Contexto hist�rico-filos�fico by E1v479

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									RENÉ DESCARTES [CARTESIUS]
                                     (1596-1650)
                  1. Contexto histórico, cultural y filosófico.
        El siglo XVII, en el que vive nuestro autor, está marcado
por una creciente inestabilidad en Europa. Factor clave son las
conflictivas relaciones, entre los católicos y los protestantes del
viejo continente. Por ello, para comprender el siglo XVII es
necesario hacer referencia a las reformas que Lutero, Calvino y
Zwinglio introducen con respecto al catolicismo en el siglo XVI.
El protestantismo es contestado desde Roma con el Concilio de
Trento (1545-1563). En el surgimiento de la reforma protestante
tuvo un papel destacado la invención de la imprenta (hacia la
mitad del siglo XV), ya que permitió una expansión generalizada
de los textos clásicos y de la Biblia, sacando el conocimiento y el
estudio de las escuelas monacales y catedralicias, haciéndolo
accesible a los laicos, con la consiguiente pérdida de control de los           RENÉ DESCARTES
mismos por parte de la Iglesia.
        Las disputas religiosas en el seno del Imperio Alemán, la intención de Suecia por
controlar el Báltico y la antigua disputa entre Francia y España por la hegemonía en Europa,
desembocan el la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la que se ven involucradas las
grandes potencias del momento y en la que participó Descartes como soldado de ambos
bandos (el católico y el protestante). Con la paz de Westfalia (1648), en la que se reconoce la
igualdad de derechos de los estados católicos y protestantes, se pone término a esta guerra. El
Sacro Imperio Germánico acaba dividido y fragmentado; España está al borde de la
extenuación, pues ha agotado todas sus posibilidades humanas y económicas en la guerra, y
Francia, aunque salió mejor parada, entra en una crisis económica.
        La brutalidad de esta guerra (masacres en aldeas y ciudades, hambre, epidemias, odio
religioso y político...) golpea la conciencia de algunos intelectuales, que se preguntan cómo
ciudadanos europeos, supuestamente civilizados, pueden mostrar tanta falta de racionalidad.
El intento de alcanzar una ética racional, válida para todos, por encima de sentimientos
religiosos, se perfila como una de las tareas más acuciantes. El proyecto cartesiano está
presidido por esta idea, aunque Descartes morirá antes de trazar una ética racional.
        Este intento de racionalización, alcanza también a la economía y al derecho. A finales
de la Edad Media se había producido un fuerte crecimiento de las ciudades, que se convierten
en el centro económico y social. En el siglo XVII, los burgueses 1 dedicados al comercio
sienten la necesidad de unas leyes de libre comercio iguales en todas partes, de ahí que se
muestren partidarios de un poder político centralizado y fuerte que se imponga a los señores
feudales. El Estado tiene, para estos burgueses, un fin utilitario: facilitar los negocios. De esta
manera, surgen los estados nacionales centralistas, con leyes absolutistas, y una nueva clase
social: la burguesía, cuya máxima virtud es el éxito en el trabajo personal, que se traduce en

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 Los burgueses son mercaderes y artesanos que, a partir del siglo XI se establecieron en los burgos, una especie
de fortaleza (esas fortalezas pronto se convirtieron en pequeñas poblaciones) desde donde el señor feudal
vigilaba su territorio. Su independencia (y pretensiones) pronto les hizo enfrentarse a la nobleza y al clero.
Filosofía II                                                                          Descartes


riquezas. En esta época aparecen organizaciones mercantiles, para racionalizar el trabajo y
obtener el máximo beneficio, organizaciones económicas (la Banca y la Bolsa), para mejorar
los rendimientos económicos, así como el Derecho Internacional.
        Pero las disputas de religión no solamente afectaban al orden político y económico,
sino que también tenía efectos en el orden cultural: en 1633 la Santa Sede condena la obra de
Galileo, y Descartes renuncia a publicar su Tratado sobre el mundo, porque defendía las ideas
heliocéntricas de Galileo. Hacia 1643 arrecian las polémicas contra Descartes, siendo atacado
tanto por los jesuitas como por los protestantes, que tampoco llegan a comprenderle. Cansado
de todo esto, acepta las reiteradas invitaciones de la reina Cristina de Suecia y se traslada a
ese país. En 1650 morirá allí, víctima de la pulmonía.
        Desde el siglo XV al siglo XVII se van a ir proponiendo innovaciones a la física
aristotélica que conducirán a la creación de la “NUEVA CIENCIA”, personificada, entre otros,
por Copérnico, Kepler y Galileo. Entre otras innovaciones, Copérnico propone un universo
Heliocéntrico y Geodinámico (en lugar de Geocéntrico y Geoestático); Kepler formula
matemáticamente, en 1609, la teoría de que los planetas se mueven alrededor del sol
describiendo órbitas elípticas en vez de circulares; y Galileo construye uno de los primeros
telescopios astronómicos a la vez que sistematiza el nuevo método científico: el método
hipotético-deductivo. Esta “Nueva Ciencia”, de enorme influencia en la filosofía de
Descartes, se caracteriza por:
    1. La matematización del mundo: «el mundo está escrito en lenguaje matemático»,
       dirá Galileo, por lo que el conocimiento científico y verdadero del mundo será un
       conocimiento matemático del mismo, en el que todo lo que ocurre –los fenómenos- se
       reduce a variables cuantitativas. Esta idea presidirá la filosofía cartesiana, cuyo
       método tiene como modelo el proceder matemático.
    2. El mecanicismo: el mundo deja de entenderse como un enorme organismo viviente,
       para ser entendido como una gran máquina, similar a las construidas por el hombre.
       Así pues, los fenómenos quedan explicados cuando descubrimos la causa eficiente de
       los mismos, eliminando la búsqueda de causas finales.
    3. La experimentación: La única manera de acercarse a un conocimiento verdadero de
       la realidad es experimentar. Este no es un rasgo muy presente en la filosofía
       cartesiana, precisamente por su carácter deductivo, basado en la matemática. De
       hecho, incluso en la ciencia también tiene un valor secundario y casi exclusivo para la
       verificación de hipótesis matemáticas previamente construidas. A veces, el cálculo o
       el razonamiento sustituían al experimento. Tal era la confianza que se tenía en la
       capacidad de la razón.
    4. La practicidad: no se busca un conocimiento meramente teórico sino un
       conocimiento útil y práctico que mejore la vida de los seres humanos. En el siglo
       XVII, se inicia la unión entre la ciencia y la técnica.
       Esta “Nueva Ciencia”, que tantos descubrimientos y éxitos alcanzará con su nuevo
método, es la “reina” del panorama intelectual de los albores de la Edad Moderna.
Conocimiento verdadero será igual a conocimiento científico.
       Junto al entusiasmo por la nueva ciencia, que aparece como algo infalible a los ojos de
algunos, encontramos una fuerte corriente de PENSAMIENTO ESCÉPTICO que reaparece sobre
todo en Francia, y de la que destaca Michel de Montaigne (1553-1592). Para este autor la
mayor “peste” del hombre es creer que puede llegar a conocer verdaderamente las cosas. Los
últimos fundamentos de nuestro conocimiento son inseguros y la experiencia de los sentidos
es engañosa, por lo que la ciencia de la naturaleza no es más que una bella poesía sofística.



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Descartes                                                                                    Filosofía II


       En este clima histórico, social y cultural se encuentra
Descartes, y al mismo intenta responder su obra, en la que se
mantiene que la mejor herramienta de la que dispone el ser
humano para huir del escepticismo y poner orden tanto en su vida
como en la sociedad y en la naturaleza, es la razón, una y la misma
en todos, liberada de las ataduras teológicas y del peso de la
autoridad y de las tradiciones, y sometida únicamente a sus propios
principios (identidad y no contradicción). Así, Descartes inaugura la
corriente denominada racionalismo a la que pertenece junto a
Leibniz, Spinoza y Malebranche y que mantiene que la razón es la
                                                                                 MICHEL DE MONTAIGNE
única fuente de conocimiento válido.                                                  (1553-1592)
        El texto a comentar contiene dos partes (la segunda y la
cuarta) de las seis que componen el Discurso del método. El propio Descartes explica así el
contenido de su obra y de cada una de sus partes:
        «Si este discurso pareciera demasiado extenso para ser leído de una sola vez, podría
dividirse en seis partes:
    1. En la primera se encontrarán diversas consideraciones relacionadas con las ciencias.
    2. En la segunda, las reglas más características del método que el autor ha indagado.
    3. En la tercera, algunas reglas de moral que ha obtenido de este método.
    4. En la cuarta parte, las razones que permiten establecer la existencia de Dios y del alma
       humana, que constituyen los fundamentos de su metafísica.
    5. En la quinta se detalla el orden seguido en sus investigaciones de física.
    6. En la última parte expone lo que estima es necesario para avanzar en la investigación
       de la naturaleza más allá de dónde él ha llegado, así como las razones que le
       impulsaron a redactar este discurso».


                                           Vida y obra
         El mayor filósofo francés de todos los tiempos, padre de la filosofía moderna, e iniciador del
racionalismo. Nació en La Haye, en Turena, en el seno de una familia de la pequeña burguesía en
1596. Tercer hijo de Joachim Descartes, consejero en el parlamento de Bretaña, y de Jeanne Brochard,
que murió de parto al año siguiente. Tras casarse de nuevo su padre en 1600 con Anne Morin, pasó al
cuidado de su abuela, quien le educó hasta 1606, fecha en que ingresa en el colegio de los jesuitas de
la Flèche, fundado dos años antes, una «de las más célebres escuelas de Europa», y cuyas enseñanzas,
en particular la filosofía escolástica aprendida de 1612 a 1614, Descartes enjuicia en su Discurso.
Abandona esta escuela y en el año 1616 se halla en Poitiers cursando estudios de derecho.
         En 1618 se enrola en el ejército de Maurice de Nassau, príncipe de Orange, y participa así en
la guerra de los Treinta Años. Este mismo año conoce a Isaac Beeckman, un investigador holandés,
momento a partir del cual Descartes se interesa por la investigación científica, que une la matemática y
la física. Por la correspondencia de Beeckman se sabe que Descartes por esta época buscaba ya, como
había hecho Ramón Llull, un «arte general para resolver todas las dificultades». Rota la amistad con
Beeckman, Descartes abandona Holanda y se enrola en el ejército católico de Maximiliano de Baviera.
En noviembre de 1619, en Ulm, según su propio relato, descubre «los fundamentos de una ciencia
maravillosa», tras interpretar el sentido de tres sueños habidos la noche del 11 de noviembre, que se
considera el punto de arranque de su nuevo método.
         Sigue de 1620 a 1629 un período de 9 años de viajes, de los que hay que destacar que, en
1622, adquiere un patrimonio familiar que le permite autonomía económica y que, pese a llevar a cabo
un viaje a Italia, no llega a conocer a Galileo.


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Filosofía II                                                                                    Descartes


         Hacia 1625-1627 se halla en París, donde llega a ser conocido entre los medios literarios,
científicos y filosóficos, como «excelente matemático» y perfecto hombre de mundo. Entre sus
amigos, se cuentan sobre todo Mersenne y el cardenal de Bérulle. En este ambiente participa en la
discusión entre el valor y sentido de la filosofía tradicional escolástica y los métodos innovadores de la
«nueva ciencia» que, por aquel entonces, se hallaba mezclada con las llamadas «ciencias curiosas»
(magia, alquimia, astrología). Por esta época Descartes comienza a redactar las Reglas para la
dirección del espíritu (en 1628) aunque fueron publicadas póstumamente. En ellas consta ya la
conocida afirmación cartesiana de que, al menos una vez en la vida, conviene poner todo en discusión,
y el rechazo frontal y total de la filosofía escolástica y, con ella, del aristotelismo. Frente a las
confusiones y ambigüedades de la mezcla de la nueva ciencia con las ciencias curiosas, propia del
Renacimiento, Descartes presenta los puntos esenciales de su método deductivo de razonar,
esencialmente matemático, proponiendo como ciencia ideal aquella que primero justifica el método en
que se fundamenta, cuyos puntos esenciales son: la intuición, la deducción, la enumeración o
inducción y la memoria o recuento de todos los pasos dados.
         Tras una importante discusión pública, en casa del nuncio y ante lo más selecto de París,
Descartes expone su método, que denomina «método natural» de razonar. El cardenal de Bérulle le
dedica grandes elogios y le anima a desarrollar una filosofía fundada en dicho método, Descartes se
marcha a la región de Bretaña y luego, hacia 1629, se instala definitivamente en Holanda. En este país,
extrañamente aislado, aunque en contacto epistolar con científicos y filósofos, con Mersenne sobre
todo, y cambiando continuamente de lugar de residencia para no ser hallado, encuentra la paz de
espíritu necesaria para desarrollar sus investigaciones, matemáticas primero y luego filosóficas, con la
intención de hallar razonamientos filosóficos más evidentes que los geométricos.
         En 1637 aparece el Discurso del método, que publica en Leiden, en francés, sin su nombre,
junto con tres ensayos científicos, Dióptrica, Meteoros y Geometría, que él afirma que son ensayos
hechos según su nuevo método. Mientras tanto, en 1633, el Santo Oficio condena las afirmaciones de
Galileo sobre el movimiento de la tierra, por lo que Descartes interrumpe la redacción de Mundo; en
1635, de Helène Jans, mujer que le cuidaba, tiene una hija (Francine) a la que legitima; en 1640,
mueren su padre, su hermana y su hija de cinco años («el dolor más grande de su vida»). En 1641
publica una redacción en latín de Meditationes de prima philosophia -iniciadas hacia 1628-, junto con
las objeciones que Mersenne había podido recoger previamente, sobre todo de Gassendi y Hobbes, y
las respuestas de Descartes. Nuestro filósofo va siendo cada vez más conocido en Holanda, y mayor es
el número de amigos, científicos y filósofos que lo visitan, pero arrecian también las críticas y la
oposición a su filosofía. Hobbes le se entrevista con él, pero no logran ponerse de acuerdo; Hobbes se
alinea con la nueva ciencia, mientras que Descartes, que no acepta ni la filosofía escolástica ni la
nueva ciencia, pretende que su filosofía llegue a sustituir a la antigua escolástica. De hecho, sus
Meditaciones van precedidas de una carta dirigida a los profesores de la Sorbona de París para
captarse su benevolencia. En realidad, lo que obtiene son ataques, principalmente de Pierre Bourdin,
jesuita influyente, y de Gilbert Voët, profesor de la universidad de Utrecht. Tuvo que intervenir la
autoridad política para lograr que cesaran los ataques contra Descartes en las universidades
holandesas, que lo acusaban de ateísmo y pelagianismo. En 1644 aparecen, también en latín, los
Principia philosophiae: con ellos intenta ofrecer un manual de su propia filosofía, redactado al estilo
de los que entonces se utilizaban. Los dedica a la princesa Isabel, hija de Federico V, rey de Bohemia,
refugiado entonces en Holanda, tras la batalla de la Montagne Blanche (1620). La princesa había
conocido y tratado a Descartes y mantenía con él correspondencia sobre temas de filosofía; en sus
Cartas a Isabel, puede apreciarse la moral definitiva cartesiana. El interés de esta princesa por
cuestiones psicológicas hizo que Descartes compusiera en 1649 un tratado sobre Las pasiones del
alma, que es interesante para comprender las relaciones entre mente y cuerpo en su sistema. Durante
los años 1647-1649, aparecen las traducciones al francés de las Meditaciones y los Principios y, en
1648, vuelve por última vez a París, donde coincidió con los tumultos de la Fronda. En 1649 aceptó no
de muy buen grado la invitación de la joven reina de Suecia, Cristina, interesada en su filosofía desde
1646, a trasladarse a su corte. El clima riguroso de Suecia y el horario intempestivo - las cinco de la
mañana- de las lecciones que debía dar a la reina acabaron con la vida de René Descartes, que murió
de pulmonía el 11 de febrero de 1650, a los 53 años de edad. Tras la muerte de Descartes, en las
universidades holandesas comenzaba el cartesianismo.



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Descartes                                                                                                               Filosofía II




                               2. Razón y método: el criterio de verdad.
    René Descartes pertenece a la corriente filosófica denominada Racionalismo. En sentido
estrictamente filosófico, el término “Racionalismo” se refiere a:
               La corriente filosófica del siglo XVII a la cual pertenecen Descartes, Leibniz, Spinoza y
               Malebranche (a la que se opondrá el empirismo inglés del siglo XVIII) que mantiene que
               la razón es la única fuente de conocimiento válido.
    Por eso, quizá la mejor forma de entender esta oposición sea comparar lo que afirman
estas corrientes sobre el origen del conocimiento:
               El EMPIRISMO sostiene que todos nuestros conocimientos proceden, en último
                término, de los sentidos, de la experiencia sensible;
               El RACIONALISMO, por su parte, establece que nuestros conocimientos válidos y
                verdaderos acerca de la realidad proceden de la razón, del entendimiento mismo. La
                filosofía racionalista del siglo XVII concede a la razón la primacía en cuanto fuente y
                origen de los conocimientos, negándosela a los sentidos.
    No obstante ambas corrientes mantienen posturas diferenciadas en otros temas, así como
algunas coincidencias que los sitúan dentro de la Filosofía Moderna. Veamos sumariamente
estas coincidencias y diferencias en un cuadro comparativo.
                                              RACIONALISMO                                      EMPIRISMO
 COINCIDENCIA                                       Las ideas (y no las cosas) son el objeto del pensamiento

                                                 Universidad de París                        Universidad de Oxford
                TRADICIÓN FILOSÓFICA    (estudio de Platón y el Aristóteles metafísico)    (estudio del Aristóteles naturalista)
                                                  Presión del Papado                        Libertad de pensamiento
                ORIGEN DE LAS IDEAS
                                               Innatas al entendimiento                   Adquiridas por la experiencia
 DIFERENCIAS




                VERDADERAS

                FACULTAD DE
                CONOCIMIENTO
                                                           Razón                                       Sentidos

                CRITERIO DE CERTEZA               Evidencia subjetiva                           Evidencia sensible

                MÉTODO                                  Deductivo                                     Inductivo

                                                                                            Ciencias experimentales
                MODELO DE CIENCIA                     Matemáticas
                                                                                                        (Física)
                ACTITUD FRENTE A LAS        Optimismo epistemológico:                     Pesimismo epistemológico:
                POSIBILIDADES DEL        «Nada hay tan alejado que no lo podamos          «Nuestro conocimiento se reduce a la
                CONOCIMIENTO                            conocer»                                     experiencia»


                     2.1. El buen uso de la razón: la necesidad del método.
        La Edad Media se caracteriza por el denominado “Giro teológico” de la filosofía, lo
que supuso que ésta fuera puesta al servicio de las creencias religiosas. Se trata de un período
en el cual la razón se convierte en un instrumento de aclaración y defensa de la fe (la filosofía
esclava de la teología). La “filosofía cristiana” utiliza en esta labor a la filosofía griega,
fundamentalmente a Platón y Aristóteles, convirtiéndose este último en la autoridad racional


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por antonomasia (se le llegó a denominar “el Filósofo”). La excesiva confianza en la
autoridad aristotélica, unida a la función subsidiaria de la razón respecto de la fe, provocó que
durante trece siglos se tuviera como verdadera la Física aristotélica, en parte por la autoridad
que representaba Aristóteles, en parte por ser compatible con la Biblia. Será en el
Renacimiento (siglo XV) cuando progresivamente entren en crisis todos los pilares en los que
se asienta la Edad Media (religión, política, filosofía y ciencia). Intelectualmente, la novedad
quizá más relevante es la revolución científica que, desde una concepción autónoma de la
razón va a hacer una revisión y refutación progresiva de la Física aristotélica, que
representaba la imagen del Universo predominante a lo largo de toda la Edad Media.
        La actitud de Descartes ante la historia del pensamiento es de total desengaño: la
historia de la filosofía no es más que la historia del error. Descartes mantiene que no se ha
utilizado la razón adecuadamente: se han creído argumentos falaces, basados no en el buen
uso de la razón sino en el “principio de autoridad” (falacia «ad baculum» y «ad autoritatem»).
Debido a este desengaño, Descartes considera como una labor fundamental encontrar un
MÉTODO (etimológicamente, camino o procedimiento adecuado) que nos permita hacer un
buen uso de la razón sin interferencias externas, así como evitar los dos errores fundamentales
de la misma: la precipitación y la prevención. La Edad Moderna se inicia con la clara
voluntad de CONJURAR EL ERROR, para evitar apoyar nuestro pensamiento sobre cimientos
poco sólidos y firmes2. Descartes busca una vacuna contra el error, y esa vacuna es el
MÉTODO.
        Para Descartes, las distintas ciencias son manifestaciones de un saber único ya que hay
una sola razón. La sabiduría es única porque la razón (bona mens) es única. La razón que
distingue lo verdadero de lo falso, lo conveniente de lo inconveniente, la razón que se aplica
al conocimiento teórico de la verdad y al ordenamiento práctico de la conducta, es una y la
misma. De esta manera, Descartes volvió la espalda a la idea aristotélica y escolástica de los
diferentes tipos de ciencia, con sus diferentes métodos, y la reemplazó por la idea de una
ciencia universal con un método universal. Para Descartes toda la filosofía es como un gran
árbol cuyas raíces son la metafísica, el tronco la física, y las ramas que salen de ese tronco las
demás ciencias.
        En su búsqueda de un método adecuado, Descartes considera necesario realizar un
análisis de la estructura de la razón. De este análisis concluye que dos son los modos de
operar la razón: la intuición y la deducción. La intuición es una especie de “luz o instinto
natural” que tiene por objeto las naturalezas simples3: por medio de ella captamos
inmediatamente conceptos simples emanados de la razón misma, sin posibilidad alguna de
duda o error (así sucede con los axiomas matemáticos). Todo el conocimiento intelectual
comienza con la intuición de naturalezas simples. Entre unas intuiciones y otras aparecen


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  Como hemos expuesto en el contexto histórico, cultural y filosófico en el que vive Descartes, el escepticismo
como posición epistemológica había sido renovado por el pensamiento renacentista. En la segunda parte del
siglo XVI, Montaigne había insistido en los viejos argumentos escépticos: la relatividad y desconfianza de la
percepción sensible, la dependencia en que la mente está con respecto a dicha experiencia y su consiguiente
incapacidad para lograr la verdad absoluta, junto a nuestra ineptitud para resolver los problemas de
enfrentamiento entre los sentidos y la razón. Todo ello condujo a los pensadores metafísicos a conclusiones
diferentes e incompatibles. Por eso, para Montaigne, mejor es reconocer nuestra ignorancia y la debilidad de
nuestra capacidad mental. El esfuerzo, pues, de Descartes de ofrecer un método y un fundamento seguro no era
trabajo innecesario.
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   Las naturalezas simples son los elementos últimos a los que se llega mediante el proceso de análisis. El
análisis, por ejemplo, nos muestra que los cuerpos están compuestos de extensión, figura y movimiento; no se
trata propiamente de que todo cuerpo tenga una parte de extensión, otra de figura y otra de movimiento: son
partes que no se pueden dar aisladamente unas de otras, pero que nuestro entendimiento puede separar. Son el
punto de partida para las deducciones.


6
Descartes                                                                                           Filosofía II


conexiones que la inteligencia descubre y recorre por medio de la
deducción hasta llegar a una conclusión (la deducción es utilizada
en matemáticas para demostrar los teoremas).
       Como la intuición y la deducción constituyen el dinamismo
interno y específico del conocimiento racional, éste ha de aplicarse
en un proceso de dos pasos:
    1. Un proceso de análisis, de descomposición, hasta llegar a los
       elementos o naturalezas simples.
    2. Un proceso de síntesis, de reconstrucción deductiva de lo
       complejo a partir de lo simple.
        Esta forma de proceder es el único método que responde a la
dinámica interna de una razón única. Según Descartes, hasta ahora        PORTADA DEL
la razón ha sido utilizada de este modo solamente en el ámbito de las DISCURSO DEL MÉTODO
matemáticas, produciendo resultados admirables. Sin embargo, nada
impide que esta utilización se extienda a todos los ámbitos del saber (“Mathesis
universalis”4), para que produzca unos frutos igualmente admirables.

                                  2.2. Las reglas del método.
        En su obra Reglas para la dirección del espíritu Descartes nos define el método como:
        «El conjunto de reglas ciertas y fáciles que hacen imposible para quien las observe
        exactamente tomar lo falso por verdadero y, sin ningún esfuerzo mental inútil, sino
        aumentando gradualmente la ciencia, le conducirán al conocimiento verdadero de todo lo que
        es capaz de conocer»
       En esa misma obra expone veintiuna reglas que luego reduce a cuatro en su obra
Discurso del método, y que nos indican el procedimiento que debe seguir la razón en la
búsqueda de la verdad, y que consiste en emplear correctamente las dos operaciones
fundamentales de la mente: la intuición y la deducción. Estas reglas son:
        1ª. Regla de la evidencia. Esta regla nos obliga a no aceptar ninguna cosa como
verdadera si no se la reconoce claramente como tal, es decir, si no se presenta tan clara5 y
distintamente6 que no tenga ocasión de ponerlo en duda, debiendo evitar la prevención
(dejarse llevar por los juicios de “los que saben”) y la precipitación (dejarse conducir por
juicios que no han sido analizados suficientemente) que nos abocan a los prejuicios. Por tanto,
la verdad no es ya un problema de adecuación o correspondencia entre nuestras ideas y la
realidad externa y objetiva, como venía siendo desde Aristóteles, sino que es una propiedad
de nuestras ideas y que se descubre analizando sus cualidades.
        2ª. Regla del análisis o resolución. Consiste en «dividir cada una de las dificultades
en tantas partes como sea posible y necesario para resolverlas mejor». Los problemas se
deben dividir en sus datos o partes más elementales o simples mediante un proceso de
análisis. De este modo la mente llegará a discernir e intuir los términos más simples de la
realidad que pretende conocer. Sobre estas ideas simples son sobre las que la mente puede
alcanzar la evidencia de su verdad.


4
  El Racionalismo toma como modelo a las matemáticas, de ahí que su método sea eminentemente deductivo y
al margen de la experiencia, mientras que el Empirismo tomará como modelo a las ciencias empíricas de la
naturaleza, con lo cual su método de conocimiento será inductivo.
5
  Claridad: presencia inmediata de una idea en la mente. Se trata de un pensamiento del que soy consciente.
6
  Distinción: una idea es distinta cuando está perfectamente delimitada y no la confundimos con ideas parecidas.


                                                                                                               7
Filosofía II                                                                                           Descartes


        3ª. Regla de la síntesis o de la composición. Descartes, en el Discurso del método, la
define así: «concluir por orden mis pensamientos comenzando por los objetos más simples y
fáciles de conocer, para subir poco a poco, por pasos, hasta el conocimiento de los más
complejos; suponiendo incluso un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los
unos a los otros».
        Intuidas las ideas simples por el proceso de análisis, entra en juego la deducción a
partir de aquellas, siguiendo el procedimiento lógico y ordenado de la geometría.
       4ª. Regla de la enumeración y revisión. Es una regla auxiliar, que consiste en hacer
enumeraciones y revisiones completas y generales para estar seguros de no omitir nada. La
enumeración comprueba el análisis y la revisión la síntesis.
       Esta regla auxiliar viene exigida porque el espíritu humano está condicionado por el
tiempo: las evidencias del pasado tienen que ser conservadas por la memoria, facultad débil y
con frecuencia engañosa, por lo que se hace necesario el control, comprobación y verificación
de todo lo que se lleve deducido.

                                      2.3. La duda metódica.
        Para el racionalismo, el entendimiento ha de encontrar en sí mismo las verdades
básicas a partir de las cuales sea posible deducir el edificio entero de nuestros conocimientos.
Este punto de partida ha de ser una verdad absolutamente cierta, de la que no sea posible
dudar en modo alguno. Sólo así el conjunto del sistema quedará firmemente fundamentado.
        La búsqueda de un punto de partida absolutamente cierto exige la tarea previa de
eliminar todos los conocimientos, ideas y creencias que no aparezcan dotados de una certeza
absoluta: hay que eliminar todo aquello de lo que sea posible dudar7. De ahí que Descartes
comience con la duda. Y esta duda es metódica, es decir, una exigencia del método. No se
trata de una actitud escéptica8 (estado permanente que invalida todo conocimiento) sino de
una actitud instrumental, un momento del proceder metódico cuyo fin es alcanzar verdades
indudables. Es decir, Descartes introduce la duda como un esfuerzo voluntario, de ahí que sea
distinta de la duda escéptica, ya que a través de ella se pretende encontrar una verdad tan
firme y segura que resista las suposiciones de los escépticos. Se trata, por lo tanto, de un
punto de partida y no de llegada, una duda transitoria, y no permanente, que se superará con el
hallazgo de la primera verdad. En la parte III del Discurso del método nuestro autor advierte
que no pretende imitar «a los escépticos, que sólo dudan por dudar y pretenden estar siempre
irresolutos».
        El escalonamiento de los motivos para dudar, presentados por Descartes, hace que la
duda adquiera la máxima radicalidad y universalidad:
    1. La primera y más obvia razón para dudar de nuestros conocimientos se halla en las
       FALACIAS DE LOS SENTIDOS, que nos inducen a veces a error. Aunque la mayoría de
       los hombres consideran altamente improbable que los sentidos nos induzcan siempre a
       error, la improbabilidad no equivale a la certeza y, por eso, la posibilidad de dudar
       acerca del testimonio de los sentidos no puede quedar totalmente eliminada. No nos
       podemos fiar de los sentidos porque somos conscientes que nos engañan, aunque
       creemos que no siempre, pero lo cierto es que no tenemos garantía de que esto sea así.
       Como medio de certeza, los sentidos son claramente falibles.

7
  Se trata de zamarrear fuertemente el edificio del saber, someterlo a un verdadero terremoto, con la confianza de
que las verdades auténticas permanecerán indestructibles ante toda crítica.
8
  El escepticismo es aquella doctrina filosófica que niega la capacidad del conocimiento para alcanzar la verdad,
por lo que únicamente la duda es la posición adecuada. Esta duda escéptica, de origen griego, tuvo su versión
renacentista en Michel de Montaigne y Francisco Sánchez.


8
Descartes                                                                              Filosofía II


    2. Cabe dudar de que las cosas sean como las percibimos, pero ello no nos permite dudar
       de que existan las cosas que percibimos. De ahí que Descartes añada una segunda
       razón -más radical- para dudar: LA IMPOSIBILIDAD DE DISTINGUIR LA VIGILIA DEL
       SUEÑO. A veces los sueños nos muestran mundos de objetos con extremada viveza, y
       al despertar descubrimos que tales universos no tienen existencia real y otras veces
       hay realidades tan paradójicas en nuestra vigilia que parecen una pesadilla surrealista.
       ¿Cómo distinguir el estado de sueño del de vigilia y cómo alcanzar certeza absoluta
       de que el mundo que percibimos es real? Se trata, en definitiva, de la dificultad para
       discernir los pensamientos que son fruto del sueño, de los pensamientos que tenemos
       cuando estamos despiertos. Como en el caso anterior, la mayoría de los hombres
       cuentan con criterios para distinguir la vigilia del sueño, pero estos criterios no sirven
       para fundamentar una certeza absoluta. También nos confundimos con frecuencia en
       este ámbito.
    3. La imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño permite dudar de la existencia de las
       cosas y del mundo, pero no parece afectar a ciertas verdades, como las matemáticas:
       dormidos o despiertos, los tres ángulos de un triángulo suman 180 grados en la
       geometría de Euclides. De ahí que Descartes añada el tercer y más radical motivo de
       duda: tal vez exista algún GENIO MALIGNO -escribe Descartes- «de extremado poder e
       inteligencia que pone todo su empeño en inducirme a error» (Meditaciones
       metafísicas). Esta hipótesis del “genio maligno” equivale a suponer que tal vez el
       entendimiento humano es de tal naturaleza que se equivoca siempre y necesariamente
       cuando piensa captar la verdad. O que exista un error
       intrínseco, incluso en las verdades matemáticas, que nos
       conduce a error sin que seamos conscientes de ello. Es una
       hipótesis verosímil, en tanto y cuanto que soy capaz de
       pensarla. Una vez más se trata de una hipótesis improbable,
       pero posible, y que nos permite dudar de todos nuestros
       conocimientos. En todo este despliegue de la duda, Descartes
       permanece en el plano teórico: las creencias religiosas y las
       exigencias éticas están en otra dimensión práctica, que él no
       se cuestiona
                                                                              RENÉ DESCARTES



                     2.4. El «cogito» y el criterio de verdad.
        La duda llevada a este extremo de radicalidad parece abocar irremisiblemente al
escepticismo. Sin embargo, Descartes encontró una verdad absolutamente cierta, inmune a
toda duda, por muy radical que sea ésta: la existencia del propio sujeto que piensa y duda, y
por consiguiente, existe. Si pienso que el mundo existe, tal vez me equivoque en cuanto a la
existencia del mundo, pero no cabe error en cuanto a que yo lo pienso; puedo dudar de todo
menos de que yo dudo, porque si dudo que dudo es porque estoy dudando. Mi existencia,
pues, como sujeto que piensa (que duda, que se equivoca...) está exenta de todo error y de
toda duda posible. Descartes lo expresa con su célebre frase: «cogito, ergo sum» [«pienso,
luego existo»].
        Hay que insistir en el carácter intuitivo (y no deductivo) del cogito. La conjunción
“luego” puede dar la falsa impresión de que nos encontramos ante un razonamiento. No es
así, la trascripción más fiel a Descartes sería «pienso-existo»: es una intuición, acto de la
evidencia misma.




                                                                                                  9
Filosofía II                                                                                         Descartes


        Descartes sentencia que dicha verdad resiste las más extravagantes suposiciones de los
escépticos y, por lo tanto, constituye el primer principio de la filosofía que andaba buscando:
la piedra filosofal, a partir de la cual podremos intentar descubrir después otras verdades
igualmente seguras. Este principio de la filosofía se presenta en el corazón mismo de la duda
radical a la que nos expone el planteamiento cartesiano.
        Mi existencia como sujeto pensante (el cogito cartesiano) no es sólo la primera
verdad y la primera certeza: es también el prototipo de toda verdad y de toda certeza. ¿Por
qué la existencia del sujeto pensante es absolutamente indudable? Porque es evidente, es
decir, se percibe con toda claridad y distinción. De aquí deduce Descartes su criterio 9 de
verdad: todo cuanto perciba con claridad y distinción será verdadero y, por lo tanto,
podrá afirmarse con inquebrantable certeza. Así, dice en las Meditaciones metafísicas:
       «En este primer conocimiento no existe sino una percepción clara y distinta de lo que
       afirmo; lo cual no sería suficiente para asegurarme de la certeza de una cosa, si fuera
       posible que lo que percibo clara y distintamente sea falso. Por tanto, me parece que puedo
       establecer como regla general que todo lo que percibo clara y distintamente es verdadero».

        El criterio de verdad es la evidencia10, sus características son la claridad y la
distinción y sus obstáculos son la precipitación y la prevención, como dijimos antes. La
evidencia es contrapuesta por Descartes a la conjetura, que se produce cuando la verdad no
aparece a la mente de modo inmediato.
               Que la filosofía cartesiana parta de la existencia del alma como primera verdad,
y no de la existencia de Dios, es un rasgo humanista y moderno, contrario a la filosofía
escolástica anterior.

    3. La estructura de la realidad: la teoría de las tres sustancias.
                    3.1. Las ideas como objetos del pensamiento.
       Tenemos ya una verdad absolutamente cierta: la existencia del yo como sujeto
pensante. Esta existencia indubitable, no parece implicar, sin embargo, la existencia de
ninguna otra realidad. ¿Cómo demostrar la existencia de una realidad extramental, exterior al
pensamiento? ¿Cómo conseguir la certeza de que existe algo aparte de las ideas de mi
pensamiento?… Descartes debe, por tanto, romper el cerco del pensamiento y aventurarse en
la demostración de otras verdades. El problema es enorme, sin duda, ya que a Descartes no le
queda más remedio que deducir la existencia de la realidad a partir de las ideas del
pensamiento. Así lo exige el ideal deductivo: de la primera verdad han de extraerse todos
nuestros conocimientos, incluido, claro está, el conocimiento de que existen realidades
extramentales.
       Descartes mantiene, como todos los racionalistas, que el pensamiento piensa siempre
ideas. El pensamiento no recae sobre las cosas mismas (cuya existencia no nos consta en




9
  Llamamos criterio a los requisitos que utilizamos en la valoración de algo. Cuando utilizamos un criterio, las
cosas que valoramos con él quedan divididas al menos en dos grupos: las que lo cumplen y las que no lo
cumplen. Criterio de verdad se refiere a los requisitos que deben cumplir las ideas para que sean verdaderas;
según Descartes, las ideas verdaderas son las evidentes, es decir las claras y distintas.
10
   Queda claro, entonces, que las reglas del método expuestas más arriba se reducen, en última instancia, a la
primera: la regla de la evidencia.


10
Descartes                                                                                         Filosofía II


principio) sino sobre las ideas: yo no pienso en el mundo, sino en la idea11 de mundo, que es
algo así como una representación mental del mismo.
        El problema, por lo tanto, es contestar adecuadamente a la pregunta ¿cómo garantizar
que a la «idea de mundo» corresponde la «realidad mundo», si fuera verdad que existe
dicha realidad?
        En este punto, Descartes se va a plantear el salto desde las ideas hasta la realidad
extramental. Descartes analiza12 cuidadosamente las ideas que posee el yo pensante con la
intención de descubrir alguna de ellas que nos rompa el “cerco del pensamiento” para salir a
la realidad extramental.
        Como todas nuestras ideas son causadas por algo, debemos preguntarnos por la
causa de las ideas que tenemos, con la intención de encontrar alguna idea que, como el cogito,
implique de manera evidente la existencia de aquello que representa. En este análisis
Descartes distingue tres tipos de ideas, según su origen:
     1. Ideas adventicias. Son las que parecen provenir de nuestra experiencia externa (las
        ideas de hombre, de árbol, de casa...). Decimos “parecen provenir” y no “provienen”,
        porque la existencia de una realidad exterior aún sigue siendo problemática y dudosa.
     2. Ideas facticias. Son aquellas que construye la mente a partir de otras ideas fruto de
        la imaginación y la voluntad (la idea de un “caballo con alas”, una “sirena marina”, ...)
         Parece claro que ninguna de estas ideas nos sirve como punto de partida para
demostrar la existencia de la realidad extramental que ellas representan: las adventicias,
porque al parecer provenir del exterior, su validez parece depender de la existencia de la
realidad extramental, cosa todavía dudosa; y las facticias, porque al ser construidas por el
pensamiento, su validez es cuestionable (hipótesis del genio maligno). Descartes apunta a un
tercer tipo de ideas:
     3. Ideas innatas. Según Descartes existen algunas ideas (pocas, pero las más
        importantes) que el pensamiento las posee en sí mismo, es decir, que no provienen ni
        de la dudosa experiencia externa, ni tampoco son construidas a partir de otras. Esta es
        una afirmación fundamental del racionalismo: a saber, que las ideas primitivas a
        partir de las cuales se ha de construir el edificio de nuestros conocimientos son
        innatas13.

           En resumen, dos son, pues, las afirmaciones fundamentales del Racionalismo
        acerca del conocimiento:
        1. Nuestro conocimiento de la realidad se construye deductivamente a partir de
           ciertas ideas y principios evidentes.
        2. Estas ideas y principios evidentes son innatos al entendimiento, esto es, éste las
           posee en sí mismo al margen de la existencia de la experiencia sensible.


                           3.2. La teoría de las tres sustancias.

11
   Por eso existe el error, porque no conozco directamente las cosas sino una copia de las mismas. Recuérdese
que en Platón el verdadero conocimiento versaba sobre la realidad y no sobre una copia de la misma (ver «Mito
de la Caverna» o «Símil de la Línea»).
12
    Como exige la 2ª regla del método.
13
   Ideas innatas son, por ejemplo, la de “pensamiento” y la “existencia” ya que las encuentro en la percepción
misma del cogito (“pienso, luego existo”).


                                                                                                           11
Filosofía II                                                                                               Descartes


        El concepto de sustancia es fundamental en Descartes y, a partir de él, para todos los
filósofos racionalistas. Una célebre definición, también admitida por Aristóteles, (que no es la
única ofrecida por Descartes, pero sí la más significativa) establece que:
                           «Sustancia es toda cosa que existe de tal modo que
                           no necesita de ninguna otra cosa para existir»
        Descartes distingue tres esferas o ámbitos de la realidad, que se corresponden con los
tres problemas fundamentales que han ocupado a la metafísica de todos los tiempos:
               1. Sustancia infinita (res infinita).
               2. Sustancia pensante (res cogitans).
               3. Sustancia extensa (res extensa).
        Las sustancias no se pueden conocer directamente, sino a través del rasgo fundamental
o esencial que le conviene: su atributo. A su vez, los atributos (que son la naturaleza de las
sustancias, la característica esencial de las mismas) de las sustancias finitas (cogitans y
extensa) pueden darse o “manifestarse” de distintas formas. A estas variaciones de los
atributos Descartes las llama modos. Así pues, en esquema:

               SUSTANCIA                      ATRIBUTO                                MODOS
                  Dios                           Infinitud                    No tiene
                                      (en conocimiento, bondad, poder, ...)
                                               Pensamiento                    Recordar, imaginar, dudar,
                  Alma                          (ser consciente)              desear, sentir, ...
                                                                              Distintas formas
                 Mundo                           Extensión                    geométricas, tamaños y
                                                                              velocidades.


                          3.2.1. Deducción de la «res cogitans».
       Se trata de probar la independencia del pensamiento respecto del cuerpo. Hasta ahora
de lo único que está Descartes seguro es de la existencia de su pensamiento, de todo lo demás
duda. Duda de que exista el mundo exterior, duda de que exista su propio cuerpo (porque son
percibidos a través de la fuente engañosa de los sentidos). Ahora bien, aquello de lo que dudo
(mi cuerpo) no puede ser igual que aquello de lo que no tengo ninguna duda (mi
pensamiento); por lo tanto, son consideradas realidades distintas. Además, queda claro que el
pensamiento (alma) no necesita del cuerpo para existir, porque piensa a partir de ideas
innatas. Descartes lo expresa de la siguiente manera en la cuarta parte del Discurso del
método:
         «[…] Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir que
         carecía de cuerpo, así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero
         que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que
         pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo
         era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había
         imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo hubiese sido, llegué
         a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en
         pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa
         alguna material. De suerte que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy,
         es enteramente distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese,
         no dejaría de ser todo lo que es.»


                           3.2.2. Deducción de la «res infinita».


12
Descartes                                                                                                                        Filosofía II


        Entre las ideas innatas, Descartes descubre la “idea de infinito”, que se apresura a
identificar con la idea de Dios (Dios = infinito). ¿Cómo demuestra Descartes que la idea de
Dios es una idea innata?
     1. La idea de Dios no puede ser adventicia ya que no poseemos experiencia directa de
        Dios.
     2. Tampoco es facticia porque, contra la opinión tradicional de que la idea de infinito
        proviene, por negación de los límites, de la idea de lo finito, Descartes afirma que la
        noción de finitud, de limitación, presupone la idea de infinitud14, por lo que ésta no
        deriva de aquélla: no es facticia. Y si no es facticia ni adventicia, entonces, es innata.
       Ahora bien, que «la idea de Dios» sea innata no implica que «la realidad Dios» exista.
¿Cómo demuestra Descartes la existencia de Dios? Entre los argumentos utilizados por
Descartes destacan tres, de los cuales en dos de ellos (el de la causalidad y el argumento
ontológico) la existencia de Dios es demostrada a partir de la idea de Dios. Siguiendo el
orden en el que los expone Descartes en la IV parte del Discurso del método, estos
argumentos son los siguientes:
Argumento basado en la CAUSALIDAD APLICADA A LA IDEA DE DIOS. Este argumento lo
   expone Descartes en la IV parte del Discurso del método15 de la siguiente manera:
     «Pero no podía opinar lo mismo acerca de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que
     procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no hay una repugnancia
     menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y esté en dependencia de lo menos perfecto,
     que la existencia en que algo proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí
     mismo. De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mí por
     una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí
     todas las perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una
     palabra que fuese Dios.»
            Es decir, no es posible que la idea de un Ser Infinito y Perfecto (Dios) tenga como
     causa a un ser finito e imperfecto16 (el yo que piensa); la causa tiene que ser tan perfecta o
     más que los efectos, por lo que la idea de un Ser Infinito requiere una causa infinita; por lo
     que yo no puedo ser la causa de esa idea. Si lo fuera, sería una idea facticia, y ya hemos
     dicho que es innata. Y como esa idea es una idea que poseo en mi mente, ésta ha tenido
     que ser causada y puesta en mí por un Ser Infinito; luego el ser infinito existe con toda
     evidencia.
            Por supuesto, tampoco puede tener por causa la nada, ya que de la nada, nada
     puede surgir.
            El argumento basado en la «CAUSALIDAD APLICADA A LA IDEA DE DIOS» lo podemos
        resumir en las siguientes afirmaciones:
         Unas ideas son más perfectas (más verdaderas) que otras, dependiendo de la realidad que
            representan.

14
   La idea de infinitud tiene más contenido objetivo que la idea de finitud; por eso, la idea de finitud no puede
ser la causa de la idea de infinitud, sino al contrario.
15
   Este argumento también lo expone en su obra Meditaciones metafísicas, en los siguientes términos: «Por
“Dios” entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas
las demás cosas que existen [si es que existe alguna]. Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más
atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir
necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de sustancia en virtud de ser yo una sustancia, no podría
tener la idea de una sustancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una sustancia que verdaderamente fuese infinita ... Por
tanto, no puede haber dificultades en este punto, sino que debe concluirse necesariamente que, puesto que existo, y puesto que hay en mí la
idea de un ser sumamente perfecto (esto es, de Dios), la existencia de Dios está demostrada con toda evidencia ...»
16
   Que el yo que piensa es imperfecto se manifiesta clara y distintamente en el mismo acto de dudar; si fuera
perfecto no dudaría, conocería las cosas de una manera absolutamente verdadera.


                                                                                                                                             13
Filosofía II                                                                                     Descartes



              La idea más perfecta es la “idea de Dios” porque representa a la realidad más perfecta que
               puede existir.
              Todas las ideas tienen un origen o causa de su existencia.
              La causa de algo tiene que ser igual o más perfecta que sus efectos.
              Una idea perfecta requiere una causa perfecta, por lo que yo no puedo ser la causa de esa
               idea. Si lo fuera, sería una idea facticia, y ya hemos dicho que es innata.
              Y como esa idea es una idea que poseo en mi mente, ésta ha tenido que ser causada y
               puesta en mí por un Ser Perfecto; luego el Ser Perfecto (Dios) existe con toda evidencia.


Argumento basado en la IMPERFECCIÓN Y DEPENDENCIA DE MI SER. Esta prueba parte de
  la contingencia e imperfección de nosotros mismos como seres finitos. Dios será en esta
  prueba causa de mí (no ya de la idea de Él que hay en mí). La prueba recuerda la «tercera
  vía» de Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios. Este argumento lo expone
  Descartes en la IV parte del Discurso del método como sigue:
     «A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en absoluto poseía, no era el
     único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la escuela), sino que era
     necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual dependiese y del que yo
     hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo y con independencia de todo otro
     ser, de suerte que hubiese tenido por mí mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto,
     hubiese podido, por la misma razón, tener por mí mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta
     forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las
     perfecciones que podía comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que
     acabo de realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía,
     solamente debía considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y si
     poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican
     imperfección estaban en él, pero sí todas las otras. De este modo me percataba de que la duda, la
     inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mí mismo me
     hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Además de esto, tenía idea de varias
     cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o
     imaginaba era falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi
     pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente
     es distinta de la corporal, considerando que toda composición indica dependencia y que ésta es
     manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección de Dios el estar
     compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba
     que si existían cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran
     totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no
     podrían subsistir sin él ni un solo momento.»
         Este argumento se basa en la distinción tomista entre «SER NECESARIO» y «SER
     CONTINGENTE». Los «SERES CONTINGENTES » son aquellos que aunque existen de hecho,
     podrían no existir. Es imposible que ese tipo de seres haya existido desde siempre, ya que
     deben su existencia a otro. En cambio, el «SER NECESARIO» es aquel que existe por sí
     mismo y no puede no existir. Este «SER NECESARIO» es Dios, causa de la posibilidad de mi
     existencia y de la existencia de todo lo que hay. Es decir, debe haber algo que sea la causa
     de todo lo que hay sin que a su vez sea causado por otra cosa. Éste es el ser necesario, el
     que existe desde siempre y no puede no existir, puesto que existen sus efectos (todo lo que
     hay, incluidos nosotros).
    El llamado ARGUMENTO ONTOLÓGICO, formulado en la Edad Media por Anselmo de
     Canterbury en su obra Proslogium, que viene a decir que la idea misma de perfección




14
Descartes                                                                                   Filosofía II


    implica la existencia de aquello que representa. Veamos la argumentación anselmiana
    suscrita por Descartes:
            «Todos los hombres (incluso el necio que en su corazón afirma que Dios no existe)
            tienen una idea o noción de Dios. Entienden por “Dios” un ser tal que es imposible
            pensar otro mayor que él; ahora bien, un ser tal ha de existir no solamente en
            nuestro pensamiento sino también en la realidad, ya que en caso contrario sería
            posible pensar otro mayor que él (a saber, uno que existiera realmente) y, por tanto,
            caeríamos en contradicción; luego, Dios existe no sólo en el pensamiento sino
            también en la realidad».
    En la IV parte del Discurso del método, Descartes expone el mencionado argumento en
    los siguientes términos:
    «Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el mundo les atribuye, no está fundada sino
    que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he expuesto, advertí que
    nada había en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba
    correcto que, suponiendo un triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a
    dos rectos; pero tal razonamiento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo.
    Por el contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto, encontraba que la
    existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está
    comprendida la de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas
    sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo
    menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostración
    de la geometría.»

              El llamado «ARGUMENTO ONTOLÓGICO», que en lo esencial mantiene que concebir a
       Dios es la misma cosa que concebir que existe, lo podemos explicar de la siguiente manera:
               Todo lo que concibo clara y distintamente como perteneciente a un objeto, le
       pertenece realmente; por ejemplo, todas las propiedades que percibo clara y distintamente
       que pertenecen a un triángulo (como que la suma de sus ángulos es igual a 180º), le
       pertenecen realmente.
               La idea de Dios es la del ser infinitamente perfecto (el ser mayor que el cual nada
       puede ser pensado).
               La existencia es una propiedad, puesto que puede ser atribuida a una cosa. La
       existencia posible es una perfección en la idea de triángulo porque la hace más perfecta que
       las ideas de todas las quimeras que no pueden ser producidas. Pero la existencia necesaria es
       una perfección aún mayor. El existir necesariamente hace de algo más perfecto que el existir
       meramente en el pensamiento o que la mera posibilidad de existir.
               La existencia necesaria y eterna está comprendida en la idea de un Ser
       absolutamente Perfecto, porque si no fuera así caeríamos en contradicción: sería tanto
       como decir que el ser absolutamente perfecto no es el ser absolutamente perfecto,
       puesto que le faltaría la más perfecta forma de existencia. Luego, ...
                 DIOS EXISTE.
                Por lo tanto, según Descartes, es tan evidente que en la idea de Dios está
       comprendida su existencia como lo es el que en la idea de triángulo está comprendido el que
       la suma de sus tres ángulos sea igual a dos rectos. Esto no ocurre con ninguna entidad
       distinta a Dios: en las ideas de las otras entidades encontramos contenida sólo la posibilidad
       de su existencia, no su necesidad o realidad. En Dios -y sólo en Él- se encuentra en su
       naturaleza o esencia, la existencia necesaria.

        Dios, cuya existencia se da por demostrada, tiene una naturaleza perfecta, por la que
no puede ser engañador de ninguna manera. Dios posee todas las perfecciones en grado sumo,
y por lo tanto la veracidad. Pretender engañar no es un signo de potencia sino de debilidad, de



                                                                                                     15
Filosofía II                                                                                        Descartes


malicia, de imperfección... y por tanto, no puede admitirse en Dios dicha voluntad de engaño.
Para Descartes la existencia de un DIOS PERFECTO Y VERAZ es una pieza clave de su
sistema: reconocida la existencia de Dios a partir de mi yo pensante, el criterio de la
evidencia encuentra su garantía última: Dios es el principio y garante de toda verdad clara y
distinta17.
        Por tanto, en la filosofía de Descartes Dios ocupa una posición central, pero este Dios
de Descartes no es ya el “Dios de Abraham”, un Dios Padre, Creador y Providente, que
premia y castiga, que se manifiesta y nos habla a través de los profetas y de Jesucristo y en
donde la razón tiene que someterse a la revelación y no puede contradecirla. El de Descartes
es ya el “Dios de los geómetras”, el “deus ex machina” que la razón descubre como el
creador del Universo, pero que no interviene en su desenvolvimiento o desarrollo.
        Demostrada la existencia de Dios como Ser infinitamente Perfecto, encuentra
Descartes el punto de apoyo que necesitaba para SUPERAR TODOS LOS NIVELES DE LA DUDA y
poder afirmar la existencia del mundo objetivo y la validez de los razonamientos matemáticos
para conocerlo. La hipótesis del «genio maligno» es absurda: Dios, la sustancia infinita,
garantiza la capacidad de la razón humana para encontrar la verdad18, siempre que utilice el
método de la razón adecuadamente. Es decir, Dios garantiza que mis ideas corresponden a
un mundo, a una realidad extramental, pero no garantiza que a todas mis ideas corresponda
una realidad extramental. Solamente serán verdaderas aquellas ideas que tengan las
características de la evidencia (claridad y distinción).

                       3.2.3. Demostración de la «res extensa».
        La existencia del mundo es demostrada a partir de la existencia de Dios: puesto
que Dios existe y es infinitamente bueno y veraz no puede permitir que me engañe al creer
que el mundo existe, luego el mundo existe. Veamos el «razonamiento» cartesiano.
        Hay en mí la facultad pasiva de recibir o sentir las ideas de las cosas sensibles. Esa
facultad me resultaría inútil si no hubiera en mí, o en alguna otra cosa, una facultad activa
capaz de producir esas ideas. Pero esa facultad activa no puede estar en mí, puesto que tales
ideas se han presentado muchas veces sin que yo contribuyera a ello, y a veces en contra de
mi deseo. Es necesario que tal facultad se halle, por consiguiente, en alguna sustancia
diferente de mí. Y tal sustancia será un cuerpo o Dios mismo. Más como Dios me ha dado una
poderosa inclinación a creer que las ideas que tengo parten de las cosas corporales y Dios no
es capaz de engañarme, resulta patente que Él no es la causa de las mismas. Serán, pues, las
cosas corporales las que provocan tales ideas. Por todo lo cual hay que concluir que las cosas
corporales existen19.
        Y utilizando la regla de la evidencia Descartes concluye que el mundo está constituido
por cuerpos cuyas únicas cualidades objetivas son la extensión y el movimiento (llamadas
por Galileo «cualidades primarias»). Las llamadas «cualidades secundarias» tales como el
color, olor, sabor... no son propiedades objetivas de las realidades corpóreas sino cualidades
subjetivas: están en nosotros (en nuestra manera de percibir la realidad) y no en las cosas
mismas.



17
   A Descartes se le ha acusado de caer en círculo vicioso: la evidencia (claridad y distinción) garantiza la
verdad del cogito y de Dios, y luego es Dios el que garantiza la verdad de las ideas.
18
   Frente al escepticismo, Descartes afirma que Dios nos ha creado con capacidad para conocer verdaderamente
las cosas.
19
   Como se ve, la prueba de la existencia del mundo (res extensa) supone la prueba anterior de la existencia de
Dios y la imposibilidad de que Dios (el Ser Perfectísimo) nos engañe.


16
Descartes                                                                                          Filosofía II


         A partir de las cualidades objetivas o primarias, Descartes, siempre a base de «ideas
claras y distintas», deduce su Física, que es de corte mecanicista20: el único principio de
explicación de todos los fenómenos de la naturaleza es el movimiento de partes extensas de
la materia. Dios crea la materia inerte y le comunica una cantidad de movimiento que
permanece constante. Puesto que el mundo es como una máquina perfecta donde existe una
total y absoluta necesidad o determinismo, reducible a un conjunto de fórmulas matemáticas,
el conocimiento científico consiste en describir matemáticamente las leyes que rigen el
movimiento de los cuerpos.
         Tomada la definición de sustancia de un modo literal es evidente que sólo podría
existir la sustancia infinita (Dios), ya que los seres finitos (pensantes y extensos) son creados
y conservados por Él. Descartes mismo reconoce que tal definición solo puede aplicarse de
modo absoluto a Dios, si bien la mantiene por la independencia mutua entre la sustancia
pensante y la sustancia extensa, que no necesitan la una de la otra para existir.
         Como podemos deducir, la antropología cartesiana es dualista, como la platónica21:
por un lado somos cuerpo (sustancia extensa) y estamos sujetos a las mismas rígidas leyes
físicas que los demás cuerpos. Pero el hombre es también alma, “sustancia pensante”
consciente y libre. El objetivo último de Descartes al afirmar que alma y cuerpo, pensamiento
y extensión, constituyen sustancias distintas, es salvaguardar la autonomía del alma con
respecto a la materia. El alma, al ser una realidad distinta del cuerpo está al margen del
mecanicismo determinista del mundo corpóreo donde no queda lugar alguno para la libertad.
La libertad, y con ella el conjunto de valores espirituales -que nos diferencian radicalmente
respecto de los animales- defendidos por Descartes, sólo podían salvaguardarse sustrayendo el
alma de la necesidad mecanicista, lo que, a su vez, exigía situarla como una esfera de la
realidad autónoma e independiente de la materia.
         Por otro lado, al ser el cuerpo una sustancia independiente, permite su estudio
científico sin referencias a su dependencia respecto del espíritu. Con ello se abre el horizonte
de las investigaciones científicas sobre el organismo humano, prohibidas por quienes lo
convertían en algo «sagrado», aunque la manipulación y experimentación fuera con un
cadáver. No hay que olvidar que la medicina naciente tenía sobre sí la vigilancia de la
Inquisición.




20
   El mecanicismo mantiene que la realidad es semejante a una máquina, como las fabricadas por el hombre, por
lo que la explicación de los fenómenos consistirá en el descubrimiento de la causa eficiente, eliminando toda
intencionalidad o finalidad.
21
   Fruto de este dualismo, se le plantea el problema de la comunicación de las sustancias. La interacción entre
ambas sustancias es explicada por Descartes del siguiente modo: el cuerpo y el alma se comunican a través de la
glándula pineal (única parte del cerebro que no es doble), situada en la base del cerebelo.


                                                                                                            17

								
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