La novela espa�ola en el siglo XX

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					                 LA NARRATIVA
             ESPAÑOLA: SIGLO XX
        Hemos de comenzar enmarcando la producción novelística española en un panorama
renovador de sumo interés, pues los comienzos de siglo van a estar protagonizados por la
irrupción de algunas obras maestras de autores extranjeros que van a ser referentes clave para
la evolución de nuestra narrativa. Así las cosas, Marcel Proust y James Joyce, quienes
entienden el texto como herramienta perfecta para el viaje interior (el viaje interior será
habitual en textos de Unamuno, Baroja, Delibes, Martín Santos) y la recuperación de la
memoria (piénsese, a manera de ejemplo, en Cinco horas con Mario de Miguel Delibes o El
cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite), rompiendo con el convencionalismo narrativo, con el
realismo decimonónico que, por otra parte, había alcanzado una envidiable cota de perfección
(tanto fuera como dentro de España, como es el caso de nuestro Benito Pérez Galdós).

         Con su Ulises (1922) James Joyce toma el testigo del viaje del héroe, asume las pautas
clásicas de la aventura de Homero para dinamitarlas, presentando en sociedad al héroe actual,
al urbanita que sufre odiseas de signo muy contrario (este tipo de personajes pueblan el
universo barojiano, tal es el caso de Mala hierba o La busca); en las que la aventura interior
adquiere una primordial importancia. El lector que abre la novela ya no busca la entrada a
mundos fantásticos, a marcos idealizados épicos y caballerescos; su viaje es una búsqueda, tal
y como plantea Proust en las siete novelas de En busca del tiempo perdido (1913-1927), de un
pasado inmediato, de esa memoria que configura la razón de ser de cada cual, de ahí quizás
ese marcado realismo, presente en buena parte de nuestra narrativa: El camino (Miguel
Delibes, 1950), La colmena (Camilo José Cela, 1951), , Tiempo de silencio (Luis Martín Santos,
1962), por citar algunos ejemplos.

        No haríamos justicia si a estos autores (Proust y Joyce) no añadiéramos los nombres de
Franz Kafka (La metamorfosis, 1915), Thomas Mann (La montaña mágica, 1924), Virginia Wolf
(Ms. Dalloway, 1925) o Aldous Huxley (Un tiempo feliz, 1932), que contribuyen a cambiar en
diversos sentidos el panorama literario.

        La novela en España, con autores como Miguel de Unamuno, Pío Baroja o Ramón
María del Valle-Inclán, se adscribe a este proceso de renovación temática y formal, pero para
entender su evolución hemos también de tener en cuenta la realidad social de nuestro país
(así la Guerra Civil y los cuarenta años de represión franquista) y fenómenos artísticos
paralelos como el drama y el poema (la estética del esperpento, el teatro de Buero Vallejo, la
poesía social de los años cincuenta, etc.).

        Pero vayamos por partes y establezcamos una división entre la narrativa anterior y
posterior al conflicto bélico susodicho.
  LA NARRATIVA ANTERIOR A LA GUERRA CIVIL
         Como ya hemos indicado, durante la etapa anterior al Alzamiento Nacional, van a
aparecer, en consonancia con los intentos renovadores europeos, una serie de autores, que
pertenecen a la Generación del 98, que toman, con el afán de perturbarlos, los modelos
realistas decimonónicos. Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Azorín y Ramón María del Valle-
Inclán son los cuatro pilares básicos a los que, al respecto de lo dicho, prestaremos atención.

        En esta nueva novela, como ocurría en el caso de Kafka, Proust y Joyce, el yo va a tener
una vital importancia, pues determina la realidad de la narración, alejándose ésta de esa idea
de Stendhal de un espejo a lo largo del camino. La mímesis se cambia por un juego de
perspectiva, el autor no es fotógrafo sino demiurgo.

        Así las cosas, el mundo interior del personaje (recuérdese el Ulises de Joyce o En busca
del tiempo perdido de Proust) es tema principal del texto, por lo que tiempo y espacio se
antojan subjetivos y la anécdota pierde importancia frente al discurso reflexivo. Por ello, la
narración se fragmenta, el novelista selecciona los momentos más importantes de la vida de su
protagonista, aquello que le interesa destacar a efectos dramáticos (tal y como ocurre en ese
realismo renovador que Pío Baroja cultivó en su ingente producción novelística o en textos de
Unamuno como Abel Sánchez).

        El pensamiento del protagonista estructura la novela, por lo que la voz de los
personajes (ya sea en diálogos, monólogos o discursos indirectos) gana la partida a ese autor
que en el realismo tradicional se inmiscuye constantemente y prepara la puesta en escena
(véase, al respecto, Niebla de Unamuno o Camino de perfección de Pío Baroja).



        PÍO BAROJA (1872-1956)

         Baroja es el gran novelista de la Generación del 98. Escritor prolífico e incansable, con
una producción abrumadora que renovó el realismo. Su actitud suele ser pesimista (la filosofía
existencial de Schopenhauer, según la cual el saber otorga dolor, tiene tremenda importancia
en algunas de sus obras más célebres; así en El árbol de la ciencia, publicada en 1911), aunque
el vitalismo de Friedrich Nietzsche también ocupa su lugar en narraciones como Camino de
perfección (1902), donde encontramos elementos críticos para con el cristianismo.

       En la inmensa obra de Baroja encontramos un constante anhelo de sinceridad (dado
que el novelista declara a través de sus ficciones lo que siente, utilizándolas como vehículo
personal de reflexión), un afán de independencia (el novelista desea ser libre, ajeno a modas y
movimientos artísticos) y cierto gusto por la acción (sus novelas son retazos de vida, sin fin,
desatendiendo a la estructura tradicional de inicio, nudo y desenlace; plagadas de personajes,
anécdotas y situaciones).

        El propio Baroja trató de la concepción de la novela en su prólogo a La nave de los
locos (1925), donde dice que no hay fórmulas para escribir, que la novela es género
multiforme y proteico, que la novela es abierta y no obedece a preconcebido plan.
         Así las cosas, sus novelas carecen, en ocasiones, de unidad argumental, pues al autor le
interesa dar una visión del mundo como algo complejo y caótico. Es el ambiente y el ritmo lo
que otorgan unidad a las creaciones de Baroja; es un realista pero no en el sentido tradicional,
sino a la hora de captar lo que es esencial para sus personajes (por lo que sus novelas rezuman
subjetivismo).

         Sus personajes son antihéroes que luchan contra la adversidad que en ocasiones les
plantea la sociedad (La busca, 1904) o la vida (El árbol de la ciencia) y acaban sucumbiendo,
frustrados antes que vencidos (César o nada, 1010). Así, los grandes personajes de Baroja
suelen ser alter ego de él, si bien en obras como Mala hierba (1904) es habitual encontrar
artistas, bohemios, personajes antiburgueses y rebeldes, socialmente inadaptados.

    Al respecto de la amplia caterva de personajes barojianos se han establecido divisiones
interesantes:

    1) Personajes de actitud retraída, de espectador (así el doctor Iturrioz de El árbol de la
       ciencia).
    2) Personajes en los que predomina una actitud de oposición a la sociedad, bien a través
       de una actitud de huida ante el mundo en el que viven (Fernando Ossorio en Camino
       de perfección), bien en un intento de dominar el mundo, fracasado intento (César
       Moncada en César o nada).
    3) Personajes aventureros que encarnan las ilusiones por una existencia heroica (Zalacaín
       el aventurero o Santi Andía).

    Para finalizar, decir que, en la obra de Baroja, las descripciones también son importantes y,
de hecho, hacen del autor uno de los descubridores del paisaje castellano y de sus pueblos y
ciudades. Su estilo es directo y espontáneo, y refleja giros y peculiaridades del lenguaje
hablado, incorporando incluso la jerga, el argot, los usos populares y los extranjerismos.

    Otro relevante autor de esta vertiente sería Wenceslao Fernández Flórez, con su
humorismo ácido y obras como Volvoreta (1917), Relato inmoral (1927), El malvado Carabel
(1931), El bosque animado (1943); así como Manuel Ciges Aparicio (El juez que perdió la
conciencia, 1925).

    MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)

    Al igual que como ensayista y dramaturgo, Unamuno lleva su filosofía, de marcado corte
existencial, al ámbito de la novela, gestando una narrativa compleja que en ocasiones se
antoja híbrida (a medio camino entre la ficción narrativa y la reflexión trascendente). La
identidad, la muerte, la creación artística, la religión son algunos de los temas que Unamuno
va a tratar en su novelística, y que ocupan también primordial lugar en su teatro, poética y
ensayos. Ese intento de originalidad, de renovación genérica, va a estar presente ya en su
primera narración, aunque de manera indirecta. Así, él mismo denomino a Paz en la guerra
(1897) novela “ovípara”, pues fue creada siguiendo las tendencias tradicionales, propias del
realismo decimonónico, basadas en la acumulación de datos y en una estructura lineal. Sin
embargo, al resto de sus creaciones, más acordes con sus pretensiones, las denominó
“vivíparas”, pues las entendía como reflejos no ya de realidad sino de vida.
     Para Unamuno, la realidad es múltiple, en tanto en cuanto se siente, se interpreta, se vive.
Así las cosas, en 1902, con Amor y pedagogía, el autor ataca el positivismo científico, pues la
existencia no es ciencia exclusivamente, sino fantasía, imaginación, religión (obsérvese al
respecto un texto esencial, Abel Sánchez, escrito en 1917, basado en la obsesión, en la
alteración de la realidad por parte de uno de sus protagonistas). Abel Sánchez es una novela
tensa, que alcanza cotas de morbo que pueden emparentarla con la literatura de Poe (algunos
fragmentos recuerdan momentos célebres de sus Narraciones extraordinarias) donde se trata
el tema del cainismo hispánico, tan del gusto de Antonio Machado, al igual que el problema
del doble y de la falta de identidad (el ya citado Poe lo trató en, por ejemplo, William Willson,
texto compuesto en 1839).

    Dentro de su producción novelística hemos de citar Niebla (1914) como uno de sus
grandes logros. Para Unamuno, Niebla supone la superación de la novela tradicional. De
hecho, él mismo la denominó “nivola”, introduciendo de magistral manera uno de sus temas
predilectos, el de la creación artística, gestando una metanovela. Así, en la parte final del
texto, la construcción del mismo pasa a ser el tema de la ficción, con todas las implicaciones
existenciales que ello conlleva. La novela no es mímesis, no es imitación, la novela es invención
(de ahí que algunos estudiosos hayan incluido las novelas de Unamuno dentro de la categoría
de novela intelectual). En efecto, las ideas se materializan como novela. Es una ficción
deshumanizada dado que no reproduce la realidad sino que consta de una reflexión acerca del
hombre y su existir, a través de la inteligencia, el humor y el ingenio, siendo destinada a una
minoría sensible y preparada.

   Otras creaciones a destacar del autor son La tía Tula (novela dialogada con protagonista
femenino) y San Manuel Bueno Mártir (novela, una vez más, de marcado corte existencial,
donde se plantea el problema de la fe).



    JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ “AZORÍN”

    Azorín también trabajó la novela en esa línea rupturista patente en Baroja pero que se
intensifica con Unamuno. Así, tal y como ocurría con las novelas renovadoras del realismo de
Baroja, la narración azoriniana también resulta fragmentaria, desatendiendo a la estructura
canónica de inicio, nudo y desenlace. Su novelística parece basada en una acumulación de
momentos a través de los cuales se analizan diversos temas (filosofía, arte, religión…). Su
marcado tono trascendente y reflexivo la relaciona con la novela intelectual, concepto que
hemos introducido al hablar de Unamuno.

    La voluntad (1902) es su obra más conocida y ha sido descrita como una novela
impresionista, debido a su enorme carga lírica, al margen su temática reflexiva, fuertemente
marcada por la filosofía existencial. La voluntad es uno de los iconos del noventayochismo,
puesto que supuso una obvia reacción contra la estética modernista, sin renunciar a la belleza
(estamos ante una prosa castellana pulida pero no efectista, precioso ejemplo de contención).

    Azorín trata en esta obra del problema de España, país de marcado carácter rural, anclado
en el pasado frente a la avanzada Europa, aquejado del problema de la falta de voluntad. Para
ello utiliza un personaje que puede ser entendido como alter ego del autor, Antonio Azorín,
quien resulta contemplativo, pesimista y abúlico. Así, la novela contiene rasgos autobiográficos
y, formalmente, se antoja mezcolanza de discursos diferentes (aparecen artículos
periodísticos, cartas, circulares políticas, párrafos de otras obras).

    Este personaje va a protagonizar otra de las creaciones novelísticas de Azorín, Antonio
Azorín (1903), si bien no continúa la historia de La voluntad. Nuevamente podemos observar
caracteres autobiográficos; así, en esta ocasión, el protagonista vence su abulia gracias a su
afán y gusto por la literatura.



    RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN (1866-1936)

    Al igual que ocurre con su dramaturgia, en su concepción novelística hay una evolución
(del modernismo al esperpentismo) y un rechazo constante a las posturas realistas de carácter
decimonónico.

     Las Sonatas (1902-1905), cuatro novelas protagonizadas por el Marqués de Bradomín,
están marcadas por una concepción elitista de la literatura, siguiendo pautas modernistas,
escapistas, estéticamente antiburguesas. Pero, tal y como ocurre en su teatro, Valle-Inclán
necesita de un estilo radicalmente distinto para tratar de la tragedia de España, de la realidad
triste e inmediata de su entorno. Por ello, su Trilogía Carlista (donde el marco histórico-bélico
le va a servir para tratar algunos de sus temas predilectos: el dolor, la muerte, la violencia, la
sinrazón, la guerra…) supone un cambio estilístico importante, dado que las tres novelas que
conforman la serie (Los cruzados de la causa, de 1908; El resplandor de la hoguera , de 1909; y
Gerifaltes de antaño, de 1909) son ricas en rasgos que adelantan la estética puramente
esperpéntica, presente no solo en sus cuatro creaciones dramatúrgicas más célebres (Luces de
bohemia, de 1924, y Las galas del difunto, Los cuernos de don Friolera, La hija del capitán, que
integran Martes de Carnaval, de 1930) sino en Tirano Banderas (1926) y El ruedo ibérico (1927-
1936).



    RAMÓN PÉREZ DE AYALA (1880-1962)

     Dentro de la novela intelectual, junto a Unamuno y Azorín, deberíamos citar a Ramón
Pérez de Ayala. Preocupado por la realidad, que se antoja múltiple, cultivó una estética
sustentada en el juego de perspectivas. Así, dentro de la narrativa de Pérez de Ayala destacan
la pluralidad de narradores, que cuentan un mismo acontecimiento desde puntos de vista
distintos. En consecuencia, fue un gran cultivador del diálogo, permitiendo a la diversidad de
sus personajes expresar sus diferentes opiniones. No es pues de extrañar que la novela de
Pérez de Ayala sea un intento importante por influir en la concepción moral del individuo,
siendo de vital importancia el tema de la conciencia.

    La crítica ha separado su producción en tres etapas:

    Novelas autobiográficas: donde destacan A.M.D.G. (1910) y Troteras y danzaderas (1913).
    Novelas poemáticas: Luz de domingo (1916).

    Novelas de tema universal: Luna de miel, luna de hiel (1923).



                                   LA NOVELA DE VANGUARDIA

    Este importante movimiento coincide con las ideas vertidas por Ortega y Gasset en su
célebre ensayo: La deshumanización del arte (1925). Ortega describió acertadamente los
movimientos de vanguardia, incidiendo en su afán escapista e intrascendente. El desinterés
por la peripecia humana y la revisión formal debían ser los pilares de esa nueva novela que,
lógicamente, se aparta de las preocupaciones de los autores vistos hasta ahora, dado que es
una renovación de distinto matiz, sin las implicaciones reflexivas, filosóficas, trascendentales
de un Baroja, un Unamuno o un Azorín.

     José Bergamín, Benjamín Jarnés, Antonio Espina, Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna
van a ser los grandes novelistas de vanguardia hispánicos. Todos ellos son escritores que
cultivan una literatura evasiva, lúdica, sin compromiso socio-político. Sus creaciones buscan la
belleza estética, el arte por el arte, son obras deshumanizadas en tanto en cuanto se apartan
de afectos, sentimientos, profundidades.

     Así, influido por Marcel Proust, Gabriel Miró (a caballo entre la ya comentada novela
intelectual y la vanguardia) cultivó una novela cuidada, exquisita, de lenguaje poderoso y tono
lírico. La emoción todo lo domina, siendo la anécdota tenue, diluida. Su primera etapa se
enmarca, tal que Valle-Inclán, en el modernismo, si bien evolucionó hacia posturas estéticas
diferentes, basadas no en la degradación sino en la elegante insinuación, en un juego poético
donde llaman la atención las minuciosas descripciones, tal y como puede observarse en Las
cerezas del cementerio (1910), donde el tema de la lucha del ser humano contra el ambiente
hostil (lo que lo liga a la novela novecentista) sirve de excusa perfecta para construir un canto
a la belleza, sensible, plagado de conmovedores elementos decadentistas, plenamente
vanguardistas.

    Por su parte, Gómez de la Serna es el vanguardista hispánico por excelencia. Gran
humorista, amante del cine y creador de las greguerías, la novelística de De la Serna (maestro
de la Generación del 27, a cuya tertulia del Pombo acudieron autores como Luis Buñuel o
Federico García Lorca) constituye paradigma perfecto de la importancia que los movimientos
de vanguardia tuvieron en nuestro país.

     Sus novelas se desarrollan en ambientes urbanos, antojándose sus personajes émulos de
galanes cinematográficos (en ocasiones paródicos, tal y como ocurre en El caballero del hongo
gris, de 1928). De hecho, De la Serna trató el tema del cine en su fabulosa Cinelandia (1923)
Hedonismo y erotismo son rasgos que caracterizan algunas de sus más célebres creaciones, así
La viuda blanca y negra (1918), que recuerda al cine de Ernest Lubitsch.

   Además, su obra se inspira en la propia vida del autor (Automoribundia, escrita entre 1942
y 1948 fue el título de su autobiografía), y, como obvio monumento vanguardista, cabe
destacar el gusto de De la Serna por el mundo de los objetos, lo efímero e intrascendente, lo
cómico (así en obras como El rastro, de 1914, o El circo, de1917).



                                        LA NOVELA SOCIAL

     A fines de los años 20 también destaca una novela social cuyos antecedentes son Galdós,
Blasco Ibáñez y Pío Baroja. Los autores que cultivaron esta novela (Joaquín Arderius, Díaz
Fernández y Andrés Carranque) van a surgir contra la descomprometida vanguardia. Son
escritores muy politizados que plasman el mundo de los trabajadores urbanos o rurales y que
evitan el protagonista único, recogiendo habla y deformaciones lingüísticas de los hombres de
los pueblos, adelantando textos clásicos posteriores como La familia de Pascual Duarte de
Cela, Tiempo de Silencio de Luis Martín Santos, El pisito de Rafael Azcona o Las ratas de Delibes
(a los que haremos referencia a su debido tiempo).

    La Guerra Civil acabó con ella.




          LA NARRATIVA DESDE LA GUERRA CIVIL
                     ESPAÑOLA
     La Guerra Civil española marca un antes y un después en nuestras letras. La obra de
algunos autores fundamentales como Unamuno, Baroja e incluso Galdós, no va a ser estimada
por el nuevo régimen, que impondrá una férrea censura que condicionará la narrativa, si bien
textos sagaces como La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela, 1942) o Nada (Carmen
Laforet, 1945) abrirán posibilidades para un realismo social que, poco a poco, irá avanzando
por caminos estéticos diversos, tal y como puede deducirse de propuestas tan dispares como,
El camino (Miguel Delibes, 1950), El Jarama (1956, Rafael Sánchez Ferlosio), o Tiempo de
silencio (Luis Martín Santos, 1962).

    Como veremos más adelante, 1975 supone a su vez un punto de inflexión en la narrativa
de posguerra, posibilitado por el fin del franquismo y los inicios de la transición democrática.

     Pero volvamos la vista atrás, retrocedamos hasta los años de guerra y posguerra y
observemos como, al igual que acaeció en el ámbito dramático y lírico, la narrativa también
sirvió a los intereses de los partidarios del Alzamiento Nacional, tal y como ponen de
manifiesto novelas como Retaguardia (Concha Espina, 1937), Río Tajo (1938) o El asedio de
Madrid (Eduardo Zamacois, 1938). Es una narrativa a la que se ha denominado novela de
guerra, comprometida con los ideales del Movimiento y que se caracteriza por la falta de
complejidad psicológica de sus personajes. Son novelas maniqueas, de “buenos y malos”
donde destacan textos como Checas de Madrid (Tomás Borras, 1939) o La mascarada trágica
(Enrique Noguera, 1941).
    Se cultivó también una narrativa más amable, evasiva, de tono “rosa”, donde podemos
destacar a Carmen de Ícaza con obras como ¡Quién sabe!,

    En este panorama, donde cualquier atisbo de innovación o cualquier intento de denunciar
aspectos no gratos a los partidarios de Franco resultaba estéril (se había prohibido la
novelística realista y comprometida de Ramón J. Sender, Díaz Fernández Joaquín Arderius o
Andrés Carranque), nos interesa, antes de proseguir, nombrar a Juan Antonio Zunzunegui, que
apunta a ciertas formas críticas que permiten ver en él un precedente de la futura narrativa
social de la década posterior con textos como ¡Ay, estos hijos! (1940).



                                    DESTELLOS DE GENIALIDAD

    Durante la década de los cuarenta, obviando las novelas de alabanza al régimen de
Francisco Franco, debemos centrar nuestra atención en dos autores que van a proponer dos
textos diferentes, rompedores, tan inspirados como precisos, que delatan realidades sórdidas
de signo opuesto: rurales y urbanitas. Nos estamos refiriendo a Camilo José Cela y Carmen
Laforet, que con La familia de Pascual Duarte (1942) y Nada (1945) van a iniciar dos tendencias
que arraigarán en autores posteriores: el tremendismo y el realismo existencial (no menos
tremendista, tal y como puede deducirse de la lectura atenta de la obra maestra de Laforet).

     La familia de Pascual Duarte es una obra epistolar, cuyo texto principal queda conformado
por una carta escrita por quien da título a la novela. Cela parece retomar la tradición de
nuestra picaresca (Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache) dado que Pascual Duarte,
condenado desde su nacimiento a un entorno deprimido, en el que sordidez y pobreza
estrechan sus manos, escribe desde su celda (donde espera condenado a muerte), contando
retazos de su periplo vital, justificando involuntariamente esa vileza que lo acabará
conduciendo al garrote vil. Obra de marcado corte realista, el tremendismo de La familia de
Pascual Duarte parece retomar el espíritu del naturalismo más desgarrador, como si Cela
tuviera presentes bien a Emile Zola o, casi mejor aún, al Vicente Blasco Ibáñez de La barraca
(1898). La familia de Pascual Duarte invita a ser interpretada como una continuación de esa
literatura sincera y sin concesiones que parece perderse en las brumas intelectuales de
algunas propuestas conceptuales y estéticas de principios del siglo XX.

   Si en La familia de Pascual Duarte nos topamos con un ambiente rudo, propio del
ambiente rural de la España anterior a la Guerra Civil, en Nada, de Carmen Laforet, seguiremos
sumergidos en un cosmos enrarecido, el de una familia burguesa venida a menos tras la
guerra. Un entorno en el que pobreza y crueldad también estarán presentes.

     Laforet ambienta su narración lejos de las áridas y desoladoras tierras de Pascual Duarte,
en la ciudad de Barcelona, adonde llegará la joven Andrea, su ilusionada protagonista, a cursar
una carrera y a descubrir ese soñado cosmopolitismo y, quizás, otros apreciables placeres
vitales. Sin embargo, nada de ello encontrará. Tan solo ese vacío que forjan la insatisfacción, la
incomprensión, el rencor, avocando a los personajes a los abismos de la locura e incluso a la
muerte (el suicidio es uno de los temas contemplados en el texto).
     Andrea habitará una sucia y sombría casa, conviviendo con una serie de personajes tristes,
violentos, obsesionados, desquiciados… El infierno que la circunda, no obstante, presenta
ciertas vías de escape, ventanas abiertas a una Barcelona agradable, festiva, apacible, que la
protagonista acariciará pero que no llegará a abrazar, si bien el fin de la novela se antoja
tremendamente esperanzador.

     Laforet compone un texto cuidado, de estilo poemático, que se aleja de la narración
directa y descarnada, carente de ornato elitista, propia del tremendismo. Nada es una novela
de silencios, sutil, donde la sugerencia tiene cierto protagonismo. El lector navega por páginas
que ocultan hechos, degustando sus líneas como si de un mal sueño, con sus dosis de
irracionalidad, se tratara. Una pesadilla existencial de corte kafkiano.

    Seis años más tarde de la publicación de Nada, Cela retornará a la primera línea literaria
con otra de sus más célebres creaciones: La colmena (1951).

     Si La familia de Pascual Duarte estaba ambientada en un entorno rural, La colmena se
inmiscuye en el Madrid de posguerra. El propio Cela afirmaba que con La colmena pretendía
escribir un libro de historia, y es que la novela no es sino una mezcla encomiable de
instantáneas que conforman una visión de conjunto de una España “ya pasada”. Amor y dolor,
felicidad y desdicha se entrecruzan gracias a una estructura muy compleja, habitada por más
de doscientos personajes de diversos estratos sociales. Sus vivencias, retazos de vidas, van
conformando un corpus textual de sobria belleza, donde predominan diálogos que reproducen
el habla coloquial madrileña, y que abarca tres días (el reduccionismo temporal, como
veremos, será una de las constantes del realismo posterior a la Guerra Civil).



                                       NARRADORES EN EL EXILIO

         La Guerra Civil va a suponer una escisión de la intelectualidad española. Algunos
artistas, como es el caso de Federico García Lorca, van a ver el fin de sus días en los inicios del
conflicto bélico; muchos otros van a marchar al exilio: Rafael Alberti, Alejandro Casona, Ramón
Gómez de la Serna, Luis Buñuel…

        Podemos destacar tres narradores que cultivarán la novela desde el extranjero: Ramón
J. Sender, Max Aub y Francisco Ayala. Lógicamente, al no padecer la censura franquista, sus
textos, más libres, tratan temas relacionados con la sociedad española. Obviamente, tanto la
guerra como el exilio van a ser otros aspectos que aparecerán en sus creaciones.



        RAMÓN J. SENDER

        Este autor aragonés exiliado en Norteamérica cultivó en novelas como Imán (1930) o
Siete domingos rojos (1932) la novela de denuncia social que el régimen franquista no va a ver
con buenos ojos.

       Una de sus creaciones más célebres, Réquiem por un campesino español (1953), no
hubiera tenido posibilidad de ser publicada en la España de Franco, pues en ella se trata la
diferencia de clase social y la opresión a la que el campesinado es sometido (tema latente en
Los santos inocentes de Miguel Delibes). Mosén Millán, uno de los personajes principales,
condicionado por el miedo (aspecto destacado de este breve aunque rotundo texto), termina
confabulado con el bando opresor, que no dudará en fusilar a Paco, el del molino, personaje
clave que reclama los derechos del campesinado. La obra nos retrotrae al ámbito rural que
permite a Cela crear la corriente tremendista y, en cierta forma, Los santos inocentes (donde,
como acabamos de decir, también asistimos a un juego de opresores y oprimidos, en el que el
campesinado no tiene derecho a una vida digna) se antoja obra deudora de ésta.

        Crónica del alba (1942-1962), otra de sus creaciones más populares, supuso una
autobiografía ficticia. A través de la figura de su protagonista, Sender evoca esa España que lo
vio nacer y de la que tuvo que huir.

        Con La tesis de Nancy (1962), Sender parece dejar a un lado el tono nostálgico de
Crónica del alba y la radicalidad realista de Réquiem por un campesino español, si bien en el
texto sigue estando presente lo español, dado que su protagonista es una joven hispanista
norteamericana.



       MAX AUB

         Si Sender siguió los parámetros de la narración convencional, Max Aub fue mucho más
original en su extensa obra. Así, junto al realismo tradicional, aparece también la vanguardia y
la experimentación.

       Desde el exilio, Aub va a tratar el tema de la Guerra Civil, abiertamente, en una serie
de novelas donde encontramos títulos como Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945) y
Campo abierto (1951).

        Con La calle de Valverde (1961), Aub va a tratar otro de los temas no gratos al régimen
franquista (la dictadura de Primo de Rivera) y, con La gallina ciega (1971) prestará atención a
esa realidad española cercana a los últimos años del franquismo.



       FRANCISCO AYALA

        Relatos incluidos en, por ejemplo, La cabeza del cordero (1949) y novelas conforman la
producción que Ayala va a llevar a cabo desde ese exilio que, al igual que en los a casos de Max
Aub y Ramón J. Sender, le va a procurar esa protección necesaria para tratar ciertos temas; tal
y como es el caso de Muertes de perro (1958), obra en la que criticará los regímenes
dictatoriales. De nuevo, el relato tradicional, alejado de vanguardia y experimentación,
condicionan la narrativa de este autor recientemente fallecido (en el 2009) del que también
podemos destacar El fondo del vaso (1962), donde tratará de la corrupción de la alta
burguesía.
                       INNOVACIONES NARRATIVAS A PARTIR DE LOS AÑOS 50

         Es en esta etapa donde hemos de cifrar algunas de las creaciones más insignes de
Miguel Delibes (a quien posteriormente dedicaremos mayor atención). Si durante los años 40
nos hemos asomado a ciertos abismos de desesperación humana planteados por el
tremendismo de Camilo José Cela y la novela existencial de Carmen Laforet, Delibes, con obras
como El camino o Mi idolatrado hijo Sisí (1953) cultiva lo que se ha dado en llamar “amoroso
humanismo”. En esa voz de cálida sencillez, de naturalidad envidiable, con la que está
construida El camino, encontramos un autor que se acerca al ámbito rural desde una
perspectiva dulce y amable, dando una visión positiva de las realidades habituales de la vida en
un pequeño pueblo castellano. Aún faltaban años para la radicalización de sus propuestas en
textos (de los que luego hablaremos) como Las ratas (1962) o Los santos inocentes (1981),
aunque ya aparece uno de los temas fundamentales de su narrativa: el enfrentamiento entre
el individuo y su entorno social (presente incluso en su última novela, El hereje, de 1998).

        Junto al realismo tradicional de Delibes, presente en otros autores como Gonzalo
Torrente Ballester (Los gozos y las sombras, 1957-1962) o Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama,
1956); nos encontramos con una novela de carácter metafísico, que pretende reaccionar
contra el realismo apostando por tratar aspectos trascendentales que afecten al hombre al
margen de su circunstancia histórica y social. Destaca al respecto Carlos Rojas con obras como
El futuro ha comenzado (1958) o Adolfo Hitler está en mi casa (1965).

        Esta tendencia a huir del realismo va también a cristalizarse en una corriente a la que
se ha denominado como realismo mágico. Basado en mitologías diversas podemos citar a
Álvaro Cunqueiro con obras como Merlín y familia (1957) o Las mocedades de Ulises (1960).
También podemos aquí destacar a un autor anteriormente citado, Ramón J. Sender, con textos
como Zú, el ángel anfibio (1970), apoyada en una lírica visión de los ambientes y situaciones,
mezclando realidad y fantasía; o Industrias y andanzas de Alfanhuí (Rafael Sánchez Ferlosio,
1951).

        Pero volvamos nuestra mirada hacia el realismo propio de esta época y caractericemos
sus rasgos de estilo:

        En primer lugar hay que hablar de la presencia de un protagonista colectivo
(característica que ya aparece en La colmena y que podemos encontrar en obras como Los
bravos, publicada en 1954, de Jesús Fernández Santos o El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio).

        En segundo lugar hay que prestar atención a la reducción espacio-temporal, pues se
acotan los lugares y el tiempo en el que transcurre la acción (el Madrid de los años cuarenta y
los tres días durante los que acaecen todas las acciones de La colmena, novela seminal
también en este sentido).

        En tercer lugar hemos de mencionar la visión caleidoscópica, es decir, el juego de
perspectivas, de situaciones diversas (que, una vez más, ya encontramos en la técnica
narrativa llevada a cabo por Cela en La colmena). Relacionada con esta técnica se encuentra la
estructura fragmentaria, sustentada en secuencias narrativas que se antojan retazos de vida,
fragmentos sustanciales que van otorgando fuerza y dramatismo a un discurso que escapa de
elementos innecesarios, apostando por el dinamismo, la concisión y la ausencia de monotonía.
Esta estructura fragmentada está además directamente relacionada con la técnica de relato
abierto; es decir, la novela no sigue las líneas narrativas tradicionales de inicio, nudo y
desenlace, sino que se antoja un fragmento de vital discurrir, con una conclusión no cerrada.

        En cuarto lugar hemos de atender a la técnica objetivista con la que se construyen
estas narraciones, donde se elimina la participación del narrador en la historia, obviando la
introspección, la descripción del mundo interior de los personajes. De ahí la proliferación de
diálogos, reflejando la personalidad y ánimo de dichos personajes, siendo habitual la
reproducción del habla común de éstos (esta última peculiaridad estaba también presente en
La colmena, de Cela)

        Por lo que se deduce de los cuatro puntos previos, resulta obvio que La colmena se
antoja obra fundamental para abordar este realismo de carácter crítico al que los estudiosos
cifran entre 1954 y 1962.

        Estos rasgos formales van a estar presentes en multitud de obras del periodo
susodicho (1954-1962), si bien influyen en textos posteriores, llegando incluso hasta
propuestas actuales. Así las cosas, algunas de esas características aparecen en textos
fundamentales de Miguel Delibes como Cinco horas con Mario (1966) o Los santos inocentes
(1981). Obsérvese, por ejemplo, en la primera de estas novelas, cómo el espacio y el tiempo se
reducen a un velatorio de cinco horas durante las cuales, a través de los recuerdos de la viuda,
se otorga plena identidad a su difunto marido, el Mario del título. En Los santos inocentes, de
nuevo asistimos a un ejercicio de fragmentación (seis libros) y objetivismo, donde destacan,
como caracterizadores fundamentales, los diálogos de sus personajes, rasgo éste que también
encontramos en otra de las obras capitales de nuestras letras: Tiempo de silencio (Luis Martín
Santos, 1962), a la que luego dedicaremos una mayor atención.

         La narrativa realista de este periodo (1954-1962) está influida por el neorrealismo
italiano (sobre todo cinematográfico, donde son destacables obras maestras como Ladrón de
bicicletas, dirigida en 1948 por Vittorio de Sica) y por la literatura norteamericana de la Lost
Generation: grupo de escritores donde encontramos a John Steinbeck, Ernest Hemingway,
William Faulkner o John Dos Passos.

        Temáticamente, esta novela es tremendamente variada. Así las cosas, podemos
distinguir:

         Novelas acerca de la abulia: deudoras de algunas de las constantes temáticas de la
Generación del 98, tratan del conformismo ante las adversidades, tal y como es el caso de La
isla (Juan Goytisolo, 1961).

        Novelas acerca del campo: en la sociedad rural es donde existen mayores
desigualdades e injusticias. Las fuerzas vivas, representadas por el cura, el cacique o el señorito
frente al campesino. El enfoque se lleva a cabo desde el punto de vista del jornalero, así en El
cacique (Luis Rosales, 1963).
        Novelas de obrero y empleado: pretenden llamar la atención acerca de las
condiciones injustas de vida y trabajo a la que éstos son sometidos. Tal es el caso de La criba
(Daniel Sueiro, 1961).

        Novelas acerca del problema de la vivienda: plantean el problema de la escasez de
viviendas cuando se produce el éxodo rural a las ciudades provocado por la necesidad de
encontrar trabajo, tal y como ocurre en En plazo (Fernando Ávalos, 1961).

         Novelas acerca de los vencidos: que tratan de la vida en los presidios e individuos
alienados por la sociedad, tal y como es el caso de Los perros mueren en la calle (José María
Castillo Solórzano, 1961).

        Esta temática va a llegar hasta nuestros días, cuando la libertad de expresión favorece
un tratamiento más abierto del pasado, un ejercicio de reflexión acerca de nuestra propia
historia (si bien, como veremos, la tendencia resulta patente a partir de 1975). Textos
relativamente recientes como La lengua de las mariposas (Manuel Rivas, 1996), Soldados de
Salamina (Javier Cercas, 2001), La voz dormida (Dulce Chacón, 2002) o 13 rosas (Jesús Ferrero,
2003) tratan, fundamentalmente, el tema de los vencidos. Otros temas de los susodichos
también articulan algunos de los mejores textos de, por ejemplo, Miguel Delibes (obsérvese
cómo la resignación articula prácticamente todo el discurrir de Los santos inocentes, novela en
la que están presentes los poderes fácticos propios de la sociedad franquista; iglesia,
aristocracia…). Durante el extenso soliloquio de Cinco horas con Mario encontramos también
alusiones a los temas enunciados. Por otra parte, la abulia parece regir el carácter de los
personajes de El Jarama, una de las obras maestras del periodo, a la que dedicamos las
siguientes líneas.

        El Jarama, publicada en 1956, nos cuenta la excursión, un domingo, de unos jóvenes al
río Jarama. Durante el pausado transcurso de la novela, seremos testigos de cómo los
personajes pasan el tiempo: comiendo, conversando, bebiendo, jugando, bañándose… Todo
resulta trivial, pues la única anécdota inusual es la muerte por ahogamiento en el río de una
joven del grupo, ya en la parte final del texto. El Jarama es un texto que apuesta por el
costumbrismo, de estilo medido, exacto, consiguiendo un inusual efecto poético sustentado en
la mímesis de lo cotidiano. La muerte de la joven en la conclusión de la narración sigue
conmoviendo al lector, por su inesperada perturbación de lo monótono, lo apacible, lo
resignado…

         El espacio de la obra es reducido, al igual que el tiempo de la narración, su
protagonista múltiple y sus diálogos, banales, reproducen el habla coloquial (obsérvese cómo
el texto se ajusta a los rasgos formales del realismo de la etapa que estamos estudiando).

        Por otro lado, los temas anteriormente vistos no sólo aparecen en la novelística sino
que también rigen la cuentística del periodo. Al respecto cabe destacar a Ignacio Aldecoa, uno
de los maestros del género: Espera de tercera clase (1955). En su obra trata el mundo de los
empleados, el problema del campo y su consecuente emigración rural a la ciudad, la abulia…
No obstante, Aldecoa también cultivó la novela, donde introdujo aspectos muy interesantes:
así el mundo de los guardias civiles y los gitanos en El fulgor y la sangre (1954) o Con el viento
solano (1956).
         Nos gustaría, antes de concluir este apartado, aprovechar estas líneas para reivindicar
la figura de un novelista habitualmente obviado por los manuales de Historia de la Literatura
(si bien aclamado en cuanto a su trabajo en el ámbito cinematográfico): Rafael Azcona. Azcona
puede ser interpretado como un “rara avis” de nuestras letras. Deseoso de ser novelista,
acabará obteniendo reconocimiento como guionista cinematográfico, gracias a su trabajo
junto a cineastas de la talla de Marco Ferreri y Luis García Berlanga. Pero no debe olvidarse, y
es éste el momento de reivindicarlo, que algunos de sus más celebres guiones se basan en sus
propias novelas, tal es el caso de El pisito (1957) o El cochecito (1960). Los temas antes
indicados sustentan la totalidad de su creación novelística (el tema del problema de la vivienda
aparece en El pisito, el tema de la relación entre trabajadores y empleados aparece en Los
ilusos, de 1958), marcada no por un realismo al uso, sino de hiriente carácter cómico, rayano
en lo grotesco y esperpéntico, tal y como puede deducirse de Los muertos no se tocan, nene,
(1956) o Los europeos (1960). El humor, amargo, es rasgo de estilo de la novela de Azcona, que
se aleja a pasos agigantados de propuestas sobrias como El Jarama, Encerrados con un solo
juguete (Juan Marsé, 1960) o Tiempo de silencio, y quizás por ese rasgo de singularidad, que
escapa a un “encajonamiento” al uso, no suela ser contemplado por la crítica especializada.
Similar suerte la de textos tan inusuales como magistrales, así El malvado Carabel o Relato
inmoral, ambos obra de otro sagaz genio del humor literario: Wenceslao Fernández Flórez.

        El humor en la novela realista española puede parecer ausente. Sin embargo, en
autores como Miguel Delibes pueden apreciarse gratos destellos (por ejemplo, algunas de las
anécdotas, de marcado sesgo folklórico, de El camino o la anécdota de las camisetas que
Régula le regala a Azarías en Los santos inocentes).



                                LA NARRATIVA DE LOS AÑOS SESENTA

         La crítica señala que el realismo social de los años 50 se había enquistado y
estereotipado, faltando densidad en sus denuncias. Además, se hace evidente la ineficacia de
la literatura concebida y practicada como arma de combate. Así, parecía necesario que nuestra
literatura debía abrirse a nuevos horizontes, ya sea por ampliación, dándole al realismo la
profundidad que no se le había dado e intentándose a través de él una explicación e
interpretación de los hechos, sin conformarse con la mera exposición de acontecimientos. Sea
todo esto cierto o no, Tiempo de silencio (Luis Martín Santos, 1962) es una de las obras claves
de nuestras letras, un texto imprescindible escrito por el malogrado director del psiquiátrico
de San Sebastián.

         Tiempo de silencio inaugura un periodo en el que la experimentación formal es
destacable. El periodo coincide con la apertura de España a la literatura hispanoamericana,
donde encontramos grandes renovadores de la narrativa como Jorge Luis Borges, Julio
Cortázar, Juan Rulfo o Mario Vargas Llosa (a los que tratamos en nuestro estudio acerca de la
novela hispanoamericana). Además, si la década anterior se vio influida por el neorrealismo
italiano, la “nouvelle vague” francesa es la tendencia cinematográfica que en esta ocasión
parece condicionar nuestras creaciones novelísticas.
        Tiempo de silencio ahonda en los aspectos más sórdidos de la sociedad española,
describiendo ambientes inusuales en nuestra en ocasiones comedida literatura (prostíbulos,
chabolas, ámbitos carcelarios…). Sus personajes parecen tomar el testigo del naturalismo
zolesco, determinados biológicamente tal que esas ratas de laboratorio con las que
experimenta el protagonista de la novela. Pero Tiempo de silencio no sigue los patrones
canónicos de la novela decimonónica, su estilo es rompedor, libre, una amalgama de discursos
contrapuestos y estilos diferentes, donde la angustia existencial se mezcla con el humor,
donde el destello lírico se mezcla con el discurso científico logrando una de las propuestas más
asombrosas y apasionantes de las últimas décadas: una novela única e inimitable, un
trascendente y conmovedor destello de genialidad.

        Esta tendencia estética a la novedad y experimentación parece contagiar incluso el
estilo natural de autores como Miguel Delibes, quien con Cinco horas con Mario construye un
texto ambicioso, meditado, complejo, donde el soliloquio articula la narración (también en Los
santos inocentes, obra que comienza a concebir en la década de los 60, si bien no verá la luz
hasta la década de los 80, hay una ambición de originalidad estética, tal y como veremos). La
experimentación es también visible en Señas de identidad (Juan Goytisolo, 1966), Últimas
tardes con Teresa (Juan Marsé, 1966) o Volverás a Región (Juan Benet, 1967).

        Pero, ¿cómo podemos concretar esa alusión a la innovación estética? Vayamos por
partes, tal y como hicimos en el capítulo anterior al tratar de los rasgos formales:

        En primer lugar la narrativa sufre una reducción de la anécdota (componente más
característico de la novela tradicional). Por ejemplo, un texto como Cinco horas con Mario es
una amalgama de sucesos inconexos donde el papel del lector, como organizador del sentido
del texto, tiene vital importancia.

        En segundo lugar hay una ruptura del orden cronológico de los acontecimientos,
produciéndose retrocesos y saltos temporales tal y como, de nuevo, ocurre en Cinco horas con
Mario. En este sentido, la memoria cobra mucha importancia.

        En tercer lugar hay un juego narrativo que concierne a las personas gramaticales,
mezclándose la tercera (autor omnisciente) y la primera persona (que se presta al análisis de la
problemática y contradicciones del ser humano), incluso la segunda, tal y como ocurre en
algunos pasajes de Tiempo de silencio o en Reivindicación del conde don Julián (Juan Goytisolo,
1970). El uso de estas personas puede ser alternativo, sobre todo cuando hay perspectivismo
múltiple, técnica importante en Fin de fiesta (Juan Goytisolo, 1962) o en Inés just coming
(Alfonso Grosso, 1968).

         En cuarto lugar hay un empleo del monólogo interior, del fluir de la conciencia, del
estilo indirecto libre, tal y como es el caso, una vez más, de Tiempo de silencio, pues estas
técnicas narrativas reflejan muy bien la problemática interior de los personajes.

        En quinto lugar puede observarse una proliferación de usos tipográficos originales
(ruptura de líneas, ausencia o uso especial de los signos de puntuación, inclusión de espacios,
páginas en blanco, mezcla de diversos tipos de letra). Se incluyen en algunas novelas
elementos extraños a lo tradicional: recortes de periódico, anuncios, informes…
Estructuralmente aparece la división tradicional en capítulos pero también secuencias
separadas por espacios en blanco.

         En sexto lugar vuelve a haber una preocupación por el protagonista, por el personaje
principal, dejando a un lado esa tendencia por la colectividad que veíamos en obras como La
colmena o El Jarama. Pero el personaje no va a tener los rasgos del protagonista tradicional, va
a ser un antihéroe en conflicto consigo mismo (obsérvese, al respecto, el personaje
protagonista de, una vez más, en Tiempo de silencio) y con el mundo que le rodea. Incluso es
un personaje tan falto de identidad que en el caso de algunos textos no reconocemos ni el
nombre de su protagonista: La saga/fuga de J. B. (Gonzalo Torrente Ballester, 1972). En esta
línea se inscribe Señas de identidad (Juan Goytisolo, 1966) cuyo protagonista, Álvaro Mendiola,
se siente extranjero en su propia tierra, buscando en su pasado los aspectos que conforman su
ser, lo que le lleva a reflexionar acerca de la historia, cultura e ideas propias de la sociedad
española, a la que rechazará.



                              ÚLTIMAS PROMOCIONES DE NARRADORES

       Estamos ante un tema inabarcable, debido, entre otras cosas, tanto a la inmediatez
con el fenómeno de la escritura, hoy por hoy, como a la falta de perspectiva crítica. No
obstante, vamos a atrevernos a trazar un recorrido general por nuestra literatura desde 1975
hasta nuestros días.

        En primer lugar, resulta obvio que algunos de nuestros clásicos modernos siguen vivos
(caso de Juan Goytisolo o Juan Marsé) o han fallecido más o menos recientemente (caso de
Carmen Martín Gaite, Camilo José Cela o Miguel Delibes). Junto a estos tenemos una caterva
extensísima de autores, que escriben y publican en el marco de un arte narrativo transformado
en negocio y mercado. Así las cosas, un paseo por cualquier librería o galería comercial nos da
idea de la cantidad de textos publicados semana tras semana, por lo que resulta difícil discernir
el grano de la paja. El libro se presenta como un objeto estéticamente apetecible, cuidando
encuadernación (obsérvense esas portadas a todo color, donde hay un predominio de la
imagen), en ocasiones incluso acompañado por un montaje publicitario que casi lo equipara al
de las grandes producciones de Hollywood (no en vano, el cine tiene vital importancia en la
difusión de la literatura, pues es de sobra conocido el hecho de que un libro se vende más o
incluso se vuelve a editar si es adaptado cinematográficamente). El autor deja, en muchas
ocasiones, de tener esa imagen (quizás estereotipada y falsa) de intelectual taimado y
silencioso, reflexivo y culto, pues la venta del libro exige la solvencia en medios de
comunicación (y hay buenos escritores que conocen perfectamente el medio, tal y como es el
caso de Francisco Umbral, Antonio Gala o Arturo Pérez-Reverte).

         El autor español debe convivir además con el fenómeno de la traducción. Al respecto,
José Saramago indicaba que los escritores crean las literaturas nacionales y los traductores la
literatura internacional. Por su parte, Manuel Vilas indicaba que, poco a poco, ese concepto de
literatura española va dejando de existir. El libro, grosso modo, es un negocio. En ocasiones,
España imita tendencias que vienen de otros lares, traicionando su propia tradición.
        Dicho esto, ¿cómo podemos poner orden en tamaño caos? Introduciendo, en primer
lugar, un concepto que afecta también al teatro y a la lírica: la dispersión de tendencias.
¿Cuántos géneros existen? ¿Cuántos estilos? ¿Cuántas escuelas? ¿Cuántos grupos?
¿Etiquetas?

       Podemos comenzar siguiendo algunas directrices críticas que indican que en los 70
adquiere especial relevancia un nuevo tipo de novela con tres rasgos determinantes: la
memoria en forma dialogada, la autocrítica del proceso de creación, la fantasía.

        La memoria: consiste en revivir la historia a través de la biografía de una infancia
determinada por la dictadura, lo que supone un distanciamiento para enjuiciar con lucidez el
sentido de la existencia tal y como ocurre en, por ejemplo, Luz de memoria (Lourdes Ortiz,
1976) o El cuarto de atrás (Carmen Martín Gaite, 1978).

        Autocrítica de la creación: el escritor lleva a cabo una ficción metaliteraria,
deconstructiva, reflexionando sobre el proceso de gestación y escritura de la novela. En La
cólera de Aquiles (Goytisolo, 1979), el escritor va elaborando la novela ante el lector,
autocriticando el proceso de escritura. Para Gonzalo Sobejano hay que “exigir al que lee el
máximum de clarividencia y de esfuerzo en la hechura y en la recomposición del texto como
forma, son operaciones de higiene estética equiparables y simultáneas a las de saneamiento
ético que el largo error dictatorial demanda.” De nuevo podemos citar al respecto El cuarto de
atrás de Carmen Martín Gaite.

       La fantasía: rige muchos textos que escapan, por unos u otros motivos, de los
parámetros, más o menos flexibles del realismo. Fantasía es un término amplio y ambiguo, que
abarca y da pie a que podamos extendernos en esa dispersión de tendencias de la que antes
hemos hablado.



                   DISPERSIÓN DE TENDENCIAS EN LA NARRATIVA ACTUAL (1980-2012)

         Novela fantástica: es efecto del realismo mágico latinoamericano (donde hemos de
cifrar textos fundamentales como Cien años de soledad, de 1967, de Gabriel García Márquez).
En ella importa el juego de la imaginación, que cuestiona el concepto de realidad. El escritor
establece nuevas e insólitas relaciones con lo posible, siendo el texto un marco donde lo
insólito e imaginario tienen cabida.

          El relato tiene valía en sí mismo, buscando lo lúdico, la evasión, la distracción del
lector.

        Podemos citar a autores como Jesús Ferrero (Belber Yin, 1981), cuyas referencias son
las novelas bizantinas y los espacios orientales, al igual que el cómic, el cine y el erotismo.

       La novela fantástica, cuya tradición no ha tenido excesivo arraigo en nuestras letras,
hoy por hoy tiene obvio peso y presencia en el mercado editorial. Fuertemente influida por
tendencias extranjeras (la fantasía heroica, la literatura de terror, la ciencia ficción), su cultivo,
en ocasiones destinado a un público joven, resulta patente, tal y como demuestran textos
como Memorias de Idhún (Laura Gallego, 2003-2006), Donde surgen las sombras (David
Lozano, 2006) o Apocalipsis Z (Manuel Loureiro, 2007).

         Novela histórica: Supone una recuperación de la narración en sentido estricto. La
historia, como marco apetecible para la fabulación, se remonta incluso hasta nuestro Benito
Pérez Galdos (léanse sus Episodios nacionales), por no citar Las guerra civiles de Granada de
Ginés Pérez de Hita. La aventura encuentra cauce fascinante en este género de moda en el que
la historia es pretexto para ahondar en los eternos problemas del hombre: el amor, los sueños,
los deseos, las frustraciones… Podemos citar grandes éxitos como No digas que fue un sueño
(Terenci Moix, 1986) o algunas de las más célebres creaciones de Arturo Pérez-Reverte: El
húsar (1986) o la saga de Las aventuras del capitán Alatriste (1996-2011).

        Novela negra: género típicamente americano (donde destacan maestros como
Raymond Chandler o Dashiell Hammett) que, al ser cultivado por ciertos autores hispánicos,
consigue una serie de señas autóctonas y una calidad envidiable, tal es el caso de la saga de
novelas protagonizada por Pepe Carvalho, creación de Manuel Vázquez Montalbán, donde
encontramos textos del calibre de Los mares del Sur (1979), La rosa de Alejandría (1984) o Los
pájaros de Bangkok (1983).

        También son destacables algunas de las creaciones de Eduardo Mendoza, así tres
títulos magistrales: La verdad sobre el caso Savolta (1975), El misterio de la cripta embrujada
(1979) y El laberinto de las aceitunas (1982).

        Andreu Martín (Bellísimas personas, 2000), Lorenzo Silva (El alquimista impaciente,
2000) o Antonio Muñoz Molina (Plenilunio, 1997) son otros autores a destacar.

        Novela lírica o poemática: lleva a la narrativa los elementos que suelen quedar
reservados a la poesía: subjetivismo, penetración psicológica, voz lírica… Algunos de nuestros
autores, hoy por hoy, tocan estos campos experimentados por clásicos consagrados como
Kafka, Proust o Joyce.

         Algunos de sus rasgos de estilo son la utilización de la primera persona, el monólogo
interior, el fluir de emociones y sensaciones, el empleo de símbolos y mitos para expresar lo
inefable de la inexistencia humana, la intensificación del lenguaje.

         Los temas que esta novela suele tratar son el amor, la muerte, la supervivencia, la
vejez, la memoria…

        Podemos citar a autores como Juan Benet, con textos como Volverás a Región (1967) o
Herrumbrosas lanzas (1983-1986), así como a Antonio Muñoz Molina, con obras como Sefarad
(2001).

       Novela autobiográfica o de memorias: la autobiografía, en ocasiones, puede adoptar
formas colindantes con la novela. En el caso de Antonio Muñoz Molina, tenemos dos ejemplos
magistrales, que narran dos etapas de su vida: su estancia en el servicio militar en Ardor
guerrero (1995) y retazos de su infancia en El viento de la luna (2006).
        Novela testimonio, crónica o reportaje: la relación del periodismo con la narrativa
actual es evidente. Las relaciones entre estilo periodístico y novelización de hechos son
variadas. Así, obras como Las linotipias del miedo (Alfonso Palomares, 1977) o, más
recientemente, Psicópata (Carlos Quílez, 2005).

        Es también habitual que los novelistas tomen de las noticias temas que inspiren sus
creaciones. Así, el tema del terrorismo en Y Dios en la última playa (Cristóbal Zaragoza, 1981).



                     ANTONIO MUÑOZ MOLINA: UN CLÁSICO DE NUESTROS DÍAS

        Nos gustaría dedicar unas líneas a uno de los autores más relevantes de los últimos
años: Antonio Muñoz Molina. Este escritor pertenece a ese grupo de autores cuyos integrantes
nacen entre el final de la guerra y 1950, por lo que ya no sienten tan arraigadamente el
ideológico enfrentamiento de sus padres. Su etapa de madurez coincide con el estructuralismo
y las teorías poéticas francesas, sintiéndose influidos por la cultura Europea. Su formación
como novelistas coincide también con el boom de la literatura norteamericana. Así, estos
autores muestran una actitud de ruptura con los novelistas del compromiso social, pues
buscan una literatura cimentada en la experimentación y la innovación, persiguiendo, como es
el caso del autor que nos ocupa, una original forma, dominante respecto al contenido (tal y
como es el caso de Plenilunio). En ocasiones, sus creaciones se sustentan en su propia
experiencia y conocimiento de la literatura. De ahí que ésta tenga una obvia presencia en las
creaciones de Muñoz Molina, siendo incluso el tema que articula una de sus primeras
narraciones: Beatus ille (1986).

        Muñoz Molina es, ante todo, un narrador nato forjado en su voracidad lectora. Para él,
la novela es, ante todo, una máquina de contar que debe atrapar y conmover. Sus creaciones
parecen surgir de una reflexión acerca del placer lector, de ahí que, quienes se acerquen a su
obra pronto encontrarán ecos de autores de lo más dispar: Franz Kafka, John Le Carré, J.D.
Salinger, Miguel de Cervantes, Marcel Proust, Dashiell Hammett, Wladyslaw Szpilman. Al
margen de su tono postmoderno, lo que subyace en la literatura de Muñoz Molina es la
fascinación por el arte narrativo, de ahí que muchos de sus textos sacrifiquen la complejidad
de la trama y la sucesión de anécdotas por la forma (por ello esa proliferación de enunciados
extensos, de procesos de amplificación sustentados en el uso de la comparación y la
adjetivación), que en ocasiones alcanza una envidiable cota de originalidad y perfección.

        Muñoz Molina no solo destaca como excelso novelista sino que también es un gran
ensayista, género en el que alcanza unas insólitas cimas de belleza lírica, tal y como puede
constatarse leyendo obras como Diario del Nautilus (1985), Pura alegría (1998) o Córdoba de
los Omeyas (1991), donde se desdibuja la línea entre el ensayo histórico y la novela.

        Sus experiencias vitales parecen articular algunas de sus más célebres creaciones, tal y
como es el caso de El jinete polaco (1991), si bien resulta destacable Ardor guerrero (1995);
aunque quizás sus mejores textos proceden de su gusto por la literatura de género, a la que
homenajea en obras maestras como El invierno en Lisboa (1987) o Plenilunio (1997). Otras
creaciones como Carlota Fainberg (1999) o Sefarad (2001), una de sus más logradas
creaciones. proceden de sus reflexiones, tanto literarias como vitales, siendo la segunda de
ellas un homenaje tanto a los oprimidos como a ese cuento de cuentos que no es otro que Las
mil y una noches.

        Además, Muñoz Molina es un magnífico escritor de relatos, en los que, de nuevo, no
solo nos topamos con su inusual e inconfundible estilo sino que, una vez más, encontramos
diversidad genérica: del cuento de terror al relato policiaco, del relato humorístico a la
reflexión trascendente. Como ejemplo, pueden leerse las recopilaciones tituladas Las otras
vidas (1988) y Nada del otro mundo (1993).


         MIGUEL DELIBES. LOS SANTOS INOCENTES
         Este ilustre vallisoletano, nacido el 17 de octubre de 1920 y que, según parece, debió
parte de su estilo conciso y pulcro al Manual de Derecho Mercantil de Garrigues que manejó
durante la preparación de las oposiciones a la cátedra de Derecho Mercantil (plaza que ganó
sustituyendo a su padre en la Escuela de Comercio), dedicó también buena parte de su vida al
periodismo (en 1944 entró como redactor en El Norte de Castilla) y, cómo no, a la literatura.
Pero una de sus grandes pasiones siempre fue la caza. Él mismo se definía no como un
novelista que caza sino como “un cazador que escribe”. De ahí que su obra literaria se
impregne de amor por la naturaleza, que su lenguaje al referirse al entorno natural sea
preciso, y de ahí también la presencia del tema de la caza en buena parte de su obra: El camino
(1950), Diario de un cazador (1955), Los santos inocentes (1981)… No en vano, su discurso de
ingreso en la Real Academia Española (El sentido del progreso desde mi obra), leído en 1975,
resulta, siguiendo a Domingo Ródenas “fundamental para conocer el pensamiento ecologista
del autor, en el que alertaba del peligro que corre la naturaleza ante el progreso tecnológico
incontrolado.” Este discurso volverá a ser editado en 1979, con el título Un mundo que
agoniza.

        El 23 de abril de 1946, Miguel Delibes contrae matrimonio con Ángeles de Castro,
quien le animará en su vocación literaria y a la que, años después de su fallecimiento (murió en
1974), dedicará una de sus novelas: Señora de rojo sobre fondo gris (1991).

        Un año después de sus nupcias, Delibes escribió su primera novela, La sombra del
ciprés es alargada (1947), con la que va a ganar el Premio Nadal el 6 de enero de 1948. El
mismo autor recuerda el momento con estas palabras: “yo caí en el mundo literario español
como un meteorito, un pesado pedrusco con dos ojos ávidos, grandes, abiertos como platos,
para otear el horizonte.” No obstante, La sombra del ciprés es alargada nunca satisfizo a su
autor. Su lectura hará que el prolífico lector encuentre ecos que parecen ligarla a creaciones
propias de la Generación del 98 (El árbol de la ciencia de Pío Baroja o La voluntad de Azorín),
por su tono existencial (la obsesión por la muerte está presente desde el título), por su visión
pesimista del mundo. Pero Delibes va a dar un giro a su estilo, va a ir abandonando esa
ambición esteticista que late en su primera creación, buscando una voz propia que, tras Aún es
de día (1949), texto influido por el tremendismo), encontrará en El camino, una de sus obras
maestras.
        El camino es un texto sobre la nostalgia. Daniel, el mochuelo, un niño al que su padre
va a enviar a estudiar el bachillerato a la ciudad, recuerda, durante la noche antes de su
partida, retazos de su vida en el pueblo que lo vio nacer. Una dulce melancolía impregna una
narración que trata, con sutil delicadeza, de ese paraíso perdido que no es otro que la niñez. El
texto, compuesto en tan solo veinticinco días, tiene obvias connotaciones folklóricas; algunas
de las anécdotas relatadas por Delibes se degustan como deliciosos cuentecillos (este matiz
también resulta observable en otra de sus creaciones más célebres, Los santos inocentes,
aunque en menor medida). El estilo del texto es llano. Delibes usa la palabra exacta,
abominando de todo artificio, logrando a cada página la inusual belleza de lo espartano. De la
sencillez surge una inesperada hondura poética que conmueve al lector, y que invita a una
lectura ágil.

        El camino inicia lo que la crítica ha señalado como “amoroso humanitarismo de
Delibes”, y que podríamos entender como una respuesta al tremendismo, dado que los rasgos
amargos de textos como La familia de Pascual Duarte desaparecen. El ambiente rural de El
camino no es ese ámbito desolador de la novela de Cela, sino que parece impregnarse de
bucolismo, si bien éste no alcanza las cotas de irrealidad de la novela pastoril renacentista
(obviamente), sino que es un bucolismo de marcado corte costumbrista, cercano a un realismo
que atenúa lo sórdido e incluso lo transforma.

         No obstante, en la novela sigue vigente (repárese en sus capítulos finales) uno de los
temas habituales en la novelística de Delibes: la muerte (que ya aparecía en su primera
narración). Además, el texto pone de relieve otro de sus argumentos habituales: la lucha entre
el individuo y el medio social, que se opone a sus deseos y su felicidad.

        Un año después de ser nombrado subdirector de El Norte de Castilla, Delibes publica
Mi idolatrado hijo Sisí (1953). Si en El camino Delibes centra la mirada en ese entorno rural al
que volverá en otras ocasiones (Las ratas, Los santos inocentes) es ahora el ámbito urbano lo
que llama su atención. El protagonista de la novela, Cecilio Rubes, pertenece a la pequeña
burguesía urbana (ámbito que también tratará en otros de sus textos, tal que La hoja roja, de
1959). Rubes, en palabras de Domingo Ródenas “es un ser egoísta y mezquino que prefiere
renunciar a la paternidad a cambio de conservar su confortable vida de pequeño
comerciante.” Al igual que en La sombra del ciprés es alargada y El camino, la muerte tiñe las
páginas finales de la novela. Su protagonista se suicida. Según palabras del propio Delibes, este
acto debe ser entendido como un castigo de Dios, lo que nos lleva a señalar otro de los
aspectos presentes en su obra: la concepción cristiana del mundo (como veremos en su
momento, en esta línea debe inscribirse la interpretación de Los santos inocentes, antes que
en divagaciones de carácter marxista), la ética religiosa que subyace en su literatura.

         Tras publicar La partida (volumen de cuentos) en 1954, va a ver la luz Diario de un
cazador (1955), novela con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y en la que de
manera explícita trató el tema de la caza (presente, aunque en menor medida, en El camino).
Tras la obtención del prestigioso premio, Delibes viaja a Sudamérica, invitado por el Círculo de
Periodistas de Santiago de Chile, motivo que le llevará a escribir Un novelista descubre América
(1956). Ello abre la veda para otra de las singularidades de su literatura: la creación del libro de
viajes, que retoma en Europa: parada y fonda (1963), tras dimitir como director de El Diario
del Norte, donde escribe acerca de sus impresiones de Italia, Portugal, Francia y Alemania. A
este se añadiría, en 1982, Dos viajes en automóvil. Suecia y París. La popularidad de Diario de
un cazador dará pie, en 1958, a Diario de un emigrante. La trilogía se cerró años más tarde, ya
en 1995, con Diario de un jubilado.

         El tema de la caza no es anecdótico en la producción de Delibes. Eje central de la
trilogía susodicha, late en Los santos inocentes (1981) y Las ratas (1962), pero no haríamos
justicia a la verdad si siguiéramos sin indicar que Delibes dedicó una serie importante de libros
especializados al asunto: La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con
la escopeta al hombro (1970), La caza de patos y otras acuáticas (1971), La caza en España
(1972), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Mis amigas las truchas
(1977), Las perdices del domingo (1981), El último coto (1992).

        Castilla va a ser otro de los grandes temas de su obra. El vallisoletano, enamorado de
su tierra, a la que también va a rendir homenaje en su última creación novelística, El hereje
(1998), dedica a la misma una serie de crónicas. Ciento cincuenta ejemplares se editan tan solo
de Castilla (1960), si bien estos textos van a ser recuperados años más tarde en Viejas historias
de Castilla (1964). Una vez más nos encontramos con ese amable humanismo que subrayaba El
camino. En este caso, nos encontramos con el retorno a los orígenes, con la vuelta a su pueblo
natal (obsérvese por lo tanto la relación con El camino) de un emigrante que redescubrirá
aquello que dejó. En 1973, directamente relacionada con Castilla, vería la luz su ensayo Castilla
en mi obra.

        Esa mirada tierna va no obstante a enturbiarse a partir de 1962, año de publicación de
Las ratas. Delibes cambia su “amoroso humanitarismo” por una narración que entra de pleno
en los terrenos de la crítica social. Es un retorno a ese tremendismo que parecía haber
abandonado tras Aún es de día. Para la crítica especializada, Las ratas supone un antes y un
después en la novelística de Delibes. El trasfondo crítico, la crudeza que surge de la mirada
objetiva al agreste entorno que rodean al tío Ratero y el Nini (protagonistas de la trama,
habitantes de una mísera Castilla rural) emparenta la narración con textos posteriores como El
disputado voto del señor Cayo (1978) y Los santos inocentes.

        Obviamente, este tipo de manifestaciones sinceras no debieron ser del agrado de
Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, dado que en 1963 Miguel Delibes dimitió de
su cargo como director en El Norte de Castilla (puesto que asumió en 1958, tras su etapa de
subdirector).

        1966 marca un nuevo hito en su trayectoria, así como en la Historia de nuestra
Literatura. Cinco horas con Mario es otro de esos trabajos impagables que de vez en cuando
surgen de las plumas de nuestros autores. Si Tiempo de silencio supuso una apertura a
novedosos intentos de renovación formal, Cinco horas con Mario parece cristalizar con eficacia
la corriente. La novela condensa en un tiempo de cinco horas, a través del soliloquio de
Menchu, que se erige en voz narradora, una catarata de temas. Las reflexiones de Menchu, los
reproches a su esposo difunto, sirven para contraponer el carácter de éste a un país, España,
anclado en ignorancia. Mario, muerto, parece cobrar vida a través de los pensamientos de su
esposa.
        A pesar de abandonar el ámbito rural de Las ratas, Cinco horas con Mario continúa
con esa postura incómoda del autor hacia la sociedad en la que le ha tocado vivir, alejándose
de la amabilidad costumbrista de El camino e inscribiéndose en ese proceso de reflexión crítica
que la novela, sustentada en la memoria, va a ir llevando a cabo, pero sin obviar la ambición
estética que haga del texto un producto novedoso, alejado de estructuras realistas
decimonónicas.

        Tras Cinco horas con Mario, Delibes escribió La primavera de Praga (1968), que según
Domingo Ródenas “es el más político de sus libros, producto de un viaje a Checoslovaquia
realizado poco antes de que interviniera militarmente el ejército soviético para aplastar la
protesta popular.”

        Parábola del naúfrago (1969), por otra parte, se aleja de la corriente realista que
caracteriza su producción, introduciendo elementos fantásticos que parecen inspirados en
Franz Kafka, George Orwell y Aldous Huxley. La acción se desarrolla en una sociedad de
carácter empresarial, férreamente estricta, en la que los ciudadanos liderados por don Abdón
llegan a padecer alegóricas transformaciones: tal y como es el caso de Jacinto San José,
protagonista del texto, que irá adquiriendo la fisonomía de un borrego.

        Elegido académico de la Real Academia en 1973, con su siguiente obra retorna hacia
otro de sus queridos temas: la infancia (tratada en El camino y Las ratas). El príncipe
destronado (1973) vuelve a reflexionar sobre el entorno inmediato (de nuevo urbanita, como
en Mi idolatrado hijo Sisí) a través, en esta ocasión, no de la visión que una viuda tiene acerca
de su difunto esposo (como ocurría en Cinco horas con Mario), sino de la visión carente de
malicia de los ojos de un niño, Quirce; poniendo en entredicho las costumbres de una familia
acomodada (tema que Delibes ya tratara en Mi idolatrado hijo Sisí).

       Un año más tarde, 1974, fallecerá su esposa, a la que, como antes hemos indicado,
dedicará, si bien aparecerá editada en 1991, Señora de rojo sobre fondo gris.

        Su siguiente novela, El disputado voto del señor Cayo (1978), vuelve a tratar la tensión
entre lo rural y lo urbano, la oposición entre el individuo y la sociedad, si bien introduciendo un
tema de actualidad en una España en periodo de transición: las votaciones. Un Delibes fiel
tanto a sí mismo como a su presente.

        1981 es el año de publicación de Los santos inocentes.



                           LOS SANTOS INOCENTES: UN CLÁSICO INMEDIATO

        Los santos inocentes es un texto de larga gestación, pues Delibes inicia su escritura a
comienzos de los años 60, trabajando, fundamentalmente, en los tres primeros libros que
conforman el corpus actual (que consta de un total de seis), y de donde surgirá un cuento,
publicado en 1963, titulado La milana (versión primitiva del primero de los libros). Según
indicara el propio Delibes, la interrupción de la escritura de la obra se debió a un cambio de
domicilio, al Paseo de Zorrilla: “Fue trasladarme allí y disiparme, porque yo estaba hecho a
juegos de niños, a risas y voces… Me recuerdo luchando inútilmente con la novela y con un mal
humor creciente. Porque nada irrita tanto a un escritor como sentarse a escribir y no saber por
dónde empezar aun teniendo todo a su favor.” Fue mucho tiempo después (ya en la década de
los 80) cuando Delibes retomó el texto, al parecer con un compromiso adquirido con la
editorial Planeta, terminando la versión que hoy conocemos y logrando una de sus mejores
creaciones.

        Los santos inocentes se inscribe en la corriente de realismo social que Cela iniciara con
La familia de Pascual Duarte. Es un texto de un realismo sobrecogedor, radical, sin
concesiones, de obvia filiación tremendista. Sin embargo, la humillación como constante
argumental y el original estilo, ligado a la lírica, de Delibes, tiñen al texto de una belleza
desoladora. Delibes siempre defendió la ética cristiana (al respecto, obsérvese cómo la
resignación es rasgo común de los personajes humillados) que late en la novela, por encima
de las lecturas políticas, de marxista filiación, que la novela ocasionó. Al margen de las
intenciones del autor, la obvia carga crítica que se desprende de sus páginas pudiera haber
ocasionado problemas al autor en caso de haber publicado el texto antes de la década de los
ochenta, cuando, además, la novela va a ser llevada al cine por Mario Camus de magistral
manera. Pero, evidentemente, el contexto en el que se inscribe la acción no es el de nuestra
recién nacida democracia. Los santos inocentes transcurre durante los primeros años 60 en el
deprimido entorno rural de una España en vías de desarrollo, concretamente en un latifundio
donde el campesinado, inculto, es explotado hasta límites aberrantes por la clase dominante.



        Personajes

        La relación entre las dos clases sociales que protagonizan la narración (apenas
aparecen personajes de ámbito burgués) es la de amo y esclavo. Los derechos de los
trabajadores e incluso la dignidad de la persona no tienen cabida. Azarías, Paco el Bajo, Régula,
Quirce, Rogelio, Nieves y la Niña Chica son los desheredaros, los pobres, los oprimidos; el
señorito Iván o la señora Marquesa aparecen como los opresores (característica que se
exagera hasta la caricatura en el caso de Iván). De ahí que algunos estudiosos de la obra hayan
señalado el maniqueísmo como uno de los errores achacables al texto.

Algunos personajes (Paco el Bajo, Azarías) están mucho mejor perfilados que otros (Rogelio).
En el grupo de alta clase destaca el señorito Iván (uno de los protagonistas del texto),
alrededor del cual encontramos a su madre y su hermana, Miriam, a la que interesa destacar
por su tendencia al humanitarismo y la compasión, tal y como puede deducirse de la
conmovedora escena en la parte final del libro cuarto, al descubrir las condiciones de vida de
uno de los personajes más sórdidos de la novela: la Niña Chica.

        Así, Iván se encontraría al otro extremo de Miriam, caracterizándose por su impiedad y
falta de compasión, por su ética ausente, aplastada por su carácter egoísta. Sus caprichos son
lo único que importa, llegando a desestimar todo aquello que no satisfaga sus deseos,
cosificando incluso a sus empleados, a los que no ve como prójimos (uno de los motivos
ligados a esa ética cristiana que, como ya hemos indicado, contagia todo el texto). De este
comportamiento amoral procede el sentido sacrílego con el que, siguiendo la ética cristiana
que late en la novela, se le puede dar al personaje. No hay mayor templo que un ser humano,
mayor sacrilegio que vilipendiar a un hermano (recuérdese al respecto el undécimo
mandamiento).

         Esa dinámica dual, entre opresores y oprimidos, humillados y ofendidos, propicia una
curiosa diversidad en los nombres con los que Delibes bautiza a sus personajes. El mundo de
Paco el Bajo se plaga de patronímicos tradicionales (Paco, Azarías, Régula, Rogelio…) mientras
que los señores llevan nombres extranjeros (Iván, Miriam) o compuestos (como es el caso de
Carlos Alberto, el hijo mayor del señorito Iván, tal y como se indica en la novela). Hay además
que indicar que, entorno a ambos ámbitos, aparecen una serie de personajes sin tanto relieve
(Dacio, Lupe, Facundo, Ceferino, en el caso de los oprimidos) aunque, en el caso de los
opresores, resultan muy significativos, pues encarnan los poderes fácticos del Régimen: el
Obispo es representante de la Iglesia, el Ministro y el Subsecretario del Gobierno y el Conde de
la Aristocracia.

         En otro ámbito encontramos a Pedro y Purificación (obsérvese la filiación cristiana de
sus nombres y, por el ámbito sacrílego en el que viven, bajo el mandato del señorito Iván, el
sentido irónico y corrupto que estos adquieren). Así las cosas, Purificación mantiene relaciones
sexuales con Iván, bajo el disimulado consentimiento de Pedro (interesante personaje que es
dominador y dominado a un mismo tiempo). De hecho, la posición que ocupan en la
estructura jerárquica del latifundio les otorga un espacio vital (la Casa Grande) mayor que el
cuchitril en el que Paco malvive con su familia.

        Por otra parte, René, personaje de origen francés, va a señalar la diferencia cultural
existente entre España y Francia. René introduce un aspecto que parece remontar su origen al
noventayochismo: el atraso de nuestro país respecto a Europa. Las observaciones de René
provocan la iracundia del señorito Iván, quien, para demostrar lo que España ha avanzado,
llamará a Paco, Régula y Ceferino para que estampen su firma en un papel, ocasionando una
de las escenas más vergonzantes de la novela.

         Don Manuel, el doctor, es el único personaje (junto con don Joaquín) que aparece y
que no pertenece a los estratos sociales que articulan la dualidad de la novela. Afincado en
Cordovilla, favorece la introducción de un elemento espacial distinto del latifundio (y sus
boscosos alrededores) en el que se desarrolla la trama. Resulta esencial su resignación y su
comentario ante la fractura que Paco debe curar: “yo te digo lo que hay, Iván, luego tú haces lo
que te dé la gana, tú eres el amo de la burra,” Estamos ante una burguesía acomodada, muda
ante la injusticia y la opresión, lo que sin duda favorece el sistema de relación social en el que
se sustenta el texto.

         Interesa destacar al personaje de Nieves porque su deseo de comulgar linda con uno
de los temas fundamentales de la novela: la visión del acceso a la religión como un derecho
exclusivo de la clase social dominante. Los oprimidos, como los animales, no tienen derecho al
sentimiento religioso. Ese proceso de cosificación que sufren los empleados por parte del
señorito Iván parece equipararlos a esos animales, carentes de vida espiritual, que caza
indistintamente; lo que terminará, irónicamente, provocando su justa muerte.

       Finalmente, Azarías y La Niña Chica son los dos disminuidos de la novela, los
personajes más desamparados, los santos inocentes (tal y como el personaje de Régula dice en
una línea de diálogo) que dan título al libro. Su carácter, eternamente infantil, los liga a ese
concepto cristiano, presente en la Biblia, en los pasajes que conciernen al infanticidio
ordenado por Herodes. Ellos logran los momentos más tiernos del texto (Azarías es el único
que parece dar calidez y amor a Charito, al igual que lo hace con la milana), así como la
resolución del mismo, cuando Azarías, en un inesperado acto de justicia poética, asesina al
señorito Iván. El personaje de Iván, según el sentido religioso que Delibes imprime al texto
(presente ya en su mismo título), es quien comete sacrilegio constantemente, al ofender y
humillar a sus prójimos en diversos sentidos. Por ello, el castigo infligido por Azarías debe ser
entendido como un castigo divino, tal y como ocurría en Mi idolatrado hijo Sisí (si bien en tal
caso el crimen era sustituido por el suicidio).



        Ética cristiana y educación

         Lo anteriormente expuesto respecto de los personajes de Azarías y la Niña Chica nos
lleva a tratar de un aspecto importante para una interpretación de la novela ajustada a las
intenciones de su autor. Delibes decía que “el hecho de que yo me incline por el hombre
humilde y por el hombre víctima revela, imagino, mi espíritu democrático, pero no menos mi
espíritu cristiano”.

         Como antes indicábamos (al hablar del deseo de tomar la Primera Comunión por parte
de Nieves y de cómo los personajes de Azarías y la Niña Chica son contemplados por Régula
como dos santos inocentes), la religión está presente desde el título de la obra. En la versión
primitiva de la novela (el cuento titulado La milana), la Niña Chica no tenía presencia. Es una
creación posterior, que Delibes integra en el texto para dar más peso a ese ámbito de
desamparo al que pertenece Azarías, duplicando la inocencia y dando lugar a las escenas más
cálidas, tiernas y humanas de la desgarradora novela.

         Como decíamos antes, en el texto bíblico, los santos inocentes son los niños menores
de dos años a los que Herodes manda asesinar. Víctimas inocentes ajenas a las relaciones
sociales y conflictos del mundo en el que les ha tocado vivir. Por ello, uno de los mayores
sacrilegios de la novela es el que se comete contra su dignidad.

        A lo largo de la novela, de la religión se hace ostentación por parte de la oligarquía
dominante. No es vista como un sentimiento de bondad, que comparte toda una comunidad,
sino como un derecho al que puede accederse por condición social. De ahí que el deseo de
comulgar por parte de Nieves sea motivo de burla e incomodidad por parte de la casta
opresora. La religión es manipulada según los intereses de la clase, lo que sin duda continúa en
consonancia con esas constantes sacrílegas que se van repitiendo a lo largo de la novela y que,
finalmente, ocasionarán el asesinato de Iván por parte de Azarías. Las sinceras muestras de
cariño entre Azarías y la Niña Chica parecen retrotraernos a un primitivismo cristiano, no
condicionado por jerarquía, no perturbado por sociedad alguna, como un angelical abrazo
entre dos niños.

      Esta prohibición de acceder a una educación religiosa siguiendo patrones establecidos
obedece al celo profundo de no compartir similitud alguna con los desfavorecidos. Además, el
conocimiento de la religión forma parte del proceso educativo y, obviamente, ignorancia y
desconocimiento son armas infalibles para ejercer la más despótica de las opresiones. De
hecho, el tema del analfabetismo tiene cabida en la novela (recuérdense las escenas, de cierto
toque humorístico, en las que el campesinado acude a las pintorescas clases de gramática
impartidas por don Joaquín; personaje que, junto con don Manuel, procede de ese entorno
burgués que tan escasa presencia tiene en la novela).

         Le educación es una vía de escape del entorno oprimido. Ciertas esperanzas al
respecto (mucho más obvias en el tratamiento cinematográfico dado por Mario Camus)
parecen tener los padres respecto de los hijos (recuérdese la escena en la que, con amarga
resignación, Paco y Régula consienten que Nieves sea empleada en la Casa Grande. Puede
entenderse que en Quirce, Rogelio y Nieves radica un germen de inconformismo, de ambición
por salir del estrato social en el que viven. Ellos suponen el necesario relevo a una generación
sumisa, ahogada en miseria e ignorancia (símbolo de cambios políticos y económicos que
harán de España un país diferente). Nieves, como antes hemos indicado, muestra deseos de
recibir formación religiosa, mientras que en las escuetas y ambiguas respuestas que Quirce da
al señorito Iván hay un principio de rebeldía, de impulso vital no resignado.



        Estilo y estructura de Los santos inocentes

         Debe tenerse en cuenta antes de atender a los rasgos formales de este clásico que la
composición de Los santos inocentes comenzó en 1963, cuando Tiempo de silencio, de Luis
Martín Santos, acababa de renovar el panorama literario hispánico por aunar magistralmente
un sentido crítico hacia la decadente sociedad española y una lograda originalidad formal. Así
las cosas, el resultado final de esta novela de Delibes casi parece, por su novedoso estilismo,
un producto de los renovadores años 60 que de los 80 (década en la que, no obstante, vio la
luz). Sin embargo, lo que a simple vista se antoja novedoso tiene un poso de antigüedad, pues
la estética de Los santos inocentes recuerda al poema narrativo medieval (tanto por la
irregularidad de sus versos como por la concisión espartana de su estilo, por no hablar de usos
lingüísticos que recuerdan al epíteto épico y al estribillo). El texto de Delibes se aleja de los
florales juegos retóricos de los Siglos de Oro, apeteciendo la llaneza sincera de la narración
oral del medioevo. No en vano, parece escrito para ser leído ante auditorio, secuenciado en
seis libros (que tienen sentido pleno tanto por sí mismos como en conjunto) para facilitar la
tarea del hipotético juglar (seis días de trabajo). Esa tendencia a la oralidad se manifiesta
también en la proliferación de diálogos, que caracterizan a la perfección a cada uno de los
personajes, pues tienen su forma peculiar de expresarse, incluidas coletillas y usos vulgares
(que a veces llegan a extenderse al discurso no directo).

        Además, la realidad de la que habla Delibes, en 1981, no es la inmediata al lector, se
antoja (y el efecto parece mayor hoy en día) propia de un pasado remoto, lo que contribuye a
acrecentar el aura legendaria tan propia del poema épico castellano (recuérdese el amor que
el autor profesaba a su tierra, si bien esta novela, tal y como ha señalado Domingo Ródenas,
acaece en tierras extremeñas).
        El narrador se coloca al mismo nivel que los personajes de baja condición, de ahí que el
texto sea rico en expresiones coloquiales, en el empleo de un léxico apropiado, exacto, para
nombrar el entorno rural en el que se inscribe la acción. Son frecuentes además las muletillas
(a ver), el artículo antepuesto (el Azarías), incluso errores ortográficos como “labajos” por
“lavajos”.

         Podemos también indicar que parecen obvios los dos momentos de gestación del
texto, pues existe una cierta descompensación narrativa entre los cuatro primeros libros y los
dos últimos. El cuarteto inicial es rico en elementos descriptivos, relacionados con el entorno
de los personajes centrales (Azarías, Paco, el bajo, La milana, El secretario), dejando apenas
lugar para la anécdota, para el desarrollo de una acción concreta que estructure acción y
tensión; justo lo contrario a lo que ocurre en los dos últimos libros (El accidente, El crimen), en
los que Delibes imprime ágil carácter narrativo, centrándose en el proceso de humillación a
Paco, el bajo, que concluirá con la venganza poética ocasionada por el crimen cometido por
Azarías.

         Esta ambivalencia constante, ese discurso a medio camino entre la poesía y la
vulgaridad, entre lo lírico y lo crítico, esa llana belleza de descuidada apariencia quizás fuera
sintetizada de la mejor manera por las propias palabras de Delibes, quien al referirse al texto
decía que era una novela “mitad poética, mitad tremenda”.




               COMO COLOFÓN: OTROS TEXTOS DE
                     MIGUEL DELIBES
        Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983) es una novela rica en
componentes autobiográficos. Su protagonista, Eugenio Sanz Vecilla, parece émulo del autor,
periodista jubilado que inicia una relación epistolar con una mujer que lo enfrentará con sus
propias inseguridades. El tema de la vejez, al que suele ir unido el tema de la jubilación, ya
aparecía en La hoja roja y volverá a aparecer en la tercera parte de Diario de un cazador: Diario
de un jubilado (1995).

       La constante oposición entre entorno rural y urbano, esencial en su literatura (El
camino, Las ratas, El disputado voto del señor Cayo), vuelve a aparecer en El tesoro (1985).

        377A Madera de héroe (1987) vuelve a introducir elementos biográficos de Delibes, en
esta ocasión relacionados con su estancia en el buque Canarias durante la Guerra Civil.

        En 1996, tras la publicación de Diario de un jubilado, vio la luz un volumen de ensayos,
He dicho (recuérdese la filiación novelística de Delibes al periodismo) y, dos años después, su
única e inesperada novela histórica: El hereje, magistral despedida para un autor
imprescindible de nuestras letras que homenajea a Castilla una vez más, concretamente a
Valladolid (la acción se desarrolla en esta ciudad, aunque en el siglo XVI), en este texto que,
con la Inquisición española como marco de fondo, vuelve a tratar del frustrado conflicto del
individuo, Cipriano Salcedo, por alcanzar sus ilusiones, sueños, deseos.
        Sus dos últimas publicaciones, de nuevo al margen de sus ficciones narrativas, van a
ser España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela (2004), y La tierra prometida. ¿Qué
mundo heredarán nuestros hijos? (2005), texto ligado a las preocupaciones ecologistas del
autor, desarrollado como un extenso diálogo con su propio hijo.



                                                                    Alberto Jiménez Liste

				
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posted:6/12/2012
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