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					Diapositivas
 Mitología
   Latín II
    Rapto de Europa                    Rapto de Europa
Pintura pompeyana Siglo I d. C.   Botero; siglo XX Plaza de Europa,
 Museo Arqueológico Nacional       Aeropuerto de Barajas (Madrid)
          (Nápoles)
        Europa, joven amada por Júpiter, se suele representar sentada sobre la
grupa de un toro, mientras el animal huye entre las olas del mar.

        Júpiter, el rey de los dioses, se enamoró de Europa, hija del
rey fenicio Agenor y de Teléfasa, y transformado en un cándido toro
blanco con los cuernos dorados, marcha a la playa donde la joven
juega con sus sirvientas. La muchacha, inicialmente aterrorizada, se
arma de valor, acaricia al animal y le ciñe los cuernos con guirnaldas
de flores, hasta que por fin se sienta en su grupa. Júpiter, entre los
gestos de Europa, huye alejándose entre las olas y llega hasta Creta
donde se une con la joven. Europa dará a Júpiter tres hijos: Minos,
Sarpedón y Radamante. Sus hermanos, Fénix, Fineo, Cadmo y Cílix,
salieron en su busca, fundando durante esta empresa numerosas
colonias.
        Este episodio mítico es uno de los más representados por los
artistas. En el arte, el rapto de Europa se suele representar en el
momento en que Júpiter huye con la muchacha sobre su dorso
mientras en la orilla se distingue a las sirvientas. A veces, algunos
amorcillos sobrevuelan a Europa y al toro.
                Júpiter e Ío
             Corregio; siglo XVI.
      Kunsthistorisches Museum (Viena)

         A Ío se la representa mientras Júpiter, en
forma de nube, la seduce. También se la suele
representar en forma de ternera, animal en el
que fue transformada por el dios para esconder
su culpa a su mujer Juno.

        Júpiter, se enamora de Ío,
sacerdotisa de la ciudad de Argos, hija
de Ínaco, río de la Argólida, y la seduce
transformándose en una nube. Juno,
sospechando de la insólita nube en
pleno día, va en busca del marido, quien,
para que su esposa no sospechara nada,
transforma a la muchacha en una
espléndida ternera.
        Comprendiendo el engaño, Juno pide al dios que se la regale
y confía Ío a Argos, el guardián de los cien ojos, que sólo dormía
cerrando cincuenta, para que la vigile. Pero Júpiter, compadecido de
la suerte de Ío, pide a Mercurio que la libere. El mensajero de los
dioses logra dormir a Argos con el dulce sonido de su flauta y lo
mata. Al enterarse Juno, recogió los cien ojos y los puso en la cola
del pavo real, como recuerdo de su atroz asesinato y en venganza
envía un horrible tábano para que atormente a la muchacha, la cual
desesperada, huye por todo el mundo. La falsa ternera estuvo
errando durante varios meses por toda Grecia huyendo de las
picaduras del tábano. Tras cruzar el Bósforo (o “paso de la vaca”).
Ío tomó entonces rumbo a Egipto donde recuperó su forma humana
y dio a luz a Épafo.
        En el arte, Ío se representa mientras Júpiter en forma de
nube la seduce o bien con el aspecto de ternera. En algunas
escenas aparece también Juno mientras pide a Júpiter que le
entregue al animal o en el momento en que Ío es entregada a
Argos.
  Rapto de
 Ganímedes
Escultura romana;
   siglo II d. C.
 Museo del Prado
     (Madrid)
          Joven de extraordinaria belleza, a Ganímedes se le suele representar en
el instante en que es raptado por Júpiter, que se presenta bajo la forma de
águila.

       Según el relato homérico, Ganímedes, hijo del rey troyano
Tros y de Calírroe, es raptado por los dioses para que haga de
copero y les sirva durante los banquetes. Versiones más tardías
cuentan, en cambio, que Júpiter, enamorado del joven, lo rapta
después de haberse transformado en águila, cuando éste
guardaba los rebaños de su padre en las montañas que rodean la
ciudad de Troya, lo conduce al Olimpo y le convierte en su copero.
       Es la versión del mito que se impone en el arte. El joven
representado entre las garras del águila o sentado sobre él,
mientras le conduce hacia el cielo. Ganímedes lleva a veces
consigo una pequeña ánfora, que alude a la futura tarea de
copero de los dioses, o bien se le ve en el Olimpo, donde Hebe,
quien también tenía asignada la misma función originariamente, le
entrega una copa; al fondo se desarrolla el banquete de los dioses.
Dánae recibiendo la lluvia de oro
Tiziano; siglo XVI. Museo del Prado (Madrid)
        A Dánae los pintores la suelen representar recostada, mientras Júpiter
desciende sobre ella en forma de sutil lluvia de oro.

        Dánae era hija de Acrisio, rey de Argos, a quien un
oráculo predijo que lo mataría su nieto. Por ese motivo el rey
mandó encerrar a la muchacha en una torre de bronce. Pero
Júpiter, enamorado de Dánae, logró penetrar en la celda en
forma de sutil lluvia de oro; de esa unión nació Perseo. Al
descubrirse lo ocurrido, Acrisio mandó encerrar a Dánae y al hijo
en un cofre y arrojarlos al mar. El cofre embarrancó en la isla de
Sérifos y los dos fueron salvados. Después de diversas
peripecias Acrisio y Perseo hicieron las paces, pero el oráculo se
cumplió, ya que el joven mató por error al abuelo durante una
competición de lanzamiento de disco.
        En el arte, la joven suele yacer recostada en un lecho o
apoyada en una almohada y, mientras dirige la mirada hacia lo
alto, cae sobre ella desde una nube una lluvia dorada, a veces
en forma de monedas. También puede aparecer una sirvienta
que extiende su delantal para recoger la preciosa lluvia.
                          Júpiter y Sémele
      Rubens; siglos XVI - XVII. Museo de Bellas Artes (Bruselas)




         A Sémele se la suele representar como una muchacha que yace
exánime; armado con sus rayos, Júpiter aparece en el cielo junto a su águila; a
veces se puede ver la figura de Juno escondida entre las nubes.
         Sémele, hija de Cadmo y de Harmonía, amada de Júpiter,
concibe un hijo. La terrible Juno, airada y obcecada por los celos,
decide castigar a la muchacha por el ultraje sufrido, y asume la
apariencia de la vieja Beroe, nodriza de Sémele. La reina de los
dioses se presenta de ese modo ante Sémele, quien, creyéndola su
nodriza, comienza a hablar con ella hasta que la conversación deriva
sobre el rey de los dioses. Entonces Beroe pone en guardia a la
muchacha para que no se fíe del dios y la exhorta para que le exija
una prueba de su verdadera identidad, sugiriéndole que pida a
Júpiter que se presente ante ella como lo hace con Juno.
         Al cabo de algún tiempo, Sémele, recordando las palabras de
la vieja, pide a Júpiter que le ofrezca un regalo, y el dios promete
darle lo que ella desee. Entonces Sémele le ruega que se le
manifieste en todo su poder. Júpiter, desesperado, se ve obligado a
realizar lo que se le ha pedido y se presenta ante Sémele armado de
sus rayos. La muchacha, no pudiendo soportar el tremendo
resplandor, se quema. No obstante, Júpiter logra salvar al hijo que la
joven esperaba extrayéndolo del seno materno y se lo cose dentro
de su muslo. Transcurrido el tiempo necesario, nace Baco, del que se
dice, por ese motivo, “nacido dos veces”.
                               El juicio de Paris
              Rubens; siglos XVI – XVII. Museo del Prado (Madrid)




        Paris no tiene connotaciones iconográficas específicas. Se le suele
representar en el episodio del juicio, con la manzana de oro en una mano. A su lado
puede estar Hermes, mientras Paris se encuentra ante Afrodita, Hera y Atenea.
         Paris, hijo de Hécuba y Príamo, rey de Troya, y hermano de
Héctor. Poco antes de su nacimiento se le predijo a Hécuba que el hijo
que tenía en su seno causaría algún día la destrucción de Troya. La
reina, atemorizada, abandonó en el monte Ida al niño, que fue criado
por pastores. A continuación, Paris se hizo reconocer por su padre,
que lo acogió devolviéndole su condición de príncipe. A Paris se le
recuerda sobre todo por el episodio del famoso juicio que ocasionó la
guerra de Troya. La leyenda cuenta que, durante el banquete de
bodas de Peleo y Tetis, la diosa de la discordia, ofendida por no haber
sido invitada, arrojó sobre la mesa de los dioses una manzana de oro
con esta leyenda: “Para la más bella”. Inmediatamente surgió una
disputa entre Juno, Minerva y Venus, que se pelearon por el regalo.
Para dirimir la disputa, Júpiter encargó a Mercurio que fuera al monte
Ida y entregara la manzana a Paris, quien habría de elegir entre las
rivales la más bella. Las diosas se presentaron ante Paris y trataron de
corromperlo con el fin de obtener la manzana. Juno prometió al joven
la soberanía sobre Asia entera, Minerva la sabiduría y la victoria en los
combates y Venus el amor de Helena, la mujer más bella del mundo.
Paris escogió a Venus y dio la manzana a la diosa del amor.
                   El nacimiento de la vía Láctea
          P.P. Rubens; siglos XVI – XVII. Museo del Prado (Madrid)




         La Vía Láctea surgió en una ocasión en que Juno amamantaba a
Hércules. Se quedó dormida y el semidiós, al sorber con fuerza provocó un exceso
de leche, que se desbordó de su boca y se derramó por el cielo. Según el mito
fue Mercurio quien arrancó al pequeño Hércules del seno de Juno.
         Hércules es hijo de la mortal Alcmena y de Júpiter, quien
seduce a la mujer asumiendo la figura de su esposo, Anfitrión. Por
este motivo Juno mantuvo un profundo rencor hacia el héroe. Según
la tradición mitológica, Juno dio de mamar a Hércules, pero sobre este
asunto hay tres versiones: En la primera, Alcmena, por temor a los
celos de Juno, abandona a Hércules recién nacido en el campo; por allí
pasan Juno y Minerva, que, admirada del niño, convence a Juno de
que se lo ponga en el pecho, y así lo hace, hasta que el niño le da
tales tirones, que la diosa, disgustada, lo arroja lejos de sí; Minerva lo
recoge, se lo lleva de nuevo a Alcmena y le ordena que lo críe.
         En la segunda versión, Mercurio, sabiendo que los hijos de
Júpiter no podrán alcanzar honores celestes si alguno de ellos no
mama del pecho de Juno, consigue poner a Hércules, recién nacido, al
pecho de Juno, hasta que ésta se da cuenta y entonces se quita al
niño, pero éste ya ha mamado de la leche divina que le hará inmortal
a su debido tiempo, y la leche que se derrama del pecho de Juno será
catasterizada y pasará a ser la Vía Láctea. En la tercera versión, el
niño mamaba con tal avidez, que la leche de Juno se le derramaba
fuera de la boca y así se formó la Vía Láctea. En todos los casos Juno
ignora de quién es el hijo al que está dando de mamar.
                        El nacimiento de Venus
              Boticelli; siglo XV. Galería de los Ufizzi (Florencia)




Los atributos más corrientes de Venus, normalmente representada medio desnuda,
son la rosa, el mirto y la manzana; la diosa puede estar acompañada de los animales
que forman su séquito: la paloma, el gorrión, conejos y cisnes.
        Cuenta Hesíodo que la diosa Venus era hija de Urano y había
nacido en el mar. Urano, el primer señor del mundo, odia a los hijos
que va engendrando en su madre la Tierra y los oculta en los
abismos de ésta, por lo que la Tierra incita a sus hijos contra su
padre. Saturno, el menor, ayuda a su madre, que le entrega una hoz
dentada que ella misma ha fabricado con la que le corta a su padre
los órganos genitales. A continuación Saturno arroja al mar los
genitales de su padre después de matarlo y junto a ellos se forma
una blanca espuma, sobre la que emerge una joven, la diosa Venus.
Luego, Venus fue llevada por la brisa marina a las orillas de la isla de
Citera y después a Chipre; ambas islas se convirtieron en los dos
principales centros de culto de la divinidad.
        En el cuadro, la figura con el manto celeste es Céfiro, el
viento de la primavera que lleva a Venus hacia la isla. La muchacha
alada que le acompaña podría ser Aura, la brisa. La doncella que
ofrece el manto a Venus se identifica con una de las Gracias o una de
las Horas. La postura de Venus remite a la antigua figura de la Venus
Púdica, de la que es ejemplo la Venus Capitolina.
                Marte
Velázquez; siglos XVI – XVII. Museo
        del Prado (Madrid)




         Al dios de la guerra se le suele
representar como un joven o un
hombre de aspecto viril. Sus atributos
son el yelmo y el escudo, a veces la
coraza. En la iconografía tradicional,
una lanza, una espada o una alabarda.
        Marte es una de las doce divinidades del Olimpo, hijo de
Júpiter y de Juno. El carácter agresivo y violento de Marte, dios
de la guerra, lo convierte en motivo de envidia de todos los
dioses, incluso de sus padres. La mayor parte de los mitos en
que aparece el dios se relacionan con combates. Sin embargo,
Marte no vence siempre y frecuentemente se le contrapone la
proverbial sabiduría de Minerva. En el Renacimiento, la imagen
de las dos divinidades, representadas juntas, se convirtió en
alegoría de la sabiduría, la virtud, que sirviéndose de sus
propias armas para mantener la paz, vence sobre la violencia
destructiva de la guerra. Marte es también, según el mito, el
padre de Rómulo y Remo, junto con la vestal Rea Silvia.
        Marte no tiene una tipología iconográfica constante:
puede ser representado con aspecto juvenil o como un hombre
maduro de aspecto viril. Suele cubrirse la cabeza con un yelmo
y lleva un escudo y una lanza o una espada. Junto a Marte a
veces, se puede ver un lobo, animal que le ha sido consagrado.
                             Venus y Marte
               Boticelli; siglo XV. National Gallery (Londres)




          En la obra de Boticcelli a Venus se la representa como una joven esposa
vestida elegantemente, según los cánones de la época renacentista. La imagen
de Venus contrapuesta a la de Marte alude al poder del amor que vence a la
violencia y la guerra. El yelmo sobre la cabeza del niño sátiro es uno de los
símbolos de Marte, adormecido bajo la mirada de Venus. La armadura de la que
asoma el pequeño sátiro es uno de los atributos de Marte, dios de la guerra.
        El mito atribuye a la diosa del amor, Venus, esposa de
Vulcano, dios del fuego, numerosos amores. Marte, dios de la
guerra, fue sorprendido en su compañía gracias a la trampa
tendida por Vulcano, motivo de general hilaridad durante los
banquetes divinos. Homero cuenta cómo, de madrugada, los dos
amantes fueron sorprendidos por el Sol, que fue a contar la
aventura a Vulcano. Éste preparó secretamente una trampa: se
trataba de una red mágica, que sólo él podía accionar. Una noche
en que los dos amantes se hallaban en el lecho de Venus, Vulcano
cerró la red sobre ellos y llamó a todos los dioses del Olimpo. El
espectáculo produjo en todos gran regocijo. A ruegos de Neptuno,
Vulcano consintió en retirar la red, y la diosa escapó avergonzada,
hacia Chipre, mientras Marte se dirigió a Tracia. De los amores de
Venus y Marte nacieron Cupido, Deimo, Fobo y Harmonía. El tema
del amor de Venus y Marte ha tenido notable fortuna en la
iconografía. Frecuentemente se representa a los dos amantes
mientras yacen juntos o en el momento de ser sorprendidos por
Vulcano. Con ellos suele aparecer la figura de Amor, al que se
considera hijo suyo.
                        Nacimiento de Atenea
            Cerámica griega; siglo VI. Museo del Louvre (París)




         Diosa de la sabiduria, a Atenea se la representa vestida de guerrera,
armada de yelmo, escudo y coraza; el animal consagrado a la diosa es la
lechuza, símbolo de la sabiduría.
        Atenea, la diosa guerrera, es una de las divinidades más
importantes del Olimpo. Hija de Zeus, vino al mundo de un modo muy
singular. Zeus, que sufría muchos dolores de cabeza, ordenó a Hefesto,
el dios del fuego, que le abriese el cráneo de un hachazo, y de él salió
Atenea armada de pies a cabeza, doncella ya de veinte años. Fue
admitida en el consejo de los dioses y gozó en él de grandes
prerrogativas. Tenía, como Zeus, el privilegio de disponer del rayo
según le apeteciera; concedía el espíritu profético, prolongaba la vida
de los mortales y les deparaba, después de su muerte, venturosas
bienandanzas. Todas sus promesas eran realizadas.
        Diosa sabia y sagaz, huye de la pasión del amor. Inicialmente
considerada diosa de la guerra, asume a continuación el papel de
protectora de las ciencias y las artes. Después de haber ayudado a
Perseo a matar a Medusa, Atenea recibió del héroe la cabeza del
horrible monstruo, que colocó sobre su égida: la cabeza de la gorgona
aparecerá en su escudo. Como diosa guerrera, Atenea combate para
mantener el orden y las leyes, y por eso se opone a Ares, dios de la
guerra brutal y violenta. Se la representa generalmente como una
muchacha armada con yelmo, lanza y escudo. A veces aparece una
lechuza, animal consagrado a la diosa y símbolo de la sabiduría.
  Las hilanderas o la fábula de Aracne
Velázquez; siglos XVI – XVII. Museo del Prado (Madrid)
         Famosa tejedora, a Aracne se la representa habitualmente sentada en el
telar mientras la diosa Minerva, con armadura, la observa trabajar. A veces la
joven, en pie con el brazo extendido, muestra orgullosa su obra o bien se la
representa con la telaraña entre las manos.



         Una de las atribuciones de la diosa Atenea es la de vigilar
algunas actividades domésticas, sobre todo el hilado y el tejido. Es
famoso el episodio en que la diosa transforma en araña a Aracne,
la hilandera que se atrevió a desafiarla.
         Aracne, una joven de Lidia, hija de un famoso teñidor de
púrpura, Idmón de Colofón, era tan hábil en el arte del tejido que
incluso las ninfas se acercaban a observarla mientras trabaja.
Engreída, Aracne se declaró superior a la misma Minerva y desafió
a la diosa, protectora de todas las artes, incluida la de fabricar
tejidos.
        Adoptando la apariencia de una vieja, Minerva intentó
primeramente inducir a Aracne a que se excusase por su descaro,
pero la joven no desistió y hasta se obstinó en su insolencia. De
modo que Minerva se descubrió y aceptó el desafió. Sin intimidarse,
Aracne comenzó a tejer su tela en la que representaba los amores
de los dioses: Europa arrebatada por Júpiter transformado en toro;
Asteria forcejeando contra el mismo dios metamorfoseado en
águila; Leda, de la que aquél se hacía amar tomando la forma de
cisne; Alcmena, a la que engañaba usurpando los rasgos de
Anfitrión; Dánae y la lluvia de oro; Egina y la llama viva;
Mnemósine y el pastor. Sin embargo a la diosa no le agradó el tema
representado y, furiosa, hizo jirones la tela y golpeó a Aracne con la
lanzadera. Entonces la muchacha, abrumada por la ira de la diosa,
intentó ahorcarse desesperada, pero Minerva, compadecida de la
joven, la sostuvo en los aires para que no acabara de estrangularse
y la transformó en araña. Bajo esta nueva forma, Aracne conserva
aún su pasión por hilar y tejer la tela. De hecho, los antiguos creían
que la araña – en griego aráchne - producía la tela tejiéndola.
                           Fuente de Neptuno
         Ventura Rodríguez; siglo XVIII. Plaza de Neptuno (Madrid)




          Neptuno, con apariencia de viejo, barbudo y con largos cabellos, se
suele representar en el acto de empuñar el tridente, arrastrado por caballos y
delfines sobre el carro.
        Neptuno, dios del mar, una de las doce divinidades del
Olimpo, es hijo de Saturno y Rea, y hermano de Júpiter. Además
tiene la facultad de desencadenar violentas tempestades y también
de aplacarlas. Los marineros invocan su protección para asegurarse
una navegación tranquila y privada de peligros. La tradición atribuye
al dios numerosos amores de los que nacen frecuentemente
divinidades maléficas. En algunos relatos míticos, por ejemplo,
Medusa se une a Neptuno generando el famoso caballo alado
Pegaso y el gigante Crisaor. La consorte oficial del dios es Anfitrite,
la nereida que en un primer momento huye, pero luego se convierte
en su esposa. Al dios del mar se le suele representar con larga
barba y cabellos abundantes, empuñando el tridente, con puntas a
veces ganchudas. Su carro, en forma de concha casi siempre, es
arrastrado por delfines y caballos de mar o hipocampos. A veces se
le representa a lomos de un delfín. Frecuentemente su imagen se
asocia a la de Anfitrite en el llamado Triunfo de Neptuno; Anfitrite,
junto al dios, cabalga sobre un delfín o se sienta sobre una concha
arrastrada por animales marinos, mientras el dios del mar yace en
su carro. Generalmente Neptuno y Anfítrite están acompañados de
un cortejo de divinidades marinas, los tritones y las nereidas.
              Mercurio
Rubens; siglos XVI – XVII. Museo del
           Prado (Madrid)



          Representado como un joven
atlético, el mensajero de los dioses lleva
un gorro alado, llamado petaso, calzado
alado y empuña el caduceo.
          Comúnmente se le considera
mensajero de los dioses, pero es también
el dios protector del comercio y de los
viajeros.
        Mercurio, hijo de Júpiter y Maya, y una de las doce
divinidades principales del Olimpo, fue un muchacho
extraordinariamente precoz. Nada más nacer, se liberó de las
fajaduras propias de un recién nacido y robó los bueyes de Admeto,
custodiados por Apolo. A continuación, el dios Sol cedió los
animales a Mercurio a cambio de la lira que el astuto muchacho
había construido con la concha de una tortuga. Por ese episodio se
atribuye a Apolo la imagen de dios de la música. Júpiter,
sorprendido por la energía de Mercurio, lo nombró mensajero de
los dioses. En los relatos míticos, en efecto, el dios aparece sobre
todo como quien lleva los mensajes a los dioses y a los hombres.
Se le representa generalmente como un joven atlético; sus
atributos son el calzado alado, que le permite desplazarse
rápidamente, y el gorro alado, llamado petaso. Además blande el
caduceo, una vara con dos serpientes enroscadas, a veces
remontado con alas, que tiene el poder de inducir al sueño. Desde
el punto de vista alegórico Mercurio personifica las cualidades del
educador: la razón y la elocuencia. Bajo ese aspecto, se le
representa mientras educa a Amor.
                    Juno y Argos
Rubens; siglos XVI – XVII. Museo Wallraf-Richartz - Colonia
          Juno, violenta y vengativa, mujer de Júpiter, se suele representar con una
diadema y un cetro, para indicar su posición de reina del Olimpo. Es la más
importante de todas la divinidades olímpica femeninas, mujer y hermana de
Júpiter, protectora del matrimonio y de los partos. Generalmente se representa a
Argos dormido con apariencia de pastor con muchos ojos, apoyado en una roca o
acostado junto a un árbol.

         La tradición no se pone de acuerdo respecto al padre de
Argos, considerado hijo de Agenor, Arestor o Ínaco. También se le
llama Panoptes, el que todo lo ve, o Argos de los muchos ojos.
         La figura de Argos se recuerda principalmente en el ámbito
de la historia que tiene por protagonista a Io, hija del dios fluvial
Ínaco, amada por Júpiter y transformada por el dios en novilla para
librarla de la ira de su mujer Juno. Dándose cuenta del engaño, la
reina de los dioses pide a su marido que le regale la novilla y confía
el animal a la custodia de Argos, quien, dotado de numerosos ojos,
puede al mismo tiempo dormir y vigilar, haciéndoles reposar por
turnos. Preocupado por la suerte de la amada, Júpiter solicita la
ayuda de Mercurio, quien consigue dormir completamente a Argos
con el sonido de su flauta y entonces lo mata.
         Según otras versiones del mito, el dios duerme a Argos
con su varilla divina (caduceo) y luego lo abate, golpeándole con
una piedra. Para honrar a su servidor, Juno coloca sus ojos en la
cola del pavo real, animal consagrado a la diosa.
         Argos se representa mientras, observado por Mercurio,
vigila a Io o mientras se adormece al sonido de la flauta; los
pintores lo retratan a veces muerto, mientras Juno coloca sus
ojos en la cola de los pavos reales con ayuda de amorcillos.
         En el cuadro, las manchas coloradas en la cola de los
pavos reales son los ojos de Argos que Juno ha colocado en la
cola de los animales consagrados a ella en memoria del guardián
de los cien ojos, encargado de custodiar a Io y al que Mercurio
mata. El arco iris, entre el cielo y la tierra, es el atributo de Iris,
mensajera de los dioses y al servicio de Juno, representada en el
momento de arrancar los ojos de la cabeza de Argos. El pavo real
es uno de los símbolos de Juno, aquí representada en el
momento de tomar los ojos de Argos para colocarlos en la cola de
los pavos reales. Argos yace exánime en tierra.
Fuente de las Cuatro
estaciones o de Apolo
   Ventura Rodríguez; siglo
    XVIII. Paseo del Prado
           (Madrid)




      Habitualmente representado
como joven de rara belleza, con
la cabeza ceñida de luz, Apolo
guía el carro del Sol, que
atraviesa el cielo cada día
arrastrado por cuatro caballos. El
arco, la flecha, la aljaba, la lira y
el laurel son los principales
atributos del dios.
        Apolo, hijo de Júpiter y Latona, hermano gemelo de Diana,
es una de las doce divinidades olímpicas. Es el dios del sol y de la
belleza, del orden moral, de los oráculos y profecías, así como de la
música y la poesía. Todavía niño mató a la serpiente Pitón que
devastaba la región en las cercanías de Delfos. El lugar se convirtió
así en sede del santuario y del culto de Apolo, donde el dios
comunica los oráculos a los dioses y a los hombres.
        Apolo puede ser belicoso y funesto, provocando pestilencias
y muertes repentinas. Es el dios que durante la guerra de Troya
propagó la peste en el campamento griego. Pero, además de
peligroso, también ayuda a los seres humanos y, como padre de
Esculapio, dios de la medicina, aleja el mal. En fin, Apolo es el
inventor de la música y alegra a los dioses con su cítara durante los
convites. Como guía del coro de las Musas se le llama Musagete.
        A Apolo se le representa generalmente desnudo, con una
corona de laurel en torno a la cabeza. En calidad de músico viste
una larga túnica y toca la lira. A veces acompaña a Apolo un
monstruo de tres cabezas (de perro, de lobo y de león) con cuerpo
de serpiente, figura mítica que proviene del dios egipcio Serapis,
que los mitógrafos renacentistas atribuían al dios Sol.
                   Apolo persiguiendo a Dafne
          Cornelio de Vos; siglo XVI. Museo del Prado (Madrid)




     A Dafne, ninfa
amada de Apolo, se
la suele representar
en el instante en
que se está
cumpliendo su
transformación en
la planta del laurel.
         Después de la muerte de la serpiente Pitón, Apolo encuentra
a Amor ocupado en la construcción de su arco. Orgulloso por la
empresa realizada, Apolo se burla del dios sugiriéndole que
abandone el tiro con arco, disciplina más propia de sí mismo,
infalible cazador, que del muchacho alado. En respuesta, Amor lanza
contra Dafne, hija del dios fluvial Peneo, una de las flechas de plomo,
que provocan el rechazo en quien es herido, mientras golpea a Apolo
con una flecha de oro, que infunde el sentimiento amoroso en quien
la recibe. Inmediatamente el dios sintió una violenta pasión por la
hermosa ninfa y ella, lejos de corresponder a sus ternuras, huyó
rápidamente y se ocultó de sus miradas. Enamorado de la muchacha,
el dios la sigue incesantemente, hasta que ella invoca la ayuda del
padre. De improviso, cuando Apolo estaba ya a punto de alcanzarla,
la ninfa se convierte en laurel. Apolo sólo pudo estrechar entre sus
brazos un tronco inanimado. De modo que Apolo, desesperado,
decide que, puesto que la muchacha no podrá nunca ser su esposa,
el laurel le sea consagrado.
        A Dafne se la representa generalmente mientras huye
con los brazos alzados. La figura de Dafne extiende los brazos
para escapar del dios y sus manos ya se están convirtiendo en
ramas de laurel. Del pie que apoya en la tierra está saliendo una
raíz. La línea diagonal está claramente marcada desde el brazo
derecho de Dafne hasta la pierna izquierda de Apolo y
observamos también un marcado claroscuro. Dafne puede ser
retratada también mientras implora a su padre Peneo.
        Apolo, a veces con la corona de laurel sobre la cabeza, la
sigue o la aferra. Apolo es reconocible por la aureola que rodea
su rostro que le representa como el dios de la luz, identificado
con Helios-Sol. Otro de sus atributos es el arco y las flechas que
aquí lleva en el carcaj colgado del torso.
    Diana de Versalles
   Copia romana de un original
griego del siglo IV a.C. Museo del
          Louvre (Paris)




           A Diana se la representa
 como joven cazadora, vestida con
 túnica y los cabellos recogidos.
 Entre sus atributos, la media luna
 sobre la cabeza, el arco y las
 flechas; a veces lleva una lanza.
 Acompañan uno o más perros o un
 ciervo.
        Diana era hija de Júpiter y Latona, hermana gemela de
Apolo, y una de las doce divinidades del Olimpo, diosa de la caza.
Nació en Delos y, recién nacida, ayudó a la madre a traer al mundo
a su hermano.
        Diana no tuvo compañero; es la diosa virgen por excelencia,
símbolo de castidad y por ello protectora de las jóvenes muchachas
hasta el momento del matrimonio. Ninguno de los pretendientes
que intentaron conseguir su amor pudieron lograrlo, y por eso le ha
sido otorgado el sobrenombre de “casta”. La historia de Endimión
no contradice esta idea, ya que el pastor de Caria, Endimión, que
tenía el privilegio de no envejecer, una noche se quedó dormido
sobre el monte Latmos y fue observado durante largo rato por la
diosa Diana, que se había prendado de su belleza. Pero se alude
aquí a la diosa Diana como personificación de la Luna. Su placer es
la caza y pasa la mayor parte del tiempo en los bosques junto a sus
perros y las ninfas sus compañeras, igualmente castas y puras.
Terminada la caza, a la diosa le gusta descansar en una fuente
junto a las ninfas.
         A Diana cazadora se la representa como una muchacha
alta, armada con arco y flechas y precedida por perros o por un
ciervo. Sus piernas y sus pies aparecen desnudos o calzados con
sandalias. Lleva los cabellos recogidos y una media luna sobre la
cabeza. De hecho, en las manifestaciones tardías del mito, su
imagen se asocia con la luna. Otras veces la diosa de la caza se
representa mientras se baña en una fuente, sola o acompañada
de las ninfas. Los artistas representan a veces a Diana y las ninfas
sorprendidas por los sátiros. En realidad, ese tema, que no se
encuentra en la mitología, es alegórico y alude al predominio de
la lujuria sobre la castidad.
         Mitos relacionados con la diosa Diana son la
transfiguración de Acteón en ciervo, por haber visto a la diosa
bañándose desnuda, o la de Calisto en oso, a petición de Juno
por haberse dejado seducir por Júpiter. También el mito en el que
Diana se enamora de Endimión o en el que mata con Apolo a las
hijas de Niobe, quien se atrevió a sostener que era superior a
Latona porque tenía más hijos que la diosa.
                                Baco
    Caravaggio; siglos XVI – XVII. Galería de los Uffizi (Florencia)




         Se presenta a un
joven desnudo, a veces
borracho, con la cabeza
ceñida con una corona de
hojas de vid o de hiedra; en
la mano sostiene el tirso o
lleva una copa de vino o un
racimo de uvas; también se le
representa sobre el carro
arrastrado por tigres,
leopardos o cabras.
        Baco, originariamente dios de la fertilidad, es famoso como
dios del vino. Hijo de Júpiter y Sémele, el muchacho nació del
muslo del padre, quien lo había cosido allí después de haber
matado involuntariamente a la madre. Nació en Naxos y Mercurio lo
llevó a Arabia a la mansión de las ninfas de Nisa. Confiado al
cuidado de las ninfas, también fue educado por los sátiros y por el
sabio Sileno, que le enseñó a plantar la viña, y las Musas le
instruyeron en el canto y la danza. La difusión del culto de Baco en
Grecia se correspondió con la difusión contemporánea del cultivo
de la vid. En las fiestas en honor del dios participaban las bacantes,
también llamadas ménades.
        Cuando los Gigantes escalaron el cielo, Baco, tomando la
forma de un león, luchó contra ellos con tanto éxito como bravura.
Júpiter le animaba a la lucha gritándole: “¡Evohé! ¡Valor, hijo mío,
valor!” y de ahí el sobrenombre de Evohé.
        A Baco se le representa en muchas ocasiones en compañía
de sus acólitos entregados a danzas desenfrenadas, con un
pandero o tamboriles en las manos y dominados por la borrachera.
         Además de las ménades, en el cortejo de Baco aparecen
frecuentemente los sátiros, que a veces le acompañan con la
flauta, y Sileno a la grupa de un asno. A veces en tan ruidosos
cortejos se puede encontrar también a Ariadna, consolada por
Baco tras haber sido abandonada por Teseo y convertido luego
en su esposa. Baco y Ariadna suelen ser representados juntos
con su séquito sobre un carro arrastrado por tigres, leopardos o
cabras. A ese tipo de representación se le llama el triunfo de
Baco. Mientras los primeros animales se refieren probablemente
a la difusión del culto de Dionisio en Asia, los segundos aluden a
los orígenes del dios, adorado bajo la forma de cabra o toro.
         A pesar de su benevolencia, Baco castigó sin reparos a
quienes se negaron a reconocerle por dios o se mostraron
ingratos a sus beneficios, como las Mineidas, convertidas en
murciélagos por negarse a rendir culto al dios, o Licurgo, rey de
los edones que se opuso a la propagación de la vid y por ello fue
atado a un árbol y abandonado a las bestias feroces, o Penteo,
rey de Tebas.
                                               El rapto de
     El rapto de Proserpina                    Proserpina
Rubens; siglo XVI – XVII. Museo del Prado
                                              Bernini; siglo XVII.
                (Madrid)
                                            Villa Borghese (Roma)
         A Proserpina se la representa en el momento en que Plutón la rapta
llevándosela en su carro: la muchacha levanta los brazos al cielo en señal de
desesperación. A Plutón se le representa como un hombre de barba tupida y
negros cabellos; a veces lleva una corona y blande un bidente; a un lado puede
aparecer Cerbero.

        Proserpina, hija de Júpiter y Ceres, es la reina de los
infiernos. Plutón, hijo de Rea y Saturno, por tanto, hermano de
Júpiter, señor del reino de las sombras, enamorado de la muchacha,
la rapta mientras ella cogía flores con una ninfas en el llano de
Enna, en Sicilia, y la hace su esposa. Orgulloso el dios con su presa,
lanzó a todo correr sus caballos negros, abrió la tierra con un golpe
de su cetro y se hundió en el reino de las tinieblas. Este rapto se
realizó con la complicidad de Júpiter y en ausencia de Ceres. Al
enterarse ésta de la desgracia, partió precipitadamente en busca de
su hija, recorrió las montañas, exploró las cavernas y los bosques,
atravesó los ríos, encendiendo al llegar la noche dos antorchas para
poder continuar su camino en la oscuridad. Al llegar al lago de
Siracusa encontró allí el velo de Proserpina y comprendió que el
raptor de su hija había pasado por aquel lugar; después supo por
boca de la ninfa Aretusa que el raptor era Plutón. Ceres, al saber
dónde se encuentra su hija, se retira enojada, lo que provoca
carestías y sequía en la tierra. De modo que Júpiter ordena a Plutón
que restituya a Proserpina a su madre; sin embargo, la joven ha
comido un grano de granada y eso basta para unirla definitivamente
al mundo del más allá. En efecto, según la tradición, quien llegue al
mundo de los muertos y coma allí cualquier cosa, no puede volver
al mundo de los vivos. Así pues, Júpiter ordena que la hija de Ceres
pase dos tercios del año en la tierra y un tercio con Plutón en el
reino de los muertos. Según otros autores debe pasar la mitad del
año en la tierra y la otra mitad en los infiernos.
     A Proserpina se la celebra en el ámbito de las fiestas eleusinas,
organizadas también en honor de Ceres. El culto de la diosa estaba
difundido sobre todo en Sicilia, donde se pensaba que había
ocurrido el rapto. En el ámbito iconográfico, Proserpina puede estar
acompañada de Mercurio, el mensajero de los dioses, al que
algunos atribuyen la función de benefactor. La granada, en cuanto
fruto relacionado con Proserpina, fue considerada ya desde la Edad
Media símbolo de resurrección.
     La fragua de Vulcano                  Venus en la fragua
Velázquez; siglos XVI – XVII. Museo del
                                              de Vulcano
            Prado (Madrid)                Le Nain; siglos XVII – XVIII.
                                          Museo Saint-Denis (Reims)
         A Vulcano se le suele representar en su fragua, mientras forja metales.
Atributos del dios son el yunque y el martillo. A veces le rodean los Cíclopes, sus
ayudantes.

        Vulcano, hijo de Júpiter y Juno, es el dios del fuego y
herrero de los dioses, presentado en los relatos míticos como un
dios cojo, defecto que, según algunos mitos, se remonta a su
nacimiento. Por ese motivo, Juno, avergonzada de él, arrojó del
Olimpo al hijo todavía en pañales. Caído en el Océano, Vulcano fue
recogido por Tetis, que lo crió durante nueve años. En cambio,
según otra versión del mito, el defecto de Vulcano se debió a
Júpiter, quien, en un momento de ira, mientras discutía con Juno,
Vulcano salió en defensa de su madre, lo agarró por un pie y lo
arrojó del Olimpo. El dios estuvo cayendo durante un día entero
hasta que al atardecer cayó sobre la isla de Lemnos y fue acogido y
curado por los sintios, la población del lugar; por ello el culto de
Vulcano se celebraba especialmente en esta isla; también se le
honraba en las islas de origen volcánico, como Sicilia. En Roma el
culto de Vulcano tenía orígenes muy antiguos.
        Además es el dios de los metales y la metalurgia, y reina
sobre los volcanes, que son sus talleres, y en ellos trabaja con sus
ayudantes los Cíclopes.
        Vulcano se casó con Venus, quien le traicionó con Marte.
Informado por el Sol de la infidelidad de su mujer, el dios preparó
una red invisible que colocó sobre el tálamo (asunto que se observa
en la obra de Velázquez). Apenas los dos amantes se acostaron,
quedaron atrapados en la red. Luego Vulcano llamó a todos los
dioses para que fueran testigos de la traición. Ese episodio ha
atraído la fantasía de muchos artistas que, a veces, han reelaborado
el mito aportando en sus pinturas soluciones originales. Vulcano
aparece también solo con Venus en su fragua o mientras la diosa de
la belleza le pide las armas para Eneas (momento representado en
la obra de Le Nain) o cuando le entrega a Tetis las armas de Aquiles.
        Encontramos otros mitos relacionados con Vulcano; así pues,
ayudó a Júpiter en la batalla contra los gigantes, encadenó a
Prometeo en el Cáucaso, creó y modeló a Pandora del fango, ayudó
al nacimiento de Minerva al hender la cabeza de Júpiter.
         Laocoonte
  Atenodoro, Hagesandro y
Polidoro; siglo II a. C. Museos
      vaticanos (Roma )




            A Laocoonte, sacerdote
  troyano, se le suele representar
  en la playa de Troya, enroscado
  entre los anillos de unas terribles
  serpientes junto a dos de sus
  hijos.
        Tras haber construido el caballo de madera, los griegos lo
dejaron abandonado en la playa. Al día siguiente, los troyanos se
acercaron a él y comenzó una discusión sobre qué hacer. Laocoonte,
que se preparaba para cumplir un sacrificio a Neptuno, arrojó una
lanza contra el vientre del enorme animal en el intento de convencer
a sus compatriotas para que lo destruyeran. En ese momento
llevaron ante Príamo a un griego, de nombre Sinón, que dijo que el
enorme animal había sido construido por los griegos para dar gracias
a Minerva. Además, si los troyanos llevaran el caballo a la ciudad,
conquistarían el favor de la diosa, lo que les haría invencibles.
Salieron de improviso del mar dos serpientes monstruosas que se
dirigieron hacia los hijos de Laocoonte y se enroscaron a sus
cuerpos. El sacerdote entonces corrió en ayuda de los muchachos,
intentando matar a las horribles criaturas, pero también él quedó
atrapado en sus terribles anillos y murió. Luego las serpientes se
deslizaron veloces hacia el templo de Minerva donde desaparecieron.
La muerte de Laocoonte se interpretó como un castigo divino y, por
tanto, como prueba de la sinceridad de Sinón, y los troyanos llevaron
el caballo a la ciudad, abriendo paso a su derrota.
        Eneas huye de Troya
F. Barocci; siglo XVI. Galería Borghese (Roma)
           Eneas no posee connotaciones iconográficas precisas. Los artistas
ilustran las aventuras del héroe inspirándose principalmente en la Eneida de
Virgilio, representándolo en pinturas singulares o en series de frescos.

         Eneas, recordado por Homero entre los más valerosos
jefes troyanos, fue hijo de Anquises y de Venus. Huyendo de
Troya, Eneas se ve obligado a vagar por el Mediterráneo. Después
de haber pasado por el Epiro y Sicilia, una tempestad lo arrojó a
las costas de África donde fue acogido por Dido, reina de Cartago,
que se enamoró del héroe. La reina deseaba que Eneas,
convertido en su esposo, permaneciera con ella para siempre,
pero el destino del troyano es inmutable. Exhortado por Mercurio,
el héroe volvió al mar y Dido, desesperada, se quitó la vida.
         Zarpando de las costas africanas, Eneas desembarca en
Italia, en las proximidades de Cumas, y pregunta a la famosa
Sibila, que lo conduce al reino de las sombras donde se le
confirma el destino que le aguarda: fundar una nueva patria en el
lugar en que un día surgirá la ciudad de Roma.
         Retomando el viaje, el héroe troyano llega al Lacio, a la
desembocadura del Tíber, donde es acogido por el rey Latino. A
continuación sostiene numerosas batallas contra las poblaciones
itálicas que le son hostiles, mandadas por Turno, rey de los rútulos,
que morirá a manos del mismo Eneas.

        En la imagen vemos a Eneas, al que se le suele representar
mientras huye de Troya llevando a sus espaldas a su viejo padre
Anquises. A su vez, su padre lleva en la mano los penates de Troya.
La fuga sucede sobre el fondo de la ciudad en llamas. El niño a los
pies de Eneas es Ascanio, llamado también Julo, cabeza de la
familia de la gens Julia, de la que desciende directamente el
emperador Augusto. Creusa, la esposa de Eneas, sigue al marido
durante la fuga de Troya en llamas. Sin embargo, la mujer, perdida
en el desorden y la confusión de la batalla, morirá.
La conducción del caballo hacia Troya
 Tiepolo; siglo XVIII. National Gallery (Londres)




                                                  Al caballo de
                                           Troya se le representa
                                           en el momento de su
                                           construcción, a la
                                           entrada de la ciudad,
                                           o también cuando los
                                           griegos irrumpen en
                                           ella desde el costado
                                           del caballo.
         Homero, en la Odisea, indica brevemente el episodio de la
construcción del caballo de madera y de la posterior toma de Troya.
Virgilio recupera el tema y lo cuenta detalladamente en la Eneida.
Después de muchos años de guerra los aqueos comprenden que no
lograrán tomar Troya. Ulises, pensando en conquistar la ciudad con
engaños, propone a Epeo, uno de los jefes griegos, ayudado por
Minerva, la construcción de un gigantesco caballo de madera y
esconde en el interior del vientre a los guerreros más valerosos.
Luego los griegos se alejan de la costa simulando haber desistido
del asedio, y atracan en una isla cercana. Los troyanos,
aconsejados por Sinón, un griego infiltrado, deciden llevar el caballo
al interior de la ciudad, y debido a las imponentes dimensiones de
la figura de madera, que no puede pasar a través de las puertas,
abaten parte de los muros. Troya será tomada esa misma noche.
         En la imagen podemos observar como el caballo fue
transportado a la ciudad gracias al auxilio de ruedas o rodillos
construidos por los troyanos, tal como cuenta Homero.
  Eneas relata a Dido sus aventuras
P. N. Guérin; siglo XVIII. Museo del Louvre (París)
         La figura de Dido suele aparecer al lado de Eneas. El episodio que ha
recibido especial favor de los artistas es el de la muerte de la reina cartaginesa.

         El mito de Dido, hija de Muto, rey de Tiro, se remonta a las
antiguas leyendas sobre las migraciones fenicias en el Mediterráneo.
Virgilio se apropió de la tradición aportando algunas variantes
importantes y haciendo de la reina uno de los personajes más
famosos y caracterizados de su Eneida. A pesar de que entre la
fecha de la caída de Troya y la de la fundación de Cartago pasaron
más de tres siglos, el poeta latino imaginó a Dido y Eneas como
contemporáneos y llevó a su héroe, tras abandonar Troya en llamas,
arrastrado por una tempestad a las costas africanas en las
cercanías de Cartago. Dido acogió benévolamente a Eneas, quien,
durante un banquete en su honor, a petición de la reina contó las
peripecias que le habían sucedido desde la caída de Troya; narró la
treta de los griegos, el fin de Troya, su propia huida con un puñado
de compatriotas y sus vagabundeos en busca de un nuevo hogar.
         La reina, cuyo marido había muerto muchos años antes
asesinado por su hermano, se enamoró del héroe. Pero Eneas no
puede escapar al destino que los dioses le tienen reservado a él y
a su descendencia. El príncipe troyano, por invitación de Mercurio,
se ve obligado a retomar el viaje, a pesar del profundo
sentimiento que le une a Dido. Después de un afligido adiós en
que la reina intentó en vano detener a su amado, el jefe troyano
partió. Dido, desesperada, ordenó que se encendiera una pira
fúnebre sobre la que se mata con la espada de Eneas.
         En el cuadro de Guérin podemos ver una escena íntima en
el interior del palacio; a la izquierda aparece Eneas, con el casco
de penacho, contando a Dido sus peripecias desde su huída de
Troya. Dido aparece recostada, escuchando embelesada las
palabras de su amado. Abraza a un niño, probablemente Cupido
bajo la figura de Ascanio, hijo del héroe. Tras ella, aparece una
figura femenina, que bien pudiera ser una matrona, o bien su
hermana pequeña Ana.
                 Rómulo y Remo
P.P. Rubens; siglos XVI – XVII. Museos Capitolinos (Roma)




                                                        A Rómulo y
                                             Remo se les suele
                                             representar recién
                                             nacidos mientras los
                                             cría la loba. Las
                                             peripecias de los dos
                                             gemelos a veces se
                                             ilustran en ciclos de
                                             frescos.
        Amulio y Numitor, hijos de Procas, rey de Alba Longa,
descendientes de Eneas, sucedieron a su padre. Sediento de poder,
Amulio expulsó al hermano y obligó a Rea Silvia, única hija de Numitor,
a permanecer virgen convirtiéndola en vestal. Pero el dios Marte yació
con la muchacha, quien dio a luz a dos gemelos. Por ello, Amulio
encerró a Rea Silvia en prisión y ordenó a un siervo abandonar a los
recién nacidos en las aguas del Tíber. Sin embargo, la cesta en la que
los niños fueron colocados se quedó enganchada en la orilla y los
pequeños fueron criados por una loba. En ese lugar habitaba el pastor
Fáustulo, quien los confió al cuidado de su mujer. Al hacerse mayores,
Rómulo y Remo conocieron su origen y, tras matar a Amulio,
devuelven Alba Longa a Numitor. Luego fundaron una nueva ciudad
en el lugar en que habían sido abandonados. Posteriormente surgió
una disputa entre ambos y Rómulo, después de haber matado a su
hermano, concluyó la fundación de la ciudad.
        La escena representa el momento en que el pastor Fáustulo, a
la derecha, encuentra a los niños, que están siendo amamantados por
la loba. La mujer joven que aparece a la izquierda parece ser Rea
Silvia, madre de los gemelos. Y el anciano que aparece a su lado
podría ser una representación del río Tíber.
          El rapto de las Sabinas
David; siglos XVIII – XIX. Museo del Louvre (París)
         El episodio del rapto de las sabinas por los romanos se suele ambientar
fuera o en los alrededores de la nueva fundación.

        Después de haber fundado Roma, Rómulo se dio cuenta de
que, para que su reino pudiera incrementarse manteniendo un
sólido futuro, debía asegurar a la ciudad una descendencia segura
y duradera. A tal fin envía mensajeros a las poblaciones vecinas
con el encargo de establecer nuevas alianzas, garantizando de ese
modo matrimonios seguros. Sin embargo, ninguno fue recibido
benévolamente ya que las ciudades vecinas temen la eventual
potencia futura de Roma. Así pues, Rómulo decidió organizar
fiestas solemnes en honor de Neptuno e invita a los sabinos y a
las poblaciones de los alrededores. Durante las celebraciones, a
una señal convenida, los jóvenes romanos raptaron a las
muchachas sabinas expulsando a sus familiares. Semejante gesto
provocó la inevitable reacción de los sabinos, que declararon la
guerra a Roma.
        Sin embargo, durante una sangrienta batalla, las mujeres
sabinas, no queriendo perder a sus maridos ni a sus padres y
hermanos, se interpusieron entre los dos bandos enfrentados,
implorando la deposición de las armas y el establecimiento de un
acuerdo de paz. Sus plegarias fueron escuchadas y los dos
pueblos se fundieron en uno solo con Roma por capital. Rómulo
y Tito Tacio, rey de los sabinos, reinaron juntos en una diarquía
hasta que éste último fue asesinado en extrañas circunstancias.

        En la imagen vemos a Hersilia, hija del rey sabino Tito
Tacio, que se había casado con Rómulo, entre su padre y su
marido, al tiempo que pide a los guerreros de ambos lados que
no separen a las mujeres de sus esposos o a las madres de sus
hijos. Otras mujeres sabinas se le unen en sus exhortaciones.
 La muerte de
   Lucrecia

 Tiziano; siglo XVI.
Fitzwilliam Museum
    (Cambridge)




A Lucrecia se la representa
generalmente en el
momento en que se mata
clavándose un puñal o
arrojándose sobre una
espada. También en el
momento en que es
atacada por Tarquinio.
        Virtuosa noble romana, Lucrecia era esposa de Colatino. Sexto
Tarquinio, hijo del rey Tarquinio el Soberbio, se enamoró de ella y se
introdujo de noche en su habitación, aprovechando la ausencia del
marido, que estaba con el ejército. El hijo del rey intentó por todos los
medios seducir a la mujer y ante el rechazo de Lucrecia amenazó con
matarla a ella y a un esclavo y dejarla junto a su cadáver. De ese modo
se pensaría que Lucrecia había sido sorprendida en adulterio, en
compañía de un siervo. Sin escapatoria, la mujer cede a los deseos de
Sexto. Al día siguiente Lucrecia mandó llamar a su padre y a su esposo.
Después de informarles de lo sucedido, hace que los dos hombres juren
vengarla y se quita la vida clavándose un puñal. Junio Bruto, sobrino de
Tarquinio el Soberbio que asistió a la escena, incitó al pueblo a la
revuelta y expulsó al rey y a sus hijos de Roma. Esa historia marca el
comienzo de la República romana, de la que Bruto y Colatino fueron los
dos primeros cónsules. La imagen de Lucrecia, que se mata prefiriendo
la muerte al deshonor, tema recurrente en la iconografía renacentista,
interpreta el sacrificio de la mujer como símbolo de la virtud conyugal.
        En la imagen podemos ver a Sexto Tarquinio, que amenaza a
Lucrecia, lanzándose contra ella armado con un puñal. Lucrecia trata en
vano de liberarse de la amenazadora figura de Tarquinio.
        Las imágenes han sido obtenidas de la presentación en
PowerPoint de la página Web del Departamento de Filología Clásica
de la Universidad de Murcia. La información procede en parte de los
siguientes libros:
- Lucia Impelluso, Héroes y dioses de la Antigüedad.
- Pierre Grimal, Diccionario de Mitología Griega y Romana.




                                                             Resu me fecit

				
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