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					COLEGIO MARIANISTA - Historia - 5º Humanidades                                                         Lic. Flavio A. Sturla

                                                 LA AVENIDA ALVEAR
                                      Recorriendo la ruta de la aristocracia argentina

Pocas áreas de la ciudad de Buenos Aires se identifican tanto con el período histórico de la Generación del 80 como las
siete cuadras de la avenida Alvear. Trazada siguiendo la tendencia habitual de la elite porteña de mirarse en el espejo
europeo, sus residencias se construyeron para reproducir el estilo de vida de las altas burguesías que admiraban y
querían adoptar como modelo. Estos palacios dan cuenta de la historia de la clase alta de Buenos Aires en su momento
de consolidación y apogeo. Conservan la atmósfera de una etapa única en nuestra compleja historia.
Les propongo realizar este breve itinerario para recorrer sus secretos y utilizar las calles de nuestra ciudad como aula.




 Referencias:

 1.   Alvear Palace Hotel                   6.  Jockey Club                  11.   Mon. San Martín
 2.   Palacio Duhau /Maguire                        7. Palacio Pereda                          12. Palacio Paz
 3.   Palacio Duhau                                 8. Palacio Ortiz Basualdo                  13. Palacio Haedo
 4.   Nunciatura Apostólica                 9. Edificio Estrugamou           14.   Plaza Hotel
 5.   Secretaría de Cultura de la Nación    10. Palacio San Martín




El trazado de la avenida se realizó durante la intendencia de Torcuato de Alvear (1880-1887), un momento en que la
República Argentina emprendía su definitiva organización bajo el lema "paz y administración". En las últimas dos
décadas del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires comenzó un vertiginoso proceso de metropolización, fenómeno casi
único en el mundo por esas fechas. Esta metamorfosis urbana fue resultado directo de los cambios que venían
ocurriendo en el país, acelerados a partir de 1879, cuando el Ejército Nacional invadió los territorios indígenas del sur
y aseguró -a través del sometimiento de sus habitantes- la "conquista del desierto" pampeano y patagónico. Así,
millones de hectáreas se incorporaron a una economía de exportación de base agraria. Una alianza de las oligarquías
provinciales consiguió en ese momento superar los enfrentamientos facciosos que habían caracterizado a la política
hasta entonces. Las posibilidades de compartir los beneficios económicos generados por la región pampeana y la
necesidad de garantizar un orden para el progreso - principalmente, el de esas mismas elites - logró poner fin a los
setenta años de discordia que sucedieron a la Revolución de Mayo. Con la primera presidencia de Julio Argentino
Roca (1880-1886) comenzó una era de desarrollo y creciente globalización, caracterizada por un imparable
intercambio de ideas, personas, productos y servicios.

Hacia esos mismos años se acentuó el reconocimiento de París como paradigma de lo elegante, lo bello, lo que "debía
ser" en materia de arte, arquitectura y moda. El eje que hoy constituye la avenida Alvear evoca forzosamente aquella
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COLEGIO MARIANISTA - Historia - 5º Humanidades                                                                        Lic. Flavio A. Sturla

Belle Époque, si bien el origen de estas siete cuadras fue más bien modesto. Hasta la llegada de Torcuato de Alvear a la
intendencia porteña no tuvo lugar la conversión del barrio en un lujoso enclave residencial.

El entorno de la iglesia del Pilar y "la bajada" de Recoleta merecieron enormes esfuerzos porque constituían el nexo
entre la ciudad y los parques de Palermo. A estos se accedía por un pintoresco sendero llamado Bella Vista que
discurría por entre las extensas quintas loteadas arriba de la barranca. Alvear lo transformó en una avenida, al tiempo
que promovió la nivelación de terrenos, los desagües y el trazado de calles y plazas. También entonces se produjo la
reconversión del Cementerio del Norte, que de marginal se transformó en "aristocrático". En reconocimiento a su
gestión, un grupo de vecinos propuso bautizar la avenida con su nombre. Pero el intendente entendió que era su padre,
Carlos de Alvear, quien merecía con mayor justicia ese honor. Conviene aclarar que el trazado original de la avenida
se extendía hasta los parques de Palermo. En 1950, declarado "Año Sanmartiniano", prácticamente la totalidad de su
extensión cambió el nombre por Avenida del Libertador General San Martín. Únicamente las siete cuadras arriba de la
barranca de Recoleta conservaron su denominación original. El verde de las quintas y los matorrales no desapareció,
pero fue domesticado y transformado en jardines enrejados. El creciente cosmopolitismo de la clase dirigente
favoreció que las espléndidas mansiones que se iban alineando a lo largo de la avenida Alvear se inscribieran dentro
del más completo repertorio de estilos europeos. Fue una novedad que palacios italianos, mansiones victorianas o
flamencas y castillos germanos incorporaran el diseño de jardines alrededor de las construcciones y en sus fondos.
Este fenómeno prácticamente sólo se dio en este sector de la ciudad, porque en general potentados resignaban el
entorno paisajístico en aras de la monumentalidad de las ambiciosas construcciones. Pero los lotes emplazados en la
vereda impar de la flamante avenida contaban con caída de la barranca hacia la actual calle Posadas, y el valor
económico superior de esos terrenos no hizo sino acrecentar el interés en su posesión. De aquellos primeros caserones
sobreviven dos en la esquina de Montevideo y Alvear.

LA GENTE “RESPETABLE”

El edificio que hoy ocupa la sede del JOCKEY CLUB (Alvear 1345) surgió precisamente en este contexto de euforia
creativa, cuando las piadosas hermanas Unzué1 quisieron tener sus casas una junto a la otra. Disimuladas
comunicaciones internas evitaron a las reservadas mujeres tener que salir a la vereda para visitarse. La de María
Unzué de Alvear, obra de Alejandro Christophersen, fue demolida tras la muerte de su propietaria. Sobreviven, en
cambio, las que Juan Buschiazzo2 hizo para Ángela Unzué de Álzaga y parte de la perteneciente a Concepción Unzué
de Casares, que es la que hoy ocupa el Jockey Club. Doña Concepción -"Cochonga" para sus íntimos- dejó un legado
de iglesias, escuelas, asilos, hospicios y "Huetel", una de las estancias; más legendarias de la Argentina, ubicada en el
partido bonaerense de 25 de Mayo. Las crónicas no fueron siempre generosas con su persona, y circularon mil
anécdotas que la hicieron quedar como una mujer ignorante. Una de esas historias recuerda la noche en que a la salida
de un teatro parisino la sorprendió una fuerte tormenta y extendiendo la mano comentó: "Qué bien le va a venir esta
agua a la estancia", o “…cuando el comunismo llegue, yo me voy a la estancia”.

El auge económico iniciado a fines del siglo XIX dio lugar a una movilidad social ascendente; en una república que
para entonces no tenía distinciones sociales legales - ni títulos de nobleza, ni exclusión por el color de la piel-, alguien
que se enriquecía podía aspirar a ingresar en los círculos más altos de la sociedad porteña, Para poner reglas claras al
respecto, la elite comenzó a redefinir y fortalecer las fronteras sociales. Esto demandó la puesta en marcha de una serie
de prácticas, consumos y conductas que otorgaron nueva identidad a quienes se sentían llamados a ocupar el vértice de
la pirámide. La elite se percibió a sí misma como una clase cohesionada, superior, ilustrada y privilegiada.

Así, en paralelo a la enorme transformación urbana, tuvo lugar otra no menos importante: el afianzamiento de las
jerarquías sociales. Comenzó puntualmente con el cambio de domicilio de Catedral al Sur a los barrios de la Merced y
del Socorro; mudanza que fue de la mano con la aparición de nuevos centros sociales como el Jockey Club y,
especialmente, el Club de Armas. El" cierre" de las casas puso fin a las tertulias improvisadas y obligó al anuncio con
tarjeta de visita en días y horas socialmente legitimados. Las largas mateadas en el patio (y el patio mismo) fueron
reemplazadas por nuevos ritos metropolitanos como el five o’clock tea y la sociabilidad del café.



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1
  Hijas de uno de los matrimonios más aristocráticos de la sociedad porteña: el de Juanita Díaz de Unzué con el duque de Luynes. Las hermanas
fueron herederas de una formidable fortuna con el que donaron innumerable cantidad e obras y edificios.
2
    Famoso arquitecto de la época.
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EL JOCKEY CLUB

La historia del Jockey Club de Buenos Aires comienza en abril de 1882 por inspiración de Carlos Pellegrini (futuro presidente de la
Argentina). El "Gringo", como lo apelaban sus amigos de la elite porteña, se propuso crear una entidad capaz de organizar y regir la
actividad turfística nacional. Fue secundado por un entusiasta conjunto de caballeros vinculados a la vida política y económica. La
idea que los animaba era que la empresa debía ser, al mismo tiempo, un centro social de primer orden, similar a los mejores clubes
europeos que todos ellos frecuentaban durante sus viajes por Francia e Inglaterra. La sede más significativa con que contó la
institución estuvo ubicada en la calle Florida al 500 (en el mismo lote que hoy ocupan las Galerías Jardín) y fue un reducto en
consonancia con la tradición del "club inglés": elegante, masculino, exclusivo (cualidades que mantiene al día de hoy). En sus salones,
los escogidos miembros podían acordar las líneas generales de la política nacional, discutir la marcha de la economía y organizar
costosas recepciones. Carlos Pellegrini se ocupó personalmente del arreglo de esa casa hasta en sus mínimos detalles. Contó para
ello con la colaboración de Miguel Cané, quien –desde París, donde cumplía funciones diplomáticas- remitió los cortinados,
alfombras, panoplias, arañas de cristal y hasta los faroles que iluminaban el frente. El edificio -y buena parte de su colección de
obras de arte- sucumbió en el incendio provocado por simpatizantes peronistas el 15 de abril de 1953, un hecho que probablemente
perdure como el acto más alegórico del enfrentamiento entre la "vieja" y la "nueva" Argentina. Por ley nacional el club fue disuelto y
sus propiedades, estatizadas. En 1958 recuperó su personería y veinte años más tarde recobró plenamente la administración de los
hipódromos de Palermo y San Isidro. La mansión de Alvear 1345 fue adquirida en 1966 y la que tiene su entrada sobre Cerrito, en
1981. Hoy ambas están integradas a través de sus jardines. El protagonismo del hall de acceso sobre Alvear lo tiene la famosa
“Diana” del escultor francés Alexandre Falquiere, originalmente donada a la institución por Aristóbulo del Valle y dañada durante el
incendio. Mutilada y reconstruida, se yergue corno símbolo del resurgimiento del Jockey Club.
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En este proceso de jerarquización no bastaba el consumo de bienes suntuarios, como vajilla de porcelana francesa y
cubiertos de plata, ni la ropa encargada en París. Fueron fundamentalmente los "buenos modales", ese arte de la
representación, los que establecieron la barrera de clase. Era preciso abandonar las costumbres anteriores al boom
exportador. Un ejemplo de esos modos rústicos lo había dado un notable porteño, Bernardino Rivadavia, cuando
visitó en la década de 1820 al filósofo inglés Jeremy Bentham, cuyas ideas seguía. Mientras comía el pollo que le fue
servido, Rivadavia iba escupiendo los huesos al suelo, ante la sorpresa de Bentham, quien mandó que le trajeran un
recipiente para depositarios. Un comportamiento así ya no podía tener lugar en Buenos Aires. Desempeñarse de
manera completamente "natural" requería una ardua capacitación. Como han observado Fernando Devoto y Marta
Madero, los miembros más intelectuales y refinados de la elite se inclinaban por una buena "cepillada" que puliera y
disciplinara a la sociedad en su conjunto: que "civilizara" a los indios en los ingenios del norte y a los inmigrantes en
las sociedades de socorros mutuos. De los miembros de la elite se ocuparían institutrices extranjeras e instituciones
como el Jockey Club. ¿Cómo? Enseñándoles a leer y a escribir en francés antes que en castellano; a distinguir entre
una ópera de Verdi y una de Wagner; a reprimir las estridencias de la risa o la fea costumbre de comer maní en el
teatro; a desterrar hábitos bárbaros como el duelo público e impulsar la preocupación por el arte y el pensamiento
espiritual. El viaje a Europa, un clásico de la familia "decente" argentina y porteña, implicaba una larga permanencia
en el Viejo Mundo, sobre todo de los jóvenes. No se procuraba tanto la obtención de un título en una prestigiosa
institución educativa sino la experiencia mundana, el contacto con determinados sectores sociales que posibilitaban un
incremento      del     "roce   social",    imprescindible     para    la     inserción   dentro     de      la  “clase”.
Una anécdota da cuenta de este proceso de refinamiento. Un hermano de Torcuato de Alvear, Diego, ocupó durante
muchos años el centro de la vida social porteña. Su prolongada estadía en Europa lo había ejercitado en esa vida
mundana, refinada y despreocupada, típica de los salones parisinos. Poco antes de las elecciones presidenciales de
1880, Diego de Alvear convocó a un baile en honor a Roca, uno de los candidatos. Escribió en todas las invitaciones
las siglas R.S.V.P (Répondez s'il vous plait), un refinado detalle desconocido por la todavía demasiado criolla
sociedad porteña. Las siglas dieron mucho que hablar, porque nadie entendía su sentido. La noche de la fiesta, uno de
los invitados no pudo más y preguntó por su significado. En plena campaña electoral, la irónica respuesta irritó a más
de uno de los presentes: "Roca será vuestro presidente". La elite empezó a respetar celosamente las nuevas reglas; el
castigo por no hacerla era una condena social, quedar desacreditado como "guarango" o "chiruzo".

EL “ZORRO” Y EL “GRINGO” (LA POLÍTICA DE LA GENERACIÓN DEL 80)

La vocación aristocrática se expresó también en una tendencia a cerrar filas para asegurar los beneficios del proceso
político y económico. Como ha señalado Natalio Botana, a partir de 1880 un poder presidencial fuerte puso en marcha
un aceitado sistema de control de su propia sucesión y de las situaciones provinciales, capaz, de acuerdo con las
condiciones de cada elección, de recurrir a clientelas electorales, mecanismos de fraude, intervenciones federales y
otros     medios     legales     (y    no     tanto)     para      favorecer   al     partido    en      el    poder.
El "Zorro" Julio A. Roca y el "Gringo" Carlos Pellegrini fueron los dos dirigentes de mayor influencia en el período
de la Argentina conservadora y quienes se reservaron el manejo de la política en las altas esferas. Dentro de este
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sistema unipartidario, sin espacio para el disenso y con escasa voluntad de participación política de una ciudadanía en
construcción, fueron primordiales los pactos entre notables. Estos acuerdos entre pocos debían asegurar un equilibrado
reparto del poder entre los distintos grupos dominantes y una cuidadosa selección del personal más idóneo para
ocupar los cargos públicos. No todas las elites provinciales participaban de igual manera de la prosperidad que vivía el
país, y para garantizar la "paz y administración" que se proponía como eslogan desde el gobierno era necesario
disciplinar a los descontentos. Hubo momentos de gran cuestionamiento al régimen que, sin embargo, éste pudo
sortear. Así ocurrió en medio de la crisis de 1890, cuando Pellegrini tuvo que hacerse cargo de la Presidencia de la
Nación tras la renuncia de Miguel Juárez Celman. Pero el régimen conservador no pudo acompañar en el cambio a esa
sociedad cada vez más variada y contradictoria que había contribuido a delinear. Roca (más reacio a los cambios) y
Pellegrini (dispuesto a hacer concesiones con tal de sostener el régimen) terminaron gravemente enfrentados y
arrastraron en sus diferencias a una dirigencia cada vez más consciente de su propia ilegitimidad.
Carlos Pellegrini no llegó a ver el fin del "orden conservador". Falleció en 1906 y rápidamente fue sumado al panteón
de prohombres de la historia argentina, recordado por haber sacado al país (y al régimen) de la crisis del '90. En 1907,
una ordenanza municipal rebautizó en su honor la calle que hasta entonces se llamaba “De las Artes”. El
monumento que lo recuerda, sobre la plaza que también lleva su nombre al inicio de avenida Alvear, es una obra
de Jules Félix Coutan. El conjunto, en mármol y bronce, muestra a Pellegrini sentado, aunque una pose poco
frecuente: la pierna derecha echada hacia atrás a izquierda afirmada como para dar un salto; el brazo derecho se
extiende en un gesto enérgico hacia adelante; su mano izquierda sostiene una bandera argentina. No es usual la
búsqueda de tanto dinamismo y energía en una figura sedente. A espalda se yergue la imagen de la República,
que sostiene el escudo nacional y un haz de varas. El monumento fue inaugurado en 1914, cuando -ya aprobada
la reforma electoral de 1912- se abría una nueva etapa en la historia institucional del país. Por esas extrañas
coincidencias de la historia, 1914 también fue el año de la muerte del general Roca, el otro gran protagonista de
aquella época.

El PALACIO ORTIZ BASUALDO constituye el cierre principal de la plaza Pellegrini y uno de sus focos, así como el remate
de la avenida Alvear. La actual embajada de la república francesa comenzó a construirse en 1912 bajo la dirección del
arquitecto francés Paul Pater, seguía un proyecto original suyo para un matrimonio de la high life porteña: Daniel
Ortiz Basualdo y Mercedes Zapiola, Por entonces Pater ya había concluido el fastuoso Tigre Club (hoy, Museo de
Arte Tigre) y estaba finalizando la monumental residencia de la familia Urquiza Anchorena en La Lucila, demolida en
la década de 1940. El estallido de la Primera Guerra Mundial demoró las obras de la residencia porteña de los Ortiz
Basualdo porque su autor decidió regresar a Francia y alistarse en el ejército. Una vez inaugurado, el palacio cumplió
a la perfección su función social: la recepción de visitas dentro del reducido grupo de pares. El común de los mortales
se asomaba a sus lujosos interiores a través de las fotografías con que las revistas moda ilustraban los eventos. Pocos
alcanzaron la repercusión que en 1925 despertó la visita oficial a la Argentina de Eduardo Windsor, heredero del trono
inglés. El matrimonio argentino puso su residencia a disposición del Príncipe de Gales y su comitiva de veinticinco
personas. Tan impresionado quedó el futuro monarca con el diseño de los interiores, que al convertirse en rey contrató
las mismas firmas para que re decoraran un sector del Palacio Buckingham. Francia adquirió la propiedad en 1939, sin
sospechar que a mediados de los setenta el Estado querría demoler el Palacio como parte de las obras de extensión de
la avenida 9 de Julio; pero la reacción conjunta de los vecinos y el gobierno francés logró salvarlo. La gran novedad
que presenta el edificio es que el habitual esquema compositivo de la arquitectura Beaux Arts (cuerpo central, alas
laterales y pabellones extremos), en vez de organizarse en torno a un patio de honor, está plegado hacia atrás desde la
esquina de Cerrito y Alvear, rotando sobre un torreón cilíndrico rematado por una cúpula que establece la simetría de
la composición.

Frente a la plaza Pellegrini tenemos otra morada devenida en sede diplomática: el PALACIO PEREDA (actual embajada
del Brasil). Fue el resultado de la “locura” del hacendado Celedonio Pereda por recrear en Buenos Aires una obra
consagrada en París. La referencia que tomó para su casa fue la de un banquero francés y su esposa, el matrimonio
André- Jacquémart. Esta transcripción parcial o total de un ejemplo artístico anterior es lo que se define con el término
francés pastiche, que si bien en el lenguaje cotidiano ha adquirido una connotación negativa, en realidad refiere a un
complejo proceso cultural, muy extendido en el campo de la literatura, la música y hasta el cine. El trabajo era arduo y
se plantearon desinteligencias entre Pereda y el arquitecto Louis Martin. Fue el belga Jules Dormal quien debió
resolver los desentendimientos y asumir dirección de una obra que no era suya, situación de la que había salido más
que airoso en los ejemplos del Teatro Colón y del Congreso de la Nación. Si en la versión de Dormal el tamaño es
menor al original, la similitud de su fachada exterior es completa, al igual que la disposición y la decoración de los
interiores. El modelo parisiense incluía cielorrasos pintados, por lo que Pereda encargó la realización de varias telas a
J osé María Sert. Este artista catalán había causado sensación en Buenos Aires al decorar fantasiosamente el boudoir
(tocador) del joven Matías Errázuriz en 1919, en la residencia que hoy es el Museo Nacional de Arte Decorativo. Los
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motivos en perspectiva que imaginó para Pereda -que quedó ciego antes de llegar a verlos- recrean escenas
mitológicas, ocultistas o populares. Su familia ocupó la residencia desde 1924 hasta 1945, y a principios de los años
cuarenta, hospedó al presidente del Brasil, Getulio Vargas. Años más tarde, cuando la casa puso en venta, el gobierno
brasileño se apresuró a comprarla para convertirla en su embajada.

En otra de las esquinas de Alvear y Cerrito se mantiene casi inalterado el aspecto exterior de la residencia que René
Sergent proyectó para Jorge Atucha en 1915. A primera vista, podría suponerse que sus propietarios eran los vecinos
menos poderosos de la plaza. Pero la realidad es que la sencillez de la composición de la RESIDENCIA ATUCHA es un buen
ejemplo de la austeridad, abstracción y depuración que anticipan la arquitectura moderna de entreguerras. Fue una de
las últimas grandes viviendas construidas en Buenos Aires: quince años antes todavía no existían; quince años después
fue difícil que se repitieran, porque la crisis económica de los años treinta fue determinante. Mantener un palacio se
volvió cada vez más pesado, incluso para un grupo social que seguía ostentando un poderío económico extraordinario.
Fue entonces cuando las familias de la alta sociedad pusieron en venta sus propiedades y se trasladaron a los petits
hotels y apartamentos que caracterizan a todo el Barrio Norte, mientras se desataba la competencia entre los gobiernos
extranjeros para quedarse con los mejores edificios porteños.

En las últimas décadas esta misma tendencia se afianzó entre las grandes cadenas hoteleras internacionales, decididas
a adquirir por todo el planeta inmuebles con fuerte carácter simbólico o patrimonial para convertirlos en
establecimientos de gran lujo. En nuestra ciudad, el primer movimiento en esa dirección tuvo lugar en 1989, cuando el
grupo Hyatt adquirió la residencia de Cerrito y Posadas propiedad de una rama de la familia ÁLZAGA UNZUÉ.
Construida entre 1916 y 1919 por Robert Prentice, su realizador previó la apertura de la avenida 9 de Julio. Desarrolló
tres fachadas muy recargadas, que combinan el ladrillo inglés con la imitación de la piedra París, un estilo llamado
“eduardiano" que tiene su origen en la fascinación que sentía Eduardo VII por la “Ciudad Luz” (París). La casa se
preservó, pero no ocurrió lo mismo con el centenario parque que fue talado para construir la gran torre donde se
distribuyen las habitaciones del hotel. A principios del tercer milenio, todo el conjunto pasó a manos de la cadena
Four Seasons. La avenida está salpicada de edificios de indudable valor patrimonial, firmados por grandes nombres y
que conviven en un diálogo más o menos armonioso a pesar de sus estilos divergentes.
Hacia fines de la década del ochenta, frente al edificio de Alvear 1502 se erguía el palacio de la familia De Ridder,
famosa por sus colecciones de arte y sus fiestas. Fue uno de los últimos en ser demolido. Donde estaba la casa hoy
vemos una torre de departamentos, obra del arquitecto Mario Roberto Álvarez, y en sus jardines se construyó el hotel
Caesar Park. A causa de su metamorfosis en arteria comercial, su prestigio ha atraído como imán a las más exclusivas
marcas internacionales que ven en la avenida Alvear una versión porteña de la parisina Avenue Montaigne.

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NOBLEZA GAUCHA

María Adelia Harilaos nació en Buenos Aires en 1865. Su madre, Carolina Senillosa, provenía de una familia de poderosos
terratenientes y había sido educada en un ambiente muy acomodado. Ya casada con el español Horacio Harilaos, intentó mantener
el mismo tren de vida desahogado, lo que provocó la ruina de su matrimonio. Abandonada por marido e hijos, que se instalaron en
París, solo María Adelia, su única hija mujer, siguió junto a ella. Más tarde, el magnate cordobés Ambrosio Olmos, que había sido
gobernador de la provincia en tiempos de Juárez Celman, se enamoró de María Adelia, que ya tenía 30 años. A pesar de su fortuna,
Olmos no pudo conquistar su corazón; pero intervino doña Carolina -deseosa de asegurarle a su hija una inmejorable posición-,
quien arregló el matrimonio, celebrado en París en 1902. Olmos murió cuatro años más tarde y la unión seguía sin haberse
consumado. Dispuesta a consagrar una de las mayores fortunas del continente a obras de caridad, María Adelia no imaginó que
comenzaba el año más doloroso de su vida. Su familia declaró demente a la virgen, la encerró en un internado francés y su
patrimonio quedó bajo la administración de un hermano. Sin embargo, logró escapar: buscó un abogado, enjuició a los suyos y
recuperó su fortuna. Entonces montó una empresa de beneficencia sin equivalentes, al punto que Pío XI la nombró marquesa
pontificia en 1930. Cuatro años más tarde, fue la encargada de organizar el XXXII Congreso Eucarístico Internacional en Buenos
Aires.     En     su     palacio    de    la     avenida   Alvear     se    hospedó     Eugenio    Pacelli,  futuro   Pío      XII.
En 1947, Evita concurrió a esta casa acompañada de Perón. Era la primera vez que un miembro de la elite recibía al matrimonio,
aunque se rumoreó que madame Olmos adujo un problema de salud y en ningún momento de la entrevista se levantó de su sofá. El
gobierno preparaba la gira de Eva por Europa, y mientras tomaban el té negociaron un acuerdo: si la Primera Dama era recibida en
el Vaticano con alguna pompa, se haría una excepción a la ley y la marquesa sería enterrada en una iglesia producto de sus tantas
donaciones: las Esclavas del Corazón Eucarístico de Jesús, ubicada frente a la plaza Vicente López. A la marquesa, este gesto le
valdría ser tildada de peronista hasta el momento de su muerte, ocurrida en septiembre de 1949. Pero su sueño se vio realizado. El
de Eva, en cambio, no pudo ser. La Guardia Suiza le concedió la misma recepción que a una reina; de Pío XII recibió su bendición,
un rosario de plata y el grato recuerdo que Su Santidad conservaba de la Argentina pero ningún título nobiliario. En venganza, el
donativo argentino al Vaticano fue más bien reducido. La oposición haría célebre un comentario de Eva a Alberto Dodero
(financista del viaje y uno de los aliados políticos más importantes del peronismo), que aunque poco demostrable es ilustrativo del

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estado de ánimo tras el encuentro: "¿Sabés qué?, no les des un carajo… Al final nos vamos de acá con las manos vacías".
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Una sola cuadra, la del 1600, ha logrado mantenerse a pesar del paso del tiempo. Conserva tres ejemplos
impresionantes de arquitectura palaciega: las dos residencias DUHAU y la NUNCIATURA APOSTÓLICA.
Antes de emprender uno de sus viajes a Francia, Juan Fernández Anchorena encargó una gran mansión urbana la
esquina de Alvear y Montevideo al arquitecto francés Edouard Le Monnier, autor del Yacht Club de Buenos Aires, del
Jockey Club de Rosario, entre otras obras. Pero el matrimonio tuvo una travesía marítima bastante accidentada y
decidió quedarse a vivir en el extranjero, con lo que nunca llegó a ocuparla. Marcelo T. Alvear lo hizo durante los
primeros dos años de su presidencia, iniciada en 1922. Inauguró la casa con su mujer Regina Pacini. Al poco tiempo,
comenzó a alquilarla María Adelia Harilaos de Olmos, una piadosa y riquísima mujer que finalmente adquirió la
casona en 1930. En su testamento dejó la propiedad al Vaticano con el expreso deseo de que se convirtiera en la
residencia del nuncio apostólico.

Pegado a la Nunciatura encontramos el DUHAU, último gran palacio levantado por la burguesía argentina. Fue
realizado en 1934, una época cuando ya ni en Francia se encargaba este tipo de edificios. Se trata de otro ejercicio de
pastiche, confiado por Luis Duhau a Léon Dourge, quien debió adaptar las formas del castillo de Marais3, que domina
un gran parque, a las de una residencia urbana enmarcada entre medianeras. El resultado se vio realzado por los
elementos decorativos que Duhau compró a muy buen precio en una Europa deprimida por la crisis mundial. Pudo
adquirir, por ejemplo, una boiserie (paneles de madera en las paredes) conservada desde el año 1600 en un castillo de
Normandía, con la que vistió de roble las paredes del bar de la planta principal. De las tres casas de la cuadra, ésta
siempre estuvo en la mira de los operadores inmobiliarios. Sin embargo, la transacción no se concretó hasta la década
de los noventa, cuando cambió dos veces de manos. Finalmente, en 2006 se convirtió en el emblema del nuevo
desembarco de la cadena hotelera Hyatt en Buenos Aires. En la esquina de Rodríguez Peña tenemos enfrentadas las
dos propiedades más antiguas de la avenida, sendos proyectos de Carlos Ryder. La que está pegada al Duhau tiene
antecedentes municipales que datan de 1890. Fue la residencia de Alejandro Hume, un pionero de los ferrocarriles que
perdió todo su dinero con la crisis de ese año, cuando acababa de inaugurar la mansión. Tuvo luego varios
propietarios, hasta que en la década de 1920 la adquirieron los hermanos Alberto, María Faustina y Candelaria
Duhau. Los nuevos dueños conservaron el aspecto de caserón encantado victoriano que aún presenta el exterior del
edificio, pero aggiornaron sus interiores para hacerlos más confortables y al gusto de la época.

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ASESINATO EN EL SENADO DE LA NACIÓN

Luis Duhau levantó su palacio de la avenida Alvear mientras fue ministro de Agricultura y Ganadería, durante la presidencia de
Agustín P. Justo. En esos años también protagonizó el affaire político más sonado de la "década infame". La restricción de los
mercados externos tras la crisis mundial obligó al gobierno argentino a renegociar los acuerdos comerciales con los países centrales,
especialmente con Gran Bretaña, su principal socio. Pero la firma del pacto Roca-Runciman (1933) representó una victoria para los
intereses británicos y un pobre consuelo para los productores agropecuarios pampeanos. En 1935 el senador por Santa Fe Lisandro
de la Torre puso en marcha una investigación sobre el comercio de carnes que develó un trasfondo de abusos e ilegalidades
perpetrados por los frigoríficos. De la Torre acusó al gobierno argentino de encubrir los negociados de las empresas inglesas a
cambio de que los ganaderos más importantes -entre ellos, el propio ministro Duhau- recibieran precios diferenciales en sus ventas.
El debate sacudió a la opinión pública y llegó a su clímax durante una sesión en el Congreso en la que cayó asesinado Enzo
Bordabehere, compañero de bancada de Lisandro de la Torre, el verdadero destinatario de las tres balas. El asesino resultó ser un
ex comisario vinculado a Duhau y asiduo visitante de su palacio, según los vecinos. Pese a que el gobierno frenó la investigación y
cerró el debate, la historia política de Duhau quedó manchada por el homicidio. De la Torre renunció a su banca, pero su campaña
contra el pacto entre el “imperialismo” y la “oligarquía” desestabilizó al gobierno de Justo.
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En la vereda de enfrente por Alvear, se encuentra la actual CASA NACIONAL DE LA CULTURA, con su fachada de ladrillo y
revoque profusamente decorada. Fue la mansión del estanciero de raíces irlandesas Eduardo Casey. Amante del turf,
socio fundador del Jockey Club y su primer vicepresidente, Casey pudo disfrutar solamente un año de su hogar: debió
venderlo, asfixiado por las deudas que había contraído con la casa Baring Brothers. Pasó por varias manos, entre ellas,
las familias Casares y Alvear de Lezica, hasta que en 1930 lo adquirió la señora Harilaos de Olmos, vecina de la
verdea de enfrente. Su idea era alojar allí al cardenal Eugenio Pacelli en la visita que éste realizaría en 1934. La
remodeló y amplió, dotándola de una capilla bizantina con altar de piedra y mosaicos italianos. Sin embargo, Pacelli
prefirió alojarse en la casa particular de la señora de Olmos, por considerar que los lujos no estaban de acuerdo con su

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    Célebre castillo ubicado en la región de Ile-de-France y construido hacia 1770 por el arquitecto Nicolas Barré.
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personalidad. En 1950 la casa fue expropiada y en ella se instaló el Ministerio de Educación. Una década más tarde se
decidió su destino actual, como sede de la Secretaría de Cultura de la Nación. Aunque cueste creerlo, estas grandes
residencias no eran más que viviendas temporarias, generalmente ocupadas los meses de otoño. La season era
rigurosa y exigía que entre mayo y fin de octubre se viviera en París y Biarritz. Noviembre y diciembre eran meses
consagrados a las estancias de la pampa o del interior, puesto que muchas familias de clase alta tenían un origen
provinciano. Enero y febrero, en cambio, transcurrían en Mar del P1ata, la meca del exhibicionismo social hasta la
década de 1930.

EL FINAL DE UNA ÉPOCA

Alejandro Bustillo proyectó algunos edificios sobre la avenida Alvear entre 1924 y 1930, cuando de regreso de una
estadía de dos años en Europa para cumplir el ritual de la clase alta argentina, empezó a desarrollar edificios de
departamentos en altura. Sus clientes eran estancieros, diplomáticos y políticos a quienes había tratado en París,
amantes de esa arquitectura con referencias historicistas a la Francia de los Luises. A este período corresponde el
edificio de rentas ubicado en Alvear y Rodríguez Peña, que desde 1980 es la Casa de las Academias Nacionales; su
propia vivienda particular y estudio, ubicada en Posadas entre Cerrito y Carlos Pellegrini (demolida con la ampliación
de la avenida 9 Julio) y el petit hotel proyectado para Enrique Duhau. En este último, su nombre fue limado de la
fachada símil piedra durante la restauración minimalista que impulsó la firma Emporio Armani que tiene allí su
maison porteña. A mitad de cuadra, en la mano de enfrente, tenía su palacete Aristóbulo del Valle, abogado y político
argentino. En los agitados meses que precedieron a la Revolución del Parque (1890), en el estudio de su residencia
sobre la avenida Alvear se desarrollaron reuniones entre notables porteños en las que se acordó la formación de la
Unión Cívica, futuro partido del que surgiría el radicalismo.

En 1909, esta zona se vio conmovida por uno de los atentados más recordados de comienzos del siglo XX: el asesinato
del coronel Ramón Lorenzo Falcón. Se trataba de uno de los primeros oficiales recibidos en el Colegio Militar
fundado por el presidente Sarmiento, que había participado en la llamada "conquista del desierto" y tuvo una larga
trayectoria política y militar. En 1906 fue nombrado jefe de la Policía de la Capital, y se destacó en la represión de las
protestas obreras. Fue particularmente violenta la que lanzó ello de mayo de 1909 contra el acto convocado por los
trabajadores que adherían al anarquismo; el resultado fue la muerte de doce personas. En respuesta, las dos centrales
obreras de la época, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de orientación anarquista, y la Unión General
de Trabajadores (UGT), ligada al Partido Socialista, llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado.
Durante una semana, Buenos Aires quedó inmovilizada. Miles de personas acudieron el 4 de mayo al entierro de las
víctimas y fueron atacadas por la policía. Pero la fuerza de la protesta obligó al gobierno -por primera vez en su
historia- a negociar con los huelguistas y otorgar algunas exigencias (aunque no la renuncia de Falcón). Así terminó la
que sería recordada como la "Semana Roja" de Buenos Aires; pero el episodio que le dio inicio tendría otra secuela
unos meses más tarde. E114 de noviembre, un joven anarquista quiso vengar a los muertos de mayo y lanzó un explo-
sivo de fabricación casera sobre un carruaje que pasaba por la esquina de las avenidas Callao y Quintana. En el
vehículo viajaban Falcón y su secretario, quienes murieron horas más tarde. El atacante, Simón Radowitzky, huyó e
intentó suicidarse, pero fue atrapado. Tenía 18 años, había nacido en Ucrania y llegado a Argentina para escapar de las
persecuciones ordenadas por el zar tras la revolución rusa de 1905. Por el asesinato de Falcón fue condenado a
muerte, pero cuando la justicia se percató de que era menor de edad cambió el castigo por el de reclusión perpetua en
el penal de Ushuaia. Indultado en 1930, Radowitzky se alistó en Brigadas Internacionales para apoyar al bando
republicano la Guerra Civil Española. Murió en México en 1956.

Volvamos a la avenida Alvear. La vereda impar de la cuadra del 1800 está dominada por el ALVEAR PALACE HOTEL que
abrió puertas en 1932 para emular a los grandes hoteles de su época, como el Pierre de Nueva York. Se había pensado
que las obras demorarían dos años, pero tomó nueve erigir sus once pisos y cinco subsuelos. La irregular geografía del
terreno que ocupa hotel (que supera el cuarto de manzana) dio más de un dolor cabeza al doctor Rafael Di Miero, que
trajo los planos de París y los dejó en manos de los arquitectos Pirovano y Brodsky, los ingenieros Ortúzar y Escudero
y el decorador Verchere. De París llegaron también los materiales y elementos decorativos. La intención de Di Miero
era que los principales espacios públicos del hotel fuesen una galería de arte que reviviera el siglo de oro francés, el
que se extiende desde el reinado de Luis XIV hasta el Imperio napoleónico. Las dos remodelaciones más importantes
(en 1960 y 1984) no se guiaron por el concepto original y el edificio perdió buena parte de su estilo. Mientras la
manzana delimitada por Ayacucho, Alvear, Posadas y Schiaffino estuvo ocupada por palacetes, el hotel fue
perfectamente visible desde las plazas de Recoleta. A su vez, desde sus ventanas se veían el cementerio, el viejo asilo
y hasta el río. Esto explica que si bien el acceso al hotel siempre estuvo ubicado sobre la avenida, la fachada principal
era la de Ayacucho, por donde también se ingresaba en un teatro. Los servicios que ofrecía el Alvear suponían el éxito

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social. Esto condujo a una situación muy particular: en los años sesenta, más de la mitad de sus habitaciones habían
sido vendidas a particulares, que disfrutaban de la misma atención que los reyes, príncipes y estrellas de Hollywood
que deambulaban por sus pasillos. A fines de esa década, el hotel se declaró en quiebra y tuvo que vender
prácticamente la totalidad de sus habitaciones para salir del paso. Se convirtió así en un edificio de propiedad
horizontal hasta 1986, cuando un grupo de empresarios argentinos apostó a reabrir sus puertas. Gradualmente fue
comprando todas las habitaciones. El Alvear cumplió sus bodas de brillante en 2007, con menos de diez suites en
manos ajenas. Está reconocido como el primer hotel de América del Sur y Central, y se lo ubica dentro de los veinte
principales del mundo; un logro impactante si se tiene en cuenta que no forma parte de ninguna cadena internacional.
En la cuadra siguiente, la cortada Roberto M. Ortiz anuncia la proximidad del fin de la avenida. Encerrada por Alvear,
Schiaffino y Posadas, la plaza San Martín de Tours -que debe su nombre al patrono de la ciudad de Buenos
Aires- conserva muchos árboles plantados en tiempos de los monjes recoletos. Durante su presidencia, Nicolás
Avellaneda impulsó la parquización del Recreo de Belvedere, como se conocía a esta plaza, y es por ello que han
sobrevivido hasta nuestros días. Una de las construcciones que miran a la plaza es el edificio de renta ubicado en
Posadas 1650, que Alejandro Bustillo proyectó en 1932 para los padres de Silvina Ocampo. Como heredera,
Silvina ocupó uno de los cinco inmensos pisos con Adolfo Bioy Casares.

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EL PALACIO DEL HIELO

En 1900, el restaurante Belvedere disponía de un velódromo en Posadas y avenida Alvear. Pero entonces mutó en una pista de
patinaje, primero sobre ruedas y luego de hielo. Cuando un nuevo y afrancesado edificio reabrió sus puertas en 1910 como Palais de
Glace, su pista de patinaje de 21 metros de diámetro atrajo a una clientela distinguida, habitué del homónimo edificio parisino
ubicado sobre los Champs Élysées. Fue perdiendo su estilo con el paso del siglo, pero ningún cambio fue tan trascendente como el
que tuvo lugar cuando su piso de hielo se reemplazó por otro de roble y se convirtió en un exclusivo salón de baile. No hay acuerdo
sobre la fecha exacta en que se produjo este hecho, que debe haber tenido lugar entre 1912 y 1913. Una tradición oral repetida
hasta el cansancio confiere al barón italiano Antonio De Marchi, yerno del general Roca, haber introducido el tango entre la
"aristocracia" vernácula, que todavía lo tildaba de danza infame y licenciosa. Esta legitimación habría ocurrido con un gran baile en el
Palais de Glace. Nada mencionan al respecto los diarios de la época, pero sí en cambio un "primer concurso de tangos" patrocinado
por la Sociedad Sportiva Argentina, presidida por De Marchi, que tuvo lugar en septiembre de 1913 en el Palace Theatre, ubicado
en la calle Corrientes al 900. Al desafío asistió el toda Buenos Aires y una comisión de damas votó las mejores piezas. Nadie se
declaró escandalizado, lo que refuerza la idea de que por esas fechas se había levantado la condena que pesaba sobre el tango en
razón de su origen marginal y arrabalero, y que ya se lo bailaba en los salones del Barrio Norte. En 1915 hubo un altercado entre la
barra de Gardel y otro grupo, que comenzó en el Palais de Glace. Gardel terminó con un balazo en el pulmón. La bala quedó
alojada ahí, pero el artista pronto se recuperó sin ninguna secuela que afectara su canto. Durante la década de 1920, las orquestas de
Canaro, Cobián y De Caro convocaban a la juventud "jailaife" al Palais, hasta que en 1931 se le encargó a Bustillo que transformara
el edificio en una sala de exposiciones. Desde 1932 funciona allí la sede del Salón Nacional de Bellas Artes, excepto un breve
interregno       entre     1954     y      1960,     durante    el     cual     fue      el    estudio    anexo     de     Canal      7.
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Fuentes:

    -    WATSON, R. RENTERO, L. DI MEGLIO, G. “Buenos Aires tiene historia”. Aguilar, Buenos Aires, 2008.
    -    ZIGIOTTO, D. “Las mil y una curiosidades de Buenos Aires”. Norma, Buenos Aires, 2008.




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