El péndulo de hielo 3 primeros capítulos (PDF) by xabiervillanueva

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SINOPSIS
                                            El péndulo oscila bajo la acción gravitatoria,
                                            con dos grados de libertad si es esférico. El
                                            hielo es frío, efímero, descorazonador.

                                            En la novela os aguardan impostores, los
                                            que, una vez marcados con las reglas del
                                            juego, buscan acomodo en la batalla por la
                                            supervivencia. Lo hacen sin remordimientos,
                                            con la inocencia de cualquier asesino, con la
                                            crueldad de cualquier niño. La intriga, el
                                            dolor, el drama, el sexo y el amor se
                                            arremolinan en una espiral de violencia que
                                            nos lleva a comprender la importancia de la
                                            tolerancia, de la cultura y de la mitología,
                                            siendo oyentes privilegiados del nacimiento
                                            de Nueva Zelanda como país a través de las
                                            leyendas maoríes.


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Su autor

Mi nombre es Xabier Villanueva Amadoz, un joven escritor navarro, travel blogger y
editor de contenidos. Para más información, consulta mi perfil.
                                                                  Xabier Villanueva Amadoz
                                                                         El péndulo de hielo


                                                 I
       El timbre resonó en toda la casa incrementándose su eco con la ayuda del viejo
suelo de madera agrietado que tenía pensado cambiar. «Algún día de estos», solía
balbucear cuando sus zapatillas azules lo hacían chirriar en la oscuridad.

—¡Ya voy, ya voy! —decía a regañadientes la anciana mientras tanteaba con sus
ásperas manos un lugar para dejar el mando de la televisión.

—¿Quién llama? —preguntó a viva voz.

—Somos los del gas —dijo en alto uno de los jóvenes al escuchar vagamente la
respuesta. Al mismo tiempo, enseñaba un sobre con el sello de la compañía para que
se pudiera ver por la mirilla.

        A pesar del empeño, sus piernas no eran las de antes. En otra época la hacían
volar para recoger la cinta que caía del cielo. A estas alturas, simplemente le servían
para arrastrar sus pies. Pasito a pasito. Mientras recorría el pasillo, la telenovela de las
4 hacía aparición en la pantalla. Habían anunciado a bombo y platillo su estreno para
ese día, siendo el único tema de conversación en los reality de la cadena. Quizás por
ello, no tendría más remedio que disfrazar su cara de disgusto ante los intrusos como
tantas veces le había visto hacer en el pasado a su musa Lina Morgan.

        El chasquido del primer cerrojo y nuevos timbrazos se agolparon al unísono. La
pareja de técnicos se estaba dando media vuelta cuando la puerta se abrió levemente,
lo justo para entrever el ojo que tanteaba el terreno desde el interior de la vivienda.

—¿Qué quieren? —las palabras dubitativas de la septuagenaria señora chocaban
frontalmente con sus ojos, discretos espías que escaneaban a los dos extraños que le
estaban privando del comienzo de su nuevo entretenimiento.

       Dando un paso al frente, el muchacho más alto se presentó con la mejor de sus
sonrisas a la vez que entregaba el recibo de la última factura.

—Buenas tardes señora, espero que no la hayamos despertado. Me imagino que ya la
habrán puesto al corriente de nuestra visita. Mi compañero y yo somos técnicos de la
compañía de gas. Estamos inspeccionando el barrio a modo de precaución. No se
alarme, es un simple mantenimiento rutinario pero ya se sabe, mejor ser precavidos
antes de lamentar cualquier disgusto, sobre todo en instalaciones antiguas como ésta.

—Aquí nadie ha llamado para informarme de nada.

—¿En serio? Usted es la segunda persona a la que venimos a revisar las instalaciones y
no tiene constancia de nuestra llegada. Lo sentimos mucho por las molestias. Nosotros




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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

al final somos unos mandados y no podemos hacer nada para controlar que se les
avise desde la central.

       Ella decidió abrir la puerta de par en par mientras con su mano derecha hacía
gestos invitándolos a entrar.

—¡El trabajador siempre el último mono! Tuteadme, os lo ruego. Soy mayor pero aún
me siento joven —recitó con una sonrisa picarona—. ¿Tenéis hambre? Tengo por ahí
guardado un chorizo casero para chuparse los dedos. ¿Sabéis de lo que os hablo?

—¿Estás al tanto de lo peligroso que es el tráfico de comida? —el especialista parecía
descolocado por la naturalidad con la que había sacado el tema.

—Es un simple chorizo por el amor de Dios. A mi edad ellos no me dan ningún miedo.
¿Qué me decís?

—Estamos trabajando pero… a decir verdad, todavía no hemos tenido oportunidad de
parar a comer. Además, yo que he vivido en un pueblo hasta hace bien poco, he oído
historias de mis padres acerca del gusto de la comida antes del relevo. Nada de eso
que hoy en día reparten en los centros de comida. No sabes lo que significaría para mí
probar semejante manjar. En el mercado negro se puede encontrar algo parecido; a
precio de oro y de calidad dudosa. De todas formas, debería andarse con cuidado,
perdón, deberías andarte con cuidado, se oyen muchas cosas ahí afuera y es mejor no
fiarse de nadie. Te lo digo yo.

—¡Cuánta razón tienes hijo! Ahora nos obligan a comer porquería y a mi edad, ¿qué
me pueden hacer? —divagó.

—No mucho, supongo.

—Me acordaré toda la vida de cuando acudíamos todo el pueblo a casa Basilio, el
carnicero, a ayudar en la matanza. ¡Aquella carne era espléndida! Por aquel entonces
yo era una chica de buen ver, despreocupada y sin ataduras, y siempre conseguía
volver a casa con algún costillar, codillo o magra bajo el brazo. Claro que, pensándolo
bien, dudo que sepáis de qué narices os estoy hablando. En fin, nada como sonreír
abiertamente a los mozos para recibir algún regalo que otro, que, por cierto, aún hoy
sigo consiguiendo. No os quedéis afuera. Pasad y mirad lo que tengáis que mirar
mientras yo os preparo un bocadillo y un vaso de agua. Me gustaría ofreceros pan del
de verdad y una copita de vino pero… —dijo ella con aire melancólico mientras se
acentuaban las arrugas de su frente.

—Mil gracias… —paró en seco la frase el técnico que hasta ese instante había
permanecido callado.




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—Dolores, mi nombre es Dolores —añadió rápidamente la señora al percatarse de no
haberse presentado.

—Mil gracias por tu hospitalidad Dolores. Ahora, si eres tan amable de indicarnos,
¿dónde podemos encontrar la caldera?

—Seguid el pasillo y en la segunda puerta a la izquierda veréis la cocina. No hagáis caso
al desorden, la estoy limpiando a fondo porque parecía una pocilga de tanto tiempo
sin meterle mano. A lo que iba, tenéis que entrar a la cocina y salir a la terraza. Allí es
donde debería estar.

—Por cierto, tú nos has dicho tu nombre pero no nos hemos presentado. Mi nombre
es Óscar y el de mi compañero, Javier. ¿A qué te refieres con que ése es el lugar donde
debería estar?

—¡Qué sé yo! Allí es donde suelen mirar otras veces, yo no entiendo de esas cosas.

       Cogieron el maletín de herramientas, junto con un gran bolso negro que
previamente habían depositado en el suelo, y se dirigieron rumbo a la instalación de
gas. Tuvieron que sortear una fregona, diversos productos de limpieza y una pecera
llena de agua con un pez payaso adentro. Para evitar cualquier desgracia, Javier
depositó la pecera sobre la encimera preguntándose qué hacía ahí abajo. Era mejor no
indagar. Se intuía que el animal pensaba lo mismo a tenor de su reposado buceo.

       Dolores los acompañó siguiendo sus pasos, desde la distancia y a trompicones,
hasta llegar a la cocina. Haciendo caso omiso a los ruidos, empezó a preparar la
delicatessen prometida.

         Transcurrieron unos minutos hasta que Javier y Óscar se pusieron manos a la
obra, pues habían estado revisando por encima el calentador mientras tanto. Al mismo
tiempo que sacaban del maletín las herramientas necesarias, guardaron alguna de
ellas dentro del bolsillo de su mono de trabajo. Tenían la costumbre de escenificar ese
ritual, los hacía más profesionales a ojos de los clientes. Hablaban a voces, de buen
humor y con constantes bromas referentes al pasado fin de semana lleno de excesos.
Habían cerrado la puerta de pvc que los separaba de la cocina, hecho que les permitía
estar a sus anchas en la terraza sin molestar en absoluto a Dolores.

        Por culpa de los inoportunos invitados se había olvidado de la nueva telenovela
andaluza, con ese acento tan característico y que tanto le divertía. Centrada en su
tarea, le fue imposible resistirse a la tentación de cortarse unas rebanadas de chorizo
para comerlas antes de terminar de hacer los sándwiches. Le llevó su tiempo porque le
encantaban los pequeños detalles. A su edad no se lo podía permitir según palabras
textuales de los médicos. Sin embargo, le encantaba dorar el pan de molde en la sartén
con un poco de manteca artificial. No le quedaban muchas primaveras por ver, así que



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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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tampoco le importaba regalarse esos merecidos caprichos, como su helado crocanti el
primer domingo de cada trimestre.

—¡Ya está listo el aperitivo! —clamó erráticamente.

       No contenta con golpear la puerta de la terraza, también hizo aspavientos con
las manos en dirección a la mesa plegable donde había colocado la comida, encima de
dos platos de ornamentos florales. Los técnicos, al principio, no se dieron por aludidos.
Seguían a lo suyo, chiste va, destornillador viene. No fue hasta que la impaciente
señora giró la manivela cuando se enteraron de que podían llenar el buche con algo
que no habían visto, ni saboreado, en la vida.

—Disculpa, cuando nos ponemos en faena ya puede derrumbarse el mundo que no
nos enteramos. ¿Nos podemos sentar? —consultó Óscar a la vez que se atusaba el
pelo de su barba con unos dilatados dedos que no hacían sino otorgarle, en boca de
Javier, el apodo de mutante.

       No hacía falta mas que ver la expresión de sus caras para conocer lo que
estaban experimentando. A cada mordida, amplia a la par que sutil, sus papilas
gustativas eran invadidas por un río de sabor que resbalaba por el filo de sus colmillos
siguiendo el serpenteante tobogán que lo transportaría a la maquinaria digestiva. Se
miraban con ojos cómplices, cerrados en parte por el gesto de su boca al masticar. No
hablaban entre sí ni con la cocinera. Se limitaban a degustar el plato que los
transportaba física y temporalmente de esa habitación. Mientras tanto, la abuela se
contentaba con verlos comer desde un enclenque taburete rojo, de plástico, con el
que había convivido toda su vida.

       Una vez haber sido agasajado con el festín de sabores, Javier se excusó
levantándose de la silla en dirección al bolso negro y después de haberlo cogido
firmemente con sus manos, añadió:

—¿Puedo utilizar el cuarto de baño?

—Sí, claro, ¡cómo no! Lo podrás encontrar saliendo a la izquierda, justo al doblar la
esquina. Ten cuidado no vayas a caerte. Me acuerdo de cuando resbalé y me fracturé
la cadera por no haber encendido la luz. Mira, mira qué cicatriz me dejó —subiéndose
dos palmos la camisa, Dolores le enseñó su herida de guerra como si fuera la mayor de
sus hazañas.

—No te preocupes, voy con botas que agarran bien y soy el primero al que no le gusta
estar en oscuridad. Gracias por tu interés pero sé cuidarme muy bien solo —no supo
calibrar bien sus palabras y tras escuchar la recomendación, su respuesta sonó un
tanto seca y distante.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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        Momentos después salió de la sala cerrando la puerta de cristal opaco, dejando
en solitario a su compañero con la dicharachera mujer. Quizás por mera intuición,
Óscar se levantó enseguida de su asiento para volver al trabajo, no sin antes explicarle
el estado de la instalación a Dolores.

—Mucho me temo que no tengo buenas noticias. Veníamos exclusivamente a cobrar el
recibo trimestral —le dijo a la vez que le entregaba la factura que antes le habían
enseñado— y a verificar que todo estuviera correcto. Lamentablemente, al ir a hacer la
limpieza rutinaria de la caldera, hemos encontrado problemas con el ventilador y los
conductos de humos. La avería no es grave pero sí que supondrá unos cuantos créditos
en la factura.

—Ya sabía yo que algún día de estos fallaría. Se empieza a sentir el frío y noto que la
casa no se calienta como debiera. En fin, ¡qué otra cosa puedo hacer! ¿Cuántos
créditos crees que puede costar toda la reparación?

—Es difícil aventurarlo, lo normal sería que estuviera entre 2.400 y 3.000 créditos pero
ahora mismo haré una llamada a la central para ver la disponibilidad de piezas y, de
paso, conseguirte un descuento. A esto habría que añadirle el gasto trimestral. Como
puedes comprobar, es de 360.

—¡Madre mía! Ya veo que me va a salir cara la broma. Si puedes conseguir rebajar un
poco el precio te lo agradecería porque no se puede decir que personas como yo
andemos sobradas de dinero. A decir verdad, hoy en día nadie vive bien a excepción de
ya sabéis quién.

—Descuida, no me gusta ver pasar aprietos a los demás. Seguro que podemos
encontrar alguna pieza perdida en el almacén mucho más barata de lo que recomienda
el fabricante. Lo único, si no te importa, vuelvo al trabajo.

—Dios te lo pague. No te voy a interrumpir más. Si te parece, voy a buscar mi
monedero para no haceros esperar. Desde el relevo, yo soy de las que ahorran a la
vieja usanza: colocando la hucha debajo del colchón.

—Te lo agradezco, no me gustaría dejar esto a medias antes de la hora de fichar.

       Al cabo de unos minutos Javier volvió del aseo. Quiso saber si Óscar la había
puesto al corriente del contratiempo, por lo que después de repicar la puerta con los
nudillos, conversó un instante con Dolores en su cuarto mientras ordenaba sus
dividendos. Visto que su compañero le había explicado todo, giró sobre sí mismo
rumbo a la terraza cerrada para terminar cuanto antes con la limpieza de la instalación.

       La media hora siguiente estuvieron trabajando en sigilo, usando productos
contra la cal o la corrosión. Al ver que les llevaría un tiempo, aconsejaron a la anciana
que fuera al cuarto de estar a ver la televisión tranquilamente. Ahí fue, en el momento



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
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que enfilaba el salón, cuando la lucidez volvió a encontrarse con su persona. Con un
ojo cerrado y la boca entreabierta, a modo de conjuro, pulsó el botón del televisor con
la esperanza de ver al menos el final de su programa. No tuvo esa suerte. A esas
alturas, unos tertulianos se descalificaban los unos a los otros defendiendo a sus
televisivos familiares. Se abrochó los párpados a modo de suspiro, maldiciendo por lo
bajo su suerte.

       Para cuando se dio cuenta, había pasado casi una hora hasta que se despertó
con las voces de los especialistas. Le dolía el cuello por haber adoptado una mala
postura, nada fuera de lo corriente dentro de su vida en soledad. Creyéndose sus
inocentes mentiras, espetó:

—Estaba despierta, sólo quería descansar un poco cerrando los ojos. ¿Está todo
dispuesto?

—Por la parte de limpieza no debes preocuparte. Ahora nos falta ir a recoger las
piezas, volver tan pronto podamos y colocarlas. Si eres tan amable… —titubeó— la
suma del arreglo es de 2.100 créditos —indicó afablemente Javier a Dolores, a lo que
Óscar añadió: —Aquí se incluye el mantenimiento, la reparación, las piezas nuevas, la
factura trimestral y la mano de obra. Como ves, hemos conseguido rebajar un buen
pellizco la cantidad.

       Dolores carraspeó levemente, aclarándose una voz pálida que en nada se
parecía a los años de esplendor cuando amenizaba las fiestas en la plaza de su pueblo
con una buena jota.

—Con descuento o no, me veo comiendo esas sopas rancias, de las que tan orgullosos
están los centros de comida, el resto del mes.

       Tanteó con las manos su avaro monedero negro, plagado de remiendos
caseros, sumando con parsimonia los créditos con unos dedos a los que seguía
privando de uñas con sus ennegrecidos incisivos. Cuando hubo terminado con las
matemáticas, se dispuso a levantarse con la ayuda de sus esqueléticas piernas. Su
cuerpo venció y cayó de culo en el sofá con el crepitante sonido de muelles como
acompañante. Por suerte, todo quedó en un susto aunque su absorta mirada dejaba
bien a las claras el sentir de su revolucionado corazón. No hubo tiempo de reacción
para ninguno de los dos atónitos espectadores y, una vez sofocadas las iniciales
alarmas, recobraron la templanza para prestar ayuda a Dolores.

—¿Estás bien? —se interesó Óscar acercándose— ¡Antes de levantarte tienes que
acostumbrarte a tener las manos libres para impulsarte con ellas!

—¿Qué? ¿Qué dices? —seguía con el miedo en el cuerpo, incapaz de volver a la
realidad.



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—Digo que hay que tener más cuidado. La mayoría de accidentes suceden por
imprudencia, créeme. En nuestra profesión se ven muchos casos. De hecho, yo
también tendría que tomar ejemplo.

—No sé qué me ha pasado. Siempre me he levantado así y casi nunca tengo
problemas. Por muy insulsa que sea la de ahora, sigo bebiendo mi vaso diario de leche,
tal y como aconsejaba el doctor Anselmo, el hijo de la comadrona. De no ser por él, no
tendría los huesos tan fuertes. Hazme caso.

—¿Quién es el tal doctor Anselmo? —preguntó Javier con irónica curiosidad,
buscando, sin encontrarlo, el guiño de su compañero.

—Uuuuy, el doctor Anselmo… él era un hombre íntegro, atento, estudioso y muy
amable con todo el mundo. Daba consejos estupendos y siempre conseguía lo que se
proponía. En mi caso, tras haberme paseado por todas las consultas de la ciudad
debido a mi problema epidérmico, acabé volviendo a Don Anselmo. Puede que mi
difunto padre tuviera la mejor de las intenciones al llevarme a los especialistas
titulados pero fue Don Anselmo quien me curó. Él ha sido mi médico de confianza
hasta que un buen día decidió marchar. Como el doctor, hombre maduro atractivo
como pocos quedan, se había fijado en mí, todas las muchachas del pueblo me
odiaban. Yo sé que sí. Me miraban por encima del hombro por pura envidia y se
alegraron enormemente al ver que dejaba el pueblo para irse a la gran ciudad a
casarse con una mujer de ciencias. Preferían cualquier mujer para su hombre antes
que cualquiera del valle. Estuve mucho tiempo hundida, sobre todo después de haber
recibido la visita furtiva del doctor prometiéndome amor eterno. Como una tonta, caí
en la tentación, para nunca más volver a saber de él. De todas formas, me da igual lo
que digan esas arpías. Yo estuve con Don Anselmo y ellas no. ¡Y qué bien besaba!

—Veo que se te han dado bien los hombres, al menos no has tenido problemas para
conseguir su querencia —Javier seguía dándole coba a la señora por lo que Óscar lo
interrumpió—. Me encantaría seguir escuchando tus historias pero si no continuamos
con nuestra tarea no podremos rematar hoy el trabajo.

—Estás en lo cierto, no hago mas que hablar. Es el problema que tenemos las personas
mayores. Igual es porque viviendo sola no tengo con quién conversar, ¿sabes?

—Enseguida volveremos con los repuestos y podremos charlar un poco más si quieres.
Nos puedes continuar hablando de tu pueblo. ¿Tienes el dinero justo?

—Por mí encantada de hablaros de él. Es verdad, se me olvidaba. Aquí tenéis los 2.100
créditos.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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—No podemos facilitarte una factura porque se nos han agotado las plantillas. Como
vamos a volver en… —Óscar se arremangó levemente la manga del mono para mirar
la hora— digamos… una hora, aprovechamos y te la traemos junto a todo lo demás.

       Alargando la mano, Óscar tomó el sobre en el que Dolores había depositado el
dinero y lo introdujo dentro de un compartimento del maletín, el cual ya descansaba
en el hall de la vivienda.

—Yo no me voy a mover a ningún sitio, aquí estaré a la espera ordenando la cocina.

—Deberías salir a la calle, se está mejor que dentro de estas cuatro paredes.

—Se me haría tarde. Antes de poder salir tendría que ducharme, secarme el pelo,
planchar alguna de mis blusas… —respondió Dolores torciendo el gesto a modo de
desaprobación.

—¡Mujeres! Con lo rápido y cómodo que es ponerse un chándal y dejarse de tanta
historia… —Javier entró en la conversación sin estar de acuerdo con las razones de la
señora.

—Porque sea mayor no significa que no tenga que ir elegante, nunca se sabe.

—Tienes toda la razón —aprobó Óscar acompañado de una sonora carcajada—. Yo
insisto, sería mejor que te dieras un paseo —le aconsejó con gesto grave.

       Javier irguió su cuerpo hacia adelante hablándole por lo bajo a Dolores, con una
expresión curiosa poco común en él.

—¿Me permites la indiscreción?

—¿Eh? ¿De qué me hablas? —la pregunta la había cogido por sorpresa.

—Quería saber dónde has conseguido esa comida —lo preguntó directamente, sin
andarse por las ramas.

—Ya os he dicho antes que sigo consiguiendo los favores de los hombres con una
sonrisa a tiempo.

—¿Eso qué significa?

—Que es mejor guardar el secreto. Si te lo contara dejaría de serlo, ¿verdad?

—Así es —afirmó meneando la cabeza de arriba abajo—. Entiéndeme, tenía que
intentarlo.

       Se despidieron de la mujer con un apretón de manos. Le recordaron que
tuviera más cuidado a la hora de andar por casa ya que la confianza, a su edad, solía




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dar problemas como el incidente del sofá. Volvieron a darle las gracias por el
tentempié y, cogiendo todas sus pertenencias, cerraron la puerta del piso tras de sí.

        En cuanto la dejaron sola, Dolores se apresuró —dentro de sus limitadas
posibilidades— a dejar todo limpio, terso y reluciente. No había podido ver la
telenovela y encima la habían visto vestida con la ropa de andar por casa, cosa que
para ella era como moverse desnuda ante ojos extraños. Primero lavaría la cocina
ordenando todos los trastos que tenía en el suelo. Más adelante se cambiaría de
atuendo antes de que volvieran de nuevo.

—Mejor no, será mejor que empiece con los rulos —la frase se fugó de su boca con la
convicción de que únicamente lo estaba pensando.

        Había pasado una hora pero los de mantenimiento de la compañía de gas
todavía no habían hecho su aparición. Para entonces había retirado los rulos de su
tupida cabeza, guardado todo el kit de limpieza y cambiado por completo su
vestimenta. Había cubierto sus piernas con unas medias oscuras con el propósito de
ocultar sus varices. A su vez, su falda azul oscura la cambió por una de color caqui que
había comprado tres semanas atrás. Era de un corte más ajustado, con un impoluto
planchado. La camisa, de manga larga, que siempre escondía un par de pañuelos en
sus pliegues, dio paso a una blusa blanca con unos gemelos negros rectangulares con
frontal dorado en los puños. Como contraste y dándole un toque elegante, había
decidido vestir sus pies con unos zapatos de charol con leve tacón, a pesar de que un
buen día aparecieron unos juanetes para acompañarla el resto de sus días.

        Pese a decirse a sí misma que la aburrían, había cogido una revista de sopa de
letras para amenizar la espera en el cuarto de estar. No era precisamente una persona
paciente. Por eso, si no encontraba uno de los términos a buscar, se iba directa a la
contraportada en busca de pistas. Se trataba de hacer que las agujas del reloj siguieran
su curso sin enterarse, no de acabar angustiada por ver cómo se le resistía la solución.
Al ver que se retrasaban empezó a preguntarse si no les habría pasado algo. Era una
carga de la que no se podía desprender aunque quisiera y, al no haber podido nunca
tener hijos, se preocupaba por la gente a la mínima, hasta el punto de producirle un
estrés agudo. Para paliar los síntomas de su auto infringida hipocondría, llevaba
tomando Halazepam diez años.

       No podía estarse quieta así que se levantó del sofá —individual, negro, con
multitud de grietas que surcaban el cuero dejando líneas grises a su paso— para hervir
café. De nuevo, no hizo uso de sus manos; por pereza, por costumbre, por olvido. Por
tozudez.

      Transcurrieron dos horas desde el fichaje pero nadie había pulsado el timbre de
su inmueble de nuevo. Ella roncaba a placer en la mesa de la cocina apoyando la
cabeza sobre su codo derecho. El brazo izquierdo, estirado, yacía inerte con la palma


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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo

de la mano boca arriba dejando al descubierto las cicatrices del tiempo. Estaba
inmersa en uno de los sueños que la perseguía cada cierto tiempo.

        En él, balanceaba lentamente sobre su regazo el cuerpo de un bebé cuyo rostro
veía difuminado. Ante las caricias en las plantas de sus pies, el retoño no hacía ademán
de moverse; tampoco de soltar una risa contagiosa. Le susurraba palabras de afecto
mientras jugaba con los diminutos dedos de su mano con la intención de despertarlo
de su letargo. De improvisto, un sentimiento de pánico se apoderaba de ella, preludio
de lo que vería después. La cabeza del niño, antes acurrucado sobre su pecho, se
erguía torvamente hacia atrás sosteniéndose en el aire como por arte de magia. Ella
sentía el tacto real de esos minúsculos dedos, ahora sustituidos por rígidos huesos
putrefactos.

       Presa de su angustia, hacía fuerzas para cerrar los ojos. No lo conseguía.

        Era imposible evitar mirar fijamente el horizonte de los vacíos cuencos oculares
del bebé. Una gran mancha roja tatuaba su mejilla, maquillando así sus afilados
dientes. Balanceándose en ellos, como un atrapasueños, vagaban los restos de sus
dedos incrustados. Quería gritar mas sus cuerdas vocales habían sido soldadas
impidiendo emitir cualquier sonido. La cabeza de la criatura se acercaba lentamente a
su perfil escupiendo despojos de carne, aún calientes y frescos. La sangre manchaba su
camisón y resbalaba por él debido a la fuerza que la gravedad ejercía. Gota a gota, las
uñas de sus dedos eran coloreadas antes de convertirse en candente polvo que se
hacía paso por los poros de su piel.

       El dolor se incrementaba conforme el polvo, mezclado con su metabolismo,
subía a velocidades de vértigo a través de sus vasos sanguíneos obstruyendo y
dilatando las paredes acabando con el regular flujo de oxígeno que toda persona
necesita. Después de tantos rezos, al final ella no iría al infierno como tantas veces
había querido evitar; sería el tártaro quien se adueñara de su cuerpo y la lanzaría hasta
sus entrañas. Había llegado el día de enfrentarse a su destino.

       Dolores escapó del sueño antes de ver su fin. Sofocada, con unas frías gotas de
sudor siguiendo su omnipresente columna vertebral, procuró calmar su respiración
cerrando ambas manos sobre el crucifijo de plata que sostenía la cadena que rodeaba
su cuello. Era el legado que había recibido de su padre. Era, también, la única
herramienta que disponía para hallar su redención.

        Un fortísimo estruendo la hizo botar de su asiento. Con él, arrancó la cadena de
cuajo con sus manos al intentar instintivamente aferrarse, sin éxito, a algún punto de
sujeción. Cayó al suelo a plomo, sin tiempo para pensar siquiera en lo que estaba
pasando. El sobresalto la dejó sin respiración por un momento, dilatando sus pupilas e
impidiendo distinguir ningún sonido. Allí estaba tendida, inerme, con su vista postrada
en el techo; sobre las gélidas baldosas, relucientes a más no poder. Inmóvil, sin poder


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                                                                  Xabier Villanueva Amadoz
                                                                         El péndulo de hielo

articular palabra, un repentino flash le vino a la cabeza. No recordaba haber visto a su
pez.

       El resto sucedió muy deprisa. Unos hombres uniformados irrumpieron a la
fuerza abriéndose camino gracias a un ariete dejando la puerta hecha añicos. Entraron
en manada con imponentes máscaras de gas ocultando su identidad avasallando con
todo lo que encontraban a su paso. Sus gritos se mezclaban con el retumbar del suelo
al contacto con sus botas militares, diluyendo de algún modo el ruido de cristal y
porcelana al romperse en mil pedazos. Tras sondear las diferentes habitaciones, las
iban rociando con líquido inflamable volcando con ansia los bidones. Al llegar donde se
encontraba Dolores, uno de ellos preguntó al hombre que estaba al cargo sobre el
siguiente movimiento.

—¿Qué hacemos con ella, nos la llevamos? Parece estar en shock pero mantiene el
pulso —añadió el subordinado mientras escrutaba las constantes vitales de la anciana.

—Ella no nos sirve para nada. Déjala donde está —su voz era autoritaria, como la
beligerante mirada con la que examinaba la escena.

        En apenas cinco minutos habían terminado con su cometido. Una vez en el
rellano dejaron de aullar, allá donde pocas horas atrás Óscar y Javier esperaban a que
la inquilina abriera su domicilio. El desapacible silencio se apoderó del pasillo como si
él también tuviera miedo a abrir la boca. Cobarde, enmudeció cediendo la potestad de
obrar al cabecilla del grupo.

      Éste se despojó de la máscara y una vez encendido el fósforo que aproximó al
Ducados que sus carnosos labios sostenían, rompió el hielo como si el inicio de un
pregón se tratase.

—La vida a veces es injusta. No entiendo cómo —decía mientras miraba fijamente en
su mano izquierda el crucifijo que había arrebatado a Dolores— teniendo la suerte de
vivir con Dios dais la espalda a su embajador. Espero que sepas darle las gracias en el
abismo y venerarlo como se merece. Ahora, descansa en paz. Por el poder del Estado,
yo te absuelvo.

       Arrojó la todavía flameante cerilla sobre la alfombra del hall produciendo al
instante una feroz llamarada. El fuego no tardó en propagarse por todas las
habitaciones creando un humo negro que hacía imposible la respiración. Dándole la
espalda al fuego, se dirigió al grupo. Sus ojos eran claros, casi cristalinos, en contraste
con una insondable cicatriz que atravesaba su rostro.

—Buen trabajo chicos. Recordad, tiene que parecer un accidente. Hemos avisado a los
medios de comunicación que están al caer y no quiero fallos. Lo digo por vuestro bien,
no creo que queráis ser la salsa que acompañe en su asado a la señora. Id sacando al



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

resto de inquilinos del edificio. Cuando acabéis con eso, entrad de nuevo y apagad este
puto horno. Hay que darle un poco más de tiempo, con suerte igual estalla la
calefacción y no tendremos por qué dar explicaciones a nadie. Los hechos hablarán por
sí solos. Ahora, voy abajo a hacer un poco de ruido con las sirenas.

        Aprovechó para sacarse del bolsillo un pañuelo de seda blanco bordado con las
iniciales de su nombre y llevándoselo a la frente añadió:

—¿A qué estáis esperando para moveros? ¡Me aso de calor, joder!




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo


                                           II

       Se encontraban en la parte trasera de la furgoneta y bebían sentados una
Naparbier. Era una cerveza rubia, aterciopelada, suave en su textura y sabor. Lo hacían
encima de la cama, con los pies colgando en el exterior. Mientras, veían la lluvia caer
intermitentemente a través del portón que habían abierto para airear; para airear su
humanidad y refrescar las ideas.

        El cielo estaba gris, añorando el viento que no venía, cubierto por una espesa
hilera de nubes que avanzaban muy lentamente por el horizonte con cara de tener
pocos amigos. Les gustaba ver llover juntos. Siempre lo habían hecho así y aunque no
pensaran nada en particular, les impulsaba a estar callados dejándose llevar por el flujo
del agua. Habían pasado tanto tiempo el uno con el otro que ya no se acordaban de lo
que era ser impar. Se habían transformado en parásitos siameses sin darse cuenta,
para bien o para mal.

       Cambiaban tantas veces de nombre que muchas veces evitaban pronunciarlo
delante de la gente para no meter la pata. Óscar y Javier no eran mas que los
fantasmas de los dos últimos incautos a los que habían timado. Solían hacerlo así,
cogían prestada la identidad de sus víctimas en el caso de que fueran varones. Si se
daba el caso de que fueran mujeres, les gustaba escribir el nombre sobre una
superficie para crear uno nuevo usando las mismas letras. Llamar la atención lo menos
posible era tan importante como el trabajo en sí, por eso debían abandonar cualquier
vínculo tras cada acción.

        Bajándose de un salto del vehículo, Marty, anteriormente conocido como
Óscar, cogió la navaja que guardaba en su bolsillo y empezó a hablar, sin apartar la
vista del suelo, con Ringo, el que una vez fuera Javier.

—Esta vez me toca elegir a mí. ¡A ver qué sale!

        Escribió el nombre en el suelo, tierra cubierta de inapreciables piedras, con las
letras en mayúscula dejando cierto espacio entre los caracteres. Ajeno a la materia, su
compañero se limitaba a observar hacia abajo tomando pequeños sorbos de su
cerveza.

       D    O     L    O     R    E    S

—Mmmm, Dor…, Dol…, Dos…, Dro… ¡joder, está complicado!

—¡Eres muy malo macho! Nunca has sido bueno con esto, admítelo. Yo ya veo uno.




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                                                             Xabier Villanueva Amadoz
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      Ringo ni siquiera se había puesto a pensar en nombres pero le gustaba
enormemente picar a Marty siempre que podía.

—¡Calla pelao, no tienes ni puta idea! Deja de tocar los cojones por una vez. Lo…,
Los…, Lor… ¡coño, te puedes llamar Loro! —levantó la mirada hacia Ringo y continuó
hablando—Eres un puto loro que no callas. ¿Qué me dices lorito?

—¿No tienes otra cosa mejor que hacer?

       Se encogió de hombros sacándole la lengua sin decir nada más.

—Ser…, Sel…, Sor…

—¡Sordo! Al final me vas a dejar sordo. Deberías mirar a ver quién es el loro —Ringo
interrumpió las cavilaciones de su amigo con cierta impaciencia.

—Tampoco tenemos otra cosa mejor que hacer ahora —sugirió Marty con desgana.

—En eso te doy la razón pero haz el favor de callarte. No quiero acabar con dolor de
cabeza —dijo Ringo dejando caer su espalda contra el colchón.

—Eso es porque no sabes beber, no aguantas una mierda.

—Hay veces que eres como un grano en el culo.

—Lo sé. ¿Tú no?

        A regañadientes, Ringo chocó su Naparbier con la de Marty para, acto seguido,
liquidarla de un trago. Una vez vacía, estrujó el vidrio convirtiéndolo en un
improvisado acordeón sin notas y lo lanzó contra unos matorrales cercanos.

—Ya lo tengo.

—¿El qué?

—Mi nombre. Mi nombre es Leo. Ahora piensa el tuyo —dijo Marty retándolo.

—Hoy no es tu día jefe —le contestó su camarada sonriendo—. Seré tu loro chino
amigo.

—¿Loro chino? —preguntó desubicado.

—Sí, un loro chino. Llámame Lolo.

—¡Serás cabrón!

       Ringo empezó a reír con ganas, consiguiendo más tarde contagiarle la risa a
Marty. La de Ringo era una de esas carcajadas sonoras que, sólo con oírlas, te hacía




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                                                                         El péndulo de hielo

sonreír primero para fallecer llorando del dolor de tripas al terminar. Sin duda, salir
con él era como llevar su propia tabla de abdominales a cuestas.

       Tenían que combatir de alguna forma la vida que les había tocado vivir. A pesar
de hacerlo muchas veces al límite, Marty sabía que con él siempre podría mofarse de
su suerte. No le temía al futuro por estar junto a su hermano, de leche que no de
sangre. Seguían juntos y con eso les bastaba.

        Escogieron tiempo atrás la vida que iban a llevar aunque siendo sinceros, lo
más probable es que la vida eligiera por ellos su destino. Defendían que hacían teatro
callejero, yendo de pueblo en pueblo manejando a sus partícipes espectadores como si
fueran marionetas de escayola. Alguna vez se imaginaban inmersos en una realidad
alternativa. En ella, se ganaban la vida con un trabajo honrado, establecidos en un
lugar fijo. No podían decir ni que fuera mejor ni peor. Simplemente era diferente.
Dados sus golpes, estaban condenados de por vida a vagar errantes por el asfalto sin
rumbo fijo. Eran nómadas de su sino, estaban solos en el mundo y no tenían a nadie
más a quien acudir. Por extraño que parezca, eso no les importaba. Crecieron con ese
desfigurado horizonte pero supieron amoldarlo a sus necesidades.

        Su casa era un habitáculo móvil con tracción a las 4 ruedas, una Nissan Caravan
roja del año 89 cuyo color iba perdiendo fuerza dejando paso a un apesadumbrado
rosa. Para evitar problemas con los Ipodeus cambiaron el logotipo de la marca por el
de Tesa, la única compañía de automóvil empleada por el Régimen. Al no permitirse
las importaciones del extranjero, era muy común encontrarse estos leves cambios
estéticos con viejos automóviles traídos de Europa, América o Asia. Las patrullas sabían
perfectamente que no eran legales pero hacían la vista gorda si sus propietarios se
habían preocupado en modificarlos haciéndolos parecer de fabricación nacional. Por
supuesto, para que esto fuera así, influía mucho el grado de amabilidad hacia uno o
varios agentes a la hora de conseguir el permiso de circulación.

        Era el más astuto de los dos, el número 5 de su promoción. A Marty le bastaba
con analizar sagazmente su alrededor, no le suponía ningún esfuerzo. Debido a esa
facilidad de aprendizaje, no mostraba curiosidad a lo que les enseñaban de pequeños.
Esa apatía la achacaban a una violación de la autoridad en los centros de
comportamiento y le llevó a no pocos castigos en su niñez sin lograr, de esta forma,
inculcarle el valor de la disciplina. A día de hoy se guiaba por su olfato, el sexto sentido
al que había echado mano toda su vida sin fallarle ni una sola vez. Solía dejarse barba
de unos días, para gustarse, para provocar, por dejadez. Bajo sus greñas, en el punto
donde espalda y cuello eran uno solo, tenía un tatuaje. Exactamente igual al de Ringo.
Su iris era oscuro, engreído y penetrante. Como pasaba con el resto de las personas,
los ojos eran el espejo de su alma. Sin embargo, hacía tiempo la había perdido en la
oscuridad del olvido, arrinconada en el laberinto de su mente.




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       Su última representación la habían hecho en un barrio a las afueras de la
ciudad. Existían reglas específicas para ellos dos cada vez que querían entrar y aunque
no lo expresaran abiertamente, al cruzar las murallas de la ciudadela se sentían
acongojados. En otra época también luchaban contra sus remordimientos pero con el
avance de las estaciones ese sentimiento de vulnerabilidad se iba diluyendo en la
memoria.

        Uno de los placeres de tener su furgoneta era deambular libremente por el
Estado sin necesidad de preocuparse por encontrar alojamiento. El inconveniente que
encontraron al principio fue el hecho de tener que buscar un punto de fichaje cuando
caía la noche. A las 21 horas en verano, a las 19 en invierno. A las 20 horas para
primavera y otoño. Eso les privaba disfrutar de cierta libertad. Por suerte, más
adelante flexibilizarían los horarios.

       A Ringo se le antojó pasar la siguiente semana cerca del mar, por eso se
trasladaron hacia el norte tomando el rumbo a un pueblo costero. Tenían buenas
referencias de aquel lugar y sabían de la posibilidad de conseguir un pase para pescar
furtivamente al amparo de la luna en la oscuridad de la noche. Tener contactos era
trascendental, sobre todo si eran miembros de los Ipodeus o agentes de los centros de
comida. Alimentarse de sopas insípidas, leche en polvo y sándwiches de pan de molde
rellenos de crema de marmite no entraba precisamente entre sus preferencias.

        Escuchar la radio era una tortura para los dos. Poder sintonizar sólo una
emisora en la que las noticias ocupaban la mayor parte de la programación les hacía
bostezar y la locura se abría paso por sus venas, llevándoles a desenchufarla sin
remordimientos. Para evitar aniquilar de una patada el aparato de música, habían
conseguido hacerse con un rudimentario dispositivo que, conectándolo a la radio, a
través de un cable auxiliar, podían escuchar cintas de cassette. El precio de estas cintas
no las hacían accesibles aunque no era mayor problema para gente cuyo trabajo
residía en la picaresca, tráfico de material y en definitiva, cualquier actividad con la
que poder subsistir.

        Iban por una carretera secundaria, asfaltada pero con socavones lo
suficientemente grandes como para tener que aminorar la marcha sorteándolos con
prudencia. La brisa que se colaba en el interior del automóvil tenía un aroma especial;
se podía sentir la proximidad del mar.

        Conducía Ringo con los cinco sentidos puestos en la carretera. Como de
costumbre, llevaba bajada la ventanilla derecha para poder así apoyar su antebrazo y
sujetar levemente el volante. La mano izquierda, por el contrario, la tenía anclada en la
palanca de cambios. La vía se había estrechado a un único carril de doble sentido en lo
que era el inicio de la subida a un pérfido peñón que flanqueaba la aldea a la que se




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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dirigían. Por si la estrechez no fuera suficiente, la brea dejó paso a un camino de
cabras, haciendo el viaje tan cómodo como trotar a caballo.

—Como venga algún coche de frente andaremos justos para pasar —expresó Marty
como si la cosa no fuera con él.

—Dirás que quien se cruce con nosotros andará apretado porque con que les meta el
morro… ¡No tendrán más remedio que apartarse! —le contestó Ringo girando la
cabeza hacia él.

—No es cuestión de conducir como un matón. Ándate con cuidado o te echo el freno
de mano y me pongo yo al volante.

—Deja de llorar y acércame un Trujas —le ordenó a su amigo pulsando el encendedor
para que se fuera calentando—. Además, por aquí no se ve un alma.

—¿Se te han acabado o qué?

—Terminé anoche con mi paquete. Debería haber un cartón metido atrás en alguna
parte. Cógelo de ahí.

—Vas a acabar con los pulmones más negros que tu camiseta. Te lo busco por esta vez
pero que sepas que el siguiente viaje conduzco yo.

—Si tú lo dices…

       La parte delantera de la furgoneta tenía tres asientos aunque el del medio, que
era abatible, lo usaban como ropero tirando encima la ropa sucia. De esa forma,
parecían estar en continuo enfado separados por una pila llena de atuendos.

        Marty se soltó el cinturón de seguridad, tras varias tentativas por el mal estado
del anclaje, para más adelante pasar a la parte trasera. Para ello, subió los pies al
asiento y poniéndose de cuclillas, hizo equilibrios para elevar su pierna izquierda por
encima del particular vertedero textil que habían originado. Fue entonces, cuando un
inoportuno frenazo con el que Ringo detuvo en seco el vehículo, le hizo perder el
equilibrio. Se sujetó con homérica fuerza a la cabecera en un acto reflejo, sirviéndole
para no pegarse de espaldas contra la luna delantera pero lanzándolo después
irremisiblemente de cabeza contra el suelo de la furgoneta. En el impacto chocó con el
juego de cacerolas, las toallas que tenían desperdigadas y las bolsas donde tenían
guardada la comida, teniendo la mala fortuna de verter el aceite por toda su frente. El
líquido graso pronto allanó el camino para ensuciar también la camiseta, dejando la
definición de puerco a la altura de un gorrino.

—¡Hijo puta! ¿Qué hostias haces? —gritó enormemente cabreado.




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        Encajonada en un hueco, la pecera no había sufrido ningún daño. En ella, unos
ojos saltones acompañaban el compás de los labios que se movían de arriba abajo.

—El puto pez de los cojones. Todavía no entiendo por qué lo cogiste.

—¿Qué se cuenta nuestro amigo? ¿Has encontrado ya los cigarros? —replicó
sarcásticamente Ringo.

       Girándose, una llamarada de odio se apoderó de su semblante apuntando al
conductor con una travertina mirada. Parando el motor, Ringo quiso disculparse a su
manera:

—No he podido hacer otra cosa. Si no me crees, mira lo que tenemos delante y dame
las gracias.

       Marty se incorporó como buenamente pudo, una vez escapó del desaguisado
que había montado con todas sus cosas desperdigadas, y le llegó la hora de ver un
árbol cruzado obstaculizando la calzada. Cogió con la mano una de las toallas y
frotándose con fuerza la cara, se limitó a decir un escueto «cojonudo».

        Mientras Marty buscaba en todo aquel desorden ropa limpia o al menos algo
medianamente presentable para cambiarse, Ringo se apeó de la bala roja para
inspeccionar el terreno. Se trataba de un imberbe chopo que había cedido de la
cornisa del flanco izquierdo. Allí había tierra arcillosa que por lo que se veía no era muy
estable. El tronco, de madera color amarillo grisáceo, no era de gran tamaño, hecho
que les ayudaría tarde o temprano a quitarlo de en medio. Darse la vuelta ahora los
llevaría a perder medio día al tener que dar un gran rodeo. Antes de que Marty
volviera a enaltecer sus cuerdas vocales, Ringo había abierto el portón trasero
buscando cualquier cosa con la que cortar las ramas. Tras maldecir repetidas veces al
golpear su cabeza con los maderos que sostenían el colchón de la cama, logró
encontrar algo.

       Se hacía sentir el viento de poniente a pesar de estar haciendo ejercicio. Ringo
cortaba como buenamente podía las superficiales ramas con un viejo machete de filo
desgastado. Acompañándole, el quehacer de Marty consistía en amputar las ramas de
mayor grosor gracias a un hacha de mano, que tenían algo oxidada. Su intención era la
de pelar el árbol para poder así más adelante empujar el tronco con la esperanza de
hacerlo rodar y llevarlo a la cuneta.

—¿Por qué cuando lo necesitas nunca aparece nadie? —le preguntó Marty al viento—.
En media hora no ha asomado el morro ningún coche. Seguro que cuando consigamos
dejar el camino libre se forma caravana.

—Es lo que suele pasar —reafirmó Ringo sin añadir nada más.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo

       Tras más de media hora blasfemando, cuando se disponían a sacudir el
obstáculo, oyeron a lo lejos el característico ruido del motor de un coche acercándose
hacia ellos. Como ya habían trabajado suficiente, se dijeron, se sentaron encima de lo
que quedaba del chopo y aguardaron impacientes unos segundos hasta que vieron
aparecer el automóvil. De él, salió un hombre que rondaría la cincuentena, de aspecto
descuidado y con unas botas verdes que tenía por calzado. Los abordó con un
incomprensible acento cerrado y los empezó a interrogar a gran velocidad. Se parecía
a uno de esos lanzadores de cuchillos, el de los circos, el situado en medio de la mujer
barbuda y el enano bufón.

—¿Qué ha pasado aquí? No sois de la zona, ¿hacia dónde vais?

       No supieron contestar; les había cogido de improvisto sus rudas maneras, las
de esa clase de personas que aún vivían alejadas de la humanidad. Al no obtener
ninguna réplica, el hombre pasó a la acción sin previo aviso. Se volvió a su vehículo, un
todoterreno biplaza con toda la parte trasera convertida en un trastero cubierto por
una lona, y empezó a rebuscar algo entre sus herramientas. Para cuando se quisieron
dar cuenta, el estrambótico individuo ya estaba cortando el tronco con la ayuda de una
ruidosa sierra mecánica de gasolina.

—Lástima que por aquí sólo haya chopos. No es madera buena aunque siempre se
puede aprovechar algo. ¿Me ayudáis a subir los troncos a la furgoneta o vais a
quedaros ahí sentados sin hacer nada?

       Ringo iba a contestarle toscamente tras haber sudado como para una maratón
pero se contuvo en el último instante contando hasta diez.

—¡Cómo no, faltaría más! No vamos a dejar el trabajo a medio hacer luego de
habernos dejado los riñones —el sarcasmo no podía faltar en el vocabulario de Ringo,
venía de serie.

       Dando un brinco del leño, Marty se unió a la conversación:

—Yo iré apartando el follaje a los laterales. ¿Puedo preguntar en qué trabajas?

—Puedes pero no me gusta hablar de lo que hago y dejo de hacer. ¿Qué hay de
vosotros?

—¿Tú eres imbécil, no es así? —no les había caído nada simpático y al contrario que su
amigo, Marty no pudo contenerse.

—¿Me lo afirmas o me lo preguntas? —con su metro noventa de altura, complexión
fuerte aunque no atlética y la sierra mecánica en sus manos, el aldeano imponía
respeto.

—Supongo que no importa mucho. Nosotros nos íbamos ya, que tenemos prisa.


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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo

—¡Qué extraño! no lo parecía cuando os he encontrado sentados.

        Ringo estuvo a punto de dejar caer uno de los troncos encima del pie del señor,
a punto de soltar un derechazo de fraternidad en su mandíbula. Tan cerca estuvo que
le pidió perdón con el pensamiento para evitar una confrontación que, no obstante, no
le hubiera disgustado tener en absoluto.

       Una vez despejada la vereda se subieron a la Nissan sin haberse despedido, con
cara de malas pulgas y con ganas de salir de allí cuanto antes. Esta vez era Marty quien
se había puesto a los mandos del volante. Se encendió un cigarro con una cerilla y
aprovechó para encenderse otro valiéndose del ardiente extremo del pitillo. Acto
seguido, se lo pasó a Ringo y aspiró una gran bocanada de humo hinchando sus
pulmones de negros augurios. A pesar de haber girado la llave, el motor no tuvo
ningún atisbo de querer hacer algo. Silencio total. La sacó del contacto, sopló varias
veces sobre ella, mostrando al inepto mecánico que todos llevamos dentro, y volvió a
intentar arrancar el coche. Nada, la zángana no ronroneaba. Al parecer había decidido
por cuenta propia no moverse de allí.

—¡No me jodas! Venga, bonita. ¡Tú puedes!

—Tiene pinta de ser la batería —sugirió Ringo.

—¡Qué dices! Si antes hemos apagado la… radio. Nos hemos dejado la radio
encendida. ¡Me cago en mi puta madre!

       A esas alturas el sonido del claxon a manos del irreverente señor se esparcía
por el aire como el silbido de un demonio hiperactivo. Los pitidos eran desahogados,
con intervalos de a tres. Su cabeza, cubierta la coronilla por medio de una visera verde
con un ciervo saltando, sobresalía de la ventanilla vociferando para que arrancaran de
una vez.

—¿No estarás pensando lo mismo que yo, verdad? —preguntó Marty sabiendo de
antemano la respuesta de Ringo.

—Creo que no tenemos elección amigo mío.

        Muy a su pesar se bajaron de la furgoneta y se agruparon, a desgana, con el mal
humor. Mientras tanto, durante sus vacilantes pasos, fueron eligiendo el guión a
seguir. Sabiendo que su actitud no sería la más adecuada, Ringo cedió la palabra a su
compañero.

—Parece que hoy no es nuestro día. El motor no arranca y tiene toda la pinta de ser
problema de la batería.

—¿Problema de la batería o de dejaros la radio puesta? Cuando he llegado se oía a un
volumen bajo y después le he perdido la pista.


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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

       Agreste como pocos, ese tipo conseguía sacarlos de quicio. Tenía una mezcla
explosiva de bravuconería, deslenguados modales y el comportamiento típico de un
campesino que dice saber hacer de todo. Lamentablemente para ellos, era su
salvoconducto para voltear el mal fario. Marty respiró profundamente, se echó con
ansia el cigarro a la boca tomando una prolongada calada y trató de ser lo más
educado posible.

—El caso es que necesitamos unas pinzas. ¿Nos puedes ayudar?

—Poder puedo, pero no aquí. Me quedé sin ellas hace un mes cuando se las llevó mi
primo. Todavía sigo esperándolas y creo que es buen momento para volvérselo a
recordar. Lo que sí puedo hacer es llevaros conmigo al pueblo del otro lado de la
colina. Vayáis donde vayáis, vamos en la misma dirección.

—Allá es donde teníamos pensado ir precisamente.

—No es muy cómodo pero alguno tendrá que ir atrás. Mientras tanto, que alguien se
suba en la furgoneta para mover el volante. Voy a remolcaros para apartar vuestro
trasto de en medio. ¿Sabréis hacerlo?

—Iré yo al volante —se ofreció Marty—. ¿Por quién nos tomas? —su ceja se revolvió
mostrando su enfado.

        Su coche era un desván con cuatro ruedas. De él, sacó una cincha con un doble
mosquetón en cada lado. Un extremo lo enganchó a una anilla metálica, situada a
poco más de 30 centímetros del tubo de escape de la furgoneta roja, y el otro lo asió a
un hueco del paragolpes delantero de su 4x4. Una vez sujetos ambos costados, los
ajustó hasta dejar tirante la cinta y empezó a dar marcha atrás con cautela. Tenía que
andar con cuidado si no quería verse estampando el inservible automóvil contra el
morro del suyo. Había que apretar lo suficiente el acelerador tensando la cuerda lo
mínimo para remolcar la furgoneta. Si se pasaba de fuerza en el pedal, habría que
darle al freno, lo que podía significar el accidente que no estaba dispuesto a asumir.

        Marty se vio inmerso en un déjà vu. Estaba montado en el triciclo del centro de
comportamiento, a la edad de 6 años, empujado a pulso por sus mentores a través de
la asidera colocada a tales efectos en la parte posterior. El avance no era homogéneo,
como si al acelerar colisionara contra un auto de choque al cabo de unos segundos.
Por mucho control que tuviera sobre el eje de las ruedas, estaba a merced de otra
persona, de una persona con una cicatriz que bendecía su cara.

       No hubo mayores contratiempos y el hombre sin nombre consiguió colocar a la
enferma de tal forma que no estorbara ni obstruyera el paso en la pista de tierra. Una
vez terminadas las maniobras, el lugareño empezó a recoger el material, momento
aprovechado por los dos jóvenes para meter algo de ropa en sus macutos y poder



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

tener algo limpio con lo que pasar la noche. Marty fue quien se sentó de copiloto,
marginando a Ringo en el vagón de cola, quien se aposentó encima de los troncos de
madera.

         En el trayecto supo que su nombre era Miguel, que se dedicaba, tal y como
habían supuesto, a la agricultura —al cultivo de trigo y maíz concretamente— y que
viajaba una vez cada dos semanas a la capital para vender los productos directamente
a los puestos de compra que había repartidos en los centros de comida. Mientras
conducía, transmitía otro tipo de sensaciones. No parecía ser el mismo hombre que
minutos antes hablaba con aires de superioridad. Esa dualidad en su forma de ser le
hizo estar alerta a Marty. Instintivamente, sin habérselo propuesto, como un acto
reflejo.

      Antes de llegar al pueblo Miguel les ofreció su casa para pernoctar. Disponía de
un inmenso granero donde podrían pasar la noche sin estorbar a nadie ni ser
molestados. Con dejarles unas mantas tendrían suficiente para no enfriarse.

       Imaginarse media hora antes esa propuesta le hubiera hecho vomitar
improperios. Ahora, en cambio, se tornaba una buena forma de ahorrarse dinero en
un motel. Tendrían techo gratis y muy probablemente un plato de comida caliente
para saciar su estómago. Si algo había aprendido en la vida, era a no desaprovechar las
oportunidades caídas del cielo. Un «por supuesto» salió de su boca sin darle muchas
vueltas y sin haberlo consultado con Ringo, que regalaba cabezadas de sueño en su
particular sala de estar.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo


                                          III
         A cambio de poder pasar la noche, Miguel les pedía que le ayudaran en las
tareas de limpieza o echándole una mano cuando fuera imprescindible la fuerza de
brazos jóvenes para subir pesados sacos de cereales al remolque. No era mucho
trabajo, les permitía disponer de la mayor parte del tiempo ganándose de esa forma su
confianza y lo que es mejor: obtenían información valiosa. Incluso para Ringo, los
rifirrafes iniciales estaban olvidados. Había enterrado el hacha de guerra porque
empezaba a tolerar la conducta de su anfitrión. En cuanto a su esposa Rosario, tenían
poca relación.

        Ella era una mujer de fuerte carácter, la que sin duda, llevaba puestos los
pantalones en el caserío. Por aquella zona era lo normal y estudiándolo
detenidamente, bien podía extenderse esa afirmación a toda la costa. Solía ocultar su
cabello dorado con un pañuelo para protegerlo del trajín que suponía labrar en el
campo y trabajar con animales. De piernas fuertes, se movía con agilidad en su terreno
a pesar de ir encorvándose más y más según pasaban los años. Tenía una generosa
nariz, prominente, rechoncha, en conjunción con su rostro como así lo atestiguaba su
incipiente papada.

        Rosario se encargaba de los animales domésticos: dándoles de comer, de
beber, atendiendo al veterinario en sus visitas rutinarias… Como su marido, ella
también tenía contacto con los centros de comida, pues ofrecía los huevos de las
gallinas al precio estipulado por la Institución. Se valía ella sola para hacer todas las
labores del hogar y aún encontraba tiempo para acudir a alguna cena junto a su
esposo, invitada por las mujeres de los oficiales al cargo.

       Era la forma que tenía el Estado de recompensar a los agricultores y ganaderos
por su contribución a la mejora del Régimen. Ellos estipulaban los precios de todos los
productos, fueran textiles, lácteos o cualquier tipo de alimento. Normalmente los
precios de venta eran muy bajos. Sin embargo, en los últimos años vieron cómo el
malestar en los sectores primarios iba en aumento y ante la disposición de una
sublevación que finalizaría en la aniquilación de mano de obra experimentada,
decidieron jugar al engaño. Hacía dos años habían puesto en práctica una nueva
estrategia. En este tiempo, compraban los productos por un importe mayor, una
tercera parte más que antes de la nueva medida, haciéndoles ver que ganaban más.
Valiéndose de lo volátil de la memoria del ser humano, sacaron adelante una nueva
ley. Como no había Pleno, Cortes o estamento parecido para que se aprobaran nuevos
estatutos, les bastaba con mitigar el malestar de los ciudadanos en pequeñas dosis
para más adelante volver a la normalidad.




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                                                                         El péndulo de hielo

       Su planteamiento era el de seguir pagándoles un precio justo por sus productos
pero añadiendo unos impuestos para poder hacer uso del privilegio que suponía
vender al Estado. De esa forma les hacían ver que contribuían a mejorar la economía y
les obsequiaban con esas reuniones, haciéndoles sentir importantes en la sociedad una
vez al mes. Por supuesto, en esos festejos nada evadía lo planeado. Como una droga,
debían conseguir que la probaran y volvieran al mes siguiente con ganas de más. A fin
de cuentas, no había nada mejor que matar dos pájaros de un tiro. Por un lado los
acostumbraban al lujo con exquisitas comidas y dulces bebidas que les eran imposibles
de adquirir en la calle. Por el otro, conseguían crear nuevos adictos y al tener total
control sobre el tráfico de narcóticos, sus arcas no hacían mas que engordar sin que
aquellas ingenuas personas vieran la influencia que ejercían sobre ellos.



                                  *****************


       Llegaron allí de rebote y todavía seguían chupando de la teta. Tras remendar la
furgoneta, habían pasado tres semanas en el caserío de Miguel sin mayores
preocupaciones que las de gastarse el dinero que llevaban encima. Así eran las reglas;
tras cada golpe tocaba desvanecerse como espectros. Cuando un fantasma se le
aparece a alguien, éste siente pavor ante lo desconocido. En cambio, si ese espíritu
vuelve a dar señales de vida, es cuando comienza la caza de brujas. Les había ido bien
así hasta ahora, paseándose de puntillas después de cada timo y así seguirían hasta
que la avaricia cegara sus principios. Su vida nocturna, por el contrario, era la antítesis
de sus leyes. Por más veces que lo ensayaran, les era imposible mantenerse al margen
de la barra del bar, siendo los postreros en abandonar la más tardía de las tabernas.
Armaban mucho revuelo allá donde fueran, por eso mismo debían seleccionar bien al
incauto antes de abandonar el lugar.

        Era martes. Medianoche. La luz de la luna, en el ocaso del cuarto creciente, se
adentraba sigilosamente a través de la ventana circular situada en la cúspide de la
fachada. Cual foco de teatro, el resplandor resaltaba el retablo del ático formado por
vigas de madera. En él, Ringo y Marty se encontraban sentados, con la espalda
apoyada en la indolente piedra y sobre unos fardos de paja de cebada, a modo de
colchón, cubiertos por unas telas blancas que hacían las veces de sábanas. Destilaban
bocanadas de humo denso, causado por la combustión del hachís en contacto con el
Trujas rubio. Sus pupilas se perdían en el techo agrandando su circunferencia en busca
de arañas circenses, alegres cocineras en la pegajosa tela tejida por ellas mismas. La
despensa de los arácnidos rebosaba comida cruda para ser servida a sus crías,
obviando los buenos modales del cuchillo y el tenedor.




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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

        Las partes inferiores del pijama bostezaban tendidas en el suelo dejando al
descubierto sus penes, elevados gracias a la presión de la sangre en sus vasos
sanguíneos. Aplicando barniz a los mástiles se encontraba Laura, la única hija de
Miguel y Rosario, y su mejor amiga, María. Ambas de 15 años. El interior de un joyero
de madera, situado junto a los macutos de las dos embarcaciones, guarecía el premio
para las jóvenes: una caja con 24 cápsulas de 80 mg de Dexedrina.

       Quedaba claro que no era la primera vez que Laura tenía relaciones con un
hombre, los hechos hablaban por sí solos. Marty se dejaba hacer sin pronunciar
palabra, sin preocuparse en dónde ni de quién había aprendido la hija del agricultor el
abecedario del kamasutra. Por su parte, Ringo procuraba enseñar a la chiquilla María,
mirando de reojo con codicia las diabluras a las que su compañero estaba siendo
sometido.

—Tranquila mujer, parece que no te han dado de comer en todo el día. Recuerda que
no te estás comiendo una salchicha, lo que te estás metiendo en la boca es una polla.

—¿Y qué hago? —preguntó María tras dejar libre su boca.

—Lo que debes hacer es deslizar la lengua desde la base hasta el capullo. Mientras,
puedes frotarme los huevos con las palmas de tu mano.

—¿Así?

—¡Nooo! ¡Estúpida niñata! —los gritos de Ringo despertaron a los gallos—. ¿No te han
enseñado la diferencia entre frotar y apretar?

—Sí, pero…

       Marty se divertía con el mero hecho de mirar a su compañero de aventuras
aunque estaba perdiendo el control de sus ojos, los cuales se achinaban haciendo caer
los párpados por su propio peso. El porro pereció en sus labios y su cabeza sucumbió a
la fuerza de la gravedad, instalándose una sonrisa en sus facciones tras haber
eyaculado.

       Ringo había perdido las ganas de continuar ejerciendo de maestro y seguir con
algo que no iba a llevarlo a ningún lado. Todo cambió cuando, sin darse cuenta, Laura
se arrimó discretamente a su lado haciendo palpables sus senos sobre sus brazos. No
se había fijado hasta entonces del potencial de la muchacha debido a la camiseta
holgada que vestía. Actuando de forma no escrita en el guión, Laura se zafó de su
indumentaria dejando al descubierto sus enormes pechos; rosados, firmes y
voluptuosos. Esa visión, junto con la viperina lengua que recorría su lóbulo izquierdo,
lo calentaron de tal manera que ya poco le importaba qué le estaban haciendo a su
miembro. O lo que es más esencial, quién lo hacía. Acabó suplicando para que
acabaran con él, del mismo modo que un perro hambriento exige su comida.



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

      De pueblo o no, esa joven era igual que ellos. Sabía con exactitud cómo
conseguir lo que quería en el momento que quisiera.



                                 *****************


       Pese a haber impuesto sus propias reglas, Marty no quería estar de manos
cruzadas. Para él, la forma de ganarse la vida era su oficio y al mismo tiempo su
pasatiempo. Empezaba a ocasionarle desazón estar parado en un mismo punto sin
hacer nada. Podía beber, fumar, follar o mezclar todos los estupefacientes posibles las
veces que quisiera pero le faltaba ese plus que le otorgaba su trabajo. Dándole vueltas
a la cabeza dio con una idea que le sería de ayuda para combatir el mono que le
producía estar fuera de servicio. No levantaría sospechas y al mismo tiempo lograría
algo de dinero para mantener sus vicios.

       A Ringo le parecía bien. Su compañero pensaba y él se limitaba a ejecutar las
ideas tal y como estaban descritas sobre el papel aunque no siempre estuviera de
acuerdo. Él solía reaccionar con un chispazo y le costaba detenerse a pensar antes de
actuar. Eran dos formas diferentes de enfocar la profesión y la suya se veía limitada
por sus pocas ganas de darle cuerda a la sesera.

        Marty se hallaba sentado con la espalda apoyada sobre un roble, de gran
circunferencia, capaz de albergar más de seis personas agarradas de la mano
acorralando su tronco. En su copa, unos gorriones canturreaban al unísono mientras se
seguían los unos a los otros, volando a gran velocidad de una rama a otra con increíble
pericia. Él nunca había entendido cómo podían sobrevolar los pájaros espacios tan
pequeños sin rozar un ápice las hojas. Suponía que así seguiría siendo hasta no
encontrar un experto en aves.

       Pasaba las hojas del Heraldo del Régimen minuciosamente, sin prisa alguna,
leyendo únicamente los títulos de las noticias en busca de su objetivo. En su boca
bailaba un bolígrafo rojo con uno de los extremos carcomidos a raíz de las continuas
mordidas. Cuando encontraba algo interesante en el periódico, acentuaba las crónicas
con un gran círculo y dependiendo de lo valioso que fuera, anotaba algunos apuntes
destacando más si cabe la opción. Sabía que no podrían quedarse allá eternamente así
que las ganas de representar la nueva función afloraron.

        Tras leer la prensa desmigó una piedra que, para su sorpresa, había encontrado
en el fondo del bolsillo de su vaquero. La mezcló con la mitad de un cigarro en su mano
y dándole la vuelta sobre un papel lo empezó a liar ayudándose del filtro del pitillo.
Una vez terminado, se llevó el dulce a la boca y con cuidado arrancó el algodón con sus
dientes. Quedaba un detalle antes de disfrutar del momento al amparo del viento y



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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo

con los rayos del sol tosiéndole a la cara. Buscó su paquete de Trujas y despojó un
trozo de cartón como si estuviera deshojando una margarita. Lo enrolló de forma
circular y lo complementó al canuto que se había preparado. Únicamente faltaba
encenderlo, recrearse en soledad y esperar a verse seducido ante una nueva
improvisación.

       Para mantener fresco su aliento masticaba un chicle de menta. Lo tiró al suelo y
tocó el timbre un par de veces, esperando en el rellano a que alguien le abriera la
puerta. Eran las cinco de la tarde e iba vestido completamente de negro, con unos
pantalones de pana y una camisa de rayas grises, oscuras, sin robar el protagonismo al
color principal de su vestuario. Para protegerse del cierzo, a modo de escudo, llevaba
una parka que lo cubría hasta un palmo por debajo de la cintura.

—Leo, me llamo Leo. Recuérdalo —se repetía una y otra vez para meterse en el papel.

       Se oían voces en el interior de la casa pero nadie vaciló para recibirlo. Volvió a
presionar el timbre con estrépito, acompañando el sonido esta vez con unos toques en
la puerta.

—¿Quién es usted? —preguntó un hombre de mediana edad y con cara de no haber
descansado mucho; así lo delataban sus hinchados párpados.

      Detrás, envolviendo su brazo con melancolía, una mujer miraba con los ojos
ausentes. Era su esposa.

—Buenas tardes. Mi nombre es Leo y vengo a entregar un libro a Don Jesús Sanz. ¿Es
aquí donde vive?

       Se veía que él no se cuidaba mucho. La barriga iba conquistando terreno al
cinturón y la grasa empezaba a acumularse redondeando las formas de su cara. Ella, en
cambio, parecía más joven aunque probablemente era una apreciación debido a su
cuidada imagen. Era morena, de media melena, con el corte justo por encima de los
hombros. Su cutis refulgía y el carmín de sus labios ardía. El abatimiento y la tristeza
también florecían en su rostro, a juego con el de su marido.

—Aquí es donde vivía. Mi padre murió hace dos días —contestó la mujer.

—¡Cuánto lo siento! Vaya metedura de pata. Déjeme mostrarle mi más sincero
pésame por la pérdida de su padre —se exculpó respetuosamente dirigiendo su
mirada hacia la señora—. Puede que no sea el mejor momento para mi visita. No
querría molestarles.

—Es tan bueno o malo como otro cualquiera. ¿Qué es lo que desea? —preguntó ella
repasando la vestimenta de Leo.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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—Yo venía a entregar un libro que había pedido el difunto. ¿Me dejan pasar y les
explico todo mejor con más detalles?

—No tenía constancia de que mi padre tuviera una voluntad póstuma, no nos había
mencionado nada en casa. Vaya cabeza, lo siento, se me había olvidado hacer las
presentaciones. Mi nombre es Belén y el de mi marido, aquí presente, Jaime. Por
favor, no se quede ahí. Entre.

—Muy amable.

—¿Tú sabías algo de esto, cariño?

—Ni la más remota idea. Ya sabes cómo era, hacía lo que le daba la gana sin consultar
a nadie —era la primera vez que Jaime abría la boca, como si estuviera estudiando el
comportamiento del vendedor.

       El hall era espacioso, con una alfombra blanca y negra de lana de alpaca dando
la bienvenida. En el interior no quedaba rastro alguno de las piedras que daban un
aspecto añejo a la fachada. Las paredes habían sido pintadas de blanco, con el
propósito aparente de captar toda la luz que entraba por los amplios ventanales,
recubiertos con marcos de madera.

—¿Dónde podría dejar mi abrigo?

—Traiga, yo se lo guardo —estirando los brazos, la mujer pidió su prenda para
depositarlo en un colgador con forma de palmera.

—Por aquí —ejerciendo de anfitrión, el hombre le invitó a seguirlo hasta que llegaron
al salón principal. Vestía un pantalón de poliéster, color caqui; un cinturón negro, con
hebilla plateada; un polo azul oscuro de cuello abierto y un jersey fino suspendido en
sus hombros.

       Una gran chimenea dominaba el salón. Anexa a ella, descansaba una cesta de
mimbre llena de troncos y sarmientos. Estaba apagada, aunque se podían ver las
brasas a través de la puerta de cristal. Justo enfrente, el sofá; allí es donde Leo se
sentó en compañía del señor. Era un mueble antiguo, cómodo al sentarse y con un
diseño ergonómico; idóneo para obligarse a uno mismo a descansar la espalda, recta,
sobre él. De piel, realizado a mano, su tacto resultaba exquisito al tender la extensión
de su cuerpo en el apoyabrazos.

—¿Desea tomar algo? —se interesó Belén.

—No, no se molesten. Estoy bien.

—¿Seguro? Yo iba a tomar una copa de vino con mi marido. ¿Qué me dice?




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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

—Si insiste… en ese caso que sean tres. Muchas gracias —parecía gente con recursos,
por lo que imaginaba, tendrían buenos vinos que ofrecer. ¿Iba a desaprovechar la
ocasión? Por supuesto que no.

       Ella se desplazó al mueble bar, situado a la derecha de la chimenea y,
dubitativa, preguntó:

—¿Cómo lo prefiere, tinto o blanco?

—Blanco estaría bien, si no le importa.

—¡Que así sea! —aprobó ella.

        Tomando la palabra, Jaime se dirigió a Leo, pues le había causado cierta
curiosidad su aparición en escena.

—Dígame, ¿qué es lo que andaba buscando Jesús?

—No buscaba nada en particular salvo la bendición del Señor.

—¿Perdón? —sus palabras fueron acompañadas por un gesto de asombro. No se
esperaba esa respuesta.

—Os hablo de esto.

        Leo abrió la bandolera de cuero que traía consigo separando el cierre imantado
con las manos. De su interior, sacó una biblia de tapa dura; negra como el carbón, con
letras doradas haciendo contraste.

—No lo entiendo, él ya tenía una. Siempre la guardaba en su mesita de noche —Jaime
se rascó los muslos con las uñas, como si algo le picara—. ¿Para qué querría una más?

        Belén volvió con dos copas en la mano de colores dispares. Para su marido, un
tinto de la tierra, crianza de 3 años; para Leo, un merlot de cosecha de ese mismo año.
Para evitar ninguna mancha en la mesita de cristal que se erigía junto al sofá, puso
unos posavasos, hechos de caña de bambú, antes de colocar encima los vasos de
cristal. Regresó al mueble bar para coger su bebida y se sentó en un sillón contiguo,
del mismo material que los asientos donde los dos varones se hallaban charlando. Se
veía que iban a juego.

—Entiendo que pueda parecer extraño. Sin embargo, han de saber que la biblia que os
traigo es especial. Se trata de una edición limitada con apenas 2.000 ejemplares en el
Estado.

—¿Se puede saber qué tiene de especial? —se interesó la señora.




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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
                                                                       El péndulo de hielo

—Lo que la hace especial es el prólogo, escrito por el Presidente de la Conferencia
Episcopal Española, el obispo Ricardo Blázquez Pérez. Por otra parte, la
encuadernación es de excelente calidad, acorde con el honor que supone tener esta
obra entre manos. Pueden echar un vistazo si así lo desean.

—Supongo que no será gratis —preguntó la hija del fallecido al estudiar el interior del
libro.

—Supone bien. Salió al mercado a un precio fabuloso, de 525 créditos y su padre
anduvo ágil para hacer el encargo —Leo era inteligente, sabía escoger muy bien las
palabras consiguiendo que se fiaran de él—. Lástima de su triste final. ¿Puedo
preguntar, si no es molestia, si tuvo una muerte feliz?

—No se enteró de nada. Se puede decir que nos dejó sin dolor —la explicación de
Belén fue escueta, sin querer entrar en más detalles.

—¡Cuánto me alegra oír eso! El Señor es bondadoso y sabe cuidar de sus hijos, sean
cuales sean sus acciones en el pasado.

       Volteaba la copa dejando que los aromas del vino se esparcieran
uniformemente, mirando a contraluz su color y textura. Dio un tenue sorbo y a
continuación Jaime formuló una pregunta.

—¿Usted cree en los milagros, hijo?

—Por supuesto que sí. Así lo atestigua la palabra de Dios. ¿Y usted?

—Había perdido la fe. Hasta hoy. Hasta su llegada.

—¿A qué debo tal honor?

—Mi padre llevaba en estado de coma los catorce últimos meses. El haber encargado
su biblia desde la cama sólo ha podido ser gracias a un milagro —Belén cogió el turno
de la palabra, dando un giro inoportuno al guión que Leo tenía en la cabeza.

        Se quedó inmóvil por un instante; la saliva, se ausentó en su lengua; el amplio
salón, se fundió en un claustrofóbico ataúd. Levantó levemente la vista y vio algo que
no se esperaba. A su llegada, no se había percatado de la gran cabeza de jabalí
disecada que sobresalía de la pared, desafiando la gravedad con sus afilados colmillos.
A pesar de haberse enfrentado a situaciones parecidas antes, era difícil controlar sus
impulsos de salir corriendo. De actuar así, no habría dudas: era un impostor. Para
contrarrestar sus argumentos, había que crear dudas, y para ello, necesitaba sentir el
dulce calor de la uva fermentada en su reseco gaznate.

—Los milagros se suceden día tras día aunque el Todopoderoso no siempre reparte la
suerte equitativamente. No, al menos, cuando más se le necesita.



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

—¿Hay alguna razón para no echarle de nuestro hogar y avisar a las autoridades? —el
anfitrión fue tajante, cerril, mostrando jerarquía con una voz grave.

—Desde luego, yo soy reacio a seguir mintiendo; lo fui desde el principio —necesitaba
detener las agujas del reloj de alguna forma para buscar una salida.

—Somos todo oídos. Tiene cinco minutos para justificarse antes de ponerlo de patitas
en la calle —amenazó Jaime.

        Volvió a coger la copa, sosteniéndola en su palma, como si estuviera pidiendo
un baile a una dama. A los pocos segundos de haberlo degustado, disfrutó con el
dulzor afrutado del vino en su paladar. Tras su melancolía, parecía que Jaime
disfrutaba con la situación, esperando, quizás, poder lanzar la impotencia de los
últimos meses contra algo concreto, contra alguien real.

—Muy bien, tienen todo su derecho. Regento una librería familiar junto a mi padre. El
negocio iba bien al principio, con sus meses de picos y sus respectivos meses de ventas
escasas. Sin embargo, hace tres años nos encontramos de bruces con una orden de los
Ipodeus. En dicha nota, instaban a todas las librerías a dejar de vender libros de
escritores cuya lealtad al Régimen no estuviera contrastada. Daba igual que hubieran
pasado los cortes de la censura, que fueran textos de arte o de viajes. Nos obligaron a
entregarles nuestro material para ver cómo le prendían fuego a lo que debían ser
nuestros ingresos.

—Eso es lo que se debe hacer, ¡bravo por ellos! Hay que tener mano dura con esa
gentuza que se cree superior al resto y pretende evangelizarnos con impúdicas
mentiras —exclamó la mujer con un tono de voz exacerbado a la vez que convincente.

—De todas maneras, ¿qué tiene que ver con que intente colarnos un libro? —Jaime
pretendía ser arisco, mostrando escepticismo ante el intruso.

        Fue el momento escogido para derrumbarse. Manos a las rodillas, cabeza gacha
y la vista clavada en el suelo. Tras entrenarse en soledad, no le resultaba complicado
hacer caer una lágrima por su mejilla si era menester. La situación en la que se
encontraba así lo requería. Si cualquier niño tenía el poder de manipular a sus padres
con el uso del grito y el llanto, ¿por qué no seguir empleando las mismas armas si los
resultados estaban contrastados?

—La idea fue mía y creía que nos sacaría del atolladero. Necesitábamos vender los
mismos libros con un catálogo infinitamente inferior y fue entonces cuando, a través
de un contacto, me enteré de esta edición limitada de la biblia en la que Ricardo
Blázquez prestaba sus sabias palabras en el prólogo y contraportada. Enseguida
contacté con la editorial y realicé la compra de la sagrada escritura en su totalidad, a
espaldas de mi padre, aún sabiendo las consecuencias que podía acarrear.



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                                                                Xabier Villanueva Amadoz
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        Instante para mirar a sus espectadores y obsequiarles con el rostro de una
persona abatida, llena de remordimientos. Punto álgido de la interpretación,
requiriendo su total concentración evitándose así las lágrimas de cocodrilo,
sustituyéndolas por las de verdad. Secándose los párpados y el borde de sus labios,
continuó con el teatro:

—Lo normal en el negocio son los libros bajo demanda, o lo que es lo mismo, imprimir
los ejemplares según la petición de los lectores. La compra de la edición limitada de la
biblia rompió esa regla, teniendo que hacernos cargo de los gastos por cuenta propia y
de forma anticipada. Cuando se enteró mi padre por poco no lo cuento y su ira e
incredulidad forcejeaban a partes iguales. Acabé convenciéndolo, haciéndole ver que
había que tomar una medida arriesgada para una situación complicada. Tuvimos
buena acogida por parte de los clientes, llegándonos muchos pedidos de la obra a la
vez. Estaba entusiasmado, se vendía algún ejemplar y muchos otros estaban siendo
reservados. El problema vino cuando esas reservas eran anuladas una tras otra. Yo no
me lo podía creer y mi padre no paraba de reprenderme con sus palabras de «yo ya te
lo avisé», «yo ya te lo avisé», «te dije que pasaría esto». Ahí es cuando supe que no
debía haber actuado en caliente, quizás demasiado tarde para mi desgracia.

        Había conseguido ablandar el semblante de sus oyentes. Llegaba el turno de
lanzar la traca final y ver los resultados. Las alarmas de su sentido arácnido habían
desaparecido, tenía vía libre para relajar los músculos de sus extremidades.

—Es entonces cuando tuve que callarme y acatar las decisiones de alguien que llevaba
más tiempo que yo en el negocio. Tampoco nos quedaba otra alternativa y accedí de
mala gana. Empezamos a cobrar los honorarios a todas aquellas personas que
hubieran solicitado la biblia con anterioridad, tanto si la querían como si no. Se daban
casos en los que los pedidos los había hecho alguien ya fallecido, situación que nos
beneficiaba al no tener que dar mayores explicaciones a los familiares. De verdad que
lo siento, no era mi intención engañarles. Estoy desesperado, no tenemos más
soluciones. Por mi parte, no pienso molestarles más, me marcho.

        Los tenía donde quería; dos marionetas con la cabeza hecha un lío después de
la desconfianza inicial. En sus planes no había imaginado que se sucederían así los
acontecimientos pero lo tenía comprobado: no había mejor actuación que la de
disfrazarse de villano para transformarse, a la postre, en víctima inocente. Los
resultados acababan siendo espectaculares. Se levantó del sofá a cámara lenta, con los
pasos bien estudiados, evitando el contacto visual con sus oyentes más allá de
centésimas de segundo. Se movió arrastrando sus pies, cual zombi viviente, y cogió la
sagrada escritura que descansaba sobre la mesita de cristal desde que Belén había
echado una ojeada.




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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

        Consiguió entonces su propósito. Había logrado incubar una semilla de lástima
en la propietaria, que buscaba la aprobación de su marido con la mirada.

—¡Espere, no se vaya! Siento mucho todo lo que ha pasado, la manera en la que lo
hemos tratado. No han sido días fáciles para nosotros y el no haber descansado
durante medio año pasa factura. Me gustaría ayudarle.

       Leo sabía que lo primordial no era que ellos dieran crédito a su mentira. Lo
verdaderamente trascendental era que él mismo se la creyera para aportar mayor
realismo a la función.

—No se molesten, suficiente tienen con lo suyo. Quien se debería disculpar soy yo por
haber osado entrar en su hogar con la mentira como bandera.

       Él estaba de pie y ellos sentados. Desde luego, no era la mejor forma de pedirle
perdón. Dejando su vaso de vino a medias, Jaime se levantó con la convicción de
hacerle cambiar de idea.

—Me reafirmo en las palabras de mi mujer, déjenos ayudarle. ¿Cuánto dice que
costaba el tomo?

—Había dicho 525 créditos. Claro que… me siento culpable por lo ocurrido. Yo no
podría cobrarles a ustedes más de 475. Sería injusto y no podría reparar el daño
aunque me confesara.

—Nada de eso. El precio es el que es. El Estado trabaja para el beneficio de todos
nosotros aunque como en todo sistema, existen desajustes; como es su caso. Estoy
seguro de que acabarán devolviéndole la moneda porque nunca nos dejan tirados. De
todas formas, mientras tanto prefiero echarle una mano antes de que haga cualquier
tontería. ¿Tiene algún ejemplar más consigo?

—Sí pero…

—Denos 5 biblias. Estamos seguros de que entre nuestros amigos habrá alguien
interesado. Tienen hijos que están aprendiendo a leer y sería estupendo comenzar
entendiendo mejor las palabras del Señor.

—De verdad que no tienen por qué hacer esto. No me gusta causar lástima a los
demás. Me hace sentir débil, y no lo soy —definitivamente tenía tomada la medida a
su papel protagonista de indefenso. Contra mayor victimismo, mejor.

—Los camaradas están para arrimar el hombro. De no ser por los Ipodeus, hoy no
tendríamos esta acogedora casa y estaríamos muriéndonos de hambre. Además, ellos
se ocuparon de proveernos con los medicamentos necesarios para mi padre; en paz
descanse —Belén dio las gracias al relicario que llevaba de colgante dándole
impetuosos besos.


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                                                                         El péndulo de hielo

—Yo jamás he dudado de ellos, el problema es que para nuestro negocio ha sido un
duro revés. Dentro de unos años, cuando se ocupen de compensar al gremio, lo veré
con otros ojos… estoy seguro.

—¿Qué le debemos? —consultó el marido.

—Los 5 ejemplares hacen un total de 2.625 créditos. Déjenme rebajarlo redondeando
la cifra, os lo ruego. Con 2.600 bastaría.

—No vamos a pelearnos por esa cuantía. Aguarde aquí un momento —se excusó
Jaime.

        Dejó la habitación rumbo a las escaleras en busca del dinero. Desde el salón se
oía su rítmica respiración debido a su baja forma física. Al dejar de escuchar el crujir de
la madera los jadeos cesaron. Al menos se perdieron en el silencio.

—¿Dónde vive usted? —las palabras de Belén resonaron en su cabeza como el badajo
que dobla las campanas. No estaba dispuesto a participar en un posible interrogatorio,
así que decidió dar largas desviándose de la pregunta.

—A decir verdad, en ninguna parte, señora. Me muevo tanto, dejando atrás tantos
pueblos y ciudades, que no se puede decir que pertenezca a un lugar en concreto.

—Resultará triste no tener dónde volver, dónde plantar las raíces.

—Al final, uno se acostumbra a sus circunstancias. Debemos agradecer a Dios por lo
que tenemos, sin quejarnos por nuestra suerte, sabiendo que hay otros hermanos en
peores condiciones.

—Siendo buenos cristianos es imposible que nos deje tirados. Deseo lo mejor para ti,
Leo. Estoy segura de que tus plegarias serán escuchadas.

—Creo tener algo para simplificar el trabajo al de arriba. Tómese esto, verá cómo le
ayuda a conciliar el sueño.

        Se puso a mirar en la bandolera y tras rebuscar un instante, Leo estrechó la
mano de Belén colocando una henchida bolsa de plástico en ella. Le miró a los ojos, le
arrulló la mejilla con sus dedos y besó la mano donde había depositado su regalo: la
misma medicina que la conseguida por la hija de Rosario; Dexedrina.

—Vendré a verla si me necesita. Un placer.

       Ruborizada, iba a contestarle cuando hizo aparición su marido en la sala. Traía
consigo un fajo de cheques y una pluma estilográfica.

—¿A qué nombre dirijo este pagaré?




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—Lo siento mucho, sólo aceptamos dinero en metálico. No quiero que piensen que
dudo de su honestidad. Sin embargo, nos hemos encontrado con más de una sorpresa
desagradable al ir a cobrar cheques que al final resultaban ser falsos o encontrarse sin
fondos. Espero que lo comprenda, no quiero tropezar de nuevo con la misma piedra.

—Lamentablemente, en estos días que corren hay mucho sinvergüenza —sostuvo—.
Desgraciadamente, no disponemos de tanto dinero en metálico. Si le parece, le
podemos dar hoy una parte, digamos 850 créditos. Es lo que puedo ofrecerle. Así,
puede volver pasado mañana y recoger el resto. Yo no estaré en casa, tengo que
ausentarme una semana por un viaje de negocios pero Belén se podría encargar de
entregarle lo que quede pendiente. ¿Qué le parece la proposición?

—Será un placer —contestó Leo sonriendo a la mujer de Jaime—. Me parece la mejor
opción. Como muestra de confianza, les dejaré aquí los cinco ejemplares.

       Belén se ausentó un momento para subir, escaleras arriba, a su dormitorio. Allí
tenían guardado algo de dinero en una caja fuerte metálica, junto con las cartillas del
centro de comida; un par de joyas, heredadas de su madre, y los carnets que les
acreditaban como proveedores del Régimen. Al reunir la cantidad acordada en un
sobre, volvió tomando la chaqueta de Leo y zarpó hacia el hall donde la esperaban.

—No se olvide su abrigo.

—Ya ni me acordaba de él, se estaba tan cálido en el salón…

—Aquí tiene el dinero. Me he tomado la libertad de meterlo en un sobre para que le
sea más cómodo llevarlo —dijo Belén extendiendo su brazo.

—Se lo agradezco.

—Por favor, visítenos si vuelve a pasar por la zona. Espero que en tal caso las cosas le
vayan mejor. Dele recuerdos a su padre de mi parte —esta vez, Jaime le habló de
forma afable.

—Así lo haré. No se pueden olvidar los buenos gestos de las personas de bien. Hasta la
próxima, Jaime. Espero volverle a ver algún día. En cuanto a usted, Belén, nos vemos
en un par de días si no es mucha molestia.

—Encantado de haber conversado con usted. Nos ha hecho olvidar nuestras penas
durante un rato. Que le vaya bien —respondió el hombre.

—Estaré complacida de tenerlo de nuevo por aquí. Cuídese —recalcó Belén.

       Se despidió de él por medio de un apretón de manos y dio un par de besos a la
señora en la mejilla, uno de ellos cercano a la comisura de sus labios; en el lado donde
Jaime no tenía ángulo de visión. Dio media vuelta y caminó por donde había venido



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                                                               Xabier Villanueva Amadoz
                                                                      El péndulo de hielo

acompañado de una sonrisa triunfante. Ya era hora de dejar marchar sus
preocupaciones después de haber andado tan cerca de ser descubierto. ¡Cómo le
gustaba ese chute de adrenalina en el cuerpo!

       Conforme caminaba, buscó una cápsula de Dexedrina, idéntica al regalo que le
había entregado a la mujer de la casa, y se lo llevó a la boca tragándosela después. Se
paró, prendió un cigarro, y continuó su marcha. Le esperaba una larga noche por
delante.




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                                                              Xabier Villanueva Amadoz
                                                                     El péndulo de hielo

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Mi nombre es Xabier Villanueva Amadoz, un joven escritor navarro, travel blogger y
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