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      Ismael Camacho Arango

---     Siete minutos
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                                          Comienzos

    Homero jugaba con sus botes en las orillas de un pozo que había hecho con sus palas en el

jardín, pero estos naufragaron en el lodo, matando a las hormiguitas que lo molestaban todo

el tiempo, cuando una mujer alta, y con el pelo atado en un moño apareció a su lado.

    “La comida esta lista,” ella dijo.

    Esas palabras hicieron que Homero volviera a la realidad. Tenía que comer si quería

conquistar el mundo, eso pensaba mientras se lavaba las manos en el chorro del patio para

matar los microbios, después de recoger los juguetes esparramados por todo sitio.            La

venganza en las hormigas había sido espectacular ya que ellas no lo dejaban jugar con sus

carros en el barro del patio.

    “Tu padre está esperando,” su madre le dijo.

    Homero se saco el barro hacinado en sus manos durante su juego en el jardín, entre las

flores que su madre sembraba en los atardeceres tristes para que la gente las admirara, si no

tenían más que hacer.

    “Ya vienes?” ella le pregunto.

    Homero la siguió por entre las begonias y otras flores sin nombre, atrayendo al jardín a las

abejas con sus aguijones del infierno. Un señor pequeño, y con cara redonda los esperaba al

lado de una mesa llena de comida que su madre había cocinado toda la mañana, el olor del

almuerzo despertándoles el hambre.

    “Les tengo una sorpresa,” el señor Homero dijo.

    La señora Homero lo miro con ojos de duda, pues su marido no traía sorpresas a la casa,

aparte de un día que se había encontrado un perrito en la calle, que ella lo había hecho llevar

a la perrera municipal a pesar de las protestas de su hijo. Todos miraban a la puerta, por la

que apareció un señor alto y con gafas oscuras, su nariz sepultada por el bigote que no se
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había afeitado en siglos, al tiempo que el reloj seguía su marcha vertiginosa hacia un punto

del que no regresaría más.

    “Tío Hugo,” ella dijo. “No lo habíamos visto por mucho tiempo.”

    “He estado recorriendo el mundo,” el dijo.

    La señora Homero lo abrazo, mientras que la sopa se enfriaba en la mesa, y el niño

esperaba a que los adultos acabaran de hablar de cosas incomprensibles.

    “Tú has crecido mucho, gordinflón,” el tío interrumpió sus pensamientos.

    Ellos se sentaron a la mesa, donde la sopa los esperaba con las verduras y el calabazo, que

su madre había preparado.

    “Y como fue el viaje en el barco,” el señor Homero dijo

    “Los peces voladores nos tenían entretenidos todo el tiempo,” el tío dijo.

    “Que es eso?” Homero pregunto.

    “Son pescados con alas.”

    La madre sirvió el sancocho de gallina en su plato, muy bueno para la digestión,

interrumpiendo el relato del tío acerca de su viaje a Suramérica.

    “Estuve mareado todo el tiempo,” el tío dijo.

    “Has debido de tomar un Alka seltzer,” la señora Homero dijo.

    Homero se lo imaginaba mirando al horizonte, mientras que el estomago le dolía y el

mundo se entristecía con su enfermedad.

    “Yo me acuerdo del día que rescataste un dólar,” el tío le dijo.

    “Lo puso en sus pañales después de volar a las ramas de un árbol,” la madre dijo.

    Homero sabía todo lo demás. Una vecina que estaba colgando los pantalones de su

marido en la cuerda, los dejo caer al barro y él se fue con la chica del bar de la esquina que no

cometía esa clase de errores. Los niños de los colegios cantaron canciones de gloria por
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mucho tiempo, mientras que el padre Ricardo exaltaba las cualidades del niño en sus misas

cotidianas, una estrella que nunca se ocultaría a pesar de las injusticias de la vida.

    “No puedo volar,” Homero dijo.

    “Se te habrá olvidado,” su madre dijo.

    El tío Hugo encontró una fotografía en su bolsa.

    “Tome esta foto con mi primera cámara,” el dijo.

    Homero vio un niño gordito y sin mucho pelo, sentado en una silla, cuando su tío había

grabado la realidad para siempre.

    “La revele en mi estudio,” el tío dijo.

    “Esa foto me trae recuerdos,” la señora Homero dijo.

    “El tiempo es extraño,” el tío dijo.

    “No entiendo.”

    “El pasado podría ser el futuro.”

    “Tú y tus ideas increíbles.”

    La señora Homero conto la historia de su hijo, que había nacido bajo las sombras de un

eclipse solar, y una enfermera que no tenía buenos ojos había dicho esas palabras famosas,

después de ayudar con el parto:

    “Es una niña.”

    El padre de Homero siempre había querido un heredero para llevar su apellido, aunque su

esposa se puso contenta con las noticias, una hija ayudaría cuando se sintiera cansada de los

quehaceres en la cocina. La enfermera descubrió su error después de expulsar la placenta.

    “Parecía un ángel,” la madre dijo.

    “Que recuerdos tan lindos,” el padre dijo.

    La señora Homero se seco las lágrimas, al tiempo que miraba las fotos en la pared, donde

Homero sonreía en una y trataba de caminar en otra, pero el sol se había ido al comienzo de
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su vida. El tío Hugo encontró un centavo con la imagen de George Washington en su

bolsillo.

    “Ponlo en tu alcancía,” él le dijo. “Te traerá buena suerte.”

    “Es un buen niño,” la señora dijo.

    Homero pensó que lo protegería contra todos los males del mundo cuando el tiempo se

alargaba y las manchas en la pared parecían monstruos sin corazón,

    “Vete a jugar,” la señora dijo.

    Una vez en el patio, el sol lo cegó por unos momentos en los que los duendes se lo

llevarían a las tierras del nunca más, como decía su madre cada vez que no le hacía caso.

    “Hola,” alguien dijo.

    Homero vio a un niño de cara pecosa en la nueva realidad de otros mundos que no

entendía.

    “Yo soy José, como tú sabes,” el niño dijo.

    “Mentiroso,” Homero dijo.

    El extraño se limpiaba la cara con sus manos sucias sin importarle un comino el alma de

Homero en el medio del patio.

    “Yo soy de la selva,” el niño dijo.

    “No te creo,” Homero dijo.

    Los dos se revolcaron en el lodo que lo cubría todo, pero entonces José paro su ataque.

    “Auufff,” Homero dijo. “Es que soy un perro.”

    “Tienes que hacer así,” el niño le dijo.

    El aulló y el perro del vecino empezó a ladrar, la voz de Homero uniéndose al ruido que se

oiría por el vecindario, al tiempo que su madre salió a la puerta.

    “Ese perro hace mucho ruido,” ella dijo. “Me voy a quejar al dueño.”
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    José tenía que ser invisible como muchas cosas en el mundo de tinieblas del que Homero

había llegado no hacía mucho.

    “No te vio,” el dijo.

    “Quien?”

    “Mi madre.”

    Las estrellas habían salido atrás del árbol, el tiempo jugándole trucos en las realidades del

plano existencial.

    “Como puede ser de noche,” Homero dijo.

    “Es que el tiempo no existe,” el niño dijo.

    “Mi padre tiene relojes en la casa.”

    “Pues no funcionan.”

    El niño corría alrededor del árbol cantando cosas incomprensibles o habría tomado mucho

aguardiente como lo hacía la gente del mercado en días de fiesta.

    “Dos y dos son siete,” José dijo

    Homero lo miro en desafío. “Eso no es así.”

    “Pues digo lo que quiero.”

    “Es tu boca.”

    “Claro está.”

    Las sombras lo llenaron todo hasta que la noche invadió la ciudad, y el patio se sumió en

la penumbra donde mundos diferentes se peleaban entre sí a pesar de que había sido día hacia

solo unos minutos.

    “Serás un brujo,” Homero dijo.

    “Que es eso?”

    “Hacen magia.”
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    Homero trato de ver la brujería que José tendría bajo sus pupilas como su madre lo habría

hecho.

    “Te tienes que acordar,” el niño dijo.

    “Acordarme de qué?”

    “Ya verás.”

    Homero quería jugar a algo más, antes de que su madre lo llamara a la casa, pero el niño

se desvaneció hasta que la luz del bombillo le penetraba por los calzoncillos que no se habría

cambiado.

    “Me viste en las sombras,” le dijo.

    “No lo sé,” Homero dijo.

    “Se te olvido.”

    Los truenos interrumpieron la conversación, gotas de agua cayendo alrededor suyo como

si fuera un diluvio pero José se había ido en la noche.

    “Estará hechizado,” Homero dijo.

    Los truenos le contestaron, su madre apareciendo en la puerta como un fantasma del día

de las brujas.

    “Éntrate antes de que te mojes,” ella dijo.

    Homero recogió unos papeles llenos de garabatos que alguien había tirado al suelo.

    “Bótalos a la basura,” su madre dijo.

    Homero los puso entre sus juguetes a un lado del corredor antes de entrar a la cocina,

donde el tío hablaba de las estrellas del cine mostrando sus curvas, quemadas por el sol en

esas películas que él habría visto.

    “Marylin Monroe se paro al lado de un ventilador,” el tío dijo.

    “Quién es?” la madre dijo.

    “Una mujer muy linda,” el tío dijo.
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    “La quisiera conocer.”

    “No es mi novia.”

    Homero pensaba en su amigo desapareciendo entre las sobras de la noche, cuando los

adultos hablaban de pendejadas.

    “Te debes de acostar,” su madre dijo.

    “No tengo sueño,” Homero dijo.

    “Ya tendrás.”

    Una vez en su cuarto, Homero vacio la alcancía en la cama donde cayeron las monedas

que había juntado por muchos meses, pero la de su tío era la más bonita. Tendría que pelear

con los espíritus de la noche como José lo habría hecho en lejanas tierras de las que Homero

no se acordaba.
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                                             María

    Homero bailaba alrededor del árbol de la vida, asustando a las ardillas que lo miraban

desde el muro. Las últimas palabras de José no tenían ningún sentido, como todo lo demás

en su vida entre las enredaderas del jardín, que su madre había cuidado antes de que se fuera

a un sitio mejor.

    “Donde estas?” Homero dijo.

    La memoria de su madre lo llevo a otros tiempos, en los que él jugaba bajo el árbol,

cobijándolo del sol y la lluvia, la presencia de su amigo invisible haciéndole compañía en los

momentos difíciles de su infancia. José estaría escondido entre los rosales, o la maleza

creciendo por la pared.

    “Hola,” una voz interrumpió sus pensamientos.

    La chica más hermosa del mundo lo miraba al lado de la puerta, con un vestido que dejaba

ver sus curvas a la luz del sol, pero entonces ella se movió, acabando con sus sueños del

cielo.

    “Tu existes,” él dijo.

    Su risa interrumpió el silencio del mundo.

    “Soy la hija de Miguel,” ella le dijo.

    El hombre que ayudaba en el almacén era Miguel, y esta chica bellísima seria su hija. El

perro de enseguida interrumpió la conversación con sus gruñidos, despertándole su corazón

enamorado por primera vez en su vida.

    “A mí no me gustan los perros,” ella dijo.

    Ellos corrieron hasta la mesa llena de cosas en el medio de la cocina.

    “Siéntate acá,” Homero quito unos cuantos jotos de un asiento al lado de la pared.

    “No te preocupes,” ella dijo.
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     “Quiero que veas mis fotos.”

     Después de empujar unos cosas llenas de polvo, le hizo señas para que se sentara como

una reina entre el desorden del siglo, mientras que le contaba la historia de los comienzos del

tiempo.

     “Mis padres vinieron aquí en un barco grande,” él le dijo.

     “Sería bonito.”

     “Tenía muchos pisos y ventanas,” Homero dijo.

     Al tomar un álbum de fotos de encima del almario, nubes de polvo hicieron que ella

tosiera por un tiempo.

     “Perdóname,” Homero dijo.

     Ella se limpio la cara con una toalla que Homero encontró en la cocina, entre otras cosas

que tendría que organizar en su vida.

     “Estas son las fotos de nuestro viaje,” él le paso un álbum envuelto en una funda plástica.

     Las huellas de sus dedos quedaron en la cubierta, al cogerlo con sus manos finas, mientras

que Homero le traía un vaso de agua para mejorarle la toz.

     “Gracias,” ella dijo.

     “Esta es mi familia en el barco,” él le mostro una de las fotos.

     “Ese eres tú?” ella pregunto.

     El asintió. “Cuando deje a mi tierra para siempre.”

     Homero hablaba de sus padres, perdidos entre las fotos que guardaba en la cocina y el

polvo de la despensa.

     “Parece ayer que estaban vivos,” le dijo.

     “Lo siento mucho,” ella dijo.

     María comía unas galletas de la despensa, sin importarle que Homero sufriera, y las

moronas se le caían por entre las montañas de su escote con cada mordisco que daba.
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     “Ellos murieron de un infarto,” él dijo.

     “Al menos no sufrieron.”

     “Ya lo sé.”

     Él le ofrecía más galletas, tratando de no mostrarle cuanto la quería, aunque se acabaran

de conocer.

     “Mis padres compran coca en la cordillera central,” ella interrumpió sus pensamientos,

dándole hojas secas y sin ningún olor, que tenia adentro de su bolsillo.

     “Ponlas en tu boca,” le dijo. “Los indios las mastican durante sus viajes por las montañas”

     Homero se los imaginaba haciendo cola en el almacén para comprar su mercancía de

primera clase, antes de que ella le cogiera las manos, haciendo que se erizara su corazón.

     “Tu vida se acabara con el sol,” ella dijo.

     “Como lo sabes?”

     Ella siguió la línea más larga de su mano con dedos olorosos y suaves.

     “Pues eres especial,” ella dijo.

     Homero asintió. “Nací durante un eclipse del sol.”

     “Eso lo explica todo.”

     Homero le mostro los papeles que José había dejado en el suelo, llenos de garabatos que él

no entendía cuando le quería chupar las tetas.

     “José era mi amigo invisible,” le dijo. “Solo yo lo veo.”

     “Nadie es invisible.”

     “No sabes nada,” él dijo.

     “Me puedes llamar María.”

     “María,” él le dijo. “Me ayudarías a traducir los papeles?”

     “Cuando me quede tiempo.”
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     María vivía en una habitación pequeña, con un baño, una cocina y tres camas donde

dormían todos, pero algunos de sus hermanos se acostaban en el suelo. Todo esto era muy

interesante para Homero, quien tenía de todo en su vida.

     “He visto ratas en la letrina,” ella dijo.

     “Que es una letrina?”

     “Es un hoyo en el suelo que sirve de inodoro.”

     “No te caes adentro?” él le pregunto.

     “Ya estoy acostumbrada.”

     Él se la quería comer de a poquitos, al tiempo que el crucifijo de su medallón se movía

sobre sus senos cada vez que ella hablaba.

     “Te acostarías conmigo esta noche?” Homero le pregunto.

     “Nos tenemos que casar primero,” ella dijo.

     María no aceptaba la oferta de su lecho ni aunque tuviera que dormir con el resto de su

familia en la misma cama y las ratas les mordieran los pies.

     “Yo te comprare una casa cuando tenga plata,” él dijo.

     “Te olvidaras de mi,” ella dijo. “Eso dicen tus manos.”

     “Vamos al sótano,” él le dijo.

     Él le toco los pechos bajo su blusa donde su corazón le palpitaba urgentemente, después

de besarle los labios húmedos que sabían a café.

     “Vienes conmigo?” le pregunto.

     “No.”

     El tiempo paso en cámara lenta, cuando ella dejo que él le tocara su cuerpo atrás de las

cortinas, cobijándolos de los males del mundo.

     “Yo soy virgen,” ella dijo.
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     Homero mastico coca oyéndola hablar de su pureza, antes de levantarle la falda para mirar

por una última vez esos calzones que habría comprado en el mercado con la plata de su

trabajo.

     “Hemos tenido algo fantástico,” le dijo

     “Te lo soñarías.”

     “Dos y dos son siete,” él dijo.

     “Estarás loco.”

     Él le mostro la carta con unas fotos que el tío les había mandado hacia unos días, en donde

la estatua de la libertad levantaba su antorcha bajo un cielo de color plomizo.

     “Hay muchos edificios,” ella dijo. “Como suben todos esos pisos?”

     “La gente usa ascensores,” él dijo.

     “Que es eso?

     “Son cajas de metal que suben y bajan.”

     Homero se acordó de su niñez en un almacén lleno de cajas, cuando sus padres no

ganaban mucha plata. El tío Hugo, que vivía en ese país del norte, lo había llevado a la feria,

en la que Homero había aprendido a enfurecer al hombre gorila y a la mujer camello con la

pistola de agua que le habían dado de regalo en su cumpleaños.

     “Mi madre dono plata para los gamines,” él dijo.

     Homero lloro en sus brazos, pensando en la plata que su madre le había dado al mundo.

     “Pues se irá directamente al cielo,” ella dijo.

     Las obras de misericordia de su madre habían pasado desapercibidas por la humanidad,

peleando contra los males del universo.

     “Quiero llamar al almacén, el Baratillo,” Homero le dijo.

     “Me gusta el nombre.”
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     El la llevo al sótano, donde un bombillo interrumpía las tinieblas, entre las telarañas y

otras abominaciones escondidas en los rincones.

     “Quédate conmigo esta noche,” él le dijo.

     “Me tendrás que alcanzar primero.”

     María corrió por las escaleras, dejándolo solo con los monstruos del sótano y la calma del

día.

     “Ya vienes?” su voz lo volvió a la realidad.

     Homero miro al sótano por una última vez, para cerciorarse que no había nadie antes de

subir las gradas.

     “No me gustan tu trucos,” ella dijo cuando el apareció en la cocina.

     “Me perdonas?” él le dijo.

     A ella no le interesaba que él hubiera visto cosas inexplicables durante sus momentos de

soledad, pero eso eran las mujeres para él.
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                                        El visitante

     El Baratillo se convirtió en una institución, donde una corbata que costaba ochocientos

pesos Homero la daba por menos, y así con todo lo demás, como lo decían los periódicos en

las páginas en blanco y negro. Un día cuando Miguel se había ido a comprar coca, un indio

de cara redonda y vestido de bata larga se escondía entre las sombras del almacén, como una

de esas estatuas de San Agustín en la provincia del Huila.

     “En que le puedo ayudar?” Homero le pregunto.

     El indio busco en su mochila, murmurando algo que Homero no entendía, o es que era

tonto.

     “No estoy interesado en religión,” Homero dijo.

     El indio dijo mas cosas sin sentido, hasta que puso una bolsa al lado de los papeles en la

mesa.

     “Quiero que te vayas,” Homero dijo.

     El indio lo miro tranquilamente antes de sacar una cabeza pequeña de la bolsa. Tenía el

pelo largo, los ojos cerrados y los labios se los habían cocido como si fueran hechos de tela.

La memoria de la feria con toda la gente malformada en las jaulas volvió a Homero, al

tiempo que miraba la cabeza de pelo azabache y piel seca.

     “Es de verdad?” Homero pregunto.

     El indio parecía interesado en las cajas de coca Miguel había dejado allí esa mañana.

     “Te gusta la coca,” Homero dijo.

     “Mmmm,” el indio dijo.

     Homero entendió porque el indio había venido al almacén: la fama de su de coca se

habría extendido por la selva, mientras la cabeza con su piel seca y boca cocida con hilo

sucio, lo miraba desde la bolsa.
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     “Quieres un café?” Homero le pregunto.

     El indio murmuro algo al tiempo que Homero se maravillaba del parecido entre el hombre

y la cabeza, pues parecía que fueran mellizos. Los niños deberían de jugar con cabezas

pequeñas en vez de hacerlo con juguetes, él pensó.

     “Te doy más cabezas por bolsas de coca,” Homero dijo.

     “Mmmm,” el indio dijo.

     “Tienes que aprender mi idioma.”

     Homero encontró un mapa del país entre las cajas que su padre tenía en la cocina, en el

que las ciudades estaban entre las montañas y la selva.

     “Donde vives?” le pregunto.

     El indio tendría que ser de ese lugar donde las pirañas muerden los pies en el rio y los

animales feroces dominan la selva.

     “Este es el rio Guaraní,” Homero le mostro el rio en el mapa.

     “Rio,” el indio dijo, señalando un lugar en la selva, perdido en las manchas mugrosas.

     “Vives allí?” Homero le pregunto.

     El galopaba por la habitación, mientras que el indio examinaba el mapa en la mesa.

     “Quiero saber dónde vives,” Homero le dijo. “Y si vas allá a caballo.”

     Al mostrarle un libro con fotos de la Amazonia, el indio lo miraba con sus ojos oscuros, en

los que no se veía nada.

     “Me tienes que decir dónde está tu casa,” Homero dijo.

     “Casa,” el indio dijo.

     “Me entiendes?”

     Después de cerrar la bolsa, el indio se alisto a volver a su selva en algún sitio del país, sin

interesarle nada alrededor suyo.

     “No te olvides de traerme más cabezas,” Homero dijo,
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     El indio salió al mundo exterior en silencio, y Homero lo vio desaparecer por las calles del

mercado, llevando los misterios de la selva en su mochila de colores. María interrumpió sus

pensamientos de riquezas en medio de las chicas amazónicas, que supuestamente vivían entre

los árboles.

     “Algo está en el suelo,” ella dijo.

     La cabeza los miraba con sus parpados cerrados desde un rincón de la cocina. María

cogió la escoba para darle una paliza antes de que el monstruo se la comiera viva.

     “Un indio me la dio,” Homero dijo.

     “Debe de estar loco.”

     “Pueda que si.”

     María estudio la cabeza con el pelo negro y la piel seca por la deshidratación de las

hierbas salvajes.

     “Vendrías conmigo a la selva?” Homero le pregunto.

     Ella retrocedió unos pasos, chocándose con un asiento que le causo una hematoma en la

rodilla. Un hombre decente no invitaría a una chica a la selva, a no ser que se quisiera casar

con ella.

     “Es para encontrar a tus indios?” ella dijo.

     “Si.”

     “Le tendré que preguntar a mi padre.”

     María pedía permiso para todo en su vida, cuando Homero le podía hacer el amor en

medio de los arboles, los animales salvajes interrumpiendo sus placeres el día menos

pensado.

     “El indio vive por el rio Guaviare,” le dijo.

     “Te ha dicho eso?”

     “No habla.”
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     Homero tendría que caminar bastante para conseguir sus cabezas como pasaba en las

películas que el padre Ricardo les mostraba a los feligreses en la casa episcopal.

     “La selva es peligrosa,” ella dijo.

     “Ya te protegeré con mi pistola.”

     Su mano bajo hasta sus pechos en un momento de locura por esa doncella que no lo

quería.

     “El indio quiere coca,” le dijo.

     “Déjame quieta.”

     Homero le bajó el sostén, donde sus pezones lo esperaban con su color oscuro llenos de la

dulzura de la vida y a ella no le importó.

     “Esta coca es fantástica,” él dijo.

     “De la mejor.”

     Esa chica le robaba el alma, al tiempo que se le escapaba por la cocina, y a Homero se le

olvidaba la cabeza que el indio le había traído de la selva.

     “Te casarías conmigo?” le pregunto.

     “Eso no es en serio,” ella dijo.

     “No lo sabes.”

     “Pues no dices lo que piensas.”

     Ellos se sentaron a hablar de la cabeza trayéndoles mala suerte desde el minuto que el

indio había entrado al almacén.

     “Solo te quería besar,” el dijo.

     “Y los besos terminan mal a veces.”
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                                       Jaramillo

     El indio no había vuelto por la coca, muy necesaria para su bienestar en la selva, aunque

Homero se imaginaba la plata que haría con las cabezas pequeñas para comprar todo lo que

quisiera en el mundo.

     “Hola,” alguien interrumpió el silencio del jardín.

     Un niño con la nariz llena de pecas apareció a su lado, como en una de esas pesadillas que

tenia Homero en las noches oscuras del mundo.

     “Donde está tu madre?” él niño le pregunto.

     “Se fue al cielo,” Homero dijo.

     “Lo siento mucho.”

     Su madre se había ido al reino de los cielos, según decía la gente, pero un espejismo

traspasando las paredes de ladrillos y cemento no entendería nada de esto.

     “Vengo de otra dimensión,” el niño dijo.

     Homero le ladro al atardecer y José lo imitó, el eco de sus voces disolviéndose en la

naturaleza del espacio- tiempo del patio. José seguía siendo un niño con sus mejillas sucias

y su ropa arrugada, en el torbellino del tiempo.

     “Y su tío?” le pregunto.

     “Es un periodista en Nueva York,” Homero dijo.

     “Me alegra mucho.”

     Las memorias del pasado volvieron a la mente de Homero entre los carros de juguete, el

triciclo que su tío le había traído de Nueva York y otras cosas difíciles de identificar en el

barro del patio.

     “El futuro está alrededor tuyo,” José dijo.

     “No entiendo.”
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     “Cierra los ojos,” José dijo.

     El sonido de voces interrumpió la fantasía, en la que se Homero se había sumido desde la

llegada al jardín hacia una eternidad.

     “Estas durmiendo?” María dijo.

     Al abrir los ojos, Homero la vio acompañada de un hombre alto y bien vestido, que se

debería de haber confundido de sitio.

     “Buenas tardes,” él dijo.” “Soy Jaramillo.”

     Jaramillo se paro en el mismo sitio donde José había estado hacia unos momentos,

teniendo cuidado con las paredes y las cosas sucias del patio.

     “Conozco a su tío Hugo,” él dijo.

     Homero asintió. “Esta en Nueva York.”

     “Ya lo sé.”

     Jaramillo le mostro fotos de la cabeza pequeña que habían sido publicados en los

periódicos de esa ciudad.

     “Un almacén quiere más cabezas,” le dijo.

     Homero se imaginaba toda la plata que haría con las cabezas, mientras entraban a la

cocina llena de basura.

     “Excuse el reguero,” Homero dijo.

     “Cuando va a la selva?” Jaramillo pregunto.

     “Pues no sé.”

     Homero encontró la marca que había hecho con un lápiz en el mapa de la mesa, cosa que

no significaba mucho para un indio ignorante que no sabía leer o escribir.

     “Creo que el indio vive cerca del rio Guaviare,” Homero dijo.

     Jaramillo asintió. “Tus cabezas deben de estar allí.”

     “Eso espero.”
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     Homero se tomo el café que María les había traído, mirando el mapa de la selva donde

encontraría su futuro entre los árboles.

     “El indio quiere coca,” él dijo.

     “No crece en la selva?”

     “Ha llovido últimamente.”

     Jaramillo se limpio las manos con su pañuelo de seda, que habría comprado en uno de los

almacenes de la ciudad, para acabar con las bacterias contaminándolo todo con sus

infecciones.

     “Tiene que venir a mi oficina la próxima vez,” le dijo.

     “Ya lo hare,” Homero dijo.

     “Llámame si el indio vuelve otra vez.”

     “Claro que si,” Homero dijo.

     Estados Unidos tendría que ser el mercado para las cabecitas achicadas de los indios

guerreros de la selva, aunque seres humanos habrían muerto, para satisfacer los gustos de los

yanquis.

     “Quieren más café?” María interrumpió.

     “Me tengo que ir,” Jaramillo dijo.

     María puso café en las tazas que la madre de Homero había comprado antes de que se

fuera de este mundo.

     “El indio lo engaña,” María dijo.

     “Eso pienso,” Jaramillo dijo.

     El periodista se limpio la boca con la servilleta que María había puesto a su lado, después

de tomar su café con el pan que ella le había traído.

     “Aquí tiene el numero de mi teléfono,” él le dio a Homero una tarjeta.

     “Quiere ir a la selva?” él le pregunto.
22



     “Es peligrosa,” Jaramillo dijo.

     “Pero encontraremos las cabezas.”

     El tiempo corría al futuro, aunque algunas veces lo hacía hacia el pasado, de acuerdo a las

leyes quánticas que Homero había leído en uno de esos libros que su padre había comprado,

mientras Jaramillo se tropezaba con unas cuantas cosas en su camino a la calle.

     “Nos repartiremos la plata si vienes a la selva,” Homero dijo.

     Jaramillo oía la historia que Homero le contaba de la tribu escondida en algún sitio de la

selva.

     “Puede ser un truco,” le dijo.

     “Espero que no,” Homero dijo.

     “Como lo sabes?”

     Homero le dijo de lo que podría pasar en el universo múltiple de la realidad, si se le ponía

cuidado a lo que ese señor Einstein decía en los libros polvorientos de su padre.

     “Que imaginación,” Jaramillo dijo. “Los papeles que has encontrado en el suelo te

hablaran de esto.”

     “Están escritos en lengua desconocida.”

     “Serán de Einstein.”
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                                     El visitante

     El indio se escondía entre las sombras del almacén en un día como cualquier otro, con su

ropa de colores y su pelo cogido en un moño en la espalda, cuando Homero les vendía a sus

clientes a esa hora de la mañana.

     “Es que es de la selva,” él le dijo a una mujer admirando la ropa de la vitrina.

     “No se preocupe don Homero,” ella dijo.

     Ella se media al frente del espejo uno de los vestidos de última moda con el escote grande

y lentejuelas en la cintura, que le haría ver sus senos tambaleantes.

     “Le queda bien,” él le dijo.

     “Gracias don Homero.”

     Ella le mostraba sus manos blancas como la nieve de los países Europeos, de los que venía

la ropa, al examinarla bajo la luz de la lámpara.

     “Le doy ochenta pesos por este vestido,” ella le dijo.

     Homero tenía que ser fuerte, si quería ser millonario antes de que el sol explotara.

     “Perderé plata,” le dijo.

     “Noventa pesos,” ella dijo

     “Cien es mi última oferta.”

     “Pues no lo compro.”

     El mundo paro mientras ella caminaba hacia la salida.

     “Noventa pesos,” él dijo.

     “Ochenta.”

     El la alcanzo antes de que ella abriera la puerta con la manija engrasada y todo se acabo

por algunos momentos.

     “Se lo doy a buen precio,” le dijo.
24



     “Don Homero.”

     “No se arrepentirá.”

     Ella boto al suelo unos cuantos papeles que no necesitaba, antes de encontrar encontró una

billetera café con dibujitos al frente.

     “Me puede escribir un cheque,” él le dijo. “Si me da la dirección de su casa.”

     “Lo tengo en suelto,” ella dijo.

     Homero recibió los billetes que le habrían en el banco esa mañana con la firma del

vicepresidente del país.

     “Ya tendré más cosas otro día,” le dijo.

     “Muy bien, don Homero.”

     El corazón de Homero latió más rápido cada vez que ella mostraba sus piernas en su

camino a la puerta, pero el indio lo esperaba entre las cajas y otras cosas que le habían traído

de las montañas.

     “Tengo buena coca,” Homero le dijo. “Donde esta mi pago?”

     “Mmm,” el indio dijo.

     “No le doy nada entonces.”

     La pistola estaba en un cajón de la mesa, buena para solucionar los disputes ocasionados

por indígenas tercos, que no los llevarían a ningún sitio.

     “No me gusta ese hombre,” Miguel dijo al entrar al almacén. “Tiene cara de ladrón.”

     Homero puso unos enlatados de comida en su maletín, mientras el indio estudiaba sus

movimientos desde algún punto de la habitación.

     “Dónde va?” Miguel pregunto.

     “Es un secreto.”

     “No confió en él.”
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     Las vitrinas tenían que estar llenas de coca, mientras que el buscaba las cabezas en la

maleza, aunque Jaramillo no lo acompañaría en su aventura al infinito.

     “Es que no habla,” Miguel dijo.

     “Pues es mudo,” Homero dijo.

     Miguel puso un libro en la mesa, antes de que Homero se fuera a la selva donde achicaban

las cabezas con una mezcla de hierbas y magia.

     “Esas cabezas dan el mal de ojo,” Miguel dijo.

     “Como crees tantas tonterías.”

     “Lo dice en este libro.”

     Homero leyó todo aquello que los indios le harían en el libro que Miguel había encontrado

en la basura del almacén.

     “Ya correrá desnudo por la selva,” Miguel le dijo.

     “Pues no lo creo,” Homero dijo.

     Su madre le había dado muchos consejos sobre los caminos de la vida, llenos de las

tentaciones del demonio.

     “Ya le diré al padre Ricardo,” Miguel dijo. “Para que rece por su alma.”

     Homero pensó en la senda que tomaría en su existencia, porque parte de él se iría y la otra

se quedaría en el almacén, de acuerdo a uno de esos libros que su padre en el almario.

     “La senda se dividirá en muchas,” Homero dijo.

     “Que senda?”

     “La de mi aventura.”

     “Tienes mucha imaginación,” Miguel dijo.

     “Mmmm,” el indio dijo.

     Homero asintió. “Creo que esta de afán.”

     “Es mejor que no vaya,” Miguel dijo.
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     Homero puso más cosas en la maleta, aunque en la selva andaban desnudos entre los

árboles.

     “Si quiere lo acompaño,” Miguel dijo.

     Homero paro de empacar las pocas cosas que llevaba para pensar en la propuesta.

     “No,” él dijo. “Tienes que cuidar el almacén.”

     Ellos tuvieron una discusión acerca de los peligros de la selva, mientras que el indio

esperaba por la puerta, su cara una mezcla de muchas cosas muy difíciles de interpretar.

     “Le he prometido a tu madre que te cuidaría,” Miguel dijo.

     “Tienes el almacén.”

     Homero le escribió todo lo que tendría que hacer en el almacén, o si no perdería la plata

que había invertido en los anales del tiempo.

     “No debes de ir,” Miguel le dijo.

     El indio murmuraba algo en esa lengua incomprensible que alguien descifraría algún día,

cuando Homero se preparaba para su aventura en el tiempo fractal, mientras que Miguel

manejaba las financias del almacén y el sol brillaba en el cielo.

     “Su nombre no se puede pronunciar,” Homero dijo.

     “No será cristiano.”

     El indio seguía sin interesarle nada, aunque Miguel lo encomendara a su Dios en los

cielos.

     “Algún día aprenderá a hablar,” el dijo.

     El indio miraba la biblia que Miguel le había dado, su rostro inmutable a todo lo que

pasaba a su alrededor, antes de que Homero le mostrara las bolsas de coca.

     “No sé si confiar en él,” Homero dijo.

     “Mmm,” el indio dijo.

     “Tráeme más cabezas,” Homero le mostro su cabeza. “Y te daré mas coca.”
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     Entonces el indio saco otra cabecita con su pelo azabache y sus labios cocidos con hilo

sucio.

     “Ya te dije que este hombre es mágico,” Homero dijo.

     “Pues es otra cabeza,” Miguel dijo.

     El indio puso el trofeo que habría adquirido en otra de sus batallas campales al lado de los

papeles de Homero y unas otras cosas sin nombre.

     “Me tienes que llevar al resto de las cabezas,” Homero le dijo.

     “Mala idea,” Miguel dijo.

     “Mmm,” el indio dijo.

     Homero alisto su maleta, pensando en la plata que haría con las cabezas, aunque Miguel

no aprobara de su viaje a los sitios desconocidos de la selva.

     “Eso es un truco,” le dijo.

     “No dejes que nada le pase a la cabeza,” Homero dijo.

     El encontró otras cuantas cosas que necesitaría en su travesía por la selva, mientras que el

indio permanecía callado, su cara una mezcla de cosas incomprensibles.

     “Debería de llamar al periodista.”

     “Jaramillo?” Homero dijo. “El se muere en un sitio tan sucio como la selva.”

     “Pero sería una compañía.”

     Homero asintió. “Ya lo sé.”

     Ellos discutieron las cosas buenas y las malas de alguien como Homero visitando la selva,

pero el tiempo se pasaba y el indio parecía más jarto que nunca en su bata de colores.

     “No me matara,” Homero le dijo.

     “Tus papeles tienen que decir algo de esto,” Miguel dijo.

     Homero miro las hojas que había estado estudiando desde su niñez, en las que tenía que

estar su futuro entre otras cosas pasándole en su vida.
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     “El bus pueda que pase por acá,” Miguel interrumpió sus pensamientos.

     Homero examino una hoja que Miguel le pasó del horario de los buses que iban a las

montañas.

     “No sabía que los buses tuvieran horario,” Homero dijo.

     “La municipalidad es organizada,” Miguel dijo.

     El indio puso el bulto de hojas de coca en una de sus mochilas, hablando consigo mismo

en un idioma bastante raro.

     “Creo que se va,” Miguel dijo.
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                                           El bus

     Homero salió a la calle, cuando el bus venia y al indio no le importaba nada. Entonces

Homero corrió con la cartera en una mano y su maleta en la otra, al tiempo que el chofer

paraba en la esquina.

     “Déjanos subir,” él le mostro todos los pesos que tenia.

     El hombre ha debido de pensar en las implicaciones del gesto de Homero, porque les abrió

la puerta después de algunos momentos.

     “Aquí está la plata,” Homero dijo.

     “Cállate huevón.”

     Homero avanzo sobre la gente que había en el vehículo, ganándose unos cuantos insultos

de los que estaban sentados en el suelo.

     “Ya lo mato,” una voz dijo.

     Una mano salía por entre los cuerpos formando una muralla olorosa a todos lados, como

en el infierno del que hablaba el padre Ricardo durante sus sermones en la iglesia del

mercado.

     “Lo siento mucho,” Homero dijo.

     Entonces vio dos asientos al lado de una jaula llena de gallinas.

     “Esto le costara,” una voz dijo.

     Una mujer sentada debajo de la jaula, alargaba sus brazos bajo las barras de su prisión.

     “Estos son mis pájaros,” ella dijo.

     “Son gallinas.”

     “Mentiroso.”

     Homero la ignoro, mientras que el bus tomaba la carretera central por donde se veían los

cañaduzales y el viento les traía una lluvia de plumas y caca.
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     “Los pájaros no lo quieren,” la mujer dijo.

     “Pues a mí no me gustan,” Homero dijo.

     “Vete al culo.”

     “Vieja grosera.”

     Los pájaros lo miraban con ojos pequeñitos, llenos de malevolencia, hasta que se durmió,

y el mundo fue remplazado por el eco de los tambores de la selva. Quiero mis cabezas, le

decían. El ruido del vehículo le contestaba su sueño, a pesar de que tendría que emprender la

travesía entre los árboles.

     “Empanadas,” una voz lo despertó.

     Homero vio a una mujer pequeñita, ofreciéndole una bandeja llena de moscas afuera de la

ventana.

     “No tengo hambre,” él dijo.

  “Pues come mierda,” la mujer de las gallinas dijo.

     “Huevona,” Homero dijo.

     “Su amigo se fue,” la mujer dijo.

     Homero vio el asiento del indio vacío.

     “Han visto a mi amigo?” él pregunto.

     “No nos molestes,” alguien dijo.

     Homero trato de salir entre la gente que había elegido el suelo para dormir antes de llegar

a su destino, ganándose unos cuantos insultos.

     “Quiero salir,” les dijo.

     “Pues te jodiste,” un hombre gordo, atrapado entre una mujer con cara de sargento y

alguien durmiendo, le dijo.

     “Te doy plata,” Homero le dijo.

     “Cuanto?”
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     “Veinte pesos.”

     “Haber,” el hombre estiro su mano.

     “Déjenme pasar primero.”

     Unas cuantas personas que no podía ver lo amenazaron de muerte, en las sombras del fin

del mundo.

     “Deme la plata,” el hombre decía.

     “Han visto a mi amigo?” Homero pregunto.

     “No,” la gente dijo.

     “Tenía una bata larga.”

     “Quiero mi plata,” el hombre seguía diciendo.

     Homero pisó los cuerpos hacinados en el suelo, hasta llegar al lado del chofer.

     “Tu amigo está afuera,” él le dijo.

     De pronto alguien le hacía señas al lado de unas mulas polvorientas y de los vendedores

ambulantes ofreciéndole sus concocciones.

     “Que te pudras por la carretera,” el chofer dijo.

     “Quiero mi plata,” el hombre gordo decía desde algún rincón del bus.

     “Solo tengo cheques,” Homero dijo.

     Al fin paso al otro lado de la calle, donde el indio le acariciaba la cabeza a la mula sin

interesarle su sufrimiento.

     “Imbécil,” Homero le dijo.

     El indio continuaba acariciando al animal, haciendo que Homero se enfureciera más.

     “Te doy más coca si me ayudas a subir en la mula,” Homero dijo.

     “Mmm,” el indio dijo.
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     Homero se trepo encima del animal antes de caerse por el otro lado, raspándose las

rodillas y parte de su alma. Eso no les había pasado a los héroes de las películas del oeste,

que el padre Ricardo mostraba algunas veces en la casa episcopal.

     “No mas coca,” Homero dijo.

     “Mmmmm,” el indio le contesto.

     Homero vio una piedra de buenas dimensiones cerca de ellos, por la que se podría montar

encima del burro, antes de que el indio se le escapara con las bolsas de coca.
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                                         La aventura

     El cuerpo a Homero le dolía cada vez que el caballo trotaba y los insectos cantaban sus

sinfonías cerca de ellos, mientras cabalgaban por la llanura desapareciendo hasta el horizonte.

     “Mmmm,” el indio dijo.

     “Serás tonto,” Homero dijo.

     Entonces llegaron a un rio en rumbo a algún sitio lejos de la civilización cuando el sol les

quemaba la espalda, y el indio esculcaba en una de las mochilas que había puesto en el

animal al comienzo de su viaje por la sabana, como si le ocultara algo importante.

     “Donde están las cabezas, Homero le pregunto.

  El indio no le puso cuidado, entretenido con algo que había encontrado adentro de su

mochila, parecido a una malla de pescar.

     “Es buena idea,” Homero dijo. “Ya me está dando hambre.”

     El indio se paro al lado del rio con la malla que habría tejido en su pueblo, cuando no

estaba matando a sus enemigos en las batallas campales, al tiempo que Homero se trataba de

bajar de su mula.

     “Esto parece un sueño,” le dijo. “Como si alguien le hubiera dicho al bus que nos

recogiera.”

     “Mmm,” el indio dijo.

     “Tenemos que hablar de las cabezas,” Homero dijo.

     El indio seguía pescando, haciéndose el tonto, o es que el pobre era tarado y no entendía

nada. Entonces Homero le mostro la mochila que tenía en el suelo.

     “Te lleno varias mochilas con coca,” le dijo. “Por cada cabeza que me des.”

     Al indio no le importo lo que Homero decía, pues tendrían que comer algo antes de que el

sol se ocultara atrás de la maleza, y el viento susurraba muchas cosas en el idioma de la
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naturaleza. Entonces algo saltaba en la malla de pescar, interrumpiendo los pensamientos de

Homero.

     “Mmmm,” el indio dijo.

     “Eso se llama un pescado,” Homero dijo.

     El indio dijo algo parecido antes de que encendiera unos papeles que tenía en sus bolcillos

con una caja de fósforos del mercado, asustando a los zancudos que querían pasarles los

venenos de la selva.

     “Cuantas cabezas tienes?” Homero le pregunto.

     El indio seguía cocinando, sin importarle los sentimientos de Homero, que sería un

millonario antes del final del mundo.

     “Yo quiero muchas cabezas,” el señaló su propia cabeza para que el hombre le entendiera.

     El pescado había quedado muy bueno, mirándolos con ojos apagados detrás de su muerte

en el rio, antes de que el sol se transformara en una antorcha grandísima entre las tinieblas de

las que no saldría hasta el día siguiente.

     El indio le ofreció un aguardiente, los tambores sonaban y el mundo se evaporaba en una

cantidad de imágenes bajo luz de la luna, como si los duendes de la selva los hubieran

embrujado con sus pociones reservadas para festividades especiales.

     Entonces aparecieron otros indios, caminando por entre los charcos que el rio había dejado

cerca de la maleza.

     “Vengo en paz,” Homero dijo.

     “Mmm,” ellos dijeron.

     El habría cambiado el tiempo fractal, desde su llegada al rio hacia unos momentos, en los

que las sombras surgían entre los arboles rodeándolos por todos los lados.

     “Mmm,” los indios dijeron.

     “Es que no hablan?” Homero dijo.
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     Los indios le dieron a Homero una trucha cocinada en sus jugos, más un aguardiente

bastante fuerte, que le quemo el esófago hasta llegar al estomago, antes de sentarse a hablar

en ese idioma sin diccionario, al tiempo que alguien tocaba los tambores.

     “Les doy bastante coca,” Homero les dijo.

     Uno de los indios le trajo más pescado, en esa primera noche en la selva, en la que el ruido

de los tambores lo hizo dormir al lado de la hoguera.

     “Tome aguardiente,” alguien le decía.

     “Quiero mis cabezas,” Homero dijo.

     El corría por la selva, en uno de esos sueños extraños de los que es imposible despertarse

aunque solo se hubiera tomado unos aguardientes.

     “Dónde estoy?” Homero dijo.

     El viento le contesto mientras los murciélagos volaban y los tambores lo llamaban a una

ceremonia secreta.

     “Uhhh,” algo se quejaba en algún sitio que él no podía ver porque no tenía fósforos.

     Entonces unas sabanas brillantes bailaban sobre los arboles, como si el mundo se hubiera

vuelto mágico.

     “Buenas noches,” una de las sabanas dijo.

     “Estaré loco,” Homero dijo.

     “Que esta chiflado,” la sabana dijo, mirándolo por entre las ramas.

     “Soy un fantasma en camino a Pereira,” la sabana le dijo.

     “No sé dónde voy,” Homero dijo.

     “Tiene que saber.”

     Homero explico cómo los indios le habían dado aguardiente cerca del fuego, cuando él

quería las cabezas achicadas.

     “Porque está desnudo?” el fantasma le pregunto.
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     “Me desperté así.”

     “Coja una de mis sabanas,” el fantasma dijo.

     Él le dio una de sus sombras, ayudándole a encontrar los hoyos de los ojos por los que se

veía el paisaje en tonos grises.

     “Donde van?” Homero pregunto.

     “Vamos a actuar por dos meses en Pereira,” el fantasma le dijo.

     “No tienes compañía?”

     “Es la más famosa del otro mundo.”

     Uno de los esqueletos luminosos boto algo sobre la maleza, matando unas cuantas

luciérnagas alistándose para su presentación nocturna.

     “Esa es Ileana,” el fantasma dijo. “Ya ha roto dos piernas esta noche.”

     El fantasma trato de repararla, después de darle a Homero uno de sus ojos.

     “Guárdalo por el momento,” le dijo.

     Homero lo cogió con la sabana, que alguien habría tejido en medio de otro mundo que no

entendía.

     “Aquí tienes tu hueso,” el fantasma le dijo al esqueleto. “Si lo rompes otra vez, tendrás

que saltar entre los árboles como un canguro.”

     Ileana siguió bailando después de colocarse el hueso en la pierna, y Homero le trato de dar

el ojo al fantasma.

     “Lo puede guardar,” él le dijo. “Como recuerdo mío.”

     “Gracias,” Homero dijo.

     El mundo se veía diferente con el ojo encima de la sabana, como la fantasía en la que se

había sumido desde que había salido de la casa hacia un tiempo indeterminado.

     “Este es un universo paralelo,” el fantasma dijo.

     “No entiendo,” Homero dijo.
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     El fantasma le explico las leyes de la naturaleza rigiéndolo todo, desde el día que Homero

había abierto sus ojos a la luz del mundo.

     “Eso es loco,” él le dijo.

     El fantasma sonrió. “Estar hablando conmigo es loco.”

     Homero se sentó en una piedra de buenas dimensiones, que algún volcán habría vomitado

del interior de la tierra haría miles de años, las palabras del fantasma llevándolo más lejos de

la realidad.

     “El camino se bifurcó antes de que nos encontráramos,” el fantasma dijo.

     “Ya lo sé,” Homero dijo.

     “Te has ido por ambos lados del tiempo.”

     “Pero si estoy aquí.”

     “Estas aquí, allá y en todo sitio.”

     La cabeza de Homero le dolía de pensar en las consecuencias de sus acciones, y más seres

transparentes aparecieron, envueltos en sabanas fosforescentes, como si estuvieran en una

fiesta de disfraces.

     “La ley de las probabilidades indica que tienes un cincuenta por ciento de chances de que

estés en varios sitios,” el fantasma dijo.

     El mundo se volvía confuso para Homero, que solo quería volver a su almacén, sin pensar

en las palabras del fantasma, esperando que su doble estuviera ayudándole a Miguel en sus

negocios.

     “Tienes que escoger tu futuro,” el fantasma dijo.

     “Pues no sé qué tiene que ver con esto.”

     Los fantasmas seguían bailando en ese sueño que Homero tenía en el medio de la selva,

aunque tendría que tomar un camino, como lo decía el fantasma.                  Algunos micos
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interrumpieron la escena con sus bailes y cantos, perfectamente normal en el mundo al que

Homero había llegado.

     “Somos los Australopitecos

     “Los Australopitecos invencibles

     “Cualquier cosa que los hombres han hecho

     “Ya la hemos hecho

     “No lo nieguen

     “No lo nieguen

     “No digan no

     “Somos los australopitecos

     “Los hombres se llaman sabios

     “Ja, ja, ja

     “Lo quieres ver?

     Somos los sabios”

     Entonces se golpearon en la cabeza entre ellos, comiéndose a los micos arrastrándose por

el suelo. Hitler, Truman, Eisenhower, Mussolini, Franco, Tojo, Hirohito, Cesar y otra gente

famosa le pidieron a los Australopitecos que no se comieran al resto de sus coterráneos.

     “Como puedes ver, mi amigo,” el fantasma dijo. “Tienes que escoger.”

     “No entiendo,” Homero dijo.

     “Entre los caminos de la realidad.”

     Homero se sentó al lado de los personajes famosos, oyéndolos hablar de cosas

inverosímiles como ese sueño en el que se había sumido desde que había salido del bus.

     “Esto no es real,” él dijo.

     “Que si es,” el fantasma le dijo.
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     Homero se levanto de la piedra que había encontrado, teniendo cuidado de que la sabana

del fantasma no se ensuciara.

     “Hay una infinidad de Homeros,” el fantasma le dijo.

     “Pues entiendo menos.”

     “El universo se parte cada vez que piensas,” el fantasma dijo.

     Homero trataba de entender lo que le decía el fantasma de sus pesadillas, después de

haberse tomado ese aguardiente en el campamento.

     “No existes,” Homero dijo. “Y quiero volver a mi almacén.”

     En ese momento salió el sol, y el fantasma se desvaneció entre la piedra, donde Homero se

había sentado hacia unos momentos, aunque no hubiera alguna rendija por donde se hubiera

metido.

     “Donde estas,” Homero dijo.

     El pensó en todo lo que le había pasado, desde que el indio lo había abandonado en el

medio de los arboles en una noche que nunca olvidaría, cuando tendría que escoger entre los

caminos para llegar a la civilización.

     Tin marin de dos pingue, cucara, macara, títere fue, Homero pensó, cogiendo el caminito

de la izquierda, que sería el que seguían los habitantes de la región para llegar a la

civilización. El se sentó al lado de unos arbustos a descansar de su peregrinaje por las

cabezas que el indio habría escondido en algún sitio.
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                                          La iglesia

     “Despiértate,” una voz dijo.

     Al abrir los ojos, Homero vio a un grupo alrededor, y un sacerdote botándole agua de un

balde sucio.

     “En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,” el padre dijo.

     “Amen,” la gente dijo.

     Homero pensaba en esa pesadilla en la que lo había sumido su destino, mientras que el

agua se filtraba por entre la sabana del fantasma y el padre hablaba del poder de Dios en el

universo.

     “Un momento,” Homero dijo.

     “Cállate,” el padre dijo.

     La gente odiaba a Homero por algo que no había hecho, en una noche llena de los poderes

mágicos de la selva.

     “Los indios me dieron pescado,” Homero dijo.

     “Quienes?”

     “Los indios antes de que tuviera esa pesadilla de fantasmas.”

     El padre escucho todas sus calamidades desde que había salido del almacén en el mercado

el día anterior.

     “Ven conmigo,” el padre dijo.

     Homero se sentó en el suelo. “Donde?”

     “Ya verás.”

     Él lo llevo por entre las enredaderas adornando el patio con una fuente, hasta que llegaron

a otra calle, donde un coche con caballos los esperaba al lado de la gente mirándolo con

asombro.
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     “Tengo hambre,” Homero dijo.

     “Te daré un cerdo entero en mi casa.”

     “Quiero aguardiente.”

     “Tendrás toda la botella.”

     El padre lo ayudo a subir al carro, teniendo cuidado que la sabana del fantasma no se

enredara en ningún sitio, antes de que los caballos galoparan por el camino.

     “Ya los oigo,” Homero dijo.

     “Qué oyes?”

     “Los tambores de los indios.”

     “Te lo imaginaras,” el padre dijo.

     El coche pasó por las calles vacías, hasta que llegaron a una iglesia afuera del pueblo, sus

torres recordándoles del poder de Dios y de otras de las cosas en las que creía la gente.

Homero levanto la sabana, para ver el paisaje a su alrededor.

     “No te la quites,” el padre dijo.

     “Por qué?”

     “Nos volverá millonarios.”

     Homero le dijo que la sabana se la habían dado los fantasmas de su sueño.

     “Pues es muy real,” el padre dijo.

     “Y todo ha sido una pesadilla,” Homero dijo.

     “Los seres de pesadillas no dan sabanas con un ojo real.”

     “No sé.”

     Al entrar a la iglesia sumida en las tinieblas, unas viejitas encendían velas a la imagen de

la virgen con el niño Jesús en sus brazos, que adornaba uno de los rincones del atrio.

     “Ahhhh,” ellas gritaron.

     “No hace nada,” el padre dijo.
42



     La sabana de Homero hacia que las viejitas corrieran atemorizadas de lo que pudiera

suceder con ese hombre tan raro.

     “Este es Homero,” el padre dijo. “Tiene el poder de Dios.”

     “Amen,” todos dijeron.

     El padre abrió una puerta atrás del altar, donde encontraron a una mujer alimentando las

llamas de una estufa ennegrecida por el humo a su alrededor.

     “Tenemos un invitado esta noche,” el padre le dijo.

     “Ahhhh,” ella dijo.

     “No hace nada.”

     “Pero parece Satanás,” ella dijo.

     Homero la miraba a través del ojo de la sabana, la luz de la estufa bailando a su alrededor

como en los finales del tiempo, a pesar de que Jesús Cristo hubiera sufrido por nuestros

pecados hace dos mil años.

     “Es que es un monstruo,” la mujer dijo.

     “Este ojo no es mío,” Homero dijo.

     “Pues devuélvelo.”

     Homero se envolvió en la sabana, mientras que la mujer alimentaba el fuego, que Dios le

habría mandado para que le cocinara a la parroquia.

     “Ven conmigo,” el padre dijo.

     Él lo llevo entre la basura abandonada por los feligreses en sus visitas a la eucaristía y

donde las ratas se escondían para que no las mataran a escobazos en un día menos pensado,

hasta que llegaron a una habitación pequeña, llena de basura.

     “Aquí esta su comida,” la mujer le trajo una bandeja con morcillas, patas de pollo y otras

cosas irreconocibles después de ser asadas en la estufa.
43



     Homero levanto la sabana, exponiendo su cuerpo al frio de la noche, antes de comer lo

que le ofrecían en la casa de Dios, que vino al mundo para darnos el espíritu santo.

     “Tengo pecadores en el pueblo,” el padre dijo.

     “Quiero otra ropa,” Homero interrumpió su discurso.

     “Esa sabana es lo mejor que he visto con el ojo de bombillo,” el padre dijo. “Que pilas

usas?”

     “Ever ready,” Homero dijo.

     El padre le explico los poderes de Satanás sobre el pueblo, que estaría loco por quitarle la

sabana de la selva, pues la iglesia necesitaba muchas cosas para predicar el poder de Dios.

     “Es la ley de las probabilidades,” Homero dijo.

     “No entiendo,” el padre dijo.

     Homero le explico todo acerca de su vida dividiéndose en muchos caminos, de acuerdo al

fantasma que había visto en una noche que nunca olvidaría.

     “El señor te ayudara,” el padre dijo.

     “Eso espero.”

     Él padre le mostro donde podría descansar de todas esas pesadillas mandadas por el

diablo, que solo los locos del manicomio verían durante sus episodios de locura.

     “No hay cama,” Homero dijo.

     “Hijo mío,” el padre dijo. “Dios quiere que sufras por tus pecados.”

     Homero se hubiera podido quedar en su almacén, vendiéndole a la ciudad, en vez de estar

sufriendo penurias en un rincón olvidado del país.

     “Lo indios se robaron las cabezas,” le dijo.

     El padre paro de barrer la basura al lado de ellos, antes de encontrar unos ladrillos, iguales

a los que Dios les hubiera dado a Adam y Eva, para que construyeran su casa después del

pecado original.
44



     “Me dirás eso otro día,” él le dijo

     Homero no veía como podría dormir en el suelo, envuelto en la sabana del fantasma y

expuesto a que una rata le mordiera los pies, a pesar de que el padre había quitado bastantes

cosas de su lado.

     “Quiero una cama,” Homero dijo.

     “No he tenido plata para comprar eso.”

     “Entonces me voy.”

     “A donde?”

     Homero no tenía otra opción que pasar la noche en el suelo, acompañando a las ratas y

otras criaturas de la noche en un rincón del infierno.
45



                                 El camino a la civilización

     Homero se despertó en el suelo, su cabeza apoyada en el ladrillo que el padre había

conseguido en las entrañas de la iglesia, y la sabana que el fantasma le había dado se había

esfumado por arte de magia. En ese momento alguien entro a la habitación.

     “Pero si esta empeloto,” una chica gordita dijo.

     Ella formo un escándalo, despertando las ánimas en pena vagando por los corredores de la

iglesia, e interrumpiendo la misa que estaba a punto de acabar. El padre apareció a su lado

con los hábitos sagrados que usaba para hablar con Dios.

     “Que has hecho con la sabana,” le pregunto.

     “Me la robaron,” Homero dijo.

     “Ese era nuestro futuro.”

     El padre miraba en todo sitio, tirando cosas al suelo y ensuciándose el hábito con las

telarañas esparcidas por el demonio el día que Adam y Eva salieron del paraíso.

     “El agua bendita hiso que la sabana se desvaneciera,” Homero dijo.

     “Esas son pendejadas.”

     Las cabezas que Homero había perdido en la selva tendrían que ser más importantes que la

sabana del fantasma, pero el padre seguía quejándose.

     “Es mejor que me vaya a mi almacén,” Homero dijo.

     El padre lo miro. “Tienes un almacén?”

     “Esta en el mercado atrás de las montañas.”

     “Que buena suerte.”

     “Miguel lo está cuidando,” Homero dijo. “Su hija es muy linda.”

     “Les tengo que hablar de Dios,” el padre dijo.

     “No puedo ir empeloto,” Homero le dijo.
46



     El padre le dio unos pantalones y camisas para que la gente no saliera corriendo al verlo

en la calle, pero le quedaban un poco grandes.

     “Ya lo llevare al pueblo más cercano.” El padre dijo. “Quiero ver los fantasmas.”

     El padre alisto un maletín viejo, dándole a su empleada instrucciones para cuidar a la

iglesia antes de su retorno.

     “Deberían de tener más buses,” Homero dijo.

     “Necesitamos plata,” el padre le dijo.

     Se tendrían que ir rápido, o las viejitas esperando la comunión se quejarían a la diócesis,

por no tener el hombre de Dios oficiando la misa.

     “Los indios quieren nuestras cabezas,” Homero dijo.

     El padre lo miro. “Me confundes con tus indios.”

     El puso una botella de agua bendita entre las cosas de llevar a la selva, mientras masticaba

las hojas que Homero habría encontrado en la maleza, fortaleciéndolo en su viaje por la

llanura.

     “No creo en el espíritu santo,” Homero dijo.

     “No digas eso.”

     “Los espíritus no son santos.”

     Ellos se sentaron a hablar de las cosas que Homero había hecho desde que había salido de

la ciudad.

     “Me recuerdas de la historia de ese hombre que se quedo dormido y han pasado muchos

años al despertarse al día siguiente,” el padre dijo.

     Homero oyó ese cuento, que alguien habría escrito un día en el que no tendría nada más

que hacer.

     “Apenas salí ayer de mi almacén,” le dijo.

     “Los diablos te han estado siguiendo,” el padre dijo.
47



     El sonido de truenos los volvió a la realidad, en el que espíritu santo los había olvidado y

al padre le gustaba la coca creciendo en el campo.

     “Esto nos dará fuerza,” Homero dijo.

     El padre le sonrió. “Dios ayuda a sus animas benditas.”

     Ellos tendrían que irse por la llanura, mientras los fantasmas se escondían en las tinieblas

al otro lado del mundo.

     “Tenias esa sabana con ese ojo extraño,” el padre dijo.

     Homero le conto la historia de las cabecitas que el indio le había prometido antes de salir

de la ciudad, pero ese último aguardiente ha tenido que estar drogado o él había tenido un

sueño muy extraño.

     “No debes de mezclar la coca con el aguardiente,” el padre le dijo.

     Ellos discutieron el poder de los indios sobre su vida, los truenos interrumpiendo la

conversación del bien y del mal después del pecado original.

     “Padre,” Homero dijo. “Los indios nos achicarán las cabezas.”

  El padre no le creía, en su empeño en encontrar a los fantasmas escondido entre la noche,

pero entonces empezó a toser.

     “Satanás me ha mandado esto,” él dijo.

     “No puede ir enfermo,” Homero le dijo.

     El padre tosía, como si el demonio en realidad no lo quisiera, cuando Homero quería irse a

su almacén.

     “Los fantasmas no nos darán plata,” el dijo.

     “Pero tienen sabanas mágicas.”

     “Pues son el demonio.”

     “Ya los encontrare otro día,” el padre dijo.

     “Es buena idea,” Homero dijo.
48



     El padre tomo sus detalles en un diario, anotando el precio de la coca si quería ofrecérsela

a sus feligreses en vez de que rezaran los padrenuestros después de la confesión.

     “Los australopitecos se comieron entre ellos,” Homero dijo.

     “No hay de eso.”

     “Que yo los vi.”

     El padre escribió los detalles de su aventura, después de tomarse ese aguardiente en la

selva.

     “Los fantasmas bailaban sobre los arboles,” Homero le dijo.

     “Cada vez estas más loco,” el padre dijo.

     Homero le conto mas de Ileana perdiendo su hueso y toda la gente famosa reunida entre

los árboles.

     “Todo eso te lo soñaste,” el padre le dijo.

     “Tenía la sabana mágica.”

     “Pues te la encontrarías en algún sitio.”

     Homero empaco su ropa, mientras el padre le daba las instrucciones para encontrar el bus.

     “Que vayas con Dios,” le dijo.

     “Me ha desamparado hasta ahora,” Homero dijo.

     “Ya se acordara de ti.”
49



                                             El mar

     Miguel y María le dieron la bienvenida en su almacén. Las cabezas no le habían traído

sino problemas, aunque el tío Hugo las hubiera vendido en Nueva York por bastante plata,

donde los gringos admiraban las cabecitas reducida por los indios después de sus peleas

campales.

     Extranjero triunfa en su expedición a la selva, decía en algunos titulares de los periódicos

el próximo día, aunque no sabían que Homero se había quitado su ropa en el medio de sus

sueños, antes de que se acabara en la tragedia bíblica de la que hablara el padre Ricardo en

sus sermones de la iglesia. Homero encontró el teléfono que tenia entre los chécheres del

almacén.

     “Esta es la librería,” alguien le contesto.

     “Quiero hablar del mar,” Homero dijo.

     “No entiendo,” dijo la chica.

     “Es para ayudar la economía.”

     “Que pasa con la economía?” ella le pregunto.

     “Es que soy don Homero.”

     El oyó su voz después de una pausa.

     “Lo llamare cuando arreglemos algo,” ella dijo.

     Homero se dio cuenta como sus aventuras con los indios o su fama como vendedor de

coca de primera calidad en la región lo habían hecho famoso en la ciudad, pero primero

tendría que aprender acerca del mar, el alma de sus padres acompañándolo en aquellos

momentos en que los necesitaba.

     “Hay muchos Homeros por el mundo,” él dijo.
50



     Miguel paro de arreglar las cajas de coca esparcidas por el suelo, antes de mirarlo por

entre los anteojos, que se debido de comprar no hacía mucho.

     “Pues solo veo uno.”

     “Es que mis dobles viven en otras dimensiones.”

     “Quien dice eso?”

     “El fantasma.”

     Miguel siguió haciendo su trabajo sin importarle la locura de Homero que se estaba

volviendo peor con el paso del tiempo, a pesar de todas las veces que el padre Ricardo lo

había bendecido o de que su hija lo quisiera mucho.

     “Quiero tener barcos,” Homero dijo. “Es mi nueva ilusión.”

     “Que tenga suerte,” Miguel dijo.

     Homero tendría que ayudarles a los jóvenes de la ciudad a tener un futuro mejor, a pesar

de que el padre Ricardo les predicara todo acerca de la biblia ayudándoles a componer su

vida con sus historias horribles del viajo testamento.

     “Los jóvenes necesitan trabajo,” el dijo.

     “Ya lo sé,” Miguel dijo.

     “Tengo que ayudarles a encontrar su futuro.”

     “Todo esto lo habrá dicho el fantasma.”

     Homero busco en los libros esparcidos por la mesa por algo que le ayudara con lo que

quería, creando mas caminos en el árbol de su existencia, cada vez que esculcaba alrededor

suyo.

     “Me hubiera ido mejor, si hubiera cogido ese libro antes,” el dijo.

     “Don Homero," Miguel le dijo. “Ya estoy cansado de tanta locura.”
51



     Homero le explico otra vez de su vida siguiendo ciertos caminos, con cada acción que

tomaba en el hilo del tiempo, aunque su viaje a la selva, le habría abierto nuevas sendas por el

mundo.

     “Tienes que saber que quieres,” Miguel le dijo.

     “Esta es mi conclusión de mi aventura en la selva,” Homero le dijo.

     “Pues no entiendo.”

     Homero hizo el diagrama de su vida, desde que había llegado de su aventura, el árbol de

su vida, creciendo más ramas con cada acción efectuada por su camino.

     “Es que esto es así,” Miguel dibujo la rama actual de sus existencias.

     El resto de su vida tendría que seguir el rumbo que había empezado, el momento en que se

había ido atrás del indio, pero los papeles de José lo dirían más claramente, mientras que los

trataba de encontrar en un cajón lleno de cosas.

     “Te los he guardado,” Miguel dijo.

     “Como sabes qué es?”

     “Eso es lo que siempre quieres.”

     La senda de su vida tendría que seguir por la misma rama desde su llegada de la selva,

tratando de no crear peores caminos por eso el mar parecía una buena idea.

     “Es que no soy la misma persona que se acostó anoche,” Homero dijo.

     “Ya empiezas con tus cosas.”

     “Es la verdad,” Homero dijo. “Me he ido por muchos caminos.”

     “Y yo debo de trabajar,” Miguel dijo.

     Homero pensó que cada minuto de su vida, lo llevaría hacia un futuro diferente, y por eso

tendría que emprender su nueva aventura por el tiempo lo antes posible.

     No veo como podrá comprar barcos,” Miguel dijo.

     “Le pediré plata a los ricachones de la ciudad.”
52



     “No sé porque le darán.”

     “A los ricos le gustan las obras de caridad.”

     Homero dibujo la rama por la que tendría que seguir desde ese momento, sus

pensamientos impulsándolo hacia el futuro, al que a veces le temía.

     “Ese fantasma sabia más que Dios,” Miguel le dijo.

     “Es que no existe.”

     “Ya lo sé,” Miguel le dijo. “La plata es tu Dios.”

     “Al menos nos da alegría,” Homero dijo.

     “Y te llevara al infierno.”

     “No hay nada de eso,” Homero dijo.

     “De acuerdo a tus papeles.”

     “Y a los fantasmas.”

     Homero tendría que planear la vida desde ese momento, el mar llevándolo hacia sus otras

ideas, antes de que se volviera un millonario en su línea del tiempo.

     “Hare otras cosas cuando tenga mis barco=s,” le dijo.

     Miguel asintió. “Habrá mas gente pobre que salvar.”

     “Eso es buena idea.”




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53



                                         La librería

     “La librería está al lado de la plaza del mercado,” Miguel le dijo.

     “Ya lo sé.”

     Homero se alisto para hacer sus investigaciones acerca del mar, tratando de olvidarse de

su aventura por la selva, y de los fantasmas hablándole de mundos desconocidos. Los

papeles de José se cayeron en el piso, recordándole de ese amigo que había tenido hacia

tiempo, aunque ahora tendría que pensar en su misión en el mar.

     “Tiene que ir a la librería antes de que cierren” Miguel le dijo.

     Homero había encontrado los datos que quería para su nueva empresa, trayendo mercancía

del Caribe a su almacén.

     “Buena suerte,” Miguel le dijo.

     La librería estaba al lado de una plaza pequeña con el busto de Simón Bolívar, el

libertador del país que lo había acogido en su juventud, donde una chica joven miraba a los

libros en la recepción.

     “En que puedo ayudarlo?” ella le pregunto a Homero.

     El esperaba que la chica cayera en sus brazos, antes de tocarle sus senos.

     “Quiero unos libros,” le dijo.

     “Tienes que llenar una de estas tarjetas,” ella le dio un papel.

     Homero no había aprendido a escribir durante su niñez, pero quería estar registrado en la

librería.

     “Se me han olvidado mis anteojos,” le dijo.

     La chica escribió con sus manos delicadas que le podría hacer muchas cosas debajo de sus

calzoncillos.

     “Me llamo Homero,” le dijo.
54



     Ella estudio su cara antes de anotar el nombre.

     “Eres tocayo de un hombre famoso,” ella dijo.

     “No sabía.”

     “Puedes ver sus libros en la parte de atrás del salón.”

     Homero siguió sus indicaciones, estrellándose con unos asientos que alguien había puesto

en su camino, e interrumpiendo la concentración de la gente.

     “Silencio,” alguien dijo.

     Él había llegado al medio de la sala, donde unas madres leían con sus hijos pequeños,

cuando vio un hombre de nariz larga y ojos locos en la portada de un libro.

     “La Ilíada,” el leyó en la cubierta.

     Este libro tenía que ser de su tocayo del pasado. Homero se sentó a la mesa, creando más

confusión al mover los asientos a su lado, antes de concentrarse en el libro con el nombre

raro. Su tocayo habría sido un hombre muy ocupado escribiendo acerca de Héctor, Zeus y el

rey Hermes haciendo sus negocios con Troya, mientras que Helena lo hacía con todo el

mundo. El tiempo retrocedió, mostrándole otra realidad que había existido en medio del

Olimpo, el silencio de la biblioteca interrumpiendo sus pensamientos.

     “Dos y dos son siete,” el dijo.

     “Ese hombre habla solo,” un niño dijo.

     Homero se estrello con más asientos, mientras caminaba hacia la chica atrás del escritorio.

     “Me llevo este libro a la casa,” él le dijo.

     Ella puso la estampa en la primera página, pero se detuvo cuando vio la cara del otro

Homero en la cubierta del libro.

     “Es extraño,” ella dijo.

     “Qué es?”

     “Nada.”
55



     “Saldrías conmigo mañana?” Homero le pregunto.

     “Tengo novio.”

     “Que pesar.”

     Homero dejo la librería mientras que el sol brillaba en el cielo, sin interesarle que no

hubiera conquistado a la bibliotecaria, las notas del himno nacional interrumpiendo sus

pensamientos de otros mundos, perdidos en el tiempo.

     El Homero de la historia les hubiera robado la plata a los ricos para dársela a los pobres,

cuando el padre Ricardo apareció al lado suyo con su cara redonda y su cuerpo gordinflón,

donde el espíritu santo se le asomaría entre el hábito sagrado unas cuantas veces.

     “Porque te metiste con los indios?” él le dijo.

     “Tenían buenas hembras.”

     “Ya discutiremos eso otro día,” el padre dijo.

     Homero lo siguió adentro de la iglesia, algunas velas que alguien habría encendido

dejándolo ver entre las tinieblas del atrio.

     “Voy a comprar barcos,” Homero le dijo.

     El padre lo miro después de persignarse en frente de la cruz, como si no le gustara que

Homero tuviera sus ideas de ayudarle a la gente.

     “Eso cuestan mucho,” le dijo.

     “Estoy pidiendo la ayuda de la gente en la librería.”

     El padre Ricardo paro de mirar la estatua de la virgen, a la que le faltaba un poco de

pintura por el lado de los pies, por donde los feligreses la tocaban para ganarse las

bendiciones.

     “Estarán locos si te ayudan,” le dijo.

     “Gracias padre,” Homero le dijo.

     “De qué?”
56



     “No sabes lo que dices.”

     Homero siguió en su camino al tiempo que los relámpagos acababan la paz del día.
57



                                        La librería

     “Señores y señoras,” Homero dijo en frente del espejo. “Tengo una idea para ayudar al

mundo.”

     El tendría que comprar un barco y varios camiones para traer la mercancía del puerto, la

mejor manera de hacer plata en medio de su vida.

     “Dos y dos son siete,” el dijo.

     Esa frase no significaba nada, pero muchas cosas no iban a ningún sitio, como los papeles

que José había dejado en el suelo, aunque una era ardilla comiéndose una nuez lo miraba

atrás de la enredadera.

     “Te amo mucho,” el se dijo a sí mismo.

     Su madre le había contado historias de su niñez en esa tierra perdida en el tiempo, el

sonido del teléfono interrumpiendo sus pensamientos de sus padres viajando al otro lado del

océano.

     “Hemos conseguido un salón para su charla, Don Homero,” una voz dijo. “Debe de estar

en la librería a las siete y media de la noche.”

     “Muchas gracias.”

     Homero se vistió después de bañarse en la regadera que había puesto en el patio,

desperdiciando el agua yéndose por la alcantarilla, pero tenía que convencer a la gente de su

sinceridad.

     “Ese lunar que tienes cielito lindo..” el cantaba al frente del espejo, donde podía ver su

perfil con el que conquistaría el mundo.

     Después de secarse con la toalla, el se vistió con su mejor ropa, la imagen en el espejo

mostrándole que guapo era a pesar de sus sufrimientos.

     “Cantas muy bien,” una voz dijo.
58



     María lo observaba desde la puerta, mostrando sus piernas bajo una falda muy bonita que

habría hecho en su casa.

     “Tengo que hablar en la librería,” Homero dijo.

     “De qué?”

     “De barcos.”

     “Cuestan mucho.”

     “Lo sé.”

     Él le mostro las fotos que había encontrado en el libro de su tocayo griego, el de la guerra

de Troya,       antes de que hubieran periódicos y otras cosas indispensables para la vida.

Homero le toco su cintura pero ella lo rechazó con sus manos delicadas.

     “Estoy ocupada,” le dijo.

     “Siempre lo estas.”

     Homero se tendría que alistar para exponerle sus ideas a la gente del mundo, mientras que

ella lo miraba desde la puerta, en caso de que tratara uno de sus trucos.

     “No sé qué decirles,” él le dijo.

     “Quieres ir pero no sabes que hacer.”

     “Ayúdame.”

     El la beso antes de que ella protestara y después le toco sus pechos.

     “Te doy plata,” le dijo.

     María lo empujo sobre unas cajas que habían venido esa mañana, con la palabra coca

escrita en todos los lados.

     “Que te paso en la selva?” ella pregunto.

     “Los indios no tenían cabezas.”

     “Pues mientes.”

     “Tengo que ir a la librería,” el dijo.
59



     “Buena suerte,” María le dijo.

     Homero le conto de su travesía en el reino de los arboles, y de su sufrimiento al lado de

las gallinas en el bus.

     “Un fantasma me enseño realidades cósmicas,” le dijo.

     “Y eso que es.”

     “Me dijo de las ramas del árbol de la vida, llevándome a algún sitio en el universo fractal

desde mi nacimiento en las sombras del sol.”

     “Dirá esto en tus papeles,” ella le dijo.

     “Pues si.”

     “Cada vez me confundes mas.”

     El busco los papeles de José entre la ropa del cajón, esperando ver esa escritura que lo

había obsesionado desde su niñez, aunque María les habría quitado esos gusanitos del polvo,

que le picaban la piel cuando volaban por el aire.

     “Les dirás tus ideas a la gente” ella dijo.

     Él le explico la estructura del universo, tal como el fantasma lo había hecho en esa noche

de luna llena, aunque él no le hubiera entendido muy bien.

     “Las sendas de la vida nos llevan a diferentes sitios,” él le dijo.

     “Yo estoy en todo sitio entonces.”

     “Tienes buena imaginación,” ella dijo.

     “El fantasma la tiene,” Homero dijo.

     Homero le explico lo que había pasado el día en que su tío le había dado la moneda,

mientras ella lo escuchaba.

     “Diles eso en la librería,” ella le dijo.

     “Tiene que ser algo que me de plata.”
60



     El la beso, olvidándose de las sendas que tenía que tomar para ser el hombre más rico del

mundo y de lo que les diría a la gente del pueblo.

     “Es que te amo,” él le dijo.

     María se soltó de sus brazos, ignorando sus manos que querían explorar su cuerpo ant4es

del fin del mundo.

     “Quiero expresarte mi amor,” Homero le dijo.

     “No así,” ella dijo.

     “No hay de otra manera.”

     “Pues ese camino no te llevara a ningún sitio.”

     “Tienes la razón,” Homero dijo. “Te lo tengo que demostrar primero.”

     Homero le mostro las páginas de su amigo invisible, que había encontrado entre el cajón

del almario.

     “Es muy interesante,” ellas le dijo.

     “Nos los he encontrado en otro plano,” él le dijo.

     “Tú y tus universos,” ella le dijo.

     “Que si existen.”

     “Pruébamelo.”

     El la beso, dejando que sus microbios invadieran los recesos de su boca, aunque se tenia

que preparar para el futuro.

     “Pensé que te querías preparar para la librería,” una voz dijo.

     Miguel los miraba desde la puerta, con una caja de coca en sus manos.

     Homero puso las páginas en el cajón, dejando que ella le explicara a su padre acerca de su

amor, si quería andar por el camino de la vida más conveniente si quería ser un millonario al

final de su existencia.
61



                                            La librería

     Homero salió a la calle, donde la gente compraba en el mercado sin importarles que todo

se acabara algún día menos pensado, como decía la biblia destartalada que el padre Ricardo

tenía en su escritorio.

     “Don Homero,” alguien lo saludo. “Tiene buena coca?”

     “Mi coca es siempre buena.”

     Homero siguió su camino en medio de los transeúntes que iban de prisa a algún sitio en el

día más importante de su vida, cuando a ninguno le importaba que camino siguiera en el

universo, y las palomas se hacían el amor éntrela basura que no habían barrido por un tiempo.

     “Señores y señoras,” el se dijo a sí mismo. “Yo voy a cambiar el mundo.”

     Un par de hombres sentados en las bancas lo miraron, antes de seguir durmiendo la siesta,

pero Homero se imaginaba el día en el que sería el hombre más rico del mundo. Entonces se

acordó de la aventura en la selva, en la que había visto cosas extrañas, no atribuidas a la coca

barata de los potreros, ni al aguardiente que había comprado para el indio.

     Homero se tropezó con algo en su camino y todo pasó en camera lenta, cuando nuestro

héroe iba en su ruta al suelo en uno de aquellos momentos de su vida, de los que no se querría

acordar en el universo. Varias personas lo ayudaron a levantarse del suelo, mientras que el se

sacaba la mugre de los pantalones y otras de esas cosas que se encuentran en las calles que el

municipio no barre.

     “Don Homero,” una voz dijo. “Me lo encuentro en todo sitio.”

     El padre Ricardo lo miraba con la biblia en la mano, como si fuera en camino a ver a los

santos apóstoles.

     “Voy a una reunión,” Homero dijo.

     “De qué?”
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     “Pues es que voy a hablar del mar.”

     “Y que tienes contra el mar?”

     “Quiero comprar barcos,” Homero dijo.

     El padre Ricardo pensó por algunos momentos, en los que Homero se alistaba para

continuar en su camino.

     “Mira hijo,” el padre Ricardo dijo. “Te fue mal en la selva.”

     “Es para darle empleo a los jóvenes de la ciudad.”

     “Ellos necesitan la biblia,” el padre Ricardo dijo. “Y no empleo.”

     El padre Ricardo le recito unos versículos que se sabía de memoria, ignorando esas cosas

inicuas que están en éxodos, levíticos, números y todos esos libros de la biblia llenos de

matanzas y apedreamientos a los niños desobedientes y las novias que no son vírgenes.

     “Le quieres enseñar a la gente acerca del mar,” le dijo.

     “No,” Homero dijo. “Les voy a proponer un buen negocio.”

     “Acuérdate que paso con los indios.”

     “Esta vez es en serio,” Homero dijo.

     “Siempre lo es,” el padre Ricardo dijo. “Y luego vienen las consecuencias.

     Unos hombres aparecieron con sus cameras, listos a tomarle fotos al hombre proponiendo

sacar a la ciudad de la pobreza causada por la depresión.

     “Hablaremos después,” Homero dijo.

     El se arreglo la ropa para aparecer lo mejor que pudiera en las fotos de los periódicos,

antes de componerle el futuro a la gente de la ciudad.

     “Ven a la iglesia conmigo,” el padre le dijo.

     “Ya he leído la biblia,” Homero dijo. “Y es muy horrible.”

     El padre Ricardo acariciaba el libro con la palabras de Dios que tenía en su mano,

esperando cualquier milagro que el altísimo le mandara por su sufrimiento en la tierra.
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     “Don Homero,” uno de los fotógrafos dijo. “Lo estamos esperando.”

     “Vaya con Dios,” el padre Ricardo dijo.

     “Pues no lo veo en ningún sitio,” Homero dijo.

     El padre Ricardo le rezo al sagrado corazón de Jesús, al tiempo que Homero seguía por la

senda del universo que más le convenía en su misión en la tierra.

     “Quédese allí,” un fotógrafo le tomo unas cuantas fotos al lado de la entrada a la librería.

     Homero le sonreía a la cámara, imaginándose todo el dinero que le darían por hacer buena

cara para los periódicos.

     “Cuantos barcos comprara?” el fotógrafo le pregunto.

     “Los que más pueda,” Homero le dijo.

     “Esta es otra de tus iniciativas.”

     “Son siempre buenas,” Homero le dijo.

     “Como la de la selva.”

     “Los indios se beneficiaron de mi visita.”

     Homero se abrió paso entre los periodistas, cuando Jaramillo apareció a su lado.

     “Que vivan tus barcos,” le dijo.

     Homero asintió. “Cuando los consiga.”

     “Ya hablaremos de esto.”

     Ellos entraron a la librería, donde una chica, los esperaba con su ropa apretada y su falda

apenas tapándole las piernas.

     “Por aquí,” ella los llevo al salón de actividades en el primer piso.

     Homero vio bastante gente esperándolos, en medio de los libros y otras cosas adornado las

paredes.

     “Este es don Homero,” la chica le dijo al público.
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     A él se le había ido la voz en ese día tan importante de su vida, en el que todos esperaban

sus palabras sagradas.

     “Ahhh,” Homero dijo.

     “Tráiganle un vaso de agua,” la chica dijo.

     La bibliotecaria le daba una pastilla y su mente se aclaraba suficientemente para empezar

la charla.

     “Nosotros teníamos dos mares en mi país,” el les dijo. “Por eso es que amo el mar.”

     “Que viva don Homero,” ellos dijeron.

     “Les daré empleo a la gente de la ciudad.” Homero dijo.

     “Como lo hará?” alguien le pregunto.

     “Pueden trabajar en mis barcos.”

     El volvió a su asiento entre los aplausos del público, y la chica que lo esperaba con el

micrófono contra su pecho.

     “Este joven es un tesoro,” ella dijo.

     “Gracias,” Homero dijo.

     Una señora paso recogiendo plata, para ayudar al extranjero que amaba el mar como nadie

más lo había hecho en la historia de la ciudad, a pesar de que el padre Ricardo le rezaba todos

los días al espíritu santo, que estaría en los cielos de acuerdo a las escrituras. Homero tomo

aguardiente mezclado con las lágrimas de sus ojos, al tiempo que el mundo se desvanecía y

Dios lo esperaba al frente de su trono.

     “Don Homero,” una voz lo llamo.

     La chica le ponía un pañuelo oloroso sobre su nariz, sin importarle que hubiera tenido una

visión de estasis, como las de Santa Teresa antes de que la canonizaran.

     “Se desmayo,” ella dijo, masajeándolo con sus manos delicadas.

     “Te necesito esta noche,” él le dijo.
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     “Don Homero…”

     “Dios lo agradecerá.”

     Él le toco el pezón derecho al tiempo que ella lo empujo y acabaron juntos en medio del

público.

     “Queremos saber cómo conseguirá los barcos,” alguien dijo.

     Homero beso a la chica, antes de que ella se fuera de su lado sin agradecerle ese momento

de dicha.

     “Ya preguntare acerca de eso,” Homero dijo.

     “Con nuestra plata,” el joven dijo.

     “La devolveré en fuentes de trabajo para los ciudadanos,” Homero dijo.

     Sus barcos ayudarían a traer empleo a la ciudad, porque tendrían que confiar en sus

industrias ayudándole a la gente de la región a tener buena mercancías.

     “Que viva don Homero,” todos dijeron.

     Homero brindo por la buena suerte de sus negocios, mientras que alguien encendió un

gramófono y la gente de la audiencia bailaba un bambuco.

     “Yo puedo manejar sus camiones,” alguien le dijo. “Y también puedo ser marinero.”

     “Pues paseara por las islas del Caribe,” Homero dijo.

     La chica se le sentó al lado, lista a apuntar las ideas de Homero en ese día especial para la

ciudad, donde un extranjero les daría trabajo a los ciudadanos pobres de los tugurios.

     “Debemos de ir a un sitio menos ruidoso,” Homero dijo.

     El la llevo al baño que había atrás del salón de reuniones, donde a alguien se le había

olvidado un pañuelo de colores, aunque la chica protestara.

     “Ahora si me puedes entrevistar,” él le dijo.

     “Acá?”

     “Es un sitio tan bueno como cualquier otro.”
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     “Hemos juntado miles de pesos,” el micrófono interrumpió la conversación.

     “Felicitaciones,” la chica le dijo.

     Homero la dejo sin aliento después de besarla por unos momentos, en los que sentía el

hombre más feliz del mundo, a pesar de sus peripecias en la selva, donde el fantasma le había

enseñado lo extraordinario.

     Ella paro sus avances de la mejor manera que pudo, aunque las manos de Homero habían

subido hasta sus calzones de bordados.

     “Debes de recibir el dinero,” ella le dijo.

     “Pueden esperar.”

     “Vamos ya,” ella dijo.

     Homero la siguió hacia el sitio de reunión, saboreando en su mente los minutos en los que

le había tocado su cuerpo de diosa y el mundo lo felicitaba por sus ideas.

     “Ya conseguiré mis barcos,” él le dijo al público.

     “Que viva Homero,” ellos dijeron.

     “Nos debe de decir cuando lo hará,” un periodista dijo.

     “Lo más pronto posible,” Homero dijo.

     Él les delineo sus planes en el puerto en esos días, donde esperaba conseguir los barcos sin

muchos contratiempos.

     “Ya lo veremos allá,” los periodistas dijeron.

     “Si quieren,” Homero les dijo.

     “Recemos por los planes de Homero,” la chica dijo.

     “Padre nuestro que estás en los cielos,” todos dijeron. “Hágase tu voluntad tanto en la

tierra como en los cielos.”
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                                             Los barcos

     Los periódicos publicaron artículos sobre el extranjero durmiendo entre un bulto de papas

y otro de plátanos en su camino al puerto, los moscos lo molestaban, pero un pasajero podía

viajar al lado del chofer, mientras que el canto de las gaviotas lo arrullaban en su paso por la

selva del Darién. Homero había juntado suficiente plata para comprar el vehículo después de

su discurso en la librería, pero ahora tendría que conseguir los barcos, de cualquier manera

que pudiera. La llegada del camión al garaje interrumpió sus pensamientos acerca del futuro.

     “Estoy cansado,” Homero dijo.

     “Necesitas una mujer,” los choferes dijeron.

     “Donde?”

     “En el puerto.”

     Homero quería encontrar sus barcos, entre la gente vendiendo pescado y otras cosas más

de los puertos del mundo, cuando un hombre pequeño y quemado por el sol interrumpió la

conversación.

     “Que cuentos nos traes?” los marineros dijeron.

     “Mis barcos me traen mercancía,” el hombre les dijo.

     Los choferes se rieron, pero el hombre permanecía serio.

     “Que ya viene el fin del mundo,” les dijo.

     “Se lo pasa pronosticando los últimos días de la humanidad,” uno de los choferes dijo.

     Homero lo oyó diciendo como todo se iría en los últimos días del tiempo, antes de que el

sol estallara, como los fantasmas le habían dicho.

     “Fantasmas?” Homero le pregunto.

     “Los de la selva,” el hombre le dijo.
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     Homero había encontrado alguien más como él, Olvidándose por unos momentos de su

misión en el puerto.

     “Que te dijeron y en donde?” le pregunto.

     El hombre le dijo de su aventura un día en la selva del Amazonas. La que había recorrido

después de viajar por los océanos del mundo.

     “Los esqueletos bailaban?” Homero le pregunto.

     “Pues vi solo fantasmas,” el hombre le dijo.

     “Igual que yo.”

     Entonces el hombre le dijo como traía mercancía para vender en el país a buenos precios,

y los choferes les ofrecían aguardiente.

     “A uno se le cayó un hueso de la pierna, Homero le dijo.

     La selva tendría que estar llena de sabanas blancas bailando al ritmo de los tambores,

porque todo pasaba en uno de los universos creados por las diferentes acciones del individuo.

     “Hola Cesar,” uno de los choferes dijo. “Cuando se acaba el mundo?”

     Cesar hizo una señal ruda con sus manos.

     “Maricon,” los choferes le dijeron.

     “Cállense,” Cesar dijo.

     El había empezado a traer la mercancía del Caribe hacia ya un tiempo, cuando no estaba

en una de sus aventuras en la selva.

     “Tus fantasmas tenían un ojo mágico?” Homero le pregunto.

     “No,” Cesar le dijo. “Pero los tuyos serán más avanzados.

     Homero pensó si no compraba los barcos, su plata permanecería en el banco, sin que

ninguno la gastara, trayéndole ilusiones en el garaje de los camiones en el camino a algún

sitio.

     “Podemos confiar en el mar,” Cesar le dijo. “Pero el sol nos hará quedar mal.”
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     “Es buena filosofía,” Homero dijo.

     “De la mejor.”

     “Está loco,” ellos dijeron.

     “No me jodan,” Cesar dijo.

     Homero abrió una botella de aguardiente, antes de que Cesar discutiera la ruta que debería

de tomar por entre las islas del Caribe, donde vivían las mujeres que había conquistado en un

pasado lejano.

     “Yo nací en Salvación,” el dijo.

     “Eso es fantástico,” Homero dijo.

     “Al presidente le gusta el football.” Cesar dijo.

     “Lo quisiera conocer.”

     “Que viva Salvación.”

     Cesar saludo una bandera invisible, mientras que Homero pensaba en hacer negocios con

la isla de Salvación en el futuro.

     “Es el fin del mundo,” Cesar dijo.

     El aguardiente bajo por sus gargantas quemándole las amígdalas, antes de sumirlos en los

colores de sus sueños.

     “Podría pasar ahora,” Cesar dijo. “Todos tienen que estar listos.”

     “Es interesante,” Homero dijo.

     “Quien quiere más aguardiente?” los choferes dijeron.

     Homero tomo unas cuantas copitas del licor, hasta que el universo lo inundaba todo con el

ardor de su estupor.

     “Al principio no había nada,” Cesar dijo. “Luego Dios dijo, hágase la luz y la luz fue

hecha.”

     “La luz no podía existir sin el sol,” Homero dijo.
70



     “No se puede dudar de la biblia, don Homero.”

     “Pues dice mentiras.”

     “Y entonces Dios dividió las aguas de la tierra,” Cesar dijo. “Y luego creo las estrellas.”

     “No hay luz sin las estrellas,” Homero dijo.

     “Cállate hereje,” Cesar dijo.

     Homero pensó en la posibilidad de enriquecerse con la mercancía traída por Cesar de otras

tierras, si era barata y buena.

     “Debe de tener fe, Don Homero,” Cesar interrumpió sus pensamientos.

     “Fe no hará que vea sin sol,” Homero le dijo.

     Entonces Cesar le leyó del libro que tenía en su bolsillo, empezando por la creación del

universo, desde que el ser que él llamaba Dios había empezado a fabricar cosas como por arte

de magia, nada era muy difícil de explicar para el hombre nacido en Salvación.

     “Me tienes que traer la mejor mercancía del Caribe,” Homero dijo.

     “Eso no está en la biblia.”

     “Pero son mis palabras.”

     Cesar le mostro un mapa del Caribe con la ruta que sus barcos tomaban entre esas islas de

señoritas preciosas, dispuestas a darle el mejor placer del mundo, a pesar de que vivieran en

la miseria.

     “A ellas les gustan los dólares,” El dijo.

     “Ya las conquistare un día,” Homero dijo.

     “Tiene que venir en mis barcos.”

     Ellos hablaron de las sabanas flotando en la selva que Homero había visto, durante su

aventura con el indio.

     “Me dijeron del universo,” le dijo.

     “Que pasa con el universo?”
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     “Se divide cada vez que pensamos.”

     Cesar se rio, interrumpiendo las voces de los choferes. “Mis fantasmas solo me jalaban

los pies,” le dijo.
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                             Homero se propone matrimonio

     Homero se alisto para irse en uno de los camiones que lo llevaría a la ciudad, pues un día

tendría suficiente plata para conquistar el mundo como les había prometido a sus padres

muchas veces.

     “Don Homero,” alguien dijo. “Ya compro sus barcos?”

     “Claro que si.”

     “Y cuando?”

     “Somos los reporteros,” alguien mas dijo.

     Algunos hombres con cámaras fotográficas, lo rodearon como abejas alrededor de un

enjambre, haciendo toda clase de preguntas, sin esperar a que Homero las contestara.

     “Este es mi camión,” el les mostro uno de los vehículos, parqueados en el garaje. “Me

servirá para llevar la mercancía a la ciudad.”

     “Y darle empleo a la gente,” el mismo periodista le dijo.

     “Por eso lo compre,” Homero dijo.

     Los reporteros le tomaban fotos a todo lo que veían, haciendo que Homero posara junto al

camión que habría conseguido en el puerto.

     “No sabíamos que eras tan famoso,” los choferes dijeron.

     Homero había llegado al mundo después de que el sol se escondiera atrás de la luna, de

acuerdo a la historia de sus padres, que acabarían su existencia en el almacén del mercado.

     “Deseo la paz para la humanidad,” Homero les dijo.

     “Bien hecho,” dijeron los periodistas.

     Los choferes se sentaron a discutir como traerían la mercancía al almacén de Homero,

mientras que los reporteros tomaban fotos y Homero pensaba en hacer una fiesta para

soportar sus ideas
73



     “Dios bendiga a nuestro mesías,” Cesar dijo.

     “No soy un mesías,” Homero dijo.

     “Tienes los ojos verdes.”

     “Eso no tiene que ver con nada.”

     Cesar les mostro las anotaciones en su libreta, después de leer el libro sagrado de los

mayas, que quien sabe como lo había conseguido.

     “Escribían en garabatos científicos.”

     “No sabes lo que dices,” Homero dijo.

     “Tengo sus predicciones.”

     “Queremos verlas,” los periodistas dijeron.

     La vida de Homero había estado predestinada para ayudar a su país adoptivo, la luz de los

flashes de las cámaras acabando con la tranquilidad del día pero tendría que explicarles a los

choferes las coincidencias de la vida en la que se había encontrado con Cesar.

     “El de los fantasmas,” los choferes dijeron.

     “No les hagan caso.” Cesar dijo.

     Es que habían fantasmas flotando por todo sitio, de acuerdo a lo que Cesar les decía, solo

que no se veían en el día.

     “Don Homero los vio,” el les dijo.

     “Unos cuantos en la selva,” Homero dijo.

     “Que interesante,” los fotógrafos escribían en sus notas.

     “Me dijeron todo acerca de los universos paralelos,” les dijo.

     El delineo en un papel, como todo lo que hacían los llevaba a un mundo diferente, la línea

de la vida siendo desigual para cada uno de ellos, aunque no pareciera así.

     “A mí me lleva por un camino,” Homero dijo.            “Pero ustedes podrán seguir otros

caminos.”
74



     “Y no vistes a los indios?”

     “No,” Homero dijo.

     Eso lo habría hecho en otro universo, al tiempo que un perrito les ladraba a las cámaras.

     “Es hora de que nos vamos,” los periodistas dijeron.

     “Callen a ese perro,” Cesar dijo.

     “Estás de psiquiatra,” los choferes dijeron.

     Homero se subió a la parte de atrás de uno de los camiones con rumbo a la ciudad,

después de que los reporteros se fueron.

     “El pasajero de adelante quiere que su perro viaje acá, don Homero,” el chofer le dijo.

     “Tendrá que pagar extra,” Homero le dijo.

     “Eso hará.”

     Un perrito goloso y con el pelo cubriéndole sus ojos, salto junto a Homero que lo saludo

gruñendo.

     “Este es el almuerzo del perro,” el chofer le dio una caja caliente. “Se lo puede dar

cuando quiera.”

     “Está bien,” Homero dijo.

     El camión se fue al cabo de algunos minutos, cuando las papas rellenas del perro olían a

bueno, entre una chuleta grasosa con salsa de tomate, y el animal lo miraba desde las cajas de

mercancía.

     “Ya te dará comida tu dueño,” Homero le dijo.

     “Grrr,” el perro dijo.

     “Huevon.”

     Homero trato de dormir para bajar el almuerzo, el movimiento del camión arrullándolo

bajo la luz del sol, que lo había dejado solo al comienzo del tiempo.
75



     “Diez elefantes se balanceaban encima de una hamaca,” Homero cantaba. “Si un elefante

se desliza solo quedan nueve.”

     La canción siguió hasta que apenas que quedaron cero elefantes encima de la hamaca, y

Homero se hiso la paja tan bien como pudo, la piel de su miembro deslizándose por sus

manos, hasta que el semen corrió sobre las cajas de mercancía.

     Es mejor que hacerlo con una prostituta, Homero pensó, pues se podía casar consigo

mismo para pagar menos impuestos al gobierno. El reflexionó por una hora en su propuesta,

el prospecto del hambre haciendo que se contestara afirmativamente, y los aullidos del perro

interrumpieron sus pensamientos sobre el amor en tiempos difíciles.

     “No jodas,” Homero le dijo al animal.

     El perro asusto a unas cuantas moscas volando sobre las cajas en busca de sustento, las

casitas adornando las afueras de la ciudad interrumpiendo los pensamientos de Homero.

Tendría que organizar el matrimonio consigo mismo, tan pronto llegara al almacén, donde

Miguel estaría vendiendo las hojas de coca y la mercancía barata pero no fiada.

     Las calles de la ciudad le dieron la bienvenida al mundo real, invitándolo a pensar en más

maneras de hacerse rico, gracias a su imaginación con la que investigaría ideas para

conquistar al universo.

     Un grupo de chicas, con ropa multicolores bailaba en los andenes, el olor a fritanga le

hacía dar rebote después de la comida del perro, pero las reinas lo invitaban al cielo cuando él

se tenía que casar consigo mismo. Al parar el camión, el dueño del perro apareció al lado de

ellos, como un conquistador en busca de más tierras.

     “Como esta mi niño?” le pregunto.

     “Ya comió,” Homero dijo.

     El perro gruño, mas nadie entendía sus quejas con las que quería decir muchas cosas en su

idioma de perro necio.
76



     “Don Homero,” el chofer dijo. “Tendremos que revisar la mercancía.”

     “Está bien.”

     El tenía que ver que todo lo hicieran de buena manera, sin que dejaran algunas de las cajas

para sus familias viviendo en algún tugurio de la ciudad.

     “Nos vamos a la feria,” los choferes dijeron.

     La música interrumpió la conversación, la gente pasaba cantando las rancheras de última

moda en la ciudad.

     “Tenemos las cajas de la ropa,” el chofer le dijo.

     “Y las de los perfumes,” Homero dijo.

     “La vida es para gozarla,” el chofer le dijo.

     Homero ya sería el hombre más rico del planeta en el futuro, aunque fuera en otro

universo, de acuerdo al fantasma de su aventura en la selva.
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                                      El matrimonio

     Homero le dio las buenas noticias a Miguel apenas llego al almacén.

     “Me voy a casar,” le dijo.

     “Quien es tu novia?”

     “Me caso conmigo mismo,” Homero dijo.

     “Estarás loco.”

     Homero le tendría que decir a Jaramillo de su matrimonio con la mejor persona del

mundo, que no era un pecado a pesar de las enseñanzas de Jesús Cristo y de la biblia, donde

los hermanos y hermanas se casaban entre ellos y con sus padres. El teléfono sonó unas

cuantas veces, hasta que oyó la voz del periodista, entre la estática de la galaxia

     “Me caso conmigo mismo,” Homero le dijo.

     “Es para que te den plata?” Jaramillo le pregunto.

     “Quiero que seas mi testigo.”

     “Eso te costara.”

     “Mis hijas están acá,” Miguel interrumpió la conversación.

     Homero vio a María con un vestido escotado por el que se le veían los pechos, pero su

hermanita Amelia se hurgaba las narices, sin importarle nada alrededor suyo.

     “Homero se casa con el mismo,” Miguel les dijo.

     “No bromees,” María dijo.

     “Es en serio.”

     Ella estaba acostumbrada a las locuras de Homero, calmando su hambre sexual entre los

muebles de la casa o en el patio de atrás, donde solo Dios los vería.

     “Me quiero casar ya,” Homero dijo.

     “Por que no lo piensas?” Miguel le dijo.
78



     Homero se sentó por unos momentos, en los cuales medito de su compromiso con el

mismo entre sus otras ideas de salvar al mundo.

     “Yo inflare las bombas,” Amelia dijo.

     La niña puso unas cuantas decoraciones alrededor de la cocina y la casa parecía una selva

con flores entre la basura después de unos minutos.

     “Porque Homero no se casa contigo?” le pregunto a su hermana.

     “Pues no quiere.”

     “Eres bonita.”

     La imaginación de Homero vagaba por otros mundos en los que hacia cosas imposibles

con María, aunque estuviera ocupada con los quehaceres de la casa, por los que se ganaba el

salario mínimo, el timbre de la puerta despertando a las ánimas benditas a esas horas de la

mañana.

     Tenemos que llamar a más gente,” Homero dijo.

     “Pero acabas de llegar del puerto,” Miguel le dijo.

     “Es que Homero tiene telepatía,” María dijo.

     El la abrazo a María al llegar a la puerta, sus labios buscando los de ella en las sombras

del corredor, a pesar de que se casara con la mejor persona del mundo, de acuerdo a sus

cálculos en el camión.

     Un hombre con la cabeza calva y un crucifijo listo a parar el fin del mundo, apareció entre

las sombras del zaguán.

     “Padre Ricardo,” Homero dijo. “Lo estábamos esperando.”

     El padre Ricardo se alisto a limpiar la casa de los diablos que Homero había traído en el

nombre de Satanás, el enemigo de los cristianos, mientras rociaba todo con su agua bendita.

     “Me caso conmigo mismo,” Homero le dijo.

     “Eso no está bien.”
79



     “Le daré plata para la torre de la iglesia,” Homero dijo.

     “El reloj no funciona.”

     “Ya lo reparare, padre.”

     “Que tal el confesionario?”

     “Comprare uno nuevo,” Homero dijo.

     “Y la imagen de la santísima madre en el atrio?”

     “Ya la pintaran de nuevo.”

     “Gracias, hijo mío.”

     “A su servicio, padre.”

     Homero trato de acordarse de todas las cosas que tendría que hacer por el padre Ricardo,

antes de que Cesar y sus marineros llegaran de tierras lejanas, por las que el sol a veces no se

ponía si tomaban mucho aguardiente.

     “Alguien mas esta acá,” María le dijo.

     El la siguió por el corredor esperando tocarla más en la oscuridad, lejos de los ojos de su

padre.

     “Te espero esta noche,” le dijo.

     “Ya estarás casado.”

     María abrió la puerta, tratando de evitar sus manos en el día de su boda.

     Cesar entro con los marineros, pateando las bombas que Amelia había inflado hacia unos

minutos, cuando Homero se uniría consigo mismo por la eternidad o hasta que el sol

explotara en un trillón de átomos.

     “Queríamos ver tu casa,” ellos dijeron.

     Homero asintió. “Pero los deje en el puerto no hace mucho.”

     “Eres su novia?” le preguntaron a María.

     “Me caso conmigo mismo,” Homero dijo.
80



     “Ora pro novis,” el padre Ricardo dijo.

     María les trajo el pastel que su mama había hecho esa mañana, cuando los hombres le

miraban su cuerpo lleno de curvas en todos sitios.

     “Ya está comprometida,” Homero dijo.

     “Te casas contigo mismo,” ellos dijeron.

     El ruido del timbre interrumpió la conversación, cuando Homero trataba de tocar a María

en el zaguán, antes de que los periodistas grabaran el día mejor de Homero. Jaramillo

apareció con algunos de sus amigos fotógrafos, dispuestos a hacerle entrevistas al hombre

con las ideas más raras.

     “Me caso conmigo mismo,” Homero dijo.

     “Que viva Homero,” todos dijeron.

     Eso tendría que ser un sueño, donde las cosas más raras pasan, mientras que los marineros

mezclaban las hojas de coca con el aguardiente de las cajas de mercancía que Homero tenia

para sus clientes.

     “Queremos a María,” ellos dijeron.

     “Bastardos,” Miguel dijo.

     El padre Ricardo dominaba el desorden con la biblia en sus manos, antes de que el diablo

hiciera cosas extrañas a los feligreses.

     “Vendremos el día de tu boda,” Cesar dijo.

     “Pero es ya,” Homero le dijo.

     “Nos hemos reunido acá para casar a este hombre consigo mismo,” el padre Ricardo

interrumpió.

     “Bravo,” todos dijeron.
81



     El leyó partes de la biblia donde Dios aconsejaba a los conyugues que se amaran para

siempre, así como la santísima virgen había amado a San José, el padrastro de Jesús Cristo en

los anales del tiempo.

     “Te quieres casar contigo mismo?” él pregunto.

     “Claro,” Homero le dijo.

     “Yo te bendigo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.”

     “Amen,” todos dijeron.

     Homero se sentía muy contento de haber escogido a alguien tan bueno como el mismo,

para pasar el resto de sus días sin mujeres molestándole la vida.

     “Te casarías conmigo?” Amelia dijo.

     “Otro día,” Homero le dijo.

     “Felicitaciones,” María dijo.

     “Ven a verme esta noche.”

     “En tus sueños.”

     Homero se había casado consigo mismo cuando María no tenía novio, y las muñecas de

Amelia se comprometían al lado del ponqué que Miguel había conseguido barato en el

mercado esa mañana.

     “Va a ser una noche muy larga,” Homero dijo.

     “Pues invita a María,” ellos dijeron

     Los invitados se fueron después de tomarse el aguardiente, y el padre Ricardo lavaba todo

en el agua bendita, beneficiosa contra el pecado original que llevamos todos adentro de

nuestras almas.

     “Llámame mañana,” le dijo.

     Homero asintió. “Ya lo hare, padre.”
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     El quedo solo después de cerrar la puerta, cuando tendría que pensar acerca de sus deberes

conyugales en ese día tan importante. Un ruido interrumpió el silencio en medio de sus

pensamientos.

     “Quién es?” el dijo.

     Los pasos se le acercaban, hasta que María apareció a su lado vestida de luto, su belleza

reflejada en el espejo de la pared que nunca mentía.

     “Estas solo,” ella dijo.

     Homero tendría que calmar su pasión si quería pasar la luna de miel consigo mismo,

aunque fuera un espejismo como todas las cosas en su vida.

     “Abre las piernas,” él le dijo.

     El fantasma que era María lo hiso y él vio su cuerpo, esperando darle todo el placer del

mundo en aquellos momentos de soledad después de su matrimonio.

     “Esto no es un sueño,” Homero dijo.

     Luego él se lo metió y la atmosfera se puso eléctrica, hasta que ambos llegaron al clímax,

calmando su pasión en un día tan importante.

     “Mi papa me está esperando,” ella dijo.

     “Afuera?”

     “Piensa que estoy en la letrina.”

     “Esto es un sueño,” Homero dijo.

     “Creo que si.”

     María se fue por las calles bañadas en la luna llena, después de darle placer en un mundo

que ninguno comprendía. Hombre de negocios se casa con el mismo, decía en los titulares

del Espectador y el Tiempo el día siguiente.
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                                           Las viudas

     Las cajas de coca ocupaban una gran porción de la cocina, llena de los regalos que le

habían mandado para su matrimonio, pero él no necesitaba nada en su casa- la más

desordenada del mundo. Una chica vestida de negro interrumpió la soledad en la que se

había sumido a esa hora de la mañana, pues Miguel no había ido a trabajar, mientras María le

ayudaba a su madre con los quehaceres de su hogar.

     “En que le ayudo?” Homero le pregunto.

     Ella miraba la mercancía al tiempo que le despertaba esos anhelos de conquistar al mundo,

aunque le había hecho el amor al espíritu de María unas cuantas veces, después de su

matrimonio.

     “Me gusta esta blusa,” la chica lo trajo a la realidad.

     Homero le mostro la ropa para lucir su cuerpo de diosa del Olimpo, si le diera permiso

para que él se lo tocara.

     “Estos vestidos te quedarían muy bien,” le dijo.

     “Gracias.”

     “Me las puedes dar de otras maneras.”

     Ellos se miraron por unos momentos en los que el reloj de la pared seguía su marcha

vertiginosa hacia un sitio en el futuro.

     “Tengo mercancía de Paris,” le dijo.

     “Eso está lejos.”

     “Pero es buena.”

     Homero puso unas medias de seda en la mesa, que Cesar le había conseguido en el Caribe

para las chicas bonitas de la ciudad.

     “Los paramilitares me han dejado viuda,” ella interrumpió sus pensamientos.
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     “Lo siento,” él le dijo.

     Mucha gente había muerto en el conflicto del país, de acuerdo a los periódicos que ponían

las fotos más horrorosas que se conseguían, y Homero le mostro sus brazos delgados como

símbolo de solidaridad.

     “Tengo anorexia,” le dijo.

     “Que es eso?”

     “Me gusta aguantar hambre.”

     “Usted es rico, don Homero.”

     El tomo la oportunidad para verle las piernas cuando ella recogía unas cosas que se habían

caído al suelo.

     “Las medias son un regalo,” le dijo.

     “No las quiero.”

     “Por qué?”

     Ella camino a lo largo del almacén, sus caderas moviéndose al son de la música en la

mente de Homero.

     “No te vayas,” le dijo.

     “Mis hijos me necesitan.”

     “Que hijos?”

     “Los que tengo en mi casa.”

     El timbre sonó cuando ella abrió la puerta del almacén con sus manos delicadas, que se

habrían puesto duras lavándoles la ropa a sus hijos en la quebrada.

     “Ya lo veré otro día,” ella dijo.

     Homero se estrello con una mujer que habría llegado al almacén unos minutos antes.

     “Perdóneme,” le dijo.

     “Me gusta esto,” ella le mostro un vestido rosado con pepitas brillantes.
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     “Cuesta cincuenta pesos,” el dijo.

     “Pues es caro.”

     La viudita desapareció entre la gente haciendo sus compras, antes de ir a los tugurios

donde sus hijos aguantarían hambre.

     “Ella no volverá,” su clienta dijo.

     “Sabe donde vive?”

     “En las barriadas me imagino.”

     La mujer miraba unas cuantas cosas en los mostradores, y Homero pensaba en la viudita

viviendo en la miseria.

     “Le doy cien pesos por el vestido,” la mujer dijo.

     “Perdería plata.”

     Homero buscaba un mapa de la ciudad que había visto en el desorden del almacén, antes

de que la imagen de la viudita se esfumara en los anales del tiempo.

     “Que haría si la encuentra?” la mujer le preguntó.

     “Ya la ayudaría.”

     “Le creo.”

     “Gracias.”

     Homero anotó el precio de la ropa en la libreta que María le había dado para su

cumpleaños.

     “Deme ochenta pesos por la blusa,” le dijo.

     Ella sonrió. “Está bien.”

     Ella le regalaría la blusa a alguien más, porque así pasaba con todo en la vida, la gente

pobre le regalaba cosas a otra gente pobre, pero entonces vio un periódico con las historias de

horror en la ciudad: todos los días, mujeres, hombres y niños aparecían muertos, aunque los

politiqueros lo negaran en sus programas de radio cuando no tenían nada más que hacer. Los
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ojos de Homero se llenaron de lágrimas al pensar en otra manera de ganar plata, mejor que la

del mar o la de encontrar las cabecitas en la selva.

     “Necesitamos un milagro,” ella dijo.

     “Usted le daría plata a ese milagro?” él le pregunto.

     “Claro que si.”

     La viuda y su familia eran producto de la sociedad capitalista y del mundo en el que

vivían.

     “Las viuditas necesitan casas,” ella le dijo.

     “Casas?” él le pregunto.

     “La gente necesita donde vivir.”

     “Claro está,” Homero dijo.

     La mujer le explico como Jesús Cristo ayudaba a aquellos que la sociedad había olvidado,

porque se irían directo al reino de los cielos, mientras que miraba a la mercancía de las

vitrinas.

     “Tiene que leer la biblia, Don Homero,” le dijo.

     “Eso dice el padre Ricardo.”

     La mujer examino unas cosas más, murmurando algo acerca del evangelio de San Mateo

que había conocido al niño Jesús en Belem.

     “En serio que si?” Homero le pregunto.

     “La biblia siempre dice lo que es.”

     Homero hacia sus planes para ganar plata a costa de la viudita que lo había abandonado,

antes de acostarse con él.

     “Le agradezco la idea que me ha dado,” le dijo.

     “Va a leer la biblia,” ella dijo.

     “No,” Homero le dijo. “Tengo que ayudar a la viudita.”
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     El le ofrecería protección contra los maleantes del mundo, como Dios lo había dicho en su

lucha contra los espíritus malvados de la humanidad.

     “Jesús Cristo da ese consejo a los que quieran ir al cielo,” ella dijo.

     “Pues era inteligente.”

     Ella paro de mirar otra ropa que le debería de gustar.

     “El señor es el mismo Dios,” le dijo.

     “Por que murió en una cruz?”

     “Lo hizo por tus pecados.”

     La mujer salió por entre las cajas de mercancía, que habían llegado esa mañana, mientras

que Homero buscaba su bicicleta entre la basura del jardín, para su viaje a los tugurios.

     “Chao, Don Homero,” ella le dijo.
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                                Homero construye casas

     Homero llego a un lote abandonado, oliendo a mal y lleno de basura después de que había

andado en su bicicleta, lejos de los barrios de la gente afortunada, donde todos comían, tenían

un retrete y no leían bajo la luz de una vela, cuando vio a un niño de pelo sucio, aspirando el

aire de una bolsa plástica.

     “Quiere probar esto?” el gamín le preguntó.

     Homero encontró unas monedas entre las hojas de coca que tenía en su bolsillo, en caso de

emergencias.

     “Gracias,” el gamín dijo antes de guardarla entre sus harapos.

     El niño tendría diez u once años, difícil de acertarlo con todo el barro en su cara.

     “Donde está su mama?” Homero le pregunto.

     “Se murió.”

     “Lo siento mucho.”

     “Oiga señor,” el gamín dijo. “Deme más plata.”

     Homero se había quedado sin monedas, pero el niño lo podría ayudar con sus negocios.

     “Quiero construir unas casas,” le dijo.

     “Este sitio es feo.”

     “Ya lo sé.”

     El gamín señaló a unos niños jugando con una pelota embarrada, al tiempo que un perro

los perseguía.

     “Atrás de esos árboles,” el gamín dijo.

     “Que esta?”

     “Ya verá.”
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     Homero lo siguió por entre los charcos sucios, hasta que llegaron donde los gamines

pateaban la pelota.

     “Este es mi amigo,” el gamín les dijo.

     “Mentiroso,” ellos dijeron.

     Sus amigos le esculcaron sus bolsillos donde encontraron unos cuantos pesos que Homero

había olvidado esa mañana mas el chicle que había cogido de la vitrina antes de salir del

almacén.

     “Cabrones,” Homero dijo.

     El primer gamín imito su acento bajo la risa de sus amigos, que se hacían los borrachos.

     “Oligarca,” ellos dijeron.

     “Soy extranjero,” Homero dijo.

     “Entonces eres gringo.”

     Homero buscaba su bicicleta entre el follaje lleno de insectos cuando vio a un grupo de

hombres al lado de los gamines. Tendrían que ser sus amigos.

     “No tengo más plata,” les dijo.

     “Mentiroso.”

     “No sabía que me los encontraría,” Homero dijo.

     “Pues no sabes nada.”

     Homero quería escapar de sus manos callosas cuando uno de los hombres indicó una casa

de latas donde un almario servía de puerta.

     “Allí atendemos a los clientes,” le dijo a Homero.

     “No entiendo.”

     “Quieres construir casas.”

     Estos hombres se habrían comunicado con los gamines, para que supieran tanto de su

vida.
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     “A nadie le interesa la gente pobre,” el hombre le dijo a Homero.

     “Pues a mi si.”

     “Tendrás tus razones,” el hombre le dijo.

     Ellos lo llevaron a una casucha de latas, al lado de los pozos oliendo a feo, la esencia a la

podredumbre haciéndole perder la fe en los tugurios en los que tendría que volverse

millonario.

     “Esa es nuestra oficina,” ellos dijeron.

     “Ya pensé que era la otra.”

     “Es que tenemos dos,” ellos dijeron.

     Homero entro a la casucha, teniendo cuidado con el barro cubriéndolo todo.

     “Siéntese acá,” el hombre le señaló un asiento de lata.

     Homero se sentó con cuidado, tratando de no tocar nada a su alrededor, al tiempo que los

hombres se sentaban en unas cuantas cajas al lado suyo.

     “Estas serán las casa,” el hombre le mostro la foto de una choza con paredes de latas.

     “Y los inodoros?” Homero pregunto.

     “Pueden usar el patio.”

     “Eso es sucio,” Homero dijo.

     “A la gente pobre no le interesa.”

     Homero odiaba ese lugar perdido entre los pozos inmundos, oliendo a muchas cosas pero

no a bueno.

     “Yo quiero unas viudas,” les dijo.

     Ellos se rieron y los gamines los imitaron con sus caras embarradas, porque era el chiste

más grande del universo, así como en las de las películas en blanco y negro que el padre

Ricardo mostraba en la casa al lado de la iglesia.

     “Le conseguimos las viudas,” el hombre le dijo.
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     Los niños jugarían con los muñecos hechos de basura, adentro de las casuchas de barro en

vez de mendigar por las calles, como lo hacían a toda hora.

     “Construiremos las casas en siete días,” su interlocutor le dijo.

     “Eso es bueno.”

     Relámpagos interrumpieron su conversación, mientras que gotas de agua caían sobre los

papeles sucios, hasta que el suelo se volvió barro.

     “Es el final del mundo,” los hombres dijeron.

     Podía ser, si Homero no se afanaba a construir las casas para las mujeres olvidadas por la

humanidad, con las que le podría pasar las tardes tediosas de su existencia.

     “Tendrán que empezar lo antes posible,” Homero dijo.

     “Nos tienes que pagar,” ellos dijeron.

     Homero tendría que esperar hasta que los ricachones de la ciudad le dieran la plata para

las viuditas.
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                                 Homero va a una fiesta

     Los habitantes de la ciudad se habían reunido para celebrar las casas que Homero había

prometido construir en las barriadas, en vez de dejar que las viuditas se murieran en las calles

del mundo.

     “Primero se casa con usted mismo y ahora ayuda a las viudas,” Jaramillo le dijo.

     “Soy un hombre de muchos talentos,” Homero dijo.

     “Eso veo.”

     Jaramillo tomó fotos de Homero acariciando a los niños, como un verdadero santo de las

barriadas. Una de las viuditas de pelo negro que le llegaba a los hombros y con un bebe en

sus brazos fue entrevistada en la radio acerca de lo que Homero había hecho por ella.

     “Es como nuestro padre,” ella dijo con lagrimas en sus ojos.

     “Eso vemos,” el periodista dijo.

     Homero sintió el perfume barato que la mujer habría comprado en el mercado, mientras

que ella lo apretaba contra su pecho.

     “Este hombre me ha salvado la vida,” ella les dijo.

     “Que viva Homero,” todos dijeron.

     Las viuditas no solo le solucionaban sus problemas monetarios pero podrían hacer cosas

más interesantes que hablar por la radio.

     “Necesitaban algún sitio para vivir,” el les dijo.

     “En el barro?” Jaramillo dijo.

     “Ya se lo llevaran los albañiles.”

     “Ojala que si.”
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     Las cañerías olían cuando Homero trataba de convencer a los oyentes de su misión en el

mundo, aunque había tenido que pagar una multa cuando sus ingenieros habían sido pillados

robándose el material de unas casas en construcción.

     “He sufrido mucho,” el les dijo.

     “Homero es un santo,” todos dijeron.

     Entonces un carro elegante freno entre el barro y los periodistas se agruparon con las

cámaras.

     “Debe de ser el obispo,” ellos dijeron.

     Un hombre pequeño salió arreglándose su vestimenta, mientras que otros religiosos

caminaban en el lodo cubriéndolo todo, hasta llegar cerca de la mesa donde Homero esperaba

con los periodistas.

     “Le damos la bienvenida a su excelencia,” Jaramillo dijo.

     El obispo le ofreció su mano, como prueba de que el espíritu santo lo quería mucho, antes

de arreglarse la ropa embarrada.

     “Quiero hablar con Homero,” le dijo.

     Los hábitos del obispo cambiaron más de color a medida que se movía hacia la gente,

esperándolo atrás de la mesa.

     “Es un placer conocerlo, su excelencia,” Homero le dijo.

     El no sabía si besar el anillo fino que su santidad se habría comprado en honor de Dios

que está en los cielos.

     “Hemos ayudado a las familias,” Homero dijo.

     “Eso es bueno,” el obispo dijo.”

     “Ya casi acabamos con las casas,” Homero señaló unas casuchas donde algunas sombras

se apretujaban contra las paredes.

     “Quienes son?” el obispo le preguntó.
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     “No tenían donde vivir,” Homero dijo.

     “Eso es tremendo.”

     El obispo se aventuro por entre el barro hasta llegar al lado de una mujer y sus hijos,

mientras los reporteros filmaban el momento en el que el obispo los salvaba de las garras del

demonio en la tierra.

     “Homero los quiere ayudar,” les dijo.

     “Es un santo,” la mujer dijo.

     “Claro está.”

     El los bendijo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo antes de que cantara

unos cuantos himnos en el día más importante de la nación.

     “Quiero ir al cielo” ella dijo.

     El obispo asintió. “Te sentaras al lado de San Pedro y de Dios mismo.”

     “Gracias, excelencia.”

     Entonces otra mujer vestida de negro se arrodillo en frente del obispo, y por un momento

Homero pensó que la conocía.

     “Homero es nuestro benefactor,” ella le mostró su cara morena, pero no era la viudita que

había ido al almacén ese día en el que el sol se había ocultado por un momento.

     “Nos ha salvado la vida,” la mujer dijo.

     “Te veré mañana en la catedral,” el obispo le dijo.

     “Gracias excelencia.”

     El obispo sacó un papel del bolsillo con unos cuantos borrones de mugre, y después de

alisarle las arrugas se puso los anteojos, que habría guardado en algún sitio del hábito.

     “He escrito esta oración para que se lea en el país durante las próximas semanas,” el dijo.

     “Nuestra ciudad ha sido invadida por los lobos de que las escrituras hablan, por ateos y

otra gente mala del mundo.
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     “El infierno los manda a nuestra ciudad, a pesar de mis esfuerzos de matar a estos

malvados, corrompiendo a la región.

     “Se tienen que arrepentir de sus pecados antes de que el señor los mande al infierno del

que nunca se escaparan.

     “Un extranjero llamado Homero ha sido escogido por Dios en su lucha contra esos lobos,

enemigos del mundo.

     “Tenemos que ayudarlo en sus esfuerzos, porque los buenos se irán al cielo y los

malvados al infierno como la biblia dice.

     “Tendrán muchas bendiciones del altísimo por cada millón de pesos que manden a mi

palacio episcopal para ayudar a la misión de Homero en la tierra.

     “Agradeciéndoles su ayuda.

     Pomponio, el obispo de la ciudad.”

     La carta tuvo un efecto muy bueno. Homero recibió muchas veces la plata que le habían

dado en los últimos días, aunque el obispo y los periodistas querían parte del botín, para que

la gente no supiera las cosas malas del barrio de las viuditas.

     Los ciudadanos llenaron miles de peticiones, al tiempo que el gobernador visito las casas

de la barriada sin notar la ausencia de cosas esenciales para la vida como la luz y el agua.

     “Que viva Homero,” todos dijeron.
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                                          Amelia

     Homero abrió sus ojos a la luz de un nuevo día, pensando en su misión en el mundo. Las

viudas le habían traído suerte, aunque se tuviera que aguantar a la gente hablándole de cosas

sin mucho interés, gracias al padre Ricardo, a los periodistas y a la malevolencia del mundo.

El tendría que convencer a su audiencia de que lo ayudaran a proteger a los pobres de la

ciudad, muriéndose de hambre entre la riqueza de otra gente.

     “Buenos días, don Homero,” Miguel y Amelia lo saludaron en unísono.

     Miguel preparo el desayuno, mientras Amelia cocinaba los huevos en la estufa barata que

Homero había conseguido en el mercado. La chica sabía hacer cosas simples sin que se

quemara las manos.

     “Tiene que comer algo, tío Homero,” ella dijo.

     “Es bueno para su salud,” Miguel le dijo.

     Homero se comió la yema de un huevo, mezclándola con las tostadas que Miguel había

cocinado en el horno.

     “Vi su foto en los periódicos, tío Homero” Amelia dijo.

     Ella le mostro la página del periódico con fotografías de Homero y su misión en la tierra

que había aparecido esa la mañana. El señor Homero ha estado juntando plata para ayudar

a las viudas, decía en la primera página de El País y El Tiempo.               La fotografía del

gobernador y otras personalidades aparecía en el medio de la página, informándole al lector

de la misión de Homero en el mundo.

     “Ha encontrado a su viudita?” Miguel le pregunto.

     “No.”

     Amelia seguía las letras con sus dedos, tratando de leer las cantidades de plata que la gente

ofrecía.
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     “Eres rico, tío Homero” ella le dijo.

     “Esa es la plata de las viuditas,” Miguel dijo.

     “Que pesar.”

     A ella se le olvido todo esto cuando marchaba alrededor de la cocina con un gorro de

soldado y gritando muchas cosas.

     “Quiere ser un sargento cuando sea mayor,” Miguel dijo.

     Homero había estado pensando en las viuditas y sus palabras no tenían mucho sentido. El

quería que la niña fuera un abogado o que estudiara medicina pues el ejército no alimentaria

su inteligencia.

     “Ya pagare por la universidad,” el dijo. “El ejercito es para los hombres.”

     Homero discutía su educación, al tiempo que Miguel contaba las cajas de coca recostadas

contra la pared, pues la chica conquistaría el mundo como él lo había hecho desde el día de su

nacimiento.

     “El ejercito es la mejor universidad, tío Homero,” la niña le dijo.

     “No sé.”

     Ella marchaba por la cocina, gritándole instrucciones a un grupo de gente invisible.

     “Un, dos,” Amelia dijo.

     “Debe de ser la edad,” Miguel dijo.

     “Ojala que si.”

     Homero tendría que convencer a la gente de sus buenas intenciones con los pobres,

quienes necesitaban un milagro para vivir decentemente, aunque los soldados les pegaran en

las montañas.

     “Este es mi discurso,” el dijo. “Yo soy el apóstol de los oprimidos.”

     Amelia se recordaría de esto cuando el cielo explotaría en un millón de luces un día en el

futuro.
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     “Me gusta eso,” ella dijo.

     “Gracias.”

     “No dice más?” Miguel le pregunto.

     Homero pensó que esas palabras habían sido las mejores de su vida, al tiempo que se

miraba en el espejo que alguien había puesto por la puerta.

     “Yo hare del mundo un sitio mejor,” el dijo.

     “Está bien, don Homero,” Miguel le dijo.

     “Un, dos..,” Amelia interrumpió.

     Homero se alisto para su cita con el destino cuando los rayos del sol entraban por las

cortinas, formando un arco iris en las paredes sucias del almacén.

     “Dos y dos son siete,” el dijo.

     Amelia frunció el seño. “Dos y dos son cuatro, tío Homero.”

     “Ya lo sé.”

     “No sabe nada, tío Homero.”

     “Le va a coger la tarde,” Miguel dijo.

     “Puedo ir?” Amelia les pregunto.

     “Es una fiesta de adultos.”

     Homero se miro en el espejo por una última vez, antes de ir al otro lado del mercado

donde el público lo esperaba, aunque tenía que tener cuidado con las sombras acechándolo

desde los rincones del mundo.

     “Ya sé todo acerca del fantasma,” Amelia le dijo.

     “Que sabes de eso?”

     “El se me apareció hace unos días.”

     Homero trataba de escoger entre los caminos de la vida, si quería encontrar el mejor

sendero de la suerte.
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     “Tin marin de dos pingues,” Homero dijo. “Cucara macara títere fue.”

     “Que hace?” Amelia le pregunto.

     “Tengo que elegir una senda,” él le dijo.

     “Pues está loco.”

     Cualquier camino que Homero tomara, determinaría lo que pasaría en sus negocios con las

viuditas, pendiendo en las realidades escondidas de ese plano por descubrir, cuando cada

minuto lo llevaba a ese sitio donde podría ser un millonario, pero entonces se acordó de lo

que había escrito.

     “Mis papeles,” el dijo.

     “Cuáles?” Miguel le pregunto.

     “Los del discurso.”

     Miguel le trajo las notas que había tomado antes de alistarse para la fiesta, cambiando el

mundo de Homero una vez más, pus esa senda podría ser la mejor.

     “Ten cuidado con las sombras,” Amelia le dijo.

     “No le haga caso,” Miguel le dijo.
100



El banquete

   “Lo estábamos esperando.” Una joven le dijo cuando llego a la biblioteca.

   Homero sintió los ojos del público siguiéndolo hacia la plataforma en el medio del salón

de reuniones.

   “Tenemos aquí al apóstol de los pobres,” la joven interrumpió sus pensamientos.

   “Que viva Homero,” todos dijeron.

   El leyó lo que decía en la primera página de una biblia que Miguel le había dado acerca de

un ser todo poderoso, que había creado todo en siete minutos.

   “Padre nuestro que estás en los cielos,” Homero dijo. “Vénganos en tu reino.”

   “Que se haga en la tierra lo mismo que en el cielo,” el gobernador dijo.

   Homero se sintió perdido en el medio del público, esperando oír de su compasión por sus

semejantes.

   “No me siento bien,” el les dijo.

   La chica le sonrió. “No se preocupe, don Homero.”

   Homero pensó en el mundo antes de la biblia. Al principio no había nada pero el universo

había salido de la utopía en siete minutos, y antes de que el sol existiera.

   “Nosotros viajamos en un barco en busca de un mundo mejor,” el dijo. “Antes de que mis

padres decidieran comprar el almacén del mercado.”

   “Dios los ha debido de guiar,” la chica dijo.

   “Igual que hubo luz antes del sol.”

   Ella se rio, como que si ese misterio fuera lo más chistoso del mundo, porque a Dios le

gustaba engañar a su gente con historias de tarados, el resto de la audiencia aplaudiendo sus

aventuras por la vida.

   “Tengo que ayudar a los desamparados,” Homero les dijo.
101



   “Inspirado por la biblia?” la chica pregunto.

   “Pues depende.”

   “De qué?”

   La discusión se estaba poniendo religiosa, cuando la gente lo tenía que apoyar en el amor

a las viuditas viviendo en la miseria.

   “Homero quiere darles una mejor vida a unas cuantas familias de los tugurios,” el

gobernador dijo. “Como Dios, nuestro señor, nos dice debemos de hacer con los que son

menos afortunados.”

   “Eso nos llevara al reino de los cielos,” Homero dijo.

   El se trataba de acordar de las, cuando tenía que ir a la clase de la biblia en la casa

parroquial, pero todo le daba vueltas y las voces de la audiencia se oían cada vez más lejos.

   “Don Homero,” alguien le dijo.

   Al abrir sus ojos, la chica le ponía un pañuelo lleno de colonia sobre su nariz como si

fuera su madre.

   “Creo que se desmayo,” ella le dijo.

   Homero le toco sus senos al tiempo que ella lo ayudaba a levantarse con el pañuelo en la

nariz, mientras que la fiesta seguía en el auditorio.

   “Siéntese acá,” la chica lo llevo a la mesa más cercana. “Ahora vamos a comer.”

   Unas señoritas hermosas les servían la comida a los invitados, moviendo sus caderas de

diosas misericordiosas en esos tiempos difíciles de la nación. Las reinas de la panela, el

guarapo, el maíz, el café, la mantequilla, los tamales y el arroz con leche servían un plato

lleno de agua caliente y con un pedazo de pan duro por el valor de mil pesos. La gente rica

tendría que estar loca si creía que Dios les perdonaría sus pecados por esa plata.

   “Como se siente, don Homero?” la chica le pregunto.

   “Pues bien.”
102



   “Debe de comer,” ella dijo.

   Homero le miro ese culito tan bonito que tenia, cuando tenía que rescatar a los oprimidos

de la ciudad.

   “Que goce de su comida,” ella dijo.

   “Porque no se sienta acá?” Él le pregunto.

   “Estoy ocupada."

   Jaramillo apareció a su lado. El periodista se había puesto su mejor vestimenta para

celebrar el día de las viuditas en los tugurios.

   “La comida es horrible,” él le dijo.

   “Pero las chicas son preciosas.”

   “Huevon.”

   “Gracias maricon.”

   A Homero no le importaban sus comentarios si toda la ciudad lo quería. Una señorita de

tetas grandes y falda corta lo miro con ojos marrones llenos de sexo.

   “Yo soy la reina de las empanadas,” ella dijo.

   “A mí me encantan,” él le toco las téticas adentro de su sostén.

   “De nada.”

   Otra de las chicas empujo a la reina, antes de sentársele encima.

   “Es mi turno,” ella le dijo.

   “Eres virgen?” Homero le pregunto.

   “Claro que si.”

   Una fila de las reinas esperaba su turno de sentársele encima, pero Homero pensaba en la

plata que le darían por ayudar a la gente pobre de la ciudad, aunque a nadie más le importara.

   “Hemos juntado dos millones de pesos,” una voz interrumpió sus pensamientos.

   “Que viva Homero,” todos dijeron.
103



   Todos lo abrazaban, y las reinas de belleza lo besaban, celebrando el triunfo de Homero

sobre la miseria que ahogaba a tantos ciudadanos del país, que tenían más plata que las

viuditas de la desventura. El gobernador le dio un cheque con una cifra muy grande impresa

en una de sus caras.

   “Gracias,” Homero dijo. “Ya puedo ayudar a los desamparados.”

   “Amen,” el gobernador dijo.

   La gente del restaurante lloro, mientras que los oyentes se secaban las lágrimas. El país

lloraría al día siguiente al leer los periódicos y Homero se quejaría de felicidad, pues había

juntado suficiente plata para construir una ciudad llena de viuditas, pero necesitaba más

capital para su futuro. Unas cuantas mujeres amigas del obispo se fueron a vivir en las cinco

casuchas que los ingenieros construyeron al lado de las otras, dándole a todo el mundo una

razón para celebrar a los desamparados rescatados de la calle.
104



La tragedia

Homero había estado ladrando en el patio del vecino la noche anterior cuando Miguel lo

despertó temprano, quitándole la cobija vieja que el usaba en caso de que los relámpagos lo

castigaran por su manejo.

   “No pude dormir,” Homero dijo.

   Miguel se sentó sobre algunas de las cajas adornando la habitación, pasándose la mano por

el pelo, como si el mundo se fuera a acabar a cualquier momento.

   “El rio se desbordo,” el dijo.

   Homero oyó las noticias de cómo la naturaleza había castigado a la ciudad por los pecados

cometidos en el nombre del diablo rondando por los tugurios.

   “El agua invadió los hogares de las viuditas,” Miguel dijo.

   “Porque no escaparon?”

   “Era imposible.”

   El periódico que había traído Miguel estaba lleno de la tragedia, las fotos de los

sobrevivientes salvando a sus hijos, estaban entre las páginas dejando las manos llenas de

tinta.

   “Los sobrevivientes están en la iglesia,” Miguel dijo.

   La foto del padre Ricardo confortando a las viuditas, aparecía en una de las páginas,

marcadas como importantes por Miguel y su familia, que lo habrían leído más temprano.

   “No sé qué hacer,” Homero dijo.

   “Vístase primero,” Miguel le paso la ropa que había puesto en un asiento por la cama.

   “Tendré que escapar rápido.”

   “Escapar?”

   “Salir del país.”
105



   “Le da susto.”

   “Pues si.”

   Homero temía que lo castigaran por sus pecados, cometidos en el nombre de Jesús Cristo,

quien le había encomendado las viuditas viviendo en la miseria.

   “Me dieron placer,” el dijo.

   “Ya lo sé.”

   “No se disgusta?”

   “Tiene que salir de este problema, don Homero.”

   El se puso las medias, antes de tomar el teléfono, debajo de unas cuantas cosas en la

mesita de noche.

   “Jaramillo puede hablar con la prensa,” Homero dijo.

   “Su amigo el periodista?”

   “El siempre me ayuda.”

   Homero esperaba que le contestara el teléfono a esa hora de la mañana, antes de que la

ciudad lo odiara por las noticias en los periódicos, mientras que hacia planes de dejar el país

tan pronto como pudiera. En la segunda página, y al lado de una modelo mostrando su

cuerpo para los lectores, uno de los periodistas decía que las casas no tenían agua ni

electricidad.

   “Tengo que abrir el almacén,” Miguel le dijo.

   Todo el país tendría que estar estaría leyendo las noticias del periódico junto al café del

desayuno, entre las telarañas escondiéndose en los rincones.

   “No me digas que te escapas,” una voz interrumpió sus pensamientos.

   Jaramillo había aparecido en la puerta, teniendo cuidado de no enmugrarse su ropa,

comprada en los mejores almacenes de la ciudad.

   “Pues no se qué hacer,” Homero dijo.
106



   “Dame plata y ya hablare con la prensa.”

   Homero puso las camisas de segunda mano que se había comprado en el puerto, debajo de

unos pantaloncillos oliendo a limpio, que María le habría lavado en los últimos días.

   “Dame cinco mil pesos,” Jaramillo dijo.

   “No los tengo.”

   “La prensa te destruirá.”

   Homero puso más medias entre la ropa, antes de mirar al periodista, diciéndole cosas

estúpidas.

   “Entonces ya me voy,” Jaramillo dijo.

   El camino entre las cajas de coca hasta la entrada al almacén, que Miguel abriría dentro

de poco, a pesar de las noticias entristeciendo al mundo.

   “Te doy cuatro mil pesos,” Homero dijo.

   Jaramillo paro por un momento, en el que el sonido de una mosca volando por el desorden

se oía sobre sus pensamientos.

   “Dámelos ya,” le dijo.

   La chequera estaba entre las cajas de coca amontonadas cerca de la pared, dividiendo la

cocina del zaguán por el que salían a la calle.

   “Los quiero en efectivo,” Jaramillo dijo. “Me puedes confundir con cheques.”

   “Eres malparido,” Homero dijo.

   “Claro está.”

   Los truenos interrumpían sus pensamientos de las viuditas ahogándose en el agua de las

cañerías, cuando Jaramillo conto la plata que Homero le había pagado por silenciar a la

prensa.

   “No debes de salir del país,” Jaramillo le dijo.

   “Estaba limpiando la maleta,” Homero dijo.
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   “Cobarde,” Jaramillo dijo.

   “Nueva York me acogerá,” Homero dijo.

   “Te puedo llevar a donde los ingenieros,” Jaramillo dijo.

   Un relámpago termino con la paz del almacén, el ruido del trueno retumbando por todo

sitio, cuando la tormenta inundaría los tugurios, pero Dios es misericordioso con los

pecadores.

   “Debes de echarle la culpa a las lluvias,” Homero dijo.

   “No controlas las nubes,” Jaramillo dijo.

   El escribió su reporte para la prensa, sobre la mesa llena de papeles y otras cosas que no se

sabía que eran, al tiempo que Homero sacaba la ropa de su maleta, pues no se iría todavía a

Nueva york.
108



Alicia

Una mujer vino al almacén al día siguiente. Homero nunca la había visto pero ella tenía

buenas tetas mientras que la línea de sus calzones se le veía por entre la falda.

   “Se llama Alicia,” Miguel le dijo. “Lo quería ver urgentemente.”

   Homero le miro sus pezones oscuros que se le notaban a través de su blusa y pensó que la

podría tocar antes del desayuno.

   “La tragedia no ha sido su culpa,” ella dijo

   “Quiere un café?” él le pregunto.

   “Gracias, don Homero.

   Alicia le mostro sus muslos al cruzar las piernas y el corazón de Homero latió más

rápidamente.

   “Ha sido nominado para una medalla,” ella dijo. “La ceremonia será en la librería.”

   “Esta tragedia me está matando,” él dijo.

   Él le toco su falda de arandelas y tela fina hecha en su casa, aunque las viuditas se

hubieran ido al cielo hacia unos días.

   “Don Homero..,” ella dijo.

   “Miguel no sabrá.”

   “Miguel?”

   “Mi empleado.”

   Después de saborear el perfume de su cuello, el sintió sus senos, mientras Alicia rezaba el

rosario para que Dios la protegiera de los hombres malos del mundo.

   “Ave María gracia plena,” ella dijo.
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   Ambos quedaron callados, esperando que Dios interrumpiera ese momento en el Homero

le quería hacer muchas cosa malas, sin importarle de que la ciudad estuviera de luto por la

muerte de las viuditas.

   “Yo no duermo con desconocidos,” Alicia dijo.

   “Pues ya me conoce.”

   “Ese no es el caso.”

   El universo de homero se sintió triste.       Las mujeres ni siquiera le agradecían esos

momentos de felicidad, a pesar del sacrificio de los inocentes al dios de las lluvias en uno de

esos momentos de los que Dios se arrepentiría un día.

   “Estamos hechos el uno para el otro,” él le dijo.

   “Estarás loco.”

   Homero la abrazo sin ponerle cuidado a sus quejas, su voz perdiéndose entre el ritmo de

los tambores y el olor a coca, hasta que el placer se disipara lentamente.

   “Llegaremos tarde,” ella dijo.

   “Ya lo sé.”

   El no sabía porque ella jugaba con sus sentimientos, cuando se vestía como una doncella

en la cita con su príncipe en algún lugar del mundo.

   “He dicho que no, don Homero,” ella dijo.

   “Es muy tarde,” el dijo.

   Sus labios bajaros por el estomago, antes de que ella lo mandara sobre unas cuantas cajas

que habían llegado esa mañana.

   “Ya me voy,” ella dijo.

   “Le doy plata.”

   “Y voy a la policía.”
110



   Homero esperaba que ella le perdonara su momento de locura, pues la mala fama podría

dañar sus negocios con las viuditas, a pesar de lo que había pasado el día que las lluvias.

   “Perdóname,” le dijo.

   “Tienes que pensar en que le dices en la librería,” ella dijo.

   “Señoras y señores,” Homero dijo. “Dios nos mando la lluvia en la que se ahogaron los

inocentes.”

   Alicia escribía lo que Homero decía en una libreta de colores que había sacado de su

cartera, ajena al sufrimiento de Homero que la quería desde el primer momento en que había

interrumpido su existencia.

   “Debemos de prolongar el momento,” Homero dijo.

   Alicia paro de escribir con el lápiz en su mano.

   “No quiero más trucos,” ella le dijo.

   Homero pensaba en su entrevista con los periodistas, mientras que ella escribía sin

importarle sus sentimientos, o de que la quisiera poseer sin ninguna clase de explicación.

Alicia cerro su libreta, mirándolo con sus ojos de color canela, y el sol se ocultaba atrás de

unas nubes negras que habían aparecido afuera de la ventana por la que se veía el árbol del

patio.

   “Si me quieres?” él le pregunto.

   “No.”

   “Cásate conmigo.”

   Homero la beso antes de que ella le contestara, pero ella lo empujo como lo había hecho

antes.

   “El padre Ricardo nos casara,” el dijo.

   “Ahora?”

   “Cuando acabe con la misa.”
111



   Homero le explicó como había intentado casarse con el mismo para pagar menos

impuestos, los ojos de Alicia perdiendo la intensidad de hacia solo unos minutos.

   “Nos esperan en la librería,” le dijo.

   Homero sonrió. “Ya lo sé.”
112



La conferencia

   Las nubes del cielo se pusieron oscuras al momento que entraron a la sala de conferencias,

y el mundo aplaudió al hombre más importante de la ciudad, la pena de las viuditas lejos de

sus corazones por unos momentos.

   “Aquí tenemos a nuestro apóstol,” Alicia le paso el micrófono a Homero.

   “Nos hemos reunido aquí para conmemorar a nuestros hermanos y hermanas que han

tenido mala suerte en la vida,” Homero dijo. “Porque el pobre y el débil se irán directamente

al cielo.”

   La audiencia aplaudió, pero Homero le paso el micrófono a Alicia.

   “Veo que todo da vueltas,” le dijo.

   “Nuestro apóstol no se siente bien,” ella dijo.

   Homero se sentó esperando que Alicia hiciera algo por su futuro.

   “Le damos a nuestro apóstol un cheque de miles de dólares para que construya más

casas,” ella dijo.

   Homero aceptó la plata con lágrimas en sus ojos, sintiéndose el hombre más contento de la

ciudad, aunque todo se acabaría en siete minutos de acuerdo a la biblia.

   Algunas reinas de belleza aparecieron en medio de la música que la orquesta tocaba y por

el valor de miles de pesos ofrecieron al público unas tazas de agua hirviendo, pues era la

segunda vez que la nación ayudaba a salvar a las viuditas, que las lluvias habían tratado de

exterminar.

   Homero se sentó a meditar acerca de sus ganancias, como el patrón de las viuditas y de los

sobrevivientes de la calamidad en los tugurios, aunque no había sido su culpa que se hubieran

ahogado. La reina de la caña de azúcar le trajo una botella de aguardiente para refrescarse la
113



garganta, después de su discurso acerca de la muerte de los inocentes, castigados por el

diablo.

   “Siéntate encima mío,” Homero le dijo a la chica.

   “Estoy ocupada,” ella dijo.

   El la empujo y ambos acabaron debajo de la mesa, donde los invitados se congregaban

para conseguir la plata con que salvar a los damnificados por las lluvias.

   “Eso no fue gracioso,” ella dijo.

   “Le daré plata.”

   “Cuanto?”

   “Miles de pesos.”

   “No le creo.”

   La chica esperaba que Homero la volviera rica en un momento, pero las reinas

interrumpieron su conversación acerca de la plata que Homero había traído a la fiesta.

   “Nuestro apóstol se desmayo,” alguien dijo.

   “Tome mas sopa,” una chica le ofreció.

   Homero se tuvo que sentar a la mesa, esperando que no se quemara la lengua con el agua

hirviendo.

   “Construiremos mas casas con la plata que reunamos hoy,” el padre Ricardo se le acerco.

   “Claro que si, padre,” Homero dijo.

   El padre recogía plata en su canasta, dándole esperanzas a Homero de que sería un

millonario, antes de que las lluvias mataran a más viuditas.

   “Lo más importante es traerles la luz,” el padre Ricardo dijo.

   “Están acostumbradas a leer con vela,” Homero dijo.

   “Eso es malo para los ojos.”

   “También necesitan agua y inodoros,” Homero dijo.
114



   “Por eso estamos juntando plata.”

   Homero pensaba en robarles electricidad a los barrios ricos, para llevarla al barrio de las

viuditas, pero el padre Ricardo escribió el precio para pagarle al electricista y al plomero.

   “Hay gente que lo hace barato,” Homero dijo.

   El padre Ricardo sabia de unos ingenieros que podían instalar la electricidad por unos

cuantos pesos, dejándoles a ellos la plata donada por los ricos, pues su iglesia se le caería

encima si no se le componían muchas cosas.

   “Eso sería tremendo,” Homero dijo.

   “Ya lo sé.”

   Homero también tenía que pensar en pintar las paredes de su almacén, que se veían sucias

al lado de las de sus vecinos, mientras que necesitaba un aviso nuevo y otras cosas necesarias

para su negocio.

   “Dios querrá que su casa este en buen estado,” Homero dijo.

   “Eso creo.”

   “Los periódicos no lo tienen que saber.”

   “No se preocupe,” el padre le dijo.

   Fue así como Homero hiso las paces con la iglesia, prometiéndole un porcentaje de las

ganancias al padre Ricardo, si él pudiera tener todo el resto de la plata, que seria para el bien

de todo el mundo.

   “Dos y dos son siete,” Homero dijo.

   El padre Ricardo le sonrió. “Ya entiendo su filosofía.”
115



Casas para las viuditas

La nación le había echado la culpa a las lluvias por la tragedia en la que se habían ahogado

las familias, exonerando a Homero de cualquier cosa que hubiera podido tener en el asunto.

La naturaleza castiga a los tugurios, decía en los titulares de los periódicos que Miguel había

traído esa mañana, unas cuantas fotos de los damnificados por la tormenta adornando las

páginas en blanco y negro.

   “Santa María madre de Dios,” una voz dijo.

   Amelia apareció entre las cajas de coca que Miguel había dejado allí más temprano,

peinándole el pelo a una muñeca rubia, que le habían regalado en la iglesia.

   “Dos y dos son siete,” Homero dijo.

   “Eres chistoso, Tío Homero,” ella dijo. “Cuando te casaras otra vez?”

   El pensó en de la mercancía traída del puerto cada semana para venderla en el mercado a

buenos precios, a pesar de la tragedia de las viuditas, agobiando al pais.

   “Uno, dos,” ella dijo antes de saludarlo a estilo militar, sus ojos negros llenos de seriedad.

   “Donde aprendió eso?” Homero le pregunto.

   “Los soldados del batallón lo practican en las calles.”

   “En que calles?”

   “Cerca de las montañas.”

   Homero contaba los pesos, cuando los soldados les daban mal ejemplo a los niños del

barrio.

   “Quiero tu primera moneda,” Amelia dijo.

   “La heredaras un día.”

   Amelia seguía dándole vueltas a la cocina, como un soldado en las montañas o cualquier

otro sitio del país.
116



   “Te recordaras de esto cuando el sol se canse de alumbrar al mundo,” Homero dijo

   La niña paro su carrera desenfrenada, su pelo cubriéndole parte de la cara, como si hubiera

oído algo fantástico.

   “Conocerás a mi ejercito un día,” ella dijo.

   “Eso espero.”

   El tiempo les podría jugar trucos, como dirían los papeles que Homero había guardado

entre su ropa.

   “Ya puedo escribir un padre nuestro,” Amelia dijo.

   “Eso es bueno,” Homero dijo.

   “San Pedro me recibirá en el cielo.”

   Me tendrán que dar plata para construir casas mejores, Homero pensó después de

encontrar su sombrero que se había caído por las cajas de coca y la niña seguía marchando

por la habitación.

   “Quiero ver a las viuditas,” Amelia dijo.

   “Tendrás que crecer primero.”

   “Ya he crecido,” ella dijo. “Soy un sargento.”

   “En tus sueños.”

   “Que Dios lo bendiga,” Miguel le dijo.

   Homero sonrió. “Pues que bendiga antes de que me muera.”

   “No diga esas cosas, Don Homero.”

  “No sabe sumar,” Amelia dijo.

   Homero salió a la calle donde los vendedores tenían que trabajar para alimentar a sus

familias en los tugurios, esperando que no le echaran la culpa por la muerte de las viuditas, al

tiempo que la gente lo rodeaba

   “Estoy de afán,” el dijo.
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   “Que viva Homero,” todos dijeron.

   El sol brillaba sobre las nubes esparcidas por el firmamento, haciéndolo olvidar de sus

problemas, que serian peores que el infierno del que hablaba el padre Ricardo durante sus

sermones en la catedral de la ciudad, porque él era Homero el magnífico, creador del cielo y

de la tierra.

   “Soy ciego,” un hombre se le acerco.

   “Debes de ir al médico,” Homero dijo.

   El hombre se postro en su camino, no dejando que fuera a los tugurios esperándolo detrás

de las casas bonitas con sus jardines llenos de flores.

   “Que quieres que haga?” Homero le pregunto.

   “Cúrame.”

   “No soy medico.”

   Homero le dijo unas cuantas cosas para calmar su enfermedad, al tiempo que le ponía las

manos en la cabeza, como lo haría una estrella de Hollywood, pero luego el hombre bailaba

por la calle, proclamando que veía todo en tecnicolor.

   “Es el mesías,” el hombre dijo.

   “Ja, ja,” Homero dijo.

   “Que viva Homero,” todos dijeron.

   Él seguía por la calle, donde la gente se persignaba, como si fuera uno de esos santos a los

que las viejitas les encendían velas en la iglesia, después de poner unas monedas en una caja

de lata. Los niños hicieron una rueda alrededor suyo para verle la cara al apóstol de los

pobres, que ellos amaban con toda su alma.

   “Queremos tomar fotos,” unos periodistas dijeron.
118



   Homero no los había visto en su afán por llegar a los tugurios, el flash de las cámaras

dejándolo ciego por unos momentos, en los que pensaba en el fin del mundo un día menos

pensado.

   “Eso les costara,” Homero dijo.

   “Cuanto?”

   “Miles de pesos.”

   Homero poso con los niños, mientras les sonreía a las madres que los dioses le ayudarían a

llevar a la cama.

   “Viva Homero,” todos dijeron.

   Las cámaras tomaban fotos, cuando una mujer le dejo los labios rojos del beso que le dio.

   “Muchas gracias, Don Homero,” ella dijo.

   Homero pensaba en las casas hechas de barro, en las que se habían muerto las viuditas,

mientras los relámpagos iluminaban el cielo, y el cieguito le contaba a la gente la

misericordia de Dios con el santo de los tugurios.

   “Tengo que ir a las barriadas,” Homero dijo.

   La mujer le hablaba de sus milagros en el mundo, dignos para que fueran puestos en la

enciclopedia que su marido había comprado, mientras que Homero seguía su camino, entre

los fotógrafos y sus admiradores.

   Las casuchas de barro, aparecieron a su lado. Barrio de las viudas, Homero leyó en un

aviso sucio al final de la calle, inundada por las lluvias en las que habrían perecido unos

cuantos pobres.

   “Mi familia vivía aquí,” la mujer le mostro con sus manos blancas de tanto lavar la ropa

entre las aguas contaminadas del rio.

   “Lo siento mucho,” él le dijo.

   “Se salvaron por la misericordia de Dios,” ella dijo. “Han buscado refugio en la iglesia.”
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   Homero pensaba en la misericordia de un ser malo como Dios, matando a sus ovejas

pobres cada vez que llovía, aunque esta gente no entendería de nada de eso, cuando el padre

Ricardo apareció a su lado, su habito un poco embarrado de la calle.

   “Ha hecho un milagro,” la mujer dijo.

   “Tiene que morir antes de que lo canonicen,” el padre dijo.

   Todos empezaron a hablar de los milagros de Homero en la ciudad, cuando él quería plata

y más gente se prostraba a sus pies.

   “No es un santo,” el padre Ricardo dijo.
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El negocio de las viuditas

Las viuditas hacían que Homero pagara menos impuestos. El les había pedido a las madres

que firmaran algunos documentos, pero la mayoría de ellas no sabían leer y pusieron

garabatos al lado del lenguaje legal que sus abogados habían inventado para que se

enriqueciera. Ese día Homero se encontraba en el barrio de las viuditas, explicándoles a cada

una, como tenían que firmar para que los niños no jugaran en el barro, si podían poner unos

cuantos columpios al lado de la zanja oliendo a feo.

   “Quiere un café?” una de las mujeres le pregunto.

   Homero entro a la vivienda de una viudita con buen culo. De pronto se lo podría tocar,

cuando los niños estuvieran distraídos haciendo sus quehaceres en el medio del barro o

trayendo el agua de un pozo al otro lado del potrero.

   “La tragedia no fue culpa de nadie,” él le dijo.

   “Ya lo sé.”

   La familia tenía que luchar contra los elementos. El niño mayor iba a la escuela pero los

pequeños se quedaban en la casa ayudándole a su madre a barrer el lodo y jugaban con el

conejo.

   “Yo no sabía que tienen un conejo,” Homero dijo.

   La mujer sonrió. “Es de las alcantarillas.”

   Una niña se le acerco con una ratica en sus manos, pero podía tener peste de rabia o

alguna otra enfermedad terrible mientras que su madre le trajo algo en una bandeja barata del

mercado.

   “Debe de tomarse su café, Don Homero,” ella le dijo.

   Homero aceptó el café en una taza de colores, esperando que el agua hirviendo hubiera

matado los gérmenes.
121



   “Gracias,” él le dijo.

   Tendría que salir de allí antes de que muriera de disentería pero la viudita quería hablarle

de su vida entre la tragedia.

   “No perdí a ninguno de mis hijos,” ella le dijo.

   Homero asintió. “Dios es grande.”

   El ratón salto al lado de Homero, haciendo que botara sus papeles al suelo.

   “No hace nada,” la viudita dijo.

   Homero le toco el pezón que se le había salido de la blusa, esperando que ella le dijera

algo pero la mujer permaneció callada.

   “Te daré plata,” él dijo.

   La viudita lo llevo a una habitación sin ventanas, y con una cama en la que se veía la

mugre de los siglos.

   “He encontrado otro,” un niño interrumpió la escena.

   Un ratón le caminaba por las manos, su cola meciéndose por su pecho.

   “Hemos tenido Antonio por unos meses,” la viudita dijo.

   “Quien?”

   “La rata,” ella dijo.

   Homero esperaba ver más cosas entre las sombras alrededor suyo, pues a la gente pobre

no le interesaba vivir de cualquier manera. Entonces ella le abrió la cremallera de sus

pantalones.

   “Es muy grande,” ella dijo.

   La mujer fue rápida, llevando a Homero al cielo en unos pocos minutos, en los que le

hizo ver las estrellas de su mundo, pero todo quedo en silencio después de que había llegado

a la cúspide de su satisfacción y el reloj continuaba su marcha hacia el final del mundo. Él le
122



dio algunos de los pesos que le habían sobrado después de comprar el periódico esa mañana,

antes de que los niños les mostraran más ratas de las alcantarillas.

   “Muchas gracias, Don Homero,” ella dijo.

   “Debes de venir a verme.”

   “Se lo agradezco otra vez,” ella dijo.

   Homero se lavo las manos en balde de agua al lado de la cama, alistándose para que la

mujer firmara sus papeles, adornados por la mugre del suelo.

   “Tiene que firmar acá,” le dijo.

   “No puedo leer, Don Homero.”

   “Es para mejorar sus vidas.”

   “Usted es un santo.”

   La mujer puso unas marcas en el papel, pero uno de los niños la ayudo a escribir la inicial

de su nombre, que lo habría aprendido en la escuela embarrada.

   “Ya sé el abecedario,” el dijo.

   El niño escribió unas palabras en una libreta que tenia, adornada por unos cuantos dibujos.

   “Mis hijos van a leer primero que yo,” la mujer dijo.

   Homero le explico cómo los papeles que le ayudarían en su vida cotidiana, llena de

miseria y angustia por los problemas del mundo.

   “Necesitamos agua y luz,” ella dijo.

   “Esa esta ya planeado.”

   “Cuando nos la pondrán?”

   Homero escribió unas cuantas sumas y restas, hasta que el papel estaba lleno de garabatos,

para explicar donde se iría la plata recolectada durante los últimos meses por la gente buena

de la ciudad.

   “Por eso quería que firmara,” él le dijo.
123



   “Ya me lo imaginaba,” ella dijo.

   Una cifra, con unos cuantos ceros seria para ayudar al barrio de las viuditas, que Dios

había castigado el fin de semana, mientras sus hijos iban con hambre al colegio.

   “Donde están los niños?” Homero pregunto.

   “Jugando con el conejo,” ella dijo.

   Homero le besaba los pezones, sus dedos tocándole los puntos eróticos que había leído en

uno de los libros, que había visto en el refectorio de la iglesia, acerca del amor santo de los

apóstoles con las mujeres del señor.

   “Los niños están en la calle,” ella dijo.

   Homero continúo su juego sexual, las voces de los niños acompañándolo en su misión de

amor en los tugurios.

   “Me olvidara apenas se vaya,” ella dijo.

   “No se preocupe.” Homero dijo. “La recordare por muchos años.”

  La plata de las viuditas le ayudaría a conquistar el mundo, como sus padres lo hubieran

querido hacer, antes de que el padre Ricardo los hubiera matado con su religión. El placer de

Homero se disipo, el recuerdo de su misión en la tierra acabando con su goce en los tugurios,

construidos en el nombre de Dios.

   “Me tengo que ir,” el dijo.

   “Tendrá una sorpresa un día,” ella le dijo.

   “Que sorpresa?”

   “Ya verá.”

   Los papeles que las mujeres firmaron dejaron a Homero libre de impuestos, pues gastaba

más que lo que ganaba de acuerdo a los documentos que había llevado a las barriadas. Los

barcos traían mercancía cada mes a su almacén, donde las cajas tenía letreros que decían: esta

es la comida para los pobres de Colombia. Cuídela. Cajas llenas de comida llegaban a
124



veces, que se vendían a muy buenos precios a los clientes de Homero. El almacén parecía un

bazar donde se podía encontrar desde el mejor auto hasta la última moda de Francia. Los

aduaneros nunca pensaban en las cosas que Homero traía al país, mientras su plata se

multiplicaba en el banco.
125



Lola

Homero ayudaba a espantar a los ladrones de las casas de los vecinos cuando ladraba por las

noches. Así podía comprar carne y otras cosas buenas para su salud, su nombre volviéndose

sinónimo con el amor y la caridad por su labor con las viuditas, mientras que el lloraba en

frente de las cámaras, o recitaba el padre nuestro en la radio. Todo el mundo compraba el

país, cuando Homero aparecía en la primera página con las viuditas y sus familias, el ruido de

las campanas llamando a misa lo despertó de su sueño matutino pues había salido a comprar

unas cuantas cosas que necesitaba en su almacén.

   “Mira por dónde vas, cabron,” alguien le dijo.

   “Huevon,” Homero le dijo.

   A él no le gustaba Fray Serapio, el cura gordinflón que lo saludo al frente de la iglesia,

siempre hablando con las mujeres encendiendo las velas por el altar principal. Homero se

estrello con un mostrador lleno de arepas, haciéndolas caer al piso donde un perro flaco se las

comió.

   “Me las pagas ya,” un hombre gordo le dijo.

   “Es que olvide mi billetera.”

   “Son doscientos pesos,” el dueños de las arepas dijo.

   Homero buscaba los billetes que había juntado en su trabajo el día anterior, pues tendría

que pagarle al hombre que lo acosaba con su mirada.

   “Déjalo quieto,” alguien dijo.

   La chica más linda del mundo, lo miraba por entre sus pestañas largas, su cuerpo

contorneándose con cada paso que daba hacia el futuro, al tiempo que el corazón de Homero

latía muy rápido, y ella desapareciera por entre los transeúntes deambulando por las calles del

centro.
126



   “Donde se fue?” Homero pregunto.

   “A trabajar,” alguien dijo.

   Homero pago las arepas, esperando encontrarla escondida en algún zaguán, si es que no

tenia afán por ir a trabajar.

   “Se llama Lola,” el hombre de las arepas le dijo.

   “Lola?”

   “Todo el mundo está enamorado de ella.”

   El se sentía solo sin sus curvas contorneándose con cada paso que daba, porque era más

linda que una pintura de la virgen en el refectorio de la iglesia, al lado de donde las viejitas

encendían las velas en el atrio.

   “Ella vende ropa fina cerca de la iglesia,” el vendedor de arepas lo saco de sus

pensamientos.

   El almacén tenía que estar en la dirección que el hombre le daba, contando los pesos que

Homero había ganado el día anterior. Después de caminar por la calle que el hombre le había

dicho, el llego a un almacén de luces amarillentas, y unos cuantos maniquís lo miraban entre

las telarañas esparcidas por todo sitio.

   “Le puedo ayudar?” una mujer le pregunto.

   Homero pensaba en la chica de sus sueños atrás de los mostradores, si es que no se había

confundido de almacén.

   “Quiero hablar con Lola,” el dijo.

   La mujer dejo de arreglar la ropa en uno de los mostradores, mirándolos con ojos oscuros,

llenos de desconfianza por la humanidad.

   “Aquí no está.”

   “La vi entrar.”

   “Voy a llamar a la policía.”
127



   Lola salió de una habitación al final del corredor que iba hacia la puerta trasera con unas

cajas en sus manos, antes de parar al lado de Homero.

   “Gusto en conocerla,” el dijo.

   “No lo he visto,” ella dijo.

   “Ya llamo a la policía,” la otra mujer dijo.

   Homero saco unos cuantos pesos de su billetera, que le habían sobrado después de pagar

las arepas.

   “Quiero ayudar a su almacén,” el dijo.

   “A mí no me compran,” la mujer dijo.

   “Es para que pinten la entrada,” Homero señaló las paredes sucias cerca de la calle.

   La mujer lo miro seria, antes de aceptar la plata y lola puso las cajas en el mostrador,

mostrándole sus piernas bonitas.

   “Te puedo acompañar a la casa?” él le pregunto.

   “Estoy trabajando.”

   “Cuando acabes.”

   Lola coloco la ropa en el mostrador sin ponerle cuidado.

   “Es mejor que se vaya,” ella dijo.

   “La esperare afuera,” el dijo.

   Homero puso más pesos en el mostrador con su alma en pena. Nunca había gastado tanta

plata en una mujer que no conocía, él pensaba al tiempo que su corazón desangraba.

   “Ella tiene novio,” la mujer dijo.

   Homero se imaginaba haciéndole el amor entre los muebles de su casa, y antes de que el

sol se ocultara por una última vez, en vez de estar cuidando a sus barcos en el camino a otras

tierras. El polvo de polilla le picaba su piel al poner más plata sobre la mesa.

   “Es un general del batallón,” la mujer dijo.
128



   “La veré más tarde,” Homero dijo.

   La mujer murmuro algo, antes de que Lola guardara la plata en su cartera, atrás de unas

cajas llenas de ropa.

   “Te daré mas plata si me encuentras,” Homero dijo.

   “Compra a las mujeres,” la mujer dijo.

   “Le agradezco,” Lola dijo.

   Homero salió del almacén sintiéndose contento, aunque hubiera perdido la plata por culpa

de una mujer muy linda.
129



La vida de Lola

Homero esperaba a Lola entre la gente saliendo del trabajo, contando los carros que pasaban

para distraerse mientras que a ella se le daba la gana salir del almacén. A él no le interesaba

que tuviera un novio, cuando la podía comprar con la plata que había acumulado con sus

negocios, gracias a las viuditas, los barcos y otras cosas en el país. Entonces ella salió del

trabajo, moviendo su cuerpo de diosa del Olimpo entre los taxistas de la esquina, que la

miraban con ojos de víboras, hambrientas por sus encantos.

   “Esto es para ti,” Homero le ofreció una rosa que había cogido en un jardín.

   “Gracias,” ella dijo.

   “Eres tan linda como un millón de pesos,” Homero le dijo.

   El se sintió mal, no sabía si era por la mención de un millón de pesos o porque se había

masturbado la noche anterior.

   “La puedo acompañar a su casa?” le pregunto.

   Tenía que ser fuerte en frente de la mujer más hermosa de la ciudad al tiempo que le

admiraba su culo.

   “Yo trabajo para pagar mis deudas,” Lola dijo.

   Homero sonrió. “También soy pobre.”

   Tendría que ser amor a primera vista, tal como decían las telenovelas, cuando ella paro al

frente de una casa blanca de ventanas anchas.

   “Mi madre es muy estricta,” ella dijo.

   Una mujer pequeñita y con buena cara les abrió la puerta, mostrando los dientes blancos

como los de su hija.

   “He visto sus fotos,” la mujer dijo.

   “Mi madre ha seguido su campaña de amor,” Lola dijo.
130



   La señora le mostro sus piernas pero Homero solo tenía ojos para Lola, quien lo llevo a

una sala al lado del patio, donde algunas fotos adornaban la pared blanca con manchas de

humedad. Homero la miro tímidamente antes de tocarle las piernas.

   “Mi madre,” ella dijo.

   “Está cocinando la comida.”

   El subió sus manos hacia sus calzones llenos de alforjas, antes de tocarle las caderas,

amplias como las de una estrella de cine.

  “De pronto viene,” ella dijo.

   “Tu madre?”

   “No hace ruido cuando camina.”

   Sentándose en el sofá, el se arreglo los pantalones que se habían arrugado con toda la

actividad, mientras ella miraba donde estaba su madre.

   “Lo tenemos que hacer rápido,” Lola dijo.

   Homero no podía creer su suerte, cuando dejo que el hiciera lo que quisiera con su cuerpo,

mirando al cielo raso, que necesitaba una capa de pintura, pero entonces lo hiso caer sobre el

tapete con polilla, que su madre habría limpiado esa mañana.

   “Que es eso,” Lola señaló los animales saltando entre su pelo.

   “Me los pegaron las viuditas,” Homero le dijo.

   “No me gustan.”

   Homero pensó que se quejaba por nada. Sus negocios en los tugurios lo habían llenado de

plata y piojos.

   “Comprare el veneno mañana,” el dijo.

   “Lo debe de hacer ya.”

   Mientras que el se tomaba el té que la madre de Lola les había dejado en la mesa, ella le

conto todas las dificultades que tenían por falta de plata.
131



   “No me pagan bien en el almacén,” Lola dijo.

   “Ya veré que hago.”

   “Usted es un santo.”

   La puerta se abrió y la madre de Lola apareció con dos vasos de aguardiente en una

bandeja azul.

   “Estábamos hablando de las financias,” Lola dijo.

   La señora le mostro sus senos al poner las copas en la mesita al lado del sofá.

   “Mi hija se debe casar con alguien rico,” ella dijo.

   “Mama.”

   “Es mejor que él lo sepa.”

   La señora le conto su vida antes de que su marido se muriera de un ataque al corazón,

mientras que se secaba las lagrimas con su pañuelo.

   “Lo extraño mucho,” ella dijo.

   “Mi madre piensa que hemos vivido antes,” Lola dijo.

   “No entiendo.”

   La señora encontró unos papeles entre toda la ropa que tenía almacenada en un almario.

   “Este es el mapa de la vida,” ella dijo.

   “Es mi destino?” él le pregunto.

   “Mi madre lo sabe todo.”

   “Sabría que vendría hoy?”

   La mujer se arreglo su blusa antes de poner unas cartas bocabajo en la mesa.

   “Coge una,” ella le dijo.

   Homero corrió su mano por entre las cartas, hasta que se decidió por una cerca de las

piernas de la señora.

   “Estas rodeado por sombras,” ella le dijo después de ver la carta que había escogido.
132



   “Nací durante un eclipse solar,” Homero le dijo.

   “Eso lo explica todo.”

   La electricidad se fue, dejándolos en tinieblas y una mano le esculcaba sus rincones

eróticos, al tiempo que Lola buscaba la vela en los cajones.

   “Busca en el baño,” la señora dijo.

   “Si es que las pusiste allí.”

   “Creo que si.”

   Homero oía a Lola escarbando en los almarios, botándolo todo al suelo y haciendo reguero

pero la lengua de la señora le daba placer.

   “Señora,” Homero dijo.

   “Cállate.”

   El ruido ceso al tiempo que la luz de una vela se esparció por los rincones de la habitación.

Homero ya se había arreglado su ropa arrugada de tanta acción.

   “Si pagaste la electricidad?” Lola le pregunto.

   La señora asintió. “Nunca se me olvida.”

   Ellos tendrían que agradecerle a la planta de energía por todo el caos que les causaba

muchas veces.

   “Este es tu primer ciclo de vida,” la madre de Lola interrumpió sus pensamientos.

   “Que tiene que ver con la falta de energía?”

   “Aun no lo sé.”

   Homero vio las sombras llenándolo todo.

   “Coge otra carta,” ella le dijo.

   Homero escogió una de atrás, esperando que su suerte fuera buena.

  “Un niño te acompaña en las tinieblas,” ella le dijo.

   “Que paso antes de las tinieblas?”
133



  La luz volvió cuando Lola apareció con más tazas de café para despejarle el alma.

  “Tiene que acabar con ellas,” la señora le dijo.

  “No entiendo,” Homero dijo.

  “Madre,” Lola dijo

  “Es Armagedón,” la señora dijo.
134



Homero está enamorado

Lola había cambiado su mundo de una manera impresionante, aunque la chica no le refregara

la espalda después de que él se bañara con el veneno para los piojos. Nunca había hecho

tantas cosas en el mismo día, pues Homero le compro un helado en el parque, pero el tomo un

vaso de agua para no gastar su plata, se le olvido ladrar en el patio del vecino y viajo al lado

de chofer cuando fue al puerto esa semana. Una vez en allí se quedo en un hotel que costaba

un poco más que los otros.

   Homero tenía unas cuantas canas por sus sufrimientos, después de encontrarse con la

chica más guapa de la ciudad.

   “Buena suerte, don Homero,” le dijo el chofer antes de bajarse del taxi al frente de los

almacenes del mercado.

   “Gracias,” Homero dijo.

   La gente lo empujaba hacia algún sitio secreto que solo ellos sabrían, cuando Lola

apareció moviendo sus caderas como una princesa, haciendo que Homero corriera por entre

los transeúntes, asustando a las ardillas comiendo sus nueces en el parque de la iglesia.

   “Espérame,” él le dijo.

   Lola lo vio desde el parque, cuando un carro casi lo cogió y se gano los insultos de unos

cuanto choferes que iban de prisa a algún sitio sin nombre, aunque se hubiera muerto en otro

universo, viviendo una vida un poco diferente a la de el apóstol de los pobres.

   “Te he extrañado,” él le dijo.

   Ella le beso sus labios de bienvenida, dejando su lápiz labial pintado en su cara, sin que al

él le importara.

   “Te traje algo,” él le dijo.
135



   Al darle el paquete que tenía en la mano, el pedazo de coco se cayó al suelo,

enmugrándose con el barro de la calle, pero Lola esperaba algo mejor de su novio rico en vez

de un pedazo de coco con la mugre del parque en sus poros.

   “Es muy saludable,” él le dijo.

   “Pero sucio.”

   “Lo puedo lavar.”

   Homero no comprendía como ella peleaba por algo tan sencillo como el coco,

representando su amor de la naturaleza y el universo.

   “Tenemos que hablar,” ella le dijo.

   Ellos se sentaron en uno de las bancas al lado de la fuente, donde los pajaritos se bañaban,

sin importarles la gente pasando por su lado, aunque el coco estaba sucio y el sol los castigara

con sus rayos del mediodía.

   “Te tienes que casar conmigo,” Lola dijo.

   “Me tengo que divorciar primero,” el dijo.

   “De quien?”

   Lola se levanto, asustando a las ardillitas buscando nueces debajo de los arbustos.

   “Déjame explicarte,” él le dijo.

   “Traicionero.”

   Homero le cogió sus manos, sintiendo el aroma del perfume que él le había comprado en

un momento de locura.

   “Me case conmigo mismo,” él le dijo.

   “Mentiroso.”

   “Pregúntale al padre Ricardo.”

   La chica oyó la historia de su matrimonio en un día en el que había querido pagarle menos

impuestos al gobierno y la señora de Miguel le había hecho el ponqué.
136



   “No me quieres,” Lola dijo.

   “Que si.”

   “Te casarías conmigo.”

   “Acá?”

   No interesaba lo que fuera, pues ella quería que Homero la llevara a la notaria a pocas

cuadras de distancia, aunque hubiera empezado a llover.

   “Espera,” Homero le dijo.

   Lola corría por entre los hombres que le miraban las piernas con ganas de hacerle algo,

tropezándose con unas cuantas piedras en su camino.

   “Que viva Homero,” una viejecita le dijo.

   “Se me va,” el dijo.

   “Quien?”

   “Mi novia.”

   Homero se zafó de la gente, que lo quería defender del mundo, pero Lola ya no se veía por

ninguna parte, dejándolo solo con un pedazo del coco.

   “Llévatelo a tu casa,” Homero le dijo a la viejita.

   “Gracias don Homero,” ella dijo. “Tienes que leer las escrituras.”

   “Son jartas.”

   “Pero curan el alma.”

   Los relámpagos iluminaban la escena, mientras que Homero pensaba en esa desagradecida

que se le había escapado antes del final del tiempo, de acuerdo a los pronósticos de la señora

en busca de su cuerpo en una noche sin luz.

   “Es Armagedón,” el dijo.
137



   Lola le estaría contando a su madre todas las cosas malas que su enamorado le había

hecho, mientras el agua de la lluvia lo mojaba y él pensaba en las viuditas ahogándose si las

alcantarillas se desbordaban.

   “Las tengo que salvar,” el dijo.

   “A quien?” la viejita dijo.

   Homero la oyó hablar acerca de un Dios cruel, castigando a sus hijos por sus fechorías, en

una noche feroz de la que nunca se olvidaría, pero el sol salió atrás de las nubes oscuras.

   “Ya me voy,” Homero dijo.

   “Anda con Dios,” la viejita le dijo.

   “No soy tu hijo y Dios no existe.”
138



La desgracia

Los hombres admiraban a Lola, cuando caminaba por la calle del mercado hasta llegar a la

iglesia, las viejitas chismosas mirándola con envidia, después de dejar al tacaño de Homero

en el parque. La casa de Dios estaba sumida en las sombras, el sonido de sus tacones

despertando a los pordioseros durmiendo la siesta en las bancas de atras. Lola se arrodillo en

el confesionario de madera al lado de la Santísima Virgen del Carmen, teniendo cuidado con

las medias nuevas que Homero le había regalado de cumpleaños.

   “Padre,” ella le dijo a la sombra atrás de la cortina. “Yo he pecado.”

   El padre Ricardo se movió en su asiento, esperando oír más cosas sin sentido, cuando el

tenia que ayudar a sus feligreses.

   “Me he acostado con tres hombres al mismo tiempo,” ella le dijo.

   “En la misma cama?”

   “No padre,” ella dijo. “He visto al sargento durante el día, Homero por la noche al tiempo

que fray Serapio se ocultaba debajo de la cama.”

   El padre Ricardo sabia que fray Serapio haría cualquier cosa con tal de acostarse con las

chicas de la ciudad.

   “Que vas a hacer?”

   “No sé.”

   “Tienes que rezar.”

   Ella rezo un padrenuestro, las lágrimas dejando su huella por su cara pero le tenía que

preguntar algo al padre antes de que el señor la castigara.

   “Es cierto que Homero toca a las viuditas?” ella dijo.

   “Creo que si.”

   Lola sintió la rabia corriéndole por el cuerpo y le pego una patada al confesionario,
139



   “Se irá al infierno con ese comportamiento,” el padre Ricardo dijo.

   Lola tenía algo malo en su vida. Su periodo no había vuelto, a pesar de todas las cosas

que había hecho.

   “Creo que estoy embarazada,” ella dijo.

   El padre Ricardo salto con el sonido de su voz. La chica si tenía muchos problemas.

   “Es de fray Serapio?” él le pregunto.

   Lola movió la cabeza. El cura practicaba coitos interruptus, aunque dejara la cama

húmeda después de que hicieran el sexo.

   Lola lloro. “No sé qué hacer.”

   El padre Ricardo quería un exorcismo pero ella quería un aborto. No había nada más que

se pudiera hacer en esa situación.

   “No le digas a Homero,” ella dijo.

   “Tienes que rezar.”

   Lola se arrodillo en el banco, mostrándole parte de sus piernas, donde le pidió a Dios que

le resolviera sus problemas.

   “Quiero matar a este niño,” ella dijo.

   Lola no quería ser la madre de un hijo del diablo y rezaba con toda su alma.

   “Jesús Cristo,” ella dijo. “Seré una monja si me ayudas.”

   Lola esperaba que los cielos la castigaran por tener pensamientos en contra de un alma que

no había nacido y cuando salió de la iglesia, relámpagos iluminaban su camino. Un niño

pequeño y con pecas en su cara la paro en la esquina.

   “No me molestes,” ella dijo.

   El pequeño la seguía por entre los transeúntes, haciendo sus compras.

   “Dos y dos son siete,” ella pensó.
140



   Esa frase la había oído en algún sitio, aunque no estaba segura en donde, hasta que llego a

su casa donde su madre estaba haciendo el almuerzo.

   “Quieres arroz con pollo?” la madre le pregunto.

   “No tengo hambre.”

   Lola rompió las tarjetas que Homero le había dado durante su noviazgo, llenas de cosas

sin importancia.

   “Ya lo has hecho antes,” la mujer le dijo. “Te acuerdas del abogado, el policía y el

soldado?”

   “Homero es el diablo.”

   Después de votar un poco del pedazo de coco que Homero le había traído del puerto en la

basura, ella vio las fotos que él le había regalado, recuerdos de su vida al otro lado del

mundo. Entonces Lola salto desde el asiento y encima de algunas de las fotos en el piso,

torciéndose su tobillo. El dolor despertándola de la hipnosis en la que se había sumido, desde

que se había enterado de su suerte.

   “Estás embarazada?” la madre le pregunto.

   “No sé.”

   “El brujo lo matara.”

   Lola tomo el aceite de pescado que había encontrado entre los remedios y salto del sofá al

suelo.

   “Uno de tus novios se puede casar contigo,” la mujer le dijo.

   Lola paro su comportamiento loco para pensar en las consecuencias de sus acciones,

cuando Homero era estúpido, y el sargento del batallón la quería mucho, aunque comandaba

un ejército de cabrones.

   “Volveré con el sargento,” ella dijo.

   “No tiene plata.”
141



   Lola se sentó al lado de la mesa, en la que su madre había puesto las cartas de su suerte,

incluyendo las que concernían a la plata de Homero.

   “Mañana lo visitaremos,” la mujer dijo.

   “Podría ser muy tarde.”

   Lola señaló una de las cartas sobre la mesa, diciéndole algo de su futuro en relación a

Homero.

   “Se nos escapara,” ella dijo.
142



La despedida de un héroe

Llovió esa noche, los cielos abriendo sus puertas al agua estancada en las nubes y los truenos

iluminaban los sueños de Homero, en los que corría del sargento persiguiéndolo por el

infinito. El ruido de su empleado abriendo el almacén lo despertó temprano, cuando su

cuerpo le dolía tanto como la miseria de su alma.

   “Tengo malas noticias,” Miguel le dijo.

   Miguel se sentó al lado de la cama, con un periódico en su mano: La muerte de los

inocentes, decía en letras muy grandes acompañadas de unas cuantas fotografías de la

tragedia.

   “Anoche llovió,” Miguel dijo.

   Homero se sentó en su cama, el mundo dándole vueltas, pues podría ir a la cárcel por su

incompetencia con las viuditas, sino es que los periodistas no acabaran con su vida.

   “Ya querrán mi sangre,” Homero dijo.

   El tenía que actuar rápido, antes de que vinieran a llevárselo a la cárcel, porque las

viuditas no tenían las cosas necesarias para su supervivencia, aunque Miguel parecía estar en

control de la situación.

   “Tendrás que disculparte,” le dijo.

   Homero imaginaba a los habitantes de los tugurios juzgándolo por algo que no era su

culpa, pues Dios los había inundado con el agua que mandaba de las nubes, envidiosas de las

hazañas de Homero en este mundo. Entonces el titular del periódico le llamo la atención:

Hitler castiga a Europa, decía en medio de los horrores de las lluvias. Homero había oído

hablar al padre Ricardo de Europa, en esos sermones que lo hacían dormir, aunque tratara de

no cerrar los ojos con toda su voluntad.

   “Eso Se llama una guerra mundial,” Miguel le dijo.
143



   Amelia apareció a su lado, con una gorra miliar.

   “Un, dos…,” ella dijo.

   “Me voy ya,” Homero dijo.

   “Para donde se va?” la niña le pregunto.

   Él le mostro las fotos que el Tío Hugo le había mandado, de ese otro país al otro lado del

mar, lleno de dólares y estrellas del cine.

   “Siempre te protegeré,” Homero le dijo.

   “Como Dios lo hace?”

   “Pues si.”

   “Me tiene que escribir, tío Homero.”

   Homero prometió aumentarle el sueldo a Miguel si cuidaba su almacén, para el bien de su

familia.

   “Le daré mi teléfono dondequiera que este,” le dijo. “O le mando un telegrama.

   “Que le diré al mundo?” Miguel pregunto.

   “Estoy muerto.”

   María entro en ese momento, con una blusa donde sus encantos se veían, bajo la luz del

sol entrando por la ventana, haciendo que Homero la codiciara más, a pesar de las malas

noticias.

   “Es que se va al otro lado del mundo,” Amelia le dijo.

   María puso los platos que tenía en la mano en la mesa, prometiéndole muchas cosas a

Homero, si se quedaba en la ciudad.

   “Las viuditas se murieron,” Miguel le mostro el periódico.

   “No ha sido su culpa,” María dijo.

   “La gente no lo verá así,” Homero dijo
144



   El empaco su maleta con todo lo que necesitaría para su viaje a otras tierras, donde tendría

que probar su suerte.

   “Cásate conmigo,” ella dijo.

   Amelia paro su marcha por la cocina, sus ojos negros llenos de alegría.

   “Tiene que hacerlo, tío Homero.”

   “No es sino que tu padre lo oiga,” Homero dijo.

   María sonrió. “Está ocupado en el almacén.”

   “Es por el bebe?” Homero le pregunto.

   María apretó su delantal contra su estomago.

   “No sé qué dice.”

   “Ya sé que no es mío.”

   Amelia había estado muy ocupada con su marcha para oír la conversación y Homero se

sentía mal. Ellos se besaron, haciendo el intercambio de gérmenes, cuando la lluvia seguía

inundando las calles de la ciudad.

   “Me tengo que ir,” Homero dijo.

   “Nunca te olvidare,” ella dijo.

   Homero alisto la maleta rápidamente, poniendo unos cuantos pantaloncillos para

cambiarse de ropa en el barco, al tiempo que María hablaba de su vida después de que se

fuera.

   “Quien es el padre?” Homero pregunto.

   “Es un secreto.”

   “Ni tú lo sabes.”

   La policía me estará buscando, Homero pensó, poniendo más cosas en la maleta que

había comprado en caso de emergencia.

   “Toma esto,” Amelia le dijo.
145



   Ella le dio una foto de un barco de varios pisos, flotando en las aguas del Caribe, y la luna

iluminaba todo con su luz plateada.

   “Se lo tiene que comprar, tío Homero.

   “Ya lo hare.”

   “No te olvides de tus papeles,” ella le dijo.

   Homero empaco las hojas que había encontrado en el jardín en un día perdido en el

tiempo, aunque no sabría si le pudieran ayudar en su destino en un mundo sin sus padres.

   “Aquí está tu desayuno,” María le paso un paquete con manchas grasosas.

   “Comételo en el camino,” ella le dijo.

   “Te lo agradezco,” el dijo.

   “No te olvides de nosotros.”

   El sol desafiaba a la lluvia, cuando Homero salió a la calle, con sus anteojos y un

sombrero grande que Miguel le había prestado para que la gente no lo reconociera

   “Para dónde vas?” Jaramillo apareció a su lado.

   “Debes de ser mágico,” Homero le dijo.

   “Quiero parte de mi plata por quedarme callado.”

   El periodista lo acompañó a coger el camión en rumbo al puerto, antes de que alguien más

lo parara.

   “Ya te pagare,” Homero le dijo.

   “Quiero mi plata.”

   Homero le paso un montón de pesos, que Jaramillo conto antes de entrar en el garaje,

donde los choferes estaban listos para irse a otras tierras.

   “Tengo la dirección de tu tío,” Jaramillo dijo.

   “Entonces nos veremos un día,” Homero dijo.
146



El viaje

Miguel, Amelia, María y las viuditas estaban lejos cuando Homero encontró el barco

esperándolo en el puerto. El mercado había sido reemplazado por el mar, los pescados,

cangrejos y Cesar que hablaba como siempre.

   “Don Homero,” el dijo. “Lo estábamos esperando.”

   Cesar lo llevo por los corredores lleno de marineros, mientras se tocaba las pelotas,

sudándole con el calor del Caribe. Los periódicos tendrían que estar hablando de las viuditas

que se habían ahogado en la tempestad, cuando Homero se iba a otras tierras.

   “Dos y dos son siete,” el dijo.

   “Ya lo sé,” Cesar dijo.

   “De verdad?”

   Homero podría llegar a ser el hombre más rico del mundo en la ciudad de Nueva York,

antes de partir al Caribe, donde las chicas mostraban sus curvas bajo el sol tropical, como

había visto en las fotos.

   “No se preocupe de nada,” Cesar le dijo.

  Homero se acostó en una cama pequeña pero muy buena para su mareo, el sonido de las

olas hizo pensar en su vida desde que había llegado del limbo, aunque nadie creía en el

mundo más allá de las cosas físicas de ese universo.

   Cesar le trago una taza de té mezclada con unas cuantas cosas, buenas para disipar su

mareo, de acuerdo a la legendas de su familia, experta en todo lo que tenía que ver con la

enfermedad de Homero.

   “La tragedia no es culpa mía,” Homero dijo.

   “Ya lo sé.”
147



   El barco salió en rumbo a las tierras frías del norte, donde las estrellas de cine le

mostraban sus calzones al público en medio de la plata que ganaban por ser hermosas al

tiempo que Homero se sentía más mal que nunca. El se tenía que relajar, olvidándose de su

suerte con las viuditas de las barriadas muriéndose en una noche como ninguna otra en su

vida.

  Al principio no había nada, Homero pensó, antes de que Dios creara el mar, aunque no

hubiera tierra firme a su alrededor. El se sumió en sus sueños, viendo a las viuditas ese día

en que las reinas de belleza le habían dado placer, aunque el agua hirviendo le quemara la

lengua. El sonido de pasos interrumpió sus sueños y al abrir sus ojos, el vio a un hombre de

gafas al lado de la cama.

   “Soy el médico,” el hombre le dijo.

   “Me estoy muriendo?” Homero dijo.

   “Claro que no.”

   El médico quería que Homero se sentara en la cama, pero su cabeza le dolía mucho para

que hiciera cualquier cosa.

   “Ya le encontrare una chica,” Cesar dijo.

   El médico sonrió. “Buena idea.”

   Homero no sabía cómo su vida sexual le podría curar su enfermedad, pero el médico dejo

unas pastillas en la mesa en caso de que Cesar no pudiera encontrar chicas.

   “Volveré más tarde,” el médico dijo.

   Homero pensó que sería alguna maldición de las viuditas, pero entonces una muchacha se

sentó en su cama, como si fuera de su familia.

   “Hola,” ella dijo.

   “Quien eres?”
148



   Ella levanto sus cobijas, haciéndole cosquillas con sus manos quemadas por el sol hasta

que Homero le gusto lo que le estaba haciendo.

   “Ahhh,” el dijo.

   “Es una chica buena,” Cesar dijo.

   El hombre los miraba desde los confines del camarote, sin perderse las acciones de la

hembra que le había conseguido a su capitán.

   “Donde esta mi plata?” ella dijo.

   Homero se durmió y la chica se desvaneció hacia el infinito, donde viviría en compañía de

otra gente en un universo sin fronteras, visitándolo cada vez que podían en medio de sus

sueños.

   “Vengo del cielo,” ella le dijo en otra ocasión.

   “Si que te creo.”

   A veces ella estaba desnuda, pero otras veces tenía una túnica sobre ese cuerpo hermoso,

con que Dios la había mandado al mundo.

   “Navegaras los mares,” ella le dijo.

   Homero había estado ocupado con su cuerpo y no se preocupo por lo que ella le decía, si

le daba el placer en sus momentos de gloria, porque así paso mucho tiempo, si así se llamaba

la multitud de momentos en los que gozaba de su compañía en rumbo a su nueva vida.

   “Quien eres?” Homero le pregunto.

   “Mi nombre es complicado,” ella dijo.

   “Pues dímelo.”

   La chica dijo algo en otro idioma, cuando se tenía que defender un mundo foráneo,

perdido en sus pensamientos.

   “Tienes que escoger entre varios caminos,” ella le dijo.

   “No entiendo.”
149



   “Tus acciones te mandan a diferentes sitios en las líneas de la vida.”

   Homero se acordó del fantasma que le había dado el ojo en el medio de la selva, después

de que el indio lo dejara solo en una noche que nunca olvidaría.

   “Ya sé porque camino voy,” el dijo.

   El pensó en sus palabras, sintiéndose mas mareado que nunca, mientras que los sueños lo

guiaban por entre la vida, tal como ella le había dicho en uno de esos momentos en que se la

había imaginado, porque tenía que tomar una senda diferente cada momento de su vida.

   “Pagaras las consecuencias de tus acciones, “ella le dijo.

   Todas estas ideas estaban en la cabeza de Homero, pues en algún otro universo las

viuditas no se habían muerto y él se habría reconciliado con Lola, todo esto ciencia ficción de

acuerdo a las leyes de la física de las que le había dicho el fantasma en esa noche que nunca

olvidaría.

   La chica había desaparecido antes de que la estatua de la libertad levantara su antorcha

hacia el cielo, aunque las viuditas se hubieran muerto en otro mundo que no existía o el que

se habría imaginado en una de sus pesadillas.

   “Quiere comer algo?” Cesar apareció entre sus sueños.

   “Donde está la chica?” Homero le pregunto.

   “No sé de qué hablas.”

   “La muchacha de pelo largo.”

   “Estarás loco.”

   Cesar tenía que hacerse el tonto porque ella le había dado mucha felicidad durante sus días

en el mar, aunque él lo negara.

   “Aquí están sus camisas,” Cesar le paso un paquete. “Las mande a lavar y aplanchar, pero

no vi a ninguna chica,”

   “Mentiroso.”
150



   Homero se sentó en la cama, esperando ver a la chica que lo había visitado en uno de esos

caminos que había tomado su vida en su ruta por el espacio- tiempo, igual que lo haría todo el

tiempo.

   “La prensa lo podría esperar en Nueva York,” Cesar interrumpió sus pensamientos.

   “He viajado de incognito,” Homero dijo. “Solo Miguel y su familia saben de mi viaje a

Nueva York.”

   Homero se imaginaba la noticia de su fuga a otras tierras en los periódicos de otro

universo, el que nunca podría contactar ni aunque se concentrara con toda su fuerza mental.

   “Quisiera ver a tu chica,” Cesar dijo.

   Homero sonrió. “Estará escondida en algún sitio.”

   “Eso es lo que crees.”

   Homero tendría que escoger entre los caminos en su vida, pues no podría devolverse de la

senda escogida y después de deliberar con el mismo, se acostó a soñar con la chica dándole

placer debajo de las sabanas, aunque Cesar la negara y el universo se dividiera con cada

pensamiento que tenia.
151



Nueva York

Los pasajeros descendieron por las escaleras hacia los oficiales que los esperaban por unas

mesas llenas de papeles, cada momento llevándolos hacia un futuro incierto en el país al que

había emigrado en busca de una vida mejor. Homero no tenía nada que declarar, pues

ninguna de sus posesiones costaba más de un dólar, aunque el oficial lo miraba por entre los

anteojos que parecían los ojos de un búho.

   “Que quiere usted hacer en los Estados Unidos?” él le pregunto a Homero en un Español

mal hablado.

   Homero le mostro la carta que tenia de su tío Hugo mas una cuenta del banco con la plata

que había juntado en la ciudad, donde sus padres lo habían llevado en su infancia.

   “Le traeré buena suerte al país,” Homero dijo. “Mi mercancía es muy buena.”

   “No entiendo.”

   Homero le explico cómo su almacén sería el mejor del mundo, aunque el destino se lo

quería llevar al infierno, si es se dejaba.

   “Ya venderé todo más barato y con garantía,” le dijo.

   “Alguien lo está esperando?” el oficial le pregunto.

   Homero asintió. “Mi tío tiene que estar acá.”

   El oficial de emigración escucho la historia de Homero, que había nacido durante un

eclipse de sol.

   “Eso es fascinante,” el dijo.

   “Deberíamos de vender el aire,” Homero dijo. “La gente que no puede pagar por respirar

se ahogaría en un segundo.”

   “Tiene ideas interesantes,” el oficial dijo.

   “Las olas del mar no deberían de ser gratis,” Homero dijo.
152



   “Ya entiendo el chiste,” el oficial dijo. “Deme una ola grandecita mas otra chiquita.”

   “Ja, ja, ja,” Homero dijo.

   “Se preocupa mucho del mundo.”

   “Es el único que hay.”

   Homero le explico lo que quería para el universo, cuando un hombre canoso, vestido con

ropa barata de algún mercado de Nueva York, interrumpió la discusión acerca de otros

mundos.

   “Te estaba esperando,” el dijo.

   Homero reconoció a su tío, a pesar de que el paso del tiempo había dejado sus huellas en

la cara del desconocido.

   “Pensé que eras más alto,” el dijo.

   “Me habré achicado,” el tío Hugo dijo.

   Homero lo abrazo, acordándose de aquel día en la casa de sus padres, cuando el tío había

aparecido a la hora del almuerzo y le había dado su primer centavo.

   “Como fue el viaje?” el tío dijo.

   “Estuve enfermo casi todo el tiempo.”

   “Yo odio los barcos.”

   El tío llevo a Homero o entre la gente esperando a que sus familiares se desembarcaran

después de ese viaje tan largo a través del océano.

   “Mis barcos estarán al servicio de mi país,” Homero dijo.

   “Puedes pelear con los Nazis en Europa,” el tío Hugo dijo.

   “Que dices?” Homero dijo.

   “Los puedes acabar con tus tanques.”

   Homero se sintió contento por primera vez desde que había llegado a la ciudad, pues le

podría vender su mercancía a los guerreros del mundo. El ladro y su tío se sorprendió.
153



   “Dos y dos son siete,” el dijo.

   “Ya te he oído decir eso,” el tío dijo.

   Al salir a la calle, Homero vio a la gente afanándose en ir a algún sitio de la ciudad, al

tiempo que gotas de lluvia mojaban el prado y las nubes negras se preparaban para la peor

tormenta de los finales del tiempo.

   “La viuditas se ahogaron,” Homero dijo.

   “Lo leí en los periódicos,” el tío le dijo.

   “Decían algo de mí?”

   “Creo que no.”

   Unos niños jugaban al beisbol en el parque, la pelota espantando a los pájaros entre el

pasto acobijándose de los viento invernales azotando a la ciudad.

   “Tu madre quería que fueras millonario,” el tío dijo.

   “Ya lo sé.”

   Habían llegado a los edificios de las tarjetas postales que Homero había visto en su niñez,

pero el más alto de todos tenía que ser el que su tío le había mostrado, mientras hablaba con

sus padres de Marylin Monroe en otro universo.

   “Ese es mi apartamento,” el tío lo llevo hacia un edificio de unos seis o siete pisos, un

enano en comparación con los otros, donde un hombre uniformado los miraba entre sus

anteojos al lado del ascensor que los llevaría al cielo.

   “Vamos al cuarto piso,” el tío le dijo.

   Homero nunca había visto un ascensor, y no sabía si podría confiar en la caja de metal

llevándolo a otros pisos, como por arte de magia.

   “No te preocupes,” el tío le dijo.

   El ascensor se movió, haciendo que Homero se sintiera mareado, antes de que el portero

abriera la puerta en un corredor, y el tío lo guiara entre las materas adornando el pasillo.
154



   “Bienvenido a mi morada,” el abrió una de las puertas, cerca del balcón.

   “El sol se ha ocultado,” Homero dijo.

   “Es invierno,” el tío le dijo.

   Homero se esforzaba por entender las estaciones de una ciudad fría, cuando no conocía

sino el sol y la lluvia de los trópicos, al tiempo que seguía al tío adentro de su casa.

   “Esta es la calefacción,” el tío le mostro unas rejas en la pared. “Funciona con gas.”

   El también tenía un radio para oír las noticias de esa guerra, enloqueciendo a los

periodistas, la clase dirigente y a los soldados, que tendrían el honor de luchar por su país el

día menos pensado.

   “Yo vengo del limbo, entre el cielo e infierno,” Homero le dijo.

   “Quieres un café?” el tío interrumpió.

   “Me calentara,” Homero dijo.

   El tío le mostro su biblia amarillenta, en la que vivirían los gusanitos del papel, aunque

fuera la palabra de Dios.

   “Creo que estas confundido,” le dijo.

   El limbo había sido el sitio, donde Homero había estado antes de volver a la vida en un día

del que no se acordaba mucho, aunque la biblia lo negara y el tiempo le jugara trucos en la

selva y todas las aventuras por los universos en los que había pasado.

   El aroma del café se difundía por la atmosfera del apartamento, cuando el tío le contaba

sus aventuras en la ciudad de Nueva York, la mejor del mundo, aunque los periódicos dijeran

unas cuantas cosas malas algunas veces.

   “Tienes que estar cansado,” el tío le dijo.

   “Un poco,” Homero dijo.

   El tío le preparo su cama en la habitación de los huéspedes, por la que se veían los

edificios altos de la ciudad con la que Homero había soñado muchas veces durante su vida.
155



   “Cuéntame lo de las viuditas,” el tío le preguntó.

   “Llovió my las casuchas se inundaron.”

   “Por eso te viniste.”

   Homero se acabo de tomas el café, pensando en las mujeres muriendo entre el barro

desolándolo todo, cuando él se había escapado al otro lado del mundo y los periodistas no le

podían ofrecer más agua caliente con pan en otra fiesta para ayudar a las viuditas.
156



Otro día

Esa noche Homero oyó el tráfico de la ciudad que nunca dormía, pero que le daría mucha

plata, sus sueños llevándolo a la selva, donde los indios lo perseguían con sus flechas

venenosas. El sol se colaba por entre las cortinas cuando el abrió los ojos a la luz de la

mañana, lejos del mercado.

   “Buenos días,” él tío Hugo interrumpió sus pensamientos.

   “Estoy realmente en Nueva York,” Homero dijo.

   “No es un sueño que has tenido.”

   El tío puso una bandeja llena de comida en la mesa antes de encender la radio, donde el

locutor reflexionaba sobre las tropas de Hitler invadiendo a Europa, peor que la muerte de las

viuditas en una barriada, a la que Hitler no quería invadir.

   “Hoy vamos donde María,” el tío Hugo dijo.

   “Quien es María?”

   “Nos reunimos en su casa.”

   El tío le mostro un mapa de Nueva York, la casa de María estaría entre los edificios

tratando de alcanzar al cielo, donde soñaría con liberar a su país del yugo fascista.

   “Ya casi estamos en invierno,” el tío Hugo dijo. “Y las noches son frías.”

   Homero se puso el abrigo que le dio el tío, admirando su reflexión en el espejo al lado de

la puerta, pero entonces se acordó de esa chica que había ido al almacén, perdido en las

memorias de su vida.

   “No puedo creer que se hayan muerto,” el dijo.

   “Quien?”

   “Las viuditas.”
157



   Un mapa del mundo adornaba la pared, recordándole a Homero de esa otra dimensión que

había dejado en las montañas de los Andes, donde las viuditas le habían dado placer al

tiempo que firmaban sus documentos en medio de las ratas y otras cosas oliendo a feo.

   “Dos y dos son siete,” Homero dijo.

   “De pronto si,” el tío dijo.

   Los edificios de la ciudad se veían desde la ventana, la vida llevándolo allí, después de la

tragedia en los tugurios, gracias al aguacero inundando las alcantarillas de los tugurios.

   “No tengo comienzo ni fin, como le pasa a Dios,” Homero le dijo.

   “Tengo tu certificado de nacimiento,” el tío dijo.

   El miro en los cajones, botando unas cuantas cosas al suelo, los segundos corriendo por

esa dimensión habitada por las hadas y otras creaturas de su existencia.

   “Me debes de decir la verdad,” Homero dijo.

   Su tío lo miro. “No soy tu papa si eso es lo que estas creyendo.”

   Esa frase lo saco de los pensamientos que tenía cerca de su vida, desde que había abierto

los ojos en el jardín de la casa del mercado.

   “Sabes el idioma Maya?” Homero le pregunto.

   El tío paro lo que estaba haciendo dejando unas cuantas cosas desparramadas en el suelo,

las preguntas de Homero acabando con su mundo solitario en el que vivía la mayor parte del

tiempo.

   “Por qué?” el tío le pregunto.

   “Tengo unos papeles escritos en lengua extraña.”

   El tío lo oyó hablar del imperio Maya, creando unos cuantos universos, de acuerdo al

fantasma de la selva, en los que hubieran podido repudiar el avance de los Españoles en su

conquista del continente.

   “Que fantasma?” el tío le pregunto
158



   “Él que me encontré en la selva.”

   “Eso es locura.”

   “Mis papeles podrían ser de esa otra dimensión,” Homero dijo.

   “Donde el imperio Maya existe.”

   “En una tierra paralela, creada por las leyes del mundo.”

   Homero le mostro las páginas arrugadas por la ropa de la maleta, pero sin esos gusanitos

tan fastidiosos, que les gustaba vivir en el papel almacenado a través del tiempo.

   “Como vamos a tu reino Maya?” el tío le pregunto.

   “Las paginas lo dirán.”

   “Veré si te encuentro un traductor.”

   “Eso es lo que quiero.”

   Homero dibujo varias líneas en un papel, para que su tío entendiera como su vida se

dividía con las decisiones del momento, pues cada acción era de un universo diferente.

   “Yo estoy acá,” el tío le dijo. “Por lo tanto yo vivo.”

   “Ya lo sé.”

   “Pero andas con mundos diferentes.”

   “Si se nos cae la casa encima, en una sección de la vida la casa nos ha matado, pero en la

otra esto nunca paso.”

   Homero dibujaba una línea en medio del papel, de donde salían más líneas hacia futuros

inciertos en mundos paralelos cuando le tenía que vender sus ideas a la gente reunida en la

casa de María.

   El tío le mostro una revista acerca de los Mayas, con la escritura que habían encontrado en

la península de Yucatán, llena de caracteres extraños, que aparentemente habían sido

descifrados por los arqueólogos.
159



   “Se parece a la escritura de mis hojas,” Homero le mostro al tío uno de sus documentos

del pasado.

   “Tendrás que buscar al autor del artículo.”

   Un día llegaría en el que sabría que le había dicho José al entregarle esos papeles en

lengua extraña, que sería traducida por un ser medio humano, aunque fueran basura.

   “Tu madre las quería botar,” su tío le dijo.

   “Ya lo sé.”
160



María

Al salir a la calle, ellos caminaron por entre los transeúntes que iban de afán a algún sitio

hasta llegar a un edificio perdido entre las nubes del cielo. El ascensor los llevo hasta el

decimo piso donde una mujer de pelo negro abrió la puerta de uno de los apartamentos, su

escote mostrándoles parte de los misterios de su cuerpo.

   “Este es Homero,” el tío dijo.

   Ella les sonrió. “Lo estábamos esperando.”

   Sus ojos oscuros lo estudiaban en el camino a una sala llena de gente sentada alrededor de

una mesa. Todos hablaban al mismo tiempo pero María restauro el orden.

   “Este es Homero,” ella dijo. “Nuestro héroe.”

   “Que viva Homero,” todos dijeron.

   El escucho las historias de esos ciudadanos valientes que odiaban a Hitler, un hombre de

mejor raza que los caballos del mercado, de acuerdo a lo que decían los periódicos, aunque

alguien había escapado de un campo de concentración donde centenares de personas morían

todos los días.

   “Este soy yo,” el hombre les dijo.

   Homero vio su fotografía, al lado de unas cuantas víctimas de los nazis, esperando por la

muerte en medio de los horrores del campo de concentración.

  “Hice el túnel con las cucharas y tenedores de mi almuerzo,” el les dijo.

   “Eres muy valiente,” Homero dijo.

   “Gracias.”

   “Que viva Homero,” todos dijeron.”

   Ellos cantaron sus alabanzas al Dios que le había dado vida a pesar de los problemas

ocasionados por Hitler, que no hacía sino joder a los ciudadanos decentes como ellos.
161



   “Homero nos ayudara,” el tío Hugo dijo.

   Un silencio siguió antes de que Homero delineara sus planes para conquistar a ese hombre

al que todos odiaban.

   “El gobierno me debe de dar armas,” Homero dijo.

   “Ya nos encargaremos de eso,” el tío dijo.

   Homero agradeció la ayuda prestada por sus coterráneos, aunque no recordara esa patria

que había dejado en los anales del tiempo, aunque fotos del comedor le mostraba aldeas al

lado de montanas y lagos.

   “Mi familia tiene que escapar,” el hombre de las cucharas dijo.

   “Donde están?” Homero le pregunto.

   “En el campo de concentración,” el hombre dijo.

   El dibujo un plano en un papel que María había puesto a su lado, diciéndole a Homero

donde estaba la puerta y otras cosas importantes de semejante sitio.

   “Te puedes colar ahí,” el dijo.

   “Y como salgo?” Homero le pregunto.

   “Utilizando mis cucharas.”

   “Pues tengo que ir a Europa con mis barcos,” Homero dijo.

   “Tendrás que rescatar a mi familia.”

   La conversación se estaba volviendo peligrosa con todos esos planes locos, antes de que

María les ofreciera una taza de café y volvieran a cantar las gracias del señor.

   “Ya le llevare lar armas al ejército de nuestro país,” Homero dijo.

   “El señor lo oirá,” María dijo.

   Homero les dijo, como ayudaría en la pelea por la libertad de su país, porque tenía que

traer la paz a su madre patria.

   “Cuando sales con las armas?” el hombre de las cucharas le pregunto.
162



   “Todavía no lo sé.”

   “Dale mis saludos al presidente.”

   “Comete el ariquipe,” María dijo.

   El dulce se derretía en la boca de Homero, trayéndole memorias de su madre cocinando el

pastel de su cumpleaños en otro universo del que apenas se acordaba, mientras ellos cantaban

al Dios todopoderoso, que había dejado a que Hitler invadiera a Europa.

   “Eres un Nazi?” alguien le pregunto.

   Todo el mundo hablaba al mismo tiempo, sin oír las explicaciones del tío Hugo, que había

conocido a Homero por una eternidad.

   “Claro que no,” Homero dijo.

   “No podemos confiar en la gente,” el hombre de las cucharas dijo.

   “Ya entiendo,” Homero dijo.

   Una mujer recorrió la sala con una canasta, donde la gente puso muchas monedas y unos

cuantos cheques, mientras las manos de Homero masajeaban las piernas de María debajo del

mantel.

   “Ayyy,” ella se quejo, su voz perdiéndose entre los planes que sus coterráneos tenían para

deshacerse de Hitler.

   Homero había logrado lo imposible y el rostro de la mujer le daba a entender que a ella le

había gustado.

   “Tendrás tu plata,” ella dijo.

   “Ya lo sé.”

   El conto la plata que le habían dado en el nombre de la libertad, el mejor regalo para el

mundo, siguiendo sus hazañas en los periódicos.

   “Que viva Homero,” ellos dijeron.
163



   Entonces cantaron unas cuantas baladas de su país, sus voces eclipsando la tormenta de

nieve que había empezado en ese mundo acogiendo a Homero después de la muerte de las

viuditas.

   “Nos tendremos que quedar aquí,” el tío dijo.

   “Ya les pondré cobijas en el suelo,” María dijo.

   Homero la protegería de ese mundo malo, al tiempo que la nieve lo cubría todo con sus

moléculas frías, y él pensaba de sus planes para volverse en el hombre más rico del planeta,

pese a las dificultades que la vida ponía en su camino.
164



Los papeles

Homero prometió mandarle plata a Miguel para ayudar con la educación de su hija en una de

las primeras llamadas telefónicas de larga distancia en el país, su voz perdiéndose en la

infinidad del momento, cuando Amelia lloraba y el mundo se ponía triste.

   “Me visitaras un día,” Homero le dijo

   “Claro, tío Homero.”

   La familia de Miguel le había ayudado a salir de la desesperación después de la muerte de

sus padres en algún lugar del universo perdido entre las nubes de su tristeza. El tío Hugo

apareció con un cheque por miles de dólares, donado por sus paisanos para vencer a Hitler en

el mundo.

   “Muchas gracias,” el dijo.

   “Debes de agradecerle a María.”

   “Lo hare mas tarde.”

   La plata de Homero se había multiplicado en su banco desde su llegada al país de su

redención. Extranjero quiere ayudar al mundo, decía en la primera página del periódico que

el tío Hugo había comprado esa mañana. Nadie hablaba de las viuditas o alguna otra cosa en

su vida.

   “Espero acabar con los fascistas,” Homero dijo.

   El tío Hugo asintió. “Buena idea.”

   Homero pensó en sus barcos peleando la armada de Hitler, que no hacía más que matar a

los inocentes, de acuerdo a los periódicos que el tío Hugo compraba, al lado de sus camisas y

otras cosas, que Homero había empacado antes de su viaje.

   “Mi vida acabara con el sol,” el dijo.

   “Quien te dijo eso?”
165



   “La madre de Lola en una noche sin luz.”

   Nadie iba por la calle recogiendo basura para ponerla entre su ropa, pero Homero no se

acordaba cuando había sido el comienzo del tiempo después de que el sol lo saludara en el

jardín.

   “Yo nací ese día,” Homero dijo.

   El tío lo miro desde la mesa en la que buscaba algo, sus anteojos resbalándose por su nariz

como si tuvieran aceite, mientras que Homero miraba las páginas antes de ponerlas debajo de

la ropa limpia.

   “Tú y tus cosas,” el tío dijo.

   “Es que llegaste al almuerzo.”

   “Ya habías encontrado a tu amigo?” el tío le pregunto.

   “Eso paso después.”

   “Pues no te acordaras.”

   Los recuerdos volverían desde ese día en el que el sol se había ocultado y él había visto

una de aquellas dimensiones, escondidas de sus ojos por las nubes del tiempo.

   “Nunca vi el cuerpo de mi madre,” Homero dijo.

   “Esta en el cementerio.”

   El ya había puesto su cepillo de dientes entre la maleta, si los alemanes lo cogían preso en

medio de la guerra que le habían declarado al mundo, pero el tío le quería mostrar unas

cuantas fotos de sus padres, que había encontrado adentro del almario, donde en una de ellas

su madre sonreía al lado de su padre.

   “He sentido el frio del limbo,” Homero dijo.

   “Cuando fue eso?”

   “Antes de mi nacimiento.”
166



   Unas camisas se cayeron al suelo, ensuciándose con el polvo almacenado durante los años,

pero Homero las tenía que llevar a esa guerra.

   “Tienes muy buena imaginación,” el tío le dijo. “Primero naciste cuando yo llegue, pero

luego sabias donde ir.”

   “Son las dimensiones de mi vida,” Homero dijo.

   “Ya sé que en otra dimensión los Mayas gobiernan aquí.”

   “Es difícil de explicar.”

   El tío miro una de las paginas que Homero quería llevar donde fuera, los misterios de su

vida encerradas en el alfabeto desconocido, aunque se fuera a llevar las armas a otros lugares

del mundo, como lo había prometido en la casa de María.

   “Entonces empezaste cuando yo llegue, te encontraste los papeles y supiste de tu misión,”

el tío le dijo.

   “Eso fue antes de encontrarme al fantasma.”

   “Que te dijo de las dimensiones.”

   Homero acabo de alistar las cosas para llevar en su misión en el mundo, aunque el tío no

entendiera que un universo se creaba cada vez que se movía por el híper espacio de su vida.

   “Tú y tus dimensiones,” el tío le dijo.

   “Me tendrás que ayudar con el idioma Maya.”

   Homero puso las hojas en la mesa, esperando que su tío le consiguiera un diccionario de

esa lengua antigua, que a casi todo el mundo se le había olvidado.

   “Algunos Mexicanos lo hablan,” el tío le dijo.

   “Pero me voy a la guerra.”

   “Lo puedes hacer después.”
167



   Homero copio algunas de las palabras extrañas en su libreta, olvidándose de la liberación

de Europa de yugo de Hitler, mientras pensaba en su misión en los mundos fractales en su

camino por las dimensiones de la vida.
168



Homero se embarca

Odiseo sería el primer barco con rumbo a Europa, donde los marineros alistaban las armas

para ayudar a liberar a un continente del fascismo, mientras que Homero se despedía de su

tío, que le recordaba lo que el presidente de su país había hecho por el mundo. Era una

mañana resplandeciente a pesar del frio que le congelaba los huesos, el sol de otras tierras

esperándolo para traerles la libertad a países al otro lado del océano.

   “Que viva la democracia,” Homero dijo.

   “Que viva,” todos dijeron.

   Una muchacha vestida de falda corta le trajo flores, mostrándole sus piernas cada vez que

se agachaba a recoger algo.

   “Le deseo un buen viaje,” le dijo.

   Homero le beso los labios con sabor a perfume, que el novio le habría regalado en algún

día importante de su vida.

   “Quieres venir conmigo?” Homero le pregunto.

   “Estoy ocupada.”

   “Que pena.”

   El subió las escaleras, bajo el aplauso de la gente, dándole confidencia en su misión a otro

mundo.

   “Que viva Homero,” ellos dijeron.

   El sol brillaba en el cielo, dándole la bienvenida al viaje por el mar, como sus padres lo

habían hecho hacía muchos años en ese viaje az otro mundo, del que no regresarían nunca

más.

   “Sus barcos tendrán telégrafo,” el tío dijo.

   Homero asintió. “Son de lo mejor.”
169



   “Despídete del público,” el tío dijo.

   Homero les dijo de todos sus anhelos para un futuro mejor, en el que Hitler se iría al

infierno al lado del diablo porque sus coterráneos estaban en los campos de concentración de

los Nazis.

   “Ya traeré la libertad a mi país,” el les dijo.

   “Tómese un vinito,” la chica le ofreció una copa del mejor vino de la región.

   Homero se lo tomo antes de seguir con su discurso acerca de las ánimas benditas

auxiliándolo en su viaje a Europa, aunque la santísima trinidad también tendría algo que ver

con su bienestar en el mar.

   “Otro vinito,” la chica lleno su copa.

   “Me tengo que ir,” Homero dijo.

   “En sus barcos grandes.”

   “Dios me guiara a Europa.”

   “Esperamos que no se encuentre con submarinos,” ella le dijo.

   Homero la beso antes de empezar su aventura en las olas del mar, resbalándose por entre

los escalones y cayendo al lado de la chica.

   “Don Homero,” ella dijo.

   “Ven conmigo,” él le dijo.

   “No puedo.”

   “Te doy plata.”

   “Aquí esta su Alka seltzer,” Cesar le dijo.

   “Se lo agradezco.”

   El remedio refresco su estomago antes de que el movimiento del barco le dañara el viaje,

el ruido de los cañones interrumpiendo la paz del día con su ruido infernal, pero el tenia que

despedirse del mundo.
170



   “Se acordaran de mi, cuando me mate el enemigo,” Homero dijo.

   “Dios lo protegerá,” la chica dijo.

   El la beso otra vez, saboreando todo el placer que le debería dar a su novio en sus

momentos románticos.

   “Adiós, don Homero,” ella dijo.

   “Espérame en mi hotel cuando vuelva,” él le dijo.

   La chica aceptó una tarjeta con la dirección del tío Hugo, antes de que el ruido del los

cañones interrumpieran la despedida.

   “Es la segunda vez que los disparan,” Homero dijo.

   “Te tienes que ir,” el tío dijo.

   Homero se zafó de los brazos de la chica, el eco del aplauso del público siguiéndolo por

entre los marineros envueltos en sus abrigos para protegerse del frio Neoyorquino, mientras

pensaba en su misión en el mundo.

   “Lo llevare al camarote,” Cesar dijo.

   “Quiero coca,” Homero dijo.

   “Pues no tengo ni una,” Cesar dijo.

   “Mentiroso.”

   Homero trato de olvidar la falta de la coca antes de que el sueño lo mandara a otras tierras,

donde las chicas estaban enamoradas de su dinero. Al llegar a un camarote blanco, Cesar

puso sus cosas sobre una cama pequeñita de la que se caería si daba vueltas durante la noche.

   “Don Homero,” Cesar dijo. “Porque vamos hacia el sur si Europa está al este?”

   “Tenemos que vencer al enemigo,” Homero dijo.

   “Pero nos esperan en Europa.”

   “Uno de mis barcos va para allá.”

   “Que le diremos a la gente?”
171



   “Nada.”

   “Don Homero.”

   “Nadie se dará cuenta.”

   Cesar leyó la ruta por el mar, que Homero había escrito en el apartamento de su tío, sin

importarle la liberación de Europa del yugo enemigo.

   “Hitler puede castigar a su país,” Cesar dijo.

   “Esperamos que no lo haga.”

   Homero conto los tanques, fusiles y cañones que llevaban en el viaje de liberación, la plata

de cada uno escrita a un lado de la pagina.

   “Los cañones cuestan 5000 dólares,” Cesar dijo.

   Los dólares que la venta de los aviones y los fusiles le daría, ayudaría a que se

multiplicara su plata en el banco, antes de que acabara destituido, como le había pasado a

unos cuantos ricachones.

   “Ya puede dormir,” Cesar dijo.

   La ruta hacia el mar Caribe había sido finalizada, cuando Cesar ayudo a que Homero se

deslizara bajo las cobijas de las que no saldría por un tiempo.

   “Tienes que soñar con el futuro,” Cesar le dijo.

   “Mándame a una chica.”

   Cesar le explico que no habían traído chicas en el viaje, pues iban a pelear una guerra y no

de fiesta.

   “No tienes mujeres ni coca,” Homero dijo.

   “Pero llevamos muchas armas.”
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Salvación

   “Tierra,” Cesar dijo.

   Homero se despertó cuando las gaviotas volaban en un cielo azul. Tendría que ser una de

esas islas perdidas en el mar Caribe como lo decía en las guías que había leído en los confines

de su almacén. Sentándose en su cama, el vio el mar lleno de barquitos pequeños.

   “Serán piratas,” el dijo.

   “No hay piratas en Salvación,” Cesar le dijo. “Bienvenido a mi país, don Homero.”

   “Espero que me compren las armas.”

   “Claro que si.”

  Homero se alisto a desembarcar en la isla llena de palmas de coco, donde un hombre

pequeño fumaba una pipa en la playa de arena blanca.

   “Ese es el presidente,” Cesar dijo.

   “Donde esta mi corbata?” Homero dijo.

   “No la necesitas.”

   “Pero es el presidente.”

   “A él no le importa.”

   Homero vio a la gente bailando en la playa, esperando que él les vendiera sus armas entre

los colores del trópico.

   “Llegaremos al muelle,” Cesar dijo. “Una lanchita nos llevara a la costa.”

   Las chicas le tendrían que hacer el amor, tan pronto como el presidente le comprara sus

armas para matar a los invasores haciéndoles la vida imposible, Homero pensaba bajándose

a la lanchita, que lo llevaría a su cita con el destino.

   “Cuidado con las manos,” Cesar dijo.
173



   Homero no quería perder los dedos, antes de venderle sus amuniciones al presidente

esperándolo en la playa, las gotas de agua mojándole el pelo en su viaje por entre las olas, y

música desafinada acababa con la paz del día.

   “Esa es la banda del país” Cesar dijo.

   “Pues tocan feo.”

   Homero puso su cara entre sus manos, el mareo acabándole con todo en el alma, hasta que

el bote paro en la playa de arena blanca.

   “Mucho gusto en conocerlo, su excelencia,” el dijo apenas se bajo de la lanchita.

   “El gusto es mío,” el presidente dijo. “He visto sus fotos en los periódicos.”

   La banda toco el himno nacional y todos se pusieron las manos en sus pechos para honrar

a su país, la música resonando por entre las palmas adornándolo todo alrededor suyo, cuando

Homero quería hablar de sus negocios.

   “Le tengo todo listo, excelencia,” el dijo apenas acabo el ruido de los tambores.

   El presidente llamo a uno de los hombres a su lado.

   “Vayan por la mercancía,” el dijo.

   El presidente llevo a Homero a unos asientos bajo las toldas, para protegerlos de la

radiación solar, mientras que sus hombres se encaminaban al barco.

   “Todo es de primera calidad,” Homero dijo.

   “Dios bendiga al señor Roosevelt,” el presidente dijo.

   “Sus vecinos lo respetaran.”

   El presidente buscaba imperfecciones en el armamento que le habían mandado desde

Nueva York, al tiempo que Los marineros bajaban más armas del barco, los tanques dejando

sus huellas por la arena llena de cangrejos y otros animales sin nombre.

   “Atenágoras,” el llamo.

   Un hombre pequeño, vestido de marinero apareció a su lado.
174



   “Tráeme la chequera,” el presidente le dijo.

   Atenágoras desapareció por una de las casitas de la playa, dejando la aroma de su perfume

en el aire, cuando el presidente se miraba las uñas, que se habría pintado de un color claro,

para ocultar que se las comía en momentos de inseguridad.

   “Perdimos unas islas el año pasado,” el dijo.

   “Eso no pasara mas, excelencia,” Homero le dijo.

   “Espero que no.”

   Atenágoras trajo la chequera en una bandeja con vasos de vino, bueno para las compras.

   “Son miles de dólares, excelencia,” Homero dijo.

   El presidente tosió al oír la cantidad de dólares que tendría que pagar, para garantizar la

libertad de su país, cuando nadie más los atacaría.

   “Salvación es lo mejor del mundo,” el dijo.

   “Claro, excelencia,” Homero dijo.

   Ellos celebraron con el vino del país que las señoritas vestidas en bikinis les traían para

que se emborracharan, alegrándoles la existencia en esos momentos en que habían acabado

sus negocios. La banda toco una salsa y una chica bellísima se paro al lado de Homero que la

quería poseerla antes de encontrar más islas caribeñas, acosadas por sus vecinos.

   “Quiere bailar?” él le pregunto.

   La chica lo pensó por un momento, en el que Homero le toco sus manos bronceadas por el

sol.

   “No se arrepentirá,” él le dijo.

   Homero la guio por entre los tanques, acordándose de los pasos que María le había

enseñado en los días felices de su juventud, y tratando de no pisarle los pies.

   “La llevo a mi camarote?” él le dijo.

   “Es que soy virgen.”
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   “He oído esa historia muchas veces.”

   La lluvia los mojaba como si estuvieran en un horno con la ventilación encendida, gracias

al clima del Caribe, pero la señorita quería bailar más.

   “Estoy sola,” ella dijo.

   “No tienes novio?” Homero le pregunto.

   Él le prometió curarle su soledad, aunque fuera la única cosa que hiciera sin pensar en

ganar plata.

   “Tómese otro aguardiente,” Cesar dijo.

   El mundo se veía diferente a través de una nube de alcohol, donde la chica se quitaba su

ropa, para que él le viera el cuerpo, y el presidente hablaba de cosas incomprensibles.

   “Que vivan mis negocios,” Homero dijo.

   “Que vivan,” el presidente dijo.

   Después de bailar la salsa ella lo siguió a su camarote donde hicieron el amor toda la

noche.
176



Los negocios del Caribe

La chica prometió escribirle antes de que el buque siguiera su recorrido con los tanques,

amuniciones y otras armas, listas para rescatar a los países del mundo. Atenágoras se fue con

ellos por el Caribe, lleno de islas, chicas solitarias, y presidentes tratando de eliminar a sus

vecinos.

   “Los marineros comían carne salada con galletas duras hace tiempo,” Cesar le dijo.

   Homero se imaginaba como seria cuando no tenían nevera donde poner sus cosas, la

bacteria multiplicándose en esos barquitos con hoyos en el suelo pero Cesar hablaba de todo

lo que podía.

   “El capitán Morgan escondió su tesoro en el Caribe,” el dijo.

   “Alguien lo ha encontrado?” Homero le pregunto.

   “Creo que no.”

   Homero cerró sus ojos, esperando ver los senos de la señorita de Salvación persiguiéndolo

alrededor del árbol del patio, porque ya había vivido todo esto en otro mundo del que apenas

se acordaba, el mareo asediando su cuerpo cada vez que podía, aunque Cesar le daba muchos

remedios inventados por su madre.

   “Ella ha sido la reina de Salvación,” Cesar dijo.

   Homero se la imaginaba vestida con su traje largo, ayudándoles a los ciudadanos con sus

concocciones salvajes, antes de que su hijo recorriera el mundo. Entonces él se encontró en

la selva, al lado de Tarzan y su mico, llamado Chita, antes de que se fueran a salvar a unas

doncellas con problemas.

   “Despiértese, don Homero,” Cesar lo sacudió de su sueños. “Hemos llegado a otra isla del

Caribe.”
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   Homero se desperezo, yendo todo lo que Cesar había estado haciendo durante el viaje a

otra de las naciones caribeñas, en las que la gente se sentía contenta bajo los rayos del sol.

   “Vístase rápido,” Cesar dijo.

   El ruido de las olas en los costados del barco, acabo con la monotonía del momento,

cuando Homero se acabo de vestir, pensando en las chicas bonitas al lado de otro presidente

del Caribe.

   “El bote ya está listo,” un marinero interrumpió sus pensamientos.

   Homero lo siguió a través de los corredores hasta que llegaron a la escalera por el costado

del barco, y una lanchita flotaba en el mar azul. Un grupo de gente los esperaba entre las

palmas esparcidas en la bahía de una isla lindísima.

   “Bienvenido a la isla,” Cesar dijo. “Ese es el presidente.”

   La lancha navego hacia los barquitos adornando la playa, hasta que llegaron a un muelle

de madera sobre las aguas e la ensenada, cuando la orquesta se alistaba a tocar otro himno

nacional.

   “Lo estábamos esperando,” el presidente dijo.

   Restaurante Miramar, decía en letras rojas en una cabaña atrás del presidente, una chica

de pelo más negro que la noche los miraba atrás de las mesas con sus manteles blancos.

   “Donde están las armas?” el presidente pregunto.

   “Ya las traen del barco,” Homero dijo.

   Atenágoras abrió una botella de champaña que Homero tenia lista para los momentos

especiales, los cañones desfilando por la playa interrumpiendo la charla del presidente sobre

la seguridad del Caribe, lo más importante de su vida.

   “Salvación nos jode todo el tiempo,” el dijo.

   “Hay que eliminarlos,” Homero dijo.

   “Necesito mas aviones, tanques y bombas.”
178



   “Los tendrás.”

   El presidente escribió todo lo que necesitaría para castigar a Salvación mientras la chica

se sentó en las piernas de Homero, dejándole ver su cuerpo de ninfa del mar.

   “No es muy linda?” el presidente le dijo.

   Las manos de Homero subieron por sus muslos hasta sus calzones finos.

   “Que atrevido,” ella dijo.

   “Le daré plata.”

   Cesar abrió una botella de aguardiente, el aroma de alcohol esparciéndose en el aire, y el

presidente hablaba de sus vecinos haciéndole males todo el tiempo.

   “Ojala que los mates,” Homero dijo.

   El presidente tendría que castigar a Salvación, aterrorizando a los ciudadanos con sus

aviones del infierno.

   “Tomemos mas aguardiente,” Homero dijo.

   La isla de Salvación tendría que manejarse bien, o pagaría por sus fechorías como Dios

decía en la biblia que habría leído muchas veces.

   “Sodoma y Gomorra?” Homero le pregunto, acordándose del padre Ricardo.

   “Y Caín después de hacerle mal a su hermano.”

   “El fue desterrado del paraíso,” Homero dijo.

   “Eso le pasara a Salvación.”

   El presidente se durmió sobre la mesa, roncando como cualquiera de sus enemigos antes

del ataque.

   “Vamos a mi camarote,” Homero le dijo a la chica.

   “Soy virgen,” ella dijo.

   “He oído ese cuento muchas veces.”

   “Se tendrá que casar conmigo,” ella dijo.
179



   “Tengo esposa.”

   “En Nueva York?”

   “Pueda que si.”

   Él le quito la virginidad en su camarote en una noche que nunca olvidaría, entre los humos

del aguardiente mezclado con las hojas de coca que alguien le había conseguido.

   “Ahora tendré un hijo,” ella dijo.

   “Yo soy infértil.”

   “Mentiroso.”

   La chica se había ido por la mañana cuando Homero se despertó con el peor guayabo del

mundo.
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Malas noticias

El barco siguió por el mar Caribe con algunos tanques, amuniciones y Atenágoras que quería

ayudar a hacer más negocios con los presidentes de otras islas pero Homero no se sentía bien,

mientras caminaba por los corredores, llevándolo hacia su camarote por el que podía ver el

mar azul con todas esas islas de palmas de cocos y señoritas que le daría muchos hijos.

   “La chica esta acá,” un marinero le dijo.

   Homero miro a todo lado, esperando que se hubiera colado por entre los guardias

cuidando su mercancía, pero solo veía el corredor con puertas a cada lado.

   “Te la puedes soñar ahora,” el hombre le dijo.

   “Que chistoso,” Homero dijo.

   Tendría que acostumbrarse a estar solo con su enfermedad, cuando la gente esperaba

comprarle sus tanques para castigar a presidentes.

   “Es que no me aguanto más esto,” Homero dijo.

   “El mareo?”

   “La enfermedad del mar,” Homero dijo. “Que mas será.”

   Homero continuo por los pasillos oscuros, hasta que llego al último rincón, donde Cesar

apareció a su lado con un vaso de alka seltzer en su camarote.

   “Sabía que se sentiría mal,” le dijo.

   “Lo sabe todo.”

   “Eso decía mi madre.”

   Homero se acostó a mirar la pared blanca con borrones de mugre, tratando de pensar en su

negocio, la voz de Cesar interrumpiendo sus pensamientos.

   “Alguien me ha dicho que la chica esta en el barco,” Homero dijo.

   “Quien?”
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   “Uno de los marineros.”

   “Pues no sabía que se había colado.”

   Homero espero a que la chica apareciera a su lado, a pesar de que pudiera ser una mentira,

porque ninguna mujer se había subido al barco esa mañana.              Los minutos pasaron

rápidamente, llevándolo cerca a ese momento en el que tendría que despedirse del mundo

donde había vivido por un tiempo.

   “El capitán Morgan escondió un tesoro en una isla del Caribe,” Cesar interrumpió sus

pensamientos.

   “Ya he oído esa historia.”

   “Es que nadie lo ha encontrado.”

   “Que pesar.”

   Los cuentos de Cesar lo hacían sentir mal, el mundo disolviéndose a medida que avanzaba

por los corredores del tiempo, en los que una mano lo trajo al mundo real.

   “Este es el tesoro,” Cesar dijo.

   Homero vio la página de un libro en la que alguien había escrito algo en letras chiquitas,

encima de una foto.

   “Esta en el fondo del mar,” Cesar dijo.

   Cesar saco las hojas de una planta, la atmosfera marítima secándolas hasta que parecían

pedacitos de basura.

   “Es coca,” el dijo.

   “Dámela.”

   “Tiene que oír mi historia primero.”

   Homero no quería llevarle la contraria, pero su cuerpo necesitaba ese milagro de la

naturaleza, al tiempo que Cesar narraba la historia de los piratas buscando una fortuna y sus
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ojos se cerraban, las caras de los piratas apareciendo unas cuantas veces en sus sueños de

islas misteriosas.

   Los días tenían que estar pasando, interrumpidos por los momentos en que abría los ojos,

para oír más estupideces acerca de los piratas haciéndole cosas al mundo, como todo lo

demás en su vida en la que las viuditas se habían muerto, pese a que él las había amado con

su corazón.

   “Estamos cerca a otra isla,” la voz de Cesar interrumpió su estupor.

   Homero se despertó, pensando en venderle armas a otro presidente, esperándolo con

varias botellas de aguardiente para alegrarle el alma.

   “Le diré cuando lleguemos,” Cesar dijo.

   El empezó su retahíla de las cosas que pasarían de acuerdo a las escrituras, pues tenían que

estar atentos al final del mundo, igual que lo decían las escrituras, escritas por los discípulos

de Jesús Cristo hacía mucho tiempo.

   “Lo dice aquí,” Cesar le mostro la biblia.

   “Ese es un libro viejo,” Homero dijo.

   Cesar paso las hojas, que se podían romper si alguien era un poco brusco, a pesar da la

palabra de Dios las protegiera a toda hora. Atenágoras interrumpió la conversación con un

telegrama en la mano, su cara se veía roja de la emoción.

   “Uno de sus buques se ha hundido,” el dijo.

   Sus palabras no tenían ningún sentido en el mundo de Homero que había estado pensando

en otras cosas, pero tendría que hacer algo antes de que el mundo supiera de su cobardía y lo

acusaran de ser peor que los fascistas ayudándole a Hitler.

   “Yo estaba en otro barco,” el dijo.

   “Usted era el capitán.”
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   Todos lo odiarían como a cualquier mentiroso, gracias a esta otra tragedia, quitándole la

luz al mundo, pues él se tendría que ir a una de esas islas en el océano, cuando no había

hecho nada malo en este mundo.

   “Me perderé de la prensa,” Homero dijo.

   “Donde?”

   “En cualquier sitio.”

   “Buena suerte,” Atenágoras le dijo.

   El mar azul adornaba el paisaje en el horizonte, cuando Homero hizo sus planes de

desparecer del mundo, antes de poner un poco de ropa en la maleta, el disfraz de un pirata

cayéndose a los pies de la cama, pero Homero no iba a un viaje de disfraces.

   “Me pueden meter al manicomio,” el dijo.

   “Es mejor que la cárcel.”

  Cesar apareció a su lado, como un emisario del diablo, sus ojos oscuros llenos de la malicia

con la que había nacido en un año perdido en el tiempo.

   “Tengo un amigo en la isla,” el dijo.

   “No será algún pirata?” Homero pregunto.

   “Ayuda con la guerra en el Caribe.”

   “No hay guerra en el Caribe.”

   Cesar le dio una dirección, en un papel donde había dibujado un mapa de la isla en la que

pasaría su destierro, rodeado de palmeras y el azul del Caribe, una flecha mostrándole el

trayecto a través de la playa.

   “Es la primera casa que veas,” le dijo.

   “La playa es grande,” Homero dijo.

   “Te dejaran cerca de allí.”
184



Homero se desaparece

La lanchita lo dejo en un sitio lleno de palmas, donde los cangrejos lo miraban desde la arena

perdida entre los mares del mundo.

   “Buena suerte,” Atenágoras dijo.

   “Nos comunicaremos por telegrama,” Homero dijo.

   El sonido de las olas estrellándose contra la playa interrumpió la despedida, en la que

Homero pensaba en alguna manera de pasar el tiempo, las gaviotas que volaban en el cielo le

recordaban de ese viaje emprendido con sus padres.

   “En el principio no había nada,” Homero dijo. “Luego Dios creó el cielo y la tierra.”

   Esas palabras estaban en la biblia destartalada del padre Ricardo, aunque la luz ha venido

antes del sol, antes de poner a las estrellas en el firmamento, como si pudieran existir entre

las nubes flotando encima del mar.

   “Tengo hambre,” Homero dijo.

   Los pájaros le contestaron buscando algo entre las olas azotando la arena. Después de

caminar por un rato, el llego a la casita de madera que le había dicho Cesar, donde alguien

había olvidado un plato de comida al lado de los geranios.

   “Hola,” Homero dijo.

   “Rffff,” un perro le contesto.

   Homero se miro en un espejo roto cerca de la entrada a la casa, hecha de hojas de palmas

y unas cuantas cosas más que no se imaginaba, pero el necesitaba un sombrero enredado en

un palo para que no lo reconocieran.

   “Ay, Dios mío,” alguien dijo.

   Una mujer morena salió a la puerta, con un martillo en su mano.

   “No le hare daño,” Homero dijo.
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   “Eso dicen todos.”

   “Soy amigo de Cesar,” Homero dijo.

   Ella lo miro, lista a darle en la cabeza con el martillo si trataba algo raro, hasta que una

sonrisa interrumpió el momento, en el que el perro se trato de comer a Homero.

   “Váyase chandoso,” ella dijo.

   “Que no tengo buen sabor,” el dijo.

   “Grrrrr,” el perro continuo su ataque, hasta que un niño de pelo crespo y ojos grandes, se

lo llevo atrás de la casa.

   La mujer guio a Homero adentro de la casa, la luz de una vela iluminando los lugares

oscuros, escondiéndose del día, porque tendrían que hablar de algo o es que a ella le gustaba

su vestimenta.

   “Es mi marido,” ella le mostro una foto de Cesar que guardaba en un almario sucio.

   “No sabía que era casado,” Homero dijo.

   Cesar era el amante que paseaba por el mundo en sus barcos, olvidando a su mujer en una

casucha debajo de las palmas, que lo añoraba con toda su alma, mientras él viajaba por el

mundo.

   “Usted querrá plata,” Homero le dijo.

   “Pues si.”

   “Es que necesito ropa,” él le dijo.

   Entonces la señora lo llevo a una pieza pequeñita al lado de la cocina, llena de toda clase

de cosas para la semana y el pan que ella habría comprado bien barato en una de las tienditas

al lado del mar.

   “Puede ponerse la ropa de mi marido,” ella le dijo.

   “No entiendo.”

   “Me dejas la plata en la mesa,” ella dijo.
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   “Pensé que su marido era Cesar.”

   “El es mi amante.”

   Ella le tiro unos trapos que había sacado del almario, oliendo a perfume y otras cosas.

   “Me la tendrás que devolver,” ella dijo.

   “Cuando?”

   “Tan pronto como puedas.”

   Homero se vistió entre los zancudos picándolo en todo sitio, como un vagabundo perdido

en una isla del Caribe con mas cangrejos que un mercado de la costa.

   “Donde está el aeropuerto?” él le pregunto

   “Atrás de las palmas,” ella señaló algún sitio afuera de la ventana.

   Homero miro el camino por la maleza más allá del limbo, donde las ánimas benditas

pasarían la eternidad lejos de la civilización.

   “Dos y dos son siete,” el dijo.

   “Qué?” la mujer abrió sus ojos.

   “Esas palabras me calman.”

   “Usted es chistoso.”

   Un hombre pequeño entro a la habitación mirándolo de arriba abajo, diciendo unas

cuantas cosas entre sus dientes, al tiempo que la mujer les ofrecía un café.

   “Gusto en conocerlo, Don Homero,” el hombre dijo. “Me llamo el intermediario.”

   “Es un nombre raro.”

   “Estamos en guerra.”

   El intermediario escribió unas cuantas cosas en su libreta, mientras la mujer limpiaba

alrededor de ellos, cantando una de esas canciones típicas de la isla, y Homero le explico

cómo se quería perder en medio del océano antes de que lo encontraran con la prensa del

mundo.
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   “No entiendo porque lo haces,” el intermediario dijo.

   “Me gusta la aventura.”

   “Y la fama.”

   “Tiene que estar loco,” la mujer dijo.

   Ellos se tomaron el café con galletas en el patio atrás de la casa, donde las olas azotaban a

la playa y el intermediario planeaba como Homero podía perderse de la humanidad por unas

horas.

   “Esa lanchita te dejara en medio del océano,” él le dijo.

   Homero vio la lanchita en medio de la arena, donde esperaría la llegada de los periodistas

en el día más importante de su vida, después de que sus compatriotas habían perdido la vida

en medio del océano. El intermediario abrió otra botella de aguardiente, discutiendo cuantos

miles de dólares quería por su parte en el rescate de Homero de las garras de la muerte.

   “Tómatelo todo,” le dijo.

   El aguardiente lo llevo a otras tierras de las que nunca saldría, a no ser que el mar le jugara

sucio, como había pasado con los indios en la selva y las viuditas ahogadas en las

alcantarillas de los tugurios.

   “Esto es una trampa,” Homero dijo.

   “Don Homero,” el intermediario dijo. “Su amigo Cesar me conoce.”

   “El habla mucho,” Homero dijo.

    Entonces el intermediario le dijo todo acerca de las corrientes marítimas, llevándoselo al

fin del mundo en solo unos minutos de descuido, porque tendría que aprender a usar las

señales en caso de algún problema.

   “El naufragio fue en el norte del Atlántico,” Homero dijo.

   “Una corriente te trajo hacia el Caribe.”

   “Lo más normal del mundo.”
188



  “Puede ser bajo ciertas circunstancias.”
189



El naufragio

   “Lo dejaremos en el medio del mar,” el intermediario le mostro un punto entre el azul del

Mediterráneo en un mapa que tenía en la mesa.

   “Que hago si un submarino alemán me encuentra?” Homero le pregunto.

   “Esperamos que no pase.”

   Homero tenía coca cola, barras de chocolate, una sombrilla para el mal tiempo y fuegos

artificiales en caso de que no lo encontraran. El intermediario le dio el Financial Times en

Español para ayudarle a pasar el tiempo, aunque las gaviotas lo distraerían con sus juegos

sobre las olas, como bailarinas buscando su comida.

   “Sabe cómo mandar las señales?” el intermediario le pregunto.

   Homero miro los juegos artificiales que le había dado.

   “Los prendo con mis fósforos,” el dijo.

   El intermediario asintió. “Los mandas al cielo si tienes algún problema antes de que te

rescatemos.”

   “No me dejan más de unas horas,” Homero dijo.

   “Todo saldrá bien.”

   “Eso espero.”

   Algunas rocas adornaban el muelle, castigadas por las mareas que azotaban la playa todo

el tiempo, hasta que un barco se les acerco meciéndose en el agua cristalina. Los marineros

miraban a Homero con curiosidad.

   “Tu lancha está adentro,” el intermediario dijo.

   “Pensé que era grande.”

   Homero lo siguió al barco, sintiendo los movimientos de las olas bajo su asiento antes de

salir en su aventura por el mar.
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   “Tienes suficiente alka seltzer,” el intermediario dijo.

   Homero necesitaría bastante agua y comida, aunque la pastilla de alka seltzer se deshizo

en su boca en su camino al estomago.

   “Es que se toma con agua,” el intermediario dijo.

   “Me gusta así no mas.”

   Homero pensaba en el momento en que lo rescataran al frente del mundo enterándose de

su valentía en su lucha con los elementos.

   “Vas a ser famoso,” el intermediario dijo.

   Homero tendría que esperar por su rescate en el mar abierto, con todos los peligros que le

traería, aunque fuera solo por un una hora, y con espacio suficiente para llevar solo lo

necesario.

   “Digan que ya me han rescatado,” el les dijo.

   “Necesitamos la prensa.”

   Habían llegado al medio del mar, donde la página del periódico que le habían dado se

trataba de escapar en el viento, y el tendría que esperar por su rescate.

   “Buena suerte,” el intermediario dijo.

   “No me dejen solo,” Homero dijo.

   “Nos ha pagado para que hagamos eso.”

   Homero los vio desaparecer en el horizonte, su última esperanza de salvación

desvaneciéndose a medida que se quedaba solo con su destino en el océano. La sombrilla

que el intermediario le había dado lo abrigaba de la lluvia, pero su comida se mojaba cada

vez que una ola lo levantaba hacia el infinito como si fuera un enanito en medio del océano.

   “Señores y señoras,” Homero le dijo al viento. “Mi buque se hundió por culpa de Hitler.”

   El se sentó entre su equipaje, alistándose para su rescate dentro de unas horas, en las que

tendría que olvidarse de los peligros del mar, que se lo podría tragar sin importarle nada.
191



Amo el amor que se vuelve leche y pan. Amor que puede ser eterno. Amor que puede ser

fugaz, Homero se acordó de los poemas que recitaba su padre hacía muchos años, hasta que

el sol se volvió rojo antes de ocultarse bajo del mar.

   “Donde estas,” él miraba a ese horizonte poniéndose negro.

   Entonces un hombre vestido con una túnica larga apareció entre las olas que se volvían

cada vez más grandes y peligrosas.

   “Vete,” Homero dijo.

   El hombre señalo a una corona de espinas adornando su pelo castaño, al tiempo que un

tiburón nadaba por el lado del bote, mostrándole sus dientes afilados.

   “Debe de ser un espejismo,” Homero dijo.

   El tiburón lo miro, sus ojos pequeñitos llenos de odio por el mundo que no lo quería, pues

Homero le daba una paliza con el remo, que había encontrado en su equipaje.

   “Tengo sed,” el dijo.

   Esas palabras no significaban nada en un mar lleno de agua salada, aunque el tenia la

botella de aguardiente que el intermediario le había dado, antes de que se fuera detrás del

horizonte. El liquido le quemo las entrañas en su camino por el esófago hasta el estomago,

dejándolo sonso entre su equipaje y otras cosas buenas para su subsistencia por unas horas.

Entonces fuera del agua apareció un U225 submarino, o eso era lo que Homero creía en sus

alucinaciones de la noche.

   “Eres amigo o enemigo?” el le pregunto.

   “Hijo mío,” una voz dijo.

   “Quien llama?”

   “Tu padre que está en el cielo.”

   Después de unos momentos de silencio, hasta el mar se había calmado.

   “El cielo y la tierra se acabaran,” la voz dijo. “Pero mis palabras seguirán.”
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   Un ángel descendió de los cielos con un ánfora llena de agua, que sabia mejor que coca

cola.

   “Tómatela toda,” la visión le dijo.

   Homero pensó que moriría antes de que fuera famoso, si es que el intermediario lo

encontraba en medio del océano Atlántico en una noche que nunca olvidaría. Las olas

volviéndose más grandes cada vez que atormentaban a su barquito, perdido en el mar de su

desesperación por el plan que había tramado, después de la muerte de las viuditas. El otro

Homero lo tendría que rescatar de sus problemas en vez de pensar en Helena, la mujer más

linda de la guerra de Troya, de acuerdo a ese libro de la librería.

   “Es el fin del mundo,” Homero dijo.

   El encontró los fuegos artificiales que el intermediario le había dado en ese universo del

que había salido no hacía mucho, cuando pensaba que había encontrado la solución de sus

problemas en el mundo, pero los fósforos se le habían mojado, en su lucha con los elementos.

   Homero paso la noche sacando el agua que se había entrado al bote con un balde que

alguien había puesto por el asiento, hasta que el sol se asomo por el horizonte entre los

peligros del mar.

   “Quiero mi plata,” Homero dijo.

   El mar le contestaba con sus olas gigantescas, un árbol apareciendo al lado suyo, sus hojas

meciéndose en el viento. No hay árboles en el mar, Homero pensó, al tiempo que María le

mostraba sus tetas quemadas por el sol.

   “No quiero más espejismos,” el dijo.

   “Debes de tomar esto,” ella le ofreció un vaso de agua del mar, llena de nutrientes y sal.

   “No te hará daño,” le dijo.

   “Mentirosa.”
193



   La chica quería vengar la muerte de las viuditas y a Homero no le gustaba el sabor del

agua del mar. Entonces un barco apareció en el abismo del tiempo, pero todo esto se lo

estaría imaginando.
194



El rescate

Un hombre apareció al lado suyo. Homero estaba cansado de alucinaciones y le dijo que lo

dejara solo.

   “Yo soy el intermediario,” el hombre dijo.

   “Quiero que te vayas,” Homero le dijo.

   “Lo tengo que ayudar.”

   Unas cuantas personas lo pasaron a otro barco y todo se sumió en la oscuridad, la luz de

un bombillo mostrándole el mundo alrededor suyo después de unos momento, cuando

Homero pensó que se habría ido al limbo de la muerte.

   “No lo podíamos encontrar,” alguien dijo.

   Homero vio al intermediario al lado de la cama, como si nunca hubiera hecho nada malo.

   “Tómese esto,” le dijo, dándole una cucharada de una medicina que sabia a mal pero

aparentemente haría que Homero se curara de su enfermedad.

   “Aaaa,” Homero dijo.

   “Que quieres?” el intermediario le pregunto.

   “Bbbbb,” Homero trato de hacer trabajar sus cuerdas vocales quemadas por el sol.

   El necesitaba su voz para vender la mercancía en el mercado y odiaba el intermediario,

cuando una chica muy linda le mostraba sus piernas al lado de su cama.

   “Usted debe de ser Homero,” ella dijo.

   “Mmmm,” Homero dijo.

   Ella le cogió las manos entre las suyas haciéndolo estremecer.

   “He oído mucho acerca de usted,” ella dijo.

   Homero encontró su voz entre su erección.

   “Debes de ser una princesa,” el dijo.
195



   “No.”

   “Llévame a tu rey,” el dijo.

   “Eres chistoso.”

   Ella le masajeo su pecho, poniéndolo contento debajo de las cobijas hasta que vio la letra

F bordada en su ropa.

   “Soy Fifi,” ella dijo.

   Homero nunca había conocido a una Fifi pero su nombre le caía bien a los pezones

oscuros abajo de su blusa.

   “Todo el mundo sabe que no has muerto,” ella dijo.

   “Quien?”

   “El planeta.”

   Homero se acordó de las bombas matando a sus hombres, mientras sus tetas se

balanceaban sobre su cara.

   “Ha debido ser difícil escapar,” ella dijo.

   “Los botes se incendiaron.”

   “Dios mío.”

   Él le beso sus manos, mirando sus ojos oscuros.

   “Te amo mucho,” le dijo.

   “Nos acabamos de encontrar.”

   “No interesa.”

   Después de tocarle el contorno de sus senos, él le puso cuidado a la aureola oscura llena

de pasión.

   “He debido de morir,” el dijo.

   “No digas eso.”
196



   Al él se le olvidaron sus penas, mientras le hablaba de sufrimientos en la barquita de su

rescate, porque ha debido morir con sus compañeros que estarían al lado de Dios

misericordioso, porque se la había encontrado bajo las estrellas del cielo, y junto a los

maleficios del mar.

   “He visto el árbol de la vida,” Homero dijo.

   “Que dices?”

   “José lo llamaba así.”

   Eso había sido una experiencia magnifica para un niño sin país, pues todo seguiría hasta el

día del juicio, así como les había pasado a Sodoma y Gomorra.

   “Ese amigo me ha visitado siempre,” Homero le dijo.

   Ella se sentó, mostrándole sus muslos pálidos, a los que no les daría la luz del sol.

   “No entiendo,” ella dijo.

   “José es invisible,” el dijo.

   Homero le saboreó sus labios que sabían al mar de donde lo habían rescatado no hacía

mucho.

   “Te amo,” el dijo.

   “Me acabas de conocer.”

   “No interesa.”

   Los fuegos artificiales estallaron en el cielo, festejando su llegada desde la muerte, el

ruido perdiéndose en los confines del barco.

   “El bote con el salvavidas no se quería ir de mi lado,” él le dijo.

   “Pero te salvaste.”

   Homero toco la superficie del espejo en frente de la cama, compuesta de átomos flotando

en un líquido cristalizado, como le había enseñado el padre Ricardo durante sus clases de los

sábados.
197



   “Ya te aliviaste,” el intermediario interrumpió.

   “Gracias a Fifi.”

   “Llegaremos a Nueva York dentro de unos días,” el intermediario les dijo.

   El intermediario le beso la mano a Fifi antes de irse por el corredor, dejando la puerta

abierta para que el mundo los viera.

   “Te quiero otra vez,” Homero le dijo.

   “Lo harás hasta el final.”

   Apenas se acababan de conocer, pero quería saber la vida de Homero para su reportaje que

la haría ganar muchos premios en el mundo, aunque él tendría que descansar después de su

rescate, tratando de capturar con sus palabras los horrores sufridos en medio del océano.

   Entonces ellos hicieron el amor, a pesar de que Homero se sentía débil, y temía que

alguien interrumpiera esos momentos de pasión, que no había tenido por un tiempo, los

caminos de la vida llevándolo a un universo mejor que el anterior.

   “Si eres real?” le pregunto.

   “No sé.”

   “Ya lo sabía,” él le dijo.

   Fifi se sentó en la cama, dejándole ver su torso quemado por el sol del Caribe.

   “Creo que te alentaste,” ella le dijo.

   Homero tomo el aguardiente que alguien había dejado en la mesita al lado de la cama,

agradeciéndoles a los dioses porque la chica era real a pesar de su aventura en los universos

del mundo.
198



Fifi este enamorada

Homero desafía al mar, decía en el New York Times a la llegada a la ciudad. Las batallas

libradas en Europa no significaban nada para un mundo en el que Hitler y Churchill perdían

su gloria mientras que la estrella de Homero se levantaba sobre todos. Fifi escribió su

historia de valor: entre la tierra y el cielo, donde los elementos tratan de matar al héroe en

medio del mar Mediterráneo, codiciado por los submarinos de Hitler. El artículo de la

periodista Fifi gano el premio de la paz, al ser traducido a todos los idiomas.

   La gente reconocía a Homero en la ciudad de Nueva York, algunas de sus fotos adornando

las paredes del metro, porque era el héroe peleando contra Hitler. Fifi oyó su confesión de

amor en el Empire Estate Building, cuando admiraban la ciudad desde las alturas del cielo,

donde el recordaba sus proezas en el mar.

   “Te pareces a una chica que conocí,” él le dijo.

   “Quien era?”

   A Homero le era difícil de explicar esa alucinación causada por la luna llena en medio de

la selva, aunque hubiera había visto cosas raras, como ese niño visitándolo de vez en cuando,

con su cara pecosa al lado del árbol.

   “También tengo a José,” él le dijo. “Mi amigo invisible.”

   El relato de amigos invisibles en otros universos dejo a Fifi pensativa, el edificio más alto

del mundo perdiendo su atractivo, al lado de la historia de Homero, donde seres de otras

dimensiones vagaban en el tiempo.

   “Existen otros universos,” él le dijo.

   Ella lo miro con sus ojos negros, como la noche, mientras que el hablaba de un señor

llamado Einstein prediciendo muchas cosas en su teoría de la relatividad.

   “Donde aprendiste eso?” Fifi le pregunto.
199



   “El padre Ricardo,” el dijo.

   “Te enseño todo eso?” ella le pregunto.

   “El padre quería poner la ciencia y religión en el mismo plano.”

   Homero le explico cómo en ese momento, replicas de ellos estarían haciendo otras cosas,

de acuerdo a las leyes de la física, que el padre Ricardo había igualado con la biblia, no sabía

por qué motivo.

   “Es muy interesante,” Fifi dijo.

   “Pero no lo crees.”

   “Primero me conociste en la selva y luego te casaste contigo mismo,” ella dijo.

   El se acordó de ese día en el que los marineros le habían traído pescado y se había

prometido amarse a sí mismo en frente del padre Ricardo.

   “Amelia jugaba con sus muñecas,” él dijo.

   “Amelia?”

   “La hija de mi empleado en el almacén.”

   Eso paso cuando el tío Hugo venia de otra realidad, y su amigo invisible le enseñaba

muchas cosas, antes de que lloviera en los tugurios en la peor noche de su existencia.

   “Que paso con las viuditas?” ella interrumpió su narrativa.

   “Se ahogaron.”

   “No entiendo.”

   “El rio inundo sus viviendas.”

   Fifi abrió sus ojos al escuchar las peores noticias del mundo.

   “Nací durante un eclipse del sol,” Homero le dijo.

   “Es muy interesante.”

   La foto de un sol de llamaradas grandes estaba en su billetera, para no dejarlo olvidar de

su nacimiento.
200



   “Es muy lindo,” ella dijo.

   “Pero peligroso.”

   Una tormenta se formaba afuera de las ventanas, azotando a la ciudad de Nueva York con

sus relámpagos, las primeras gotas de lluvia recordándoles de ese sitio llamado purgatorio, en

el que las animas en pena se quejaban por una eternidad.

   “Tú me olvidaste,” él le dijo

   “No sé de qué hablas.”

   “Es difícil de explicar,” el dijo.

   La tormenta dejaba que el sol mostrara su cara, aunque sería un espejismo, como los de

sus pesadillas llevándolo a un sitio que no podría imaginar, aunque el futuro no había venido

todavía.

   “Ya te veré en un mundo sin sol,” él le dijo.

   “En uno de tus sueños,” ella dijo.

   “Pueda que si.”

   “No bromees.”

   La ciudad de Nueva York se veía en otra dimensión, a la que nunca tendrían acceso, al

menos que bajaran en uno de esos ascensores al final del corredor, guardianes de los

misterios de las alturas, habitando sus pensamientos. La luz del sol se colaba por entre las

nubes oscuras al disiparse la tormenta, cuando él pensaba en salvar a las ciudades de la tierra

de una catástrofe sin precedentes en todos los mundos.

   “Entonces me amas en este universo,” ella dijo.

   “Te amaría en cualquiera.”

   Homero le explico las leyes de físicas, cuando el limbo los esperaba en otra dimensión, de

la que nunca habían oído, de acuerdo a las enseñanzas del padre Ricardo en las nubes del

tiempo.
201



   “Me querías conocer en el barco,” él le dijo.

   Fifi dejo de mirar a la ciudad después de la tempestad, su cara una mezcla de muchas

cosas, difíciles para que él las comprendiera, ni siquiera con la ayuda de las teorías de la

física.

    “Tenía que ver al hombre desafiando a Hitler,” ella dijo.

    “No lo desafié.”

    “Que si lo hiciste.”

   Las sombras los guardaban desde los confines del edificio, en el que Homero había

declarado su amor a la mujer salvándole su alma después de su naufragio, cuando los turistas

hacían ruido, y las palomas volaban de piso en piso, sin darles susto las alturas.

   “Nuestras vidas se dividen en infinito numero de posibilidades,” el dijo.

    “Eres la persona más insólita del mundo,” ella le dijo. “Me ves en la selva, y tienes

amigos invisible en otras dimensiones.”

   “Has resumido todo lo que me define,” Homero dijo.

   “Pero tengo hambre,” ella dijo.

   “Vamos a comer.”

   “A tu limbo?”
202



La reunión

Fifi lo llevo al metro al día siguiente, en el que los edificios que adornaban las tarjetas

postales de la ciudad se veían entre la neblina ocultándolo todo y la gente iba a los

quehaceres, sin importarles la ciudad más grande del mundo, antes de que entraran a una

estación con nombres escritos en ingles, llena de ciudadanos de prisa a algún sitio existiendo

en sus pensamientos.

   “Estoy nervioso,” el dijo.

   “Por qué?”

   Las puertas se abrieron, mostrándole un mundo incomprensible, mientras la gente se subía

y bajaba del vagón, hablando en esa lengua que tendría que aprender, si quería volverse un

millonario.

   “Cuéntales lo que paso,” ella dijo.

   “No me acuerdo de mucho.”

   “La explosión,” ella dijo.

   Homero pensó en la tragedia en medio del mar, cuando la bomba había encontrado al

barco en su misión de paz a su país, aunque eso no había pasado en la realidad en la que

habitaba la mayoría de los días de su vida.

   “Es que vengo del limbo,” él le dijo.

   “Ya lo has dicho.”

   “Cuando?”

   “En el Empire State Building.”

   Las cosas se ponían más confusas, haciendo que ella cambiara la conversación.

Homero la oyó hablar de su vida, porque nunca había amado a nadie más que a él, si es que

existía en alguna otra realidad.
203



   “La tragedia no fue culpa tuya,” ella le dijo.

   Ya le habían dicho todo eso a Homero en un día perdido en el tiempo, a pesar de que las

viuditas se ahogaran en la tormenta.

   “Nunca es mi culpa,” el dijo.

   “Estabas en el limbo.”

   “Eso fue antes de nacer.”

   Él le conto acerca de sus sueños en un sitio oscuro, como los túneles del metro cuando la

energía se iba antes de que apareciera entre las hormigas del jardín, pero habían llegado a una

estación de paredes grises, de donde la gente salía de prisa para otro sitio.

   “Le gustas a María,” ella dijo.

   “No creo.”

   “Es que me doy cuenta de las cosas.”

   Homero se paro entre la gente que trataba de salir al frio, cuando el viento lo hacía tiritar

como nada mas en su vida, y los pájaros volaban hacia otros países más cálidos en esa época

del año.

   “Apúrate,” Fifi dijo.

   El la siguió adentro de la estación de paredes grises como el clima de la ciudad, en donde

se volvería un millonario si el mundo le creía de su rescate del Atlántico en una de las

epopeyas más importantes de la humanidad. Después de caminar por unas cuantas calles,

ellos llegaron al edificio gris, donde el ascensor los esperaba cerca de las escaleras olorosas a

lo más feo del mundo.

   “No te preocupes,” ella le dijo.

   “Ya tratare.”

   Al bajarse en uno de los pisos, ellos caminaron por un corredor largo rodeado de

apartamentos, donde Fifi toco en una de las puertas.
204



   “Lo estábamos esperando,” María los recibió, dejando la marca de su lápiz labial en la

cara Homero.

   “Gracias,” el dijo.

   “Tenemos que festejar al héroe,” ella dijo.

   Entonces el tío Hugo apareció en la puerta, delgado a pesar de la ropa de invierno que

tenia puesta, por el sufrimiento de su país en manos de un hombre como Hitler a cargo de sus

vidas.

   “Bienvenidos,” el les dijo.

   “Dos y dos son siete,” Homero le dijo.

   El tío le sonrió. “Claro está.”

   Homero lo siguió adentro de la casa, donde sus compatriotas lo esperaban en medio del

confeti que tiraban para festejar su victoria, su corazón latiendo rápidamente, cada vez que

pensaba en la tragedia en el océano.

   “Dios salvo su vida,” ellos dijeron.

   “Ya lo sé,” Homero dijo. “Pero mis compañeros murieron.”

   “Vio monstruos en el mar?” le preguntaron.

   “Un pescado trato de comerme.”

   Homero había desafiado a los nazis, en un día que nadie olvidaría, mientras lloraba en los

brazos de Fifi, consolándolo por sus sufrimientos en el mar.

   “Es que nació en un eclipse solar,” ella les dijo.

   “Que viva el mesías,” todos dijeron.

   “Pondremos su foto en el altar,” María mostro el lugar donde habían encendido unas

cuantas velas.

   “Lo adoraremos,” ella dijo.

   “Gracias,” el dijo.
205



   “No sea tan modesto.”

   Homero brindo por la liberación del mundo, una de las mujeres recogiendo dólares en una

canasta vieja, para aumentar el capital de Homero que quería ser un millonario antes del final

del mundo. Entonces él les conto una historia de valor en el medio del mar, que se lo quería

comer a pesar de todo lo que había hecho para deshacerse de los demonios persiguiéndolo en

el mundo.

   “Ha estado adentro de una ballena?” alguien le pregunto.

   “Creo que no,” Homero dijo.

   “Pero si eres nuestro héroe de las escrituras,” otro dijo.

   “Alabado sea Homero,” todos dijeron.

   Todo el mundo hablaba al tiempo de cómo Dios había mandado a Homero a salvar al

mundo, sumido en la desgracia de los pecados enviados por el demonio, que odiaba a Dios

con toda su aliento.

   “Hemos conseguido miles de pesos,” una voz interrumpió la polémica.

   “Que viva Homero,” todos dijeron.

   El teléfono sonó y María hablo con esa boca que el añoraba tanto, dándole paz a su

corazón, sumido en la miseria de una ciudad tan fría.

   “Es el presidente de los Estados Unidos,” ella dijo. “Le quiere dar una medalla.”

   Había sido una tarde muy productiva aunque el reloj corriera hacia el final del tiempo, y

no había podido hacer nada con María.

   “Este capítulo esta corto,” él le dijo.

   “No entiendo.

   Homero la quería llevar al baño con la escusa de contar la plata, esperando que el mundo

los dejara solos para poseer a la chica.

   “Se puede alargar de otras maneras,” ella dijo.
206



   “Esta es la única buena para mí.”

   Ella no entendía lo que Homero le decía, cuando el final del tiempo se aproximaba por los
caminos que tendrían que escoger entre los universos.
   “Alguien ha donado mil dólares para la aventura de Homero,” el tío Hugo interrumpió la
conversación.
   María lo llevo al centro de la habitación, donde la gente lo aplaudió y varias mujeres le
besaban las mejillas, por que era el hombre más importante de la reunión, al tiempo que la
plata aumentaba en su cuenta bancaria.
207



El sol oscuro

Ellos volvieron a la habitación de Fifi en un hotel como cualquier otro en la ciudad, donde

ella pagaba las cuentas y Homero la satisfacía de muchas maneras, a pesar de que tendría que

pensar en su futuro. El teléfono sonó, interrumpiendo sus actividades amorosas, las mejores

que Homero había tenido desde su rescate de los peligros del Atlántico.

   “Puede ser importante,” Fifi dijo.

   Al intentar coger el teléfono, Homero le beso los senos quemados por el sol del verano,

pero ella lo rechazo.

   “Es suficiente,” ella dijo.

   “Nunca es.”

   Fifi alcanzo el teléfono a pesar de sus protestas, cuando él quería alargar el momento por

una eternidad.

   “Es el tío Hugo,” ella dijo. “Los periodistas nos esperan en la recepción.

   “No has debido contestar.”

   “Te pueden dar más plata.”

   Homero pensó en las consecuencias de sus palabras si quería ser el hombre más rico del

planeta antes de que el sol acabara con todo lo que tenia, como lo diría en las páginas que

José había dejado en el jardín.

   “No sé qué decirles,” Homero dijo.

   “La verdad.”

   “Sabes que eso no puede pasar.”

   Homero tendría que encontrar su ropa en la mescolanza del cajón, revolviendo todo lo que

podía, hasta que una de sus camisas cayó a sus pies.

   “Te quedara buena con tus pantalones azules,” Fifi dijo.
208



   Los periodistas lo esperaban en ese día tan importante para la nación, aunque él no sabía

que ropa ponerse, y uno de los pezones se le habían salido de su blusa.

   “Vámonos,” ella le dijo.

   El la siguió por los corredores hasta que llegaron al ascensor, en medio de las paredes

color crema de un edificio como cualquier otro de la ciudad.

   “Si me amas?” él le pregunto.

   “Claro que si.”

   Homero se imaginaba los titulares del día siguiente especulando acerca de su amor por la

mujer que le había salvado su vida.

   “Pues escribiste acerca de esto,” él le dijo.

   “Era Armagedón,” ella dijo.

   Fifi tenía lista la historia de las tribulaciones sufridas por Homero a bordo de esa lanchita,

meciéndose en las olas del mar Mediterráneo por una eternidad, antes de ser un millonario.

   “El aguardiente se me acabo,” el dijo.

   “Ya compraremos mas.”

   Homero se acordó de esas horas que había pasado en la soledad de su naufragio, cuando el

mar intentaba matarlo, y Hitler lo había amenazado con el pescado salado.

   “Las bombas,” Homero dijo.

   “Tranquilo.”

   “No quiero que me maten,” él le dijo.

   Los periodistas interrumpieron el momento, los flashes de las cámaras dejándolo ciego por

unos momentos de pánico, cuando sus camaradas aparecieron en frente de sus ojos, y el

quería un millos de dólares por su dolor

   “Porque no se hundió con el barco?” un periodista le pregunto.

   “Dios me protegió,” Homero dijo.
209



   Ellos siguieron tomando fotos, sin importarles la plata que Homero les exigía, porque

quería que ser el hombre más rico del mundo, mientras posaba en las fotos que verían sus

admiradores en todo sitio.

   “Me acuerdo de mis camaradas,” Homero dijo.

   “Ya están con Dios,” uno de los reporteros dijo.

   Homero asintió. “Se habrán ido derechito al cielo.”

  Los periodistas le tenían que pagar la plata exigida por esos momentos que lo llevarían

hacia el fin de la humanidad.

   “Fue un milagro que se salvo,” ellos dijeron.

   Fifi, le daba alientos para contestar las preguntas de los reporteros, quienes querían saber

de su nacimiento bajo la sombra del sol.

   “Díganos mas acerca de la tragedia,” ellos dijeron.

   “Vi fantasmas,” Homero dijo.

   “Estaba solo en el océano.”

   “Jesús Cristo me daba alientos para seguir viviendo.”

   “Bien dicho,” ellos dijeron.

   “Amen.”

   El eco de los fuegos artificiales acabo la paz del momento, recordándole a Homero de esos

momentos cuando el submarino de Hitler había matado a sus compatriotas, como si hubieran

estado maldecidos por su dios.

   “Quiero que paren,” él le dijo a Fifi.

   “Quienes?”

   “Los submarinos.”
210



   Homero huyo de las cámaras, corriendo por las escaleras hasta llegar a su habitación en un

piso del hotel, donde nadie lo molestaría con sus preguntas acerca del día peor de la

humanidad.

   “Es Armagedón,” el dijo.

   Fifi apareció a su lado, acobijándolo de las pesadillas persiguiéndolo hasta el fin, tal como

decía en las escrituras hacia más de dos mil años, aunque podrían estar confundidas acerca de

algo, del que nadie sabía nada.

   “En otra existencia yo estoy aquí con María,” el dijo.

   Fifi lo miro, sus ojos oscuros estudiando su alma, como nunca lo había hecho.

   “Ya sé que me mientes,” le dijo.

   “He dicho, en otra existencia.”

   Homero busco las hojas de coca que guardaba debajo de la ropa, la mejor cura para los

problemas asediándolo desde su rescate del Atlántico, porque él no había visto las bombas

estallando.

   “Tenemos que hablar,” ella le dijo.

   “No estarás embarazada.”

   “Tendría un aborto.”

   Fifi le dijo de sus planes para que se casaran, después de su entrevistas con el mundo.

   “Entonces si estas embarazada,” él le dijo.
211



Una nueva vida

Homero recibió una medalla del congreso de Estados Unidos en una ceremonia atendida por

los presidentes de muchos países del mundo, trescientos mil soldados, seiscientos mil

estudiantes y veteranos de las guerras mundiales. Stalin lo declaro el líder de los trabajadores

soviéticos y Churchill lo beso en las mejillas unas cuantas veces en uno de sus viajes a

Europa, para celebrar el final de la guerra y el comienzo de su nueva vida, como persona

influyente en la humanidad.

   Fifi lo quería con toda su alma, como le había dicho antes de que él se fuera a aceptar las

medallas que le habían dado en el mundo, acumulando más dinero en su banco, gracias a sus

hazañas, trayéndole fama y plata, hasta que podía comprar lo que quisiera sin importarle

nada. El tío Hugo se había ido a trabajar a Bogotá, en vez de estarle tomando fotos a las

actrices de Nueva York, donde Homero lo había seguido, aunque a Fifi no le gustara.

   Eso se llama modernismo, Homero admiro el paisaje de la ciudad desde la ventana, al

tiempo que se tomaba el jugo de curuba, que el tío Hugo le había traído esa mañana, una fruta

exótica producida en el país, no tan valiosa como la yerba llamada marihuana. Homero tenía

los manuscritos que su amigo invisible le había dejado, después de visitarlo un día en los

anales del tiempo. Tenía que ser la lengua Maya, Homero pensó, tomándose un café con

bastante azúcar, así como le gustaba a su madre antes de irse al cielo en el día más triste de su

vida.

   Algún escritor ganaría premios con el relato de su existencia, desde el momento que

Homero había abierto sus ojos al eclipse solar, como en una película sin solución.

   “Es una cuestión de palabras,” el se dijo a el mismo.
212



   El había nacido el día en el que su tío los había visitado, después de que rescatara el dólar

de las ramas del árbol, y cuando las hormigas avanzaban entre el lodo de su niñez en el

mercado. El tío Hugo interrumpió sus pensamientos.

   “Cuáles son tus planes hoy?” le pregunto.

   “Pues tendré que comprar un barco.”

   “Ya tienes unos cuantos.”

   “Este será el mejor.”

   Homero vio los sitios que había recorrido durante su juventud en un mapa de la pared, el

centro de la ciudad invitándolo a caminar por sus calles, llenas de rateros y otras cosas malas

de la especie humana, imágenes del limbo inundando su mente, bajo las sombras del

comienzo de su vida.

   “Mi amigo invisible me mostro las estrellas,” Homero dijo.

   “Nunca lo vi,” el tío dijo.

   “Solo yo lo veía.”

   Ese momento se tendría que prolongar hasta el final de su vida, los segundos

convirtiéndose en minutos, en esa entidad llamada tiempo por el que andaría hasta que todo

se acabara, como se lo había dicho el padre Ricardo, después de que le confesara sus pecados

en el confesionario de la iglesia.

   “Tengo que descifrar los papeles,” Homero le dijo.

   El busco las páginas llenas de garabatos, mientras pensaba en las conversaciones con

Cesar acerca del final de todo, aunque fuera un hombre loco, al que le gustaba hablar de

cosas que no entendía.

   “Que dicen?” el tío le dijo.

   Homero organizo el poco de hojas encima de la mesa, explicándole como iban en orden,

de acuerdo a la figura que mostraran en el primer renglón.
213



   “El tiempo no existe,” Homero dijo.

   El tío lo seguía mirando con una expresión vacía, alargando el tiempo hacia un punto en

el futuro del que no podría salir más, aunque eso era lo que quería en ese momento.

   “Tengo que traducirlos,” Homero dijo.

   El tío lo seguía mirando, sin interesarle las teorías de Homero, quien tendría que traducir

las páginas, que su madre había tratado de botar unas cuantas veces como si fuera basura.

   “Si llevas otro Homero idéntico a mí al fin del mundo,” el dijo. “Los dos estarán

entrelazados.”

   “No sé porque tiene que ser así.”

   El tío Hugo lo miraba como si se hubiera vuelto loco, después de comer tanta coca, que

hasta la boca la tenia negra muchas veces.

   “No tienes un mellizo,” el tío dijo.

   Homero tenía que alargar el tiempo, su única defensa contra los males de un futuro del que

no sabía mucho, pues la madre de Lola había predicho muchas cosas con sus cartas sobre la

mesa, en una noche como ninguna otra en su vida.

   “Todo eso tiene que estar aquí,” Homero le dijo.

   “Eso es lo que quieres, como lo dijo el fantasma.”

   “No fue un sueño,” Homero dijo.

   “Como lo sabes.”

   El fantasma le había dado la sabana para protegerlo de la noche, cuando sus camaradas

bailaban sobre los arboles, pero tendría que ser su imaginación, jugándole trucos en el medio

de la selva, si le hacía caso a su tío.

   “No encontraste tus cabezas,” el tío le dijo.

   “Ya lo sé.”

   “Te engañaron entonces.”
214



   Homero miro a las paginas, que parecían escritas por un niño, antes de ir a la escuela a que

le enseñaran a leer y escribir, pensando en la plata que le darían si es que en realidad estaban

escrita en un idioma antiguo.      Esas líneas llenas de caracteres sin definición le habían

exaltado su imaginación desde el primer momento de su existencia, que aparentemente había

sido en el jardín, en un día como cualquier otro de su vida, porque tendría que prolongar el

tiempo.

   Entonces el tío le conto de su vida, de acuerdo a las teorías locas de Homero, que había

llegado del limbo el mismo día en el que el apareció en la cocina.

   “Estabas jugando en el jardín,” él le dijo.

   “Nunca olvidare.

   “Las mejores cosas en la vida nunca se olvidan.”

   “Como el fin del mundo.”

   “Vámonos a conseguir tu yate.”
215



El yate

El tío Hugo lo llevo en su carro, al tiempo que Homero admiraba los nuevos barrios de la

ciudad, símbolo de la sociedad capitalista acobijándolos en su manto, como el edificio gris,

donde habían parado, en medio de la locura de la ciudad.

   “Esta en el segundo piso,” el tío dijo.

   “Como sabes?”

   “Ya llame.”

   Homero subió las escaleras hasta una oficina pequeña el segundo piso, donde la oficinista

lo miro con ojos color de canela, de un color codiciado por los poetas en sus versos

románticos.

   “Vengo a comprar un yate,” él le dijo.

   “Pues son caros,” ella dijo.

   Él la quería besar, pues tenía que conquistar a una mujer cada vez que pudiera, cuando un

hombre alto entro a la oficina.

   “Que pasa?” les pregunto.

   “Quiero un barco,” Homero dijo.

   Él le mostro la foto del barco que había visto en una de esas revistas que su tío compraba,

cuando le quedaba tiempo, antes de que el hombre le diera la mano.

   “Mucho gusto en conocerlo, Don Homero,” le dijo. “He visto su foto en los periódicos.”

   Él le mostro un libro que tenía sobre el mostrador, donde las fotografías de buques

adornaban las páginas amarillentas.

   “Es un yate precioso,” le dijo.

   Alguien había dejado un yate en el Caribe para la satisfacción de Homero, cuando sus

padres nunca habían tenido plata durante su infancia en el almacén cerca del mercado.
216



   “Tiene que firmar acá,” el hombre interrumpió sus pensamientos.

   Homero puso su nombre junto a otras cosas legales que le exigían para poseer su yate.

   “Ya es suyo, don Homero,” el hombre le dijo.

   La mente de Homero volvió al jardín de su nacimiento, su amigo invisible enseñándole

unas cuantas cosas acerca de la vida entre el barro y las hormigas invadiéndolo todo a su

paso, como las vibraciones de la materia en el universo.

   “Tiene ocho pisos,” el hombre interrumpió sus pensamientos.

   “Que tiene?”

   “El yate.”

   Alguna gente caminaba por la proa en las fotografías de la revista, donde los huéspedes se

bañaban en una piscina, sin los peligros del mar abierto.

   “Quiero ver las habitaciones,” Homero dijo.

   El hombre le mostro unas cuantas fotos de los camarotes en todos los pisos.

   “Es súper lujoso,” le dijo.

   Homero tendría que saborear ese mundo que sería suyo, gracias al dinero aportado por los

ciudadanos agradecidos de su vida, en un día del que nadie se acordaba. La chica lo miraba

pensativa, sus ojos canela analizando el bolsillo donde guardaba su billetera en ese momento

del tiempo. El eco de los fuegos artificiales lo saco del hoyo negro en el que se había sumido

desde su salida de Nueva York sin Fifi.

   “Necesito su nombre,” la chica le paso un lapicero.

   “Homero, Homero,” el dijo.

   “Es un nombre extraño,” ella dijo.

   “No es tan raro.”
217



   Ella escribía rápidamente, dejándole ver los pezones a través de la blusa que tenia puesta,

alargando el tiempo antes de que Homero tuviera todas las mujeres que quisiera en las islas

del mar Caribe, pese a las tribulaciones de su infancia.

   “Me hiciste confundir,” ella dijo.

   “Puedes cambiar la palabra.”

   “No es tan fácil.”

   Ella continúo escribiendo, a pesar de que Homero admiraba las bellezas de su cuerpo, y su

jefe le decía que tendría que tener cuidado en caso de que lo secuestraran, como ya les había

pasado a un poco de gente rica en el país.

   “Lo puede asegurar,” el hombre le dijo.

   “Que?”

   “El yate.”

   El hombre le mostro los papeles, dándole el valor que Homero tendría que pagar cada

mes, en caso de que algo malo le pasara a su propiedad, en un mundo al que no entendía

muchas veces.

   “Es buena idea,” Homero dijo.

   “Claro que si.”

   El tío Hugo apareció en la puerta, interrumpiendo la conversación de la seguridad del yate

en los tiempos difíciles.

   “Estábamos hablando del yate,” Homero dijo.

   “Es mejor asegurarlo,” el hombre les dijo.

   El hombre les dijo de la muerte de hombres inocentes en un país lleno de desigualdades

entre las clases, donde los pobres se morían de hambre al lado de los restaurantes suntuosos.

   “He conocido al apóstol de los pobres,” Homero dijo.

   “Quien era?” el hombre le pregunto.”
218



   “Lo canonizaron como santo.”

   Homero le dijo de las viuditas muriéndose porque a ninguno les interesaba su existencia,

hasta que alguien decidió rescatarlas de su pobreza en los tugurios de barro.

   “Vámonos,” el tío dijo.

   “Conozco de un lote en los tugurios,” el hombre dijo.

   Homero asintió. “Dividiremos las ganancias por la mitad.”

   Las mujeres querían una vida mejor para sus hijos, a pesar de los obstáculos que la

sociedad pone en su camino, aunque alguien las había tratado de ayudar en el pasado.

   “Mañana iré a buscarlas,” el hombre dijo.

   “Bien hecho,” Homero dijo.

   “Pero te vas al Caribe,” el tío dijo.

   “Ya le mandare su plata,” el hombre dijo.

   “Lo tendremos que hacer antes de que llueva,” Homero dijo.

   “Vámonos ya,” el tío dijo.
219



Las memorias

Homero estaba en el cementerio, recordando su niñez en esa ciudad en donde había hecho su

fortuna, desde el día en que había viajado con sus padres en un barco de varios pisos, del que

nunca se olvidaría. Los ojos claros de su madre tenían que estarlo mirando atrás de las ramas

de los arboles moviéndose en el viento, mientras que el fantasma de María lo llamaba desde

el patio perdido en el tiempo.      Las tumbas de sus padres lo mirarían desde la maleza

inundándolo todo con su paso desbastador.

   Sus huesos serán cenizas con el tiempo, el padre Ricardo había dicho en ese día, grabado

en su mente, cuando sus padres habían sido enterrados como ofertas al dios de la tierra, y las

memorias de su niñez volvieron a su mente.

   “Le puedo cortar el pasto,” un hombre alto le dijo.

   Homero le dio unos cuantos pesos, para que quitara la maleza creciendo por encima de las

tumbas, donde sus padres descansaban de su existencia al otro lado del mundo.

   “Le puedo conseguir unas flores,” el cuidandero le dijo.

   Las amapolas se marchitarían antes de quitarle la tristeza al lugar, perdido entre las

memorias de los visitantes, que dejaban toda clase de cosas sobre el pasto creciendo

alrededor de los nombres de los difuntos, pero él tendría que escoger uno de los caminos de

su destino.

   El cuidandero alargo su mano, esperando obtener más pesos por mantener el sitio por unos

cuantos meses, en los que acabaría con la maleza tratando de comerse todo en su camino.

   “Ya pondré rosas todas las mañanas,” le dijo.

   “Mi tío vendrá a ver si lo hace,” Homero le dijo.

   El cuidandero le explico cómo pondría otras flores el fin de la semana, después de que el

sol las tostara con sus rayos tropicales, secándoles sus pétalos.
220



   “Mi madre me enseño a podarlas,” él le dijo.

   “Muy bueno,” Homero dijo.

   El cuidandero le conto la historia triste de la muerte de su madre hacía muchos años.

   “Y tu padre?” Homero le preguntó.

   “No lo conocí,” el hombre le dijo. “Aparentemente era un extranjero rico.”

   Los mosquitos hicieron que Homero se olvidara de su misión en el cementerio, mientras

se rascaba las piernas y los brazos como un loco.

   “Le cuidare sus tumbas,” el cuidandero le dijo.

   Homero le dio más pesos, las gotas de lluvia mojándole la ropa que había comprado en el

mercado.

   “Tiene que ser magia,” el dijo.

   El futuro alteraba el presente, con sus ondas probabilísticas inundándolo todo, cuando el

quería ser el hombre más rico del planeta, de acuerdo a las predicciones del fantasma y su

compañía de danzas encima de los arboles.

   “Yo soy el dueño de este cementerio,” Homero le dijo al cuidandero.

   El hombre lo miro por entre sus anteojos. “Pruébelo.”

   El tipo nunca habría oído de sus fechorías o de pronto no sabría leer, los arboles dándole

la bienvenida a Homero, donde un pequeño huracán ensayaba para volverse en un tifón de

esos que matan gente en las islas del Caribe.

   “Es el fin del tiempo,” Homero dijo.

   Entonces él le mostro el certificado de que sus padres habían comprado el terreno en los

comienzos del tiempo, cuando María movía sus caderas por entre las cajas de mercancía

esparcidas por todo sitio.

   “Don Homero,” el cuidandero le dijo. “Usted rescato a mi madre de la pobreza.”

   “No entiendo.”
221



   “Yo soy hijo de una de las viuditas.”

   “Pero todas murieron.”

   “No todas.”

   Una velita alumbraba su foto al lado de la estatua de la virgen de los remedios, entre unas

cuantas tumbas, olvidadas por el tiempo.

   “Eres nuestro héroe,” el portero dijo.

   Homero pensó que el tipo nunca había oído hablar de sus fechorías en los tugurios.

   “Las lluvias las mato,” él le dijo.

   El cuidandero se arrodillo a rezarle a los espíritus del limbo, al tiempo que llovía y los

zancudos se volvían más locos por su sangre.

   “Dos y dos son siete,” Homero le dijo.

   “Claro, don Homero.”

   Él portero le hablaba de sus deseos de conquistar al mundo, como Homero lo había hecho

desde su llagada del limbo, una chica interrumpiendo sus oraciones al creador.

   “Este es Don Homero,” el cuidandero le dijo.

   La chica lo abrazo, dejando las marcas de su lápiz labial en las mejillas de Homero.

   “Lo he querido conocer hace mucho tiempo,” ella dijo. “Una de las viuditas es mi

madre.”

   “No puede ser.”

   Ella le dijo como había nacido después de que su madre lo había conocido, en vísperas de

la tragedia.

   “Lo mencionaba todo el tiempo,” ella dijo.

   “Que decía?”

   “Usted la visito un día, cuando los niños jugaban con las ratas.”
222



   Homero se sintió mal y todo le daba vueltas, la negrura del universo recibiéndolo en una

dimensión desconocida, mientras la chica le decía como habían aguantado privaciones

durante su niñez, y su padre la miraba desde el cielo, de acuerdo a lo que decía su madre.

   “Sabe quien era?” Homero le pregunto.

   “Mi madre dice que mi padre tiene un lunar en el cuello.”

   Homero se tocaba su cuello, imaginándose un lunar como el de ella, si su madre no estaba

tomando la píldora anticonceptiva. Entonces ella le hablo de su vida, cuando había ido al

colegio solo por un tiempo, donde tenía que barrer, trapear y todo lo demás que se hace en

una casa.

   “No ha querido conquistar al mundo?” Homero le pregunto.

   Ella señaló la tumba de su madre al lado de la vela, un poco amarillenta por el humo y el

paso del tiempo.

   “Va a haber una tormenta,” el portero dijo.

   “Siempre pasa cuando estoy contenta,” ella dijo.

   Todo daba vueltas alrededor de Homero, su alma sumiéndose en la oscuridad del final de

la humanidad.

   “No tengo un lunar en el cuello,” el dijo.

   “Que?” ella le pregunto.

   “Nada.”

   Ellos hablaron de las viuditas ahogándose al comienzo del tiempo, mientras ella lloraba

por esa mujer que la había dejado sola, después de tanto sufrimiento en la vida.

   “Creo que escogí el camino que no era,” Homero dijo.

   “No entiendo,” ella dijo.

   “La ley de la probabilidad me lleva por diferentes senderos cada momento de la vida,” el

dijo.
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  “Alguien le habrá dicho eso,” ella dijo.

  “Es una historia larga.”
224



La carta de Fifi

Homero encontró una carta oliendo a perfume en la casa del tío al día siguiente, donde

alguien había escrito su nombre en el sobre. Llego esta noche, decía en la mejor escritura de

Fifi la única persona que lo amaba suficientemente, para que bañara el papel en su loción

favorita. Un pariente rico le había dejado unos dólares después de su muerte, ayudando a que

ella paseara por el mundo sin muchos problemas.

   El tío Hugo entro al comedor en su bata de baño, limpiándose los dientes con unos de esos

palillos de madera que tenía en el baño.

   “Fifi viene esta noche,” Homero le dijo.

   El tío le sonrió. “Eso es bueno.”

   “Me voy a la costa.”

   “Ya la cuidare.”

   Homero miro entre las fotos que tenía en el escritorio, llenas de la imagen de Fifi

mostrando sus piernas con la ropa que más le gustaba.

   “Me acuerdo de ese vestido,” el tío Hugo dijo.

   Homero asintió. “La quise un día.”

   Más fotos cayeron al suelo, testigos de aquellos momentos en los que una mujer que

había salvado su vida, en un mundo que no entendía.

   “Llega a las seis,” Homero dijo.

   “Pues ya casi es.”

   Homero pensaba que su suerte estaría escrita en las líneas extendiéndose por el

firmamento, llevándolo hacia otro mundo añorado por su alma.

   “Necesito más tiempo,” Homero dijo.

   “De eso no tenemos mucho.”
225



   El tiempo era algo que Homero no entendía muchas veces, enredado en los placeres de su

alma, cuando la piel dorada de Fifi lo había vuelto a la realidad, después de que el tiburón con

los dientes afilados lo había perseguido en un mar encantado.

   “Sécate las lagrimas,” el tío le dio su pañuelo oliendo a agua de colonia.

   Homero se seco su cara, pensando en todas las mujeres que había amado a través de su

vida, un número muy grande sin contar todos los universos por los que habría pasado.

   “Ya sé que la querías,” el tío Hugo interrumpió sus pensamientos.

   “Claro que sí.”

   El se recordaba de esos momentos cuando habían hecho el amor en el camarote, las

manecillas del reloj llevándolo a un sitio más allá de lo conocido antes de que Homero

partiera hacia su nueva vida. Otras dimensiones existiendo al lado del mundo real, en donde

los universos se mezclaban sin importarles que la chica que había amado llegara esa noche,

cuando él se iba a otras tierras. Una de las camisas que Fifi le había dado se cayó al suelo,

los pasos de su tío preparado el desayuno lo volvió a la realidad.

   “Amo el amor de los marineros que besan y se van,” Homero dijo.

   “Dejan una promesa y no vuelven nunca más,” su tío dijo. “Me gusta ese poema.”

   Homero saco un librito que Fifi le había dado después de su rescate con todos esos

poemas amorosos de García Lorca y Pablo Neruda, que le gustaban, mientras se alistaba para

recibir a Fifi en su camino al mar Caribe.

   “No has olvidado nada?” el tío le pregunto.

   “Creo que no.”

   Las fotos de Fifi se le cayeron al suelo en medio de los preparativos.

   “Me acuerdo de ese vestido crema,” el tío dijo.

   Ya la verían con sus vestidos bordados por ella misma como su madre le habría enseñado

en su niñez acomodada, lejos de las chicas pobres sufriendo para conquistar el mundo.
226



Homero apuntaría en su libreta los acontecimientos de las últimas horas, alargando el tiempo

que lo llevaría a un lugar interesante en el futuro.

   “Me diste la bienvenida en el jardín,” el dijo.

   “Tienes mucha imaginación,” el tío dijo.

   Homero se acordaba de ese día, entre todas las demás cosas de su vida, pues había llegado

al lado de las hormigas devorándolo todo en las nubes del pasado.

   “Tienes que ver que no dejas nada,” su tío dijo.

   “Me lo puedes llevar después,” Homero dijo.

   El tendría que conquistar el mundo, así como lo había hecho desde su nacimiento, de

cualquiera forma que hubiera sido.

   “Le construiría mas casas a las viuditas,” Homero dijo.

   “Eso es loco,” el tío dijo.

   “Así no vivirán más en la calle.”

   La cosa era simple, aunque tuviera que irse al aeropuerto dentro de algunos momentos, y

su tío tuviera que seguir ayudando a las mujeres viviendo en la miseria.

   “Eso no te dio resultado antes,” el tío dijo.

   “Pues me ayudo a comprar el yate.” Homero dijo. “En otras dimensiones.”

   Sería fascinante ver los diferentes universos paralelos de los que hablaba el padre Ricardo

en sus sermones incomprensibles, cuando su madre lo obligaba ir a misa con la ropa que le

quedaba pequeña en esa infancia al comienzo del tiempo, envuelto en las nubes del futuro.

   “No se esto que tiene que ver con Fifi,” el tío le dijo.

   “Ella me trajo a la vida.”

   “En el barco?”

   “Claro que si.”
227



   Esos días habían sido maravillosos, después de la tragedia en el mar, y antes de ser

asediado por todos los periodistas del mundo, como el héroe del momento.

   “Las hormigas me dieron la bienvenida ese día,” Homero dijo.

   “Estarás hablando del jardín.”

   “Pues si.”

   “Es todo lo que haces.”
228



Fifi

Al llegar al aeropuerto, algunos aviones volaban por los campos en rumbo a otras tierras por

las que el sol ya se habría puesto bajo un cielo gris, existiendo en otras dimensiones del

tiempo. Homero pensaba en Fifi, la mujer que lo había curado después de su aventura en el

mar, aunque él la había querido como nada más en este mundo.

   “Amor que te escondes bajo las enredaderas, olvidándote que eres mi pasión,” Homero

dijo.

   “Estas poético,” el tío le dijo.

   “No sé porque la deje.”

   Esa era una buena pregunta, cuando Homero tenía que viajar por el mundo, saludando a

todos esos presidentes que lo querían conocer, aunque Fifi le había rogado que no se fuera

con lágrimas en sus ojos. Ya volveré un día, Homero le había dicho.

   El o revivió esos momentos en los que creyó que moría, mientras que los potreros

adornaban el paisaje, interrumpido por las inundaciones cerca del rio oliendo a agua

estancada bajo el sol tropical.

   “Mis camaradas no han debido de morir,” el dijo.

   “Son unos patriotas.”

   “Hay que conmemorarlos,” Homero dijo.

   “El presidente de los Estados Unidos ya lo hará.”

   Los campos se seguían los unos a los otros, donde las vaquitas ingerían su cena de pasto,

bueno para la digestión en todos sus estómagos, cuando Homero pensaba en la travesía por

los caminos de su vida, porque había estado en otras dimensiones extraordinarias, a las que

volvería algún día.

   “Vas a investigar tus papeles?” el tío le preguntó.
229



   “Si me queda tiempo en el yate.”

   “Al que invitaras gente importante.”

   “Eso espero.”

   Homero pensaba en su existencia, donde se había encontrado con el indio, Cesar, las

viuditas de los tugurios y Cesar con sus ideas del mundo, siendo parte de su universo del que

ningún otro sabía nada de esto.

   “Todo empezó en el jardín,” Homero dijo.

   “Sigues con tu historia.”

   “Y tenemos que escoger un camino.”

   “Que nos llevara a diferentes destinos.”

   Todo cambiaba de momento en momento, de acuerdo con la filosofía del fantasma de la

selva, aunque un hombre llamado Einstein también había dicho eso, en tiempos

inmemorables.

   “Lo que no entiendo,” el tío dijo. “Que tiene que ver la llegada de Fifi con todo esto.”

   “He escogido el camino en la encrucijada.”

   “Y compraste el yate,” el tío dijo.

   Habían llegado al aeropuerto, donde los pasajeros salían empujando sus maletas y un

avión aterrizaba encima de sus cabezas, pues la gente ya no viajaba en barcos, como sus

padres lo habían hecho al comienzo de la humanidad. Homero se bajo del auto, antes de

seguir al tío por entre los otros carros, ruido de las escaleras automáticas interrumpiendo sus

recuerdos del día en el que casi había muerto, aunque la hubiera dejado en Nueva York hacia

unos cuantos meses. Una rubia de tacones altos se hizo camino entre la gente hasta llegar a

su lado.

   “Te he extrañado mucho,” ella dijo, besándolo en la boca.

   “Fifi,” Homero dijo.
230



   La aparición lo abrazo, sin darle tiempo a que se pusiera contento bajo sus calzones.

   “Ya pediré los cafés,” el tío les dijo.

   Fifi lo abrazo otra vez, sus tetas apretadas contra su pecho.

   “He tenido cirugía plástica,” ella le dijo.

   Pues tenía los pechos de último modelo, y de los mejores materiales de los Estados

Unidos.

   “Te he extrañado mucho,” ella dijo.

   “Yo también.”

   “Pruébalo,”

   “Ahora?”

   “Aquí están los cafés,” el tío interrumpió la conversación.

   Se sentaron al lado de la mesa donde unas tazas de café los esperaba en medio de unos

pasteles para alegrarles el estomago, y esos pechos, tan duros como su miembro en ese

momento.

   “Ya casi llaman tu vuelo,” ella dijo.

   Homero asintió. “Ven conmigo.”

   “No tengo el tiquete.”

   “Te lo comprare,” el dijo. “Puedo comprar la aerolínea.”

   Él le beso sus labios con sabor a café, mientras que el tío miraba a una revista que había

encontrado entre sus cosas y grupos de gentes hablaban en otros idiomas.

   “El apartamento está bien,” ella dijo.

   “No lo has vendido.”

   “Me trae muchos recuerdos.”

   Homero acaricio su cintura, pausando bajo de esas montañas que tendría que escalar un

día.
231



   “Ya sé que me has extrañado,” le dijo.

   “Déjame que te explique.”

   “No te preocupes.”

   Fifi lo amaría para siempre entre los misterios de su vida, al tiempo que dejaba parte de su

colorete en sus labios.

   “Ya vendrás conmigo,” le dijo.

   “Es que no entiendes,” ella dijo.

   Homero la llevo hacia la ventanilla de los tiquetes, donde la chica se miraba las uñas, sin

importarle que Homero estuviera de afán o que el mundo se acabara pronto.

   “Quiero un pasaje mas para Santa Marta,” él le dijo.

   “No tenemos más puestos,” ella dijo.

   “Ni siquiera ha mirado el libro.”

   Un señor bien vestido se les acerco, empujándolo a un lado como si no valiera nada, pero

Fifi lo beso en la boca.

   “Este es el general Gómez Ayala,” ella dijo. “Es mi prometido.”

   Homero pensaba en el significado de esas palabras tan simples en el universo. Fifi se

habría ido a la cama con el general después de que el la había dejado a cargo de su casa en

esa ciudad de edificios altos.

   “Usted debe de ser Homero,” el general interrumpió su silencio “Fifi lo menciona todo el

tiempo.”

   “Qué bueno,” Homero dijo. “Discutiremos nuestros negocios algún día.”

   “Claro que si.”

   Homero le pasó su tarjeta con el teléfono del yate pues tenía que pensar en su vida antes

de la catástrofe.
232



El general

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Vemos la parte de arriba de un buque suntuoso, donde el piso los asientos y las mesas son

lujosos, al tiempo que se mueven con las olas, una razón para creer que estamos en el mar.

Una gaviota trata de dormir en el mástil, pero tiene el ojo que le da al público abierto.

                                      GAVIOTA

   Se me olvido tomar esa tableta de sinogan y no puedo dormir.

La gaviota llora con la cabeza debajo de sus alas, cuando una chica muy hermosa aparece en

la escena. Ella tiene cabello rubio plateado, pestañas falsas de color azul eléctrico y sus

pechos con sostén numero cuarenta son imponentes.

Medidas: 94- 39- 90

Tiene un vestido crema ceñido a su anatomía, su busto parece que va a estallar y su piel

bronceada se le ve en los rotos de su vestido.

                                      FIFI

   Sola entre el cielo y la tierra.

Ella suspira poniendo su sostén en peligro.

                                      FIFI

   Los marineros aman la noche y el mar.

La gaviota abre su ojo.

                                      GAVIOTA

   No puedo dormir y esa trasnochada viene a decir cosas estúpidas.

Fifi mira a la gaviota.

                                      FIFI

   Pobre pájaro. Estas frio?
233



                                    GAVIOTA

   La noche si está fría. Tienes un sinogan?

                                    FIFI

   Qué es eso?

                                    GAVIOTA

   Es una pastilla de dormir.

                                    FIFI

   No necesito tabletas ya que duermo con mi marido pero a veces con mi amante para

   tener buenos sueños.

Un hombre de mediana edad aparece en la escena, vestido de blanco y con zapatos del mismo

color. Fifi lo mira.

                                    FIFI

   Homero, mi amor.

Ella lo besa.

                                    HOMERO

   Que esta mi ángel rubio haciendo aquí sola?

                                    FIFI

   Le pregunte a este pajarito quien es el mejor marinero del mundo.

                                    HOMERO

   Quisiera ser el mejor pirata del mundo, aunque no te pueda esconder en ningún sitio

   del Caribe.

                                    FIFI

   Nos tenemos que esconder de mi esposo, el general.

                                    HOMERO

   Los generales son buena gente.
234



                                    FIFI

  Mi capitán no me recordara mañana.

                                    GAVIOTA

  Ya lo pasare bien.

                                    HOMERO

  Mi amor te seguirá a todo sitio, como un perro.

                                    FIFI

  Si creo que eres un perro.

                                    HOMERO

  Me siento como un estudiante enamorado.

                                    GAVIOTA

  También veo esa telenovela.

                                     FIFI

  Esta es nuestra última noche.

                                    HOMERO

  Y solos si el general no nos molesta.

                                      FIFI

  Al general nada lo despierta.

                                      HOMERO

  Es como un antitanque.

                                      GAVIOTA

   Ha debido de hacer la línea Maginot.
235



El cardenal Anastasio aparece en la escena. Tiene un hábito gris con botones rojos, mientras

que una corona triple con cruz de diamantes le tapa parte de la cabeza, al tiempo que se

mueve como un tanque listo para el ataque con sus zapatos grises. Medidas: 94- 344- 48

El tose, su voz profunda saliéndole del estomago.

                                    CARDENAL

   Me da mucha pena por la interrupción pero estaba hablando con mi Dios como siempre.

Fifi y Homero se arrodillan en el suelo.

                                    FIFI Y HOMER (al mismo tiempo)

   Su santidad.

El cardenal los bendice, mientras reza en latín.

                                     CARDENAL

   Páranse mis hijos. Dios estará con ustedes para siempre.

Su santidad se arregla su ropa arrastrándosele por el suelo.

                                     HOMERO

   Su santidad, le agradezco que haya visitado mi barco.

                                    CARDENAL

   Eres muy modesto.

                                    FIFI

   Es un honor tener a un príncipe de la iglesia católica en este viaje tan importante. Es

   como si viajáramos con Dios.

                                    CARDENAL

   Nosotros, los pastores tenemos que estar con nuestras ovejas.

                                    FIFI

   El almirante ha estado enfermo hoy.

                                    HOMERO
236



   Tomemos un vaso de vino mientras esperamos.

                                   CARDENAL

   Dios los bendecirá.

                                    GAVIOTA

   La señora de rojo debe de estar embarazada.

Homero le da órdenes a uno de los marineros.

                                    HOMERO

   Mis actividades necesitan la protección del todopoderoso.

                                    FIFI

   Es el padre de la libertad. Tienen que erigir estatuas en su honor.

                                   HOMERO

   No digan cosas tontas.

                                   CARDENAL

   No seas tan humilde. Sabemos de tu aventura en medio del Atlántico.

                                   HOMERO

   Hice lo que cualquier otro hubiera hecho.

                                   FIFI

   Escribí entre el cielo y el mar en su honor. Es difícil no reconocer a un héroe.

                                   GAVIOTA

   El barco más pequeño que ese hombre conoce es el Queen Elizabeth II

PASA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Los marineros traen unas cuantas botellas, vasos y flores, y los ponen en la mesa que hay en

el medio del escenario.

                                     CARDENAL
237



   Que le pasaría a Aurita.

                                   FIFI

   El amor es muy hermoso.

                                   HOMERO

   Es la substancia de la vida.

El cardenal suspira.

                                   CARDENAL

   Estoy enamorado.

                                   FIFI

   Has debido de ser buen mozo. Es una bendición para Aurita estar en el corazón de

   Dios.

                                   CARDENAL

   He amado a Dios y a los seres humanos toda mi vida.

                                    HOMERO

   Dios protege a sus apóstoles.

                                    CARDENAL

   Puedo tener mis placeres, después de servir a la eternidad para siempre.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Homero pone el vino en los vasos, cuando los invitados vienen a la mesa.

                                    HOMERO

   Brindo por el santo apóstol y la mujer más hermosa del mundo.

                                    CARDENAL Y FIFI (al mismo tiempo)

   Gracias.

Todos toman vino.
238



                                     GAVIOTA

   Siquiera que no tome ese sinogan.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Una chica muy linda aparece en la escena. Tiene con un vestido negro largo con una abertura

en sus caderas, su pelo negro recordándonos al de Cleopatra antes de encontrarse con Marco

Antonio. Sus tetas grandes y brazos bien formados nos traen a la mente unas de esas estatuas

de afrodita, esparcidas por la Italia de la edad media. Medidas: 8-31-82

                                     CARDENAL

   Un ángel ha llegado.

Aurita le da un beso.

                                     HOMERO

   Eso si es amor.

                                     FIFI

   Y nosotros qué?

Fifi y Homero se besan.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Las chicas se sientan en las piernas de los hombres.

                                    GAVIOTA

   Que están haciendo ahora?

El cardenal le ofrece a Aurita un vaso de vino.

                                    CARDENAL

   Toma algo, mi corazón.

Ella se lo toma casi todo.
239



                                     AURITA

   Tengo que dejar algo para mi santo.

                                     CARDENAL

   No quieres ser un vampiro.

El cardenal acaricia el tejido en los calzones de Aurita.

                                     CARDENAL

   Yo te los he dado.

                                     AURITA

   Los estoy usando en tu honor.

                                     CARDENAL

   Te los quitare después.

                                     GAVIOTA

   La mujer con la falda roja se quiere comer a la otra.

El almirante aparece con medallas en su pecho, al tiempo que las mujeres se alejan de los

hombres.

                                     HOMERO

   Estábamos esperándolo, almirante. Como esta?

El almirante camina por entre las mujeres y se arrodilla en frente del cardenal.

                                     ALMIRANTE

   Buenas noches, su excelencia.

El cardenal lo bendice.

                                     CARDENAL

   A Dios le ha dado compasión de tu alma.

El almirante se para, saluda a Homero, abraza a Fifi y besa a Aurita.

                                     AURITA
240



   Como esta mi león de la mar?

                                     ALMIRANTE

   Estoy mareado.

Homero le da un vaso de vino.

                                     HOMERO

   Te sentirás mejor después de tomar esta medicina.

                                     FIFI

   Que le habrá pasado al general?

El almirante toma su vino.

                                     ALMIRANTE

   Debe de estar buscando su sol.

                                     CARDENAL

   Es un general de cuatro soles.

                                     GAVIOTA

   Un sol es suficiente para mí.

                                     AURITA

   Los almirantes tienen que ser de cuatro lunas.

                                     HOMERO

   Buena idea.

                                     FIFI

   Y romántica.

                                     GAVIOTA

   Debe ser bueno tener cuatro lunas.

Homero habla algo con los marineros y la música se oye en el barco, mientras que el

almirante acaba con su vino.
241



                                    ALMIRANTE

   Este vino es como la leche de una mujer.

                                    CARDENAL

   Cuando Dios nos dejo su sangre, nunca pensó en las mujeres.

                                    AURITA

   Creo que si habla con Dios.

Un general con cuatro soles en su solapa aparece en la escena, al tiempo que todos se paran.

                                    HOMERO

   Que viva el presidente futuro.

                                    TODOS

   Que viva el presidente.

                                    GENERAL

   Le agradezco al cardenal en esta aventura, a Homero por darnos las armas y a

   nuestras mujeres.

Homero llena los vasos de vino.

                                     HOMERO

   Tenemos que celebrar la victoria de nuestro general.

                                     GENERAL

   Muchas gracias.

                                     CARDENAL

   Brindo por la espada del general y por nuestra religión.

                                     GENERAL

   Pido la protección de Dios y de la armada.

                                     ALMIRAL

   Mi armada lo reconoce como la cabeza del estado.
242



                                      GENERAL

   Muchas gracias.

                                      AURITA

Hoy es el comienzo de un país nuevo. Que viva el general!

                                      TODOS

   Que viva!

                                      FIFI

   Estaremos juntos no interesa lo que pase.

Aurita se seca las lágrimas, después de la declaración de amor de Fifi.

                                     GAVIOTA

   Donde tienen los soles?

Homero pone más vino en los vasos.

                                     CARDENAL

   Tenemos que parar al presidente con la revolución de mañana.

                                     GENERAL

   Las armas de Homero son de primera clase. Un poco caras, pero buenas para

   nuestra causa.

                                     HOMERO

   No son muy caras si consideran unos cuantos detalles.

                                     GENERAL

   Aprecio la actitud de Homero, pero ya sé que ganaremos. Nuestro grupo es regular

   y la armada nos apoya.

                                     ALMIRANTE

   Estamos atrás del general.

                                     CARDENAL
243



  Lo soportamos espiritualmente. La iglesia tiene mejores armas que los cañones,

  pero tenemos unos cuantos tanques.

                                    GENERAL

  Tenemos armas potentes, organización y las bendiciones de Dios.

                                    CARDENAL

   No he cambiado mi cadillac por dos años.

                                    FIFI

  Dos años?

                                    HOMERO

  Dos años?

                                    CARDENAL

  Solo tengo un chalet por la playa, después de que les ayude con el golpe de estado.

                                    AURITA

  Imbéciles!

                                    GENERAL

   Mi gobierno tratara muy bien a su santidad.

                                    TODO EL MUNDO

   Que viva el nuevo presidente!

                                    FIFI

  La religión ha cambiado mucho. Tenemos obispos comunistas, curas casados,

  monjas desnudas, franciscanos locos, jesuitas malos, santos destituidos, futbolistas

  canonizados, arcángeles que han sido echados del cielo, querubines trabajado con el

  Metro Golden Meyer, vírgenes sin referencia, Adam y Eva sin manzana y Jesús

  Cristo tratando de pasar un examen de conducir.

                                    CARDENAL
244



  Por eso necesitamos un gobierno nuevo para el país, pero el general se tiene que

  acordar de mi.

                                        GENERAL

   Tendrás tu chalet.

                                        CARDENAL

  Ya te bendeciré.

                                        GENERAL

  Gracias, su santidad.

                                        CARDENAL

  El placer es mío.

                                        AURITA

  El tendrá su cadillac.

                                        GENERAL

  Claro que sí.

                                        ALMIRANTE

   Necesitamos un gobierno fuerte para nuestra gente, el país y la iglesia.

                                        CARDENAL

   Hablas de la virtud y la santidad.

                                        GENERAL

  Eso lo arreglaremos con nuestros cañones.

                                        ALMIRANTE

  No nos podemos olvidar de los tanques, barcos y submarinos.

                                        HOMERO

      Les tengo buenos submarinos.

                                        GENERAL
245



   Gracias. Los llevare por las ciudades.

                                         ALMIRANTE

   También los podemos usar en las maniobras.

                                         HOMERO

   Mis submarinos tienen que estar protegidos contra la humedad.

                                         ALMIRANTE

   Eso es bueno. El agua del mar acaba con todo.

                                         GENERAL

   Un desfile sin submarinos es como una fiesta sin aguardiente.

                                         AURITA

   O sin música.

                                         GAVIOTA

   Y comida.

                                         HOMERO

   Tenemos que tener música.

                                         FIFI

   Quiero música caliente.

Homero sale por la puerta al tiempo que los marineros traen mas botellas, limpian la mesa y

ponen unas cuantas flores.

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

La música moderna se oye en el buque. El cardenal baila con Aurita, Homero baila con Fifi,

mientras que el general y el almirante bailan juntos.

El cardenal se tropieza y cae al lado de Aurita, que se mueve sensualmente. Homero lo

ayuda a parase y le arregla su habito.

                                          CARDENAL
246



   No me acostumbro a esta música. Bailábamos el minueto y bolero en nuestros

   tiempos.

El se toca su cabeza calva.

                                          CARDENAL

   Donde esta mi corona?

                                          FIFI

      La he encontrado.

Ella le da una corona dorada. El cardenal se persigna y se la pone otra vez.

La música suena por todo sitio, al tiempo que el cardenal baila con Aurita, Homero se

esconde atrás de las plantas con Fifi y los militares hablan de sus planes.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE, ATRÁS DE LAS PLANTAS- NOCHE

                                          HOMERO

   Serás una reina mañana.

                                          FIFI

   Y tú serás mi príncipe.

                                          HOMERO

   Eso debe ser el general.

                                          FIFI

   Es mi consorte.

Homero las mesa, tocándoles los pezones.

                                          HOMERO

   Me haces el hombre más feliz del mundo.

                                          FIFI

   Poséeme ya.
247



Homero la abraza, tocándole las caderas.

                                           HOMERO

   Tendrás que echar a tu marido.

Él le toca sus calzones de seda.

                                        FIFI

   La revolución lo matara.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

                                        CARDENAL

   Homero es estratégico, escondiéndose con Fifi atrás de las rosas.

                                        AURITA

   Sigamos su ejemplo.

Su santidad besa a Aurita atrás de unas cajas, alguien ha dejado cerca de la puerta.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Homero y Fifi bailan, mientras que la música de un bolero los arrulla.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

                                        GENERAL

   Los tanques estarán listos mañana.

                                        ALMIRANTE

   Esa gente no sobrevivirá.

                                        GENERAL

   Debo de tener un avión listo para que el presidente se vaya. Me siento generoso.

                                        ALMIRANTE
248



      Siempre eres generoso.

                                     GENERAL

   No quiero derramar mucha sangre en nuestro golpe de estado.

                                     ALMIRANTE

   Esta muy bien.

                                     GENERAL

   Te hare un ministro de guerra.

                                     ALMIRANTE

   Tu generosidad no tiene límite.

                                     GENERAL

   Tenemos que firmar los cheques de Homero.

                                     ALMIRANTE

   Ya se preocupara de eso.

                                     GENERAL

   Que hombre!

                                      ALMIRANTE

   Es de los mejores negociantes.

                                       GENERAL

   Tomémonos otro.

Ellos toman más del vino que los marineros han dejado sobre la mesa.

                                       ALMIRANTE

   Nuestras mujeres son santas.

                                       GENERAL

   Ellas serán la primera dama y la señora del ministro. Las tenemos que condecorar.

                                       ALMIRANTE
249



  Necesitan títulos y honores.

                                         GENERAL

  Ya hare eso.

                                         ALMIRANTE

  Unas cuantas medallas de más no nos hará mal.

Ellos toman más vino.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

La música ha parado y todo el mundo vuelve a la mesa.

                                         ALMIRANTE

  Su santidad baila muy bien.

                                         CARDENAL

  Estoy molestando a su señora que baila muy bien.

                                         AURITA

  Es un honor estar con su santidad.

                                         ALMIRANTE

   Esto es de parte de ambos.

                                         CARDENAL

  Eres muy bueno.

Los marineros traen más comida y vino.

                                         HOMERO

  Me gusta bailar con la primera dama.

                                         FIFI

  Su yate es importante.

                                         GENERAL
250



      Los reyes y las reinas han estado acá.

                                               HOMERO

   Nunca he tenido a alguien como ustedes.

                                               CARDENAL

   El papa ha estado acá de vacaciones.

                                               ALMIRANTE

   Y el Dalai Lama.

                                               HOMERO

   He hecho lo mejor que he podido esta noche.

                                                GENERAL

   Gracias. Nunca lo olvidare.

Ellos continúan tomando en honor a Homero. Los marineros traen más botellas de vino y la

música de una ranchera se oye en la escena.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

Las parejas bailan. El general dispara su revólver al tiempo que el almirante hace eso con su

pistola de bolsillo y el cardenal se tira un pedo.

                                                GAVIOTA

   Hacen mucho ruido y no puedo dormir.

CORTA A

EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE

                                                GENERAL

   Tenemos suficiente vino para calmar nuestros nervios.

                                                ALMIRANTE

   Este es un momento muy importante en nuestras vidas.
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