Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 1
Apocalipsis
una comunidad que
resiste al imperio
Hno. Dr. Claudio Bedriñán, ofm cap
Introducción: estado de la cuestión
La interpretación socio-política de la Biblia y, particularmente, del libro del Apocalipsis ha recibido
en los últimos decenios un tratamiento muy importante por parte de los estudiosos del mismo. Es el
área de lengua inglesa la que se ha mostrado especialmente sensible a la consideración de los
aspectos sociales que rodean a la comunidad cristiana en que tiene origen el libro. Si bien ha sido
dicha área la que ha dado el aporte más copioso e importante en la materia, no faltan, sin embargo,
otros estudios voluminosos dignos de atención.
En cuanto a esa interpretación socio-política del Apocalipsis, hay autores que ponen especial énfasis
en la correlación entre texto literario y realidad. La dificultad para delinear el contexto socio-político
de la literatura apocalíptica en general es puesta en evidencia por Stone cuando señala:
es sumamente difícil investigar los contextos sociológicos de los apocalipsis a la luz de las fuentes
históricas comunes. No conocemos prácticamente nada acerca de los círculos de quienes los
escribieron, o de su identificación histórica real; ignoramos cómo los apocalipsis funcionaron y
fueron utilizados. Esto debido a la carencia de información en las fuentes históricas
convencionales, agravado por el modo pseudoepigráfico de escribir.
El tratamiento que los comentaristas modernos hacen de este tema no es propiamente sociología,
entendida ésta, según una definición de Aune, como:
el intento sistemático de formular reglas generales que regulen el comportamiento humano a través
del estudio de instituciones sociales, interaciones sociales y relacionamientos sociales,
sino, más bien, un modo de acercarse al texto, para a través de él, como por una ventana, asomarse
al mundo social contemporáneo del autor. Así es como la reconstrucción de las condiciones políticas
y sociales adversas que tuvo que afrontar la comunidad cristiana (Sitz im Leben) adquiere
importancia capital para la comprensión misma del texto.
Otros estudiosos, basándose en el hecho, generalmente aceptado, del lenguaje simbólico de la
narración del Apocalipsis, intentan por su parte reducir el aspecto socio-político del mismo al
interior del drama. En consecuencia, prescindiendo de todo contacto con la realidad que lo circunda,
sería necesario –según ellos–, limitarse al mundo simbólico imaginario creado por el autor. En este
sentido, la comunidad cristiana no habría sentido amenazada su fe por una realidad histórica
particular de crisis. Más bien, al contrario, mediante una lectura del texto apocalíptico se buscaría
provocar una situación de crisis en la fe del creyente. Es el camino inverso, es decir, el texto vendría
a ser como una forma de despertar en sus destinatarios la preocupación socio-política que de por sí
no les habría afectado. Thompson hace ver la importancia del simbolismo en el Apocalipsis
diciendo:
En la década pasada, diversos estudios significativos y “sofisticados” han sido publicados sobre el
Apocalipsis de Juan reconociendo que el visionario del Apocalipsis crea un distintivo universo
simbólico y que escribió dentro de una específica tradición genérica. Así, interrogantes acerca del
género y del mundo simbólico son centrales para la interpretación de los temas individuales y de
las escenas del Apocalipsis como también para identificar su ambiente y contextos sociales (véase
por ejemplo los artículos y citaciones en Early Christian Apocalypticism: Genre and Social Setting
[Semeia 36; ed. A. Yarbro Collins; Decatur, GA: Scholars, 1986]). Como resultado de estos
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estudios, la pregunta, “¿Qué significa esta frase o escena particular?” es respondida ante todo
considerando las palabras como partes del Apocalipsis más que como signos en referencia a
acontecimientos externos al texto. El lenguaje puede ser referencial, pero su referencia hace alusión
primero al mundo simbólico y al género del Apocalipsis.
Por eso, un estudio que potencie el aspecto social y político debe encuadrarse en una situación
espacio-temporal determinada, sea porque dio origen a la creación del libro, sea porque busca
modificarla con su lectura. Por lo tanto, no carece de importancia la discusión sobre cuál haya sido
el momento histórico preciso que o bien provocó el nacimiento de esta última obra literaria del
canon cristiano, o al menos la vio nacer. El problema socio-político del libro del Apocalipsis,
cualquiera que sea el nexo de unión con el texto mismo, varía sustancialmente según la data que se
le asigne.
Ahora bien, las situaciones vividas en tiempo de los emperadores Claudio, Nerón, Domiciano,
Trajano fueron todas ellas sugeridas tradicionalmente como las que corresponderían al período
histórico en que fuera escrito el Apocalipsis. En consecuencia, como afirma Yarbro Collins:
El problema de la fecha del Apocalipsis ofrece un caso interesante de estudio acerca de cómo el
simbolismo apocalíptico se relaciona con la realidad social.
Las fechas que tradicionalmente fueron sugeridas son las siguientes:
Epifanio, contemporáneo de Jerónimo, es el único escritor que menciona la época del emperador
Claudio (a. 41-54). Este período se puede calificar políticamente como años de una tranquila
administración, teniendo presente que sucede a la época demencial de Calígula. Claudio tuvo como
tarea principal, después de su dramático acceso al trono, el volver a conquistar la confianza del
senado y del ejército en el emperador, llamando a colaborar armónicamente a todas las fuerzas del
estado.
Otras fuentes, aunque no tan claramente, postulan la fecha del emperador Nerón (a. 54-68), como
dice Charles:
No es difícil entender la asignación del destierro de Juan al reinado de Nerón en el título que aparece
tanto en las versiones Siríacas del Apocalipsis como en Teophylacto [ca. 1107].
La política de los primeros años del gobierno de Nerón hizo esperar a los ambientes senatoriales la
recuperación de una mayor influencia en la gestión del estado. Sin embargo, la posición personal del
emperador, una vez reforzada, hizo que sus actitudes autoritarias cambiaran profundamente el clima
de la corte. Gran repercusión tuvo el incendio de Roma del año 64, cuya culpabilidad el emperador
hizo recaer sobre un núcleo de inmigrantes, prevalentemente hebreos entre quienes se difundía la
nueva religión cristiana. El estado romano sufría continuas amenazas externas por parte de los partos
y de los armenios en la parte oriental del imperio. Nerón fue proclamado enemigo público por el
senado, que contaba con el apoyo del gobernador Galba, y prefirió suicidarse antes que ser tomado
prisionero. Su muerte fue legendaria.
No obstante, las tradiciones más antiguas han sostenido el período de Domiciano (a. 81-96) como el
tiempo en el cual se escribió el Apocalipsis. La subida al trono de este emperador comportó un
cambio repentino en su relación con el senado, el cual mostró su disconformidad ante las actitudes
absolutistas del nuevo emperador. A su vez éste se procuró un apoyo seguro en el ejército mediante
donaciones y aumento del salario tanto para los legionarios como para las tropas. El enfrentamiento
del senado con el emperador fue total cuando éste quiso que apareciese junto a su título oficial la
denominación de dominus et deus noster. Los historiadores e intelectuales (p.e. Plinio el Joven,
Tácito y Suetonio) dejaron un juicio bastante duro sobre el emperador, quien, por su parte, no
dudó en atacarlos directamente. Los éxitos parciales en la política exterior no lograron superar la
grave crisis interna causada por la creciente oposición del senado.
No han faltado testimonios de la tradición, aunque muy tardíos, que han postulado el período de
Trajano (a. 98-117) para la composición del Apocalipsis. Al emperador Nerva lo sucede Trajano en
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un clima de máxima calma. Éste fue el primer emperador de origen no itálico. La aristocracia
provincial había entrado a formar parte de la clase dirigente del imperio con plenos derechos.
Trajano aumentó a más de un tercio el número de representantes provinciales en el senado. Con él el
imperio alcanzó su máxima extensión territorial. El senado confirió a Trajano el título de optimus
princeps, por el equilibrio desempeñado en la gestión del poder y por la capacidad de comando
reconocida por los ambientes intelectuales del tiempo.
De todas estas fechas ¿cuál corresponde al Apocalipsis de Juan? Las explicaciones son diversas y
deben ser tomadas en consideración.
Algunos autores modernos, reconociendo el lenguaje simbólico del libro y la importancia que
reviste el momento histórico que lo originó, prefieren centrarse en la relación del mensaje teológico
con el aspecto social y político, y en su aplicación universal para la iglesia de todos los tiempos.
Estos autores consideran una situación concreta de crisis como punto de partida de la relación
existente entre una situación histórica y el proceso de simbolización. Nickelsburg, comentando la
obra de Martin Hengel Judentum und Hellenismus, anota dos observaciones acerca de las posibles
causas de la literatura apocalíptica de los dos siglos anteriores a nuestra era cristiana:
Primero, en la visión de Hengel, la cosmovisión apocalíptica es una respuesta a la experiencia de
vida durante la aguda crisis que muchos judíos percibieron como una amenaza a la existencia del
judaísmo y que, esporádicamente, les permitía caminar a salvo. Esta crisis fue precipitada por la
invasión de Jerusalén por el espíritu helenista. [...] En segundo lugar, según Hengel, el fenómeno
apocalíptico estuvo fuertemente influenciado por el pensamiento helenista. Haciendo esta
afirmación, considera la influencia de los factores socio-culturales en este segmento de la historia
de las ideas.
En consecuencia, diversos factores de la realidad provocaron, en la fe vivida por la comunidad
creyente, una situación de crisis tal que dieron motivo a la literatura apocalíptica. O como dice
Adela Yarbro Collins:
A la literatura apocalíptica se la define frecuentemente como una literatura evocada por una crisis.
Pero esta definición acerca de la finalidad de los apocalipsis, aunque coincide con algunos de ellos,
no se adecua a todos. No obstante, es un aspecto que sigue siendo válido para el Apocalipsis de
Juan. Así, surgido el libro en una situación de crisis particular, habría sido ésta sólo la ocasión para
elaborar un escrito teológico-profético que la trascendiera y, por lo tanto, un mensaje no agotable en
esa situación histórica determinada. En conclusión, la relación típica, crisis o no crisis, es el pasaje
que se verifica desde una situación histórica particular a un proceso de simbolización general.
Después de estas premisas nos proponemos ofrecer: primero, un análisis crítico de algunas obras
recientes representativas del estudio socio-político del Apocalipsis que nos permitan ver en
panorámica la discusión actual del problema que nos interesa; segundo, considerar la fecha de
composición del libro para poder entender mejor su mensaje ubicándolo temporalmente; tercero,
buscarle una clasificación literaria que nos ayude a comprender más cabalmente la verdad
contenida; cuarto, expondremos una clave exegético-hermenéutica que permita una correcta visión
de la obra; quinto, una apreciación sobre un tema emergente: la así llamada “situación de crisis” que
parece estar latente en el trasfondo de nuestra obra; para finalizar con una valoración crítica de lo
expuesto, al tiempo que explicitaremos nuestra opción de trabajo.
Interpretaciones recientes
Nos abocamos ahora al análisis de los autores recientes que han hecho de la interpretación socio-
política del libro del Apocalipsis el centro de su estudio, o al menos se han interesado en esta
perspectiva relativamente nueva en los estudios bíblicos. El criterio con el que los examinaremos
seguirá el orden cronológico de aparición ya sea de los artículos de revista como de los libros que
hagan referencia a nuestro tema.
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1. David E. Aune
David Aune se interesa directamente por el aspecto socio-político del Apocalipsis en diversos
artículos. Las ideas más relevantes para nuestro tema las exponemos a continuación. La comunidad
cristiana primitiva –piensa Aune– no puede ser objeto de una investigación analítica primaria, dado
el carácter empírico de la investigación sociológica. Sólo puede ser objeto de la investigación
sociológica en cuanto que, a los datos históricos y literarios de los primeros cristianos, se le pueden
aplicar en un segundo momento, modelos teóricos formulados en base a estudios empíricos
modernos. La importancia fundamental de la aplicación en un segundo momento de estos modelos
teóricos es que hace aflorar un sentido que en sí estaría como latente en el texto, desentrañando su
historia social; por eso afirma:
La aplicación secundaria de la teoría sociológica es primariamente de valor heurístico en la que
permite a los estudiosos ver la correlación, funciones y explicaciones que de otra manera no serían
aparentes.
La discusión acerca de la matriz social del Apocalipsis de Juan constituye, dice Aune, un modesto
intento de desenredar la historia social de este texto. Se propone explorar las dimensiones sociales
de tres elementos interconectados que nos presenta el Apocalipsis en los capítulos 2 y 3. Como
premisa conviene señalar que para este autor:
las siete proclamaciones constituyen un género mixto creado por el autor. El género y estilo literario
al que, las siete proclamaciones pertenecen es la de los edictos reales e imperiales [praescriptiones,
narrationes, dispositiones y sanctiones] mientras el modo es el del discurso de forma profética
llamado el oráculo parenético de salvación-juicio [ampliamente usado por los profetas cristianos
primitivos].
Primero trata la autopresentación literaria del autor, indicando el hecho de que Juan dirige una
extensa carta apocalíptica, no a un individuo, sino a siete comunidades cristianas del Asia Menor, lo
que implicaría que el autor asume una posición superior a la de sus destinatarios. Luego de estudiar
las formas, explícitas e implícitas, en que Juan se presenta, Aune afirma en síntesis:
La autopresentación de Juan en el Apocalipsis está cuidadosa y calculadamente construida para
legitimar oblicuamente su papel profético haciendo llamamientos indirectos y enfatizando esos
valores, normas y comportamientos que comparten él y los cristianos del Asia Menor occidental y
asegurando la aceptación absoluta e incondicional de la autoridad divina del mensaje apocalíptico.
En segundo lugar se detiene a analizar la concepción que posee el autor sobre la naturaleza y el
carácter de las comunidades cristianas a las cuales se dirige. La forma de gobierno reflejada en el
Apocalipsis desentona con respecto a la historia social del cristianismo primitivo en el Asia Menor.
El autor del Apocalipsis nunca hace mención de los dirigentes de la comunidad tales como obispos,
presbíteros o diáconos. La teoría más convincente para Aune es la de que Juan intencionadamente
ignoró en su obra a estos dirigentes locales de la comunidad, ya que su papel como mediador de la
revelación divina trascendía los intereses de una comunidad local y porque, a su vez, el mensaje iba
dirigido a la comunidad en su conjunto y no sólo a sus jefes. Concluye diciendo:
Juan revela muy poco acerca de la forma de gobierno de las comunidades locales a las que se dirige.
Mientras que esto puede ser parcialmente inadvertido, aparece primeramente como el resultado del
énfasis querido por Juan sobre el carácter supra-local de los santos, apóstoles y profetas. Como un
profeta, su intervención en los asuntos locales de cada una de las siete iglesias debía ser visto, no
como un intento de entromisión o de hacer sentir su peso, sino más bien como un fidedigno
mediador de la revelación divina con veracidad y fidelidad.
En tercer lugar nuestro autor trata acerca del carácter de las relaciones e interrelaciones entre el autor
del libro y sus lectores. Una vez que Juan logró una posición personal de respeto y confirió a su
escrito autoridad divina, se puede presentar como el heredero de las tradiciones apocalípticas judías
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y greco-romanas. De este modo se hace defensor de dichas tradiciones resistiendo pasivamente
contra los valores religiosos y culturales, las normas y los comportamientos predominantes en el
helenismo romano. La resistencia es motivada por una visión seductora del triunfo cósmico de Dios
sobre el Imperio Romano y sus aliados satánicos en el mundo espiritual. Aune sintetiza su posición
afirmando:
El profeta Juan, como “Jezabel” su oponente nicolaíta, pertenece a una asociación de profetas
encontrados en muchas sino en todas las comunidades a las que se dirige el Apocalipsis. Muchas de
estas comunidades estaban dominadas por un partido centralista que ni adoptaba el tipo de
acomodamiento cultural y religioso defendido por los profetas nicolaítas, ni el tipo de
comportamiento no conformista estricto defendido por el profeta Juan. El Apocalipsis constituye un
punto final, una declaración culminante de valores, normas y comportamientos, defendidos por Juan
por el cual el autor busca aceptación por parte de sus lectores sobre la mediación de su revelación
divina. En esta revelación se ataca la posición de los oponentes de Juan y se promulga una
declaración definitiva de su visión apocalíptica sobre la derrota final de Roma, de sus aliados
satánicos, y de sus acomodacionistas culturales, bajo el nombre del Cristo Resucitado de la iglesia.
Juan habría utilizado la forma de los edictos imperiales para comunicar los mensajes proféticos del
Rey de reyes y Señor de señores a sus súbditos:
Juan empleó conscientemente la forma de los edictos reales o imperiales como parte de su estrategia
para enfatizar el hecho de que Cristo es el verdadero rey en contraste con el emperador romano que
es un clon e instrumento de Satanás.
Otra de las investigaciones de Aune, aunque esta vez en el Apocalipsis en su conjunto, es la de
buscar el modelo que inspiró a Juan en el desarrollo de la liturgia simbólica de la obra. Este autor
propone dos premisas: 1) No habría habido ninguna promoción oficial de las persecuciones a los
cristianos, ni a nivel general ni local, durante el reinado de Domiciano; 2) Los cristianos habrían
tenido experiencia de persecuciones esporádicas, no porque se hubiesen negado a adorar al
emperador, sino simplemente por ser cristianos. Aune piensa que, aunque hay un reconocimiento
generalizado de que el Apocalipsis está atravesado por el esquema de hechos cósmicos y
escatológicos con la antítesis de Satanás y César contra Dios y el Cordero, la agudeza irónica y la
habilidad literaria de Juan no habrían sido siempre suficientemente reconocidas. Su tesis es:
de que la descripción de Juan sobre el ceremonial celestial practicado en el lugar del trono de Dios
posee una semejanza muy grande con el ceremonial de la corte y del culto imperial en el que este
último puede ser sólo una parodia del primero.
Sin embargo, reconociendo las dificultades para demostrar esta tesis, el autor piensa que es mucho
más difícil de probar la tesis que pretende ver en la liturgia celestial del Apocalipsis una proyección
de la liturgia de la iglesia cristiana en la tierra. He aquí un elenco de las dificultades encontradas por
Aune: 1) La naturaleza fragmentaria de nuestros conocimientos sobre el ceremonial de la corte
imperial. 2) La dificultad basada en el hecho de que Juan no parece haber tenido que responder
necesariamente a la realidad angustiante que estaría padeciendo. 3) ¿Cómo un residente provinciano
del mediterráneo oriental habría podido conocer suficientemente el ceremonial de la corte imperial
como para usarlo de modelo?.
No obstante estos límites Aune se ve inclinado a pensar que: 1) El emperador romano no estaba
permanentemente anclado en la ciudad de Roma, sino que solía visitar otras ciudades de la península
itálica y de provincias fuera de la misma, si bien nuestro conocimiento acerca de sus viajes es
limitado en ese período temprano. Por eso, todo ciudadano podía conocer el ceremonial,
especialmente la gente de la clase alta, con motivo de alguna visita del emperador (adventus). 2) La
tarea principal del emperador era dispensar justicia a las peticiones escritas y leídas, presenciando
los juicios orales y recibiendo embajadas de las ciudades del imperio. Se puede concluir, por tanto,
que muchas personas tenían un contacto inmediato con el ceremonial de la corte. 3) Imágenes
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populares de la corte imperial y del protocolo requerido circulaban en literaturas tales como las que
contenían actas de los mártires paganos (Acta Alexandrinorum). 4) La ideología de la monarquía
romana divina fue expresada tanto en panegíricos griegos como latinos y en los trabajos de retórica
de los Sofistas Segundos. Estas composiciones estaban destinadas a menudo a la diversión de las
masas, siendo así un efectivo medio de comunicación de las nociones básicas sobre la corte
imperial. 5) El arte romano y las monedas eran vehículos para la propaganda imperial, y pueden ser
usadas para saber cuándo y dónde ciertas imágenes particulares eran populares. A través de todos
estos medios un residente provinciano habría podido conocer el funcionamiento de la corte imperial.
La finalidad expresada por Aune en el artículo que trata específicamente este problema es:
no intento rechazar la teoría litúrgica reflejada directamente, sino más bien intento remplazarla con
una hipótesis que yo creo más probable.
Por consiguiente, para David Aune, a través del texto del Apocalipsis no podemos tener un acceso
inmediato a la realidad histórica de la primitiva comunidad y su entorno, ya que la misma no puede
ser objeto de un método empírico. No obstante, nos podemos acercar a ella a través de una correcta
interpretación del lenguaje simbólico de gran agudeza irónica con el que esta realidad nos ha sido
transmitida, utilizando modelos teóricos que se hayan podido verificar experimentalmente.
Aune da un valioso aporte a la comprensión sociológica del Apocalipsis. Vemos como problema la
aplicación de los modelos teoréticos modernos a una realidad tan lejana. ¿Se puede aceptar una
explicación sociológica satisfactoria de la realidad vivida por las comunidades cristianas primitivas?
Por otra parte, ¿podrá ser determinante una interpretación del Apocalipsis recurriendo a la
inspiración del mundo romano pagano dado el rechazo que respecto del mismo muestra el autor en
su obra?
2. Elisabeth Schüssler Fiorenza
Dentro de la abundante bibliografía de Schüssler Fiorenza utilizamos aquella en que directamente se
ocupa de la problemática socio-política del Apocalipsis. Idea clave que surge del análisis de estas
obras es la aplicación que hace esta autora, del análisis retórico para interpretar el Apocalipsis. Tal
análisis le permite ver, entre otras cosas, cómo en el acto de interpretar uno no sólo comprende
textos y símbolos (hermenéutica), sino que también produce nuevos significados al entrar en
contacto con ellos. La crítica retórica considera que el contexto es tan importante como el texto
mismo. Lo que se ve depende del “desde dónde” uno está mirando. La ubicación social o el contexto
retórico es decisivo a la hora de interpretar un texto bíblico:
Yo busco utilizar el análisis retórico no sólo como una manera más de análisis literario o estructural
sino como un medio para analizar cómo textos e interpretaciones bíblicos participan en crear o
mantener oprimidos valores teo-éticos de liberación y prácticas socio-políticas.
La autora muestra cómo el universo simbólico, entendido como “trabajo poético” y “trabajo
retórico”, fue en el libro del Apocalipsis una respuesta apropiada a la situación socio-histórico-
política que debieron afrontar los cristianos del Asia Menor. Juan, aunque no pudo cambiar la brutal
realidad de su mundo, habría contribuido a controlar sus efectos destructivos llevando a su auditorio
a realizar un viaje dramático-catártico. Para ella el mensaje fundamental del libro posee una
finalidad terapéutica. Y añade que una adecuada interpretación del texto debe mostrar por qué el
universo simbólico del Apocalipsis es una respuesta justa a su “situación histórico-retórcia”, ya que
la retórica como discurso es inseparable de las realidades socio-políticas que la producen:
Ha quedado claro ahora que yo entiendo lo simbólico no sólo como lingüístico-semántico sino
siempre también como social comunicativo. Ellos necesitan ser analizados como textos tanto como
subtextos en las condiciones de su “mundo” histórico-social: como el subtexto en tanto que la
historia no nos es accesible excepto en las reconstrucciones textuales aunque la historia en sí misma
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no sea un texto. En otras palabras, nunca podemos leer un texto sin explícitamente reconstruir su
subtexto histórico en el proceso de leer hacia afuera.
Interpretando el Apocalipsis, dice Schüssler Fiorenza, como un trabajo retórico debemos, no
obstante, prestar primeramente atención a las posiciones estratégicas y a las relaciones textuales de
los símbolos y de las imágenes dentro de las cuales se desarrolla todo el movimiento dramático de la
obra. En segundo lugar, debemos prestar atención a las explícitas “huellas” retóricas que permitan
sintonizar con la comprensión de su auditorio, con su modo de captar, de sentir emociones y de
identificarse, en una manera tal como para ser persuadido y movido a realizar las acciones deseadas.
La autora cita la carta de Plinio el Joven (a. 111-113) al emperador Trajano (a. 98-117) para ilustrar
la situación con que se debían enfrentar los cristianos:
Plinio declara aquí con todas sus palabras lo que el Apocalipsis nos cuenta en imágenes y símbolos,
especialmente en el cap. 13. Incluso el Apocalipsis agrega otro aspecto, cuando acentúa que a
aquellos que no tengan la marca de la bestia no se les permite comprar o vender. No sólo amenaza
con la vida, el encarcelamiento, y la ejecución sino también con la privación económica y la
indigencia las que serán padecidas por aquellos que rechazan tener la marca de la bestia, p.e., ser
identificados como sus seguidores. [...] su significación económica es total.
Por lo tanto, también según ella, el lenguaje simbólico del Apocalipsis nos permite llegar a captar la
situación real con la cual debía enfrentarse la comunidad cristiana primitiva. La situación de crisis
que ponía a prueba su fe habría que buscarla en las siguientes causas:
Bajo los Flavios, especialmente Domiciano (81-96), el culto imperial estuvo fuertemente promovido
en las provincias romanas. Domiciano exigía que la población lo aclamara como “Señor y Dios” y
participe en su seguimiento. [...] Esta experiencia de acoso, persecución, y hostilidad desafió la fe de
los cristianos en Cristo como Señor. Su experiencia de hambre, carestía, pestilencia y guerra
minaron sus creencias en la creación buena de Dios y en la providencia. [...] La situación política se
agravó y la necesidad de tomar una decisión más marcada porque los cristianos judíos como Juan
podrían cada vez menos alegar para ellos los privilegios políticos de los judíos. Los judíos tenían el
privilegio de practicar su religión en cualquier parte del imperio y estaban exentos del servicio
militar y del culto imperial. [...] No sólo entre los judíos sino también entre los cristianos se defendió
una tendencia a la adaptación y conformidad con los poderes políticos. [...] Es probable que los tres
nombres cifrados “Nicolaítas, Balaam y Jezabel” caractericen al mismo grupo de profetas cristianos
que permitían comer carnes sacrificadas a los ídolos y aceptaban compromisos con el culto al
emperador. [...] Esta posición profética alternativa de esta manera propuso un compromiso teológico
que permitió a los ciudadanos cristianos participar activamente en la vida comercial, política y social
de sus ciudades. Ellos probablemente justificaron su postura en referencia a Pablo (Rom 13,1-7).
[...] Esta respuesta teológica diferente de Juan estaba enraizada en una experiencia socio-política
diferente. Él mismo parece haber experimentado el sufrimiento y el exilio, mientras que las dos
comunidades (Esmirna y Filadelfia) que merecen alabanzas de Cristo y no reciben censura son
obviamente pobres y carentes de poder. [...] Empleando símbolos cúlticos tradicionales judíos, Juan
busca no sólo alejar a su auditorio de los misterios paganos y del culto imperial, sino también
proyectar una estabilidad esencial, coherencia colectiva, y felicidad eterna, en orden a sobreponerse
a su experiencia de alienación.
Schüssler Fiorenza concluye afirmando, con palabras de Burke:
la estructura mítica o ritual que sigue la forma de un viaje catártico lleva a su auditorio desde la
alienación a través de la purificación hacia la redención.
De este modo, la comunidad que escucha esta visión identifica su drama existencial con este
universo simbólico. Aunque las palabras del autor del Apocalipsis no modifiquen la brutal realidad
socio-política y las tensiones religiosas con que se deben enfrentar, al menos ayudan a controlar sus
efectos destructivos:
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 8
Al embarcar el Apocalipsis a su auditorio en un viaje dramático-catártico, Juan busca motivarlos
para que controlen sus miedos y mantengan su visión.
La situación existencial de los cristianos es la de haber sido liberados por el misterio de la muerte y
resurrección de Jesucristo y, por lo tanto, son los representantes y agentes del poder e imperio de
Dios sobre la tierra. Sin embargo, los cristianos del Asia Menor se encuentran comprometidos en
una lucha con Babilonia/Roma, cuyos poderes destructivos y opresores proceden directamente de
Satanás. Los cristianos, como herederos del Reino de Dios en la tierra, se ven enfrentados a este
imperio totalitario que destruye el mundo y a sus aliados. Algunos ya han sufrido en propia carne
esos efectos destructivos. Así surge la pregunta retórica clave del libro: ¿Hasta cuándo, oh
Soberano?, haciéndose eco del antiguo y siempre actual grito de quienes sufren injusticia y opresión
(6,9-11; 15,4; 18,20). La situación de los cristianos dentro del imperio genera el problema retórico
del Apocalipsis como una cuestión de poder y de justicia. Por eso, el problema teológico
fundamental se puede formular así: ¿A quién pertenece la tierra? ¿Quién es el gobernante del
mundo?. Al respecto Schüssler Fiorenza afirma:
El símbolo teológico central del libro es entonces el trono, que significa tanto el poder divino y
liberador como el demoníaco y pacto con la muerte. [...] Tomando el punto de vista de aquellos que
son pobres y tienen escaso poder, el Apocalipsis proyecta su visión alternativa del mundo y del
universo simbólico en un lenguaje socio-económico y en imágenes político-mitológica. [...] el autor
del Apocalipsis pinta a Cristo en términos políticos como el “Rey de reyes” (19,16) y el cordero
poderoso que es el único digno de ejercer el señorío.
La cosmovisión político-mitológica del Apocalipsis no busca “espiritualizar” la opresión humana,
sino, todo lo contrario, intenta desenmascararla y condenarla como opuesta a la voluntad divina. Es
importante reconocer que la visión dualista del mundo que presenta el libro está enraizada en una
situación política y socio-económica de opresión.
Este modo de interpretar el Apocalipsis busca recrear el primer significado del libro y su
contextualización socio-histórica, pero no para repetirlo en la situación actual, sino para ofrecer unas
guías que ayuden a comprender la interacción entre nuestra propia lectura del Apocalipsis y la
ubicación socio-política y religiosa que da forma a tal lectura. El análisis retórico no busca sólo
captar y reconstruir la interacción comunicativa entre el texto y sus contextos socio-culturales; sino
que también presta atención a la situación retórica que provoca la interacción discursiva entre el
autor del texto y su auditorio. En otras palabras, es un intento de armonizar exégesis (significado del
libro en su contexto socio-histórico) y hermenéutica (lo que el libro dice al lector moderno). Esta
autora propone la siguiente distinción:
En orden a entender el texto del Apocalipsis y posterior lectura del mismo como prácticas retóricas
socialmente situadas, uno tiene que distinguir entre la situación retórica textual (p.e., los modos
como el texto interpreta los problemas y los asuntos que tiene a mano) y la situación histórico-
retórica actual de un argumento, por lo tanto, no puede proceder sobre la base única del propio texto
sino que debe utilizar todas las fuentes disponibles.
Si la situación retórica produce una apropiada respuesta a la crisis vivida, una vez pasada ésta,
también desaparece esa propuesta profético-apocalíptica. Pero toda vez que se repita una situación
político-socio-religiosa dramática, generadora de opresión y persecuciones, el Apocalipsis vuelve a
proponerse como respuesta adecuada con todos sus efectos “catárticos” originales:
Sólo donde exista una situación retórica similar a la que se dirige el Apocalipsis puede la
cosmovisión del Apocalipsis ser entendida como una respuesta teo-ética “adecuada”. Donde quiera
que tal situación cesa, el poder retórico de la visión de Juan no genera resistencia sino más bien
evoca resentimiento o proyecta el mal sobre los demás. Donde quiera que exista una situación
retórica totalmente diferente, el libro deja de provocar una respuesta adecuada.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 9
En síntesis, el análisis que realiza Elisabeth Schüssler Fiorenza considera el texto del Apocalipsis en
estrecha unión con la situación real que vivía la comunidad cristiana. La lectura del drama allí
narrado le permite identificar el mundo simbólico con la situación existencial que estaba poniendo a
prueba su fe. De este modo, Juan ayuda a controlar los efectos destructivos sobre la Iglesia. El
mensaje del Apocalipsis fue una respuesta adecuada para la primitiva comunidad y lo sigue siendo
siempre que se repitan las mismas condiciones, pasadas las cuales el libro pierde su fuerza
persuasiva.
Con este método Schüssler Fiorenza logra revalorizar la situación socio-política presupuesta en el
texto del Apocalipsis (Sitz im Leben), como también la de los lectores actuales, siempre y cuando se
repitan unas determinadas condiciones de opresión. Pero, al mismo tiempo cabe preguntarse ¿el
mensaje del texto inspirado en cuanto tal no se verá de este modo comprometido al subordinarlo a la
realidad socio-política?. ¿Acaso no tendremos que afirmar que el Apocalipsis propone no sólo una
respuesta adecuada a una realidad más o menos adversa, sino que, si es que se da el caso, puede
evitarla transmitiendo un mensaje siempre nuevo como Palabra de Dios que él contiene?.
3. Pierre Prigent
Con este autor cambiamos de “escuela” exegética. Dejamos la que tiene su epicentro en los EEUU,
para pasar a la francesa. Son varios los escritos que tienen que ver de forma particular para nuestro
tema.
He aquí las ideas más salientes de este autor en referencia al tema que nos aboca. Prigent piensa,
p.e., que el mensaje del Apocalipsis no se puede reducir a la afirmación de un eterno presente, es
decir, siempre igualmente válido. Juan está particularmente preocupado por hacer llegar las
implicaciones de su mensaje a la vida concreta y actual de los cristianos a los cuales se dirige. El
libro está lleno de notas relativas a la temporalidad y a la cronología misma. No hay que dejarse
impresionar por las imágenes y los artificios tradicionales del Apocalipsis que podrían hacer creer
que todo este discurso es relativo al futuro. Se trata de un mensaje profético más que apocalíptico,
que muestra las consecuencias prácticas de la gran afirmación cristiana sobre la venida de los
últimos tiempos. Vivir en el esjaton conlleva exigencias particulares, que él colma de promesas tan
cercanas cuanto maravillosas.
El telón de fondo del libro es analizado por Prigent al tratar de la situación de los cristianos en Asia
Menor bajo el reinado de Domiciano. El autor afirma que no se puede hablar de persecuciones
sistemáticas y regulares (en sentido legal) desencadenadas contra ellos por decisión imperial.
Algunas persecuciones habrían tenido la característica de dirigirse a individuos particulares.
Posiblemente se debiera en algunos casos al rechazo de participar en el culto imperial. Esto quiere
decir que los problemas de tipo socio-político de algunos cristianos contra el estado habrían sido
vividos en el primer siglo como problemas religiosos. Dado que la paz que ofrecía el imperio era
fruto de la autoridad sobrenatural que se encarnaba en la persona del emperador, quienes
contestaban esta manera de concebir la realidad eran tenidos como favorecedores del caos social.
Por lo tanto, Prigent describe así la relación entre ambiente histórico-político y el Apocalipsis:
En un tiempo cuando la persecución no era ni general, ni continuada, ni siquiera legal, la
apocalíptica parece proyectar sobre el mundo que la rodea una mirada singularmente perspicaz.
Inspirada por un genio propiamente profético, comprendió que lo que pueden parecer dificultades
ocasionales y pasajeras, son solamente los signos ciertamente relevantes de la incompatibilidad
fundamental que existe entre la fe cristiana y el imperio romano. [...] el imperio romano debía
parecerle a los contemporáneos como el mundo romano o simplemente como la civilización misma.
Uno comprende entonces que, invadido por la convicción de que son dos universos inconciliables, el
autor del Apocalipsis se expresó en una lengua con acentos tan dramáticos como intransigentes.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 10
En síntesis, Pierre Prigent afirma que la obra de Juan provocó un impacto particular único en la
comunidad primitiva y que ese mismo efecto no se volverá a repetir, aunque el carácter profético del
escrito prolongará su validez en el tiempo sucesivo. La obra habría revelado a los creyentes la
incompatibilidad radical entre la fe cristiana y el estado de derecho imperial que se imponía
socialmente bajo formas religiosas. Sin embargo, ¿se puede reconocer la continua validez del
escrito, como sostiene Prigent, sin afirmar al mismo tiempo que el autor del Apocalipsis no habría
tenido la explícita intención de elaborar un mensaje simbólico que ya trascendía la misma situación
histórica del siglo primero?. ¿Cómo no pensar que el drama que el autor está relatando, de las
fuerzas malignas contrapuestas a la implantación del reino de Dios, es tan grande que no se explica
con causas debidas únicamente a los hombres que vivieron en un determinado período histórico?.
4. John G. Gager
La historiografía del cristianismo primitivo ha ido incorporando de manera creciente el intento por
reconstruir su historia social. Pagando el tributo que conlleva el ser una disciplina académica nueva,
aún bajo el término de “historia social”, convergen en ella realidades no del todo bien armonizadas.
Tal es el caso, por ejemplo, de los conceptos “social” y “sociología”. Gager propone una definición
básica para estos conceptos. Así, “social” debería designar normalmente a la sociedad o al orden
social. Pero, al describir un aspecto particular de nuestra experiencia colectiva, no indica cómo
interpretamos lo que hemos descubierto en la esfera de lo social. Por otra parte el término
“sociología” señala claramente la dirección de una disciplina académica específica y, de esta
manera, nos introduce de lleno en teorías explicativas y en hipótesis que caracterizan esta materia.
Intentando ser claro agrega nuestro autor:
todo acercamiento sociológico del cristianismo primitivo debe apuntar a la explicaciones de los
hechos sociales, mientras que una historia social no necesita más que una descripción de los datos
sociales más relevantes. Los dos acercamientos no son ciertamente antitéticos; ciertamente, todo
análisis sociológico debe construirse sobre los fundamentos de los historiadores sociales. Pero no
son ambos idénticos. Cada una de estas actividades son necesarias y distintas.
John G. Gager no ha escrito mucho sobre el Apocalipsis. Sin embargo, con su obra Kingdom and
Community: The Social World of Early Christianity, Englewood Cliffs 1975, ha abierto una nueva
brecha en el análisis sociológico de la iglesia primitiva. Gager entiende el Apocalipsis en sí como:
un producto de la creatividad literaria irreductiblemente mitológico y sólidamente estructurado.
Su opinión es la de considerar el libro del Apocalipsis una expresión de la mitología apocalíptica
como forma de anticipar el final de la historia. Interpreta la obra apocalíptica como una respuesta a
la opresión, más específicamente a la “persecución” y al “martirio” y, al mismo tiempo, como una
obra destinada a “consolar” a sus lectores y oyentes. Uno puede llegar a la obra con dos actitudes,
por un lado, una que la considera como un enigma literario formado por un collage de dichos
proféticos veterotestamentarios y, por otro lado, otra que intenta descifrar su código político e
histórico. Los presupuestos con los que se acerca al texto son: la importancia de la estructura global
del libro por encima de los símbolos individuales, y la función indispensable del mito para entender
el método y el mensaje del autor. La situación de persecución y martirio llevó al autor a escribir un
mensaje de consuelo:
yo asigno tanto a la estructura como al mito un papel específico en relación a la situación concreta
(persecución y martirio) y al propósito (consuelo) del libro en su conjunto. Cualquiera sea la fecha y
el lugar, el escrito ineludiblemente presupone una situación en la cual los creyentes han
experimentado sufrimientos y muerte a manos de Roma. Esta es la crisis en la cual Juan ofrece su
singular mensaje de consuelo –consuelo no simplemente como la promesa de un destino feliz para
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 11
los mártires en un futuro cercano sino a través de la actuación mitológica de tal futuro en el presente.
En una palabra, a través “de la supresión del tiempo”.
Para Gager el Apocalipsis es una especie de terapia, como la técnica del psicoanálisis, cuyo último
propósito es trascender el tiempo que separa el presente real del futuro mítico. La función básica del
mito sería la de resolver la tensión contradictoria entre la esperanza y la realidad, entre lo que
debería ser y lo que en realidad es. Por eso, la ocasión que llevó al visionario a escribir fue la
persecución por parte de los enemigos de la Iglesia. Pero, como dice él mismo:
la crisis real se funda sobre las tensiones intolerables e irreconciliables creadas por la persecución.
Lamentablemente, de forma contraria a lo que sucede con el psicoanálisis, la manipulación de los
símbolos, a través del mito, no produce ningún cambio en la realidad existencial de los cristianos. La
realidad continúa tal cual es. El mundo de las realidades sociales y políticas es demasiado real para
que sea eficazmente válida la alternativa del mundo simbólico del mito.
Siguiendo el análisis estructural sobre el mito –de Claude Lévi-Strauss–, Gager divide el
Apocalipsis en bloques de textos que son luego organizados en dos categorías contrapuestas:
símbolos de opresión y desesperación (bestias, plagas, Babilonia, Satanás, etc.; Ap 6,1-17; 8,5-9,21;
11,2-14; 12,1-17; 13,1-18; 14,8–15,1; 16,1-20; 17,1–18,24; 19,17–20,15), y símbolos de esperanza y
victoria (Cordero, ancianos, libro de la vida, Nueva Jerusalén, etc.; Ap 4,1–5,14; 7,1–8,4; 10,1–11,1;
11,15-19; 14,1-7; 15,2-8; 19,1-16; 21,1–22,5). No se puede hacer compromisos con actitudes que
intentan reconciliar categorías tan contrastantes en la vida de los cristianos, porque:
Por una parte existía la creencia de que, como cristianos, ellos eran el pueblo de Dios elegido,
protegido por él y seguros de la vida eterna en su reino. Por otra parte existía la insoportable
experiencia del sufrimiento, carestía y muerte a manos de aquellos que más despreciaban.
La división ofrecida por Gager para explicar la estructura del libro no convence, ya que claramente
omite la visión inaugural y las siete cartas. No sólo esto, sino que además, situando la obra dentro de
los movimientos milenaristas, no reconoce que el autor haya querido dar una vigencia permanente a
su escrito, antes bien miraría sólo a un futuro inmediato. Cabría preguntarse si la finalidad principal
de Juan fue la de hacer posible una experiencia de felicidad milenarista para afrontar la realidad, o
más bien, experimentar el futuro de la historia como presente. En consecuencia, lo que según este
autor podemos aprender del libro mismo es únicamente la profundidad y la intensidad de la reacción
de los cristianos ante la persecución.
En síntesis nos parece que John Gager, si bien revaloriza la obra en su conjunto y el lenguaje
simbólico-mitológico en particular, queda como atrapado dentro de éste. Con su manera de
interpretar el Apocalipsis hace que la realidad histórico-política derive absolutamente del mito.
Además, esta interpretación se debilita ya que no se presenta como englobante de todo el libro, pues
–como señalábamos– excluye una buena parte omitiendo la visión inaugural y las cartas a las siete
iglesias del Asia Menor. ¿Si aceptásemos su opinión de que la obra del vidente es únicamente
producto de su creatividad literaria, no estaríamos, al mismo tiempo, desconociendo las raíces
profundas de dicha obra en la vida de la Iglesia que vivía en la provincia romana del Asia Menor?.
¿Reduciendo el mensaje del libro al solo efecto de brindar consuelo ante las persecuciones, no
quedaría sensiblemente empobrecida la polivalencia misma del símbolo, y mucho más aún, de un
texto inspirado? ¿No quedaría igualmente oscurecida la fuerza profética del Apocalipsis para la vida
futura de la Iglesia?
5. Adela Yarbro Collins
Sensible al problema socio-político del Apocalipsis, Yarbro Collins aborda el tema en varias obras.
Nuestra autora insiste en que la mayoría de los estudiosos parece dar como un hecho adquirido que
la ocasión motivadora de la redacción del libro tuvo que ser una situación de crisis objetivamente
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 12
intensa en la que el autor toma parte. Este punto de vista de los estudiosos, en sí muy elemental,
debe ser cuestionado, ya sea porque en el libro del Apocalipsis no se sostiene la tesis de que la
literatura apocalíptica sea una literatura de crisis –al menos en su forma más simple–, ya sea desde
la perspectiva de los recientes estudios de psicología. Como afirma la autora:
Privación relativa, no absoluta u objetiva, es una precondición común de los movimientos
milenaristas. En otras palabras, el elemento crucial no es precisamente si uno está de hecho
oprimido como el que uno se sienta oprimido.
Es decir, que el factor originante de la literatura apocalíptica sería más bien la percepción por parte
del creyente de una situación límite existencial. El sentirse oprimido, imposibilitado para vivir
plenamente la vida de fe, sería más determinante que la misma situación objetiva de opresión:
La crisis social es un factor en el surgimiento de algunos apocalipsis, pero probablemente no es
siempre un factor significativo. Es importante darse cuenta del factor ideológico y propagandístico
que parecen ser universales en los apocalipsis. Los secretos son revelados en orden a presentar una
interpretación particular del tiempo y para persuadir a los oyentes o lectores a pensar y vivir de
una manera determinada.
Yarbro Collins estructura todo el libro del Apocalipsis en dos grandes ciclos de visiones: 1,9–11,19
y 12,1–22,5. Cada uno de estos ciclos está compuesto por tres series de siete elementos: 1)
mensajes, sellos y trombas; 2) siete visiones no numeradas, siete copas y otra serie de siete visiones
no numeradas. A partir de los siete sellos cada serie expresa el mensaje global del libro de una forma
particular. Los elementos constantes del mensaje son: 1) persecución, 2) castigo contra los
perseguidores, y 3) salvación. El primer gran ciclo de visiones introduce estos elementos con un
propósito aparentemente velado y de una manera fragmentaria. El segundo ciclo mantiene el
lenguaje mítico y simbólico del primero, pero presenta el mensaje del libro gradualmente más
completo y de forma más coherente. En particular, el segundo ciclo explicita más el contexto
histórico de las visiones:
El primer ciclo deja claro que la persecución es de máxima importancia, pero es sólo en el segundo
ciclo que la identidad de los perseguidores se hace explícita, las autoridades romanas.
Sin olvidar la premisa importante antes mencionada, la autora propone una serie de factores
objetivos que habrían favorecido la crisis vivida en la iglesia primitiva. El primero de los elementos
que la autora destaca como integrante de la crisis originante del libro del Apocalipsis, es el conflicto
con los judíos y con Jerusalén. Se aprecia una marcada hostilidad contra los judíos (2,9; 3,9) y
contra la histórica ciudad de Jerusalén (11,8); pero al mismo tiempo, se constata una ambivalencia
en estos elementos, pues el autor del Apocalipsis reivindica, tanto para sí como para la comunidad
de creyentes, el nombre de “judíos”; y además, la ciudad de Jerusalén es considerada escenario y
símbolo de la salvación.
El segundo elemento que habría provocado la situación de crisis es el rechazo del mundo cultural
greco-romano:
Tal rechazo se puede inferir de los ataque del autor a los nicolaítas y a los seguidores de “Jezabel”.
Los nicolaítas eran aparentemente activos en Éfeso (2,6) y Pérgamo (2,15). Los seguidores de
“Balaam” y de “Jezabel” son mencionados en los mensajes a Pérgamo y a Tiatira.
La crítica del autor del Apocalipsis se dirigiría hacia aquellos que comían carne sacrificada a los
ídolos y practicaban la prostitución. Lo primero debería interpretarse literalmente; lo segundo, más
bien en sentido figurado. La prostitución sería una manera veterotestamentaria de denominar las
prácticas idolátricas. Además, piensa Yarbro Collins que las asociaciones sociales y económicas
poseían un aspecto cúltico, basándose en 13,11-18 en donde se dice que la bestia permite realizar
transacciones comerciales sólo a los que llevan su marca:
Aquí la referencia a comprar o vender hace pensar en el marco, nombre y otras características del
emperador que aparecían en las monedas romanas del tiempo. El cristiano se enfrentaba así con la
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 13
alternativa de aceptar las pretensiones divinas imperiales usando sus monedas o virtualmente
separarse y boicotearlo económicamente.
Un tercer elemento que habría contribuido a la situación de crisis en las comunidades cristianas del
Asia Menor de finales del siglo I e inicios del II, sería la hostilidad contra Roma. La ruptura con la
sinagoga y la hostilidad con el mundo greco-romano habría producido un efecto combinado que
habría ubicado al autor del Apocalipsis, culturalmente hablando, en la frontera de la sociedad:
Él estaba excluido o se había excluido de los dos mayores grupos de la región.
Probablemente el autor del Apocalipsis preveía que la situación de conflicto entre Roma y los
cristianos se iba a intensificar. En parte, la hostilidad del autor contra Roma se debe a su
identificación con los judíos, ya que éstos pasaron, de tener una relación excelente, a una situación
de agresión que se materializó en la destrucción del templo mismo de Jerusalén. Yarbro Collins
sostiene, incluso, que Ap 13,16-17 reflejaría un principio teológico común al autor del Apocalipsis y
al grupo de los zelotas: la crítica radical al estado romano:
Como 4Esdras, 2Baruc y los Oráculos Sibilinos, el libro del Apocalipsis se refiere a Roma con el
nombre simbólico de “Babilonia”. [...] Los motivos mayores que percibe el autor de amenaza
romana son la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., la masacre de los cristianos por Nerón en el 64
d.C., y el peligro constante de los cristianos a lo largo del imperio de ser tratados en forma similar.
A las razones antes mencionadas, dice Yarbro Collins, se puede añadir la muerte de Antipas en
Pérgamo (2,3). Su muerte está estrechamente asociada con el “trono de Satanás”; y, a la luz de los
cap. 12–13, hace referencia al poder romano.
El cuarto y último elemento que habría favorecido la crisis para el autor del Apocalipsis, es el
conflicto acerca de la riqueza. Conflicto entre ricos y pobres, que aparece particularmente alarmante
en el último tercio del siglo primero:
Por un lado, nuevas oportunidades de crecimiento económico se presentaban al involucrarse Roma
en el Este. Como resultado las élites provinciales y los inmigrantes italianos prosperaron. Por otro
lado, las tasas romanas eran pesadas y las cargas impositivas surgieron principalmente por el trabajo
y la clase media. No obstante las ciudades occidentales del Asia Menor eran espléndidas durante
este período, su esplendor fue creado y existía para unos pocos privilegiados. La gran mayoría de las
personas en estas ciudades tenían entradas muy modestas y eran extremadamente pobres.
Todos estos elementos, considerados en su conjunto, habrían provocado una situación de crisis que
sería la ocasión para que se escribiera el último libro del canon bíblico.
En analogía con la tragedia griega, según la autora, en el Apocalipsis entran en juego las emociones
de miedo y resentimiento. Estos mismos sentimientos habrían sido experimentados por la iglesia
como efecto de la situación de crisis existencial múltiplemente originada. Según nuestra autora:
El término aristotélico catarsis es una metáfora médica. En su sentido médico se refiere a la
eliminación de la alienación del sufrimiento del cuerpo y la vuelta del organismo a su estado normal.
La finalidad del Apocalipsis sería la de provocar una catarsis entre sus oyentes o lectores, desde el
momento en que el miedo contra el poder romano se evoca o se intensifica. La proyección del
conflicto a un escenario cósmico tiene una función catártica, dado que clarifica y objetiva dicho
conflicto. Asimismo, el resentimiento contra la riqueza y el poder romanos es evocado o
intensificado especialmente en los capítulos 17 y 18. La destrucción cósmica tiene su causa en los
problemas sociales. Esta comprensión se expresa simbólicamente de una forma más clara en Ap
19,2 cuando Dios juzga a la gran prostituta que con su fornicación ha corrompido la tierra:
la tierra está corrompida a causa del carácter censurable del orden social determinado por Roma.
Incluso la estructura general del Apocalipsis tendría una función de catarsis, ya que cada una de las
historias que se relatan en los septenarios son diferentes en imágenes y en los detalles usados, pero
poseen la misma estructura, es decir, el mismo mensaje. La estructura común, como dijimos, sería:
1. persecución de los fieles; 2. castigo del perseguidor, y 3. victoria de Dios y del Cordero y la
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 14
salvación para los fieles. Para que esta solución narrativa de la crisis sea efectiva debe ser creíble,
por eso se buscan estructuras míticas arcaicas:
Aquellos lectores entendiendo la perspectiva del mito lo habrían encontrado, dado que la estructura
de los tres items es una adaptación de la estructura de un mito arcaico sobre un combate cósmico.
En síntesis, Juan, captando la situación de crisis originada por diversos factores, habría elaborado su
obra. Las estructuras míticas que allí se encuentran posibilitarían a la comunidad que escucha el
mensaje teológico del libro, a través de un proceso de “catarsis”, una redimensión de su mundo
angustiante y asfixiante. El Apocalipsis le ofrece al cristiano, que percibe una situación existencial
límite, el poder sobreponerse a ella proyectándola en una cosmovisión mítica que le garantiza la
victoria final.
Adela Yarbro Collins reconstruye con mucha agudeza el “Sitz im Leben” de la primitiva comunidad
cristiana a finales del siglo primero en Asia Menor, sobre todo en cuanto a la situación subjetiva de
opresión por la que estarían pasando los miembros de dicha comunidad. Sin embargo ¿el proceso de
simbolización elaborado por el autor del Apocalipsis en la realidad del mensaje que quiere transmitir
no abarcará algo más que un mero proceso de mitologización, aunque utilice en la elaboración del
símbolo muchos elementos míticos? Con otras palabras ¿el autor del Apocalipsis no habrá elaborado
concientemente su mensaje simbólico no sólo con finalidades catárticas sino con el propósito de
trascender su propia realidad espacio-temporal?
6. George W. E. Nickelsburg
Nickelsburg se interesa por los aspectos sociales del movimiento apocalíptico judío palestinense. El
presente autor elabora un sumario de los trabajos elaborados sobre dicho tema y menciona el
escenario social que Hanson en su artículo “Apocalypticism” intenta reconstruir. Los movimientos
apocalípticos antiguos –dice– tienen un escenario social común, en el cual un grupo experimenta
alienación por la desintegración de las estructuras que soportan la vida social y religiosa y los mitos
que las sustentan. Las estructuras institucionales deben ser psicológicamente destruidas o, en caso
contrario, una comunidad se puede encontrar a sí misma excluida de la sociedad dominante y de su
universo simbólico. El resultado conlleva caos, vacío cultural y una tensión intolerable dentro de la
comunidad privada de derechos. Los movimientos apocalípticos juegan un papel esencial a la hora
de construir una visión del mundo distinta:
en un mundo que la gente percibe como el lugar de alienación, opresión e injusticia, el visionario
presenta evidencia de salvación transmitiendo una revelación acerca del futuro o los lugares lejanos
del cosmos, donde la realidad y la promesa de salvación yace escondida. Porque la revelación es una
parte ineludible de esta cosmovisión, debemos justificable y significativamente hablar de ella como
de una cosmovisión apocalíptica.
Los movimientos apocalípticos –agrega– tienen diversos modos de expresar su oposición. Primero,
apartándose y formando una nueva sociedad basada en un universo simbólico utópico; segundo,
renunciando a constituirse en oposición y yendo a un submundo donde puedan expresar su identidad
en un subuniverso simbólico; por último, pueden reaccionar con violencia, convertirse en una
comunidad revolucionaria y construir un universo simbólico clandestino.
Posteriormente, al referirse al estado de la discusión, señala que, a la hora de escribir una historia
social del movimiento apocalíptico, un primer paso será reunir datos acerca de la realidad social del
tiempo. Otro elemento teorético importante lo aportaron otras disciplinas con sus modelos de
interpretación; así, por ejemplo, se acentuó el marco del movimiento apocalíptico en tiempos de
agitación y confusión social, mientras que ha perdido valor el sentido de alienación y de impotencia
que impregna la literatura de estos movimientos. Una palabra clave es “sentido”. Lo que cuenta no
es la visión de un observador neutral sobre si las cosas están bien o mal, sino la percepción y la
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 15
experiencia apocalíptica de que el momento histórico es crítico. Sin esa percepción y experiencia
particulares no se produce una respuesta apocalíptica. Esta respuesta puede asumir formas distintas:
resistencia pasiva o militante a la persecución o a la marginación de la sociedad; un grupo que se
comprende a sí mismo como el elegido; la constitución de una comunidad más o menos
estructurada.
Dos problemas metodológicos se han revelado los más serios: primero, el uso de las fuentes
(históricas, arqueológicas, literarias, epigráficas, etc.); segundo, el uso de los modelos interpretativos
en base a datos modernos que no siempre se adecuan a realidades tan distantes en el tiempo.
Muchas son las cosas que a Nickelsburg le gustaría conocer acerca de esta literatura, pero no es
posible a causa del estado de las fuentes. No obstante lo dicho, son muy sugerentes las preguntas
que el mismo Nickelsburg se hace frente al texto apocalíptico a fin de forjar el escenario social: A)
¿Emplea el autor un lenguaje vago y estereotipado, o podemos definir específicamente el tipo de
circunstancia política, económica, cultural y religiosa que ha creado el sentido de alienación,
privación o persecución del autor? ¿Habla el autor de persecución política, o de opresión
económica? ¿Los culpables son judíos, o gentiles? ¿Constituye un tema en sí el templo o el
sacerdocio o el calendario o algún otro principio específico de la Ley? ¿Podemos identificar estas
circunstancias, factores y cuestiones con hechos o situaciones históricas conocidas? B) ¿Cómo
responde el autor a estas circunstancias? ¿Qué actitudes y comportamientos adopta? ¿Recomienda
esperar, maldecir a los enemigos, pacifismo, retirarse, participación militante en el juicio,
reuniéndose como una comunidad? C) ¿El grupo del autor es interpretado simplemente como el
justo, opuesto al malvado, o piensa que es una comunidad elegida, escatológica, el único lugar de
salvación? En el último caso, ¿podemos precisar el fundamento y la dinámica que los ha llevado a
comprenderse a sí mismos como una comunidad o una secta y la manera peculiar en que esa
comunidad es interpretada y organizada? Concluye afirmando:
Es importante que integremos dentro de un todo: los factores sociales que condujeron a una
respuesta apoclíptica; la estructura de pensamiento de tal respuesta; y la manera cómo la respuesta
actuó en la vida. Estos elementos tomados en conjunto constituyen un mundo en el cual los
miembros de una comunidad apocalíptica viven y actúan de forma particular.
En síntesis, para George Nickelsburg, aunque es plenamente consciente de los límites
metodológicos en el empleo de las fuentes y de los modelos modernos aplicados a los movimientos
apocalípticos antiguos, la literatura apocalíptica ofrece una alternativa a la realidad existencialmente
crítica de la comunidad de fe. Esta consiste en una destrucción psicológica de las estructuras
institucionales opresivas, mediante un universo simbólico que hace a la comunidad cristiana sentirse
protagonista de la historia.
Pero, en este sentido, ¿no se estaría convirtiendo a la comunidad en protagonista de una historia
interpretada ideológicamente, es decir, con una visión metodológicamente parcial de la verdad total
de la realidad? Considerando esta percepción parcial de la realidad por parte de la comunidad
cristiana ¿no se revelará ineficaz el aporte que la misma haga en la construcción de su sociedad?
Pensamos que la mera destrucción psicológica de las estructuras institucionales en los cristianos
difícilmente llevará a la transformación de las mismas.
7. David L. Barr
El problema socio-político del Apocalipsis es tratado por David Barr en dos de sus artículos. Barr
considera como un elemento esencial a la hora de interpretar el Apocalipsis el aspecto oral, es decir,
es una obra escrita para ser leída y que sigue reglas mnemotécnicas para facilitar la retención de sus
contenidos. El contexto tendrá que ser litúrgico ya que difícilmente se pueda imaginar otra ocasión
en la cual la comunidad se encuentre reunida para dicha lectura. Este elemento le permite a nuestro
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 16
autor estructurar la obra de Juan en tres partes. Mediante la que da en llamar técnica de los rollos,
este autor individua tres versículos en los cuales se mencionan tres rollos diferentes (1,11; 5,1 y
10,2) y que constituyen acciones diversas: 1. El rollo de las cartas (Ap 2–3); 2. El rollo de la liturgia
(Ap 4–11); 3. El rollo de las señales celestiales (Ap 12–22). Esta división le permite descubrir la
siguiente finalidad de la obra de Juan:
Como relato el Apocalipsis posee el poder de llevarnos, de transportarnos a un mundo nuevo. Como
un relato puesto en acto el Apocalipsis tiene el poder de hacernos existir aquella realidad que
describe, de transformar el sentido provinciano finito en una realidad suprema de aquellos que
veneran. Se transforma en un relato-estatuto que establece un mundo nuevo en que Dios triunfa
sobre el mal a través de la muerte de Jesús y el sufrimiento de sus seguidores. Porque el Reino de
Dios es su culto auténtico, la puesta en acto del Apocalipsis establece ese reino en este mundo.
Por otra parte, el presente autor afirma con insistencia que cualquiera que desee encontrar un sentido
en el Apocalipsis deberá considerar este hecho fundamental:
El Apocalipsis fue escrito para dar coraje y consuelo a los cristianos en tiempos de dificultad en
Asia Menor. Si esa dificultad ya existía, recién comenzada, o sólo estaba en perspectiva futura no
hace diferencia para el argumento aquí.
La carta de Plinio el Joven al emperador Trajano muestra cómo, poco tiempo después de escrito el
Apocalipsis, la situación de hecho se desencadenó según la describe Juan en su obra.
En el Apocalipsis, dice Barr, se puede descubrir algo así como la descripción de un viaje hacia otra
realidad. Este viaje comienza y termina en el mundo real. De esta manera seduce a los oyentes
inmersos en la realidad caótica en que viven. Aquellos son transportados hacia tres estadios
circulares fantásticos en los que pueden ver: al Señor Jesús resucitado, la liturgia celeste y la lucha
cósmica. En cada círculo se ofrece una expresión simbólica de la venida de Jesús como Salvador y
Juez. Pero estos símbolos de violencia son transformados en símbolos de sufrimiento fiel para el
creyente perseverante. Así se les hace comprensible a los oyentes o lectores el lenguaje de por sí
ininteligible. Los oyentes se sienten transformados cuando comprenden que su sufrimiento es un
testimonio que trae la salvación y el juicio al mundo, al modo como el sufrimiento de Jesucristo
venció al maligno. Esta es la experiencia real de la comunidad y no –como piensa, por ejemplo,
Gager– que sólo el hecho de vislumbrar el futuro les habría dado coraje a los cristianos para
perseverar en el sufrimiento. Entonces, ¿cómo habría consolado el Apocalipsis a la comunidad
cristiana primitiva?. Responde Barr:
Creo que no podemos reducir su función a una catarsis emocional de sus sentimientos de miedo y
resentimiento hacia Roma. Tal terapia emocional sin dudas está presente, pero no es la función
central de esta literatura. No puedo acentuar demasiado que la comunidad creyente que encuentra
el Apocalipsis como una representación vivida se transformaría, y también su mundo en el que ellos
viven, por el sólo hecho de entenderlo de modo diferente.
Valiéndose del concepto de catarsis como “clarificación intelectual” desarrollado por León Golden,
Barr piensa poder explicar más claramente el poder persuasivo de esta literatura:
Golden ve la catarsis como un proceso muy complejo por el cual primeramente ilumina al
auditorio, dándoles una nueva manera de entender su mundo. Esto es justo lo que el Apocalipsis
hace. Esta no es una experiencia efímera [contra la teoría de Gager]. Los oyentes son
decididamente cambiados. Ellos ahora viven en otro mundo. La persecución no los bloquea
llevándolos nuevamente hacia la realidad. Ellos viven en una nueva realidad en la que los corderos
vencen y los sufridos gobiernan.
Ellos ya no sufren inútilmente a manos de Roma; ellos ahora están a cargo de su propio destino y
por su sufrimiento voluntario participan en la destrucción del mal y en el establecimiento del reino
de Dios. Ellos se ven ahora a sí mismos como actores encargados de su propio destino. Y esto es
quizás más que la victoria que otros pueblos lograron en el siglo primero en Asia Menor.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 17
En síntesis, Barr nos ayuda a profundizar la hipótesis del efecto de catarsis en la comunidad
primitiva, señalando que la obra narrada en el Apocalipsis de Juan permite a la misma comunidad
ser protagonista de su propia historia. Más que un mero ánimo para la perseverancia en el
sufrimiento, la comunidad recibe un impulso de proyección hacia el final de la historia. En otras
palabras, la comunidad interpreta desde la parusía su situación presente y ésta se ve lanzada hacia el
futuro. David Barr logra enriquecer el concepto de escatología que se desprende de los trabajos de
John Gager. Sin embargo, ¿no estará, igualmente, presentando una interpretación reductiva del
Apocalipsis al reconocerle la sola función de catarsis a su mensaje?.
8. Leonard L. Thompson
Thompson presenta su preocupación por el tema socio-político del Apocalipsis en distintas obras.
Este autor considera el Apocalipsis como una obra perfectamente encuadrable dentro del género
literario apocalíptico. Su preocupación se centra en establecer la relación que guarda una obra
apocalíptica, como documento escrito, con su ubicación social. El lenguaje apocalíptico posee una
dimensión social, por la que un apocalipsis puede formar la percepción del lector sobre una
determinada situación social, porque la percepción de la realidad es la realidad. Thompson concede
valor al concepto de “crisis percibida”, de Yarbro Collins, pues nos hace conocer cómo un
apocalipsis funciona en una situación social; pero lo juzga insuficiente en cuanto a la clarificación
de la situación social que da pie para escribir un apocalipsis, ya que toda situación social puede ser
percibida como una situación de crisis. Para Thompson se trata del problema de la dimensión
comunicativa del lenguaje. La realidad consiste en la percepción que de ella tenemos. Por eso
afirma:
El lenguaje y la visión religiosa del libro del Apocalipsis no puede ser relegada a la poesía, al mito
y a la presencia efímera carente de impacto en la vida actual, en las relaciones sociales de todos los
días. Las construcciones literarias, religiosas no están totalmente aisladas como “mundos
simbólicos” sin conexión con las relaciones de poder en el mundo social. Las visiones literarias,
religiosas establecen al menos distinciones socio-políticas mínimas, como las realidades sociales y
políticas llevan al menos un bajo nivel de contenido simbólico. La actividad lingüística (hablar,
escribir, leer, escuchar) es en sí misma una actividad social y participa plenamente del mundo
social.
El lenguaje se usa naturalmente para comunicarse con los demás, esto es obvio. No es así evidente
que dicha comunicación dependa de estructuras sociales convencionales gramaticales y sintácticas.
Un lector del Apocalipsis, para entender su mensaje, debe conocer estas convenciones sociales.
Además, la comunicación requiere un terreno común –una cosmovisión o creencias compartidas–
entre el locutor y el oyente. Un locutor se puede mover en el terreno común compartido o puede
realizar alguna incursión en un mundo desconocido por el oyente, para hacerlo partícipe de su
mundo. De esta manera, el locutor puede despertar en el oyente una dimensión del mundo nunca
soñada antes por él.
En un intercambio lingüístico la comunicación incluye al menos dos dimensiones diferentes: la
proposición, es decir, la cosa expresada y una intención subyacente en la proposición. Ambas
componentes deben ser inteligibles por los interlocutores para que se dé verdadera comunicación. La
intención lleva a captar la ocasión social en la cual el diálogo es pronunciado, pero la ocasión social
que motivó el diálogo no está contenida en su totalidad en la intención del locutor.
En cuanto al Apocalipsis, el lector puede familiarizarse con el lenguaje, incluso reconocer la
intencionalidad del autor y, sin embargo, no ser capaz de captar exactamente la ocasión por la que el
mensaje del visionario ha entrado a formar parte de una acción social. Sobre la aportación de
Thompson se puede decir sintéticamente:
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 18
Las dimensiones sociales del lenguaje deben ser ubicadas (1) en el lenguaje mismo, que incluye
tanto lo dicho como el destino de la locución; (2) en la situación ocasionada por ese lenguaje; y (3)
en las consecuencias o efectos de la actividad hablada en relaciones sociales posteriores.
Con esta premisa, o precomprensión sobre el lenguaje, Thompson analiza, cuestionándolo el retrato
de Domiciano, diseñado algunos años después de la muerte del emperador, por un círculo de
escritores en torno a Plinio el Joven y que incluye a Tácito y Suetonio. Estos tres autores habrían
condicionado la imagen que de Domiciano se ha hecho la posteridad. Su falta de neutralidad
encuentra su fundamento en el intento de todos ellos por resaltar la nueva era (época de oro) que
comienza con el reinado del emperador Trajano. La propaganda oficial, llevada a cabo por estos
escritores en beneficio de intereses particulares, requería la exageración tanto idealizando el presente
como desprestigiando el pasado:
Cuanto más agudo el contraste, más clara la ruptura y más evidente la nueva era.
Y en el mismo sentido Thompson añade:
El corte agudo que los escritores a comienzos del siglo segundo d.C. marcan entre Domiciano y
Trajano pertenece a la historia de la retórica y de la propaganda más que a la historia social y
política.
Aquí se hallaría el fundamento de las legendarias persecuciones de cristianos y la locura y crueldad
de Domiciano comparables con las de Nerón. En este sentido nuestro autor precisa:
Aunque muchos autores concluyan que la última parte del reinado de Domiciano ofrece el mejor
contexto social para el libro del Apocalipsis, el texto del Apocalipsis no es suficientemente explícito
acerca del tiempo y la fecha para ofrecer conexiones automáticas entre el Apocalipsis y el
específico contexto social e histórico. [...] incluso cuando el lenguaje del visionario parece dar una
referencia muy específica, como en la descripción de los siete reyes en Apocalipsis 17,9-10, las
alusiones políticas no son claras. No obstante, el lenguaje del Apocalipsis debe ser el punto inicial y
fuente primaria para todo estudio, no hace en sí mismo conexiones con la situación social. Esas
conexiones pueden ser hechas únicamente con la ayuda de una teoría subyacente acerca de cómo el
lenguaje del Apocalipsis es formado por su medio y cómo el lenguaje funciona en su situación
social.
Thompson concretiza el análisis de la dimensión política y social del Apocalipsis a través,
principalmente, del tema de la “gran tribulación”. La mención que de ella se hace en el libro la
coloca temporalmente en el pasado. Sin embargo no se trataría –para Thompson– de un pasado
espacio-temporal, sino literario, en cuanto que estaría aludiendo a la visión anteriormente descrita en
el capítulo 7 del drama apocalíptico. Formula su tesis en estos términos:
El término tribulación y paciencia podría hacer referencia a realidades sociales y políticas, tanto
como a la participación de los fieles en Cristo, pero la coordinación de esos términos con el reino
favorece la interpretación de que los tres términos se refieren a la vida de Cristo. Las realidades
sociales y políticas pueden contribuir para una tal descripción de la existencia cristiana, pero no
pueden ser vistos como la causa o la ocasión para la declaración del visionario.
Por tanto, para este autor la situación de crisis por la cual Juan vería amenazada su fe en Cristo no
debe ser buscada en la realidad histórica; ésta solamente pudo haberla favorecido.
El tema de la “gran tribulación” formaría parte del lenguaje pedagógico-simbólico que caracteriza al
Apocalipsis. Se trata, según Thompson, de la versión joanea del tema del escándalo de la cruz de
San Pablo (1Cor 1,23; Gal 5,11). La ironía distinguiría la comprensión joanea de la existencia
escatológica y la alejaría de la comprensión judía y gnóstica. En la comprensión judía, nunca el
martirio y el sufrimiento fueron una manifestación irónica de la venida del reino; y en la
comprensión gnóstica, la ironía es inaceptable como forma de lenguaje. La mención, en la carta
dirigida a la iglesia de Pérgamo, del testigo Antipas, muerto por no renegar de su fe, piensa
Thompson, sería una prueba de lo inusual de este hecho.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 19
En conclusión, Leonard Thompson plantea una posición del todo opuesta a los autores anteriores.
Quizás sea la posición más novedosa presentada en esta sinopsis de autores, ya que, para este autor,
la situación de crisis de fe de la comunidad en referencia a la realidad histórica, lejos de ser
provocada por ésta, es más bien consecuencia del libro apocalíptico. Juan, a través de su escrito,
habría buscado provocar una ruptura con respecto a la situación de demasiada tranquilidad y
acomodación al sistema imperial por la que estarían pasando las comunidades del Asia Menor de
fines del primer siglo. ¿Esta teoría de Thompson, ciertamente persuasiva, podrá justificar toda la
dimensión socio-política contenida en el Apocalipsis como una mera invención de su autor?.
9. Jan A. Du Rand
Aunque este último autor del que presentamos una visión sintética no desarrolle una teoría original,
no queremos dejarlo de lado ya que se ha interesado específicamente de nuestro tema. Para Du Rand
el lenguaje del Apocalipsis de Juan representa una construcción poético-retórica de un universo
simbólico alternativo como respuesta a una específica situación histórico-retórica. Este autor
propone una visión de conjunto muy novedosa del libro de Juan siguiendo una clave musical. Dice
así:
Relacionando las estrategias musicales del “basso ostinato” o tema con variaciones a la forma
narrativa y al contenido del Apocalipsis, nos proporciona una posible descripción de la dramática
narración, como en un musical, en tres actos, poniendo en escena la realización divina de la
salvación y el juicio: Primer acto, Dios se involucra en la iglesia a través de la intervención de
Cristo (capítulos 1–3). Segundo acto, la exposición del plan divino de salvación y de juicio en el
cósmos sobre la base de la intervención de Cristo (capítulos 4–11). Tercer acto, la exposición final
de la salvación y juicio divinos en la historia por la intervención de Cristo (capítulos 12–22). Los
actos están unidos entre sí por el Leitmotiv de la exposición divina de la salvación y del juicio. Y
cada acto se apoya sobre el trabajo de Jesucristo, el Cordero, degollado pero vencedor. Los
elementos unificadores y estructurantes en la trama del Apocalipsis se pueden oír y experimentar en
la repetición del “basso ostinato”, de la intervención de Cristo como una melodía apocalíptica
reconocible o Leitmotiv, que sirve para unir el conjunto narrativo en una totalidad.
El lenguaje del libro estaría en relación directa con la realidad histórica que lo originó. Du Rand
afirma, incluso, que debemos tener presente que una tal situación histórica no nos es accesible sino a
través de reconstrucciones textuales. El lenguaje del Apocalipsis expresa una realidad de crisis
vivida por la comunidad primitiva debida a: persecuciones, conflicto con el judaísmo, conflicto con
los gentiles, más específicamente problemas con Roma y privaciones sociales. Por lo tanto:
El Apocalipsis no es una simple respuesta a una determinada situación social, sino una visión
religiosa particularmente interpretada dentro de una situación específica; el producto de la
interacción entre un tipo de precomprensión y la situación socio-histórica predominante.
Además, el lenguaje surgido en esta situación particular posee una función terapéutica de catarsis.
Esta se logra haciendo descifrar a los oyentes o lectores del libro los símbolos míticos con que se
describe la realidad. De este modo, a través de la experiencia del martirio vivida cotidianamente, los
cristianos sienten que toman parte en el proceso de salvación y juicio del mundo. El autor se detiene
sobre todo a profundizar el impacto psico-social que produce el lenguaje del libro en sus primeros
destinatarios.
En una palabra, para Jan Du Rand el libro del Apocalipsis nos permite llegar luego de determinadas
reconstrucciones textuales a la situación socio-política que vivía la Iglesia primitiva en Asia Menor.
El escrito se presentaría como una respuesta adecuada a tal situación y, además, ayudaría a la misma
comunidad a dar una determinada interpretación de esta realidad desde el punto de vista religioso. Si
bien el Apocalipsis constituyó una respuesta adecuada para la comunidad primitiva ¿cómo se
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 20
explicaría igualmente una validez universal, si es que la posee, de su mensaje para la comunidad que
lo interpretará a través del tiempo?.
Problema de la datación
Nuestro propósito de analizar la dimensión socio-política del libro del Apocalipsis nos obliga a
afrontar previamente la cuestión ineludible de la datación de esta obra. Porque –como ya hemos
referido en la introducción al capítulo– debemos enmarcar una situación espacio-temporal
determinada desde la que el autor del Apocalipsis tomara su fuente de inspiración para elaborar el
mensaje simbólico de su obra, o bien una situación que buscaba ser modificada por él a través de
este mensaje.
La datación del Apocalipsis, de acuerdo con los comentaristas, oscila en un arco de tiempo que
comprende la fecha más tardía en época del emperador Trajano (a. 98-117) y la más temprana,
durante el reinado de Nerón (a. 54-68).
La tesis tradicional más antigua, que data la fecha de composición del Apocalipsis hacia el final del
reinado del emperador romano Domiciano (a. 95-96), se remonta, como hemos ya señalado, al
testimonio de Ireneo, natural del Asia Menor. El Apocalipsis es el único entre los escritos del N.T. al
que dató la tradición primitiva. Muy probablemente los otros testimonios tradicionales –Clemente de
Alejandría (a. 150-215), Orígenes (a. 185-253), Victorino (ca. 270-304), Eusebio (a. 260-340) y
Jerónimo (a. 340-420)– se basan, si no directa, sí al menos indirectamente en el mismo Ireneo. Estos
testimonios, al menos el de Ireneo –si es que los otros testigos se han basado en él– constituirían una
evidencia externa de la fecha de composición del Apocalipsis. Prigent, después de analizar estos
testimonios, afirma:
Se reconoce bien que la tradición más antigua es la más representativa, y es la que ve en el
emperador Domiciano el autor de la sentencia de exiliar a Juan en Patmos. Eso no implica
categóricamente que esa tradición sea histórica, pero nosotros no tenemos ninguna razón para
poner en duda la exactitud de la información que ella transmite.
Y en una de sus conclusiones Newman, en referencia a la importancia de Ireneo para la
interpretación del Apocalipsis, dice fundamentalmente lo mismo:
Ireneo es un testigo importante para la fecha de la composición del Apocalipsis; no existe ninguna
razón destacada para dudar de la época de Domiciano.
Sin embargo, hay quienes impugnan el testimonio de Ireneo, en referencia a la fecha, por no
considerarlo tan evidente como pudiera parecer. Se piensa que bastante tiempo ha transcurrido entre
la redacción del Apocalipsis y el testimonio dado por Ireneo, en consecuencia habría que matizar la
así llamada “evidencia” tradicional. Tal es el caso, por ejemplo, de Hengel, que sostiene que un
presbítero Juan de Judea y no el apóstol de Galilea murió bajo el reinado de Trajano y pudo, ya
entrado en años, haber compuesto los escritos joaneos. También para Kenneth Gentry el testimonio
de Ireneo carece de valor por su distancia en el tiempo. Entre otros autores que impugnan el
testimonio tradicional encontramos a Robert Moberly y Christian Wilson. Moberly rebate tal
evidencia con el siguiente razonamiento:
Ireneo escribió en Gaul, durante el 180s d.C. o el final de los 170s, alrededor de cuando una visión
apocalíptica había sido vista en Patmos por un discípulo llamado Juan. El piensa que Juan la vio
entre los 80-95 vagamente señalado como años antes –en otras palabras 35 años vagamente
señalados, o más o menos, antes de que él (Ireneo) naciera. Nosotros no consideramos
normalmente tal distancia, una opinión tardía y de segunda mano, por sí misma, como evidencia.
La piedra angular del razonamiento que lleva a retrotraer la fecha de composición del libro es, por
un lado la puesta en duda de una persecución sistemática y organizada en tiempo del emperador
Domiciano y por otro la convicción de que habría sido escrito antes, anunciando la traumatizante
destrucción de Jerusalén, junto con su templo, en el año 70. Bajo esta tesis subyace la idea de que el
libro del Apocalipsis fue escrito únicamente para ofrecer consuelo a los cristianos que veían entrada
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 21
en crisis su fe a causa de las persecuciones. Es decir, que el motivo de la redacción del libro se debe
–para esos autores– a la situación provocada por las terribles persecuciones. De aquí concluyen que
la época histórica que reflejaría con mayor claridad una tal situación sería la época del reinado del
emperador Nerón (a. 54-68 especialmente 64-68), o bien, el tan convulsionado año 69, que
comienza con el asesinato del emperador Galba después de sólo siete meses de gobierno.
Por otra parte, la crítica interna, basada en los indicios que se desprenden de la obra apocalíptica en
sí, es objeto de mayor polémica por el hecho de que esos indicios tienden a ser ambiguos. El
problema de fondo es que se quiere encontrar una fecha con la que coincidan todas las referencias
históricas, políticas, sociales y religiosas que menciona el libro. Así ha pensando Loisy:
El Apocalipsis de Juan, bien uno puede decir que los siglos se han ingeniado por encontrarle
sentidos que él no tenía, porque el sentido que se le había hallado era inmediatamente desmentido
por los acontecimientos.
Veamos ahora algunos indicios internos que nos permitan datar el Apocalipsis:
1) Aparentemente el Apocalipsis mismo (17,10), cuando dice: uno es, nos estaría indicando bajo qué
emperador ha recibido Juan la visión; bastaría calcular quien era el que gobernaba en ese momento
para saber la fecha. Y dado que ya es un dato seguro que la bestia de 13,1-10 y del cap 17 representa
tanto al Imperio Romano como a Nerón, una de las siete cabezas de la bestia tiene que ser Nerón. El
octavo que vendrá representaría al “Nerón escatológico”, el Anticristo. Por lo tanto, se puede
concluir que el libro fue escrito después de la muerte de Nerón (a. 68) ya que el paralelo entre él y
Jesús lo exigiría.
Pero al versículo 10, especialmente, se le han dado diversas interpretaciones. Existen tres posiciones
básicas al respecto según sea el principio de selección. Según la primera, las siete cabezas incluyen,
en orden progresivo, a todos los emperadores romanos que gobernaron en tiempo del autor. El autor
habría escrito su obra bajo el sexto emperador. Algunos comienzan a contar desde Julio César, otros
desde Augusto, incluyendo o no a Galba, Otón y Vitelio. El problema de esta primer hipótesis es la
arbitrariedad en el cómputo ya que no se ve claramente qué cosa haya movido a Juan a elegir un
determinado emperador. Una segunda posición se diferencia de la primera en que, según ella, el
Apocalipsis no se habría escrito bajo el sexto emperador. El autor habría usado una fuente más
antigua sin actualizarla (Charles, Bousset), o bien, habría datado con anterioridad su obra (Feuillet,
Barclay, Cerfaux, Cambier, Wikenhauser). Este camino de solución se debe seguir cuando no se
encuentra ninguna otra salida posible y parece que este no sea el caso. Para una tercera opinión, las
siete cabezas no representan a todos los emperadores romanos sino a algunos determinados (Allo,
Brun, Strobel, Reicke). Además de estas teorías se encuentran, por un lado, la que sostiene que la
imagen es puramente simbólica sin referencia alguna a los emperadores históricos, y por otro, la que
ve en las cabezas una representación de sucesivos reinos y no de emperadores. Sin embargo, el texto
obliga a pensar en algún tipo de cálculo en relación al contexto histórico, pero no a la manera de una
crónica de los hechos acaecidos.
En este sentido –aunque con razonamientos diversos– tanto Yarbro Collins como Prigent llegan a
formular una hipótesis similar. Lo que al autor del Apocalipsis le preocupa sobremanera es la
hostilidad suscitada en este mundo por Satanás que ve encarnado, pero sólo como una consecuencia,
en los emperadores romanos. El Apocalipsis muestra la realización del plan de Dios en una visión
histórico-teológica. En esta visión el hecho inicial que cuenta es la muerte y resurrección de Cristo.
Ese es el acontecimiento que comporta la derrota de Satanás e inaugura la época escatológica. Ahora
bien, Jesús murió bajo el reinado de Tiberio, por eso en esta perspectiva histórico-teológica la serie
de los emperadores al servicio de Satanás comienza con su sucesor Calígula:
este dominador introduce el tiempo del nuevo eón.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 22
Domiciano constituye de este modo el sexto emperador omitiendo el interregno. El séptimo
emperador de la serie está por venir y el octavo encarna el mito de la vuelta de Nerón que ya forma
parte de la serie de siete y la Bestia, que era y ya no es, también es el octavo, y es de los siete; y va
hacia su ruina (Ap 17,11).
2) El texto de Ap 11,1-13 parece poder ser datable entre el año 68 y el inicio del 70, cuando
Jerusalén estaba siendo amenazada (porque ha sido entregado a los gentiles, y pisotearán la ciudad
santa 42 meses). El hecho de tomar las medidas al templo (levántate y mide el templo de Dios y el
altar, y a los que adoran en él), que hace de introducción a la perícopa de los dos testigos, parece
hacer referencia a la idea del templo de la Nueva Alianza que superó al templo material de la
Antigua Alianza. Así, esta profecía estaría indicando la continuidad del nuevo templo de Dios en la
Iglesia. No nos parece legítimo inferir de este pasaje la necesidad de que el Templo de Jerusalén
estuviera en pie, dado que el templo como símbolo en Israel incluso en el A.T. no se limitó al
edificio material (cf. 2Rey 21,12.13; Am 7,8.9; Is 34,11; Lam 2,8). El Apocalipsis mismo prolonga
esta idea (18,9-10). Del hecho de que sea mencionado el templo no se sigue que subsista en esa
época, porque, aún después del año 71, el templo siguió jugando el mismo papel en las profecías
apocalípticas.
3) La descripción de “Babilonia” como víctima de una guerra civil (Ap 17,12-17) y destruida por el
fuego (Ap 18,8-9), podría haber sido inspirada por el incendio de Roma en el año 64 y por el
suicidio de Nerón al que le siguió el convulsionado interregno de los años 68-69.
4) El retorno de la bestia herida mortalmente (Y [tenía] una de sus cabezas como herida de muerte, y
la llaga de su muerte se le curó, Ap 13,3; cf. 13,12.14; 17,8-11) haría referencia a la creencia que se
propagó luego del suicidio de Nerón, la leyenda del Nero redivivus que se había encarnado en el
emperador Domiciano. Sin embargo Christian Wilson dice:
Con seguridad la idea de que Nerón realmente no murió fue rumoreada en Roma. Se dijo que se
había ido a Partia. En las dos décadas siguientes tres pretendidos diferentes Nerones surgieron, uno
en el 69, otro en el 79 y el último en el 88. Tácito nos cuenta que el pretendiente del 69 “provocó en
Asia y en Aquea una risa generalizada” [Histories 3.1]. Pero estos pretendientes invocaron ser el
Nerón histórico, no un Nerón vuelto a la vida. Su invocación era de que Nerón no se había
realmente suicidado en el 68. En ningún lugar ni en ningún escrito romano, griego o cristiano del
siglo primero fue alguna vez identificada la leyenda de la vuelta de Nerón con Domiciano.
Si consideramos que la obra fue escrita bajo el reinado de Domiciano –como decíamos, la sexta
cabeza– entonces el mito de la vuelta de Nerón hay que situarlo en el futuro. Y en este sentido
coincidirían las fechas.
5) El nombre Babilonia es ampliamente reconocido entre los comentaristas como una alusión a
Roma en primer lugar (Ap 14,8; 16,19; 17,5; 18,2.10.21). En el libro se anuncia y describe con
frecuencia la destrucción de Babilonia (Y otro ángel, un segundo, le siguió diciendo: “Cayó, cayó
Babilonia la grande, la que con el vino de su impudicia dio a beber a todas las naciones”, 14,8). El
nombre de Babilonia para designar a Roma era un modo simbólico de referirse a la potencia que
también destruyó el templo de Jerusalén, lugar que le confería identidad al pueblo judío. Es probable
que hacia fines del siglo I esta identificación hubiera llegado a ser tradicional en ambiente judío y
cristiano. Si fuese así, este indicio ubicaría la redacción del libro del Apocalipsis en una fecha
posterior al año 70.
Las referencias históricas dentro del texto no podrán nunca dirimir la cuestión de la datación del
libro, pues podría darse el caso de que estos hechos bien conocidos por todos hubieran llegado a ser
en cierto modo proverbiales, legendarios. Esto les habría hecho adquirir una actualidad que se
extendería mucho más allá de la contemporaneidad. O como dice Sweet:
Estos pasajes pudieron haber sido vueltos a usar más tarde con referencias simbólicas. El
Apocalipsis está lleno de alusiones “históricas” –de acontecimientos del AT, de la historia de Jesús
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 23
y del mundo contemporáneo. Existen referencias que pueden ser plausiblemente vistas en relación a
acontecimientos posteriores al 70 d.C., p.e. la erupción del Vesubio en el 79 d.C., cuando blancas
cenizas incandescentes sepultaron Pompeya y Herculano y las piedras caían como granizo en las
poblaciones vecinas, ocultando el sol, y posteriores catástrofes, terremotos, fuegos y plagas,
indicaban la ira de los dioses y el fin del mundo (6,12-17; cf. 8,9 y 17). Pero estas alusiones no nos
dicen la fecha del libro, sólo la fecha antes de la que no pudo ser escrito –al menos existen razones
para unirlas tan íntimamente con los acontecimientos aludidos.
Otro elemento que se debe tener en cuenta a la hora de determinar por crítica interna la fecha de
composición, es la historia de la redacción del texto. De una crítica que, especialmente en el siglo
pasado, prefería ver en la multiplicidad de fuentes la explicación de las contradicciones internas de
la obra, se fue pasando paulatinamente a una crítica, contemporánea mayoritaria, que opta por
privilegiar su unidad interna. Algunos estudiosos, aceptando que el libro fue redactado
definitivamente en época de Domiciano, sostienen que este habría sido pensado con anterioridad, o
que incluso habría usado material más antiguo. Para otros, el Apocalipsis en su totalidad habría
tenido un origen anterior al año 70 d.C. Por último, están quienes siguen sosteniendo la validez y el
peso indudable del testimonio de la tradición. En consecuencia sitúan la redacción del libro a finales
del reinado de Domiciano, apoyados también por la identificación de la sexta cabeza con dicho
emperador y así proyectar hacia el futuro el “retorno de Nerón”.
En conclusión, la discusión acerca de la fecha del Apocalipsis continúa, y lejos de ir camino de un
consenso, las posiciones se confunden. Sin embargo, esta problemática contribuye a una
profundización de numerosos detalles. Nos parece que sigue siendo por ahora prevalente el
testimonio de Ireneo para zanjar la cuestión.
La problemática centrada en los así llamados “indicios internos o externos” del Apocalipsis se puede
prolongar al infinito, dado que están sujetos a todo tipo de manipulaciones subjetivas, por lo que no
pueden convencer sobre una fecha, sea anterior, sea posterior a la caída de Jerusalén. Más allá de lo
que los detalles de los hechos puedan reflejar Robinson dice:
El Apocalipsis se lo puede únicamente entender si, como dice Tertuliano, su autor a padecido en
“carne propia los sufrimientos” (1,9) en Roma durante y después de la persecución de Nerón.
Comparándolo con esto, la fecha precisa (después del 68 o antes del 70) posee un significado
secundario. De cualquier manera no existe la necesidad de suponer de que todas estas visiones,
como a los profetas del AT, les hayan venido en un instante.
Por lo tanto, en cuanto al testimonio de Ireneo (indicio externo), como dice Prigent, puede que no
sea histórico (incluso Gentry es muy sutil al respecto), pero nunca podrá ser categórica una opinión
segura con los datos hasta hoy conocidos. Y para quienes creen que el argumento de Ireneo ha
perdido fuerza por la inexistencia de una persecución imperial sistemático contra los cristianos,
decimos con De Silva:
Ireneo mismo no conecta la fecha de Domiciano a alguna persecución particular que haya devastado
a la iglesia.
Por eso seguimos prefiriendo el testimonio más autorizado de la tradición. Y en referencia a lo que
se puede desprender de la obra en sí (indicios internos), nos inclinamos a pensar que haya sido
escrita (en forma unitaria) en torno al año 95-96 de nuestra era. Con todo, el drama literario allí
desarrollado puede estar ubicado espacio-temporalmente en la ya proverbial época del emperador
Nerón, dado que, luego del detallado análisis de Gentry, es verosímil situar esos indicios antes del
año 70. De esta manera, la cuestión de la datación del Apocalipsis estaría estrechamente ligada al
género literario predominantemente apocalíptico de la obra. El Apocalipsis es concebido por su
autor en confrontación con el colosal Imperio Romano. Haya sido escrito antes del año 70 o después
de él, no es esencial a la hora de interpretar el lenguaje simbólico que ha elaborado, pues éste
trasciende la realidad misma que pudo haber provocado su composición.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 24
Género literario
A primera vista parece obvio definir el género literario del Apocalipsis como apocalíptico. Sin
embargo existe una gran discusión entre los estudiosos sobre esta clasificación. Es muy importante
para nuestro estudio el presentar, al menos someramente, la discusión acerca de la clasificación
literaria a la cual pertenece el Apocalipsis. Su importancia radica en que la identificación del
“género literario” permite descubrir con mayor amplitud la intención del autor de la obra. Teniendo
siempre presente que:
En el contexto de los autores modernos, los géneros son categorías analíticas, que no necesariamente
coinciden con el uso de la clasificación del género en la antigüedad.
Por lo tanto, una definición posibilita identificar elementos comunes y subrayar las variantes
particulares.
El título dado al libro proviene de las palabras con que el mismo comienza: Revelación de Jesucristo
que Dios se la concedió para mostrar a sus siervos aquellas cosas que han de suceder con rapidez...
(1,1). Con mucha más razón es considerado del género apocalíptico, ya que ha dado nombre a la
Gattung de la literatura apocalíptica. Para interpretar correctamente esta “revelación”, es necesario
recordar que, aún dentro de su originalidad genial y divina, está inserta en una tradición. El
conocimiento de esta tradición bajo todos sus aspectos es una clave de lectura indispensable. El libro
utiliza como estilo y contenido la tradición apocalíptica judía. Ésta se caracteriza tanto por la
expresión simbólica muy elaborada que ha llegado hasta el artificio, como por su contenido el cual
da una atención especial a los hechos concretos de la historia puestos en relación con las promesas
de Dios.
Al mismo tiempo, Juan define su experiencia como una visión cuando se encontraba en la isla de
Patmos: Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias... (1,11). Al inicio de la
segunda parte del libro nuevamente hace referencia a este acontecimiento extraordinario: Después
de estas cosas vi y he aquí una puerta permanentemente abierta en el cielo, y la voz, que había oído
antes, como trompeta hablaba conmigo, decía (así): “Sube acá, y te voy a mostrar lo que ha de
suceder después de esto...” (4,1). La “visión” no constituye un género literario en sí, sino que más
bien es una manera de explicitar la Revelación, o sea, un elemento del género apocalíptico.
Pero es imposible hablar del género apocalíptico sin referirnos al profético, del cual aquel deriva.
Frecuentemente, en efecto, sea al comienzo sea al final del libro, Juan mismo califica su obra como
profecía. Tanto es así, que define su obra como una profecía escrita en forma de epístola dirigida a
las siete iglesias del Asia Menor: los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo
escrito en ella [...] Juan, a las siete Iglesias de Asia... (1,3-4). Y repite en el capítulo final: Dichoso
el que guarde las palabras de profecía de este libro (22,7). No selles las palabras de la profecía de
este libro (22,10). Yo doy testimonio a todo el que escuche las palabras de la profecía de este libro:
Si alguno añade algo sobre esto, Dios añadirá sobre él las plagas que se describen en este libro. Y
si alguno quita (algo) al libro de esta profecía, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la
ciudad santa, que han sido escritas en este libro (22,18-19).
Después de la escena de la deglución del librito, dulce al paladar, amargo en las vísceras, el vidente
siente como dirigida a él una frase típica de la tradición profética: Y me dicen: Es necesario que tú
de nuevo profetices sobre pueblos, naciones, lenguas y muchos reyes (10,11). El ángel cósmico del
cap. 10,7 pronuncia estas palabras significativas: ...sino que en los días de la voz del séptimo ángel,
cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el misterio de Dios, según lo había
anunciado (como buena nueva) a sus siervos los profetas. No se podría decir más claramente que el
Apocalipsis retoma y completa la misión de los profetas de la Biblia. Juan asume los grandes temas
e imágenes de la tradición profética y los funde, los renueva e interpreta a la luz del N.T., mostrando
su cumplimiento pleno en el cristianismo. El Apocalipsis, único escrito propiamente profético del
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 25
N.T., se conecta con la corriente del profetismo neotestamentario (cf. Lc 1,67; 2,36; He 2,17; Ef 3,5;
2Cor 12,2-4). Juan lo afirma inequívocamente, como ya lo hemos dicho acerca de su libro, pero
también lo refiere a sí mismo, cuando el ángel que él quiere adorar le responde: No, cuidado; yo soy
un compañero de servicio de ti y de tus hermanos los profetas... (22,9).
Al final del libro Juan se despide con una bendición, que es un elemento típico del final de las
cartas convencionales antiguas: Que la gracia del Señor Jesús (sea) con todos (22,21). A pesar de
ello, el Apocalipsis no es una carta, o un conjunto de cartas (cf. cap. 2–3). Por eso, coincidimos con
Schüssler Fiorenza en que:
Las así llamadas siete cartas como también el resto del libro están concebidas a la manera de una
visión apocalíptica y deben ser leídas como tales.
Y esta autora concluye diciendo:
La introducción global caracteriza al Apocalipsis en la forma y en el contenido como una carta
profética abierta. La forma de una carta profética, de este modo, ofrece el vehículo para la retórica
profética de las visiones, audiciones, símbolos e imágenes apocalípticas del libro.
Sin embargo, los mismos datos se pueden leer con otra óptica y así afirmar con Yarbro Collins:
El marco epistolar, entonces, no determina el género del Apocalipsis. Es un especie de envoltorio
en el que el Apocalipsis está envuelto.
Otro aspecto importante a la hora de definir el género literario del Apocalipsis es el elemento
litúrgico. La presentación de la profecía, a través de toda la obra, presenta también el aspecto de un
gran diálogo histórico-litúrgico. El libro se abre bajo la forma de un diálogo litúrgico entre un lector
y una asamblea cúltica: es a ella a quien se dirige la obra, a ella se la invita a penetrar en el
verdadero significado de los símbolos. Un escrito enviado a las iglesias y destinado a ser leído,
escuchado, interpretado en la asamblea litúrgica reunida en el día del Señor. Es precisamente en el
ámbito vivo de la asamblea litúrgica que el Apocalipsis se transforma plenamente en profecía.
En conclusión, todos los elementos antes mencionados forman parte de la riqueza del último libro de
la Biblia. Y aunque es predominante la visión apocalíptica considerar su género como únicamente
apocalíptico obligaría, no obstante a dejar de lado otras riquezas que la obra misma contiene,
impidiendo al mismo tiempo una comprensión plena y global del mismo. Una vez que hemos
descrito los elementos constitutivos del género literario del Apocalipsis, será de suma importancia
detenernos en el modo en que pueden ser interpretados.
Clave exegético - hermenéutica
Para comprender cualquier obra escrita se requiere una serie de operaciones previas que no siempre
resulta fácil discernir. Por eso se impone una explicitación. Damos a continuación una descripción
de nuestro método de interpretación.
El Apocalipsis es una obra compleja, si las hay, en el N.T. Tomando pie de lo dicho hasta ahora
podemos afirmar que es una carta pastoral dirigida a la Iglesia por parte de un autor con sensibilidad
profética, que puede ser definido como el heredero más grande de los profetas de Israel. Se le llama
justamente apocalipsis, por su relación evidente con el género apocalíptico, pero con simbolismo
múltiple. En él se encuentra como condensada una buena parte de la Biblia. Un escrito de fuerte
color litúrgico. La obra personal de un místico vidente elevado a las más altas revelaciones.
Teniendo en cuenta todos estos elementos nos podemos preguntar cómo debemos interpretar esta
obra gigantesca.
La variedad misma de los sistemas propuestos a lo largo de los siglos muestra con evidencia que la
tarea está lejos de ser fácil. Contrariamente a lo que se puede pensar, la principal dificultad no es el
desciframiento del simbolismo, que, por otra parte, no carece de dificultades. ¿Qué significa, por
ejemplo, la cifra de la bestia? ¿Qué representa exactamente el milenio? Son problemas todavía muy
discutidos y la lista podría alargarse fácilmente. Sin embargo, gracias al A.T. y a la tradición
apocalíptica poseemos claves para interpretar muchas figuraciones.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 26
De hecho, el Apocalipsis se articula en diferentes planos: el histórico, el profético y el escatológico.
Y es precisamente aquí donde se encuentra la principal dificultad de interpretación: establecer
exactamente las proporciones y las relaciones entre los diferentes planos.
Siendo una carta pastoral, mira a una situación histórica concreta y a ella se refiere constantemente.
Siendo una profecía y al mismo tiempo un apocalipsis, descubre el porvenir y los secretos del
mundo futuro. Esto ha dado origen a diversos sistemas de interpretación, según el acento que se
ponga en cada una de estas componentes.
Abordaremos el texto del Apocalipsis en cuanto tal con los métodos histórico-críticos. Y nos
moveremos fuera del texto con un sistema de interpretación al que podemos llamar histórico-
litúrgico ya que éste, guiado por las indicaciones provenientes del texto, privilegia la liturgia
cristiana como “lugar” de interpretación del Apocalipsis, en una interacción entre “lector” y “grupo
de escucha” como sujeto interpretante.
La mediación hermenéutica, que hace inteligible el texto para nuestro presente, permitirá que el
mensaje teológico del libro pueda ser comprendido y asimilado por la comunidad eclesial en
oración. La mediación hermenéutica del Apocalipsis pasa a través de la comprensión de varias fases:
el aspecto literario, el simbolismo y la actualización.
Para estudiar el aspecto literario del libro tendremos metodológicamente en cuenta la crítica textual,
los elementos gramaticales y lingüísticos considerados en el contexto de su estructura global. El
simbolismo del Apocalipsis, distanciándose de la realidad, se constituye como una estructura en sí.
Este simbolismo es una construcción hecha por el autor abstrayéndose de la historia para
interpretarla. La actualización se obtendrá por un proceso inverso en el cual se concretizará el
contenido del simbolismo en la vida concreta de la comunidad cristiana.
Según este sistema de interpretación la asamblea litúrgica es llamada, en la primera parte del libro
(1,4–3,22), a una purificación y tonificación en el interior de sí misma, en contacto con Cristo
resucitado, conmemorado con particular atención e intensidad justamente el día del Señor. Tal
purificación comporta en la asamblea la aceptación de los “imperativos” de Cristo resucitado, que la
transforma habilitándola para interpretar adecuadamente el mensaje que el Espíritu le dirige, y de
este modo poder “vivir” superando, junto a Cristo, la presión de las fuerzas hostiles que le causan
engaño y daño en su historia.
La actividad específica de discernimiento se desarrollará en la segunda parte –mucho más extensa–
del libro (4,1–22,5). Esta es una lectura cristiana de la historia, en la que Juan retorna como
protagonista directo de la narración. Es la voz de Cristo, la misma que fue escuchada anteriormente
–se subraya (cf. 4,1)– y que ahora invita a Juan a subir al cielo para poder considerar, desde el punto
de vista de la trascendencia divina los hechos que deben suceder (4,1). No se trata de ver con
anticipación en la línea de la crónica de los hechos, sino de interpretar, a la luz de la trascendencia,
lo que va a suceder. Un hilo liga en profundidad la obra con la lógica del plano de Dios, en razón del
cual los hechos “deben” suceder. Hay un proyecto divino (cf. 10,7) que se actúa progresivamente en
la historia y que se revela a sus siervos los profetas (10,7b). Juan, cualificado como siervo (cf. 1,1) y
en contacto con el Espíritu (cf. 19,10b), podrá acoger la revelación de parte de Dios y expresarla a
los demás.
¿Situación de crisis?
Como hemos visto al analizar diversos autores, el ambiente socio-político en el cual se desarrolló y
redactó el Apocalipsis es objeto de diversas interpretaciones. En este sentido nos preguntamos si el
libro del Apocalipsis fue escrito en respuesta a una situación particular en que la comunidad de
creyentes sintió su fe en crisis. Muchos comentaristas consideran que esta es una premisa ligada al
género apocalíptico, dado que el libro de Daniel, el 4Esdras y 2Baruc (estas dos últimas obras
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 27
reflejan la destrucción de Jerusalén y del templo a manos de los romanos) –por ejemplo– fueron
escritos también durante períodos de grave crisis a los que hubo de enfrentarse el pueblo judío. Por
lo tanto, afirma Yarbro Collins:
Muchos intérpretes parecen asumir que la ocasión del libro del Apocalipsis tuvo que haber sido una
crisis objetivamente intensa y extensa en la que el autor participó personalmente.
Esta cuestión deja abierto el problema de la fecha de composición del libro y del género literario al
que pertenece. Por mucho tiempo el Apocalipsis ha sido considerado como evidencia de una masiva
y sistemática persecución de los cristianos bajo el emperador Domiciano (a. 81-96 d.C.). Sin
embargo, como hemos dicho, esta posición ha sido duramente contestada en las últimas décadas.
Hay pruebas bastante conclusivas que demuestran la ausencia de una persecución organizada desde
la cumbre imperial contra los cristianos. No sólo esto, Thompson ha recreado la historia del reinado
de Domiciano basado en fuentes más favorables al emperador que las presentadas por Tácito,
Suetonio y Plinio, historiadores interesados en usar el reinado de Domiciano como forma retórica de
propaganda para hacer resaltar la época de oro del emperador Trajano. Así, dice por ejemplo:
Los propagandistas de la nueva época tuvieron que afilar ambos lados de su espada: tanto el
presente ideal como el pasado demoníaco al que había que exagerar.
De este modo la discusión sobre el género apocalíptico de la obra y la falta de una organizada
persecución contra la iglesia primitiva, ha contribuido a profundizar la visión tradicional de la
existencia de una crisis que centraba toda su atención en una sola dimensión: la relación de los
cristianos con el emperador y más precisamente con el llamado “culto imperial”. Actualmente se
reconoce una gama muy variada de conflictos objetivos que habrían contribuido a crear una
situación de crisis para la fe vivida en la comunidad primitiva situada en Asia Menor. Además, se
añaden los factores subjetivos tanto de la comunidad creyente (función de “catarsis”, “opresión
relativa”), como del mismo Juan (provocar una crisis en la comunidad cristiana “instalada” en la
sociedad imperial).
La investigación ha ayudado a precisar con mayor exactitud lo que se debe entender por situación
histórica de crisis, pero sin dejarla de lado. Es legítimo considerar, por ejemplo, que uno de los
aspectos de la crisis se vio favorecido por la valoración que Domiciano hizo del lenguaje cúltico
como expresión de la relación socio-política. Además, la experiencia, a partir de la cruel persecución
de Nerón, había demostrado a la comunidad cristiana que su confrontación con la historia provocaba
todo tipo de tensiones e incluso persecuciones, que en cierto sentido eran de esperar.
Valoración crítica
A modo de conclusión enumeraremos algunas convicciones a las que hemos podido llegar y algunas
lagunas que creemos haber detectado. Esto nos ayudará a perfilar nuestro análisis exegético-
teológico del Apocalipsis, centrado en la dimensión socio-política de su mensaje, para poder
presentar claramente nuestra opción.
En nuestro trabajo de tesis tomaremos en consideración la riqueza de cada uno de los trabajos
anteriormente analizados. Pero, por encima de lo sugestivos que hayan podido ser, intentaremos
superar los límites que, a nuestro juicio, menoscaban una acabada interpretación del mensaje
inspirado por Dios a su siervo Juan.
Primeramente, en lo que se refiere al uso de los “modelos” sociológicos para la interpretación del
mundo social del siglo I, preferimos prescindir de ellos por su poca utilidad. Se trata de modelos
sociológicos que han servido, en línea de máxima, para estudiar determinados grupos sociales,
separados en el tiempo y el espacio del mundo social del primer siglo de nuestra era. Tales modelos
pueden ser engañosos, es decir, con ellos se corre el riesgo de sacar conclusiones más amplias que
los mismos principios sociológicos propuestos. En este sentido, sólo prestarían un valor de búsqueda
despertando la intuición. Además, las conclusiones a las que se llega utilizando los datos aportados
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 28
por la historia y las fuentes, aplicándolas críticamente, son muy similares a las que se obtendrían
utilizando los “modelos”. Por ello no creo que merezca la pena su uso.
En segundo lugar, ¿qué decir de los contactos evidenciados entre el Apocalipsis y la influencia
ejercida por la autoridad imperial? Se ha investigado, por ejemplo, la relación entre los decretos
imperiales y las siete cartas de los dos primeros capítulos del Apocalipsis. También sobre el culto al
emperador, tan difundido a finales del siglo primero en la provincia romana del Asia Menor. No
obstante éstos y otros temas desarrollados de notable interés, pensamos que la fuerte personalidad de
Juan y su aversión, podríamos decir instintiva o visceral hacia el mundo pagano, difícilmente harán
que estos contactos sean determinantes para una interpretación cabal de la obra.
Más difícil es, en tercer lugar, hacer algunas precisiones acerca del lenguaje simbólico –aceptado
por la casi totalidad de los comentaristas– del Apocalipsis. En el lenguaje realístico los diversos
elementos que lo componen mantienen intacta, durante el desarrollo del discurso, la identidad
precisa de significado que poseen en el ámbito del sistema lingüístico en el que se mueve el autor.
En cambio, cuando esta identidad se altera, en el marco del mismo sistema lingüístico, entonces el
discurso se transforma en simbólico.
El autor se inspira indudablemente en el A.T., en la tradición apocalíptica y en su realidad
contemporánea. Como señala Foerster:
cada página del Apocalipsis revela en qué medida la obra se inspira, en cuanto a las imágenes y al
lenguaje, en el A.T., pero cada página revela también una tal libertad en cuanto a la letra del A.T. y
de los documentos de la tradición apocalíptica, que no puede no nacer el problema del significado
del símbolo.
Podemos afirmar que Juan toma los datos de su situación presente y pasada, los elabora con una
gran creatividad, y los transmite mediante un lenguaje simbólico. De este modo el simbolismo
impone un paso difícil hacia la realidad a la cual hace referencia. Tomemos como ejemplo dos obras
contemporáneas entre sí para explicitar nuestro pensamiento. Constatamos en el libro de Daniel y en
1 y 2 Macabeos una actitud hostil por parte de sus autores ante la misma realidad (primera mitad del
s. II a.C.), a la que debían enfrentarse. Mientras que el libro apocalíptico de Daniel presenta su
mensaje de forma simbólica, con lo que establece una relación difícil con su realidad, en 1 y 2
Macabeos encontramos un acceso directo a la realidad socio-política, ya que transmiten su mensaje
narrando los hechos sucedidos. De forma análoga al libro de Daniel el Apocalipsis de Juan transmite
su mensaje de forma simbólica, y no narra una crónica de los hechos ocurridos en la segunda mitad
del s. I de nuestra era.
Valoraremos en nuestro estudio el carácter general del lenguaje simbólico empleado en el
Apocalipsis. Si bien un símbolo puede ser traducido en conceptos, esta “demarcación” aparece como
fuertemente reduccionista. El símbolo no pretende otra cosa de sus destinatarios que la búsqueda de
un punto de inserción en la situación contemporánea. La comunidad Iglesia es invitada en el
Apocalipsis a descifrar el misterio, es decir, el plan de Dios para su historia, y a encontrar la
interpelación de un Dios que espera de su pueblo una obediencia concreta. Al mismo tiempo, esta
exigencia comporta una gran novedad: la fidelidad requerida debe ser vivida con la certeza de que se
participa ya en la victoria del Cristo vencedor de la muerte.
De este modo explicitamos cuál será la forma de interpretar la dimensión socio-política del
Apocalipsis hablando de la relación del símbolo con la realidad. En ella afirmamos que, mediante la
sabiduría (Ap 13,18; 17,9 y las expresiones sapienciales al final de cada una de las cartas:
2,7.11.17.29; 3,6.13.22), el símbolo debe ser descifrado para captar la profundidad del mensaje del
libro.
Por lo tanto, el lenguaje simbólico del libro tiene como punto de referencia la historia más o menos
contemporánea del autor; pero no se queda anclado en ella, sino que la trasciende. Los artificios
literarios, especialmente de tiempo (cf. Ap 17,10), lo indicarían. Por esta misma validez universal, la
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 29
asamblea litúrgica que escucha el mensaje del Apocalipsis, llamada a descodificar los símbolos, es
la Iglesia de todos los tiempos.
En cuanto a la relación entre historia y texto podemos decir que el libro nos proporciona el símbolo
en estado “puro”, en cuanto abstracción de la realidad. Una vez que el símbolo es percibido como tal
nos enfrentamos con un problema a resolver. Éste se refiere tanto a la equivalencia real del símbolo,
como a su aplicación a la realidad histórica concreta. El símbolo, en esta fase dinámica, es
propiamente el misterio, al cual corresponde un estado de maravilla y de estupor (cf. 17,5-7). En
este nivel debe intervenir la reflexión sapiencial, la cual, descodificando el símbolo, descubre la
aplicación en el horizonte histórico concreto. El proyecto de Dios que se revela a través del símbolo
se actualiza en la historia.
En consecuencia se trata de una hermenéutica “aplicada”, ya que dicho paso a la vida es una
exigencia intrínseca del Apocalipsis.
En el Apocalipsis el Cristo, presente después de la encarnación, acompaña la historia en su
desarrollo conjunto: su venida no es ya esperada como un acontecimiento imprevisible, sino como el
término de una evolución que permite a las fuerzas de renovación y de resurrección manifestarse
con un poder siempre más activo. Al término del desarrollo habrá una coincidencia plena entre la
historia renovada y el Cristo resucitado.
En síntesis, el mensaje teológico del Apocalipsis, formulado en clave simbólica, va dirigido a la
comunidad primitiva reunida en asamblea litúrgica con el fin de que ella encarne su contenido en la
realidad concreta. El texto mismo del libro tiene sus raíces en la historia del primer siglo de nuestra
era. Sin embargo, dado su carácter simbólico, se abre a una significación universal para la Iglesia de
todos los tiempos, que reunida en asamblea litúrgica deberá actualizar su mensaje.
En cuarto lugar consideramos la dimensión socio-política del Apocalipsis como parte integrante del
lenguaje simbólico antes mencionado. Pensamos que el mensaje teológico de la obra hace referencia
a una determinada situación de crisis que pudo –no necesariamente– ser la causa de su composición,
pero que no se agota, ni mucho menos, en ella. Esa realidad constituye sólo su punto de partida para
la elaboración del símbolo. De ahí que, dicho sea de paso, la fecha de composición del libro, si bien
importante, no es fundamental para su interpretación, si se considera en esta perspectiva. Por lo
tanto, no se puede tener una visión reduccionista, o sea, que de alguna manera limite el mensaje del
libro –fundamentalmente teológico– al punto de decir que pasadas determinadas condiciones socio-
políticas adversas, su mensaje carecería de actualidad. Pasada la situación de crisis, supuestamente
originante de la obra, ésta no ofrecería una respuesta adecuada para los cristianos que entren en
contacto con ella. Otro extremo que no nos parece justo es atribuir toda la dimensión socio-política
del libro a la mente genial de su autor. Esta interpretación nos parece, más bien, una invención
artificiosa genial, pues parece claro que hay alusiones en el texto que encuentran su raíz en la
historia contemporánea concreta.
El simbolismo impone el paso de una realidad a otra. De un hecho hacia otro. El texto no nos ofrece
ni el punto de partida ni el de llegada, nos ofrece sólo el lenguaje cifrado del símbolo. Por eso es
necesaria una interpretación rigurosa del símbolo para captar todo el mensaje que éste quiere
transmitir. En nuestro estudio nos limitaremos a la dimensión socio-política del lenguaje simbólico,
con el que el autor del Apocalipsis comunica su mensaje.
Revalorizando la liturgia, históricamente encarnada, como el ámbito adecuado de interpretación, se
garantiza el aspecto comunitario-eclesial del Apocalipsis (contra una interpretación individualística),
y se pueden resolver los antagonismos insuperables impuestos por la realidad, ya que es allí donde el
lenguaje simbólico adquiere toda su expresividad. Debemos recordar que el valor del mensaje del
Apocalipsis no se agota en sus primeros destinatarios, sino que, por ser un libro inspirado, sigue
siendo tan interpelante –aunque en diversa forma– para sus destinatarios del s. XX, sean éstos
secularizados y satisfechos, o bien, empobrecidos y sufrientes.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 30
“Los textos religiosos están ligados con relaciones recíprocas a las sociedades en las cuales nacen.
Esta constatación vale evidentemente para los textos bíblicos. En consecuencia, el estudio crítico de
la Biblia necesita un conocimiento tan exacto como sea posible de los comportamientos sociales que
caracterizan los diferentes medios en los cuales las tradiciones bíblicas se han formado. Este género
de información socio-histórica debe ser completado por una explicación sociológica correcta, que
interpreta científicamente, en cada caso, el alcance de las condiciones sociales de existencia” (PCB,
La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, 53).
Las evidencias externas casi unánimemente asignan el Apocalipsis de Juan “a los últimos años del
emperador Domiciano. Pero algunos autores antiguos, pero no los más primitivos, lo asignan a los
reinados de Claudio, Nerón o Trajano” (Charles).
Haremos detenidamente mención de estos testimonios más adelante.
Utilizaremos el nombre de Juan, entre otras denominaciones, para designar al autor del
Apocalipsis ya que esta es su propia designación (1,1.4.9; 22,8).
Esta es la idea de J.J. Collins cuando afirma que considerar los apocalipsis como literatura
evocadora de una crisis “encaja en algunos apocalipsis pero no en todos”.
Los comentarios histórico-críticos sobre el Apocalipsis, opina E. Schüssler Fiorenza, se han
limitado a una explicación detallada del texto y de sus contextos históricos, pero han descuidado la
interpretación teológica. Dicha autora afirma que la interpretación retórica, que ella aplica, “no
asume que el texto del Apocalipsis sea una ventana hacia la realidad histórica. No entiende el
Apocalipsis como una fuente histórica que provee de datos y evidencias sino que los ve como un
discurso que pretende construir sus propios mundos y universos simbólicos”. Más adelante agrega:
“Como un trabajo mítico-poético, el Apocalipsis no es como una ventana al mundo sino más como
una cebolla o una rosa con capas y capas de significados”.
Un juicio positivo sobre este método ha sido emitido últimamente por la Pontificia Comisión
Bíblica. “En la historia de la exégesis, el punto de vista sociológico ha encontrado su lugar desde
hace mucho tiempo. La atención que la ‘Formgeschichte’ ha otorgado al medio de origen de los
textos (‘Sitz im Leben’) es un testimonio de ello: se reconoce que las tradiciones bíblicas llevan la
marca de los ambientes socio-culturales que las han transmitido. En el primer tercio del siglo XX, la
escuela de Chicago estudió la situación socio-histórica de la cristiandad primitiva dando así a la
crítica histórica un impulso apreciable en esta dirección. En el curso de los últimos veinte años
(1970-1990), el acercamiento sociológico a los textos bíblicos se ha vuelto parte integrante de la
exégesis” (PCB, La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, 53s.).
E. Schüssler Fiorenza no entiende rhetoric como mera aproximación en sentido estilístico o
propagandístico, ni como figura retórica que corresponda a los hechos o a la verdad, sino que
emplea este término en el sentido clásico de arte y poder de persuadir. Considerar el Apocalipsis
como un trabajo retórico supone analizar su lenguaje simbólico en lo que tiene de poder de
persuasión, tanto dentro de la estructura global de la obra como dentro de la situación retórica
plasmada en el texto y enraizada en una matriz socio-histórica particular.
“Cayo Plinio a Trajano, emperador. Es costumbre en mí, señor, darte cuenta de todo asunto que me
ofrece dudas [...] Nunca he asistido a procesos de cristianos. De ahí que ignore qué sea costumbre y
hasta qué grado castigar o investigar en tales casos. [...] Por de pronto, respecto a los que me eran
delatados como cristianos, he seguido el procedimiento siguiente: empecé por interrogarles a ellos
mismos. Si confesaban ser cristianos, los volvía a interrogar segunda y tercera vez con amenaza de
suplicio. A los que persistían, los mandé ejecutar. Pues fuera lo que se fuere lo que confesaban, lo
que no ofrecía duda es que su pertinacia y obstinación inflexible tenía que ser castigada. Otros hubo,
atacados de semejante locura, de los que, por ser ciudadanos romanos, tomé nota para ser remitidos
a la Urbe. [...] A los que negaban ser o haber sido cristianos, y lo probaban invocando, con fórmula
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 31
por mí propuesta, a los dioses y ofreciendo incienso y vino a tu estatua, que para este fin mandé traer
al tribunal con las imágenes de las divinidades, y maldiciendo por último a Cristo –cosas todas que
se dice ser imposible forzar a hacer a los que son de verdad cristianos–, juzgué que debían ser
puestos en libertad. Otros, incluídos en las listas del delator, dijeron sí ser cristianos, pero
inmediatamente lo negaron; es decir, que lo habían sido, pero habían dejado de serlo, unos desde
hacía tres años, otros desde más, y aun hubo quien desde veinte. Estos también, todos, adoraron tu
estatua y la de los dioses y blasfemaron de Cristo” (Epistolarium 1.X, 96).
Juan entendió el problema apocalíptico “en términos de alternativa entre, por un lado, el
seguimiento de Dios y de Cristo y, por otro, el dominio del emperador romano”.
El Ap 20 habla de que Satanás está prisionero y se anuncia su fin; el dragón precipitado sobre la
tierra no dispone más que de un poco de tiempo (12,12); la bestia irá a la perdición (17,8-18); etc.
“El Apocalipsis habla del futuro, es evidente. Él se sirve constantemente del presente, ciertamente.
Pero él hace un uso de los tiempos que es sumamente revelador. Uno tiene la costumbre de darse
cuenta gracias a la dialéctica del ya y del todavía no: el futuro habita el presente, pero parcialmente,
con modestia”.
Prigent comienza su estudio procurando descubrir la identidad y el crimen de las víctimas de
Domiciano. Llega a ver que los siete amigos acusados, que menciona Plinio (Ep. 1,5), están unidos
por lazos de parentesco físico, y sobre todo espiritual: todos serían rebeldes, conspiradores,
opositores a la autoridad todopoderosa del emperador. Estudiando otras medidas del emperador
contra personas distintas, descubre que su ejecución, justificada o no, fue motivada por complot
político. Nada tendría que ver una sistemática hostilidad contra los cristianos. No es cuestión de
hacer de Domiciano un emperador modelo. Se debe considerar la exacta medida de sus
motivaciones. Si el lleva un estigma fuerte, no es, como sus biógrafos quieren hacer creer, por
rapacidad, crueldad natural, por sadismo y locura misma, sino por asegurar su autoridad que sentía
amenazada y por promover sus deseos.
“Pero lo que parece ser aquí más determinante que las litúrgias imperiales, es la concepción del
mundo que ellas traducen y que aquí implican un cierto tipo de relaciones socio-políticas,
evidentemente entre el estado y los individuos. Para los hombres de esta época la existencia del
mundo civilizado (oi)koume/nh = el mundo que sólo merece alguna atención) descansa sobre un
orden más fundamental que la paz romana que aquí no es más que una manifestación. Este orden
fundamental que definimos hoy en términos sociales o políticos era indudablemente en el siglo
primero de naturaleza religiosa”.
Este libro de Gager ha sido muy estimulante y provocativo para quienes se interesan en estudiar los
orígenes de la comunidad cristiana primitiva. En Zygon 13 (1978) 108-135, encontramos tres
artículos que comentan y critican el mencionado libro. David L. Bartlett (“John G. Gager’s
“Kingdom and Community”: A Summary and Response”), historiador, resume el libro e intenta una
respuesta minando los presupuestos con que Gager construye su obra, es decir, un acercamiento
“comparativo y teorético”. Jonathan Z. Smith (“Too much Kingdom, too little Community”), siendo
un especialista en civilizaciones y religiones mediterráneas, critica a Gager la imprecisión de sus
objetivos y la falta de concretez. Por último, David Tracy (“A Theological response to “Kingdom
and Community””), teólogo católico, agrega un interlocutor más, el filosófico, a la lista mencionada
en el análisis de Gager; aportando desde la teología fundamental una visión más completa del
fenómeno naciente de la comunidad cristiana.
“En esta analogía, la relación entre mito y auditorio es paralela a la relación entre el analista y el
paciente; ambos sirven como vehículo en la supresión del tiempo”.
Gager divide el Apocalipsis en siete partes, pero afirma que también la estructura binaria del mito es
decisiva.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 32
Para Gager el Apocalipsis no habría sido escrito ni para la posteridad ni como una aportación para el
seguimiento cristiano, sino que al máximo habría sido escrito para ser leído en una o dos ocasiones.
Por eso mismo, es muy difícil decir algo acerca de su papel en la liturgia (cf. Id., 56s).
Parece que no es el caso, como generalmente se piensa, de que el Apocalipsis fuera escrito como
respuesta a una masiva persecución de Roma contra los cristianos.
No obstante, piensa la autora que, por ejemplo: “El hecho por el cual el autor eligió un apocalipsis
para escribir y uno en el cual involucre un ataque bien pensado contra las autoridades de Roma es
una indicación de que compartió el principio teológico fundamental de los zelotas: que el reino de
Dios es incompatible con el reino de Cesar”.
Así como el v. 16 poseería dos referencias históricas, al sello imperial y a la práctica de llevar las
filacterias; también el v. 17 aludiría a un aspecto del programa de los zelotas, el de no pagar los
impuestos a Roma. Yarbro Collins une la posible referencia histórica a las monedas imperiales con
la teología y práctica zelotas.
“La revelación a Juan usa las tradiciones de la guerra santa para interpretar la situación de sus
primeros lectores. Haciendo eso defiende la resistencia pasiva... Los fieles han de sufrir persecución
y muerte en el presente. Ellos esperan una solución violenta del conflicto en el que las fuerzas
celestiales derrotarán a sus adversarios. Su contribución para lograrlo puede ser hecha en la forma
de la muerte martirial, apresurando el final, porque un número fijo de mártires deberán morir antes
de que el combate final se inicie. El valor de la muerte de los mártires es ampliamente aumentado
por el ejemplo de Cristo”.
Para la autora, las causas que habrían motivado el juicio contra Roma no serían sólo la idolatría y la
blasfemia, sino que una presentación tan negativa de Roma se entendería a la luz de una experiencia
personal de la represión de Roma contra judíos y cristianos, especialmente la guerra judía de los a.
66-72 d.C. y la ejecución de los cristianos por orden de Nerón en el a. 64 d.C. “existen indicios
literarios e históricos en el cual el deseo de venganza juega un papel en la composición del pasaje.
Esta conclusión está apoyada por el hecho de que la razón para alegrarse dada en el culminante v. 20
es la esperanza de una virtual inversión de la presente relación opresor y oprimido”.
P.D. Hanson empleó los modelos sociológicos de Karl Mannheim y Max Weber, en su estudio del
Tercer Isaías y del Deutero Zacarías, a quienes designó como ejemplos de escatología de una
apocalíptica temprana.
“El servicio de una Eucaristía vespertina ofrece el contexto social más probable para una puesta en
acto oral del Apocalipsis”.
El paréntesis es nuestro.
Este párrafo citado es introducido con el siguiente ejemplo clarificador: “Si a través de un lenguaje
apocalíptico un ciudadano de los EEUU indentifica a la Unión Soviética con el anti-Cristo, esa
identificación lingüística determinará cómo esa persona ve las acciones de la Unión Soviética y
cómo considera que los EEUU deberían responder política y militarmente”.
“Domiciano no fue un emperador exigente en mayor o menor medida que los que vinieron antes o
después de él. Sería un error interpretar el libro del Apocalipsis como una respuesta a las supuestas
exesivas pretensiones de divinidad o a un reino del terror hacia fines del reinado de Domiciano. Este
emperador procuró estabilidad económica y política para todo el imperio al menos como lo hicieron
otros emperadores de finales del siglo primero e inicio del segundo”.
En un apéndice final de este libro este autor elenca diversas teorías con que algunos autores han
establecido una conexión entre el lenguaje del Apocalipsis y el contexto social. Habla de Colin J.
Hemer para quien el lenguaje del Apocalipsis es una referencia transparente de la situación histórico
social. Menciona la teoría de John M. Court para quien el Apocalipsis es una obra producida por un
“creativo artista literario” que combinó ideas mitológicas y alusiones históricas. Luego trata otros
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 33
autores como Elisabeth Schüssler Fiorenza, John G. Gager y Adela Yarbro Collins acerca de los
cuales hemos hecho referencia en nuestro trabajo.
“Así, la tribulación es un tema significativo en las visiones del visionario, pero este tema debe ser
abordado en el contexto del universo lingüístico del visionario más que en el espacio y en el tiempo
del siglo primero en Asia”.
“De acuerdo a la formulación del mensaje cristiano del visionario, la victoria y el seguimiento se
demuestran a través del sufrimiento y de la crucifixión. De hecho el visionario usa la ironía varias
veces en diversos contextos”.
“La ironía kerygmática también ofrece la clave para la compatibilidad de la tribulación, el reino y la
paciencia en 1,9: estos tres términos caracterizan tanto a Cristo como a la existencia cristiana, dado
que la tribulación revela en sí misma victoria, conquista y seguimiento. Si la estupidez oxymórica de
la manifiesta ironía –Pablo la llama la locura de la cruz– es embotada por la temporalización
(crueldades presentes, glorias futuras) y por la compartimentación (crueldades temporales, glorias
espirituales), la postura radical del visionario acerca de la existencia escatológica se perderá. El
visionario puede, por supuesto, conectar la tribulación y la opresión con otros temas; por ejemplo, a
él le gusta la venganza, la retribución y el juicio venidero sobre los que se oponen a Cristo y a sus
fieles. La tribulación cristiana, sin embargo, no puede ser entendida separadamente del énfasis de
Juan sobre la imitación del rey crucificado”.
Lohmeyer comenta, citado por Thompson: “El subrayado especial de los nombres indica cuánto
fuera de lo común e impresionante fue la muerte por causa de la fe”.
“El visionario escribió en un período de tiempo cuando el imperio romano ofreció a los asiáticos una
estructura de realidad coherente y ordenada, en la que unificó los aspectos religiosos, sociales,
económicos, políticos y estéticos del mundo. En términos de Peter Berger, los simbolísmos
cósmicos, sociales, políticos y personales estaban tan integrados que los ciudadanos asiáticos
participaban del “conocimiento” que les permitía “moverse con confianza en la vida de todos los
días”. “El libro del Apocalipsis ha sido un vehículo literario que ofrece un “conocimiento
distanciado” del orden público y social, además ofrece el espacio para críticas de ese orden público,
para crear una disonancia satisfactoria en la actividad humana (un baluarte contra el aburrimiento)
entre el público y el conocimiento revelado”.
“La situación socio-histórica y religiosa de los cristianos de Juan en Asia Menor encajan en un
contexto ideal para tal respuesta”.
Sin especificar cuáles, E. Schüssler Fiorenza dice que algunas tradiciones antiguas y algunos
comentaristas modernos afirman que la obra fue escrita durante el reinado del emperador Trajano.
Incluso algunos autores, pero sin ninguna probabilidad, han querido ver en tiempos del emperador
Calígula la posibilidad más temprana.
“si fuese conveniente proclamar abiertamente a los presentes, lo habría dicho el que ha visto el
Apocalipsis: porque no había pasado mucho tiempo desde que había sido visto, casi en nuestra
generación, hacia finales del reinado de Domiciano” (Adversus Haereses 5,30,3).
Clemente de Alejandría dice: “pues después de morir el tirano, desde la isla de Pátmos se trasladó
hacia Éfeso” (Quis dives salvetur 42).
In Matt. 16,6: “Pero el emperador romano, como enseña la tradición, condenó a Juan por dar
testimonio de la palabra de la verdad a la isla de Pátmos” (PG 13,1385).
Victorino testimonia: “Esto es porque, cuando vio Juan estas cosas, estaba en la isla de Patmos
condenado a trabajos de mina por el César Domiciano. Por tanto vio allí el Apocalipsis, y al pensar,
por ser ya anciano, que podía por su sufrimiento ir a recibir la recompensa, muerto Domiciano, le
fueron retirados todos los cargos contra él, y Juan fue liberado del trabajo forzado, y así le entregó el
Señor después, este mismo Apocalipsis, que había recibido de Dios” (In Apoc. 10,11).
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 34
Eusebio, HE III,18,1: “En aquel tiempo, según lo cuentan, el apostol y evangelista Juan estaba aún
con vida: a causa del testimonio a favor del Verbo divino el había sido condenado a habitar en la isla
de Patmos”. HE III,20,9: “Entonces el apóstol Juan pudo, de esta manera, retomar su vida en Éfeso
al salir del exilio en la isla (de Patmos), según nos lo refiere la tradición de nuestros ancianos”. HE
III,23,1: “En aquel tiempo, permanecía aún en vida, en Asia, el que amaba Jesús, Juan, a la vez
apóstol y evangelista, que gobernaba la iglesia de ese país, después de haber regresado, a la muerte
de Domiciano, de la isla donde él había sido exiliado”.
“En el año décimo cuarto después de la persecución de Nerón, exiliado en la isla de Patmos por
orden de Domiciano, escribió el Apocalipsis, interpretado por el mártir Justino e Ireneo. Una vez
muerto Domiciano y anulados por el Senado sus decretos a causa de su extrema crueldad, vuelve a
Éfeso en tiempo de Nerva y permaneciendo allí hasta los días del príncipe Trajano, fundó y rigió
todas las iglesias de Asia, y vencido ya por la vejez, murió en el año sesenta y ocho después de la
muerte del Señor y fue sepultado cerca de la misma ciudad” (De Viris Illustribus 9,6.7).
P. Prigent menciona estos mismos testimonios hablando del exilio de Juan en la isla de Patmos.
“Estos comentarios de escritores antiguos constituye una evidencia externa para la fecha” (Yarbro
Collins).
Feuillet comenta: “Hoy, la gran mayoría de los comentaristas dan fiabilidad a Ireneo según el cual el
Apocalipsis fue escrito “hacia finales del reinado de Domiciano”, pues entre el 90 y 96”. A. Yarbro
Collins opina: “Es razonable aceptar esta fecha dado que parece que Ireneo no tuvo un absoluto
interés en promulgarlo y no existen evidencias internas apremiantes para otra fecha”.
En el comentario crítico que A. Orbe hace del testimonio de Ireneo dice: “‘Casi en nuestra
generación’, en el tiempo de la vida de Ireneo, desde el nacimiento hasta cuando está hablando. El
dato, precioso, relaciona la generación de Ireneo con el tiempo en que se escribió el Apocalipsis. El
argumento es muy simple. No era necesaria –discurre el Santo– la revelación del nombre del
Anticristo para el tiempo en que hablaba. De haberlo sido, el propio Juan que lo conocía, al ver y
escribir el Apocalipsis, habríalo dado a conocer para los de su tiempo, prácticamente para los del
tiempo mismo de Ireneo. Pues –discurre Ireneo– casi en mi generación escribió Juan; y mis tiempos
vienen a ser una prolongación de los de Juan. Pero ¿habla aquí el Obispo de Lión por su cuenta, o
inspirado en algún presbítero como Papías? En el segundo caso, la cláusula habría que asignarla al
presbítero –hacia el 120– y tendría un sentido obvio. Para los tiempos de Papías, las visiones del
Apocalipsis tuvieron lugar ‘casi en nuestra generación’. Por ahí apunta W. Bousset, Offenbarung 20
notas y 41s. Tal solución resulta cómoda, pero gratuita. Ireneo habla aquí por cuenta propia. El
adverbio (sxedo/n) comporta indeterminación y merece un amplio margen [...] Juan había visto el
Apocalipsis. Y el Apocalipsis había sido visto (por Juan), no hacía mucho tiempo. Ningún misterio.
Sería ridículo apurar escrúpulos, haciendo ver que Ireneo no habla aquí de redacción, sino de sola
visión del Apocalipsis. Tanto mejor para el argumento, pues primero es la visión y luego su
redacción. [...] Las noticias ireneanas pasaron a ser tradicionales, para la cronología de Juan” (Orbe).
La obra de K.L. Gentry (Before Jerusalem Fell: Dating of the Book of Revelation, Tyler 1989) ha
reavivado recientemente la problemática acerca de la fecha de composición del Apocalipsis. Esta
voluminosa tesis doctoral, presentada en el Seminario Teológico de Whitefield en Lakeland-Florida,
sostiene la necesidad de ubicar la composición del libro en su totalidad en la época del reinado de
Nerón. El libro no tiene en cuenta más que las aportaciones de los autores de lengua inglesa, con
alguna rarísima excepción de algún autor de lengua francesa o alemana. Incluso entre los autores de
lengua inglesa no se ven mencionados, p. e., los autores que presentan una interpretación socio-
política del Apocalipsis, con una teoría particular sobre la fecha de la obra, a los cuales hemos hecho
referencia en este capítulo. Por lo tanto, si bien consideramos que es una obra muy útil para valorar
los “indicios internos y externos” del Apocalipsis, no obstante, no convence, por prescindir de los
argumentos que provienen de la crítica moderna del lenguaje.
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 35
La mayoría de los autores alemanes y franceses del s. XVIII y XIX datan el Apocalipsis durante el
reinado del emperador Galba. Para una lista de los más importantes. J. Christian Wilson analiza la
influencia decisiva que ha tenido J.B. Lightfoot entre los estudiosos del Apocalipsis de lengua
inglesa posteriores (Charles, Swete, Beckwith) sobre la datación del libro en el reinado de
Domiciano. El autor muestra cómo estos autores llegan a esta convicción uniendo las presuntas
evidencias de Lightfoot acerca de las persecuciones bajo Domiciano y el testimonio de Ireneo. Más
adelante se pregunta: “¿Por qué deberíamos preferir la fecha de Ireneo a la de los prefacios de las
versiones Siríacas antiguas y también a Teophylacto, los tres sitúan el destierro de Juan en el reinado
de Nerón?”.
“Domiciano murió el 18 de febrero del 96. [...] Ireneo escribió su obra bajo el imperio de Cómodo
(180-192), y el pontificado de Eleuterio (175-189), en los años 180-189, hacia el 185. Era entonces
obispo de Lión y sucesor de Potino, mártir del año 177. “Siendo aún muchacho” tuvo por
compañero a Florino que brillaba a la sazón en la corte. ¿En qué corte? S. Policarpo murió el 155.
Ireneo le conoció “en la edad primera”. Combinando tales noticias, se llega a poner el nacimiento
del Obispo de Lión hacia el 130. ¿Pudo así colocar “casi en su generación” la fecha del Apocalipsis?
Mucho difiere la crítica. [...] Si la revelación del nombre del Anticristo fuese necesaria para los
tiempos de Ireneo, habríase adelantado a hacerla el propio autor del Apocalipsis. ¿Habían cambiado
tan radicalmente las cosas en tan breve tiempo?” (Orbe).
En la primera conclusión que saca J. Christian Wilson sostiene: “El Apocalipsis fue escrito con el
trasfondo histórico de una persecución reciente. Las persecuciones del 95 y del 96 fueron creación
de Eusebio y de Lightfoot, no de Domiciano. La persecución bajo Nerón en el 64 y 65 es un hecho
histórico documentado”.
Hort opina a propósito de las evidencias externas: “Encontramos a Domiciano y a Nerón
mencionados, como también a un emperador no nombrado. La cuestión es complicada por la manera
en que San Juan es llevado a Roma, o su destierro está referido a un acto personal del emperador. Es
además peculiarmente difícil determinar la relación de la leyenda del aceite hirviendo con la
tradición romana de un destierro desde Roma. Por una parte la tradición sobre que haya sido
Domiciano no es unánime; por otra es la tradición prevalente en la cuestión, que además no lo
conecta ni con Roma ni con un acto personal del emperador. Si la tradición externa por sí sola
debiera decidir, existiría una clara preponderancia por Domiciano”.
“No existe una sola evidencia interna que no sea ambigua para determinar la fecha de composición
del Apocalipsis de Juan” (Yarbro Collins).
“El autor del libro del Apocalipsis no da mucho más que una clave acerca del tiempo particular en el
que está escribiendo. En contraste con varias referencias a lugares específicos, las referencias del
visionario sobre la situación histórica son o bien inexistentes o son tan veladas que no brindan
información certera para los lectores de hoy. Los capítulos 13, 17 y 18 en el libro del Apocalipsis
hacen referencia a emperadores y a la ciudad de Roma, por lo que uno puede estar seguro que el
libro fue escrito en tiempos del imperio; pero incluso Ap 17, que elabora la séptima cabeza de la
bestia (Ap 13,1) haciendo una referencia específica a los emperadores pasados, presentes y futuros,
no brinda información certera acerca del tiempo preciso del escrito” (Thompson).
Hemos tomado como base las citas aportadas por J. Sweet y A. Yarbro Collins.
En los capítulos 13 a 18 se trata claramente de Roma. Dado que Domiciano reivindicó los honores
divinos y fomentó el culto imperial más intensamente que Vespasiano, Tito o Nerva, no es
exagerado ver en el Apocalipsis un libro de combate contra el mito cesariano de Domiciano. Juan no
habría sido el único, por aquella época, en comparar a Domiciano con Nerón (así Juvenal en sus
Sátiras 4, 37-38, lo llama: “Nerón de cabeza calva”). Esta fecha, fuera del testimonio formal de
Ireneo, tiene en su favor el hecho siguiente, de peso considerable: la adoración de la bestia (13,15)
bajo pena de muerte caracteriza perfectamente el modo de obrar de Domiciano. Si bien –como
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 36
veremos– no podemos identificar a Domiciano con la encarnación de Nerón, pudo la actitud hostil
que adoptó en su reinado ayudar a propagar esta idea que ya existía acerca del mito de Nerón.
Lista de emperadores romanos: Julio Cesar (!) (49/48-44 AC); triunvirato: Antonio-Octavio-Lépido,
Octavio impera como Augusto (27 AC-14 d.C.); Tiberio (14-37); Caligula (37-41); Claudio (41-54);
Neron (54-68); Galba (abril del 68); Oton proclamado emperador por los pretorianos (enero-abril del
69) y Vitelio por las legiones de Germania (enero-diciembre del 69); Vespasiano (69-79); Tito (79-
81); Domiciano (81-96); Nerva (96-98); Trajano (98-117).
Algunos representantes de esta interpretación: Düsterdieck, Bleek, Swete, Weigall, Morris, Torrey,
Robinson y Ford. Torrey comienza con Augusto e incluye a Galba; mientras que Düsterdieck,
Gilmour y Rist omiten a Galba, Otón y Vitelio, pues los consideran unos meros interregnum entre
Nerón y Vespasiano, o como los llamó Suetonio “rebellio trium principum”, el mismo cálculo
realiza Baines, sosteniendo que el emperador reinante sería Vespasiano y que el primer emperador
de la lista es Augusto ya que coincide con el inicio del movimiento de resistencia de los Zelotas.
Ford comienza por Julio César y omite a Galba, Otón y Vitelio. Robinson comienza con Augusto e
incluye a Galba, Otón y Vitelio.
Sweet plantea la posibilidad de que Nerón sea el primero de la lista de emperadores. Por lo tanto, el
Apocalipsis habría sido escrito bajo Tito y el reinado de Domiciano no habría durado poco, como
afirma Ap 17,10, sino quince largos años.
John Sweet se pregunta: “¿Pero no son estos cálculos mal concebidos? La historia de Juan, como su
geografía y aritmética, es espiritual (II8); sus oyentes necesitaban oír no quien estaba reinando sino
sus afiliaciones espirituales. El número siete es simbólico [...] Todo lo que podemos decir con
seguridad es la de la perspectiva del seis en una serie de siete, el penúltimo momento”. Otros autores
que sostienen esta interpretación son: Mounce, Beckwith. Con esto se elimina el problema que surge
del texto.
Los reinos a que haría referencia el versículo son –según Alford, por ejemplo–: Egipto, Nínive,
Babilonia, Persia y Grecia, entre los cinco que han caído; Roma es el reino presente; y el que va a
venir es el reino Cristiano que inició Constantino. Entre los autores representantes de esta hipótesis
citamos: Walvoord, Seiss, Ladd y Alford. Esta escuela niega la referencia geográfica que identifica a
la ciudad de Roma.
A. Yarbro Collins se inclina a pensar en una selección determinada de emperadores comenzando por
Calígula (el primero que entró en conflicto con los judíos y promovió el culto al gobernante)
omitiendo a Galba, Otón y Vitelio; así el sexto emperador sería Domiciano. Contra la omisión del
interregno pesa el testimonio de los Oráculos Sibilinos que incluye a estos tres emperadores en la
descripción que hace de todos ellos. Cf. Orac. Sib., V, 12-46. Sin embargo nadie puede negar que
para la mentalidad de un apocalíptico los años del interregno, como años indudablemente
tumultuosos que fueron, pudieron haber inspirado la imagen de la herida de muerte de la cual la
Bestia se recupera.
Como comenta D.A. De Silva “Lipinski ofrece el sorprendente argumento de que Jerusalén más que
Patmos es de hecho el lugar verdadero de Juan, porque el único momento en que la figura
apocalíptica se mueve sin ser transportada ‘en el Espíritu’, es cuando se mueve para medir el aún
existente templo en Jerusalén”.
Cuando J.A.T. Robinson pretende, en base a Ap 11,1-2 fundamentalmente, que el Apocalipsis en su
totalidad fue escrito antes del año 70 no logra refutar los argumentos utilizados por los exégetas
anteriores a él que sostienen el uso de una fuente anterior a la redacción del libro. Además las
referencias al templo pueden haber sido reinterpretadas en sentido espiritual. El uso tan particular de
los tiempos de los verbos utilizados en esta perícopa difícilmente son arbitrarios: una serie de
futuros (3.7), luego el presente (9.10), y por último aoristos (11.12.13). Esta sucesión, inversa
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 37
respecto a la natural, sitúa la narración por encima de una cronología real, ubicándola en una zona
ideal fuera de la historia.
J. M. Ford y W. Milligan sugirieron que “Babilonia” es Jerusalén. La referencia a Roma se entiende
mejor dado que es una obra cristiana en conflicto con el mundo romano pagano, y no contra el
judaísmo.
Bousset propuso la solución de la “hipótesis fragmentaria”, es decir, la obra en su edición presente
es fruto de un solo autor que usó diversas fuentes de finalidades limitadas y la tradición apocalíptica
oral. Charles también adoptó esta hipótesis aunque le agregó la teoría de la muerte del autor cuando
habría completado los cap. 1–20,3. Además un redactor habría completado y retocado la obra. En
esta misma línea se ha movido Feuillet, mientras que Kraft habla de un documento base ampliado en
redacciones posteriores. Para una síntesis de la crítica literaria del siglo pasado y la historia del
proceso de estructuración de la obra del Apocalipsis en este siglo ver Vanni.
R.B. Moberly piensa: “a mí me parece que el Apocalipsis fue concebido en Patmos durante el otoño
del 69 a.C., y total o ampliamente escrito durante aquel invierno”. Asombrosamente J. Christian
Wilson afirma: “El libro del Apocalipsis provee una abundante evidencia interna para determinar la
fecha. Hasta ahora tal evidencia ha sido ampliamente ignorada o mal interpretada por la mayoría de
los estudiosos del siglo veinte”, y más adelante agrega: “La fecha del Apocalipsis necesita ser
decidida a base de la evidencia interna, no externa”.
Para Thompson la identificación de la ciudad prostituta con Roma, que será destruida, es una alusión
a la leyenda de la vuelta de Nerón (redivivus). Esta correspondencia Babilonia-Roma provee una
evidencia para fechar el Apocalipsis, ya que: “En la literatura judía, el enemigo de Roma es
designado Edom, Kittim y Egipto, así como Babilonia. Para la mayoría, sin embargo, la identidad
con Babilonia ocurre después del 70 d.C., o sea, Roma es llamada Babilonia después que destruyó
Jerusalén y el templo. Yarbro Collins así concluye: “es altamente improbable que el nombre hubiese
sido usado antes de la destrucción del templo por Tito. Este elemento interno entonces apunta
decididamente hacia una fecha posterior al 70 d.C.”.
Esta posición ha sido contestada por Yarbro Collins quien afirma: “El sufrimiento intenso que él
menciona es la represión de Nerón sobre los cristianos en el 64, y él encuentra el Apocalipsis
inteligible sólo si su autor experimentó tal persecución, personal y directamente en Roma mismo. En
este aspecto particular del argumento de Robinson, es claro que él está influido por un juicio de
valor a priori acerca de la relación aceptable entre la imaginación de Juan y la realidad”.
La definición que da J.J. Collins sobre “apocalipsis” es la siguiente: “es un género de literatura de
revelación con un marco narrativo, en el cual una revelación es mediada por un ser sobrenatural a un
receptor humano, develando una realidad trascendente que es tanto temporal, en la medida que
prevé la salvación escatológica, como espacial, en la medida en que involucra a otro mundo
sobrenatural”. Definición que mejora, con las sugerencias de Hellholm y Aune, así: “se entiende que
un apocalipsis interprete las presentes circunstancias de este mundo a la luz del mundo sobrenatural
y del futuro, y que influya tanto en la comprensión como en el comportamiento de su auditorio por
medio de su autoridad divina”. Para una apretada síntesis del origen y desarrollo del movimiento
apocalíptico judío y cristiano, ver el apéndice que trae P.D. Hanson, The Dawn of Apocalyptic, 427-
444. En la discusión que se está teniendo en estos últimos años sobre la literatura apocalíptica J.J.
Collins precisa “Al menos necesitamos distinguir entre un tipo de apocalíptica “histórica”, tipificada
por Daniel y el Apocalipsis, y otra de orientación más cósmica con ascensiones celestiales”.
“El Apocalipsis emplea imágenes corrientes, lugares convencionales, figuras de la escritura y
pruebas, así como técnicas literarias desarrolladas en la literatura apocalíptica”. Además, el libro fue
escrito –como es usual en la apocalíptica– utilizando la primera persona en una narración –
verosímilmente– posterior a los acontecimientos, en la que el autor usa el tiempo pasado para contar
su historia, separada del momento de la narración por un tiempo indeterminado. Habría que añadir
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 38
como una característica constante más de la tradición apocalíptica el uso que hace el autor del
Apocalipsis de la pseudonimia, si bien la gran mayoría de los comentaristas la niega. El autor se
presenta en primera persona como Juan –el único Juan famoso en círculos cristianos del siglo
primero es Juan el apóstol–, por lo tanto el autor real no es él, sino un admirador, un discípulo, que
quiere ponerse en sintonía con el apóstolo Juan colocando sus palabras en su boca.
Usa la frase Después de estas cosas vi... 5 veces (4,1; 7,1.9; 15,5; 18,1) como mecanismo formal
para introducir subestructuras; y vi se usa 45 veces. La frase introduce con cierta solemnidad una
nueva visión.
Como afirma J. A. Soggin “Asistimos [...] a un pasaje gradual desde la profecía a la apocalíptica: los
dos fenómenos coexisten en forma paralela con superposiciones, por un cierto período de tiempo,
sin que oigamos nunca alguna forma de conflicto entre las dos. En otras palabras, parece razonable
postular que la apocalíptica haya nacido y se haya desarrollado en el ámbito de la profecía exílica y
post-exílica, hasta independizarse de ésta”.
“Juan no se designa a sí mismo como ‘profeta’ en el Apocalipsis, aunque él ciertamente da a
entender que juega el papel de tal al describir el Apocalipsis como una “profecía” en 1,3;
22,7.10.18.19”. A propósito de la consideración del Apocalipsis como una obra simplemente
apocalíptica, Newman opina: “No se puede trazar una linea divisoria exacta entre la profecía y la
apocalíptica como para decir dónde termina una y comienza la otra”.
Lo que hace también que sea significativo el tema del profetismo en el Apocalipsis es la frecuencia
de los términos específicos: 7 veces profecía, 8 veces profetas y 2 veces profetizar.
Que Juan sea considerado un profeta es importante, como dice M.E. Stone hablando del autor de 4
Esdras, para ubicarlo socialmente: “Propongo considerar la posibilidad de que estos indicios reflejen
aspectos de la función social actual del autor. El reconocimiento público del papel de Esdras como
profeta y su aceptación bien puede corresponder al modo en que el autor apocalíptico mismo era
reconocido por su propia sociedad (no obstante los pequeña que aquella sociedad pudiera haber
sido)”.
Con estos mismos indicios a A. Yarbro Collins le parece razonable entender el Apocalipsis en el
contexto de la profecía cristiana primitiva. No obstante, para ella el género fundamental es el
apocalíptico con pequeñas formas proféticas; incluso las siete cartas las define como oráculos
proféticos.
Por otro lado, A. Yarbro Collins hablando del carácter literario del libro afirma que el Apocalipsis es
único en su género dentro del N.T., pero no en el mundo antiguo: “El género del Apocalipsis es un
apocalipsis, aunque tenga afinidades con la profecía, las epístolas y el drama también”.
La componente litúrgica del libro no implica que sus himnos (p. e. 5,9-10) reflejen los de la liturgia
de la primitiva iglesia. Son más bien composiciones del autor dentro del contexto del libro.
Así piensa también Thompson cuando dice a propósito del género literario del libro: “Quiero
considerar el lenguaje del libro del Apocalipsis como un ejemplo de un género más ámplio que el
apocalíptico. Juan escribe como un verdadero cosmopolita. Su visión se extiende desde las políticas
locales hacia asuntos globales, y desde los asuntos globales hacia una cosmología. Su mundo se
extiende por medio de un lenguaje doméstico. [...] El más alto lenguaje simbólico de Juan se anida
en el Asia Menor urbano y se amplía hacia contextos más grandes hasta llegar a una visión cósmica
que incluye la totalidad del orden social, la totalidad de la naturaleza, y las divinidades
sobrenaturales que invanden y trascienden tanto la sociedad como la naturaleza”. Y Hanson, quien
ha dedicado mucha tinta a definir el género apocalíptico, afirma: “el libro del Apocalipsis abraza
una serie de visiones, esparcidas por géneros pequeños como el epistolar, el doxológico, los himnos
de victoria, y las bendiciones”.
El retraso de la Parusía ha sido en los últimos tiempos un concepto importante a la hora de
reconstruir la primitiva historia cristiana. No obstante, como afirma A. Yarbro Collins “no se
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 39
debería exagerar acerca de esta noción en pro de una teoría evolucionista que implique que la fe
cristiana incluyó la espera inminente en su estadio primitivo y que esa esperanza gradualmente fue
desapareciendo, para ser remplazada por teologías de la historia y una doctrina escatológica. El
Apocalipsis es una evidencia de que una espera escatológica intensa e inminente era aún importante
en los 90 [...]. La Didajé y la Epístola de Barnabé son trabajos relativamente tardíos en los que
todavía se manifiesta tal expectación. [...] El dualismo espacial es sobresaliente en el Apocalipsis.
[...] El dualismo temporal es también importante. [...] También incluye una creación cósmica nueva
y una relación íntima eterna entre Dios, Cristo y los fieles”.
A. Feuillet afirma que es en el camino histórico-teológico donde ha de empeñarse la exégesis futura
del Apocalipsis. Se trata, pues, de realizar una síntesis y un justo equilibrio difíciles de obtener y sin
embargo necesarios, porque subrayando demasiado un aspecto en desmedro de otro se corre el
riesgo de falsear el Apocalipsis.
De modo particular este libro, por su lenguaje y simbolismo difícil puede dar lugar, si no es
adecuadamente comprendido, a interpretaciones fantasiosas que a menudo desprestigian su valor.
“En contraposición con otros escritos cristianos, el Apocalipsis presenta una profunda cosmovisión
política y teo-ética. Su preocupación teológica central no es una especulación apocalíptica sobre el
curso de la historia o la previsión exacta de los acontecimientos venideros. Más bien, el problema y
los tópicos centrales del Apocalipsis es la cuestión del poder y de la justicia”.
Debemos tener en cuenta que el intento de calificar literariamente una obra, en este caso el
Apocalipsis, es siempre un proceso subjetivo que, obviamente, se fundamenta en el texto objetivo,
pero según sean los indicios que se acentúen así será la conclusión a la que se llegue. Lo más
honesto será respetar todos los indicios del texto sin forzar mucho una definición que encierre la
obra en nuestros esquemas subjetivos.
Mucho se ha discutido sobre el significado del término catarsis en la Poética de Aristóteles. En la
antigua civilización griega, ese término tenía una acepción medicinal y otra religiosa. En medicina
significaba algo así como “expurgación”, y se refería a la expulsión de las materias orgánicas
nocivas para el cuerpo (o, según la terminología de la época, de los humores dañinos, como la bilis y
la flema). Aristóteles emplea aquí el término catarsis en sentido analógico, para referirse al efecto
que el espectáculo trágico provoca en los espectadores. La representación de acontecimientos
pavorosos o desdichados es característica de la tragedia; por lo tanto, el miedo y la piedad son
esenciales en el espectáculo trágico, y son estos sentimientos los que están sujetos a la catarsis. En
la tragedia de Sófocles, por ejemplo, el destino del Edipo provoca en el espectador una serie de
excitaciones corporales y de experiencias espirituales, similares a las producidas en ciertos ritos
religiosos. Así la tragedia, como las ceremonias del rito dionisíaco de donde había emanado,
removía oscuros sedimentos de la naturaleza humana y enfrentaba al espectador con un gran
enigma. Al compenetrarse con el destino de Edipo, tan abismal y misterioso, aunque inherente a su
propia condición humana, la tragedia operaba en el espectador la purificación de las pasiones que el
espectáculo suscitaba en él. El miedo y la piedad que se experimenta ante el espectáculo trágico,
precisamente porque provienen de una representación artística, no son emociones violentas como las
de la vida real, sino emociones estéticas que producen un goce sereno. Excitando esas pasiones, la
tragedia las descargaba de su violencia nociva, y así producía un efecto expurgador, favorable a la
armonía interior. La teoría aristotélica de la catarsis lleva implícita una crítica a los ataques de los
moralistas como Platón (Levoratti).
Ver, por ejemplo, como de D.A. De Silva considera el significado del culto imperial a la luz de la
crítica antes mencionada.
Al sistema lingüístico lo forma el ambiente cultural en que vive y se expresa el autor.
“La historia había sido ocupación primordial de los autores bíblicos [...] El libro de Daniel es un
salto audaz: de golpe se interesa por la historia universal en sus etapas. [...] Lo impresionante es ver
Apocalipsis, una comunidad que resiste al imperio – Claudio Bedriñán 40
cómo el autor se remonta a un observatorio elevado para contemplar en mirada panorámica un
horizonte de siglos e imperios del orbe. [...] Es una historia pasada que arranca de la destrucción del
templo por Nabucodonosor, llega a saltos hasta el momento en que se escribe y se abre hacia el
desenlace” (Alonso Schökel - Sicre). Aunque el escritor apocalíptico de Daniel disimule su propio
lugar histórico, la mayoría de las veces se puede saber con bastante precisión gracias a los indicios
que da. El acceso a la realidad es fruto de un proceso sapiencial.
Estos dos libros de los Macabeos son de gran importancia para el historiador. 1Mac comienza en el
año 175, fecha de la coronación de Antíoco IV Epifanes, y llega hasta la muerte de Simón Macabeo
en el año 134. 2Mac comienza en el año 176 y llega hasta el año 161. Si bien no existe una perfecta
armonización entre la cronología de ambos libros, se puede seguir a grandes líneas el curso de los
acontecimientos.
“Con los Macabeos llegamos a la época en la cual se suele fechar el libro de Daniel, la única obra
apocalíptica, junto a Isaías 24–27, de la Biblia hebrea”.