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El libro de mermelada

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El libro de mermelada
EL LIBRO DE MERMELADA

Jorge Jolmash

El libro de mermelada.



Tomado de JOLMASH, Jorge. El libro de

mermelada. Ediciones Sementerio. 2007. 70

pp.



De esta digitalización:

Diseño de portada:

Froy-Balam.



Imagen de portada:

Fotografías:



Nebulosa de Caballo, IC434 disponible en:

.



Mermelada de Piña Colada disponible en:





Digitalizado en Estridentópolis, la vieja.



¿Cómo citar este documento?

JOLMASH, Jorge. El libro de mermelada.

«colección Simionterio» [en línea]

Estridentópolis, la vieja. AL FIN LIEBRE

EDICIONES DIGITALES «Nueva época» 2012. 90

pp. [ref. –aquí se pone la fecha de consulta: día

del mes de año-]. Disponible en Web:





AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES

2 0 1 2

ÍNDICE



01. EL MUNDO DE MERMELADA ........................... 5

02. PALABRAS PREVIAS ................................ 8

03. LA HISTORIA DE LEANDRO ......................... 11

04. UN DUENDE ES UN PLATO DE MANTEQUILLA ........... 13

05. CONSIDERACIONES ACERCA DEL TEST DE KREENLING ... 16

06. 966 END ........................................ 19

07. CANTAR DE ENAMORADOS ........................... 22

08. EL RECURSO A LA LOCURA ......................... 24

09. CASTIGO ........................................ 28

10. EL JARDÍN PERVERSO DE LA EMBRIAGUEZ ............ 31

11. DE PRISIÓN (CIVITAS NOVA) ...................... 35

12. TRATADO DE LA VERDADERA HISTORIA DEL INFIERNO,

OBRA HERMOSA Y AGRADABLE DE ARMAS Y AMORES,

IMPRESA DE NUEVO Y CORREGIDA CON LA RELACIÓN DE

LOS HECHOS ESPANTABLES QUE LE OCURRIERON A MAESE

LAGARTIJA QUE NO APARECE EN LAS EDICIONES

ANTERIORES, COMPUESTA POR EL ARCHIDIÁCONO DE LAS

GAFAS .......................................... 37

13. LEANDRO Y SUSANA ............................... 43

14. EL ESPÍRITU DE LA ANARQUÍA ..................... 48

15. PLAYING GOD (PARTE I) .......................... 52

16. SIETE PERLAS DE BILIS .......................... 55

17. REAL EDICTO DEL ESCALPELO ALGEBRÁICO ........... 58

18. HIMNO A SUSANA ................................. 60

19. EL MONJE QUE JUGABA BILLAR ..................... 63

20. DESTINO ........................................ 65

21. MOLE SIN FUTURO, ATISBANDO A LA OSCURIDAD ...... 67

22. EL MITO DEL CAOS Y LA RAZÓN TRIUNFANTE ......... 73

23. PLAYING GOD (PARTE II) ......................... 77

24. EL ARTE DE LA PACIENCIA ........................ 81

25. ACERTIJO (S.O.S.) .............................. 85

EL MUNDO DE MERMELADA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









En algún momento u otro, todos nosotros

coqueteamos con la locura. Algunos, los más

decididos, optaron por negar de plano el mundo

exterior. Los demás nos limitamos a mantenernos

tímidamente alejados de él para no hacerle ni

hacernos daño. Al final resultó ser un enfoque

equivocado, pero nadie puede culparnos de

pusilanimidad, pues nos lanzamos sin considerar las

consecuencias y sin la menor intención de hacer

trampas.

Y es verdad que abril, con sus lilas podridas, es

un mes terrible, pero también hay que reconocer que

con ese estado de ánimo ninguno de los otros meses es

mucho mejor. En fin, lo que había que pagar se pagó y

no creo que nadie haya sufrido inmerecidamente,

aunque claro, algunos la pasaron más mal que otros.

Nosotros, por lo menos, no nos podemos quejar pues

nos hicimos de un par de secretos banales que,

esperamos, nos sirvan en épocas de dificultad y

perros rabiosos en la calle.

Por ejemplo el secreto de la falsa revelación.

Por lo general nuestras explicaciones no se

corresponden con la realidad, lo cual da una cierta

sensación de inadecuación al mundo exterior por demás

inevitable. Sin embargo, cuando por un esfuerzo

voluntario de la percepción logramos confundir la

realidad y los sueños, las explicaciones pueden

corresponder exactamente a ese tipo de realidad,

dejando la impresión de una revelación metafísica que

por otra parte no es más que una perogrullada. El

mapa coincide perfectamente con el territorio por

que, por definición en este caso especial, el mapa es

el territorio. Es a eso a lo que en otro lugar hemos

llamado «el efecto equis igual a equis».

Además descubrimos el secreto de la prosa

polisémica automática, que parece decir a todos los

lectores un mensaje nuevo cada vez y que puede

interpretarse siempre como una profecía. El truco es

bastante sencillo y consiste en aparear en la misma

frase, palabras sugerentes con otras totalmente



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



independientes desde el punto de vista semántico, sin

dejar de observar siempre ferozmente las leyes de la

sintaxis. Cuando el que escribe tiene un poco de

talento (ni siquiera es necesario mucho), las

oraciones aparentan significar muchas cosas distintas

y a veces contradictorias, algunas de las cuales

dejan una impresión imborrable de sabiduría. Este

efecto polisémico se debe de hecho a una ausencia

total de significados intrínsecos. Aún así, en

condiciones ideales, la libre interpretación de estos

textos, al igual que la de las manchas de tinta de

los psiquiatras, además de ser definitivamente

divertida puede desencadenar revelaciones que no por

falsas son menos útiles.

Tal hemos observado mientras nos apegábamos al

obsoleto programa contenido en la carta del vidente.

No somos, por cierto, las mejores mentes de nuestra

generación, pero sin duda tampoco somos las peores.

Ahora que ha llegado el momento inaplazable en que

nos vemos obligados a transigir con el mundo

exterior, aunque sólo sea por el afán de

transformarlo en algo más parecido a nuestros sueños,

haciendo uso de toda nuestra sobriedad ofrecemos los

siguientes apuntes de nuestro cuaderno de campo.

Saque cada quien sus propias conclusiones.









7

PALABRAS PREVIAS

El libro de mermelada Jorge Jolmash









No pretendemos fatigar al lector con dudosas

interpretaciones, decimos las cosas tal como

sucedieron en verdad, sin agregar ni una coma que no

hubiese existido. Si no quieres creernos es tu

elección, pero luego no digas que fuiste inducido por

señales engañosas, mejor asume la responsabilidad por

tu mala fe como un adulto.

La historia que vamos a contar, involucra en

términos generales a Leandro, a quien después

conoceríamos como el Archidiácono de las gafas, a

dios y a Susana, además de a una multitud de

personajes menores como Lagartija y el doctor

Kreenling. Y sobre todo a la Razón y la Locura.

Podemos decir que todo este texto que te invita a

perderse en él como en un bosque ignoto, es al fin y

al cabo una alegoría más o menos elaborada de la

interminable lucha entre el raciocinio y la

irracionalidad 1. Como tal fue por lo menos redactado

nuestro mundo de mermelada, aunque no por eso

queremos limitar tu soberana lectura. Paséate pues

con toda libertad (o como diríamos «como Juan por su

casa») por este libro que con ese efecto hemos

concebido.

Y procura, si puedes, traer de vuelta una joya

cada vez que te sumerjas en sus salobres aguas.

Porque de su fondo brotan perlas de bilis como leche

del túrgido globo del seno materno. Porque cada

travesía conduce a la fuente de la cual salió la vía

láctea. Porque ya descubrirás tú mismo la respuesta a

todos los porqués.

Dejemos entonces de posponer el disfrute de este

disparatado festín que presentamos a tu exigente

paladar.



1

Querríamos hacer notar que, como resulta evidente, quienes

presentamos los siguientes argumentos no lo hacemos desde el

punto de vista de los amigos del caos. Por el contrario, se

necesita tener mucha fe en la razón para tratar de medir

cualquier clase de armas mentales contra un campo de

jitanjáforas.



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Ojalá tus dientes sean suficientemente fuertes

para masticar estas ostras y te permitan chuparles

todo el jugo que tienen para ti. Aunque la verdad lo

dudamos bastante…









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LA HISTORIA DE LEANDRO

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Cansado de no poder llegar a donde quería,

Leandro descreyó de la magia que le enseñaron sus

ancestros y se volvió seguidor absoluto de la noble

ciencia que no tardó en decirle qué camino debía

seguir. Necesitaba ahora comprender el mundo, no sólo

con su cerebro, sino con cada una de sus vísceras.

Trascender de una vez por todas ese estado de vaga

enajenación de las capacidades humanas. Vencer el

sórdido abatimiento del ángel de la cotidianeidad.

Golpear, en fin, las redes de los dragones lóbregos y

los cazadores de metáforas.

Y como lo único que se le ocurrió fue convertirse

en otra persona, eso fue lo que hizo en verdad.

Aunque otros creerían que dimitir a su propia

individualidad fue una ineludible cobardía que lo

transformó una especie de traidor ontológico,

nosotros no estamos de acuerdo, sería una hipocresía

de nuestra parte. Simplemente lo contamos como

sucedió. Decidió transformarse en un personaje

oscuro: el ultra racionalista Archidiácono de las

Gafas, (nosotros) un paladín del intelecto que creía

sinceramente en que estaba ejerciendo su inalienable

derecho de modificar al mundo a su antojo. Si el

sueño de la razón produce monstruos —pensaba el

Archidiácono— más nos vale mantener a la razón

despierta y trabajando.

Y que nadie diga que no hacen falta pantalones

para jugar a ser dios, y luego matar a dios.









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UN DUENDE ES UN PLATO DE MANTEQUILLA

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Un duende es un plato de mantequilla;

un amasijo de contradicciones que se estrellan en

la pared del vecino y no dejan de chisporrotear sobre

árboles y reservas;

una estratagema del ocaso, de esa dulce

introspección que se arrodilla cuando soñamos temas

que nadie se atrevería a entender en todo su

esplendente horror;

un beso (frío) en el filo (helado) del bolígrafo;

un poderoso cuento para dormir a los indios y

venderles arañas del tamaño de una cancha de futbol;

un deseo por siempre insatisfecho de cristal

cortado y sopa y descanso los fines de semana y

feriados;

yo con mis manos de hueso, vos con tu vientre de

pan;

un libro cuyas páginas están pegajosas por el

sudor de un muerto, y el muerto eres tú o, si acaso,

un familiar cercano;

un vacío hambriento en la boca del estómago;

la sorprendente autoridad de los anfibios en

cuestiones de tradición;

la Real

Academia

de las Pulgas;

un pez globo con los cachetes inflados y aire de

magnate;

el rechinar de las calles bajo nuestros zapatos

bien aceitados;

un placentero afinador de la memoria;

una probadita de lo que sería pasar el resto de

tu vida en el manicomio;

una frase sin sentido como podrían serlo (por dar

un ejemplo): «¿dónde fuiste anoche?», «te quiero



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mamá», «ponte el suéter», «y el ganador es…», «estás

despedido», o «hay una aspirina de colores en el

cajón de la cómoda»;

la única forma de cultivar ilusiones que brotan

de un suelo humeante y —hasta cierto punto—

repulsivo;

un inofensivo pasatiempo de la clase dominante;

una forma de ir al cine, aunque bastante distinta

de las habituales;

o el guiño cargado de paciencia, de serenidad y

de perdón recíproco que un acuerdo involuntario

permite a veces intercambiar con un gato;

un duende, en fin.









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CONSIDERACIONES ACERCA DEL TEST DE

KREENLING

El libro de mermelada Jorge Jolmash









No todo el mundo toma la vida de la misma manera.

Algunos la toman tal y como viene. Recién

desempacadita del envase, cuando aún conserva su

color y aroma, y sobre todo, su temperatura. Podemos

afirmar sin temor a equivocarnos que lo que conserva

la atención de los jóvenes en la vida, es justamente

su temperatura.

Algunos sujetos, acudiendo a nuestro llamado, han

permitido que se les incluya en este estudio. Los

experimentos que se llevaron a cabo en ellos son

extremadamente sencillos, prácticamente indoloros, y

lo que es más importante, muy reveladores.

Una de las pruebas más hermosas, el test de

Kreenling, consiste en suspender indefinidamente el

suministro de vida de cada uno de los sujetos de

estudio. En estos casos, el paciente suele reportar

un descenso en la temperatura que nos hace sospechar

que existe cierta conexión entre la vida y el calor,

si bien aún es muy prematuro precisar de qué tipo. Lo

cierto es que tras una suspensión muy prolongada de

vida se han llegado a presentar casos de

congelamiento.

Otro problema muy común provocado por la

suspensión en la ingesta de vida es la intoxicación

por mariscos. Se ha sugerido que la digestión de los

productos marinos inhibe el metabolismo de la vida,

lo cual causa su acumulación patológica en las

inmediaciones de la glándula pituitaria.

En todos los casos la privación del suministro de

vida conlleva eventualmente a la muerte, sin embargo,

en ciertas condiciones puede mantenerse al organismo

con dosis muy pequeñas de vida, aunque no sin

presentar ciertos efectos secundarios que, a la

larga, pueden ocasionar necrosis del tejido vascular.

Por otra parte, la vida en dosis muy elevadas

provoca cuadros poco recomendables, caracterizados en

su mayoría por un exceso de actividad nerviosa y un

incremento notorio de la temperatura. En algunos

sujetos se ha detectado incluso una cierta propensión



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



a dormir en el piso y beber agua del retrete, si bien

se trata de casos aislados (al respecto véanse las

interesantes observaciones de Sánchez et al, 1998 a y

c).

Cabe aclarar que hoy por hoy, el metabolismo

concreto de la vida es prácticamente desconocido, aún

cuando se conocen la mayor parte de sus agonistas y

antagonistas específicos, e incluso ya se ha logrado

sintetizar a algunos de ellos.

Una corriente de pensamiento que ha tomado fuerza

en los últimos años, postula que el catabolismo de la

vida está relacionado con el ciclo del ácido

tricarboxílico. Otra escuela que, a pesar de haber

perdido muchos adeptos aún conserva a la mayoría de

los especialistas en la materia, propone que la vida

es simplemente un mensajero químico que interactúa

con los receptores dopaminérgicos que se encuentran

en las membranas celulares de las células glía. Ambas

tendencias son mutuamente excluyentes, sin embargo,

su yuxtaposición ha generado una tercera escuela que

bien poco comparte las opiniones de sus predecesoras.

Esta última sostiene, simple y llanamente, la

inexistencia de la vida.









18

966 END

El libro de mermelada Jorge Jolmash









La idea era hacer las cosas lo mejor posible,

progresar. Permitir el innoble avance de nuestra

horda de simios vanidosos. Mostrar la casta, nuestra

dotación genética de suerte. Desarrollarnos, pues.

Y eso fue lo que intentamos hacer, buceando en

nuestros sueños, intentando llegar a donde nadie

había llegado antes; altius, citius, fortius, o algo

así. Y logramos amasar fortunas inconmensurables sin

caer en las trampas del viejo moloch de torcidos

dientes. O al menos eso hemos creído siempre.

Pero tampoco podíamos confiarnos demasiado, y eso

nos hacía oscilar en ciertas ocasiones como una

veleta de papel periódico. Es decir, también

dudábamos, o más bien, simplemente dudábamos, de todo

y de todos (incluidos nosotros mismos, claro está).

Esto último, por demás está decirlo, rara vez nos

sirvió de gran cosa pero nos hacía sentir realmente

bien.

Y la verdad mucho nos faltó para ser como el

mejor artesano, que tronaba sus trompas contra la

usura y luego acababa como aliado de los nazis. Y

mucho nos faltó para ser como el miope que se

masturbaba en Dublín. Y mucho para ser como el

exquisito cubano, como el colombiano con voz de

encantador de serpientes, como el argentino neurótico

que le temía a los espejos, como el otro argentino

que nunca se cansó de perseguir, como el italiano que

hablaba todos los idiomas del mundo, como el inglés

que estaba enamorado de las niñas, como el mugroso

yanqui que sabía que era infinito, como el

protoredneck alcohólico que amaba al deep south, como

el niño santo que veía el futuro, como el académico

francés que tenía la nada en la cabeza, o como su

compatriota que se montaba sobre la multitud con un

rifle ardiente con el cual abatía a la mitad de la

población (quizás debí hablar primero de él).

El caso es que hicimos lo que pudimos.



Preguntamos al oráculo en el día Kuei sze



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¿Habrá lluvia?

¿Vendrá la lluvia del Oeste?

¿Vendrá la lluvia del Este?

¿Vendrá la lluvia del Norte?

¿Vendrá la lluvia del Sur?



Y Kung dijo: «They have all answered correctly

that is to say, each in his nature».



El mundo como un palimpsesto (yo estoy vivo y

ustedes están muertos ustedes los que fueron

eliminados por la explosión que debió haberme

eliminado a mí son los medio vivos los difuntos en

hibernación en el moratorio donde creen que hiberno

yo estaba antes que el universo existiera hice los

soles hice los planetas engendré la vida y los sitios

que los habitan soy el verbo y nunca se dice mi

nombre el nombre que nadie conoce que mutará en

aparato eléctrico en cerveza en café en aderezo para

ensaladas en antiácido en navaja de rasurar en

revestimiento para cocinas en institución bancaria en

acondicionador para el pelo en desodorante en

somnífero en jalea en brassier en bolsas para

conservar comida en remedio contra el mal aliento en

cereal y por fin en entidad omnipotente para al final

morder el anzuelo y caer en la trampa).









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CANTAR DE ENAMORADOS

El libro de mermelada Jorge Jolmash









El agua era negra dentro de las ramas ¿Quién dirá

mi niño lo que tiene el agua?

Y cuando con una sonrisa en los labios quiso

ahuyentar a los fantasmas de sus antepasados

purulentos, no encontró mejor manera que

sumergiéndose de golpe en un océano de nostalgias

bárbaras, y corrigiendo la dicción secreta de las

estatuas. Su carne recordaba la de un santo por su

palidez, pero su salud era fuerte. Nadie hubiese

dudado en encargarle semejante tarea.

«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace,»

sus labios se movieron de memoria «de tal manera mi

razón enflaquece, que con razón me quejo de la

vuestra fermosura».

Con la túnica a medio amarrar dio un trago

diabólico al bebedizo de las mujeres de lúbrica

cintura (casi sin respirar vio como las cosas se

deformaban a su alrededor). Las caras habían cambiado

todas y los ojos de las damas centelleaban en busca

de un final feliz. Un gemido de placer se ahogó en su

garganta, mientras constataba la luminosidad de sus

párpados. Sacar de mi sistema a todos los hijos de la

locura.

La recordada curvatura de una fiesta perfecta

desparramaba los tentáculos en un salón de paredes

gastadas y roñosas. Un tambor de plástico tocado por

un niño disfrazado de nomo inundaba el ambiente como

un millón de enredaderas apareándose. Tras otro sorbo

del licor de las brujas, Leandro descubrió que su

garganta había adquirido un sabor a la vez dulce y

grave. De golpe le asaltó la idea de que había

llegado al manantial de todas las emociones. Todo era

posible (y deseable) a partir de ahí.

Entonces comenzó a escupir el alma, con las

rebabas de los planetas abortados cubriéndole las

lágrimas. Poco a poco se le fue desmoronando el

acuerdo y los pájaros volvieron a cantar.

Duérmete rosal, que el caballo se pone a llorar,

su belfo caliente con moscas de plata.



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EL RECURSO A LA LOCURA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









El recurso a la locura debería ser, después de

todo, un recurso extremo. El último refugio de

nuestra maltrecha humanidad en contra de las garras

del absurdo mundo de mermelada. Como una zarpa enorme

que acaricia la arena, una marejada gigante inunda el

viejo barrio en donde coquetos poetas jugaban sus

juegos inútiles. Pero no por eso voy a llorar. Peores

serán las madrugadas del hambre.

Un deseo de recuperar las sinfonolas y trombones

de la infancia nos ahoga lentamente. Tragando saliva

echamos un vistazo a la eternidad, nuestra peor

enemiga. Y aún hay algo más, aunque no acierto a

explicarme.

Nadie sabía mejor que nosotros que al aceptar el

imperio de la razón nos volvíamos menos sensibles,

pero en cierto sentido orgulloso, más humanos. PORQUE

SIMPLEMENTE HEMOS DECIDIDO NO ESCUCHAR AL DOMINGO de hoy en

día. Muera la metafísica y viva la metodología

mitológica en su recinto famoso. Y viva de una vez

por todas la locura. Muera para siempre la hermana

locura.

Y después de todo es por una cierta debilidad

ante las aristas del paisaje que decidimos recurrir a

sus alados pies. Sea la locura un intenso descanso

del bastón. Pero un descanso fértil, al fin y al

cabo. Sus áridas esquinas contienen la violencia del

universo entero y una lámina de carbono. Imperio

fatídico de leche cortada.

Poco a poco permitimos a nuestros ojos color

púrpura interpretar la pálida línea que divide a los

2 grandes mares del odio y la sabiduría. Acorazada

revancha del sentido que a fuerzas de exasperar la

polisemia, termina rayando en lo unívoco.

Brillan las luces fluorescentes en las

carreteras. Out, out, brief candle! Tal parece que te

encontrarás finalmente gracias al turismo. No lo

olvides, Life’s but a walking shadow, a poor player,

pobre, pobre. Placer en la punta de la lengua. That

struts and frets his hour upon stage, elevándose en



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



un augurio pasajero. And then is heard no more. It is

a tale, y mira ni más ni menos que contado por un

idiota. Told by an idiot, full of sound and fury, te

lo digo, by an Idiot Faulkneriano. Pon atención, si

te fijas detrás del árbol verás a Benjy, el idiota;

más para allá a Quentin, el desesperado, y junto a la

casa grande a Jason, el amargado. Pero al final ni

siquiera entenderás de qué se trata porque resulta

que no significa nada.

Signifying nothing.

Las verdaderas palabras proféticas son las que no

se dicen pero se intuyen en los silencios de la casa

de huéspedes. Sir Francis Bacon era inocente de los

cargos que se le imputaban y eso debe bastarnos.

Reflexiones cíclicas infinitas. Revelaciones falsas

de mi Xiyouji privado. I celebrate myself, and sing

myself. Yo nací de un huevo de piedra, creado a

partir de una roca tan antigua como el tiempo y las

esencias del cielo y de la tierra. Sólo yo puedo

retar a unas vencidas al poderoso Emperador Jade.

Sólo yo me atrevo a orinar el dedo del Buda. And what

I assume you shall assume, for every atom belonging

to me as good belongs to you. Sólo yo fui castigado

por comer los duraznos de la inmortalidad. Analogías

Darwinistas y Judeocristianas.

Y Estragón y Vladimir que siguen esperando en

vano.

El psicoanálisis de una tetera oxidada. Presa del

insomnio ideal de Giacomo Joyce.

Algo así como esa sensación de provocar

impunemente un efecto.

Y hacer auto referencia, sin duda. (Tarde o

temprano todos acaban hablando de la misma lata de

SOPA Campbell’s). Supongo que ya te diste cuenta de

que varias de las pistas eran falsas. Signifying

nothing.



POSDATA AL RECURSO A LA LOCURA

Pero también hay días en que la droga sabe a

orines y nada acierta a hacer salir a los vientos de

su madriguera. Entonces, una tristeza rancia que

recuerda el olor de los viejos libros de amarillentas

páginas, se instala para quedarse en la funda de

nuestros abrigos. Y puede haber sol en las mañanas,



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



no digo que no, pero hay también una preocupación

medio enfermiza por llegar a tiempo a la escuela o al

trabajo. Como si al fin y al cabo no termináramos

pasándonos las mañanas ociosos, entre una visita al

cine del barrio (dos películas por el mismo boleto) y

yacer tumbado en el pasto del patio. Junto a la

piedra redonda tan chistosa (obviamente).

Pero a la vez existe un transformador que se

consume lo mejor que tenés (ayer soñé con los

hambrientos, los lobos, los que se fueron, los que

están en prisión). Hay golpes en la vida tan tristes

(yo no sé).

En el fondo sospechas que el problema es que el

tiempo se congeló en un punto cristalino sobre el

medio día y todos los seres vivientes padecen de unas

vacaciones interminables. Algo así, cuando menos,

aunque luego te retractas por haber pensado lo que

pensaste (y después de todo ¿qué pensaste?). Sabiendo

que no es tu día te quedas horas observando a las

hormigas como Edward Wilson, sólo que entiendes menos

su comportamiento. Y bueno, a quién le importa.

(signifying nothing)









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CASTIGO

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Yo era, hace tiempo, un dios bueno. Inventé de la

nada una curiosa raza de seres humanos capaces a la

vez de un incipiente raciocinio y de la insolente

pretensión de saberlo todo.

Bien vistos, mis hijos eran algo ridículos. A

pesar de que siempre estaban imaginando historias

acerca de mí, era obvio que me querían. O por lo

menos que sabían que les convenía quererme, da igual.

Yo me pasaba los siglos pendiente de sus actos,

les impulsaba a alcanzar cada vez nuevos y mayores

logros tecnológicos y, de vez en cuando, hasta les

reprendía con desgana cuando hacían cosas que no me

parecían apropiadas.

Un mal día —no sé por qué, los designios del

destino son inexpugnables hasta para mí— uno de

aquellos pobres diablos hizo algo que me molestó. En

honor a la verdad ya ni siquiera recuerdo qué fue lo

que me enfureció, así de absurda encuentro ahora la

causa de mi ruina. El caso es que arremetí contra el

impertinente a maldiciones, le vaticiné la muerte a

todos los de su estirpe y, no contento con eso, lo

aplasté de un manotazo.

Muy tarde comprendí hasta que punto había llegado

mi locura. Al causar la muerte de ese insignificante

ser, había desencadenado la tormenta que me arrastró

hasta mi purgatorio actual. Había privado a una

partícula de mi voluntad divina de la posibilidad de

vivir, había apartado de su entendimiento el soplo

que le permitía concebir todas las cosas del mundo,

le había, en fin, clausurado el universo que yo mismo

le ofrecí mendazmente.

Arrepentido por mi injusticia, juré que me

castigaría por cada uno de los momentos que le había

arrebatado a ese ser. Siendo su muerte tan infinita

como mi propia inmortalidad, procedo a penar por cada

uno de los segundos que caben en la eternidad.

Por eso ya no bajo a la tierra tan seguido como

antes. El otro día, oí que uno de los parroquianos





29

El libro de mermelada Jorge Jolmash



del café de la esquina creía que estoy muerto. Hay

que ver las cosas que tiene uno que soportar.









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EL JARDÍN PERVERSO DE LA EMBRIAGUEZ

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Susana decidió internarse un día en el jardín

perverso de la embriaguez. Lentamente se había ido

cubriendo de hastío y supo que era el momento de

ejercitar su locura o resignarse a perderla del todo.

Como sabía que nadie iría a molestarla, se encerró

toda la tarde sola en su casa, apenas acompañada por

dos caguamas y una botella de tequila barato. Primero

pensó en preparar una botana, pero luego, la urgencia

de perder el control le aconsejó tener el estómago

vacío y susceptible para lo que pudiera suceder.

Con gesto tembloroso por el deseo (aunque

realmente no lo acostumbraba, justo entonces

necesitaba una borrachera terrible que le hiciera

convulsionar el aburrimiento y la rutina) destapó una

caguama perlada de rocío y se colgó de su boca como

si la cerveza fuera oxígeno para sus pulmones.

Hubiera deseado acabársela de un solo trago, pero no

le alcanzó el aire y tuvo que empinársela otra vez.

Luego, con un escalofrío metálico dejó la botella,

vacía e inservible sobre la mesa. Con una sonrisa

torcida comprobó que comenzaba a marearse.

Sacó entonces de la bolsa del supermercado la

botella de tequila y tomó un vaso de la alacena. Como

no tenía caballitos a mano, se sirvió lo que en ese

momento consideró el equivalente en líquido dentro de

uno de los vasos y se lo bebió de un trago. Tras una

mueca y un par de toses fuertes, sintió entumidos la

nariz y los labios. Luego repitió la operación un par

de veces, sólo que en cada una era más difícil

calcular el tamaño del caballito que en la anterior,

por lo que la última vez, el trago era casi de medio

vaso. La sonrisa torcida se le convirtió en carcajada

y reconoció que ahora sí estaba plenamente borracha.

Sin embargo, algo que pujaba por salir de su

interior le dio a entender que no era el momento de

detenerse. Le costó trabajo encender el cigarrillo

sin filtro, pero en cuanto lo hubo hecho, aspiró el

humo con todas sus fuerzas. El tabaco la mareaba un

poco más, pero también le permitía sentirse más dueña

de sí, como si la nicotina fuera el sintonizador fino



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



del alcohol. Trastabillando, se levantó de la mesa y

fue por el otro envase de caguama y un limón. Aunque

jamás había oído hablar de semejante coctel, se le

antojó mezclar el tequila con la cerveza, limón y un

poquito de sal. Como le supo sabroso, se lo fue

bebiendo poco a poco mientras se quitaba la ropa.

Primero se desprendió de la blusa sintiendo como

se erguían sus pezoncitos por el frío y la travesura,

y luego se desabrochó el ajustado pantalón de

mezclilla y se lo bajó mientras el vientre se le

volvía líquido. Cayéndose, pero sin soltar su vaso

(que para entonces era verdaderamente delicioso) se

dirigió al escusado a expulsar un grueso chorro de

orina.

Mientras orinaba se dio cuenta de cuan deseable

era. Si algún hombre la estuviera espiando en ese

momento (y la idea no le disgustaba tanto) hubiera

enloquecido irremediablemente por su carne pálida y

jugosa. Pero entonces no había ningún hombre cerca y

Susana descubrió que no le hacía falta, con el puro

deseo que sentía por sí misma, por su cuerpo semi

adolescente, le bastaba y sobraba. Se levantó del

escusado y comenzó a palparse las nalgas enormes y

redondas. Aunque efectivamente tenía un poco de

celulitis (que normalmente hacía todo lo posible por

esconder pero que en esas circunstancias la hacía

sentir aún más sexy) se sabía muy atractiva. Sin

dejar de amasarse las nalgas, se limpió la vulva con

un pedazo de papel y al hacerlo se frotó el clítoris,

que respondió a su llamado con mansedumbre.

Al sentir levantarse su clítoris, Susana comenzó

a acariciarlo, al principio con desgana, pero después

cada vez con mayor fuerza y ritmo. Un gemido bovino

de placer se le escapó cuando empezó a introducir los

dedos en su vagina dulcemente lubricada. En ese

momento sólo pensaba que era una hembra en celo,

buscando una verga enorme, una auténtica tranca, que

la partiera a la mitad y la traspasara hasta que las

últimas fuerzas abandonasen finalmente su cuerpo. Con

la mano que no tenía ocupada dentro de su vagina, se

manoseó, lúbrica y pura, las tetas de duro estaño,

pero al apretarlas le dolieron un poco, lo cual

paradójicamente aumentó su excitación.

Entonces, algo sucedió. Un chopo de cristal, un

sauce de agua. Los gritos brotaban de su boca como

salidos del más refrescante de los manantiales. El

33

El libro de mermelada Jorge Jolmash



placer le desbordaba por cada poro, haciendo que se

le olvidara que era Susana, completamente ebria y

tirada en el baño, y sintiéndose un bulto feliz.

Luego comenzó a vomitar. Un sauce de cristal, un

chopo de agua.









34

DE PRISIÓN (CIVITAS NOVA)

El libro de mermelada Jorge Jolmash









La ciudad es el universo, me atrevería a pensar

que más allá de sus confines no hay nada, o si acaso,

un conjunto de ilusiones mal orquestadas. La ciudad

(esta ciudad, que al fin y al cabo es la única) es

infinita e hipnotiza a sus habitantes con sus fuegos

de artificio. Hoy tuve la sensación de que moriría

antes de abandonarla, y juro por lo más sagrado que

no hay nada que deseé más que alejarme de ella.

Odio sus casitas, todas iguales, pintadas de

color caramelo, con una sala de estar comprada en el

súper y afiches colgados de las paredes mugrientas.

Odio sus calles olorosas a caño y gatos muertos,

donde el sol revienta como una sandía bomba,

generando con sus rayos el musgo que infecta las

banquetas. Pero sobre todo, odio a su gente —

incluidos yo mismo y todos mis amigos cercanos— que

deambula por ella como ratones en la nevera,

odiándola como sólo se puede odiar a una mujer muy

hermosa que no deja de despreciarnos, pero al mismo

tiempo incapaces de inventar una ciudad nueva donde

los millones de ojos de un árbol de liquidámbar nos

protejan del salitre y la arena que poco a poco se va

filtrando en nuestros pobres riñones.

Mientras tanto, la ciudad —la única— nos golpea

con un millar de relojes de litio y se estanca sobre

nosotros como amenaza de un inminente atentado.

En verdad desearía largarme hacia una casa enorme

y solitaria, cuyas paredes estén hechas de bloques de

harina y sal, pero temo que me fallarán las fuerzas

como siempre que planeo la retirada. Lo peor de la

ciudad es que es tan inevitable…









36

TRATADO DE LA VERDADERA HISTORIA DEL

INFIERNO, OBRA HERMOSA Y AGRADABLE DE

ARMAS Y AMORES, IMPRESA DE NUEVO Y

CORREGIDA CON LA RELACIÓN DE LOS HECHOS

ESPANTABLES QUE LE OCURRIERON A MAESE

LAGARTIJA QUE NO APARECE EN LAS

EDICIONES ANTERIORES, COMPUESTA POR EL

ARCHIDIÁCONO DE LAS GAFAS

El libro de mermelada Jorge Jolmash









I

El infierno —contrariamente a lo que casi todos

creen— no es un lugar aislado del mundo, cerrado de

puertas y ventanas, donde una guardia de infames

diablejos se encarga de cuidar que los internos no se

escapen. El verdadero infierno tiene las puertas

abiertas todo el tiempo y la gente entra y sale

cuando quiere. El truco consiste en que la mayoría de

las almas que están ahí en realidad no quieren salir,

y por lo tanto se quedan hasta que su eternidad

viviente se transforma en una eternidad reseca y

estéril.

Algunos porque esperan recibir una ganancia (que,

adivinen qué, jamás llegará), otros más porque no

tienen noticias de una forma distinta de pasar los

días, y aún otros porque con el tiempo han llegado

incluso —faltaba más— a profesarle cariño. Casi nadie

sale del infierno. Si acaso alcanzan a sacar la

cabeza por la ventana (con expresión de cocker

spaniel en un volkswagen) y medio vislumbran

horrorizados lo que hay más allá.

Y es entonces cuando empiezan a recriminarse y

desean arrancarse los ojos y piensan: «Si seré bruto,

mira que tener a la Belleza sentadita aquí en las

piernas y a la mera hora encontrarla amarga e

injuriarla. Y ahora ya jamás me perdonará ni querrá

saber más de mí, ¿por qué serán las damas tan

quisquillosas con los ingenuos? ¿Por qué me habré

dejado llevar por ese esnobismo de admirador de papel

tapiz con bigotito y boina? ¿Qué no puedo volver al

momentito en que todo se dañó, y reparar mis actos?

Debí haberlo pensado dos veces».

Pero entonces es demasiado tarde y el pellejo de

los internos se secó y les da una apariencia de

pequeño súcubo desdentado y maloliente. Y ya nadie

quiere salir del infierno cuando eso pasa, porque ese

aspecto vergonzante es demasiado para andar

exhibiéndolo por ahí y hasta los menos vanidosos se

sienten ridículos.



38

El libro de mermelada Jorge Jolmash



Y hay otros que han llegado a perder todo rastro

de orgullo y ya no pueden vivir sin que alguien los

torture. Tal vez sean una bola de pervertidos que

necesitan que los golpeen para obtener una erección,

en cuyo caso tampoco hay nada que hacer. El paciente

preferirá quedarse en el infierno aún a sabiendas de

que es el lugar más miserable en el universo.



II

Otra cosa que la mayor parte de la gente no sabe

es que el infierno no es un concepto absoluto, sino

uno relativo. Trataré de explicarme mejor.

Supón que hay una cierta alma torturada en el

infierno que, para efectos del presente texto,

llamaremos Equis. Equis, como su nombre lo indica es

un sujeto promedio sin ninguna característica

especialmente notoria, al cual uno podría estar

viendo durante horas y horas sin poder distinguirlo

de su propia sombra. Un perfecto mediocre, si se me

permite el oximorón.

Equis sufre mucho por esa situación y es en parte

por eso que se encuentra en el infierno, pero no

puede hacer nada al respecto, por lo que trata de

sobrellevar su existencia de la mejor manera posible.

Un buen día, el demonio lujurioso del licor

seduce a Equis a buscar consuelo en el fondo de una

botella, en compañía de dos de sus más olvidables

camaradas, los señores Ye y Zeta. Aunque al principio

la borrachera entumece la profunda sensación de

futilidad de Equis, poco a poco, según va

transcurriendo la noche, un intenso remordimiento se

va apoderando de él. De pronto comprende que la

intoxicación no lo individualizará, sino por el

contrario lo hará parecer más ordinario. Sumido en

tales pensamientos, Equis se queda dormido sobre la

roja barra del bar, perdido en el más oscuro de los

infiernos oníricos.

Al día siguiente, cuando despierta en su cama

(aunque la verdad no recuerda cómo llegó ahí), Equis

se siente fatal. Casi puede imaginarse su cara de

baboso promedio, completamente idéntica a las fotos

del resto de los idiotas que salen en el periódico.

Imposible de distinguir de la masa informe de

monigotes llamados Juan Pérez que pululan en

cualquier ciudad. Casi deseando que un rayo lo

39

El libro de mermelada Jorge Jolmash



fulmine, Equis se arrastra fuera de la cama y se

dirige al espejo a saborear su desgracia.

Pero ¡Oh, sorpresa!, cuando llega hasta el baño y

se mira en el cristal empañado, lo que descubre lo

deja en un estado de indescriptible felicidad. Su

rostro ya no es igual al de la oscura legión de

burócratas como el día anterior. Ahora su frente y

sus mejillas, su boca y sus cejas, los huecos de su

nariz y sus rizadas pestañas, su cara en fin, es de

un brillante color rojo como la barra del bar donde

se quedara dormido.

A partir de hoy, Equis será reconocido por todo

el mundo gracias a su peculiar color, y con el tiempo

hasta su nombre se borrará de sus facciones y

adquirirá el más apropiado apodo de Rojo y, por

momentos, llegará hasta a ser feliz.

De esta forma irá construyendo una barrera que

acabará por debilitar al infierno, transformándolo de

un concepto absoluto e infalible, en uno real y

latente pero limitado, y lo que es más importante,

susceptible de ser vencido.



III

El mar como una bestia de diez mil lenguas, cuyo

salitroso aliento todo lo corrompe, me trae a la

memoria el recuerdo de Phlebas el fenicio (pobre

marinero ahogado, mirando al infinito desde su

infierno de salmuera).

Lamen las olas los pies de los bañistas como si

quisieran comprobar su sabor antes de engullirlos, y

en el cielo las fragatas —enormes y negras como

moscardones antediluvianos— ensayan los giros de su

danza, esperando el momento propicio para abalanzarse

sobre nuestras frentes insoladas.

¿Cuál es el secreto de la arena?

¿Cuál es el secreto

de la arena 2 que vuela ante la más

leve provocación de la brisa y se infiltra en los más

recónditos huecos?







2

… miedo en un puñado de polvo.



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



De la arena que se incrusta en los lagrimales y

en los bikinis, y lo mismo engendra dunas que

polvaderas.

¿Cuál es su secreto?

Eso sólo Satanás lo sabe y tal vez Phlebas (y

Tiresias).



IV

«¿Cuál es el secreto de la arena?» se preguntaba

Lagartija.

Lagartija es un pobre diablo que vive en Infierno

(Unreal City) y que gusta de ir todos los domingos y

días festivos a la playa del Océano de Fuego. Él cree

que la violencia de su oleaje y las intensas

concentraciones de sal en la brisa han terminado por

curtirle la piel, protegiéndola del daño causado por

el paso del tiempo.

Lagartija vive en una alcantarilla con aire

acondicionado por la que paga más de la mitad de su

salario y su única pertenencia es una chamarra de

cuero gastada por el (mal)uso. Cuando no come las

inmundicias que le sirven en el comedor de empleados

de su trabajo, Lagartija se la pasa cazando moscas y

hormigas que más tarde bañará en chocolate para

atenuar su sabor agrio. De hecho, para él los días de

fiesta son cuando se decide a vencer la pena y buscar

en el tacho de la basura los restos de algo que

alguna vez haya tenido carne. Lo cierto es que su

empleo eventual lavando baños con la lengua no le

permite darse más lujos que ese y, cada fin de

semana, una damajuana de alcohol de madera para

olvidar y un paseo por la playa.

Un buen día, Lagartija abordó el diabólico

autobús que, semana con semana, lo conducía a su tan

ansiada excursión. Ese día no se sentía muy bien; el

corazón se le ahogaba en un alboroto de palpitaciones

a causa del medio kilo de hojas de lechuga envueltas

en papel periódico que se acababa de fumar, y un

discreto dolor de cabeza comenzaba a picotearle la

sien (media damajuana de alcohol metílico se

balanceaba en algún lugar entre su pecho y su

espalda, provocándole algunos calambres casi

agradables). No es de extrañar, pues, que entonces se





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El libro de mermelada Jorge Jolmash



ocupara de la pregunta que eternamente le

atormentaba: «¿Cuál es el secreto de la arena?».

Distraído por el curso de sus pensamientos,

Lagartija dio un brinco al notar la presencia de una

mujer atractiva, como de cuarenta y tantos años de

edad, con brazos de músculos marcados y un soberbio

par de tetas operadas.

De pronto, una potente chispa se generó entre

ellos, haciéndole comprender a Lagartija toda la

futilidad de la vida que antes llevara. Poco a poco

(es decir, con aparente lentitud, pero en apenas una

fracción de segundo), Lagartija comenzó a ser

consciente de cuál debería ser su próximo paso.

Tomó a la ardiente arpía de la mano y se lanzó

corriendo afuera del camión, y corriendo llegó a la

playa, todo el tiempo con la bruja entre los brazos.

Sus labios se trenzaron siete veces (cada una en

honor a un pecado capital distinto) y conteniendo la

respiración se lanzaron al mar en llamas.

En una de las casas vecinas, un estéreo aullaba

el sonsonete cansado de una vieja canción yanqui:

«Where do bad folks go when they die?

They don’t go to heaven where the angels fly

They go down to lake of fire and fry

Won’t see’em again till fourth of july»









42

LEANDRO Y SUSANA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Con la cabezota hinchada de enciclopedias y

reglas de tres no tan simples como hubiese querido,

Leandro abandonó a las bacantes de lengua estéril a

fuerza de alcohol y juró no volver a sucumbir ante

sus encantos. Como hasta el más lerdo de los lectores

podría imaginarse, no lo consiguió, pero hay que

aclarar que no fue por inconstancia, sino porque

entonces conoció a Susana.



— Y ¿tú crees saber, lo que se dice saber?

— Yo creo que los golpes abollan las ideologías

más respetables y que la realidad lame mi

cerebro como haría una osa con sus cachorros.

— Presumes entonces de un bien que no te

pertenece, guapetón.

— Ni a mí, ni a nadie si a esas vamos. Pero dudar

de lo que se duda no puede más que ser una buena

señal.



Finalmente lo que los unía era la sed insaciable

que en ambos era un ardor ontológico.



* * *



a) texto encontrado en el cuaderno de la

fiebre

Lanzarse a la aventura. Inventar la calle.

Encontrar esos breves resquicios por donde se cuelan

las oportunidades y apropiarse de ellos. Batallar

como cada día de infatigable noche por apagar la sed.

Esa sed de ácido sulfúrico que nos devora la garganta

y nos obliga a salir de nuestro escondite en busca de

quién sabe qué cosas.

Aspirar el último aliento de la jornada a través

de un popote y una gaseosa, cuando parece que ya las

horas se cubren de melcocha. Sentir el dolor del

polvo que se queja bajo el golpeteo de nuestras

plantas. Mirar los sitios cotidianos como si jamás





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El libro de mermelada Jorge Jolmash



hubieran sido pasto de ningún ojo humano o animal.

Apagar —como ya dijimos— la sed.

Leandro salió como todos los días a comprobar que

el pavimento no se había evaporado con el rocío. Sus

ojos estaban algo resecos por el desvelo, pero su

pensamiento no estaba cubierto por ninguna gasa.

Respiró con cierto alivio el aire de la mañana.

¿Qué decir? ¿Cómo demostrar que esa voluntad de

cuerpos impulsados por discretos engranes y

conciencia absoluta no estaba contaminada por la

falsa esperanza? Sus manos dejaron sin que él se

diera cuenta de ser guantes, mientras montado en sus

zapatos, alcanzó la posición de un arbolillo. Tras

unos instantes su avance lo transformó en un punto en

el camino y terminó por sepultarlo en la ávida

memoria del olvido.

Sin embargo, ese árbol en el pasado inmediato de

Leandro, estaba destinado a ser su árbol. Ese árbol

había sido plantado por Susana, quien lo regaba sin

falta todas las mañanas después de soñar cada noche

que ese árbol era su hijo. Leandro era bastante más

grande que Susana y por lo tanto no podía haber sido

su hijo, y sin embargo lo era, porque aunque ni él ni

ella lo supieran el árbol era una representación de

Leandro. Era el Árbol-Leandro.

Susana tenía, aunque tampoco se había dado

cuenta, una planta de sí misma, sólo que no era un

árbol sino una enredadera que crecía en el techo de

su casa. La Enredadera-Susana era como Susana misma,

a la vez blanda y áspera y con una vocación

invencible de abrazar al mundo entero. Sus ojos —los

de Susana, por supuesto— se habrían empequeñecido de

insatisfacción al creer que nadie la deseaba. Su

único contacto real con otro ser se limitaba al riego

de aquel arbolito que crecía en su jardín y que era

en realidad el hijo que nunca tuvo: Leandro.

Leandro, por su parte, jamás se fijó en la casita

de un sólo cuarto donde vivía Susana, su falsa madre.

Él estaba ocupado como siempre en cambiar el rumbo de

las veletas a soplidos y tratar de apagar aunque

fuera por un ratito esa sed que le inflamaba las

entrañas.

Susana también tenía su sed, pero no era la

misma. La de ella era una sed de comunión, olvido de

su cuerpo y deseo de ser otra cosa, un bebé o una



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



madre pródiga. La sed de Leandro era en cambio una

sed de crecimiento, conquista y comprensión. Un deseo

irrefrenable de llenarlo todo con su cuerpo, un ansia

de movimiento perpetuo. Aunque ninguno de los dos lo

sabía, ambos eran víctimas de la sed.



* * *



b) conversación

— Y bueno, ¿tú que sabes, hembra de nutritivas

caderas?

— Sé de cierto que el contacto de mi piel cura la

malaria y el desconsuelo. Y sé también que soy

la prostituta y la santa, la Sophia mitológica.

— Lo cual me da la razón, pues entonces yo soy ni

más ni menos el demiurgo.

— Pobrecito Yaldabaoth, anorgásmico y con mal

aliento.

— No quieras jugar a la freudiana conmigo, che.

— Como dijo Lía: «Pim, los arquetipos no existen,

sólo existe el cuerpo. Dentro de la barriguita

todo es bonito, porque allí crecen los nenes,

allí se mete, feliz, tu pajarito, y allí se

junta la comida rica y buena».

— ¿Y eso?

— Es una cita.

— Ok, pero no faltes.

Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán

más polvo enamorado.



* * *



c) conclusión

Y primero había sido, como ya se sabe, el caos

informe de seductoras formas. Ningún Titán ofrecía

todavía su luz al mundo, ni Febo renovaba sus cuerpos

con el crescendo, ni la tierra, entregada a su propio

peso, estaba suspendida en el aire dando vueltas, ni

Anfitrite había extendido sus brazos a lo largo de

las riberas de la Tierra. Y a partir de ahí, el oro

de los alquimistas. El cálido bautismo del semen,

¿encontraría a la Maga? Por supuesto, vaya que si la



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



encontraría. Y después Hermes Trismigesto, rojo

mensajero de los dioses, dejó de asistir al llamado

de Oberón, Rey de las Hadas. Y Susana dijo hágase la

luz y la luz fue. Y el Archidiácono de las Gafas pudo

jugar al fin a ser dios.

Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán

más polvo enamorado.









47

EL ESPÍRITU DE LA ANARQUÍA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









ka tangi te kivi

kivi

ka rangi te mobo

moho...

Y luego todas esas razones prestadas que se nos

filtran como gotas de agua en una galería

subterránea, cultivando estalactitas y estalagmitas

en nuestra bóveda craneana.

O el miedo de los dolientes. El inolvidable mundo

que se abre de tanta incongruencia. El sólido grito

de un siglo envuelto en papel aluminio y ríos de

ostras que van glaseando los gases de la aurora.

¡Como si así se pudiera llegar a algún lugar! Tan

sólo el brillo de las azoteas y cierto anfiteatro de

ballenas de rubicundas mejillas.

Si es verdad que todo el aire apesta, no por eso

deja de ser amarillo el camino. Una nueva literatura

hecha por frases viejas masticadas una y otra vez por

la misma pluma. A la mejor aún es posible crear cosas

nuevas (¡Santo cielo, Billy! ¡Tal parece que la

máquina de golpes se quedó encendida!)

En este supremo vacío

anticuerpos de la noche

suero de mandarina

negaentropía

zapato.

Campos enteros sembrados con semillas

fosforescentes que gritan como esqueletos.

Apocalipsis de poca monta nos miran y quiebran las

estructuras del razonamiento. Hache intermedia.

Hordas de motociclistas borrachos golpeando a las

mujeres y violando a los infantes. Un tiro de gracia

contra El Sueño. La depresión fingida de los

estudiantes.

(saludos a la familia)

Peces distantes en arbitrarios océanos. Juguetona

lengua contra nuestras encías. Sarcófago de incienso

puro. Sed de estrellas y de rimas de romancero.



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El libro de mermelada Jorge Jolmash



Rebelión de los internos en el cementerio. Pánico

combinado con hambre.

El plan es el siguiente:

disolver las estructuras,

ablandar el cerebro con baños

ácidos de saliva y voces superadas por soldados

empíricos. Abolir el continuum espaciotemporal, aún

cuando sólo sea en el menor de los cuadrantes. Romper

la regla de la paciencia. Desarmar el sentido de las

frases. Trastocar de las frases el sentido. Ley de

fluidos y mordiscos.

El futuro que nos disecciona con su abrazo de

rayos equis. Insoportable deseo de un perfume fuerte

como bebida de moderación. Azúcar, dos onzas de

ginebra, la ralladura de un limón y una yema de

huevo. Rampa desdoblada.

El mero azar, nuestro poder.

Nuestro principal poder.

Pirámide.

Absurdo personificado por la guerra.

Simulacro de tablas cuyo orden puede ser

descifrado por un observador atento. Sindicato de

outsiders al servicio de la revolución bolchevique.

Flor de lumpen. El reflejo religioso del mundo real

únicamente podrá desvanecerse cuando las

circunstancias de la vida práctica, cotidiana,

representen para los hombres, día a día, relaciones

diáfanamente racionales, entre ellos y con la

naturaleza.

Bautizo de sangre en la popular sabana. Pócima

amarga, pero de impredecibles consecuencias.

La última oportunidad de volver ha quedado atrás.

Todas las barreras se desbaratan entre nuestros

potentes dedos. Turbulencia de mantras apócrifos.

Cápsula de harapos de civilizaciones extintas. No

las necesitamos para nada, sólo nuestros pies dejan

una huella hermosa, el resto son tonterías. Tal vez

algún día, un grupo de inadaptados que de seguro ni

son nuestros descendientes, sino los de nuestro peor

enemigo, descubre donde reposa el carbono catorce de

nuestros pobres huesos.





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El libro de mermelada Jorge Jolmash



Yo sueño que estoy aquí, de estas prisiones

cargado (y el mayor bien es pequeño).

(Yo, tú,

odio,

violencia,

lápida)

stop)









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PLAYING GOD (PARTE I)

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Pues señor, este era… —¡Un Rey!, dirán enseguida

mis pequeños lectores— Pues no muchachos; nada de

eso. Esta vez no era un rey sino un dios, pero no uno

de esos dioses barbados y de dientes perfectos, que

presumen de omnipotentes para ganarse el favor de las

diosas de grandes pechos, sino un niño dios pequeñito

y temeroso.

De hecho, era un diosecillo tan insignificante,

que el resto de los dioses de su barrio lo golpeaban

casi todos los días y le robaban su divino lunch.

Claro está que nuestro dios hacía unas rabietas

terribles cuando esto ocurría, pero como no quería

pasar por quejica, nunca acusaba a los dioses

abusivos con sus mayores y soportaba con mansedumbre

bíblica cuanto tormento inventaban sus compañeritos

para él. Finalmente, una tarde lluviosa después de

sufrir una tunda particularmente fuerte, el pequeño

diosecito decidió que ya estaba harto de aguantar a

sus vecinos y comenzó a crear un universo nuevo para

él solito, un universo de polvo estelar y antimateria

donde no lo pudieran alcanzar los dioses vándalos.

Lo primero que hizo nuestro dios, fue juntar toda

la masa que pudo conseguir en la mercería de la

esquina, en un espacio no mayor que la cabecita de un

alfiler. Obviamente, la atracción gravitacional en

esas condiciones era tremenda, y francamente, el

universo no se veía muy espectacular que digamos,

pero el diosecito no se amedrentó ante la dificultad

de su tarea. Aguantando la respiración por los

nervios, tendió tres dimensiones espaciales —una a lo

largo, otra a lo ancho y la tercera a lo alto de su

universo— con lo cual generó una buena cantidad de

vacío y por consiguiente un horror atroz en la

materia apelmazada en su cabeza de alfiler. Y luego,

como sentía que aún le faltaba algo, tendió una

cuarta línea dimensional, pero esta vez se le habían

acabado las espaciales, por lo que uso una dimensión

temporal.

El problema es que al crear el tiempo lo hizo tan

rápido y con tan poco cuidado (no olvidemos que era



53

El libro de mermelada Jorge Jolmash



un dios inexperto), que no fue capaz de contener a la

materia que, para vencer su horror ontológico al

vacío, corrió a llenarlo en todas direcciones

provocando una enorme explosión. Entre las secuelas

de ese descuido aparentemente tan intrascendente, se

encuentra el constante aumento de la entropía o

cantidad de desorden, que constituye una de las

peculiaridades de este universo.

Pero nuestro dios no se daba fácilmente por

vencido y, no contento con sacarse un universo de la

manga, se propuso dotarlo de formas de vida diseñadas

a su imagen y semejanza. Para lograr esto se tomó un

poco más de tiempo, tratando de cumplir su labor lo

mejor posible, y cuando hubo terminado se sintió

verdaderamente satisfecho consigo mismo. Y es que el

nuevo ser era tan perfecto y tan parecido a su

creador que merecía reproducirse y llenar el universo

entero. Y nuestro dios llamó «bacterias» a sus hijos

predilectos. Sin embargo, no contó con que sus

criaturas sufrirían a través de millones de años la

acción de la selección natural sobre ellas,

transformándolas en organismos de lo más extraño, ya

fuesen poderosos como las sequoias, evolucionados y

hermosos como las garrapatas o primitivos y vagamente

ridículos como los monos antropoides.

Y viendo concluida su labor, nuestro dios

contempló su creación y se echó a descansar.

Entonces, su madre inmaculada lo llamó para ir a

comer y nuestro buen diosecito abandonó su universo

de juguete que no tardó en terminar en el bote de la

basura, entre cáscaras de naranja y periódicos del

día anterior.









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SIETE PERLAS DE BILIS

El libro de mermelada Jorge Jolmash









1) El Qwertyuiop es un ave fantástica con plumas

líquidas. Dicen aquellos que la conocen, que su

aleteo provoca rubor en las mujeres que se

encuentren en un perímetro de treinta y seis

yardas de distancia. Su orina tiene un

penetrante aroma a sandía. Aunque no ha podido

sobrevivir ningún ejemplar en cautiverio, todas

las sociedades de naturalistas del mundo saben

que se alimenta principalmente de chícharos y

sopa fría.

2) En el país de Falkapán crece un arbustillo cuyas

ramas tienen la peculiar propiedad de emitir

gritos semejantes a los de los delincuentes al

ser colgados. Muy pocos viajeros se atreven a

viajar por este país durante las noches, aunque

no se ha registrado ningún suceso importante

desde mil seiscientos treinta y uno.

3) La tribu de los furetesos pretende comunicarse

con los espíritus de sus ancestros mediante la

realización de pequeñas escisiones en las yemas

de los dedos de los ancianos. Según sus

creencias, cada corte les provee de una nueva

boca para hablar con aquellos cuya ausencia les

protege.

4) Cuando era niño, mis padres me regalaron un

pastel de cumpleaños. Mi madre, incapaz de

molestar a su bebé, fingió que era una delicia a

pesar de estar hecho de pestañas amasadas. Mi

padre no pudo contener su rabia y cantó las

mañanitas durante los siguientes doce días.

5) Se estima que ocho de cada diez varones mayores

de treinta y cinco años, han deseado alguna vez

transformarse repentinamente en paraguas y ser

arrastrados por un huracán, a cientos de

kilómetros de distancia de su lugar habitual de

trabajo.

6) Según algunos estudiosos, durante las primeras

décadas del siglo III de nuestra era, una secta

herética afirmaba tener una lista detallada de



56

El libro de mermelada Jorge Jolmash



todas las almas que cabrían en el paraíso.

Después de una serie de análisis minuciosos de

los manuscritos dejados por esta secta, nadie ha

podido encontrar tú nombre en la lista.

7) Para quien vive dentro de un terrón de azúcar,

el hombre del guardapolvos blanco es como el

archipámpano de los tontos.









8) Una moneda cae accidentalmente al pozo mágico.

Un deseo de nadie cobra vida repentinamente.



57

REAL EDICTO DEL ESCALPELO ALGEBRÁICO

El libro de mermelada Jorge Jolmash









El omnisciente narrador arqueó sus omnipresentes

cejas y, abriendo su omnívora boca, soltó un discurso

omnipotente:

«Finalmente, nuestro soberano juicio nos ha

llevado a considerar una nueva forma de entender, no

sólo al mundo que nos rodea, sino también —y muy

especialmente— a la idea que nosotros mismos nos

hacemos de dicho mundo. Sabed que hemos llegado al

revolucionario punto en que la realidad y las imágenes

que ella genera se han confundido en una promiscuidad,

que sólo nuestro tradicional relativismo evita que

califiquemos de absoluta. Fondo y forma navegan unidos

ahora bajo una bandera de desdibujados contornos e

imprevisibles consecuencias. La única opción posible

ante semejante arrebato conceptual, es abandonarse a

un completo estado de arrobamiento y constante auto

contemplación.

Luego de interminables consideraciones y teóricos

debates con nosotros mismos, gracias a la majestad que

nos inviste, hemos llegado a la irrefutable conclusión

de que la esencial casualidad —que no causalidad— del

universo debe generar una filosofía y por ende una

literatura, profundamente comprometidas con el

verdadero proceso creador y jamás creado: el puro

azar.

A partir de la promulgación del presente juicio,

la poesía y todas sus actividades tributarias se verán

obligadas a ir destruyendo gradualmente sus obsoletos

estilemas, hasta transformarse en una serie aleatoria

de frases sueltas, finalmente liberadas del sentido

que tanto las tiranizara en el pasado, o mejor aún de

simples palabras apiladas sin ton ni son. Luciérnaga,

cinco dromedarios. Rimbombante. Pape Satán, Pape

Satán, Alepe. Ininteligible placer de no comprender

nada. Tal hemos dicho».

***************************

.

***************************









59

HIMNO A SUSANA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









I

¡Ah, querida Susana el error me guía hacia tu

camino! Entiendo, según parece, que abrazarme a tu

culto de fertilidad antigua no hará más que traerme

problemas. Y sin embargo me es imposible dejar de

remar hacia el océano de tu pubis y tus manantiales

de leche. Es difícil de explicar, pero intuyo que en

gran parte eres tú quien hace que yo sea

verdaderamente yo. Como si yo existiera también en

virtud de ti, como si mi cuerpo hubiese sido creado

sólo para definir por oposición al tuyo.

Y Susana habló, y esto fue lo que dijo:

«Yo soy tu Susana, oh Rex Nemorensis. Árbol

sagrado, bendita por contagio con la feroz Diana

Selvática; patrona de los bosques, de los animales

salvajes, del ganado doméstico y de los frutos de la

tierra. Yo, que procuro a los humanos y a las terneras

con abundante descendencia y ayudo a las futuras

madres a tener un buen parto. Mi fuego sagrado es

atendido por cuatro vírgenes (que a pesar de su olor a

santidad son preñadas por mi infinita gracia) y arde

perpetuamente en un templo redondo situado dentro del

recinto de la ninfa Egeria.

Yo te nombro a ti, Leandro, Archidiácono de las

Gafas, mi sumo sacerdote en Nemi y Rey del Bosque.

Podrás hacer uso del título cuantas veces juzgues

prudente, mientras no aparezca un joven rival mejor

dotado para la batalla y te haga perecer. Yo que tú no

volvería a dormir.

Yo no soy el que está enterrándole

es Gabriel el que le está enterrando.»

Y aún después sus labios se volvieron a abrir,

gritando a los cinco vientos:

«Länger als einen Tag ohne einen guten harten und

saftigen Schwanz in meiner Möse halte ich’s nicht

aus”. Dulce carcajada purpúrea.









61

El libro de mermelada Jorge Jolmash





II

La ardua noche aparece ante nosotros en su

fatídico esplendor. Brillan los ojos de las estrellas

como farolas de la antigüedad. Caminamos teniendo a

la marea como música incidental.

La arena de la playa se pega a nuestros pies

apenas humedecidos por el beso de las olas. Esa arena

finita (y a la vez, en otro sentido, infinita), cuyo

secreto se escapa de nuestras manos y nuestro

entendimiento, es al mismo tiempo molesta y

bellísima, según se le mire. Todo es tan hermoso que

parece que ocurriera en televisión (Prime time

sitcom).

Está claro que los ojos del recuerdo seguramente

maquillarán lo que pasó en verdad, pero hoy podría

jurar que la ocasión es perfecta. Incluso un coqueto

brillito en nuestros labios al unirse. Nuestras manos

parecen estar atornilladas en aprehensivo abrazo.

Aparte de eso no hacemos gran cosa. Con un

paquete de seis latas de cerveza en nuestro poder,

nos sentimos preparados para hacer frente al ocaso.

Nos encomendamos al benévolo consuelo de nuestra

santa patrona, Susana. Jag njuter så av mitt arbete.

Nada nos preocupa ahora, ya habrá tiempo.









62

EL MONJE QUE JUGABA BILLAR

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Hubo una vez un monje que, tras varios lustros de

riguroso estudio de cuanta tradición se cruzó por su

camino, decidió que jamás alcanzaría la iluminación

final a menos que aprendiera a jugar billar a la

perfección. Consciente del esfuerzo que esta nueva

práctica implicaría para él, se dispuso a sufrir un

largo proceso de entrenamiento.

Efectivamente, al principio sus manos, más hechas

a sostener un libro abierto que un taco, eran

demasiado torpes, y sus ojos bizqueaban al enfocar

las bolas rodando sobre el paño. Pero poco a poco, el

monótono golpeteo de su tenacidad fue desgastándole

la impericia, hasta que finalmente logró dominar el

juego.

El día que con un simple toque fue capaz de meter

todas las bolas en las buchacas, descubrió que

comprendía la voz interior de las cosas que pueblan

la tierra. Cuando su inquebrantable tesón le permitió

concertar carambolas tan sólo con el pensamiento,

supo que con un parpadeo podría pulverizar las

piedras y se alejó volando.









64

DESTINO

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Para derrocar la horrible paz del estercolero,

Leandro tuvo que practicar miles, aún diría millones,

de experimentos pecaminosos y contra natura. Y al

final, cuando ya las décadas teñían su cabello del

color del armiño, Leandro detuvo unos instantes su

labor y pudo ver como sus manos estaban tintas en

sangre de araña.

Con un suspiro de resignación, retiró la marmita

llena de potaje hediondo del fuego del hogar y

removió la asquerosa mezcla con una pala de madera

(el hervor parecía más propio del chapopote que de un

caldo).

Qué importaban ahora todos los sacrificios que

había tenido que hacer para lograr esa medicina

repulsiva. Si a pesar del asco conseguía comerla,

finalmente sería capaz de decidir su propio destino

con total precisión, sin tener que volver a pagar

tributo a las fuerzas del caos. Si por el contrario,

el vómito le impedía probarla, todo su esfuerzo y

dedicación habrían sido en vano. Luego de varias

horas de duda, una mueca de desagrado fue la única

seña de que Leandro había preferido esperar a que el

brebaje se cubriera de hongos para tirarlo al bote de

la basura a bienpodrirse entre una constelación de

latas de sopa instantánea.









66

MOLE SIN FUTURO, ATISBANDO A LA

OSCURIDAD

El libro de mermelada Jorge Jolmash









I

No se puede simplemente tenerlo todo, no sería

justo. Inevitable como el fuego, el subconsciente

destino busca alejarnos de la completitud, como si el

mayor crimen que se pudiera concebir, fuese ese llano

bienestar estúpido que nos obliga a repetir su

sonrisa. Como si de veras.



Reconocemos la Ilusión que nos embarga,

debilitando las opciones y aún así, apenas escuchamos

un insulto y saltamos a ladrarle a los transeúntes.

¿Es verdad o me engaña la memoria?

Látigos apagados reciben la visita de un infinito

hecho de narcisos y edredones. Cuando la

incomprensibilidad calculada horma los gustos de

propios y ajenos, hipócritamente subimos a las

obsoletas peñas de la nocturna aldea. Una vez ahí,

nos detenemos durante más de una vida humana, a

probar terribles desdichas que —de haber querido—

hubiésemos podido evitar.

Duras son las palabras con las que nos condecoran

las escobas, pero casi ni nos importan. Arduas

salamandras recompensan nuestra inquebrantable

voluntad. De la locura los hijos, de mi sistema

sacad.

¡Ah! ¡Mira que sencillo es ver a una indefensa

idea hundirse en el escuálido abismo de la

experiencia cotidiana! Pie de inmensas montañas que

se desmoronan. Crecimiento y devastación de las

nubes. Por consiguiente, veamos, Filosofía,

Jurisprudencia, Medicina... ¡ay! y tú también

Teología. Todo lo he aprendido, todo lo he estudiado

con infinito esfuerzo; y después de tantas y tan

prolongadas vigilias, heme aquí, pobre loco, tan

sabio como antes. Pero si insisto, sé muy bien que lo

conseguiré.

Sea pues el pérfido clima, alimento de nuestra

atolondrada e inútil vocación. Norte hambriento de lo



68

El libro de mermelada Jorge Jolmash



que sea, sur de menores expectativas. Que la perezosa

ruta florezca en la conciencia de las nuevas

generaciones. Y al fin ¿para qué?

Porque sabemos que la característica principal de

nuestros tiempos es justamente la certeza de que toda

afirmación que se haga de la realidad, termina siendo

inevitablemente una mentira.



II

Lejos de mí, el tibio orgullo de las piedras se

lanza contra los besos de las quinceañeras. Sobre el

éter se escucha un ruido de fondo ensordecedor; el

azaroso hígado de los cerdos que su dulzura

alimentaran. Ya habrá tiempo de arreglar este hueco,

todos los huecos que colman la frase Ya otro día

cubrirá nuestra cabeza con el oro gratuito de las

harpías. Sólo lectura.

El receptor debe ser capaz de descifrar el

código, los muertos vivientes (y a quién le importa

su supuesta exquisitez) pasaron de moda, pero sus

métodos aún prefunden las arterias de las nuevas

generaciones. En este mundo posttodo, con el arte de

vanguardia más podrido que un salchichón radioactivo,

todas las frases tienen un tufillo agrio a serie de

televisión gabacha. It’s understood that Hollywood

sells californication.

El track 0 consta de un archivo de audio que te

hará experimentar la gloria.



¿Qué es la vida? Un frenesí, una ilusión, una

sombra, una ficción (y el mayor bien es pequeño).

Sólo uno de cada tres experimentos es exitoso. El

resto carece completamente de sentido, pero una

cierta fidelidad a los deseos de la infancia nos

obliga a permanecer en esta zona tan poco iluminada.

A veces se tiene miedo, un miedo algo más que atroz

sobre la viabilidad del futuro. Nuestros huesos

tiemblan tan rápido que obligan a nuestros dientes a

castañetear. Sin embargo, al poco tiempo ya hemos

sorteado las dificultades ontológicas y nos

abandonamos a un torrente de imágenes sin orden ni

coherencia. Pero bueno, la coherencia ya vendrá

después, seguida por la prudencia y la honestidad.







69

El libro de mermelada Jorge Jolmash



La aleatoriedad no es absoluta, los eventos están

unidos aún por un hilo conductor que, sin embargo, se

achicla como si estuviera soportando el más intenso

de los calores. Una nube de colores surcó el cielo

rosado y las violentas extensiones de pasto color

helado de limón. Quince años después.



Las ideas se van agarrotando. Vienen muy de tarde

en tarde y casi ni se acuerdan de uno. Ingratas le

digo, señito.



— Ah —dijo la boca con dientes contráctiles—

exigimos nuestro derecho a romper platos.

— Nunca volveré a mirarte —respondió el anciano

sollozando y se alejó del lugar sin mirar atrás.

— Ya nunca más.



Y aunque no lo quieras, la neblina se cuela hasta

los cimientos mismos de tu cuerpo como una enfermedad

sin nombre. Y sabes que esta noche podrás finalmente

dormir porque tu acto creativo —falso o no— ha hecho

que este mundo sea un poco menos horrible. Como si

todavía dudaras de aquello que ya estás seguro

(porque por otro lado está fuera de tu control). Pero

no, no debes dejar que ese hábito inveterado te

arrastre a la banalidad. Tuyo es el mundo de los

Hombres (obligada mayúscula nominal), tuyo es el

laurel ancestral que cegara a Tiresias. No reniegues

de lo que las furias te deparan.



— Ya más nunca —dijo el archiduque, mi primo,

tratando de contener la carcajada.



Solo las avispas se ríen de nuestros chistes.

Nuestro destino tiene la paradójica condena de

Heracles. No diré más para no delatar un estertor

popular de asco.



* * *



Fiera caída de la que te levantas a duras penas y

tratas de volver al trabajo, pero ya es tarde y están

a punto de cerrar, y los ecos de los cementerios se

escuchan hasta la cocina, y un pato orada un túnel en

una rebanada de pan ácimo, y un soberano tiránico

como nosotros mismos nos obliga a responder de

nuestros actos. El fin, como se verá es siempre el



70

El libro de mermelada Jorge Jolmash



mismo, sólo que no tiene final (sucesión

ininterrumpida de ruidillos de hojarasca quebrándose

bajo unas botas de cartón y acero).



III

Yo vivo en un mundo de ciencia ficción, torturado

por espectros eléctricos de largos dedos fulgurantes.

Atrofiado como un enorme muñeco, duermo los

acontecimientos de mi vida toda y el mayor bien es

pequeño. Al fin y al cabo, sangre no nos ha de

faltar. Digo yo, no sé tú.

En el medio de mi día, un camino hermoso me

incita a recorrerlo. Probablemente todo se deba a la

frecuente iluminación que tu cara irradia en mis

cosechas.

Y si después de todo es cierto que nos estafaron,

es peor deprimirse en un cabaña en la selva que en un

hotel de cinco estrellas en Tokio, Dublín, Londres o

New York. Quizás lo peor sea no poder decidirse a

intentar lo que debería ser nuestro recurso de todas

maneras. Cinco gorilas y medio transitan por el reino

de las caricaturas. Algún día volverán, algún día

volverán. Algún día.



Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

«aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de

alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola

mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y

malandrines historiadores no te descuelgan para

profanarte». Vale.



IV

El destino es un mal hábito que adquirimos en los

tiempos anteriores a la curvatura del espacio.

Entonces aprendimos a leer la trayectoria de la caída

de las aves en extensiones ridículas de pastel de

frambuesa. Los pollos de goma caían de nuestros

abultados bolsillos y nuestros enormes zapatos

rosados se tropezaban por los pasillos.

Pero todo eso ya no importa. Pronto las cadenas-

tenaza golpearán las cabezas del senado y habrá que

abandonar todas nuestras pertenencias. La única y

verdadera igualdad (como en el paraíso previo a la

existencia) nos será revelada, aunque no creo que sea



71

El libro de mermelada Jorge Jolmash



agradable. Azules serán los relámpagos que bailoteen

en las manos del padre del rubio Apolo. Toda esa

gente tarada que tiene grasa en la piel no se entera

ni que el mundo da vueltas.

Y supongo que bajará también el Otro de su

escondite y por un momento luz y oscuridad serán lo

mismo. Y una pálida sonrisa se dibujará en los labios

de la muerte. Si apenas ayer era el tiempo de las

papagenas y los papagenos y Ein Mächen oder Weibchen.

Pero ya no. Lamento dedicado a Carl Solomon (y a

veces a Mick Jagger). Triste, muy triste, pero a la

vez capaz de despertar una vieja alegría dormida.

«There’s something wrong with the world today & I

don’t know what it is».

Por otro lado, no debemos olvidar que aún hay

semillas germinando, aún hay huellas sobre la nieve.

Aún descansan los manuscritos en el escritorio del

viejo editor de la realidad. El cerebro interpreta

como quiere, pero de todos modos la cosa no tiene

mucho sentido (Y en el futuro sólo el vacío nos

espera).

(Y en el futuro sólo el vacío nos espera).

( sólo el vació

sólo nos espera

en espera

futuro ).









72

EL MITO DEL CAOS Y LA RAZÓN TRIUNFANTE

El libro de mermelada Jorge Jolmash









En el principio, según nos dijeron, fue el caos.

Es por eso que, recorriendo en reversa la trayectoria

del universo, nuestra vieja mente se pierde en el

movimiento browniano de las partículas de un gas

ideal. La eternidad es un corto circuito de

neurotransmisores. Salvar los resultados de nuestras

experiencias de la irreversible incoherencia,

requiere de una buena dosis de trabajo mecánico pero,

creemos, bien vale la pena. Para lo cual habrás de

leer entre líneas, mon semblable, mon frère.



Testimonio fidedigno: «El viernes pasado, 16 de

abril de 1943, me vi obligado a suspender mi trabajo

en el laboratorio a la mitad de la tarde, e irme a

casa, pues me vi sorprendido por una peculiar

inquietud asociada con una sensación de mareo leve».

Palabra del señor.



Lo más extraño de todo es que el comensal gordo

quería, en efecto, un castillo sangrante. Sofía, la

última deidad en ser creada, tuvo un hijo ilegítimo,

ignorante, feo, estúpido, arrogante y de mal carácter

llamado Yaldabaoth. Como cualquiera puede comprobar,

Madame Sosostris dice puras sandeces (y el Ars Magna

por ahí anda). Más nos vale emplear la gillette de

Guillermo.

La brújula, que otros llaman método, nos evita

perdernos en el aparente desorden de los fenómenos

aunque sólo sea porque nos indica como no plantear

los problemas y como no sucumbir al embrujo de

nuestros prejuicios predilectos. Y todo eso sin

necesidad del ruido infernal de falsos Filifores y

Antifilifores con todo y su suculento niño envuelto.

Después de todo, y si me apuras mucho, el quid

del asunto estriba en sumergirse de golpe en el mar

pegajoso de los hechos y tratar de darles un sentido

lo más comprensible que se pueda. Y es que si no

habría que conformarse con la simple intuición que

rara vez pasa del oximorón común: «¡Oh suma de todo,

primer engendro de la nada! ¡Oh pesada ligereza,

grave frivolidad! ¡Informe caos de seductoras formas!



74

El libro de mermelada Jorge Jolmash



¡Pluma de plomo, humo resplandeciente, fuego helado,

robustez enferma, sueño en perpetua vigilia, que no

es lo que es!»



— A fe mía Gregorio, que no soportaremos más la

carga.

¡Bien dicho Billy!



Y luego los abuelos nos obligaron a levantar esa

máquina enorme, pero cada vez me convenzo más de que

fue por nuestro propio bien. O al menos así nos

conviene creerlo (aunque bueno ¿creer nosotros? Ni en

sueños).

El caso es que es que cuesta trabajo decidir si

vivimos en un isla de estabilidad en medio de un mar

de desorden o viceversa. En ciertas circunstancias lo

contrario de una verdad profunda es otra verdad

profunda. Y en otras circunstancias cualquier cosa

que digamos suena estúpida. En fin, qué le vamos a

hacer, así es esto de jugar al khuniano.

La única objeción posible frente a ese argumento

es la esbozada por el profeta del habano y que a

continuación me permitiré transcribir: «One morning I

shot an elephant in my pajamas. How he got in my

pajamas I don’t know». Me temo que has dado

finalmente en el clavo y ya no hay más que replicar

al respecto.



— ¿Qué es lo que ves tú, oh viejo Tiresisas,

anciano de tetas arrugadas?

— Veo que el estagirita se equivocaba de medio a

medio, pero eso ya lo había dicho el Siderius

nuncius (HURRY UP PLEASE IT’S TIME). Veo también

que Clausius no estaba tan equivocado y el

desorden es la espada de Damocles del cosmos.



En conclusión, y sacando cuentas claras y

chocolate abuelita, todos estos eones de evolución

han sido estropeados por el infatigable esfuerzo de

la entropía. Así que al final, también está el caos

(sólo que ahora aderezado con la muerte térmica del

universo, dura lex sed lex).



— Todo eso está muy bueno, mi querido Pangloss,

pero lo que importa es no disertar, no argüir y

cultivar la huerta.



75

El libro de mermelada Jorge Jolmash



— Ta güeno pues.

Good night

Good night

Good night









76

PLAYING GOD (PARTE II)

El libro de mermelada Jorge Jolmash









LLENO DE MÍ, sitiado en mi epidermis por un dios

inasible que me ahoga. He descubierto como revivir el

milagro de la carne a partir de lo más estéril del

inframundo. Y heme aquí, pobre loco, tan sabio como

antes. Todo lo he estudiado —por consiguiente,

veamos— todo lo he aprendido, con infinito esfuerzo;

y después de tantas y tan prolongadas vigilias

(Filosofía, Jurisprudencia, Medicina… ¡ay! y tú

también Teología). Lo importante, supongo es que fui

capaz de dejar de hablar en primera persona del

plural y volví al singular yo. Finalmente el delirio

está disociando mis múltiples personalidades, y más

pronto que tarde he de despertar. Tengo miedo, ay de

mí, que este vino nocivo sea y en mis venas cual

duende vengador sus dientes clave. Justo cuando la

telaraña del sueño parece mejor tejida es cuando la

mañana se apresta a liberar el velo de nuestros ojos.

Así que supongo que si mantengo el flujo de palabras

podré alcanzar la omnipotencia (bueno, no sé si tanto

así, pero por lo menos esa sensación de ubicuidad y

comprensión absoluta que hace que el tiempo se

detenga y los pasteles de cumpleaños exploten como si

tuvieran una bomba de neutrones dentro). Ahora sé que

no soy (no somos) Mahood ni mucho menos Worm. En una

época fui conocido como Leandro, pero hace ya un buen

rato que abandoné esa forma de vida y me transformé

en el Archidiácono de las Gafas, el espíritu más

eléctrico que ningún ojo viera. Habitante de un mundo

que hubiese podido ser imaginado por DeChirico

(aunque de hecho fue imaginado por un aprendiz de

Walt Disney medio incompetente y pretencioso). Todas

las palabras acuden ahora a mi boca, que ya siento

como miles de bocas unidas por una sentencia

entrecortada. No sé qué decir, pero sé que no es el

momento de callar. No por ahora. Por lo pronto un

torrente estúpido de imágenes corre ante mis ojos y

no me dejan enfocar la atención en mi labor:

Construirme un mundo de mermelada enorme y lleno de

sangre. Sí, presiento que se acerca el final del

trayecto y, la verdad, no estoy muy seguro si me

agrada o no la perspectiva. Por un lado la vida

eterna es un vigoroso premio, pero por el otro, aún

78

El libro de mermelada Jorge Jolmash



lo sublime termina por hartarnos, y la vida no es una

excepción. Pero bueno, me estoy desviando para no

decir lo esencial, si no es que ya lo he dicho y ya

no tiene importancia. Lo esencial supongo, es hablar

del dios falso que me tiene atrapado entre sus

etéreas garras. Ese dios enojado, iracundo, ciego

como él mismo, como no puede ser más que dios, que

cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente,

no para ver, sino para arrojar rayos e incendiar,

castigar, vencer. Tendría que decir que, sin importar

sus absurdas pretensiones, él no creó el universo ni

mucho menos hizo al hombre a su imagen y semejanza.

El universo ya estaba de por sí y el hombre es apenas

un insecto que habita en las partes pestilentes y

rojas del mono y del camello. Más bien, y ahora que

lo pienso con detenimiento, fue el Hombre (yo,

Leandro, el Archidiácono de las Gafas) quien creó al

dios a su imagen y semejanza, y lo hizo pequeño y

torpe y sin gracia. Y el pobre dios que me ahoga como

el vaso al agua (aunque está claro que primero fue el

agua y sólo para contenerla un ocioso inventó al

vaso) ni siquiera tiene el valor de aceptar su papel

subordinado en la trama del universo y se engaña

dudando —aunque en el fondo lo sabe, debe saberlo— y

se anestesia preguntándose qué será más noble y más

elevado para el espíritu, si sufrir los golpes y los

dardos de la insultante fortuna o armarse contra un

piélago de calamidades y haciéndoles frente acabar

con ellas. Pero como dije, él lo sabe y nomás dice

que duda para eludir la aterradora certeza que lo

acongoja. Porque lo que no existe no tiene la

facultad de desear la existencia ni de creer en ella.

No existe ergo no piensa. Sin embargo no concibo que

él, con todo y las fallas con las que lo criamos, sea

tan insensible que ignore su propia inexistencia. O a

lo mejor es solamente que se confunde. O claro, que

quiere engañarnos (engañarme a mí, Leandro, el

Archidiácono) para seguir cobrando la pensión de

desempleo a pesar de su flagrante irrealidad.

Finalmente, así como su creación fue obra nuestra,

también su desaparición es prestada. Y es que,

estúpido de mí, escuché al buen Françoise Marie que

me decía al oído que si no existía convendría

inventarle. Lo que no me dijo y yo tardé todas estas

edades en descubrir es que una vez decretada su

realidad, lo único decente era matarle. Y así lo

hice, y no niego que algo perdí con el trueque, pero



79

El libro de mermelada Jorge Jolmash



insisto en que la ganancia fue infinitamente mayor.

Ahora, mientras desgrano entre mis labios el sabor a

fruta podrida de la confesión, comienzo a sentir como

se aflojan los nudos de las corbatas que me amarran a

este potro. Porque la causa de mi castigo ha sido la

insolencia de jugar a ser dios. Si con un retruécano

reconozco mi paternidad sobre él —ahora lo veo claro—

eso significa que automáticamente me transformo en su

creador. Creador del creador del creador (es una rosa

es una rosa es). Caída circular. Té, chocolate, café,

hojas y hojas y nada de té chocolate, café, hojas y

hojas y nada de té chocolate, café, hojas y hojas y

nada de té chocolate, café, hojas y hojas y nada de…

Pero basta. El absurdo libro de mermelada pronto

llegará a su final. Aquí llega la hermosa Ofelia.









?

80

EL ARTE DE LA PACIENCIA

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Es absolutamente indispensable seguir las

instrucciones en el orden en que se indica, de otra

manera, los resultados serán impredecibles (y muy

probablemente desastrosos).

Lo primero es ir al desván donde se encuentran

guardados los utensilios de limpieza y tomar una

escoba. Es necesario observarla cuidadosamente, con

plena conciencia del misterio que representa, y

levantarla con ambas manos para sentir su peso. Tan

pronto como estemos familiarizados con cada una de

sus astillas podremos pasar al siguiente punto, pero

no antes.

Una vez que nos acostumbramos a nuestra nueva

herramienta, podemos comenzar a barrer. El proceso de

barrido es muy sencillo, pero no por eso debe ser

tomado a la ligera. La operación ha de llevarse a

cabo de la siguiente manera: En primer lugar se

empuña la escoba, manteniendo la parte a la que van

unidas las cerdas hacia abajo —lo más cerca del piso

que sea posible— y agarrando el mango de madera a

modo de palanca, con el fin de maniobrarla

cómodamente. A continuación se procederá a deslizar

la porción inferior de las cerdas sobre el suelo, a

modo de que arrastren consigo la basura y las

partículas de polvo que se encuentren en su camino.

Es preciso dejar pasar un par de segundos entre cada

movimiento de la escoba y el siguiente, para inhalar

y exhalar tres bocanadas de aire y apreciar todo el

trabajo que aún falta por hacer. Este ejercicio ha de

repetirse cuantas veces sea necesario, hasta que toda

la mugre se encuentre apilada en un montoncito cerca

de una esquina de la habitación. En cuanto hayamos

llegado a ese punto, debemos empujar con la escoba el

montoncito de desperdicios rumbo al recogedor, para

después echarlo al bote de la basura. Es de suma

importancia revisar que quede limpia la porción de

suelo que se encuentra bajo la plataforma del

recogedor, y si no es así, volver a pasar la escoba

hasta que no queden rastros visibles de polvo.







82

El libro de mermelada Jorge Jolmash



Este procedimiento ha de realizarse con riguroso

orden en todas las habitaciones de la casa antes de

proseguir con las instrucciones.

En cuanto se ha terminado de barrer hay que

comenzar a trapear, lo cual debe hacerse como se

explica a continuación. Primero que nada, se toma el

mechudo (o en su defecto, la jerga) de forma similar

a la escoba y se sumergen sus dreadlocks de estambre

en una solución previamente preparada de agua con

detergente de pino. Posteriormente se tuercen para

quitar el exceso de agua jabonosa, y se friegan con

ellas los mismos lugares sobre los que se acaba de

barrer.

El siguiente paso consiste en lavar un poco de

ropa (si hay sol) o trastes (si las nubes amenazan

con soltar un aguacero). La primera de dichas

actividades ha de realizarse al aire libre, mientras

que la segunda puede ser llevada a cabo

tranquilamente en la tarja de la cocina.

Para lavar ropa es necesario, antes que nada,

tener ropa sucia, lo cual por ser tan común no

representará mayor problema. Una vez que se tiene a

mano la ropa sucia, se moja pieza por pieza y se le

unta jabón. Después se restriega contra el lavadero

para sacarle lo percudido, poniendo especial cuidado

en el cuello y las mangas de las camisas, así como en

las valencianas de los pantalones. A continuación se

enjuaga cada prenda hasta que deje de hacer espuma,

se exprime para quitarle tanta agua como sea posible,

y finalmente se tiende de un mecate para que termine

de secarse al sol.

Lavar trastes, por su parte, suele ser muy

parecido a lavar ropa, con la notable diferencia de

que los trastes rara vez están hechos de tela, por lo

que no hace falta tenderlos de un mecate. En este

caso, la operación se efectúa de la siguiente forma:

Se toman los trastes sucios y se friccionan con una

fibra remojada en agua de detergente. Acto seguido,

se procede a quitarles la espuma bañándolos en el

chorro del agua (si hace mucho frío se puede usar

agua tibia, o cuando esto no es posible, guantes de

hule). En último lugar, se colocan boca abajo, en una

superficie especialmente destinada para que se les

escurra el agua que pudiera haberles quedado.







83

El libro de mermelada Jorge Jolmash



Tan pronto como se han llevado a cabo los

preparativos antes mencionados, se encuentra uno

listo para realizar la tarea principal. Entonces, y

sólo entonces, se toma el lápiz y el cuaderno y se

escribe el poema.

*****









84

ACERTIJO

(S.O.S)

El libro de mermelada Jorge Jolmash









Lo primero es

cerrar los ojos,

aporrear las teclas,

instalarse en el estado de ánimo,

y volver a abrir los ojos.





(Se sienta uno frente a la máquina de escribir,

sin siquiera sospechar las intenciones de la musa.

Poco a poco, casi sin que se dé uno cuenta, su

cotidiana verborrea se va adueñando de uno y eso es

todo. Ya no es posible evitar ser tacleado por ella).





Mira hacia allá.

Quien podría decir que me necesitas.

No,



Y ¿a quién le preocupa la incoherencia?

Si al fin y al cabo,

algún día nos alcanzará.



[No hay mucho que hacer al respecto,

está matemáticamente comprobado que

esta vida no tiene más sentido que el

que se puede leer en el intestino de

un perro muerto.]









tOdO eSo EsTá BiEn, PeRo SaCa De UnA bUeNa VeZ a LoS

hIjOs De La LoCuRa dE mI sIsTeMa!!!!!!.



Tengo en mi closet una camisa nueva que fue muy

barata. Yo, como era de esperarse no quería

comprarla, pero Susana insistió. La verdad lo que

pasó fue que quiso probarse un vestido y al

ponérselo, se le rompió. Estaba tan apenada que trató

de llevarse algo para que la dependienta de la tienda



86

El libro de mermelada Jorge Jolmash



no se fuera a enfurecer con ella, pero lo único que

encontró fue una falda horrenda y una camisa barata

de mi talla. Me preguntó «¿Quieres la camisa?», y yo

«No, gracias». «Pero si te hace falta ropa nueva,

Leandro». «Pero no tengo dinero». «No le hace, yo te

la disparo». «No, creo que mejor no. Gracias». Y se

llevó la falda.

A los dos días la fue a cambiar por mi camisa

barata.









¿A qué planeta llevará ese camino?

¿Qué estados de ánimo desencadenará en mí?

¿Hacia dónde se dirige el torbellino

que siempre nos arrastra de vuelta aquí?









Dicen los libros de

texto burgueses, que todos

los seres humanos mantenemos

una importante porción de

nuestro cerebro sin usar. Yo

la verdad no sé en qué se

basan para hacer semejante

afirmación. ¿A poco han

visto de cerca cómo funciona

mi cerebro, o el de

cualquier mugrosa gaviota?









mil pares de ojos

observan mejor que uno

durante la oscuridad

de la madrugada!









87

El libro de mermelada Jorge Jolmash









A veces parece mentira nuestra capacidad

para cortar la vida en rebanadas, y después servirla

de tal modo que la podamos digerir. Cada fracción

parece dotada de vida propia, pero si las lees de

corrido, se puede adivinar un sentido oculto.





Y no será

que en realidad

los hechos brotan

como burbujas,

sin causa racional

y somos nosotros

los que las interpretamos

como un continuum.





Confesión:

Es cierto lo que ustedes piensan, lo confieso.

Muchas veces tengo la impresión de que los

distintos momentos que componen un segundo, no

tienen todos un peso idéntico al de sus

congéneres. De ahí a admitir una concepción

idealista de la vida, aún hay mucho trecho.





Una piedra viaja por el espacio a cierta velocidad

que hasta hace poco tiempo nos parecía inconcebible.

¿Cuántos de ustedes habrían sido lo suficientemente

listos como para imaginarlo?







Una palabra se liga a la otra, despejando

incógnitas que ni siquiera imaginábamos que existían,

e iluminando trocitos de otras palabras que reflejan

la luz en todas direcciones. Algún día, más pronto o

más tarde, alumbrarán lo trascendental. Mientras

tanto, el camino vale tanto como la meta.









88

El libro de mermelada Jorge Jolmash



¡Oh bestia que vives en mi

espina dorsal!

destroza el sentido de cada verso,

no lograrás evitar

que un lector ingenuo

o mal intencionado,

descubra el secreto de la vida

en mi canción.





«De este modo, los mismos iones pueden actuar

positiva o negativamente en la absorción de otros.

Con esto la tendencia de la acción puede cambiarse

según las condiciones. El fenómeno de antagonismo

y sinergismo en la absorción de macro y

microelementos puede ser condicionado por la

reacción que presenta el medio, el nivel de

contenido en el medio y en la planta de otros

elementos de nutrición mineral, sus correlaciones,

especie de plantas, temperatura del medio ambiente

y otros factores». 3





El comienzo de todo puede ser explicado

por el principio de ιµβεχιλιδαδ una extraña

fuerza que se encuentra presente en

todas las cosas. La consecuencia

principal de la ιµβεχιλιδαδ es la εστυπιδεζ.









Supón que por alguna razón eres el único

testigo de un asesinato que todavía no ocurre. El

cómo sucede ese acontecimiento es algo que no debe

interesarnos, por cuanto se encuentra fuera de la

trama de nuestra historia. Supón además que estás

obligado a pedir auxilio, pero no quieres que el

asesino se entere, porque aún no se le ha ocurrido la

idea del crimen y si no se la sugieres puedes ganar



3

¿Pero qué está pasando? ¿Qué sentido tiene citar un libro de

B. A. Yágodin, y especialmente su «Agroquímica»? Debe querer

decir algo, porque el párrafo copiado no pertenece a la página

dos ni a la cuatrocientos. Seguro que el mensaje es tan

importante que no puede ser escrito llanamente. La Verdad ha de

ser encontrada aquí por ojos adecuados.



89

El libro de mermelada Jorge Jolmash



tiempo precioso para detenerlo. ¿No sería entonces

lógico emplear una forma de escritura criptográfica

que pueda ser comprendida por la policía, pero que

resulte totalmente esotérica para el delincuente?





¿Entiendes lo que te digo?

Tú, sí, tú,

lector hipócrita, mi igual,

mi hermano.

¿Has entendido algo

o estoy hablándole a la pared?



… poco a poco, como quien no quiere la cosa, los

fragmentos separados van cobrando sentido en la danza

dentro de tu cabeza. Te esfuerzas, enfocas la vista y

lo que antes te parecía un tremendo caos, demuestra ser

una enorme y absurda metáfora de nada.









¿Nada?





Nada.





Out, out, brief candle! Signifying nothing.









(aplausos)









Fin.



90

Esta obra se terminó de digitalizar el 2 de enero de 2012 bajo la supervisión,

formación y cuidado editorial de

AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES.







«Por una libre redistribución de textos.»

Lugar de la culminación de la digitalización.

2 0 1 2

« La historia que vamos a contar, involucra en

términos generales a Leandro, a quien después

conoceríamos como el Archidiácono de las gafas, a dios

y a Susana, además de a una multitud de personajes

menores como Lagartija y el doctor Kreenling. Y sobre

todo a la Razón y la Locura.

Podemos decir que todo este texto que te invita a

perderse en él como en un bosque ignoto, es al fin y al

cabo una alegoría más o menos elaborada de la

interminable lucha entre el raciocinio y la

irracionalidad. Como tal fue por lo menos redactado

nuestro mundo de mermelada, aunque no por eso

queremos limitar tu soberana lectura. Paséate pues con

toda libertad (o como diríamos «como Juan por su

casa») por este libro que con ese efecto hemos

concebido.»

Ediciones Sementerio 2007.


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