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                 EL PROTAGONISTA EN LAS NOVELAS DE EDUARDO MENDOZA:

                             UN AJUSTE DE CUENTAS CON EL LECTOR


                                            MERCEDES JULIÁ
                                            Villanova University


   Cuando en l975 apareció La verdad sobre el caso Savolta, primera novela del entonces desconocido autor

Eduardo Mendoza fue acogida con verdadero entusiasmo, siendo galardonada con el p restigioso premio de la

Crítica. Las siguientes novelas de Mendoza, El misterio de la cripta embrujada ( l979) y El laberinto de las

aceiturnas (l982), aunque muy distintas en tono y estructura, continuaron con temas similares dentro del género

policíaco, e igualmente obtuvieron un éxito rotundo. Entonces se pensó que la enorme y rápida aceptación de

estas obras se debía especialmente a las originales aportaciones de Mendoza al género detectivesco, y por lo

tanto dichas novelas se agruparon junto a las de otros escritores como Manuel Vázquez Montalbán y Juan Benet

que asimismo habían contribuído al género con obras como Asesinato en el Comité Central (Montalbán, l98l) y

El aire de un crimen (Benet, l980). Se exploraban así otras avenidas que ofrecían frescura y originalidad a la

novela neorrealista del momento.     María Elena Bravo en un artículo dedicado a la novela de esos años

concluía:



   Los elementos policíacos ofrecen un enriquecimiento de las técnicas narrativas y una plataforma

inusitada para contemplar la sociedad. . . Podemos concluir que la novela española de los años

ochenta ha sabido servirse bien de estos recursos, contribuyendo al mismo tiempo a expandir la

capacidad expresiva del género (l3).




   A las novelas de Mendoza arriba citadas siguieron otras, también ganadoras de premios importantes, como

La ciudad de los prodigios de l986, La isla inaudita (l989), Sin noticias de Gurb (l99l) y El año del diluvio

(l992).     Textos que ya no eran detectivescos y que revelaron lo que se intuía desde el comienzo, que la

acogida de las novelas de Mendoza se debía          sobre todo a      su genialidad narrativa.       Registros

sorprendentes del lenguaje, novedad de las estructuras novelescas (en un pastiche donde cabe la narración

gótica, la picaresca, el folletín, y hasta el comic), y una trama llena de sorpresas y peripecias, ofrecían
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al lector un texto que por encima de todo era entretenido.        Como Cervantes, Mendoza devolvía a la

novela algo que los lectores modernos estaban olvidando: que antes que nada la lectura debe deleitar. La

complejidad narrativa de Mendoza, como la de los mejores escritores, podía ser apreciada en varios

niveles, agradando tanto al lector modesto, como al crítico más exigente.

    El estudio de las técnicas de composición de este autor requerirá el esfuerzo de la crítica en años

venideros. En este breve ensayo quisiera concentrarme en un aspecto de su obra que llamó mi atención

desde el comienzo, y es el tratamiento del protagonista, pues como tal encierra la clave de la novela entera,

y en su relación con el lector puede observarse la fuerza y originalidad de la obra de este escritor.

    El protagonista de Mendoza, aunque muy distinto en cada uno de los textos, es siempre un individuo

cuyo desarraigo le hace sobresalir por exceso o defecto del resto de las personas de la sociedad. Son

solitarios que no saben cómo ajustarse a las normas establecidas, y             por consiguiente mantienen

inicialmente una distancia con el lector, pues éste no puede solidarizar con tales extravagancias.         A

medida que se lee la novela, sin embargo, estos personajes consiguen la estima y el apoyo absoluto del

lector.   Aún más sorprendente es que el lector que es afín al protagonista de La verdad sobre el caso

Savolta, un simple oficinista que no sobresale en nada, simpatiza también con Onofre Bouvila, el personaje

central de La ciudad de los prodigios, granuja y criminal que ha logrado ser el hombre más rico del mundo; o

con el protagonista de El misterio de la cripta embrujada           (Loquelvientosellevó), un loco salido del

manicomio, a quien se le ha encomendado resolver un caso detectivesco.       Examinaremos aquí a estos tres

personajes, por ser los más entrañables en la narrativa de Mendoza, con el fin de apreciar y entender,

siguiendo a Booth, la retórica del personaje principal con respecto a los lectores.

      Las técnicas narrativas de la primera novela de Mendoza son variadas y funcionan apoyándose y

reforzándose las unas a las otras. La que cobra mayor relieve es el relato en primera persona de Javier

Miranda. Este va unido a diálogos de distintos personajes y a otros documentos (cartas, fichas policiales,

transcripciones de declaraciones de Miranda y del comisario encargado) que van a ser usados en un proceso

jurídico, donde va a decidirse qué seguro debe cobrar María Rosa Savolta. La característica fundamental

de estos trozos narrativos es el estar escritos por varios personajes y por lo tanto establecer una múltiple

perspectiva con respecto al relato principal. El tercer tipo de narración es en tercera persona por un
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narrador que alardea de omnisciencia y que cuenta lo que falta a la narración principal (aquello que no

recordaba Miranda). Es esta voz la que, junto a los diálogos, aclara lo contado por Miranda, y por lo

tanto proporciona una versión más completa y compleja de los hechos.

   Aunque contada diez años después, la acción de la novela se sitúa en Barcelona entre l9l7 y l9l9, años

en los que se está preparando uno de los momentos históricos más importantes en la ciudad:                                la huelga

obrera y la caída de la bolsa. Si el conocer las causas de este momento histórico es interesante, a medida

que transcurre el relato, el lector encuentra aún más fascinante la vida de este personaje limitado, idealista

y tontorrón, que es el narrador.              Miranda, un joven que en la sociedad moderna es considerado un

perdedor (oficinista que gana poco y trabaja muchas horas), es el elegido para representar el drama del ser

humano en el mundo actual. Las virtudes de este personaje son las que Mendoza admira por considerarlas

ya perdidas. Así lo explica el autor en otro texto donde habla de la Barcelona de su niñez:



   Como el país atravesaba por una etapa de extrema pobreza, se vivía con muy poco y, en cambio, las posibilidades de enriquecerse

por medio del trabajo eran nulas; lo cual, si bien se piensa, no fomentaba la furia laboral. Quizá por esta razón, porque no los movía

la codicia, aquellos trabajadores eran gente honrada, modesta, respetuosa, tres virtudes que hoy son des deñadas y tenidas por

flaquezas ("Barcelona", l46).




   Honradez, modestia, respeto y yo añadiría, bondad, son las virtudes del protagonista de esta novela,

quien para todos, incluso para sí mismo, es un pobre don nadie.                      Si el lector al comienzo de la obra no

puede por tanto identificarse con él, pues hacerlo sería sucumbir a unos valores que no son los que hemos

ido adquiriendo en estas últimas décadas,              a medida que avanzamos en la lectura, la verdad sobre el caso

Savolta será menos importante que la verdad sobre Javier Miranda, que equivale a decir la verdad del

individuo bueno y honesto frente a una sociedad viciada.                        La novela de Mendoza gradualmente va

revelando las virtudes de Miranda (y simultáneamente acercándolo al lector), al ir contrastándolas con la

crudeza y maldad del mundo de las instituciones y de los seres humanos que le rodean.

   Expectativas sorprendentes y continuas se dan de alta en el texto, pues el que cuenta la historia tratando

de esclarecer la verdad de un caso jurídico,              no conoce todos los detalles de lo que está pasando, y más
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aún, no sospecha que su vida privada está implicada asimismo en el asunto. Así, casi al final de la novela

nos enteramos con asombro, que la mujer de Miranda es nada menos que la querida del famoso André

Lepprince, su jefe, y que su mejora laboral se debe a este hecho. Toda Barcelona conoce los detalles y

desprecia a Miranda creyéndole un ser sin escrúpulos, que se casó con ella para aprovecharse de esta

situación y ascender. El momento cumbre de la novela es cuando descubrimos, a la par que Miranda, lo

que le está pasando:



                                  -Ay, Perico, hoy -empecé- me han dado un disgusto de muerte.

           -¿ Y eso?

           -He sabido que mi mujer está liada con otro.

           -¿Tu mujer? ¿Quieres decir María Coral?

           -Naturalmente.

           -Vaya, hombre, ¿y ésa es la causa de tu tristeza?

           -¿Te parece poco?

           Me miró como si estuviera viendo un aparecido.

           -No, chico, es..., es que yo creí que lo sabías.

           -¿Que sabía el qué?

           -Eso..., lo de tu mujer y Lepprince.


           -¡Atiza! ¿Lo sabías tú?

           -Bueno, Javier, lo sabe todo Barcelona.

           -¿Todo Barcelona? ¿Y cómo no me lo dijiste?

           -Creíamos que tú lo sabías cuando te casaste. ¿Quieres decir que no te

           has enterado hasta hoy? ¿Lo dices en serio?

           -Te lo juro por mi madre, Perico . . .debo ser el hazmerreír de todos los

             corrillos.

          -No tanto, Javier. La mayoría te tiene por un sinverguenza y nadie

           sospecha que ignorabas la verdad.
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           -Menos mal (36-37).




    Miranda prefiere ser chulo a ser tonto. Hay humor, pero también existe compasión y ternura, con lo

cual se consigue un alto grado de involucración del lector, quien comienza a interesarse más por el

bienestar y destino del narrador, que por las causas de la historia Savolta.   Como la Benina galdosiana, y

tantos otros protagonistas inolvidables, Javier Miranda encontrará serenidad de espíritu al aceptarse,

asumiendo su situación y perdonando a su mujer y a todos los que han querido destruirlo. Al igual que

Dostoyevski, que aprovecha una trama detectivesca en Crimen y castigo para ahondar en el alma humana,

Mendoza se vale de esta trama interesante y compleja para indagar en última instancia en la personalidad

del protagonista, restableciendo al mismo tiempo unos valores sin los cuales el mundo carece de sentido.

En el texto de Mendoza la gloria no está relacionada con el poder, sino con la grandeza de espíritu capaz de

compasión y perdón.      El narrador apocado del comienzo ha sufrido una transformación       a los ojos del

lector, quien lo considera al final de la novela la única persona con cualidades dignas de ser emuladas.

       Puede que se conozcan más tarde las causas del caso Savolta, pero el interés por estos hechos se

ha dejado de lado. Lo que se inició como la búsqueda de una verdad, fue cambiando hacia otra más

profunda, en un texto que sirvió más que para desentrañar las causas y motivos de un proceso jurídico, las

de la condición humana .

     Pero así como las estrategias narrativas de esta novela parecen superponerse como en una serie de

cajas chinas, del mismo modo la constitución de los seres humanos presenta una complejidad que parece

desplegarse en múltiples posibilidades, imposibles de aunar en un solo personaje. Mendoza sabe esto y

por eso cada novela va a presentar aspectos distintos del ser con los cuales el lector podrá identificarse.

"Como un puzzle al que le faltaran piezas", explica Joé María Marco, "la verdad está siempre más allá de lo

expresado. La historia que se cuenta queda incompleta, rota. Esa es su esencia, su necesidad. De esos

fragmentos surgirán las sucesivas novelas de Mendoza" (49).

   Las siguientes novelas de este autor, El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las

aceitunas, tienen, igual que la anterior, una trama detectivesca, que utiliza principalmente          en su

construcción el pastiche literario y el humor. Su estructura es simple: en ambas novelas un tal comisario
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Flores pide a un loco que le ayude a resolver un caso detectivesco. Una vez resuelto éste, el loco es

devuelto al manicomio. Con total indiferencia por los métodos legales establecidos, este detective sale a

buscar pistas y descubre un mundo caótico donde cualquier tipo de sinvergonzonería y crimen es aceptado

y legalmente excusado. "El orden" queda restaurado en ambos textos devolviendo al manicomio al más

inocente. Riéndose como Cervantes del tipo de novela que está escribiendo (de caballerías en el caso del

Quijote, de detectives en éste), Mendoza cuestiona precisamente el orden institucional en lugar de

apoyarlo, parodiando de esa forma los fines la novela detectivesca, y por extensión los de la sociedad en

los que estos se sustentan.    Si en la novela anterior el perdedor resultaba ser a fin de cuentas el ganador;

el ganar y el perder son tratados con ironía y humor en estas obras, donde, como explica Compitello, caos

y orden parecen ser conceptos sinónimos: "The order that is chaos or the chaos that is order has once again

been established, and the reader is left to marvel at the way the novel's form problematizes the difference

between them" (l88).     Así, aunque el mundo donde se desarrolla la novela es el de la ciudad moderna, el

espacio novelesco parece irreal por el desconocimiento del caso en cuestión por parte del protagonisa y de

todos en la novela. Y aunque el detective tiene muy buenas intenciones, sus actos sólo muestran su

impotencia ante unos hechos imposibles de descifrar.

   El protagonista se nos presenta al comienzo de la novela como un D. Quijote moderno que siente

seguridad en lo que es y hace (recordemos la frase de D. Quijote, "Yo sé quien soy"). El misterio de la

cripta embrujada abre con las siguientes palabras del narrador: "Habíamos salido a ganar, podíamos

hacerlo".    Aún sin saber todavía quien habla,        el lector   queda atónito ante tamaña declaración,

sintetizadora de las metas modernas, y que sólo un loco podría pronunciar con tal seguridad y desparpajo.

Unas líneas después averiguamos que el que narra es efectivamente un loco y que se trata de un partido de

futbol que juegan los enfermos en el patio del manicomio (partido que, por cierto, pierden). Relato éste

autobiográfico como el de Javier Miranda, aunque aquí no encontramos otras perspectivas con las que

contrastar la narración del protagonista, ni hay progresión con respecto a la vida o al carácter del mismo.

Lo que sí hay es una visión pesimista y sarcástica       de la sociedad, que va ampliándose gracias a una

acción llena de sorpresas y peripecias.
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   La relación entre lector y protagonista/detective es una marcada por la ironía, y contra lo que afirma

Booth1, inicialmente también por la distancia, pues obviamente el lector no quiere identificarse con un

loco, "un homeless" de la sociedad actual.      El alto grado de ironía se manifiesta en todos los niveles: en

el lenguaje, en las acciones y en el personaje mismo, creando así un texto complejo y rico en contrastes y

humor.2 Por ejemplo existe gran incongruencia entre las tonterías que dice el loco y el lenguaje culto que

emplea para expresarse, aún siendo analfabeto.         A la manera picaresca se dirige al lector contándole su

vida y aventuras, en un habla reminiscente de la prosa culta renacentista, pero donde se incluyen también

expresiones populares actuales, canciones y hasta chistes. Asimismo, intercalados en el discurso hay ecos

de los clásicos y citas de Manrique, Unamuno, y Cela entre otros, que producen risa por la situación

ridícula en las que éstas se insertan. Si bien el lector se ríe continuamente a lo largo de la novela, siente

a su vez ternura y compasión por este pícaro, víctima de una situación familiar brutal y de un mundo

indiferente. Sus actos dejan apreciar sus virtudes que son las mismas que las de otro loco entrañable como

es D. Quijote, pues este hombre es igualmente bueno, generoso, valiente e inteligente.                El lector que

inicialmente se había sentido superior al protagonista, comienza pronto a cuestionarse su superioridad.

Especialmente cuando notamos que éste es capaz de afrontar situaciones difíciles de forma genial e

inusitada, y de conocer a las personas mejor que el lector. Como por ejemplo cuando después del relato

entrañable de Mercedes Negrín, personaje a quien el lector ha creído a pies juntillas, el detective exclama:



   Estaba cansado. Me acosté sin desvestirme, apagué la luz tal como me habían enseñado a hacerlo y me quedé como

un tronco cuando intentaaba dar una explicación plausible a la sarta de mentiras que aquella mujer extraña acababa de

contarme (l0l).



1In the Rhetoric of Irony, Booth mantiene que la ironía ofrece un acercamiento entre autor y lector al hacerlos


cómplices del significado escondido y generalmente opuesto que ofrece el texto irónico.

2Para un estudio detallado de las técnicas humorísticas utilizadas por Mendoza en esta novela , consúltese el


artículo de Leo Hickey, "Deviancy and Deviation in Eduardo Mendoza's Enchanted Cript ", Anales de la literatura

española contemporánea, l5 ( l990) : 5l-63.
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   Taylor, refiriéndose al impacto que otro ser produce en la personalidad propia concluye: "The irruption

of the other sends the subject into an exile from which there is no return" (28). Eso mismo ocurre en esta

novela,    pues aunque se trata de un loco, los lectores querrán, una vez asumida la personalidad de éste,

aprender a reirse del mundo como él, y a liberarse de las ataduras sociales. Si en la novela anterior de

Mendoza el interés lectorial había cambiado de un caso judicial, a un personaje; igualmente aquí la

pesquisa detectivesca no importa tanto como la actitud del narrador ante los hechos. En ambas obras el

narrador es mero espectador de lo que ocurre alrededor, manteniéndose al margen de la acción, porque no

puede, o no sabe hacer otra cosa en un mundo en el que encuentra poco sentido.              La ropa en El misterio

funciona como metáfora de la libertad, ya que vivir de cara a la sociedad significa, entre muchas cosas,

llevar traje respetable y adecuado para cada ocasión. Riéndose de la sociedad establecida, el autor hace

que este personaje, además de ir sucio y mal vestido, se transforme continuamente con atuendos ridículos,

convirtiéndose incluso en "en un auténtico personaje del TBO a manera del Mortadelo de Francisco

Ibañez" ( Bravo l2), y prefiriendo la mayor de las veces ir desnudo. Veamos el siguiente trozo a modo de

ejemplo:



  Como primera providencia, me encaminé a un callejón cercano a la calle Tallers en el que una clínica adyacente

amontonaba sus basuras y donde esperaba encontar, rebuscando entre éstas, algo que permitiera disfrazar mi identidad,

como, por ejemplo, algún residuo humano que pudiera yo aplicar sobre mis rasgos con objeto de alterarlos ligeramente.

No tuve suerte y hube de conformare con unas hilas de algodón en rama no demasiado sucias, con las que y mediante

un cordelito compuse una barba larga y patriarcal que no sólo dificultaba mi identificación, sino que me confería un

aspecto repetable y aun imponente (55).




    Escena ésta reminiscente del primer capítulo del Quijote, cuando está preparando celada de encaje,

etc. para salir en busca de aventuras.      Como Cervantes, para Mendoza uno de los fines de la ficción es

perfilar la realidad y hacernos conscientes de ella; la ficción puede asimismo crear otra realidad distinta en

la que vivir mejor, y eso dependerá sobre todo de la actitud que personajes y lectores adopten ante la
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misma. El lector de esta novela ha sufrido una transformación al solidarizar con el protagonista: se siente

ahora más ligero, más modesto, pues ha reconocido que el mundo es complicado y cruel, pero por otra

parte es mejor no tomarse las cosas tan en serio y reirse de uno mismo y de cualquier situación.

  Un paso más y estamos ante el         reto mayor de Mendoza,      reto que    demostrará sus magistrales

dimensiones como novelista, pues Onofre Bouvila, el protagonista de La ciudad de los prodigios, es un ser

sin escrúpulos: malo, ambicioso y criminal, que ha logrado ser el hombre más rico del mundo. El autor

controla las técnicas narrativas tan asombrosamente, que el mismo lector que antes se había identificado

con Miranda, el pobre víctima de esta sociedad, llega asimismo a admirar a Bouvila, el equivalente de

Lepprince en La verdad sobre el caso Savolta, personaje cuya meta es alcanzar el poder a toda costa y

encarnación del triunfador moderno.

   El narrador, aquí en tercera persona, enfoca en el protagonista, cuya vida conoceremos desde sus

comienzos por medio de flash backs. La trama empieza cuando Onofre llega a Barcelona a buscarse la vida

en el año l886, año en el que igualmente comienzan los preparativos para la Exposición Universal. Sin

dinero y sin trabajo, el protagonista desde su entrada en la ciudad pasa por una serie de peripecias que lo

llevan a conocer los antros más diversos de la       sociedad.   Distribuye panfletos subversivos, vende

crecepelos, compra terrenos, y está dispuesto a cualquier cosa con tal de sobrevivir. Inocente primero,

pronto aprende, como buen pícaro, las mañas para ganarse la vida y             enriquecerse.   Su ambición

desmesurada le lleva siempre a querer más y a cometer mayores atrocidades para adquirir riqueza y poder.

La narración, que desde el comienzo de la novela había enfocado en el personaje principal, gradualmente

comienza a interesarse igualmente por la sociedad que le rodea, en cuanto que aquella se ve afectada por

la intromisión del poder y del dinero de éste.

   Este texto parece moverse a la inversa de los anteriores, pues si en aquellos          el lector acababa

inclinándose por el protagonista y desechando a la sociedad injusta que le rodeaba; en esta novela el

lector empieza conociendo la vida de un pobre infeliz y acaba interesándose asimismo en la sociedad que

rodea a éste, transformado ahora en un triunfador sin escrúpulos.     Y aunque Onofre Bouvila continúa

ocupando siempre el centro de la narración, el narrador se limitará a contar sólo aquellos detalles de su

vida que de alguna manera dejan ver el prodigio de su ascenso.        Como en las novelas anteriores, el
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narrador recurre a documentos para apoyar lo contado, creando así la impresión de narrar un momento

histórico (en este caso los preparativos para la Exposición Universal en Barcelona).              Una vez más hay

parodia, pues los documentos en los que se apoya la narración son sólo opinión de otros, y el narrador

omnisciente no es fiable, alterando la historia cuando y como quiere, y presentando asimismo datos

ficticios como si fueran verdaderos. Mendoza en esta novela más que contar lo que pasó, cuenta lo que

quisiera que hubiera pasado, en un texto donde protagonista y ciudad acaban convirtiéndose en entes

fabulosos e irresistiblemente atractivos.      Desde luego Onofre Bouvila es mucho más listo y hábil que

ninguno de los que leen el relato novelesco, y los prodigios narrados sobrepasan con mucho cualquier

expectativa. Pero al igual que Javier Miranda era víctima de una sociedad injusta y cruel, Onofre Bouvila

con toda su riqueza y poderío es un pobre hombre, solitario y marginado. Su ambición es igualmente

producto de una sociedad indiferente, en donde si no pisas, te pisan, y por ende donde perdedores y

ganadores se encuentran igualmente atrapados.         Casi al final de la novela el protagonista lo explica de la

siguiente manera:



   No son mis actos lo que me reprochan, no mi ambición o los medios de que me he valido para satisfacerla, para

trepar y enriquecerme: eso es lo que todos queremos; ellos habrían obrado igual si les hubiera impelido la necesidad o

no les hubiera disuadido el miedo. En realidad soy yo quien ha perdido. Yo creía que siendo malo tendría el mundo en

mis manos y sin embargo me equivocaba: el mundo es peor que yo (343).




        La lectura de un texto literario, según Iser, conlleva un proceso de identificación en el que el lector

descubre verdades sobre sí mismo que o ignoraba o no recordaba. Las cualidades diversas emblematizadas

en los protagonistas de Mendoza son representativas de las múltiples facetas del ser.             Hay además algo

que tienen todos ellos en común y que los hace entrañables, y es precisamente su marginación en la

sociedad moderna, y por consiguiente su libertad; pues estos personajes han asumido su soledad y su

despegue de toda atadura material o emotiva: lo mismo tienen como no tienen. En el texto de Mendoza

esto es posible gracias a una narración donde lo creíble y lo increíble forman parte de una realidad

novelesca, que al revelarnos las maldades e ironías del mundo, nos invita a sentir compasión por la
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totalidad de los individuos que lo componen, ya sean buenos o malos, y a seguir viviendo con una sonrisa

a lo Chaplin.




                                         OBRAS CONSULTADAS



Booth, Wayne. The Rhetoric of Fiction. Chicago: U of Chicago P.,

   l970.

---. A Rhetoric of Irony. Chicago: The U of Chicago Press, l975.




Bravo, María Elena. "Literatura de la distensión". Insula, Madrid,

   l986 Mar., 4l:472, l, l2-13.




Compitello, Malcolm Alan. "Spain's nueva novela negra and the

   Question of Form". Revista Monográfica. Odessa, TX, 3. l987, l82-

   l9l.




Hickey, Leo. "Deviancy and Deviation in Eduardo Mendoza's

   Enchanted Cript" . Anales de la literatura española contemporánea

   Boulder, Co. l5, l990. 5l-63.




Iser, Wolfgang. The Act of Reading. Baltimore: The Johns Hopkins UP, l980.



---. Toward an Aesthetic of Reception. Minneapolis: U of Minnesota P.,l982.



Marco, José María. "El espacio de la libertad". Quimera, l990. 66-67,48-52.
                                                              Juliá 12


Marín, Paco. "Un constructor por libre". Quimera Barcelona, l990. 66-67, 36-

   38.

Mendoza, Eduardo. La verdad sobre el caso Savolta. Barcelona: Seix

   Barral, l975.

---. El misterio de la cripta embrujada. Barcelona: Seix Barral, l979.

---. El laberinto de las aceitunas. Barcelona: Seix Barral, l983.

---. "Barcelona". El paseante. Nos. l8-l9, l985.

---. La ciudad de los prodigios. Barcelona: Seix Barral, l986.

---. La isla inaudita Barcelona: Seix Barral, l989.

---. Sin noticias de Gurb. Barcelona: Seix Barral, l99l.

---. El año del diluvio. Barcelona: Seix Barral, l992.



Roy, Joaquin. "La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza: Una

   meditación cultural sobre Barcelona". Hispanic Journal. l2:2, Fall

   l99l, 23l-246.




Taylor, Mark C. Altarity. Chicago: U of Chicago Press, l987.

				
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