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COLEGIO SAN AGUSTÍN – EL BOSQUE
Un Proyecto Educativo Único y Propio
Bicentenario 2010, Con Chile en el corazón
Historia – 4º Medio
LA ANTIGÜEDAD TARDÍA
Objetivos a Evaluar: conocer y comprender las principales transformaciones que dentro y fuera de Roma dan origen al mundo
medieval
Indicaciones: lee atentamente la guía destacando fijándote en las ideas y conceptos destacados. Elabora un esquema con los
principales elementos políticos, sociales y económicos y realiza las actividades que se incluyen al final.
EL “PROBLEMA” DEL FIN DEL MUNDO ANTIGUO
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1. Descripción
El problema del cambio y transformación del Mundo Antiguo es lo que se ha llamado "Temprana Edad Media" o, más
recientemente, "Antigüedad Tardía", una época de transición que marca el nacimiento de nuestra Civilización Cristiana
Occidental. Aunque es muy difícil establecer una fecha precisa de inicio, es menester recordar que tradicionalmente se han
propuesto los siguientes hitos cronológicos: año 313, cuando, mediante el Edicto de Milán, el catolicismo es legalmente aceptado
dentro del Imperio Romano por Constantino el Grande, o, parte del mismo proceso, el año 380, cuando el catolicismo se
transforma en la religión oficial del Imperio Romano; todavía en el siglo IV, el año 395, cuando Teodosio el Grande divide el
Imperio en una parte occidental y otra oriental, y, desde ese momento, estaríamos frente a dos historias distintas: la de la
Civilización Cristiana Occidental, latina, y la de la Civilización Cristiana Oriental, greco-eslava.
En cuanto al siglo V, normalmente se asume que el año 410, cuando Roma es saqueada por los visigodos, o el 476, cuando es
depuesto el último emperador romano en Occidente, son las fechas que marcan el fin del Mundo Grecorromano; por último, hay
quienes señalan que las estructuras del Mundo Antiguo se prolongan hasta mediados o fines del siglo VIII, cuando se produce un
giro importante en la vida histórica del Mediterráneo al aparecer en el horizonte de la historia la Civilización Islámica.
La verdad es que buscar una fecha precisa es irrelevante frente a lo que realmente sucedió: un proceso gradual de cambio, sin
alteraciones bruscas, y con matices distintivos según el lugar y la época que se estudie. Durante este proceso no es posible hablar
de una ruptura total entre el Mundo Antiguo y la Edad Media, ya que ésta conservó buena parte del legado de aquél, y tampoco de
una continuidad total, puesto que, a pesar de las permanencias, hubo cambios importantes y significativos. Por ejemplo, la lengua
latina puede ser un factor de continuidad, pero el latín medieval sufrió cambios semánticos y fonológicos (entre otros), que lo
distinguen claramente, y tales cambios no son sino una expresión de un proceso a mayor escala, y que abarca desde el campo
institucional hasta el nivel de las mentalidades.
Ni ruptura ni cambio, sino encuentro fecundo de tradiciones culturales diversas que, en ciertas concepciones fundamentales,
están en una verdadera consonancia histórica, lo que permite que el proceso de cambio sea paulatino y provechoso, y no violento
y destructivo. En el fin del Mundo Antiguo está la simiente del Mundo Medieval.
LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO
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1. Visión de Conjunto
Entre los siglos III y V, el Imperio Romano, que había llevado sus conquistas desde las Columnas de Hércules hasta los ríos Tigris
y Eufrates y, en sentido norte-sur, desde los ríos Rhin y Danubio hasta el norte de África, convirtiendo al Mar Mediterráneo en un
"lago romano", entró en un período de agudas crisis que, finalmente, llevaron a su decadencia y caída. Conviene que nos
detengamos un momento en el tema de la crisis del Mundo Antiguo, puesto que es una crisis originante, de manera que el fin es, al
mismo tiempo, un comienzo, gracias a la lucidez de los protagonistas de aquella época, que supieron rescatar lo mejor del mundo
que terminaba para fundar otro. Como sabemos, las crisis en sí no son negativas, si se encuentran las respuestas históricas
apropiadas; no obstante, cuando ello no ocurre, se acumula una crisis detrás de otra, agravando cada vez más la situación,
llevando finalmente al colapso. Eso fue lo que, de una u otra manera, aconteció con el Imperio Romano. La crisis de Roma puede
ser catalogada como una crisis total, por cuanto abarcó prácticamente todos los niveles de existencia histórica.
El fin del expansionismo romano, por ejemplo, afectará a distintos ámbitos del Imperio; de algún modo, significaba pasar del
plano del ideal (la conquista del mundo, dada la vocación universal de Roma), al de la realidad (no es posible continuar
expandiéndose más allá de las fronteras, estabilizadas desde el s. III) y al de la ficción (esto es, se sigue actuando como si el ideal
ecuménico continuase vigente). Sin conquistas, ya no habrá botín, y, en consecuencia, faltará una importante fuente de recursos
para el estado así como un incentivo para el ejército. Éste, por su parte, no contaba con el número suficiente de efectivos para
defender las extensas fronteras, lo que obligó a contratar bárbaros, especialmente germanos, tantos que, para el siglo IV,
“miles” (soldado) era sinónimo de bárbaro. Además, el ejército no estaba en buenas condiciones para hacer frente a las
acometidas (cada vez más numerosas) de los bárbaros en las fronteras: a la indisciplina y falta de recursos y entrenamiento, hay
que agregar el hecho de que no se hicieron las innovaciones técnicas adecuadas para enfrentar a los enemigos externos del
Imperio.
EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y EL COMIENZO DE LA EDAD MEDIA 2
Contrasta este hieratismo romano con el caso del Imperio Chino en el siglo II a.C., cuando, enfrentado a la amenaza de los
Hiung-nu (antepasados de los hunos), caballeros armados, se cambió la táctica de guerra adoptando el sistema de caballería y
repeliendo así en forma exitosa a las hordas bárbaras. Roma, no obstante, siguió confiando en la legión que había hecho grande al
Imperio. Un ejército gravoso y poco efectivo implicará que el imperio no es capaz de garantizar la paz dentro de sus fronteras, lo
que genera una inseguridad generalizada; algunos hombres poderosos contratarán, en consecuencia, mercenarios a su servicio,
los buccellarii, situación anómala y que combatirá el Imperio (puesto que no se puede aceptar la existencia de ejércitos privados
dentro del estado), aunque finalmente sin éxito.
Esto último, la crisis y decaimiento del espíritu militar, estará, pues, en directa relación con el debilitamiento del espíritu cívico,
público, que lleva a que la ciudadanía ya no considere los cargos públicos como un honor sino como una pesada carga. Un
ejemplo es el de los curiales, funcionarios encargados de recaudar los impuestos; una ley del año 396 prohibía a los curiales
abandonar sus puestos, por mostrarse impíos hacia la patria.
Para evitar que los funcionarios o los soldados dejasen sus puestos, el Imperio aplicó un sistema de fijación social: las personas
debían permanecer en sus ocupaciones y en sus lugares de nacimiento de por vida, lo mismo que sus hijos. Ello implicaba, no
obstante, una pérdida de libertad del hombre, no ya un ciudadano, sino un súbdito de la Majestad Imperial. Ésta, influida por las
formas políticas orientales, especialmente de Persia, había entrado en un proceso de absolutización y sacralización del poder,
proceso que alcanzará una acabada expresión con Diocleciano (284-305), emperador que aplicó una serie de reformas que
vinieron a dar un respiro a la agotada maquinaria imperial; sin embargo, se trataba de medidas de alcance solamente temporal,
que no servirán para salvar Roma, aunque algunas de las reformas tendrán una amplia repercusión en tiempos posteriores. Es,
pues, con este emperador, que el Imperio se convierte en una suerte de Monarquía Absoluta, en la cual el emperador es un dios,
cuya palabra tiene fuerza de ley, ante el cual hay que hacer una profunda reverencia hasta caer postrado, llamada proskynesis; el
culto imperial se transforma en religión oficial del estado; es la época del Dominado, porque el emperador es el "señor" (dominus).
Entre otras medidas tomadas por Diocleciano podemos nombrar la reforma monetaria, orientada a detener el proceso inflacionario,
la heredabilidad obligatoria de los oficios, el famoso Edicto de Precios Máximos para combatir la carestía y la inflación, la
descentralización de la administración con el sistema de la Tetrarquía.
Roma tenía una economía de gasto, de conquista, y, a medida que avanzamos en el tiempo, el gasto va en aumento, de tal
manera que llega un momento en que las necesidades exceden la capacidad de producción, y la insatisfacción de las primeras
acarrea a la larga frustración y pesimismo en la sociedad. El Imperio no tenía un sistema productivo eficiente, no poseía industria ni
capacidad de inversión; la única salida para aumentar los ingresos del estado era elevar los impuestos, cuya base será la tierra;
ya que no se podía confiar en una moneda progresivamente devaluada, se cobrará el tributo en especie (que implicaba
normalmente la pérdida de dos tercios de la recaudación), lo que es en la práctica una economía natural, frente a la economía
monetaria que había sido la nota característica de Roma.
El aumento del impuesto y el consiguiente agobio tributario se tradujo rápidamente en elevados índices de evasión y corrupción;
en un intento por detener este fenómeno, la burocracia imperial se transforma en un sistema de fiscalización y el Imperio en un
verdadero "estado policíaco", utilizando una terminología moderna.
Característico de esta época es, pues, el desequilibrio, entre la resistencia del limes (frontera) y la presión de los bárbaros, entre el
costo de la guerra y los recursos del Imperio, entre producción y consumo, entre la atracción de la ciudad y la del ámbito rural,
entre la autoridad senatorial y la imperial, etc. Además, se irá acentuando cada vez más la diferencia entre la Parte Occidental y la
Oriental del Imperio, ya dividido desde el año 395, a la muerte del emperador Teodosio el Grande (379-395). El Occidente,
eminentemente latino, empobrecido, ruralizado, contrasta con el Oriente, esencialmente helénico, rico, con una economía
monetaria sólida, de carácter urbano y mejor defendido.
A la larga, será precisamente el Imperio Romano de Oriente el que logrará sobreponerse a las adversidades, prolongando la
historia de Roma por todo un milenio: es lo que conocemos como Imperio Bizantino o Imperio Griego Medieval, que sólo caerá
en manos de los turcos en 1453. Occidente, agobiado por los problemas, morirá en 476 de enfermedad interna (algunos de cuyos
síntomas hemos explicado brevemente); las invasiones bárbaras jugaron un rol importante en el proceso, es cierto, pero no lo
explican por completo.
2. El Cristianismo y el Imperio
No obstante la grave situación de Roma, en su seno anidaban fuerzas capaces de sobrevivir al colapso y, aún más, proyectarse
como pilares fundamentales del mundo que surgiría de las ruinas de la Antigüedad. La lengua latina y la poderosa cultura que traía
aparejada, el sentido jurídico de la existencia y el orden que descansa sobre él, son rasgos sobresalientes de la Civilización
Grecorromana que encontraremos también en la época Medieval. Pero será en el plano espiritual donde se operarán
transformaciones capaces de cambiar por completo el sentido de la existencia.
La religión romana, un culto "jurídico", formalista y ritualista, confundido con la vida cívica, como que los sacerdotes son en verdad
magistrados, no proporcionaba un referente espiritual adecuado en momentos de angustia y dolor como eran los del Imperio en su
fase terminal. En la población romana existía una aspiración a una religión menos externa y más íntima, que fuese capaz no sólo
de proporcionar un equilibrio en la vida presente, sino una promesa de salvación.
EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y EL COMIENZO DE LA EDAD MEDIA 3
Era un ambiente propicio para la proliferación de los cultos llamados soteriológicos (del gr. soter, salvador) o mistéricos, de los
cuales el más representativo es el culto a Mithra, importado desde Persia por las legiones romanas, y que llegó a tener numerosos
adeptos. A las crisis económica, social, política, administrativa, urbana, militar, hay que agregar, pues, una de tipo religioso.
Fue en esa atmósfera de inquietud espiritual que hizo su aparición el cristianismo que logrará imponerse sobre los cultos paganos
gracias, por una parte, a su férrea organización, la Iglesia, a su sentido misional de carácter universal (católico), y, por otra, a una
nueva moral inspirada en los Evangelios (la Buena Nueva), que recogen la vida y enseñanzas de Jesús, el Cristo, quien llama a
los hombres a una conversión interior y verdadera que libere el alma del pecado y la conduzca a la Vida Eterna.
Pedro, uno de los doce apóstoles y discípulo de Cristo, fue constituido por Él como piedra fundante de la comunidad que llamamos
Iglesia (del gr. ecclesía) y que llegará a expandirse por todo el orbe romano gracias a la labor misional de los apóstoles y sus
sucesores, quienes aprovecharon la unidad territorial y lingüística del Imperio. La comunidad de cristianos ordenaba su vida, como
se aprecia en los Hechos de los Apóstoles, en torno al amor Dei (amor de Dios) y la caritas (caridad), el amor fraterno; en efecto,
Cristo exige dos cosas de los hombres: amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí mismo, aun a los
enemigos; también la vida sacramental (la eucaristía, el bautismo, etc.) caracterizará a la Iglesia. Ésta se organizará, según el
modelo romano, en Diócesis y Provincias, y el obispo (del gr. episcópos, vigilante), será la cabeza de cada una de ellas;
naturalmente, los obispos de las ciudades más importantes del Imperio adquirieron preeminencia dentro de este cuadro
organizativo. Así, al obispo de Roma, por tratarse del sucesor de Pedro y por ser Roma la capital del Imperio, le será reconocida,
paulatinamente, la supremacía y preeminencia (es decir, el primado) sobre todo el mundo cristiano.
El cristianismo es una religión histórica, no sólo porque nace en una época y un tiempo determinados y conocidos, sino también
porque asume una postura histórica; la Iglesia existe en la Historia, pero participa de una Historia Sagrada, puesto que es una
fundación divina, lo que la hace una institución trascendente que no se agota en la Historia.
Es decir, el cristianismo nace y se expande dentro del Imperio, asumiendo esa realidad temporal, al mismo tiempo que la
trasciende. La mirada del cristiano está puesta en un "allá-después", en la Promesa del Redentor, pero sabe que es en el "aquí-
ahora" donde y cuando debe ganar la Jerusalén Celeste; es superación, y no negación, de la existencia histórica, con todas sus
penurias y gozos, lo que se anhela.
Las relaciones entre el Imperio y la Iglesia atravesarán por diversas etapas: primero, en el período más temprano, una indiferencia
de aquél y una comprensión de la segunda del rol histórico del Imperio, en el marco de un Plan Providencial, lo que se refleja en la
temprana aparición, a fines del s. I d.C., en la liturgia, de la oración por los gobernantes para que Dios los ilumine en su tarea. En
segundo lugar, la etapa llamada de las persecuciones, cuando los cristianos se niegan a adorar imágenes del emperador, por
considerarlo un acto de idolatría. La autoridad imperial respondió duramente frente a lo que juzgó un crimen de lesa majestad, un
acto de rebeldía contra Roma y sus prácticas.
Siendo, pues, perseguida la Iglesia, sus miembros se reunían secretamente en lugares ocultos, corriendo siempre el peligro de ser
vistos y denunciados. Fueron tiempos aciagos, turbulentos y cruentos, pero también heroicos; muchos cristianos llevaron su fe
hasta las últimas consecuencias, prefiriendo entregar su cuerpo a los verdugos antes que su alma. Quienes de esta manera
obraron son los llamados mártires, puesto que dieron testimonio de su fe.
Al martirio estaban llamados todos los cristianos, y encontramos en las Actas de los Mártires a hombres comunes y corrientes,
mujeres, niños y ancianos; es un nuevo tipo heroico (que calará profundo en el Mundo Medieval) en el cual tiene cabida la
santidad, la lucha interna y personal contra la tentación y la debilidad, frente al antiguo heroísmo de las grandes gestas
protagonizadas por grandes y sobresalientes hombres. Este triste episodio de las persecuciones llegará a su fin (salvo contadas
excepciones) en el año 313 con la promulgación del Edicto de Milán por el emperador Constantino el Grande (306-337).
No podemos detenernos aquí en la debatida cuestión de la conversión de Constantino; bástenos con señalar que, aunque
pudieron tener peso en un primer momento cuestiones de tipo político o la pura superstición, no cabe duda que su conversión, a la
larga, fue sincera. No fue esta la única reforma de Constantino, pero sí la más relevante y de mayor alcance, ya que implicó un
giro histórico de alcance universal. Su obra sería completada por Teodosio el Grande (379-395), bajo cuyo gobierno (entre el 380 y
el 391 se publicaron más de 25 edictos contra el paganismo) el cristianismo fue declarado religión oficial del Imperio Romano: la
jurisdicción imperial coincidía con la eclesiástica, el ideal de la Pax Romana se confundía ahora con el de la Pax Christiana, la
concepción del Fatum Romanum cedía ante la Providentia divina. Tanto los reinos como los imperios medievales heredarán esta
concepción de una verdadera "teología política" o "teopolítica", sustentada en la estrecha colaboración entre el poder civil y la
autoridad eclesiástica para lograr no sólo la felicidad terrena de los hombres sino, sobre todo, su Salvación.
De las otras innovaciones llevadas a cabo por Constantino, hay que recordar, por una parte, la reforma monetaria con la creación
del solidus, moneda de oro de 4,55 grs. y que dará un pequeño respiro a la alicaída economía imperial. Pero será en la parte
oriental del Imperio donde esta reforma tendrá una más amplia repercusión: durante más de ocho siglos, hasta fines del siglo XI
(hecho inédito en la historia), esta moneda mantendrá su valor como instrumento de cambio, llegando a ser llamada por
historiadores contemporáneos, el "dólar bizantino". Y esto nos lleva a la otra medida exitosa tomada por el citado emperador, la
creación de la Nueva Roma, llamada Constantinopla en honor a su fundador, establecida en el sitio que ocupaba la antigua
Bizancio, y llamada a ser capital de uno de los imperios más originales de la historia, el Imperio Bizantino, y cuya vida se prolongó
por 1123 años, desde el 330 hasta 1453.
EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y EL COMIENZO DE LA EDAD MEDIA 4
Es interesante hacer notar que, justo en el momento en que la Iglesia Católica es reconocida y, por tanto, adquiere importancia la
ciudad de Roma como sede del Sumo Pontífice, Constantino toma la decisión de trasladarse a una nueva capital del Imperio,
Constantinopla, lo que constituye la promoción política, militar y económica del Oriente; no obstante, la Iglesia de Roma se verá a
la larga beneficiada al estar lejos de un poder que habría podido intentar controlarla y someterla (como a veces sucedió en el
Imperio Bizantino), esto es, Occidente ganaba en libertad frente al Oriente, que mantendría una rígida organización heredada de la
institucionalidad del Bajo Imperio. En este caso, estamos frente a la promoción sacral de Roma.
Se ha dicho muchas veces que el emperador quiso fundar una nueva capital enteramente cristiana desde sus cimientos, cuestión
dudosa, al menos dadas las evidencias históricas, especialmente arqueológicas (existencia de templos paganos en época
temprana); es más real ver en tal decisión el ponderado análisis del político que comprendió, primero, la ubicación privilegiada de
Bizancio, a medio camino entre Oriente y Occidente y controlando también las rutas entre el Mediterráneo Oriental, el Mar Negro y
la estepa rusa, como también su fácil defensa frente a las acometidas bárbaras, al mismo tiempo que la sólida situación política,
social, económica y militar de la Pars Orientalis del Imperio Romano.
EL PROBLEMA BÁRBARO
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1. Introducción
La tensión entre Civilización y Barbarie, entre centro (donde transcurre y se hace la Historia) y periferia (al margen de la corriente
histórica), acompaña al mundo romano desde su misma formación; de hecho, la obra histórica de Roma se realiza históricamente
sobre territorio bárbaro, el cual es incorporado mediante la Romanización, esto es, la integración al ser histórico latino. Así será, al
menos, hasta el momento en que el Imperio no pueda continuar su expansión, cosa que ocurre en el s. III como ya dijimos. El
contacto con la barbarie, pues, constituye un problema secular de Roma y, en cierta manera, consustancial a su historia; por tanto,
no debemos considerar las llamadas "invasiones" de los siglos cuarto y quinto como un capítulo aislado, y menos como un hecho
sin precedentes.
2. Barbarie Interna
No sólo hay que tener en cuenta la barbarie externa, sino también la interna, tal vez de una presencia histórica menos llamativa,
pero no despreciable, toda vez que contribuye a explicar la idea del "encuentro de tradiciones". En efecto, podemos hablar en el
Bajo Imperio Romano de una "barbarie soterrada", latente, especialmente en las provincias y que se hace sentir en la medida
que el poder central decae, manifestándose como un retroceso de la Romanidad. Es el caso, por ejemplo, de las Galias en los
siglos IV y V, desde la época de Juliano (361-363) hasta los inicios del Reino Visigodo de Aquitania (418), o el de las provincias
africanas cuya población presencia, dada la ruptura de las comunicaciones y el aislamiento, un rebrote de berberismo y
nomadismo.
El repliegue de la vida urbana frente a la creciente ruralización de la sociedad, puede entenderse en la misma óptica. Se puede
decir que el retroceso de la Civilización implica un retorno a los orígenes, al espíritu privado y primitivo. Veíamos este fenómeno
en el caso de los ejércitos privados; podemos agregar ahora la "barbarie soterrada", la ruralización, la regresión económica, e
incluso el Derecho llamado "vulgar", de carácter localista, provincial, casuístico y que apela a la costumbre.
También en el arte se observarán cambios que dicen relación con este proceso; la aparición del "arte plebeyo", marginal en sus
orígenes pero expresión ya de un "nuevo gusto" en los siglos III y IV, un arte no oficial sino privado, se caracterizará por alejarse de
las formas "clásicas", recurriendo a soluciones estéticas como la frontalidad rigurosa y selectiva, proporciones jerarquizadas (los
elementos o personajes más importantes de la obra son más grandes que el resto, una "aparente" desproporción), la
"desrealización" temporal y espacial, representación de escenas de la vida cotidiana, lenguaje simbólico y abstracción.
Todas estas son, así, características del primitivismo interior que emerge y que nos dice que había ciertos niveles en que romanos
y bárbaros, los de fuera del limes, podrían llegar a un entendimiento, esto es, a encontrarse culturalmente. De hecho este mundo
romano parece estar más cerca, o anunciarla, de la Edad Media que de la época clásica.
3. Barbarie Externa: El Mundo Germánico
El mundo de las gentes externae (bárbaros) había entrado en relación con el Imperio Romano desde épocas muy tempranas. Por
causas que desconocemos -tal vez sobrepoblación, cambios climáticos, deseo de aventuras, el peso de arcaicas tradiciones como
el ver sacrum- los pueblos germanos iniciaron una lenta migración desde el norte de Europa (especialmente de Escandinavia,
llamada en el s. VI "matriz de pueblos" (vagina nationum) por el historiador godo Jordanes) hacia regiones colindantes con el
Imperio. Estamos hablando de un proceso que duró varios siglos; iniciándose alrededor de los siglos I y II, culminará recién entre
los siglos IV y VI. Es por ello que es preferible hablar de un "migración de pueblos" (Völkerwanderung) que de "invasiones", pues
tal denominación se ajusta sólo a períodos bien delimitados.
Los germanos (indoeuropeos como los latinos), que hoy vemos como una gran comunidad lingüística y étnica, estaban formados
en realidad por una gran cantidad de pueblos, y nunca se reconocieron como una unidad o llegaron a formar una surte de
confederación. Anglos, jutos y sajones en la actual Dinamarca, visigodos y ostrogodos, al norte del río Danubio, suevos y vándalos,
al este del Rhin superior, o francos al oriente del Rhin inferior, comparten rasgos esenciales, pero también poseían peculiaridades
que, de una u otra manera, marcarán su vida histórica cuando se funden los primeros reinos romano-germánicos.
EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y EL COMIENZO DE LA EDAD MEDIA 5
La mejor fuente que poseemos para conocer a los germanos en su estadio primitivo es la Germania, pequeño opúsculo escrito
por Tácito hacia el año 98 d.C. Nos habla este autor de pueblos de vida agrícola y pastoril, con una economía natural, de vida
seminomádica y de un carácter fundamentalmente guerrero, como que toda su organización se basa en la actividad bélica.
Tácito describe una institución, notable por sus repercusiones históricas, propia de los germanos, y que llama comitatus, que
podemos traducir como "comitiva", entendida como el grupo de hombres que "acompañan". Dice el autor latino que, cuando los
jóvenes de una tribu han alcanzado la pubertad, se les hace entrega de las armas, después de los cual cada uno elige libremente a
un caudillo o príncipe renombrado (por sus méritos o su estirpe), para militar junto a él jurándole fidelidad y lealtad. El valor en el
combate distinguirá a los guerreros: los más destacados estarán más cerca del jefe, lo que implicaba una gran emulación entre los
miembros de la banda guerrera. Estamos, así, frente a una organización de ejércitos privados donde la fidelidad, el honor, la
valentía, son valores esenciales; una sociedad "heroica". Andando el tiempo, y con diversas transformaciones e influencias,
veremos en el caudillo o príncipe al señor feudal, al vasallo en sus guerreros, y el juramento de fidelidad tomará forma del
homenaje feudal.
También nos dice Tácito que los germanos componían cánticos a modo de memorias y anales, en los cuales se ensalzaban las
gestas de los héroes míticos e históricos del pueblo, como nos relata también Jordanes. Dicho de otra manera, los germanos
tenían una poesía épica; no conocemos sin embargo sus cantos primitivos, pero gracias a testimonios posteriores (San Isidoro de
Sevilla en el s. VII o Eginhardo en el IX, por ejemplo), sabemos que durante la Edad Media se siguió cultivando esta tradición
poética, hasta llegar a su culminación en los siglos XII y XIII con el Poema de Mío Cid y la Chanson de Roland. No se puede
negar la influencia que tuvo la épica clásica antigua y el espíritu cristiano que le fue incorporado, pero tampoco se puede hacer
caso omiso de las profundas raíces germánicas de la épica medieval. En cuanto al Derecho, digamos finalmente que éste era de
carácter privado y fundado en la costumbre.
Los germanos, pues, eran unos rudos guerreros, pero no carentes de una cultura propia y peculiar, la que, como hemos visto, se
constituirá en un aporte de gran trascendencia en la formación del Occidente Cristiano- Fue con esos "bárbaros" (y no debemos
emplear entonces este término en un tono demasiado despectivo) que el Imperio Romano tuvo que combatir, comerciar y,
finalmente, convivir.
4. De los contactos pacíficos a las Invasiones
Comercio, pequeñas escaramuzas militares, incorporación de bárbaros al ejército romano, intercambio de embajadas, marcan los
primeros contactos entre Roma y el barbaricum, muy esporádicos al comienzo, pero cada vez más frecuentes desde fines del s. III
y comienzos del siguiente. De entre las numerosas embajadas, vale la pena destacar una enviada desde Constantinopla, por el
emperador Constancio (337-361), el año 341, y dirigida al pueblo de los godos instalado en el norte del Mar Negro desde hacía
más de un siglo.
Formaba parte de la legación el obispo Wulfilas (311-382), de origen germano, el "apóstol de los godos", quien predicó el
cristianismo (en su versión arriana, herejía que niega la divinidad de Cristo) entre los godos de Crimea entre los años 341 y 348.
Se preocupó Wulfilas de traducir las Escrituras al gótico para poder llevar a los germanos la Palabra, inventando para tal efecto
un alfabeto apropiado; en la ciudad de Upsala se conservaba hasta hace algunos años la llamada Biblia de Wulfilas (una copia
tardía en realidad) o Codex Argenteus, porque está escrito con tinta de plata, primer testimonio escrito de la antigua lengua
germánica. Si bien la obra de Wulfilas, la evangelización de los godos, no prosperó en lo inmediato, sí lo hizo en el largo plazo,
ya que a la larga los godos se convirtieron al arrianismo, un arrianismo militante, de carácter "nacional", para marcar una diferencia
frente al catolicismo romano-latino, hecho que afectó el proceso de integración romano germánico.
Otra dimensión de los contactos entre ambos mundos lo constituye el ingreso pacífico de los bárbaros al territorio imperial, como
soldados como ya lo hicimos notar, o como oficiales de alto rango (el caso de Merobaudo, un franco que llegó s ser general de
Valentiniano I (364-375)), algunos de los cuales llegaron a ser altos funcionarios (el vándalo Estilicón (360-408), por ejemplo, que
llegó a ser el más alto funcionario de la corte imperial de Honorio (395-423) o, incluso, llegaron a formar parte de la familia imperial
(Eudoxia, esposa de Arcadio (395-408) era hija del franco Bauto).
Por último, en los siglos IV y V, lo que constituye propiamente el período de las invasiones, el ingreso violento de los germanos al
Imperio y, con él, a la Historia, y sentido tan dramáticamente por los contemporáneos. Algunas fechas dan cuenta de la rapidez con
que se sucedieron los acontecimientos: en el año 376 los hunos (procedentes de las estepas euroasiáticas) golpean duramente a
los godos de Crimea y, mientras los ostrogodos sucumben ante tal embate, los visigodos, con la venia imperial, ingresan
colectivamente al Imperio en un número estimado de unas cuarenta mil almas; dos años después, las tropas romanas son
derrotadas por los visigodos en Adrianópolis, pereciendo el emperador Valente (375-378); el año 410 Roma, la Ciudad Eterna, es
tomada y saqueada durante tres días, después de los cual los visigodos devastan Italia hasta quedar instalados finalmente en
Aquitania, origen del Reino Visigodo de Tolosa (418-507). En otro flanco, el año 406, suevos, vándalos y alanos (germanos los
primeros, estepario el tercero), atraviesan el limes del Rhin superior e invaden el sur de las Galias; en el año 409 pasan a la
península ibérica, instalándose los suevos en la actual Galicia, donde se constituirá un reino que verá su fin el año 585 y del cual
se sabe muy poco, mientras que los vándalos y alanos se reparten el resto de Hispania.
El año 429 los vándalos de Genserico (428-477) cruzan el estrecho de Gibraltar y, ya en África, fundan un poderoso reino en la
región de la antigua Cartago, el cual, después de poner en graves aprietos al Imperio (el año 455 Roma sufre un segundo saqueo),
es aniquilado por las tropas de Justiniano el Grande el año 534.
EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y EL COMIENZO DE LA EDAD MEDIA 6
Entretanto, en la región del Ródano, se instalan los burgundas, formando un pequeño reino que, tras un breve período de
esplendor a fines del siglo V y comienzos del VI, es anexado por los francos. Los ostrogodos, por su parte, después de la muerte
de Atila acaecida en 453 y la disolución del poderío de los hunos, dejan la Panonia para, tras algunas correrías por el norte
balcánico, quedar instalados en el Norte de Italia, constituyendo un poderoso reino bajo el largo y proficuo gobierno de Teodorico
el Grande (473-526), época durante la cual Ravenna, la capital del reino, se transformó en un verdadero centro cultural,
destacándose no sólo importantes construcciones sino, sobre todo, un verdadero florecimiento cultural personificado en Casiodoro
(† 583), por una parte, que fundó en el monasterio de Vivarium un centro de estudios de la cultura antigua, literalmente un "vivero"
de la cultura, y, por otra, en Boecio († 524), filósofo y matemático imbuido de la cultura helénica. En el noroeste del Imperio,
mientras tanto, avanzan lentamente los francos que, bajo el mando de Clodoveo (482-511), forman un reino que será el núcleo de
la futura Francia.
El Imperio Romano poco o nada pudo hacer frente al incontenible avance de los bárbaros; finalmente, uno de ellos, Odoacro,
despojará en el año 476 a Rómulo Augústulo de sus insignias imperiales enviándoselas a Zenón (474-491), emperador en
Constantinopla. En Occidente, el Imperio Romano ha dejado de existir.
Las obras de Paulo Orosio, Salviano de Marsella, Hidacio o San Agustín, entre otros, nos hablan del pesimismo, el dolor y la
angustia que se apoderó de la sociedad romana, al mismo tiempo que son capaces de vislumbrar una luz, una esperanza, que sólo
se puede explicar providencialmente: “estos bárbaros no carecen de valores ni cultura, y son además cristianos (arrianos herejes,
pero cristianos al fin); es, pues, posible construir con ellos un nuevo mundo”. Si los romanos veían en los bárbaros la ruina del
Imperio dentro de una concepción cíclica del tiempo, los cristianos incorporan una dimensión histórica, lineal, donde existe un
futuro por edificar.
San Agustín (354-430), la mente más preclara de la época, advierte que la caída de Roma no es más que el fin de una forma
histórica, no necesariamente el fin del mundo, y que, en definitiva, el desenlace de los acontecimientos que se viven sólo Dios lo
conoce. Frente al misterio y a la incertidumbre está la esperanza y la posibilidad de proyectarse al futuro sin el pesimismo fatalista
de los paganos. Es éste uno de los grandes aportes del cristianismo: la visión optimista y positiva del decurso histórico en el
marco de un Plan Providencial. La Iglesia Católica será, consecuentemente, la única institución universal que se proyectará
históricamente tras el colapso de Roma, y sus hombres más connotados, los obispos (especialmente el de Roma), los únicos
garantes de un orden futuro.
(*Extraído de: Med Web de José Marín, Profesor de Historia Medieval Universidades Católica de Chile, Católica de Valparaíso y
Adolfo Ibáñez)
ACTIVIDADES
4
1) Explica cuál es la principal tesis del autor respecto al tema
2) Explica cuál es la real importancia del Edicto de Milán
3) Señala en qué consiste la idea que estás detrás del término “crisis”
4) Analiza la situación del ejército romano en sus últimos tiempos y explica como esto pudo ayudar a acrecentar la crisis del
Imperio
5) ¿Por qué motivos se empieza a instaurar un sistema de fijación social?
6) ¿En qué consistía la “economía de gasto” romana?
7) Establece diferencias entre la Pars Orientalis y Occidentalis del Imperio Romano
8) Explica cuáles son los principales aspectos del Cristianismo en sus primeros tiempos
9) Analiza y explica las razones e importancia de la conversión de Constantino al Cristianismo
10) ¿Por qué el autor se refiere a los bárbaros como “el problema bárbaro”?
11) Señala las principales características de los germanos, según Tácito
12) Analiza y caracteriza la última etapa de este primer gran período de invasiones sufridas por Roma
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