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Charki kanka, En la vida de los legendarios comerciantes de Carmen Alto, Ayacucho, Peru

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Charki kanka, En la vida de los legendarios comerciantes de Carmen Alto, Ayacucho, Peru Powered By Docstoc
					                   APAICO ALATA, René Marcial




UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN CRISTÓBAL
            DE HUAMANGA




        «CHARKI KANKA»
   EN LA VIDA DE LOS LEGENDARIOS
       ARRIEROS COMERCIANTES DE
         CARMEN ALTO - AYACUCHO




   Antrop. René Marcial Apaico Alata




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APAICO ALATA, René Marcial




Diagramación y diseño de portada:
Juan Carlos Chirinos Fernández.

SEGUNDA EDICIÓN: Diciembre 2009.

Prohibida la reproducción total o parcial
de este libro, por cualquier medio, sin
autorización del autor.

DERECHOS RESERVADOS 2008
Hecho el Depósito Legal en la Biblio-
teca Nacional del Perú Nº 2008-05100.

Impreso en los Talleres Gráficos del Con-
sorcio Mercantil Ayacucho y Publigraf.




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                                     APAICO ALATA, René Marcial



                       ÍNDICE

Introducción

Primera parte
I.   Ubicación espacial, creación política, población y pro-
     ceso histórico del distrito de Carmen Alto.
Segunda parte
II.  Proceso histórico del desarrollo agropecuario de la so-
     ciedad andina.
Tercera parte
III. Transporte animal y comercio en la época Incaica y Colonial.
      3.1. Transporte Animal y Comercio en la Época Incaica
      3.2. Transporte Animal y Comercio en la Época Colo-
            nial
Cuarta parte
IV.  Breve reseña histórica del sistema arrieraje en Ayacucho.
V.    El sistema del arrieraje en Carmen Alto, época Republi-
      cana.
Glosario
Bibliografía




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APAICO ALATA, René Marcial


                     “En el principio del mundo, el dios Pachacámac creó
                     hombre y una mujer, pero no habiendo sustento
                     para ellos, murió de hambre el hombre, quedando
                     la mujer sola y teniendo que sacar raíces de hier-
                     bas para alimentarse. Ella expuso al sol su miseria
                     y su soledad, expresando el deseo de morir o ser
                     aliviada. El sol bajó hasta ella y le infundió sus ra-
                     yos por lo cual concibió un hijo que dio a luz a los
                     cuatro días. Pero el dios Pachacámac, envidioso de
                     que se le diera al sol la adoración que se le debía
                     sólo a él, y colérico también a causa de que hu-
                     biera nacido aquel niño en desprecio suyo, mató
                     al infante. A fin de que no se le diera adoración
                     a ningún otro dios, sembró los dientes del niño
                     de los que nació el maíz; las costillas y huesos
                     de los cuales nacieron las yucas y otras raíces; la
                     carne de la cual nacieron los pepinillos, pacaes
                     y otras frutas. Y desde entonces, no conoció el
                     ser humano ni el hambre ni la necesidad”.
                                        Antonio De La Calancha -1638




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¡Caminante no hay camino al andar…y nosotros
herederos de los legendarios arrieros aprendimos
a abrirnos al mundo, haciendo caminos, dejando
huellas en cada paso, sabiendo el esfuerzo que
cuesta alcanzar el fin. Meta que recibe hasta hoy
no sólo la mercancía, sino nuestra herencia cultu-
ral y peculiar cariño carmenaltino, verso del alma,
verso para vivir! ¡Jamás aligeramos la carga hasta
alcanzar nuestro destino, sintiéndonos vivos en
cada ventisca en cada helada, en cada granizada
o lluvia que jamás doblegó o doblegará nues-
tros anhelos de llegar…cada vez más lejos!

¡Y siempre al lado o adelante, el amigo fiel, de la
pesada carga (mula), suspirando en cada llano,
compartiendo nuestros mismos anhelos y soñando
quizás nuestros mismos destinos!

                   Boletín Municipal: el arriero, 2008.




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                          INTRODUCCIÓN
        «Charki kanka, en la vida de los legendarios arrieros comerciantes de
Carmen Alto», trata de exponer la importancia del charki kanka como alimen-
to de los arrieros dentro de sus actividades económicas y sociales.
        Según Vergara, «La comida no es sólo un elemento que ali-
menta a los seres humanos, sino también es un factor que socializa
a los integrantes de la comunidad. Por lo que ésta refleja los as-
pectos social, político, religioso y moral de los pueblos» (2006).
        Charki kanka, significa carne asada, producto de un proceso
de secado - salado y expuesta al sol, para su conservación durante
varios años. Para los arrieros de Carmen Alto, ha sido un alimento im-
portantísimo, porque acudían a este alimento para saciar su hambre,
durante sus travesías, especialmente, en lugares inhóspitos, donde
los pueblos no ofrecían alimentos para los transeúntes. Es de acla-
rar; este alimento, fue preparado y consumido por el hombre andi-
no, desde los tiempos precolombinos; y en tiempos actuales, sigue
siendo, alimento importante para el hombre andino, porque es con-
sumido en sus actividades agrícolas, pecuarias, artesanales, etc.
         El comercio, a través del sistema del arrieraje, como actividad
económica, es tan antiguo como la conquista y abarcó campos tan
diversos, como la venta de géneros (provenientes de España, primero, y
de Inglaterra, después). Por otro lado, la burguesía, como clase social, se
gestó en el seno del régimen colonial, cuya evidencia se encuentra con la
presencia de los comerciantes mayoristas de Lima, Cuzco, Ayacucho, etc.,
es decir, la actividad del arrieraje en tiempos de la Colonia y Republicano,
permitió la introducción del sistema económico capitalista, hacia los pue-
blos de la sociedad peruana y, en particular en la Región Ayacucho.
      Escribir la historia de los arrieros comerciantes de Carmen Alto,
como señalan: Vega y Sulca.
       «Es representar a los personajes de aparente humildad y sencillez que
       asumieron la fe, el orgullo, y la tenacidad que ejercieron para vencer

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       tempestades naturales y humanas con una sonrisa en los labios y
       un huayno en el corazón, pero claro, cuando era necesario, también
       con una lisura enérgica o un balazo certero, sobre todo, cuando
       de resguardar el honor de la patria y la integridad territorial o su
       propiedad tan esforzadamente conquistada, se trataba» (2005).
        Además, trata de busca y construir una identidad regional
y local, en particular, que permita articular y fortalecer la unión de
los pobladores y el desarrollo del distrito de Carmen Alto.
       Es un estudio de carácter regional y su contenido nos
llevará a recorrer imaginariamente muchas leguas: cerros, ca-
minos, pueblos, lugares, etc. y convivencias sociales, pro-
ducto del contacto del arriero caminante y el poblador.
       En su elaboración, se han utilizado datos recopilados en el distrito
de Carmen Alto y en la ciudad de Puquio, durante los años 2007 y 2008. Es
de advertir, este trabajo es solo una experiencia, de muchas existentes,
en la memoria colectiva de los arrieros comerciantes de Carmen Alto.
         Finalmente, agradezco a todas las personas, que me apoyaron
con su testimonio e información, que sin su colaboración desin-
teresada, no hubiera sido posible desarrollar este trabajo; además,
felicito a algunos carmenaltinos, por su iniciativa de recuperar y po-
ner en práctica el consumo del “charki kanka” en nuestros días.




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                        Primera parte

I. Ubicación espacial, creación política y población del distrito de
Carmen Alto
        Carmen Alto, limita por el Este con el distrito de San Juan
Bautista, por el Oeste con el barrio de Andamarca del distrito de Aya-
cucho, por el Sur con la comunidad de Chupas del distrito de Chiara y
por el Norte con el distrito de Ayacucho. Las coordenadas son: latitud
12º10’20’’ norte, longitud 74º13’27’’, oeste y altitud 2.800 m.s.n.m.
        Es uno de los distritos más antiguos, fue creado como parte de
la provincia de Huamanga, departamento de Ayacucho. Después de 381
años de fundación de la ciudad de Huamanga (1539), Carmen Alto fue
fundado con la categoría de distrito, el 06 de septiembre de 1920, siendo
como presidente de la República don Augusto B. Leguía Martínez:
                 Ley de Creación del Distrito de Carmen Alto
                            Ley Regional Nº 341
                      El Congreso Regional del Centro
      Artículo 1º.- Créase en la provincia de Huamanga del Departamen-
      to de Ayacucho, el distrito de Carmen Alto que se comprenderá del
      barrio del mismo nombre y que tendrá la categoría de pueblo.
      Artículo 2º.- la capital del distrito será el pueblo de Carmen Alto y
      sus linderos serán los siguientes: por el Norte el camino que partien-
      do del río de la Alemada se dirige al Este, separando Carmen Alto del
      barrio de la Tenería, hasta la cumbre del cerro de Acuchimay, y una
      línea recta con la misma dirección hasta el fundo Cuchomolino, en la
      quebrada de las Huatatas; por el Este el río Huatatas en sentido con-
      trario a su corriente hasta el puente Lambrashuaycco; por el Sur, el
      camino de Chilcaccasa hasta la quebrada que desciende al río Alame-
      da; por el Oeste, este mismo río hasta el puente mencionado.
        Comuníquese al poder ejecutivo para que disponga lo necesario
      para su cumplimiento.
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       Dada en la sala de sesiones del Congreso Regional del Centro de
      Huancayo a los 27 días de junio de 1920.
           Carlos Enrique Paz Soldán, presidente del congreso
           M. Sánchez Palacios, secretario del congreso
           M. Artemio Añaños, diputado secretario

       Por tanto: mando se imprima, publique, circule y se le de el
      debido cumplimiento.
       Dado en la casa del gobierno en Lima a los 06 días de septiembre
      de 1920.
                                           Augusto B. Leguía Martínez.

         El distrito de Carmen Alto, según el censo de población y vivienda
del año 2005, cuenta con una población de 16,080 habitantes, de los cuales
8,030 son varones y 8,050 mujeres. La densidad poblacional es de 599,17
habitantes por Km2, observándose la mayor concentración poblacional en
la zona de Vista Alegre; siendo la zona que cuenta con mayor cantidad de
servicios básicos (salud, educación, vivienda fundamentalmente); mientras
que el resto de las zonas cuentan con una menor concentración pobla-
cional. El distrito de Carmen Alto, configura la estructura de la población
joven, cerca del 37 % de la población es menor de 14 años, que ejercen
una fuerte presión sobre la demanda de mayores servicios (INEI, 2007)
       La historia del Carmen Alto esta ligada a la historia de la
cuidad de Huamnga, en la que los primeros rasgos de su vida se
remonta aproximadamente a unos 20,000 años a.C. de acuer-
do a los restos arqueológicos hallados en Acuchimay, Lucma-
huayccu, Quicapata, Ñawinpuquio y Rudaccasa. Carmen Alto fue
poblado desde épocas muy remotas anteriores a la cultura Wari.
         La historia de Huamanga y de Carmen Alto empieza en el período
cretásico de la era mesozoica en la que se produce el “plegamiento perua-
no”, siendo Huamanga un fondo marino y la zona de Carmen Alto la más
alta. El último levantamiento se produjo en la era terciaria con el nombre
de “plegamiento incaico”; estos indicios prhistóricos nos muestran las
rocas y otras halladas en Carmen Alto o en el cerro de Acuchimay.

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         La erupción del volcán Campanayuq (terciario-cuaternario), hace la
existencia rocas cretácico. Rocas principalmente del cuaternario, ocupan
grandes extensiones: arcilla, areniscas, caliza, tobas volcánicas y andesita
familia de las volcánicas, se puede observar en el cerro de Acuchimay.
       La historia prehispánica de Humanga ha sido dividida en los si-
guientes periodos:
     a) Lítico y Arcaico, que abarca desde la época en que llegaron
          los primeros pobladores, hasta el descubrimiento de la
          agricultura. Este periodo comprende desde 20,000 a.C. hasta
          2,000 ó 1,000 a.C.
     b)   Formativo, que es la época de aparición de los centros
          urbanos que más tarde darán origen a la ciudad. Abarca el
          último milenio de la era pasada.
     c)   Desarrollo Regional, época en que se desarrolla la cultura
          Huarpa, con su antecedente de cultura llamada Rancha, en
          este periodo se define el poblado. Abarca los primeros siglos
          de nuestra era, hasta quizás el siglo V.
     d)    Imperio Wari, que es el periodo máximo de Ayacucho,
          cuando la ciudad de Wari se convirtió en la en la capital del
          primer Imperio Andino, anterior a los Incas. Abarca los
          siglos VI a XII.
     e)   Estados Regionales, abarca desde la descomposición del
          Imperio Wari hasta el sometimiento por los Incas; es decir
          desde el siglo XII hasta comienzo del siglo XV, época en que
          vivieron los grupos étnicos Chankas y Pokras.
        Entre los 500 y 1000 años d.C. el gran Impero Wari llegó a su
máximo esplendor, cubriendo gran extnsión del distrito de Carmen
Alto, conforme lo muestran los hallazgos en Acuchimay, Tinajers,
Ñahuanpuquio, Yanama, Campanayocc, Ccasaorcco y otros. La im-
portancia de Carmen Alto radica en que “Los contactos entre la costa
y la sierra produjron aproximaciones en los estilos de cerámica de
Nazca y Ayacucho, coincidiendo en el cerro de Acuchimay y zonas
aledañas a la plaza principal de un importante taller de alfarería”.


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         Durante la época de dominio de la sociedad Inca, hacia los
años de 1300 a 1400 d.C. Carmen Alto habría sido una zona de trán-
sito entre los pueblos costeños y cusqueños, esto demuestra por que
existe un camino Inca (denominado Qapaqñan) de más o menos de 5
metros de ancho que pasa por la plazoleta de Carmen Alto, cuyos bor-
des de piedra se notan hasta la actualidad, esta situación de tránsito
se fue incrementando en importancia hacia los años de la conquista
española y la colonia. Durante la época floreciente del asentamiento
español en Humanga, Carmen Alto era una vía obligada entre la capital
de los reyes, Cuzco y el Río de la Plata, igualmente fue importante en
la relación entre las minas de Huancavelica y las de Potosí en Bolivia.
Sino, sobre todo al impresionanate desarrollo de arrierraje que tuvo
su centro en el distrito. Este hecho hace que el siglo XII, en el cerro de
Acuchimay exista un Tampu, antesala forzosa de entrada por el camino
real de Wari a Vilcas Huamán, donde tenían que pagar un tributo.
        Con la fundación de Huamanga, la zona de Carmen Alto
fueron repartidos con sus tierras e indios; siendo propietarios los
españoles conquistadores, a la postre se convirtieron en enco-
menderos; siendo Carmen Alto una encomienda perteneciente al
español César barrios y doña Nieves Chipana, mestiza de singular
belleza, con quien se había casado dicho capitán y de los desen-
dientes de los Marqueces de Valdelirios, La Totota y Mozobamba.
        Las tierras carmenaltinas fueron fundados como un centro poblado
el año de 1571, con la construcción de la Quinta Orcasitas que perteneció al
Obispo Carrillo. El año de 1720 incentiva la terminación de dicha Quinta don
Bernardo Santa Cruz y Guayanache. Mayor auge logra con la construcción de
la Quinta Tinajera, la cual se encontraba detrás del cerro Acuchimay.
        El inicio de la prosperidad económica, para los dueños de
estas tierras se inicia con el funcionamiento de centros obrajeros
y chorrillos de textilería en Rudaccasa y Carmen Alto; dedicados
exclusivamente a la fabricación de bayetas, las cuales son ven-
didas en las haciendas de la costa (Ica, Palpa, Lima, Nazca etc.).
        En el periodo de la conquista, cuando se realizaba las luchas


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internas en el Perú entre los mismos españoles; muchos carmenaltinos
participaron en la batalla de Chupas el 16 de septiembre de 1542, al mando
del Gobernador Vaca de Castro; quien vence a las fuerzas de Almagro el
Mozo. Los triunfadores de Chupas (Vaca de Castro) en su gran mayoría
eran pizarritas e indios leales: Cachapotas, Cañaris, Chancas etc.
         Durante la resistencia chilena, los arrieros carmenaltinos tu-
vieron activa e importante participación. En la campaña emprendida
por el aguerrido Basilio Auqui y los Morochucos de Pampa Cangallo; los
carmenaltinos participaron, juntamente con los pobladores de Tinajeras,
yanama y aledaños; sea éstas colaborando con acémilas y derramando
sangre. En 1880 se libró la batalla de Carmen Alto y Tarapata, al mando
del general Andrés Avelino Cáceres, contra los invasores chilenos. Parti-
cipó en esta gesta heroica el Coronel Francisco García Barco, que pos-
teriormente ocupó el cargo de prefecto de Ayacucho. En tanto, Andrés
A. Cáceres fue considerado como inca y redendor. La masa indígena se
identificó con sus mensajes y, lo secundaron en la campaña de la Bre-
ña, “creyendo ser los humildes súbditos de algún poderoso inca”.
      “Doña Antonia Moreno, esposa del “Brujo de los Andes”, se diri-
      ge a Ayacucho, hace su ingreso por     Carmen Alto. Lo acogen
      con repiques de campanas, cohetes y toques de bombos, tamboril
      y cuernos (waccra puku). A su llegada bailan danzas con música
      de arpa, guitarras y violín.
      Cantan huaynos y canciones de guerra. Las mujeres presen-
      tan a sus hijos y es para ellos timbre de gloria que el “ta-
      yta” toque la cabeza de sus hijos” (citado por Galindo, 1989).




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                       Segunda parte

2. Proceso histórico del desarrollo agropecuario de la sociedad
andina.
         En el proceso de desarrollo de la humanidad existen dos ele-
mentos centrales: a) el espacio, se refiere al medio geográfico dentro del
cual un grupo humano evoluciona, recibiendo sus influencias: el clima,
las características de terreno, los recursos s naturales, entre otros. b) el
tiempo, se refiere al momento en que se produce los hechos. La existencia
de los seres vivos está marcada por un proceso de mutaciones y desa-
rrollo, según Darwin (1859), “La evolución se origina por la necesidad de
los seres vivos de adaptarse a los cambios que se producen en el medio
en que viven” (Santillana, 2006). Las especies de plantas, animales, así
como el ser humano, tal como hoy los conocemos, han sido partíci-
pes de este largo devenir, que ha tomado varios millones de años.
        Los restos hallados sugieren que el Homo habilis (2 300 000
años a.C.), fueron los primeros homínidos que se alimentaban de
carne cruda, insectos, frutas y plantas. Se cree que organizó el tra-
bajo por géneros: los hombres cazaban y las mujeres recolectaban,
aunque no existe consenso en señalarlo como cazador. Se consi-
dera que fue, sobre todo, carroñero: aprovechaban de los despojos
dejados por otros depredadores. Talló toscamente cantos rodados
por un lado o por ambos, y los utilizó para cortar plantas, triturar
vegetales y romper los huesos obtenidos para su alimentación.
        Todo indica que el Homo erectus (1 500 000 años a. C.), fue el
primer homínido que utilizó el fuego para cocinar sus alimentos. Así,
el fuego integrado al escenario humano y propició la formación de
campamentos al aire libre o en las cuevas. Esto influiría grandemente
en el espacio social y mental del ser humano: alrededor de fogatas se
discutió sobre la caza, se relataron historias y hazañas, y se reforzaron
los lazos entre las familias y clanes. En sitios descubiertos pertene-
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cientes a esta época se ha podido reconocer diversos ambientes ya
destinados a usos específicos, como cocinar, tallar o descansar.
          Hace 40 000 años a.C., aproximadamente, cuando los primeros
hombres llegaron a América, encontraron la costa peruana bastante húme-
da y con grandes bosques, gigantescos animales y árboles enormes; en la
sierra, las nieves perpetuas de los Andes llegaban casi hasta los ríos.
         Señalan los estudiosos, que unos grupos humanos, trajeron instru-
mentos de piedra muy rudimentarios; y otros, también de piedra pero ya
perfeccionados como cuchillos, punzones, láminas cortantes dehuesoy,
mucho después, otros grupos vinieron portando puntas de proyectil muy
bien elaboradas y de hojas bifaciales. Varios de estos grupos, se establecie-
ron, en los Andes centrales de Perú y otros lugares de Sudamérica; unos se
quedaron en la costa cerca del mar, pero, muchos vinieron a vivir en la sierra
atraídos por sus mejores condiciones para la caza y recolección de frutos,
“Hace 20 000 años        a.C. aproximadamente, al parecer del norte llega-
ron al Perú unos hombres rudos, salvajes que corrían detrás de los caballos
enanos y los ciervos, de los mastodontes y los megaterios y quizás hasta
detrás de unos tigres con colmillos muy grandes” (Lumbreras, 1972).
        En las famosas pinturas rupestres de Toquepala en Tac-
na, que datan de los 9 000 años a.C. aproximadamente, represen-
tan escenas de caza de camélidos andinos (vicuñas y guanacos).
         La domesticación de la llama y de la alpaca se llevó a cabo hace 4
000 y 5 000 años a.C. en el sur y en el centro de Perú. La llama, descendien-
te del guanaco salvaje, se emplea sobre todo como animal de carga, pero
también se aprovecha su carne, lana, piel y excrementos. No se sabe muy
bien la procedencia de la alpaca, cuya lana es de una pureza excepcional.
Puede que descienda de alguna especie extinguida actualmente o ser el
resultado del cruce entre una llama o un guanaco y una vicuña salvaje.
        Civilización de Caral-Supe, nombre por el que es conocida la con-
siderada civilización más antigua de América; su principal centro radicó en
la ciudad de Caral, situada en el curso medio del río Supe, en la provincia
peruana de Barranca, a poco más de 180 Km. de Lima. Caral dispuso de un
importante número de asentamientos subordinados (se han identificado

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17: Jaiva, Capilla, Cerro Blanco, Peñico, Chupacigarro, Miraya, Lurihuasi,
Piedra Parada, Áspero, El Molino, Limán, Era de Pando, Pando, Pueblo Nue-
vo, Cerro Colorado, Allpacoto y Huacache), igualmente localizados en los
tramos medio y bajo del Supe. El Estado formado en el área norcentral de
Perú en torno al núcleo de Caral, se ha datado aproximadamente en el pe-
riodo 3 000-2 500 a.C.; bajo su control territorial estuvieron también vincu-
ladas las comunidades de otros valles, el del propio Supe y los de Pativilca,
Fortaleza y Huaura. En este lugar, se han encontrado, por ejemplo, restos
de especies vegetales y animales oriundas de la sierra y de la costa,
        “En los tiempos en que vinieron los primeros pobladores,
el clima de la región de Ayacucho, se caracterizó, por la presencia
de hielos o glaciaciones, que posiblemente hasta en tres oportuni-
dades recubrieron el territorio desde los puntos mas altos de nie-
ves perpetúas, hasta los valles y praderas” (Gonzáles Carré, 1992).
        Mac Neish, arqueólogo norteamericano, en sus estudios, en-
contró hasta quinientas cuevas, que fueron las viviendas de estos
primeros pobladores de Ayacucho. Estos hombres que no conocían
todavía el cultivo de las plantas, y crianza de animales; tampoco, sa-
bían fabricar cerámica, vivían en cuevas y se trasladaban de un lugar
a otro, con sus instrumentos de piedra, poco desarrollados todavía.
Dos son las cuevas más estudiadas, encontrándose en ellas instru-
mentos de piedra y huesos de animales y restos de plantas que utiliza-
ron: Qaywa Machay y Piki Machay. (Citado por Vega y Sulca, 2005)
        Cronológicamente, el neolítico, cuyo nombre significa “piedra
nueva”, fue el último período de la edad de piedra. Se inició hacia el 8
000 a.C. y se prolongó hasta el 4 000 a.C. se habla de una revolución
neolítica porque los cambios ocurridos durante este período signifi-
caron una modificación radical en la vida y en las costumbres huma-
nas. La mejora del clima iniciada en el mesolítico se acentúo, con lo
que se dieron condiciones favorables para el desarrollo de los grupos
humanos. Dos fueron los hechos que marcaron aquella revolución:
a) la domesticación de plantas (agricultura) y animales (ganadería) b)
la sedentarización o el establecimiento en aldeas permanentes.


                                     15
APAICO ALATA, René Marcial

        Como el mesolítico, el neolítico no fue uniforme, sino que
los avances que implicó ocurrieron en distintos momentos en cada
lugar. Así, se puede subdividir en neolítico en Oriente Cercano, neolíti-
co en América, neolítico en África y neolítico en Lejano Oriente.
        El neolítico en América fue tardío en relación con otras partes del mun-
do. Los primeros intentos de domesticación de plantas y animales se darían
principalmente en la zona de mesoamérica y a lo largo de los Andes.
         En Mesoamérica, hacia el 5 000 a.C. empezó la domesticación del
maíz, de manera silvestre en las sierras altas de México (Chiapas) y Guate-
mala. Las mazorcas obtenidas alcanzaban apenas los dos centímetros de
largo, por lo que se pasó a experimentar la hibridación, es decir, a mezclar
el maíz con otras gramíneas, para producir mazorcas similares a las actua-
les. La domesticación de animales no fue tan importante ni estuvo tan
extendida en Mesoamérica, y estuvo referida al perro, pavo y pato.
         En los Andes, las evidencias más antiguas de cultivos en esta región
datan del 5 000 a.C. la papa, la quinua, el maíz y el frijol, fueron las primeras
plantas domesticadas. Junto con el tomate, el maní, la palta y el cacao
serían los alimentos que más tarde los conquistadores europeos difundi-
rían. La domesticación de animales estuvo centrada en los auquénidos:
la llama y la alpaca. Durante el período arcaico (7 600 – 2 700 A.C.).
       Luego del retiro progresivo de los glaciares, los cazadores de
camélidos y cérvidos colonizaron las punas y los valles altoandinos.
Lumbreras asevera, “Gracias a las posibilidades gananderas de la región,
los tiwanakenses tuvieron posesión abundante de lana y también de
carne para el comercio. La carne, como la papa, era deshidratada y con-
servada en este estado por tiempo indefinido, de modo que podría ser
transportada a grandes distancias como producto de intercambio. A la
carne deshidratada le llamaban “charki” y a la papa “chuño” (1972).
        El crecimiento poblacional y el cambio climático, juntamente
con la escasez de alimentos, originó el descubrimiento de la agri-
cultura y la necesidad de criar animales que, a su vez, ocasionaron
el sedentarismo en las grandes aldeas de agricultores. En Ayacucho
ocurría este desarrollo entre los años 6,000 a 2 000 a.C. aproxima-

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damente, pero se dio, en oleadas periódicas y progresivas, tanto que
se distinguen fases a las que llaman Qaywa, Piki, Chiwa y Kachi.
         Entonces, podemos decir, que en el año 5 000 a.C. aproximada-
mente, en Ayacucho, ya se cultivaba la quinua y se habían domesticado la
llama y el cuy; para después, incorporar a sus sembríos plantas como: la
calabaza, cañiwa, ulluku, uqa, maswa, pallares, frijoles, papa y maíz. Con la
agricultura y la ganadería, el poblador del neolítico ya contaba con recursos
suficientes para su subsistencia. Cubiertas las necesidades básicas, se em-
pezaba el desarrollo de actividades más especializadas y complejas.
         En América se desarrollaron particulares técnicas de cultivo. La ausen-
cia de animales de tiro provocó que no se usara el arado; con azadones o he-
rramientas similares se hacían los surcos para depositar las semillas.
        Mesoamérica, los antiguos mexicanos crearon terrenos
de cultivo artificiales. Las chinampas eran balsas de caña cubier-
tas con tierra sobre la que se sembraba. Se fijaban en el lecho de
los lagos por medio de troncos de árboles o se ataban a la costa.
        Los Andes, debido a la geografía escarpada y montañosa se usa-
ron terrazas o andenes. Consistía en sucesivas murallas de piedra a lo
largo de una pendiente. El espacio entre cada muralla y la montaña se
rellenaba con arena y piedras; luego se agregaba tierra fértil. El riego se
daba por canales o acequias. Las distintas temperaturas de las diferentes
altitudes permitieron una producción diversa. Para el caso del área andina,
        “Desde Pikimachay hasta el Tahuantinsuyu de Atahualpa los
habitantes del área andina en que se inscribe el Perú construyeron, au-
tónomamente, una sociedad prácticamente homogénea y eficiente, sin
hambre y con bienestar. La impronta de ese pasado pervive y se mani-
fiesta hasta hoy en estructuras ideológicas y materiales, en conductas y
costumbres de millones de peruanos marginados. Sin embargo, el Perú
no ha sabido aprovechar su experiencia milenaria” (Matos, 1978).
        Por otro lado, Roger Ravines, refiriéndose al periodo incaico
señala “Los principales alimentos del hombre del Tahuantinsuyu
fueron la papa, el maíz en forma de cancha, mote, el charqui o car-
ne seca de llama, el pescado fresco o seco, moluscos y las legu-

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APAICO ALATA, René Marcial

minosas andinas. La comida más importante era la de la mañana,
muy temprano, y la segunda por la tarde, al anochecer” (1978).
        De igual manera, acerca de los procesos alimentarios
de los Incas existen noticias muy restringidas, es así que:
      “La documentación en lo que respecta a la alimentación es rela-
      tivamente pobre. No existe ningún trabajo concreto sobre esta
      materia. Los más autorizados escritores españoles, como Cieza
      de León, Betanzos, Morúa, Acosta, Zárate, Polo de Ondegardo y
      otros, no consignan noticias sobre las comidas de los aborígenes.
      Tampoco los cronistas peruanos, como Gracilazo de la Vega y
      Santa Cruz Pachacútec, dejaron constancia del régimen alimen-
      tario de sus antecesores. Unos y otros se limitaron, únicamente,
      a consignar algunos nombres de animales y plantas comestibles;
      pero sin hacer referencia a las comidas. De ahí la importancia,
      actual de estudiar al indio dentro de su régimen alimenticio, antes
      de que sufra adulteraciones y olvido” (Mejía Xesspe, 1978).
        Sin embargo, durante la época precolombina, el charki, fue ela-
borado de carne de camélidos, (llama, alpaca, vicuña, huanaku, etc.),
principalmente, y utilizaron la sal de la sierra (warwa kachi) y la sal marina
para su conservación de varios años y su consumo permanente.
         En tiempos actuales, el charki es preparado con carne de auquéni-
dos, vacunos, ovinos, caprinos, fundamentalmente, y utilizan la sal marina. El
charki, no solamente, se consume como carne asada, sino también, en sopa
(morón con charki) y en segundos (olluquito o ccochayuyu con charki).
         En tiempos contemporáneos, la agricultura y la ganadería juegan
un papel fundamental en la sociedad peruana, y en particular, para la zona
de la sierra, y es vital en la satisfacción de sus necesidades alimenticias.
Los principales, productos que se cultivan (zona sierra), son los tubérculos,
cereales, leguminosas, etc. Y en el caso de la ganadería, la crianza de vacu-
nos, ovinos, camélidos, porcinos, caprinos, aves, etc. según Claverias,
      “Los comuneros de las zonas alto andinas para lograr este obje-
      tivo conocen una serie de técnicas mediante las cuales procesan
      alimentos ya sea en la carne procesada, en la llamada chalona o

                                     18
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cecina o en el caso de tubérculo como el caso de la papa pro-
cesada, en el chuño, la tunta, la moraya etc. O también en el
procesamiento de los tubérculos menores: la oca, el isaño, etc. A
su vez también tienen técnicas de almacenamiento como el caso
de unos fardos que les denominan cejes donde logran almacenar
sus alimentos hasta un período que va más allá de los 8 años, de
manera que si hubiera en el transcurso de ese período una sequía,
una inundación o algún otro tipo de crisis económica entonces los
campesinos apelan a ese almacenamiento de alimentos para poder
sustentar su seguridad alimentaria”. (Citado por Ravines, 1978)




                            19
APAICO ALATA, René Marcial




                         Tercera parte
  .
IV Transporte animal y comercio en la época colonial.
3.1. Transporte Animal y Comercio en la Época Incaica.
         Parece que desde tiempos muy remotos la región de la sierra
peruana ha servido de asiento al hombre. Así lo atestiguan los restos
encontrados en Cunas, los mismos que tienen la misma data de Lauri-
cocha (Huanuco), San Pedro (costa norte), cabeza larga, Ichuña (Puno)
y Vizcachani (Bolivia). Estas culturas habrían pertenecido al paleolítico
– según Emilio Choy- y tendrían una antigüedad de 10 000 a 5 000 a.C.
Es decir, mientras en el Cercano Oriente las culturas habían creado ya
las condiciones materiales, acumulación de excedentes (surplus) como
consecuencia de la domesticación de animales y plantas – revolución
neolítica, según Childe-; para dar paso a la formación de los centros urba-
nos con las implicaciones que ellos suponen, en el Perú el hombre estaba
en plena Edad de Piedra. En esta etapa probablemente no tuvo mayor
necesidad de contar con vías de comunicación (caminos), por cuanto su
campo de acción se limitaba a las zonas de caza y de recolección como
ocurre actualmente con muchas tribus que subsisten todavía en la zona
amazónica por ejemplo los Machiguengas (Perú), los Yanaiwa (Oriente
Boliviano), etc. Posiblemente estos grupos hayan contado y cuentan
en la actualidad con pequeñas sendas (caminos de peatones) que les
habrían permitido llegar con facilidad a los lugares donde abundan los
frutos silvestres y las presas de caza, y una economía autárquica, es decir,
de simple subsistencia y autosuficiencia; por consiguiente, no tendrían
necesidad de mantener relaciones con los grupos vecinos, aparte de la
incursiones bélicas. En tales condiciones no eran necesarios los caminos
amplios ni los puentes para cruzar ríos porque, a veces, éstos últimos les
servían de defensa natural del ataque sorpresivo de sus vecinos.
        Por otra parte, el transporte, que se realizaban a tracción humana, se

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                                                APAICO ALATA, René Marcial

reducía al acarreo de los animales cazados y de los frutos recogidos. Es muy
posible que hayan utilizado las manos cuando la carga era pequeña, un pe-
dazo de madera cuando había necesidad de transportar trozos pesados de
carne, y esto lo habrían hecho entre dos o más personas, y la corteza de los
árboles si la carga se conducía en la espalda, (comunismo primitivo).
       Pero este período trajo en sus entrañas una nueva etapa que se
presentó una vez que las condiciones materiales objetivas se dieron.
Esto se conoce con el nombre de revolución neolítica, la misma que
de acuerdo con Emilio Choy, se habría producido hace 4 000 a.C.
         “Entre los animales capturados algunos mostraron condiciones
favorables para su domesticación, eran sobrios y se conformaban con las
hierbas que crecían al lado de las plantas cultivadas. La domesticación
del cuy, ha sido una valiosa fuente de proteínas para los agricultores, la
llama (camélido sudamericano) fue fácil de domesticar por las condiciones
favorables que presenta para convivir al lado del hombre sin mayores exi-
gencias, tomaba poco y daba mucho. No es casual la preferencia a la llama,
aun con métodos modernos la vicuña es un animal difícil de mantener
en cautiverio, requiere extensos espacios como ocurre actualmente.
         Los primeros agricultores no podían darse el lujo de criar vicu-
ñas cuando la llama era más voluntarios. Es posible que este animal se
iniciara como favorito, y hasta sería alimentado con la leche de la mujer,
ya que las mujeres indígenas suelen lactar hasta los dos años y a veces
cuatro como ocurría entre los mayas según (Landa), y por favorito fue
utilizado como compañero de vivienda, abrigo viviente y posteriormente
se aprovecharía su lana. Su excremento es un excelente combustible en
la preparación de alimentos y en estufas, reemplazando a la leña como
ocurre en el altiplano. Se le empleó para el transporte de carga, llevan-
do lo que podían hacer dos hombres, consume poco alimento por su
sobriedad, más bien sirvió de alimento dejando así una herencia en la
economía de los pueblos andinos” (Citado por Vizcardo, 1992).
       En efecto, la domesticación de este auquénido signi-
ficó un gran adelanto para los grupos del neolítico porque no
sólo duplicó la carga que podría llevar un hombre, sino que, y
esto es lo más importante, obligó al hombre a construir cami-
                                    21
APAICO ALATA, René Marcial

nos y puentes para facilitar el tránsito de estos animales.
        Además, podían recorrer distancias largas (15 Km. por día) y trans-
portar mayor volumen de carga. Esto favoreció el incrementó de la pobla-
ción y el sedentarismo de la misma dando origen a las aldeas neolíticas,
por ejemplo en Nazca, Paracas, etc. Con el correr del tiempo surgieron
los centros ceremoniales (Tiahuanaco) como lugares de adoratorio y de
comercio esporádico al igual que en Teotihuacán (México).
         El primer centro urbano aparece, precisamente, en esta región en
el lugar denominado Wari, de la amalgama de dos corrientes culturales
que convergieron de diferentes regiones: la una vino de la costa (Nazca)
con la idea del pueblo y la cerámica profusamente decorada con dibujos
que representaban animales y plantas propias de esta región, y, otra,
de Tiahuanaco que trajo la noción del centro ceremonial y la utilización
de la piedra para la fabricación de los templos y otros objetos. Como
producto de esta fusión nació la ciudad de Wari. Ciudad Estado que
tuvo todas las características de una urbe, por ejemplo, en el aspecto
físico, su edificación obedeció a un plano urbanístico, según el cual se
distribuyeron los edificios públicos y las viviendas particulares y se dejó
un espacio para el tránsito de los hombres y de los animales. En lo
económico hubo una amplia división del trabajo y una intensa actividad
comercial; y, en lo social se notó la presencia de clases sociales.
         Surgió también otro fenómeno: el dominio de la ciudad sobre el
campo. El campo se vio obligado a proveer a la ciudad de grandes cantida-
des de productos que ésta necesitaba para su supervivencia. Esta provisión
no se pudo realizar sino mediante el transporte en acémilas. En este caso
la “llama” jugó un papel importantísimo, puesto que fue el único animal
que se utilizó para el transporte de la cosecha, la leña, la sal y otros pro-
ductos que debían ser trasladados a la ciudad. Para esto hubo necesidad
de construir una red de caminos con el fin de poner en contacto a la me-
trópoli con los centros productores y los pueblos que administrativamente
dependían de ésta. El comercio, aunque zonal, requería también de las vías
de comunicación. Pero por encima de estas razones había otra que obligó,
prácticamente, a los gobernantes de la ciudad Estado de Wari a construir


                                     22
                                               APAICO ALATA, René Marcial

caminos, este fue el afán de expansión militar como ocurrió en Roma y
otras ciudades antiguas en las que se construyeron los caminos no preci-
samente para que circularan las carretas sino para facilitar el tránsito de
las grandes columnas de infantería del ejército regular, de la artillería y
de la caballería, piezas importantísimas de las tropas imperiales.
        Más tarde, con el advenimiento del Imperio de los Incas,
los caminos habrían sido perfeccionados y conectados en los luga-
res que había necesidad de unirlos con el fin de hacerlos converger
hacia un solo centro: el Cuzco. Todos los caminos iban al Cuzco.
        El camino longitudinal de la costa que, partiendo de Tumbes,
atravesaba toda la costa hasta llegar a Talca en Chile. Había muchas
vías transversales que unían esta región con la sierra. Una de éstas
fue la que comunicaba Ica con Vilcashuaman. El camino más cor-
to que unía a la capital del Imperio con la costa, partía de Chala,
atravesaba la meseta de Parinacochas y terminaba en el Cuzco.
         Los caminos de la sierra eran mucho más extensos, pues por el
norte llegaban hasta Pasto, Colombia y, por el sur, hasta Rioja, en Ar-
gentina. Este gran camino longitudinal pasaba, precisamente, por este
lugar, de allí la gran importancia que tiene para nuestro estudio.
         Estas vías incaicas, con sus tambos y fortalezas, constituyeron
un excelente medio de interrelación entre los reinos ocupados por los
Incas, a quienes les permitió controlar eficientemente la marcha polí-
tica y administrativa del Imperio del Tahuantinsuyo. Pero, sobre todo,
posibilitó a los gobernantes Incas movilizar grandes masas de ejército
para aplastar a reinos levantiscos o rebeldes, y realizar nuevas conquis-
tas con el fin de ensanchar los límites del Imperio y someter bajo su
autoridad a grandes grupos humanos, porque eso significaba mayores
impuestos en beneficio del grupo gobernante y ventajas sociales y
políticas que lógicamente se derivan de estas acciones.
        Todo esto nos demuestra que los Incas desarrollaron una
política vial que les permitió mantener el control político desde la
metrópoli (Cuzco) sobre los cuatro suyos.
        Los servicios de chaskis fueron eficientes y rápidos por-

                                    23
APAICO ALATA, René Marcial

que los caminos eran buenos y los conservaban en buen estado.
         Por otra parte, los medios de transporte no habían variado en
comparación con épocas anteriores porque los Incas no legaron a conocer
la rueda ni otros animales fuera de la llama, por consiguiente, continuaron
utilizando la tracción humana para la conducción de literas en las que
viajaban los      Incas del Cuzco a Cajamarca o viceversa, o en el servicio de
correos (chaskis), o para el traslado de la cosecha cuando la distancia era
corta; y la fuerza animal cuando las distancias eran largas y el intercambio
se realizaba entre una región y otra. En estas condiciones los viajes eran len-
tos – aparte de los chaskis- y se perdía mucho tiempo en las travesías.
          Enrique Mayer, refiriéndose al comercio en el periodo incaico, seña-
la el planteamiento de John Murra “Que a diferencia de otras civilizaciones,
la andina no dependía del comercio como un mecanismo de crecimiento
o de expansión territorial. Su tesis de 1956 argumentaba fuertemente en
pro de la caracterización de la economía estatal incaica como una organi-
zación basada en la reciprocidad y la redistribución, empleando conceptos
que antropólogos e historiadores sociales como Marcial Mauss, Bronislaw
Malinowski y Karl Polanyi introdujeron como parte de la revolución
 funcionalista en la antropología y la historia económica”. Pero, Mayer,
sostiene lo siguiente “Que en la época precolombina había mercados cam-
pesinos porque eran funcionales a la autarquía de los grupos étnicos, aun-
que no eran cruciales para su economía ni la del Estado inca” (2004).
3.2.    Transporte animal y comercio en la época Colonial
       Durante la conquista española representaba la imposición
compulsiva de una serie de elementos totalmente desconocidos en el
nuevo Mundo tales como la religión (cristiana), el idioma, las costumbre,
algunas plantas y muchos animales domésticos; entre estos últimos
tenemos el ganado vacuno, caballar, mular y asnal. Animales que fueron
domesticados por el hombre en el Asia Central y África, los mismos que,
una vez domesticados, jugaron un papel importante en la evolución del
sistema de transporte, pues el hombre les dio diferentes usos.
         En regiones y ciudades antiguas como Mesopotamia, Egipto,
etc., y posteriormente en Grecia y Roma se utilizó la rueda tirada por

                                      24
                                                APAICO ALATA, René Marcial

uno o varios caballos. Este hecho constituyó una verdadera revolución
en los medios de transporte porque marcó la aparición de una etapa en
la que surgieron las carreteras, calesas, carrozas que, más tarde, dieron
origen a los vehículos motorizados en sus diferentes formas. Es decir,
se operó un cambio cualitativo que dio nuevo ritmo, principalmente, a
las actividades económicas, pues creció el volumen de las mercaderías
transportadas y las distancias se acortaron, intensificándose, como con-
secuencia de ello, las actividades sociales y los préstamos culturales.
De esta manera las sociedades de aquel entonces prepararon las bases
materiales para el advenimiento de un régimen económico: el feudal.
         Los españoles, al llegar a las tierras de América, implantaron una
nueva organización tanto en lo económico como en lo social. Fue así que
rompieron la organización del Estado Inca (esclavista) y sobre sus ruinas
establecieron la estructura de la colonia (feudal). No hubo ninguna clase de
continuidad sobre todo en lo tocante a la fundación de las ciudades; lo que
no ocurrió en otros países conquistados, por ejemplo, en México donde la
capital de la colonia continuó siendo la antigua Tenochtitlán, la capital del
Imperio Azteca. Todo lo contrario ocurrió en el Perú, la ciudad del Cuzco,
capital del Imperio de los Incas, pasó a un segundo plano como conse-
cuencia de la fundación de la ciudad de Lima; ésta nació como ciudad
capital llena de privilegios, los mismos que conserva hasta nuestros días.
Por este motivo y porque las vías de comunicación estuvieron íntimamente
vinculadas a la aparición y desarrollo de las ciudades, los antiguos cami-
nos longitudinales ya no convergieron hacia el Cuzco, sino a Lima, nuevo
centro económico, administrativo y cultural más importante del país.
        Por esta razón, los dos caminos longitudinales de los Incas
perdieron su importancia aunque en algunas zonas la conservaron, por
ejemplo, la ruta que conducía de Lima a Ayacucho, Cuzco, La Paz, Buenos
Aires. El camino del Cuzco a Quito pasando por Cajamarca ya no tuvo
tanta importancia y fue abandonado, mientras las rutas de la costa en-
traban en una etapa de auge, por ejemplo, el camino que unía Lima con
Cartagena o Portobelo y que pasaba por Huarmey, Casma, Trujillo, San
Miguel y Quito. Lo mismo que el camino que unía Lima con Tarapacá.
        Es muy probable que en los primeros años de la colonia los arrie-

                                     25
APAICO ALATA, René Marcial

ros hayan viajado desde Lima hasta Cartagena de Indias, pasando por
Trujillo, San Miguel, Quito, Pasto, Popayán, Medellín, Cali y Mampas con
el fin de transportar las mercaderías depositadas en los almacenes de
dicho puerto a la ciudad de Lima. Posteriormente con el avance de téc-
nica naviera probablemente los viajes por el mar fueron intensificándose.
         En lo que respecta a la ruta diagonal de Lima a Buenos Aires, es ne-
cesario hacer un análisis minucioso por cuanto Ayacucho era un eslabón
más de la cadena de ciudades por las que pasaba aquélla. En efecto, hasta
mediados del siglo XVIII, aproximadamente, el comercio con las ciudades
del altiplano y de la Argentina era intenso. Toda la mercadería que iba al
Cuzco, La Paz, Potosí, Tucumán y Córdova o Buenos Aires, pasaba por
Ayacucho, por consiguiente, es lógico suponer que la actividad comercial
haya sido intensa, sobre todo con los curatos y anexos del interior, para lo
cual la ciudad habría contado con un crecido número de establecimientos
comerciales, posadas, tambos, tabernas, etc., cuyos propietarios habrían
sido los beneficiarios directos. Si sumamos a esto el servicio de arriaje
que era una actividad necesaria y lucrativa, y a la que se dedicaban un
alto porcentaje de los pobladores de esa ciudad y la explotación de las
minas de Huancavelica – cuyos propietarios residían en ayacucho- nos
explicamos fácilmente la opulencia de las familias huamanguinas.
        Por otro lado, el sistema de trasporte necesitaba de un elemento
fundamental: la bestia de carga (mulas, burros caballos) que provenían
de la Argentina. Parece que desde los primeros años de la Colonia, los
españoles radicados en las provincias de la Argentina se dedicaron a la
crianza de estos animales en grandes cantidades, tal como se despren-
de del libro de Calixto Bustamante Carlos Inca (Concolorcorvo) quien
dice: “hay tanta multitud de mulas que nacen en las pampas de Buenos
Aires. Las que eran llevadas primero a Córdova para el engorde. De allí
pasaban al Perú donde trabajaban y morían. Asimismo, parece que el
comercio de esto animales fue gigantesco en la época de la colonia y
la única proveedora fue la provincia de Buenos Aires. Aunque esto no
quiere decir que no haya habido crías en Tucumán o mulas criollas o
éstas eran muy respecto del crecido número que salía de las pampas
de Buenos Aires. El autor en referencia, al ocuparse sobre el comercio

                                     26
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de mulas dice: “Ha más de 15 años (pero supongamos que no sean más
que 10, para ninguno lo dude), que están entrando 50,000 mulas de
los potreros de Salta y resto del Tucumán, anualmente, y que estas se
reparten y venden desde las chichas hasta los huarochiríes. Además de
la opinión de los mejores tratantes tenemos una prueba, que aunque
no es concluyente, según derecho, convencen a razón natural. Con-
vienen todos que el derecho de Cisa de este comercio asciende todos
los años a 32,000 pesos, pagándose por cada cabeza 6 reales”.
       De igual forma las apreciaciones acerca de la utilidad de las mulas y otros
animales de carga quedan resaltadas en boca de testigos de la época:
       “Por mi cálculo, en 10 años entraron en el Perú 500 000 mulas, y
       suponiendo que solamente se murieron o estropearon las que había
       preciso contar; con mulas de servicios de carga, silla, coches y ca-
       bezas, cuyas dos últimas clases se reducen a Lima, porque en otras
       ciudades no se usa este ostentoso tren, porque no se proporciona
       a su terreno o por mejor dicho, al uso. Por este cálculo se debería
       contar 500 000 mulas hasta los huarochiríes. Si para la conducción
       de metales de los metales de las minas a los Ingenios, se valieron
       los mineros de las mulas, se aniquilarían 10 000 más todo los años,
       contando solamente desde los chinchas hasta los huarochiríes e los
       parajes y minas que usan de los carneros de la tierra, que común-
       mente llaman llamas, de que usan para este trajín en los principales
       minerales de plata y azogue. Aunque en este última especie sólo
       los usan en Huancavelica, porque solamente en los cerros de esta
       villa hay minas de este metal capaces de proveer a todo el reyno.
       Parecerá increíble que se mueran anualmente y se imposibiliten 50
       000 mulas antes de cumplir 10 años de vida, con sólo 4 de trabajo
       y en sólo 4 viajes regulados, uno con otro, de 200 leguas, a que se
       debe agregar que la mulas que van a Potosí no tienen regreso de
       formalidad. Quiero decir que a un arriero de 100 mulas apenas se
       le proporciona 10 cargas, y lo mismo a los del Cuzco para bajar
       a Lima, a excepción de uno que conduce todos los años los rea-
       les haberes con el título de carta cuenta” (Vizcardo, 1992).


                                       27
APAICO ALATA, René Marcial

        Las mulas en los valles, como el de Cochabamba y toda la
costa desde Arica a Lima inclusive, trabajan cuatro veces más y vi-
ven cuatro veces más por la proporción de alfalfares que tienen
para su alimentación, como por la benignidad del temple, la ma-
yor parte de la sierra es tierra fría en donde crece poco el pasto, y
al tiempo que se había de agostar caen los hielos y lo aniquilan.
         El comercio de mulas era activísimo y los traficantes obtenían
pingues ganancias porque tenían mercado permanente y seguro y el
valor de cada animal oscilaban entre 16 y 18 pesos. Los hacendados
de Buenos Aires, Tucumán, Córdova, etc., finales del siglo XVI todo el
siglo XVII y parte del siglo XVIII. Durante todo este tiempo Ayacucho y
los demás pueblos de esta ruta se beneficiaron con esta actividad. Pero
en las postrimerías del siglo XVIII, como consecuencia de la apertura del
estrecho de Magallanes al comercio internacional, comenzó a decaer
el intercambio comercial con Buenos Aires y esto incidió gravemente
en la economía de Huamanga. Desde entonces hasta 1959, año en
que se reabre la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga,
fue sumándose poco a poco en un aislamiento y postergación. Agra-
vándose esta situación con las guerras de la independencia y la del
Pacífico, hechos que causaron la pobreza de sus pobladores y, como
consecuencia de ella, empezaron a emigrar a otras ciudades en busca de
mejores perspectivas. Los pocos que se quedaron continuaron dedicán-
dose al arrieraje como actividad principal, pero en menor escala.




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                                              APAICO ALATA, René Marcial




                         Cuarta parte
IV. Breve reseña histórica del sistema del arrieraje en Ayacu-
cho.
        Antes de pasar a tratar sobre este asunto conviene hacer
algunas aclaraciones sobre el término de arriería. Según el diccio-
nario de la Real Academia, arriería quiere decir: oficio o ejerci-
cio de arriero. Arriero, el que trajina con bestias de carga.
         De la definición se desprende que se debe designar como arriero
a toda persona que trabaja con toda clase de bestias de carga; pero esto
sería en términos generales, es decir, cuando se refiere a la actividad en
sí. Sin embargo como arriería propiamente dicha, al arriero comerciante.
         El arrieraje en Ayacucho aparece junto con la fundación de la
ciudad, porque era necesario el traslado de materiales de guerra y víveres
para los soldados y los habitantes de ella, quienes se encontraban en
guerra con Manco Inca. Estas mercaderías provenían de Lima – vía Ica
– Ayacucho, siguiendo el antiguo camino de los Incas. Posteriormente,
cuando finalizaron las acciones bélicas y la población civil comenzó a
crecer, la ciudad empezó también a extenderse y, como consecuencia
de estos fenómenos sociourbanos, el comercio empezó a desarrollar-
se dando lugar también al auge del arrieraje como actividad lucrativa.
        Esta actividad fue necesaria porque en ese entonces no ha-
bía otro medio de transporte. Los comerciantes que necesitaban
transportar sus mercaderías, ya sea de esta ciudad a Lima o vice-
versa, recurrían a los arrieros. Estos eran, pues, los encargados de
poner en circulación el comercio local y nacional porque así como
habían arrieros en Ayacucho, habían también los que viajaban al
norte o al sur del país. De esta manera desempeñaron los arrieros un
papel importante dentro del desarrollo del comercio en general.


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APAICO ALATA, René Marcial

        Siendo éste el único medio de transporte, es lógico pensar que quie-
nes lo administraban percibían un fuerte ingreso económico que les habría
permitido incrementar sus fortunas. Decimos esto, porque parece que esta
actividad estuvo en manos, primero, de los encomenderos e intendentes
(época colonial); y, después, de los hacendados (durante el siglo XIX).
En Argentina los comerciantes eran, además, funcionarios públicos:
         “Hemos tenido que ir distinguiendo ya los grandes tratantes de
los medianos y de los pequeños sobre las bases de las cantidades ope-
radas por cada uno, cabe hacer distinciones. Pero una categorización
más precisa, convendrá tener presente la frecuencia de las superacio-
nes y la procedencia de los negociantes. Para este último aspecto, el
censo de la provincia del año (1778-1779), recogido por Ricardo Rojas
en el tomo I de los documentos de Archivo Capitular de Jujuy acude
milagrosamente en Socorro nuestro. Por los folios del censo se alinean
los nombres de los peninsulares Manuel Sánchez de Bustamante y José
Albarado, del riojano Vicente Molina, del porteño José de la Cuadra, de
los jujeños Tomás de Martirena del Barranco, Ángel Antonio de la Bárce-
na, Juan Francisco Leániz, Andrés Eguren, Antonio Quintano, Francisco
Zavaleta, Domingo Gonzáles, José Antonio de Goyoneche, Diego de la
Corte, Gregorio Segada, Tomás Inda, Benito Orgaz, del mestizo Agustín
Arismendi y del mulato Juan Luís Osorio y otros tantos que desciframos,
junto con ellos, en los manuales del ramo de otra vez, como cabildantes
u hombres de armas de Jujuy. Por el censo conocemos a su familia, su
edad y el número de su servidumbre. Soldado, administrador y hombre
de negocios se funden en sus personas. Un Ángel Antonio de la Bárce-
na, por ejemplo, procurador general en 1774 y alcalde de primer voto
en 1789, fletó para el Perú en 1768, 60 mulas; en 1770, 700; en 1773,
40; en 1774, 400; en 1778, 79 y 80, 360, 380 y 1,100 respectivamente,
tras nuevo paréntesis en 1788, 120 y en 1789, 30. el teniente Coronel de
Milicias Juan Francisco de Leániz, Procurador General en 1772 y alcalde
de primer voto en 1775…remitió en 1769, 850 mulas para las provincias
de arriba y, en 1780, 85 a Carabaya por su cuenta y, al mismo lugar, 1,210
justamente con Tomás Martierena del Barranco, etc”. (Sánchez, 1966)
La cita nos indica que las autoridades eran al mismo tiempo los co-

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                                             APAICO ALATA, René Marcial

merciantes más notables. Si esto ocurría en la Argentina, es probable
que en resto de la colonia haya pasado lo mismo, es decir: primero las
autoridades (llámense éstas, alcaldes, encomenderos o intendentes)
y después los hacendados (porque estos últimos aparecieron ya en
las postrimerías de la colonia como consecuencia de la composición
de tierras) detentaron en sus manos esta actividad, principalmente,
durante los siglos de mayor auge comercial. Durante estos siglos el
comercio entre Buenos Aires y Lima floreció notablemente, irradiando
sus beneficios a otras ciudades tales como Ayacucho, Cuzco, etc.
        Con la construcción del ferrocarril Mollendo-arequipa- Puno-
Juliaca-Cuzco, obra que fue realizada en la segunda mitad del siglo XIX,
el comercio de Ayacucho quedó limitado a las casa mayoristas de esta
ciudad y a las de Huanta, las mismas que se surtían directamente de
Ica. De todas maneras, Ayacucho estaba en contacto con la costa, re-
gión con la cual había mantenido relaciones culturales desde tiempos
muy remotos, y por intermedio de ellas recibía las corrientes nuevas que
provenían del exterior. Había dos rutas para viajar a dicha ciudad.
        Según los informantes los arrieros se clasifican en: arrieros
mayores y menores. Los arrieros mayores eran aquellos que poseían
más de una piara de mulas; y, los menores, los que tenían menos de
10 mulas. Dentro de los arrieros mayores habían hacendados que
poseían decenas de mulas (60 a más), y lo que es más importante:
“indios propios”; es decir, gente de la hacienda que era utilizada en
estos menesteres sin pago alguno. Esto les permitía realizar viajes fre-
cuentes remunerando acémilas, lo que no podían hacer los arrieros que
tenían una o dos piaras; porque después de un viaje de ida y vuelta,
que duraba alrededor de 20 días, los animales tenían que descan-
sar para reponerse del cansancio por lo menos durante 30 días.
        Por otra parte, los arrieros mayores se dedicaban sólo a
transportar mercaderías para los comerciantes mayoristas, mien-
tras que los menores iban por su cuenta y riesgo y llevaban produc-
tos de esta región para cambiarlos con otros de la costa.



                                  31
APAICO ALATA, René Marcial

        Los arrieros trasladaban a dicha región, principalmen-
te, lana, cuero de res y chivo, cochinilla, etc. y traían de allá, pia-
nos, pisco, vino, jabones, piezas de tela, etc. para los comercian-
tes de ayacucho o Huanta, y para sus propios establecimientos.
        En la época en que se hacían viajes a Ica y Huancayo, etc.
muchas de las familias que se dedicaban a la arriería vivían en Aya-
cucho, principalmente en los barrios de Carmen Alto, San Juan
Bautista, Concho Pata, La Magdalena y Calvario. Hubo también
arrieros en Socos, Vinchos, Pacaycasa y Huanta (algunas familias).
        En efecto, en 1,900 llegó a Huancayo el ferrocarril y con él
nuevos elementos y nuevas formas de trabajo. La agricultura cobró
mayor importancia porque los excedentes de los tubérculos y legum-
bres podían ser trasladados a los centros mineros y a la ciudad de
Lima. Como consecuencia de este cambio, Huancayo se convirtió en
el centro de mayor actividad comercial y, posteriormente, con la lle-
gada de los vehículos motorizados, se afianzó su economía comercial
sobre los otros pueblos del área central del Perú y se erigió de hecho
en un centro económico-cultural de cierta importancia, cuya influencia
se dejó sentir de inmediato en los pueblos de la región central.
         Ayacucho, que otrora había sido una ciudad floreciente y foco
cultural de mayor importancia de este región había entrado a una etapa
de estancamiento. Rota la relación directa que mantuvo con la costa, se
sumó en el aislamiento más completo mientras crecía paulatinamente la
atracción e influencia de Huancayo. En el aspecto económico es donde
se dejó sentir más este fenómeno, y fueron precisamente los arrieros
quienes abrieron la ruta a Huancayo, por el antiguo camino a Jauja.
Según Ruíz Fowler, el itinerario era el siguiente: “Ayacucho, Huan-
ta, Marcas, Paucará, Alto-Pongo, Mejorada, Izcuchaca, Marcava-
lle y Huancayo, con un total de 215 kilómetros” (1924).
        El comercio del arrieraje con Huancayo duró hasta 1924, fecha
en que se abrió oficialmente la carretera Huancayo –Ayacucho, con
motivo del centenario de la memorable batalla de Ayacucho. La llegada
de los vehículos motorizados a Ayacucho significó la transformación del

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                                                  APAICO ALATA, René Marcial

arriero menor. Es tanto que los mayores devinieron en camioneros, como
el caso del Sr. Manuel Martínez, de San Juan Bautista; en comerciantes
mayoristas y hacendados como los señores Juscamayta, Cavero, etc.;
estos últimos, en la actualidad poseen establecimientos comerciales,
haciendas, etc., es decir, ocupan una posición elevada dentro de la orga-
nización económica de la localidad. Esta situación denota, por otra parte,
que hubo movilidad social, en sentido vertical, pues permitió el cambio
de posición de algunas personas, utilizando el canal económico.
        Ayacucho, en el pasado mantuvo relaciones más estrechas con las
provincias de Lucanas y Parinacochas Las influencias culturales se pueden
apreciar en una serie de rasgos que aún subsisten como el “estilo arquitec-
tónico”, la presencia del charango (pequeño instrumento de cuerda) y el in-
tercambio comercial. Es muy probable que dichas relaciones se remonten
a tiempos atrás, existen algunas evidencias históricas sobre el particular,
una de estas la encontramos en la Confederación de los Pokras, Chancas,
Wancas y Lucanas, que se formó en los albores del Imperio Incaico para ha-
cer frente al Inca Pachacútec, con los resultados que ya se conocen.
         Por otro lado, encontramos las razones de la unidad administrativa
y política de esta zona, la misma que se reforzó a partir de 1924, con mo-
tivo de la inauguración oficial de la carretera Mejorada-Ayacucho. La cons-
trucción de esta vía significó la muerte del arrieraje. Ante esta situación los
arrieros, al verse desplazados por los vehículos motorizados, voltearon la
mirada hacia los pueblos del interior, iniciándose, de esta manera, una eta-
pa en la vida de aquéllos que se convirtieron en arrieros comerciantes.
        Bajo la invocación de “San Antonio” santo patrono de los arrieros,
recorrían lentamente los caminos del antiguo Perú Republicano, al compás
del dulce tintinear de las clásicas esquilas, símbolo distintivo del arriero.
Para facilitar el estudio podemos agrupar a estos singulares comerciantes,
de acuerdo con la zona a la cual viajaban, Vizcardo (1992) señala:
      a) Arrieros comerciantes que iban a las “cabezadas”
      b) Arrieros comerciantes que incursionaban a las provincias de
        Lucanas, Parinacochas, Fajardo y algunas de Apurimac (Andahua-
      ylas, Chincheros, Uripa, etc.) y Arequipa (Chala,

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APAICO ALATA, René Marcial

        Chaparra, Caravelí, etc.).
      c)       Arrieros comerciantes que viajaban a la selva o “yunga”.
         Ayacucho, por ser una ciudad de escasos recursos naturales y
eminentemente burocráticos, no pudo ofrecer ocupación a todos sus
habitantes. Por esta razón los pobladores de los barrios de Carmen Alto,
San Juan bautista, Qonchopata, Calvario, Magdalena, etc. se dedicaron al
comercio ambulante y para evitar competencias desleales incursionaban
en zonas cada vez más alejadas. De esta manera fueron ocupando aparta-
dos pueblos de los departamentos de Ayacucho, Apurimac, Huancavelica,
Arequipa e Ica. Así fueron formándose zonas reservadas para los viajeros
de cada barrio, de tal manera que los de Carmen Alto a las “cabezadas”,
a las provicias de Lucanas, Parinacochas, Paucar del Sara Sara (Cotahua-
si), Arequipa (Caravelí, Chaparra, ect.); de San Juan Bautista viajaban a
Cangallo y Fajardo; los de Calvario, a las provincias de Andahuaylas y
Chalhuanca y los de Conchopata hacia la Selva (márgenes del río Apur-
çimac); los de Pacaycasa a las provincias de de Sucre y Lucanas, etc.
       Los productos comerciales que transportaban los arrieros co-
merciantes de Ayacucho, y en particular de Carmen Alto fueron:
   a) Trabajos religiosos. El cajón de San Marcos y retablos
      costumbristas - religiosos.
   b) Medicina casera. Copal alhucema, incienso, anís, puca-tacu,
      anteojos, cuya-cuya, wayruro, cuti, qillke, qampi-rumi,
      cascarilla, piedra lumbre,, piedra imán, ajo macho, chonta,
      etc. además llevaban thimolina, agua florida, agua del
      Carmen, etc.
   c) Género y otros. piezas de telas de algodón como gabardina,
      kaki, vichy, casinete, percala, franela etc. además, ropa
      hecha para hombres y mujeres, lucre, frazadas, sombreros,
      zapatos, etc. objetos de adornos y otras baratijas.
   d) Especies y otros. Canela, clavo de olor, pimienta, cominos,
      palillo, achiote, ajonjolí, maní, café, cacao, coca, etc.
   e) Locería y otros. Ollas, platos, jarros, etc. de aluminio y fierro
      enlosado; cucharas de metal y madera, mates, y
      últimamente, objetos de plástico, etc.

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     f) Instrumentos escolares. Cuadernos, lápices, lapiceros,
        anilina de diferentes colores, borradores, tajadores, etc.
     g) Instrumentos musicales. Charangos, guitarras, violines,
        mandolinas y quenas.
     h) Artículos para la equitación. Monturas, bridas, pellones,
        ponchos de agua, etc.
     i) Otros productos. Pan chapla, wawa, chocolate, etc.
          Es difícil determinar el volumen de las mercade-
rías que llevaba cada arriero comerciante. Toda la cantidad sa-
lía en forma de mercadería de las casas mayoristas de Ayacucho.
       Toda la mercadería salía de las casa mayoristas de Ayacucho, las que
regulaban sus mecanismos de venta y crédito de la siguiente manera:
   1. Había comerciantes mayoristas que otorgaban mercaderías
      a los viajeros a plazo fijo, generalmente por seis a 10 meses
      y recibían en pago productos de la zona a donde viajaban al
      precio que ellos estimaban conveniente.
   2. H a b í a c o m e r c i a n t e s q u e o t o r g a b a n c r é d i t o c o n l o s
      recargados del caso, y recibían el pago en efectivo, y,
      generalmente al 8 ó 10% mensual y recibían también en
      efectivo.
        Por otro lado, los mayoristas aceptaban el aval de terceras perso-
nas, lógicamente estas personas debían gozar de solvencia económica,
de lo contrario tenían pocas posibilidades de éxito en sus gestiones.
Además, en sus transacciones comerciales utilizaban formas de inter-
cambio desde las más primitivas, como el trueque, hasta las formas más
modernas, como la venta a plazos, pasando por la venta al contado.
        En el intercambio comercial el trueque estuvo muy generaliza-
do, pues cambiaban mercaderías con productos propios de cada región
como lana, cuero de chivo, queso, víveres, carneros, cerdos, etc.; aunque
tanto las mercaderías como los productos ya tenían valor monetario.
        La venta al contado se realizaba a personas de cierta solvencia
económica y a las que no tenían residencia fija en la comunidad; y, en
general, a los desconocidos.
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APAICO ALATA, René Marcial


         La venta a plazos es una forma que fue muy corriente entre los
arrieros comerciantes y los miembros de las comunidades conocieran
a sus clientes antes de incluirlos en la lista de los deudores, es decir,
averiguaban la situación económica de cada uno de ellos. En este sen-
tido utilizaron el mismo procedimiento de los comerciantes mayoristas
de Ayacucho, vale decir, otorgaban crédito sólo a aquellas personas
que tenían el respaldo de una propiedad inmueble que podía ser una
casa o terreno de cultivo; en caso contrario debía, el solicitante, pre-
sentar la garantía de una tercera persona. Esto mismo hacía los arrie-
ros comerciantes con sus clientes de los pueblos intermedios con el
fin de asegurarse el pago de la deuda dentro del plazo señalado.
        Las relaciones de comerciantes a clientes rebasaban los con-
tornos puramente económicos y alcanzaban formas sociales cuando
se ampliaron y tomaron formas de compadrazgo o hermandad por
juramento. Esto sólo es posible cuando hay cierto conocimiento mutuo
entre las personas que actúan en un determinado universo. Para esto
era necesario, pues, que queda arriero comerciante, o un grupo de ellos,
actuase en un determinado núcleo humano por un tiempo más o me-
nos prolongado. Sólo así podían llegar a conocerse mutuamente.
        Por esta razón, cada arriero actuaba dentro de una zona co-
nocida con amplia libertad y realizaba sus transacciones comerciales,
así como sus actividades sociales, como si fuera un miembro más de la
comunidad. La zona era inviolable y tenía visos de propiedad privada
aunque sólo estaba amparada por el derecho consuetudinario, como
ya se ha mencionado; por consiguiente, las normas que regulaban
estas divisiones y las actividades dentro de las zonas respectivas eran
morales y tácitas. La observancia y cumplimiento de éstas dependían
de cada uno de ellos; y, aunque parezca raro, no se produjeron infrac-
ciones; antes bien, las actividades se desarrollaron en un ambiente
de tranquilidad y con respecto al derecho propio de lo ajeno.
       El interés por la educación formal u oficial ha ocasionado un
cambio en la conformación del grupo viajero cuyos componentes ya
no son los mismos. Antes viajaban todos los miembros de la familia
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incluyendo a la servidumbre y los animales domésticos. Ahora via-
ja solamente el jefe de familia con unos peones y una cocinera. La
esposa se queda en esa ciudad al cuidado del hogar y de los hijos,
quines asisten a los diferentes centros educacionales que existen.
        De esta manera, los arrieros comerciantes facilitaron la circulación
de los productos manufacturados procedentes de Lima y del exterior,
por un lado, y por otro, los productos propios de la sierra y de la selva
que iban a parar a las fábricas del país y del extranjero. En este proceso
intervinieron activamente los intermediarios mayoristas y minoristas.
En esta situación se encontraban los dueños de los grandes estableci-
mientos comerciales de Ayacucho y los arrieros comerciantes que reco-
rrían por los pueblos y aldeas de los departamentos mencionados.
         Muchos de los arrieros comerciantes, han aprovechado per-
fectamente su calidad de intermediarios para amasar fortunas. De
esta manera han devenido en hacendados, ganaderos, comerciantes,
pequeños propietarios, “montañeses”. Aquéllos que no lograron aho-
rrar lo suficiente como para convertirse en propietarios se han refu-
giado en la administración pública y/o privada como empleados.
         El arriero comerciante posee cierta cantidad de acé-
milas entre burros, caballos y mulas. El número varía
de acuerdo con la situación económica de cada uno de ellos;
así, hay personas que tienen cuatro, cinco, seis animales.
        Existen arrieros comerciantes, que realizaban dos viajes al año.
En efecto hacían de preferencia en los meses de mayo y diciembre.
Cuando viajaban en mayo, volvían en noviembre; y cuando iban en di-
ciembre procuraban volver a la feria de Acuchimay o sea el sábado de
Gloria (Semana Santa). Realizaban estos viajes en los meses señalados
porque necesitaban hacer coincidir su paso por los pueblos con las ferias
anuales que en ellos se llevaban a cabo y a las que acuden mucha gente.
         Así iban recorriendo pueblos, cerros, quebradas, valles, mesetas,
villas, aldeas, alimentando algunas esperanzas y rumiando sus tristezas.
        Son mucho los itinerarios, que realizaban a los diferentes pueblos,
por esta razón sólo señalaremos por ahora, seis itinerarios a manera de

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APAICO ALATA, René Marcial

ilustración:
         a)    Ruta - Cotahuasi (La Unión - Arequipa)
               1er.    día                    Antungana
               2do. día                       Paco Pata
               3er.    día                    Chiriq
               4to.    día                    Churmi
               5to.    día                    Putaqasa
               6to.    día                    Osqonta
               7to.    día                    Ñuñulla
               8vo. día                       Puquio
               9no. día                       Chaviña
               10mo.día                       CoraCora
               11vo. día                      Pararca
               12vo. día                      Pausa
               13vo. día                      Lampa
               14vo. día                      Oyolo
               15vo. día                      Corculla
               16vo. día                      Cotahuasi

        b)     Ruta - Sancos (Lucanas - Ayacucho)
               1er. día              Antungana
               2do. día                      Paco Pata
               3er.     día                  Chiriq
               4to.     día                  Churmi
               5to.     día                  Putaqasa
               6to.     día                  Osqonta
               7to.     día                  Ñuñulla
               8vo. día                      Puquio
               9no. día                      San Pedro
               10mo.día                      Punkuwaqa
               11vo. día                     Chaquipampa
               12vo. día                     San Pablo
               13vo. día                     Sanco



                                 38
                                         APAICO ALATA, René Marcial

c)   Ruta - Santiago de Chocorvos – cabezadas    (Ayacucho)
             1er.    día           Letrawayqo
             2do. día              Wariperqa
             3er.    día           Hampatuyoq
             4to.    día           Paras
             5to.    día           Wuarancancha
             6to.    día           Aqno
             7to.    día           Ingawasi
             8vo. día              Choco
             9no. día              Santiago de Chocorvos

     d)     Ruta - Ocaña (Lucanas - Ayacucho)
            1er.     día           Letrawayqo
            2do. día               Wariperqa
            3er. día               Vilcanchos
            4to. día               Mayu
            5to. día               Koqen
            6to. día               Puca -Pucro
            7to. día               Puca-rumi
            8vo. día               Ocaña

     e)     Ruta - Abancay (Apurímac)
            1er. día              Pucawillca
            2do. día              Matará
            3er. día              Erapata
            4to. día              Bombóm
            5to. día              Mutuyniyoq
            6to. día              Talavera
            7to. día              Argama
            8vo. día              Huancarama
            9no. día              Abancay

     f)     Ruta - Camino de Ayna (a la selva)
            Ayacucho a:
            Tambo                 75.00 Km.

                               39
APAICO ALATA, René Marcial

               Pichín                             1.20 Km.
               Mashinga                           3.60 Km.
               Osno                               4.50 Km.
               Vicos                              6.50 Km.
               Saywaqasa                          13.20 Km.
               Yanamonte                          25.20 Km.
               Qarapa                             28.20 Km.
               Amancay                            30.00 Km.
               Marayniyuq                         33.00 Km.
               Sicllaloq                          37.98 Km.
               Ayna                               43.06 Km.
               Ninabamba                          46.21 Km.
               Upara                              47.61 Km.
               Montewai                           55.41 Km.
               Puente Arequipa                    56.55 Km.
               Plaza de Matamburro 69.20         Km.
       El itinerario a la selva lo hemos tomado de Ruíz Fowler (1924).

 .
V El sistema del arrieraje en Carmen Alto en la época Republi-
cana.
                Los arrieros comerciantes de Carmen Alto, recorrían
distintos pueblos de las provincias de Cangallo, Fajardo, Huancasancos,
Lucanas, Parinacochas y Paucar del Sara Sara, del departamento de
Ayacucho; además, recorrían hasta Cotahuasi, que pertenece a la pro-
vincia La Unión, departamento de Arequipa. Desde Carmen Alto hasta
Cotahuasi, existe 600 Km. de distancia aproximadamente. Igualmente,
los arrieros comerciantes de Carmen Alto, han recorrido el 90% del terri-
torio ayacuchano aproximadamente (Carmen Alto – Cotahuasi)
         Las actividades más importantes, que realizaban, en sus trave-
sías, fueron la venta de “mercaderías” que trasladaban desde la ciudad
de Ayacucho y la compra de acémilas (burros, caballos y mulas); para
la venta en Ayacucho y Huancayo, por motivo de la Semana Santa.
        Durante la época de la República, en Carmen Alto, existía dos
tipos de arrieros comerciantes: a) arrieros comerciantes que recorrían

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                                                APAICO ALATA, René Marcial

una vez todo el año (mayo a febrero o marzo) y b) arrieros comerciantes,
que recorrían, dos veces al año (mayo-septiembre y septiembre-marzo).
Los arrieros comerciantes de Carmen Alto, efectuaban la venta de sus
animales (caballos, burros y mulas) en la feria de: Chiriq, Cangallo, Paku-
pata, Saqrakancha, Chupas, Acuchimay y Cotocoto (Huancayo).
        La Semana Santa en Ayacucho, culmina con la celebración del
Señor de Cuasimodo, que se realiza en el distrito de Carmen Alto. Du-
rante la Semana Santa, los arrieros, participan de manera activa como
Mayordomo, “uma”, “capitanes”, etc. Es decir, son los personajes que
encabezan, las distintas relaciones sociales y económicas en el distrito.
        Después, de haber participado en la Semana Santa y haber culmi-
nado con sus actividades comerciales, los arrieros, programaban un tiempo
corto de descanso para las interrelaciones familiares, solucionar deudas pen-
dientes, compra de mercaderías, y otros compromisos. Por otro lado, tam-
bién, para el descanso y preparación (poner herrajes) de sus animales.
       A partir de los primaros días del mes de mayo, los arrieros
de Carmen Alto; reiniciaban con sus preparativos en equipar mer-
caderías, preparar comidas (como charki kanka), etc., para luego,
emprender con sus acostumbrados viajes comerciales.
        Para una mejor ilustración, a continuación, presento un testimo-
nio, de la vida cotidiana y comercial, de un legendario arriero comer-
ciante de Carmen Alto que se dedicó a realizar sus viajes permanentes,
hacia la ruta del distrito de puquio, provincia de Lucanas - Ayacucho
Vida y comercio, de un legendario arriero, comerciante, de Carmen
Alto.
                             La madrugada
        Un día, a los finales del mes de abril, en la cuna de los legendarios
arrieros de Carmen Alto, de muy madrugada 4 a 5 de la mañana, cuando
el cuarto estaba oscuro, doña Antonia, esposa del arriero don Marcial,
se despertó como si fuera un reloj programado con despertador y dijo:
      —¡Achikyaramusaña!
Luego dijo a don Marcial:

                                     41
APAICO ALATA, René Marcial

      —¡Despierta, despierta ya esta amaneciendo, ya es de día, Jesús
     María, achikyaramusaña!
Don marcial se despertó, preocupado por la hora.
     —¡De verdad, ya estaba amaneciendo, los gallos también ya esta-
     ban cantando!
Don Marcial pregunta a doña Antonia:
     —¿Hamqa manachus puñyusankichu?
Y doña Antonia responde:
     —¡Manamiki priukupasiunwan puñunichu, rikchayrikchaymi puñu-
     ni!
       Cuando dejaron de hablar, se escuchaba la bulla de los
perros, de los gatos; pero, los gallos de la casa seguían cantan-
do y también del vecino, sin descansar, como si fuera una com-
petencia; hasta los chiwchis cantaban con un tono muy agudo,
temeroso; queriendo aprender a cantar, como los utulus.
         Después, de un momento se escuchó el ronquido de don Marcial,
parece dormir muy profundo, a veces hablaba, gritaba como si alguien
le machucaba el pecho, gritaba como pedir ayuda, trataba de mover el
cuerpo, los pies, las manos y luego se ponía quieto, pero doña Antonia,
nuevamente, se despertó con mucha preocupación e inmediatamente le
dijo a su don Marcial:
      —¡Despierta, despierta, achikyaramunña, lukuchu kay runa, kaq-
      chuspuñukuykusqa, qatariy, qatariy!
        Cuando no despertaba, le movía el cuerpo con fuerza, que-
riendo hacerlo parar de pie y estaba amarga, se sentía en su voz.
Don Marcial se despertó, empezó a toser, a moverse y empezó a ha-
blar con voz alta, como queriendo poner autoridad y le responde.
      —¿Qué hora es?
Doña Antonia responde:
      —¡Qawakuyá runa, manachu Qawakunki, waqay achikyaramunña!
Inmediatamente, don Marcial empezó a tomar la rienda durante la con-
versación, pero con una voz pausada, triste, casi queriendo llorar le
cuenta:
                                  42
                                                APAICO ALATA, René Marcial

     —¡Pichuymiki nanawachkan!
Doña Antonia preocupada pregunta:.
     — ¿Imataq pasarusunki, ñaqaqa allintaq kaqkaranki?
Don Marcial responde:
     —¡Yaqa manaraq puñuchaykuchkaptiy, pisadilla qapiruwan, mana
     imanakuytapas atinichu!
         Don Marcial, casi se pone a llorar al momento de contarle y
doña Antonia deja de hablar, le escucha atentamente, queriendo com-
partir el dolor y suspira profundamente. El ambiente se pone muy triste
con la preocupación del avance de la hora, “el ambiente se pone triste,
creo que hasta los utulus, los chiwchis, los perros, los pájaros dejan
de amenizar la madrugada, creo que querían escuchar lo que hablaba
don Marcial, como hablaba con sentimiento, muy triste”. Muchos car-
menaltinos señalan “cuando un arriero se pone triste, generalmente,
sus animales también se ponen triste, creo que eso fue la razón”.
         Nuevamente doña Antonia muy preocupada empezó a pregun-
tarle:
     —Willawayyá, ¿imaynataq pasarusuranki? ¡Willaway!
Don Marcial toma fuerza, empieza a toser, acomoda bien su cuerpo y
empieza a contarle:
     —Huk runa, yana runa, hawayman chutakaykamun, qawachka-
     ptiy, ñitiwan, manan rimaytapas atinichu, kuirpuytapas kuyuchi-
     yta munani, pero mana atinichu, imanakuytapas atinichu.
        Contaba con dolor, agarrándose su pecho, como si le faltara oxí-
geno. Doña Antonia no hablaba nada, creo que se había muerto y don
Marcial al no escuchar otra pregunta de su esposa, empezó a moverle el
cuerpo molesto y dice:
     —¡Uyariwachkankichu yaw, doña!
Y doña Antonia responde:
     —¡Ari, uyarichkaykimiki!
      Felizmente respondió y don Marcial se tranquiliza y empieza a contarle
nuevamente su dolor, pero ahora sí, empezó a hablar con intensidad:


                                    43
APAICO ALATA, René Marcial

      —Chay ruwawachkaptin, makiywan sikuruni, chaypi kachaykuwan,
      hinaptin rikchariruni, ¡Jesús, Jesús nispay!
Y doña Antonia dijo, tratando de presagiar algo malo que le pueda ocurrir
a don Marcial:
      —¡Achachaw, achachaw!, imapaqtaq chayqa, chikipas kanmanmi,
      kuidakunkin yaw, dun, tutakuna purichkanki.
       Cuando doña Antonia mencionaba los presagios, las tristezas,
don Marcial había perdido el habla, parecía que no respiraba, ella seguía
hablando:
      —¡Kuidakunkim, willachkaykim yaw, runa!
Don Marcial con mucho dolor, responde:
     —¡Amayá karaju, imapas pasawachunchu!
        Cuando terminó la conversación, se despertó el hijo pequeño y
doña Antonia empezó a lactar para que no llore. Pero, el niño lactaba
con mucha intensidad, apresurado, respiraba profundo como que si a él,
le habían designado ir a la chacra a ver a las mulas.
       Después de una larga conversación, don Marcial empieza a
preocuparse de sus mulas y dice:
      —¡Karaju!, icha mulaykunata imapas pasan, luego manachá, su-
      maqtan pirqamurani, allin pastupi.
También doña Antonia preocupada, dice:
      —Chay wawaykikunatayá qatarichiy, mulakuna qawamunanpaq.
         Antes de despertar a los hijos, don Marcial empieza a hablar del
viaje. Pero se escuchaban los pasos de la gente que transitaba por la calle,
también de los vecinos. Las aves ya habían bajado de los molles, de las
ventanas, mientras los perros empujaban la puerta, trataban de entrar al
dormitorio. Ya el ambiente estaba movido, quedaba poco tiempo para que
planifiquen sobre el viaje. Don Marcial preocupado empieza a hablarle a
doña Antonia:
      —Ya es fecha para viajar, tenemos que prepararnos para viajar,
      tienes que preparar las cosas.
                                    44
                                                APAICO ALATA, René Marcial

Doña Antonia responde:
      —Chaynachiki kanqa, amañamá tumankichu, ñam nigusyunchikpas
     tukurunña, pascuapas pasarunña.
Don Marcial se levanta de la cama y dice:
     —¿Dónde esta mi sombrero?
         Encuentra su sombrero y abre la puerta. Pero doña Antonia apre-
suradamente, dice:
       —¡Kruschakuy, Jesús niy!
Don Marcial agarrando su sombrero marca Apolo, se persigna y dice:
—¡Jesús, Jesús!, chirimuchkasqa karaju, hatariychik warmakuna. Diciendo
así sale al patio de la casa.
         Ya había culminado la Semana Santa, con la celebración al señor
de Cuasimodo. Don Marcial, abre el zaguán de su casa y sale hacia la
calle junto con su hijo mayor Olger; corría aire frío, la mañana estaba casi
a oscuras; don Marcial muy preocupado dijo a Olger:
       —¡Vamos a ver a los animales, he soñado cosas malas hijo!
Y Olger responde:
       —¡Vamos, papá!
        Don Marcial caminaba apresurado por la calle, callado y luego
llegaron a un camino lleno de piedras. Circunstancialmente se encontró
con su primo don Elías quien se dirigía a la plazoleta del barrio. Se salu-
daron y don Marcial le dice:
       —¡Buenos días, primo!
Y don Elías contesta:
       —¡Buenos días, animalmanñachu richkanki!
Don Marcial responde:
       —¡Ari!
       Después de despedirse don Marcial, apresuradamente empieza a
caminar por una calle estrecha, como si estaría participando en una com-
petencia, agarraba su sombrero de vez en cuando. Luego se da cuenta,
que su hijo se había quedado casi una cuadra de distancia, porque no
caminaba al ritmo de don Marcial. Sin embargo, don Marcial al ver que

                                    45
APAICO ALATA, René Marcial

Olger caminaba lento dijo:
       —¡Hijo, voy adelantando, vienes con cuidado!
Olger contesta:
       —¡Si, papá, vayas yendo, ya vengo!
         Don Marcial trata de llegar a la chacra de don Villar, que está cerca
de Muraspampa, caminaba apresurado; quería ya estar en la puerta de la
chacra donde comían sus mulas, caballos, burros, su hechor. Finalmen-
te llega a la meta “¡Qaspa, Qaspaykuqta!”, es decir, cuando la mañana
se ponía claro. Lo primero que hace don Marcial, es ver a las piedras y
espinas que el día anterior había puesto en la puerta de la chacra y dice:
       —¡Carajo!, las piedras están en el suelo, igual las espinas, han salido
       estos animales!
         Don Marcial se amarga, la cara se le pone rojiza, la piel de su
cabeza se encrespa, su cabello casi se para de miedo y empieza a ver al
suelo tratando de encontrar algo y luego dice:
       —¡Aquí están las huellas de su casco, han saltado estos animales!
         Luego de ver las huellas, don Marcial entra a la chacra sin hacer
mucha bulla, agarrando su sombrero, para ver a sus animales y empieza
a contar:
       —¡Uno, dos, tres, cuatro, cuatro!
         Contaba los números pausadamente, con temor, con miedo; sus
ojos estaban muy abiertos para ver bien y contar bien, pero sus animales
medio asustados empezaron a ver a don Marcial, también con los ojos
tan abiertos, con las orejas paradas, inquietos, listos como para correr.
Luego don Marcial reinicia con el conteo:
       —¡Cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez!
         A medida que contaba, bajaba el tono de su voz, pero paralela-
mente, estaba tratando de recordar las características de sus animales,
para saber cuál de ellos faltaba y en ese instante, llega Olger, también
preocupado, asustado, don Marcial dice:
       —¡Creo que faltan los animales, estoy contando, ayúdame a contar,
       cuántos eran!
Olger contesta:
       —¡25, papá!

                                     46
                                                APAICO ALATA, René Marcial

         Nuevamente, empiezan a contar, caminando con pasos lentos,
entre los molles, las taras, entre las pencas de las tunas, entre las cabu-
yas, tratando de esquivar las espinas, las piedras, los pastos, y seguía
contando:
¡Once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho!
En ese momento don Marcial se tropieza con una piedra, pisa una espina
y dice:
       —¡Ayayaw!, rumita qaytaruni, ¡akakaw, karaju!, kichkata saruruni.
         Al escucharse el grito, los animales empezaron a correr por el
perímetro de la chacra y no podía seguir contando porque habían perdi-
do el orden; por la bulla que ocurría, los pájaros también volaban de los
molles, eucaliptos apresuradamente y el ambiente estaba muy movido.
Don Marcial al no poder seguir contando, dijo a Olger:
       —¡Hanñayá kuintaramuy!
Olger responde:
       —¡Ari, papay!
         Olger antes de iniciar a contar toma valor, fuerza, se pone bien la
gorra; se notaba en su rostro seguridad de lograr el cometido y empieza
a contar:
       —¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once!
         La mirada del hijo era muy segura, firme, contaba muy seguido
los números y seguía contando:
       —¡Doce, trece catorce, quince, dieciséis!
         Contaba separando a los animales que fueron contados, pero
algunos animales pequeños no querían separarse de su madre y decía
Olger:
       —¡Karaju!, uñay mierda, isanka uma, kidayá kuentanaipaq. Papay,
       kaymanta qarkamuy
Don Marcial alegremente le hace caso a Olger, sabía que estaba logrando
su cometido y responde:
       —¡Ari!
         Parece que las crías de las yeguas entendieron la preocu-
pación del Olger, se quedaron en el grupo que faltaban ser conta-
dos, pero estaban inquietos, querían estar junto a sus madres.

                                     47
APAICO ALATA, René Marcial


Olger reinicia:
      —¡Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno!
        Cuando Olger terminó a pronunciar el último número, don Marcial
inmediatamente dice:
                          Momentos de tristeza
        —¡Ya sé qué animales falta, hijo, ya no sigas contando!
         Olger se puso callado, muy preocupado, se agarraba los pe-
los, él sabía que la búsqueda era difícil y pregunta a don marcial:
         —¡Papá, qué animales falta!
Don Marcial responde:
       —Falta la yegua colorada, las dos mulas de Chaviña y el potro
       apache de San Pedro.
         La chacra se puso en silencio por un momento, hasta los ani-
males estaban quietos, como si ellos tenían la culpa de la ausencia
de los demás. Luego, Olger reacciona y manifiesta a don Marcial:
       — Pa p á , t e n e m o s q u e i r a b u s c a r, t e n e m o s q u e s e -
       guir por la huella, no creo que se hayan ido tan lejos.
Don Marcial responde:
         —¡Vamos, hijo!
         Se acercan cuidadosamente a la puerta de la chacra, sa-
len; empiezan a ver las huellas de los animales y encuentran la di-
rección por donde se habían ido. Don Marcial, comenta a Olger:
         —Ahí están las huellas, se dirigen hacia arriba, vamos.
Olger responde:
         —¡Vamos, papá!
         Olger salta de donde estaba parado y toma la “puntera” del
camino. Caminaban ambos viendo las huellas de los animales, parecía
que conocían muy bien las huellas de sus animales, pero de pronto en
un lugar pedregoso, lleno de piedras, Olger comenta a don Marcial:
       —Papá, aquí hay varias huellas, unos van por este camino y otros
       por el otro camino.


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         Don Marcial se acerca al lugar lento, preocupado, mira dete-
nidamente al suelo agarrando su sombrero marca Apolo y dice:
       —¡Estas son la huellas de nuestros animales, yo conozco muy bien,
       estas huellas están con herrajes que hemos puesto en el viaje, por
       este camino se fueron hacia el lugar de Quicapata, vamos!
Olger responde a don Marcial:
         —¡Vamos, papá!
         Nuevamente reinician la búsqueda, a medida que cami-
naban los perros les ladraban, casi les muerden, pero se defen-
dían con patadas, piedras y así seguían caminando. Cuando lle-
garon al lugar denominado “alfa esquina”, se encuentran con el
sobrino Edgar, e inmediatamente pregunta a don Marcial:
       —¡Tío, qué pasó, por qué estás caminando apresurado!
Don Marcial se detuvo un instante y responde:
       —Mis animales habían salido de la chacra de don Villar, habrás
       visto por arriba.
Edgar responde:
       —¡No he visto, tío!
Don Marcial responde:
       —Bueno, voy a seguir buscando sobrino, a ver si puedes lle-
       gar a mi casa a contarle a tu tía para que pueda averiguar.
Edgar responde:
       —¡Ya, tío!
         Así se despidieron y caminaban hacia Quicapata, ya no podían notar las
huellas de sus animales, porque las huellas de la gente los habían borrado. Cuan-
do llegaron a Quicapata cerca del Cuartel, don Marcial dice a Olger:
       —Bueno, hijo, nos vamos a separar, tú vas a buscar por ese
       lugar y yo por este y nos encontraremos más arriba del
       reservorio de agua, donde inicia el cerro de campanayoq.
Olger responde:
       —¡Esta bien, papá!
         Don Marcial buscaba en el suelo las huellas de los animales, parece
que eso era el secreto para poder encontrar. Después de un instante se
encontraron con su hijo, en las falderas del cerro Campanayoq; pero en

                                       49
APAICO ALATA, René Marcial

los rostros de don Marcial y de su hijo se notaba tristeza, pena, movían
la cabeza como decir, no hay esperanza de encontrar. Pero don Marcial
dice a Olger:
       —¡Hijo, tenemos que regresar a la casa, para coordinar con tu
       mamá, creo que estos animales se regresaron a su pueblo, tenemos
       que buscar montado en caballos, porque solo a pie no vamos a
       alcanzarlos!
Olger, tristemente respondió:
       —Si, papá, tenemos que hacer como dices.
         Después de muchas horas de búsqueda, sin resultados positivos
regresaron a la casa, don Marcial y su hijo Olger. Pero cuando llegaron
la esposa no estaba, había salido preocupada a buscarlos, porque no
regresaban. Los hijos menores preguntaron a don Marcial:
       —¿Papá, por qué se han demorado?
Don Marcial inmediatamente le responde, con el rostro preocupado:
       —Cuatro animales faltan, hemos rastreado sus huellas, creo que
       se han regresado a sus pueblos.
         Mientras conversaba don Marcial con sus hijos, doña Antonia
empujó la puerta desesperada e inmediatamente empieza a preguntar a
don Marcial:
       —¿Qué pasó, los animales están completos?
Don Marcial responde, mirando fijamente a doña Antonia:
       —¡Faltan cuatro animales!
Por unos instantes la casa se pone triste, pero, doña Antonia nuevamente
le pregunta, casi con las lágrimas en los ojos:
       —¿Cuáles?
Don Marcial no quería seguir hablando, pero hizo un gran esfuerzo para
responder:
       —La mula baya, negra, alazana y la yegua colorada.
Doña Antonia mueve la cabeza, mirando hacia el suelo, queriendo pre-
sentir algo negativo. Luego empieza a hablar:
       —Quizás ladrones se ha llevado o se han regresado a sus pueblos.
Don Marcial reacciona y responde a doña Antonia:
       —¡No!, Antonia, las huellas se dirigen hacia Quicapata, hacia Lam-

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       brashuaycco, estoy seguro que se han regresado a sus pueblos.
Doña Antonia reacciona, y propone a don Marcial:
       —Vamos hacer ver en coca, la coca nos van decir la verdad, vamos
       donde Otolo, él sabe ver bien.
Don Marcial responde:
       —¡Vamos, vamos!
Antes que se retiren, recomiendan a sus hijos y les dice:
       —Vayan cocinando, lavando las ropas, ya regresamos.
Los hijos responden, tristemente:
       —¡Ya, mamá, está bien!
         En los rostros de los hijos se notaba que le deseaban buenos
augurios, movían la cabeza mirándo fijamente.
         Don Marcial y doña Antonia, mientras se desplazaban por la calle,
con dirección al domicilio de Otolo, respondían tristemente los saludos
de la gente. Antes de llegar al domicilio de Otolo, doña Antonia, comenta
a don Marcial:
       —Tenemos que comprar, coca, cigarro, trago, vela y fósforo.
Don Marcial, responde:
       —¡Sí, claro, tenemos que comprar!
         Después de comprar, se dirigen rápidamente al domicilio de Otolo.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, empiezan a tocar apresurada-
mente. Luego, de unos instantes, don Otolo abre la puerta de su casa
rápidamente. Don Otolo se impresionó por la presencia de don Marcial
y de doña Antonia e inmediatamente preguntó:
       —¿Qué pasó, don Marcial, doña Antonia?, pasen, pasen a la
       casa.
         Don Marcial y doña Antonia sin decir una palabra ingresan a la
casa de don Otolo. Después de unos minutos de silencio don Otolo les
dice a los visitantes:
       —Tomen asiento en este cuerito.
Don Marcial y doña Antonia responden:
       —Gracias, don Otolo.
         Don Marcial inicia con la conversación y narra el hecho ocurrido.
Después que don Marcial terminó de contar, doña Antonia dice a don

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APAICO ALATA, René Marcial

Otolo:
      —Don Otolo, hemos venido a hacer ver en coca, aquí hemos traí-
       do coca, cigarro, trago, vela, para que usted pueda ver y nos digas
       dónde están mis animales.
         Otolo sin perder tiempo, inicia a tender su manta en el suelo del
corredor que estaba colgado en la pared de su casa. Luego empieza a
recibir los productos que va a utilizar en la mesada, primero se acomo-
da bien, se pone de rodillas, se saca el sombrero, también don Marcial
y doña Antonia hacen lo mismo; pero, antes de iniciar con el acto ritual
Otolo, empieza a rezar el Padre Nuestro. Cuando Otolo acabó de rezar
inmediatamente doña Antonia dice:
         —Don Otolo, tumaykuy kay traguchata, kaywan animakuykuy.
Don Otolo, antes de tomar el trago empieza a decir:
       —¡Señor de Campanayoq, señor de Acuchimay, señor de la Picota,
       qamkunapas tumaykunchik, qampas mamapacha!
         Pronuncia las palabras, indicando con su dedo pulgar húmedo de
trago, enseguida echa un poco de trago a la tierra.
Luego empieza a encender el cigarro, inicia a fumar y dice:
       —¡Luegum, luegum willawasun!
         Parece que don Otolo, ya había entrado en contacto con los
wamanis (cerro Campanayoq y Acuchimay), con la pachamama. Pero
don Marcial y doña Antonia estaban sentados sin decir nada. Don Otolo,
después de arrojar la coca sobre la manta dice:
       —Kay cucam, willawanchik, mulaykikunaqa ripukusqa llaqtanman-
       miki dirichucha, llaqtanmanmi ripusqa, waqastin waqastin ripus-
       qa.
         Cuando terminó de hablar don Otolo, doña Antonia y don Marcial
se miran tristemente. Doña Antonia le pregunta a don Otolo:
       —¡Qayparuymanchu, manachu!
Otolo responde:
         —¡Dirichuchan ripuchkan, manañam qaypawakchu!
Don Marcial mueve su cabeza tratando de decir, ya es muy tarde. Y em-
pieza a decir:
       —Bueno, llegará a su pueblo, ojalá que nadie pueda agarrarle en

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      el camino, yachasqallachiki kanqa.
Doña Antonia empieza a decir:
      —Taytachakunamanyá inkargakusun, mana imapas pasananpaq.
Don Marcial dice:
         —Bueno, don Otolo chaynachiki, imanasunmá, gracias.
         Luego se retiran de la casa de Otolo, después de pagar por su
trabajo.
Don Marcial en la calle le dice a su esposa:
      —Bueno, vayas yendo a la casa, voy a visitar a mi tío, para que él
      también pueda orientarme
Doña Antonia le responde:
         —Esta bien, pero no vas a tomar trago.
Don Marcial solo miró a su esposa.
         Así de despidieron. Luego don Marcial llegó a la casa de su tío
Leopoldo y al encontrarse le dice:
      —Tío, mis mulas se habían regresado a su pueblo, a Chaviña, a
      Puquio, qué haré
Don Leopoldo responde:
      —¡Cómo sabes que se han regresado a sus pueblos!
Don Marcial responde:
      —Las huellas van con dirección a Quicapata, para Lambrashuayc-
      co, o sea con dirección a Chupas, seguro se han recordado de su
      comida de la alfalfa, también hemos hecho ver en coca con Otolo
      y él también nos ha dicho que se fueron a sus pueblos.
Don Leopoldo responde:
      —Los animales de esos lugares son cómo la persona, cuando no
      tienen buena comida se regresan donde han comido bien, esos
      animales cuando están aquí, extrañan de su alfalfa.
Don Marcial responde:
      —Si, pues, tío, esos animales son así
Luego don Marcial propone a don Leopoldo:
      —Podemos tomar un poco de licor, estoy amargo.
Don Leopoldo responde:


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APAICO ALATA, René Marcial

      —¡Ya pues!
Luego empiezan a tomar. El tío le dice:
      —Sobrino, vas a encontrar a tus animales, no te preocupes.
Don Marcial le dice:
      —¡Ojala, tío!
Después de unas horas de tomar licor, don Marcial se retira con dirección
a su casa.
              Momentos de Preparación para el Viaje
          Después de participar en la semana santa, en una conversación
familiar don Marcial le manifiesta a su esposa e hijos acerca del viaje que
deben emprender hacia las comunidades de Lucanas, don Marcial le dice
a doña Antonia:
        —Tenemos que prepararnos para el viaje, ya es tiempo, los animales
        que se regresaron habrán llegado a su pueblo ¿Cómo será?
Doña Antonia responde:
          —Si, tenemos que prepararnos, hay muchas cosas que hacer.
Don Marcial seguidamente manifiesta a doña Antonia:
        —Bueno, tú vas a preparar el fiambre, las ollas, platos, compras
        víveres para preparar en el camino.
Doña Antonia responde:
        —¡Está bien!
Don Marcial seguidamente dice:
        —Yo me encargo de los animales, de las mercaderías para llevar.
          Doña Antonia movía la cabeza, los ojos, sabía que preparar para
el viaje era trabajoso, pero, se le notaba alegre porque iba a volver a esos
lugares hacer su actividad económica y a encontrarse con sus amistades,
participar en las fiestas del pueblo, a comer productos de la zona.
Doña Antonia, empieza a ordenar a la hija Graciela:
        —Hija, tenemos que preparar, tenemos que hacer bastante kan-
        cha, kanka, alistar los quesos porque en la puna no hay nada para
        comer.
Graciela responde:
        —¡Esta bien, mamá!

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                                                APAICO ALATA, René Marcial

Doña Antonia sigue ordenando:
        —Graciela, alcánzame el costal de maíz, uqe sarata, pillpita, qanka-
        paq.
Graciela rápidamente alcanzó el costal de maíz. Pero le pregunta:
        —¿Todo el maíz vamos a tostar?
Doña Antonia responde:
        —Wakillanta, wakillantachiki apasaqku, wakintañataq qankunapaq
        kanqa.
          Graciela empezó a preparar el fogón, con cuatro piedras, adecua-
damente las ubicó. Y luego le pregunta:
        —¿Qanchu hamkanki u ñuqachu?
Doña Antonia responde:
        —Ñuqan ruwasaq, yuyayniyuq, ninata pigachimuy.
          Graciela empezó a preparar todo lo necesario, como si se aproxi-
mara un compromiso en la casa. La hija dice a mamá:
        —¡Mamay, kaqay tustu, ninapas prindirunñam, qallariyñayá!
Doña Antonia estuvo contenta, después de escuchar a Graciela mani-
fiesta:
        —Qallarisun hamkayta, apamuy, chay kaspita, qachinaypaq, llikllata
        mastamuy hamka allin chirinanpaq, kay wawata kamaman churamuy
        puñuqllata.
          Graciela, obediente, cumple las órdenes que le dio doña Antonia.
Pero Graciela pregunta a doña Antonia:
        —¿Mamáy, aychaqa?
Doña Antonia responde:
        —¡Chaytawan apamuy!
Graciela pregunta:
        —¿Mayqin aychata?
Doña Antonia responde:
        —Wikuña aychata, uwija aychata, waka aychata, kumbinawchatayá,
        miskinampaq qinalla, peda pedasullata, wakin aichaqa qankuna
        mikunaykichiqpaqmi.

        Graciela sale del cuarto de dispensa, cargada entre sus manos

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APAICO ALATA, René Marcial

lleno de charqui, alegremente y se acerca donde su mamá, sabía que la
carne asada era sabrosa en el paladar. Al lado del fogón ya había buena
cantidad de maíz para ser tostada y buena proporción de carne seca
para ser asada. Doña Antonia se sienta, junto con su hija al lado del
fogón, para iniciar con la preparación de la cancha y charki asada.

                      Preparación de la kancha

Doña Antonia ordena a su hija:
         —¡Hija, tuqtu allin quñichun sumaq qanka lluqsinampaq!
Graciela responde:
         —¡Ari, mamay, sumaqtan quñichisaq!
         Mientras la hija preparaba para el tostado de la cancha, doña
Antonia estaba revisando el maíz. De pronto se escucha su voz melan-
cólica:
       —Haber kay sarapi qawaykusaq, mulakunamanta, saraqa willawanqa
       Lasanta.
         En ese instante, la hija se acercó al lado de su mamá, cuidadosa-
mente a fin de poder ver el resultado de la predicción. Después de tener
una porción de maíz doña Antonia manifiesta:
       —¡Kay saram niwachkan, mulakuna ña chaqrampi mikusanta, ku-
       tirusamiki mulakunaqa llaqtanta!
         Graciela en ese instante se pone contenta frente al resultado de
la predicción. Luego doña Antonia, nuevamente anuncia otra predicción
sobre el viaje que va a emprender y nuevamente levanta con la mano una
porción de maíz. La hija nuevamente se pone atenta frente a lo anuncia-
do.
         ¡Kay saram willawachkan, allinllam lluqsirusaqku viajita, pero kay
huknin sarañataq niwachkan llakim pasawanqaku viajipi, imaya pasawan-
qaku, diusmiyu imaya pasawanqaku, diuschiki yachan!
         Después de este anuncio doña Antonia y su hija se pusieron tristes
por el resultado. Pero doña Antonia empieza a tomar fuerza para reiniciar
con su actividad y anuncia:
       —Tuctuqa ñan quñirusaña, allimña kachkasqa, qaywamuway chay
       sarata, uqi sarata hamkanaypaq.

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          Graciela inmediatamente alcanzó el costal de maíz. Doña Anto-
nia, luego pone con la mano, dos a tres porciones de maíz dentro de la
tostadora. Y luego ordena a su hija:
       —¡Chay llikllata qaimamuway, hamka churanaypaq, suman chiri-
       nampaq!
          La hija inmediatamente alcanzó la manta. Pero doña Antonia
empieza hablar:
       —Kay saraqa sumaqta tukyasqa, chaviña saram, sumaq saram
       kasqa.
          El maíz reventaba dentro de la tostadora generando mucho ruido,
parece que querían salir. Pero doña Antonia empezó a ordenar a su hija
desesperada:
       —Chay sarata uqariy, yanqataq saruruwaq, manan sarunachu,
       ñakawanchikmanmi, manan pampapi kanmanchu waqanmansi,
       llakinmansi.
          La hija empezó a recoger del suelo el maíz tostado que había
salido de la tostadora y puso encima de la manta y dice a mamá:
       —¡Mamay, kay saraqa, machu saram kasqa, allin saram kasqa,
       miskichichiki kachkan!
Doña Antonia responde:
       —Hija, wak saraqa allin sarakunam kanku, qatunsarakuna, chay
       llikllata kichariy qamkata taqtamunaypaq.
Después de acabar de tostar, doña Antonia ordena a su hija:
       —¡Kuriy apamuy kisuta, kay hamkawan mikunanchikpaq, apamuy
       kurakura kisuchata!
          Graciela alegremente corrió hacia el cuarto donde estaba el queso,
después de unos instantes regresa con el queso en la mano y entrega a
su madre. Después de recibir el queso doña Antonia ordena a Graciela:
       —¡Apamuy kuchilluta, kay kisu partinapaq!
          Graciela alcanzó el cuchillo, pero doña Antonia inmediatamente
comenta a Graciela:
       —¡Kayman tiyamuy, rimanapaq!


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APAICO ALATA, René Marcial

Graciela se sienta al lado de su mamá y empieza a felicitar:
      —¡Mamay, allintam hamkasqanki, miskillañam kachkasqa!
Doña Antonia, inmediatamente empezó a hablar a Graciela:
      — Hija, mikuy, kay hamkata kisuntinta, kaynatam qamkaku-
      na, kaynatam mikuchinki qusaykiman, wawaykikunaman.
Graciela estaba comiendo y responde:
      —¡Ari, mamay!

                  Preparación del Charqui Kanka

          Después de una primera etapa de trabajo, doña Antonia y su
hija; inmediatamente se alistaron para realizar la segunda etapa de su
actividad. Pedazos de carne seca se encontraba cerca al fogón candente
preparados para ser asados.
Doña Antonia ordena a su hija:
        —¡Qaywamuway chay lata kallanata, chaypim sumaqta kankakunqa
        aychaqa!
Graciela alcanzó el tostador y luego pregunta:
        —¿Mamay, kay wikuña aychaqa kankapiqa miskichu?
Doña Antonia responde:
        —Ari, miskim, kaynatam charkitapas kankana, kayna kallanapi mana
        qanrachakunampaq.
Graciela sigue preguntando a su mamá:
          —¿Mamay, kay wikuña aychataqa imaynatataq tarimunkichik?
Doña Antonia responde:
        —Wak urqu wachwaqasapi, putaqasapim, achkallana wikuña ya-
        chan, chaypim papayki, tiyuikikunawan pakasqalla baliaqku wiku-
        ñakunata, chaypim urquq kaniku aychanta, qaranta millwantinta, a
        veces uña wikuñachakunata pampapi tariqkaniku, apakuqkaniku,
        pero pakaspalla.
          Graciela atentamente escuchaba lo que decía doña Antonia.
Luego, doña
Antonia ordena a Graciela:
        —¡Apuray kankayta tukusun, mikuy suyananchikmi, papayki, her-

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                                             APAICO ALATA, René Marcial

       manuyki qamuranqakuña!
Graciela responde:
       —¡Arí, mamay!
Doña Antonia nuevamente empieza a decir a Graciela:
       —Kay aychataqa kaynatam kankana, tikra tikraykuspa
         Graciela fijamente miraba la manera como asaba la carne seca.
Doña Antonia, nuevamente, ordena a Graciela:
       —¡Chay kankataqa qamkapa qawanman churay, allin chirinampaq!
         Graciela después de poner la carne asada encima del maíz tos-
tado, empieza a probar la cancha con queso y con carne asada, luego da
su opinión:
       —¡Mamay, kay kankaqa miskillañam kasqa, aswan kay wikuña ay-
       chaqa!
Doña Antonia muy sonrientemente mira a Graciela.
Graciela recuerda a doña Antonia:
       —Mamay, ¿uchuqa?
Doña Antonia responde preocupada:
       —¡Qunqarusanchik uchutaqa, hija, kutamuchkay qamqa!
Graciela responde:
       —¡Ari, mamay!
         Doña Antonia, después de culminar de asar la carne seca, pone
la olla con agua en el fogón y luego la papa para que se sancoche.

                        Preparación del Ají

        Graciela muy hábilmente preparaba el batán para moler el ají y
de pronto escucha la voz de doña Antonia:
      —¡Hija, sumaqtachu mayllanki chay marayta tunawnintinta, yan-
      qataq allpantinta kutaruwaq!
Graciela responde:
      —¡Ari, mamay, allintam mayllachkani!
Doña Antonia desconfiada se acerca a Graciela para revisar lo que hacía
y recomienda:
      —¡Kaynatam aywina achka yakuwan, allpan lluqsinampaq!

                                  59
APAICO ALATA, René Marcial


         Graciela miraba atentamente lo que hacía su mamá. Después,
doña Antonia se sienta al lado de su hija y empieza a lavar el ají y
la hierba watacay. Graciela le pide las porciones de ají y las yerbas
watakay. Pero la madre le sigue orientando y manifiesta:
       —¡Sumaqllatam kutanki uchutaqa, ruruntintam kutachkanki yan-
       qataq ñawikiman pawaikamusumkiman!
         Graciela preocupada mira a mamá y sigue moliendo, pero
toma todas las precauciones necesarias. Luego de un instante Graciela
dice a doña Antonia:
       —¡Mamay, uchu pututa haymamuwai, ñan tukuruchkaniñan kuta-
       yta!
         Doña Antonia sin perder el tiempo se levanta del lugar donde
estaba sentada; luego ingresa a la cocina, y regresa con un recipiente
(putu) de ají y manifiesta:
       —¡Hija, chaynatan kutakuna uchutaqa, watakayniyuqta!
         Graciela sonriente mira a mamá y empieza a poner el ají mo-
lido dentro del recipiente. Pero doña Antonia anuncia preocupada:
       —¡Papataqa qunqarusanchik, haber qawaykamusaq!
         Doña Antonia apresuradamente se acerca al fogón donde se
sancochaba la papa y dice:
       —Ñam chayarusaña papaqa, allinñam kachkasqa, chayarusañam.
       Graciela de igual manera anuncia:
       ¡Mamay, ñuqapas ñam tukuruniña uchu kutayta!
Y pregunta:
       —¿Maypitaq chakichisaq uchuta?
Doña Antonia responde:
       —Chay tiqa qawapi, chakichiy.
         De igual manera doña Antonia anuncia el término de su activi-
dad, señalando lo siguiente:
       —Ñuqapas kay papataqa chumarusaqñam, kanastata qa-
       ywamuway chaypi paqarinkama kanampaq.
         Graciela alcanzó la canasta y la madre puso la papa cocida en
la canasta. Pero cuando estuvieron por acabar con la preparación del

                                 60
                                              APAICO ALATA, René Marcial

fiambre, don Marcial junto con su hijo ingresa a la casa. Doña Antonia
inmediatamente le pregunta a su esposo:
       —¿Chayraq?
Don Marcial le responde:
       —Chayraqmiki ruwaita tukumuniku
Y pregunta:
       —¿Qamkunaqá?
Doña Antonia le responde:
       —Ñuqaykupas chairaqmi tukuruniku ruwaita.
Don Marcial dice a su hija:
       —Hija, maytaq ruwasaykichiq haber invitaikuayku.
         Graciela alcanza lo que habían preparado. Pero don Marcial
después de probar manifiesta:
       —¡Miskillañam kachkasqa kay charkiqa, sarapas miski sara kisun-
       tin!
Doña Antonia sonriente mira a su hija y dice:
       —Kaymi quqawninchik kanqa viajipi, wakinñataq warmakunapaq
       kanqa mikunankupaq.
         Graciela y Olger se miraron alegremente frente el anuncio, sabían
que era un potaje delicioso. Don Marcial después de probar el preparado
ordena a sus hijos presten atención:
       —¡Hijos, paqarinchiki viajasaqku mamaykiwan, nigusiyu ruwaq,
       tiempum pasachkan!
         Los hijos se miraron tristemente, frente al anuncio de su padre.
Pero la madre anuncia:
       —Tiyuykikunamanchiki inkargakusaq, qawasunaykichikpaq, apu-
       rawmanchiki kutimusaqku viajimanta.

                          Momento del Viaje

         Llegó el día anunciado, don Marcial, junto con su esposa y los
hijos, se levantan muy temprano y ordena:
       —¡Bueno, ñuqachiki, Ulgirwan mulakunata apamusaqku, qamku-
       nañataq alistachkankichik apanapaq viajiman!

                                   61
APAICO ALATA, René Marcial




   Mula cargera y esquelera (perder, ganar de ida - tengo plata, tengo
   plata de vuelta)

Doña Antonia responde:
       —¡Chaynachiki kanqa!
        Doña Antonia y Graciela empezaron a preparar todo lo necesario
para el viaje, pero se notaba en su rostro tristeza, porque sabía que sus
hijos quedarían solos por mucho tiempo. Pero de pronto se abre la puerta
principal y apresuradamente ingresa su hijo jalando a una de sus yeguas
madrinas y en seguida ingresaban los restos de las acémilas. Después
de que todos los animales ingresaron a la casa, don Marcial ordena a su
hijo:
       —¡Hijo, apamuy chay madrina mulata, montura churanapaq, tiem-
       pun ganawachkanchik!


                                     62
                                                APAICO ALATA, René Marcial

           Olger, jaló rápidamente al animal, para que don Marcial empezara
a poner las caronas, la silla de montura, el pellón, las alforjas y el pon-
chillo, y luego asegurara con la sobrecincha. Y así sucesivamente, todas
las acémilas, fueron “caronadas” para emprender el viaje.
Doña Antonia, preocupada ordena lo siguiente:
        —¡Quqawta siparasun, wakinchiki rinda kustalpi, wakinñataq alfor-
        gapi, ñampi mikunaykupaq!
           Se refería a la carne asada, al maíz tostado, a la papa sancochado
y al ají, pero, doña Antonia, sabía, que en los lugares inhóspitos no había
forma de conseguir alimentos para saciar el hambre. Cuando ya estaban
por acabar de poner todo lo que tenían que llevar para el viaje, encima
de los animales, el Sr. Leopoldo ( tío) ingresó a la casa, saludando:
        —¡Buenos días, Marcial, Antonia, Olger y Graciela!
Y todos respondieron el saludo. Luego pegunta:
        —¿Hoy día están viajando?
           Doña Antonia inmediatamente empieza a llorar de pena por sus
hijos y también ellos empiezan a llorar. Pero don Leopoldo manifiesta:
        —¡No lloren, ustedes hijos, siempre estarán junto conmigo, siempre
        voy a visitarles, no se preocupen!
           Don Marcial y doña Antonia, agradeció por lo anunciado. Don
Marcial ordena a su hijo:
        —¡Olger, empieza a jalar la mula hacia fuera, para votar a los demás
        animales porque ya están cansados!
Olger responde:
        —¡Esta bien, papá!
           Entonces, todos ayudan a botar a los animales hacia fuera. Pero
doña Antonia, se quedó un instante para ponerse a la espalda al hijo
menor y antes de salir de la casa, nuevamente llora, junto con sus hijos
y les dice:
        —¡Se van a cuidar, van a estudiar, no van a pelear, de Puquio voy
        a enviar comida, plata para sus gastos, con alguien de tus tíos que
        viene acá, o si no en la empresa Ormeño y van a recoger!
Los hijos responden:
           —¡Gracias mamá, también ustedes se van a cuidar!

                                     63
APAICO ALATA, René Marcial


         Luego de salir a la calle, todos empiezan a desplazarse con di-
rección al lugar llamado “alfa alfanniyuq” (lugar de despedida). Pero al
escuchar los pasos de las acémilas, algunos vecinos de don Marcial salen
a la puerta de sus casas y se despiden:
       —Don Marcial, doña Antonia, qankunallamá allinlla, aychatamá,
       kisutamá apamunkichik, Puquiomanta, Kurakuramanta, Pausaman-
       ta.
Don Marcial y doña Antonia responden:
       —Ari, apamusaykikum, kutimunaykama, wawallaytamá qawarinki-
       chik.
Los vecinos responden:




   Acémilas con sus respectivas indumentarias

                                   64
                                             APAICO ALATA, René Marcial




  Niños viajeros en sus respectivas angarillas, prepara-
  dos para emprender viaje al sur de Ayacucho.
      —¡Ari, qawarisaqkum!
         Las acémilas se desplazan apresuradamente hacia la parte sur
de Carmen Alto, con cargas de negocio, monturas, angarillas, aperos,
con riendas de plata, colgados de ponchos, alforjas; encabezada por una
yegua y mula puntera, que en su cuello sonaba una esquela de metal,
tocando melodías de ausencia, pero además, el inicio de una gran acti-
vidad comercial. Cuando llegaron al lugar denominado “alfa alfanniyuq”
don Marcial ordena que se detengan por un instante, luego aparece su
tío Jorge.
El señor Jorge saluda:
       —¡Buenos días, Marcial, Antonia, Leopoldo, Olger, Graciela!
Todos respondieron el saludo:

                                  65
APAICO ALATA, René Marcial

      —¡Bueno, vamos hacer la despedida!
        Y doña Antonia compra cerveza, trago para tomar en la despedida.
Don Leopoldo responde:
      —Claro tenemos que hacer la despedida, para que el viaje les vaya
      bien, sin problemas y que hagan buen negocio.
Doña Antonia responde:
      —¡Gracias tío, ojalá que sea así!
Don Marcial también habla:
      —Tiene que ser así, como dijo tío, todo va a salir bien, bueno tío,
      salud por el viaje.
Don Leopoldo responde:
      —¡Salud por ustedes!
        Tanto don Marcial y doña Antonia agradecieron por el buen
deseo.
Pero después de tomar algunos vasos de licor, don Leopoldo anuncia:
Yo también pronto voy a venir a viaje, seguro nos vamos a ver en el viaje.
Don Marcial contesta:
      —Esta bien tío, pronto tienes que venir hacer tus negocios, yo
      estaré a la expectativa.
        Cuando don Marcial y doña Antonia estaban por em-
prender el viaje, de pronto don Leopoldo anuncia una canción.

Ripuchkaniñam, pasachkaniñam,             Ya me estoy yendo,
chullpi sarata qamkaykapuway,             tuéstame el maíz dulce,
añas charkita kankaykapuway.              carne de zorrillo ásamelo.
                              *
Pasaytaqa pasasaqmi,                      De alejarme,
ripuytaqa ripusaqmi,                      me he de alejar, de retirarme,
arañapa llikachan tinyackchayuq;          con mi tinya de tela de araña
wanwapa tulluchan qenachayuq.             con mi quena de hueso de zancudo.
       La canción fue traducida al castellano, por (García Miranda,
   1991).

        La canción de despedida contagió a don Marcial y a doña Antonia.

                                     66
                                                  APAICO ALATA, René Marcial

Cuando era las 12:00, don Marcial muy preocupado en voz alta empieza
a hablar:
      —¡Bueno, ya es hora del viaje, ya tenemos que irnos, nos van a ser
      tarde, bueno tíos, hijos me despido de ustedes! ¡Chau!
        Seguidamente doña Antonia habla:
      —Tíos, hijos míos, ya nos vamos, ya es tarde, nos va anochecer,
      vayan a la casa.
        De esa manera, los arrieros iniciaron su viaje con dirección hacia
la provincia de Lucanas del departamento de Ayacucho.
¡Pueblo indio (Arguedas), pueblo chaqla!
        Manifestando desde Llallpu (lugar de entrada), don Marcial y
doña Antonia, llegaron a la ciudad de Puquio; después de varios días de
intenso viaje. Puquio celebraba su fiesta patronal, mes de mayo (Señor
de Asunción). Los pobladores de los cuatro barrios (Chaupi, Qollana,
Pichqachuri y Qayao), festejaban masivamente con procesiones, bandas
de músicos, actividades folklóricas (danzantes de tijeras), corrida de toros
(con wagra pukus) en el coso Antonio Navarro, y en la feria realizaban
transacciones comerciales de productos industriales procedentes de la
costa (Nazca, Ica y Lima) y productos agropecuarios de la zona.
        Puquio fue el primer pueblo de intercambio comercial para don
Marcial y doña Antonia. Después de unas horas de descanso, iniciaron
a realizar sus actividades comerciales en la fiesta patronal de Puquio.
Instalaron una pequeña carpa (lugar de venta) en el Jr. Tacna, donde
vendían mercadería a cambio de dinero o trueque con productos agro-
pecuarios.
        Algunos pobladores que le conocían, decían:
—¡Huamanguino chayarqamusqa!

                             Venta en la feria

          Durante el transcurso de 6 días que dura la fiesta patronal en Pu-
quio, la venta se efectúa con personas conocidas y extrañas. Generalmen-
te, los primeros días, priorizaba la venta en dinero con la finalidad de garan-
tizar la recuperación de la inversión y su respectiva ganancia, así facilitar,

                                      67
APAICO ALATA, René Marcial

en lo posterior la compra de cualquier “negocio” que se le presente.
¡Maquilla, mamay, papay!
       En casos excepcionales, realizaban algunas transacciones
comerciales, en condiciones de trueque; es decir, el arriero comer-
ciante ofrecía productos de valor como: monturas, bridas, frazadas,
San Marcos para intercambiar con mulas, caballos, burros; cuando
convenían lo hacían. Esta forma de negocios tranzaba con personas
que tenían medianamente poder económico, y que tenían anima-
les en sus echaderos. Las familias que destacaban son: Quevedo,
Moya, Zárate, Pikman, Velasco, García, Moccqo, Del Solar, Rojas, etc.
¡Misti runas!
         Paralelamente, algunas personas deudoras, llegaban a la car-
pa del arriero comerciante, con la finalidad de cancelar en dinero o
con productos agropecuarios como: queso, carne seca (charki), carne
fresca, leche, huevo, cuero (de res, caprino, ovino), lana de ovino, etc.
pero, nuevamente el deudor, adquiría productos de poco valor al fia-
do, para luego, igualmente, en un tiempo pactado, pagar la deuda.
¡Chaynachiki kanqa, mamay, papay!
                       Venta y compra en casa
        Después de haber concluido la feria en Puquio, algunos
pobladores, vecinos del barrio, se apersonaban a la casa del arrie-
ro comerciante, con la finalidad de comprar productos comercia-
les y a ofrecer burros, caballos, mulas, ovinos, caprinos, porci-
nos, cereales, tubérculos, cueros de ovino, caprino, etc.
¡Mulallay, asnullay, ovejallay papay, mamay!
        Frente al ofrecimiento, generalmente se realizaba las transaccio-
nes comerciales. Dentro de ello, priorizaban la compra de animales meno-
res, porque ofrecían varios elementos para la alimentación de la familia. Si
lograban comprar en cantidades, había la posibilidad, de vender carne fres-
ca para procesar en carne seca (charki), para el consumo de la familia.
¡Oveqachata, kuchichata, chivuchata wasipi mikunapaq!

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                                                  APAICO ALATA, René Marcial

        La venta a plazos es un forma que fue muy corriente entre los
arrieros comerciantes y los miembros de las comunidades rurales. Pero
para esto era necesario que los comerciantes conocieran a sus clien-
tes antes de incluirlos en la lista de los deudores. (Vizcardo, 1992)
        Viaje a distintos pueblos de la provincia de Lucanas
Luego de varias semanas de transacciones comerciales en la ciudad de
Puquio, don Marcial programaba sus viajes a distritos, comunidades,
caseríos de la provincia de Lucanas. Los pueblos donde generalmente
concurría fueron San Andrés, Chillques, Pamparqui, Santa Cruz, Santa
Ana, San Pedro, San Antonio, Santa Lucía, Punkuwaqa, Chakipampa,
San Pablo, Sancos, Santa Cristóbal, San Juan, Utecc, Ccochacc, Luca-
nas, Bado, Chaviña, etc. Las distancias de la ciudad de Puquio, a estos
pueblos oscilan entre seis horas a dos días de viaje en acémila.
         Don Marcial en los pueblos mencionados, vendía sus “mercade-
rías”, en dinero e intercambio (trueque). Vendía en dinero las “merca-
derías”, de mayor valor como el cajón de San Marcos, monturas, bridas,
pellones, ponchos de agua, instrumentos musicales, telas de algodón
como gabardina, kaki, vichy, casinete, percala, franela; además, ropa
hecha para hombres y mujeres, lucre, frazadas, sombreros, zapatos, etc.
¡Maquilla, mamay, papay, animal rantinaymi!
        En casos excepcionales, realizaba “trueque”, es decir, por ejemplo,
un cajón de San Marcos con una mula, caballo o burro; con cualquiera
de ellos. El poblador decía:
       —¡Don Marcial, manam qullqiy kanchu, kanbiyarukusuntaqyá”
        Cuando le convenía a don Marcial, decía:
       —¡Allinchiki!
        En cuanto se refiere la venta de “mercaderías” de menor valor,
generalmente, se realizaba mediante un intercambio. El poblador decía:
       —Don Marcial, doña Antonia, kay charkillayta, kisullayta, sarallayta,
       papallayta, runturaylla, hawasllayta, kinuallayta; kanilachaykipaq, kla-
       wuchaykipaq, palilluchaykipaq, kachichaykipaq, kuwichaykipaq!
        Algunos pobladores solicitaban que les deje “mercadería” en
calidad de fiado, para pagar en un tiempo determinado:

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APAICO ALATA, René Marcial

      —Don Marcial, doña Antonia, dijaykuwayá pachaykita, telayki-
       ta, frazadaykita, sombreruykita, zapatuykita, kutimunaykipaq-
       chiki qullqita suyachisayki, ovejata, cabrata uywachkasaq”.
Y don Marcial decía:
       —¡Allinchiki!
         Además, tenía la posibilidad de cobrar sus “deudas” pendien-
tes, en dinero o en animales, de acuerdo con el trato que tenían.
Don Marcial, a medida que iba vendiendo su mercadería, paralela-
mente, compraba mulas, burros, caballos, ovinos, caprinos, por-
cinos, y complementariamente, compraba o hacía intercambio
(trueque) con: carne seca (charki), queso, huevo, tubérculos, cerea-
les, lana de ovino, cuero (de res, ovino, vacuno, caprino, etc.).
        El centro de almacenamiento de las transacciones comer-
ciales, fue la ciudad de Puquio; es decir, después de realizar una
actividad comercial en un determinado pueblo, necesariamen-
te tenían que regresar a Puquio para almacenar el resultado de
sus negocios, y luego dirigirse a otro pueblo y así, sucesivamente.
        Don Marcial, durante el tiempo de su recorrido, formaba relaciones
sociales en las distintas comunidades que visitaban. Estas relaciones se da-
ban, generalmente cuando participaban en fiestas patronales, aniversarios
de los pueblos, carnavales, matrimonios, cumpleaños, bautizos, herranzas
de ganados, techado de viviendas, muertes, etc. el poblador decía:
      —Tumaykusunyá, don Marcial, doña Antonia, kay compromisuypiyá
       acompañaykuwaychik!
         Los invitados decían:
         —¡Tumaykusunya, don García, don Atoqsa, don Rojas!
         Una de las forma, de estas relaciones sociales fue el compadraz-
go, que tenían básicamente dos objetivos importantes: a) mantener una
relación comercial permanente, entre, el arriero comerciante y el poblador,
con la finalidad de asegurar la compra y venta que ambos ofrecían y b) el
poblador tiene la oportunidad de comprometer, al arriero comerciante,
en padrino de uno de sus hijos, con la finalidad de asegurar sus estudios
en la ciudad de Puquio o en Ayacucho. Al respecto, Vizcardo nos señala,
“Las relaciones de comerciantes a clientes rebasaban los contornos

                                    70
                                              APAICO ALATA, René Marcial

puramente económicos y alcanzaban formas sociales cuando se am-
pliaron y tomaron formas de compadrazgo o hermandad por juramento.
Esto sólo es posible cuando hay cierto conocimiento mutuo entre las
personas que actúan en un determinado universo. Para esto era nece-
sario, pues, que cada arriero comerciante, o un grupo de ellos, actuase
en un determinado núcleo humano por un tiempo más o menos pro-
longado. Sólo así podían llegar a conocerse mutuamente” (1992).
         El tiempo de estos viajes, tenían una duración aproximada-
mente entre 04 a 05 meses; es decir, durante el mes de agosto, sep-
tiembre, octubre, noviembre y diciembre. Era un tiempo suficiente
para poder comprar la cantidad necesaria de animales (mulas, burros
y caballos), para vender en Ayacucho durante la Semana Santa y ad-
quirir productos agropecuarios para la alimentación de la familia.
        Después de haber culminado con sus actividades comerciales,
en distintos pueblos de la provincia de Lucanas; “negociaba” sus anima-
les menores: ovino, caprino, porcino; es decir, generalmente, lo sacrifi-
caban para vender su carne, cuero húmedo, pero, siempre guardaban
una cierta cantidad de carne, para preparar carne seca (charki), para
la alimentación de la familia y para el viaje que acostumbraban realizar.
La señora Antonia, tomaba, la iniciativa para la preparación del charki:
Marcial, kay aychamantayá charkita ruwarusun.
Don Marcial respondía:
        —¡Ruwasunyá!
Doña Antonia ordenaba:
      —Ñuqa aychaka kuchusaq, kachita churasaq y qanñataq tullunta
      takamunki.
Don Marcial respondía:
        —¡Allinchiki!
        Después de culminar de filetear y salar la carne, realizaban lo
siguiente:
Doña Antonia ordenaba:
      —¡Masamusunña kay aychata, tijapa qawampi, wakintañataq alam-
      bripi, yanqataq misi mikurunman, qawarisunma!


                                   71
APAICO ALATA, René Marcial


        Posteriormente, tomaban un tiempo necesario, para “engordar”
sus animales (burros, caballos y mulas), y seleccionar productos agrícolas
y derivados pecuarios.
       De manera complementaria, realizaban la venta de acémilas en
el camal de Pachacámac, en la ciudad de Lima, para la fabricación de
embutidos.
         Durante la primara semana del mes de marzo, don Marcial y otros
arrieros comerciantes, aceleradamente, preparan sus equipajes de cerea-
les, lana de ovino, derivados pecuarios (queso, carne seca) y poner en
orden la documentación de sus animales (compra de certificado), ante
las autoridades de la ciudad de Puquio. Antes de emprender su viaje a la
ciudad de Ayacucho, realizan contactos con sus paisanos en la ciudad
de Puquio, con la finalidad de viajar juntos y con sus paisanos de las
provincias vecinas (arrieros de Parinacochas, Paucar del Sara Sara), con
la finalidad de encontrarse en un determinado punto de la ruta, para,
emprender juntos el viaje a su tierra natal (Carmen Alto).
         Día del retorno, la plaza de Chaupi es escenario de la presencia
de acémilas; algunos ensillados, con carga de costales, con esquelas en
el cuello y otros de angarilla. Antes que emprendan el viaje, los arrieros
comerciantes, son recurridos por sus vecinos, con trago en la mano, para
beber un poco y desearles un buen viaje y pronto retorno.
¡Qankunallamá, mamay, papay!
        Después de dos días de viaje aproximadamente, por las alturas
de Churmi, Huanakupampa, Putaqasa, los arrieros comerciantes, se en-
cuentraban de manera espontánea con una manada de animales silvestres
(vicuñas). Visto esto, en las inmediaciones de estos lugares, preparan su
descanso con la finalidad de cazar con escopeta y extraer su lana y carne.
Logrado esto, la lana es escondida en un lugar seguro de la carga, difícil
de ubicar y es trasladado, generalmente, por un animal brioso (difícil de
agarrar). La carne es inmediatamente preparada para carne seca (char-
ki).
Doña Antonia decía:

                                   72
                                          APAICO ALATA, René Marcial

      —¡Marcial, kay wikuña aychataqa apurawmanña charkirusun!
Don Marcial respondió:
      —¡Vivuchamanyá charkirusun, kay warwa kachiwan miski
      kanampaq!
        Luego de ocho días de viaje y de transacciones comerciales,
los arrieros comerciantes, llegan a la ciudad de Ayacucho, para
culminar con sus actividades comerciales en el cerro de Acuchimay
(Sábado de Gloria), reencontrarse con sus paisanos de Carmen
Alto y participar de manera activa en la fiesta de Semana Santa
(Cuasimodo). Y posteriormente, reiniciar con sus actividades
comerciales, en la provincia de Lucanas.




                                73

				
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