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Sexto A

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					          Un día importante en mi vida
                                                               Por: Martín Infante

     Soñaba que estaba en un hospital con unos doctores que corrían con una
camilla. Una señora con el ojo sangrando, la enfermera alocada por el insistente
sonido de los teléfonos. Una familia llorando por la pérdida de un ser querido.
Mi abuelito, después de mucho tiempo, soñaba una trágica pesadilla.

        Rubén Altamirano es un hombre que bordea los 94 años de edad. Es de
baja estatura y de cabello canoso. A simple vista es un hombre feliz y de buen
corazón. Su mirada refleja paz y tranquilidad.

         Él nos acompañaba de paseo a Chosica. Yo pensé, por un momento, que
era el fin del mundo, el famoso “2012”. Era un mar de carros y todos tocaban la
bocina repentinamente. El sol, que nos cocinaba como un pastel en un horno, me
desesperaba. Nosotros, casi agonizando, llegamos al club. Yo pensé, ¡ahora a
meternos a la piscina!, pero tenía que ayudar a prender la parrilla, porque el
hambre se estaba apoderando de nosotros.

         Después de tanto sudor en la frente, logramos prender la parrilla.
Estábamos conversando y, de pronto, sentimos gotitas, que fueron aumentando
en tamaño y fuerza. No nos importó, seguimos conversando y contando
muchísimas anécdotas. Comenzó una inmensa lluvia, parecía que Dios se había
molestado y había mandado el segundo diluvio de la historia. Sacamos de la
maletera un par de bolsas de dormir que mi mamá siempre lleva para casos de
emergencia, pero éramos 6 y no nos cubría a todos. La parrilla, con el ardiente
fuego, se apagó y, por primera vez en mis 11 años, tuvimos que suspender el
paseo y regresar a Lima muy tristes a las 4 de la tarde.

        Fuimos a cenar al restaurante preferido de mi abuelito, el Dallas. Ahí
comimos parrillada. Ya cansados, fuimos a nuestras casas. La sorpresa fue
inmensa cuando llegamos a Lima, al prender el televisor, escuchamos la noticia
de que un huayco había inundado todo Chosica y Chaclacayo justo a la hora en
que veníamos de regreso.
        De lo triste que estábamos por dejar el paseo, nos pusimos felices y
agradecidos de que Dios nos haya cuidado y salvado de esa tragedia, aun más
cuando nos enteramos de que hubo muertos y muchas casas inundadas. Mi
abuelito me dijo que sin duda este hermoso día no lo cambiaría por nada.




                             Mi abuelo
                                                                Por: Lucas Pastor

      Luis Augusto Odría La Cotera es el único abuelo que tengo vivo. Sus
nietos le decimos Papino. Nació el 1 de septiembre de 1936. Se casó con mi
abuela, a la que le decimos Mamina. Luego nació mi mamá. El corazón se le
agitaba cuando veía el cesto del básquet: era un gran jugador. Nunca olvidaré
las enseñanzas que me daba: “Siempre al fondo del olvido hay una pequeña luz
de esperanza”.

      Un “buenos días” interrumpió mi sueño el domingo por la mañana. Un rico
desayuno llenó mi estómago y, finalmente, estábamos listos para ir a la playa.
Fuimos a recoger a mis abuelos. Ahí estaban Papino y Mamina. Como de
costumbre, Papino siempre me hace preguntas de historia. Yo tengo que saber
responder, o sino, me lo explica. Pasé todo el camino respondiendo preguntas
de historia.

      Por fin llegamos a la playa. Sacamos las cosas y fuimos a la arena.
Jugamos campeonato de paletas. Dibujamos la cancha con un palo que
encontramos tirado. Luego, las palas botaban la arena en la construcción del
castillo. Todo iba bien hasta que... ¡zas!, la arena cayó sobre los ojos de mi
abuelo. Llevó sus manos a la cara para limpiarse. Luego arrugó la frente y (con
su mirada) mostró cierta incomodidad. Pero luego se tranquilizó y me regaló
una gran sonrisa. Acabamos el castillo y quedó muy bonito.

      Luego fuimos a almorzar al restaurante. Yo comí un rico arroz chaufa. Mi
abuelo comió un sabroso cebiche. Sí que disfrutamos el almuerzo.
      Después, con mucho entusiasmo, cogí la pelota y fuimos a jugar fútbol. Él
me hizo varios goles, pero yo también le tapé varios tiros. Mi hermanito
también me hizo un golazo. Fue muy divertido.

      Después de jugar y jugar, mi corazón se sintió exhausto. Recogimos las
cosas y nos fuimos al carro para regresarnos a casa. Durante el camino,
conversamos de todo lo que habíamos hecho en el día. Había tanto tráfico que
nos demoramos un montón. Mi hermano y yo nos quedamos dormidos y, al
despertar, ya habíamos llegado a la casa de Papino y Mamina. Nos despedimos
de ellos y me fui a mi casa.

      Llegué y me fui a bañar. Una gran tranquilidad entró en mí en el baño de
agua caliente. Fue muy rico. Después ordené mi mochila y me fui a comer. Volví
a cenar arroz chaufa. Volvió a estar delicioso. Luego tendí mi cama y me fui a
dormir. Le di gracias a Dios por todo lo que había pasado en el día. A veces no
les tengo paciencia a mis abuelos, pero hoy me sentí bien de haberlos hecho
felices.




               El nacimiento de Rodrigo
                                                                Por: Fabrizio Solf

      Era un sábado, mi mamá me dijo que haga mi tarea después de bañarme y
tomar mi desayuno. De pronto sentí como si mi tímpano reventara. Giré
rápidamente y observé la presencia súbita de mi primo Alejandro riéndose,
quien, como de costumbre, suele hacer bromas y me dijo “alístate rápido
porque mi papa nos llevará a El Bosque”, inmediatamente busqué a mi mamá,
quien autorizó mi salida. Demoré 5 minutos. Mi mamá me dijo que me cuidara de
los mosquitos. Mi abuela Yolanda nos acompañó.

      Fuimos en la camioneta de mi tío, mi primo Marcelo, Alejandro, mi abuela
Yolanda y mi tío Rogelio. Salimos a las 9:15 a.m., pensando que si íbamos más
temprano llegaríamos más rápido, pero había mucho tráfico porque en la ruta
había sucedido un accidente. Elegí ir en la ventana pensando que   iba a sentir
menos calor. Pero sentía que el sol que me quemaba y quería salir del carro.
Extrañé el carro de mi mamá, porque tiene una ventana en la parte de arriba. El
trayecto fue tan largo que       me había quedado dormido y, cuando             me
despertaron, habíamos llegado y me puse muy feliz porque, francamente, el
viaje fue muy aburrido.

      Parecíamos presos y que veníamos de un desierto. En menos de un
minuto, ya estábamos dentro de la piscina. Nunca había sentido tanto gusto
estar dentro del agua. Nadamos, buceamos, estuvimos jugando y haciendo
carreras por 2 horas aproximadamente, y mi primo Marcelo ganó la última y se
creyó el   mejor de todos. Después fuimos a comprar un helado “Huracán”,
porque sabíamos que nos iba tocar un helado ‘‘Ampay’’. En el celular de mi tío
Rogelio, habían varias llamadas perdidas, entonces nos preocupamos y, al leer
los mensajes, nos comunicó, muy contento, que su hijo había nacido. Mi tío
estaba muy emocionado. Le contó primero a la abuela Yolanda y le dijo “mamá,
hay otro integrante de la familia: ya nació Rodrigo”. Después me lo dijo a mí, a
Alejandro y a Marcelo que son mis primos. Todos nos pusimos alegres e
inmediatamente nos alistamos para retornar a Lima y visitar al nuevo primo,
pero antes nos ofreció comprarnos pizza.

      Regresamos a casa y nos arreglamos para visitar al nuevo integrante de
la familia. Al llegar a la clínica, tuvimos que esperar ansiosos que trajeran a
Rodrigo. Mientras tanto, entre mis primos comentábamos a quién se parecería.
Cuando la enfermera lo trajo, observamos que era un bebe bien formadito,
carita redonda y unos ojos hermosos. No tenía casi pelos, como su papá.

      La visita en la clínica fue corta porque mi mamá tenía que ir a un velorio
ya que la mamá de una compañera de su trabajo había fallecido, entonces
pensé que en un mismo día mi familia era feliz por el nacimiento de mi primo
Rodrigo y otra familia estaba triste por la muerte de su ser más querido. Esas
son las contradicciones de la vida: para unos, empieza y para otros, termina.

				
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