LAS SIETE MEDALLAS

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					          LINO MARCOS BUDIÑO




  Las siete medallas



Diseño de Tapa: ALEMANA MDQ (Cesar)
     Obra Pictórica: Ana María Ewert
Coordinación Técnica: Mariela Pérez Véliz
                         Índice


Capítulo Primero                  Otello

Capítulo Segundo                  Mariel

Capítulo Tercero                  El Baúl

Capítulo Cuarto                   Las Fechas

Capítulo Quinto                   Las Nuevas Medallas

Capítulo Sexto                    Hoy

Capítulo Séptimo                  Los Preparativos

Capítulo Octavo                   El Casamiento

Capítulo Noveno                   La Otra Dimensión

Capítulo Décimo                   El Niño

Capítulo Decimoprimero            La Séptima Medalla
Capítulo Primero


                                   Otello

       “Once de marzo –recordaba el doctor Otello Maraldo – hace 33 años, la
edad de Cristo, que reventamos las urnas y yo tenía justamente 33 años. Ahora
tengo 66, y si las matemáticas no me fallan, dentro de 33 años tendré 99, si es
que vivo. Y será para el 2039”


       Reventar las urnas fue la expresión que se usó en el año 1973 cuando el
país retornó a la democracia, con la proscripción de Perón luego de casi dos
décadas de inhabilitación del partido justicialista para presentarse a elecciones.
Y todo esto en un marco de feroz hipocresía de los grupos de presión y
factores de poder que rodearon a los militares que gobernaban desde adentro
o desde afuera, y los demás partidos políticos que bailaban al compás de esa
música intolerante y ventajera.


       Otello era hijo único de padres peronistas, obreros, que lo mandaron a
estudiar a Buenos Aires cuando se graduó de maestro, allá por el 58, cuando el
gobierno justicialista ya había sido derrocado, y en días ingresaba Frondizi, un
civil que reemplazó a la Junta Militar de la llamada popularmente “La
Revolución Fusiladora”.


       Ahora, en el 2006, se recuerda otro episodio similar, de 1976 a 1983,
pero más abarcativo y espantosamente democrático porque amplió la visión de
las balas para más blancos humanos, incorporó más torturas y más
negociados, que bien podría llamarse “La Revolución Fusiladora Segunda
Parte”.
       En 1958, ya las puertas de la universidad estaban abiertas para todos,
inclusive para los que venían del interior como Otello.


        Prácticamente, en esos tiempos y en pueblitos alejados de las capitales
de provincias, los adolescentes se habían criado en el marco de la política
justicialista, con bicicletas incluidas, zapatos de cuero, acceso a los libros,
padres con buen pasar, aguinaldos, turismo social y obras sociales sindicales.


      Los padres saboreaban las diferencias, los jóvenes como es natural,
saboreaban el presente.


       Otello ingresó en Medicina, y consiguió un trabajo de maestro en Villa
Elisa, una población cercana a la ciudad de La Plata, lo que le permitía darse
algunos gustos extras al presupuesto del giro mensual que le mandaban sus
padres desde Dolavon, una comarca de inmigrantes europeos, que recibe ese
nombre por la presencia de galeses que llegaron a las playas chubutenses en
1865.


      Conforme pisó suelo bonaerense fue a dar con sus valijas a la Pensión
del Ruso Chibirichenko, en donde vivían tres estudiantes más: Chiche Moreira
de Comodoro Rivadavia, El Negro Matos de Trelew y Sietecabezas Ordóñez
de Esquel.


      Venía recomendado por el Doctor Sandoval, natural de La Plata, pero
que había jugado muchos años a la pelota vasca con el padre de Otello y hacía
años que se encontraba radicado en la Patagonia. De esos tiempos recordaba
al dueño de la pensión.


       Por la década del Cincuenta y principios del Sesenta, lo más importante
del valle del Río Chubut era la ciudad de Trelew, que no pasaba de ser, a lo
sumo, un dormidero de la gente que trabajaba en la capital de la flamante
provincia: Rawson.


       Comodoro Rivadavia, lejos hacia el sur, era la capital de la región, con
petróleo en cantidad, fuertes inversiones privadas, asiento de la Brigada de
Ejército, el Obispado, la Universidad Católica, industrias, comercio pujante,
muchos bancos y población en acelerado crecimiento.


        Al norte, Bahía Blanca, más lejos aún, era la puerta de ingreso a la
Patagonia, con todo a mano: imprentas, puertos, nudo de carreteras, fábricas,
silos, agricultura y ganadería de calidad, trenes, espectáculos y verde, mucho
verde opuesto al gris monótono y depresivo que se extiende desde el río
Colorado hasta el Estrecho de Magallanes, con la sola excepción de algunos
metros a la vera de los cursos de agua, o desde las faldas de la Cordillera de
los Andes.


       Para Otello, La Plata significaba muchas cosas: el ingreso a la vida
independiente, a fumar sin ser criticado, a no depender de nadie, a salir y
regresar a cualquier hora, a tener plata mensual, y luego propia con el sueldo
de maestro. A pasear por las calles de una ciudad hermosa, disfrutar de la
oferta de 40 cines y un centenar de películas diarias, treinta locales bailables,
canchas de fútbol para ver a los grandes, hipódromo, televisión en los bares,
trolebuses y tranvías, trenes de primera categoría con coche comedor y mozos
de guantes blancos.


       Lo cultural le producía latidos del corazón y mucho aire de satisfacción
que le hinchaba el pecho.


      Él vivía en la Avenida 51, a la derecha de la plaza San Martín, en donde
se ubican los más importantes edificios públicos como la Gobernación de la
Provincia, el Senado y la Cámara de Diputados, el Paseo Dardo Rocha y la
famosa Calle 7, transitada por famosos como el Negro Platero, el Doctor
Ricardo Balbín, los más acreditados académicos del país, los jugadores de
Gimnasia y de Estudiantes, y las mujeres más lindas del continente americano.


Hacia la izquierda, se podía ver El Bosque, con un lago en un costado y botes
para alquilar, el Observatorio, el importantísimo Museo de Ciencias Naturales,
el Zoológico y calles, avenidas y paseos con tantos árboles tan distintos que
costaba divisar el sol.


Para ir a la facultad tenía que atravesar ese jardín centenario, lo que de por sí
ya era un lujurioso paseo, sobrenatural y excitante en las sensaciones más
puras de un chaval que no hacía un lustro que había abandonado los
pantalones cortos.


      Por la tarde tomaba el tren en la estación platense y a los 15 minutos
descendía en Villa Elisa, para concurrir a la Escuela 17 a darle clases a los
adultos, todos mayores que él, pero respetuosos y atentos.


       Manuel Viegas Bordeira, un próspero cultivador de flores, llevaba a sus
padres a la escuela en un coche Chevrolet modelo 33, de impecable color
verde botella y volante a la derecha, y pasaba por la estación a buscar a Otello
y lo regresaba al terminar las clases.


       Los domingos al mediodía, la cita era ir a comer a la casa del tío Arone,
un jubilado ferroviario de alto nivel que vivía en Quilmes, con dos hijos metidos
en la Marina Mercante, que no estaban nunca. La reunión era desde las 10 de
la mañana hasta las 14 horas en que los viejos se disponían a dormir la siesta.
Otello podía quedarse en el comedor para ver la tele con el sonido bajo,
descansar en el escritorio, o volverse a La Plata.


      Durante un año hizo esa vida. Estudios por la semana, cita de rugby en
Los Tilos los sábados con cine tarde y noche, y los domingos al regresar de
Quilmes, lavado y planchado de ropas, guardapolvos y sábanas.


       Otello tenía una radio “Spika” de las buenas, comprada con las
franquicias al sur del paralelo 42, y escuchaba radio Excelsior de Capital
Federal que era la más piola para los jóvenes, y los fines de semana un
programa excepcional de Talero Pellegrini titulado “Tangentes en Jazz”, que se
emitía por LS 11 Radio Provincia.


      Pasó bien las materias básicas, y con los ahorros se compró una
motoneta Vespa, usada pero en muy buen estado, pero sin decirle nada a los
padres para no preocuparlos.


       Allí apareció en su vida Liliana Scaringi, una rubia empulpadita oriunda
de Entre Ríos, dos años mayor que él y avanzada estudiante de Filosofía y
Letras.


      Otello participaba en una comisión de fisiología con Enrique Postigo
Benavides, peruano de Arequipa, muy aplicado al estudio y de comportamiento
muy cordial, quizás demasiado para las costumbres argentinas. Éste tenía un
primo, Francisco Oviedo Benavides, casi ingeniero, que tocaba el saxofón con
un conjunto tropical en el salón “Intermezzo” por la zona de la plaza Rocha. Un
sábado, con mucha publicidad, vino a actuar un solista de boleros muy
famosos “Don Roberto Yanés”.


       Francisco consiguió una ubicación especial frente al escenario. Sobre
las diez de la noche el local estaba al tope, con un noventa por ciento de
asistentes extranjeros: panameños, nicas, ticos, chapines, catrachos,
peruanos, dominicanos, venezolanos, colombianos y ecuatorianos convocados
por el alto nivel de las facultades y el valor del dólar. Las rumbas y merengues
sonaban por los altoparlantes, junto con los tropicaleros de moda
especialmente traídos en vinilo apodados “long play” desde esos países.


       A eso de las doce, con hora y media de atraso, el artista aún no había
aparecido, y las cervezas, Cubanas sello rojo, Hesperidina con soda, Tío Paco
y Sidras calentaron el ambiente, repleto de personas, humo y chicas de no muy
buena reputación, pero indefectiblemente rubias, legítimas o no.
        El gordo Bejarano, profesor de agronomía de ciento cinco kilos de peso,
agilísimo para su porte y muy bueno con los timbales, con un salto sorpresivo
bajó del escenario y tiró al piso de un derechazo al cargoso que intentaba - a
los tirones - sacar a bailar a su esposa, sentada en la misma mesa de Otello y
sus amigos.


      La batahola fue inmediata y el ingreso de la policía – que esperaba
afuera - no se hizo esperar.


        Liliana, sentada en esa mesa junto a la mujer del Ingeniero Agrónomo,
se encontraba realizando un trabajo práctico de sociología, ahora en las etapas
previas de la observación del medio ambiente. Las mujeres tomadas de la
mano y casi reptando, lograron acceder a unas de las puertas que daba al
patio, en donde los dueños y los trabajadores guardaban los autos, motos y
bicicletas.


      La policía intentaba arrestar a los peleadores metiéndolos en un
ómnibus, por un lado, y por el otro trataba de cerrar puertas para evitar
evasiones de revoltosos.


       Bejarano, propietario de un Mercedes Benz antiguo cargó a su esposa y
rumbeó para Punta Lara, en donde vivía. Otello hizo lo mismo con su motoneta,
y la subió a Liliana. Fueron para el domicilio de Postigo, luego a la casa del
primo, y al no hallar a nadie, terminaron en un bar de la calle 48 hasta que
cerró, sobre las tres y media de la mañana.


      La relación con Liliana, primero afectiva y luego más romántica, terminó
en un noviazgo escasamente pasional y de encuentros esporádicos.


       El estudio de medicina requería tiempo y sacrificios, y si a ello se le
sumaba la actividad docente nocturna, no quedaba más que el sábado por la
tarde para salir a bailar. En el centro “El Teclado” reunía las condiciones para
escuchar música, tomar un trago y bailar algunas piezas:


      “En la negra pizarra del cielo,
       una estrella lejana nos mira…”


      “Los aretes que le faltan a la luna
       los tengo guardados en el fondo del mar…”


      Dos párrafos de dos boleros distintos se tarareaban al oído, y “Siete
notas de amor” de Albino, definían la época.
        Las vacaciones de verano de ella en Paraná se prolongaron
indefinidamente, por la muerte de su padre y la necesidad de trabajar para
ayudar al hogar. Algunos viajes de Otello no alcanzaron para mantener un
vínculo, que a esas edades, suele ser muy vaporoso.


       Por la radio, en la pensión de la calle 51, se escuchó el sorteo del
Servicio Militar Obligatorio. Número Bajo para Otello. Salvado de la Colimba.
Esa noche salieron a comer con los compañeros de la pensión, pero antes
como aperitivo, una porción de pizza con vino moscato en el “Sorrento”, inició
el festejo de la buena suerte, que concluyó en un club de la calle 40 entre 14 y
15, en donde Chiche Moreira tenía una simpatía, como se decía entonces.


       De impecables trajes, con camisa y corbata, zapatos lustrados e
impermeable en caso de lluvia, pasaron por el guardarropas y entraron al
salón.


      Las mesas se distribuían a la izquierda y sobre el fondo del local. En la
pared derecha, muchas madres con los abrigos de las hijas en las manos,
permanecían toda la noche sentadas, tal vez con una naranjada y un
emparedado de jamón como todo alimento.


       Chiche se encontró con su amiga, y ésta les presentó a dos chicas del
barrio e inmediatamente salieron a bailar. Otello, solitario, quedó sentado
observando el espectáculo con una copa de cerveza.


      No era muy bueno para el baile, y menos para el cabezazo, costumbre
que significaba invitar a bailar desde lejos a alguna niña. Pero no estaba triste
ni decaído, al contrario, aún festejaba el resultado del sorteo militar. En algún
momento pensó en irse, habida cuenta que sus compañeros no lo extrañarían.


       La sucesión de discos no daba tregua para los recreos: muchas piezas
de jazz, rock and roll, Wawancó, Cuarteto Imperial y pocos tangos. Ya la
juventud había empezado a abandonar la música cuidadana.
       Otello se había convertido en un cuidador de sillas y de pertenencias de
las chicas, con los codos apoyados en la mesa y la mirada perdida.


       Maraldo, ¿Qué hacés aquí? – saludó parado a su lado un compañero de
la facultad apodado “Turquito”
        ¡Estoy de sereno, hermano – bromeó – de sereno y vigilante! Sentate un
rato.
     Es que vine con Mariel, la piba de Chacabuco que fue nuestra
compañera en primer año.


       Mariel,…no me acuerdo.


       Mariel Nicolao, la flaquita de ojos verdes,…ésa que se desmayó en el
forcep ¿Te acordás?


       Sí, ahora sí.

Capítulo Segundo


                                  Mariel

       Mariel Edih Nicolao, estudiante de medicina, natural de Chacabuco,
provincia de Buenos Aires y con familia en La Plata, vivía en la casa de unos
tíos dedicados a la imprenta y a las actividades bancarias. La tía Beatriz,
hermana de su madre Vera, era una de las pocas funcionarias de jerarquía del
Banco de la Provincia de Buenos Aires, contadora pública de profesión, pero
sin ejercicio independiente. Su tío Héctor Pérez Cortés, gallego de Orense,
arribado a estas playas a los once años, pasó de cadete a dueño de la
Imprenta Almafuerte, merced a su esfuerzo, dedicación y constancia.

       Héctor cultivaba otras pasiones: la guitarra – que tocaba de oído – y el
baile, especialmente tango. Por la tarde era asiduo concurrente al Club de
Ajedrez de la Plaza San Martín, y los domingos, con su esposa, leían distintas
obras de autores consagrados y en la cena – cuando estaban solos-
practicaban análisis literarios.

      No tenían descendencia propia, pero al comprobar el esposo que no
podía concebir por razones insalvables para esos años, criaron a dos
hermanitos de 3 y 5 años tutelados por la justicia porque sus padres los
abandonaron en la Estación Terminal de Ómnibus de la Plaza Italia. Luego de
una década de trámites judiciales, finalmente lograron la adopción.

       Raúl y Santiago Soler (porque conservaron su apellido real) se
graduaron en economía y en arquitectura respectivamente. El primero se casó
con una colega y se radicó en Santa Rosa, La Pampa, y el otro montó su
estudio en la calle 6 y 60, al lado del consultorio odontológico de su flamante
esposa.

       Los Pérez Cortés nunca estuvieron solos. Antes de Mariel habían
alojado en su casa a Mabel, su hermana mayor, que se recibió de Asistente
Social y retornó a Chacabuco.
       Ahora era el turno de Mariel. Joven aplicada, respetuosa y de muy buen
carácter. Poseía una belleza fina, del tipo de Grace Nelly, y modales suaves,
casi tímidos.

       Con la medicina tenía una relación confusa: le encantaba el estudio
teórico del organismo humano, pero existía un rechazo emocional hacia el
contacto con enfermos, el olor agrio de los hospitales y las clases con
cadáveres sumergidos en formol. Esos tres años en la facultad no habían
disminuidos sus debilidades psicológicas, pero la obtención de buenas notas, y
su perseverancia, la mantenían firme, especialmente en las prácticas médicas.

       Sus padres solían venir muy poco a La Plata porque eran propietarios de
un restaurante, que trabajaba mucho y todos los días. A veces se turnaban
para viajar, y otras regresaba Mariel en algún feriado.


       El 22 de mayo de l960, en los festejos del Sesquicentenario, el destino
reunió en una fotografía que apareció en el vespertino El Plata, a Don Héctor
Pérez Cortés y a Otello Maraldo, ganadores de dos certámenes en el Club de
Ajedrez. Se los veía a ambos levantando los estatuillas de bronce, en forma de
alfil.

       Otello, por la cercanía de su domicilio estudiantil, concurría a ver ajedrez
y se entusiasmó con el juego, que a la larga le daría grandes satisfacciones.
Esta fue la primera de una extensa serie que lo llevó a conocer el mundo.


       En esos momentos, por los parlantes sonaban tangos de Pugliese, y los
viejos salían a bailar, al tiempo que los jóvenes retornaban a sus asientos.

       Héctor y Beatriz, formaban parte de la docena de parejas que se
deleitaban con el 2 por 4, mientras los más jóvenes aprovechaban para ir al
buffet y las niñas al baño para arreglarse el maquillaje.

       En uno de los intervalos entre pieza y pieza, los designios de arriba
hicieron que se enfrentaran los ganadores del Club: Otello mirando sin ver y los
Pérez Cortés deteniéndose.

      - ¿Pibe – exclamó contento Héctor, con el típico acento español que
nunca perdió – que haces tú aquí solo como un hongo?

       - Hola, Don Héctor, ¿Qué sorpresa?

       - Mira, ella es mi esposa, y este es….

       - ¡Claro, interrumpió Beatriz, el de la foto del diario!

       - ¡Pues claro mujer, es el otro campeón…!
       La música volvió a empezar, pero Pérez estaba feliz con el encuentro,
de manera tal que se corrió de la pista para charlar un rato más, y porque los
asientos se estaban ocupando por el retorno de los amigos, que no le daban al
tango.

      ¡Ven a nuestra mesa, pibe, y tomemos algo por el encuentro y el triunfo
Es algo que nos debemos porque – le aclaró a su mujer – la otra noche se hizo
muy tarde y tanto él como yo debimos marcharnos temprano!

       Para buscar la mesa, Héctor abrazó a su esposa y a Otello, y charlando
dieron una larga vuelta a la pista, para evitar esquivar parejas cruzando por el
centro.

       El Turquito fue se paró de golpe, expresando en su rostro una
combinación de asombro y de alegría, al ver llegar a su amigo y nada menos
que ligado afectivamente con los padres de Mariel.

       - ¡Epa – exclamó en broma Don Héctor al verle la cara a Omar – si estos
tíos se conocen debe ser porque han estado presos en la misma celda, ja…!

          - Son compañeros de facultad – terció Beatriz.

          - ¿Y tú como sabes eso, mujer?

          - Por tu sobrina y por Omar, al ver el cuadro que hiciste con la foto del
diario.

      Aún parados, Otello se desprendió de grupo para besar a la hija y
palmear en la espalda a su amigo. Don Héctor los invitó a sentarse mientras él
iba por una silla y bebidas de brindis. Solo consiguió brandy español, de no
mucha salida en ese club, pero lo suficientemente añejo como para festejar el
encuentro.

          - Parecés más gordo en la foto – dijo Omar.

          - ¡Y el tío también! - añadió Mariel.

     - Es por eso que yo le escapo a las cámaras, aunque sean esas
modernas – concluyó Beatriz.

      La llegada de Don Héctor colmó de alegría a la mesa. Por ser uno de los
benefactores del club, que no cobraba los trabajos de imprenta y además
pagaba por adelantado las cuotas de socio, el encargado de la cocina los
convidó con masas de confitería para acompañar el cognac.

      La primera parte de la charla rondó sobre las partidas, hasta que Don
Héctor recordó la situación de Otello, e interrumpió el relato:

          - ¿Pibe, nunca me dijiste que estudiabas medicina?
      - Es que hablamos poco, Señor, y además usted nunca me lo preguntó.

      - ¡Oye, eso de “Señor” te lo guardas, y desde ahora nos tuteamos
porque somos Campeones. Oyeron, vosotros: CAMPEONES, así con
mayúsculas. Levanta la copa, y en seco…. A brindar a fondo vacío…!

       “Tómese una copa, una copa de vino……ya me la tomé, ya me la tomé y
ahora le toca al vecino…….”

        Mariel bailó dos piezas con Otello, y algunas más con el Turquito. Con
Omar solo eran amigos y en ese mes estaban preparando una materia juntos.
A cada momento salía algún tema vinculado a la facultad, pero Beatriz
interrumpía permanentemente con la popular expresión: “Cuando uno se
divierte no habla de trabajo”.

       Mariel tuvo un corto romance, incluso con entrada a la casa, hasta
cuatro meses atrás. Su festejante era un estudiante crónico de derecho que se
dedicaba a atender la agencia de venta de autos usados de su padre, de 26
años de edad. Muy “picaro” según la expresión de su tía y con demasiado
dinero para gastar. Lucía uno de los mejores coches de la ciudad: un Buick
descapotable rojo,    modelo 52, y ropa de última moda comprada en
“Gentleman” el negocio de las clases acomodadas.

      Julio - tal su nombre – salía los sábados con Mariel, hasta las once de la
noche, con visitas al cine y luego a cenar. Los demás días, con suerte,
hablaban por teléfono.

        Se trataba de un típico caso de “exposición de novia” con posibilidades
lejanas de matrimonio, pero que servía para exhibir a la sociedad platense la
portación de belleza, igual que el auto y la ropa. Mariel, entusiasmada, no lo
advertía. Sí su tía, y el Turquito, que conocían las andanzas clandestinas de
Julio, por los comentarios de las gentes.

       En algún momento las relaciones comenzaron a enfriar, hasta que llegó
el corte, consumado sin pena ni gloria. Sin embargo, Mariel seguía muy
enamorada.

       Omar, con los compañeros de un departamento que alquilaban en la
calle 6 *1666, compraron un billete de lotería y obtuvieron el segundo premio.
Al Turquito le alcanzó para mandarle plata a los padres, abrir una cuenta en el
Banco y comprar a nombre de su amigo Otello, un Ford Courier modelo 52 en
perfecto estado, alcanzado con las franquicias conocidas como del paralelo 42,
que no pagaban impuestos internos, pero que tampoco podían cruzar hacia el
norte de dicho círculo geográfico, salvo por un tiempo determinado y conducido
por su dueño. Hasta que lograron la liberación del vehículo, el furgón repartía
productos de panadería conducido por un primo de Omar. Por esa operación
Otello recibía el 12 % y Omar el 75 % de las ganancias. El único compromiso
era entrar y salir de la zona liberada cada seis meses, oportunidad en que
Otello aprovechaba para visitar a sus padres.
       La amistad entre ambos fue en aumento, a punto tal que alquilaron con
opción a compra un local en planta baja, con departamento en el primer piso y
terraza, en 38 entre 4 y 5.

       Otello avanzaba en sus estudios de medicina, y de tarde atendía el
depósito y distribuidora. Omar le dedicaba más tiempo, y ello lo retrasó en la
facultad.

              El que tenía más destrezas comerciales era el Turquito, y su
sociedad con Otello le brindaba la mayor seguridad dada su honestidad y
respeto por las obligaciones.

       Las horas de clases de adultos en Villa Elisa, finalmente pudo
pasárselas a Mariel, porque su promoción en medicina transcurría lentamente
debido a cierta inseguridad intelectual que la obligaba a repasar una y otra vez
los mismos temas. Una de las materias más difíciles: Interna, era su fuerte, y
con el tiempo fue nombrada Ayudante.

       Omar se puso de novio con Amalia Quiróz, una amiga del barrio de
Mariel, y contrató a su futuro cuñado para que se encargue del reparto con la
segunda camioneta que adquirió la sociedad de hecho: una Chevrolet con
cúpula del 54, también del paralelo 42.

        Omar tenía – como decía Mariel – una manía nacionalista. En las fechas
patrias: 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, también el 12 de octubre y el Día de
la Tradición, la costumbre indicaba cargar el vehículo con todo lo necesario
para hacer un asado en el parque Pereyra Iraola, antigua propiedad de la
familia del mismo nombre, expropiada por el gobierno justicialista y
denominado Parque Derechos de la Ancianidad, que junto con la Ciudad
Infantil emplazada a unos kilómetros de allí – en Manuel B. Gonnet –
materializaban las consignas sociales del ex presidente Perón y su esposa, la
famosa Evita.

       Otello, ya estaba seguro, se había enamorado de Mariel, pero solo se
trataban como amigos, pues ella seguía enamorada de Julio, a pesar de la
ruptura definitiva del vínculo, y del hecho de no haberse visto nunca más, ni
siquiera en las calles del centro o en los cines y confiterías.

       Cinco años después la Vespa había sido reemplazada por un Renault
Dauphine, y más tarde por la versión mejorada: Gordini, lo que le permitía
viajar diariamente al Hospital de Melchor Romero en donde había sido
designado Practicante.

       El fallecimiento del tío Arone – de un paro cardíaco – lo obligaron a
trasladarse a Quilmes para acompañar a la viuda, hasta que sus primos, uno
embarcado en una línea que llegaba hasta la Unión Soviética y el otro en los
cargueros de YPF, decidieran qué hacer con la madre y con la propiedad.
Ambos eran solteros y con muy pocas ganas de casarse.
        Por un largo tiempo la casa fue reacondicionada. La inmensa pieza
matrimonial de los viejos se convirtió en el dormitorio-biblioteca-laboratorio-
taller de Otello, y la habitación de huéspedes, la ocupó Josefina. Quedaban
intactas las pertenecientes a cada uno de los hijos ausentes.

       Presionado por las circunstancias de vivir solo, la “Negrita” Quiróz, luego
de tanto insistir consiguió que Omar – sin esperar a recibirse porque le faltaban
dos largos años- pasara por el Registro Civil de La Plata y la Iglesia San
Ponciano, en el mismo tiempo que adquirieron la propiedad alquilada.

       La fiesta de casamiento fue privadísima y en el club de la calle 40,
elegido especialmente por Don Héctor. Allí estuvieron familiares y amigos de
las “barras” de los cuatro: de los que se casaban y los dos testigos y también
padrinos: Mariel y Otello.

        El casi médico Otello no paraba de viajar desde La Plata a Romero, de
allí a Quilmes y vuelta a la facultad y a algunos de los hospitales asociados a la
Universidad.

       Algunas veces Mariel lo acompañaba a Quilmes, y se quedaban a
dormir, cada uno por separado. Ella se había hecho muy amiga de la tía
Josefina, y hasta pasaron unos cuantos fines de semanas juntos en la casa de
La Plata, porque a los tíos le encantaba su compañía.

        Al padre de Otello, por esas cosas inhumanas de la política argentina, lo
jubilaron de oficio con una indemnización carente de decoro. Otello juntó parte
de sus ahorros, logró – gracias a Beatriz – un préstamo generoso en el banco,
y con la venta de la propiedad de Dolavon, compraron una casa en Trelew con
dos consultorios para alquilar, uno de odontología con la aparatología
necesaria, y otro para clínica. Al lado se mudaron los padres, y hasta sobró
dinero para comprar un auto usado: Siam Di Tella modelo 61.

        Mariel viajó con Otello, en el Gordini a Trelew. Ella dormía en la casa de
los viejos y Otello, en la de su amigo Puchi Cimadevilla, porque la propiedad no
era muy grande.

        Estuvieron allí un fin de semana largo, y al regresar – luego de una
meditación que llevó años – Otello intentó suplantar la falta de radios de onda
larga a esas horas de la mañana, con la revelación de sus sentimientos, ahora
que la cinta asfáltica había dejado atrás kilómetros interminables de serrucho,
ripio y polvaredas.

      - ¿Decime, Mariel, seguís enamorada de Julio?

      - ¡Julio se casó, Oty!

      - ¡Qué tiene que ver… te pregunto nomás!

     - Estuve viendo a Loly Ojeda, esa chica que hacía las prácticas en
Romero….
       - ¿La ayudante de psiquiatría de Resúa?

       - Estoy confundida, Oty, a un paso de ser médica, no me puedo sacar de
la cabeza a Julio. Ella está metida en el psicoanálisis, pero esas cosas a mi no
me gustan. Yo me voy a dedicar a la investigación. El doctor Gallotti, cuando
me reciba, me va a llevar a Capital para trabajar con la gente que estuvo con…

      - ¡No cambiemos de tema, Mariel, no me estoy declarando aún, quiero
saber que sentís por Julio!

       - Todo y nada. Estoy confundida ( y se largó a llorar)

       El viaje de retorno fue muy tenso para los dos. Llegaron de madrugada a
La Plata, y Otello se quedó a dormir en la casa de su amiga, porque ese mismo
día a las siete, debía dar una práctica en el hospital Gutiérrez.

      A la graduación le siguió la residencia médica, y luego la especialización
en cardiología.

     La amistad con el Turquito y Mariel continuó con visitas esporádicas, ya
que Otello vivía en Quilmes, viajaba seguido a Trelew, y debía concurrir al
CONAREME en Buenos Aires.

      Josefina ahora tenía un hijo más, quizás mejor que los propios que
raramente hablaban por teléfono o venían a visitarla, salvo para los
cumpleaños, aniversario de la muerte del papá, y las Fiestas.

       La viuda en los últimos años había adquirido la costumbre de viajar el
tours de pensionados, y de asistir a té-canastas asiduamente. El esposo le
había dejado una buena jubilación y tres departamentos de renta, dos en Mar
del Plata y uno en Cangallo al 2000, en Capital.

       El Día de Todos los Santos, al regresar del cementerio, se desmayó en
el dormitorio. Afortunadamente Otello estaba en la cocina y escuchó el ruido.
La asistió y llamó a la ambulancia.

        - Otellito – de dijo al oído mientras esperaban a los del Sanatorio – en mi
mesita de luz tengo una llave que abre el baúl que está en el comedor, al lado
de la ventana, que tiene esa lámpara de cobre encima. Era de tu tío, y quiero
que sea tuyo. Llevátelo de aquí, porque si me muero, mis hijos lo van a tirar al
diablo.

      - ¡Vas a estar bien, tía, es solo un pico de presión! Es mejor que te
hagan unos análisis para quedarnos tranquilos, pero de esta no te vas a morir!

       - De esta no, pero algún día…
Capítulo Tercero


                                  El Baúl

        El Baúl era muy, pero muy pesado. De forma rectangular con las
esquinas de bronce y flejes dorados que resaltaban las vetas de una madera
muy dura de color rojizo, era utilizado como elemento decorativo luciendo una
lámpara de las que se usaban en los vagones de lujo de las salas de estar de
los ferrocarriles ingleses.

      Otello tomó la llave al regresar del Sanatorio Ferroviario, en donde había
dejado a su tía en observación por dos días.

       Le costó accionar la llave, pero finalmente cedió. El olor a papel viejo,
rancio y desagradable, dejó lugar a la curiosidad por saber qué albergaba dicho
depósito.

       Muchas partituras antiguas con tangos de Enrique Delfino, De Caro, el
médico Antonio Riú, autor del célebre “Farolito Viejo” y otros tangos que
interpretaba su padre, y libros pertenecientes a la masonería. En el lado
derecho se apilaban tres cajas de zapatos prolijamente forradas con papel
araña verde, y en cada una de ellas había medallas, estatuillas, compases y
símbolos de la secta masónica a la que pertenecía Arone.

      Nadie le había indicado nunca esa adhesión filosófica, se podría decir.
Por su padre sabía que tocaba el piano, y que era un gran lector, pero jamás
que tenía inclinaciones de esa naturaleza.

       En esos momentos recordó que, en los primeros días de facultad,
cuando aún los resplandores de la ciudad lo conmovían, el tío Arone pasó por
la pensión y lo llevó a conocer el hipódromo de La Plata.

       A la salida, en una de las paredes había dos inscripciones: Una referida
al presidente que decía “Frondizi comunista” y la otra “Perón cobarde y masón”.
      Arone levantó la cabeza como mirando al cielo y murmuró: “Dios
perdónalos, no saben lo que hacen”

      - ¿Qué pasa tío?- preguntó.

      - Nada, querido, nada. Si estos mozos ensuciadores de muros supieran
que San Martín era masón, elegirían otra palabra para agredir a Perón. Nunca
te metas en política, hijito, porque la búsqueda del poder lleva a las peores
bajezas.

       Otello siguió separando objetos, hasta que en el fondo de la segunda
caja, adentro de un sobre, encontró tres medallas de oro del tamaño de un
botón de sobretodo Una con un símbolo, que con los años se enteró que era de
los Templarios y en el dorso la inscripción OM 10140.

        Las otras dos, de similar tamaño y peso, aunque con símbolos
geométricos distintos, presentaban en la contracara letras y números con algún
significado ajeno a los razonamientos de Otello.

      Una decía MEN 6540, y la otra DOG 21506.

       Supuso que debían tener, además del afectivo y gran valor simbólico,
quizás relacionado con las personas y con las mascotas por sus palabras en
inglés: hombre y perro.

      También podían ser constelaciones, o cantos litúrgicos como el OM
sagrado, o quizás podrían estar referidas a la cultura egipcia.

       Lo cierto es que, por ser de oro y poseer un gran valor comercial,
decidió separarlas del resto y guardarlas en un lugar seguro y controlado: el
maletín de médico, con un bolsillo escondido interno.

       Las visitas a La Plata se espaciaban cada vez más por sus crecientes
obligaciones profesionales. Las tareas del internado llenaban todo el tiempo, y
cuando podía, hacía pasantías gratuitas en la clínica del Dr. Ferruccio
Contemponi, un campeón de la cirugía cardiovascular y excelente persona.

        A Otello no le entusiasmaba la cirugía, pero a través de ella completaba
sus análisis clínicos, y se estaba convirtiendo en una verdadero especialista a
partir de la observación de los síntomas.

      Rodríguez Aguilar, un médico centroamericano que vivía seis meses al
año en Buenos Aires para aprender, solía decir que los argentinos eran los
genios de América, y que Otello Maraldo llegaría a ser uno de los mejores.

      En un Congreso celebrado en la Universidad Autónoma de México,
Rodríguez Aguilar presentó el caso de Otello, que anunciaba enfermedades
con solo observar los gestos, rostro, tipo de manos y posturas de los – por
ejemplo – pasajeros que esperaban abordar el tren en las estaciones de Retiro
y Constitución.
       Mariel se graduó en la facultad, y antes de recibir el diploma, se mudó a
la Capital Federal, con un empleo en el Consejo Nacional de Investigaciones, y
en la Fundación de Investigaciones Biomédicas. No ganaba mucho, pero eso le
permitía realizar su vocación, pagarse sus gastos y viajar algunos fines de
semana y feriados a Chacabuco, a Quilmes y a La Plata.

       En 1968 Otello instaló su consultorio en Trelew, que atendía los fines de
semana, fundamentalmente porque quería estar con sus padres, viejos pero
sanos.

      La fama lo había convertido en un personaje de consulta, y no paraba de
atender gente de toda la Patagonia. Había adquirido una coupé Torino de tres
carburadores y asientos de cuero, que guardaba en un garage alquilado, ya
que viajaba en avión y en Buenos Aires se manejaba en taxi, subte o
caminando, por ser más cómodo.

       Antes de cumplir los treinta años ya era muy reconocido por su talento, y
varios equipos de colegas lo hacían participar de sus honorarios ante casos
complejos.

        Su rutina era levantarse a las cinco de la mañana para estudiar,
clasificar textos en inglés y francés, hasta las nueve que empezaba su
actividad. Concluía – indefectiblemente – a las seis de la tarde, porque debía
acostarse antes de las veintidós, al menos de domingos a viernes.

      Cuando no viajaba al sur, iba a La Plata, Quilmes o Villa Elisa para
saludar a sus amigos. A veces lo hacía en compañía de Estelita Ramírez, una
bioquímica liberal, que como él, no quería casarse.

      Las crecientes obligaciones lo fueron distanciando de sus amigos y de
sus padres. En 1970 fue becado para estudiar en Virginia, y allí se quedó hasta
1974. De 1975 a 1978 se especializó en Barcelona, y aunque viajaba bastante
seguido a la Argentina, las cosas de su entorno fueron cambiando.

       En 1979 compró una casa en San Isidro de generosas dimensiones, y
con residencia para caseros. Una arquitecta amiga, separada con cuatro hijos,
con quién mantuvo un largo romance, le remodeló la finca y el parque. Preparó
para sus padres la casa principal, y refaccionó totalmente la vivienda de los
cuidadores para él. Sin embargo sus padres optaron por la casa más chica y
Otello tuvo que vivir solo en la inmensa mansión.

       A pocas cuadras se asoció con dos colegas e instalaron un Instituto
Cardiovascular, luego levantaron una Escuela para jóvenes profesionales, en el
lote contiguo un Centro para la atención de menores, y finalmente se vincularon
con una Universidad Norteamericana para recibir becarios todo el año.

       Antes de terminar el año 1990 falleció el padre de Otello, y a los dos
años la madre. Convirtió esa construcción en una especie de museo. En una
habitación tenía fotos y recuerdos de su paso por La Plata, en el comedor
diplomas, premios y trofeos de su vocación ajedrecista, y en el cuarto más
pequeño, con un diván que solía utilizar cuando decidía no atender a nadie, el
baúl del tío, y en una caja fuerte disimulada en la pared, dinero, divisas, objetos
de valor, escrituras y las tres medallas de oro.

        En el garaje guardaba un moderno BMW, descapotable, que solía
utilizar muy de vez en cuando, un Renault nuevo, cuatro bicicletas para él y
eventuales amigos, y una motoneta Vespa impecable, de los años sesenta.


      El Turquito ya era abuelo, y había cambiado dos veces de pareja. Se
dedicaba a la gastroenterología infantil y tenía un negocio de ambulancias y la
propiedad de dos clínicas, una en Berisso y la otra en La Cumbre.

       De los tres compañeros de pensión, dos habían muerto jóvenes, y
Ordóñez, el apodado “Sietecabezas” vivía en estado lamentable, por su
adicción irrefrenable al alcohol.

       Mariel – lo sabía por referencias – vivía humildemente con la jubilación
de Estado, y el puesto de Directora de la Fundación. No había ganado mucho
dinero con la profesión, pero lo suficiente como para tener su departamento en
Ayacucho y Sarmiento, y un piso frente al Parque San Martín, en Mar del Plata,
lugar al que viajaba muy a menudo.

        La última vez que estuvo con ella fue en el velatorio de la tía Josefina,
en el invierno de 1988.
Capítulo Cuarto


                               Las Fechas

       De los 55 a los 63 años se dedicó a conocer el mundo. A Rusia, por
ejemplo, fue tres veces, lo mismo que a Sudáfrica, Suecia y Australia. A la
India, China y Japón dos veces. En una sola ocasión visitó Tailandia lo mismo
que Israel para hacer el recorrido de Jesús.

      A España, USA, Italia y la Europa unificada fueron tantas que perdió la
cuenta.

      Su última compañera, Marita González Franco – de lejano parentesco
con el Caudillo español – pintora y poeta, rompió una relación de diecisiete
años cuando el Marqués de Fuentealba le ofreció matrimonio, a los 57 años de
edad.

       Esta fue la mejor pareja de Otello. Siempre bien dispuesta, fina, elegante
y muy cariñosa. Ambos se quisieron mucho, aunque nunca hayan formalizado
el matrimonio.

      En los últimos tiempos a Otello se lo veía desganado. Debía hacer
esfuerzos para leer, se aburría con facilidad, y lamentaba no haber tenido
descendencia.

      Marita siempre le hablaba desde Europa, para contarle las novedades, y
saber de él.

       La muerte del Dr. René Favaloro – al que admiraba como persona y
como científico – lo hizo repensar su vida. Por delante no tenía nada, y lo de
atrás había sido tragado por el tiempo. Ni Trelew ni La Plata eran lo mismo,
como así tampoco los ideales de la juventud.

       Había participado de cientos de congresos en todo el mundo, que ahora
derivaba a sus discípulos, pero con una condición: no mezclar placer con
trabajo.
      Si debía ir a Ámsterdam, asistía a las jornadas, daba su conferencia o
aprendía de las demás y se volvía a Buenos Aires. Para el turismo elegía otros
momentos, ya que tenía el suficiente dinero para hacerlo.

      El sábado once de marzo, un muchacho en motocicleta justo cuando se
aprestaba a salir a caminar hasta la zona del hipódromo, le entregó un sobre
proveniente de La Plata.

      “Oty querido, el domingo 21 de mayo bautizamos a las mellizas de oro,
mis dos nietas hijas de Matilde, y te aviso con tiempo para que vengas. Te he
mandado correos pero no sé que pasa con tu computadora, ni con tu teléfono.
Vamos a ir a la iglesia los que quedamos a las once horas. Si no me contestás,
desplazo un batallón del ejército – ahora que tienen poco laburo – para ir a
buscarte. No me falles, hermano, Un abrazo de Omar”

      Otello confirmó su presencia en forma graciosa. Adquirió una veintena
de cajas integradas unas dentro de otras y en la última escribió en su tarjeta
personal: Allí estaré, con regalo y todo. Para asegurarse de su recepción,
mandó el paquete con uno de los choferes del Instituto.

      En el Instituto le preguntó a Delia, la mujer orquesta encargada de lo
administrativo, prensa, relaciones públicas, ceremonial y asesoramiento
femenino, qué tipo de regalos podía llevarle a las mellizas.

      - ¿Son católicos? – preguntó.

       - Claro, si se van a bautizar, y nada menos que en la nueva Catedral de
La Plata.

       - Entonces cómprele algo de oro personalizado, Doctor, algo que le
recuerden a usted, cuando sean grandes – respondió con ese típico acento
correntino.

      - ¿Alguna medalla no muy pesada?

      - Perdone Doctor, ¿ésa es la familia que usted testó para dejarle parte
de sus bienes?

      - ¡Claro, pero ahora deberé hacer otra escritura, no!

      - Exacto, pero volvamos a lo de ahora: ¿No tiene usted algo propio de
oro para fundir, y hacer algo personal? Dicen que eso trae suerte, y si está
bendecido en alguna iglesia mejor. La de San Nicolás es muy milagrosa.

       - ¡Tengo, tengo, Delia, muchas gracias! ¡En estos días volveremos a
hablar!

      - Doctor, el padre de la doctora Soriano es joyero y trabaja muy bien.
Tiene negocio en Martínez, cerca de mi casa…. ¡Le puedo hablar!
      - Gracias, querida Delia, en estos días decidimos.

      Otello fue directamente a la caja fuerte y buscó las medallas masónicas
con la idea de fundirlas, para que sirvieran de alguna utilidad, pero no las
encontró a pesar de haber revisado varias veces.

      Subió al cambiador de la casa grande, y buscó en los estantes su viejo
maletín de médico, pero no estaban ni siquiera en el bolsillo secreto.

       Perplejo, pensó que alguien podría haberlas robado, pero desechó la
idea al comprobar que objetos de mucho más valor estaban guardados, como
dólares, mejicanos de oro, barras, euros, diamantes, anillos, medallas, en fin.

      Volvió a buscar con el mismo resultado, y sin saber bien si una barrita de
oro serviría para fundir, la separó y guardó en una bolsa de terciopelo que
encontró en la caja. A los dos días le entregó el material a Delia.

      Finalmente llegó el 20 de mayo, sábado, cálido para la época y pletórico
de sol. Soriano, con la barrita de oro, había fabricado dos medallitas con
ángeles y detrás las iniciales MM y MD, correspondientes a María Mercedes y
María Dolores, más una cadena para cada una de las niñas, con un broche que
reproducía las imágenes de los mensajeros de Dios.

       Como habían acordado, a las diez de la mañana, el padre de la doctora
pasó por la casa y le entregó los regalos envueltos prolijamente, negándose a
cobrar el trabajo, por el gran apoyo que le había brindado a su hija cuando
ingresó al Instituto.

      También le devolvió la bolsita con las tres monedas masónicas faltantes,
sin comentarios. Otello, al notar cierto peso, vio su contenido.

       Señor Soriano – preguntó frunciendo el ceño - ¿estas medallas estaban
en la bolsita?

      - Sí doctor, seguramente deben ser de colección.

      - ¿Ha visto otras de este tipo, Señor Soriano?

       - Me han traído algunas parecidas para vender o fundir, pero yo no me
dedico a malograr alguna obra de arte, o estas cosas que pueden ser
amuletos, condecoraciones, ¿vaya uno a saber? Ah, doctor, ya están
bendecidas por la Virgen. Mi esposa aprovechó esta oportunidad para que la
lleve a San Nicolás, de manera que nos fuimos el miércoles.

      Otello acompañó a Soriano hasta el coche, y se despidió muy
agradecido por el gesto.

     Sin darse cuenta metió los regalos y la bolsita en la carterita de trámites,
en donde llevaba la documentación de coche, los papeles del seguro, la
agenda, pares de lentes de repuesto, y el neceser en la intención de dejar todo
listo para el otro día, que debía viajar a La Plata.

       Cuando subía la escalera de la casa grande, lo asaltó la idea de escapar
de la rutina e ir ese mismo día a La Plata para recorrer tranquilo los sitios de su
juventud, alojarse en un hotel, dormir la siesta y pasear sin apuros.

        Probablemente, pensaba, a la noche podría cenar en Punta Lara, frente
al río en el Jockey Club, como cuando era estudiante y juntaba los pesitos para
disfrutar el sábado.

      Desechó la idea de manejar el BMW para evitar malos momentos. Armó
rápidamente la valija, como era su costumbre, y a bordo del Renault enfiló para
La Plata, cargando – como no era su costumbre – el teléfono celular por las
dudas.

         Por la autopista, en Hudson, tomó la carretera a Mar del Plata y
desembocó en el famoso arco del Parque Pereya Iraola, por el camino
Centenario. A mitad de recorrido, dobló hacia la derecha por un camino de
tierra, intentando buscar el famoso lugar, debajo de un puente, en donde solían
ir de pic-nic con sus amigos de entonces.

       No acertaba a dar con el sitio, porque había transcurrido casi medio
siglo. Entonces decidió estacionar el coche en un claro, cerrarlo con seguro y
alarma y caminar un rato, con la sola compañía del portafolios y la campera
echada sobre el hombro.

       Llegando al arroyo Pereyra, mucha gente parecía estar festejando algo,
o al menos en los preparativos. Por viejos altavoces enganchados con alambre
en los árboles se escuchaba la orquesta de Héctor Varela.

      Camiones y vehículos antiguos, pero bien cuidados, se estacionaban
cerca de los fogones.

      Un colectivo de la línea 60, de diseño pasado de moda y con la
propaganda de Geniol en el techo, hacía las veces de cambiador y depósito de
canastas de mimbre.

       “Esto no ha cambiado nada”, pensaba Otello.

       Recordó, de repente, que adherido a una construcción de material casi
llegando al camino Belgrano, había un parador en donde – en esos tiempos –
se podía comer, tomar algo, y hasta bailar.

      Y hasta ahí llegó, feliz consigo mismo, porque había reemplazado la
depresión habitual, por un reverdecer de los años mozos.

      Había poca gente sentada afuera. Dos parejas que discutían entre sí,
mientras tomaban cerveza, y dos adultos, seguramente cansados de caminar,
que no hablaban entre sí. “Hipertenso” diagnosticó para sus adentro, al ver las
manos y la postura de uno de ellos.

        Cuando se acercó el mozo pidió agua mineral con gas, luego sin gas y
por último alguna gaseosa light.

      - ¿Usted es uruguayo, jefe? – preguntó el camarero.

      - No- respondió extrañado.

      Mire, señor, le puedo ofrecer cerveza, bidú o agua de la bomba, que
sale muy fresca ¡no vaya a creer!

      - No, gracias, voy a caminar un poco

      - ¡Quédese sentado, jefe, ya habrá tiempo para pedir algo!

      Sucedía algo extraño en todo esto que Otello no alcanzaba a descifrar,
desde los autos antiguos que pasaban por la ruta con demasiado ruido de
motores, hasta la ropa de la gente, la vestimenta del policía a caballo, y los
sonidos de la radio que partían del mostrador.

       Se puso de pie y con un gesto saludó al mozo intentando llegar al coche.
Al voltear a la izquierda, alertado por el grito sonoro de un pájaro carroñero,
divisó la vieja casona de tejas, muy bien conservada, en donde solían lavarse
la cara y las manos antes de emprender el regreso a La Plata, décadas atrás.

       Otello quería repetir todo: entrar al baño, lavarse las manos y sacudirlas
afuera antes de utilizar el pañuelo auxiliar que acostumbraban llevar.

       A medida que se acercaba a la construcción, una mujer salía de los
sanitarios femeninos. Era Mariel en su juventud o alguien muy parecida.

      A Otello se le detuvo el corazón, pero la sonrisa de ella lo tranquilizó a
medias.

      “Es ella - pensaba – con la misma figura de entonces y la misma belleza”

       Por una extraña conducta psicológica aceptó esa situación como normal
, y corrió a estrecharla en un abrazo, pero ella lo besó apasionadamente en la
boca, al tiempo que no dejaba de repetir: te quiero, te quiero, te quiero.

      El abrazo sin fin diluyó el tiempo, y el corazón de Otello henchido de
gozo, buscaba tener alas para poder escapar de ese cuerpo y volar juntos
eternamente.

      Con lentitud Mariel se fue desprendiendo de Otello.

     “Hasta mañana, amor. No te olvides de llevar las medallas” , y corriendo
desapareció entre las plantas del Parque.
      La confusión se apoderó del médico. No sabe de qué forma llegó hasta
su coche, y dudaba si lo que había pasado era real.

       Cuando retomó el camino Centenario, dio una vuelta a la plaza para ver
su vieja Escuela 17, ahora ampliada y con anexos. Le llamó la atención los
árboles tan altos y calles de asfalto por todas partes.

       Con mucho tránsito y ya casi de noche, entró en una ciudad muy
iluminada y con superabundancia de coches. Se alojó en el hotel y colocó
sobre la cama las tres medallas, mirándolas una y otra vez, sin hallar sentido.

      Luego de acomodar sus pertenencias, bajó al bar con la intención de
tomar vino tinto, un tostado triple y irse a la cama, con un Alplax.

       Estaba solo en el salón cuando el mozo dejó la cuenta sobre la mesa. Al
traer el vuelto, le dijo: “Doctor, cada una de las monedas tiene fechas: 10140 es
la de su nacimiento, 6540 el de Mariel, y 21506 es mañana. Muchas Gracias
por la propina. Que Dios lo bendiga”

     Otello no esperó el ascensor para subir a su cuarto en el tercer piso.
Comprobó las fechas, y también por las escaleras corrió a buscar al camarero.

       Agitado, con la mirada lo buscó por todas partes, y al no encontrarlo fue
a la barra. “El único mozo es Oscar, señor, las otras dos son mujeres y están
en el comedor” – le aclaró el cajero.

      - ¿Perdió plata? – insistió.

      - ¡No, no es eso! – balbuceó.

      - ¿Se siente bien, mi amigo?

      - ¡No se preocupe, soy médico, me voy a dormir, gracias!

      - ¿Puedo ayudarlo, señor? - le preguntó preocupado.

     - ¡Es que no puedo tomar vino – mintió – pero no hay peor paciente que
un médico, y encima viejo. Hasta mañana, compañero!

      - Hasta mañana, doctor.
Capítulo Quinto


                      Las Nuevas Medallas

       Se despertó a las siete y cuarto, tras dormir profundamente gracias al
relajante químico, y con la modorra típica producida por esos productos,
encendió la televisión mientras se rasuraba con la afeitadora eléctrica.

       A esas horas, en un día domingo, la televisión no es atractiva para
aquellos que pretenden estar informados sobre el clima, la temperatura y las
últimas noticias, indefectiblemente policiales.

       Tomó una ducha, primero de agua caliente seguido de unos chorros de
agua fría para despabilarse. Controló que la camisa blanca no estuviera
manchada ni arrugada, también las rayas del pantalón y el brillo de los zapatos
negros, a tono con el traje gris azulado, corbata a pintitas rosadas sobre fondo
violeta, y encima un sobretodo color azul de paño naval británico.

        A desayunar bajó sin saco ni corbata, y sobre los hombros un pulóver
color crema, por si estaba fresco. Separó unas monedas para el diario y las
propinas, y guardó en el bolsillo trasero unos trescientos cincuenta pesos en
billetes sueltos.

      El hotel ofrecía sus servicios en una sala exclusiva, denominada
“Desayunador” obviamente castellanizando alguna expresión anglosajona,
lamentablemente tan común en estas épocas.

        Varias mesas decoradas con largos manteles, eran cubiertas por
bandejas con masas, panecillos, facturas, galletitas y pan fresco para tostar en
el acto. Al lado, las frutas de estación, dulces, mermeladas, cuajadas, yogures
y distintas clases de jugos. Una máquina contenía agua caliente y fría, y por
último una selección de platos, tazas, copas, vasos y cubiertos, para que el
pasajero tomara a su gusto.

       Otello estaba solo en esa habitación, con el único sonido de una emisora
de radio ubicada sobre el mostrador. Se podían escuchar los ruidos propios de
la gente que prepara cosas en la cocina, y el tarareo emitido por una voz
masculina, que partía desde adentro.
       “Claro – pensaba Otello – esta ciudad se mueve de lunes a viernes, y los
fines de semana no debe parar ni el loro, ¿pero por qué tanta comida?, la
deberán tirar o quizás la donan a un hogar de ancianos, algún comedor
comunitario, ¡qué se yo!

    El mozo,    que se dirigía desde la barra hacia él,               interrumpió
momentáneamente sus pensamientos:

      - Buenos Días, doctor Maraldo, ¿tomará café, té….?

      - Café negro, por favor, y si tiene una aspirina se lo voy a agradecer.

      - El servicio está incluido en el precio de la habitación, ¿la 214 verdad?,
y puede servirse lo que desee, o se lo puedo alcanzar yo mismo.

      - Gracias, una medialuna dulce, para atenuar el efecto de la aspirina.

       - ¿Le alcanzo el diario local, doctor? ¿Si prefiere alguno de Buenos
Aires, se lo puedo comprar en la esquina?

      - No, muchas gracias, el local está perfecto.

        Otello seguía con sus pensamientos, pero ahora había pasado de la
crítica a las comidas, a la tardanza del mozo:

       “Es que La Plata todavía es pueblo, un pueblo grande, y todos se toman
su tiempo; en cambio en Capital todo es rápido y te vas acostumbrando a ese
ritmo. En Martínez, San Isidro, Vicente López es lo mismo, se contagiaron de
los porteños y todo va a los piques. Este tipo se debe aburrir los fines de
semana, por eso le pide permiso a una pata para mover la otra… ¡Otello, son
las ocho de la mañana! ¿Qué apuro tenés, hermano?

       La máquina de café estaba sobre el mostrador, y ocupaba la cuarta
parte de su extensión. De color negro, con manijas y grifos plateados, en el
secadero de arriba se amontonaban los pocillos, y en el de abajo, las tazas y
los platitos.

       “Todos estos artefactos – seguía cavilando – son inventos de los tanos,
y ellos no tienen ni un gramo de café en su territorio. ¡Claro, tampoco tienen
petróleo ni ovejas, y manejan buena parte de los hidrocarburos y las lanas! ¡No
sé, los argentinos que somos mas italianos que otra cosa, copiamos de ellos
las fulerías, las mafias y todas esas cosas. ¡Como dice el negro Páez: nos
mandaron toda la bosta, y se quedaron con lo mejor ¡ ¡ Nooo, eso no es cierto,
mis viejos son hijos de tanos, mi viejo era argentino porque nació en el barco,
pero era tano cien por ciento. Y laburador, creativo, músico. Los gallegos y los
tanos se rajaron de Europa por la malaria, el ragú, eso… Y aquí vinieron a
laburar! ¡Como los galeses, los portugueses, los que hicieron la Patagonia! ¡La
joda la hicimos nosotros, que siempre nos farreamos la guita! ¡Bueno, yo no,
tampoco la pavada!
      - Mejor dejo de pensar tonterías… ¿Y el mozo, se olvidó el mozo?

       - Doctor, aquí le dejo el diario, la aspirina y el café en jarrito, porque
tiene mejor gusto. ¿Me había dicho medialunas de confitería, no?

      - Sí, muchas gracias.

       Mientras saboreaba el café, de muy rico gusto, ojeaba el periódico
platense, concentrándose en los títulos. Nada nuevo: la Plaza de Mayo como
escenario de la política, la selección nacional de fútbol reiterada hasta el
hartazgo, la disputa entre radicales y peronistas, las elecciones en Colombia y
Perú, los pinchas que quieren su estadio, y la alegría de los triperos por la
campaña de Troglio. “¡Nunca salimos campeones, nunca!” – blasfemó para sus
adentros.

      - ¿Quiere un poco más de café, doctor?

       Con los ojos pegados en el diario escuchó esa voz que no era la del
mozo reciente, sino la del personaje del día anterior. Por su cabeza, a la
velocidad de la luz, transcurrían imágenes, historias, comentarios, y por sus
sentimientos, líneas de alegría que se fusionaban con las de incertidumbre,
angustia, miedo, Miedo a levantar la cabeza y nuevamente ingresar en ese
mundo extraño que intentaba quitar de su cabeza.

        Se escuchaba a sí mismo decirle a los pacientes. “No piense en el
infarto, sáquese esas ideas de la cabeza. No se dé manija usted solo. El
corazón escucha a la mente, y si usted tiene miedo, el corazón se debilita.
Piense en cosas lindas, no deje que las ideas entren en torbellino en su
cabezota. Piense en otra cosa, aunque al principio le cueste, piense en otra
cosa”

       El ingeniero Calandra, un amigo de su padre que falleció a los noventa
y pico de años, tuvo un accidente severo cerca de los sesenta:

      “Otellito, vo me decí que me cambie la testa, ma peró e´difícile, perche la
mente me gana por cansancio. Cioé, é ma forte che Calandra”

       - ¡Haga un esfuercito, Don Cala, usted es un tipo de fierro. Todo anda
bien. Nada de sal, nada de rabietas y pensamiento positivo!

      - ¿Puedo rezar, a la Madonna mía?

      - ¡Genial, don Cala, genial! ¡La Virgen siempre ayuda!

      Otello levantó la vista para corroborar la certeza de sus pensamientos,
pero no dejó de ser amable:

      - ¡Si, por favor!. Perdone la distracción. Un poco más de café.
      Ángel, así se llama, apoyó las muñecas en la mesa, tiró el cristal sobre
el hombro izquierdo, y se agachó para hablarle:

       “Se lo que estás pensando. Tratá de tomarlo con naturalidad. Te van a
pasar cosas lindas, y vamos estar en contacto. Ya me tengo que ir, saludos del
tío Arone. Ahhh, me olvidaba……te manda tres medallas nuevas. Chau.”
       Se enderezó, metió la mano en el bolsillo superior de la chaqueta, en
donde los camareros suelen llevar la billetera, y sacó un sobre rectangular de
gamuza color crema, con tres medallas, que dejó sobre la mesa.

      - ¡Mozo…!

      - Me llamo Ángel…

      - ¡Ángel!, voy a tener preguntas,…. Necesito más datos… ¿cómo me
contacto?

      - Ese es mi problema, Otello. ¿Más café?

      - Si, más café.

       El camarero volvió a colocar el cristal casi sobre la muñeca, le sirvió el
café con una jarra térmica que apareció de la nada, y con una media vuelta se
perdió detrás de la pared de la cocina.

      El doctor separó el diario, los platos y la servilleta, quedándose
únicamente con la taza de café a la izquierda. Tomó el sobre y acomodó las
medallas sobre la mesa, examinándolas una por una.

       La parte de la cara – como las monedas – tenían las tres el mismo
símbolo templario, pero la parte de la seca difería. Una venía con el número
1107, la segunda 7706 y la tercera 6806.

      Echó el sobre en el bolsillo derecho del pantalón, tomó un billete de dos
pesos y lo dejó sobre la mesa en señal de propina.

      Subió por la escalera, pensando: ¿Qué pasará el 7 de julio? ¿Y el 6 de
agosto, y 1 de enero del 2007? Además no tienen letras.

      Se colocó el sobretodo, metió un pañuelo de seda en el bolsillo interno, y
tomó la diagonal ochenta para el lado de la estación.
Capítulo Sexto


                                      Hoy

       A las diez y media de la mañana, cargó los regalos para las niñas con
otros obsequios en un bolso de cuero, tomó su maletín y bajó a la cochera para
abordar el coche. Empleó -por ser domingo – menos de diez minutos en
estacionar a un costado de la Catedral, sobre el bulevar 53.

       Era temprano, y no vio a ningún conocido por las inmediaciones

       Antes de subir por las escalinatas, ingresó en un bar – que él no conocía
– en el primer nivel del templo. Para entretenerse miró exhibidores con libros
de fotos del templo, además de objetos religiosos, recuerdos, golosinas.

         Para apoyar el bolso y la carterita en algún sitio, sin muchas ganas, pidió
una botella de agua mineral con gas, que llevó hasta en ventanal en donde el
sol brillaba, entrando profundamente. Se trataba de un ambiente cálido, en todo
sentido.

      Hacia el este – recordaba – la diagonal se llama 74. Para el oeste la que
corre en sentido contrario, Nro. 73; enfrente, el hermoso edificio de la
Municipalidad, en donde los novios suelen sacarse las fotos del casamiento.

      Un taxi se detuvo en el veredón, bastante lejos de su ubicación, del que
bajó una mujer de lentes oscuros, tapado verde militar con un gorro al tono.
Colgaba de su hombro una cartera marrón y en la mano izquierda una bolsa
grande, seguramente con algo liviano, aunque incómodo de llevar.

       La forma de caminar le recordaba a alguien, con sus pasos largos y el
balanceo de la cabeza. En un momento se detuvo para subirse las solapas de
su abrigo, ya que en esas anchas avenidas suele haber corrientes de aire.

       A Otello se le detuvo el corazón. Era Mariel.

       Instintivamente, tomó sus pertenencias, dejó la botella sobre la mesa y
corrió a su encuentro.

       Ella lo reconoció de inmediato, fijando la vista para asegurarse que se
trataba de su viejo y querido amigo.
       Se abrazaron largamente sin decir palabras. El beso que siguió quizás
fue el más largo en la historia de ambos.

      Ahora fue Otello el que dijo: ¡¡¡¡Te quiero, te quiero, te quiero!!!!

       - Otello - le expresó mientras le tomaba la mano para invitarlo a entrar
en la Iglesia – desde hace un siglo te llevo en mi corazón, y ahora de vieja, me
siento cada vez más tonta. Ayer soñé que éramos jóvenes y que nos
casábamos y era todo tan real, tan real, que me desperté contentísima hasta
comprobar…..que era solamente un sueño.

        - ¿Un sueño, querida… un sueño ¿No habrá sido en el Parque Pereyra
Iraola, en la confitería, frente a los baños?

      - ¡Correcto, Oty, correcto, Increíble! ¿Cómo sabés esto?

      Respondió Otello con una sonrisa: Yo tuve el mismo sueño.

      - ¿Cómo estábamos vestidos? ¿Qué edad tendríamos? ¡¡ Otello - dijo
muy seria – tenés que explicarme esto inmediatamente, si no querés que me
vuelva loca!!

      - ¡Vamos a ser dos los locos, Mariel, porque quiero hacer realidad el
sueño!

       Otro abrazo y muchos besos, en la entrada, despertaron la curiosidad de
los que asistían a distintos oficios, incluido el de las nietas de Omar.

        Ingresaron a la catedral y se ubicaron en el sector izquierdo aguardando
la llegada de amigos, que hacía tanto que no veían. Las expresiones de “ Van a
creer que somos dos viejos verdes”, “Verdes son los trapos” , “Viejos son los
trapos, Mariel” “Comportate” “Después hablamos” se mezclaron con las
novedades de ellos, hasta que Otello rompió el hielo:

      - ¿Te casaste, Mariel?

      - No, ¿y vos?

      - Yo tampoco.

      - ¿Cómo es eso? ¡No te puedo creer!

      - ¿Te muestro el documento?

      - ¡Puede ser viejo!

      - No, querida, ahora la cédula se renueva cada 5 años.

      ¿Tenés hijos?
      - No, ¿y vos?

      - Oty, te dije que soy soltera.

      - ¡Que tiene que ver, ahora los chicos no se casan!

      - Yo soy chapada a la antigua. Ni pareja ni hijos, ni nietos, ni nada.

      El vozarrón del Turquito los sacó de la conversación, para ir a abrazarse
y besarse, como en los tiempos pasados.

       ¿Qué hacen ustedes, duermen en formol, o se inventaron la droga de la
juventud?¡¡¡ Cheee, hay que ser soltero para no arrugarse!!! ¿¿¿Están vivos o
vienen de parte de Drácula???

       Siguieron las presentaciones de gente que después, al rato, le ves la
cara, pero no sabés el nombre, el parentesco ni sus relaciones, salvo con los
más allegados. Besos, apretones de manos, saludos, frases de compromiso,
algún recuerdo de amigos comunes. Todo un gran lío.

      “La familia Fortunato, por favor, que se acerque al altar mayor, para
aguardar al Señor Arzobispo que está entrando” – ordenó el cura.

       La ceremonia empezó con atraso pero fue corta. El almuerzo – un asado
a la criolla – se realizó en el stud “Los Caballeros Rioplatenses”en City Bell,
propiedad de los consuegros de Omar.

       Más que una estación de cría de caballos de carrera, parecía un castillo
inglés. Al fondo estaban los boxes, en el centro un gran parque
cuidadosamente ornamentado, con piletas de natación y glorietas que
disimulaban solarios y duchas, y al frente una casa de dos plantas con paredes
de madera lustrada, cuadros de caballos famosos, sillones de estilo, cuatro
bares de categoría, y a cada costado, comedores lujosamente decorados, con
mesas preparadas, vajillas de primera calidad y vinos de 50 dólares.

       “Esta casa es la debilidad de mi marido - explicó la abuela – y ahora con
sus nietas, la otra debilidad, quiere tirar la casa por la ventana”

       - ¡Vos sabés, Martita, que tu marido no me dejó poner ni un mango! -
aclaró el Turquito.

      - Cuando vengan los varones será tu turno

      - ¡Voy a alquilar el Estadio de La Plata, para no ser menos!

      - Mirá, ahí entra tu paisano Alak, decile que te haga precio

      - ¡Primero voy a esperar al nieto, Martita, ojalá que venga pronto!
       No había protocolo en las ubicaciones, salvo para aquellos que habían
confirmado su asistencia, y eran orientados por vistosas señoritas de un
ceremonial alquilado a la empresa “Alberto Hernández Ávila, Recepciones”,
cuyo propietario andaba por allí, de riguroso traje de gala.

      - Doctor Maraldo – se acercó Hernández – soy Beto, el esposo de la hija
de López Sparano, su amigo.

       - ¡Pibe, que grande que estás! ¿Cómo está tu suegro? ¿Vino?

       - ¡Justo lo llamaron de Barcelona para firmar los contratos, y viajó con la
mujer. No lo dudó por la época, el calor, y el Mundial de Fútbol!

      ¡Dale saludos, pibe, y decile que pronto lo voy a invitar a una fiesta de
rompe y raja!.

        - Doctor – preguntó consultando la lista – me parece que, por algún
error, pusimos a su esposa, en otra mesa. ¿En donde quiere sentarse?

       - ¿Está ocupada esa mesita de dos?

       - No, vamos antes que nos ganen de mano.

       - ¿Qué hacemos con los regalos, querida?

     - ¿Tienen tarjeta con sus nombres? – interrumpió Beto. ¡Fantástico, yo
me ocupo. Denme los paquetes!

      Los viejos amigos parecían dos adolescentes, sentados lejos del ruido, y
ocasionalmente saludando conocidos y relaciones antiguas.

       Ellos sabían que eran el comentario obligado de aquellos que conocían
sus historias, las miradas furtivas, el disimulo forzado de las pláticas, y hasta la
envidia de los que habían tenido menos suerte, inclusive porque ninguno de los
dos representaban la edad real. Los comentarios decían que – por lo bajo –
aparentaban diez o doce años menos, y los más recalcitrantes,” que con plata
cualquier cirugía hace milagros, Bah!”

         El champagne abrió el apetito y debilitó las inhibiciones. Un tema
seguía al otro, interrumpido por los bocados de alimentos, y la atención
civilizada que exigían los conjuntos folklóricos, solistas melódicos y el trío de
tango, que amenizaban la fiesta durante el almuerzo.

       Los postres se acompañaron con dos tenores, y el café y más
champagne con bailes al compás de un conjunto tropical de muy buena salsa,
viejos clásicos de los 60/70 y las infaltables cumbias.

       Los dos amigos no se perdieron pieza.
     Sobre las seis de la tarde comenzaron a marcharse, cuando ya los DJ,
pasaban temas para jóvenes, en una reunión mayormente de gente grande.

      Otello y Mariel tardaron bastante en despedirse, prometiendo nuevas
reuniones en el corto plazo.

       Primero al hotel a cancelar la cuenta, luego tomaron la autopista para la
Capital, y frente al departamento de ella, para no terminar el día tan pronto, sin
apetito, fueron a Puerto Madero a cenar algo.

      La velada terminó con champagne en una concurrida confitería, en el
área del viejo Canal Siete.

      Ni Mariel invitó a entrar ni Otello lo propuso. Ambos estaban muy
cansados y con demasiado alcohol.

       A la mañana siguiente, exactamente a las ocho de la mañana, sonó el
teléfono en la casa de Otello:

      - ¡Hola, soy Mariel!

      - Me ganaste de mano, iba a llamarte en un rato.

      - Oty, voy a ir al grano. ¿Tu proposición de matrimonio va en serio?

      - Muy en serio. ¡Te adoro, muchacha!

      - Bueno, acepto.

      - ¿Qué tal si discutimos los detalles en South Beach, Miami?

      - ¿Cuándo?

      - ¡El Miércoles!

      - ¿Pasado mañana? No tengo ropa.

      - ¡Compramos allí!

      - ¡Acepto, tengo el pasaporte renovado!
Capítulo Séptimo


                           Los Preparativos

       La Clase Ejecutiva de COPA, filial panameña de Continental Airlines es
cómoda, bien atendida y de pocos pasajeros. La escala en Panamá, con
cambio de máquina, demoraba el tiempo de viaje, pero tiene la ventaja de
poder estirar las piernas un ratito y salir de la rutina. No obstante, no fueron los
horarios de vuelo los que más incidieron en la elección de la empresa aérea,
sino el hecho de que Otello tiene el status de pasajero frecuente, y junta millas.

       A Mariel se la notaba algo nerviosa, pero sin perder el entusiasmo.
Hacía muchos años, quizás toda una vida, que no se enfrentaba a una
situación como la que le sucedía, y es difícil controlar las emociones en esos
momentos.

      Dejar su casa, cambiar drásticamente de hábitos, montarse a un avión
para cruzar el Ecuador en compañía del que sería su marido seis décadas
después de su nacimiento, significaba un trago dulce, pero costoso de digerir.

       El Tocumen es un aeropuerto moderno, con largas galerías para
abordar las puertas de embarque en los vuelos de combinación, y excelentes
locales de ventas de licores, perfumes, relojes, electrónica y música caribeña,
como la que le gusta a Otello.


      No es, en realidad, música exclusiva del Caribe, sino que cada una de
las naciones sur y centroamericanas le ha proporcionado su propio sabor,
dando como resultado hermosas piezas, destacados intérpretes y bandas de
categoría.

       Oscar de León, Rubén Blades, Gilberto Santa Rosa, Rey Ruiz, las de
Miami Celia Cruz y Gloria Estefan hasta llegar al corazón de USA, con el
genial Tito Puente, son nombres de personas que han hecho del son y de la
rumba, maravillas contemporáneas y han abierto caminos para que más de mil
grupos, desde el Combo de Montañéz , Rolando La Serie , el Negro Rada
hasta los Brillanticos ofrezcan sus creaciones en los exhibidores panameños,
con mayor variedad y mejores precios que en la calle Fleger de Habana Chica.

       Esa parada de 45 minutos le venía de perillas al Dr. Maraldo. Compró 16
CD.
        El arribo a La Florida se produjo en el horario previsto. A pesar del
importante tráfico aéreo, no se produjeron demoras ni en el retiro de equipaje ni
el la obtención de taxis.

       Solo dos maletas grandes, y algunos bolsos de mano constituyeron todo
el cargamento. El taxímetro que les tocó en la cola era conducido por un
colombiano, lo que siempre facilita las cosas, tanto para hacer preguntas como
para enterarse de algunas novedades compartidas por los “sudacas” o
“hispanos” aún discriminados.

      Quizás no era el caso de estos dos argentinos, que si no hablaban
podían pasar por europeos o norteamericanos, dado el biotipo distinto al de
nuestros hermanos del continente.

       Perico Salazar, el chofer del taxi, cuando registró la dirección en South
Beach, sacó el tema del Mundial de Fútbol preguntando por las chances de
Argentina, aunque él creía que ganaba Brasil. Demostró una excelente
información sobre los muchachos, como Saviola, Cambiaso, Mesi, y preguntó –
obviamente – por el rol de Maradona, añadiendo que gracias a la operación en
Bogotá seguía vivito y coleando. De allí paso al tema de Chavez, Evo Morales
y por el lío de las Papeleras del río Uruguay, hasta desembocar en Mar del
Plata en donde tenía amigos-clientes que lo contrataban al llegar.

       El coche, inmenso y de fuselaje ancho como los aviones – aparcó en los
jardines del hotel situado sobre la Avenida Collins, cruzando la Lincoln. Perico
dejó su tarjeta y se despidió con un fuerte apretón de manos, sin antes
exclamar “¡Voy a corazonar pa la·gentina, como debe sé, pero los brasileños
son mu bravo, eh!”

       La temperatura exterior superaba los 30 grados. Desde la ventana del
cuarto – en el piso 11 - se podía admirar el color azul de un mar bellísimo, y
sobre la vereda de la costanera un centenar de palmeras, con prótesis de
recuperación, en claro testimonio de los ciclones y huracanes que suelen
azotar la bahía.

      - Tengo deseos irrefrenables de meterme en el agua, Oty.

      - ¿En las piletas que están abajo?

      - No. En el mar.

      - ¡Hay tiburones, en serio, hace poco se comieron a un tipo!

      - No llegan hasta la costa, querido…

      - ¡Vamos a la pileta que es más seguro! – imploró.

       - No me gustan los estanques, y menos de agua dulce. ¡Vos quedate en
la arena, y yo me doy unos cuantos remojones!
      - ¡De ninguna manera, que nos maten juntos!

      - Así se habla, me voy a cambiar al baño.¿ Me llevás la valija?


        Sobre los sillones de la sala adjunta, de ese hotel de cinco estrellas, la
administración pone disposición de los pasajeros batas, chinelas, sombreros,
toallas, y un servicio de playa que consistente en el traslado con carritos
eléctricos, reposeras y sombrillas.

        Ya ubicados, a centímetros de la línea de mareas, dejaron pasar la tarde
entre jugos de frutas, pequeñas dormidas en las hamacas y chapuzones de
agua salada y tibia, indefectiblemente tomados de las manos. Finalmente la
felicidad se había apropiado de ellos.

       Cuando las primeras estrellas denotaron su presencia, titilando en forma
tenue, volvieron al hotel y se tiraron a descansar.

       Los despertó el rugido de motocicletas que se salían de            una
concentración por la Avenida Ocean, cerca de la medianoche. Ordenaron por
teléfono una cena de tortilla de papas, verduras hervidas, semillas tostadas y
champagne francés, para festejar por el encuentro íntimo que resultó
maravilloso para ambos.

      Al otro día, el sol de la mañana gritó: ¡Arriba!

       Alquilaron un carro para ir a visitar a unos amigos residentes en Fort
Lauderdale, pero no los hallaron. Decidieron dar un paseo por las desoladas
avenidas, aprovechando para ultimar detalles de su boda, lugar de residencia,
fiestas de celebración y toda la complicada lista de obligaciones. Mariel llevaba
un cuaderno, y en cada caja expendedora automática de periódicos, utilizaba el
techo del aparato para anotar las decisiones.

        La historia dice que dos solterones difícilmente se ponen de acuerdo
porque arrastran costumbres solitarias, manías, mañas, normas autoimpuestas,
además de no haber practicado en muchos años la convivencia, pero los
Maestros del Cielo, debían tener todo planificado porque los acuerdos
superaban largamente a las disidencias, por fortuna, mínimas, insignificantes e
intrascendentes. Por ejemplo, el desacuerdo sobre el diseño de las
invitaciones, que se terminó aceptando no hacerlas, porque no habría
invitados ni fiesta alguna.

       En efecto, decidieron hacer una ceremonia religiosa y civil en el mismo
día, con dos testigos - padrinos como únicos participantes. Seguramente por
el domicilio de ella, correspondería el Registro Civil de Uruguay y Córdoba, en
la Capital Federal.
        La segunda gran decisión fue levantar sus respectivos hogares en
Buenos Aires, e ir a vivir a Mar del Plata, en principio en el departamento de
ella, hasta ver con tiempo una casa con parque, y comprarla.
        La tercera fue, para que no se enojaran los amigos, invitarlos a comer en
La Plata, en Capital y en San Isidro a lo largo del año. Todos sabían que ellos
no eran afectos a las reuniones multitudinarias.

       Una sola cosa escapó del control de Otello: las Jornadas Nacionales de
Cardiología, organizadas por la SAC, que se iniciaban ese mismo día en Mar
del Plata, a la que - naturalmente - no podía asistir como lo había hecho todos
los años, pero de todas maneras resultó beneficioso, porque lo llevó a
replantear totalmente su práctica médica.

        Su futura esposa, jubilada del Estado, ya había decidido dejar la
dirección del área de investigaciones en la Fundación para permitir la
promoción de las nuevas generaciones, y Otello seguiría el mismo camino:
jubilación efectiva y trabajo como Consultor en Capital Federal, una vez por
semana.

       A los fines de cumplimentar esos objetivos, calcularon, necesitaban más
de un mes para evitar sobresaltos, y transitar esos días con la paz y la
tranquilidad necesarias para que la relación recién iniciada no se viera
perturbada por los apuros y los imponderables.

      Luego de almorzar en la pizzería italiana” Gran Caruso”, cuyos dueños
no hablaban esa lengua ni siquiera sabían mucho de ese alimento
mediterráneo ni de la historia del tenor, volvieron a la casa de los amigos sin
encontrarlos.

      Las llamadas previas telefónicas no formaban parte de las sanas
costumbres de los novios, de manera tal que volvieron al hotel para repetir la
excelente jornada del día anterior, con todos sus detalles.

       Evidentemente, para los dos, la decisión tomada significaba un cambio
de vida de 180 grados.

       El tema de las medallas rondaba permanentemente por la cabeza de
Otello, pero por alguna razón no se lo había participado a su prometida, quizás
por ese estado mágico y maravilloso que estaba viviendo, que podría
empañarse si ella pensaba que él había seguido el programa de una profecía
sectaria y secreta.

       Estaba convencido, interiormente, que no podría ocultarlo por mucho
tiempo, pero debía alcanzar el momento preciso y el paso del tiempo se
ocuparía de a ello. Por otra parte, no podía añadir una preocupación más al
complejo tema del casamiento y las mudanzas, ni quería lesionar ese estado
de gloria espiritual que estaban viviendo.

        En la recepción, cuando solicitaron la llave, encontraron una tarjeta de
invitación para asistir a las 9 pm a un brindis en el restaurante “El Asador
Argentino” para festejar el 25 de Mayo. El marketing argentino-americano
funcionó, y allí estuvieron. Para evitar explicaciones, mintieron que hacía
décadas que estaban casados.




Capítulo Octavo


                            El Casamiento

      Arribados a Buenos Aires los novios repartieron sus tareas porque eran
muchas las cosas que debían realizar, desde los trámites para fijar la fecha de
la boda por el civil, lo que suponía someterse a los exámenes médicos
reglamentarios en un área urbana como Capital Federal sumamente
congestionada, hasta la preparación de la mudanza.

       Su amiga y compañera de trabajos, Olga Garrido, investigadora médica
a punto de jubilarse y defensora a ultranza del matrimonio, a punto tal que se
divorció tres veces y estaba decidida a reincidir con un abogado más joven que
ella, fue su mano derecha en todo: selección de ropas, separación para
donaciones, adquisición de cajas para embalar, selecciones de libros y
documentos, acompañamiento para trámites y el sinnúmero de tareas que no
se computan pero que van apareciendo día a día sin solución de continuidad.

       En cambio Otello, fiel a su personalidad, encaró individualmente los
trabajos de selección y empaque, porque carecía de tiempo futuro programado
lo que le impedía contratar a alguien, aparte de pensar que las circunstancias
se encargarían de pasar cosas de un lado a otro, cuando realmente fueran
necesarias.

       Carlos De Dios Filiberto, otro soltero empedernido y abogado experto en
Derechos de Autor, obligado a especializarse en eso para defender las obras
intelectuales de su abuelo, abandonó momentáneamente su estudio para
ayudar a su viejo amigo, que lo distinguió con el ofrecimiento de ser su testigo y
padrino de casamiento.

       Carlos es un tipo meticuloso al extremo, y con un sentido común
funcionando a pleno: ¿Che, te separo ésto que te puede venir bien en Mar del
Plata?, ¿Por qué no cargas con estas plaquetas?, ¿Copas y vajilla, tiene tu
novia?, ¡Ropa gruesa, Otello, llevala que allí siempre hace frío! ¡ Sí, ya se que
cuando comprés la casa mandás todo, pero las minas son indecisas y en una
de esas te pasás un año dando vueltas!

       Era tal el desorden en el departamento de ella, agravado por el trabajo
que dirigía y deseaba terminarlo antes de desvincularse de la Fundación, y el
desparramo de cajas, ropas, recuerdos, libros y objetos que iban apareciendo,
algunos sin ver ni tocar por décadas, que decidió mudarse definitivamente a la
casa de su prometido.

       El chalet de Otello posibilitaba una vida cómoda en un sector
independiente de otro con algún grado de desorden, y para mayor comodidad
de ambos, mandaron los autos a una cochera privada con el objeto de utilizar
el garage para amontonar las cajas que irían a la costa. No era para evitar las
mudanzas, sino para ordenar lo que se debía trasladar. Obviamente, a medida
que de una y otra casa llegaban los bultos, los cálculos indicaban que en Mar
del Plata solo quedaría libre el dormitorio y la cocina, y las demás habitaciones
llenas hasta el cielorraso.

       La jornada vespertina terminaba muy tarde, algunas veces con los
cuatro amigos que pedían comida a la Cantina Negro el Once, del barrio, otras
con Olguita que retornaba a su casa en remise o quizás Carlitos que, al tener
mudas preparadas se quedaba a dormir en alguna de las habitaciones de
huéspedes.

       La fecha disponible para la ceremonia civil fue fijada por Olga, quién le
tocó esa parte de los trámites, para el día viernes 7 de julio a las once horas,
en el Registro Civil Central. La sesión religiosa se marcó para las siete de la
tarde, en la Iglesia de Villa Elisa por una gestión que hizo Otello con un
médico amigo de la localidad.

      El tiempo corría raudamente, y los contrayentes por la noche terminaban
tan agotados, que a veces se iban a la cama sin cenar.

       El fin de semana largo del Día de la Bandera, decidieron llevar en el auto
varios bultos de cosas útiles, y pasar un tiempo de relax., en el departamento
de Mar del Plata.

        Siguiendo esa tradición juvenil de festejar las fechas patrias con un
asado, para rememorar esos tiempos idos, cambió el Parque Pereyra por el de
Camet e invitó a acompañarlos al encargado del edificio y su esposa, con
quien Mariel tenía una larga amistad junto con un sincero agradecimiento por la
ayuda brindada en el sentido de pagar sus impuestos, ventilar el departamento,
encargarse del mantenimiento y otras actividades tan necesarias cuando se
vive lejos.

       Ese lunes 19, por el cambio de feriado, el matrimonio de porteros estaba
solo, sin hijos ni nietos para atender porque ellos había aprovechado los tres
días sin actividad para ir a Buenos Aires.

       Victorio Puglissi y Santina se pusieron en marcha muy temprano para
adquirir el carbón, la carne y el vino – porque sabían en qué lugar se compraba
bueno y barato- con el dinero adelantado por el doctor, que no tuvieron más
remedio que aceptar por su insistencia.

      La señora el domingo había preparado empanadas y una pastrafrola
para el postre, y Victorio colaboró con una ensalada de apio, nueces,
manzanas y tomates cortados en daditos, muy parecida a una Waldorf , pero
sin crema de leche.

       Abrigados, porque se trataba de una jornada fría, seleccionaron un
asador bien ubicado y se dieron a la tarea de preparar el fuego. Eran las once
de la mañana y por la vieja Radio Atlántica, con el receptor encendido del auto,
escucharon las reflexiones que un político le señalaba al locutor.

      Las mujeres estaban sentadas en los sillones de playa y los varones en
una mesa de campamento con bancos adheridos, saboreando los primeros
vasos de vinos con una pizca de soda, para entrar en calor.

       “Estos tipos no tienen vergüenza, doctor, a este crápula lo conozco
desde que estaba en la directiva del sindicato. Fue de todo, radical con
Alfonsín, luego peronista del turco, después se pasó a Duhalde y ahora está
con el Presidente y habla de los derechos humanos…..¡ Yo lo conozco… en la
época de proceso le decían El Servicio, porque era alcahuete de la cana!
Nosotros teníamos que quedarnos piola, porque el nuestro es un gremio de
laburantes, con mucha responsabilidad con los dueños, y más con lo que viven
afuera, y hay que cuidarlos de los chorros. Está lleno de esta gente, y así el
país siempre va ir para atrás”

       “Mire Victorio, como está el mundo, porque no solo es Argentina, pasa
en todo el mundo, el país se deteriora día a día. Cuando nosotros éramos pibes
la moral estaba por encima de los intereses. A la gente grande le daba
vergüenza que la pescaran mintiendo, la maestra, el empleado bancario, el
ferroviario, el jefe de correo y el gerente del banco eran Gardel, Victorio, eran
Gardel. ¡Había ética y moral!. Muchos de mis compañeros de la universidad,
vivían a crédito, con la libreta del almacenero, y si no podían pagar, lo
hacíamos nosotros. En el bondi, minga de estar sentado, cuando una dama
subía. ¡Cuidadito con la puteada en voz alta!”

       “Este tipo, doctor, es un delincuente conocido, lleno de guita con dos o
tres 4x4, una casa con pileta en Constitución, y yo se por los compañeros que
tiene una punta de departamentos alquilados. ¡Todo el mundo lo sabe, doctor,
y encima le hacen reportajes!”

       “Es el sistema, amigazo, el Poder se ha apoderado de la vida, pero el
Poder no corrompe, solo desenmascara. La gente está internamente
corrompida, y por eso uno ve podredumbre por todas partes. No solamente es
la Policía o la Justicia la que no funciona. No funciona nada en donde hay
Poder Material, Terrenal, Institucional. El que tiene poder, desde el barrendero
de calles hasta el chofer de micro, lo usa para su propio beneficio y con un total
desprecio por el prójimo. Pero el Poder político es terrible porque lo ensucia
todo, a través de un sistema de relaciones y unos códigos cada vez más
brutales,…y si vos estás adentro y no te amoldas,…pasás a ser un peligro, y en
el mejor de los casos si no te vas te echan. A veces podés aparecer en una
zanja,.. Y los medios dicen que “es un ajuste de cuentas”, pero la mayoría
piensa “que el sujeto estaba metido en algo raro”. Nadie cree que el tipo es una
víctima, ni que es inocente. Y lo pero es que podés ser un gil. Conozco gente
decente que pasó por cargos altos y que no solo no se llevó una moneda sino
que denunció a los bandidos. Obviamente terminó afuera y sin un mango, ¿y
qué pensó la mayoría de la gente?: ¡Que se embrome, hermano, que se
embrome, si pudo salvarse y no lo hizo de gil, que le vaya a cantar a mongo!



       “Tiene razón, doctor, tiene razón. En semana santa nos juntamos toda la
familia – porque somos muy católicos – y uno de mis hijos me decía que estaba
educando a mis nietos por el buen camino, pero que interiormente percibía que
los estaba largando al mundo sin armadura, pero que no podía hacer otra cosa.
¿Y del otro lado? ¿Vió a esos degenerados que torturaron con puchos a su
propia hija de tres años, la mataron y luego la tiraron en la cantera de Rizzo?
¡Usted que estudió y es famoso tiene que tener una respuesta, doctor, porque
a mi ya se me quemaron los papeles!”

        “¡Qué quiere que le diga Victorio, no creo que esta porquería se resuelva
más. Los que tienen la palabra son los líderes del mundo, pero todos
cortados por la misma tijera! Yo sangro por la herida porque soy médico y
pienso que con dos o tres medidas se puede mejorar la calidad de vida de los
recién nacidos, lo mismo cambiar de raíz los planes de educación, con poca
plata eliminar las villas miseria, mejorar los hospitales, pero no hay caso. Todos
los que vaciaron el país, siguen sueltos y contentos, y algunos son senadores,
diputados y titulares de negocios sucios, al lado de pibes que se mueren de
hambre, jubilados a los que les han robado toda la plata, o muchachos
brillantes que se van a Ezeiza y no vuelven más, a pesar de ellos mismos”

     “¿Ud. coincide en que Argentina es uno de los países más ricos del
mundo, doctor?”

        “Lo que afirmo es que es el país más rico del mundo, bajo todo punto de
vista, pero que también está lleno de delincuentes. El ex presidente de
Uruguay, ¿Batlle, creo? decía eso, no refiriéndose ni a usted ni a mí, sino a los
que detentan algún grado de poder corporativo, a aquellos que Mongo o la
tilinguería nacional ha puesto en situación de decidir por todos. Ellos se han
llenado sus bolsillos robándonos esa plata a cada uno de nosotros, se han
quedado con la vida de nuestros hijos como en Malvinas, y desde siempre han
debilitado al cuerpo social de la nación, porque así como - individualmente - no
se cura a un enfermo, ni se asiste a un disminuido, ni se ampara a un
desprotegido o no se consuela a un desesperado, tanto al hombre como –
colectivamente - al país se lo debilita hasta que muere, y en la pelea por
sobrevivir no diferencia entre hermanos y vecinos, ni amigos ni enemigos. La
fuerza bruta de la naturaleza instintiva desciende a los peores infiernos. ¡Esto,
mi amigo, va de mal en peor, y solamente un milagro puede salvarnos!

      Las mujeres alertaron a los asadores que se estaba apagando el fuego,
y se arrimaron para ayudar. Doña Santina, mirando de reojo a Mariel, le
confesó que en el bolso había traído vino dulce y le ofreció compartirlo
aduciendo que calmaba el frío. “¡Dale, Mariel, acompañame con un vasito para
no quedar mal con tu marido!”
      - Él no dice nada, Santina, y además lo recomienda como cardiólogo,
pero quiero aclararte no es mi marido todavía.

      - El menor de los míos, vive con la novia y con una bebita, y no se
quieren casar, ¿viste? ¡Vos sos de mi época!

      - ¡Creo que ahora es mejor!

       - ¡Si, Mariel, yo no me puedo quejar ni de mi marido ni de mis hijos, pero
con esto de la convivencia sin papeles, no la voy, te juro que no la voy. Hace
tres años que viven juntos! ¿Qué les cuesta, eh, qué les cuesta, si dicen que se
quieren?

       La copita de vino de misa, obligó a cambiar de temas, como así también
la preparación de la mesa y la distribución de los alimentos en la parrilla. La
grata reunión, terminó bebiendo café en la casa del encargado, corridos por el
frío del sudoeste, y el viento de mar que se las ingeniaba para hacer volar las
cosas livianas.

       A las cinco y media de la tarde emprendieron el regreso, y a las once
frente a la estufa hogar, abrieron una botella de champagne antes de ir a
dormir. Ese fue el momento elegido por Otello para hablarle del tema de las
medallas, y muy especialmente de las tres últimas.

        En ese momento ella recordó su sueño, concretamente en el momento
que se despedía mencionando a las medallas, de manera tal que lo tomó con
la naturalidad subyugante que proponen los avisos del más allá, especialmente
cuando son portadores de mensajes gratificantes y de estadios de felicidad
material y espiritual muy distantes de los antecedentes registrados en su
historia personal.

      La fecha de casamiento, gestionada por su amiga Olga, daba testimonio
que el destino de ambos estaba marcado, porque ellos no habían influido de
ninguna manera.

      - ¡Ay, querido……todo es tan divino que no quiero pensar más, ya
vendrán las fechas de las medallas con los mejores augurios!

      - ¿Te dije que te quiero mucho, Marilucha?

       A la Oficina Civil llegaron juntos con media hora de retrasos debido a
interrupciones de tránsito motivadas por manifestaciones de los más variados
calibres, como suele suceder desde hace años en la capital argentina, y el acto
concluyó- para alegría del funcionario que debía atender otros enlaces – en el
mínimo tiempo.

      Los cuatro firmantes, más el novio de Olga, fueron a festejar con un
almuerzo al restaurante Prosciutto, de Junín y Sarmiento, especialmente
atendido por el Tucumano, uno de los mozos más viejos y amigo de Mariel, que
solía comer allí a menudo. La casa se asoció con champagne, y el gerente
contrató un fotógrafo, para homenajear a la vecina y clienta que iniciaba una
nueva vida.

       Un breve descanso entre las tres y las cinco de la tarde en San Isidro,
obligó a una siesta en los sillones del living de Carlos y Otello. Agustín Carrera,
el novio de Olga, no se anotó para viajar a la Plata por razones de trabajo, y
regresó a su estudio al finalizar el almuerzo.

       Las mujeres, por su parte, cambiaron de ropa, de peinado y de
maquillaje, por la naturaleza del evento, por la posteridad vía fotográfica, y por
la ancestral coquetería que las mejora y las distingue.

       El padre Mario los casó en una ceremonia no anunciada que contó con
la presencia de unas diez personas que concurrían a rezar, y que al concluir,
muchas se acercaron para felicitar a los contrayentes, entre ellos el doctor
Jorge Donatone que hizo los arreglos.

      La cena, esta vez, se llevó a cabo en el reservado del elegante comedor
de El Escorial, una finca dedicada a agasajos de alto nivel, y con un exquisito
menú vegetariano para siete personas, ellos cuatro, el sacerdote más el
médico y la esposa.

       Los vinos de la mañana y los de la noche, más el baile improvisado en el
salón de abajo sin alquilar, se extendió hasta las tres de la mañana, más por
las indirectas de los mozos que por los deseos de las tres parejas. El cura se
había retirado antes de los postres. Todos retornaron a sus hogares en coches
de alquiler, por imposición de las damas, habitualmente más sensatas.
Capítulo Noveno


                         La Otra Dimensión

     El seis de agosto a las ocho de la mañana, con niebla en la ruta, salieron
de Mar del Plata a marcha lenta, más por la irresponsabilidad de los
conductores argentinos que por el clima que exigía prudencia.

        La tasa de muertes de tránsito de nuestro país es la más alta del mundo,
y la ciudad feliz lleva la delantera nacional, de allí que extremar las medidas de
precaución se convierte en una consigna.

      El cálculo de cuatro horas de viaje, con una parada técnica en Dolores,
de media hora, podría no ser cumplido de persistir las condiciones climáticas,
pero a partir de Castelli el sol despejó las nubes y el trayecto se tornó más
placentero.

      A la una de la tarde, de ese domingo muy luminoso con una temperatura
agradable, sin vientos, el auto cruzaba el arco de la ruta dos antes de tomar el
puente sobre la rotonda de Gutiérrez.

        Mariel se encontraba hojeando el diario, recientemente adquirido a un
canillita en la parada del semáforo, y Otello en vez de montarse a la vía
elevada, tomó el camino Parque Centenario en dirección a La Plata, quizás
concentrado por el detalle de las noticias que emitía una radio de la Capital
Federal.

       Al superar un edificio educacional de la policía bonaerense, advirtió que
se había desviado involuntariamente y detuvo el coche, admitiendo su
distracción.

       Frente a esta circunstancia y siendo la fecha marcada en la medalla,
Mariel tuvo el impulso interior de adentrarse en el parque e ir al antiguo lugar
de encuentros estudiantiles, justificando su actitud con “total, si me equivoco no
perdemos nada. Comemos un sándwich y seguimos para Buenos Aires”. Otello
acepto de inmediato y rumbeó hacia la confitería, aunque debió variar el rumbo
varias veces por la cantidad de caminos de tierra que desorientan al que no es
conocedor.

      El lugar estaba lleno de autos, camiones, camionetas, micros, grupos de
personas acampando, humos de asados, música fuerte, chicos jugando a la
pelota, jinetes con caballos alquilados, ciclistas, parejas noviando y polvaredas
ocasionadas por el constante paso de vehículos, a punto tal que fue necesario
subir los cristales para evitar el ingreso de polvo.

        El recorrido ondulante los llevó hasta el camino Belgrano, al que
subieron tomando la mano hacia Villa Elisa pero no identificaron la confitería,
de manera tal que dieron la vuelta en los extremos del pueblo y retomaron la
circulación hacia el norte. A más de la mitad de trayecto, entre un camino de
asfalto a la izquierda que conduce a una estación de radares y un puente de
cemento a la derecha, pudieron divisar lo que parecía ser el viejo recreo. Por la
banquina, muy lentamente, se fueron acercando al lugar admitiendo
interiormente que podría ser la misma construcción pero muy venida a menos.

       Otello, hacía poco había ingresado por otro lado, y los alrededores le
resultaban familiares, por lo que decidió tomar la huella y estacionar el coche a
un costado, a pocos metros del edificio, que en esos momentos tenía nueve
personas ubicadas en tres mesas blancas con sillas de plástico de la
cervecería de la zona.

       A instancias de su esposa, trasladaron los bolsos y maletines desde el
asiento trasero al baúl para evitar ocasionales robos, y caminaron para buscar
una buena ubicación con protección de sombrilla.

       En la mesa contigua, a unos tres metros, dos personas tomaban sol con
las piernas extendidas sobre unas sillas y con el diario debajo de los zapatos.
El señor mayor vestía unas bombachas de campo claras, camisa al tono, un
pañuelo anudado al cuello, sombrero tipo panamá y lentes negros. El otro,
también de gafas oscuras, camisa y pantalón de jean, parecía dormir con una
revista cubriendo su cabeza.

      La mesa estaba cubierta con platos de distintas frutas: bananas, peras,
manzanas, naranjas, uvas. Sobre el piso, un balde común caído, permitía
observar las cáscaras de los vegetales y servilletas de papel usadas y
arrugadas.

      Detrás, a la izquierda, una familia con chicos traviesos que molestaban a
todo el mundo, mientras sus padres se dedicaban a beber y comer en
abundancia. A la derecha, un matrimonio joven, con un perro labrador echado
debajo de la mesa, seguramente había terminado de almorzar, y tomaban
mate.

        El mozo, posiblemente el único, se hallaba en el sector este que daba a
la ruta, atendiendo a unos recién llegados.

       “Che, éste tipo – refiriéndose al mozo y dirigiéndose a su esposa – no
nos vio o es medio bobo”

      -¡Todavía no te vio Otello, que linda que estás Mariel!

      Era el tio Arone y el otro Ángel, el mozo del hotel.
      - Esta mesa es un lío - dijo Arone – así que nos vamos a ubicar con
ustedes.

       Se quitó el sombrero a modo de saludo, y besó a ambos en la mejilla,
conducta que repitió su acompañante. Se los veía joviales y con en rostro
tranquilo.

      Los esposos, apacibles como si estuvieran compartiendo la mesa con
seres vivos y no muertos conocidos como el tío, solamente escuchaban.

       “A veces es lindo, volver a vivir dentro de un cuerpo, saborear las frutas,
sentir el calor del sol, cubrirse los ojos para que la luminosidad dirigida no los
dañe, oír el canto de los pájaros, y hasta la picadura de los mosquitos. Hace un
rato me quité los botines y pude sentir la energía del suelo, el movimiento de
las raíces buscando espacio, los rumores de las aguas subterráneas, la fuerza
de las piedras, y los correteos asombrados de los elementales que no están
acostumbrados a nosotros, ….bueno a mí, porque Ángel no pertenece a este
plano…”

      ¿A este plano? – interrogó Mariel.

       “Bueno – respondió Arone – nadie es perfecto ni arriba ni abajo. Me
equivoqué, en realidad Ángel, es un ser de dos dimensiones. Es un pájaro-
humano o un Humano-Pájaro, cuya función es ayudar a mejorar las cosas a
través de la educación, de los mensajes, de los consejos…….”

        Otello no tenía intenciones de interrumpir. Ese encuentro estaba
grabado en la medalla, y si eso terminaba allí mismo se daba por satisfecho.
Ya su vida era una corriente continua de felicidad, como nunca lo hubiese
imaginado. Desde el suicidio de Favaloro se había replanteado todo, de golpe,
como un puñetazo en la mandíbula, pero los compromisos lo seguían
manteniendo en pie. Sin embargo sus 66 años le pesaban porque el futuro se
esfumaba frente a sus ojos, los amigos se estaban muriendo, la decadencia no
tardaría en llegar, había fracasado en la vida de pareja, aunque pudiera ya no
podría criar a hijos del corazón, porque el metro de la vida estaba dando sus
últimos centímetros. Le costaba armar proyectos y la nostalgia seguido de las
depresiones lo tenían a mal traer. Sin embargo, estaba parado en el mismo
segmento de la cinta corrediza de la vida, pero junto a Mariel – aunque sea una
ilusión – el futuro le resultaba resplandeciente, si hasta sus amigos más íntimos
le reiteraban su rejuvenecimiento real.

       “Jóvenes hermanitos – prosiguió Arone – vamos a ir treinta y tres años
adelante, porque ya estamos en la hoja de la numerología, les recuerdo que es
una ciencia creada por Pitágoras hace dos mil quinientos años, y sirve para
explicar matemáticamente la perfección de la Creación. Las medallas
anteriores combinan letras y fechas, y todas dan siete, porque el 7 es el
número de ustedes: OM, no significa el mantra, ni MAN es hombre ni DOG es
perro. Las dos primeras son sus iniciales, y la última el Destino Operativo
Garantizado, porque a partir de allí ustedes consumaron la unión que los
convierte en uno solo, para servir a este mundo en decadencia. Ahora, con las
tres medallas, ingresaron en la clave de los números maestros: también dos
medallas con el 22 y una con el 11. Con el encuentro de hoy terminaron la serie
del veintidós y ésta última les queda para el año próximo según vuestro
calendario actual. Ahora iremos a viajar.”

      ¿Qué tenemos que hacer, tío?

       “Nada, ya estamos en el año 2039. Son las trece, treinta, hora del 2006 y
las diez cero nueve para nuestro cálculo del tiempo Bienvenidos”

       Los comensales que tomaban mate con el perrito debajo de la mesa,
vieron desaparecer las figuras frente a sus ojos, porque les llamaba la atención
la especie de aura que rodeaba al señor de sombrero. Se miraron aterrados, y
de golpe se pusieron de pie cuando el labrador comenzó a aullar. Muy
nerviosos, corrieron hasta el buffet para imponer a los dueños de tal situación.
El mozo afirmó que la gente ya había pagado con creces la cuenta, porque solo
pidieron agua mineral sin gas y la fruta fue traída por ellos, además de dejarles
una propina abultada. Con relación a los demás, estaba atendiendo a otra
gente y no advirtió su presencia. El muchacho, entonces, marchó hacia la mesa
de los gordos, pero éstos no le prestaron demasiada atención a sus
comentarios. Insistentes, a pesar del terror que iba ganando a su esposa,
buscaron a un policía que dormitaba en un patrullero, éste llamó por el celular
a un colega de la sección montada, y les respondió que en cinco minutos
estaría ahí mismo.

      En el 2039, el sitio geográfico no se ha modificado, pero todo es más
verde, luminoso y cubierto de flores. La construcción luce como en los años
cincuenta, pero se debe a la restauración de los administradores del parque.
Cada construcción marca su época, porque su vida se debe a la creación del
hombre: La casona como era en el siglo XIX, las capillas y las materas
también, y hasta un edificio horrible del año 2011, un año antes del cambio de
sistema cósmico, que intentó ser una universidad de alta tecnología espacial.

       Aún sentados en ese parque, pero en otra época, se acercó Medin
Sadar, el profesor designado para instruir a los médicos visitantes:

        “Hola, soy sociólogo, y estamos en el año 2039 para el cálculo de tu
momento histórico, pero en realidad esto se ha modificado por un año de trece
meses, a partir de la convulsión del Trece, que empezó en el Siete. La
decadencia del planeta arrancó a mediados del siglo pasado, hace
exactamente cien años, cuando el Dios del Poder, del Dinero y del Egoísmo
suplantó al Dios de la Conciencia. La humanidad fue dando la vuelta hacia
atrás, hasta llegar a la suplantación del lo espiritual por lo material,
convenciendo a las gentes que el ser humano no era nada sin armas, oro y
autoridad. Algo que podía concebirse hace dos mil años atrás, por la escasa
comunicación entre los diferentes pueblos, razas y culturas, se colectivizó a
partir de esa época, degradándose día a día, hasta alcanzar a las conciencias
más débiles. Desapareció la culpa, la vergüenza y la solidaridad. El planeta
pasó a ser un objeto de uso, y no la Madre Tierra, y ésta se enfermó por tantas
heridas inflingidas, desde las pruebas nucleares de las potencias mundiales, en
la polinesia por ejemplo, hasta la tala de bosques, la contaminación de la
atmósfera y el envenenamiento de los ríos y mares. Como todos los seres
vivos, nuestro planeta tenía dos destinos, dos caminos, dos rumbos, dos
puertas: un sendero que conducía a la explosión, como ha sucedido otras
veces, y el otro a la purificación.

        Seres más puros, de los cuatro puntos cardinales, elevaron al cosmos
sus pensamientos positivos. Algunos por conceptos religiosos, otros
metafísicos, otros científicos, otros por convicciones y otros por mandatos
interiores, sin reflexiones intelectuales ni especulaciones favorables. Todo
suma, y cuando por la matemática cósmica se alcanza un plano elevado de
Conciencia, el aire – simbólicamente – se impregna de una energía bondadosa
que se respira diariamente logrando un cambio positivo.

      ¿Qué desaparece primero? La convicción de la impotencia,
      ¿Qué aparece primero?     La vergüenza,
      ¿Qué desaparece después? El Miedo,
      ¿Qué aparece después? El optimismo,
      ¿Qué desaparece en el medio? La vanidad
      ¿Qué aparece en el medio?     La humildad
      ¿Qué desaparece luego?      El individualismo,
      ¿Qué aparece luego?       La solidaridad
      ¿Cuál es el primer logro? La Conciencia de Hermandad.

      Ese primer paso se inició el 9 de setiembre de 2007. Tres 9 que dan 27,
sumados dan 9, y divididos dan 9. Esto es así porque el Nueve es el número
más importante de la Creación, numerológicamente hablando.

       Poco a poco, a partir de esa fecha se fueron modificando las condiciones
de vida, saliendo de a poco de la oscuridad y entrando en la luz, hasta que del
12 al 21 de diciembre de 2012, a partir de un número maestro, 11, ingresamos
en la nueva dimensión, pero no de golpe, porque la Tierra es una Escuela y
todos debemos aprender.

       Hoy podemos decir que casi no hay violencia en el mundo, que la salud,
la educación y la protección humana son bienes colectivos que no se discuten
porque están incorporados a la conciencia básica colectiva. Los militares han
cambiado su rol, porque su función laboral no es ganar la guerra quitando y
perdiendo vidas, sino el servicio social en su más alta concepción: sosteniendo
la vida.

      El hombre ya no se come a los animales, ni a las aves ni a los peces,
porque conoce las propiedades naturales de los alimentos vegetales. Nuestro
promedio de vida es de 100 años, y en un siglo se podrán alcanzar los 160 de
excelente calidad.

      Todo, absolutamente todo en este período pasa por la Conciencia, y la
mente se ha convertido en un puente entre nuestro desarrollo cerebral a partir
de la educación del pensamiento, y las verdades cósmicas contenidas en el
aura ancestral que rodea al planeta, al que antes no se podía llegar, con la
excepción de clarividentes, chamanes y psíquicos pero en forma individual.
Ahora iremos para atrás. Yo posaré mis manos sobre la cabeza de cada uno,
para materializar en su visión, los avances culturales ocurridos en estos últimos
treinta y tres años. Todo eso quedará fijado en la mente, y de regreso a su
tiempo podrán analizarlo, cada uno desde sus respectivas perspectivas.

      Desde ya les adelanto que llegarán con buena vida a esta fecha límite, y
en función de lo que hagan de aquí en más, podrán detenerse allí o seguir
cavando el terreno para nuevos cultivos.

        Siempre hay trabajo en esta Tierra que aún no ha completado el pasaje
a la dimensión siguiente en forma totalizadora y plena, por eso la vida material
– el traje que cubre al espíritu y que llamamos cuerpo – importa en ambientes
densos. Nuestra verdadera naturaleza no es la física sino la energética,
también llamada espiritual, aunque en realidad de verdad, la energía es
solamente una mínima forma de expresión del espíritu, cuya explicación no nos
es posible brindar, porque aún no existen parámetros de comprensión, ni
siquiera en esta época”.

       Sentados con la espalda recta para alinear la columna vertebral, con los
brazos sueltos, las manos abiertas y los dedos separados, el Profesor colocó
sus extremidades en forma de cruz y con la palma de las manos, a escasos
milímetros de la cabeza,      irradió ondas portadoras de los contenidos
recientemente expuestos.

       Cuando Medín Sadar se retiró, las sillas volcaron su respaldo
transformadas en cama, y los esposos ingresaron en un sueño profundo.
Cuando despertaron, Arone y Ángel estaban junto a ellos, para despedirse.

       Ínterin, en el 2006, el policía de a caballo identificaba a los denunciantes
en el puesto gastronómico del parque Pereyra Iraola, y les solicitaba los datos
de los “presuntamente desaparecidos”:

      ¿Cuántas personas reporta?

      - Cuatro señor, dos hombres de unos cincuenta y cuarenta
respectivamente, y una pareja de 45 años cada uno.

      - ¡Ajá! Tres masculinos y un femenino. Todos adultos ¿Cómo eran?

      - El señor mayor alto, muy delgado y rubio o canoso, de bigotes tupidos;
el que se sentaba al lado, un poco más bajo, de cabello negro y cutis muy
blanco. La pareja era de estatura mediana, ella rubia, flaca y de lentes; el
hombre delgado, de cabello entrecano y corto.

      - ¡Ajá! Ropa,…que ropa tenían……o tienen mejor, ¿no?

       - La señora, me parece que tiene pantalones marroncitos, y……
     En esos precisos momentos, Otello y Mariel se corporizan en la parte
trasera de su auto, caminando para abordarlo. Ante el señalamiento de los
denunciantes, el policía se apea y les hace señas, convocándolos.

      Mariel se adelanta mientras su esposo, busca la llave en sus bolsillos,
preocupado porque no la encuentra.

      - ¿Algún problema, señor? – inquiere la doctora.

      - Ustedes estaban con dos señores……

      - ¡Si!

      - ¿Y ahora en donde están?

       - ¡Se fueron! ¿Qué, no pagaron? ¡Lo hacemos nosotros!

       - ¡Los señores dicen que....! ¡Perdonen, buenas tardes, a las dos viene
mi relevo, y debo ir para la guardia!

        Otello se dirigió a la mesa para buscar las llaves, y las encontró junto a
una medalla nueva en el sillón que ocupaba su esposa. Esta, que era la
séptima, tenía el clásico dibujo geométrico, y en la otra cara el número romano
IX atrapado en un círculo. Retiró dos bananas, tomó de la mano a su esposa, y
se dirigieron al coche.

       El policía montado pasó junto a ellos, y en voz baja se volvió a disculpar
y a disculpar a los denunciantes:

      “Perdonen, la gente está mal, la plata no alcanza, mucha inseguridad, la
gente ve cosas raras porque tiene miedo. ¡Feliz Domingo!! ¡Vamos Chicho,
vamos! ¡Vamos caballito, que se hace tarde, son las dos menos veinte, vamos!
Capítulo Décimo


                                   El Niño

       La estancia en Mar del Plata fue menos complicada que lo imaginado
por Otello, que había accedido a iniciar una nueva vida con su esposa, pero en
su interior no le agradaba mucho la idea de vivir tan alejado de Buenos Aires.
Sin embargo, pasados los seis meses desde la boda, tuvo que reconocer –
siempre para sus adentros – que lo disfrutaba mucho.

       El departamento resultaba muy agradable, pero se fue volviendo
pequeño por la creciente cantidad de cosas que traían en cada viaje que
realizaban a la Capital Federal.

       Otello y Mariel, todas las mañanas sin lluvias, estacionaban el auto en el
Parque San Martín para caminar y trotar por la costanera desde el Torreón
hasta la plazoleta Luro, ahora con una bandera nacional gigante colocada en
reemplazo de la estatua del fundador. Luego desayunaban en la Boston, y
hasta la noche se dedicaban a los trámites, investigaciones, escritos,
preparación de trabajos y quehaceres varios, utilizando ella la habitación
auxiliar como escritorio, y él, una parte del comedor.

       La búsqueda de una casa para vivir representaba el mayor porcentaje
del rubro trámites, dado que la oferta era muy amplia pero bastante desigual,
en calidad, precio y zonas.

       Por consejo de expertos, buscaban barrios alejados del mar, por ser más
cálidos en invierno y frescos en verano, evitar las multitudes en temporada, los
estacionamientos, y en fin: la tranquilidad.

      En la Sierra de los Padres el clima era ideal, con dos defectos: la lejanía
del centro y la inseguridad difícil de resolver, tanto por la estructura del terreno
como por la dotación de policías que haría falta, con una relación costo-
beneficio para la institución, totalmente negativa.

      Los habitantes, como así los expertos en vigilancia, daban a la zona
como bastante segura, pero Mariel acostumbrada a vivir en departamentos
porteños o en barrios familiares platenses, el solo pensar de quedarse sola
algunos días o algunas horas, la atemorizaba.

       Asidua concurrente a misa, por afinidades con el sacrificado pastor
católico Don Orione, los domingos asistía a los oficios en la Iglesia San José,
del barrio homónimo. Si debía viajar elegía algún día de la semana, pero ya era
su costumbre y quizás hasta una cábala de buena fortuna, el hecho de no
faltar. Su esposo, creyente y admirador de la comunidad salesiana, no era muy
afecto a las ceremonias religiosas, aunque solía acompañarla muy de vez en
cuando.

       Ese domingo de 22 de octubre al dirigirse a misa, esta vez acompañado
por su esposo, vieron un cartel de “Dueño Vende” en una de las calles que
siempre utilizaban para concurrir al templo. A la salida tocaron el timbre del
chalet ofertado, y los atendió un señor mayor, que de inmediato, les mostró la
propiedad.

       Se trataba de una casa muy grande de dos plantas y en excelente
estado, con cuatro dormitorios, dependencias, una construcción en el fondo
con parrilla y mesas de estar, ping-pong y hasta un billar antiguo. Al frente y a
cada lado, dos locales comerciales, uno vacío y otro facilitado en préstamo a
una pariente que se dedicaba a dar clases de ayuda escolar. Un parque
diseñado forestalmente la rodeaba, añadiendo placer y frescura a un diseño
arquitectónico estupendo.

      El precio fijado, sin consultarse, les pareció excelente, máxime que se
vendía con todos los muebles, cortinas, ropa de cama y artefactos
incorporados, de mediana calidad y que parecían nuevos.

       “Esta casa la construí yo mismo hace seis años, para mi hijo que se
casaba,     luego se divorció, se marchó a              España y contrajo enlace
nuevamente. Ahora nos vamos nosotros a vivir allí, a Cullera, en el país
catalán. Mi hijo es arquitecto, el otro es dentista y la nena estudia en Barcelona.
Ha puesto una empresa constructora, con dos uruguayos, y les va de
maravillas. Tan bien, que me ha contratado a mí, vamos, yo soy español y les
he dado a ellos una gran mano, pero técnicamente parece que la empresa es
mía. No tenemos nietos, pero mi esposa dice que estando nosotros, le
daremos de comer a la cigüeña. Yo tengo el poder especial de venta, y todos
los papeles – originales claro – están en la Escribanía, pues estas son
fotocopias.”

     ¿A qué hora de esta tarde, puedo venir con un abogado, para analizar
más en detalle las condiciones de la compra? – preguntó Otello.

      - Ya le dije por teléfono que haría una excepción por ser usted –
respondió el vendedor – pero ya me voy a Balcarce y no regresaré antes de las
nueve de la noche.

      - ¿Cuándo hablamos por teléfono?

       - ¿No es Usted el doctor Marango?

      - ¡Si,…no Maraldo, Maraldo!

       - Bueno, bueno, yo lo esperé por eso, pero podemos vernos mañana.

       - Si, señor, ¿qué le parece a las ocho? – interrumpió Mariel.
        - Bien, bien,…tráigase a su abogado,…algo me dice que esta casa es
suya.

     El Lunes 23 se firmó el boleto de compraventa, y el 25 la escritura de
compra, con posesión inmediata. Los esposos se mudaron el 6 de noviembre,
y alquilaron el departamento a unos jóvenes de Balcarce recomendados por el
Sr. Pereló, el vendedor del chalet.

       El piso de Ayacucho se alquiló a una gente de Neuquén que enviaba a
estudiar a sus dos hijos, previo traslado de pertenencias al domicilio
marplatense, y para ello utilizaron a una empresa de fletes que pasó primero
por la casa de Otello y luego cargó lo que había en el centro. A pesar de los
días espléndidos de una primavera que anunciaba un verano caluroso, nunca
pudieron disfrutar de una jornada de playa, porque los acondicionamientos se
demoraron más de lo previsto. No obstante, a rajatabla, se cumplió la fecha
límite del 22 de diciembre para dejar el chalet con cuidadores y viajar a Buenos
Aires para pasar las fiestas.

      Navidad se acordó con los familiares de Mariel, que venían de
Chacabuco a Palermo, y la noche del Año Nuevo, con familiares de uno de los
socios del Instituto.

       A la una de la mañana regresaron a su hogar en San Isidro, porque
temprano, debían partir para la costa a los efectos de participar de un
almuerzo, con recientes amistades que les habían abiertos las puertas de sus
relaciones.

       El programa indicaba que a las ocho de la mañana iniciarían el viaje
para llegar con tiempo a Mar del Plata, pero los vigiladores de la empresa de
seguridad demoraron en llegar, y no quedaba otra alternativa que aguardar
dado que los teléfonos no eran atendidos .

        Finalmente a las nueve menos cuarto pudieron montarse a la autopista y
enfilar hacia la ruta dos. A la altura del peaje de Hudson sonó el celular de
Mariel: era la voz del cura que los había casado, el padre Mario, buscando al
Doctor Donatone que se encontraba – presumiblemente – en algún lugar de la
costa atlántica.

      La voz sonaba nerviosa, con palabras entrecortadas y con sonidos
angustiosos:

      - Mire Padre – contestó – no sabemos nada de Jorge, y ahora vamos
rumbo a Mar del Plata, ¿Qué pasa?

       - Algo gravísimo doctora, gravísimo, me han dejado un bebito recién
nacido, creo, en la puerta de la sacristía, y no se que hacer. Necesito alguien
que lo revise y me asesore. Llamé dos veces a la comisaría y se me corta el
teléfono, lo mismo con Monseñor Garasino, y no puedo dar con un abogado.
Estoy solo y en verdad, tengo miedo ¡No se qué hacer!”
     - ¡No se angustie, Mario, que en diez minutos estamos allí! ¿Es en la
misma iglesia que nos casó?

       - Es cerca, pero yo los espero en la puerta del templo. Gracias a Dios, y
a la Virgen que ustedes están cerca ¿Diez minutos? ¡Gracias doctora, Dios los
bendiga!

        - Otello, aceleró su auto y tomó la ruta en dirección a La Plata, mientras
su esposa lo imponía de los detalles de la conversación con el cura. El camino
no tenía tráfico y es por ello que pudo acelerar para llegar antes del tiempo
fijado. El padre estaba en las escaleras, con lágrimas en los ojos y una
evidente descompensación anímica. Rápidamente fueron hasta la vivienda, y al
revisar al niño, con la falta de experiencia de ambos en esas cuestiones, les
pareció que todo era normal.

      El padre recibió un calmante fuerte, del botiquín de emergencias
cardíacas de Otello, que lo serenó de inmediato y hasta le provocó sueño, a
punto tal que el viaje hasta el Hospital de Niños lo realizó dormitando, incluso
con ronquidos.

      Al ingresar a la Guardia se dieron a conocer como médicos para lograr
algún tipo de atención rápida, porque la sala se encontraba repleta de
accidentados de pirotecnia, problemas de ojos, fracturas y lesiones producidas
mayormente por la ingesta de alcohol.

       La suerte, o mejor dicho, los designios del Altísimo pusieron en la
jefatura interina del nosocomio a una pediatra, la doctora Rita Altuna, que los
atendió de inmediato. Al comprobar que el niño se encontraba en perfectas
condiciones, lo dejó internado para alimentarlo y controlarlo responsablemente

        La médica, cuya hermana se desempeña como secretaria de un
Juzgado de Menores, le recomendó al padre que antes de tomar contacto con
la policía para denunciar al abandono, convenía conectarse con la funcionaria
judicial para hacer las cosas ajustadas a derecho. El asentimiento del
sacerdote fue inmediato, lo mismo que la charla telefónica entre Dolores
Altuna, y la concertación de una reunión en el mismo hospital. El reloj marcaba
las once menos diez, ya sin posibilidades de concurrir al almuerzo. Otello se
disculpó con sus amigos marplatenses. Para aguardar a Dolores todos fueron
al bar, para beber algo, aunque sea agua y aire fresco.

      A las seis de la tarde, con barba crecida, ropa arrugada y mucho calor
emprendieron el regreso a Mar del Plata, analizando las alternativas de lograr
la guarda del niño – aunque sea transitoria – si es que la localización de los
padres biológicos arrojaba resultados negativos.

       Tomaron la fecha de la medalla como un signo. La llegada de un niño a
sus vidas parecía un milagro, que finalmente se concretó porque el Juez de
Menores, tras analizar los antecedentes de los esposos, dictó una resolución
de excepción concediendo la guarda judicial, como primer paso hacia la
tenencia y quizás, la posible adopción.

      El niño fue bautizado con los nombres de Maximiliano Luís, y antes de
cumplir los dos años, el Juez autorizó a añadir los apellidos Maraldo Nicolao.
Capítulo Undécimo


                        La Séptima Medalla

      Ese era el año clave para el destino de Maxi, y la articulación del futuro
inmediato o mediato de sus padres Otello y Mariel.

      Ellos habían cumplido 88 años y 22 de casados. Su hijo tenía 22 años.
Recién se iniciaba el día 9 del mes 9 del año 9 del Nuevo Calendario.

        Mar del Plata lucía espléndida, con el tope fijado de un millón de
habitantes en todo el partido. La línea de playas estaba bordeada por una triple
fila de árboles, que se iniciaba antes de los acantilados del sur y seguía hasta
Santa Clara.

      El tren silencioso tardaba dos horas en unir el trayecto de Constitución a
la Terminal. El aeropuerto internacional se comunicaba con la ciudad mediante
vehículos subterráneos llamados “Cercanías” como los que sirven a los
españoles.

       La ingesta de carnes era mínima, y por esa razón la actividad granjera
iba en aumento, en anillos que encerraban a la ciudad en dirección a las
sierras.

      El petróleo era utilizado para la fabricación de ropa hasta pinturas, pero
no como combustible, y por ello no había contaminación. Los coches se
impulsaban con energías nuevas, y la luz urbana provenía de gases vegetales
de desechos.

       Los bañistas podían disfrutar de un mar no contaminado, en un verano
largo y caluroso que se extendía desde octubre hasta abril, continuado por un
invierno frío y con nevadas frecuentes de junio al mes de agosto. Las
estaciones intermedias, otoño y primavera, duraban muy poco.

        Por una ley conocida con el nombre de “Ministro Bouzas” se reguló la
actividad pesquera en el litoral atlántico, confiando a la Armada Nacional su
contralor, estudio, análisis, investigación y desarrollo, debido a que la antigua
institución militar había cambiado las armas por las tareas de servicio social,
formando a su propia tropa en universidades propias, centros de
entrenamiento, laboratorios, expertos en planificación y científicos en todas las
especialidades del mar.

      Mar del Plata era uno de los más importantes centros de cultura del sur
del continente. Las mejores escuelas de arte, música, teatro, canto, baile,
literatura, pintura y nuevas expresiones del espíritu, surgidas a partir de la
detención del alocado crecimiento de la tecnología, tenían allí su sede.
        MARNIC, fue la nueva denominación adoptada por el hijo de los médicos
al juntar las primeras letras de los apellidos de sus progenitores, por dos
razones básicas: la identificación de las personas respondía a un nuevo
modelo de combinación genética, electrofisiológica y electrónica controlada por
satélites, y luego para poder ingresar mayores datos a los registros de los
ordenadores mundiales.

       Maxi Marnic, desde muy pequeño se había destacado en literatura y en
música. Tocaba el piano por diversión y placer, pero se ganaba la vida como
escritor, con diplomas obtenidos en Europa, Australia y Buenos Aires.

       Podría decirse que su porte, es el de un muchacho elegante, de modales
finos y atentos. Delgado, cerca del metro ochenta de estatura, piel muy blanca,
ojos azules, cabello castaño y estructura atlética. Exhibía una risa fácil y su
conducta era de contenida tranquilidad, mientras la injusticia no golpeara a sus
puertas.

       La sociedad de esos años había controlado la mayoría de las
interacciones humanas, como el respeto a las normas de tránsito, la
eliminación de los robos, en formas de saqueos, estafas o piruetas políticas, los
fraudes en las operaciones comerciales, las guerras y la violencia ciudadana de
naturaleza colectiva entre otras similares; sin embargo, aquellas que partían del
emocional, como las pasiones internas y los deseos, al formar parte de una
maduración de la conciencia, tardaban más en asimilarse.

      Sus padres le habían edificado una vivienda, de estilo tradicional
marplatense, en las colinas que circundan la ruta a Balcarce, a la izquierda de
la gran curva, y allí vivía los días semanales de trabajo. Las jornadas de
descanso las dedicaba a sus padres y a su novia Caty.

        Maxi tenía facilidades para lograr desprendimientos astrales, y ello le
posibilitaba viajar por el espacio terrenal, a veces en el tiempo y en los
intersticios del No Tiempo, en el afán de ayudar a aquellos semejantes que no
habían alcanzado las alturas de la evolución prevista.

       En uno de sus” vuelos” recibió la indicación de reunirse con sus padres,
ese día 9 a las 9 de la mañana, con la medalla sobre la mesa, para analizar su
contenido. El desayuno podría ser la forma de recibir a un enviado, que
llegaría minutos antes.

       Por su parte, la madre, seguía trabajando en investigaciones
biomédicas, especialmente analizando las relaciones existentes entre las
decisiones que se tomaban cotidianamente desde el carácter elaborado por su
personalidad social, y que afectaban positiva o negativamente distintas partes
del organismo. Decisiones pequeñas como salir o no salir con bajas
temperaturas, retar o no retar a los hijos por travesuras de chiquilines, guardar
silencio ante un vuelto mal dado, elegir pasear el perro por las plazas o por los
parques, aparcar el coche en un sitio u otro, hasta conductas más complejas,
como por ejemplo gastar dinero en compras de casas, autos o joyas             o
humillar a un infeliz frente a la gente.

       Cada una de estas acciones tiene un correlato inmediato con alguna
parte del organismo humano: páncreas, hígado, bazo, sistema óseo,
circulatorio, músculos, epidermis o cabellos. En cuanto a los órganos de
secreción, su funcionalismo o disfuncionalismo, es el primero que se involucra
en el complicado tema del equilibrio homeostático.

       Muchas cosas, entre ellas el envejecimiento prematuro, la aparición de
enfermedades o la mala distribución de la energía, según las escuelas de la
medicina tradicional china o la medicina alquímica, pueden ser corregidas
mediante la aplicación de los 10 M, que no son otra cosa que la esencia de los
diez mandamientos del culto judeocristiano. Propósito muy difícil de conseguir.
       El grupo de investigadores avanzados, auxiliares y alumnos recientes,
se reunían con ella dos veces por semana, y luego continuaban sus tareas en
el Laboratorio de Investigaciones Transdisciplinarias (LIT) fundado por Mariel
veinte años atrás.

      Los que conocían de cerca a la doctora Nicolao y su esposo no paraban
de admirar la vitalidad de ambos, que muy cerca de los noventa años
cronológicos, apenas representaban sesenta.

       Otello, en base a su especialidad, se dedicaba los mismos días que su
señora a estudiar la función del corazón, ya no como mecanismo de bombeo,
sino la importancia del órgano como coordinador en jefe de los siete “ cerebros”
que posee el cuerpo humano, del que forma parte el ubicado en el cráneo. Sus
discípulos tenían la obligación de asistir a las reuniones de investigación, y
luego trasladar los resultados al LIT.

       Este LIT, es uno de los pilares del complejo educativo integral
denominado Escuela de la Nueva Moneda, que dirigen las hermanas Lita y Tití
Ewert, que se iniciara como pedagogía derivada de las neurociencias un
cuarto de siglo atrás, y que hoy ha incorporado los saberes que ligan al cosmos
con la tierra viva.

      El timbre sonó en la residencia de los médicos, y sin esperar ser
atendido, Jorge ingresó al hall con una amplia sonrisa y los brazos extendidos.

      ¿Cuántos años hace que no nos vemos? - gritó Otello mientras se
abrazaba con su amigo.

       Mariel se sumó a la manifestación afectiva, luego Maxi y así quedaron
varios minutos sin pronunciar palabras.

       - Traje masas secas - dijo Jorge extendiendo la mano para que el chico
las tomara.

      - ¡Tiene conservantes! – gruñó Otello.
      Todos rieron a la vez y tomaron asiento en la mesa preparada para el
desayuno, con variadas ofertas de infusiones , te verde o mate cocido.

        La primera parte de la charla estuvo vinculada a la actividad de Maxi,
con el monitoreo constante ejercido por Jorge desde su nacimiento, y sus
habituales encuentros astrales, lo que llevó a manifestarle que estaba muy
orgulloso de su ahijado sideral.

         Luego les expresó a los médicos que el tiempo material de la medalla
había llegado, y que luego de explicar su significado numerológico y cósmico,
les pediría a los mayores una decisión personal sobre su futuro.

        “La séptima medalla, al representar el número 7, indica la perfección, el
idealismo, el pensamiento profundo muy ligado a las ciencias ocultas, y a la
vida trascendente.

       El número romano IX encerrado en un círculo, según se oriente a la
medalla puede ser el XI.

     Ustedes dos tienen 88 años, sumados dan 34, que es 7. Maxi tiene 22,
sumado da 4. 7 más 4 da 11, que es un número maestro.

      La edad del padre más la edad del hijo, da 11 (número maestro)

      La edad de la madre más la edad del hijo, da 11 también.

      La sumatoria de todas las edades da 22, que es número maestro

     Hoy es día 9 del mes 9 del año 9 a la hora 9 del calendario Lunar. La
suma da 36 o sea 9.

      El Nueve representa el amor universal, y es el número que les
corresponde en esta vida.

       Todas las anteriores medallas hablaron del tiempo (fechas) identificadas
con el Siete, y ligadas estrechamente a los números maestros 11, 22 y 33. Hoy
con sus nacimientos están bajo la influencia del Número Treinta y Tres.

      Podemos seguir haciendo comparaciones y siempre será el siete, el
nueve y el once, el que nos mostrará el camino.

       El Once expresa el misticismo, el Veintidós la arquitectura de un mundo
mejor, y el Treinta y tres, la mayor elevación del Estado Espiritual. Todo esto se
potencia en el Calendario Lunar, que estamos transitando, porque tiene la
vibración de la mujer, que es la Madre Tierra.

       Hoy día, para ustedes dos, ha llegado la hora de tomar en cuenta que
en este amplio plano de las dimensiones, además de la existencia del ser,
existe una coexistencia paralela, que se va dividiendo hasta el infinito. Esto
empezó en el año solar 2012, y se amplía día a día.
        Todos los humanos eligen su vida material en la etapa de la vida
espiritual pura, que se sitúa por encima de cada visita al mundo, en este caso
la Tierra.

       Yo solo soy el mensajero, y les informo que – en este plano – pueden
decidir su futuro, sin necesidad de dejar el traje.

      Pueden continuar aquí mismo o recuperar su energía vibracional sin
ataduras densas, porque ya han aprobado en esta Escuela.

       El planeta necesita maestros, y el escalón superior consejeros. El ciclo
de los dueños del poder, capitalista o socialista, se está agotando. Nuevamente
las civilizaciones, al convertirse en materialistas, se autodestruyen, como pasó
con los egipcios, caldeos, babilónicos, griegos o romanos. No existen más.

      Los espíritus elevados, como Ustedes, sirven en las dos esferas. Solo
deben decidir si quieren irse o permanecer. Aquí es más difícil por lo
emocional, pero la gratificación es mayor, también por el emocional.

       - Nosotros somos científicos, Jorge, y nos convoca el conocimiento que
está allí arriba - opinó Otello.

     - Pero también somos humanos, y el contacto epidérmico con nuestros
hermanos, nos emociona y nos motiva – añadió Mariel.

       - Yo quisiera que no se vayan tan pronto – agregó Maximiliano – me
gustaría que mis hijos disfrutaran de sus abuelos, como yo no pude hacerlo

      - ¡Bueno, bueno, bueno – concluyó Jorge – todavía tienen once años para
pensarlo! Arriba es un suspiro, pero aquí representa un buen trecho. ¡Sigamos
con la reunión, que está muy buena!

				
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