PROCONCIL Tiempo de crisis, tiempo de esperanza by nhXVF5Ji

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									Tiempo de crisis, tiempo de esperanza.
Simón Pedro Arnold o.s.b.

http://www.proconcil.org/document/VCELAM/ArnoldTiempocrisis.htm


Queridos amigos y amigas,

Me es grato poder participar en este seminario que la Conferencia de Religiosos
y Religiosas del Perú organiza en preparación a la quinta conferencia del
episcopado latinoamericano y del Caribe. Refiriéndome al documento preparatorio
del CELAM, me propongo centrar mi reflexión hoy en el punto IV que tiene como
título: “Al inicio del tercer milenio”. Este capítulo, en efecto, plantea los
grandes desafíos del momento presente al discipulado y a la evangelización de
nuestro continente. Intentaré, en estas páginas, hacer una lectura teológica de
nuestro tiempo, enfocando de manera específica el carácter de crisis como lugar
de revelación.

Crisis y Revelación: una lectura apocalíptica

Podríamos decir, sin riesgo de equivocarnos que el evangelio, y, por lo tanto,
la evangelización es, por definición y por vocación, una crisis de la Historia.
En efecto, la Revelación evangélica no se presenta como un mensaje o un
acontecimiento que caería del cielo, sino como una irrupción desde el seno mismo
de la tierra, de la Historia humana. Con la encarnación de Dios en Jesús de
Nazaret, la novedad surge de las entrañas de la tierra, como lo evocaba ya, en
términos tan bellos, el salmo 84: “La verdad germinará de la tierra”. Es por
este motivo que Jesús nos invita a leer los signos de los tiempos y que los
ángeles de la Ascensión, en los Hechos, reprochan a los discípulos de tener la
mirada fija en los cielos. El Concilio Vaticano II y, en su huella, las
sucesivas conferencias del episcopado latinoamericano en el pasado, fueron
precisamente un acto de retorno a la encarnación evangélica y un ejercicio de
lectura de la historia como revelación.

Esta lectura de los signos de los tiempos tiene que ver con la inauguración del
Reino en germen en medio de la humanidad y del cosmos. Esta inauguración, en sí,
está articulada con la crisis de la historia que provoca el “acontecimiento
Jesús”. En el Nuevo Testamento, existen dos modalidades de discernimiento del
Reino. La primera aparece en el discurso inaugural de Jesús en la sinagoga de
Nazaret, en Lucas 4. Los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan y la
Buena Noticia es anunciada a los pobres. El cambio de la situación de los
oprimidos de todo tipo es signo por excelencia de este comienzo de lo nuevo,
como nos dice también Pablo en la segunda los Corintios[1]. Pero el surgimiento
del Reino tiene también otra clave de lectura desde el Apocalipsis: aquí el
creyente discierne el inicio del mundo nuevo de Dios en la prueba y la
persecución.

A través de estas dos modalidades del anuncio, podemos decir que la Revelación
evangélica es una cierta lectura de la crisis: crisis del cambio radical de las
relaciones y estructuras sociales en el proceso de liberación de las victimas de
la historia, o, en palabras más modernas, crisis revolucionaria; crisis
apocalíptica donde la misma opresión, el martirio, la prueba es reconocida como
el dolor de parto de lo Nuevo.



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Si nos referimos a la teología latinoamericana en los treinta últimos años,
podemos decir que la clave de lectura privilegiada de la historia de nuestro
continente fue la revolucionaria, especialmente descifrada con la simbólica del
Éxodo. Desde varios años, sin embargo, intuimos, con una evidencia cada vez más
cruel, que los tiempos han cambiado y que la crisis de tipo revolucionario ya no
da cuenta de la realidad y no permite más discernir los signos de este tiempo.

En un primer momento se intentó comprender esta nueva etapa con categorías
exílicas: al pasar de la modernidad a la postmodernidad, estaríamos transitando
de una experiencia de liberación de Egipto a la manera del Éxodo, hacia una
experiencia de pérdida y fracaso a la manera del Exilio en Babilonia. Pero, a la
reflexión, y ante el desarrollo de las nuevas lógicas de la sociedad
globalizada, de la postmodernidad y del mercado neoliberal mundial, me parece
hoy que hemos entrado, más bien, en otra etapa de la Historia de nuestros
pueblos que se aproximaría mejor con la crisis apocalíptica.

La crisis profética como experiencia de conversión

Se sabe que la matriz del profetismo es siempre una crisis moral, religiosa y
socio política del pueblo de Israel. El profeta surge, desde Moisés o Elías
hasta Juan Bautista y Jesús, cada vez que el derecho de Dios es despreciado en
el pobre, el pequeño y el débil. Es en este contexto que el Dios de los profetas
es el Dios Goél que protesta ante el culto de los Baales, el desprecio del poder
político y religioso ante las reglas morales y sociales de la Ley. En esta
situación, Dios toma partido por las víctimas. Profetismo y crisis van, por lo
tanto, siempre de la mano.

Pero, a su vez, el profetismo que nace en la crisis, se presenta como lo que
podríamos llamar “la crisis de la crisis”. En el lenguaje bíblico, esta crisis
profética se llama conversión, literalmente: cambio radical. El profeta se
presenta, en su persona, como un convertido en contexto de crisis, un “cambiado
radicalmente” y, además, como un agente poderoso de conversión, de cambio
radical.

En contraste con esta “identidad crítica” del verdadero profeta, el falso
profeta es aquel que defiende el estatus quo, el promotor o el encubridor del
continuismo de la injusticia y de la inmoralidad. Jeremías explica esta lectura
muy claramente cuando pone como criterio del verdadero enviado que se cumpla su
palabra[2]. En efecto, el verdadero profeta es aquel que, al ser él mismo
víctima de lo que denuncia, asegura la pertinencia de su crítica y de sus
amenazas desde Dios.

Paradójicamente, la esperanza profética, muy particularmente las promesas
mesiánicas, tiene que ver con el cambio radical, la renovación y la restauración
del orden de la justicia de Dios, restauración esperada del Mesías.

La Apocalíptica, como se sabe, es una evolución a la vez dramática y popular del
mesianismo crítico de los profetas. Esta corriente, tardía en el pueblo de
Israel, y que influenció poderosamente el medio donde vivió Jesús, se refiere a
una situación totalmente desesperada, donde sólo una intervención directa, y ya
no mediatizada por un Mesías, podría salvar al pueblo. Aquí la crisis parece no
tener remedio y el pueblo creyente, victimado, espera una revancha desde arriba,
una victoria de las fuerzas del cielo, una nueva creación. Con una simbólica más
catastrofista y más popular que los profetas, los libros apocalípticos invitan a
la paciencia y a la resistencia, viendo en la persecución de los justos y del


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pueblo creyente el signo anunciador por excelencia de esta esperada intervención
divina, con carácter a la vez cósmico y político.

La pregunta que queda en discusión, en este momento de la Historia, ante la
urgencia de leer los signos de los tiempos, es su clave de interpretación. ¿Nos
toca esperar una era mesiánica a la manera de los profetas, en particular los
profetas del Exilio, o es la hora de un cambio radical desde arriba, de una
nueva creación? La temática profético-mesiánica es más familiar al lenguaje
teológico de nuestro continente. Pero me parece que no faltan motivos para una
interpretación apocalíptica de estos mismos signos[3]. Pues, ya no se trata de
pecados personales de los reyes o del templo, como en los discursos proféticos.
La crisis que nos toca vivir tiene rasgos cósmicos inquietantes (la crisis
ecológica) y las fuerzas políticas y económicas en confrontación ya no son
simplemente particulares o limitadamente ideológicas (izquierda derecha,
comunistas capitalistas) sino que cobran cada vez más, a mi parecer, aspectos
globales y universales donde el mal y el bien se confrontan ontológicamente. Soy
conciente de los riesgos de una afirmación de este corte y que, en América
Latina y, más generalmente en el Occidente, no estamos acostumbrados a manejar
la simbólica apocalíptica. Pero, a la reflexión, se trata quizás para la Iglesia
y los teólogos que quieren servirla, de ensayar nuevas palabras, explorar la
temática del cambio radical, de la crisis evangélica desde nuevas perspectivas
más en consonancia con esta enigmática cultura nueva en proceso de germinación
entre nosotros.

Vocación profética de la Iglesia y de la Vida Consagrada

En este momento, como siempre, se confrontan varias eclesiologías ante los
nuevos escenarios que surgen en la coyuntura de la Iglesia en América Latina. En
este contexto algo polémico de nuevas configuraciones eclesiales, me parece
importante reafirmar que el alma de la Iglesia es el profetismo. La vocación de
la Iglesia es esencialmente carismática y este ser carismático se expresa de
manera privilegiada en el llamado profético hecho a la comunidad y a los
discípulos y discípulas de Jesús que la conforman. Retomando, por lo tanto, las
intuiciones expresadas más arriba a propósito del profetismo en Israel, creo
firmemente que la vocación histórica de la Iglesia es el ser “Crisis del Mundo”
desde la inauguración del Reino que en Ella se ensaya.

A lo largo de la Historia, sin embargo, no son pocos los momentos y las
circunstancias en los que la Iglesia hizo y hace figura de “falso profeta”,
lobos revestidos de ovejas como dice Jesús en san Mateo 7, cada vez que defiende
o encubre el estatus quo, el continuismo de la injusticia y de los poderes
abusivos. No importa que seamos cómplices de estos pecados por temor o por
oportunismo estratégico. Me atrevería a decir que este falso profetismo eclesial
cohabitó casi siempre con el profetismo verdadero. Según las diversas
coyunturas, una voz parece dominar alternativamente la otra. Pero siempre, ora
menos, ora más, estas dos corrientes están pugnando en el seno de la propia
familia cristiana porque esta es, a la vez, irrupción de la Buena Noticia y
reflejo de la espesura y pesantez humanas.

Es precisamente en el meollo de esta pugna intra-eclesial permanente que surge
la Vida Consagrada. Ella, desde su fondo radicalmente carismático, asume, o
tendría que asumir, la responsabilidad de poner a la Iglesia en crisis de
Evangelio desde la interpelación del sufrimiento del mundo y de la irrupción del
Reino como exigencia de cambio radical.



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Sin embargo, una vez más, como si fuera la fatalidad cíclica de toda obra
humana, históricamente la Vida Consagrada pecó y peca también, muchas veces, de
“falso profetismo”, haciéndose simple agente confortador de una Iglesia
demasiado identificada con la mentalidad y los intereses del mundo. Es
interesante tener una visión panorámica de la historia de la Vida Consagrada.
Siempre empieza como una protesta, un cuestionamiento profético marginal en el
seno de la Iglesia. Pero, más o menos rápidamente, empieza a clericalizarse y a
integrarse al aparato eclesiástico como su más ardiente defensora, que se trate
de la Vida Consagrada masculina o femenina. Este ciclo histórico, felizmente, se
ve a su vez cuestionado desde fuera, en general desde la esfera laical, con una
exigencia de retorno a las fuentes evangélicas de nuestro discipulado. Así fue
con los primeros monjes, los mendicantes, la Devotio Moderna etc. Así es hoy,
ante una Vida Consagrada a menudo acomodada e identificada con lo eclesiástico.
Me suena que hoy “la crisis de la crisis” para la Vida Consagrada y la Iglesia,
es decir la voz verdaderamente profética, brota una vez más del laicado y no de
los medios clericalizados.

¿Quién salvará la esperanza?

Detrás de este debate de repente demasiado sutil, se esconde una cuestión mucho
más grave y urgente: el futuro de la esperanza para los hombres y mujeres de hoy
en el mundo y en nuestro continente. Al plantear esta pregunta, volvemos al reto
que la Vida Consagrada latinoamericana se está planteando con agudeza desde
algunos años: volver a una mística con profetismo, volver a encarnar el
profetismo en su terruño místico. En efecto, la esperanza no puede ser un
discurso de promesas abstractas sino una experiencia de germinación encarnada.
La mística es la fundación de toda verdadera esperanza y el combustible del
profetismo que la pone en marcha en el hoy de la historia.

Lo que nos cuesta, en la Iglesia y la Vida Consagrada de hoy, es hacer una
verdadera lectura mística de los signos de los tiempos. Nos cuesta porque,
quizás, de alguna manera, estamos entre los beneficiarios, los privilegiados del
sistema y nos conviene, aunque no queramos admitirlo, el estatus quo. Cuando el
sistema está amenazado por sus propias contradicciones, implícitamente estamos
nosotros mismos amenazados como institución. ¡Qué exigente es, para nuestra
vida, mirar la realidad, no tanto con nuestros propios ojos, sino con los ojos
evangélicos de Dios y desde el Dios del evangelio!

Toda coyuntura, en efecto, hasta las más oscuras, son propicias para releer el
llamado del Señor. La postmodernidad es un tiempo diferente, en este sentido. Ya
no se trata de un cuestionamiento agresivo a las incoherencias y ambigüedades
del sistema religioso en general, como en los siglos XIX y XX. La postmodernidad
es un distanciamiento tranquilo y silencioso respecto al cristianismo clásico y
una exploración plural y algo informal de diferentes registros religiosos
antiguos y nuevos mezclados. La Nueva Era, a mi parecer, expresa bastante
adecuadamente esta búsqueda a la vez mística y cósmica, libre, plural y
movediza, tan alejada de nuestras propuestas, tanto doctrinales como
institucionales y comunitarias. Leer los signos de los tiempos no consiste en
interpretar el nuevo auge religioso postmoderno como una oportunidad de
recuperación de los terrenos perdidos en el tiempo de la modernidad, sino como
una interpelación a lo nuevo y a la refundación. El reto se encuentra en las
capacidades místicas y proféticas de la Iglesia más allá de la supervivencia de
estructuras probablemente ya obsoletas.

¿Cuales son, hoy en la Iglesia y en la Vida Consagrada, estas nuevas instancias


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místicas y proféticas susceptibles de responder adecuadamente a las aspiraciones
espirituales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? A esta pregunta existen
actualmente dos tipos de respuestas bastante divergentes. Ante el caos
postmoderno, donde los valores y las normas parecen haber perdido todo contorno
preciso, los sectores más conservadores del catolicismo apuestan por lo que se
suele llamar los nuevos (y a veces no tan nuevos) movimientos. Se trata de
grupos mixtos, con base laica fuerte pero con ramas clericales y religiosas
propias, fuertemente estructurados, con una ideología y una disciplina
aparentemente férrea, de lealtad proclamada a la institución eclesial y a su
jerarquía. Su estrategia es de conquista o, más bien, de reconquista,
considerando a menudo que el pasado fue un desierto en cuanto a evangelización y
que ha llegado la hora de la “tabula rasa” para emprender una nueva cruzada
dentro del continente. Estos movimientos, que gozan actualmente de la confianza
y de las simpatías de la autoridad eclesiástica, se valen de un enorme poder
económico originado en las clases dominantes que los componen en su mayoría.

Lejos del surgimiento de corte carismático de los años inmediatamente
postconciliares, actualmente en fuerte crisis a nivel mundial, se refieren a
modelos burgueses en el discurso, la forma y la simbólica en general. Estos
movimientos de clase alta han logrado un crecimiento bastante vertiginoso en
este continente, católico y a la vez conservador, desde México hasta Perú. El
paradigma de estos nuevos movimientos latinoamericanos es, sin duda, el español
Opus Dei que, en este concierto, hace figura de abuela experimentada y sabia
ante la acostumbrada fogosidad y agresividad juvenil de sus hermanos más
recientes y, quizás mas conservadores y rígidos aún.

Sin lugar a duda, esta corriente tiene en América Latina, y especialmente en el
Perú, el viento en popa. ¿Será de este lado que nos llegarán los nuevos aires
místicos y proféticos que nos hacen cruelmente falta? Algunos lo piensan y hasta
algunos sectores de la Vida Religiosa consideran que hay que comenzar el rescate
del barco que se hunde a partir de estos presupuestos, a la vez posmodernos en
la forma y trasnochados en el contenido.

Dudo fuertemente, personalmente, que esta sea la Buena Noticia que esperamos, a
pesar del inmenso y sorprendente éxito de esta corriente, en este momento.
Pronostico, más bien, que esta propuesta, mas encarnada en los valores de la
sociedad privilegiada que en la profundidad de nuestras tradiciones y culturas,
no tardará en chocar con sus propias contradicciones y límites y con la secular
resistencia pasiva del mundo popular latino americano bajo todas sus formas. No
doy mucho tiempo hasta que esta corriente se quiebre en el muelle fuerte de lo
andino, de lo negro y de lo popular. Más grave: espero que esta estrategia deje
transparentar lo más pronto posible sus evidentes incompatibilidades con el
evangelio.

Frente al embate de esta nueva cruzada, orquestada desde arriba, quedan como
siempre, los pobres. Por cierto, lo que fue el movimiento de opción por los
pobres en la huella de la teología de la liberación, está hoy en una gravísima
derrota.¿Qué queda de la utopía de la inserción de la Vida Religiosa, de la
inculturación de la fe y de la espiritualidad? ¿Qué nos queda de la gran
esperanza de las comunidades de base? Un pequeño resto de profetas convencidos y
significativos, tanto en el mundo popular como entre agentes pastorales y
misioneros. Pero un pequeño resto marginado y envejecido, a veces francamente
perseguido por los nuevos dueños de la cancha. Conforman una generación reducida
de verdaderos santos pero poco convincente para una generación joven insegura y
fácilmente seducida por el espejismo de los nuevos movimientos.


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Indudablemente, la opción por los pobres entra, a nivel eclesial, en una fase de
semi-clandestinidad, o, por lo menos, de profundo anonimato. Paradójicamente,
esta circunstancia es una gracia. Gracia de autocrítica de los que hemos creído,
quizás de manera un poco superficial, en esta nueva alba conciliar y
latinoamericana de la Iglesia. Es la hora de evaluar, de revisar y, sobre todo,
de convertirse. Esta conversión se producirá, a mi manera de entender, en la
medida que nos volvemos a situar al lado de los pobres de siempre y renunciamos,
gozosos, a los pedazos de poder que habíamos conquistado en el seno de la
institución eclesial. La opción nuestra es de cercanía estrecha a los que no
tienen voz ni poder alguno. El testimonio místico y profético sólo puede surgir
de esta impotencia solidaria, de esta resistencia con las víctimas de abajo, de
la coherencia estricta de los estilos de vida con los discursos.

En estas condiciones, la nueva o renovada opción por los pobres, según la
formulación acuñada en la CLAR hace algunos años, es la única alternativa
evangélicamente creíble de profetismo y de mística. Pero esto supone una
purificación radical, un silenciamiento y un rejuvenecimiento del discipulado,
una radicalidad orante, la búsqueda de estilos de vida profundamente nuevos y la
renuncia total, sin ninguna nostalgia, al poder que todavía es nuestro en este
continente con restos sólidos de Cristiandad. Este nuevo surgimiento místico y
profético de la Iglesia y de la Vida Consagrada es el único en el que,
personalmente, creo. Pero tendrá la lentitud y la profundidad de lo que, sin
apariencia humana, germina en el terruño verdadero de la historia de los
pueblos. Esta renovada opción por los pobres es, a mi modo de ver, la única
salvación de la esperanza si logramos liberarnos de las ideologías que nos
encierran y tomar distancia de los escenarios anti-evangélicos donde se da la
batalla de las fuerzas intra eclesiales de hoy en América. Quizás no veamos el
advenimiento de lo que, apresuradamente, imaginamos hace unos años como un
inminencia del Reino. Pero, desde la cercanía modesta con los preferidos de
Dios, los Anawims de esta tierra, lo vislumbraremos con certeza aunque sea de
lejos.

La esperanza: ¿utopía o nostalgia?

Quisiera concluir estas reflexiones, sistematizando algunas de las intuiciones
propuestas a lo largo de esta páginas. Con toda evidencia, el desafío de hoy,
como de siempre, es anunciar y designar el Reino. Pero ¿de qué Reino hablamos? A
lo largo de la historia de la Iglesia siempre se han confrontado dos propuestas.
La primera, la más profética, presenta siempre el Reino como horizonte de la
historia, proyecto de Dios y de la humanidad, en germen en el corazón de esta
misma historia. La otra versión, en constante pugna con esta primera, es de
corte más institucional y, de cierta manera, más política. El Reino sería un
modelo de sociedad perfecta, inaugurado ya, y casi acabado, para algunos, en la
estructura eclesial. Ya no es un horizonte sino un modelo que hay que construir,
preservar, recuperar etc. La tensión entre estas dos imágenes de Reino es la que
existe entre una utopía, por definición nunca realizada y siempre por realizar,
y un modelo nostálgico. Indudablemente, es esta segunda visión que domina el
panorama eclesial hoy. Pero intuyo que, precisamente, la actual crisis de la
Iglesia y la nuestra como Vida Consagrada es, más bien, una invitación a volver
a mirar el horizonte del Reino con todos los riesgos que esta mirada implica en
un mundo en turbulencias de valores y discursos. No creo que la salvación sea en
una caminata de espalda a la historia y al horizonte evangélico, como lo hacemos
hoy con una admirable convicción eclesiástica.



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Dios siempre está delante. Desde el Éxodo, es el Señor que encabeza la marcha de
su pueblo. Cuando se pone atrás es provisionalmente para proteger a Israel.
Nunca para retroceder. Esta es, más bien, la tentación permanente y la nostalgia
de Egipto, contraria a la voluntad de Dios. La crisis no es motivo para tener
miedo y retroceder sino para convertirse y lanzarse en los caminos de la fe,
caminos de futuro,.caminos de Dios. Desde Isaías hasta el Apocalipsis, nuestro
Dios es aquel que, permanentemente, hace todo nuevo. Nunca restaura lo viejo.

Esto mismo, como siempre en la historia de la Salvación, es el dilema y el reto
que nos lanza la postmodernidad. Pero, si Dios está delante de su pueblo,
también lo que nos adelanta es la prueba pascual. El mar Rojo nos espera, la
Cruz nos invita. Como dice la Carta a los Hebreos: “Todavía no hemos sufrido
hasta la Sangre”. Talvez sea una de estas horas históricas donde nuestro
compromiso radical por Jesús y su evangelio nos exija el martirio.

Simón Pedro Arnold o.s.b.

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[1] 2 Cor . 5, 17
[2] Jer. 26 etc.
[3] No sugiero volver a lecturas fundamentalistas de tipo sectario sino a
implicarnos en la búsqueda de lo radicalmente nuevo, nunca experimentado antes,
de esta nueva creación heroica que me parece exigir los tiempos actuales.




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