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SALMO 142

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SALMO 142
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12/8/2011
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Un hombre perseguido

violentamente (v. 3) se pone

bajo la protección de Dios, a

fin de que lo libre de sus

perseguidores (v. 9).

+ Para fundamentar su

pedido, el salmista apela a las

antiguas intervenciones de

Dios en favor de su Pueblo (v.

5).

+ Pero a diferencia de lo

que sucede en otros Salmos

similares (Sal. 7), él no hace

una declaración de su propia

inocencia, sino que reconoce

su condición de pecador y su

imposibilidad de obtener la

salvación sin el auxilio de la

misericordia divina.

Una vez más oímos el clamor desgarrador de un fiel israelita que identificamos con el rey

David. Una vez más le encontramos huyendo a causa de la rebelión que su hijo Absalón

ha levantado contra él. Si grande es su dolor, mayor es su confianza en Yavé. Nos llama la

atención que, al invocarle pidiendo su auxilio, no lo hace desde una presunta inocencia,

sino desde su condición de culpable, de pecador.



La audacia amorosa de David nos

sobrecoge. Sabe que no es justo, como, de

hecho, nadie lo es, pero apela a la justicia de

Dios que es siempre salvadora; es decir, que

Dios salva desde su justicia, no desde la

nuestra: «¡Señor, escucha mi oración! ¡Tú

que eres fiel, atiende a mis súplicas! ¡Tú que

eres justo, respóndeme! No entables juicio

contra tu siervo, pues ningún hombre vivo es

justo ante ti».



Para hacer posible la vuelta del hombre a Dios, fue necesario que el Señor Jesús se

situara cara a cara con el príncipe del mal, y se dejara -aparentemente- vencer por sus

fuerzas. Durante tres días estuvo dominado por la muerte, de espaldas al Dios de la vida

eterna. Allí, sujeto por los lazos de la mortalidad, nos hizo justicia: resucitó y venció al

seductor. Desenmascaró al maestro del engaño y de la mentira e hizo posible la vuelta del

hombre hacia Dios.

Señor, escucha mi oración; tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;

tú, que eres justo, escúchame. No llames a juicio a tu siervo,

pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte, empuja mi vida al sepulcro,

me confina a las tinieblas como a los muertos ya olvidados.

Mi aliento desfallece, mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos, medito todas tus acciones,

considero las obras de tus manos y extiendo mis brazos hacia ti:

tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor, que me falta el aliento.

No me escondas tu rostro, igual que a los que bajan a

la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,

ya que confío en ti.

Indícame el camino que he de seguir,

pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo,

Señor,

que me refugio en ti.

Enséñame a cumplir tu

voluntad,

ya que tú eres mi Dios.

Tú espíritu, que es bueno,

me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;

por tu clemencia, sácame de la angustia.

POR LA MAÑANA



«En la mañana hazme escuchar tu gracia. Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi

Dios».



Despierto, y mis ojos se levantan hacia ti, Señor. Mi primer pensamiento vuela a tu lado al

comenzar un nuevo día. No sé lo que me espera, no he planeado el día ni ordenado mi

trabajo. Antes de cualquier otro pensamiento, quiero entrar en contacto contigo para recibir tu

bendición y tu sonrisa cuando la vida se abre otra vez ante el mundo y ante mi. Buenos días,

Señor, y que pasemos este día muy juntos los dos.



La única petición que hago para orientar el día es: «Enséñame a cumplir tu voluntad». Las

horas del día me van a traer opciones y decisiones, dudas y tentaciones, oscuridad y

pruebas. Lo único que me preocupa de todo esto, al comenzar la trayectoria del día, es saber

en todo momento cuál es tu voluntad. Este día será lo que ha de ser si se enfoca desde el

principio en la dirección salvífica de tu deseo. Mis decisiones serán correctas si llevan a cabo

tu voluntad. Mi caminar será derecho si se dirige hacia ti. Tu voluntad es el resumen por

adelantado de mi día, y descubrirla paso a paso en la jornada es mi tarea y mi gozo.



Al ver los primeros rayos de sol que se asoman tímidos a mi ventana, te pido, Señor:

dame luz. Al escuchar a los pájaros que se ponen a cantar para despertar a tiempo a la

naturaleza dormida, te pido: dame alegría. Al fijarme en las flores que abren sus pétalos a la

brisa con atrevida confianza, te pido: dame fe. Dame fortaleza, Señor, dame vida, dame

amor.



«En la mañana hazme escuchar tu gracia, ya que confío en ti».

Señor de la justicia, ningún hombre es inocente frente

a ti; pero ahora has manifestado tu justicia

misericordiosa otorgada por la fe en tu Hijo, muerto y

resucitado por nuestros pecados; por tu gracia

consérvanos en la vida y sácanos de la angustia. Te lo

pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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