INCLUSI�N EI NTEGRALIDAD by HC120617044015

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									                              INCLUSIÓN E INTEGRALIDAD

                            Misión profética de la escuela católica

                                                                      P. Guillermo Tanos, sdb.


1.- Desenmascarar las desigualdades

      Sin duda, la escuela es el principal legitimador de las desigualdades sociales en el
modo de producción capitalista. Tal como expresa el símil de la pirámide educativa, a medida
que se suben los escalones del sistema escolar, el número de los que quedan decrece. La
escuela católica puede también contribuir a la legitimación de este orden social existente
renunciando a su “misión profética”.

       La educación católica tiene, en la actualidad, el compromiso de desenmascarar las
numerosas caretas y antifaces con los que se acostumbra a tapar las desigualdades entre
los seres humanos. Debe despertar conciencia y realizar un profundo “auto análisis” sobre el
problema de la deserción y la repitencia.

        La Iglesia siempre ha propuesto una educación que tienda al desarrollo integral de la
persona. Desde esta integralidad, la educación inclusiva debe confrontar permanentemente
con una visión del fracaso escolar que responsabiliza al alumno y su situación. La falta
generalizada de esta conciencia integral e integradora además de tender a reducir las
responsabilidades al ámbito personal del alumno o, por el contrario, a factores extraescolares
es, tal vez, lo que hace difícil lograr el sentido de proyecto educativo como escuela.

        La búsqueda de una educación integral promueve una observación que va más allá
de lo coyuntural, lo meramente administrativo, lo académico o el apoyo infraestructural. Este
paradigma posibilita la comprensión del fracaso y sus consecuencias. La reflexión inclusiva,
que tiende a la integralidad, ilumina la existencia del alumno que vive en contexto de
fragilidad social, y promueve una nueva mirada a su situación.


2.- La ruptura entre “procesos y alumnos”

       En un tiempo, se estimaba que lo fundamental para el aprendizaje era la calidez
humana y el caudal de conocimientos de los docentes. Estas cualidades eran esenciales
para que se realizara el hecho educativo. La escuela inclusiva que tiende a la formación
integral ve a la educación como un “proceso” personalizante y socializante al mismo tiempo.
Es decir, que el aprendizaje no es un acto instantáneo que se produce aisladamente sino
que implica una sucesión de variables educativas.

       En la práctica educativa puede ocurrir que “los procesos” que hacen al aprendizaje
estén orientados curricularmente a una determinada clase social. Ahora bien: ¿qué se hace
con aquellos alumnos que proceden de entornos sociales inestables y conflictivos y cuya
visión de la realidad no coinciden con los de esa clase social? Los alumnos que viven en
éste contexto se encuentran, frecuentemente, en una situación de desamparo y abandono
social y proceden de familias desestructuradas o en grave situación de deterioro por la falta
de recursos económicos.

       La respuesta no se encuentra en obligar a estos alumnos a competir abiertamente con
aquellos que proceden de ambientes más favorecidos. Actuar así puede, a veces, generar
tanta angustia y dificultad que sus procesos de aprendizaje queden bloqueados y, por tanto,
no sean capaces de adaptarse a la marcha normal de la escuela y de aprender al ritmo
exigido en ella, convirtiéndose en los retrasados del grupo.

      La escuela, como unidad escolar, puede generar situaciones de exclusión que se
concretizan en la aulas. Ella se vuelve selectiva y excluyente cuando valora más las
capacidades que los procesos cristalizando las desigualdades en la distribución de los
conocimientos y en las formas de enseñanzas y aprendizajes.

        Los alumnos que viven en situación de fragilidad no siguen, normalmente, el ritmo de
aprendizaje propuesto, convirtiéndose rápidamente en alumnos problemáticos que alteran al
resto de la clase. Para que no perturben el orden de los demás se les suele sancionar y se
les pide que se responsabilicen de sus acciones. Pero aún hay más, la escuela suele culpar
a estos alumnos de su retraso y de su situación de desventaja, haciéndoles responsables de
su falta de motivación y rendimiento.

       Esta realidad puede provocar “la ruptura” entre el alumno y los procesos que debe
realizar para que se promueva el aprendizaje. El extremo de esta distancia entre alumno y
procesos es el fracaso escolar cuyo efecto es la repitencia o la deserción.

       La visión inclusiva que tiende a la integralidad busca “unir y reconciliar” dos
realidades: procesos y alumnos en contexto de fracaso escolar; con el fin de evitar una
ruptura que provoca más inequidad en la sociedad.


3.- Las raíces mas profundas del fracaso escolar

        Algunos alumnos suelen presentar problemas serios de aprendizajes. Esta situación
se evidencia en la dificultad para acceder al pensamiento abstracto, escasa capacidad
reflexiva e introspectiva, escasa capacidad para mantener la atención, pobreza de lenguaje,
dificultades para procesar la información etc. Muchos de estos alumnos repiten el año
escolar (o se van definitivamente del sistema escolar) sintiendo y experimentado un
verdadero fracaso personal.

       No se debe reducir el problema del fracaso de los alumnos a una simple interpretación
sociológica. Es preciso analizar esta vivencia desde diversos enfoques para re - pensar su
realidad, e iluminar y sistematizar el fenómeno para construir vías adecuadas de intervención
educativa.

       La génesis del fracaso no se debe buscar solo en las carencias de esfuerzos o falta
de deseos de superación de los alumnos. En el contexto educativo actual el fracaso del
alumno, se impone, en muchas circunstancias, por sí mismo dejando una sensación de
frustración que influye en su personalidad despersonalizándolo.
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       No es “en primer lugar” el alumno quien suscita la cuestión (aunque se pueden dar
formas de auto - fracaso) sino que puede la escuela en su conjunto hacerse problema no
permitiendo que se originen procesos significativos de aprendizajes.

       Por tanto, el fundamento del fracaso puede estar en la misma escuela y en sus
estructuras regidas por formas que se limitan a transmitir y no a educar. El fracaso al
“hacerse problema educativo” requiere una “respuesta educativa” y obliga a tomar decisiones
que van más allá de formas de intervención asistencialitas compensatorias. Se intenta, a
continuación, realizar una descripción de la realidad interna que provoca el fracaso escolar.

- como forma de rechazo

      Puede surgir un mutuo rechazo entre la escuela y el alumno cuando se evidencia el
fracaso escolar. Por una parte la reacción de la escuela es “darle una nueva oportunidad”
como repitiente, ya que no pudieron alcanzar los objetivos educativos gestados, muchas
veces, desde una evaluación segregadora avalados por argumentos éticos construyendo
categorías extremas que giran entre “buenos y malos alumnos.”

        Una evaluación alejada de un proceso explicita una jerarquía de excelencia que puede
desembocar en un “juicio” público ya que esta sometido a un valor social que se le reconoce.
Esta forma de evaluar genera desigualdades ya que se somete a los alumnos a una
construcción intelectual relativa y parcial, con el objetivo de colocar a cada educando una
calificación.

        Por otra parte, los alumnos supuestamente fracasados pueden tener cierta aversión
(pacifica o violenta) a la escuela y a lo que ella significa, ya que se rebela contra el estigma
que la misma escuela le ha asignado. Ellos se sienten, aún inconscientemente,
desprotegidos y la escuela, a su vez, tiene poca fe en el deseo de cambiar que manifiestan
los “repetidores.”

       Estos alumnos no pueden dejar de experimentar dolorosos sentimientos de
desconfianza hacia las personas que los han dejado atrás. El no – reconocimiento influye en
la auto-imagen pudiendo sentirse insignificante con los que lo rodean. Puede utilizar la
desvalorización consigo mismo tendiente a reforzarla, y con ella oculta y se aleja de la
realidad escolar. Estos alumnos pueden decaer emotivamente con facilidad, resultando la
repitencia como insuficiente para salir adelante.

- como frustración y desilusión:

      La mayor parte de las veces no se entiende profundamente la problemática del
fracaso escolar y sus consecuencias. Se han realizado numerosos estudios y escritos sobre
esta temática, quizás todavía falta comprender las consecuencias que provoca este
fenómeno.

       Sólo los que entran en el choque con la realidad pueden experimentar la sensación de
frustración, y de fracaso. Los alumnos fracasados pueden entrar en una duda profunda de sí
mismos y sobre su capacidad de ser reconocidos, estimados y hasta queridos. Esta situación
anula el logro académico.
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       El fracaso puede producir un estado de inestabilidad y sentimientos de soledad, de
abandono y de cansancio de repetir algo que se ha hecho..., en una palabra el contraste
entre lo que uno es (no porque lo eligió) y lo que le gustaría o debería ser para ser para ser
reconocido en el ambiente.

       La alienación también se realiza cuando las personas son obligadas a vivir dentro de
la estructura social y psicológica del fracasado. Y sucede que desde esta configuración que
explota su dignidad humana surge el vacío existencial o el “¿para qué estudio?”. Este mismo
fenómeno de vacío y de nada frente a una estructura dominante ahoga en las personas sus
aspiraciones más profundas y más personales.

      Muchos educadores observan sólo las conductas problemáticas de los alumnos
dejando de lado las positivas y adecuadas. Esta forma de actuar estigmatiza al alumno
produciendo la falta de motivación suficiente para abordar un nuevo proceso educativo.

       Este escenario de fracaso puede impedir que el alumno en sensación de fracaso vea
claro qué es lo que hay que hacer y le impone formas de carencias donde no tendrá
posibilidad de optar. Esta situación tiene un elemento comunitario y social ya que condiciona
el espacio de los vínculos que lo une a los demás; en otras palabras, el reconocimiento y la
promoción de los otros necesita de un verdadero ambiente de libertad. Por tanto la
imposibilidad de realizar una auténtica libertad conlleva a una tensión en las relaciones
sociales ya sea con la familia o con la escuela.


3.- Necesidad de un “éxodo mental” y una nueva conciencia educativa.

      La búsqueda de la integralidad propone reflexionar algunos principios para re-pensar
una “pedagogía basada en procesos” educativos que sean inclusivos como alternativa y
respuesta a tantos alumnos que se encuentran en contextos de pobreza o exclusión

       Una educación basada en procesos significativos es un nuevo lenguaje de renovación
y proyección de las prácticas educativas que busca reconocer las diferencias individuales
para organizar espacios, tiempos, estilos de relación que hagan sentir a los destinatarios co-
partícipes de sus propios procesos. Este intento tiende esencialmente a realizar un ejercicio
de “humanización” y de “inclusión”, y al mismo tiempo renovar la esperanza en la educación
como medio indispensable para promover una equidad largamente esperada.

       En efecto, la escuela católica debe recuperar su vocación original mediante una
propuesta educativa que sea inclusiva, y que históricamente ha recibido el nombre de
"socialización". Desde esta perspectiva, la presente ponencia tiene como objetivo
fundamental: activar una nueva conciencia educativa y social capaz de proponer un
modelo educativo alternativo que promueva el crecimiento personal y comunitario desde una
dinámica educativa muy distinta a la actual. Juan Vecchi expresa esta orientación de la
siguiente forma:




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       "Educar significa acoger, dar la palabra de nuevo y comprender... Hoy es necesario ir
más allá de los programas y de las sedes establecidas por todos como si fueran las
normales: hay que hacer un éxodo mental y pedagógico y dar un lugar principal al diálogo, a
la relación personal y a la participación."[1]

      Para lograr esto, la forma de educar no puede seguir siendo igual. La asignatura
pendiente del actual sistema educativo es una educación significativa a los sectores más
vulnerables, garantizando en ellos una formación integral, que implique su inserción en el
mundo y la posibilidad de una equidad menos proclamada y más real.

      Se presenta a continuación algunos tópicos que fundamentan la originalidad del
paradigma inclusivo como opción educativa ante la inmensa cantidad de alumnos que hacen
experiencia de fracaso y desaliento.


      A.- La educación como proceso (superadora del resultado)

      La visión procesual tiene como rasgo fundamental el carácter dinámico que surge
cuando el alumno se siente protagonista directo de la acción educativa tomando conciencia
de sus posibilidades personales.

       La educación como proceso permite que el educando descubra la imperfección de su
realización personal y se lance a conseguir un objetivo que supone nuevos conocimientos y
por ende nuevas actitudes.

       Solo desde un proceso la acción de aprender adquiere sentido ya que es una actividad
constante que implica modificación, selección, búsqueda, posibilidad de aciertos, posibilidad
de errar etc., es un continuo cambio que requiere el esfuerzo planificado y conjeturado en
forma intencional.

   Desde este contexto la acción pedagógica no puede ser un conjunto de acciones
dispersas o de programas y actividades puntuales incoherentes entre sí. Ni un constructo
que se edifique a partir de las demandas funcionales de la sociedad, sino que todas esas
acciones y actividades han de integrarse en la unidad de acción exigida por la persona como
ser único e irrepetible. Es decir que la educación es un proceso integral e integrador evitando
un enfoque metodológico mecanicista o simplemente funcional.

- Liberarse de los condicionamientos políticos e ideológicos

       En todo momento la educación está fuertemente influenciada por la instancia política y
social dando un sentido demasiado subjetivo a la praxis educativa. Hoy parece claro que es
precisamente la dimensión educativa el lugar donde se quiere plasmar una determinada
ideología económica. Aparece como un “factor de consumo”, es decir, como la vía para
obtener un título que faciliten en el futuro ingresar en el mercado laboral y participar de las
escasas posibilidades de movilidad social.




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        No es concebido “conscientemente” como un factor de conquista social y de equidad,
y uno de los peligros para la sociedad actual es la manera en que se desdibuja el sentido y la
finalidad del sistema educativo.

      No se puede pensar que la educación y su praxis han llegado a ser neutral en las
confrontaciones ideológicas de la sociedad y la cultura dominante. Pensar en la educación
como proceso es posibilitar cada vez menos la “acción política” y cada vez más en camino de
construcción de la persona en un sentido de equidad social.

        La educación como proceso tiene como objetivo la convergencia unitaria y armónica
de maduración y liberación de los educandos que viven en un determinado momento
histórico y en una determinada sociedad y cultura. Desde esta visión la educación se
compromete a posibilitar que los educandos y educadores sean partícipes activos y críticos
de sus procesos.

       En otras palabras significar proponer al educando la posibilidad de controlar a través
de la creatividad y el dominio crítico de la razón, los procesos a través de los cuales el poder
y la cultura social quieren condicionar, en algún modo, su existencia.

- Problematizar la realidad siendo protagonistas

       La educación como proceso favorece la autonomía de los educandos, alentando en
los alumnos su capacidad de cuestionar y de cuestionarse en las distintas normatividades y
reglas de conducta a las que están expuestos durante su proceso de socialización, pero no
por el puro hecho de cuestionarlas o de descalificarlas, sino para problematizarlas y a través
de ello, apropiarse de criterios de valoración de su quehacer cotidiano. Con ello, se espera
que puedan asumir responsabilidades sobre los actos realizados en diferentes ámbitos de su
desarrollo como individuos.

       Piaget, que consideraba a la pedagogía como una aplicación práctica de la
epistemología señala que los seres humanos nacen heterónomos, en el sentido de que se
depende de un sentido autoridad y de normativas claras que normalmente derivan del mundo
de los adultos. Precisamente todo proceso educativo puede y debe contribuir a que las
personas comprendan y asuman procesos de autoridad y de normatividad, pero no desde un
sentido facilisita, sino reconociendo compromisos con otras personas que estén involucrados
en un proceso análogo de construcción de su cotidianeidad.

       La visión procesual no permite que se entienda la autonomía como el hacer lo que se
quiera sino implementar la realidad de la autonomía, a la cual se le reconoce la
característica de saber por qué se hace lo que se quiere fomentando la autodeterminación de
los implicados.

        Un proceso educativo significativo cuestiona y entrena a los individuos para
problematizar lo obvio y para asumirse como actores protagónicos corresponsables de su
mismo proceso de aprendizaje. En cambio, una visión estática de la educación no cuestiona,
utilizando y reproduciendo lenguajes ya establecidos. Al no estimular el ejercicio reflexivo de
los individuos, estos se transforman en un producto más de un aprendizaje social que sólo

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tiende al ascenso social conformista dejando de lado la misión de equidad que tiene la
educación.

       Por una parte, la visión procesual educativa cuestiona la lectura individualista de los
aprendizajes, para repensarla en términos de aprendizaje cooperativo, cuyos actos
educativos tienen repercusiones en otras personas con quienes convive, con quienes
interactúa y en quienes repercuten sus diferentes comportamientos.

       B.- Recuperar la capacidad de asombro

- Superar el l mal de “ageusia[2]”

      Un verdadero impedimento a todo proceso educativo es la pérdida del gusto por el
conocimiento que el alumno puede asumir cuando ingresa a la estructura escolar donde los
contenidos están fuertemente secuenciados.

       Este despertar del entendimiento del niño se manifiesta sobre todo en los continuos
interrogantes que hace. Cuando llega a la edad de preguntar no se cansa de pedir
información a todos los que le rodean. Las preguntas suponen la observación y va
vinculada con ella.

       Llama la atención que cuando un niño ingresa formalmente al sistema educativo va
perdiendo poco a poco esa capacidad de asombro que lo distinguió en su infancia, y lo
reemplaza por la repetición de conceptos y normas suplantando poco a poco su forma
natural de ver las cosas por un modelo que le imponen desde la estructura escolar. Esta
realidad tiene como consecuencia inmediata la falta por el gusto y el entusiasmo que puede
generar los interrogantes del conocimiento.

       La escuela puede inhibir la capacidad exploratoria del alumno. Esto lo puede
conseguir sustituyendo su curiosidad y viveza por la reglamentación que lleva a la docilidad
intelectual. La escuela puede convertir alumnos curiosos e independientes en alumnos
dóciles y sumisos pocos creativos para dejarse sorprender por los ámbitos científicos.

      Así, la sorpresa y la creatividad son devoradas por las costumbres y las rutinas del
sistema áulico. Este contraste produce el mal de ageusia. El alumno va perdiendo la
“sabiduría”[3] del conocimiento y lo reemplaza por una cultura de devolución de conceptos
cuyo objetivo supremo es la acreditación y la aprobación para pasar al siguiente nivel.

- El “asombro” como método

      Ya Aristóteles decía que el asombro es el principio de la filosofía, que el deseo de
comprender nace del asombro. Esta capacidad de alumno es fundamental para abordar el
mundo de la ciencia. Dentro de esta dimensión está la “curiosidad”, es decir, la capacidad de
sorprenderse y de hacerse preguntas y de tratar de encontrar respuestas

       Habitualmente las estrategias utilizadas para el proceso educativo nunca llegan a ser
tan eficaces como la experiencia directa que alimentan el desarrollo intelectual. Dicho


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contacto con la realidad promueve el sentido común de las cosas que luego conducen a la
curiosidad científica.

      Se debe favorecer la intriga de los alumnos antes los problemas sencillos del mundo
que los rodea. Ellos necesitan experimentar por sí mismo la actividad científica en el
momento en que forman sus actitudes ante ella, las cuales pueden tener una influencia
importante para sus vidas.

      El propósito más importante del conocimiento es entusiasmar a los alumnos a
aprender, a hablar acerca del mundo, estimularlos a preguntar, entenderlos. En todo el
proceso hay que respetar lo que saben y ayudarles a conseguir sus objetivos. Generar
imágenes visuales, hacer que las observen, que tengan experiencias directas. Y lo primero
que hay que realizar es enseñarles a pensar por ellos mismos. Más que escuchar, repetir y
memorizar.

       La actitud del profesor debe cambiar. En vez de ser el vehículo que trae el
conocimiento, debe convertirse en quien comparte el asombro. Debe recuperar el sentido
que tiene el niño y mirar la naturaleza con una mirada nueva.

- La vida como un “gran laboratorio”

      El mundo y la vida que hay en él es un gran laboratorio susceptible de ser explorado e
indagado en forma continúa. Se trata de una dimensión que provoca trasladar el centro de
gravedad del proceso educativo del educador al alumno; hacer de éste el verdadero artífice
del aprendizaje. Esto implica tener en cuenta las expectativas, los intereses de los alumnos,
conocer y ayudar a explicitar sus representaciones mentales y conocimientos previos, y
elaborar a partir de este cúmulo de vivencias cuestionamientos e interrogantes que son
fundamentales para la resolución de problemas.

        ¿Cómo se puede generar un proceso científico con métodos y rutinas repetitivas
donde el alumno es un simple receptor de conceptos y términos? En muchas ocasiones los
docentes creen que educar es trasmitir y atropellar con un montón de respuestas cuando no
se ha generado ninguna pregunta. El sentido común nos dice que cuando no se plantea
ninguna pregunta no se puede entender ninguna respuesta.

        Un proceso significativo siempre permite que los alumnos puedan ensayar y errar. El
error también es fuente de conocimiento. El educador debe permitir espacios de
equivocación sin generar “amenazas” mimetizada por la mala nota o clasificación. El
educador debe estar atento a las acciones de los alumnos y saber detectar los momentos
importantes, las ocasiones que debe aprovechar para favorecer una actitud de búsqueda
para saber aprender del error y la equivocación.


      C.- El encuentro interpersonal, eje para transformar los procesos

      En educación ninguna interacción es neutra ni está vacía de significado. Sabemos la
importancia que tienen tanto las interacciones verbales como las no verbales que el
educando capta con un significado peculiar.
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        Lo que fenomenológicamente se muestra como un acto repetitivo de relación entre
maestros y alumnos- no es un acto mecánico, sino que conforman un espacio (superador de
lo físico) de encuentro entre dos sujetos en un ámbito específico: la escuela; no se trata por
lo tanto de cualquier tipo de relación, es un suceso investido y racionalizado de múltiples
formas que remite a significaciones diversas.

- Una interacción demasiado predeterminada y sistematizada.

        Una determinada relación educativa se ha ido construyendo históricamente en las
escuelas. Es la resultante de tradiciones de organización que se han impuesto, a lo largo de
la historia, para el funcionamiento y la conservación de los establecimientos educativos.

       Las distintas condiciones con las cuales se han configurados las escuelas, como por
ejemplos: cantidad de alumnos, el tipo de edificio, la ubicación de los alumnos en el aula, la
cantidad de maestros, el tipo de actividades. En este sentido la relación educativa actual es
producto de las condiciones y necesidades de funcionamiento. Así, la conformación de la
escuela ha conformado un tipo de relación educativa.

        Paralelamente a la institucionalización de la escuela, se ha ido desplegando la
institucionalización de la relación educativa adquiriendo algunos rasgos propios que son
condicionados por los siguientes aspectos específicos.

- Un ámbito masivo.
- Un ámbito sólo para enseñar.
- Un ámbito que establece los tiempos.
- Un ámbito que establece los roles del docente y del alumno.
- Un ámbito que predetermina y sistematiza los contenidos a aprender.
- Un ámbito descontextualizado.
.
- Una interacción centrada solo en la enseñanza

        Desde una concepción exclusiva de la enseñanza se ejerce una relación magisterial
igualitaria. Se cree que con la progresiva adquisición de conocimientos permite a los
educandos un acercamiento a la realidad y a la visión del mundo racional.

       La enseñanza de los contenidos es “el instrumento mágico” que gozan de la cualidad
de estar previamente estructurados en función de las concepciones culturales de la sociedad
adulta, y por su medio se favorece una visión del mundo de un modo estructurado. Cuando la
enseñanza de dichos contenidos logra estructurar a la persona es señal de que pueden
organizar sus propios conocimientos y comportamientos.

- Una interacción demasiado dependiente

      La interacción puede ser dominante cuando hay una dependencia exagerada del
alumno respecto al educador, haciendo explícita una visión piramidal donde en la base se
encuentra el que no sabe y no tiene experiencia, y en la cima está el que sabe y tiene
experiencia (a mayor experiencia).


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       La relación de dependencia del educador respecto del educando se justifica solo de
los excesos de autoritarismo y al radical conformismo del alumno. Esta visión favorece la
pasividad del alumno y el no compromiso por construir una red afectiva que movilice el
mismo proceso educativo.

- Un proceso con sentido desde los sentidos

      Los grandes educadores atraen no sólo por sus ideas, sino por el contacto personal.
Dentro o fuera de la clase, llaman la atención. Hay siempre algo sorprendente y diferente en
lo que dicen, en las relaciones que establecen, en su forma de mirar, en la forma de
comunicarse y de actuar.

      Puede parecer un sin sentido hablar de los sentidos en relación a los procesos
educativos. Se está acostumbrado a desarrollar lo educativo desde una argumentación
racional y muchos educadores han vivido una etapa formativa en un contexto
descorporeizado, donde los sentidos tendían a desaparecer en el campo de la experiencia.

      Los sentidos son expresión de los sentimientos y emociones. Son indicadores que nos
informan de cómo se está viviendo las diversas situaciones. Estos fenómenos afectivos
hablan de lo que se quiere, de lo que es importante, de los valores y del grado de bienestar o
malestar.

       Los sentidos y los sentimientos están en el fondo de las actuaciones y reacciones de
los alumnos. Atender, en nuestra tarea docente, la diversidad emocional y afectiva de los
alumnos atañe al mismo hecho de educar e implica dar calidad a esta tarea que está en la
misma base de toda acción educativa y educadora.

       Esta atención a la diversidad emocional implica encontrar “contextos de comunicación”
y modelos educativos que favorezcan un clima afectivo en el que la intervención educativa
puede ser elaborados teniendo en cuenta la dimensión emotiva de los alumnos. La realidad
nos dice que cada persona “siente distinto, necesita distinto y actúa distinto.”

       Desde este componente personal de la relación educativa se ha de superar la
dualidad entre “autoritarismo – permisivo”, mostrando que la única verdad nace de la
congruencia o autenticidad del educador. A través de ella se puede llegar a ofrecer a los
alumnos el modelo de identificación que necesitan.

       La influencia del educador se debe más al resultado de lo vivido que de lo aprendido;
su propia historia personal cobra significado para los alumnos por la vivencia de la relación
recíproca.

      D.- Descubrir “motivos” para generar procesos

      La motivación escolar no es una técnica o método de enseñanza particular, sino una
dimensión transversal del proceso. Ella induce al alumno a llevar a la práctica una conducta
estimulando la voluntad de aprender. Parece evidente que las actitudes, percepciones,
expectativas y representaciones que tenga el estudiante de sí mismo, de la tarea a realizar, y

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de las metas que pretende alcanzar, constituyen factores de primer orden que guían y dirigen
la conducta del estudiante.

       Pero desde una visión más integradora, no sólo se debe tener en cuenta las variables
internas mencionadas, sino también aquellas otras externas, procedentes del contexto en el
que se desenvuelven los estudiantes, que los están influyendo y con los que interactúan.

       Aquí el papel del docente es inducir motivos en sus alumnos en sus procesos y
comportamientos para aplicarlos de manera voluntaria a las actividades de aprendizaje. La
motivación condiciona la forma de pensar del alumno y con ello el tipo de aprendizaje
resultante. Los factores que determinan la motivación en el aula se dan a través de la
interacción entre el profesor y el alumno.

       Siempre ha existido una separación        entre los aspectos cognitivos y las
motivacionales. En la actualidad existe un creciente interés en estudiar ambos tipos de
componentes de forma integrada. Se puede afirmar que el aprendizaje es un proceso
cognitivo y motivacional a la vez.

       La motivación influye en las metas que el alumno establece, en las perspectivas que
asume, en las expectativas de logro, en la percepción que hace de su propio éxito o fracaso.
En consecuencia, para que se realice un proceso educativo es imprescindible "poder"
hacerlo, lo cual hace referencia a las capacidades, los conocimientos, las estrategias, y las
destrezas necesarias (componentes cognitivos), pero además es necesario "querer" hacerlo,
tener la disposición, la intención y la motivación suficientes (componentes motivacionales).
En todo proceso se debe integrar tanto la "voluntad" como la "habilidad".

- Factores que (des) motivan el proceso

        La falta de interés y de atención de los estudiantes respecto de las actividades
escolares es uno de los síntomas más reconocidos del mal funcionamiento de nuestro
sistema educativo. Se identifica, a continuación, una serie de factores que contribuyen a
obstaculizar el proceso educativo. La práctica de dichos factores condiciona el avance y la
significatividad de todo proceso.

       El educador debe evitar esta práctica ya que representa la antítesis de una motivación.
Para los alumnos que están en un contexto de pobreza y exclusión puede significar un serio
impedimento educativo y un estímulo para el abandono o la deserción.

- Favorecer la competición y la comparación entre los alumnos:

      La escuela tradicionalmente ha sido indiferente a esta diversidad social en que
conviven los alumnos y esto se evidencia en prácticas docentes que obligan a los alumnos
más vulnerables a competir abiertamente entre ellos. Esta actuación puede generar angustia
y desánimo en los alumnos que no consiguen el rendimiento solicitado por el educador.

      Esta práctica pública (muchas veces se dice en alta voz la nota que se han sacado)
puede provocar el bloqueo de todo proceso, ya que es visto como un sujeto incapaz de
adaptarse a la marcha normal que ofrece la escuela. Una evaluación alejada de un proceso
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explícita una jerarquía de excelencia que puede desembocar en un “juicio” público ya que
está sometido a un valor social que se le reconoce.

- Poner demasiado énfasis en el éxito escolar

      Otra razón general de la desmotivación educativa es la promoción exagerada de lo
que podemos llamar motivaciones falsas, ficticias o parciales que a veces los propios
profesores se encargan de difundir.

       En contexto de pobreza se utiliza los criterios "instrumentales" para justificar y orientar
el interés educativo; se estudia para tener éxito económico y social; para tener un buen
trabajo, "ganar mucho dinero" y acceder a diversos beneficios.

       Esta concepción instrumental de la educación y esta idea parcial de la motivación
estudiantil es a todas luces incorrecta, infructuosa y hasta fraudulenta. Centrar el proceso en
un único objetivo desvirtúa y adultera todo el sentido y valor de la acción educativa. Se
estudia para "pasar el examen", se participa "para darle gusto" al profesor, se trabaja "para
salvar el semestre"; poco a poco se va carcomiendo el sentido de todo proceso.

- Una propuesta curricular obsoleta y tradicional

        Otro factor que promueve la desmotivación es la presentación de un currículum
acabado y predeterminado. Esta forma esconde una actitud dogmática del educador. La
presentación de la temática cierra toda puerta de discusión; supone clausurar todo
posibilidad de expresar opiniones. La forma ordenada y lógica en que se presentan los
conocimientos puede tener la apariencia de presentar siempre “verdades” fundadas. El
aprendizaje de dichas verdades se realiza bajo la presión de “premios y castigos”. Esta
metodología es un vínculo de presión que no ayuda a discernir, ni a criticar el pensamiento
que es siempre único e inefable.

- La motivación interna que libera del “flagelo de la nota”

       La motivación interna es la que hay que favorecer y desarrollar ya que conducirá al
alumno a una mejor consecución del proceso educativo. La dependencia a una motivación
exterior esta asociada a la idea de premio o castigo con lo cual el sujeto actúa del modo que
se le pide, sólo si es visto o recompensado por alguien.

       Si bien es cierto que en algunas circunstancias es necesario utilizar la recompensa
externa, cuando no existe un deseo o motivación intrínseca en el sujeto, esa recompensa
puede tener efecto negativo ya que si no está presente el dador, el individuo no realiza la
acción. Además, a largo plazo, el individuo se puede exigir ser recompensado para actuar
percibiendo esta acción como una obligación del dador.

       Para encauzar e incrementar la motivación intrínseca, el educador debe incrementar
las experiencias de participación, de libre elección, de toma de decisiones para fomentar la
internalización de ese protagonismo.


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      Los educadores deben tratar de conseguir que los alumnos se preocupen por sus
procesos y no tanto por quedar bien; que se fijen más en lo que han aprendido que en si han
sacado notas peores o mejores que las de sus compañeros; que piensen más en una
recompensa interna que supone el proceso de aprendizaje y el dominio de un campo del
conocimiento y menos en si con ellos van a conseguir algún premio.


4.- La escuela católica de América ante una “segunda oportunidad”

       Estamos creando un futuro con cada decisión educativa que afrontamos. La presencia
del fracaso escolar rompe con todos los moldes educativos, y nos abre a una crítica más
incisiva a los principios que parecen incuestionables.

       Si queremos educar en situación de la pobreza o exclusión hay que romper con
ciertos moldes ya clásicos, pues éstos, no sólo no sirven para educar sino que también,
siguen contribuyendo al círculo vicioso de la marginación. No podemos conformarnos con
educar desde un molde social para entrar en una sociedad provocadora de la misma
exclusión.

      Esta labor debe comenzar en el aula cómo un espacio de integración, cómo el lugar
donde nace la inserción y la inclusión. El desafío de la inclusión no es sencillo. La realidad es
muy compleja.

       El educador es quien debe animar el proceso de aprendizaje. Un proceso que tienda a
la formación de la mente como capacidad de búsqueda, de interrogarse y de darse razón de
la realidad. Un proceso que tienda a la formación de la conciencia como capacidad de
percibir los grandes valores humanos. Y un proceso que tienda a la formación del corazón
como capacidad de vínculos no interesados y guiados por la solidaridad y el bien común.

        La escuela es, por excelencia, un espacio de inclusión, capaz de abrir nuevamente
sus puertas a tantos alumnos que han fracasado y que están acuciados por la sensación de
frustración. A partir de allí, creemos que es posible construir un espacio educativo que
supere las tradicionales barreras que actúan como límite a un proceso significativo para los
más pobres y que postule, más allá de los determinantes socio-culturales, la calidad
educativa para todos los alumnos.

       El peor error que ha cometido la escuela católica es tratar a todos los alumnos como si
fueran iguales y así justificar la enseñanza de las mismas cosas, de la misma manera y al
mismo ritmo. La igualdad de oportunidades se confunde con la homogeneidad de
oportunidades de aprendizajes. Creemos que la escuela católica de América tiene, en este
momento de la historia, una segunda oportunidad para construir contextos inclusivos en favor
de los más pobres de nuestra sociedad.
[1]
     VECCHI, J.: "Salesianos y jóvenes en peligro", en AA.VV., Muchachos de la calle, Meeting Internacional,
Manuscrito, Roma, 7-11 de diciembre de 1998, pp. 19-33.
[2]
    La “ageusia” es una patología en la falta parcial o total del sentido del gusto. Las papilas gustativas son
incapaces de diferenciar los sabores. Este concepto es utilizado analógicamente al estudio y se quiere referir a
la perdida del gusto por el estudio y la investigación.
[3]
      Etimológicamente deriva del latín “sapor” que significa sabor.

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