�Veinte poemas de amor

Document Sample
�Veinte poemas de amor Powered By Docstoc
					CONGRESO INTERNACIONAL DEL CENTENARIO DE PABLO
NERUDA – Universidad de Chile (Salón de Honor) – 13/15, julio, 2004.-


Pablo Neruda: el imaginario que transformó la identidad de Neftalí
Reyes
                             Cuando nací mi madre se moría/... Ella murió. Y nací/. Por eso
                             llevo un río invisible entre las venas/... Ella juntó a la vida que
                             nacía/ su estéril ramazón de vida enferma.../ Esta luna amarilla de
                             mi vida / me hace ser un retoño de la muerte (‘Luna’, 1920).

                                                                    Luis Rubilar Solis


       I.- El escenario infanto-adolescente de Neftalí
                             Pasé toda mi infancia/ paseándome de rama en rama/... Así fue de
                             feliz mi infancia/ que no se arregla todavía (‘Fin de mundo’, 1969)


       Neftalí Ricardo Eliezer Reyes Basoalto afrontó durante su primera infancia difíciles
condiciones de vida y confusos vínculos endogámicos, entre ellos: la pérdida (tuberculosis)
de su madre a los dos meses de nacido, sin tener de ella percepción,amamantamiento ni
caricias; la imposición de conflictivos nombres; los traslados desde Parral al campo
(Belén), desde aquí a Temuco (3 años), implantándose en una estructura familiar casi ajena,
conformada por un padre autoritario (José del Carmen), su madrastra (Trinidad Candia), y
dos hermanos por parte de padre (Rodolfo, 9 años mayor e hijo de Trinidad, y Laura, 3 años
menor e hija de Aurelia Tolrá).
       Tal entorno socio-afectivo le fue egodistónico y poco gratificante, lo que sumado a
un temperamento introvertido, va generando en él una impronta caracterológica peculiar,
con ingredientes tanto depresivos como obsesivos. Tímido, pálido, ausente, perdido, sordo-
mudo, enlutado, ceñido y fruncido, afilado, funeral y ceremonioso, ‘con escasa capacidad,
ninguna fuerza y poca astucia’ se auto-percibe el flaco y ensimismado púber.
       En este cúmulo de adversidades, tanto endógenas como exógenas, resalta su
condición de huérfano, esto es, la privación maternal. Neftalí la vivencia como abandono, la
                                                                                              2


llora en silencio y en soledad, la sufre sin tregua a toda hora. Como hijo (único) teme,
además, la herencia de la enfermedad (tuberculosis), en una suerte de ‘terror metafísico’
frente al sino dejado por su progenitora: La mala suerte.../ de los que caminan hacia la
muerte/ como la sangre entre las venas.../ de los que en esta horas quietas/ no tienen
madres ni poetas/ para la pena (CR, I, 43). Junto con ello de su ausente presencia sólo
percibió un viejo y único ícono, su reliquia: Allí había un retrato de mi madre. Era una
señora vestida de negro, delgada y pensativa. Me han dicho que escribía versos, pero
nunca los vi, sino aquel hermoso retrato (CHV: 19). A la vez desea y sueña rescatar su
presencia – y saberla -, necesita raigal y ávidamente su cariño y mano maternal: Sin saber
qué dolores fueron los que tuviste/ sin saber qué pan blanco te nutrió / sin saber si eres
carne, si eres sol, si eres luna.../ un pañuelo temblando en la distancia/... un dolor que
remuerde y se afila/... y a lo lejos campanas... fragancia de lilas (CR, I: 38).


       II.- La transmutación identitaria imaginada y realizada por Neftalí Reyes

                              Yo, el anterior, el hijo de Rosa y de José soy. Mi nombre es Pablo
                              por Arte de Palabra (‘Las manos del día’, 1968).


       Frente al vacío dejado por Rosa, la ausente, Neftalí ocupará toda su etapa
adolescente en la (re)construcción de su subjetividad a través de un proceso larvado,
planificado y doloroso, transformando integralmente su identidad personal y poética, ya no
Ricardo Eliezer Neftalí (‘turbia semilla’), ni tampoco Reyes Basoalto (‘arrecife de
apellidos’): Yo recuerdo aquel día / en que perdí mis tres primeros nombres.../ Lo cierto es
que no quise cuenta ajena/ y creí inaugurarme:/ darme apellido y nombrarme a mí mismo /
y crecer en mi propia levadura (GI, III: 596). Así nace Pablo Neruda, sobre los restos
infantiles del creativo y auto-inmolado Neftalí Reyes.
       La tarea era casi imposible, el deseo inconmensurable y la meta lejana. Es entonces
que ingresa en el escenario vital del adolescente una poderosa aliada: la portentosa mano
balsámica y transfiguradora de la poesía, por la vía constructora de la Palabra. Y así Neftalí
se auto-fecundó y mutó en Pablo, para decir(se) lo suyo, fundando otras circunstancias, un
nuevo mundo con sentido y proyección personal. (El poeta vestido de luto escribe
temblorosamente muy solitario, PNHN: 30).
                                                                                              3


       La protomotivación que guiará su opción vital-poética está instalada en su corazón:
el ansia de amor, la recuperación de la perdida figura materna, la decisión de (re)construirla
a través de la palabra haciéndola florecer y ser, para siempre jamás: Yo eres el resumen/ de
lo que viviré/ garganta o rosa/... siguiendo de una vida a la otra (GI, III: 570); Eres tú la
que serás/ mujer innata de mi amor/ la que de greda fue formada/... mi amada sin mirada
(JI: 22). El motivo-pivote será, pues, Rosa, ya no madre (ya no Neftalí), sino Rosa-
Mujer/rosa-flor, cuya semántica erótica y herbolaria cubrirá transversalmente los surcos y
los frutos de sus versos más sentidos, operando en todo su discurso posterior como la
metáfora de sus metáforas. En 1971, a dos años de su próxima muerte, confirma el tenaz
designio: entre tu campana y mi secreto.../Tú, mi bella, dormida aún en Agosto/ mi reina,
mi mujer, mi extensión, geografía/ beso de barro.../ tú, vestidura de mi porfiado canto/ hoy,
otra vez renaces.../ debo reanudar mis huesos en tu reino (‘Aún’, III, 339). Y así ‘Rosa’,
plankton nutricio y nervadura eléctrica, extenderá su inmensa red semiótica y panteísta
como uva, tierra, luna, mar-océano, caracola, raíz, ausencia, agua, estrella, piedra,
mascarona, América, luna, madera, crepúsculo, fantasma, mariposa, muerte, primavera,
aroma, Chile, pozo, paloma, estatua, fuente, noche, fotografía, flor, ola, luz y sombra...
       Como inédito y solarmente auto-fecundado personaje, poeta de oficio, artífice de
palabras, nada le está vedado; con Edipo sublimado, la misión de rescate y revivificación
está a la mano, y a ella se (ex)pone peligrosamente, con silenciosa y ardiente paciencia,
desde los 16 años (1920) el emergente sujeto y actor social PabloNeruda, ‘laborando en
silencio mis jardines ausentes’.
       Sus metamensajes no sólo son indicios sino bisociadas señales de lo que nos quiere
decir, ya desde su inaugural ‘Crepusculario’ (1923):
       El mal de amor me encegueció la vista (como Edipo, L.R.).../ Yo me voy. Estoy
triste, pero siempre estoy triste./ Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy/... / ... este
deseo mío de que todo rosal / me pertenezca.../... Que en mi heredad vacía aquel amor
perdido/ es una rosa blanca que se abre en silencio.../ Me peina el viento los cabellos/
como una mano maternal.../ Yo soy un puente inmóvil entre / tu corazón y la eternidad/...
nada me has dado y todo te lo debo. Su semántica se vierte en surcos pletóricos de penas,
deseos y campanas, sólo regados por oníricos surtidores y fluorescentes expectativas sobre
                                                                                               4


el florecer de una palabra o una flor. El hablante deja fluir las palabras y ellas van
dibujando una realidad subjetiva distinta: la metamorfosis de Neftalí en Pablo y de Rosa
muerta en renacida, transmigrada (muerte a la identidad, dice la vida/ cada uno es el otro, y
despedimos/ un cuerpo para entrar en otro cuerpo, GI, III: 571), intentando liberarse de las
maldiciones (familiares) del pasado, de los amores perdidos o nunca tenidos, de la soledad
y de la muerte amenazante. Por ello, necesita ‘torcer’ las vertientes y el sendero, cambiarlo
todo a través de las palabras, poéticamente (en el modo de Hölderlin): Manantial maternal
de las palabras/ Pronuncio y soy/... porque el verbo es origen y vierte vida (PP, II, 1974).
       En sordina, quevedescamente, va emergiendo el motivo: Mujer, yo hubiese sido tu
hijo, por beberte/ la leche de los senos como de un manantial,/ por mirarte y sentirte a mi
lado y tenerte/, en la risa de oro y en la voz de cristal./ Por sentirte en mis venas como Dios
en los ríos/ y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,/... Cómo sabría amarte, mujer,
cómo sabría/ amarte como nadie supo jamás! / Morir y todavía/ amarte más. / Y todavía /
amarte más/ y más (‘Amor’, CR, I, 30). Tal carencia sensorial y afectiva no sólo fue pulsión
primordial en sus creaciones poéticas, también lo fue en sus relaciones amatorias, en las
cuales mecanismos de ‘transferencia’(con sus tres esposas, por ejemplo), ‘proyección’ o de
‘regresión’ fueron recurrentes y permanentes. Amamántame, / noche, / déjame vaciar el
líquido / de tus ubres nocturnas / húndeme en tu regazo / horizontal... / ir dormido en el
viaje de la esfera / como un nuevo nacido (MD, III, 309).
       Igualmente en su octogenaria obra ‘Veinte poemas...’ (1924) continúan las iterativas
alusiones al tema materno y su atmósfera erótico-tanática, trasuntando el luctuoso dolor de
la pérdida y de la ausencia. Más aún, en el Prólogo francés (1960) de esta obra nos deja una
clara señal: Los ojos de mujer que en este libro se abren fueron cerrados por el tiempo.
Desde esta perspectiva tenemos que leer su textura arcaba y primaria:
        Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro (2); tus manos suaves como las uvas
(5); tus ojos ausentes...de tu mirada emerge a veces la costa del espanto (7); soy.../ el que
perdió todo, y el que todo lo tuvo... en mi tierra desierta eres la última rosa... regazo de
rosa... Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma./ Revives en el tiempo, delgada y
silenciosa (8); el velero de las rosas dirijo,/...aún vestido de gris... y embriagadoras rosas
practicándose en mí (9); Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye/... Vientos de los
                                                                                             5


sepulcros... dispersa / tu raíz soñolienta... Eres hecha de todas las cosas... /Tempestad que
enterró las campanas.../ sus ojos abiertos entre el rocío (11); Como ellos (los pinos) eres
alta y taciturna (12); huir, como un campanario en las manos/ de un loco/...mi corazón se
cierra como una flor nocturna (13); Quién escribe tu nombre con letras de humo entre/ las
estrellas del sur?/... Quiero hacer contigo/ lo que la primavera hace con los cerezos (14);
estás como ausente/ y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca/...emerges de las cosas, llena
del alma mía.../ Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.../ Distante y dolorosa como
si hubieras muerto (15); y tu color y tu forma son como yo los quiero.../ y el viento arrastra
mi voz viuda... tu mirada nocturna... Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto./ En tus
ojos de luto comienza el país del sueño (16); Tú también estás lejos, ah más lejos que
nadie.../ Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba!/ Tu presencia es ajena, extraña a
mí como una cosa (17); O la cruz negra de un barco/... Amo lo que no tengo. Estás tú tan
distante/... Me miran con tus ojos las estrellas más grandes (18); Mi alma no se contenta
con haberla perdido.../ mi corazón la busca/ y ella no está conmigo (20). Así representa el
poeta su mito transfigurado y así ritualmente se retroalimentan, ella – no nombrada – como
fuente de sus palabras, culpable y libertadora, única ola y última rosa, y él, revivificador
amante pero, claro, con una historia inscrita vitalmente y escrita a sangre y fuego.
       Todo asumido con desesperación, en la última y agregada ‘Canción Desesperada’:
       Oh sentina de escombros... /Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí/ a ti en
esta hora húmeda, evoco y hago canto./...Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el
milagro./...Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme/ en la tierra de tu alma, y en la cruz
de tus brazos!/...Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,/ aún los racimos arden
picoteados de pájaros./... pozo abierto y amargo... Es la hora de partir. Oh abandonado!.
       Es su secreto homenaje a ROSA NEFTALÍ BASOALTO, establecido como críptico
y erótico transfondo simbólico en su territorio poético, el cual fuera lanzado - cuál piedra
transparente - con fuerza y como soterrado mensaje sobre las fuentes y meandros más
íntimos de su lírica poética, latentes ya desde sus primeros escritos como hondero entusiasta
y adolescente: ... Flor mía, flor de mi alma... / Te parió mi nostalgia, mi sed, mi ansia, mi
espanto./ Y estallaste en mis brazos como en la flor el fruto... Surco para la turbia semilla
de mi nombre...(‘Neftalí’, L.R.). Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos./ Sed
                                                                                               6


de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce (HE, I: 181). Desde entonces hasta su muerte: en su
póstumo ‘Jardín de invierno’ revela su obsesiva disposición erótico-tanática hacia ella: Y
por mi amada sin mirada / estoy dispuesto hasta a morir.../ Antes de ver el mundo,
entonces, / cuando mis ojos no se abrían / yo disponía de cuatro ojos: / los míos y los de mi
amor (JI: 22).
       III.- El designio materno y el dilema identitario
                                      Soy yo: pero es mi voz la existencia que escondo (‘Hondero
                                      Entusiasta’, 1933).


       En esta perspectiva hermeneútica hemos intentado comprender algunos aspectos
psicodinámicos de la configuración de la personalidad del poeta, la profunda significación
de la imago materna, su conflictivo proceso identitario y, cómo, todo ello lo dejara
subliminalmente comunicado en su escritura, como un secreto a develar. En lo que sigue
mostraremos desde sus propios textos los hilos y la textura con que armó y estampó el
tejido que arropara su drama vital y personal:
       En sus ‘Memorias’ confiesa: Sin que yo recuerde, sin saber que la miré a los ojos,
murió mi madre doña Rosa Basoalto. Yo nací... y un mes después en Agosto, agotada por
la tuberculosis, mi madre ya no existía (CHV: 16). Será sólo en 1967 que el poeta retornará
al sitio natal, y dirá: Quiero recordar a los míos. A mi madre muerta que me ha dejado el
recuerdo luminoso de su vida breve -como campanadas- esta es la ciudad mía... de mis más
hondas raíces (Diario ‘La Discusión, Chillán, 26-11).
    En la aportativa compilación de su poesía y prosa de juventud: ‘El río invisible’ (1980),
se encuentra escrito el peso de la noche materna y sus intentos de metamorfosis identitaria:
       Yo no sé tu recuerdo, yo no sé tu fragancia/ y te busco en la sombra como un niño
perdido/ sé que mis huesos seguirán esperando... ofreciéndote todo lo que escondo/ se
fundirán mis huesos con los tuyos... Yo voy cantando en medio de la noche / una canción
que no ha cantado nadie ... / Canto la gran verdad de tu vida y la mía / ... Voy a decirte
adiós y me queman los ojos ... / Un racimo de sol / me dice adiós desde tu vestido oscuro ...
Pero, oídme, yo he de liberarme ... El salto hacia la altura, el vuelo contra el cielo infinito,
seré yo quien lo haga ... deberé ser otro, transformarme, liberarme ... arranco estos
vestidos con que me conocisteis hasta ayer y, loco de tempestad, ebrio de libertad ... Para
                                                                                                 7


que nadie pueda oírlo iré esparciendo un secreto en estas palabras y en ellas anidará ...
adivinad el secreto que fui esparciendo en estas palabras para que nadie, para que nadie
lo supiera.
        Pero el real y dramático relato de este segundo y catártico nacimiento se ubica
perdido entre las líneas de sus obras maduras:
        Y baja la rosa en el hijo matando a la madre/ y vuelve a brillar su destello en la
altura del hombre que nace.../ yo soy el distante que lleva en sus venas su vida y la mía.../
dejó atrás sus sombríos orígenes, olvidó la uterina tiniebla/ y creció como levadura (B, III:
121).
        Fue impreciso nacer y fue tardío / nacer de veras, lento... Me puse pálido, flaco y
ausente / ... guardar mi propia identidad oscura / atada al ritmo de la primavera ...
(MIN, II: 1023, 1035). Líbrame , tierra oscura, de mis llaves / ... sólo esperé la estrella / el
dardo de la luna, / el rayo de piedra celeste / ... y aquí estoy / convicto ... / de haber oído
entrar al asesino ... / Ahí viene otro, dijo ladrando el perro ... / y yo ... con el luto plateado
... / no vi el puñal ni el perro / no escuché los ladridos ... / Estoy muerto / Estoy asesinado:
Estoy naciendo con la primavera / voy a vivir otra vez, / me duelen las raíces / Porque ha
salido el sol ... (MD, III, 299). ¿ Quién fui ? ¿ Qué fui ? ¿ Qué fuimos ? / No hay respuesta.
Pasamos. / No fuimos. Eramos ... / Y en tí ... / Aquel no fuiste / Aquel fue un niño que pasó
corriendo / detrás de un río ... / La Falsa identidad siguió tus pasos. / Pero tú ya no fuiste,
vino el otro / el otro tú ... / hasta que te sacaste / del propio pasajero, / del tren, de los
vagones de la vida, / de la substitución / del caminante /. La máscara del niño fue
cambiando ... / fue el crecimiento como un traje ! / era otro el hombre y lo llevó prestado /
Así pasó conmigo (‘El niño perdido’, MIN, II, 1039). Me cambié de existencias / cambié de
piel ... / tuve que hacerlo / no por ley ni capricho sino que por cadena ... / lo que fuimos no
somos / otro ser ocupó nuestro esqueleto: / aquel que fue en nosotros ya no está / se fue / se
perdió en el pasado y ya no vuelve ... (PP, II, 989, 1006).
        No me sirvió la máscara nocturna ...         Quién soy Aquél? Aquel que no sabía/
sonreír, y de puro enlutado moría?... porque de tantas vida que tuve estoy ausente/ y soy, a
la vez, aquel hombre que fui. / Tal-vez es este el fin, la verdad misteriosa ( MIN, II: 1084).
                                                                                           8


       En suma, a pesar de los logros salvatorios y de los lauros consagratorios, más acá
del disfraz y de la máscara, Neftalí Reyes - como Alonso Quijano - se siguió siendo el
mismo, por sobre la fábula así construida y vivida a través de las palabras y de los actos, y
es esta la comunicación que dejamos: Neftalí y Pablo fueron uno y mismo, en la dialéctica
de sus diferencias, atados al retablo de circunstancias que les tocó vivir y des-vivir. En
estricto rigor y justicia estamos conmemorando hoy el centenario natal de Neftalí Reyes, el
auténtico creador y poeta, el huérfano de Parral, duplicado y continuado por el inventado y
consagrado personaje público: Pablo Neruda.


       IV.- Bibliografía


Neruda Pablo (1957) Obras completas, Buenos Aires, Losada (5ª.ed.).
                      Vol. I: ‘Crepusculario’ (CR); ‘Veinte poemas de amor y una canción
                     desesperada’ (VPA); ‘El hondero entusiasta’ (HE).
                      Vol. II: Plenos poderes (PP); Memorial de Isla Negra (MIN).
                      Vol. III: La Barcarola (B); Las manos del día (MD); Geografía
                     infructuosa (GI).
              (1974) Jardín de invierno (JI), Buenos Aires, Losada.
              (1974) Confieso que he vivido (CHV), Barcelona, Seix Barral.
              (1978) Para nacer he nacido (PNHN), Barcelona, Seix Barral.
              (1980) El río invisible (RI), Barcelona, Seix Barral.

				
DOCUMENT INFO
Shared By:
Categories:
Tags:
Stats:
views:44
posted:12/8/2011
language:
pages:8