Siglo XXI

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					  Comenzaba el Siglo XX —28 de marzo de 1905— y Rubén Darío recibía un homenaje de la
intelectualidad española. El acto se celebraba en el Ateneo de Madrid. Todos esperaban versos y
versos les regaló el poeta nicaragüense. Al final de la velada se cambiaron los papeles, porque quien
recibió el mayor homenaje no fue Darío, sino la propia España en la voz de él. He aquí aquel
poema que, en su momento, después y siempre, representa la más auténtica voz de
Hispanoamérica en relación con la gran patria española.

Salutación del optimista
Por Rubén Darío

ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
 espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas hondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
 y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
 mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita,
que a la hispania progenie hizo dueña de siglos.

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
 abominad los ojos que ven sólo zodiacos funestos,
 abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
 o que la tea empuñan o la daga suicida.
 Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
 la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;
 fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
 y algo se inicia como vasto social cataclismo
 sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue
                                                 (músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.
Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos
                                                (himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!


 En su valioso libro Rubén Darío y su creación poética -que agradezco a la
 gentileza de un amigo muerto a quien quise mucho, Humberto Piñera-, el poeta y
 crítico argentino Arturo Marasso dedica un buen espacio al poema "Año Nuevo".
 Aparentemente Darío se inspiró en un viejo grabado que reflejaba una ceremonia
 del Vaticano, en la que el Papa, en ese caso San Silvestre, salía en su silla
 gestatoria. Los versos fueron publicados en un libro de plenitud, Prosas
 profanas, y resulta oportuno reproducirlos ahora que estamos a las puertas
 del año 2011. Da gusto la manera como Darío se recrea dibujando historia y
 fantasía con versos que son a un mismo tiempo métricos y acentuales. La
 cultura ilimitada del poeta se mezcla con su prodigioso oído para la prosodia, y
 el resultado tenía que ser una pieza poética ejemplar.


  Año Nuevo
 Por Rubén Darío
A las doce de la noche, por las puertas de la gloria,
y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,
sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,
San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tïara,
de que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orïón;
y el anillo de su diestra, hecho cual si fuese para
Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina,
y su capa raras piedras de un ilustre Visapur:
y colgada sobre el pecho resplandece la divina
Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente; ¿va a encontrar el áureo barco,
donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?
Ya la aljaba de Diciembre se fue toda por el arco
del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno,
el inmenso Sagitario no se cansa de flechar;
le sustenta el frío Polo, le corona el blanco Invierno,
y le cubre los riñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha, es una hora;
doce aljabas, cada año, para él trae el rey Enero;
en la sombra se destaca la figura vencedora
del Arquero.

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo
misterioso y fugitivo de las almas que se van,
y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo
con sus alas membranosas el murciélago Satán.
San Silvestre, bajo el palio de un zodiaco de virtudes,
del celeste Vaticano se detiene en los umbrales,
mientras himnos y motetes canta un coro de laúdes
inmortales.

Reza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco
donde en triunfo llega Enero,
ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco
       y el Arquero.


El poema “Lo fatal”, de Rubén Darío, lejos de perder actualidad se fortalece con
el tiempo, porque acude a cierta fatalidad y temor a lo desconocido. Son versos
sin aspiraciones intelectuales, más bien prima en ellos la amigable sencillez.
Hasta el pleonasmo de “piedra dura” indica que el poeta universal de Nicaragua
no se inclinó por la exquisita literatura, sino por la expresión coloquial. Por eso
no hay misterio en la vigencia de estos versos, y la explicación es simple: se
trata de la pregunta que tantos hombres se han hecho en todas las épocas, y
que son inquietantes dudas en la conciencia del poeta. Ya él obtuvo la
respuesta, pero sus interrogaciones siguen en pie.

Lo fatal
Por Rubén Darío

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido, y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber a dónde vamos,
ni de dónde venimos...!

El 14 de julio de 1889, para celebrar otro aniversario de la Revolución Francesa,
Rubén Darío escribe cuatro sonetos en El Salvador. El primero es “El minué”,
que describe los contrastes de la vida francesa a finales del Siglo XVIII; el
segundo es “El león”, que se refiere a la toma de la Bastilla; el tercero es “El
cuello blanco”, que simboliza la decapitación de la reina María Antonieta; y el
cuarto... el cuarto es “Suprema Lex”, en el que el poeta razona sobre la ley
suprema de los acontecimientos que provocan la guerra. Los hechos son
diferentes, el panorama del mundo actual es otro, pero ciertas similitudes dejan
mal parada a mucha hipocresía pacifista de hoy. El águila norteña romperá la
jaula para enfrentarse al terror. Estos versos son, a no dudarlo, otra prueba de
la vigencia del gran lírico universal de Nicaragua.

Suprema Lex
Por Rubén Darío

Sí, Dios lo quiere a veces. La sangre, las matanzas,
vienen como una triste y aterradora ley;
señala lo Infinito momentos de venganzas,
rompe la jaula el águila, quebranta el yugo el buey.

Terrible es la tormenta que trae las acechanzas,
la rabia del rebaño, las iras de la grey;
que pone las cabezas sangrientas en las lanzas
y arranca, con la vida, la púrpura del rey.

Sí, Dios lo quiere a veces, y envía el cataclismo:
hace brotar del fondo siniestro del abismo
las lívidas borrascas, la negra tempestad;

para que surja en medio de la ardua noche trágica,
como divina enseña, como corona mágica,
tu nimbo constelado de luz, ¡oh Libertad!


El mayo de 1995 se cumplió el centenario de uno de los poemas más interesantes y novedosos de la
lengua española: "Marcha triunfal", de Rubén Darío. El presidente de Argentina, Carlos Menem,
honró ese día en un acto al poema y, por supuesto, al poeta. ¿Por qué Argentina? Esta es la
historia:

En 1895 Argentina celebraba los 85 años del inicio de la gesta independentista. El periódico La
Nación, de Buenos Aires, preparaba un número especial para celebrar el 25 de Mayo, y le había
pedido a Rubén Darío -para nadie era un secreto que Argentina era la segunda patria del poeta
nicaragüense- que se hiciera eco de la gran fecha patria con sus versos. Desde entonces, el ejército
de José de San Martín parece ocupar todos los pensamientos de Darío, hasta que una noche toma la
pluma y escribe: "¡Ya viene el cortejo!" Se trata de un simple hexasílabo, pero formado por dos
secciones trisílabas con obligada acentuación en la segunda sílaba de cada una —algo así como
el anfíbraco latino: una sílaba larga entre dos breves—, y con ese esquema seguiría hasta la
palabra "triunfal", última del poema, que también forma el último verso. El mismo 25 de Mayo, La
Nación publica aquella original "Marcha triunfal" con su ritmo diferente, revolucionario, y el entusiasmo
que despierta es tan grande, que el propio Bartolomé Mitre, Director del periódico, felicita al poeta.
Posteriormente, el poema sería publicado en el libro Cantos de vida y esperanza, de 1905, y los años
subsiguientes lo convertirían, muy justamente, en una de las obras poéticas más famosas del
idioma español.

Marcha triunfal
Por Rubén Darío

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa, debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el rüido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra,
y los timbaleros
que el paso acompasan con ritmos
marciales.

¡Tal pasan los fieros guerreros debajo los
arcos triunfales!

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en un trono de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
Él dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
los negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la Victoria!

Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño:
—ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño—.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!
¡Clarines! ¡Laureles!

Las nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros:
—las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos, ç
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros—.

Las trompas guerreras resuenan;
de voces los aires se llenan...
A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas...
¡Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido de acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha
triunfal...


El 18 de enero de 1867 nació en Metapa, Nicaragua, Rubén Darío, el genio del
idioma y de la Poesía. En el año 2005 hay otra importante fecha dariana, porque
se cumplen cien años de la publicación de Cantos de vida y esperanza. Para
muchos críticos ese libro es el testamento poético del poeta, pero eso es algo
consubstancial en todos sus libros, comenzando con Azul…, de 1888. En los
Cantos… está patente, eso sí, el españolismo de Darío: “Letanía de Nuestro
Señor Don Quijote”,”, “Goya”, “Góngora”, “Velásquez”, ”Los cisnes”, “Cirano en
España” y, sobre todo, “Salutación del optimista”, leído por Darío el 28 de marzo
del mismo año 1905, en el Ateneo de Madrid, y añadido a última hora a Cantos
de vida y esperanza. Sin embargo, el soneto “España”, escrito desde antes,
posiblemente en 1898, lo incluye posteriormente en el libro El chorro de la
fuente. He aquí ese soneto, con una belleza descriptiva multiforme y el arraigado
amor de Darío por la patria cervantina.

España

Por Rubén Darío

Dejad que siga y bogue la galera
bajo la tempestad, sobre la ola:
va con rumbo a una Atlántida española,
en donde el porvenir calla y espera.

No se apague el rencor ni el odio muera
ante el pendón que el bárbaro enarbola;
si un día la justicia estuvo sola,
lo sentirá la Humanidad entera.

Y bogue entre las olas espumantes,
y bogue la galera que ya ha visto
cómo son las tormentas de inconstantes:

que la raza está en pie y el brazo listo,
que va en el barco el capitán Cervantes
y arriba flota el pabellón de Cristo.


Ante la muerte del Redentor del Mundo, la humanidad no cambia. En el Siglo XX
las guerras estuvieron acordes con los avances tecnológicos, y dos sistemas
totalitarios abarrotaron de sangre las arcas vacías de esperanza: fascismo y
comunismo. Con el Siglo XXI irrumpió un nuevo terror. El Hijo de Dios prometió
volver, pero acaso nunca se ha ido, y la humanidad permanece enfrascada en la
minuciosa tarea de autodestruirse. Nos lo recuerda Rubén Darío, en su libro de
1905 Cantos de vida y esperanza, con estos tercetos monorrimos que retratan la
negra conciencia y el corazón satánico de tantos hombres.

Canto de Esperanza
Por Rubén Darío

Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.

¿Ha nacido el apoca1íptico Anticristo?
Se han sabido presagios y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno de Cristo.

La tierra esta preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial y meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.

Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombras la humanidad se encierra
con los rudos colosos del odio y de la guerra.

¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?

Surge de pronto y vierte la esencia de la vida,
sobre tanta alma loca, triste o empedernida
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.

Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.

Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.


      Era el 20 de octubre de 1889. Los delegados centroamericanos honraban
      con un banquete al presidente de El Salvador, general Francisco
      Menéndez, que por entonces desarrollaba una campaña nacionalista.
      Entre las personalidades que hablaron se escuchó también la poesía al
      vibrante conjuro de una voz joven. Era un poema que propugnaba la
      unión de los cinco países de Centroamérica. Aunque el sueño de “una
      bandera cinco naciones juntan sus esperanzas y pabellones” no se
      realizó nunca, aquel poeta demostró más sensatez política que muchos
      estadistas de la época. Aquel poeta nicaragüense, que por entonces tenía
      solamente 22 años de edad, y que se llamaba Rubén Darío.

      Canto a la Unión Centroamericana

      Por Rubén Darío


       Cuando de las descargas los roncos sones
      suenan estremeciendo los pabellones;
      cuando con los tambores y los clarines
      sienten sangre de leones los paladines;
      cuando avientan las cimas de los peñascos
      como águilas que vuelan sobre los cascos;
      entonces, de los altos espíritus en pos,
      es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

      Cuando la hormiga crece como un atlante
      y los miembros adquiere de un elefante;
      cuando se torna el ramo soberbio cedro,
      y el pescador, Pontífice, como en San Pedro;
      cuando la luz la sombra vasta subyuga,
      y al alba brota, espléndida, la noche oruga;
      entonces, de los altos espíritus en pos,
      es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

      Cuando las plumas juntas forman un ala;
      cuando la Patria, espléndida, viste de gala;
      cuando el pueblo contempla nubes espesas,
      rasgadas con relámpagos y Marsellesas;
      cuando en una bandera cinco naciones
      juntan sus esperanzas y pabellones;
      entonces, de los altos espíritus en pos,
      es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

      Cuando por los guerreros se agitan palmas,
      y hay una Patria grande para las almas;
      cuando los luchadores bravos y fieles
      adoran la frescura de los laureles;
      y cuando las espadas y bayonetas
      escuchan las canciones de los poetas;
      entonces, de los altos espíritus en pos,
      es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

      Unión, para que cesen las tempestades;
      para que venga el tiempo de las verdades;
      para que en paz coloquen los vencedores
      sus espadas brillantes sobre las flores;
      para que todos seamos francos amigos,
      y florezcan sus oros los rubios trigos;
      entonces, de los altos espíritus en pos,
      será como arco iris la voluntad de Dios.

      Águilas bienvenidas, gloriosas y bizarras,
      hosanna a vuestros picos, hosanna a vuestras garras;
      vais siempre de los altos espíritus en pos;
      lanzaos al abismo del porvenir sagrado
      y avienten vuestras alas las sombras del pasado,
      para que baje y truene la voluntad de Dios.


El mismo poeta que, indignado, le escribió un candente poema al presidente
Theodore Roosevelt, reprochándole su frase infeliz de “I took Panamá”, es el
que más tarde, en 1906, publica su “Salutación al Águila”, para reconocer las
virtudes de Estados Unidos de América. Rubén Darío, apoyándose en un verso
de Fontoura Xavier: “...May this grand Union have no end” (Ojalá que esta gran
Unión no tenga final), saluda al águila estadounidense con admirable fervor
americano. Un poeta y crítico venezolano, Rufino Blanco Fombona, le reprochó
a Darío su “Salutación”, a lo que el gran poeta de Nicaragua y del idioma le
contestó que “Lo cortés no quita lo cóndor”. El poema está formado con versos
magistrales, de una pasmosa fuerza descriptiva y, sobre todo, justiciera. Se trata
no sólo del imperio que dejó de ser imperialista para convertirse en la nación
más poderosa y más rica del mundo, sino también en la más generosa. Y Rubén
Darío lo entendió así.

Salutación al Águila
Por Rubén Darío

Bien vengas, mágica Águila de alas enormes y fuertes,
a extender sobre el Sur tu gran sombra continental,
a traer en tus garras, anilladas de rojos brillantes,
una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza,
y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz.

Bien vengas, oh mágica Águila, que amara tanto Walt Whitman,
quién te hubiera cantado en esta olímpica gira,
Águila que has llevado tu noble y magnífico símbolo
desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.

¡Precisión de la fuerza! ¡Majestad adquirida del trueno!
Necesidad de abrirle el gran vientre fecundo a la tierra
para que en ella brote la concreción de oro de la espiga,
y tenga el hombre el pan con que mueve su sangre.

No es humana la paz con que sueñan ilusos profetas,
la actividad eterna hace precisa la lucha,
y desde tu etérea altura, tú contemplas, divina Águila,
la agitación combativa de nuestro globo vibrante.

Es incierta la historia. Nuestro destino supremo
está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas,
y Palenque y la Atlántida no son más que momentos soberbios
con que puntúa Dios los versos de su antiguo Poema.

Muy bien llegada seas a la tierra pujante y ubérrima,
sobre la cual la Cruz del Sur está, que miró Dante
cuando, siendo Mesías, impulsó en su intuición sus bajeles,
que antes que los del sumo Cristóbal supieron nuestro cielo.

E pluribus unum! ¡Gloria , victoria, trabajo!
Tráenos los secretos de las labores del Norte,
y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos,
y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter.

¡Dinos, Águila ilustre, la manera de hacer multitudes
que hagan Romas y Grecias con el jugo del mundo presente,
y que, potentes y sobrias, extiendan su luz y su imperio,
y que teniendo el Águila y el Bisonte y el Hierro y el Oro,
tengan un áureo día para darle las gracias a Dios!

Águila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas.
Los Andes le conocen y saben que, cual tú, mira al Sol.
May this grad Union have no end!, dice el poeta.
Puedan ambos juntarse en plenitud, concordia y esfuerzo.

Águila, que conoces desde Jove hasta Zarathustra
y que tienes en los Estados Unidos tu asiento,
que sea tu venida fecunda para estas naciones
que el pabellón admiran constelados de bandas y de estrellas.

¡Águila, que estuviste en las horas sublimes de Pathmos,
Águila prodigiosa, que te nutres de luz y de azul,
como una Cruz viviente, vuela sobre estas naciones,
y comunica al globo la victoria feliz del futuro!

Por algo eres la antigua mensajera jupiteriana,
por algo has presenciado cataclismos y luchas de razas,
por algo estás presente en los sueños del Apocalipsis,
por algo eres el ave que han buscado los fuertes imperios.

¡Salud, Águila! Extensa virtud a tus inmensos revuelos,
reina de los azures, ¡salud!, ¡gloria!, ¡victoria y encanto!
¡Que la Latina América reciba tu mágica influencia
y que renazca nuevo Olimpo, lleno de dioses y de héroes!

¡Adelante, siempre adelante! Excelsior! ¡Vida! ¡Lumbre!
Que se cumpla lo prometido en los destinos terrenos,
y que vuestra obra inmensa las aprobaciones recoja
del mirar de los astros, y de lo que Hay más Allá!


       En 1914, Rubén Darío pasa todo el mes de diciembre en Nueva York, y
       en esa ciudad recibe la Navidad con un soneto alejandrino. Al gran poeta
       de Nicaragua y del idioma le quedaba poco más de un año de vida, y tras
       la descripción de la Sagrada Familia en la primera parte del poema, hace
       una evocación personal que denota la difícil época que vivía entonces. He
       aquí esa pieza gloriosa, que también evoca patrióticamente su lejanía de
       Nicaragua.

       Soneto Pascual
       Por Rubén Darío
       María estaba pálida y José el carpintero
       miraban en los ojos de la faz pura y bella
       el celeste milagro que anunciaba la estrella
       do ya estaba el martirio que aguardaba el Cordero.

       Los pastores cantaban muy despacio y postrero
       iba un carro de arcángeles que dejaba su huella.
       Apenas se miraba lo que Aldebarán sella
       y el lucero del alba no era aún tempranero.

       Esa visión en mí se alza y se multiplica
       en detalles preciosos y en mil prodigios rica,
       por la cierta esperanza del más divino bien,

       de la Virgen, el Niño y el San José Proscripto;
       y yo en mi pobre burro, caminando hacia Egipto,
       y sin estrella ahora, muy lejos de Belén.



Siglo XXI. Transcurre la vida en medio de las bombas contra el terror, pero la
Poesía sigue siendo un refugio. Y lo es, en este caso, en la voz del poeta que se
siente envejecer. Melancolía de los años mozos que llegan a su punto final.
Rubén Darío evocó, como nadie, ese estado anímico que rebosa de ceniza la
copa del vivir. Es una canción otoñal que irrumpe en plena primavera. Resumen
de amores idos y ausencia de princesas. Se empaña de arrugas y canas el
espejo de la juventud, y los serventesios eneasilábicos retratan más el cambio
espiritual que el físico. La lección dariana se resuelve con dignidad: el poeta no
llora cuando quiere llorar, pero otras veces llora sin querer. Y en medio de la
amargura de los años que no volverán, la epifonema de un verso solitario trae un
grito de esperanza en el futuro. Sí, el "Alba de oro" le pertenecía plenamente al
nicaragüense universal.

Canción de otoño en primavera
Por Rubén Darío

 Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

 Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.
 Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
hecha de noche y de dolor.

 Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
Ya te vas para no volver...!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

La otra fue más sensitiva,
y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una vacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
 y lo arrulló como a un bebé...
Y le mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón

poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad:
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
¡y a veces lloro sin querer!

¡Y las demás!, en tantos climas,
en tantas tierras, siempre son,
si no pretexto de mis rimas,
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa,
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver,..!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!

				
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posted:6/20/2012
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