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palabra maria1

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palabra maria1
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1/15/2012
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¡DICHOSO EL QUE

ESCUCHA...!

Vivimos en una época dominada por la palabra, por las

comunicaciones, por los mensajes que nos invitan por todas

partes y exigen que los escuchemos y les prestemos atención.

Todos estamos dispuestos a hablar. Pocos tienen la

capacidad, la virtud de escuchar. Por ello, nuestras palabras

carecen –frecuentemente– de eco en los demás. Y en un

mundo tan poblado, nos movemos en un clima de soledad y

casi de incomunicación.



Hoy se aprecia, como nunca, el diálogo que permite entrar en

comunión, comprender y ser comprendidos.

¡Cuánto se busca a personas capaces de escuchar! A

personas de las que no se esperan soluciones definitivas a los

problemas, ni respuestas exhaustivas, sino sobre todo acogida

y disponibilidad.



Se busca ambientes de silencio, oasis de soledad, donde se

pueda recuperar con mayor facilidad la dimensión

contemplativa de la vida. No basta, en efecto, encontrar

personas que nos escuchen: nosotros mismos tenemos que

aprender a acoger a los demás. Esta es una de las tareas

urgentes para el creyente de un mundo que casi ha perdido la

capacidad de comunicar.

El título de VIRGEN OYENTE –el primero de los cuatro que

da a María la Marialis Cultus– nos parece lleno de actualidad y

contenido.

Es necesario escuchar al hombre. Pero mucho más lo es escuchar

a Dios.

El principio fundamental en la Escritura es: «Escucha la Palabra del

Señor» (Is 1,10; Jr 2,4; Am 7,16).



La revelación bíblica se nos manifestó esencialmente bajo la forma

de palabra. La religión hebrea no es la de la visión ni la

contemplación, sino la del “escuchar” y, por lo tanto, de la fe (ver

Rom 10,17). El texto sagrado no es para leerlo silenciosamente y

en voz baja, sino para proclamarlo, recitarlo, anunciarlo a voz en

grito, y –por lo mismo– para que todos lo escuchen. Y sabemos

que, más allá del texto, Dios habla a su pueblo y debemos oírlo.

Escucha la voz del Señor La exhortación, la orden de

escuchar atraviesan como estribillo toda la Biblia, desde

el Génesis hasta el Apocalipsis. En concreto:



“Escuchad”, grita Moisés al pueblo rebelde e incrédulo

(Num 20,10). “Escuchad”, claman los profetas (Am 3,1;

Jr 7,2). “Escuchad”, exhortan los sabios, expertos en la

Ley del Señor (Prov 1,8). “Escucha, Israel” repite cada

día en su plegaria el piadoso israelita (Dt 6,4).



“Escuchadlo”, proclama finalmente la voz del Padre del

cielo, en el momento de la transfiguración de su Hijo

(Mc 9,7).

Escuchar, según la Biblia, no es un mero hecho externo ni un

simple oír, ni sólo prestar atención: es abrir el corazón a la

Palabra (ver Hech 16,14) para ponerla en práctica. Es acoger

la Palabra y amoldar a ella la existencia. Escuchar equivale a

obedecer. Al Dios que habla se debe responder con la

obediencia de la fe (ver Rom 1,5; 16,26; 2Cor 10,5), única

que puede salvar.



Pero Israel no quiso escuchar: éste es su mayor delito, éste

el drama de su vida (ver Jr 7,13; Os 9,17). El oído y el

corazón de los israelitas se han endurecido, no han sido

circuncidados (Jr 6,10; Hech 7,51). La historia de este pueblo

Se halla marcada por la incredulidad a la Palabra de Dios.

Sólo el Señor puede poner alerta el oído del “servidor” (ver Is 50,5);

sólo El puede circuncidar el corazón de los israelitas (ver Dt 30,6),

para que sean fieles a las palabras de la alianza. En los días del

Mesías, los sordos oirán la Palabra de Dios: «En aquel día oirán los

sordos las palabras del libro» (Is 29,18); entonces el pueblo

prestará finalmente atención a la voz del Señor: la oirá no sólo con

los oídos sino también con el corazón. Las curaciones que realiza

Jesús son signo de este prodigio de los tiempos mesiánicos. A la

pregunta de Juan Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos

que esperar a otro?” Jesús responde: «Los ciegos ven..., los sordos

oyen..., a los pobres se les proclama la buena noticia» (Mt 11,5).



El pueblo mesiánico es la comunidad que escucha la voz del Señor.

María, que en la obediencia de la fe se abre a la Palabra de Dios,

es la primera de los creyentes: la VIRGEN OYENTE.

Según la Marialis Cultus, el escuchar y, por tanto, la fe de María,

fue “premisa y camino a la maternidad divina” (MC 7). La fe torna

fecunda la existencia. Desde Abraham hasta el último de los justos

(ver Hb 11), todos agradaron al Señor por haber creído. La Palabra

del Señor, escuchada y acogida en el corazón, hace fecunda la vida

de los creyentes: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no

vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y

hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que

come, así la palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía,

sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11).

María, que ha escuchado mejor que nadie la Palabra del Señor,

consiguió ser en forma única madre suya. Engendró al “Verbo” de

Dios no sólo en el corazón, como la Iglesia, como los creyentes,

sino también en sus entrañas.

Su fe ha sido tan grande, tal su capacidad de acogida a la palabra,

que ésta se hizo carne en Ella, en todo su ser: vino a morar en su

corazón y en su seno.

Para María, la palabra no es simplemente el libro de la Escritura,

sino el don de Dios, el Verbo engendrado por Ella en el tiempo,

Cristo Señor, de quien fue discípula humilde y fiel.



Engendrar a Cristo no es misión solamente de María: Jesús debe

nacer en el corazón y en la vida de todo creyente. Todo el que

acoge a Cristo, Palabra de Dios, contrae con El estrechísimos

vínculos: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la

palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,21).

La bienaventuranza de la fe



La fe de María es “causa de bienaventuranza” (Mc 17): «¡Dichosa tú que

has creído que se ha cumplido lo que te ha dicho el Señor!» (Lc 1,45), grita

Isabel. «Proclama mi alma la grandeza del Señor –canta María– se alegra

mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc 1,46-47).

La dicha no es sólo para María, sino para todos los que escuchan la

palabra de Dios (ver Lc 11, 27-28). Para todo creyente, como para

Jeremías, la palabra se convierte en alegría y gozo del corazón (ver Jr

15,16). La ley del Señor es un canto en nuestra tierra desierta (ver Sal

119,54), es delicia en medio de las angustias y trabajos de la vida (ver Sal

119,143).

Es la alegría que augura Pablo a cuantos escuchan a Cristo: «Que el Dios

de la esperanza colme vuestra fe de alegría y de paz» (Rom 15,13). Es la

felicidad de quienes han creído. La felicidad de aquella a quien en primer

lugar y a nombre de todos se ofreció el saludo del gozo mesiánico: “Kaire”:

alégrate, favorecida del Señor (ver Lc 1,28). Es la felicidad que colma la

existencia de María, se comunica a Isabel y su hijo y, en el nacimiento del

Salvador, se extiende a todo el pueblo.

La palabra de Dios, acogida por María, trajo la felicidad al mundo entero.

En este sentido, Ella es la causa de nuestra alegría, fuente de la alegría de

la Iglesia en Cristo.

La palabra y los signos



«... Fe, con la que Ella, protagonista y testigo singular de la Encarnación, volvía

sobre los acontecimientos de la infancia de Cristo, confrontándolos entre sí en lo

hondo de su corazón» (MC 17).



La fe cristiana gusta de la historia a la que se halla estrechamente vinculada. Se

funda en los hechos, en las intervenciones de Dios en el tiempo de los hombres.

La fe se funda sobre todo en el acontecimiento central de la historia del mundo,

en el acontecimiento Cristo, que da sentido a cuanto precede y sigue a su venida.

Creyente es quien escucha la Palabra y estudia a su luz los signos de los

tiempos. La revelación de Dios se realiza, en efecto, en «hechos y dichos

íntimamente relacionados entre sí», que se iluminan recíprocamente (ver DV 2).

En Cristo, Verbo de Dios y acontecimiento definitivo, se funden y confunden la

palabra y el acontecimiento. El constituye la Palabra última y palpitante de



significado pronunciada por el Padre. El, el acontecimiento supremo de la historia

de la salvación.

La Virgen oyente



María, “protagonista y testigo singular de la Encarnación”, medita con amor,

reflexiona en actitud sapiencial, piensa una y otra vez sobre el acontecimiento y

cuanto se refiere a él.



A la luz de Cristo se la ve descubrir lenta y gradualmente el sentido de la

historia del Pueblo de Dios y de su destino de gracia; se le revela el sentido de

los hechos pasados y presentes y el significado mismo de su existencia

consagrada al Señor.



Todo creyente y la Iglesia toda deben aprender de Ella la actitud del que

escucha, del que reflexiona en los acontecimientos, cuyo profundo sentido se

revela en Cristo.



La Iglesia, al igual que María, escucha la Palabra de Dios, de Cristo, que la

introduce en los misterios del Reino. La comunidad de fe, congregada en torno

a Cristo Señor, sentada atentamente a los pies del Maestro, acoge sus

palabras y, a su vez, la proclama y «dispensa a los fieles como pan de vida»

(MC 17).

La Iglesia, después de concebir –como María– por obra del Espíritu Santo, la

Palabra divina la ofrece al mundo como mensaje y fórmula de salvación: «y

escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta y vive los acontecimientos de

la historia» (MC 17).



A ejemplo de la Virgen, la comunidad de los creyentes debe vivir en actitud

sapiencial. Y llena de estupor debe “confrontar” con Cristo y su misterio cuanto se le

concede “ver y oír”.



En esta meditación dichosa y dramática a la vez, se manifiesta a la Iglesia el misterio

de la Palabra de Dios encarnada para nuestra salvación; de la existencia humana,

marcada por el dolor pero destinada a la gloria, del tiempo, en el cual se va

realizando la obra salvífica.



María, la VIRGEN OYENTE, es un reto para el creyente y para el hombre de hoy,

tantas veces distraídos y estupefactos. Es una invitación a la reflexión, a la

contemplación, a conceder sitio a la Palabra de Dios y a la palabra del hombre en

nuestra vida, para vivir responsablemente en medio del mundo.

LECTURAS: Lc 8,4-15; MC 17.



- ¿Qué significa “escuchar al Señor”?

- ¿Por qué llamamos a María la VIRGEN OYENTE?

- ¿Qué significa esto para nosotros?

- ¿Cómo nos habla hoy el Señor?

- ¿Cómo escucharía María...?


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