Homilias XCEN
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HOMILÍAS EN EL
Xº CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL
1 AL 5 DE SEPTIEMBRE – CORRIENTES
“Denles ustedes de comer”
BIENVENIDA AL X CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL
Del arzobispo de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna
1 de setiembre de 2004
Al Enviado Especial del Santo Padre Juan Pablo II
Emmo. Señor Cardenal JULIO TERRAZAS SANDOVAL
Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia);
a los Cardenales, Arzobispos y Obispos.
A las Autoridades Provinciales y Municipales,
Militares y de las Fuerzas de Seguridad.
A los Presbíteros, Diáconos,
Consagradas y Consagrados;
a los fieles laicos y a todo el pueblo argentino:
¡Bienvenidos a las benditas tierras del Taraguí para celebrar el X Congreso Eucarístico Nacional!
Hemos soñado con este día venturoso. Quiero recordar lo que el Episcopado Argentino
manifestara en su Convocatoria del 31 de mayo del año pasado: “Deseamos, en estos días, adorar
públicamente a Jesucristo, presente en el Sacramento de la Eucaristía. Es nuestro propósito
manifestarle nuestro amor, reconocerlo solemnemente como Señor de la historia y rogarle por las
necesidades del mundo y de nuestro pueblo”. Lo haremos contemplando el rostro curtido de nuestra
gente, las heridas sangrantes de nuestros pobres, el hambre de justicia de nuestros excluidos por la
desocupación, el reclamo de reconciliación de nuestra sociedad y el imperioso deber de una auténtica y
fraterna solidaridad. Los hombres hemos fallado en incontables proyectos. Como cristianos, con la fe
simple de nuestros hermanos más pequeños y humildes, nos volvemos a Jesús, en las jornadas de
este Xº Congreso Eucarístico Nacional, a Quien anunciamos y celebramos en el Sacramento de la
Eucaristía. No serán días de triunfo sino de amor y de adoración. No pretendemos formular
conclusiones ni redactar mensajes resonantes sino escuchar la Palabra y sacar, del aprendizaje de la
fidelidad, el compromiso evangelizador que nos corresponda.
La presencia generosa de ustedes constituye el testimonio de su fe en el Sacramento de la
Eucaristía. Creemos necesario situarlo como el alimento y expresión de la vida bautismal de la mayoría
de los ciudadanos argentinos. ¿No es acaso lo que necesita nuestro pueblo, habiendo intentado, sin
éxito, transitar otros caminos? Deseamos que el Xº Congreso Eucarístico Nacional, cuyos días
culminantes iniciamos, se constituya en “el acontecimiento de gracia” que renueve la vida bautismal de
los cristianos y, en consecuencia, de la misma sociedad que integran como ciudadanos. ¡Sean
bienvenidos! Que este Congreso Eucarístico sea nuestro aporte, de dimensión nacional, para la unidad
y la fraternidad. El camino a transitar es difícil; únicamente Cristo logrará abrirlo para que ordene todos
los pasos a la verdadera reconciliación y a la paz. Es el mensaje silencioso del amor, capaz de
construir sobre ruinas y garantizar que la esperanza desemboque en la Verdad.
¡Bienvenidos todos a la tierra de María de Itatí! Como lo ha hecho durante cuatro siglos, desde
este ángulo norteño de nuestra enorme geografía, ofrece a todo el pueblo argentino un ámbito para
alentar pacíficamente la reconstrucción de la convivencia nacional. La Eucaristía hoy nos convoca. Ella
misma nos reconcilia y solidariza. Conformados con Ella nos constituye en testigos acreditados frente a
un mundo que necesita ser advertido de su saludable Presencia. De otra manera no conocerá a Cristo
y el contacto necesario con Él se hará imposible. Es preciso que durante estos días, y prolongándolos
después, hagamos pública nuestra fe en Jesucristo, Señor de la historia, sacramentalmente presente.
Expresamos con libertad nuestra profesión de fe católica, rindiéndole culto, aunque debamos enfrentar
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las diversas y promocionadas expresiones de la incredulidad que pretenden desacreditarla y disimular
su eficacia histórica. Anhelamos que la Iglesia, presente en este Congreso Eucarístico, o adherida a él
desde los más remotos rincones de nuestra Patria, se renueve en santidad gracias al Misterio que la
expresa y alimenta. Su presencia en la sociedad debe animar proféticamente el orden nuevo que nace
como exigencia de la vida bautismal de la mayoría de los ciudadanos argentinos.
Ante perspectiva tan esperanzadora y exigente ¿cómo no expresarles con gozo, en nombre de
la Iglesia y de nuestro pueblo correntino, una cálida y fraterna bienvenida?
¡BIENVENIDOS!
Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes
LA EUCARISTÍA NOS CONVOCA
Homilía del cardenal Julio Terrazas Sandoval
Misa de apertura del X Congreso Eucarístico Nacional (1 de setiembre de 2004)
Amadísimos hermanos y hermanas, que conforman el Pueblo de Dios que peregrina en la
extraordinaria extensión de la tierra Argentina:
Saludo a Ustedes Hermanos Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y
fieles todos congregados en torno a la mesa de la Eucaristía.
A ustedes señores autoridades civiles, militares y representantes de organizaciones sociales.
Y a ti, querido hermano monseñor Domingo Castagna, pastor de esta Iglesia de Corrientes.
A todos ustedes, que participan en esta celebración y a los que nos acompañan a través de los
medios de Comunicación Social, deseo transmitir con fidelidad el saludo afectuoso y paternal del Santo
Padre. Expresamente me lo ha pedido en la carta que me dirigiera nombrándome su “Enviado
Extraordinario”. “Deseamos ardientemente que transmitas nuestro saludo paternal a todos los que se
reúnen en este Congreso, saludo que hago de todo corazón... Los exhortarás fervorosamente a los
presentes para que crezcan en el amor y en el culto al sacramento del altar en todo tiempo”. Estas son
palabras del sucesor de Pedro que ama tanto a esta querida tierra Argentina.
Unidos al Santo Padre y a toda la Iglesia nos lanzamos a vivir este tiempo de gracia y bendición
y experimentar la fuerza transformadora que se nos da en la Eucaristía.
Con sencillez, les expreso también el cariño del pueblo y de la iglesia en Bolivia. Sientan el calor
y la cercanía de tantos hermanos que están unidos espiritualmente a este momento tan significativo
para esta iglesia. Saludo con afecto a los miles de bolivianos que viven y trabajan en esta tierra y que
se sienten parte del pueblo argentino, participando los gozos y tristezas del caminar de cada día.
El décimo Congreso Eucarístico Nacional que tras entusiasta y prolongada preparación hoy
iniciamos, es una gracia especial, un don para la Iglesia y para el país entero, gracia que no se puede
dejar pasa sin empaparnos de la salvación que se nos ofrece en la Eucaristía.
Los temas del Congreso “La Eucaristía nos convoca, nos reconcilia, nos solidariza y nos envía”
tocan el fondo de nuestras propias vidas y responden sin ambigüedades a las aspiraciones humanas
de libertad, de justicia, de verdad, de amor y de paz.
Cuando el Señor nos invita a mirar esta realidad desafiante, nos dice: “Denles ustedes de comer”
(Mc. 6,37) y urge a despertar nuestra responsabilidad en el quehacer cotidiano y en el compartir con
todos esta extraordinaria misión.
El lema del Congreso no es una frase más o un slogan. Ustedes, a lo largo del camino
preparatorio han desentrañado las exigencias profundas que enseña la “Eucaristía”; desde ella se
palpa el hambre de vida, de justicia, de esperanza y de paz que tiene el hombre de hoy, aunque el
mismo, a veces, lo ignore.
Esta realidad se campea por todo nuestro continente: “El hombre tiene hambre de Dios y hambre
de pan” dijo el Santo Padre en Lima en 1988. Es una constatación actual y vigente en nuestros países,
que hiere el corazón y que interpela la conciencia cristiana.
“Denles ustedes de comer”: así como Jesús se dirigió a los apóstoles, con la misma fuerza y
vigor nos dice a nosotros sus discípulos. El es quien llama y convoca a esta Iglesia de Argentina a
saciar el hambre de tantas vidas marcadas por la pobreza, la exclusión, la desorientación, y las
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marginaciones sociales antiguas y modernas. Hay aún entre nosotros, muchísimos hermanos y
hermanas que no han recibido el pan de vida.
Hay hambre de la Palabra
Hambre del Cuerpo y la Sangre del Señor
Hambre de dignidad, libertad, respeto, justicia, trabajo, salud, educación. Hambre que no se
sacia con actos de terrorismo ni con enfrentamiento entre hermanos.
En una palabra, hambre de dignidad humana y dignidad de hijos de Dios.
Hambre de la Palabra, la de Jesús que marca el camino, que da seguridad, valentía y
esperanza; Palabra que no defrauda en medio de tantas palabras vacías, llenas de mentiras, de
ilusiones que confunden, desorientan y originan crisis de valores, eliminando los principios básicos de
la moral y la ética. “¿Señor, a quién iremos? ¡Sólo tú tienes palabras de vida eterna!” (Jn.6,68).
Hambre del Cuerpo y la Sangre del Señor. Hoy más que nunca la Iglesia debe pedir al Señor
con insistencia: “Danos siempre de ese pan” (Jn. 6,34). Nuestra Fe en la Eucaristía no debe ceder ante
el desconcierto de ciertos ritualismos vacíos que privan nuestra vida y compromiso de la fuerza que
brota de esta fuente de vida eterna. El Señor de la Eucaristía nos vuelve a decir: “El que venga a mí no
tendrá hambre, el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn. 6,35).
Hambre de pan: sí, en nuestra sociedad, el hambre ha aumentado. La falacia de un modelo
globalizante ha agudizado la pobreza en los sectores más vulnerables y ha alcanzado a otros grupos
sociales. Las consecuencias son los graves conflictos, la violencia, los enfrentamientos, la inseguridad
ciudadana y la corrupción que irrumpe en lo privado y en lo público. Se han debilitado las
organizaciones intermedias y se apunta a la destrucción de la familia como Santuario de la vida.
Ante esta dispersión generalizada escuchemos al profeta Isaías que invita a reconstruir la
esperanza en bien de todos los pueblos: “Llegará el tiempo de congregar a todos los pueblos y
lenguas; vendrán y contemplaran mi gloria” (Is 66,18).
Jesús hace lo mismo con nosotros, nos llama a caminar hacia el nuevo Templo, nos convoca a
volver al Cenáculo, “a aquella sala grande en el piso superior, ya dispuesta y preparada” (Mc 14,15),
nos pide sentarnos a la mesa con Él y los doce.
Así se celebrará la Pascua: fiesta, vida, liberación y esperanza. Nos convoca a vivir la comunión
con Él y con los hermanos, a ser el nuevo Pueblo de Dios: “Ustedes que en un tiempo no eran pueblo,
y ahora son pueblo de Dios” (I Pd 2,10).
La unidad que el Señor pide es algo vital. Es unión con Él y en Él con los hermanos. “Yo soy la
vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque
separados de mí no pueden hacer nada”(Jn. 15,5).
Cristo, fuente de agua viva, pan bajado del cielo, es también vid dispensadora de vida. La
relación entre el sarmiento y la vid es signo de la comunión de los creyentes con Cristo, de relación de
amor, de relación eucarística.
Permanecer en Jesús exige una relación personal, íntima y existencial, como el sarmiento debe
permanecer unido al tronco si quiere tener vida. Sólo así se es discípulo, sólo así se dan frutos de vida
ante tantos signos de muerte.
Sólo en esta perspectiva de discipulado nos vamos haciendo Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
Iglesia que da testimonio de unidad y amor “para que el mundo crea” (Jn 17,21).
La comunión en la Iglesia se hace visible, palpable, concreta en los vínculos que nos unen a
todos los miembros del pueblo de Dios. “Esta espiritualidad de comunión nos permite valorarnos unos a
otros de corazón y apreciar la riqueza de unidad en la diversidad de vocaciones, carismas y
ministerios.” (Conferencia Episcopal Argentina, “Navega mar adentro”)
Si estamos convocados a la unidad, no podemos pensar que comulgamos con el Señor si no
comulgamos con los hermanos. Este es un misterio sublime que brota de la Eucaristía.
San Agustín se lo explicaba a los neófitos en estos términos: “Debe quedar claro lo que han recibido.
Escuchen pues, brevemente, lo que dice el Apóstol o, mejor aún, Cristo por medio del Apóstol sobre el
sacramento del Cuerpo del Señor: „Uno sólo es el pan, nosotros somos un Cuerpo sólo aun siendo
muchos‟. He aquí: Esto es todo; se lo he dicho rápidamente; pero ustedes no cuenten las palabras,
¡pésenlas!”. (Tractatus de Dominica Sanctae Paschae)
Los Padres de la Iglesia insistían en esta dimensión propia de la Eucaristía, la unidad entre todos
los cristianos. “Se congregan... en unánime fe y en Jesucristo... rompiendo un solo pan que es
medicina de inmortalidad.” (San Ignacio de Antioquia). “Es esta la unidad de la fe: cuando todos somos
una sola cosa, cuando todos juntos reconocemos lo que nos une.” (San Juan Crisóstomo)
Esta insistencia de la enseñanza de la Iglesia primitiva, tiene su razón de ser. A pesar de que la
conocemos muy bien, no la vivimos con autenticidad y estamos lejos de dar testimonio de unidad, de
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formar cada vez más “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) en nuestra sociedad sedienta de
ejemplos vivientes, que arrastren por su fuerza interior.
El Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, reafirma esta constatación:
“La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía”. (E.E. 26). Finalidad de la Eucaristía es
precisamente “la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo”
(E.E. 22). Ciertamente “no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene como raíz y
centro la celebración de la sagrada Eucaristía” (Ibíd., 33; cfr Presbyterorum Ordinis, 6).
Jesús en cada Eucaristía no solo se hace presente, no solo se ofrece como Pan de Vida y nos
convoca a unirnos a El y a los hermanos, sino que también actualiza y hace presente para nosotros hoy
el misterio de su pasión, muerte y resurrección. “Por lo tanto, la naturaleza sacrificial del misterio
Eucarístico no puede ser entendida como algo aparte, independiente de la cruz o con una referencia
solamente indirecta al sacrificio del Calvario”( E.E. 12).
Es a través de esta participación al misterio de su muerte y resurrección, que el dolor, el
sufrimiento y nuestras cruces, personales y las de nuestro pueblo, cobran su verdadera dimensión
salvadora.
Solo entendida a la luz de esta verdad y vivida en unión con el sacrificio de Cristo en cada
Eucaristía, la muerte se vuelve vida: “les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no
da fruto. Pero si muere da mucho fruto.”(Jn. 12,24)
La Eucaristía es un tesoro de vida y de esperanza. Miremos a la Iglesia y al mundo con
optimismo, valentía y sin miedo, porque el Señor esta aquí, con nosotros y “si Dios esta con nosotros
quien contra nosotros”(Rom. 8,31)
Iglesia hermana en Argentina, ante el Señor presente en la Eucaristía redescubre este tesoro,
levántalo en alto para que todos se sientan atraídos por El, pregónalo con claridad sin reticencias ni
temores en todos los rincones del país y que resuene en las pampas, desde las frías tierras
patagónicas hasta las altas Cordilleras de los Andes.
Jesús en la Eucaristía nos convoca a seguir viviendo esta fiesta, no podemos contentarnos con
inaugurarla, hay que vivirla en profundidad para sacarle todo el fruto que el Señor nos tiene preparado
y sabemos que El es siempre generoso en dar.
Han de ser días donde vamos a vivir experiencias de gracia. Los temas elegidos nos invitan a
acercarnos al hermano, justamente a ese al que no aceptamos o con quienes estamos peleados, al
hermano que necesita una mano amiga que lo levante de su postración. Sobre todo tenemos que estar
abiertos a acoger con disponibilidad gozosa el envío misionero y ser testigos valientes del Pan de Vida.
No podemos olvidar, en este momento a Maria, Madre y modelo de la Iglesia. Acudamos a Ella, en su
multisecular advocación de Nuestra Señora de Itatí que, como madre y hermana, nos conduzca a la
mesa de su hijo Jesús. “Efectivamente María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque
tiene una relación profunda con El” (E.E. 53)
Así como toda su vida fue un acompañar a Jesús y a los apóstoles, hoy acompañe a nuestra
Iglesia en este acontecimiento tan singular. Pongámonos como hijos, confiadamente en sus manos de
Madre. Amén
MISA EN EL CENTRO PENITENCIARIO
Homilía pronunciada por Cardenal Julio Terrazas, enviado del Santo Padre, durante la Eucaristía
en el Centro Penitenciario (2 de setiembre de 2004)
Amadísimos y queridos hermanos y hermanas:
Hoy toda la Iglesia en Argentina y, de manera especial, todos los que nos hemos congregado en
Corrientes, vamos a escuchar esta palabra que ha sido anunciada aquí en este lugar, lugar donde las
respuestas pueden ser más claras, más contundentes y más desafiantes para mucha gente que piensa
que la reconciliación no toca todas las vidas. Hay mucha soberbia espiritual en muchos grupos, que
piensan que el llamado de Dios a cambiar, a reconciliarse, a reconocer que hemos pecado, no es para
ellos. Hoy la Palabra de Dios es lanzada a toda la comunidad..
Quiero agradecer a la pastoral carcelaria y a todos los hermanos y hermanas que están aquí,
que nos permiten escuchar con mayor atención esta preocupación de nuestro Dios, este deseo de
nuestra Dios que quiere llegar a todo corazón humano para que entienda que actitudes de soberbia,
condena no son las que dejan penetrar el mensaje de vida, de salvación de nuestro Dios.
El escenario en el que habló el Señor de repente se vuelve a repetir en nuestros ambientes hoy.
Todos se acercan a Jesús para escucharlo, pero hay unos que realmente quieren saber qué es lo que
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piensa, y otro están solamente allí buscando alguna palabra, alguna actitud, algún ejemplo que no
comparten ellos y que van a utilizar como pretexto, para poder después condenarlo.
Y al verlo al Señor así en medio de la gente humilde, sencilla y de los pecadores, al verlo allí
todos se escandalizan y dicen: “Si Él fuera realmente alguien que entiende, que comprende, que sabe
qué es lo hay en el corazón de cada uno no estaría con los pecadores. Y Jesús responde con esa
parábola tan hermosa, la parábola del padre lleno de misericordia, la parábola del Hijo que sabe que
fuera de la casa del Padre no encuentra nunca la felicidad. Y por eso se da esa oportunidad de volver y
hacer que su Padre le muestre todo el cariño que tiene, la grandeza de su corazón, su capacidad de
olvidar cualquier ofensa y hacer una fiesta, con lo mejor, e invitar a todos para que puedan compartir
estos momentos de gozo y alegría. Aun esa fiesta va a servir para que todos aquellos que no creen en
su bondad se asusten y se escandalicen y lo condenen, que es la actitud del hijo mayor: “Por qué este
le da tantas cosas y por qué no me da a mí que estoy constantemente portándome bien.
Ahí está lo que la Palabra del Señor nos dice. Y es que este Padre no nos condena, este Padre
está esperando que demos el paso, que nos desprendamos de aquello que nos amarra al mal, de
aquello que a veces es nuestro alimento que sigue reconstruyendo todas las estructuras de pecado, de
maldad que han inventado los hombres.
Todos los que nos preocupamos de este grave problema que sale de la situación de nuestros
centro penitenciarios sabemos que este Señor así presentado, así como ÉL quiere ser recibido es
capaz de transformar, es capaz de cambiar. Lo intentarán quienes administran justicia, quienes buscan
la seguridad porque el Estado les ha pedido eso, lo intentarán quienes piensan en remodelar todos los
centros carcelarios, pero en realidad quien cambia el corazón, quien llega a hacer que ese corazón de
piedra salga y dé paso al corazón de carne que Dios quiere en cada uno de nosotros es solamente Él.
La transformación del corazón, esa ha sido siempre la actitud de nuestro Padre, ya el Profeta
Ezequiel lo recordaba, tienen que dar paso a que el Señor arranque el corazón de piedra y les coloque
un corazón de carne, les infunda el espíritu de vida, les haga realmente criaturas que sean su imagen y
su semejanza, criaturas que reconozcan que el Señor no está contento cuando no somos capaces de
dejarnos transformar por Él.
Esto que en la parábola del Padre Misericordioso es tan clara, ya venía dicho y preparado por
los profetas, males vienen y si no vienen por sí solos los inventan, y los inventan quienes quieren tener
gente mala para arrinconarla, quienes quieren tener por sus estructuras a muchísima gente marginada
en algún pecado, en alguna caída para liberarse quizá de futuros males, por eso es que siempre la
Palabra del Señor ha sido clara.
Quien está en una falta necesita ciertamente que el Señor le cambie el corazón, pero quienes no
creen tener falta y se creen perfectos y tienen siempre la tendencia a condenar también están llamados
a dejarse cambiar el corazón, porque un corazón que no tiene misericordia,º que no tiene compasión,
que no es capaz de sensibilizarse ante el dolor por la caída de los hermanos es un corazón de piedra
que va a ir inventando un montón de razones para estructurar su poder, su potencia y ser nuevamente
instrumentos de nuevas esclavitudes y de nuevos males.
La Palabra del señor dicha desde aquí tiene que llevarnos a que la reconciliación no sea una
palabra bonita dicha, el cambio de un pueblo que cree en el Señor de la Vida, que ama al Señor con un
amor concreto y palpable, un amor que sea servicio y que nos lleve a inclinarnos ante el hermano caído
para extenderle nuestra mano y levantarlo, esa es la reconciliación.
Aquí el Señor está hablando y está lanzando esta palabra convocándonos a todos para que nos
demos cuenta que ya hemos muerto al pecado, que ya no somos cadáveres. Si el Señor ha muerto
también nosotros hemos muerto al pecado. Entonces hay que dejar que el germen de vida que Él nos
ha traído con la resurrección se exprese con mayor claridad.
Un pueblo reconciliado no es un pueblo amargado porque le han descubierto una falta, es un
pueblo en fiesta grande, porque la vida y la resurrección, la victoria han ingresado en el corazón de las
personas y de los grupos, de las sociedades. Este es el momento en el que tenemos que ver a nuestra
Iglesia en Argentina, reconciliada pero en fiesta porque la reconciliación no es imposición de la fuerza
de uno contra el otro, sino la aceptación de este Dios que nos quiere realmente libres, llenos de cariño
y amor a todas las criaturas, porque todas las criaturas humanas son para Él su gloria y su alegría.
Hermanos y hermanas gracias por permitirnos escuchar al Señor hoy aquí esta mañana. Qué hermoso
momento y qué hermoso desafío para nuestra Iglesia que quiere reconciliación, pero que ojalá esa
reconciliación pase de ser un bonito deseo a un acto que lo vivamos para mejorar nuestra situación
personal ciertamente, pero para mejorar también las estructuras donde vivimos, para mejorar la marcha
de un país que debe dar beneficios a todos.
Que el Señor de la Vida, el Padre Misericordioso, ingrese hoy a este centro, que nos lleve a
todos, comenzando por el Cardenal, a buscar el abrazo del Padre y a realizar la fiesta de la
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hermandad, de la vida, a invitar a todos a que compartan esto porque ese el sueño, el proyecto de
nuestro Dios.
Quiero animar pues a todos los hermanos y hermanas de este centro penitenciario a acercarse
más al Señor, a escucharlo con más atención, a decirle aquí estoy Señor, dónde voy a encontrar
felicidad sino en tu casa, quiero volver a tu casa, volver a la casa del Padre es dejarse transformar por
Él, dejarse revestir y festejar por él, porque en todo eso está la respuesta a las ansias del corazón
humano.
No sé si están de acuerdo, pero creo que esta es la palabra que el Señor nos dirige hoy. Quiero
agradecerles también por permitir que la palabra del Santo Padre, a través de su delegado sea una
palabra de aliento, tal como Él lo dice, hay que animarlos, hay que hacerles sentir a todos que en la
Eucaristía encontremos toda esta dimensión de verdadera justicia, solidaridad y libertad. Ánimo, el
Señor Eucarístico los bendiga y que Nuestra Mamita, la Virgen también los acompañe siempre. AMÉN.
“DÉJENSE RECONCILIAR CON DIOS”
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado de la
Argentina en el Congreso Eucarístico Nacional (2 de setiembre de 2004)
En este clima tan hermoso del Congreso Eucarístico, ya en nuestro segundo día, la parábola del
Hijo Pródigo quiere hablarnos directamente al corazón.
Abramos, pues, nuestros corazones de par en par.
Que cada uno abra su corazón, mirando a la Virgen, sintiendo la presencia de Jesús en la
Eucaristía que, silenciosamente, acompaña a la humanidad desde hace dos mil años.
Abramos el corazón de nuestra familia, cada uno de la suya, sintiendo latir el corazón de sus
padres y hermanos, el de los esposos y el de los jóvenes, el de los niños y los abuelos.
Abramos el corazón como Pueblo fiel de Dios que peregrina en la Argentina bajo el manto de la
Virgen, de María de Itatí...
Abramos el corazón y dejémonos reconciliar con nuestro Padre Dios.
Digamos con el hijo pródigo, que en un momento de gracia se dio cuenta de que la causa más
honda de su situación de miseria estaba en haber apartado el corazón del de su Padre: ¡Me levantaré e
iré a mi Padre!
Cada uno debe decirlo en su propio corazón. Y debe decirlo también en esa dimensión donde el
propio corazón se sabe corazón común, responsable del de todos, solidario con el corazón de su
pueblo. Desde allí cada uno puede decir: pueblo pródigo ¡levántate y vuelve al Padre! Es tiempo de que
dejes de soñar con las bellotas de los cerdos. Nadie te las da. Gracias a Dios. Mejor así. Por que es
hora de que vuelvas a anhelar el pan de los hijos.
Estás empobrecido, parte de tu herencia la has malgastado y parte te la han robado. Es verdad.
Pero te queda lo más valioso: el rescoldo de tu dignidad siempre intacta y la llamita de tu esperanza,
que se enciende de nuevo cada día. Te queda esa reserva espiritual que heredaste.
Mira que tu Padre no deja de ir, cada atardecer, a esperarte en la terraza… a ver si te ve volver.
Emprende el camino de regreso, fijos tus ojos en los de tu Padre, que te amplía el horizonte para
que des todo lo que puedes dar.
Al ir tras dioses falsos, fuiste convirtiendo este suelo bendito en una tierra extranjera. Y hoy
pareciera que se ha achicado tu horizonte, que se te encogió la esperanza.
Pero no es así. Si levantas la mirada, si recuerdas, si pegas la vuelta y te conviertes de corazón,
la misma tierra que pisas se irá transformando nuevamente en Casa del Padre.
Esa casa del Padre en la que se viven los valores de la humilde casa de José y María en
Nazareth.
Casa del Padre que es hospedería donde se curan las heridas de los que cayeron en mano de
los salteadores.
Casa del Padre donde se celebra el banquete de las bodas del Hijo y están invitados todos, sin
exclusión de ninguno, salvo de los que no quieren participar.
Casa del Padre que, como nos asegura Jesús, tiene muchas moradas y en la que Él mismo se
pone a servirnos, como hizo en la última cena.
¡Y permítete a ti mismo sentirte pueblo y familia!
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Y dejemos también que el Padre nos diga, como al otro hijo que estaba contrariado: ¡Entra en la
fiesta con tu hermano! Cada corazón debe escuchar esta invitación, con la que el Padre quiere
convencer a su hijo mayor de que perdonar a su hermano es el camino que lleva a la vida.
Todos también llevamos dentro algo de ese hijo mayor. Dejémos que el Padre nos diga: Es
tiempo de que dejes de escuchar la queja amarga propia de un corazón que no valora lo que tiene, de
un corazón que se compara mal.
Es hora de que te animes a compartir con tu hermano el pan de los hijos.
Deja de soñar con el cabrito propio, y escucha estas palabras de tu Padre: ¡Hijo, todo lo mío es
tuyo!
¡Dejate reconciliar con Dios, contigo mismo y con tu hermano! Pero de corazón.
La Eucaristía es el pan de reconciliación que va a parar a lo profundo del corazón de cada uno.
Y reconcilia y alimenta ese lugar interior donde la persona es ella misma y más que ella misma, porque
es morada de Dios, donde cada corazón es el corazón de toda su familia y de su pueblo entero.
Bastan unos pocos corazones así, que se dejen reconciliar a fondo, para que la reconciliación se
contagie a todo un pueblo.
Corazones como el de San Roque González de Santa Cruz, que fundó estas tierras y sus
ciudades en la cultura del trabajo y en el perdón a los mismos enemigos. Corazón vulnerado al que el
Señor revistió de incorruptibilidad!
Pueblo pródigo y rebelde; pueblo que sufriste en manos de salteadores; pueblo con una fuerte
reserva espiritual: ¡Déjate reconciliar con Dios!
A nuestra Señora de Itatí le encomendamos esta reconciliación que transfigura el corazón de las
personas y de los pueblos. Sus milagros más lindos han sido de presencia que retorna y de
transfiguración que atrae con su gloria. Como decía Fray Luis de Gamarra en 1624: "... se produjo un
extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto".
Esas transfiguraciones de nuestra Señora, que brotan de su corazón puro y amante son signo de
predilección para con nuestro pueblo. Y son también anuncio: María de Itatí transfigurada nos
transfigura. Nos dice la Palabra de Dios: “El que vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha
desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con
Él por intermedio de Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación”.
Mirándola a ella comprendemos que: “Si el pecado es alejamiento y desencuentro, la
reconciliación es acercamiento y reencuentro, superación de la enemistad y retorno a la comunión.
Dios nos reconcilia en Cristo. Él es el principio y fin de una reconciliación filial, por la que el hombre
arrepentido vuelve confiado a los brazos amorosos del Padre.”
Ella te invita, pueblo de la Patria: ¡déjate reconciliar con Dios!
Con ella le rogamos a Jesús y le pedimos, con las palabras del himno: Que su Eucaristía ocupe
el corazón del pueblo argentino e inspire sus proyectos y esperanzas.
Corrientes 2 de setiembre de 2004.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires
LA EUCARISTÍA NOS HACE SOLIDARIOS
Homilía de Mons. Eduardo Miras – Arzobispo de Rosario – Presidente de la Conferencia
Episcopal Argentina en el Congreso Eucarístico Nacional (3 de setiembre de 2004)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada vez que celebramos la Eucaristía, hacemos presente en el tiempo el gesto solidario más
grande de la historia: Jesús entrega su vida por nosotros para salvarnos y devolvernos a las manos del
Padre misericordioso que nos creo para la felicidad que acostumbramos desestimar cuando pecamos.
La Eucaristía es la fuente y el corazón de la Iglesia, porque en ella esta Cristo mismo, pan de
vida que nos hace fuentes para vivir el evangelio; perfecciona nuestra incorporación al Pueblo de Dios
y nuestra pertenencia al Señor[1], al unirnos íntimamente a Él y congregarnos como hermanos en una
misma mesa.
Nada se puede pensar ni hacer en la Iglesia sino en relación a este sublime misterio donde se
renueva nuestra redención. Allí esta el Señor crucificado y glorioso, presente entre nosotros para que
junto a su inmolación, también nuestras pobres obras puedan llegar al Padre. Allí se da la realidad
siempre actual del sacrificio de la cruz, con el corazón del crucificado abierto para acoger nuestras
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angustias y dar descanso a nuestras fatigas[2]. Allí Jesús nos nutre y nos fortalece para el esfuerzo
cotidiano. Allí participamos del pan partido que se distribuye entre los hombres, como lo fueron en
figura aquellos panes que Cristo multiplicó en el desierto de Betsaida[3], al dar de comer a una multitud
en un gesto de amor y de solidaridad con los demás.
La Eucaristía es el sacramento del amor, y el amor es lo mas profundo del ser. Del amor brota la
bondad, la honradez y toda virtud. Por eso es el corazón de la vida cristiana. El mismo Dios, que vino a
compartir la suerte de la humanidad haciéndose hombre y dándonos su vida, se autorevela como amor
y nos convoca a imitarlo, amando a los demás y solidarizándonos con ellos.
Sin solidaridad no podríamos ser Iglesia, porque ella se construye con los carismas y los dones
conferidos a cada cristiano, cuya unidad proviene del Espíritu que los dona, y cuya diversidad hace
posible que todo el mundo pueda ser evangelizado hasta llegar a la unidad de la fe y al conocimiento
más perfecto de Jesucristo[4]. El encuentro de Jesús con Zaqueo, según leemos en Lucas, cambió su
corazón avaro en dadivoso y lo motivo a devolver lo robado[5].
Al nutrirnos del holocausto de Jesús, en la comunión Sacramental, el encuentro con Él se hace
tan íntimo y tan profundo que nos exige conversación.
La palabra de Dios proclamada en esta Misa nos propone modelos de actitudes solidarias. En la
primera lectura, el Levítico[6] pide a los cosechadores que dejen caer algo de la siega en los bordes del
campo, y que resignen los últimos racimos y frutos de la huerta, con destino al pobre y al extranjero. Y
pone este mandato al mismo nivel que el de guardar justicia y ser honrado.
Luego en los hechos de los Apóstoles[7] se nos recuerda que en la primitiva Iglesia los fieles se
mantenían unidos y ponían lo suyo en común, para distribuirlos a cada uno de acuerdo a sus
necesidades.
Son normas y ejemplos que nos ayudan a entender el magisterio de Jesucristo cuando, en la
parábola del buen samaritano, nos enseña qué es la solidaridad.
Los Papas que la han llamado: “amistad”[8], “caridad social”[9] o “civilización del amor”[10], nos
dicen que es la expresión misma de la vida de la Iglesia: un compromiso firme y perseverante por el
bien de todos[11], una virtud cristiana, atenta a las necesidades del prójimo, que nos invita a mirarlo
como a imagen viva de Dios[12].
Solidaridad es lo contrario de egoísmo: determinación firme y perseverante de empeñarse por
las necesidades de los hermanos; conjunción de esfuerzos para hacer el bien. El ser humano tiene
necesidad de integración, busca asociarse con sus semejantes y demanda de los demás el
complemento requerido para cualquiera de sus carencias. Con esta virtud, que debe ser cultivada y
practicada mediante toda clase de asistencia y de colaboración fraterna se concreta en lo temporal el
mandato de amor al prójimo que Jesucristo nos pide en su evangelio.
En nuestro entorno, turbado hoy por tantos conflictos y empobrecido por la falta de
oportunidades, los hechos solidarios se hacen imprescindibles para asistir a los más carecientes y para
que nos animemos a restaurar juntos la comunidad, hasta alcanzar un país nuevo, más justo y más
cuidadoso de la dignidad de todos sus habitantes. Tenemos en Dios Creador un mismo origen y un
mismo destino[13]; y Cristo nos señala repetidamente que todos somos hermanos.
En el evangelio de esta Misa, Jesús nos pregunta si sabemos quién es nuestro prójimo.
Suele ser fácil para cualquiera mostrar amor fraterno a los que constituyen su entorno: los
familiares, amigos mas cercanos, alguno que otro ser necesitado o enfermo a quien se acostumbra
ayudar. Se nos dice en la carta de los Romanos: “difícilmente se encuentra alguien que de su vida por
un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor[14]. Y en su lugar nos muestra al
paradigma de la actitud fraterna: “Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”. Él nos
propone una solidaridad sin limites, que deja librado a la providencia indicar al hermano que en cada
momento de la vida necesita nuestra especial atención. Aquel hombre cualquiera de la parábola, caído
a la vera del camino, ni el ser a quien solía ayudar por costumbre. Era el hombre que Dios le puso
delante más allá de la cercanía de los lazos familiares, o de la amistad acostumbrada. El hombre
desconocido, el extranjero de un pueblo hostil con quien, el samaritano se compadeció del hombre
herido que lo necesitaba en ese instante y ejerció misericordia con él. La parábola nos esta enseñando
que aun el que creamos enemigo es nuestro prójimo, porque todos somos hermanos.
En la mesa que nos reúne, la Eucaristía nos da fuerza para sentir como prójimos a todos los
demás y nos solidariza con ellos. Pablo nos dice en la primera carta a los Corintios. “...juzguen ustedes
mismos lo que voy a decirles. La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la
Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un
solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de
ese único pan[15]”. Para formar la Iglesia estamos unidos con Cristo Cabeza. Pero esa participación
8
eclesial perfecciona la Eucaristía, esa comunión de hermanos, no puede realizarse sin la respuesta
ética de compartir con los otros dones espirituales y los bienes de la tierra[16].
Cuando nos acercamos a recibir al Señor en la comunión eucarística, buscamos inundarnos de
caridad, que es amor de Dios. Esta es la suprema perfección del ser humano, porque su meta es el
encuentro con Él. Pero Dios no puede ser amado si no amamos al prójimo. Juan nos enseña que: “El
que dice amo a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dio, a quien no
ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?[17] –nos dice en su primera carta-
El amor al prójimo aparece en la Biblia como el camino para la experiencia de Dios. Es la
respuesta del hombre al amor del Padre Cristo que nos dice: “ no se cansen de hacer el bien[18]”.
Ante la realidad de un mundo desigual e injusto que excluye de si a una enorme porción de la
humanidad, la comunión del amor con el Señor se nos vuelve compromiso de solidaridad, individual y
cotidiana, y también social y política. Vivir la fraternidad que Cristo nos propone al hacernos hijo de
Dios en el bautismo, es una exigencia fundamental del ser cristiano. Para hacerla posible, la Eucaristía
nos da fortaleza y “nos transforma en el alma que sostiene al mundo[19]” porque “de ese Sacramento
brota la caridad y la solidaridad”[20], ya que su fin es llevarnos a la unión con Dios y a la comunión con
todos los hombres.
Jesús esta presente allí para ser alimento de nuestra espiritualidad y fortalecer con su gracia el
empeño por el amor, que la pobreza de nuestras fuerza no nos permite alcanzar.
La tierna Madre de Itatí que, desde Caná, nos viene diciendo “ hagan lo que Jesús les diga”[21],
nos ayude a comprender el mensaje de su Hijo divino, que nos ha señalado, como único camino para
unirnos al Padre, la fraternidad solidaria con todos los seres humanos.
Por eso, a fin de que nuestros sentimientos se asemejen un poco más a los sentimientos de
Cristo que nos salva, acudamos siempre con fe al santo sacramento de la Eucaristía que nos configura
con Jesús quien sea la gloria eternamente[22].
[1]
Lin. Sínodo de la Eucaristía nº 67
[2]
cf. Mt.11,28-30
[3]
Lc.9,10-17
[4]
cf. Ef.4,7-13
[5]
Lc.19,9-10
[6]
Lv. 19,9-17
[7]
Hech. 2.42-47
[8]
León XIII Rerum Novarum
[9]
Pío XI quadragesimo Anno
[10]
Pablo VI Disc. Clausura del año santo, 5-12-1975
[11]
Visita ad limina-Ob. De EE.UU. 9-9-89
[12]
SRS 40
[13]
CAT 344
[14]
Rom.5,7-8
[15]
I Cor. 10,16-17
[16]
cf. Filp. 4,10-20
[17]
I Jn. 4,20-21
[18]
cf. II Tes. 3,13
[19]
ad diognetum V
[20]
Lin. Sinodo de la Eucaristía nº 62-63
[21]
cf. Jn.2,1-11
[22]
cf. Rom. 16,27
MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA
Homilía del arzobispo de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna
En la Liturgia Mariana (4 de setiembre de 2004)
En la tierra de María de Itatí, y ante la visita de su venerable Imagen, deseamos aprender de ella
el mensaje eucarístico. Nuestro pueblo bendecido por su misteriosa conducción materna recorre
caminos insospechados hacia la meta de todo peregrinaje. María, siempre y con seguridad, exige que
su pueblo devoto logre un encuentro eficaz y transformador con Jesucristo. Su intervención oportuna,
9
en las bodas de Caná, señala la presencia silenciosa de Jesús. Su súplica, casi un susurro, descubre a
su Hijo la intención de socorrer a aquellos inocentes atribulados. Da órdenes, dispone el adelanto de la
Hora de Cristo e indica el método para llegar a su corazón: “Hagan todo lo que él les diga”.[1] María
aprende a obedecer al Padre cuando, por intermedio del Ángel, le es ofrecida la misión de ser la Madre
de Dios. Todo se cumple en ella por la obediencia. Dios hace grandes prodigios cuando encuentra la
disposición generosa de aceptar su voluntad. Hoy se repite la experiencia de Caná: María interviene en
la vida atribulada del pueblo proponiendo a Jesús, presente en la Eucaristía, como respuesta divina a la
indigencia y a la desesperación.
El Santo Padre Juan Pablo II la llama “Mujer Eucarística”. Me he preguntado la razón de esa
denominación que la identifica con el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Ella anticipa la Eucaristía de su
Hijo y de la Iglesia. Existe una identidad eucarística compuesta de obediencia al Padre, de cruz y de
incondicional donación de amor. La Acción de Gracias, que en la Eucaristía Cristo realiza, no se reduce
a un sentimiento de gratitud. Es una actitud esencial de obediencia al Padre que incluye la Redención
por el exclusivo y misterioso camino de la muerte en cruz. María, desde la Encarnación devela
silenciosamente el Misterio que, como profetiza Simeón, será dolor indecible causado por “una espada
que le atravesará el corazón”.[2] El contenido de la obediencia de Jesús al Padre, representando a la
humanidad, comprende el reconocimiento humilde del Don de Dios por parte del agraciado. La
obediencia de María ente la sorpresiva elección transmitida por el Arcángel Gabriel proyecta una
anticipación profética del Siervo Fiel y Sufriente. La Eucaristía, como el “buen comportamiento del
agraciado”, halla en María su fiel anticipo y la constituye, desde entonces, en “Mujer Eucarística”.
Ella es el modelo perfecto de nuestra participación en la Eucaristía. Su docilidad al Don de Dios,
mediante un corazón puro y pobre, es la condición indispensable para hacer fructífera nuestra
comunión con el Cuerpo y Sangre de Jesucristo. San Pablo lo expresa con términos casi aterradores:
“Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y
bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación”.[3] María resiste cualquier
examen, su docilidad y pobreza son perfectas, únicamente inferiores a las de su Hijo divino. En la
historia, como tiempo de su universal intercesión, se empeña en atraer a los hombres a Jesucristo,
presente en la Iglesia y en la Eucaristía. Los peregrinos a sus Santuarios intentan llegar a la
reconciliación y a la Comunión. Sufren cuando se hallan distanciados de esos sacramentos por
dificultades momentáneamente insalvables. María sigue atrayéndolos, mantiene y acrecienta el deseo
de Jesús; realiza una intensa tarea de transformación hasta el logro del ideal propuesto.
El Xº Congreso Eucarístico Nacional se está celebrando en los pagos de Nuestra Señora de Itatí.
Como expresión de la íntima vinculación de María con la Eucaristía hemos decidido dedicar esta
solemne jornada a la Virgen Madre de Dios con la presencia excepcional de su Venerable y
multisecular Imagen, transportada solícitamente por su pueblo de Itatí. Una vez más, ensanchando su
influjo materno a toda la Nación, la Virgen garantiza nuestro devoto encuentro con Jesucristo
Sacramentado. En ella depositamos el esfuerzo de nuestra peregrinación y de su maternidad virginal
recibimos a su hijo y Salvador, reconciliador y autor exclusivo de nuestra auténtica fraternidad.
Ciertamente no podemos pensar a Cristo y a su Iglesia sin María. Escapa a todo proyecto humano el
modo elegido por Dios para librarnos del pecado y hacernos sus hijos. Así lo ha creído la Iglesia
durante su extensa y trabajosa historia de fidelidad. No podríamos concluir este Congreso sino de la
mano de María. Ella cuida la pureza de nuestros corazones, recuperada por la penitencia, y orienta
nuestro compromiso histórico para hacer de la Argentina un pueblo fraterno y justo, solidario y
respetable, austero y definitivamente fiel a sus nobles y cristianas tradiciones.
Sin Jesucristo nuestro empeño sería inútil. Este pueblo extrae de Él la riqueza reconocida de su
temple y su capacidad de solidarizarse con los más pobres y sufrientes. El dolor y la confusión no le
han permitido curar sus propias heridas y proveer su propia mesa devastada. Más la confusión que el
dolor. María sabe tocar su interior porque halla, en su mayoría de bautizados, sentimientos afines a su
corazón, en labios de San Agustín: “de miembro más insigne de la Iglesia”. En su regazo, como Jesús
descendido de la Cruz, está nuestro pueblo sumido en el dolor indecible de la pobreza, pero, recibiendo
de ella su firme esperanza en la Resurrección. Lo importante, para este pueblo, es pasar de la crisis a
la recuperación. Asumir la cruz, y su consecuente muerte a la muerte, y despejar decisivamente la
senda a la Resurrección. Para ello María despliega su enseñanza materna con un estilo silencioso y
eficaz. Atrae a sus hijos para que se encuentren e identifiquen con su Hijo. Se constituye en meta de
peregrinación para que quienes se agreguen a ella sepan descubrir su verdadero término: Jesucristo.
Desde muy pequeños hemos aprendido una fórmula piadosa de especial ternura: “A Jesús por María”.
Es el secreto de nuestro encuentro con Cristo. Es el camino práctico, el atajo abierto por Dios para
llegar rápidamente al Artífice de nuestro verdadero cambio interior, de nuestra necesaria regeneración.
10
[1]
Juan 2, 5.
[2]
Lucas 2, 35.
[3]
1 Corintios 11, 28-29.
CELEBRACION EUCARISTICA DE LA VIGILIA DE LA CONCLUSION DEL CONGRESO
EUCARISTICO NACIONAL
Homilía del Nuncio Apostólico Mons. Adriano Bernardini
4 de setiembre de 2004
“Tomad y comed todos... esto es mi Cuerpo... esta es mi Sangre”.
Después de haber partido el pan y mientras lo daba a sus discípulos, Jesús pronunció también
algunas palabras y dijo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo... esta es mi Sangre” (Mt. 26,26; Lc.
22,19).
Aquí comienza el maravilloso viaje del ser humano que ha aceptado el mensaje Evangélico, con
el Cristo de la Eucaristía .
Permítanme por lo tanto algunas reflexiones sobre este Misterio, sobre la Eucaristía desde el
aspecto de alimento: “Tomad y comed; esto es mi Cuerpo... ésta es mi Sangre”.
En primer lugar para introducirnos, si bien limitadamente, en esta estupenda realidad de la
Eucaristía debemos preguntarnos – según un celebre teólogo: ¿qué significado tienen para Jesús las
palabras “Cuerpo y Sangre”?
a. La palabra Cuerpo (y de esta manera la entendía Jesús) no indica en la Biblia una componente o
una parte del hombre, que unida a las demás componentes (alma y espíritu), forma el hombre
completo.
En el lenguaje bíblico y por lo tanto en el de Jesús y Pablo, “cuerpo” indica todo el hombre, en
cuanto que vive su vida en un cuerpo, en una condición corpórea y mortal. Juan en su Evangelio usará
el término “carne”... “el Verbo se ha hecho carne”, pero también en este caso se indica toda la vida.
En pocas palabras: Jesús instituyendo la Eucaristía, nos ha dejado como don toda su vida, desde el
primer instante de la encarnación hasta el último momento, con todo lo que concretamente había
llenado tal vida: silencio, sudores, fatigas, oraciones, luchas, humillaciones... ¡He aquí el significado de
cuerpo!
b. Este es el auténtico significado bíblico del término “cuerpo”. ¿Y cuál es en cambio el auténtico
significado bíblico del término sangre?.. ¡“ésta es mi sangre”!
Qué se agrega ahora con la palabra sangre si nos ha ya donado toda su vida en su cuerpo? ¡Con la
palabra “sangre” se agrega el significado de “muerte”!
Jesús después de habernos donado la vida nos dona también la parte más preciosa de ella, ¡su
muerte! El término “sangre” en la Biblia no indica, efectivamente, una parte del cuerpo, es decir una
parte de una parte del hombre. Indica un acontecimiento: la muerte. Así, si la sangre es la sede de la
vida (así se pensaba entonces) su “derramamiento” es el signo plástico de la muerte.
“Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo – escribe Juan – los amó hasta el
fin” (Jn. 13,1).
En conclusión: la Eucaristía se nos presenta, y es, el misterio del cuerpo y de la sangre del Señor,
es decir ¡de la vida y de la muerte del Señor!... ¡de la muerte y de la resurrección de Cristo!
Pero, ¿cuál es el momento en el cual yo, bautizado, me introduzco en este misterio, en el Misterio
de la Eucaristía, esto es, en el misterio del cuerpo y de la sangre del Señor, es decir de la vida y de la
muerte del Señor?
Es en el momento de la renovación del sacrificio de la cruz, de su reactualización y más
precisamente en el momento de la consagración.
Es precisamente allí, cuando yo, en cuanto bautizado y por lo tanto miembro del Cuerpo Místico
de Cristo, después de haberme ofrecido a Dios en el momento del ofertorio de la Santa Misa, me
encuentro unido al “Cristo total”, a aquel Jesús, que no es más aquél del Cenáculo, sino el Jesús
Resucitado. Se trata de aquel Jesús que estaba muerto, pero que ahora vive por siempre (Ap. 1.18). Se
trata del “Cristo total”, Cabeza y Cuerpo, indivisiblemente unidos. Y yo, bautizado, formo parte de aquel
Cuerpo, del cual Cristo es la Cabeza.
11
Qué magnífica descripción hace San Agustín en la “Ciudad de Dios” (X, 6) de esta realidad:
“Toda la ciudad redimida, es decir la asamblea comunitaria de los santos es ofrecida a Dios como
sacrificio universal por la mediación del sacerdote grande que en la pasión se ofreció a sí mismo por
nosotros en la forma de siervo, para que fuésemos el Cuerpo de una Cabeza tan grande”.
Por lo tanto, la Iglesia, es decir la unión de los bautizados, es, en la Eucaristía, oferente y ofrecida
al mismo tiempo y en cada uno de sus miembros. No se pueden dividir y repartir las dos cosas, como si
la Iglesia ministerial (el sacerdote) sea el oferente y el resto de la Iglesia (los laicos) los ofrecidos.
Cada miembro de la Iglesia es, simultáneamente, sacerdote y víctima, permaneciendo firme, se
entiende, la diferencia entre sacerdocio ministerial y sacerdocio universal de todos los bautizados.
Todo, entonces, está claro y seguro en esta visión de la consagración eucarística. Hay dos
cuerpos de Cristo sobre el altar: su cuerpo real (el cuerpo nacido de María Virgen, resucitado y subido
al cielo) y su cuerpo místico que es la iglesia. Así sobre el altar está realmente presente su cuerpo
real y está místicamente presente su cuerpo místico, donde “místicamente” significa: en fuerza de su
indivisible unión con la Cabeza.
Ningua confusión entre las dos presencias, que son bien distintas, pero tampoco ninguna división.
El ofrecimiento de nosotros y de la iglesia, sin aquélla de Jesús, sería nada: no sería ni santa, ni
agradable a Dios, porque sólo somos criaturas pecadoras. Por otra parte, tampoco el ofrecimiento de
Jesús, sin aquélla de la Iglesia que es su cuerpo, sería completa. Tan cierto es que la Iglesia puede
decir, con San Pablo: “completo en mi carne aquello que falta a la pasión de Cristo” (Cfr. Col. 1, 24)
En realidad si yo me alimento de Cristo y vivo en Cristo, participo de su pasión con mi “cruz
cotidiana”, si bien modesta.
Por último, en cuanto son dos los “ofrecimientos” y dos los “dones” sobre el altar - el que debe
convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo (el pan y el vino) y el que debe convertirse en el cuerpo
místico de Cristo – he aquí que hay dos “epíclesis” en la Misa, es decir dos invocaciones al Espíritu
Santo:
- en la primera se dice: “ahora te pedimos humildemente: manda tu Espíritu a santificar los
dones que te ofrecemos, para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo”;
- en la segunda, que se recita después de la consagración, se dice: “danos la plenitud del Espíritu
Santo, para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. El haga de nosotros un
sacrificio perenne y agradable a ti”.
Como conclusión de estas reflexiones, ahora sabemos que la Eucaristía hace la Iglesia y la
Eucaristía hace la Iglesia, ¡haciendo de la Iglesia una Eucaristía! La Eucaristía además no es sólo la
causa de la santidad de la Iglesia, ni es tampoco la “forma”, es decir el modelo. La santidad del
cristiano debe ser por lo tanto una santidad eucarística... una santidad que hace vivir al bautizado en
Cristo. El cristiano no puede limitarse a celebrar la Eucaristía, debe ser Eucaristía con Jesús:
ofrecimiento perenne al Padre en comunión con Cristo por el bien de los hermanos.
¡Oh, si todos nosotros entendiéramos esta realidad!
Aquí está el inicio de la reconstrucción o avance de la sociedad y no sólo en lo religioso, sino
también en lo civil.
¡En vez no! Por un falso concepto de libertad o por prevenciones innatas o circunstanciales se
quieren emprender nuevos caminos, lejanos de estos principios de unidad y de amor evangélico,
concentrados en el Misterio Eucarístico. Y lo que es aún más grave, no haciendo tesoro de la historia,
se repiten errores ya cometidos en el pasado, innumerables cantidades de veces.
Pidamos a la Virgen María, que nos ayude a comprender la necesidad de hacernos eucaristía,
alimentándonos del cuerpo y de la sangre de Cristo y uniéndonos a su muerte y resurrección.
Sólo entonces podremos estar seguros de haber celebrado bien este Congreso Eucarístico.
LA EUCARISTÍA NOS ENVÍA
Homilía del cardenal Julio Terrazas Sandoval, del enviado del papa al X Congreso Eucarístico
Nacional en la última misa del encuentro
(Corrientes, 5 de setiembre de 2004)
12
Amadísimos Hermanos y Hermanas:
Hoy en este último día de nuestro Congreso Eucarístico estamos nuevamente invitados para
celebrar juntos la Cena del Señor, la cena de la Pascua. Llegamos con la inolvidable experiencia de
estos días en que hemos palpado la presencia viva y estimulante del Señor que ha hecho latir nuestros
corazones haciéndonos más hermanos y amigos entre nosotros y sobre todo mejores hijos de su
amado Padre.
Esta es la gracia que jamás olvidaremos.
Reflexión, búsqueda, adoración y celebración orante han caracterizado estas jornadas. Hemos
rodeado al Señor en torno a su mesa, mesa abierta a todos con manjares de vida abundante que no
solo reconfortan sino que urgen a la unidad, a la reconciliación, a la solidaridad y a nuevos
compromisos exigidos por los desafíos del hoy de nuestra historia.
¿Será que podemos dar algunos pasos más?.
Toda esta vivencia maravillosa podría llevarnos a una conclusión no del todo correcta:
quedarnos aquí y hacer nuestras tiendas en esta hospitalaria Corrientes.
Mejor lejos de las realidades convulsionadas. Fue la tentación de los apóstoles en el Tabor. Aquí
no hay otra salida “sino bajar al llano”. Así lo quiere el Señor: “bajar al llano” de nuestra vida y de la vida
de nuestro país. La Eucaristía se convierte en mensaje para nuestros hogares, campos, lugares de
trabajos, en nuestras escuelas y oficinas. Allí se parte y se comparte el Pan de Vida porque los que
tienen hambre y sed de justicia no pueden esperar indefinidamente.
Hay que “bajar al llano”, allí están las muchedumbres que quieren conocer al Señor y encontrar
en Él la paz que un mundo hostil no les puede dar. Así podría escribirse nuestra historia como espacio
que eleve a las personas sin seguir creando vergonzantes mendicidades.
Es cierto que en estos días se ha realizado lo que el salmista nos decía “vean que dulzura, que
delicia convivir los hermanos unidos” (Salmo 133,1).
Esta unidad es el primer servicio al Reino, que es la misión de la Iglesia.
La misión encuentra en la Eucaristía su fuente de vitalidad. “Eucaristía y misión” forman un
binomio inseparable. Sin la Eucaristía la misión multiplica activismos estériles, sin la “misión” la
Eucaristía se reduce a meros intimismos.
Cada Santa Misa termina con el envío: “pueden ir en paz”. Es un trabajo que se nos da.
“Quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor
misericordioso del Redentor” (Jornada Mundial de las Misiones 2004).
El encuentro con Cristo es transformante. Es imposible comer su Cuerpo y beber su Sangre y
quedar indiferentes, insensibles; si recibimos su Vida no es para dilapidarla en cosas superfluas o
esconderla por cobardía frente a los crecientes signos de muerte.
“Pueden ir en paz” no es una despedida que adormece la conciencia, es contar al mundo que
hemos estado con el Señor de nuestras vidas. Es una misión que destierra la esquizofrenia de la
separación entre la fe y la vida, entre la fe y la ética, entre la fe y la ciencia.
He aquí una misión que nos desinstala. Es en el “llano” que se pueden construir espacios de
libertad personal y social.
Con obras y palabras anunciaremos “lo que hemos oído, lo que han visto nuestros ojos, lo que
hemos contemplado y han palpado nuestras manos”. ( 1 Jn. 1, -14)
Así actuaron los profetas: Eliseo dispone de las primicias que Baal-Salisá le presenta,
ordenándole “dáselo a la gente y que coman, porque así dice Yahvé: comerán todos y sobrará” (2 Re
4,43).
Hoy la gente espera que esta orden se repita, espera que alguien anuncie un Dios capaz de
saciar el hambre de su pueblo, no solo hambre física sino hambre de verdad y de auténtica libertad.
Es Jesús quien nos revela el proyecto de su Padre.
En Marcos se nos habla de la “multiplicación de los panes”. Estamos frente a un hecho que
sigue teniendo grandes consecuencias para el pueblo y para la Iglesia y para las multitudes en los
albores del siglo XXI.
Marcos nos habla de “los doce” que vuelven de una experiencia misionera, están ansiosos para
dar a conocer a Jesús sus logros y dificultades. Hablan de los signos del reino, de la victoria del bien
sobre el mal, de la vida sobre la muerte.
Nosotros en este congreso “hemos estado con Jesús”, le hemos contado nuestras
preocupaciones y sufrimientos.
En la Eucaristía Jesús nos ha vuelto a decir “vengan a mí todos los que se sienten cargados y
agobiados porque Yo los aliviaré” (Mt 11,28) y hemos gustado en comunidad el pan de los hijos.
13
Jesús ha estado con nosotros al igual que con los discípulos – pero sus oídos atentos
escucharon el clamor de una multitud que lo buscaba.
“Él siente compasión de la gente” (Mc 6,34) renuncia al “descanso” y le brinda su palabra y carga
sobre sí sus problemas y sufrimientos.
El Maestro nos da el ejemplo. El estar con Él no puede alejarnos de las situaciones históricas de
los desamparados y al igual que Él, nos corresponde ser solidarios con sus justas aspiraciones.
Solidaridad profunda, no frases hechas que diluyen los compromisos. Cuando los discípulos
perciben la situación de la muchedumbre: La falta de espacio para descansar, ya anochece y no hay
comida para tanta gente, le sugieren a Jesús la solución más fácil: “despide a la gente”.
“Despide a la gente” es hoy una postura que la toman los grandes por miedo a perder
posiciones, los pequeños que sueñan con respuestas inmediatistas, y aun algunos creyentes que no
acaban de entender al Dios de la vida para todos.
“Despide a la gente” es para muchos hoy privar de la vida, es asfixiar a pueblos enteros con
imposiciones esclavizantes, es aferrarse a los sistemas de corrupción o lo es también depredar la
misma creación solo para asegurar tesoros al servicio de lucros egoístas.
Jesús no subestima el problema y no se deja llevar por la facilidad. Su respuesta es
contundente, es una orden: “denles ustedes de comer”.
Los discípulos no pueden desentenderse de la gente hay que encontrar respuestas a sus
necesidades.
Ustedes y también el pueblo – el pueblo con lo que tenga: los panes y los peces.
Los discípulos organizando a la gente y sirviendo a las mesas para compartir lo poco que hay – y
el Señor siempre dispuesto a jugarse por la vida abundante.
Después del prodigio de la multiplicación de los panes todos saben que es urgente compartir lo
que se ha recibido. – A eso apunta la misión.
“Pan y peces” es la comida para todos, compartida entre todos, sin exclusiones. Eso es practicar
la Palabra y compartir el Pan de Vida.
La mesa del Señor en la Eucaristía no es una mesa cerrada para elegidos y puros, está abierta a
quienes desean beneficiarse con la salvación “don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a
lo largo de la historia: haced esto en recuerdo mío” (Jornada Mundial de las Misiones 2004).
La Iglesia debe hacerse presente en los lugares donde nadie quiere ir, debe estar en el corazón
del dolor y de los conflictos. Todo esto y mucho más involucra el “remar mar adentro” que nos ha
planteado el Santo Padre.
En la Eucaristía Cristo nos envía a compartir los bienes que el Padre ha puesto a disposición de
todos.
En nuestro mundo no hay problema de carencia de bienes, sino carencia de generosidad y de
espíritu para compartir.
El pan compartido se hace comida abundante, “comieron todos y se saciaron. Y recogieron las
sobras” (Mc 6 42-46).
Este compartir crea una estrecha unidad entre el “Pan de Vida” y el “pan de los pobres”.
Así la celebración eucarística tiene que salir de los espacios de culto y llegar a la vida hecha
solidaridad.
El mandato que hoy recibimos es que seamos Iglesia eucarística que comparte la Palabra, el
Pan de Vida y el pan de la solidaridad en forma abierta y sin exclusiones en un mundo individualista y
materialista.
El valor para la misión nos viene del banquete pascual. “La Eucaristía es el consuelo y la prueba
de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado, es el “Pan de Vida” que sostiene a
cuantos se hacen “pan partido” para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio. (Ibid)
Martirio es palabra que nos impacta y escandaliza, sin embargo sabemos que es el precio que
se tiene que pagar si queremos ser fieles a la misión que el Señor nos ha encomendado: la
Evangelización.
Esta querida Iglesia que peregrina en Argentina, en los inicios del Tercer Milenio, se encuentra
ante el desafío de evangelizar a todos los habitantes de esta tierra tan bendecida.
La Eucaristía nos congrega como Iglesia, casa abierta y misionera, que se proyecta hacia
afuera, movida por el Espíritu del Resucitado fuerza que lanza a la misión, porque: “Para evangelizar el
mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la celebración, adoración y contemplación de la
Eucaristía” (ibid.). Y sobre todo resuenan con nuevo ímpetu las palabras de Pablo: “¡Ay de mi si no
evangelizara!” (1Cor 9,16).
Este camino evangelizador que hemos ido descubriendo en la meditación de este Evangelio
más que un método, es un elemento inherente al anuncio de la Buena Nueva, es el testimonio viviente
14
de la comunión, es el esfuerzo y el camino comunitario que debemos emprender como Pueblo de Dios
para responder a las urgencias de la evangelización en este inicio de siglo.
María, la primera misionera, bajo su bella advocación de Nuestra Señora de Itatí, que nos ha
cobijado en estos días en esta comunidad correntina, nos invita hoy a salir a todos los espacios
humanos para ser testigos creíbles de su Hijo.
Este extraordinario fervor eucarístico que hoy nos anima no puede reducirse a estos momentos,
debe extenderse a todo el año eucarístico que celebraremos desde octubre y durante toda nuestra
vida.
No podemos dejar de ser hombres y mujeres eucarísticos. No olvidemos que somos ya
“misioneros de la Eucaristía”.
Al finalizar hago presente una vez más a la Iglesia y al pueblo Argentino el amor y el cariño del
Santo Padre. A él le diré muy pronto que Argentina se ha convertido en un inmenso sagrario para
Jesús sacramentado, un sagrario abierto a todos, a fin de que todos recuperen la vida y la esperanza.
Personalmente les agradezco sus atenciones y afecto. Quiero seguir siendo para ustedes lo que
he vivido en estos días: un hermano y amigo para siempre. Amén
CONSAGRACIÓN
El Pueblo de Dios consagra su Patria a Jesucristo Sacramentado
(leído por un matrimonio en la misa de clausura del X Congreso Eucarístico Nacional -
Corrientes, 5 de setiembre de 2004)
Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre ¡te adoramos! Con la
confianza que nace de esta fe exponemos nuestros corazones fatigados a tu mirada misericordiosa. ¡Te
pedimos que ocupes nuestra vida personal, familiar y ciudadana!
Todo el pueblo argentino hoy te suplica por nuestra oración creyente. Tu presencia despierta nuestra
conciencia y responsabilidad en una historia trabajosamente escrita por generaciones de hombres y
mujeres que extrajeron su valor del poder de tu gracia.
Los desaciertos y debilidades constituyen el fruto amargo de nuestro olvido y alejamiento de ti. ¡Qué
otra sería hoy nuestra sociedad si quienes creemos en ti hubiéramos sido fieles a tus enseñanzas y
preceptos!
Imaginamos nuestras familias, sólidamente fundadas en el amor “para siempre” que tu amor crucificado
nos ha inspirado. Imaginamos nuestros jóvenes, en pos de grandes ideales y en el esfuerzo por servir a
la Patria desde el estudio, el trabajo artesanal y el cuidado de las enormes riquezas naturales de su
geografía. Imaginamos los auténticos conductores de la sociedad, proponiendo y ejecutando políticas
humanizadoras, respetuosas de la legítima diversidad y del patrimonio común, especialmente de la fe
religiosa de los ciudadanos.
¡Qué firme e inquebrantable hubiera sido el respeto por las venerables tradiciones y leyes plasmadas
en nuestra Constitución! Es saludable reconocer nuestro actual estado de extrema necesidad y, al
mismo tiempo, disponernos a superarlo uniendo el esfuerzo y generosidad de todos. Para ello, Señor,
necesitamos tu gracia; la seguridad de tu presencia y la posibilidad de acudir a tu palabra para adoptar
las medidas oportunas, que nos debemos hoy, que facilitarán la elaboración de proyectos inteligentes
en vista a un futuro superador del pasado.
Los sufrimientos de ayer y el desconcierto que aún nos aflige pugnan por devorar nuestras esperanzas
y han creado una imagen negativa que necesita ser reconfigurada a la luz de tu Evangelio. Es nuestro
aporte como cristianos, decididos a asumir indelegables responsabilidades, en el campo amplio de la
organización social, que nos enfrentan al desafío de conjugar la fe y la vida temporal, la esperanza del
Reino definitivo y su paciente construcción histórica.
Somos tu pueblo y deseamos que tu oración al Padre nos comprenda y consagre: “No te pido que los
saques del mundo, sino que los preserves del mal”.(1) La Eucaristía nos incorpora a ti para hacerte
presente, por la santidad, entre nuestros hermanos argentinos. Allí se expresará tu amor a los hombres
en una solidaridad que nos compromete en el restablecimiento de todos los valores, a veces olvidados.
Queremos sacarte a las calles de nuestra vida cotidiana para que seas conocido y amado por quienes,
al no conocerte, no pueden amarte.
¡Danos el valor de ser cristianos! De celebrarte y anunciarte hoy prestándote nuestra pobre y
accidentada historia de seres en busca de la Paz. Que nuestros templos sean lugares de encuentro
contigo ¡Oh Misterio encarnado del Amor del Padre! desde los que emprendamos el sendero,
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claramente trazado por Ti, atravesando este mundo hambriento de ti “Pan bajado del cielo”, amasado y
horneado sobre tu Cruz.
No queremos volver, desde esta experiencia excepcional, a la inconciencia e indiferencia de un estado
bautismal que no logre renovar las diversas culturas purificándolas del pecado. Queremos, por la gracia
de tu presencia sacramental, vencer la injusticia, el odio y la corrupción que nos han invadido como una
enfermedad mortal. Te pedimos por todos los que integramos esta Nación: te conozcan o no, te
identifiquen como Señor de su historia o no.
Que tu llamado a vivir en comunión aparezca nítidamente en los bautizados y se exprese en sus vidas
fieles a la fe que profesan. Te pedimos que reactives el carácter bautismal de los ciudadanos cristianos.
Que quienes se identifiquen como tus seguidores lo sean de verdad. Que quienes juran sobre los
Evangelios sepan que no lo hacen sobre una reliquia petrificada sino sobre tu persona: Verdad y
Gracia, Espíritu y Vida.
Señor Sacramentado, te consagramos nuestra Patria, su compromiso y esfuerzo en lograr la
reconciliación y en ser un pueblo auténticamente solidario, justo y fraterno. Te consagramos sus
familias, sus niños, sus jóvenes, sus ancianos, sus gobernantes, sus científicos y artistas. Otorga, a
quienes corresponda, la capacidad de crear fuentes de trabajo para todos, de servir y administrar
rectamente la justicia, de respetar y hacer respetar los derechos de todos, de estimular el cumplimiento
del deber, de educar generaciones nuevas y de excluir definitivamente la delincuencia y la injusticia.
Danos el valor de asistir y servir a nuestros innumerables pobres y solitarios, de excluir de nuestra
sociedad el escándalo de la fragmentación y de la intolerancia.
Que tu presencia, Jesús Sacramentado, “ocupe nuestros corazones, inspire nuestros proyectos y
esperanzas, aliente nuestro fraterno gesto de partir el pan y nos otorgue la PAZ”. AMEN.
Nota:
(1) Juan 17, 15.
DESPEDIDA Y ENVÍO DE LOS PARTICIPANTES EN EL
X CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL
De monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo de Corrientes
(5 de setiembre de 2004)
Estamos cerrando el Xº Congreso Eucarístico Nacional. Es el final de un principio, es la cumbre
anticipada de una enorme tarea a cumplir. Hoy, 5 de septiembre de 2004, estalla el amanecer de un
nuevo desafío evangelizador en el que Jesucristo será el referente principal del pueblo argentino. Es
éste el momento del envío no una despedida. El Don de la Eucaristía constituye, a quienes lo han
recibido, en testigos creíbles de su presencia y de su ofrecimiento a todos. Volvemos a nuestras casas,
a nuestros pueblos y ciudades, con la experiencia de haberlo recibido con gozo. Su solemne
celebración es el AMEN fuerte que establece una relación de fe con el Señor Sacramentado. En el
“después”, vislumbrado por la Convocatoria de nuestros Obispos, está el futuro de la evangelización de
un mundo que la reclama entre angustias y esperanzas. “Denles ustedes de comer” sin dilaciones,
haciendo que el “Pan bajado del cielo” descienda para todos y estimule el hambre espiritual de quienes
la han perdido, hartos de manjares que no nutren. La tarea evangelizadora que proyectamos incluye la
preparación de una tierra empobrecida por múltiples obstáculos a su fertilidad. No será fácil removerla y
purificarla. Es preciso ponerse a la obra.
Nos vamos con el AMEN pronunciado en la voz poderosa de toda la Iglesia, aquí
multitudinariamente representada. Pero también con la responsabilidad que incluye ese AMEN
creyente y jubiloso. Hemos comprendido que la salvación de una sociedad fragmentada como la
nuestra necesita transitar auténticos caminos de reconciliación y solidaridad. Para lograrlo nos es
imperioso acudir al verdadero auxilio que viene de lo Alto: Jesucristo. No existen recetas mágicas ni
alcanzan las buenas intenciones. Librados a nosotros mismos volveremos a cometer los mismos
errores, ahondando el abismo que nos amenaza. Se debe producir el nacimiento del nuevo ser en el
interior de cada uno. Nadie nace por su cuenta, necesita un padre y una madre. De la misma manera
nadie renace por su propio empeño. Necesita ser reengendrado por Quien le dio inicialmente la vida:
Dios Creador y “Padre de nuestra Vida” (1). Ese renacimiento está misericordiosamente ofrecido en el
Misterio de Cristo presente en la Eucaristía. Es preciso anunciarlo y celebrarlo ante la mirada
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expectante de todos. La Iglesia lo hace por el ministerio de los sacerdotes y por el testimonio de los
santos.
El contacto personal que hemos intentado, en este encuentro singular con Jesucristo, requiere
ser testimoniado mediante una acción misionera eficaz y continua. Es imposible experimentar ese
contacto renovador sin comunicarlo con fervor y ofrecerlo a todos como “Buena Noticia”. Si no se
produce ese movimiento testimonial nada ha pasado aquí, ha sido vano nuestro esfuerzo de acortar
distancias geográficas y de empeñar nuestros magros recursos económicos. Nos corresponde
aprovechar esta experiencia y volverla beneficiosa para la Patria. El llamado que nos ha reunido tiene
una intención misionera que se extiende a toda la realidad ambigua y desconcertante. Jesús, de ese
modo, se constituye en artífice de la unidad entre los hombres y, concretamente, de nuestra sociedad
“herida por la división y el desencuentro” (2). La incapacidad de comunión que aparece en las relaciones
personales tiene su origen en una incomunicación más profunda y esencial: la que nos separa de Dios
y nos constituye en extraños para nosotros mismos. La Eucaristía nos muestra a Cristo vivo, “que
perdona los pecados” y cura el origen de toda división al reconstruir el universo recuperándolo del caos.
¡Lo necesitamos urgentemente! El X Congreso Eucarístico Nacional, que hoy culminamos, es la
respuesta misericordiosa de Dios a nuestro pueblo. Nos corresponde recibirlo con gozo y esperanza.
Antes de concluir deseo expresarles que este Congreso ha sido diseñado y preparado, por más
de diez mil colaboradores, en actitud orante. Conscientes de nuestros límites nos hemos vuelto a Jesús
Sacramentado durante muchas horas de adoración y reflexión. He sido testigo asombrado de esa
piadosa actitud. Desde la Comisión Central, coordinadores de las diversas áreas, responsables
técnicos, Comunidades Religiosas, consagradas y consagrados, Párrocos y delegados parroquiales,
cuatro mil ochocientas familias que han ofrecido generosamente trece mil lugares de alojamiento para
los congresistas y más de tres mil servidores, en su mayoría jóvenes y adolescentes. Quiero destacar
la invalorable y desinteresada colaboración del Gobierno Provincial y de la Municipalidad de la Ciudad
de Corrientes en una infraestructura que ha requerido la compleja y prolija coordinación de esfuerzos y
profesionalismo. Extiendo mi gratitud a las autoridades de la Universidad del Nordeste, en cuyo
magnífico Campus hemos celebrado los actos masivos centrales, y a los aportes generosos de las
sociedades intermedias de Corrientes. No tengo palabras para expresarles, en nombre de la Iglesia, mi
profunda y conmovida gratitud. El Señor, que no se deja ganar en generosidad, les hará sentir una
lluvia copiosa de bendiciones. En este agradecimiento quiero abrazar a todos, también a quienes han
orado desde el silencio y el sufrimiento, desde el anonimato y la ternura de un amor sin reclamos.
Es el momento del envío. No nos es lícito volver a nuestras Diócesis y parroquias con simples
recuerdos y la memoria de un acontecimiento multitudinario y espectacular. Al regresar debemos iniciar
el “después” solicitado por nuestros Pastores el 31 de mayo de 2003. Jesucristo debe ocupar el centro
de la vida de nuestro pueblo, en su mayoría identificado con el pueblo cristiano: “Que su Eucaristía
ocupe el corazón del pueblo argentino e inspire sus proyectos y esperanzas” (3). Este envío está
emparentado con el que procedió de los labios de Jesús el día de la Ascensión: “Vayan y hagan que
todos los pueblos sean mis discípulos...” (4). Vayan y muestren, en un comportamiento cristiano valiente,
lo que el Señor Sacramentado hace de los hombres y sus comunidades cuando halla generosa
disponibilidad. ¡La Iglesia de Cristo, desde esta humildísima Iglesia Particular de Corrientes, les ofrece
el ósculo casto de la Paz! Que María de Itatí cuide y proteja sus viajes de regreso.
Notas:
(1) S.S. Pablo VI
(2) Oración Oficial del CEN-2004.
(3) Oración Oficial del CEN-2004
(4) Mateo 28, 19.
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