�ndolo
en las sombras del tiempo presente.

                                      a
Quienes participamos de la Eucarist� estamos llamados a descubrir, mediante este Sacramento, el
sentido profundo de nuestra acci� en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de � las
                                  n                                                                 l
       as
energ� para empe�                                s
                      arnos en ello cada vez m� generosamente, a ejemplo de Cristo que en este
Sacramento da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra
                             til
entrega personal no ser�in� sino ciertamente fecunda.

                o
49. En este A� Mariano , que he proclamado para que los fieles cat�                            s
                                                                        licos miren cada vez m� a
       a,                                   n
Mar� que nos precede en la peregrinaci� de la fe, y con maternal solicitud intercede por nosotros ante
                                                                 n        cil
su Hijo, nuestro Redentor, deseo confiar a ella y a su intercesi� la dif� coyuntura del mundo actual,
                                     n,
los esfuerzos que se hacen y se har� a menudo con considerables sufrimientos, para contribuir al
verdadero desarrollo de los pueblos, propuesto y anunciado por mi predecesor Pablo VI.

Como siempre ha hecho la piedad cristiana, presentamos a la Sant�    sima Virgen las dif� ciles situaciones
individuales, a fin de que, exponi� ndolas su Hijo, obtenga de � que las alivie y transforme. Pero le
                                                                 l
                      n
presentamos tambi� las situaciones sociales y la misma crisis internacional, en sus aspectos
preocupantes de miseria, desempleo, carencia de alimentos, carrera armamentista, desprecio de los
derechos humanos, situaciones o peligros de conflicto parcial y total. Todo esto lo queremos poner
                                                                   s
filialmente ante sus "ojos misericordiosos", repitiendo una vez m� con fe y esperanza la antigua
ant�                                   n
      fona mariana: "Bajo tu protecci� nos acogemos, Santa Madre de Dios. No deseches las s�        plicas
que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien l� branos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa
y bendita".

      a
Mar� Sant�    sima, nuestra Madre y Reina, es la que, dirigi�ndose a su Hijo, dice: "No tienen vino" (Jn
                 n
2,3) y es tambi� la que alaba a Dios Padre, porque "derrib�a los potentados de sus tronos y exalt�a
los humildes. A los hambrientos colm�de bienes y despidi�a los ricos sin nada" (Lc 1, 52 s). Su
solicitud maternal se interesa por los aspectos personales y sociales de la vida de los hombres en la tierra.

Ante la Trinidad Sant�              o         a
                        sima, conf� a Mar� todo lo que he expuesto en esta Carta, invitando a todos a
reflexionar y a comprometerse activamente en promover el verdadero desarrollo de los pueblos, como
                                  n                              n:
adecuadamente expresa la oraci� de la Misa por esta intenci� "Oh Dios, que diste un origen a todos
los pueblos y quisiste formar con ellos una sola familia en tu amor, llena los corazones del fuego de tu
caridad y suscita en todos los hombres el deseo de un progreso justo y fraternal, para que se realice cada
uno como persona humana y reinen en el mundo la igualdad y la paz".

				
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