LA PLANTA DE ZAPALLO by ScOPFtE2

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									                       LA PLANTA DE ZAPALLO

La vida tiene muchos maestros. A veces no los escuchamos, y ni siquiera
los vemos; pero están ahí, contándonos alguna historia o mostrándonos
algún secreto.
    El maestro, en este caso, era una planta de zapallo como cualquier otra.
De esas que nacen por ahí, en algún lugar cercano a la casa y, si no
molestan, se las deja por si dan algo.
     La planta de nuestra historia no molestaba, así que quedó y creció a su
antojo. Y el antojo de una planta de zapallo no es otro que crecer en todas
direcciones, como un pulpo desinflado.
     Cada tallo se desarrolla a partir de un centro común, como los rayos de
una rueda; si no hay obstáculos siguen creciendo a ras del suelo; si los hay
trepan, se afirman por medio de los zarcillos y crecen en la dirección que
pueden.
     Al principio todo iba normal: la planta creció con algunos tallos por el
suelo y otros trepándose cuando algo se interponía en su camino.
    Ese vegetal, como muchos otros, tiene dos clases de flores: las
femeninas, que dan el fruto, y las masculinas, que producen polen,
necesario para la fecundación y el desarrollo del fruto.
     Como la naturaleza es sabia, según el dicho popular, lo previsible era
que ambos tipos de flores se abrieran más o menos al mismo tiempo.
     Entonces empezó a suceder algo extraño: surgieron los primeros
pimpollos pero ninguno tenía, entre el tallo y la corola, la pequeña bolita
prometedora de un futuro zapallo; las primeras flores eran, entonces,
únicamente masculinas.
     Las cosas se complicaron cuando, a medida que la planta crecía, las
primeras flores se secaban y seguían abriéndose otras, siempre de la misma
clase. Entonces me pregunté: ¿Para qué produce polen una y otra vez, si no
hay flores femeninas para fecundar? Aún si hubiera otras plantas en la
cercanía, como nacen más o menos al mismo tiempo por razones climáticas,
estarían en iguales condiciones.
     El bichito de la curiosidad me había picado: o algo andaba mal, o todo
eso tenía un propósito que no alcanzaba a comprender.
     La diaria observación me permitió comprobar que las cosas siguieron
así un tiempo más, hasta que los tallos alcanzaron un desarrollo casi
completo.
    Entonces sí: aparecieron en los extremos las tan esperadas flores
femeninas, con su esferita reluciente, a la espera del polen para iniciar su
desarrollo.
    ¿Cómo lo recibirían? ¿Se había asegurado la planta de que, en el poco
tiempo de que disponía cada flor femenina, algún insecto con características
apropiadas para el caso las fecundara?
     Fue en ese momento cuando comencé a comprender que algo
aparentemente casual en realidad no lo era: las primeras flores, abundantes
en polen, atrajeron unos bichitos de los llamados “mariquitas”. Estos
insectos eran cada día más abundantes; vivían dentro de las flores de
zapallo y, al abrirse una nueva flor, inmediatamente la “colonizaban”. Para
más datos, cada uno se veía cubierto por una dorada capa de polen.
     Cuando finalmente comenzaron a abrirse las flores femeninas, eran
invadidas de inmediato por las simpáticas y amarillentas mariquitas, el
agente fecundante perfecto para el caso.
    El “desperdicio” de flores masculinas y polen no era otra cosa,
entonces, que la táctica del humilde vegetal para asegurarse una prolífica
descendencia.
      Pero eso no era todo: al abrirse las flores productoras de frutos en los
extremos de los tallos únicamente, se aseguraba de que las semillas que
pudieran quedar y germinar lo hicieran lo más lejos posible. Al crecer los
tallos en diferentes direcciones, las plantas hijas surgirían luego muy
distanciadas unas de otras.
     Lógicamente, la intervención humana ha cambiado las cosas en la
práctica; pero en estado natural es así como funciona la reproducción y
dispersión de ese vegetal.
    El zapallo, por lo visto, no es tan zapallo como a veces pensamos. Es
más: cuando le decimos zapallo a una persona de pocas luces, no hacemos
más que ofender a un vegetal dotado por el Creador de verdadera sabiduría.
     Por si eso fuera poco, nuestro amigo vegetal no se dedica, como el
hombre, a robar y asesinar a los de su misma especie y a destruir a otras;
sino que vive, deja vivir y alimenta con sus flores y su fruto a otros seres
que no siempre saben respetarlo.

								
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