Aspectos teológicos del problema de la
Ecología.
Revisar
Todo lo anterior nos invita a plantearnos algunos interrogantes: ¿la naturaleza es nuestra
propiedad, con la que podemos hacer lo que queramos, o somos nosotros, los hombres,
una parte de la familia mayor que es la naturaleza y que debemos respetar? ¿Son
nuestras, las selvas tropicales, de modo que podamos desmontarlas y quemarlas, o son
también el hogar de muchos animales, plantas y árboles, y pertenecen a la tierra, de la
cual también nosotros formamos parte? ¿Es esta tierra "nuestro medio ambiente" y
"nuestra casa planetaria", o somos nosotros sólo huéspedes muy tardíos en ella, que
hasta ahora siguen soportando paciente e indulgentemente?
Juzgar
Estos planteamientos y los datos que hemos visto acerca de la crisis ecológica causada
por el hombre industrial (manipulador de la naturaleza) obligan a la teología moral a
reflexionar sobre el significado del dominio confiado por Dios al hombre en su plan
creador
2.1.1 Connotaciones antiecológicas en la tradición judeo-cristiana.
Aquéllos que se han preocupado por esta temática, han invitado a la teología a terciar en
el debate sobre la ecología. Bien porque los consideren responsables de la situación
creada, bien porque estimen que, ante la coyuntura de alerta planetaria en que nos
encontramos hay que movilizar todos los recursos y tocar todos los resortes capaces de
incidir sobre la opinión pública y provocar un cambio de actitudes y de mentalidades.
Entre ellos podemos destacar a: Birch (profesor de biología en la Universidad de
Sidney y reputado ecólogo), Forrester y White. Algunos ecólogos han intentado
convertir a la teología en el chivo expiatorio de este gran problema, pues afirman que la
fe cristiana en la creación habría provocado o fomentado la degradación ecológica. El
primero entre ellos es el citado Linn White, y con mucha provocación Carl Amery,
que ha titulado a su libro "El fin de la providencia. Las desgracias secuelas del
cristianismo" .
Ante ellos expone Leonardo Boff, como queriendo fundamentar esta postura, los seis
puntos de connotación antiecológica en la tradición judeo-cristiana, y como él mismo lo
afirma, cabe una primera autocrítica, preguntándose ¿hasta qué punto el mismo
cristianismo es corresponsable por la crisis ecológica actual?:
1. En primer lugar, el patriarcalismo. El Antiguo y Nuevo Testamento expresan su
mensaje dentro del cuadro cultural común de la antigüedad clásica que es el
patriarcalismo. Los valores masculinos ocupan los principales espacios sociales. Dios
mismo es presentado como Padre y Señor abstoluto. Las características femeninas y
especialmente maternas de las divinidades anteriores al neolítico, que eran de versión
matriarcal, son deslegitimadas. Las mujeres son marginadas, y mantenidas en el espacio
de lo privado. Este reduccionismo agrede el equilibrio de los géneros y representa
una ruptura en la ecología social y religiosa.
2. En segundo lugar, el judeocristianismo es profundamente monoteísta. Su intuición
primordial consiste en testimoniar que detrás, antes y después del proceso cósmico, vige
un principio único creador y proveedor universal, Dios.
Es sabida la lucha incansable que la tradición judeocristiana llevó adelante siempre
contra el politeísmo de cualquier matriz. Pero originalmente las divinidades
funcionaban como arquetipos poderosos de la profundidad del ser humano. Ahora bien,
la radicalización del monoteísmo al combatir el politeismo cerró muchas ventanas del
alma humana. Separó demasiado la criatura y el Creador, el mundo y Dios. Hubo
una gran destrucción de la policromía del universo y de su significación antropológica.
3. El monoteísmo conoció también una derivación política. Fue invocado,
frecuentemente, para justificar el autoritarismo y la centralización del poder. Se
argumentaba así: así como hay un solo Dios en el cielo, debe haber un solo señor en la
Tierra, un solo jefe religioso, una sola cabeza en la familia... Esta visión líneal
destruyó el diálogo, la equidad y la comunidad universal de todos como hijos e
hijas de Dios, sacramentos de su bondad y ternura. Todavía se expresó de una forma
más reductora al afirmar que solamente el ser humano, hombre y mujer, asumiría la
representación de Dios en la creación. Sólo de ellos se dice que son imagen y semejanza
divina. Se olvidó así la gran comunidad cósmica que es portadora del Misterio y
por eso mismo reveladora de la Divinidad.
4. El antropocentrismo es el resultado de esta interpretación arrogante del ser humano.
El texto bíblico es taxativo al decir: "sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y
sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo..." (Gen.1,28).
Por estos textos resulta clara la invitación a la demografía ilimitada y al dominun terrae
(dominio de la tierra) irrestricto. Este mismo énfasis sobre el dominio y el
poblamiento de la Tierra aparece claramente en el relato del diluvio. El tenor
antiecológico de estos textos fue entendido y asimilado por la mentalidad moderna a
partir del siglo XVII, como legitimación divina de la conquista atroz del mundo y
del sometimiento de todos los seres de la creación al proyecto de la subjetividad
arbitraria del ser humano.
5. Otro elemento perturbador de una concepción ecológica del mundo, común a los
herederos de la fe abrahámica (hebreos, cristianos, musulmanes), es la ideología
tribalista de la elección. Siempre ha habido un pueblo o alguien se siente elegido y
portador de un mensaje único corre el riesgo de la arrogancia y cae fácilmente en las
tramas de la lógica de la exclusión. A causa de ello, en ciertas épocas de Occidente se
instauró una verdadera fraternidad del terror contra toda diversidad de
pensamiento (inquisición, fundamentalismo, guerras de religión). Nada más enemigo de
la ecología que esta ruptura de la solidaridad universal y la negación de la alianza bajo
cuyo arcoirirs caben todos, no solamente algunos.
6. Sin embargo, en todas las distorciones ecológicas, ninguna sobrebasa aquella que
proviene de la creencia en la caída de la naturaleza. Por esta doctrina se cree que todo
el universo cayó bajo el poder del demonio, debido al pecado original introducido por el
ser humano. El pecado original perdió su carácter sagrado; deja de ser templo del
Espíritu para ser la cueva de los demonios. Es materia corrompida, pecaminosa,
decadente.
El texto bíblico es explícito: "maldita sea la tierra por tu causa" (Gen.3,17). La idea de
que la Tierra con todo lo que en ella existe y se mueve es castigada por causa del pecado
humano, remite a un antropocentrismo desmedido. Los terremotos, la extinción de las
especies y la muerte ya existían antes que el ser humano ni siquiera hubiese aparecido
sobre la faz de la Tierra.
Esta demonización de la naturaleza por causa de la caída llevó a que el ser humano
tuviese poco aprecio por este mundo, dificultó durante siglos que las personas
religiosas se interesaran por un proyecto del mundo, retrasó la investigación científica y
amargó la vida de todos, pues colocó bajo una pesada sospecha todo placer, toda
realización y toda plenitud venidos del trato y del disfrute de la naturaleza. En esta
interpretación, el pecado original gana la partida sobre la gracia original.
Para muchos, ese binomio pecado-redención caracteriza fundamentalmente al
cristianismo. En ciertas tradiciones, el pecado ganó tanta centralidad que el ser humano
se siente más ligado y dependiente del viejo Adán pecador que del nuevo Adán
liberador, Jesucristo.
2.1.2 Bendiciones y maldiciones de la tierra y del hombre en el Antiguo
Testamento.
En el Antiguo Testamento se recogen maldiciones y bendiciones sobre la tierra, sobre el
hombre, sobre Israel y sobre las naciones. En Israel, todas las bendiciones de "la mesa y
de la artesa", como a su vez todas las maldiciones y castigos, eran vistos en relación a
la alianza y a la Torá o ley. Quebrantar la alianza era atraerse las maldiciones. La ley
era la mediación ética de la responsabilidad de Israel. Por eso, sobre estos dos
fundamentos, el religioso y el ético dice Yahvé: "Elige la vida o la muerte. Si obedeces
los mandamientos del Señor... vivirás y crecerás... Pero si tu corazón se aparta y no
obedeces... yo te anuncio que morirás sin remedio" (Dt.30,15s).
En comunión con Yahvé y cumpliendo los mandamientos de la Torá, Israel atraía la
triple bendición: larga vida, muchos hijos y fecundidad de animales y de la tierra. Los
castigos y las plagas que diezmaban hombres, animales y la tierra, eran experimentados
como la maldición de Dios a su pueblo por quebrantar la alianza. Los desastres
ecológicos son leídos como un castigo de Dios que se atraen sobre sí mismos los que
practican la injusticia, la opresión de los pequeños, de los imperios salvajes y
depredadores. De aquí nacerán esos sueños diurnos que contemplan desde el Dios
salvador y creador una naturaleza recreada y una humanidad redimida y
resucitada.
2.1.3 La Alianza de Dios crea justicia en el mundo de los hombres y la naturaleza.
Creemos que Dios ama su creación que quiere que se desarrolle la vida en ella. Ninguna
criatura es indiferente a sus ojos. Cada criatura tiene su propia dignidad y sus propios
derechos, porque todas forman parte de su alianza, como se afirma en la relación de
Dios con Noé: "Mirad, dice el Señor, que hago alianza con vosotros y con vuestros
descendientes y con todos los seres vivientes" (Gen.9,9-10).
De esta alianza con nosotros se derivan las derechos humanos fundamentales. De esta
alianza con nosotros y nuestros descendientes se derivan los derechos de las
generaciones futuras. De esta alianza con nosotros y nuestros descendientes y todos
los seres vivos se derivan los derechos de la naturaleza. Con el reconocimiento de esto
se afirma la igualdad de derechos delante de una alianza, por lo que todos los seres
vivientes tienen que ser respetados por el hombre en calidad de socios y aliados de
Dios. Quien destruye la naturaleza, se destruye a sí mismo. Quien atenta contra la
dignidad de los animales, atenta contra Dios.
2.1.4 El sábado de la Tierra: la ecología divina.
La celebración del sabbath, el día de descanso, en el que el hombre y el animal
descansan y dejan descansar a la naturaleza es la filosofía judía que nos ayuda a
entender la naturaleza y a uno mismo como creación de Dios.
De acuerdo con el Génesis, el Creador "dio por concluida" la creación del mundo con la
celebración del sabbath del mundo, bendiciendo a sus creaturas con su presencia en
descanso. Este sábado divino es la corona de la Creación, y por él, el Dios creador
cumple su objetivo, y los hombres que celebran el sábado reconocen la naturaleza como
creación de Dios y la dejan ser la amada creación de Dios.
Otro significado del sabbath, es el que resalta la importancia del año sabático para la
tierra y los hombres que viven de ella (Lev.25,4.17; 26; Ex.23,10-11), con el objetivo de
que "coman los pobres de tu pueblo" y "la tierra descanse". Y Dios castigará a los
desobedientes, haciendo que la tierra se vuelva yermo y las ciudades una ruina.
Partiendo de aquí es que se entiende desde una interpretación ecológica el exilio de
Israel en Babilonia, pues Dios quería salvar su tierra. Durante setenta años habría de
quedar sin trabajarse la tierra de Dios, entonces se habrá repuesto, ¡y el pueblo de Dios
podrá volver a la tierra prometida! El año sabático para la tierra es la política ambiental
de Dios para sus criaturas y su tierra.
Sólo los grandes imperios han explotado las regiones fértiles sin interrupción para
alimentar sus ejércitos y sus ciudades capitales, hasta que el suelo se agotó y se volvió
desierto (Persia, Roma, Babilonia). Por otro lado, la industrialización del agro ha
llevado cada vez más abonos químicos al suelo, y como resultado se da una creciente
contaminación del suelo y las cosechas. La explotación ininterrumpida de la tierra
llevará al exilio de la población campesina y finalmente a la desaparición del género
humano de esta Tierra. Después de la muerte de la humanidad, la tierra celebrará su
gran sábado, que le ha negado hasta ahora la humanidad moderna. La celebración del
séptimo día y el respeto de la tierra podrían convertirse en la salvación para nosotros y
la tierra de la que vivimos.
.1.3 Mensaje escatológico de Jesús: el reinado de Dios.
El reino del cual predica Jesús es de su Padre que se preocupa de todos los hombres,
pero tiene una preferencia y debilidad por los pequeños, perdidos, pecadores, pobres y
todos los desgraciados. Estos son los que más buscan, y éstos son los que más ama y
salva. Para ellos van especialmente el sermón de las florecillas del campo y de las aves
del cielo (Mt.6,25-34), todo un encanto evangélico y escatológicamente poético de la
naturaleza. La naturaleza se muestra pródiga en Jeús en favor de los hombres.
En los apocalípticos sinópticos (Mc.13; Mt.24 y Lc.21) aparecen signos negativos y
conturbadores. Unos se refieren a los cataclismos cósmicos: en la tierra, terremotos; en
el mar, maremotos; en el cielo, eclipsis de sol y cataclismo de estrellas. Ponen en
peligro la vida de los hombres y pueden ser previsibles por la ciencia. Puede ésta
amortiguar sus efectos, pero no eliminarlos del todo. Son una amenaza natural, pero los
apocalípticos los llen como signos castigadores de Dios.
Otros signos devastadores provienen de la responsabilidad humana. Tales son las
guerras y las hambres, en donde pueden aparecer los hombres y las naciones como
responsables por su capacidad de remediarlas. Y aquí podremos incluir los desastres
ecológicos, fruto de una industrialización agresiva e irresponsable y otros efectos de
nuestro deterioro voluntario de la naturaleza, que son descritos en forma mítica por las
copas de la ira, derramadas por los ángeles del exterminio del libro del Apocalipsis.
Para la mentalidad de Jesús, estos signos devastadores pertenecen al mundo viajo y al
mundo del pecado del hombre. Jesús anuncia que todos ellos no son el fin del hombre ni
del cosmos. Restablece y renueva el mundo y el hombre como creación de Dios. Nos
confiere una nueva responsabilidad de darnos un nuevo don: el don del Espíritu Santo,
que perdona los pecados, renueva la creación y reconcilia a los hombres.
2.2 Diversas teologías implicadas en el problema ecológico.
2.2.1 El rescate de la Teología de la Creación.
La ecología nos facilita entender el concepto teológico de creación, mediante el cual,
Dios y el universo se deferencian y al mismo tiempo se aproximan. Decir que somos
creados significa afirmar que vivimos de Dios, tenemos en nosotros marcas de Dios y
caminamos para Dios. No se trata aquí de esbozar los fundamentos de una teología de la
creación, sino señalar sólo algunas referencias básicas:
En primer lugar debemos entender la creación como el juego de la expresión divina,
baile de su amor, espejo en el cual, El mismo se ve como proyecta compañeros en su
vida y comunión. En esta visión no hay jerarquías ni representantes exclusivos, todos
vienen del mismo amor de Dios.
Aparece también el lugar singular del ser humano, que no está encima, sino dentro y
en la frontera de la creación; es el último en aparecer, se encuentra en la retaguardia. El
mundo no es fruto de su deseo o de su creatividad; no le vio el principio. Porque el
mundo es anterior a él, el mundo no le pertenece; pertenece a Dios su creador. Pero el
mundo le es dado como jardín que debe cultivar y celar, por tanto, la relación que el ser
humano tiene hacia la creación es fundamentalmente de responsabilidad, una relación
ética.
El ser humano sólo podrá ser humano y realizarse, realizando el mundo e insertándose
en el en la forma de trabajo y cuidado. Aquí no hay nada de destrucción y dominador,
al contrario, estamos ante una inscripción profundamente ecológica y destinada a
mantener el equilibrio de la creación, aún siendo transformada y avanzando por el
trabajo humano.
Una teología de la creación nos ayudará a encontrar el sentido de una teología de la
redención. Redención supone una decadencia en la creación, una ruptura en la vocación
humana que atañe a todos los humanos y también a su entorno cósmico, porque el ser
humano no cultivó ni preservó la creación, ella misma se siente herida. Por eso, en
consonancia San Pablo dice que él gime y clama por la liberación (Rom.8,22).
La redención no exige una sustitución, sino un rescate, pues la creación,
fundamentalmente, conservó su estatuto bueno. El ser humano no tiene poder absoluto
sobre la obra de Dios al grado de dañarla en su corazón. Sino que puede herirla
gravemente. La redención reasume la creación, reorienta la flecha del tiempo y sana la
llaga que sangra.
2.2.2 El aporte de el Tratado de Dios Uno y Trino.
La Imagen de Dios: así como pensamos de Dios, pensamos de nosotros mismos y de la
naturaleza. La fe en el Dios todopoderoso ha llevado a la secularización del mundo,
despojando la naturaleza de su misterio divino. Lo que necesitamos es el
redescubrimiento del Dios trino y uno, que es un Dios comunitario, rico en
relaciones, pues "Dios es amor", perfecta comunión del amor.
Las tres personas de la Trinidad coexisten eternamente, distintas, unidas, igualmente
eternas e infinitas, son simultáneas de tal forma, que no existe ningua anterioridad,
subordinación y posteridad entre ellas. Existen tres, pero expresan tales lazos de vida,
tal entrelazamiento de amor, tal juego de relaciones eternas que los tres se unifican. Son
un sólo Dios-Comunión, Dios-Relación, Dios-Amor.
El universo constituye un desbordamiento de esta diversidad y de esta unión. El mundo
es así complejo, diverso, uno, entrelazado e interconectado porque es espejo de la
Trinidad. Si eso es verdad, entonces no correspondemos a Dios mediante el dominio y
el sometimiento, sino a través de la comunión y reciprocidad que fomenta la vida. No el
sujeto humano solitario, sino la verdadera comunidad humana es la imagen de Dios en
la Tierra. No partes aisladas, sino la comunidad de la creación en su totalidad refleja la
sabiduría y la vitalidad de Dios.
La creación es un proceso trinitario: Dios Padre crea a través del Hijo con la fuerza
del Espíritu Santo. Por esto son necesarios el concepto cristológico de la creación por la
Palabra y el entedimiento neumatológico de la creación en el Espíritu de Dios. Si todas
las cosas son creadas por un Dios, su pluralidad es precedida por una unidad
trascendente, y a su unidad subyace una unidad inmanente. La teología cristiana ha
reconocido en Cristo no sólo la salvación personal, sino también la sabiduría universal
por la que existen las cosas; por tanto, lo que le hacemos a la naturaleza se lo hacemos a
Cristo.
En este mismo sentido se expresa la Conferencia del Episcopado de la República
Dominicana, en una carta publicada en 1987, hace énfsis en el ejemplo del mismo
Jesucristo en su relación con la naturaleza, apoyándose sobre todo en algunos textos de
San Pablo:
"Cristo, aquien están sometidas todas las cosas (1Cor.15) quien las liberó de la
esclavitud de la corrupción (Rom.8,21), nos enseñó durante su vida terrena a admitir la
naturaleza y respetarla, a servirnos de ella y disfrutarla sin mancillarla ni agredirla; y
a inspirarnos en ella y amarla".
Palabra y espíritu se complementan con miras a la comunidad de la creación (cfr. El
relato de la creación de Gen.1,2ss): la palabra espcifica y diferencia, el espíritu unifica y
forma concordancia. En sentido figurado podríamos decir entonces que Dios habla a
través de toda la creación. La totalidad de la Comunidad de la Creación es sustentada
por el aliento del Espíritu de Dios, pues es presencia mediadora indirecta de Dios, no
sólo la obra de sus manos.
De esta perspectiva del espíritu de Dios en todas las cosas y la preparación de todas las
cosas para habitación de Dios (Hech.7,48-49, según Is.66,1-2), se deriva una
veneración universal de Dios, y una veneración de Dios en todas las cosas. Con la crisis
ecológica no sólo sufre nuestro "entorno humano"; sufre la creación, que fue destinada a
ser el "entorno" de Dios. Toda intervención irreparable en la creación es un sacrilegio.
2.3 Importancia del problema ecológico para la Teología Moral.
2.3.1 La visión de López Azpitarte.
Para López Azpitarle la moral ecológica constituye una defensa del hombre, en cuanto
que se preocupa por mantener y conservar aquellas condiciones indispensables, que
eviten un deterioro en la calidad de su vida. No se puede olvidar como la técnica ha
supuesto siempre una cierta violación de los procesos de la naturaleza, para intentar
someterlos y ponerlos al servicio de los intereses humanos.
Para él, la desarmonía del hombre con la naturaleza parte de la lucha que lleva el
hombre por dominar con su inteligencia la naturaleza para la mejora de su propia vida,
provocando con esto desquilibrios, por no respetar unos ciertos límites indispensables.
Ante esta realidad, aparecen según Azpitarte dos grupos que denuncian el hecho: unos
hablando en tono fatalista de una sociedad que agoniza y que camina hacia un desastre
inevitable, en una abrsurda civilización dispuesta a suicidarse, pero que no ha
provocado reacción alguna, pues aún bajo el miedo de una terrible amenaza la gente no
va a sentirse movida a la renuncia de su confort actual, que tanto trabajo le ha costado
conseguir. Otros bajo cierto romanticismo ingenuo que busca una vuelta a lo natural,
como si hubiera que condenar todos los adelantos técnicos de los que hoy gozamos, y es
lógico que como respuesta a esta propuesta que se une al rechazo del progreso, se le de
la espalda fácilmente.
Sin caer en ningún extremo radicalizado - ni en el catastrofismo de unos ni en la
ingenuidad de los otros -, no cabe duda que la situación se ha hecho preocupante, por lo
que se requiere una toma de conciencia generalizada. Ahora preocupa la acumulación
enorme del poder del hombre frente a la naturaleza que se encuentra débil e impotente,
tal y como el hombre se había sentido en el pasado ante la fuerza y el asombro de sus
leyes.
Arrancar las raíces (como la cultura, la tradición, las costumbres de los pueblos) que se
han ido formando a lo largo de la historia, supone una verdadera mutilación del cuerpo
social. Y esto es como cambiar de repente la presión atmósferica a la que se estaba
acostumbrado. La aclimatación se hace necesaria, y es peligroso desechar lo que se
tenía, cuando aún no se ha encontrado algo mejor para sustituirlo.
La explicación de todos estos fenómenos radica en la nueva visión que el hombre
proyecta sobre el mundo. Si en otras épocas la realidad era sagrada e intocable, objeto
de respeto y admiración, ahora se ha vuelto un lugar de conquista para imponer su
dominación, y es lo que nos ofrece el desarrollo técnico, pues pone en nuestra manos
instrumentos eficaces, y lanza al hombre a llevar un estilo de vida en el que la única
preocupación es el rendimiento a corto plazo.
Por esto, la explicación de estos abusos hay que buscarla en la actitud y estilo de vida,
adoptado por el hombre, que los provoca y posibilida. La técnica es incapaz de resolver
los problemas que ella misma ha creado, si no va acompañada de un cambio radical en
nuestra manera de vivir.
Por todo lo dicho anteriormente, señala como principales características de la moral
ecológica que podrían servir como criterios básicos para la reflexión, los siguientes. Sin
exageraciones panteistas, la mirada sobre el mundo se hace más sagrada y respetuosa
para contemplar la bellaza y complejidad de sus mecanismos, invita a una actitud más
pacífica y armoniosa, para que la tierra no termine vengándose de tantas violaciones
injustificadas; predica una cierta ascesis humana, basada en la moderación, que supone
la renuncia de un brutal consumismo, que convierte en necesidad primaria lo que no
dejar de ser bastante superfluo. Y subraya con gran fuerza la vinculación profunda que
existe entre los seres de la tierra, donde todos somos necesarios y más en concreto,
entre los hombres y naciones.
La enorme dificultad para él consiste en que el conocimiento abstracto e intelectual no
es suficiente para llevarlo a la práctica, si no va acompañado de un profundo
convencimiento. Todos protestamos de los atentados contra la naturaleza, de las
desigualdades e injusticias que fomentan, pero nadie está dispuesto a renunciar a las
ventajas y beneficios que de ellos se derivan.
2.3.2 Tres opciones éticas: Ruiz de la Peña.
Disfrazadas o no, enmascaradas o a rostro descubierto, son tres las morales en oferta, las
opciones disponibles para afrontar la crisis ecológica, según el estudio de Ruiz de la
Peña. Cada una de ellas está respaldada por una precisa y correlativa ontología, una
lectura de lo real.
Antropocentrismo prometeico. Es la actitud dominante en las sociedades desarrolladas
y ha sido bosquejada como el hombre como conquistador de la naturaleza, de toda la
naturaleza, incluida la humana. Se legitima con el postulado del humanismo y de la
primacía del sujeto y su libertad creadora, por lo que es visto el mundo circundante
como espacio de su voluntad de dominio, como fuente de beneficios, como cantera de
explotación. Sólo tiene existencia autónoma el hombre des-naturalizado y su libertad
absoluta, por lo que se asoma en el horizonte su misma autodestrucción.
Cosmocentrismo panvitalista. Este paradigma apuesta por el derrocamiento del
antropocentrismo y la recuperación de una especie de nuevo cosmocentrismo,
restableciendo el equilibrio hombre-naturaleza, recuperando el respeto sagrado que el
universo infundió siempre en la especie humana y que hoy se ha perdido. Por tanto, el
hombre no puede manipular a su antojo las leyes y los valores de una realidad, la
naturaleza, que es anterior y primaria, que es su matriz genésica y nutricia, fuente y
origen de toda vida. Frente a tal postura habría que revalidar el primado axiológico y
ontológico de la persona humana; sólo el hombre es imagen de Dios, sólo el hombre es
fin y no medio, sólo el hombre es valor absoluto. Pero este hombre está integrado en un
sistema de valores, que no puede ignorar.
Humanismo creacionista. Las dos posturas anteriores apuntan o bien a un
sobrehumanismo eufórico de la civilización tecnocrática o, bien a un antihumanismo de
ciertos ecologismos. Pero ambas posiciones terminan convergiendo en la devaluación
de lo humano. La fe cristiana opta por una comprensión desmitificada del hombre y de
la naturaleza, y para ello le basta con hacer entrar en juego un tercer factor, el factor-
Dios, reconocido como centro de la realidad, que puede sustentar una ética no
manipulable, y sólo el puede legitimar un marco de valores intangibles, inviolables,
absolutos.
2.3.3 Sistematización teológico - moral de Miguel Sobrino.
Miguel Sobrino aborda el problema desde dos áreas de la moral: de la justicia y de la
bioética, pues según él no se pueden separar ambos tratamientos sin el riesgo de una
minimización del mismo, pues la agresión a la naturaleza como expresión de la ruptura
de la relación Hombre-Naturaleza, Hombre-Hombre, Hombre-Dios, es uno de esos
problemas que se presentan a la Teología Moral como fronterizos, y que se inscriben en
el campo de estudio de dos o más areas de la moral especial, tomando sus fundamentos
en la moral fundamental.
La razón de esta afirmación estriba en el hecho de que la agresión al medio ambiente
atenta contra la dignidad misma de la vida y de manera especial contra la misma vida de
la humanidad -tema de la bioética-, y es resultado de una mentalidad predominante en
el hombre contemporáneo -y también de otras épocas- que lo conduce a considerar que
tiene un dominio absoluto y sin límites sobre todo el universo y sobre los hombres.
Mentalidad que lleva anejos procesos económicos, sociales, políticos y culturales que a
la larga terminan por deshumanizar al hombre y a incrementar el problema de la
agresión a la Naturaleza y la violación de los derechos fundamentales del hombre -tema
de la moral de la justicia-. Por esa razón es que afirma que deben ser tratados de forma
paralela por la moral de la vida y por la moral de la justicia.
2.3.4 La visión de un gran jefe. "Después de todo quizás seamos hermanos".
En 1855, el gran jefe blanco de Washington, ofreció comprar amplísima extensión de
tierra indias, prometiendo crear una reservación para el pueblo indígena, que en ese
momento se encontraba derrotada y agotada tras años de guerra.
La respuesta del Gran Jefe Settie de la tribu india de los Duwamish, ha sido descrita
como declaración más bella y más profunda, jamás hecha sobre el medio ambiente.
Ellos siempre habían habitado el territorio situado en el actual estado de Washington, en
el noroeste de los Estados Unidos.
"¿Cómo se puede comprar el firmamento, ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos
es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas,
¿cómo podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino,
cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada
altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y el pasado de mi
pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de
los pieles rojas.
Los muertos de los hombres blancos olvidan su país de origen cuando emprenden sus
paseos entre las estrellas; en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esta
bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra,
así mismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el
venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos.
Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre,
todos permanecemos en la misma familia. Por todo ello, todos pertenecemos a la misma
familia.
Por todo ello, cuando el gran jefe de Washington nos envío el mensaje de que quería
comprar nuestra tierra, nos está pidiendo demasiado. También el gran jefe nos dice que
nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. El se
convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideramos su oferta de
comprar nuestras tierras. Ello es fácil ya que esta tierra es sagrada para nosotros.
El agua cristalina que corre por ríos y arroyos no es solamente agua, sino representa
la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, deben recordar que es
sagrada y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo
fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de la
vida de nuestra gente. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos
son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas, deben
recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son
suyos y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un
hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe
distinguir entre un pedazo de tierra y oro, ya que es un extraño que llega de noche y
toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga y una vez
conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le
secuestre la tierra a sus hijos. Tampoco le importa.
Tanto en la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a
su madre y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se
venden como ovejas y cuentas sus colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás
sólo un desierto.
No sé, pero nuestro modo de vida, es diferente al de ustedes. La sola vista de sus
ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y
no comprenda nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni
hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo
aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no
comprende nada. El ruido sólo parece insultar nuestros oídos. Y después de todo, ¿para
qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni
las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada
entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un
estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del medio día o
perfumado con aroma de pinos.
El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un
mismo aliento. La bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El
hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que
agoniza durante muchos días es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras
tierras deben recordar que el aire nos es inestimable, que el aire comparte su espíritu
con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida,
también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben
conservarlas, como cosa aparte y sagrada como un lugar donde hasta el hombre
blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.
Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo
pondré una condición:
El hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy
salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que un
búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre
también moriría de una gran soledad espiritual. Porque lo que les suceda a los
animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado, como la sangre que une a
una familia. Todo va enlazado.
Todo que ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la
trama de la vida; él es sólo un hijo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni
siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo, queda exento del
destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una
cosa que, quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes pueden pensar ahora que el les pertenece lo mismo que desean que nuestras
tierras les pertenezcan; pero no es así. El es el Dios de los hombres y su compasión se
reparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor
inestimable para El y si se daña se provocará la ira del creador. También los blancos
se extinguirán, quizá antes de que las demás tribus contaminen sus lechos y una noche
perecerán ahogados en sus propios residuos.
Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la
fuerza del Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio
dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues
no entendemos por que se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se
saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se
atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde está el
matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza
la supervivencia".
http://www.gratisweb.com/justicia_paz/ecologia-2.htm