ESQUEMAS DE CELEBRACIONES
PARA PREPARAR EL CAPÍTULO GENERAL
I. La Evangelización: Acoger, vivir y anunciar el Evangelio
Canto inicial
Durante el canto se coloca en el centro el libro de la Palabra de Dios y se enciende a su
lado una vela o una lámpara.
Diálogo inicial (cf. Ap 1, 4-6)
P: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
T: Amén.
P: Gracia y paz a vosotros de parte del que es y era y viene y de parte de los siete espíritus que
están ante su trono y de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el
Príncipe de los reyes de la tierra.
T: Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de
nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los
siglos de los Siglos. Amén.
Oración para prepararse a escuchar la Palabra de Dios
Oremos
Señor, te damos gracias porque nos has reunido en tu presencia
para hacernos escuchar tu Palabra:
en ella nos revelas tu amor y nos das a conocer tu voluntad.
Acalla en nosotros toda voz que no sea la tuya
y, a fin de que no encontremos condena en tu Palabra,
leída pero no escuchada,
meditada pero no amada,
orada pero no custodiada,
contemplada pero no realizada,
envía tu Espíritu Santo
para que abra nuestras mentes y cure nuestros corazones.
Así, nuestro encuentro con tu Palabra
será una renovación de la Alianza
y comunión contigo y con el Hijo y con el Espíritu Santo,
Dios bendito por los siglos de los siglos.
Amén.
Orar la Palabra
Is 55, 10-11: Eficacia de la Palabra
Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador y pan al que come;
así será mi Palabra,
que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que hará mi voluntad
y cumplirá mi encargo.
Del Salmo 39 (6-11.17-18): Oración de la escucha y del anuncio
(Se canta, intercalándolo, el estribillo propuesto u otro equivalente)
R/ Dichosos quienes escuchan la Palabra de Dios
y la viven cada día.
Cuántas maravillas has hecho,
Señor, Dios mío,
cuántos planes en favor nuestro;
nadie se te puede comparar.
Intento proclamarlas, decirlas,
pero superan todo número.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy
-como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea.
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean tu salvación.
Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor se cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes.
Ap 10, 8-11: La Palabra dulce y amarga
Yo, Juan, oí cómo la voz del cielo que había escuchado antes se puso a hablarme de nuevo
diciendo: -Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra.
Me acerqué al ángel y le dije: -Dame el librito.
Él me contestó: -Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago
sentirás ardor.
Cogí el librito de mano del ángel y me lo comí; en la boca sabía dulce como la miel, pero,
cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago. Entonces me dijeron: -Tienes que profetizar
todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos.
Canto de aclamación al Evangelio
(Antes y después de la lectura del Evangelio)
Mc 3, 31-35: Parientes de Jesús por la Palabra
En aquel tiempo llegaron la madre y los hermanos de Jesús, y desde fuera lo mandaron
llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: -Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te
buscan.
Les contestó: -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro,
dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y
mi hermana, y mi madre.
Después de escuchar la Palabra de Dios, todos los miembros de la fraternidad la veneran
con un gesto (por ejemplo, un beso, una inclinación, una incensación...)
Momento de silencio, resonancia y coparticipación fraterna
Experiencia de Francisco y de los primeros compañeros
Llamados a vivir y a anunciar al Evangelio (TC 28b-29)
Se levantaron, pues, (Francisco y Bernardo) muy de mañana y con otro señor llamado Pedro,
que también quería hacerse hermano, fueron a la iglesia de San Nicolás, junto a la plaza de la
ciudad de Asís. Entraron en ella para hacer oración; y como eran simples y no sabían encontrar el
lugar donde habla el Evangelio de la renuncia del siglo, suplicaron al Señor devotamente que, a la
primera vez que abrieran el libro, se dignara manifestarles su voluntad.
Terminada la oración, el bienaventurado Francisco tomó el libro cerrado y, puesto de
rodillas ante el altar, lo abrió, y a la primera vez le salió este consejo del Señor: Si quieres ser
perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo.
Descubierto esto, el bienaventurado Francisco se alegró íntimamente y dio gracias a Dios.
Pero, como era muy devoto de la Santísima Trinidad, se quiso confirmar con un triple testimonio,
abriendo el libro por segunda y tercera vez. La segunda vez le salió esto: Nada lleves en el camino,
etc. Y en la tercera: Aquel que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, etc.
El bienaventurado Francisco, tras haber dado gracias a Dios en cada una de las veces que
había abierto el libro por la confirmación de su propósito y deseo concebido de hacía tiempo, ahora
tres veces manifestada y comprobada divinamente, dijo a los mencionados varones, Bernardo y
Pedro: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quisieran unirse a nuestra
compañía. Id, pues, y obrad como habéis escuchado».
Marchó el señor Bernardo, que era muy rico, y, una vez que hubo vendido todo lo que tenía
y hubo reunido de ello gran cantidad de dinero, lo repartió todo a los pobres de la ciudad. Pedro
cumplió también el consejo evangélico según sus posibilidades.
Abandonadas todas las cosas, se vistieron los dos el mismo hábito que hacía poco había
vestido el Santo después de dejar el hábito de ermitaño; y desde entonces vivieron unidos según la
forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado. Por eso, el bienaventurado Francisco
escribió en su testamento: «El mismo Señor me reveló que debía vivir según la forma del santo
Evangelio».
Oraciones espontáneas
Padrenuestro
Oración comunitaria conclusiva
(De los escritos de San Francisco: 2CtaF 54-56.61-62)
¡Oh, cuán glorioso es tener en el cielo un padre santo y grande!
¡Oh, cuán santo es tener un esposo consolador, hermoso y admirable!
¡Oh, cuán santo y cuán amado es tener
un tal hermano e hijo agradable, humilde, pacífico,
dulce y amable y más que todas las cosas deseable!
El cual dio su vida por sus ovejas y oró al Padre por nosotros...
A quien tanto ha soportado por nosotros,
tantos bienes nos ha traído y nos ha de traer en el futuro,
toda criatura del cielo, de la tierra, del mar y de los abismos,
rinda como a Dios alabanza, gloria, honor y bendición;
porque Él es nuestra fuerza y fortaleza,
el solo bueno, el solo altísimo,
el solo omnipotente, admirable, glorioso,
y el solo santo, laudable y bendito por los siglos de los siglos. Amén.
Bendición
Canto final
II. El servicio de la autoridad: para dar testimonio del evangelio de la fraternidad
Canto inicial
Durante el canto se coloca en el centro una jofaina, un jarro lleno de agua y una toalla.
Diálogo inicial (cf. 1 Cor 6, 11; 8, 3.6)
P: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
T: Amén.
P: ¡Queridos hermanos: habéis sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor
Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios!
T: A uno que ama es a quien Dios reconoce. Para nosotros no hay más que un Dios, el
Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros; y un solo
Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros. Amén.
Oración para prepararse a escuchar la Palabra de Dios
Oremos
Señor Jesús, en el Cenáculo, durante la última Cena,
nos prometiste el don del Espíritu:
haz que descienda sobre nosotros y nos guíe a la verdad plena;
haz que descienda sobre nosotros y nos recuerde tus Palabras;
haz que descienda sobre nosotros
y nos haga capaces del amor mutuo,
que testimonia al mundo que somos tuyos;
hay que descienda sobre nosotros
y nos haga ser una sola cosa contigo y con el Padre.
Amén.
Orar la Palabra
Canto de aclamación al Evangelio
(Antes y después de la lectura del Evangelio)
Jn 13, 1-20: El signo del amor total
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este
mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón,
que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos, que venía de
Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego
echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que
se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
Jesús le replicó: -Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás.
Jesús le contestó: -Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo.
Simón Pedro le dijo: -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él
está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a
entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios»).
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: -
¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y
decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros
debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros,
vosotros también lo hagáis.
Os lo aseguro: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.
Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo
sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: «El que compartía mi pan me ha
traicionado». Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.
Os lo aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al
que me ha enviado.
Después de escuchar el Evangelio, el guardián lava los pies a todos los miembros de la
fraternidad.
Momento de silencio, resonancia y coparticipación fraterna
Oración meditada a partir de textos de San Francisco
(cf. Rb 10 y Adm 3)
P: Dejemos que las palabras y el ejemplo de San Francisco nos eduquen a ser hermanos en el
servicio mutuo y en la obediencia fraterna y caritativa.
V/ Ubi caritas et amor Deus ibi est (u otro estribillo parecido, en latín o en la propia lengua)
(Cada invocación es leída por un hermano distinto)
Los hermanos que son ministros y siervos de los otros visiten y amonesten a sus hermanos,
y corríjanlos humilde y caritativamente, y no les manden nada que esté en contra de su alma
y de nuestra Regla.
Pero los hermanos que son súbditos recuerden que renunciaron por Dios a los propios
quereres. Por lo cual, les mando firmemente que obedezcan a sus ministros en todo lo que al
Señor prometieron guardar y no está en contra del alma y de nuestra Regla.
Y dondequiera que haya hermanos que sepan y conozcan que no pueden guardar
espiritualmente la Regla, deben y pueden recurrir a sus ministros. Y los ministros acójanlos
caritativa y benignamente, y tengan para con ellos una familiaridad tan grande, que puedan
los hermanos hablar y comportarse con los ministros como los señores con sus siervos; pues
así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los hermanos.
Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia,
vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud de este mundo, difamación y
murmuración.
Y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a
lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación,
orar continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la
persecución y en la enfermedad, y amar a los que nos persiguen y reprenden y acusan,
porque dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y
calumnian. Dichosos los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos. Y quien persevere hasta el fin, éste se salvará.
Dice el Señor en el Evangelio: Quien no renuncie a todo lo que posee, no puede ser
discípulo mío; y: Quien quiera poner a salvo su vida, la perderá. Abandona todo lo que
posee y pierde su cuerpo aquel que se entrega a sí mismo totalmente a la obediencia en
manos de su prelado. Y todo cuanto hace y dice, si sabe que no está contra la voluntad del
prelado y mientras sea bueno lo que hace, constituye verdadera obediencia.
Y si alguna vez el súbdito ve que algo es mejor y de más provecho para su alma que lo que
le manda el prelado, sacrifique lo suyo voluntariamente a Dios y procure, en cambio, poner
por obra lo que manda el prelado. Pues ésta es la obediencia caritativa, porque cumple con
Dios y con el prójimo.
Pero si el prelado le manda algo contra su alma, aunque no le obedezca, no por eso lo
abandone. Y si por ello ha de soportar persecución por parte de algunos, ámelos más por
Dios. Porque quien prefiere padecer la persecución antes que separarse de sus hermanos, se
mantiene verdaderamente en la obediencia perfecta, ya que entrega su alma por sus
hermanos.
Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que mandan
sus prelados, miran atrás y tornan al vómito de la voluntad propia; éstos son homicidas, y, a
causa de sus males ejemplos, hacen perderse a muchas almas.
P: Y ahora dediquemos unos minutos a pedir perdón por nuestras faltas contra la fraternidad y
los hermanos, por nuestras carencias en el servicio de la autoridad y en la obediencia
caritativa. Después de cada petición cantamos juntos el canon:
Kyrie eleison (o un estribillo penitencial en la propia lengua)
(A continuación se hacen las peticiones individuales de perdón)
Recitación del Padre nuestro y rito de la paz
Oración conclusiva (cf. CtaO 50-52)
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios,
concédenos por ti mismo a nosotros, miserables,
hacer lo que sabemos que quieres
y querer siempre lo que te agrada,
a fin de que,
interiormente purgados,
iluminados interiormente
y encendidos por el fuego del Espíritu Santo,
podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo,
que en perfecta Trinidad y en simple Unidad
vives y reinas y estás revestido de gloria,
Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos.
Amén.
Bendición
Canto final
III. La fraternidad local y universal: comprometidos en el lugar donde vivimos y abiertos al
mundo
Canto inicial
Durante el canto se colocan en el centro la Regla y las Constituciones generales y se
enciende a su lado una vela o una lámpara
Diálogo inicial (cf. Ap 4, 8.11; 5, 9-10.13)
P: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
T: Amén.
P: Santo, santo, santo es el Señor, soberano de todo;
el que era y es y viene.
T: «Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado».
P: Santo, santo, santo es el Señor, soberano de todo;
el que era y es y viene.
T: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste inmolado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes
y reinan sobre la tierra».
P: Santo, santo, santo es el Señor, soberano de todo;
el que era y es y viene.
T: «Al que está sentado en el trono y al Cordero
alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos».
Oración para prepararse a escuchar la Palabra de Dios (Pablo VI)
Ven, Espíritu Santo,
y danos un corazón nuevo
que reavive en todos nosotros los dones recibidos de ti
con la alegría de ser cristianos,
un corazón nuevo siempre joven y alegre.
Ven, Espíritu Santo,
y danos un corazón puro, adiestrado a amar a Dios,
un corazón puro
que no conozca el mal sino para definirlo, combatirlo o evitarlo;
un corazón puro como el de un niño,
capaz de entusiasmarse y palpitar.
Ven, Espíritu Santo,
y danos un corazón grande,
abierto a tu silenciosa y potente palabra inspiradora
y cerrado a toda ambición mezquina;
un corazón fuerte para amar a todos, para servir a todos y sufrir con todos;
un corazón grande, fuerte,
cuya felicidad consista sólo en palpitar al unísono con el corazón de Dios.
Amén.
Orar la Palabra
Hch 2, 1-12: El Espíritu vuelve a crear la unidad
Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo,
como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas
lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de
Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le
sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír
el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio
idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: -¿No son galileos todos esos que están hablando?
Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay
partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia,
en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos
forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos
hablar las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.
Todos estaban estupefactos y perplejos y se preguntaban unos a otros: -¿Qué significa esto?
Otros, en cambio, decían riéndose: -¡Están llenos de mosto!
Canto de la fraternidad universal
(Puede ser cantado o recitado a coros alternos o intercalando un estribillo de alabanza)
Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticia de su autor.
Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!
Y por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor!
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado, mi Señor!
Y por la hermana tierra, que es toda bendición,
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige: ¡loado, mi Señor!
Y por los que perdonan y aguantan por tu amor
los males corporales y la tribulación:
¡felices los que sufren en paz con el dolor,
porque les llega el tiempo de la consolación!
Y por la hermana muerte: ¡loado, mi señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén
Canto de aclamación al Evangelio
(Antes y después de la lectura del Evangelio)
Jn 17: La oración de Jesús por nosotros, transmitida por la Regla no bulada 22, 41-55
Atengámonos, pues, a las palabras, vida y doctrina y al santo Evangelio de quien se dignó
rogar por nosotros a su Padre y manifestarnos su nombre, diciendo:
Padre, esclarece tu nombre y esclarece a tu Hijo, para que tu Hijo te esclarezca. Padre, he
manifestado tu nombre a los hombres que me diste; porque les he dado las palabras que tú me
diste, y ellos las han aceptado y han conocido que salí de ti y han creído que tú me enviaste. Yo
ruego por ellos; no por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos y todas mis cosas son
tuyas. Padre santo, guarda en tu nombre a los que me diste, para que ellos sean uno como también
lo somos nosotros. Hablo estas cosas en el mundo para que tengan gozo en sí mismos. Yo les he
dado tu mensaje; y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo. No ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. Glorifícalos en la
verdad. Tu mensaje es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al
mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que sean ellos consagrados en la verdad. No
ruego sólo por éstos, sino por aquellos que han de creer en mí por su palabra, para que sean
consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste, como me amaste a
mí. Y les haré conocer tu nombre, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos.
Padre, quiero que los que tú me entregaste estén ellos también conmigo donde yo estoy para que
contemplen tu gloria en tu reino. Amén.
Momento de silencio, resonancia y coparticipación fraterna
El corazón de nuestra vida (cf. Rb 1 y CCGG 1)
De la Regla bulada
¡En el nombre del Señor! Comienza la vida de los hermanos menores.
La regla y vida de los hermanos menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro
Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad.
El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus
sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana. Y los otros hermanos estén obligados a
obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores.
De las Constituciones generales
Art. 1
§1 La Orden de Frailes Menores, fundada por San Francisco de Asís, es una fraternidad en la
cual los hermanos, siguiendo de cerca de Jesucristo bajo la acción del Espíritu Santo, se
dedican totalmente, por la profesión, a Dios sumamente amado, viviendo en la Iglesia el
Evangelio según la forma observada y propuesta por San Francisco.
2§ Los hermanos, seguidores de San Francisco, están obligados a llevar una vida radicalmente
evangélica en espíritu de oración y devoción y en comunión fraterna; a dar testimonio de
penitencia y minoridad; y, abrazando en la caridad a todos los hombres, a anunciar el
Evangelio al mundo entero y a predicar con las obras la reconciliación, la paz y la justicia.
Renovación de la profesión
P: «En el nombre de la suma Trinidad y de la santa Unidad,
Padre, e Hijo, y Espíritu Santo. Amén!
A todos los reverendos y muy amados hermanos;
al hermano Giacomo, su señor, Ministro general de la Religión de los hermanos menores,
y a todos los demás ministros generales que le sucederán;
y a todos los ministros y custodios;
y a los sacerdotes de la misma fraternidad, humildes en Cristo;
y a todos los hermanos, sencillos y obedientes;
a los primeros y a los últimos:
el hermano Francisco, hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo,
os saluda en Aquel que nos redimió y nos lavó en su preciosísima sangre,
a quien habéis de adorar con temor y reverencia postrados en tierra al escuchar su nombre:
el Señor Jesucristo, cuyo nombre es Hijo del Altísimo,
el cual es bendito por los siglos.
Escuchad, señores hijos y hermanos míos, y prestad atención a mis palabras.
Inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios.
Guardad sus mandamientos con todo vuestro corazón
y cumplid sus consejos perfectamente.
Alabadlo, porque es bueno, y enaltecedlo en vuestras obras;
pues para esto os ha enviado al mundo entero,
para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz
y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él.
Perseverad en la disciplina y en la santa obediencia
y cumplid lo que le prometisteis con bueno y firme propósito.
Como a hijos se nos brinda el Señor Dios.» (CtaO 1-9)
Exhortados por estas palabras del Padre San Francisco, renovemos ahora nuestra profesión
de vida evangélica.
(La fórmula está tomada del «Rito Romano-serafico della professione religiosa», “Per la
rinnovazione della professione in diverse circostanze”, edición típica italiana)
T: Omnipotente, santísimo,
altísimo y sumo Dios,
Padre santo y justo,
Señor Rey del cielo y de la tierra,
te bendigo y te doy gracias
porque con la fuerza de tu amor
me has llamado a seguir
las huellas de tu amado Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
en la forma de vida
que inspiraste a tu siervo Francisco.
Con la fuerza del Espíritu Santo
te renuevo hoy,
con todo mi corazón,
el voto de vivir en obediencia,
sin nada propio
y en castidad
y confirmo mi empeño
en profesar la vida y la Regla de los hermanos menores,
confirmada por el papa Honorio,
según las Constituciones de nuestra Orden.
Padre santo, concédeme que,
sostenido por María Inmaculada,
Virgen hecha Iglesia y modelo de la vida consagrada,
por intercesión del Padre San Francisco
y de todos los Santos
y con la ayuda de los hermanos
persevere hasta el final en el santo propósito
y, por sola tu gracia,
llegue a ti, Altísimo,
que en Trinidad perfecta y simple unidad
vives y reinas glorioso por los siglos de los siglos.
Amén.
En silencio, cada uno de los hermanos coloca sus manos sobre el libro abierto de la Regla y
de las Constituciones. Mientras se hace este gesto puede cantarse un canto.
P: Miembros de una única fraternidad, unidos en el Espíritu con los hermanos de todo el
mundo, oremos juntos como Jesús nos enseñó.
Padrenuestro
Oración conclusiva (cf. ParPN 1.6)
Santísimo Padre nuestro,
hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra:
para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti;
con toda el alma, deseándote siempre a ti;
con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti,
buscando en todo tu honor;
y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías
y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa;
y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos,
atrayendo a todos, según podamos, a tu amor,
alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros
y compadeciéndolos en los males
y no ofendiendo a nadie.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Bendición
El Señor te bendiga y te guarde.
Haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor.
Vuelva su mirada a ti y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano N.
(El presidente de la celebración impone las manos sobre cada hermano y lo bendice).
Canto final