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2/9/2012
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Alberto Cortez

Pedro Delgado Malagón



Publicado en la columna MENESTERES (número 186 de la revista RUMBO,

República Dominicana), en ocasión del recital de Alberto Cortez el 26 de julio de

1997 en el Teatro Nacional.



En este momento se apagan las luces, y nos gana el ligero temblor que precede

siempre a todo pacto, la vibración recóndita que se anticipa al enigma, al qué

pasará, al tiempo encantado y autárquico de aquella singladura, de aquel

retorno que nos pone a todos a cavilar sobre distancias imposibles y amores

desolados y amigos que se han ido y no regresan. Ahora hay alguien vestido de

negro que se acerca, que se sienta, y en la noche remota del piano germina un

silencio ancho y horadado, boscoso y profético y cegador, como un secreto

atravesado de voces que se empinan en la respiración de todos nosotros, que

se abisman en el suspiro de alas aplacadas que invade aquel aposento. Las

manos de Ricardo Miralles ruedan y reclaman en la oscura emanación de aquel

silencio, y su pasión despedaza el enigma en un tropel de arpegios que se

entrecruzan y se tejen y se traban. Y entonces aparece Alberto, Alberto Cortez,

con un traje negro y una camisa roja y una sonrisa que a todas luces no le cabe

en la cara.



Alberto Cortez es músico y es poeta y está frente a nosotros, solo frente a

nosotros, apenas escoltado por el encantamiento de voces y fragancias que nos

regalan los dedos marineros de Miralles. En este instante Alberto nos saluda, y

luego canta con su voz de ángel descomunal, de niño enorme que viaja

vertiginoso por sus "Castillos en el aire". Y después Alberto remonta otros cielos

y nos entona "A mis amigos", "Callejero", "El amor desolado", "Como la marea",

"Eran tres". La noche de Cortez es una fiesta que no cesa, una continua

celebración en la que el gentío, como un fuelle sonoro y excitado, inhala y

exhala y se ensancha con el soplo de una música que es precisamente eso:

aire, céfiro, corriente, viento que nos conduce a un ensueño de presencias

revividas, a un deslinde de roces postergados.



Y de repente, en una esquina de la noche, crece la memoría de Astor Piazzolla:

el brujo del bandoneón, el viejo nigromante que almacenaba en su instrumento

alisios y cierzos y monzones, y los transmutaba en Noninos y Gordos Tristes y

en inciertas Marías de Buenos Aires. Con esta reminiscencia de Piazzolla,

Alberto Cortez llega al punto más alto de la devoción: "La caja de los vientos

está sola, ausente de sus manos se ha quedado, y dicen que por eso han

cancelado sus vuelos golondrinas y palomas". Y luego es la fascinación de

Ricardo Miralles transformado en Astor, en una diástole gloriosa que nos

destapa el bandoneón del brujo mientras la sala es un jolgorio de alisios y

barloventos y ventiscas, un bullicio de pamperos y tramontanas y sirocos, en

tanto la garganta de Alberto se quiebra al implorar: "Dejala un poco más,

Nonino; dejala resonar, Nonino; no apures el reloj que va a ser para vos toda la

eternidad, Nonino".

Alberto se despoja del saco y la camisa roja lo envuelve en una pátina de

claridad, de pureza. Ahora está cantando como nunca, y su voz nos traslada a

sitios olvidados y a momentos temibles, como decir a ciertos firmamentos de

infinitas espumas o acaso a los bolsillos taciturnos en que guardamos la vida.

Alberto canta a la niñez, a la vejez, a sus amigos, a sus nostalgias, al vino, al

cielo, a los bares, a las calles; canta a lo turbio y a lo terso, a la risa que nace y

a la oscuridad que crece, al amor dolorido y a la vida. (No sé por qué, pero

mientras escucho a Cortez interpretar sus poemas de madurez evoco a Joan

Manuel Serrat y me atrapa la insólita sequedad de sus años adultos. ¿Acaso

gastó Serrat la inspiración en una sapiencia de gaviotas, o en una erudición de

tomillos y azucenas, o en las orillas de un mar donde juega todavía su niñez la

interminable ceremonia de un recuerdo extraviado? Serrat, eso pienso, no

envejeció, se resistió a ser adulto; como un Peter Pan que aún jugara con

barquitos de papel y adolescentes noviecillas perfumadas y banderas de papel:

blancas, rojas y amarillas.)



Siento la modulación perfumada de Miralles, sus acordes de arena, la suave

marea de sus arpegios, y me convenzo de que Alberto jamás debió de ir con

orquestas. Él se encuentra ahora en la colocación exacta, con la sonoridad

precisa y la expresión cabal. Sucede que la voz y el aliento de Cortez se

desdibujan frente al estrépito de un montón de instrumentos: de un puñado de

"herramientas de aturdir", en palabras de Borges. A él le viene bien, como a

Jacques Brel, como a Yupanqui, la voz despoblada y grave del diapasón. Ya en

la lozanía, Alberto ha encontrado en Miralles al intérprete justo, al compañero

perfecto, al aparcero puntual e imprescindible.

La noche ha sido larga y el final se acerca. El cierre del concierto de Cortez es

un acto puramente ritual: él entona, a capella y a pleno pulmón, "Cuando un

amigo se va deja un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro

amigo". (Mucho antes que Alberto, otro vidente, Franklyn Mieses Burgos, atisbó

el hueco irremediable que entrega una rosa muerta.)



La función termina. El auditorio, de pie, aplaude con furor. Alberto se inclina, en

una reverencia que más bien parece un homenaje a la música, a la inspiración,

a la poesía, a la vida que renace... a fin de cuentas, a ti mismo, pibe, Che gordo,

Alberto, hermano, ¡con el susto que nos diste!



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