REVELACION DE DIOS EN UN CONTEXTO
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Revelación de Dios en un contexto
de migración
La Iglesia es portadora de la memoria histórica del caminar del pueblo de Dios, contenido en
la Biblia. Desde la perspectiva de movilidad humana, puede decirse que la Biblia ha surgido
en el contexto de una migración milenaria, de permanente movilidad, de arraigo y desarraigo,
de deportaciones y exilios, de expulsiones y refugios. Es por eso que el pueblo bíblico, en el
cual nace y crece Jesús de Nazareth y que es prefiguración del nuevo pueblo de Dios hoy: la
Iglesia, tiene autoridad para hablar de migración y diáspora.
Dios se revela en la historia de la humanidad desde la creación, posteriormente elige un
pueblo entre todos los pueblos: Israel, para mostrarse como presencia viva y actuante. Se
revela desde la elección de Abraham y Sara como precursores de la fe y del pueblo naciente.
Escucha el clamor de los israelitas esclavizados en Egipto y los libera. Acompaña el caminar
del pueblo hebreo por el desierto y se manifiesta a través de personas elegidas como
salvadoras del pueblo, profetas, reyes y jueces. Al llegar la plenitud de los tiempos Dios se
revela en su totalidad a través de su Hijo Jesús, Dios se hace un ser humano. Hoy la
revelación de Dios se sigue manifestando a través de múltiples acciones que son
manifestación del Espíritu. Principalmente, Dios se revela a través del rostro del pobre, del
marginado, del excluido.
ANTIGUO TESTAMENTO
1. Los orígenes: Patriarcas y Matriarcas:
Los primeros capítulos del Génesis (Gn 1-11) han sido escritos desde la gozosa experiencia
del don de la posesión de la tierra, experimentada como bendición y armonía, para sí y para
los demás (Gn1,26-31; 2,7-9; 18-20). Pero también desde la experiencia de la pérdida de la
tierra por la trasgresión e infidelidad a la Alianza (Gn3, 6-7;16-19) y de la esperanza de los
desterrados por volver a la posesión de la “tierra que mana leche y miel”. Así, las experiencias
de arraigo y desarraigo, vividas por el pueblo quedan integradas en los paradigmas del paraíso
y del pecado original. La vida, la posesión de la tierra, la armonía son frutos de la fidelidad al
don y la gracia recibidos, mientras que la pérdida, la expulsión, la insolidaridad son la
consecuencia del pecado, de la infidelidad y la desobediencia al mandato divino. Esta es la
historia de una misteriosa relación de amor entre Dios y la humanidad. Escrita en pergamino y
grabada en el corazón humano. Por eso el Antiguo Testamento es una especie de memorial de
la fe de un pueblo pobre y peregrino, migrante, que confía en la acción liberadora de su Dios.
1.1 ¿Dónde y cuando empieza esta historia?
En el año 2.000 aC todo el Oriente Medio se encuentra bajo el dominio de grandes potencias.
Son verdaderos Imperios gobernados por poderosas familias de reyes llamadas dinastías. En
el corazón de estas potencias (Egipto, Asiria, Babilonia) está la tierra de Canaán.
A mediados del siglo XIX aC. hay una época de agitación social en Canaán, debido a las
constantes conquistas, mientras que Egipto prospera y se expande ejerciendo dominio sobre
Canaán. Grandes flujos migratorios se dirigen hacia la tierra de Egipto, el país de Canaán es
paso obligatorio para los migrantes. Es dentro de este contexto que Abaham junto a su esposa
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Sara y un grupo de pastores sale de Ur, en Caldea, rumbo a la tierra de Canaán que llamarían
Israel y más tarde Palestina.
La época patriarcal recoge la memoria de los orígenes nómadas de Israel como parte de la
gran migración de los pueblos semitas que estuvieron invadiendo los territorios durante un
período de mil años. Con las narraciones patriarcales da inicio la historia del Pueblo de Dios
(Gn 12-50).
“Mi padre era un arameo errante” (Dt 26,5) reza el comienzo del credo israelita y nos remite
al caminar tras-humante de Abraham y Sara junto a sus descendientes (Gn12-50). La
migración de Abraham y Sara es vista como una migración de fe en respuesta a la llamada y a
las promesas de Dios: “Sal de tu tierra, de tu patria, de tus parientes y anda a la tierra que yo
te mostraré” (Gn1, 21,ss). Abraham y Sara son el paradigma de todo un pueblo de nómadas:
sin casa, viviendo en tiendas, con una vida errante, sin patria, sin seguridades. En muchos
lugares estas tribus eran vistas como peligrosas y hostiles; el mismo nombre de “hebreos”
(hapirus) denota recelo y sospecha.
Parten como cualquier otro grupo de migrantes en busca de nuevos espacios de vida. En
aquel tiempo muchos nómadas y semi-nómadas deambulaban por el Medio Oriente llevando
una vida muy dura, huyendo de los reyes que imponían pesados impuestos a los campesinos.
Abraham y Sara conocen así el dolor y el sufrimiento por dejar patria, amigos y parientes.
Viven la incertidumbre de no tener lugar propio. Llevan dentro de sí la esperanza de una
presencia que dinamiza el futuro, la esperanza de una tierra propia.
Atraído por la historia desconocida que lo llama a arriesgarse Abraham abre para la
humanidad el sentido de la vida y de la historia. Abraham junto a Sara, confían en Yahvé,
caminan y sus pies dejarán huellas. Dios pide a Abraham que inicie el camino. Atrás queda su
tierra, su familia, sus proyectos personales. El acepta el desafío de su fe. Trabaja, observa,
compara, reflexiona y acoge los consejos de Dios. Se consolida así la promesa de
descendencia.
La familia de Abraham y Sara se multiplica, nacen los clanes y se cultiva el embrión de un
nuevo pueblo: Israel. Por eso Sara, Abraham, Isaac, Rebeca, Lía, Raquel y Jacob son
llamados Patriarcas y Matriarcas. Son ellos padres y madres en la fe del pueblo de la Biblia.
Somos herederos de la fe de Abraham y Sara que creyeron en que Dios es Padre que promete
a sus hijos e hijas: tierra, descendencia, bendición. Esta promesa crea el deseo de un proyecto
nuevo que se materializa en la historia. En este deseo Abraham ya no está solo, Abraham es
un pueblo. Comprende que esta promesa es un don que se realiza en la medida de nuestra
capacidad de arriesgar, de confiar, de crear lo nuevo hasta transformarse en bendición para
toda la humanidad.
Tres elementos importantes hay que subrayar, en la perspectiva de la movilidad humana de la
época patriarcal:
En primer lugar la naturaleza del Dios de los Padres y Madres de la fe es un Dios itinerante
que camina con las tribus, es un Dios que no está ligado a santuarios ni conoce fronteras; es lo
contrario de los dioses sedentarios de Mesopotamia, Egipto y Canaan.
Un segundo elemento es la práctica de la hospitalidad tan característica de los pueblos
nómadas, donde una tienda de campaña, agua fresca y pan marcan la diferencia entre la vida y
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la muerte. La acogida de Abraham a los tres visitantes (Gn18,1ss) se convirtió en paradigma
de la hospitalidad para judíos y cristianos (cf.Hb13,12).
En tercer lugar la tierra y la ley son mediaciones muy importantes entre Dios y el Pueblo. Una
tierra para vivir con dignidad y una ley que garantice la identidad del pueblo durante su
caminar. Esta identidad debe representar una puerta siempre abierta para los demás
peregrinos, migrantes, con el fin de que el pueblo jamás olvide que en su origen hay una
persona migrante en busca de tierra y pan. Mediante esta solidaridad el pueblo debía
manifestar su afinidad y respeto para con los forasteros, los extranjeros. Queda testificado en
Números 15,15-16:
“No habrá mas que una ley para ustedes y el forastero residente; es un derecho perpetuo
para sus descendientes. Como sean ustedes, así será el extranjero delante de Dios. Habrá
una sola ley y una sola costumbre para ustedes y para el extranjero que vive entre ustedes”.
El trato que debe ser brindado al extranjero, al migrante, queda plasmado en Levítico 19,33-
34:
“Cuando un forastero viva junto a ti en tu tierra, no lo molestes. Al forastero que viva con
ustedes lo mirarán como a uno de ustedes y lo amarás como a ti mismo pues ustedes también
fueron forasteros en Egipto. Yahvé es el Dios que hace justicia al huérfano, a la viuda y al
forastero, porque forasteros fueron ustedes en Egipto”(Dt 10,17-19).
La época llamada patriarcal concluye con el relato de la venta de José por sus hermanos y de
la migración forzada por el hambre de los hijos de Jacob a Egipto. Historia que permite ver
cómo Dios, de la traición saca salvación para el pueblo.
1.2 Dios se revela hoy en el pueblo migrante:
El pueblo pobre de Centro América sigue buscando mejores condiciones de vida migrando
hacia las ciudades o bien a países vecinos. Igual que los israelitas y los pueblos pobres de la
época patriarcal, muchas familias centroamericanas se movilizan de un lugar a otro buscando
alimento, techo, abrigo. Desdichadamente tenemos que decir que el hambre es hoy también
un motivo para migrar. Diversos departamentos en Guatemala reportan situaciones de
hambruna: mujeres, niños, niñas, ancianos con alto grado de desnutrición. El panorama es
similar en los países de Honduras, El Salvador y Nicaragua.
La pobreza es la causa principal de la migración forzada. Son muchos los testimonios de
migrantes que expresan su desesperación por no encontrar trabajo en sus lugares de origen,
teniendo sobre si la responsabilidad de sostener una familia. La migración se ha convertido en
una alternativa viable para la sobrevivencia: “toda la vida fie pobre, pero después de un
tiempo mi situación económica fue poniéndose difícil. Entonces fue cuando decidí realizar
este viaje” (testimonio de un migrante).
Según el Centro de Investigación FLACSO, los índices de pobreza son alarmantes en la
población guatemalteca. El 56.7% de los guatemaltecos viven en condiciones de pobreza y el
26.8% en extrema pobreza, la cual se concentra en la población rural, con el 75% y en la
población indígena con el 73%. Esto indica que 11 de los 22 departamentos del país tienen un
rango de pobreza superior al 61%.
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Esta situación hace que en Guatemala, cada día alrededor de 250 personas intenten salir hacia
Estados Unidos. Hoy se ve como la panacea para la salvación de miles de familias que buscan
pan, como antaño lo hacían al emigrar hacia Egipto. Pero también buscan la anhelada tierra
prometida.
El pueblo migrante es sumamente creyente y confía en la presencia de Dios en todo momento,
la esperanza de lograr su destino final nunca les abandona. En estas circunstancias la Iglesia
peregrina, debe caminar con los caminantes, haciendo una opción por los pobres y
marginados, por los migrantes como personas privilegiadas de la Revelación de Dios.
2. Exodo y Liberación:
En el año 1650 aC. sobreviene una gran sequía en el país de Canaán y azota el hambre.
Muchos pueblos emigran hacia Egipto a fin de sobrevivir, dentro de ellos están los
descendientes de Abraham. Por intermedio de José, hijo de Abraham los israelitas se
establecen en Egipto y adquieren propiedades, se integran a la vida del país y se transforman
en un pueblo muy numeroso.
Con el paso del tiempo crecen tanto que se constituyen en una amenaza para el Imperio de
Egipto. El faraón planea la forma de acabar con el pueblo de Israel: trabajos forzados,
explotación, control de la natalidad, pesados impuestos, vida dura, esclavitud.
Cuando el pueblo unido clama a Yahvé, El escucha su clamor (Ex 3,7-8). Bajo el liderazgo de
Moisés, Aarón y Miriam el pueblo se organiza para un movimiento de liberación. El pueblo
de la Biblia denomina a esta peregrinación Éxodo, que quiere decir: salida de la esclavitud
hacia la libertad (1300 aC).
En esta caminata el pueblo reconoce que Dios es su compañía, es una presencia liberadora en
medio de los israelitas. El grupo que sale de la servidumbre estaba compuesto por gente de
diversas culturas. Habían llegado a Egipto a causa del hambre y les llamaron “hebreos”
porque se rebelaron contra el Rey Ramsés II, quien les imponía trabajos pesados. Al llegar a
Palestina se mezclaron con otros grupos de campesinos instalados en los montes donde
podían escapar de la dominación. El resultado de esta unión de insurrección y migración
constituyó la nación de tribus llamada Israel.
De esta forma, a partir de lo multicultural y pluriforme se va constituyendo un pueblo que
hace una travesía de 40 años por el desierto, tiempo durante el cual Dios manifestó su poder y
misericordia . La peregrinación hacia la independencia fue difícil, pero la providencia de Dios
les permitió confiar. En su camino por el desierto el pueblo crea sus costumbres y celebra sus
fiestas. Cuando celebra esta experiencia con el Dios de la vida se transforma en una explosión
de fe en el Dios que camina con ellos y ellas. Hubo milagros, pero también pruebas y
obstinación.
Ante las dificultades de la caminata muchos pierden la esperanza y se lamentan: “Está Yahvé
en medio de nosotros o no?” (Ex 17,7). Sin embargo Dios estará permanentemente al lado del
pueblo.
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La experiencia de la esclavitud en Egipto, el trabajo forzado, el éxodo y el caminar por el
desierto dejaron en la carne del pueblo la marca que pesa sobre el extranjero (en hebreo ger =
extraño, enemigo). Todos los criterios posteriores harán permanente referencia a esta
situación vivida: “fuiste esclavo, extranjero, forastero en Egipto” (Ex1,8-22). En medio de la
esclavitud el pueblo gritó de dolor y sus gritos llegaron a los oídos de Dios y se dispuso a
atenderlos y liberarlos (Ex 2,23-25). La liberación operada por Yahvé por manos de Moisés
dejó huella indeleble del amor y predilección de Dios por los excluidos y marginados, ese
Dios que se autorevela como el Dios compasivo y misericordioso, defensor de los pobres y
desvalidos.
2.1 Dios se revela hoy en el pueblo migrante:
Hablar hoy de éxodo de los pueblos, es una realidad cruda y palpable en diversas regiones del
mundo. En Latinomérica los conflictos armados internos han sido causa de grandes éxodos de
familias y pueblos que huyen de violencia. En la actualidad Colombia es un ejemplo del
éxodo causado por la guerra. En Centromérica en las décadas de los años 70 y 80, miles de
personas buscaron refugio en países vecinos para preservar la vida.
Por otra parte, la globalización del mundo ha globalizado también la migración. En toda
Latinoamérica las corrientes migratorias están aumentando. De esa cuenta, la globalización de
la economía de mercado neoliberal es un fenómeno que deja entrever profundos signos
contradictorios al crearse bloques con una fuerte tendencia a la guerra comercial.
Hay datos escandalosos: La revista Forbes elabora cada ano una lista de las 400 personas más
ricas de Estados Unidos. La riqueza de los 10 privilegiados empresarios que encabezan esa
lista, estimada en 227.000 millones de dólares, alcanzaría para saldar una tercera parte de la
deuda externa de América Latina. En contrapartida la organización mundial del Trabajo (OIT)
dice que 1400 millones de personas trabajadoras en el mundo, reciben menos de dos dólares
al día.
Realidades como éstas ayudan a entender el porqué la masiva migración hacia Estados
Unidos, desde diversas regiones del Sur. Igual que los israelitas en Egipto, los latinos en
Estados Unidos se han transformado en un pueblo muy numeroso, que empieza a ser visto
como una amenaza para el gran Imperio, por tanto tiene que ser controlado y expulsado a toda
costa.
A partir del 11 de septiembre de 2001, los gobiernos volvieron a asociar el fenómeno
migratorio con la seguridad nacional, con el endurecimiento en los procesos migratorios,
militarización de las fronteras y la asociación de las migraciones con el terrorismo. Esto ha
ocasionado deportaciones masivas de guatemaltecos y centroamericanos.
En la frontera del imperialismo, los migrantes están expuestos a una extrema vulnerabilidad y
son víctimas directas de la corrupción e impunidad de los aparatos gubernamentales en el
ejercicio de la contención del flujo migratorio. Las fuertes restricciones migratorias han
ocasionado abusos a los derechos humanos de los migrantes. Dicha militarización ha
generado el incremento del tráfico humano y de la trata de personas, de las detenciones
irregulares, de las deportaciones masivas y de irregularidades en los procedimientos
migratorios. De hecho, tales procedimientos han dejado en la más feliz impunidad a
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traficantes y autoridades corruptas, que pueden hacer cualquier cosa para despojar a los
migrantes de su dignidad y pertenencias.
Las escenas que muchas veces vemos son tan infames y desgarradoras como el horror de
migrantes muertos, mutilados, desesperanzados…El incremento a las violaciones de los
derechos humanos de las personas migrantes es un grito, un lamento lanzado hasta Dios. Y
nos preguntamos “¡hasta cuando Señor tenemos que soportar tanta impunidad!”. El rostro de
los trabajadores temporeros que son sometidos a trabajos forzosos, con malos tratos y
viviendo sin sanidad, nos hace recordar la esclavitud de los israelitas en Egipto.
La migración tiene diversos rostros: refugiados, repatriados, deportados, inmigrantes,
emigrantes, trabajadores temporeros, desplazados internos. Todos tienen la característica de la
migración forzada por causas diversas: pobreza, persecución, desastres naturales, violencia.
Es una realidad que tiene rostros: hombres, mujeres, jóvenes, niños, que arriesgan la vida para
conseguir el “sueño americano”; en términos bíblicos “la tierra prometida”, la tierra que les
pueda dar pan y trabajo. En esta caminata los migrantes viven la experiencia del Dios de la
vida que los abraza para darles fuerza y continuar el camino. Experimentan al Dios que los
salva de la “migra”, de accidentes, de asaltos, de la muerte. Siempre encuentran un motivo
para estar agradecidos/as con Dios.
Es la experiencia del Dios que camina con el pueblo migrante.
3. Exilio y Retorno:
El pueblo de Israel se divide en dos por el descontento del reinado de David:
Judá: Reino del sur.
Isarel: Reino del norte
En el año 720 aC. Asiria invade el Reino del norte. Israel desaparece bajo la dominación
Asiria. El Reino de Judá resiste pero sufren dominación y caen en la tentación de la idolatría.
150 años más tarde Babilonia se expande, invade y lleva cautivo al Reino de Judá. Es la
dispersión total del pueblo hebreo.
La invasión y conquista de Judá, la destrucción de Jerusalén y el templo por parte de los
babilonios al mando de Nabucodonosor en el 587 aC. (2R 24-25) marcó el comienzo del
cautiverio para muchos habitantes de Jerusalén que fueron deportados a Babilonia. Una nueva
experiencia de desarraigo y enajenación en un país extraño y opresor, de añoranza por lo
perdido: “! Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extraña!”. La fe de los profetas logró
reanimar la fe de muchos que se creían abandonados de Dios. El pueblo salió purificado de
esta prueba y comenzó a soñar con el retorno, el Mesías y la restauración de Israel.
En sus orígenes Israel experimentó lo que significa no tener una tierra en medio de otros
pueblos, más tarde, ya establecido en su tierra haría la experiencia inversa. En efecto, cuando
el Reino del Norte fue conquistado por los Asirios, el remanente del Sur, el Reino de Judá
debió acoger a un gran número de refugiados del Norte que como forasteros e inmigrantes
vinieron en busca de asilo. A estos forasteros se aplicaban las antiguas leyes del Código de la
Alianza: “No abuses del forastero ni lo explotes” (Ex 20,10; 23,29), donde Dios equipara a
los forasteros con los pobres, viudas y huérfanos del propio pueblo.
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La llegada de los refugiados del Norte llevó a los profetas a profundizar en la necesidad de
acogerlos y protegerlos. Hay que respetar el derecho del forastero y pagarle lo debido (Dt
24,14;17); los forasteros tienen derecho a recoger los remanentes de la cosecha en los campos,
junto a las viudas y huérfanos (Dt 24,19-22); el extranjero ha de tener parte en los diezmos
destinados a los pobres (Dt 26,12-13); el forastero deberá ser acogido en las fiestas como un
familiar (Dt 16,11-14; cf.26,11). La motivación es siempre la misma “No olvides que fuiste
esclavo en Egipto”.
Para el Dios de Israel, ninguno es extraño. Él ama a todos por igual; junto a Él todos los
extranjeros encuentran una patria. Los recién llegados del Norte deben ser integrados a la
sociedad y participar del don de la tierra. Es solo entre los impíos donde el forastero está
entregado a toda suerte de arbitrariedades (cf. Gn19,41; Ex1; Jc 19). Incluso el templo
salomónico se convertirá para el extranjero en lugar de oración y lugar de reconocimiento del
nombre divino (1R 8,41-43).
De esta experiencia de migración (Dt 10,18-19) se concluye una gran verdad: Dios ama a los
forasteros y les da alimento y vestido; por eso se debe amar a los forasteros recordando que el
pueblo fue extranjero en Egipto. En la ley de santidad del Levítico se añade:
Cuando un inmigrante viene a morar junto a ti no lo explotarás , lo tratarás como a
uno de tu propia tierra, como a uno de vosotros, lo amarás como a ti mismo, pues
vosotros fuisteis emigrantes en tierra de Egipto”. (Lv 19,33-34).
De esta manera la ley de Moisés ofrece plena protección al extranjero sin apenas distinguirlo
de los nativos: tiene derecho al mismo ritual (Nm 35,15), valen para ellos las ciudades de
refugio y asilo (Dt 27,17). Hay que evitar en ellos la amarga experiencia de la soledad y el
abandono (Si 29,24-25).
Cuando se está en soledad y desprotección la solidaridad cobra especial sentido. La historia
de Rut, la moabita que emigra por causa de una gran hambruna es una historia de amor con
una propuesta clara de solidaridad:
“No me obligues a dejarte, yéndome lejos de ti, pues a donde tu vayas iré yo; tu pueblo será
mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tu mueras allí también quiero morir yo y ser
enterrada” (Rut 1,16-17).
En el año 530 a.C. Babilonia pasa a manos de Ciro, rey de Persia. Este rey permite que los
Israelitas vuelvan a Jerusalén y reconstruyan su templo. Muchos regresaron, otros
permanecieron en Babilonia. Después del destierro todavía el judaísmo pudo acrecentar su
experiencia en torno a la migración. Solo un pequeño grupo regresó a Jerusalén y conoció la
pobreza y la decepción del retorno: Jerusalén ya nunca sería lo que fuera en tiempos de David.
Por eso aún en su propia tierra los retornados se confiesan todavía desarraigados y peregrinos,
huéspedes como sus antepasados (Sal 39,12; 119,19.54; 1Cro 19,15). Incluso la mayoría de
los descendientes de los exiliados, que ya no volvieron y que constituyeron la gran Diáspora
judía a lo largo y ancho de los imperios, cuando lograron prosperidad y estabilidad siempre se
sintieron peregrinos y forasteros, sabiendo que su estabilidad dependía siempre de la voluntad
de gobiernos ajenos y arbitrarios (cf. Esther y Daniel).
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Toda esta experiencia de éxodo, de refugio, de constantes conquistas de su territorio, de
exilio, van haciendo al pueblo de Israel más sensible al tema de la migración pues le marcan
como pueblo itinerante. Vivir inestable y sin protección en otra tierra, llevó al pueblo a
aplicarse a sí mismo el nombre de extranjero (Num 23,9). Sin embargo el empobrecimiento
del pueblo paralelo a un nacionalismo judío, echan por tierra muchas veces la ciudadanía del
forastero en Israel y se considera una maldición ser extranjero. La explotación y el abuso no
se hacen esperar. Son los profetas quienes salen en defensa del extranjero, que junto a la viuda
y el huérfano son los grupos más vulnerables de la época. “En tu seno el extranjero sufre
opresión, se le trata mal” (Ez 22,7) Por su parte la figura de Job ejemplifica el cumplimiento
del amor solidario a partir de la ley de Yahvé “Jamás el forastero pasaba la noche a la
intemperie, pues tenía abierta mi puerta al caminante” (Job 31,32).
En el año 330 a.C. Palestina es conquistaba por el imperio griego: Alejandro Magno. Esto
constituye una revolución para los judíos pues están bajo el dominio de un Imperio que no
habla su misma lengua. Se proponen defender con la vida, su fe y su cultura ante la agresiva
helenización. Por eso se aferran a la ley. A la muerte de Alejandro Magno, la cultura griega
se universaliza bajo los diferentes emperadores. El pueblo judío sigue su lucha y resistencia.
El profeta Daniel reanima al pueblo. Guiados por los Macabeos organizaron la resistencia
para mantener el derecho a su libertad religiosa, cultural y a la postre también política. El
movimiento apocalíptico que nació e inspiró las luchas macabeas acentuó el sentimiento el
pueblo judío de ser extraños en el mundo, que tuvo como efecto, por un lado la expectativa
escatológica apocalíptica del Reino de Dios y la llegada del Mesías. Y por otro lado, condujo
al judaísmo a una postura de cerrazón y de ghetto frente a los demás pueblos. Ambas tendrán
una fuerte incidencia en el ambiente del Nuevo Testamento.
Así, de opresión en opresión llega Israel a la tutela del Imperio Romano, en el año 63 a.C.
donde un pequeño y sufrido pueblo mantiene viva la esperanza de un libertador definitivo.
Luego viene el silencio de la Palabra, el sufrimiento histórico, la humanidad espera. La
promesa hecha a Abraham es confirmada por el pueblo que pequeño y humilde en la madurez
de la fe, se abre y en el seno de una mujer se encarna la Vida.
3.1 Dios se revela hoy en el pueblo migrante:
Cinco principios emergen de la doctrina social de la Iglesia respecto a la migración:
1. Las personas tienen derecho a encontrar oportunidades en su tierra natal.
Toda persona tiene el derecho de encontrar en su propio país oportunidades económicas,
políticas y sociales que le permitan alcanzar una vida digna y plena mediante el uso de sus
dones. En este contexto un trabajo que proporcione un salario justo, suficiente para vivir,
constituye una necesidad básica de todo ser humano.
2. Las personas tienen derecho de emigrar para mantenerse a si mismas y a sus
familias.
Cuando una persona no consiga encontrar un empleo que le proporcione el sustento propio y
familiar en su país de origen, tiene el derecho de buscar trabajo fuera de el para sobrevivir.
Los Estados deben buscar formas de adaptarse a este derecho.
3. Los Estados soberanos poseen el derecho de controlar sus fronteras.
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La Iglesia reconoce que todo Estado posee el derecho de salvaguardar su territorio. Sin
embargo rechaza que tal derecho se ejerza solo con el objetivo de adquirir mayor riqueza. Las
naciones con un poderío económico mayor, con capacidad de proteger y alimentar a sus
habitantes , cuentan con una obligación mayor de adaptarse a los flujos migratorios.
4. Debe protegerse a quienes busquen refugio y asilo.
La comunidad global debe proteger a quienes huyen de la guerra y la persecución. Lo anterior
requiere, que los migrantes cuenten con el derecho de solicitar la calidad de refugiado o
asilado sin permanecer detenidos, y que dicha solicitud sea plenamente considerada por la
autoridad competente.
5. Deben respetarse la dignidad y los derechos humanos de los migrantes
indocumentados.
Independientemente de su situación legal, los migrantes, como toda persona, poseen una
dignidad humana intrínseca que debe ser respetada. Es común que sean sujetos a leyes
punitivas y al maltrato por parte de autoridades. Son necesarias políticas gubernamentales que
respeten los derechos humanos básicos de los migrantes indocumentados.
NUEVO TESTAMENTO
1. Jesús y los evangelios:
En el contexto del Imperio Romano la mayoría de los judíos de la Diáspora y de Palestina, se
sentían extranjeros o enajenados de su propia tierra y libertad. Ello explica todos los
movimientos revolucionarios y religiosos que culminarán, por un lado en la guerra contra
Roma del año 66 y por otro con el nacimiento de dos nuevas realidades: el rabinismo y la
iglesia cristiana. En efecto los movimientos mesiánicos de Juan Bautista y Jesús de Nazareth
son parte de la lucha de Israel por reconquistar su libertad política y religiosa. No cabe duda
que Jesús y los discípulos pertenecieron a la clase mayoritaria que en Palestina vivían
excluidos política, social y aun religiosamente, como extraños en su propia tierra. Por ello
anunciaban que el Reino había llegado (Mc 1,4.14 y par.)
La palabra griega xenos (extranjero, extraño, forastero, inaudito) se encuentra 14 veces en el
Nuevo Testamento y el verbo xenizo (hospedar, dar abrigo) se presenta 10 veces en el NT, de
las cuales 7 están en el libro de los Hechos. Según Mateo 25,31-46, hospedar a un extraño es
como hospedar al propio Jesús. En efecto, durante su vida pública en Judea y Galilea, Jesús
vivió de la hospitalidad de los otros. El confiesa que el “Hijo del Hombre no tiene donde
reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58). Así lo vemos hospedado en casa de Pedro (Mc 1,29),
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en casa del publicano Leví (Mc 2,15), en casa del Fariseo Simón (Lc 7,36), en casa de Marta
y María (Lc 10,38).
En sus parábolas Jesús presupone la costumbre de la hospitalidad, cuestiona al fariseo por no
cumplir los deberes hospitalarios (Lc 7,44). Hay que hospedar al que llega de improviso en la
noche (Lc 11,5), para el banquete escatológico del Reino de Dios los invitados vienen de lejos
(Lc 13,29; 14,16-24). A pesar de que los discípulos son enviados, Jesús supone que serán
recibidos (Mc 10,11-13; Lc 10,5-9). La participación de los extranjeros es esencial para que el
Reino de Dios sea completo y sus bienes se extiendan a ellos. Jesús muestra su predilección y
simpatía por la mujer sirofenicia, por la samaritana, por los funcionarios y soldados romanos,
con quienes entra en relación sin tomar en cuenta las leyes de pureza que se lo prohíben.
Esa actitud con los huéspedes recibe una profunda motivación teológica cuando se recuerda
que el propio Dios es un extraño en medio de su pueblo (Jn 8,19) y que también Jesús es un
extraño entre los suyos (Jn 1,11; 8,14; 25; 9,29). Los evangelios de la infancia anticipan ya
este extraño acontecimiento cuando Lucas presenta a la familia de Jesús como forasteros que
no encuentran lugar en el mesón (Lc2,6) o Mateo que no duda en caracterizar a la familia de
Nazareth, como refugiados y fugitivos y los describe rehaciendo el camino del éxodo (Mt
2,15), llevando una vida a escondidas para salvar la vida. En conclusión el profeta
escatológico, Jesús de Nazareth, fue tratado como un extraño por su pueblo y vivió en su
carne lo que es no tener un hogar.
Se entiende entonces que cuidar de los extraños, de los expatriados, es una exigencia de la
ética cristiana que ha de aparecer como criterio del juicio: “Yo fui extranjero y me recibiste en
tu casa” (Mt 25,25); criterio que no se puede obviar mediante discusiones sutiles tales como
“¿Quién es mi prójimo?”. A este intento de evasión Jesús responde con la parábola del buen
samaritano (Lc 10,29-37) donde urge aproximarse al extraño sin preguntarse sobre
condiciones de raza, nacionalidad y religión. Los samaritanos eran una raza extranjera y
despreciada por los judíos Este desprecio tenía una connotación sociológica muy profunda: el
racismo. Los samaritanos eran considerados una raza inferior. De ahí lo asombroso del relato;
la actitud compasiva del “extranjero” es utilizada por Jesús como ejemplo de lo que significa
practicar la misericordia. El amor genuino es practicado por la figura del extranjero y no por
los judíos piadosos.
El mandato post pascual de Jesús, que envía a los discípulos al mundo entero para predicar y
dar testimonio del Evangelio (Mt 28,18-20; Lc 24,45-49) parte de la experiencia del
encuentro con el Resucitado como de desconocido reconocido (relatos de la resurrección).
Hay continuidad entre la práctica y la doctrina de Jesús y la de los Apóstoles y de las primeras
comunidades cristianas.
1.1 Dios se revela en Jesús migrante:
“¿Porqué me preguntas si soy africano, si soy americano, si soy asiático, si soy europeo?
¡Ábreme hermano! No soy negro, no soy piel roja, no soy oriental, no soy blanco; soy
solamente una persona.
¡Ábreme hermano! Ábreme la puerta, ábreme el corazón, porque soy una persona: la
persona de todos los tiempos, la persona de todos los cielos, un ser humano, uno como tu”.
(Reiné Philombe)
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La persona migrante debe ser tratada como un hermano y hermana pues es un criterio
evangélico. Jesús nos enseña a acoger al migrante pues él mismo fue migrante. A pesar de
esta enseñanza continúa el racismo y la xenofobia hacia este grupo humano tan vulnerable en
nuestra sociedad.
En la última década, el fenómeno migratorio se incrementó significativamente por causas
naturales y políticas, así como por medidas de tipo económico que excluyen a la mayoría de
la población. La fuerte presión sobre los migrantes empezó a sentirse cuando Guatemala
restringió el acuerdo del CA-4, que permitía a los ciudadanos centroamericanos circular
libremente por la región portando únicamente la cédula de vecindad. Dicha resolución
impidió el libre tránsito hacia los departamentos fronterizos con México, permitiendo
únicamente a los migrantes llegar hasta la ciudad capital.
Posteriormente surgió la nueva Ley de Migración con más dificultades para los migrantes que
buscan llegar a los Estados Unidos. La nueva ley trae implícitos algunos intereses
internacionales que generan a la vez una mayor vulnerabilidad en torno a los migrantes y sus
derechos. La ley proclama la necesidad de protección a la persona humana y a la familia, lo
mismo que el derecho a la vida, sin embargo el espíritu de la misma ley viola estos principios.
Por otra parte tiene problemas para diferenciar conceptos, por ejemplo utiliza el término ilegal
para referirse a los migrantes que se encuentran de manera irregular dentro del territorio
guatemalteco. La Iglesia objeta este aspecto pues considera que ilegal es el acto, no la
persona. Es más, considera que migrar no es un delito, el verdadero delito lo constituyen las
causas de la migración.
Las estrategias continuaron con la implementación del denominado Plan Sur, que significa la
aplicación de medidas similares a las que Estados Unidos utiliza en su frontera sur, pero esta
vez en la frontera México-Guatemala. Este plan trae consigo el aumento de riesgos al
momento de ingresar a territorio mexicano. Después de la destrucción de las torres gemelas
en el año 2001, la situación para el migrante indocumentado han empeorado pues las políticas
anti-terroristas han alcanzado también al migrante.
Los hombres y mujeres migrantes son personas que buscan un medio de subsistencia para sí
mismos y sus familias. Merecen respeto y admiración pues desafían toda dificultad, hasta la
misma muerte para lograr alcanzar su sueño. No son ilegales, ni terroristas, ni delincuentes,
son la imagen de Jesús que toca la puerta pidiendo pan y trabajo.
2. Las primeras comunidades cristianas:
También en la misión de las primeras comunidades cristianas, la hospitalidad jugó un papel
muy importante en la expansión del cristianismo; vemos permanentemente a los apóstoles
hospedándose en casas de judíos y posteriormente de paganos (Hch 10,6.16; Rm 16,23;
Jn1,5). El pasaje de Hechos de los apóstoles que pone en contacto a Pedro con el pagano
Cornelio es clave para entender como el cristianismo debió romper las fronteras del judaísmo
para abrir la hospitalidad y la comunión de mesa entre judíos y paganos. La obligación de ser
hospitalario ya exigida por el AT continuó vigente pero se reforzó por el mandamiento del
amor que rompe las barreras de la nacionalidad y de la cultura judía para abrirse a los paganos
(Hch 10,23ss).
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Se entiende entonces que la práctica de la hospitalidad sin discriminación de raza,
nacionalidad y religión fue motivo de reflexión teológica y un tema recurrente en los escritos
apostólicos del NT. Si bien el bautismo implica el sentido de pertenencia a la comunidad
cristiana, Pablo afirma la superación de las divisiones tradicionales: en la vida en Cristo: “ya
no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Gal 3,28), por eso los
creyentes deben acabar con las barreras y muros que dividen a los seres humanos y
solidarizarse con los que tienen orígenes y culturas diferentes. Quizá Ef 2,11-22 sea el texto
más expresivo:
Por tanto ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los Santos,
moradores de la Casa de Dios…Sois parte del Templo que se construye para la
morada de Dios en el Espíritu (Cf. Flp 3,20; Gal 4,26; Hb 11,15-16).
La hospitalidad es permanentemente recomendada tanto a las comunidades como a los
creyentes en particular (1 Pd 4,9). Hb 13,2 recuerda el pasaje de Abraham hospedando a los
ángeles mensajeros de Dios, en la persona de tres desconocidos y subraya la necesidad de
solidarizarse con los perseguidos y encarcelados (Hb 11,13ss). También los apóstoles
continúan la novedad introducida por Jesús con relación a las mujeres extranjeras, tan
sospechosas en los libros de Esdras y Nehemías (cf. Pr 5,1-5). Los misioneros cristianos como
Pablo encontraron apoyo y colaboración en mujeres de origen pagano, aceptando su
hospedaje y haciéndolas colaboradoras de la misión.
La carta de Santiago opone radicalmente la sabiduría del Imperio y la sabiduría del Evangelio
que conllevan tratos muy diferentes para los pobres (St 2,1-12). Las cartas de Pedro dan razón
de la esperanza “un mundo nuevo donde habite la justicia” (2 Pd 3,13). El Apocalipsis
recogiendo las utopías de Isaías, Jeremías y Ezequiel y la historia y la lectura que hace de la
historia el libro de Daniel pone de manifiesto el carácter bestial e inhumano del Imperio
Romano (Ap 12-17) y alienta la resistencia de las comunidades cristianas en espera del triunfo
definitivo de Jesús, del juicio, de los Cielos nuevos y la Tierra nueva, de la Nueva Jerusalén,
de la ciudadanía celestial para todos los hombres fieles al Cordero (Ap 18-24)
Los escritos del NT son unánimes en dar testimonio de que Jesús de Nazareth y las
comunidades primitivas se dedicaron decididamente a los marginados y excluidos de la
sociedad, a los extranjeros, refugiados y perseguidos. Y tanto la comunidad de Jesús, como la
de sus discípulos y discípulas fueron una alternativa de acogida, dignificación y promoción
para los más desprotegidos socialmente.
2.1 Una iglesia de migrantes:
En Hechos 16 se menciona a Lidia y al grupo de mujeres que le acompañaban. De ellas se
dice que se reunían fuera de la ciudad para hacer oración. Lidia era de la ciudad de Tiatira
(por tanto migrante) y era comerciante. No se dice que fuera extranjera, sin embargo por ser
de otra región, trabajadora y con casa implica que probablemente era una extranjera residente
en Filipos. Para el judaísmo Lidia era una “temerosa” de Dios, lo que indica que era
considerada extranjera.
Lidia y su grupo son la expresión del común de la gente que vive como “migrante” en las
ciudades principales del imperio romano y que representan a un grupo de personas pobres y
trabajadoras que tienen que huir de sus países, presionadas por la misma situación económica.
Son consideradas como parte de la plebe de la sociedad. Pero al mismo tiempo representan al
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común de las personas que entran a formar parte de las primeras comunidades cristianas,
dándole una identidad propia: una iglesia de pobres y extranjeros, entre ellos las mujeres. Este
hecho es confirmado por Lucas, en cuyos escritos del NT aparecen muchas personas
extranjeras (Lc 7,1ss; 17,11ss; 10,25-37; Hch 10, 1ss).
En relación a las primeras comunidades cristianas se puede decir lo siguiente: Primero, que la
Iglesia se considera a sí misma como una asamblea que acoge a los extranjeros y extranjeras,
como una iglesia de migrantes, extranjera, “sin patria” ni “ciudadanía”. Segundo, que en las
primeras comunidades las mujeres extranjeras como Lidia tenían una presencia y un papel
muy importante. Tercero, que en la iglesia naciente hay una presencia mayor de “temerosos
de Dios” que de prosélitos, es decir que el mensaje cristiano tiene mayor acogida entre los
extranjeros que entre los judíos. Cuarto, que la iglesia cristiana nace y crece desde “abajo” y
desde “afuera” de las estructuras sociales dominantes de la época. Quinto, hay que reconocer
la apertura y capacidad de las primeras comunidades para entrar en diálogo con otras
religiones.
2.2 Dios se revela desde la pequeñez:
Ayer como hoy, Dios se revela desde la pequeñez. El grito del pueblo israelita esclavo en
Egipto que clama justicia es el clamor que escucha Yahvé. El clamor del pueblo hoy es
lanzado desde las redes de un sistema político y económico que está generando exclusión
social: la globalización. Sus tendencias deshumanizantes, elitistas, xenofóbicas y
discriminatorias afectan a la población más vulnerable, dentro de la que sobresalen los
migrantes. Esta compleja realidad nos empuja a buscar mayor participación y a luchar por
democratizar el sistema económico, a través de nuestras actitudes personales o grupales, para
que la crisis causada por la globalización no siga expulsando a las personas de su patria.
Las políticas neoliberales tienen como soporte al dios de la especulación, de la inversión y de
la producción. El capital mundial encuentra todas las puertas fronterizas abiertas. Circula
libremente de un país a otro sin pasaporte ni visa. Llega fácilmente y es bien recibido,
aplaudido e invitado a quedarse. No tiene que obedecer ninguna ley de migración o frontera.
El capital trasnacional tiene las propias reglas de juego, manda y discrimina. Paradójicamente,
la suerte del migrante es distinta. No goza de los privilegios de la globalización, no puede
circular libremente para sobrevivir. Las fronteras cierran sus puertas para las mujeres y
hombres migrantes que buscan una vida mejor. Son detenidos, expulsados, reciben malos
tratos y son deportados. Todas las leyes y fuerzas opresoras se han levantado contra los
migrantes.
La persona migrante es cruelmente sacrificada en aras de los intereses económicos de una
globalización que crea necesidades artificiales, que producen cada día más sectores
miserables y excluidos. Asimismo una economía de mercado en la que impera la ley del más
fuerte.
El migrante no debe ser visto como un “problema” sino como signo de vida y esperanza. Las
personas migran para conseguir lo necesario para vivir con dignidad: techo, salud, educación,
alimentación. Son sujetos históricos que aportan alternativa de vida y experiencia valiosa para
el desarrollo personal, familiar y de la comunidad local de la que procede y a la que se dirige.
El migrante opta por la vida, aunque sea más allá de sus fronteras. Constituyen un signo
viviente de la revelación de Dios que encuentra en la pequeñez el lugar idóneo para anidarse.
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La migración tiene un rostro sufriente, sin voz, ni identidad, ni nombre. Son múltiples rostros
de hombres y mujeres desesperanzados, olvidados, mutilados, marginados. Estos rostros nos
hablan de pobreza, de abandono, de violencia…Nos hablan de que la justicia tiene que llegar
algún día, de que el cielo nuevo y tierra nueva han de construirse desde los mismos pilares
que Jesús enseñó: la fraternidad, la solidaridad, la paz, la justicia, el amor, la verdad.
FUENTES CONSULTADAS:
1. Secretariado de pastoral de la Movilidad Humana-SEPMOV. CELAM. La Movilidad Humana
en America Latina y el Caribe. Bogotá 2003.
2. Boletín Solidaridad No. 44, 2004.
3. Obispos de EU y Mexico, Carta Pastoral sobre migración. Juntos en el camino de la
esperanza, ya no somos extranjeros. Mexico 2003.
4. Pastoral de la Movilidad Humana. Memoria del VIII Encuentro nacional: Migración un
desafío a la Solidaridad Cristians. Guatemala 2001
5. Revista Voces del Tiempo. Migrantes. No. 37, Guatemala, 2001.
6. Centro de Atención al Migrante. Reflexiones sobre el fenómeno migratorio. Guatemala, 2002.
Mauro Verzeletti, cs
Secretario
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