Alberto Cortez
Pedro Delgado Malagón
Publicado en la columna MENESTERES (número 186 de la revista RUMBO,
República Dominicana), en ocasión del recital de Alberto Cortez el 26 de julio de
1997 en el Teatro Nacional.
En este momento se apagan las luces, y nos gana el ligero temblor que precede
siempre a todo pacto, la vibración recóndita que se anticipa al enigma, al qué
pasará, al tiempo encantado y autárquico de aquella singladura, de aquel
retorno que nos pone a todos a cavilar sobre distancias imposibles y amores
desolados y amigos que se han ido y no regresan. Ahora hay alguien vestido de
negro que se acerca, que se sienta, y en la noche remota del piano germina un
silencio ancho y horadado, boscoso y profético y cegador, como un secreto
atravesado de voces que se empinan en la respiración de todos nosotros, que
se abisman en el suspiro de alas aplacadas que invade aquel aposento. Las
manos de Ricardo Miralles ruedan y reclaman en la oscura emanación de aquel
silencio, y su pasión despedaza el enigma en un tropel de arpegios que se
entrecruzan y se tejen y se traban. Y entonces aparece Alberto, Alberto Cortez,
con un traje negro y una camisa roja y una sonrisa que a todas luces no le cabe
en la cara.
Alberto Cortez es músico y es poeta y está frente a nosotros, solo frente a
nosotros, apenas escoltado por el encantamiento de voces y fragancias que nos
regalan los dedos marineros de Miralles. En este instante Alberto nos saluda, y
luego canta con su voz de ángel descomunal, de niño enorme que viaja
vertiginoso por sus "Castillos en el aire". Y después Alberto remonta otros cielos
y nos entona "A mis amigos", "Callejero", "El amor desolado", "Como la marea",
"Eran tres". La noche de Cortez es una fiesta que no cesa, una continua
celebración en la que el gentío, como un fuelle sonoro y excitado, inhala y
exhala y se ensancha con el soplo de una música que es precisamente eso:
aire, céfiro, corriente, viento que nos conduce a un ensueño de presencias
revividas, a un deslinde de roces postergados.
Y de repente, en una esquina de la noche, crece la memoría de Astor Piazzolla:
el brujo del bandoneón, el viejo nigromante que almacenaba en su instrumento
alisios y cierzos y monzones, y los transmutaba en Noninos y Gordos Tristes y
en inciertas Marías de Buenos Aires. Con esta reminiscencia de Piazzolla,
Alberto Cortez llega al punto más alto de la devoción: "La caja de los vientos
está sola, ausente de sus manos se ha quedado, y dicen que por eso han
cancelado sus vuelos golondrinas y palomas". Y luego es la fascinación de
Ricardo Miralles transformado en Astor, en una diástole gloriosa que nos
destapa el bandoneón del brujo mientras la sala es un jolgorio de alisios y
barloventos y ventiscas, un bullicio de pamperos y tramontanas y sirocos, en
tanto la garganta de Alberto se quiebra al implorar: "Dejala un poco más,
Nonino; dejala resonar, Nonino; no apures el reloj que va a ser para vos toda la
eternidad, Nonino".
Alberto se despoja del saco y la camisa roja lo envuelve en una pátina de
claridad, de pureza. Ahora está cantando como nunca, y su voz nos traslada a
sitios olvidados y a momentos temibles, como decir a ciertos firmamentos de
infinitas espumas o acaso a los bolsillos taciturnos en que guardamos la vida.
Alberto canta a la niñez, a la vejez, a sus amigos, a sus nostalgias, al vino, al
cielo, a los bares, a las calles; canta a lo turbio y a lo terso, a la risa que nace y
a la oscuridad que crece, al amor dolorido y a la vida. (No sé por qué, pero
mientras escucho a Cortez interpretar sus poemas de madurez evoco a Joan
Manuel Serrat y me atrapa la insólita sequedad de sus años adultos. ¿Acaso
gastó Serrat la inspiración en una sapiencia de gaviotas, o en una erudición de
tomillos y azucenas, o en las orillas de un mar donde juega todavía su niñez la
interminable ceremonia de un recuerdo extraviado? Serrat, eso pienso, no
envejeció, se resistió a ser adulto; como un Peter Pan que aún jugara con
barquitos de papel y adolescentes noviecillas perfumadas y banderas de papel:
blancas, rojas y amarillas.)
Siento la modulación perfumada de Miralles, sus acordes de arena, la suave
marea de sus arpegios, y me convenzo de que Alberto jamás debió de ir con
orquestas. Él se encuentra ahora en la colocación exacta, con la sonoridad
precisa y la expresión cabal. Sucede que la voz y el aliento de Cortez se
desdibujan frente al estrépito de un montón de instrumentos: de un puñado de
"herramientas de aturdir", en palabras de Borges. A él le viene bien, como a
Jacques Brel, como a Yupanqui, la voz despoblada y grave del diapasón. Ya en
la lozanía, Alberto ha encontrado en Miralles al intérprete justo, al compañero
perfecto, al aparcero puntual e imprescindible.
La noche ha sido larga y el final se acerca. El cierre del concierto de Cortez es
un acto puramente ritual: él entona, a capella y a pleno pulmón, "Cuando un
amigo se va deja un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro
amigo". (Mucho antes que Alberto, otro vidente, Franklyn Mieses Burgos, atisbó
el hueco irremediable que entrega una rosa muerta.)
La función termina. El auditorio, de pie, aplaude con furor. Alberto se inclina, en
una reverencia que más bien parece un homenaje a la música, a la inspiración,
a la poesía, a la vida que renace... a fin de cuentas, a ti mismo, pibe, Che gordo,
Alberto, hermano, ¡con el susto que nos diste!