El libro de mermelada by latrampademirabilia

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									EL LIBRO DE MERMELADA
     Jorge Jolmash
El libro de mermelada.

Tomado de JOLMASH, Jorge. El libro de
mermelada. Ediciones Sementerio. 2007. 70
pp.

De esta digitalización:
Diseño de portada:
Froy-Balam.

Imagen de portada:
Fotografías:

Nebulosa de Caballo, IC434 disponible en:
<http://www.astronavegador.com/Nebulosas.h
tm>.

Mermelada de Piña Colada disponible en:
<http://blocderecetas.blogspot.com/2011/01/m
ermelada-de-pina-colada.html>

Digitalizado en Estridentópolis, la vieja.

¿Cómo citar este documento?
JOLMASH, Jorge. El libro de mermelada.
«colección       Simionterio»      [en     línea]
Estridentópolis, la vieja. AL FIN LIEBRE
EDICIONES DIGITALES «Nueva época» 2012. 90
pp. [ref. –aquí se pone la fecha de consulta: día
del mes de año-]. Disponible en Web:
<www.alfinliebre.blogspot.com>

                    AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES
                                2 0 1 2
                       ÍNDICE

01. EL MUNDO DE MERMELADA ........................... 5
02. PALABRAS PREVIAS ................................ 8
03. LA HISTORIA DE LEANDRO ......................... 11
04. UN DUENDE ES UN PLATO DE MANTEQUILLA ........... 13
05. CONSIDERACIONES ACERCA DEL TEST DE KREENLING ... 16
06. 966 END ........................................ 19
07. CANTAR DE ENAMORADOS ........................... 22
08. EL RECURSO A LA LOCURA ......................... 24
09. CASTIGO ........................................ 28
10. EL JARDÍN PERVERSO DE LA EMBRIAGUEZ ............ 31
11. DE PRISIÓN (CIVITAS NOVA) ...................... 35
12. TRATADO DE LA VERDADERA HISTORIA DEL INFIERNO,
    OBRA HERMOSA Y AGRADABLE DE ARMAS Y AMORES,
    IMPRESA DE NUEVO Y CORREGIDA CON LA RELACIÓN DE
    LOS HECHOS ESPANTABLES QUE LE OCURRIERON A MAESE
    LAGARTIJA QUE NO APARECE EN LAS EDICIONES
    ANTERIORES, COMPUESTA POR EL ARCHIDIÁCONO DE LAS
    GAFAS .......................................... 37
13. LEANDRO Y SUSANA ............................... 43
14. EL ESPÍRITU DE LA ANARQUÍA ..................... 48
15. PLAYING GOD (PARTE I) .......................... 52
16. SIETE PERLAS DE BILIS .......................... 55
17. REAL EDICTO DEL ESCALPELO ALGEBRÁICO ........... 58
18. HIMNO A SUSANA ................................. 60
19. EL MONJE QUE JUGABA BILLAR ..................... 63
20. DESTINO ........................................ 65
21. MOLE SIN FUTURO, ATISBANDO A LA OSCURIDAD ...... 67
22. EL MITO DEL CAOS Y LA RAZÓN TRIUNFANTE ......... 73
23. PLAYING GOD (PARTE II) ......................... 77
24. EL ARTE DE LA PACIENCIA ........................ 81
25. ACERTIJO (S.O.S.) .............................. 85
EL MUNDO DE MERMELADA
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




    En   algún    momento   u   otro,   todos   nosotros
coqueteamos    con   la   locura.   Algunos,   los   más
decididos, optaron por negar de plano el mundo
exterior. Los demás nos limitamos a mantenernos
tímidamente alejados de él para no hacerle ni
hacernos daño. Al final resultó ser un enfoque
equivocado,     pero    nadie   puede    culparnos    de
pusilanimidad, pues nos lanzamos sin considerar las
consecuencias y sin la menor intención de hacer
trampas.
    Y es verdad que abril, con sus lilas podridas, es
un mes terrible, pero también hay que reconocer que
con ese estado de ánimo ninguno de los otros meses es
mucho mejor. En fin, lo que había que pagar se pagó y
no creo que nadie haya sufrido inmerecidamente,
aunque claro, algunos la pasaron más mal que otros.
Nosotros, por lo menos, no nos podemos quejar pues
nos hicimos de un par de secretos banales que,
esperamos, nos sirvan en épocas de dificultad y
perros rabiosos en la calle.
    Por ejemplo el secreto de la falsa revelación.
Por   lo   general  nuestras   explicaciones  no   se
corresponden con la realidad, lo cual da una cierta
sensación de inadecuación al mundo exterior por demás
inevitable. Sin embargo, cuando por un esfuerzo
voluntario de la percepción logramos confundir la
realidad y los sueños, las explicaciones pueden
corresponder exactamente a ese tipo de realidad,
dejando la impresión de una revelación metafísica que
por otra parte no es más que una perogrullada. El
mapa coincide perfectamente con el territorio por
que, por definición en este caso especial, el mapa es
el territorio. Es a eso a lo que en otro lugar hemos
llamado «el efecto equis igual a equis».
    Además descubrimos el secreto de la prosa
polisémica automática, que parece decir a todos los
lectores un mensaje nuevo cada vez y que puede
interpretarse siempre como una profecía. El truco es
bastante sencillo y consiste en aparear en la misma
frase, palabras sugerentes con otras totalmente

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

independientes desde el punto de vista semántico, sin
dejar de observar siempre ferozmente las leyes de la
sintaxis. Cuando el que escribe tiene un poco de
talento (ni siquiera es necesario mucho), las
oraciones aparentan significar muchas cosas distintas
y a veces contradictorias, algunas de las cuales
dejan una impresión imborrable de sabiduría. Este
efecto polisémico se debe de hecho a una ausencia
total de significados intrínsecos. Aún así, en
condiciones ideales, la libre interpretación de estos
textos, al igual que la de las manchas de tinta de
los   psiquiatras,  además  de   ser  definitivamente
divertida puede desencadenar revelaciones que no por
falsas son menos útiles.
    Tal hemos observado mientras nos apegábamos al
obsoleto programa contenido en la carta del vidente.
No somos, por cierto, las mejores mentes de nuestra
generación, pero sin duda tampoco somos las peores.
Ahora que ha llegado el momento inaplazable en que
nos vemos obligados a transigir con el mundo
exterior,   aunque   sólo   sea   por   el  afán   de
transformarlo en algo más parecido a nuestros sueños,
haciendo uso de toda nuestra sobriedad ofrecemos los
siguientes apuntes de nuestro cuaderno de campo.
Saque cada quien sus propias conclusiones.




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PALABRAS PREVIAS
El libro de mermelada                        Jorge Jolmash




    No pretendemos fatigar al lector con dudosas
interpretaciones,   decimos   las  cosas   tal   como
sucedieron en verdad, sin agregar ni una coma que no
hubiese existido. Si no quieres creernos es tu
elección, pero luego no digas que fuiste inducido por
señales engañosas, mejor asume la responsabilidad por
tu mala fe como un adulto.
    La historia que vamos a contar, involucra en
términos generales a Leandro, a quien después
conoceríamos como el Archidiácono de las gafas, a
dios y a Susana, además de a una multitud de
personajes menores como Lagartija y el doctor
Kreenling. Y sobre todo a la Razón y la Locura.
    Podemos decir que todo este texto que te invita a
perderse en él como en un bosque ignoto, es al fin y
al cabo una alegoría más o menos elaborada de la
interminable    lucha  entre   el  raciocinio  y   la
irracionalidad 1. Como tal fue por lo menos redactado
nuestro mundo de mermelada, aunque no por eso
queremos limitar tu soberana lectura. Paséate pues
con toda libertad (o como diríamos «como Juan por su
casa») por este libro que con ese efecto hemos
concebido.
    Y procura, si puedes, traer de vuelta una joya
cada vez que te sumerjas en sus salobres aguas.
Porque de su fondo brotan perlas de bilis como leche
del túrgido globo del seno materno. Porque cada
travesía conduce a la fuente de la cual salió la vía
láctea. Porque ya descubrirás tú mismo la respuesta a
todos los porqués.
    Dejemos entonces de posponer el disfrute de este
disparatado festín que presentamos a tu exigente
paladar.

1
  Querríamos hacer notar que, como resulta evidente, quienes
presentamos los siguientes argumentos no lo hacemos desde el
punto de vista de los amigos del caos. Por el contrario, se
necesita tener mucha fe en la razón para tratar de medir
cualquier   clase de   armas  mentales  contra un  campo  de
jitanjáforas.

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

    Ojalá tus dientes sean suficientemente fuertes
para masticar estas ostras y te permitan chuparles
todo el jugo que tienen para ti. Aunque la verdad lo
dudamos bastante…




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LA HISTORIA DE LEANDRO
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




    Cansado de no poder llegar a donde quería,
Leandro descreyó de la magia que le enseñaron sus
ancestros y se volvió seguidor absoluto de la noble
ciencia que no tardó en decirle qué camino debía
seguir. Necesitaba ahora comprender el mundo, no sólo
con su cerebro, sino con cada una de sus vísceras.
Trascender de una vez por todas ese estado de vaga
enajenación de las capacidades humanas. Vencer el
sórdido abatimiento del ángel de la cotidianeidad.
Golpear, en fin, las redes de los dragones lóbregos y
los cazadores de metáforas.
    Y como lo único que se le ocurrió fue convertirse
en otra persona, eso fue lo que hizo en verdad.
Aunque otros creerían que dimitir a su propia
individualidad fue una ineludible cobardía que lo
transformó   una   especie   de   traidor    ontológico,
nosotros no estamos de acuerdo, sería una hipocresía
de nuestra parte. Simplemente lo contamos como
sucedió.   Decidió   transformarse   en   un   personaje
oscuro: el ultra racionalista Archidiácono de las
Gafas, (nosotros) un paladín del intelecto que creía
sinceramente en que estaba ejerciendo su inalienable
derecho de modificar al mundo a su antojo. Si el
sueño de la razón produce monstruos —pensaba el
Archidiácono— más nos vale mantener a la razón
despierta y trabajando.
    Y que nadie diga que no hacen falta pantalones
para jugar a ser dios, y luego matar a dios.




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UN DUENDE ES UN PLATO DE MANTEQUILLA
El libro de mermelada                        Jorge Jolmash




     Un duende es un plato de mantequilla;
    un amasijo de contradicciones que se estrellan en
la pared del vecino y no dejan de chisporrotear sobre
árboles y reservas;
    una   estratagema del   ocaso,  de   esa  dulce
introspección que se arrodilla cuando soñamos temas
que nadie se atrevería a entender en todo su
esplendente horror;
     un beso (frío) en el filo (helado) del bolígrafo;
    un poderoso cuento para dormir a los indios y
venderles arañas del tamaño de una cancha de futbol;
    un deseo por siempre insatisfecho de cristal
cortado y sopa y descanso los fines de semana y
feriados;
    yo con mis manos de hueso, vos con tu vientre de
pan;
    un libro cuyas páginas están pegajosas por el
sudor de un muerto, y el muerto eres tú o, si acaso,
un familiar cercano;
     un vacío hambriento en la boca del estómago;
    la sorprendente autoridad     de   los    anfibios   en
cuestiones de tradición;
     la Real
          Academia
                     de las Pulgas;
    un pez globo con los cachetes inflados y aire de
magnate;
    el rechinar de las calles bajo nuestros zapatos
bien aceitados;
     un placentero afinador de la memoria;
    una probadita de lo que sería pasar el resto de
tu vida en el manicomio;
     una frase sin sentido como podrían serlo (por dar
un   ejemplo): «¿dónde fuiste anoche?», «te quiero

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

mamá», «ponte el suéter», «y el ganador es…», «estás
despedido», o «hay una aspirina de colores en el
cajón de la cómoda»;
    la única forma de cultivar ilusiones que brotan
de   un  suelo  humeante  y  —hasta  cierto  punto—
repulsivo;
   un inofensivo pasatiempo de la clase dominante;
    una forma de ir al cine, aunque bastante distinta
de las habituales;
    o el guiño cargado de paciencia, de serenidad y
de perdón recíproco que un acuerdo involuntario
permite a veces intercambiar con un gato;
   un duende, en fin.




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CONSIDERACIONES ACERCA DEL TEST DE
             KREENLING
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    No todo el mundo toma la vida de la misma manera.
Algunos   la   toman  tal   y   como  viene.   Recién
desempacadita del envase, cuando aún conserva su
color y aroma, y sobre todo, su temperatura. Podemos
afirmar sin temor a equivocarnos que lo que conserva
la atención de los jóvenes en la vida, es justamente
su temperatura.
    Algunos sujetos, acudiendo a nuestro llamado, han
permitido que se les incluya en este estudio. Los
experimentos que se llevaron a cabo en ellos son
extremadamente sencillos, prácticamente indoloros, y
lo que es más importante, muy reveladores.
    Una de las pruebas más hermosas, el test de
Kreenling, consiste en suspender indefinidamente el
suministro de vida de cada uno de los sujetos de
estudio. En estos casos, el paciente suele reportar
un descenso en la temperatura que nos hace sospechar
que existe cierta conexión entre la vida y el calor,
si bien aún es muy prematuro precisar de qué tipo. Lo
cierto es que tras una suspensión muy prolongada de
vida   se   han   llegado  a   presentar   casos   de
congelamiento.
    Otro   problema  muy   común  provocado  por  la
suspensión en la ingesta de vida es la intoxicación
por mariscos. Se ha sugerido que la digestión de los
productos marinos inhibe el metabolismo de la vida,
lo cual causa su acumulación patológica en las
inmediaciones de la glándula pituitaria.
    En todos los casos la privación del suministro de
vida conlleva eventualmente a la muerte, sin embargo,
en ciertas condiciones puede mantenerse al organismo
con dosis muy pequeñas de vida, aunque no sin
presentar ciertos efectos secundarios que, a la
larga, pueden ocasionar necrosis del tejido vascular.
    Por otra parte, la vida en dosis muy elevadas
provoca cuadros poco recomendables, caracterizados en
su mayoría por un exceso de actividad nerviosa y un
incremento notorio de la temperatura. En algunos
sujetos se ha detectado incluso una cierta propensión

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

a dormir en el piso y beber agua del retrete, si bien
se trata de casos aislados (al respecto véanse las
interesantes observaciones de Sánchez et al, 1998 a y
c).
    Cabe aclarar que hoy por hoy, el metabolismo
concreto de la vida es prácticamente desconocido, aún
cuando se conocen la mayor parte de sus agonistas y
antagonistas específicos, e incluso ya se ha logrado
sintetizar a algunos de ellos.
    Una corriente de pensamiento que ha tomado fuerza
en los últimos años, postula que el catabolismo de la
vida está relacionado con el ciclo del ácido
tricarboxílico. Otra escuela que, a pesar de haber
perdido muchos adeptos aún conserva a la mayoría de
los especialistas en la materia, propone que la vida
es simplemente un mensajero químico que interactúa
con los receptores dopaminérgicos que se encuentran
en las membranas celulares de las células glía. Ambas
tendencias son mutuamente excluyentes, sin embargo,
su yuxtaposición ha generado una tercera escuela que
bien poco comparte las opiniones de sus predecesoras.
Esta última sostiene, simple y llanamente, la
inexistencia de la vida.




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966 END
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    La idea era hacer las cosas lo mejor posible,
progresar. Permitir el innoble avance de nuestra
horda de simios vanidosos. Mostrar la casta, nuestra
dotación genética de suerte. Desarrollarnos, pues.
    Y eso fue lo que intentamos hacer, buceando en
nuestros sueños, intentando llegar a donde nadie
había llegado antes; altius, citius, fortius, o algo
así. Y logramos amasar fortunas inconmensurables sin
caer en las trampas del viejo moloch de torcidos
dientes. O al menos eso hemos creído siempre.
    Pero tampoco podíamos confiarnos demasiado, y eso
nos hacía oscilar en ciertas ocasiones como una
veleta   de  papel   periódico.  Es   decir,  también
dudábamos, o más bien, simplemente dudábamos, de todo
y de todos (incluidos nosotros mismos, claro está).
Esto último, por demás está decirlo, rara vez nos
sirvió de gran cosa pero nos hacía sentir realmente
bien.
    Y la verdad mucho nos faltó para ser como el
mejor artesano, que tronaba sus trompas contra la
usura y luego acababa como aliado de los nazis. Y
mucho nos faltó para ser como el miope que se
masturbaba en Dublín. Y mucho para ser como el
exquisito cubano, como el colombiano con voz de
encantador de serpientes, como el argentino neurótico
que le temía a los espejos, como el otro argentino
que nunca se cansó de perseguir, como el italiano que
hablaba todos los idiomas del mundo, como el inglés
que estaba enamorado de las niñas, como el mugroso
yanqui   que  sabía   que   era  infinito,   como  el
protoredneck alcohólico que amaba al deep south, como
el niño santo que veía el futuro, como el académico
francés que tenía la nada en la cabeza, o como su
compatriota que se montaba sobre la multitud con un
rifle ardiente con el cual abatía a la mitad de la
población (quizás debí hablar primero de él).
   El caso es que hicimos lo que pudimos.

   Preguntamos al oráculo en el día Kuei sze

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

   ¿Habrá lluvia?
   ¿Vendrá la lluvia del Oeste?
   ¿Vendrá la lluvia del Este?
   ¿Vendrá la lluvia del Norte?
   ¿Vendrá la lluvia del Sur?

    Y Kung dijo: «They have all answered correctly
that is to say, each in his nature».

    El mundo como un palimpsesto (yo estoy vivo y
ustedes   están  muertos   ustedes  los   que  fueron
eliminados por la explosión que debió haberme
eliminado a mí son los medio vivos los difuntos en
hibernación en el moratorio donde creen que hiberno
yo estaba antes que el universo existiera hice los
soles hice los planetas engendré la vida y los sitios
que los habitan soy el verbo y nunca se dice mi
nombre el nombre que nadie conoce que mutará en
aparato eléctrico en cerveza en café en aderezo para
ensaladas en antiácido en navaja de rasurar en
revestimiento para cocinas en institución bancaria en
acondicionador para el pelo en desodorante en
somnífero en jalea en brassier en bolsas para
conservar comida en remedio contra el mal aliento en
cereal y por fin en entidad omnipotente para al final
morder el anzuelo y caer en la trampa).




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CANTAR DE ENAMORADOS
El libro de mermelada                   Jorge Jolmash




    El agua era negra dentro de las ramas ¿Quién dirá
mi niño lo que tiene el agua?
    Y cuando con una sonrisa en los labios quiso
ahuyentar   a  los   fantasmas  de   sus   antepasados
purulentos,    no   encontró    mejor    manera    que
sumergiéndose de golpe en un océano de nostalgias
bárbaras, y corrigiendo la dicción secreta de las
estatuas. Su carne recordaba la de un santo por su
palidez, pero su salud era fuerte. Nadie hubiese
dudado en encargarle semejante tarea.
    «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace,»
sus labios se movieron de memoria «de tal manera mi
razón enflaquece, que con razón me quejo de la
vuestra fermosura».
    Con la túnica a medio amarrar dio un trago
diabólico al bebedizo de las mujeres de lúbrica
cintura (casi sin respirar vio como las cosas se
deformaban a su alrededor). Las caras habían cambiado
todas y los ojos de las damas centelleaban en busca
de un final feliz. Un gemido de placer se ahogó en su
garganta, mientras constataba la luminosidad de sus
párpados. Sacar de mi sistema a todos los hijos de la
locura.
    La recordada curvatura de una fiesta perfecta
desparramaba los tentáculos en un salón de paredes
gastadas y roñosas. Un tambor de plástico tocado por
un niño disfrazado de nomo inundaba el ambiente como
un millón de enredaderas apareándose. Tras otro sorbo
del licor de las brujas, Leandro descubrió que su
garganta había adquirido un sabor a la vez dulce y
grave. De golpe le asaltó la idea de que había
llegado al manantial de todas las emociones. Todo era
posible (y deseable) a partir de ahí.
    Entonces comenzó a escupir el alma, con las
rebabas de los planetas abortados cubriéndole las
lágrimas. Poco a poco se le fue desmoronando el
acuerdo y los pájaros volvieron a cantar.
   Duérmete rosal, que el caballo se pone a llorar,
   su belfo caliente con moscas de plata.

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EL RECURSO A LA LOCURA
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    El recurso a la locura debería ser, después de
todo, un recurso extremo. El último refugio de
nuestra maltrecha humanidad en contra de las garras
del absurdo mundo de mermelada. Como una zarpa enorme
que acaricia la arena, una marejada gigante inunda el
viejo barrio en donde coquetos poetas jugaban sus
juegos inútiles. Pero no por eso voy a llorar. Peores
serán las madrugadas del hambre.
    Un deseo de recuperar las sinfonolas y trombones
de la infancia nos ahoga lentamente. Tragando saliva
echamos un vistazo a la eternidad, nuestra peor
enemiga. Y aún hay algo más, aunque no acierto a
explicarme.
     Nadie sabía mejor que nosotros que al aceptar el
imperio de la razón nos volvíamos menos sensibles,
pero en cierto sentido orgulloso, más humanos. PORQUE
SIMPLEMENTE HEMOS DECIDIDO NO ESCUCHAR AL DOMINGO de hoy en
día. Muera la metafísica y viva la metodología
mitológica en su recinto famoso. Y viva de una vez
por todas la locura. Muera para siempre la hermana
locura.
    Y después de todo es por una cierta debilidad
ante las aristas del paisaje que decidimos recurrir a
sus alados pies. Sea la locura un intenso descanso
del bastón. Pero un descanso fértil, al fin y al
cabo. Sus áridas esquinas contienen la violencia del
universo entero y una lámina de carbono. Imperio
fatídico de leche cortada.
    Poco a poco permitimos a nuestros ojos color
púrpura interpretar la pálida línea que divide a los
2 grandes mares del odio y la sabiduría. Acorazada
revancha del sentido que a fuerzas de exasperar la
polisemia, termina rayando en lo unívoco.
    Brillan   las   luces    fluorescentes   en   las
carreteras. Out, out, brief candle! Tal parece que te
encontrarás finalmente gracias al turismo. No lo
olvides, Life’s but a walking shadow, a poor player,
pobre, pobre. Placer en la punta de la lengua. That
struts and frets his hour upon stage, elevándose en

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El libro de mermelada                     Jorge Jolmash

un augurio pasajero. And then is heard no more. It is
a tale, y mira ni más ni menos que contado por un
idiota. Told by an idiot, full of sound and fury, te
lo digo, by an Idiot Faulkneriano. Pon atención, si
te fijas detrás del árbol verás a Benjy, el idiota;
más para allá a Quentin, el desesperado, y junto a la
casa grande a Jason, el amargado. Pero al final ni
siquiera entenderás de qué se trata porque resulta
que no significa nada.
   Signifying nothing.
    Las verdaderas palabras proféticas son las que no
se dicen pero se intuyen en los silencios de la casa
de huéspedes. Sir Francis Bacon era inocente de los
cargos que se le imputaban y eso debe bastarnos.
Reflexiones cíclicas infinitas. Revelaciones falsas
de mi Xiyouji privado. I celebrate myself, and sing
myself. Yo nací de un huevo de piedra, creado a
partir de una roca tan antigua como el tiempo y las
esencias del cielo y de la tierra. Sólo yo puedo
retar a unas vencidas al poderoso Emperador Jade.
Sólo yo me atrevo a orinar el dedo del Buda. And what
I assume you shall assume, for every atom belonging
to me as good belongs to you. Sólo yo fui castigado
por comer los duraznos de la inmortalidad. Analogías
Darwinistas y Judeocristianas.
    Y Estragón y Vladimir que siguen esperando en
vano.
    El psicoanálisis de una tetera oxidada. Presa del
insomnio ideal de Giacomo Joyce.
    Algo   así  como   esa    sensación   de   provocar
impunemente un efecto.
     Y hacer auto referencia, sin duda. (Tarde o
temprano todos acaban hablando de la misma lata de
SOPA Campbell’s). Supongo que ya te diste cuenta de
que varias de las pistas eran falsas. Signifying
nothing.

         POSDATA AL RECURSO A LA LOCURA
    Pero también hay días en que la droga sabe a
orines y nada acierta a hacer salir a los vientos de
su madriguera. Entonces, una tristeza rancia que
recuerda el olor de los viejos libros de amarillentas
páginas, se instala para quedarse en la funda de
nuestros abrigos. Y puede haber sol en las mañanas,

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

no digo que no, pero hay también una preocupación
medio enfermiza por llegar a tiempo a la escuela o al
trabajo. Como si al fin y al cabo no termináramos
pasándonos las mañanas ociosos, entre una visita al
cine del barrio (dos películas por el mismo boleto) y
yacer tumbado en el pasto del patio. Junto a la
piedra redonda tan chistosa (obviamente).
    Pero a la vez existe un transformador que se
consume lo mejor que tenés (ayer soñé con los
hambrientos, los lobos, los que se fueron, los que
están en prisión). Hay golpes en la vida tan tristes
(yo no sé).
    En el fondo sospechas que el problema es que el
tiempo se congeló en un punto cristalino sobre el
medio día y todos los seres vivientes padecen de unas
vacaciones interminables. Algo así, cuando menos,
aunque luego te retractas por haber pensado lo que
pensaste (y después de todo ¿qué pensaste?). Sabiendo
que no es tu día te quedas horas observando a las
hormigas como Edward Wilson, sólo que entiendes menos
su comportamiento. Y bueno, a quién le importa.
                                 (signifying nothing)




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CASTIGO
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    Yo era, hace tiempo, un dios bueno. Inventé de la
nada una curiosa raza de seres humanos capaces a la
vez de un incipiente raciocinio y de la insolente
pretensión de saberlo todo.
    Bien vistos, mis hijos eran algo ridículos. A
pesar de que siempre estaban imaginando historias
acerca de mí, era obvio que me querían. O por lo
menos que sabían que les convenía quererme, da igual.
    Yo me pasaba los siglos pendiente de    sus actos,
les impulsaba a alcanzar cada vez nuevos     y mayores
logros tecnológicos y, de vez en cuando,     hasta les
reprendía con desgana cuando hacían cosas    que no me
parecían apropiadas.
    Un mal día —no sé por qué, los designios del
destino son inexpugnables hasta para mí— uno de
aquellos pobres diablos hizo algo que me molestó. En
honor a la verdad ya ni siquiera recuerdo qué fue lo
que me enfureció, así de absurda encuentro ahora la
causa de mi ruina. El caso es que arremetí contra el
impertinente a maldiciones, le vaticiné la muerte a
todos los de su estirpe y, no contento con eso, lo
aplasté de un manotazo.
    Muy tarde comprendí hasta que punto había llegado
mi locura. Al causar la muerte de ese insignificante
ser, había desencadenado la tormenta que me arrastró
hasta mi purgatorio actual. Había privado a una
partícula de mi voluntad divina de la posibilidad de
vivir, había apartado de su entendimiento el soplo
que le permitía concebir todas las cosas del mundo,
le había, en fin, clausurado el universo que yo mismo
le ofrecí mendazmente.
    Arrepentido por mi injusticia, juré que me
castigaría por cada uno de los momentos que le había
arrebatado a ese ser. Siendo su muerte tan infinita
como mi propia inmortalidad, procedo a penar por cada
uno de los segundos que caben en la eternidad.
    Por eso ya no bajo a la tierra tan seguido como
antes. El otro día, oí que uno de los parroquianos


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El libro de mermelada                Jorge Jolmash

del café de la esquina creía que estoy muerto. Hay
que ver las cosas que tiene uno que soportar.




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EL JARDÍN PERVERSO DE LA EMBRIAGUEZ
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    Susana decidió internarse un día en el jardín
perverso de la embriaguez. Lentamente se había ido
cubriendo de hastío y supo que era el momento de
ejercitar su locura o resignarse a perderla del todo.
Como sabía que nadie iría a molestarla, se encerró
toda la tarde sola en su casa, apenas acompañada por
dos caguamas y una botella de tequila barato. Primero
pensó en preparar una botana, pero luego, la urgencia
de perder el control le aconsejó tener el estómago
vacío y susceptible para lo que pudiera suceder.
    Con gesto tembloroso por el deseo (aunque
realmente   no   lo   acostumbraba,   justo  entonces
necesitaba una borrachera terrible que le hiciera
convulsionar el aburrimiento y la rutina) destapó una
caguama perlada de rocío y se colgó de su boca como
si la cerveza fuera oxígeno para sus pulmones.
Hubiera deseado acabársela de un solo trago, pero no
le alcanzó el aire y tuvo que empinársela otra vez.
Luego, con un escalofrío metálico dejó la botella,
vacía e inservible sobre la mesa. Con una sonrisa
torcida comprobó que comenzaba a marearse.
    Sacó entonces de la bolsa del supermercado la
botella de tequila y tomó un vaso de la alacena. Como
no tenía caballitos a mano, se sirvió lo que en ese
momento consideró el equivalente en líquido dentro de
uno de los vasos y se lo bebió de un trago. Tras una
mueca y un par de toses fuertes, sintió entumidos la
nariz y los labios. Luego repitió la operación un par
de veces, sólo que en cada una era más difícil
calcular el tamaño del caballito que en la anterior,
por lo que la última vez, el trago era casi de medio
vaso. La sonrisa torcida se le convirtió en carcajada
y reconoció que ahora sí estaba plenamente borracha.
    Sin embargo, algo que pujaba por salir de su
interior le dio a entender que no era el momento de
detenerse. Le costó trabajo encender el cigarrillo
sin filtro, pero en cuanto lo hubo hecho, aspiró el
humo con todas sus fuerzas. El tabaco la mareaba un
poco más, pero también le permitía sentirse más dueña
de sí, como si la nicotina fuera el sintonizador fino

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

del alcohol. Trastabillando, se levantó de la mesa y
fue por el otro envase de caguama y un limón. Aunque
jamás había oído hablar de semejante coctel, se le
antojó mezclar el tequila con la cerveza, limón y un
poquito de sal. Como le supo sabroso, se lo fue
bebiendo poco a poco mientras se quitaba la ropa.
    Primero se desprendió de la blusa sintiendo como
se erguían sus pezoncitos por el frío y la travesura,
y luego se desabrochó el ajustado pantalón de
mezclilla y se lo bajó mientras el vientre se le
volvía líquido. Cayéndose, pero sin soltar su vaso
(que para entonces era verdaderamente delicioso) se
dirigió al escusado a expulsar un grueso chorro de
orina.
    Mientras orinaba se dio cuenta de cuan deseable
era. Si algún hombre la estuviera espiando en ese
momento (y la idea no le disgustaba tanto) hubiera
enloquecido irremediablemente por su carne pálida y
jugosa. Pero entonces no había ningún hombre cerca y
Susana descubrió que no le hacía falta, con el puro
deseo que sentía por sí misma, por su cuerpo semi
adolescente, le bastaba y sobraba. Se levantó del
escusado y comenzó a palparse las nalgas enormes y
redondas. Aunque efectivamente tenía un poco de
celulitis (que normalmente hacía todo lo posible por
esconder pero que en esas circunstancias la hacía
sentir aún más sexy) se sabía muy atractiva. Sin
dejar de amasarse las nalgas, se limpió la vulva con
un pedazo de papel y al hacerlo se frotó el clítoris,
que respondió a su llamado con mansedumbre.
    Al sentir levantarse su clítoris, Susana comenzó
a acariciarlo, al principio con desgana, pero después
cada vez con mayor fuerza y ritmo. Un gemido bovino
de placer se le escapó cuando empezó a introducir los
dedos en su vagina dulcemente lubricada. En ese
momento sólo pensaba que era una hembra en celo,
buscando una verga enorme, una auténtica tranca, que
la partiera a la mitad y la traspasara hasta que las
últimas fuerzas abandonasen finalmente su cuerpo. Con
la mano que no tenía ocupada dentro de su vagina, se
manoseó, lúbrica y pura, las tetas de duro estaño,
pero al apretarlas le dolieron un poco, lo cual
paradójicamente aumentó su excitación.
    Entonces, algo sucedió. Un chopo de cristal, un
sauce de agua. Los gritos brotaban de su boca como
salidos del más refrescante de los manantiales. El
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El libro de mermelada                 Jorge Jolmash

placer le desbordaba por cada poro, haciendo que se
le olvidara que era Susana, completamente ebria y
tirada en el baño, y sintiéndose un bulto feliz.
Luego comenzó a vomitar. Un sauce de cristal, un
chopo de agua.




                        34
DE PRISIÓN (CIVITAS NOVA)
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    La ciudad es el universo, me atrevería a pensar
que más allá de sus confines no hay nada, o si acaso,
un conjunto de ilusiones mal orquestadas. La ciudad
(esta ciudad, que al fin y al cabo es la única) es
infinita e hipnotiza a sus habitantes con sus fuegos
de artificio. Hoy tuve la sensación de que moriría
antes de abandonarla, y juro por lo más sagrado que
no hay nada que deseé más que alejarme de ella.
    Odio sus casitas, todas iguales, pintadas de
color caramelo, con una sala de estar comprada en el
súper y afiches colgados de las paredes mugrientas.
Odio sus calles olorosas a caño y gatos muertos,
donde el sol revienta como una sandía bomba,
generando con sus rayos el musgo que infecta las
banquetas. Pero sobre todo, odio a su gente —
incluidos yo mismo y todos mis amigos cercanos— que
deambula por ella como ratones en la nevera,
odiándola como sólo se puede odiar a una mujer muy
hermosa que no deja de despreciarnos, pero al mismo
tiempo incapaces de inventar una ciudad nueva donde
los millones de ojos de un árbol de liquidámbar nos
protejan del salitre y la arena que poco a poco se va
filtrando en nuestros pobres riñones.
    Mientras tanto, la ciudad —la única— nos golpea
con un millar de relojes de litio y se estanca sobre
nosotros como amenaza de un inminente atentado.
    En verdad desearía largarme hacia una casa enorme
y solitaria, cuyas paredes estén hechas de bloques de
harina y sal, pero temo que me fallarán las fuerzas
como siempre que planeo la retirada. Lo peor de la
ciudad es que es tan inevitable…




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   TRATADO DE LA VERDADERA HISTORIA DEL
  INFIERNO, OBRA HERMOSA Y AGRADABLE DE
    ARMAS Y AMORES, IMPRESA DE NUEVO Y
CORREGIDA CON LA RELACIÓN DE LOS HECHOS
 ESPANTABLES QUE LE OCURRIERON A MAESE
      LAGARTIJA QUE NO APARECE EN LAS
 EDICIONES ANTERIORES, COMPUESTA POR EL
         ARCHIDIÁCONO DE LAS GAFAS
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




                         I
    El infierno —contrariamente a lo que casi todos
creen— no es un lugar aislado del mundo, cerrado de
puertas y ventanas, donde una guardia de infames
diablejos se encarga de cuidar que los internos no se
escapen. El verdadero infierno tiene las puertas
abiertas todo el tiempo y la gente entra y sale
cuando quiere. El truco consiste en que la mayoría de
las almas que están ahí en realidad no quieren salir,
y por lo tanto se quedan hasta que su eternidad
viviente se transforma en una eternidad reseca y
estéril.
    Algunos porque esperan recibir una ganancia (que,
adivinen qué, jamás llegará), otros más porque no
tienen noticias de una forma distinta de pasar los
días, y aún otros porque con el tiempo han llegado
incluso —faltaba más— a profesarle cariño. Casi nadie
sale del infierno. Si acaso alcanzan a sacar la
cabeza por la ventana (con expresión de cocker
spaniel   en  un   volkswagen)  y   medio  vislumbran
horrorizados lo que hay más allá.
    Y es entonces cuando empiezan a recriminarse y
desean arrancarse los ojos y piensan: «Si seré bruto,
mira que tener a la Belleza sentadita aquí en las
piernas y a la mera hora encontrarla amarga e
injuriarla. Y ahora ya jamás me perdonará ni querrá
saber más de mí, ¿por qué serán las damas tan
quisquillosas con los ingenuos? ¿Por qué me habré
dejado llevar por ese esnobismo de admirador de papel
tapiz con bigotito y boina? ¿Qué no puedo volver al
momentito en que todo se dañó, y reparar mis actos?
Debí haberlo pensado dos veces».
    Pero entonces es demasiado tarde y el pellejo de
los internos se secó y les da una apariencia de
pequeño súcubo desdentado y maloliente. Y ya nadie
quiere salir del infierno cuando eso pasa, porque ese
aspecto   vergonzante   es   demasiado   para   andar
exhibiéndolo por ahí y hasta los menos vanidosos se
sienten ridículos.

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

    Y hay otros que han llegado a perder todo rastro
de orgullo y ya no pueden vivir sin que alguien los
torture. Tal vez sean una bola de pervertidos que
necesitan que los golpeen para obtener una erección,
en cuyo caso tampoco hay nada que hacer. El paciente
preferirá quedarse en el infierno aún a sabiendas de
que es el lugar más miserable en el universo.

                         II
    Otra cosa que la mayor parte de la gente no sabe
es que el infierno no es un concepto absoluto, sino
uno relativo. Trataré de explicarme mejor.
    Supón que hay una cierta alma torturada en el
infierno que, para efectos del presente texto,
llamaremos Equis. Equis, como su nombre lo indica es
un   sujeto  promedio   sin  ninguna   característica
especialmente notoria, al cual uno podría estar
viendo durante horas y horas sin poder distinguirlo
de su propia sombra. Un perfecto mediocre, si se me
permite el oximorón.
    Equis sufre mucho por esa situación y es   en parte
por eso que se encuentra en el infierno,        pero no
puede hacer nada al respecto, por lo que       trata de
sobrellevar su existencia de la mejor manera   posible.
    Un buen día, el demonio lujurioso del licor
seduce a Equis a buscar consuelo en el fondo de una
botella, en compañía de dos de sus más olvidables
camaradas, los señores Ye y Zeta. Aunque al principio
la borrachera entumece la profunda sensación de
futilidad   de   Equis,  poco   a   poco,  según   va
transcurriendo la noche, un intenso remordimiento se
va apoderando de él. De pronto comprende que la
intoxicación no lo individualizará, sino por el
contrario lo hará parecer más ordinario. Sumido en
tales pensamientos, Equis se queda dormido sobre la
roja barra del bar, perdido en el más oscuro de los
infiernos oníricos.
    Al día siguiente, cuando despierta en su cama
(aunque la verdad no recuerda cómo llegó ahí), Equis
se siente fatal. Casi puede imaginarse su cara de
baboso promedio, completamente idéntica a las fotos
del resto de los idiotas que salen en el periódico.
Imposible de distinguir de la masa informe de
monigotes  llamados  Juan   Pérez  que   pululan  en
cualquier ciudad. Casi deseando que un rayo lo
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El libro de mermelada                     Jorge Jolmash

fulmine, Equis se arrastra fuera de la cama y se
dirige al espejo a saborear su desgracia.
    Pero ¡Oh, sorpresa!, cuando llega hasta el baño y
se mira en el cristal empañado, lo que descubre lo
deja en un estado de indescriptible felicidad. Su
rostro ya no es igual al de la oscura legión de
burócratas como el día anterior. Ahora su frente y
sus mejillas, su boca y sus cejas, los huecos de su
nariz y sus rizadas pestañas, su cara en fin, es de
un brillante color rojo como la barra del bar donde
se quedara dormido.
    A partir de hoy, Equis será reconocido por todo
el mundo gracias a su peculiar color, y con el tiempo
hasta su nombre se borrará de sus facciones y
adquirirá el más apropiado apodo de Rojo y, por
momentos, llegará hasta a ser feliz.
    De esta forma irá construyendo una barrera que
acabará por debilitar al infierno, transformándolo de
un concepto absoluto e infalible, en uno real y
latente pero limitado, y lo que es más importante,
susceptible de ser vencido.

                                III
    El mar como una bestia de diez mil lenguas, cuyo
salitroso aliento todo lo corrompe, me trae a la
memoria el recuerdo de Phlebas el fenicio (pobre
marinero ahogado, mirando al infinito desde su
infierno de salmuera).
    Lamen las olas los pies de los bañistas como si
quisieran comprobar su sabor antes de engullirlos, y
en el cielo las fragatas —enormes y negras como
moscardones antediluvianos— ensayan los giros de su
danza, esperando el momento propicio para abalanzarse
sobre nuestras frentes insoladas.
       ¿Cuál es el secreto de la arena?
       ¿Cuál es el secreto
                   de la arena 2 que vuela ante la más
leve provocación de la brisa y se infiltra en los más
recónditos huecos?



2
    … miedo en un puñado de polvo.

                                 40
El libro de mermelada                    Jorge Jolmash

    De la arena que se incrusta en los lagrimales y
en los bikinis, y lo mismo engendra dunas que
polvaderas.
    ¿Cuál es su secreto?
    Eso sólo Satanás lo sabe y tal vez Phlebas (y
Tiresias).

                           IV
    «¿Cuál es el secreto de la arena?» se preguntaba
Lagartija.
    Lagartija es un pobre diablo que vive en Infierno
(Unreal City) y que gusta de ir todos los domingos y
días festivos a la playa del Océano de Fuego. Él cree
que la violencia de su oleaje y las intensas
concentraciones de sal en la brisa han terminado por
curtirle la piel, protegiéndola del daño causado por
el paso del tiempo.
    Lagartija vive en una alcantarilla con aire
acondicionado por la que paga más de la mitad de su
salario y su única pertenencia es una chamarra de
cuero gastada por el (mal)uso. Cuando no come las
inmundicias que le sirven en el comedor de empleados
de su trabajo, Lagartija se la pasa cazando moscas y
hormigas que más tarde bañará en chocolate para
atenuar su sabor agrio. De hecho, para él los días de
fiesta son cuando se decide a vencer la pena y buscar
en el tacho de la basura los restos de algo que
alguna vez haya tenido carne. Lo cierto es que su
empleo eventual lavando baños con la lengua no le
permite darse más lujos que ese y, cada fin de
semana, una damajuana de alcohol de madera para
olvidar y un paseo por la playa.
    Un buen día, Lagartija abordó el diabólico
autobús que, semana con semana, lo conducía a su tan
ansiada excursión. Ese día no se sentía muy bien; el
corazón se le ahogaba en un alboroto de palpitaciones
a causa del medio kilo de hojas de lechuga envueltas
en papel periódico que se acababa de fumar, y un
discreto dolor de cabeza comenzaba a picotearle la
sien   (media   damajuana de    alcohol   metílico   se
balanceaba en algún lugar entre su pecho y su
espalda,    provocándole   algunos    calambres    casi
agradables). No es de extrañar, pues, que entonces se


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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

ocupara   de   la   pregunta   que   eternamente   le
atormentaba: «¿Cuál es el secreto de la arena?».
    Distraído por el curso de sus pensamientos,
Lagartija dio un brinco al notar la presencia de una
mujer atractiva, como de cuarenta y tantos años de
edad, con brazos de músculos marcados y un soberbio
par de tetas operadas.
    De pronto, una potente chispa se generó entre
ellos, haciéndole comprender a Lagartija toda la
futilidad de la vida que antes llevara. Poco a poco
(es decir, con aparente lentitud, pero en apenas una
fracción de segundo), Lagartija comenzó a ser
consciente de cuál debería ser su próximo paso.
    Tomó a la ardiente arpía de la mano y se lanzó
corriendo afuera del camión, y corriendo llegó a la
playa, todo el tiempo con la bruja entre los brazos.
Sus labios se trenzaron siete veces (cada una en
honor a un pecado capital distinto) y conteniendo la
respiración se lanzaron al mar en llamas.
    En una de las casas vecinas, un estéreo aullaba
el sonsonete cansado de una vieja canción yanqui:
   «Where do bad folks go when they die?
   They don’t go to heaven where the angels fly
   They go down to lake of fire and fry
   Won’t see’em again till fourth of july»




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LEANDRO Y SUSANA
El libro de mermelada                            Jorge Jolmash




    Con la cabezota hinchada de enciclopedias y
reglas de tres no tan simples como hubiese querido,
Leandro abandonó a las bacantes de lengua estéril a
fuerza de alcohol y juró no volver a sucumbir ante
sus encantos. Como hasta el más lerdo de los lectores
podría imaginarse, no lo consiguió, pero hay que
aclarar que no fue por inconstancia, sino porque
entonces conoció a Susana.

  — Y ¿tú crees saber, lo que se dice saber?
  — Yo creo que los golpes abollan las ideologías
    más respetables y que la realidad lame mi
    cerebro como haría una osa con sus cachorros.
  — Presumes  entonces   de          un   bien    que   no   te
    pertenece, guapetón.
  — Ni a mí, ni a nadie si a esas vamos. Pero dudar
    de lo que se duda no puede más que ser una buena
    señal.

    Finalmente lo que los unía era la sed insaciable
que en ambos era un ardor ontológico.

                        *   *    *

   a) texto encontrado en el cuaderno de la
                    fiebre
    Lanzarse a la aventura. Inventar la calle.
Encontrar esos breves resquicios por donde se cuelan
las oportunidades y apropiarse de ellos. Batallar
como cada día de infatigable noche por apagar la sed.
Esa sed de ácido sulfúrico que nos devora la garganta
y nos obliga a salir de nuestro escondite en busca de
quién sabe qué cosas.
    Aspirar el último aliento de la jornada a través
de un popote y una gaseosa, cuando parece que ya las
horas se cubren de melcocha. Sentir el dolor del
polvo que se queja bajo el golpeteo de nuestras
plantas. Mirar los sitios cotidianos como si jamás


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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

hubieran sido pasto de ningún ojo humano o animal.
Apagar —como ya dijimos— la sed.
    Leandro salió como todos los días a comprobar que
el pavimento no se había evaporado con el rocío. Sus
ojos estaban algo resecos por el desvelo, pero su
pensamiento no estaba cubierto por ninguna gasa.
Respiró con cierto alivio el aire de la mañana.
    ¿Qué decir? ¿Cómo demostrar que esa voluntad de
cuerpos   impulsados   por   discretos   engranes   y
conciencia absoluta no estaba contaminada por la
falsa esperanza? Sus manos dejaron sin que él se
diera cuenta de ser guantes, mientras montado en sus
zapatos, alcanzó la posición de un arbolillo. Tras
unos instantes su avance lo transformó en un punto en
el camino y terminó por sepultarlo en la ávida
memoria del olvido.
    Sin embargo, ese árbol en el pasado inmediato de
Leandro, estaba destinado a ser su árbol. Ese árbol
había sido plantado por Susana, quien lo regaba sin
falta todas las mañanas después de soñar cada noche
que ese árbol era su hijo. Leandro era bastante más
grande que Susana y por lo tanto no podía haber sido
su hijo, y sin embargo lo era, porque aunque ni él ni
ella lo supieran el árbol era una representación de
Leandro. Era el Árbol-Leandro.
    Susana tenía, aunque tampoco se había dado
cuenta, una planta de sí misma, sólo que no era un
árbol sino una enredadera que crecía en el techo de
su casa. La Enredadera-Susana era como Susana misma,
a la vez blanda y áspera y con una vocación
invencible de abrazar al mundo entero. Sus ojos —los
de Susana, por supuesto— se habrían empequeñecido de
insatisfacción al creer que nadie la deseaba. Su
único contacto real con otro ser se limitaba al riego
de aquel arbolito que crecía en su jardín y que era
en realidad el hijo que nunca tuvo: Leandro.
    Leandro, por su parte, jamás se fijó en la casita
de un sólo cuarto donde vivía Susana, su falsa madre.
Él estaba ocupado como siempre en cambiar el rumbo de
las veletas a soplidos y tratar de apagar aunque
fuera por un ratito esa sed que le inflamaba las
entrañas.
    Susana también tenía su sed, pero no era la
misma. La de ella era una sed de comunión, olvido de
su cuerpo y deseo de ser otra cosa, un bebé o una

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El libro de mermelada                          Jorge Jolmash

madre pródiga. La sed de Leandro era en cambio una
sed de crecimiento, conquista y comprensión. Un deseo
irrefrenable de llenarlo todo con su cuerpo, un ansia
de movimiento perpetuo. Aunque ninguno de los dos lo
sabía, ambos eran víctimas de la sed.

                        *   *    *

                   b) conversación
  — Y bueno, ¿tú que sabes, hembra         de nutritivas
    caderas?
  — Sé de cierto que el contacto de mi piel cura la
    malaria y el desconsuelo. Y sé también que soy
    la prostituta y la santa, la Sophia mitológica.
  — Lo cual me da la razón, pues entonces yo soy ni
    más ni menos el demiurgo.
  — Pobrecito   Yaldabaoth,      anorgásmico     y   con   mal
    aliento.
  — No quieras jugar a la freudiana conmigo, che.
  — Como dijo Lía: «Pim, los arquetipos no existen,
    sólo existe el cuerpo. Dentro de la barriguita
    todo es bonito, porque allí crecen los nenes,
    allí se mete, feliz, tu pajarito, y allí se
    junta la comida rica y buena».
  — ¿Y eso?
  — Es una cita.
  — Ok, pero no faltes.
    Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán
más polvo enamorado.

                        *   *    *

                    c) conclusión
    Y primero había sido, como ya se sabe, el caos
informe de seductoras formas. Ningún Titán ofrecía
todavía su luz al mundo, ni Febo renovaba sus cuerpos
con el crescendo, ni la tierra, entregada a su propio
peso, estaba suspendida en el aire dando vueltas, ni
Anfitrite había extendido sus brazos a lo largo de
las riberas de la Tierra. Y a partir de ahí, el oro
de los alquimistas. El cálido bautismo del semen,
¿encontraría a la Maga? Por supuesto, vaya que si la

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

encontraría. Y después Hermes Trismigesto, rojo
mensajero de los dioses, dejó de asistir al llamado
de Oberón, Rey de las Hadas. Y Susana dijo hágase la
luz y la luz fue. Y el Archidiácono de las Gafas pudo
jugar al fin a ser dios.
    Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán
más polvo enamorado.




                         47
EL ESPÍRITU DE LA ANARQUÍA
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




                             ka tangi te kivi
                             kivi
                             ka rangi te mobo
                             moho...
    Y luego todas esas razones prestadas que se nos
filtran   como   gotas  de  agua   en  una  galería
subterránea, cultivando estalactitas y estalagmitas
en nuestra bóveda craneana.
    O el miedo de los dolientes. El inolvidable mundo
que se abre de tanta incongruencia. El sólido grito
de un siglo envuelto en papel aluminio y ríos de
ostras que van glaseando los gases de la aurora.
¡Como si así se pudiera llegar a algún lugar! Tan
sólo el brillo de las azoteas y cierto anfiteatro de
ballenas de rubicundas mejillas.
    Si es verdad que todo el aire apesta, no por eso
deja de ser amarillo el camino. Una nueva literatura
hecha por frases viejas masticadas una y otra vez por
la misma pluma. A la mejor aún es posible crear cosas
nuevas (¡Santo cielo, Billy! ¡Tal parece que la
máquina de golpes se quedó encendida!)
            En este supremo vacío
                anticuerpos de la noche
                suero de mandarina
                negaentropía
                zapato.
    Campos     enteros    sembrados     con    semillas
fosforescentes     que    gritan    como    esqueletos.
Apocalipsis de poca monta nos miran y quiebran las
estructuras   del   razonamiento.   Hache   intermedia.
Hordas de motociclistas borrachos golpeando a las
mujeres y violando a los infantes. Un tiro de gracia
contra El Sueño. La depresión fingida de los
estudiantes.
    (saludos a la familia)
    Peces distantes en arbitrarios océanos. Juguetona
lengua contra nuestras encías. Sarcófago de incienso
puro. Sed de estrellas y de rimas de romancero.

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El libro de mermelada                      Jorge Jolmash

Rebelión de los internos en el cementerio. Pánico
combinado con hambre.
    El plan es el siguiente:
    disolver las estructuras,
                     ablandar el cerebro con baños
ácidos de saliva y voces superadas por soldados
empíricos. Abolir el continuum espaciotemporal, aún
cuando sólo sea en el menor de los cuadrantes. Romper
la regla de la paciencia. Desarmar el sentido de las
frases. Trastocar de las frases el sentido. Ley de
fluidos y mordiscos.
    El futuro que nos disecciona con su abrazo de
rayos equis. Insoportable deseo de un perfume fuerte
como bebida de moderación. Azúcar, dos onzas de
ginebra, la ralladura de un limón y una yema de
huevo. Rampa desdoblada.
    El mero azar, nuestro poder.
    Nuestro principal poder.
    Pirámide.
    Absurdo personificado por la guerra.
    Simulacro   de   tablas   cuyo   orden   puede   ser
descifrado por un observador atento. Sindicato de
outsiders al servicio de la revolución bolchevique.
Flor de lumpen. El reflejo religioso del mundo real
únicamente     podrá     desvanecerse     cuando     las
circunstancias   de la     vida  práctica,    cotidiana,
representen para los hombres, día a día, relaciones
diáfanamente racionales, entre ellos y con la
naturaleza.
    Bautizo de sangre en la popular sabana. Pócima
amarga, pero de impredecibles consecuencias.
    La última oportunidad de volver ha quedado atrás.
Todas las barreras se desbaratan entre nuestros
potentes dedos. Turbulencia de mantras apócrifos.
    Cápsula de harapos de civilizaciones extintas. No
las necesitamos para nada, sólo nuestros pies dejan
una huella hermosa, el resto son tonterías. Tal vez
algún día, un grupo de inadaptados que de seguro ni
son nuestros descendientes, sino los de nuestro peor
enemigo, descubre donde reposa el carbono catorce de
nuestros pobres huesos.


                          50
El libro de mermelada             Jorge Jolmash

    Yo sueño que estoy aquí, de estas   prisiones
cargado (y el mayor bien es pequeño).
           (Yo, tú,
           odio,
           violencia,
           lápida)
                        stop)




                          51
PLAYING GOD (PARTE I)
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    Pues señor, este era… —¡Un Rey!, dirán enseguida
mis pequeños lectores— Pues no muchachos; nada de
eso. Esta vez no era un rey sino un dios, pero no uno
de esos dioses barbados y de dientes perfectos, que
presumen de omnipotentes para ganarse el favor de las
diosas de grandes pechos, sino un niño dios pequeñito
y temeroso.
    De hecho, era un diosecillo tan insignificante,
que el resto de los dioses de su barrio lo golpeaban
casi todos los días y le robaban su divino lunch.
Claro está que nuestro dios hacía unas rabietas
terribles cuando esto ocurría, pero como no quería
pasar por quejica, nunca acusaba a los dioses
abusivos con sus mayores y soportaba con mansedumbre
bíblica cuanto tormento inventaban sus compañeritos
para él. Finalmente, una tarde lluviosa después de
sufrir una tunda particularmente fuerte, el pequeño
diosecito decidió que ya estaba harto de aguantar a
sus vecinos y comenzó a crear un universo nuevo para
él solito, un universo de polvo estelar y antimateria
donde no lo pudieran alcanzar los dioses vándalos.
    Lo primero que hizo nuestro dios, fue juntar toda
la masa que pudo conseguir en la mercería de la
esquina, en un espacio no mayor que la cabecita de un
alfiler. Obviamente, la atracción gravitacional en
esas condiciones era tremenda, y francamente, el
universo no se veía muy espectacular que digamos,
pero el diosecito no se amedrentó ante la dificultad
de su tarea. Aguantando la respiración por los
nervios, tendió tres dimensiones espaciales —una a lo
largo, otra a lo ancho y la tercera a lo alto de su
universo— con lo cual generó una buena cantidad de
vacío y por consiguiente un horror atroz en la
materia apelmazada en su cabeza de alfiler. Y luego,
como sentía que aún le faltaba algo, tendió una
cuarta línea dimensional, pero esta vez se le habían
acabado las espaciales, por lo que uso una dimensión
temporal.
    El problema es que al crear el tiempo lo hizo tan
rápido y con tan poco cuidado (no olvidemos que era

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

un dios inexperto), que no fue capaz de contener a la
materia que, para vencer su horror ontológico al
vacío, corrió a llenarlo en todas direcciones
provocando una enorme explosión. Entre las secuelas
de ese descuido aparentemente tan intrascendente, se
encuentra el constante aumento de la entropía o
cantidad de desorden, que constituye una de las
peculiaridades de este universo.
    Pero nuestro dios no se daba fácilmente por
vencido y, no contento con sacarse un universo de la
manga, se propuso dotarlo de formas de vida diseñadas
a su imagen y semejanza. Para lograr esto se tomó un
poco más de tiempo, tratando de cumplir su labor lo
mejor posible, y cuando hubo terminado se sintió
verdaderamente satisfecho consigo mismo. Y es que el
nuevo ser era tan perfecto y tan parecido a su
creador que merecía reproducirse y llenar el universo
entero. Y nuestro dios llamó «bacterias» a sus hijos
predilectos. Sin embargo, no contó con que sus
criaturas sufrirían a través de millones de años la
acción   de   la  selección   natural  sobre   ellas,
transformándolas en organismos de lo más extraño, ya
fuesen poderosos como las sequoias, evolucionados y
hermosos como las garrapatas o primitivos y vagamente
ridículos como los monos antropoides.
    Y viendo concluida su labor, nuestro dios
contempló su creación y se echó a descansar.
Entonces, su madre inmaculada lo llamó para ir a
comer y nuestro buen diosecito abandonó su universo
de juguete que no tardó en terminar en el bote de la
basura, entre cáscaras de naranja y periódicos del
día anterior.




                         54
SIETE PERLAS DE BILIS
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




  1) El Qwertyuiop es un ave fantástica con plumas
     líquidas. Dicen aquellos que la conocen, que su
     aleteo provoca rubor en las mujeres que se
     encuentren en un perímetro de treinta y seis
     yardas   de  distancia.   Su  orina   tiene  un
     penetrante aroma a sandía. Aunque no ha podido
     sobrevivir ningún ejemplar en cautiverio, todas
     las sociedades de naturalistas del mundo saben
     que se alimenta principalmente de chícharos y
     sopa fría.
  2) En el país de Falkapán crece un arbustillo cuyas
     ramas tienen la peculiar propiedad de emitir
     gritos semejantes a los de los delincuentes al
     ser colgados. Muy pocos viajeros se atreven a
     viajar por este país durante las noches, aunque
     no se ha registrado ningún suceso importante
     desde mil seiscientos treinta y uno.
  3) La tribu de los furetesos pretende comunicarse
     con los espíritus de sus ancestros mediante la
     realización de pequeñas escisiones en las yemas
     de los dedos de los ancianos. Según sus
     creencias, cada corte les provee de una nueva
     boca para hablar con aquellos cuya ausencia les
     protege.
  4) Cuando era niño, mis padres me regalaron un
     pastel de cumpleaños. Mi madre, incapaz de
     molestar a su bebé, fingió que era una delicia a
     pesar de estar hecho de pestañas amasadas. Mi
     padre no pudo contener su rabia y cantó las
     mañanitas durante los siguientes doce días.
  5) Se estima que ocho de cada diez varones mayores
     de treinta y cinco años, han deseado alguna vez
     transformarse repentinamente en paraguas y ser
     arrastrados por un huracán, a cientos de
     kilómetros de distancia de su lugar habitual de
     trabajo.
  6) Según algunos estudiosos, durante las primeras
     décadas del siglo III de nuestra era, una secta
     herética afirmaba tener una lista detallada de

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El libro de mermelada                 Jorge Jolmash

    todas las almas que cabrían en el paraíso.
    Después de una serie de análisis minuciosos de
    los manuscritos dejados por esta secta, nadie ha
    podido encontrar tú nombre en la lista.
  7) Para quien vive dentro de un terrón de azúcar,
     el hombre del guardapolvos blanco es como el
     archipámpano de los tontos.




  8) Una moneda cae accidentalmente al pozo mágico.
     Un deseo de nadie cobra vida repentinamente.

                        57
REAL EDICTO DEL ESCALPELO ALGEBRÁICO
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




    El omnisciente narrador arqueó sus omnipresentes
cejas y, abriendo su omnívora boca, soltó un discurso
omnipotente:
       «Finalmente, nuestro soberano juicio nos ha
   llevado a considerar una nueva forma de entender, no
   sólo al mundo que nos rodea, sino también —y muy
   especialmente— a la idea que nosotros mismos nos
   hacemos de dicho mundo. Sabed que hemos llegado al
   revolucionario punto en que la realidad y las imágenes
   que ella genera se han confundido en una promiscuidad,
   que sólo nuestro tradicional relativismo evita que
   califiquemos de absoluta. Fondo y forma navegan unidos
   ahora bajo una bandera de desdibujados contornos e
   imprevisibles consecuencias. La única opción posible
   ante semejante arrebato conceptual, es abandonarse a
   un completo estado de arrobamiento y constante auto
   contemplación.
       Luego de interminables consideraciones y teóricos
   debates con nosotros mismos, gracias a la majestad que
   nos inviste, hemos llegado a la irrefutable conclusión
   de que la esencial casualidad —que no causalidad— del
   universo debe generar una filosofía y por ende una
   literatura,   profundamente   comprometidas   con   el
   verdadero proceso creador y jamás creado: el puro
   azar.
       A partir de la promulgación del presente juicio,
   la poesía y todas sus actividades tributarias se verán
   obligadas a ir destruyendo gradualmente sus obsoletos
   estilemas, hasta transformarse en una serie aleatoria
   de frases sueltas, finalmente liberadas del sentido
   que tanto las tiranizara en el pasado, o mejor aún de
   simples palabras apiladas sin ton ni son. Luciérnaga,
   cinco dromedarios. Rimbombante. Pape Satán, Pape
   Satán, Alepe. Ininteligible placer de no comprender
   nada. Tal hemos dicho».
            ***************************
            .
            ***************************




                          59
HIMNO A SUSANA
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




                           I
    ¡Ah, querida Susana el error me guía hacia tu
camino! Entiendo, según parece, que abrazarme a tu
culto de fertilidad antigua no hará más que traerme
problemas. Y sin embargo me es imposible dejar de
remar hacia el océano de tu pubis y tus manantiales
de leche. Es difícil de explicar, pero intuyo que en
gran   parte  eres   tú   quien  hace    que yo  sea
verdaderamente yo. Como si yo existiera también en
virtud de ti, como si mi cuerpo hubiese sido creado
sólo para definir por oposición al tuyo.
   Y Susana habló, y esto fue lo que dijo:
       «Yo soy tu Susana, oh Rex Nemorensis. Árbol
   sagrado, bendita por contagio con la feroz Diana
   Selvática; patrona de los bosques, de los animales
   salvajes, del ganado doméstico y de los frutos de la
   tierra. Yo, que procuro a los humanos y a las terneras
   con abundante descendencia y ayudo a las futuras
   madres a tener un buen parto. Mi fuego sagrado es
   atendido por cuatro vírgenes (que a pesar de su olor a
   santidad son preñadas por mi infinita gracia) y arde
   perpetuamente en un templo redondo situado dentro del
   recinto de la ninfa Egeria.
       Yo te nombro a ti, Leandro, Archidiácono de las
   Gafas, mi sumo sacerdote en Nemi y Rey del Bosque.
   Podrás hacer uso del título cuantas veces juzgues
   prudente, mientras no aparezca un joven rival mejor
   dotado para la batalla y te haga perecer. Yo que tú no
   volvería a dormir.
       Yo no soy el que está enterrándole
       es Gabriel el que le está enterrando.»
    Y aún después sus labios se volvieron a abrir,
gritando a los cinco vientos:
       «Länger als einen Tag ohne einen guten harten und
   saftigen Schwanz in meiner Möse halte ich’s nicht
   aus”. Dulce carcajada purpúrea.




                          61
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash


                         II
    La ardua noche aparece ante nosotros en su
fatídico esplendor. Brillan los ojos de las estrellas
como farolas de la antigüedad. Caminamos teniendo a
la marea como música incidental.
    La arena de la playa se pega a nuestros pies
apenas humedecidos por el beso de las olas. Esa arena
finita (y a la vez, en otro sentido, infinita), cuyo
secreto se escapa de nuestras manos y nuestro
entendimiento,   es  al   mismo   tiempo  molesta   y
bellísima, según se le mire. Todo es tan hermoso que
parece que ocurriera en televisión (Prime time
sitcom).
    Está claro que los ojos del recuerdo seguramente
maquillarán lo que pasó en verdad, pero hoy podría
jurar que la ocasión es perfecta. Incluso un coqueto
brillito en nuestros labios al unirse. Nuestras manos
parecen estar atornilladas en aprehensivo abrazo.
    Aparte de eso no hacemos gran cosa. Con un
paquete de seis latas de cerveza en nuestro poder,
nos sentimos preparados para hacer frente al ocaso.
Nos encomendamos al benévolo consuelo de nuestra
santa patrona, Susana. Jag njuter så av mitt arbete.
Nada nos preocupa ahora, ya habrá tiempo.




                         62
EL MONJE QUE JUGABA BILLAR
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    Hubo una vez un monje que, tras varios lustros de
riguroso estudio de cuanta tradición se cruzó por su
camino, decidió que jamás alcanzaría la iluminación
final a menos que aprendiera a jugar billar a la
perfección. Consciente del esfuerzo que esta nueva
práctica implicaría para él, se dispuso a sufrir un
largo proceso de entrenamiento.
    Efectivamente, al principio sus manos, más hechas
a sostener un libro abierto que un taco, eran
demasiado torpes, y sus ojos bizqueaban al enfocar
las bolas rodando sobre el paño. Pero poco a poco, el
monótono golpeteo de su tenacidad fue desgastándole
la impericia, hasta que finalmente logró dominar el
juego.
    El día que con un simple toque fue capaz de meter
todas las bolas en las buchacas, descubrió que
comprendía la voz interior de las cosas que pueblan
la tierra. Cuando su inquebrantable tesón le permitió
concertar carambolas tan sólo con el pensamiento,
supo que con un parpadeo podría pulverizar las
piedras y se alejó volando.




                         64
DESTINO
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    Para derrocar la horrible paz del estercolero,
Leandro tuvo que practicar miles, aún diría millones,
de experimentos pecaminosos y contra natura. Y al
final, cuando ya las décadas teñían su cabello del
color del armiño, Leandro detuvo unos instantes su
labor y pudo ver como sus manos estaban tintas en
sangre de araña.
    Con un suspiro de resignación, retiró la marmita
llena de potaje hediondo del fuego del hogar y
removió la asquerosa mezcla con una pala de madera
(el hervor parecía más propio del chapopote que de un
caldo).
    Qué importaban ahora todos los sacrificios que
había tenido que hacer para lograr esa medicina
repulsiva. Si a pesar del asco conseguía comerla,
finalmente sería capaz de decidir su propio destino
con total precisión, sin tener que volver a pagar
tributo a las fuerzas del caos. Si por el contrario,
el vómito le impedía probarla, todo su esfuerzo y
dedicación habrían sido en vano. Luego de varias
horas de duda, una mueca de desagrado fue la única
seña de que Leandro había preferido esperar a que el
brebaje se cubriera de hongos para tirarlo al bote de
la basura a bienpodrirse entre una constelación de
latas de sopa instantánea.




                         66
MOLE SIN FUTURO, ATISBANDO A LA
           OSCURIDAD
El libro de mermelada                   Jorge Jolmash




                          I
    No se puede simplemente tenerlo todo, no sería
justo. Inevitable como el fuego, el subconsciente
destino busca alejarnos de la completitud, como si el
mayor crimen que se pudiera concebir, fuese ese llano
bienestar estúpido que nos obliga a repetir su
sonrisa. Como si de veras.

    Reconocemos   la   Ilusión   que   nos   embarga,
debilitando las opciones y aún así, apenas escuchamos
un insulto y saltamos a ladrarle a los transeúntes.
¿Es verdad o me engaña la memoria?
    Látigos apagados reciben la visita de un infinito
hecho   de    narcisos   y   edredones.   Cuando   la
incomprensibilidad calculada horma los gustos de
propios y ajenos, hipócritamente subimos a las
obsoletas peñas de la nocturna aldea. Una vez ahí,
nos detenemos durante más de una vida humana, a
probar terribles desdichas que —de haber querido—
hubiésemos podido evitar.
    Duras son las palabras con las que nos condecoran
las escobas, pero casi ni nos importan. Arduas
salamandras   recompensan    nuestra   inquebrantable
voluntad. De la locura los hijos, de mi sistema
sacad.
    ¡Ah! ¡Mira que sencillo es ver a una indefensa
idea   hundirse  en   el   escuálido  abismo   de   la
experiencia cotidiana! Pie de inmensas montañas que
se desmoronan. Crecimiento y devastación de las
nubes.    Por   consiguiente,    veamos,    Filosofía,
Jurisprudencia,   Medicina...   ¡ay!  y   tú   también
Teología. Todo lo he aprendido, todo lo he estudiado
con infinito esfuerzo; y después de tantas y tan
prolongadas vigilias, heme aquí, pobre loco, tan
sabio como antes. Pero si insisto, sé muy bien que lo
conseguiré.
    Sea pues el pérfido clima, alimento de nuestra
atolondrada e inútil vocación. Norte hambriento de lo

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El libro de mermelada                   Jorge Jolmash

que sea, sur de menores expectativas. Que la perezosa
ruta florezca en la conciencia de las nuevas
generaciones. Y al fin ¿para qué?
    Porque sabemos que la característica principal de
nuestros tiempos es justamente la certeza de que toda
afirmación que se haga de la realidad, termina siendo
inevitablemente una mentira.

                         II
    Lejos de mí, el tibio orgullo de las piedras se
lanza contra los besos de las quinceañeras. Sobre el
éter se escucha un ruido de fondo ensordecedor; el
azaroso   hígado  de   los cerdos  que   su  dulzura
alimentaran. Ya habrá tiempo de arreglar este hueco,
todos los huecos que colman la frase Ya otro día
cubrirá nuestra cabeza con el oro gratuito de las
harpías. Sólo lectura.
    El receptor debe ser capaz de descifrar el
código, los muertos vivientes (y a quién le importa
su supuesta exquisitez) pasaron de moda, pero sus
métodos aún prefunden las arterias de las nuevas
generaciones. En este mundo posttodo, con el arte de
vanguardia más podrido que un salchichón radioactivo,
todas las frases tienen un tufillo agrio a serie de
televisión gabacha. It’s understood that Hollywood
sells californication.
    El track 0 consta de un archivo de audio que te
hará experimentar la gloria.

    ¿Qué es la vida? Un frenesí, una ilusión, una
sombra, una ficción (y el mayor bien es pequeño).
    Sólo uno de cada tres experimentos es exitoso. El
resto carece completamente de sentido, pero una
cierta fidelidad a los deseos de la infancia nos
obliga a permanecer en esta zona tan poco iluminada.
A veces se tiene miedo, un miedo algo más que atroz
sobre la viabilidad del futuro. Nuestros huesos
tiemblan tan rápido que obligan a nuestros dientes a
castañetear. Sin embargo, al poco tiempo ya hemos
sorteado   las   dificultades   ontológicas   y    nos
abandonamos a un torrente de imágenes sin orden ni
coherencia. Pero bueno, la coherencia ya vendrá
después, seguida por la prudencia y la honestidad.



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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

    La aleatoriedad no es absoluta, los eventos están
unidos aún por un hilo conductor que, sin embargo, se
achicla como si estuviera soportando el más intenso
de los calores. Una nube de colores surcó el cielo
rosado y las violentas extensiones de pasto color
helado de limón. Quince años después.

    Las ideas se van agarrotando. Vienen muy de tarde
en tarde y casi ni se acuerdan de uno. Ingratas le
digo, señito.

  — Ah —dijo la boca con dientes contráctiles—
    exigimos nuestro derecho a romper platos.
  — Nunca volveré a mirarte —respondió el anciano
    sollozando y se alejó del lugar sin mirar atrás.
  — Ya nunca más.

    Y aunque no lo quieras, la neblina se cuela hasta
los cimientos mismos de tu cuerpo como una enfermedad
sin nombre. Y sabes que esta noche podrás finalmente
dormir porque tu acto creativo —falso o no— ha hecho
que este mundo sea un poco menos horrible. Como si
todavía dudaras de aquello que ya estás seguro
(porque por otro lado está fuera de tu control). Pero
no, no debes dejar que ese hábito inveterado te
arrastre a la banalidad. Tuyo es el mundo de los
Hombres (obligada mayúscula nominal), tuyo es el
laurel ancestral que cegara a Tiresias. No reniegues
de lo que las furias te deparan.

  — Ya más nunca —dijo el archiduque,      mi   primo,
    tratando de contener la carcajada.

    Solo las avispas se ríen de nuestros chistes.
Nuestro destino tiene la paradójica condena de
Heracles. No diré más para no delatar un estertor
popular de asco.

                        *   *    *

    Fiera caída de la que te levantas a duras penas y
tratas de volver al trabajo, pero ya es tarde y están
a punto de cerrar, y los ecos de los cementerios se
escuchan hasta la cocina, y un pato orada un túnel en
una rebanada de pan ácimo, y un soberano tiránico
como nosotros mismos nos obliga a responder de
nuestros actos. El fin, como se verá es siempre el

                            70
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

mismo,   sólo    que   no   tiene   final  (sucesión
ininterrumpida de ruidillos de hojarasca quebrándose
bajo unas botas de cartón y acero).

                        III
    Yo vivo en un mundo de ciencia ficción, torturado
por espectros eléctricos de largos dedos fulgurantes.
Atrofiado   como   un  enorme   muñeco,  duermo   los
acontecimientos de mi vida toda y el mayor bien es
pequeño. Al fin y al cabo, sangre no nos ha de
faltar. Digo yo, no sé tú.
    En el medio de mi día, un camino hermoso me
incita a recorrerlo. Probablemente todo se deba a la
frecuente iluminación que tu cara irradia en mis
cosechas.
    Y si después de todo es cierto que nos estafaron,
es peor deprimirse en un cabaña en la selva que en un
hotel de cinco estrellas en Tokio, Dublín, Londres o
New York. Quizás lo peor sea no poder decidirse a
intentar lo que debería ser nuestro recurso de todas
maneras. Cinco gorilas y medio transitan por el reino
de las caricaturas. Algún día volverán, algún día
volverán. Algún día.

    Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
«aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de
alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola
mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y
malandrines historiadores no te descuelgan para
profanarte». Vale.

                         IV
    El destino es un mal hábito que adquirimos en los
tiempos anteriores a la curvatura del espacio.
Entonces aprendimos a leer la trayectoria de la caída
de las aves en extensiones ridículas de pastel de
frambuesa. Los pollos de goma caían de nuestros
abultados   bolsillos  y   nuestros  enormes  zapatos
rosados se tropezaban por los pasillos.
    Pero todo eso ya no importa. Pronto    las cadenas-
tenaza golpearán las cabezas del senado     y habrá que
abandonar todas nuestras pertenencias.      La única y
verdadera igualdad (como en el paraíso     previo a la
existencia) nos será revelada, aunque no   creo que sea

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El libro de mermelada                      Jorge Jolmash

agradable. Azules serán los relámpagos que bailoteen
en las manos del padre del rubio Apolo. Toda esa
gente tarada que tiene grasa en la piel no se entera
ni que el mundo da vueltas.
    Y supongo que bajará también el Otro de su
escondite y por un momento luz y oscuridad serán lo
mismo. Y una pálida sonrisa se dibujará en los labios
de la muerte. Si apenas ayer era el tiempo de las
papagenas y los papagenos y Ein Mächen oder Weibchen.
Pero ya no. Lamento dedicado a Carl Solomon (y a
veces a Mick Jagger). Triste, muy triste, pero a la
vez capaz de despertar una vieja alegría dormida.
«There’s something wrong with the world today & I
don’t know what it is».
    Por otro lado, no debemos olvidar que aún hay
semillas germinando, aún hay huellas sobre la nieve.
Aún descansan los manuscritos en el escritorio del
viejo editor de la realidad. El cerebro interpreta
como quiere, pero de todos modos la cosa no tiene
mucho sentido (Y en el futuro sólo el vacío nos
espera).
   (Y en el futuro sólo el vacío nos espera).
   (                 sólo el vació
                     sólo            nos espera
       en                                espera
            futuro                             ).




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EL MITO DEL CAOS Y LA RAZÓN TRIUNFANTE
El libro de mermelada                    Jorge Jolmash




    En el principio, según nos dijeron, fue el caos.
Es por eso que, recorriendo en reversa la trayectoria
del universo, nuestra vieja mente se pierde en el
movimiento browniano de las partículas de un gas
ideal.   La  eternidad   es   un  corto  circuito   de
neurotransmisores. Salvar los resultados de nuestras
experiencias   de   la    irreversible   incoherencia,
requiere de una buena dosis de trabajo mecánico pero,
creemos, bien vale la pena. Para lo cual habrás de
leer entre líneas, mon semblable, mon frère.

       Testimonio fidedigno: «El viernes pasado, 16 de
   abril de 1943, me vi obligado a suspender mi trabajo
   en el laboratorio a la mitad de la tarde, e irme a
   casa, pues me vi sorprendido por una peculiar
   inquietud asociada con una sensación de mareo leve».
   Palabra del señor.

    Lo más extraño de todo es que el comensal gordo
quería, en efecto, un castillo sangrante. Sofía, la
última deidad en ser creada, tuvo un hijo ilegítimo,
ignorante, feo, estúpido, arrogante y de mal carácter
llamado Yaldabaoth. Como cualquiera puede comprobar,
Madame Sosostris dice puras sandeces (y el Ars Magna
por ahí anda). Más nos vale emplear la gillette de
Guillermo.
    La brújula, que otros llaman método, nos evita
perdernos en el aparente desorden de los fenómenos
aunque sólo sea porque nos indica como no plantear
los problemas y como no sucumbir al embrujo de
nuestros prejuicios predilectos. Y todo eso sin
necesidad del ruido infernal de falsos Filifores y
Antifilifores con todo y su suculento niño envuelto.
    Después de todo, y si me apuras mucho, el quid
del asunto estriba en sumergirse de golpe en el mar
pegajoso de los hechos y tratar de darles un sentido
lo más comprensible que se pueda. Y es que si no
habría que conformarse con la simple intuición que
rara vez pasa del oximorón común: «¡Oh suma de todo,
primer engendro de la nada! ¡Oh pesada ligereza,
grave frivolidad! ¡Informe caos de seductoras formas!

                         74
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

¡Pluma de plomo, humo resplandeciente, fuego helado,
robustez enferma, sueño en perpetua vigilia, que no
es lo que es!»

   — A fe mía Gregorio, que no soportaremos más la
     carga.
     ¡Bien dicho Billy!

    Y luego los abuelos nos obligaron a levantar esa
máquina enorme, pero cada vez me convenzo más de que
fue por nuestro propio bien. O al menos así nos
conviene creerlo (aunque bueno ¿creer nosotros? Ni en
sueños).
    El caso es que es que cuesta trabajo decidir si
vivimos en un isla de estabilidad en medio de un mar
de desorden o viceversa. En ciertas circunstancias lo
contrario de una verdad profunda es otra verdad
profunda. Y en otras circunstancias cualquier cosa
que digamos suena estúpida. En fin, qué le vamos a
hacer, así es esto de jugar al khuniano.
    La única objeción posible frente a ese argumento
es la esbozada por el profeta del habano y que a
continuación me permitiré transcribir: «One morning I
shot an elephant in my pajamas. How he got in my
pajamas I don’t know». Me temo que has dado
finalmente en el clavo y ya no hay más que replicar
al respecto.

  — ¿Qué es lo que ves tú, oh       viejo   Tiresisas,
    anciano de tetas arrugadas?
  — Veo que el estagirita se equivocaba de medio a
    medio, pero eso ya lo había dicho el Siderius
    nuncius (HURRY UP PLEASE IT’S TIME). Veo también
    que Clausius no estaba tan equivocado y el
    desorden es la espada de Damocles del cosmos.

    En conclusión, y sacando cuentas claras y
chocolate abuelita, todos estos eones de evolución
han sido estropeados por el infatigable esfuerzo de
la entropía. Así que al final, también está el caos
(sólo que ahora aderezado con la muerte térmica del
universo, dura lex sed lex).

  — Todo eso está muy bueno, mi querido Pangloss,
    pero lo que importa es no disertar, no argüir y
    cultivar la huerta.

                          75
El libro de mermelada                Jorge Jolmash

  — Ta güeno pues.
    Good night
    Good night
                        Good night




                            76
PLAYING GOD (PARTE II)
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




    LLENO DE MÍ, sitiado en mi epidermis por un dios
inasible que me ahoga. He descubierto como revivir el
milagro de la carne a partir de lo más estéril del
inframundo. Y heme aquí, pobre loco, tan sabio como
antes. Todo lo he estudiado —por consiguiente,
veamos— todo lo he aprendido, con infinito esfuerzo;
y después de tantas y tan prolongadas vigilias
(Filosofía, Jurisprudencia, Medicina… ¡ay! y tú
también Teología). Lo importante, supongo es que fui
capaz de dejar de hablar en primera persona del
plural y volví al singular yo. Finalmente el delirio
está disociando mis múltiples personalidades, y más
pronto que tarde he de despertar. Tengo miedo, ay de
mí, que este vino nocivo sea y en mis venas cual
duende vengador sus dientes clave. Justo cuando la
telaraña del sueño parece mejor tejida es cuando la
mañana se apresta a liberar el velo de nuestros ojos.
Así que supongo que si mantengo el flujo de palabras
podré alcanzar la omnipotencia (bueno, no sé si tanto
así, pero por lo menos esa sensación de ubicuidad y
comprensión absoluta que hace que el tiempo se
detenga y los pasteles de cumpleaños exploten como si
tuvieran una bomba de neutrones dentro). Ahora sé que
no soy (no somos) Mahood ni mucho menos Worm. En una
época fui conocido como Leandro, pero hace ya un buen
rato que abandoné esa forma de vida y me transformé
en el Archidiácono de las Gafas, el espíritu más
eléctrico que ningún ojo viera. Habitante de un mundo
que hubiese podido ser imaginado por DeChirico
(aunque de hecho fue imaginado por un aprendiz de
Walt Disney medio incompetente y pretencioso). Todas
las palabras acuden ahora a mi boca, que ya siento
como miles de bocas unidas por una sentencia
entrecortada. No sé qué decir, pero sé que no es el
momento de callar. No por ahora. Por lo pronto un
torrente estúpido de imágenes corre ante mis ojos y
no me dejan enfocar la atención en mi labor:
Construirme un mundo de mermelada enorme y lleno de
sangre. Sí, presiento que se acerca el final del
trayecto y, la verdad, no estoy muy seguro si me
agrada o no la perspectiva. Por un lado la vida
eterna es un vigoroso premio, pero por el otro, aún
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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

lo sublime termina por hartarnos, y la vida no es una
excepción. Pero bueno, me estoy desviando para no
decir lo esencial, si no es que ya lo he dicho y ya
no tiene importancia. Lo esencial supongo, es hablar
del dios falso que me tiene atrapado entre sus
etéreas garras. Ese dios enojado, iracundo, ciego
como él mismo, como no puede ser más que dios, que
cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente,
no para ver, sino para arrojar rayos e incendiar,
castigar, vencer. Tendría que decir que, sin importar
sus absurdas pretensiones, él no creó el universo ni
mucho menos hizo al hombre a su imagen y semejanza.
El universo ya estaba de por sí y el hombre es apenas
un insecto que habita en las partes pestilentes y
rojas del mono y del camello. Más bien, y ahora que
lo pienso con detenimiento, fue el Hombre (yo,
Leandro, el Archidiácono de las Gafas) quien creó al
dios a su imagen y semejanza, y lo hizo pequeño y
torpe y sin gracia. Y el pobre dios que me ahoga como
el vaso al agua (aunque está claro que primero fue el
agua y sólo para contenerla un ocioso inventó al
vaso) ni siquiera tiene el valor de aceptar su papel
subordinado en la trama del universo y se engaña
dudando —aunque en el fondo lo sabe, debe saberlo— y
se anestesia preguntándose qué será más noble y más
elevado para el espíritu, si sufrir los golpes y los
dardos de la insultante fortuna o armarse contra un
piélago de calamidades y haciéndoles frente acabar
con ellas. Pero como dije, él lo sabe y nomás dice
que duda para eludir la aterradora certeza que lo
acongoja. Porque lo que no existe no tiene la
facultad de desear la existencia ni de creer en ella.
No existe ergo no piensa. Sin embargo no concibo que
él, con todo y las fallas con las que lo criamos, sea
tan insensible que ignore su propia inexistencia. O a
lo mejor es solamente que se confunde. O claro, que
quiere engañarnos (engañarme a mí, Leandro, el
Archidiácono) para seguir cobrando la pensión de
desempleo a pesar de su flagrante irrealidad.
Finalmente, así como su creación fue obra nuestra,
también su desaparición es prestada. Y es que,
estúpido de mí, escuché al buen Françoise Marie que
me decía al oído que si no existía convendría
inventarle. Lo que no me dijo y yo tardé todas estas
edades en descubrir es que una vez decretada su
realidad, lo único decente era matarle. Y así lo
hice, y no niego que algo perdí con el trueque, pero

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El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

insisto en que la ganancia fue infinitamente mayor.
Ahora, mientras desgrano entre mis labios el sabor a
fruta podrida de la confesión, comienzo a sentir como
se aflojan los nudos de las corbatas que me amarran a
este potro. Porque la causa de mi castigo ha sido la
insolencia de jugar a ser dios. Si con un retruécano
reconozco mi paternidad sobre él —ahora lo veo claro—
eso significa que automáticamente me transformo en su
creador. Creador del creador del creador (es una rosa
es una rosa es). Caída circular. Té, chocolate, café,
hojas y hojas y nada de té chocolate, café, hojas y
hojas y nada de té chocolate, café, hojas y hojas y
nada de té chocolate, café, hojas y hojas y nada de…
Pero basta. El absurdo libro de mermelada pronto
llegará a su final. Aquí llega la hermosa Ofelia.




                        ?
                         80
EL ARTE DE LA PACIENCIA
El libro de mermelada                   Jorge Jolmash




    Es   absolutamente   indispensable seguir   las
instrucciones en el orden en que se indica, de otra
manera, los resultados serán impredecibles (y muy
probablemente desastrosos).
    Lo primero es ir al desván donde se encuentran
guardados los utensilios de limpieza y tomar una
escoba. Es necesario observarla cuidadosamente, con
plena conciencia del misterio que representa, y
levantarla con ambas manos para sentir su peso. Tan
pronto como estemos familiarizados con cada una de
sus astillas podremos pasar al siguiente punto, pero
no antes.
    Una vez que nos acostumbramos a nuestra nueva
herramienta, podemos comenzar a barrer. El proceso de
barrido es muy sencillo, pero no por eso debe ser
tomado a la ligera. La operación ha de llevarse a
cabo de la siguiente manera: En primer lugar se
empuña la escoba, manteniendo la parte a la que van
unidas las cerdas hacia abajo —lo más cerca del piso
que sea posible— y agarrando el mango de madera a
modo   de  palanca,   con   el  fin   de   maniobrarla
cómodamente. A continuación se procederá a deslizar
la porción inferior de las cerdas sobre el suelo, a
modo de que arrastren consigo la basura y las
partículas de polvo que se encuentren en su camino.
Es preciso dejar pasar un par de segundos entre cada
movimiento de la escoba y el siguiente, para inhalar
y exhalar tres bocanadas de aire y apreciar todo el
trabajo que aún falta por hacer. Este ejercicio ha de
repetirse cuantas veces sea necesario, hasta que toda
la mugre se encuentre apilada en un montoncito cerca
de una esquina de la habitación. En cuanto hayamos
llegado a ese punto, debemos empujar con la escoba el
montoncito de desperdicios rumbo al recogedor, para
después echarlo al bote de la basura. Es de suma
importancia revisar que quede limpia la porción de
suelo que se encuentra bajo la plataforma del
recogedor, y si no es así, volver a pasar la escoba
hasta que no queden rastros visibles de polvo.



                         82
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash

    Este procedimiento ha de realizarse con riguroso
orden en todas las habitaciones de la casa antes de
proseguir con las instrucciones.
    En cuanto se ha terminado de barrer hay que
comenzar a trapear, lo cual debe hacerse como se
explica a continuación. Primero que nada, se toma el
mechudo (o en su defecto, la jerga) de forma similar
a la escoba y se sumergen sus dreadlocks de estambre
en una solución previamente preparada de agua con
detergente de pino. Posteriormente se tuercen para
quitar el exceso de agua jabonosa, y se friegan con
ellas los mismos lugares sobre los que se acaba de
barrer.
    El siguiente paso consiste en lavar un poco de
ropa (si hay sol) o trastes (si las nubes amenazan
con soltar un aguacero). La primera de dichas
actividades ha de realizarse al aire libre, mientras
que   la   segunda   puede   ser   llevada  a   cabo
tranquilamente en la tarja de la cocina.
    Para lavar ropa es necesario, antes que nada,
tener ropa sucia, lo cual por ser tan común no
representará mayor problema. Una vez que se tiene a
mano la ropa sucia, se moja pieza por pieza y se le
unta jabón. Después se restriega contra el lavadero
para sacarle lo percudido, poniendo especial cuidado
en el cuello y las mangas de las camisas, así como en
las valencianas de los pantalones. A continuación se
enjuaga cada prenda hasta que deje de hacer espuma,
se exprime para quitarle tanta agua como sea posible,
y finalmente se tiende de un mecate para que termine
de secarse al sol.
    Lavar trastes, por su parte, suele ser muy
parecido a lavar ropa, con la notable diferencia de
que los trastes rara vez están hechos de tela, por lo
que no hace falta tenderlos de un mecate. En este
caso, la operación se efectúa de la siguiente forma:
Se toman los trastes sucios y se friccionan con una
fibra remojada en agua de detergente. Acto seguido,
se procede a quitarles la espuma bañándolos en el
chorro del agua (si hace mucho frío se puede usar
agua tibia, o cuando esto no es posible, guantes de
hule). En último lugar, se colocan boca abajo, en una
superficie especialmente destinada para que se les
escurra el agua que pudiera haberles quedado.



                         83
El libro de mermelada                 Jorge Jolmash

    Tan pronto como se han llevado a cabo los
preparativos antes mencionados, se encuentra uno
listo para realizar la tarea principal. Entonces, y
sólo entonces, se toma el lápiz y el cuaderno y se
escribe el poema.
                        *****




                         84
ACERTIJO
(S.O.S)
El libro de mermelada                  Jorge Jolmash




         Lo primero es
                   cerrar los ojos,
         aporrear las teclas,
                   instalarse en el estado de ánimo,
                        y volver a abrir los ojos.


    (Se sienta uno frente a la máquina de escribir,
sin siquiera sospechar las intenciones de la musa.
Poco a poco, casi sin que se dé uno cuenta, su
cotidiana verborrea se va adueñando de uno y eso es
todo. Ya no es posible evitar ser tacleado por ella).


         Mira hacia allá.
         Quien podría decir que me necesitas.
         No,

         Y ¿a quién le preocupa la incoherencia?
         Si al fin y al cabo,
         algún día nos alcanzará.

              [No hay mucho que hacer al respecto,
              está matemáticamente comprobado que
              esta vida no tiene más sentido que el
              que se puede leer en el intestino de
              un perro muerto.]




tOdO eSo EsTá BiEn, PeRo SaCa De UnA bUeNa VeZ a LoS
       hIjOs De La LoCuRa dE mI sIsTeMa!!!!!!.

    Tengo en mi closet una camisa nueva que fue muy
barata.   Yo,  como  era   de  esperarse   no  quería
comprarla, pero Susana insistió. La verdad lo que
pasó fue que quiso probarse un vestido y al
ponérselo, se le rompió. Estaba tan apenada que trató
de llevarse algo para que la dependienta de la tienda

                         86
El libro de mermelada                   Jorge Jolmash

no se fuera a enfurecer con ella, pero lo único que
encontró fue una falda horrenda y una camisa barata
de mi talla. Me preguntó «¿Quieres la camisa?», y yo
«No, gracias». «Pero si te hace falta ropa nueva,
Leandro». «Pero no tengo dinero». «No le hace, yo te
la disparo». «No, creo que mejor no. Gracias». Y se
llevó la falda.
    A los dos días la fue a cambiar por mi camisa
barata.




         ¿A qué planeta llevará ese camino?
         ¿Qué estados de ánimo desencadenará en mí?
         ¿Hacia dónde se dirige el torbellino
         que siempre nos arrastra de vuelta aquí?




                            Dicen   los    libros  de
                        texto burgueses, que todos
                        los seres humanos mantenemos
                        una importante porción de
                        nuestro cerebro sin usar. Yo
                        la verdad no sé en qué se
                        basan para hacer semejante
                        afirmación.    ¿A   poco  han
                        visto de cerca cómo funciona
                        mi    cerebro,    o    el  de
                        cualquier mugrosa gaviota?




mil pares de ojos
               observan mejor que uno
durante la oscuridad
                                   de la madrugada!




                          87
El libro de mermelada                     Jorge Jolmash




         A veces parece mentira nuestra capacidad
para cortar la vida en rebanadas, y después servirla
de tal modo que la podamos digerir. Cada fracción
parece dotada de vida propia, pero si las lees de
corrido, se puede adivinar un sentido oculto.


              Y no será
              que en realidad
              los hechos brotan
              como burbujas,
              sin causa racional
              y somos nosotros
              los que las interpretamos
              como un continuum.


Confesión:
    Es cierto lo que ustedes piensan, lo confieso.
    Muchas veces tengo la impresión de que los
    distintos momentos que componen un segundo, no
    tienen todos un peso idéntico al de sus
    congéneres. De ahí a admitir una concepción
    idealista de la vida, aún hay mucho trecho.


Una piedra viaja por el espacio a cierta velocidad
que hasta hace poco tiempo nos parecía inconcebible.
¿Cuántos de ustedes habrían sido lo suficientemente
listos como para imaginarlo?



         Una palabra se liga a la otra, despejando
incógnitas que ni siquiera imaginábamos que existían,
e iluminando trocitos de otras palabras que reflejan
la luz en todas direcciones. Algún día, más pronto o
más tarde, alumbrarán lo trascendental. Mientras
tanto, el camino vale tanto como la meta.




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El libro de mermelada                          Jorge Jolmash

                 ¡Oh bestia que vives en mi
                 espina dorsal!
                 destroza el sentido de cada verso,
                 no lograrás evitar
                 que un lector ingenuo
                 o mal intencionado,
                 descubra el secreto de la vida
                 en mi canción.


         «De este modo, los mismos iones pueden actuar
     positiva o negativamente en la absorción de otros.
     Con esto la tendencia de la acción puede cambiarse
     según las condiciones. El fenómeno de antagonismo
     y   sinergismo  en   la  absorción   de  macro   y
     microelementos puede ser condicionado por la
     reacción que presenta el medio, el nivel de
     contenido en el medio y en la planta de otros
     elementos de nutrición mineral, sus correlaciones,
     especie de plantas, temperatura del medio ambiente
     y otros factores». 3


               El comienzo de todo puede ser explicado
               por el principio de ιµβεχιλιδαδ una extraña
               fuerza que se encuentra presente en
               todas   las   cosas.      La    consecuencia
               principal de la ιµβεχιλιδαδ es la εστυπιδεζ.




             Supón que por alguna razón eres el único
testigo de un asesinato que todavía no ocurre. El
cómo sucede ese acontecimiento es algo que no debe
interesarnos, por cuanto se encuentra fuera de la
trama de nuestra historia. Supón además que estás
obligado a pedir auxilio, pero no quieres que el
asesino se entere, porque aún no se le ha ocurrido la
idea del crimen y si no se la sugieres puedes ganar

3
  ¿Pero qué está pasando? ¿Qué sentido tiene citar un libro de
B. A. Yágodin, y especialmente su «Agroquímica»? Debe querer
decir algo, porque el párrafo copiado no pertenece a la página
dos ni a la cuatrocientos. Seguro que el mensaje es tan
importante que no puede ser escrito llanamente. La Verdad ha de
ser encontrada aquí por ojos adecuados.

                              89
El libro de mermelada                    Jorge Jolmash

tiempo precioso para detenerlo. ¿No sería entonces
lógico emplear una forma de escritura criptográfica
que pueda ser comprendida por la policía, pero que
resulte totalmente esotérica para el delincuente?


          ¿Entiendes lo que te digo?
          Tú, sí, tú,
          lector hipócrita, mi igual,
          mi hermano.
          ¿Has entendido algo
                         o estoy hablándole a la pared?

… poco a poco, como quien no quiere la cosa, los
fragmentos separados van cobrando sentido en la danza
dentro de tu cabeza. Te esfuerzas, enfocas la vista y
lo que antes te parecía un tremendo caos, demuestra ser
una enorme y absurda metáfora de nada.




                    ¿Nada?


                        Nada.


      Out, out, brief candle! Signifying nothing.




                        (aplausos)




                          Fin.

                           90
Esta obra se terminó de digitalizar el 2 de enero de 2012 bajo la supervisión,
                      formación y cuidado editorial de
                  AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES.



                  «Por una libre redistribución de textos.»
                Lugar de la culminación de la digitalización.
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«     La historia que vamos a contar, involucra en
     términos generales a Leandro, a quien después
conoceríamos como el Archidiácono de las gafas, a dios
y a Susana, además de a una multitud de personajes
menores como Lagartija y el doctor Kreenling. Y sobre
todo a la Razón y la Locura.
Podemos decir que todo este texto que te invita a
perderse en él como en un bosque ignoto, es al fin y al
cabo una alegoría más o menos elaborada de la
interminable lucha entre el raciocinio y la
irracionalidad. Como tal fue por lo menos redactado
nuestro mundo de mermelada, aunque no por eso
queremos limitar tu soberana lectura. Paséate pues con
toda libertad (o como diríamos «como Juan por su
casa») por este libro que con ese efecto hemos
concebido.»
                           Ediciones Sementerio 2007.

								
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