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11/29/2011
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Apocalipsis - Comentarios









Ap 1,1-20



«Apocalipsis» quiere decir "revelación", "desvelamiento". Hay que distinguir entre escatología y

apocalipsis. Para el pensamiento escatológico, el proceso histórico avanza hacia un punto de

consumación (la «plenitud de los tiempos»). En cambio las corrientes apocalípticas son pesimistas, ya

que, ante la decadencia de los tiempos presentes, anuncian un final inminente y la aparición inmediata

de los nuevos cielos y la nueva tierra. El Apocalipsis de Juan debe ser situado en la línea profética del

Antiguo Testamento: es una «interpretación» de los acontecimientos con los ojos de la fe. Su

especificidad estaría en que tales acontecimientos son escatológicos (y no simples «postrimerías» del

hombre o de la historia).

Ap 1,1-20 incluye el título del libro (vv 1-3), el saludo a las siete Iglesias (4-8) y la visión inicial

(9-20) El rasgo básico es la posición céntrica de Jesucristo, mediador entre Dios y el profeta, testigo de

la palabra. La mediación de «su ángel» hará que el profeta reciba la revelación del Señor. El

encabezamiento es solemne, adecuado a un escrito epistolar importante. Encontramos en él una

referencia trinitaria (Padre-Espíritu septiforme-Hijo), encuadrada entre dos fórmulas que evidencian el

soberano dominio de Dios sobre los tiempos y la historia: «alfa y omega» -primera y última letra del

alfabeto griego-, principio y fin de todas las cosas, y «el que es, el que era, el que será» (exactamente,

«el que vendrá»), dueño del pasado, presente y futuro. Por otra parte, Jesucristo es presentado como el

redentor victorioso que restaura definitivamente el reino de Dios: su amor no se apagó y su testimonio,

sellado con la sangre, no se marchita.

La visión inicial amplifica el denso contenido de esa doxología. Juan, «el siervo», es arrebatado

por el Espíritu. La aparición del Hijo del hombre se describe con gran número de simbolismos (que

describen su aspecto) y con abundancia de metáforas («como...», «semejante a...»). Esta forma de

escribir, llamativa y sugerente, es propia del género apocalíptico. Por tanto, hay que evitar cualquier

especulación intelectualista que pretenda interpretar el texto al pie de la letra o en una clave

preestablecida. La presencia de Cristo glorioso, lleno de majestad y poder, provoca en Juan una

reacción de estupor y miedo. El Viviente, rodeado de sus ángeles guardianes (las siete estrellas) y de

las siete Iglesias (los siete candelabros), es el Señor resucitado que ha vencido a la muerte. El

creyente, consciente de que el tiempo actual es tiempo de espera y de urgencia, acoge las palabras

escritas en el libro y las conserva. El Apocalipsis es profecía, es decir, llamada y conversión ante la

proximidad de los últimos tiempos.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 585 s.)..









Ap 1, 5-8

1. /AP/LIBRO:

El libro va dedicado a las siete iglesias de Asia, localizadas alrededor de Éfeso. Probablemente,

también a las iglesias cristianas de todos los tiempos, ya que la cifra siete es el símbolo de la plenitud.

El saludo une dos deseos profundos: la gracia (griego) y la paz (hebreo). Los dos son dones de Dios,

llamado aquí "el que es, era y viene". Los "siete espíritus" designan al espíritu perfecto, el Espíritu

Santo. Jesucristo es la tercera persona nombrada. Es presentado como "testigo fiel" de los misterios de

Dios; el resucitado, el rey todopoderoso. Sigue una alabanza a la obra redentora de Cristo y una

confesión de la venida en gloria del traspasado. Una proclamación solemne cierra este saludo de parte

de Dios Padre, del Espíritu y de Cristo. Está puesta en boca de Dios mismo, que, por Cristo, en el

Espíritu, es el alfa y la omega, el principio y el fin de la historia, el que es, era y ha de venir, el soberano

de todo.

El Apocalipsis va dirigido a cristianos que empiezan a sufrir por su fe, y les muestra a Cristo como

modelo que están imitando. Cristo es "el servidor y el testigo de Dios y del Padre". No hay que olvidar

que mártir significa testigo.

EUCARISTÍA 1988, 55





2. El Apocalipsis (o Revelación) es una "epístola" o carta "encíclica" (esto es, circular) dirigida a

las cuatro iglesias de la provincia romana del Asia Menor. Comienza invocando sobre estas iglesias el

nombre de Dios (el Padre), el Espíritu y Jesucristo. Tres títulos, que recuerdan la fórmula del símbolo

apostólico ("murió, resucitó y está sentado a la diestra del Padre"), acompañan al nombre de Jesucristo:

"Testigo fiel", pues Jesucristo selló con su sangre el evangelio que había predicado; "primogénito", o

primer nacido de entre los muertos (1 Cor 15,20; Col 1,18), que resucita para no volver a morir (Rm 6,9),

y "Príncipe" (Rey de reyes) que está sentado a la diestra del Padre y vendrá a juzgar sobre las nubes.

Este último título es equivalente a "Señor".

El autor señala seguidamente, y en correlación con los tres títulos mencionados, otros tantos

dones que nos vienen de Dios por Jesucristo: el amor que se ha manifestado en Jesucristo a todos los

hombres (cfr. Gàl 2,20), la redención en la que el amor llega a su plenitud (5,9; Gál 3,13; #f 1,7; Tf 2,14;

etc.) y la gran dignidad de reyes y sacerdotes que concede a los que ha redimido. Ya Israel había sido

llamado para constituir un pueblo de reyes y sacerdotes (Ex 19,6), pero es por obra y gracia de

Jesucristo como se cumple esta vocación en el nuevo pueblo de Dios (5,10; 20,6; 22,5; 1 Pe 2,5.9).

Como todos estos dones vienen en definitiva de Dios, el autor concluye con una doxología al Padre.

La memoria de la obra salvadora de Dios en Jesucristo levanta la esperanza y abre los ojos hacia

la venturosa venida del Señor al fin de los tiempos. De esta manera se introduce ya el auténtico tema

del Apocalipsis. El Vidente, que describe su visión con palabras tomadas de Daniel (7,13) y Zacarías

(12,10), nos invita a contemplar la venida del Hijo del Hombre sobre las nubes y a observar la reacción

que produce en los pueblos este acontecimiento. También el mismo Jesús anunció su venida aludiendo

a las palabras de Daniel (cfr. Mc 14,62). La alusión a Zacarías tiene, por su parte, esta significación: El

que fue asesinado por los hombres, Jesús de Nazaret, se manifestará como Juez y Señor y sus propios

enemigos lo verán y se lamentarán sin remedio (cfr. Mt 24,30). Para unos habrá un juicio de

condenación, para otros de salvación. Nadie condenará a la comunidad de los creyentes.

Tenemos aquí dos afirmaciones consecutivas. La Primera confirma la promesa de Dios, la

segunda es la respuesta confiada de la comunidad a esta promesa (cfr. 22,20). "Alfa" y "omega" son la

primera y la última letra del alfabeto griego. Dios es el primero y el último, "el que era" y "el que viene".

Dios es, por lo tanto, el sentido de la historia. Cuando triunfe definitivamente el "Testigo fiel" y venga con

poder y majestad, se manifestará en Jesucristo, Señor, el misterio de Dios y todo quedará patente y

descifrado. Entonces veremos que Dios es todo en todos.

EUCARISTÍA 1985, 54





3. Las raíces del Apocalipsis de Juan se hallan en el género apocalíptico judío (cf. 1.lectura de

hoy y la del domingo anterior) y su pretensión es la misma: a través de visiones simbólicas y cargadas

de imaginería esotérica, quiere reforzar la fe de los lectores en medio de la persecución, asegurándoles

la victoria final. Pero a pesar de estas raíces y de esta pretensión similar, una cosa lo diferencia

radicalmente: aquí no se trata de elucubrar con sueños de los que nunca se explica directamente el

significado, sino que ya desde el principio aparece explícito el sentido final de todo, porque el objetivo

de la historia se ha revelado ya con la muerte y resurrección de JC. La victoria final más allá de

cualquier persecución es, por tanto, la victoria que ya ha conseguido JC, convertido en Señor de la

historia por su misterio pascual.

Este es, por tanto, el tema de estos primeros versículos del Apocalipsis que leemos hoy, la

victoria final sobre la persecución (tanto la de los judíos que "le traspasaron" como la de "todos los

pueblos de la tierra", las naciones paganas que ahora persiguen a la Iglesia) se fundamenta en JC, que

es "el Príncipe de los reyes de la tierra" y aquél que cumple la profecía de Dan 7 (cf.1 lectura) y "viene

en las nubes".

Pero esta soberanía no se ha obtenido por medio de exhibición de poder, sino a través del amor

a los hombres y de la sangre de su cruz. JC, en efecto, se ha convertido en Señor de la historia porque

ha sido fiel al proyecto de amor de Dios sobre la historia. Por eso es el "Testigo fiel", porque con su vida

y con su muerte ha revelado totalmente quién es el Padre, convirtiéndose así en "el Primogénito de

entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra".

J. LLIGADAS MISA DOMINICAL 1979, 21





4.BESTIA/Dn:

La visión de Dn 7 encuentra su plena interpretación cristiana en Ap 13: el Imperio romano es

presentado bajo el simbolismo de una bestia que al propio tiempo recapitula las cuatro que viera Daniel.

Ya desde el principio, el autor del Apocalipsis ha hecho alusión a la visión de Dn 7. El Apocalipsis no es

ya la "Revelación" (que eso significa "Apocalipsis") de Daniel, de Moisés, de Henoc o de cualquier otro

personaje antiguo, sino del propio Hijo de Dios, Jesucristo, el cual, en estos versículos de la

introducción que hoy leemos, se presenta bajo diferentes títulos; entre otros, el de que "viene en las

nubes", como el Hijo del Hombre. Es "el Príncipe de los reyes de la tierra" (cf. el salmo de las promesas

a David, 89,28: "Lo haré mi primogénito, el altísimo entre los reyes de la tierra"), pero eso no significa

que tenga que ser como un emperador romano, más o menos buena persona. Es soberano del

universo, no por haber vencido militarmente, sino por haber sido atravesado (v.7).

H. RAGUER

MISA DOMINICAL 1976, 21

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/T-O/34B/2lec-comentario.htm









Ap 1, 4-6.10-18; 2,26-28; 3,5.12.20-21



Para explicar el sentido de la fiesta de Cristo Rey ha reunido la liturgia unos versículos recogidos

de los primeros capítulos del Apocalipsis. Los del capítulo primero describen la visión introductoria de

Juan en Patmos. Los del capítulo segundo y tercero forman parte de las cartas dirigidas a las siete

Iglesias.

Pero prácticamente todos describen la figura o las funciones del «Como-Hijo-de- hombre». En

1,14 le vemos revestido como eI anciano de Dn 7,13: «Su cabeza y las guedejas de la barba eran

blancas como lana, como nieve y sus ojos como fuego llameante... de su seno salía una afilada espada

de doble filo. Su aspecto era como el sol en plena fuerza» (Ap 1,14-16). Diríase que el autor quiere

infundir un respeto reverencial ante la figura del Rey del universo. ¿Quiere deslumbrarnos con la fuerza

de su luz? ¿Quiere amedrentarnos con el poder de la espada de dos filos? La descripción está en

función, sobre todo, de las cartas que siguen. Ahora bien, los versículos de estas cartas, reunidos en la

lectura de hoy, nos dicen precisamente que este poder del «Como-Hijo-de-hombre» es para ser

compartido con los cristianos vencedores (2,26-28; 3,5-12): «A quien venza le concederé sentarse

conmigo en mi trono» (3,21).Mas no es solamente el poder y la gloria lo que se comparte en el trono real

de esta visión dominical (1,10). Hay todo un banquete para participar: «Mira que estoy a la puerta

llamando. Si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (3,20). No cabe duda

que este texto está plasmado no solamente con la experiencia cultual comunitaria (sobre todo de su

momento culminante, la eucaristía), sino también con la meditación de Cant 5,2. De hecho, la traducción

judía de los Setenta usa los mismos términos que Ap 3,20 en la traducción al griego de Cant 5,2. Quiere,

pues, decir que el texto de Ap 3,20 no puede ser leído por ningún cristiano sin tener en cuenta la melodía

presente en Cant 5,2. Leer en clave cristiana un texto bíblico quiere decir sintonizar con él, dejarse llevar

mentalmente por sus signos, hacer un esfuerzo de cambio, de acuerdo con el mensaje siempre

renovador...; en fin, intentar reproducir vitalmente las actitudes que el texto demanda. Si se quiere

sintonizar cristianamente hay que repetir su gesto. Aquí el gesto ordenado es de apertura: abrir la puerta

es expresión técnica en la literatura judía para indicar el esfuerzo de conversión. Se siente, pues,

inclinado uno a decir: quien no abra no podrá tampoco oír la melodía implicada en Ap 3,20. Para

«probarlo» nada más fácil que coger otra vez el texto: «... conviértete. Mira que estoy a la puerta

llamando... si uno me oye y me abre, entraré en su casa...» (3,19b-20).

Una exégesis sensata del texto sería así. Pero lo más curioso del caso es que el autor de Ap 3,20

no se muestra muy "sensato".Constatémoslo. ¿A quién se dirige él? A los cristianos de la Iglesia de

Laodicea. Las Iglesias del Apocalipsis tienen vicios y virtudes. De alguna solamente se nombran

virtudes (Esmirna y Filadelfia). De la de Laodicea no conocemos virtud alguna, el autor sólo indica

vicios: «Dices: soy rico. Me he enriquecido y no tengo ninguna necesidad, ¿no ves que eres tú el

desgraciado y el miserable, pobre, ciego y desnudo...? Estoy a punto de vomitarte de mi boca»

(3,17.16). Al alcance, pues, de la Iglesia de Laodicea, precisamente la única comunidad sin nada

positivo, llena de vicios, de una manera, pues, poco «sensata», el autor pone la frase más densa de

afecto de todo el NT la voz del amado a la amada:«Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y

me abre entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap 3,20).

(·CORTES-E._BI-DIA-DIA.Pág. 817 s.)









Ap 1, 9-11a.12-13.17-19



Estas líneas pertenecen a la introducción al oscuro libro del Apocalipsis. La lectura litúrgica ha

dejado fuera los versos 14-16, lo cual la hace más inteligible hasta cierto punto, pero la priva de su

carácter original, fuertemente apocalítico -valga la redundancia-, al usar frases tomadas de otra

obra apocalíptica, el libro de Daniel.

Conviene acostumbrarse a interpretar este libro, con sus imágenes tan lejanas a nuestra

sensibilidad, si es que queremos sacar algún fruto. La fórmula para ello es intentar traspasar la

capa de fuera, no deteniéndose en los detalles, como probablemente hacían los primeros lectores.

Así, en este párrafo no interesan al tema de la lámpara de oro en plural, las vestiduras

espectaculares, las muertes aparentes y ni siquiera el mismo éxtasis.

El mensaje central es simple: posición central de Cristo resucitado y su influencia en la vida de los

hombres. Se tiene en cuenta la vida terrestre del exaltado, pero se incide aún más en su condición

gloriosa eterna. Este Jesús tiene relevancia definitiva para la vida de los hombres, de modo

especial para quienes, como los destinatarios del Apocalipsis, se encuentran en situaciones de

apuro. De hecho este libro tiene como finalidad la de confrontar a los cristianos perseguidos bajo

Domiciano, a finales del siglo primero. El centro de esperanza es este Jesucristo del que se

destacan los rasgos gloriosos y de poder total. Por eso se usan las imágenes que leemos. El

mismo Jesús sigue teniendo esa misión hoy en día, aunque no lo expresemos de forma tan

espectacular.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1992, 26





2. El Apocalipsis es, probablemente, el libro más comentado, de toda la Escritura. De un valor

excepcional para la Iglesia, trata de fortalecer al pueblo de Dios de todos los tiempos. Es un

mensaje de esperanza, consuelo y aliento en la prueba que suponen para los cristianos los

halagos de este mundo o las amenazas de los perseguidores. Siempre es leído en las

celebraciones, principalmente en el tiempo de Pascua.

Juan (con los sencillos títulos de), vuestro hermano y vuestro compañero en la tribulación,

desterrado por ser fiel a Jesús, se presenta con la autoridad que esa fidelidad le confiere. Lo hace

un domingo, el primer día de la semana, el día del Señor, para transmitir un mensaje a las

comunidades.

A pesar de su majestad, Jesucristo no infunde temor, sino confianza: ha resucitado y da la vida,

incluso a los muertos.

Está presente en los acontecimientos del mundo. Ahora se manifiesta al profeta para que anuncie

primero el presente y, después, lo que va a suceder.

El mismo Señor, pues, que pasa por en medio de sus comunidades, habla hoy a la fe de los

creyentes. Sólo él puede decir la verdad: "no temas nunca a nada, ni a la vida ni a la muerte".

Porque yo estoy contigo.

EUCARISTÍA 1992, 21





3. Tenemos aquí una enumeración de los diversos aspectos de la condición cristiana que se

encuadra como escatológica; la tribulación o la persecución, la prueba inaugurada por el conflicto

escatológico de la cruz; la realeza y asociación a la soberanía de Cristo, vencedor de la muerte y

de las potencias; la perseverancia o fidelidad en medio de la prueba y de la tentación. Junto a la

tribulación y prueba que supone la cruz y el creer en Jesús, está la soberanía, la gloria de saberse

vencedores con el resucitado. Para creer esto, en medio de una sociedad no creyente, es preciso

mantener viva la fe y la esperanza en el triunfo del Señor.

Es una apelación simbólica que, bajo la influencia de Dn 7, 13-14, se ha utilizado en la apocalíptica

judía, muy en boga en tiempo de Jesús y en el siglo I, para designar un ser misterioso que

ejecutará el designio de Dios. En la descripción que sigue, los símbolos se toman también del libro

de Daniel, contribuyendo a subrayar la transcendencia, la majestad, los atributos de este Hijo del

hombre en el que evidentemente hay que reconocer a Jesucristo. El, por su resurrección, ha sido

constituido juez de la muerte y ha asociado a los que creen a su mismo triunfo.

Mensaje de esperanza y de confianza.

La expresión "el primero y el último" es atribuida a Dios mismo en Is 44, 6 y 48, 12. Aquí se le aplica

a Cristo, lo mismo que en Ap 2, 8 y 22, 13. El título de "el que vive" tiene la misma orientación

porque sólo Dios es "el viviente" por oposición a los ídolos que no tienen vida (cf. 4, 9.10; 10, 6).

Con estas expresiones se quiere patentizar la realeza de Jesús, el dominio sobre la muerte, la

veracidad de su programa. El que se afilia al grupo de Jesús comprueba que lo ocurrido en el

maestro se realiza también en el discípulo.

J/VENCEDOR: La comunidad confiesa con estas expresiones su fe en la resurrección. No

solamente Jesús está vivo, sino que, al tener las llaves del Infierno, está indicando que los poderes

de los que no temen a Dios no podrán nunca desbaratar la fe del verdadero creyente. Ni el dinero,

ni el poder, ni la opresión, ni la tortura podrán nunca hacer desaparecer del corazón del cristiano la

seguridad de que Cristo es "el que vive'.

EUCARISTÍA 1977, 20





4. Juan se presenta como hermano de aquellos a quienes envía su escrito. El hecho de que escriba

sobre "lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde", no le lleva a situarse en una

posición superior, porque no son palabras suyas lo que escribe, sino fruto de un "éxtasis" que le ha

sido concedido gratuitamente por Dios. Por otro lado, es hermano porque comparte el mismo

destino de los demás cristianos: la realeza, pero también las penas y la paciencia para soportarlas.

Incluso vive deportado a causa de su fe. Patmos es una isla desde la cual se pueden "intuir",

colocadas en semicírculo, las siete ciudades a cuyas iglesias dirige el escrito.

El día del Señor, el domingo, el día de la resurrección, el Espíritu se apodera de Juan. Al igual que

ha sucedido con los profetas, su misión y su palabra no son fruto de la propia voluntad, sino de la

de Dios. La "voz potente" simboliza esta voz que supera a la palabra puramente humana.

La predicación ya no es sólo oral. Esta será escrita, para enviarla a "las siete Iglesias" que

simbolizan a toda la Iglesia y que son simbolizadas, a su vez, por los "siete candelabros de oro". El

nuevo pueblo de Dios ya no es el que se reúne en el templo de Jerusalén, sino la Iglesia, que tiene

en su centro "una figura humana", es decir, Jesucristo. La imagen, sacada de Daniel, hace

referencia al juez escatológico que actúa con el poder de Dios. La túnica hasta los pies y el cinturón

de oro eran distintivos propios de los reyes y los sacerdotes.

Ante la manifestación de Dios, el hombre se siente anonadado. Sólo la palabra amorosa del mismo

Dios lo puede reincorporar. Jesús se da a conocer con el mismo nombre de Dios. Pero es Jesús: es

el que "estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos". El es el que vive. ¡El, hombre

como los demás, es Dios!

J. M. GRANÉ

MISA DOMINICAL 1992, 6

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/PASCUA/DO-02C/2lec-comentario.htm1. /Ap/LIBRO:









Ap 2,12-29



Las Iglesias de Pérgamo, capital de la provincia de Asia y centro del culto imperial, y Tiatira,

ciudad artesana, son las destinatarias de las cartas tercera y cuarta. Las dos cartas repiten en el marco

de situaciones semejantes, el esquema explicado anteriormente. Los cristianos que habitan en

Pérgamo, ciudad de tradición pagana, han permanecido fieles al Señor; uno de ellos ha dado testimonio

de Cristo con su propia sangre. Los de Tiatira, por su parte, han dado abundantes pruebas de su

caridad. No obstante, Juan pone en guardia a unos y otros frente a ciertas doctrinas laxas -en relación

con el sacrificio a los ídolos y la fornicación- que se han propagado abiertamente en el seno de las

comunidades. Empleando los nombres simbólicos de Balaán y Jezabel (la reina que difundió el culto

idolátrico a Baal), Juan rechaza enérgicamente cualquier contacto con el paganismo vigente en la

sociedad de la época. Aunque la praxis de las Iglesias no se ha relajado, tales doctrinas ejercen algún

influjo.

La reacción debe ser inmediata. Los fieles al verdadero camino lo han de ser hasta la venida del

Señor. Este hará pasar a Jezabel y a sus seguidores por una gran tribulación y por el lecho de la

enfermedad y de la muerte -en contraste con el lecho en que hacían los banquetes idolátricos-, porque

han rehusado abandonar la conducta libertina y las falsas doctrinas gnósticas ("las profundidades de

Satanás": v 24). Se trata de doctrinas que predican la redención a través de una pretendida "ciencia"

revelada que permitiría penetrar "dentro" del misterio de Dios. Notemos que el texto está plagado de

referencias al Antiguo Testamento: los nombres de Balaán y Jezabel empleados para indicar a los

promotores de idolatría, la expresión de Jr 11, 20 ("yo soy el que escruta corazones y mentes"), el maná,

el nombre nuevo otorgado a los vencedores... La nueva vida reservada a los que perseveren se

describe con gran riqueza de símbolos. Su victoria será una participación en la victoria del Señor

resucitado y en la fuerza de la cruz. (·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 587 s.)









Ap 3,20



«Mira, estoy de pie a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su

casa y cenaré con él y él conmigo». El verso más enigmático, el más hermoso y el más lleno de teología

de toda la Biblia. ¿A quién no le ha impactado y sugerido tantas cosas este breve y denso pasaje? Es lo

que Gabriel Celaya designaba un verso germinal, el que da origen y al mismo tiempo resume un

poema. Este verso es el resumen del gran poema de la Biblia. Porque la Biblia entera representa la

larga historia de una ininterrrumpida visita de Dios a la humanidad; y esta visita culmina con la llegada

de Cristo, llamando a la puerta de cada uno y pidiendo entrar. Sorprende que esta escena del Ap 3,20

fue, hace algunos años, inspiración de innumerables representaciones pictóricas. Algunos cuadros han

decorado la escena: se podía contemplar al Señor, vestido de rey y portando un farol de luz, golpeando

en vano a una puerta; y en la puerta crecían agrestes algunas zarzas, signos del desamor, de la no

respuesta. Desde esta privilegiada atalaya de Ap 3,20 -así puede ser catalogado-, se puede

contemplar el comportamiento del Señor en la historia de la salvación.

Este Mesías anhelado es Cristo, quien, de pie, es decir, resucitado, llama a la puerta de la

Iglesia. Ap 3,20 es asimismo un reclamo al Cantar de los cantares (/Ct/05/02): «Ábreme, amada mía, mi

paloma sin mancha; que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos del relente de la noche». Quien

llama ahora a la puerta no es Yahvé que reclama a la asamblea del Israel, sino Cristo, el esposo, que

despierta a la esposa que es la Iglesia. Pero no es un esposo, que se marcha -como sucede en el

Cantar-, sino que permanece solícito y fiel, aguardando. Este tema nupcial también aparece en algunas

parábolas y pasajes del nuevo testamento, que son estudiados.

Existe además una relación con Cristo, Sabiduría, la pedagogía de Dios. Igual que la Sabiduría,

Cristo espera paciente a la puerta, alza su voz y ofrece un banquete; es la gran condescendencia de

Dios para la humanidad. También aquí culminan algunas parábolas de los evangelios sinópticos, que

habían acerca del amo que vuelve de noche a la casa. Y, sobre todo, la célebre promesa de Juan 14, 23,

-incluso el lenguaje resulta parecido: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y

vendremos a él, y haremos morada en él». Cristo viene ahora para plantar una casa dentro del

discípulo, y vivir para siempre con él en una relación íntima de fe y de amor. Y por fin, el premio que

Cristo asegura, es una comida, en ambiente de alianza y de reciprocidad. No se diluyen las personas en

un nosotros anónimo, no dice «cenaremos juntos» sino que dice expresamente: «cenaré con él y él

conmigo». Esta cena tiene un nombre propio en el NT: deipnon, es decir, la eucaristía. Este es el gran y

permanente regalo que Cristo hace a la Iglesia. En la eucaristía, Cristo llama y dice su palabra, y se

entrega plenamente a la Iglesia, para formar con ella una alianza de amor, que ya nada podrá romper.

Quisiera recordar las palabras de ·Evdokimov, al comentar este verso del Ap 3,20: «El cristiano

es un hombre miserable, pero sabe que hay Alguien aún más miserable, este mendigo de amor que está

a la puerta del corazón... El hijo viene a la tierra para sentarse a la mesa con los pecadores».

Es un encuentro entre la gracia del Señor y la libertad del hombre ¿Quién prevalecerá al final?

Cristo con insistencia y amor llama a la puerta, aldabonea; pero la puerta sólo se abre desde dentro.

(MANUEL ·CARMONA-M._HORAS/95/11.Pág. 506)

........................................................................









Ap 5, 11-14

En este texto no hallamos un "mensaje" ideológico o de contenido conceptual muy claro. Lo cual está

muy bien para compensar nuestra desmesurada tendencia a buscar en la Escritura siempre y en todo

lugar un contenido de este tipo. Tenemos que habituarnos a leer la Biblia desde otras perspectivas no

menos, sino más cristianas. También nos enseña a orar, alabar, expresar sentimientos..., no sólo nos

enseña sin más. Para ello es muy bueno el texto presente.

Se trata de una doxología casi en estado puro. Presenta la alabanza a Dios como tal, reconocimiento y

proclamación de él mismo. Es una actitud de adoración sin más. Cualquier otra actitud posterior debe

incluir esta primera actitud religiosa elemental que se da en toda religión pero que, a veces,

precisamente en el cristianismo actual, ha quedado bastante olvidada.

Es una actitud gratuita, sin pretender obtener nada a cambio directamente, sin pretensiones utilitaristas

como a menudo tenemos cuando oramos o nos relacionamos con Dios. Reconocer que nada tenemos

que no nos haya dado previamente el Señor y que, por tanto, no le damos realmente nada que El no

tenga ya antes, que no le hacemos ningún favor siendo buenos, por así decirlo, sino le alabamos y le

damos gloria, o sea, la reconocemos en nuestra vida, es algo muy importante para todo hombre y para

todo cristiano.

Hay movimientos, más bien de tipo carismático, que han entendido bien este sentido de la oración de

alabanza. Conviene que se extienda a otros sectores de la comunidad, porque es algo apropiada para

todos. La Escritura nos ofrece otros ejemplos, como el presente.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1989, 22





2. El lenguaje humano, y el bíblico por tanto, no siempre tiene función informativa, de transmisión de

mensajes conceptuales. Estamos demasiado acostumbrados a buscar un "mensaje", un contenido de

ideas en los textos bíblicos. Pero en algunas ocasiones el lenguaje simplemente expresa actitudes

internas, pasando a segundo plano el mensaje o contenido doctrinal.

Esto ocurre con este texto en que más bien se nos presentan actitudes imitables. El texto es casi

puramente doxológico o de alabanza. Lo de menos son los protagonistas concretos, los cuales, por otra

parte, se quiere representar como la humanidad, el cosmos en su conjunto.

Todo lo existente asume, o debe asumir, la actitud de reconocimiento y entrega que el texto presenta.

Es la alabanza sin más, algo que no es muy frecuente en nuestra actitud religiosa. Alabanza no tanto

porque Dios la necesite o saque algo de ella para sí, sino porque es la actitud humana coherente con

nuestro ser de creaturas. El cristiano es más que una simple creatura, porque también es hijo, pero no

deja de ser lo primero y no está mal que imite esta actitud presentada aquí, por lo menos en algunas

ocasiones. Se trata de la gratuidad en nuestras relaciones con Dios. No siempre se va a pedir algo de

El, lo mismo que no nos relacionamos con otros seres humanos no sólo para pedirles cosas, sino por la

satisfacción de la misma relación. ¿Por qué no hacerlo también con Dios?

FEDERICO PASTOR

DABAR 1992, 27





3. Este texto es puramente doxológico y no narrativo ni doctrinal.

Sería erróneo pretender encontrar un mensaje directo en todos los textos bíblicos. Estamos demasiado

habituados a hacer ese tipo de preguntas a los textos y quizá nos encontramos desorientados ante

pasajes como éste que no lo tienen, o lo tienen muy secundariamente.

Doxología es alabanza, reconocimiento de adoración por lo que Dios es o lo que Dios hace. Ni siquiera

es, explícitamente, acción de gracias. Es una característica de la auténtica actitud religiosa, del hombre

confrontando y percibiendo la realidad de Dios en su vida. Lo posterior proviene de aceptar este

comienzo.

Conviene insistir de vez en cuando en estos aspectos fundamentales, más gratuitos, pero

tremendamente importantes, en lugar de caer en relaciones pretenciosamente utilitaristas con Dios. No

damos a Dios nada que no tenga, sino reconocemos lo que hay. Con ello nos colocamos

conscientemente en nuestro lugar ontológico, cosa no demasiado frecuente en nuestro mundo secular,

ni siquiera en el ambiente eclesial, quizá demasiado preocupado de la efectividad, compromiso, etc.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1986, 24





4. En la visión, que explicábamos el domingo pasado, el autor del Apocalipsis no sólo ve lo que está

sucediendo (persecución actual de la iglesia por un poder concreto), sino también lo que va a suceder

en el futuro (1, 19; 4,2). La lucha actual entre imperio romano e Iglesia nos evoca y es sólo reflejo de esa

gran lucha entablada entre Dios y Satán a lo largo de toda la historia de la iglesia, historia erizada de

dificultades, de luchas en las que las nuevas fieras y prostitutas parecen llevar la mejor parte. La Iglesia,

según las apariencias, está abocada al caos, a la destrucción. En realidad no es así. En la nueva visión

inaugural, de 4, 1-5, 14, Juan contempla un rollo escrito y sellado con siete sellos, cuyo contenido va a

ser conocido a lo largo de 6, 1-22, 5. La historia de la iglesia según los designios de Dios, tiene una

finalidad bien determinada. Así, la desarmonía, luchas, persecuciones y catástrofes cósmicas que nos

encontramos a lo largo de todo el libro del Apocalipsis y que son fruto del poder humano actual

contrasta con la armonía que reina en el cielo, expresada en esa acción litúrgica del cap. 5, y que es

fruto del poder divino (trono celeste: 5, 1). Este es el fin de la historia humana representada en los

veinticuatro ancianos (5, 8) que evocan, quizá, a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles. Es el

nuevo pueblo de Dios triunfante que contrasta con el actual pueblo de Dios que sufre.

Y esta armonía existente en la esfera celeste se implantaría en la tierra, no a través de cualquier

hombre (5, 4), sino sólo a través de un nuevo personaje que aparece en la visión: el "Cordero' (v.6).

Ocupa un lugar privilegiado junto al trono para indicarnos su filiación divina (cfr. Dn. 7, 13), pero además

posee atributos humanos: es el "león de la tribu de Judá" (cfr.v l.5, Gn 49.9), título que se aplica al

Mesías al igual que el de "retoño de David" (cfr. v. 5, Is. 11, 1. 10). El león es símbolo de poder y en este

capítulo se le asocia a la conquista, ya que puede abrir el rollo (5, 5) y destruir a las dos fieras y a Satán

hasta implantar en la tierra el reinado de Dios, la nueva sociedad de salvados, representada por la

Jerusalén celeste (21, 1-22, 5). Pero en este texto el león es a la vez cordero (vs. 5-6); no triunfa por su

violencia, sino por su sufrimiento. Es degollado, matado con violencia (5, 9-12; 13, 8), y su sangre

derramada nos ha redimido. Es la gran paradoja del N. T. en la que el redentor no expía la sangre

derramada, la sangre de otro, sino la suya propia. Su muerte es victoria, y así ha formado un nuevo

pueblo de hombres libres en la tierra (vs. 9-10) que forman su especial posesión.

Ante este nuevo orden instaurado por Cristo (cfr. 14,3), la respuesta humana debe ser el

agradecimiento, la alabanza al Señor, al igual que el pueblo de Israel alaba las intervenciones de Dios

en su historia (cfr.Ex. 15). Por eso en este capítulo nos encontramos con tres himnos (vs. 8-10; 11, 12;

13-14) en los que hay un "crescendo": a la alabanza de los veinticuatro ancianos y los vivientes de 8-10

se le juntan una multitud de millares de ángeles en los vs. 11-12 y toda la creación en el último himno.

Toda la naturaleza (cielo, tierra, mar y....?) participa en esta alabanza ante la nueva creación.

DABAR 1977, 30





5. J/CORDERO

Juan ve a Cristo junto a Dios en la figura de un cordero: su nombre recuerda, a la vez, al cordero

pascual y al siervo de Dios, que toma sobre sí los pecados del mundo. Parece degollado (muerte), pero

está de pie (resurreción), vivo y eternamente vivo.

Jesucristo, el Cordero inmolado, es el único en el cielo y en la tierra que merece recibir de Dios todo

poder. Los coros de los ángeles entonan un cántico de alabanza, y a ellos se unen todas las criaturas

del mundo visible. Toda la creación tributa un mismo canto a Dios, que está sentado en el trono, y al

Cordero.

Creador y Salvador son alabados por igual en este himno cósmico. De ahí que el vidente presenta

plásticamente las verdades recogidas en los dos primeros artículos del símbolo apostólico.

La fe en Dios creador y en su Hijo salvador. La última palabra en esta alabanza cósmica la pronuncian

los cuatro vivientes. Con su "Amén" se cierra esta maravillosa liturgia, inmediata cercanía de Dios, allí

donde había comenzado; pero después de haber sido asociadas a la misma fiesta todas las criaturas.

EUCARISTÍA 1989, 17





6. /Ap/LIBRO:

El Apocalipsis, según su propio autor (1, 19), se divide en dos partes: "lo que está sucediendo" y "lo que

va a suceder después".

Dentro de la segunda parte (4, 1-22,5) se inserta este pasaje de la visión inaugural (4, 1-5, 14). La

Iglesia ve en la resurreción de Cristo eso "que va a suceder después", y lo que va a dar fundamento a la

vida cristiana. El relato está lleno de imaginación apocalíptica (toma las imágenes iniciales de Dan 7,10)

que da un marco literario al triunfo de Cristo. Lenguaje que llenaba de esperanza al primitivo creyente:

el triunfo de Cristo prueba que la vida del cristiano, aun entre dificultades, tiene una salida airosa.

Mientras la primera parte del capítulo está dominada por el motivo de la investidura del que es el único

Señor, la segunda está construida sobre el modelo de entronización de un soberano de la antigüedad.

Así es como los componentes de la corte celeste entonan este canto de la redención escatológica. La

humillación de Cristo en la cruz ha conducido a su exaltación (cf. Fil 2, 10). Este gesto de adoración es

el reconocimiento de que el señorío de Dios se ha revelado en Jesús dentro de una extrema

humillación. Esto es lo que hace que el cristiano espere con fe inquebrantable que a través de su propia

limitación ha de encontrar el desarrollo de su ser cristiano. El triunfo de Cristo no es un vano soñar en

falsas liberaciones.

Siguiendo la línea del A. T. ésta es una fórmula de adhesión y de esperanza (Cf. Job 8,8; Jer 28,6)

repetida para alabar a Dios (Neh 8,6) al final de una doxología (salmos). El mismo Jesús (J/AMEN) es el

"amén" (Ap 3, 14). No es tanto una afirmación de la verdad cuanto una súplica, y una constatación de

que lo prometido por Dios se ha de cumplir. En la exaltación de Jesús el cristiano adquiere la certeza de

que su fe no está abocada al fracaso. Creer tiene un sentido: hacer realidad el triunfo de Jesús es la

labor por excelencia.

EUCARISTÍA 1977, 21





7. Se entrega el libro sellado al Cordero para que revele el contenido que nadie era digno de leer y toda

la corte celestial prorrumpe en el himno de alabanza y adoración. La atención se centra en el Cordero.

Al coro de los ancianos sigue el de los ángeles. Millares y millones era la fórmula o número más grande

al que recurría la antigüedad para hacer cálculos. Aquí indica una multitud inmensa al igual que en Dn

7,10.

Ante la corte celestial se proclama el poder, la dignidad y la plena soberanía del vencedor que se

extiende más allá del círculo celestial. La creación en todos sus sectores, diferenciados por las criaturas

que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra y en el mar, participan en la alabanza a Dios, al que está

sentado en el trono, al Cordero. La doxología partiendo de la creación penetra en la esfera celeste y

llega al trono y la creación incontaminada en los cielos responde "Amén".

La liturgia celeste se ha iniciado en el círculo más restringido y ha llegado al círculo más amplio para

retornar ahora al círculo restringido.

PERE FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 8





8. -"Digno es el Cordero degollado de recibir el poder...": La visión del Cordero va acompañada de unas

aclamaciones doxológicas. El Cordero ha recibido el libro con los siete sellos y se dispone a abrirlos: el

proyecto salvador de Dios sobre la historia y la humanidad está en las manos de Cristo. El lo irá

revelando y llevando a cabo. La Iglesia (significada por los ancianos) y toda la creación (significada por

los ángeles, los vivientes y las creaturas del cielo, de la tierra y bajo la tierra), manifiestan su admiración

hacia Cristo, el liberador.

-"Al que se sienta en el trono y al Cordero..": La alabanza de los que esperan la salvación, se da

conjuntamente a Dios y a Cristo. Cristo por la resurrección participa de la realeza de Dios Padre. La

creación manifiesta su alabanza con el asentimiento obediente del "Amén" litúrgico, y la Iglesia, por la

adoración.

JOAN NASPLEDA

MISA DOMINICAL 1989, 8





9. El fragmento de hoy nos presenta una visión incomparable de la liturgia del cielo (Juan nos la

describe en los cc. 4-5 del libro). Una alabanza sublime y eterna, con todas las creaturas: empezando

por los seres angélicos, luego el universo entero simbolizado por los cuatro vivientes (cuatro elementos,

cuatro estaciones, cuatro puntos cardinales: el universo sensible), y el universo humano creyente,

representado por los veinticuatro ancianos: seguramente referencia a los doce patriarcas del Antiguo

Testamento y a los doce apóstoles del Nuevo. En el centro de este culto: Dios sentado en su trono, y el

Cordero. El Cordero, Cristo, muerto y resucitado, es el nombre que tiene las connotaciones de la

Pascua, del sacrificio, de la salvación.

Su gesto supuso la redención del mundo, por ello es ahora digno de todas las alabanzas, merece toda

la gloria y el poder. La liturgia del cielo es el gran eco de la fe y del sentimiento de la iglesia: la respuesta

del cielo a la fe de la tierra.

No es más que una visión, descrita con palabras humanas, y por tanto pobres. Pero es una enseñanza

que nos muestra quién es Cristo, cuál es su obra, qué ha merecido, qué esperamos, cuál va a ser

nuestro destino.

J. M. VERNET

MISA DOMINICAL 1983, 8





10. /Ap/05/01-14 J/CORDERO

Descritas ya la santidad (trascendencia) y la gloria (inmanencia) de Dios, asistimos ahora a la

entronización solemne del Cordero, el único que puede mirar de hito en hito «al que está sentado en el

trono» y recibir de sus manos el libro.

El tema del libro, tomado de Ezequiel, se emplea para significar los designios divinos sobre la historia y

su realización. Por eso no interesa tanto averiguar el contenido del rollo cuanto resaltar el hecho de que

ha llegado la hora de dar a conocer, de revelar, «las cosas que van a suceder» (4,1). En este sentido,

pues, el ángel pregunta con fuerte voz: ¿quién será digno de interpretar y llevar a cabo la voluntad

divina? Sólo el que ya cumplió la voluntad del que lo envió puede ahora -como Señor de los tiempos y

de la historia- conducir la historia a su meta.

Juan lo presenta como el Cordero degollado, que, tras ser sacrificado, venció a la muerte y vive

poderoso para siempre (de ahí los siete cuernos y los siete ojos). La imagen del Cordero -el símbolo de

Jesucristo que más se repite en el Apocalipsis- aparece ya en el AT. Lo encontramos en conexión con

el cordero pascual (Ex 12), inmolado para conmemorar la liberación de manos de los egipcios; pero,

sobre todo, hay que buscar la conexión con Isaías en la figura del Siervo de Yahvé: «Maltratado, se

humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador,

enmudecía...» (Is 53,7).

Este es el Cordero presentado por el Bautista como "el que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). De

hecho, el triunfo del Mesías prometido (v 5) es el triunfo del Jesús doliente, que se entregó para redimir

(«comprar», dice el v 9) a toda la humanidad. En otros términos: entre el Señor crucificado y el

glorificado hay una completa identificación: el Cordero victorioso lleva las señales de su martirio

testimonial.

La liturgia cósmica que se celebra consiste en un cántico nuevo. Es el canto de la Jerusalén del cielo,

que volveremos a encontrar. La pieza, de tres partes, está escrita rítmicamente en forma de himno.

Notemos cómo se va ampliando el círculo de los que rinden alabanza: los veinticuatro ancianos, la

multitud de los ángeles y todo lo creado (que, según los conocimientos cosmológicos de la época, se

divide en cielo, tierra-mar y abismo). Finalmente, las plegarias son recogidas por los cuatro vivientes en

un rotundo «amén». La aflicción del profeta ha desaparecido. El que cree que Jesús es el Señor no

desfallece. El Espíritu, enviado por Jesús y presente en toda la tierra, es su firme garantía.

A. PUIG

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD. MADRID 1981.Pág. 590 s.

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/PASCUA/DO-03C/2lec-comentario.htm#/Ap/05/01-141.









Ap 6,1-17



La visión del profeta continúa con la apertura de los siete sellos por parte del Cordero. Es posible,

pues, comenzar a precisar el significado del misterioso libro que «el que está sentado en el trono» tenía

en su mano derecha, se quiere mostrar que los designios de Dios sobre el mundo -ocultos y encerrados

en este libro- sólo son descubiertos y realizados por Cristo, el Cordero que abre los sellos. Resulta,

pues, inminente el comienzo del fin fijado por Dios y que el Cordero, a través de los cuatro vivientes y de

los cuatro jinetes, empieza a llevar a término.

Hay que examinar seriamente el sentido de estos acontecimientos. De hecho, si queremos

explicarlos como acontecimientos históricos, resultan fantásticos y desconcertantes; si pretendemos

encontrarles un paralelo en la historia de la humanidad, todo se reduce a una pura especulación sin

fundamento. Hay que interpretarlos, más bien, como «ráfagas» que un creyente, bajo el impulso

profético del Espíritu, lanza sobre las últimas horas del tiempo y de la historia. Por eso, porque se sitúan

en una perspectiva de fe en la intervención definitiva de Dios y no en una adivinación de un hipotético

futuro, es inútil querer encuadrarlos en un período histórico concreto.

En cambio, el lenguaje y la teología del Apocalipsis tienen una clara correspondencia en el

Antiguo Testamento y en los llamados «apocalipsis sinópticos» de Mt, Mc y Lc. Efectivamente, en el

texto de hoy comienzan las catástrofes precursoras del gran Día del Señor, cuya proximidad se afirma

en el último versículo: «Ha llegado el gran día de su cólera» (del Dios todopoderoso y del Cordero),

momento de castigo para los enemigos del Señor y momento de salvación para los creyentes. El clamor

de los perseguidos que están ya en el cielo no debe entenderse, pues, como una exigencia de revancha

contra los perseguidores, sino como el deseo ferviente del triunfo salvador del Rey de

reyes.Calamidades mortíferas (invasiones, guerra civil, hambre, peste) son las señales que preceden a

su venida. Ante ellas, todo hombre, rico o pobre, fuerte o débil, pide angustiosamente ser preservado de

la ira del Señor. Como dice Isaías 2,17, «será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la

arrogancia del hombre; sólo Yahvé será ensalzado aquel día».

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 591 s.)

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Ap 7. 2-4. 9-14



1.PERSECUCIÓN/PACIENCIA/ESPERANZA

Juan escribe el libro del Ap (que significa "revelación") hacia los años 94-96, en unas circunstancias

particularmente adversas para las comunidades cristianas. La persecución de Nerón, iniciada con el

incendio de Roma hacia el año 64, se había extendido por todas partes en tiempos de Domiciano. El

Apocalipsis es, por la tanto, un libro de la clandestinidad, lo que explica en parte la dificultad de su

interpretación. Es también un libro en el que el autor exhorta a los cristianos y levanta el ánimo de las

iglesias, un libro de la resistencia cristiana o de la "paciencia", que es algo muy distinto de la simple

resignación. La paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible.

El Vidente de Patmos ve los acontecimientos e interpreta los signos o señales de los tiempos a la luz del

Día del Señor, revelando así el verdadero sentido de las persecuciones de la iglesia en el decurso de la

historia. De ahí que la exhortación del Apocalipsis tenga todavía para nosotros vigente actualidad.

En el capítulo anterior, después de anunciar las calamidades que se avecinan sobre la tierra, deja

abierta una pregunta angustiosa: "Porque ha llegado el Día de su Cólera (de Dios) y ¿quién podrá

resistir?" (6.17). La respuesta se halla en las dos visiones de este capítulo séptimo, de donde ha sido

tomada la presente lectura.

El autor, que no está interesado en saber qué forma tiene nuestro planeta, sino en descifrar el sentido

de la historia, da por buena la visión que tenían sus contemporáneos de la Tierra.

Supone que ésta es como una gran superficie cuadrada, de cuyos ángulos proceden los vientos que

pueden dañar la vida de los hombres. Pero, como él cree que Dios es el Señor y Creador de todas las

cosas, supone que estos malos vientos no actúan al margen de la voluntad divina y están controlados

por cuatro ángeles (v.1). Estos reciben órdenes precisas de un quinto ángel, que surge por el Oriente

(de donde viene la luz y se suponía que procede la vida y la salvación de la vida), para que no suelten

los malos vientos hasta que sean marcados con un sello todos los siervos de Dios. Sabemos que los

hombres, desde antiguo, acostumbran a marcar con su nombre o con una señal personal aquello que

es de su pertenencia; así se hacía antes con los esclavos y con los soldados. El sello de Dios en la

frente de los que le sirven es como una promesa: Dios protegerá a los suyos en medio de la tribulación.

Todo esto lo ha visto el Vidente como si estuviera fuera del mundo y pudiera abarcarlo con una mirada.

Desde su punto de vista puede oír también el número de los marcados con el sello del Dios vivo. Desde

una situación concreta de opresión y de constante amenaza, este creyente supera la anécdota del

momento para abrirse, movido por la esperanza, al profundo misterio de la historia y escuchar la

palabra de Dios que lo interpreta. Para ver y oír de esta manera hace falta esperar contra toda

esperanza humana, superarlo todo en alas de la esperanza cristiana.

Se trata de un número simbólico. El número 12 significaba tanto como "totalidad", y el número 1.000

"muchedumbre". Israel es el pueblo de Dios. Suponiendo que cada tribu fuera una "muchedumbre"

(=1.000), la "totalidad (=12) de cada tribu sería 12.000 miembros y la "totalidad" de Israel (con sus 12

tribus) sería 144.000 miembros. De ahí que este número signifique simplemente la totalidad de los

elegidos y no una cantidad numérica bien determinada y conocida por nosotros. El autor quiere

decirnos que Dios protege a todos y a cada uno de sus elegidos.

Y ahora el Vidente, situado más allá de la historia, ve lo que será al fin y al cabo. En su visión ha dado un

salto, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, para mostrarnos el triunfo del pueblo de Dios.

Una muchedumbre incontable, de todas las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos

celebra la victoria. Esta hermosa utopía nos muestra que el ideal de la humanidad es la superación de

todas las fronteras y de todas las discriminaciones, una comunidad festiva en el reino de la paz y de la

libertad. En este sentido podemos afirmar que una sociedad sin clases es también el sueño de todos los

cristianos auténticos.

La victoria y la salvación que se celebra se debe al Cordero (J.C.) y a Dios, a quienes la muchedumbre

incontable y los ángeles tributan "todo honor y toda gloria". Es como una gran doxología y una liturgia

celestial que la iglesia militante, todavía en la tierra de la historia, anticipa en sus celebraciones

eucarísticas.

Aunque todos han sido salvados por Dios y por la sangre del Cordero, Dios no ha ahorrado a ninguno

de sus elegidos el pasar por la lucha y las tribulaciones de la historia. Y esto es lo que hace mayor el

gozo de la victoria final.

EUCARISTÍA, 1976, nº 59





2. H/IMAGEN-SEMEJANZA:

"...llevando el sello del Dios vivo". Los pastores marcan las cabezas del ganado con la señal del

propietario, la moneda del tributo llevaba marcada la imagen y la inscripción del Cesar; todos nosotros

que no somos de ninguna autoridad mundana, sino de Dios, llevamos grabada la imagen del Dios vivo.

Los santos la han dejado resplandecer en su vida. Nosotros a menudo la empañamos. Y sin embargo,

éste es nuestro gran título de gloria y lo que tenemos en nosotros de más hondamente constitutivo:

somos hijos de Dios.

J. TOTOSAUS

MISA DOMINICAL 1987, 20





3. NU/144000.

El leccionario, al saltar los vv. 5-8, nos ahorra la enumeración de los doce mil marcados de cada una de

las doce tribus. El hombre moderno ya no percibe el simbolismo de los números: una cultura

cuantitativa y el abuso de las estadísticas y presupuestos los han "deshechizado". Pero la cifra de

144000 no es un recuento de feligreses practicantes, sino la combinación de dos números perfectos, el

12 y el 1.000. Indica la salvación universal, como dice la segunda parte del fragmento que leemos: una

multitud incontable, de todos los pueblos, razas y lenguas (v. 9) (...).

Los vv. 9-14 se refieren ya a la multitud de los mártires que, vencidos a los ojos de los hombres, son en

realidad vencedores. Nótese que, a diferencia de la simbología tradicional, el color de los mártires es el

blanco, porque la sangre del Cordero, en la que por su martirio se han lavado, los ha purificado, y que

las palmas no aluden primariamente al martirio (como en nuestra iconografía), sino a la fiesta de las

Tiendas o Cabañas, celebrada gozosamente en el desierto tras haber salido triunfalmente de Egipto.

HILARI RAGUER

MISA DOMINICAL 1988, 21





4. Para el autor del Ap, la reunión de los siervos de Dios delante del trono divino (Ap 7.) constituye uno

de los preliminares del "Gran Día" o Día del Juicio Final.

a) Una idea muy acariciada en el Ap es el tema de la espera, del aplazamiento (v. 2; cf. Ap 6. 11; 11.

2/3/7; 12. 6/14; 20. 2-3). Juan ve los cuatro vientos dispuestos a lanzarse sobre la humanidad, de modo

semejante a como aparece en la descripción de Za 6. 1-7. Pero se produce un hecho nuevo que

Zacarías no había previsto: la orden de suspender la tempestad para que los elegidos pudieran reunirse

en el lugar fijado. El fin no llegará inmediatamente después, pues habrá que esperar a que la Iglesia

pueda cumplir su misión, cual es la de congregar a todos sus miembros. La reunión que, en la

representación judía, era simplemente un momento de la escatología, se convierte en la ocupación

esencial del "aplazamiento" que constituye el tiempo de la Iglesia.

b) La reunión concierne en primer lugar a las doce tribus (v. 4). Esta presencia de las tribus puede

resultar sorprendente en un contexto cristiano. No se trata de los judíos convertidos, sino del todo Israel

espiritual que es la Iglesia: los 144.000 son, pues, cristianos sin más, sean o no de origen judío. Los

salvados no son una muchedumbre anónima, sino un pueblo organizado y estructurado. Es preciso

notar, además, que las doce tribus no existían ya en el pueblo judío en el tiempo de san Juan, aun

cuando la esperanza mesiánica preveía su restablecimiento.

Con esta multitud reunida delante del trono de Dios se designa también la totalidad de las naciones (v.

9). No hay que oponer esta muchedumbre innumerable a las doce tribus de los versículos precedentes.

De hecho, Juan superpone dos visiones distintas de la misma realidad: la Iglesia, considerada ya como

cumplimiento del Israel espiritual, ya representada como el cumplimiento de la salvación del mundo

entero. Las dos imágenes se superponen para elaborar una eclesiología completa. El hecho de la

multitud innumerable muestra que la Iglesia es verdaderamente universal y no una secta, un grupo, un

"ghetto" de separados.

Por el contrario, la nota de unidad se encuentra más bien en la imagen de las doce tribus. La idea de la

multitud procede muy probablemente de Dn 3. 4-7; 5. 19. Todos los siervos de Dios presentes en la

reunión son marcados en la frente (v. 3) Esta marca (imagen que se halla en /Ez/09/03-06) evoca la

protección, la salvación, una protección que viene del mismo Dios. En este sello puede verse el símbolo

de la economía sacramental (cf. 2 Co 1. 22; Ef 1, 13; 4. 30).

El v. 14 parece dar una definición precisa de los siervos reunidos ante el trono de Dios: "Estos son los

que vienen de la gran tribulación". Juan piensa ciertamente en la persecución de Nerón, que considera

como el prototipo de todas las tribulaciones que habrán de afrontar los cristianos. No es preciso, por

tanto, reducir la muchedumbre innumerable a los mártires propiamente dichos.

La liturgia de la Iglesia descrita como la celebración de una nueva fiesta de los Tabernáculos (vv. 9-10).

Los motivos evocados (vestiduras blancas, palmas, aclamaciones, etc.) recuerdan, en efecto, el ritual

de los Tabernáculos. Ahora bien: esta fiesta era la de la recogida de las cosechas, la de la escatología,

del fin de los tiempos, del cumplimiento. Ya Za 14. 16-19 anunciaba el fin de los tiempos bajo la forma

de una fiesta de los Tabernáculos a la cual todas las naciones serían invitadas (cf. también Za 8. 20

ss.). En cuanto a la gran prosternación (vv. 11-12), es un rito de la antigua liturgia del templo (Si 50.

17-21): la adoración de Dios y del Cordero emparejada con la adoración de la Bestia.

MAERTENS-FRISQUE

NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IX

MAROVA MADRID 1969Pág. 80





5. /AP/LIBRO

Sólo el final de la historia (escatología) nos permite comprender el sentido de las precedentes etapas

históricas. Y como esta última etapa no puede ser descrita en su realidad histórica por ningún mortal, de

ahí que los autores que la describen deban echar mano de las visiones, imágenes simbólicas, etc.,

(apocalíptica). Esta literatura hará mucho uso de la comparación "como", "similar a"...

MAR/BESTIA: La apocalíptica judía trata de buscar un saber del pasado para interpretar el presente y

escrutar el futuro; pero Juan, no. El apocalipsis del Nuevo Testamento describe los avatares de la

historia de la salvación desde la primera venida de Cristo hasta la segunda. En la lucha entablada entre

Cristo y Satán, Cristo ya ha vencido; pero el poder del adversario sigue desplengándose sobre la

Iglesia. La "bestia feroz" que sale del mar (=el Imperio) y la gran "prostituta" (=Roma) son el instrumento

de Satán para desplegar su persecución sobre la Iglesia. (Nótese la forma encubierta de narrar

acontecimientos coetáneos al autor. También Juan estaba expuesto a la persecución). Es la hora de la

prueba. Junto a la amargura del presente, el autor va presentando cuadros apocalípticos del final de los

tiempos, que traen paz y serenidad a los atribulados, a la vez que sirven de acicate para continuar

luchando en este mundo en la batalla de la fe. Al final, Dios vencerá por medio de Cristo, que debe

actualizar el plan de salvación contenido en el libro de los siete sellos (5, 7, 9). La Jerusalén celeste, la

nueva sociedad de salvados, inaugura el reinado de Dios. Entre el sello sexto (6, 12-17) y el séptimo

(8,1) se inserta la perícopa de esta fiesta, dividida en dos escenas:

1. Vs. 1-8: los elegidos de la tierra. La destrucción y el pánico del sexto sello se detienen. Los vientos

que soplan de los cuatro ángulos de la tierra simbolizan las fuerzas destructoras de este mundo y el

anuncio del último día. Los cuatro ángeles (seres al servicio de Dios) detienen la destrucción. La

salvación viene de Oriente (v. 2). Por Oriente sale el sol y allí está el Paraíso.

La marca o sello (v. 3) indica pertenencia, incluso hoy, y protección. A pesar de los vaivenes de la

historia que sacuden a la Iglesia, ella será protegida. El número de los marcados (vs.4-8) es simbólico:

12 (=perfección) por 12 (tribus) por 1.000. Equivale a una muchedumbre innumerable. Cada tribu tiene

el mismo número de elegidos. Para Dios no hay acepción de personas.

2. Vs 9-17: suerte de los elegidos en el cielo. Ya han alcanzado la gloria y la victoria simbolizadas por la

túnica blanca y las palmas. Es una muchedumbre innumerable, sin distinción de razas, que prorrumpe

en un himno de agradecimiento. Superadas las dificultades, viven ya sin ansiedad. La salvación o

victoria se debe a Dios y al Cordero; pero este don o gracia requiere una respuesta humana (v. 15).

Todo esto ocurrirá en un futuro. Esta visión de final debe suscitar interés y entusiasmo para la lucha del

presente, donde se fragua la eternidad. La visión de una historia concreta hace que Juan nos presente

una clave de interpretación histórica válida para todas las edades.

DABAR 1980, 55





6. Quizás sea el Apocalipsis el libro del Nuevo Testamento más ajeno a la mentalidad secular moderna

(no a los brotes esotéricos, milenaristas y apocalípticos que de vez en cuando aparecen a finales de

milenio especialmente). Conviene no dejarse desorientar por la simbología y escenografías barrocas de

este género literario e ir al fondo de los temas.

En términos generales esta perícopa habla de la comunidad cristiana en tribulación -tema de todo

escrito- protegida por Dios en este mundo y en el otro. Es como un paréntesis en estas primeras partes

del libro que hablan más del futuro.

Los vv. 7, 1-8 en conjunto hablan de esa protección divina a su comunidad en un mundo de malvados.

Es de notar que la literatura apocalìptica no matiza. Buenos y malos están muy bien divididos. No hay

que tomarlo como una descripción de la realidad, sino como una simplificación más aclaratoria que otra

cosa. En realidad se trata de una afirmación de fe. Dios protege a su iglesia, a toda ella como muestra el

número simbólico de 144.000 (doce veces mil, número perfecto multiplicado por sí mismo para indicar

totalidad).

Los vv. 9-14 se refieren a la comunidad celeste, continuación de la actual. Lo principal es la glorificación

que esa comunidad hace de Dios y de Cristo, el Cordero en terminología de muchas partes del

Apocalipsis. Esta tarea, si así se pude llamar, es la actitud religiosa fundamental, reconocimiento de

Dios de forma total. Que hacen no sólo la iglesia, sino todo lo que no es Dios.

Y ello ha de entenderse no como una descripción de algo simplemente para que se sepa, sino para

animar a asumir esa actitud que va a ser la eterna de quienes están unidos con Dios.

Todo ello gracias a la propia acción de Cristo, su Muerte (y Resurrección). Blanquear y lavar no van a

ser términos exactos, sino metáforas también de los efectos de esa acción de Cristo.

Todos tenemos cabida en esa multitud, no importando nada, ni muerte ni vida, ni condición, ni edad.

Todos alabamos y adoramos al Señor por Cristo.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1990, 53





7. El autor del Apocalipsis escribe en tiempos de persecución de la Iglesia hacia los años 94 y 96. Ve y

juzga los acontecimientos situándolos en el horizonte de la historia de la salvación y a la luz del "gran

día de la cólera de Dios" (Ap 6, 17). En las tribulaciones de la Iglesia de su tiempo descubre un sentido

universal y último que está latente también en todas las persecuciones que habrán de padecer los

discípulos de Jesús a lo largo de la historia y hasta que llegue el día del juicio final.

Después de hacer una descripción profética de las calamidades que han de venir sobre los hombres,

termina el capítulo sexto con estas palabras: "Porque ha llegado el gran día de su cólera, y ¿quién

podrá resistir?" La respuesta a tan angustiosa pregunta se encuentra en las dos visiones que recoge

nuestra lectura tomada del capítulo siguiente.

COSMOLOGIA/JUDIA: El autor no muestra ningún interés en enseñarnos qué forma tiene la tierra y se

conforma con la visión popular de su tiempo. Los antiguos pensaban que la Tierra era una gran

superficie cuadrada de cuyos ángulos procedían los cuatro vientos que dañaban a los hombres. Pero el

Vidente cree que Dios es el Señor del Universo y que nada sucede sin su voluntad, por eso coloca un

ángel en cada esquina de la tierra para controlar los vientos maléficos según su voluntad (7, 1). Y así,

cuando todo está a punto para soltar los malos vientos sobre la faz de la tierra, otro ángel viene de

Oriente (de donde nace el Sol, de donde se suponía que viene para siempre la salvación y la vida) y trae

órdenes precisas para no desatarlos mientras no sean sellados los elegidos de Dios. El sello o marca

sobre la frente de los elegidos los distinguirá como propiedad del Señor y será garantía de salvación

para cuantos la lleven.

El Vidente se imagina estar fuera de la Tierra y abarcarla globalmente con una sola mirada. Desde su

punto de vista no es posible ver los detalles, mucho menos contar con exactitud el número de los

sellados. En cambio sí puede recibir información sobre este extremo. Por eso dice el autor que "oye el

número de los marcados con el sello".

Este número es, sin embargo, un número simbólico: 12 significa totalidad del "Israel de Dios" (las 12

tribus sin faltar una) y la totalidad (12) de cada muchedumbre o tribu (1000), esto es, todos y cada uno

de los miembros del Pueblo de Dios.

Más allá de este mundo, esto es, de la historia, el Vidente ve ahora en el cielo a los que ya han salido

triunfantes de la gran tribulación. Es una muchedumbre innumerable y heterogénea, de todas las razas,

pueblos y lenguas, es la comunidad futura con toda la riqueza de su pluralismo y toda la unidad en la

participación gozosa de una misma victoria.

Todos los que la componen van vestidos de blanco, porque son los invitados a las bodas eternas del

Cordero, y llevan palmas en las manos, porque han salido victoriosos de la gran tribulación. Esta

muchedumbre se encuentra ante el trono de Dios, esto es, en el cielo. No debe confundirse con la otra

multitud de los señalados que aún militan en este mundo que pasa.

La salvación se debe al Cordero, que es Jesucristo, y a Dios. Por eso los santos, juntamente con los

ángeles, tributan a Dios "todo honor y toda gloria" en una solemne liturgia celestial que los cristianos,

señalados por el bautismo, anticipan sacramentalmente en la liturgia de la Iglesia.

El vidente es de nuevo informado sobre el significado de cuanto está viendo. La información le viene

dada por uno de aquellos misteriosos "ancianos" que asisten al trono de Dios. Todos los santos han

sido salvados por la sangre de Cristo, sin que esto suponga que Dios ahorre a nadie la gran tribulación.

Los santos vienen de la gran tribulación, por eso su victoria es aún más gozosa.

EUCARISTÍA 1986, 51





8. Este capitulo, entre dos series de juicios y castigos, es un mensaje de consuelo y esperanza. Quiere

infundir confianza ante la catástrofe anunciada. Dios no abandonará a los suyos cuando llegue la hora

de la prueba. Es un mensaje de esperanza y seguridad. El ángel pone a cada uno un distintivo.

En el anuncio del castigo el autor supone que la tierra es cuadrada. Por eso presenta a los ángeles

encargados de las fuerzas destructoras colocados en los cuatro ángulos que equivalen a nuestros

cuatro puntos cardinales. Símbolos de salvación:

a) El ángel que sube de oriente. El oriente es el lado de donde proviene la luz. Corresponde al ángel

portador de la salvación.

b)SELLO/BAU. El sello del Dios vivo. El sello indicaba pro- piedad. Por eso los preservados por el sello

son considerados como patrimonio especial de Dios. En la antigüedad se marcaba no sólo a los

animales, sino a los esclavos y a los soldados. Así llevaban en su carne la señal de pertenencia a su

dueño. Esta señal era al mismo tiempo signo de pertenencia y garantía de protección. Parece natural

ver en el sello una alusión al bautismo. Los bautizados se llamaban "sellados". Pablo habla del sello del

Espíritu (cfr. 2 Co 1,22; Ef 1, 13; 4, 30). El número de los salvados es un número simbólico. Indica la

totalidad de los salvados, es toda la Iglesia. Está compuesta por gente de toda nación, razas, pueblos y

lenguas.

Constituyen una asamblea litúrgica. En pie, vestidos de largas túnicas, con palmas en las manos. La

descripción del Apocalipsis corresponde a la celebración del triunfo imperial, pero parece más obvio

interpretar el capítulo siete en relación con la fiesta de los Tabernáculos en uso en la liturgia judía. Esta

fiesta era como una promesa y una anticipación del Israel ideal que debía ser restaurado por Dios. Así

se prepara la gloria futura del pueblo de Dios. Es la visión de Israel que se reúne, el Israel perfecto

extendido por todo el universo. Juan ha superado la situación de Pablo. Ya no hay dialéctica

judío-gentiles. Para Juan no hay dos pueblos. Es la Iglesia compuesta por hombres que vienen de

todas las naciones.

PERE FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 20





9. /Ap/07/01-17

La inclusión de este fragmento, antes de la apertura del séptimo sello, produce literariamente un efecto

de suspense en el conjunto del relato. Además, en su desarrollo hay una antítesis entre el grito

desesperado de los «habitantes de la tierra» (final del capítulo anterior) y la respuesta del enviado de

Dios. Este, el ángel que sube del Oriente, marca la frente de los elegidos antes de las calamidades a fin

de preservarlos de ellas. Los sellados con el sello del «Dios vivo» serán liberados de los males que

azotarán toda la tierra. (En relación con el sello en la frente se podría recordar que los beduinos suelen

llevar una señal para indicar a qué tribu pertenecen).

El texto incluye dos visiones paralelas. Los vv 1-8 presentan la Iglesia de la tierra, y los vv 9-17 aluden

a la gran fiesta de la Iglesia celestial, en una descripción majestuosa que evoca las visiones de la corte

divina y del Cordero y anticipa la de la nueva Jerusalén.

La enumeración de las doce tribus -comenzando por la de Judá, de la que nació el Mesías- evoca la

idea de la Iglesia como el Israel ideal, que está fundado sobre los doce apóstoles y acoge en su seno a

una muchedumbre venida de todos los puntos de la tierra (el número doce significa totalidad). Hay que

desechar, pues, la interpretación rígida de algunos que toman al pie de la letra el número de ciento

cuarenta y cuatro mil salvados. ¡Como si fuera posible reducir de antemano la misericordia de Dios a

una cifra! El texto mismo, al hablarnos de «una muchedumbre innumerable» (v 9), nos muestra

claramente qué valor hay que dar a esa cifra.

La segunda visión describe la apoteósica liturgia celestial (bien plasmada por los hermanos Van Eyck

en La Adoración del Cordero Místico). La celebración recoge elementos de la fiesta judía de las

Tiendas: las palmas, la gran reunión... al amparo de la única tienda del «que está sentado en el trono».

A través de la explicación final del anciano, Juan presenta lo que podríamos llamar «el estatuto del

mártir». El mártir es aquel que, por haber dado testimonio de su fe durante la persecución, vive ahora

junto a Dios, alabándolo por siempre, liberado de cualquier angustia y consolado de toda tribulación. El

parlamento del anciano, emocionante y bellísimo, contiene unos contrastes maravillosos: los que han

dado testimonio del Señor Jesús blanquearán sus vestiduras con la sangre del Cordero; éste será su

pastor y los conducirá a fuentes de agua viva.

Todo cristiano es mártir, testigo del Señor. Por eso, la cruz no está reservada a los héroes. Seguir a

Jesús quiere decir mantenerse fiel a él hasta donde sea preciso. Porque la muerte es siempre el camino

de la vida.

A. PUIG

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 592 s.





10. /Ap/07/09-17

Pocos libros de la Biblia han sido tan citados, tan leídos y tan mal interpretados a lo largo de los siglos

como el Apocalipsis. Es una obra presentada como visión, profecía y testimonio. Como todos los

apocalipsis, es un libro de visiones del juicio de Dios sobre el mundo. Una parte de esas visiones

muestra las realidades que se manifestarán más tarde y que en el futuro también entrarán en el destino

de los hombres; algunas otras describen una escatología ya cumplida, es decir, muestra el aspecto

invisible, misterioso, pero real, del hecho salvífico: la Iglesia, el Mesías, el Espíritu, como realidades ya

presentes.

Sin embargo, el Apocalipsis es principalmente testimonio. Cuando empieza la persecución, los

cristianos pueden ser tentados a replegarse en sí mismos, a sufrir si convenía, a aguardar el fin de la

tempestad. Mas esta actitud significaría no entender nada de lo que exige seguir a Cristo. La

persecución no es como una tempestad; es una lucha entre Dios y las fuerzas del mal en el terreno de

la humanidad. En esta contienda no debe ocultarse el cristiano, sino que ha de dar testimonio de que

sólo Dios rige la historia por medio de Jesucristo; con este testimonio los cristianos han de demostrar

que las divinidades introducidas por la idolatría humana no son sino simulacros impotentes.

Este es el sentido que parece dar el autor a esta visión que tiene por escenario la Jerusalén celestial, en

que los testigos toman parte en la liturgia que celebra la victoria del Cordero sobre las potencias

hostiles. La Iglesia reemprende y repite el misterio del Siervo de Dios. La Iglesia, como el Siervo,

renueva, siguiendo a Jesús, las actas del misterio: da testimonio y profetiza, muere y resucita. En este

punto se realiza en ella el misterio de Cristo. La Jerusalén celestial está ya presente entre los testigos

que luchan aquí abajo el combate de su fe testimonial. Este pueblo testigo celebra una liturgia, unida a

la celeste, en la cual Jesucristo es celebrado como inmolado, salvador y pastor del nuevo Israel.

En la gloria de Cristo no se puede participar de otro modo que cargando la cruz aquí en la tierra.

Solamente bajo la cruz crece la existencia cristiana. Dios y los hombres piden que bajo la cruz de Jesús

y en fuerza del primer mandamiento tengan aquellos dolores que acompañan el parto de la libertad

plena y conducen a la Jerusalén celestial, madre de los seres libres, según Gál 4,26: «La Jerusalén de

arriba es libre, y ésa es nuestra madre».

F. RAURELL

-LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 858 s.





11. El capítulo 6 se cierra con la apertura del séptimo sello que inaugurará una serie de cataclismos

sobre la historia de los hombres. Antes de los cataclismos, el capítulo 7 nos ofrece una especie de

intermedio que con sus compases anticipa el final de la sinfonía divina: la victoria de Dios sobre las

fuerzas destructivas del pecado y de la muerte.

Dios se dispone a marcar, por medio de su ángel, a todos los que se han mantenido fieles a la Palabra

de Dios. En el s. I los siervos estaban marcados con el distintivo de su señor, al igual que determinadas

cofradías religiosas marcaban a sus adeptos como signo de pertenencia y fraternidad. Los cristianos

llevan el sello de Dios, que es el Espíritu recibido en el bautismo (cfr. Ef 1,13; 4,3O).

NU/001000-2:Los marcados forman una muchedumbre inmensa que reúne el entero pueblo de Dios del

AT y NT (12x12x1000=144.000; siendo el 12 el número simbólico del pueblo, y el 1000 el número de la

divinidad). La mención de "toda nación, raza, pueblo y lengua" nos recuerda la fraseología recargada

del libro de Daniel (p. ejemplo Dan 6,26), típica de la corte persa.

Los elegidos llevan vestiduras talares blancas, llevan palmas en las manos, y cantan ante el trono y el

cordero; elementos todos ellos que nos introducen en un clima sacerdotal. Una de las misiones de los

levitas era la de cantar salmos ante el santuario durante la ofrenda de sacrificios, su vestido era blanco

y en algunas fiestas -como la de los Tabernáculos- portaban ramos en las manos.

Con el bautismo los cristianos han quedado marcados por el Espíritu y han sido constituidos pueblo

sacerdotal. En la historia padecen la gran tribulación de las fuerzas antievangélicas, pero ellos, en

realidad, saben que tienen asegurada la victoria en la de Cristo, el Cordero degollado y resucitado.

JORDI LATORRE

MISA DOMINICAL 1991, 15









Ap 7, 9. 14b-17

1.TABERNACULOS

Este pasaje describe la dicha celestial de los elegidos, y más en particular la de los que han pasado por

la persecución, bajo la forma de una participación general en una fiesta celeste de los Tabernáculos.

a) La fiesta de los Tabernáculos era extremadamente rica en manifestaciones litúrgicas diversas y en

evocaciones doctrinales y simbólicas.

Inauguraba, en primer lugar, el Nuevo Año (Lev 21, 23), pero la corriente profética le ha atribuido una

nueva significación: abrir la era mesiánica. Nada extraño desde el momento en que la vida celestial de

los elegidos comienza por la celebración de una solemne fiesta de los Tabernáculos instaurando el

reino de Yahvé por los siglos de los siglos (v. 12).

b) La fiesta de los Tabernáculos era también un día de clamor (o "fiesta de las trompetas"). Después del

repique de trompetas, los judíos lanzaban aclamaciones sin fin (Núm 29, 1; Lev 23, 23-24) para recibir

el año nuevo. Las trompetas resuenan también en la era definitiva (Ap 8, 6-13; 11, 15-19), y los santos

"gritan con voz potente": v. 10) claman su entusiasmo y su fe en la realeza de Dios.

c) La fiesta de los Tabernáculos estaba, además, precedida de una importante ceremonia de expiación

que consistía, sobre todo, en una purificación completa del Templo (Núm 29, 7-11; Lev 23, 26-32; Lev

16). La epístola a los hebreos revelará su caducidad desde la aparición del sacerdocio de Cristo

(Hb/09/11-14). En efecto, el culto cristiano no ha recurrido más a purificaciones anuales, habiendo

obtenido de una vez por todas en Jesús la posibilidad de ser agradables a Dios.

Se puede preguntar si la "gran prueba" a la que hace alusión el Apocalipsis y que precede a la liturgia

celeste de los Tabernáculos no es la réplica de la antigua expiación (v. 14; las túnicas purificadas en la

sangre del cordero): la prueba purificadora de la fe sería, pues, a los ojos del autor, el equivalente de la

antigua expiación y la garantía de la calidad del nuevo culto.

c) Pero la fiesta de los Tabernáculos era, sobre todo, una fiesta de fecundidad. Terminada la siega, los

judíos se cuidaban de asegurar el éxito de las próximas agitando ramajes (las palmas "en la mano" del

v. 9; cf. 2 Mac 10, 7; Neh 8, 14-16) y fecundando la tierra por medio de libaciones de agua (Zac 14, 6-10;

Jn 7, 37-38). La fiesta celestial de los Tabernáculos está aún marcada por este tema de las aguas vivas

(v. 17; cf. Is 49, 10) y por los hechizos que ponen a los participantes al abrigo de la sequía (v. 17; cf. Is

4, 5-6; 25, 4-5). La era escatológica inaugurada por esta fiesta es, pues, una era de dicha y de éxito

caracterizada por una fecundidad jamás esperada.

e) Con ocasión de la fiesta de los Tabernáculos, los judíos revivían la experiencia del desierto y

habitaban de nuevo bajo tiendas de campaña en recuerdo de la comunión con Dios que la alianza del

Sinaí había ofrecido al pueblo (Dt 16, 13-16; Lev 23, 41-43). Cuando los profetas han precisado los

rasgos del futuro escatológico, la imagen de una estancia bajo las tiendas ha caracterizado el aspecto

de comunión con Dios que este futuro comportaba (Os 12, 10; Is 31, 18). El Apocalipsis toma de nuevo

esta imagen y la idea de estancia con Dios se encuentra reforzada por el hecho de que Dios ofrece su

propia tienda (v. 15b) a sus elegidos, mientras que otras tradiciones imaginaban que cada uno plantaría

su tienda alrededor de la suya (Mt 17, 4).

f) La fiesta de los Tabernáculos era, finalmente, la ocasión de la reunión general de las tribus, el

momento en que la conciencia del pueblo revestía su expresión más fuerte. Pero los profetas habían

entrevisto ya una dimensión misionera de la fiesta: vendrá un día en el que todas las naciones se unan

allí (Zac 14, 16-21).

Este valor universalista se adquiere en el momento en que se abre la gran liturgia del cordero-pastor (v.

9). Fiesta principal del calendario judío, la fiesta de los Tabernáculos es la única manifestación litúrgica

del Antiguo Testamento que no reaparece en el Nuevo: sin duda se trataba demasiado de

recolecciones y siegas.

Es por esto por lo que los primeros cristianos la suprimieron en favor de la fiesta de Pascua: la fuente de

agua viva brota desde ahora del corazón de Cristo en la cruz (Jn 19, 34), los ramos se agitaban ahora

para recibir al Siervo paciente (Mt 21, 1-9), y la alabanza que sube hacia el cielo no aclama solamente a

Dios, sino al cordero cuya sangre ha lavado la túnica de los participantes (vv. 10, 14-17).

La esperanza en la nueva era expresada por la fiesta de los Tabernáculos pasa hoy por el misterio

pascual. La Eucaristía que lo conmemora y realiza ya las condiciones de la era celeste es entre

nosotros una incesante fiesta de los Tabernáculos.

MAERTENS-FRISQUE

NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV

MAROVA MADRID 1969.Pág. 116





2. Prescindiendo, como ha de hacerse siempre en el Apocalipsis, de los detalles y parafernalia que son

sólo el vehículo para llegar al núcleo, aunque a veces nos los dificultan, encontramos la universalidad

de la salvación como rasgo central de este párrafo.

El Cordero/Cristo es el causante de la salvación que consiste en la participación en su destino. Se

expresa en términos de purificación que no debe entenderse como legal o ritual, sino ir al fondo: unión

de Cristo y del Cristiano. Unión que significa una participación en el camino concreto que llevó a Jesús

hasta la glorificación, o sea, un camino de sufrimiento y muerte en no pocos casos. Sobre todo cuando

lo piden las circunstancias del momento histórico.

Los cristianos pueden afrontar estas situaciones, como las que vivían los destinatarios del Apocalipsis

en la persecución de Diocleciano, con esperanza de llegar a un destino como el de Jesús glorificado.

Todo el Apocalipsis respira este clima de infundir esperanza a gente atribulada por una historia

presente llena de dificultades.

No todos los momentos de cada grupo son así y, por tanto, no todos los textos bíblicos como éste, se

han de aplicar en todos los momentos. Pero por ejemplo, si aquí no sirve plenamente en la actualidad,

¿no es lo contrario por ejemplo en Centroamérica en un pasado bien reciente y en algunas partes

todavía hoy? No toda la Biblia tiene idéntica aplicación a la vez ni en todas partes.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1992, 28





3. En el capítulo sexto del Apocalipsis se hace una presentación de las dificultades de la historia que

son vencidas por Cristo resucitado y quien da sentido a todo ello. Se constituye así la muchedumbre de

quienes a lo largo de esa historia y a pesar de esas dificultades, van constituyendo la comunidad de los

salvados. Es evidentemente una dimensión universal. La salvación no está limitada a nadie.

Un matiz importante es que la purificación de que se habla (v.14b) no es ritual o legal, sino una

expresión de la unión establecida con la muerte (y resurrección) de Cristo. Sin eliminar las dificultades,

paralelas a las de Jesús, se insiste especialmente en el destino final glorioso, también paralelo al del

Resucitado. Es lo necesario para animar a las personas, destinatarias del Apocalipsis, que se

encuentran en tribulaciones.

También los demás pueden extraer esa misma conclusión, aun cuando las condiciones negativas que

sufren no sean persecuciones sociopolíticas como las del tiempo de Domiciano. La fuerza de la

Resurrección (vs. 16-17) es válida para todo tipo de opresión. El Apocalipsis es un libro de liberación

humana no condicionado sólo a un campo determinado. Los oprimidos de todo tipo tienen su Liberador

en Cristo.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1989, 23





4. El cap. 7 es un texto de transición colocado entre la apertura del sexto y séptimo sello. Ante la

injusticia infligida por el poder humano (6, 1ss), el Señor interviene y, como consecuencia, cunde el

pánico entre los prepotentes (6, 12-17). Desesperados, preguntan, "¿quién podrá resistirle?" (6, 17). A

esta ansiosa pregunta da respuesta el autor del Apocalipsis asegurando que los fieles del Señor deben

conservar intacta su esperanza (cap. 7). Para ello presenta ante nuestra vista un doble cuadro:

a) TERRESTRE: (vs. I-8).-La destrucción del segundo, tercero, cuarto y sexto sello no alcanza a todos

los cristianos. El viento, proveniente de las cuatro esquinas de la tierra que desola y destruye, no se

desencadenará sobre toda la iglesia. De la ira divina (el viento puede ser su manifestación) se salva un

resto marcado por el ángel que viene de Oriente (por él sale el sol y es el lugar clásico de las teofanías

divinas que traen la salvación, cfr. Is. 41, 2; Ez. 43, 2 ss). El sello indica "pertenencia a...". Aquí el autor

parece evocar Ez. 9, 4-6, donde los marcados con la letra "tau" son preservados del castigo divino, o

quizá haga alusión a Ex. 12, 33: el dintel marcado hace que el ángel exterminador pase de largo. El

número de estos preservados o elegidos es simbólico (12 x 12 x 1.000: símbolo de perfección el 12, y

de cantidad el 1000). Ellos constituyen el Israel ideal del Señor. NU/000012 NU/001000

b) CELESTE: (vs. 9-17).- En este cuadro se contempla a los elegidos que han llegado ya a a la meta, a

la salvación definitiva (significado de la túnica blanca). Su número es incontable y en sus manos llevan

palmas en señal de victoria (cfr. I Mc. 13, 51; II Mac. 10, 7). La salvación se la deben al Cordero y, en

última instancia, a Dios: por eso entonan un himno de alabanza los dos. Los que no se han dejado

doblegar ante ningún poder humano, lo hacen ante Dios en señal de agradecimiento.

Mediante el recurso literario del diálogo se va a especificar quiénes son los vestidos de blanco (vs. 13

ss). Son los que, con la ayuda del Señor, se han mantenido fieles a su Dios en el día de la persecución.

El Cordero, con su muerte, ha hecho posible uniendo su sangre (martirio) a la del Cordero. Su

constancia al enfrentarse con las dificultades se ve compensada con esta visión "hambre, sed..."

porque su prueba ya ha terminado (cfr. Is. 49, 10). La promesa de Jn. 10, 27 s. se ha cumplido; el

Cordero continúa las funciones de Dios como pastor (cfr. Salm. 23; Ez. 34), y sus ovejas poseen ya el

pasto eterno. -La meta conseguida o por conseguir debe darnos fuerzas para seguir luchando en

nuestro hoy. Y esto no es evasión, sino utopía, acicate para enfrentarnos con las dificultades de cada

día que no son pocas.

DABAR 1977, 31





5. ¿Quiénes son los pertenecientes a la muchedumbre? Aunque aparecen (anteriormente) agrupados

según las doce tribus de Israel, más bien debemos pensar que los ciento cuarenta y cuatro mil

representan a la gran multitud de quienes, por el bautismo, se han incorporado a Cristo; el número

simboliza la totalidad del pueblo de Dios que milita en la tierra.

Al final de los tiempos, esta multitud representa la visión ampliada de Juan, que contempla en el cielo

una grandiosa y triunfal celebración de toda la Iglesia. Una muchedumbre de todas las naciones,

pueblos, razas y lenguas del mundo se reúne para alabar a Dios. Unidos a los ángeles, a los ancianos

y a todo el universo, proclaman su victoria, simbolizada por la túnica blanca y palma en la mano, y

obtenida gracias a la "sangre del Cordero", su pastor. Porque se unieron a su pasión, le glorifican ahora.

Y gozan de los dones anunciados antes en las cartas a las iglesias; dones que serán detallados con

más precisión en la descripción de la nueva Jerusalén.

Queda señalada, esta vez con términos del AT, la paradoja que envuelve constantemente la vida del

cristiano, tribulación que introduce en la vida eterna junto a Dios; sangre que blanquea los vestidos;

Cordero que pastorea y conduce a las fuentes de agua viva.

EUCARISTÍA 1992, 23





6. En esta visión se anticipa la sociedad deseada y se revela uno de los aspectos fundamentales de

todo el libro. El Vidente "ve" una muchedumbre heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas,

una comunidad enriquecida con todas las diferencias e íntimamente unida con la participación de una

misma victoria. No son unos pocos de un pequeño pueblo, sino una multitud innumerable de todos los

pueblos. Todos llevan su túnica blanca, vestido de fiesta para celebrar juntos las bodas con el Cordero.

Y en las manos, cada uno su palma para formar un bosque de aclamaciones. Todos han pasado por la

gran tribulación.

El Vidente que se comporta como un espectador asombrado, recibe información precisa sobre el

significado de lo que está viendo. El que le informa es uno de los ancianos que están ante el trono de

Dios. Le dice que esta muchedumbre ha sido salvada por el Cordero Y Pastor de la Vida, por Cristo.

Pero esta salvación no les ha ahorrado las penas de la gran tribulación.

PACIENCIA/ESPERANZA: La presente visión del Apocalipsis, intercalada entre otras visiones

referentes a la persecución y a los tiempos difíciles de entonces, interpreta el profundo sentido de la

historia en la que todo contribuye para el bien de los que se salvan. En la medida en que la vida cristiana

comporta siempre una lucha, el mensaje de este libro escrito para resistir con esperanza en los tiempos

de Nerón es válido para nosotros. Todas nuestras utopías acerca de la mejor sociedad o del mundo

mejor, todas nuestras utopías de felicidad, de fraternidad, de paz... están localizadas ahora en Cristo,

en quien y por quien ha comenzado el futuro. La esperanza que esto despierta en el corazón de sus

discípulos no es una esperanza para estar a la espera con los brazos cruzados hasta que el Señor

vuelva. Tampoco es una evasión. Es resistencia y coraje, es paciencia en el más serio de los sentidos.

Lejos de ser la raíz del conformismo, esta esperanza es el fundamento válido y el móvil de una crítica de

todo lo que nos detiene o se detiene como si no hubiera ningún futuro y cualquier tiempo pasado fuera

mejor. Porque la salvación está por venir, y lo que vemos está por ver.

EUCARISTÍA 1983, 21





7. El Apocalipsis hay que leerlo como un libro que nos trae consuelo en los momentos difíciles. Si entre

nosotros no hay persecución declarada, sí existe mucho dolor silencioso, dolor que nadie conoce y que

no reflejan las estadísticas. Este dolor no disminuye con la técnica y el progreso, incluso a veces

aumenta a causa de ellos. Quien sufre necesita consuelo. El Apocalipsis está ahí para decir que el dolor

no es un fin pero que tampoco es algo absurdo. Es participación de la cruz de Cristo. Dios está presente

en el dolor, Dios ama a quien sufre.

PERE FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 9





8. Durante estos domingos del ciclo C, leemos fragmentos del Apocalipsis. Todos los apocalipsis, tanto

los bíblicos como los no inspirados, eran escritos de rabiosa actualidad, porque siempre pretendían

confrontar a comunidades atribuladas por unas persecuciones muy concretas, dar sentido a sus

sufrimientos e infundirles la certeza de que Dios no los había olvidado, sino que muy pronto los

socorrería. Nuestro Apocalipsis, el del NT, también tenía este sentido, pero la exégesis medieval, que

todavía predomina, lo ha desviado en sentido milenarista, como si se tratara de un mensaje cabalístico

sobre acontecimientos muy lejanos, o bien en sentido místico, como si sólo valiera para almas

privilegiadas.

¿Cómo recuperaremos para el pueblo de Dios la actualidad de este libro? La lectura en tiempo pascual

nos puede ayudar. El Cordero es Cristo resucitado, que es nuestro pastor (cf. 3 lectura), pero antes ha

sido cordero llevado al sacrificio. La multitud de los bautizados de todo el mundo, especialmente en

estas solemnidades pascuales, se han lavado en la sangre del Cordero. Ya pueden tomar parte

plenamente en la asamblea eucarística y adorar a Dios en espíritu y en verdad. Son el verdadero

pueblo de Dios, prefigurado en los israelitas que peregrinaban por el desierto y vivían en tiendas y

cabañas (las palmas del v. 9, demasiado esterilizadas por la iconografía cristiana, son el ramaje de los

Tabernáculos), que cuenta con el propio Dios convertido en compañero de camino, porque él también

tenía su tienda en medio del campamento, figura del Dios-con-nosotros, que por la encarnación ha

acampado entre nosotros (el v. 15, "el que se sienta en el trono acampará entre ellos", utiliza el mismo

verbo que Jn 1,14, énosei). Las vestiduras blancas (v. 9) sugieren también la liturgia bautismal, así

como la frase final sobre las "fuentes de aguas vivas" (v. 17). Si los bautizados son fieles a sus

compromisos y superan valientemente la prueba del desierto (hambre, sed, sol, calor), se les promete

la consolación final, que ya está presente, en el sentido de las bienaventuranzas.

HILARI RAGUER

MISA DOMINICAL 1977, 9

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/PASCUA/DO-04C/2lec-comentario.htm









Ap 7,13

VIRGINIDAD/MARTIRIO

Necesidad de participar de los dos carismas imprescindibles para ver a Dios: virginidad y martirio.

Son los dos carismas representativos de la vida cristiana.

Estos elegidos, ¿son únicamente los mártires? Para entrar en el cielo es necesario haber lavado

sus vestidos en la sangre del Cordero, haber participado en la pasión y en la muerte de Cristo. Los

primeros santos son unos mártires. Ellos han sido los cristianos por antonomasia, al dar su testimonio

hasta el fin. Y se describe a todos los cristianos por este patrón. Por lo demás, ésa es la enseñanza de

Nuestro Señor: no se puede ser discípulo suyo sin llevar su cruz, palabra que hay que tomar en su

sentido riguroso. Es preciso seguirle hasta la muerte.

La trompeta del último juicio habría debido sonar para la reunión de los elegidos, que de hecho se

describe en la segunda visión del sexto sello. Ha sido guardada en reserva. Se la septuplicará, y

proporcionará de esta manera el cuadro literario de una segunda descripción de las calamidades

escatológicas.

(·CERFAUX-CAMBIER

EL AP. DE S.JUAN LEÍDO A LOS CRISTIANOS/FAX/MADRID 1968/Pág. 87)

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Ap 8,1-13



La apertura del séptimo sello resulta amplificada mediante el episodio de las siete trompetas, que

anuncian los castigos que en el «Día del Señor» caen sobre la tierra. La narración es rápida y vivaz,

como si Juan hubiera buscado a propósito un determinado efecto literario. Las imágenes, yuxtapuestas,

subrayan el carácter imprevisto y sobrecogedor que tienen siempre las intervenciones divinas. Hay

que insistir en este aspecto: aunque no se dice expresamente, es Dios mismo el que envía a sus

ángeles a tocar las trompetas que condenan al mundo («les fueron dadas»: v 2). La imagen de las

trompetas nos sitúa ya en plena marcha de las postrimerías. Su sonido penetrante proclama la llegada

inminente del Rey de la Gloria.

Una liturgia de ofrendas prepara los siete toques de trompeta. Un ángel hace «subir» hacia Dios

las plegarias de los cristianos -comparadas al humo del incienso quemado en el altar-, y avisa del

"lanzamiento" del castigo divino sobre la tierra -simbolizado por las ascuas sacadas también del altar-.

Es, pues, su mismo mensajero el que ejecuta al mismo tiempo esos designios divinos, beneficiosos de

cara a los «consagrados», destructores de cara a los «habitantes de la tierra»: el fuego del altar que está

delante del trono es salvación para unos y perdición para otros. La justicia que los mártires pedían a

Dios (6, 10) será llevada a cabo por los siete ángeles que le sirven más directamente. Un silencio

solemne -«calle toda carne ante Yahvé» (Zac 2,17)- preludia la intervención del Señor.

El toque de las siete trompetas es comparable a la apertura de los siete sellos. Con la ayuda de

un «decorado» que tiene clara semejanza con las plagas de Egipto, Juan expresa cómo se abrasan

inexorablemente la tierra sólida y el mar, cómo las aguas dulces se vuelven amargas y cómo se

oscurecen los astros del día y de la noche (sol, luna, estrellas). De todas formas la narración de las

plagas queda muy esquematizada. Refleja sólo un eco lejano de las calamidades que afligieron al

faraón y a sus súbditos . Aunque ya han comenzado los acontecimientos finales, todavía no ha

llegado la destrucción completa: sólo una parte del mundo que está bajo el cielo es afectada por las

cuatro primeras trompetas. El castigo dirigido a los «habitantes de la tierra» consiste en hacerles la tierra

inhabitable y hostil. Las dos trompetas siguientes anunciarán ya males terribles para los mismos

hombres, para cuantos no han sido marcados con la señal del Cordero. El vuelo poderoso del águila, y

los tres ayes que lanza, lo preparan.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 593 s.)

...................................

:

/Ap/08/02:

Las siete cartas nos han revelado con pormenores la vida de las Iglesias de Asia. Nos vemos

fácilmente retratados en ellas. En nuestras Iglesias de hoy hay también bueno y malo. La caridad, la fe y

la esperanza nos enardecen. Del mismo modo, el deseo de extender la influencia de la Iglesia y ciertos

éxitos. El mal nos amenaza: por fuera, el odio y la persecución; por dentro, la tibieza y una tendencia a la

herejía, que hoy es sobre todo el culto del hombre, en lugar del culto de los ángeles de las Iglesias de

Asia. Es necesario perseverar. "Al vencedor, le daré el maná escondido." "He aquí que estoy llamando a

la puerta; si alguno me abre, entraré y cenaré con él, y él conmigo".

La apertura de los siete sellos ha vuelto a situarnos en una perspectiva escatológica. Hoy nos

resulta difícil aceptar el punto de vista de los primeros cristianos y creernos cercanos al fin. Mientras

nos apasionamos por vivir, la muerte está ya instalada en nuestro cuerpo; de la misma manera, una

obra de destrucción va minando el mundo y lo va llevando a su término. Estos mismos acontecimientos

que son a la medida del hombre, guerras, hambres, pestes, incluso unos signos extraños en el cielo, nos

hablan el lenguaje de Dios; y este lenguaje es escatológico. Sabemos que hoy sabios y sociólogos lo

explican todo. Superficialmente, pase. Pero en el fondo, queda un elemento de misterio, ese mismo

elemento que nos hace entrever el Apocalipsis.

Si Dios ha dejado en el mundo el sufrimiento y las discordias, lo ha hecho para que sean vencidas

por la esperanza cristiana.Los acontecimientos humanos convergen hacia un punto de perspectiva

marcado por Dios, la venida de Cristo en gloria. Esta es la gran lección.De las siete cartas a los siete

sellos, el progreso no está tanto en el desarrollo del tiempo como en la profundización de la inteligencia.

Al contrario, las siete trompetas nos precipitan en plena crisis escatológica. También el apocalipsis de

los Sinópticos distinguía "el comienzo de los dolores" y "el fin".

(·CERFAUX-CAMBIER

EL AP. DE S.JUAN LEÍDO A LOS CRISTIANOS/FAX/MADRID 1968/Pág. 89 s.)









Ap 9,1-12

Tres ¡ayes! acompañan a los tres últimos toques de trompeta, como queriendo dramatizar la

gravedad e importancia de las cosas que han de suceder. Encontramos de nuevo el procedimiento ya

empleado en el caso de los sellos: un intervalo muy largo entre el toque penúltimo y el último provoca el

ansia y la expectación en el lector y lo prepara para el gran acontecimiento final: la llegada del reino de

Dios.

Sirviéndose de la octava plaga de Egipto, la de las langostas (Ex 10) como trasfondo, Juan

describe el sonar de la quinta trompeta. Al instante, Dios envía sobre la tierra un ejército de animales

diabólicos que suben del abismo -morada de los demonios-, situado, según la cultura de la época, en las

entrañas candentes de la tierra. Una multitud de animales fantásticos, mezcla de langostas y

escorpiones, sube del pozo de humo y se dispone a la guerra. Estas figuras alucinantes -que, a pesar de

ser langostas, no atacan a los vegetales- tienen el encargo exclusivo de atormentar a los hombres que

no lleven en su frente la marca de Dios. El sufrimiento que causan es tan doloroso como la picadura

venenosa de un escorpión, pero no producen la muerte, lo cual agrava más todavía la desesperación

del tormento. El que los guía contra «los habitantes de la tierra» es el Destructor, el rey del abismo, el

astro caído del cielo (alusión a la leyenda judía del combate entre los ángeles buenos y malos). Dios,

por tanto, también utiliza las fuerzas inferiores y maléficas para llevar a cabo sus decisiones. El abismo

y su rey le están sometidos -él tiene «la llave del pozo del abismo» (v 1)-. Este dominio se concreta

además de un modo específico: la plaga sólo puede atacar a los hombres que no han sido marcados, y

su duración se encuentra limitada a cinco meses. Incluso el ángel del abismo, el exterminador, Abaddón

(en hebreo) o Apolion (en griego), es simple enviado del Señor.

El simbolismo de las langostas significa un castigo durísimo de Dios a "los habitantes de la tierra".

¿Por qué tanta severidad? ¿Es que Dios se complace en el sufrimiento de los hombres? Ante todo, hay

que situar el hecho en el contexto apocalíptico del «Día del Señor», que manifiesta la justicia salvadora

de Dios, y último estallido de ira antes del juicio divino misericordioso. Pero Dios quiere manifestar su

soberanía ante los que, manteniendo la dureza de corazón hasta el último momento, se han hecho

estériles a cualquier fecundación de la Palabra. Empleando una fórmula profética, el «derramamiento de

la copa de la ira del Señor» no es ninguna «venganza» divina, sino la respuesta de Dios, dada cuando

se clausura la historia, a la actitud malvada de los hombres. Actitud que hace exclamar al profeta: «¡Ay

qué día!, porque está próximo el día de Yahvé» (Jl 1,15).

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 594 s.)

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Ap 9,13-21

Las grandes calamidades que trajo consigo el quinto toque vuelven de nuevo al tocar la trompeta

el sexto ángel. La escenografía es semejante y ambas narraciones presentan un gran paralelismo. Con

todo, ahora el trasfondo hay que buscarlo en Isaías y el Deuteronomio, especialmente por lo que se

refiere al texto. Juan, que ha ido intensificando progresivamente la dureza de las cinco primeras

trompetas, describe la sexta como un ataque mortal a los hombres, que provoca la eliminación de la

tercera parte de los «habitantes de la tierra».

El cumplimiento de la voluntad divina se lleva a cabo de forma inexorable. La ejecución de los

designios de Dios está preparada hasta en los mínimos detalles. Da la impresión que asistimos a la

subida del telón -con el subsiguiente movimiento escénico- de un acto incluido dentro de una grandiosa

representación. El tema es, en este caso, la invasión destructora de un ejército gigante, formado por una

fantástica caballería. Rápidamente las imágenes se cruzan entre sí: he aquí que los cuatro ángeles, una

potente fuerza guerrera, se convierten en tres mortíferas plagas de fuego, humo y azufre. Esta mezcla

da a la visión un carácter desconcertante.

El hecho de las plagas esconde un doble significado. No sólo son realización de la ira divina, sino

que expresan la misericordia de Dios, que llama a la conversión incluso a través del castigo infligido a

los hombres. Por tanto, y sin ánimos de suavizar el texto bíblico, sino, al contrario, de penetrar su

significación, es preciso ver en las plagas el último intento que Dios hace para reconducir hacia él a los

que todavía se obstinan en oponérsele. Los vv 20-21 justifican esta interpretación: el castigo divino no

mata a todos los hombres, ya que Dios quiere dar una oportunidad a la humanidad pecadora. Estos

versículos, que resumen las acusaciones proféticas del AT, denuncian la actitud radical de los

pecadores: la idolatría (20), la negación de Dios, el aferrarse a los dioses hechos por manos humanas,

el homicidio (21), la negación del hombre, consecuencia de la idolatría y compañera de fornicaciones,

maleficios... El mantenimiento obstinado de esta actitud básica por parte de los hombres hace «inútil» el

castigo de Dios: ¡la conversión no se produce, el endurecimiento del corazón continúa! Ciertamente, las

palabras de Juan atacan la praxis de la sociedad romana, promotora del culto imperial y llena de

costumbres corrompidas, pero son toque de alerta también respecto a las infiltraciones que ha habido

en las pequeñas comunidades cristianas (la de Tiatira, por ejemplo). Su llamada tiene, pues, una

verdadera dimensión profética para aquellos que se esfuerzan en vivir con fidelidad en medio de las

dificultades y de las esperanzas del tiempo presente.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 596 s.)









Ap 11,2:

"Cuarenta y dos meses". En adelante saldrá frecuentemente en nuestro libro esta cifra, bajo

variadas formas. Tiene como punto de partida /Dn/07/25; /Dn/12/07, bajo la fórmula: “Un tiempo, dos

tiempos y medio tiempo” En Daniel, es una manera de designar los tres años y medio de la persecución

de Antíoco Epifanes (168-165/4 antes de J. C.), durante los cuales fue profanado el templo por una

estatua de Zeus (la abominación de la desolación). Son cifras equivalentes: tres años y medio, cuarenta

y dos meses, (un tiempo, dos tiempos, medio tiempo), mil doscientos sesenta días (meses de treinta

días). En el Apocalipsis, estas cifras designan místicamente el tiempo que nos separa de la venida de

Cristo, tiempo cuyo límite está fijado por Dios y durante el cual la Iglesia está entregada a las naciones.

(·CERFAUX-CAMBIER

EL AP. DE S.JUAN LEÍDO A LOS CRISTIANOS/FAX/MADRID 1968/Pág. 112)









Ap 11, 19a; 12, 01-06a. 10ab

1. MUJER/DRAGON

Se inicia con la presentación del acontecimiento de la aparición del arca en el templo celestial (11.

19a), situándonos en el "hoy" del tiempo mesiánico y escatológico; y, una vez "situados", aparecen

dos signos (12. 1-6a): la mujer y el dragón, signos que deben ser interpretados por la asamblea

litúrgica en el espacio-tiempo del hoy; signos que representan la lucha dramática entre el bien y el

mal, entre el anuncio del Evangelio y el rechazo-indiferencia del mundo en que vive la asamblea...

Pero el reinado y la victoria de Dios, así como la presencia del Mesías es en el hoy del

espacio-tiempo (12. 10ab).

"Después apareció... una mujer": es el pueblo de Dios. Con la imagen de la mujer en la tradición

bíblica van muy unidas la idea de "la esposa" -la alianza de Dios con su pueblo- así como la de "la

madre": Jerusalén, los hijos de Sión, los hijos de Dios. Dios cubre a la mujer ("vestida del sol") con

los dones de la fidelidad y de las promesas para llevar a cabo su misión en el hoy del tiempo

inaugurado ("la luna" representa el tiempo).

Misión destinada a triunfar: la corona es el símbolo de la victoria final. La mujer representa a toda la

asamblea del pueblo de Dios: las "doce-estrellas" simbolizan su unidad, la del AT y la del NT.

"Apareció otro portento... Un enorme dragón rojo": el mal, que actúa penetrando la historia

humana, sobre todo desde los "centros de poder" (las siete-cabezas con las siete-diademas),

destruyendo la unidad y la comunión de la asamblea (barre del cielo parte de las estrellas). El mal

se opone a que la mujer dé a luz y quiere destruir su fruto. El Mesías es el hijo alumbrado por la

asamblea en cada época de la historia, hasta su venida en la plenitud de la gloria. La garantía de

que nada impedirá su alumbramiento es que "lo llevaron junto al trono de Dios"; así pues, el mal no

impedirá el alumbramiento de Xto en el hoy por la asamblea del pueblo de Dios.

María es al mismo tiempo figura de la asamblea celestial y de la asamblea del pueblo de Dios que

camina dando a luz a Xto para el hombre de hoy; y prefigura la victoria final de la Asamblea con

Xto, por él y en él.

J. FONTBONA

MISA DOMINICAL 1990, 16

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/FIESTAS/ASUN/1lec-comentario.htm#Ap/LIBRO

2. Ap/LIBRO M/REINA.

El Apocalipsis, si uno sabe penetrar su sentido a través de los símbolos, es un libro muy sugerente.

La visión que hemos escuchado es un notable cuadro plástico. En medio del cielo aparece una

mujer vestida del sol, con la luna bajo los pies y una corona de doce estrellas. Es la mujer que ha

dado a luz un hijo que el dragón quiere devorar. La escena se hace sonora: "Ya llega la victoria, el

poder y el reino de nuestro Dios,, y el mando de su Mesías".

Los cristianos siempre han aplicado este texto a María, la que ha engendrado al Verbo de Dios, el

Mesías Salvador, el que muerto y resucitado reina y obra poderosamente. Todo desde un

trasfondo veterotestamentario referido al pueblo de Dios que, en Moisés aparece radiante de luz y

coronado con la diadema de las doce tribus. Es un texto que conviene a María en plena propiedad.

En efecto, ella en la gracia primero y en la gloria después, es la mujer llena de Dios. Es Reina y

Señora. Y su corona son los hijos de la Iglesia, simbolizados en los doce patriarcas del NT, los

apóstoles.

El misterio de María asunta es el de la resurrección que, en Cristo ha vencido a la muerte. La

Virgen habita, resucitada, en la gloria de Dios. De modo que la Asunción es la Pascua de María,

realidad del triunfo de la redención y prenda de la plenitud que nos espera. Por eso sabemos que

"llega la victoria de nuestro Dios" Es la hora oportuna para poner todo nuestro interés en la victoria

definitiva que nos espera y que alcanzaremos con la imitación de Cristo. (...) La Pascua de María

es una promesa para nosotros. Celebramos una fiesta que alegra a los hijos al ver el triunfo de la

madre. Una solemnidad destinada a aumentar la esperanza en nuestros corazones. Por eso, en la

Asunción, levantamos los ojos y suspiramos por el cielo. Sabemos que el mundo pasa y que

hacemos camino hacia la Tierra Prometida, el cielo. La fe se convertirá en visión. Visión de la

Trinidad. Visión de María. Visión de los santos. Alegría, alegría inmensa.

No obstante, el misterio de la elevación no nos aleja para nada de la tierra. Sino que, como María,

sabemos que todo depende de la respuesta de ahora, de la caridad y el servicio, de la

disponibilidad y la diligencia, de la capacidad de alabanza de Dios y de amor a la humildad del

reconocimiento de la gracia...

Nuestra tarea es la asunción transformadora del mundo aportando la presencia salvadora y gozosa

de Cristo.

J. GUITERAS

MISA DOMINICAL 1990, 16





3. Lo más importante, más allá de la escenografía apocalíptica, es que la aparición de Cristo

suscita oposición y persecución, y que el lugar provisional de la Iglesia es el desierto.

La mujer de Ap 12. es, directamente, la comunidad del nuevo Israel personificada por la mujer

ideal. El momento de dar a luz al Mesías no se refiere al nacimiento, en Belén, sino al nacimiento

de Jesús a la vida gloriosa por la Resurrección y la Ascensión, a través de los sufrimientos de la

Pasión (a los que María estuvo íntimamente asociada). En el lenguaje profético, y en el del propio

Jesús, los dolores de parto son un símbolo de las tribulaciones que necesariamente deben

preceder a la salvación mesiánica. Es un lenguaje profético de consolación, que no tiene como

función principal predecir las desgracias que vendrán sino exhortar a interpretar el sentido que las

desgracias que abruman en el presente a la comunidad de los creyentes, y hacer ver la relación

que tienen con la gloria y la salvación inminentes.

HILARI RAGUER

MISA DOMINICAL 1979, 16





4. AP/SIMBOLOS SOL ESTRELLAS LUNA DRAGÓN HIJO VARÓN.

- Los escritos de Qunram, los apócrifos y los apocalipsis extrabíblicos nos ayudan a comprender el

sustrato hebreo y el mundo simbólico del Apocalipsis y en concreto del texto que leemos hoy.

Una figura portentosa apareció en el cielo. No podemos precisar si el autor para describir la figura

portentosa, se sirvió de elementos de la astrología babilónica o de escritos del judaísmo tardío.

El sol, símbolo de la divinidad, envuelve a la mujer como un manto para indicar que está totalmente

inmersa en el plan y actuación de Dios. Las doce/estrellas pueden interpretarse, leídas desde el

AT, como el símbolo de las doce tribus de Israel. Leído el símbolo a la luz del NT es la comunidad

cristiana que ve en los doce apóstoles un reflejo de sí misma como nuevo y verdadero Israel. La

luna por sus fases creciente y menguante se relaciona con los hechos demoníacos y el mal.

(También el tiempo:ver 1-1).

El dragón es la imagen típica del Ap para describir a Satanás. El dragón rojo es el símbolo del

poder destructor. La imagen del dragón con siete/cabezas aparece ya en los textos mitológicos de

Ugarit y significa la irrupción brutal y la superioridad aplastante con que aparece el mal. Se puede

ver en el fondo de esta descripción una alusión a la lucha entre Satanás y los ángeles en el cielo; la

serpiente y el hombre en el paraíso; el dragón y el Mesías en la historia y la serpiente y sus aliados

con la mujer y sus hijos en la vida de la Iglesia.

Dio a luz un varón. Relacionado este texto con el Salmo 2. 9, el hijo varón está destinado a

gobernar con vara de hierro. Se presenta al niño como Mesías. Para recordar la correlación entre el

nacimiento y la elevación, las comunidades cristianas del Asia menor celebraban, el mismo día, la

concepción y la elevación de Cristo en la cruz. El nacimiento del que habla el autor es más el del

Calvario que el de Belén. Habla de un parto en sentido metafísico. Es una imagen frecuente en los

profetas.

El conjunto de estos símbolos nos ofrece una imagen grandiosa del triunfo de Dios sobre el mal.

Aplicado a María, en la solemnidad de la Asunción, nos recuerda su triunfo.

P. FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 16





5. El Apocalipsis siempre se ha tenido como un escrito desconcertante, sobre todo por el género

literario del que se sirve el autor: mezcla de forma apocalíptica y de estilo profético. El autor nos

transmite el mensaje cristiano teniendo en cuenta la palabra de Dios y las situaciones por las que

pasa la comunidad cristiana. De este modo nos descubre el sentido del mundo y de la historia.

Para no reducirse a una interpretación circunstancial de un momento concreto, el elemento poético

subyace en toda la obra.

La lectura de hoy se abre con un preámbulo (v. 19): el templo es la morada de Dios, y el arca su

símbolo. El templo de Dios es su Hijo, Cristo (Jn. 2, 19). Con Cristo se establece la alianza

definitiva con la humanidad, la morada de Dios entre los hombres. La tormenta formidable (que une

lo anterior con lo que sigue) es en la tradición israelita un signo teofánico.

La gran señal: la mujer (12, 1-2). La tradición exegética, en su mayoría, la ha interpretado en clave

eclesiológica. La mujer simboliza la Iglesia del A.T. ("la de los Padres, Profetas y Santos...",

Victorino-Jerónimo) que esperaba la hora del Mesías (v.2, cfr. Is. 66, 7-10). La Iglesia como vida

(Eva=vida, Gen. 3.20), que ve cumplidas sus esperanzas. En contraposición al gran signo aparece

el dragón rojo (v.3), símbolo del poder adverso, el que resiste el señorío de Cristo, el que traspasó

a la serpiente huidiza (Job 26, 12-13). Las cabezas, cuernos y diademas son símbolos del poder y

de su reinado (v. 3b). Se establece una tensión entre ambos poderes. El Mal planea, acecha (v. 4)

y no acepta la Esperanza, el Ungido (v. 5).

La mujer que huye al desierto (v. 6a), la Iglesia que permanece en la tierra en espera del triunfo, de

la promesa definitiva y de la victoria (v. 10). María, como nueva Eva, es tipo de la Iglesia. En ella la

Iglesia ya llegó a su perfección. Por eso el pasaje anterior adquiere también una aplicación

mariológica.

DABAR 1982, 43





6. ¿Quién es esta mujer vestida con el sol y coronada con doce estrellas? Su hijo es el Mesías,

como se dice expresamente en el v. 5 (cf. Sal 2, 9). Además, la descripción que se hace de esta

figura nos recuerda la profecía de Isaías: "El Señor mismo os dará por eso la señal: He aquí que la

virgen grávida va a dar a luz un hijo y le llama Emmanuel" (Is. 7, 14). Por tanto, parece que se trata

de la Virgen María, la Madre de Jesús, que es el Cristo o Mesías. Sin embargo, no hay que olvidar

que los profetas comparan también al pueblo de Israel a una mujer en estado de buena esperanza,

ya que de ese pueblo iba a nacer el mesías prometido (cf. Is 26, 17; 66,7s; Miq 4,9s). En

consecuencia, podemos decir que la mujer encinta es María de Nazaret, en tanto representa a todo

el pueblo elegido, porque en ella han ido a parar todas las esperanzas de Israel y en sus entrañas

van a madurar todas las promesas para dar el fruto de su vientre, Jesús. Por eso aparece coronada

con doce estrellas, porque es el centro de las doce tribus de Israel (cf. Gn 37, 9; Ap 7, 4s; 21, 12).

Por otra parte, la mujer se describe después como la Madre de los creyentes en Jesucristo, de los

que "guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesucristo" (v. 17). Y, en

este sentido, podemos decir también que la mujer es la madre de la Iglesia, y ésta el verdadero

Israel de Dios. En tercer lugar, la mujer que escapa al desierto, después de que sea arrebatado al

trono de Dios el niño de sus entrañas, es María como prototipo de la Iglesia. Es, por tanto, también

la Iglesia perseguida por el dragón y protegida por Dios en su lucha definitiva.

Pero Dios, que ha salvado a su Hijo, que lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha glorificado,

sentándolo a su derecha, no abandona a su iglesia y prepara un refugio para ella hasta que todo

termine.

La victoria de Dios sobre el dragón, que ha sido ya decidida en Cristo y como tal se celebra en el

cielo, es para la Iglesia que lucha (v. 13-18) un motivo inquebrantable de esperanza.

EUCARISTÍA 1989, 38





7. Esta es la segunda parte de la visión de Juan. La Iglesia ha salido del mundo judío y se amplía el

horizonte. La Iglesia va a conquistar el mundo de las naciones, luchando contra el poder del

demonio. Empieza una serie de siete signos en el cielo. Los dos primeros nos presentan a los

protagonistas de la historia sagrada, la mujer y el dragón, el pueblo de Dios y el demonio.

Aparece una mujer rodeada de gloria, pero sufriendo los dolores del parto. Es la humanidad. En el

principio de la Biblia, estaba representada por Eva, la mujer que pecó. Ahora, vemos a la

humanidad tal como Dios la quiere. Sufre dolores de parto, porque toda nuestra historia es la

dolorosa preparación de nuestra salvación. Da a luz un niño que es el propio Cristo. El Salvador es

el fruto del amor de Dios por la humanidad. La salvación viene a la vez de Dios y de los hombres.

La mujer es la humanidad que coopera en los planes de Dios; también es María, que da a luz a

Jesús; también es la Iglesia que "huye al desierto", es decir, que vive retirada espiritualmente del

mundo y alimentada por la palabra de Dios durante el tiempo de las persecuciones.

La serpiente es la misma del primer pecado, solamente que anda mejor vestida. Las siete cabezas

indican la multiplicidad de sus inventos, los diez cuernos (cifra imperfecta) afirman que su poder no

es invencible. Conoció una derrota en el cielo, aunque haya logrado arrastrar en su caída a cierto

número de ángeles (un tercio de las estrellas). En cuanto al "niño varón", Satanás se preparaba a

destruirlo en la cruz, pero, al resucitar, escapa de la maldad de la serpiente.

EUCARISTÍA 1988, 40





8. El arca de la alianza, lugar de la presencia oficial de Dios en medio de Israel, se guardaba

celosamente en el templo de Jerusalén y se ocultaba así a los ojos del pueblo. Pero ese templo

construido por los hombres no era más que un símbolo en la tierra del verdadero templo de Dios, el

santuario de Dios en el cielo. La aparición de este verdadero santuario abierto de par en par es una

señal en la que se manifiesta la voluntad de Dios de no permanecer en adelante oculto a los ojos

del pueblo, es un símbolo de la nueva presencia que quiere inaugurar en su Hijo Jesucristo. Con

este versillo, el autor introduce el drama del pueblo de Dios y su victoria sobre los poderes del mal.

Y es así como culmina en el capítulo 12 esta segunda parte del libro del Apocalipsis. Recordemos

que este libro, escrito en tiempos de persecución -razón por la que tiene un carácter enigmático y

un sentido difícilmente asequible a los creyentes-, quiere ser consuelo y aliento para una iglesia en

lucha y perseguida por los dominadores de turno.

Ahora se hace la presentación de los protagonistas de esta lucha decisiva. En primer lugar, la

mujer. Su imagen se destaca sobre el fondo del firmamento, allá arriba en el cielo, vestida con toda

la luz del sol, coronada con doce estrellas y descansando los pies sobre la luna. Está en trance de

dar a luz. Esta aparición recuerda inmediatamente la profecía de Isaías al rey Ajaz: "El Señor

mismo os dará por eso la señal: He aquí que la virgen grávida va a dar a luz un hijo y le pone por

nombre Emmanuel" (Is 7, 14).

Los comentaristas han creído que esta mujer del Apocalipsis es la Virgen María, pues su hijo es

efectivamente el Emmanuel, el mesías anunciado (v. 5; cf Sal 2, 9). Pero ya SAN Agustín pensó

que se trataba de todo el pueblo de Dios, en cuyo caso las doce estrellas de su diadema serían el

símbolo de las doce tribus de Israel (cf. Gn 37, 9; Ap 7, 4ss; 21, 12). También los profetas del AT

compararon al pueblo de Israel con una mujer encinta, pues de este pueblo había de nacer el

descendiente de Abrahán y el salvador (cf. Is 26; 17; 66, 7s; Miq 4, 92). Desde otro punto de efecto,

la mujer del Apocalipsis es también la madre de los creyentes, que lo mismo que ella son

perseguidos por el "dragón" o la "serpiente roja" (v. 17). Bien podemos entender que esta mujer

simboliza a la iglesia como nuevo Israel de Dios y a la Virgen María en tanto es madre y figura de la

iglesia.

La otra señal antagónica es la "serpiente roja" o el "dragón": deforme (lleva diez cuernos en siete

cabezas), soberbio (con las siete diademas) y terriblemente fuerte (con su cola barre la tercera

parte de las estrellas del firmamento). El "dragón" está agazapado y en tensión, dispuesto a saltar

sobre el niño apenas la mujer lo dé a luz (cf . Mt 2, 16, donde se dice que Herodes intenta matar a

Jesús tan pronto tiene noticias de su nacimiento). El "Dragón" es una figura mitológica que

simboliza a todos los enemigos del pueblo de Dios y a los perseguidores de la iglesia.

Pero Dios salva al hijo de la mujer de la boca del dragón y lo eleva hasta su propio trono. En

principio, hay que pensar que el autor se refiere aquí a la resurrección y ascensión de Jesús al cielo

y a su victoria sobre los poderes del mal y de la muerte. Digamos que en toda esta visión de la vida

de Jesús se tiene en cuenta solamente su nacimiento y su ascensión al Padre y su voluntad de

salvar a los hombres. También explica esta victoria de Cristo el que la "serpiente", se ensañe ahora

contra la iglesia. Pero Dios, que ha salvado a su Hijo, no abandona a la iglesia y le depara un

refugio mientras dure la amenaza del "dragón"; del anticristo.

El vidente escucha cómo se celebra ya en el cielo la victoria de Cristo sobre el dragón y su

entronización a la diestra del Padre.

Y en esto descubre el fundamento de nuestra esperanza y la seguridad de que también triunfarán

en su día cuantos ahora padecen todavía en la tierra la gran tribulación.

EUCARISTIA 1987, 9





9. Ap/12/01-18

La bendición de la mujer y la maldición de la serpiente («Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre

tu linaje y el suyo»: Gn 3,15) están en la raíz de este capítulo. Una vez más emplea Juan un

conocido texto del AT, ilustrando con expresivas imágenes el paralelismo mujer/Israel/Iglesia y

serpiente (dragón)/ diablo. Mujer y dragón son utilizados, pues, como «señales» de los dos

protagonistas reales de la narración: la Iglesia y Satanás. A través de la lucha de ambos puede

rastrearse el hecho capital de la redención.

El primer acto de la lucha se desarrolla entre el hijo de la mujer, el Mesías, enaltecido y glorificado

a la derecha de Dios (v 5), y el diablo, sembrador del error (oposición mentira-verdad) y de la

calumnia. El combate de los ángeles buenos y malos simboliza la victoria del Mesías. El yugo del

diablo ha sido quebrado por la muerte gloriosa del Señor Jesús, por cuyo testimonio muchos

hermanos han dado la vida. Por eso ahora, morando bajo la tienda ( = presencia) de Dios, celebran

con profunda alegría esta liberación redentora.

Iglesia y diablo llevan a cabo el segundo acto de la mencionada lucha. Si bien el dragón no puede

ya nada contra Cristo (rama nueva por excelencia), sí que mantiene la enemistad contra sus

seguidores (el resto de la descendencia de la mujer). Pero la Iglesia, que participa de la victoria del

Cordero, es protegida por Dios frente a la serpiente, que se esfuerza por hacer caer «a los que

guardan los mandamientos», a los discípulos de la verdad. Incluso en lo más fuerte de la

persecución final no será abandonada a las garras del dragón. Transportada con alas de águila al

desierto, será alimentada y preservada allí. (La visión tiene un aspecto optimista, orientada como

está a fortalecer a las comunidades en la gozosa esperanza).

En conexión con lo dicho hasta aquí sobre Jesús y la Iglesia, hay que situar la interpretación

tradicional que ve, en la imagen de la mujer, la figura de María, Madre del Salvador, a la cual se

aplican los calificativos que se atribuyen originariamente a la Iglesia: lo que se celebra es parte de

la misma fe.

Finalmente, hemos de considerar otro punto. De entrada, daría el texto la impresión de que se

habla de una guerra entre dos poderes autónomos, Dios y el diablo, el bien y el mal. Pero no es así.

En el Apocalipsis, el diablo aparece como una criatura que se ha rebelado contra Dios y por eso ha

sido expulsado de su lado. Por tanto, el mal existe sólo en la medida en que la criatura libre se

opone a la obra salvadora divina. Expresado de otro modo, se puede adoptar frente a Dios una

doble actitud: o la aceptación (Miguel y sus ángeles) o el rechazo (el diablo y los suyos). Aceptarlo

significa testimoniar comunitariamente, eclesialmente, la victoria de Cristo. Frente a ella se sitúan

la historia del mundo y la opción existencial de cada hombre.

A. PUIG-A

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 599 s.





10. Ap/12/01-17

Después de una liturgia inaugural, presentada en los cc. 4-5 del Apocalipsis, se abren las dos

series de siete: siete sellos y siete trompetas que pregonan la inminente llegada del Mesías. La

séptima trompeta aparece inmediatamente antes del c. 12. En seguida, con el 13, comienza el ciclo

de las dos bestias y de Babilonia, la gran prostituta. Este desarrollo conduce el libro hasta su

conclusión. El c. 12, por tanto, ocupa un lugar central en el movimiento de ideas de la obra; su

función de gozne demuestra que el autor tiene conciencia de que ha llegado a la meta.

Una mujer celeste, misteriosa, está encinta. Engendra un hijo y escapa del dragón en una fuga

milagrosa. El dragón hostil y terrible sufre un gran revés, sin que quede por ello reducido a la

impotencia. En la calificación que el autor da al dragón, «la serpiente primordial que se llama diablo

y Satanás» (v 9), hay una evidente referencia a Gn 3,14-15, que nos pone en la pista para

identificar los personajes: "... Pondré hostilidad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo: él

quebrantará tu cabeza cuando tú hieras su talón". El hijo varón responde al texto griego del

protoevangelio, que habla del Mesías. Nuestro c. 12 se está, pues, refiriendo a Cristo, mientras que

los hijos de la mujer citados en el v 17 son los cristianos, en una referencia parecida a la de Rom

8,29: «Porque Dios los eligió primero, destinándolos desde entonces a que reprodujeran los rasgos

de su Hijo, de modo que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos». El gran dragón es el

tentador genesíaco que sale a "hacer la guerra contra el resto de su descendencia", según

expresión calcada de Gn 3,15. Para lograr el propósito de destruir al Mesías y su linaje, el dragón

se sirve de la bestia, el Imperio Romano, que intenta pervertir el cristianismo con la idolatría.

Cuando el autor habla de la mujer parece referirse directamente a la Iglesia, presentada como

madre de todos los creyentes en Cristo. En distintas partes del AT Israel es descrito bajo la figura

de mujer. Is 60,19-21 habla de la mujer celestial con muchos hijos; en 4 Esd 9,38-10-57 está el

llanto de la mujer que, después de muchos años de esterilidad, trae al mundo un hijo que muere el

día de la boda, aludiendo a la destrucción de Jerusalén por los romanos el año 70; en Is 66,7 la

Jerusalén de los últimos tiempos engendrará un hijo varón, en los himnos de Qumrán (1 QH

3,6-18) se habla de la mujer que da a luz el primogénito varón y se describe la comunidad esenia

como Madre del Mesías. El énfasis con que se describe la persecución de la mujer sólo tiene

sentido si se habla de la Iglesia. La huida de la mujer, milagrosamente alimentada por Dios, al

desierto es la recapitulación de la historia del Éxodo: Israel ha hecho del desierto tierra de

encuentro con Dios. Su historia únicamente tiene sentido a partir de la fe.

M/MADRE-DE-LA-I: Teniendo, empero, en cuenta que el autor del Apocalipsis pasa

continuamente, sin transición, de la realidad al símbolo y que la realidad se diluye en el símbolo, no

se excluye en su pensamiento una aplicación simultánea a la Iglesia y a María, la mujer histórica

que dio a luz al Mesías histórico, a Cristo. En todo caso, textos como éste, y tal como han sido

leídos durante siglos en el seno de la comunidad cristiana, iluminan la figura de la Madre del

Redentor. El titulo aproximativo de «Madre de la Iglesia» que le reconoce el Vaticano II, no hace

sino expresar su colaboración con Cristo en el nacimiento de los creyentes. Ella es tipo y modelo

de la Iglesia y la que enseña a tener historia a partir de la fe, esta fe que se vive en el desierto.

F. RAURELL

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 850 s.





11. Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal

La lectura del libro del Apocalipsis empieza presentado uno de los temas bíblicos de la fiesta de

hoy; el arca de la alianza. Tema que aparece en la primera lectura de la misa de la vigilia, y sirve de

enlace en esta primera lectura de la misa del día y volverá a aparecer como trasfondo del evangelio

de la Visitación. El arca de la alianza era el "signo" de la presencia invisible de Dios en medio de su

pueblo. Contenía el Decálogo, síntesis de la Palabra que Dios había dirigido a su pueblo en el

Sinaí.

La visión de este arca inaugura, en el libro del Apocalipsis, la sección de los tres signos, de los

cuales la lectura nos presenta los dos primeros: la mujer encinta y el dragón rojo. El varón llamado

a gobernar a los pueblos es símbolo de Cristo, designado, más adelante, como "la Palabra de

Dios" (19,13). La mujer que personifica a la comunidad cristiana es la que gesta y da a luz al que es

la Palabra definitiva del Padre. La figura femenina es la verdadera arca de la nueva alianza, "signo"

de la presencia de Dios ante los pueblos, a pesar de los rechazos y de las persecuciones.

La lectura mariana de este texto eclesiológico nos lleva a María como la primera cristiana, prototipo

y Madre de la Comunidad de creyentes interesada en ofrecer la Palabra de Dios, que es Cristo, a

nuestro mundo secularizado.

JORDI LATORRE

MISA DOMINICAL 2000, 10, 43









AP 12



La mujer y el dragón

Para entender algo de María y su relación con nuestro tiempo, lo mejor es abrir el Apocalipsis por el

capítulo 12: se sitúa éste en el punto central del último libro de la Biblia, que, en imágenes, ofrece una

visión del drama de la historia.

La «gran señal en el cielo», la «mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y coronada por doce

estrellas», y que grita con dolores de parto, es sin duda, y ante todo, Israel, el pueblo de Dios, que

padece el «dolor por el Mesías»; lo que debe dar a luz es mucho más que un hombre corriente:

¿Cómo sucederá? Los dolores de parto no son sólo internos; a ellos se asocia el tremendo terror a la

bestia, el dragón rojizo con sus siete bocas abiertas de par en par para «devorar al niño en cuanto

nazca».

Pero en el culmen de la exaltación de Israel, en la encarnación de toda su esperanza, de toda su fe,

tiene lugar el nacimiento del niño, que, como dice el Salmo, «ha de regir a los pueblos con cetro de

hierro» (Sal 2,9), es decir, que ha recibido de Dios poder absoluto sobre la voracidad del dragón, de

modo que, más allá de su muerte, al resucitar, pueda ser conducido ante el trono de Dios.

Este compendio de la fe de Israel era una persona concreta, llamada María, que dio a luz al Mesías en

la carne, y que vivió y padeció juntamente con él todo su destino hasta la crucifixión y la ascensión al

trono de Dios. ¿Qué sucede con ella? Se dice, en primer lugar, que «huyó al desierto», donde tiene un

sitio preparado por Dios. Pero antes de que volvamos a saber de ella en el cielo se representa una

batalla decisiva: tras la exaltación del Mesías en los cielos, Miguel y sus ángeles luchan contra «la

serpiente y sus secuaces»; éstos no pueden resistir, y el dragón, el Diablo, Satán, que engaña al orbe

entero, «es expulsado de la eternidad del cielo y arrojado a la tierra temporal. El cielo se llena de

júbilo, mas ¡ay de la tierra!, pues el diablo ha bajado hacia vosotros con gran furor, sabiendo que sólo

dispone de poco tiempo».

Entonces se enfrentan de nuevo el dragón y la Mujer; el dragón no tiene más intención que

«perseguir» a la Mujer. Ahora vivimos en el tiempo posterior a Cristo, que en el Apocalipsis se mide

siempre con la misma medida: «1260 días», o «42 meses», o, como aquí se dice, «un tiempo, más

dos tiempos, más medio tiempo», es decir, un tiempo que a los hombres parece doblemente largo, y

que sin embargo -como se dice en otro lugar- «se reduce en favor de los elegidos». Este es

precisamente el tiempo en que vivimos, en el que también vive la Mujer, que era Israel, que fue María

y que, finalmente, hoy se ha convertido en la Madre de todos los hermanos y hermanas de Jesús.

María en el Apocalipsis se convierte en la Iglesia, pues se dice que el dragón, en su «furia contra la

Mujer» ha comenzado a «hacer la guerra al resto de sus descendientes, que guardan los

mandamientos de Jesús y mantienen el testimonio de Jesús».

La furia del Infierno contra la Iglesia es, por ello, tanto mayor cuanto que contra ella no puede alcanzar

nada. «A la mujer se le dieron las dos alas del gran águila, para que volara al desierto», a un lugar

donde, a salvo de la serpiente, es alimentada a lo largo de toda la historia. Esta seguridad es sólo

precaria, pues «la serpiente arroja de su boca un río de agua, potente como una corriente, para

arrastrarla». La tierra, en cambio, ayuda ahora a la Mujer, «abriendo sus fauces y engullendo el río

que el dragón había arrojado de su boca». ¡Qué situación! La mujer emprende la huida, pero tiene

éxito porque se le dan las alas del águila grande: las alas de Dios, igual que el águila a sus crías, para

que pierdan el miedo. Y del nido los lleva por el aire. Así se había conducido Dios con Israel. Pero al

pequeño, que es conducido a los espacios vacíos, esta extensión debe aparecérsele como el puro

desierto. Y sin embargo es precisamente el desierto el «lugar seguro», adonde Dios lo conduce, y

donde El en el tiempo de la historia cuida de su alimentación de modo maravilloso, igual que había

alimentado a Israel en el desierto. Era entonces un desierto geográfico, que hoy podemos atravesar

en breve tiempo con un avión; esto, en el desierto en que la Iglesia debe habitar, es imposible antes

del fin de los tiempos. Había entonces un éxodo hacia una tierra prometida; hoy no hay tal para la

Iglesia, pues camina hacia la tierra prometida más allá de la historia: nuevos cielos y nueva tierra.

La Iglesia es ahora una existencia entre el ataque del dragón y el cuidado del cielo, amenazada de

muerte y, sin embargo, resguardada en un lugar preparado por Dios; pero una existencia para todos

los hijos de la Iglesia en medio de una incesante «guerra» contra las potencias infernales. La Iglesia

no es una entidad distinta de sus hijos: vive en ellos, así como sus hijos viven en y por ella. Por eso su

destino es el de ellos: expuestos a la ira de la serpiente y protegidos y mantenidos por Dios en la

lucha. «Vuestro adversario el Demonio anda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle

firmes en la fe. Sabéis que vuestros hermanos en todo el mundo sufren los mismos padecimientos»

(/1P/05/08). «Vestíos la armadura de Dios, para que podáis resistir las estratagemas del diablo. Pues

nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los dominadores de este mundo de las

tinieblas» (Ef 6,11 ss.).

Son potencias furiosas, no indiferentes. Después de Cristo se han desarrollado como una trinidad

anti-Dios, como el Apocalipsis extensamente nos lo describe: el antiguo dragón se ha creado en la

bestia que surge de las profundidades del mar, una imagen que domina la historia mundial, en la que

«es adorado», y a la que «se le concede la potestad para hacer guerra con los santos y vencerlos». La

Iglesia puede sufrir derrotas, puede ser diezmada y humillada hasta la última tribulación, de la que

Cristo en los Evangelios ha hablado, hasta el asedio de la «ciudad amada», como dice el Apocalipsis:

«Cuando comience a suceder esto, entonces, levantaos y alzad la cabeza, porque se acerca vuestra

liberación» (Lc 21,28). No se trata, pues, en la historia de la Iglesia, de una guerra que se resolverá a

su favor sobre la tierra; pues aún cuando sus hijos luchan, ella misma -y por lo tanto también su

descendencia- permanece hasta el final de los tiempos en el desierto. Allí, sólo allí, conducida por las

alas de Dios, está protegida. El desierto es su tierra prometida.

2. Vomitada y alimentada

María, la «Iglesia Madre», y al tiempo «Madre de la Iglesia» (y puede ser ambas cosas porque al pie

de la cruz se convierte en el discípulo amado, en la imagen y célula primigenias de la comunidad

fundada por el Crucificado, al tiempo que recibe al Apóstol, y en él a todos los cristianos como hijos)

ha vivido ya anticipadamente, en el ocultamiento de su vida terrena, todas las dificultades y consuelos

por los que sus hijos tendrán que pasar. Se deja percibir con rasgos mucho más disimulados en la

vida de María lo que Pablo, con potente voz, referirá sobre su propio destino, paradigmático para

todos: débil, despreciado, sin hogar, considerado como la escoria del mundo y, sin embargo, sin

desesperar jamás, sin sentirse nunca abandonado ni aniquilado.

¿Qué pudo suponer para ella el que su embarazo, sobre cuya causa no dijo palabra, se hiciera público

y notorio en la vecindad? Y no sólo a José, ciertamente, en cuya casa aún no vivía, sino también a

otros que, a diferencia de su prometido, daban rienda suelta a su lengua. Y con respecto a ellos, ¿de

qué servía que José, avisado en sueños, la tomara como esposa? La desconfianza que la envolvía a

ella misma, y por tanto al niño, no por ello había terminado. Tampoco José podía ofrecer

explicaciones tranquilizadoras. Se dejó que la cosa calmara, y se acabó conviniendo en que este niño

debía ser, sin más, el hijo de José. En cualquier caso, cuando llegaron los «días de la purificación»

para la madre, debió pensar seguramente que necesitaba este rito «que prescribía la ley de Moisés»

(Lc 2,22). No sabemos si María, también después -quizá hasta que se cambió a vivir con Juan-, acaso

hubo de experimentar un cierto recelo por parte de la gente.

Pero lo que está claro es que, tras el comienzo de la actividad pública de Jesús, tuvo que convivir

estrechamente con sus parientes, que, según nos relata Jesús, no creían en El, sino que lo incitaban

a realizar milagros en público, quizá para hacer algún dinero a su costa (/Jn/07/03 ss.). Pero cuando

para ellos se pasó de la raya y todos acudían a El, «los suyos fueron a apoderarse de El, pues decían:

está loco» (/Mc/03/20 ss.). María está en medio de esta gente; llega junto con ellos para verlo. Alguien

le dice a Jesús que su madre y sus parientes están afuera y lo han mandado llamar; pero El los deja

en la puerta y que se marchen sin lograr su propósito (Mc 3,30 ss.). Hay que tratar de imaginarse lo

que pudo pasar en el interior de la madre: ¿es que ya no cuento nada para El?, ¿me deja plantada?

Tiene que escuchar cientos de rumores en parte deformados; seguramente cartas suyas no recibe

ninguna; vive en un desierto de preocupación y angustia. No sabemos cómo el Espíritu Santo, que

una vez la cubrió con su sombra, la ha sostenido en esta soledad. Quizá sobre todo con lo más

terrible: la noche de los sentidos y del espíritu hasta la pura fe desnuda, que la dispone para asistir a la

tragedia de la crucifixión de su hijo, y no sólo perderlo allí, sino ser entregada a otro como madre en su

solemne testamento.

Seguramente había conocido los gozos de una madre con su niño, indefenso al principio, y que

después va creciendo; miles de cuadros de la Virgen los representan hasta la saciedad. Pero, ¿quién

ha pintado a la mujer que pasa los días solitarios, interminables, en medio de la angustia y el temor,

que seguramente no comprende lo que esté pasando ante ella? Ha oído hablar de la espada que le

atravesará el corazón. Pero no pudo prever de qué tipo sería su sufrimiento. Cuando acontece la

primera catástrofe, y el niño de doce años deja a sus padres sin previo aviso y con suave reproche les

aclara que su sitio está en el templo, ellos no lo entienden. No podemos imaginárnoslo dándoles una

lección suplementaria de vuelta a Nazaret, para socorrer su perplejidad. Simplemente, «les estaba

sujeto».

En el Evangelio de la infancia se afirma explícitamente dos veces que María guardaba en su corazón

todo lo que se había dicho del niño y lo que él mismo decía, y lo meditaba. Pero la segunda ocasión

aparece a continuación del verso: «no entendían lo que quería decir» (/Lc 02, 59). Medita, por tanto,

qué puede significar esta falta de comprensión. No lo haría si no supiese que el ser y el destino de este

muchacho eran algo único que a su debido tiempo se revelaría, en el futuro. Pero del mismo modo

que Jesús no anticipa en el Espíritu su futura misión, sino que se deja enseñar día a día por su Padre,

así tampoco María tendrá nada de lo venidero anticipadamente. A su fe, la plenitud de la fe de

Abraham, corresponde aceptar siempre y sólo las disposiciones de Dios. Esto encaja perfectamente

con las bienaventuranzas de la pobreza de espíritu y limpieza de corazón: el espíritu y el corazón se

vacían hoy para abrir espacio en ellos y contemplar mañana a Dios y su Reino. Sería extraño que

María en el cielo hubiera desmentido su experiencia de fe de la tierra y hubiera pasado a revelar a los

cristianos el pronóstico sobre el futuro (la conversión de Rusia, etc.). La estancia señalada por Dios

para la mujer es el desierto, adonde El la conduce en sus alas de águila. La Iglesia debe tener

presente a lo largo de toda su historia en el mundo, que recibe de Dios alimento para no perecer en el

desierto, que está lo suficientemente alejada del peligro que representa la serpiente, como para no ser

arrastrada por el río de agua que ésta vomita. Con esto le basta.

3. Los hijos de la mujer en pie de guerra

Los hijos de la mujer se distinguen porque «guardan los mandamientos de Dios y dan testimonio de

Jesús». Tanto en Pablo como en Juan los mandamientos de Dios se resumen en el mandamiento del

amor: dar el testimonio en actitud de paciente e inamovible constancia a pesar de todos los ataques y

seducciones. Aquí hace falta «la paciente constancia de los santos que guardan los mandamientos de

Dios y la fe en Jesús» (/Ap/14/12).

En ningún lugar del Evangelio pelean los cristianos con otras armas. La misma «Armadura de Dios»,

que Pablo se detiene en describir (/Ef/06/13-18), muestra aún más claramente con qué se arman los

cristianos: justicia, verdad, disponibilidad para anunciar la Buena Nueva, fe, esperanza, la espada

espiritual de la Palabra de Dios, la oración constante (armas puramente «divinas», en absoluto

terrenas). El Apocalipsis, por su parte, muestra, como ya de hecho lo hacen los Evangelios y las

Cartas de Pablo, que son las únicas armas eficaces. «Las armas con las que luchamos no son

carnales, sino poderosas en el servicio de Dios para derribar las fortalezas que se levantan contra el

conocimiento de Dios» (/2Co/10/04 ss.). Se destruyen «razonamientos», y no países y culturas

diferentes, conquistados y cristianizados a la fuerza. Lo cual no quiere decir que los cristianos deban

permanecer en sus casas. Han recibido del Señor el mandato de evangelizar a todos los países del

mundo. Pero sin otras armas que las que el Señor empleó y entregó. «No llevéis nada para el camino,

ni bastón, ni alforja, ni pan ni dinero, ni siquiera dos túnicas» (Lc 9,3). Cuando el Logos, a lo largo de la

historia, cabalga a la batalla con su «manto empapado de sangre» (Apoc 19,11-16), seguido de sus

«llamados elegidos y fieles» (ib. 17,14), lo hace así, sin otras armas que las dichas. El arma más

aguda es la espada de doble filo que sale de la boca de la Palabra de Dios (Apoc 1,16; 19,11), y que

no es sino El mismo: pues ha venido al mundo «a traer la espada» (Mt 10,34), que penetra hasta lo

más íntimo, separando (Hebr 4,12 ss.): sí o no.

Pero repárese en que los hijos de la Mujer luchan. La Mujer, sin embargo, aunque perseguida, no

lucha. Las potencias del mal pueden violentar a los hijos (Apoc 11,7; 13,7); a la Mujer, a la Iglesia

Virgen y Madre que da a luz no. Está resguardada para toda la historia en el «lugar preparado para

ella por Dios», donde no necesita luchar por su sustento, porque Dios la «alimenta». El poder de la

serpiente no puede tocar esta Iglesia-Mujer, esta Iglesia mariana; «las puertas del infierno no

prevalecerán contra ella». La Roca de Pedro también está a salvo, por eso: «guarda tu espada en la

vaina». Pablo y Juan Pablo II recorren el mundo sin la espada. Basta con el testimonio que dan; es su

arma más poderosa, y el sucesor de Pedro siempre podrá cobrar nuevas fuerzas para este testimonio

en una Iglesia mariana.

HANS URS von BALTHASAR

http://www.mercaba.org/FICHAS/MARÍA/001.htm#AP/12









AP 12 y GÉN 3,15.

MARÍA LA "MUJER" DEL APOCALIPSIS

Una reseña de los pasajes marianos del NT no podría pasar en silencio este capitulo tan conocido del

Apocalipsis, centrado en "la mujer vestida de sol". ¿Quién es esa mujer? ¿La iglesia, María, o bien las

dos juntamente? Intentaremos esbozar una respuesta, haciendo una síntesis concisa de los

argumentos presentados por las diversas orientaciones de lectura exegética. Prescindiremos, sin

embargo, de las cuestiones introductorias que todavía se siguen discutiendo y que se refieren al autor

del libro (¿el nombre de Juan responde al del apóstol, o se trata de un pseudónimo?), a su unidad

estructural, a su estilo, a la fecha de su composición... Baste la siguiente indicación. Se admite bastante

generalmente que el Apocalipsis vio la luz bajo el reinado de Domiciano, hacia el año 95. A pesar de las

diferencias de lengua y de estilo, revela un parentesco innegable con los demás escritos de Juan, de

cuya doctrina se muestra sensiblemente empapado.

1. CONTACTOS DE AP 12 CON GÉN 3,15.

Puede resultar sorprendente, pero hay que reconocer que entre los textos del NT, si exceptuamos la

alusión probable de Rom 16,2O, solamente en Ap 12 hay evidentes alusiones a Gén 3,15.

Gn/03/15: "Yo pongo enemistad entre ti y la mujer...", decía el antiguo oráculo del Génesis, conocido

como el protoevangelio. La mujer no puede ser más que Eva, es decir. Ia mujer de la que el autor ha

estado hablando hasta aquel momento. Lo exige el articulo determinado (la), que supone un vinculo con

la narración precedente. "... Entre tu linaje y el suyo..." El linaje de la serpiente designa a los que han

asimilado el engaño del seductor, haciéndose así hijos suyos, gregarios suyos, siguiendo sus

instigaciones al mal (cf Sab 2,24; Jn 8,44). Por exclusión, el linaje de la mujer está constituido por

aquellos que se mantienen fieles a los caminos de Dios. "... Él (el linaje) te aplastará la cabeza mientras

tú te abalances a su calcañal". Es sabido que, según el texto hebreo, el que aplaste la cabeza de la

serpiente no será la mujer sino su linaje. ¿A quién hemos de ver en este linaje o descendencia, que ha

de alcanzar la victoria definitiva? ¿A una colectividad (el linaje de la casa real de David), a un grupo, o

bien a un individuo? Las respuestas se muestran vacilantes y, rigurosamente hablando, no entran

dentro de los límites de nuestro tema. De todas formas, queda en pie el hecho de que la derrota de la

serpiente es mortal, desde el momento en que se le aplasta la cabeza. Dios se pone de parte del

hombre ("Yo pongo enemistad..."). Israel sabe que puede contar con las promesas de Dios, que no se

arrepiente nunca de lo prometido.

/Ap/12/Gn/03/15: El c. 12 del Apocalipsis presenta muchos contactos con Gén 3,15. En efecto, al

dragón se le califica como "la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el seductor del mundo

entero" (v. 9). Se encuentra en abierta hostilidad contra la mujer. En primera instancia se presta a

devorar a su hijo apenas lo haya dado a luz (v. 4). Fracasado este primer intento (vv. 5.12), se pone a

perseguir a la mujer (v. 13), vomita tras ella como un río de agua (v. 15), se irrita contra su persona y

finalmente "se va a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos

de Dios y tienen el testimonio de Jesús" (v. 17).

2. GÉN 3.15 EN LOS SETENTA Y EN EL "TARGUM" PALESTINO. Con vistas a la reflexión que vamos

a elaborar es importante ver cómo han releído Gén 3,15 la versión griega de los Setenta (s. III-II a.C.) y

la aramea del targum de Palestina, quizá también anterior al NT.

a) La versión griega de los Setenta. Esta versión atestigua con claridad la expectativa de un

mesias-persona. Efectivamente, en la parte final de Gén 3,15 traduce de este modo: "Él te aplastará la

cabeza". Hay que observar que se da aquí una disonancia respecto a la sintaxis a saber: el pronombre

él (griego autós) es masculino, a pesar de que se refiere al sustantivo linaje o semilla, que en griego es

neutro (ta sperma). Por tanto, el traductor debería haber usado el pronombre neutro autó (es decir, el

linaje). La falta de concordancia entre el pronombre de tercera persona masculino él y el sustantivo

neutro linaje confirma que para los judíos contemporáneos de la versión de los Setenta el mesías era un

individuo, una persona singular, y no un pueblo en general.

b) La versión aramea del "targum" palestino. Traduce Gén 3,15 de manera parafrástica, es decir, no

totalmente literal, sino con añadidos libres. La elaboración de este targum suena de este modo en la

recensión llamada del pseudo-Jonatán: "Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre los

descendientes de tus hijos y los descendientes de sus hijos. Y sucederá que, cuando los hijos de la

mujer observen los preceptos de la ley (mosaica), te tomarán ojeriza y te aplastarán la cabeza. Pero

cuando se olviden de los preceptos de la ley, serás tú el que les aceches y les muerdas en el calcañar.

Sin embargo, para ellos habrá un remedio, mientras que para ti no habrá remedio. Ellos encontrarán

una medicina (?) para el calcañar en el día del rey mesías" 130.

Lo que se deduce ante todo de la mencionada paráfrasis es lo siguiente. El linaje de la mujer se

interpreta en sentido colectivo y personal al mismo tiempo; en efecto, los que observan (o dejan de

observar) la ley de Moisés son los que se enfrentan con la serpiente. Estamos por tanto en el ámbito del

pueblo de Israel, para el cual habrá una salvación irreversible en contra de las asechanzas de la

serpiente con la aparición del mesías. Entonces, prácticamente, la mujer del Génesis y su

descendencia llegan a identificarse con la comunidad de Israel en camino hacia la redención mesiánica.

Más sencillamente, con el pueblo elegido junto con su mesías. No estamos lejos del mensaje de Ap 12,

como diremos enseguida.

3. UNA "MUJER" REVESTIDA DE LUZ, CORONADA POR UNA DIADEMA. Los primeros trazos de la

mujer-signo se describen de esta manera: "Una mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una

corona de doce estrellas en la cabeza" (v. 1). Los símbolos se sobreponen en niveles sucesivos, como

revelan los términos mujer, sol-luna-estrellas, corona, doce.

a) La "mujer". MUJER-AP: Estamos en presencia de una imagen sacada de la terminología

bíblico-judía, en donde tanto la ciudad de Jerusalén como el pueblo elegido se representan a menudo

bajo la personificación de una mujer. Es la mujer de la alianza. Hacia este terreno semántico nos había

orientado discretamente Ap 11, 19: "Entonces se abrió el templo de Dios. el que está en el cielo, y se vio

en su templo el arca de su alianza "

b) "Sol-luna-estrellas". Son las tres fuentes de la iluminación cósmica (cf Ap 6,12; 8,12). La luz, que es

el manto de Dios (Sal 104,2), se centra por completo en la mujer.

El sol. En la biblia el sol es la característica más emblemática de Dios; es la criatura que mejor expresa

su trascendencia. Además, el gesto de vestir, cuando tiene por sujeto a Dios, significa el amor, la

ternura, la solicitud que él muestra: por ejemplo, con Adán y Eva después de la caída (Gén 3,21), con

los lirios del campo (Mt 6,30)... Más frecuentemente, el objeto de esta atención tan solícita es

Jerusalén-lsrael en cuanto esposa de Yavé. Como consecuencia del pacto nupcial, Dios la adorna con

trajes finísimos y ornamentos preciosos (Ez 16,10-13a). Le dice el profeta: "Revístete de tu

magnificencia, Sión" (Is 52,1). Y Jerusalén responde: "Exulto, exulto en Yavé y mi alma jubila en mi

Dios, porque me ha puesto los vestidos de la salvación, me ha envuelto en el manto de la justicia" (Is

61,10). Volviendo a Ap 12,1, se diría que Dios muestra su cuidado amoroso por la mujer, dándole por

vestido lo mejor que tiene, es decir, su sol (cf Mt 5,45). Por tanto, ella resplandece "hermosa como la

luna, brillante como el sol" (Cant 6,10).

La luna. También para la mentalidad bíblica la luna es el astro que preside la división del tiempo en días,

meses, años y estaciones... (Gén 1,14-19), se sabe, por otra parte cuánta importancia tenía el

calendario lunar para la cronología tanto profana como litúrgica. Si la luna está bajo los pies de la mujer,

esto significa que la mujer ejerce un dominio sobre el tiempo, es su patrona (cf Sal 110,1; Jos 10,24).

Aun viviendo en el tiempo, la mujer-pueblo de Dios es superior en cierto modo a las vicisitudes de este

tiempo y no permanece condicionada al mismo en sentido absoluto. Es como si el tiempo se hubiera

detenido delante de ella. La alianza con Dios va más allá de las vicisitudes terrenas, vence al tiempo, es

eterna (cf Sal 89, 37-38).

Las estrellas. También ellas guardan relación con la zona de la trascendencia de Dios (Is 14,13; Job

22,12). Hemos de añadir además que la luz alimentada del sol, de la luna y de las estrellas es en el

pensamiento judío el distintivo de los justos que han alcanzado la glorificación en el cielo.

c) Una "corona". Del factor luz pasamos al elemento corona, que subraya ulteriormente la connotación

gloriosa de la mujer. La corona es símbolo del triunfo, de la victoria, como puede verse en el empleo

metafórico de este vocablo en el NT en general y en el Apocalipsis en especial.

d) El número "doce". La elección de esta cifra podría designar las doce tribus de Israel. La inspiración

de fondo para este simbolismo es probable que provenga del pasaje tan conocido de Gén 37,9, en

donde José cuenta a su padre y a sus hermanos que ha visto en sueños al sol, la luna y once estrellas

que se postraban ante él, el sol y la luna (como entiende muy bien Jacob) representaban al padre y a la

madre de José, mientras que las estrellas eran figura de sus hermanos. Las equivalencias simbólicas

del marco de composición de Gén 37,9 alcanzan un enorme éxito en la literatura judía (algunos suelen

citar para ello el Testamento de Neftalí 5,2-4, aunque no sea ésta la alusión mas pertinente).

Sin embargo, esta primera lectura interpretativa tiene que ser integrada por una segunda, a saber: la

mujer es también figura del nuevo pueblo de Dios, que es la iglesia de Cristo. La extensión

neotestamentaria de esta aplicación simbólica está justificada al menos por dos motivos: en primer

lugar, poco antes la misma mujer se presenta como madre del Cristo-mesías, elevado al trono de Dios

(v. 5), y de todos los que viven los mandamientos divinos, dando testimonio de Jesús (v. 17); en

segundo lugar, al final del libro la mujer de Ap 12 asumirá el relieve de "mujer-esposa del Cordero" (Ap

21,2-9). Ella es "la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios... [y] tenía un muro

grande y alto con doce puertas; sobre las puertas, doce ángeles y nombres escritos, los de las doce

tribus de los hijos de Israel... El muro de la ciudad tenía doce fundamentos y sobre ellos doce nombres,

los de los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21,10. 12.14). En esta mujer-esposa tenemos claramente la

confluencia del pueblo de Dios de ambos Testamentos: de las doce tribus de Israel (v. 12) se pasa a los

doce apóstoles del Cordero (v. 14). En algunos pasajes del NT la iglesia es considerada como el

conjunto de las doce tribus de Israel (Mt 19,28, Lc 22,30, Sant 1,1). Sintetizando todo lo que hemos

venido diciendo, en la mujer del Apocalipsis es posible comprender al pueblo de Dios de las dos

alianzas: la iglesia del antiguo Israel, que se prolonga luego en la del nuevo Israel con Jesucristo y sus

discípulos de todos los tiempos.

Pasando ahora a los versículos que se refieren al parto de la mujer, descubriremos otras razones de su

valencia eclesial-comunitaria y comprenderemos más profundamente todavía por qué es al mismo

tiempo gloriosa y perseguida.

4. EL PARTO DE LA "MUJER", FlGURA DEL MlSTERIO PASCUAL DE CRISTO. La escena de la mujer

en dolores de parto es un medio expresivo bastante familiar en el AT y en el judaísmo. De manera

plástica, incisiva, describe un sufrimiento desgarrador, típico por ejemplo del día de Yavé.

Ap 12 recibe este canon en los siguientes términos: `'Estaba encinta y gritaba con los dolores de parto

y las angustias de dar a luz" (v. 2); "el dragón se puso delante de la mujer en trance de dar a luz, para

devorar al hijo tan pronto como le diera a luz" (v. 4b); "Ella dio a luz un hijo varón, el que debía apacentar

a todas las naciones con una vara de hierro; el hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono" (v. 5). Los

dolores de la parturienta y el rapto de su hijo recién nacido no tienen que referirse al nacimiento de

Jesús en Belén, sino al misterio pascual, es decir, a la "hora" de la pasión y resurrección de Cristo. Los

motivos que nos orientan hacia esta hermenéutica del signo son de diversa naturaleza.

a) La muerte-resurrección de Cristo como "nacimiento". En otros lugares del NT el paso de Jesús de

este mundo al Padre se concibe al estilo de un nacimiento, de una generación mística. Véase en primer

lugar a Juan, que tiene tantas semejanzas con la tradición del Apocalipsis. Pues bien, precisamente en

el cuarto evangelio Jesús habla personalmente de la pena y de la alegría que siente la mujer cuando da

a luz un niño, aplicando este lenguaje parabólico a la aflicción con que habrían de encontrarse los

discípulos por causa de su muerte y al gozo que les inundaría al volver a ver al Maestro resucitado: "La

mujer —son éstas las palabras de Jesús— cuando está de parto está triste, porque llegó su hora; pero

cuando ya ha dado a luz el niño, no se acuerda más de la angustia, por la alegría de que ha nacido al

mundo un hombre. Así también vosotros estáis ahora tristes; pero yo os veré otra vez, y vuestro

corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría" (Jn 16, 21-22). También la tradición de Lucas

habla de la resurrección de Jesús en términos de generación. En efecto Lucas refiere el discurso de

Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (He 13,16-40). En el curso de aquella homilía el apóstol

citaba el Sal 2,7 ("Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy"), y lo actualizaba (He 13,32-34) en la

acción de Dios (Padre) que resucita a Jesús (el Hijo), liberándolo así de las angustias de la muerte (He

2,24), de manera que no tenga ya que volver a la corrupción (Hch 13, 34).

b) Los salmos 2 y 110 reinterpretados en clave pascual. Ap 12,5a ("un hijo varón, el que debía

apacentar a todas las naciones con un cetro de hierro") es una cita del Sal 2,8.9 en los Setenta:

"Pídeme y te daré en herencia las naciones... Ios regirás con cetro de hierro"). Además Ap 12,5b ("El

hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono") parece ser una reminiscencia libre del Sal 110,1: "Palabra

de Yavé a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que haga a tus enemigos estrado de tus pies".

Sabemos que los salmos 2 y 110 son los que más se utilizan en el NT para anunciar la resurrección de

Cristo; por consiguiente, el empleo simultáneo de los dos salmos mencionados en Ap 12, 5 confirmaría

la óptica pascual del parto de la mujer que allí se describe. Aquel parto sería índice de la profunda

angustia que invadió a la comunidad de los discípulos cuando su Maestro les fue arrebatado

violentamente por el poder de las tinieblas (Jn 16,21a.22a; cf Mc 2,20; Mt 9,15; Lc 5,35; 22,53). Y en el

rapto del niño recién nacido a la esfera celestial se despliega la energía divina que actúa en la pascua.

Aquí (lo mismo que en He 8,9; 2Cor 13,2.4, y ITes 4,17), el verbo ser arrebatado se aplica a la fuerza de

Dios que actúa por encima de toda influencia humana. Haciendo resurgir a Jesús de entre los muertos

el Padre sustrae a la humanidad del Hijo de la condición débil y pasible de aquí abajo, para hacerla

nacer, es decir, para renovarla radicalmente con la fuerza del Espíritu (cf He 2,24; Rom 8,11; Ef

1,19-22...).

Entre los que han comentado Ap 12 durante los últimos diez años nos parecen dignos de mención

especial U. Vanni (1978) y F. Montagnini (1984). En opinión de U. Vanni, el parto de la mujer fija

plásticamente la tensión fatigosa, el espasmo diríamos, que siente toda comunidad eclesial al

engendrar a su Cristo en su propio seno. A pesar de las fuerzas adversas, que tienen su peso terrorífico

en las vicisitudes humanas, el grupo de los creyentes consigue expresar a Cristo para hacerlo crecer

hasta la estatura completa (cf Gál 4,19; Ef 4,13). Es éste el hijo de la mujer, que es raptado hacia el

trono de Dios. Es decir: aunque resulte débil y frágil en comparación con todos los manejos que prepara

el mal, esa parte de fe y de amor que la iglesia consigue concretar en su existencia queda como

asumida y hecha propia por la omnipotencia divina. Esos frutos parciales de la fe activa de la iglesia

están ya en la línea del triunfo escatológico, el que Cristo sabrá conseguir al final de la historia de la

salvación, cuando quede totalmente aniquilado el maligno. Bastante parecida es también la posición de

F. Montagnini. Ap 12,5 —opina este autor— podría significar perfectamente el extravío, la dificultad con

que tropieza la comunidad prepascual de los discípulos cuando se trata de aceptar a un mesías

sufriente, siendo así que en su mente había otros proyectos muy distintos sobre la liberación de Israel.

Pero la iglesia se vio a salvo entonces, ya que llegó a dar a luz a Cristo en armonía con la voluntad

divina, con los designios del Padre, y también se siente hoy a salvo cuando, fatigosamente pero de

manera victoriosa, llega a profesar su fe plena en Cristo Jesús salvador. Sin embargo, nos parece (lo

repetimos una vez más) que en el fondo de la reflexión simbólica permanece en Ap 12,5 el

acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. En otras palabras, es el misterio pascual el que

desempeña la función de motivo conductor desde el principio hasta el final de la obra (Ap 1,18; 2,8;

3,21; 6,6-13; 19,11-16...). Se trata de la transcripción figurativa de las palabras de Jesús: "Ahora es el

juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera" (Jn 12,31). Estas palabras

tienen un eco que se puede percibir en los siguientes versículos de Ap 12: "Y fue precipitado el gran

dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el seductor del mundo entero, y sus ángeles

fueron precipitados con él. Y oí una voz fuerte en el cielo que decía: Ahora ha llegado la salvación, el

poder, el reino de nuestro Dios y la soberanía de su Cristo..." (vv. 9-10a). La mente de "los que

escuchan las palabras de esta profecía" (Ap 1,3) difícilmente podrían disociar la escena dramatizada en

Ap 12,5 de la experiencia central de Cristo muerto y resucitado.

5. UNA IGLESIA TODAVÍA PERSEGUIDA

Jesús habla confiado a los suyos: "Si el mundo (= el maligno) os odia, sabed que me odió a mi antes

que a vosotros... El siervo no es más que su señor. Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a

vosotros" (/Jn/15/18-20). En el Apocalipsis el Espíritu le repite a la iglesia la profecía de Jesús: con

alusiones continuas al AT, el vidente revela que la mujer que peregrina por el desierto de este mundo se

verá expuesta a los ataques de Satanás durante 1.260 días.

a) El desierto, lugar de prueba.

En el desierto, antiguamente, el pueblo de Dios llevaba a cabo su peregrinación hacia la tierra

prometida, la tierra del descanso. Durante aquel largo itinerario Israel tropezó con mil adversidades

que, pensándolo bien, no eran ajenas a la providencia amorosa de Yavé para con los suyos. Exhortaba

el Deuteronomio de esta manera: "Acuérdate del camino que Yavé te ha hecho andar durante cuarenta

años a través del desierto con el fin de humillarte, probarte y conocer los sentimientos de tu corazón y

ver si guardabas o no sus mandamientos" (Dt 8,2).

La iglesia vuelve a vivir aquella experiencia, aunque en la novedad cristiana. Efectivamente, la mujer,

después de haber engendrado a su hijo varón, tiene que huir al desierto (Ap 12,6). La serpiente-dragón

se levanta contra ella (v. 13); desde su boca vomita contra la mujer como un río de agua para sumergirla

(v. 15); y luego corre para hacer la guerra a lo que queda de su descendencia, es decir, a los discípulos

de Cristo, a los santos "que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús" (v. 17;

cf 14, 12) Y no sólo eso. Siempre en el desierto, Satanás moviliza a sus propios aliados, a quienes

transmite su poder diabólico. Efectivamente, en el desierto pone su campamento otra mujer, que es la

antítesis de la mujer-pueblo de Dios. Se trata de Babilonia la grande (¿la Roma pagana?), ebria de la

sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17,3-6). Se sienta sobre una bestia color escarlata que

tiene siete cabezas y diez cuernos, símbolo de los reyes que son gregarios suyos y que luchan contra el

Cordero (17,3.9-14a; cf 13,1-2).

b) Los 1.260 días.

¿Durante cuánto tiempo tendrá que permanecer en el desierto la mujer perseguida? Responde el

vidente: durante 1.260 días (Ap 12,6). Esta cifra tiene su paralelo próximo en Ap 12,14, en donde se

repite que la mujer encontrará de comer en el desierto "durante un tiempo, dos tiempos y la mitad de un

tiempo", fórmula claramente derivada de Dan 7,25 (cf 12,7), que la utilizaba en relación con la

persecución de Antioco IV Epifanes (168-165 a.C.). Los 1.260 días corresponden también a todo el

periodo en que se desarrolla la misión profética de los dos testigos (Ap 11,3). Además, el número

mencionado es el producto de 42 X 30 (= 1.260); por consiguiente equivale con toda exactitud a los

cuarenta y dos meses lunares (de treinta días cada uno) en los que muestra toda su perversidad tanto

la persecución de los paganos que pisotean la ciudad santa (Ap 11,2) como el poder blasfemo de la

bestia (Ap 13,5).

Así pues en sustancia, las tres expresiones (1.260 días, 1 + 2 tiempos + la mitad de un tiempo, cuarenta

y dos meses) son semejantes y expresan una relación no aritmética, sino cualitativo-simbólica. Es

decir, sirven para designar un periodo de fuertes tribulaciones, de violencia, de angustia, de

calamidades, de muerte... Por lo demás, ya en el AT, fuera de Dan 7,25, tenemos antecedentes

análogos también para los "tres años y medio", es decir, cuarenta y dos meses (cf I Re 17,1.18, en la

cita de Lc 4,25 y Sant 5,17), y el número 42 (Jue 12,6; 2Re 2,24; 10,14; cf también Núm 35,6; Esd 2,24,

y Neh 7,28). Así pues, a pesar de todo, la persecución tiene un limite. De hecho, los "tres años y medio"

son la mitad de siete, número perfecto. Se trata de una totalidad partida a medias. El simbolismo de los

"tres y medio" tiene por tanto la función de subrayar que los tiempos de la angustia, aunque parezcan

largos, son parciales y no afectan al tiempo de Dios. Satanás sabe que tiene "poco tiempo" (Ap 12,12).

6. UNA IGLESIA VICTORIOSA. Las palabras proféticas de Jesús sobre las futuras tribulaciones de la

iglesia iban acompañadas de una promesa consoladora; lo mismo que él había derrotado al maligno,

así también los discípulos tendrían la fuerza suficiente para superar todo cuanto se opone al evangelio.

Es lo que decía el Señor: "En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad, yo he vencido al mundo" (Jn

16,33).

El Apocalipsis repite sin descanso que el triunfo pascual del Cristo-mesías es compartido por sus fieles.

"Al vencedor le daré el sentarse conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido, me he sentado con

mi Padre en su trono" (Ap 3,21; cf 2,26). Los cristianos podrán derrotar a su vez al dragón en virtud de

la sangre del Cordero y gracias a su testimonio personal, llevado a cabo con firmeza hasta el final y

rubricado en el martirio (Ap 2,26a; 12,11; 17,14).

Son éstas las certezas confortantes que infunden coraje a la iglesia, la cual "prosigue en su

peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" (san Agustín, De

civitate Dei 18,51,2, citado por la LG 8). Nos explicamos así cómo el Apocalipsis, a pesar de conocer las

travesías que aguardan a la comunidad de los creyentes, no vacila en situar a la mujer en la esfera de la

luz divina y en representarla con una corona sobre la cabeza (Ap 12,1). Elia ha conseguido ya la prenda

de la victoria en la resurrección de Cristo. Cristo tiene el poder sobre la muerte y sobre los infiernos (Ap

1,18) y camina en medio de los suyos (Ap 2,1). Como un hábil contrapunto con el AT, el autor del

Apocalipsis enseña que el Resucitado asiste a la iglesia en las etapas de su viaje por el tiempo, a fin de

conducirla hasta él para la consumación final de la historia.

a) El desierto, lugar de la protección divina. En el transcurso de la antigua alianza el desierto fue en

primer lugar el espacio del refugio. Efectivamente, allí Dios concedió descanso a Israel después de

haberle hecho salir de Egipto (Éx 13,18), llevándolo como sobre alas de águila (Ex 19,4, Dt 32,11, cf Sal

103,5 e Is 40,31). En el desierto le proporcionó a su pueblo el alimento del maná, de las codornices, del

agua (Éx 16,1-36; 17,1-7), de la misma manera que más tarde proporcionaría pan a Elías ( I Re 17,1-7).

En el desierto la tierra se abrió para tragarse a Coré, Datán y Abirón con todas sus familias y sus

seguidores (Núm 16,1-35). Sin embargo, el desierto no era el asentamiento definitivo, era más bien una

etapa intermedia, aunque prolongada, hasta llegar a Palestina, el lugar que Dios tenía preparado para

que descansara allí finalmente su pueblo (Éx 23,20). Estos antecedentes del antiguo pacto eran

sombra de los bienes futuros, los del pacto nuevo sellado en Jesucristo (cf Heb 10,1). Y realmente el

Apocalipsis vuelve a releer aquellas páginas dentro de una perspectiva cristológico-eclesial. También la

mujer, figura del nuevo pueblo de Dios, experimenta de forma tangible el socorro divino. En el desierto

hay un lugar de refugio preparado para ella (Ap 12,6a.14b) y puede llegar hasta allí volando, ya que se

le han dado las dos alas del águila grande (v. 14a; cf Ap 8,13 y Ex 19,4, Dt 32,11). En el desierto, lejos

de la serpiente, la mujer encuentra su sustento (Ap 12,6.14), que podría aludir al pan de la eucaristía,

nuevo maná (cf Jn 6,48-58). Si Coré, Datán y Abirón desaparecieron tragados por las fauces del

desierto, ahora la tierra abre un abismo para poder absorber el río que ha vomitado el dragón contra la

mujer (Ap 12,16).

b) Una meta ultrahistórica: la nueva Jerusalén. Pero también para la mujer, a semejanza de lo que

había ocurrido con Israel, hay una última cita que está más allá del desierto. Se le ha señalado una

meta ultraterrena. Efectivamente, su vocación es la de convertirse en la "mujer-esposa del Cordero" (Ap

21,9), en la nueva Jerusalén (21,2), en donde ya "no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena,

porque el primer mundo ha desaparecido" (Ap 21,4). El cambio de suerte que han realizado Dios y el

Cordero se manifiesta ahora en toda su perfección. No es ya en el desierto, sino en "un monte grande y

excelso" (Ap 21,10), donde aparecerá la nueva Jerusalén. Ni serán ya tampoco ahora el sol y la luna las

fuentes de su esplendor ya que "la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero" (Ap 21,23; cf Is

60,1-2.19-20). En una palabra, ¡se acabaron los días de luto! (cf Is 60,20).

7. ¿TAMBIÉN María ES LA "MUJER" DE AP 12?

Con esto llegamos a la cuestión formal de nuestra reflexión: ¿es legítimo ver también a María en la

mujer del "gran signo"? ¿Estaba presente la figura de la virgen María en la mente de Juan, autor del

libro? A partir de los años cincuenta ha ido creciendo notablemente el número de exegetas que no

vacilan en hablar de una extensión mariológica en el c 12 del Apocalipsis. La mujer —opinan—

simboliza en primer lugar y directamente a la iglesia del pueblo de Dios de ambos Testamentos; pero

indirectamente (in obliquo, por así decirlo) se incluye también allí a la virgen María. ¿En qué sentido?

Aquí es preciso definir con la mayor exactitud posible las diversas categorías de aplicación Mariana.

Algunas se apoyan en fundamentos bastante próximos al sentido literal del texto. Otras se derivan más

bien de una reflexión global sobre la presencia y la misión de María según el NT o bien son fruto de

inducciones de carácter teológico-especulativo. Pondremos algunos ejemplos.

a) María en la hora de la pasión, junto a la cruz. El parto doloroso de la mujer y el rapto de su hijo varón

junto al trono de Dios, como hemos dicho, tienen todas las probabilidades de ser una escena

dramatizada del misterio pascual. Una vez sentada esta premisa, podría resultar muy iluminador el que

nos diéramos cuenta de que precisamente en Jn 16,21-23 este mismo misterio es presentado por

Jesús mediante la imagen parabólica de la parturienta (véase supra, 4). Por consiguiente, si el parto de

la mujer de Ap 12 se refiere a la pasión glorificadora de Cristo, entonces el cuadro de Ap 12 tiene que

interpretarse igualmente a la luz de Jn 19,25-27. Es decir, está claro que la versión simbólica del

misterio pascual de Cristo que se nos ofrece en el Apocalipsis recibe nuevas aportaciones de la versión

histórica que da del mismo el cuarto evangelio. En efecto, gracias a Jn 19,25-27 podemos saber que en

la hora en que Jesús pasaba de este mundo al Padre la comunidad mesiánica al pie de la cruz estaba

representada por el discípulo que amaba Jesús y por unas cuantas mujeres (¿cuatro?), entre las que el

evangelista concede el primer lugar a la madre de Jesús.

La mujer coronada de doce estrellas, en angustias de parto, representa en primer lugar la aflicción del

resto fiel del pueblo elegido en el momento en que el mesías era engendrado a la gloria de la

resurrección a través de los dolores de la pasión. La maternidad metafórica de la mujer no se extiende

solamente al mesías resucitado, sino también a todos sus hermanos, es decir, a todos aquellos que

guardan los mandamientos de Dios y son fieles al testimonio que dio Jesucristo. ¡Ése es el antiguo y el

nuevo Israel! En segundo lugar, y por vía indirecta, en esa mujer estaría también incluida la virgen

María. Todo ello debido a lo que escribe Jn 19,25-27. En el momento en que Jesús pasaba de este

mundo al Padre, la comunidad mesiánica estaba representada principalmente a través de la presencia

de su madre. En aquella hora Jesús revela que María tiene también una función maternal que cumplir

respecto al discípulo amado, tipo de todos sus discípulos.

La diferencia que hay entre Ap 12 y Jn 19,25-27 consiste en que mientras la escena del Apocalipsis

tiene una tonalidad eclesial, la del cuarto evangelio se centra más bien en la persona de María. Pero se

trata de una diferencia complementaria. Por eso el c. 12 del Apocalipsis confirma el significado

eclesiológico de María al pie de la cruz, y viceversa, la presencia de María al lado del Crucificado hace

posible la extensión mariológica a la mujer del Apocalipsis, en lucha contra el dragón.

Este género de argumentación (propuesto especialmente por A. Feuillet) es uno de los más apreciables

en el nivel del sentido literal. Efectivamente (como reconocen no pocos exegetas), existen frecuentes

contactos entre la tradición codificada en el Apocalipsis y la de los escritos seguramente joaneos.

b) María, la "llena de gracia". En la mujer revestida de sol los ojos de la fe podrán contemplar a María

con pleno derecho. Debido a la misión única y excelsa a la que ha sido llamada por Dios, la Virgen se

vio envuelta por la complacencia y por el favor misericordioso de Dios (cf Lc 1,28: kejaritoméne; 1,48).

c) María, "la parturienta de Belén". Una vez admitido que la mujer de Ap 12 es también figura del antiguo

pueblo de Dios, será preciso reconocer que solamente a través de la maternidad física de María la

mujer-lsrael engendra de su seno al mesías. Por eso Ap 12 puede referirse también en sentido amplio

al parto de Belén.

d) María, la "mujer" de la fe atormentada. En los dolores del parto, como decíamos, se expresa entre

otras cosas el itinerario tan difícil de fe que lleva a cabo la comunidad prepascual de los discípulos para

llegar a aceptar un mesías que sufre. Dentro de esta perspectiva es posible colocar con toda dignidad a

la madre de Jesús, efectivamente, María acogió en su hijo al mesías tal como Dios se lo proponía y vivió

ejemplarmente el drama de Cristo crucificado. De esta manera la Virgen engendró a Cristo sobre todo

en el orden de la fe.

e) María, miembro de una iglesia perseguida por el mundo y socorrida por Dios. Pensando en las

hostilidades de la serpiente contra la mujer en el desierto y en la asistencia divina de que se ve

protegida, la mente del lector no podrá ignorar que también María fue partícipe del misterio de muerte y

de resurrección que vivió la iglesia apostólica. En efecto la Virgen vivía en el seno de la comunidad de

Jerusalén (He 1,14). Pues bien, esta comunidad fue muy pronto objeto de persecución por parte de las

autoridades judías, mientras que al mismo tiempo experimentaba de manera tangible la fuerza

liberadora de Cristo resucitado, su Señor (cf He 4,5-31, 5,17-41, 6,97,60; 8,1-3; 9,1-2; 12,1-19).

f) María, asunta a la gloria celestial. El término escatológico de la mujer de Ap 12 es el de ser glorificada

en los cielos nuevos y la tierra nueva de la Jerusalén celestial, como "mujer-esposa del Cordero " (Ap

21, 1-22,5). Levantando la mirada hacia esa humanidad transfigurada en Jesucristo, muchas voces de

la tradición eclesial han encontrado abundantes motivos para celebrar en el gran signo de la mujer la

asunción de María al lado de su Hijo. En ella redimida en la integridad de su persona, la iglesia se goza

en saludar la primicia y la prenda de la gloria perfecta, que será comunicada a todas las criaturas como

fruto de la salvación universal realizada por Cristo Dios-con-nosotros (cf Ap 21,34).

Para cada uno de los aspectos marianos que aquí hemos señalado como ejemplos, me parece que

resulta muy adecuado el criterio hermenéutico formulado por U. Vanni. Este autor insiste en la

connotación eclesial de Ap 12 y afirma en términos muy claros que la mujer no es María. Pero luego

añade que "también es posible dar un paso legítimo en la dirección mariológica...; (y) esto no constituye

ningún añadido devocionista y mucho menos se plantea como interpretación exegética alternativa o

mera aplicación eclesial. Lo que hace más bien es subrayar la riqueza pluriforme, supraconceptual, del

símbolo, que raras veces llega a explotarse colmadamente. También el gran signo alcanza su plenitud

de significado sólo cuando el mismo llega a ponerse en contacto inmediato con toda la realidad de la

vida eclesial".

CONCLUSIÓN. Después de considerar como ya cumplida la redención, el autor del Apocalipsis

proyecta sobre Gén 3,15 toda la luz del NT. La descendencia de Eva, a la que se le prometió la victoria

sobre la serpiente, llega a identificarse para él con el pueblo de Dios, representado en la imagen de la

mujer de Ap 12. Y este pueblo sale victorioso sobre la antigua serpiente (Satanás) a través de la obra

del Cristo mesías. Hasta aquí llega el sentido literal-directo del gran signo, es decir, del importante

mensaje que allí se encierra. Indirectamente, como si se tratara de un reflejo, en la mujer está incluida

también María. Efectivamente, los demás escritos del NT revelan que, por disposición divina, con Cristo

estuvo estrechamente asociada su madre. En otras palabras, la descendencia de la mujer-Eva (Gén

3,15) logra triunfar sobre la serpiente mediante la mujer-pueblo de Dios (Ap 12); pero a este pueblo es

preciso incorporar, de manera eminente, a Jesucristo y a su madre.

Con esta lectura retrospectiva del AT, el Génesis y el Apocalipsis se vinculan idealmente entre sí como

el primero y el último eslabón de una misma cadena, es decir, la cadena de los libros sagrados, en los

que el Espíritu Santo dice a la iglesia todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y por nuestra

salvación.

(DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs.368-378)

http://www.mercaba.org/FICHAS/MARÍA/529.htm#AP 12









LA MUJER DEL APOCALIPSIS Y EL ANTICRISTO

Dos motivos nos ofrecen la ocasión para seguir la reflexión sobre el Apocalipsis comenzada en el

último número: el 19 centenario de la composición del último libro de la Biblia, que se celebró en la isla

de Patmos bajo el patrocinio del Patriarcado ecuménico de Constantinopla; pero sobre todo el hecho de

que del Apocalipsis se ocuparon dos grandes exégetas, hoy marginados por el establishment

académico y que 30Dias justamente ha vuelto a ofrecer a sus lectores en los últimos números: Erik

Peterson (1890-1960) y Heinrich Schlier (1900-1978).

Para los dos teólogos alemanes ambos convertidos del protestantismo, las visiones narradas en

el Apocalipsis representan la batalla terrible y al mismo tiempo real que se da en la historia entre el

Redentor y su enemigo escatológico. Los dos exégetas consideran al Anticristo como un actor del

Apocalipsis, representado en los símbolos del dragón y de las dos bestias. Peterson, en su estudio de

1938 sobre el Apocalipsis, hablando de la fiera que viene de la tierra la identifica con «el falso profeta

que también puede llamarse el teólogo del Anticristo». Schlier más de veinte años después escribe un

artículo sobre el Anticristo concentrándose únicamente en el capítulo Xlll del Apocalipsis, en el que

descubre toda la simbología del culto imperial. En su lectura, el Anticristo se identifica con el Imperio

romano y, en general, con las potencias mundanas que persiguen a la Iglesia.

A lo largo de los siglos muchos han recurrido, dentro y fuera de la Iglesia, a una lectura

exclusivamente política de los signos del Apocalipsis. Todos los tiranos y protagonistas trágicos y

negativos de la historia, hasta Hitler y Stalin, han sido identificados alguna vez como personificaciones

del Anticristo. Lutero llegó incluso a atribuir las características del Anticristo al papa de Roma.

ANTICRISTO/QUIEN-ES: Semejante inflación de anticristos puede provocar equívocos.

Por esto parece oportuno volver a descubrir qué es el Anticristo para Juan, el discípulo que habló

de él.

En primer lugar, hay que señalar que, si bien muchos comentarios ponen en relación Anticristo y

Apocalipsis, la expresión Anticristo no aparece nunca explícitamente en el libro que Juan escribió en

Patmos. Están, es verdad, las figuras terribles de las dos fieras y del

dragón. Pero también aquí, si por una parte la fiera que viene del mar se identifica con Roma y los

reinos mundanos, la otra fiera, la que viene de la tierra, representa el poder religioso encarnado en la

casta sacerdotal judía, como bien señaló Eugenio Corsini en su ensayo Apocalipsis antes y después

(1980). La fiera religiosa es peligrosa por ser instrumento del Maligno al igual que lo son los dos grandes

poderes mundanos.

Si queremos saber qué es para Juan el Anticristo, más que en el Apocalipsis debemos buscar en

sus dos primeras cartas. Es en ellas donde el término anti-cristo, inventado por Juan, aparece por

primera vez; el vocablo significa: "el que está contra Cristo", es decir «el que niega que Jesús es Cristo»

(lJn 2, 22). El fragmento fundamental está algo antes: «Hijitos, ésta es la hora postrera, y como habéis

oído que está para llegar el anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual

conocemos que ésta es la hora postrera. De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros. Si de los

nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros, pero así se ha hecho manifiesto que no todos son

de los nuestros» (/1Jn/02/18-19). Esta es, pues, la primera característica de la venida del Anticristo: se

trata de un evento eclesial antes que político. El Anticristo como figura misteriosa, aún no precisada

cuya venida describe también Pablo (2Tes 2,7-8) como una de las señales de la hora postrera, asume

en las cartas de Juan rasgos históricos concretos. Coincide con la manifestación de la primera dolorosa

fractura en el seno de la comunidad cristiana. Los anticristos son los primeros herejes, como los

gnósticos, es decir, los que han roto la unidad de la comunidad en torno a Cristo. Su delito es el más

grave, el que Juan llama "pecado de iniquidad": estar contra Jesucristo. No reconocer a Jesús venido en

la carne, y por tanto, como explica en la segunda carta, querer ir más allá: «Todo el que se extravía y no

permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios» (2Jn 9).

En la primera carta, se menciona la figura del Anticristo con otros dos antagonistas de los

cristianos: el Maligno («Os escribo, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno», 1Jn 2,13), y el mundo

(«No améis al mundo ni lo que hay en el mundo», 1Jn 2,15). Entre estos tres sujetos hay un nexo

estrecho: cada una de las personas, definidas anticristos, que renegando de Jesucristo han provocado

la división de la comunidad, representan un poder colectivo, el mundo, que se ha cerrado al amor del

Padre, pero que está inspirado por el poder del Maligno. En este sentido el Anticristo, al estar inspirado

por el Maligno, es decir, Satanás, revela su dimensión esencial, escatológica, que nos lleva al

Apocalipsis. El hecho eclesial del cisma por herejía es revelado en su dramaticidad de hecho

escatológico: detrás del delito de los anticristos está la acción del Maligno en su lucha contra el reino

mesiánico. Una oposición abocada a la derrota, porque el Maligno sabe que el Señor ya ha vencido.

Pero justamente el acercamiento de la revelación definitiva de la victoria, hace al diablo más rabioso en

la persecución de los discípulos de Jesús a lo largo de la historia: «Regocijaos, cielos, y todos los que

moráis en ellos. ¡Ay de la tierra y de la mar!, porque descendió el diablo a vosotras animado de gran

furor, por cuanto sabe que le queda poco tiempo» (/Ap/12/12).

Toda la segunda parte del Apocalipsis (capítulos 12-22) está consagrada al destino de

persecución de la Iglesia en el curso del tiempo hasta la victoria final de la nueva Jerusalén que baja del

cielo. Al principio de esta sección, se describe a la Iglesia perseguida en el símbolo de la lucha entre la

Mujer y el dragón. Precisamente por la figura de la Mujer, además de por la interpretación que ya en los

comentarios de los Padres veían en ella una imagen de la Iglesia, fue propuesta a partir de la Edad

Media una clave de lectura mariana, que ha influido durante mucho tiempo en la tradición iconográfica y

litúrgica. Efectivamente, los primeros cristianos y en particular la comunidad cercana a san Juan,

considerada la relación filial de Juan con María comenzada en el Calvario, no podían por menos que

referir la imagen de la Mujer del Apocalipsis a la mujer concreta de la que habla el Evangelio, la madre

de Jesús que él mismo llama «mujer» primero en la boda de Caná (Jn 2, 4) y luego cuando estaba a los

pies de la cruz con Juan («Mujer, he ahí a tu hijo... He ahí a tu madre» Jn 19, 25-27). Pueden hacerse

varias consideraciones que confirman la legitimidad de la doble lectura. La Mujer está vestida de sol,

con la luna debajo de sus pies. Grita por los dolores de parto y aparece un dragón que la amenaza a ella

y al hijo varón que está dando a luz. Todos son símbolos e imágenes que se pueden atribuir tanto a

María como a la Iglesia. Por ejemplo, el parto doloroso, que no puede ser una referencia al nacimiento

de Jesús de María (allí el parto fue virginal y sin dolor: la encíclica de Pío Xll Mediator Dei, resumiendo

toda la tradición lo define «feliz parto»), simboliza, en cambio, el acontecimiento pascual, con el

nacimiento de la Iglesia. Acontecimiento que sucede precisamente a los pies de la cruz: María y Juan a

los pies del Redentor crucificado son la Iglesia naciente. Y es allí donde la madre de Jesús se convierte

en la madre de todos los discípulos. Esos discípulos sobre los que, como dice el Apocalipsis, caerá la

cólera del dragón: «Se enfureció el dragón contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de su

descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y tienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,

17).

Si es correcta, pues, la lectura mariana de la Mujer del Apocalipsis, nos interesa comprender aquí

el sentido de la lucha entre la mujer María y el dragón. Es decir, la contraposición entre María y ese

símbolo del mal escatológico que, como hemos visto, para Juan surge históricamente de la salida de la

Iglesia de los primeros herejes. Hay una bella antífona, que se cantaba en las fiestas marianas del

pasado y que la reforma litúrgica ha eliminado tanto del breviario como del misal: «Gaude, Maria Virgo,

cunctas haereses tu sola interemisti in universo mundo» (Regocíjate, oh Virgen María, pues tú sola

destruiste todas las herejías). No es que María hiciera algo durante su vida contra las herejías. Pero

ciertamente el reconocimiento de María en los dogmas marianos es síntoma y baluarte de la firmeza de

la fe. También el cardenal Ratzinger en su libro-entrevista con Vittorio Messori (lnforme sobre la fe,

1985), subraya que «María triunfa sobre todas las herejías»: si le damos a María el lugar que le

conviene en la tradición y en el dogma, nos hallamos ya de verdad en el centro de la cristología de la

Iglesia. Los primeros dogmas, que se referían a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, pero

también los últimos (inmaculada concepción y asunción corporal a la gloria celeste), son la base segura

para la fe cristiana en la Encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede

intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe acerca de las realidades últimas (resurrección de la

carne, y, por tanto, transfiguración del mismo mundo material) se confiesa implícitamente reconociendo

los dogmas marianos. Por ello se espera que se lleve a cabo el proyecto de introducir de nuevo, quizás

en la fiesta de la Asunción corpórea de María al cielo, el 15 de agosto, la bella antífona eliminada por la

reforma litúrgica.

(·POTTERIE-I-DE-LA._30-DIAS/95/097.Pág. 48 s.)

Ap 12,18-13.18:

Lo dicho del contradictor en la segunda epístola a los Tesalonicenses y del Anticristo en las

epístolas de San Juan aparece con su última y terrible figura en las visiones llenas de horror y crueldad

del Apocalipsis .

Del mismo modo que nosotros vemos en sueños ciertos sucesos importantes, San Juan ve bajo

la imagen de dos bestias al Anticristo y a sus profetas, a sus teólogos. Puede decirse, sin duda, que en

la visión que se le concede aparecen las protofiguras del mal que el hombre posee en el hondón de su

propia intimidad como tipos de lo antidivino. Gracias a la visión, son en cierto modo exteriorizadas,

traídas a la realidad exterior. Caben en las imágenes transmitidas por el AT y la historia de su tiempo.

Para la descripción de las figuras de las bestias le prestan valiosos colores y líneas la pintura del

dominador antidivino ofrecida en el libro de Daniel (7, 1-2). En su visión encontramos además elementos

tomados de la situación del imperio romano, aunque los animales no simbolizan ni el imperio romano ni

cualquier otro poder mundano antidivino.

Pero ni los prototipos del mal subyacentes en el vidente mismo ni los elementos procedentes de

su fe y de su conocimiento de la historia y del tiempo bastan, sin embargo, para explicar las imágenes

que nos da del poder satánico. Lo decisivo es la revelación de Dios, que se reviste del estilo humano del

Apóstol. Todos los conocimientos y modos de visión, todas las formas e imágenes que en él había se

convirtieron en recipiente de la revelación divina, en medio para que Dios manifestara el sentido y

transcurso de la historia. De modo semejante los sueños son símbolos y formas de lo que en anhelo y

angustia vive en el corazón y espíritu de los hombres. ¿Qué es lo que se revela en esas imágenes de

terror? La primera bestia que San Juan ve salir del mar, abismo de todos los terrores, es símbolo de un

dominador de los últimos tiempos que hace la lucha contra los cristianos con poder y brutalidad. Sin

precedentes, con llamamientos militares, poder político y gran cultura, o mejor, con cultura aparente;

será fundador de un imperio que se extenderá por todos los pueblos y en el que se suprimirán todas las

manifestaciones de culto a Dios y se obligará con todos los medios de la mentira y del poder a adorar al

dominador.

El hecho de que el Anticristo sea visto en figura de bestia simboliza a la vez su fuerza

sobrehumana y su carácter infrahumano. Por lo que respecta al carácter infrahumano hay que decir que

el hombre deja de vivir humanamente cuando se libera de Dios. "Es la vieja verdad de que la humanidad

sin divinidad degrada hasta la bestialidad." Lo sobrehumano aparece poco a poco ante los ojos del

vidente: despacio y terriblemente el animal va emergiendo de las olas. Lleva símbolos de poder, de

dominación, de saber. Todo en él es pavoroso y terrible, enorme e informe. Los cuernos son símbolo de

la fuerza irresistible y del placer de atacar. La ambición y el hambre de poder se encarnan en él elevados

a la suma potencia. Es significativo que San Juan no vea una figura de animal de las conocidas por

nosotros. La bestia es algo raro y extraño; no es ninguna de las que conocemos; lleva en sí los

elementos de horror de varios: el salvajismo y astucia del leopardo. la peligrosa voracidad del oso, la

avidez de rapiña del león, rey de la selva, se unen en ella. La insolente rebelión contra todo lo santo se

manifiesta ya en su aspecto. Las inscripciones de su corona, probablemente en sus diademas, son

caricaturas vanidosas de las ínfulas del Sumo Sacerdote y del Logos divino -jinete en caballo blanco-,

que "lleva muchas diademas y un nombre que nadie más que él mismo conoce" (Apoc. 19, 12). En sus

blasfemias se expresa su ateísmo; exige propiedades y títulos que sólo a Dios competen. El hombre que

se niega a ser lo que Dios ha llamado "hombre" (Phil. Dessauer), que se ha entendido a sí mismo como

bestia rubia y animal de presa y que ha hecho violentos intentos de cría racista de hombres es pisoteado

por la desconsideración "del astuto y tosco imperio que todo lo devora, del poder mundano dominado

por instintos bestiales y de figura y formas bestiales" (Dessauer).

El animal se rebela contra Dios y no para exterminar del mundo la fe religiosa; conoce bien la

indestructible necesidad de Dios que tiene el hombre y cuenta con ella. No quiere, por tanto, destruir la

fe religiosa, sino desviarla hacia él; es un usurpador; quiere revestirse a sí mismo del nimbo de lo divino.

La bestia es feudo de Satanás. El dragón le ha entregado todos sus poderes. Es representante de

Satanás en la tierra; de él viene su poder (cfr. Lc. 4, 6; Jud. 9).

Poco después de la visión de la bestia, San Juan había oído el grito airado de Satanás contra el

pueblo de Dios. En el capítulo 12 describe la lucha del dragón contra la mujer del cielo. La mujer ha

emergido en un claror como si el sol fuera un manto que rodeara sus hombros. Bajo sus pies brilla como

en actitud obediente la luna. En torno a su cabeza chispea como diadema una corona de luz de doce

estrellas. Una vida nueva va a nacer de su seno. También ella está bajo el juicio de Dios, como lo están

todas las madres desde el pecado original (Gen. 3, 16). Los dolores de parto de la mujer que está en la

claridad celeste son tan grandes, que su grito resuena por todo el universo y San Juan lo oye en la tierra.

¿Quién es esta mujer extraordinaria? Se ha pensado en María. Tomado al pie de la letra no puede

referirse a María, aunque puede aplicarse a ella traslaticiamente. El texto no se ajusta a María, porque el

parto ocurre ante todo el universo y entre grandes dolores. Es símbolo del pueblo de Dios, del que nació

el Mesías, es decir, primariamente conviene a "Israel según la carne". Su destino era regalar el Salvador

al mundo; esa vocación le proporcionó dolores y sufrimientos como los de las madres (cfr. Gal. 4, 26).

Con el pueblo de Dios del AT está en estrecha relación la Iglesia neotestamentaria. La mujer envuelta

en claridad celestial simboliza también la Iglesia. En cuanto madre parturienta simboliza a Israel, en

cuanto mujer perseguida y fugitiva representa el pueblo de Dios del NT.

La mujer es perseguida por el gran dragón color de fuego. En el mundo simbólico de muchos

pueblos el poder enemigo de Dios al principio o al final de los tiempos es representado como dragón o

monstruosa serpiente de varias cabezas. El dragón es el símbolo más frecuente del diablo. El color rojo

de fuego alude a su puesto en el fuego del infierno, pero también a la sed de sangre del asesino de

hombres (lo. 8, 44; l lo. 3, 12). Es el príncipe más infatuado de este mundo. Pretende imitar y superar los

signos mayestáticos de Dios. En él se descubre y actúa el horrible misterio de la malicia. Agitado como

una serpiente, se detiene delante de la mujer para devorar el niño en cuanto nazca; si lo logra, su

poderío estará asegurado; pero si fracasa está perdido para siempre. Es un momento de extrema

tensión. La victoria de Satanás parece inevitable. ¿Qué puede una desvalida mujer contra su terrible

fuerza? Cuando quiere demostrar su fuerza irresistible en una exhibición sensacional, sacude la cola y

barre un tercio de las estrellas del firmamento y las precipita sobre la tierra (cfr. Dan. 8, 10). Con eso

consigue un fin accesorio; las estrellas le son odiosas, porque dan luz y son testimonios del orden

cósmico; Satanás ama las tinieblas y el caos; es el corruptor del mundo. Pero ocurre lo inesperado: no le

toca la victoria a Satanás. El niño es llevado al cielo. El vidente alude así a la ascensión del Señor. Lo

que hay entre el nacimiento y la ascensión no se mienta. Esto tiene su razón. Sólo importan las grandes

relaciones. Dios ha permitido que a Cristo le ocurrieran muchas desgracias durante su vida terrena, pero

por fin Satanás ha sido sometido. Eso es lo importante y esencial. La victoria de Dios contra el terrible

ataque de los poderes infernales está asegurada. A pesar de la resistencia y oposición del enemigo,

Cristo ha logrado los fines queridos por Dios.

La ira de Satán crece con su derrota. Está convencido de que su poder llegará pronto a su fin.

Mientras le es permitido quiere luchar con el más extremado fanatismo. Intenta destruir todo lo que

pueda destruir. "Se enfureció el dragón contra la mujer, y fuese a hacer la guerra contra el resto de su

descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y tiene el testimonio de Jesús" (Apoc. 12,

17).

En la visión del animal se describe la lucha del dragón contra los cristianos. Ha confiado todo su

poder a la bestia del mar, al anticristo, que empeña todo su poderío contra Cristo y los cristianos. Nada

es santo en él. Suenan terribles las injurias contra el cielo y contra todo aquello cuyo nombre está escrito

en las listas de ciudadanos del cielo, contra todos los que no son meros creyentes en la tierra y en el

mundo. A quien no se deja apartar de Cristo por los insultos y sarcasmos, la bestia le declara la guerra.

Lo incomprensible es que Dios conceda a la bestia esa posibilidad. Incluso ocurre algo más

incomprensible todavía: el dominador antidivino vence sobre la comunidad de Dios. Dios se lo permite.

El aumento de poder, el éxito y los logros culturales de la bestia obran en los hombres como un

hechizo. Caen de rodillas y la adoran. El animal exige honores divinos. Exige para sí lo que pertenece a

Dios y a Cristo. El Anticristo se presenta como Dios y salvador. Imita a Cristo en todo. Intenta imitarle

simiescamente hasta en su muerte y resurrección. Lo mismo que el Cordero que se sienta en el Trono,

tiene todavía las llagas (Apoc. 5, 6); lo mismo que Cristo murió y, sin embargo, vive por toda la eternidad,

la bestia lleva también una herida mortal y, sin embargo, vive. Da la sensación de que se ha sacrificado

por la salvación de los hombres hasta la muerte y de que ha vencido la muerte. ¿Qué se le puede

negar? Ahora puede el Anticristo, encarnación de Satanás y el más opuesto a Cristo, exigir para sí todo

lo que hasta ahora ofrecieron al Señor los que creían en la muerte y resurrección de Cristo. Los

habitantes de la tierra prorrumpen en himnos y cantos de alabanza a la bestia y a los oídos del vidente

suenan horribles las diabólicas parodias del gran cántico bíblico de alabanza con que en otro tiempo

cantó el pueblo al Señor de la historia. ¿Quién puede compararse al animal y quién puede luchar con él?

(cfr. Ex. 15, 11; Ps. 89 [88], 7. 9; 113 [112], 3). El Anticristo es el señor del mundo; mediante él Satanás

es señor del mundo. La adoración tributada al Anticristo es adoración a Satanás (Ps. 96 [95], 5; l Cor. 10,

20; Apoc. 9, 20). Aunque el diablo está siempre actuando para inclinar a los discípulos a apostasía, al

final de la historia tendrán éxitos quienes pongan todo el mundo a sus pies.

Presagio y símbolo de este poderío mundial es -según el Apocalipsis (/Ap/11/03-13)- el asesinato

de los dos "testigos". Antes del fin Dios ofrece al orgulloso mundo una posibilidad más de que abran sus

ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz y de Satanás a Dios, para que por la fe en Cristo reciban el

perdón de sus pecados y participación entre los santos (Act. 26, 18). Los testigos, introducidos en el

capítulo 11, reciben de Dios la misión de predicar el evangelio de Cristo y de arriesgar su vida por él. Del

mismo modo que el Bautista antes de la primera venida de Cristo llegó a dar testimonio de la luz, para

que todos creyeran por ella (Jn. 1, 18); antes de la segunda venida de Cristo vendrán también dos

testigos que deberán preparar a los hombres para los últimos acontecimientos. Desde Malaquías son

esperados esos testigos precursores de la venida del Mesías. Al principio no se distinguían en esa

espera la primera y segunda venida de Cristo (Dt. 18, 15; 3, 1-3, 23; Ecle. 48, 10 cfr. Mc. 6, 15; 8, 28; 9,

11; Mt. 11, 10.14). Los dos testigos son, sin duda, las personas enviadas por Dios y no la personificación

de dos funciones de la Iglesia. Son ungidos de Dios y luces celestes de la verdad. En sus manos está el

ramo de olivo de la paz y en sus bocas la palabra de Dios. Están protegidos por el Señor del cielo. Por

eso la resistencia de los hombres no puede impedirles que cumplan su misión. Sin embargo, cuando su

tarea está cumplida, Dios permite que Satanás, el dragón, los mate. Mueren por su mensaje; Dios

permite su muerte y permite también la profanación de sus cadáveres.

Satanás hace en ellos lo más horrible que en opinión de los antiguos puede hacerse a un

cadáver: hacer que queden insepultos por las calles y mercados de la "gran ciudad". Deben ser

abandonados al desprecio de todos. Así se va a demostrar la superioridad del poder anticristiano. San

Juan ve que este asesinato y profanación de los testigos enviados por Dios ocurre en Jerusalén.

Jerusalén fue la ciudad de la más poderosa presencia de Dios y a la vez del más terrible odio a El. Para

San Juan apostasía de Cristo significa lo mismo que ocupación de la ciudad Jerusalén, consagrada a

Dios, por el enemigo de Dios. En la visión significan para él lo mismo la muerte y profanación de los

testigos y la profanación de la ciudad de Jerusalén, lugar de especialísima presencia de Dios. Con eso

no se dice que estos sucesos vayan a ocurrir también históricamente en Jerusalén. Los mundanos se

alegran tanto de la muerte de los testigos de Dios que prorrumpen en cantos de júbilo y se hacen

regalos unos a otros. El suceso más jubiloso que les podía haber ocurrido, porque los testigos de Dios

eran para ellos una continua intranquilidad y molestia. Ahora están libres de los revoltosos e

intranquilizadores y pueden sentirse tan seguros como los jefes de Israel cuando Pilato acató su

voluntad y llevaron a Cristo a la cruz. Pero ocurre algo distinto. Dios resucitó a su Hijo encarnado y

también resucita a vida gloriosa a los dos testigos. Los muertos vuelven. Son más poderosos que los

vivos que los ajusticiaron. Los terrestres se dan cuenta de que han calculado mal. La angustia los

invade. Los testigos resucitados no siguen su interrumpida tarea, sino que son raptados de la tierra a la

gloria de Dios. Los asesinos de su intranquilizador mensaje descansan por fin, pero sellan así su propia

condenación.

El asesinato de los dos testigos es, por tanto, preludio y símbolo de la victoria sobre los santos. El

triunfo de los poderes satánicos parece ser perfecto y definitivo después de esta victoria. La mujer del

cielo, el pueblo de Dios, ha huido al desierto (Apoc 12, 6 14) El santuario está cercado de paganos

(Apoc. 11, 2). Pero la apostasía y la destrucción no han terminado. Queda una pequeña comunidad de

los que adoran al Padre en espíritu y en verdad (Jn. 4, 23). Es reservada para la victoria del Cordero

(Apoc. 11, 1; 3). La vida pública está dominada por la adoración al Anticristo. La adoración del verdadero

Dios ha desaparecido de la vida pública; pero sigue haciéndose a pesar de todo. Los cristianos oyen lo

que Dios profetizó en el AT por boca de Jeremías: "Y si te preguntan: ¿Adónde hemos de ir?

Respóndeles: Así dice Yavé: El que a la mortandad, a la mortandad; el que a la espada, a la espada; el

que al hambre, al hambre; el que al cautiverio, al cautiverio" (Jer. 15, 2). En la lucha que los cristianos

hacen por la causa de Dios, El parece estar de parte de los enemigos. Pero cuando llegue la hora

determinada, dará la victoria a los suyos. Hasta entonces hay que esperar y perseverar. En el silencio y

confianza está la fuerza (Is. 30 15).

A las violencias del primer animal se suman las actividades propagandísticas del segundo. "El

animal primero representa al Anticristo en cuanto dominador escatológico, encarnación diabólica

portador de todo poder político enemigo de Dios, perseguidor el más diabólico del reino de Dios; a él se

une el animal de la tierra figura de profeta, personalidad que es el resumen y representante diabólico de

toda cultura intelectual antidivina y anticristiana y predicadora de una religión estatal que está al

exclusivo servicio del Anticristo y desligada totalmente del Dios personal. Cristo había hablado de la

multitud de falsos cristos y falsos profetas (Mc 13 22). En el Anticristo se reúnen los atributos de las

distintas figuras falsas de salvadores y poderes enemigos; y en este animal de la tierra se reúnen las

características de los falsos profetas." El animal parece un cordero; tan pronto como abre la boca se

observa que no es cordero, sino dragón. Está caracterizado por la contradicción entre sus apariencias y

su ser. Su esencia más íntima es la hipocresía. Está estrechamente emparentado con el padre de la

mentira (Jn, 8, 22). Se le ha encargado la propaganda contra Cristo y los suyos y a favor del Anticristo y

la hace dejando persistir las palabras y símbolos cristianos, pero llenándolos de contenido nuevo y

anticristiano. Sigue hablando de Dios y de la salvación, pero en esas palabras infiltra el nuevo sentido

satánico. La gran masa no se da cuenta del cambio, porque los recipientes siguen siendo los mismos.

Tanto mejor ocurre la seducción desde la verdad a la mentira. Cristo instauró el reino de Dios de palabra

y de obra (Lc. 24, 19; Mc. 2-4; Act. 7, 22) y también el profeta de la mentira seduce al mundo con

palabras y obras. Hace maravillas fantásticas. Las masas ansiosas de milagros y sedientas de

sensacionalismos entran en sus cálculos. No es que se ría de la fe en los milagros como de una

superstición, sino que abusa de ella. Hasta hace llover fuego del cielo. Le sirven de ayuda su gran

conocimiento de la naturaleza y su habilidad técnica. Así legitima su poderío y su mensaje. "¿Quién

puede dudar de él todavía, si hasta el fuego del cielo, el rayo, obedece sus palabras? La cristiandad,

para la que no cae ningún rayo del cielo, que sufre indefensa y muere desvalida, parece haber sido

refutada."

La propaganda tiene éxito. El propagandista erige incluso una imagen de culto. Será un símbolo

del poder y perpetua presencia del dominador anticristiano del mundo. Según una idea muy difundida en

la época helenística, en la imagen del culto está presente el dios o el dominador, a quien esté dedicada.

Quien se niega a adorarla, es eliminado. No tiene derecho a vivir en la comunidad de adoradores del

animal; es boicoteado económicamente o matado. Los paganos pueden preguntar, sarcásticos: ¿Dónde

está vuestro Dios? Y cuando los cristianos contestan: "Está nuestro Dios en los cielos y puede hacer

cuanto quiere. Sus ídolos son plata y oro, obra de la mano de los hombres. Tienen boca y no hablan,

ojos y no ven. Orejas y no oyen; tienen narices y no huelen. Sus manos no palpan, sus pies no andan,

no sale de su garganta un murmullo" (Ps. 115 [113], 3-7), los paganos pueden decir que ese Dios parece

estar de su parte, ya que les concede éxito. Los adoradores del Anticristo profesan el culto a su falso

dios mediante un signo externo; quien no lleva el signo, se descubre como enemigo del culto público. La

posibilidad de neutralidad esta excluida. Nadie puede evadirse entre la masa. Quien no lleva el signo en

la frente o en la mano derecha se traiciona como no perteneciente a la religión estatal totalitaria y a la

comunidad totalitaria anticristiana.

Los horrores que San Juan describe en el Apocalipsis, no faltan del todo en la historia del

Cristianismo. Pero cuando esa historia se acerque a su fin tales horrores alcanzarán una medida

desconocida hasta entonces. Los frentes se delimitan con tal claridad y precisión que no queda nadie

fuera de la lucha. No hay posibilidad de huida. Nadie puede emigrar. Cuando se llegue a una situación

en que nadie pueda hacer vida privada al margen de la lucha, sino que sea público el grupo a que

pertenece, la vuelta del Señor no estará lejos. Concluyendo podemos decir: el Anticristo intentará crear

un nuevo orden mundano, que estará configurado al margen de Cristo e incluso en violenta lucha contra

El. Es una figura política. Es el dictador de la humanidad reunida en una organización totalitaria. A la vez

es un revolucionario religioso. El Anticristo y su teólogo, armados de una extraordinaria capacidad

mental y de un poderío asombroso, pretenderán demostrar que Cristo es el mayor enemigo de la

humanidad. El Anticristo se interpretará a sí mismo e interpretará su obra religiosamente, fundando un

nuevo mito, una nueva religión natural. Al final de los tiempos se enfrentarán, pues, una fe y otra fe. El

escándalo será casi inevitable. Aquellos a quienes Dios mismo no abra los ojos y fortalezca el corazón,

caerán en el hechizo del poder sobrehumano de Satán. Los perseverantes recorrerán el último trozo

sangriento del camino de la historia en confiado sosiego y fidelidad y paciencia. Cuando se cumpla el

número de los mártires, volverá Cristo (Apoc. 6, 11). El Anticristo puede retrasar la vuelta del Señor; el

diablo puede tener influencia en el ritmo y velocidad de la historia.

La mayoría entiende al Anticristo como una personalidad concreta. Esta comprensión se mueve

totalmente en el marco de la comprensión total de la Historia Sagrada, pues pertenece a su estructura

fundamental el ser soportada por personalidades históricas individuales y el que sus contradictores

sean también personalidades individuales. También pertenece a su transcurso el hecho de que la lucha

entre los portadores de la Historia Sagrada y los de la historia de la desgracia se haga más amarga e

implacable cuanto más se acerca la hora de la vuelta de Cristo. Estaría en contradicción con este

carácter de la Historia Sagrada creer que el Anticristo es una figura mitológica. Por otra parte, el

Anticristo es el exponente y fomentador terrorista del espíritu anticristiano que por su parte se apoya en

numerosos hombres particulares. Estos pueden ser llamados en sentido amplio Anticristos.

Aunque no es fácil identificar una determinada figura política de la historia como el Anticristo

profetizado en la Escritura, la concentración de poderes extraordinarios en una sola mano, la mayoría

de las veces en manos de un tirano, hace sospechar que en el tirano se cumple la profecía. A medida

que el mundo entero se reúna y organice en una estructura unitaria de poder, parece más probable que

el político que lo domine cumpla la función del Anticristo. Aunque la concentración de poder no es mala

en sí, sino que puede ser puesta al servicio del bien, ofrece una posibilidad demasiado grande de

ejercer el poder en sentido anticristiano. En las prognosis tantas veces hechas actualmente sobre la

venida del Anticristo, siempre existe la convicción de que será el dominador del mundo. Su llegada

supone sistemas totalitarios. En cierto modo, la situación para el Anticristo es hoy mucho más favorable

que en los tiempos pasados. ·Donoso-Cortés dijo, en evidente anticipación, a mediados del siglo pasado

"La humanidad camina a grandes pasos hacia el destino del despotismo... Tal despotismo logrará un

poder rayano en lo gigantesco... Desarrollará una capacidad de destrucción que superará todas las

anteriormente conocidas... Hoy están allanados los caminos para un imperio de tiranos de gigantesca

grandeza, de dimensiones colosales, terribles, capaces de transformar el mundo" (Sobre la dictadura,

discurso de 4 de enero de 1849).

Aunque el Anticristo se vislumbra más claramente a medida que el poder se concentra, no

podemos llamar Anticristo con seguridad a una determinada personalidad histórica, porque actualmente

no podemos prever si en el futuro ocurrirán concentraciones de poder mayores y más terribles. Sólo

cuando ocurra el fin, se podrá ver retrospectivamente y decir con certeza quién fue el Anticristo. Pero se

podría afirmar que tiene sus precursores y se podría sospechar que son las poderosas figuras de la

política anticristiana. El cristiano no será sorprendido por ninguno de ellos, porque sabe por la Sagrada

Escritura que están llegando incesantemente.

(·SCHMAUS-7.Pág. 178-187)









Ap 13,1-18

Las siete Iglesias de Asia Menor a quienes se dirige el Apocalipsis son comunidades víctimas de

la persecución imperial anticristiana (llevada a cabo, posiblemente, en tiempos del emperador

Domiciano, que gobernó del 81 al 96 d.C.). Es decir, si el objetivo del libro es llevar un mensaje de

esperanza a unos fieles en dificultades, eso significa que se encuentran en un momento de persecución.

Este hecho, evidenciado con frecuencia a lo largo del texto, aparece claramente reflejado en el episodio

de la bestia (c. 13) y en su destrucción (cc. 17 y 18) ¿Qué es o quién es la bestia? El Imperio Romano,

visto desde el ángulo político (vv 1-10) y religioso (11-18). De cualquier manera, no sería mayor

problema considerar la figura de la bestia como personificación de algún emperador concreto (¿Nerón?

¿Domiciano?). Satanás (el dragón) le ha dado el gran poder de que goza. El diablo es, pues, el que hace

posible su momentáneo triunfo: los emperadores son divinizados, lo cual es una blasfemia contra el

Dios único; los cristianos son perseguidos hasta la muerte; todo el mundo conocido está dominado, o

sea, la sujeción opresora comprende a todos «los habitantes de la tierra» ("pequeños y grandes, ricos y

pobres, libres y siervos": v 16). Al contrario de los cristianos que llevan la señal del Cordero, éstos han

sido marcados con el nombre de la bestia. Tanto unos como otros son obligados a adorar su imagen

idolátrica. Con amenazas y prodigios engañosos -la segunda bestia engaña a los hombres, como

Satanás-, todos acaban arrodillándose ante ella; es decir, todos colaboran en el engrandecimiento del

Imperio. Sólo los cristianos se niegan a ello y aceptan sin resistencia dejarse matar por la fe (10).

El texto que comentamos pone sobre el tapete el problema de las relaciones Iglesia-Imperio en el

cristianismo primitivo. En ese momento, finales del siglo I, después de la persecución de Nerón, había

cambiado la situación a que alude Pablo en la carta a los Romanos. Los cristianos se han convertido en

elementos incómodos en medio de una sociedad acomodaticia, frente a la cual mantienen una actitud

cerrada, a la espera del inminente final. No quieren adorar al emperador (Jesús es el único Señor) y

rechazan los «valores» sociales más cotizados (riqueza, poder, etc.). Frente a un Estado totalitario, en

donde política y religión forman un todo destinado a mantener el statu quo, los cristianos son «los

otros», los que no quieren ser ciudadanos de «Roma, la gran prostituta». Su posición que no es

activamente beligerante contra el régimen establecido, tiene repercusiones políticas evidentes: la

relativización (e incluso rechazo) de cualquier poder de este mundo los define como germen crítico y

corrosivo del montaje imperial romano... y de cualquier ideología que subordine al hombre a un absoluto

identificado con una realización histórica parcial.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 600 s.)









Ap 14,4

El dragón lleva a los hombres a la idolatría; ahora bien, ésta se presenta en la Escritura bajo la

imagen de la prostitución. Por antítesis, todos los que pertenecen al Cordero deben llamarse vírgenes:

no se han entregado a la prostitución de la idolatría. Sin embargo, esto no descarta toda alusión a la

virginidad en su sentido propio. Lo mismo que el martirio, también la virginidad es representativa por

antonomasia de la vida cristiana. De la misma manera que nadie puede salvarse sin compartir la

dignidad del martirio, nadie puede tampoco salvarse sin compartir la dignidad de la virginidad. La

virginidad es una perfección celestial, una anticipación, para los que son llamados a ella, de lo que será

el destino final de todos en el Reino de los cielos. Es importante que todos los cristianos pongan ya sus

ojos en la vida de la resurrección, en la que serán como ángeles en el cielo (Mt/22/30)

(·CERFAUX-CAMBIER EL AP. DE S.JUAN LEÍDO A LOS CRISTIANOS/FAX/MADRID

1968/Pág. 151)









Ap 15,5-8; 16,1-21

Con los elementos que Juan ha presentado en las visiones anteriores comienza ahora la última

parte del Apocalipsis. Vamos directamente -valga la redundancia- hacia el final de los acontecimientos

que constituyen el fin. Las siete copas vertidas son la «señal» que lo indica. A cada copa le corresponde

una plaga. La ira de Dios es derramada, pues, a través de siete castigos relacionados, por una parte,

con las plagas de Egipto (úlceras, agua convertida en sangre, tinieblas, ranas) y, por otra, con el

episodio de las siete trompetas narrado en los cc. 7 y 8. Se repiten ahora muchos detalles: los ángeles

que habitan más cerca de Dios provocan las calamidades; hay una referencia a la soberanía divina

antes del comienzo de las plagas (v 8); los destinatarios son los idólatras que persiguen a los

cristianos... Pero en este texto el castigo es definitivo y alcanza a la totalidad del mundo (tierra, agua

salada, agua dulce, firmamento), hasta la destrucción completa de la capital perseguidora, a cargo de

unos invasores que vienen de Oriente -hecho amplificado por los cc. 17 y 18-. Los prodigios cósmicos

que acompañan el fin cierran la serie de plagas y señalan el triunfo del reino de Dios («hecho está», se

dice en el v 17). La temática de fondo de este fragmento resulta ser una condensación de temas

iniciados anteriormente. En esquema se podrían distinguir los siguientes pasos. Primero: si hay un

castigo divino es porque ha habido una conducta malvada en los hombres ("los habitantes de la tierra");

ellos mismos se han hecho merecedores del castigo con su negativa constante a Dios y con la

persecución de los que no querían colaborar. Segundo: el castigo es pedagógico, va destinado a la

conversión y es expresión de la misericordia -igualmente constante- del Señor. Tercero: a pesar de

todo, los hombres se resisten a cambiar; no quieren reconocer a Dios. Cuarto: por el contrario,

endurecen su corazón (blasfeman) y se alían con el príncipe de la mentira, Satanás. El día del Señor

verá su venida y la derrota de los que no han obrado el bien, entonces, el reino de Dios quedará

establecido plenamente y para siempre. La venida del Hijo del hombre será inesperada, sorprendente

como la de un ladrón. Por eso la vida del cristiano sólo es comprensible desde la provisionalidad que

comporta la tensión hacia el Señor Jesús que irrumpe repentinamente. No cabe aferrarse a nada ni vale

instalarse en nada. ¡Bienaventurado el que duerme con el vestido puesto, el que vigila sin adormilarse y

reza consciente de que nada tiene y todo lo ha de esperar de Dios!

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 604 s.)









Ap/17/01-18

La larga y dramática visión de los cc. 17-18 trata de la destrucción de Roma, la capital

perseguidora. De entrada hay que tener presente que se habla de algo relacionado con la historia,

aunque no de hechos estrictamente históricos. El Apocalipsis utiliza los acontecimientos

contemporáneos para aludir a verdades que sobrepasan cualquier concretización histórica.

Roma es presentada como una mujer, como una prostituta ricamente ataviada que cabalga sobre

la bestia del Imperio, en contraposición clara con la mujer del c. 12: la Iglesia, vestida de luz. Ambas son

colocadas en el desierto, signo de completa desolación para la primera y para la otra signo de la

protección divina. Además, la identificación de Babilonia y Roma dice mucho a unos lectores

empapados de AT: Juan aplica a la capital del Imperio lo que los grandes profetas habían dicho sobre el

final de la potencia que condujo al pueblo al destierro. La fuerza de Roma, equiparada a la de

Babilonia, somete a todos los pueblos a su poder político (realeza) y al religioso (divinización). El

paganismo blasfemo alimenta las esperanzas de los hombres con engaños y falacias. Seguramente

alude Juan a la creencia popular de la "resurrección" de Nerón. Y, ciertamente, ¡Nerón vuelve a vivir! Es

la misma bestia que, con diversas "cabezas" (los emperadores), persigue a los que son del Cordero.

Roma, la «gran prostituta» que se hace adorar por "pueblos y multitudes, naciones y lenguas" (v 15), se

embriaga con la sangre de los que no quieren fornicar con ella.

En este momento (12-18), la imagen de la bestia está situada a nivel teológico. Detrás del Imperio

Romano y sus diez reyes que se suceden y destruyen está Satanás, personificación de todas las

actitudes y conductas que rechazan a Dios. Su objetivo es exclusivamente la lucha contra el Cordero y

contra los suyos: el Imperio es sólo un instrumento. Por eso, si bien la desaparición del Imperio de Roma

supondrá el cumplimiento del castigo divino, este hecho será sólo un peldaño en el camino que ha de

culminar en el furioso enfrentamiento final, según la mentalidad apocalíptica, entre la bestia y el

Cordero. Hasta que este momento no llegue, el "reinado" de Satanás se continuará en los diversos

imperios, que volverán a repetir el esquema de actuación de la "gran prostituta".

¿Hasta cuándo durará el poder de la bestia? El Apocalipsis responde lacónicamente: «Hasta que

se cumplan las palabras de Dios» (17). La historia es realización del plan divino. Imperios y potencias

inician un camino cuyo final sólo es conocido por Dios. Los cristianos de las comunidades de Juan

desean la consumación, pero se guardan bien de trazarle un término. Forjados con el fuego de la

persecución, una fidelidad paciente y activa guía su esperanza.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 605 s.)

Ap/18/01-20

Este relato sobre el castigo de Roma está formado por una cadena de citas tomadas de los

oráculos proféticos contra Babilonia y las naciones. Siguiendo un esquema literario próximo al de Isaías,

Jeremías y Ezequiel, la caída de la gran ciudad es anunciada por dos voces (vv 1-3 y 4-8) y lamentada

luego por los «habitantes de la tierra» (9-19). Una vez más, el texto evita precisiones cronológicas, fiel al

deseo de presentar los acontecimientos últimos en perspectiva teológica.

Dios juzga la capital perseguidora según «sus obras». Tal como ella ha pagado -con violencia y

opresión-, deberá ser ahora abundantemente retribuida. Ya que sus injusticias han llegado al colmo, el

Señor recuerda (tiene presentes) sus pecados y actúa en consecuencia: el orgullo, y sobre todo la

arrogancia, ponen en evidencia una actitud autosuficiente ilimitada (7). En «una hora» -espacio

cortísimo de tiempo- es aplastado todo aquello que una vana confianza consideraba indestructible; la

riqueza se torna miseria y la opulencia, desolación. Por eso la exclamación de los navegantes (18)

resulta sarcástica: entre la fortaleza de Dios y la de los hombres no cabe parangón alguno.

Dos son las reacciones que provoca la caída de «Babilonia la grande». Por una parte, «los

habitantes de la tierra», que participan y se aprovechan de su poder político y económico, se lamentan

tanto de la suerte de ella como de la suya propia; habían ligado sus vidas al destino de la ciudad y ahora

tienen la perspectiva de una destrucción inmediata. La descripción de las riquezas con que

comerciantes y navegantes vestían a la «gran prostituta» es minuciosa, como queriendo subrayar con

mayor dramatismo su derrumbamiento total y definitivo. Por otra parte, los cristianos son exhortados

nuevamente a no colaborar con ella, a fin de no ser arrastrados al llegar el castigo; los que de entre ellos

han permanecido fieles en la persecución (santos, apóstoles y profetas) celebran que Dios haya

decidido juzgar a la que movía pueblos y naciones contra él (20).

Directa o indirectamente, nuestro libro pone sobre el tapete el problema de las relaciones

Iglesia-mundo. En relación con este binomio, difícil de equilibrar, el Apocalipsis representa la

acentuación radical del elemento "trascendencia" frente al elemento «encarnación». Los cristianos, tal

como Jesús respondió ante Pilato, no son de este mundo; porque el mundo ha fracasado y eso refuerza

más aún su esperanza en un inmediato final y en la llegada de la nueva dimensión. Su actitud es tajante:

el rechazo de la bestia comporta la exclusión de toda componenda con los que se han sometido a ella, la

negación de cualquier poder o riqueza que ella les pueda ofrecer, el reconocimiento exclusivo y absoluto

de Dios.(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 606 s.)









Ap 18,21-24; 19,1-10

Abre el texto una narración simbólica que anuncia la caída de Babilonia La vigorosa imagen de la

piedra lanzada al mar, tomada de Jeremías, resume la acción punitiva de Dios contra la «gran

prostituta». El lamento, como una elegía, en boca del ángel subraya la dureza y la definitividad del

castigo. La idolatría y el derramamiento de sangre (especialmente de sangre cristiana) provocan la

desolación y hacen que se extienda cada vez más sobre la ciudad rebosante de injusticia. En la

segunda parte hay una visión contraria. Se celebra una grandiosa liturgia celestial (transposición

literaria de las liturgias de la tierra) llena de alabanzas y adoración. Mientras resuenan los aleluyas, la

corte celestial se postra ante el único que ha de ser adorado. (El hecho de que un ángel reprenda a Juan

-19, 10- podría ser una recriminación indirecta de ciertas desviaciones). En respuesta a la invitación de

alabar (19,5 incluye el inicio del Hallel, grupo de salmos hímnicos para circunstancias solemnes), todos

los siervos del Señor exultan de alegría ante las bodas del Cordero, la consumación del reino de Dios: la

esposa ya está a punto. Con el «alegrémonos y regocijémonos» (19,7) ante el reinado definitivo y

soberano de Dios (= el reino de Dios), el Apocalipsis alude a la mencionada alegría escatológica, signo

y efecto de la consumación final. La alegría, actitud profunda del hombre salvado, es fruto directo de la

redención y es característica de los últimos tiempos. En este sentido, el gozo con que la Iglesia celebra

la presencia de Jesús es anticipación de la plenitud última y es deseo de su próxima venida. De aquí que

la alegría actual del cristiano es prenda de lo que todavía no tiene, posesión de lo que en cierta manera

ya tiene y exigencia de tender a ello con una esperanza inquebrantable. Esta es la dinámica del reino

de Dios, vislumbrada proféticamente por Juan. El establecimiento definitivo de la soberanía de Dios es

proclamado por la Iglesia en virtud de las «palabras verdaderas» del Señor, que no decepciona a los

que creen en él. Estos son los «convidados» a las bodas, los que han dado los frutos de buenas obras

con que va ataviada la esposa. Sin embargo -y aquí reside la tensión propia del peregrinar-, si bien en la

tierra el reinado total del Cordero sobre el mundo aparece oscurecido, en el cielo ya resuena, potente y

claro, el himno de victoria que canta anticipadamente la manifestación última de la soberanía del Señor

Jesús. Celebrar la Pascua de Jesús es hacer memoria de él. Es explicitar la presencia latente

-escondida, pero viva- de aquel que es objeto de la ardiente esperanza de la Iglesia.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 606 s.)









Ap 19,11-21

La apertura de los cielos y la aparición de un caballo blanco señalan la venida triunfante del Hijo

del hombre, descrita como una «batalla» entre los ejércitos del cielo, guiados por el Verbo de Dios, y los

reyes de la tierra, conducidos por la bestia. Este episodio significa el cumplimiento del designio divino y

de los anuncios y realizaciones parciales que hasta el momento nos ha relatado el Apocalipsis. De

hecho, no se trata propiamente de un combate, ya que la simple aparición del Mesías implica su victoria

decisiva e instantánea. Por eso el desenlace -la derrota de la formidable coalición de la bestia y de los

reyes de la tierra- es evidente desde el principio. El adversario es vencido definitivamente. La victoria

sólo puede corresponder al vencedor por antonomasia, al «Rey de reyes y Señor de señores» (v 16).El

relato, brillante y efectista, desarrolla las tres visiones con un lenguaje muy expresivo; por ejemplo, los

contrastes de colores (el blanco del Cordero y el rojo, antes descrito, de la bestia), la imagen del festín

sacrificial de las aves (símbolo de la derrota total de los enemigos)... El autor coloca a los protagonistas

en tres planos diferenciados: el Rey de reyes, vencedor; los poderosos de la tierra, aniquilados por

aquél y devorados por las aves; la bestia y el pseudoprofeta, vencidos, lanzados al infierno.

Ahora bien: la cristología que contienen hace particularmente interesantes los tres primeros

versículos. Jesucristo, el Señor glorioso, el Mesías real en plenitud de potencia y esplendor, es al mismo

tiempo el Hijo del hombre «que vuelve sobre las nubes» a establecer definitivamente el reino de Dios. El

es también el Verbo, la Palabra de Dios, afilada y penetrante como una espada, que discierne y separa

(¡juzga la actitud del hombre frente a ella!), que dice y hace. Es Palabra fiel y verdadera. Fiel, es decir,

misericordiosa y llena de amor. Verdadera, que mantiene con firmeza el amor fiel, sobre el cual uno

puede apoyarse y responder: ¡Amén! Jesucristo, además, es el Rey y Señor sobre cualquier otro rey y

otro señor. Como dominador y vencedor, juzga las acciones de los pueblos. Su realeza -lleva en su

cabeza muchas diademas- es pacífica y justa; pero su justicia salvadora se vuelve castigo ante la

idolatría o la injusticia (de aquí las expresivas imágenes: el vestido empapado de sangre, los ojos de

fuego, la vara de hierro).

Según el v 12 tiene un nombre «que sólo él conoce». Para los semitas, saber el nombre es

conocer a la persona y poseer su misterio. Juan, pues, quiere resaltar explícitamente la absoluta

trascendencia divina. El hombre sólo puede acercarse a Dios en el tiempo y la historia, y sólo a través de

ellos. Pero la profundidad y la intimidad divinas están mucho más allá de nuestra experiencia,

condicionada por nuestro modo de estar-en-el-mundo. Con este breve inciso, el Apocalipsis apunta al

corazón del misterio insondable de Dios.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 609 s.)









Ap 21, 1-5a

1. CREACION-NUEVA:

El Apocalipsis, en esta última sección (21, 1-22, 5) se da la mano con el Génesis. Si la primera palabra

de Dios en el Génesis era un "hágase" que surtía su efecto (Gn 1, 3), también aquí la primera palabra

emitida por el que está sentado en el trono es: "Todo lo hago nuevo" (v. 5), palabra que también se

verifica (v.6). El primer cielo y la primera tierra desaparecen (v. 1), dejando paso a una nueva creación,

a una nueva sociedad (cf. la insistencia del autor en recalcar la novedad, repitiendo el término hasta

cuatro veces: vs. 1 bis. 2. 5). Esta nueva creación nos hace olvidar la presente cfr. Is. 65, 17; 66, 22) que

se ve liberada "de la esclavitud a la decadencia, para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios"

(Rom. 8, 19 s.).

MAR/SIMBOLO: También el mar, símbolo del caos, de las fuerzas adversas (Gn. 1) ya no existe. Dios,

por medio de Cristo, ha destruido a las dos tierras y a Satán definitivamente (20, 1-10; cfr. Is. 27, 1; 51,

9 s.; Salm. 74, 13 ss.; Job. 26, 12 s.).

Abatidos los enemigos, se instaura el nuevo reinado de Dios, la nueva humanidad en la que no hay

pecado, ni se tropieza con dificultad alguna. La nueva Jerusalén no está hecha de material inanimado,

sino que se le personifica, siendo así la imagen de la nueva sociedad de salvados. Con su bajada del

cielo, la totalidad del cosmos queda incorporada al cielo de Dios. Una nueva relación se instaura, se

inaugura el nuevo noviazgo de Dios con el pueblo en el gozo y en la alegría (Os. 2, 16-25; Jr. 2, 1-3; Is.

61, 10; 62, 4ss).

Esta novia o nueva Jerusalén es la morada (sekinah) del Señor. En el A.T., la nube, símbolo de la

presencia divina, baja sobre la morada. Aquí el simbolismo se hace realidad: la morada es el nuevo

pueblo y Dios en persona está presente en medio de él para protegerle.

La felicidad reina en el nuevo pueblo (v. 4), quedando eliminado todo atisbo de dolor, guerras,

persecuciones y muerte (cfr. 22, 3-5 que añade nuevos datos). Aquí el libro llega a su climax: en la

lucha entre Dios y Satán, el primero vencerá a pesar de las dificultades presentes por las que atraviesa

la comunidad. El Dios creador es también la meta última de todo ser creado. Las fuentes humanas de

felicidad no sacian la sed; sólo la consumación, todavía oculta, podrá satisfacer el ansia humana.

"Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti" (·Agustín-SAN).

DABAR 1977, 32





2. Cuando el seductor y la seducida hayan sido juzgados (20, 10 y 15), cuando haya desaparecido el

escenario en el que se desarrolló la tragedia del pecado (20, 11), cuando ya no existe el viejo mundo en

el que reina el dolor y la muerte, se cumplirá la visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Desaparecerá

el mar, esto es, el caos de donde procede la Bestia (13, 1), y surgirá una nueva creación.

La morada de Dios y la morada del hombre serán la misma morada, el cielo y la tierra se reconciliarán.

Del cielo descenderá sobre la tierra la Jerusalén celestial, que es el arquetipo de la Jerusalén terrena y

todo lo contrario de Babilonia. Y aunque desaparezca también la Jerusalén de acá abajo, todo lo que

ésta imaginaba será reemplazado por la auténtica realidad que es la Jerusalén celestial. Se cumplirán,

por fin, todas las profecías (cfr. Is 65,17ss.; 66, 22).

El Vidente compara la gloria de la nueva Jerusalén, la que desciende, a la gloria de una novia que se

engalana para su esposo (21, 9ss.). Y Pablo nos dice que es "nuestra madre" (Gál 4, 26), indicando que

nosotros, los hijos, ya formamos parte de la nueva creación. Una voz que desciende del trono, una voz

que viene de Dios, interpreta la visión. Si en otro tiempo Israel experimentó la presencia de Dios en el

desierto, aquello sólo fue una pálida imagen de lo que ahora se anuncia: porque Dios habitará

definitivamente entre todos los hombres y todos los pueblos serán un mismo pueblo en la presencia de

Dios, porque ya no habrá llanto, ni muerte, ni dolor alguno.

TIERRA-NUEVA: La descripción de la tierra nueva es tan maravillosa que pudiera parecer fruto de la

fantasía de un hombre que se consuela así de la tremenda realidad que padece. Pero Dios mismo es el

que empeña su palabra para confirmar al Vidente en su esperanza y ordenarle que escriba lo que le

dice. Si confiamos en Dios, que es poderoso para cumplir lo que promete y hace con su promesa

nuevas todas las cosas, podemos dar por hecha la tierra nueva y el nuevo cielo. Dios es el Otro, lo

verdaderamente Nuevo. El es el que saca todas las cosas del pasado y las llama hacia sí mismo. El

infunde en nosotros una esperanza que es la fuerza de todas las auténticas revoluciones. Cuantos

esperan con esa esperanza son hijos de Dios, pertenecen ya a la ciudad celeste y a la nueva creación.

En ellos se manifiesta la nueva vida.

EUCARISTÍA 1986, 21

3. -"Ahora hago el universo nuevo": Dios se ha comprometido en la liberación del hombre de todo lo que

le oprime: la injusticia, la violencia, el sufrimiento y la muerte. Es el anuncio de una situación futura, pero

que ya se abre paso en el presente: todas las realidades de amor y de bien que existen en nuestro

mundo, aunque a veces aparezcan escondidas y menos evidentes que el mal, son ya retazos de la

novedad prometida.

JOAN NASPLEDA

MISA DOMINICAL 1989, 9





4. CIUDAD-NUEVA:

Este mandamiento nuevo, esta situación enteramente nueva que es la del cristiano, crean un mundo

nuevo, una Ciudad nueva.

Esto es lo que se describe en la segunda lectura, en unión estrecha con el evangelio. La Ciudad nueva,

la nueva Jerusalén, la Iglesia, tierra nueva, morada de Dios con los hombres: tal es la visión de Juan.

Todo es renovado: "Ahora hago el universo nuevo". Indudablemente, no se debe confundir la Iglesia

con el reino definitivo. En la Iglesia actual, si es verdad que es morada de Dios con los hombres, sin

embargo aún hay muertes, aún hay lágrimas en los ojos, aún hay llantos, alaridos, tristeza. No obstante,

hacia aquella Jerusalén definitiva camina la Iglesia y se nos manda a nosotros caminar, confiados en

que el éxito coronará los misterios de Cristo. Al mandamiento nuevo del amor corresponde esta Ciudad

nueva, ante el mundo, para el que resultamos una imagen extraña al no poder entender nuestras

actitudes ni nuestras opciones. Necesitamos, pues, trabajar en preparar la Iglesia, cuyos miembros

somos, para que alcance cada vez más su calidad de Esposa de Cristo y en hacer de ella una novia

arreglada para su esposo. La caridad ejercitada en lo concreto la convertirá en lo que debe ser. Por eso,

todo lo que sea adoptar actitudes de crítica negativa es destruir, no construir. Cosa fácil es reprobar las

carencias y los defectos; pero no resulta tan sencillo prestar una ayuda positiva que pueda remediar

una situación defectuosa e infundir alientos para continuar adelante. Hacer esto no supone, por parte

del cristiano, una caridad insípida ni una admiración bobalicona e infantil de la Iglesia.

Actualmente estamos hechos a contemplarla como pecadora en lo que tiene de humano. Demasiado

acostumbrados a eso, quizá, con lo cual nuestras reacciones de fe han disminuido; excesivamente

preocupados por comprobar las arrugas, nos olvidamos de abrir los ojos a la belleza espiritual de esta

esposa que se prepara para el encuentro con el esposo, y no es cierto que nuestras risas despectivas

puedan ser fructuosas. Existe una grandeza muy particular, indicio de un gran equilibrio, en poder

examinar delicadamente y con firmeza a la vez los fallos de una institución, incluso divina, en sus

relaciones humanas, guardando el infinito respeto que se debe a lo que Dios configuró y a la institución

de la que recibimos la vida divina.

Nuestra crítica, que a veces puede ser dura, jamás debe incitar al abandono ni empujar al desaliento,

sino que ha de proceder de la fe y del amor a los hermanos.

ADRIEN NOCENT

EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 4

SEMANA SANTA Y TIEMPO PASCUAL

SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 215 s.





5. El creyente siempre tiene delante la utopía del «nuevo cielo y tierra nueva". No podemos

conformarnos con ninguna injusticia, con ninguna mentira, con ningún dolor gratuito. Buscamos

siempre la ciudad ideal, que es la ciudad del ser: la sociedad perfecta, que es la civilización del amor.

Un mundo en que no nos hagamos sufrir unos a otros, sino que tratemos de ayudarnos unos a otros.

El mundo nuevo no supone la destrucción apocalíptica de éste, sino su transformación progresiva. La

vida nueva ya está injertada en este mundo viejo. El Reino de Dios ya está dentro de nosotros.

Cuando se llegue a conseguir este ideal, toda la ciudad será sagrada: no harán falta templos, porque

Dios habitará en medio de su pueblo.

CARITAS

UN DIOS PARA TU HERMANO

CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 225 s.





6. /Ap/21/01-08 RECREACIÓN:

Pocos fragmentos del Apocalipsis contienen tanta riqueza temática como éste. El texto es una síntesis

feliz de la última visión del libro, la grandiosa visión de la ciudad de Dios, invadida por una sugestiva

serie de citas del Antiguo Testamento. "He aquí que hago nuevas todas las cosas", dice el Señor (v 5).

Este hacer nuevo es una renovación completa no en el sentido de reformar, sino en el de re-crear, de

llevar a cabo una nueva creación. (Isaías y Ezequiel habían anunciado finalmente los tiempos

escatológicos como opuestos radicalmente a la actual configuración del mundo). Negativamente, este

cambio completo es calificado como ausencia de pecado, de dolor y de muerte. Porque «lo de antes ha

pasado» (4), no han de ser tenidos en cuenta Reino y riquezas, perseguidores y enemigos de la verdad

han desaparecido. La muerte, ante la cual todo hombre había doblado la rodilla ya no existe. Visible

para todos y dominándolo todo está sólo la presencia luminosa de Dios.

La tienda del desierto fue signo de esta presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo. Jesucristo,

Palabra de Dios hecha carne, ha sido la realización suprema de este divino estar-con-los-hombres: «Y

habitó (literalmente, «plantó su tienda») entre nosotros» (Jn 1,14). En la Jerusalén del cielo todo está

penetrado por lo que la tienda significaba: la perenne presencia de Dios (¡signo y significado se

identifican!). La bienaventuranza, don gratuito de Dios, es la herencia de los fieles; es más, las

promesas mesiánicas hechas a David y cumplidas en Jesús se extienden ahora a todos los vencedores

(7), los hijos de Dios, que participan de la relación amorosa Padre-Cordero.

Esto mismo es lo que se expresa con el pacto nuevo y definitivo que Dios concluye con su pueblo (3).

Las bodas del Cordero son su signo. Todos los pueblos entran dentro del pueblo de Dios para gozar de

la felicidad gozosa de Jesucristo.

Bajo la imagen de la esposa que baja del cielo se ha visto con frecuencia la figura de la Iglesia, realidad

espiritual y escatológica, a la vez encarnada en el tiempo y el espacio. Ciertamente, tanto la unión con

Cristo como el status de peregrina son parte constitutiva de ella misma; pero la Iglesia no es todavía la

comunidad del reino futuro, sino sólo la asamblea de los que han sido llamados a él. Y si bien significa

y anticipa el reino de Dios en la tierra, no por eso deja de ser éste irrupción y utopía para cuantos luchan

y creen en su manifestación. Porque la nueva creación será realización de la salvación prometida,

donación gratuita del agua inagotable.

A. PUIG

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas

de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 611 s.

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/PASCUA/DO-05C/2lec-comentario.htm









Ap 21,10-14. 22-23

1. Tras algunos capítulos dedicados a la descripción de la caída del mundo antiguo (Ap 14-20), el

Apocalipsis describe, en tres oráculos (Ap 21-22), el mundo nuevo ya presente en la Iglesia y camino de

ser un mundo celeste. El primer oráculo (Ap 21, 1-8) es un himno a la Iglesia, lugar de la nueva alianza

(reflejada en los temas de esposa, elección, intimidad, herencia, aplicados a ella). El segundo (Ap 21,

9-27), del que se ha tomado la lectura que ahora se comenta, describe la gloria de este nuevo mundo

(vv. 10-11) con términos tomados de Ezequiel (40, 1-5; 48, 30-35; 47, 1-12) y del Tercer Isaías (54,

11-12; 60, 1-4). Al dar a las puertas y a los cimientos de la ciudad gloriosa el nombre de los apóstoles

(versículos 12-14), este oráculo pone de relieve que el mundo de inminente construcción se edificará

sobre el Evangelio y su predicación. El tercer oráculo (Ap 22, 1-5) canta el aspecto paradisíaco del reino

futuro.

a) En opinión del autor, que en este punto aventaja en mucho la creencia de su tiempo, en la ciudad

futura no habrá ya templo (v. 22). Pero, si ya no hay necesidad de templo, tampoco habrá sacerdotes, ni

sacrificios, ni distinción entre lo religioso y lo humano. En la futura Jerusalén, el culto no solo se hace

netamente espiritual, sino que incluso parece suprimido, al menos como expresión religiosa. La ciudad,

en cierto modo llega a ser "laica", no por ausencia o falta de Dios, sino precisamente por todo lo

contrario: por la plenitud de Dios, presente en todo (v.22). Toda acción es, a partir de ahora, un

aproximarse de Dios al hombre y de éste a Dios; le bastará al hombre existir para estar cerca de Dios.

No existirá en el nuevo Reino dualidad Iglesia-mundo, ya que la humanidad glorificada será, en sí

misma, transparencia a través de la cual Dios se mostrará al hombre que, a su vez, será penetrado de

El.

La problemática surgida en nuestros días en torno a la secularización podría sacar enorme provecho de

las perspectivas abiertas por el autor del Apocalipsis, por cuanto estas hacen posible una sana crítica

del fenómeno religioso.

b) La ciudad futura es esencialmente comunión. En ella remata Dios su proyecto de unir a todos los

hombres entre sí (tema de los nombres de las tribus que se les da a las puertas de acceso a la ciudad:

v. 12), unidos, al mismo tiempo con la propia naturaleza ya restaurada (tema del cosmos, presentado

como una piedra preciosa: v. 11).

El misterio pascual hace caducas muchas estructuras del pueblo elegido. El nuevo emplazamiento para

el culto, el lugar sagrado donde Dios se hace presente a su pueblo, no es ya un templo de piedras, sino

la asamblea de todo un pueblo. Deja de ser acto religioso esencial la peregrinación a Jerusalén, para

das paso a la presencia de la Iglesia en Dios y en el mundo a la vez. De igual modo, el despliegue de

luz, tan característico en las fiestas religiosas del pueblo judío, queda ahora totalmente oscurecido y

superfluo ante la irradiación de la gloria de Dios, presente en todos y cada uno.

La asamblea eucarística realiza perfectamente este cambio total: ella es el templo, donde no se ofrece

otro sacrificio que la fidelidad del Cordero inmolado a su Padre y la de los hombres a quienes Dios, en

Jesucristo, ha salvado una vez por todas. La eucaristía es, según esto, la etapa decisiva dentro del

incesante peregrinar del mundo hacia la meta final de la plena realización del hombre.

MAERTENS-FRISQUE

NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV

MAROVA MADRID 1969.Pág. 191





2. Continua la visión de la iglesia escatológica, comunidad definitiva que es el final del libro. Las

alegorías no deben hacer perder la pista de lo principal. Es una lección importante para leer la

apocalíptica. Hay que prescindir de ellas sin más y quedarse con su hondura. La iglesia, fundada y

congregada por Cristo y el Espíritu llegará a ser una comunidad perfecta y feliz. Actualmente está en

camino. Pero le falta mucho.

La tensión entre lo que es, un presente conteniendo en germen el futuro, y el mismo futuro perfecto, es

importante. No se puede pensar que la iglesia ya es lo que será y que, por confesarla, santa, ya lo es sin

más. Ni menos aún perfecta, infalible a todos los efectos, oportuna, moderna, etc. Todo eso es tarea

que hay que ir haciendo. Ya está presente y actuante en ella Cristo y el Espíritu.

Esperamos, sin embargo, y con toda certeza, que haya un perfecciona- miento final para que seamos

todos una sola cosa en Cristo y Dios sea Dios en todos. También en su iglesia, que muchas veces, hoy

por hoy, no lo representa ni lo anuncia bien. Hemos de persuadirnos de eso, sin ansiedad, miedos ni

angustias; sin falsos dogmatismos. Sino con amor y esperanza.

F. PASTOR

DABAR 1989, 25





3. J/VICTORIA-FINAL:

Hacia el final del libro del Apocalipsis se traza un cuadro de la victoria definitiva de Cristo y la

consumación de la Iglesia. Tal es el contexto general de esta perícopa. Se trata en ella de una

presentación simbólica o más bien alegórica del estado final y definitivo de la comunidad de creyentes

de Cristo. Como contenido un elemento esencial es la participación de la comunidad en la gloria de

Dios, su fuente.

Así queda transfigurada y perfeccionada. También aparece la continuidad en el plan salvífico de Dios,

con las alusiones al Antiguo Testamento a través del número 12. Se recuerdan también los apóstoles.

Pero lo más importante es la repetición, al principio y al final, del tema de la gloria. En la segunda

mención aparece relacionado con Cristo, quien es el causante de ese cambio.

Es importante percatarse de la tensión hacia ese estado final. Lo primero de todo para caer en la cuenta

de que no se está en él todavía. A veces hay expresiones y actuaciones de la iglesia que indican como

si se creyera ya en ese momento. Lo cual no es cierto ni mucho menos. Debemos ser conscientes de

las presentes limitaciones, defectos y pecados no sólo individuales sino colectivos y eclesiales. Hablar

mucho de la Santa Iglesia no ha de engañar. Ni menos actuar como si todo fuera ahora así de positivo.

Con todo, hay esperanza cierta de ese final feliz. Por una vez.

FEDERICO PASTOR

DABAR 1986, 27





4. No deja de ser curioso el que uno de los ángeles, asociado con las siete plagas que preceden a la

caída de la ciudad prostituta (=Roma), sea el que revele al vidente la novia, la ciudad santa (v.9). El

autor del Apocalipsis ha querido poner en marcado contraste la ciudad santa (21, 9-22, 5) con la ciudad

prostituta (17, 1 ss). Al lamento por la destrucción le sigue el gozo de la nueva esperanza.

Para describir, de alguna manera, esta realidad celeste, el autor tiene que echar mano de imágenes

humanas, tomadas en su mayor parte de Ez. 40ss.

Como Moisés (Dt. 34, 1), el vidente es transportado a la cima de la montaña para que pueda contemplar

la nueva Jerusalén, envuelta con la gloria del Señor que mora en ella, es decir, en medio de la nueva

humanidad (cfr. Ez. 43, 2-5). Por el resplandor que irradia se asemeja al trono de la divinidad (v. 11; cfr.

4, 3); el Señor mora en medio de los suyos. En los vs. 12-14 se nos describe el marco de la ciudad.

Contemplada desde lejos, Jerusalén aparece como una ciudad bien amurallada, con sus diversas

puertas. Estas, en número de tres (número simbólico de lo divino), están orientadas hacia los cuatro

puntos cardinales y están abiertas (21, 25) para indicarnos su apertura a todos los pueblos de la tierra,

a todos los que la contemplan como una firme promesa. El número total de puertas es de doce,

recibiendo cada una de ellas el nombre de una de las doce tribus de Israel (cfr. Ez 48, 30-35); y sobre

cada uno de los doce basamentos que dan fortaleza y cohesión a las murallas, el nombre de un apóstol.

Así quedan unidos los dos Testamentos con la realización de todas las promesas (el número doce

indica plenitud). Sobre las doce puertas hacen guardia doce ángeles (¿alusión al relato del Paraíso de

Gn 2-3? No sería de extrañar ya que aparecerá además el motivo paradisíaco del árbol de la vida: 22,

1-2; cfr. Is. 11, 6-9; 51, 3...).

Después de hablarnos de las medidas (vs. 15-17) y del material de construcción de la ciudad y de sus

murallas (vs. 18-21a), el autor nos describe el interior de la nueva Jerusalén (vs. 21b-27). Y así como en

la antigua Jerusalén el templo era el centro de la ciudad, en la nueva ya no existe, ya que toda la ciudad

es la morada de Dios con los hombres; el que entre en ella, el Señor estará con él. El sol y la luna de la

primera creación son superfluos, ya que la luz de la presencia divina iluminará continuamente la nueva

Jerusalén.

Esta descripción de la nueva ciudad es muy extensa. Da la impresión de que el autor no se cansa nunca

de contemplar este cuadro idílico que alimenta su esperanza en medio de las persecuciones que se

abaten sobre la iglesia.

DABAR 1977, 33





5. Un ángel muestra al Vidente "la esposa del Cordero" (v. 9), la "ciudad santa" que desciende del cielo

como una corona de triunfo para los elegidos. Esta ciudad, la Jerusalén celeste, se contrapone a la

"gran prostituta", Babilonia, que es la del Anticristo (cfr. 17, 1 ss). A primera vista la "ciudad santa"

parece un jaspe traslúcido, como un foco de luz (cfr. Is 60, 1s; Ez 43, 2-5).

Seguidamente, después de darnos la visión global, el Vidente la describe procediendo de fuera a

dentro. Las murallas constan de cuatro muros. En cada uno de ellos hay tres puertas y en cada puerta

un ángel que la custodia. Sobre las doce puertas, los doce nombres de las tribus de Israel. Y en los

doce cimientos de los muros, los nombres de los Apóstoles. Es claro, por lo tanto, que esta ciudad

simboliza el verdadero Israel de Dios, la Iglesia fundada sobre el testimonio apostólico.

Lo más notable en el interior de la ciudad es que carece de templo. No lo necesita, porque Dios mismo

y su Cordero la llenan con su presencia. Por tanto, sus habitantes tienen acceso inmediato ante el

mismo Dios y no a través de ninguna institución. El desvelamiento de Dios y del Cordero, la inmediatez

de su presencia, es la causa de que toda la ciudad se encuentre profusamente iluminada y sea como un

foco de luz y un jaspe traslúcido. Por eso carece también de sol y de luna. Jesús, que fue enviado como

"luz del mundo", revela al fin toda su fuerza y toda su gloria.

EUCARISTÍA 1986, 22





6. El Apocalipsis es un mensaje dirigido a la Iglesia de los últimos tiempos. El Señor viene en seguida.

Por tanto es necesario perseverar en la fidelidad de la fe. La semilla del bien, como la del mal, está

madurando, llega el tiempo de la cosecha.

La venida del Señor se anuncia bajo el signo del poder, como juez. Es un anuncio en la línea de Is 40,

14. Viene para dar a cada uno su salario. Para justificar su actuación se pone de relieve la

autoidentificación de Cristo con Dios. Usa la misma fórmula que en 1,8. Las afirmaciones del v. 16

indican la posición de Jesús en la historia de la salvación. Es el Mesías prometido que provoca la

respuesta ansiosa de los destinatarios.

El profeta se hace portavoz de la esposa y el Espíritu le impulsa a gritar: "Ven". El concepto

fundamental, incluso desde el punto de vista meramente estadístico, es el de "venir". "Vengo en

seguida", dice el Señor; "ven" grita la comunidad...

Así se expresa la relación de la joven comunidad con Cristo. La Iglesia sabe que el tiempo que le queda

es breve y vive en tensión y ansia por la venida del amado. Pero la espera de este acontecimiento se

había amortiguado poco a poco. En la historia de la Iglesia la escatología se ha marginado de la

conciencia del pueblo. El retorno del Señor casi se ha borrado del programa de la fe. El grito de "ven,

Señor" no se toma en serio. ¿El profeta del Apocalipsis si viviera hoy se atrevería a proclamar "ven,

Señor Jesús"? Parece que la actitud de espera ha dado lugar a la de cumplimiento.

La expresión "soy el alfa y la omega" en griego suena igual que para nosotros decir "esto es el abecé"

de algo. ¿Es verdad que Cristo es el "abecé' de la vida cristiana? Parece que nos solucionamos bien la

vida sin él.

PERE FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 10





7. /Ap/21/09-27

En una visión grandiosa contempla Juan lo que podríamos llamar la Iglesia celestial a partir de las

imágenes intercambiables de esposa y de ciudad. A través de la última, que expresa mejor la condición

del pueblo de Dios, se desarrolla la realidad espléndida y deslumbrante de la nueva Jerusalén. La

descripción, cargada de detalles, podría inducir a alguno a buscar una significación precisa a cada

elemento (las piedras preciosas, las medidas, etcétera). Pero hay que analizar el carácter simbólico del

texto en conjunto. Sorprende, ante todo, la luminosidad de la ciudad, la perenne claridad que se

vislumbra, signo de la presencia de Dios que aleja toda oscuridad. Su extensión es inmensa, para poder

acoger a los ciudadanos venidos de todas partes. Tiene una estructura perfecta. Sus dimensiones bien

proporcionadas y sus medidas inmutables son imagen del pueblo de Dios reunido. Sus fundamentos

son doce piedras firmes, los doce apóstoles del Cordero, ya que la fe y el testimonio forman su cimiento.

Ahora bien: ¿en qué se distingue de cualquier otra ciudad? La participación de los que la habitan,

defensores de la verdad y luchadores por la justicia, en la santidad divina, en la manera de ser de Dios:

mentirosos e idólatras no tienen cabida. Pero el Señor no manifiesta su santidad con el trueno o la

tempestad -como en la Antigua Alianza-, sino en la comunicación personal e íntima con los que ven su

rostro. La nueva Jerusalén es iluminada por la gloria de Dios, es decir, por el Cordero, manifestación del

Padre: Jesucristo resplandece fiel y victorioso por los siglos sin fin. Isaías y Ezequiel ya habían

anunciado la gloria de la ciudad santa; pero es Juan el que intuye la presencia definitiva de Dios sin

necesidad de templo que lo visualice, ya que «el Señor Dios, soberano de todo, y el Cordero, era su

templo» (22).

Los ciudadanos de esta urbe son la comunidad de los salvados, hermanos llenos del Espíritu, unidos

por el amor. En ella son acogidos todos los pueblos y naciones, tal como habían anunciado las

profecías antiguas refiriéndose a la extensión universal del reino mesiánico. Los reyes de la tierra

caminan hacia la Jerusalén celestial y le hacen ofrenda de sus riquezas y de su esplendor.

Juan, detenido en la visión de la extraordinaria ciudad, ha contemplado el momento en que la Iglesia de

la tierra está ya en eI reino del cielo y canta alabanzas eternas al Señor. Como dice el poeta:

«Y en tus calles -alegría trasparente-

todas las piedras gritan ¡Aleluya!

Oh, ¡cómo sonríes besando las oriflamas,

Esposa del Cordero!».

M. Melendres, L'Esposa de l'Anyell

A. PUIG

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas

de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 612 s.





8. /Ap/21/09-27

A través de las transparencias del texto del Apocalipsis, la Iglesia de la tierra entrevé el esplendor que le

viene de Dios, aquello que realmente es, a pesar de que ahora las apariencias puedan ser muy

diferentes. Visión dominical, gloriosa y feliz de la «novia, la esposa del Cordero». Sólo un ángel la

puede enseñar. Y eso "en espíritu", desde «una montaña grande y elevada». Desde la cima se

despliega la magnificencia de toda la ciudad santa, de una luminosidad fulgurante, la Jerusalén "que

descendía del cielo de parte de Dios". Las puertas, monumentales: doce, con los nombres de las doce

tribus de Israel. La muralla, grande y elevada, apoyada sobre los doce cimientos de los apóstoles del

Cordero. Las medidas de la ciudad forman un cuadrado perfecto. El material de la muralla, las puertas,

la ciudad y los cimientos, oro puro y piedras preciosas. Como un sueño.

El autor del texto queda sorprendido, pero "templo no vi ninguno, pues su templo es el Señor Dios,

soberano de todo, y el Cordero" (22). Ciudad sin templo, ciudad donde siempre es de día. Las puertas

monumentales siempre abiertas; nunca se cierran, porque no hay noche. Así puede transitar a todas

horas gente venida de cualquier parte de la tierra. En el fondo se trata de una visión de la Jerusalén

celestial para la consolidación de los "consagrados", de los creyentes. «En ella no entrará nada impuro,

ni idólatras ni impostores, sólo entrarán los inscritos en el libro del Cordero» (27). Con esto, sin

embargo, no hace otra cosa el texto que formular la pregunta angustiada del lector: ¿estaré yo inscrito

en el libro?

Deseábamos encontrar palabras llanas, precisas y esperanzadas que anunciasen la liberación feliz a

todos los que se ven apremiados a vivir en nuestras ciudades terrenas, con iglesias y santuarios, sol y

luna, día y noche... Con todo, nos queda la esperanza de que el libro de la vida tenga suficientes

páginas donde todos estén inscritos.

M. GALLART

LA BIBLIA DIA A DIA

Comentario exegético a las lecturas

de la Liturgia de las Horas

Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 847









Ap 22,10-21



J/CENTRO-HISTORIA

Ya que el tiempo escatológico está a las puertas, las profecías no pueden quedar secretas hasta

más tarde -como fue el caso del libro de Daniel-, sino que han de ser proclamadas abiertamente: la

revelación ha sido hecha para el momento presente. Esto es lo que Jesús, que habla con autoridad y

pleno poder le comunica a Juan. Por tanto, nadie puede quitar o añadir nada a las palabras escritas en

el libro.

Desde el punto de vista literario el texto es precipitado. Las frases, tajantes, de acuerdo con el

carácter recapitulador del fragmento. "EI momento está cerca" (v 10), el Señor Jesús está a punto de

llegar. Este es el Jesús histórico que predicaba un evangelio de salvación y fue ejecutado como

enemigo del Imperio. Es el Mesías prometido de la casa de David, anunciado por los profetas y

rechazado por su pueblo. Es el Hijo de Dios hecho hombre, vencedor de la muerte, el cual, como estrella

de la mañana, anticipa el sol radiante que es el Padre. Este Jesús es también el Señor de la historia y de

los tiempos, principio desde el cual la historia se desarrolla y término hacia el cual todo se dirige. El título

de "alfa y omega", aplicado a Dios en Ap 1,8 se le aplica ahora a él, ya que Padre e Hijo se sientan en el

mismo trono, son "una misma cosa" (Jn 10,30). Finalmente, y porque conoce "las cosas que están para

suceder pronto", es garante de las palabras del libro, asegura su realización.

Todo el Apocalipsis refleja la actitud de anhelo, de tensión y, en ciertos momentos, de angustia de

la comunidad de los creyentes. La persecución la acentúa y estimula. Por una parte, las Iglesias

joánicas del Asia Menor son conscientes de la provisionalidad del tiempo presente. Por eso, respiran

esperanza. Una esperanza mezcla de incertidumbre y confianza, pero que tiende inexorablemente

-según la palabra de Jesús- a la consumación definitiva de la resurrección del Señor. Por otra parte, y

mientras dure el «todavía» -inmediato o no- (11), es necesario que permanezcan vigilantes y den frutos

de buenas obras. Los mártires, los que hayan lavado sus vestidos en la sangre del Cordero, participarán

de la vida de Dios como ciudadanos de la nueva Jerusalén. Los demás, en cambio, no tendrán parte en

la felicidad eterna (15). La Iglesia, sin embargo, tiene el consuelo y la fuerza del Espíritu, el cual

sostendrá a la Esposa hasta el retorno del Esposo. Sí, el Cordero ha triunfado, y los que acepten ser

muertos con él, con él se sentarán en el trono (Ap 3,21) y vivirán victoriosos junto a él. Después de la

tribulación, el grito de fe y de esperanza en el retorno de Cristo se convertirá en himno eterno de

alabanza a la gloria del Dios omnipotente. Por eso, la Iglesia, que va haciendo camino a través del creer

y del celebrar, clama: VEN, SEÑOR JESÚS.

(·PUIG-A._BI-DIA-DIA.Pág. 615 s.)

Ap 22, 12-14. 16-17. 20

1. J/VENIDA/DESEO.

El Apocalipsis es un mensaje dirigido a la Iglesia de los últimos tiempos. El Señor viene en seguida. Por

tanto es necesario perseverar en la fidelidad de la fe. La semilla del bien, como la del mal, está

madurando, llega el tiempo de la cosecha.

La venida del Señor se anuncia bajo el signo del poder, como juez. Es un anuncio en la línea de Is 40,

14. Viene para dar a cada uno su salario. Para justificar su actuación se pone de relieve la

autoidentificación de Cristo con Dios. Usa la misma fórmula que en 1,8. Las afirmaciones del v. 16

indican la posición de Jesús en la historia de la salvación. Es el Mesías prometido que provoca la

respuesta ansiosa de los destinatarios.

El profeta se hace portavoz de la esposa y el Espíritu le impulsa a gritar: "Ven". El concepto

fundamental, incluso desde el punto de vista meramente estadístico, es el de "venir". "Vengo en

seguida", dice el Señor; "ven" grita la comunidad...

Así se expresa la relación de la joven comunidad con Cristo. La Iglesia sabe que el tiempo que le queda

es breve y vive en tensión y ansia por la venida del amado.

Pero la espera de este acontecimiento se había amortiguado poco a poco. En la historia de la Iglesia la

escatología se ha marginado de la conciencia del pueblo. El retorno del Señor casi se ha borrado del

programa de la fe. El grito de "ven, Señor" no se toma en serio. ¿El profeta del Apocalipsis si viviera hoy

se atrevería a proclamar "ven, Señor Jesús"? Parece que la actitud de espera ha dado lugar a la de

cumplimiento.

La expresión "soy el alfa y la omega" en griego suena igual que para nosotros decir "esto es el abecé"

de algo. ¿Es verdad que Cristo es el "abecé' de la vida cristiana? Parece que nos solucionamos bien la

vida sin él.

PERE FRANQUESA

MISA DOMINICAL 1986, 10





2. Jesús anuncia por segunda vez en esta última visión del Apocalipsis su inminente venida. Cuando

venga sobre las nubes dará a cada uno su recompensa (11, 18; Is. 40, 10). Y aunque el premio será

esencialmente el mismo para todos los santos, habrá diferencias según sean las las obras de cada uno

(2, 23; 20, 12 ss.; Mt. 16, 27; Romanos 2, 6). Como Dios (1, 8; 21, 6), dice también Jesús de sí mismo:

"Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último" (cfr. 1, 17; 2, 8). Y porque es igual a Dios, Jesús puede

juzgarlo todo. En calidad de Juez Supremo y anticipando el juicio final, Jesús pronuncia ya su

bienaventuranza sobre cuantos "lavan su ropa" en la sangre del Cordero; es decir, sobre cuantos se

apropian por la fe los frutos de su muerte redentora en la cruz. Estos son los que entrarán en la ciudad

celestial y tendrán acceso al árbol de la vida. Los bienaventurados recibirán al fin graciosamente

aquella vida eterna que al principio de todos los tiempos quisieron arrebatar los hombres a Dios. Querer

ser como Dios sin contar con Dios fue el origen de la culpa y de la pena, la expulsión del Paraíso; querer

ser como Dios recibiendo de Dios el fruto sazonado de la cruz, será el principio de la gracia y de la dicha

eterna.

Ahora es Jesús mismo el que garantiza la verdad de la profecía que contiene el Apocalipsis. Ha sido

Jesús el que ha enviado su ángel para que entregue a Juan, su siervo, la revelación que él ha recibido

del Padre (1, 1). Y el que ha enviado su ángel y da ahora fe del mensaje del Apocalipsis, es el Mesías

anunciado (el "retoño del tronco de David", cfr. Si, 47, 22), que trae consigo el día de la salvación ("la

estrella de la mañana", cfr. Números 24, 17).

Al escuchar a Jesús que anuncia su venida, el Vidente se considera intérprete de los deseos de toda la

Iglesia. El Espíritu que ha sido dado a la Iglesia y que la anima, reclama con la Iglesia la venida del

Señor. El clamor de la Iglesia es el clamor de la esposa del Cordero. Pero todos los creyentes somos

Iglesia, por lo tanto, Juan invita a todos a gritar con una sola voz: "¡Ven!" Y así despierta la sed del "agua

de la vida", que Dios ofrece gratuitamente a todos (cfr. 21, 6; Is. 55, 1; Jn. 7, 37).

EP/MEMORIA: Jesús, "el testigo fiel", responde anunciando por tercera vez su venida. Y su esposa

repite de nuevo: "Amén, ¡Ven, Señor Jesús!" Con este grito se cierra el libro del Apocalipsis y se abre el

corazón de la Iglesia para la esperanza y para la vida de cara al Señor que ha de venir. "Ven, Señor",

traduce la palabra aramea "Marana-tha" (1 Cor. 16, 22), que puede significar también "el Señor ha

venido". Su doble sentido señala perfectamente la situación de la Iglesia en el mundo, que vive de la

memoria y de la esperanza entre la primera y la segunda venida del Señor.

EUCARISTÍA 1974, 32





3. -El Alfa y la Omega

La segunda lectura es una contemplación del Señor que es el alfa y la omega, el primero y el último, el

principio y el fin; y esta lectura es al mismo tiempo anuncio de la venida del Señor. Se anima a la

comunidad cristiana a expresar esta venida no de una manera pasiva, sino a clamar: "¡Ven, Señor

Jesús!". Porque los que lavaron sus vestiduras para tener parte en el árbol de la vida y poder entrar por

las puertas de la ciudad, es decir, los que creyeron, se han convertido, han sido lavados de su culpa por

el bautismo, ésos son los llamados; se sienten llamados por el Espíritu y por la Novia, que dicen: "Ven!".

"El que tenga sed y quiera, que venga a beber de balde el agua de la vida". Esta imagen, repetida en el

profeta Isaías (55, 1) y utilizada en el tiempo de Adviento, adquirió un significado sacramental para la

joven comunidad.

En este momento, la elección de esta lectura para la liturgia sugiere dos actitudes: la de la espera del

Espíritu al que la Iglesia de hoy dirige su grito de llamada: Ven, Espíritu Santo; y la de la espera de la

segunda venida de Cristo, en el último día. Pues si viene el Espíritu es para conducir a la Iglesia hacia

su perfección hasta el día definitivo de su encuentro con el Señor que anuncia su venida, de la que el

Espíritu es prenda y anunciador. Así, los acontecimientos de Pentecostés que vamos a celebrar llevan

en sí este doble significado: fuerza y luz para la Iglesia que camina; y espera con el Espíritu, nuestro

Defensor y guía hacia el último día, a que llegue el retorno de Cristo.

ADRIEN NOCENT

EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 4

SEMANA SANTA Y TIEMPO PASCUAL

SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 239

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/PASCUA/DO-06C/2lec-B_comentario.htm


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