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Las Nuestas MADRE CATALINA by RkvVLhaa

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									           Mónica Susana Moore




Catalina de María Rodríguez

   Entre la sumisión y el atrevimiento




              AGOSTO 2010
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Introducción


   La vida de Madre Catalina de María Rodríguez (1823-1896), Fundadora del
Instituto de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús, es de esas historias que
merecen ser contadas y que poseen la fuerza de las personas y las obras que
permanecen vivas en el tiempo.
   Mucho se ha escrito ya sobre ella, pues es una figura de indiscutible importancia
en la historia social y eclesiástica de Córdoba, no sólo por la obra que alcanzó a
concretar, sino por el ejemplo que dejó al animarse a transitar, con inquebrantable
esperanza, un camino plagado de dificultades.
   En este recorrido por su vida quiero compartir algunos aspectos en los que me
detuve en el año 2008 en mi trabajo final de Licenciatura en Ciencias Religiosas en
la Universidad Católica de Córdoba titulado: Amor de Dios y sufrimiento humano en
la vida y espiritualidad de Catalina de María Rodríguez. (Fundadora de las Esclavas
del Corazón de Jesús).
   En contacto con sus escritos, me llamaron la atención muchas expresiones
referidas al sufrimiento que, sin un marco suficiente que las ubique en el ámbito
sociocultural y eclesial en que son pronunciadas, resultan hoy muy duras y difíciles
de comprender. Esto me abocó a la tarea de escribir su biografía contextualizada
para apreciarla con justicia y valorarla desde una perspectiva adecuada. También
me propuse, para comprender el alcance de esa visión del sufrimiento, clarificar las
características de la educación que Catalina recibió, tanto en el plano intelectual
como religioso, abordando especialmente los libros de espiritualidad que la nutrieron
y configuraron su talante.
   En esa reconstrucción fue emergiendo con fuerza una dimensión que logró
también suscitar profundos interrogantes: su extremo sentido de obediencia a los
sacerdotes, que la llevó a tomar heroicas decisiones, bastante desconcertantes para
nuestros tiempos. Una sumisión que, por otra parte, no le impidió transitar caminos
novedosos, a pesar de los múltiples condicionamientos que su entorno le imponía
por su condición de mujer. Es justamente esa “paradoja” la que quiero resaltar; toda
una lección de vida para los que “peregrinamos” en busca del sentido más profundo
de nuestra existencia en el mundo.
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Infancia y juventud


   Hija de Hilario Rodríguez Orduña y Catalina Montenegro, Madre Catalina nació el
27 de noviembre de 1823 y el mismo día fue bautizada con el nombre de Josefa
Saturnina.
   La Córdoba que la vio nacer era una sociedad que seguía percibiéndose a sí
misma como colonial y, por lo tanto, tenía en la base misma de su estructura a la
religión católica como factor de unión y estabilidad. Era una sociedad estratificada en
clases bien diferenciadas; entre los elementos preponderantes se formaban fuertes
personalidades y núcleos familiares muy unidos. Precisamente los Rodríguez, que
llegan a Córdoba a través del bisabuelo de Saturnina, don José Rodríguez, esposo
de doña Felipa Catalina Ladrón de Guevara, hija del capitán cordobés Juan Ladrón
de Guevara y de doña María Ferreira y Cabrera, cuarta nieta del fundador, fue una
de esas prestigiosas familias distinguidas por su posición y fortuna, y por los altos
cargos civiles y eclesiásticos que tuvieron sus miembros.
   A los tres años de edad Saturnina quedó huérfana de madre y seis años más
tarde perdió también a su padre, quedando ella y sus tres hermanas a cargo de las
tías paternas. Será muy especial el vínculo con quien asumió su primera crianza,
Eustaquia del Signo (“Mamita Eustaquia”), hija adoptiva de los Orduña.
   Si en el ambiente familiar reinaba la piedad y la paz, en el ámbito político eran
tiempos sumamente conflictivos: Unitarios y federales ensangrentaban el escenario
nacional. Córdoba también protagonizaba estos difíciles procesos pero manifestando
siempre sus características propias y distintivas de una sociedad tradicional y
fervientemente católica; en ese contexto se comprende la trascendencia del regreso
de los jesuitas en 1839, época en que Saturnina tomó contacto con esta Orden. En
1840, a los diecisiete años de edad, hizo por primera vez los Ejercicios Espirituales,
experiencia que dejó una impronta imborrable en su vida: descubrió la importancia
de la dirección espiritual, se despertó en ella la vocación religiosa, la espiritualidad
ignaciana será en adelante medular en su religiosidad, y la atención de los Ejercicios
Espirituales, su apostolado favorito.
   Sorprende que en este ámbito cordobés casi monástico la clara inclinación a la
vida religiosa de Saturnina no se concrete en su juventud; es que no se hallaba
identificada con la vida religiosa contemplativa, la única que existía en Córdoba en
ese entonces, pues sólo estaban las Carmelitas y las Catalinas. Este “tomarse su
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tiempo” habla ya de un espíritu original, en un contexto en el que para las mujeres
estaba muy definido el programa que debían seguir sus vidas, presentado
básicamente en dos alternativas: el convento o el matrimonio.
   Durante esos años silenciosos de su vida Saturnina contó con la dirección
espiritual de los Padres de la Compañía hasta que por orden de Rosas, que no
toleró la libertad con que los jesuitas se posicionaban ante sus exigencias, fueron
expulsados de Córdoba en 1848. Saturnina se puso entonces bajo la guía del Pbro.
don Tiburcio López, Capellán del Pilar, sacerdote que será decisivo en el curso de
los acontecimientos.
   En 1851, un amigo de la familia Orduña, el Coronel Manuel Antonio de Zavalía,
viudo y con dos hijos pequeños (Benito de nueve años y Deidamia de seis) se
presentó como un firme pretendiente de Saturnina, pero ella, para liberarse de su
instancia y encontrar reposo y retiro, pidió ser admitida, a pesar de tener veintiocho
años, en el Colegio de Niñas Educandas de Santa Teresa de Jesús.
   Esto no desalentó a Zavalía, quien a los pocos días inscribió en ese mismo
establecimiento a Deidamia; de esta manera, con el pretexto de visitar a su hija
podía encontrarse con Saturnina, lo cual no es mera suposición: al día siguiente que
Saturnina abandonó el lugar, después de seis meses de internado, Zavalía retiraba a
Deidamia…
   Pero no acabaron allí el ingenio y la tenacidad de Zavalía. Recurrió al confesor
de Saturnina,Tiburcio López, para que convenciera a la joven “tan modestita que
vivía en la casa de las señoras Orduña” y el sacerdote hizo pesar en la conciencia
de Saturnina la salvación del alma del militar que había amenazado con quitarse la
vida si no lograba su objetivo.
   Movida por su sentido de obediencia a la voluntad de Dios expresada en su guía
espiritual y por su celo por la salvación de las almas, Saturnina dio finalmente su
consentimiento.
   Esta autoridad moral ejercida por un confesor, que volverá a hacerse presente
más tarde, especialmente en la figura de David Luque, puede también explicarse
desde un catolicismo que, sobre todo a partir del siglo XVIII, estuvo fuertemente
marcado por la recepción de la reforma del Concilio de Trento que reforzó la
importancia de la autoridad eclesiástica frente a las tendencias democráticas del
protestantismo. Éste planteaba no pocos problemas en las conciencias por lo que la
labor sacerdotal puso énfasis en la atención personalizada de la confesión, tarea
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que estaba estrictamente pautada por numerosos libros de dirección espiritual y
manuales para confesores provistos de la más profusa y detallada casuística.
   Desde estas acentuaciones puede comprenderse que Saturnina, en un
incuestionable acto de obediencia al confesor, aún sabiendo que sacrificaba su
vocación a la vida religiosa, su más alto ideal, reconociera allí la voluntad de Dios.


El matrimonio


   Saturnina contrajo matrimonio con el Coronel Zavalía en 1852. Benito y
Deidamia llegaron a quererla como a su verdadera madre. Benito obtuvo el título de
Licenciado en Derecho Civil que lo habilitaba para ejercer la profesión de Escribano;
Deidamia recibió la educación hogareña propia de la época y más adelante ayudará
a su madrastra a servir en los Ejercicios.
   El matrimonio permitió a Saturnina ejercer su maternidad con los hijos de
Zavalía, pues sólo pudo concebir a una niña que murió antes de nacer, poniendo en
grave peligro su propia vida: no le fue ajena la dura realidad de las mujeres de su
tiempo en lo que respecta al parto.
   Tampoco desconoció Saturnina la convulsionada vida de las esposas de
militares. A partir del triunfo de Urquiza sobre Rosas en Caseros, Buenos Aires y el
resto de las provincias (la Confederación argentina) quedaron enfrentadas. En
Córdoba también se formaron grupos: los antiguos federales, defensores de la
Confederación, entre los que estaba Zavalía, y los de ideas de avanzada liberal,
dispuestos a apoyar a Buenos Aires.          Durante esos años Zavalía llegó a ser
nombrado Coronel efectivo del Ejército Nacional.
   Saturnina participó activamente en la sociedad de su tiempo: integró el grupo de
damas fundadoras de la Sociedad de Beneficencia y trabajó además por el regreso
de los Jesuitas aprovechando que en ese entonces su primo Santiago Derqui era
Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública del Presidente Urquiza.
   En 1860, año en que Derqui fue elegido Presidente, Zavalía y su esposa se
establecieron durante dos años en Paraná, capital de la Confederación. Allí ayudó
Saturnina a un sacerdote con el que ella se confesaba, que estaba afiliado a la
masonería: costeó la llegada de un jesuita a Paraná para que lo confesara y
recibiera su pública retractación. La acción de las logias masónicas en la Argentina
tendió en general a la secularización de la sociedad en detrimento de la gravitación
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social de la Iglesia, lo que contrariaba los designios del papado y daba lugar a
encendidos conflictos. Fueron innumerables las encíclicas y pastorales que las
condenaron y las polémicas en los periódicos eran constantes; puede entenderse
así la gravedad de la afiliación de un sacerdote a estas asociaciones y por qué esto
afligió a Saturnina, que tenía tan alto concepto de la investidura sacerdotal.
   En el interior del país surgieron nuevos conflictos y Mitre venció en Pavón a los
ejércitos de la Confederación argentina; como consecuencia Derqui presentó su
renuncia en 1861. Ante la nueva situación política, el matrimonio regresó a Córdoba,
donde se habían agudizado las divisiones entre los partidarios de Buenos Aires y los
federales.
   Por ese tiempo Saturnina tomó por director espiritual al Pbro. Dr. David Luque,
probablemente en 1864, año en que Pío IX lanzaba el Syllabus, Documento de
trascendental importancia en el que la Iglesia condenaba los errores de la
Modernidad.
   Por su parte Zavalía, abandonada su carrera militar, dedicó los últimos años de
su vida a regularizar cuestiones legales y a reacondicionar una propiedad en El Tío,
Departamento de San Justo, donde murió en 1865.
   Los trece años de matrimonio con Zavalía significaron para Saturnina un aceptar
la voluntad de Dios. Si bien ella misma en sus Memorias reconoce que, estando
casada, no dejó de mirar con envidia a las que gozaban del bien de la vida religiosa,
numerosos testimonios dan cuenta de que asumió con entereza y generosidad su rol
de esposa y madre, y que con su paciencia y dulzura logró suavizar la extravagante
personalidad de su esposo. Pero ese camino transitado llegaba a su fin. Todo se
había cumplido y se abría un nuevo camino. Se la escuchó decir: “He perdido el ser
que más amaba después de Dios; ahora soy libre de seguir mi vocación”.


El camino a la Fundación


   En una vida de recogimiento y piedad aún más intensos Saturnina siguió
acompañada por Benito y Deidamia. El P. David Luque la guiaba para llevar
adelante una vida de oración organizada que le permitió a Saturnina redescubrir muy
claramente su aspiración a la vida religiosa, pero su débil salud y su condición de
viuda eran, según el sacerdote, obstáculos insalvables, al menos para ingresar en
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los conventos de Córdoba, por lo que solicitó lugar en las Catalinas de Buenos Aires,
aunque no con gran entusiasmo por ser éstas contemplativas.
   Hasta que el 15 de septiembre de 1865 vino a marcar el punto de partida de su
gran obra. En la iglesia de las Catalinas de Córdoba, ante el Santísimo expuesto, “le
vino al pensamiento que tenía un terreno bastante grande en el que se podía edificar
una casa de Ejercicios y formar una nueva comunidad de señoras que estuviesen al
servicio de ella”. Observantes de las Reglas del Instituto de San Ignacio, enseñarían
la Doctrina los domingos a las niñas y asilarían a esas mujeres que se llevan a los
Ejercicios casi por la fuerza y después de concluidos éstos no se sabe qué hacer
con ellas; pensaba que así “se moralizarían y aprenderían a trabajar”.
   Esta idea fue creciendo e intensificándose en su imaginación con el correr de los
días y se la confió a su hermana Estaurófila y al P. Luque, quien le pidió que lo
tuviera al tanto de todo lo que le ocurriese al respecto. Esto fue tomado por
Saturnina como una aprobación; desde ese momento el proyecto fue su “sueño
dorado” y habría de luchar por llevarlo a cabo durante siete años.
   Una primera posibilidad de crear la nueva congregación se presentó en el Sr.
Mariano González, un compañero en el apostolado de los Ejercicios, que le confió su
deseo de costear una casa de Ejercicios Espirituales. El P. Luque los respaldó y
señaló la necesidad de buscar socias, tarea que Saturnina descansó sobre todo en
los confesores.
   Fueron meses llenos de satisfacciones y estímulos para la obra: los jesuitas,
principalmente el P. Joaquín María Suárez, la impulsaban con su entusiasmo; se
reunieron varias socias y se alcanzaron del Obispo Ramírez de Arellano el permiso
para la recolección de limosnas y la aprobación de la fundación el 15 de enero de
1867.
   Pero muy pronto comenzaron las dificultades: el terreno elegido era inadecuado;
las colectas no dieron el resultado esperado; un viaje de Saturnina a Buenos Aires y
Montevideo para reunir fondos se vio impedido debido a la guerra con el Paraguay;
el P. Suárez, que le exigió no desistir aunque viniesen desgracias, fue trasladado a
Europa. A todo esto se sumó el fallecimiento de una socia, Genoveva La Torre.
   También el cólera la tocó muy de cerca: murieron víctimas de la peste su cuñado
José Martín López, Mariano González y dos socias.
   En los comienzos de 1868 Saturnina contaba sólo con una compañera: Ramona
Martínez. Con ella y la Sra. Indalecia Paz, viuda de Mariano González, continuaron
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con la atención de los Ejercicios en la nueva casa, y con la intención de instalarse
allí, acudieron al Obispo para su aprobación pero fueron muy mal recibidas.
   Al poco tiempo Indalecia decidió apartarse del grupo, por lo que Saturnina se vio
obligada a volver definitivamente a su propia casa, donde debió enfrentar la pérdida
de Benito, que a los veintiséis años de edad moría por una afección pulmonar. Por
su parte Deidamia permanecerá junto a ella, más por gusto que por necesidad,
hasta la fecha de la fundación, como habían acordado.
   En cuanto al proyecto, la total soledad logró imponerse. Su única socia pidió lo
que le pertenecía, pues ya no confiaba en que la obra se realizara; los jesuitas que
más la alentaban fueron trasladados y hasta un pariente de una socia fallecida se
presentó ante el Obispo reclamando lo que aquélla había invertido. Este juicio, si
bien terminó favorablemente, fue un difícil trance por las ofensas recibidas del
demandante, que la acusó ante el Obispo de retener bienes y no realizar nada.
   Si las circunstancias eran adversas más lo era la actitud del P. Luque que sólo le
transmitía desesperanza y le recomendaba que devolviera todo lo ajeno y se pusiera
a la escucha de lo que Dios realmente quería de ella. Sólo encontró aliento, durante
1869, en los jesuitas recién llegados, sobre todo en los padres José Guarda y
Cayetano Carlucci; éste recomendaba la obra aún en el púlpito y recolectaba
limosnas por medio de sus confesadas.        Pero al ser trasladado el P. Guarda a
Buenos Aires el proyecto quedó como olvidado.
   Las dificultades llegaron a su cima en 1870 y 1871. Lo que más la mortificaba
era su relación con el P. Luque de quien recibía muchas veces humillaciones,
desconfianza y hasta desprecio por el proyecto, incluso la sometía a situaciones
incómodas en público, levantándole el tono de voz y dejándola sola en el
confesonario a la vista de los demás. Esto repercutía hondamente en su espíritu
debido a su total sometimiento a su director espiritual y porque, a pesar de todo,
siempre veía en él a la persona elegida por Dios para dirigir la obra; no contar con su
aprobación la amargaba hasta la locura, tal como ella misma lo expresa en sus
Memorias.
   El proceder del P. Luque puede explicarse si se tiene en cuenta el espíritu de la
Iglesia del siglo XIX, tan reaccionaria contra las libertades de la modernidad, a las
que opuso propuestas fuertemente ascéticas, insistentes en los valores de la
mortificación, las humillaciones, la lucha contra los propios impulsos. Seguramente el
P. Luque, con esta “metodología”, procuraba “sacar buena y fuerte” a Saturnina,
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para lo cual debía hacerla pasar por estas pruebas. Saturnina misma parecía
comprender de algún modo esto, y si podía perseverar en la búsqueda confiada de
tan áspero sacerdote, es porque se aferraba, como ella cuenta en sus apuntes
autobiográficos, a una reglita que él mismo le había dado: “hacer todo lo que
repugnase a la naturaleza”.
   Aunque provista de motivaciones muy profundas y una inquebrantable fe para
sobrellevar los contratiempos, todo el entorno se volvía difícil porque muchos
captaban las reacciones del sacerdote y comenzaban a retirarse, a cambiar de
actitud, incluso su hermana Estaurófila con quien ya no podía desahogarse; hasta
algunos contribuyentes exigieron la devolución de sus donaciones. Si no la avalaba
el sacerdote era impensable, en esa sociedad, que los demás mirasen como “cosa
seria” su emprendimiento. Fueron años de muchos sufrimientos que se volvían aún
más intensos durante las enfermedades, que tampoco le faltaron.
   Pero en enero de 1872, debiendo ausentarse el P. Luque para acompañar al
Obispo en una misión, recomendó a Saturnina confesarse con el nuevo Superior de
la Compañía, el P. José María Bustamante. Este sacerdote, que tenía fama de
excelente director de almas, será clave en la vida de Saturnina y en la historia del
Instituto. Al confiarle ella sus penas y dudas, Bustamante puso en oración el asunto
y su apreciación fue que “no se honraba a Dios aplazando más tiempo la obra”.
   Bustamante y Luque tuvieron una entrevista y acordaron que había que reunir
socias y elevar una nueva petición al Obispo para instalar la comunidad en alguna
casa particular.
   El impulso final estaba dado y Saturnina pudo poner sus bienes al servicio del
proyecto y vendió la estancia que fuera de su esposo. Pero seguía siendo una traba
la actitud del P. Luque que con sus desplantes y desprecios probaba la humildad de
Saturnina, y seguía como al margen de la obra, lo cual desalentaba a muchos,
dificultaba la convocatoria de socias y generaba entre la gente comentarios
desacreditantes hacia la fundación.
   Pero finalmente, habiéndose reunido cinco socias, el pedido al Obispo tuvo éxito
el 9 de septiembre de 1872, y fue nombrado director el P. David Luque, que por
aquel tiempo había aceptado serlo.


La Fundación y el Instituto bajo la Dirección de David Luque
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   El 29 de septiembre de 1872, con la iniciación de Ejercicios Espirituales
predicados por el P. Bustamante, nacía la primera Congregación religiosa de origen
argentino.
   A Saturnina le confiaron el oficio de sacristana, tarea que aceptó con sincera
satisfacción mostrando la real dimensión de su humildad, mientras que como
Rectora de la casa fue nombrada Estaurófila Moncada.
   Durante los primeros ocho meses se instalaron en una casa pobre; Saturnina
recibió para sí la habitación más incómoda, muy húmeda y extremadamente
caliente. A pesar de las condiciones de la vivienda acogieron a dos “agraciadas”,
niñas pobres y huérfanas que “por gracia” se les proporcionaba asilo y ayuda.
   Tanto el P. Luque como el P. Bustamante trabajaban por la organización y la
formación espiritual del naciente instituto. Este último aspecto estuvo a cargo
especialmente del P. Bustamante que además les dio unas primeras reglas,
mientras se elaboraban las Reglas y Constituciones, por las que pudieron practicar
vida religiosa aunque sin vestir hábito sino vestidos modestos.
   Cuando lograron trasladarse a una casa quinta más cómoda, donde estuvieron
casi dos años, ya eran ocho hermanas y pudieron aceptar más huérfanas pobres,
pero igualmente el Obispo negó el permiso de portar hábito religioso (que obtuvieron
recién en 1874) debido a que la casa no estaba aún afianzada. Las hermanas
lamentaron mucho esta negativa porque consideraban que el hábito influiría mucho
en el espíritu e infundiría mayor respeto de parte de la gente; de todas maneras, sin
contrariar al Obispo, comenzaron a usar un uniforme negro con un escudo cuya
inscripción era: “Esclava del Corazón de Jesús – Amor y Desagravio”. Esta inquietud
por la aceptación social de la institución, a la que contribuía la vestimenta, era propia
de la época; las asociaciones debían ganarse su legitimidad sometiéndose a un alto
grado de exposición pública.
   Con el voto unánime de las ocho hermanas Saturnina fue nombrada Rectora en
1873, y desde entonces hasta su muerte gobernará el Instituto, primero como
Rectora y luego como Provinciala, pero con atribuciones de Superiora General. Al
frente de la obra veló sobre todo por la formación del espíritu religioso de la
comunidad, llamando su atención su tino en el gobierno y su sentido de la vida
religiosa; no obstante, era totalmente obediente a los sacerdotes y ante cualquier
duda los consultaba como una niña, sobre todo al P. Luque a quien la autoridad
eclesiástica había reconocido como verdadero Superior.
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    A mediados de 1874 comenzó la construcción de la residencia definitiva en el
“Pueblo General Paz”, en un terreno donado por el fundador del barrio e iniciador de
su trazado, don Augusto López. Allí se establecerá la casa y junto a ella la Capilla,
primer templo en Argentina dedicado al Corazón de Jesús.
    En 1875 P. Luque entregó a la Rectora la lista de los nombres que en vida
religiosa tendrían en adelante las Hermanas. Saturnina recibió el nombre de Catalina
de María. Ese mismo año se realizó el traslado a la casa definitiva.
    También en 1875 se obtuvo la primera aprobación diocesana de las
Constituciones, que no eran sino las de San Ignacio apropiadas para una
Congregación femenina; así pudieron las Hermanas emitir sus votos religiosos el 8
de diciembre en una gran ceremonia que completaba la constitución de la nueva
familia religiosa.
    El P. Luque desde 1872 hasta su muerte, ocurrida en 1892, asumió la dirección
del Instituto, que fue asumiendo principalmente obras educacionales y el servicio de
los Ejercicios Espirituales. Durante esos veinte años Madre Catalina fue totalmente
sumisa al sacerdote; su accionar siempre se encuadraba en los márgenes que éste
le marcaba. Si el Director estaba ausente recurría al P. Bustamante y si éste a su
vez no estaba pedía el parecer del jesuita que estuviera en su lugar.
    Como Rectora Madre Catalina asumió con mucha responsabilidad la misión de
velar por el estricto cumplimiento de las Reglas, tan necesario en una comunidad
que recién se estaba formando. Esta preocupación por la observancia fue
permanente y era en lo que más insistía a la hora de exhortar, corregir y evaluar
situaciones particulares.
    El prestigio de la Congregación iba creciendo y comenzó su expansión en 1880,
año clave en la historia argentina que abrió todo un período de política liberal.
Especialmente varias reformas del régimen institucional (la creación del Registro
Civil, la ley de Matrimonio Civil y la ley 1420 de Educación común) dividieron a la
sociedad argentina en católicos y liberales, conflicto que en Córdoba tuvo particular
intensidad.
    En esos tiempos convulsionados, en una escasa diferencia de años, se llevaron
a cabo diez fundaciones. La primera y la más intrépida fue en Villa del Tránsito,
Córdoba, en 1880, a pedido del Cura Párroco José Gabriel Brochero. Afrontaron
también la creación del Taller de la Sagrada Familia en Córdoba (1882-1889), las
fundaciones en Santiago del Estero, Rivadavia (Mendoza) y San Juan en 1886, en
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Salta en 1887, en Santa Fe y Tucumán en 1889, en Mendoza en 1890 y en La Rioja
en 1891. Todo esto significó una intensa labor en la preparación de las Hermanas,
múltiples y complejas decisiones y una necesidad cada vez mayor de comunicación
entre las nuevas comunidades y la Casa Madre, residencia habitual de Madre
Catalina.
   El P. Bustamante, mientras asumía la dirección del Taller de la Sagrada Familia,
maduró la idea de formar una nueva Congregación religiosa que respondiera a la
necesidad de formar maestras católicas para contrarrestar la acción de las escuelas
normales. Así nacieron las Hermanas Adoratrices en 1885, que tienen su templo y
su escuela en la calle Rosario de Santa Fe en el centro de la ciudad de Córdoba.
Para formar a las nuevas religiosas el P. Bustamante solicitó por un tiempo la
presencia de tres Esclavas pero una de ellas, Brígida Barbosa, que había cumplido
el rol de Maestra de Novicias, pidió ser traspasada al nuevo Instituto. No sin dolor
debió desprenderse Madre Catalina de esta hija espiritual.
   Solamente en pocas oportunidades Madre Catalina pudo acompañar a las
Hermanas fundadoras pero en la medida en que su salud se lo permitía procuraba
visitar las comunidades, aunque con gran sacrificio físico. Por eso fueron las cartas
el medio más utilizado para estar presente en cada casa; a través de ellas hacía
llegar su consuelo, sus exhortaciones espirituales y sus indicaciones ante múltiples
problemas tanto espirituales como domésticos.
   En estos veinte años abrumadoramente activos Madre Catalina fue obediente al
Director, la persona a quien ella siempre consideró el líder elegido por Dios para
guiar la Congregación, por eso la muerte del P. Luque el 11 de agosto de 1892 fue
sentida, sin dudas, como una gran pérdida para las Esclavas, pero ponía al frente de
todo a su verdadera Fundadora.


Madre Catalina al frente del Instituto


   Aunque muy acostumbrada a caminar bajo la dirección del P. Luque y con su
salud quebrantada, Madre Catalina asumió el gobierno del Instituto los últimos cuatro
años de su vida con un espíritu fortalecido, y mantuvo el dinamismo con que la
Congregación iba progresando.
   Ante todo buscó afianzar la obra en el ámbito civil y logró la Personería Jurídica
del Instituto el 21 de diciembre de 1892. Motivo de gran preocupación y temores era
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también la aprobación pontificia de las Constituciones, que regresaron de Roma con
algunas correcciones por lo que debían enviarse de nuevo. Este procedimiento era
un camino desconocido, no recorrido aún por ninguna Congregación nacida en
Argentina posterior a las Esclavas. Aconsejada por el P. Cherta de la Compañía de
Jesús y otras personas, Madre Catalina decidió viajar a Roma para ser mejor
informada y acelerar el trámite. Formó parte, por ello, de la peregrinación argentina
que viajó a Roma con motivo del Jubileo de León XIII; el 19 de enero de 1893 partió
de Buenos Aires en el vapor “Duchessa di Genova”.
   El regreso a Córdoba puso a Madre Catalina ante un año de intensa actividad
marcado especialmente por la fundación en Buenos Aires, donde estuvo ella misma
durante un mes realizando las primeras gestiones. En este emprendimiento Madre
Catalina sufrió en carne propia la rivalidad entre la Capital y las provincias; vivió de
cerca el menosprecio del orgullo capitalino ante una institución que venía del interior.
Estas dificultades no pudieron con el temple de Madre Catalina que sabía muy bien
que una fundación en la Capital era decisiva para el afianzamiento del Instituto, lo
cual se concretó el 29 de junio de 1893.
   Infatigable y enérgica, a pesar de su edad y débil salud, viajó a Santa Fe para
asistir a la instalación de un asilo; visitó las casas de Santiago del Estero, Salta y
Tucumán. También visitó Buenos Aires, la fundación que más la preocupaba, y las
comunidades de San Juan y Mendoza; y además, el 15 de marzo de 1895 se realizó
la fundación en San Luis, la última durante su vida.
   La preocupación de Madre Catalina por todas las comunidades fue constante
durante su gobierno, y la correspondencia se intensificó notablemente: de un total de
1681 cartas que se conservan en el Archivo de la Congregación, 1383 corresponden
a este período. Si bien las escribía su secretaria y ella hacía agregados al final y las
firmaba, el epistolario refleja un colosal esfuerzo de comunicación con las hermanas.
Con más libertad luego de la muerte del P. Luque pero con total sometimiento a las
Reglas, ejerció una gran autoridad moral, con la que procuró llegar a todas las
situaciones con prudencia y solicitud maternal.
   La Casa Madre fue la sede de su gobierno; allí velaba personalmente por la
formación de las Novicias y su presencia hacía de ese lugar un verdadero centro
espiritual en el que todas las Hermanas querían estar. También dejó su impronta en
la Casa Madre el que fue su capellán durante doce años (1884-1896), el Rector de
la Iglesia del Pilar y prestigioso investigador, Dr. Pablo Cabrera.
                                                                                  14



   En 1895, decaídas sus fuerzas, ya no pudo visitar las casas, por lo que se valió
de visitadoras, y dejó sus funciones de Rectora de la Casa Madre para poder
continuar como Madre General de la Congregación, carga que asumió hasta el
último día de su vida, el 5 de abril de 1896.
   En el atardecer de ese Domingo de Pascua, Madre Catalina hacía la entrega
final de su vida y dejaba a sus Hijas la inolvidable exhortación que hoy se lee en la
urna de sus restos: “Les recomiendo la paz, la obediencia y la santa caridad”.


Reflexión final


   En la vida de Madre Catalina el sufrimiento fue una presencia constante,
objetivamente importante, de una densidad innegable. La muerte la tocó de cerca,
sobre todo en su temprana orfandad, y numerosas dificultades, hasta llegar a la
soledad extrema que enloquece, fueron tejiendo la trama de su vida.
   Impresionan especialmente aquellos sufrimientos que la conmovieron en las
fibras más íntimas de su vocación y que la muestran formada según los
pensamientos y el sentir de la Iglesia de su tiempo. ¿Quién no se siente impactado
al verla tremendamente despojada en la obediencia a su confesor? ¿Quién no se
siente interpelado por su obstinada confianza en el sacerdote que más la humilla y
mortifica?
   Madre Catalina había cultivado una espiritualidad que le daba la certeza del
amor de Dios en todas las instancias de la vida, incluso más particularmente en las
dolorosas, y que estaba sólidamente construida en la innegociable sumisión a la
autoridad del Creador, a quien nada de lo que acontece se le escapa de su querer;
en el sentido obediencial de la fe capaz de reconocer al mismo Dios en la persona
del sacerdote; en la marcada acentuación del valor del sufrimiento como el camino
más meritorio y seguro para llegar a Dios. Estas convicciones lograban proporcionar
un marco doctrinal englobante y una firme plataforma para sobrellevar con entereza
y amor todas las contradicciones.
   Madre Catalina en sus escritos manifiesta plena adhesión a este bagaje doctrinal
que le proporcionaba la espiritualidad de su época, no obstante, pueden percibirse
notas originales. Por ejemplo, resalta el valor del sufrimiento pero se advierte la
ausencia de expresiones marcadamente negativas respecto al cuerpo, tan comunes
en los capítulos que se ocupan de las mortificaciones exteriores en las obras que
                                                                                      15



ella conocía. En Madre Catalina hay más bien una constante preocupación por
resaltar el valor de las mortificaciones interiores de la obediencia y la humildad y una
reiterada preocupación por la salud de las Hermanas, por lo que reprende a aquellas
que se exceden en las penitencias corporales.
   Pero es especialmente en sus opciones donde quiero detenerme y a las que
hemos podido asomarnos en este sencillo itinerario por su vida. Madre Catalina es
hija de su tiempo y muchas de sus decisiones deben entenderse desde ese
contexto. Se coloca en el esquema patriarcal de su cultura y para ella es impensable
dar un paso sin el aval de su director espiritual. Acepta y hasta prefiere el sufrimiento
porque lo asume como camino seguro para unirse a Dios.             Para comprender a
Madre Catalina tenemos que ubicarnos en su época y abordarla desde esa “lógica”,
pero también tenemos que ir más allá de su época porque ella misma se animó a
vencer esos límites con perseverancia y sorprendente atrevimiento, para llegar a
aquel espacio que socialmente no le era concedido pero que garantizaba el
despliegue pleno de su vocación más profunda.
   Sí, la palabra clave es “vocación”. Supo sentir la “voz” que llama desde lo más
profundo, la advirtió desde pequeña pero no estaban dadas las condiciones para
llevarla a cabo. Conventos había pero no que la interpretaran, y en medio de esa
búsqueda que merecía su tiempo de maduración y clarificación, fue sustraída a una
realidad impensada y fuera de todos sus planes: el matrimonio. Sólo desde las
concepciones de su época podemos comprenderla y “soportar” su extremo
desprendimiento de sus ideales, ensalzados aún más por un sentido muy marcado
en aquel tiempo de la superioridad de la vida religiosa por sobre la de los seglares.
Reconociendo allí el querer de Dios se entregó y amó, sin saber que su deseo más
hondo, genuino y jamás silenciado, iba a hacerse realidad en el futuro.
   Por eso la otra palabra clave es “deseo”. Aún rodeada y moldeada por una
espiritualidad que insistía en la necesidad de negar la propia voluntad y hacer todo lo
que repugnase a su naturaleza, se atrevió a desear, a soñar, a pretender, a confiar
en un proyecto amurallado por impedimentos que en la sociedad de su tiempo eran
casi insalvables. Instruida en una espiritualidad que bien podía llevarla a la
aceptación resignada de los sufrimientos, no abandonó su ilusión. Si en sus escritos
se mostró identificada con esa espiritualidad, en sus luchas por la fundación del
Instituto mostró que estaba por encima de ella, enseñándonos la perdurable lección
que ninguna formación es determinante en el camino de la libertad de cada persona.
                                                                                   16



   Aspirar a la vida religiosa siendo ya mayor, viuda y con una salud débil era
prácticamente una utopía; con todos esos obstáculos dar curso a la idea de generar
algo nuevo, una locura; persistir en ella a pesar de tantos inconvenientes, sobre todo
el descrédito de su director espiritual, un novedoso coraje; seguir adelante apostando
a un deseo que bien podía ser un capricho, un engañoso delirio, o una egoísta
inclinación de su naturaleza, señal de esperanza contra toda esperanza y una
sobrenatural capacidad para sostener lo que se intuye como venido de Dios.
   A Madre Catalina se la aprecia desde su época pero también “a pesar de su
época”, porque las herramientas que le proporcionaba una espiritualidad tan
insistente en el valor positivo del sufrimiento le sirvieron de motor, de estímulo
constante en la lucha, pero esas mismas herramientas, sin la claridad que sólo da la
desinteresada búsqueda de la auténtica vocación, podían llevarla a silenciar el
clamor de sus inquietudes ante tantos frenos que la sociedad de su tiempo le
imponían, sobre todo no contar con el respaldo de la figura sacerdotal.
   Madre Catalina supo, con una “espiritualidad establecida” instaurar lo nuevo, lo
que le estaba vedado por una sociedad que reducía las alternativas de las mujeres a
muy pocas y estandarizadas opciones.
   Es Fundadora no sólo de un Instituto religioso sino de un camino esperanzador
que invita a todos a la comprometida decisión de ser fieles a nuestras fibras más
íntimas, aún en medio de contradicciones, contratiempos e imposiciones. Desde el
testimonio de su vida, desplegada entre la sumisión y el atrevimiento, Madre Catalina
sigue hoy estimulándonos en nuestras luchas y búsquedas, y nos recuerda que las
dificultades y los imprevistos … no tienen la última palabra.
                                                                                17




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