Fernando Botero - DOC by 7ZXB40

VIEWS: 19 PAGES: 4

									Entrevista con Fernando Botero

(http://www.elmundo.es/magazine/m64/textos/botero1.html)

No le gusta emplear la palabra felicidad para definir su estado anímico. Es, sin
embargo, la encarnación del ser profundamente feliz, realizado.

Fernando Botero se considera un hombre satisfecho. A pesar de haber logrado ya todo lo
que el artista y el hombre pudieran soñar, sigue disfrutando de cada instante de su vida.
"Como me apasiona tanto mi profesión, no conozco el aburrimiento. Trabajo todos los días,
me fascina. La base de la felicidad es tener un oficio que apasione. De trabajar no se cansa
uno nunca. Si además se tiene una buena relación, pues es fantástico".

Es, además, un conversador simpático y divertido. Al repasar el casete de la entrevista, las
carcajadas, sus salidas y su forma de contar las cosas destacan por encima de las
respuestas. Habla con naturalidad, sin un atisbo de soberbia, dejando entrever a aquel hijo
de un agricultor que estudiaba Historia Universal y cantaba ópera cuando se le subían las
copas. Fernando Botero no puede recordar mucho del padre al que perdió a los cuatro años,
pero estas aficiones poco comunes en un campesino influyeron en su destino. Éstas y la
pasión que compartía con su tío Joaquín Angulo por los toros. Fue él quien, a los 15 años, le
matriculó en la escuela de tauromaquia de la plaza La Macarena de Medellín -donde había
nacido en abril de 1932- para matar el gusanillo y capear la pobreza.

La ilusión duró poco. El primer animal de 400 kilos acabó con esta incipiente carrera. Una
novillera no había podido matarlo el día anterior y Aranguito, el director de la escuela,
concedió a su mejor alumno la oportunidad de dar unos pases a un toro de verdad. En
cuanto vio semejante bicho, el torero de salón echó a correr. "Me faltó todo el valor de la
tierra", dice sin nostalgia. Aquella salida a lo Curro le cerró la puerta grande, pero le abrió
otra que conduce a la inmortalidad.

Hay personas que critican a Fernando Botero porque tiene éxito comercial y una fortuna
personal importante, por ser un miembro de la jet set internacional que no sólo asiste al
Baile de la Rosa de Montecarlo, sino que también decora, como hizo en la última edición, el
salón principal. Vive entre su casa de Pietra Santa (Toscana), que data de 1780, y sus
apartamentos de París y Nueva York. Le gusta el vino francés, la buena mesa y rodearse de
cosas bellas. "No respondo al cliché del artista bohemio en su buhardilla, tísico. La gente
cree que el artista debe ser miserable. Velázquez, Rubens o Tiziano eran personas con una
actitud positiva ante la vida, atletas del intelecto, gente de energía y entusiasmo. Pintores
que no estaban llorando todo el día. Imagine a Tiziano casado con una belleza de 17 años,
admirado en la corte, si no iba a disfrutar...", dice con una sonrisa.

- Sin embargo, usted comenzó en Nueva York como un tísico, a los 28 años, en un
apartamento minúsculo del Soho neoyorquino, sin un dólar.

- Sí, es verdad, tenía un apartamento alquilado cuando nadie quería vivir en ese barrio. Era
1960, y sólo tenía 200 dólares en el bolsillo. Es muy duro empezar en esa ciudad.

Pero a él le fue mejor que a otros artistas con los que compartía miserias. Sólo siete años
después, a los 35, ya vivía confortablemente. "Y a los 40 años dije: `ya no sufro más', se
cerró la puerta y ya no volví a sufrir."
En 1984 vendió su primer cuadro en una de las grandes casas de subastas, Sotheby's, en
Nueva York. Un judío colombiano, José Mugrabe, importante coleccionista de Andy Warhol,
compró La familia por medio millón de dólares. No conocía a Botero, pero siguió los
consejos de los especialistas que ya apostaban fuerte por él. Y no se equivocó. El
colombiano ha pulverizado muchos récords, entre ellos, el de ser el artista latinoamericano
por cuya obra se ha pagado el precio más alto en una subasta internacional. Para llegar a
convertirse en un artista de reconocimiento mundial, Botero tuvo que convencer
inicialmente de su talento y vocación pictórica a una familia con escasos recursos
económicos. "Para mi madre viuda y mis tías, lo de pintor no era oficio para ganarse la vida.
Querían que fuera otra cosa y me decían que, si quería pintar, que lo hiciera los domingos".
Así, en los ratos que le dejaba el capote, cogía papel y lápiz para imitar los carteles taurinos
de Ruano Llopis. Un día alguien le compró uno de sus apuntes por unas cuantas monedas
que nunca disfrutó, porque las perdió por un bolsillo roto del pantalón mientras corría loco
de alegría hacia su casa para compartir su primer éxito.

Descubrió entonces que su familia estaba equivocada, que los pinceles podían ser un buen
medio de vida. Sus dibujos taurinos y los que hacía copiando los libros de Historia de su
padre le sirvieron de tarjeta de presentación para El Colombiano, el principal diario local
para el que comenzó a hacer ilustraciones. "Un día descubrí un librito, El arte moderno, en
el que hablaba de Picasso, de Miró, de Matisse..., me lo devoré y la cabeza empezó a darme
vueltas".

De Medellín a la capital, Bogotá, donde expuso por primera vez el 15 de junio de 1951; un
año después ganó el segundo premio en el Salón de Artistas Nacional. Lo más importante
fueron los 7.000 pesos que iban con el galardón. Con ellos viajó a Madrid para estudiar en
la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Para sacar unas pesetas, copiaba obras de El
Prado. La primera fue Dánae de Tiziano. Luego marchó a Florencia para regresar dos años
después a la capital colombiana, donde se enamoró de Gloria Zea, una chica de la alta
sociedad bogotana, culta, ambiciosa y guapa, que supo adivinar el potencial de Botero. De
su matrimonio nacerían tres hijos. Uno de ellos, Fernando, el más parecido a su madre, ha
sido ministro de Defensa, aunque tuvo que dimitir y pasar tres años en la cárcel. El motivo:
aceptó la financiación de narcotraficantes cuando era director de la campaña presidencial de
Ernesto Samper. Para su padre, además, esto tuvo el agravante de que una parte de ese
dinero terminó en una cuenta bancaria que ambos compartían en Estados Unidos. Quienes
conocen mejor al pintor dicen que nunca podrá perdonar a su hijo ese escándalo que enlodó
su apellido. De cara a la galería, al menos, el artista ha olvidado los hechos y aceptado de
nuevo a su primogénito.

Conversamos en el Museo de Antioquía, reformado a marchas forzadas para
albergar la colección que ha regalado a su ciudad. Un total de 103 de sus mejores óleos y
dibujos, junto a 18 esculturas de un valor total superior a los 120 millones de dólares (unos
24.000 millones de pesetas). Hay obreros por todas partes, ruido de taladradoras y un calor
insoportable porque aún no ha entrado en funcionamiento el aire acondicionado. Se
inauguró a mediados de octubre. Nada parece afectar al maestro, no le incomoda el ajetreo;
su buen sentido del humor permanece inalterable. Como nunca faltan los malpensados,
máxime cuando se trata de hablar de un artista de fama, también hay quienes dicen que la
donación la hizo exclusivamente para ahorrarse unos impuestos. Nada más lejos de la
realidad. "Me gustaría contribuir a cambiar la cara de la ciudad y a que se produzca una
transformación moral. El niño que aprenda a venir al Museo no se va a meter a sicario. Soy
consciente de que es muy difícil que las cosas cambien sólo con esto, pero si no se hace
nada, tampoco cambia nada". Por eso le hizo tanta ilusión cuando 300 niños de barrios
marginales de Medellín ofrecieron un concierto en su honor en una de las salas. Al ver cómo
los chavales se turnaban los violines, no lo pensó dos veces: giró un cheque para
proporcionarle uno a cada niño.

El museo está situado en el centro de la ciudad, en un barrio que se ha vuelto peligroso
debido a la delincuencia y la prostitución. A petición de Botero, se derribaron dos edificios
abandonados frente a la entrada principal, con objeto de colocar sus esculturas y recuperar
la zona para todos los ciudadanos. "Para eso sirve la fama", afirma en tono jocoso. También
impuso otras condiciones. "Que no saquen un solo cuadro mío ni en caso de incendio", dice
riéndose. "No quiero que venga un político y pida una obra para decorar un evento social,
que otro se lleve a su despacho un óleo, como ha ocurrido en este país. Éste va a ser un
museo del primer mundo con todos los avances técnicos, una pequeña isla europea". Hay
bodegones, madonas, algunos gordos ilustres y otros desconocidos. Está también su famosa
serie taurina y algunas de sus obras dedicadas a la violencia colombiana, como la que
representa la muerte de Pablo Escobar o la explosión de un coche bomba, recuerdo de
aquellos años terribles en los que llegaron a estallar seis en un solo día en Bogotá.

Botero recuerda cómo un explosivo acabó con la escultura de una paloma que él había
regalado a Medellín. Viajaba por una autopista francesa cuando escuchó su nombre en el
informativo de la radio. "Imbéciles", se dijo para sí con rabia cuando supo lo ocurrido, y
decidió en ese momento de furia que jamás volvería a hacer un regalo similar a su ciudad.
Luego recapacitó, pensó en los muertos caídos junto a su obra, en la mayoría de
compatriotas pacíficos que sufren esa violencia y meses después donaba otra escultura.
También Bogotá ha sido objeto de esa generosidad. Desde la primera semana de noviembre
cuenta con un nuevo museo. La Donación Botero, exhibida en una casa colonial propiedad
del Banco de la República, única entidad a juicio del artista que le garantiza un
mantenimiento perfecto, alberga 85 cuadros que componen la colección de pintura de los
siglos XIX y XX que Botero reunió a lo largo de 20 años, además de otras 123 obras suyas.
Matisse, Cezanne, Picasso..., los maestros que él conoció por medio de fotografías malas, la
mayoría en blanco y negro, y que ahora quiere que los colombianos aprecien en toda su
riqueza cromática.

El único rasgo de vanidad que Fernando Botero se permite a lo largo de toda la entrevista
es el recordatorio en tono casual de las retrospectivas que ha realizado en los grandes
museos, los 30 libros publicados que tratan de ellas y las exposiciones de esculturas al aire
libre en ciudades como Nueva York, París, Madrid o Florencia.

A pesar de ese bagaje, hay críticos que le consideran un pintor vulgar, únicamente
interesado en el aspecto comercial del arte. "No cambiaría nada de mi cuadro por una
crítica; de hecho, no las leo, ni las buenas ni las malas. Tengo más éxito del que ningún
pintor vivo podría desear. Los directores de los museos quieren mis obras y ellos son los
que saben de arte. ¿Qué me importa que alguien diga que pinto mal si expongo, por
ejemplo, en el Hermitage? No hay que confundir tener éxito con ser comercial". Después de
un rato vuelve a esta pregunta y recuerda que, incluso la quintaesencia del museo de arte
moderno, el de Estocolmo, que le había rechazado en el pasado, ahora le ha pedido que
exponga. Le hace mucha ilusión ese cambio en las personas que antes sentían por su obra
un cierto desprecio intelectual.

Su cotización sigue al alza, tanto que tiene prácticamente todo vendido antes de coger un
pincel. "Si yo no vendo más es porque no me da la gana. Me gusta la buena vida y si puedo
ir a un hotel bueno, ¿por qué ir a una pensión? Además, mi mujer es bonita y flaca, no es
gorda; a mis enemigos no les doy gusto (se encoge de hombros con una sonrisa). Mi vida la
hago como quiero". Para Botero el dinero sólo es importante por la independencia que
concede. "Uno ya no tiene que pensar en la plata y puede dedicarse sólo a pintar".

Hay quienes opinan que su otra afición es la familia. "Bueno, sí, mis tres hijos y todos los
nietos vienen todos años a pasar con mi esposa y conmigo un mes en verano a Pietra
Santa. Más sería.... (hace un gesto divertido simbolizando hartazgo y suelta una carcajada).
Me llevo muy bien con mi hermano Juan David, a Rodrigo le quiero mucho, pero le veo
menos".

De sus hijos su ojito derecho es Lina, presentadora de televisión, que alcanzó
un cierto éxito en Colombia con un programa musical. Después abandonó ese mundo por la
decoración, y a su marido colombiano por un aristócrata inglés, del que se ha divorciado
recientemente. Juan Carlos, el menor, es un simpático escritor, y Fernando, de momento,
está evadido de la justicia de su país, con la que aún tiene causas pendientes. Ahora vive en
México, donde se le ha concedido la residencia. Fernando Botero rehúsa las preguntas
personales, contesta lo suficiente para ser correcto o simplemente hace una broma para
pasar muy rápido a otro tema, generalmente la pintura. A través de ella, volvemos a hablar
de la familia, de aquel hijo que perdió... Entre todos los cuadros que ha donado, hay uno
muy especial "por lo que representa". Es el retrato de Pedrito montando un caballo de
madera, que el pintor comenzó a los dos meses de su muerte. El niño, de cuatro años, hijo
único de su segundo matrimonio, murió en un accidente automovilístico en España. Su
padre iba al volante.

Con su tercera esposa, la escultora griega Sophia Bari, a la que se unió hace 24 años, no ha
tenido descendencia. Disfrutan de una extraordinaria relación porque comparten muchas
cosas, pero tampoco quiere referirse a ese aspecto de su vida. Prefiere retornar al arte y
opinar sobre el contemporáneo, por el que no siente el menor aprecio. "El arte
contemporáneo, en general, es de una pobreza infinita. Perdió su propósito de exaltar la
vida, de dar placer. Está divorciado del ser humano. Sólo el que lo hace y sus íntimos
amigos lo entienden".

-Y de entre los que representan el verdadero arte, ¿cuál robaría?

- Las Meninas, El díptico de Piero de la Francesca en la Galería Uffizi, La novia judía de
Rembrandt..., hay tanto para robarse. Dan ganas de quedarse horas con él, charlando,
riendo y aprendiendo que hay genios divertidos, normales, felices. No le quedan a Fernando
Botero más metas por alcanzar, pero aún tiene tanto por disfrutar que no es de extrañar
que no quiera dejar este mundo. "¡Qué jartera tener que morirse!", exclama.

								
To top