EL HOMBRE ANTE LA MUERTE

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					                         EL HOMBRE ANTE LA MUERTE

                                 Prof. Javier Sádaba
             Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

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    Ante el hecho ineludible de la muerte o cesación total, los humanos reaccionamos de
formas muy variadas y en función de las culturas en las que nos movemos. Entre
nosotros, Aranguren, y en su libro Ética, hizo una radiografía exhaustiva de la actitud
que tomamos ante la muerte. Y destaca en esta descripción la actitud que se asemeja al
avestruz: se olvida que todos moriremos, se anula su presencia, se la aleja de nuestro
horizonte. Esta negación de la muerte en algunos lugares y estamentos sociales llega a
considerar de mala educación mentarla. Sin embargo, la venganza de lo reprimido no se
hace esperar. Y su poderosa presencia reaparece en los sueños diurnos y nocturnos, hace
su irrupción ante la pérdida de una persona próxima o en esas emociones de fondo que
Heidegger en su filosofía y Damasio en sus análisis neurocientíficos nos han entregado.
Conviene, no obstante, notar también, y nobleza obliga a reconocerlo, que existen
personas que niegan que estén preocupadas por la muerte y que incluso la ven como un
bien. No me refiero a los desesperados o a los suicidas. Un ejemplo de esta postura la
tenemos en un celebrado libro de Tierno Galván en donde se nos decía que estaba muy a
gusto instalado en la finitud y que todo lo demás le traía al pairo. Postura semejante a la
del filósofo Hume, quien, en su breve Autobiografía, muestra una indiferencia digna,
para algunos, de admiración. No seré yo quien niegue la sinceridad de tales posturas.
Pero añado inmediatamente o que son minoritarias o un tanto exageradas o se
pronuncian en un determinado momento de la vida en el que ésta ha perdido todo su
colorido. La compresión que tenemos de la humanidad y la que tenemos de nosotros
mismos cambiarían radicalmente si el límite que es la muerte no estuviera presente en
nuestra existencia. El folklore, la poesía, la literatura o la religión son monumentos, más
o menos explícitos, a la muerte. Y es que, como se ha escrito, un perro que sabe que
muere como un perro no es un perro. Sería alguien semejante a nosotros, autoconsciente
y, por lo tanto, seguro de su cerco espaciotemporal. Otra cosa es que, como indicamos,
podamos quitar el filo a la guadaña, silenciemos el destino fatal o exclamemos con aire
de resignación, lo mismo que escribe Nuland: lo único que nos importa de la muerte
propia es saber que no vamos a sufrir. Desde ese rechazo al horizonte de la muerte se
entiende que hagamos planes eternos, establezcamos relaciones personales con los que
amamos que tomamos por inquebrantables y que, en suma, encaremos la vida como si
ésta no tuviera fin. Y no es así. Somos esencialmente mortales. O, si se quiere y por
utilizar el lenguaje de la zarzuela “El rey que rabió”, si somos mortales per accidens,
somos mortales per se.
    Efectivamente, los organismos pluricelulares en algún momento dejamos de existir.
No quiere eso decir que si nos replicáramos como las bacterias seríamos inmortales,
porque una réplica no es el organismo replicado. Incluso, aunque pudiéramos soñar con
una clonación perfecta, como ésa de la que habla la insensatez de los raelianos,
podríamos dudar de que se mantuviera la identidad de uno mismo. Es éste un tema que
ha vuelto a interesar a más de un filósofo imaginativo y que está presente en los mismos
inicios de la teología cristiana. Y es que, si por medio de la resurrección un poderoso
Dios hiciera un individuo idéntico al Javier que anduvo en la tierra, tal vez no habría
más remedio que modificar nuestros habituales criterios de identidad y decir que Javier
ha vencido a la muerte. La razón última de nuestra mortalidad algunos la sitúan en el
número limitado de divisiones celulares que son propias de nuestra especie. Es lo que


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opina Hayflick. Otros piensan que se debe a los genes y al conjunto de malformaciones
que acumulan. Y otros creen que es el tributo que pagamos a la evolución. Sea como
sea, la mortalidad está inserta en nuestro ser y no hay forma de superarla. Es verdad que
con las nuevas biotecnologías se insiste en que podríamos alargar nuestra vida hasta
llegar, si no a Matusalén, sí al doble de lo que hoy vivimos. Una producción constante
de telomerasa, por ejemplo, aumentaría el número de años en la tierra. Pero, incluso en
la mejor de las situaciones, suena a exageración lo que dicen biólogos como G. Morata
o filósofos como J. Harris. Y es que éstos hablan, sin más, de inmortalidad. Tampoco es
cuestión de poner puertas al campo, sólo que, en el estado de la evolución en el que nos
encontramos, los retos a la mortalidad son más voces que razones.
    Lo que ha hecho la humanidad es colocar la inmortalidad en la imaginación. Ha sido
ésta la depositaria de los deseos por romper las barreras que el tiempo nos impone,
condenándonos a “seres para la muerte”, como escribió Heidegger. Por eso encontramos
en distintas formas culturales figuras míticas convertidas es seres inmortales. Así, en el
Gran Poema de Gilgamesh sumerio, que es la primera pieza en la cadena que desde el
Neolítico llega hasta nosotros, Atrahasis se manifiesta como inmortal. El Noé semítico
no hará sino calcar al personaje mesopotámico. Y Eliseo, Enoch o tantos más se nos
manifiestan como un imposible hecho realidad. Por cierto, el caso de la resurrección de
Lázaro, tal y como lo relatan los Evangelios, no deja de ser curioso. Por un lado, si ha
superado la muerte, lo lógico es que no muriera más. Y si volvió a morir no es para
arrendarle la ganancia, ya que tuvo que pasar por el calvario de dos muertes. La
resurrección, repitámoslo, como la creación de la materia, parece que escapa a las
posibilidades de los humanos, por espléndido que fuera el avance de nuestra
tecnociencia. Aun así, la gente no desespera. Y trashumanistas, posthumanistas,
plushumanistas, crioconservacionistas y toda una legión de seguidores de la ciencia-
ficción continúan alimentando el sueño de una hipotética vuelta a la vida, por medios
naturales, después de la muerte. Tanto es así que se publica en el mundo anglosajón una
revista, “Resurrección”, con no poco éxito. En una mirada atenta a los hechos, sin
embargo, las espesas nubes de las elucubraciones desaparecen ante una incuestionable
realidad: somos mortales.
    Siendo ésa nuestra condición, la pregunta ahora es ésta: ¿Por qué no nos
conformamos con ella, qué es lo que alienta el anhelo de transgredir el cerco o límite
que se nos impone nada más nacer? Y es que los animales, por superiores y primos
nuestros que sean, no quieren, a no ser de manera auroral o por analogía, vivir sin
interrupción. Pero en nuestra especie el choque contra el límite de límites, que es la
muerte, da origen al deseo de continuar viviendo. O, al menos, que estuviera en nuestra
mano decidir cuándo no nos interesa permanecer más como individuos singulares.
Porque, es importante no olvidarlo, de la inmortalidad de la que estamos hablando es la
de Aitor o Nerea, y no la que se lograría con el nombre, la fama o a través de la especie
en su incesante progresar gracias a los genes egoístas, por usar la conocida expresión de
Dawkins. Ante el choque citado, se disparan los deseos de traspasarlo. Y ello es debido
a nuestra estructura antropológica. Conviene que nos detengamos brevemente en este
punto. El ser humano es capaz de decir yo. O, lo que es lo mismo, de referirse a sí
mismo, de tener conciencia de sus pensamientos y de sus acciones. Es difícil saber,
dentro de la tortuosa evolución que ha llegado hasta nosotros, cuándo adquirió dicha
capacidad. De lo que podemos estar seguros es de que, para hablar de uno mismo, es
necesario poseer un lenguaje. Pero no un lenguaje de signos que posibilite la
comunicación, cosa que también poseen los animales. Piénsese en la sorprendente
capacidad de comunicación de primates como Lana, Kiko o Sara. Lo que sucede es que
nosotros usamos un lenguaje que técnicamente hay que llamarlo predicativo. Y es que


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aislamos un objeto y de dicho objeto predicamos tales o tales atributos. Es lo que
hacemos cuando decimos que, por ejemplo, “el mar está en calma”. Ahora bien, una vez
que poseemos tal inmensa habilidad, podemos hablar no sólo del mar o de los peces
sino de todo cuanto se nos ocurra. Así, de lo que podría ocurrir en el futuro, de fantasías
insólitas, de dioses o de demonios, y hasta de la misma nada. Es curioso cómo un bebé
que todavía sólo domina unas pocas frases sabe decir “aquí no hay nada”. Siendo esto
así, los humanos estamos abiertos a lo que trasciende nuestra experiencia. Los cuentos
más exóticos o las religiones más inverosímiles son una muestra de lo que venimos
diciendo. Y, unido a lo anterior, los deseos se desdoblan también entre deseos de
aquello que tenemos a mano y aquello que desearíamos también obtener sin restricción
de ningún tipo. Por eso, no sólo deseamos comer para saciar el hambre sino que
podemos desear no morir nunca. Y en este campo de los deseos, se dan dos
posibilidades. Una es no ejercer moderación alguna en tales deseos y crear, de esta
manera, un fantástico mundo de supuestas realidades ultraterrenas. Y la otra consiste en
reorientar tales deseos, domarlos y contentarnos con lo que conocemos sin dar pasos
que vayan más allá de lo que objetivamente existe. En este segundo caso diríamos que
el querer ha sometido a los desmesurados deseos.
    Es ésta la situación en la que nos encontramos los pertenecientes a la especie Homo
Sapiens Sapiens. Vivimos abocados a morir. Vivimos teniendo delante, más o menos
explícitamente, la cesación como límite absoluto. Y esa situación genera, lo insinuamos
antes, temor. Se ha discutido y se discute mucho si la muerte, en cuanto tal, genera
temor. Hay quien lo niega. Pero esa negación no deja de ser un juego floral. Porque la
muerte no la contemplamos desde un privilegiado lugar fuera del mundo para juzgar
desde allí si merece la pena venir a este planeta o no. Nosotros estamos ya en él y desde
ahí surge el cuestionamiento de una vida que queda truncada por la muerte. Una vida
que describe una curva que, en el caso de que sea larga, comienza con la infancia,
adquiere el cenit en la madurez, decae con la vejez y llega a la muerte. Es dentro de ese
ciclo vital en donde se plantea el sentido de nuestro existir. Temerosos del morir e
insatisfechos en mucho de lo que vivimos, por usar una frase del filósofo Hume,
pasamos el espacio de tiempo que el azar nos entrega. Dos palabras más sobre el miedo
o temor a la muerte. Existe un miedo instintivo que compartimos con otros animales no
humanos. Es el miedo que ha colocado la evolución en muchos organismos para que
éstos no perezcan ante el más mínimo obstáculo. Se trata, por lo tanto, de un miedo
relacionado, sin más, con la supervivencia. Nuestro miedo a la muerte, sin embargo, es
distinto. Se suma al anterior y sus características más propias las adquiere en el reino de
la cultura. En este sentido, es un miedo típicamente humano que surge de nuestra
capacidad de volvernos sobre nosotros mismos y contemplarnos como totalidad,
expuestos ante un mundo mudo que nada promete a nuestros deseos más intensos. La
muerte, en consecuencia, la tememos porque rompe nuestras expectativas, anula
nuestras preferencias, deshace los vínculos más queridos y, sobre todo, muestra en la
imagen de los que ante nuestros ojos mueren, cómo la chispa de conciencia que
enciende nuestra persona se apaga para siempre. Suenan aquí un tanto tétricas las
palabras del sabio Simónides cuando afirmaba que somos un pequeño fragmento entre
dos nadas. ¿Cómo se ha enfocado este hecho que, obviamente, no hay modo de negar?
O, expuesto en otros términos, ¿cuáles han sido y son los paliativos que nos sirven para
hacer más llevadera la existencia, aunque sobre ella se cierne siempre la sombra de la
muerte?
    Nos referimos antes a la curva que describe el ciclo vital. Nuestra cultura, que para
simplificar llamaremos occidental, la enfoca de diferente manera a otras como la que,
también para simplificar, llamaremos oriental. Nuestra cultura ha sido lineal, de forma


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que la vida es contemplada como un segmento que comienza con el nacimiento y acaba
con la muerte. Es cierto que nunca se ha desprendido de una concepción circular como
la que se da, y enseguida lo veremos, entre los orientales. El Concilio de Nicea condenó
a aquellos cristianos que, apoyándose en el texto evangélico en el que Jesús expulsa
unos demonios y los introduce en unos pobres cerdos, creían en la reencarnación. Y en
nuestros días, insiste el historiador de las religiones, Mircea Eliade, una especie de
eterno retorno, al modo de la gran metáfora usada por Nietzsche, está en muchas de
nuestras concepciones del mundo. Piénsese, por ejemplo, en la economía y sus
recurrentes círculos. Aun así, ha imperado lo lineal. La conocida frase de Agustín de
Hipona,“Circuiti illi iam explosi sunt”, resume lo que venimos diciendo. Y lo hace en
dos sentidos. Por un lado, habríamos sido salvados de las revoluciones de la naturaleza
que, en su incesante dar vueltas, se tragan a los individuos singulares. Y, por otro, cosa
decisiva, se nos abre una vía que acaba directamente en el Ser Supremo. Un final feliz
para los bienaventurados es el premio que se gesta en la historia. La historia, en suma,
es suplantada por una escatología o fin de los tiempos. Bien distinta es la tradición
oriental. Conviene, por eso, que nos detengamos brevemente en ella. Adelantemos,
antes de nada, que dentro de lo oriental caben muchas tendencias. No es lo mismo el
hinduismo de los Vedas que el heterodoxo budismo, que el ateo jainismo o que las
sabidurías más orientales aún del taoísmo, confucionismo o sintoísmo. En este contexto,
sin embargo, sobresale la viejísima idea de Karma y otra que le es próxima, el Sansara.
Auque es casi de cultura general, me atrevo a señalar que lo que quieren decir es lo
siguiente: como las malas acciones no parece que reciban en este mundo la sanción que
se merecerían, se ha imaginado una nueva reencarnación proporcional al mal
acumulado, o Karma, para purificar tales acciones. La salida de este reencarnarse
constante consistiría en salir de la rueda o vueltas a la existencia que no nos libra del
sufrimiento. La salida es lo que se llama Nirvana o Moksa. Ahí descansaríamos en un
estadio similar a la nada o extinción que a nosotros, occidentales, nos resulta difícil de
conceptualizar. En el fondo, esta manera de ver las cosas contiene un intento por dar
respuesta al eterno problema del mal y que en nuestra tradición lo ejemplificó Job: ¿Por
qué el malo vive feliz en sus días en la tierra y el bueno es desgraciado? Occidente
proyectó un futuro esplendoroso para los bienaventurados y una existencia plena de
dolor para los réprobos. Oriente hace que se purguen los males en las distintas
reencarnaciones hasta obtener la liberación final.
    Se objetará a lo que acabo de decir que la solución al problema que nace al chocar
con las barreras del mundo y que consiste en postular un Más Allá ultramundano
únicamente puede satisfacer a los creyentes religiosos. Y éstos sólo son una parte más o
menos relevante en una sociedad progresivamente secularizada. Desde la Ilustración los
dogmas han ido haciéndose, eso se supone, cada vez más increíbles, los Estados se han
laicizado y la gente no deposita ya sus expectativas en lo que las iglesias proponen
como creencias y conductas por las que necesariamente hay que pasar para lograr, al fin,
un estadio último de felicidad sin mancha alguna. Un resumen exagerado y provocador
de esta postura la podemos escuchar de labios del biólogo Dawkins, cuando sostiene
que quien en nuestros días sigue creyendo en Dios es un analfabeto. Lo expuesto es una
verdad a medias. Es cierto que nuestras sociedades se guían por estándares de
racionalidad y que van al psiquiatra antes que al confesor o que confían más en una
medicina que en una oración. Pero en los bordes o en medio de tales sociedades se
mantienen grupos de creyentes que con su fundamentalismo tiñen la sociedad en la que
vivimos y no desisten en sus proclamas a favor de lo invisible. En EUU las estadísticas
son apabullantes respecto a los creyentes en la nueva era, en los ángeles, o los que se
consideran renacidos. Y si volvemos la vista a este país, no es ningún secreto que


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determinados grupos de creyentes ocupan puestos en las estructuras del poder con una
influencia nada despreciable. Además, existe todo un conjunto de prácticas
pararreligiosas que, de alguna manera, intentan satisfacer las ansias de inmortalidad que
en otro tiempo satisfacían las iglesias ortodoxas. No me refiero sólo a los manuales de
autoayuda que ayudan, eso sí, entonteciendo. Me refiero a los Nuevos Movimientos
Religiosos, milenaristas de toda ralea, quiromantes, magos de poca monta y un largo
etcétera que muestran hasta qué punto gente, incluso instruida, mantiene algún contacto
con lo que, en un sentido más estricto, llamamos religión. Aun así, se me dirá, otros
muchos permanecen agnósticos o ateos; es decir, o bien se encogen de hombros y
sostienen que nada podemos saber en relación a una vida futura o sencillamente la
niegan y se ajustan a los datos de la experiencia, asintiendo a lo que sentenciaba B.
Russelll: nuestro destino es convertirnos en polvo. Cómo viven los que así piensan y
sienten la inmensa soledad de una vida tan corta y sin esperanza de que se alargue es
algo que varía de individuo a individuo. Algunos lo sufren y se refugian en las tareas y
pasatiempos cotidianos. Otros dan la espalda al problema y se muestran indiferentes a
todo lo que vaya más allá de lo que podamos palpar. Y otros afirman, sinceramente o
no, es difícil saberlo, que para ellos una vida corta y ausente de proyectos largos no es
mal alguno. Es más, es lo que daría sustancia a la vida. Un filósofo, recientemente
fallecido y que se distinguió por su originalidad, opinaba precisamente así.
    ¿Se podría, no obstante, ofrecer una mínima propuesta (dejando, claro está, a los que
tienen fe fuera de dicha propuesta, ya que no la necesitan) que nos hiciera más llevadera
la vida sin tener que lanzarse a creencias que superen lo que está en nuestro poder
conocer? Creo que sí. Y es lo que haré a continuación. Para ello tomaré algo de las
enseñanzas antes llamadas orientales. Digo “algo” porque no todo me parece aceptable
y porque mucho se nos escapa por tratarse de una forma de vida que ha discurrido por
raíles muy distintos a los nuestros. Una de las características de nuestra civilización,
fruto del cruce de la racionalidad griega con el trascendentalismo judío, es poseer un
ego rígido, concentrado, fuerte. Por eso necesitamos tanto ser reconocidos, que se nos
trate con una deferencia que va más allá del necesario respeto. Y por eso también las
creencias religiosas, propias del monoteísmo en el que estamos instalados, nos proponen
un yo que nunca muerte y que supera, por tanto, la temporalidad en la que nuestro
cuerpo está envuelto. De esta manera el universo se empequeñece y nosotros
sobresalimos erguidos por encima de todo lo que se mueve. Y de esta forma, en fin, la
razón acompaña a los deseos más allá de los límites que, repetimos, el mundo de la
experiencia nos impone. Si, por el contrario, supiéramos descentrar nuestro yo, unirnos
al universo, considerándonos una mínima parte de él, y aflojáramos los deseos de
trascender todo lo visible es probable que una mayor calma se instalara en nuestro
corazón; y que la tranquilidad de espíritu fuera mucho mayor deshaciendo, al menos
parcialmente, el cúmulo de angustias en las que estamos metidos. Lo que acabo de
exponer suena a taoísmo, o al menos a parte de esa vieja e interesante religión natural
que es el taoísmo. Y es verdad. Añado que se trataría de un taoísmo a nuestra medida,
matizado por lo que históricamente hemos llegado a ser y sin saltos culturales que
acaben con nuestros huesos en la tierra. El filósofo E. Tugendhat ha trabajado como
nadie esta especie de mística natural que haría más soportable la existencia sin tener que
dar esos saltos de trapecista que nos llevan, sin red, a un supuesto Más Allá.
Personalmente estoy de acuerdo con esta terapia existencial y la considero la más
adecuada para quienes, sin las credenciales de la fe y sin dimitir de la razón, quieren
vivir un poco mejor ante la muerte. Me apresuro a añadir que de esta manera el yo no
desaparece. Queda sencillamente fuera de un trono que hemos sacralizado de modo un
tanto vanidoso. Por eso, lo que acabo de decir no casa con el budismo. Porque éste, y


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por interesantes que sean otras de sus aportaciones, opta por una solución tan radical
como imposible: suprimir el yo (Anatta). Dicho castizamente: muerto el perro, se acabó
la rabia. Y no es tampoco eso. No es cuestión de desaparecer o matar los deseos para
que éstos no nos maten. Se trata, repetimos, de minimizar nuestro yo, no alargarlo
desmesuradamente y, como consecuencia, relajarse, lograr una paz de alma en función
de unos moderados deseos. No es fácil, sin duda, realizar lo que acabamos de exponer y
no son pocas, se puede añadir, las escuelas o doctrinas que han intentado, con
meditación, ejercicios corporales y técnicas semejantes, algo parecido a lo que
acabamos de exponer. Por mi parte, y sin que considere inferiores las fórmulas
apuntadas y que generalmente miran a Oriente, sólo añadiría que la propuesta citada es,
fundamentalmente, teórica y también la podemos encontrar en nuestra cultura. Que es
teórica quiere decir que es el producto de una reflexión seria sobre lo que somos, un
esfuerzo por autocomprendernos y no un dejarse llevar por no sé qué santos o folleto
que anuncie la felicidad. Y que pertenece a nuestra cultura significa que tenemos textos
y experiencias en nuestra tradición que podemos aprovechar. Sea como sea, y más
adelante volveré sobre ello, siempre quedará esa pizca de angustia que acompaña a todo
ser consciente. El filósofo Schopenhauer escribía que a mayor consciencia, mayor
sufrimiento. Él trató de encontrar una salida a ese sufrimiento interior por medio del arte
y, especialmente, de la música. Si lo consiguió o no es otra cuestión. De hecho y a los
ojos de los demás, siempre apareció como un gruñón y un amargado. Pero, fuera lo que
fuera, no es posible negar esa parte de verdad que se esconde en su afirmación de que
una conciencia lúcida y tierna no puede por menos que ser sensible al sufrimiento
aunque intentará sublimarlo. No todos somos capaces de vivir como Buda o como
Jesús. Podemos, eso sí, centrarnos sobre el sentido de nuestras vidas, aceptar el destino
que nos ha tocado, sacar todo el jugo posible a lo que existe y, una vez más, reconocer
que somos efímeros y mortales, y no dioses del Olimpo o del Monte Sinaí.

                                            II
   Lo dicho hasta el momento es una meditación sobre la muerte que esconde, como no
podía ser de otra manera, una meditación sobre la vida. Hemos expuesto por qué
deseamos ser inmortales y cuáles son o deberían ser las actitudes que nos liberen, dentro
de lo posible, del sufrimiento que la inexorable muerte nos produce. Es hora de
volvernos hacia una profesión que está en contacto diario con el morir y con la tarea de
evitar el dolor a los seres humanos. Se trata de la profesión médica; o, mejor, de los
profesionales de la salud. No entraré ahora en las complejas funciones del profesional
de la salud. Sí me parece oportuno señalar que dicho profesional está en un proceso de
profunda transformación. La medicina gestionada que le quiere hacer partícipe de los
problemas económicos de un sistema de salud cada día más difícil de mantener le
obliga, en buena parte, a insertarse en una moral ultrautilitarista, a consumir más tiempo
o a aumentar su sueldo convirtiéndose en un gestor. Sin olvidar el impacto que la
biomedicina está produciendo y producirá en la praxis del médico. Al arte o habilidad
médicas hay que sumar una serie de conocimientos biológicos que agobian aún más la
labor, ya de por sí estresante, del médico. Por no hablar del consumismo de la salud,
bien ayudado por Internet, de la neurosis galopante de nuestra sociedad que desea que el
médico le cure, le alivie y le consuele como si de un confesor se tratara. O de la
amenaza del bien intencionado Consentimiento Informado que, en vez de ir contra un
paternalismo insensato, puede hacer que el paciente, en vez de gozar de su autonomía,
se trueque en un agresivo y exigente enfermo. Todavía podríamos añadir otra serie de
características que ejemplifiquen lo que es, hoy, el profesional de la medicina. Todo eso
es verdad. Pero aún más cierto es que el médico no es un ingeniero que hace puentes, un


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arquitecto que construye edificios o un fontanero que evita que se inunde la casa. El
médico trata con el cuerpo humano. Y eso le da una excepcionalidad incuestionable, por
mucho que se haya masificado la medicina o no sea vista su figura bajo el aura que en
otro tiempo le rodeó. De ahí la necesidad de que sea una persona dedicada a su tarea con
un tono de humanismo que supera cualquier otra profesión; o con una disponibilidad
que también está ausente en otros oficios. El médico, en suma, es el guardián de la vida
y de la muerte, el enemigo del sufrimiento, la última luz que ve el enfermo, el rayo de
esperanza en quienes, angustiados y con miedo, acuden a él.
    Pero, y en un paso más, ¿cuál ha de ser la actitud del profesional sanitario ante la
muerte de un paciente? Es obvio que pacientes los hay de todo tipo, edad y enfermedad.
Como consecuencia, en cada caso se plantean distintas respuestas al inexorable final
con que se sella nuestra vida. En términos generales, habría que decir, antes de nada,
que un fuerte equilibrio entre sensibilidad para hacerse con la realidad de la muerte que
envuelve al enfermo junto a sus familiares más próximos y la independencia de criterio
para no caer ni en la depresión ni en el paternalismo son esenciales. La praxis médica
enseñará cómo hay que conjugar lo expuesto, pero sería deseable que ya en la facultad
se inicie ese aprendizaje que sólo la práctica sancionará. Añadamos a lo anterior la
tantas veces mentada capacidad del médico para saber comunicar, con las palabras, los
gestos o el medido silencio, que el final está próximo, que la enfermedad no es
reversible o que se han agotado las alternativas. Como se ha solido indicar, el cuerpo es
un sistema de signos y la inteligencia del médico consistirá en conocer cuáles son
aquellos que han de ponerse en marcha ante un desenlace fatal. Una vez más, habría que
apostillar que, aunque la experiencia se encargará de ir delimitando cuál es la conducta
adecuada, no estaría de más que durante la carrera se entrenara a los estudiantes en el
difícil arte de conectar con los que, con miedos, angustias o incluso con
comportamientos totalmente incorrectos, están sujetos y dependientes de lo que la
palabra médica ponga ante sus oídos. Y cada caso es un caso. La singularidad del
enfermo no puede subsumirse bajo un concepto que englobe sin matices a todo el
mundo. Finalmente, no habría que olvidar que la aceptación del destino es el principio
de la sabiduría para marcharse de este mundo. Nos referimos antes a las actitudes más
orientales que occidentales que incitan a no poseer un yo muy rígido, un yo que no se
erija como un pequeño dios que se cree invulnerable al tiempo. Ese momento de
aceptación, que no es, sin más, la resignación de la tradición cristiana, es esencial. A la
muerte estamos abocados y la rebelión interior que podamos tener sobre nuestra
condición no impide que veamos con cierta paz que nada podemos hacer por sobrevivir.
Naturalmente, habrá que respetar a quien, desde su fe, desea que el último encuentro sea
con sus sacerdotes o pastores.
    En cualquier caso, debemos insistir en que hay aspectos de nuestra existencia que no
tienen solución alguna. Un optimismo tonto piensa que el conjunto de problemas que
sobrevuelan por encima de nuestra cabeza encontrarán la respuesta adecuada. Y no es
así. Ante lo más importante de la vida, tal vez no nos quede sino repetir lo que escribía
el filósofo Wittgenstein: “So ist das Leben”. Mejor que retórica tonta, palabrería inútil o
muecas que, más que calman, molestan, es cruzarse de brazos y mirar con ternura a
alguien por el que nada más podemos hacer. Callaham escribió un libro, Los límites de
la medicina, que está en su punto citar ahora. Y es que la medicina no lo cura todo. En
lo más fundamental es impotente. Y ante la muerte no puede sino pararse y esperar.
Cosa que toca, obviamente, tanto al paciente como al médico que en algún momento
será un paciente más.
    Antes de acabar, me gustaría decir todavía un par de palabras en relación con la
muerte. Se trata de la eutanasia y del Testamento Vital. Empezaré por este último. El


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Testamento Vital o Biológico, también conocido como Voluntades Anticipadas, tiene su
origen en un artículo publicado en 1969 en EEUU y en el que por primera vez se habla
del living Will. En 1976 se acepta el Acta de Muerte en Chicago y pronto será legal en
cincuenta estados de Norteamérica. De allí pasa a Europa y en lo que atañe a España es
legal en 16 autonomías y ha sido refrendado por el Parlamento. Se trata de un
documento en el que, ante notario o con tres testigos, se pide que no se dé soporte vital
si uno se encuentra en situación de no poder decidir, piénsese en un coma profundo, o
afectado por Alzheimer. Por soporte vital se entiende medicación, nutrición,
hidratación, diálisis renal, etc. El Testamento Vital es la forma extrema de
Consentimiento Informado y, por tanto, se apoya en los textos que, como la Ley
General de Sanidad o la Ley de Autonomía de 2002, subrayan la autonomía del
paciente. Es éste el titular de su cuerpo y en su libre voluntad está encarar la enfermedad
del modo que considere oportuno. Como señalaba acertadamente P. Singer, si la ética
está por encima de la investigación médica, el respeto a la voluntad del paciente está por
encima de lo que los médicos piensen que es lo mejor. Aunque en el año 2007 un Real
Decreto anuncia la creación de un Registro de Voluntades Anticipadas, una buena idea
sería incluir el Testamento Vital en el historial clínico. Por cierto, no existe un único
modelo de dicho testamento, a pesar de que los puestos en circulación por la AMD y
por el Observatorio de Bioética i Dret de la Universidad de Barcelona son tal vez los
más recomendables. El Testamento Vital equivaldría a lo que acostumbra a llamarse
eutanasia pasiva y su finalidad consiste en evitar la distanasia o encarnizamiento
terapéutico, lo que actualmente se llama LET (limitación del esfuerzo terapéutico).
Algunos pensamos que dicho testamento, si no quiere quedarse en una nada, dado que
la eutanasia pasiva la acepta hasta el Vaticano, debería ser un paso hacia la eutanasia
activa y voluntaria, tal y como ésta se contempla, por ejemplo, en Holanda y en Bélgica.
Sea como sea, en lo que atañe al Testamento Vital, digamos que el médico ha de estar
atento a él, cuando exista, y ser respetuoso, por tanto, con la voluntad, libremente
expresada, del paciente. Es cierto que el Testamento Vital tiene perfiles oscuros, puesto
que dónde está el límite del deterioro físico o intelectual o cuánto dura la fase terminal
son más que discutibles. Pero el médico no puede sustraerse a los problemas de la vida
y de la muerte. De ahí que tomar postura es uno de los requisitos de su profesión. Y de
ahí que en su concepción de la moral y del sufrimiento humano esté el camino hacia la
actitud que tome. Los que pensamos que la libertad y evitar el sufrimiento son los dos
pilares de una muerte digna animaríamos al profesional sanitario a prolongar lo menos
posible el dolor de los humanos. Y a las instituciones pediríamos que se modifique el
Código Penal de forma que sean lícitas la eutanasia y el suicidio asistido. Con las
debidas garantías, sin duda, pero sin las trabas que, a contra corriente, se le sigue
poniendo a uno de los derechos más básicos que tenemos todos los que, sin permiso
nuestro, hemos llegado a este mundo.
    Acabo ya. La muerte es nuestra sombra. No se trata de convivir de manera
masoquista con ella. Se trata, por el contrario, de saber que es nuestra gemela, que no
nos abandonará nunca. Y que en algún momento se apoderará de nuestra vida. Escribía
Montaigne que la vida se parece a un viaje con muchas o pocas estaciones, pero que, a
buen seguro, tiene una que es la última. Y un apreciado colega suele decir que la vida es
como una novela en capítulos y que no se nos debe privar de escribir el último. Por
medio está, sin embargo, el vivir. Y lo mejor es vivir lo mejor posible. Gozando de los
bienes que nos ofrecen la naturaleza y la sociedad, y evitando sus males. Y gozando,
sobre todo, de una conciencia satisfecha. Escribía W. Benjamín que ser feliz consiste en
percibirse a uno mismo sin miedo. Estoy de acuerdo. Sólo añadiré que sería un don de
la fortuna que nos liberáramos también del miedo a la muerte.


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