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					Capítulo Primero

Mi vida en Grecia



Nuestro origen, costumbres y otros recuerdos


N
          osotros en Mandritza hablamos albanés, que es una len-
          gua que viene desde el origen de los ilirios, de la época de
          los dorios, los jonios y los eolios. Así que los ilirios son
una rama netamente griega, pero que tenemos el dialecto albanés y
todos en nuestras casas hablamos en esta lengua. El origen del albanés
viene de Epiro, de la región de Coritzá, de Albania del Norte.
    Esto que cuento ha sido transmitido de generación en genera-
ción, porque no existen escritos, lo único que existe es una placa en
el primer templo (que data del año 1500) que se construyó en
Mandritza, cerca del Monte Cedros, en donde también estaba y está
el Panteón. Así pues, el origen, la llegada de mis antepasados a
Coritzá, o sea de Epiro a Tracia, se cree que vinieron de allá como
nómadas pastores que traían chivas y borregos, al llamarse Mandritza;
porque Mandritza quiere decir en español aprisco. Los apriscos se
construyen con ramas de árboles del monte, en forma de “jota”,
una pestaña vertical y otra horizontal, hacia la ladera del terreno,
buscando siempre que coincidiera hacia el este-sur con la finalidad
de que los rayos solares pegaran en el aprisco y que calentaran a los
animales, y a la vez que se deshiciera más pronto la nieve. De ahí
lleva el nombre de Mandritza.
    Así pues, se cree que en 1500 llegaron los de Epiro, los albaneses
que fueron mis antepasados. Esa historia se conserva en el pueblo e
influyó en algunas costumbres. Por ejemplo: siempre se cuidaba
que las muchachas y muchachos se casaran con gente de ahí mismo.
Desde luego también influyó en esto la falta de vías de comunica-


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ción, pues para ir a otro pueblo se tardaban caminando dos o tres
horas. Ese aislamiento en cierta forma contribuyó a que se siguiera
conservando el uso de la lengua albanesa.
    Yo recuerdo que cuando era pequeño tenía que hablar en tres
idiomas; en casa hablábamos el albanés; en la escuela, el griego, y
obligatoriamente teníamos que aprender el turco, porque para po-
der comunicarnos con un funcionario teníamos que hablarlo.*


Mis bisabuelos y mis abuelos
Mis bisabuelos fueron Basilio Topáloglou. Este apellido viene del
turco, que quiere decir hijo de cojo; es decir Topal (cojo) y oglou (hijo
de). Posiblemente entre algunos de mis parientes de anteriores ge-
neraciones haya sido cojo y de ahí provenga ese apellido, o por
algún motivo parecido.
   Así es que mi bisabuelo tuvo dos hijos, uno que se llamaba
Theodoro (que fue mi abuelo) y el otro, Anastasio, ambos
Topáloglou.
   Mi abuelo Theodoro nació en 1850 y su esposa Dímitra
Papcharoglou nació en 1860.
   Ahora, por parte de mi madre recuerdo a mi tatarabuelo Atanasio
Dermentzioglou, que significa hijo de molinero. Él tenía molinos de
agua. Y mi bisabuelo que se llamaba Ioánnis Kiór-ivan y mi bis-
abuela se llamaba Eva. Y mi abuela también se llamaba Eva. Sucede
que en las costumbres de allá en vez de poner el nombre del padre,
procuran poner primero el nombre de los abuelos; y más si éstos ya
murieron, y si no tienen a otro ser querido que haya muerto, enton-
ces a los hijos les ponen el nombre de sus padres o de alguna perso-
na querida, aun cuando éstos estén vivos. Primero se procura po-
nerles los nombres de los abuelos paternos, y luego de los abuelos
maternos.



* Aunque seguían siendo súbditos del imperio otomano.



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Atanasio Dakob (tío político) vivió 104 años. Está vestido con el traje de
mandritsota.



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   Me acuerdo de mi bisabuela, que cuando estábamos una tarde
en casa de mi padre. Llegó mi bisabuela con la nieta Eva y me dice
mi mamá:

   —Anda, hijo, cómprate cerillos porque no tenemos y se aproxima la
   noche.

    Fui a comprar los cerillos. Eran unas cajas que tenían doscientos
cerillos que prendían frotándolos hasta en la suela del zapato o en
cualquier otra cosa rígida. Y al abrir nomás la caja, prendieron to-
dos los cerillos. De buenas que no me quemé.
    De mi bisabuelo Ioánnis Kiór-ivan me contaron que le decían
Juan el Tuerto, sin serlo; esta historia que les voy a contar data de hace
siglo y medio aproximadamente. Mi bisabuelo Kiór-ivan era una
persona de posibilidades económicas, en aquel entonces, y tenía sus
buenos caballos e iba a Ortakiöi, que era la ciudad más próxima. Y
en el camino lo detuvieron unos bandoleros que lo buscaban para
robarlo. Y le preguntaron:

   —Oyes, ¿no has visto a Ioánnis Kiór-ivan? —Y como no lo vieron
   tuerto pensaron que él no era y les contestó:
   —¡Ahí va! Córranle, aún pueden alcanzarlo.

    Así era mi abuelo, muy astuto, y le llamaban Juan el Tuerto.
    El papá de mi madre se llamaba Jrístos Dermentzioglou. Y la
mamá de mi madre se llamaba María Kiór-ivan.
    Ahora, los hijos de mis abuelos maternos, de Jrístos Dermen-
tzioglou y de María Kiorivanoglou, no sé las fechas de nacimiento
pero sus nombres sí; el primero fue Jorge, luego Anna, siguió Ecaterina
y luego Kyriakitza, luego Juan, después Sultana, siguió Martha y por
último Magdaliní o Magdalena.
    Ecaterina murió en Mandritza y creo que dejó cuatro hijos.




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Los Pappatheodorou
Como ya dije, mi bisabuelo tuvo dos hijos: uno Theodoro y otro
Atanasio.
    En esta generación hay una bifurcación en los apellidos; la fami-
lia de don Atanasio Dermentzioglou continuó con ese apellido y la
familia de mi abuelo Theodoro llevo el apellido Pappatheodorou.
    Mi abuelo Theodoro antes de ordenarse, se había casado, por-
que al ordenarse los sacerdotes en la religión ortodoxa si no se han
casado, ya no pueden hacerlo después. Entonces mi abuelo, al orde-
narse, formó un apellido propio, que es Pappatheodorou, que sig-
nifica sacerdote Theodoro; entonces los hijos y los nietos llevan ese
apellido del sacerdote.
    Pero puede uno también llevarlo por cariño al anterior apellido
(en este caso el de Topáloglou).
    Mi abuelo Theodoro tuvo cuatro hijos, que se llaman Stéfanos
(mi padre) que significa corona, nació en 1867; luego sigue Jrístos,
que quiere decir Cristo, (1888); después siguió una hermana que se
llamaba Kyriakitza, que significa Dominga, (1890); luego Basilio
(1892): después está Ángel (1894), y María (1896). Estos fueron los
hijos de mi abuelo paterno. Y los recuerdo a todos porque mi padre
hablaba con frecuencia de ellos.

Mis padres

Mi madre se llamaba Anna Dermentzioglou. Ella nació en 1888. Y
me padre, Stéfanos Pappatheodorou, que nació en 1876; ambos
originarios de Mandritza.
    Mis padres se casaron en el año de 1902. Fuimos seis hermanos.
El primero nació en 1903; era mujer y la llamaron María, por mi
abuela materna. Ella murió muy pequeña; yo no la conocí. Después
nací yo en 1905; me pusieron Theodoro, como mi abuelo; luego
nació otra niña en 1909 y le pusieron María, y después Jrísto Prime-
ro, en Mandritza en 1911; él murió muy chico. Después Jrísto Se-
gundo, que nació en el exilio, es decir cuando los búlgaros nos ha-
bían corrido de Mandritza, por cierto fue un sábado 13 de octubre


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de 1913; él nació en Dydimotijon, el mismo invierno de nuestra
salida de Mandritza. Después, en 1918, nació Basilio.
    Mi madre era una mujer muy trabajadora. En aquella época tra-
dicionalmente las mujeres se dedicaban a los quehaceres del hogar,
fundamentalmente.
    Mi padre estudió primaria en una de las escuelas de Mandritza.
En esa época mi pueblo estaba bajo el dominio del imperio otomano;
entonces nosotros teníamos escuelas independientes, que sólo lle-
gaban hasta el sexto año. Estas escuelas dependían del Obispo de
Dydimotijon, y a su vez el obispo dependía de Constantinopla, del
patriarcado. Fue por eso que mi padre en su último año escolar se
trasladó a Filippupolis, en Bulgaria, para aprender algún oficio, y
aprendió a extraer la esencia de las rosas. Mi madre extraía el aceite
de las rosas de la misma región. Ese era un aceite que se vendía en
dos mil libras esterlinas el oká, que era una medida del sistema turco
que equivalía a mil doscientos ochenta y dos gramos.
    Aparte de ese oficio mi padre pintaba telas, porque en la región
tenían una indumentaria propia, tanto hombres como mujeres.
Entonces todos teñían su ropa.
    Sin ser químico, también se dedicaba a sacar menta, la que mu-
chas veces con un pedazo de azúcar se tomaba como remedio para
algún dolor.


La sericultura en Mandritza
En mi pueblo nos dedicábamos fundamentalmente a la sericultura,
o sea al cultivo de la morera y a la cría del gusano de seda. Y a eso se
dedicaba no sólo Mandritza, que tenía entonces tres mil quinientos
habitantes, sino que también todos los pueblos de los alrededores
realizaban esa actividad.
    Duraba la cría del gusano aproximadamente dos meses y des-
pués de ese periodo juntaban toda la producción y la llevaban a
vender en la plaza de Mandritza; y como no tenía vías de comunica-
ción como el ferrocarril, entonces los productos salían a la ciudad
de Souflí.


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   A esta actividad solamente nos dedicábamos durante la prima-
vera. Ya después en el pueblo, algunos se dedicaban a la albañilería,
otros hacían carretas de bueyes, de caballos, hacían campanas, en
fin… Y de todos los alrededores del pueblo iban los domingos a
vender o a comprar productos en la plaza, que se hacía exclusiva-
mente en ese día.




Mi hermano Basilio Pappatheodorou.



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Sentados: María, mi hermana; Jorge Kampuzitis, mi cuñado, y mis sobrinos Jrístos,
Fotiní, Anna y Viko.


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    Jrístos, hermano de mi padre, se dedicaba a producir el huevecillo
del gusano de seda. Él estaba titulado en la Escuela de Brusa, en
Asia Menor. Y mi tío vendía los huevecillos a los criadores. Pero no
los vendía por dinero, sino que cobraba el tanto por ciento de la
producción. Es decir, si el criador se llevaba una onza o dos de
huevecillo, mi tío obtenía el ocho o diez por ciento de la produc-
ción. Así, este sistema garantizaba al productor la calidad del
huevecillo que se llevaba y a la vez el que lo vendía obtenía una
buena ganancia en su porcentaje.
    El terreno de Mandritza era propicio para el cultivo de la morera
porque se bañaba con el río Rojo, que baja de los montes Rodopi
que están al occidente de mi pueblo. Por lo que los mandrichotas
(así se les llama a los nativos de Mandritza) tuvieron que hacer obras
hidráulicas, más bien de contención, para reducir el río en su cauce,
se puede decir que en el centro; y para eso tenían que hacer unas
defensas para ambos lados plantando álamos y sauces, que prenden
con facilidad en tierra húmeda. Pero además de ser plantados, se
entretejían las ramas de un árbol a otro y todas aquellas ramas se
llenaban de arena, de limo, etc. Entonces se hicieron unos campos
muy fértiles, más propicios para el cultivo de la morera y otros pro-
ductos.
    Había dos campos o camadas también propicios para el cultivo:
uno era el río Rojo, que estaba frente al pueblo; y teníamos el otro
río, que estaba a espaldas en una cordillera; el otro río se llamaba
Caraná. En estos lugares también se hicieron obras hidráulicas.
    La morera, lógicamente, como todos los árboles, se cultivaba en
viveros, se sembraba primero y después se injertaba al siguiente
año, según la variedad que cada quien creía que era la mejor para la
cría del gusano de seda. Porque han de saber que la calidad de la
seda depende de la clase de morera que se le dé al gusano.
    Así que todo el mundo se dedicaba al cultivo de la morera y
estos arbolitos se tenían que plantar distantes uno de otro unos seis
u ocho metros, según la fertilidad del terreno.
    Los arbolitos, al año de injertados, su tallo debería crecer aproxi-
madamente de uno ochenta a dos metros de altura para que se for-
mara la copa fuera del alcance de los animales y así evitar que los


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destrozaran. Después de esos dos años de cuidados, una vez ya
fortalecido el arbolito, entonces sí ya se podían dejar pasar chivas,
borregos, vacas o cualquier otro animal suelto.
    En cuanto a la cría del gusano, la gente que ya había comprado
el huevecillo debía tenerlo en una temperatura propicia. Desde lue-
go que esa temperatura se daba en primavera y fluctuaba entre los
diez o quince días de marzo en adelante. Entonces comenzaban a
incubar el huevecillo.
    Antes de continuar, en Mandritza dedicábamos una pieza o dos
para instalar las camas de los gusanos. Naturalmente que eran pie-
zas de sus propias casas; tenían que dedicarse exclusivamente du-
rante dos meses para la cría del gusano. Aparte que si tenían en sus
casas un establo, tenían que sacar de éste a los animales.
    Así que el espacio que se ocupara para la cría del gusano depen-
día de la cantidad de los huevecillos que se querían incubar y de la
cantidad de moreras con que se contara para alimentarlos.
    Pero había quienes no alcanzaban a tener la suficiente cantidad
de hojas de morera para alimentar a sus gusanos; entonces tenían
que recurrir a comprarles a los vecinos que les sobraban; y así se
ayudaban unos a otros. Para hacer esa operación de venta se hacía
por medio de un gritón que había en el pueblo y que pertenecía al
municipio y pasaba por las calles gritando:
    ¡Le sobran diez moreras a Ioánnis Topáloglou. Para que al que
le haga falta para terminar su cría vaya a verlo!
Así se acomodaban. Aunque hicieran sus cálculos, a veces les ha-
cían falta moreras, porque no faltaba que llegara una heladita y eso,
pues, descontrolaba la cosa. Había otro mal que se llama básra. Esto
consistía en que muchas de las veces lloviznaba a medio día, cuando
estaba en su plenitud el sol, muy fuerte; entonces al retirarse la nube
que había soltado esa llovizna los rayos calentaban las gotas que se
habían juntado sobre las hojas de las moreras, se calentaban esas
hojas y se perdían.
    Cuando se hacía la recolección del capullo, se podía vender en
fresco, antes de asfixiar al gusano para aprovecharlo para la indus-
tria, o se mataba o se asfixiaba al gusano y se conservaba para poder
conseguir mejor precio después.


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    Generalmente venían comerciantes o dueños de fábricas del norte
de Italia, de Milán o de Lyon, Francia, a comprar los capullos de
seda. Porque en toda la región del río Po se cultivaba. Me acuerdo
que había también una llanura ahí en donde prosperaba mucho la
morera y se criaba gran cantidad de gusanos de seda.
    Una vez que vendían la producción del capullo, cada quien se
dedicaba a otras ocupaciones. Ya sea sembrando maíz o trigo o la
vid.
    En lo que se refiere al cultivo de la vid, recuerdo que todas las
familias tenían sus viñedos en una región aparte, en lugares de tie-
rra profunda en planicie, en donde tuviera ventilación y que no
tuviera exceso de humedad para poder obtener una buena calidad
de la uva. Porque en los terrenos barreales la vid no vive muchos
años; generalmente su promedio de vida oscila entre veinte y vein-
ticinco años.
    La parra se cultivaba tan luego se levantaba la nieve, y al mismo
tiempo que se cultivaba, se podaba para que viniera el nuevo reto-
ño, y en el retoño viene la flor, que va a ser el racimo de uvas.
    Casi siempre se sembraba en un solo lugar la uva con la finali-
dad de facilitar la vigilancia de los viñedos. En el tiempo de la ma-
durez de la uva se ponían policías agrícolas municipales que vigila-
ban los viñedos.
    Tradicionalmente, si alguien robaba primero se le castigaba y
luego era condenado por la sociedad del pueblo. Y esa condena
consistía, muchas veces, en decir:
    No cases a tu hija con fulano, porque su padre era bandido,
robaba ganado, robaba frutas.
    Entonces había un respeto hacia lo ajeno.
    Pero había que cuidar a los viñedos de las liebres, de las zorras,
de los pájaros; por eso era importante estar concentrados en un
lugar, para cuidar mejor.
    Aparte se sembraba ajonjolí, trigo, cebada, avena, habas, frijol,
maíz de verano naturalmente; se sembraba por marzo o abril y se
cosechaba en octubre o noviembre.
    Allá en Mandritza cada quien tenía su pequeña propiedad, no
había latifundios, lo máximo que se poseía eran tres, cinco y hasta


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diez hectáreas. No había tierras de riego porque las márgenes de río
estaban lejos; pero no había necesidad de humedad porque en todo
el invierno se cubría de nieve la tierra y al venir la primavera se
deshielaba y dejaba húmedo. Y también porque en primavera llovía
frecuentemente hasta mediados de junio. Ya en julio, en verano,
empezaba a venir el corte de trigo, de la cebada, de la avena para
después trillar. Esta actividad se hacía con animales, todo se reco-
lectaba a mano con hoces especiales.


Las escuelas en Mandritza
Muchos recuerdos de mi infancia se escapan de mi mente, pero a
propósito de esta etapa de mi vida recuerdo que asistí al Nipiagogüión,
que es la escuela a que se va entre los tres y seis años; aquí se conoce
como kinder o preprimaria.
    Era una escuela en donde teníamos un ábaco grande que tenía
varios colores, como el blanco, azul, verde, rojo, negro; ésos son de
los que me acuerdo. Y era en dos estantes y con unos alambres, y
cada alambre tenía varias bolitas grandes de un color determinado.
Esas bolitas las movíamos de un extremo a otro para ir contando.
La maestra decía:

   —A ver, Theodoro, si pones dos bolitas de aquel lado, ¿cuántas te
   quedan de este otro?
   —Pues ocho, maestra.

    Y así, eso es lo que nos enseñaban para los números. Mi maestra
se llamaba Eutérpi, ella era de Andrianópolis…
    Recuerdo que eran tres escuelas ahí: el Niapiagogüión y lo que era
primaria, que comprendía primero, segundo y tercer año; en la otra era
el cuarto, quinto y sexto. Era la escuela más moderna, pues tenía su
edificio acondicionado para educación, con su puerta central, dos salo-
nes abajo a la derecha y dos a la izquierda y otros tantos arriba. La
entrada, donde estaba la escalera, tenía de ancho cuatro metros.
    Las escuelas dependían del Obispado de Dydimotijon, porque


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no había los recursos necesarios para que funcionaran cuando em-
pezaban las escuelas en Mandritza. Entonces el obispo ayudaba para
conseguir profesorado; parte de los sueldos los pagaba el obispado
y parte el pueblo, que se encargaba también de darle al maestro un
local donde vivir, leña y cosas que necesitaba para el invierno.
    Después la Iglesia adquirió propiedades, una huerta, y los bene-
ficios de esos terrenos iban a dar para el profesorado y para todos
los gastos de la educación de los niños del pueblo. Para esto se
formó un patronato que manejaba todos los bienes.
    A propósito de la huerta, me acuerdo (sería 1911 o 1912) que
trajeron una bomba contra incendios que no tenía motor y funcio-
naba con la fuerza de cuatro hombres: dos se formaban frente a
frente y cogían una palanca y dos la empujaban hacia abajo y los
otros la levantaban; y de esta forma es como bombeaban el agua.
Entonces varios chamacos estábamos viendo cómo hacían ese tra-
bajo, en eso enfocaron la manguera para probar la presión hacia
una casa y tumbaron y rompieron todas las tejas de la pestaña.
    Cuando empecé la primaria estuve en el segundo edificio, hasta
el tercer año, en 1912-1913. En el primer año tuve una profesora
que se llamaba Rodopi; en el segundo, una que se llamaba María, y
en el tercero, un profesor que se llamaba Jrístos.
    Por cierto, el profesor Jrístos era muy amigo de mi padre y por
tal motivo tenía la confianza de que nunca me castigaría.
    Un día unos muchachos me dijeron:

   —Theodoro, si vieras qué bien la pasamos ayer. Por qué no vienes con
   nosotros hoy para que veas qué bonito la pasamos.

   Les dije:

   —No, porque tengo que hacer la tarea.
   —No, hombre, si no nos tardamos y además la pasamos bien en el campo.

    Pues yo no sé cómo me convencieron y ahí vamos. Eran tres y
yo, cuatro. En aquellos años había un hilo negro de la marca El Oso
que se usaba mucho en la confección de los vestuarios, en las


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indumentarias de invierno. Era un hilo, pues, fuerte, ¿verdad?, y que se
cosía con dedal en telas de lana que hilaban y tejían en las casas las
mujeres.
    Pues bien, fuimos a un arroyo donde había zarzamoras y en la
sombra de las zarzamoras, ahí, reposaban las gallinas; entonces
aportillaron un grano de maíz y lo amarraron con el hilo negro que
mencioné y lo tiraron debajo, en las sombritas donde estaban las
gallinas. Bueno, al ver la gallina el grano se lo tragó y empezó a jalar
el hilito, agarraron a la gallina y le torcieron el pescuezo y ahí vamos
entre los encimales y limpiaron y prepararon la gallina, la abrieron y
la asaron al estilo guerrillero (kleftes). Y no sólo eso, sino que tenían
ahí escondida una sartén.
    También entre los encimales, en Mandritza, había tortugas de
tierra bastante grandes, que las mataban nada más por los huevos;
pues estos chamacos sacaban treinta o cuarenta huevos y los freían;
así tan expertos eran en el asunto.
    Ya después en clase (pues nos tocaba aritmética, por cierto que
no era mal alumno, siempre preparaba mis clases) pero ese día no
llevaba nada, seguía confiado y decía: “Al cabo es amigo de mi pa-
dre, no me va a castigar”. Y al hacerme la pregunta, porque ya sabía
que yo siempre hacía mis tareas y contestaba bien. Y esa vez no
contesté bien y me preguntó:

   —¿Dónde estuviste vagando? ¿Dónde estuviste? ¿Con quiénes te jun-
   taste? Porque tú eres buen alumno y para que otra vez no suceda eso y
   sigas siendo buen alumno abra las manos.

    Y ¡zas! ¡zas! ¡zas! Me pegó en una mano y luego en la otra. Tres
veces, hasta que me sacó sangre de las manos. Pero él tenía razón,
porque me había juntado con unos compañeros muy desviados.
    En aquella época se castigaba muy duro y se sentían más en
tiempo de invierno. A nosotros se nos hacía llevar la varita de mem-
brillo o de crana, muy finitas y delgaditas, para castigarnos; por ejem-
plo: en invierno cuando nos presentábamos en la escuela, nos decía
la profesora: “junten los dedos de las manos”. Esto con la finalidad
de cerciorarse si habíamos vagado un rato en la calle. Y, natural-


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mente, cuando durábamos mucho rato afuera, pues se entiesaban
los dedos y hacíamos por juntarlos y no se juntaban, se entiesaban;
y así nos golpeaban los dedos. Era una cosa terrible.
    Cuando salíamos al patio a jugar un rato, estaba estrictamente
prohibido decir palabras malas, insultos o disgustarse con los com-
pañeros. Y si algo sucedía inmediatamente daban parte al profesor
o a la profesora.
    Había una disciplina muy estricta. Los sábados teníamos tam-
bién clases hasta el medio día.
    Se nombraban del salón a dos muchachos, que tenían que vigilar
durante sábado en la tarde y el domingo todo el día, y tenían que
estar al pendiente en dónde andábamos jugando, cómo nos com-
portábamos, si insultábamos a alguien, su fumábamos, si peleába-
mos. Y el lunes reportaban al maestro lo que habían visto y oído. Y
si alguno había cometido una falta, daban parte al profesor y eran
castigos aquellos que se aplicaban.


Algunos recuerdos de mi infancia
Ahora quiero narrar un poquito de mi casa, que se construyó en
1907. Hasta a mí muchas veces me preguntaron:
    ¿Cómo es posible que tú te acuerdes cuando estaban constru-
yendo tu casa?
    Y yo me acuerdo muy bien porque al lado sur había una planta
de rosa silvestre, que siempre daba en racimos las flores y muy olo-
rosas; esto lo asocio con la construcción de mi casa. Los albañiles
me hicieron una cruz en la frente con lodo, como símbolo de que
pronto iban a terminarla. Y cuando ya estaba hecha la casa en lo
alto hacían una cruz. En torno de esto existía la costumbre también
de que los vecinos llevaran regalos para los albañiles, por ejemplo:
una camisa, una faja o una pañoleta; como cristianos que eran, ¿ver-
dad?, con el deseo de que tuviera buen término la construcción.
    Frente a mi casa pasaba un arroyo pequeño, y había también una
morera, aún no se había empedrado en esa época afuera de mi casa.
    Recuerdo también que mi abuelo me decía:


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   —Mira, Theodoro, fíjate nomás cómo esta morera tenía cuatro brazos
   y ahora son cuatro moreras.
   —¿Por qué? —le pregunté.
   —Porque la capa del árbol se llenó de limo en una superficie de dos
   metros y como ves los retoños están separados uno del otro a distan-
   cia de metro y medio.

     Recuerdo también que las casas se hacían grandes y de dos pi-
sos; algunas eran de tres pisos. Y se usaban así grandes precisamen-
te para tener mayor población de cría de gusano de seda. Porque se
necesitaba amplitud, aun cuando fuera por poco tiempo, pues éstos
no se podían criar a la intemperie.
     Por otro lado, la región de nuestro pueblo en los alrededores es
montañosa, hay cedros, robles y pinos, y aún más, hay álamos, que
generalmente se sembraban en la margen del río y crecían muy rectos.
A propósito de esto, mi abuelo materno tumbó un álamo para cons-
truirle una casa a su hijo. Esos álamos los tumbaban y venían gentes de
la sierra de Rodopi y ahí hacían las tablas, de la madera del álamo. Y yo
como chamaco muchas veces me sentaba ahí y preguntaba:

   —¿Qué están haciendo, barba?

    O sea tío, porque en griego es barba y se acostumbraba siempre
al dirigirse a una mayor decirle barba. Y me contestaba:

   —Estamos haciendo un portillo en el agua.

    Y pos yo me quedaba pensativo. “Cómo es posible que se haga
un portillo en el agua”. Pero nada, esa contestación era nada más
para destantear a los muchachos.
    Así que teníamos las casas de dos pisos y por tal motivo tenía-
mos miedo cuando temblaba porque pensábamos que se nos fuera
a caer encima y siempre las piezas que correspondían a las recáma-
ras estaban en el segundo piso. Por cierto, las casas generalmente se
construían de adobe (no como los adobes que aquí en México se
usaban, que eran de treinta por cuarenta o cincuenta centímetros y


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por diez de grueso), que eran parecidos a los ladrillos, o sea de quince
por treinta y por siete u ocho de grueso. Y así se cruzaban para hacer las
paredes, según que para que tuvieran más consistencia.
    Todas las casas tenían sus patios amplios y ahí sembraban (y
siembran aún) hortaliza durante el verano: tomate, chile, berenje-
nas, ocra (que no se usa aquí), coles, chiles para rellenar, ejotes;
todas esas cosas las aprovechan durante el verano y así la gente
puede comer legumbres con carne. Y toda la producción que les
sobra, ya para otoño la ponen en salmuera. Nosotros poníamos en
vinagre de uva todos los sobrantes de la hortaliza (tomate, calabacitas,
pepinos, coles, ejotes, etc.) y así tener en invierno legumbres para
hacer ensalada y seguir cocinando también con esas legumbres las
comidas. Por ejemplo: los ejotes tiernos, que sobraban y que no
eran utilizados durante el verano, los ensartaban en un hilo, como el
tabaco, y los tendían a que se secaran y se doblaran después como si
fueran collares y así se conservaban hasta el invierno para cocinar.
    En verano salíamos de las casas y nos acomodábamos debajo de
las moreras. Como allá todo el campo estaba cubierto de árboles,
de moreras, pues había la costumbre de salir y estarse un rato des-
cansando o jugando o conviviendo simplemente.
    En abril de 1910 salimos de las casas porque empezó a temblar,
fueron varios días y eso se juntó con la aparición del cometa Halley.
Y estando en los patios me acuerdo que vimos que el cometa co-
rría; tengo idea de que era de oriente a occidente, se veía una luz
más intensa adelante y mientras la cola más se ampliaba llegaba
hasta un color rojizo, y llegando al término como negro. Era una
cola larga, que empezaba en punta y terminaba en una cosa muy
amplia. No recuerdo cuántos días estuvo. Pero sí más o menos a la
misma hora lo teníamos que ver, sería en verano como a las diez u
once de la noche.
    De mi infancia recuerdo también mi primera comunión. En
Mandritza los padrinos eran hereditarios, o sea que pasaban de pa-
dres a hijos. No son como aquí que ponen como padrinos a cual-
quier amigo y diferentes. No, allá son de un solo matrimonio y cuan-
do mueren los padres, sus hijos heredan la responsabilidad de bau-
tizar a los hijos del ahijado de sus padres. Por ejemplo: el padrino de


                                   75
mi padre no tuvo hijos varones, sino una hija; por lo tanto a mí no
me tocó tener padrino, sino que era madrina, porque no tuvo hijos
el padrino de mi abuelo; entonces a mí me tocaba como madrina a
Anna Papcharoglou, quien a la vez era sobrina de mi abuela paterna.
    Había la costumbre también que cuando alguien hacia la prime-
ra comunión, la madrina o el padrino lo vestían de pies a cabeza y lo
llevaban al templo con su vela y todo, ¿verdad? Y ya al salir, en la
misma casa de la madrina se hacía una fiestecita y (como aquí tam-
bién) se invitan a todos los primos o parientes en general y a veci-
nos, ¿verdad? Y se dan regalitos.
    A propósito, recuerdo que mi primera comunión la hice un 25
de mayo de 1911, tenía seis años. En aquella época se usaba un
gorro rojo con una mota negra larga, que colgaba hasta el cuello;
este gorro se llamaba fez en turco. Entonces había llovido y se me
cayó el fez al lodo y se ensució. Yo, chamaco, sin darme cuenta que
aquello se encogía, fui y lo lavé para que no me regañaran o no me
pegaran.
    No me acuerdo si me pegaron, ¡sabrá Dios!, pero de lo que sí
me acuerdo es que me regañaron; porque al querer ponerme el fez
en la cabeza ya no me entraba.
    Ahora viene a mi mente que al levantarnos teníamos que
persignarnos y siempre teníamos que decir el Padre Nuestro, que es
el mismo en el ortodoxismo que en el catolicismo; exactamente son
las mismas palabras, y en el Credo también. Después teníamos que
lavarnos las manos y la cara con jabón. En aquel entonces no se
permitía que los chamacos trajéramos el pelo largo. Y, ¿por qué
motivo no se nos dejaba crecer el pelo? Aun cuando las mujeres sí
usaban el pelo largo y se lo trenzaban. Pero era porque en aquél
entonces abundaban los piojos y las chinches, y desde luego las
mujeres eran más cuidadosas que uno de chamaco.
    Así que había la creencia o un dicho de que “cabeza fresca, estóma-
go ligero y pies calientes” y se aplicaba para estar con buena salud.
    Después de lavarnos las manos teníamos que ver bien que las
uñas estuvieran limpias. Porque una cosa que era muy castigada en
la escuela era precisamente que uno trajera las uñas sucias. Lo pri-
mero que presentábamos eran las manos y voltearlas en un sentido


                                  76
y en otro; y la profesora y el profesor se fijaba también en las uñas
para ver si las teníamos sucias, o en las manos para ver si las tenía-
mos limpias.
    Por la mañana tenía que hacer mi tarea y leer para estar prepara-
do al llegar a la escuela. Al medio día regresaba a comer, y al sentar-
nos a la mesa teníamos que persignarnos antes de comer y al termi-
nar también.
    Otra de las cosas que me acuerdo es que mi padre había empa-
cado en costales el capullo del gusano de seda para llevarlo a vender
a Souflí. Entonces había mucho movimiento, pues estaban acomo-
dando los costales en la carreta. Y oí que muchas carretas iban a ir
y le dije a mi papá:

   —Papá, yo también quiero ir a Souflí.
   —No, no puedes ir tú porque vamos a viajar toda la noche y ¿dónde
   vas a dormir?
   —No, yo quiero ir, papá; yo quiero ir, papá.

   Y tenía muchas ganas de ir porque allá vendían unas roscas con
ajonjolí; éste lo tenían pegado encima. Y no desistí:

   —Yo quiero ir ahí para comer roscas.
   —No, tú no puedes ir, porque estás muy chico y toda la noche tene-
   mos que caminar y hay lobos, porque vamos a atravesar la sierra. Así
   que no debes ir. Pero otro día sí te llevaré.

   Pero yo no hice caso y espié para darme cuenta en dónde esta-
ban las carretas, ¿verdad? Y eran varias, diez o doce carretas carga-
das de capullos. Y seguí las carretas, sin que se diera cuenta mi pa-
dre. Me agarré de la cola de la carreta, que naturalmente iba tirada
por bueyes; generalmente les pegaban hasta dos yuntas de bueyes a
cada carreta.
   La cola de la carreta consistía en que cuando eran pesos livianos
y voluminosos como el capullo o el rastrojo las alargaban más; en-
tonces me senté en la cola y me agarré de un costado de la carreta.
Pero se dieron cuenta los de atrás y fueron y le avisaron a mi padre:


                                  77
   —Stéfanos, tu hijo Theodoro viene atrás.

    Entonces ya mi padre no tuvo más remedio que buscarme un
lugarcito entre los costales grandes y bien que me acomodé. Y así
viajamos toda la noche, pues generalmente se hacía seis horas para
llegar a Souflí. En esta ciudad estaban los comerciantes que com-
praban las cargas de capullos.
    Al llegar por la mañana me dio mucho gusto conocer la ciudad.
Desde luego lo primero que hice fue decirle a mi papá que me com-
prara roscas con ajonjolí y también me compró otras cosas.
    Por primera vez me llevó mi padre a la estación del ferrocarril;
me tocó ver llegar aquel monstruo negro que realmente me impre-
sionó. Y lo que más me gustaba ver era la partida del tren, que
operaba todo el movimiento de las ruedas. Cómo hubiera querido
que no se terminara aquel espectáculo.
    Al partir el tren había tanta gente que sacaba la cabeza y las
manos saludando y hablando y gritando. Y entonces el tren comen-
zó a moverse y a silbar y la gente se asustó y comenzó a distanciarse
del tren.
    Se me hizo como si se hubiera improvisado instantáneamente
un espectáculo que no me imaginaba y que me impresionó profun-
damente.
    Después me llevó mi papá a visitar la ciudad. Fuimos al templo,
que era más grande y bonito que el de nosotros. Y me llevó a las
tiendas a comprar regalos para mi mamá y mi hermanita.
    Aquí quisiera no terminar mi narración; pero al regresar al ter-
cer día por la mañana, viendo el panorama de la sierra boscosa y sus
arroyos, que pasábamos con las carretas, se me figuraba otro tren y
un caminar interminable…
    Ya al regresara a Mandritza fue un preguntar y dar respuestas
interminables también…


Los primeros emigrantes de mi familia
Cuando mi tío Basilio salió, ya se rumoraba sobre la Guerra de los


                                 78
Balcanes. Él se fue a través del puerto de Trieste (que pertenecía a
Austria) hacia Estados Unidos en 1911. Y al año siguiente, en 1912,
antes de iniciarse la guerra, se fue mi tío Ángel.
   Recuerdo que en el patio de la casa de nuestro abuelo el sacer-
dote, estaba un primo mío que se llamaba Atanasio (por parte de
una hija de mi abuelo); él era un año mayor que yo. Y a los dos nos
preguntó mi tío:

   —¿Qué quieren que les traiga cuando regrese de América?
   Y le contestamos:
   —Un reloj, tío, un reloj
   —¡Ah!, ¡Qué bueno!

  Y se sonrió. Entonces cogió un pedazo de hilo para cada uno y
amarró un pedazo de teja y enredó el hilo en un ojal de la camisa (y
como usábamos siempre un bolsillo) y nos lo puso en el bolsillo.

   —Cuando regrese les voy a traer relojes verdaderos.

   Y ese tío Ángel Pappatheodorou fue el motivo por el cual me
vine a México. Pues mi objetivo era irme a California, en donde se
encontraba él.


Fiestas de Pascua
En Grecia, durante la Pascua, la liturgia más solemne es a la hora
que aparece la luna. En el momento de la resurrección se hace una
misa a media noche, muy solemne. Al terminar la misa todos llevan
huevos teñidos (cocidos, naturalmente): huevos colorados, mora-
dos, amarillos; y entonces al salir de misa empiezan a intercambiar
huevos y se dan el abrazo y se besan.
   Después de regresar a sus casas se juntan como en familia en la
casa del padre o del hermano mayor; Y ahí tienen ya la comida de
Pascua que se llama avgolémono, que consiste en matar borregos; en-
tonces se dejan para el día siguiente para asarlos atravesándolos en


                                 79
un palo y así lentamente se van asando en las brazas hasta la hora de
comer, al medio día, y se empieza por tomar vinito hasta emborra-
charse un poquito.
    Pero en la madrugada el avgolémono consiste en sopa de arroz
con huevo y limón, pero si no hay limones, en vez de eso se le pone
vinagre legítimo de uva. Eso es al amanecer de la Pascua.
    Al siguiente día otra vez hay misa muy prolongada que dura de
dos a tres horas. Se hacen unos cantos muy solemnes, muy bonitos,
que nosotros los ortodoxos íbamos al templo a oírlos con mucha
veneración. Esos cantos narran el acontecimiento de Nuestro Se-
ñor, más tratándose de la Pascua.
    Luego empiezan las fiestas en una planicie grande cerca del río
(pues he dicho ya que éste atraviesa el valle) y hay una rueda de la
fortuna que tiene construidos de madera el eje y los transversales, y
van asientos alrededor de la rueda de la fortuna, en cada cruz lleva
ocho asientos: dos, dos, dos y dos. Y se sientan ahí, por parejas,
principalmente los novios, pero también otras gentes, como matri-
monios jóvenes y a veces hasta los viejitos que iban a hacer sus
recuerdos de juventud.
    También antes de la Navidad, las familias de mi pueblo compra-
ban puercos flacos, que los tenían en manada en los encinales para
que se alimentaran con bellotas que se desprendían de los árboles
del monte, al madurar. Así se criaban las manadas de puercos en los
campos; ya cuando se acercaba el mes de octubre, las familias em-
pezaban a comprar sus puerquitos para engordarlos durante dos o
tres meses, según en las condiciones en que se encontraran, para
que estuvieran listos en la víspera de Navidad.
    Como todo el mundo mataba puercos, pues nos reuníamos va-
rios chamacos y corríamos hacia donde se oía chillar el puerco cuan-
do lo iban a matar. “¡Ah —decíamos—, en tal casa tienen un puer-
co muy grande, vamos a ver cuántos kilos va a pesar”; pero aparte
de eso íbamos a ver si nos regalaban la vejiga del puerco, puesto que
entre los chamacos tenía mucha demanda porque la limpiábamos y
la inflábamos; de esa forma hacíamos un balón. ¡Je, je, je! Y así nos
poníamos muy contentos cuando nos regalaban una vejiga, y decía:



                                 80
   —¡Mira qué grande está vejiga que me regalaron.
   —Es verdad, Theodoro, vamos a lavarla.

     No vendían la carne del puerco que mataban, tenían la costum-
bre que determinado tiempo ponían los huesos del puerco con sal
en cajas de madera, en barriles pequeños o en botes de petróleo
con mucha sal y ahí los acomodaban todos. El gordo lo hacían
tocino en cuadro y todo eso lo hacían en madera y era más sano.
     Cuando era el corte del trigo o cuando se iban juntas a piscar el
algodón, se tenía que llevar comida suficiente para toda la familia
que trabajaba en el campo; ahí llevaban y preparaban una sartén
para freír tocino con huevos o longaniza, que hacían con la carne
del puerco mezclándola con gordura, la picaban bien con un cuchi-
llo grande (que se usaba también para picar la hoja de la morera) y
con esa carne se llenaban las tripas del puerco, así que no se desper-
diciaba nada.
     Era una vida muy pacífica, una vida de pocas preocupaciones.
     Por otro lado, las muchachas tejían una especie de trenzas de las
tecatas de las ramas de morera, que son delgadas y llegan a medir
entre metro y medio y dos metros; así que con varias de éstas tejían
unas trenzas de ocho o diez metros de largo; con éstas hacían un
columpio y lo amarraban en las ramas altas de los árboles de las
moreras más viejas; y así se mecían y se columpiaban.
     Muchas veces llegaban los enamorados y se peleaban con las
jóvenes en el momento en que ellas estaban en su columpio y ahí
les cortaban con el cuchillo la trenza esa y las pobres muchachas se
la llevaban para remendarla porque ya no la podían usar.
     El lunes sigue la fiesta de Resurrección. Por la mañana los sacer-
dotes se trasladan del templo, que está en el centro del pueblo, al
templo del panteón, que está aproximadamente a un kilómetro y
medio o dos, dentro del monte que está conformado por cedros,
robles, pinos y otros árboles. Ahí se da la misa por la mañana. Y de
ahí con los íconos se trasladan por toda la cordillera al oriente del
pueblo, pronunciando los sacerdotes el Kyríe Eleison, en el trayecto
hasta llegar al panteón, donde se riega toda la población a festejar la
Pascua. Ahí comen, ahí beben y bailan ya muy tarde hasta que el sol


                                  81
se mete; entonces bajan al pueblo.
    Es una fiesta muy querida, muy bonita y que todos los años se
celebraba en aquel entonces.
    Hoy, en esa cordillera pasa desde el panteón la línea divisoria, o sea
el alambrado del gobierno greco-búlgaro y paralelamente está la línea
divisoria; por eso ya no se pueden celebrar esas tradiciones y fiestas.
    Ahora que me acuerdo, también hay una tradición religiosa que
se celebra el 6 de enero, que parece ser el día cuando se bautiza
Nuestro Señor en el Jordán. Por costumbre, después de la misa
salen todos los sacerdotes (si es el obispado también el Señor Obis-
po) y los saltes y cantores que van en procesión, principalmente en
Grecia; en los litorales se paran en el muelle para tirar una cruz al
mar y los buenos nadadores que son muy devotos o que padecen de
algún mal o enfermedad, se tiran al mar para sacar del fondo la cruz
para entregársela al mayor eclesiástico y a los que están presentes y
reciben un donativo, un regalito. Naturalmente que esos hombres
son unas ranas y lo hacen con una gran devoción porque tienen la
creencia de que el que está enfermo sana. En el interior del territo-
rio, como en el caso de Mandritza, íbamos (recuerdo muy bien esto
de mi niñez) todo el pueblo al río y en un remanso, ahí en la orilla
del mar, bajo los sauces, ahí tiraban la cruz.


La vida de las mujeres en mi pueblo

A las muchachas desde las primeras edades, cuando empezaban a ir
a la escuela primaria, les enseñaban a tejer y a bordar para que fue-
ran preparando sus cosas para el casorio, como sarapes, sábanas,
tapetes, etcétera, que en ocasiones llegaban a llenar varios baúles, de
manera que cuando arreglaban su casa ya no tenían la necesidad de
comprar nada.
    Y desde luego que todas ellas eran maestras en esos trabajos:
tejidos, bordados, hilados; ya no se diga en cocina. Y eran expertas
porque desde los trece o catorce años ponían a la muchacha a que
preparara la comida; mientras la madre iba de visita, ella debía tener
lista la comida cuando regresara la familia a comer.


                                   82
    Todas esas son tradiciones de miles de años, por lo menos así las
vi y las viví en mi niñez y juventud. Y aún ahora que he ido a mi
país, se siguen conservando esas cosas; todas mis sobrinas y sus
hijos cuando regresan de la escuela que tienen horas libres; inme-
diatamente se ponen a tejer o a bordar; se juntan tres o cuatro
chamacas y ahí todas platicando muy gustosas trabajan. Y da gusto
ver todo aquello, porque es un pasatiempo muy sano.
    Desde luego a la mujer se le trataba con mucho respeto y sobre
todo estaba protegida en el matrimonio porque no hay divorcio; en
caso que ella tuviera una enfermedad crónica no había que separar-
nos y arréglatelas como puedas. No, claro que no, era imposible
dejar solo aquel ser humano en esas circunstancias, ¿a dónde iba a ir
y qué iba a hacer? Comprendamos humanamente cómo a un enfer-
mo lo vamos a abandonar.
    Así que siempre el marido debía estar al pendiente de aquella
enferma y en caso que éstos ya no tuvieran recursos económicos,
pues los parientes acudían en su ayuda, los apoyaban para que aque-
lla familia tuviera lo necesario. Naturalmente que en todos estos
casos intervenía la autoridad máxima, en aquel entonces, que eran
los sacerdotes; desde luego que también intervenía el presidente
municipal pero no tenía tanto respeto entre los habitantes como el
sacerdote, quien era la autoridad perfecta de un pueblo desde que
se recibía hasta que moría; el sacerdote siempre trataba el bien de la
familia en los convenios que se hacían, hasta el último momento en
que una persona se estaba muriendo tenía que acudir el sacerdote,
quien le daba la bendición con la cruz para entregar una vida a la
muerte.
    Las mujeres de mi pueblo eran muy trabajadoras, aunque no
salían de su casa a desempeñar tareas, aunque sí trabajaban tanto en
el hogar como en el campo (como ya les he dicho sólo existía el
trabajo prestado), entonces la mujeres tenían que participar en la
recolección de las uvas, al igual que toda la familia. Lo mismo suce-
día cuando se sembraba el algodón, también las mujeres tenían que
acudir al cultivo y a la pisca del algodón. Y si tenía la familia ganado,
pues también las mujeres de la casa tenían que ordeñar las vacas o
chivas, cuidar los borregos; hacer el queso, separar la mantequilla


                                   83
de la leche, que se juntaba siempre en una olla grande o en un barrilito
durante tres o cuatro días, hasta que se juntaban ocho o diez litros;
para esto tenían un barrilito en forma de cono, más ancho abajo y
más angosto en la parte de arriba; ahí echaban la leche semiagria, se
ponía un embudo que apenas si cabía en la boca el barrilito; enton-
ces una mujer se subía en un banquito que tenía una altura de quin-
ce o veinte centímetros y empezaba a golpear la leche con el embu-
do y en esa forma separaban la mantequilla de la leche; después
aquella leche que sobraba se tomaba como agua o se hacía requesón,
después de que esa leche se echaba en una gasa para colarla le agrega-
ban sal y se comía. Todos esos trabajos los hacían las mujeres.
    Otra de las cosas que hacían era la ropa para la familia, como ya
decía, participaban desde el cultivo del algodón hasta la separación
del algodón de la semilla.
    No recuerdo si ya lo mencioné, pero mi abuelo el sacerdote ha-
cía unas maquinitas en sus tiempos libres entre semana, ya que sólo
había misa los domingos; así que hacía varios aparatitos con engra-
nes de madera; para éstos se usaba una madera muy resistente, pues
con esas maquinitas separaban el algodón de la semilla.
    Otra de las actividades de las mujeres era escardar la lana; se
hacían combinaciones de lana de borrego con pelo de chiva para
hacer chaquetas impermeables que se ponían en tiempo de lluvia
para protegerse de esa, ya que los pelos de chiva eran más largos y el
agua resbalaba.
    Todos esos tejidos los hacían en la propia casa, no había casa
que no tuviera un telar, por más humilde que fuera; pero si sucedía
que no tenía, pedía prestado el telar por una o dos semanas y empe-
zaban a hacer hilos como de lana, de algodón o de seda con dibujos,
con flores, etc. Y después hacían unas prendas de vestir con esas
telas.
    También tejían las mujeres a mano suéteres, guantes; éstos los
usaba toda la gente porque hacía mucho frío; había guantes de dos
tipos, unos tenían el dedo pulgar independiente y los otros cuatro
eran una sola pieza, y había guantes con los cinco dedos separados;
aunque los primeros eran juntos sí se podían coger las cosas.
    Pues hasta las alfombras y tapetes se hacían en las casas. Recuer-


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do que en Mandritza todas las casas estaban alfombradas y esas
piezas se hacían de lana; por lo general en el pasillo del pórtico (que
era una puerta separada que en muchas ocasiones estaba con vi-
drios y otras con techito para que no se mojaran), pues ahí se po-
nían los zapatos mojados o sucios y se entraba con pantuflas o
calcetines.
    Las casas también estaban tapizadas. En las casas más humildes
toda la ropa de desecho no la tiraban, la juntaban en una canasta y
para el invierno hacían tapetes (desde luego de menor calidad); cor-
taban tiritas de las camisas (porque las mujeres usaban camisas lar-
gas y los hombres usaban camisas cortas) y de toda la ropa que ya
no se usaba y las tejían formando unos sarapes bastante resistentes
que los ponían en la puerta para que ahí se limpiaran las pantuflas.
    Así que nuestras casas se conservaban más calientes, y más por-
que los pisos de los cuartos no eran de ladrillo sino de tabla y tam-
bién porque no había casa que no tuviera chimenea para quemar
leña en tiempo de invierno, cuando éste era más fuerte; entonces se
usaban estufas de lámina y de fierro fundido, que eran mejores y
que guardaban más calor. En la parte superior de la estufa había un
agujero circular con su tapadera y ahí se ponían la cafetera, las ca-
zuelas con alimentos o lo que se quisiera recalentar para comer;
porque muchas de las veces se hacía en invierno comida en abun-
dancia y siempre sobraba para recalentar, y ahí también muchas de
las veces calentaban el vino; porque en las mañanas a los chamacos
les preparaban una rebanada de pan y vino tibio para calentarse.
    La mujer tenía que levantarse en tiempo de invierno a las cuatro
o cinco de la mañana para prender el fuego; mientras tanto, el ma-
rido y los chamacos dormían; ella se ponía a tomar la rueca y empe-
zaba a hilar algodón o lana o a tejer calcetines; en fin, tantas cosas
que hacían falta en un hogar.


Cómo se trata en mi pueblo a los viejos

Considero que la vejez no existe. Todos los que vivimos, los que
luchamos en la vida necesitamos tener un ahorrito que signifique la


                                  85
base para estar tranquilos en la vejez, porque sin ayuda económica
es muy triste la vida y más en la actualidad en que no sólo los viejos
sino los jóvenes van por un camino muy malo. Por eso hago recuer-
dos de las costumbres de mi pueblo, porque tratándose de los vie-
jos allá en Mandritza todos estaban asegurados en su vejez. ¿Por
qué? Porque tenían sus hijos y el menor de ellos, aunque se casara,
tenía que quedarse con los padres y éstos a su vez tenían que estar al
pendiente de sus nietos; así que mutuamente se ayudaban, porque
el matrimonio tenía que trabajar, y allá en mi pueblo trabajaban
hombres y mujeres en el campo, en otras actividades; era un pueblo
socialista, porque desde que yo me acuerdo no había ni ricos ni
pobres; el trabajo se prestaba, como ya mencioné.
    Las casas de ancianos no existían porque todos los viejos esta-
ban asegurados por sus propios familiares y la misma gente del
pueblo estaba al pendiente de eso y no perdonaba aquel pariente
que no protegiera a los ancianos, y decían:

   —¡Ay! No está atendiendo a sus padres.

    Pero no sólo se quedaban en el comentario, sino que cuando
aquel hijo trataba mal a sus padres o había una desviación de esa
naturaleza, los familiares que se enteraban de eso iban y le decían a
los padres de la novia de aquel muchacho:
     Mira no cases a tu hija con aquel muchacho porque trata mal a
su padre.
    A ese grado llegaba la gente para castigar esas desviaciones, y es
que nosotros éramos y somos cristianos y eso lo teníamos muy
presente, porque en nuestro pueblo había criptas, que eran unos tem-
plos bajo tierra, cripta quiere decir escondite; todo templo nuevo
que se hacía siempre procuraba hacer su cripta (como vivíamos
rodeados de musulmanes, o mahometanos), para lo que se ofrecie-
ra, y ahí se educaba a los muchachos cristianos, el sacerdote daba
clases; así que esas eran tradiciones muy viejas, muy arraigadas, que
regían la conducta para el bien de la vida. Así que ese cuidado que
se les tenía a los viejos era una tradición de todo el pueblo, no era de
si quería o no quería el hijo hacerse cargo de sus padres; sino que


                                  86
todo el pueblo se inclinaba por esa ley, por esa costumbre, y el que
no la siguiere era condenado muy enérgicamente; hágase de cuenta
que casi querían que se fusilara. Y no sólo eso, había otras conside-
raciones para los ancianos, por ejemplo cuando iban caminando
por la calle siempre se les daba su lugar o cuando traían un burro
cargado de leña y que ésta se les caía, se acudía a cargarle el burrito
con la leña nuevamente y hasta se conducía al viejo hasta su casa.
    En este momento se me viene a la mente que los egipcios (se-
gún la historia) cuando llegaban a cierta edad, que veían que el pa-
dre ya no podía prestar alguna ayuda en la casa, entonces el hijo lo
echaba en una canasta, en un chiquihuite, y lo tiraban en el río Nilo
(que porque era muy anciano y no podía prestar ningún servicio).
Pero una de esas veces hubo un anciano que no fue tonto, entonces
lo llevó su hijo con su chiquihuite y le dijo que se metiera para
tirarlo al río y en eso que le dice el anciano a su hijo:

   —Oyes, hijo, no me vayas a tirar con el chiquihuite.

   Y él le contestó extrañado

   —¡Padre!, ¿por qué?
   —Porque si más adelante te van a tirar a ti, ¿para qué compras
   chiquihuite? Llévatelo a tu casa y tírame nada más así. De esa forma ya
   tiene dónde tu hijo te tire.

   Y según desde entonces cambiaron de modo de pensar los egipcios.
   Pero en realidad es una injusticia que los hijos se porten mal con
sus padres; tan solo hay que ver a aquella madre que desde antes del
nacimiento de su hijo espera con aquel cariño, y después de los
dolores y el nacimiento viene aquella alegría, y cuando ya nació: “a
ver a mi hijito, quiero ver a mi hijito”; con cuánto cariño, con cuán-
to amor lo abrazan y lo crían con su pecho, lo enseñan a andar, a
comer, lo visten. ¿Para qué? Para que a última hora condenen a
aquel ser que les dio la vida. Es triste, enormemente triste.
   En mi pueblo había un gran respeto a la gente grande; recuerdo
que cuando estaba chamaco y pasaba una persona mayor de edad


                                   87
tenía que decirle “tío”, aun sin ser parientes; este era como símbolo
de respeto de los chicos hacia los grandes. Y muchas de las veces
aquel individuo si tenía necesidad de algún mandadito a cualquier
muchacho le decía:

   —Oyes, muchacho, ¿No me podrías hacer un favor?
   —Cómo no, tío, a dónde voy.
   —Pues en tal parte…

    Ya le daba el recado que tenía que dar y el muchacho con mucho
gusto iba y daba aquel recado; ya después regresaba a dar razón de
aquel recado.
    Nos dirigíamos a los mayores con mucho respeto y con los an-
cianos con más razón. En donde quiera que había una reunión,
siempre que llegaba un anciano o una anciana, inmediatamente se
paraban y le hacían lugar para que se sentara.
    En cambio, ahora me doy cuenta que eso no existe. No voy muy
lejos. Hace poco me di cuenta que en la plaza estaba un matrimonio
con tres chamacos, ellos muy sentados y los padres por un lado
parados; en vez que los padres sentaran al menor de ellos en sus
piernas; pero no sucede así, ¿qué clase de ciudadanos van a ser esos
niños? Pero los padres tenemos la culpa y la responsabilidad de la
clase de educación que reciben los hijos.
    En mi pueblo había una relación estrecha entre los compromisos
de matrimonio y el futuro de los padres, quienes desde luego veían con
mucho interés porque ellos (como ya dije) tendrían en algún momento
que irse a vivir con el hijo menor, puesto que allá en mi pueblo no había
asilo de ancianos o gerocomía (que quiere decir “casa de ancianos”). Des-
de luego, en las ciudades más o menos de veinticinco a treinta mil habi-
tantes sí había gerocomía y también parthenagouía (que quiere decir “edu-
cación de vírgenes”, que era un internado para muchachas huérfanas,
en donde las preparaban y hasta las casaban con muchachos de la so-
ciedad). A propósito de esto, a mí me tocó, siendo soldado, ver que se
enamoraron un soldado y una muchacha de esa escuela. Desde luego
que los soldados son jóvenes e hijos de familia, allá no había que les
pagaban por ser soldados, porque prestan servicio a la patria durante


                                   88
dos años y muchos en el transcurso del servicio se enamoran y se ca-
san, como sucedió con ese joven soldado que pertenecía a mi compa-
ñía y que era de una clase mayor y todos tuvimos que asistir al casorio
de él y de la muchacha guapa.
    Y, pues, todo eso los padres lo analizaban porque (como ya dije)
tenían que ir a parar con aquel hijo.
    Desde luego que los padres no significaban una carga, porque
además la mayor parte de lo que los padres poseen va a dar a manos
del hijo menor con el que ellos viven.
    Así que todo esto se ve con mucho cariño, con mucho interés y
mucho empeño; y naturalmente los padres también tienen que tra-
tar bien a los hijos y éstos a sus padres y abuelos, con mucho respe-
to y cariño, desde luego.
    Cuando el anciano se queda sin hijos a quien recurrir tienen la
obligación los parientes más cercanos de apoyarlo, y si no los tiene,
pues tiene que recurrir al yerno o a la nuera, según el caso. Pero no
había eso de decir “Mira nada más, el tío se está muriendo en la calle
y los sobrinos no lo atienden”. No, eso no ha existido porque, ya lo
dije, era condenado por la sociedad.
    Así que el anciano tenía que irse arrimado con quien pensaba
vivir, para tratar de comprenderse y de ajustarse a los medios de
vida de aquella familia.
    Pues esas eran las costumbres en las que el sacerdote intervenía
para que se llevaran a buen término; hoy todo ha cambiado, es muy
diferente, muy triste.


El noviazgo y el matrimonio en Mandritza
En Mandritza por lo general un matrimonio tiene dos o tres hijos; y
si tienen una hija el padre siempre trata de ahorrar, desde que ésta
nace, para poder formarle una dote que le permitirá acomodarla en
mejores condiciones económicas para el matrimonio. Tratándose
de los hijos, pues, no había esa preocupación; sin embargo, si se
trataba de darles una educación o preparación en algún oficio, en
aquella época a lo que se podía aspirar es a tener un oficio de car-


                                  89
pintero, herrero u hojalatero; cualquiera de éstos era bueno para
procurar tener trabajo propio; no era como ahora que la gente sale
a buscar quién lo emplea. No, allá siempre se procuraba ser inde-
pendiente en su trabajo; aunque, desde luego, había quienes traba-
jaban de oficiales en una carpintería, en una herrería, en un taller o
pequeña fábrica, haciendo carretas de bueyes, etc., no faltaba qué,
pero siempre con la mira de aprender un oficio.
    Una vez que ya crecían los hijos, voy a poner un ejemplo: que fuera
un hermano y dos hermanas; el varón no debía casarse antes que sus
hermanas; aunque fuera mayor él tenía que procurar primero acomo-
darlas, ¿y cómo lo hacía? Pues muy sencillo, como todos los mucha-
chos tenían amigos, parientes; entonces tenían que hacerle la lucha con
éstos. Y así platicaban sobre este asunto. Uno de ellos decía:

   —Oyes tú Atanasio, me gusta tu prima. Pero tú sabes que yo también
   tengo hermana, ¿no quieres tú casarte con ella, para así poderme casar
   con tu prima?
   —Pues sí, yo me caso con tu hermana y tú con mi prima.

    Y así era una forma de arreglar las cosas. En eso del noviazgo
también intervenía un sacerdote, esto desde luego, una vez que ya
se sabía que aquellos muchachos se querían, aunque antes no había
tanta libertad, se sabía que estaban enamorados porque se veía cuan-
do se saludaban en la calle y ya se comprendía que se querían.
    Y entonces se hacía el noviazgo oficial; esto a través de la pre-
sencia de un sacerdote y de parientes cercanos que tanto los padres
de la novia como del novio invitan a presenciar la formalidad del
acto, que desde luego se celebra en la casa de la novia y de esta
forma quedan semicasados.
    Desde ese momento el novio tiene derecho y cierta obligación
con las dos casas y debe de ir a visitar la casa de la novia e ir a comer
los domingos.
    Pero antes de esto tanto los padres como los muchachos se fijan
si aquel muchacho o muchacha les conviene. Y como digo siempre:
en la vida siempre hay un interés que se manifiesta en formas dife-
rentes; no sólo en perseguir bienes o dinero sino también la belleza,


                                   90
la salud y tantas cosas, pero siempre existe. Uno dice «esa mucha-
cha está bonita y muy sana» y si es enfermiza lógicamente se piensa
lo contrario. Y lo mismo los padres de la novia piensan del mucha-
cho: «se ha preparado bien y con mucho sacrificio lo enviaron sus
padres a la escuela, y él ha correspondido aprendiendo aquello, es
muy juicioso, trabajador. Así que aunque no tengan, nosotros los
podemos ayudar». Y así se hacían esos convenios para llegar al ma-
trimonio.
    También se tomaban en cuenta otras cosas, quiénes serían los
antepasados tanto de la muchacha como del muchacho; en qué for-
ma se habían comportado en la vida, en el matrimonio, con sus
hijos. ¡En fin!, tantas cosas que se tomaban en cuenta que eran de-
licadísimas en la vida de un matrimonio. Entonces siempre se fija-
ban en que aquella familia no tuviera un mal antecedente como que
hubiera matado o robado algún miembro de la familia.
    Pues como decía, en esa reunión a la que asistía el sacerdote,
como autoridad eclesiástica, porque en aquel entonces no había civil y
los matrimonios sólo se hacían eclesiásticos (en algunas ocasiones cuando
se presentaba una situación difícil se podía llegar a pedir permiso hasta
al señor Obispo); en algunas partes asistía el muchacho que hacía la
petición y en otras no; pero el hecho es que quienes hacían la petición
de la muchacha llegaban diciendo estas palabras:

   —Venimos a pedir una flor para Constantino. La flor de ustedes, a ver
   si la conceden para Constantino.

    Así, poéticamente, se presentaban las cosas, y en una forma ale-
gre, con sonrisas.
    Bueno, aunque algunas veces las cosas se ponían difíciles por-
que los padres ponían obstáculos, pero ya después intervenía el
sacerdote. Desde luego que en esos tratos los padres trataban de no
dar mucha libertad y de ceder a la primera petición. Y, pues, prime-
ro decían, pues hay que preguntarle a la muchacha qué piensa y al
muchacho también. Y en algunas ocasiones intervenían otras gen-
tes que hacían los comentarios siguientes:



                                   91
   —Sí se quieren, sí se quieren. Los hemos visto por allá en la calle que
   se flechean.

    Y así es que de esa forma se hacía el noviazgo. Y como ya era
una cosa más seria, entonces se intercambiaban regalos. El mucha-
cho le daba algún brazalete, algún collar, aretes; ¡en fin!, cosas de esa
índole; lo mismo la muchacha le daba algún regalito. Pero no sólo
eso había, sino que todos los que asistían al compromiso recibían
una pañoleta, que de antemano la muchacha les había puesto sus
iniciales en una esquina de cada pañoleta. Así que a todos los que
estaban sentados les tendían una pañoleta dobladita en el hombro.
Eso era como recuerdo y representaba el compromiso quedando
como testigos los asistentes. Desde ese momento ya se consideran
semicasados. Ya a estas alturas era muy difícil, realmente difícil, que
un muchacho dejara a la novia; porque si lo hacía aquel muchacho
estaba condenado y no sólo él sino la familia; porque se considera-
ba como una burla, como algo degradante para la familia de la mu-
chacha; entonces solamente a través del sacerdote y en el templo, el
muchacho que quería deshacer el compromiso tenía que exponer
las razones que lo impulsaban a realizar aquella acción: ya fuera por
enfermedad o por alguna otra cosa que se le presentaba.
    Pero volviendo a la reunión o fiestecita del compromiso, una
vez que ésta se terminaba felizmente, el muchacho quedaba invita-
do a visitar la casa de la novia cuando deseara hacerlo; naturalmente
que para entrar a la casa tenía que tocar la puerta y ya la madre salía
y decía:

   —¿Qué desea?
   —Pues vengo aquí un rato de visita a platicar con Elena.
   —Pase, pase usted.

    Ya pasaba el muchacho, entonces la señora le hablaba a la hija y
los dejaban platicar ahí en la sala de su casa.
    Pues los muchachos platicaban los planes que tenían para llevar
lo mejor posible su matrimonio, que preparar a los amigos etcétera,
etcétera.


                                   92
    El novio tenía obligación de ir a comer a la casa de la novia, no
muy seguido pero sí de vez en cuando. Y así después de que co-
mían, se sentaban por un lado en un sofá o silla; platicaban sobre el
plazo para el casorio, que medio año, que tres meses. ¡En fin!, esto
también dependía de la edad que tuvieran, porque había noviazgos
muy tempranos, muy jóvenes se comprometían los muchachos; por
ejemplo, mi madre se casó a los catorce años; pero hay otros que a
más tierna edad se comprometen, ya sea a los diez o doce años se
enlaza el noviazgo y esto sucede principalmente cuando son pa-
rientes retirados o cuando hay un muchacho en una familia y en la
otra una muchacha y se hacen esos convenios para tener la seguri-
dad de que se casen y además de que se ayuden entre las familias
para que se eduque con oportunidad aquel muchacho para la vida
del matrimonio.
    Por otra parte, era prohibidísimo que un griego o griega se casa-
ra con un turco o turca; puesto que había y hay diferencias abisma-
les entre ambos pueblos; para empezar nosotros somos cristianos y
ellos mahometanos; sus costumbres son diferentes. Los mahome-
tanos no comen la carne de puerco (también los israelitas tienen
prohibido eso); sobre esto recuerdo que muchas de las veces vacilá-
bamos a los turcos diciéndoles que Mahoma les había prometido
comer una pierna pero que se le había olvidado decir cuál pierna y
pues que ahora ya no comían ninguna pierna por no saber. ¡Je, je, je,
je! Pero eso se lo decíamos de vacilada, entre confianza. Así que los
turcos no comen tampoco longaniza de carne de cerdo; ellos hacen
longaniza y chorizo de carne de res o de gallina y, por cierto, muy
rica; recuerdo que la doblaban en forma de “U”, ¿verdad?, y así
vendían el chorizo los turcos; tampoco comen manteca de cerdo.
    Como les decía, en el aspecto religioso somos diferentes, no
teníamos permiso de entrar a los templos de ellos, ni tampoco los
turcos tenían acceso a los nuestros. Las mujeres también eran de
costumbres distintas a las nuestras; ellas, las janúmisas, así se les lla-
maba y aún a las grandes, no salían libremente con la cara descu-
bierta; tenían que salir siempre con un ropón grande que se lo echa-
ban sobre la cabeza y se lo doblaban en la frente y lo juntaban
después con la mano izquierda a la altura de la nariz; así que el


                                   93
ropón les tapaba hasta la ceja y la otra parte sostenida con la mano
les tapaba hasta la nariz; dejando así sólo libres los ojos. Había otras
turcas más elegantes, por supuesto las más ricas, que le ponían a su
ropón un broche que lo sostenía hasta el pescuezo y luego se po-
nían una pañoleta grande en la cabeza; si estaban de luto la pañoleta
la usaban negra (y cuando no lo estaban las usaban de distintos
colores); así que ese tul negro se lo amarraban a la altura de la frente
amarrado por la parte de atrás para que no la vieran, pero ella sí veía
perfectamente bien; pero la gente que la miraba no la podía cono-
cer; así andaban ellas en la calle. Por cierto que ya cuando la libera-
ción de los territorios que los griegos reconquistaron, pues hubo
algunos soldados griegos que llegaron a molestar a algunas turcas,
que indebidamente les levantaron el tul para verlas. Pero eso era
prohibidísimo, el que llegaba a hacer eso en territorio turco lo fusi-
laban; porque eso es cosa de mucha reserva y fanatismo del pueblo
mahometano.
    Y así era la vida en esos pueblos; pero recuerdo que cuando
estábamos chamacos de diez o doce años podíamos ver descubier-
tas de la cara a las niñas turcas, que cuando hacían su primera co-
munión en adelante ya tenían que usar el tul.
    Cuando iba alguien de visita, tocaba la puerta y la turca que vivía
en esa casa antes de abrir tenía primero que ver a través de una
ventanita, una claraboya, quién tocaba, si era un pariente o un ami-
go no podía entrar si la turca estaba sola; solamente los hermanos,
el padre o el suegro podían entrar; y esto es porque entre ellos se
permite el matrimonio entre sobrinos y tíos y como también la re-
ligión les permite hasta ocho o diez mujeres, según pueda mante-
ner, pues tomaban sus precauciones de esa forma. El Sultán llegaba
a tener hasta trescientas concubinas en el harem y luego pasaban a
ser de los generales y así degradándose hasta llegar a esposas de
algún soldado que lo tenían de mucha honra.
    Así pues esas son a grandes rasgos las diferencias entre ellos y
nosotros que impedían que se efectuara el matrimonio entre grie-
gos y turcos. Aunque la historia antigua registra que hubo una vez
que un gobernador, que rigió después de la caída del Imperio Bi-
zantino, que abusó de una griega y se la llevó por la fuerza. Pero


                                  94
desde luego que los turcos eran de dignidad y la mujer que se robaban
la consideraban como su esposa; porque consideraban que los cristia-
nos éramos superiores, de mejor educación, de mejores costumbres,
¡en fin! Sabían muy bien que nosotros no nos podíamos casar con dos
o tres mujeres a la vez y ellos sí; y por ese motivo ellos le daban el
carácter de legítima esposa a aquella mujer que se robaban. Así hubo
varias cosas; también recuerdo que un pachá en la ciudad de Hidahniha,
Epiro, tenía como esposa a una griega, y como los pacua eran como
generales y gobernadores de una región, así que cuando tenían que
matar o fusilar a equis gentes, pues la esposa intervenía ante el pachá
pidiéndole que diera la orden de no matarlos; y de esa forma se salvó
mucha gente; esto desde luego en tiempos de la esclavitud.
    Ya que estoy hablándoles de estas costumbres, recuerdo a un
muchacho que se llamaba Juan y que andaba de novio. Y ese Juan al
llegar a la casa de los suegros pues era la hora de la comida y ya
estaban en la mesa; entonces le dice el suegro:

   —Juan, arrímate, hombre, vamos a comer.
   —No gracias, yo ya comí.

   Ya no lo molestó el suegro. Después la suegra también le dice:

   —Juan acércate a comer, hombre.
   —Gracias señora ya comí.

    Pero Juan no había comido y tocaba violín la barriga, pero ya no
lo invitaron. Por eso cuando te inviten hay que arrimarse.
    Así pues, siguiendo esta ceremonia del noviazgo, la novia de mi
tío Ángel quedó comprometida con él; entonces al irse él a California,
le escribía y le mandó dinero para que se reuniera con él. Pero ella
no fue con mi tío y usó los centavos para mejoría de su familia. Y
por segunda vez le envió dinero y tampoco se fue.
    A propósito de la novia de mi tío. Ella tenía una sobrina que se
llamaba Anna, menor que yo, y me enamoré de ella a tal grado que
hasta me enfermé.
    Al llegar a Surotí, en el pueblo donde mi padre estaba me dice:


                                  95
   —¿Qué tienes? ¿Estás malo?
   —No papá, no tengo nada.

   Pero era que estaba profundamente enamorado. Por cierto que
me tenía que ir caminando a pie ciento veinte kilómetros, o sea tres
días de camino, y todo esto para ir a ver a la famosa novia. Y la otra
vez me fui en burro, y la misma cosa también.


Los funerales en mi pueblo
En aquella época, cuando yo vivía en Mandritza, recuerdo que las
personas más apegadas a la religión encargaban unos lienzos del
tamaño del cuerpo, angostos, de cincuenta o sesenta centímetros
de ancho, y tenían una cruz o la Virgen madre de Dios y otros
adornos religiosos.
    Pues en aquella época cuando moría una persona tenía que lla-
mar al sacerdote confesor, porque sólo podían hacer la confesión
los sacerdotes o monjes que tenían más de sesenta años, porque los
sacerdotes jóvenes no tenían permitido hacerla porque no tenían la
misma experiencia que un anciano; así que sólo los ancianos confe-
saban y daban los santos sacramentos al moribundo.
    En aquel entonces no había el trámite legal del testamento en mi
pueblo y más porque estábamos en territorio turco, bajo el imperio
otomano; así que no había eso. Pero en el momento en que el mo-
ribundo quería dejar posesión a sus familiares entonces en presen-
cia del sacerdote, del presidente municipal y de los hijos exponía su
voluntad, quedando todos ellos de testigos para que se cumpliera.
    Había casos en que aquella persona moría sin haber dicho su
última voluntad; en esos casos los hijos se basaban en el testimonio
de la gente del pueblo, quienes habían oído aquella persona decir
algo relacionado con la repartición de sus posesiones.
    Cuando se moría la gente se velaba en su casa, porque para en-
tonces no había funerarias, ni cajas, yo no recuerdo que a los muer-
tos los trasladaran en cajas, como ahora, no; pero sí recuerdo que
los llevaban en una camilla, cubiertos con todos los sacramentos,


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hasta el templo y de ahí lo llevaban al panteón; en donde lo dejaban
a un lado del sepulcro mientras que el sacerdote leía las últimas
oraciones de muerte (que me parece son las mismas del catolicis-
mo). Naturalmente que al difunto lo vestían con lo más nuevo que
tenía, con su sombrero, pero así el cuerpo lo metían al sepulcro y
para que no cayera sobre él la tierra directamente, se hacían unas
ranuras en los extremos de la fosa para meter unos tablones, que se
cortaban del mismo tamaño de la fosa o sepulcro y así sobre esos
tablones se echaba la tierra en una profundidad de metro y medio
aproximadamente, hasta que se formaba un promontorio en la par-
te visible, para que se supiera en dónde estaba aquél difunto; así que
en la parte que correspondía al lado de la cabeza ahí se ponía una
cruz. En aquella época no se usaban cruces de madera, siempre se
hacían de piedra de mármol que se esculpían con el nombre, apelli-
do, fecha de nacimiento y de muerte del difunto y algunas palabras
de recuerdo de sus familiares. Así que todo eso era esculpido en
piedra porque era más permanente que la madera. Así todavía, cuan-
do llegué a Mandritza, encontré la tumba de muchos de mis antepa-
sados, como la de mi abuelo Jrístos Dermentzioglou, la de mi abue-
lita María Dermentzioglou. Pues todavía estaban las piedras ahí... y
así terminaba la vida.
     Como el panteón estaba en lo alto, recuerdo que se podía ver desde
el templo. Y más cuando prendían algunas velas para conmemorar el
día de la muerte, a los tres días, a los nueve días, a los doce días y luego
de esto al mes y después (creo) a los seis meses o hasta el año.
     Eso sí, cuando muere una persona cuecen trigo, se esponja el
trigo y lo endulzan y con él forman una cruz que ponen sobre una
charola grande, y esa cruz es adornada con colores de dulce, con
pasas, caramelos; con todo eso es decorada. Esa cruz la llevan al
templo y a la salida de la misa, en el pórtico de la Iglesia, una perso-
na reparte con una cuchara porciones de la cruz que deposita en la
mano de cada asistente, como muestra de un recuerdo del difunto,
para que pida a Dios para que lo tengan en bien en el otro mundo.
     Después, a los tres días, los dolientes hacen unos panes marca-
dos con un sello que tiene una cruz con algún santo; ese sello es de
un diámetro de veinte centímetros y desde luego hay otros más


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chicos, y esto también como recordatorio. El pan lo cortan en pe-
dazos pequeños de unos dos centímetros y los dan al salir del tem-
plo, a veces dejan la charola sobre una mesa en la puerta del templo
y la gente va y coge su pedazo de pan que ha sido bendecido por el
sacerdote del templo.
    Después, también el día de los muertos, se hace un recordatorio,
como aquí lo hacen el día de difuntos.
    Pues ese día cuecen trigo, hacen panes con el sello del recorda-
torio. Recuerdo que la gente decía que esos sellos venían del Monte
Athos, que era la industria que tenían los monjes; esos sellos eran
esculpidos y al apretarlo contra la masa del pan se sellaban las pala-
bras y las figuras y así se cocía el pan. Y generalmente todas las
casas tenían ese sello, en caso que no lo tuvieran, pues lo pedían al
vecino. Pero eso no solía suceder porque es un recordatorio que
todo mundo debía tener.
    Ya que hablé del Monte Athos o Monte Santo, parece ser que se
fundó en los tiempos bizantinos más o menos en el séptimo siglo
de nuestra era. Parece ser que todavía hay veintiocho monasterios, y
eran muchos porque en el imperio bizantino tenían derecho a tener
monasterios todos los países ortodoxos, como Rusia, que tenía el
mejor, el más rico y más célebre; tenían también monasterios Servia,
Bulgaria, no sé si Polonia y Checoslovaquia, porque ahí también
hay muchos ortodoxos.
    En la actualidad quieren opacar el ortodoxismo, como si no existie-
ra, y esto lo menciono porque me duele y no debe de ser eso, ya que
todas las religiones son la misma cosa o sea que todas tienen el mismo
Dios, no hay más Dioses sólo hay uno; así como tenemos un sol existe
también un Dios. Por tal motivo no debe de haber diferencia.
    En el Monte Athos se guardan todavía escritos, manuscritos y
libros de toda la cristiandad que contienen datos sobre la forma-
ción del cristianismo. Ahí sólo hay un gobierno que es el eclesiásti-
co, cuya cabeza es un egúmeno, que dirige nada más en la isla, que
está en la península Calcídica, por lo que el Monte Athos queda
ubicado entre el golfo Strimón y el golfo Agion Orous.
    Pues en ese monte hay muchos monasterios; el turismo en ge-
neral sólo puede llegar hasta Ouranoupolis, que es el último pueblo


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cercano al Monte Athos, ya de ese lugar está prohibido entrar al
monte. Ese pueblo de Ouranoupolis hoy en día ha crecido mucho
gracias al turismo que frecuenta ese lugar. Hay una carretera muy
amplia que llega hasta Ouranoupolis, lugar donde los turistas pue-
den tomar un barquito de motor si quieren ir a la punta de la penín-
sula y desembarcar en Ag Annis, lugar en donde se encuentran unos
policías de seguridad pública, a quienes tienen que presentar los
turistas su pasaporte y para que los revisen en la forma que van
vestidos, y esto se regia porque todo aquel que quiera entrar a los
monasterios, tiene que ir de pantalón largo, pelo corto y sin barba,
ya que todos los monjes tienen barba, para que no se confundan y
quieran aparentar ser monjes, puesto que los turistas que van tienen
que pasar la noche ahí. Pues en todos los monasterios que llegan
visitantes se les da alojamiento y comida. Los monjes tienen salo-
nes grandes con catres o colchones tirados en el sudo, todos los
pisos son de madera para contrarrestar el frió que hace en aquel
lugar; en algunos monasterios hay camas de madera. También tie-
nen un salón grande con una mesa muy larga con bancas a uno y
otro lado; en la cabecera está una silla en donde se sienta el sacerdo-
te y bendice el pan, dice el Padre Nuestro, se sienta y todos tienen
que hacer la cruz para sentarse a comer; una vez que han terminado
dan las gracias a Dios porque les concedió comer, para la salud, en
fin. Generalmente los monjes comen pescado, aceitunas, miel y car-
ne; ésta sólo en determinados días porque miércoles y viernes es
vigilia y hay tres cuaresmas, una llamada de la Virgen, que se hace
del 1 al 15 de agosto, después sigue la del nacimiento de Nuestro
Señor, que parece ser es de cuarenta días en el mes de diciembre; y
la última que se hace antes de Pascua. En Grecia como en México
se comulga la gente pero guardan una semana mínimo sin comer que-
so, leche, ni carne y para comulgar se tiene que ir en ayunas y en el
templo el sacerdote da vino con una cucharita, ese vino tiene boronas
de pan, que es la comunión; ese día no se debe escupir, el comulgado
tiene que llevar un pañuelo y escupir en él si hay necesidad.
    Pues lo mismo se reza cuando se van a dormir, un monje reza
en el dormitorio y por la mañana también.
    Al Monte Athos no permiten la entrada del sexo femenino y


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con esto quiero decir que no pueden entrar mujeres, ni animales
hembras, solamente entran hombres. A propósito, recuerdo que
una vez se atrevió a entrar una francesa disfrazada y la descubrie-
ron; los monjes se quejaron ante el gobierno francés eclesiástico y
al gobierno griego para que difundieran que estaba prohibida la
entrada a mujeres en el Monte Athos.
    Los monjes viven de su trabajo, tienen sus industrias, trabajan la
madera y hacen figuras para vender; por ejemplo, en Grecia se ven-
den los íconos de Jesucristo, de la Virgen, en fin. Hay pintores monjes
que hacen unas pinturas relacionadas con temas religiosos desde
luego.
    Todos los monjes tienen permiso de salir en caso de ser necesa-
rio, como para visitar a sus padres o en caso de que mueran; pero
también salen a colectas en los pueblos porque luego no les alcanza
con lo que trabajan y salen a pedir limosna. Pero sólo salen con el
permiso de la autoridad eclesiástica del lugar.
    En el Monte Athos también había ermitaños, ancianos que se
aislaban en una cueva por allá lejos y como es pedregoso el monte
pues se dificultaba un poco el acceso, pero hasta ahí les llevaban
comida y ahí mismo terminaban sus vidas. En mi familia hubo un
ermitaño por parte de los Dermentzioglou y hermano de mi abuelo
Jrístos, pues tuvo que ir un familiar joven a sustituirlo; esta era una
tradición que ayudaba al anciano a la hora de su muerte.
    Parece ser que últimamente los soviéticos dieron permiso para
que existiera en el Monte Athos un monasterio de ellos.


La guerra de los Balcanes y el exilio8
La guerra de liberación de los pequeños países balcánicos se dio
entre 1912 y 1913. Esos países eran Grecia, Servia, Bulgaria, Croacia,

8
    Balcanes (del turco “Montañas”), zona de tránsito entre Europa y Asia; compren-
    de varias naciones: Yugoslavia, Bulgaria, Albania, Grecia y Turquía. Por su valor
    estratégico ha sido objeto de constantes pugnas. Diccionario Enciclopédico Abreviado.
    (1954). Madrid, Espasa-Calpe, T. I, p. 1020.



                                          100
Bosnia, Herzegobina, Albania, Macedonia y Osnia, que eran países
pequeños y que se aliaron para expulsar de sus territorios a Turquía,
cuyos dominios llegaban hasta el Danubio y el mar Adriático por
Oeste y Norte.
    Entonces sólo eran libres Grecia, Servia y Bulgaria. El rey Pedro
gobernaba en Servia y en Bulgaria el rey Fernando y en Grecia Jor-
ge I, importado de Dinamarca. Se aliaron, como ya dije, para expul-
sar a Turquía en 1912, y lo lograron en 1913.
    Cuando se terminó esa contienda, entonces se adelantaron los
búlgaros y como estaban más cerca de Macedonia quisieron apode-
rarse de la ciudad de Salónica; los griegos empezaron desde Thesalia
y Epiro, en terreno muy accidentado y a través de montañas al nor-
te desde el estrecho de Olimpo (Tembé) por todo el litoral poniente
y norte, hasta Constantinopla, con la finalidad de apoderarse de
Salónica.9
    Pero antes de llegar los griegos a dicha ciudad, los búlgaros ya se
acercaban a ésta. Entonces se inició la guerra entre Grecia y Bulgaria
en 1913.
    Hubo unas batallas bastante sangrientas en los llanos de Axiós y
en la laguna (Doriani) que es de tres naciones, porque ahí desembo-
can Servia, Grecia y Bulgaria.
    Algunas gentes contaban que llegó un momento en que los sol-
dados griegos quedaron atrapados en una ladera y sin municiones y
que entonces se lanzaron los griegos con tal furia que agarraban a
los búlgaros y les degollaban con los dientes la garganta. Hasta ese
grado llegaron las guerras tan sangrientas, tan bárbaras. Y los ex-
pulsaron hasta la cordillera de Béles, hoy se conoce con el nombre
de Línea Metaxá.
    En la segunda guerra, que le denominaron Línea Metaxá, creían
los griegos que los alemanes no la pasarían; porque esa era la defen-
sa precisamente contra ellos. Como en aquel entonces Leónidas


9
    Los griegos penetraron en Doiran, Strumitza, Yeres, Cavalla y Drama, apoderán-
    dose pronto de Macedonia y una ancha franja de Tracia (incluyendo Deadeagach,
    Macri y Porto Lagos).



                                       101
contra los persas10. En esta vez no pudieron los griegos defender el
territorio contra los alemanes porque era una potencia extraordina-
ria, que en ninguna parte pudieron detenerla.
    En 1913 se rumoraba que los ejércitos griegos ya iban a llegar
hasta Mandritza, porque muchos muchachos mandrichotas del pue-
blo de Mandritza se habían ido y presentado en cuerpos del ejército
griego de toda Tracia y de Macedonia, que todavía no eran territo-
rios liberados y todos los griegos habían ido atravesando clandesti-
namente la frontera turca para reforzar al ejército griego, para libe-
rar los territorios donde había pueblos griegos, todos los litorales,
del Egeo, del Asia Menor y de Tracia.
    Pero no se logró porque ya había un tratado hasta donde debía
de ser la línea divisoria entre Grecia y Turquía, entre Bulgaria y
Turquía, y en ese mismo tratado se marcó la línea divisoria por la
que posteriormente nos obligaron por la fuerza a abandonar nues-
tro pueblo. Porque nos consideraron y éramos griegos, aun cuando
hablamos el idioma albanés, pero siempre éramos griegos y ayuda-
mos a Grecia y éramos ortodoxos; lo de ortodoxo no impedía por-
que ortodoxos también son los búlgaros.
    Como ya dije, se rumoraba que los búlgaros nos iban a expulsar
pero no sabíamos la fecha. Entonces estábamos siempre prepara-
dos de tener algún bultito de ropa atrás de la puerta para que vio-
lentamente agarráramos aquel bulto, ¿verdad?, o pan, o alguna cosa
con provisiones y lanzarse al monte.
    Y eso fue un sábado trece de octubre de 1913. Mi madre había
horneado (como ya dije) era día sábado y era costumbre de hornear
los sábados siempre para tener pan caliente el domingo y toda la
semana siguiente, pues calculaban hornear tantos panes para que
alcanzara toda la semana siguiente. Y me acuerdo muy bien, en esos


10
     Se refiere a la defensa de las Termópilas, que llevaron a cabo los guerreros griegos,
     espartanos y del Peloponeso, encabezados por el jefe espartano Leónidas, ante la
     actitud entreguista de las comunidades que habitaban en la parte septentrional de
     Grecia. Fue a finales del año 480 a.n.e. que los griegos lograron derrotar a los
     persas en el estrecho de Salamina. Oliva P. y B. Boreeky. Historia de los griegos. (1982).
     Mex., Cartago, p. 75.



                                             102
momentos no estaba ni mi padre ni mi hermana María, que tenia
cuatro años, que la había llevado mi padre a la casa de mi abuelo
paterno, a casa del sacerdote. Y estaba nada más mi madre; ya tenía
ahí dos panes, no de los grandes, de los chicos y unos cuadros de
pan de queso blanco listos para salir pues ya se rumoraba que iban
a venir los búlgaros. En eso: «¡Que ya vienen los búlgaros! ¡Que ya
están en tal parte! ¡Que ya vienen!»; era ya casi para meterse el sol. Y
empezaron a tirar balazos y en eso me cogió de la mano y ni el pan
cogimos ni el queso ni nada, me cogió de la mano y a correr y estaba
cerca ahí, como ya he dicho, la huerta eclesiástica y nos metimos en
la huerta, atravesamos la huerta y nos metimos al río, como era ya
en octubre todavía no tenía crecientes, lo atravesamos y nos tira-
mos al otro lado que era el canal del molino de agua; porque había
dos molinos frente al pueblo, el molino de arriba que al salir del
molino, el agua estaba inmediatamente en la presa que se agarraba
otra vez el canal, para conducir el agua al molino de abajo. Y nos
tiramos al canal del molino, yo chamaco que apenas sacaba el pes-
cuezo, la cabeza, y había una chamaquita, pues sería de unos tres,
cuatro años, con un vestido muy ampón, cómo se me grabó en la
memoria, cómo no se hundía y la cogió de la mano una señora,
pues estaba flotando sobre el agua.
     Ya se metió el sol, empezó a oscurecer cuando llegamos a la
presa del molino de arriba, que había ahí en la presa tupido de plan-
tas tiernas de sauce, y donde encontramos más tupido que seríamos
veinte, veintidós personas y ahí nos acurrucamos todos como los
pollos de una gallina, y ahí ni hablamos ni nada y oíamos que a un
lado del canal distante a unos doscientos metros que pasaban las
carretas que según notábamos que eran los búlgaros que iban a
invadir y a robar al pueblo; ahí estuvimos toda la noche mojados. Y
en octubre ya hacía frío, así pasamos toda la noche. Oíamos también
rumor de gente que estaba en el molino, pero tuvimos miedo también
ir al molino porque algunas gentes de los grandes opinaban:

   —Pos serán gente de nosotros, ¿o serán búlgaros y si caemos en las
   manos de los búlgaros y nos cortan los pescuezos?



                                  103
    Así era el temor, y así permanecimos toda la noche ahí entre el
matorral de sauces y al día siguiente que amaneció, ya había silen-
cio, ya no había carretas que pasaran ni oíamos nada; entonces pa-
samos el camino y nos metimos en un barranquito que ya había
salido el sol y nos pusimos en un lugar que pegaba el sol, y ahí me
acuerdo perfectamente del vapor que expedía la ropa al estarse se-
cando. Y ahí estábamos pues, prácticamente secándonos, esperan-
do qué iba a suceder, a ver si oíamos algo. Y a poco rato oímos una
voz que gritaba en lo alto y estábamos en frente a una propiedad de
mi abuelo que tenía también ahí una casita, y que tenía chivas y que
gritaba esa persona:

   —¡El que tenga hambre que venga, aquí está Pappatheodorou, trae
   panes y trae queso para que vengan a comer!

    Nos dio mucho gusto y brincamos un arroyito que no tenía agua
de la parte baja, y subimos a la planicie y ahí encontramos a nuestro
abuelo.
    Y de ahí ya no regresamos. Preguntamos por mi papá y por mi
hermanita María... ya están todos bien, no tienen ningún peligro, ya
nos vamos a Acalán. Acalán era un pueblo de griegos que estaba al
otro lado de la frontera búlgaro-turca, así que ya al llegar a Acalán
ahí nos salvamos.
    Cuando nos dirigimos a Acalán ya nadie nos seguía y ya no supi-
mos qué sucedía en el pueblo.
    Ya después en Acalán llegó mi padre y mi hermanita María, ahí
nos juntamos y permanecimos todo el invierno.
    Como ya estaba próximo a nacer mi segundo hermanito, mi
padre tuvo que llevarnos a la ciudad de Dydimotijon, en donde
había médico. Porque en el pueblucho en donde estábamos era de
unas cincuenta o sesenta casas, con una población de unos doscien-
tos o doscientos treinta habitantes. Así que nos llevó mi padre a
que naciera mi futuro hermanito en la ciudad de Dydimotijon, que
quiere decir: “doble muralla o doble fortaleza”.
    Al recién nacido le pusieron Jrístos, pero no recuerdo si vivió
solamente una semana o dos; murió ese mismo invierno.


                                104
105
      [. . .] Principales lugares que tocamos después
      que fuimos expulsados de Mandritza. 1913-1914
    A principios de marzo nos pusieron en unas jaulas de tren, en la
estación de Dydimotijon. Según nos dijeron que nos iban a llevar a
Constantinopla y de ahí a Salónica en barco.
    Cuando llegamos a la estación de Muratli, había un ambiente de
zozobra, de temor, de angustia. Todo mundo lloraba. Y se hacían
comentarios:

   —Aquí nos van a llevar a un barranco y ahí nos van a matar a todos.
   —¿Por qué no nos llevaron a Constantinopla?
   —Porque nos van a matar, por eso no nos llevaron a Constantinopla.

    ¡Ah! Ahí en la estación nos cargaron todas las pocas pertenen-
cias que teníamos en una carreta tirada por bueyes.
    Recuerdo que estaba lloviznando, muy finito, muy suave y me
acuerdo muy bien porque un pariente de nosotros, tío mío, primo
segundo de mi padre, no podía subirse tanto por su esposa, como
por su madre que ya era una anciana; ella lloraba y no quería subir a
la carreta porque se rumoraba que nos iban a matar. Y entonces él
no tuvo más remedio que subírsela al hombro y llevársela sobre sus
espaldas y la mujer llorando.
    Y no era aquello, sino por prevenciones de enfermedades con-
tagiosas. Pero sí fue una impresión muy grande para todos noso-
tros, sobre todo para las mujeres y todos los niños que iban llorando.
    Pues no nos llevaron a Constantinopla, pero sí nos bajaron en
esa estación y nos condujeron a un puerto que se llama Redestó, en
el mar de Mármara o en el mar Helesponto. Allí estuvimos una
semana mientras que llegaba el buque.
    Toda la noche viajamos en carretas para llegar al día siguiente a
Redestó; ahí nos acomodaron en escuelas mientras llegaba el bu-
que; pero una vez que llegó éste nos embarcaron. Atravesamos el
Helesponto, pasamos por el estrecho de los Dardanelos y entramos
al mar Egeo, porque íbamos a ir a Grecia. Para entonces ya íbamos
vacunados.
    Ya al llegar a Grecia, para no entretenernos, en vez de llegar a
Salónica, nos llevaron al puerto de Cavalla y desembarcamos ahí
cerca.


                                 106
    Todos los gastos para trasladarnos, naturalmente, el gobierno
turco los estaba haciendo, porque nos estaba sacando de su territo-
rio y era un beneficio para ese gobierno.
    El puerto de Cavalla está ubicado en el mar Egeo, que ya es
Macedonia. Porque el río Néstos es límite de Tracia y Macedonia
Oriental; a su vez Macedonia está dividida en Occidental y Oriental.
Y el río Strimón es el límite entre una y otra.
    Pues bien, al llegar a Cavalla ya se hizo cargo el gobierno griego.
Ahí estuvimos dos o tres días, mientras se determinaba en dónde
nos iban a instalar.
    Había pueblos turcos en territorio griego y muchos de los tur-
cos ricos optaron por irse a Turquía porque Macedonia era ya terri-
torio griego hasta el río Néstos. Y en esas casas que se desocupa-
ron, nos acomodaron. En algunas casas que estaban grandes pusie-
ron dos familias y en otras más chicas pusieron una familia; y así
nos acomodaron. Seríamos más de cien familias en el exilio.
    Nos dio el gobierno un préstamo provisional, mientras nos aco-
modaba definitivamente. El gobierno nos tenía que ayudar con un
préstamo en efectivo y con terreno para sembrar; para así poder
nosotros desempeñar el oficio que teníamos en nuestro pueblo. Y
pues no se podía ocultar a qué se dedicaba uno después de la cría
del gusano de seda, pues todas las familias sabían perfectamente a
qué se dedicaba cada quien. Aquí pasamos un verano que correspon-
dió al año de 1914. El gobierno nos dio hasta siembras ya hechas de
tabaco porque en Macedonia era lo que cultivaban los turcos.
    Así, el gobierno dio un cuarto de hectárea, media hectárea, se-
gún lo numerosa que fuera la familia porque había familias de re-
cién casados que sólo tenían un hijo o dos y había otras que tenían
cuatro o cinco; entonces tenían que darles mayores recursos a estos
últimos, para que se mantuvieran. Para entonces tenía yo nueve años
y comencé a ayudar a la familia ensartando tabaco. Cada vara era
aproximadamente de dos metros, nos la pagaban a diez centavos o
algo así y ya con eso nos ayudábamos un poco.
    Pero en realidad era una pobreza tremenda, no teníamos ni para
comprar ropa, la mayoría estábamos con la ropa del cuerpo. Acudió
la Cruz Roja para regalarnos ropa usada, pero no fue suficiente.


                                 107
Llegamos hasta ser limosneros y andábamos pidiendo comida, ropa,
zapatos, ¡vaya!, lo que fuera para poder sobrevivir. La mayoría, como
sabían que éramos exiliados, pues nos ayudaban y nos daban un
pan o medio pan, higos (porque allá tenían muchos higos en dulce),
zapatos. Por cierto que yo llegué un día a ir a un barranco en donde
tiraban zapatos viejos y cogía algunos de mi medida y los remendaba.
Hasta ese grado llegó nuestra pobreza en el exilio, ahí en Macedonia.
    Mi abuelo se había ido con los hijos a la provincia, a las afueras
de Salónica. Se instaló en una hacienda que había pertenecido a tres
o cuatro turcos, esa hacienda estaba a veintidós kilómetros de
Salónica y se llamaba Surotí. Ahí también había moreras, pues los
turcos también criaban el gusano de seda.
    Al llegar a Surotí, nos encontramos con mi tía María, la más
chica. Ella estaba recién casada y tenía un hijo.
    A mi abuelo Pappatheodorou lo habían nombrado párroco del
templo de Aguía Parasqueví (Santa Viernes) que estaba a cuatro
kilómetros distante de Surotí.
    Según una leyenda, a una muchacha griega la perseguía un turco
para deshonrarla, cayó muerta y en el lugar donde la mataron desde
entonces nace una agua colorada y que es la sangre de la mártir. Y
ahí construyeron una capilla, que todavía existe; hasta la ampliaron
y ahí se hace fiesta, no me acuerdo si es en 15 de agosto. Así que en
este templo Aguía Parasqueví estaba mi abuelo de sacerdote, y ya
percibía un sueldo ahí. Porque a los sacerdotes el gobierno griego
los considera como profesores, tienen sueldo del gobierno; aparte
que tienen entradas de bautizos y de otras ceremonias religiosas y
se consideran empleados del gobierno porque Gobierno e Iglesia
son una sola cosa en Grecia.
    Ya a nosotros nos acomodaron en Surotí, en casas donde traba-
jaban los peones que tenían los turcos. A nosotros nos tocaron dos
piezas nada más; una de ellas tenía chimenea y ahí cocinaba mi ma-
dre, y desde luego nos servía para calentamos, y la otra pieza la
usábamos como bodeguita para guardar las cosas que teníamos.
Dormíamos en el suelo, sobre un petate tendíamos un sarape, que
por cierto ya no me acuerdo cómo fue que nos hicimos de sarapes.
    Ahí fuimos agraristas, pero no agraristas al estilo mexicano, con


                                 108
terreno dado; porque allá el terreno está muy escaso. El gobierno a
través del banco agrícola nos facilitó tierras para pagarles en un
plazo de diez años. Pero no todos fuimos agricultores, porque ha-
bía quienes se dedicaban especialmente a otras actividades. Enton-
ces nos decían:

   —Oye, ¿como cuánto necesitas? ¿Con cuánto tú te mueves? Como
   sastre, ¿cuánto dinero ocupas para iniciarte?
   —Pues tanto.

    Ya le daban a cada uno ese préstamo para que continuaran tra-
bajando en su oficio. Y a los que no podían desarrollar su oficio,
entonces les dieron tierras. A cada matrimonio le daban tres hectá-
reas de temporal y un buey. Así que los matrimonios chicos de uno
y dos hijos tenían que asociarse con otro matrimonio para formar
una yunta, y les daban un arado para que entre las dos familias
trabajaran las seis hectáreas de tierra.
    Los bueyes llevaban un sello, o sea una delta, y decía Demos
Demosio, que significaba federal, es decir del gobierno, que no se
podía vender así nomás, sino que se necesitaba el permiso del ban-
co agrícola.
    Algunos de mis paisanos alcanzaron a traer sus centavitos de
Mandritza y entonces tuvieron la posibilidad de comprar una vaca,
o bien pedían permiso de vender el buey para completar y comprar
la vaca; había quienes compraban un burro o una mula que les ser-
vía para arrimar leña, para llevar la semilla al campo o el arado.
    Pero la vaca les daba leche, les daba cría y les ayudaba con el
arado. En fin, que para cualquier cosa les servían estos animalitos y
en esa forma mucha gente a los dos o tres años ya había pagado la
deuda para tener libre aquel terreno.
    Pero posteriormente se vino un intercambio de población. Pues
había búlgaros en Macedonia que ambicionaban irse a vivir a
Bulgaria; dizque para que no los hostilizaran los griegos, y que no
se qué y que más allá. Y lo mismo pasaba con nosotros que nos
habíamos visto en la necesidad de abandonar nuestras casas y pues
que nuestras propiedades habían quedado en Bulgaria.


                                109
    Entonces se formó un comité internacional con italianos, fran-
ceses, holandeses para que fueran a valorizar las propiedades de los
griegos en Bulgaria y la de los búlgaros en Grecia. Y así mutuamen-
te se pagaban los búlgaros a los griegos y éstos a los búlgaros.
    Pero mi padre por tener mucho cariño al pueblo no quiso hacer
intercambio y decía:

   —Algún día llegaremos a vivir nuevamente en nuestro pueblo, en nues-
   tra casa.

    Él tenía la intención y la esperanza de regresar a nuestra tierra,
pero eso se esfumó y no recibió mi padre nada.
    Estando en Surotí fui también a la escuela unos cuantos meses,
que aproveché para aprender algo.
    En esa población se quedaron varias familias, entre ellos unos
tíos míos y la familia de la novia de mi tío Ángel (quien para enton-
ces ya se encontraba en California).


Llegó la guerra de 1914-1918
Mientras pasaba el tiempo criamos también gusanos de seda en
Surotí.
    Yo era siempre muy activo, desde chico fui muy inquieto. Y un
día le dije a mi padre:

   —Ay papá, pues con las moreras que nos han dado aquí, no nos alcan-
   za para vivir y mejorar. ¿Por qué no nos vamos a otro pueblo y rentamos
   moreras, compramos la hoja y criamos mayor cantidad de gusanos?
   —Tienes razón hijo, vamos a ver qué se puede hacer.
   Y así me oía, íbamos a otro lado a criar gusano para poder mejorar
   nuestra situación económica.

   Pero no fue el único lugar en el que estuvimos sino que también
en Mandres, que es uno de los lugares que tiene mayor número de
familias; otro es Sedes, que está muy cerca de Salónica, a siete kiló-


                                  110
metros. Sedes es nombre turco, el verdadero nombre, es Thérmi,
nombre muy antiguo que se toma de los yacimientos de aguas
termales y terapéuticas.
    Además de estos pueblos en que radicamos se encuentran:
Mandres; Zeglebéri que está a veinticinco kilómetros al este de
Salónica; Musthéni, en el estado de Cavalla; otro es Kalós-Agros (Bue-
na-Tierra) en el estado de Drama, y otros más que están en Tracia,
que es Souflí y Mauro-Klísi. En cada uno de estos pueblos (en pro-
medio) hay de veinte a cincuenta familias en cada uno de ellos.
    Bueno, pues sucedió que yo tuve que incorporarme nuevamente
a la escuela (que ya hacía dos años que no iba por la extrema pobre-
za en que vivíamos y por lo del exilio); pero como no había escuelas
en Surotí tenía que ir a Basilika que era una población de unos dos
mil habitantes; esta ciudad estaba a cuatro kilómetros, los mismos
que recorría a pie todos los días para ir a la escuela.
    Mi madre me envolvía pan, queso, aceitunas y me los ponía en
una bolsita, me la colocaba en el hombro a través del pescuezo y así
me iba caminando. Cuando más pesado se me hacía era en tiempo
de invierno, porque se cubría todo el terreno de nieve, pero para
orientarme siempre tenía unas señales en los árboles, que eran mo-
reras fundamentalmente, que por lo general estaban en línea y de-
cía: «¡Ah! por aquí es donde está el pueblo», pero además alcanzaba
a ver la torre del pueblo que estaba en lo altito y había dos o tres
casas que eran de hacendados que se alcanzaban a ver a lo lejos.
    A esa escuela fui como dos años. El primer año la pasé ida y vuelta
a pie y para el segundo año ya viví en el pueblo de Basilika. Porque un
día un amigo de mi tío Jrístos, que se llamaba Basilako, le preguntó:

   —Oyes, Jrístos, tienes un sobrino que viene al pueblo a la escuela des-
   de Surotí, me he dado cuenta que viene a pie. ¿No querrán que noso-
   tros lo tengamos aquí en la casa? Porque no estamos más que mi ma-
   dre, que ya es anciana y yo y pues hay suficiente espacio en la casa para
   los tres y hay donde dormir.

   Ese señor Basilako tenía un café, y ahí se juntaba la gente a pasar
un buen rato, sobre todo en época de invierno.


                                   111
   Y continuó diciéndole a mi tío:

   —Y así él me puede ayudar en el café después de salir de la escuela.

    Y así lo hicimos, pero para mí fue muy triste; porque como esta-
ba chamaco, me orinaba por las noches sin querer, en la cama; y eso
me apenaba mucho, y por más que ponía cuidado y me ponían un
bacín, no lograba controlarme. La señora me ponía una salea de
piel de cabra para que no mojara el colchón.
    Así aprendí algo más hasta que tuve que retirarme de ahí para
poder ayudar a la familia en el trabajo del campo, para entonces yo
tendría unos nueve años.
    Ya después con mi padre empezamos a trabajar el cultivo del
gusano de seda y para esto en Basilika rentamos unas tierras con
moreras y compramos hojas suficientes para mantener nuestra cría
de gusano.
    Pero llegó la guerra, la Primera Guerra Mundial, en 1914. Ape-
nas teníamos poco de haber llegado a ese pueblo, apenas empezá-
bamos a rehacer nuestras vidas.
    Los ejércitos se instalaron a un costado de nosotros en un valle
que tenía aproximadamente cuatro kilómetros de ancho entre cerro
y cerro y de profundidad han de haber sido unos treinta metros.
    Esos soldados habían sido expulsados por los alemanes, que
llegaron hasta cuarenta kilómetros al norte de Salónica, que fue la
línea divisoria de la guerra.
    Los truenos de los cañones se oían desde la ciudad y desde Surotí
también.
    Así pues, los ejércitos del rey Pedro de Servia se instalaron en
casas de campana de lona. Ahí fue donde yo conocí al rey Pedro y al
príncipe Alejandro, quien al morir su padre se hizo rey de Yugosla-
via o Servia porque Yugoslavia quiere decir Sureslavia, o eslavo del
sur. Así que al llegar a Marsella con el ministro francés de Relacio-
nes Exteriores los mataron en el puerto de Marsella.
    Enfrente donde estábamos nosotros, al otro lado del río (por-
que hay un río en medio de ese valle e inmediatamente están los
baños termales) ahí estaban los franceses en una ladera grande de


                                 112
más de dieciocho kilómetros, estaban instalados en casas de cam-
paña, tenían ahí su teléfono con postes de bambú (que los traían de
África). Y nosotros íbamos a ese campamento porque los franceses
eran de un país más rico, entonces nos acercábamos a pedirles co-
mida. Ellos siempre cocinaban más raciones, porque ya sabían que
íbamos a pedirles. Después que les daban a los soldados su ración,
nos formaban en fila y así nos servían de comer a nosotros. Aparte,
para sacar algún dinerito, nosotros les vendíamos cigarros, papel,
sobres y otras cosas.
    Yo ya había aprendido bastante el francés, pues el ejército fran-
cés estuvo acampado durante cuatro años en las laderas de los ba-
ños termales. En cambio los ingleses estaban en el norte de Salónica.
    A propósito de esto, recuerdo que en la cuenca del río Gálicos,
que viene del norte, más bien de Salónica hasta la ciudad de Kilkís,
se hacían caminos para carretas que transitaban durante las secas
(por cierto, cerca de la ciudad de Kilkís está un pueblo que se llama
Mandres —que me recordaba el nombre de mi pueblo Mandritza—,
ahí todos hablaban el albanés). Pues bien, durante la guerra, por
necesidad del propio conflicto, nos vimos obligados a construir la
carretera Salónica-Kilkís. Para realizar estos trabajos se necesitó de
mucha gente de varios pueblos, pues aún no había trituradoras para
hacer la grava. Entonces las piedras se trituraban con marros y
martillos usando la fuerza de hombres y mujeres. Una vez que se
tenía la grava suficiente, se mezclaba con calitsi y la consolidaban o
aplanaban con pisones de fierro, manejados también con la fuerza
de hombres.
    Hay que dejar claro que a toda la gente le pagaba el ejército
inglés. Por cierto que para la defensa de Salónica, tendieron una
línea de alambrado de púas y trincheras desde el río Stimón al oriente
y al occidente hasta Albania.
    A propósito de esto, de la guerra, recuerdo un incidente triste.
Donde estaba el cuartel griego (de Salónica) había una barda en un
desnivel de terreno, la barda medía aproximadamente metro y me-
dio o dos metros de alto; el cuartel griego quedaba en lo alto y en la
parte baja era donde hacían ejercicio los soldados griegos. En esa
parte se instalaron los italianos y mataron a dos o tres soldados


                                 113
griegos con unas hondas (a éstas les ponen una navaja y la tiran,
sobre todo hacia la garganta y así se mata a cualquier persona).
Entonces en esa misma noche los griegos, no perezosos (porque
somos de sangre muy violenta) mataron a doce soldados italianos y
los pusieron la barda que estaba en desnivel viendo hacia el cuartel
italiano. Y desde entonces intervinieron los franceses y los ingleses
para que no sucedieran esas cosas.
     Ahora me acuerdo que en el periodo de la Primera Guerra Mun-
dial, en Salónica, en 1917, ahí tumbaron los aliados el primer
Zeppelín, en los pantanos del río Axiós al Oeste de Salónica, cerca
de Pella, capital de Alejandro Grande y de su padre Filippo. Y al
tumbar el Zeppelín, como estaba construido de aluminio (que por
primera vez se conocía ese metal), nosotros —chiquillos— reco-
gíamos la chatarra de aluminio del Zeppelín y hacíamos muchas
cosas para regalo como pulseras, collares, anillos, brochitos, infini-
dad de cosas.
     Y en ese mismo tiempo recuerdo que cerca de mi pueblo, que
era Surotí, un día llegó un aeroplano francés, que por cierto, por
primera vez corrimos muchos muchachos y gente grande para ver
de cerca el aeroplano que tenía las alas con alambrones cruzados.
     Era un avión pequeño francés.
     En ese entonces, en las noches y en la orilla del pueblo en una
planicie, el ejército francés nos exhibía películas de las batallas del ejér-
cito francés contra los alemanes y todo terminaba con el triunfo.
     También siempre andábamos tras los vehículos del ejército. Una
vez llegó una ambulancia de la Cruz Roja (entonces los automóviles
eran de poca velocidad) y nosotros los pequeños nos atrevimos a
engancharnos en la parte de atrás del vehículo; había un estribo en
la parte de atrás del vehículo y como acontece siempre con los
chamacos, nos agarrábamos tres de una agarradera y brincábamos,
¿verdad?, en el estribo y ahí permanecíamos un rato. Pero como
siempre estábamos con el miedo de que nos llevaran lejos, entonces
nos soltábamos y todos caíamos de bruces y nos sangrábamos las
partes del pecho, de la cara y de las manos.
     En la misma guerra, a principios de 1918, mi madre otra vez
esperaba otro hijo; así, en febrero nació mi hermanito Basilio.


                                    114
    Y a fines de 1918 se terminó la guerra y por esa misma fecha,
sería en noviembre, murió mi madre de aquella famosa gripe llama-
da influenza española. Mi madre murió a la edad de treinta años y
mi hermanito Basilio quedó huérfano a los ocho meses de nacido.
Para entonces mi hermanita María tenía nueve años y yo trece. Y
pues María se enfrentó ya a cocer frijolitos y al cuidado de los tres.
    Allá no había criada, no había a quien ocupar para trabajos do-
mésticos, olvídense de servidumbre. Allá el trabajo, se paga con
trabajo; por ejemplo: en agricultura no se pueden contratar trabaja-
dores, sino que se le pide a un pariente o amigo que lo ayude a uno,
dos o tres días de trabajo y entonces uno le paga igual.
    Recuerdo un pequeño detalle que sucedió antes de que muriera
mi madre. Habíamos sembrado un terrenito de habas en surcos,
que por cierto se daban muy bien allá en el pueblo; se utilizaban
para hacer comidas en la casa. En esa época yo tenía trece años, estába-
mos en el cultivo de las habas, y llegamos con los azadones para cultivar
haba y mi madre tomaba dos surcos y me dejaba a mí un surco; y ni con
un surco podía yo. Y se adelantaba mi madre y al poco rato regresaba
para ayudarme, para que me pusiera a la altura de ella.
    Así trabajé al lado de mi madre, proporcionándole un apoyo con
mi presencia. Porque siempre cuando uno va solo a trabajar, se can-
sa más de estar trabajando solo y en cambio estando acompañado
siente uno un apoyo muy grande.
    Así pues, murió mi madre, mi abuela Dímitra y mi tío Jrístos; los
tres murieron en 1918.


Los judíos
Recuerdo también que cuando nosotros llegamos a Salónica había
más de ochenta mil judíos refugiados en la ciudad de Thessaloníki,
que estaba bajo el imperio otomano a raíz de la expulsión que se
efectuó durante el reinado de Isabel la Católica; desde entonces
todos esos judíos fueron a refugiarse en territorio turco o sea a
Salónica, Constantinopla, Smyrna; ¡en fin! en ciudades grandes,
porque ellos lo que siempre buscan son las ciudades grandes para


                                  115
poner tiendas o pequeñas industrias con la finalidad de explotar a la
humanidad.11
    Pues en mi pueblo en realidad no los conocíamos tan sólo sa-
bíamos de su existencia porque en la Biblia se hacía referencia a
ellos; allá en el norte casi no había judíos, excepto en Constantinopla
—como ya dije— y en Andrianópolis, en donde habría unas cuan-
tas familias. En cambio en Salónica sí se hablaba mucho de ellos,
me acuerdo perfectamente que cuando estaba chiquillo, para que
tuviera temor y no fuera a sus barrios con tos muchachos judíos,
me decían que ellos comulgaban con sangre cristiana; esto desde
luego ya se había convertido en una especie de leyenda entre los
cristianos que se transmitía citando el caso de un muchacho cristia-
no pobre, que era hijo de un zapatero, que fue capturado por los
judíos (eso sucedió en Salónica) y pues posiblemente lo llevaron a
la sinagoga o a algún lugar especial en donde los tenían encerrados
dándoles un buen trato, con la finalidad de que acumularan una
mayor cantidad de sangre en sus cuerpos para después matarlos y
sacarles la sangre para la comunión. Pues ese muchacho se le ocu-
rrió pedir unos zapatos, y como ya hacía tiempo que se había perdi-
do el muchacho, el zapatero siempre les pedía a los judíos, cuando
mandaban a hacer zapatos, el zapato viejo con la esperanza de en-
contrar alguna señal en las suelas de los zapatos que al muchacho se
le pudiera haber ocurrido poner. Y efectivamente así fue, el mucha-
cho escribió en las suelas el lugar en donde se encontraba; y así fue
como lo rescataron.
    Y esas pláticas se daban entre chicos y grandes, pero natural-
mente con la intención de que los chicos se defendieran y no caye-
ran en esa trampa.




11
     El 31 de marzo de 1492 fue publicado un edicto por los reyes, a través del cual
     debían todos los judíos convertirse o emigrar; ya que los problemas con ellos con-
     tinuaron al negarse a la conversión, en 1492 fueron expulsados 165,000 judíos que
     se esparcieron en Portugal, Italia, Grecia, Turquía y África. Enciclopedia Universal
     Ilustrada Americana. (1979). Madrid-Barcelona, Espasa-Calpe, t. 21, p. 995.



                                          116
La guerra de Grecia contra Turquía, 1921-192212
En 1921 murió mi abuelo el sacerdote y lo recuerdo bien porque en
1921-1922 hubo otra guerra contra los turcos en Asia Menor, hasta
Angora; porque a Grecia, en 1918, con la Primera Guerra le habían
cedido los territorios de toda Tracia y todos los litorales de Asia
Menor hasta el Río Menándro, que desemboca frente a Rodas hasta
la ciudad de Efeso en donde está el Templo de Diana (una de las
siete maravillas del mundo); y Smírni, el puerto más grande de Asia
Menor también pertenecía a Grecia.
    Pero al ver que Grecia crecía, los franceses, los ingleses, los ita-
lianos y los gringos (porque los griegos siempre hemos sido amigos
de los alemanes o sea germanófilos) mandaron estrategas y material
bélico y nos expulsaron, pues no les convenía que Grecia se fortale-
ciera. Así que fue un desastre terrible y perdimos todos los territo-
rios que nos habían cedido con el tratado de Sévres13, toda Tracia y
parte de Asia Menor, pertenecían a Grecia.
    Y fue esto otro trastorno para nosotros, nuevamente había es-
casez.
    Ese cambio sucedió porque el que era Primer Ministro de Gre-
cia, Eleuterio Venizelos, había expulsado (por interés de la patria) al
rey Constantino14 porque éste estaba casado con la hermana del
káiser alemán, o sea Guillermo II, que era Sofía.

12
     Como los turcos se resistieron a perder el territorio cedido a Grecia a través del
     tratado de Sévres, Grecia trató de arrojarlos de su territorio (Asia Menor) apoyada
     por Francia e Inglaterra. Y por el fracaso obtenido en una conferencia celebrada
     en Londres el 21 de febrero de 1921, Grecia emprendió una ofensiva en el Asia
     Menor, en mayo de 1921. Parker, R.A.C. El siglo XX Europa 1918-1945. Méx., S.
     XXI, Historia Universal Siglo XXI, Vol. 34, 1985, pp. 41-43.
13
     Este tratado imponía a Turquía la cesión a Grecia de toda Tracia (incluso la Orien-
     tal), excepto los distritos de Chatalja, Tenedos e Imbros; reconociendo bajo el
     dominio de Grecia las islas Egeo y le otorgaba una extensión de proporciones
     considerables en Asia Menor (Smyrna, Tire, Odemish, Manisa, Akhisar, Dérgamo
     y Aivati) que podía anexarlos después de cinco años a través de un plebiscito que
     se celebraría a los dos años.
14
     Rey de Grecia, nació en Atenas en 1868 y murió en 1923. Subió al trono el 18 de
     marzo de 1913 al morir su padre, Jorge I. Durante la Primera Guerra Mundial, al
     entrar los franceses a territorio griego, pidieron la abdicación del rey Constantino



                                          117
    Así que los aliados, o Entente, se vieron apretados ante Alema-
nia y ordenaron al gobierno griego que nombrara rey y entonces
Venizelos nombró rey a Alejandro, hijo menor de Constantino.
    El rey Alejandro era tan sólo un título, era un personaje nomás
para cubrir el hueco de su padre y hacerle el gusto al pueblo griego.
    Entonces los aliados le dijeron al gobierno griego que no se
movieran, que no hicieran la guerra a Turquía, puesto que ya le
habían cedido un territorio que pertenecía antiguamente a Grecia o
sea Macedonia, toda Tracia y todos los litorales de Asia Menor, el
Helesponto (hoy Dardanelos) o Mar de Mar mara y con
Constantinopla neutral durante cinco años y que al término de ese
tiempo se abriría un plebiscito para determinar a quién le corres-
pondía Constantinopla.
    Desde luego que el asunto de Constantinopla para el pueblo
griego resultaba de un gran interés pues siempre ha añorado recu-
perar Constantinopla desde los tiempos bizantinos. Por cierto que
Bizancio fue fundada por un griego en la margen izquierda, es de-
cir, yendo hacia el norte en un punto que llegó a ser la capital del
Imperio Bizantino. Ese griego se llamaba Bizancio.
    Bueno, como mencioné que los aliados le dijeron a Grecia que
no le hiciera la guerra a Turquía, de cualquier forma Grecia se lanzó
a la lucha por Constantinopla.
    A propósito de esto, hay una leyenda que dice que el onceavo
Constantino del imperio bizantino entregó o perdió Constantinopla
y que el doceavo tenía que recuperarla. En esa época el doceavo era
Constantino,15 que era importado de Dinamarca; su padre era Jorge



     y la renuncia del príncipe heredero, (esto sucedió en 1917) por proclamar la neu-
     tralidad de Grecia ante el conflicto que se presentaba y por disolver el Parlamento
     venizelista, cuyo dirigente, Venizelos, era partidario de los aliados.
15
     Constantino Xll fue el último emperador bizantino de Constantinopla, hijo del
     emperador Manuel II. Nació en 1403 y murió en 1453, año en que los turcos
     atacaron Constantinopla al mando de Mahomet III. Constantino murió en el com-
     bate y a su muerte se esparció la leyenda de que vivía en un lugar oculto y misterio-
     so del que saldría el día de la reparación para libertar a su patria. Enciclopedia Univer-
     sal. . . p. 1490.



                                             118
I, quien murió en 1913 en la ciudad de Thessaloníki o Salónica,
como se conoce mundialmente.
    Esto nos hace pensar que la historia oral tiene sus limitaciones en
cuanto a precisión (nombres, fechas, lugares) pero es indiscutible su
valor en la recreación de épocas y ambientación de las mismas.
    Pues esa leyenda oficial, el pueblo griego quería hacerla realidad
y soñaba en volver otra vez a entrar a Constantinopla y conquistar
esos territorios, como una grandeza que el pueblo griego siempre
ha tenido desde los tiempos muy antiguos, cuando existía el
panhelenismo16 desde Crimea hasta las Columnas de Hércules, que
es Gibraltar. Así es que el pueblo griego siempre ha soñado los
años viejos.
    Pero al hacer las elecciones perdió el gobierno de Eleuterios
Venizelos y obtuvieron la mayoría los monárquicos, quedando como
primer ministro Ioánnis (Juan) Gúnaris,17 y lógicamente, como
monárquicos que eran, llamaron a Constantino para que regresara.
En ese entonces él radicaba en Italia.
    Al regresar Constantino a Atenas ya sabía él que su hijo era el
rey de los helenos. Entonces surgió la pregunta, ¿cómo volver a
destronar a su hijo para ocuparlo él?
    Según se rumoró y se dijo que en el parque del palacio había
unos changos y que uno de éstos mordió al rey Alejandro y pues
murió el pobre muchacho de 25 años.18
    Desde luego que publicaron todo eso, ¿verdad?, del aconteci-
miento de cómo había muerto Alejandro. Y a los pocos días ocupó
el trono su padre.19 Como ya dijimos de la leyenda de que el onceavo
perdió el imperio de Bizancio y lo iba a recuperar el doceavo. En-
tonces una vez que regresó Constantino a Atenas y tomó las rien-
das del gobierno, le pidieron apoyo a los países aliados y no lo die-


16
     Es una doctrina que plantea una sola nación entre los griegos de los Balcanes, del
     Mar Egeo y de Asia Menor..
17
     Era ministro de la guerra, y jefe del partido constantinista.
18
     Murió el 25 de octubre de 1920. Su hermano Pablo renunció a la Corona, debili-
     tando así la política de Venizelos y por consiguiente de los aliados.
19
     El 5 de diciembre de 1920 el pueblo griego votó por el regreso de Constantino.



                                          119
ron, y como esos monarcas no eran como los de ahora, sino que
eran autócratas, lo que decían se hacía, entonces al ver que no les
prestaron dinero, el pueblo heleno tuvo que hacer el préstamo al
mismo gobierno.
    Pusieron mantas pintadas que tenían una tijera partiendo la mo-
neda del país, por la mitad, simbolizando que la mitad del dinero
era para la guerra.
    Y así se emprendió la guerra.20 Expulsaron los griegos a los tur-
cos de Tracia, entraron a Asia Menor por los Dardanelos, por
Galípoli y los llevaron hasta ocho kilómetros de Angora.
    Se puede decir que los griegos ya habían triunfado, pero hubo
dos regimientos ambiciosos que precipitaron las cosas, sin hacer
caso de la estrategia que había formado el alto mando del ejército.
La táctica la tenía, pero la ambición de querer ser el primero, en
cerrarle el camino al Gral. Kemal Pacha, llevó al desastre la opera-
ción.
    A propósito del general Kemal Pacha, él fue posteriormente lla-
mado Ataturk (“padre de los turcos”).21
    Pero desde luego que la intervención de los aliados contribuyó a
esa derrota; pues al ver éstos el triunfo de los griegos, pensaron que
una Grecia ya revivida, una Grecia ya potente, unida con Alemania
era peligrosa y era de temerse.
    A eso se debió que mandaron los aliados estrategas, material
bélico y todo lo necesario para sacar al ejército griego de Asia Me-
nor y en Smyrna22 fue un desastre terrible, muy terrible. Estando
los buques franceses e italianos frente al puerto no auxiliaron a la
gente que veían que se estaba ahogando, que se moría. No los le-
vantaron, no la ayudaron… Y eso que digo no son palabras de
dolor mío, sino lo viví, y lo oí, no las vi nomás. Entonces todo lo


20
     El 23 de marzo de 1921 los griegos avanzaron en dos líneas a través de Ushak y
     Brusa; tomaron los dos puntos estratégicos de Karahisar y Eskishehr.
21
     Hasta 1935, Mustafá Kemal Pacha. Dirigente de la revolución republicana, y
     occidentalista, Ataturk es conocido como padre de la Turquía moderna-Revolu-
     ción Kemalista.
22
     Los turcos entraron a Smyrna el 9 de septiembre de 1922.



                                        120
que es el territorio más pobre tuvo que recibir toda esa gente con
mucho dolor, con lágrimas. Un desastre terrible.23
    Muchos que murieron últimamente en Culiacán, Sinaloa, sema-
nas tenían que correr a pie desde Angora para llegar a las playas de
Egeo, y sin zapatos, porque muchos no tenían y se envolvían los
pies con trapos para poder correr por el desastre tan enorme. Pero
eso no era por los turcos, sino por los franceses, los ingleses y peor
los italianos. Y así fracasó. No, no fracasamos. Nos destruyó el
Occidente.
    Pero siempre, el que tiene la espada no la deja. Al chamaco lo
coscorroneamos, le pegamos. ¿Por qué?, porque no puede ante un
grande, así también los pueblos chicos siempre están sumisos a los
grandes.
    Después tomaron la rienda tres coroneles: Plastiras, Gonatas24 y
Fokas. Entre los tres tuvieron que tomar las riendas del gobierno e
inmediatamente a Constantino, como era extranjero y no era de
sangre helena, lo tuvieron que expulsar otra vez del país.25 Al pri-
mer ministro Ioánnis (Juan) Gúnaris y a otros nueve ministros y a
otros tantos los pasaron por las armas. Eso fue todo lo que espera-
mos de los aliados.26
    Pero los tres coroneles que formaron el gobierno continuaron
pacificando al pueblo; ordenándole la escasez de víveres, la escasez
de todo; a tal grado que llegó un momento en que ya se tranquilizo
el pueblo.
    Hay otra leyenda que se refiere al momento en que iban a entrar
los turcos en Constantinopla. Una viejita estaba en la cocina frien-
do pescados en una sartén y se oyó una voz que decía:

23
     Más de un millón de refugiados fueron trasladados a distintos lugares al interior de
     Grecia.
24
     El 26 de septiembre de 1922 se declaró ley marcial a causa de los levantamientos
     entre los cuales estaba el de Mitilene, en donde se formó un Comité Revoluciona-
     rio encabezado por el coronel Gonatas.
25
     Constantino fue expulsado el 27 de septiembre de 1922.
26
     El príncipe Andrés fue desterrado, y fueron condenados a muerte Gúnaris,
     Theotokis, Baltadjis, Protopapandakis y Adjianestis entre otros; Gouclas fue en-
     viado a prisión perpetua.



                                          121
   —Deja, viejita, de freír los pescados porque la capital se entrega en
   manos de los bárbaros.

   Y ella contestó (qué tanta firmeza tenía en su fe, en su capital):

   —Cuando los pescados revivan y brinquen de la sartén, entonces
   Constantinopla también se entregará en manos de los bárbaros.

    Todas esas leyendas en cada cabeza de griego existen y las siente
con mucho dolor y una esperanza infinita; pues tanto tiempo que
vivieron en sus territorios y extendieron la cultura al occidente y a
todo el mundo, entonces aspiran recuperarlos.
    El pueblo griego siempre ha sido pacifista, pero desgraciada-
mente lo han hostilizado mucho y siguen haciéndolo todavía.
    Como ya vemos últimamente, es un territorio en el que por mi-
les de años han vivido griegos, y que son el ochenta y tres por cien-
to griegos y diecisiete por ciento turcos, las potencias occidentales
le dieron la razón a Turquía. ¿Por qué? Porque lo tienen de tapón
cuidando a Rusia, el Bósforo y los Dardanelos. Ese es el motivo por
el que están hostilizando grandemente al pueblo heleno cuando es
la madre de todo el occidente.
    Y ese dolor a los griegos no se les quita. Y ese sueño lógicamen-
te también lo tienen. Porque no exigen territorios ajenos, sino terri-
torios en que han vivido y en que han cultivado todas las ciencias
para la humanidad. Ese es el pueblo griego y me duele mucho men-
cionar esas cosas.
    En 1925, ya siendo yo soldado, estuve en Macedonia Oriental,
prestando servicio y en ese tiempo todavía en que gobernaban los
tres militares sucedió un acontecimiento en la cordillera de Vélez,
de donde resultó la línea divisoria Metaxá, en un lugar de la frontera
greco-búlgara en un ojo de agua. Tanto la caseta griega como la
búlgara se abastecían de agua en ese lugar. Al ir un soldado a llevar
un bule con agua (que es un recipiente de madera, en donde se
conserva fresca el agua), lo mataron los búlgaros.
    Los demás soldados esperaban que llegara el muchacho y nada;
entonces un cabo se hizo acompañar de otro soldado (porque en


                                 122
una caseta siempre había un cabo con cuatro o cinco soldados) y
fueron a ver qué sucedía, qué había pasado con el soldado. Pero
sucede que matan también al cabo y después va el oficial a investi-
gar; y lo mismo sucede. Entonces telefonearon en toda la línea e
informaron lo que había sucedido en esa caseta. Al investigar la
cosa inmediatamente ordenó el alto mando del ejército heleno la
invasión a Bulgaria. En ese punto estaba el tercer cuerpo del Ejérci-
to, con sede en Salónica, y le tocó invadir a Bulgaria y así lo hicie-
ron; entraron hasta cuarenta kilómetros al interior de Bulgaria. Pero
la Liga de Naciones, que entonces así se llamaba, tuvo que interve-
nir para detener la invasión griega a Bulgaria. Entonces convinie-
ron en que regresaran a sus fronteras. Y todos los daños que se
hicieron en territorio búlgaro —que llegaron a treinta millones de
lebas (moneda búlgara)— los pagaron los patriotas griegos que ra-
dicaban en Estados Unidos, el pago lo hicieron en dólares. Y aquí
terminó ese gobierno de los tres coroneles.


Mi experiencia como soldado
Cuando pasamos del pueblo de Musteni, estado de Cavalla, en Ma-
cedonia Oriental, en 1914, nos hicieron ahí la inscripción, nos to-
maron todos los datos: la edad, estudios, profesión y ocupación.
Así que ahí estamos inscritos en el protocolo del pueblo. Y yo tenía
que acudir al Ejército representándolo.
    Y de ese pueblo fuimos Jueórguios Kondílidis, Ioánnis
Pappaioanov, Jueórguios Zervás y yo; nos presentamos en el pue-
blo de Prosotsáni, cuya capital es Drama, que está a unos quince
kilómetros.
    En Prosotsáni estaba el regimiento que se componía de tres
compañías de infantería y una compañía de ametralladoras. Al lle-
gar a ese regimiento nos incorporaron a la segunda compañía de
infantería. Y ahí nos seleccionaban, según la rama del ejército a que
debíamos ir los nuevos reclutas. Primero nombraban a los que iban
a caballería, luego a los que iban a artillería, después ametralladoras
y al último a los de infantería, que era la categoría más ínfima.


                                 123
    A mí me tocó estar en ametralladoras, en la segunda compañía
de ametralladoras del vigésimo cuarto regimiento, de la novena di-
visión del cuarto cuerpo del ejército.
    El cuerpo del ejército radicaba en Cavalla, que es un puerto que
está en Macedonia Oriental. Ahí tuve que prestar servicio durante
tres meses.
    Nos entrenaron desde las cosas más elementales dentro de la
teoría y la práctica; por ejemplo, nos enseñaron a hacer ejercicios,
tiro al blanco con pistola, rifle y ametralladoras, y hasta tuvimos que
hacer trincheras zigzagueando y de esa trinchera teníamos que aven-
tar bombas de mano, que por cierto, teníamos que contar hasta
doce para poder lanzar la bomba (según la teoría), porque de otra
manera al tirarla inmediatamente, muchas veces sucedía que el ene-
migo, una vez haciéndose pasar por muerto, la aprovechaba en ese
mismo instante y la regresaba hacia el lugar de donde venía. Enton-
ces la cosa era terrible para los que tiraban la bomba.
    Pero nosotros contábamos uno, dos, tres, cuatro y así hasta doce
y la tirábamos; todos esos ejercicios los teníamos que hacer. Dentro
de estos estaba el tiro al blanco con ametralladora, nos marcaban en
una ladera cómo un enemigo bajaba diagonalmente por una vereda,
entonces teníamos que empezar de abajo hacia arriba. El instructor
militar tenía que darnos las señales extendiendo la mano y nos indi-
caba de tal punto como base:

   —Pongan ustedes dos dedos, tres dedos o cuatro dedos y de ahí va a
   empezar usted a tirar hacia abajo o hacia arriba.

    Según marchaba el enemigo todos esos blancos los hacíamos
tirando con la ametralladora.
    Una vez que hacíamos todas las prácticas, a los tres meses el
capitán de la compañía (que era un militar muy bueno, muy amiga-
ble con nosotros, porque nos consideraba como hijos). Ese militar,
se llamaba Ioánnis (Juan) Carlís, nos instaló en salones donde tra-
bajaban los tabacos, ahí acondicionaron un salón de una compañía
que tenía almacenes de tabaco porque los territorios eran nuevos y
no había cuarteles del ejército griego.


                                 124
   Entonces el capitán un día me dijo:

   —¿Quién entiende de albañilería?

   Levanté yo el dedo y le contesté:

   —Yo, mi capitán, yo lo puedo hacer.
   —¿Ya sabes cómo se hace?
   —Pos he visto cómo se hace.

    Ese trabajito consistía en levantar una bardita en una cosa circu-
lar, a un metro de altura y a la mitad de ésta se ponían unas varillas
y se dejaba una puerta por donde penetrara el aire y se quemara la
basura que se depositaba ahí.
    Ya al ver la obra terminada, le gustó y me dijo:

   —Oyes, Pappatheodorou, ¡hombre!, vivo en una casa que según mi
   señora pos quiere que se blanquee, que se pinten unos cuartos.

   Le contesté inmediatamente:

   —Mi capitán, yo lo puedo hacer, yo lo puedo hacer.

    Desde luego ese trabajito me tocó hacerlo y quedó muy conten-
to el capitán y siempre me veía con buenos ojos y en cualquier cosa
que podía ayudar me acomedía y me encomendaban tareas.
    Pero sucedió que a los tres meses tuvieron que seleccionar de la
compañía seis muchachos para enviarlos a la escuela de cabos; esa
escuela estaba en donde radicaba la división, que era en Drama, o
sea a quince kilómetros de Prosotsáni y le dije a mi capitán:

   —Mi capitán a mí no me gusta ir a al escuela de cabos. Yo no soy apto
   para eso.

   Y me dijo:



                                 125
   —Eso no depende de mí, ni de ti; eso es una cosa de patriotismo, es
   una cosa de nuestro pueblo. Y agregó; yo tampoco no quisiera ser
   capitán y sin embargo lo soy. Porque ustedes entran y salen y nosotros
   los militares en cualquier acontecimiento que se presente tenemos que
   acudir. Así que no dependió de mí el que te hayan seleccionado. No te
   seleccioné yo sino un comité que nombran varios militares. Entonces
   ellos investigan qué estudios tienen, qué comportamiento han obser-
   vado, qué personalidad tienen, modos de expresarse, en fin, muchas
   cosas toman en cuenta para seleccionarlos y mandarlos a la escuela de
   cabos, que serán los futuros instructores de reclutas.

    Y ahí permanecí tres meses en la escuela de cabos.
    ¿Por qué no me gustaba a mí ser cabo? Pos es un trabajo muy
pesado para enseñar a reclutas. Porque hay unos que intencional-
mente hacen molestar al cabo no obedeciendo las órdenes; por ejem-
plo: uno les dice media vuelta a la izquierda y ellos le dan a la dere-
cha. Entonces llegaba el momento en que a esos chuecos soldados
les ponían un cabo especialmente para fastidiarlos y someterlos al
orden. Y el cabo asignado les decía:

   —De frente, marchen, un, dos, un, dos, un, dos…

   Y así hasta que se cansaban y se sometían a la disciplina.
   A propósito de esto, un día a un soldado lo estaban enseñando
en esa forma que platico; pero en el momento en que el cabo dijo:

   —De frente, marche, un, dos, un, dos, media vuelta, un, dos, un, dos…

   Le habla el sargento al cabo para decirle alguna cosa. Y en eso se
entretuvieron y ese muchacho chueco, desordenado, fue a dar a su
casa. Y le preguntaron:

   —¿Por qué te fuiste a tu casa?

   Y contestó:



                                    126
   —Porque no me dijeron media vuelta.

    Y así pasaban cosas en el ejército.
    Ya estando yo en la escuela de cabos en Drama, o sea en la
capital del estado, ahí nos tenían a una disciplina muy férrea. Tenía-
mos que presentarnos en determinados lugares para aprender la
teoría, los ejercicios. Nos levantaban a las cinco o seis de la mañana,
según la época del año.
    A mí me tocó estar en verano, así que nos levantaban a las cinco
de la mañana y teníamos que salir a una explanada toda la compa-
ñía, que estaba formada por ciento veinte soldados. Primero nos
ponían a correr media hora y de los ciento veinte soldados al último
quedábamos (y me incluyo porque yo era flacucho y aguantaba y
hasta todavía hoy me siento bastante bien a los ochenta años de
edad) unos cuantos y corríamos media hora. Muchos tenían que
caerse porque ya no aguantaban por falta de respiración; después
de eso hacíamos algunos ejercicios corporales en el mismo lugar;
luego regresábamos a tomar nuestros alimentos. Después de esto
teníamos una hora de teoría de distintas cosas; por ejemplo, desde
cómo debíamos vestirnos, cómo debíamos envolvernos la pierna,
porque teníamos una especie de cinto que lo agarrábamos desde el
zapato hasta llegar un poco más abajo de la rodilla, que se envolvía
como una venda.
    Para la buena presentación no debía de faltarnos ni un botón y
para eso nosotros mismos teníamos que cosernos; nos daban agu-
ja, hilo, hasta alesna para que en caso de emergencia tuviéramos que
remendar hasta el zapato.
    Para andar debíamos de caminar siempre con energía, bien pa-
rados. Y nada de entretenernos aquí y allá. Si en el camino acaso se
nos presentaba un militar, teníamos que saludarlo. Y la teoría decía
que si el militar estaba distraído o alguna cosa así, nosotros (que
usábamos bayoneta cargada de lado izquierdo con un cinto) enton-
ces teníamos que golpear la bayoneta a manera que hiciera ruido
para que volteara y el militar se fijara quién era aquel soldado, ya
entonces se levantaba la mano para saludarlo. Y esto se hacía por-
que muchas de las veces el militar buscaba un soldado o mandaba


                                 127
un recado, por ese motivo el soldado necesitaba dar parte inmedia-
ta que ahí estaba un soldado para que viera qué se le ofrecía. En
caso que lo necesitara, entonces el oficial le decía:

   —A ver, muchacho, ven acá, vas a hacer este servicio.

    Entonces el soldado tenía que obedecer y hacer el servicio ese.
Y para esto el militar tenía que dar parte a la compañía del soldado;
en caso de que se hubiera desviado de la hora de servicio para que
no lo castigaran.
    Todas esas teorías que son muy útiles (así las considero yo) para
todo joven de la vida civil. Porque ahí se enseñaba disciplina, orden,
derecho y obligación; porque no sólo tenemos derechos sino obli-
gaciones, y si no tenemos obligaciones no podemos tener derecho.
    Después hacíamos los ejercicios generales todas las compañías,
desde infantería, ametralladoras, artillería, caballería. A nosotros nos
llevaban al cuerpo de artillería para enseñarnos cómo se desarmaba
y se armaba un cañón para hacerle la limpieza; también nos enseña-
ron cómo se atendían a los caballos o mulas que jalaban los caño-
nes. E igualmente en caballería teníamos que ensillar los caballos.
En fin, que teníamos que tener conocimiento de todo porque se-
gún decía la teoría que podría llegar en un momento en la guerra en
que se eliminaran oficiales, cabos o sargentos, entonces uno debía to-
mar el mando de aquello pues no podía quedar la unidad acéfala. Y
todas esas teorías eran muy disciplinadas y había que aprenderlas bien.
    No por elogiarme pero fui más o menos buen alumno, pero no
llegué a ser cabo. ¿Y se preguntarán por qué?
    Pues fue muy sencillo, ya que sucedió lo siguiente.
    Ya para terminar los tres meses de instrucción en la escuela, en
ese tiempo mi padre se había enfermado y tenía en la casa a mi
hermana (yo para entonces tenía veinte años y ella dieciséis años) y
a mi hermanito pequeño. Y al haber enfermado mi padre pues pedí
permiso de ir a ver a mi familia. Pero el director de la escuela me
dijo que no debía ir porque iba a terminar los cursos. Yo le contesté
que estaba bien lo del servicio a la patria, pero que en este momen-
to estaba primero mi familia.


                                  128
    En esos días tenía que venir a visitamos al colegio de cabos (por
motivo de fin de cursos) un coronel que era cabeza de un regimien-
to (debía hacer la visita un general pero como no había fue el coro-
nel). Y sí llegó, entonces tuvimos que presentamos toda la compa-
ñía. Y la obligación de todo militar, al pasar revista a la compañía,
era preguntar si alguno de los soldados tenía alguna necesidad. En-
tonces dijo:

   —El que tenga queja o necesidad que se ponga un paso al frente.

    Y salieron pocos, entre ellos yo también. Para esto, todavía esta-
ba atrás de mí el director y me jaló del saco, en el momento que el
oficial me preguntaba, y me hacía la seña de que no saliera; porque
comprendía que yo era uno de los buenos cabos que iba a salir; y él
insistía en que no perdiera esa oportunidad. Pero yo siempre tenía
en la mente «primero mi padre que está enfermo y después lo de-
más». Y salí, expuse mi problema, me cedió él permiso y me pre-
guntó:

   —¿Cuántos días necesitas, muchacho, para ir a Salónica a ver a tu fa-
   milia?

   Dije:

   —Son suficientes tres días, mi coronel un día para ir, un día para estar
   ahí y otro para regresar.

   Porque el tren salía de Drama y llegaba a Salónica y eso lo hacía en
cuatro horas; y lo mismo de Salónica a Drama. Entonces me dijo:

   —Que te den seis días, porque tres días no te son suficientes, posible-
   mente tu padre necesite alguna cosa ahí, y con un día no puedes resol-
   ver tu problema.

   Y así sucedió y por tal motivo no me dieron el nombramiento
de cabo. Pero con eso yo le agradecí ya que no llegué a ser cabo.


                                   129
    Al regresar a mi compañía de ametralladoras el capitán me nom-
bró subcabo (por haber estado en la escuela de cabos), que quiere
decir “buen soldado”. Ya después por mi preparación y comporta-
miento me nombró cabo de la comida. Y eso de cabo de la comida
pos es un descanso en que el cabo la pasa muy bien ahí. Porque el
regimiento se componía de tres compañías; entonces tenía que nom-
brar un oficial, cuatro cabos de comida y ocho ayudantes cocineros
y los cocineros, esos los nombraban diariamente de la misma com-
pañía; había también un cocinero de planta que dirigía la comida; y
los soldados esos estaban para comprar los alimentos.
    Previamente cada compañía se juntaba los sábados en la tarde
en el salón; entonces el primer sargento tomaba la palabra y se diri-
gía a la compañía para que expusieran los soldados qué comidas
deseaban comer, para así formar un programa por cada día de la
semana; ya fueran frijoles, lentejas, papas. Tres veces a la semana se
daba carne, que eran los días martes, jueves y domingos, y éste últi-
mo día hasta dulces y pasteles se repartían. Ya una vez hecho el
programa entonces se publicaba y se ponía en la puerta del salón,
para que cada soldado viera qué comida teníamos para equis día.
    Sobre ese programa se iban a comprar los materiales al mercado
y teníamos que llegar a la plaza a comprar carne, frijoles o según la
época. En tiempos de verano se compraban legumbres, fruta, en
fin. Y para la legalidad de la compra, tenían que firmar tanto los
soldados, que se nombraban diariamente en la cocina, como ayu-
dantes, el cabo y el oficial que acompañaba a las tres compañías
para saber que aquello fue legalmente comprado y de acuerdo con
los que acudían a la compra.
    Y así duré seis meses como cabo de la comida. En eso (como ya
dije) sucedió la invasión de Grecia a Bulgaria. Nuestro cuarto cuer-
po se movilizó pero sin invadir el territorio búlgaro; tan sólo llega-
mos hasta la frontera, hasta una población que se llamaba Zirnobon
que hoy se llama Neurocópi; su nombre era en búlgaro porque ha-
bía en esa región, en la montaña, unos pueblos búlgaros que poste-
riormente unos se quedaron allá y otros se fueron a Bulgaria.
    En esa población de Neurocópi permanecimos todo el tiempo
durante el acontecimiento, que fue en otoño. Y tuve que dejar la


                                 130
compañía, una sección de ametralladoras que se componía de un
oficial, un sargento, dos cabos y diez soldados. En eso tuvimos que
ocupar una casa de altos; que como dije algunas familias ya se ha-
bían ido a Bulgaria, por lo que estaban algunas casas desocupadas.
Entonces en la parte de los salones, en los cuartos de arriba ocupá-
bamos nosotros trece (las dos secciones, que eran doce soldados y
el sargento) dos cuartos. Y abajo teníamos las mulas que transpor-
taban las ametralladoras y los cartuchos. Y nos favorecía tener ani-
males abajo, porque con la respiración de éstos se calentaban nues-
tros cuartos arriba.
    En ese pueblo hacía un frío muy duro, había tan bajas tempera-
turas que teníamos que quebrar el hielo del río para darles agua a
las mulas. Y así permanecimos todo el invierno ahí.
    Durante el día, pos, salíamos en las calles a caminar, a distraer-
nos, con permiso naturalmente. Y siempre teníamos que dejar una
parte de la sección para que estuvieran al pendiente de las armas, de
los animales y de todo el equipo.
    Y al salir a las calles, como se acostumbraba allá, teníamos a
veces que ir caminando por la calle y las muchachas desde los bal-
cones nos tiraban pelotas de nieve y nosotros les contestábamos
inmediatamente, entonces cogíamos nieve y la apretábamos hasta
que hacíamos que se metieran o se escondieran; eso era una jugareda
que hacen con frecuencia los muchachos cuando hay nieve. Por
ejemplo: en una ladera se hace una bola, de diez o quince centíme-
tros de diámetro que le dan vueltas y vueltas y cuando va bajando, y
aquello llega a enrollarse, en poco trecho hasta hacerse una bola
grande entonces cuando llega abajo se ve un risco enorme. En esas
cosas nos divertíamos en tiempo de invierno.
    Pero al llegar la primavera otra vez nos concentraron a la base
de nuestra compañía que estaba en Prosotsáni.
    Ya teníamos nosotros más de un año en el ejército, entonces les
tocaba estar a los nuevos reclutas de 1926.
    Nosotros, al completar un año, ya teníamos los ejercicios nece-
sarios y entonces hacíamos simulacros de una división contra otra;
y el alto mando determinaba en dónde debían ejecutarse esos simu-
lacros. Y ahí tuvimos que pasar dos meses en la época de otoño.


                                 131
    Generalmente nos deteníamos a comer en una parte donde hu-
biera agua y arboleda en donde pudiéramos descansar después del
entrenamiento. El cuerpo del ejército era bastante numeroso, por
lo que se necesitaba de agua suficiente para todos y ahí se arrima-
ban los cocineros de las compañías y hacían la comida. Una vez que
comíamos, seguíamos después otra vez con los movimientos que
se hacían en distintas horas del día y de la noche.
    En verano estábamos en el salón del cuartel. Como esos días
son bastante largos, pues sale el sol a las cinco de la mañana y se
mete a las nueve de la noche. Entonces nos daban una hora des-
pués de comer, nos acostábamos cada quien en su cama. Y en eso
empiezan las campanas de la iglesia a repicar y a repicar, como señal
de que algo había pasado.
    Por cierto que nosotros siempre nos acostábamos con camisa y
calzoncillo y en ese momento gritaron:

   —¡Que se está quemando una casa!

    Y naturalmente, como soldados disciplinados, para que no su-
cediera algún robo y hubiera más orden, inmediatamente nos die-
ron la orden de acudir. Y todos fuimos hacia la casa, que para en-
tonces ya se había quemado junto con unos muchachos que vivían
ahí. Uno de ellos, que era el mayor, en el instante en que llegamos
nosotros ya lo habían levantado vivo aún y llevado en una ambulan-
cia a la capital del estado (que estaba a quince kilómetros) o sea
Drama. Los otros dos estaban bien quemados, como dice la pala-
bra, achicharrados; bueno, hasta con las costillas por fuera.
    Esos tres muchachos eran hijos de una viuda que trabajaba en la
tabacalería de una empresa. Y ella para tener seguros a los hijitos
los dejó en el patio, porque era verano. Pero la división era de unos
carrizos tejidos, desde luego que enteros (no como el petate) y en-
tretejidos y amarrados. Y los pobres muchachos, pues hicieron lum-
bre y prendió todo eso, ¿verdad?, que era muy flamable, muy fácil
de quemarse; y no pudieron salir de ahí, y se quemaron los pobres.
Fue una cosa muy triste al ver a los chamacos quemados. Y regresa-
mos a nuestro cuartel.


                                132
Los últimos meses en mi pueblo
Una vez que regresé del ejército (para entonces yo tenía veintiún
años y medio de edad) pos ya pensaba en mi futuro. Y que por
cierto se me presentó un horizonte bastante cerrado, pero no me
importó porque luché y busqué la manera de abrirme paso.
    En esta época yo tenía ya comunicación por carta con mi tío
Ángel (hermano menor de mi padre) que estaba en California, como
ya dije.
    Mi tío me mandaba revistas que estaban publicadas en abeceda-
rio, no en alfabeto. Y me fui penetrando en esto y aunque se me
dificultaba el inglés fui familiarizándome en la lectura a través de
este idioma.
    Cuando me escribía mi tío Ángel me contaba a qué se dedicaba,
cómo trabajaba en California, la gente que había, los griegos que
trabajaban allá.
    Motivado por mi situación tan difícil y por las cartas de mi tío
Ángel, decidí ir a investigar, fui a preguntar en las oficinas del go-
bierno de Salónica cómo podía ir yo a Estados Unidos; y me dije-
ron que podía inscribirme y esperar el turno de mi número. Porque
según me informé, los griegos que emigraban a Estados Unidos
tenían el tres por ciento de opción para poder ir a ese país. Y para
que sucediera eso tenía uno que esperar siete u ocho años para
poder ir legalmente a Estados Unidos.
    Después de esto decidí terminar el invierno preparándome en la
geografía de América y trabajando en la casa. Sembramos trigo,
cebada, habas, avena para la cosecha de primavera.
    Una vez que llegó la primavera ya no había trabajo de siembras,
ya no había qué hacer, por lo que decidí ir a buscar trabajo en la
ciudad. Recorrí todos los comercios, carpinterías, herrerías y demás
lugares en donde pensaba podía ser ocupado. Y todo era negativo,
que no tenían necesidad de empleados. Se me cerraron las puertas y
pensaba «¿pos qué voy a hacer, si tengo ganas de trabajar en qué me
voy a ocupar?».
    Antes de llegar la primavera mi padre había insistido en que
hiciéramos una cría de gusano en mayor escala. Mi padre me dijo:


                                 133
   —Mira, hijo, para poder hacer el cultivo a una escala mayor es necesa-
   rio un mayor número de hojas de morera y no tenemos. ¿Cómo crees
   que podemos resolver ese problema?
   —Papá, me voy a Epanumí, por ellas.

    Epanumí es una población grande que está frente a Olimpo,
distante a unos treinta kilómetros de mi pueblo, o sea antes de la
entrada al Golfo Thermáico, que por cierto ahí es lo más estrecho
del Golfo, es decir es la entrada al puerto de Salónica.
    Y encontré muchas moreras, en Epanumí, de dos y tres años
que no se habían cortado. Pregunté de quién eran esas moreras; y
me dieron el domicilio. Ya entonces fui con los dueños y los entrevisté:

   —¿Oigan, tienen ustedes la intención de vender la hoja?
   —Sí señor, ¿cuántas moreras necesita?

   Así que encontré un campo abierto para que fuéramos a criar
gusano.
   Regresé a mi pueblo con buenas noticias y le platiqué a mi padre
con detalle lo que había sucedido e incluso le comenté que vi unas
gentes que nos rentaban casa.
   Y así nos trasladamos a Epanumí y ahí hicimos una cría de gusa-
nos de mayores proporciones que las que acostumbrábamos. Le-
vantamos una buena cosecha, nos hicimos de algunos centavitos; y
regresamos otra vez a Surotí (mi padre, mi hermana María, mi her-
manito y yo).
   Teníamos una mula, un macho que tuve que amansar, porque
era salvaje.
   Un día llevé al macho a un barbecho, donde cerraba la melga, en
donde es el centro, el lugar más hondo en donde se había acumula-
do el agua de una lluvia; y ahí lo monté, brincó y se paró de manos,
me tumbó, me enlodé, volví a levantarme, volví a montarlo hasta
que cedió el pobre animal bañado en sudor.
   Al regresar a la casa me dio un trepe, una regañada fenomenal
mi padre, porque no podía pegarme por ser mayor de edad.
   Una vez amansado el animal ya tenía mejor precio, pero yo lo


                                  134
usaba para que cargara leña, le ponía su silla y encima la carga.
    Tenía un primo que era mayor que yo y siempre hacíamos buena
compañía, íbamos juntos a la leña y él me ayudaba a cargar a la
bestia de leña.
    Por cierto que me tocó vender la bestia ya cuando me estaba
preparando para el viaje al nuevo mundo.
    Durante el último invierno me dediqué a la compra y venta de
algunos productos.
    Teníamos un burro, un buen burro que era fuerte, entonces iba
yo de Surotí a Salónica a comprar manzanas en el mercado de ma-
yoristas, que las vendían de los caiques, que son unos barquitos chi-
cos de vela, que los traen de distintas partes del litoral de Grecia
para venderlas en el puerto de Salónica. Y ahí acudía donde podía
comprar más baratas las manzanas, y así cargaba en mi burrito todo
lo que podía el pobre. Y luego regresaba al pueblo para después al
día siguiente llevar en dos cajas la mercancía (amarraba una caja de
cada lado del burro), que iba a vender en los pueblos turcos. Esa
mercancía la vendía por especie, ya sea por trigo, por huevos que
nos hacían falta para hacer pan, o bien si no los necesitábamos los
vendía después en el mercado.
    Y pos les voy a contar un poco de mi experiencia como comer-
ciante, que por cierto era un gran sacrificio ir a comprar el producto
a la ciudad para ir después a distribuirlo a los pueblos.
    Como ya sabemos que las turcas no salen de sus casas sin tener
cubierta la cara, porque su religión no se lo permite, ellas tienen un
ropón largo que les cubre desde la cabeza hasta los pies; ese ropón
lo cogen con la mano izquierda y lo llevan hasta tapar la nariz a
manera que los ojos queden descubiertos; y así sostienen por den-
tro aquel ropón a manera de que vean, pero que los demás no las reco-
nozcan. Entonces cuando iba yo a vender o a comprar, no salían ellas
de sus casas, sino mandaban chamacos a comprar. Y les decía son tan-
tos kilos de trigo en una bandeja, y así les daba siempre un poco menos;
en vez de ser tres kilos yo se los tomaba por dos kilos.
    En cuanto a la manzana esa sí les daba el peso correcto, lo que
me pedían, y ya les decía la manzana vale tanto y me preguntaban
ellas también:


                                  135
   —¿A qué tanto tomas tú el trigo?

    Me hablaban de tú porque era yo joven, chamaco. Y ya les con-
testaba:

   —El trigo vale tanto y la manzana tanto.

    Y así me iba de casa en casa ofreciendo mis manzanas y reco-
giendo el trigo o huevos.
    Ya cuando anochecía, que no podía regresar a mi pueblo tenía
que buscar alojamiento en el lugar donde se me hacía tarde.
    A propósito de esto hay la costumbre muy sana, filantrópica, de
los turcos, para atender a los extraños cuando llegan a un pueblo,
en donde no tienen a dónde acudir para dormir y comer. Entonces
en los pueblos chicos tienen un mandadero que está al pendiente de
vigilar la entrada de extraños al pueblo; ya sea que vayan en caballo
o en burro como iba yo de comerciante. Y le preguntaban a uno:

   —¿Oiga usted va a pernoctar aquí en la noche?
   —Pos sí, joven —le decía— porque, ¿a dónde puedo ir de aquí en
   adelante? pues ya se me va a hacer noche y no alcanzo a llegar al otro
   pueblo.

    Ya entonces el mandadero turco fue a avisar a la familia (porque
están por turnos también las familias esas) a quien le tocaba man-
dar cobija, colchón, leña y la comida para las personas que llegaban.
Cuando eran un número mayor de tres, entonces acudían a otra
familia para llevar mayor abastecimiento para atender bien a todos.
    Durante la noche, cuando regresan todos los turcos de sus que-
haceres, acudían a ese salón que era del pueblo, que tenía chimenea;
ahí el mandadero prendía el fuego y se sentaban todos al rededor en
petates; tenían también algunos almohadones, porque los turcos en
aquella época no se sentaban en sillas, sino con las piernas cruzadas
o inclinadas en un brazo o en el otro, o bien en alguna almohada o
recargados en la pared; así era la postura que conservaban los tur-
cos en el rato que duraba la conversación.


                                  136
   Y así pasé una noche en ese pueblo turco. Ya al día siguiente
regresé otra vez a seguir mi recorrido en otros pueblos hasta termi-
nar mí mercancía; yo entonces regresaba a mi pueblo.
   De esta forma ganaba algunos centavos y me apuraba más tener
ganancias, porque ya tenía proyectado mi viaje a América.
   Ya cuando terminó la temporada de la manzana, alguien me dijo:

   —¡Hombre! ¿Por qué no vas a traer pescado fresco de la laguna de San
   Basilio?

    Y para llegar a ese lugar tenía que atravesar la cordillera Jortiati y
tenía que caminar aproximadamente más de treinta kilómetros de
subida y bajada para llegar a la laguna. Eso tenía que ser a más
tardar como a las ocho de la mañana, cuando los pescados se ven-
dían a mejor precio.
    Esa vez me fui en mi macho para poder caminar más aprisa. Y
como era distante (y como no tenía la experiencia suficiente para
trabajar esa mercancía) se me echó a perder el pescado y comenza-
ron a decirme los clientes, pues que el pescado ya estaba descom-
puesto.
    Y efectivamente me di cuenta de eso y por más que quise hacer
tonta a la clientela no pude y tuve que tirar los pescados, vaciar mis
dos cajas de pescado y me regresé al pueblo sin nada.
    Y, pos, fue una cosa triste, que me sucedió y que la recuerdo para
que ustedes se den cuenta de lo que es trabajar por la necesidad de
vivir. Porque el trabajo es muy sagrado, no una vergüenza.
    En el último año que estuve en mi pueblo, que fue en 1927,
recuerdo que la pasaba bien con mis amigos. Éramos un grupo de
muchachos jóvenes, amigos desde la infancia naturalmente; entre
ellos estaba Dimítrios Guentzoglou, otro era primo hermano de él
y se llamaba Dimitrós Nalbandoglou, otro era primo segundo mío
Jaralambos Tzingózis. Y entre los cuatro o cinco nos divertíamos.
    Para esto yo pretendía a una muchacha que se llamaba Fotiní (que
quiere decir Luz); ella también tenía un abuelo que era sacerdote, pero
él se había quedado en Mandritza y sólo su padre estaba en Surotí. Uno
de tantos días, Fotiní había tendido las ropas de su casa en un mecate


                                  137
para que se secaran y entonces me dicen mis amigos:

   —Oyes, Theodoro, por qué no vamos y recogemos toda la ropa y la
   mandamos a planchar para que el sábado en la noche la pongamos en
   la puerta de Fotiní y el domingo al abrir la puerta la encuentre bien
   arregladita.

    Y así lo hicimos, y desde luego que quedé muy bien con la mu-
chacha, aunque al principio se había asustado por no ver la ropa en
donde la había tendido.
    Era muy sana la forma en que nos divertíamos; en ocasiones
nos reuníamos un grupito entre siete y ocho muchachos y mucha-
chas también, que teníamos necesidad de reunimos como lo hacía-
mos en Mandritza. En ocasiones, cuando no había música, pues
comenzaban a cantar las muchachas, que se ponían adelante, y esa
misma canción la repetían otros dos atrás; y así continuaba el ritmo
del baile, que consistía en cogerse de las manos y hacer un círculo,
según la cantidad de gente que se agregan en el baile. Y cuando
teníamos música, ésta dependía de una terna, que era un instru-
mento parecido al cilindro (conocido en México); era un aparato
muy bonito, muy adornado, y había una persona que tenía ese apa-
rato. Así que esa terna la sacábamos en una era grande que estaba
en las orillas del pueblo y así bailábamos todos, hasta cuando co-
menzaba a meterse el sol, entonces se agregaban hasta los ancianos
y las ancianas todos gustosos bailando.
    Y como ya dije, dos muchachas bailaban adelante y cantaban y
dos muchachos bailaban atrás y repetían la canción para alargar
más el baile; bueno pues una de esas canciones decía así.

   Ten salud desesperado mundo,
   ten salud dulce vida
   y tú, patria destronada, ten salud para siempre;
   tengan salud ustedes: súles. armas, montes,
   breñas.
   En la tierra no vive el pez
   ni la flor en la arena


                                  138
   ni las souliotices pueden vivir sin la libertad
   tengan salud ustedes: súles, armas, montes,
   breñas.

   Y así continuaba el baile y después de esto descansábamos un
rato mientras pensábamos qué otra canción íbamos a cantar; y así
continuaba la diversión.
   Había varias canciones, por cierto recuerdo una que trataba de
un muchacho que cuando vio a varias muchachas dijo:

   Pónganme, muchachas, en el centro
   para ver cuál escojo de todas
   a ver cuál de todas escojo
   una vestida de rojo me tiene el
   corazón quemado.

  También me viene a la memoria una canción que cantaba mi
madre en idioma albanés. Esta canción narraba la historia de una
muchacha que se enamoró de un joven viudo; y empezaba así.

   Anita bonita de nueve pueblos
   te llegaron nueve peticiones.
   ¿A quién vas a tomar?

   Que sepas madre, si tres días que viva
   así y todo yo voy a tomar a Theodoro
   a Theodoro el guapo, a Theodoro el viudo.

   Se novió* Anita, se casó
   pasaron unos dos, tres días
   a Anita empezó a dolerle la cabeza

Para bailar la canción de Anita, se cogían las muchachas de los cin-
tos, cruzados los brazos una con la otra, como si formaran una

* Que andaba de novia.



                                    139
cadena. Y una vez cogidas todas se ponían dos muchachas adelante
y otras en la parte de atrás en medio, naturalmente de los que se
sabían la canción para que la repitieran.
    Esta canción se bailaba en Mandritza a principios de este siglo.
    En Mandritza, las mujeres usaban su vestido ajustado con un
escote en forma de U y en el pecho, dos aberturas para amamantar
a los bebés; todas las orillas estaban adornadas con cordel, estos
vestidos eran de algodón y lana. En el interior usaban una camisa
larga hasta el tobillo y las mangas largas y anchas y adornadas con
encaje; ellas mismas hilaban y tejían el algodón, la lana y la seda.
Tejían en telares, que en todas las casas había.
    En la cintura usaban su cinto con dos placas en frente adorna-
das con piedras preciosas y donde se enganchaban y alrededor se
colocaban plaquitas de dos centímetros de ancho por siete u ocho
de largo, con doble pared. También en la cintura se colgaban un
mandil muy adornado de dibujos y flores que ellas mismas tejían en
los telares.
    Usaban aretes de oro muy visibles; y en el pecho una sarta o dos
de flezime; y en los brazos un brazalete de oro o plata tejidos de
chaquira y hacían también bolsas de mano. En los dedos de la mano
usaban anillos las casadas, y las solteras su anillo de compromiso.
    En la cabeza se ponían una pañoleta de distintos colores, floreadas;
peinadas todas ellas, partido el pelo a la mitad de la cabeza y la pañoleta
doblada en triángulo y puesta en la cabeza más atrás de la frente, pasan-
do las puntas por la nuca y estas se regresaban amarradas a un lado de
la cabeza sostenidas con una flor natural o de seda.
    Medias no usaban, ni había; usaban calcetines de algodón o de
lana, que ellas mismas tejían de distintos colores y dibujos.
    El calzado era de tipo mocasín, de tacón bajo o pantuflas.
    Cuando hacia frío usaban un chaquetín o saco corto hasta la
cintura abierto de enfrente, de cuello parado de dos centímetros;
mangas hasta la muñeca de la mano. Y en la parte de atrás sobre la
cintura tenía unas aletas a uno y otro lado.
    Talcos y colorete no se usaban y no había necesidad, por el cli-
ma todas estaban rozagantes, de color natural.
    Pues esa era la indumentaria. Pero hay muchas canciones muy


                                   140
bonitas. Ahora mismo recuerdo otra que se refería a una muchacha
llamada Angélica y que le preguntó su amiga:

   Angélica pequeña muchacha
   qué haces tú ahí muchacha a la orilla del mar
   a la orilla del mar sobre esa peña.
   Me senté aquí para ver los pescados del mar
   los pescados del mar, palamidas.

Y palamidas es un pescado que se da en el Mar Negro, en la desem-
bocadura del río Danubio y del río Nieper que baja del norte de
Ucrania, que atraviesa también la ciudad de Kiev de Rusia.
    Hay una canción de nuestra historia, de los mandrichotas; como
he mencionado que dependemos de un pueblo que se llama Súlio,
que está en la orilla del mar y que durante la invasión turca quisie-
ron amenazar ahí a las muchachas y que por honradez de cristianas,
ellas no se dejaban. Y entonces esas muchachas cantando se iban
tirando de un precipicio al mar para ahogarse, antes que entregarse
en manos de los bárbaros, de los turcos, que eran mahometanos, de
otra religión naturalmente.
    Y esta canción la cantaban bailando las muchachas cogidas de la
mano y así cuando cada quien llegaba al precipicio se tiraba al mar;
y esto era para salvarse de la deshonra de los turcos y decían así:

   Tengan salud montes y barrancos
   tengan vida montes y barrancos.

   Y esto lo decían porque abandonaban aquella tierra. Y luego
decían:

   El pescado no vive en la tierra
   como tampoco la rosa en la arena
   así también las suliotas no pueden
   vivir sin la libertad.

   Esas eran las últimas palabras y se tiraban del precipicio al mar.


                                 141
Baile chámico.




    Estas canciones ya se cantaban en 1821. Hay una canción que se
refiere a los combatientes de las montañas; pero antes quiero decir
que durante toda la época de la esclavitud de los griegos, bajo el
dominio turco, andaban los jóvenes en las montañas y ahí pasaban
años enteros hasta que se envejecían combatiendo a los turcos en
donde los encontraran, fue por eso que éstos llegaron al pueblo de
Súlio a cometer esas barbaridades; bueno pero relacionado con esto
está esa canción que dice:

   Este pobre joven, más bien anciano
   que estuvo 40 años combatiendo
   en las montañas
   ahora se encuentra cansado y
   falto de sueño
   se encuentra agotado para
   seguir combatiendo.


                                142
Detalles del patriotismo de esa época
Los pobres griegos combatían para la independencia eternamente.
Recuerdo también que en mi país la entrada de la primavera se fes-
teja el primero de marzo, ese día es de fiesta porque se realiza el
cambio de estación de invierno a primavera, ya desde entonces se
esperan días soleados en que la gente sale de su encierro para ver el
campo libre. Y la forma de celebrar la primavera es haciendo en la calle
echones, o sea lumbradas grandes, que los muchachos brincan sobre de
ella agarrando vuelo para atravesarla, esto se hace como tradición, que
significa dejar atrás el invierno y empezar la primavera.
    Durante el invierno no hay hojas en los árboles, no hay pasto,
todo está desierto y durante los meses de invierno en ocasiones se
blanquea hasta por varios días y a veces por meses; todo aquello
está blanco que no se puede ni ver por la blancura de la nieve que
deslumbra. Es por eso que cuando la primavera llega es muy noto-
ria porque se descubren los árboles de nieve y comienzan a retoñar
las hojas, y desde luego la gente comienza a salir, entonces todo
aquello es un gusto porque empieza la belleza de la primavera.
    Y ya que estoy hablando de la primavera, recuerdo un detallito
que sucedió en esos días soleados precisamente.
    En las afueras de Atenas se encontraron dos personas, uno que
entraba a la ciudad, que era filósofo, y el otro que salía de la ciudad
y que era ganadero de ganado chico. Y, pues, desde luego que por su
indumentaria supo que era ganadero propietario porque llevaba
bastón propio para agarrar a los animales de la pata trasera, que está
en forma de una “Z”; entonces por esa indumentaria el filósofo se
dio cuenta de la actividad del que salía y le pregunta:

   —¿De dónde a dónde, quién y cuántas?

  Y el ganadero que iba de Atenas a Libadiá le contesta en la mis-
ma forma:

   —De Atenas a Libadiá, Theodoro y quinientas.



                                  143
    Que quería decir: vengo de Atenas, voy a Libadiá, me llamo
Theodoro y tengo quinientas borregas.
    Por supuesto que Libadiá existe desde los tiempos antiguos y
aún todavía existe y significa pastoreo, es decir “lugar en donde hay
terreno especial para pastorear ganado”.
    A propósito de Libadiá, recuerdo una canción de una pastorcita
muy bella que andaba en el campo y que la vio un joven y le preguntó:

   Dime bella muchacha si tienes
   vecinos, si tienes padre y madre
   y herencia.
   Y ella le contesta:
   Ni madre, ni padre, ni herencia.
   Perdí mis borregas y vine
   a buscarlas.

    El muchacho, al ver a la joven muy bella, con buena indumenta-
ria y que iba caminando por el campo, pues le hizo esas preguntas
con el propósito de iniciar una plática para entrar en amoríos. Y
como ya he dicho, allá siempre se busca el interés para el casorio, es
por eso que el muchacho le hacía esas preguntas.
    Así la pasábamos en el pueblo entre pequeñas diversiones y gran-
des trabajos para ahorrar para mi viaje hacia México y, ¿por qué a
México? Pos pensé que llegando a México no había dificultad, pues
ya me habían dicho que el gobierno daba permiso para emigrar
libremente a ese país y que había un representante de México en
Salónica, que era un doctor griego; también me dijeron que al llegar
al puerto de Veracruz tenía que presentar cien dólares, que era un
requisito del gobierno mexicano para que uno tuviera que comer
en los primeros días mientras uno se puede acomodar a trabajar en
alguna parte.
    Entonces yo había oído que en México había escasez de albañi-
les, y yo pensé que como ya tenía práctica, podían emplearme en
albañilería, por lo que puse en el pasaporte que era albañil, puesto
que era un joven de principios de trabajo. Por supuesto que no
mencioné nada de sericicultura, porque en México pos no se usaba


                                  144
eso y tenía que decir en qué podía ocuparme en México.
    Fui a una agencia de viajes para preparar mi salida; ya que no
había encontrado más trabajo en mi país. A raíz de tanta guerra, el
horizonte para mí estaba cerrado tanto en la sericicultura como en
la agricultura y en otras cosas.
    Como ya he dicho, a los ocho años fui exiliado y exiliado llegué
para encontrar la guerra de los Balcanes, de la Primera Guerra Mun-
dial. Y después de esto se viene la guerra greco-turca y luego otro
acontecimiento contra Bulgaria y después de eso, fui soldado y lue-
go pos a qué me quedaba si ya no había visto día blanco en toda mi
juventud, desde mi nacimiento hasta el exilio.
    Eso, precisamente, eso fue lo que yo gocé en mi niñez, en la casa
de mi padre y de mis abuelos.


Rumbo a México
Yo partí a México un jueves primero de septiembre de 1927. Para
esto yo había ya anunciado mi partida entre la gente que me cono-
cía del pueblo y entre mis familiares; porque cada vez que iba yo a
Salónica, que es la capital de Macedonia, siempre alguien me pre-
guntaba:

   —Oyes, pues, ¿a qué tanto vas a la ciudad?

   Pues naturalmente yo, franco, les contestaba.

   —¡Hombre! es que ya estoy tramitando mi viaje a América y me voy a
   ir a México.
   —Y, ¿qué vas a hacer a México?
   —¡Hombre! voy a ir a México porque ya he estudiado bien su geogra-
   fía y sé que puedo atravesar la frontera y llegar a California, que no
   está lejos de este país.

   Y así todo el mundo se dio cuenta que ya se aproximaba el día de
mi partida. Y tuve que ir a despedirme de mis amigos, de mis pa-


                                  145
rientes y de mi tío Basilio; quien había regresado de América des-
pués de la Primera Guerra Mundial; él se casó en Grecia con su
novia Magdaliní y tuvieron dos hijas, una se llamaba Anna y la otra
Dominga, o sea Kyriakitza en el idioma griego. Pues tuve que des-
pedirme de mis tíos y mis primitos, que para entonces estaban muy
pequeños. Después me fui a despedir de mi tío Gregorio, que tenía
tres hijos: uno se llamaba Ángel, otro Jrístos y otro Spyros. Jrístos
tenía la edad de Basilio, mi hermano, y eran compañeros en la es-
cuela. Que por cierto para estas fechas ya habían instalado una pe-
queña escuela en Surotí. Enseguida fui a saludar y a despedirme de
los hermanos Tzingózis, de Juan Lambros y Jrístos. Y luego fui con
los Dimítrios Guentzoglou y de Nalbandoglou, de Dimítrios y de
otras tantas personas también me despedí, desde luego todas cerca-
nas a mí y de mi completa estimación.
    Y así, ese jueves por la mañana partí del pueblo de Surotf, besé
a mi padre; en ese momento mis hermanitos no se encontraban en
la casa, andaban jugando por ahí; pero cuando vieron que me aleja-
ba de la casa y que llevaba conmigo una mochila pequeña (porque
no tenía gran cosa que llevar, por la pobreza en que vivíamos) en-
tonces me alcanzaron cerca de un arroyo que había en la orilla del
pueblo, me alcanzaron y me interrogaron:

   —Oyes, Theodoro, ¿a dónde vas con esa mochila?
   —Ya me voy a América. ¿Qué quieren que les traiga cuando regrese?
   —Pos a ver qué nos traes con tu regreso.

    Y así los abracé, los besé y continué mi camino pues había que
recorrer a pie más de treinta kilómetros.
    Al salir del pueblo, ya distante un kilómetro aproximadamente, me
encontré a un paisano que se llamaba Elías Péicoglou, ya de edad él;
tenía dos hijos pequeños, entonces él me gritó a cierta distancia:

   —¡Theodoro!, ¿a dónde vas?
   —Ya me voy a América, con destino a México, Elías.
   —¿Qué estás diciendo ¡hombre!? Yo creía que todo lo que hablabas
   eran mentiras.


                                146
   —Pos no señor. Voy a encontrarme con mi tío Ángel.
   —Siquiera Dios ya estás preparado. Y dime, ¿tienes pasaporte y boletos?
   —Sí, ya tengo todo listo.

    Conforme él me preguntaba se iba acercando, nos encontra-
mos, nos dimos un abrazo, nos besamos en una mejilla y en la otra
(porque es costumbre que la gente se bese cuando se encuentran
después de largo tiempo). Y así me despedí de Elías y continué mi
camino a Salónica.
    Entonces ya sabía que el lunes salía el barco de Salónica a Piréo,
que es el puerto más grande de Grecia, que está pegado a Atenas y
que hoy es una sola ciudad la capital con el puerto. Ese barco se
llamaba Kanáris, así se llamaba el barco, que no era muy grande, que
hacía el recorrido Salónica-Piréo. Al día siguiente, como ya no tenía
muchos recursos (nada más lo necesario, porque no pude tener más
como para hospedarme en un hotel) dormí en un pandojíon o me-
són, que generalmente estaban en las orillas de las ciudades y ade-
más tenían lugar para bestias y algunos cuartos para los mismos
caminantes que llegaban con bestias y ahí se alojaban, y por supues-
to les costaba menos dinero.
    Al día siguiente, no llevaba ningún compañero, tuve que ir a
Atenas a ver al cónsul que representaba al gobierno de México ante
el gobierno de Grecia; él me dio la visa y me selló el pasaporte, me
dio hasta una carta y un domicilio de un griego que estaba en Vera-
cruz y que tenía una refresquería, para que al llegar a Veracruz fuera
a entrevistar a esa persona y él me orientara para otro domicilio
situado en la capital de la República.
    Al tercer día, los empleados de la agencia me dijeron cuándo iba
a zarpar el barco de Piréo para Marsella, Francia. Era un buque
francés, no muy grande, que se llamaba Unión, el cual venía del Mar
Negro.
    Ya listo yo de los asuntos del consulado, fui otra vez a Piréo con
la carta en la mano y el boleto para el día siguiente abordar el buque
que se dirigía a Marsella. Al día siguiente subimos al buque y lo
mismo, también ya tarde, serían las ocho. Yo no sé por qué los
buques zarpan siempre después de medio día o ya en la noche. Y así


                                  147
Ángel Pappatheodorou en California, 1928.


                                    148
navegamos de Piréo hasta Marsella cuatro días y sus noches. Pasa-
mos por el Canal de Corinto y al llegar a la entrada del Canal ahí se
paró el buque; llegó un barquito chico y lo engancharon al buque y
jalándolo lo atravesaron al canal del Golfo Sarónico al Golfo de
Corinto. Ya al salir al otro lado entonces echaron a andar los moto-
res, porque como está estrecho el canal no pueden trabajar las héli-
ces de los buques grandes, porque hace mucha turbulencia y por no
averiarse alguna cosa, entonces los jalan de un lado a otro. Estando
en el otro lado entonces continuó el recorrido. Pasamos entre Sicilia
y la punta de la bota italiana para llegar a Marsella.
    Llegamos en la mañana y nos desembarcaron. En este barco
viajé solo, no encontré ningún paisano que se dirigiera hacia Méxi-
co. Pero al llegar a Marsella me pusieron una señal metálica que
indicaba que era pasajero del trasatlántico Espagne (España) que hacía
el recorrido Francia-México y al llegar yo a un hotel que también
era de un griego para el que ya me había dado un papelito el cónsul
de Atenas, para que fuera ahí y él me pudiera orientar en qué forma
iba a tomar el trasatlántico de Francia a México, a Veracruz. Pero al
llegar al hotel, ahí encontré varios muchachos griegos que iban tam-
bién a México. Ahí tuvimos que estar tres o cuatro días hasta que
tuviéramos noticias del barco que iba a salir del puerto Saint Lazaire,
o San Lázaro, rumbo a México en el trasatlántico Espagne, o sea
España. Posteriormente a ese buque le cambiaron por el nombre
de Mexique, o sea México.
    Pasamos un rato en el Puerto de Marsella. Éramos como doce
muchachos y por nuestra seguridad nos aconsejó el hotelero:

   —Miren muchachos, pórtense bien aquí en el puerto si no quieren que
   les roben el dinero; porque aquí las muchachas malas les pueden robar
   todo, ¡bueno! hasta la ropa.

    Dos de ellos no oyeron y se fueron, pero al regresar, tristemen-
te, tal como nos lo había narrado, tal como nos lo había dicho el
paisano, el hotelero, salieron con calzoncillos de esas casas. Todos
los centavos se los robaron, pensábamos que cómo haríamos aque-
llo puesto que tenían que comer mientras llegábamos a Veracruz,


                                 149
donde ellos dos tenían parientes. Pero la dificultad era al llegar a
México que por leyes del gobierno mexicano todo extranjero, todo
emigrante, al desembarcar tenía que presentar cien dólares con el
fin de tener algunos días qué comer mientras se acomodaban en
alguna parte donde pudiera trabajar.
    De Marsella tuvimos que tomar el tren en la tarde y viajamos
toda una noche para llegar al puerto de San Lázaro, Saint Lazaire, al
llegar a Saint Lazaire ya el buque estaba ahí, así es que bajando del
tren inmediatamente subimos al trasatlántico que se llamaba Espa-
ña; de Saint Lazaire tocamos Coruña, el puerto de Coruña, pero ahí
no nos bajamos, se paró poco rato el barco para bajar y recibir unas
mercancías y de ahí seguimos a Santander, en España; llegamos a
medio día. Primero nos dijeron que no íbamos a bajar porque íba-
mos a permanecer corto tiempo ahí, pero después nos avisaron…
¡Ah! En eso estando ya parado, atracado el buque porque no nos
permitían salir, oíamos unas muchachas con canastas que vendían,
puesto que era ya septiembre en tiempo de las uvas y gritaban: «¡Hay
uvas! ¡Hay uvas!». Yo no sabía ni una palabra, mas que las letras
latinas, y pregunté a mis compañeros:

   —¿Que quiere decir uvas?
   —Pos no ves hombre están vendiendo uvas.

    Y entonces tenían ellas mismas unas canastitas con unos
mecatitos que tenían preparados, y entonces así aventaban un
costalito que tenían amarrado en la punta del cordón para que al-
canzara la gente del buque a cogerlo para poner ahí los centavos, y
así poníamos los centavos y después nos ponían las uvas y las
jalábamos arriba y a comer uvas.
    Ya a media tarde nos dijeron que podíamos salir a la ciudad.
Bajamos, recorrimos ahí las calles, lo mismo, también como todas
las ciudades de Europa, con las calles angostas y quebradas, subidas
y bajadas, mas lo único que vi plano fue el malecón, en donde atra-
có el buque.
    Un poco tarde zarpó otra vez el buque rumbo a América. Estu-



                                150
vimos tres semanas de día y de noche navegando para llegar prime-
ro a La Habana.
    Por cierto que teníamos boleto de tercera y varias personas dor-
míamos en un sólo salón, desde luego que cada quien en su cama.
    Los primeros días me mareé, porque no estaba acostumbrado a
viajar; estuve tres días con sus noches en la cama agarrándome de
uno y otro lado. A propósito, les diré que las camas eran de tercera,
pero eso sí, nos daban bien de comer. Desde luego que por lo ma-
reado no apetecía cosa alguna, mi estómago no lo admitía, por lo
que uno de mis compañeros se acercó y me dijo:

   —¡Hombre Theodoro! Estaría bueno que tomaras té y vas a ver qué
   bien te cae.

    Y le hice caso, pues era lo único que podía tomar; en cuanto a
mis alimentos, ellos los aprovechaban.
    Yo veía que a mis compañeros no les afectaba el viaje. ¿Pues
cómo? Si ellos procedían de litorales de Grecia, de islas; algunos
provenían de Peloponeso y pues de cualquier forma estaban fami-
liarizados con el agua.
    Pero eso del mareo me duró pocos días, ya al cuarto día se me-
joro el tiempo y salimos a cubierta; entonces comencé a comer nor-
malmente y a tomar mi vinito; porque nos daban vino también.
    En cubierta platicábamos, cantábamos, pasando así el rato hasta
llegar a La Habana.
    En La Habana no nos permitieron salir; llegamos una tarde y
ahí cargaron y descargaron. Y lo único que nos dijeron fue que el
Golfo de México era un lugar en donde se movía mucho el buque,
que quién sabe cómo la pasaríamos. Y naturalmente nosotros nos
quedamos temerosos por la travesía de La Habana a Veracruz. Sin
embargo, no nos pasó nada y llegamos felizmente a Veracruz.




                                151

				
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