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Lo que va de la bacanal al botellón
Luis Ignacio Parada


Las columnas periodísticas tienen escritores especialmente cualificados para elaborarlas
y, entre ellos, está Luis Ignacio Parada, cuya firma aparece en diferentes periódicos
españoles nacionales y locales; pero, también, en las tapas de libros, en los que
reflexiona con igual intensidad sobre música que sobre la actualidad política y social
española. Su amplio saber lo demuestra en esta misma columna donde recoge el sentido
de ritos grecorromanos y los relaciona con las actuaciones de algunos de nuestros
jóvenes españoles.

       El texto encuadrado en el subgénero periodístico de la columna, nos presenta la
opinión que al autor le merecen los macrobotellones que organizan nuestros jóvenes.
Por el tema, en él se desarrolla un texto humanístico, que reflexiona sobre los
comportamientos humanos. El rasgo humanístico se ve, también, en el uso de una
terminología abstracta, oraciones extensas, coordinación tanto yuxtapuesta como no
yuxtapuesta y adjetivación de lo que más adelante hablaremos al demostrar la cohesión
con que el autor ha elaborado el texto.

       La difusión del periódico y el protagonismo de los jóvenes en la columna nos
hace pensar que el tratamiento y nivel lingüístico son adecuados para el tipo de lectores
tan heterogéneo como el lector medio de cualquier periódico de los más leídos en este
país: un nivel culto en referencias clásicas y un vocabulario que resulta accesible,
aunque no todas las palabras sean muy empleadas su formación por derivación es fácil
de comprender (macrobotellón, despolitización, esclavizarse, modernidad).

        Parada, al hacer una revisión diacrónica de la vida, desde los tiempos en que se
tiene constancia de que el mundo es mundo, se da cuenta de que lo más moderno de
ahora es lo mismo que lo que como tal consideraban las culturas grecorromanas hace
veintisiete años. Así nos lo indica al final de la columna y convierte esto en la definición
de su tesis: la modernidad reproduce ritos del pasado; en nuestras palabras, la historia se
repite y en determinados momentos de la vida siempre se reacciona de la misma
manera, sean los tiempos o lugares que sean.

       Se trata, pues, de un texto argumentativo, donde mostrándonos ejemplos y
experiencias, así como contrastes y hechos, el autor tiene la intención de que nos
convenzamos de que no hay por qué achacar nada malo a los jóvenes por extraño o
estrambótico, cuando esto viene ocurriendo desde mucho tiempo atrás. Los tipos de
argumentos con que trabaja son de autoridad, bajo la firma de Tito Livio y Plauto,
cuyas visiones respectivas nos aproximan el pasado al presente para que no nos
sorprendamos; no son citas, sino paráfrasis de su percepción de la vida. También
argumenta sus ideas mostrando el hecho de la convocatoria nacional que entre los
jóvenes se ha realizado por medios tecnológicos, para que llegue a un amplio número y
se pueda llevar a efecto la competición que se les ha ocurrido. Por otro lado emplea un
argumento de contraste al sugerir que la modernidad de ahora es la misma que la
modernidad de hace veintisiete siglos.
       Es bastante obvio que la estructura inductiva del texto viene organizada en dos
párrafos, correspondiendo cada uno de ellos a un momento de la historia de la
humanidad: el primero, ejemplificador, donde nos da la visión de las fiestas de los
jóvenes desde la perspectiva de Tito Livio y de Plauto y el segundo en el que además de
presentar la actualidad española, la contrasta con la clásica grecorromana; es un párrafo
expositivo y de contraste simultáneamente, para acabar con la idea del autor. En cuanto
a la cronología podríamos decir que tiene dos partes; pero, según el contenido,
observamos que la primera parte, concentrada en la juventud clásica, ocupa el primer
párrafo y que hay una segunda parte en que vemos cómo es la juventud española actual
y una tercera parte donde, del contraste entre una y otra, se observa la proximidad entre
ambas. En definitiva, son tres partes las que conforman esta estructura.

        La idea principal se centra en la fiesta que es y lo que representa para los
jóvenes el macrobotellón y ésta se concreta en otras ideas secundarias relacionadas con
la descripción de los jóvenes actuales: formados, dependientes, despolitizados, rebeldes
y vulnerables y con sus actuaciones para demostrar que son libres para divertirse como
lo deseen.

         Parece mentira que nos escandalicemos tanto del comportamiento juvenil,
cuando los que lo hacemos también hemos sido jóvenes. Parece mentira que sepamos
que nuestra vida es consecuencia de nuestra propia cultura y que nos escandalicemos
por lo que ahora es habitual ver en nuestras plazas y calles. Cuando conocí esta ciudad
se celebraba una fiesta el día que a los alumnos les daban las vacaciones de Navidad en
el instituto o en la universidad, que llamaban “La champanada”; de donde yo venía no
lo había oído y he sido estudiante; veinte años después, algunos de esos alumnos son
padres y se reconocen como partícipes de aquella fabulosa idea de celebrar con
champagne esas fechas, en la Plaza Mayor de la ciudad, escandalizando a los viandantes
y dejando despojos de plástico y cristal por donde ancianos, niños y personas de toda
edad iban a pasar por la tarde. Y lo hacían delante de las narices del alcalde, puesto que
las ventanas del ayuntamiento permiten ver lo que ocurre en la plaza. ¿En qué
quedamos? Lo que hacíamos, siendo jóvenes, los que somos adultos ahora, estaba bien
y bajo control; pero lo que hacen los jóvenes actuales no, aunque sea lo mismo. Claro
que siempre estará quien diga que aquello era un día y ahora es cada fin de semana o
celebración que los reúna. Y las zonas de copas y los pubs, ¿son de ahora?, no;
curiosamente ahora son pocos los establecimientos que se abren; sin embargo veinte
años atrás se crearon esas zona; que estaban llenas de gente, sí también de jóvenes con
dieciocho años o menos, a los que no se les pedía el carné y que con algo que se pedían
pasaban la tarde bailando.

        ¿Estoy defendiendo este tipo de reuniones en torno al alcohol? NO. Pero esto no
es nada nuevo. Nunca se me hubiera ocurrido relacionarlas con las bacanales, entre
otras cosas, porque estas siempre las he imaginado con comida además de bebida y eso
ayuda a que el alcohol haga menos daño. Lo que sí me parece gravísimo es la visión
estereotipada que el autor se permite con la imagen que da de los jóvenes calificándolos
de una manera con la que parecen peleles, desinteresados y que solo buscan el disfrute
y, además, exagerado. Nosotros los adultos hemos mimado a estos niños que ahora son
jóvenes y hemos construido mentes y cuerpos que ven un camino fácil por delante, que
no necesitan comprometerse con nada ni luchar ni enfrentarse porque ya lo hacemos y
decimos “Anda, deja, que ya te lo hago yo”, “que tú no sabes, que no puedes, que ya lo
harás cuando no esté yo…” Frases familiares, especialmente para quienes lleven una
vida acomodada.

        No hay que dejar de pensar en que no todo el mundo vive bien. También los hay
que buscan este tipo de fiestas como alienantes, que les permiten evadirse del horror del
día a día. Imagino que en esto del botellón, igual que en lo demás, habrá “clases” y que
algunos se emborracharán, o no, con marcas rojas, negras, amarillas o verdes; mientras
que otros lo harán, o no, con las blancas. Es la vida misma.

       A pesar de no escandalizarme ni asustarme por lo que estos chicos de hoy en día
hacen, para darnos conversación, a los que estamos mejor al calor de la manta y el
radiador, he de reconocer que el texto está muy bien escrito y perfectamente organizado.
No cabe duda de que es y será siempre un tema de actualidad, preocupante, hasta que
uno piense racionalmente en cómo cada uno ha ido haciéndose con su experiencia vital.
A principios del siglo XX, Ramiro de Maeztu ya hablaba de que los jóvenes se hacían
mayores en casa y no querían salir del hogar familiar, viviendo cómodamente sus
juergas con los amigos, para llegar a casa a mesa puesta.

        El neologismo “macrobotellón” nos habla de actualidad por sí mismo, y su
repetición nos ayuda, junto al término “jóvenes” a seguir el hilo conductor del texto y
comprobar la coherencia con que se presenta. Son las fiestas, ritos, cultos, palabras
sinónimas las que contribuyen a que entendamos de que intenta hablar el texto; los
calificativos que mencionábamos al principio mejor formada, menos integrada, más
dependiente, más despolitizada, más rebelde, más vulnerable, en grado superlativo
pertenecen al mismo campo semántico de “rasgos que definen la personalidad” y,
según la intención del autor, acomodada a esa visión desmesurada con que enfoca el
tema. La concreción de los hechos no impide que veamos la frecuencia de sustantivos
abstractos como orígenes, cultos, iniciación, juramento, prohibición, autoridades,
recursos, juventud, mundo laboral, libertades, ocio, masa, modernidad… que
contribuye a identificar el texto como humanístico, igual que los adjetivos calificativos
que mencionábamos más arriba.

       La sintaxis tiende a la subordinación de todo tipo, pues un texto argumentativo,
se debe a la explicación detallada y a la reflexión; por ello, que va a utilizar sustantivas
con que aumenta y detalla lo dicho: Cuenta Tito Livio que…, Plauto decía que…, para
ver en que…; de relativo y adjetivas para explicar: participantes, que no se…, ritos que
se han venido celebrando…; y adverbiales, con las que nos sitúa en un momento
cuando tiene más libertades…, cuando llegaba la primavera… Pero sobre todo se
presenta una yuxtaposición de oraciones al describir a los jóvenes al final del texto y
una sucesión de oraciones coordinadas, en las que la conjunción Y actúa como
marcador, no solo como conjunción que contribuyen a un ritmo rápido (lo propio de lo
moderno de ahora) y a demostrarnos que el autor quiere decirnos mucho en poco
espacio o, al menos, sugerirnos muchas ideas, para que reflexionemos con él y
lleguemos a conclusiones como las suyas. A esto también ayuda la elipsis verbal
cuando responde a esa pregunta retórica con la que nos invita a pensar (No
en…autoridades).

       La elipsis, junto a la función anafórica de pronombres, determinantes y
adverbios (sus, allí, ellas, les, qué, la que), dan continuidad al texto y lo presentan
totalmente cohesionado.
         La columna, hecha por la mano de un escritor, conjuga el texto prosaico con el
literario y este último presente en forma de figuras literarias lo vemos en
personificaciones (los ritos) escapaban al control; enumeraciones en las respuestas a la
interrogación retórica y descripción de los jóvenes y, en general un tono centrado en
la hipérbole, para llamar más nuestra atención: cántaros de vino, oposición radical,
desorden y juerga, desafío al poder, esclavizarse en masa, en todo el mundo.

        En conclusión, podríamos hablar mucho más de este texto, concretar con más
ejemplos, tanto su forma como la visión del tema, que da para mucho. Queda en el
tintero discutir ese perfil tan desalentador que se presenta de los jóvenes y agradecer al
autor la claridad y orden de sus opiniones, así como el talento en la elección del
vocabulario y del tipo de oraciones con que se expresa.

				
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