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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO POR EL RECONOCIMIENTO DE A�OS DE SERVICIO by c2U1gB

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									 PALABRAS DE AGRADECIMIENTO POR EL RECONOCIMIENTO DE AÑOS DE SERVICIO
                                  (1° de septiembre de 2006)


                                        Pedro Morandé


       Quisiera sencillamente agradecer a la Universidad, representada por sus autoridades
superiores, a nombre propio y de mis colegas, no sólo este reconocimiento por los años de
servicio prestados a la institución, sino más bien todos y cada uno de estos largos años en que
nos ha cobijado, nos ha dado el sustento y, por sobre todo, nos ha permitido realizar nuestra
vocación más profunda en un ambiente de libertad espiritual como se puede encontrar en muy
pocos lugares dentro de la sociedad. Sólo puedo dar testimonio de que la vida universitaria en
nuestra institución es verdaderamente cautivante. Llegué un día hace cuarenta años a estudiar
en ella y no salí nunca más. Como estudiante, ayudante, profesor y directivo en distintas
funciones he podido conocer desde distintos ángulos, de manera realmente privilegiada, el
esfuerzo cotidiano y perseverante de toda la comunidad universitaria por realizar la misión que
la Iglesia nos ha encomendado, con rigor académico y competencia profesional, pero por
sobre todo, con amor a las generaciones de estudiantes que sus familias nos confían cada año
para educarlas y sobre las cuales la sociedad chilena pone tantas esperanzas para su desarrollo.


       En todo este período hemos sido protagonistas de una transformación muy profunda de
la Universidad. Pertenezco a la última generación que tuvo que presentar para su ingreso la “fe
de bautismo”, junto a una carta de recomendación o, mejor dicho, de buena conducta, de un
sacerdote conocido, preferentemente, del párroco. Pertenezco también a la última generación
que ingresó con el bachillerato de entonces, antes que Erika Himmel aplicara en el país la
PAA. Eramos sólo alrededor de 6 mil estudiantes, la mayor parte concentrados en esta Casa
Central, y 103 profesores de jornada completa, la mayor parte de ellos en Medicina. El primer
día de clases, a los 17 años, fui saludado cordial y efusivamente, como la mayoría de mis
compañeros, por el entonces Rector y Gran Canciller, don Alfredo Silva Santiago. En mi casa,
donde tanto mi padre como mis hermanos mayores reconocían a la Universidad de Chile como
su alma mater, me decían que había escogido un colegio de monjas y no una universidad.
Aunque desconozco, por cierto, cómo será propiamente un colegio de monjas, ya que venía
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del Liceo Alemán, liceo de hombres donde en doce años de estudio jamás tuve una profesora
mujer, supe desde el primer día, sin embargo, que había ingresado a una universidad, no sólo
por la calidad y altura intelectual de sus profesores, sino sobre todo, por su deseo de saber, de
investigar, de volver a preguntar, de no darse por satisfecho con respuestas hechas,
convencionales, al uso. No sé qué misterioso designio me llevó a la sociología, puesto que mi
mayor interés y talento había estado puesto siempre en la física, seducido tal vez por ese gran
maestro que fue rector de mi colegio y distinguido profesor de astrofísica de esta Universidad,
el Padre Bernardo Starischka, pero encontré en sociología lo más valioso que un hombre
puede encontrar en su vida, su esposa, junto a una joven disciplina científica que tenía tanto
por desarrollar como la propia universidad en que estaba inserta. Se daba, por tanto, toda la
constelación de factores necesarios para una aventura apasionante.


       Muchos entramos a la planta académica de la Universidad a fines de los sesenta y
comienzos de los setenta. En mi caso, el primero de enero de 1971. Fuimos los inmerecidos
beneficiarios de la reforma emprendida por el Rector Fernando Castillo y anticipada en
algunas facultades por el Rector Silva Santiago, uno de cuyos objetivos era el desarrollo de
una planta académica de profesores de jornada completa dedicada no sólo a la formación
profesional sino también a las ciencias básicas. En pocos años, con el apoyo del BID y del
Estado, que asumió la mayor parte de los costos –debemos reconocerlo, nobleza obliga-, la
planta se expandió hasta aproximadamente 800 jornadas completas que dieron origen a los
entonces llamados Institutos, muchos de los cuales se transformaron en facultades de ciencias
y otros, como el de sociología y varios más, conservan su denominación, aunque insertos en
facultades más grandes. Sin la formación de esta planta académica, sería impensable el
espectacular desarrollo posterior que ha tenido la universidad, tanto en su tamaño, en su
calidad, como en la diversificación de sus servicios, todo lo cual la ha llevado a asumir un
liderazgo indiscutido en la educación superior del país. Esta masa crítica de profesores con
dedicación sirvió también para darle estabilidad en momentos difíciles de la vida nacional y de
la propia universidad durante la década del setenta, puesto que el interés en el desarrollo
genuino de la ciencia y de la investigación atravesaba, como en el presente, todo el espectro
ideológico y las opciones políticas. Es cierto que ello no fue suficiente como para ahorrarle a
la institución algunas exoneraciones fundadas en motivos ajenos a la universidad, ni tampoco,
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para evitar el cobarde asesinato de distinguidos profesores. Pero creo poder decir que ninguno
de estos dolorosos hechos se hicieron con la complicidad de la universidad, sino que se le
impusieron desde fuera por la fuerza de una violencia desconocida en su interior.


       Con la estabilidad de una planta académica especializada y diversificada, comenzaron
a llegar progresivamente también los mejores estudiantes, convirtiéndonos en una Universidad
de primera opción. Cuando entré a estudiar fue también mi primera opción, pero mis
compañeros no pensaban lo mismo. Había que correr el riesgo. Hoy, en cambio, la mayoría
piensa que es su primera opción, lo cual pone sobre nuestros hombros una responsabilidad
antes desconocida. Ya no basta introducirlos en la aventura del saber o del saber hacer. Ellos
esperan también que les ayudemos a formar su personalidad, a tener sentido de realidad, a
desarrollar una capacidad de juicio suficiente como para saber elegir con libertad qué caminos
seguir, qué valorar, en una palabra, a encontrar sentido a sus existencias. Aunque no lo digan
porque sea tal vez una palabra desconocida u olvidada de su vocabulario, buscan sabiduría y
esperan encontrarla en nuestra comunidad académica. Cuando crece la calidad de una
institución, crece aún más su responsabilidad social, puesto que son mayores y más radicales
las expectativas de lo que vienen a buscar a ella. Ya no basta la calidad de su infraestructura,
su calidad profesional y técnica, su prestigio social, la estabilidad de su gobierno, su espíritu
de investigación e innovación. El país busca ahora en esta Universidad un modelo de cultura,
en el más completo sentido de la palabra, es decir, con altura de miras, con visión de largo
plazo, sin exclusiones ideológicas ni sociales, capaz de entender la realidad en el conjunto de
todos sus factores, capaz de orientar y valorar, de ofrecer un entorno con la dignidad necesaria
para que, quien viene a ella, pueda comprender qué significa ser propiamente una persona. Es
decir, un lugar donde sea posible, como dice Chesterton, “asomar la cabeza al cielo”.


       Cumplir treinta y cinco o más años en la Universidad es un estimulante motivo para
recordar los hitos de nuestra historia compartida y para perfilar dentro de ella la propia
biografía, tanto en sus momentos dramáticos como en aquellos felices y reconfortantes. Pero
pienso que es un motivo aún más poderoso para renovarse, es decir, para volver a agradecer y
suplicar ese espíritu de verdad y de caridad que trasciende con mucho lo que somos, pero que
requiere de nuestro libre asentimiento para poner aquí su morada. En una de las frases que
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tengo para mí entre las más hermosas de su magisterio, porque une la dimensión histórica y la
dimensión escatológica del misterio cristiano, Juan Pablo II escribió: “En realidad el tiempo
se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la
historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué «cumplimiento» es mayor que
éste? ¿qué otro «cumplimiento» sería posible?” (TMA n.9). Quisiera poder representar a todos
mis colegas si digo que la experiencia de estos largos años de vida universitaria es la
experiencia de un “tiempo cumplido”. El modo particular como buscamos al Dios encarnado
en el cultivo del saber es bajo el nombre de “Sabiduría”. Sólo por haberla ya gustado es que
nos arrebata el deseo de buscarla más profundamente y de llevar también a otros a abrevar de
esta fuente. Cuando tomamos conciencia de la legión de seres humanos que nos han
antecedido en el cultivo del saber y cuya pasión por esta búsqueda es la que nos sostiene a
nosotros en el presente, no podemos mirar este presente y el futuro como una mera expectativa
incierta y débil de un tiempo imprevisible y arrojado al vacío, sino como un tiempo ya
cumplido en cada uno de estos años que recordamos y que espera algún día manifestar su
plenitud. Dice un antiguo proverbio: “Cuando el hombre piensa, Dios sonríe”. No,
ciertamente, de ironía o de sarcasmo, sino con esa sonrisa bondadosa de quien espera que
quien se mueve buscándolo a tientas, finalmente, lo encuentre. Es lo que les deseo
sinceramente a todos Uds. en los días que a cada uno les queda por recorrer.

								
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