Trabajo del Curso de Acompa�ante Terap�utico

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					                    Congreso 2003- Acompañamiento Terapéutico



                           “Tiempo de acompañar”
                   (Eli y las Referencias Identificatorias)
                         Por la Lic. Marina Tesone.


         “Dale amor a un chico y verás a un guerrero de sólida armadura durante el resto de su vida”.
                                                                                           Fito Páez.

                                                “Nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas”.
                                                                                   Anatole France.



        Resulta difícil definir teóricamente cuál es el lugar exacto del Acompañante
Terapéutico. Sólo podemos conocer lo eficaces que pueden resultar sus intervenciones
con un paciente, cuándo observamos las consecuencias de su acto terapéutico. El
“acompañamiento” implica que nos pongamos a hacer. Palabra poco escuchada en la
facultad de Psicología. Podría decirse que allí donde el psicólogo escucha, el
Acompañante Terapéutico hace. Todo su trabajo se debate entre cuál es el momento de
proponer y cuál es el momento de esperar.
        En el acompañamiento con niños y adolescentes institucionalizados aprendí que
uno debe enfrentarse con un problema inicial: que es encontrarse con cuatro tiempos.
El tiempo del paciente, el tiempo de la institución, el tiempo del juego y nuestro
tiempo propio. Esto, según mi opinión, es el obstáculo y el motor del trabajo de un
Acompañante Terapéutico. Lo ideal será encontrar estrategias que permitan que
podamos construir con el paciente un tiempo compartido y al mismo tiempo placentero
para el paciente y el acompañante.
        Esto quiere decir que, si bien el terapeuta del paciente nos suele dar ciertos
objetivos a cumplir con él, como por ejemplo, lograr que nos hable, que intente salir de
la cama, que se intente que surja algo en el paciente acerca de aquello que desea hacer,
etc. nada de esto se logrará si antes no nos predisponemos a conocer los tiempos del
paciente, conocerlo para ofrecerle aquello que puede hacer y no algo que no sea acorde
a él.
        El juego que podamos jugar con el paciente, pocas veces tiene que ver con
aquellos juegos que son esperables para su edad, sino que tiene que ver entre varias
cosas con : la maduración, con su edad mental, con su historia, con sus
circunstancias, con sus experiencias de vida, además de su edad cronológica y su
diagnóstico psiquiátrico.
        Siguiendo a Winnicott debemos saber que lo característico del juego es el placer
y que la capacidad de jugar es un logro en el desarrollo emocional de cada niño. Esto
explica que poder hacer “un como si” es para el niño todo un logro en su desarrollo.
        Un logro a nivel mental y motor, pero por sobre todo, porque este niño ha
podido realizar algo placentero para él. Este placer vinculado al juego, no se logra sin la
presencia de otro que nos reconoce y en quien se tiene cierta confianza como para
regalarle mi juego. Para quien sino para otro y porque existe otro es que se realiza un
“como si”.

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        El acompañante será quien colabore en el desarrollo de la capacidad de jugar, en
la posibilidad de SER, proyecto de una imagen de sí y por esto es ante todo, un agente
de socialización. Esta tarea adquiere mayor importancia cuando hablamos de niños
internados. Muchas veces estos pacientes llegan al hospital con una pérdida de la
capacidad de jugar o el juego se ha vuelto displacentero o este es una pura estereotipia.
        Un niño es internado cuando este y/o su familia se encuentra en un estado de
“urgencia”, donde ha ocurrido un hecho que comporta la posibilidad de daño contra sí
mismo o contra terceros, quedando así los otros como peligrosos para la salud psíquica
del niño o del adolescente. Dentro de esta escena, el rol del acompañante terapéutico,
será el de aquel que personifique la nueva oportunidad para que este niño vuelva a
confiar en otro que no lo ataque o descuide. Alguien que le posibilite la ilusión de que
es posible mantener una relación armoniosa y segura con un otro. Si logra esto entonces
reproducirá afuera con otros este tipo de relaciones.
        Maud Mannoni, en “Un lugar para vivir” dice: “¿Qué pasará cuando los niños
salgan de la internación?. Lo importante es que estos niños habrán tenido la
oportunidad de realizar un determinado proceso en el camino de su deseo. Antes
estaban como muertos para impedirse a sí mismos desear algo...”1.
        Entonces me pregunto : ¿Seremos nosotros un puente importante en este camino
del deseo? Por lo pronto debemos tener claro que una de las principales funciones de un
Acompañante Terapéutico es la de socializar o integrar al paciente a un nuevo mundo
construido en la relación misma con el acompañante. Demostrarle que es posible
recuperar la confianza en otro y fomentar en él la capacidad deseante.


           Eli y las referencias identificatorias


        Uno de los casos con que me encontré en el Hospital Carolina Tobar García, fue
el de Eli. Esta paciente adolescente de dieciséis años, se encontraba internada desde
hacía dos años en el piso de mujeres luego de haber sido hallada por la policía encerrada
en una humilde casa de la provincia de Buenos Aires. La paciente padecía una psicosis
esquizofrénica y una deficiencia mental leve.
        Cuando me encontré con la terapeuta de la paciente, me explicó, que había
considerado la posibilidad de un Acompañante Terapéutico para su paciente, por que la
misma se encontraba como en una meseta en el tratamiento psicológico. La psicóloga
no lograba que Eli se socializara con las demás pacientes, mucho menos de que
participara de alguna actividad grupal y ahora había comenzado a ir a la Escuela
Especial con ciertas dificultades. Cuando conocí a Eli, estaba acostada en la cama muy
desaliñada. Me presenté y tuvimos un pequeño diálogo en el que ella sólo contestaba
mis preguntas con monosílabos. Con el tiempo, logré que Eli bajara conmigo hasta la
casita de juegos del Hospital. Estas salidas las realizábamos dos veces por semana y al
principio el único juego al que Eli me pedía jugar era a la casita robada. Esta situación
se tornaba casi como un cliché que se repetía una y otra vez. Me fui dando cuenta,
después de varios encuentros que era el momento en el que yo debía proponer.
Comencé por llegar a la casita y ponerme una peluca y unas telas que estaban por ahí.
Esto sorprendió mucho a la paciente que esbozó allí su primera sonrisa. Su alegría me
señaló que ese podría ser el camino. Así que empecé a proponerle otros juegos más
cercanos al como sí, cambiamos reglas de juegos reglados y dibujábamos títeres de
papel a los que Eli les ponía nombres y a los que hacíamos dramatizar una escena en la
que eran esos títeres los que jugaban a las cartas. Con el paso de los días la paciente me

1
    Mannoni Maud: “Un lugar para vivir”. Capítulo: Cuestiones políticas. Editorial: Grijalbo. 1982.   2
sorprendió con sus cambios. Por un lado, cada vez que la iba a buscar ella ya estaba
esperándome y por otro ella comenzó a arreglarse más estéticamente y hasta copiaba
mis peinados. En nuestros últimos encuentros, era ella la que llegaba y se ponía la
peluca y sonreía, también empezó a expresar más sobre aquello que quería hacer. Así
fue que el día que me comunicó que se iba a ir a vivir a un hogar, ese mismo día decidió
no jugar y sólo quiso caminar por el parque. Ese fue nuestro último encuentro.
Casualmente ahí, las dos decidimos hacer cosas diferentes: yo sentarme bajo una árbol
y ella caminar. Parecía que volvía a emerger lo que nos diferenciaba como al principio,
con la diferencia que ahora las dos parecíamos más fortalecidas.
        Es significativo cómo el significante casa se deslizó en todo este proceso
transferencial. Al principio sólo había una casita robada que puede pensarse como la
insistencia de ese vacío en el que la psicosis la había dejado. Esa pérdida se había
convertido en una casita de juegos dónde Eli y yo construimos una relación basada en
al afecto y el juego. Ahora ella tenía la oportunidad de salir del Hospital Psiquiátrico y
vivir en una nueva casa.
        Otro punto a desarrollar en este caso tiene que ver con cómo Eli iba imitando mi
forma de peinarme, mis movimientos, mis juegos, pero haciendo casi una elección de
ello. Este juego de espejos le permitía a Eli apropiarse de ciertas referencias
identificatorias que le permitieron, no sólo relacionarse conmigo de otra manera, sino
que, además, durante ese tiempo comenzó a participar de las actividades grupales de
educación física y de algunas reuniones de convivencia. Este punto de las referencias
identificatorias se vuelve sumamente importante, ya que los Acompañantes
Terapéuticos de una institución psiquiátrica somos esperados por nuestros pacientes,
convirtiéndonos quizás, en el único canal de comunicación con el exterior. De esta
espera nace la esperanza de poder confiar en otro y por esto no podemos fallarles. No
podemos faltar a nuestro encuentro sin avisarles, por que esto podría quizás, tirar abajo
parte del trabajo alcanzado. Según E. Ortigués las referencias identificatorias son
aquellos rasgos distintivos que necesitamos para singularizarnos en una comunidad. Es
aquello que nos referencia y permite que podamos ser reconocidos por otros.
        En el niño la conciencia de sí se da al mismo tiempo que la capacidad de
comunicarse con otro. De esta manera el Acompañante Terapéutico le permite al
paciente reencontrarse con la necesidad de querer ser reconocido por los demás y, por lo
tanto, volver a tener una nueva conciencia de sí. Cuando hablamos de referencias
identificatorias, estamos señalando que en el acto de comunicarnos con otros hemos
logrado que estos sean mi punto de referencia para luego referenciarme.
        Una de las conclusiones que saco de mi experiencia como Acompañante
Terapéutico es que no habrá ficción posible si no creemos en nuestra propuesta lúdica.
Nuestra creencia provocará en nuestros pacientes la ilusión de que un como si es
posible. Tanto los pacientes con neurosis como con psicosis, lograron jugar cuando su
Acompañante Terapéutico ha jugado, ha demostrado con su acto que es posible
diferenciar la fantasía de la realidad y que el final del juego es lo que permite que otro
comience. También se instala la posibilidad de que un carretel vaya y vuelva, como
decía Freud en el fort da. Esto puede pensarse con relación en ese ir y venir que hace el
Acompañante Terapéutico al volver puntualmente a cada encuentro sosteniendo una
ilusión. “Para poder jugar se requiere compartir una convención, un hecho social, que
permita alojar en un lugar la misma creencia. Y la creencia supone el soporte del otro,
el otro es el que cree. Pero la convención es la que permite, por su presencia, la
existencia del otro como soporte de una creencia”2.


2
 Diego García Reynoso: “Juego creación e ilusión”. Capítulo I. Publicado en revista Argentina de
Psicología. Año XI. Número 28. 1980.                                                               3
        Así un objeto, como por ejemplo el papel convertido en títere, es el soporte real
y momentáneo de la fantasía de que son personas que juegan a las cartas. Como los
elementos reales del teatro son el soporte de la otra escena, sobre ellos se despliega un
mundo imaginario que cuando se baja el telón, vuelven a ser reales. Pero la ilusión se
mantiene por que somos dos los que creemos y esperamos el momento de volver a
levantar el telón.
        Según Roger Caillois “La palabra juego (jeu) designa, además, el estilo, la
manera de un intérprete músico o comediante, es decir, las características originales
que distinguen de los demás su manera de tocar un instrumento o de interpretar un
papel”.3 Sabemos que todo juego es un sistema de reglas que permiten definir que es
juego y que no lo es. Y esto está relacionado directamente con el estilo del
acompañante. De él depende cuánto se puede inventar dentro de los límites entre el
juego y la realidad. Es él quien marca las reglas, quien pone la ley, para después
correrse y entregarla. Lo cual no hace más que fortalecer la idea de que el principal rol
de un acompañante es la socialización. El Acompañante Terapéutico, prepara al niño
para reencontrarse con un mundo lleno de reglas de convivencia, que marcan lo
permitido y lo prohibido, más allá de su internación. El Acompañante Terapéutico tiene
la posibilidad de enseñarle a su paciente que si queremos cambiar en la vida algo que no
nos gusta o que no estamos de acuerdo, será por la vía de la creación y el consenso. De
esta manera, el juego, introduce en la vida la capacidad de salvar obstáculos o de hacer
frente a las dificultades. En el juego, además, a veces se pierde y otras se gana. Como
dije anteriormente, Eli siempre jugaba a la casita robada, siendo su punto de partida un
robo, una pérdida que luego del trabajo juntas se convirtió en una casita ganada.
        De la misma forma Karina otra paciente a la que me tocó acompañar, siempre
necesitaba “robarse” algún elemento de los que utilizábamos para jugar. Le costó un
tiempo devolver esos objetos, y eso sucedió cuando se dio cuenta que al “robarlos”
impedía que nosotras pudiésemos seguir jugando. Así que sin retos y sin castigos, ella
pudo entender que se estaba privando a sí misma de ese espacio propio que es el
encuentro a solas con su acompañante. Como dice Caillois: “El juego descansa, sin
duda, en el placer de vencer el obstáculo; pero un obstáculo arbitrario, casi ficticio,
hecho a la medida del jugador y aceptado por él. En cambio la realidad no tiene esas
delicadezas”.4
        De esta manera quisiera concluir que el Acompañante Terapéutico, permite no
sólo la preparación del paciente para un nuevo encuentro con los otros, sino que lo
prepara para un reencuentro consigo mismo. El mejor Acompañante será aquel que
logre ESTAR ALLI, PARA LUEGO SALIRSE, PARA DESPUÉS CONTEMPLAR
DESDE LEJOS LO QUE PUEDE Y PUDO ESE “ENTRE DOS” QUE AYUDÓ A
CONSTRUIR.


                                                                           Lic. Marina Tesone.



3
    Roger Caillois: “Los juegos y los hombres”. Editorial Fondo de Cultura Económico.
4
    Roger Caillois: “Los juegos y los hombres”. Editorial Fondo de Cultura Económico.




                                                                                             4
       Breve reseña curricular de la autora del trabajo

        La Lic. Marina Tesone es Psicóloga (UBA), especializada en niños, adolescentes
y terapias grupales. Psicodramatista, Actriz y Acompañante Terapéutico. Se desempeñó
como AT en el Hospital Carolina Tobar García que es el único Hospital psiquiátrico
público infanto juvenil de la Argentina. Docente universitaria UBA y UNLZ.
Actualmente realiza tratamientos grupales e individuales y acompañamientos
terapéuticos de niños y adolescentes en forma privada. Es Coordinadora de Gestión de
la Universidad Nacional de General San Martín y Coordinadora del área Psicológica de
APYAD y HOGAR SAN CAYETANO (Asociación Padres y Amigos del
Discapacitado) Merlo, Provincia de Buenos Aires.
        Domicilio: La Rioja 2155 4to “C”. (1244). Buenos Aires. Argentina.
        Telefax: 4308- 2492.
        E–mail: marinalauratesone@hotmail.com
        Modalidad de presentación: exposición oral.
Este trabajo es producto de una experiencia en el Hospital Municipal Infanto Juvenil
“Carolina Tobar García”. Dirección del Hospital: Ramón Carrillo 315. Barrio de
Barracas. Capital Federal.(Hospital Público).




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