Reflexi�n sobre el sufrimiento humano y el sentido cristiano de by Sz6fyR

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									“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


Reflexión sobre el sufrimiento humano y el sentido cristiano de la existencia.
Búsqueda de sentido en el contexto de la muerte que confronta a la vida en la
existencia de las personas con enfermedades terminales.

Esquema de la presentación:

    “JESÚS, LA PERSONA SUFRIENTE Y EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA HUMANA”

        1. Les entrañas de Jesús se mueven al contemplar el sufrimiento

        2. Sentido cristiano de la existencia

        3. Una perspectiva para la vida: esperanza escatológica y resurrección humana



     “JESÚS, LA PERSONA SUFRIENTE Y EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA HUMANA”

                                   Rvdo Jorge Daniel Zijlstra Arduín.
        Lic. En Teología y Pastoral con concentración en Atención de Enfermos Terminales.


1. Les entrañas de Jesús se mueven al contemplar el sufrimiento

        Muchas veces la gente que sufre se pregunta ¿cuál es la voluntad de Dios respecto
al sufrimiento y al morir?, ¿qué sentido se puede hallar a la vida en medio del dolor desde
la fe en Jesús?, ¿cuál es su voluntad respecto a la agonía humana? También se plantean
preguntas menos genéricas como, por ejemplo, ¿qué piensa Dios de esto que me está
pasando? ¿por qué a mí? ¿por qué tan joven? o ¿qué habré hecho para merecer este
castigo?

        No todas estas preguntas tienen respuestas, algunas de ellas incluso contienen
ideas erróneas fruto de teologías que hacen a Dios responsable de los padecimientos
humanos, o que plantean los padecimientos humanos como castigos o pruebas impuestas
a la vida de las personas.

       No se intentará aquí profundizar en estas preguntas, ni en las teologías que las
sustentan, aunque es necesario para acercarse a una respuesta adecuada remarcar el
hecho de que las personas cristianas afirman su fe en un Dios que se hizo carne para, de
esa manera, identificarse integralmente con la naturaleza humana.

        La encarnación manifiesta - en relación al sufrimiento, la muerte y el morir - el
reconocimiento de que Dios no ha abolido ni impuesto las realidades de la muerte y el
sufrimiento humanos, lo que sí ha hecho es identificarse con la persona en medio de esas
realidades y auxiliarla en dicha situación difícil.

       Dios no libra a la persona de sufrir o de morir, tampoco es quien impone los
sufrimientos, lo que hace es acompañar comprometida y solidariamente —es decir
encarnadamente— en medio de las dificultades de la existencia.
                                                                                                                1
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


       De allí que la com-pasión, es decir el sufrir-con la otra persona desde lo más
profundo, sea uno de los rasgos de divinidad que caracterizan a Jesús de Nazaret.
Compasión que se traduce en una opción de Jesús en favor de las personas enfermas, de
las apartadas de la sociedad, de aquellas que tienen negada la posibilidad de morir
humanamente, de quienes sufren; en otras palabras opción por las personas que tienen
encarnada en sus vidas la experiencia del sufrimiento.

       En un interesante y fundamental estudio, Elisa Estévez1 analiza el significado de la
palabra griega  (zplaxjizomai) que es la que se traduce normalmente como
compasión y descubre:

         “una novedad radical en el amor misericordioso de Dios. Este amor, que
        significa solidaridad histórica con el dolor humano, nace del seno del Padre y
        constituye el fundamento de la acción liberadora de la Iglesia.” 2

       La significación de este término griego va más allá del mero compadecerse ya que
esta actitud de Jesús ante el sufrimiento y los padecimientos de la gente producen en Él
una reacción en dos niveles:

               1) lo mueve             a   experimentar       sentimientos       de    ternura,    compasión,
        misericordia;

                   2) provoca una reacción corporal en la que sus entrañas se mueven.

      De allí que el término  es compasión —pero aún más que eso—,
expresa la reacción integral y profunda de Jesús hacia quien sufre. Como dice Elisa
Estévez, este verbo “tiene en sí una riqueza fortísima.”3

       , si bien es una palabra griega que expresa ese significado de
compadecerse, conmoverse las entrañas, debe ser interpretado desde la concepción
hebrea que plantea que en las entrañas está la sede de los afectos, la ternura, la
compasión, etcétera. Para los griegos, en cambio, ellas eran la sede de las pasiones
violentas como la ira y el odio, o el amor.

        Este verbo, además, tiene cierta correspondencia con el término hebreo raham que
significa compadecerse, sentir cariño, piedad.

       Es importante tomar nota de la profunda significación de  ya que a lo
largo de las 12 veces que aparece en el N.T.:

         “designa la compasión experimentada por Jesús... a la vista de las
        necesidades humanas. Su significado va más allá de una fuerte convulsión
        de las entrañas ante el sufrimiento, el dolor, la enfermedad ... para aportar un

          Elisa Estévez, “Significado de  en el NT”, en Estudios Bíblicos, (Madrid: Centro de
        1

Estudios Teológicos “San Damaso”-Asociación Bíblica Española, Nº48, 1990), pp. 511-541.
        2
            Idem., p. 511.
        3
            Idem., p. 513.
                                                                                                                2
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


        rasgo distintivo de la misión mesiánica de Jesús, recibida del Padre y
        transparencia de sus entrañas misericordiosas. Su significado cubre un doble
        aspecto: por un lado, la vivencia encarnada del sufrimiento; por otro, la
        urgencia de transformarlo en un gesto concreto de liberación y salvación.” 4

        Es interesante ver además que este movimiento de entrañas y compasión tiene
como objeto —en la mayoría de los casos— a las multitudes, es decir, a un elemento
colectivo como lo evidencia Mt. 9:36, 14:14, 15:32 y Mc. 6:34, 8:2. En los demás casos el
objeto de este sentimiento y reacción son personas individuales. Este es el caso de dos
ciegos en Mt. 20:34, el leproso de Mc. 1:41, la familia del epiléptico en Mc. 9:22, la viuda en
Lc. 7:13, el siervo de Mt. 18:27, un hombre en Lc. 10:33 y el hijo pequeño en Lc. 15:20.

       Estos textos evidencian la identificación de Jesús con el “populacho” 5, con las
personas excluidas de la sociedad (gente con lepra, ceguera, epilepsia, etc.) y en general
con todas aquellas que viven en una situación de indefensión, necesidad, debilidad e
inseguridad.

      Por ello en la actitud de Jesús hacia la fragilidad de la vida de las personas
vemos su “misericordia entrañable”6, que permite entender cuál es su voluntad y
reacción —igual es la del Padre— respecto a los padecimientos humanos.

      A Jesús se le mueven las entrañas ante el dolor y el sufrimiento de las personas; Él
no es insensible a esto. De su actitud, quien sufre por la inminencia de la muerte, la
enfermedad, u otra circunstancia dramática de la vida, puede obtener consuelo, aliento y
esperanza.

        Esta fortaleza recibida por gracia no implica que la persona sufriente este exenta de
su propio movimiento de entrañas ante el dolor y la angustia propia, no implica que se
niegue la posibilidad de la rebeldía y el “pataleo” incluso ante Dios. Al contrario la
solidaridad evidenciada por el movimiento de entrañas compasivo de Jesús permite a la
persona encontrar un lugar apropiado donde sus cargas y padecimientos puedan ser
expresados y aliviados por Aquel que está dispuesto a auxiliar a sus criaturas en medio de
la muerte y el temor.

       Jesús no es inconmovible ante los dolores humanos sino más bien está sumamente
dolido y solidarizado. Su  garantiza que ante el dolor y el desconsuelo, ante
las dudas y los enojos, Jesús está de parte —y a disposición— de las personas sufrientes.

       Confiar en el movimiento de las entrañas y la compasión de Jesús es una manera
de encontrar sentido, fortaleza y esperanza en medio de las diversas situaciones que
obligan a vivir la cercanía de la muerte en una sociedad que la oculta, la niega, y también la
produce. Ciertamente a Jesús, y a Dios mismo, se le mueven las entrañas ante el dolor de
la gente.

        4
            Idem., p. 519.
        5
            Idem., p. 523.
        6
            Idem., p. 541.
                                                                                                                3
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
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2. Sentido cristiano de la existencia

       Para los cristianos y cristianas a lo largo de la historia, la búsqueda del sentido de
sus vidas siempre ha sido marcado por la perspectiva de la fe en Dios. Gattinoni afirma que
solo “Dios y su voluntad pueden dar el sentido verdadero “7 a la vida.

      Pero hoy, ante esa muerte que es negada tornándose tan oscura para la vida de las
personas, es necesario dar razón de esa fe que puede dar sentido existencial.

        Es necesario para el contexto en el que toca vivir y morir poder afirmar que la luz
resplandece en medio de las tinieblas que muchas veces ensombrecen la vida, y que esas
tinieblas no pueden opacar la fuerza renovadora que surge de la fe en un Dios capaz de
dar trascendencia y significación a la vida humana.

        En la medida en que se logre una convicción de fe tal, que permita a la persona vivir
cada experiencia en la perspectiva de que la vida no termina con la muerte, este
acontecimiento de la vivencia humana podrá ser iluminado por las esperanzas que emanan
de la fe en el Dios de la vida y de la historia que se ha revelado en Jesucristo y que actúa
por medio de su Espíritu de vida.

      Cierto es que para enfrentarse con valor al hecho de la muerte, más que tener una
comprensión de la muerte lo que se necesita es:

         “alcanzar una convicción de la vida... Llegar al convencimiento de que la
        muerte no es la última palabra de la vida, ni es el adiós espantoso y
        definitivo, (lograr esto) es posesionarse del gran secreto de la sonrisa y la
        esperanza.”8

       Es necesario, entonces, ayudar a las personas9 a que lleguen a tener una real
apreciación de lo que implica vivir plenamente, es decir, en los términos de la vida que Dios
quiere para todos y todas —incluso ante la inminencia de la muerte—. También es
importante apreciar cómo una vida vivida con este sentido cristiano de la existencia puede
aportar esperanza aún en los momentos de más agonías y sufrimientos.

       Poseer dicha convicción respecto a la existencia humana, es lo que da una
perspectiva particularmente importante a la vida del creyente. Esta convicción de fe ha sido
revelada al pueblo de Dios de forma especial a través de la vida, muerte y resurrección de
Jesucristo y a través del testimonio de fe del pueblo de Dios.

        Según Libânio y Bingemer, el núcleo central de la fe es:




        7
            Gattinoni, Carlos T.    El sentido de la vida, Buenos Aires: La Aurora, 1990. p.99.
        8
            Gutiérrez Marín, Más allá de la muerte, (México: Casa Unida de Publicaciones, 1957), p. 140.
        9
         Cf. Pastoral de Acompañamiento a Personas Enfermas Terminales, Jorge Daniel Zijlstra Arduín, San José,
        Costa Rica,1998
                                                                                                                4
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


        “un Dios de la vida, cuyo proyecto salvífico se extiende sobre toda la historia
        humana - hasta su plena realización en la eternidad. Es un proyecto que... se
        ha revelado en la encarnación, muerte y resurrección de Jesús.” 10

      Por esto, para encontrar sentido, tanto a la vida como a la muerte de cada ser
humano, será necesario ver en qué forma la cruz y resurrección de Jesús pueden
aportar significado en tiempos de angustias, sufrimientos, o ante la inminencia de la
muerte.

        En esos acontecimientos de la vivencia humana se puede apreciar que “en Dios la
vida es vida en verdad y la muerte no es muerte verdaderamente”.11 Esto es posible, desde
la óptica cristiana, a través de la interpretación de la cruz y del sepulcro vacío, como
elementos dadores de sentido y de fundada esperanza para la existencia.

       En esta misma línea, la cruz de Cristo es para la persona creyente reveladora de
sentido para la existencia toda. La cruz, por un lado, revela la identificación de Jesús con
los sufridos de todo tiempo y lugar; por otra parte revela crudamente los alcances de la
muerte y de los poderes que causan la muerte precoz e injusta.

      De allí se deduce entonces que la cruz de Cristo revela tanto lo obvio —que
toda persona humana es mortal— como así también lo más profundo; que la muerte
muchas veces es producida y los sufrimientos prolongados a causa de la desmesura
del poder.

       La cruz de Cristo evidencia, también, que Dios no quiere la muerte antes de tiempo,
ni la muerte agravada por sufrimientos innecesarios. La cruz es reveladora de las cadenas
de muerte y de dolor que imperan en nuestro mundo moderno y es reveladora de los
deseos de Dios. El quiere para cada persona una vida llena de sentido —como la de
Jesús— y también una muerte que desde ese sentido aporte a que sea digna y no
obedezca a las leyes humanas sino a la ley biológica que indica que la muerte acompaña
al ser humano por obra de la naturaleza.

      Por otro lado, Dios afirma con el sepulcro vacío su opción por la vida plena y
abundante mediante la perspectiva de la vida perdurable mostrada en la resurrección.

       Desde estos lugares teológicos podemos entender que la muerte, particularmente la
de los pobres, además de injusta y precoz —como la de Jesús— es masiva e idolátrica e
implica una blasfemia contra Dios, quien la rechaza por antinatural e injusta.12

        Ante dicha realidad, la resurrección aporta una perspectiva y una esperanza, ya
que revela cuál es la voluntad del Padre para la vida y la muerte de cada hijo e hija y cuál
es la trascendencia que puede alcanzar esa vida, aún más allá de la muerte, para quienes
ponen su existencia en las manos de Dios.

        10
             Libânio-Bingemer, Libânio-Bingemer         Escatología Cristiana, Buenos Aires: Paulinas, 1985. p. 13.
        11
             Gattinoni, Op. Cit., p. 145.
        12
             Libânio-Bingemer, Op. Cit., pp. 170-171.
                                                                                                                      5
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       A su vez, la resurrección muestra que los planes de Dios son eternos, pero no los
de las personas; muestra, además, que la muerte ya no es una realidad definitiva y última,
puesto que ha sido vencida por Jesús. El es la primicia de la propia resurrección humana.

        La muerte y los sufrimientos puestos en sus manos no son el fin de un camino sino
la continuidad hacia una vida que no se limita por la muerte. De allí que la persona
cristiana plantea la vida eterna como una posibilidad de continuidad y verdadera plenitud
de su existencia.

       Desde la fe en el sentido de la muerte y de la resurrección de Jesús, entonces, la
vida puede llenarse de significado.

        Esto implica la constatación de que:

        “El creyente no tendrá respuesta para toda pregunta ni entenderá el por qué
        de sus sufrimientos. Pero sabe que está en manos de Dios y que aún lo que
        ahora le resulta incomprensible tiene un sentido que trata de averiguar del
        Padre. Con una fe tal, uno da con el centro de la vida, de la existencia
        entera, en horas de sol radiante y de tormentas amenazadoras, se llena de
        significado.”13

        Esta fe se consigue desde la búsqueda del sentido para la vida humana a la luz del
significado que tiene la vida de Jesús para la persona.

       Es importante encontrar ese significado, ya que cuando la vida golpea la existencia
humana, la respuesta que saldrá de la persona estará en íntima relación con aquello que
se tenga como centro significante de la vida.

        Poéticamente lo dice Gattinoni:

        “Si lo que en nosotros abunda son nuestras amarguras, amarguras
        serán nuestras respuestas. En cambio si en nosotros está el gozo del
        Señor, los embates sólo podrán arrancar melodías de nuestras vidas.” 14

       Desde la cruz —que no niega la muerte sino que la pone en el centro de la atención
y que tampoco calla cuando las causas de esa muerte son agravadas por el sufrimiento de
quien es justo y muerto indignamente— se puede hallar un consuelo, una esperanza y un
sentido para la muerte y el dolor humano.

       Desde la resurrección —que tampoco niega la muerte sino que acentúa la opción de
Dios por aquellos que sufren dando una perspectiva de eternidad a la existencia toda (con
la muerte incluida)— se podrá encontrar sentido a la vida, a la muerte y al proceso de
morir.



        13
             Gattinoni, Op. Cit., pp. 124-125.
        14
             Idem., p. 106.
                                                                                                                6
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       Jesús —como centro de la revelación— aporta, entonces, la esperanza en
medio de los dolores y la muerte porque El es la luz que resplandece en medio de
todas las oscuridades de la vida y ha cargado sobre sí los dolores humanos para que
la muerte humana no sea definitiva. De esa revelación, que aporta sentido, surge la
esperanza para la persona cristiana.

        De la vida y testimonio comprometido de Jesús —y compartido por las comunidades
de fe— surge la constatación de que la vida cobra sentido cuando se la invierte en los
otros, cuando es vivida con intensidad, cuando se enriquece cotidianamente y cuando es
una vida en dependencia de Dios.

        Según Bernardo Stamateas:

        “La pregunta entonces no es ¿cuándo moriré?, sino ¿cómo he de vivir hasta
        que muera?, ¿cómo estoy invirtiendo mi vida?”15

       La respuesta a estas preguntas se encuentran en el modelo revelado en Jesús y
éste es quien aportará sentido a la existencia de las personas. Desde la comprensión del
mensaje revelador de Jesucristo se pude tener la certeza de que:

        “la muerte, en la perspectiva cristiana, pierde su carácter definitivo sobre la
        vida humana, para dar lugar a la esperanza.”16

3. Una perspectiva para la vida: esperanza escatológica y resurrección humana

       La esperanza que surge de la comprensión cristiana del mundo es la que permite
afirmar a la persona cristiana, trastocando la visión de la existencia impuesta en la
sociedad, que “mientras hay esperanza hay vida”.17 Es decir que, en cierta forma, sólo
en la medida que exista una vivencia de esperanza cristiana, la vida, en todas sus etapas,
podrá encontrar su sentido más profundo.

        Esta afirmación es posible ya que la escatología cristiana:

        “Se refiere más al sentido último, definitivo, profundo de la vida humana, ya
        presente en esta vida y que se realiza plenamente y sin velo alguno en la
        vida más allá de la muerte.”18

        Esta es la esencia de la perspectiva cristiana que permite enfrentar la muerte y el
proceso del morir. La vida cristiana está marcada por esa perspectiva que es posibilitada,
justamente, por la convicción de fe referida a que la muerte no es la realidad última y
definitiva para la vida de las personas.


        15
             Bernardo Stamateas, Aconsejamiento pastoral, (Barcelona: CLIE, 1995), p. 341.
        16
             Libânio-Bingemer, Op. Cit., p. 14.
        17
             Gattinoni, Op. Cit., p. 63.
        18
             Libânio-Bingemer, Op. Cit., p. 19.
                                                                                                                7
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        Entiéndase bien que esto no es una negación de la muerte, más bien es la
posibilidad de llenar de sentido el hoy en una perspectiva de futuro y de trascendencia.
Esto es lo que en gran manera define a la comunidad de fe, ya que ésta

        “No tiene su esencia y su fin en sí misma, ni en su propia existencia, sino que
        vive de algo, y existe para algo que va mucho más allá de ella .... Si se
        quiere averiguar su esencia, hay que preguntar por el futuro en el que ella
        coloca sus esperanzas y expectaciones.”19

       Esa existencia, con perspectiva escatológica de futuro y trascendencia, es la que
hace que las personas cristianas no se deban contentar con la negación de la vida ni de la
muerte en la sociedad actual. En esta perspectiva escatológica, revelada en la resurrección
del Cristo, son las comunidades cristianas llamadas a trascender las realidades no por la
negación o por la proyección de sus deseos y esperanzas en un futuro diferente sino, más
bien, por una acción enmarcada en esa perspectiva.

       Creer y esperar en confianza una vida redimensionada y llena de sentido y
futuro es una invitación para todos y todas a afrontar las muertes, sus causas y
llenar de sentido la acción y la vivencia ya hoy.

         “Con la resurrección de Jesús, se abre finalmente el horizonte
        definitivo de esperanza para todos los desamparados del mundo y los
        provoca a la acción de transformar lo <<penúltimo>> en la dirección de
        lo <<último>>.“20

       En este sentido es que se afirma la posibilidad de que la experiencia de la persona
tenga una perspectiva y un sentido más allá de la cercanía o lejanía de la muerte. Dotada
de esta percepción, la muerte puede ser vivida y pensada no como una realidad a negar u
ocultar, sino como una realidad que ya no tiene la última palabra respecto a la existencia
humana, aunque como acto de la naturaleza pueda parecer el fin total de la existencia.

        Es interesante resaltar que el planteamiento de la resurrección como perspectiva
que aporta un sentido a la vida no puede implicar la negación de la responsabilidad que le
cabe a la humanidad en cuanto a ser creadora o destructora de las condiciones para que la
vida y la muerte puedan ser humanamente digna.

        En esto sentido se señala que:

        “Las opciones hacen y harán nuestra muerte. Morimos de lo que
        escogemos.”21

       Y más aún, en el contexto latinoamericano, se muere de lo que es impuesto a las
personas y en contextos marcados por el desprecio a la vida e integridad de las personas.
De allí la relevancia de comprender que una visión escatológica del mundo y de la
        19
             Idem., p. 66.
        20
             Idem., p. 67.
        21
             Idem., p. 159.
                                                                                                                8
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


existencia no implica poner las miradas y expectativas en lo último, olvidándose de lo de
aquí y ahora, sino más bien es una invitación a ser responsables en la mayordomía de la
existencia aquí y ahora ya que “la muerte es el fruto maduro de las opciones de toda la
vida.”22

       De no hacer estas consideraciones y distinciones se estaría negando la muerte y la
misma vida, ya que se evadiría la posibilidad de vivenciarla como parte integrante de la
existencia humana. Esto daría como resultado una muerte no sólo biológica sino
fundamentalmente existencial, es decir una muerte carente de sentido para la existencia.

        Desde la perspectiva cristiana la fe reacciona contra el ocultamiento de la muerte
proclamando la “gracia” de poder tener una muerte preparada y asumida. Contra la
pretensión actual de la sociedad de negar la muerte es menester volver a afirmar, desde
la fe, la gracia de morir. Esto, no en el intento de “abolir” la muerte como lo enfoca la
sociedad, sino en el intento de rechazar la muerte injusta y sin sentido. Desde allí es que
se puede afirmar con razón que:

        “Si Dios es Dios de la vida y de la justicia, los atentados injustos contra la
        vida atentan contra Dios”.23

       Las personas, todas, tienen derecho a vivir en plenitud para poder morir con
dignidad. Para que sea posible esto y el llenar de sentido la vida y la muerte de los seres
humanos, es menester comprometerse con la espera de esa realidad última que ha sido
revelada en Jesucristo. Esta es una espera que ya puede hacer surgir sus frutos en el
presente, dado que Jesús mismo es la primicia y anticipación de lo que vendrá.

        Dicha espera aporta sentido a la vida y a la historia:

        “La resurrección de los muertos es el reino de Dios que acontece en plenitud
        en relación con cada uno que termina su historia. El reino que estaba ya
        presente a lo largo de toda la vida se pone de manifiesto.”24

       En cierta manera —continuando con el seguimiento del relevante pensamiento de
Libânio y Bingemer— es la resurrección que se hace carne en la propia historia llevándola
a su glorificación.

       Esta es la espera que da sentido: la espera de un futuro que plenifica la historia de
toda la vida y que rechaza que las personas quieran asumir el rol de dar las últimas
palabras sobre la vida y la muerte. Esto revela con claridad que:



        “Los señores de la tierra no han dicho ni dirán jamás la última palabra sobre
        la historia. Frecuentemente, y hasta en nuestros días, han dicho las
        22
             Idem., p. 162.
        23
             Idem., p. 174.
        24
             Idem., p. 214.
                                                                                                                9
“Jesús, la persona sufriente y el sentido de la existencia humana”,
Rvdo Jorge D. Zijlstra Arduín. Licenciado en Teología y Pastoral especializado en cuidado de Enfermos Terminales.
Grupo de Estudio de Espiritualidad y Salud. Universidad Central del Caribe. Escuela de Medicina,
Centro de Humanidades Médicas.                                                                  22 de junio, 2007.


        penúltimas palabras para el sufrimiento de muchos y martirio de algunos. La
        parusia del Señor revela que hay un abismo entre la penúltima y la ultima
        palabra. La última palabra le corresponde siempre a la justicia, al amor, a la
        fraternidad. Realidades sostenidas por el propio Dios a lo largo de la
        historia.”25

      De allí que la muerte es a la vez Kenosis (humillación) y Doxa (glorificación),
según el sentido que se le dé a la existencia.

        Por la convicción de fe esperanzada de que Dios tiene la última palabra se participa
de la glorificación de la propia existencia, incluido el momento de la muerte.

        Esta participación implica entonces que el cielo o el reino de Dios en sí no son un
más allá trascendente y extramundano sino una realidad ya, para quienes esperan la
glorificación de sus vidas y de la historia en el momento de la muerte. El cielo, no
obstante, no es una realidad a obtener sino el fruto de toda una existencia sostenida, o
reformulada, bajo el amparo de la gracia de Dios. Gracia que se va gestando ya, ahora,
entre esperanzas y angustias, en la tensión escatológica entre el ya pero todavía no.

       Obtener esta convicción de fe permite a la persona llegar a ser definitivamente y en
plenitud lo que está predestinada a ser: persona creada a imagen de Dios. De esta
manera:

        “Dios convierte lo viejo en nuevo, la lucha en victoria, la muerte en vida, la
        soledad en comunión. Y el ser humano creado para ser su imagen y
        semejanza, podrá realizar su utopía: formar con todos los hombres la
        comunidad ilimitada de comunicación que es el reino de Dios, el cuerpo de
        Cristo.”26

       Tal es el sentido que tiene desde esta óptica cristiana la vida y la muerte, el dolor y
la esperanza, la cruz y la resurrección de Jesús y de las personas.

      La misión del cristiano en un contexto deshumanizado será entonces dar razón de
esa esperanza que llena de sentido la vida e incluso la muerte.




        25
             Idem., p. 218.
        26
             Idem., p. 289.
                                                                                                               10

								
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