LA IMPORTANCIA DE LA MEDICINA POPULAR O TRADICIONAL by S03OBzbO

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									                                   FACULTAD DE MEDICINA
                                  ÁREA SALUD Y SOCIEDAD
                                    SALUD Y SOCIEDAD II




                      LA IMPORTANCIA DE LA MEDICINA POPULAR O TRADICIONAL
                                     EN LA PRACTICA MEDICA

                                                                                      Juan Felipe Jaramillo T. M.D.
                                                                                     Medellín, diciembre 11 de 1999


INTRODUCCION

Desde hace más de dos décadas, diversas organizaciones que trabajan en salud, tanto a nivel mundial (OMS,
OPS) como nacional (Ministerio de Salud), se propusieron integrar en sus proyectos y planes de trabajo, con
énfasis en el nivel primario, a todos los sectores sociales, con el fin de convertirlos en agentes activos y ya no
pasivos de los servicios de salud. Con el ambicioso plan, ya no cumplido, de "Salud para todos en el año 2000", la
Organización Mundial para la Salud, OMS, trazó en la década de los 70 algunas políticas de participación (Alma
Ata) de las comunidades en los programas de atención primaria, donde se concebían como pilares fundamentales
algunos recursos culturales y tradicionales propios de las comunidades. Como consecuencia de estas políticas, se
consideró necesaria una aproximación más abierta, desprejuiciada y lúcida a los sistemas de salud populares y
tradicionales, considerando, incluso, la recuperación de conocimientos y práctica médicas eficaces y útiles por fuera
de límites culturales exclusivos.

En este cambio de visión, es importante señalar el aporte de las llamadas ciencias humanas (antropología,
sociología, economía, historia...), quienes, por la naturaleza de sus objetos de estudio y metodologías de trabajo,
ayudaron a que la medicina oficial o científica, demasiado arraigada en sus prácticas positivistas y racionalistas,
terminara por reconocer el valor de una aproximación holística y más integral al estudio de los problemas y de la
búsqueda de soluciones en salud. Especialmente, en el ámbito de la salud pública y de la medicina preventiva, el
sistema médico oficial aprendió a valerse de una metodología de tipo ínter y transdisciplinario, que amplió su propia
visión y reflexión sobre los problemas de salud individuales y colectivos. Lo anterior ha hecho posible que, con el
paso de sólo unas décadas, la mayor parte de representantes de los sistemas de salud oficiales, deje de ver con
desprecio y suficiencia las prácticas terapéuticas de los sistemas médicos populares y tradicionales y que, incluso,
algunas prácticas médicas tradicionales y populares (acupuntura, homeopatía, plantas medicinales...) gocen de
gran prestigio y reconocimiento científico en la actualidad.

Ubicándonos en el contexto histórico y social de nuestro país, cuyas características comparte con la mayor parte de
los países del tercer mundo o en vías de desarrollo, nos será más fácil comprender el valor de ese cambio en la
visión y en las políticas oficiales de salud.

Geográficamente, estamos ubicados en una de las zonas tropicales de mayor biodiversidad del planeta, con
enormes riquezas en recursos naturales renovables y no renovables. Esa diversidad se presenta también en lo
cultural, siendo el nuestro uno de los países más ricos en comunidades aborígenes y tradicionales del continente
americano (más de 80 etnias indígenas oficialmente reconocidas y una enorme herencia cultural y física
proveniente de Europa y Africa, fundidas en el más notable mestizaje).

Hacia mediados del siglo, casi la mitad de la población colombiana habitaba aún en el campo; y si bien, ahora,
menos del 30% de la población es rural, el número total de personas que viven en el campo sigue siendo
demasiado alto: ¡10 000 000 de habitantes! Aunque la violencia política, sin lugar a dudas, ha sido el principal
flagelo que ha azotado al campo colombiano desde mitad de siglo, no podemos olvidar que en numerosas regiones
rurales del país las condiciones de vida siguen siendo afectadas por el aislamiento, la inaccesibilidad, el abandono
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estatal, la corrupción, la falta de recursos educativos y técnicos, etc. Con estas condiciones, no era por cierto
necesario el desplazamiento forzado -que hace rato sobrepasa al millón de personas-, para que oleadas de
campesinos abandonaran el campo rumbo a la ilusión de una vida mejor en la ciudad.

Si bien la vida en la ciudad parece eliminar limitaciones y favorecer la disponibilidad de recursos y un estilo de vida
"moderno", "civilizado", esto no es completamente cierto para estratos inferiores que ven limitada su demanda de
servicios, entre otras cosas, por sus condiciones económicas... y, para todos los estratos, por "razones culturales".
En su extenso y minucioso estudio sobre medicina tradicional en Colombia, la antropóloga Virginia Gutiérrez de
Pineda, recientemente fallecida, en una de sus conclusiones, afirma: "Confrontando la vigencia de la medicina
tradicional con la jerarquía social, se halló que los estratos medio (medio-medio y medio-bajo) sumados al sector de
base, creen y participan de cualquier modalidad de ella. Alguna vez y de forma encubierta, pacientes de las capas
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superiores han llegado también a su consulta ". ( )

Aunque no cuesta trabajo estar de acuerdo con la autora sobre lo que afirma respecto a los estratos medios y
bajos, por su cercano vínculo rural y sus usos vernáculos de sistemas médicos populares y tradicionales, hoy en
día, no es tan obvio que los estratos superiores se oculten o hagan sólo ocasionales visitas a terapeutas populares,
tradicionales o alternativos. Para no ir muy lejos, muchos colombianos recordamos a nuestro actual presidente
recibiendo "aseguranzas" (manillitas de hilos de algodón atadas a las muñecas) por parte de los mamus
(sacerdotes, chamanes) de la Sierra Nevada de Santa Marta, o las repetidas consultas a brujas y pitonisas por
parte de nuestra clase política, referidas por Germán Castro Caicedo en su obra La Bruja, o el prestigio, a veces
desmesurado, de médicos "alternativos" como Chopra o Santiago Rojas.

Un poco más adelante, la misma autora continúa: "EL colombiano común tiene un condicionamiento cultural
múltiple en la atención de la salud y participa prácticamente en todos los sistemas existentes. Cuando enfrenta la
enfermedad, busca su solución, primero en el ambiente inmediato, el hogar, con la medicina casera y continúa
recurriendo a los demás sistemas médicos. Está preparado para que cada tipo de medicina pueda darle una
respuesta condicionada a sus expectativas y adecuada a su trasfondo cultural y así se mueve a plenitud dentro de
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cada uno". ( ) Quizás esto sea el resultado natural del vasto mestizaje que ha enriquecido nuestro acervo cultural,
permitiendo que en un mismo individuo se expresen saberes y comportamientos provenientes de muy diversas
tradiciones (indígenas, negras y blancas), a veces, con muy bajo nivel de oposición o conflicto.

Con respecto a los sistemas médicos populares y tradicionales, creo que estamos en pleno derecho, entonces, de
asumir, con toda seriedad, una aproximación reflexiva sobre algunos hechos relevantes, que todo trabajador del
área de la salud debería conocer mínimamente, sobre todo cuando su trabajo se realiza en contacto con
comunidades rurales, indígenas o campesinas.

A continuación trataremos de abordar las siguientes preguntas: ¿Qué son los sistemas médicos populares y
tradicionales? ¿Qué elementos los componen? ¿De dónde surgen? ¿Por qué perduran? ¿Y en qué radica su
importancia?

QUE SON LOS SISTEMAS MEDICOS POPULARES Y TRADICIONALES?

El primer obstáculo con el que nos enfrentamos los legos en antropología, tiene que ver con la definición del
concepto de cultura. Guardando las debidas proporciones y sin pretender ser expertos en el tema, podemos afirmar
que cultura es todo aquello que a todo individuo le da identidad y pertenencia a un grupo humano, ofreciéndole una
concepción de la vida coherente e integral con sus condiciones y características de vida, de tal manera que se
puedan satisfacer la mayor parte de las necesidades individuales, conservando y fortaleciendo al grupo humano
que comparte el mismo bagaje cultural. Lejos, entonces, de ser un concepto estático que define características fijas
y establecidas, pues, en principio, toda identidad y pertenencia es producto de una construcción colectiva e
interactiva permanente, en estrecha dependencia de las exigencias de cambio y adaptación por parte de la
naturaleza y de los otros grupos humanos que nos rodean.

Ciertamente, en lo cultural, por esencia, nada es simple, por lo contrario, estamos siempre, en este punto, cara a
cara, con lo complejo. De allí que sea tan fácil el error y el fracaso cuando se trata de hacer viables y ejecutar
programas de salud que tocan directamente las creencias y los comportamientos culturales y se ha procedido de
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una manera simplista, homogeneizante o impositiva. Para que nos hagamos una idea de la complejidad de la
creación cultural, mencionemos algunos de los aspectos que la estructuran: formas de producción y economía,
formas de propiedad, estructura administrativa y política, creencias y prácticas religiosas, modelos de parentesco,
lenguaje, representaciones simbólicas y cosmovisión, tipo de vivienda, recursos tecnológicos, sistemas médicos,
etc.

No menor es el grado de complejidad de alguno de sus componentes. Así la definición de sistema médico está
imbuida de esta misma complejidad. Margaret Clark (citada por Virginia Gutiérrez) define el sistema médico como:
"Un complejo de ideas acerca de las causas y curas de la enfermedad, ninguna de las cuales es enteramente
racional ni completamente irracional. Sus prácticas y la mayoría de sus procedimientos curativos son
comprensibles y lógicos a luz de sus creencias sobre la naturaleza de la salud y las causas de la enfermedad."
Foster y Anderson, citados por la misma autora, consideran que: "Abarca todas las creencias que promueven la
salud, las acciones y el conocimiento científico y la habilidad de los miembros que la suscriben." Concluye la
mencionada autora, citando a Arthur Kleiman, quien afirma que el concepto de sistema médico tan sólo es un
"modelo conceptual tenido en mente por el investigador" que es necesario superar si se quiere conocer el
"verdadero sistema".

Con esta última advertencia, la propia Virginia Gutiérrez de Pineda se atreve a proponer su versión personal del
concepto de sistema médico popular, que, según ella, "condensa el saber popular en relación con la salud, y se
caracteriza por:

1. Constituye conocimientos y prácticas populares, integradas culturalmente. 2. Se ajusta y funciona a nivel del
estadío tecnológico y científico de su entorno social. 3. Existe un transfundo de creencia y fe individual y colectivo
en ella, que fundamentalmente, estimula y dirige su acción. 4. Incorpora e innova con préstamos médicos foráneos,
dentro de un complejo proceso aculturativo, que desciende de la avanzada médica -academia- y que
paulatinamente es asimilado. 5. Se renueva con descubrimientos y hallazgos propios. 6. Da respuesta permanente
a interrogantes de sus creyentes, y eventual a extraños culturales, cuando se hallan recursos propios en
emergencias de salud. 7. Constituye un acto de comprobación a los postulados culturales, derivando un corpus
médico integrado de pensamiento y acción, resultado interactuante del todo institucional. 8. Demuestra una cultura
manifiesta en un ceremonial y prácticas, y un contenido encubierto, de fe y creencias individual y de determinantes
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estructurales de la colectividad". ( )

A partir de esta definición tan amplia y compleja, podríamos tratar por nuestra cuenta de profundizar en algunos de
los aspectos más visibles y constantes en el trabajo con las comunidades tradicionales y los sectores populares.

Muchas personas, incluyendo algunos expertos, tienden a oponer los conceptos de popular y tradicional a los de
racional y científico, considerando a los primeros como una forma de preconocimiento, es decir, que sólo se
encuentran en un estado de desarrollo anterior al "verdadero" conocimiento, al cual, necesariamente, habrán de
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llegar algún día ( )( ). Esta es la manera más corriente de abordar la historia del sistema médico oficial o científico.
De este modo se consideran al animismo y a la magia como una de sus primeras etapas ya superadas, como
igualmente lo han sido algunas de las creencias y prácticas de los múltiples sistemas médicos populares. Una
visión de este tipo, determinista y verticalizante, quizás sólo se explica por la alta dosis de soberbia y arrogancia que
toda imposición y desplazamiento conlleva por parte de los conquistadores sobre los conquistados, de los
triunfadores sobre los vencidos. No obstante, aunque con esta actitud se reconoce el valor (¿poder?) de una
propuesta sobre otras, quizás mejor o más conveniente en algunos aspectos, con respecto a la riqueza que implica
toda diversidad, la humanidad como un todo heterogéneo siempre arriesga a perder demasiado. Tal actitud de
arrogancia, se ha convertido en una de las principales razones que impiden comprender la permanencia, la
recurrencia y la eficacia de numerosas prácticas terapéuticas de los sistemas médicos populares y tradicionales.

Sin embargo, muchos científicos del área social, como el antropólogo Claude Levi-Strauss, han sido capaces de
proponer una aproximación totalmente diferente donde se rescata el valor y la eficacia de muchas prácticas
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terapéuticas de los sistemas médicos tradicionales ( ). A lo anterior se añaden todos los estudios científicos de las
medicinas somato-síquicas y de la sico-neuro-endocrinología, que dan un soporte racional a prácticas hasta hace
poco consideradas completamente irracionales.

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Otro fenómeno importante del final del segundo milenio, ha sido el auge de las llamadas medicinas alternativas o
bioenergéticas que se comportan como un sistema médico sincrético entre el científico y los sistemas populares y
tradicionales. Este auge, si lugar a dudas, tiene su fundamento, no sólo en los profesionales descontentos con su
formación alopática, sino, sobre todo, con el creciente descontento por parte de los pacientes y usuarios de los
servicios médicos oficiales que empezaron a ser víctimas de una atención médica cada vez más mecánica,
deshumanizada y mercantilista. La pavorosa complejidad científica y técnica de nuestros días, además de su
reconocida eficacia y beneficios para la salud, se ha convertido en una dolorosa barrera en la comunicación entre
los prestadores de servicios de salud y el público corriente. En una encuesta realizada hace pocos años en
Alemania, el 97% de los encuestados se quejaba de la comunicación con sus médicos, o porque no les hablaban o
porque no les entendían su lenguaje.

Las instituciones médicas y los servicios de salud, han diseñado e impuesto sus modelos de atención, sin lugar a
dudas, no de manera autónoma, sino presionados por condiciones dominantes de orden político y, ante todo,
económico, como se ha hecho evidente con la aplicación de la Ley 100 en nuestro país.

Por fortuna, las construcciones colectivas culturales siempre van más allá de la norma y de las imposiciones: es
evidente que todo ser humano, sea cual sea su transfundo cultural, espera respuesta y soluciones al nivel de las
preguntas y las necesidades que lo acompañan; también es cierto que todo ser humano necesita algún modelo de
trascendencia que de sentido a su vida en al menos algunos de sus elementos primarios (económico, social,
cultural, espiritual...); y, finalmente, todos los seres humanos esperan reconocimiento afectivo por parte de las otras
personas con quienes comparte su interacción social.

Como ningún estado ni sistema social puede dar respuesta completa a estas necesidades esenciales de todos los
seres humanos y menos, con propuestas homogeneizantes, es posible que podamos entender por qué dentro de
nuestras ciudades y zonas rurales, en los albores del tercer milenio y atravesando todos los estratos sociales, se
generan permanentemente construcciones culturales, que recuperan saberes pasados, se alimentan de las más
diversas procedencias e incluso hacen descubrimientos en el campo de los conocimientos, las creencias y las
prácticas médicas. Desconocer o negar este acervo cultural sólo demuestra la más flagrante miopía y acérrima
arrogancia, y no justamente, una actitud científica.

Hasta el momento no hemos tratado de establecer claramente las diferencias que existen entre los sistemas
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médicos populares y los tradicionales( ), pues, respecto a nuestra aproximación, son más importante las
semejanzas que las diferencias: ambos se construyen a partir de la suma de conocimientos y prácticas, propios y
foráneos, relacionadas con los conceptos de salud y enfermedad que, pasando de generación en generación, se
adaptan a diversas condiciones, independiente de su valor racional o científico, y dan respuesta y soluciones a la
mayor cantidad de preguntas y necesidades en el campo de la salud de una comunidad o grupo humano
determinado, y que son un todo coherente con el resto de construcciones culturales propias de dicho grupo
humano. Las diferencias fundamentales se dan, tal vez, en el grado de penetración, solidez e interdependencia de
estos elementos con el resto de la estructura cultural: las culturas tradicionales tienen unos referentes mejor
definidos y más fijos (las culturas indígenas, la medicina tradicional China, por ejemplo); por el contrario, las
culturas populares son más permeables y susceptibles al sincretismo y apropiación de elementos extraños (la
medicina casera, los botánicos o yerbateros urbanos, etc.).


En relación con lo anterior, asumimos que no existe un sólo sistema médico popular o tradicional, ni que estos
sistemas médicos, excepto ciertas circunstancias particulares, sean mutuamente excluyentes. Retomando una idea
esbozada al comienzo del artículo, incluso una misma persona, sobre todo cuando no pertenece a una cultura
tradicional, es de forma corriente, usuaria y beneficiaria de varios sistemas médicos, incluyendo el oficial o
científico. A excepción de algunas poquísimas comunidades indígenas que luchan por un supuesto aislamiento
cultural, la mayoría de las comunidades y grupos humanos de nuestro país y del mundo entero, hacen una amplia
mezcla de ofertas que van desde lo más científico y riguroso, hasta lo más profano y pueril.


ALGUNOS ELEMENTOS DE LOS SISTEMAS MEDICOS POPULARES Y TRADICIONALES

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Con el afán de permitir un acercamiento siquiera superficial a esta atiborrada oferta de sistemas médicos populares
y tradicionales, quisiera describir algunas de sus expresiones más comunes en nuestra cultura mestiza. Estos
elementos serán presentados en un orden creciente de complejidad, tal y como de forma habitual son más
comúnmente demandados en nuestras ciudades y zonas campestres, aunque no necesariamente en ese orden.


A. ELEMENTOS CASEROS.

Se refiere a todos aquellos conocimientos y prácticas sencillas para el diagnóstico y manejo inicial de la
enfermedad en el hogar. Aquí la cabeza de salud, es un adulto (abuela, madre, padre...) quien trata de definir la
gravedad de la dolencia y la perentoriedad con la cual se debe recurrir a otro nivel de atención. En este nivel se
recurre con frecuencia a la automedicación, al uso de plantas medicinales y de algunas prácticas simples de tipo
paliativo (baños, aplicación de compresas}, a buen número de creencias y prácticas dietéticas (evitar ciertos
alimentos "calientes" o "fríos"), ciertas medidas preventivas e higiénicas (no serenarse, no bañarse con agua fría),
etc.

B. ELEMENTOS NATURISTICOS.

Se refiere a aquellos fenómenos que por su presentación no se consideran de orden sobrenatural y pueden ser
corregidos por medio de algunas prácticas más especializadas de orden natural, algunas de ellas resultado de
conocimientos largamente acumulados y que por lo tanto, permiten un importante grado de verificación y de
objetividad científica. Entre los representantes de estas prácticas más prestigiosos entre nosotros tenemos:

1. Sobanderos o hueseros. Es un tipo de práctica con amplia distribución y acogida tanto en el campo como en
las ciudades. Aunque es una práctica generalmente de tradición familiar, se dice que para ejercerla se requiere el
"don" o "virtud" de reconocer y componer sólo con las manos todo tipo de traumatismos y problemas
osteomusculares.

2. Parteras o comadronas. Reconocidas oficialmente en países desarrollados como Inglaterra, en Colombia,
desde hace muchos años se ha tratado de capacitarlas y vigilar algunas prácticas riesgosas para la salud del bebé
o la mamá. En zonas rurales de nuestro país cumplen aún una labor difícilmente sustituible.

3. Curanderos, yerbateros o botánicos. Otro grupo de practicantes ampliamente reconocido y distribuido por el
mundo entero. Su saber, en la mayoría de los casos, es el fruto de tradiciones familiares y seculares que suman
conocimientos que provienen de las más diversas fuentes y tradiciones. En los últimos años se han organizado en
asociaciones que luchan por su reconocimiento oficial y en algunos caso se ha avanzado en la sistematización y
normatización de su saber. Aunque su trabajo se basa principalmente en el conocimiento y el uso de plantas
medicinales, también utilizan remedios de origen animal y mineral, drogas alopáticas, homeopáticas y otras, y en
muchas ocasiones también recurren a elementos y rituales de contenido mágico-religioso (como es el caso de los
raiceros del Chocó, algunos de los cuales han estudiado con jaibanás emberas).

4. Teguas. Son aquellas personas que, sin tener ningún título de estudios oficialmente reconocido, fundamentan su
trabajo en la experiencia personal y en su formación autodidacta en práctica médicas y odontológicas facultativas.
Algunos han iniciado su aprendizaje trabajando en algún tipo de institución de salud, lo que utilizan como una forma
indirecta de acreditación. En general, trabajan por fuera de la ley, pero con una gran aceptación por parte de la
comunidad, que en algunos casos los considera mejores que los mismos profesionales oficiales. No son aún pocas
las circunstancias en las que se los persigue y acosa legalmente. En algunos casos, son teguas los farmacéutas,
que están en condiciones de diagnosticar de palabra y formular a sus clientes. En nuestro país, hay famosos
médicos y dentistas teguas, y no pocos veterinarios que hacen amplio uso de su profesión. En muchos casos, es
preocupante el escaso rigor y objetividad con que realizan algunos procedimientos delicados o la forma irracional
de formular medicamentos facultativos.

5. Naturistas. Este es un fenómeno básicamente urbano y relacionado con la cultura mundial de la llamada nueva
era en la que se mezclan los temores milenaristas, la desconfianza en la supuesta agresión tecno-química, la
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añoranza de un orden natural y espiritual superior al humano, la sobrevaloración de la salud corporal y de la
juventud, entre otras manifestaciones. No poco de su ímpetu se fundamenta en la globalización y en la apertura de
nuevos mercados y de novedosas tecnologías de mercadeo. Aunque buena parte de sus cabezas representativas
son médicos naturistas de formación académica y empírica, su presencia pujante se observa al rededor de las
tiendas naturistas, los grupos ecológicos y los devotos de la agricultura orgánica, los centros médicos alternativos,
etc.

C. ELEMENTOS MAGICO-RELIGIOSOS.

Aquí, tanto la etiología de la enfermedad como su tratamiento son de orden sobrenatural y tiene que ver con
poderes mágicos agresivos y curativos, espíritus malignos y protectores, y otros agentes sobrenaturales y divinos.
Aunque puede incluir algunos elementos naturales, sólo intervienen en su aspecto mágico (plantas y animales
sagrados, fenómenos meteorológicos, astros, etc.). Reúne también una amplia y temida variedad de especialistas,
entre los que sobresalen los siguientes:

1. Brujos o hechiceros. Aunque comparten características comunes con los chamanes indígenas, su saber y sus
poderes más que representar y proteger una tradición cultural particular, son el producto de un sincretismo de
tradiciones culturales diversas. Tienen el poder tanto de curar las enfermedades mágicas (maleficios, trabajos...),
como de causarlas. Muy ampliamente, se reconocen dos grandes vertientes de acción: la magia negra y la blanca.
En su origen, intervienen, entre nosotros, principalmente elementos provenientes de las culturas africanas y de las
brujerías de la edad media y de la alquimia europeas.

2. Chamanes. La denominación proviene del nombre que en una comunidad siberiana se da a sus sacerdotes-
curanderos-jefes, y se ha extrapolado para denominar a todas las cabezas médicas y religiosas de las
comunidades indígenas, si bien el nombre propio y las funciones varían grandemente de comunidad a comunidad.
No en pocas ocasiones, además de atender a su propia comunidad, es motivo de consultas por personas
provenientes de otras comunidades y sectores sociales. En general se les atribuye un mayor poder mágico y más
honestidad e integridad, que los brujos urbanos.

3. Espiritistas. Su labor diagnóstica y curativa la cumplen sirviendo como médium a diversos espíritus que se
comunican a través de ellos en estados de trance. Muy famoso en nuestro medio, el espíritu del difunto médico
venezolano José Gregorio Hernández quien, a través de numerosos médium en muchas ciudades y países, ha
llevado a cabo innumerables curaciones milagrosas (sus seguidores, que buscan su canonización -ya es beato-,
aseguran poseer la documentación adecuada para comprobar más de 10 000 curaciones milagrosas). Y también
muy conocido el movimiento Espirita originario del Brasil, el cual propicia la formación de médiums que sirvan de
vehículos para estas curaciones espirituales.

4. Mentalistas. Basan su poder en el "control mental" que les permite acumular y manejar el "magnetismo" o la
"energía vital", que transmiten a sus pacientes con las manos o sus mentes para propiciar su curación. Nuestra
más famosa mentalista es sin lugar a dudas Regina 11, quien tuvo a demás la capacidad de crear un movimiento
político que la llevó hasta el senado.

5. Sanadores. Más que verdaderos especialistas, se consideran a sí mismos como intermediarios de la voluntad
divina. Son personas, en muchos casos humildes, que participan con gran fervor y devoción de algún credo (sobre
todo cristiano), y que por medio de su fe, su oración y la imposición de sus manos logran también que ocurran
curaciones milagrosas. Muy cerca de los sanadores, está la devoción en los santos a cuyas reliquias e imágenes se
les atribuye un poder curativo milagroso. Este fe ha sido, desde antes de la edad media, un rentable negocio para
organizaciones religiosas y estafadores.

6. Ensalmadores o rezanderos. Su poder curativo está basado en el poder mágico de las palabras de ciertas
oraciones, casi siempre secretas, que recitan en silencio o que mascullan al lado de sus pacientes humanos o
animales. Los buscan para tratar dolencias específicas: parar hemorragias, sacar el "mal de ojo", quitar los gusanos
o nuches, etc. Al parecer, su tradición se remonta a la conquista, cuando su saber llegó del continente europeo
acompañando a las huestes españolas. Muy famoso en nuestro medio, el policía del municipio de la Estrella, cuyo
prestigio se extiende más allá del departamento de Antioquia, que es además una buena mezcla de ensalmador,
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huesero y tegua.

7. La nueva espiritualidad. Otra expresión de la cultura de la llamada nueva era, con su actitud "light" y sus
pretensiones de trascendencia. Aquí se agruparían numerosas sectas espirituales, algunas antiguas y otras de
nuevo cuño, que ofrecen "salud" para el alma y la mente, con recursos extraterrestres, esoterismo, maestros
ascendidos, geomancia, meditación, relajación, inciensos, velas, piedras y un sinnúmero más de subterfugios, para
todos los gustos y necesidades. Aunque entre estas tendencias milenaristas se incluye algunas sectas con francas
manifestaciones de sicopatología social, como los grupos satánicos, su amplia distribución y reconocimiento por los
diversos sectores sociales invita a reflexionar sobre su significado y valor para los diversos grupos humanos.

D. ELEMENTOS MIXTOS

1. MEDICINAS ALTERNATIVAS. Aunque la mayor parte de sus practicantes son profesionales egresados de las
facultades del área de la salud oficialmente reconocidas, mucha parte de sus métodos y procedimientos
terapéuticos provienen de sectores populares y tradiciones médicas propias y foráneas: el uso de plantas
medicinales, sanaciones, rituales, masajes, acupuntura, etc., no todos validados científicamente. En este sentido,
las medicinas alternativas o bioenergéticas como mejor se les conoce entre nosotros, no logran el estatus científico
y por lo tanto, no se les reconoce de buen agrado a nivel académico. Hasta hace muy poco, su práctica, aunque
ampliamente difundida, no gozaba de reconocimiento legal, el cual sólo permite su ejercicio a profesionales
médicos. Aunque muchos de sus componentes tienen indiscutible eficacia terapéutica y un gran valor científico, las
medicinas alternativas no logran aún un riguroso desarrollo clínico y experimental entre nosotros, indispensable
para su validación universal.

¿DE DONDE SURGEN?

Con respecto a los sistemas médicos populares y tradicionales de nuestro país, es justo reconocer también el
valioso aporte que nos legó Virginia Gutiérrez de Pineda con su reflexión sobre el triple legado, donde pormenoriza
los diferentes aportes de cada una de las tres grandes vertientes humanas que se entrelazan en nuestro origen
sociocultural: la propiamente americana, la europea y la africana.

Hace ya más de 5 siglos, el actual territorio nacional estaba habitado por poderosas civilizaciones indígenas con un
avanzado desarrollo espiritual, tecnológico, artístico, agropecuario y administrativo (taironas, muiscas, sinúes, etc.)
y un amplio número de pequeñas comunidades nómadas esparcidas a lo largo de todo el territorio patrio. La
llegada de los conquistadores europeos, dio al traste con un proceso de desarrollo social cuyo posible curso es hoy
en día prácticamente imposible de discernir. De lo que si estamos seguros es de todo lo que se hizo irrecuperable y
del incalculable valor de lo poco que se pudo salvar: en la actualidad sobreviven un poco más de 80 etnias, con un
total aproximado de 600 000 indígenas repartidos en territorios tradicionales, la mayor parte de ellos situados en la
periferia de los polos del desarrollo industrial. Mal hacemos entonces en considerar el legado de nuestro
aborígenes como homogéneo, cuando él mismo es múltiple y diverso desde su origen. Lo mismo se puede decir
sobre sus sistemas médicos y sobre los aportes que cada comunidad pudo hacer a nuestro mestizaje cultural.

Aunque desde un punto de vista teórico, en el abordaje de los sistemas médicos indígenas se ha tenido la
tendencia a dar una alta importancia a la figura del chamán, cada cultura indígena presenta suficientes
características singulares como para insistir en una asimilación homogeneizante. Por ejemplo, en la Sierra Nevada
de Santa Marta, kaggabas, ijkas y wiwas, legítimos herederos de los taironas, dan sobre todo atributos espirituales
al mamu, su cabeza médica, predominando su carácter sacerdotal sobre el político y el curanderil. En el otro
extremo de la costa Atlántica, en el golfo de Urabá, los cunas reparten los atributos del chamán en 3 cabezas
distintas, siendo el nele la cabeza médica propiamente dicha. Entre los embera del pacífico, el jaibaná, en su
delicado trato con los jais (espíritus) arriesga a ser acusado de agresión mágica y sucumbir apaleado por su propia
comunidad. Al sur del país, los taitas y curacas, cabezas médicas de las comunidades ingas y kamsá, son unos
expertos conocedores y comerciantes de plantas medicinales, de quienes, en la actualidad, algunos investigadores
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consideran, depende el conocimiento y la formación botánica de una extensa red de curanderos urbana ( ). Sólo
unos pocos ejemplos, para convencernos de que una diversidad aún mayor ha sido la regla en los siglos anteriores,
y de que sus aportes no sólo fueron en la construcción de un modelo único, sino de múltiples modelos pluriétnicos.

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Sin embargo, la mayor parte de las cabezas médicas indígenas, denominadas universalmente como chamanes,
comparten características comunes: generalmente son los garantes de la comunicación con las divinidades, con los
espíritus; a consecuencia de lo anterior, tienen atributos y poderes mágicos; en muchas comunidades, son al
mismo tiempo curanderos, jefes espirituales y políticos; son los guardianes de las tradiciones y de la genealogía de
la comunidad; son "hombres de conocimiento", con un vasto saber sobre los ecosistemas, el manejo de recursos
naturales, la meteorología, las artes y técnicas de su cultura; son médicos-curanderos y salubristas, entre sus
rasgos principales. No en vano, por las anteriores características, se dé tal privilegio a la observación de los
chamanes en los sistemas médicos tradicionales.

Estas características de los chamanes no pasaron desapercibidas por los conquistadores, quienes arremetieron
contra ellos, a sabiendas del daño cultura que ocasionaban a las comunidades indígenas al atentar contra su figura
más representativa. En la conquista de las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, que
apenas se dio a comienzos del siglo XX, los misioneros capuchinos que el gobierno nacional mandó, no vacilaron
en perseguir e incluso, matar a los mamus a los que acusaban de impedir la educación y el proceso de civilización
o de "reducción de salvajes", como se llamaba oficialmente.


Sin embargo, en muchas ocasiones, los conquistadores españoles, debieron abatir su orgullo y, agobiados por
enfermedades que mal conocían y carentes de recursos médicos, humanos y terapéuticos, debieron acudir al
auxilio de los chamanes, cuyas prácticas médicas en buen número de casos demostraron ser más efectivas que la
de los médicos, cirujanos y barberos que acompañaban las huestes españolas.
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El autor español, José Pérez de Barradas, en su excelente libro, Plantas mágicas americanas ( ) reconoce que, con
respecto a la medicina europea de la época, "poca o ninguna diferencia existía entre el conquistador y el indio".
Resalta también este autor el aporte de las tribus dedicadas a la agricultura, que alcanzaron a desarrollar un amplio
conocimiento y uso de plantas medicinales, algunas de las cuales lograron adquirir un justo reconocimiento
mundial: la quina, la coca, el ricino, el quenopodio, el achiote, el anamú, entre algunas de las más conocidas. Con
la extinción de las comunidades indígenas y con los procesos de transculturación, que borran la memoria
tradicional, muchos de los conocimientos sobre plantas medicinales han desaparecido para siempre. En la
actualidad, numerosos científicos, de diversas disciplinas, tienen clara la urgencia de evitar la extinción de los
conocimientos tradicionales supervivientes en el uso ancestral de plantas medicinales por parte de las
comunidades indígenas.

Los sistemas médicos que acompañaron a los conquistadores españoles eran a su vez una amalgama de
conceptos mágico-religiosos y prácticas empírico-naturísticas provenientes de las medicinas greco-romanas, de la
medicina árabe -que a su vez había recibido influjos de la medicina hindú o adyurvédica y de las medicinas
africanas- y de otros elementos mágicos y naturísticos propios de la península ibérica (celtas, mediterráneos, etc.).
Muy representativos de estas diversas vertientes médicas son: la doctrina hipocrática de los cuatro humores
(sangre, flema, bilis y atrabilis o bilis negra) y sus diferenciaciones de lo frío y lo caliente, lo húmedo y lo seco, que,
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con sus símiles propios ( ), siguen teniendo tanta acogida entre numerosos practicantes de la medicina popular.

En cuanto a los métodos terapéuticos de los practicantes hispanos, además de las prescripciones dietéticas y de
los cuidados minuciosos con respecto a las calidades térmicas y meteorológicas de alimentos, medicinas y el
ambiente, prefiriendo la acción de los "contrarios" (frío para el calor, humedad para lo seco...), se hacía uso de una
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amplia farmacopea de origen vegetal ( ), animal y mineral, de los que se extraían los simples o remedios básicos.
También se hacía amplio uso de sangrías, ventosas, lavativas, vomitivos, baños, emplastos y pequeñas cirugías
para el tratamiento de heridas principalmente. Estas prácticas médicas eran ejercidas por médicos, cirujanos y
barberos, en orden decreciente en importancia y categoría social.

Sumado a este aspecto naturístico del legado hispano, viene una gran cantidad de creencias y prácticas mágico-
religiosas, compartidas por todos los sectores sociales de la época: la concepción sobre el origen de la enfermedad
como consecuencia del pecado, el uso de ensalmos, reliquias e imágenes de santos para la curación y el
tratamiento de heridas y enfermedades, todo esto ligado a la religiosidad cristiana. Pero su contrapartida
"demoníaca" también hizo presencia: el maleficio, la posesión por el "maligno", la hechicería, el "mal de ojo", el
daño
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por contacto con los muertos, etc. La intensa y viva presencia de la brujería en la época queda bien reflejada en la
"caza de brujas" que practicó la Inquisición y que entre nosotros alcanzó a cobrar numerosas víctimas.


El otro legado fundamental en la construcción de nuestros sistemas médicos populares, provino del Africa. La
presencia de los africanos en América es fruto de la más terrible ignominia: el tráfico de esclavos, tanto o más que
la Inquisición, es uno de los aspectos más dolorosos y dicientes de la cultura europea del renacimiento, sobre todo
de la cristiana. En la mayoría de los casos, los esclavos eran jóvenes africanos, provenientes de diversos grupos
étnicos, a quienes se daba un trato de animales -y a veces, menos-, prohibiéndoseles cualquier forma de expresión
cultural propia, empezando por su lengua nativa. En estas condiciones de vida, en las que su único valor estaba
representado por su capacidad productiva, era prácticamente imposible que el negro pudiera compartir u ofrecer
sus conocimientos y creencias tradicionales. Todo lo contrario: cualquier manifestación de este tipo, fue
considerada sospechosa y perseguida.

Por esta razón, el legado africano a nuestras construcciones médicas populares, parece estar más ligado con la
actitud valerosa con que supieron sobreponerse a la ignominia a que fueron sometidos y a todos los habilidosos
recursos de los que se valieron para rescatar, aunque fuera mínimamente, sus propias creencias y formas
culturales: la música, la danza, la narración oral, sus formas de rebeldía y de combate, etc. Según numerosos
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documentos históricos ( ), fueron principalmente mujeres negras quienes durante la colonia ejercieron el oficio de
brujas, hechiceras o yerbateras. Favorecidas por la superchería, las fantasías y el miedo de sus amos españoles,
estas brujas encontraron un medio muy hábil para contrarrestar los desmandes de estos y de sus capataces.

La capacidad de lucha y de supervivencia de los negros africanos, se hace evidente en las condiciones en las
cuales se ven todavía obligados a vivir sus descendientes libres en medio de las carencias y limitaciones más
extremas, pero con una disposición enorme para la alegría y una fortaleza inigualable. En esas condiciones han
sabido adaptarse y asimilar elementos de otras culturas sin perder completamente sus raíces ancestrales.

Aparte de estos legados básicos, a partir del siglo pasado y con el surgimiento y el vertiginoso desarrollo de los
medios masivos de comunicación, los sistemas médicos populares de nuestro país se han venido enriqueciendo
con aportes provenientes de otras culturas y regiones del mundo: la homeopatía, el naturismo, las medicinas
orientales, el yoga, el magnetismo mesmeriano, la hipnosis, la iridología, la aurículomedicina, y numerosísimas
terapias provenientes de los más inesperados rincones del mundo, hacen parte en la actualidad de saberes
médicos populares que sirven a todos los estratos sociales, tanto o más, en algunas ocasiones, que la medicina
oficial. Para los usuarios de estos sistemas médicos populares lo importante es el alivio, y en la búsqueda de éste,
no escatiman esfuerzos ni gastos, haciendo uso de lo que sus convicciones culturales refrendan como más
apropiados.

¿POR QUE PERDURAN?

A lo largo de estas páginas, un concepto de ser humano como ser en la cultura nos ha estado acompañando todo
el tiempo. Hemos hablado de los tres legados principales y del carácter pluriétnico de nuestra cultura, de la
diversidad, de la adaptación, de los conflictos y dominaciones, de la evolución y del cambio cultural. Vimos cómo la
esclavitud y el avasallamiento de grupos humanos por parte de los conquistadores y de los grupos dominantes, no
sólo es físico, por medio de las armas y la fuerza, sino ante todo cultural, persiguiendo el lenguaje, las creencias y
los comportamientos diferentes. Vimos que la cultura es una construcción colectiva, no estática, que se enriquece
con hallazgos y conocimientos propios y ajenos. Sobre esta base cultural, cada individuo construye su identidad y
pertenencia: por más que se añore la soledad, no existen seres humanos aislados -si acaso sobreviven en las
referencias y los recuerdos. Es así como la vida individual y la vida de las colectividades siguen caminos paralelos,
enriqueciéndose los individuos a partir de sus herencias culturales y, a su turno, transformando y aportando nuevos
elementos a sus culturas.

A la luz del desarrollo científico y tecnológico del siglo XX, puede resultar difícil de comprender por qué sobreviven
concepciones mágico-religiosas y prácticas arcaicas aparentemente tan irracionales y en contravía de toda forma
de progreso. Más incomprensible aún, cuando a estas concepciones y prácticas recurren personas que pueden
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acceder con plenitud a todos los beneficios de la modernidad, de los cuales por supuesto, está excluida una gran
mayoría de los seres humanos.


Pero detrás de este asombro yace oculta una concepción cultural que, con el cambio de milenio, paulatinamente
pierde vigencia: la concepción positivista y determinista, cara a la ciencia mecanicista, que desarrolló una visión
histórica lineal y excluyente, que sólo contó la historia desde el punto de vista de los dominantes. Con menos
soberbia y mayor apertura, hacia el nuevo milenio, la humanidad está en mejores condiciones de repensar su
devenir y su multiplicidad.

No en vano, el comienzo del siglo XX se acompañó del reconocimiento del inconsciente, a partir de la honda y
vasta obra freudiana, que dio al traste con el último bastión inamovible del homocentrismo. 4 siglos antes la tierra
se había vuelto redonda y había comenzado a girar al rededor del sol. Ahora, el ser humano ya no era sólo lo que
pensaba, sino que la mayor parte de su ser interior le permanecía velada y en íntima conexión con fuerzas y
pulsiones que estaba muy lejos de poder controlar. Al indescriptible progreso de este siglo, siempre se opondrá el
indescriptible horror de las dos guerras mundiales. El mismo ser de las más admirables creaciones, es capaz de los
más grandes horrores, y ambos caminos casi siempre los recorre sin un claro control. Las teorías freudianas nos
permitieron comprender la verdadera naturaleza y dimensión del conflicto que anida en el corazón de todo ser
humano, y con mejor disposición por lo oculto -lo reprimido- tratar de avanzar con menos prejuicios y orgullo en la
comprensión de nosotros mismos.

La cultura, en esta perspectiva, es la construcción colectiva que intenta refrenar y poner orden a los conflictos
interiores de los individuos reunidos genealógicamente en unas circunstancias y condiciones particulares. Pero no
sólo refrena, la cultura también satisface y aporta bienestar, da sentido, pertenencia y trascendencia. Bajo esta luz,
lo aparentemente irracional de los sistemas médicos populares y tradicionales, cobra un nuevo significado. En
principio, su persistencia es ya una exigencia de comprensión y no de rechazo, es decir, es un objeto de
conocimiento. Ninguna homogeneidad ni unidireccionalidad en los seres humanos, todo lo contrario, en la
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humanidad predomina lo plural y lo múltiple ( ). Si aceptamos lo anterior, podremos aceptar, entonces, el derecho
de todos los seres humanos a buscar respuestas a sus profundas necesidades afectivas y emocionales, a resolver
sus tensiones y sus conflictos y a encontrar sentido y trascendencia dentro de un amplio número de posibilidades.
Cuando estas posibilidades son concretas y se comparten con otros seres humanos, hablamos de formas
culturales y de sistemas populares y tradicionales.

Aparte de los incuestionables aportes terapéuticos que nos han ofrecido los métodos empíricos, refrendados con el
paso de las generaciones, nunca serán despreciables las curaciones ni los alivios imputables a la fe, la sugestión,
el efecto placebo, la logoterapia, las representaciones simbólicas, y a todo lo que escapa a la lógica y a la razón
científica. Mayor sabiduría demuestran aquellos individuos que encuentran adecuado y compatible, buscar ayuda y
solución a sus problemas de salud en diversos sistemas médicos, que quienes zanjan discriminaciones
irreductibles. Con esto no excusamos la labor de vigilancia y control que siempre habrá que hacer de los
impostores, falsificadores y estafadores de todo orden, que se aprovechan de la ingenuidad y la ignorancia, por un
lado, y de las carencias y necesidades de las personas por el otro. Pero esto es válido tanto para los sistemas
médicos populares y tradicionales como para el sistema médico oficial.

¿Y EN QUE RADICA SU IMPORTANCIA?

La promoción y la prevención son considerados desde hace muchos años pilares fundamentales de la salud
individual y colectiva. Buena parte de los esfuerzos de los gobiernos y de las instituciones encargadas de atender la
salud de los pueblos
ha sido la de mejorar las condiciones de vida, los conocimientos, los estilos de vida y los comportamientos
inadecuados o de riesgo para la salud de los individuos y las comunidades. Como lo dijimos al comienzo del
artículo, estos esfuerzos han obligado a la medicina preventiva a trabajar, hombro a hombro, con las ciencias
sociales, pues sólo a partir de un conocimiento integral de los seres humanos, en especial de sus
condicionamientos culturales, es posible trazar programas educativos coherentes y que gocen de legítima
aceptación por los mismos.

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Independiente de que como funcionario de salud se esté o no de acuerdo con determinadas prácticas médicas
populares o tradicionales, siempre será posible acercarse a éstas con interés y respeto, con el fin de lograr
comprender su verdadero valor en las redes culturales y sociales que las sustentan. Ninguna práctica o rito de uso
popular o tradicional tiene valor absoluto. Como lo hemos repetido en varias ocasiones, ninguna cultura es estática
y el cambio y los procesos de adaptación son constantes también de los espacios y redes culturales. La mayoría de
las veces el problema del cambio, no es que no exista, sino que no se sepa encontrar la dirección en que se está
dando

En proporción al rechazo manifiesto y al desinterés de los funcionarios de salud, los individuos de sectores
populares y comunidades tradicionales evadirán el sano intercambio sobre sus creencias y práctica médicas,
temerosos del desprecio y la recriminación. Es evidente que la mejor política de acercamiento a las comunidades,
en la búsqueda de la activa participación comunitaria y de la promoción de la salud, es una actitud de escucha
respetuosa y receptiva de las creencias y concepciones de raigambre cultural sobre la salud y la enfermedad, es
decir de sus sistemas médicos.

Y, al menos, hay un punto sobre el que investigadores de diversas disciplinas están de acuerdo: hay que tratar de
rescatar, en lo posible, los conocimientos tradicionales y populares sobre plantas medicinales, que se pierden de
manera vertiginosa con la globalización y los fenómenos de cambio y adaptación cultural. Por lo menos un 25% de
nuestros preparados médicos se obtienen de productos vegetales y a pesar de la facilidad para obtener nuevos
productos de síntesis por la biotecnología, nadie duda en reconocer el abrumador número de compuestos químicos
de uso terapéutico que todavía está por descubrir en la naturaleza.

Finalmente, desde el punto de vista de la relación médico-paciente, hay una queja universal sobre el trato recibido
en buena parte de los servicios médicos oficiales, facultativos o alopáticos: es despersonalizado, mecánico, frío, no
se tratan enfermos sino enfermedades, órganos o tejidos y el lenguaje que se habla está plagado de tecnicismos
incomprensibles. Por el contrario, en los consultorios populares se encuentra un ambiente cálido y familiar, que
representa más los propios conocimientos y creencias sobre la enfermedad y la salud y donde se habla un lenguaje
conocido.

Es probable que los porcentajes de eficacia de los sistemas médicos populares y tradicionales sean bastante
inferior que los de la medicina científica, pero mientras ésta -o mejor, sus practicantes-, persisten en una actitud de
exclusión o indiferencia de los condicionantes culturales de sus pacientes, estos siguen concurriendo con
entusiasmo y legítimo interés a las distintas ofertas populares y tradicionales de salud, donde encuentran un
complemento o una respuesta más inteligible a algunos de sus problemas de salud.

NOTAS


1. Gutiérrez de Pineda, Virginia y Vila, Patricia, Medicina
tradicional de Colombia, El triple legado, 2 tomos, vol. II, p.158,
Universidad Nacional de Colombia, Santafé de Bogotá, 1985.

2.Idem., vol. II, p.158.

3. Idem. vol.II, p.30.

4. Vasco, Alberto, La medicina popular, conferencia dictada en julio
de 1975.

5. Guzmán Mora, Fernando, M.D., Medicinas alternativas, brujería y
ciencia, Tribuna Médica, 91(4): 177-186, 1995. Es bien curioso en este
artículo, que arremete con furia contra las medicinas alternativas y
todas las supercherías médicas populares, a las que imputa por su

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falta de método ciéntifico, que el autor, en su extensa referencia
bibliográfica, se cite a sí mismo 18 de las 21 referencias que da.
¿Autosuficiencia? ¿Objetividad científica?

6. Levi-Strauss, Claude,   Antropología   estructural,   capítulo   X,   La
eficacia simbólica.

7. Algunos investigadores, como el doctor Carlos Viesca Terviño (La
medicina tradicional mexicana, V congreso nacional de antropología,
Villa de Leyva, 1999), consideran que es "indispensable diferenciar
medicina tradicional de medicina popular, términos que con frecuencia
han sido empleados como sinónimos sin serlo." Aunque está distinción
permite ver con mayor claridad la diferencia entre las culturas
tradicionales sistematizadas y autocoherentes (la mayoría de las
etnias y algunos grupos religiosos y afines) de las culturas mestizas,
con poca o nula sistematización, para el nivel de nuestra aproximación
no es tan pertinente esta separación tajante.

8. Memorias del simposio medicina tradicional, curanderismo y cultura
popular en Colombia de hoy, parte 1a., V congreso nacional de
antropología, Villa de Leyva, 1989.

9. Pérez de Barradas, José, Plantas mágicas americanas, Instituto
Bernardino de Sahagún, Madrid 1957.

10. Medicina tradicional en latinoamérica, Goldwater, Carmel, VIII
capítulo de La medicina tradicional y cobertura de cuidados de salud,
OMS, 1983.

11. El Dioscorides es el más clásico libro de la medicina botánica
europea y su origen se remonta a la Grecia antigua, habiendo sido
conocido y estudiado con gran cuidado en la península ibérica desde
mucho antes del descubrimiento de América.

12. De nuevo, es Virginia Gutiérrez y Patricia Vila quien nos aportan
un nutrida documentación sobre la presencia y la persecución de las
brujas   o   hechiceras    negras  durante   la   colonia   (Medicina
Tradicional..., pp. 225 a 248).

13. Diversidad es riqueza, Ensayos sobre la realidad         colombiana,
varios autores, Instituto colombiano de antropología,        Santafé de
Bogotá, 1992.




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