Santa Beatriz by 53uD4AM2

VIEWS: 9 PAGES: 25

									“La Santa del Silencio”
                  Avance automático
 Santa Beatriz de Silva nació hacia los años
  1433 – 1434 en Campo Maior, Portugal.

En ella, la niña de los ojos de la Inmaculada,
 su ejemplar madre Dª Isabel de Meneses
   se complacía detectando los primeros
     balbuceos de la gracia de elección.
 Y es que Dios no improvisa a sus elegidos,
  sino que, desde pequeños los ‘prepara’
      para la misión a que los destina.
Desde su más tierna edad, el Señor inclinó su
corazón a la oración, haciendo que arraigara
  en él un ardiente amor a la Inmaculada.
 De sus padres, Don Ruy Gómez de Silva
 y Dª Isabel de Meneses, aprendió que la
  gallardía y nobleza de su sangre, había
de ponerla, ante todo, al servicio de Dios,
      soberano Creador del Universo.
 La adolescencia de santa Beatriz transcurría, como la de
todas las jóvenes del medio de la alta sociedad, entregada
al cultivo de las virtudes humanas y cristianas. Su belleza
  física, su personalidad y su mucha gentileza perfilaban
           ya a la futura heroína de la Inmaculada.
En 1447 su prima, la
 princesa Isabel de
 Portugal, contrajo
matrimonio con Don
 Juan II de Castilla.
    Admirando la
   personalidad de
santa Beatriz, quiso
enriquecer su regio
   dote trayéndola
  consigo a Castilla
    como dama de
       honor.
 Los primeros años en Palacio, la Reina Isabel
encontraba en su bella dama santa Beatriz la paz
que serenaba su atormentado corazón oprimido
        por las pesadumbres de Palacio.
      Pero la serenidad se fue convirtiendo en
densos nubarrones preñados de incontrolada
      envidia y celos hacia su dama, ya que su
belleza y ‘dulce conversación’ atraía la mirada
        de los cortesanos. Hasta el mismo Rey
                    gustaba de hablar con ella.



               Su atracción era indiscutible.
               De aquí que muchos nobles y
                       grandes de España la
           pretendieron. Pero santa Beatriz,
        enamorada de otra hermosura mayor
                             que la humana,
                desechó tales pretensiones…
La Reina, cegada su razón por los celos, determinó
acabar con tanta intriga en palacio, quitando de en
medio a su rival. Ordenó sádica y enfáticamente a
santa Beatriz que penetrara en el oscuro y angosto
recinto: un cofre fue el lugar de su encerramiento.
Y allí, en la oscuridad, en la soledad,
en el abandono total… su Madre
querida Inmaculada la reconfortó…
¡Allí estaba ella, radiante de amor y
hermosura, descubriéndole la
existencia de otro mundo superior:
el del espíritu!


María le había descubierto en la
prisión los engaños del mundo y la
Verdad de Dios. Santa Beatriz
comenzó a vivir vida más plena allí
donde el mundo creyó hacerla morir.
 A los tres días de estar sepultada santa Beatriz en la
angosta prisión, su tío D. Juan de Meneses la echó en
falta y la Reina Isabel, creyendo encontrarla muerta,
 lo condujo hacia el lugar donde estaba su víctima…




          Pero santa Beatriz apareció viva,
          más bella que nunca, irradiando
             luz, vida, paz y serenidad.

     Ante tan claro milagro, la Reina conmovida
         la dejó salir de la prisión y concedió
 plena libertad al ruego de su dama: salir de palacio
    porque quería entregarse a Dios sin reserva.
Santa Beatriz se puso en camino con presteza…
hacia Toledo. Llevaba en su alma una semilla de
 cielo. María le había pedido que fundase una
Orden en honor de su Inmaculada Concepción.
“…Dejó tras sí el fasto y la fatiga,
           el falso gozo,
      el corazón turbado:
       buscaba ser amiga
      y esposa del Amado
que sacia el corazón enamorado.
    Huyó por calles, pueblos
y caminos, buscándole a su amor
          lugar seguro:
     que los goces divinos
     de amor virginal puro
       se dan mejor tras
        el bendito muro”.
Y así buscó el recinto adecuado:
        el Monasterio, que fue
        el de Santo Domingo
        El Antiguo, de Toledo,
        de regla cisterciense.
        Con veinte años traspasó
        santa Beatriz los
        umbrales del Monasterio.
  Entre las Monjas blancas aprendió la ciencia de la
entrega a Dios… y completó su propósito ‘cubriéndose
 el rostro con el velo’ para en adelante ser vista sólo
 de su Esposo y Señor Jesucristo. En los largos años
  de permanencia en el Monasterio, en pura fe, sin
  vislumbrar ningún atisbo del cumplimiento de la
  promesa de María, santa Beatriz, como Abrahán,
          alcanzó el acrisolamiento de su fe.
      Y así por espacio de treinta largos años…
Y la hora llegó… Por el año 1483, una vez más, nuestra Madre
   Inmaculada se le apareció urgiéndole la fundación de la
    Orden de la Concepción, como así se verificó en 1484.
Desde su celda monástica, santa Beatriz se ‘había consumido
    de celo en defensa del honor de su Madre Inmaculada’
           y ‘había procurado su culto y veneración
             en los reinos de Portugal y de España’.
    Para que se llevase a efecto
     la fundación de la Orden,
Dios dispuso unos acontecimientos
 que santa Beatriz, movida por el
mismo espíritu de Dios, aprovechó…
  ¡La llegada de la Reina Isabel la
          Católica a Toledo!

                 La Reina donó a santa Beatriz unas casas
                 de su propiedad contiguas a la Capilla de
                    Santa Fe, denominadas Palacios de
                  Galiana. Y es aquí, a la sombra de esta
                   Capilla donde santa Beatriz fundó la
                   Orden de la Inmaculada Concepción,
                     aprobada por S.S. Inocencio VIII
                     el 30 de abril de 1489, mediante
                         la Bula ‘Inter Universa’.
Bien es verdad que, antes
de venir la aprobación de
 la Orden, Dios intervino
      anunciándole su
aprobación por medio de
 un mensajero, creyendo
sin lugar a dudas, que era
  San Rafael. Esta noticia
  alegró intensamente el
 corazón de santa Beatriz
   y de sus hijas pero…
 Dios quiso perfeccionar
    y convertir su obra,
  al igual que a Abrahán,
     en bendición para
        los pueblos…
             El silencio, la inmolación,
 el sufrimiento, la virtud campeaban
vigorosos en la vida de santa Beatriz.
Una noticia desarraigó de su corazón
   el ansiado afecto con que esperaba
  la Bula: ‘había perecido la nave que
            traía a los que la portaban,
     por lo que la Bula había quedado
                     perdida en el mar’.
Es sin duda que Dios permitió este contratiempo en la
  vida de la Santa para consumarla en la perfección
                   como Fundadora.




                                      Conseguida esta
                            purificación… no se dejó
                        esperar la actuación de Dios,
                        otra vez milagrosa. A los tres
                         días, al abrir un cofre, santa
                         Beatriz encontró dicha Bula
                                       encima de todo.

   ¡El gozo desbordaba el alma de santa Beatriz…!
Pero los cinco años que llevaba viviendo en Santa
     Fe, entregada plenamente a la oración,
 penitencia, vigilias y trabajo… hicieron que sus
fuerzas se fueran agotando. Un nuevo desarraigo
    el Señor le pedía por medio de su Madre
 Inmaculada: ‘Hija, de hoy en diez días has de ir
 conmigo, que no es nuestra voluntad que goces
       acá en la tierra de esto que deseas’.
  Al igual que a Abrahán, no le fue
concedido recoger en esta tierra de
peregrinación el fruto maduro de la
 simiente que ella había sembrado.

 Y así, sus hijas en estos días tan
dolorosos, tuvieron que decidir el
 acto supremo de la trayectoria
     fundacional de la Madre:
    la Profesión monástica en
         su Orden querida.
Bajo la Regla del Císter, santa
   Beatriz hizo la primera
 Profesión en la Orden de la
  Inmaculada Concepción.
    Y es que su amor a la
Inmaculada había arrancado
  a su corazón heroísmos.

  Testigo de estos heroísmos
era el velo que cubría su rostro
y que había sellado su fidelidad
     hasta el borde mismo
          del sepulcro.
   Dios coronó su amor y
fidelidad adelantándose ya
aquí en la tierra: ‘Al tiempo
de su muerte fueron vistas
dos cosas maravillosas: al
darle la unción le quitaron
  el velo del rostro que lo
cubría y fue tanto el brillo
   que de su rostro salió,
    que todos quedaron
 espantados. Y la otra fue
 que, en mitad de la frente
   le vieron una estrella,
 que estuvo allí hasta que
   expiró dando gran luz
        y resplandor’.
 Estrella y luces cerraron los ojos de santa Beatriz…
Con resplandores de virtudes, el 17 de agosto de 1492,
 santa Beatriz traspasaba la inestabilidad del tiempo
           para abismarse en la eternidad.

             Su vida silenciosa y fecunda…
             se ha hecho eco en la Iglesia.
       Pío XI el 26 de julio de 1926 la beatificó
     y el 3 de octubre de 1976 fue solemnemente
               canonizada por Pablo VI.

   He aquí, encerrada por Dios la impresionante
      personalidad de santa Beatriz de Silva.

                 ¡La Santa del Silencio!

								
To top