'GALD�S YM ISERICORDIA'

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					  "GALDÓS Y
MISERICORDIA"
  UN ESTUDIO CRÍTICO
"El Madrid de Misericordia" de Luciano G. Lorenzo


La ciudad de Madrid no ha parado de expandirse a lo largo de la historia,
tanto territorial como demográficamente, sobre todo, desde que fue,
definitivamente, hecha capital del país, en 1606, bajo la monarquía de
Felipe III. Madrid se convirtió en centro neurálgico de la vida
administrativa e institucional, a la par que núcleo financiero, en los siglos
que siguieron a su declaración como corte y villa.
Situándonos a finales del siglo XIX, que es el Madrid que describe
"Misericordia", nos encontramos con un Madrid en plena expansión, que
entra en una nueva era de modernización que se alargará hasta la década
de 1930,       época de cambio en toda España, debida a los avances
científicos,   técnicos y humanos que se estaban dando, no sólo en el
ámbito nacional, si no en el mundial también. La arcaica España del XIX
contempla como sus cimientos tradicionales se van resquebrajando,
dando paso a una nueva era de cambio, lenta pero tangible.
La acción de "Misericordia" nos sitúa en una época de crisis. Corre el año
1897, año anterior a lo que se dio en llamar "el desastre del 98", es decir,
la pérdida de las últimas colonias españolas de ultramar. Un año en el
que el partido conservador, uno de los dos partidos turnantes, perdió a su
principal valedor y presidente, Antonio Cánovas del Castillo, máximo
baluarte del régimen de la Restauración, que fue asesinado por un
anarquista italiano.
Y si la situación política de la época era de crisis, no lo era menos la
situación social. Movimientos pro revolucionarios en el campo, pistoleros
en las ciudades, pobreza y miseria del campesinado, del proletariado y
de los que no tenían ningún empleo, decadencia de la clase media que se



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había enriquecido gracias al comercio de los productos provenientes de
las colonias que administró España en sus épocas de esplendor político y
militar, ahora perdidas en su mayoría. Era la España de las dos caras: la
España oficial, la de los políticos y el rey, la de los caciques y oficiales del
ejército; y la España vital, como la denominó Ortega; esa España que
ahora conocemos como profunda, la España de la pobreza, del
analfabetismo, del hambre; la España explotada, la del pueblo.
Así era también el Madrid de la época, un espejo donde podía verse la
situación de toda la península. Era la grandeza y el esplendor               en
decadencia y era también la miseria más acuciante.
Poco más de un siglo después, en el Madrid de hoy en día, en el Madrid
del flamante nuevo milenio, en el Madrid cosmopolita y cultural, en el
interracial   e   interclasista,   en   este   Madrid   capital   del   Estado,
emplazamiento del Senado y el Congreso, símbolo político de una España
desunida, invertebrada, en este Madrid de            más de 4 millones de
habitantes (casi 6 millones en toda la comunidad), siguen viéndose
cuadros de miseria como los que nos describe Galdós es su obra. Un siglo
después, las calles han cambiado de nombre, los suburbios han pasado a
formar parte del núcleo urbano; lo que antes eran descampados y
vertederos, son ahora ciudades dormitorios, como Parla o Coslada, Getafe
y Alcobendas, o pequeñas urbanizaciones donde habita la clase media-
alta, al norte y al oeste. Madrid capital se ha expandido con gran rapidez
pero, lo mismo que en el siglo XIX, el sur sigue siendo la zona "pobre".
Los barrios de Lavapiés, Carabanchel o San Blas, entre otros, son los
feudos de las clases más humildes, de los inmigrantes, que a diferencia de
los del siglo XIX, no son gallegos o andaluces, si no marroquíes o
ecuatorianos. Pisos antiguos, sin ascensor, con las fachadas sucias y
descascarilladas las paredes, albergan a familias de recursos escasos, que
sobreviven a duras penas en un piso alquilado o heredado de los padres


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de sus padres. Otros no tienen la suerte de contar con un pequeño
apartamento, y viven en cobertizos cochambrosos, hacinados en escasos
metros cuadrados. Y otros duermen al raso, en soportales de edificios de
oficinas de los que serán expulsados a la mañana siguiente por el guarda
de seguridad, se cobijan en las entradas de las estaciones de metro o en
bancos de los parques, mal disimulados y peor tapados por cartones o
mantas mugrientas. Estos son los pobres que retrata "Misericordia",
pobres que no han evolucionado en este siglo de progreso: sucios,
hambrientos y desarrapados, piden por las esquinas del centro de la
ciudad iluminados por los neones publicitarios de los comercios que
atestan las céntricas calles madrileñas. La diferencia con los pobres de la
obra de Galdós sea, tal vez, que los pobres de ahora son más
"sofisticados". En la época del capitalismo en que vivimos, todo se
compra, así que los pobres tienen que vender algo para poder conseguir
algún dinero para sobrevivir. En 1897 vendían la salvación, la subida a los
cielos del buen cristiano que les diera una limosna. Ahora, venden la
salvación material: la limpieza de los cristales del coche, un periódico, un
mechero, una canción o una historia de desgracias que podría servir,
quién sabe, de argumento para un guión cinematográfico.
Pero antes como ahora, Madrid sigue siendo la ciudad de las dos caras: la
ciudad que espera ser capital olímpica en el 2012, ciudad de cultura y de
comercio, y la ciudad que no sabe que hacer con sus pobres, que se
multiplican   por   sus   calles   pidiendo    una    monedita,    gritando
lastimosamente para conseguir una ayuda para vivir. Este es el Madrid
que muchos no quieren reconocer y que es hermano de aquel Madrid que
con tanta exactitud nos revela Don Benito en las páginas de
"Misericordia", un Madrid que, como ya hemos comentado antes, es y era
espejo de la España de ayer y de hoy, pero no de la España geográfica en




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toda su extensión, si no de la España urbana. Por tanto, sí nos da Galdós
su visión de España a través de Madrid, como quiere Luciano G. Lorenzo:
nos da la visión de la decadencia de la clase media, de la miseria que se
esconde en los barrios pobres y pide en las iglesias; pero aquí no se
termina España, nos falta la España rural, la que también y tan bien supo
describir la pluma de nuestro autor en su "Doña Perfecta", la España del
botijo, de la zafra y la cosecha; la de los pueblos olvidados mandados por
latifundistas enriquecidos gracias al sudor de los jornaleros. Esa España
también existe y no cabe en las páginas de "Misericordia", porque no
estaba reflejada en el mapa madrileño de la época, como tampoco lo está
en la actualidad. Esa es otra España, en la que se mezclan miseria y
riqueza, como en la urbana, pero más arcaica, más primitiva. La podemos
encontrar, antes y ahora, en Extremadura, en Andalucía o en ambas
Castillas. No es exactamente la misma la de hoy en día que la de finales
del XIX, pero como el Madrid de antes y el de ahora, son hermanas, son
dos dibujos de una misma situación separados por un siglo de tiempo.
Y si nos aproximamos a las gentes que pueblan la capital de esa España,
esas mismas gentes que pueblan las páginas de Misericordia, estaremos
de acuerdo con el crítico en que en la obra está representada toda la
sociedad madrileña, desde el estrato más bajo hasta las elites económicas,
aunque quizá echemos en falta, no una clase social, si no algún estrato
dentro de las clases, algunas subclases de gran importancia en la época:
nos referimos a los intelectuales y a los miembros del ejército, y
probablemente a la nobleza aristócrata (que no es la misma que las clases
medias adineradas o la burguesía). Lo que queda patente, en nuestra
opinión, es que el autor quería componer un cuadro de amplio realismo
en el que tuviera cabida la dicotomía entre la clase popular empobrecida
pero digna, y la clase media decadente, deudora de tiempos mejores; un




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escenario vertebrado por la moral católica reinante en la época y que hoy
en día ha perdido su vigor de antaño.
Si hubiéramos de colocar a cada personaje de la obra en su estrato, el
mapa social quedaría como sigue: dentro de la clase popular estarían
todos los pobres que aparecen en la obra, las prostitutas e, incluso, los
miembros de las clases medias que por diversos motivos han quedado
arruinados o empobrecidos. Encontramos, pues, en este estrato a
personajes como la Burlada, la Pedra y la Diega, la señá Casiana, Benina o
Almudena, todos pobres de solemnidad; y también encontramos a Doña
Francisca y sus hijos, Obdulia y Antoñito, junto a sus respectivos
cónyuges, y al Señor Ponte, personajes que nacieron en familias con
recursos y que han pasado a la pobreza por ciertas revueltas del destino,
culpables unos y otros, aunque en distinto grado, de su propia miseria.
Por otra parte, encontramos a representantes del clero y de la burguesía:
son personajes más desdibujados en la obra y que tienen menor
importancia en la trama si exceptuamos a Don Romualdo, el cura
inventado por Nina y que luego se convierte en una persona de carne y
hueso; y Don Carlos, el pariente de Doña Francisca, probablemente el
personaje que sale peor parado de toda la obra, un señor avaro, hipócrita,
que cree que su alma se salvará porque entrega migajas de su fortuna a la
pobretería de las iglesias que incesablemente recorre. En la obra también
encontramos alusiones a políticos y generales (Cánovas, Sagasta, Prim...),
reyes, emperadores y emperatrices (Napoleón III, María Eugenia de
Montijo, Doña Isabel II...), además de muchos santos, incluida Santa Rita
de Casia, convertida luego en Santa Benigna de Casia.
Esta misma minuciosidad que utiliza Galdós en los personajes, la emplea
también en los paisajes, en las calles, en la descripción de las casas, las
iglesias... Madrid se convierte así en un personaje de la novela, con vida
propia. No es una mera ciudad donde se suceden las vidas de los


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protagonistas, no es un marco de la acción; es acción es si mismo, es el
ambiente, no una recreación de éste.
Hoy en día podemos seguir identificando las calles, las plazas, las iglesias
y las poblaciones: el puente de Segovia, la Plaza Mayor, la calle de
Atocha, Puerta de Hierro; la mayoría de edificios que se citan siguen
existiendo, si no fueron destruidos durante la Guerra Civil, aunque no
conserven ahora la misma función. El sur sigue siendo el sur, barrios
descuidados, destartalados, de callejas estrechas. El palacio de Oriente se
conserva con el mismo esplendor de entonces aunque ya no se utilice
como residencia real sino como monumento turístico.
Muchas de las calles han cambiado de nombre: los políticos de principios
y mediados del XIX han dado paso a los de finales de ese siglo o
principios del XX. La plaza del Ángel, donde está sita la Iglesia de San
Sebastián en la obra, sigue existiendo como tal, y las poblaciones de
Getafe y Leganés, nombradas también por uno de los personajes, siguen
llevando ese mismo nombre, aunque su fisonomía formal haya cambiado
con el paso del tiempo.




"Espiritualización" de Ricardo Gullón


Es Galdós un gran retratador de sus personajes. A través de sus palabras,
como a través de las pinceladas del gran artista, el autor, que es a la vez el
narrador de la historia, nos presenta a sus personajes y nos invita a verlos
como él los ve, como han salido de su imaginación o de las calles
madrileñas que él tanto pateó. Nos invita y nos obliga, con palabras
certeras y exactas, a construir un personaje a la medida, un personaje que
es suyo y no nuestro. Pero también Galdós, y aquí radica su maestría en
la descripción, deja un pequeño hueco para que el lector construya,


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siguiendo sus directrices, su propio personaje. Es por esta razón que
pueda haber, pese a la minuciosidad del autor, discrepancia de opiniones
en cuanto a la naturaleza de cada personaje. Por esto es que yo,
personalmente, no veo a Doña Francisca Juárez como una señora ligera,
algo necia, como quiere Gullón, si no como un ser egoísta, anclado en el
pasado de señorona burguesa caprichosa. Pero, bien es cierto, no la veo
como un ser malo, ni como la antítesis de la santa Benigna, si no como un
personaje necesitado, débil en el sentido psíquico de la palabra, un ser
convencional, para nada extraordinario, que necesita sentirse superior a
los otros con los que, en su desgraciada posición actual, está a la par, y
por eso se niega a salir de su cuartucho, a la calle, a la vista de cualquiera.
Pero en el fondo se siente inferior, y de hecho lo es. Sabe que reside en
una categoría moral inferior a la de su sirvienta, la Nina, y pretende
rebajar a esta para no sentirse menos y la regaña, constantemente,
echándole en cara todo por lo que ella se siente desgraciada. Está
amargada y lo único que la da fuerzas para vivir son sus sueños (bueno, y
Nina, que la mantiene física y emocionalmente), sueños que le hablan de
una salida a su situación, de una herencia que Galdós, muy
generosamente, termina concediéndola, aunque esto le sirva de excusa
para rebajar al personaje en contraposición con la ascensión, metafórica,
de Benina a los cielos, a la santidad.
El personaje de Almudena, por otra parte, es un ciego pobretón, otro más
de los que viven en las páginas de las novelas de nuestro autor, un
hombre bueno, aunque algo irascible, que proviene de una cultura
humana diferente pero que comparte con Benina la calidad moral.
Almudena está enamorado de Benina, de una Benina imaginaria, angélica
pero también de una Benina real, una mujer caritativa, buena, cariñosa.
Al ciego no puede importarle el físico de Benina ni su edad o sus arrugas.
Almudena se ha enamorado de un sueño, de una visión que tuvo muchos


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años atrás y que relata en el libro, y cree que esa visión es Benina y,
probablemente, lo sea. Porque ¿qué otra cosa soñamos que con la
felicidad, tenga el rostro que tenga? Y Almudena es y será feliz junto a
Benigna. Para él, por ser ciego, ha sido posible encontrar la felicidad, la
dicha, porque no puede ver su rostro y, por lo tanto, no puede
confundirla, no puede equivocarse y quedarse con la belleza física en
lugar de con la espiritual, que es la que lleva a la felicidad. Por lo tanto,
no es un amor loco de un mendigo medio trastornado, como dice Gullón,
si no el amor de un hombre hacia un ser que representa su felicidad en
medio de tanta desdicha y tanta pobreza. En lo que sí que estamos de
acuerdo con el crítico es en que la relación de Benina y Almudena es
sublime, en el sentido espiritual del término, porque Almudena entra en
ese estado al compartir el tiempo con su amada y Benigna, por su parte,
es un ser angelical (metafóricamente hablando), que es ya de por sí
sublime, pese a ciertos rasgos de su carácter evidenciados en su pasado,
como es el de que sisaba (robaba). Es un ser angelical porque, pese a ser
humana, se comporta como un ser sin vanidad, sin rencor, generoso y
caritativo hasta extremos que amenazan su propia supervivencia.
La relación de ambos mendigos en el alfoz, en esos parajes desolados de
los   suburbios   madrileños,   se   caracteriza, en    oposición   que   se
complementa, por la visión realista aunque optimista de Nina y la propia
de Almudena, que vive en su sueño particular y se deja llevar por el
vaivén de la realidad a sabiendas de que, contando con Nina, nada malo
le puede suceder. Para romper este idílico cuadro y situar al lector y a
ambos personajes en la cruenta realidad, Galdós utiliza el ataque con
piedras de los otros mendigos, corroídos por la envidia, desesperados,
olvidados por todos. Para nosotros, esta es una de las escasas ocasiones
en las que Galdós enfrenta a los dos mundos maniqueos del bien y del
mal en la que, finalmente, sale triunfador el mal, ya que los mendigos que


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les atacan no tienen posibilidad de obtención de ningún beneficio y aún
así, por malicia más que por desesperación, les arrojan las piedras. El
resultado de este ataque no trae nada positivo salvo que, si se quiere
interpretar así, refuerza la voluntad caritativa de Benina y muestra como
existen personas de buen corazón - los guardagujas - entre tanto
desagradecido.
En relación con la importancia de lo espiritual en el texto, ya hemos
comentado antes la presencia de lo espiritual en la obra. Desarrollándolo
en más profundidad podemos decir que, sin la presencia de lo espiritual
en la obra, ésta no existiría, o no existiría el mensaje que quiere hacernos
llegar, o que nosotros interpretamos que pretende hacernos llegar.
En "Misericordia", lo espiritual es algo más que la moral católica, es algo
más que lo sobrenatural, los santos o los ángeles, aunque también es esto
- recordemos como Benigna es llamada santa en numerosas ocasiones por
diferentes personajes -. Lo espiritual, en nuestra opinión, es todo lo que
no es real y todo lo que es moral. Los sueños de los personajes, las
invenciones de Benina que luego se hacen realidad de un modo
sorprendente, la generosidad y caridad de la protagonista para con su
ama, que constantemente la veja e insulta, pero que, más aún, la necesita;
también la caridad con los demás pobres, unos más pobres que ella
misma, otros menos necesitados pero también lastimosos. Todo esto
conforma la espiritualidad en la temática del texto. Pero, además, esta
espiritualidad, como ya hemos dicho, también se refleja y es deudora de
la moral religiosa, sobre todo, católica: en numerosos pasajes de la obra, el
autor pone en boca de sus personajes frases bíblicas, que se mezclan con
los proverbios árabes del moro Mordejai y los dichos populares del léxico
español, que también tienen una lectura moralizante e, incluso, espiritual.
La última cuestión que se nos plantea tras la crítica de Gullón es la de
relacionar entre belleza física y espiritual. Creemos que esta pregunta ha


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sido respondida más arriba cuando se habla de cómo ve el moro a
Benigna pero no queremos dejar de indicar la visión que nos parece que
hoy en día, lejos del estudio filosófico del término, tiene esta relación. Ha
llegado un momento, en la sociedad actual, en la que se tiende a no
diferenciar entre belleza física y belleza espiritual, degradando la
segunda a la existencia de la primera. Lo que es bello es bueno. Esta
afirmación no es en absoluto nueva o fruto de la sociedad
contemporánea, si no que lleva siendo considerada desde que el hombre
es hombre, y más aún, desde los griegos, que colocaron al hombre en el
centro del universo - antropocentrismo -. Pero es en la actualidad cuando
ha cobrado un nuevo lustre: lo bello es bueno y lo feo es malo.
Simplemente. Es casi un dogma. Si hay algo feo que sea bueno, se crea
una nueva categoría de belleza para instalarlo y viceversa. Parece que ya
hemos dado una respuesta a la milenaria cuestión de la separación o no
separación del alma y el cuerpo. Están unidos por la belleza o la fealdad:
lo físico y lo espiritual están unidos.
No podemos estar en mayor desacuerdo con esta nueva ola de opinión.
No consideramos que la unión vaya en ese sentido - bello-bueno - ni en el
contrario - bello vs bueno -, como tampoco tenemos una respuesta
absoluta a la pregunta filosófica del cuerpo y el alma. Apostamos por el
relativismo antes que por el maniqueísmo en todos los campos humanos
de conocimiento. Por lo tanto, en este también.




"El tiempo cronológico y el psicológico" de J. Casalduero


Ya hemos visto que la           diversa crítica de la obra otorga mucha
importancia al término espiritual y hemos acordado con ella en la
necesidad de usar este término para referirnos a parte de la acción y de


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las obras de los personajes. En este caso, el crítico, J. Casalduero, utiliza el
término espiritualista para hablar del paso entre la realidad que viven los
personajes y la que sueñan. Podemos estar de acuerdo con él en el uso de
dicho término ya que Galdós ha querido utilizar estos sueños para liberar
el espíritu cautivo de sus personajes, para que volara de la cruda realidad
que viven cada día y quedara flotando, fuera de ella. Y porque los sueños
son de la misma materia que lo espiritual, etéreos, inmateriales, podemos
hermanar ambos términos: la espiritualización de los personajes corre
pareja a su ensoñamiento. Cuando sueñan, son libres de espíritu. Cuando
regresan de sus sueños a la realidad, vuelven de esa ascensión de su alma
a la dicha, y caen, de nuevo, en lo cotidiano. El personaje que mejor
transmite esta correlación entre espiritualidad y sueños, es Beninga, la
protagonista. Ella cada día está más cerca de ser espíritu - un ser
angelical, como muchos de los personajes la reconocen - y dejar la
realidad. Nos puede parecer que sea el personaje que menos sueña, que
más tiene los pies en el suelo. Más no, es lo contrario. Ante su
desgraciada posición, Benina sueña, y sus sueños son las mentiras que le
cuenta a su ama, Doña Francisca, para que no sospeche de que manera
avergonzante consigue el dinero su cocinera; las pequeñas mentiras que
le cuenta al ciego Almudena para mantenerlo vivo e ilusionado - que se
casará con él si encuentra el oro escondido en la tierra -. La gran
revelación de este personaje es que resulta que sus sueños, sus mentiras
(piadosas), se convierten en realidad. Aparece el Don Romualdo
imaginario de Nina como un ser real que además lleva una herencia a su
desdichada ama, dinero tan acariciado en sueños por ambas.              Parece
como si los sortilegios de Mordejai hubieran sido ciertos, y que de debajo
de la tierra hubiera asomado un tesoro. Al contrario de lo que pudiera
parecer, la culminación en realidad de los sueños de Benigna no le trae
más que ingratitud. Y es esta ingratitud, que Nina supera en su afán por


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vivir, por ayudar a los demás, la que la convierte en el verdadero ángel
redentor. Aquí es cuando la obra llega a su máxima espiritualización:
cuando Juliana, la mujer de Antoñito, mujer de hierro, acude hasta los
arrabales más míseros de Madrid para pedirle a Benina su ayuda - una
ayuda espiritual, no material - para salvarse de la locura, para poder
seguir viviendo con el alma en paz. Ya es Benina un verdadero ángel,
cuya palabra obra milagros porque otorga fe y fuerzas para vivir, la
misma voluntad que ella tiene para seguir viviendo, viviendo por y para
los demás. Esto lo podemos ver reflejado en la última frase de la obra,
cuando Benina le dice a Juliana "... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a
pecar.". Es la absolución por parte de una santa - la frase, de hecho, es de
San Mateo - a un mortal.
En relación con el tiempo nos parece adecuada la diferenciación del
crítico entre tiempo cronológico y tiempo psicológico. Es lo que
literariamente denominaríamos tiempo de la narración y tiempo de la
descripción. Realismo y naturalismo se dan en Galdós es sus
descripciones minuciosas de personajes y lugares; en los diálogos que
mantienen los personajes que nos ofrecen detalles de la personalidad de
éstos - aderezados con los comentarios del narrador que actúan casi como
acotaciones teatrales -. El paso del tiempo en la obra es de corte clásico,
más lento al comienzo, narración con más detalles y, al final, un pasar de
los días rápido, con un desenlace más o menos precipitado. Los primeros
capítulos se encargan de ponernos en situación, de mostrarnos a los
personajes, tanto física como psicológicamente. A los personajes los
conocemos gracias a lo que nos cuenta el narrador acerca de ellos y a sus
conversaciones, acotadas puntualmente por el narrador para insistir
sobre algún rasgo del personaje. En esta parte de la obra, el tiempo
cronológico pasa lentamente: la narración nos lleva por un día en la vida
de Benina, un día que no es tal ya que somos testigos, tan solo, de la


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mañana y una pequeña parte de la tarde. Al avanzar los capítulos,
después de presentados los personajes, la acción en el tiempo va tomando
mayor interés. Hasta llegar a la parte final de la obra. Los últimos días
que se narran pasan rápidamente, casi sin presentarnos acción,
informándonos escuetamente de lo que les sucede a los personajes. De
hecho, después de conocer todo lo que le sucede a Benina durante toda la
obra, acompañándola en todas sus acciones, al final, no llegamos a
enterarnos que la sucedió en el hospicio "Misericordia", en el que estuvo
varios días encerrada con Almudena. Tan sólo sabemos que fue doloroso
para ella estar encerrada allí, preocupada por su ama, por una frase que le
dice a Doña Francisca, en ese pseudoencuentro, de cuarto a cuarto, en la
casa de la calle Imperial.
Así, podemos asimilar el tiempo de la narración utilizado en
"Misericordia" con el que tradicionalmente se utiliza en los cuentos. Una
presentación extensa y con escasa acción; un desarrollo equilibrado en
cuanto a acción y descripción; y un desenlace vertiginoso. Lógicamente,
por su extensión y tratamiento detallado de los personajes y los
escenarios, la obra que se nos presenta no es un cuento, si no una novela,
pero, digamos, que es en su temática y en su esquema temporal en lo que
se asemeja a un cuento. Y como en los cuentos, existe una intención
moralizante, sea o no consciente por parte del autor (consideramos que lo
es); por toda la obra planea la sombra de lo moral, que culmina en la
última frase escrita, puesta en boca de Benina y que ya antes hemos
mencionado, "y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar".




"La creación de la realidad" de G. Correa




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La jugada literaria maestra en esta obra es la realización de los sueños de
Benina, sueños que pasan a ser realidades. Que Don Romualdo exista en
la realidad nos deja confundidos: ¿es acaso que los sueños se hacen
realidad a fuerza de soñarlos? ¿Es que la justicia existe en este mundo y
los ruegos de los desamparados son escuchados? (suponemos que en este
caso sería Dios el que ofrece la infinita justicia ya que nos encontramos
dentro de la moral católica). No creo que Galdós estuviera pensando en
un milagro cuando decidió dar vida al cura Romualdo. Podríamos
pensar, más bien, en la casualidad, en algo parecido al destino que
nosotros podríamos denominar azar. Esta afirmación queda reforzada
por el sueño que tiene Doña Francisca Juárez, que lo narra a Nina, de
unos caballeros, muertos tiempo atrás, que vendrían a traerle la herencia
de un familiar. Dicho familiar resulta que ya falleció y dejó sus bienes a
su único hijo, que no tiene descendencia. Esto nos hace vislumbrar la
posibilidad de que la tan soñada herencia llegue por un cauce real y
también nos muestra como los sueños están basados en la realidad. El de
Doña Francisca está basado en un rico familiar cuya existencia es
verdadera. Desde este punto de partida, la señora se imagina el resto,
pero la base del sueño es real. En esta misma situación se encuentra el
cura de Benigna, Don Romualdo. Ella inventa a un personaje caritativo,
generoso, físicamente atractivo, un personaje que es una invención pero
que seguro está basado en algún cura que ella conoció, en retazos de
conversaciones oídas... Todo lo que nos imaginamos tiene su fundamento
en la realidad, no sale de la nada. Y por esto, Don Romualdo puede
existir, y puede ser un cura, joven y guapetón que provenga de
Guadalajara. Lo que ya no sería posible es que tuviera una sobrina bizca
llamada Patros y una hermana llamada Josefina.
Benina crea este personaje, en principio, para no contar a su ama que pide
limosna para poder alimentarlas a ambas. Pero después, el personaje pasa


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a tener vida propia: una familia, unas aficiones, una casa, unos rasgos
característicos... La recreación minuciosa que hace Benina del personaje
no tiene la misma finalidad que la creación de éste, si no que es para ella
y para su ama la promesa de una vida mejor, es también un
entretenimiento. Es, al fin, una realidad nueva, más gratificante que la
real. Y es hasta tal punto real, que Doña Francisca queda totalmente
convencida de su existencia aún cuando el cura Don Romualdo, el que le
hace entrega de la herencia, niega la mayoría de las invenciones de Nina
sobre su persona. Para Nina, sin embargo, el cura que ella imaginó y el
que en realidad existía, nunca serán el mismo. La propia existencia del
cura hace que el sueño de Benina se quede en eso, en lo que es, un sueño.
Ella sabe, hasta el último momento, diferenciar entre lo que ella inventó y
la realidad, aunque ésta se parezca a su sueño. Si se creyese su propia
mentira perdería la voluntad de lucha en la vida, dejándolo todo en
manos del destino. Ella debe seguir creando realidades en su cabeza para
que éstas pasen a ser reales para el resto del mundo porque la mejor
manera de que algo exista es pensando que, de hecho, existe. De ahí que
exista, en las páginas de "Misericordia", la esperanza ante situación difícil,
el amor de un ciego por una visión angelical, la justicia para los que no
tienen nada.
La obra, como ya venimos diciendo, está llena de sueños, de esperanzas,
de anhelos. El mundo que retrata "Misericordia" es un mundo cruel, de
pobres de solemnidad, de hambre, de ingratitud, de decadencia. Es el
mundo perfecto para soñar. Galdós vivía en ese momento en una España
convulsionada y apática al mismo tiempo. Una época de crisis finisecular,
tanto política como económica, de derrumbamiento de las bases sociales,
de cambio, pero también de inactividad, de desesperanza de buena parte
del pueblo llano. Por eso retrata en la obra, con desgarrado realismo, lo
que sucedía, aunque siempre dejando una leve puerta abierta a la


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esperanza que vendrá de la persona generosa y de buen corazón. Ni en la
realidad española era sencillo encontrar soluciones a esta situación,
probablemente por la apatía y el egoísmo reinantes, además de la torpeza
de la clase política en su visión de los problemas del país, ni Galdós
pretendía darnos un cuadro bucólico de una época que a él parecíale
injusta. Galdós pretendía mostrar la realidad para conmover, para
movilizar sentimientos y acciones, porque sabía que las soluciones no
llegan mágicamente, si no mediante el esfuerzo y la voluntad.
Las escenas descritas por Galdós nos atosigan, como los pobres a la
puerta de la iglesia pidiendo limosna; nos inquietan, como la sombra de
la muerte por inanición o frío; nos conmueven o nos llenan de rabia,
como el comportamiento de Nina para con los demás o la reacción de
ingratitud de Doña Francisca. Eso es lo que en nuestro punto de vista
busca Galdós; quiere crear una actitud en el lector para que cambie la
realidad Quiere ser un movilizador de conciencias.
Por otra parte, la actitud de Nina frente al mundo y el final que le depara
en la obra el autor, es un paradigma del triunfo de la voluntad y la
generosidad frente a la ingratitud. Podríamos pensar que la pobreza en la
que se queda Nina, cuidando de un Almudena enfermo, es una injusticia
tremenda ante tanta generosidad y caridad por su parte. Pero es lo
correcto. En el mundo burgués en el que Nina servía, la paga a todos los
buenos servicios que se prestan es la altanería, las malas palabras, la
soberbia. Sin embargo, no hay personaje más agradecido que el moro
Almudena, con el que se queda, y Don Frasquito, que muere diciendo lo
buena que fue con él y con todos y recordándole a Doña Francisca lo
desagradecida que ha sido. Este es el lugar de Nina, donde hay gratitud
por lo que ella ofrece y entrega, gratitud que la hace feliz. Mientras, Doña
Francisca se queda triste, apesadumbrada. Pese a hacer realidad su sueño
y heredar una fortuna, es infeliz porque se ha dado cuenta que Nina era


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su alegría y que su actitud con ella ha sido mísera y despiadada (aunque
haya sido manejada más por Juliana que por ella misma). La enseñanza
del comportamiento de Nina no sólo llega a Doña Francisca, si no
también a Don Ponte, que muere honradamente habiendo sabido
agradecer lo que Nina le daba. También Juliana, con quién nunca tuvo
mucho trato, y que la trató con mano dura, aprende una lección del
comportamiento y la humildad de Benigna.
Hoy en día, más que necesitarse Ninas, se necesita que cada uno de
nosotros tenga un poco de Nina en su interior. Se necesitan ciertos
ejemplos de entrega como el que representa Nina pero no es esta actitud
la que va a traer al mundo la justicia. En cada uno de nosotros hace falta
que arraigue la voluntad, la esperanza, el afán de lucha por la igualdad, el
sentido de la justicia más allá de su significación religiosa. Se necesita que
soñemos con un mundo mejor y, a partir de ese sueño, construyamos, de
hecho, ese mundo, un mundo más justo y más humano.
Como ya hemos indicado antes, la realidad es la que hay y nosotros no
podemos crearla, pero podemos ayudar. Podemos desear que la realidad
sea diferente y poner nuestra voluntad al servicio de nuestros sueños.
¡Quién no ha creado nunca otra realidad, una suya, paralela a la que
vivimos!. Podemos crear otras realidades e intentar que la realidad,
llamémosla más real, si se quiere, se parezca, cada día más, a las
realidades que soñamos. Ese es el modo de crear la realidad.




"Componente dialéctico" de Julio Rodríguez Puértolas


El texto que se nos presenta a continuación nos habla de la dialéctica en la
obra de Galdós que estamos tratando. Sin obviar la importancia del
contenido evangélico, se nos dice, el enfrentamiento entre clases es una


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de las bases de "Misericordia". Cabe estar de acuerdo con el crítico y por
ello recordamos nuestra opinión sobre lo que pretendía Galdós con la
obra y el contexto de ésta, que más arriba escribimos. Ahondando más en
la cuestión planteada y si nos dejamos llevar por la idea clásica de
dialéctica expresada por Marx, nos encontramos en las páginas de
"Misericordia", no una lucha de clases, si no un enfrentamiento social de
miserias. Nos separaríamos pues de la idea de dialéctica observada por
Julio Puértolas y nos acercaríamos más a una visión problemática de lo
que nos presenta la obra. Para nosotros, la visión que Galdós nos ofrece
no es una lucha de poder, llamémosla, si no una lucha en la degradación
de las personas, de los estratos, de las clases. Galdós enfrenta en el texto,
no a las clases sociales existentes, si no a sus representantes, a unos
estereotipos que construye para crear la crítica. Ya la palabra estereotipo
nos da una idea negativa del personaje, por cuanto es una simplificación
de las características de estos. No es el caso de Galdós. Él crea unos
estereotipos, no de una clase social, si no de una característica de una
clase social que ve en decadencia - la clase media - o que juzga como
hipócrita - la burguesía -. También hace esto con los pobres pero, en este
estrato, crea diferentes estereotipos, dividiendo así la clase pobre (que no
es tal clase, si no un conjunto de ellas venidas a menos) en diferentes
caracterizaciones, a cuál más cruel (recordemos a la Burlada, la seña
Casiana o la Pedra y la Diega). Por lo tanto, sí nos encontramos frente a
un mundo dialéctico pero no un mundo maniqueo (pobres vs ricos,
trabajadores vs burguesía decadente, etc.) si no que nos encontramos un
enfrentamiento entre los personajes, entre las características de estos
personajes. Benina se situaría en el extremo más elevado de este
enfrentamiento, pudiendo considerarla el modelo a seguir, y el resto de
personajes se situarían en la línea descendente, unos más arriba, otros
más abajo, según su calidad moral, acercándose hacia algo así como los


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infiernos, o hacia el cielo, situándonos en una visión religiosa como la que
prevalecía en la época. En esta escala, cada personaje se enfrentaría a otro
personaje en cada una de sus cualidades y defectos, creándose así el
enfrentamiento dialéctico al que nos referíamos.
Uno de los personajes que cobran importancia al final de la obra es
Juliana Es un personaje del que se da una visión concreta pero simple a lo
largo de las páginas, no ocupando el interés del lector hasta el desenlace.
El autor nos presenta a Juliana como una mujer trabajadora, tenaz,
voluntariosa, dura, de carácter fuerte y algo mandona. Es la persona que
ha conseguido llevar a Antoñito por el buen camino y convertirlo, de un
calavera, en un chico trabajador y responsable, aunque débil de carácter.
Es al final de la obra cuando Juliana pasa a ser protagonista. Ella es la
culpable de que Nina no sea aceptada de nuevo en la casa. Ahora ella
desempeña el papel de la cocinera, llevando las riendas de la casa y la
vida de todos los que moran en ella (la familia Juárez Zapata) con mano
de hierro. No nos parece que sea Juliana un personaje de los más
negativos. Nos parece que la influencia de Juliana pone en peor situación
a Doña Francisca y a Obdulia en relación con Nina, acrecienta la parte
negativa de estos dos personajes más que crearse, ella misma, un halo de
maldad. Sí que es cierto, que por alguna razón, Juliana se siente culpable
por la suerte de Nina (o por la situación que ha dejado en la casa su
marcha). Juliana sabe reconocer sus faltas a tiempo no así sabe hacerlo
Doña Francisca, que seguramente vivirá entristecida los años que le
queden por vivir ya que, su orgullo o su falta de carácter, no le permiten
pedir disculpas a Nina por su ingratitud. Sólo supo agradecer a Nina sus
atenciones y cuidados cuando ésta no estaba presente, cuando estaba en
el asilo para mendigos.
Volviendo a Juliana, no estamos de acuerdo con el crítico en que Galdós
quisiera dar a entender que el pecado de Juliana sea haber abandonado la


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clase trabajadora a la que pertenecía para ponerse a la cabeza de una
familia burguesa. Si no fuera por ella, la familia se volvería a arruinar
inmediatamente, y si bien es cierto que es ella la causante del "destierro
familiar" de Benina, también lo es que Nina no podría haber evitado la
ruina de su familia, como no la pudo evitar en el pasado, y que su sitio, el
de Nina, es al lado de los pobres, de Almudena, para seguir buscando la
justicia que tanta falta hace en el mundo. El pecado de Juliana es haber
tratado con soberbia a Nina (no creemos que la soberbia sea característica
de ninguna clase social en particular). Juliana no sabe lo que Nina ha
hecho por Doña Francisca y sus hijos. Desconoce lo que ha hecho por Don
Ponte y por otros pobres. Cree que es una pobre cocinera que ha
acompañado en los momentos malos a su ama, pero nada más. Por eso la
trata con tanta injusticia. Y por eso también, luego, la eleva a los cielos y
la convierte en santa redentora de los males, cuando ve que algo le pesa
en el alma, y que ese algo es haber tratado despóticamente a Benina, la
única de la familia que no lo merecía.
Para concluir con este crítico y poner punto y final a este estudio de la
obra "Misericordia", se nos invita a reflexionar sobre los términos
dialéctica social y dialéctica de la realidad/ficción.
En el texto del crítico encontramos mención de la correspondencia entre
ambos términos. Como ya hemos señalado con anterioridad, no estamos
exactamente de acuerdo con la visión de dialéctica que nos da el Sr.
Puértolas sobre el texto por lo que tampoco podemos estar de acuerdo en
la correspondencia de ambas dialécticas como él quiere. La dialéctica
realidad/ficción vuelve a corresponderse, no con la dialéctica de clases, si
no con el enfrentamiento de los caracteres de cada personaje con su
antitético. Los sueños de los personajes se entrecruzan con la realidad,
corren paralelos a esta realidad, pero no son sueños distintos los de los




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ricos o los pobres, lo que es distinto, entre cada personaje, es la razón del
sueño y la consecuencia que traería el que se hiciera realidad.
La aparición constante en "Misericordia" de la dialéctica realidad/ficción
nos acerca esta obra a una de las cumbres de la literatura universal, "Don
Quijote de La Mancha". La obra cervantina puede ser en la que más
claramente se dé esta dialéctica, tanto en su aparición como en sus
consecuencias. Siglos después de la escritura de esta obra, y décadas
después de la publicación de "Misericordia", nació un movimiento
literario, "el realismo mágico" sudamericano de Borges o Cortázar, que
nos   parece   quería    llevar   hasta   sus   últimas   consecuencias    el
enfrentamiento entre lo real y lo imaginario (imagen misma de la función
de la literatura). Estos ejemplos que hemos dado nos ilustran, además, en
la relación de lo social con lo literario, cada uno de los cuales de manera
diferente. Como ya hemos dicho, la obra de Galdós parece que enfrenta
mejor la realidad y el sueño que a unas clases sociales con otras. Crea algo
así como una dialéctica del carácter, del personaje, que se corresponde,
ahora sí, con la dialéctica realidad/ficción.
Como conclusión, no queremos dejar pasar la oportunidad de manifestar
lo que creemos es un aporte fundamental a la literatura y a la vida en
cualquier obra literaria que se precie, como es "Misericordia": la riqueza
de significación que tiene esta obra, distinta según para que lector o,
inclusive, para cada lector. En contraposición al naturalismo y realismo
empleado en la obra, a la minuciosidad descriptiva y al afán por aclarar al
lector cada punto de la misma que tiene el narrador, "Misericordia"
consigue crear opiniones muy variadas en muchos puntos; ya sea el papel
de cada personaje o su naturaleza; la intención final del escrito; la
importancia de la religión; la crítica a la sociedad, etc. Además, es el
reflejo objetivo de una época pasada, una lección histórica no
despreciable y una lección moral aún menos desdeñable.


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